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TERCERA PARTE

 

Capítulo 11: Bajo la escalera del Pot-de-Fer

Capítulo 12: El más duro de los fracasos

Capítulo 13: Buscando una solución

Capítulo undécimo

BAJO LA ESCALERA DEL POT-DE-FER

 

 

Debemos aclarar bien la idea madurada en Grignion a propósito del apostolado misionero. Y aunque no hubiera ciertamente madurado, sí era considerada como la mejor solución al salir de la Salpêtrière.

Se percibe claramente que Luis María no había considerado definitiva su ubicación en el Hospital de Poitiers ni en el de París, aunque su celo apostólico –que Blain ha llamado con palabra inadecuada "gusto"– en favor de la miseria, lo animaba fuertemente a servir a los pobres enclaustrados. Una vez hecha la opción definitiva, la carrera misionera, desde los primeros meses de sacerdocio, y excluido un posible regreso al Hospital de Poitiers, su permanencia en la Salpêtrière, a nuestro modo de ver, tiene dos motivos evidentes.

París, fuera de ser la capital del reino y del mundo, era también la metrópoli de la pobreza: al lado del fulgurante ascenso de la burguesía acunada por el rey, la más negra y peligrosa miseria minaba el surco de la rebelde disparidad. La gama infinita de pobres y pobrezas brindaba así al P. Grignion una inmensa opción de formas apostólicas en el sector que mejor se le acomodaba. Alejado de Poitiers, casi como para entrenarse en la misión evangélica, se había dirigido a París. Dado que confiesa haber ido allá casi por obligación, queremos entender quién o qué lo orientó allá, y sobre todo porqué. Quizás era París la diócesis más necesitada de clero adicto a la población...

El segundo motivo estrechamente vinculado al primero, y quizás mucho más importante que él, debemos buscarlo en la "necesidad" que tenía Luis María de la dirección espiritual de Leschassier. París quería decir San Sulpicio. En un giro decisivo de la vida, después de dos fracasos –y si queremos contar también a Nantes, tres– teniendo que comenzarlo todo, sentía la necesidad de la guía del santo y sabio director que lo conocía más que ningún otro. También la permanencia en la Salpêtrière se presenta como un período ofrecido a Leschassier para volver a examinar a su discípulo. Si se debía hacer una opción y ésta de forma estable, Leschassier hubiera sido el último en juzgarlo y darle esa unción de la obediencia que los santos saben ubicar en los caminos del Señor.

 

«Su celo lo llevaba a cuantos eran rechazados; corría en pos de los rompecaminos, de los deshollinadores, de los pordioseros y miserables. Y, luego de reunirlos, les repartía el pan de la Palabra de Dios...» (Blain,  251).

 

Fue una especie de ministerio itinerante, vigilante y paternal, al que dedicó el tiempo que le quedaba después de las horas necesarias consagradas a las enclaustradas en la Salpêtrière. Hay que recordar aquí cuando narra Grandet, ya citado, a propósito de la increíble actividad misionera para enseñar, para debelar el pecado, para hacer avanzar en la virtud, para consolar a los afligidos y "para dar a todos una elevada idea de Dios y de la enormidad del pecado". Si a este fuerte ideal añadimos la tenacidad y testarudez de que estaba dotado, podemos comprender el fastidio que su ministerio podía causar dentro y fuera del Hospital.

Lo peor le aconteció cuando se las tomó con los juglares del Pont-Neuf.

A despecho del nombre, el Pont-Neuf es el más antiguo de París. A través de la punta oeste de la ciudad, vincula a las dos riberas del Sena y favorece el que se haga más extensa la riada de San Germán. El puente, con la plaza incorporada en la que reina la estatua ecuestre de Enrique IV, alcanzó fama especial porque fue el primero en tener andén para peatones y el único al que no rodeaban casas. Era el puesto de una auténtica feria, animado y rumoroso, receptáculo de mercaderes, huéspedes, vendedoras de flores, con mil escenas de multiforme humanidad.

Su nombre está vinculado sobre todo a la historia del teatro, porque fue el lugar de la elección de la farsa y las arias populares. Más aún, su nacimiento está vinculado con la aparición de los juglares y a aquellas cancioncillas ha unido tan estrechamente el nombre que se mantiene todavía hoy como encarnación de los cantos triviales y de las estrofillas más popularescas.

Sobre todo, después de la mitad del siglo XVII, la gloria de los cantantes del Pont-Neuf tocó la cumbre del moderno divismo, cuando de la masa amorfa saltaron a la atención los contornos indefinidos de los orfeos más afortunados. Estos escribieron su nombre en la historia de las costumbres y de la política y hasta del teatro. Es la época de Philipot llamado el Saboyardo, a quien Boileau alcanzó con la acritud del sarcasmo. En medio de la banda de los desocupados, instruidos por él para acompañarlo en los coros, rodeado de una multitud de gamines, cocineros, humildes trabajadores, soldados, burgueses, carteristas, amas de casa, prostitutas, el glorioso cantante del Pont-Neuf reinaba  desde el pedestal de Enrique IV y lanzaba con voz sonora sus couplets hasta el Louvre o la Rue Dauphine, por encima del rechinar y rodar de las carretas, por encima del resonar de las campanillas e los charlatanes, por encima de los aullidos de los anunciadores y revendedores. El río de palabras que cantaban himnos al vino, al amor, a las cosas triviales, ya antes de saltar por sobre las cabezas de los oyentes, perturbaban al poetastro ya cocido y humeante de ininterminables embriagueces, en el hedor de sus harapos, en la figura sin gracia que despersonificaba.

La musa del Savoyardo tenía imitadores y adversarios: Orlando Lassus, Guedrón, los dos Boësset, y sobre todo el Cochero de Vertamón, ignoto e innominado burgués que nunca traicionó la propia identidad. Las estrofas caían, pues, sabrosas, sucias, sarcásticas, amargas o elegíacas, a herir los escándalos y a los escandalosos, a transformar los hechos, a burlarse de los políticos y las damas mantenidas de la alta sociedad. Una figura especial de los juglares del Pont-Neuf era la que ofrecían los hombre de iglesia, reos de exagerada rigidez y devoción, y los azote dejaban moretones y señales hasta en las personas más cándidas. Responder a los adivinos, tocar a los benjamines de la muchedumbre, era desencadenar a la chusma, era apuñalar al pueblo humilde, era instigar a la revuelta. Quizás era mejor dejarles gritar.

Si Luis María se atrevió a hacerlo, como todo autoriza a pensarlo, lo hizo a sus expensas, entre la general aprobación de la gente bien. Y si el hecho, como refiere Blain, lo hizo incluso encarcelar –cosa que no es difícil de creer– resultó como epílogo de una aventura equivocada que la mayoría le imputó a mal. Pero Grignion era así: actuaba demasiado directamente, sin mediastintas, ignorando y pisoteando las buenas maneras y los convencionalismos, cuando se trataba "de la idea de Dios y de la enormidad del pecado".

Tenemos tendencia a creer que choques como éste debían resultarle fáciles, tanto más cuanto que llegando de la provincia, no podía entender las cosas inconvenientes ni lo bien visto en la ciudad.

Al salir de la Salpêtrière, encuentra un hueco donde encovarse, en la calle Pot-de-Fer, a pocos pasos del noviciado de los jesuitas a donde había llegado el P. Descartes, a pocos pasos de San Sulpicio y del convento de las generosas benedictinas. Los motivos de la elección son obvios: hallar fácilmente una iglesia donde celebrar la eucaristía, una comunidad donde alimentarse, una compañía de cohermanos con quienes intercambiar algunas palabras.

Una de las primeras tentativas de acercamiento a San Sulpicio, debió tener lugar en la casa parroquial de San Sulpicio: era párroco allí un viejo amigo, el P. de la Chetardye, quien había alimentado por Grignion una auténtica veneración, tanta que, al pasar él, se ponía en pie para hacerle una profunda reverencia. Pero la veneración se cambia en severa indiferencia, casi en condenación. Leschassier rehusa hasta recibirlo. Brenier, en los momentos de momentánea presencia, conserva las distancias y todos los demás eclesiásticos del seminario prefieren no tener nada que ver con el ex seminarista.

Una pesada y desagradable escena de Leschassier rompe toda posibilidad de encuentro. Debió suceder en la primera quincena de junio, con ocasión del funeral del P. Lévêque. Y dado que el final de esa vida apostólica es en el fondo una página que cierra un capítulo de la biografía monfortiana, referimos el relato que de él hace Blain:

 

«Como última preparación a la muerte, viajó (Lévêque) del seminario de París al de Issy, que es la casa de soledad y silencio de San Sulpicio; fue allá, digo, el domingo o uno de los días de carnaval, creo, en ayunas, envuelto en su cilicio y cargado con una cadena de hierro, y recorrió la legua, a la edad de más de 80 años, con tanta dificultad y fatiga, que, mientras daba un paso adelante, a menudo retrocedía dos, dificultándosele levantar los pies y sostenerse derecho.

Los transeúntes, al ver a este anciano y santo sacerdote, siempre en peligro de caerse, pensaban que se resentía de los días de locura (del carnaval) y que la embriaguez hacía que sus pasos resultaran temblorosos y vacilantes. Escandalizados, lo señalaban con el dedo e indudablemente, como es lo ordinario, hacían caer sobre su estado el desprecio a su persona...

Una vez llegado a Issy, pasó en retiro y penitencia la cuaresma: ocho horas diarias de oración, le colmaban gran parte del día; y, dado que le estaba prohibido hacerlas de seguida arrodillado, no se desquitaba de esta mortificación sino con una mayor, prosternándose sobre el pavimento de mármol de la devota capilla de Nuestra Señora de Loreto donde encontraba sus delicias.

Su descanso consistía en pasar el resto del día en la recitación del rosario o la lectura de algún libro piadoso, mientras se paseaba en el jardín. El santo varón sólo encontraba en estos lugares de santidad, una cosa poco conforme a sus inclinaciones, a saber, que el pan que se le presentaba era demasiado bueno; muy incómodo de no poder tenerlo peor, lo comía sólo como a las malas y resarcía su mortificación, sobre el resto de la alimentación de la cual apartaba lo mejor para contentarse con lo estrictamente necesario.

Así fue la preparación a la muerte, de este venerable anciano de más de ochenta años, tan penetrado del espíritu de penitencia, que temía que la muerte lo sorprendiera sin hacerlo. Fue la respuesta que dio a su director, que lo exhortaba a aminorar sus penitencias, para impedirle disminuir su rigor» (Blain, 205-210).

 

La muerte lo alcanzó así el 12 de junio.

Luis María debió casi ciertamente viajar a Issy para las exequias de su antiguo superior de Nantes. Quizás en esa ocasión lo alejaron desafortunadamente del Instituto. Todo esto lleva a pensar que las cosas sucedieron exactamente así: el aspecto de pobreza –llegaba del cuartucho del Pot-de-Fer– y abatimiento en el que debió presentarse fue considerado indecoroso para la circunstancia y el ambiente. Existía, además, en este continuo rechazo, un motivo mucho más hondo. Una vez más habla Blain.

 

«Realmente historias elaboradas a placer, revestidas de burlesco y acicaladas con un aire de ridiculez que se hacía circular a cargo del humilde sacerdote, habían podido causar ese cambio en el P. de la Chétardye y en muchos más.

Ya contaban haber visto al P. de Montfort predicando en las plazas públicas y que el señor Arzobispo, para poner diques a esos excesos de celo, lo había dictado el entredicho. Ya relataban que había atacado a los cantores del Pont-Neuf y que esas gentes que distraen al público y, con ese medio, hecho mucho ruido y gran desorden; lo cual lo había hecho detener y encarcelar en las prisiones de la Oficialidad. Y, como los mentirosos son siempre atrevidos, sobre todo contra la devoción, se aseguraban de no decir sino lo que habían visto.

Lo cual indisponía los espíritus contra el virtuoso sacerdote, inocente de todos esos sucesos. No obstante, los afirmaban con tanta convención, que hasta los menos crédulos se sentían dispuestos a creerlos...» (Blain, 242-243).

 

Que todo fueran "chascarrillos" inventados, no lo creemos, conociendo a Luis María. De todos modos, aún los menos inclinados a creer en ellos, acababan por dudar de él. San Sulpicio, por ejemplo. ¡Y esto no tanto por las habladurías cuanto por la fama que podía redundar sobre la institución!

 

«¡Cuán mortificado quedó, cierto día cuando al llegar a Issy, aquel santo superior (Leschassier), que se hallaba allí con la comunidad, en tiempo de vacaciones, lo recibió con un rostro glacial y lo despachó penosamente, con aire seco y desdeñoso, sin querer ni hablarle, ni escucharlo» (Blain, 218).

 

Los intentos de acercarse a Leschassier, primero en privado y, por último, ante muchos eclesiásticos –probablemente para el funeral de Lévêque– fallaron, dejándole un dolor que agravaba la incertidumbre del momento. Blain, a quien seguimos citando, no condena ni desaprueba la conducta de Leschassier ni de cuantos en tales contingencias le cerraron la puerta a Grignion. Sería pretender demasiado del biógrafo que venera incondicionalmente los oráculos sulpicianos...

Una vez más, aquel granítico Leschassier no gusta, a pesar de todo, porque no podía faltar a su culto a la regla, la normalidad, el sentido común. Y también, ¿por qué poner en peligro su óptima fama de superior general de uno de los más célebres Institutos eclesiásticos franceses, en favor de un sacerdote que se señalaba por el amor al riesgo, lo inesperado, la impetuosidad? De hecho, el no querer acoger a Grignion no significa desaprobación, si en el fondo del corazón –recuérdese la carta del 12 de mayo de 1701 a mons. Girard: "Tiene una alta idea de la perfección", y la del 12 de noviembre siguiente al mismo Grignion: "No quisiera ni me atrevería a poner obstáculos a la gracia..." (ver cap. 9 de esta biografía)–. Existe casi la certeza de que lo guía el Espíritu del Señor.

 

«Júzguese el dolor del P. de Montfort al ver a hombres tan santos e iluminados en los caminos de Dios, dudar de su propio camino porque no quieren guiarlo por sendas perdidas o lejanas, o también por no atraer sobre ellos mismos la condena de ciertas acciones exageradas que él realiza» (ver Blain, 238).

 

Hemos subrayado el texto. Blain no podía explicarnos mejor la conducta de su "amado" director.

 

«Juzguen Uds. el dolor del P. de Montfort...

Quien no ha experimentado tales dolores no los imagina siquiera: cuanto más somos de Dios, más sensibles somos, más penetra en el alma el dolor y el espanto...

A tales situaciones se hallan expuestas las virtudes raras y los varones que tienen algo extraordinario: se piensa de ellos de maneras diferentes: dividen los corazones y las inteligencias; los más sabios y esclarecidos son los más reservados al respecto, por temor de condenar a un santo o canonizar a un hipócrita...

Confesaban que era un santo y hacían elogios, ya de su gran modestia, ya de su recogimiento, ya de su humildad, a menudo de su gran mortificación y austeridades, otras veces de su amor a la pobreza, de su celo y caridad y, sobre todo, de su entrañable ternura y devoción a la santísima Virgen. Y, ¡cosa extraña!, seguían dudando de que anduviera por la senda de los santos» (Ib.).

 

Volvemos nosotros a subrayar. Es el punto fundamental de la cuestión.

 

«Yo, muy atento a cuanto de él decían, no podía extrañar lo suficiente que lo creyeran santo, sin creer que anduviera por el camino de los santos. Y, predispuesto en favor del P. de Montfort, no me atrevía a dejar de dar crédito a cuanto todos creían; pero, como el mismo Grignion me precisó a propósito, todo esto era falseado y mal interpretado.»

 

No se nos hace extraño. Hay muchos santos, y muchos viven aún hoy entre nosotros, que no serán canonizados porque no caminan por el camino de todos. Por otra parte, incluso en las cosas sencillamente humanas, los más combatidos, los más contradichos, los más humillados son precisamente los que quieren hacer algo para levantarse sobre la áurea mediocridad.

A la pregunta concreta de Blain, responderá Leschassier: «Es muy humilde, paupérrimo, muy mortificado, muy recogido; y, sin embargo, me cuesta, pensar que lo guíe el buen espíritu».

 

El buen espíritu de San Sulpicio era la legalidad y la obediencia, la mesura y la reflexión: el Superior de ese maravilloso Instituto, de aquella forja de verdaderos sacerdotes, no debía renunciar ni siquiera por una vez a la norma corriente de juicio, la medida de la espiritualidad. Y sabemos que la medida de Leschassier –y de cuantos se creen superiores al humildísimo Leschassier– no es siempre la del Espíritu de Dios. Es la falla de los superiores que creen estar de parte de Dios y de Nuestra Señora sólo porque tienen que mandar...

Lo reconocía el mismo Leschassier cuando, tras la santa muerte de Luis Grignion, confesará al mismo Blain: «¿Ves? No sé entender a los santos...».

 

Y de acuerdo con el biógrafo, concluyamos también nosotros:

 

«Una respuesta tan humilde me edificó y satisfizo mucho más que todas las apologías que hubiera podido hacer de su juicio anterior» (Blain, 228).

 

Durante esta sorda guerra, Grignion proseguía su ministerio. En él seguramente se encontró con los juglares del Pont-Neuf, con los reclamos de la Curia sobre los lugares escogidos para la predicación, y sobre todo por ese particular auditorio de deshollinadores, harapientos y pobretones le llegó la desaprobación de los eclesiásticos más calificados.

Naturalmente la guerra contra su ministerio terminaba por poner en tela de juicio su forma de predicar. Se llegó aun a invitarlo a hacer dirigir meditaciones en la cripta de San Sulpicio donde los seminaristas y los censores podían a su gusto controlar si la forma adoptada por el sacerdote de la pobrería constituía un cómodo refugio para la ignorancia, para la incompetencia y para la falta de preparación. En esa oportunidad, Grignion eligió uno de los textos más gratos a su piedad personal; parafraseó el cántico mariano del "Magníficat". Blain anota:

 

«Nada más devoto e impactante que lo que dijo: la atención y gusto del auditorio eran la prueba de ello. Pero la crítica maligna y la envidia secreta que lo persiguieron por todas partes, no encontraron qué alabar, nada que no fuera digno de lástima y menosprecio... No aprobarían nada de lo que sale de la boca de un ministro lleno de celo y tenido en alta reputación de virtud; se le hacen burla sobre las palabras menos insignificantes; no le perdonan ninguna palabra inadvertida; le arman proceso por todo» (Blain, 246-248).

 

Claro, la forma de predicar de Grignion se adapta más a los pobres que a los seminaristas, y él mismo lo afirmó muchas veces. Era sencillo, a estilo evangélico, sin elocuencia a la moda, persuadido como estaba de que la locura de la cruz tiene el poder de confundir la sabiduría del mundo y triunfar sobre la vana filosofía y sobre la elocuencia profana.

 

«Después de haber preparado bien las materias y haberlas ordenado en la inteligencia, calentaba su corazón en la oración y buscaba esos dardos de fuego, esas palabras ardientes, esas expresiones y movimientos divinos, que admiramos en los profetas y en los apóstoles, que arroban al auditorio, penetran en su corazón y realizan su conversión» (Blain, 249).

 

Como podemos ver, Blain –que se define como testigo atento– ha descrito muy bien, y lo hace a través de todo el artículo 58, la forma que podía agradar a los deshollinadores y a los harapientos, pero que no podía ser del gusto de los "pavitos" del seminario, acostumbrados a oír a los "grandes" de la elocuencia y –como acontece a menudo en los institutos religiosos– que creen estampar con su aprobación personal un sello de nobleza al predicador.

Por fortuna, los demás, aquellos eclesiásticos de quienes dependía el bien de las almas, pensaban de otro modo, y cuando el futuro obispo de Chalons del Maine, el sacerdote Madot, superior de los sacerdotes diocesanos adscritos al Monte Valeriano, pidió al cardenal De Noailles un buen sacerdote para arreglar las cosas en el célebre monte-santuario, vio que le recomendaban al sacerdote de los harapientos...

El Monte Valeriano, a pocos centenares de metros del centro de París es una cumbre totalmente aislada que, desde sus 181 metros, domina la curva noreste del Sena y ofrece un panorama completo sobre la ciudad. Desde los comienzos del cristianismo había sido siempre la sede ideal de ermitaños y cenobitas, y entre los bosques y lujuriantes olas de verdor, todavía en el siglo XVII congregaba a hombres de vida espiritual y santidad.

En 1634, el sacerdote Huberto Charpentier se había preocupado por la erección de una iglesia al final de un adecuado "Viacrucis" de siete capillas y muchas estatuas tamaño natural. Desde entonces el Monte Valeriano se había convertido en meta de numerosas peregrinaciones, en tal forma que una disposición del arzobispo había asignado al cuidado y asistencia de los fieles un numerosos grupo de sacerdotes para dejar a los ermitaños la cumbre, la capilla central y la soledad. Pero las cosas entre las dos comunidades religiosas nunca habían sido tranquilas, aunque sin trascender, y entre los dos grupos persistían tensiones y antipatías.

Pero oigamos cómo lo narra Blain:

 

«Creo que fue entonces cuando lo enviaron al Monte Valeriano a trabajar para devolver la unidad a los espíritus divididos de los buenos frailes ermitaños que tienen allí una comunidad. Su vida es muy retirada, muy austera y en un silencio casi perpetuo. Se acerca mucho a la de la trapa: también he oído dar a esa casa el nombre de la "Pequeña Trapa".

El superior de aquellos buenos ermitaños era el más anciano de ellos, llamado Fray Juan. Por largo tiempo los gobernó en la paz y la unidad; pero finalmente la discordia se asentó allí en medio de ellos; y no sé por qué motivo.

El señor abate Madot, actualmente obispo de Chalón-sur-Marne, que era su superior, habiendo inútilmente tratado de restablecer la paz por sí mismo y por medio de otros, creyó que el P. Grignion era el hombre adecuado para ello, gracias a su excepcional fervor y a su buen ejemplo. Le pidió, pues, que se encargara de esta tarea. El siervo de Dios la aceptó y partió inmediatamente, en época de invierno muy áspero y riguroso, para subir a aquella montaña, la más elevada en la cercanías de París, donde el viento, las tempestades, las lluvia, el frío, el calor y todas las incomodidades de las estaciones se hacen sentir más fuerte que en ninguna otra parte.

Su recogimiento, su espíritu de oración, su fervor, su mortificación dejaron admirados a aquellos buenos frailes y los renovaron. Seguía la marcha de sus ejercicios y les daba ejemplo de todas las virtudes más difíciles. Aquellos solitarios tan austeros ya no lo parecían frente a él, porque a todas las penitencias de ellos añadía las suyas propias. Entre ejercicio y ejercicio de comunidad, lo veían, en su capilla, siempre de rodillas y en oración, helado y temblando de frío, porque su pobre sotana y quizás alguna franela rota no lograban darle calor y defenderlo de la aspereza del frío que es más riguroso en las alturas. Tuvieron lástima de él y le pidieron que aceptara uno de sus hábitos. Y así el hombre de Dios revestido de la indumentaria blanca de aquellos ermitaños, parecía y vivía entre ellos como uno del grupo.

Impactados por sus extraordinarios ejemplos de virtud, sacudidos por la gracia y unción de sus palabras, conquistados por su dulzura y humildad, no tardaron en rendirse a sus deseos y unir su voz a la de él, para restaurar en medio de ellos la paz y la concordia, que habían sido desterradas» (Blain, 253-257).

 

Se alcanzó la paz sobre el Monte Valeriano entre ermitaños y clero diocesano. Y no parece que esa paz y concordia en el trabajo hayan sido perturbadas por casi ochenta años: hasta que la Revolución, acabó con frailes, clero, iglesia y viacrucis, y profanó el monte con construcciones de guerra.

Regresando a París a dar cuenta del resultado de su misión, a fines del invierno de 1704, Grignion no conservó nada para sí, ni siquiera el hábito blanco que devolvió a los ermitaños en el acto de despedida. Pero un recuerdo, sí, lo llevó consigo: la visión de aquel Viacrucis y de aquel calvario con sus estaciones y estatuas al natural... Algunos años más tarde construyó uno semejante en la llanura de la Magdalena, en el ducado de los Coislin, en Pontchâteau.

Si San Sulpicio no respondió a las peticiones de Grignion, tocó una vez más a la Compañía de Jesús, en la persona del P. Descartes que la Providencia le permitió encontrar a dos pasos de San Sulpicio, en el noviciado de la misma calle Pot-de-Fer, escuchar a su antiguo alumno.

 

«Incierto, entonces de sus caminos, no sabía qué camino coger. Su oráculo había enmudecido y no quiso responderle más...» (Blain, 217).

 

Pero, ¿cuál era la verdadera pregunta que deseaba plantear?

 

«Este gran amigo de la pobreza se retiró entonces a un pequeño hueco de una humilde casa, al lado del noviciado de los jesuitas. Allí, tan escondido y desconocido, apenas si logré encontrarlo, en un lugar tan semejante al establo de Belén. Sólo era, en efecto, un pequeño desván, debajo de una escalera, que el sol a duras penas podía iluminar. No vi otros muebles que una escudilla de barro cocido y, si no me equivoco, una cama miserable que no era, lo mismo que el lugar, adecuada sino para mendicantes y miserables...

Pero Dios sabía también resarcirlo en todas partes de su pobreza, y de sus humillaciones y sufrimientos, dándole comunicaciones tan íntimas y frecuentes, que el servidor de Dios pasaba la mayor parte del día y de la noche en oración, que llegó hasta dudar de si no debía abandonar, o al menos suspender por algún tiempo, las funciones del ministerio, para responder a esta poderosa atracción. Pidió consejo al respecto, pero, al parecer, le aconsejaron proseguir el ejercicio de su celo, porque no lo interrumpió en forma alguna» (Blain, 220-222).

 

Allí al desconcertado cronista se le abre la maravillosa certeza del mundo interior en que Luis María se espacia en la contemplación, desde la oración de quietud hasta la unión mística. Es el mundo reservado y exclusivo del Señor y de las almas, pero que debemos tratar al menos de comprender, porque el lugar espiritual se confunde con la forma en que Grignion logra la verdadera fisonomía que seguirá inalterada hasta la muerte.

Es el momento en que la espiritualidad del santo sacerdote toca las cumbres del arrobamiento en Dios. Los meses pasados en el hueco del Pot-de-Fer constituyen el adviento de una navidad apostólica y misionera. Sólo comprendiendo ese momento del espíritu se podrá comprender la fuerza de la actividad que de aquí tomará el despliegue pastoral que todavía esperamos.

Precisamente por esos días, el 12 de noviembre, moría en la Bastilla la legendaria "Mascara de hierro" que será sepultada en el minúsculo cementerio de la iglesia de San Pablo, en la Calle San Antonio. De esa tumba excavada en tierra, no saldrá jamás. al menos hasta hoy, la verdadera persona y la auténtica historia del personaje.

Casi al mismo tiempo desaparece un personaje que conocemos muy bien: Luis María Grignion, para hacer nacer al P. de Montfort, o mejor a Montfort. A partir de este momento firmará y se hará llamar así: hombre sin casa, sin familia, sin morada, desprendido de todos y de todo, exactamente tal como escribirá en la Súplica Ardiente:

 

«¿Qué te estoy pidiendo?

Hombres libres con tu libertad, desapegados de todo: sin padre, sin madre, sin hermanos, sin hermanas, sin parientes según la carne, sin amigos según el mundo, sin bienes, sin estorbos ni preocupaciones, y hasta sin voluntad propia...., esclavos de tu amor y de tu voluntad, hombres según tu corazón, hombres que, sin voluntad propia que los manche o los detenga... Nubes levantadas de la tierra y llenas de celestial rocío, que vuelen sin obstáculos por todas partes al soplo del Espíritu Santo...» (nn. 7-9).

 

Este nacimiento tuvo lugar en un laborioso parto, hecho de renuncias y padecimientos, a la manera de San Sulpicio. Y la vida, la nueva vida, la verdadera, que lo anima, ya no es más la del hombre pobre, sino la de Cristo. Nace Cristo en Luis María, vivo y operante en María, aferrado a la cruz como en un trono, como comida, bebida, eternidad, premio y corona, visión e ideal.

¿Qué hacen los contornos humanos sino enmarcar el rostro de Cristo?

La Sabiduría, Cristo, en pos de quien ha corrido por años, por siglos y que ahora lo conquista. No se habla de doctrina, ni de prudencia, sino de Sabiduría; no de la ciencia sino del Maestro; no de la actitud exterior, sino de la gracia vivificante. Es la Sabiduría que es Cristo, es Jesucristo, Sabiduría encarnada –fin de toda santidad y de toda devoción–; que sólo existen si llevan a vivir en Cristo.

 

«Sabiduría, ven, te llama un pobre;

sí, ven, que por la sangre de Jesús

y las dulces entrañas de María

no quedaremos nunca confundidos.

 

¿Por qué, por qué prolongas mi martirio,

si yo te estoy buscando noche y día...

 

Ábreme, ábreme, amor; abre la puerta;

abre que no soy un desconocido

mira que te amo y busco locamente

y en ti tan sólo encuentro mi descanso.

 

Pero si tú no quieres que sea tuyo,

déjame importunarte una y mil veces

y buscarte y buscarte y no encontrarte...»

 

(CT 124,1-4; BAC 660-661).

 

Estas estrofas del más hermoso de los Cánticos de la colección del futuro misionero (Los deseos de la Sabiduría), pueden traicionar el ansia y el temor de perder con Cristo todas las cosas.

En la contemplación de aquellos días y noches, la Sabiduría se le revela en dos rayos, dos estados o actitudes inconfundibles: la cruz y la Virgen María. Son las formas que la Sabiduría misma ha utilizado para encarnarse y salvarnos. ¡Sin María y sin la Cruz no es posible entender a Jesucristo!

La contemplación realiza el último golpe sobre el granito del hombre Grignion que se ha colocado en las manos de Dios como cera para ser moldeado, como un laúd entre las manos de un hábil tañedor. La Sabiduría  se destaca del mundo contemplado por la mirada mística y entra en su espíritu: viene a él, se queda en él, es parte de él, es vida de él. Siempre con esos dos rayos que se llaman: Cruz y Nuestra Señora.

Su temática espiritual quedará así compuesta sobre el modelo del plan providencial de la salvación, como en un cuadro que no describe momentos, pero va pintando la realidad que hay que vivir.

Pero, para Montfort la contemplación se convierte en mensaje que hay que transmitir; no se detiene en su espíritu sino lo poco que es necesario para suscitarle el jadeo de la santidad y el anhelo de divulgar; no la guarda para sí, sino que la ofrece para toda la humanidad que quiera beneficiarse de ella.

En los meses de soledad penosa pero radiante, escribe la obra maestra de su literatura espiritual: el Amor de la Sabiduría Eterna (BAC, 117-207), poderosa síntesis de la cual tomarán aliento, de vez en cuando, los demás opúsculos y tratados, y en la cual hay que enmarcarlos para que puedan comprenderse adecuadamente. Quizás, utilizando los apuntes de las meditaciones dictadas en la Sala de la sagesse de Poitiers, sirviéndose de la lectura de las obras de Saint-Jure, de Nepveu, de Olier y de Bérulle, con algunas anotaciones tomadas del anterior Cuaderno de Notas, y sobre todo con la incontenible ola de entusiasmo y de convicción cosechadas en la revelación interior, Luis María compone un pequeño volumen que es mucho más que un simple libreto de piedad.

No es un libro para leer, sino para vivir.

Con Cristo y según Jesucristo.

No se lo aprende en pocas horas, sino con toda la existencia.

La limpidez y la coherencia a las que favorece la sencillez del estilo, lo hacen accesible a cualquiera por indocto y hasta iletrado que sea, y quizás más a éste que a los iluminados. Los modernos podrán ampliarlo, criticar o rechazar, ¡cómo no! Pero no pueden derruirlo; podrán añadirle preciosos fragmentos de exégesis y precisiones teológicas, de historia y de filosofía, pero sin alterarlo ni mutilarlo.

Pocas líneas son suficientes para trazar el esquema.

El Verbo de Dios, la Sabiduría Eterna, la altísima y poderosa consejera del Creador y artífice del universo, quiere la salvación del hombre; por milenios lanza a la humanidad afligidas llamadas y frecuentes invitaciones de esperanza. Cuando en el Consejo del Eterno e decide la Encarnación, la misma admirable Sabiduría se hace carne y el Verbo se asoma al mundo deshecho, como Redentor y Salvador. En Cristo las invitaciones se convierten en reales testimonios de amor y de misericordia. En Jesucristo se hace realidad el impensable acontecimiento y María lo adecúa y lo calibra a la pequeñez humana. La salvación se cumple en una crucifixión que no es un episodio, sino un mensaje y un tema. La palabra y los milagros han quedado fijados en el evangelio, en la predicación apostólica, aparece como la sublimación de la humanidad crucificada del Verbo. Desde ese momento la obra de Dios comienza el verdadero trabajo de redención de las personas y se transmite como Vida de gracia; basta con que el hombre se acerque a Cristo e intente lo increíble, de hacer vivir a Cristo en sí y de vivir en Cristo. El camino que el hombre debe recorrer para una unión perfecta, se presenta bajo formas diferentes que la hagiografía de todos los siglos ha consagrado; pero una forma, la más lógica e inmediata, es ese recorrido del Verbo desde la encarnación hasta la resurrección: el camino que pasa a través de María santísima. Es el medio eficaz por ser sencillo, exacto por ser divino, humano por ser natural.

Para poseer la Sabiduría hay que "desearla" y "pedirla con súplicas y gemidos", mientras que la condición sine qua non para alcanzarla es el desprecio del mundo y el ejercicio de la virtud. La devoción a la Virgen María no es una de éstas, ni una forma de ascesis del alma, sino el medio ideal de la realización del gran proyecto. El hombre que se arroja en María, como un día el Verbo, no llegará a la santidad por esto sólo; ¡largo es el camino que hay que recorrer para completar la imitación de Cristo, más aún de Cristo crucificado!

El libro termina así con los acordes de una espléndida sinfonía mariana, ofreciendo al alma el tema de la perfección y de apostolicidad, del celo y de la caridad.

De aquí tomará aliento el futuro Tratado de la verdadera devoción: "Por medio de la santísima Virgen María vino Jesucristo al mundo, y también por medio de ella debe reinar en el mundo" (VD, 1).

Este Amor de la Sabiduría Eterna no es un libro que se lee sólo para meditar. Es una llamada que se escucha de pie, listo a trabajar. Es, como se ve, un desarrollo de impronta evangélica, y es por esto que cada página redunda de evangelio. Es uno de esos pocos libros cuyas páginas, si las dispersara el viento, podrían recogerse y colocarse sobre el escritorio, o mejor, sobre el reclinatorio del verdadero cristiano. Y seas quien seas puedes encontrar en él, para el momento justo la palabra adecuada que infunda energía y permita recuperar el deseo de amar a Jesucristo.

La interrogación giraba, pues, sobre la suavísima alegría que le sugería la contemplación en el receptáculo de la humildad, bajo la escalera del Pot-de-Fer. Las últimas incomprensiones de Nantes a París, además, lo impulsaban a considerar que no era apto para la predicación ni para las funciones del sagrado trabajo misionero. ¿Algo de desaliento?

Ahora entendemos por qué buscaba con afán una respuesta.

Dios, el Padre que nunca defrauda, pensó por su parte, en confirmar cuanto le dijo el jesuita Descartes, en la secuencia de los acontecimientos, entre los cuales hemos incluido ya la paz restablecida en el Monte Valeriano.

Pertenecen a este período ciertas cartas del P. de Montfort, que citaremos en cuanto que confirman el estado de ánimo que hemos vislumbrado en Montfort.

La primera va dirigida a María Luisa de Jesús, en Poitiers, donde ella sigua aguardando una respuesta sobre su propio futuro de religiosa.

Realmente, en aquellos meses, tras la inesperada partida de su director refugiado en París, hallándose en la necesidad de ver de sí misma, también María Luisa abandona el Hospital y sigue probablemente una decisión tomada precisamente con ocasión de esa novena pedida por Montfort: quiere hacerse religiosa "en una posición seria", dado que habiendo quedado sola, le parece hasta haber sido abandonada a su propia suerte. Siguiendo las indicaciones de un director ocasional, se presenta en el monasterio de las Canónigas de San Agustín en Chatellerault, para ofrecerse como laica conversa "con el fin de no mortificar a sus padres y en espíritu de pobreza" (BML, 29) como le había inculcado Grignion. Así, pues, sin dote y en el más absoluto ocultamiento. ¿Cuánto duró la experiencia? Tres o cuatro meses, dado que en octubre está de nuevo en el Hospital de Poitiers y recibe la carta de Montfort.

¿Supo Montfort de ese intento? Quizás no, y si lo supo, dado que es mucho más prudente de cuanto se piensa, sabe que María Luisa es perfectamente libre de sí misma y puede muy bien responder no a su propuesta, y además, sabio como ha aprendido a serlo, sabe muy bien que la Providencia se la traerá de nuevo si el proyecto viene del Señor. De todos modos, no aludirá jamás a ello en las cartas del momento ni en las posteriores, a menos que se quiera ver un poco de amargura en las primeras líneas de la carta que envía precisamente ahora.

 

de París, el 24 de octubre de 1703

«Hija carísima:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

No pienses que la distancia física o el silencio externo me hayan hecho olvidar tu caridad para conmigo ni la que debo profesarte. Me dices en tu carta que tus deseos de hacerte religiosa permanecen tan fuertes, tan ardientes y constantes como siempre. Es una señal infalible de que provienen de Dios. Tienes entonces que poner en Él toda tu confianza; ten por seguro que obtendrás más de lo que piensas. El cielo y la tierra pasarán antes que Dios falte a su palabra permitiendo que una persona que espera en El perseverantemente vea frustrada su esperanza. Experimento que sigues pidiendo la divina Sabiduría para este miserable pecador a través de cruces, humillaciones y pobreza. ¡Ánimo, querida hija!  ¡Ánimo! Te quedo infinitamente agradecido. Experimento los efectos de tus plegarias, porque me encuentro empobrecido, crucificado y humillado como nunca. Hombres y demonios, en esta gran ciudad de París, me arman una guerra muy amable y dulce. ¡Que me calumnien, que me ridiculicen, que hagan jirones mi reputación, que me encierren en la cárcel! ¡Qué regalos tan preciosos! ¡Qué manjares tan exquisitos! ¡Qué grandezas tan seductoras! Son el equipaje y cortejo de la divina Sabiduría, que Ella introduce consigo en casa de aquellos con quienes quiere morar. ¡Oh! ¿Cuándo lograré poseer esta amable y desconocida Sabiduría? ¿Cuándo vendrá a morar en mí? ¿Cuándo estaré tan engalanado que pueda servirle de refugio en un lugar donde se halla sin techo y despreciada? ¡Oh! ¿Quién me dar a comer ese pan del entendimiento con el que Ella alimenta a sus mejores amigos? (Quién me dar a beber ese cáliz con el que calma la sed de sus servidores? ¡Ahí ¿Cuándo me hallaré crucificado y perdido para el mundo?

No dejes, querida hija en Jesucristo, de compartir mis súplicas encaminadas a satisfacer estos anhelos míos. Puedes hacerlo ciertamente. Lo puedes, de acuerdo con algunas amigas. Nada puede resistir a tus plegarias. El mismo Dios –con ser tan grande– no las puede resistir. Se ha dejado, afortunadamente, vencer por una fe viva y una firme esperanza. Ora, pues; suspira, implora para mí la divina Sabiduría; la obtendrás toda entera para mí. Así lo creo»

(sin firma)

(Carta 16; BAC 94-95).

 

De Rambervilliers donde está empezando su año de noviciado, la hermana Guyonne-Jeanne le manda a decir –quizás con las benedictinas de Rue Cassette– que una enfermedad no definida le hace temer que no sea apta para la vida religiosa con las Madres que consagran la vida a la adoración y reparación continuas: quizás la lejanía de Bretaña, la falta del hermano y un doloroso recuerdo de la familia le causan un tanto de melancolía...

Luis María –probablemente en el verano de 1703– le envía una carta que constituye un himno a la fuerza purificadora del dolor.

 

«Querida hermana:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Me alegro de tener noticia de la enfermedad que el Señor te ha enviado para purificarte como oro en el crisol. Debes ser una víctima inmolada sobre el altar del Rey de los reyes para su eterna gloria.

¡Qué destino tan sublime! ¡Qué vocación tan excelsa! Casi siento envidia de tu felicidad.  

Ahora bien: ¿cómo puede esta víctima serle totalmente agradable si no está interiormente purificada de toda mancha, por insignificante que sea? Este Santo de los santos encuentra manchas aun donde la criatura no ve sino belleza. Con frecuencia, su misericordia se anticipa en nosotros a su justicia, purificándonos con la enfermedad, que es el crisol ordinario para purificar a sus elegidos.  ¡Qué felicidad la nuestra si Dios mismo se digna purificar y preparar la víctima a su gusto! En cambio, ¿a cuántas otras abandona para que se purifiquen a sí mismas o por medio de otros?  Y ¡cuántas más son recibidas como víctimas sin pasar por las pruebas ni por el tamiz de Dios!

¡Ánimo, pues, ánimo! No temas al espíritu maligno, que te dirá con frecuencia durante la enfermedad: No llegarás a profesar a causa de tu poca salud. Sal del monasterio y vuélvete a tu casa. Vas a quedar en la calle. Serás una carga para todos... Aunque el cuerpo te duela, ten firme el ánimo, pues nada te conviene tanto en el presente como la enfermedad.

Pide y haz pedir la divina Sabiduría para mí, que en Jesús y María soy

Tu hermano...»

(Carta 17; BAC 95-96).

 

Pero tras la enfermedad purificadora, queda la duda. Más aún, se diría que se da una forma de testaruda rebelión, naturalmente inconsciente, que le hace pesada la vida de comunidad y la vida religiosa en general. Ciertos reclamos de la superiora, ciertos contrastes con las hermanas... y alguna leve amenaza de exclusión llevan Guyonne-Jeanne a querer convertirse en profesa a la fuerza. El hermano que adelanta la dura prueba de la cruz y del aislamiento, que siente la falta de un director espiritual, le escribe con lealtad y fuerza:

 

«Hermana carísima en Jesucristo:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Todos los días doy gracias a nuestro Dios de bondad las misericordias que realiza en favor tuyo. Trata de corresponder con fidelidad absoluta a cuanto te pide.  

Si no es Dios el único que te abre la puerta del convento donde te encuentras, no entres en él. Aunque tengas una llave de oro hecha ex profeso para abrirte la puerta. Porque ésta se transformaría para ti en la puerta del infierno.  

Se necesita una especial vocación para ingresar entre las Hijas del Santísimo Sacramento, pues su espíritu es elevadísimo. La verdadera religiosa del Santísimo Sacramento es una verdadera víctima en cuerpo y alma. Se alimenta con el sacrificio continuo y universal: el ayuno y la adoración sacrifican su cuerpo; la obediencia y la renuncia sacrifican su alma. En una palabra: todos los días muere viviendo y vive muriendo.  

Haz cuanto te manden en esa casa.  

Todo tuyo.

de Montfort»

(Carta 18 – BAC 96-97).

 

La carta es del mismo octubre de 1703. Fortalecida y sostenida más por las oraciones que por las palabras de su santo hermano, Guyonne-Jeanne prosigue su camino de noviciado con mejor espíritu y tranquila serenidad.

 

De su pluma hemos recogido también ese afligido: No tengo aquí amigos... los que en otros tiempos tuve en París, me han abandonado (ver Carta 15). Aunque debemos afirmar que el ambiente no le era del todo adverso. Quería decir quizás que ninguno se mostraba pronto a defenderlo y apoyarlo... Algún amigo le ha quedado y ¡qué amigo!

En mayo de 1703, Luis María estipula un contrato con el antiguo condiscípulo y conciudadano Claudio Poullart des Places. Su encuentro y las confidencias que llevaron a aquel contrato nos ayudarán a comprender la evolución espiritual de Montfort. Claudio-Francisco Poullart había nacido en Rennes en 1679 y había estudiado también en el colegio de los jesuitas. Luego de algunos años de dispersión se había dedicado definitivamente al estudio del derecho en otro colegio jesuita más famoso, Louis-le-Grand, cerca de París. De estudiante –y queremos recordar que en esos años y en ese colegio estaban el joven Arouet, el célebre Voltaire– se dedicaba enteramente al apostolado sobre todo entre los deshollinadores a quienes impartía lecciones de catecismo en la iglesia de san Benito. En 1702, resuelto a hacerse sacerdote, recibe la tonsura.

Ya tuvimos oportunidad de poner de relieve cómo la verdadera llaga del clero francés era la falta de clero apto y preparado. No obstante la imponente obra de reforma intentada por las grandes instituciones –modelo la de San Sulpicio– muchas regiones permanecían siempre sin clero capaz, porque en fin de cuentas –y el tirocinio de Montfort es la prueba de ello– la permanencia en el seminario costaba demasiado. Muchos jóvenes no se hicieron sacerdotes por no tener dinero y seguramente entre éstos se hallaban los mejores. Y aquellos pobres que llegaban a serlo o lo hacían con segundas intenciones o terminaban clandestinamente en alguna diócesis menos actualizada.

Los intercambios de información que se hicieron los dos al reencontrarse en París en 1702 a propósito de la dolorosa situación de los campos y de los sacerdotes dispersos en los poblados, sirvieron para sacudir fuertemente a Poullart des Places. Con dificultades y a sus expensas creó un seminario «para promover eclesiásticamente, en forma pobre y gratuita, en el espíritu del Concilio de Trento, durante el curso de varios años, a los estudiantes pobres... con el intento... de reformar al clero del campo, de proveer de esa manera a las parroquias pobres y pequeñas con buenos sacerdotes, a los pueblos y regiones grandes con buenos vicarios, capellanes y maestros de escuela, de formar operarios evangélicos para el reino (de Francia) y para el exterior, de formar buenos sacerdotes para todos los oficios en la Iglesia, haciendo de ellos trabajadores, pobres y desinteresados...» (Receuil Thoisy, c 9 [al 14] 273 – en Le Floch, Claude-François Poullard des Places, París 1906, pp. 273-274).

 

El seminario fue inaugurado ante Nuestra Señora de la Bonne Délivrance en la parroquia de Saint-Etienne-des-Grés, el 27 de mayo de 1703. Luis María de Montfort fue invitado a la ceremonia y probablemente a ofrecer una serie de predicaciones preparatorias.

Uno de los biógrafos más documentados, Besnard, afirma que en esa ocasión pidió al amigo Poullart des Places que entrara a formar parte del grupo misionero que el mismo Montfort quería crear; y que él respondió que no se sentía inclinado a la predicación, pero que proveería a alimentar al grupo con sacerdotes formados en su propio seminario.

Al referir esta noticia de Besnard, dudábamos un poco, porque el contrato de colaboración nos parece poco probable. ¿Cómo podía Montfort pensar en un grupo misionero si él mismo no era misionero? Y si ya soñaba –y podemos también creer que es admisible– en la Compañía de misioneros para la gente, probablemente habló de ella con el amigo, pero sin proponerle, al menos por ahora, entrar en ella. Quizás el episodio debe colocarse unos años más tarde y gozaría entonces de toda validez. En efecto, en la Regla de los Sacerdote misioneros de la Compañía de María, siempre alude a al seminario parisino de Poullart des Places, aunque la forma externa del texto podría insinuar la existencia de un seminario propio.

Sea lo que fuere, la amistad entre los dos se mantiene firme y fecunda. Poullart des Places fundó la Congregación de los espiritanos, llegó a ser sacerdote y se hizo santo. La alianza espiritual entre los dos se mantuvo y fue confirmada por el regalo que Montfort, hizo el día de la inauguración al nuevo Instituto de una estatua de María en madera, tallada por él mismo. Ciertamente Montfort consideró la posibilidad de comprometerse con este seminario, tanto que considera la obra naciente en cierta forma como una creación personal suya.

Y los espiritanos vieron siempre en Montfort a más del amigo del Fundador, el padrino de la Congregación.

Al bajar del Monte Valeriano, dos noticias interesantes lo esperaban: la primera era la de la profesión de su hermana en Rambervilliers, la segunda una llamada urgente del Hospital de Poitiers.

A su hermana le escribió inmediatamente:

 

«Querida víctima en Jesucristo:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

No puedo agradecer lo suficiente al Dios de bondad el haberte convertido en víctima perfecta de Jesucristo, enamorada del Santísimo Sacramento y suplemento de tantos cristianos y sacerdotes infieles.

¡Qué honor para tu cuerpo el ser inmolado sobrenaturalmente durante una hora en adoración ante el Santísimo! ¡Qué honor para tu alma el hacer en esta tierra, sin gusto, sin conocimiento, sin la luz de la gloria, en la sola oscuridad de la fe, cuanto hacen en el cielo los ángeles y santos con tanta complacencia y claridad! ¡Cuánta gloria da al Señor en este mundo una fiel adoratriz! Pero ¡qué raro es hallarla! Porque todos, incluso los más espirituales, ansían gustar y ver. De lo contrario, se hastían y entibian. Y, sin embargo, sola fides sufficit: ¡basta la fe!

En fin, hija fiel del Santísimo Sacramento, ¡qué provecho, qué riqueza y qué placer los tuyos cuando te encuentras a los pies de este rico y dignísimo Señor de los señores! ¡Animo!, ¡Animo! Enriquécete, regocíjate al consumirte cada día como lámpara encendida. Cuanto más des de lo tuyo, tanto más recibirás de lo divino.  

Y después de haberte felicitado, (no tengo, acaso, razón de felicitarme a mí mismo, si no como hermano tuyo, al menos como tu sacerdote? Porque ¡qué alegría, qué honor y qué ventaja para mí el contar con la mitad de mi sangre que repara con sus amorosos sacrificios los ultrajes que –¡ay de mí!– infiero tantas veces al amable Jesús en el Santísimo Sacramento, sea por mis comuniones hechas con tibieza, sea por mis olvidos y abandonos inconcebibles! ¡Oh¡ Yo triunfo en ti y en todas tus dignas Madres, porque me habéis alcanzado las gracias de las cuales yo y los demás infieles ministros de los altares nos hacemos indignos por nuestra poca fe.  

Salgo en seguida para el Hospital de Poitiers.  

Te suplico, hermana mía, que ames sólo a Jesús en María, y por María, a Dios sólo y en El sólo.  

Todo tuyo.»

(sin firma)

(Carta 19 – BAC 97-98).

 

Era la mitad de marzo de 1704. La comunicación enviada a su hermana sobre la inminencia de su viaje a Poitiers, tiene que ver, precisamente, con la segunda noticia recibida en su escondrijo del Pot-de-Fer. Blain le entregó una carta dirigida al P. Leschassier de parte de los pobres de Poitiers y que tenía que ver con él.

 

«Nosotros, cuatrocientos pobres, le suplicamos muy humildemente, por el mayor amor y la gloria de Dios, que nos haga venir a nuestro venerable pastor, ése que ama tanto a los pobres, el P. Grignion.

¡Ay! Señor, sentimos como nunca la pérdida que hemos sufrido para la salvación de nuestras almas. Porque en cuanto a los bienes de este mundo, no son éstos los que nos inquietan: la Providencia provee a nuestras necesidades y creemos que él con sus oraciones nos ha alcanzado de Dios una nueva superiora que posee todas las condiciones que se pueden desear para las cosas temporales. Es de elevada condición, viuda riquísima, que ha provisto ricamente a sus hijos. El demonio sólo busca nuestras almas... La mies es muy abundante y hay pocos obreros; él preveía bien todo esto...

Carísimo señor, ¿no lograrán nuestras apremiantes necesidades conmover su corazón que ama a Dios y su gloria y la salvación de las almas? Ud. recibirá gran gloria por ello: ¡qué bien tan grande hará al enviarnos a nuestro ángel! Los pobres son siempre despreciados y no se escuchan sus humildes súplicas. Lo pedimos también a nuestro ilustrísimo y reverendísimo obispo, quien nos dice que ya lo ha llamado dos veces... Los grandes no gustan de ser rechazados, y en este caso hay que olvidar totalmente los intereses de Dios (no escuchándolo). Creemos que su caridad y celo por las almas nos concederán esta gracia grande que le pedimos en nombre de todas las amabilidades del buen Jesús y de su santa Virgen Madre de Dios.

¡Señor! Si él estuviera aquí, con la nueva superiora, ¡qué reglamentos y qué justicia no haría reinar en esta casa! Perdón, bondadoso señor mío, por el atrevimiento que nos tomamos: es, de todos modos, nuestra indigencia la que nos impulsa a importunarle, y también las grandes penas que padecemos.

Por último, Dios mío, consuélenos y perdónenos nuestros grandes pecados que nos han merecido semejante desgracia. Si podemos verlo de nuevo, seremos más obedientes y fieles en consagrarnos a Dios a quien imploraremos, señor, le conserve a Ud. y le aumente las bendiciones y perseverancia final.

Los pobres de Poitiers»

(Pauvert, p. 140).

 

Fuera de la evidente retórica de quien redactó la carta, los hechos corresponden a la realidad. La situación del Hospital, a diez meses de la partida de Montfort, había ido empeorando desde el punto de vista disciplinar y moral. La nueva directora que había sustituido a la inepta Dame de París era una buenísima conocida de los hospitalizados cuya providente benefactora había sido siempre. Se llamaba María de Villeneuve, viuda Bodet De la Fenêtre, y fuera de la piedad religiosa y la abundancia de dinero, tenía óptimas cualidades de administradora. El puesto de capellán, no obstante la afanosa búsqueda efectuada por el Consejo de Administración, estaba prácticamente vacío, aunque en los últimos meses había un sacerdote que a la llegada de Montfort no aparece ya con el título en los registros y memoriales.

¿Quién había pensado nuevamente en Grignion?

En primer lugar, al obispo. Ciertamente ya estaba esperando una respuesta dada a los dos enviados encaminados a París. Si esa respuesta no había llegado, no creemos que fuera por negligencia –que a los ojos de Montfort hubiera parecido una horrible rebelión– de Grignion; pero muy probablemente la invitación no habrá llegado al interesado quien se hallaba en el Monte Valeriano. La alusión "Los grandes no gustan de ser rechazados" deben entenderse como resignación de parte del obispo y como rechazo a ulteriores insistencias.

Y ciertamente los pobres... Una mano para extender la petición y sugerir la dirección de Leschassier debieron prestarla la Directora y sobre todo María Luisa de Jesús que no había vuelto a abandonar el Hospital y, por orden del obispo, tampoco el hábito. Si tuviéramos que aceptar que todos los pobres, todos los cuatrocientos estaban de acuerdo... pretenderíamos demasiado. Pero la mayor parte de ellos, ciertamente sí.

Por otra parte, los pobres, después de la referencia a las visiones de algún alma piadosa –y que muy poco podían conmover a Leschassier– piden prácticamente sometidos una vez más a la prueba.

Es útil preguntarse cuál era la actitud de Leschassier y su juicio sobre el asunto, dado que la carta lo invocaba directamente al caso como apelación decisiva. El prudente y atento observador de los manejos de la Providencia, una vez enviado a Blain a llevar la carta a Montfort –decimos Blain, o sea, el único amigo que le ha quedado a en San Sulpicio– quizás trataba de apoyar la petición al menos a título personal. No logramos ver en el gesto del sulpiciano una intención de "lavarse las manos". Preferimos pensar que, no pudiendo aprobar explícitamente a Montfort en público, lo anima secretamente. Está al corriente de las relaciones entre Grignion y Blain y, por ello, en cierta forma todavía lo sigue... a distancia, quizás.

Y esto constituyó en el fondo el verdadero rayo de sol en el cuartucho oscuro del Pot-de-Fer. ¿Fue suficiente ese mudo mensaje de Leschassier para hacerlo salir de allí, o lo fueron las dos llamadas del obispo, o el consejo del P. Descartes, o las palabras de aliento de Blain...? No lo sabemos bien. ¿Obedeció o eligió? Porque esta vez tenía la facultad de aceptar o rechazar, como lo hace intuir el gesto de Leschassier.

Sería cómodo y fácil decir que una vez más prevalece en Montfort la voluntad de obedecer y de escuchar a los superiores y el grito de los pobres. Pero el P. Grignion ya no existe; ahora es Luis de Montfort, es decir, tan cambiado en el espíritu –y la opción del nombre lo determina–, que si una decisión como ésta debía ser motivada, el motivo no lo habría encontrado fuera, sino dentro, pero en la conciencia de la propia definitiva vocación.

Se habían necesitado las desilusiones de Nantes, de Poitiers, de París; se había requerido de esos meses de dolorido retiro, y sobre todo aquellos del hielo del Monte Valeriano, para abrirle los ojos. Si alguna vez había dudado de sentirse llamado a "encerrarse" para servir a los pobres, hoy es cierto. Las experiencias demasiado breves de vida en descampado, evangélicas y apostólicas, las únicas que en el fondo lo defraudan, eran la verdadera indicación providencial de su puesto en la viña del Padre. Cambiando nombre y escogiendo el de su país natal, ha querido hacer desaparecer cualquier traza de colocación y fisonomía humanas, para ser sólo y para todos un "padre", para aquellos donde el nombre de "Montfort" podía significar algo: ¡no en París ni en Canadá, sino en Bretaña!

Al ofrecerle la posibilidad de regresar a Poitiers, Dios confirmaba la opción definitiva del sacerdote bretón.