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REBECA
Y JACOB
183.
El
Espíritu Santo nos ofrece en el libro del Génesis una figura
admirable de todas las verdades que acabo de exponer
respecto a la Santísima Virgen y a sus hijos y servidores.
La hallamos en la historia de Jacob, que, por la diligencia
y cuidados de su madre, Rebeca, recibió la bendición de su
padre, Isaac.
Oigámosla tal como la refiere el Espíritu Santo. Luego
añadiré mi propia explicación (Gn 27,1-44).
1.
HISTORIA BIBLICA DE REBECA Y JACOB
184. Esaú
había vendido a Jacob sus derechos de primogenitura (ver Gn
25,33). Rebeca, madre de ambos hermanos, que amaba
tiernamente a Jacob, le aseguró –muchos años después– estos
derechos mediante una estratagema santa y toda llena de
misterio.
Isaac,
sintiéndose muy viejo y deseando bendecir a sus hijos antes
de morir, llamó a Esaú, a quien amaba, y le encargó salirse
de caza a conseguir algo de comer para bendecirle luego.
Rebeca comunicó al punto a Jacob lo que sucedía y le mandó
traer dos cabritos del rebaño. Cuando los trajo y entregó a
su madre, ella los preparó al gusto de Isaac –que bien
conocía–, vistió a Jacob con los vestidos de Esaú, que ella
guardaba, y le cubrió las manos y el cuello con la piel de
los cabritos, a fin de que su padre, que estaba ciego, al
oír la voz de Jacob, creyese –al menos por el vello de sus
manos– que era Esaú. Sorprendido, en efecto, Isaac por el
timbre de aquella voz, que parecía ser de Jacob, le mandó
acercarse y, palpando el pelo de las pieles que le cubrían
las manos, dijo que verdaderamente la voz era de Jacob, pero
las manos eran las de Esaú. Después que comió y, al besar a
Jacob, sintió la fragancia de sus vestidos, le bendijo y
deseó el rocío del cielo y la fecundidad de la tierra, le
hizo señor de todos sus hermanos, y finalizó su bendición
con estas palabras: Maldito quien te maldiga y bendito
quien te bendiga (Gn 27,29).
Apenas
había Isaac concluido estas palabras, he aquí que entra
Esaú, trayendo para comer de lo que había cazado, a fin de
recibir luego la bendición de su padre. El santo patriarca
se sorprendió, con increíble asombro, al darse cuenta de lo
ocurrido. Pero, lejos de retractar lo que había hecho, lo
confirmó. Porque veía claramente el dedo de Dios en este
suceso.
Esaú
entonces lanzó bramidos –anota la Sagrada Escritura–,
acusando a gritos de engañador a su hermano, y preguntó a su
padre si no tenía más que una bendición. (En todo esto –como
advierten los Santos Padres– fue figura de aquellos que,
hallando cómodo juntar a Dios con el mundo, quieren gozar, a
la vez, de los consuelos del cielo y los deleites de la
tierra.) Isaac, conmovido por los lamentos de Esaú, lo
bendijo por fin, pero con una bendición de la tierra,
sometiéndole a su hermano. Lo que le hizo concebir un odio
tan irreconciliable contra Jacob, que no esperaba sino la
muerte de su padre para matar al hermano. Y éste no hubiera
podido escapar a la muerte si Rebeca, su querida madre, no
lo hubiese salvado con su solicitud y con los buenos
consejos que le dio y que él siguió.
2.
EXPLICACION
a)
Esaú, figura de los réprobos
185. Antes
de explicar esta bellísima historia es preciso advertir que,
según los Santos Padres y los exégetas 1, Jacob
es figura de Cristo y de los predestinados, mientras que
Esaú lo es de los réprobos. Para pensar que es así, basta
examinar las acciones y conducta de uno y otro.
1. Esaú,
el primogénito, era fuerte y de constitución robusta, gran
cazador, diestro y hábil en manejar el arco y traer caza
abundante.
2. Casi
nunca estaba en casa, y, confiando sólo en su fuerza y
destreza, trabajaba siempre fuera de ella.
3. No se
preocupaba mucho por agradar a su madre, Rebeca, y no hacía
nada para ello.
4. Era
tan glotón y esclavo de la gula, que vendió su derecho de
primogenitura por un plato de lentejas.
5. Como
otro Caín (Gn 4,8) 2, estaba lleno de envidia
contra su hermano, Jacob, a quien perseguía de muerte.
186. Esta
es precisamente la conducta que observan los réprobos: 1.
Confían en su fuerza y habilidad para los negocios
temporales. Son muy fuertes, hábiles e ingeniosos para las
cosas terrestres, pero muy flojos e ignorantes para las del
cielo 3.
187. 2.
Por ello, no permanecen nunca, o casi nunca, en su propia
casa, es decir, dentro de sí mismos (Mt 6,6) –que es la
morada interior y fundamental que Dios ha dado a cada
hombre, para residir allí, a ejemplo suyo, porque Dios vive
siempre en sí mismo–. Los réprobos no aprecian el retiro ni
las cosas espirituales ni la devoción interior. Califican de
apocadas, mojigatas y hurañas a las personas que cultivan la
vida interior, se retiran del mundo y trabajan más dentro
que fuera.
188. 3.
Los réprobos apenas si se interesan por la devoción a la
Santísima Virgen, Madre de los predestinados. Es verdad que
no la aborrecen formalmente, algunas veces le tributan
alabanzas, dicen que la aman y hasta practican algunas
devociones en su honor. Pero, por lo demás, no toleran que
se la ame tiernamente, porque no tienen para con Ella las
ternuras de Jacob. Censuran las prácticas de devoción, a las
cuales los buenos hijos y servidores de María permanecen
fieles para ganarse el afecto de Ella. No creen que esta
devoción les sea necesaria para salvarse. Pretenden que, con
tal de no odiar formalmente a la Santísima Virgen ni
despreciar abiertamente su devoción, merecen la protección
de la Virgen María, cuyos servidores son porque rezan y
dicen entre dientes algunas oraciones en su honor, pero
carecen de ternura para con Ella y evitan comprometerse en
una conversión personal.
189. 4.
Los réprobos venden su derecho de primogenitura, es decir,
los goces del cielo, por un plato de lentejas, es decir, por
los placeres de la tierra. Ríen, beben, comen, se divierten,
juegan, bailan, etc., sin preocuparse –como Esaú– por
hacerse dignos de la bendición del Padre celestial. En pocas
palabras: sólo piensan en la tierra, sólo aman las cosas de
la tierra, sólo hablan y tratan de las cosas de la tierra y
de sus placeres, vendiendo por un momento de placer, por un
humo vano de honra y un pedazo de tierra dura, amarilla o
blanca 4, la gracia bautismal, su vestido de
inocencia, su herencia celestial.
190. 5.
Por último, los réprobos odian y persiguen sin tregua a los
predestinados, abierta o solapadamente. No pueden
soportarlos: los desprecian, los critican, los contradicen,
los injurian, los roban, los engañan, los empobrecen, los
marginan, los rebajan hasta el polvo, mientras que ellos
ensanchan su fortuna, se entregan a los placeres, viven
regaladamente, se enriquecen y viven a sus anchas.
b)
Jacob, figura de los predestinados
191. 1.
Jacob, el hijo menor, era de constitución débil; era suave y
tranquilo. Permanecía generalmente en casa, para granjearse
los favores de Rebeca, su madre, a quien amaba tiernamente.
Si alguna vez salía de casa, no lo hacía por capricho ni
confiado en su habilidad, sino por obedecer a su madre.
192. 2.
Amaba y honraba a su madre. Por eso permanecía en casa con
ella. Nunca se alegraba tanto como cuando la veía. Evitaba
cuanto pudiera desagradarle y hacía cuanto creía que le
complacería. Todo lo cual aumentaba en Rebeca el amor que
ella le profesaba.
193. 3.
Estaba sometido en todo a su querida madre; la obedecía
enteramente en todo, prontamente y sin tardar, amorosamente
y sin quejarse. A la menor señal de su voluntad, el humilde
Jacob corría a realizarla. Creía cuanto Rebeca le decía, sin
discutir; por ejemplo, cuando le mandó que saliera a buscar
dos cabritos y se los trajera para aderezar la comida a su
padre, Isaac, Jacob no replicó que para preparar una sola
comida para una persona bastaba con un cabrito, sino que sin
replicar hizo cuanto ella le ordenó.
194. 4.
Tenía gran confianza en su querida madre, y como no confiaba
en su propio valer, se apoyaba solamente en la solicitud y
cuidados de su madre. Imploraba su ayuda en todas las
necesidades y la consultaba en todas las dudas, por ejemplo,
cuando le preguntó, si, en vez de la bendición, recibiría,
más bien, la maldición de su padre, creyó en ella, y a ella
se confió tan pronto Rebeca le contestó que ella tomaría
sobre sí esa maldición.
195. 5.
Finalmente, imitaba –según sus capacidades– las virtudes de
su madre. Y parece que una de las razones de que
permaneciera sedentario en casa era el imitar a su querida y
muy virtuosa madre, y el alejarse de las malas compañías,
que corrompen las costumbres. En esta forma, se hizo digno
de recibir la doble bendición de su querido padre.
c)
Comportamiento de los predestinados y de los réprobos
196. Este
es el comportamiento habitual de los predestinados:
1.
Permanecen asiduamente en casa con su madre, es decir, aman
el retiro, gustan de la vida interior, se aplican a la
oración, a ejemplo y en compañía de su Madre, la Santísima
Virgen, cuya gloria está en el interior 5.
Ciertamente, de vez en cuando aparecen en público, pero por
obediencia a la voluntad de Dios y a la de su querida Madre
y a fin de cumplir con los deberes de su estado. Y, aunque
en el exterior realicen aparentemente cosas grandes, estiman
mucho más las que adelantan en el interior de sí mismos en
compañía de la Santísima Virgen. En efecto, allí van
realizando la obra importantísima de su perfección, en
comparación de la cual las demás obras no son sino juego de
niños.
Por eso,
mientras algunas veces sus hermanos y hermanas trabajan
fuera con gran empeño, habilidad y éxito, cosechando la
alabanza y aprobación del mundo, ellos conocen –por la luz
del Espíritu Santo– que se disfruta de mayor gloria,
provecho y alegría en vivir escondidos en el retiro con
Jesucristo, su modelo –en total y perfecta sumisión a su
Madre– que en realizar por sí solos maravillas de naturaleza
y gracia en el mundo, a semejanza de tantos Esaús y réprobos
que hay en él. En su casa habrá riquezas y abundancia
(Sl 112 [111],3). Sí, en la casa de María se encuentra
abundancia de gloria para Dios y de riquezas para los
hombres.
Señor
Jesús, ¡qué delicia es tu morada! (Sl 84 [83],1-8). El
pajarillo encontró casa para albergarse, y la tórtola nido
para colocar sus polluelos. ¡Oh! ¡Cuán dichoso el hombre que
habita en la casa de María! ¡Tú fuiste el primero en habitar
en Ella! En esta morada de predestinados, el cristiano
recibe ayuda de ti solo y dispone en su corazón las subidas
y escalones de todas las virtudes para elevarse a la
perfección en este valle de lágrimas.
197. 2.
Los predestinados aman con filial afecto y honran
efectivamente a la Santísima Virgen como a su cariñosa Madre
y Señora. La aman no sólo de palabra, sino de hecho. La
honran no sólo exteriormente, sino en el fondo del corazón.
Evitan, como Jacob, cuanto pueda desagradarle y practican
con fervor todo lo que creen puede granjearles su
benevolencia.
Le
llevan y entregan no ya dos cabritos, como Jacob a Rebeca,
sino lo que representaban los dos cabritos de Jacob, es
decir, su cuerpo y su alma, con todo cuanto de ellos
depende, para que Ella: 1) los reciba como cosa suya; 2) los
mate y haga morir al pecado y a sí mismos, desollándolos y
despojándolos de su propia piel y egoísmo, para agradar por
este medio a su Hijo Jesús, que no acepta por amigos y
discípulos sino a los que están muertos a sí mismos; 3) los
aderece al gusto del Padre celestial y a su mayor gloria,
que Ella conoce mejor que nadie; 4) con sus cuidados e
intercesión disponga este cuerpo y esta alma, bien
purificados de toda mancha, bien muertos, desollados y
aderezados, como manjar delicado, digno de la boca y
bendición del Padre celestial.
¿No es
esto, acaso, lo que harán los predestinados, que aceptarán y
vivirán la perfecta consagración a Jesucristo por manos de
María, que aquí les enseñamos, para que testifiquen a Jesús
y a María un amor intrépido y efectivo?
Los
réprobos protestan muchas veces que aman a Jesús, que aman y
honran a María, pero no lo demuestran con la entrega de sí
mismos (Pr 3,9), ni llegan a inmolarles el cuerpo y el alma
con sus pasiones, como los predestinados.
198. 3.
Estos viven sumisos y obedientes a la Santísima Virgen como
a su cariñosa Madre, a ejemplo de Jesucristo, quien de
treinta y tres años que vivió sobre la tierra, empleó
treinta en glorificar a Dios, su Padre, mediante una
perfecta y total sumisión a su santísima Madre. La obedecen,
siguiendo exactamente sus consejos, como el humilde Jacob
los de Rebeca cuando le dijo: Escucha lo que te digo
(Gn 27,8), o como la Santísima Virgen: Hagan lo que El
les diga (Jn 2,5).
Jacob,
por haber obedecido a su madre, recibió –como de milagro– la
bendición, aunque, naturalmente, no podía recibirla. Los
servidores de las bodas de Caná, por haber seguido el
consejo de la Santísima Virgen, fueron honrados con el
primer milagro de Jesucristo, que convirtió el agua en vino
a petición de su santísima Madre. Asimismo, todos los que
hasta el fin de los siglos reciban la bendición del Padre
celestial y sean honrados con las maravillas de Dios, sólo
recibirán estas gracias como consecuencia de su perfecta
obediencia a María. Los Esaús, al contrario, pierden su
bendición por falta de sumisión a la Santísima Virgen.
199. 4.
Los predestinados tienen gran confianza en la bondad y poder
de María, su bondadosa Madre. Reclaman sin cesar su socorro.
La miran como su estrella polar, para llegar a buen puerto.
Le manifiestan sus penas y necesidades con toda la
sinceridad del corazón.
Se
acogen a los pechos de su misericordia y dulzura para
obtener por su intercesión el perdón de sus pecados o
saborear, en medio de las penas y sequedades, sus dulzuras
maternales. Se arrojan, esconden y pierden de manera
maravillosa en su seno amoroso y virginal, para ser allí
inflamados en amor puro, ser allí purificados de las menores
manchas y encontrar allí plenamente a Jesucristo, que reside
en María como en su trono más glorioso.
¡Oh!
¡Qué felicidad! "No creas –dice el abad Guerrico– que es
mayor felicidad habitar en el seno de Abrahán que en el de
María, dado que el Señor puso en éste su trono".
Los
réprobos, por el contrario, ponen toda su confianza en sí
mismos. Al igual que el hijo pródigo, se alimentan solamente
de lo que comen los cerdos, se nutren solamente de tierra, a
semejanza de los sapos, y, a la par que los mundanos, sólo
aman las cosas visibles y exteriores. No pueden gustar del
seno de María ni experimentar el apoyo y la confianza que
sienten los predestinados en la Santísima Virgen, su
bondadosa Madre. Quieren hambrear miserablemente por las
cosas de fuera –dice San Gregorio 6–, porque no
quieren saborear la dulzura preparada dentro de sí mismos y
en el interior de Jesús y de María.
200. 5.
Finalmente, los predestinados siguen el ejemplo de la
Santísima Virgen, su tierna Madre. Es decir, la imitan, y
por esto son verdaderamente dichosos y devotos y llevan la
señal infalible de su predestinación, como se lo anuncia su
cariñosa Madre: Dichosos los que siguen mis caminos
(Pr 8,32), es decir, quienes con el auxilio de la gracia
divina practican mis virtudes y caminan sobre las huellas de
mi vida. Sí, dichosos durante su vida terrena, por la
abundancia de gracias y dulzuras que les comunico de mi
plenitud, y más abundantemente que a aquellos que no me
imitan tan de cerca. Dichosos en su muerte, que es dulce y
tranquila, y a la que ordinariamente asisto para conducirlos
personalmente a los goces de la eternidad. Dichosos,
finalmente, en la eternidad, porque jamás se ha perdido
ninguno de mis fieles servidores que haya imitado mis
virtudes durante su vida.
Los
réprobos, por el contrario, son desgraciados durante su
vida, en la muerte y por la eternidad, porque no imitan las
virtudes de la Santísima Virgen, y se contentan con
ingresar, a veces, en sus cofradías, rezar en su honor
algunas oraciones o practicar otra devoción exterior.
¡Oh
Virgen Santísima! ¡Bondadosa Madre mía! ¡Cuán felices son
–lo repito en el arrebato de mi corazón–, cuán felices son
quienes, sin dejarse seducir por una falsa devoción, siguen
fielmente tus caminos, observando tus consejos y mandatos!
Pero ¡desgraciados y malditos los que, abusando de tu
devoción, no guardan los mandamientos de tu Hijo!
Malditos los que se apartan de tus mandatos (Sl 119
[118],21).
d)
Solicitud de María para con sus fieles servidores
201. Veamos
ahora los amables cuidados que la Santísima Virgen, como la
mejor de todas las madres, prodiga a los fieles servidores
que se han consagrado a Ella de la manera que acabo de
indicar y conforme al ejemplo de Jacob.
1.
María los ama
Yo
amo a los que me aman
(Pr 8,17). 1) Los ama, porque es su Madre verdadera, y una
madre ama siempre a su hijo, fruto de sus entrañas. 2) Los
ama, en respuesta al amor efectivo que ellos le profesan
como a su cariñosa Madre. 3) Los ama, porque –como
predestinados que son– también los ama Dios: Quise a Jacob
más que a Esaú (Rm 9,13). 4) Los ama, porque se han
consagrado totalmente a Ella, y son, por tanto, su posesión
y herencia: Sea Israel tu heredad (Eclo 24,13).
202. Ella
los ama con ternura, con mayor ternura que todas las madres
juntas. Reúnan, si pueden, todo el amor natural que todas
las madres del mundo tienen a sus hijos, en el corazón de
una sola madre hacia su hijo único: ciertamente, esta madre
amaría mucho a ese hijo. María, sin embargo, ama en verdad
más tiernamente a sus hijos de cuanto esta madre amaría al
suyo. Los ama no sólo con afecto, sino con eficacia. Con
amor afectivo y efectivo, como el de Rebeca para con Jacob y
aún mucho más.
Veamos
lo que esta bondadosa Madre –de quien Rebeca no fue más que
una figura– hace a fin de obtener para sus hijos la
bendición del Padre celestial:
203. 1.
Espía, como Rebeca, las oportunidades para hacerles el bien,
para engrandecerlos y enriquecerlos. Dado que ve claramente
en la luz de Dios todos los bienes y males, la fortuna
próspera o adversa, las bendiciones y maldiciones divinas,
dispone de lejos las cosas para liberar a sus servidores de
toda clase de males y colmarlos de toda suerte de bienes; de
modo que, si se tiene que realizar ante Dios alguna empresa
por la fidelidad de una creatura a un cargo importante, es
seguro que María procurará que esta empresa se encomiende a
alguno de sus queridos hijos y servidores y le dará la
gracia necesaria para llevarla a feliz término. "Ella
gestiona nuestros asuntos", dice un santo 7..
204. 2.
Les da buenos consejos, como Rebeca a Jacob: Hijo mío,
escucha lo que te digo (Gn 27,8, Vulgata). Sigue mis
consejos. Y, entre otras cosas, les inspira que le lleven
dos cabritos, es decir, su cuerpo y su alma, y se lo
consagren, para aderezar con ellos un manjar agradable a
Dios. Les aconseja también que cumplan cuanto Jesucristo, su
Hijo, enseñó con sus palabras y ejemplos. Y, si no les da
por sí misma estos consejos, se vale para ello del
ministerio de los ángeles, los cuales jamás se sienten tan
honrados ni experimentan mayor placer que cuando obedecen
alguna de sus órdenes de bajar a la tierra a socorrer a
alguno de sus servidores.
205. 3.
Y ¿qué hace esta tierna Madre cuando le entregas y consagras
cuerpo y alma y cuanto de ellos depende sin excepción
alguna? Lo que hizo Rebeca en otro tiempo con los cabritos
que le llevó Jacob: 1) los mata y hace morir a la vida del
viejo Adán; 2) los desuella y despoja de su piel natural, de
sus inclinaciones torcidas, del egoísmo y voluntad propia y
del apego a las creaturas; 3) los purifica de toda suciedad
y mancha de pecado; 4) los adereza al gusto de Dios y a su
mayor gloria. Y como sólo Ella conoce perfectamente en cada
caso el gusto divino y la mayor gloria del Altísimo, sólo
Ella puede, sin equivocarse, condimentar y aderezar nuestro
cuerpo y alma a este gusto infinitamente exquisito y a esta
gloria divinamente oculta.
206. 4.
Luego que esta bondadosa Madre recibe la ofrenda perfecta
que le hemos hecho de nosotros mismos y de nuestros propios
méritos y satisfacciones –por la devoción de que hemos
hablado–, nos despoja de nuestros antiguos vestidos, nos
engalana y hace dignos de comparecer ante el Padre del cielo:
1) nos
reviste con los vestidos limpios, nuevos, preciosos y
perfumados de Esaú, el primogénito, es decir, de Jesucristo,
su Hijo, los cuales guarda Ella en casa, o sea, tiene en su
poder, ya que es la tesorera y dispensadora universal y
eterna de las virtudes y méritos de su Hijo Jesucristo.
Virtudes y méritos que Ella concede y comunica a quien
quiere, cuando quiere, como quiere y cuanto quiere, como ya
hemos dicho 8;
2) cubre
el cuello y las manos de sus servidores con las pieles de
los cabritos muertos y desollados, es decir, los engalana
con los méritos y el valor de sus propias acciones. Mata y
mortifica, en efecto, todo lo imperfecto e impuro que hay en
sus personas, pero no pierde ni disipa todo el bien que la
gracia ha realizado en ellos, sino que lo guarda y aumenta,
para hacer con ellos el ornato y fuerza de su cuello y de
sus manos, es decir, para fortalecerlos a fin de que puedan
llevar sobre su cuello el yugo del Señor y realizar grandes
cosas para la gloria de Dios y la salvación de sus pobres
hermanos;
3)
comunica perfume y gracia nuevos a sus vestidos y adornos
revistiéndolos con sus propias vestiduras, esto es, con sus
méritos y virtudes, que al morir les legó en su testamento
–como dice una santa religiosa del último siglo muerta en
olor de santidad, y que lo supo por revelación–. De modo que
todos los de su casa –sus servidores y esclavos– llevan
doble vestidura: la de su Hijo y la de Ella (ver Pr
31,21). Por ello, no tienen que temer el frío de Jesucristo,
blanco como la nieve. Mientras que los réprobos, enteramente
desnudos y despojados de los méritos de Jesucristo y de su
Madre santísima, no podrán soportarlo.
207. 5.
Ella, finalmente, les obtiene la bendición del Padre
celestial, por más que, no siendo ellos sino hijos menores y
adoptivos, no deberían, naturalmente, tenerla. Con estos
vestidos nuevos, de alto precio y agradabilísimo olor, y con
cuerpo y alma bien preparados, se acercan confiados al lecho
del Padre celestial. Que oye y distingue su voz, que es la
del pecador; toca sus manos, cubiertas de pieles; percibe el
perfume de sus vestidos; come con regocijo de lo que María,
Madre de ellos, le ha preparado, y reconociendo en ellos los
méritos y el buen olor de Jesucristo y de su santísima
Madre:
a.
les da su doble bendición: bendición del rocío del cielo
(Gn 27,28), es decir, de la gracia divina, que es semilla de
gloria: Nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda
clase de bienes espirituales y celestiales (Ef 1,3); y
bendición de la fertilidad de la tierra (Gn 27,28), es
decir, que este buen Padre les da el pan de cada día y
suficiente cantidad de bienes de este mundo;
b.
les constituye señores de sus otros hermanos, los réprobos.
Lo cual no quiere decir que esta primacía sea siempre
evidente en este mundo –que pasa en un instante (ver
1Cor 7,29-31) y al que frecuentemente dominan los réprobos:
Discursean profiriendo insolencias, se jactan los
malhechores (Sl 94 [93],3-4). Vi a un malvado que se
jactaba, que prosperaba como cedro frondoso (Sl 36
[35],35)–, pero que es real, y aparecerá cuando los
justos –como dice el Espíritu Santo– gobernarán naciones,
someterán pueblos (Sab 3,8);
c.
el Señor, no contento con bendecirlos en sus personas y
bienes, bendice también a cuantos los bendigan y maldice a
cuantos los maldigan y persigan.
2. María los alimenta
208. El
segundo deber de caridad que la Santísima Virgen ejerce con
sus fieles servidores es el de proporcionarles todo lo
necesario para el cuerpo y el alma. Les da vestiduras dobles,
como acabamos de decir. Les da a comer los platos más
exquisitos de la mesa de Dios. Les alimenta con el Pan de la
vida que Ella misma ha formado: "Queridos hijos míos –les
dice por boca de la Sabiduría– sáciense de mis frutos, es
decir, de Jesús, fruto de vida, que para ustedes he traído
al mundo (Eclo 24,26). Vengan –les dice en otra parte– a
comer de mi pan, que es Jesús, y a beber el vino (Pr 9,5) de
su amor, que he mezclado para ustedes con la leche de mis
pechos. Coman, beban y embriáguense, amigos míos (Ct 5,1).
Siendo
Ella la tesorera y dispensadora de los dones y gracias del
Altísimo, da gran porción y la mejor de todas, para
alimentar y sustentar a sus hijos y servidores. Nutridos
éstos con el Pan de vida, embriagados con el vino que
engendra vírgenes (ver Zc 9,17), llevados en
brazos (ver Is 66,12), encuentran tan suave el yugo de
Jesucristo, que apenas sienten su peso a causa del
aceite de la devoción en el cual María les sazona (ver Is
10,27, Vulgata).
3.
María los conduce
209. El
tercer bien que la Santísima Virgen hace a sus fieles
servidores es el conducirlos y guiarlos según la voluntad de
su Hijo. Rebeca guiaba a su hijo Jacob, y de cuando en
cuando le daba buenos consejos, ya para atraer sobre él la
bendición de su padre, ya para ayudarle a evitar el odio y
la persecución de su hermano Esaú. María, estrella del mar,
conduce a todos sus fieles servidores al puerto de
salvación. Les enseña los caminos de la vida eterna. Les
hace evitar los pasos peligrosos. Los lleva de la mano por
los senderos de la justicia. Los sostiene cuando están a
punto de caer. Los levanta cuando han caído. Los reprende,
como Madre cariñosa, cuando yerran, y aun a veces los
castiga amorosamente. ¿Podrá extraviarse en el camino de la
eternidad un hijo obediente a María, quien por sí misma le
alimenta y es su guía esclarecida? "Siguiéndola –dice San
Bernardo– no te extravías" 9. ¡No temas, pues!
¡Ningún verdadero hijo de María será engañado por el
espíritu maligno! ¡Ni caerá en herejía formal! 10.
Donde María es la conductora, no entran ni el espíritu
maligno con sus ilusiones, ni los herejes con sus sofismas:
"¡Si Ella te sostiene, no caerás!" 11.
4.
María los defiende y protege
210. El
cuarto servicio que la Santísima Virgen ofrece a sus hijos y
fieles servidores es defenderlos y protegerlos contra sus
enemigos. Rebeca, con sus cuidados y vigilancia, libró a
Jacob de todos los peligros en que se encontró, y
especialmente de la muerte que su hermano Esaú le hubiera
dado a causa del odio y envidia que le tenía –como en otros
tiempos Caín a su hermano Abel–. Así obra también María,
Madre cariñosa de los predestinados: los esconde bajo las
alas de su protección, como una gallina a sus polluelos;
dialoga con ellos, desciende hasta ellos, condesciende con
todas sus debilidades, para defenderlos del gavilán y del
buitre; los rodea y acompaña como ejército en orden de
batalla (ver Ct 6,3.9, Vulgata) 12. ¿Temerá,
acaso, a sus enemigos quien está defendido por un ejército
bien ordenado de cien mil hombres? Pues bien, ¡un fiel
servidor de María, rodeado por su protección y poder
imperial, tiene aún menos por qué temer! Esta bondadosa
Madre y poderosa Princesa celestial enviará legiones de
millones de ángeles para socorrer a uno de sus hijos antes
que pueda decirse que un fiel servidor de María –que puso en
Ella su confianza– haya sucumbido a la malicia, número y
fuerza de sus enemigos.
5.
María intercede por ellos
211. Por
último, el quinto y mayor servicio que la amable María
ejerce en favor de sus fieles devotos es el interceder por
ellos ante su Hijo y aplacarle con sus ruegos. Ella los une
y conserva unidos a El con vínculo estrechísimo 13.
Rebeca
hizo que Jacob se acercara al lecho de su padre. El buen
anciano lo tocó, lo abrazó y hasta lo besó con alegría,
contento y satisfecho como estaba de los manjares bien
preparados que le había llevado. Gozoso de percibir los
exquisitos perfumes de sus vestidos, exclamó: ¡Aroma que
bendice el Señor es el aroma de mi hijo! (Gn 27,27).
Este campo fértil cuyo aroma encantó el corazón del Padre es
el aroma de las virtudes y méritos de María. Ella es, en
efecto, campo lleno de gracias donde Dios Padre sembró, como
grano de trigo para sus escogidos, a su propio Hijo.
¡Oh! ¡Cuán
bien recibido es por Jesucristo, Padre sempiterno (ver Is
9,6), el hijo perfumado con el olor gratísimo de María! ¡Y
qué pronto y perfectamente queda unido a El, como ya hemos
demostrado! 14.
212. María
además, después de haber colmado de favores a sus hijos y
fieles servidores y de haberles alcanzado la bendición del
Padre celestial y la unión con Jesucristo, los conserva en
Jesucristo, y a Jesucristo en ellos. Los protege y vigila
siempre, no sea que pierdan la gracia de Dios y caigan de
nuevo en los lazos del enemigo. Ella conserva a los
santos en su plenitud y les ayuda a perseverar en ella,
según hemos visto 15.
Esta es
la explicación de la insigne y antigua figura de la
predestinación y la reprobación, tan desconocida y tan llena
de misterios.
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