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INTRODUCCION
Esta historia
de la Compañía de María no pretende ser exhaustiva. Quizá
algunos lectores queden decepcionados al no encontrar en
ella detalles que hubieran querido conocer. La finalidad de
este trabajo no es ser una compilación detallada de la vida
de la Congregación. Si se tratara de relatar todo, sobre
todo lo referente al siglo XX, serían necesarios varios
volúmenes.
Pero los
destinatarios de este libro son ante todo los aspirantes
monfortianos de los diferentes continentes, para ayudarles a
conocer la Congregación con la cual tienen intención de
comprometerse. Como se supone que no conocen la Historia de
Francia ni su geografía, hay algunos datos o evocaciones que
pueden parecer superfluos a los Europeos.
La Historia
de la Compañía se divide en seis capítulos:
I. La
fundación
II. Los
comienzos:desde la muerte del Padre de Montfort hasta la
Revolución Francesa en 1789
III. La
tormenta: período de la Revolución hasta el Concordato de
1801
IV. La
renovación: el siglo XIX hasta 1871, año de la primera
fundación fuera de Francia
V. La
expansión internacional: período de crecimiento rápido de la
Congregación, cuyo nivel máximo se da en 1966
VI. Hacia un
nuevo equilibrio: del comienzo de la recesión en 1966 hasta
1996, año en que termina el relato de este libro con la
visita del Papa Juan Pablo II a San Lorenzo, el 19 de
septiembre
Para no
recargar el texto y hacer su lectura más fluida, no se ha
querido poner notas al pie de las páginas. El contenido de
las mismas se encuentra ya en el texto, a veces entre
paréntesis o guiones.
Este libro es
la publicación de una serie de conferencias que su autor dio
por primera vez a los aspirantes peruanos en Lima, julio de
1994, y que ha tenido ocasión de presentar dos veces más a
jóvenes monfortianos de diferentes continentes en cursos de
formación en San Lorenzo. Ojalá cumpla su función de
suscitar en los jóvenes monfortianos el amor de la Compañía
de María.
Nuestra
Señora de Marillais, Francia, septiembre 29 de 1997
Michel
Bertrand,S.M.M.
CAPITULO I -
LA FUNDACION
Germinación
de un proyecto
Luis María
Grignion de Montfort, formado en el seminario de San
Sulpicio en París, fue ordenado sacerdote el 5 de junio de
1700. Había llamado la atención de sus formadores, tanto por
su piedad como por su ciencia, hasta el punto que hubieran
querido conservarlo en su casa. Estal perspectiva, sin
embargo, en nada llamaba la atención del joven sacerdote:
más que por la formación de los seminaristas se sentía
atraído por el apostolado entre las gentes sencillas.
Durante sus años en San Sulpicio, había comenzado ya a
prepararse para ello, y en los tres o cuatro meses que pasó
en el seminario después de su ordenación, siguió compilando
notas de sermones con la ambición de capacitarse para
improvisar una predicación sobre cualquier tema. Compuso
también cánticos para ayudar a sus futuros oyentes a
memorizar la doctrina cristiana.
Sabemos esto
gracias a los recuerdos que uno de sus amigos ha tenido a
bien escribir. A pesar de su temperamento poco comunicativo,
Luis María Grignion tenía dos amigos íntimos, que había
conocido durante su adolescencia en el Colegio de Rennes.
Conviene conocerlos ya que uno y otro tienen algo que ver
con la fundación de la Compañía de María.
El primero es
Claudio Poullart des Places, fallecido a los 30 años y
algunos meses de edad, luego de haber puesto las bases de
la Congregación del Espíritu Santo. En el último siglo el
Venerable P. Libermann dio nueva vida a la fundación de
Poullart des Places, y orientó el apostolado de los
Misioneros del Espíritu Santo hacia el continente africano.
El segundo es
Juan Bautista Blain, que llegó a ser canónigo de la diócesis
de Ruán y nos dejó numerosas y preciosas informaciones sobre
su amigo. Por él conocemos la atracción de Luis María por la
predicación del Evangelio. Los fundadores de San Sulpicio
lejos de oponerse, le buscaron un sitio donde pudiera él
comenzar su apostolado aprovechando la experiencia de
algunos sacerdotes mayores. Según ellos la Comunidad de San
Clemente en Nantes, dirigida por un sacerdote de San
Sulpicio llamado el Señor Lévêque reunía las condiciones
deseables.
A fines de
septiembre de 1700 el joven sacerdote llegó a dicha
comunidad, creyendo encontrar en ella un ambiente según sus
aspiraciones. Desafortunadamente su decepción fue
profunda... tan profunda que ya el 6 de diciembre confesaba
por escrito su desengaño al P. Leschassier, su antiguo
director de San Sulpicio, el mismo que lo había orientado
hacia Nantes.
Esta carta es
el primer indicio de un deseo de fundación, que sólo se
consolidará mucho después. Decía Luis María: "No encontré
aquí lo que esperaba, aquello por lo cual dejé, como a pesar
mio, una casa tan santa como lo es el seminario de San
Sulpicio. Anhelaba, igual que Ud., prepararme para las
misiones y sobre todo dar el catecismo a las gentes
sencillas, que es lo que más me atrae. Pero no hago nada de
esto, y ni siquiera sé si lo haré..." (Carta 5).
Luego
describía el estado de la casa, en la cual la observancia
dejaba mucho que desear, y a renglón seguido expresaba su
sueño: " Desde mi llegada, me siento como perplejo entre dos
sentimientos, al parecer opuestos. Por una parte,
experimento una inclinación secreta al retiro y a la vida
escondida, para aniquilar y combatir mi naturaleza
corrompida deseosa de manifestarse. Por otra, siento grandes
anhelos de hacer amar a Nuestro Señor y a su Santísima
Madre, de correr en forma pobre y sencilla a dar el
catecismo a los pobres del campo y excitar a los pecadores a
la devoción a la Santísima Virgen. Es lo que hacía un
piadoso sacerdote, muerto aquí hace poco en olor de
santidad: iba de parroquia en parroquia enseñando el
catecismo a la gente del campo, a expensas de la
Providencia.
Padre
carísimo, no soy digno -en verdad- de empleo tan honorífico;
pero, ante las necesidades de la Iglesia, no puedo menos de
pedir continuamente con gemidos una pequeña y pobre compañía
de sacerdotes ejemplares, que desempeñen ese ministerio bajo
el estandarte y la protección de la Santísima Virgen. Trato,
sin embargo -aunque con dificultad- de calmar estos anhelos
por buenos y continuos que sean, mediante el olvido absoluto
de todo lo mio en brazos de la Divina Providencia, y una
perfecta obediencia a los consejos de Ud., que consideraré
siempre como órdenes".
Esta
comunicación contiene en germen la Carta de la Compañía de
María, pero Luis María Grignion no se fiaba de sí mismo. El
que algún día invitaría a los cristianos a la renuncia total
de sí mismos (VD 259), perseguía sin piedad el amor propio.
Antes de emprender algo quería estar seguro de que fuera la
voluntad de Dios que lo comprometía y no el deseo de
aparecer". Trataba pues de calmar sus deseos y esperaba la
hora de Dios...
¿Dónde
encontrar colaboradores?
Debía llegar
la hora de Dios, que le permitiera "enseñar el catecismo a
los pobres del campo", " a expensas de la Providencia", pero
deberá esperar varios años y seguir numerosos recodos hasta
poder mostrar por fin plenamente su capacidad de
realización.
En octubre de
1701 Luis María dejó a San Clemente para servir a los pobres
del hospital de Poitiers. Bien sabía que su vocación no
estaba allí, pero tenía la esperanza de "ampliar con el
tiempo su ministerio a la ciudad y al campo", "porque mi
anhelo es enseñar el catecismo a los pobres de la ciudad y
del campo".
Durante el
verano de 1702 hizo el viaje a París para ayudar a su
hermana Luisa Guyonne a encontrar una ubicación. Aprovechó
para visitar el seminario de San Sulpicio con la segunda
intención de encontrar algunos colaboradores para las
misiones. Según Blain, su presencia suscitó curiosidad, pero
los pareceres estaban divididos: "Yo que estaba muy atento a
lo que de él se decía, no podía comprender que se le
considerara santo sin verlo seguir el camino de los santos.
Como me sentía muy atraído a seguirle y servirle de
compañero, me interesaba más en todo lo que a él se
refería".
La buena
intención del Señor Blain no se realizará, y la razón fue el
prestigio de que gozaba el P. Leschassier, cuarto superior
de San Sulpicio. Este hombre eminente que, algunos años
después de la muerte de Luis María Grignion, reconoció
humildemente "no conocer a los santos", había dado crédito a
las críticas llegadas de Nantes y de Poitiers, y había
expresado del joven sacerdote un juicio extremamente severo:
"El Señor Grignion es muy humilde, pobre, mortificado y
piadoso, y, sin embargo, me cuesta creer que sea conducido
por el espíritu del bien".
No sólo lo
juzgaba con severidad, sino que se mostró tan frío con él,
que Luis María perdió toda esperanza de encontrar algún día
colaboradores en San Sulpicio. Visitó entonces a su amigo
Claudio Francisco Poullart des Places, venido a París en
octubre de 1701 con la intención de hacerse sacerdote.
También él tenía muchos proyectos, pero bien diferentes de
los anhelos de Luis María: "No me siento atraído por las
misiones, pero conozco perfectamente el bien que en ellas se
puede hacer para no colaborar a ellas con todas mis fuerzas
y hacer con Ud. un pacto inviolable.
"Ud. sabe que
desde hace algún tiempo dedico todo lo que está a mi
disposición para ayudar a los escolares pobres a que
prosigan sus estudios. Conozco a varios de ellos que
teniendo admirables disposiciones, por falta de recursos, no
las pueden hacer valer, y se ven obligados a enterrar
talentos que serían muy útiles a la Iglesia, si los pudieran
cultivar. A ello quisiera dedicarme reuniéndolos en una
casa... Si Dios me concede tener éxito, Ud. puede contar con
misioneros. Yo los prepararé y Ud. los pondrá a trabajar. En
esta forma, Ud. quedará satisfecho y yo también".
Las obras de
uno y otro se complementaban pues de manera admirable.
Desafortunadamente el P. Poullart des Places, luego de
fundar su seminario, murió en forma prematura el 2 de
octubre de 1709. El contrato, no escrito; será, sin embargo,
respetado por su sucesor; y varios misioneros de la Compañía
de María vendrán del seminario del Espíritu Santo. Más aún,
los primeros monfortianos se harán llamar comúnmente
"misioneros del Espíritu Santo".
Esperanzas
fundadas
De vuelta a
Poitiers, Luis María Grignion encontró el hospital general
con sus pobres, pero esto no duró mucho tiempo. De hecho en
abril del año siguiente, por las dificultades crecientes se
vio obligado a salir de Poitiers. Dejaba un embrión de
comunidad femenina, compuesta por personas lisiadas e
impedidas, entre las cuales había puesto a una joven de la
alta burguesía de Poitiers: María Luisa Trichet, que
llegaría a ser la primera superiora general de las "Hijas de
la Sabiduría".
Quizá por el
estímulo que le había dado su amigo Poullart des Places,
dirigió sus pasos a París. Abandonado por sus antiguos
maestros de San Sulpicio, pasó algún tiempo con los pobres
del hospital general de la Salpêtrière; luego encontró un
pobre alojamiento debajo de una escalera en la calle
Pot-de-Fer.
Se entrevistó
nuevamente con Poullart des Places, quien dirigía entonces
el "Seminario de estudiantes pobres" que él mismo había
fundado en la calle de Cordiers. Se dedicaba a procurarles
el pan material, pero sobre todo velaba por su formación
espiritual. Personalmente daba instrucciones y cada vez que
tenía ocasión, "les hacía dar retiros por los mejores
maestros en la materia" (Besnard, libro 5, Pág.280). Así el
Señor Grignion tuvo la oportunidad de participar en su
formación durante su estadía en París. Les habló de la
Sabiduría, desarrollando las ideas de su libro El Amor de
la Sabiduría Eterna.
Sin duda
evocaron el contrato establecido el año anterior entre el P.
Poullart y el P. Grignion. Según Grandet, la idea del P.
Grignion era "formar un grupo o comunidad de doce hombres
apostólicos sin bienes ni ganancias, como los Apóstoles".
Probablemente en ese año de 1703, en prenda de amistad y
como símbolo del futuro, Luis María dejó a la Comunidad del
P. Poullart la imagen que había esculpido: la Virgen
abrigando con su manto a doce pequeñas figuras que
representaban a los apóstoles llamados a trabajar "bajo la
protección de María".
Durante ese
tiempo los pobres del hospital no se habían olvidado de su
capellán. Así pues el 9 de marzo de 1703 le escribieron al
P. Leschassier una carta en la cual pedían que hiciera
regresar entre ellos "aquel que tanto ama a los obres, el
Señor Grignion". Viendo en ello un signo de la Providencia,
Luis María dejó otra vez París.
Primer
discípulo
En el
hospital de Poitiers emprendió la doble restauración
material y espiritual del establecimiento con las
aprobaciones más elogiosas. Sin embargo, la euforia no duró
mucho. Al cabo de un año las dificultades crecieron tanto
que debió pensar nuevamente en dejar el lugar. Por fortuna
contó con la benevolencia del obispo de Poitiers y, gracias
a su apoyo, no le faltaría el trabajo. Su adiós al hospital
le permitiría hacer lo que siempre había dicho que "más le
atraía": "enseñar el catecismo a los pobres". Se ofreció al
obispo para hacer misiones en la ciudad y en los suburbios,
y restaurar los santuarios en ruinas. La aprobación
episcopal lo convirtió en misionero oficial de Poitiers. Al
aceptar en 1701 ir al hospital, tenía la esperanza de
"ampliar con el tiempo su ministerio a la ciudad y a los
campos". ¡Ahora se cumplían sus deseos! El obispo lo nombró
director de la casa de las Penitentes, lo que le aseguraba
alojamiento y comida y le daba libertad para "extender su
ministerio a la ciudad".
En Poitiers,
donde encontró a las dos primeras Hijas de la Sabiduría:
María Luisa Trichet y Catalina Brunet, encontraría también
al primer hermano de la futura Compañía de María. Un día
estaba confesando en la iglesia de las Penitentes que estaba
a su cargo. Entró a orar un joven que llamó su atención.
Cuando terminó las confesiones se le acercó y entabló
diálogo con él. El joven le contó que deseaba entrar como
hermano converso donde los Capuchinos que habían predicado
la misión en su pueblo, y dijo que por casualidad había
entrado en esa iglesia a rezar. Entonces, como Jesús llamaba
a sus apóstoles, el P. Grignion le dijo: "No ha sido por
casualidad, sino providencialmente. ¿No te gustaría ayudar a
los misioneros en sus trabajos? Sígueme: con seguridad ésta
es tu vocación"
Se podría
decir como en el Evangelio: "Entonces, dejándolo todo, el
joven lo siguió". En efecto, desde ese día, fue el compañero
fiel de vida y de labores de quien las gentes llamaron más
tarde "el buen Padre de Montfort". Maturino Rangeard, nacido
en 1687 en un pueblito del Norte de Poitou, será recordado
con el nombre de "Hermano Maturino". Por sufrir de
escrúpulos, nunca emitirá votos religiosos, pero, hasta su
muerte en 1760 participará en la mayoría de las misiones
predicadas por los sucesores del Padre de Montfort, y
siempre será considerado el primer Hermano de la Compañía de
María.
Futuro
incierto
El Hermano
Maturino comenzaba en Poitiers mismo a participar en los
trabajos apostólicos de quien lo había comprometido de una
manera tan imprevista. El misionero cosechó algunos éxitos,
particularmente en los suburbios de Montbernage, pero
también suscitó algunas antipatías en la burguesía de la
ciudad. Pues el Padre Villeroi, vicario general, se
inclinaba más a escuchar las quejas de los nobles que los
elogios de los arrabaleros.
De modo que
un buen día el obispo, por no disgustar a Villeroi y sus
amigos, cedió a sus insinuaciones y decidió deshacerse del
P. Grignion, a pesar del aprecio que le tenía. Este fue un
golpe terrible para el misionero, una prueba que cuestionó
toda la orientación de su vida.
Como joven
sacerdote había soñado con irse al Canadá donde la
colonización era acompañada por la evangelización. El
superior de San Sulpicio le había dicho "no" al P. Grignion,
añadiendo en broma que si viajaba allá, "se perdería en las
selvas del Nuevo Mundo". La expulsión que lo golpeaba en
Poitiers, ¿no sería una indicación de la Providencia en
favor de las misiones lejanas?... o en favor de la vida
contemplativa por la cual sintió atracción constante? Para
aclarar su espíritu, emprendió una peregrinación a Roma: a
pesar de las dificultades que en aquel tiempo significaba un
viaje tan largo a pie, iba a consultar al papa Clemente XI.
El Hermano
Maturino quedó en una situación penosa de espera, pero
estaba tan ligado al misionero que parecía dispuesto a
seguirlo a donde fuera. Mientras esperaba el regreso del
peregrino encontró asilo entre los Padres Jesuitas que
ocupaban la antigua abadía de Ligugé, cerca de Poitiers.
La primera
"comunidad" monfortiana
A su retorno
de Roma, a finales del agosto 1706, el P. de Montfort tenía
ya fijada la orientación de su vida. El Papa lo había
nombrado "misionero apostólico" y le había asignado un vasto
terreno de apostolado: "Tienes, le había dicho, un campo
suficientemente amplio en Francia para ejercitar tu celo, no
te vayas a otra parte, y trabaja siempre en perfecta
sumisión a los obispos diocesanos por los cuales serás
llamado".
Encontró de
nuevo al Hermano Maturino que lo esperaba en la abadía de
Ligugé, cerca de Poitiers, pero le fue prohibido quedarse en
esta diócesis en la cual tanto había trabajado. Se dirigió a
Bretaña y se integró en el equipo del P. Leuduger, en
Saint-Brieuc. Participó en varias misiones -entre otras en
Montfort-la-Cane, su pueblo natal- pero en Moncontour, la
falta de entendimiento con el director lo obligó a abandonar
el equipo del P. Leuduger. Se retiró entonces a la ermita de
San Lázaro, llamada así en recuerdo de los tiempos en que
había allí un leprosorio, a pocos kilómetros del pueblo de
Montfort-la-Cane. Se puede decir que ésta fue la primera
comunidad monfortiana. En efecto el P. de Montfort tenía dos
compañeros: Maturino, ya conocido, y un tal Juan, de quien
poco se sabe. Siguió al P. de Montfort hasta su última
misión en San Lorenzo del Sèvre, pero nunca emitió sus
votos... como tampoco los pronunció el Hermano Maturino.
El equipo
apostólico monfortiano
Desde el
momento en que dejó el equipo del P. Leuduger, el P. de
Montfort dirigió él mismo las misiones que predicaba,
sin que jamás estuviera solo. En la diócesis de Nantes, en
la cual trabajó de 1708 a 1711, como en las de Luzón,
Saintes y sobre todo La Rochelle, en la cual permaneció
hasta su muerte, siempre tuvo colaboradores. Eran sacerdotes
o laicos, y su colaboración era ocasional o más o menos
prolongada.
Entre los
sacerdotes conviene hacer mención especial de Pedro Ernault
des Bastières, que comenzó su colaboración en 1708 y trabajó
con él en forma continua de 1711 hasta enero de 1716. A
petición del sulpiciano Grandet, escribió sus recuerdos, y,
gracias a él, conocemos muchos detalles de la vida
apostólica de San Luis María. La historia ha conservado el
nombre de algunos otros: Gabriel Ollivier -diócesis de
Nantes-, Pedro Keating, Irlandés, Tomás Le Bourhis y
Clisson, todos tres de la diócesis de La Rochelle. Los dos
últimos, nombrados en el testamento del misionero (Obras BAC
p. 628). Después de su muerte en San Lorenzo el 28 de abril
de 1716, quedaron solamente dos sacerdotes que, con el
Hermano Maturino, formarían el núcleo de la compañía de
María. Eran Adriano Vatel y Renato Mulot, de quienes
trataremos más adelante.
También tuvo
Montfort varios colaboradores laicos a quienes llamaba
"Hermanos". Maturino fue el obrero de primera hora. De 1707
a 1711 se unieron al equipo Juan, Pedro, Nicolás y Felipe, y
de 1711 a 1716: Santiago, Luis y Gabriel. De ellos sabemos
muy poco y de algunos nada. En 1709 en Crossac, diócesis de
Nantes, un "Hermano" se rebeló contra el misionero, mientras
el P. des Bastières abandonó su equipo... lo que suscitó un
célebre cuarteto:
Un amigo me
falla,
¡bendito Dios!
Se me rebela
un siervo,
¡bendito Dios!
Dios lo
permite o hace,
por ello todo
me agrada y satisface
A la muerte
del P. de Montfort quedaban cuatro Hermanos "unidos conmigo
en la obediencia y la pobreza, a saber: Nicolás de Poitiers,
Felipe de Nantes, Luis de La Rochelle y Gabriel que está
conmigo, mientras continúen renovando sus votos cada año"
(Obras BAC p. 628). Los que no tenían votos eran: Santiago,
Juan y Maturino. El Testamento pedía al P. Mulot que diera a
cada uno diez escudos, en caso de que quisieran irse y "no
hacer sus votos de pobreza y obediencia".
Las reglas de
los sacerdotes misioneros de la Compañía de María
Parece que a
lo largo de los años de intensa labor apostólica, el P. de
Montfort nunca perdió de vista sus proyectos de fundación.
No había olvidado las promesas de Poullart des Places en
1702, pero los años habían pasado y nada concreto había
surgido. En el verano de 1713, el misionero retomó el camino
de París para visitar a los sucesores de Poullart des
Places, fallecido en 1709.
Se puede
pensar -sin precisión posible de ello- que antes del viaje
había redactado la regla dirigida a los misioneros que se
comprometerían con él. En efecto, cuenta Besnard que
"comunicó su plan" a los directores del seminario del
Espíritu Santo, y "les leyó el reglamento que había
preparado para sus discípulos y otros que quisieran entrar
con él en la misma carrera" (Besnard, p. 128").
Las "Reglas
de los sacerdotes misioneros de la Compañía de María" forman
el centro de lo que pasó a la posteridad con el nombre de
"Tríptico". Se trata de tres documentos: la Súplica
Ardiente, las Reglas y la Alocución a los
Asociados de la Compañía de María. Las Reglas
definían el papel misionero de la Compañía de María. Daban
normas prácticas y orientaciones espirituales: abandono a la
Providencia, atención preferencial a los pobres, primacía de
la evangelización y la catequesis.
Visita al
Seminario del Espíritu Santo
En el
seminario del Espíritu Santo "todos aplaudieron el proyecto"
del P. de Montfort, dice Besnard (p. 128), "y los señores
directores le prometieron cooperar eficazmente formando
personas capaces de sostener y perpetuar esa obra buena". A
pesar de su escaso número designaron a uno de ellos para
acompañarlo en sus misiones: era el ecónomo, el P. Caris.
Sin embargo, al momento de partir, el superior, P. Bouic, lo
retuvo por no encontrar a nadie que lo reemplazara en su
cargo.
Con los
seminaristas Montfort sostuvo varias conversaciones. Les
habló en particular del espíritu de pobreza, de la Virgen
María y de la Sabiduría. Uno de los más atentos fue Santiago
Le Vallois, a quien un día el misionero le puso su sombrero
en la cabeza diciendo: "éste me pertenece". Años más tarde
sería uno de los primeros misioneros de San Lorenzo.
Igualmente fueron miembros de la Compañía de María: Vatel,
Hédan, y Tomás.
En recuerdo
de su visita Montfort dejó al superior un crucifijo del cual
decía: "es lo más precioso que tengo en el mundo". Así
quedaba sellada la amistad entre el Seminario del Espíritu
Santo y la futura Compañía de María, y Montfort podía
escribir en La Regla de los Misioneros: "Hay en París
un seminario en el cual los jóvenes eclesiásticos, que son
llamados a las misiones de la Compañía, se disponen por la
ciencia y la virtud a entrar". Efectivamente, durante el
siglo XVIII varios misioneros de San Lorenzo fueron antiguos
alumnos del seminario del Espíritu Santo.
Vocación de
Adriano Vatel
Adriano Vatel
era alumno del seminario del Espíritu Santo en 1713 cuando
quiso seguir al P. de Montfort. Sin embargo, en 1715 decidió
orientarse a las misiones lejanas. El barco que lo
transportaba hizo escala en La Rochelle. Habiendo sabido que
el P. de Montfort se encontraba en la ciudad, quiso verle
para pedirle algunos cánticos y consultarle acerca de la
validez de las facultades que había recibido del Cardenal de
París y del Cardenal de Ruán. De hecho, algunos canonistas
pretendían que sólo el Papa podía dar facultades para lo que
entonces se llamaba "Las Islas", es decir, las Antillas.
Montfort
estaba predicando en la capilla de las Hijas de la
Providencia. El P. Vatel había entrado y al escuchar el
sermón juzgó que se sobreestimaba la reputación del
predicador. De pronto aquel dijo en voz alta: "Hay aquí
alguien que me resiste, siento que la Palabra de Dios
rebota hacia mí; pero no se me escapará". El P. Vatel se
sintió apostrofado y, después del sermón, se dirigió a la
sacristía. El misionero estaba leyendo la carta de un
sacerdote que le retiraba su colaboración, y, sin preámbulo,
dijo a su visitante: "Un sacerdote me incumple su palabra y
el buen Dios me envía otro. Es preciso, Pedro, que venga
conmigo; trabajaremos juntos".
El P. Vatel
protestó: "Es imposible", e hizo valer los compromisos
adquiridos con el capitán del navío, que le había adelantado
cien escudos para comprar algunos ornamentos litúrgicos.
Llevándolo ante el obispo, Montfort le demostró la invalidez
de sus facultades. Monseñor Champflour confirmó su opinión,
y le ofreció cien escudos para indemnizar al capitán. Este
furibundo, estaba dispuesto a eliminar al misionero si lo
encontraba. No tuvo necesidad de buscarlo, pues Montfort
mismo salió a su paso y logró calmarlo.
Desde ese
día, Adriano Vatel, dejando de un lado todos sus proyectos
de misión en el extranjero, se puso inmediatamente al
servicio del equipo del P. de Montfort. Fue el primer
sacerdote vinculado de manera definitiva a la Compañía de
María.
Intervención
de Renato Mulot
Meses más
tarde, a finales del verano de 1715, tuvo lugar en
Fontenay-le-Comte, diócesis de La Rochelle, la primera
entrevista del P. de Montfort con quien sería un día su
sucesor. Renato Mulot había nacido precisamente en
Fontenay-le-Comte. Sus padres, Santiago Mulot, procurador
real de la ciudad, y Carlota Guitton, hija de un burgués de
Mortagne, tuvieron nueve hijos, de los cuales por lo menos
dos murieron de corta edad. Dos fueron sacerdotes y ambos
interesan la historia monfortiana.
Juan, nacido
en 1678, sucedió en 1708 a su primo Santiago Francisco
Collin, párroco de San Pompain desde 1689. Los párrocos de
San Pompain tenían el título honorífico de "Prior" como
recuerdo de la parroquia cuando era un Priorato del
monasterio de Nieul-sur-l'Artize. Juan Mulot fue un
entusiasta admirador del P. de Montfort y acogió en su
presbiterio durante seis años la naciente Compañía de María.
Renato nació
en 1683. Hizo sus estudios en el colegio de los Jesuitas en
Fontenay, y luego entró al seminario de La Rochelle.
Ordenado sacerdote en 1708, comenzó su apostolado a 6 km de
San Pompain, como vicario de Villiers-en-Plaine. El párroco
le dejaba poco espacio de iniciativa, y desde 1709, invitado
por su primo Francisco Gabriel Collin, párroco de Soullans,
diócesis de Luzón, fue nombrado vicario cooperador.
En 1712 el P.
de Montfort predicó algunas misiones en la diócesis de
Luzón, particularmente en La Garnache, en mayo. El párroco
de Soullans tuvo la oportunidad de asistir y descubrir todo
el bien que hacía el misionero. Habló de él tan
favorablemente a su vicario que éste hubiera querido
conocerlo, pero no pudo desplazarse: "Caí enfermo poco
después, escribió él mismo, de un mal extremamente grave.
Estuve largo tiempo en peligro de muerte, desahuciado por
varios médicos famosos". ¿Cuál era la enfermedad? No lo
sabemos. Pronto estuvo fuera de peligro, pero "siempre muy
enfermizo". Caminaba con dificultad y sufría terribles
dolores de cabeza. No podía retomar su ministerio: "Tan
pronto me sentí capaz de montar a caballo, me fui a tomar el
aire nativo donde mi hermano, el Prior de San Pompain, a
sólo tres leguas de Fontenay". Así que a los 29 años de edad
estaba reducido a la inactividad, sin más perspectiva que
vegetar a la sombra de su hermano. En 1715 aún estaba allí,
"siempre lánguido", cuando el P. de Montfort comenzó la
misión de Fontenay, el Domingo 25 de agosto.
El P. Juan
Mulot, aunque un poco inclinado a los pleitos y envuelto en
uno con uno de sus feligreses, era un sacerdote celoso.
Tenía la intención de organizar una misión en su parroquia,
y había ya escogido el predicador. Este plan era tema de las
conversaciones con el presbiterio, y su hermano Renato que
había visto el trabajo del predicador en Soullans y había
escuchado los elogios del misionero de La Garnache, prefería
al P. de Montfort. ¿Lograría convencer a su hermano? No
sabía que su intervención lo llevaría muy lejos...
Una
entrevista importante
El Señor Juan
Mulot no accedió inmediatamente a la sugerencia de su
hermano que creía que el P. de Montfort haría mayor bien
"gracias a las prácticas de piedad que dejaba organizadas,
sobre todo la devoción del Rosario que hacía rezar en las
parroquias y otras cofradías que establecía en ellas. Pero
Renato sabía insistir, y el Prior de San Pompain capituló
ante su hermano menor diciendo que seguiría su parecer pero
a condición de que él mismo se encargara de cancelar el
compromiso del primer predicador.
"Ante eso,
con todo lo débil que me sentía, decidí ir a Fontenay",
cuenta. El P. de Montfort predicaba un retiro a las
religiosas de Nuestra Señora y en casa de ellas tuvo lugar
la entrevista. Renato Mulot presentó su petición, rogándole
"tener a bien ejercer su caridad y celo en San Pompain". La
primera reacción del P. de Montfort fue rehusar: "Ya se
había comprometido en varios otros lugares", y no tenía
razón alguna para trastornar sus planes y preferir a San
Pompain, en una fecha sin duda ya convenida con el primer
predicador solicitado.
La entrevista
hubiera podido terminar ahí, si los dos hombres no hubiesen
descubierto un interés recíproco, que llevó al P. de
Montfort a invitar al P. Mulot a compartir la mesa. No
estaban solos, pues el puesto de honor era para un pobre a
quien el P. de Montfort servía de primero. Con todo, la
presencia de esa tercera persona en nada restaba
espontaneidad a la conversación. El hielo se rompió desde el
primer momento, y al final de la comida Renato Mulot
"redobló su insistencia" para comprometer al misionero a ir
a San Pompain, y se atrevió a decirle: "Si yo tuviera
fuerzas y ciencia suficientes, le seguiría a todas partes".
Quizá dijo esto pensando que no lo comprometía a nada, dada
su pobre salud. Pero lo hizo inconscientemente: era una
frase que no debía decir delante del P. de Montfort, pues su
vida cambiaría de rumbo!
¿Rapidez de
reflejos o inspiración de lo Alto? Sea lo que fuere, el P.
de Montfort había encontrado a "su" hombre para realizar lo
que él llamaba "designios de la Providencia". Tenía casi
sabor de chantaje: "El cedió a mi insistencia, cuenta el P.
Mulot, diciendo que si yo iba a ayudarle en la misión de
Vouvant ya anunciada, él vendría luego a San Pompain". El
pobre P. Mulot cayó en sus redes: "el deseo que tenía yo de
verle comprometido, hizo que le prometiera algo superior a
mis fuerzas".
Trató
tímidamente de volver sobre sus pasos:
-¿Qué hará
Ud. con semejante misionero? Le serviré más de estorbo que
que de utilidad.
La respuesta
es de una audacia propia sólo de la santidad:
-Si Ud.
quiere seguirme y trabajar conmigo el resto de su vida, iré
a la parroquia de su hermano; de lo contrario, no.
Todos sus
males desaparecerán tan pronto comience a trabajar por la
salvación de las almas, y hay que hacer la prueba en la
misión de Vouvant".
Anticipando
el relato, hay que decir que la curación anunciada fue
total. La entrevista de Fontenay tuvo lugar probablemente en
octubre de 1715, y seis meses después, en marzo de 1716, el
semiparalítico Mulot hacía a pie el viaje de ida y vuelta
San Pompain-Saumur: 240 km, en una semana, sin la menor
incomodidad.
La misión de
Vouvant
La misión de
Vouvant se dio en noviembre y en ella hizo sus primeras
armas el P. Mulot. Los historiadores dicen que no fue de las
más fáciles: algunos pecadores escandalosos, interpelados
por el P. de Montfort, lejos de convertirse, respondieron
con injurias y amenazaron hacerle un proceso. Sin embargo la
misión no fue estéril, y de ello da testimonio el P. Mulot:
"Allí fui testigo de cuanto me habían dicho acerca de los
grandes frutos que él cosechaba en sus misiones".
Por otra
parte, los proyectos de fundación del P. de Montfort
parecían precisarse: durante la misión le fueron hechas
varias donaciones para establecer en Vouvant la comunidad de
los misioneros. Las tres bienhechoras son mencionadas en el
testamento del santo: "La Señora de la Brûlerie", otra
llamada "Señora del Lugarteniente de Vouvant", cuyo nombre
era Catalina Dubois, viuda del Señor Juan Barré, y Renata
Arcellin, "una buena mujer", viuda de Andrés Goudeau. Se han
encontrado las actas notariales de dos de las donaciones.
Ellas fueron hechas en forma de testamentos al "Padre Luis
María de Montfort Grignion, sacerdote misionero de la
Compañía del Espíritu Santo", con una condición: en caso de
que "el Padre de Montfort, o quienes lo sucedan, abandonen
Vouvant para establecerse en otro sitio", las tierras y
casas volverán a las donantes o a sus herederos.
¿Cuántos
miembros había en lo que el P. de Montfort llama "la
Compañía del Espíritu Santo"?
Numerosos
sacerdotes habían trabajado con él en el curso de las
misiones: Uno de ellos, el P. des Bastières, había sido
compañero fiel prácticamente desde 1708. Hacía parte del
equipo de Vouvant, pero abandonaría las misiones algunos
meses más tarde, probablemente en febrero de 1716. Los
únicos que parecían haber considerado su participación como
un compromiso a largo plazo fueron Renato Mulot y Adriano
Vatel. El último colaboraba en las misiones desde febrero
precedente, cuando el barco que debía llevarlo a las
misiones extranjeras había hecho escala en La Rochelle.
Había también
Hermanos. Por el testamento del santo sabemos sus nombres:
Nicolás, Felipe, Luis y Gabriel con votos; sin votos:
Santiago, Juan y el fiel Maturino, el primer llamado: 1705,
que jamás hizo votos, pero siempre fue considerado
-paradójicamente- el prototipo del Hermano monfortiano.
¿Estuvieron estos siete Hermanos presentes en la misión de
Vouvant? No es muy probable, ya que seis meses más tarde,
cuando el P. de Montfort dictó su testamento, Nicolás estaba
en Poitiers, Felipe en Nantes, y Luis en La Rochelle.
La misión de
San Pompain
Como Renato
Mulot cumplió fielmente la condición puesta por el P. de
Montfort, éste fue fiel a su promesa. Después de la misión
de Vouvant, "la Compañía del Espíritu Santo" se trasladó a
San Pompain y la misión se inició allí en diciembre de 1715.
Hacía un frío intenso; y los fieles de la parroquia no eran
muy propensos a levantarse temprano para ir a los ejercicios
de la misión. Entonces el misionero envió al Hermano
Santiago a despertarlos. Para ello recorría el pueblo
cantando con voz sonora:
Queridos
habitantes de San Pompain,
Levántense,
levántense, bien temprano,
Dios nos está
invitando a su festín
(CT 163).
Varios hechos
notables marcaron esta misión. El primero es la
reconciliación del granjero general con su párroco. Entre
los dos había surgido un tenaz desacuerdo por los diezmos
que el granjero retenía indebidamente en disfavor del
párroco. Una sentencia del juez había dado la razón al
párroco algunos días antes del comienzo de la misión, pero
el entendimiento entre los dos parecía imposible. Todos lo
sabían y el mismo obispo había intervenido, sin resultado
ninguno. El P. de Montfort supo hablarle al granjero, y los
feligreses quedaron edificados al saber que el párroco había
estado comiendo a la mesa de su enemigo. Vino luego la
conversión del párroco. El P. Juan Mulot era un sacerdote
correcto, pero le gustaba la diversión y no era
particularmente inclinado a la piedad. Una tarde en que el
misionero había predicado un sermón sobre el pecado, el
Hermano Santiago entonó el cántico: "He perdido a Dios por
mi pecado..." (CT 14). El Prior se sintió turbado, cuenta él
mismo: "Cuanto más cantaba el Hermano, más se me ablandaba
el corazón... Me postré a los pies del P. de Montfort, quien
tuvo la caridad de escuchar mi confesión general". Desde
entonces llevó una vida de piedad ejemplar, y siguió al P.
de Montfort en sus dos últimas misiones, dejando su
parroquia al cuidado del P. Adriano Vatel.
La misión de
San Pompain terminó el primer Domingo de febrero con la
apertura de otra en Villiers-en-Plaine, el pueblo vecino. El
P. de Montfort organizó una gran procesión de un pueblo al
otro: 6 km de distancia, en la cual hizo llevar la Biblia
bajo palio, como se hace con el Santísimo Sacramento. Eso
causó impacto en una región en la cual abundaban los
Calvinistas. Parece que el Cántico del Viaje Santo
(CT 162), fue compuesto para dicha ocasión.
La Señora del
Castillo de Oriou, su propietaria, a 5 km de Villiers, dejó
escrito el recuerdo que guardó de la misión y del misionero.
Cuenta cómo vino a la misión sólo por no dar mal ejemplo,
pero con intención de divertirse con las extravagancias que
esperaba encontrar en el P. de Montfort. Casi diariamente
tenía a su mesa al misionero y encontraba su conversación
"muy alegre, edificante y agradable". Al cabo de 15 días fue
tocada por la gracia y continuó la misión con total
sinceridad.
A la Señora
de Oriou anunció el misionero la muerte cercana que a él lo
sorprendería. También durante la misión de Villiers un
criado del castillo lo vio orando con los brazos en cruz en
una alameda y "elevado más de dos pies sobre la tierra". El
criado contó el hecho a la señora del castillo quien a su
vez lo hizo saber a los PP. Mulot y Vatel los cuales con
mucho realismo le dijeron "que de eso no dijera nada a
nadie". Ella sólo volvió a mencionar el hecho en 1749,
cuando escribió sus recuerdos para el P. Besnard, quien se
proponía preparar la biografía del P. de Montfort.
La
peregrinación a Nuestra Señora des Ardilliers
La misión de
Villiers fue clausurada probablemente a comienzos de marzo,
y el equipo misionero se concentró nuevamente en la casa
cural de San Pompain, suficientemente amplia para acogerlos
a todos. El P. de Montfort pensaba más que nunca en el
establecimiento de su Compañía de misioneros, para la cual
ya había escrito la Regla y recibido algunas propiedades en
Vouvant. Largo tiempo atrás había hecho un acuerdo en París
con el P. Poullart des Places para que le formara sacerdotes
en su seminario del Espíritu Santo. En junio de 1713 había
renovado este acuerdo con el P. Bouic, sucesor de Poullart
des Places fallecido en 1709. Por años clamaba al cielo con
súplicas ardientes para obtener esa Compañía: Acuérdate
de tu Congregación... ¿Qué te pido? Nada en mi favor, todo
para tu gloria...Es tu obra, Dios soberano (SA 6, 26).
Según el
sulpiciano Grandet, primer biógrafo de Montfort, los hombres
de San Pompain, que hicieron un retiro al final de la
misión, estaban tan fervorosos y anhelantes de hacer
penitencia, que propusieron al P. de Montfort ir en
peregrinación a pie a Nuestra Señora des Ardilliers -uno de
los lugares de peregrinación más importantes del Reino- en
Saumur. Según Besnard, el P. de Montfort aceptó la
iniciativa y decidió asociar a su oración a los 33 hombres
de la parroquia que había afiliado a la Cofradía de los
Penitentes Blancos.
No interesa
saber quién habló primero del asunto. El hecho es que el P.
de Montfort asumió la organización: les pidió a los PP.
Mulot y Vatel que dirigieran la peregrinación y redactó un
reglamento previendo todos los detalles. El artículo primero
establecía el objetivo de la peregrinación: "No tendrán otro
propósito en esta peregrinación que, 1° obtener de Dios, por
intercesión de la Santísima Virgen, buenos misioneros que
sigan las huellas de los apóstoles en total abandono a la
Providencia, y la práctica de las virtudes bajo la
protección de la Santísima Virgen; 2° pedir el don de la
Sabiduría para conocer, gustar y practicar la virtud, y
hacerla gustar y practicar de los demás".
La
peregrinación se hizo en 7 días: 3 de ida, 3 de regreso y un
día completo en el santuario. No se puede menos de admirar
lo que hoy parece una proeza, ya que recorrieron un promedio
de 40 km por día. Además el frío de mediados de marzo es
todavía muy intenso. Finalmente, era tiempo de Cuaresma y
tenían que "ayunar todos los días del camino", como lo pedía
el artículo 6 del reglamento redactado por el P. de
Montfort. El P. Mulot, que seis meses antes tenía dificultad
para recorrer a caballo los 18 km entre Fontenay y San
Pompain, "había logrado una salud tan fuerte desde que
trabajaba con el P. de Montfort que estuvo en condiciones de
hacer el viaje a pie, y aún descalzo", como relata el P.
Besnard.
Entre tanto
el P. de Montfort hizo un retiro en San Pompain, y al
regreso de los Penitentes Blancos, él mismo emprendió la
ruta de Saumur", acompañado por algunos Hermanos". El equipo
de misioneros se había dado cita en San Lorenzo para finales
de abril, salvo el P. Vatel a quien se le autorizó
permanecer en San Pompain "para recuperarse del viaje a
Saumaur". El P. Prior Juan Mulot lo reemplazaría en San
Lorenzo, como ya lo había hecho en Villiers. ¡Su hermano
Renato no parecía afectado por la fatiga del viaje!
La misión de
San Lorenzo-junto al Sèvre
La misión de
San Lorenzo comenzó el Domingo, 5 de abril. El obispo de la
Rochelle, de visita a esta porción de su diócesis, anunció
su visita en el curso de la misión. El P. de Montfort se
mostró muy complacido y quiso hacerle un recibimiento
grandioso. No se sentía muy bien, pero organizó
personalmente una gran procesión para hacer calle de honor
al obispo. El cansancio lo obligó a privarse de la comida
con el obispo; no obstante predicó por la tarde, a pesar de
que el P. Mulot intentó disuadirlo. Después del sermón,
agotado cayó en cama. Era el 23 de abril, cinco días antes
de su muerte.
El P. Renato
Mulot fue testigo y confidente de sus últimos momentos. A
mano escribió el testamento dictado por el moribundo. No
teniendo siquiera una hoja de papel, utilizó las últimas
paginas de un opúsculo editado por el P. de Montfort:
"Disposiciones para una buena muerte". El documento fue
firmado por "Luis María de Montfort, Grignion", y por dos
testigos: el deán y el vicario de la parroquia.
Ciertamente
no tenemos todas las palabras intercambiadas entre el
agonizante y aquel a quien confió la continuación de su
obra, pero sabemos lo esencial: que en aquel momento la vida
de Renato Mulot alcanzó su orientación definitiva.
El se mostró
preocupado por el porvenir de las misiones, y el P. de
Montfort lo animó a continuar el trabajo apostólico. El P.
Mulot no se sentía capaz de asumir semejante sucesión y
aducía su falta de salud y de talento, para decir que le era
imposible. Entonces el moribundo, apretándole la mano, le
hizo esta promesa:
-Tenga
confianza, hijo mio, tenga confianza, yo rogaré a Dios por
Ud.
Cuando más
tarde el P. Mulot evocaba ese momento de su vida no dudaba
en afirmar que gracias a la oración de un santo había tenido
la fuerza física y moral para pasar más de 30 años de vida
predicando misiones.
Con todo, la
desaparición del P. de Montfort fue un golpe terrible.
Viendo cómo la "Compañía del Espíritu Santo" se desintegró
en las semanas que siguieron a su muerte, se evoca
irresistiblemente la dispersión de los apóstoles la tarde
del Viernes Santo.
En el sepelio
de su maestro y amigo, el P. Mulot tomó por primera vez la
palabra en público durante una misión: "Hermanos míos, hoy
tenemos que plantar dos cruces: en primer lugar, esta cruz
material que está ante sus ojos, y luego, la sepultura del
P. de Montfort que debemos celebrar hoy". Estaba, sin duda,
tan conmovido que cayó enfermo, hasta verse "en las
últimas".
*******
CAPITULO II
- LOS COMIENZOS
La "retirada"
a San Pompain
El P. Mulot
se enfermó al morir el que le confió su obra. ¿Cuánto duró
su enfermedad? No lo sabemos. En todo caso, a principios de
junio estaba suficientemente restablecido para hacer un
viaje a Nantes: el 5 de junio depositó el testamento del P.
de Montfort ante un notario de la ciudad. ¿Estaba en San
Lorenzo el 20 de junio para el servicio fúnebre en el cual
el presbítero Clisson -quien había trabajado y predicado con
el P. de Montfort- pronunció la oración fúnebre del ilustre
difunto? Es posible, pero no lo sabemos. Lo cierto es que,
una vez cumplidas sus obligaciones de ejecutor
testamentario, fue a San Pompain donde su hermano para tomar
un tiempo de convalecencia. Allí encontró al P. Vatel quien
atendió la parroquia en ausencia del Prior: éste, de hecho,
había participado en la misión de San Lorenzo hasta la
clausura, que tuvo lugar ocho días después del deceso del P.
de Montfort.
¿Qué fue pues
de los miembros de la "Compañía del Espíritu Santo"? Hay una
terrible falta de documentos que nos permitan decir qué pasó
con los Hermanos mencionados en el testamento del P. de
Montfort, y nos perdemos en conjeturas más o menos
verosímiles para encontrar huellas de la mayoría de ellos.
Es el caso particular de los cuatro que, según el testamento
del P. de Montfort, estaban "vinculados con él en la
obediencia y la pobreza".
Por Sor
Florencia, autora de las crónicas de la Sabiduría, sabemos
que "después de la muerte del Siervo de Dios", el Hno.
Santiago se quedó en San Lorenzo "donde enseñaba a los
jóvenes, rezaba el rosario y cantaba en la iglesia", y que
partió de allí en 1719. Del Hno. Juan nada se volvió a
saber. El Hno. Maturino, finalmente, fue el único que se
unió a los misioneros de San Pompain. Gracias a los
registros parroquiales, en los cuales aparece varias veces
su firma -la primera el 2 de junio de 1718- tenemos pruebas
de su presencia al lado de los PP. Mulot y Vatel, cuyas
firmas aparecen también muchas veces en dichos registros,
entre 1716 y 1720... pero ignoramos en qué fecha llegó allí.
Juzgando
humanamente, la obra del P. de Montfort parecía seriamente
en peligro. Los dos sacerdotes retirados en la casa cural de
San Pompain estaban deshechos por la desaparición de su
maestro. Además, no tenían práctica en la predicación:
habían visto al P. de Montfort en su trabajo, pero el suyo
estaba sobre todo en el confesonario.
El P. Besnard
dice que "con frecuencia tenían en mente la obra de las
misiones", pero estaban persuadidos de no estar a la altura
de la tarea. Como el puesto de vicario cooperador en San
Pompain estaba vacante, ellos pusieron su talento al
servicio de la parroquia. El tiempo libre lo dedicaban al
estudio y la oración y, según Besnard, "el P. Mulot, sobre
todo, pasaba cada día varias horas ante el Santísimo
Sacramento pidiendo a Jesucristo el don de la Palabra".
Tampoco rehusaban ayudar a los párrocos vecinos, pero cuanto
más pasaba el tiempo, menos se atrevían a lanzarse.
Por lo demás,
las esperanzas suscitadas por las donaciones de Vouvant se
habían esfumado. En su testamento el P. de Montfort
encargaba al P. Mulot el cumplimiento de las condiciones.
Las actas notariales estipulaban que si no se cumplían, la
"Compañía del Espíritu Santo" perdería todos sus derechos.
Renata
Arcellin pedía oraciones "perpetuas" por ella y por sus
herederos, y preveía que si los beneficiarios de su
generosidad abandonaban Vouvant para vivir en otra parte, su
casa con la huerta volvería a ella o a sus herederos. La
Señora de la Brûlerie pedía "treinta misas cada año, a
perpetuidad" al Señor Luis María Montfort Grignion,
sacerdote de la Compañía del Espíritu Santo, y a quienes le
sucederán y pertenecerán a la misma Compañía, por la parte
alta de la casa y la mitad de la huerta, con obligación de
pagar la mitad de las reparaciones y de no abandonar el
lugar.
Por el
testamento del P. de Montfort -en un parágrafo sin claridad
evidente- tenemos información de una condición adicional que
habla de sostener "algunos Hermanos de la Comunidad del
Espíritu Santo para asegurar las escuelas de caridad".
Cualquiera sea la interpretación dada a este pasaje del
testamento, es evidente que el P. Mulot se encontró solo en
San Pompain con Adriano Vatel y Maturino Rangeard, y que
renunció a las donaciones de Vouvant. Por caridad hay que
suponer que hizo todo lo posible para tratar de cumplir las
condiciones, como se lo había pedido el P. de Montfort en su
lecho de muerte, pero ¡es evidente que no pudo lograrlo!
La salida del
cenáculo
Para que los
dos misioneros salieran del impase sicológico en que estaban
encerrados era precisa una intervención externa. La cuaresma
de 1718 fue la ocasión gracias a la astucia desplegada por
un párroco vecino que provocó el cambio. El P. Taillefait,
párroco de San Esteban-des-Loges -parroquia suprimida hace
casi 200 años, entre Vouvant y San Pompain- conocía a los
huéspedes del Prior de San Pompain, y los consideraba
capaces de llevar a buen término la obra de las misiones. No
pudiendo convencerlos de ello, preparó una estratagema que
les propinaría el golpe decisivo. Fue a buscarlos para
pedirles la preparación de sus feligreses a la comunión
pascual. Ambos prometieron colaborarle, persuadidos de que
su ministerio se limitaría a oír las confesiones. Vuelto a
su parroquia el P. Taillefait anunció desde el púlpito que
el Domingo siguiente comenzaría una misión, predicada por
los sucesores del P. de Montfort.
El recuerdo
del P. de Montfort estaba muy vivo en toda la región. La
noticia se difundió y suscitó, en San Esteban y en las
parroquias vecinas, un interés tan evidente que, cuando el
rumor llegó a oídos de los misioneros, éstos no pudieron
permitirse decepcionar a tanta gente: ¡se vieron condenados
a improvisar la misión! Como no habían preparado ningún
sermón, se contentaron con leer desde el púlpito algunos
pasajes de buenos libros, haciendo breves comentarios.
El P. de
Montfort, en la Regla de los Misioneros, condena a los
predicadores "a la moda", "sermones muy bien escritos,
lenguaje elegante y escogido, pensamientos ingeniosos,
gestos bien estudiados, elocuencia viva; pero, ¡qué lástima!
Todo es puramente humano y natural, y por ello no produce
sino fruto natural y humano". Más adelante precisa: "El buen
predicador sabe considerarse, al proclamar la Palabra
divina, como un reo inocente en el banquillo" (Regla
manuscrita, 60.64). Los PP. Mulot y Vatel se encontraron
en San Esteban ciertamente como condenados en el banquillo,
y su elocuencia carecía perfectamente de todo artificio
humano.
La misión
logró un éxito prodigioso, y el P. Vatel, aún poco antes de
su muerte decía que de todas las misiones que había hecho
"ninguna había producido más frutos que la de sus primeros
comienzos". El P. Mulot por su parte atribuía los frutos a
la oración de quien le había dicho antes de morir: "Yo
rogaré a Dios por Ud".
La fama de
los nuevos misioneros se extendió como pólvora y las
misiones se sucedieron sin interrupción. La estadía en el
"cenáculo" -expresión utilizada por el P. Besnard para
calificar el período de San Pompain- había terminado y la
misión de San Esteban había sido un verdadero Pentecostés.
Las primeras
peticiones vinieron de los párrocos de los alrededores, y el
radio de acción de los misioneros se amplió progresivamente.
Mientras tomaban algún descanso, regresaban al presbiterio
de San Pompain. La única tregua del año era durante los
trabajos agrícolas del verano. De la pascua de 1718 al
verano de 1720 -durante el cual surgieron las relaciones
entre el P. Mulot y la Hijas de la Sabiduría- predicaron 21
misiones y 13 más antes de establecerse en San Lorenzo en
junio de 1722.
Por una firma
de los registros parroquiales de San Pompain, sabemos que a
comienzos de 1719 se les unió "Cipriano Aumont, sacerdote
misionero". También sabemos que en agosto hubo otro: Hilario
Toutant. A finales de 1720 un antiguo profesor del seminario
del Espíritu Santo de París vino a unirse a la comunidad:
Santiago Le Vallois, de quien hablaremos más adelante, pues
tuvo un papel importante. Finalmente en 1721, con ocasión de
la misión de Contré, el Señor Guillemot, párroco del lugar,
se unió también al grupo.
Algunos
hechos de los años 1718-1722
A este
período de la historia monfortiana rara vez se lo evoca y
con frecuencia se lo conoce mal. Hay sin embargo tres hechos
importantes que merecen ser señalados.
* La visita
pastoral de Monseñor de Champflour, obispo de La Rochelle, a
la parroquia de San Pompain, el 31 de agosto de 1718. Relata
el obispo que fue "recibido por el P. Juan Mulot, prior y
párroco de dicho lugar, acompañado por los PP. Renato Mulot,
Vatel y otros eclesiásticos alojados en la parroquia, y
dedicados bajo nuestras órdenes a las misiones". En el
inventario de los vasos sagrados, se hace mención de otro
cáliz perteneciente al difunto Padre de Montfort". En fin,
el obispo elogia el trabajo "del prior con los dichos PP.
Mulot y Vatel, que han establecido una gran piedad en esta
parroquia, y la obra de los maestros y maestras de escuela
que cumplen muy bien su deber, que sin embargo no poseen
ningún beneficio y viven de lo que la Providencia les
provee". Siguiendo esta última observación, algunos
historiadores afirman que el Hermano Maturino hacía la
escuela en San Pompain. Eso es posible, pero si él
acompañaba a los misioneros en las parroquias, de lo que
estamos ciertos en varios casos, sólo podía hacer la escuela
de manera intermitente.
* La súplica
dirigida en agosto de 1719 al Papa Clemente XI por "los PP.
Pedro Garnier, prior y párroco de San Martín de Melle,
diócesis de Poitiers, y Juan Mulot, prior y párroco de San
Pompain, diócesis de La Rochelle", súplica apoyada por los
testimonios de los obispos de La Rochelle y de Poitiers. Se
trata de "eclesiásticos piadosos y virtuosos, formados y
animados por el fallecido P. Luis María Grignion de
Montfort, sacerdote muy digno, Misionero apostólico, muerto
en olor de santidad..." Los dos párrocos se ofrecían como
garantes del sostenimiento material de los misioneros que
"renunciaron a todos los beneficios e hicieron voto de
pobreza voluntaria..." hasta que la Providencia "les procure
un retiro donde se reunan todos para trabajar durante sus
vacaciones, en particular por su santificación".
Ellos le
pedían al Papa que aprobara la misión naciente y a todos los
que se asocien bajo el nombre de nuevos misioneros
apostólicos de la comunidad del Espíritu Santo para hacer
misiones en las diócesis a donde sean llamados". Pedían
igualmente "la continuación de la indulgencia plenaria que
Su Santidad había otorgado al crucifijo del P. de Montfort,
en favor de quienes lo besaran a la hora de la muerte",
Besnard dice que "ésta súplica obtuvo todo el éxito
deseado". Y añade: "Tales fueron los felices comienzos de la
sociedad de los sacerdotes establecidos por el P. de
Montfort, cuyo sabio reglamento está en el quinto libro de
su vida".
En su quinto
libro, Besnard presentó las Reglas de los sacerdotes
misioneros de la Compañía de María, escritas por
Montfort en 1713, antes de su viaje a París donde hizo un
acuerdo con el seminario del Espíritu Santo. Es quizá por
razón de esta relación privilegiada que habló de la
"Compañía del Espíritu Santo" en las donaciones de Vouvant,
en enero de 1616, y de "Comunidad del Espíritu Santo" en su
testamento. Grandet, que terminó su libro en 1723, habla del
"establecimiento de la Compañía de María o del Espíritu
Santo". * La misión de Vihiers, en Anjou, en la primavera de
1720. El Párroco y deán ofreció alojar a los misioneros en
su parroquia "para echar en ella los primeros fundamentos de
una misión fija y permanente". Quizá tenían ya la intención
de instalarse un día en San Lorenzo, pues rehusaron.
Entonces el buen párroco ofreció a cada uno "un pequeño
beneficio, al cual el P. Mulot renunció poco después, "para
vivir como el P. de Montfort abandonado completamente al
cuidado de la Providencia". En cuanto al P. Vatel, tenemos
pruebas de que lo poseía todavía en 1723.
El P. Mulot,
superior de la Sabiduría
Hasta ahora
el P. Renato Mulot era solamente el director de un equipo
misionero cuyos miembros se referían al P. de Montfort y
vivían según su espíritu, pero cuya estructura interna no
estaba en manera alguna ordenada: la colaboración más o
menos fortuita de varios sacerdotes durante los primeros
años no significaba necesariamente su intención de
comprometerse de por vida. Solamente el trabajo concreto en
dependencia del obispo, los mantenía unidos. Por eso en el
verano de 1720 el obispo de La Rochelle le dio otra función
oficial: a petición explícita de la Madre María Luisa de
Jesús, lo nombró Superior de las Hijas de la Sabiduría.
La Madre
María Luisa estaba en La Rochelle con sus hermanas -cuatro-
cuando supo por un comerciante llegado de San Lorenzo la
muerte del P. de Montfort... El obispo se mostró
particularmente atento con ellas: "Les ayudó con sus
consejos y les sirvió de director en aquellos tiempos
difíciles", cuenta Besnard. Su confesor era el P. Le
Tellier, un jesuita. A finales de 1719, María Luisa recibió
un día la visita de su señora madre quien con la ayuda de un
sacerdote de la ciudad logró convencerla de volver a
Poitiers. Fue lo que ella hizo, a riesgo de provocar una
escisión en su comunidad, pues dos hermanas rehusaron
trasladarse y sólo cuatro años más tarde se reunieron con la
Madre María Luisa. El obispo de Poitiers hubiera querido que
la congregación de la Sabiduría echara raíces en su
diócesis, pero María Luisa no podía aceptar las condiciones
que le imponían en el hospital.
Un buen
hombre de Poitiers, Santiago Goudeau, que había conocido al
P. de Montfort en la misión de Montbernage, le habló un día
de la señora de un castillo de los alrededores de San
Lorenzo. Estaba interesada en la memoria del santo misionero
y en los milagros realizados sobre su tumba, y dispuesta a
ayudarla. Era la Señora de Bouillé, la cual, con el Marqués
de Magnanne, contribuiría eficazmente a la instalación en
San Lorenzo de las Congregaciones del P. de Montfort.
En junio de
1720, la comunidad de la Sabiduría se instaló en San
Lorenzo, en una pobreza que rayaba en indigencia. El deán
rehusó ser su confesor y ellas acudieron primero a un
vicario y luego a un párroco vecinos. Con todo, la Madre
María Luisa siguió buscando un sacerdote que pudiera en
realidad hacerse cargo de la comunidad, y un día le dijo a
la Señora de Bouillé: "Creo que necesitamos un superior; sé
que hay un sacerdote santo llamado el P. Mulot, que trabajó
en las misiones con nuestro P. de Montfort... Hay que
solicitarle que se digne ser nuestro superior". La manera
como la Madre María Luisa de Jesús habla del P. Mulot, hace
pensar que no lo había encontrado antes.
Con la Señora
de Bouillé fue a ver al obispo de visita en una parroquia de
los alrededores y su petición fue escuchada. Monseñor de
Champflour encargó al P. Mulot "de la formación y dirección
de las Hijas de la Sabiduría". El Padre obedeció y se
trasladó a San Lorenzo, donde las hermanas lo acogieron
"como un ángel enviado del cielo". Les predicó un retiro y
se sintieron tan conmovidas por las pláticas del santo
misionero, digno sucesor de Montfort, y tan satisfechas de
tenerlo por superior", que le escribieron al obispo para
pedirle "que siguiera enviando al P. Mulot a continuar sus
cuidados". Quizá se había mostrado reticente a encargarse de
ellas de manera definitiva; en todo caso, el 27 de
septiembre de 1720, el obispo le escribió: "le ruego seguir
conduciéndolas, dirigiéndolas y confesándolas".
La llegada
del P. Le Vallois
Este
nombramiento le daba al P. Mulot un recargo de trabajo, pero
a pesar de todo no abandonó las misiones. En el otoño de
1720 los misioneros estaban en Nueil -junto al Passevent, en
Anjou. Una tarde, durante la misión, un viajero se detuvo en
la casa cural para pedir albergue. Se llamaba Santiago Le
Vallois y venía de París, donde había conocido al P. de
Montfort cuando éste visitaba el seminario del Espíritu
Santo. Desde entonces se había formado el plan de seguirlo,
pero al enterarse de su muerte, había renunciado a las
misiones. A propósito de un hecho extraordinario acaecido a
un retrato del P. de Montfort que tenía en su cuarto: la
imagen se había roto en varios pedazos y misteriosamente fue
reconstruida, decidió unirse a sus sucesores, luego de orar
sobre su tumba. Por casualidad providencial hizo una etapa
en el pueblo donde se daba la misión y la alegría fue enorme
para él y los misioneros.
Algunos días
después prosiguió su viaje. Recibido en la casa cural de San
Lorenzo por la hermana del Deán, tuvo la fortuna de
granjearse su simpatía. Al visitar al día siguiente a la
Madre María Luisa de Jesús, causó en ella tal impresión que
"pensó inmediatamente retenerlo en San Lorenzo como director
de las hijas que empezaba a congregar". Sin embargo lo dejó
unirse al equipo del P. Mulot. El participó en la misión de
Niort a comienzos de 1721 y "se hizo notar por las sabias
conferencias que dio en público, como también por su
infatigable asiduidad al confesonario". Después de la misión
se le pidió que se encargara de la atención espiritual al
hospital de la ciudad, y de "corregir un buen número de
abusos que allí se habían introducido". Al cabo de dos meses
dejó el sitio al Señor Toutant, incorporado al equipo
misionero hacía por lo menos un año, y él regresó a San
Lorenzo.
Proyecto de
instalación en San Lorenzo
Entre tanto,
los misioneros se habían trasladado a Contré. El párroco era
Juan Isaac Guillemot, quien después de la misión ingresó al
grupo del P. Mulot. Luego, en abril se movilizaron a San
Lorenzo donde el Deán les había pedido una nueva misión.
Sólo cinco años habían transcurrido desde la anterior, y
Besnard nos dice que "el P. Mulot y sus asociados renovaron
y fortalecieron el fervor". Emprendieron el arreglo del piso
de la iglesia que no se había podido hacer en 1716, a causa
de la muerte del P. de Montfort. El P. Vatel fue el
responsable de la obra y permaneció en San Lorenzo después
de la misión para terminarla, mientras los otros daban la
misión en otras dos parroquias de los alrededores. Para el
descanso veraniego, el Señor Le Vallois se instaló con el
Deán de San Lorenzo y los demás retornaron a San Pompain.
En el curso
de la misión de San Lorenzo se decidió la instalación de la
comunidad de los misioneros en la casa de la "Encina". La
compra fue hecha el 7 de agosto por la Señora de Bouillé en
nombre propio, aunque en buena parte fue pagada con dinero
del Marqués de Magnanne. Como bienhechora autoritaria y
preocupada por la educación de los niños de San Lorenzo,
"ella donó la casa a la Fábrica parroquial, con la condición
de instalar en la misma algunos Hermanos del Espíritu Santo
para hacer la escuela gratuitamente a los pequeños".
La casa
estaba en estado lamentable, imposible ocuparla
inmediatamente. Un joven llamado Joseau, que había ayudado
mucho a las Hermanas en su instalación, pidió ser admitido
en la comunidad y trabajó arduamente para acondicionar la
habitación de los misioneros.
En octubre
comenzaron las misiones. El P. Le Vallois se puso en camino
para unirse a sus cohermanos en la parroquia de La
Fougereuse. En vez de descansar durante el verano, había
trabajado en exceso y cayó enfermo en el viaje. Fue acogido
por el párroco de La Tardière, pariente del P. Mulot, y
disfrutó su hospitalidad dos o tres meses. La Madre María
Luisa estuvo pendiente de sus noticias y tan pronto se
mejoró un poco, envió al Hermano Joseau a buscarlo y
llevarlo a San Lorenzo.
De nuevo se
alojó el P. Le Vallois donde el Deán, y, probablemente en
enero de 1722, comenzó a vivir en la "Encina" con el Hermano
Joseau. Desde el primer encuentro, la Madre María Luisa
tenía la intención de hacerlo capellán de la comunidad, y
gracias a la enfermedad -sin duda providencial- le pudo
ofrecer trabajo para ocupar el tiempo libre de su
convalecencia. Así el P. Le Vallois dejó las misiones y se
convirtió en el primero de una serie numerosa de capellanes
de la Sabiduría. Salvo un breve intermedio como capellán del
hospital de La Rochelle, desempeñó esa función hasta su
muerte.
De octubre
1721 a junio 1722, no descansaron los misioneros: predicaron
ocho misiones, de las cuales cinco en la diócesis de
Poitiers. Durante la última, en Jaunay-Clan, Monseñor
Foudras, obispo coadjutor de Poitiers, concedió la tonsura
al Hno. Maturino Rangeard, para dar "más autoridad al celo
del buen hermano quien, desde su llamamiento a seguir al P.
de Montfort, siempre había desempeñado en las misiones el
oficio de catequista".
El P. Renato
Mulot, primer superior general
Terminado un
año de trabajo podían tomar un tiempo para establecer su
comunidad en San Lorenzo y para pensar en su restauración.
Se unieron al Señor Le Vallois y al Hno. Joseau alrededor de
la fiesta de San Pedro en 1722. Tomados algunos días de
descanso "pensaron en una elección formal para procurarse un
superior que fuera reconocido como tal por todos los
misioneros y a quien todos se sometieran".
¿Cómo no lo
habían pensado antes? Probablemente no habían sentido la
necesidad. Vivían el espíritu de Montfort, como se vio a
propósito de la pobreza, y se habían sometido al obispo de
La Rochelle como superior. El P. Mulot era el director
natural del grupo, por la confianza que le había manifestado
el P. de Montfort en su testamento, y la espontaneidad de la
estructura informal bastaba para asegurar el buen
funcionamiento de la misión. El P. Mulot no tenía en
absoluto nada de autoritario o dominante: Era muy tímido y
carecía de confianza en sí mismo.
Sor Florencia
que escribió los recuerdos del tiempo, evaluó muy bien la
situación diciendo que "él era considerado como el primero
entre iguales". Se puede suponer que el trabajo conjunto
-quizá con alguna dificultad ocasional de llegar al acuerdo
perfecto- los hizo desear un grupo formalmente estructurado,
y que entonces "pensaron en hacer una elección en forma",
dice Besnard. Tal vez la personalidad del P. Guillemot los
llevó a plantearse el problema. En efecto, él dejó el grupo
en 1723, y cuando en 1743 volvió a las misiones, actuaba
abiertamente como subdirector. A la muerte del P. Mulot,
tomó la dirección de la obra pero se retiró después de
elegido el nuevo superior.
Antes de
proceder a la elección hicieron un retiro de ocho días.
Según Sor Florencia había una serie de cubiletes sobre los
cuales estaban escritos los nombres "de los que podían
recibir sufragios", y cada uno iba a depositar un garbanzo
en favor de su candidato. Todos los garbanzos, salvo uno, se
encontraron en el cubilete del P. Mulot.
El
reconocimiento de un superior conllevaba el compromiso de
obediencia al mismo. Sor Florencia dice en pocas palabras:
"todos, a excepción de dos, hicieron votos en sus manos,
según la Regla", y da los nombres de los dos
abstencionistas: el P. Guillemot, sobre quien formula un
juicio severo, y el Hno. Maturino, a quien por sus
escrúpulos no se le podía pedir razonablemente que hiciera
votos. Se trataba de los votos de pobreza y obediencia,
según las Reglas de los sacerdotes misioneros de la
Compañía de María, y si el P. Guillemot rehusó
comprometerse, no fue a causa del voto de pobreza, pues el
año anterior, para seguir al P. Mulot, había renunciado a un
beneficio que le reportaba 900 libras. Por lo demás, como la
Regla redactada por Montfort establece: "Es preciso que unos
y otros, sacerdotes y hermanos, carezcan de beneficios, así
sean simples", nos podemos preguntar si el P. Vatel emitió
sus votos en 1722, pues ¡todavía en 1723 conservaba su
beneficio de Vihiers!
La comunidad
de San Lorenzo
¿Quiénes
fueron los electores del superior? ¿Cuántos? ¿Quién podía
"recibir sufragios"? ¿Cuántos sacerdotes hicieron votos?
Eran votos anuales o perpetuos?...Preguntas a las cuales es
difícil, si no imposible, responder. Si, además, se evoca
una frase de Grandet -que escribe en 1723-: "el número de
los misioneros era entonces cinco, sin contar los cuatro
hermanos coadjutores de los cuales habla el P. de Montfort
en su testamento, y que, habiendo hecho voto de pobreza y
obediencia, lo seguían por todas partes, dedicados al
catecismo, la escuela y la cocina de los misioneros", la
cuestión se enreda aún más. Alrededor de la primera
comunidad de San Lorenzo hay un claroscuro lamentable, que
permite a los historiadores, expertos o aficionados,
ejercitar su sagacidad y lanzar interpretaciones tanto
inéditas como mal fundadas.
No parece que
la emisión de votos hubiera sido condición indispensable
para permanecer en la comunidad al servicio de las misiones.
Tenemos la prueba con el P. Guillemot que se quedó un año
más con los misioneros; y sobre todo, con el Hno. Maturino
que permaneció fiel a las misiones hasta su muerte en 1760,
y fue considerado siempre miembro de pleno derecho de la
Compañía de María. Los primeros monfortianos se preocuparon
menos de constituir una comunidad con límites bien definidos
que de asegurar el servicio a las misiones.
Las Crónicas
de Sor Florencia hablan ampliamente del Hno. Joseau. Era un
hombre de múltiples talentos. Animaba espiritualmente la
cofradía de los Penitentes de la parroquia; a partir de la
fiesta de Todos los Santos de 1722, hacía la escuela a los
chicos de la parroquia. El cirujano de Chatillon le dio
algunas lecciones y en poco tiempo "lo puso en condiciones
de recetar y procurar a los enfermos servicios esenciales".
Tenía dotes para el dibujo, la pintura y la escultura. Había
deseado "partir al Canadá y otros países de ultramar", y por
algún tiempo tuvo la idea de prepararse para el sacerdocio,
pero permaneció toda su vida en San Lorenzo en calidad de
hermano, y fue el hombre de confianza de las dos
comunidades.
En las
vacaciones de 1723, las Hijas de la Sabiduría y los
misioneros intercambiaron sus casa. La "Encina" era grande
para la comunidad del P. Mulot, y la "Casa Larga", pequeña
para las Hermanas que comenzaban a multiplicarse.
En septiembre
los misioneros obtuvieron autorización para abrir una
capilla en su casa. Había llegado un nuevo misionero del
seminario del Espíritu Santo y se le pidió que presidiera la
inauguración. El bendijo la capilla dedicada al Espíritu
Santo, y desde entonces la casa de los Monfortianos en San
Lorenzo se ha llamado siempre "casa del Espíritu Santo".
El sacerdote
era el P. Tomás. Con ocasión de una visita del P. de
Montfort al seminario en 1713, había hecho el proyecto de
seguirlo. En las semanas siguientes, comenzó las misiones
con el P. Mulot. Desafortunadamente, después de la segunda
fue llamado a París por su superior, y tuvo que abandonar
contra su voluntad la vida que a penas había iniciado.
También en
1723, el Marqués de Magnanne, bienhechor insigne de la
Congregación, vino a morar a la casa de los misioneros. Allí
llevó una vida ejemplar, y a su muerte en 1750, fue
sepultado en la iglesia de San Lorenzo, junto a la tumba del
P. de Montfort.
El estilo de
vida del P. Renato Mulot
Para
presentar la secuencia de la vida del P. Renato Mulot es
difícil aportar muchos detalles por carencia o falta de
documentos. No hay que olvidar que durante la tormenta
revolucionaria vivida en la región de San Lorenzo, sobre
todo en 1793, muchas cosas desaparecieron. Sin embargo,
tenemos información suficiente para esbozar la fisionomía
espiritual de un hombre sobre cuya tumba se pudo escribir:
"muerto en olor de santidad".
La trama
esencial de su vida fue una serie ininterrumpida de
misiones: ¡más de 220!, es decir, de siete a ocho por año.
Se conoce la lista, aunque sin poder reconstituir la
cronología exacta. Gracias a la oración fúnebre pronunciada
por el P. Hacquet con ocasión de un servicio religioso en
la iglesia de San Lorenzo algún tiempo después de su muerte,
tenemos una idea del inmenso trabajo que pudo realizar.
Cuando sus cohermanos le reprochaban el poco cuidado que
tenía de sí mismo respondía: "Dios no ahorró a su Hijo único
para la salvación de los hombres; ¿por qué nos ahorraríamos
nosotros cuando se trata de la salvación y la instrucción de
las almas que el Señor nos ha confiado?".
Durante la
temporada de misiones de octubre a junio, terminaba una para
comenzar otra inmediatamente. En las vacaciones se dedicaba
a visitar las casas de la Sabiduría: 26 al momento de su
muerte. Recibía abundante correspondencia y debía emplear
parte de sus noches para responder a la misma, ya que las
jornadas de misión eran una sucesión de meditaciones,
oraciones, predicaciones, confesiones y mortificaciones".
El P. Hacquet
que había trabajado con él 14 años, asegura que pasaba
ordinariamente ocho horas por día en el confesonario. Se
levantaba a las cuatro, y "pasaba cada día un tiempo
considerable en meditación", no tomaba nada antes del
mediodía, "por más agotado que estuviera", y ayunaba todos
los Viernes y Sábados. Si se pudo decir del P. de Montfort
que era un "prodigio de mortificación", igual se puede decir
de su discípulo, a quien el gustaba "acostarse en el suelo,
dormir poco, comer escasamente, prefiriendo los alimentos
más toscos, cargarse de cilicios, de cadenas punzantes, de
penitencias y disciplinas".
La Compañía
de María en tiempo del P. Mulot
La vida
apostólica del P. Mulot representa 33 años de la historia de
nuestra Congregación. El grupo que él presidió fue siempre
un "pequeño rebaño". Para la misión, que era su razón de
ser, el P. Mulot aceptó, todas las personas de buena
voluntad que se presentaron y tuvo un gran número de
colaboradores ocasionales, siguiendo en eso el ejemplo del
P. de Montfort. Cuando su campo de acción se extendió a la
diócesis de Nantes, trabajó también con los sulpicianos de
San Clemente. Según testimonio de un sacerdote, hacia 1730,
"estaba constantemente en busca de obreros apostólicos, que
entonces eran bastante raros".
Entre los que
se comprometieron explícitamente en la comunidad, varios
salieron del seminario del Espíritu Santo en París: el
primero fue el P. Le Vallois; en 1727 llegaron tres al
tiempo: Avoine, Josselin y Durocher, y hacia 1737, los
responsables del seminario "enviaron tres de sus mejores
alumnos": Croissant, Baleq y D'Ysy, escrito a veces Dizi.
Es muy
difícil saber exactamente el nombre y número de los
colaboradores que se vincularon con votos y fueron realmente
parte de la Compañía de María. En vida del P. Mulot tal vez
llegaron a quince, pero ciertamente no alcanzaron a veinte.
Respecto de los Hermanos, tenemos aún menos datos.
A la muerte
del P. Mulot la Compañía se componía probablemente de solo
10 sacerdotes, y quizá cuatro o cinco Hermanos. El había
visto con dolor desaparecer a varios de sus colaboradores,
particularmente a Santiago Le Vallois y Adriano Vatel, que
fueron con él los obreros de la primera hora. El P. Le
Vallois murió santamente en San Lorenzo el 14 de junio de
1747, a la edad de 54 años, después de 26 como capellán de
las Hijas de la Sabiduría. El P. Vatel murió en Rennes, el
22 de abril de 1748, al regresar de su pueblo natal en
Normandía, donde se había agotado organizando una misión con
otro sacerdote. Desde 1743 ya no era capaz de soportar las
fatigas de las misiones, y, después de haber sido vicario de
San Lorenzo por algunos meses, fue capellán del hospital de
San Luis de La Rochelle.
Algunos
hechos extraordinarios
Aún teniendo
pocos documentos para evocar los tiempos del P. Mulot,
conviene recordar siquiera brevemente algunos hechos que
marcaron su época.
* Como hemos
visto, por intervención de la Madre María Luisa de Jesús la
capellanía de las Hijas de la Sabiduría ha sido un trabajo
habitual de los misioneros de la Compañía de María. Por su
misma intervención los misioneros asumieron otra tarea desde
1725: la capellanía del hospital San Luis de La Rochelle. El
P. Mulot cedió a la insistencia de la madre María Luisa, y
el P. Vatel fue el primero en asegurar allí una estadía que
duró cerca de un año. Hasta la Revolución de 1789, la
mayoría de los misioneros de la Compañía de María pasaron un
tiempo más o menos largo en La Rochelle, como capellanes del
hospital.
* Otro hecho
digno de mención es la súplica dirigida al Papa Benedicto
XIII en 1728, con el fin de obtener algunos favores
espirituales para los misioneros. Es difícil decir quién
tomó la iniciativa, pero las constancias dadas entonces por
los obispos de La Rochelle, Luzón y Poitiers, constituyen un
testimonio interesante en favor del trabajo realizado por el
P. Mulot y sus cohermanos. El texto de la súplica habla de
una "sociedad de misioneros llamados comúnmente Sociedad de
María, bajo la invocación del Espíritu Santo" establecida
por "Luis Grignion de Montfort, misionero, muerto en 1716,
en olor de santidad", y los misioneros son calificados de
"muy dignos herederos de su maestro"
* En 1734, la
autoritaria Señora de Bouillé, bienhechora de las Hijas de
la Sabiduría, gracias a sus buenas relaciones con Monseñor
Dosquet, Obispo de Quebec, estuvo a punto de embarcar a las
Hijas de la Sabiduría y a la Compañía de María en una
fundación en Canadá. El P. Mulot no se dejó convencer. Por
lo demás, el número demasiado reducido de los misioneros
hacía el proyecto completamente utópico.
* En las
vacaciones de 1748 , los PP. Albert, Hacquet y Besnard
hicieron un viaje a Roma "para llevar el saludo de nuestras
dos Congregaciones al Papa Benedicto XIV, y solicitarle la
aprobación de las Reglas recibidas del P. de Montfort".
Saliendo de San Lorenzo el 28 de julio, llegaron a Roma el
12 de septiembre y regresaron a San Lorenzo el 13 de
noviembre.
La última
misión del P. Mulot
El 13 de
abril de 1749, el P. Mulot y sus cohermanos comenzaban en
Questembert una misión de cinco semanas. Por primera vez
predicaban en la diócesis de Vannes, y encontraron gentes
receptivas de su acción: "Gente buena, dócil, asidua a la
Palabra de Dios, agradecida y susceptible de todo bien",
constató el P. Hacquet.
Más de una
vez, a lo largo de sus misiones, el P. de Montfort había
luchado contra la costumbre de convertir en ciertas regiones
la iglesia en cementerio. Era el caso de Questembert. El P.
Mulot era celoso como su maestro por el respeto de la casa
de Dios. Encontró suficientes voluntarios para emprender la
restauración simultánea de la iglesia y del cementerio,
trasladando los féretros de un lugar al otro. El P. Mulot se
hacía presente en la obra sin desdeñar su participación en
el trabajo. Por inadvertencia, pisó una tabla en la cual
había una puntilla oxidada que atravesó la suela de su
calzado... ¡y el pie! No existía entonces la vacuna
antitetánica, y algunos días después murió en medio de
atroces dolores.
Los
cohermanos fueron testigos de su actitud heroica. El P.
Hacquet, en su oración fúnebre hace esta evocación: "Su
deseo de sufrir le hacía conservar un gozo que se reflejaba
externamente...Tomando su crucifijo en una mano y en la otra
una imagen de la Santísima Virgen, permaneció resignado
entre la vida y la muerte". Luego de recitar este versículo
de un salmo: "en ti, Señor, he esperado, no seré confundido
para siempre", expiró el 12 de mayo de 1749, a los 66 años.
El P. Hacquet pudo decir: "Estoy absolutamente convencido,
por su ejemplo, de que para morir como santo, hay que vivir
como santo".
Conforme a
sus deseos, fue enterrado en el cementerio, ante la
capillita dedicada a San Miguel. Su corazón fue retirado del
cadáver y puesto en un relicario de plomo que llevaron los
misioneros a San Lorenzo. Tras un solemne servicio religioso
en la iglesia parroquial, fue llevado a la capilla de las
Hermanas y depositado detrás del altar. Hoy nadie sabe qué
se hizo.
La tumba del
P. Mulot está siempre en el mismo sitio, y se puede
identificar fácilmente, pues sobresale un metro por encima
de las tumbas circundantes de los sacerdotes fallecidos en
Questembert desde 1749. Es un monumento de granito, capaz de
desafiar los siglos. Alrededor se pueden ver esculturas
diversas conformes al gusto de la época: cráneos, lágrimas,
cruces, un corazón rodeado por una corona de espinas. La
gran loza que la cubre lleva los elementos del altar:
candeleros, cáliz, patena, y una inscripción en caracteres
mayores: AQUI YACE EL SEÑOR RENATO MULOT SUPERIOR DE LOS
MISIONEROS DE SAN LORENZO MUERTO EN OLOR DE SANTIDAD EL 12
DE MAYO DE 1749.
Fisionomía
espiritual del P. Mulot
Después de
casi dos siglos y medio, alrededor de la tumba del P. Mulot
siempre se ha manifestado una religiosidad popular. Más allá
de tal veneración, él tiene para nosotros monfortianos hoy,
la grandeza espiritual de un hombre que hizo que la Compañía
de misioneros deseada por Luis María de Montfort se
desarrollara. El fue su digno sucesor e imitador perfecto.
Igual celo para anunciar el evangelio. Igual amor a la cruz,
que tan vivamente recomienda en las dos cartas que nos
quedan de todas las que dirigió a las Hijas de la Sabiduría.
Igual devoción a la Reina de los Corazones a la cual
consagraba sus misiones de manera particular.
No tenía
dotes de gran orador, pero la convicción de su corazón y la
bondad que emanaba de su persona daban fuerza y eficacia a
todas sus palabras sencillas pronunciadas con suma
sencillez. Un vicario general de La Rochelle manifestaba que
el lenguaje del P. Mulot "estaba desprovisto de los adornos
de la lengua y del orden lógico que se cuida en las
instrucciones públicas cuando existe el propósito de
conmover... El P. Mulot penetraba los corazones y los rendía
de manera tan viva y sensible que todos los esfuerzos de la
elocuencia humana en vano intentarían aproximarse a ella".
Una terc |