PRESENTACION
Uno de los títulos más gloriosos conferidos a san Luis María, “el sacerdote del gran rosario”, es el de “Apóstol de la Cruz y del
Rosario”. El Rosario ocupaba un lugar importante en su vida espiritual y en su
apostolado. El Secreto del Santísimo Rosario, como se le llama a veces, es la
obra menos personal de sus escritos,
ya que toma muchos apartes de varios autores. De esta práctica habla
también –entre otros– en el Tratado de la Verdadera Devoción.
Como era
misionero popular, sobre todo para los pobres y
abandonados, se da a la tarea de renovar en ellos el espíritu del cristianismo.
Creía poder realizarlo inculcándoles la devoción a María, la única capaz de
conducirles a Jesucristo y hacerles santos. Creía que el Rosario era un secreto
maravilloso para llegar al conocimiento de María y, por ella, encontrar a
Jesucristo. Estableció la devoción al Rosario por todas partes en donde
predicaba. Lo hacía recitar cada día durante las misiones. Su libro, que no fue publicado durante su vida,
ciertamente estaba destinado a personas de todos los medios, como lo indican
claramente las “Pequeñas Rosas” de la introducción. El texto está dividido en
decenas, como el Rosario; cada una está compuesta de diez “rosas”. El autor
traza ahí el origen de esta forma de devoción y describe la atmósfera milagrosa
como se ha desarrollado a través de los siglos. Muy consciente de las críticas
que suscitarían sus relatos, anota simple y llanamente que lo ha tomado de
autores de renombre. En las otras secciones, trata del poder y eficacia del
Rosario, de las oraciones que lo componen, de la belleza y utilidad de las
meditaciones que deberían acompañar la recitación. Indica la manera de recitar
el Rosario “dignamente” y termina ofreciendo métodos para hacerlo.
Rosa blanca
A los Sacerdotes
[1]
Ministros del Altísimo, predicadores de la verdad, clarines del Evangelio:
permítanme presentarles la rosa blanca de este librito para hacer entrar en su
corazón y en su boca las verdades expuestas en él sencillamente y sin artificio.
En el corazón,
para que Uds. mismos abracen la práctica del Santo Rosario y saboreen sus frutos.
En la boca,
para que prediquen a los demás la excelencia de esta santa práctica y los
atraigan a la conversión por medio de ella. No vayan a considerar esta práctica
como insignificante y de escasas consecuencias. Así la miran el vulgo y aun
muchos sabios orgullosos. Pero, en verdad, es grande, sublime y divina. El Cielo
nos la ha dado para convertir a los pecadores más endurecidos y a los herejes
más obstinados. Dios vinculó a ella la gracia en esta vida y la gloria del
Cielo. Los santos la han puesto en práctica y los Sumos Pontífices la han
autorizado.
¡Qué tal felicidad la del Sacerdote y director de almas a quienes el Espíritu
Santo haya revelado este secreto desconocido de la mayoría de los hombres o sólo
conocido superficialmente por ellos! Si obtienen su conocimiento práctico, lo
recitarán todos los días e impulsarán a otros a recitarlo. Dios y su Madre
Santísima derramarán sobre Uds. gracias abundantes a fin de que sean
instrumentos de su gloria. Y Uds. lograrán más éxito con sus palabras, aunque
sencillas, en un solo mes, que los demás predicadores en muchos años.
[2]
No nos contentemos, pues, queridos compañeros, con recomendar a otros el rezo
del Rosario. Tenemos que rezarlo nosotros. Podremos estar intelectualmente
convencidos de su excelencia, pero, si no lo practicamos, poco empeño pondrán
los oyentes en aceptar nuestro consejo, porque nadie da lo que no tiene:
«Comenzó Jesús a hacer y enseñar». Imitemos a
Jesucristo que empezó por hacer lo que enseñaba. Imitemos al Apóstol, que no
conocía ni predicaba sino a Jesús crucificado.
Es lo que debemos hacer al predicar el Santo Rosario. Que –lo veremos más
adelante– no es sólo una repetición de Padrenuestros y Avemarías, sino un
compendio maravilloso de los misterios de la vida, pasión, muerte y gloria de
Jesús y de María.
Si creyera que la experiencia que Dios me ha dado sobre la eficacia de la
predicación del Santo Rosario para convertir a las almas, les impulsará a Uds. a
predicarlo, no obstante la costumbre contraria de los predicadores, les contaría
las maravillosas conversiones que he logrado predicándolo. Me contentaré, sin
embargo, con relatar en este compendio algunas historias antiguas y comprobadas.
Para servicio suyo, he incluido también muchos pasajes latinos tomados de buenos
autores, que
prueban lo que explico al pueblo en lengua corriente.
Rosa encarnada
A los pecadores
[3]
A Uds., pobres pecadores, uno más pecador todavía, les ofrece la rosa enrojecida
con la sangre de Jesucristo, a fin de que florezcan y se salven. Los impíos y
pecadores empedernidos gritan a diario: «Coronémonos de rosas». Cantemos
también nosotros: «Coronémonos con las rosas del Santo Rosario».
¡Ah! ¡Qué diferentes son sus rosas de las nuestras! Las suyas son los placeres
carnales, los vanos honores y las riquezas perecederas, que pronto se
marchitarán y consumirán. En cambio, las nuestras, es decir nuestros
Padrenuestros y Avemarías bien dichos, unidos a nuestras buenas obras de
penitencia, no se marchitarán ni agotarán jamás, y su brillo será, de aquí a
cien mil años, tan vivo como en el presente.
Sus pretendidas rosas sólo tienen la apariencia de tales. En realidad, son
solamente punzantes espinas durante su vida, a causa de los remordimientos de
conciencia que los taladrarán a la hora de la muerte con el arrepentimiento, y
los quemarán durante toda la eternidad a causa de la rabia y desesperación.
Si nuestras rosas tienen espinas, son las espinas de Jesucristo, que Él convierte en rosas.
Nuestras espinas punzan, pero sólo por algún tiempo y ello para curarnos del
pecado y darnos la salvación.
[4]
Coronémonos a porfía de estas rosas
del Paraíso recitando todos los días un Rosario, es decir las tres series de
cinco misterios cada una o tres pequeñas diademas de flores o coronas:
1o Para honrar las tres coronas de Jesús y de María: de la gracia de
Jesús en la Encarnación, su corona de espinas durante la pasión y la de gloria
en el Cielo de la Santísima Trinidad.
2o Para recibir de Jesús y María tres coronas: la primera de méritos,
durante la vida; la segunda de paz, en la hora de la muerte, y la tercera de
gloria, en el Cielo.
Créanme que recibirán la
corona
inmarcesible, que no
se marchitará jamás, si se mantienen fieles en rezarlo devotamente hasta la
muerte, no obstante la enormidad de sus pecados. Aunque estuvieran ya al borde
del abismo, aunque hubieran vendido su alma al demonio como un mago, aunque
fueran herejes tan endurecidos y obstinados como demonios, se convertirán tarde
o temprano y se salvarán, siempre que, lo repito –noten bien las palabras y
términos de mi consejo– recen devotamente, todos los días hasta la muerte el
Santo Rosario con el fin de conocer la verdad y alcanzar la contrición y perdón
de los pecados.
En esta obra hallarán muchas historias de pecadores convertidos por la eficacia
del Rosario.
¡Léanlas y medítenlas!
Dios solo.
Rosal Místico
A las almas piadosas
[5]
Almas piadosas e iluminadas por el Espíritu Santo, ciertamente no llevarán a mal
que les ofrezca un pequeño rosal místico bajado del Cielo, para que lo planten
en el jardín de sus almas. En nada perjudicará a las flores olorosas de su
contemplación. Es muy perfumado y totalmente divino. No perturbará en lo más
mínimo el orden de su jardín. Es muy puro y muy ordenado y todo lo encamina al
orden y a la pureza. Alcanza altura tan prodigiosa y tan dilatada extensión, si
se le riega y cultiva todos los días como conviene, que no sólo no estorbará a
las demás devociones, sino que las conserva y perfecciona. ¡Uds., que son almas
espirituales, me comprenden claramente! Jesús y María con su vida, muerte y
eternidad constituyen este rosal.
[6]
Las hojas verdes de este rosal místico representan los misterios gozosos de
Jesús y de María. Las espinas, los dolorosos. Y las flores, los gloriosos. Los
capullos son la infancia de Jesús y de María, las rosas entreabiertas
representan a Jesús y María en sus dolores. Y las totalmente abiertas muestran a
Jesús y María en su gloria y en su triunfo.
La rosa alegra con su hermosura: ahí están Jesús y María en los misterios
gozosos. Punza con sus espinas: ahí están Jesús y María en los misterios
dolorosos. Regocija con la suavidad de su perfume: ahí están Jesús y María en
los misterios gloriosos.
No desprecien, pues, mi rosal alegre y maravilloso. Siémbrenlo en su alma,
tomando la resolución de rezar el Rosario. Cultívenlo y riéguenlo, recitándolo
fielmente todos los días y obrando el bien. Contemplarán cómo el grano que ahora
parece tan pequeño, se convertirá con el tiempo en un gran árbol en el que las
aves del Cielo, es decir las almas predestinadas y elevadas en contemplación,
pondrán su nido y morada para guarecerse a la sombra de sus hojas de los ardores
del sol, preservarse en su altura de las fieras de la tierra y, finalmente,
alimentarse con la delicadeza de su fruto, que no es otro que el adorable Jesús,
a quien sea el honor y la gloria por la eternidad. Amén.
Dios solo.
Capullo de Rosa
A los niños
[7]
A Uds., queridos niños, les ofrezco un hermoso capullo de rosas: el granito de
su Rosario, que les parece tan insignificante. Pero... ¡Oh!, ¡qué grano tan
precioso! ¡Qué capullo tan admirable!; y ¡cómo se desarrollará, si recitan
devotamente el Avemaría! Quizás sea mucho pedirles que recen un Rosario todos
los días. Recen, por lo menos, una tercera parte, con devoción. Será una linda
diadema de rosas que colocarán en las sienes de Jesús y de María. ¡Créanmelo!
Escuchen ahora y recuerden esta hermosa historia:
[8]
Dos niñitas, hermanas, estaban a la puerta de su casa recitando el Rosario
devotamente. Se les aparece una hermosa Señora, que acercándose a la más
pequeña, de sólo seis años, la toma de la mano y se la lleva. La hermanita
mayor, llena de turbación, la busca y no habiendo podido hallarla, vuelve a casa
llorando y diciendo que se habían llevado a su hermana. El padre y la madre la
buscan inútilmente durante tres días. Pasado este tiempo, la encuentran en la
casa con el rostro alegre y gozoso. Le preguntan de dónde viene. Ella responde
que la Señora a quien rezaba el Rosario la había llevado a un lugar hermoso, y
le había dado de comer cosas muy buenas y había colocado en sus brazos un
bellísimo Niño a quien había cubierto de besos. El padre y la madre, recién
convertidos a la fe, llaman al padre jesuita, que les había instruido en ella y
en la devoción del Rosario, y le relatan lo que había pasado. Él mismo nos lo
contó. Ocurrió en el Paraguay.
Imiten, queridos niños, a esas fervorosas niñas. Recen todos los días la tercera
parte del Rosario, y merecerán ver a Jesús y a María, si no durante esta vida,
sí después de la muerte, durante la eternidad. Amén.
Así, pues, que sabios e ignorantes, justos y pecadores, grandes y pequeños,
alaben y saluden noche y día a Jesús y María con el Santo Rosario.
«Saluden a María, que ha trabajado mucho en Uds.»
PRIMERA DECENA
EXCELENCIA DEL SANTO ROSARIO,
MANIFESTADA POR SU ORIGEN Y SU NOMBRE
1a. Rosa
Las oraciones del Rosario
[9]
El Rosario encierra dos realidades: la oración mental y la vocal. La
oración mental en el Santo Rosario es la
meditación de los principales misterios de la vida, muerte y gloria de
Jesucristo y de su Santísima Madre.
La
oración vocal consiste en la
recitación de quince decenas de Avemarías precedidas de un Padrenuestro, unida a
la meditación y contemplación de las quince principales virtudes que Jesús y
María practicaron, conforme a los quince misterios del Santo Rosario.
En la primera parte, que consta de cinco decenas, se honran y consideran los
cinco misterios gozosos; en la segunda, los cinco dolorosos; y en la tercera los
cinco misterios gloriosos.
De este modo, el Rosario constituye un conjunto sagrado de oración mental y
vocal para honrar e imitar los misterios y virtudes de la vida, muerte, pasión y
gloria de Jesucristo y de María.
2a. Rosa
Origen del Rosario
[10]
El Santo Rosario, compuesto fundamental y sustancialmente por la oración de
Jesucristo (el Padrenuestro), la salutación angélica (el Avemaría) y la
meditación de los misterios de Jesús y María, constituye, sin duda, la primera
plegaria y la primera devoción de los creyentes. Desde los tiempos de los
apóstoles y discípulos ha estado en uso, siglo tras siglo, hasta nuestros días.
[11]
Sin embargo, el Santo Rosario, en la forma y método de que hoy nos servimos en
su recitación, sólo fue inspirado a la Iglesia, en 1214, por la Santísima Virgen
que lo dio a Santo Domingo para convertir a los herejes albigenses y a los
pecadores. Ocurrió en la forma siguiente, según lo narra el beato Alano de la
Rupe en su famoso libro titulado “Dignidad del Salterio”.
Viendo Santo Domingo que los crímenes de los hombres obstaculizaban la
conversión de los albigenses, entró a un bosque próximo a Tolosa y permaneció
allí tres días dedicado a la penitencia y a la oración continua, sin cesar de
gemir, llorar y mortificar su cuerpo con disciplina para calmar la cólera
divina, hasta que cayó medio muerto. La Santísima Virgen se le apareció en
compañía de tres princesas celestiales, y le dijo: «¿Sabes, querido Domingo, de
qué arma se ha servido la Santísima Trinidad para reformar el mundo?». «Señora,
Tú lo sabes mejor que yo –respondió él–, porque, después de Jesucristo, Tú
fuiste el principal instrumento de nuestra salvación». «Pues –añadió ella– la
principal pieza de combate ha sido el salterio angélico, que es el fundamento
del Nuevo Testamento. Por ello, si quieres ganar para Dios esos corazones
endurecidos, predica mi Salterio».
Se levantó el Santo muy consolado. Inflamado de celo por la salvación de
aquellas gentes, entró en la catedral. Al momento repicaron las campanas para
reunir a los habitantes. Al comenzar él su predicación, se desencadenó una
horrible tormenta, tembló la tierra, se oscureció el sol, truenos y relámpagos
repetidos hicieron palidecer y temblar a los oyentes. El terror de éstos aumentó
cuando vieron que una imagen de la Santísima Virgen expuesta en lugar
prominente, levantaba los brazos al cielo tres veces para pedir a Dios venganza
contra ellos, si no se convertían y recurrían a la protección de la Santa Madre
de Dios.
Quería el cielo con estos prodigios promover esta nueva devoción del Santo
Rosario y hacer que se la conocieran más.
Gracias a la oración de Santo Domingo, se calmó finalmente la tormenta.
Prosiguió él su predicación, explicando con tanto fervor y entusiasmo la
excelencia del Santo Rosario, que casi todos los habitantes de Tolosa lo
aceptaron, renunciando a sus errores. En poco tiempo se experimentó un gran
cambio de vida y costumbres en la ciudad.
3a. Rosa
El Rosario y Santo Domingo
[12]
El establecimiento del Santo Rosario en forma tan milagrosa, guarda cierta
semejanza con la manera de que se sirvió Dios para promulgar su Ley en el Monte
Sinaí, y manifiesta claramente la excelencia de esta maravillosa práctica.
Santo Domingo, iluminado por el Espíritu Santo e instruido por la Santísima
Virgen y por su propia experiencia, dedicó el resto de su vida a predicar el
Santo Rosario con su ejemplo y su palabra, en las ciudades y los campos, ante
grandes y pequeños, sabios e ignorantes, católicos y herejes. El Santo Rosario,
que rezaba todos los días, constituía su preparación antes de predicar y su
acción de gracias después de la predicación.
[13]
Preparábase el Santo, detrás del altar mayor de Nuestra Señora de París, con el
rezo del Santo Rosario, para predicar en las fiestas de San Juan Evangelista,
cuando se le apareció la Santísima Virgen y le dijo: «Aunque lo que tienes
preparado para predicar sea bueno, ¡aquí te traigo un sermón mejor!» El Santo
recibe de las manos de María el escrito que contiene el sermón, lo lee, lo
saborea, lo comprende y da gracias por él a la Santísima Virgen. Llegada la hora
del sermón, sube al púlpito y, después de haber recordado en alabanza de San
Juan, tan sólo que había sido el guardián de la Reina de los Cielos, dijo a la
asamblea de nobles y doctores que habían venido a escucharlo y estaban
acostumbrados a oír sólo discursos artificiosos y floridos, que no les hablaría
con palabras elocuentes de la sabiduría humana, sino con la sencillez y fuerza
del Espíritu Santo.
Les predicó el Santo Rosario, explicándoles palabra por palabra, como a los
niños, la salutación angélica, sirviéndose de comparaciones muy sencillas,
leídas en el escrito que le diera la Santísima Virgen.
[14]
Aquí están las palabras del Sabio Cartagena que él tomó, en parte, del libro del
Beato Alano de la Rupe, “Dignidad del Salterio”: Afirma el Beato Alano que su
padre, Santo Domingo, le dijo un día en una revelación: ¡Hijo mío!, tú predicas.
Pero, para que no busques la alabanza humana sino la salvación de las almas,
escucha lo que me sucedió en París. Debía predicar en la Iglesia Mayor de Santa
María y quería hacerlo ingeniosamente, no por jactancia, sino a causa de la
nobleza y dignidad de los asistentes. Mientras oraba, según mi costumbre, casi
durante una hora, mediante la recitación de mi Salterio (es decir el Rosario)
antes del sermón, tuve un éxtasis. Veía a mi amada Señora, la Virgen María, que
ofreciéndome un libro me decía: «¡Por bueno que sea el sermón que vas a
predicar, aquí traigo uno mejor!»
Muy contento, tomé el libro, lo leí todo y, como María lo había dicho, encontré
lo que debía predicar. Se lo agradecí de todo corazón.
Llegada la hora del sermón, subí a la cátedra sagrada. Era la fiesta de San
Juan, pero sólo dije del Apóstol que mereció ser escogido para guardián de la
Reina del Cielo. En seguida hablé así a mi auditorio: «¡Señores e ilustres
Maestros! Uds. están acostumbrados a oír sermones sabios y elegantes. Pero no
quiero dirigirles doctas palabras de sabiduría humana, sino mostrarles el
espíritu de Dios y su virtud». Entonces –añade Cartagena siguiendo al Beato
Alano– Santo Domingo les explicó la salutación angélica mediante comparaciones y
semejanzas muy sencillas.
[15]
El Beato Alano, como dice el mismo Cartagena, relata muchas otras apariciones
del Señor y de la Santísima Virgen a Santo Domingo para instarle y animarle más
y más a predicar el Santo Rosario a fin de combatir el pecado y convertir a los
pecadores herejes. Oigamos este pasaje: «El Beato Alano refiere que la Santísima
Virgen le reveló que Jesucristo, su hijo, se había aparecido después de Ella a
Santo Domingo y le había dicho: Domingo, me alegro de que no te apoyes en tu
sabiduría y de que trabajes con humildad en la salvación de las almas sin
preocuparte por complacer la vanidad humana. Muchos predicadores quieren desde
el comienzo tronar contra los pecados más graves, olvidando que, antes de dar un
remedio penoso, es necesario preparar al enfermo para que lo reciba y aproveche.
Por ello deben exhortar antes al auditorio al amor a la oración y,
especialmente, a mi salterio angélico. Porque si todos comienzan a rezarlo, no
hay duda de que la clemencia divina será propicia con los que perseveran.
Predica, pues, mi Rosario».
[16]
En otro lugar dice: Todos los predicadores hacen rezar a los cristianos la
salutación angélica al comenzar sus sermones, para obtener la gracia divina. La
razón de ello es la revelación de la Santísima Virgen a Santo Domingo: «Hijo mío
–le dijo– no te sorprendas de no lograr éxito con tus predicaciones. Porque
trabajas en una tierra que no ha sido regada por la lluvia. Recuerda que cuando
Dios quiso renovar el mundo, envió primero la lluvia de la salutación angélica.
Así se renovó el mundo. Exhorta, pues, a las gentes en tus sermones a rezar el
Rosario y recogerás grandes frutos para las almas. Lo hizo así el Santo
constantemente y obtuvo notable éxito con sus predicaciones.» Puedes leer esto
en el Libro de los Milagros del Santo
Rosario, escrito en italiano, y en
el discurso 243 de Justino.
[17]
Me he complacido en citarte palabra por palabra los
pasajes de estos serios autores, en favor de los predicadores y personas
eruditas que pudieran dudar de la maravillosa eficacia del Santo Rosario.
Mientras los predicadores, siguiendo el ejemplo de Santo Domingo, enseñaron la
devoción del Santo Rosario, florecían la piedad y el fervor en las Órdenes
Religiosas que lo practicaban y en el mundo cristiano, pero cuando se empezó a
descuidar este regalo venido del Cielo, sólo vemos pecados y desórdenes por
todas partes.
4a. Rosa
El Rosario y el Beato Alano
[18]
Todas las cosas, inclusive las más santas, en la medida en que dependen de la
voluntad humana, están sujetas a cambio. No hay, pues, por qué extrañarse de que
la Cofradía del Santo Rosario no haya subsistido en su primitivo fervor sino
hasta unos cien años después de su fundación. Después estuvo casi sumida en el
olvido.
Además la malicia y envidia del demonio han contribuido seguramente para que se
descuidara el Santo Rosario, a fin de detener los torrentes de gracia divina que
esta devoción atrae al mundo. Efectivamente la justicia divina afligió todos los
reinos europeos en el año 1384 con la peste más temible que se haya visto jamás.
Ésta se extendió desde Oriente por Italia, Alemania,
Francia, Polonia, Hungría, devastando casi todos estos territorios, ya que de
cada cien hombres sólo quedaba uno vivo. Las ciudades, los pueblos, las aldeas y
los monasterios quedaron casi desiertos durante los tres años que duró la
epidemia. A este azote de Dios siguieron otros dos: la herejía de los
flagelantes y un
infeliz en el año 1378.
[19]
Después de que, por la misericordia divina, cesaron estas calamidades, la
Santísima Virgen ordenó al Beato Alano de la Rupe, célebre doctor y famoso
predicador de la Orden de Santo Domingo del convento de Dinán en Bretaña,
renovar la antigua Cofradía del Santo Rosario, a fin de que, ya que la susodicha
Cofradía había nacido en esa provincia, un Religioso del mismo lugar tuviera el
honor de restaurarla. Este bienaventurado Padre comenzó a trabajar en tan noble
empresa en el año 1460, sobre todo después de que el Señor, como lo cuenta él
mismo, le dijo cierto día desde la Sagrada Hostia, mientras celebraba la Santa
Misa, a fin de impulsarlo a predicar el Santo Rosario: «¿Por qué me crucificas
de nuevo?».
«¿Cómo Señor?», respondió sorprendido el
Beato Alano.
«Tus pecados me crucifican –respondió Jesucristo–. Aunque preferiría ser
crucificado de nuevo, a ver a mi Padre ofendido por los pecados que has
cometido. Tú me sigues crucificando, porque tienes la ciencia y cuanto es
necesario para predicar el Rosario de mi Madre e instruir y alejar del pecado a
muchas almas... Podrías salvarlas y evitar grandes males. Pero al no hacerlo,
eres culpable de sus pecados». Tan terribles reproches hicieron que el Beato
Alano se decidiera a predicar intensamente el Rosario.
[20]
La Santísima Virgen le dijo también cierto día, para animarlo más todavía a
predicar el Santo Rosario: «Fuiste un gran pecador en tu juventud. Pero yo te
alcancé de mi Hijo la conversión. He pedido por ti y deseado, si fuera posible
toda clase de trabajos por salvarte, ya que los pecadores convertidos
constituyen mi gloria, y hacerte digno de predicar por todas partes mi Rosario».
Santo Domingo, describiéndole los grandes frutos que había conseguido entre las
gentes por esta hermosa devoción que él predicaba continuamente le decía: «Mira
los frutos que he alcanzado con la predicación del Santo Rosario. Que hagan lo mismo tú y cuantos aman a la
Santísima Virgen, para atraer, mediante el Santo ejercicio del Rosario, a todos
los pueblos a la ciencia verdadera de la virtud».
Esto es, en resumen, lo que la historia nos enseña acerca del establecimiento
del Santo Rosario por Santo Domingo y su restauración por el Beato Alano de la
Rupe.
5a. Rosa
La Cofradía del Rosario
[21]
Estrictamente hablando, no hay sino una Cofradía del Rosario, compuesto de
ciento cincuenta Avemarías. Pero en relación a las personas que lo practican,
podemos distinguir tres clases: el Rosario común u Ordinario, el Rosario
Perpetuo y el Rosario Cotidiano.
La Cofradía del
Rosario Ordinario
sólo exige recitarlo una vez por semana. La del
Rosario Perpetuo, una vez al año. La del
Rosario Cotidiano, en cambio, rezarlo
completo, es decir, las ciento cincuenta Avemarías, todos los días. Ninguna de
estas Cofradías implica obligación bajo pecado, ni siquiera venial, si no lo
rezamos. Porque el compromiso de rezarlo es totalmente voluntario y de
supererogación. Pero no debe alistarse en la Cofradía quien no tenga voluntad
decidida de rezarlo, conforme lo exige la Cofradía y siempre que pueda sin
faltar a las obligaciones del propio estado. De suerte que, cuando el rezo del
Rosario coincide con una obligación de estado, hay que preferir ésta al Rosario,
por santo que éste sea. Cuando, a causa de enfermedad, no se le pueda recitar
todo o en parte sin agravar el padecimiento, no obliga. Y cuando, por legítima
obediencia, olvido involuntario o necesidad apremiante, no fue posible rezarlo,
no hay pecado ninguno, ni siquiera venial. Y no por ello dejas de participar en
las gracias y méritos de los cofrades del Santo Rosario que lo rezan en todo el
mundo.
Y si dejas de rezarlo por pura negligencia, pero sin desprecio formal,
absolutamente hablando, tampoco pecas. Pero pierdes la participación en las
oraciones, buenas obras y méritos de la Cofradía. Y por tu negligencia en cosas
pequeñas y de supererogación, caerás insensiblemente en la infidelidad a las
cosas grandes y de obligación esencial: «Quien desprecia lo pequeño, poco a poco
se precipita».
6a. Rosa
El Salterio de María
[22]
Desde que Santo Domingo estableció esta devoción, hasta el año 1460, en que
el Beato Alano la restauró por orden del Cielo, se la denominó el “Salterio de
Jesús y de la Santísima Virgen”. Porque contiene tantas Avemarías como salmos
tiene el Salterio de David y porque los sencillos e ignorantes que no pueden
rezar el Salterio davídico sacan de la recitación de Santo Rosario tanto o mayor
fruto que el que se consigue con la recitación de los salmos de David:
1º. porque el Salterio Angélico tiene un fruto más noble, a saber, el
Verbo encarnado, a quien el salterio davídico solamente predice;
2º. porque así como la realidad supera a la imagen y el cuerpo a la
sombra, del mismo modo el Salterio de la Santísima Virgen sobrepasa al de David,
que sólo fue sombra y figura de aquél;
3º. porque la Santísima Trinidad compuso directamente el Salterio de la Santísima Virgen, es
decir, el Rosario, compuesto de Padrenuestros y Avemarías.
El sabio Cartagena refiere al respecto: «El sapientísimo de Aix-la-Chapelle (J.
Beyssel) en su libro sobre la Corona de Rosas, dedicado al Emperador Maximiliano,
dice: «No puede afirmarse que la salutación mariana sea una invención reciente.
Se extendió con la Iglesia, los fieles más instruidos celebraban las alabanzas
divinas con la triple cincuentena de salmos davídicos. Entre los más humildes,
que encontraban diversas dificultades en el rezo del Oficio Divino, surgió una
santa emulación... Pensaron, y con razón, que en el celestial elogio (el
Rosario) se incluyen todos los secretos divinos de los salmos. Sobre todo porque
los salmos cantaban al que debía venir, mientras que esta fórmula de plegaria se
dirige al que ha venido ya. Por eso comenzaron a llamar “Salterio Mariano” a las
tres series de cincuenta oraciones, anteponiendo a cada decena la oración
dominical como habían visto hacer a quienes recitaban los salmos».
[23]
El Salterio o Rosario de la Santísima Virgen se compone de tres Coronas de cinco
decenas cada una, con el fin:
1º. de honrar a las personas de la Santísima Trinidad;
2º.
de honrar la vida,
muerte y gloria de Jesucristo;
3º. de imitar a la Iglesia triunfante, ayudar a la peregrinante y
aliviar a la paciente;
4º. de imitar las tres partes del salterio, la primera de las cuales
mira a la vía purgativa; la segunda, a la vía iluminativa; la tercera, a la vía
unitiva;
5º. de colmarnos de gracia durante la vida, de paz en la hora de la
muerte, y de gloria en la eternidad.
7a. Rosa
El Rosario: Corona de Rosas
[24]
Desde cuando el Beato Alano de la Rupe restauró esta devoción, la voz del pueblo
que es la voz de Dios, la llamó ROSARIO, es decir, corona de rosas, lo cual
significa que cuantas veces se recita el Rosario como es debido, colocamos en la
cabeza de Jesús y de María una corona de ciento cincuenta y tres rosas blancas y
dieciséis rosas encarnadas del Paraíso, que no perderán jamás su belleza ni
esplendor.
La
Santísima Virgen aprobó y confirmó el nombre de Rosario, revelando a varias
personas, que le presentaban tantas rosas agradables cuantas Avemarías recitaban
en su honor y tantas coronas de rosas como Rosarios.
[25]
El Hermano Alfonso Rodríguez, jesuita, rezaba
con tanto fervor, que veía con frecuencia salir de su boca una rosa encarnada a
cada Padrenuestro y una rosa blanca a cada Avemaría: iguales ambas en belleza y
fragancia y sólo diferentes en el color.
Cuentan las crónicas de San Francisco que un joven Religioso tenía la laudable
costumbre de rezar todos los días antes de la comida la Corona de la Santísima
Virgen. Cierto día, no se sabe por qué, faltó a ella. Cuando sonó la campana
para la comida, rogó al Superior le permitiera rezar la Corona antes de sentarse
a la mesa. Obteniendo el permiso, se retiró a su celda. Pero, como tardase mucho
en volver, el Superior envió a un Religioso a llamarlo.
Éste lo encontró en su celda, iluminado de celestiales resplandores. La
Santísima Virgen y dos Ángeles estaban al lado de él. A cada Avemaría salía de
la boca del Religioso una bellísima rosa. Los Ángeles recogían las rosas, una
tras otra, y las colocaban sobre la cabeza de la Santísima Virgen que se
mostraba evidentemente complacida de ello.
Otros Religiosos, enviados para saber la causa de la demora de sus compañeros,
vieron el mismo prodigio. La Santísima Virgen no desapareció hasta que terminó
el rezo de la Corona.
El Rosario es, pues, una gran corona, y el de cinco decenas una diadema o
guirnalda de rosas celestiales que se
coloca en la cabeza de Jesús y de María. La rosa es la reina de las
flores. El Rosario, a su vez, es la rosa y la primera de las devociones.
8a. Rosa
Maravillas del Rosario
[26]
No es posible expresar cuánto prefiere la Santísima Virgen el Rosario a las
demás devociones, cuán benigna se muestra para recompensar a quienes trabajan en
predicarlo, establecerlo y cultivarlo y cuán terrible, por el contrario, contra
quienes se oponen a él.
Santo Domingo no puso en nada tanto empeño durante su vida como en alabar a la
Santísima Virgen, predicar sus grandezas y animar a todo el mundo a honrarla con
el Rosario. La poderosa Reina del Cielo, a su vez, no cesó de derramar sobre el
Santo bendiciones a manos llenas. Ella coronó sus trabajos con mil prodigios y
milagros y él alcanzó de Dios cuanto pidió por intercesión de la Santísima
Virgen. Para colmo de favores, le concedió la victoria sobre los albigenses y le
hizo padre y patriarca de su gran Orden.
[27]
Y ¿qué decir del Beato Alano de la Rupe, restaurador de esta devoción? La
Santísima Virgen lo honró varias veces con su visita para ilustrarlo acerca de
los medios de alcanzar la salvación, convertirse en buen Sacerdote, perfecto
Religioso e imitador de Jesucristo.
Durante las tentaciones y horribles persecuciones del demonio que lo llevaban a
una extrema tristeza y casi a la desesperación, Ella lo consolaba, disipando,
con su dulce presencia, tantas nubes y tinieblas. Le enseñó el modo de rezar el
Rosario, lo instruyó acerca de sus frutos y excelencias, lo favoreció con la
gloriosa cualidad de esposo suyo y, como arras de su casto amor, le colocó el
anillo en el dedo y al cuello un collar hecho con sus cabellos, dándole también
un Rosario. El Abad Tritemio, el sabio Cartagena, el doctor Martín Navarro y
otros hablan de él elogiosamente.
Después de atraer a la Cofradía del Rosario a más de cien mil personas, murió en
Zwolle, Flandes, el 8 de setiembre de 1475.
[28]
Envidioso el demonio de los grandes frutos que el Beato Tomás de San Juan,
célebre predicador del Santo Rosario, lograba con esta práctica, lo redujo con
duros tratos a una larga y penosa enfermedad en la que fue desahuciado por los
médicos. Una noche creyéndose a punto de morir, se le apareció el demonio, bajo
una espantosa figura. Pero él levantó los ojos y el corazón hacia una imagen de
la Santísima Virgen que se hallaba cerca de su lecho y gritó con todas sus
fuerzas: «¡Ayúdame! ¡Socórreme! ¡Dulcísima Madre mía!».
Tan pronto como pronunció estas palabras, la imagen de la Santísima Virgen le
tendió la mano y agarrándole por el brazo le dijo: «¡No tengas miedo,
Tomás, hijo mío! ¡Aquí estoy para ayudarte! ¡Levántate y sigue
predicando la devoción de mi Rosario, como habías empezado a hacerlo! ¡Yo te
defenderé contra todos tus enemigos!». A estas palabras de la Santísima Virgen
huyó el demonio. El enfermo se levantó perfectamente curado, dio gracias a su
bondadosa Madre con abundantes lágrimas y continuó predicando el Rosario con
éxito maravilloso.
[29]
La Santísima Virgen no favorece solamente a quienes predican el Rosario, sino
que recompensa también gloriosamente a quienes con su ejemplo atraen a los demás
a esta devoción.
Alfonso, rey de
León y de Galicia, deseando que todos sus criados honraran a la Santísima Virgen
con el Rosario, resolvió, para animarlos con su ejemplo, llevar ostensiblemente
un gran rosario, aunque sin rezarlo. Bastó esto para obligar a toda la corte a
rezarlo devotamente.
El rey cayó enfermo de gravedad. Ya lo creían muerto, cuando, arrebatado en
espíritu ante el tribunal de Jesucristo, vio a los demonios que le acusaban de
todos los crímenes que había cometido. Cuando el divino Juez lo iba ya a
condenar a las penas eternas, intervino en favor suyo la Santísima Virgen.
Trajeron, entonces, una balanza: en un platillo de la misma colocaron los
pecados del rey. La Santísima Virgen colocó en el otro el rosario que Alfonso
había llevado para honrarla y los que, gracias a su ejemplo, habían recitado
otras personas. Esto pesó más que los pecados del rey. La Virgen le dijo luego,
mirándole benignamente: «Para recompensarte por el pequeño servicio que me
hiciste al llevar mi Rosario, te he alcanzado de mi Hijo la prolongación de tu
vida por algunos años. ¡Empléalos bien y haz penitencia!»
Volviendo en sí el rey exclamó: «Oh bendito Rosario de la Santísima Virgen, que
me libró de la condenación eterna!» Y después de recobrar la salud, fue
siempre devoto del Rosario y lo recitó todos los
días.
Que los devotos de la Santísima Virgen traten de ganar el mayor número de fieles
para la Cofradía del Santo Rosario, a ejemplo de estos santos y de este rey. Así
conseguirán en la tierra la protección de María y luego la vida eterna:
«Los que me den a conocer, alcanzarán la
vida eterna».
9a. Rosa
Los enemigos del Rosario
[30]
Veamos ahora cuán injusto es impedir el progreso de la Cofradía del Santo
Rosario y cuales son los castigos que Dios inflige a los infelices que la han
despreciado o intentado destruirla.
Aunque la devoción del Santo Rosario ha sido autorizada por el Cielo con muchos
milagros y ha recibido la aprobación de la Iglesia mediante Bulas pontificias,
no faltan hoy libertinos, impíos y gentes orgullosas que se atreven a difamar la
Cofradía del Santo Rosario o alejar de ella a los fieles. Es fácil reconocer que sus lenguas están infectadas con el
veneno del infierno y que se mueven a impulso del Maligno. Nadie, en efecto,
podría desaprobar la devoción del Santo Rosario sin condenar al mismo tiempo lo
más piadoso que existe en la religión cristiana, a saber: la oración dominical,
la salutación angélica, los misterios de la vida, muerte y gloria de Jesucristo
y de su Santísima Madre.
Estos orgullosos no pueden soportar que se rece el Rosario y caen con
frecuencia, inconscientemente, en el criterio reprobable de los herejes que
detestan el Rosario y la Corona.
Aborrecer las Cofradías es alejarse de Dios y de la auténtica piedad, dado que
Jesucristo asegura que se halla entre quienes se reúnen en su nombre. Ni es ser
buen católico despreciar tantas y tan grandes indulgencias como la Iglesia
concede a la Cofradía. Finalmente, disuadir a los fieles de que pertenezcan a la
Cofradía del Santo Rosario, es obrar como enemigo de la salvación de las almas,
ya que por medio de ella abandonan el pecado para abrazar la piedad. San
Buenaventura afirma con razón en su Salterio, que
quien desprecia a la Santísima Virgen morirá en pecado y se condenará. ¡Qué
castigos no deben esperar quienes alejan a los demás de la devoción hacia Ella!
10a. Rosa
Milagros del Rosario
[31]
Mientras Santo Domingo predicaba esta devoción en Carcasona, un hereje se dedicó
a ridiculizar los milagros y los quince misterios del Santo Rosario. Impedía así
la conversión de los herejes. Dios permitió, para castigo de este impío, que
15.000 demonios se apoderaran de su cuerpo. Sus padres lo condujeron entonces al
Santo para que lo librara de los espíritus malignos. Se puso Santo Domingo en
oración y exhortó a la multitud a rezar con él en alta voz el Rosario. Y he aquí
que a cada Avemaría la Santísima Virgen hacía salir cien demonios del cuerpo del
hereje, en forma de carbones encendidos. Una vez liberado, el hereje abjuró de
sus errores, se convirtió y se hizo inscribir en la Cofradía del Rosario, con
muchos otros correligionarios suyos, conmovidos ante este castigo y la fuerza
del Rosario.
[32]
El sabio Cartagena, franciscano, y
otros autores refieren que en el año 1482, cuando el venerable Padre Diego
Sprenger y sus Religiosos trabajaban con gran celo por el restablecimiento de la
devoción y Cofradía del Santo Rosario en la ciudad de Colonia, dos célebres
predicadores, envidiosos de los frutos maravillosos que los primeros obtenían
mediante esta práctica, intentaban desacreditarla en sus propios sermones.
Gracias al talento y fama que gozaban, apartaban a muchos de inscribirse en la
Cofradía. Para conseguir mejor sus perniciosos intentos, uno de ellos preparó
expresamente un sermón para el domingo siguiente.
Llega la hora de la predicación, pero el predicador no aparece. Se le espera. Se
le busca, y finalmente lo encuentran muerto, sin que hubiera podido ser
auxiliado por nadie. Persuadido el otro predicador de que se trataba de un
accidente natural, resuelve reemplazar a su compañero en la triste empresa de
abolir la Cofradía del Rosario. Llegan el día y la hora del sermón.
Pero Dios lo castigó con una parálisis que le quitó el movimiento y la palabra.
Reconociendo su falta y la de su compañero, recurrió de corazón a la Santísima
Virgen, prometiéndole predicar por todas
partes el Rosario con tanto empeño como aquel con que lo había combatido. Le
suplicó que para ello le devolviera la salud y la palabra. La Santísima Virgen
accedió a su petición.
Sintiéndose repentinamente curado, se levantó como otro Saulo, cambiado de
perseguidor en defensor del Santo Rosario. Reparó públicamente su culpa y
predicó con gran celo y elocuencia las excelencias del Santo Rosario.
[33]
No dudo de que las gentes críticas y orgullosas de hoy, al leer estas historias,
pongan en duda su autenticidad, como han hecho siempre.
Yo sólo las he transcrito de muy buenos autores contemporáneos, y en parte, de
un libro reciente del P. Antonino Thomas, dominico, titulado
El Rosal Místico.
Todo el mundo sabe, por otra parte, que hay tres clases de fe para las
diferentes historias. A los acontecimientos narrados en la Sagrada Escritura
debemos una fe divina. A los relatos profanos, que
no repugnan la razón y han sido escritos por serios autores, una
fe humana. A las historias piadosas
referidas por buenos autores y no contrarias a la razón, la fe o las buenas
costumbres, aunque a veces sean extraordinarias, una
fe piadosa.
Confieso que no debemos ser ni muy crédulos ni muy críticos, sino optar siempre
por el justo medio para descubrir dónde se hallan la verdad y la virtud. Pero
estoy convencido igualmente que así como la
caridad cree fácilmente cuanto no es contrario a la fe ni a las buenas
costumbres –«La caridad todo lo cree»–, del
mismo modo, el orgullo lleva a negar casi todas las historias bien fundadas, so
pretexto de que no se encuentran en la Sagrada Escritura.
En la trampa tendida por Satanás, en la que cayeron los herejes que negaban la
Tradición. Trampa en la que caen, sin darse cuenta, los críticos de hoy, que no
creen lo que no comprenden o no les agrada, sin más motivo que su orgullo y
autosuficiencia.
SEGUNDA DECENA
EXCELENCIA DEL SANTO ROSARIO,
MANIFESTADA POR LAS ORACIONES QUE LO COMPONEN
11a. Rosa
El Credo
[34]
El Credo o símbolo de los Apóstoles, que se reza sobre el crucifijo del rosario,
es una plegaria de gran mérito, por ser un sagrado compendio y resumen de las
verdades cristianas.
La fe, en efecto, es la base, fundamento y principio de todas las virtudes
cristianas, de todas las verdades eternas y de todas las plegarias agradables a
Dios. «Quien se acerca a Dios ha de
comenzar por creer».
Sí, quien se acerca a Dios en la oración debe comenzar con un acto de fe y
cuanto mayor sea su fe, más eficaz y meritorio para él y más gloriosa para Dios
será su plegaria.
No me detendré a explicar las palabras del símbolo de los Apóstoles. Pero no
puedo menos de aclarar las primeras palabras:
«Creo en Dios».
Éstas encierran los actos de las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y
la caridad. Tienen una eficacia maravillosa para santificarnos y derrotar al
demonio. Muchos santos vencieron con estas palabras las tentaciones,
especialmente las contrarias a la fe, la esperanza o la caridad, durante su vida
y a la hora de la muerte. Fueron las últimas palabras que escribió San Pedro
mártir con el dedo, lo mejor que pudo y sobre la arena, cuando, con la cabeza
cortada por el sablazo de un hereje, se hallaba próximo a expirar.
[35]
La fe es la única clave que permite entrar en todos los misterios de Jesús y de
María, contenidos en el Santo Rosario. Por esto es necesario comenzar el Rosario
rezando el Credo con gran atención y devoción. Y cuanto más viva y robusta sea
la fe, más meritorio será nuestro Rosario. Es preciso que sea
viva y animada por la caridad, es decir,
que para recitar bien el Santo Rosario, debes estar en gracia de Dios o en busca
de ella. Es necesario, además, que la fe sea
robusta y constante, es decir, que no
has de buscar en el rezo del Santo Rosario solamente el gusto sensible y la
consolación espiritual. En otras palabras, no debes dejarlo cuando te salten las
distracciones involuntarias en la mente, un incomprensible tedio en el alma, un
fastidio o sopor casi continuo en el cuerpo. Para rezar bien el Rosario no son
necesarios ni gusto ni consuelo ni suspiros ni fervor y lágrimas, ni aplicación
prolongada de la imaginación. Bastan la fe pura y la recta intención. «Basta sólo la
fe» | |