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TERCERA PARTE

 

Capítulo 11: Bajo la escalera del Pot-de-Fer

Capítulo 12: El más duro de los fracasos

Capítulo 13: Buscando una solución

Capítulo undécimo

BAJO LA ESCALERA DEL POT-DE-FER

 

 

Debemos aclarar bien la idea madurada en Grignion a propósito del apostolado misionero. Y aunque no hubiera ciertamente madurado, sí era considerada como la mejor solución al salir de la Salpêtrière.

Se percibe claramente que Luis María no había considerado definitiva su ubicación en el Hospital de Poitiers ni en el de París, aunque su celo apostólico –que Blain ha llamado con palabra inadecuada "gusto"– en favor de la miseria, lo animaba fuertemente a servir a los pobres enclaustrados. Una vez hecha la opción definitiva, la carrera misionera, desde los primeros meses de sacerdocio, y excluido un posible regreso al Hospital de Poitiers, su permanencia en la Salpêtrière, a nuestro modo de ver, tiene dos motivos evidentes.

París, fuera de ser la capital del reino y del mundo, era también la metrópoli de la pobreza: al lado del fulgurante ascenso de la burguesía acunada por el rey, la más negra y peligrosa miseria minaba el surco de la rebelde disparidad. La gama infinita de pobres y pobrezas brindaba así al P. Grignion una inmensa opción de formas apostólicas en el sector que mejor se le acomodaba. Alejado de Poitiers, casi como para entrenarse en la misión evangélica, se había dirigido a París. Dado que confiesa haber ido allá casi por obligación, queremos entender quién o qué lo orientó allá, y sobre todo porqué. Quizás era París la diócesis más necesitada de clero adicto a la población...

El segundo motivo estrechamente vinculado al primero, y quizás mucho más importante que él, debemos buscarlo en la "necesidad" que tenía Luis María de la dirección espiritual de Leschassier. París quería decir San Sulpicio. En un giro decisivo de la vida, después de dos fracasos –y si queremos contar también a Nantes, tres– teniendo que comenzarlo todo, sentía la necesidad de la guía del santo y sabio director que lo conocía más que ningún otro. También la permanencia en la Salpêtrière se presenta como un período ofrecido a Leschassier para volver a examinar a su discípulo. Si se debía hacer una opción y ésta de forma estable, Leschassier hubiera sido el último en juzgarlo y darle esa unción de la obediencia que los santos saben ubicar en los caminos del Señor.

 

«Su celo lo llevaba a cuantos eran rechazados; corría en pos de los rompecaminos, de los deshollinadores, de los pordioseros y miserables. Y, luego de reunirlos, les repartía el pan de la Palabra de Dios...» (Blain,  251).

 

Fue una especie de ministerio itinerante, vigilante y paternal, al que dedicó el tiempo que le quedaba después de las horas necesarias consagradas a las enclaustradas en la Salpêtrière. Hay que recordar aquí cuando narra Grandet, ya citado, a propósito de la increíble actividad misionera para enseñar, para debelar el pecado, para hacer avanzar en la virtud, para consolar a los afligidos y "para dar a todos una elevada idea de Dios y de la enormidad del pecado". Si a este fuerte ideal añadimos la tenacidad y testarudez de que estaba dotado, podemos comprender el fastidio que su ministerio podía causar dentro y fuera del Hospital.

Lo peor le aconteció cuando se las tomó con los juglares del Pont-Neuf.

A despecho del nombre, el Pont-Neuf es el más antiguo de París. A través de la punta oeste de la ciudad, vincula a las dos riberas del Sena y favorece el que se haga más extensa la riada de San Germán. El puente, con la plaza incorporada en la que reina la estatua ecuestre de Enrique IV, alcanzó fama especial porque fue el primero en tener andén para peatones y el único al que no rodeaban casas. Era el puesto de una auténtica feria, animado y rumoroso, receptáculo de mercaderes, huéspedes, vendedoras de flores, con mil escenas de multiforme humanidad.

Su nombre está vinculado sobre todo a la historia del teatro, porque fue el lugar de la elección de la farsa y las arias populares. Más aún, su nacimiento está vinculado con la aparición de los juglares y a aquellas cancioncillas ha unido tan estrechamente el nombre que se mantiene todavía hoy como encarnación de los cantos triviales y de las estrofillas más popularescas.

Sobre todo, después de la mitad del siglo XVII, la gloria de los cantantes del Pont-Neuf tocó la cumbre del moderno divismo, cuando de la masa amorfa saltaron a la atención los contornos indefinidos de los orfeos más afortunados. Estos escribieron su nombre en la historia de las costumbres y de la política y hasta del teatro. Es la época de Philipot llamado el Saboyardo, a quien Boileau alcanzó con la acritud del sarcasmo. En medio de la banda de los desocupados, instruidos por él para acompañarlo en los coros, rodeado de una multitud de gamines, cocineros, humildes trabajadores, soldados, burgueses, carteristas, amas de casa, prostitutas, el glorioso cantante del Pont-Neuf reinaba  desde el pedestal de Enrique IV y lanzaba con voz sonora sus couplets hasta el Louvre o la Rue Dauphine, por encima del rechinar y rodar de las carretas, por encima del resonar de las campanillas e los charlatanes, por encima de los aullidos de los anunciadores y revendedores. El río de palabras que cantaban himnos al vino, al amor, a las cosas triviales, ya antes de saltar por sobre las cabezas de los oyentes, perturbaban al poetastro ya cocido y humeante de ininterminables embriagueces, en el hedor de sus harapos, en la figura sin gracia que despersonificaba.

La musa del Savoyardo tenía imitadores y adversarios: Orlando Lassus, Guedrón, los dos Boësset, y sobre todo el Cochero de Vertamón, ignoto e innominado burgués que nunca traicionó la propia identidad. Las estrofas caían, pues, sabrosas, sucias, sarcásticas, amargas o elegíacas, a herir los escándalos y a los escandalosos, a transformar los hechos, a burlarse de los políticos y las damas mantenidas de la alta sociedad. Una figura especial de los juglares del Pont-Neuf era la que ofrecían los hombre de iglesia, reos de exagerada rigidez y devoción, y los azote dejaban moretones y señales hasta en las personas más cándidas. Responder a los adivinos, tocar a los benjamines de la muchedumbre, era desencadenar a la chusma, era apuñalar al pueblo humilde, era instigar a la revuelta. Quizás era mejor dejarles gritar.

Si Luis María se atrevió a hacerlo, como todo autoriza a pensarlo, lo hizo a sus expensas, entre la general aprobación de la gente bien. Y si el hecho, como refiere Blain, lo hizo incluso encarcelar –cosa que no es difícil de creer– resultó como epílogo de una aventura equivocada que la mayoría le imputó a mal. Pero Grignion era así: actuaba demasiado directamente, sin mediastintas, ignorando y pisoteando las buenas maneras y los convencionalismos, cuando se trataba "de la idea de Dios y de la enormidad del pecado".

Tenemos tendencia a creer que choques como éste debían resultarle fáciles, tanto más cuanto que llegando de la provincia, no podía entender las cosas inconvenientes ni lo bien visto en la ciudad.

Al salir de la Salpêtrière, encuentra un hueco donde encovarse, en la calle Pot-de-Fer, a pocos pasos del noviciado de los jesuitas a donde había llegado el P. Descartes, a pocos pasos de San Sulpicio y del convento de las generosas benedictinas. Los motivos de la elección son obvios: hallar fácilmente una iglesia donde celebrar la eucaristía, una comunidad donde alimentarse, una compañía de cohermanos con quienes intercambiar algunas palabras.

Una de las primeras tentativas de acercamiento a San Sulpicio, debió tener lugar en la casa parroquial de San Sulpicio: era párroco allí un viejo amigo, el P. de la Chetardye, quien había alimentado por Grignion una auténtica veneración, tanta que, al pasar él, se ponía en pie para hacerle una profunda reverencia. Pero la veneración se cambia en severa indiferencia, casi en condenación. Leschassier rehusa hasta recibirlo. Brenier, en los momentos de momentánea presencia, conserva las distancias y todos los demás eclesiásticos del seminario prefieren no tener nada que ver con el ex seminarista.

Una pesada y desagradable escena de Leschassier rompe toda posibilidad de encuentro. Debió suceder en la primera quincena de junio, con ocasión del funeral del P. Lévêque. Y dado que el final de esa vida apostólica es en el fondo una página que cierra un capítulo de la biografía monfortiana, referimos el relato que de él hace Blain:

 

«Como última preparación a la muerte, viajó (Lévêque) del seminario de París al de Issy, que es la casa de soledad y silencio de San Sulpicio; fue allá, digo, el domingo o uno de los días de carnaval, creo, en ayunas, envuelto en su cilicio y cargado con una cadena de hierro, y recorrió la legua, a la edad de más de 80 años, con tanta dificultad y fatiga, que, mientras daba un paso adelante, a menudo retrocedía dos, dificultándosele levantar los pies y sostenerse derecho.

Los transeúntes, al ver a este anciano y santo sacerdote, siempre en peligro de caerse, pensaban que se resentía de los días de locura (del carnaval) y que la embriaguez hacía que sus pasos resultaran temblorosos y vacilantes. Escandalizados, lo señalaban con el dedo e indudablemente, como es lo ordinario, hacían caer sobre su estado el desprecio a su persona...

Una vez llegado a Issy, pasó en retiro y penitencia la cuaresma: ocho horas diarias de oración, le colmaban gran parte del día; y, dado que le estaba prohibido hacerlas de seguida arrodillado, no se desquitaba de esta mortificación sino con una mayor, prosternándose sobre el pavimento de mármol de la devota capilla de Nuestra Señora de Loreto donde encontraba sus delicias.

Su descanso consistía en pasar el resto del día en la recitación del rosario o la lectura de algún libro piadoso, mientras se paseaba en el jardín. El santo varón sólo encontraba en estos lugares de santidad, una cosa poco conforme a sus inclinaciones, a saber, que el pan que se le presentaba era demasiado bueno; muy incómodo de no poder tenerlo peor, lo comía sólo como a las malas y resarcía su mortificación, sobre el resto de la alimentación de la cual apartaba lo mejor para contentarse con lo estrictamente necesario.

Así fue la preparación a la muerte, de este venerable anciano de más de ochenta años, tan penetrado del espíritu de penitencia, que temía que la muerte lo sorprendiera sin hacerlo. Fue la respuesta que dio a su director, que lo exhortaba a aminorar sus penitencias, para impedirle disminuir su rigor» (Blain, 205-210).

 

La muerte lo alcanzó así el 12 de junio.

Luis María debió casi ciertamente viajar a Issy para las exequias de su antiguo superior de Nantes. Quizás en esa ocasión lo alejaron desafortunadamente del Instituto. Todo esto lleva a pensar que las cosas sucedieron exactamente así: el aspecto de pobreza –llegaba del cuartucho del Pot-de-Fer– y abatimiento en el que debió presentarse fue considerado indecoroso para la circunstancia y el ambiente. Existía, además, en este continuo rechazo, un motivo mucho más hondo. Una vez más habla Blain.

 

«Realmente historias elaboradas a placer, revestidas de burlesco y acicaladas con un aire de ridiculez que se hacía circular a cargo del humilde sacerdote, habían podido causar ese cambio en el P. de la Chétardye y en muchos más.

Ya contaban haber visto al P. de Montfort predicando en las plazas públicas y que el señor Arzobispo, para poner diques a esos excesos de celo, lo había dictado el entredicho. Ya relataban que había atacado a los cantores del Pont-Neuf y que esas gentes que distraen al público y, con ese medio, hecho mucho ruido y gran desorden; lo cual lo había hecho detener y encarcelar en las prisiones de la Oficialidad. Y, como los mentirosos son siempre atrevidos, sobre todo contra la devoción, se aseguraban de no decir sino lo que habían visto.

Lo cual indisponía los espíritus contra el virtuoso sacerdote, inocente de todos esos sucesos. No obstante, los afirmaban con tanta convención, que hasta los menos crédulos se sentían dispuestos a creerlos...» (Blain, 242-243).

 

Que todo fueran "chascarrillos" inventados, no lo creemos, conociendo a Luis María. De todos modos, aún los menos inclinados a creer en ellos, acababan por dudar de él. San Sulpicio, por ejemplo. ¡Y esto no tanto por las habladurías cuanto por la fama que podía redundar sobre la institución!

 

«¡Cuán mortificado quedó, cierto día cuando al llegar a Issy, aquel santo superior (Leschassier), que se hallaba allí con la comunidad, en tiempo de vacaciones, lo recibió con un rostro glacial y lo despachó penosamente, con aire seco y desdeñoso, sin querer ni hablarle, ni escucharlo» (Blain, 218).

 

Los intentos de acercarse a Leschassier, primero en privado y, por último, ante muchos eclesiásticos –probablemente para el funeral de Lévêque– fallaron, dejándole un dolor que agravaba la incertidumbre del momento. Blain, a quien seguimos citando, no condena ni desaprueba la conducta de Leschassier ni de cuantos en tales contingencias le cerraron la puerta a Grignion. Sería pretender demasiado del biógrafo que venera incondicionalmente los oráculos sulpicianos...

Una vez más, aquel granítico Leschassier no gusta, a pesar de todo, porque no podía faltar a su culto a la regla, la normalidad, el sentido común. Y también, ¿por qué poner en peligro su óptima fama de superior general de uno de los más célebres Institutos eclesiásticos franceses, en favor de un sacerdote que se señalaba por el amor al riesgo, lo inesperado, la impetuosidad? De hecho, el no querer acoger a Grignion no significa desaprobación, si en el fondo del corazón –recuérdese la carta del 12 de mayo de 1701 a mons. Girard: "Tiene una alta idea de la perfección", y la del 12 de noviembre siguiente al mismo Grignion: "No quisiera ni me atrevería a poner obstáculos a la gracia..." (ver cap. 9 de esta biografía)–. Existe casi la certeza de que lo guía el Espíritu del Señor.

 

«Júzguese el dolor del P. de Montfort al ver a hombres tan santos e iluminados en los caminos de Dios, dudar de su propio camino porque no quieren guiarlo por sendas perdidas o lejanas, o también por no atraer sobre ellos mismos la condena de ciertas acciones exageradas que él realiza» (ver Blain, 238).

 

Hemos subrayado el texto. Blain no podía explicarnos mejor la conducta de su "amado" director.

 

«Juzguen Uds. el dolor del P. de Montfort...

Quien no ha experimentado tales dolores no los imagina siquiera: cuanto más somos de Dios, más sensibles somos, más penetra en el alma el dolor y el espanto...

A tales situaciones se hallan expuestas las virtudes raras y los varones que tienen algo extraordinario: se piensa de ellos de maneras diferentes: dividen los corazones y las inteligencias; los más sabios y esclarecidos son los más reservados al respecto, por temor de condenar a un santo o canonizar a un hipócrita...

Confesaban que era un santo y hacían elogios, ya de su gran modestia, ya de su recogimiento, ya de su humildad, a menudo de su gran mortificación y austeridades, otras veces de su amor a la pobreza, de su celo y caridad y, sobre todo, de su entrañable ternura y devoción a la santísima Virgen. Y, ¡cosa extraña!, seguían dudando de que anduviera por la senda de los santos» (Ib.).

 

Volvemos nosotros a subrayar. Es el punto fundamental de la cuestión.

 

«Yo, muy atento a cuanto de él decían, no podía extrañar lo suficiente que lo creyeran santo, sin creer que anduviera por el camino de los santos. Y, predispuesto en favor del P. de Montfort, no me atrevía a dejar de dar crédito a cuanto todos creían; pero, como el mismo Grignion me precisó a propósito, todo esto era falseado y mal interpretado.»

 

No se nos hace extraño. Hay muchos santos, y muchos viven aún hoy entre nosotros, que no serán canonizados porque no caminan por el camino de todos. Por otra parte, incluso en las cosas sencillamente humanas, los más combatidos, los más contradichos, los más humillados son precisamente los que quieren hacer algo para levantarse sobre la áurea mediocridad.

A la pregunta concreta de Blain, responderá Leschassier: «Es muy humilde, paupérrimo, muy mortificado, muy recogido; y, sin embargo, me cuesta, pensar que lo guíe el buen espíritu».

 

El buen espíritu de San Sulpicio era la legalidad y la obediencia, la mesura y la reflexión: el Superior de ese maravilloso Instituto, de aquella forja de verdaderos sacerdotes, no debía renunciar ni siquiera por una vez a la norma corriente de juicio, la medida de la espiritualidad. Y sabemos que la medida de Leschassier –y de cuantos se creen superiores al humildísimo Leschassier– no es siempre la del Espíritu de Dios. Es la falla de los superiores que creen estar de parte de Dios y de Nuestra Señora sólo porque tienen que mandar...

Lo reconocía el mismo Leschassier cuando, tras la santa muerte de Luis Grignion, confesará al mismo Blain: «¿Ves? No sé entender a los santos...».

 

Y de acuerdo con el biógrafo, concluyamos también nosotros:

 

«Una respuesta tan humilde me edificó y satisfizo mucho más que todas las apologías que hubiera podido hacer de su juicio anterior» (Blain, 228).

 

Durante esta sorda guerra, Grignion proseguía su ministerio. En él seguramente se encontró con los juglares del Pont-Neuf, con los reclamos de la Curia sobre los lugares escogidos para la predicación, y sobre todo por ese particular auditorio de deshollinadores, harapientos y pobretones le llegó la desaprobación de los eclesiásticos más calificados.

Naturalmente la guerra contra su ministerio terminaba por poner en tela de juicio su forma de predicar. Se llegó aun a invitarlo a hacer dirigir meditaciones en la cripta de San Sulpicio donde los seminaristas y los censores podían a su gusto controlar si la forma adoptada por el sacerdote de la pobrería constituía un cómodo refugio para la ignorancia, para la incompetencia y para la falta de preparación. En esa oportunidad, Grignion eligió uno de los textos más gratos a su piedad personal; parafraseó el cántico mariano del "Magníficat". Blain anota:

 

«Nada más devoto e impactante que lo que dijo: la atención y gusto del auditorio eran la prueba de ello. Pero la crítica maligna y la envidia secreta que lo persiguieron por todas partes, no encontraron qué alabar, nada que no fuera digno de lástima y menosprecio... No aprobarían nada de lo que sale de la boca de un ministro lleno de celo y tenido en alta reputación de virtud; se le hacen burla sobre las palabras menos insignificantes; no le perdonan ninguna palabra inadvertida; le arman proceso por todo» (Blain, 246-248).

 

Claro, la forma de predicar de Grignion se adapta más a los pobres que a los seminaristas, y él mismo lo afirmó muchas veces. Era sencillo, a estilo evangélico, sin elocuencia a la moda, persuadido como estaba de que la locura de la cruz tiene el poder de confundir la sabiduría del mundo y triunfar sobre la vana filosofía y sobre la elocuencia profana.

 

«Después de haber preparado bien las materias y haberlas ordenado en la inteligencia, calentaba su corazón en la oración y buscaba esos dardos de fuego, esas palabras ardientes, esas expresiones y movimientos divinos, que admiramos en los profetas y en los apóstoles, que arroban al auditorio, penetran en su corazón y realizan su conversión» (Blain, 249).

 

Como podemos ver, Blain –que se define como testigo atento– ha descrito muy bien, y lo hace a través de todo el artículo 58, la forma que podía agradar a los deshollinadores y a los harapientos, pero que no podía ser del gusto de los "pavitos" del seminario, acostumbrados a oír a los "grandes" de la elocuencia y –como acontece a menudo en los institutos religiosos– que creen estampar con su aprobación personal un sello de nobleza al predicador.

Por fortuna, los demás, aquellos eclesiásticos de quienes dependía el bien de las almas, pensaban de otro modo, y cuando el futuro obispo de Chalons del Maine, el sacerdote Madot, superior de los sacerdotes diocesanos adscritos al Monte Valeriano, pidió al cardenal De Noailles un buen sacerdote para arreglar las cosas en el célebre monte-santuario, vio que le recomendaban al sacerdote de los harapientos...

El Monte Valeriano, a pocos centenares de metros del centro de París es una cumbre totalmente aislada que, desde sus 181 metros, domina la curva noreste del Sena y ofrece un panorama completo sobre la ciudad. Desde los comienzos del cristianismo había sido siempre la sede ideal de ermitaños y cenobitas, y entre los bosques y lujuriantes olas de verdor, todavía en el siglo XVII congregaba a hombres de vida espiritual y santidad.

En 1634, el sacerdote Huberto Charpentier se había preocupado por la erección de una iglesia al final de un adecuado "Viacrucis" de siete capillas y muchas estatuas tamaño natural. Desde entonces el Monte Valeriano se había convertido en meta de numerosas peregrinaciones, en tal forma que una disposición del arzobispo había asignado al cuidado y asistencia de los fieles un numerosos grupo de sacerdotes para dejar a los ermitaños la cumbre, la capilla central y la soledad. Pero las cosas entre las dos comunidades religiosas nunca habían sido tranquilas, aunque sin trascender, y entre los dos grupos persistían tensiones y antipatías.

Pero oigamos cómo lo narra Blain:

 

«Creo que fue entonces cuando lo enviaron al Monte Valeriano a trabajar para devolver la unidad a los espíritus divididos de los buenos frailes ermitaños que tienen allí una comunidad. Su vida es muy retirada, muy austera y en un silencio casi perpetuo. Se acerca mucho a la de la trapa: también he oído dar a esa casa el nombre de la "Pequeña Trapa".

El superior de aquellos buenos ermitaños era el más anciano de ellos, llamado Fray Juan. Por largo tiempo los gobernó en la paz y la unidad; pero finalmente la discordia se asentó allí en medio de ellos; y no sé por qué motivo.

El señor abate Madot, actualmente obispo de Chalón-sur-Marne, que era su superior, habiendo inútilmente tratado de restablecer la paz por sí mismo y por medio de otros, creyó que el P. Grignion era el hombre adecuado para ello, gracias a su excepcional fervor y a su buen ejemplo. Le pidió, pues, que se encargara de esta tarea. El siervo de Dios la aceptó y partió inmediatamente, en época de invierno muy áspero y riguroso, para subir a aquella montaña, la más elevada en la cercanías de París, donde el viento, las tempestades, las lluvia, el frío, el calor y todas las incomodidades de las estaciones se hacen sentir más fuerte que en ninguna otra parte.

Su recogimiento, su espíritu de oración, su fervor, su mortificación dejaron admirados a aquellos buenos frailes y los renovaron. Seguía la marcha de sus ejercicios y les daba ejemplo de todas las virtudes más difíciles. Aquellos solitarios tan austeros ya no lo parecían frente a él, porque a todas las penitencias de ellos añadía las suyas propias. Entre ejercicio y ejercicio de comunidad, lo veían, en su capilla, siempre de rodillas y en oración, helado y temblando de frío, porque su pobre sotana y quizás alguna franela rota no lograban darle calor y defenderlo de la aspereza del frío que es más riguroso en las alturas. Tuvieron lástima de él y le pidieron que aceptara uno de sus hábitos. Y así el hombre de Dios revestido de la indumentaria blanca de aquellos ermitaños, parecía y vivía entre ellos como uno del grupo.

Impactados por sus extraordinarios ejemplos de virtud, sacudidos por la gracia y unción de sus palabras, conquistados por su dulzura y humildad, no tardaron en rendirse a sus deseos y unir su voz a la de él, para restaurar en medio de ellos la paz y la concordia, que habían sido desterradas» (Blain, 253-257).

 

Se alcanzó la paz sobre el Monte Valeriano entre ermitaños y clero diocesano. Y no parece que esa paz y concordia en el trabajo hayan sido perturbadas por casi ochenta años: hasta que la Revolución, acabó con frailes, clero, iglesia y viacrucis, y profanó el monte con construcciones de guerra.

Regresando a París a dar cuenta del resultado de su misión, a fines del invierno de 1704, Grignion no conservó nada para sí, ni siquiera el hábito blanco que devolvió a los ermitaños en el acto de despedida. Pero un recuerdo, sí, lo llevó consigo: la visión de aquel Viacrucis y de aquel calvario con sus estaciones y estatuas al natural... Algunos años más tarde construyó uno semejante en la llanura de la Magdalena, en el ducado de los Coislin, en Pontchâteau.

Si San Sulpicio no respondió a las peticiones de Grignion, tocó una vez más a la Compañía de Jesús, en la persona del P. Descartes que la Providencia le permitió encontrar a dos pasos de San Sulpicio, en el noviciado de la misma calle Pot-de-Fer, escuchar a su antiguo alumno.

 

«Incierto, entonces de sus caminos, no sabía qué camino coger. Su oráculo había enmudecido y no quiso responderle más...» (Blain, 217).

 

Pero, ¿cuál era la verdadera pregunta que deseaba plantear?

 

«Este gran amigo de la pobreza se retiró entonces a un pequeño hueco de una humilde casa, al lado del noviciado de los jesuitas. Allí, tan escondido y desconocido, apenas si logré encontrarlo, en un lugar tan semejante al establo de Belén. Sólo era, en efecto, un pequeño desván, debajo de una escalera, que el sol a duras penas podía iluminar. No vi otros muebles que una escudilla de barro cocido y, si no me equivoco, una cama miserable que no era, lo mismo que el lugar, adecuada sino para mendicantes y miserables...

Pero Dios sabía también resarcirlo en todas partes de su pobreza, y de sus humillaciones y sufrimientos, dándole comunicaciones tan íntimas y frecuentes, que el servidor de Dios pasaba la mayor parte del día y de la noche en oración, que llegó hasta dudar de si no debía abandonar, o al menos suspender por algún tiempo, las funciones del ministerio, para responder a esta poderosa atracción. Pidió consejo al respecto, pero, al parecer, le aconsejaron proseguir el ejercicio de su celo, porque no lo interrumpió en forma alguna» (Blain, 220-222).

 

Allí al desconcertado cronista se le abre la maravillosa certeza del mundo interior en que Luis María se espacia en la contemplación, desde la oración de quietud hasta la unión mística. Es el mundo reservado y exclusivo del Señor y de las almas, pero que debemos tratar al menos de comprender, porque el lugar espiritual se confunde con la forma en que Grignion logra la verdadera fisonomía que seguirá inalterada hasta la muerte.

Es el momento en que la espiritualidad del santo sacerdote toca las cumbres del arrobamiento en Dios. Los meses pasados en el hueco del Pot-de-Fer constituyen el adviento de una navidad apostólica y misionera. Sólo comprendiendo ese momento del espíritu se podrá comprender la fuerza de la actividad que de aquí tomará el despliegue pastoral que todavía esperamos.

Precisamente por esos días, el 12 de noviembre, moría en la Bastilla la legendaria "Mascara de hierro" que será sepultada en el minúsculo cementerio de la iglesia de San Pablo, en la Calle San Antonio. De esa tumba excavada en tierra, no saldrá jamás. al menos hasta hoy, la verdadera persona y la auténtica historia del personaje.

Casi al mismo tiempo desaparece un personaje que conocemos muy bien: Luis María Grignion, para hacer nacer al P. de Montfort, o mejor a Montfort. A partir de este momento firmará y se hará llamar así: hombre sin casa, sin familia, sin morada, desprendido de todos y de todo, exactamente tal como escribirá en la Súplica Ardiente:

 

«¿Qué te estoy pidiendo?

Hombres libres con tu libertad, desapegados de todo: sin padre, sin madre, sin hermanos, sin hermanas, sin parientes según la carne, sin amigos según el mundo, sin bienes, sin estorbos ni preocupaciones, y hasta sin voluntad propia...., esclavos de tu amor y de tu voluntad, hombres según tu corazón, hombres que, sin voluntad propia que los manche o los detenga... Nubes levantadas de la tierra y llenas de celestial rocío, que vuelen sin obstáculos por todas partes al soplo del Espíritu Santo...» (nn. 7-9).

 

Este nacimiento tuvo lugar en un laborioso parto, hecho de renuncias y padecimientos, a la manera de San Sulpicio. Y la vida, la nueva vida, la verdadera, que lo anima, ya no es más la del hombre pobre, sino la de Cristo. Nace Cristo en Luis María, vivo y operante en María, aferrado a la cruz como en un trono, como comida, bebida, eternidad, premio y corona, visión e ideal.

¿Qué hacen los contornos humanos sino enmarcar el rostro de Cristo?

La Sabiduría, Cristo, en pos de quien ha corrido por años, por siglos y que ahora lo conquista. No se habla de doctrina, ni de prudencia, sino de Sabiduría; no de la ciencia sino del Maestro; no de la actitud exterior, sino de la gracia vivificante. Es la Sabiduría que es Cristo, es Jesucristo, Sabiduría encarnada –fin de toda santidad y de toda devoción–; que sólo existen si llevan a vivir en Cristo.

 

«Sabiduría, ven, te llama un pobre;

sí, ven, que por la sangre de Jesús

y las dulces entrañas de María

no quedaremos nunca confundidos.

 

¿Por qué, por qué prolongas mi martirio,

si yo te estoy buscando noche y día...

 

Ábreme, ábreme, amor; abre la puerta;

abre que no soy un desconocido

mira que te amo y busco locamente

y en ti tan sólo encuentro mi descanso.

 

Pero si tú no quieres que sea tuyo,

déjame importunarte una y mil veces

y buscarte y buscarte y no encontrarte...»

 

(CT 124,1-4; BAC 660-661).

 

Estas estrofas del más hermoso de los Cánticos de la colección del futuro misionero (Los deseos de la Sabiduría), pueden traicionar el ansia y el temor de perder con Cristo todas las cosas.

En la contemplación de aquellos días y noches, la Sabiduría se le revela en dos rayos, dos estados o actitudes inconfundibles: la cruz y la Virgen María. Son las formas que la Sabiduría misma ha utilizado para encarnarse y salvarnos. ¡Sin María y sin la Cruz no es posible entender a Jesucristo!

La contemplación realiza el último golpe sobre el granito del hombre Grignion que se ha colocado en las manos de Dios como cera para ser moldeado, como un laúd entre las manos de un hábil tañedor. La Sabiduría  se destaca del mundo contemplado por la mirada mística y entra en su espíritu: viene a él, se queda en él, es parte de él, es vida de él. Siempre con esos dos rayos que se llaman: Cruz y Nuestra Señora.

Su temática espiritual quedará así compuesta sobre el modelo del plan providencial de la salvación, como en un cuadro que no describe momentos, pero va pintando la realidad que hay que vivir.

Pero, para Montfort la contemplación se convierte en mensaje que hay que transmitir; no se detiene en su espíritu sino lo poco que es necesario para suscitarle el jadeo de la santidad y el anhelo de divulgar; no la guarda para sí, sino que la ofrece para toda la humanidad que quiera beneficiarse de ella.

En los meses de soledad penosa pero radiante, escribe la obra maestra de su literatura espiritual: el Amor de la Sabiduría Eterna (BAC, 117-207), poderosa síntesis de la cual tomarán aliento, de vez en cuando, los demás opúsculos y tratados, y en la cual hay que enmarcarlos para que puedan comprenderse adecuadamente. Quizás, utilizando los apuntes de las meditaciones dictadas en la Sala de la sagesse de Poitiers, sirviéndose de la lectura de las obras de Saint-Jure, de Nepveu, de Olier y de Bérulle, con algunas anotaciones tomadas del anterior Cuaderno de Notas, y sobre todo con la incontenible ola de entusiasmo y de convicción cosechadas en la revelación interior, Luis María compone un pequeño volumen que es mucho más que un simple libreto de piedad.

No es un libro para leer, sino para vivir.

Con Cristo y según Jesucristo.

No se lo aprende en pocas horas, sino con toda la existencia.

La limpidez y la coherencia a las que favorece la sencillez del estilo, lo hacen accesible a cualquiera por indocto y hasta iletrado que sea, y quizás más a éste que a los iluminados. Los modernos podrán ampliarlo, criticar o rechazar, ¡cómo no! Pero no pueden derruirlo; podrán añadirle preciosos fragmentos de exégesis y precisiones teológicas, de historia y de filosofía, pero sin alterarlo ni mutilarlo.

Pocas líneas son suficientes para trazar el esquema.

El Verbo de Dios, la Sabiduría Eterna, la altísima y poderosa consejera del Creador y artífice del universo, quiere la salvación del hombre; por milenios lanza a la humanidad afligidas llamadas y frecuentes invitaciones de esperanza. Cuando en el Consejo del Eterno e decide la Encarnación, la misma admirable Sabiduría se hace carne y el Verbo se asoma al mundo deshecho, como Redentor y Salvador. En Cristo las invitaciones se convierten en reales testimonios de amor y de misericordia. En Jesucristo se hace realidad el impensable acontecimiento y María lo adecúa y lo calibra a la pequeñez humana. La salvación se cumple en una crucifixión que no es un episodio, sino un mensaje y un tema. La palabra y los milagros han quedado fijados en el evangelio, en la predicación apostólica, aparece como la sublimación de la humanidad crucificada del Verbo. Desde ese momento la obra de Dios comienza el verdadero trabajo de redención de las personas y se transmite como Vida de gracia; basta con que el hombre se acerque a Cristo e intente lo increíble, de hacer vivir a Cristo en sí y de vivir en Cristo. El camino que el hombre debe recorrer para una unión perfecta, se presenta bajo formas diferentes que la hagiografía de todos los siglos ha consagrado; pero una forma, la más lógica e inmediata, es ese recorrido del Verbo desde la encarnación hasta la resurrección: el camino que pasa a través de María santísima. Es el medio eficaz por ser sencillo, exacto por ser divino, humano por ser natural.

Para poseer la Sabiduría hay que "desearla" y "pedirla con súplicas y gemidos", mientras que la condición sine qua non para alcanzarla es el desprecio del mundo y el ejercicio de la virtud. La devoción a la Virgen María no es una de éstas, ni una forma de ascesis del alma, sino el medio ideal de la realización del gran proyecto. El hombre que se arroja en María, como un día el Verbo, no llegará a la santidad por esto sólo; ¡largo es el camino que hay que recorrer para completar la imitación de Cristo, más aún de Cristo crucificado!

El libro termina así con los acordes de una espléndida sinfonía mariana, ofreciendo al alma el tema de la perfección y de apostolicidad, del celo y de la caridad.

De aquí tomará aliento el futuro Tratado de la verdadera devoción: "Por medio de la santísima Virgen María vino Jesucristo al mundo, y también por medio de ella debe reinar en el mundo" (VD, 1).

Este Amor de la Sabiduría Eterna no es un libro que se lee sólo para meditar. Es una llamada que se escucha de pie, listo a trabajar. Es, como se ve, un desarrollo de impronta evangélica, y es por esto que cada página redunda de evangelio. Es uno de esos pocos libros cuyas páginas, si las dispersara el viento, podrían recogerse y colocarse sobre el escritorio, o mejor, sobre el reclinatorio del verdadero cristiano. Y seas quien seas puedes encontrar en él, para el momento justo la palabra adecuada que infunda energía y permita recuperar el deseo de amar a Jesucristo.

La interrogación giraba, pues, sobre la suavísima alegría que le sugería la contemplación en el receptáculo de la humildad, bajo la escalera del Pot-de-Fer. Las últimas incomprensiones de Nantes a París, además, lo impulsaban a considerar que no era apto para la predicación ni para las funciones del sagrado trabajo misionero. ¿Algo de desaliento?

Ahora entendemos por qué buscaba con afán una respuesta.

Dios, el Padre que nunca defrauda, pensó por su parte, en confirmar cuanto le dijo el jesuita Descartes, en la secuencia de los acontecimientos, entre los cuales hemos incluido ya la paz restablecida en el Monte Valeriano.

Pertenecen a este período ciertas cartas del P. de Montfort, que citaremos en cuanto que confirman el estado de ánimo que hemos vislumbrado en Montfort.

La primera va dirigida a María Luisa de Jesús, en Poitiers, donde ella sigua aguardando una respuesta sobre su propio futuro de religiosa.

Realmente, en aquellos meses, tras la inesperada partida de su director refugiado en París, hallándose en la necesidad de ver de sí misma, también María Luisa abandona el Hospital y sigue probablemente una decisión tomada precisamente con ocasión de esa novena pedida por Montfort: quiere hacerse religiosa "en una posición seria", dado que habiendo quedado sola, le parece hasta haber sido abandonada a su propia suerte. Siguiendo las indicaciones de un director ocasional, se presenta en el monasterio de las Canónigas de San Agustín en Chatellerault, para ofrecerse como laica conversa "con el fin de no mortificar a sus padres y en espíritu de pobreza" (BML, 29) como le había inculcado Grignion. Así, pues, sin dote y en el más absoluto ocultamiento. ¿Cuánto duró la experiencia? Tres o cuatro meses, dado que en octubre está de nuevo en el Hospital de Poitiers y recibe la carta de Montfort.

¿Supo Montfort de ese intento? Quizás no, y si lo supo, dado que es mucho más prudente de cuanto se piensa, sabe que María Luisa es perfectamente libre de sí misma y puede muy bien responder no a su propuesta, y además, sabio como ha aprendido a serlo, sabe muy bien que la Providencia se la traerá de nuevo si el proyecto viene del Señor. De todos modos, no aludirá jamás a ello en las cartas del momento ni en las posteriores, a menos que se quiera ver un poco de amargura en las primeras líneas de la carta que envía precisamente ahora.

 

de París, el 24 de octubre de 1703

«Hija carísima:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

No pienses que la distancia física o el silencio externo me hayan hecho olvidar tu caridad para conmigo ni la que debo profesarte. Me dices en tu carta que tus deseos de hacerte religiosa permanecen tan fuertes, tan ardientes y constantes como siempre. Es una señal infalible de que provienen de Dios. Tienes entonces que poner en Él toda tu confianza; ten por seguro que obtendrás más de lo que piensas. El cielo y la tierra pasarán antes que Dios falte a su palabra permitiendo que una persona que espera en El perseverantemente vea frustrada su esperanza. Experimento que sigues pidiendo la divina Sabiduría para este miserable pecador a través de cruces, humillaciones y pobreza. ¡Ánimo, querida hija!  ¡Ánimo! Te quedo infinitamente agradecido. Experimento los efectos de tus plegarias, porque me encuentro empobrecido, crucificado y humillado como nunca. Hombres y demonios, en esta gran ciudad de París, me arman una guerra muy amable y dulce. ¡Que me calumnien, que me ridiculicen, que hagan jirones mi reputación, que me encierren en la cárcel! ¡Qué regalos tan preciosos! ¡Qué manjares tan exquisitos! ¡Qué grandezas tan seductoras! Son el equipaje y cortejo de la divina Sabiduría, que Ella introduce consigo en casa de aquellos con quienes quiere morar. ¡Oh! ¿Cuándo lograré poseer esta amable y desconocida Sabiduría? ¿Cuándo vendrá a morar en mí? ¿Cuándo estaré tan engalanado que pueda servirle de refugio en un lugar donde se halla sin techo y despreciada? ¡Oh! ¿Quién me dar a comer ese pan del entendimiento con el que Ella alimenta a sus mejores amigos? (Quién me dar a beber ese cáliz con el que calma la sed de sus servidores? ¡Ahí ¿Cuándo me hallaré crucificado y perdido para el mundo?

No dejes, querida hija en Jesucristo, de compartir mis súplicas encaminadas a satisfacer estos anhelos míos. Puedes hacerlo ciertamente. Lo puedes, de acuerdo con algunas amigas. Nada puede resistir a tus plegarias. El mismo Dios –con ser tan grande– no las puede resistir. Se ha dejado, afortunadamente, vencer por una fe viva y una firme esperanza. Ora, pues; suspira, implora para mí la divina Sabiduría; la obtendrás toda entera para mí. Así lo creo»

(sin firma)

(Carta 16; BAC 94-95).

 

De Rambervilliers donde está empezando su año de noviciado, la hermana Guyonne-Jeanne le manda a decir –quizás con las benedictinas de Rue Cassette– que una enfermedad no definida le hace temer que no sea apta para la vida religiosa con las Madres que consagran la vida a la adoración y reparación continuas: quizás la lejanía de Bretaña, la falta del hermano y un doloroso recuerdo de la familia le causan un tanto de melancolía...

Luis María –probablemente en el verano de 1703– le envía una carta que constituye un himno a la fuerza purificadora del dolor.

 

«Querida hermana:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Me alegro de tener noticia de la enfermedad que el Señor te ha enviado para purificarte como oro en el crisol. Debes ser una víctima inmolada sobre el altar del Rey de los reyes para su eterna gloria.

¡Qué destino tan sublime! ¡Qué vocación tan excelsa! Casi siento envidia de tu felicidad.  

Ahora bien: ¿cómo puede esta víctima serle totalmente agradable si no está interiormente purificada de toda mancha, por insignificante que sea? Este Santo de los santos encuentra manchas aun donde la criatura no ve sino belleza. Con frecuencia, su misericordia se anticipa en nosotros a su justicia, purificándonos con la enfermedad, que es el crisol ordinario para purificar a sus elegidos.  ¡Qué felicidad la nuestra si Dios mismo se digna purificar y preparar la víctima a su gusto! En cambio, ¿a cuántas otras abandona para que se purifiquen a sí mismas o por medio de otros?  Y ¡cuántas más son recibidas como víctimas sin pasar por las pruebas ni por el tamiz de Dios!

¡Ánimo, pues, ánimo! No temas al espíritu maligno, que te dirá con frecuencia durante la enfermedad: No llegarás a profesar a causa de tu poca salud. Sal del monasterio y vuélvete a tu casa. Vas a quedar en la calle. Serás una carga para todos... Aunque el cuerpo te duela, ten firme el ánimo, pues nada te conviene tanto en el presente como la enfermedad.

Pide y haz pedir la divina Sabiduría para mí, que en Jesús y María soy

Tu hermano...»

(Carta 17; BAC 95-96).

 

Pero tras la enfermedad purificadora, queda la duda. Más aún, se diría que se da una forma de testaruda rebelión, naturalmente inconsciente, que le hace pesada la vida de comunidad y la vida religiosa en general. Ciertos reclamos de la superiora, ciertos contrastes con las hermanas... y alguna leve amenaza de exclusión llevan Guyonne-Jeanne a querer convertirse en profesa a la fuerza. El hermano que adelanta la dura prueba de la cruz y del aislamiento, que siente la falta de un director espiritual, le escribe con lealtad y fuerza:

 

«Hermana carísima en Jesucristo:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Todos los días doy gracias a nuestro Dios de bondad las misericordias que realiza en favor tuyo. Trata de corresponder con fidelidad absoluta a cuanto te pide.  

Si no es Dios el único que te abre la puerta del convento donde te encuentras, no entres en él. Aunque tengas una llave de oro hecha ex profeso para abrirte la puerta. Porque ésta se transformaría para ti en la puerta del infierno.  

Se necesita una especial vocación para ingresar entre las Hijas del Santísimo Sacramento, pues su espíritu es elevadísimo. La verdadera religiosa del Santísimo Sacramento es una verdadera víctima en cuerpo y alma. Se alimenta con el sacrificio continuo y universal: el ayuno y la adoración sacrifican su cuerpo; la obediencia y la renuncia sacrifican su alma. En una palabra: todos los días muere viviendo y vive muriendo.  

Haz cuanto te manden en esa casa.  

Todo tuyo.

de Montfort»

(Carta 18 – BAC 96-97).

 

La carta es del mismo octubre de 1703. Fortalecida y sostenida más por las oraciones que por las palabras de su santo hermano, Guyonne-Jeanne prosigue su camino de noviciado con mejor espíritu y tranquila serenidad.

 

De su pluma hemos recogido también ese afligido: No tengo aquí amigos... los que en otros tiempos tuve en París, me han abandonado (ver Carta 15). Aunque debemos afirmar que el ambiente no le era del todo adverso. Quería decir quizás que ninguno se mostraba pronto a defenderlo y apoyarlo... Algún amigo le ha quedado y ¡qué amigo!

En mayo de 1703, Luis María estipula un contrato con el antiguo condiscípulo y conciudadano Claudio Poullart des Places. Su encuentro y las confidencias que llevaron a aquel contrato nos ayudarán a comprender la evolución espiritual de Montfort. Claudio-Francisco Poullart había nacido en Rennes en 1679 y había estudiado también en el colegio de los jesuitas. Luego de algunos años de dispersión se había dedicado definitivamente al estudio del derecho en otro colegio jesuita más famoso, Louis-le-Grand, cerca de París. De estudiante –y queremos recordar que en esos años y en ese colegio estaban el joven Arouet, el célebre Voltaire– se dedicaba enteramente al apostolado sobre todo entre los deshollinadores a quienes impartía lecciones de catecismo en la iglesia de san Benito. En 1702, resuelto a hacerse sacerdote, recibe la tonsura.

Ya tuvimos oportunidad de poner de relieve cómo la verdadera llaga del clero francés era la falta de clero apto y preparado. No obstante la imponente obra de reforma intentada por las grandes instituciones –modelo la de San Sulpicio– muchas regiones permanecían siempre sin clero capaz, porque en fin de cuentas –y el tirocinio de Montfort es la prueba de ello– la permanencia en el seminario costaba demasiado. Muchos jóvenes no se hicieron sacerdotes por no tener dinero y seguramente entre éstos se hallaban los mejores. Y aquellos pobres que llegaban a serlo o lo hacían con segundas intenciones o terminaban clandestinamente en alguna diócesis menos actualizada.

Los intercambios de información que se hicieron los dos al reencontrarse en París en 1702 a propósito de la dolorosa situación de los campos y de los sacerdotes dispersos en los poblados, sirvieron para sacudir fuertemente a Poullart des Places. Con dificultades y a sus expensas creó un seminario «para promover eclesiásticamente, en forma pobre y gratuita, en el espíritu del Concilio de Trento, durante el curso de varios años, a los estudiantes pobres... con el intento... de reformar al clero del campo, de proveer de esa manera a las parroquias pobres y pequeñas con buenos sacerdotes, a los pueblos y regiones grandes con buenos vicarios, capellanes y maestros de escuela, de formar operarios evangélicos para el reino (de Francia) y para el exterior, de formar buenos sacerdotes para todos los oficios en la Iglesia, haciendo de ellos trabajadores, pobres y desinteresados...» (Receuil Thoisy, c 9 [al 14] 273 – en Le Floch, Claude-François Poullard des Places, París 1906, pp. 273-274).

 

El seminario fue inaugurado ante Nuestra Señora de la Bonne Délivrance en la parroquia de Saint-Etienne-des-Grés, el 27 de mayo de 1703. Luis María de Montfort fue invitado a la ceremonia y probablemente a ofrecer una serie de predicaciones preparatorias.

Uno de los biógrafos más documentados, Besnard, afirma que en esa ocasión pidió al amigo Poullart des Places que entrara a formar parte del grupo misionero que el mismo Montfort quería crear; y que él respondió que no se sentía inclinado a la predicación, pero que proveería a alimentar al grupo con sacerdotes formados en su propio seminario.

Al referir esta noticia de Besnard, dudábamos un poco, porque el contrato de colaboración nos parece poco probable. ¿Cómo podía Montfort pensar en un grupo misionero si él mismo no era misionero? Y si ya soñaba –y podemos también creer que es admisible– en la Compañía de misioneros para la gente, probablemente habló de ella con el amigo, pero sin proponerle, al menos por ahora, entrar en ella. Quizás el episodio debe colocarse unos años más tarde y gozaría entonces de toda validez. En efecto, en la Regla de los Sacerdote misioneros de la Compañía de María, siempre alude a al seminario parisino de Poullart des Places, aunque la forma externa del texto podría insinuar la existencia de un seminario propio.

Sea lo que fuere, la amistad entre los dos se mantiene firme y fecunda. Poullart des Places fundó la Congregación de los espiritanos, llegó a ser sacerdote y se hizo santo. La alianza espiritual entre los dos se mantuvo y fue confirmada por el regalo que Montfort, hizo el día de la inauguración al nuevo Instituto de una estatua de María en madera, tallada por él mismo. Ciertamente Montfort consideró la posibilidad de comprometerse con este seminario, tanto que considera la obra naciente en cierta forma como una creación personal suya.

Y los espiritanos vieron siempre en Montfort a más del amigo del Fundador, el padrino de la Congregación.

Al bajar del Monte Valeriano, dos noticias interesantes lo esperaban: la primera era la de la profesión de su hermana en Rambervilliers, la segunda una llamada urgente del Hospital de Poitiers.

A su hermana le escribió inmediatamente:

 

«Querida víctima en Jesucristo:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

No puedo agradecer lo suficiente al Dios de bondad el haberte convertido en víctima perfecta de Jesucristo, enamorada del Santísimo Sacramento y suplemento de tantos cristianos y sacerdotes infieles.

¡Qué honor para tu cuerpo el ser inmolado sobrenaturalmente durante una hora en adoración ante el Santísimo! ¡Qué honor para tu alma el hacer en esta tierra, sin gusto, sin conocimiento, sin la luz de la gloria, en la sola oscuridad de la fe, cuanto hacen en el cielo los ángeles y santos con tanta complacencia y claridad! ¡Cuánta gloria da al Señor en este mundo una fiel adoratriz! Pero ¡qué raro es hallarla! Porque todos, incluso los más espirituales, ansían gustar y ver. De lo contrario, se hastían y entibian. Y, sin embargo, sola fides sufficit: ¡basta la fe!

En fin, hija fiel del Santísimo Sacramento, ¡qué provecho, qué riqueza y qué placer los tuyos cuando te encuentras a los pies de este rico y dignísimo Señor de los señores! ¡Animo!, ¡Animo! Enriquécete, regocíjate al consumirte cada día como lámpara encendida. Cuanto más des de lo tuyo, tanto más recibirás de lo divino.  

Y después de haberte felicitado, (no tengo, acaso, razón de felicitarme a mí mismo, si no como hermano tuyo, al menos como tu sacerdote? Porque ¡qué alegría, qué honor y qué ventaja para mí el contar con la mitad de mi sangre que repara con sus amorosos sacrificios los ultrajes que –¡ay de mí!– infiero tantas veces al amable Jesús en el Santísimo Sacramento, sea por mis comuniones hechas con tibieza, sea por mis olvidos y abandonos inconcebibles! ¡Oh¡ Yo triunfo en ti y en todas tus dignas Madres, porque me habéis alcanzado las gracias de las cuales yo y los demás infieles ministros de los altares nos hacemos indignos por nuestra poca fe.  

Salgo en seguida para el Hospital de Poitiers.  

Te suplico, hermana mía, que ames sólo a Jesús en María, y por María, a Dios sólo y en El sólo.  

Todo tuyo.»

(sin firma)

(Carta 19 – BAC 97-98).

 

Era la mitad de marzo de 1704. La comunicación enviada a su hermana sobre la inminencia de su viaje a Poitiers, tiene que ver, precisamente, con la segunda noticia recibida en su escondrijo del Pot-de-Fer. Blain le entregó una carta dirigida al P. Leschassier de parte de los pobres de Poitiers y que tenía que ver con él.

 

«Nosotros, cuatrocientos pobres, le suplicamos muy humildemente, por el mayor amor y la gloria de Dios, que nos haga venir a nuestro venerable pastor, ése que ama tanto a los pobres, el P. Grignion.

¡Ay! Señor, sentimos como nunca la pérdida que hemos sufrido para la salvación de nuestras almas. Porque en cuanto a los bienes de este mundo, no son éstos los que nos inquietan: la Providencia provee a nuestras necesidades y creemos que él con sus oraciones nos ha alcanzado de Dios una nueva superiora que posee todas las condiciones que se pueden desear para las cosas temporales. Es de elevada condición, viuda riquísima, que ha provisto ricamente a sus hijos. El demonio sólo busca nuestras almas... La mies es muy abundante y hay pocos obreros; él preveía bien todo esto...

Carísimo señor, ¿no lograrán nuestras apremiantes necesidades conmover su corazón que ama a Dios y su gloria y la salvación de las almas? Ud. recibirá gran gloria por ello: ¡qué bien tan grande hará al enviarnos a nuestro ángel! Los pobres son siempre despreciados y no se escuchan sus humildes súplicas. Lo pedimos también a nuestro ilustrísimo y reverendísimo obispo, quien nos dice que ya lo ha llamado dos veces... Los grandes no gustan de ser rechazados, y en este caso hay que olvidar totalmente los intereses de Dios (no escuchándolo). Creemos que su caridad y celo por las almas nos concederán esta gracia grande que le pedimos en nombre de todas las amabilidades del buen Jesús y de su santa Virgen Madre de Dios.

¡Señor! Si él estuviera aquí, con la nueva superiora, ¡qué reglamentos y qué justicia no haría reinar en esta casa! Perdón, bondadoso señor mío, por el atrevimiento que nos tomamos: es, de todos modos, nuestra indigencia la que nos impulsa a importunarle, y también las grandes penas que padecemos.

Por último, Dios mío, consuélenos y perdónenos nuestros grandes pecados que nos han merecido semejante desgracia. Si podemos verlo de nuevo, seremos más obedientes y fieles en consagrarnos a Dios a quien imploraremos, señor, le conserve a Ud. y le aumente las bendiciones y perseverancia final.

Los pobres de Poitiers»

(Pauvert, p. 140).

 

Fuera de la evidente retórica de quien redactó la carta, los hechos corresponden a la realidad. La situación del Hospital, a diez meses de la partida de Montfort, había ido empeorando desde el punto de vista disciplinar y moral. La nueva directora que había sustituido a la inepta Dame de París era una buenísima conocida de los hospitalizados cuya providente benefactora había sido siempre. Se llamaba María de Villeneuve, viuda Bodet De la Fenêtre, y fuera de la piedad religiosa y la abundancia de dinero, tenía óptimas cualidades de administradora. El puesto de capellán, no obstante la afanosa búsqueda efectuada por el Consejo de Administración, estaba prácticamente vacío, aunque en los últimos meses había un sacerdote que a la llegada de Montfort no aparece ya con el título en los registros y memoriales.

¿Quién había pensado nuevamente en Grignion?

En primer lugar, al obispo. Ciertamente ya estaba esperando una respuesta dada a los dos enviados encaminados a París. Si esa respuesta no había llegado, no creemos que fuera por negligencia –que a los ojos de Montfort hubiera parecido una horrible rebelión– de Grignion; pero muy probablemente la invitación no habrá llegado al interesado quien se hallaba en el Monte Valeriano. La alusión "Los grandes no gustan de ser rechazados" deben entenderse como resignación de parte del obispo y como rechazo a ulteriores insistencias.

Y ciertamente los pobres... Una mano para extender la petición y sugerir la dirección de Leschassier debieron prestarla la Directora y sobre todo María Luisa de Jesús que no había vuelto a abandonar el Hospital y, por orden del obispo, tampoco el hábito. Si tuviéramos que aceptar que todos los pobres, todos los cuatrocientos estaban de acuerdo... pretenderíamos demasiado. Pero la mayor parte de ellos, ciertamente sí.

Por otra parte, los pobres, después de la referencia a las visiones de algún alma piadosa –y que muy poco podían conmover a Leschassier– piden prácticamente sometidos una vez más a la prueba.

Es útil preguntarse cuál era la actitud de Leschassier y su juicio sobre el asunto, dado que la carta lo invocaba directamente al caso como apelación decisiva. El prudente y atento observador de los manejos de la Providencia, una vez enviado a Blain a llevar la carta a Montfort –decimos Blain, o sea, el único amigo que le ha quedado a en San Sulpicio– quizás trataba de apoyar la petición al menos a título personal. No logramos ver en el gesto del sulpiciano una intención de "lavarse las manos". Preferimos pensar que, no pudiendo aprobar explícitamente a Montfort en público, lo anima secretamente. Está al corriente de las relaciones entre Grignion y Blain y, por ello, en cierta forma todavía lo sigue... a distancia, quizás.

Y esto constituyó en el fondo el verdadero rayo de sol en el cuartucho oscuro del Pot-de-Fer. ¿Fue suficiente ese mudo mensaje de Leschassier para hacerlo salir de allí, o lo fueron las dos llamadas del obispo, o el consejo del P. Descartes, o las palabras de aliento de Blain...? No lo sabemos bien. ¿Obedeció o eligió? Porque esta vez tenía la facultad de aceptar o rechazar, como lo hace intuir el gesto de Leschassier.

Sería cómodo y fácil decir que una vez más prevalece en Montfort la voluntad de obedecer y de escuchar a los superiores y el grito de los pobres. Pero el P. Grignion ya no existe; ahora es Luis de Montfort, es decir, tan cambiado en el espíritu –y la opción del nombre lo determina–, que si una decisión como ésta debía ser motivada, el motivo no lo habría encontrado fuera, sino dentro, pero en la conciencia de la propia definitiva vocación.

Se habían necesitado las desilusiones de Nantes, de Poitiers, de París; se había requerido de esos meses de dolorido retiro, y sobre todo aquellos del hielo del Monte Valeriano, para abrirle los ojos. Si alguna vez había dudado de sentirse llamado a "encerrarse" para servir a los pobres, hoy es cierto. Las experiencias demasiado breves de vida en descampado, evangélicas y apostólicas, las únicas que en el fondo lo defraudan, eran la verdadera indicación providencial de su puesto en la viña del Padre. Cambiando nombre y escogiendo el de su país natal, ha querido hacer desaparecer cualquier traza de colocación y fisonomía humanas, para ser sólo y para todos un "padre", para aquellos donde el nombre de "Montfort" podía significar algo: ¡no en París ni en Canadá, sino en Bretaña!

Al ofrecerle la posibilidad de regresar a Poitiers, Dios confirmaba la opción definitiva del sacerdote bretón. Poitiers no era Bretaña, sino el dintel de la casa, la etapa obligatoria impuesta por las circunstancias. El hecho de tener que encerrarse una vez más no eran renunciar, sino esperar.

Lo importante para Montfort, era estar en el puesto, en su patria, en el momento oportuno, porque Luis de Montfort se había decidido a ser misionero a disposición de los obispos de su Bretaña.

 

 

 

Capítulo duodécimo

EL MÁS DURO DE LOS FRACASOS

 

 

Por primera vez, debemos ayudarle a Blain, quien tras recibir del mismo Montfort amplias explicaciones sobre su forma de actuar, nos informa que luego de la reconciliación de los monjes del Monte Valeriano,

 

«Luis Grignion regresó a París, de donde, al crecer la persecución, se vio obligado a salir. Aquí, lo pierdo de vista y no puedo decir más, en forma ordenada, lo que sé de él o lo que he oído acerca de él. Le habían dado diez escudos para el viaje, pero, según su costumbre, comenzó, antes de partir por poner aquella limosna en manos de los pobres, como si él solamente hubiera sido el depositario. Era en el mundo el hombre menos preocupado por sí mismo y por sus necesidades. Luego de abandonarse en manos de Dios, no creía jamás que algo le hiciera falta, fundado así en su protección y sus cuidados. Comenzó a caminar a expensas de la divina Providencia, sin temor de agotar sus tesoros o fatigar su generosidad.

¿A dónde iba, pues? No lo sé con certeza. Creo que volvió a tomar el camino de Nantes, o de Poitiers, o de Bretaña. Sólo puedo, pues, estampar confusamente y sin distinción, muchas de sus acciones admirables y algunos sucesos maravillosos que hicieron ruido.

Comienzo por lo que le aconteció en Poitiers...» (Blain, 257-259).

 

Sabemos, ante todo, que recibida aquella oferta pecuniaria, no parte como fugitivo. Hizo una opción importante, definitiva. No abandona la capital por las habladurías o las maledicencias de la plebe o de los eclesiásticos. En cambio, nos parece que partió con la aprobación de lo realizado de parte del arzobispo, por ejemplo, que lo nominó para los monjes de la "Pequeña Trapa". Luego, otros párrocos lo llamaron a predicar; incluso en San Sulpicio había quienes, a pesar de alimentar algunas dudas sobre su forma exterior de actuar, como si fuera un problema (Blain, 253), iban a escucharlo por un motivo o por otro y lo seguían hasta en sus movimientos por la ciudad.

Y más adelante, sabemos con seguridad, que el camino emprendido era el de Poitiers, y sabemos qué motivos lo orientaban hacia allá.

Eran los últimos días antes de Pascua que ese año caía muy temprano, el 23 de marzo. Y así llegó a ese Hospital del que despedido en dos ocasiones había tenido que alejarse.

La casa parecía renovada, materialmente, por la nueva directora Bodet de La Fenêtre que, en confesión de los hospitalizados –pero ¿hasta qué punto laudatorios?– poseía egregias dotes de administradora. Pero ¿espiritualmente? La antigua llaga no se había cerrado todavía entre las servidoras y en la indisciplina.

Esta vez lo esperaban sobre todo las dos hijas predilectas, las primeras Hijas de la Sabiduría: sor María Luisa de Jesús y sor Catalina Brunet. Lo esperaban también los del Consejo y sobre todo los pobres. Todos por motivos diferentes y todos por el mismo: la salvación de la institución, y las hermanas por su vocación, los administradores para intentar salvarse –o al menos, salvar la cara– y los pobres por la supervivencia.

¡A su llegada, grandes besamanos, flores y hasta antorchas! El Bureau le confiere el cargo de capellán en jefe y de director –le dará un auxiliar algún tiempo después en la persona de un santo sacerdote, Carlos Dubois, para la parte religiosa–.

Cuando se aplaca el entusiasmo, Montfort, disfrutando de excepcionales poderes, emprende seriamente la reforma del instituto. En otra oportunidad había auspiciado la resurrección del antiguo reglamento del 1675 y también del más reciente de 1696. Esta vez, sostenido abiertamente por el obispo-presidente, mons. de la Poype de Vertrieux, escribe o dicta tres esbozos de reglamentos que, por fortuna, han llegado hasta nosotros. Estos documentos conservados en los archivos puatuvinos de la Vienne, son esbozos, uno más difuso que el otro y que se completan mutuamente. Montfort no pierde tiempo en giros de palabras y se dirige inmediatamente a los responsables subrayando que los desórdenes incluso materiales dependientes de la inobservancia de los estatutos.

 

«"Ad majorem Dei gloriam Virginisque, pauperumque bonum" (A la mayor gloria de Dios y de la Virgen y el bien de los pobres).

Monseñor, con el fin de que Dios sea conocido, amado y servido mejor de cuanto lo ha sido, Ud. y los Señores Administradores deben hacer observar el reglamento aprobado el 17 de agosto de 1696 por su predecesor, mons. de Saliant y por los Señores Administradores de esa época, y que no ha sido respetado entre otros motivos, porque han cambiado los oficiales y los servidores.

(Toca a todos Uds.) ver todo lo que necesita abolir o añadir el reglamento para tener los poderes en los límites del deber, y, todavía más importante, para encargar a cada uno de las enfermeros y de las enfermeras de una tarea precisa a fin de que no se den interferencias ni choques mutuos, y así (les toca a Uds.) confiar estos oficios a quienes juzguen más adecuados, y en cuanto se refiere a la Directora, la señora de la Fenêtre, permitir que se ocupe tanto de la parte general como de los pormenores del Hospital general...».

 

Es un pasaje que pertenece al tercer esbozo, quizás el menos importante. Al querer examinar más de cerca estos documentos, llegamos al apacible descubrimiento de reconocer el estilo de Montfort en ese subrayar el reclamo insistente, sulpiciano diríamos, a la consideración directa de los superiores que son encausados como responsables de las confusiones y de la inobservancia, sin tantos miramientos.

Los esbozos son secos, rápidos, casi apresurados, pero suficientes para delatar la personalidad de quien los dicta. Lo más importante es lo que se encuentra, sin letra alguna del catálogo en el fascículo II E/1: la escritura es semejante a la de Montfort aunque carente de las características lexicales y caligráficas de los escritos posteriores; y la razón podría hallarse precisamente en la prisa y en la naturaleza específica de "memorial" destinado al estudio y a la corrección que el obispo y la directiva tendrían que aportar antes de enviarlo a la imprenta. Leemos, en efecto:

 

«Hallándose agotados todos los ejemplares del reglamento del 17 de agosto de 1696, la Administración ha sido del parecer de hacerlo reeditar para el mantenimiento del buen orden; y dado que el cambio de las asistentes de rango inferior ha provocado mucho desorden en el Hospital, ha juzgado oportuno reformarlo en algunos artículos y añadir otros nuevos, (y) para hacer más sensible y práctico el reglamento distribuirlo a cada uno de los mencionados oficiales tanto externos como internos del susodicho Hospital para que (sepan) cuanto compete a cada uno de ellos, en conformidad a cuanto se dice en el art. 51 de la Letras de Aprobación (del rey) de mayo de 1675».

 

No se necesita mucho para comprender que la "reedición" sabe perfectamente a excusa sugerida a los responsables para cubrir en parte la voluntad de reformar sin perturbar el ambiente. Todo resulta, luego, más claro si se refiere a los artificios del setecientos elaborados en el estilo burocrático de la época.

La confrontación entre el reglamento de 1696 y el dictado por Montfort subraya, más de un regreso, una auténtica impostación de ruptura y novedad. Pero, ¿estaba Montfort convencido de realizar una obra permanente? Es una pregunta interesante que implica cierta actitud personal contrastante con la que ya conocemos, o sea, la del misionero. El haber redactado un reglamento no significaba entonces como tampoco hoy, atar o empeñar la propia existencia ni mucho menos la futura misión. Montfort habría defendido y sostenido su reglamento no por querer que fuera una conquista suya, sino la conquista de la paz y del bien de los pobres; no la meta personal, sino la meta del instituto. Había elaborado un reglamento que cualquiera podría hacer suyo tanto por la observancia como por las mejorías; por ello no lo firmó; no porque no tuviera las facultades, sino porque no lo comprometía directamente: era siempre, de todos modos, un texto "de prueba", no definitivo ni vinculado a su permanencia el Hospital.

La experiencia consolidaría la bondad y justicia de todo el articulado.

Mientras la obra de restauración moral y disciplinar del Hospital avanzaba, la vida espiritual de Montfort no reconocía treguas. Tenemos aquí un testimonio que al respecto referirá en 1718 a Grandet, el sacerdote Carlos Dubois, que ayudaba a Montfort:

 

«El P. Grignion fue siempre ingenioso en ocultar las propias gracias interiores y cuanto le hubiera podido atraer alguna estima especial, que solamente los confesores pueden expresar con seguridad; pero en el período de cerca de tres meses durante los cuales viví con ese santo sacerdote, y trabajó bajo su dirección en el Hospital de esta ciudad, me mantuve tan atento para observar con admiración toda su conducta exterior que me hubiera sido imposible no llegar a conclusiones piadosas en favor de su santidad interior.

Desde las cuatro de la mañana hasta las diez de la noche no se lo vio jamás inactivo un solo instante. Sus ejercicios de piedad no eran jamás interrumpidos si no por los ejercicios de caridad pública o de mortificación secreta.

La oración mental, el oficio divino, la celebración de los santos misterios, el ejercicio de la confesión, los catecismos, las visitas a los enfermos o a los pecadores, la entonación de los cánticos espirituales lo mantenían ocupado continua y sucesivamente, y a pesar de empeños tan fatigosos y permanentes, ayunaba severa y puntualmente tres veces por semana, miércoles, viernes y sábado, de la mañana a la tarde su única comida consistía en una sopa ligera con dos huevos y un trozo de queso. Andaba siempre cargado de cadenas de hierro a la cintura y en los brazos,. pero tan apretadas que apenas podía agacharse a causa de las frecuentes y sangrientas maceraciones; dormía sobre un poco de paja y muy mal abrigado; a menudo comía pan negro y siempre mezclaba dos tercios o tres cuartos de agua en el vino; durante todas nuestras comidas de la mañana y de la tarde daba sitio en la mesa a un pobre, le daba de beber en el propio vaso lleno de agua y vino hasta que sólo quedaba una tercera parte, que él bebía enseguida, añadiéndole diestramente una gota de agua o de vino para ocultar del verdadero motivo» (Grandet, 471-474).

 

El arcaico testigo cita también el episodio de un ulceroso a quien Montfort cuidó en una salita de aislamiento y a quien atendió y asistió personalmente hasta el fin.

 

De la casa paterna llegaban de tanto en tanto noticias que si no lograban sacudir el entusiasmo de Luis María, sí le interesaban. Un mes después de su llegada a Poitiers, tuvo noticia del matrimonio de su hermana mayor, Renata, con Pedro Garsón, ceremonia que bendijo en Iffendic su tío Alán Robert.

Probablemente le escribió su madre. Y la buena señora aprovechó para informarle un tanto de la situación de la familia. Las cosas no andaban mal gracias a Dios, y hubiera constituido un pecado quejarse de ellas. Habían muerto exactamente ocho hermanos hasta 1694, pero desde ese tiempo la muerte no volvía a pasar por allí; más aún, otros seis, incluido Luis María, se habían casado o ubicado con recursos y fortunas que se pueden imaginar.

Ciertamente si el hermano hubiera podido pensar un poquito también en la numerosa familia Grignion, ojalá ubicándose en un buen puesto enriquecido con renta discreta... Los hermanos esperaban seguramente de Luis María una ayuda sustancial, después de tantos años de sacerdocio y de peregrinaciones.

A esa carta de su madre, respondió Montfort con retraso el 28 de agosto siguiente.

Dado que este es el escrito más duro y menos... santo del santo varón, debemos profundizar en las circunstancias y estados de ánimo de los dos remitentes.

En la casa Grignion, en agosto de 1704, al lado de los padres –el abogado contaba 57 años y su esposa 56– quedaban solamente cuatro de los dieciocho hijos. Efectivamente, habían salido de ella, fuera de los muertos: Luis María, sacerdote en Poitiers o sabe Dios dónde; José Pedro, clérigo dominico en Dinán; Renata, casada en Iffendic; Silvia, religiosa profesa en Fontevrault; Guyonne-Jeanne (Luisa), religiosa profesa en Rambervilliers; Gabriel-Francisco, seminarista, tal vez en Saint-Maló (recibirá la ordenación sacerdotal en 1708). Quedaban, pues, sólo tres mujeres y el último varón, a saber: Francisca Margarita de 25 años, despedida por enfermedad de Fontevrault; Francisca Teresa de 23; Juan Bautista jr. de 15; y Juana Margarita de 13.

Grandes problemas educativos o de ubicación, evidentemente ya no los había; pero preocupaciones por las dos mayores sí, porque, indecisas o desanimadas, no pensaban en casarse –lo cual puede confirmarse recordando que sólo Francisca Teresa, contrajo matrimonio a los 40 años–.

Las cartas de las mamás, en tales circunstancias, reflejan las angustias y dudas por el futuro más que las cruces del pasado, aunque no descuiden de anotar los contragolpes del ayer. Ciertamente Luis María que, desde hacía un decenio no ponía los pies en la casa, seguía siendo el primogénito y el más calificado para escuchar esos motivos y sugerir las soluciones: tenía así conocimiento del debilitamiento del padre campesino de vida aunque tuviera un gran nombre burgués, con esperanzas acantonadas al haber perdido a los varones entregados al Señor, con ambición nunca extinguida de hacer bella figura incluso en el campo hasta la testarudez del recio y continuado trabajo, y con las desgracias y carestías que golpeaban al campo y a las familias de campesinos... y escuchaba el dolor materno por su demasiada lejanía y algún reclamo por no haber encontrado todavía el modo de hacer una visita al Bois-Marquer, mientras aunque fuera una corta aparición hubiera hecho tanto bien, no sólo a los "viejos", sino también a las hermanas y al hermano... Pero lo que transpiraban ante todo las líneas de la madre debía golpear a todo hijo bien nacido: si los hijos se marchan, si no vuelven más, si las desgracias y las muertes, si los primeros achaques podían soportarse todavía, el corazón de la madre temía para sí y para su esposo las tristísima soledad que caía sobre ellos.

Si nada sabemos de la carta de la madre –cualquier mujer podría reconstruirla–, leamos la respuesta de Luis María en Grandet, el primer biógrafo. La presentamos, saltándonos a propósito el primer párrafo, para que los lectores juzguen con nosotros las artificiosas falsificaciones de la hagiografía más cerrada.

 

de Poitiers, el 28 de agosto de 1704

«Aunque no te escriba, no te olvido en mis oraciones y sacrificios. Antes bien, te amo y venero tanto más perfectamente cuanto que en ello no intervienen ni la carne ni la sangre. No me molestes con el cuidado de mis hermanos y hermanas. He hecho por ellos cuanto Dios me pedía por amor. De momento, no tengo ningún bien temporal que proporcionarles, porque soy más pobre que todos ellos. Los pongo con toda la familia, en manos de quien la ha creado. Que (al respecto) me consideren como muerto. Sí, lo repito para que no lo olviden: considérenme como muerto. No pretendo tener que ver o heredar nada de la familia en la que Cristo me ha hecho nacer.  Renuncio a todo, a excepción de mi título, porque la Iglesia me lo prohíbe. Mis bienes, mi Padre y mi Madre están en lo alto; no reconozco a nadie según la carne.  

Es verdad que tengo para contigo y para con mi padre grandes obligaciones por haberme dado la vida, haberme criado y educado en el temor de Dios y haberme hecho infinidad de beneficios. Por ello, os doy miles y miles de gracias y ruego diariamente por vuestra salvación. Cosa que continuaré haciendo durante toda vuestra vida y después de vuestra muerte. En cuanto a hacer algo más por vosotros, yo y nada valemos lo mismo en mi antigua familia.

En la nueva familia a la que ahora pertenezco, estoy desposado con la Sabiduría y con la cruz. Ellas constituyen todos mis tesoros temporales y eternos, terrenos y celestes. Tesoros tan grandes que, si los conocieran, Montfort sería envidiado por los mayores ricos y poderosos de la tierra.  

Nadie –o, a lo sumo, muy pocos– conoce los secretos de que hablo. Tú los conocer s en la eternidad, si logras la dicha de salvarte, pues es posible que así no sea; tiembla y ama más intensamente.  

Conjuro a mi padre, de parte de mi Padre del cielo, a que no toque la pez, porque se manchará con ella; a que no se alimente de la tierra, porque se atragantará; a que no aspire humo, porque se asfixiará. Que ponga en práctica la huida y desprecio del mundo y la devoción a la santísima Virgen, en que me declaro todo suyo y de mi padre.

Saludo a tu ángel de la guarda y soy todo tuyo en Jesús y María.

Montfort, sacerdote y esclavo indigno

de Jesús que vive en María»

(Carta 20; BAC 99-100).

 

Es una carta dura y en algunos casos inoportuna. Si no se quiere reconocer el significado más transparente: Luis María escribe a su madre, a quien, después que los confesores y los educadores, le había conocido, comprendido y amado mejor que nadie, y a quien debía dirigir palabras aprendidas en otros tiempos precisamente de ella. Probablemente hallamos un lenguaje habitual en la casa Grignion: seco y poco adecuado a oídos que no sean bretones.

Lo esencial de la respuesta se hallaba en los motivos por los cuales Montfort no quería ayudar económicamente a sus hermanos y hermanas: primero, porque no podía y, luego, porque cada uno de ellos debía defenderse por sí mismo al menos con una brizna de iniciativa y con mucha fe.

Y, sin embargo, ésta no es la carta que conocen los biógrafos.

Todos han reportado –aunque alguno ha hecho ademán de olvidarlo– hasta ahora un pasaje inicial que ha deshumanizado y desencarnado una carta que, sino brilla por el sentimiento, es al menos coherente y justa como podía escribirla un misionero de los pobres.

Este es el pasaje colocado ordinariamente al comienzo de la carta sin ninguna introducción, después de la fecha: «Prepárate para la muerte que te acosa con tantas tribulaciones. Sopórtalas cristianamente, como lo haces. Hay que sufrir y cargar cada día la propia cruz. Sí, es necesario. Es infinitamente provechoso para ti el verte empobrecida hasta tener que reducirte a un hospital, si tal es la voluntad de Dios, y el ser despreciada hasta el punto de encontrarte abandonada de todos y morir viviendo».

 

El lector habrá experimentado sin duda un fastidio sutil al leer estas frases que, llenas de retórica y lugares comunes, sintonizan –¡y qué mal!– con cualquier fraile predicador más que con un místico. Podemos preguntarnos cómo podía un sacerdote –santo hasta donde se quiera– escribir a una madre como aquella, cuando aquella mujer no sólo estaba bien sino que esperaba tener el derecho a una vejez más tranquila después de dieciocho maternidades y tántos funerales y desventuras y preocupaciones y sufrimientos. (Dios, mucho más comprensivo, la hará vivir más que Luis María). Y ¿cómo podía un sacerdote-hijo proveniente de una persona tan sensible y fina como Juana Robert, escribir y sólo a ella una carta sin una oportuna palabra introductoria de afecto y normal conveniencia, cuando era capaz de escribir cartas muy amables y hasta elegantes, a su hermana Guyonne-Jeanne?

Los biógrafos que la han presentado, han querido ver en ella la acostumbrada manifestación extraordinaria de santidad. Nosotros vemos en ella una vacía perorata atribuible a quien presentó la carta para hacerla divulgar y quizás al mismo Grandet. De hecho, la carta aparece sólo en la quinta Parte de su obra, capítulo XVII, bajo el título Desapego de los negocios del mundo y de sus familiares, al lado de la enviada a su tío Alán Robert el 6 de marzo de 1699 que ya hemos transcrito (ver DRG, 207).

Nos parece evidente la intención de hacerla cuadrar en el asunto expresado en la enunciación del capítulo, a menos que el pasaje sea realmente un comentario del hagiógrafo un tanto pedante o un pasaje tomado de otra carta desconocida o enviada a algún miembro diferente de la familia.

Nos parece que la carta verdadera comienza con las expresiones afectuosas que nada tienen que ver con el primer párrafo y que, en cambio, empalman bien con el resto de la página, incluso para aquel a quien repugna –no obstante, reconocer los inmensos esfuerzos para encontrar en ella inspiración bíblica– saber que el buen Padre de Montfort, el padre de los afligidos y de los pobres, era tan inoportuno y odioso con la criatura más grande y digna de la tierra, su propia madre.

Y si lo fue, cosa que no creemos, tratemos de tener un poco de sentido común, para no hallar pinceladas de santidad que nada tienen de común con las de Jesucristo.

 

De todos modos, la reforma del Hospital prosigue aunque entre contradicciones y obstáculos, mientras que en el ánimo de Luis María se hace más imperiosa la voz del misionero momentáneamente acallada, o sea, el reclamo de las parroquias abandonadas y necesitadas de Dios. Debió combatir mucho dentro de sí para hacer frente a la decisión de abandonar el Hospital para dedicarse exclusivamente a la predicación. El confesor del lugar, el; P. de la Tour, que recibe las confidencias de Montfort, comparte su angustia y lo ayuda a poner en marcha el antiguo propósito; ahora el hospital puede salir avante sin él, sostenido como está por la nueva administración, por el capellán sustituto y un oportuno sentido de la disciplina; más aún, quedan, como garantía, las dos primeras Hijas de la Sabiduría que están para ser –si aún no lo están– enmarcadas de oficio en la dirección de la institución.

Luego de mucha oración y, como de costumbre, mucha penitencia, Montfort decide exponer la cuestión al obispo-presidente, mons. de la Poype, quien con extrema prudencia anima al sacerdote a seguir su propia vocación y le asegura que proveerá a la ubicación personal del misionero.

Por prudencia exagerada, Luis María pide también el parecer de sor María Luisa de Jesús y a algunos amigos más cercanos. Y así, después de menos de un año, Luis María redacta en perfecto estilo una carta de dimisión y la envía al Bureau.

Los cronistas monfortianos, acostumbran (de hecho parece una costumbre) motivar las dimisiones con "las insuperables dificultades" halladas en la reforma del Hospital. Y no se dan cuenta de que la verdadera insuperable dificultad proviene de lo íntimo del mismo Montfort. Quizás por carecer de la lineariedad de los hombres de Dios ni su concretez, vemos por todas partes escollos y obstáculos cuando sería más exacto escrutar en el ánimo las divinas llamadas del Señor que proporciona las indefraudables dificultades exteriores según la realización de los designios providenciales.

El Bureau, esta vez no sabemos con cuanta dubitación, aceptó; y Luis María abandonó el Hospital, sin luminarias ni candentes lágrimas.

Como en los momentos más importantes de su carrera sacerdotal, encontró una casa en las cercanías de Savarne –o, como algunos quieren leer, Smarves en las cercanías de Nouaillé –que le ofrecía una generosa viuda, para hacer unos días de ejercicios espirituales. Se retira allí con un aspirante seminarista de quince o dieciséis años y se prepara al nuevo apostolado.

Son días de intensa lucha espiritual: la duda, la incertidumbre de la decisión reaparecen con fuerza. ¿No presume de sí mismo...? ¿No trata de caminar por un sendero demasiado nuevo para una opción personal, que decide él solo...? De hecho, es la primera vez que le falta el apoyo de Leschassier y la determinación aunque sólo de consejo del confesor, del obispo y de las almas buenas, le puede parecer al discípulo de San Sulpicio privada del crisma de la obediencia...

En al intimidad de la oración, en el dolor de las maceraciones, recupera la serenidad del juicio y la paz del corazón; ve en la duda una tentación del demonio –que quizás se le apareció visiblemente para intensificar la prueba– y en el colmo del entusiasmo grita hasta hacerse oír del joven seminarista: «¡Me das risa! No me faltarán fuerza ni valor mientras tenga conmigo a Jesús y a María. ¡Me das risa, en verdad!» (Grandet,87 – DRG, 58).

 

Poitiers, la Limonum de la Provincia romana de Aquitania, había sido la capital de los Pictavi. Construida en la bella confluencia del Clain y del Boivre, cubre toda la plataforma y las pendientes de un promontorio de cincuenta metros, y esta cortada como una isla entre los dos valles de los ríos que la abrazaba dejándole un estrecho istmo de la tranchée para unirla a tierra firme. Antiquísima capital de provincia, ha permanecido vetusta y tranquila, burguesa y respetable, eclesiástica y judiciaria, como una estatua ecuestre. Las veces en que otros la conquistaron constituyen las etapas de su historia; y parece que todos lograron adueñarse de ella: hasta los árabes, que fueron desalojados por Carlos Martello en 732 con la célebre batalla, precisamente de Poitiers, aunque entablada no lejos de París.

También religiosamente fue siempre tierra de conquista. San Hilario (+ 367) ocupó allí una importante sede episcopal desde donde tronó contra los arrianos; los mismos arrianos, que se establecieron allí sólidamente en seguida del santo, la convirtieron en fervoroso centro suyo, sostenidos como estaban por los Visigodos. Todas las desviaciones teológicas o morales encontraron allí sitio y defensa hasta el período que nos interesa; al ocultarse el siglo XVII Poitiers era uno de los más aguerridos focos del jansenismo y del galicanismo y, según documentos oficiales de 1680, contaba todavía con cerca de trescientas familias calvinistas.

No obstante, la diócesis puatevina contaba con no menos de 722 parroquias con abundante clero, y en la sola ciudad doce monasterios femeninos y otros tantos conventos masculinos con unos quince canonicatos... El obispo Girard, ayudado en su labor por algunos vicarios generales, había muerto a 46 años dedicado a visitas pastorales, mientras que su sucesor, mons. de la Poype de Vertrieux, definido un tanto a la carrera como "santo" por algún cronista, se había propuesto la reforma del clero, la misión para el pueblo, los retiros, el cuidado de los estudiantes y de los hospitales. Pero la periferia de la ciudad, extendida como un tapete más allá del Clain, permanecía casi abandonada: sin capillas ni capellanes, la zona seguía siendo una derivación de la parroquia de Santa Radegonda; la población amontonada entre casuchas alineadas sobre caminillos fangosos, estaba constituida principalmente por «gente miserable, minoristas, artesanos, albañiles, alejada de Dios, en una profunda ignorancia de las verdades cristianas, y la mayor parte vivía  odiando al sacerdote...» (Le Crom, Saint Louis-Marie Grignion de Montfort, ...1942, 136).

 

Se comprende cómo aceptó el obispo con buena voluntad la dimisión de Montfort para encargarlo del apostolado entre aquella gente y cómo lo favoreció asignándole un sitio de encuentro en la ciudad. Era, de hecho, una institución que preocupaba al prelado: la Maison des Pénitentes, la casa de las muchachas extraviadas y arrepentidas, fundada muchos años antes por muy piadosas damas a impulso de una hermana conversa de las Hijas de Nuestra Señora. La obra merecía que la tomaran en serio y el obispo la trasladó a una antigua construcción en Rue Corne-de-bouc (hoy cuartel Rivaux), elaboró el reglamento, prescribió la clausura y asignó a Montfort la dirección espiritual. No se sabe con certeza quiénes eran, pero ni siquiera si hubo hermanas para la conducción del instituto, al menos hasta 1739, cuando se hicieron cargo de ella las Hijas de la Sabiduría. Este lugar constituyó el sitio de referencia del misionero, aunque nos inclinamos a creer que Montfort fue encargado de asegurar la organización y la espiritualidad del instituto.

Otro gesto del obispo nos permite captar cuan grata le era la determinación de Montfort: le asignó un grupo de sacerdotes entre los cuales podía escoger de vez en cuando colaboradores para las misiones, insertando entre ellos un vicario general. Luis María fue constituido director de misiones, debiendo asumir la responsabilidad de su organización, de la elección de zonas y tiempo.

La figura de misionero del obispo va adquiriendo así en la diócesis y también en la curia, un relieve siempre mayor, que le atrajo simpatías y aplausos e, inevitablemente, nuevas envidias entre eclesiásticos y civiles. Comienza desde aquí un muy intenso ministerio de diez meses que lo tendrá cada vez más comprometido en la explicación de su ideal.

¡Misionero de verdad!

Montbernage, más allá del Clain, extensión de la parroquia de Santa Radegonda, es la primera prueba. A falta de una iglesia, Montfort encuentra una sala de baile, transformación de un granero, la bergerie, y con las limosnas recogidas en el lugar la compra, la limpia, la arregla, coloca una cruz y los quince estandartes del rosario. La misión empieza con los niños; el movimiento de éstos atrae la atención de los adultos recogidos luego en ceremonias reservadas a ellos y que resultan cada día más concurridas. Con una oratoria libre y a su gusto, Montfort atrae, conquista, entusiasma. Las conferencias particulares preparan las que aunque tradicionales, serán sus celebraciones preferidas: comuniones generales por categorías, oficio en sufragio de los difuntos, plantación de la cruz y renovación de las promesas bautismales.

Plantan la cruz de la misión frente a la capilla y cubierta de corazones, quizás exvotos, en una celebración festiva nunca vista allí y la renovación de las promesas se lleva a cabo con un ceremonial que él mismo enriquecerá más tarde: el misionero, representante del nuevo pueblo de Dios, como Esdras revestido de paramentos del fiesta, presenta abierto el libro sagrado y lo besa con reverencia mientras todos repiten:

«¡Creo firmemente en todas las verdades del evangelio de Jesucristo!»

 

En seguida todos juran cumplir las promesas del bautismo para culminar en la consagración a Nuestra Señora:

«¡Me entrego totalmente a Jesucristo por tus manos, oh María, para cargar con mi cruz todos los días de mi vida!»

 

Queriendo dejar un recuerdo práctico y concreto, Montfort  en la predicación de clausura se dirige a todos con una oferta:

«¡Si alguien se compromete a recitar la oración y el rosario en esta capilla y cantar la coronilla a mediodía todos los domingos y días de fiesta, le regalo la imagen de mi buena Madre!»

 

Un obrero, un tal Santiago Godeau acepta la invitación y cumple su compromiso al menos por cuarenta años. Montfort regaló, pues, a la antigua sala de baile y granero, una bellísima estatua –probablemente esculpida por él mismo– a la que dio el nombre de Nuestra Señora de los corazones. También la cruz sobre la plaza recibió el apelativo de La cruz de los buenos corazones.

Fuera del recuerdo transparente de la Reina de los Corazones venerada por Tronsón en la capilla sulpiciana de Issy, el título tenía también su razón pastoral: la fe apenas reverdecida en la ribera del Clain, requería animada decisión y fervorosa coherencia. El corazón debía ser el verdadero templo de la nueva vida cristiana, la roca fuerte de la moral, la riqueza de la pobreza ennoblecida.

 

«(Yo, M. Devancelle, párroco de santa Radegonda, bendije solemnemente) la capilla de Montbernage, bajo la invocación de la Santísima Virgen, erigida por el difunto P. Luis María Grignion de Montfort, gran misionero, muerto en olor de santidad... y llamada por él mismo "Nuestra Señora de los Corazones"».

 

El texto se lee en el Proceso verbal de 1734, en el archivo de Poitiers (Ste. Radegonde, Reg. 1723-1738). Durante el terrible huracán del Terror, Montbernage se manifestó capaz de acciones valerosas y cristianas más allá de toda previsión.

Durante la misma misión restauró un templete donde se veneraba a Nuestra Señora , bajo el título de Nuestra Señora de los Ángeles, a la entrada del puente que unía el suburbio con la ciudad, el Puente-Jubert.

El entusiasmo local tuvo su repercusión inmediata en toda la ciudad: el capellán del Hospital, ahora libre, se ve invitado, reclamado, exigido por diversas zonas de suburbios y dentro de la cinta urbana. Después de Montbernage, predicó en la parroquia de San Savino, de la misma Santa Radegonda, de la Resurrección, de San Simpliciano, en la capilla de Santa Catalina, en la de Las Penitentes, en la de la Congregación de Nuestra Señora del Calvario –creada el 25 de octubre de 1617 por el famosísimo (y detestado) P. José de Tremblay, la eminencia gris de Riechelieu– y, por último, en la parroquia de San Saturnino, en la cercanía de Montbernage. Fueron ocho misiones, cada una más comprometedora que la anterior, una más difícil que la otra:

 

«y alcanzaron todas un éxito estrepitoso; las multitudes lo seguían en masa y estaban tan penetradas de sus discursos que prorrumpían en lágrimas, estallaban en suspiros y sollozos implorando misericordia, en alta voz; se había adueñado de tal forma de sus corazones que estarían prontos a seguirlo hasta el fin del mundo si allá hubiera querido llevarles y a apoyarlo en toda circunstancia.

Es cierto también que se había asociado eclesiásticos de la gran valía que le ayudaban en las celebraciones por orden de monseñor, el obispo de Poitiers; pero él era siempre el principal motor de cuanto se hacía en la misión, siempre el primero en entrar en el confesionario y el último en salir de él. Atraía la gracia de Dios sobre los obreros (del Señor) y sobre sus obras con sus mortificaciones, ayunos y oraciones: en efecto, lo encontraron a menudo pasando más de la mitad de la noche en el jardín de la Goretterie, orando con los brazos abiertos, en cruz...» (Grandet, 80-81).

 

De vez en cuando el método toma forma, la temática se despliega más clara, la responsabilidad lo hace más osado: todavía sigue muy vinculado a los esquemas ordinarios, pero ya, como en la consagración a María, esboza una visión más personal.

Uno de los colaboradores más importantes fue sin duda el vicario general, mons. José de Revol, pero sólo hasta noviembre de 1705, dado que, presentado por el rey el 11 de abril, y elegido en Roma el 7 de septiembre para el obispado de Olerón Santa María en los Pirineos, fue consagrado en la catedral de Poitiers el domingo 8 de noviembre. La estatura del colaborador puede explicar en parte el aplauso ciudadano y popular y, ciertamente, la libertad de acción de la cual gozó en el ejercicio de las misiones. Desafortunadamente, nada sabemos de los otros: los hubo ciertamente, aunque se ignoren su nombre y condición. Probablemente religiosos, sobre todo capuchinos, como se hacía de obligación, sin excluir a sacerdotes diocesanos. Sin embargo, a uno lo conocemos muy bien: es Maturín Rangear, llegaba de las regiones de Anjou y tenía dieciocho años. Su llamada tiene un clarísimo toque evangélico evidente: al observarlo desgranar el rosario con gran devoción, Montfort se le acerca y le hace algunas preguntas:

«Quiero hacerme capuchino: un padre de esa orden predica en mi parroquia. Me parece que Dios me llama a seguirlo. He entrado aquí por pura casualidad.

No por casualidad, en verdad; sino providencialmente. ¿No te gustaría ayudar a los misioneros en sus trabajos? ¡Sígueme! Esta es ciertamente tu vocación».

 

La capilla donde había entrado "por casualidad" era la de Las Penitentes, donde vivía Montfort. El joven se quedó para siempre con Montfort: se hará llamar Hermano Maturín, y en la humildad de una vocación de apoyo, continuará hasta 1760 trabajando en las misiones con los sucesores del P. de Montfort. Más por premio que por necesidad, recibirá la tonsura en 1722, pero perseverará en su humilde apostolado desplegando las más ocultas y oportunas dotes de campanero, lector, ecónomo, orante y cantor, pero sobre todo de colaborador.

Otros momentos de vocaciones parecidas al apostolado han sido registrados con veneración por testigos en los diversos procesos de beatificación, como éste que recogemos todo del volumen 1540 del Archivo Vaticano, en la traducción de la curia:

«Cierto día, un sacerdote a quien animaba a acompañarlo en la misión, le respondió que por sufrir de tisis y siendo también ético, le quedaba imposible ir a las misiones. El P. de Montfort le dijo: "¡Sígueme y te curarás!" Y así sucedió» (testigo Marino Augusto Frein, fol. 97-97/B).

 

El ascendente del "gran misionero sobre las poblaciones, le permitió la libertad de promover obras no del todo espirituales, como la restauración desde las bases del templo de San Juan, quizás el bautisterio más antiguo de Francia, construido, al menos en su primera parte entre 356-368, con frescos de los siglos XII y XIII, dolorosamente sin todo el respeto que la vetusta obra maestra merecía, pero ciertamente con mucho aliento y con la intención concreta de hacerlo funcionar como iglesia.

A finales de 1705, la persona y la palabra de Montfort cuentan en los ambientes oficiales, de la curia por ejemplo. Inde irae... (= De allí las iras...). La hostilidad estalló furibunda, cuando, una vez partido mons. de Revol y habiéndose ausentado de Poitiers también el obispo, llamado a Versalles, Montfort se dejó llevar de la ola de reformismo y optimismo que son inevitables en los triunfos apostólicos.

Era diciembre. Se adelantaba la misión de la capilla de Nuestra Señora del Calvario, octava de la serie; desde hacía tres semanas, «predicaba, catequizaba y confesaba cada día, desde la mañana hasta la tarde, y daba conferencias espirituales (a las religiosas) con tanto espíritu y ciencia que encantaba al auditorio, tanto que en la ciudad no lo consideraban como un hombre cualquiera, sino como un santo. Se dedicaba sobre todo a trabajar la reconciliación de las familias y retirar de las manos de los libertinos los libros obscenos y los cuadros que representaban obscenidades...» (Grandet, 89).

 

Quizás alguna alusión en la predicación llevó a alguno a organizar una limpieza total en los estantes de familia y en las paredes de las casas, de pronto animado por la orden dada a una sola persona de desprenderse de todo eso –la palabra rueda–, y se prepara una gran hoguera. Evidentemente, ninguna ceremonia religiosa, pero mucho clamor y diversión, como entre nosotros cuando a mitad del carnaval o al final del año, "se quema la bruja o el año viejo"... El acostumbrado payaso quiere dar el toque genial a la fiesta: colocan encima del montón de libros un diablo bien gordo con sus cuernotes y cola, lleno de paja. La noticia cunde: ¡van a quemar al diablo! En lo carnavalesco, alguno ve una brizna de ridículo, de antieducativo, pero al final todos se ponen de acuerdo.

Montfort es el único que no sabe nada de ese... toque genial. Está predicando, los colaboradores enterrados en el confesionario por ser la víspera de la clausura, cuando la vida espiritual está llegando al colmo de la intensidad, más allá y fuera de las manifestaciones de plaza. Estas se hallan programadas para cuando el predicador termine su sermón y la gente salga de la iglesia.

De repente la carroza del primer vicario general, mons. de Villeroi, se detiene rechinando en el atrio de la iglesia, junto al montón de libros sobre los cuales se halla el gran diablote. El prelado salta fuera, lívido, tenso; entra en la iglesia y sube al púlpito lateral, de frente al misionero que está a punto de terminar la predicación. Toma al punto la palabra y desencadena una filípica en plena regla contra Montfort.

 

«Al darse cuenta de la intención (del Vicario) se pone de rodillas con la cabeza descubierta y recibió las palabras humildemente, sin abrir la boca para defenderse, cuanto un falso celo podía sugerir...».

 

Afuera, en el atrio, el pequeño carnaval se transforma en comedia brillante y licenciosa; los presentes, poco antes llenos de celo festivo se dedican a agarrar todos los libros y cuadros que pueden, para llevarlos a casa, para leerlos y admirarlos con comodidad.

 

«(...) creyeron todos, que de ese modo la misión sería un fracaso; los eclesiásticos que habían ayudado al santo sacerdote en la misión, pensaron que todo el pueblo consideraría mentira cuanto les había dicho en la misión. Nuestro santo sacerdote se alarmó, pasó la noche en la iglesia al pie del altar, en la violenta agitación en que venía a encontrarse su espíritu por la incertidumbre sobre lo que se debía hacer ante semejante escollo. Su celo por la salvación de la gente que terminaba la misión y que al día siguiente haría la comunión general, lo impulsaba a quedarse para sostener la hermosa obra (realizada). La desaprobación pública que acababa de recibir y aceptar en plena iglesia, le llevaba a pensar que su presencia escandalizaba ahora a esa misma gente, etc. Esta misma gente, volviendo a la iglesia al clarear el día, acabó con todas sus dudas y todos los confesores de la misión quedaron muy sorprendidos. Temían ellos también, y con cierto fundamento, que una desaprobación tan pública y auténtica hubiera cambiado la disposición de los penitentes para con el piadoso misionero. Pero sucedió todo lo contrario. Casi todos pidieron la reconciliación y los confesores tuvieron el consuelo de constatar que esto se debía únicamente al sentido de aprecio por el celo de Grignion y al descontento contra los autores o promotores de su humillación...» (testimonio de Dubois, en Grandet, DRG, 258-259).

 

También nosotros quedamos primero admirados y luego maravillados ante el episodio y el comportamiento de Montfort, sobre todo si pensamos en el carácter fuerte y duro del misionero y a la injusticia de la reprimenda inoportuna y parcializada. La gracia de Dios y la interioridad de la vida espiritual del protagonista habían dominado ese carácter aunque no hubieran podido apagar y eliminar su instintiva reacción y rebelión. Pero la parcialidad y mala intención de Villeroi habían sido la causa de una escena mucho más grotesca que el gesto de quien quería quemar al diablo de paja.

Dios había roto la lanza de Don Quijote camuflado bajo un ventarrón de gracia.

Pero no nos contentemos con el simple relato, busquemos las acusaciones de esa intentona. Los testimonios de la época nos ayudan con alusiones e informaciones bastante claras.

La sorda oposición a Montfort no había nacido ese día: se concreta en las luchas internas del Hospital con el arrastre que quedaba en la ciudad y ciertamente en las disputas recentísimas causadas por la predilección del obispo por el "gran misionero". El ascenso de Grignion en la aceptación popular y eclesiástica, fastidiaba a un grupo en el que no se perciben rebordes de jansenismo –como algunos pretenden muy fácilmente– porque está compuesto por gentes de alto rango con contorno de damas, caballeros y oficiales; gente, en una palabra, a quienes la doctrina severa del buen sacerdote bretón, del heresiarca de las  elegantes actitudes, del enemigo de la politesse hacía a menudo blanco de una predicación moral y, lo que más cuenta, de un testimonio lineal; gente, además, que aislada en la áurea ambigüedad moral se aferraba –y esto es lo peor– a la masa como promotores y autores de la oposición al benjamín precisamente con esa forma de ignorarlo y combatirlo. La intervención de Villeroi en esa ocasión huele evidentemente a... mundano, porque no la provocó el celo pastoral, sino una protesta del "grupo" por una presunta ofensa hecha a una dama. A ésta –no nos interesa quién sea y, además, no nos importa mucho– le había negado Montfort el permiso de llevar una cruz "que se ponían en el brazo", signo de pasajera y ocasional colaboración en las misiones... a causa "de su invencible testarudez": «Ésta utilizó su ascendiente sobre ciertas personas poderosas en el campo eclesiástico para vengarse de la presunta afrenta, tanto que al finalizar un sermón público del celoso misionero le hicieron una corrección pública, en la iglesia, mientras estaba todavía en el púlpito...» (ib.)

 

No queremos insinuar que ese ascendiente fuera todo menos que puro, aunque tendríamos todo el sacrosanto derecho para ello... pero podemos pensarlo.

En otras ocasiones, en el fondo de la oposición se hallaba la misma acción poco habilidosa del misionero, demasiado directo para utilizar vías alternas y mediastintas, que reprendía con aspereza ciertos oficiales del ejército; éstos llegaron hasta el punto de querer darle muerte porque les había impedido blasfemar o incluso atacarse unos a otros en estériles peleas...

Montfort había intervenido quizás sin la adecuada oportunidad o con actitudes consideradas al menos ridículas –tales como ponerse de rodillas en plena calle para conjurar a los señores oficiales a frenar la lengua y envainar la espada...–. Sabía hacerse terriblemente antipático. ¡Claro que sí! Era su defecto, ciertamente. También Leschassier muchas veces le había llamado la atención al respecto y Luis María estaba de acuerdo cuando definía esos ultrajes como "su ganancia y recompensa por la buena intención" (ib.). Reconocía, pues, que se exponía demasiado a causa de intenciones muy rectas, pero que no sabía guardar el equilibrio al momento de pasar a la acción.

De todos modos estaban aguardando la oportunidad para cortar la cresta al nuevo Savonarola... cuando se presentó esa del diablote de paja.

Quien hizo el ridículo, leíamos en el relato del P. Dubois, fue ese grupo de personas bien conocidas de la gente, mientras que Montfort ganó en simpatía y aprecio y sobre todo en eficacia. La oposición entendió al momento lo inútil del gesto de Villeroi y no pudiendo asimilar la derrota, aunque fuera solo por no quedar mal, preparó una carta pormenorizada y, sin duda alguna, pesada en los términos, para describir al obispo mons. de la Poype la obscenidad del celo de Montfort, con el aderezo de calumnias y acusaciones. Un religioso, por cuenta suya, "mal informado" según Blain (60), hizo una relación precipitada incluso en San Sulpicio. Los Villeroi contaban mucho en Versalles donde el padre de monseñor era mariscal, mientras que su hijos estaba para ser propuesto para la sede episcopal de Lión...

A comienzos de la semana de carnaval, el obispo mons. de la Poype regresó a Poitiers. Tras constatar el enorme ruido suscitado por los perdedores y el peligro de dividir la dirección de la diócesis misma, sacrificó a Montfort. Le envió orden de abandonar la diócesis.

Cómo pudo llegar a semejante determinación no lo podemos documentar, pero sí explicar, con la intuición de quien ve con objetividad la dureza de tener que dar muerte al individuo para salvar a la comunidad.

 

«Bendijo él a Dios por esta humillación, y formuló muchos actos de amor a Dios y de sumisión a su voluntad, exhaló muchos suspiros mezclados de gozo y de tristeza, y se despidió en seguida de las religiosas...» (Grandet, DRG, 62).

 

Estaba, en efecto, predicando unos ejercicios a las hermanas dominicas de Santa Catalina, en la parroquia que San Hilario de la Celle, en la ciudad. La orden le llegó a la mesa, durante la primera comida del retiro, a mediodía del 16 de febrero de 1706, martes de carnaval.

Se permite una escapada al Hospital para despedirse de las dos Hijas de la Sabiduría, a quienes asegura con la mayor seriedad que nada termina, al menos para ellas, con la partida definitiva de él de la ciudad: «¡No dejen el Hospital al menos por diez años!».

 

Luego, acompañado del hermano Maturín, se dirigió al colegio jesuita para confiarse al P. de la Tour, única tabla de salvación que le quedaba en ese horrible fracaso, y pedirle consejo.

 

 

 

Capítulo decimotercero

BUSCANDO UNA SOLUCIÓN

 

 

No debió ser un diálogo largo el que tuvo con el P. de la Tour: las circunstancias y, sobre todo, el espíritu de obediencia que los animaba a ambos, no daban mucho espacio al descanso ni a las recriminaciones.

No se trataba evidentemente de un entredicho, sino de una orden neta que había que ejecutar sin tardanzas inútiles, tanto más cuanto que provenía de un obispo amigo, ajeno de hacer mal a su protegido. Mons. de la Poype, sin saberlo obligaba a Montfort a escogerse el verdadero terreno de su auténtico apostolado.

Luis María había comprendido indudablemente el por qué de esa orden y la increíble ventaja de la obediencia para lograr la iluminación interior. La constatación de tantos fracasos cosechados hasta entonces, era capaz de desorientar, y era –en fin de cuentas– oportuno tratar de ver en el granítico gigante de Bretaña el valor del desaliento y de la desilusión.

Porque es innegable que hasta febrero de 1706 había ido sumando solamente fracasos, y no pocos. En el ánimo del sacerdote de 33 años aquellas derrotas le habían dejado una clarísima marca de desconcierto y desconfianza que en las mejores manos pueden revestirse de humildad sincera y consciente, junto a la poderosa necesidad de revisar, volver a comenzar y mejorar. La persona humana es un medium grave y opaco que inhibe, en la mayoría de los casos, el paso de la luz de la realidad y deforma incluso la poca que deja pasar; el viejo Adán es una cortina entre el espíritu y las cosas, además de serlo entre el alma y Dios. Los santos –y Montfort anda por las huellas de los santos– llamados en un momento por la Providencia a ver más allá de lo sobrenatural también lo humano, pueden sentir el peso de esa opacidad deformante. Donde los santos, con mayúscula se diferencia del común de los mortales es en la aceptación serena de la realidad y de la concretez, sin desconciertos ni dudas. Atravesaba el período más duro de su itinerario espiritual y el despertar ante la realidad lo sorprende perplejo y desencantado. La desilusión y la amargura no son todavía para él tan efímeras y superficiales: lo golpean, lo sacuden y quizás le hacen comprender cuán importante es revisar las opciones, redimensionar los medios.

No se entendería de otro modo la grave decisión tomada de acuerdo con su confesor y realizada sin demora en esa primera semana de cuaresma.

Partir para Roma.

La llamada de Roma, alimentada por años, desde el período de San Sulpicio, se torna prepotente. Roma... capital de la fe, tierra de mártires, cátedra de Pedro, era el sueño más acariciado en aquella época por los mejores predicadores y directores espirituales: en San Sulpicio se releían con gusto los relatos del viaje romano de Olier y de Le Bretonvilliers, se recogían con atención las impresiones de los prelados y cardenales de regreso después de la visita ad limina, se aplaudían las iniciativas de acercamiento entre Francia y Roma, se admiraban las declaraciones de romanidad, sobre todo si eran costosas; precisamente en ese entonces (1699) el episodio del cardenal Francisco de Salignac de la Mothe Fenelón, condenado en Roma por Inocencio XII por 23 frases pietísticas, pero sometido inmediatamente en forma obsecuente, había hecho época. Las indicaciones, las advertencias, las llamadas de atención pontificias encontraban siempre audiencia en la conciencia de los católicos más serios, y eran el metro para medir los límites de ruptura con aquellos que admitían o conciliaban las desviaciones dogmáticas de la época.

Clemente XI (1700-1721), cardenal Juan Francisco Albani, fue luego un Papa fuera de lo común: hombre valeroso y de conducta ejemplar, orador pulido y docto teólogo, humilde y generoso, había aportado a la cátedra de Roma la novedad de una oración asidua, de una vida muy austera, de una dura penitencia; muchas veces había bajado a la basílica vaticana para predicar en las misas populares, para distribuir la comunión y oír confesiones, exactamente como un buen párroco. Políticamente más cercano a Francia que a los Ausburgos, tuvo que vivir un pontificado muy sacudido por los conocidos acontecimientos de la guerra de sucesión que oponía y dividía a Europa; por otra parte, poseía la experiencia de un concienzudo trabajo desplegado en los pontificados precedentes, con modestia y prudencia, al servicio de la Iglesia; y, quizás, de políticas equivocadas. Esa rectitud y solicitud suyas, su ser ejemplar y pastoral, lo aislaban, lo destacaban del contorno de la curia obligándolo muy a menudo a decidir él solo; y las dudas e incertidumbres eran por ello la característica de ciertas intervenciones suyas.

Mucho se ha dicho y escrito sobre los motivos de ese viaje monfortiano. Y, sin embargo, siempre o casi siempre, con un tema único.

Se ha repetido hasta la saciedad que fue a Roma para ofrecerse al Papa y hacerse enviar a las misiones en Canadá, en la India y más allá, hallándose en la disposición de hacer prevalecer el deseo del martirio a la auténtica vocación de predicador en su patria. Nótese la incongruencia de ciertas afirmaciones que tendremos que considerar genuinas:

«Su gran celo le había inclinado siempre hacia las misiones extranjeras; si no lo había seguido se debe al hecho que nadie se lo había aconsejado jamás... Por otra parte, encontraba tantas dificultades para hacer el bien en Francia, tanta oposición por todas partes, incluso en quienes hubieran debido apoyarlo y facilitárselo, que se encontraba en la incertidumbre sobre si debía detenerse o irse a buscar en otra parte una mies más abundante y más segura» (Blain, 328 – DRG, 182).

 

Era sabido de todos que Clemente XI, varias veces por año, organizaba nuevos envíos de misioneros sobre todo al Oriente donde su decisión de condenar los ritos chinos había creado temibles vacíos. Era, además, conocido cuanto hacía en concreto y de sus propios bienes para incrementar la obra de la propagación de la fe. Pero, hasta donde sabemos, escogía ordinariamente a los misioneros en las órdenes y congregaciones más calificadas para ese servicio. No pensemos que acogería al sacerdote Grignion, francés para colmo, tan sencillamente con sólo aparecer en la ciudad.

Que en Luis María existiera el soberano deseo del martirio no es difícil admitirlo. ¿Cuál es el santo, entre los más apostólicos y evangélicos, que no lo ha sentido? Pero no debemos creerlo y aceptarlo como motivo de su peregrinación a Roma, aunque el P. des Bastières afirme que oyó a Montfort responderle cuando le preguntó si no tenía miedo a algún golpe mortal:

«He ido expresamente a Roma... para pedir al santo Padre el Papa permiso para ir a los países extranjeros y misionar entre bárbaros e infieles, con la esperanza de encontrar allá la oportunidad de derramar mi sangre por la gloria de Jesucristo que derramó toda la suya por mí» (Grandet, 130 – DRG, 80).

 

Pero el momento psicológico del viaje a Roma y los más serios testimonios que vamos a recoger nos hacen pensar otra cosa.

La derrota en "su" propia patria había sacudido fuertemente al misionero y al hombre. Y en el fondo no podía acontecerle otra cosa dada la autorización "ocasional" recibida que, si bien lo definía misionero, lo colocaba siempre en una situación vaga e incierta. Y la prueba convincente de que era sólo un bracero en el campo del Señor la tuvo en el licenciamiento que recibió precisamente de quien debía preocuparse de todo el trabajo de la diócesis.

La suya era una vocación misionera y por eso no tenía que ser subordinada a una autoridad local que pudiera rechazar o limitar con la misma facilidad con la cual la autorizaba; necesitaba de una investidura che viniera de arriba, de más arriba posible, visto que tenía que ser, la suya, una vocación de disponibilidad extendida a las necesidades de la Iglesia, en patria y fuera.

Había grupos misioneros establecidos con la autoridad real: pero a Montfort le repugnaba tanto insertarse en ellos ya por la limitación y las comodidades, ya por la ambigua ortodoxia del rey. Había, además, los grupos creados y sostenidos por los obispos: pero estaban en su mayoría compuestos por sacerdotes locales, en organizaciones estrictamente locales, y esto contrastaba con la clara voluntad de Montfort de consagrarse al servicio de las almas en todas partes, sin límites ni fronteras. Había, por último, los grupos misioneros constituidos por religiosos de un mismo instituto: pero sabemos que Montfort no quería entrar en ningún instituto o congregación.

¿Quién fuera de los superiores religiosos, de un obispo o un rey habría podido darle a Luis la auténtica definición misionera universal y el reconocimiento de una vocación específica en ese sentido, sino el Papa? Es decisiva, a este propósito, el testimonio del P. de la Tour que había examinado con él la situación de la cual había procedido la idea del viaje a Roma: en una carta a Grandet (457 – DRG, 248) del 22 de mayo de 1718, el jesuita afirma que Montfort viajó a Roma «habiendo juzgado que mediante ese viaje alcanzaría poderes capaces para ejercer su ministerio más eficaz para la gloria de Dios y para la conversión de las almas», con el fin de poder desplegar luego esos poderes a dondequiera que la obediencia o la necesidad lo llamaran, "incluso" en Oriente y en los territorios lejanos de América. Tenía la intención de aceptar –resume maravillosamente Blain– «que lo enviaran a donde lo quisiera el Pontífice» (328).

Además, nos agrada pensar, y ésta es quizás una afirmación reveladora, que en el ánimo de Montfort hubiera madurado o al menos aparecido el esbozo de crear él mismo un grupo de misioneros, es decir, «desligados así de todo empleo y del cuidado de todo bien temporal capaz de detenerlos o atarlos a algún lugar, se hallan disponibles para correr, como san Pablo, san Francisco Javier y los demás apóstoles, adondequiera que Dios los llame: ciudades, campos, pueblos, aldeas, cerca o lejos; siempre disponibles al llamamiento de la obediencia...» (RM, 6) con reglamentos y programas de total universalidad; quizás el viaje a Roma tenía esta finalidad: obtener las "facultades" excepcionales para crearlo y realizarlo. En una palabra: no fue una simple peregrinación de un hombre en busca de la tranquilidad espiritual, sino la del fundador de la Compañía de María.

Aunque el desvío del itinerario que, como veremos, lo llevará hasta Loreto, alcanza un nuevo significado: el mismo logrado por Olier, de Bretonvilliers, los padres de la familia sulpiciana, que en la Santa Casa de Loreto idearon y consagraron su institución. Antes de partir se permite escribir una carta circular a todos los habitantes de las parroquias en las cuales, en los últimos diez meses, había predicado la santa misión.

 

«Dios sólo.

Queridos habitantes de Montbernage, San Saturnino, San Simpliciano, La Resurrección y demás parroquias que se han beneficiado de la misión que Jesucristo, mi Maestro, acaba de daros: ¡salud en Jesús y María!  

No pudiendo hablaros de viva voz, pues la santa obediencia me lo prohíbe, me tomo la libertad de escribiros, antes de partir, como lo haría un padre afligido a sus hijos, no para enseñaros cosas nuevas, sino para confirmaros en las verdades que os expuse.

El cariño cristiano y paternal que os tengo es tan grande, que os llevaré siempre en el corazón, en la vida, en la muerte y en la eternidad! ¡Que me olvide de mi mano derecha antes que de vosotros en cualquier lugar en que me halle, hasta en el altar! ¡Qué digo! Hasta en los confines mismos del mundo hasta en las puertas de la muerte; creédmelo, con tal que practiquéis lo que Jesús os ha enseñado por sus misioneros y por mí, pecador, a pesar del demonio, del mundo y de la carne.

Acordaos, pues, queridos hijos míos, mi alegría, mi gloria y mi corona; acordaos de amar ardientemente a Jesucristo, de amarlo por medio de María, de hacer brillar, en todo lugar y a la vista de todos, vuestra verdadera devoción a la Santísima Virgen, nuestra bondadosa Madre, a fin de ser en todas partes el buen olor de Jesucristo, de llevar constantemente vuestra cruz en seguimiento de este buen Maestro y alcanzar la corona y el reino que os aguardan. En consecuencia, no dejéis de cumplir y poner por obra con fidelidad vuestras promesas bautismales y sus prácticas, de recitar diariamente vuestro rosario en público o en privado, de frecuentar los sacramentos al menos una vez al mes.

Ruego a mis queridos amigos de Montbernage, poseedores de la imagen de mi buena Madre y de mi corazón, que conserven y aumenten el fervor de sus plegarias, no toleren impunemente en su barrio a los blasfemos, perjuros, cantantes de canciones obscenas o borrachos. Digo impunemente, o sea, que, si no pueden impedirles que pequen corrigiéndoles con celo y mansedumbre, al menos que algún hombre o mujer de Dios no omita el hacer penitencia, incluso públicamente, por el escándalo público, aunque no sea más que recitar un avemaría en las calles o en el lugar de oración, o llevar en la mano un cirio encendido en su propia casa o en la iglesia. Es lo que deben hacer y continuarán haciendo, Dios mediante, para perseverar en el servicio divino.

Estos avisos valen también para los otros lugares.

Es preciso, queridos hijos, es preciso que seáis buen ejemplo para todo Poitiers y sus alrededores. Que nadie trabaje en las fiestas de precepto. Que nadie instale ni siquiera entreabra su tienda, contrariamente a la costumbre de los panaderos, carniceros, revendedores y otras categorías de comerciantes de Poitiers –que le roban a Dios su día y, pese a sus sagaces pretextos, se precipitan en la condenación–, salvo el caso de verdadera necesidad, reconocida por vuestro digno párroco. No trabajéis nunca en los días santos, y Dios –os lo aseguro– os bendecirá en lo espiritual y aun en lo temporal, de suerte que no os falte lo necesario.

Ruego a las pescaderas de San Simpliciano, a las carniceras, revendedoras y a las demás que continúen dando el buen ejemplo que dan a toda la ciudad por la práctica de lo que aprendieron durante la misión.

Os ruego a todos, en general y en particular, que me acompañéis con la plegaria en la peregrinación que voy a emprender por vosotros y por otros muchos. Digo por vosotros porque emprendo este largo y penoso viaje a expensas de la Providencia, para alcanzar de Dios, por intercesión de la Santísima Virgen, la perseverancia de todos vosotros. Y añado por otros muchos porque llevo en el corazón a todos los pobres pecadores del Poitou y otros lugares, que para desgracia suya se condenan. Sus almas son tan preciosas ante Dios, que por ellas ha derramado toda su sangre; y ¿yo no haré nada? Emprendió por ellas tan largos y penosos viajes, y ¿yo no haré ninguno? Arriesgó hasta su propia vida, y ¿yo no arriesgaré la mía? ¡Ah! Sólo un pagano o un mal cristiano pueden permanecer insensibles ante la inmensa pérdida de estos tesoros infinitos: ¡las almas rescatadas por Jesucristo!

Rogad, pues, por esto.

Amigos míos, rogad también por mí, a fin de que mi malicia e indignidad no obstaculicen cuanto Dios y su santísima Madre quieren realizar por mi ministerio.

Busco la divina Sabiduría; ayudadme a encontrarla.

Estoy pensando en mis poderosos enemigos, todos los mundanos, que adoran lo caduco y se deleitan en ello, me desprecian, se burlan de mí y me persiguen; todo el infierno ha tramado mi perdición, y levantará contra mí por todas partes a todas las potencias. Y, en medio de todo esto, me siento débil, más aún, la debilidad personificada; soy ignorante, más aún, la ignorancia misma y lo demás... que no me atrevo a decir. No cabe duda: solo y miserable como soy, pereceré si la Santísima Virgen y las almas buenas –las vuestras en particular– no me sostienen y alcanzan de Dios el don de la palabra o la divina Sabiduría que remedie todos mis males y sea el arma poderosa contra mis enemigos.

Con María todo es fácil; en Ella pongo mi confianza, aunque por ello rujan el mundo y el infierno. Y digo con San Bernardo: «Hoc, filii mei, maxima fiducia mea, ac tota ratio spei meae». Haceos explicar estas palabras. No me hubiera atrevido a decirlas por mí mismo. Por María busco y encontraré a Jesucristo, aplastaré la cabeza de la serpiente y venceré a todos mis enemigos y a mí mismo, para la mayor gloria de Dios.

¡Adiós sin adiós! Porque, si Dios me conserva la vida, volveré a pasar por aquí, bien sea para permanecer algún tiempo con vosotros bajo la obediencia a vuestro ilustre prelado, tan celoso de la salvación de las almas y tan compasivo con nuestras debilidades, bien sea de paso para otra región; porque, siendo Dios mi Padre, tengo tantos lugares donde morar cuantos hay en que se ofende injustamente a Dios con el pecado:

El honrado, siga portándose honradamente;

el manchado, siga manchándose...

Para éstos, un olor que da muerte y sólo muerte;

para los otros, un olor que da vida y sólo vida.

¡Todo vuestro!

Luis María de Montfort, sacerdote

y esclavo indigno de Jesús en María»

(BAC, 611-614).

 

 

 

No fue por tanto, sólo una peregrinación.

Nada de turístico o cultural: el P. du Temps, s.j., oirá que el mismo Montfort le responde que durante su permanencia en Roma no vio nada (Blain, 327), a diferencia del gran Leuduger que aprovechó de la peregrinación en Italia para completar la propia formación humanística, a diferencia de le Bretonvilliers que recorrió todos aquellos kilómetros con excelentes tiros de caballos y espléndidos recibimientos en las diversas cortes visitadas por el camino. Hoy podremos quedar perplejos frente a esa absoluta falta de curiosidad más que legítima, pero si pensamos en la forma como realizábamos las verdaderas peregrinaciones sólo hace algunos decenios, se logra no sólo entenderlo sino también felicitarlo.

Hay que recalcar también, para cuanto diremos acerca de los motivos que llevaron a Montfort a Roma, que el método elegido fue el de la más genuina experiencia penitencial. Reparadora, por tanto, e impetradora. El viajar «a pie, ayunando, sin dinero, resuelto a pedir limosna durante todo el recorrido, abandonado a la divina Providencia, llevando consigo solamente la Biblia, el breviario, un crucifijo, una camándula, una imagen de la santísima Virgen, y un bastón de peregrino...» (Grandet,93 – DRG, 63), esa falta absoluta de provisiones, la humillación voluntaria de tender la mano a cada paso después de haberse privado en favor de los pobres de Poitiers de las últimas dieciocho monedas constituyen la medida de cuanto le costó en renuncias y mortificaciones.

 

«A pie, como todos los demás viajes», recuerda Blain (ib.).

 

Enunciarlo tan enfáticamente, equivale para Blain a presentar de nuevo el tema de la humildad y de pobreza del amigo.

Y sin embargo, estimamos demasiado la inteligencia de Montfort para verlo lanzarse a un viaje de este estilo –le contaremos luego los kilómetros– a la aventura, sin programa y sin estudio: no le faltaban los medios ni la prudencia para hacerlo.

 

Sobre el recorrido para Roma, en ese año de 1706, había diversas publicaciones: algunas han llegado hasta nosotros. Vamos a citar sólo dos que nos parecen las más significativas y que Montfort podía encontrar muy fácilmente. La de de Verdier, historiador de Francia, publicada en París, por Bobin et Nicolas-le-Gras en 1673, ya avalada por tres ediciones anteriores: Le voyage de France dressé pour la commodité des François et des Etrangers, avec une description  des chemins pour aller et venir par tout le monde, très nécessaire aux voyageurs.

La otra que hemos encontrado sólo en edición de 1720, de Nolin, geógrafo del hermano del rey, editada en París por Saugrin-l'Ainé, con una carta topográfica de 1700, en plena difusión todavía en vísperas de la Revolución: Nouveau livre de voyage, avec la description des différentes routes, que l'on peut tenir en faisant le voyage de Paris à Rome et aux villes considérables d'Italie.

Ciertamente la situación política y militar de aquel período particular, imponía cambios de ruta y caminos alternativos imprevistos, destinados a complicar el recorrido, hasta tornar, incluso, incierta incluso la supervivencia del peregrino. Montfort, lo hemos leído en la circular a los habitantes de Montbernage, lo sabía muy bien; por otra parte, «después de haber devorado, en su propio país, la vergüenza y los rechazos de la pobreza más humillante y dependiente y repulsiva, no podía encontrar tan difícil vivir el cáliz de ella en país extranjero» (Blain, ib.).

 

Saliendo de París encuentra un compañero de viaje, un trabajador, según Grandet; un estudiante español, según otros; de todos modos, encuentra un compañero de viaje que tiene la intención de entrar en Italia y caminar dos juntos es, sin lugar a dudas, una comodidad que se puede permitir. Pero también al amigo ocasional le pide hacer el sacrificio de todo el dinero. No era gran cosa, apenas treinta monedas: también esta pequeña suma va a los pobres. En cambio, Montfort se compromete a proveer al mantenimiento del compañero durante todo el recorrido. Probablemente el joven no llega a Roma, pero el hecho de ser español resultará oportuno para llegar al menos a Génova.

Colbert había dicho: «¡Reflexionen en que no nos encontramos en un reino de cosas pequeñas!». Es probablemente lo mejor que se ha podido decir sobre este extraño período. En la Francia de Luis XIV nada es pequeño, de poco valor: toda cosa, todo hecho que incumba al reino y a su unidad se vuelve macroscópico, enorme. Con el resultado que los verdaderos pequeños, los hombres del común y sobre todo ellos, resultan sacrificados, oprimidos sin compasión.

Después de haberse burlado de los médicos durante cuarenta años, Carlos II de Ausburgo-Austria, rey de España desde 1665 y de Sicilia y los Países Bajos del sur... se resolvió a morir el 1º de noviembre de 1700 sin dejar herederos y metiendo a Europa en el embrollo de buscarle un sucesor. Luis XIV y el emperador Leopoldo I son primos y cuñados; pero, mientras la madre y la esposa del rey de Francia pertenecen a la rama de los Infantes Mayores, la esposa y la madre del Emperador de Alemania pertenecen a la rama de los Infantes menores. Si Luis no hace valer sus derechos a la corona ibérica, los Ausburgos aumentarán exageradamente su predominio hasta oprimir a Francia con un cerco perfecto, reduciéndola a riesgo de ahogarse y perder en un mes cuanto había conquistado en un siglo de luchas agotadoras. Por otra parte, Francia es la garante de la libertad de los pequeños estados frente al coloso alemán y oponerse a la anexión de la España de Carlos V podía demostrarse como prueba de lealtad política a los mismos pequeños estados.

Quizás es injusto querer atribuir a Luis, el Grande, sólo ambiciones de hegemonía y de monarquía universales, y la hipótesis se presenta como del todo gratuita.

Ciertamente amaba la gloria: había celebrado sus victorias sin modestia, sus ministros hablaron muy a menudo en su nombre con desvergonzada presunción..., quizás se les puede reprochar el haber engrandecido a la nobleza e ignorado a los pobres... Y, sin embargo, ni de sus escritos ni de las memorias de ese tiempo se deduce el propósito de esa hegemonía universal y mucho menos de haber querido reconstruir a Francia sobre las antiguas fronteras. Más sencillamente se había propuesto no inutilizar el proceso evolutivo que su padre y los cardenales le había confiado.

Toda Europa había estado en espera de esa herencia: Luis XIV y Leopoldo como herederos legítimos, los Países Bajos de Antonio Heynsio por la unidad de las coronas en una sola cabeza, Inglaterra por las colonias de América y las islas del Mediterráneo.

Aún antes de que muriera Carlos II, se habían comenzado las negociaciones entre los dos primos, teniendo como mediadora a Inglaterra, para quitarle a la sucesión misma todo carácter jurídico y familiar; pero la doblez y la inacción calculada hicieron naufragar cualquier acuerdo. Entre tanto, el mismo moribundo propuso la solución: designó como sucesor al nieto de Luis, Felipe, duque de Anjou, hijo del gran Delfín de Francia, sin divisiones ni intercambios; si éste llegaba a renunciar a la sucesión, la corona española, con las mismas condiciones, pasaría al hijo de Leopoldo, el archiduque Carlos.

El rey de Francia no tenía opción: mantener la voluntad de división era alzarse contra toda Europa, y renunciar era la guerra al menos contra el imperio. Durante un año se limitó as combatir en el cerco franco-alemán, hasta que Guillermo de Orange, el monarca inglés, con todos los medios, incluso los menos dignos logró darle al conflicto el carácter de guerra europea. Fue el comienzo de las Guerras de Sucesión que torturaron a una decena de naciones –de una parte Francia y España, con Mantua, y de la otra la gran alianza de Inglaterra, Holanda, Prusia y el Imperio, y en posición particular Portugal y el Piamonte, alineados, primero, con los franceses y pasados luego al campo adversario en 1703– hasta el Tratado de Utrecht del 11 de abril de 1713 y a la paz de Rastadt del 6 de marzo de 1714.

La Guerra de Sucesión española describe una etapa decisiva en la formación del Reino de Saboya que logra sacudirse del yugo francés y llega a la soberanía autónoma. Víctor Amadeo II, duque de Turín, arranca con fuerza el poder de manos de la madre-reina e inicia una política indudablemente astuta, sin miramientos y quizás hasta cínica, pero comprensible en esas condiciones. Contrayendo alianzas y traicionándolas inmediatamente después, negociando con su propia intervención, manteniendo una fastidiosa pero eficaz ambigüedad con los dos bloques, llega a obtener en 1696 de Luis XIV, Pinerolo y el desmantelamiento de la temible fortaleza francesa de Casale.

Con el estallido de las hostilidades entre franceses y austríacos,  Francia le propuso como compensación por su intervención militar, «el cambio del estado de Milán tras concesión hecha por Saboya, del Condado de Niza y del Vicariato de Barcelona (=Barceloneta)»; y si el cambio satisfacía a ciertas miras no tan secretas sobre Lombardía, el sacrificio le parece exagerado. Pero en 1703, después de haber suscrito un pacto secreto de alianza con los austriacos, rompe con los franceses y vuelve las armas en contra de ellos. El hecho miraba a obtener de los alemanes cuanto no podía alcanzar de Luis XIV, pero no logra buenos resultados en el terreno militar, sino al contrario; después de haber conquistado a Saboya y derrotado al mismo Amadeo en Susa, los franceses habían montado el asedio a la misma Turín, rodeándola por todos lados. La capital hubiera caído, si un heroico minero, un tal Micra Pedro de Sagliano d'Andorno, no hubiera hecho explotar la galería subterránea de acceso sacrificándose él mismo, en la noche del 29 de agosto de 1706. Las tropas austríacas, guiadas por el cuñado del duque, el príncipe Eugenio de Saboya, legendario y formidable jefe militar, después de poner en fuga a los franceses logró arrancar la exhausta Turín del asedio el 7 de septiembre de 1706, y con la batalla, denominada precisamente de Turín, provocar el derrumbe de la dominación francesa en Italia.

Con el Tratado de Utrecht, Víctor Amadeo pierde la esperanza de adueñarse de Milán, pero gana a Sicilia, muy pronto (1720) cambiada por Cerdeña, logrando finalmente ceñirse una corona real.

Todos los demás estados italianos lograron mantenerse fuera de la lucha, pero la neutralidad los comprometió a menudo casi tanto como la intervención. Cósimo III de los Médicis del gran ducado de Toscana, Clemente XI en el Estado Pontificio, Silvestre Valier Dux de Venecia y los Duches bienales de Génova compartieron imposiciones y el aislamiento, con los demás inconvenientes de la guerra.

Génova sobre todo. Los genoveses desde hacía largo tiempo estaban bajo el influjo español, que se transformaba a veces en apoyo y más frecuentemente en dominación: Génova odiaba ahora a los españoles y, por lo mismo, a sus aliados franceses. Durante aquellos años trataron de impedir el paso de tropas y armas, y lograron incluso fortificar a Savona (1705) con 1.200 hombres para oponerlos a la fortaleza española de Finale, tanto para confirmar la propia neutralidad como para expresar a sus hermanos piamonteses al menos una tácita solidaridad. Pero los franceses, más que los españoles, trataron de arrastrar a Liguria en el conflicto con el fin de ocuparla insistiendo día tras día en el abuso de hacer pasar y albergar a las tropas en el territorio neutral. ¡Se hubieran contentado con esto! Destrozaron el comercio de Génova con naves corsarias que atacaban a todo navío mercante proveniente de América y dirigido al puerto de Génova, con la excusa de que venían del estrecho de Gibraltar caído en manos de los ingleses el 4 de mayo de 1704. Cuando los franceses debieron marcharse, fue difícil establecer quién se hallaba más contento, si los piamonteses o los ligurios...

¡Hasta la astronomía estaba por medio! A las diez de la mañana del 12 de mayo de 1706 en casi toda Italia se pudo observar un eclipse de sol, considerado presagio y augurio de la caída del Rey Sol... Mientras se advertían escenas de pánico en el campo francés, el eclipse dio paso libre a una cantidad de chistes y chascarrillos que se han vuelto famosos.

Querríamos excusarnos por esta prolija página sobre la historia italiana, si no se tratase de la investigación necesaria sobre el trayecto recorrido por Montfort en su viaje a Roma. Nos hemos hallado al respecto con que Montfort visitó la sábana santa de Turín, la tumba de San Carlos en Milán y hasta el arca de san Antonio de Padua... Hoy se impone una clarificación en esta materia, que aunque no tenga todo el apoyo de la documentación tendrá al menos el aspecto de la verosimilitud.

Entre tanto, precisamos que el camino de los romeros de Francia pasaba por Niza y no por Chambery. Era más fácil formar grandes grupos de peregrinos con franceses y españoles sobre el litoral de Liguria que con franceses y alemanes por los caminos montañosos. De hecho, a pocos kilómetros de Niza, a Saorge, sobre el camino ducal Cuneo-Niza, se encuentra una franja que en los documentos de 1610 y de 1752 (Niza, Mairie 1610, fol. 156; 1752 fol. 52) recibe el nombre de brecco dei romei o roca de los peregrinos que van a Roma. Todo el camino gozaba, además, de la asistencia de Penitentes Negros, Rojos o Blancos que se habían dedicado a la tarea de ayudar a los caminantes.

Por otra parte, éste del litoral era el camino turístico más indicado en los textos de la época. Ciertamente la mejor manera de llegar a Italia era la de embarcarse en Marsella o en Tolón y volver a tierra en Livorno:

«El viaje (...) se puede hacer ya por tierra ya por mar. El marítimo está sujeto en verdad a muchos inconvenientes pero es, indudablemente, más agradable y fácil para quienes no hallan en el mar más contrariedad que la que pueden encontrar en los terrenos de Saboya...» (Nolin, cit. p. 189).

 

Moncenisio, aunque está sobre el espléndido "camino de Francia" y es el único realmente defendido por el duque de Turín, causaba temor a muchos. Había también por el litoral un paso muy duro, el Bracco, pero se lo podía evitar haciendo por mar el trozo equivalente:

«La mayoría se embarca para evitar las montañas, y va a salir a Sestri de Levante, a Lérici o a Viareggio; no obstante muchos hacen el recorrido por tierra» (Du Verdier, cit., Intr.).

 

Al Montfort peregrino no le quedaba esa alternativa, si tomamos en cuenta también la situación política y militar especial de la primavera de 1706. Del 13 al 28 de abril ninguna nave llegó al puerto de Livorno (Archivio di Stato, Genova, Fundo Litt 1706, I). Había que evitar a Turín a toda costa: no existían garantías, si algún francés vestido de sacerdote se presentara ante los muros de la ciudad, porque, más de una vez, los piamonteses habían desenmascarado espías franceses que habían utilizado tales disfraces para recoger todas las informaciones necesarias al inminente asedio. Inútil añadir que tales espías fueron fucilados sistemáticamente sin proceso alguno.

La entrada a Turín estaba reglamentada en forma muy severa: fuera de las leyes y disposiciones que obligaban a dueños de hospederías, cabaretes, albergues y demás... (...) incluidos los reguladores de cualquier grupo, o colegio, aun privilegiado (como podían serlo los monasterios y casas eclesiásticas seculares y religiosas, y hasta los hospitales) (ver Ordinanza sui forestieri, 25 de octubre de 1703, 1º de enero de 1704, etc.) a denunciar inmediatamente a cualquier huésped ocasional previsto o no, con todas las circunstancias necesarias a su identificación y al conocimientos de sus intenciones; fuera de esas leyes –decíamos– desde enero de 1706 habían sido cerrados todos los caminos directos en Francia y reducidos a uno solo con paso obligado por frente de un improvisado fortín construido por el ingeniero Bertola cerca a la granja del conde Coggiola, sobre las riberas del Stura, con penas gravísimas, no excluida la muerte, para los transgresores. En esos meses se vivía con la psicosis del odio y del desprecio para con todos los franceses, dentro y fuera de la ciudad, comparable al de la Bastilla en la Francia de 1789... A comienzos del año de 1706 casi todas las puertas de la ciudad fueron definitivamente aseguradas con barras, excepto la puerta del Po, hacia el oriente: «pena de muerte a quien entrara o saliera sin permiso especial por otra puerta que no fuera la puerta del Po» (Ordinazioni, 24 de junio de 1706).

 

Si el pensamiento de entrar a Turín parecía absurdo, dar la vuelta pasando a su lado para bajar a la llanura de Padua y Lombardía en concreto era evidentemente inútil y temerario: aunque Milán y gran parte del Piamonte estaban en manos de los franceses hasta agosto, el príncipe Eugenio de Saboya había cortado ya el camino hacia el sur llegando a marchas forzadas a través de Emilia desde Mantua y había aislado a Lombardía del resto de la península. Y evitar a los piamonteses para caer en manos de los austríacos era tan peligroso y sin salida como morir bajo los muros de Turín.

El único camino posible era el que de Niza llegaba a Génova.

Pasar de Finale española o de Savona genovesa, era bastante fácil por cuanto hemos dicho antes. Y sabiendo que el viaje de ida a Roma lo hizo Montfort "a pie", podemos indicar ese trayecto, con cierta seguridad: el del litoral hasta Livorno. La forma de llegar a Niza, en tierra francesa, no ofrecía dificultades especiales: se necesitaba solamente mucha constancia y largo aliento. Y Luis de Montfort tenía esa constancia y la energía necesaria.

 

 

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