TERCERA PARTE
Capítulo 11: Bajo la escalera del Pot-de-Fer
Capítulo 12: El más duro de los fracasos
Capítulo 13: Buscando una solución
Capítulo undécimo
BAJO LA ESCALERA DEL POT-DE-FER
Debemos aclarar bien la idea madurada en Grignion a
propósito del apostolado misionero. Y aunque no hubiera
ciertamente madurado, sí era considerada como la mejor
solución al salir de la Salpêtrière.
Se percibe claramente que Luis María no había considerado
definitiva su ubicación en el Hospital de Poitiers ni en el
de París, aunque su celo apostólico –que Blain ha llamado
con palabra inadecuada "gusto"– en favor de la miseria, lo
animaba fuertemente a servir a los pobres enclaustrados. Una
vez hecha la opción definitiva, la carrera misionera, desde
los primeros meses de sacerdocio, y excluido un posible
regreso al Hospital de Poitiers, su permanencia en la
Salpêtrière, a nuestro modo de ver, tiene dos motivos
evidentes.
París, fuera de ser la capital del reino y del mundo, era
también la metrópoli de la pobreza: al lado del fulgurante
ascenso de la burguesía acunada por el rey, la más negra y
peligrosa miseria minaba el surco de la rebelde disparidad.
La gama infinita de pobres y pobrezas brindaba así al P.
Grignion una inmensa opción de formas apostólicas en el
sector que mejor se le acomodaba. Alejado de Poitiers, casi
como para entrenarse en la misión evangélica, se había
dirigido a París. Dado que confiesa haber ido allá casi por
obligación, queremos entender quién o qué lo orientó allá, y
sobre todo porqué. Quizás era París la diócesis más
necesitada de clero adicto a la población...
El segundo motivo estrechamente vinculado al primero, y
quizás mucho más importante que él, debemos buscarlo en la
"necesidad" que tenía Luis María de la dirección espiritual
de Leschassier. París quería decir San Sulpicio. En un giro
decisivo de la vida, después de dos fracasos –y si queremos
contar también a Nantes, tres– teniendo que comenzarlo todo,
sentía la necesidad de la guía del santo y sabio director
que lo conocía más que ningún otro. También la permanencia
en la Salpêtrière se presenta como un período ofrecido a
Leschassier para volver a examinar a su discípulo. Si se
debía hacer una opción y ésta de forma estable, Leschassier
hubiera sido el último en juzgarlo y darle esa unción de la
obediencia que los santos saben ubicar en los caminos del
Señor.
«Su celo lo llevaba a cuantos eran rechazados; corría en pos
de los rompecaminos, de los deshollinadores, de los
pordioseros y miserables. Y, luego de reunirlos, les
repartía el pan de la Palabra de Dios...» (Blain, 251).
Fue una especie de ministerio itinerante, vigilante y
paternal, al que dedicó el tiempo que le quedaba después de
las horas necesarias consagradas a las enclaustradas en la
Salpêtrière. Hay que recordar aquí cuando narra Grandet, ya
citado, a propósito de la increíble actividad misionera para
enseñar, para debelar el pecado, para hacer avanzar en la
virtud, para consolar a los afligidos y "para dar a todos
una elevada idea de Dios y de la enormidad del pecado". Si a
este fuerte ideal añadimos la tenacidad y testarudez de que
estaba dotado, podemos comprender el fastidio que su
ministerio podía causar dentro y fuera del Hospital.
Lo peor le aconteció cuando se las tomó con los juglares del
Pont-Neuf.
A despecho del nombre, el Pont-Neuf es el más antiguo de
París. A través de la punta oeste de la ciudad, vincula a
las dos riberas del Sena y favorece el que se haga más
extensa la riada de San Germán. El puente, con la plaza
incorporada en la que reina la estatua ecuestre de Enrique
IV, alcanzó fama especial porque fue el primero en tener
andén para peatones y el único al que no rodeaban casas. Era
el puesto de una auténtica feria, animado y rumoroso,
receptáculo de mercaderes, huéspedes, vendedoras de flores,
con mil escenas de multiforme humanidad.
Su nombre está vinculado sobre todo a la historia del
teatro, porque fue el lugar de la elección de la farsa y las
arias populares. Más aún, su nacimiento está vinculado con
la aparición de los juglares y a aquellas cancioncillas ha
unido tan estrechamente el nombre que se mantiene todavía
hoy como encarnación de los cantos triviales y de las
estrofillas más popularescas.
Sobre todo, después de la mitad del siglo XVII, la gloria de
los cantantes del Pont-Neuf tocó la cumbre del moderno
divismo, cuando de la masa amorfa saltaron a la atención los
contornos indefinidos de los orfeos más afortunados. Estos
escribieron su nombre en la historia de las costumbres y de
la política y hasta del teatro. Es la época de Philipot
llamado el Saboyardo, a quien Boileau alcanzó con la acritud
del sarcasmo. En medio de la banda de los desocupados,
instruidos por él para acompañarlo en los coros, rodeado de
una multitud de gamines, cocineros, humildes trabajadores,
soldados, burgueses, carteristas, amas de casa, prostitutas,
el glorioso cantante del Pont-Neuf reinaba desde el
pedestal de Enrique IV y lanzaba con voz sonora sus
couplets hasta el Louvre o la Rue Dauphine, por encima
del rechinar y rodar de las carretas, por encima del resonar
de las campanillas e los charlatanes, por encima de los
aullidos de los anunciadores y revendedores. El río de
palabras que cantaban himnos al vino, al amor, a las cosas
triviales, ya antes de saltar por sobre las cabezas de los
oyentes, perturbaban al poetastro ya cocido y humeante de
ininterminables embriagueces, en el hedor de sus harapos, en
la figura sin gracia que despersonificaba.
La musa del Savoyardo tenía imitadores y adversarios:
Orlando Lassus, Guedrón, los dos Boësset, y sobre todo el
Cochero de Vertamón, ignoto e innominado burgués que
nunca traicionó la propia identidad. Las estrofas caían,
pues, sabrosas, sucias, sarcásticas, amargas o elegíacas, a
herir los escándalos y a los escandalosos, a transformar los
hechos, a burlarse de los políticos y las damas mantenidas
de la alta sociedad. Una figura especial de los juglares del
Pont-Neuf era la que ofrecían los hombre de iglesia, reos de
exagerada rigidez y devoción, y los azote dejaban moretones
y señales hasta en las personas más cándidas. Responder a
los adivinos, tocar a los benjamines de la muchedumbre, era
desencadenar a la chusma, era apuñalar al pueblo humilde,
era instigar a la revuelta. Quizás era mejor dejarles
gritar.
Si Luis María se atrevió a hacerlo, como todo autoriza a
pensarlo, lo hizo a sus expensas, entre la general
aprobación de la gente bien. Y si el hecho, como refiere
Blain, lo hizo incluso encarcelar –cosa que no es difícil de
creer– resultó como epílogo de una aventura equivocada que
la mayoría le imputó a mal. Pero Grignion era así: actuaba
demasiado directamente, sin mediastintas, ignorando y
pisoteando las buenas maneras y los convencionalismos,
cuando se trataba "de la idea de Dios y de la enormidad del
pecado".
Tenemos tendencia a creer que choques como éste debían
resultarle fáciles, tanto más cuanto que llegando de la
provincia, no podía entender las cosas inconvenientes ni lo
bien visto en la ciudad.
Al salir de la Salpêtrière, encuentra un hueco donde
encovarse, en la calle Pot-de-Fer, a pocos pasos del
noviciado de los jesuitas a donde había llegado el P.
Descartes, a pocos pasos de San Sulpicio y del convento de
las generosas benedictinas. Los motivos de la elección son
obvios: hallar fácilmente una iglesia donde celebrar la
eucaristía, una comunidad donde alimentarse, una compañía de
cohermanos con quienes intercambiar algunas palabras.
Una de las primeras tentativas de acercamiento a San
Sulpicio, debió tener lugar en la casa parroquial de San
Sulpicio: era párroco allí un viejo amigo, el P. de la
Chetardye, quien había alimentado por Grignion una auténtica
veneración, tanta que, al pasar él, se ponía en pie para
hacerle una profunda reverencia. Pero la veneración se
cambia en severa indiferencia, casi en condenación.
Leschassier rehusa hasta recibirlo. Brenier, en los momentos
de momentánea presencia, conserva las distancias y todos los
demás eclesiásticos del seminario prefieren no tener nada
que ver con el ex seminarista.
Una pesada y desagradable escena de Leschassier rompe toda
posibilidad de encuentro. Debió suceder en la primera
quincena de junio, con ocasión del funeral del P. Lévêque. Y
dado que el final de esa vida apostólica es en el fondo una
página que cierra un capítulo de la biografía monfortiana,
referimos el relato que de él hace Blain:
«Como última preparación a la muerte, viajó (Lévêque) del
seminario de París al de Issy, que es la casa de soledad y
silencio de San Sulpicio; fue allá, digo, el domingo o uno
de los días de carnaval, creo, en ayunas, envuelto en su
cilicio y cargado con una cadena de hierro, y recorrió la
legua, a la edad de más de 80 años, con tanta dificultad y
fatiga, que, mientras daba un paso adelante, a menudo
retrocedía dos, dificultándosele levantar los pies y
sostenerse derecho.
Los transeúntes, al ver a este anciano y santo sacerdote,
siempre en peligro de caerse, pensaban que se resentía de
los días de locura (del carnaval) y que la embriaguez hacía
que sus pasos resultaran temblorosos y vacilantes.
Escandalizados, lo señalaban con el dedo e indudablemente,
como es lo ordinario, hacían caer sobre su estado el
desprecio a su persona...
Una vez llegado a Issy, pasó en retiro y penitencia la
cuaresma: ocho horas diarias de oración, le colmaban gran
parte del día; y, dado que le estaba prohibido hacerlas de
seguida arrodillado, no se desquitaba de esta mortificación
sino con una mayor, prosternándose sobre el pavimento de
mármol de la devota capilla de Nuestra Señora de Loreto
donde encontraba sus delicias.
Su descanso consistía en pasar el resto del día en la
recitación del rosario o la lectura de algún libro piadoso,
mientras se paseaba en el jardín. El santo varón sólo
encontraba en estos lugares de santidad, una cosa poco
conforme a sus inclinaciones, a saber, que el pan que se le
presentaba era demasiado bueno; muy incómodo de no poder
tenerlo peor, lo comía sólo como a las malas y resarcía su
mortificación, sobre el resto de la alimentación de la cual
apartaba lo mejor para contentarse con lo estrictamente
necesario.
Así fue la preparación a la muerte, de este venerable
anciano de más de ochenta años, tan penetrado del espíritu
de penitencia, que temía que la muerte lo sorprendiera sin
hacerlo. Fue la respuesta que dio a su director, que lo
exhortaba a aminorar sus penitencias, para impedirle
disminuir su rigor» (Blain, 205-210).
La muerte lo alcanzó así el 12 de junio.
Luis María debió casi ciertamente viajar a Issy para las
exequias de su antiguo superior de Nantes. Quizás en esa
ocasión lo alejaron desafortunadamente del Instituto. Todo
esto lleva a pensar que las cosas sucedieron exactamente
así: el aspecto de pobreza –llegaba del cuartucho del
Pot-de-Fer– y abatimiento en el que debió presentarse fue
considerado indecoroso para la circunstancia y el ambiente.
Existía, además, en este continuo rechazo, un motivo mucho
más hondo. Una vez más habla Blain.
«Realmente historias elaboradas a placer, revestidas de
burlesco y acicaladas con un aire de ridiculez que se hacía
circular a cargo del humilde sacerdote, habían podido causar
ese cambio en el P. de la Chétardye y en muchos más.
Ya contaban haber visto al P. de Montfort predicando en las
plazas públicas y que el señor Arzobispo, para poner diques
a esos excesos de celo, lo había dictado el entredicho. Ya
relataban que había atacado a los cantores del Pont-Neuf y
que esas gentes que distraen al público y, con ese medio,
hecho mucho ruido y gran desorden; lo cual lo había hecho
detener y encarcelar en las prisiones de la Oficialidad. Y,
como los mentirosos son siempre atrevidos, sobre todo contra
la devoción, se aseguraban de no decir sino lo que habían
visto.
Lo cual indisponía los espíritus contra el virtuoso
sacerdote, inocente de todos esos sucesos. No obstante, los
afirmaban con tanta convención, que hasta los menos crédulos
se sentían dispuestos a creerlos...» (Blain, 242-243).
Que todo fueran "chascarrillos" inventados, no lo creemos,
conociendo a Luis María. De todos modos, aún los menos
inclinados a creer en ellos, acababan por dudar de él. San
Sulpicio, por ejemplo. ¡Y esto no tanto por las habladurías
cuanto por la fama que podía redundar sobre la institución!
«¡Cuán mortificado quedó, cierto día cuando al llegar a
Issy, aquel santo superior (Leschassier), que se hallaba
allí con la comunidad, en tiempo de vacaciones, lo recibió
con un rostro glacial y lo despachó penosamente, con aire
seco y desdeñoso, sin querer ni hablarle, ni escucharlo»
(Blain, 218).
Los intentos de acercarse a Leschassier, primero en privado
y, por último, ante muchos eclesiásticos –probablemente para
el funeral de Lévêque– fallaron, dejándole un dolor que
agravaba la incertidumbre del momento. Blain, a quien
seguimos citando, no condena ni desaprueba la conducta de
Leschassier ni de cuantos en tales contingencias le cerraron
la puerta a Grignion. Sería pretender demasiado del biógrafo
que venera incondicionalmente los oráculos sulpicianos...
Una vez más, aquel granítico Leschassier no gusta, a pesar
de todo, porque no podía faltar a su culto a la regla, la
normalidad, el sentido común. Y también, ¿por qué poner en
peligro su óptima fama de superior general de uno de los más
célebres Institutos eclesiásticos franceses, en favor de un
sacerdote que se señalaba por el amor al riesgo, lo
inesperado, la impetuosidad? De hecho, el no querer acoger a
Grignion no significa desaprobación, si en el fondo del
corazón –recuérdese la carta del 12 de mayo de 1701 a mons.
Girard: "Tiene una alta idea de la perfección", y la del 12
de noviembre siguiente al mismo Grignion: "No quisiera ni me
atrevería a poner obstáculos a la gracia..." (ver cap. 9 de
esta biografía)–. Existe casi la certeza de que lo guía el
Espíritu del Señor.
«Júzguese el dolor del P. de Montfort al ver a hombres tan
santos e iluminados en los caminos de Dios, dudar de su
propio camino porque no quieren guiarlo por sendas perdidas
o lejanas, o también por no atraer sobre ellos mismos la
condena de ciertas acciones exageradas que él realiza» (ver
Blain, 238).
Hemos subrayado el texto. Blain no podía explicarnos mejor
la conducta de su "amado" director.
«Juzguen Uds. el dolor del P. de Montfort...
Quien no ha experimentado tales dolores no los imagina
siquiera: cuanto más somos de Dios, más sensibles somos, más
penetra en el alma el dolor y el espanto...
A tales situaciones se hallan expuestas las virtudes raras y
los varones que tienen algo extraordinario: se piensa de
ellos de maneras diferentes: dividen los corazones y las
inteligencias; los más sabios y esclarecidos son los más
reservados al respecto, por temor de condenar a un santo o
canonizar a un hipócrita...
Confesaban que era un santo y hacían elogios, ya de su gran
modestia, ya de su recogimiento, ya de su humildad, a menudo
de su gran mortificación y austeridades, otras veces de su
amor a la pobreza, de su celo y caridad y, sobre todo, de su
entrañable ternura y devoción a la santísima Virgen. Y,
¡cosa extraña!, seguían dudando de que anduviera por la
senda de los santos» (Ib.).
Volvemos nosotros a subrayar. Es el punto fundamental de la
cuestión.
«Yo, muy atento a cuanto de él decían, no podía extrañar lo
suficiente que lo creyeran santo, sin creer que anduviera
por el camino de los santos. Y, predispuesto en favor del P.
de Montfort, no me atrevía a dejar de dar crédito a cuanto
todos creían; pero, como el mismo Grignion me precisó a
propósito, todo esto era falseado y mal interpretado.»
No se nos hace extraño. Hay muchos santos, y muchos viven
aún hoy entre nosotros, que no serán canonizados porque no
caminan por el camino de todos. Por otra parte, incluso en
las cosas sencillamente humanas, los más combatidos, los más
contradichos, los más humillados son precisamente los que
quieren hacer algo para levantarse sobre la áurea
mediocridad.
A la pregunta concreta de Blain, responderá Leschassier: «Es
muy humilde, paupérrimo, muy mortificado, muy recogido; y,
sin embargo, me cuesta, pensar que lo guíe el buen
espíritu».
El buen espíritu de San Sulpicio era la legalidad y la
obediencia, la mesura y la reflexión: el Superior de ese
maravilloso Instituto, de aquella forja de verdaderos
sacerdotes, no debía renunciar ni siquiera por una vez a la
norma corriente de juicio, la medida de la espiritualidad. Y
sabemos que la medida de Leschassier –y de cuantos se creen
superiores al humildísimo Leschassier– no es siempre la del
Espíritu de Dios. Es la falla de los superiores que creen
estar de parte de Dios y de Nuestra Señora sólo porque
tienen que mandar...
Lo reconocía el mismo Leschassier cuando, tras la santa
muerte de Luis Grignion, confesará al mismo Blain: «¿Ves? No
sé entender a los santos...».
Y de acuerdo con el biógrafo, concluyamos también nosotros:
«Una respuesta tan humilde me edificó y satisfizo mucho más
que todas las apologías que hubiera podido hacer de su
juicio anterior» (Blain, 228).
Durante esta sorda guerra, Grignion proseguía su ministerio.
En él seguramente se encontró con los juglares del
Pont-Neuf, con los reclamos de la Curia sobre los lugares
escogidos para la predicación, y sobre todo por ese
particular auditorio de deshollinadores, harapientos y
pobretones le llegó la desaprobación de los eclesiásticos
más calificados.
Naturalmente la guerra contra su ministerio terminaba por
poner en tela de juicio su forma de predicar. Se llegó aun a
invitarlo a hacer dirigir meditaciones en la cripta de San
Sulpicio donde los seminaristas y los censores podían a su
gusto controlar si la forma adoptada por el sacerdote de la
pobrería constituía un cómodo refugio para la ignorancia,
para la incompetencia y para la falta de preparación. En esa
oportunidad, Grignion eligió uno de los textos más gratos a
su piedad personal; parafraseó el cántico mariano del
"Magníficat". Blain anota:
«Nada más devoto e impactante que lo que dijo: la atención y
gusto del auditorio eran la prueba de ello. Pero la crítica
maligna y la envidia secreta que lo persiguieron por todas
partes, no encontraron qué alabar, nada que no fuera digno
de lástima y menosprecio... No aprobarían nada de lo que
sale de la boca de un ministro lleno de celo y tenido en
alta reputación de virtud; se le hacen burla sobre las
palabras menos insignificantes; no le perdonan ninguna
palabra inadvertida; le arman proceso por todo» (Blain,
246-248).
Claro, la forma de predicar de Grignion se adapta más a los
pobres que a los seminaristas, y él mismo lo afirmó muchas
veces. Era sencillo, a estilo evangélico, sin elocuencia a
la moda, persuadido como estaba de que la locura de la cruz
tiene el poder de confundir la sabiduría del mundo y
triunfar sobre la vana filosofía y sobre la elocuencia
profana.
«Después de haber preparado bien las materias y haberlas
ordenado en la inteligencia, calentaba su corazón en la
oración y buscaba esos dardos de fuego, esas palabras
ardientes, esas expresiones y movimientos divinos, que
admiramos en los profetas y en los apóstoles, que arroban al
auditorio, penetran en su corazón y realizan su conversión»
(Blain, 249).
Como podemos ver, Blain –que se define como testigo atento–
ha descrito muy bien, y lo hace a través de todo el artículo
58, la forma que podía agradar a los deshollinadores y a los
harapientos, pero que no podía ser del gusto de los
"pavitos" del seminario, acostumbrados a oír a los "grandes"
de la elocuencia y –como acontece a menudo en los institutos
religiosos– que creen estampar con su aprobación personal un
sello de nobleza al predicador.
Por fortuna, los demás, aquellos eclesiásticos de quienes
dependía el bien de las almas, pensaban de otro modo, y
cuando el futuro obispo de Chalons del Maine, el sacerdote
Madot, superior de los sacerdotes diocesanos adscritos al
Monte Valeriano, pidió al cardenal De Noailles un buen
sacerdote para arreglar las cosas en el célebre
monte-santuario, vio que le recomendaban al sacerdote de los
harapientos...
El Monte Valeriano, a pocos centenares de metros del centro
de París es una cumbre totalmente aislada que, desde sus 181
metros, domina la curva noreste del Sena y ofrece un
panorama completo sobre la ciudad. Desde los comienzos del
cristianismo había sido siempre la sede ideal de ermitaños y
cenobitas, y entre los bosques y lujuriantes olas de verdor,
todavía en el siglo XVII congregaba a hombres de vida
espiritual y santidad.
En 1634, el sacerdote Huberto Charpentier se había
preocupado por la erección de una iglesia al final de un
adecuado "Viacrucis" de siete capillas y muchas estatuas
tamaño natural. Desde entonces el Monte Valeriano se había
convertido en meta de numerosas peregrinaciones, en tal
forma que una disposición del arzobispo había asignado al
cuidado y asistencia de los fieles un numerosos grupo de
sacerdotes para dejar a los ermitaños la cumbre, la capilla
central y la soledad. Pero las cosas entre las dos
comunidades religiosas nunca habían sido tranquilas, aunque
sin trascender, y entre los dos grupos persistían tensiones
y antipatías.
Pero oigamos cómo lo narra Blain:
«Creo que fue entonces cuando lo enviaron al Monte Valeriano
a trabajar para devolver la unidad a los espíritus divididos
de los buenos frailes ermitaños que tienen allí una
comunidad. Su vida es muy retirada, muy austera y en un
silencio casi perpetuo. Se acerca mucho a la de la trapa:
también he oído dar a esa casa el nombre de la "Pequeña
Trapa".
El superior de aquellos buenos ermitaños era el más anciano
de ellos, llamado Fray Juan. Por largo tiempo los gobernó en
la paz y la unidad; pero finalmente la discordia se asentó
allí en medio de ellos; y no sé por qué motivo.
El señor abate Madot, actualmente obispo de
Chalón-sur-Marne, que era su superior, habiendo inútilmente
tratado de restablecer la paz por sí mismo y por medio de
otros, creyó que el P. Grignion era el hombre adecuado para
ello, gracias a su excepcional fervor y a su buen ejemplo.
Le pidió, pues, que se encargara de esta tarea. El siervo de
Dios la aceptó y partió inmediatamente, en época de invierno
muy áspero y riguroso, para subir a aquella montaña, la más
elevada en la cercanías de París, donde el viento, las
tempestades, las lluvia, el frío, el calor y todas las
incomodidades de las estaciones se hacen sentir más fuerte
que en ninguna otra parte.
Su recogimiento, su espíritu de oración, su fervor, su
mortificación dejaron admirados a aquellos buenos frailes y
los renovaron. Seguía la marcha de sus ejercicios y les daba
ejemplo de todas las virtudes más difíciles. Aquellos
solitarios tan austeros ya no lo parecían frente a él,
porque a todas las penitencias de ellos añadía las suyas
propias. Entre ejercicio y ejercicio de comunidad, lo veían,
en su capilla, siempre de rodillas y en oración, helado y
temblando de frío, porque su pobre sotana y quizás alguna
franela rota no lograban darle calor y defenderlo de la
aspereza del frío que es más riguroso en las alturas.
Tuvieron lástima de él y le pidieron que aceptara uno de sus
hábitos. Y así el hombre de Dios revestido de la
indumentaria blanca de aquellos ermitaños, parecía y vivía
entre ellos como uno del grupo.
Impactados por sus extraordinarios ejemplos de virtud,
sacudidos por la gracia y unción de sus palabras,
conquistados por su dulzura y humildad, no tardaron en
rendirse a sus deseos y unir su voz a la de él, para
restaurar en medio de ellos la paz y la concordia, que
habían sido desterradas» (Blain, 253-257).
Se alcanzó la paz sobre el Monte Valeriano entre ermitaños y
clero diocesano. Y no parece que esa paz y concordia en el
trabajo hayan sido perturbadas por casi ochenta años: hasta
que la Revolución, acabó con frailes, clero, iglesia y
viacrucis, y profanó el monte con construcciones de guerra.
Regresando a París a dar cuenta del resultado de su misión,
a fines del invierno de 1704, Grignion no conservó nada para
sí, ni siquiera el hábito blanco que devolvió a los
ermitaños en el acto de despedida. Pero un recuerdo, sí, lo
llevó consigo: la visión de aquel Viacrucis y de aquel
calvario con sus estaciones y estatuas al natural... Algunos
años más tarde construyó uno semejante en la llanura de la
Magdalena, en el ducado de los Coislin, en Pontchâteau.
Si San Sulpicio no respondió a las peticiones de Grignion,
tocó una vez más a la Compañía de Jesús, en la persona del
P. Descartes que la Providencia le permitió encontrar a dos
pasos de San Sulpicio, en el noviciado de la misma calle
Pot-de-Fer, escuchar a su antiguo alumno.
«Incierto, entonces de sus caminos, no sabía qué camino
coger. Su oráculo había enmudecido y no quiso responderle
más...» (Blain, 217).
Pero, ¿cuál era la verdadera pregunta que deseaba plantear?
«Este gran amigo de la pobreza se retiró entonces a un
pequeño hueco de una humilde casa, al lado del noviciado de
los jesuitas. Allí, tan escondido y desconocido, apenas si
logré encontrarlo, en un lugar tan semejante al establo de
Belén. Sólo era, en efecto, un pequeño desván, debajo de una
escalera, que el sol a duras penas podía iluminar. No vi
otros muebles que una escudilla de barro cocido y, si no me
equivoco, una cama miserable que no era, lo mismo que el
lugar, adecuada sino para mendicantes y miserables...
Pero Dios sabía también resarcirlo en todas partes de su
pobreza, y de sus humillaciones y sufrimientos, dándole
comunicaciones tan íntimas y frecuentes, que el servidor de
Dios pasaba la mayor parte del día y de la noche en oración,
que llegó hasta dudar de si no debía abandonar, o al menos
suspender por algún tiempo, las funciones del ministerio,
para responder a esta poderosa atracción. Pidió consejo al
respecto, pero, al parecer, le aconsejaron proseguir el
ejercicio de su celo, porque no lo interrumpió en forma
alguna» (Blain, 220-222).
Allí al desconcertado cronista se le abre la maravillosa
certeza del mundo interior en que Luis María se espacia en
la contemplación, desde la oración de quietud hasta la unión
mística. Es el mundo reservado y exclusivo del Señor y de
las almas, pero que debemos tratar al menos de comprender,
porque el lugar espiritual se confunde con la forma en que
Grignion logra la verdadera fisonomía que seguirá inalterada
hasta la muerte.
Es el momento en que la espiritualidad del santo sacerdote
toca las cumbres del arrobamiento en Dios. Los meses pasados
en el hueco del Pot-de-Fer constituyen el adviento de una
navidad apostólica y misionera. Sólo comprendiendo ese
momento del espíritu se podrá comprender la fuerza de la
actividad que de aquí tomará el despliegue pastoral que
todavía esperamos.
Precisamente por esos días, el 12 de noviembre, moría en la
Bastilla la legendaria "Mascara de hierro" que será
sepultada en el minúsculo cementerio de la iglesia de San
Pablo, en la Calle San Antonio. De esa tumba excavada en
tierra, no saldrá jamás. al menos hasta hoy, la verdadera
persona y la auténtica historia del personaje.
Casi al mismo tiempo desaparece un personaje que conocemos
muy bien: Luis María Grignion, para hacer nacer al P. de
Montfort, o mejor a Montfort.
A partir de este momento firmará y se hará llamar así:
hombre sin casa, sin familia, sin morada, desprendido de
todos y de todo, exactamente tal como escribirá en la
Súplica Ardiente:
«¿Qué te estoy pidiendo?
Hombres libres con tu libertad, desapegados de todo: sin
padre, sin madre, sin hermanos, sin hermanas, sin parientes
según la carne, sin amigos según el mundo, sin bienes, sin
estorbos ni preocupaciones, y hasta sin voluntad propia....,
esclavos de tu amor y de tu voluntad, hombres según tu
corazón, hombres que, sin voluntad propia que los manche o
los detenga... Nubes levantadas de la tierra y llenas de
celestial rocío, que vuelen sin obstáculos por todas partes
al soplo del Espíritu Santo...» (nn. 7-9).
Este nacimiento tuvo lugar en un laborioso parto, hecho de
renuncias y padecimientos, a la manera de San Sulpicio. Y la
vida, la nueva vida, la verdadera, que lo anima, ya no es
más la del hombre pobre, sino la de Cristo. Nace Cristo en
Luis María, vivo y operante en María, aferrado a la cruz
como en un trono, como comida, bebida, eternidad, premio y
corona, visión e ideal.
¿Qué hacen los contornos humanos sino enmarcar el rostro de
Cristo?
La Sabiduría, Cristo, en pos de quien ha corrido por años,
por siglos y que ahora lo conquista. No se habla de
doctrina, ni de prudencia, sino de Sabiduría; no de la
ciencia sino del Maestro; no de la actitud exterior, sino de
la gracia vivificante. Es la Sabiduría que es Cristo, es
Jesucristo, Sabiduría encarnada –fin de toda santidad y de
toda devoción–; que sólo existen si llevan a vivir en
Cristo.
«Sabiduría, ven, te llama un pobre;
sí, ven, que por la sangre de Jesús
y las dulces entrañas de María
no quedaremos nunca confundidos.
¿Por qué, por qué prolongas mi martirio,
si yo te estoy buscando noche y día...
Ábreme, ábreme, amor; abre la puerta;
abre que no soy un desconocido
mira que te amo y busco locamente
y en ti tan sólo encuentro mi descanso.
Pero si tú no quieres que sea tuyo,
déjame importunarte una y mil veces
y buscarte y buscarte y no encontrarte...»
(CT 124,1-4; BAC 660-661).
Estas estrofas del más hermoso de los Cánticos de la
colección del futuro misionero (Los deseos de la
Sabiduría), pueden traicionar el ansia y el temor de
perder con Cristo todas las cosas.
En la
contemplación de aquellos días y noches, la Sabiduría se le
revela en dos rayos, dos estados o actitudes inconfundibles:
la cruz y la Virgen María. Son las formas que la Sabiduría
misma ha utilizado para encarnarse y salvarnos. ¡Sin María y
sin la Cruz no es posible entender a Jesucristo!
La contemplación realiza el último golpe sobre el granito
del hombre Grignion que se ha colocado en las manos de Dios
como cera para ser moldeado, como un laúd entre las manos de
un hábil tañedor. La Sabiduría se destaca del mundo
contemplado por la mirada mística y entra en su espíritu:
viene a él, se queda en él, es parte de él, es vida de él.
Siempre con esos dos rayos que se llaman: Cruz y Nuestra
Señora.
Su temática espiritual quedará así compuesta sobre el modelo
del plan providencial de la salvación, como en un cuadro que
no describe momentos, pero va pintando la realidad que hay
que vivir.
Pero, para Montfort la contemplación se convierte en mensaje
que hay que transmitir; no se detiene en su espíritu sino lo
poco que es necesario para suscitarle el jadeo de la
santidad y el anhelo de divulgar; no la guarda para sí, sino
que la ofrece para toda la humanidad que quiera beneficiarse
de ella.
En los meses de soledad penosa pero radiante, escribe la
obra maestra de su literatura espiritual: el Amor de la
Sabiduría Eterna (BAC, 117-207), poderosa síntesis de la
cual tomarán aliento, de vez en cuando, los demás opúsculos
y tratados, y en la cual hay que enmarcarlos para que puedan
comprenderse adecuadamente. Quizás, utilizando los apuntes
de las meditaciones dictadas en la Sala de la
sagesse de
Poitiers, sirviéndose de la lectura de las obras de
Saint-Jure, de Nepveu, de Olier y de Bérulle, con algunas
anotaciones tomadas del anterior Cuaderno de Notas, y sobre
todo con la incontenible ola de entusiasmo y de convicción
cosechadas en la revelación interior, Luis María compone un
pequeño volumen que es mucho más que un simple libreto de
piedad.
No es un libro para leer, sino para vivir.
Con Cristo y según Jesucristo.
No se lo aprende en pocas horas, sino con toda la
existencia.
La limpidez y la coherencia a las que favorece la sencillez
del estilo, lo hacen accesible a cualquiera por indocto y
hasta iletrado que sea, y quizás más a éste que a los
iluminados. Los modernos podrán ampliarlo, criticar o
rechazar, ¡cómo no! Pero no pueden derruirlo; podrán
añadirle preciosos fragmentos de exégesis y precisiones
teológicas, de historia y de filosofía, pero sin alterarlo
ni mutilarlo.
Pocas líneas son suficientes para trazar el esquema.
El Verbo de Dios, la Sabiduría Eterna, la altísima y
poderosa consejera del Creador y artífice del universo,
quiere la salvación del hombre; por milenios lanza a la
humanidad afligidas llamadas y frecuentes invitaciones de
esperanza. Cuando en el Consejo del Eterno e decide la
Encarnación, la misma admirable Sabiduría se hace carne y el
Verbo se asoma al mundo deshecho, como Redentor y Salvador.
En Cristo las invitaciones se convierten en reales
testimonios de amor y de misericordia. En Jesucristo se hace
realidad el impensable acontecimiento y María lo adecúa y lo
calibra a la pequeñez humana. La salvación se cumple en una
crucifixión que no es un episodio, sino un mensaje y un
tema. La palabra y los milagros han quedado fijados en el
evangelio, en la predicación apostólica, aparece como la
sublimación de la humanidad crucificada del Verbo. Desde ese
momento la obra de Dios comienza el verdadero trabajo de
redención de las personas y se transmite como Vida de
gracia; basta con que el hombre se acerque a Cristo e
intente lo increíble, de hacer vivir a Cristo en sí y de
vivir en Cristo. El camino que el hombre debe recorrer para
una unión perfecta, se presenta bajo formas diferentes que
la hagiografía de todos los siglos ha consagrado; pero una
forma, la más lógica e inmediata, es ese recorrido del Verbo
desde la encarnación hasta la resurrección: el camino que
pasa a través de María santísima. Es el medio eficaz por ser
sencillo, exacto por ser divino, humano por ser natural.
Para poseer la Sabiduría hay que "desearla" y "pedirla con
súplicas y gemidos", mientras que la condición sine qua non
para alcanzarla es el desprecio del mundo y el ejercicio de
la virtud. La devoción a la Virgen María no es una de éstas,
ni una forma de ascesis del alma, sino el medio ideal de la
realización del gran proyecto. El hombre que se arroja en
María, como un día el Verbo, no llegará a la santidad por
esto sólo; ¡largo es el camino que hay que recorrer para
completar la imitación de Cristo, más aún de Cristo
crucificado!
El libro termina así con los acordes de una espléndida
sinfonía mariana, ofreciendo al alma el tema de la
perfección y de apostolicidad, del celo y de la caridad.
De aquí tomará aliento el futuro Tratado de la verdadera
devoción: "Por medio de la santísima Virgen María vino
Jesucristo al mundo, y también por medio de ella debe reinar
en el mundo" (VD, 1).
Este Amor de la Sabiduría Eterna no es un libro que
se lee sólo para meditar. Es una llamada que se escucha de
pie, listo a trabajar. Es, como se ve, un desarrollo de
impronta evangélica, y es por esto que cada página redunda
de evangelio. Es uno de esos pocos libros cuyas páginas, si
las dispersara el viento, podrían recogerse y colocarse
sobre el escritorio, o mejor, sobre el reclinatorio del
verdadero cristiano. Y seas quien seas puedes encontrar en
él, para el momento justo la palabra adecuada que infunda
energía y permita recuperar el deseo de amar a Jesucristo.
La
interrogación giraba, pues, sobre la suavísima alegría que
le sugería la contemplación en el receptáculo de la
humildad, bajo la escalera del Pot-de-Fer. Las últimas
incomprensiones de Nantes a París, además, lo impulsaban a
considerar que no era apto para la predicación ni para las
funciones del sagrado trabajo misionero. ¿Algo de
desaliento?
Ahora entendemos por qué buscaba con afán una respuesta.
Dios, el Padre que nunca defrauda, pensó por su parte, en
confirmar cuanto le dijo el jesuita Descartes, en la
secuencia de los acontecimientos, entre los cuales hemos
incluido ya la paz restablecida en el Monte Valeriano.
Pertenecen a este período ciertas cartas del P. de Montfort,
que citaremos en cuanto que confirman el estado de ánimo que
hemos vislumbrado en Montfort.
La primera va dirigida a María Luisa de Jesús, en Poitiers,
donde ella sigua aguardando una respuesta sobre su propio
futuro de religiosa.
Realmente, en aquellos meses, tras la inesperada partida de
su director refugiado en París, hallándose en la necesidad
de ver de sí misma, también María Luisa abandona el Hospital
y sigue probablemente una decisión tomada precisamente con
ocasión de esa novena pedida por Montfort: quiere hacerse
religiosa "en una posición seria", dado que habiendo quedado
sola, le parece hasta haber sido abandonada a su propia
suerte. Siguiendo las indicaciones de un director ocasional,
se presenta en el monasterio de las Canónigas de San Agustín
en Chatellerault, para ofrecerse como laica conversa "con el
fin de no mortificar a sus padres y en espíritu de pobreza"
(BML, 29) como le había inculcado Grignion. Así, pues, sin
dote y en el más absoluto ocultamiento. ¿Cuánto duró la
experiencia? Tres o cuatro meses, dado que en octubre está
de nuevo en el Hospital de Poitiers y recibe la carta de
Montfort.
¿Supo Montfort de ese intento? Quizás no, y si lo supo, dado
que es mucho más prudente de cuanto se piensa, sabe que
María Luisa es perfectamente libre de sí misma y puede muy
bien responder no a su propuesta, y además, sabio como ha
aprendido a serlo, sabe muy bien que la Providencia se la
traerá de nuevo si el proyecto viene del Señor. De todos
modos, no aludirá jamás a ello en las cartas del momento ni
en las posteriores, a menos que se quiera ver un poco de
amargura en las primeras líneas de la carta que envía
precisamente ahora.
de París, el 24 de octubre de 1703
«Hija carísima:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
No pienses que la distancia física o el silencio externo me
hayan hecho olvidar tu caridad para conmigo ni la que debo
profesarte. Me dices en tu carta que tus deseos de hacerte
religiosa permanecen tan fuertes, tan ardientes y constantes
como siempre. Es una señal infalible de que provienen de
Dios. Tienes entonces que poner en Él toda tu confianza; ten
por seguro que obtendrás más de lo que piensas. El cielo y
la tierra pasarán antes que Dios falte a su palabra
permitiendo que una persona que espera en El
perseverantemente vea frustrada su esperanza. Experimento
que sigues pidiendo la divina Sabiduría para este miserable
pecador a través de cruces, humillaciones y pobreza. ¡Ánimo,
querida hija! ¡Ánimo! Te quedo infinitamente agradecido.
Experimento los efectos de tus plegarias, porque me
encuentro empobrecido, crucificado y humillado como nunca.
Hombres y demonios, en esta gran ciudad de París, me arman
una guerra muy amable y dulce. ¡Que me calumnien, que me
ridiculicen, que hagan jirones mi reputación, que me
encierren en la cárcel! ¡Qué regalos tan preciosos! ¡Qué
manjares tan exquisitos! ¡Qué grandezas tan seductoras! Son
el equipaje y cortejo de la divina Sabiduría, que Ella
introduce consigo en casa de aquellos con quienes quiere
morar. ¡Oh! ¿Cuándo lograré poseer esta amable y desconocida
Sabiduría? ¿Cuándo vendrá a morar en mí? ¿Cuándo estaré tan
engalanado que pueda servirle de refugio en un lugar donde
se halla sin techo y despreciada? ¡Oh! ¿Quién me dar a comer
ese pan del entendimiento con el que Ella alimenta a sus
mejores amigos? (Quién me dar a beber ese cáliz con el que
calma la sed de sus servidores? ¡Ahí ¿Cuándo me hallaré
crucificado y perdido para el mundo?
No dejes, querida hija en Jesucristo, de compartir mis
súplicas encaminadas a satisfacer estos anhelos míos. Puedes
hacerlo ciertamente. Lo puedes, de acuerdo con algunas
amigas. Nada puede resistir a tus plegarias. El mismo Dios
–con ser tan grande– no las puede resistir. Se ha dejado,
afortunadamente, vencer por una fe viva y una firme
esperanza. Ora, pues; suspira, implora para mí la divina
Sabiduría; la obtendrás toda entera para mí. Así lo creo»
(sin firma)
(Carta 16; BAC 94-95).
De Rambervilliers donde está empezando su año de noviciado,
la hermana Guyonne-Jeanne le manda a decir –quizás con las
benedictinas de Rue Cassette– que una enfermedad no definida
le hace temer que no sea apta para la vida religiosa con las
Madres que consagran la vida a la adoración y reparación
continuas: quizás la lejanía de Bretaña, la falta del
hermano y un doloroso recuerdo de la familia le causan un
tanto de melancolía...
Luis María –probablemente en el verano de 1703– le envía una
carta que constituye un himno a la fuerza purificadora del
dolor.
«Querida hermana:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
Me alegro de tener noticia de la enfermedad que el Señor te
ha enviado para purificarte como oro en el crisol. Debes ser
una víctima inmolada sobre el altar del Rey de los reyes
para su eterna gloria.
¡Qué destino tan sublime! ¡Qué vocación tan excelsa! Casi
siento envidia de tu felicidad.
Ahora bien: ¿cómo puede esta víctima serle totalmente
agradable si no está interiormente purificada de toda
mancha, por insignificante que sea? Este Santo de los santos
encuentra manchas aun donde la criatura no ve sino belleza.
Con frecuencia, su misericordia se anticipa en nosotros a su
justicia, purificándonos con la enfermedad, que es el crisol
ordinario para purificar a sus elegidos. ¡Qué felicidad la
nuestra si Dios mismo se digna purificar y preparar la
víctima a su gusto! En cambio, ¿a cuántas otras abandona
para que se purifiquen a sí mismas o por medio de otros? Y
¡cuántas más son recibidas como víctimas sin pasar por las
pruebas ni por el tamiz de Dios!
¡Ánimo, pues, ánimo! No temas al espíritu maligno, que te
dirá con frecuencia durante la enfermedad: No llegarás a
profesar a causa de tu poca salud. Sal del monasterio y
vuélvete a tu casa. Vas a quedar en la calle. Serás una
carga para todos... Aunque el cuerpo te duela, ten firme el
ánimo, pues nada te conviene tanto en el presente como la
enfermedad.
Pide y haz pedir la divina Sabiduría para mí, que en Jesús y
María soy
Tu hermano...»
(Carta 17; BAC 95-96).
Pero tras la enfermedad purificadora, queda la duda. Más
aún, se diría que se da una forma de testaruda rebelión,
naturalmente inconsciente, que le hace pesada la vida de
comunidad y la vida religiosa en general. Ciertos reclamos
de la superiora, ciertos contrastes con las hermanas... y
alguna leve amenaza de exclusión llevan Guyonne-Jeanne a
querer convertirse en profesa a la fuerza. El hermano que
adelanta la dura prueba de la cruz y del aislamiento, que
siente la falta de un director espiritual, le escribe con
lealtad y fuerza:
«Hermana carísima en Jesucristo:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
Todos los días doy gracias a nuestro Dios de bondad las
misericordias que realiza en favor tuyo. Trata de
corresponder con fidelidad absoluta a cuanto te pide.
Si no es Dios el único que te abre la puerta del convento
donde te encuentras, no entres en él. Aunque tengas una
llave de oro hecha ex profeso para abrirte la puerta. Porque
ésta se transformaría para ti en la puerta del infierno.
Se necesita una especial vocación para ingresar entre las
Hijas del Santísimo Sacramento, pues su espíritu es
elevadísimo. La verdadera religiosa del Santísimo Sacramento
es una verdadera víctima en cuerpo y alma. Se alimenta con
el sacrificio continuo y universal: el ayuno y la adoración
sacrifican su cuerpo; la obediencia y la renuncia sacrifican
su alma. En una palabra: todos los días muere viviendo y
vive muriendo.
Haz cuanto te manden en esa casa.
Todo tuyo.
de Montfort»
(Carta 18 – BAC 96-97).
La carta es del mismo octubre de 1703. Fortalecida y
sostenida más por las oraciones que por las palabras de su
santo hermano, Guyonne-Jeanne prosigue su camino de
noviciado con mejor espíritu y tranquila serenidad.
De su pluma hemos recogido también ese afligido: No tengo
aquí amigos... los que en otros tiempos tuve en París, me
han abandonado (ver Carta 15). Aunque debemos afirmar que el
ambiente no le era del todo adverso. Quería decir quizás que
ninguno se mostraba pronto a defenderlo y apoyarlo... Algún
amigo le ha quedado y ¡qué amigo!
En mayo de 1703, Luis María estipula un contrato con el
antiguo condiscípulo y conciudadano Claudio Poullart des
Places. Su encuentro y las confidencias que llevaron a aquel
contrato nos ayudarán a comprender la evolución espiritual
de Montfort. Claudio-Francisco Poullart había nacido en
Rennes en 1679 y había estudiado también en el colegio de
los jesuitas. Luego de algunos años de dispersión se había
dedicado definitivamente al estudio del derecho en otro
colegio jesuita más famoso, Louis-le-Grand, cerca de París.
De estudiante –y queremos recordar que en esos años y en ese
colegio estaban el joven Arouet, el célebre Voltaire– se
dedicaba enteramente al apostolado sobre todo entre los
deshollinadores a quienes impartía lecciones de catecismo en
la iglesia de san Benito. En 1702, resuelto a hacerse
sacerdote, recibe la tonsura.
Ya tuvimos oportunidad de poner de relieve cómo la verdadera
llaga del clero francés era la falta de clero apto y
preparado. No obstante la imponente obra de reforma
intentada por las grandes instituciones –modelo la de San
Sulpicio– muchas regiones permanecían siempre sin clero
capaz, porque en fin de cuentas –y el tirocinio de Montfort
es la prueba de ello– la permanencia en el seminario costaba
demasiado. Muchos jóvenes no se hicieron sacerdotes por no
tener dinero y seguramente entre éstos se hallaban los
mejores. Y aquellos pobres que llegaban a serlo o lo hacían
con segundas intenciones o terminaban clandestinamente en
alguna diócesis menos actualizada.
Los intercambios de información que se hicieron los dos al
reencontrarse en París en 1702 a propósito de la dolorosa
situación de los campos y de los sacerdotes dispersos en los
poblados, sirvieron para sacudir fuertemente a Poullart des
Places. Con dificultades y a sus expensas creó un seminario
«para promover eclesiásticamente, en forma pobre y gratuita,
en el espíritu del Concilio de Trento, durante el curso de
varios años, a los estudiantes pobres... con el intento...
de reformar al clero del campo, de proveer de esa manera a
las parroquias pobres y pequeñas con buenos sacerdotes, a
los pueblos y regiones grandes con buenos vicarios,
capellanes y maestros de escuela, de formar operarios
evangélicos para el reino (de Francia) y para el exterior,
de formar buenos sacerdotes para todos los oficios en la
Iglesia, haciendo de ellos trabajadores, pobres y
desinteresados...» (Receuil Thoisy, c 9 [al 14] 273 – en
Le Floch, Claude-François Poullard des Places, París
1906, pp. 273-274).
El
seminario fue inaugurado ante Nuestra Señora de la Bonne
Délivrance en la parroquia de Saint-Etienne-des-Grés,
el 27 de mayo de 1703. Luis María de Montfort fue invitado a
la ceremonia y probablemente a ofrecer una serie de
predicaciones preparatorias.
Uno de los
biógrafos más documentados, Besnard, afirma que en esa
ocasión pidió al amigo Poullart des Places que entrara a
formar parte del grupo misionero que el mismo Montfort
quería crear; y que él respondió que no se sentía inclinado
a la predicación, pero que proveería a alimentar al grupo
con sacerdotes formados en su propio seminario.
Al referir esta noticia de Besnard, dudábamos un poco,
porque el contrato de colaboración nos parece poco probable.
¿Cómo podía Montfort pensar en un grupo misionero si él
mismo no era misionero? Y si ya soñaba –y podemos también
creer que es admisible– en la Compañía de misioneros para la
gente, probablemente habló de ella con el amigo, pero sin
proponerle, al menos por ahora, entrar en ella. Quizás el
episodio debe colocarse unos años más tarde y gozaría
entonces de toda validez. En efecto, en la Regla de los
Sacerdote misioneros de la Compañía de María, siempre
alude a al seminario parisino de Poullart des Places, aunque
la forma externa del texto podría insinuar la existencia de
un seminario propio.
Sea lo que
fuere, la amistad entre los dos se mantiene firme y fecunda.
Poullart des Places fundó la Congregación de los
espiritanos, llegó a ser sacerdote y se hizo santo. La
alianza espiritual entre los dos se mantuvo y fue confirmada
por el regalo que Montfort, hizo el día de la inauguración
al nuevo Instituto de una estatua de María en madera,
tallada por él mismo. Ciertamente Montfort consideró la
posibilidad de comprometerse con este seminario, tanto que
considera la obra naciente en cierta forma como una creación
personal suya.
Y los espiritanos vieron siempre en Montfort a más del amigo
del Fundador, el padrino de la Congregación.
Al bajar del Monte Valeriano, dos noticias interesantes lo
esperaban: la primera era la de la profesión de su hermana
en Rambervilliers, la segunda una llamada urgente del
Hospital de Poitiers.
A su hermana le escribió inmediatamente:
«Querida víctima en Jesucristo:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
No puedo agradecer lo suficiente al Dios de bondad el
haberte convertido en víctima perfecta de Jesucristo,
enamorada del Santísimo Sacramento y suplemento de tantos
cristianos y sacerdotes infieles.
¡Qué honor para tu cuerpo el ser inmolado sobrenaturalmente
durante una hora en adoración ante el Santísimo! ¡Qué honor
para tu alma el hacer en esta tierra, sin gusto, sin
conocimiento, sin la luz de la gloria, en la sola oscuridad
de la fe, cuanto hacen en el cielo los ángeles y santos con
tanta complacencia y claridad! ¡Cuánta gloria da al Señor en
este mundo una fiel adoratriz! Pero ¡qué raro es hallarla!
Porque todos, incluso los más espirituales, ansían gustar y
ver. De lo contrario, se hastían y entibian. Y, sin embargo,
sola fides sufficit: ¡basta la fe!
En fin,
hija fiel del Santísimo Sacramento, ¡qué provecho, qué
riqueza y qué placer los tuyos cuando te encuentras a los
pies de este rico y dignísimo Señor de los señores! ¡Animo!,
¡Animo! Enriquécete, regocíjate al consumirte cada día como
lámpara encendida. Cuanto más des de lo tuyo, tanto más
recibirás de lo divino.
Y después de haberte felicitado, (no tengo, acaso, razón de
felicitarme a mí mismo, si no como hermano tuyo, al menos
como tu sacerdote? Porque ¡qué alegría, qué honor y qué
ventaja para mí el contar con la mitad de mi sangre que
repara con sus amorosos sacrificios los ultrajes que –¡ay de
mí!– infiero tantas veces al amable Jesús en el Santísimo
Sacramento, sea por mis comuniones hechas con tibieza, sea
por mis olvidos y abandonos inconcebibles! ¡Oh¡ Yo triunfo
en ti y en todas tus dignas Madres, porque me habéis
alcanzado las gracias de las cuales yo y los demás infieles
ministros de los altares nos hacemos indignos por nuestra
poca fe.
Salgo en seguida para el Hospital de Poitiers.
Te suplico, hermana mía, que ames sólo a Jesús en María, y
por María, a Dios sólo y en El sólo.
Todo
tuyo.»
(sin firma)
(Carta 19 – BAC 97-98).
Era la mitad de marzo de 1704. La comunicación enviada a su
hermana sobre la inminencia de su viaje a Poitiers, tiene
que ver, precisamente, con la segunda noticia recibida en su
escondrijo del Pot-de-Fer. Blain le entregó una carta
dirigida al P. Leschassier de parte de los pobres de
Poitiers y que tenía que ver con él.
«Nosotros, cuatrocientos pobres, le suplicamos muy
humildemente, por el mayor amor y la gloria de Dios, que nos
haga venir a nuestro venerable pastor, ése que ama tanto a
los pobres, el P. Grignion.
¡Ay! Señor, sentimos como nunca la pérdida que hemos sufrido
para la salvación de nuestras almas. Porque en cuanto a los
bienes de este mundo, no son éstos los que nos inquietan: la
Providencia provee a nuestras necesidades y creemos que él
con sus oraciones nos ha alcanzado de Dios una nueva
superiora que posee todas las condiciones que se pueden
desear para las cosas temporales. Es de elevada condición,
viuda riquísima, que ha provisto ricamente a sus hijos. El
demonio sólo busca nuestras almas... La mies es muy
abundante y hay pocos obreros; él preveía bien todo esto...
Carísimo señor, ¿no lograrán nuestras apremiantes
necesidades conmover su corazón que ama a Dios y su gloria y
la salvación de las almas? Ud. recibirá gran gloria por
ello: ¡qué bien tan grande hará al enviarnos a nuestro
ángel! Los pobres son siempre despreciados y no se escuchan
sus humildes súplicas. Lo pedimos también a nuestro
ilustrísimo y reverendísimo obispo, quien nos dice que ya lo
ha llamado dos veces... Los grandes no gustan de ser
rechazados, y en este caso hay que olvidar totalmente los
intereses de Dios (no escuchándolo). Creemos que su caridad
y celo por las almas nos concederán esta gracia grande que
le pedimos en nombre de todas las amabilidades del buen
Jesús y de su santa Virgen Madre de Dios.
¡Señor! Si él estuviera aquí, con la nueva superiora, ¡qué
reglamentos y qué justicia no haría reinar en esta casa!
Perdón, bondadoso señor mío, por el atrevimiento que nos
tomamos: es, de todos modos, nuestra indigencia la que nos
impulsa a importunarle, y también las grandes penas que
padecemos.
Por último, Dios mío, consuélenos y perdónenos nuestros
grandes pecados que nos han merecido semejante desgracia. Si
podemos verlo de nuevo, seremos más obedientes y fieles en
consagrarnos a Dios a quien imploraremos, señor, le conserve
a Ud. y le aumente las bendiciones y perseverancia final.
Los pobres de Poitiers»
(Pauvert, p. 140).
Fuera de la evidente retórica de quien redactó la carta, los
hechos corresponden a la realidad. La situación del
Hospital, a diez meses de la partida de Montfort, había ido
empeorando desde el punto de vista disciplinar y moral. La
nueva directora que había sustituido a la inepta Dame de
París era una buenísima conocida de los hospitalizados
cuya providente benefactora había sido siempre. Se llamaba
María de Villeneuve, viuda Bodet De la Fenêtre, y fuera de
la piedad religiosa y la abundancia de dinero, tenía óptimas
cualidades de administradora. El puesto de capellán, no
obstante la afanosa búsqueda efectuada por el Consejo de
Administración, estaba prácticamente vacío, aunque en los
últimos meses había un sacerdote que a la llegada de
Montfort no aparece ya con el título en los registros y
memoriales.
¿Quién
había pensado nuevamente en Grignion?
En primer lugar, al obispo. Ciertamente ya estaba esperando
una respuesta dada a los dos enviados encaminados a París.
Si esa respuesta no había llegado, no creemos que fuera por
negligencia –que a los ojos de Montfort hubiera parecido una
horrible rebelión– de Grignion; pero muy probablemente la
invitación no habrá llegado al interesado quien se hallaba
en el Monte Valeriano. La alusión "Los grandes no gustan de
ser rechazados" deben entenderse como resignación de parte
del obispo y como rechazo a ulteriores insistencias.
Y ciertamente los pobres... Una mano para extender la
petición y sugerir la dirección de Leschassier debieron
prestarla la Directora y sobre todo María Luisa de Jesús que
no había vuelto a abandonar el Hospital y, por orden del
obispo, tampoco el hábito. Si tuviéramos que aceptar que
todos los pobres, todos los cuatrocientos estaban de
acuerdo... pretenderíamos demasiado. Pero la mayor parte de
ellos, ciertamente sí.
Por otra parte, los pobres, después de la referencia a las
visiones de algún alma piadosa –y que muy poco podían
conmover a Leschassier– piden prácticamente sometidos una
vez más a la prueba.
Es útil preguntarse cuál era la actitud de Leschassier y su
juicio sobre el asunto, dado que la carta lo invocaba
directamente al caso como apelación decisiva. El prudente y
atento observador de los manejos de la Providencia, una vez
enviado a Blain a llevar la carta a Montfort –decimos Blain,
o sea, el único amigo que le ha quedado a en San Sulpicio–
quizás trataba de apoyar la petición al menos a título
personal. No logramos ver en el gesto del sulpiciano una
intención de "lavarse las manos". Preferimos pensar que, no
pudiendo aprobar explícitamente a Montfort en público, lo
anima secretamente. Está al corriente de las relaciones
entre Grignion y Blain y, por ello, en cierta forma todavía
lo sigue... a distancia, quizás.
Y esto constituyó en el fondo el verdadero rayo de sol en el
cuartucho oscuro del Pot-de-Fer. ¿Fue suficiente ese mudo
mensaje de Leschassier para hacerlo salir de allí, o lo
fueron las dos llamadas del obispo, o el consejo del P.
Descartes, o las palabras de aliento de Blain...? No lo
sabemos bien. ¿Obedeció o eligió? Porque esta vez tenía la
facultad de aceptar o rechazar, como lo hace intuir el gesto
de Leschassier.
Sería cómodo y fácil decir que una vez más prevalece en
Montfort la voluntad de obedecer y de escuchar a los
superiores y el grito de los pobres. Pero el P. Grignion ya
no existe; ahora es Luis de Montfort, es decir, tan cambiado
en el espíritu –y la opción del nombre lo determina–, que si
una decisión como ésta debía ser motivada, el motivo no lo
habría encontrado fuera, sino dentro, pero en la conciencia
de la propia definitiva vocación.
Se habían necesitado las desilusiones de Nantes, de
Poitiers, de París; se había requerido de esos meses de
dolorido retiro, y sobre todo aquellos del hielo del Monte
Valeriano, para abrirle los ojos. Si alguna vez había dudado
de sentirse llamado a "encerrarse" para servir a los pobres,
hoy es cierto. Las experiencias demasiado breves de vida en
descampado, evangélicas y apostólicas, las únicas que en el
fondo lo defraudan, eran la verdadera indicación
providencial de su puesto en la viña del Padre. Cambiando
nombre y escogiendo el de su país natal, ha querido hacer
desaparecer cualquier traza de colocación y fisonomía
humanas, para ser sólo y para todos un "padre", para
aquellos donde el nombre de "Montfort" podía significar
algo: ¡no en París ni en Canadá, sino en Bretaña!
Al
ofrecerle la posibilidad de regresar a Poitiers, Dios
confirmaba la opción definitiva del sacerdote bretón.