JESUCRISTO, LA SABIDURIA ENCARNADA
                   
San Luis María Grignion de Montfort

EL DECRETO DE LA ENCARNACIÓN 

San Luis María de Montfort se complacía meditando como se habría determinado la salvación del hombre. Inmediatamente después de la caída de Adán y Eva, Dios promete que rescataría a la humanidad: "Yo pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; ella te aplastara la cabeza, mientras tu acechas su calcañal" (Génesis 3,15).

"Paréceme ver – dice San Luis María- convocada la Santísima Trinidad para decidir la restauración del hombre, e imagino como se desencadena una especie de combate entre la justicia de Dios y la misericordia."

La misericordia de Dios reconoce que el hombre realmente merece ser condenado eternamente junto con los ángeles rebeldes, a causa de su pecado; pero que es preciso compadecerse de el, pues su pecado es causa mas de debilidad e ignorancia que de malicia. Además observa que es una gran lastima que una obra maestra de Dios como lo es el hombre, permanezca para siempre esclavizada al enemigo, y que miles de millones de hombres se vean para siempre condenados por el pecado de uno solo. E indica la gloria inmensa que Dios recibiría en el tiempo y en la eternidad si se salvara el hombre.

"La justicia Divina le contesta que debe ser dictada la sentencia de muerte y condenación eterna sobre el hombre, y que debe ejecutarse sin misericordia, como lo fue dictada contra Lucifer y sus secuaces; que el hombre es un ingrato después de todos los beneficios que recibió; que habiendo seguido al demonio en la desobediencia y el orgullo, debe también acompañarlo en el castigo, porque el pecado debe ser castigado.

Viendo Dios que nadie en el universo era capaz de expiar el pecado del hombre, satisfacer a la justicia y aplacar la ira divina, y queriendo al mismo tiempo salvar al desventurado hombre, a quien amaba por naturaleza, halla un medio admirable".

Jesucristo, la Sabiduría Encarnada se ofrece a si mismo en un arrebato de amor incomprensible, con tal de librarnos de la esclavitud del demonio y las llamas del infierno y conseguirnos una eternidad feliz.

Su oferta es aceptada, el Hijo de Dios se hará hombre en el momento oportuno y en la circunstancias señaladas.

Cuatro mil años pasaron entre la creación y el pecado de Adán y Eva, hasta la Encarnación .

En este transcurso murieron muchos hombres, pero "en atención a la futura Encarnación del Hijo de Dios, recibieron gracias para obedecer los mandamientos, y si murieron en amistad con Dios, sus almas descendieron al limbo en espera que su Salvador les abriera las Puertas del Cielo".

Durante todo este tiempo, la Sabiduría Eterna, Dios mismo inspiro a los hombres de Dios, hablo por la boca de los profetas, los dirigió en sus caminos, los ilumino en sus dudas, los sostuvo en sus debilidades y los libro de todo mal. (Libro de la Sabiduría 10,1-21).

San Luis María de Montfort nos dice que por cuatro milenios que siguieron a la creación, todos los santos del Antiguo Testamento pedían con insistentes plegarias la llegada del Mesías. " Pero sus gritos, plegarias y sacrificios no tenían la fuerza suficiente para hacer descender del seno del Padre a la Sabiduría Encarnada, el Hijo de Dios.

Por ultimo. Cuando llego el momento de realizar la redención de los hombres, la Sabiduría divina, Dios mismo, se construyo una casa, una habitación digna de ella misma.

Creo y formo en el seno de santa Ana a María, con mayor dicha que la que había experimentado en la creación del universo. Es imposible expresar la extraordinaria comunicación de la Santísima Trinidad con tan hermosa criatura, lo mismo que la fidelidad con que María respondió a las gracias de su Creador".

"¡Oh María! Obra maestra del Altísimo, milagro de la Sabiduría, prodigio del Omnipotente, abismo de la gracia...Confieso, con todos los santos, que solamente tu Creador puede comprender la altura, anchura y profundidad de las gracias que te comunico".

San Luis María reconoce que María realizo en catorce años tales progresos en la gracia y la Sabiduría de Dios, su fidelidad al amor del Señor fue tan perfecta, que lleno de admiración no solo a los ángeles, sino también al mismo Dios. "Su humildad profunda embeleso al Creador, su pureza, enteramente divina, lo cautivo; su fe viva y sus continuas y amorosas plegarias le hicieron violencia. La Sabiduría se encontró amorosamente vencida por tan amorosa búsqueda: ¡Oh, cuan grande fue el amor de María que venció al Omnipotente!".

María, la virgen de Nazareth que rogaba a Dios en profundos coloquios del corazón le concediera ser "la esclava de la madre del Mesías", consiguió ser escuchada mas halla de todos los justos que habían habitado el mundo, y viendo Dios sus humildes aspiraciones en servirle, ‘’envia al arcángel San Gabriel a llevarle su saludo y a manifestarle que había conquistado su corazón, por lo cual deseaba hacerse hombre en su seno, siempre y cuando ella diera su consentimiento".

El arcángel cumplió su misión. Aseguro a María que conservaría su virginidad a pesar de ser madre, y obtuvo – no obstante la resistencia de su profunda humildad- el consentimiento inefable que la Santísima Trinidad, los ángeles y todo el universo esperaban hacia tantos siglos. María, humillándose delante su Creador, respondió: "HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR; cúmplase en mi lo que has dicho".

San Luis María nos relata como "en el instante en que María otorgo su consentimiento de ser Madre de Dios, se obraron múltiples prodigios. El Espíritu Santo formo de la Purísima sangre de María un cuerpecito y lo organizo con perfección. Dios creo el alma mas perfecta que jamas ha creado. El Hijo de Dios se unió en realidad de persona a ese cuerpo y esa alma. Y así se realizo este portento del cielo y de la tierra: "el Verbo se hizo carne". Dios se ha hecho hombre sin dejar de ser Dios, Jesucristo, el Salvador".



ENCANTADORA BELLEZA E INEFABLE DULZURA DE

LA SABIDURIA ENCARNADA

‘"La Sabiduría se encarno con la única finalidad de atraer a su amor e imitación los corazones humanos. Por ello se ha complacido en adornarse con todas las amabilidades y dulzuras humanas mas atrayentes y delicadas, sin defecto ni fealdad alguna", nos dirá San Luis María.

"La Sabiduría es toda bondad y dulzura. Es el don del amor del Padre eterno y fruto del amor del Espíritu Santo. Nació de la mas dulce, tierna y hermosa de todas las madres, María. ¿Quieres conocer la dulzura de Jesús? Trata de conocer antes la dulzura de María, su Madre, a quien se asemeja en la dulzura del temperamento".

Jesús es dulce en el semblante, dulce en las palabras, dulce en las acciones. "El amabilísimo Salvador tenia un rostro tan dulce y bondadoso, que cautivaba los ojos y los corazones de cuantos le veían. Los pastores que fueron a visitarlo en el pesebre quedaron tan encantados de la dulzura y hermosura de su semblante, que hubieran permanecido días enteros contemplándole. Los Reyes Magos se decían :!Amigos, que agradable es estar aquí; no existe en nuestros palacios delicias semejantes a las que se experimentan en este establo al contemplar al querido Niño Dios"

Siendo Jesús muy joven, las personas afligidas y los niños del contorno iban a verle para alegrarse con el . La belleza y majestad de su semblante eran tan dulces e imponentes a la vez, que cuantos lo veían no podían menos que amarlo.

Aseguran algunos que los soldados romanos y los judíos le velaron el rostro a Jesús para abofetearlo y maltratarlo con mayor libertad, porque sus ojos y su semblante despedían tan suave y encantadora luz, que desarmaba a los mas crueles.

"Jesús es dulce en sus palabras. Mientras vivía en la tierra, conquistaba a todo el mundo con la dulzura de sus palabras. Jamas se le oyó gritar ni disputar acaloradamente. Las personas dejaban a millares sus hogares y familias para ir a escucharlo hasta los desiertos y pasaban idas y idas son comer ni beber, saciándose únicamente con la dulzura de sus palabras. Dulzura con la cual atrajo en seguimiento suyo a los apóstoles como un imán, curo a los enfermos mas incurables, consoló a los afligidos".

Jesús es dulce en sus acciones y en toda su conducta. Todo lo que hizo Jesucristo lo realizo con tal precisión, sabiduría, santidad y dulzura, que no es posible encontrar en ello ningún defecto ni deformidad.

"Los pobres y los niños le seguían a todas partes como si fuera uno de ellos. Encontraban en el amable Salvador tanta sencillez, benignidad, condescendencia y caridad, que se atropellaban para acercarse a El. Los pobres, al ver que vestía pobremente y actuaba sin altivez ni arrogancia, se complacían en estar con el y lo defendían ante los ricos y orgullosos que lo calumniaban y perseguían. Jesús por su parte, les prodigaba mil alabanzas y bendiciones en toda ocasión. Con cuanta bondad y humildad trato de conquistar el corazón de Judas, que intentaba traicionarlo. ¡Le lavo los pies y le llamo amigo suyo!; con cuanta caridad pidió perdón a Dios, su Padre, por sus verdugos, disculpándolos por no saber lo que hacían"- nos dirá San Luis María en bellas meditaciones.

Nadie imagine que, por hallarse ahora Jesús triunfante y glorioso, sea menos dulce y condescendiente. "Su gloria perfecciona su dulzura. Desea mas mostrar la abundancia de su misericordia que ostentar las riquezas de su gloria".


 

EL MOTIVO MAS PODEROSO PARA AMAR LA SABIDURIA ENCARNADA

 

"La razón mas poderosa, dice San Luis María de Montfort, que puede impulsarnos a amar a Jesús, la Sabiduría Encarnada, es a mi juicio la consideración de los dolores que quiso padecer para mostrarnos su amor."

En las circunstancias que acompañan sus dolores, podemos ver el amor infinito de Jesucristo hacia nosotros:

Primero, la excelencia de su persona: " Su divinidad, que comunica valor infinito a cuanto sufre en su pasión".

Dios hubiera podido enviar a un ángel para que muriera por nosotros, lo cual hubiera sido admirable y digno de nuestra eterna gratitud, pero no conformándose con ello envío a su Hijo hecho hombre.

Segundo, los padecimientos incluso por sus enemigos. "La condición de los hombres por los que padece, son criaturas despreciables y enemigos suyos de quienes nada podía temer ni esperar. Se da el caso de personas que mueren por sus amigos, pero se dará jamas el caso de que alguien muera por sus enemigos. Cristo murió por nosotros cuando éramos aun pecadores, es decir, enemigos suyos."

La tercera, la enormidad y duración de sus múltiples padecimientos. "Este gran amante de nuestras almas sufrió en todo, dolores externos e internos, en el cuerpo y en el alma. Padeció en sus bienes en la pobreza de su nacimiento, la huida a Egipto y su permanencia allí, la pobreza de toda su vida; en la pasión fue despojado de sus vestiduras por los soldados que las sortearon entre si, y luego es clavado en la cruz sin que le dejasen un pobre harapo para cubrirse.

Sufrió en su honor y reputación. Fue saturado de oprobios, tratado de blasfemo, sedicioso, borracho, colilon y endemoniado. Fue menospreciado en su sabiduría, al ser considerado como ignorante e impostor y tratado de loco e insensato.

Fue ultrajado en su poder, al ser considerado como mago y hechicero, capaz de hacer falsos milagros en unión con Satanás. Sufrió a causa de sus discípulos, uno lo vendió y traicionó, el primero de ellos lo negó y los demás lo abandonaron.

Sufrió de parte de toda clase de personas: reyes, gobernantes, jueces, cortesanos, soldados, pontífices, sacerdotes, eclesiásticos y seglares, judíos y gentiles, hombres y mujeres; de todas clases sin excepción. Incluso su Santísima Madre aumento de manera terrible sus aflicciones cuando la vio presenciando su muerte junto la cruz, anegada en un mar de tristeza.

Nuestro amantísimo Salvador padeció en todos los miembros de su cuerpo: su cabeza fue coronada de espinas; sus cabellos y la barba tirados; sus mejillas abofeteadas; su rostro cubierto de salivazos; su cuello y sus brazos torturados con cuerdas; sus espaldas cargadas y desolladas por el peso de la cruz; sus manos y pies taladrados por los clavos; su costado y corazón atravesados por una lanza. En una palabra, todo su cuerpo fue desgarrado sin misericordia por mas de cinco mil azotes, de forma que se le veían los huesos.

Todos sus sentidos fueron sumergidos en este mar de dolor, sus ojos al contemplar las burlas de sus enemigos y las lagrimas y la desolación de sus amigos; sus oídos al escuchar las injurias los falsos testimonios y las calumnias y blasfemias que aquellas bocas malditas vomitaban contra El; su olfato al percibir la fetidez de los salivazos que le lanzaban; su gusto al padecer aquella sed abrazadora que en burla pretendían mitigarle con vinagre; y su tacto al experimentar el exceso de dolor que le causaron los azotes, espinas y clavos.

El alma santísima de Jesús se vio cruelmente atormentada por los pecados de todos los hombres y a causa de la perdición de tantas almas que, no obstante su pasión y muerte, se condenarían. Sentía compasión no solo de todos en general sino de cada uno en particular, dado que conocía a todos indistintamente.

Contribuyo a aumentar sus dolores la duración de los mismos. Sufrió desde su concepción hasta su muerte, puesto que, gracias a la luz infinita de su sabiduría, veía distintamente y siempre tenia presentes todos los males que debía soportar.

Añadamos a estos tormentos el mas cruel y espantoso de todos, el abandono en la cruz cuando exclamó: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?"

San Luis María nos dice que Jesucristo, la Sabiduría Encarnada, habiendo podido permanecer en la gloria del cielo, infinitamente alejado de nuestra indigencia, prefirió por nuestro amor, bajar a la tierra, encarnarse y ser crucificado. Que el Padre le ofreció a su Hijo en el momento de la encarnación, la alternativa de salvar el mundo por el placer o por el dolor, por los honores o por los desprecios, por la riqueza o por la pobreza, por la vida o por la muerte. Pero el escogió los dolores y la cruz par a dar mayor gloria al Padre, y a los hombres el testimonio de un amor mas grande.

Después de considerar todo esto, exclama San Luis María "conocer lo que Nuestro Señor Jesucristo ha padecido por nosotros y no amarlo con ardor- cosa que hace el mundo- es algo moralmente imposible".

(Textos tomados de libro : EL AMOR DE LA SABIDURIA ETERNA, DE SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT).