LAS FLORECILLAS DE SAN LUIS DE MONTFORT
 Hno. Agustín Pistilli, sg

(Traducción de p. Pío Suárez B., s.m.m.)

 

Amigo lector

I         - Un misterioso peregrino

II        - En su tierra natal

III      - La Ciudad Luz del Rey Sol

IV      - Misionero popular

V       - La osadía de un apóstol

VI      - Contemplativo y profeta

VII     - El Padre de los pobres

VIII    - El amigo de la Cruz

IX      - Todo de Jesús por María

X       - Educador y maestro

XI      - Fulgores de santidad

XII     - ¿Quién proseguirá su Obra?

Conclusión

  

Amigo lector:   

 La vida de todo hombre es una aventura. La vida de san Luis María de Montfort en concreto es una aventura singular.

Vivió sólo 43 años. Pero en tan corto tiempo realizó tantas y tantas cosas. A pie recorrió cerca de 25.000 kilómetros; predicó sin descanso, escribió miles de páginas y fue, sobre todo, un auténtico testigo del Evangelio.

Para ti he seleccionado las aventuras más hermosas. Les he dado el nombre de florecillas. No todas son fáciles de imitar: pero te las ofrezco con la misma sencillez con que las refieren los escritores que narran la vida del santo. Estoy seguro de que te interesarán y la historia de Montfort te apasionará. Es una historia de fe, de acción, de valentía.

San Luis de Montfort no ha sido un hombre del montón. El mismo, hablando de su carácter, afirma que si no hubiera sabido dominarse, hubiera sido el hombre más terrible de su tiempo. Lo ha sido ciertamente pero en el buen sentido.

Alguien lo definió como «el más grande y santo misionero francés de su siglo».

En los 16 años de su actividad apostólica, transformó el occidente de Francia, donde aún hoy se habla mucho de él.

Espero que cuando termines de leer estas páginas, también tú conserves gratos recuerdos de él: de su valor, de su amor a Jesucristo, a la Virgen María, a los pobres, a los niños, al Pueblo todo de Dios.

Hermano Agustín Pistilli


I - UN MISTERIOSO PEREGRINO

 1. NO ES UN SIMPLE TURISTA

 A mediados de mayo de 1706, tras un viaje a pie de 2.000 kilómetros, llegaba a Roma un joven sacerdote francés.

No era un turista ni llegaba a Roma por curiosidad. Viajaba como peregrino a la tumba de san Pedro y quería hablar con el Papa.

Se hacía llamar simplemente Montfort.

Pero retrocedamos un poco y sigámoslo en todas las peripecias de ese viaje. Parte de Francia a pie, como auténtico peregrino. Nada de carrozas, nada de andar a caballo. Por lo demás, no tenía con qué pagarse esos lujos. Y nada de equipaje. Sólo lleva consigo la Biblia, el Breviario, el crucifijo, el rosario, y una estatuilla de la Virgen que corona su bastón de caminante. Sus provisiones: una confianza absoluta en la divina Providencia.

Un estudiante español, que también camina a Roma, le pide que le admita como compañero. Tiene treinta monedas en el bolsillo.

Montfort lo juzga demasiado rico y lo obliga a regalar su dinero a los pobres, y a esperar sólo de la divina Providencia el sustento de cada día.

  

2. UN CAMINO INTERMINABLE

 Y lo vemos alejarse en dirección a la capital de la cristiandad, por caminos interminables, los de los peregrinos. De santuario en santuario, bajo los rayos cada día más candentes del sol de verano. En las parroquias, los hospitales, las panaderías pide de limosna un mendrugo de pan.

A menudo le acogen con desconfianza, a veces lo rechazan como espía o vagabundo de siniestras intenciones. Entonces pasa la noche bajo el pórtico de alguna iglesia, o al abrigo de algún seto, bajo las estrellas, como Jesús que «no tenía ni una piedra para reclinar la cabeza».

No sabemos con certeza por qué punto de la frontera penetró a Italia. Lo cierto es que Francia se hallaba en guerra con el Piamonte...

Luego de atravesar los Alpes, no obstante el terrible cansancio, todo parece iluminarse con un rayo de alegría. ¡Ya se halla en Italia! ¡Roma está mucho más cercana!

 

 3. EN LA SANTA CASA DE LORETO

 Se encamina hacia Loreto, donde se encuentra el santuario con la Santa Casa de María. Él, que ama tanto a "su Madre bondadosa", no podía omitir esta etapa.

Queda extasiado ante esos muros que se creía habían albergado a la Virgen María, en aquel pequeño recinto donde el Hijo de Dios se hizo hermano nuestro. Durante la misa que celebra cada día en el altar de la santa Casa, su rostro se transfigura.

Maravillado por su recogimiento, un devoto asiduo del santuario le solicita un encuentro espiritual e informado de su pobreza extrema, se ofrece a hospedarlo en su casa.

Permanece en Loreto unos quince días. Permanencia deliciosa y providencial, que comunica a su alma un gozo profundo y a su cuerpo agotado, el vigor necesario para emprender la última etapa de su viaje a Roma.

 

4. ¡ROMA! ¡ROMA!

 Descansado y consolado, reemprende el camino a través de colinas y llanuras: paisajes ideales para un artista; pero trayecto pesado para los pies ya martirizados del peregrino.

Camina que camina. Y, por fin, aparece en el horizonte la espléndida cúpula de san Pedro. ¡Es Roma! Preso de intensa emoción, cae de rodillas, besa el suelo y llora de gozo. Luego se quita el calzado y recorre así los últimos kilómetros... Finalmente... Porque sus fuerzas se hallan casi agotadas. Necesitó varios días de reposo para recuperarlas un tanto y curar sus llagas.

  

5. PERMANENCIA EN ROMA

 En la hostería de los franceses le brindan albergue durante algunos días.

Apenas recupera la salud, golpea a las puertas del convento de los Padres Teatinos.

Allí se gana en seguida el aprecio de un santo y sabio religioso, muy influyente ante el Papa, el P. José Tomasi, elevado poco después al cardenalato, beatificado en 1830 y canonizado por Juan Pablo II en 1987.

Siendo este religioso confesor del Papa, no tuvo dificultad en alcanzar para Montfort una audiencia especial y una benévola acogida de parte del entonces Pontífice Clemente XI.

 

6. EL ENCUENTRO CON EL PAPA

 Llegado el gran día (6 de junio de 1706), Montfort se dirige al palacio del Quirinal, residencia entonces de la corte pontificia y, tras las ceremonias acostumbradas, fue presentado al Papa a quien dirigió un breve saludo en lengua latina.

Clemente XI, que sabe francés invita a Montfort a expresarse en su lengua materna.

El misionero expone al Pontífice su proyecto de partir a países lejanos a predicar el Evangelio a los infieles.

La respuesta del Papa es clara y resuelta: "Tu celo tiene campo bastante amplio en Francia. No te vayas a otra parte.

Actúa siempre en perfecta sumisión a los Obispos, en las diócesis a donde te llamen. Dios bendecirá tus trabajos".

Fascinado por los audaces puntos de vista de la devoción mariana de Montfort y su preparación teológica, Clemente XI aprueba sus métodos de apostolado. Le recomienda sobre todo enseñar la doctrina cristiana a las gentes sencillas y reavivar por todas partes el espíritu del Evangelio mediante la renovación de las promesas bautismales.

  

7. MISIONERO APOSTÓLICO

 Antes de despedirse, Montfort implora al Santo Padre la bendición apostólica y le presenta un crucifijo de marfil suplicándole que conceda la indulgencia plenaria a cuantos lo besen en el momento de la muerte. El Papa lo bendice y concede la indulgencia pedida. Este crucifijo ocupa un puesto importante de hoy en adelante en el apostolado del santo misionero.

Para que a su regreso de Roma, lo acepten con buenos ojos los obispos franceses, el Pontífice le confiere el título del "Misionero Apostólico".

El coloquio con el Santo Padre trae paz al alma de Montfort.

Su vocación misionera queda aclarada y segura. Con renovada energía, la seguirá a pesar de las dificultades que tendrá que afrontar.

¡Su voto está cumplido! ¡Sus sueños se han hecho realidad!

 

8. DE REGRESO A FRANCIA

 Sin demora alguna, recoge su bastón y emprende el camino de regreso, sin preocuparse por el ardiente sol veraniego italiano. Y comienza el martirio.

Tras algunos kilómetros, se le renuevan las llagas de los pies. Se decide entonces a proseguir descalzo el camino.

El estudiante español que lo había acompañado se quedó probablemente en Roma. Parece que en el viaje de regreso lo acompañan otros dos jóvenes, tan pobres como él y que no dudan tender la mano y pedir limosna en caso de necesidad.

 

 9. «¡POR AMOR DE DIOS!»

 Llegando a cierta población, cansados y hambrientos, Montfort envía sus dos compañeros a la casa cural.

– Vayan –les dice– y pídanle al párroco, por amor de Dios, que les dé algo de comer.

Volvieron con un trozo de pan: apenas un bocado para una persona. Montfort se presenta entonces en persona en la casa cural y encuentra al párroco sentado a la mesa con numerosos invitados. El párroco lo hace acomodar en la cocina y ordena que le sirvan en la mesa de los sirvientes y camareros.

Montfort, contento ante la humillación, vuelve luego a dar gracias al dueño de casa por la caridad recibida. Este al observar el vestido desgarrado y los pies sangrantes del peregrino, le dice con un gesto de consideración y alzando los hombros:

– ¿Por qué no anda a caballo?

– Ese no era el modo de andar de los apóstoles, –le respondió Montfort–.

El sacerdote comprende y se retira.

 

10. NI EL HERMANO MATURÍN LO RECONOCE

 Varios días más de andar, padeciendo los ardores del sol y sufriendo numerosas humillaciones más, hasta llegar a su meta.

Finalmente, el 25 de agosto –fiesta de su patrono, san Luis– llega Montfort al convento de los jesuitas de Ligugé. Su auxiliar, el Hermano Maturín, le aguardaba allí según lo convenido.

Pero difícilmente lo reconoce. ¡Tan enflaquecido, demacrado y quemado por el sol lo encuentra ahora! Y pensar que algunos meses antes lo había visto partir en perfecta salud.

¡Entre ida y vuelta, ha recorrido a pie 4.000 kilómetros!

¿Quién era realmente este sacerdote? ¿De dónde procedía? ¿Qué hizo después de regresar a Francia de esta peregrinación a la capital de la cristiandad?

A ello quiero responderte en las páginas siguientes.

 


II - EN SU TIERRA NATAL

 

11. UN NIÑO QUE SABE ORAR...

 Luis Grignion nació en Francia, en Montfort, pequeña ciudad de  la Bretaña francesa a pocos kilómetros de Rennes, el 31 de enero de 1673.

Era el segundo hijo de una numerosa familia. Su madre le enseñó a orar desde pequeño. Y él aprovechó tanto las lecciones maternas, que se convirtió a su vez en modelo y maestro de oración para sus hermanos y hermanas. Estos, sin embargo, no estaban siempre tan bien dispuestos a imitar las largas oraciones del hermano mayor. Su hermanita Luisa era la que parecía escucharlo y seguirlo con mayor gusto. Por ello también el hermano le demostraba especial cariño. Entre ambos reunían a los niños del vecindario para recitar el rosario. Y para comprometerlos a recitarlo todos los días: Luis les daba lo mejor y más hermoso que tenía.

En la escuela se hacía notar por una cuidadosa diligencia y atención a las enseñanzas de sus maestros.

 

12. ...Y CONSOLAR A SU MADRE

 Cuando su madre tenía disgustos familiares, el niño Luis se le acercaba y la consolaba. También se mantenía atento para no ser motivo de inquietudes para su padre, fácilmente irritable: el señor Grignion declarará un día que su hijo nunca le había faltado el respeto.

Era apenas un niño y ya tenía un amor muy intenso a la Virgen María.

Gozaba con sólo hablar u oír hablar de Ella. Con filial amor la llamaba "su querida madre". La invocaba en todo momento y alcanzaba de Ella gracias señaladísimas.

Ya entonces se esforzaba por realizar todas sus acciones en unión con María para agradar a Jesucristo.

 

13. EL ENCUENTRO CON JESÚS

 Luis Grignion hizo su primera Comunión con gran fervor. Y ante el altar, según la costumbre, renovó solemnemente las promesas bautismales.

Los bellísimos cánticos que compuso más tarde, nos manifiestan cuáles fueron sus sentimientos cuando recibió al Señor por primera vez.

       ¡Oh buen Jesús mío, te amo y deseo,

       con toda mi alma suspiro por ti!

       ¡Oh buen Jesús mío, amor de mi alma:

       reina siempre en mí!

Así Luis, desde niño, practicaba ya todas esas virtudes que se advierten gustosamente en los niños: amor a Dios, obediencia a los padres y maestros, buen ejemplo a los compañeros.

Como recuerdo del lugar de su bautismo se hará llamar sencillamente Luis María de Montfort.

  

14. LE GUÍAN LOS JESUITAS

 Terminados los estudios elementales en su pueblo natal, a la edad de doce años, sus padres juzgaron oportuno enviarlo a proseguir los estudios en Rennes, distrito capital de la región.

Los jesuitas, doctos maestros y hábiles formadores, dirigían en esta ciudad un colegio frecuentado por gran número de estudiantes, internos y externos. Precisamente por esto, no obstante la vigilancia de los profesores, al vivir lejos de la familia, se hallaba expuesto al influjo de los malos compañeros. Lleno de confianza en la protección de María, a quien diariamente invocaba con fervor, el joven estudiante se convirtió pronto en modelo de todos los alumnos, gracias también a la guía espiritual de su tío sacerdote, que lo hospedó en su casa durante todo aquel período.

Al ir al colegio y volver de él, acostumbraba Luis visitar una antigua y piadosa imagen de la Virgen, venerada en la Iglesia de san Salvador, pidiéndole que bendijera sus estudios. A veces se detenía allí por cerca de una hora, mientras muchos de sus compañeros se dedicaban a jugar por el camino.

  

15. SU AMOR A LOS POBRES

 Todos en el colegio admiraban su caridad. Un santo sacerdote de apellido Bellier le había iniciado en ella.

Este hombre de Dios, capellán del hospital general de Rennes, había tenido la feliz idea de poner al servicio de la caridad las horas libres de que disponían los estudiantes. Los reunía en su casa para formarlos en obras de apostolado. Luego los enviaba, en grupos de dos o tres, al hospital general o al hospicio de incurables. Debían prestar a los enfermos toda clase de servicios, explicarles el catecismo y hacerles buenas lecturas. Luis era el primero en la práctica de estos deberes. Su madre que, por otra parte, le daba el ejemplo, tuvo en particular la alegría de encontrar cierto día en el hospicio a una pobre mujer que le dijo:

– ¿Sabe, señora?, ¡su hijo me ayudó a entrar en este lugar, haciéndome traer en esta silla!.

 

 16. «ESTE HERMANO TUYO Y MÍO...»

 Lejos de buscar diversiones frívolas o peligrosas, servía a los pobres y, desde ahora, les tuvo tanto cariño que durante toda su vida se rodeó de pobres y enfermos, distribuyendo entre ellos cuanto recibía.

Había entre los estudiantes del colegio uno tan pobre y miserablemente vestido que era objeto de la burla de sus compañeros. Luis, dolorido de verlo tan despreciado, comenzó una colecta entre sus compañeros para comprarle un vestido nuevo. Pero, al no obtener la suma requerida, llevó al compañero pobre a casa de un sastre.

– Este joven es hermano tuyo y mío –le dijo–. Yo he recogido esto entre mis compañeros para vestirlo en forma conveniente. Si esto no alcanza, ponga Ud. lo que haga falta.

Conmovido el buen sastre por tanta virtud, hizo lo que se le pedía. Y el pobre estudiante no volvió a ser objeto de las burlas de los compañeros.

  

17. MADERA DE ARTISTA

 La pintura y la escultura constituían para Luis una agradable recreación. Dedicaba buena parte de sus horas libres a dibujar imágenes y cuadros religiosos. Con tanto éxito que le aconsejaron perfeccionar su talento al lado de un artista. Se presentó al taller de un pintor de Rennes que, cuando examinó las posibilidades del alumno, creyó ver en él a un futuro competidor. De suerte que cada vez que Luis aparecía, el pintor escondía sus telas y dejaba de trabajar. Quizá pagando con mano rota habría podido desbloquear esa situación. Pero, ¿cómo, si ya el pan costaba tan caro?

Cierto día, un consejero del Parlamento de Rennes, amigo de la familia, luego de ver en la mesa de trabajo del joven estudiante una miniatura elaborada por éste y que representaba al Niño Jesús con san Juan Bautista, quedó admirado y se la compró por un Luis de oro...

La pintura y la escultura sirvieron mucho más tarde al misionero. Se venera aún hoy en su casa natal en Montfort, una estatua de la Virgen atribuida a él. Su bastón de viaje estaba coronado por una estatuilla de la Virgen María, que él mismo había esculpido.

  

18. CONTRATIEMPO EN CARNAVAL

 Amigo del estudio y de las ocupaciones útiles, detestaba los pasatiempos, las fiestas mundanas y las mascaradas.

Cierta tarde de carnaval, cuando terminaba la comida condimentada con inocente alegría, entró en la sala un joven enmascarado, que comenzó a provocar a los presentes con sus ocurrencias, chistes y donaires.

Luis se levantó en seguida, abandonó la reunión y mostró su descontento hasta derramar lágrimas.

Su pureza sentía horror a las diversiones peligrosas.

Sacaba esta gran delicadeza de sus conversaciones con el P. Gilbert, profesor suyo, hombre de virtud y talento, que morirá misionando en la isla de Guadalupe, y sobre todo de su gran devoción a María.

  

19. JOVEN COMPROMETIDO

 En este período entró a formar parte de la Congregación mariana, conformada por los mejores alumnos del Colegio. Montfort se confió totalmente a María rogándole que conservara su mente, su corazón y su cuerpo siempre puros.

Para alcanzar esta gracia se ejercitaba en el sacrificio y la penitencia, pues sabía que no se conserva la virtud en un cuerpo habituado a la comodidad y la molicie.

Cierto día encontró en la casa paterna un libro con figuras poco modestas: lo echó al fuego a riesgo de provocar la cólera de su padre.

  

20. «SERÁS SACERDOTE»

 Otro día, mientras oraba delante de la imagen de la Virgen María, en la iglesia de San Salvador, le pidió a su "Su Madre" que lo iluminara sobre su porvenir. La respuesta le llegó clara y distinta. Escuchó en el fondo de su alma la llamada divina: "Serás sacerdote".

La orden de Dios a través de la Virgen era tan clara, que desde ese momento su vocación quedó decidida, y Luis María resolvió sin más seguirla generosamente.

El joven estudiante comenzó el estudio de la teología en el mismo colegio de Rennes. Pero Dios, que quería hacer de él un verdadero discípulo de Jesús, le brindó el medio de completar su formación en el seminario de San Sulpicio, en París, sede famosa de estudios sacerdotales.

Una persona bastante rica prometió pagarle la pensión y él se puso en camino para la Capital.


 

 

 

III - LA CIUDAD LUZ DEL REY SOL

 

 

 

21. DE CAMINO A PARÍS

 

En el colmo de la alegría y con el alma pletórica de confianza en la providencia y de amor a la pobreza, decidió partir a pie llevando consigo lo estrictamente necesario.

Sus padres insistieron en que llevara algo de ropa interior, un vestido nuevo y la modesta suma de diez escudos. Sumas que él aceptó por complacerlos.

Su tío y uno de sus hermanos lo acompañaron hasta la salida de Rennes. Allí, el joven Grignion abrazó al excelente sacerdote tío suyo, que lo había hospedado en su casa, dio a su hermano algunos buenos consejos y se despidió de ellos. Tomando en la mano el rosario, se encaminó alegremente a través de los extensos y fangosos senderos, que en ese entonces hacían en Bretaña las veces de caminos.

 

 

22. MÁS POBRE QUE LOS POBRES

 

Prosiguieron el viaje, pronto se encontró con mendigos andrajosos, y él sintió la necesidad de aligerar su carga. Al primero le regaló el vestido nuevo recibido de sus padres, a otro le dió los diez escudos, con un tercero cambió hasta el vestido que llevaba puesto.

Sintiéndose entonces verdaderamente pobre, se puso de rodillas y, dirigiéndose a Dios, como el Poverello de Asís, exclamó:

– ¡Dios mío!, ahora puedo decirte con toda verdad: "Padre nuestro que estás en el cielo", e hizo voto de no poseer nunca nada.

Libre de todo, poseyendo sólo una gran confianza en la divina Providencia, Luis María prosiguió su camino, mendigando el pan y la posada. Lo que le atrajo humillantes rechazos, a causa de su juventud y presencia física.

 

 

23. 300 KILÓMETROS

 

Llegó a París, luego de diez días de camino, durante los cuales recorrió a pie más de trescientos kilómetros. Encontró albergue en un tugurio a donde la Providencia le envió de comer, sin que él tuviera necesidad de pedir nada a nadie.

Pasados algunos días, fue a golpear a la puerta de su benefactora, la señorita de Montigny. Grande fue la desilusión de ésta al ver el estado lamentable del joven.

Lo hizo hospedar en una casa muy pobre, donde los seminaristas carentes de medios económicos, podían realizar sus estudios en la Sorbona –la gran universidad parisiense– gracias al pago de una mínima contribución y la prestación de algunos servicios a la comunidad.

El P. de la Barmondière, superior de aquella casa, recibió con inmensa alegría al joven de quien ya se hablaba muy favorablemente.

Luis, por su parte, se dedicó ardorosamente al estudio y a la vida espiritual.

 

 

24. VIDA DE SACRIFICIO

 

Algún tiempo después, hacia fines de 1693, se desató una gran carestía y la benefactora del pobre seminarista no pudo seguir pagando por él la pequeña pensión acordada. Luis se mantuvo tranquilo ante esta nueva prueba y siguió confiando fielmente en la Providencia.

Para no ser gravoso a su superior, Luis no dudó en pedir limosna, mezclado con las turbas hambrientas que se juntaban ante las casas de caridad donde se distribuían víveres. Aceptaba humildemente ya una moneda, ya una prenda de vestir, las más de las veces un trozo de pan.

Se dirigía de preferencia a las diversas comunidades religiosas. Las ofrendas iban llegando, pero él no guardaba para sí más que lo estrictamente necesario. Aunque carecía de todo, buscaba a otros más pobres que él, para distribuirles cuanto su humildad le había proporcionado.

 

 

25. AMOR FRATERNO

 

Un día no le quedaban más que treinta monedas. Se le acercó una pobre mujer a contarle sus necesidades.

– ¿Cuánto necesitas?, le preguntó.

– Treinta monedas, respondió la mujer.

Él le entregó hasta el último céntimo.

En otra ocasión había recibido un vestido nuevo, confeccionado especialmente para él. Antes de estrenarlo lo regaló junto con otras prendas recibidas como obsequio, a otro seminarista más pobre que él.

En otra ocasión todavía, su madre le envía un vestido nuevo.

Él lo cedió en seguida a un sacerdote necesitado, recibiendo en cambio el ya gastado de aquel pobre ministro de Dios.

 

 

26. LE VISTE LA PROVIDENCIA

 

A veces su confianza parecía querer tentar a la Providencia.

Pero ésta realizó prodigios para premiar su fe.

Queriendo conseguir un vestido resistente, pidió a un cohermano que fuera a comprárselo y le entregó las treinta monedas que le quedaban. El amigo le observó que esa suma era insuficiente.

– Vete –le dijo– no te preocupes; si te piden más, entrega el dinero al primer pobre que encuentres.

El cohermano se dirigió al negociante, que al ver que sólo le ofrecían treinta monedas, lo tomó a burla y ni siquiera le respondió.

El comprador salió entonces y entregó la pequeña cantidad al primer pobre y volvió a casa.

Al llegar encontró a Luis que le dijo:

– Bien, mientras tú dabas limosna, una persona generosa me ha regalado estos diez francos. Tómalos y paga con ellos el vestido que necesito.

 

 

27. VELANDO MUERTOS

 

Entre tanto, la carestía continuaba y amenazaba la existencia misma de la pequeña comunidad. El P. de la Barmondière propuso a algunos de sus seminaristas un trabajo poco agradable: velar a los muertos de la parroquia de San Sulpicio.

Montfort, junto con otros tres compañeros, aceptó con gusto realizar ese trabajo dos o tres veces por semana.

¡Qué penoso tenía que ser para un estudiante pasar la noche sin dormir y ante semejante espectáculo!

En esas fúnebres veladas se acrecentaron en él, el desprecio por los bienes efímeros de este mundo y el anhelo de servir solamente a Dios.

Cierta noche, velaba el cadáver de un joven muy rico, herido mortalmente al salir de un local de mala fama. Quizá entonces compuso aquellos versos que más tarde haría cantar a las gentes:

       ¡En la muerte, pecador,

       todo acabará!

       ¡En la muerte, el Señor,

       te vendrá a juzgar!

 

 

28. CAMBIO DE CASA

 

La cruz con que el Señor prueba a sus amigos vino de nuevo a visitarlo. Murió el P. de la Barmondière y la comunidad que dirigía se disolvió. Montfort se entregó una vez más a la Providencia, y fue admitido en la comunidad del P. Boucher.

En esta casa, más pobre que la anterior, tuvo ocasión de practicar más a fondo la mortificación. Los estudiantes mismos se encargaban por turno de la cocina. De suerte que la comida –como puede imaginarse– era generalmente poco apetitosa. Cada uno se rebuscaba el pan: vino, menos lo tenían aún.

Era precisamente lo que se necesitaba para robustecer en Luis María el espíritu de mortificación.

La porción de comida que les servían, en esos años de carestía, era tan pequeña, que Luis se levantaba de la mesa con el mismo apetito con que había llegado.

 

 

29. ENFERMA DE GRAVEDAD

 

Pero una vida de tan intenso sacrificio no podía durar mucho. En efecto, Luis María enfermó gravemente y tuvo que ser recluido en el hospital de los pobres.

Condenado a la impotencia, desprovisto de todo, acostado en un catre prestado, se alegraba individualmente por hallarse entre los pobres.

Pero el mal era grave y se llegó hasta a temer por su vida.

Él, en cambio, sonriente, afirmó que no moriría y que, incluso, dentro de pocos días estaría curado. Predicción que se cumplió.

Pasada una semana, lo vieron estupefactos levantarse del lecho, caminar, leer y dedicarse a nuevos proyectos de estudio y de caridad.

 

 

30. EN EL SEMINARIO DE SAN SULPICIO

 

Una vez recuperada la salud, le recibieron en la sección más pobre del seminario. Allí, gracias a la generosidad de una piadosa mujer, pudo continuar sus estudios.

La fama de sus virtudes había comenzado ya a difundirse.

Por ello, cuando Luis María Grignion, ingresó al seminario de San Sulpicio, invitaron a la comunidad a cantar el "Te Deum" en acción de gracias. ¡Hecho sin precedentes!

En esta casa ejemplar, su amor a la Virgen fue creciendo más y más cada día. Hablaba de Ella con alegría durante las recreaciones, causando la admiración de muchos compañeros suyos.

Difundió entre ellos la consagración total a Jesús por María.

Fue para él motivo de inmensa alegría el encargo de adornar la Capilla de la Virgen.

Pero sus superiores pusieron a prueba su obediencia y la encontraron perfecta. La virtud de una persona se juzga también por esta señal.

 

 

31. CONTRACORRIENTE, SIN TEMOR ALGUNO

 

Su amor a Dios no podía tolerar pecados ni escándalos. Por Dios, sabía también actuar, si las circunstancias lo exigían.

Cierto día encontró en una plaza pública a dos jóvenes que, con la espada desenvainada, los ojos ardiendo en fuego, se hallaban a punto de lanzarse el uno sobre el otro.

Inmediatamente tomó el crucifijo y se colocó entre ellos, conjurándolos a pensar en Dios a quien ultrajaban y en su alma que estaban a punto de perder. Aturdidos, los duelistas retroceden, lo escuchan turbados y, por último, se perdonan mutuamente y se retiran en paz.

 

 

32. CONTRA LA PRENSA DEPRAVADA

 

Las calles de la capital eran en aquellos días menos bulliciosas que en la actualidad. La voz de los juglares lograba dominar el ruido de los coches; las gentes los escuchaban con gran curiosidad y se amontonaban en torno a ellos. Desgraciadamente su repertorio era poco recomendable y con frecuencia incluso, ultrajante y obsceno. Lo vendían, además, al público, inundando con ello todo el vecindario.

Montfort se sentía morir ante semejante escándalo. Más de una vez, se acercó a los cantantes, les compró todas las colecciones de canciones y las rompió en su presencia, mientras les dirigía palabras de reprobación.

Otro tanto hacía con los vendedores de libros malos, afirmando que se sentía feliz cuando podía impedir o por lo menos retardar que se cometiera algún pecado.

 

 

33. JOVEN CATEQUISTA

 

El joven Luis María gustaba comunicar las verdades de la fe sobre todo a los niños. Le encargaron de enseñar el catecismo a los más depravados de uno de los barrios del suburbio de san Germán de París. Asumió su tarea con tanto amor que sus lecciones enternecieron incluso a los menos dóciles. Algunos seminaristas, compañeros suyos, oyeron contar los éxitos y corrieron a escucharlo a fin de encontrar motivos de burla. Lo oyeron hablar de la muerte del juicio y del infierno de forma tan incisiva y convencida que hasta ellos mismos quedaron conmovidos.

 

 

34. FINALMENTE SACERDOTE

 

Llegó, por fin, el día de la ordenación sacerdotal. Montfort se creía tan poco digno de tan excelso honor que quería retrasar más y más ese momento. Redobló sus plegarias y su preparación espiritual. El 5 de junio de 1700 recibió la ordenación sacerdotal y pasó todo el día delante del Santísimo Sacramento.

Luego de otros cuantos días de preparación, celebró la primera misa en el altar de Nuestra Señora, en la Iglesia de San Sulpicio. Después no pensó en otra cosa que en las almas para las cuales lo había llamado Dios. Se dedicará totalmente a la evangelización del Pueblo de Dios, no obstante tener que superar infinidad de pruebas...

 


 

IV - MISIONERO POPULAR

 

 

 

35. UN SUEÑO MISIONERO