HISTORIA DE LA COMPAÑIA DE MARIA

Por Michel Bertrand, smm

 INTRODUCCION

 

Esta historia de la Compañía de María no pretende ser exhaustiva. Quizá algunos lectores queden decepcionados al no encontrar en ella detalles que hubieran querido conocer. La finalidad de este trabajo no es ser una compilación detallada de la vida de la Congregación. Si se tratara de relatar todo, sobre todo lo referente al siglo XX, serían necesarios varios volúmenes.

Pero los destinatarios de este libro son ante todo los aspirantes monfortianos de los diferentes continentes, para ayudarles a conocer la Congregación con la cual tienen intención de comprometerse. Como se supone que no conocen la Historia de Francia ni su geografía, hay algunos datos o evocaciones que pueden parecer superfluos a los Europeos.

La Historia de la Compañía se divide en seis capítulos:

 

I. La fundación

 

II. Los comienzos:desde la muerte del Padre de Montfort hasta la Revolución Francesa en 1789

 

III. La tormenta: período de la Revolución hasta el Concordato de 1801

 

IV. La renovación: el siglo XIX hasta 1871, año de la primera fundación fuera de Francia

 

V. La expansión internacional: período de crecimiento rápido de la Congregación, cuyo nivel máximo se da en 1966

 

VI. Hacia un nuevo equilibrio: del comienzo de la recesión en 1966 hasta 1996, año en que termina el relato de este libro con la visita del Papa Juan Pablo II a San Lorenzo, el 19 de septiembre

 

Para no recargar el texto y hacer su lectura más fluida, no se ha querido poner notas al pie de las páginas. El contenido de las mismas se encuentra ya en el texto, a veces entre paréntesis o guiones.

Este libro es la publicación de una serie de conferencias que su autor dio por primera vez  a los aspirantes peruanos en Lima, julio de 1994, y que ha tenido ocasión de presentar dos veces más a jóvenes monfortianos de diferentes continentes en cursos de formación en San Lorenzo. Ojalá cumpla su función de suscitar en los jóvenes monfortianos el amor de la Compañía de María.

 

 

Nuestra Señora de Marillais, Francia, septiembre 29 de 1997

 

Michel Bertrand,S.M.M.

CAPITULO I - LA FUNDACION

Germinación de un proyecto


 

 

Luis María Grignion de Montfort, formado en el seminario de San Sulpicio en París, fue ordenado sacerdote el 5 de junio de 1700. Había llamado la atención de sus formadores, tanto por su piedad como por su ciencia, hasta el punto que hubieran querido conservarlo en su casa. Estal perspectiva, sin embargo, en nada llamaba la atención del joven sacerdote: más que por la formación de los seminaristas se sentía atraído por el apostolado entre las gentes sencillas. Durante sus años en San Sulpicio, había comenzado ya a prepararse para ello, y en los tres o cuatro meses que pasó en el seminario después de su ordenación, siguió compilando notas de sermones con la ambición de capacitarse para improvisar una predicación sobre cualquier tema. Compuso también cánticos para ayudar a sus futuros oyentes a memorizar la doctrina cristiana.

Sabemos esto gracias a los recuerdos que uno de sus amigos ha tenido a bien escribir. A pesar de su temperamento poco comunicativo, Luis María Grignion tenía dos amigos íntimos, que había conocido durante su adolescencia en el Colegio de Rennes. Conviene conocerlos ya que uno y otro tienen algo que ver con la fundación de la Compañía de María.

El primero es Claudio Poullart des Places, fallecido a los 30 años y  algunos meses de edad, luego de haber puesto las bases de la Congregación del Espíritu Santo. En el último siglo el Venerable P. Libermann dio nueva vida a la fundación de Poullart des Places, y orientó el apostolado de los Misioneros del Espíritu Santo hacia el continente africano.

El segundo es Juan Bautista Blain, que llegó a ser canónigo de la diócesis de Ruán y nos dejó numerosas y preciosas informaciones sobre su amigo. Por él conocemos la atracción de Luis María por la predicación del Evangelio. Los fundadores de San Sulpicio lejos de oponerse, le buscaron un sitio donde pudiera él comenzar su apostolado aprovechando la experiencia de algunos sacerdotes mayores. Según ellos la Comunidad de San Clemente en Nantes, dirigida por un sacerdote de San Sulpicio llamado el Señor Lévêque reunía las condiciones deseables.

A fines de septiembre de 1700 el joven sacerdote llegó a dicha comunidad, creyendo encontrar en ella un ambiente según sus aspiraciones. Desafortunadamente su decepción fue profunda... tan profunda que ya el 6 de diciembre confesaba por escrito su desengaño al P. Leschassier, su antiguo director de San Sulpicio, el mismo que lo había orientado hacia Nantes.

Esta carta es el primer indicio de un deseo de fundación, que sólo se consolidará mucho después. Decía Luis María:  "No encontré aquí lo que esperaba, aquello por lo cual dejé, como a pesar mio, una casa tan santa como lo es el seminario de San Sulpicio. Anhelaba, igual que Ud., prepararme para las misiones y sobre todo dar el catecismo a las gentes sencillas, que es lo que más me atrae. Pero no hago nada de esto, y ni siquiera sé si lo haré..." (Carta 5).

Luego describía el estado de la casa, en la cual la observancia dejaba mucho que desear, y a renglón seguido expresaba su sueño: " Desde mi llegada, me siento como perplejo entre dos sentimientos, al parecer opuestos. Por una parte, experimento una inclinación secreta al retiro y a la vida escondida, para aniquilar y combatir mi naturaleza corrompida deseosa de manifestarse. Por otra, siento grandes anhelos de hacer amar a Nuestro Señor y a su Santísima Madre, de correr en forma pobre y sencilla a dar el catecismo a los pobres del campo y excitar a los pecadores a la devoción a la Santísima Virgen. Es lo que hacía un piadoso sacerdote, muerto aquí hace poco en olor de santidad: iba de parroquia en parroquia enseñando el catecismo a la gente del campo, a expensas de la Providencia.

Padre carísimo, no soy digno -en verdad- de empleo tan honorífico; pero, ante las necesidades de la Iglesia, no puedo menos de pedir continuamente con gemidos una pequeña y pobre compañía de sacerdotes ejemplares, que desempeñen ese ministerio bajo el estandarte y la protección de la Santísima Virgen. Trato, sin embargo -aunque con dificultad- de calmar estos anhelos por buenos y continuos que sean, mediante el olvido absoluto de todo lo mio en brazos de la Divina Providencia, y una perfecta obediencia a los consejos de Ud., que consideraré siempre como órdenes".

Esta comunicación contiene en germen la Carta de la Compañía de María, pero Luis María Grignion no se fiaba de sí mismo. El que algún día invitaría a los cristianos a la renuncia total de sí mismos (VD 259), perseguía sin piedad el amor propio. Antes de emprender algo quería estar seguro de que fuera la voluntad de Dios que lo comprometía y no el deseo de aparecer". Trataba pues de calmar sus deseos y esperaba la hora de Dios...

 

¿Dónde encontrar colaboradores?

 

Debía llegar la hora de Dios, que le permitiera "enseñar el catecismo a los pobres del campo", " a expensas de la Providencia", pero deberá esperar varios años y seguir numerosos recodos hasta poder mostrar por fin plenamente su capacidad de realización.

En octubre de 1701 Luis María dejó a San Clemente para servir a los pobres del hospital de Poitiers.  Bien sabía que su vocación no estaba allí, pero tenía la esperanza de "ampliar con el tiempo su ministerio a la ciudad y al campo", "porque mi anhelo es enseñar el catecismo a los pobres de la ciudad y del campo".

Durante el verano de 1702 hizo el viaje a París para ayudar a su hermana Luisa Guyonne a encontrar una ubicación. Aprovechó para visitar el seminario de San Sulpicio con la segunda intención de encontrar algunos colaboradores para las misiones. Según Blain, su presencia suscitó curiosidad, pero los pareceres estaban divididos: "Yo que estaba muy atento a lo que de él se decía, no podía comprender que se le considerara santo sin verlo seguir el camino de los santos. Como me sentía muy atraído  a seguirle y servirle de compañero, me interesaba más en todo lo que a él se refería".

La buena intención del Señor Blain no se realizará, y la razón fue el prestigio de que gozaba el P. Leschassier, cuarto superior de San Sulpicio. Este hombre eminente que, algunos años después de la muerte de Luis María Grignion, reconoció humildemente "no conocer a los santos", había dado crédito a las críticas llegadas de Nantes y de Poitiers, y había expresado del joven sacerdote un juicio extremamente severo: "El Señor Grignion es muy humilde, pobre, mortificado y piadoso, y, sin embargo, me cuesta creer que sea conducido por el espíritu del bien".

No sólo lo juzgaba con severidad, sino que se mostró tan frío con él, que Luis María perdió toda esperanza de encontrar algún día colaboradores en San Sulpicio. Visitó entonces a su amigo Claudio Francisco Poullart des Places, venido a París en octubre de 1701 con la intención de hacerse sacerdote. También él tenía muchos proyectos, pero bien diferentes de los anhelos de Luis María: "No me siento atraído por las misiones, pero conozco perfectamente el bien que en ellas se puede hacer para no colaborar a ellas con todas mis fuerzas y hacer con Ud. un pacto inviolable.

"Ud. sabe que desde hace algún tiempo dedico todo lo que está a mi disposición para ayudar a los escolares pobres a que prosigan sus estudios. Conozco a varios de ellos que teniendo admirables disposiciones, por falta de recursos, no las pueden hacer valer, y se ven obligados a enterrar talentos que serían muy útiles a la Iglesia, si los pudieran cultivar. A ello quisiera dedicarme reuniéndolos en una casa... Si Dios me concede tener éxito, Ud. puede contar con misioneros. Yo los prepararé y Ud. los pondrá a trabajar. En esta forma, Ud. quedará satisfecho y yo también".

Las obras de uno y otro se complementaban pues de manera admirable. Desafortunadamente el P. Poullart des Places, luego de fundar su seminario, murió en forma prematura el 2 de octubre de 1709. El contrato, no escrito; será, sin embargo, respetado por su sucesor; y varios misioneros de la Compañía de María vendrán del seminario del Espíritu Santo. Más aún, los primeros monfortianos se harán llamar comúnmente "misioneros del Espíritu Santo".

 

Esperanzas fundadas

 

De vuelta a Poitiers, Luis María Grignion encontró el hospital general con sus pobres, pero esto no duró mucho tiempo. De hecho en abril del año siguiente, por las dificultades crecientes se vio obligado a salir de  Poitiers. Dejaba un embrión de comunidad femenina, compuesta por personas lisiadas e impedidas, entre las cuales había puesto a una joven de la alta burguesía de Poitiers: María Luisa Trichet, que llegaría a ser la primera superiora general de las "Hijas de la Sabiduría".

Quizá por el estímulo que le había dado su amigo Poullart des Places, dirigió sus pasos a París. Abandonado por sus antiguos maestros de San Sulpicio, pasó algún tiempo con los pobres del hospital general de la Salpêtrière; luego encontró un pobre alojamiento debajo de una escalera en la calle Pot-de-Fer.

Se entrevistó nuevamente con Poullart des Places, quien dirigía entonces el  "Seminario de estudiantes pobres" que él mismo había fundado en la calle de Cordiers. Se dedicaba a procurarles el pan material, pero sobre todo velaba por su formación espiritual. Personalmente daba instrucciones y cada vez que tenía ocasión, "les hacía dar retiros por los mejores maestros en la materia" (Besnard, libro 5, Pág.280). Así el Señor Grignion tuvo la oportunidad de participar en su formación durante su estadía en París. Les habló de la Sabiduría, desarrollando las ideas de su libro El Amor de la Sabiduría Eterna.

Sin duda evocaron el contrato establecido el año anterior entre el P. Poullart y el P. Grignion. Según Grandet, la idea del P. Grignion era "formar un grupo o comunidad de doce hombres apostólicos sin bienes ni ganancias, como los Apóstoles". Probablemente en ese año de 1703, en prenda de amistad y como símbolo del futuro, Luis María dejó a la Comunidad del P. Poullart la imagen que había esculpido: la Virgen abrigando con su manto a doce pequeñas figuras que representaban a los apóstoles llamados a trabajar "bajo la protección de María".

Durante ese tiempo los pobres del hospital no se habían olvidado de su capellán. Así pues el 9 de marzo de 1703 le escribieron al P. Leschassier una carta en la cual pedían que hiciera regresar entre ellos "aquel que tanto ama a los obres, el Señor Grignion". Viendo en ello un signo de la Providencia, Luis María dejó otra vez París.

 

Primer discípulo

 

En el hospital de Poitiers emprendió la doble restauración material y espiritual del establecimiento con las aprobaciones más elogiosas. Sin embargo, la euforia no duró mucho. Al cabo de un año las dificultades crecieron tanto que debió pensar nuevamente en dejar el lugar. Por fortuna contó con la benevolencia del obispo de Poitiers y, gracias a su apoyo, no le faltaría el trabajo. Su adiós al hospital le permitiría hacer lo que siempre había dicho que "más le atraía": "enseñar el catecismo a los pobres". Se ofreció al obispo para hacer misiones en la ciudad y en los suburbios, y restaurar los santuarios en ruinas. La aprobación episcopal lo convirtió en misionero oficial de Poitiers. Al aceptar en 1701 ir al hospital, tenía la esperanza de "ampliar con el tiempo su ministerio a la ciudad y a los campos". ¡Ahora se cumplían sus deseos! El obispo lo nombró director de la casa de las Penitentes, lo que le aseguraba alojamiento y comida y le daba libertad para "extender su ministerio a la ciudad".

En Poitiers, donde encontró a las dos primeras Hijas de la Sabiduría: María Luisa Trichet y Catalina Brunet, encontraría también al primer hermano de la futura Compañía de María. Un día estaba confesando en la iglesia de las Penitentes que estaba a su cargo. Entró a orar un joven que llamó su atención. Cuando terminó las confesiones se le acercó y entabló diálogo con él. El joven le contó que deseaba entrar como hermano converso donde los Capuchinos que habían predicado la misión en su pueblo, y dijo que por casualidad había entrado en esa iglesia a rezar. Entonces, como Jesús llamaba a sus apóstoles, el P. Grignion le dijo: "No ha sido por casualidad, sino providencialmente. ¿No te gustaría ayudar a los misioneros en sus trabajos? Sígueme: con seguridad ésta es tu vocación"

Se podría decir como en el Evangelio: "Entonces, dejándolo todo, el joven lo siguió". En efecto, desde ese día, fue el compañero fiel de vida y de labores de quien las gentes llamaron más tarde "el buen Padre de Montfort". Maturino Rangeard, nacido en 1687 en un pueblito del Norte de Poitou, será recordado con el nombre de "Hermano Maturino". Por sufrir de escrúpulos, nunca emitirá votos religiosos, pero, hasta su muerte en 1760 participará en la mayoría de las misiones predicadas por los sucesores del Padre de Montfort, y siempre será considerado el primer Hermano de la Compañía de María.

 

Futuro incierto

 

El Hermano Maturino comenzaba en Poitiers mismo a participar en los trabajos apostólicos de quien lo había comprometido de una manera tan imprevista. El misionero cosechó algunos éxitos, particularmente en los suburbios de Montbernage, pero también suscitó algunas antipatías en la burguesía de la ciudad. Pues el Padre Villeroi, vicario general, se inclinaba más a escuchar las quejas de los nobles que los elogios de los arrabaleros.

De modo que un buen día el obispo, por no disgustar a Villeroi y sus amigos, cedió a sus insinuaciones y decidió deshacerse del P. Grignion, a pesar del aprecio que le tenía. Este fue un golpe terrible para el misionero, una prueba que cuestionó toda la orientación de su vida.

Como joven sacerdote había soñado con irse al Canadá donde la colonización era acompañada por la evangelización. El superior de San Sulpicio le había dicho "no" al P. Grignion, añadiendo en broma que si viajaba allá, "se perdería en las selvas del Nuevo Mundo". La expulsión que lo golpeaba en Poitiers, ¿no sería una indicación de la Providencia en favor de las misiones lejanas?... o en favor de la vida contemplativa por la cual sintió atracción constante? Para aclarar su espíritu, emprendió una peregrinación a Roma: a pesar de las dificultades que en aquel tiempo significaba un viaje tan largo a pie, iba a consultar al papa Clemente XI.

El Hermano Maturino quedó en una situación penosa de espera, pero estaba tan ligado al misionero que parecía dispuesto a seguirlo a donde fuera. Mientras esperaba el regreso del peregrino encontró asilo entre los Padres Jesuitas que ocupaban la antigua abadía de Ligugé, cerca de Poitiers.

 

La primera "comunidad" monfortiana

 

A su retorno de Roma, a finales del agosto 1706, el P. de Montfort tenía ya fijada la orientación de su vida. El Papa lo había nombrado "misionero apostólico" y le había asignado un vasto terreno de apostolado: "Tienes, le había dicho, un campo suficientemente amplio en Francia para ejercitar tu celo, no te vayas a otra parte, y trabaja siempre en perfecta sumisión a los obispos diocesanos por los cuales serás llamado".

Encontró de nuevo al Hermano Maturino que lo esperaba en la abadía de Ligugé, cerca de Poitiers, pero le fue prohibido quedarse en esta diócesis en la cual tanto había trabajado. Se dirigió a Bretaña y se integró en el equipo del P. Leuduger, en Saint-Brieuc. Participó en varias misiones -entre otras en Montfort-la-Cane, su pueblo natal- pero en Moncontour, la falta de entendimiento con el director lo obligó a abandonar el equipo del P. Leuduger. Se retiró entonces a la ermita de San Lázaro, llamada así en recuerdo de los tiempos en que había allí un leprosorio, a pocos kilómetros del pueblo de Montfort-la-Cane. Se puede decir que ésta fue la primera comunidad monfortiana. En efecto el P. de Montfort tenía dos compañeros: Maturino, ya conocido, y un tal Juan, de quien poco se sabe. Siguió al P. de Montfort hasta su última misión en San Lorenzo del Sèvre, pero nunca emitió sus votos... como tampoco los pronunció el Hermano Maturino.

 

El equipo apostólico monfortiano

 

Desde el momento en que dejó el equipo del P. Leuduger, el P. de Montfort dirigió él mismo las misiones que predicaba, sin que jamás estuviera solo. En la diócesis de Nantes, en la cual trabajó de 1708 a 1711, como en las de Luzón, Saintes y sobre todo La Rochelle, en la cual permaneció hasta su muerte, siempre tuvo colaboradores. Eran sacerdotes o laicos, y su colaboración era ocasional o más o menos prolongada.

Entre los sacerdotes conviene hacer mención especial de Pedro Ernault des Bastières, que comenzó su colaboración en 1708 y trabajó con él en forma continua de 1711 hasta enero de 1716. A petición del sulpiciano Grandet, escribió sus recuerdos, y, gracias a él, conocemos muchos detalles de la vida apostólica de San Luis María. La historia ha conservado el nombre de algunos otros: Gabriel Ollivier -diócesis de Nantes-, Pedro Keating, Irlandés, Tomás Le Bourhis y Clisson, todos tres de la diócesis de La Rochelle. Los dos últimos, nombrados en el testamento del misionero (Obras BAC p. 628). Después de su muerte en San Lorenzo el 28 de abril de 1716, quedaron solamente dos sacerdotes que, con el Hermano Maturino, formarían el núcleo de la compañía de María. Eran Adriano Vatel y Renato Mulot, de quienes trataremos más adelante.

También tuvo Montfort varios colaboradores laicos a quienes llamaba "Hermanos". Maturino fue el obrero de primera hora. De 1707 a 1711 se unieron al equipo Juan, Pedro, Nicolás y Felipe, y de 1711 a 1716: Santiago, Luis y Gabriel. De ellos sabemos muy poco y de algunos nada. En 1709 en Crossac, diócesis de Nantes, un "Hermano" se rebeló contra el misionero, mientras el P. des Bastières abandonó su equipo... lo que suscitó un célebre cuarteto:

Un amigo me falla, ¡bendito Dios!

Se me rebela un siervo, ¡bendito Dios!

Dios lo permite o hace,

por ello todo me agrada y satisface

 

A la muerte del P. de Montfort quedaban cuatro Hermanos "unidos conmigo en la obediencia y la pobreza, a saber: Nicolás de Poitiers, Felipe de Nantes, Luis de La Rochelle y Gabriel que está conmigo, mientras continúen renovando sus votos cada año" (Obras BAC p. 628). Los que no tenían votos eran: Santiago, Juan y Maturino. El Testamento pedía al P. Mulot que diera a cada uno diez escudos, en caso de que quisieran irse y "no hacer sus votos de pobreza y obediencia".

 

Las reglas de los sacerdotes misioneros de la Compañía de María

 

Parece que a lo largo de los años de intensa labor apostólica, el P. de Montfort nunca perdió de vista sus proyectos de fundación. No había olvidado las promesas de Poullart des Places en 1702, pero los años habían pasado y nada concreto había surgido. En el verano de 1713, el misionero retomó el camino de París para visitar a los sucesores de Poullart des Places, fallecido en 1709.

Se puede pensar -sin precisión posible de ello- que antes del viaje había redactado la regla dirigida a los misioneros que se comprometerían con él. En efecto, cuenta Besnard que "comunicó su plan" a los directores del seminario del Espíritu Santo, y "les leyó el reglamento que había preparado para sus discípulos y otros que quisieran entrar con él en la misma carrera" (Besnard, p. 128").


 

Las "Reglas de los sacerdotes misioneros de la Compañía de María" forman el centro de lo que pasó a la posteridad con el nombre de "Tríptico". Se trata de tres documentos: la Súplica Ardiente, las Reglas y la Alocución a los Asociados de la Compañía de María. Las Reglas definían el papel misionero de la Compañía de María. Daban normas prácticas y orientaciones espirituales: abandono a la Providencia, atención preferencial a los pobres, primacía de la evangelización y la catequesis.

 

Visita al Seminario del Espíritu Santo

 

En el seminario del Espíritu Santo "todos aplaudieron el proyecto" del P. de Montfort, dice Besnard (p. 128), "y los señores directores le prometieron cooperar eficazmente formando personas capaces de sostener y perpetuar esa obra buena". A pesar de su escaso número designaron a uno de ellos para acompañarlo en sus misiones: era el ecónomo, el P. Caris. Sin embargo, al momento de partir, el superior, P. Bouic, lo retuvo por no encontrar a nadie que lo reemplazara en su cargo.

Con los seminaristas Montfort sostuvo varias conversaciones. Les habló en particular del espíritu de pobreza, de la Virgen María y de la Sabiduría. Uno de los más atentos fue Santiago Le Vallois, a quien un día el misionero le puso su sombrero en la cabeza diciendo: "éste me pertenece". Años más tarde sería uno de los primeros misioneros de San Lorenzo. Igualmente fueron miembros de la Compañía de María: Vatel, Hédan, y Tomás.

En recuerdo de su visita Montfort dejó al superior un crucifijo del cual decía: "es lo más precioso que tengo en el mundo". Así quedaba sellada la amistad entre el Seminario del Espíritu Santo y la futura Compañía de María, y Montfort podía escribir en La Regla de los Misioneros: "Hay en París un seminario en el cual los jóvenes eclesiásticos, que son llamados a las misiones de la Compañía, se disponen por la ciencia y la virtud a entrar". Efectivamente, durante el siglo XVIII varios misioneros de San Lorenzo fueron antiguos alumnos del seminario del Espíritu Santo.

 

Vocación de Adriano Vatel

 

Adriano Vatel era alumno del seminario del Espíritu Santo en 1713 cuando quiso seguir al P. de Montfort. Sin embargo, en 1715 decidió orientarse a las misiones lejanas. El barco que lo transportaba hizo escala en La Rochelle. Habiendo sabido que el P. de Montfort se encontraba en la ciudad, quiso verle para pedirle algunos cánticos y consultarle acerca de la validez de las facultades que había recibido del Cardenal de París y del Cardenal de Ruán. De hecho, algunos canonistas pretendían que sólo el Papa podía dar facultades para lo que entonces se llamaba "Las Islas", es decir, las Antillas.

Montfort estaba predicando en la capilla de las Hijas de la Providencia. El P. Vatel había entrado y al escuchar el sermón juzgó que se sobreestimaba la reputación del predicador. De pronto aquel dijo en voz alta: "Hay aquí alguien  que me resiste, siento que la Palabra de Dios rebota hacia mí; pero no se me escapará". El P. Vatel se sintió apostrofado y, después del sermón, se dirigió a la sacristía. El misionero estaba leyendo la carta de un sacerdote que le retiraba su colaboración, y, sin preámbulo, dijo a su visitante: "Un sacerdote me incumple su palabra y el buen Dios me envía otro. Es preciso, Pedro, que venga conmigo; trabajaremos juntos".

El P. Vatel protestó: "Es imposible", e hizo valer los compromisos adquiridos con el capitán del navío, que le había adelantado cien escudos para comprar algunos ornamentos litúrgicos. Llevándolo ante el obispo, Montfort le demostró la invalidez de sus facultades. Monseñor Champflour confirmó su opinión, y le ofreció cien escudos para indemnizar al capitán. Este furibundo, estaba dispuesto a eliminar al misionero si lo encontraba. No tuvo necesidad de buscarlo, pues Montfort mismo salió a su paso y logró calmarlo.

Desde ese día, Adriano Vatel, dejando de un lado todos sus proyectos de misión en el extranjero, se puso inmediatamente al servicio del equipo del P. de Montfort. Fue el primer sacerdote vinculado de manera definitiva a la Compañía de María.

 

 

Intervención de Renato Mulot

 

Meses más tarde, a finales del verano de 1715, tuvo lugar en Fontenay-le-Comte, diócesis de La Rochelle, la primera entrevista del P. de Montfort con  quien sería un día su sucesor. Renato Mulot había nacido precisamente en Fontenay-le-Comte. Sus padres, Santiago Mulot, procurador real de la ciudad, y Carlota Guitton, hija de un burgués de Mortagne, tuvieron nueve hijos, de los cuales por lo menos dos murieron de corta edad. Dos fueron sacerdotes y ambos interesan la historia monfortiana.

Juan, nacido en 1678, sucedió en 1708 a su primo Santiago Francisco Collin, párroco de San Pompain desde 1689. Los párrocos de San Pompain tenían el título honorífico de "Prior" como recuerdo de la parroquia cuando era un Priorato del monasterio de Nieul-sur-l'Artize. Juan Mulot fue un entusiasta admirador del P. de Montfort y acogió en su presbiterio durante seis años la naciente Compañía de María.

Renato nació en 1683. Hizo sus estudios en el colegio de los Jesuitas en Fontenay, y luego entró al seminario de La Rochelle. Ordenado sacerdote en 1708, comenzó su apostolado a 6 km de San Pompain, como vicario de Villiers-en-Plaine. El párroco le dejaba poco espacio de iniciativa, y desde 1709, invitado por su primo Francisco Gabriel Collin, párroco de Soullans, diócesis de Luzón, fue nombrado vicario cooperador.

En 1712 el P. de Montfort predicó algunas misiones en la diócesis de Luzón, particularmente en La Garnache, en mayo. El párroco de Soullans tuvo la oportunidad de asistir y descubrir todo el bien que hacía el misionero. Habló de él tan favorablemente a su vicario que éste hubiera querido conocerlo, pero no pudo desplazarse: "Caí enfermo poco después, escribió él mismo, de un mal extremamente grave. Estuve largo tiempo en peligro de muerte, desahuciado por varios médicos famosos". ¿Cuál era la enfermedad? No lo sabemos. Pronto estuvo fuera de peligro, pero "siempre muy enfermizo". Caminaba con dificultad y sufría terribles dolores de cabeza. No podía retomar su ministerio: "Tan pronto me sentí capaz de montar a caballo, me fui a tomar el aire nativo donde mi hermano, el Prior de San Pompain, a sólo tres leguas de Fontenay". Así que a los 29 años de edad estaba reducido a la inactividad, sin más perspectiva que vegetar a la sombra de su hermano. En 1715 aún estaba allí, "siempre lánguido", cuando el P. de Montfort comenzó la misión de Fontenay, el Domingo 25 de agosto.

El P. Juan Mulot, aunque un poco inclinado a los pleitos y envuelto en uno con uno de sus feligreses, era un sacerdote celoso. Tenía la intención de organizar una misión en su parroquia, y había ya escogido el predicador. Este plan era tema de las conversaciones con el presbiterio, y su hermano Renato que había visto el trabajo del predicador en Soullans y había escuchado los elogios del misionero de La Garnache, prefería al P. de Montfort. ¿Lograría convencer a su hermano? No sabía que su intervención lo llevaría muy lejos...

 

 

Una entrevista importante

 

El Señor Juan Mulot no accedió inmediatamente a la sugerencia de su hermano que creía que el P. de Montfort haría mayor bien "gracias a las prácticas de piedad que dejaba organizadas, sobre todo la devoción del Rosario que hacía rezar en las parroquias y otras cofradías que establecía en ellas. Pero Renato sabía insistir, y el Prior de San Pompain capituló ante su hermano menor diciendo que seguiría su parecer pero a condición de que él mismo se encargara de cancelar el compromiso del primer predicador.

"Ante eso, con todo lo débil que me sentía, decidí ir a Fontenay", cuenta. El P. de Montfort predicaba un retiro a las religiosas de Nuestra Señora y en  casa de ellas tuvo lugar la entrevista. Renato Mulot presentó su petición, rogándole "tener a bien ejercer su caridad y celo en San Pompain". La primera reacción del P. de Montfort fue rehusar: "Ya se había comprometido en varios otros lugares", y no tenía razón alguna para trastornar sus planes y preferir a San Pompain, en una fecha sin duda ya convenida con el primer predicador solicitado.

La entrevista hubiera podido terminar ahí, si los dos hombres no hubiesen descubierto un interés recíproco, que llevó al P. de Montfort a invitar al P. Mulot a compartir la mesa. No estaban solos, pues el puesto de honor era para un pobre a quien el P. de Montfort servía de primero. Con todo, la presencia de esa tercera persona en nada restaba espontaneidad a la conversación. El hielo se rompió desde el primer momento, y al final de la comida Renato Mulot "redobló su insistencia" para comprometer al misionero a ir a San Pompain, y se atrevió a decirle: "Si yo tuviera fuerzas y ciencia suficientes, le seguiría a todas partes". Quizá dijo esto pensando que no lo comprometía a nada, dada su pobre salud. Pero lo hizo inconscientemente: era una frase que no debía decir delante del P. de Montfort, pues su vida cambiaría de rumbo!

¿Rapidez de reflejos o inspiración de lo Alto? Sea lo que fuere, el P. de Montfort había encontrado a "su" hombre para realizar lo que él llamaba "designios de la Providencia". Tenía casi sabor de  chantaje: "El cedió a mi insistencia, cuenta el P. Mulot, diciendo que si yo iba a ayudarle en la misión de Vouvant ya anunciada, él vendría luego a San Pompain". El pobre P. Mulot cayó en sus redes: "el deseo que tenía yo de verle comprometido, hizo que le prometiera algo superior a mis fuerzas".

Trató tímidamente de volver sobre sus pasos:

-¿Qué hará Ud. con semejante misionero? Le serviré más de estorbo que que de utilidad.


 

La respuesta es de una audacia propia sólo de la santidad:

-Si Ud. quiere seguirme y trabajar conmigo el resto de su vida, iré a la parroquia de su hermano; de lo contrario, no.

Todos sus males desaparecerán tan pronto comience a trabajar por la salvación de las almas, y hay que hacer la prueba en la misión de Vouvant".

Anticipando el relato, hay que decir que la curación anunciada fue total. La entrevista de Fontenay tuvo lugar probablemente en octubre de 1715, y seis meses después, en marzo de 1716, el semiparalítico Mulot hacía a pie el viaje de ida y vuelta San Pompain-Saumur: 240 km, en una semana, sin la menor incomodidad.

 

La misión de Vouvant

 

La misión de Vouvant se dio en noviembre y en ella hizo sus primeras armas el P. Mulot. Los historiadores dicen que no fue de las más fáciles: algunos pecadores escandalosos, interpelados por el P. de Montfort, lejos de convertirse, respondieron con injurias y amenazaron hacerle un proceso. Sin embargo la misión no fue estéril, y de ello da testimonio el P. Mulot: "Allí fui testigo de cuanto me habían dicho acerca de los grandes frutos que él cosechaba en sus misiones".

Por otra parte, los proyectos de fundación del P. de Montfort parecían precisarse: durante la misión le fueron hechas varias donaciones para establecer en Vouvant la comunidad de los misioneros. Las tres bienhechoras son mencionadas en el testamento del santo: "La Señora de la Brûlerie", otra llamada "Señora del Lugarteniente de Vouvant", cuyo nombre era Catalina Dubois, viuda del Señor Juan Barré, y Renata Arcellin, "una buena mujer", viuda de Andrés Goudeau. Se han encontrado las actas notariales de dos de las donaciones. Ellas fueron hechas en forma de testamentos al "Padre Luis María de Montfort Grignion, sacerdote misionero de la Compañía del Espíritu Santo", con una condición: en caso de que "el Padre de Montfort, o quienes lo sucedan, abandonen Vouvant para establecerse en otro sitio", las tierras y casas volverán a las donantes o a sus herederos.

¿Cuántos miembros había en lo que el P. de Montfort llama "la Compañía del Espíritu Santo"?

Numerosos sacerdotes habían trabajado con él en el curso de las misiones: Uno de ellos, el P. des Bastières, había sido compañero fiel prácticamente desde 1708. Hacía parte del equipo de Vouvant, pero abandonaría las misiones algunos meses más tarde, probablemente en febrero de 1716. Los únicos que parecían haber considerado su participación como un compromiso a largo plazo fueron Renato Mulot y Adriano Vatel. El último colaboraba en las misiones desde febrero precedente, cuando el barco que debía llevarlo a las misiones extranjeras había hecho escala en La Rochelle.

Había también Hermanos. Por el testamento del santo sabemos sus nombres: Nicolás, Felipe, Luis y Gabriel con votos; sin votos: Santiago, Juan y el fiel Maturino, el primer llamado: 1705, que jamás hizo votos, pero siempre fue considerado -paradójicamente- el prototipo del Hermano monfortiano. ¿Estuvieron estos siete Hermanos presentes en la misión de Vouvant? No es muy probable, ya que seis meses más tarde, cuando el P. de Montfort dictó su testamento, Nicolás estaba en Poitiers, Felipe en Nantes, y Luis en La Rochelle.


 

 

La misión de San Pompain

 

Como Renato Mulot cumplió fielmente la condición puesta por el P. de Montfort, éste fue fiel a su promesa. Después de la misión de Vouvant, "la Compañía del Espíritu Santo" se trasladó a San Pompain y la misión se inició allí en diciembre de 1715. Hacía un frío intenso; y los fieles de la parroquia no eran muy propensos a levantarse temprano para ir a los ejercicios de la misión. Entonces el misionero envió al Hermano Santiago a despertarlos. Para ello recorría el pueblo cantando con voz sonora:

 

Queridos habitantes de San Pompain,

Levántense, levántense, bien temprano,

Dios nos está invitando a su festín (CT 163).

 

Varios hechos notables marcaron esta misión. El primero es la reconciliación del granjero general con su párroco. Entre los dos había surgido un tenaz desacuerdo por los diezmos que el granjero retenía indebidamente en disfavor del párroco. Una sentencia del juez había dado la razón al párroco algunos días antes del comienzo de la misión, pero el entendimiento entre los dos parecía imposible. Todos lo sabían y el mismo obispo había intervenido, sin resultado ninguno. El P. de Montfort supo hablarle al granjero, y los feligreses quedaron edificados al saber que el párroco había estado comiendo a la mesa de su enemigo. Vino luego la conversión del párroco. El P. Juan Mulot era un sacerdote correcto, pero le gustaba la diversión y no era particularmente inclinado a la piedad. Una tarde en que el misionero había predicado un sermón sobre el pecado, el Hermano Santiago entonó el cántico: "He perdido a Dios por mi pecado..." (CT 14). El Prior se sintió turbado, cuenta él mismo: "Cuanto más cantaba el Hermano, más se me ablandaba el corazón... Me postré a los pies del P. de Montfort, quien tuvo la caridad de escuchar mi confesión general". Desde entonces llevó una vida de piedad ejemplar, y siguió al P. de Montfort en sus dos últimas misiones, dejando su parroquia al cuidado del P. Adriano Vatel.

La misión de San Pompain terminó el primer Domingo de febrero con la apertura de otra en Villiers-en-Plaine, el pueblo vecino. El P. de Montfort organizó una gran procesión de un pueblo al otro: 6 km de distancia, en la cual hizo llevar la Biblia bajo palio, como se hace con el Santísimo Sacramento. Eso causó impacto en una región en la cual abundaban los Calvinistas. Parece que el Cántico del Viaje Santo  (CT 162), fue compuesto para dicha ocasión.

La Señora del Castillo de Oriou, su propietaria, a 5 km de Villiers, dejó escrito el recuerdo que guardó de la misión y del misionero. Cuenta cómo vino a la misión sólo por no dar mal ejemplo, pero con intención de divertirse con las extravagancias que esperaba encontrar en el P. de Montfort. Casi diariamente tenía a su mesa al misionero y encontraba su conversación "muy alegre, edificante y agradable". Al cabo de 15 días fue tocada por la gracia y continuó la misión con total sinceridad.

A la Señora de Oriou anunció el misionero la muerte cercana que a él lo sorprendería. También durante la misión de Villiers un criado del castillo lo vio orando con los brazos en cruz en una alameda y "elevado más de dos pies sobre la tierra". El criado contó el hecho a la señora del castillo quien a su vez lo hizo saber a los PP. Mulot y Vatel los cuales con mucho realismo le dijeron "que de eso no dijera nada a nadie". Ella sólo volvió a mencionar el hecho en 1749, cuando escribió sus recuerdos para el P. Besnard, quien se proponía preparar la biografía del P. de Montfort.

 

La peregrinación a Nuestra Señora des Ardilliers

 

La misión de Villiers fue clausurada probablemente a comienzos de marzo, y el equipo misionero se concentró nuevamente en la casa cural de San Pompain, suficientemente amplia para acogerlos a todos. El P. de Montfort pensaba más que nunca en el establecimiento de su Compañía de misioneros, para la cual ya había escrito la Regla y recibido algunas propiedades en Vouvant. Largo tiempo atrás había hecho un acuerdo en París con el P. Poullart des Places para que le formara sacerdotes en su seminario del Espíritu Santo. En junio de 1713 había renovado este acuerdo con el P. Bouic, sucesor de Poullart des Places fallecido en 1709. Por años clamaba al cielo con súplicas ardientes para obtener esa Compañía: Acuérdate de tu Congregación... ¿Qué te pido? Nada en mi favor, todo para tu gloria...Es tu obra, Dios soberano (SA 6, 26).

Según el sulpiciano Grandet, primer biógrafo de Montfort, los hombres de San Pompain, que hicieron un retiro al final de la misión, estaban tan fervorosos y anhelantes de hacer penitencia, que propusieron al P. de Montfort ir en peregrinación a pie a Nuestra Señora des Ardilliers -uno de los lugares de peregrinación más importantes del Reino- en Saumur. Según Besnard, el P. de Montfort aceptó la iniciativa y decidió asociar a su oración a los 33 hombres de la parroquia que había afiliado a la Cofradía de los Penitentes Blancos.

No interesa saber quién habló primero del asunto. El hecho es que el P. de Montfort asumió la organización: les pidió a los PP. Mulot y Vatel que dirigieran la peregrinación y redactó un reglamento previendo todos los detalles. El artículo primero establecía el objetivo de la peregrinación: "No tendrán otro propósito en esta peregrinación que, 1° obtener de Dios, por intercesión de la Santísima Virgen, buenos misioneros que sigan las huellas de los apóstoles en total abandono a la Providencia, y la práctica de las virtudes bajo la protección de la Santísima Virgen; 2° pedir el don de la Sabiduría para conocer, gustar y practicar la virtud, y hacerla gustar y practicar de los demás".

La peregrinación se hizo en 7 días: 3 de ida, 3 de regreso y un día completo en el santuario. No se puede menos de admirar lo que hoy parece una proeza, ya que recorrieron un promedio de 40 km por día. Además el frío de mediados de marzo es todavía muy intenso. Finalmente, era tiempo de Cuaresma y tenían que "ayunar todos los días del camino", como lo pedía el artículo 6 del reglamento redactado por el P. de Montfort. El P. Mulot, que seis meses antes tenía dificultad para recorrer a caballo los 18 km entre Fontenay y San Pompain, "había logrado una salud tan fuerte desde que trabajaba con el P. de Montfort que estuvo en condiciones de hacer el viaje a pie, y aún descalzo", como relata el P. Besnard.

Entre tanto el P. de Montfort hizo un retiro en San Pompain, y al regreso de los Penitentes Blancos, él mismo emprendió la ruta de Saumur", acompañado por algunos Hermanos". El equipo de misioneros se había dado cita en San Lorenzo para finales de abril, salvo el P. Vatel a quien se le autorizó permanecer en San Pompain "para recuperarse del viaje a Saumaur". El P. Prior Juan Mulot lo reemplazaría en San Lorenzo, como ya lo había hecho en Villiers. ¡Su hermano Renato no parecía afectado por la fatiga del viaje!

 

La misión de San Lorenzo-junto al Sèvre

 

La misión de San Lorenzo comenzó el Domingo, 5 de abril. El obispo de la Rochelle, de visita a esta porción de su diócesis, anunció su visita en el curso de la misión. El P. de Montfort se mostró muy complacido y quiso hacerle un recibimiento grandioso. No se sentía muy bien, pero organizó personalmente una gran procesión para hacer calle de honor al obispo. El cansancio lo obligó a privarse de la comida con el obispo; no obstante predicó por la tarde, a pesar de que el P. Mulot intentó disuadirlo. Después del sermón, agotado cayó en cama. Era el 23 de abril, cinco días antes de su muerte.

El P. Renato Mulot fue testigo y confidente de sus últimos momentos. A mano escribió el testamento dictado por el moribundo. No teniendo siquiera una hoja de papel, utilizó las últimas paginas de un opúsculo editado por el P. de Montfort: "Disposiciones para una buena muerte". El documento fue firmado por "Luis María de Montfort, Grignion", y por dos testigos: el deán y el vicario de la parroquia.

Ciertamente no tenemos todas las palabras intercambiadas entre el agonizante y aquel a quien confió la continuación de su obra, pero sabemos lo esencial: que en aquel momento la vida de Renato Mulot alcanzó su orientación definitiva.

El se mostró preocupado por el porvenir de las misiones, y el P. de Montfort lo animó a continuar el trabajo apostólico. El P. Mulot no se sentía capaz de asumir semejante sucesión y aducía su falta de salud y de talento, para decir que le era imposible. Entonces el moribundo, apretándole la mano, le hizo esta promesa:

-Tenga confianza, hijo mio, tenga confianza, yo rogaré a Dios por Ud.

Cuando más tarde el P. Mulot evocaba ese momento de su vida no dudaba en afirmar que gracias a la oración de un santo había tenido la fuerza física y moral para pasar más de 30 años de vida predicando misiones.

Con todo, la desaparición del P. de Montfort fue un golpe terrible. Viendo cómo la "Compañía del Espíritu Santo" se desintegró en las semanas que siguieron a su muerte, se evoca irresistiblemente la dispersión de los apóstoles la tarde del Viernes Santo.

En el sepelio de su maestro y amigo, el P. Mulot tomó por primera vez la palabra en público durante una misión: "Hermanos míos, hoy tenemos que plantar dos cruces: en primer lugar, esta cruz material que está ante sus ojos, y luego, la sepultura del P. de Montfort que debemos celebrar hoy". Estaba, sin duda, tan conmovido que cayó enfermo, hasta verse "en las últimas".

 

 

 

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 CAPITULO II - LOS COMIENZOS

 

La "retirada" a San Pompain

 

El P. Mulot se enfermó al morir el que le confió su obra. ¿Cuánto duró su enfermedad? No lo sabemos. En todo caso, a principios de junio estaba suficientemente restablecido para hacer un viaje a Nantes: el 5 de junio depositó el testamento del P. de Montfort ante un notario de la ciudad. ¿Estaba en San Lorenzo el 20 de junio para el servicio fúnebre en el cual el presbítero Clisson -quien había trabajado y predicado con el P. de Montfort- pronunció la oración fúnebre del ilustre difunto? Es posible, pero no lo sabemos. Lo cierto es que, una vez cumplidas sus obligaciones de ejecutor testamentario, fue a San Pompain donde su hermano para tomar un tiempo de convalecencia. Allí encontró al P. Vatel quien atendió la parroquia en ausencia del Prior: éste, de hecho, había participado en la misión de San Lorenzo hasta la clausura, que tuvo lugar ocho días después del deceso del P. de Montfort.

¿Qué fue pues de los miembros de la "Compañía del Espíritu Santo"? Hay una terrible falta de documentos que nos permitan decir qué pasó con los Hermanos mencionados en el testamento del P. de Montfort, y nos perdemos en conjeturas más o menos verosímiles para encontrar huellas de la mayoría de ellos. Es el caso particular de los cuatro que, según el testamento del P. de Montfort, estaban "vinculados con él en la obediencia y la pobreza".

Por Sor Florencia, autora de las crónicas de la Sabiduría, sabemos que "después de la muerte del Siervo de Dios", el Hno. Santiago se quedó en San Lorenzo "donde enseñaba a los jóvenes, rezaba el rosario y cantaba en la iglesia", y que partió de allí en 1719. Del Hno. Juan nada se volvió a saber. El Hno. Maturino, finalmente, fue el único que se unió a los misioneros de San Pompain. Gracias a los registros parroquiales, en los cuales aparece varias veces su firma -la primera el 2 de junio de 1718- tenemos pruebas de su presencia al lado de los PP. Mulot y Vatel, cuyas firmas aparecen también muchas veces en dichos registros, entre 1716 y 1720... pero ignoramos en qué fecha llegó allí.

Juzgando humanamente, la obra del P. de Montfort parecía seriamente en peligro. Los dos sacerdotes retirados en la casa cural de San Pompain estaban deshechos por la desaparición de su maestro. Además, no tenían práctica en la predicación: habían visto al P. de Montfort en su trabajo, pero el suyo estaba sobre todo en el confesonario.

El P. Besnard dice que "con frecuencia tenían en mente la obra de las misiones", pero estaban persuadidos de no estar a la altura de la tarea. Como el puesto de vicario cooperador en San Pompain estaba vacante, ellos pusieron su talento al servicio de la parroquia. El tiempo libre lo dedicaban al estudio y la oración y, según Besnard, "el P. Mulot, sobre todo, pasaba cada día varias horas ante el Santísimo Sacramento pidiendo a Jesucristo el don de la Palabra". Tampoco rehusaban ayudar a los párrocos vecinos, pero cuanto más pasaba el tiempo, menos se atrevían  a lanzarse.

Por lo demás, las esperanzas suscitadas por las donaciones de Vouvant se habían esfumado. En su testamento el P. de Montfort encargaba al P. Mulot el cumplimiento de las condiciones. Las actas notariales estipulaban que si no se cumplían, la "Compañía del Espíritu Santo" perdería todos sus derechos.

Renata Arcellin pedía oraciones "perpetuas" por ella y por sus herederos, y preveía que si los beneficiarios de su generosidad abandonaban Vouvant para vivir en otra parte, su casa con la huerta volvería a ella o a sus herederos. La Señora de la Brûlerie pedía "treinta misas cada año, a perpetuidad" al Señor Luis María Montfort Grignion, sacerdote de la Compañía del Espíritu Santo, y a quienes le sucederán y pertenecerán a la misma Compañía, por la parte alta de la casa y la mitad de la huerta, con obligación de pagar la mitad de las reparaciones y de no abandonar el lugar.

Por el testamento del P. de Montfort -en un parágrafo sin claridad evidente- tenemos información de una condición adicional que habla de sostener "algunos Hermanos de la Comunidad del Espíritu Santo para asegurar las escuelas de caridad". Cualquiera sea la interpretación dada a este pasaje del testamento, es evidente que el P. Mulot se encontró solo en San Pompain con Adriano Vatel y Maturino Rangeard, y que renunció a las donaciones de Vouvant. Por caridad hay que suponer que hizo todo lo posible para tratar de cumplir las condiciones, como se lo había pedido el P. de Montfort en su lecho de muerte, pero ¡es evidente que no pudo lograrlo!

 

La salida del cenáculo

 

Para que los dos misioneros salieran del impase sicológico en que estaban encerrados era precisa una intervención externa. La cuaresma de 1718 fue la ocasión gracias a la astucia desplegada por un párroco vecino que provocó el cambio. El P. Taillefait, párroco de San Esteban-des-Loges -parroquia suprimida hace casi 200 años, entre Vouvant y San Pompain- conocía a los huéspedes del Prior de San Pompain, y los consideraba capaces de llevar a buen término la obra de las misiones. No pudiendo convencerlos de ello, preparó una estratagema que les propinaría el golpe decisivo. Fue a buscarlos para pedirles la preparación de sus feligreses a la comunión pascual. Ambos prometieron colaborarle, persuadidos de que su ministerio se limitaría a oír las confesiones. Vuelto a su parroquia el P. Taillefait anunció desde el púlpito que el Domingo siguiente comenzaría una misión, predicada por los sucesores del P. de Montfort.

El recuerdo del P. de Montfort estaba muy vivo en toda la región. La noticia se difundió y suscitó, en San Esteban y en las parroquias vecinas, un interés tan evidente que, cuando el rumor llegó a oídos de los misioneros, éstos no pudieron permitirse decepcionar a tanta gente: ¡se vieron condenados a improvisar la misión! Como no habían preparado ningún sermón, se contentaron con leer desde el púlpito algunos pasajes de buenos libros, haciendo breves comentarios.

El P. de Montfort, en la Regla de los Misioneros, condena a los predicadores "a la moda", "sermones muy bien escritos, lenguaje elegante y escogido, pensamientos ingeniosos, gestos bien estudiados, elocuencia viva; pero, ¡qué lástima! Todo es puramente humano y natural, y por ello no produce sino fruto natural y humano". Más adelante precisa: "El buen predicador sabe considerarse, al proclamar la Palabra divina, como un reo inocente en el banquillo" (Regla manuscrita, 60.64). Los PP. Mulot y Vatel se encontraron en San Esteban ciertamente como condenados en el banquillo, y su elocuencia carecía perfectamente de todo artificio humano.

La misión logró un éxito prodigioso, y el P. Vatel, aún poco antes de su muerte decía que de todas las misiones que había hecho "ninguna había producido más frutos que la de sus primeros comienzos". El P. Mulot por su parte atribuía los frutos a la oración de quien le había dicho antes de morir: "Yo rogaré a Dios por Ud".

La fama de los nuevos misioneros se extendió como pólvora y las misiones se sucedieron sin interrupción. La estadía en el "cenáculo" -expresión utilizada por el P. Besnard para calificar el período de San Pompain- había terminado y la misión de San Esteban había sido un verdadero Pentecostés.

Las primeras peticiones vinieron de los párrocos de los alrededores, y el radio de acción de los misioneros se amplió progresivamente. Mientras tomaban algún descanso, regresaban al presbiterio de San Pompain. La única tregua del año era durante los trabajos agrícolas del verano. De la pascua de 1718 al verano de 1720 -durante el cual surgieron las relaciones entre el P. Mulot y la Hijas de la Sabiduría- predicaron 21 misiones y 13 más antes de establecerse en San Lorenzo en junio de 1722.

Por una firma de los registros parroquiales de San Pompain, sabemos que a comienzos de 1719 se les unió "Cipriano Aumont, sacerdote misionero". También sabemos que en agosto hubo otro: Hilario Toutant. A finales de 1720 un antiguo profesor del seminario del Espíritu Santo de París vino a unirse a la comunidad: Santiago Le Vallois, de quien hablaremos más adelante, pues tuvo un papel importante. Finalmente en 1721, con ocasión de la misión de Contré, el Señor Guillemot, párroco del lugar, se unió también al grupo.

 

Algunos hechos de los años 1718-1722

 

A este período de la historia monfortiana rara vez se lo evoca y con frecuencia se lo conoce mal. Hay sin embargo tres hechos importantes que merecen ser señalados.

* La visita pastoral de Monseñor de Champflour, obispo de La Rochelle, a la parroquia de San Pompain, el 31 de agosto de 1718. Relata el obispo que fue "recibido por el P. Juan Mulot, prior y párroco de dicho lugar, acompañado por los PP. Renato Mulot, Vatel y otros eclesiásticos alojados en la parroquia, y dedicados bajo nuestras órdenes a las misiones". En el inventario de los vasos sagrados, se hace mención de otro cáliz perteneciente al difunto Padre de Montfort". En fin, el obispo elogia el trabajo "del prior con los dichos PP. Mulot y Vatel, que han establecido una gran piedad en esta parroquia, y la obra de los maestros y maestras de escuela que cumplen muy bien su deber, que sin embargo no poseen ningún beneficio y viven de lo que la Providencia les provee". Siguiendo esta última observación, algunos historiadores afirman que el Hermano Maturino hacía la escuela en San Pompain. Eso es posible, pero si él acompañaba a los misioneros en las parroquias, de lo que estamos ciertos en varios casos, sólo podía hacer la escuela de manera intermitente.

* La súplica dirigida en agosto de 1719 al Papa Clemente XI por "los PP. Pedro Garnier, prior y párroco de San Martín de Melle, diócesis de Poitiers, y Juan Mulot, prior y párroco de San Pompain, diócesis de La Rochelle", súplica apoyada por los testimonios de los obispos de La Rochelle y de Poitiers. Se trata de "eclesiásticos piadosos y virtuosos, formados y animados por el fallecido P. Luis María Grignion de Montfort, sacerdote muy digno, Misionero apostólico, muerto en olor de santidad..." Los dos párrocos se ofrecían como garantes del sostenimiento material de los misioneros que "renunciaron a todos los beneficios e hicieron voto de pobreza voluntaria..." hasta que la Providencia "les procure un retiro donde se reunan todos para trabajar durante sus vacaciones, en particular por su santificación".

Ellos le pedían al Papa que aprobara la misión naciente y a todos los que se asocien bajo el nombre de nuevos misioneros apostólicos de la comunidad del Espíritu Santo para hacer misiones en las diócesis a donde sean llamados". Pedían igualmente "la continuación de la indulgencia plenaria que Su Santidad había otorgado al crucifijo del P. de Montfort, en favor de quienes lo besaran a la hora de la muerte", Besnard dice que "ésta súplica obtuvo todo el éxito deseado". Y añade: "Tales fueron los felices comienzos de la sociedad de los sacerdotes establecidos por el P. de Montfort, cuyo sabio reglamento está  en el quinto libro de su vida".

En su quinto libro, Besnard presentó las Reglas de los sacerdotes misioneros de la Compañía de María, escritas por Montfort en 1713, antes de su viaje a París donde hizo un acuerdo con el seminario del Espíritu Santo. Es quizá por razón de esta relación privilegiada que habló de la "Compañía del Espíritu Santo" en las donaciones de Vouvant, en enero de 1616, y de "Comunidad del Espíritu Santo" en su testamento. Grandet, que terminó su libro en 1723, habla del "establecimiento de la Compañía de María o del Espíritu Santo". * La misión de Vihiers, en Anjou, en la primavera de 1720. El Párroco y deán ofreció alojar a los misioneros en su parroquia "para echar en ella los primeros fundamentos de una misión fija y permanente". Quizá tenían ya la intención de instalarse un día en San Lorenzo, pues rehusaron. Entonces el buen párroco ofreció a cada uno "un pequeño beneficio, al cual el P. Mulot renunció poco después, "para vivir como el P. de Montfort abandonado completamente al cuidado de la Providencia". En cuanto al P. Vatel, tenemos pruebas de que lo poseía todavía en 1723.

 

El P. Mulot, superior de la Sabiduría

 

Hasta ahora el P. Renato Mulot era solamente el director de un equipo misionero cuyos miembros se referían al P. de Montfort y vivían según su espíritu, pero cuya estructura interna no estaba en manera alguna ordenada: la colaboración más o menos fortuita de varios sacerdotes durante los primeros años no significaba necesariamente su intención de comprometerse de por vida. Solamente el trabajo concreto en dependencia del obispo, los mantenía unidos. Por eso en el verano de 1720 el obispo de La Rochelle le dio otra función oficial: a petición explícita de la Madre María Luisa de Jesús, lo nombró Superior de las Hijas de la Sabiduría.

La Madre María Luisa estaba en La Rochelle con sus hermanas -cuatro- cuando supo por un comerciante llegado de San Lorenzo la muerte del P. de Montfort... El obispo se mostró particularmente atento con ellas: "Les ayudó con sus consejos y les sirvió de director en aquellos tiempos difíciles", cuenta Besnard. Su confesor era el P. Le Tellier, un jesuita. A finales de 1719, María Luisa recibió un día la visita de su señora madre quien con la ayuda de un sacerdote de la ciudad logró convencerla de volver a Poitiers. Fue lo que ella hizo, a riesgo de provocar una escisión en su comunidad, pues dos hermanas rehusaron trasladarse y sólo cuatro años más tarde se reunieron con la Madre María Luisa. El obispo de Poitiers hubiera querido que la congregación de la Sabiduría echara raíces en su diócesis, pero María Luisa no podía aceptar las condiciones que le imponían en el hospital.

Un buen hombre de Poitiers, Santiago Goudeau, que había conocido al P. de Montfort en la misión de Montbernage, le habló un día de la señora de un castillo de los alrededores de San Lorenzo. Estaba interesada en la memoria del santo misionero y en los milagros realizados sobre su tumba, y dispuesta a ayudarla. Era la Señora de Bouillé, la cual, con el Marqués de Magnanne, contribuiría eficazmente a la instalación en San Lorenzo de las Congregaciones del P. de Montfort.

 

En junio de 1720, la comunidad de la Sabiduría se instaló en San Lorenzo, en una pobreza que rayaba en indigencia. El deán rehusó ser su confesor y ellas acudieron primero a un vicario y luego a un párroco vecinos. Con todo, la Madre María Luisa siguió buscando un sacerdote que pudiera en realidad hacerse cargo de la comunidad, y un día le dijo a la Señora de Bouillé: "Creo que necesitamos un superior; sé que hay un sacerdote santo llamado el P. Mulot, que trabajó en las misiones con nuestro P. de Montfort... Hay que solicitarle que se digne ser nuestro superior". La manera como la Madre María Luisa de Jesús habla del P. Mulot, hace pensar que no lo había encontrado antes.

Con la Señora de Bouillé fue a ver al obispo de visita en una parroquia de los alrededores y su petición fue escuchada. Monseñor de Champflour encargó al P. Mulot "de la formación y dirección de las Hijas de la Sabiduría". El Padre obedeció y se trasladó a San Lorenzo, donde las hermanas lo acogieron "como un ángel enviado del cielo". Les predicó un retiro y se sintieron tan conmovidas por las pláticas del santo misionero,  digno sucesor de Montfort, y tan satisfechas de tenerlo por superior", que le escribieron al obispo para pedirle "que siguiera enviando al P. Mulot a continuar sus cuidados". Quizá se había mostrado reticente a encargarse de ellas de manera definitiva; en todo caso, el 27 de septiembre de 1720, el obispo le escribió: "le ruego seguir conduciéndolas, dirigiéndolas y confesándolas".

 

La llegada del P. Le Vallois

 

Este nombramiento le daba al P. Mulot un recargo de trabajo, pero a pesar de todo no abandonó las misiones. En el otoño de 1720 los misioneros estaban en Nueil -junto al Passevent, en Anjou. Una tarde, durante la misión, un viajero se detuvo en la casa cural para pedir albergue. Se llamaba Santiago Le Vallois y venía de París, donde había conocido al P. de Montfort cuando éste visitaba el seminario del Espíritu Santo. Desde entonces se había formado el plan de seguirlo, pero al enterarse de su muerte, había renunciado a las misiones. A propósito de un hecho extraordinario acaecido a un retrato del P. de Montfort que tenía en su cuarto: la imagen se había roto en varios pedazos y misteriosamente fue reconstruida, decidió unirse a sus sucesores, luego de orar sobre su tumba. Por casualidad providencial hizo una etapa en el pueblo donde se daba la misión y la alegría fue enorme para él y los misioneros.

Algunos días después prosiguió su viaje. Recibido en la casa cural de San Lorenzo por la hermana del Deán, tuvo la fortuna de granjearse su simpatía. Al visitar al día siguiente a la Madre María Luisa de Jesús, causó en ella tal impresión que "pensó inmediatamente retenerlo en San Lorenzo como director de las hijas que empezaba a congregar". Sin embargo lo dejó unirse al equipo del P. Mulot. El participó en la misión de Niort a comienzos de 1721 y "se hizo notar por las sabias conferencias que dio en público, como también por su infatigable asiduidad al confesonario". Después de la misión se le pidió que se encargara de la atención espiritual al hospital de la ciudad, y de "corregir un buen número de abusos que allí se habían introducido". Al cabo de dos meses dejó el sitio al Señor Toutant, incorporado al equipo misionero hacía por lo menos un año, y él regresó a San Lorenzo.

 

Proyecto de instalación en San Lorenzo

 

Entre tanto, los misioneros se habían trasladado a Contré. El párroco era Juan Isaac Guillemot, quien después de la misión ingresó al grupo del P. Mulot. Luego, en abril se movilizaron a San Lorenzo donde el Deán les había pedido una nueva misión. Sólo cinco años habían transcurrido desde la anterior, y Besnard nos dice que "el P. Mulot y sus asociados renovaron y fortalecieron el fervor". Emprendieron el arreglo del piso de la iglesia que no se había podido hacer en 1716, a causa de la muerte del P. de Montfort. El P. Vatel fue el responsable de la obra y permaneció en San Lorenzo después de la misión para terminarla, mientras los otros daban la misión en otras dos parroquias de los alrededores. Para el descanso veraniego, el Señor Le Vallois se instaló con el Deán de San Lorenzo y los demás retornaron a San Pompain.

En el curso de la misión de San Lorenzo se decidió la instalación de la comunidad de los misioneros en la casa de la "Encina". La compra fue hecha el 7 de agosto por la Señora de Bouillé en nombre propio, aunque en buena parte fue pagada con dinero del Marqués de Magnanne. Como bienhechora autoritaria y preocupada por la educación de los niños de San Lorenzo, "ella donó la casa a la Fábrica parroquial, con la condición de instalar en la misma algunos Hermanos del Espíritu Santo para hacer la escuela gratuitamente a los pequeños".

La casa estaba en estado lamentable, imposible  ocuparla inmediatamente. Un joven llamado Joseau, que había ayudado mucho a las Hermanas en su instalación, pidió ser admitido en la comunidad y trabajó arduamente para acondicionar la habitación de los misioneros.

En octubre comenzaron las misiones. El P. Le Vallois se puso en camino para unirse a sus cohermanos en la parroquia de La Fougereuse. En vez de descansar durante el verano, había trabajado en exceso y cayó enfermo en el viaje. Fue acogido por el párroco de La Tardière, pariente del P. Mulot, y disfrutó su hospitalidad dos o tres meses. La Madre María Luisa estuvo pendiente de sus noticias y tan pronto se mejoró un poco, envió al Hermano Joseau a buscarlo y llevarlo a San Lorenzo.

De nuevo se alojó el P. Le Vallois donde el Deán, y, probablemente en enero de 1722, comenzó a vivir en la "Encina" con el Hermano Joseau. Desde el primer encuentro, la Madre María Luisa tenía la intención de hacerlo capellán de la comunidad, y gracias a la enfermedad -sin duda providencial- le pudo ofrecer trabajo para ocupar el tiempo libre de su convalecencia. Así el P. Le Vallois dejó las misiones y se convirtió en el primero de una serie numerosa de capellanes de la Sabiduría. Salvo un breve intermedio como capellán del hospital de La Rochelle, desempeñó esa función hasta su muerte.

De octubre 1721 a junio 1722, no descansaron los misioneros: predicaron ocho misiones, de las cuales cinco en la diócesis de Poitiers. Durante la última, en Jaunay-Clan, Monseñor Foudras, obispo coadjutor de Poitiers, concedió la tonsura al Hno. Maturino Rangeard, para dar "más autoridad al celo del buen hermano quien, desde su llamamiento a seguir al P. de Montfort, siempre había desempeñado en las misiones el oficio de catequista".

 

El P. Renato Mulot, primer superior general

 

Terminado un año de trabajo podían tomar un tiempo para establecer su comunidad en San Lorenzo y para pensar en su restauración. Se unieron al Señor Le Vallois y al Hno. Joseau alrededor de la fiesta de San Pedro en 1722. Tomados algunos días de descanso "pensaron en una elección formal para procurarse un superior que fuera reconocido como tal por todos los misioneros y a quien todos se sometieran".

¿Cómo no lo habían pensado antes? Probablemente no habían sentido la necesidad. Vivían el espíritu de Montfort, como se vio a propósito de la pobreza, y se habían sometido al obispo de La Rochelle como superior. El P. Mulot era el director natural del grupo, por la confianza que le había manifestado el P. de Montfort en su testamento, y la espontaneidad de la estructura informal bastaba para asegurar el buen funcionamiento de la misión. El P. Mulot  no tenía en absoluto nada de autoritario o dominante: Era muy tímido y carecía de confianza en sí mismo.

Sor Florencia que escribió los recuerdos del tiempo, evaluó muy bien la situación diciendo que "él era considerado como el primero entre iguales". Se puede suponer que el trabajo conjunto -quizá con alguna dificultad ocasional de llegar al acuerdo perfecto- los hizo desear un grupo formalmente estructurado, y que entonces "pensaron en hacer una elección en forma", dice Besnard. Tal vez la personalidad del P. Guillemot los llevó a plantearse el problema. En efecto, él dejó el grupo en 1723, y cuando en 1743 volvió a las misiones, actuaba abiertamente como subdirector. A la muerte del P. Mulot, tomó la dirección de la obra pero se retiró después de elegido el nuevo superior.

Antes de proceder a la elección hicieron un retiro de ocho días. Según Sor Florencia había una serie de cubiletes sobre los cuales estaban escritos los nombres "de los que podían recibir sufragios", y cada uno iba a depositar un garbanzo en favor de su candidato. Todos los garbanzos, salvo uno, se encontraron en el cubilete del P. Mulot.

El reconocimiento de un superior conllevaba el compromiso de obediencia al mismo. Sor Florencia dice en pocas palabras: "todos, a excepción de dos, hicieron votos en sus manos, según la Regla", y da los nombres de los dos abstencionistas: el P. Guillemot, sobre quien formula un juicio severo, y el Hno. Maturino, a quien por sus escrúpulos no se le podía pedir razonablemente que hiciera votos. Se trataba de los votos de pobreza y obediencia, según las Reglas de los sacerdotes  misioneros de la Compañía de María, y si el P. Guillemot rehusó comprometerse, no fue a causa del voto de pobreza, pues el año anterior, para seguir al P. Mulot, había renunciado a un beneficio que le reportaba 900 libras. Por lo demás, como la Regla redactada por Montfort establece: "Es preciso que unos y otros, sacerdotes y hermanos, carezcan de beneficios, así sean simples", nos podemos preguntar si el P. Vatel emitió sus votos en 1722, pues ¡todavía en 1723 conservaba su beneficio de Vihiers!

 

La comunidad de San Lorenzo

 

¿Quiénes fueron los electores del superior? ¿Cuántos? ¿Quién podía "recibir sufragios"? ¿Cuántos sacerdotes hicieron votos? Eran votos anuales o perpetuos?...Preguntas a las cuales es difícil, si no imposible, responder. Si, además, se evoca una frase de Grandet -que escribe en 1723-: "el número de los misioneros era entonces cinco, sin contar los cuatro hermanos coadjutores de los cuales habla el P. de Montfort en su testamento, y que, habiendo hecho voto de pobreza y obediencia, lo seguían por todas partes, dedicados al catecismo, la escuela y la cocina de los misioneros", la cuestión se enreda aún más. Alrededor de la primera comunidad de San Lorenzo hay un claroscuro lamentable, que permite a los historiadores, expertos o aficionados, ejercitar su sagacidad y lanzar interpretaciones tanto inéditas como mal fundadas.

No parece que la emisión de votos hubiera sido condición indispensable para permanecer en la comunidad al servicio de las misiones. Tenemos la prueba con el P. Guillemot que se quedó un año más con los misioneros; y sobre todo, con el Hno. Maturino que permaneció fiel a las misiones hasta su muerte en 1760, y fue considerado siempre miembro de pleno derecho de la Compañía de María. Los primeros monfortianos se preocuparon menos de constituir una comunidad con límites bien definidos que de asegurar el servicio a las misiones.

Las Crónicas de Sor Florencia hablan ampliamente del Hno. Joseau. Era un hombre de múltiples talentos. Animaba espiritualmente la cofradía de los Penitentes de la parroquia; a partir de la fiesta de Todos los Santos de 1722, hacía la escuela a los chicos de la parroquia. El cirujano de Chatillon le dio algunas lecciones y en poco tiempo "lo puso en condiciones de recetar y procurar a los enfermos servicios esenciales". Tenía dotes para el dibujo, la pintura y la escultura. Había deseado "partir al Canadá y otros países de ultramar", y por algún tiempo tuvo la idea de prepararse para el sacerdocio, pero permaneció toda su vida en San Lorenzo en calidad de hermano, y fue el hombre de confianza de las dos comunidades.


 

En las vacaciones de 1723, las Hijas de la Sabiduría y los misioneros intercambiaron sus casa. La "Encina" era grande para la comunidad del P. Mulot, y la "Casa Larga", pequeña para las Hermanas que comenzaban a multiplicarse.

En septiembre los misioneros obtuvieron autorización para abrir una capilla en su casa. Había llegado un nuevo misionero del seminario del Espíritu Santo y se le pidió que presidiera la inauguración. El bendijo la capilla dedicada al Espíritu Santo, y desde entonces la casa de los Monfortianos en San Lorenzo se ha llamado siempre "casa del Espíritu Santo".

El sacerdote era el P.  Tomás. Con ocasión de una visita del P. de Montfort al seminario en 1713, había hecho el proyecto de seguirlo. En las semanas siguientes, comenzó las misiones con el P. Mulot. Desafortunadamente, después de la segunda fue llamado a París por su superior, y tuvo que abandonar contra su voluntad la vida que a penas había iniciado.

También en 1723, el Marqués de Magnanne, bienhechor insigne de la Congregación, vino a morar a la casa de los misioneros. Allí llevó una vida ejemplar, y a su muerte en 1750, fue sepultado en la iglesia de San Lorenzo, junto a la tumba del P. de Montfort.

 

El estilo de vida del P. Renato Mulot

 

Para presentar la secuencia de la vida del P. Renato Mulot es difícil aportar muchos detalles por carencia o falta de documentos. No hay que olvidar que durante la tormenta revolucionaria vivida en la región de San Lorenzo, sobre todo en 1793, muchas cosas desaparecieron. Sin embargo, tenemos información suficiente para esbozar la fisionomía espiritual de un hombre sobre cuya tumba se pudo escribir: "muerto en olor de santidad".

La trama esencial de su vida fue una serie ininterrumpida de misiones: ¡más de 220!, es decir, de siete a ocho por año. Se conoce la lista, aunque sin poder reconstituir la cronología exacta. Gracias a la oración fúnebre pronunciada por el P. Hacquet con ocasión  de un servicio religioso en la iglesia de San Lorenzo algún tiempo después de su muerte, tenemos una idea del inmenso trabajo que pudo realizar. Cuando sus cohermanos le reprochaban el poco cuidado que tenía de sí mismo respondía: "Dios no ahorró a su Hijo único para la salvación de los hombres; ¿por qué nos ahorraríamos nosotros cuando se trata de la salvación y la instrucción de las almas que el Señor nos ha confiado?".

Durante la temporada de misiones de octubre a junio, terminaba una para comenzar otra inmediatamente. En las vacaciones se dedicaba a visitar las casas de la Sabiduría: 26 al momento de su muerte. Recibía abundante correspondencia y debía emplear parte de sus noches para responder a la misma, ya que las jornadas de misión eran una sucesión de meditaciones, oraciones, predicaciones, confesiones y mortificaciones".

El P. Hacquet que había trabajado con él 14 años, asegura que pasaba ordinariamente ocho horas por día en el confesonario. Se levantaba a las cuatro, y "pasaba cada día un tiempo considerable en meditación", no tomaba nada antes del mediodía, "por más agotado que estuviera", y ayunaba todos los Viernes y Sábados. Si se pudo decir del P. de Montfort que era un "prodigio de mortificación", igual se puede decir de su discípulo, a quien el gustaba "acostarse en el suelo, dormir poco, comer escasamente, prefiriendo los alimentos más toscos, cargarse de cilicios, de cadenas punzantes, de penitencias y disciplinas".

 

 

 

 

La Compañía de María en tiempo del P. Mulot

 

La vida apostólica del P. Mulot representa 33 años de la historia de nuestra Congregación. El grupo que él presidió fue siempre un "pequeño rebaño". Para la misión, que era su razón de ser, el P. Mulot aceptó, todas las personas de buena voluntad que se presentaron y tuvo un gran número de colaboradores ocasionales, siguiendo en eso el ejemplo del P. de Montfort. Cuando su campo de acción se extendió a la diócesis de Nantes, trabajó también con los sulpicianos de San Clemente. Según testimonio de un sacerdote, hacia 1730, "estaba constantemente en busca de obreros apostólicos, que entonces eran bastante raros".

Entre los que se comprometieron explícitamente en la comunidad, varios salieron del seminario del Espíritu Santo en París: el primero fue el P. Le Vallois; en 1727 llegaron tres al tiempo: Avoine, Josselin y Durocher, y hacia 1737, los responsables del seminario "enviaron tres de sus mejores alumnos": Croissant, Baleq y D'Ysy, escrito a veces Dizi.

Es muy difícil saber exactamente el nombre y número de los colaboradores que se vincularon con votos y fueron realmente parte de la Compañía de María. En vida del P. Mulot tal vez llegaron a quince, pero ciertamente no alcanzaron a veinte. Respecto de los Hermanos, tenemos aún menos datos.

A la muerte del P. Mulot la Compañía se componía probablemente de solo 10 sacerdotes, y quizá cuatro o cinco Hermanos. El había visto con dolor desaparecer a varios de sus colaboradores, particularmente a Santiago Le Vallois y Adriano Vatel, que fueron con él los obreros de la primera hora. El P. Le Vallois murió santamente en San Lorenzo el 14 de junio de 1747, a la edad de 54 años, después de 26 como capellán de las Hijas de la Sabiduría. El P. Vatel murió en Rennes, el 22 de abril de 1748, al regresar de su pueblo natal en Normandía, donde se había agotado organizando una misión con otro sacerdote. Desde 1743 ya no era capaz de soportar las fatigas de las misiones, y, después de haber sido vicario de San Lorenzo por algunos meses, fue capellán del hospital de San Luis de La Rochelle.

 

Algunos hechos extraordinarios

 

Aún teniendo pocos documentos para evocar los tiempos del P. Mulot, conviene recordar siquiera brevemente algunos hechos que marcaron su época.

* Como hemos visto, por intervención de la Madre María Luisa de Jesús la capellanía de las Hijas de la Sabiduría ha sido un trabajo habitual de los misioneros de la Compañía de María. Por su misma intervención los misioneros asumieron otra tarea desde 1725: la capellanía del hospital San Luis de La Rochelle. El P. Mulot cedió a la insistencia de la madre María Luisa, y el P. Vatel fue el primero en asegurar allí una estadía que duró cerca de un año. Hasta la Revolución de 1789, la mayoría de los misioneros de la Compañía de María pasaron un tiempo más o menos largo en La Rochelle, como capellanes del hospital.

* Otro hecho digno de mención es la súplica dirigida al Papa Benedicto XIII en 1728, con el fin de obtener algunos favores espirituales para los misioneros. Es difícil decir quién tomó la iniciativa, pero las constancias dadas entonces por los obispos de La Rochelle, Luzón y Poitiers, constituyen un testimonio interesante en favor del trabajo realizado por el P. Mulot y sus cohermanos. El texto de la súplica habla de una "sociedad de misioneros llamados comúnmente Sociedad de María, bajo la invocación del Espíritu Santo" establecida por "Luis Grignion de Montfort, misionero, muerto en 1716, en olor de santidad", y los misioneros son calificados de "muy dignos herederos de su maestro"

* En 1734, la autoritaria Señora de Bouillé, bienhechora de las Hijas de la Sabiduría, gracias a sus buenas relaciones con Monseñor Dosquet, Obispo de Quebec, estuvo a punto de embarcar a las Hijas de la Sabiduría y a la Compañía de María en una fundación en Canadá. El P. Mulot no se dejó convencer. Por lo demás, el número demasiado reducido de los misioneros hacía el proyecto completamente utópico.

* En las vacaciones de 1748 , los PP. Albert, Hacquet y Besnard hicieron un viaje a Roma "para llevar el saludo de nuestras dos Congregaciones al Papa Benedicto XIV, y solicitarle la aprobación de las Reglas recibidas del P. de Montfort". Saliendo de San Lorenzo el 28 de julio, llegaron a Roma el 12 de septiembre y regresaron a San Lorenzo el 13 de noviembre.

 

La última misión del P. Mulot

 

El 13 de abril de 1749, el P. Mulot y sus cohermanos comenzaban en Questembert una misión de cinco semanas. Por primera vez predicaban en la diócesis de Vannes, y encontraron gentes receptivas de su acción: "Gente buena, dócil, asidua a la Palabra de Dios, agradecida y susceptible de todo bien", constató el P. Hacquet.

Más de una vez, a lo largo de sus misiones, el P. de Montfort había luchado contra la costumbre de convertir en ciertas regiones la iglesia en cementerio. Era el caso de Questembert. El P. Mulot era celoso como su maestro por el respeto de la casa de Dios. Encontró suficientes voluntarios para emprender la restauración simultánea de la iglesia y del cementerio, trasladando los féretros de un lugar al otro. El P. Mulot se hacía presente en la obra sin desdeñar su participación en el trabajo. Por inadvertencia, pisó una tabla en la cual había una puntilla oxidada que atravesó la suela de su calzado... ¡y el pie! No existía entonces la vacuna antitetánica, y algunos días después murió en medio de atroces dolores.

Los cohermanos fueron testigos de su actitud heroica. El P. Hacquet, en su oración fúnebre hace esta evocación: "Su deseo de sufrir le hacía conservar un gozo que se reflejaba externamente...Tomando su crucifijo en una mano y en la otra una imagen de la Santísima Virgen, permaneció resignado entre la vida y la muerte". Luego de recitar este versículo de un salmo: "en ti, Señor, he esperado, no seré confundido para siempre", expiró el 12 de mayo de 1749, a los 66 años. El P. Hacquet pudo decir: "Estoy absolutamente convencido, por su ejemplo, de que para morir como santo, hay que vivir como santo".

 

Conforme a sus deseos, fue enterrado en el cementerio, ante la capillita dedicada a San Miguel. Su corazón fue retirado del cadáver y puesto en un relicario de plomo que llevaron los misioneros a San Lorenzo. Tras un solemne servicio religioso en la iglesia parroquial, fue llevado a la capilla de las Hermanas y depositado detrás del altar. Hoy nadie sabe qué se hizo.

La tumba del P. Mulot está siempre en el mismo sitio, y se puede identificar fácilmente, pues sobresale un metro por encima de las tumbas circundantes de los sacerdotes fallecidos en Questembert desde 1749. Es un monumento de granito, capaz de desafiar los siglos. Alrededor se pueden ver esculturas diversas conformes al gusto de la época: cráneos, lágrimas, cruces, un corazón rodeado por una corona de espinas. La gran loza que la cubre lleva los elementos del altar: candeleros, cáliz, patena, y una inscripción en caracteres mayores: AQUI YACE EL SEÑOR RENATO MULOT SUPERIOR DE LOS MISIONEROS DE SAN LORENZO MUERTO EN OLOR DE SANTIDAD EL 12 DE MAYO DE 1749.

 

Fisionomía espiritual del P. Mulot

 

Después de casi dos siglos y medio, alrededor de la tumba del P. Mulot siempre se ha manifestado una religiosidad popular. Más allá de tal veneración, él tiene para nosotros monfortianos hoy, la grandeza espiritual de un hombre que hizo que la Compañía de misioneros deseada por Luis María de Montfort se desarrollara. El fue su digno sucesor e imitador perfecto. Igual celo para anunciar el evangelio. Igual amor a la cruz, que tan vivamente recomienda en las dos cartas  que nos quedan de todas las que dirigió a las Hijas de la Sabiduría. Igual devoción a la Reina de los Corazones a la cual consagraba sus misiones de manera particular.

No tenía dotes de gran orador, pero la convicción de su corazón y la bondad que emanaba de su persona daban fuerza y eficacia a todas sus palabras sencillas pronunciadas con suma sencillez. Un vicario general de La Rochelle manifestaba que el lenguaje del P. Mulot "estaba desprovisto de los adornos de la lengua y del orden lógico que se cuida en las instrucciones públicas cuando existe el propósito de conmover... El P. Mulot penetraba los corazones y los rendía  de manera tan viva y sensible que todos los esfuerzos de la elocuencia humana en vano intentarían aproximarse a ella".

Una terc