TERCERA PARTE
Capítulo 11: Bajo la escalera del Pot-de-Fer
Capítulo 12: El más duro de los fracasos
Capítulo 13: Buscando una solución
Capítulo undécimo
BAJO LA ESCALERA DEL POT-DE-FER
Debemos aclarar bien la idea madurada en Grignion a
propósito del apostolado misionero. Y aunque no hubiera
ciertamente madurado, sí era considerada como la mejor
solución al salir de la Salpêtrière.
Se percibe claramente que Luis María no había considerado
definitiva su ubicación en el Hospital de Poitiers ni en el
de París, aunque su celo apostólico –que Blain ha llamado
con palabra inadecuada "gusto"– en favor de la miseria, lo
animaba fuertemente a servir a los pobres enclaustrados. Una
vez hecha la opción definitiva, la carrera misionera, desde
los primeros meses de sacerdocio, y excluido un posible
regreso al Hospital de Poitiers, su permanencia en la
Salpêtrière, a nuestro modo de ver, tiene dos motivos
evidentes.
París, fuera de ser la capital del reino y del mundo, era
también la metrópoli de la pobreza: al lado del fulgurante
ascenso de la burguesía acunada por el rey, la más negra y
peligrosa miseria minaba el surco de la rebelde disparidad.
La gama infinita de pobres y pobrezas brindaba así al P.
Grignion una inmensa opción de formas apostólicas en el
sector que mejor se le acomodaba. Alejado de Poitiers, casi
como para entrenarse en la misión evangélica, se había
dirigido a París. Dado que confiesa haber ido allá casi por
obligación, queremos entender quién o qué lo orientó allá, y
sobre todo porqué. Quizás era París la diócesis más
necesitada de clero adicto a la población...
El segundo motivo estrechamente vinculado al primero, y
quizás mucho más importante que él, debemos buscarlo en la
"necesidad" que tenía Luis María de la dirección espiritual
de Leschassier. París quería decir San Sulpicio. En un giro
decisivo de la vida, después de dos fracasos –y si queremos
contar también a Nantes, tres– teniendo que comenzarlo todo,
sentía la necesidad de la guía del santo y sabio director
que lo conocía más que ningún otro. También la permanencia
en la Salpêtrière se presenta como un período ofrecido a
Leschassier para volver a examinar a su discípulo. Si se
debía hacer una opción y ésta de forma estable, Leschassier
hubiera sido el último en juzgarlo y darle esa unción de la
obediencia que los santos saben ubicar en los caminos del
Señor.
«Su celo lo llevaba a cuantos eran rechazados; corría en pos
de los rompecaminos, de los deshollinadores, de los
pordioseros y miserables. Y, luego de reunirlos, les
repartía el pan de la Palabra de Dios...» (Blain, 251).
Fue una especie de ministerio itinerante, vigilante y
paternal, al que dedicó el tiempo que le quedaba después de
las horas necesarias consagradas a las enclaustradas en la
Salpêtrière. Hay que recordar aquí cuando narra Grandet, ya
citado, a propósito de la increíble actividad misionera para
enseñar, para debelar el pecado, para hacer avanzar en la
virtud, para consolar a los afligidos y "para dar a todos
una elevada idea de Dios y de la enormidad del pecado". Si a
este fuerte ideal añadimos la tenacidad y testarudez de que
estaba dotado, podemos comprender el fastidio que su
ministerio podía causar dentro y fuera del Hospital.
Lo peor le aconteció cuando se las tomó con los juglares del
Pont-Neuf.
A despecho del nombre, el Pont-Neuf es el más antiguo de
París. A través de la punta oeste de la ciudad, vincula a
las dos riberas del Sena y favorece el que se haga más
extensa la riada de San Germán. El puente, con la plaza
incorporada en la que reina la estatua ecuestre de Enrique
IV, alcanzó fama especial porque fue el primero en tener
andén para peatones y el único al que no rodeaban casas. Era
el puesto de una auténtica feria, animado y rumoroso,
receptáculo de mercaderes, huéspedes, vendedoras de flores,
con mil escenas de multiforme humanidad.
Su nombre está vinculado sobre todo a la historia del
teatro, porque fue el lugar de la elección de la farsa y las
arias populares. Más aún, su nacimiento está vinculado con
la aparición de los juglares y a aquellas cancioncillas ha
unido tan estrechamente el nombre que se mantiene todavía
hoy como encarnación de los cantos triviales y de las
estrofillas más popularescas.
Sobre todo, después de la mitad del siglo XVII, la gloria de
los cantantes del Pont-Neuf tocó la cumbre del moderno
divismo, cuando de la masa amorfa saltaron a la atención los
contornos indefinidos de los orfeos más afortunados. Estos
escribieron su nombre en la historia de las costumbres y de
la política y hasta del teatro. Es la época de Philipot
llamado el Saboyardo, a quien Boileau alcanzó con la acritud
del sarcasmo. En medio de la banda de los desocupados,
instruidos por él para acompañarlo en los coros, rodeado de
una multitud de gamines, cocineros, humildes trabajadores,
soldados, burgueses, carteristas, amas de casa, prostitutas,
el glorioso cantante del Pont-Neuf reinaba desde el
pedestal de Enrique IV y lanzaba con voz sonora sus
couplets hasta el Louvre o la Rue Dauphine, por encima
del rechinar y rodar de las carretas, por encima del resonar
de las campanillas e los charlatanes, por encima de los
aullidos de los anunciadores y revendedores. El río de
palabras que cantaban himnos al vino, al amor, a las cosas
triviales, ya antes de saltar por sobre las cabezas de los
oyentes, perturbaban al poetastro ya cocido y humeante de
ininterminables embriagueces, en el hedor de sus harapos, en
la figura sin gracia que despersonificaba.
La musa del Savoyardo tenía imitadores y adversarios:
Orlando Lassus, Guedrón, los dos Boësset, y sobre todo el
Cochero de Vertamón, ignoto e innominado burgués que
nunca traicionó la propia identidad. Las estrofas caían,
pues, sabrosas, sucias, sarcásticas, amargas o elegíacas, a
herir los escándalos y a los escandalosos, a transformar los
hechos, a burlarse de los políticos y las damas mantenidas
de la alta sociedad. Una figura especial de los juglares del
Pont-Neuf era la que ofrecían los hombre de iglesia, reos de
exagerada rigidez y devoción, y los azote dejaban moretones
y señales hasta en las personas más cándidas. Responder a
los adivinos, tocar a los benjamines de la muchedumbre, era
desencadenar a la chusma, era apuñalar al pueblo humilde,
era instigar a la revuelta. Quizás era mejor dejarles
gritar.
Si Luis María se atrevió a hacerlo, como todo autoriza a
pensarlo, lo hizo a sus expensas, entre la general
aprobación de la gente bien. Y si el hecho, como refiere
Blain, lo hizo incluso encarcelar –cosa que no es difícil de
creer– resultó como epílogo de una aventura equivocada que
la mayoría le imputó a mal. Pero Grignion era así: actuaba
demasiado directamente, sin mediastintas, ignorando y
pisoteando las buenas maneras y los convencionalismos,
cuando se trataba "de la idea de Dios y de la enormidad del
pecado".
Tenemos tendencia a creer que choques como éste debían
resultarle fáciles, tanto más cuanto que llegando de la
provincia, no podía entender las cosas inconvenientes ni lo
bien visto en la ciudad.
Al salir de la Salpêtrière, encuentra un hueco donde
encovarse, en la calle Pot-de-Fer, a pocos pasos del
noviciado de los jesuitas a donde había llegado el P.
Descartes, a pocos pasos de San Sulpicio y del convento de
las generosas benedictinas. Los motivos de la elección son
obvios: hallar fácilmente una iglesia donde celebrar la
eucaristía, una comunidad donde alimentarse, una compañía de
cohermanos con quienes intercambiar algunas palabras.
Una de las primeras tentativas de acercamiento a San
Sulpicio, debió tener lugar en la casa parroquial de San
Sulpicio: era párroco allí un viejo amigo, el P. de la
Chetardye, quien había alimentado por Grignion una auténtica
veneración, tanta que, al pasar él, se ponía en pie para
hacerle una profunda reverencia. Pero la veneración se
cambia en severa indiferencia, casi en condenación.
Leschassier rehusa hasta recibirlo. Brenier, en los momentos
de momentánea presencia, conserva las distancias y todos los
demás eclesiásticos del seminario prefieren no tener nada
que ver con el ex seminarista.
Una pesada y desagradable escena de Leschassier rompe toda
posibilidad de encuentro. Debió suceder en la primera
quincena de junio, con ocasión del funeral del P. Lévêque. Y
dado que el final de esa vida apostólica es en el fondo una
página que cierra un capítulo de la biografía monfortiana,
referimos el relato que de él hace Blain:
«Como última preparación a la muerte, viajó (Lévêque) del
seminario de París al de Issy, que es la casa de soledad y
silencio de San Sulpicio; fue allá, digo, el domingo o uno
de los días de carnaval, creo, en ayunas, envuelto en su
cilicio y cargado con una cadena de hierro, y recorrió la
legua, a la edad de más de 80 años, con tanta dificultad y
fatiga, que, mientras daba un paso adelante, a menudo
retrocedía dos, dificultándosele levantar los pies y
sostenerse derecho.
Los transeúntes, al ver a este anciano y santo sacerdote,
siempre en peligro de caerse, pensaban que se resentía de
los días de locura (del carnaval) y que la embriaguez hacía
que sus pasos resultaran temblorosos y vacilantes.
Escandalizados, lo señalaban con el dedo e indudablemente,
como es lo ordinario, hacían caer sobre su estado el
desprecio a su persona...
Una vez llegado a Issy, pasó en retiro y penitencia la
cuaresma: ocho horas diarias de oración, le colmaban gran
parte del día; y, dado que le estaba prohibido hacerlas de
seguida arrodillado, no se desquitaba de esta mortificación
sino con una mayor, prosternándose sobre el pavimento de
mármol de la devota capilla de Nuestra Señora de Loreto
donde encontraba sus delicias.
Su descanso consistía en pasar el resto del día en la
recitación del rosario o la lectura de algún libro piadoso,
mientras se paseaba en el jardín. El santo varón sólo
encontraba en estos lugares de santidad, una cosa poco
conforme a sus inclinaciones, a saber, que el pan que se le
presentaba era demasiado bueno; muy incómodo de no poder
tenerlo peor, lo comía sólo como a las malas y resarcía su
mortificación, sobre el resto de la alimentación de la cual
apartaba lo mejor para contentarse con lo estrictamente
necesario.
Así fue la preparación a la muerte, de este venerable
anciano de más de ochenta años, tan penetrado del espíritu
de penitencia, que temía que la muerte lo sorprendiera sin
hacerlo. Fue la respuesta que dio a su director, que lo
exhortaba a aminorar sus penitencias, para impedirle
disminuir su rigor» (Blain, 205-210).
La muerte lo alcanzó así el 12 de junio.
Luis María debió casi ciertamente viajar a Issy para las
exequias de su antiguo superior de Nantes. Quizás en esa
ocasión lo alejaron desafortunadamente del Instituto. Todo
esto lleva a pensar que las cosas sucedieron exactamente
así: el aspecto de pobreza –llegaba del cuartucho del
Pot-de-Fer– y abatimiento en el que debió presentarse fue
considerado indecoroso para la circunstancia y el ambiente.
Existía, además, en este continuo rechazo, un motivo mucho
más hondo. Una vez más habla Blain.
«Realmente historias elaboradas a placer, revestidas de
burlesco y acicaladas con un aire de ridiculez que se hacía
circular a cargo del humilde sacerdote, habían podido causar
ese cambio en el P. de la Chétardye y en muchos más.
Ya contaban haber visto al P. de Montfort predicando en las
plazas públicas y que el señor Arzobispo, para poner diques
a esos excesos de celo, lo había dictado el entredicho. Ya
relataban que había atacado a los cantores del Pont-Neuf y
que esas gentes que distraen al público y, con ese medio,
hecho mucho ruido y gran desorden; lo cual lo había hecho
detener y encarcelar en las prisiones de la Oficialidad. Y,
como los mentirosos son siempre atrevidos, sobre todo contra
la devoción, se aseguraban de no decir sino lo que habían
visto.
Lo cual indisponía los espíritus contra el virtuoso
sacerdote, inocente de todos esos sucesos. No obstante, los
afirmaban con tanta convención, que hasta los menos crédulos
se sentían dispuestos a creerlos...» (Blain, 242-243).
Que todo fueran "chascarrillos" inventados, no lo creemos,
conociendo a Luis María. De todos modos, aún los menos
inclinados a creer en ellos, acababan por dudar de él. San
Sulpicio, por ejemplo. ¡Y esto no tanto por las habladurías
cuanto por la fama que podía redundar sobre la institución!
«¡Cuán mortificado quedó, cierto día cuando al llegar a
Issy, aquel santo superior (Leschassier), que se hallaba
allí con la comunidad, en tiempo de vacaciones, lo recibió
con un rostro glacial y lo despachó penosamente, con aire
seco y desdeñoso, sin querer ni hablarle, ni escucharlo»
(Blain, 218).
Los intentos de acercarse a Leschassier, primero en privado
y, por último, ante muchos eclesiásticos –probablemente para
el funeral de Lévêque– fallaron, dejándole un dolor que
agravaba la incertidumbre del momento. Blain, a quien
seguimos citando, no condena ni desaprueba la conducta de
Leschassier ni de cuantos en tales contingencias le cerraron
la puerta a Grignion. Sería pretender demasiado del biógrafo
que venera incondicionalmente los oráculos sulpicianos...
Una vez más, aquel granítico Leschassier no gusta, a pesar
de todo, porque no podía faltar a su culto a la regla, la
normalidad, el sentido común. Y también, ¿por qué poner en
peligro su óptima fama de superior general de uno de los más
célebres Institutos eclesiásticos franceses, en favor de un
sacerdote que se señalaba por el amor al riesgo, lo
inesperado, la impetuosidad? De hecho, el no querer acoger a
Grignion no significa desaprobación, si en el fondo del
corazón –recuérdese la carta del 12 de mayo de 1701 a mons.
Girard: "Tiene una alta idea de la perfección", y la del 12
de noviembre siguiente al mismo Grignion: "No quisiera ni me
atrevería a poner obstáculos a la gracia..." (ver cap. 9 de
esta biografía)–. Existe casi la certeza de que lo guía el
Espíritu del Señor.
«Júzguese el dolor del P. de Montfort al ver a hombres tan
santos e iluminados en los caminos de Dios, dudar de su
propio camino porque no quieren guiarlo por sendas perdidas
o lejanas, o también por no atraer sobre ellos mismos la
condena de ciertas acciones exageradas que él realiza» (ver
Blain, 238).
Hemos subrayado el texto. Blain no podía explicarnos mejor
la conducta de su "amado" director.
«Juzguen Uds. el dolor del P. de Montfort...
Quien no ha experimentado tales dolores no los imagina
siquiera: cuanto más somos de Dios, más sensibles somos, más
penetra en el alma el dolor y el espanto...
A tales situaciones se hallan expuestas las virtudes raras y
los varones que tienen algo extraordinario: se piensa de
ellos de maneras diferentes: dividen los corazones y las
inteligencias; los más sabios y esclarecidos son los más
reservados al respecto, por temor de condenar a un santo o
canonizar a un hipócrita...
Confesaban que era un santo y hacían elogios, ya de su gran
modestia, ya de su recogimiento, ya de su humildad, a menudo
de su gran mortificación y austeridades, otras veces de su
amor a la pobreza, de su celo y caridad y, sobre todo, de su
entrañable ternura y devoción a la santísima Virgen. Y,
¡cosa extraña!, seguían dudando de que anduviera por la
senda de los santos» (Ib.).
Volvemos nosotros a subrayar. Es el punto fundamental de la
cuestión.
«Yo, muy atento a cuanto de él decían, no podía extrañar lo
suficiente que lo creyeran santo, sin creer que anduviera
por el camino de los santos. Y, predispuesto en favor del P.
de Montfort, no me atrevía a dejar de dar crédito a cuanto
todos creían; pero, como el mismo Grignion me precisó a
propósito, todo esto era falseado y mal interpretado.»
No se nos hace extraño. Hay muchos santos, y muchos viven
aún hoy entre nosotros, que no serán canonizados porque no
caminan por el camino de todos. Por otra parte, incluso en
las cosas sencillamente humanas, los más combatidos, los más
contradichos, los más humillados son precisamente los que
quieren hacer algo para levantarse sobre la áurea
mediocridad.
A la pregunta concreta de Blain, responderá Leschassier: «Es
muy humilde, paupérrimo, muy mortificado, muy recogido; y,
sin embargo, me cuesta, pensar que lo guíe el buen
espíritu».
El buen espíritu de San Sulpicio era la legalidad y la
obediencia, la mesura y la reflexión: el Superior de ese
maravilloso Instituto, de aquella forja de verdaderos
sacerdotes, no debía renunciar ni siquiera por una vez a la
norma corriente de juicio, la medida de la espiritualidad. Y
sabemos que la medida de Leschassier –y de cuantos se creen
superiores al humildísimo Leschassier– no es siempre la del
Espíritu de Dios. Es la falla de los superiores que creen
estar de parte de Dios y de Nuestra Señora sólo porque
tienen que mandar...
Lo reconocía el mismo Leschassier cuando, tras la santa
muerte de Luis Grignion, confesará al mismo Blain: «¿Ves? No
sé entender a los santos...».
Y de acuerdo con el biógrafo, concluyamos también nosotros:
«Una respuesta tan humilde me edificó y satisfizo mucho más
que todas las apologías que hubiera podido hacer de su
juicio anterior» (Blain, 228).
Durante esta sorda guerra, Grignion proseguía su ministerio.
En él seguramente se encontró con los juglares del
Pont-Neuf, con los reclamos de la Curia sobre los lugares
escogidos para la predicación, y sobre todo por ese
particular auditorio de deshollinadores, harapientos y
pobretones le llegó la desaprobación de los eclesiásticos
más calificados.
Naturalmente la guerra contra su ministerio terminaba por
poner en tela de juicio su forma de predicar. Se llegó aun a
invitarlo a hacer dirigir meditaciones en la cripta de San
Sulpicio donde los seminaristas y los censores podían a su
gusto controlar si la forma adoptada por el sacerdote de la
pobrería constituía un cómodo refugio para la ignorancia,
para la incompetencia y para la falta de preparación. En esa
oportunidad, Grignion eligió uno de los textos más gratos a
su piedad personal; parafraseó el cántico mariano del
"Magníficat". Blain anota:
«Nada más devoto e impactante que lo que dijo: la atención y
gusto del auditorio eran la prueba de ello. Pero la crítica
maligna y la envidia secreta que lo persiguieron por todas
partes, no encontraron qué alabar, nada que no fuera digno
de lástima y menosprecio... No aprobarían nada de lo que
sale de la boca de un ministro lleno de celo y tenido en
alta reputación de virtud; se le hacen burla sobre las
palabras menos insignificantes; no le perdonan ninguna
palabra inadvertida; le arman proceso por todo» (Blain,
246-248).
Claro, la forma de predicar de Grignion se adapta más a los
pobres que a los seminaristas, y él mismo lo afirmó muchas
veces. Era sencillo, a estilo evangélico, sin elocuencia a
la moda, persuadido como estaba de que la locura de la cruz
tiene el poder de confundir la sabiduría del mundo y
triunfar sobre la vana filosofía y sobre la elocuencia
profana.
«Después de haber preparado bien las materias y haberlas
ordenado en la inteligencia, calentaba su corazón en la
oración y buscaba esos dardos de fuego, esas palabras
ardientes, esas expresiones y movimientos divinos, que
admiramos en los profetas y en los apóstoles, que arroban al
auditorio, penetran en su corazón y realizan su conversión»
(Blain, 249).
Como podemos ver, Blain –que se define como testigo atento–
ha descrito muy bien, y lo hace a través de todo el artículo
58, la forma que podía agradar a los deshollinadores y a los
harapientos, pero que no podía ser del gusto de los
"pavitos" del seminario, acostumbrados a oír a los "grandes"
de la elocuencia y –como acontece a menudo en los institutos
religiosos– que creen estampar con su aprobación personal un
sello de nobleza al predicador.
Por fortuna, los demás, aquellos eclesiásticos de quienes
dependía el bien de las almas, pensaban de otro modo, y
cuando el futuro obispo de Chalons del Maine, el sacerdote
Madot, superior de los sacerdotes diocesanos adscritos al
Monte Valeriano, pidió al cardenal De Noailles un buen
sacerdote para arreglar las cosas en el célebre
monte-santuario, vio que le recomendaban al sacerdote de los
harapientos...
El Monte Valeriano, a pocos centenares de metros del centro
de París es una cumbre totalmente aislada que, desde sus 181
metros, domina la curva noreste del Sena y ofrece un
panorama completo sobre la ciudad. Desde los comienzos del
cristianismo había sido siempre la sede ideal de ermitaños y
cenobitas, y entre los bosques y lujuriantes olas de verdor,
todavía en el siglo XVII congregaba a hombres de vida
espiritual y santidad.
En 1634, el sacerdote Huberto Charpentier se había
preocupado por la erección de una iglesia al final de un
adecuado "Viacrucis" de siete capillas y muchas estatuas
tamaño natural. Desde entonces el Monte Valeriano se había
convertido en meta de numerosas peregrinaciones, en tal
forma que una disposición del arzobispo había asignado al
cuidado y asistencia de los fieles un numerosos grupo de
sacerdotes para dejar a los ermitaños la cumbre, la capilla
central y la soledad. Pero las cosas entre las dos
comunidades religiosas nunca habían sido tranquilas, aunque
sin trascender, y entre los dos grupos persistían tensiones
y antipatías.
Pero oigamos cómo lo narra Blain:
«Creo que fue entonces cuando lo enviaron al Monte Valeriano
a trabajar para devolver la unidad a los espíritus divididos
de los buenos frailes ermitaños que tienen allí una
comunidad. Su vida es muy retirada, muy austera y en un
silencio casi perpetuo. Se acerca mucho a la de la trapa:
también he oído dar a esa casa el nombre de la "Pequeña
Trapa".
El superior de aquellos buenos ermitaños era el más anciano
de ellos, llamado Fray Juan. Por largo tiempo los gobernó en
la paz y la unidad; pero finalmente la discordia se asentó
allí en medio de ellos; y no sé por qué motivo.
El señor abate Madot, actualmente obispo de
Chalón-sur-Marne, que era su superior, habiendo inútilmente
tratado de restablecer la paz por sí mismo y por medio de
otros, creyó que el P. Grignion era el hombre adecuado para
ello, gracias a su excepcional fervor y a su buen ejemplo.
Le pidió, pues, que se encargara de esta tarea. El siervo de
Dios la aceptó y partió inmediatamente, en época de invierno
muy áspero y riguroso, para subir a aquella montaña, la más
elevada en la cercanías de París, donde el viento, las
tempestades, las lluvia, el frío, el calor y todas las
incomodidades de las estaciones se hacen sentir más fuerte
que en ninguna otra parte.
Su recogimiento, su espíritu de oración, su fervor, su
mortificación dejaron admirados a aquellos buenos frailes y
los renovaron. Seguía la marcha de sus ejercicios y les daba
ejemplo de todas las virtudes más difíciles. Aquellos
solitarios tan austeros ya no lo parecían frente a él,
porque a todas las penitencias de ellos añadía las suyas
propias. Entre ejercicio y ejercicio de comunidad, lo veían,
en su capilla, siempre de rodillas y en oración, helado y
temblando de frío, porque su pobre sotana y quizás alguna
franela rota no lograban darle calor y defenderlo de la
aspereza del frío que es más riguroso en las alturas.
Tuvieron lástima de él y le pidieron que aceptara uno de sus
hábitos. Y así el hombre de Dios revestido de la
indumentaria blanca de aquellos ermitaños, parecía y vivía
entre ellos como uno del grupo.
Impactados por sus extraordinarios ejemplos de virtud,
sacudidos por la gracia y unción de sus palabras,
conquistados por su dulzura y humildad, no tardaron en
rendirse a sus deseos y unir su voz a la de él, para
restaurar en medio de ellos la paz y la concordia, que
habían sido desterradas» (Blain, 253-257).
Se alcanzó la paz sobre el Monte Valeriano entre ermitaños y
clero diocesano. Y no parece que esa paz y concordia en el
trabajo hayan sido perturbadas por casi ochenta años: hasta
que la Revolución, acabó con frailes, clero, iglesia y
viacrucis, y profanó el monte con construcciones de guerra.
Regresando a París a dar cuenta del resultado de su misión,
a fines del invierno de 1704, Grignion no conservó nada para
sí, ni siquiera el hábito blanco que devolvió a los
ermitaños en el acto de despedida. Pero un recuerdo, sí, lo
llevó consigo: la visión de aquel Viacrucis y de aquel
calvario con sus estaciones y estatuas al natural... Algunos
años más tarde construyó uno semejante en la llanura de la
Magdalena, en el ducado de los Coislin, en Pontchâteau.
Si San Sulpicio no respondió a las peticiones de Grignion,
tocó una vez más a la Compañía de Jesús, en la persona del
P. Descartes que la Providencia le permitió encontrar a dos
pasos de San Sulpicio, en el noviciado de la misma calle
Pot-de-Fer, escuchar a su antiguo alumno.
«Incierto, entonces de sus caminos, no sabía qué camino
coger. Su oráculo había enmudecido y no quiso responderle
más...» (Blain, 217).
Pero, ¿cuál era la verdadera pregunta que deseaba plantear?
«Este gran amigo de la pobreza se retiró entonces a un
pequeño hueco de una humilde casa, al lado del noviciado de
los jesuitas. Allí, tan escondido y desconocido, apenas si
logré encontrarlo, en un lugar tan semejante al establo de
Belén. Sólo era, en efecto, un pequeño desván, debajo de una
escalera, que el sol a duras penas podía iluminar. No vi
otros muebles que una escudilla de barro cocido y, si no me
equivoco, una cama miserable que no era, lo mismo que el
lugar, adecuada sino para mendicantes y miserables...
Pero Dios sabía también resarcirlo en todas partes de su
pobreza, y de sus humillaciones y sufrimientos, dándole
comunicaciones tan íntimas y frecuentes, que el servidor de
Dios pasaba la mayor parte del día y de la noche en oración,
que llegó hasta dudar de si no debía abandonar, o al menos
suspender por algún tiempo, las funciones del ministerio,
para responder a esta poderosa atracción. Pidió consejo al
respecto, pero, al parecer, le aconsejaron proseguir el
ejercicio de su celo, porque no lo interrumpió en forma
alguna» (Blain, 220-222).
Allí al desconcertado cronista se le abre la maravillosa
certeza del mundo interior en que Luis María se espacia en
la contemplación, desde la oración de quietud hasta la unión
mística. Es el mundo reservado y exclusivo del Señor y de
las almas, pero que debemos tratar al menos de comprender,
porque el lugar espiritual se confunde con la forma en que
Grignion logra la verdadera fisonomía que seguirá inalterada
hasta la muerte.
Es el momento en que la espiritualidad del santo sacerdote
toca las cumbres del arrobamiento en Dios. Los meses pasados
en el hueco del Pot-de-Fer constituyen el adviento de una
navidad apostólica y misionera. Sólo comprendiendo ese
momento del espíritu se podrá comprender la fuerza de la
actividad que de aquí tomará el despliegue pastoral que
todavía esperamos.
Precisamente por esos días, el 12 de noviembre, moría en la
Bastilla la legendaria "Mascara de hierro" que será
sepultada en el minúsculo cementerio de la iglesia de San
Pablo, en la Calle San Antonio. De esa tumba excavada en
tierra, no saldrá jamás. al menos hasta hoy, la verdadera
persona y la auténtica historia del personaje.
Casi al mismo tiempo desaparece un personaje que conocemos
muy bien: Luis María Grignion, para hacer nacer al P. de
Montfort, o mejor a Montfort.
A partir de este momento firmará y se hará llamar así:
hombre sin casa, sin familia, sin morada, desprendido de
todos y de todo, exactamente tal como escribirá en la
Súplica Ardiente:
«¿Qué te estoy pidiendo?
Hombres libres con tu libertad, desapegados de todo: sin
padre, sin madre, sin hermanos, sin hermanas, sin parientes
según la carne, sin amigos según el mundo, sin bienes, sin
estorbos ni preocupaciones, y hasta sin voluntad propia....,
esclavos de tu amor y de tu voluntad, hombres según tu
corazón, hombres que, sin voluntad propia que los manche o
los detenga... Nubes levantadas de la tierra y llenas de
celestial rocío, que vuelen sin obstáculos por todas partes
al soplo del Espíritu Santo...» (nn. 7-9).
Este nacimiento tuvo lugar en un laborioso parto, hecho de
renuncias y padecimientos, a la manera de San Sulpicio. Y la
vida, la nueva vida, la verdadera, que lo anima, ya no es
más la del hombre pobre, sino la de Cristo. Nace Cristo en
Luis María, vivo y operante en María, aferrado a la cruz
como en un trono, como comida, bebida, eternidad, premio y
corona, visión e ideal.
¿Qué hacen los contornos humanos sino enmarcar el rostro de
Cristo?
La Sabiduría, Cristo, en pos de quien ha corrido por años,
por siglos y que ahora lo conquista. No se habla de
doctrina, ni de prudencia, sino de Sabiduría; no de la
ciencia sino del Maestro; no de la actitud exterior, sino de
la gracia vivificante. Es la Sabiduría que es Cristo, es
Jesucristo, Sabiduría encarnada –fin de toda santidad y de
toda devoción–; que sólo existen si llevan a vivir en
Cristo.
«Sabiduría, ven, te llama un pobre;
sí, ven, que por la sangre de Jesús
y las dulces entrañas de María
no quedaremos nunca confundidos.
¿Por qué, por qué prolongas mi martirio,
si yo te estoy buscando noche y día...
Ábreme, ábreme, amor; abre la puerta;
abre que no soy un desconocido
mira que te amo y busco locamente
y en ti tan sólo encuentro mi descanso.
Pero si tú no quieres que sea tuyo,
déjame importunarte una y mil veces
y buscarte y buscarte y no encontrarte...»
(CT 124,1-4; BAC 660-661).
Estas estrofas del más hermoso de los Cánticos de la
colección del futuro misionero (Los deseos de la
Sabiduría), pueden traicionar el ansia y el temor de
perder con Cristo todas las cosas.
En la
contemplación de aquellos días y noches, la Sabiduría se le
revela en dos rayos, dos estados o actitudes inconfundibles:
la cruz y la Virgen María. Son las formas que la Sabiduría
misma ha utilizado para encarnarse y salvarnos. ¡Sin María y
sin la Cruz no es posible entender a Jesucristo!
La contemplación realiza el último golpe sobre el granito
del hombre Grignion que se ha colocado en las manos de Dios
como cera para ser moldeado, como un laúd entre las manos de
un hábil tañedor. La Sabiduría se destaca del mundo
contemplado por la mirada mística y entra en su espíritu:
viene a él, se queda en él, es parte de él, es vida de él.
Siempre con esos dos rayos que se llaman: Cruz y Nuestra
Señora.
Su temática espiritual quedará así compuesta sobre el modelo
del plan providencial de la salvación, como en un cuadro que
no describe momentos, pero va pintando la realidad que hay
que vivir.
Pero, para Montfort la contemplación se convierte en mensaje
que hay que transmitir; no se detiene en su espíritu sino lo
poco que es necesario para suscitarle el jadeo de la
santidad y el anhelo de divulgar; no la guarda para sí, sino
que la ofrece para toda la humanidad que quiera beneficiarse
de ella.
En los meses de soledad penosa pero radiante, escribe la
obra maestra de su literatura espiritual: el Amor de la
Sabiduría Eterna (BAC, 117-207), poderosa síntesis de la
cual tomarán aliento, de vez en cuando, los demás opúsculos
y tratados, y en la cual hay que enmarcarlos para que puedan
comprenderse adecuadamente. Quizás, utilizando los apuntes
de las meditaciones dictadas en la Sala de la
sagesse de
Poitiers, sirviéndose de la lectura de las obras de
Saint-Jure, de Nepveu, de Olier y de Bérulle, con algunas
anotaciones tomadas del anterior Cuaderno de Notas, y sobre
todo con la incontenible ola de entusiasmo y de convicción
cosechadas en la revelación interior, Luis María compone un
pequeño volumen que es mucho más que un simple libreto de
piedad.
No es un libro para leer, sino para vivir.
Con Cristo y según Jesucristo.
No se lo aprende en pocas horas, sino con toda la
existencia.
La limpidez y la coherencia a las que favorece la sencillez
del estilo, lo hacen accesible a cualquiera por indocto y
hasta iletrado que sea, y quizás más a éste que a los
iluminados. Los modernos podrán ampliarlo, criticar o
rechazar, ¡cómo no! Pero no pueden derruirlo; podrán
añadirle preciosos fragmentos de exégesis y precisiones
teológicas, de historia y de filosofía, pero sin alterarlo
ni mutilarlo.
Pocas líneas son suficientes para trazar el esquema.
El Verbo de Dios, la Sabiduría Eterna, la altísima y
poderosa consejera del Creador y artífice del universo,
quiere la salvación del hombre; por milenios lanza a la
humanidad afligidas llamadas y frecuentes invitaciones de
esperanza. Cuando en el Consejo del Eterno e decide la
Encarnación, la misma admirable Sabiduría se hace carne y el
Verbo se asoma al mundo deshecho, como Redentor y Salvador.
En Cristo las invitaciones se convierten en reales
testimonios de amor y de misericordia. En Jesucristo se hace
realidad el impensable acontecimiento y María lo adecúa y lo
calibra a la pequeñez humana. La salvación se cumple en una
crucifixión que no es un episodio, sino un mensaje y un
tema. La palabra y los milagros han quedado fijados en el
evangelio, en la predicación apostólica, aparece como la
sublimación de la humanidad crucificada del Verbo. Desde ese
momento la obra de Dios comienza el verdadero trabajo de
redención de las personas y se transmite como Vida de
gracia; basta con que el hombre se acerque a Cristo e
intente lo increíble, de hacer vivir a Cristo en sí y de
vivir en Cristo. El camino que el hombre debe recorrer para
una unión perfecta, se presenta bajo formas diferentes que
la hagiografía de todos los siglos ha consagrado; pero una
forma, la más lógica e inmediata, es ese recorrido del Verbo
desde la encarnación hasta la resurrección: el camino que
pasa a través de María santísima. Es el medio eficaz por ser
sencillo, exacto por ser divino, humano por ser natural.
Para poseer la Sabiduría hay que "desearla" y "pedirla con
súplicas y gemidos", mientras que la condición sine qua non
para alcanzarla es el desprecio del mundo y el ejercicio de
la virtud. La devoción a la Virgen María no es una de éstas,
ni una forma de ascesis del alma, sino el medio ideal de la
realización del gran proyecto. El hombre que se arroja en
María, como un día el Verbo, no llegará a la santidad por
esto sólo; ¡largo es el camino que hay que recorrer para
completar la imitación de Cristo, más aún de Cristo
crucificado!
El libro termina así con los acordes de una espléndida
sinfonía mariana, ofreciendo al alma el tema de la
perfección y de apostolicidad, del celo y de la caridad.
De aquí tomará aliento el futuro Tratado de la verdadera
devoción: "Por medio de la santísima Virgen María vino
Jesucristo al mundo, y también por medio de ella debe reinar
en el mundo" (VD, 1).
Este Amor de la Sabiduría Eterna no es un libro que
se lee sólo para meditar. Es una llamada que se escucha de
pie, listo a trabajar. Es, como se ve, un desarrollo de
impronta evangélica, y es por esto que cada página redunda
de evangelio. Es uno de esos pocos libros cuyas páginas, si
las dispersara el viento, podrían recogerse y colocarse
sobre el escritorio, o mejor, sobre el reclinatorio del
verdadero cristiano. Y seas quien seas puedes encontrar en
él, para el momento justo la palabra adecuada que infunda
energía y permita recuperar el deseo de amar a Jesucristo.
La
interrogación giraba, pues, sobre la suavísima alegría que
le sugería la contemplación en el receptáculo de la
humildad, bajo la escalera del Pot-de-Fer. Las últimas
incomprensiones de Nantes a París, además, lo impulsaban a
considerar que no era apto para la predicación ni para las
funciones del sagrado trabajo misionero. ¿Algo de
desaliento?
Ahora entendemos por qué buscaba con afán una respuesta.
Dios, el Padre que nunca defrauda, pensó por su parte, en
confirmar cuanto le dijo el jesuita Descartes, en la
secuencia de los acontecimientos, entre los cuales hemos
incluido ya la paz restablecida en el Monte Valeriano.
Pertenecen a este período ciertas cartas del P. de Montfort,
que citaremos en cuanto que confirman el estado de ánimo que
hemos vislumbrado en Montfort.
La primera va dirigida a María Luisa de Jesús, en Poitiers,
donde ella sigua aguardando una respuesta sobre su propio
futuro de religiosa.
Realmente, en aquellos meses, tras la inesperada partida de
su director refugiado en París, hallándose en la necesidad
de ver de sí misma, también María Luisa abandona el Hospital
y sigue probablemente una decisión tomada precisamente con
ocasión de esa novena pedida por Montfort: quiere hacerse
religiosa "en una posición seria", dado que habiendo quedado
sola, le parece hasta haber sido abandonada a su propia
suerte. Siguiendo las indicaciones de un director ocasional,
se presenta en el monasterio de las Canónigas de San Agustín
en Chatellerault, para ofrecerse como laica conversa "con el
fin de no mortificar a sus padres y en espíritu de pobreza"
(BML, 29) como le había inculcado Grignion. Así, pues, sin
dote y en el más absoluto ocultamiento. ¿Cuánto duró la
experiencia? Tres o cuatro meses, dado que en octubre está
de nuevo en el Hospital de Poitiers y recibe la carta de
Montfort.
¿Supo Montfort de ese intento? Quizás no, y si lo supo, dado
que es mucho más prudente de cuanto se piensa, sabe que
María Luisa es perfectamente libre de sí misma y puede muy
bien responder no a su propuesta, y además, sabio como ha
aprendido a serlo, sabe muy bien que la Providencia se la
traerá de nuevo si el proyecto viene del Señor. De todos
modos, no aludirá jamás a ello en las cartas del momento ni
en las posteriores, a menos que se quiera ver un poco de
amargura en las primeras líneas de la carta que envía
precisamente ahora.
de París, el 24 de octubre de 1703
«Hija carísima:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
No pienses que la distancia física o el silencio externo me
hayan hecho olvidar tu caridad para conmigo ni la que debo
profesarte. Me dices en tu carta que tus deseos de hacerte
religiosa permanecen tan fuertes, tan ardientes y constantes
como siempre. Es una señal infalible de que provienen de
Dios. Tienes entonces que poner en Él toda tu confianza; ten
por seguro que obtendrás más de lo que piensas. El cielo y
la tierra pasarán antes que Dios falte a su palabra
permitiendo que una persona que espera en El
perseverantemente vea frustrada su esperanza. Experimento
que sigues pidiendo la divina Sabiduría para este miserable
pecador a través de cruces, humillaciones y pobreza. ¡Ánimo,
querida hija! ¡Ánimo! Te quedo infinitamente agradecido.
Experimento los efectos de tus plegarias, porque me
encuentro empobrecido, crucificado y humillado como nunca.
Hombres y demonios, en esta gran ciudad de París, me arman
una guerra muy amable y dulce. ¡Que me calumnien, que me
ridiculicen, que hagan jirones mi reputación, que me
encierren en la cárcel! ¡Qué regalos tan preciosos! ¡Qué
manjares tan exquisitos! ¡Qué grandezas tan seductoras! Son
el equipaje y cortejo de la divina Sabiduría, que Ella
introduce consigo en casa de aquellos con quienes quiere
morar. ¡Oh! ¿Cuándo lograré poseer esta amable y desconocida
Sabiduría? ¿Cuándo vendrá a morar en mí? ¿Cuándo estaré tan
engalanado que pueda servirle de refugio en un lugar donde
se halla sin techo y despreciada? ¡Oh! ¿Quién me dar a comer
ese pan del entendimiento con el que Ella alimenta a sus
mejores amigos? (Quién me dar a beber ese cáliz con el que
calma la sed de sus servidores? ¡Ahí ¿Cuándo me hallaré
crucificado y perdido para el mundo?
No dejes, querida hija en Jesucristo, de compartir mis
súplicas encaminadas a satisfacer estos anhelos míos. Puedes
hacerlo ciertamente. Lo puedes, de acuerdo con algunas
amigas. Nada puede resistir a tus plegarias. El mismo Dios
–con ser tan grande– no las puede resistir. Se ha dejado,
afortunadamente, vencer por una fe viva y una firme
esperanza. Ora, pues; suspira, implora para mí la divina
Sabiduría; la obtendrás toda entera para mí. Así lo creo»
(sin firma)
(Carta 16; BAC 94-95).
De Rambervilliers donde está empezando su año de noviciado,
la hermana Guyonne-Jeanne le manda a decir –quizás con las
benedictinas de Rue Cassette– que una enfermedad no definida
le hace temer que no sea apta para la vida religiosa con las
Madres que consagran la vida a la adoración y reparación
continuas: quizás la lejanía de Bretaña, la falta del
hermano y un doloroso recuerdo de la familia le causan un
tanto de melancolía...
Luis María –probablemente en el verano de 1703– le envía una
carta que constituye un himno a la fuerza purificadora del
dolor.
«Querida hermana:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
Me alegro de tener noticia de la enfermedad que el Señor te
ha enviado para purificarte como oro en el crisol. Debes ser
una víctima inmolada sobre el altar del Rey de los reyes
para su eterna gloria.
¡Qué destino tan sublime! ¡Qué vocación tan excelsa! Casi
siento envidia de tu felicidad.
Ahora bien: ¿cómo puede esta víctima serle totalmente
agradable si no está interiormente purificada de toda
mancha, por insignificante que sea? Este Santo de los santos
encuentra manchas aun donde la criatura no ve sino belleza.
Con frecuencia, su misericordia se anticipa en nosotros a su
justicia, purificándonos con la enfermedad, que es el crisol
ordinario para purificar a sus elegidos. ¡Qué felicidad la
nuestra si Dios mismo se digna purificar y preparar la
víctima a su gusto! En cambio, ¿a cuántas otras abandona
para que se purifiquen a sí mismas o por medio de otros? Y
¡cuántas más son recibidas como víctimas sin pasar por las
pruebas ni por el tamiz de Dios!
¡Ánimo, pues, ánimo! No temas al espíritu maligno, que te
dirá con frecuencia durante la enfermedad: No llegarás a
profesar a causa de tu poca salud. Sal del monasterio y
vuélvete a tu casa. Vas a quedar en la calle. Serás una
carga para todos... Aunque el cuerpo te duela, ten firme el
ánimo, pues nada te conviene tanto en el presente como la
enfermedad.
Pide y haz pedir la divina Sabiduría para mí, que en Jesús y
María soy
Tu hermano...»
(Carta 17; BAC 95-96).
Pero tras la enfermedad purificadora, queda la duda. Más
aún, se diría que se da una forma de testaruda rebelión,
naturalmente inconsciente, que le hace pesada la vida de
comunidad y la vida religiosa en general. Ciertos reclamos
de la superiora, ciertos contrastes con las hermanas... y
alguna leve amenaza de exclusión llevan Guyonne-Jeanne a
querer convertirse en profesa a la fuerza. El hermano que
adelanta la dura prueba de la cruz y del aislamiento, que
siente la falta de un director espiritual, le escribe con
lealtad y fuerza:
«Hermana carísima en Jesucristo:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
Todos los días doy gracias a nuestro Dios de bondad las
misericordias que realiza en favor tuyo. Trata de
corresponder con fidelidad absoluta a cuanto te pide.
Si no es Dios el único que te abre la puerta del convento
donde te encuentras, no entres en él. Aunque tengas una
llave de oro hecha ex profeso para abrirte la puerta. Porque
ésta se transformaría para ti en la puerta del infierno.
Se necesita una especial vocación para ingresar entre las
Hijas del Santísimo Sacramento, pues su espíritu es
elevadísimo. La verdadera religiosa del Santísimo Sacramento
es una verdadera víctima en cuerpo y alma. Se alimenta con
el sacrificio continuo y universal: el ayuno y la adoración
sacrifican su cuerpo; la obediencia y la renuncia sacrifican
su alma. En una palabra: todos los días muere viviendo y
vive muriendo.
Haz cuanto te manden en esa casa.
Todo tuyo.
de Montfort»
(Carta 18 – BAC 96-97).
La carta es del mismo octubre de 1703. Fortalecida y
sostenida más por las oraciones que por las palabras de su
santo hermano, Guyonne-Jeanne prosigue su camino de
noviciado con mejor espíritu y tranquila serenidad.
De su pluma hemos recogido también ese afligido: No tengo
aquí amigos... los que en otros tiempos tuve en París, me
han abandonado (ver Carta 15). Aunque debemos afirmar que el
ambiente no le era del todo adverso. Quería decir quizás que
ninguno se mostraba pronto a defenderlo y apoyarlo... Algún
amigo le ha quedado y ¡qué amigo!
En mayo de 1703, Luis María estipula un contrato con el
antiguo condiscípulo y conciudadano Claudio Poullart des
Places. Su encuentro y las confidencias que llevaron a aquel
contrato nos ayudarán a comprender la evolución espiritual
de Montfort. Claudio-Francisco Poullart había nacido en
Rennes en 1679 y había estudiado también en el colegio de
los jesuitas. Luego de algunos años de dispersión se había
dedicado definitivamente al estudio del derecho en otro
colegio jesuita más famoso, Louis-le-Grand, cerca de París.
De estudiante –y queremos recordar que en esos años y en ese
colegio estaban el joven Arouet, el célebre Voltaire– se
dedicaba enteramente al apostolado sobre todo entre los
deshollinadores a quienes impartía lecciones de catecismo en
la iglesia de san Benito. En 1702, resuelto a hacerse
sacerdote, recibe la tonsura.
Ya tuvimos oportunidad de poner de relieve cómo la verdadera
llaga del clero francés era la falta de clero apto y
preparado. No obstante la imponente obra de reforma
intentada por las grandes instituciones –modelo la de San
Sulpicio– muchas regiones permanecían siempre sin clero
capaz, porque en fin de cuentas –y el tirocinio de Montfort
es la prueba de ello– la permanencia en el seminario costaba
demasiado. Muchos jóvenes no se hicieron sacerdotes por no
tener dinero y seguramente entre éstos se hallaban los
mejores. Y aquellos pobres que llegaban a serlo o lo hacían
con segundas intenciones o terminaban clandestinamente en
alguna diócesis menos actualizada.
Los intercambios de información que se hicieron los dos al
reencontrarse en París en 1702 a propósito de la dolorosa
situación de los campos y de los sacerdotes dispersos en los
poblados, sirvieron para sacudir fuertemente a Poullart des
Places. Con dificultades y a sus expensas creó un seminario
«para promover eclesiásticamente, en forma pobre y gratuita,
en el espíritu del Concilio de Trento, durante el curso de
varios años, a los estudiantes pobres... con el intento...
de reformar al clero del campo, de proveer de esa manera a
las parroquias pobres y pequeñas con buenos sacerdotes, a
los pueblos y regiones grandes con buenos vicarios,
capellanes y maestros de escuela, de formar operarios
evangélicos para el reino (de Francia) y para el exterior,
de formar buenos sacerdotes para todos los oficios en la
Iglesia, haciendo de ellos trabajadores, pobres y
desinteresados...» (Receuil Thoisy, c 9 [al 14] 273 – en
Le Floch, Claude-François Poullard des Places, París
1906, pp. 273-274).
El
seminario fue inaugurado ante Nuestra Señora de la Bonne
Délivrance en la parroquia de Saint-Etienne-des-Grés,
el 27 de mayo de 1703. Luis María de Montfort fue invitado a
la ceremonia y probablemente a ofrecer una serie de
predicaciones preparatorias.
Uno de los
biógrafos más documentados, Besnard, afirma que en esa
ocasión pidió al amigo Poullart des Places que entrara a
formar parte del grupo misionero que el mismo Montfort
quería crear; y que él respondió que no se sentía inclinado
a la predicación, pero que proveería a alimentar al grupo
con sacerdotes formados en su propio seminario.
Al referir esta noticia de Besnard, dudábamos un poco,
porque el contrato de colaboración nos parece poco probable.
¿Cómo podía Montfort pensar en un grupo misionero si él
mismo no era misionero? Y si ya soñaba –y podemos también
creer que es admisible– en la Compañía de misioneros para la
gente, probablemente habló de ella con el amigo, pero sin
proponerle, al menos por ahora, entrar en ella. Quizás el
episodio debe colocarse unos años más tarde y gozaría
entonces de toda validez. En efecto, en la Regla de los
Sacerdote misioneros de la Compañía de María, siempre
alude a al seminario parisino de Poullart des Places, aunque
la forma externa del texto podría insinuar la existencia de
un seminario propio.
Sea lo que
fuere, la amistad entre los dos se mantiene firme y fecunda.
Poullart des Places fundó la Congregación de los
espiritanos, llegó a ser sacerdote y se hizo santo. La
alianza espiritual entre los dos se mantuvo y fue confirmada
por el regalo que Montfort, hizo el día de la inauguración
al nuevo Instituto de una estatua de María en madera,
tallada por él mismo. Ciertamente Montfort consideró la
posibilidad de comprometerse con este seminario, tanto que
considera la obra naciente en cierta forma como una creación
personal suya.
Y los espiritanos vieron siempre en Montfort a más del amigo
del Fundador, el padrino de la Congregación.
Al bajar del Monte Valeriano, dos noticias interesantes lo
esperaban: la primera era la de la profesión de su hermana
en Rambervilliers, la segunda una llamada urgente del
Hospital de Poitiers.
A su hermana le escribió inmediatamente:
«Querida víctima en Jesucristo:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
No puedo agradecer lo suficiente al Dios de bondad el
haberte convertido en víctima perfecta de Jesucristo,
enamorada del Santísimo Sacramento y suplemento de tantos
cristianos y sacerdotes infieles.
¡Qué honor para tu cuerpo el ser inmolado sobrenaturalmente
durante una hora en adoración ante el Santísimo! ¡Qué honor
para tu alma el hacer en esta tierra, sin gusto, sin
conocimiento, sin la luz de la gloria, en la sola oscuridad
de la fe, cuanto hacen en el cielo los ángeles y santos con
tanta complacencia y claridad! ¡Cuánta gloria da al Señor en
este mundo una fiel adoratriz! Pero ¡qué raro es hallarla!
Porque todos, incluso los más espirituales, ansían gustar y
ver. De lo contrario, se hastían y entibian. Y, sin embargo,
sola fides sufficit: ¡basta la fe!
En fin,
hija fiel del Santísimo Sacramento, ¡qué provecho, qué
riqueza y qué placer los tuyos cuando te encuentras a los
pies de este rico y dignísimo Señor de los señores! ¡Animo!,
¡Animo! Enriquécete, regocíjate al consumirte cada día como
lámpara encendida. Cuanto más des de lo tuyo, tanto más
recibirás de lo divino.
Y después de haberte felicitado, (no tengo, acaso, razón de
felicitarme a mí mismo, si no como hermano tuyo, al menos
como tu sacerdote? Porque ¡qué alegría, qué honor y qué
ventaja para mí el contar con la mitad de mi sangre que
repara con sus amorosos sacrificios los ultrajes que –¡ay de
mí!– infiero tantas veces al amable Jesús en el Santísimo
Sacramento, sea por mis comuniones hechas con tibieza, sea
por mis olvidos y abandonos inconcebibles! ¡Oh¡ Yo triunfo
en ti y en todas tus dignas Madres, porque me habéis
alcanzado las gracias de las cuales yo y los demás infieles
ministros de los altares nos hacemos indignos por nuestra
poca fe.
Salgo en seguida para el Hospital de Poitiers.
Te suplico, hermana mía, que ames sólo a Jesús en María, y
por María, a Dios sólo y en El sólo.
Todo
tuyo.»
(sin firma)
(Carta 19 – BAC 97-98).
Era la mitad de marzo de 1704. La comunicación enviada a su
hermana sobre la inminencia de su viaje a Poitiers, tiene
que ver, precisamente, con la segunda noticia recibida en su
escondrijo del Pot-de-Fer. Blain le entregó una carta
dirigida al P. Leschassier de parte de los pobres de
Poitiers y que tenía que ver con él.
«Nosotros, cuatrocientos pobres, le suplicamos muy
humildemente, por el mayor amor y la gloria de Dios, que nos
haga venir a nuestro venerable pastor, ése que ama tanto a
los pobres, el P. Grignion.
¡Ay! Señor, sentimos como nunca la pérdida que hemos sufrido
para la salvación de nuestras almas. Porque en cuanto a los
bienes de este mundo, no son éstos los que nos inquietan: la
Providencia provee a nuestras necesidades y creemos que él
con sus oraciones nos ha alcanzado de Dios una nueva
superiora que posee todas las condiciones que se pueden
desear para las cosas temporales. Es de elevada condición,
viuda riquísima, que ha provisto ricamente a sus hijos. El
demonio sólo busca nuestras almas... La mies es muy
abundante y hay pocos obreros; él preveía bien todo esto...
Carísimo señor, ¿no lograrán nuestras apremiantes
necesidades conmover su corazón que ama a Dios y su gloria y
la salvación de las almas? Ud. recibirá gran gloria por
ello: ¡qué bien tan grande hará al enviarnos a nuestro
ángel! Los pobres son siempre despreciados y no se escuchan
sus humildes súplicas. Lo pedimos también a nuestro
ilustrísimo y reverendísimo obispo, quien nos dice que ya lo
ha llamado dos veces... Los grandes no gustan de ser
rechazados, y en este caso hay que olvidar totalmente los
intereses de Dios (no escuchándolo). Creemos que su caridad
y celo por las almas nos concederán esta gracia grande que
le pedimos en nombre de todas las amabilidades del buen
Jesús y de su santa Virgen Madre de Dios.
¡Señor! Si él estuviera aquí, con la nueva superiora, ¡qué
reglamentos y qué justicia no haría reinar en esta casa!
Perdón, bondadoso señor mío, por el atrevimiento que nos
tomamos: es, de todos modos, nuestra indigencia la que nos
impulsa a importunarle, y también las grandes penas que
padecemos.
Por último, Dios mío, consuélenos y perdónenos nuestros
grandes pecados que nos han merecido semejante desgracia. Si
podemos verlo de nuevo, seremos más obedientes y fieles en
consagrarnos a Dios a quien imploraremos, señor, le conserve
a Ud. y le aumente las bendiciones y perseverancia final.
Los pobres de Poitiers»
(Pauvert, p. 140).
Fuera de la evidente retórica de quien redactó la carta, los
hechos corresponden a la realidad. La situación del
Hospital, a diez meses de la partida de Montfort, había ido
empeorando desde el punto de vista disciplinar y moral. La
nueva directora que había sustituido a la inepta Dame de
París era una buenísima conocida de los hospitalizados
cuya providente benefactora había sido siempre. Se llamaba
María de Villeneuve, viuda Bodet De la Fenêtre, y fuera de
la piedad religiosa y la abundancia de dinero, tenía óptimas
cualidades de administradora. El puesto de capellán, no
obstante la afanosa búsqueda efectuada por el Consejo de
Administración, estaba prácticamente vacío, aunque en los
últimos meses había un sacerdote que a la llegada de
Montfort no aparece ya con el título en los registros y
memoriales.
¿Quién
había pensado nuevamente en Grignion?
En primer lugar, al obispo. Ciertamente ya estaba esperando
una respuesta dada a los dos enviados encaminados a París.
Si esa respuesta no había llegado, no creemos que fuera por
negligencia –que a los ojos de Montfort hubiera parecido una
horrible rebelión– de Grignion; pero muy probablemente la
invitación no habrá llegado al interesado quien se hallaba
en el Monte Valeriano. La alusión "Los grandes no gustan de
ser rechazados" deben entenderse como resignación de parte
del obispo y como rechazo a ulteriores insistencias.
Y ciertamente los pobres... Una mano para extender la
petición y sugerir la dirección de Leschassier debieron
prestarla la Directora y sobre todo María Luisa de Jesús que
no había vuelto a abandonar el Hospital y, por orden del
obispo, tampoco el hábito. Si tuviéramos que aceptar que
todos los pobres, todos los cuatrocientos estaban de
acuerdo... pretenderíamos demasiado. Pero la mayor parte de
ellos, ciertamente sí.
Por otra parte, los pobres, después de la referencia a las
visiones de algún alma piadosa –y que muy poco podían
conmover a Leschassier– piden prácticamente sometidos una
vez más a la prueba.
Es útil preguntarse cuál era la actitud de Leschassier y su
juicio sobre el asunto, dado que la carta lo invocaba
directamente al caso como apelación decisiva. El prudente y
atento observador de los manejos de la Providencia, una vez
enviado a Blain a llevar la carta a Montfort –decimos Blain,
o sea, el único amigo que le ha quedado a en San Sulpicio–
quizás trataba de apoyar la petición al menos a título
personal. No logramos ver en el gesto del sulpiciano una
intención de "lavarse las manos". Preferimos pensar que, no
pudiendo aprobar explícitamente a Montfort en público, lo
anima secretamente. Está al corriente de las relaciones
entre Grignion y Blain y, por ello, en cierta forma todavía
lo sigue... a distancia, quizás.
Y esto constituyó en el fondo el verdadero rayo de sol en el
cuartucho oscuro del Pot-de-Fer. ¿Fue suficiente ese mudo
mensaje de Leschassier para hacerlo salir de allí, o lo
fueron las dos llamadas del obispo, o el consejo del P.
Descartes, o las palabras de aliento de Blain...? No lo
sabemos bien. ¿Obedeció o eligió? Porque esta vez tenía la
facultad de aceptar o rechazar, como lo hace intuir el gesto
de Leschassier.
Sería cómodo y fácil decir que una vez más prevalece en
Montfort la voluntad de obedecer y de escuchar a los
superiores y el grito de los pobres. Pero el P. Grignion ya
no existe; ahora es Luis de Montfort, es decir, tan cambiado
en el espíritu –y la opción del nombre lo determina–, que si
una decisión como ésta debía ser motivada, el motivo no lo
habría encontrado fuera, sino dentro, pero en la conciencia
de la propia definitiva vocación.
Se habían necesitado las desilusiones de Nantes, de
Poitiers, de París; se había requerido de esos meses de
dolorido retiro, y sobre todo aquellos del hielo del Monte
Valeriano, para abrirle los ojos. Si alguna vez había dudado
de sentirse llamado a "encerrarse" para servir a los pobres,
hoy es cierto. Las experiencias demasiado breves de vida en
descampado, evangélicas y apostólicas, las únicas que en el
fondo lo defraudan, eran la verdadera indicación
providencial de su puesto en la viña del Padre. Cambiando
nombre y escogiendo el de su país natal, ha querido hacer
desaparecer cualquier traza de colocación y fisonomía
humanas, para ser sólo y para todos un "padre", para
aquellos donde el nombre de "Montfort" podía significar
algo: ¡no en París ni en Canadá, sino en Bretaña!
Al
ofrecerle la posibilidad de regresar a Poitiers, Dios
confirmaba la opción definitiva del sacerdote bretón.
Poitiers no era Bretaña, sino el dintel de la casa, la etapa
obligatoria impuesta por las circunstancias. El hecho de
tener que encerrarse una vez más no eran renunciar, sino
esperar.
Lo importante para Montfort, era estar en el puesto, en su
patria, en el momento oportuno, porque Luis de Montfort se
había decidido a ser misionero a disposición de los obispos
de su Bretaña.
Capítulo duodécimo
EL MÁS DURO DE LOS FRACASOS
Por primera vez, debemos ayudarle a Blain, quien tras
recibir del mismo Montfort amplias explicaciones sobre su
forma de actuar, nos informa que luego de la reconciliación
de los monjes del Monte Valeriano,
«Luis Grignion regresó a París, de donde, al crecer la
persecución, se vio obligado a salir. Aquí, lo pierdo de
vista y no puedo decir más, en forma ordenada, lo que sé de
él o lo que he oído acerca de él. Le habían dado diez
escudos para el viaje, pero, según su costumbre, comenzó,
antes de partir por poner aquella limosna en manos de los
pobres, como si él solamente hubiera sido el depositario.
Era en el mundo el hombre menos preocupado por sí mismo y
por sus necesidades. Luego de abandonarse en manos de Dios,
no creía jamás que algo le hiciera falta, fundado así en su
protección y sus cuidados. Comenzó a caminar a expensas de
la divina Providencia, sin temor de agotar sus tesoros o
fatigar su generosidad.
¿A dónde iba, pues? No lo sé con certeza. Creo que volvió a
tomar el camino de Nantes, o de Poitiers, o de Bretaña. Sólo
puedo, pues, estampar confusamente y sin distinción, muchas
de sus acciones admirables y algunos sucesos maravillosos
que hicieron ruido.
Comienzo por lo que le aconteció en Poitiers...» (Blain,
257-259).
Sabemos, ante todo, que recibida aquella oferta pecuniaria,
no parte como fugitivo. Hizo una opción importante,
definitiva. No abandona la capital por las habladurías o las
maledicencias de la plebe o de los eclesiásticos. En cambio,
nos parece que partió con la aprobación de lo realizado de
parte del arzobispo, por ejemplo, que lo nominó para los
monjes de la "Pequeña Trapa". Luego, otros párrocos lo
llamaron a predicar; incluso en San Sulpicio había quienes,
a pesar de alimentar algunas dudas sobre su forma exterior
de actuar, como si fuera un problema (Blain, 253),
iban a escucharlo por un motivo o por otro y lo seguían
hasta en sus movimientos por la ciudad.
Y más
adelante, sabemos con seguridad, que el camino emprendido
era el de Poitiers, y sabemos qué motivos lo orientaban
hacia allá.
Eran los últimos días antes de Pascua que ese año caía muy
temprano, el 23 de marzo. Y así llegó a ese Hospital del que
despedido en dos ocasiones había tenido que alejarse.
La casa parecía renovada, materialmente, por la nueva
directora Bodet de La Fenêtre que, en confesión de los
hospitalizados –pero ¿hasta qué punto laudatorios?– poseía
egregias dotes de administradora. Pero ¿espiritualmente? La
antigua llaga no se había cerrado todavía entre las
servidoras y en la indisciplina.
Esta vez lo esperaban sobre todo las dos hijas predilectas,
las primeras Hijas de la Sabiduría: sor María Luisa de Jesús
y sor Catalina Brunet. Lo esperaban también los del Consejo
y sobre todo los pobres. Todos por motivos diferentes y
todos por el mismo: la salvación de la institución, y las
hermanas por su vocación, los administradores para intentar
salvarse –o al menos, salvar la cara– y los pobres por la
supervivencia.
¡A su llegada, grandes besamanos, flores y hasta antorchas!
El Bureau le confiere el cargo de capellán en jefe y
de director –le dará un auxiliar algún tiempo después en la
persona de un santo sacerdote, Carlos Dubois, para la parte
religiosa–.
Cuando se aplaca el entusiasmo, Montfort, disfrutando de
excepcionales poderes, emprende seriamente la reforma del
instituto. En otra oportunidad había auspiciado la
resurrección del antiguo reglamento del 1675 y también del
más reciente de 1696. Esta vez, sostenido abiertamente por
el obispo-presidente, mons. de la Poype de Vertrieux,
escribe o dicta tres esbozos de reglamentos que, por
fortuna, han llegado hasta nosotros. Estos documentos
conservados en los archivos puatuvinos de la Vienne, son
esbozos, uno más difuso que el otro y que se completan
mutuamente. Montfort no pierde tiempo en giros de palabras y
se dirige inmediatamente a los responsables subrayando que
los desórdenes incluso materiales dependientes de la
inobservancia de los estatutos.
«"Ad majorem Dei gloriam Virginisque, pauperumque bonum"
(A la mayor gloria de Dios y de la Virgen y el bien de los
pobres).
Monseñor,
con el fin de que Dios sea conocido, amado y servido mejor
de cuanto lo ha sido, Ud. y los Señores Administradores
deben hacer observar el reglamento aprobado el 17 de agosto
de 1696 por su predecesor, mons. de Saliant y por los
Señores Administradores de esa época, y que no ha sido
respetado entre otros motivos, porque han cambiado los
oficiales y los servidores.
(Toca a todos Uds.) ver todo lo que necesita abolir o añadir
el reglamento para tener los poderes en los límites del
deber, y, todavía más importante, para encargar a cada uno
de las enfermeros y de las enfermeras de una tarea precisa a
fin de que no se den interferencias ni choques mutuos, y así
(les toca a Uds.) confiar estos oficios a quienes juzguen
más adecuados, y en cuanto se refiere a la Directora, la
señora de la Fenêtre, permitir que se ocupe tanto de la
parte general como de los pormenores del Hospital
general...».
Es un pasaje que pertenece al tercer esbozo, quizás el menos
importante. Al querer examinar más de cerca estos
documentos, llegamos al apacible descubrimiento de reconocer
el estilo de Montfort en ese subrayar el reclamo insistente,
sulpiciano diríamos, a la consideración directa de los
superiores que son encausados como responsables de las
confusiones y de la inobservancia, sin tantos miramientos.
Los esbozos son secos, rápidos, casi apresurados, pero
suficientes para delatar la personalidad de quien los dicta.
Lo más importante es lo que se encuentra, sin letra alguna
del catálogo en el fascículo II E/1: la escritura es
semejante a la de Montfort aunque carente de las
características lexicales y caligráficas de los escritos
posteriores; y la razón podría hallarse precisamente en la
prisa y en la naturaleza específica de "memorial" destinado
al estudio y a la corrección que el obispo y la directiva
tendrían que aportar antes de enviarlo a la imprenta.
Leemos, en efecto:
«Hallándose agotados todos los ejemplares del reglamento del
17 de agosto de 1696, la Administración ha sido del parecer
de hacerlo reeditar para el mantenimiento del buen orden; y
dado que el cambio de las asistentes de rango inferior ha
provocado mucho desorden en el Hospital, ha juzgado oportuno
reformarlo en algunos artículos y añadir otros nuevos, (y)
para hacer más sensible y práctico el reglamento
distribuirlo a cada uno de los mencionados oficiales tanto
externos como internos del susodicho Hospital para que
(sepan) cuanto compete a cada uno de ellos, en conformidad a
cuanto se dice en el art. 51 de la Letras de Aprobación (del
rey) de mayo de 1675».
No se necesita mucho para comprender que la "reedición" sabe
perfectamente a excusa sugerida a los responsables para
cubrir en parte la voluntad de reformar sin perturbar el
ambiente. Todo resulta, luego, más claro si se refiere a los
artificios del setecientos elaborados en el estilo
burocrático de la época.
La confrontación entre el reglamento de 1696 y el dictado
por Montfort subraya, más de un regreso, una auténtica
impostación de ruptura y novedad. Pero, ¿estaba Montfort
convencido de realizar una obra permanente? Es una pregunta
interesante que implica cierta actitud personal contrastante
con la que ya conocemos, o sea, la del misionero. El haber
redactado un reglamento no significaba entonces como tampoco
hoy, atar o empeñar la propia existencia ni mucho menos la
futura misión. Montfort habría defendido y sostenido su
reglamento no por querer que fuera una conquista suya, sino
la conquista de la paz y del bien de los pobres; no la meta
personal, sino la meta del instituto. Había elaborado un
reglamento que cualquiera podría hacer suyo tanto por la
observancia como por las mejorías; por ello no lo firmó; no
porque no tuviera las facultades, sino porque no lo
comprometía directamente: era siempre, de todos modos, un
texto "de prueba", no definitivo ni vinculado a su
permanencia el Hospital.
La experiencia consolidaría la bondad y justicia de todo el
articulado.
Mientras la obra de restauración moral y disciplinar del
Hospital avanzaba, la vida espiritual de Montfort no
reconocía treguas. Tenemos aquí un testimonio que al
respecto referirá en 1718 a Grandet, el sacerdote Carlos
Dubois, que ayudaba a Montfort:
«El P. Grignion fue siempre ingenioso en ocultar las propias
gracias interiores y cuanto le hubiera podido atraer alguna
estima especial, que solamente los confesores pueden
expresar con seguridad; pero en el período de cerca de tres
meses durante los cuales viví con ese santo sacerdote, y
trabajó bajo su dirección en el Hospital de esta ciudad, me
mantuve tan atento para observar con admiración toda su
conducta exterior que me hubiera sido imposible no llegar a
conclusiones piadosas en favor de su santidad interior.
Desde las cuatro de la mañana hasta las diez de la noche no
se lo vio jamás inactivo un solo instante. Sus ejercicios de
piedad no eran jamás interrumpidos si no por los ejercicios
de caridad pública o de mortificación secreta.
La oración mental, el oficio divino, la celebración de los
santos misterios, el ejercicio de la confesión, los
catecismos, las visitas a los enfermos o a los pecadores, la
entonación de los cánticos espirituales lo mantenían ocupado
continua y sucesivamente, y a pesar de empeños tan fatigosos
y permanentes, ayunaba severa y puntualmente tres veces por
semana, miércoles, viernes y sábado, de la mañana a la tarde
su única comida consistía en una sopa ligera con dos huevos
y un trozo de queso. Andaba siempre cargado de cadenas de
hierro a la cintura y en los brazos,. pero tan apretadas que
apenas podía agacharse a causa de las frecuentes y
sangrientas maceraciones; dormía sobre un poco de paja y muy
mal abrigado; a menudo comía pan negro y siempre mezclaba
dos tercios o tres cuartos de agua en el vino; durante todas
nuestras comidas de la mañana y de la tarde daba sitio en la
mesa a un pobre, le daba de beber en el propio vaso lleno de
agua y vino hasta que sólo quedaba una tercera parte, que él
bebía enseguida, añadiéndole diestramente una gota de agua o
de vino para ocultar del verdadero motivo» (Grandet,
471-474).
El arcaico testigo cita también el episodio de un ulceroso a
quien Montfort cuidó en una salita de aislamiento y a quien
atendió y asistió personalmente hasta el fin.
De la casa paterna llegaban de tanto en tanto noticias que
si no lograban sacudir el entusiasmo de Luis María, sí le
interesaban. Un mes después de su llegada a Poitiers, tuvo
noticia del matrimonio de su hermana mayor, Renata, con
Pedro Garsón, ceremonia que bendijo en Iffendic su tío Alán
Robert.
Probablemente le escribió su madre. Y la buena señora
aprovechó para informarle un tanto de la situación de la
familia. Las cosas no andaban mal gracias a Dios, y hubiera
constituido un pecado quejarse de ellas. Habían muerto
exactamente ocho hermanos hasta 1694, pero desde ese tiempo
la muerte no volvía a pasar por allí; más aún, otros seis,
incluido Luis María, se habían casado o ubicado con recursos
y fortunas que se pueden imaginar.
Ciertamente si el hermano hubiera podido pensar un poquito
también en la numerosa familia Grignion, ojalá ubicándose en
un buen puesto enriquecido con renta discreta... Los
hermanos esperaban seguramente de Luis María una ayuda
sustancial, después de tantos años de sacerdocio y de
peregrinaciones.
A esa carta de su madre, respondió Montfort con retraso el
28 de agosto siguiente.
Dado que este es el escrito más duro y menos... santo del
santo varón, debemos profundizar en las circunstancias y
estados de ánimo de los dos remitentes.
En la casa Grignion, en agosto de 1704, al lado de los
padres –el abogado contaba 57 años y su esposa 56– quedaban
solamente cuatro de los dieciocho hijos. Efectivamente,
habían salido de ella, fuera de los muertos: Luis María,
sacerdote en Poitiers o sabe Dios dónde; José Pedro, clérigo
dominico en Dinán; Renata, casada en Iffendic; Silvia,
religiosa profesa en Fontevrault; Guyonne-Jeanne (Luisa),
religiosa profesa en Rambervilliers; Gabriel-Francisco,
seminarista, tal vez en Saint-Maló (recibirá la ordenación
sacerdotal en 1708). Quedaban, pues, sólo tres mujeres y el
último varón, a saber: Francisca Margarita de 25 años,
despedida por enfermedad de Fontevrault; Francisca Teresa de
23; Juan Bautista jr. de 15; y Juana Margarita de 13.
Grandes problemas educativos o de ubicación, evidentemente
ya no los había; pero preocupaciones por las dos mayores sí,
porque, indecisas o desanimadas, no pensaban en casarse –lo
cual puede confirmarse recordando que sólo Francisca Teresa,
contrajo matrimonio a los 40 años–.
Las cartas de las mamás, en tales circunstancias, reflejan
las angustias y dudas por el futuro más que las cruces del
pasado, aunque no descuiden de anotar los contragolpes del
ayer. Ciertamente Luis María que, desde hacía un decenio no
ponía los pies en la casa, seguía siendo el primogénito y el
más calificado para escuchar esos motivos y sugerir las
soluciones: tenía así conocimiento del debilitamiento del
padre campesino de vida aunque tuviera un gran nombre
burgués, con esperanzas acantonadas al haber perdido a los
varones entregados al Señor, con ambición nunca extinguida
de hacer bella figura incluso en el campo hasta la
testarudez del recio y continuado trabajo, y con las
desgracias y carestías que golpeaban al campo y a las
familias de campesinos... y escuchaba el dolor materno por
su demasiada lejanía y algún reclamo por no haber encontrado
todavía el modo de hacer una visita al Bois-Marquer,
mientras aunque fuera una corta aparición hubiera hecho
tanto bien, no sólo a los "viejos", sino también a las
hermanas y al hermano... Pero lo que transpiraban ante todo
las líneas de la madre debía golpear a todo hijo bien
nacido: si los hijos se marchan, si no vuelven más, si las
desgracias y las muertes, si los primeros achaques podían
soportarse todavía, el corazón de la madre temía para sí y
para su esposo las tristísima soledad que caía sobre ellos.
Si nada sabemos de la carta de la madre –cualquier mujer
podría reconstruirla–, leamos la respuesta de Luis María en
Grandet, el primer biógrafo. La presentamos, saltándonos a
propósito el primer párrafo, para que los lectores juzguen
con nosotros las artificiosas falsificaciones de la
hagiografía más cerrada.
de Poitiers, el 28 de agosto de 1704
«Aunque no te escriba, no te olvido en mis oraciones y
sacrificios. Antes bien, te amo y venero tanto más
perfectamente cuanto que en ello no intervienen ni la carne
ni la sangre. No me molestes con el cuidado de mis hermanos
y hermanas. He hecho por ellos cuanto Dios me pedía por
amor. De momento, no tengo ningún bien temporal que
proporcionarles, porque soy más pobre que todos ellos. Los
pongo con toda la familia, en manos de quien la ha creado.
Que (al respecto) me consideren como muerto. Sí, lo repito
para que no lo olviden: considérenme como muerto. No
pretendo tener que ver o heredar nada de la familia en la
que Cristo me ha hecho nacer. Renuncio a todo, a excepción
de mi título, porque la Iglesia me lo prohíbe. Mis bienes,
mi Padre y mi Madre están en lo alto; no reconozco a nadie
según la carne.
Es verdad que tengo para contigo y para con mi padre grandes
obligaciones por haberme dado la vida, haberme criado y
educado en el temor de Dios y haberme hecho infinidad de
beneficios. Por ello, os doy miles y miles de gracias y
ruego diariamente por vuestra salvación. Cosa que continuaré
haciendo durante toda vuestra vida y después de vuestra
muerte. En cuanto a hacer algo más por vosotros, yo y nada
valemos lo mismo en mi antigua familia.
En la nueva familia a la que ahora pertenezco, estoy
desposado con la Sabiduría y con la cruz. Ellas constituyen
todos mis tesoros temporales y eternos, terrenos y celestes.
Tesoros tan grandes que, si los conocieran, Montfort sería
envidiado por los mayores ricos y poderosos de la tierra.
Nadie –o, a lo sumo, muy pocos– conoce los secretos de que
hablo. Tú los conocer s en la eternidad, si logras la dicha
de salvarte, pues es posible que así no sea; tiembla y ama
más intensamente.
Conjuro a mi padre, de parte de mi Padre del cielo, a que no
toque la pez, porque se manchará con ella; a que no se
alimente de la tierra, porque se atragantará; a que no
aspire humo, porque se asfixiará. Que ponga en práctica la
huida y desprecio del mundo y la devoción a la santísima
Virgen, en que me declaro todo suyo y de mi padre.
Saludo a tu ángel de la guarda y soy todo tuyo en Jesús y
María.
Montfort, sacerdote y esclavo indigno
de Jesús que vive en María»
(Carta 20; BAC 99-100).
Es una carta dura y en algunos casos inoportuna. Si no se
quiere reconocer el significado más transparente: Luis María
escribe a su madre, a quien, después que los confesores y
los educadores, le había conocido, comprendido y amado mejor
que nadie, y a quien debía dirigir palabras aprendidas en
otros tiempos precisamente de ella. Probablemente hallamos
un lenguaje habitual en la casa Grignion: seco y poco
adecuado a oídos que no sean bretones.
Lo esencial de la respuesta se hallaba en los motivos por
los cuales Montfort no quería ayudar económicamente a sus
hermanos y hermanas: primero, porque no podía y, luego,
porque cada uno de ellos debía defenderse por sí mismo al
menos con una brizna de iniciativa y con mucha fe.
Y, sin embargo, ésta no es la carta que conocen los
biógrafos.
Todos han reportado –aunque alguno ha hecho ademán de
olvidarlo– hasta ahora un pasaje inicial que ha
deshumanizado y desencarnado una carta que, sino brilla por
el sentimiento, es al menos coherente y justa como podía
escribirla un misionero de los pobres.
Este es el pasaje colocado ordinariamente al comienzo de la
carta sin ninguna introducción, después de la fecha:
«Prepárate para la muerte que te acosa con tantas
tribulaciones. Sopórtalas cristianamente, como lo haces. Hay
que sufrir y cargar cada día la propia cruz. Sí, es
necesario. Es infinitamente provechoso para ti el verte
empobrecida hasta tener que reducirte a un hospital, si tal
es la voluntad de Dios, y el ser despreciada hasta el punto
de encontrarte abandonada de todos y morir viviendo».
El lector habrá experimentado sin duda un fastidio sutil al
leer estas frases que, llenas de retórica y lugares comunes,
sintonizan –¡y qué mal!– con cualquier fraile predicador más
que con un místico. Podemos preguntarnos cómo podía un
sacerdote –santo hasta donde se quiera– escribir a una madre
como aquella, cuando aquella mujer no sólo estaba bien sino
que esperaba tener el derecho a una vejez más tranquila
después de dieciocho maternidades y tántos funerales y
desventuras y preocupaciones y sufrimientos. (Dios, mucho
más comprensivo, la hará vivir más que Luis María). Y ¿cómo
podía un sacerdote-hijo proveniente de una persona tan
sensible y fina como Juana Robert, escribir y sólo a ella
una carta sin una oportuna palabra introductoria de afecto y
normal conveniencia, cuando era capaz de escribir cartas muy
amables y hasta elegantes, a su hermana Guyonne-Jeanne?
Los biógrafos que la han presentado, han querido ver en ella
la acostumbrada manifestación extraordinaria de santidad.
Nosotros vemos en ella una vacía perorata atribuible a quien
presentó la carta para hacerla divulgar y quizás al mismo
Grandet. De hecho, la carta aparece sólo en la quinta Parte
de su obra, capítulo XVII, bajo el título Desapego de los
negocios del mundo y de sus familiares, al lado de la
enviada a su tío Alán Robert el 6 de marzo de 1699 que ya
hemos transcrito (ver DRG, 207).
Nos parece evidente la intención de hacerla cuadrar en el
asunto expresado en la enunciación del capítulo, a menos que
el pasaje sea realmente un comentario del hagiógrafo un
tanto pedante o un pasaje tomado de otra carta desconocida o
enviada a algún miembro diferente de la familia.
Nos parece que la carta verdadera comienza con las
expresiones afectuosas que nada tienen que ver con el primer
párrafo y que, en cambio, empalman bien con el resto de la
página, incluso para aquel a quien repugna –no obstante,
reconocer los inmensos esfuerzos para encontrar en ella
inspiración bíblica– saber que el buen Padre de Montfort,
el padre de los afligidos y de los pobres, era tan
inoportuno y odioso con la criatura más grande y digna de la
tierra, su propia madre.
Y si lo fue, cosa que no creemos, tratemos de tener un poco
de sentido común, para no hallar pinceladas de santidad que
nada tienen de común con las de Jesucristo.
De todos modos, la reforma del Hospital prosigue aunque
entre contradicciones y obstáculos, mientras que en el ánimo
de Luis María se hace más imperiosa la voz del misionero
momentáneamente acallada, o sea, el reclamo de las
parroquias abandonadas y necesitadas de Dios. Debió combatir
mucho dentro de sí para hacer frente a la decisión de
abandonar el Hospital para dedicarse exclusivamente a la
predicación. El confesor del lugar, el; P. de la Tour, que
recibe las confidencias de Montfort, comparte su angustia y
lo ayuda a poner en marcha el antiguo propósito; ahora el
hospital puede salir avante sin él, sostenido como está por
la nueva administración, por el capellán sustituto y un
oportuno sentido de la disciplina; más aún, quedan, como
garantía, las dos primeras Hijas de la Sabiduría que están
para ser –si aún no lo están– enmarcadas de oficio en la
dirección de la institución.
Luego de mucha oración y, como de costumbre, mucha
penitencia, Montfort decide exponer la cuestión al
obispo-presidente, mons. de la Poype, quien con extrema
prudencia anima al sacerdote a seguir su propia vocación y
le asegura que proveerá a la ubicación personal del
misionero.
Por prudencia exagerada, Luis María pide también el parecer
de sor María Luisa de Jesús y a algunos amigos más cercanos.
Y así, después de menos de un año, Luis María redacta en
perfecto estilo una carta de dimisión y la envía al
Bureau.
Los cronistas monfortianos, acostumbran (de hecho parece una
costumbre) motivar las dimisiones con "las insuperables
dificultades" halladas en la reforma del Hospital. Y no se
dan cuenta de que la verdadera insuperable dificultad
proviene de lo íntimo del mismo Montfort. Quizás por carecer
de la lineariedad de los hombres de Dios ni su concretez,
vemos por todas partes escollos y obstáculos cuando sería
más exacto escrutar en el ánimo las divinas llamadas del
Señor que proporciona las indefraudables dificultades
exteriores según la realización de los designios
providenciales.
El Bureau, esta vez no sabemos con cuanta dubitación,
aceptó; y Luis María abandonó el Hospital, sin luminarias ni
candentes lágrimas.
Como en
los momentos más importantes de su carrera sacerdotal,
encontró una casa en las cercanías de Savarne –o, como
algunos quieren leer, Smarves en las cercanías de Nouaillé
–que le ofrecía una generosa viuda, para hacer unos días de
ejercicios espirituales. Se retira allí con un aspirante
seminarista de quince o dieciséis años y se prepara al nuevo
apostolado.
Son días de intensa lucha espiritual: la duda, la
incertidumbre de la decisión reaparecen con fuerza. ¿No
presume de sí mismo...? ¿No trata de caminar por un sendero
demasiado nuevo para una opción personal, que decide él
solo...? De hecho, es la primera vez que le falta el apoyo
de Leschassier y la determinación aunque sólo de consejo del
confesor, del obispo y de las almas buenas, le puede parecer
al discípulo de San Sulpicio privada del crisma de la
obediencia...
En al intimidad de la oración, en el dolor de las
maceraciones, recupera la serenidad del juicio y la paz del
corazón; ve en la duda una tentación del demonio –que quizás
se le apareció visiblemente para intensificar la prueba– y
en el colmo del entusiasmo grita hasta hacerse oír del joven
seminarista: «¡Me das risa! No me faltarán fuerza ni valor
mientras tenga conmigo a Jesús y a María. ¡Me das risa, en
verdad!» (Grandet,87 – DRG, 58).
Poitiers, la Limonum de la Provincia romana de
Aquitania, había sido la capital de los Pictavi.
Construida en la bella confluencia del Clain y del Boivre,
cubre toda la plataforma y las pendientes de un promontorio
de cincuenta metros, y esta cortada como una isla entre los
dos valles de los ríos que la abrazaba dejándole un estrecho
istmo de la tranchée para unirla a tierra firme.
Antiquísima capital de provincia, ha permanecido vetusta y
tranquila, burguesa y respetable, eclesiástica y judiciaria,
como una estatua ecuestre. Las veces en que otros la
conquistaron constituyen las etapas de su historia; y parece
que todos lograron adueñarse de ella: hasta los árabes, que
fueron desalojados por Carlos Martello en 732 con la célebre
batalla, precisamente de Poitiers, aunque entablada no lejos
de París.
También religiosamente fue siempre tierra de conquista. San
Hilario (+ 367) ocupó allí una importante sede episcopal
desde donde tronó contra los arrianos; los mismos arrianos,
que se establecieron allí sólidamente en seguida del santo,
la convirtieron en fervoroso centro suyo, sostenidos como
estaban por los Visigodos. Todas las desviaciones teológicas
o morales encontraron allí sitio y defensa hasta el período
que nos interesa; al ocultarse el siglo XVII Poitiers era
uno de los más aguerridos focos del jansenismo y del
galicanismo y, según documentos oficiales de 1680, contaba
todavía con cerca de trescientas familias calvinistas.
No obstante, la diócesis puatevina contaba con no menos de
722 parroquias con abundante clero, y en la sola ciudad doce
monasterios femeninos y otros tantos conventos masculinos
con unos quince canonicatos... El obispo Girard, ayudado en
su labor por algunos vicarios generales, había muerto a 46
años dedicado a visitas pastorales, mientras que su sucesor,
mons. de la Poype de Vertrieux, definido un tanto a la
carrera como "santo" por algún cronista, se había propuesto
la reforma del clero, la misión para el pueblo, los retiros,
el cuidado de los estudiantes y de los hospitales. Pero la
periferia de la ciudad, extendida como un tapete más allá
del Clain, permanecía casi abandonada: sin capillas ni
capellanes, la zona seguía siendo una derivación de la
parroquia de Santa Radegonda; la población amontonada entre
casuchas alineadas sobre caminillos fangosos, estaba
constituida principalmente por «gente miserable, minoristas,
artesanos, albañiles, alejada de Dios, en una profunda
ignorancia de las verdades cristianas, y la mayor parte
vivía odiando al sacerdote...»
(Le Crom, Saint Louis-Marie Grignion de Montfort, ...1942,
136).
Se comprende cómo aceptó el obispo con buena voluntad la
dimisión de Montfort para encargarlo del apostolado entre
aquella gente y cómo lo favoreció asignándole un sitio de
encuentro en la ciudad. Era, de hecho, una institución que
preocupaba al prelado: la Maison des Pénitentes, la
casa de las muchachas extraviadas y arrepentidas, fundada
muchos años antes por muy piadosas damas a impulso de una
hermana conversa de las Hijas de Nuestra Señora. La obra
merecía que la tomaran en serio y el obispo la trasladó a
una antigua construcción en Rue Corne-de-bouc (hoy cuartel
Rivaux), elaboró el reglamento, prescribió la clausura y
asignó a Montfort la dirección espiritual. No se sabe con
certeza quiénes eran, pero ni siquiera si hubo hermanas para
la conducción del instituto, al menos hasta 1739, cuando se
hicieron cargo de ella las Hijas de la Sabiduría. Este lugar
constituyó el sitio de referencia del misionero, aunque nos
inclinamos a creer que Montfort fue encargado de asegurar la
organización y la espiritualidad del instituto.
Otro gesto del obispo nos permite captar cuan grata le era
la determinación de Montfort: le asignó un grupo de
sacerdotes entre los cuales podía escoger de vez en cuando
colaboradores para las misiones, insertando entre ellos un
vicario general. Luis María fue constituido director de
misiones, debiendo asumir la responsabilidad de su
organización, de la elección de zonas y tiempo.
La figura de misionero del obispo va adquiriendo así en la
diócesis y también en la curia, un relieve siempre mayor,
que le atrajo simpatías y aplausos e, inevitablemente,
nuevas envidias entre eclesiásticos y civiles. Comienza
desde aquí un muy intenso ministerio de diez meses que lo
tendrá cada vez más comprometido en la explicación de su
ideal.
¡Misionero de verdad!
Montbernage, más allá del Clain, extensión de la parroquia
de Santa Radegonda, es la primera prueba. A falta de una
iglesia, Montfort encuentra una sala de baile,
transformación de un granero, la bergerie, y con las
limosnas recogidas en el lugar la compra, la limpia, la
arregla, coloca una cruz y los quince estandartes del
rosario. La misión empieza con los niños; el movimiento de
éstos atrae la atención de los adultos recogidos luego en
ceremonias reservadas a ellos y que resultan cada día más
concurridas. Con una oratoria libre y a su gusto, Montfort
atrae, conquista, entusiasma. Las conferencias particulares
preparan las que aunque tradicionales, serán sus
celebraciones preferidas: comuniones generales por
categorías, oficio en sufragio de los difuntos, plantación
de la cruz y renovación de las promesas bautismales.
Plantan la cruz de la misión frente a la capilla y cubierta
de corazones, quizás exvotos, en una celebración festiva
nunca vista allí y la renovación de las promesas se lleva a
cabo con un ceremonial que él mismo enriquecerá más tarde:
el misionero, representante del nuevo pueblo de Dios, como
Esdras revestido de paramentos del fiesta, presenta abierto
el libro sagrado y lo besa con reverencia mientras todos
repiten:
«¡Creo firmemente en todas las verdades del evangelio de
Jesucristo!»
En seguida todos juran cumplir las promesas del bautismo
para culminar en la consagración a Nuestra Señora:
«¡Me entrego totalmente a Jesucristo por tus manos, oh
María, para cargar con mi cruz todos los días de mi vida!»
Queriendo dejar un recuerdo práctico y concreto, Montfort
en la predicación de clausura se dirige a todos con una
oferta:
«¡Si alguien se compromete a recitar la oración y el rosario
en esta capilla y cantar la coronilla a mediodía todos los
domingos y días de fiesta, le regalo la imagen de mi buena
Madre!»
Un obrero, un tal Santiago Godeau acepta la invitación y
cumple su compromiso al menos por cuarenta años. Montfort
regaló, pues, a la antigua sala de baile y granero, una
bellísima estatua –probablemente esculpida por él mismo– a
la que dio el nombre de Nuestra Señora de los corazones.
También la cruz sobre la plaza recibió el apelativo de La
cruz de los buenos corazones.
Fuera del recuerdo transparente de la Reina de los Corazones
venerada por Tronsón en la capilla sulpiciana de Issy, el
título tenía también su razón pastoral: la fe apenas
reverdecida en la ribera del Clain, requería animada
decisión y fervorosa coherencia. El corazón debía ser el
verdadero templo de la nueva vida cristiana, la roca fuerte
de la moral, la riqueza de la pobreza ennoblecida.
«(Yo, M. Devancelle, párroco de santa Radegonda, bendije
solemnemente) la capilla de Montbernage, bajo la invocación
de la Santísima Virgen, erigida por el difunto P. Luis María
Grignion de Montfort, gran misionero, muerto en olor de
santidad... y llamada por él mismo "Nuestra Señora de los
Corazones"».
El texto se lee en el Proceso verbal de 1734, en el
archivo de Poitiers (Ste. Radegonde, Reg. 1723-1738).
Durante el terrible huracán del Terror, Montbernage se
manifestó capaz de acciones valerosas y cristianas más allá
de toda previsión.
Durante la misma misión restauró un templete donde se
veneraba a Nuestra Señora , bajo el título de Nuestra
Señora de los Ángeles, a la entrada del puente que unía
el suburbio con la ciudad, el Puente-Jubert.
El entusiasmo local tuvo su repercusión inmediata en toda la
ciudad: el capellán del Hospital, ahora libre, se ve
invitado, reclamado, exigido por diversas zonas de suburbios
y dentro de la cinta urbana. Después de Montbernage, predicó
en la parroquia de San Savino, de la misma Santa Radegonda,
de la Resurrección, de San Simpliciano, en la capilla de
Santa Catalina, en la de Las Penitentes, en la de la
Congregación de Nuestra Señora del Calvario –creada el 25 de
octubre de 1617 por el famosísimo (y detestado) P. José de
Tremblay, la eminencia gris de Riechelieu– y, por último, en
la parroquia de San Saturnino, en la cercanía de
Montbernage. Fueron ocho misiones, cada una más
comprometedora que la anterior, una más difícil que la otra:
«y alcanzaron todas un éxito estrepitoso; las multitudes lo
seguían en masa y estaban tan penetradas de sus discursos
que prorrumpían en lágrimas, estallaban en suspiros y
sollozos implorando misericordia, en alta voz; se había
adueñado de tal forma de sus corazones que estarían prontos
a seguirlo hasta el fin del mundo si allá hubiera querido
llevarles y a apoyarlo en toda circunstancia.
Es cierto también que se había asociado eclesiásticos de la
gran valía que le ayudaban en las celebraciones por orden de
monseñor, el obispo de Poitiers; pero él era siempre el
principal motor de cuanto se hacía en la misión, siempre el
primero en entrar en el confesionario y el último en salir
de él. Atraía la gracia de Dios sobre los obreros (del
Señor) y sobre sus obras con sus mortificaciones, ayunos y
oraciones: en efecto, lo encontraron a menudo pasando más de
la mitad de la noche en el jardín de la Goretterie,
orando con los brazos abiertos, en cruz...» (Grandet,
80-81).
De vez en cuando el método toma forma, la temática se
despliega más clara, la responsabilidad lo hace más osado:
todavía sigue muy vinculado a los esquemas ordinarios, pero
ya, como en la consagración a María, esboza una visión más
personal.
Uno de los colaboradores más importantes fue sin duda el
vicario general, mons. José de Revol, pero sólo hasta
noviembre de 1705, dado que, presentado por el rey el 11 de
abril, y elegido en Roma el 7 de septiembre para el obispado
de Olerón Santa María en los Pirineos, fue consagrado en la
catedral de Poitiers el domingo 8 de noviembre. La estatura
del colaborador puede explicar en parte el aplauso ciudadano
y popular y, ciertamente, la libertad de acción de la cual
gozó en el ejercicio de las misiones. Desafortunadamente,
nada sabemos de los otros: los hubo ciertamente, aunque se
ignoren su nombre y condición. Probablemente religiosos,
sobre todo capuchinos, como se hacía de obligación, sin
excluir a sacerdotes diocesanos. Sin embargo, a uno lo
conocemos muy bien: es Maturín Rangear, llegaba de las
regiones de Anjou y tenía dieciocho años. Su llamada tiene
un clarísimo toque evangélico evidente: al observarlo
desgranar el rosario con gran devoción, Montfort se le
acerca y le hace algunas preguntas:
«Quiero hacerme capuchino: un padre de esa orden predica en
mi parroquia. Me parece que Dios me llama a seguirlo. He
entrado aquí por pura casualidad.
No por casualidad, en verdad; sino providencialmente. ¿No te
gustaría ayudar a los misioneros en sus trabajos? ¡Sígueme!
Esta es ciertamente tu vocación».
La capilla donde había entrado "por casualidad" era la de
Las Penitentes, donde vivía Montfort. El joven se quedó para
siempre con Montfort: se hará llamar Hermano Maturín, y en
la humildad de una vocación de apoyo, continuará hasta 1760
trabajando en las misiones con los sucesores del P. de
Montfort. Más por premio que por necesidad, recibirá la
tonsura en 1722, pero perseverará en su humilde apostolado
desplegando las más ocultas y oportunas dotes de campanero,
lector, ecónomo, orante y cantor, pero sobre todo de
colaborador.
Otros momentos de vocaciones parecidas al apostolado han
sido registrados con veneración por testigos en los diversos
procesos de beatificación, como éste que recogemos todo del
volumen 1540 del Archivo Vaticano, en la traducción de la
curia:
«Cierto día, un sacerdote a quien animaba a acompañarlo en
la misión, le respondió que por sufrir de tisis y siendo
también ético, le quedaba imposible ir a las misiones. El P.
de Montfort le dijo: "¡Sígueme y te curarás!" Y así sucedió»
(testigo Marino Augusto Frein, fol. 97-97/B).
El ascendente del "gran misionero sobre las poblaciones, le
permitió la libertad de promover obras no del todo
espirituales, como la restauración desde las bases del
templo de San Juan, quizás el bautisterio más antiguo de
Francia, construido, al menos en su primera parte entre
356-368, con frescos de los siglos XII y XIII, dolorosamente
sin todo el respeto que la vetusta obra maestra merecía,
pero ciertamente con mucho aliento y con la intención
concreta de hacerlo funcionar como iglesia.
A finales de 1705, la persona y la palabra de Montfort
cuentan en los ambientes oficiales, de la curia por ejemplo.
Inde irae... (= De allí las iras...). La hostilidad
estalló furibunda, cuando, una vez partido mons. de Revol y
habiéndose ausentado de Poitiers también el obispo, llamado
a Versalles, Montfort se dejó llevar de la ola de reformismo
y optimismo que son inevitables en los triunfos apostólicos.
Era diciembre. Se adelantaba la misión de la capilla de
Nuestra Señora del Calvario, octava de la serie; desde hacía
tres semanas, «predicaba, catequizaba y confesaba cada día,
desde la mañana hasta la tarde, y daba conferencias
espirituales (a las religiosas) con tanto espíritu y ciencia
que encantaba al auditorio, tanto que en la ciudad no lo
consideraban como un hombre cualquiera, sino como un santo.
Se dedicaba sobre todo a trabajar la reconciliación de las
familias y retirar de las manos de los libertinos los libros
obscenos y los cuadros que representaban obscenidades...»
(Grandet, 89).
Quizás alguna alusión en la predicación llevó a alguno a
organizar una limpieza total en los estantes de familia y en
las paredes de las casas, de pronto animado por la orden
dada a una sola persona de desprenderse de todo eso –la
palabra rueda–, y se prepara una gran hoguera.
Evidentemente, ninguna ceremonia religiosa, pero mucho
clamor y diversión, como entre nosotros cuando a mitad del
carnaval o al final del año, "se quema la bruja o el año
viejo"... El acostumbrado payaso quiere dar el toque genial
a la fiesta: colocan encima del montón de libros un diablo
bien gordo con sus cuernotes y cola, lleno de paja. La
noticia cunde: ¡van a quemar al diablo! En lo carnavalesco,
alguno ve una brizna de ridículo, de antieducativo, pero al
final todos se ponen de acuerdo.
Montfort es el único que no sabe nada de ese... toque
genial. Está predicando, los colaboradores enterrados en el
confesionario por ser la víspera de la clausura, cuando la
vida espiritual está llegando al colmo de la intensidad, más
allá y fuera de las manifestaciones de plaza. Estas se
hallan programadas para cuando el predicador termine su
sermón y la gente salga de la iglesia.
De repente la carroza del primer vicario general, mons. de
Villeroi, se detiene rechinando en el atrio de la iglesia,
junto al montón de libros sobre los cuales se halla el gran
diablote. El prelado salta fuera, lívido, tenso; entra en la
iglesia y sube al púlpito lateral, de frente al misionero
que está a punto de terminar la predicación. Toma al punto
la palabra y desencadena una filípica en plena regla contra
Montfort.
«Al darse cuenta de la intención (del Vicario) se pone de
rodillas con la cabeza descubierta y recibió las palabras
humildemente, sin abrir la boca para defenderse, cuanto un
falso celo podía sugerir...».
Afuera, en el atrio, el pequeño carnaval se transforma en
comedia brillante y licenciosa; los presentes, poco antes
llenos de celo festivo se dedican a agarrar todos los libros
y cuadros que pueden, para llevarlos a casa, para leerlos y
admirarlos con comodidad.
«(...) creyeron todos, que de ese modo la misión sería un
fracaso; los eclesiásticos que habían ayudado al santo
sacerdote en la misión, pensaron que todo el pueblo
consideraría mentira cuanto les había dicho en la misión.
Nuestro santo sacerdote se alarmó, pasó la noche en la
iglesia al pie del altar, en la violenta agitación en que
venía a encontrarse su espíritu por la incertidumbre sobre
lo que se debía hacer ante semejante escollo. Su celo por la
salvación de la gente que terminaba la misión y que al día
siguiente haría la comunión general, lo impulsaba a quedarse
para sostener la hermosa obra (realizada). La desaprobación
pública que acababa de recibir y aceptar en plena iglesia,
le llevaba a pensar que su presencia escandalizaba ahora a
esa misma gente, etc. Esta misma gente, volviendo a la
iglesia al clarear el día, acabó con todas sus dudas y todos
los confesores de la misión quedaron muy sorprendidos.
Temían ellos también, y con cierto fundamento, que una
desaprobación tan pública y auténtica hubiera cambiado la
disposición de los penitentes para con el piadoso misionero.
Pero sucedió todo lo contrario. Casi todos pidieron la
reconciliación y los confesores tuvieron el consuelo de
constatar que esto se debía únicamente al sentido de aprecio
por el celo de Grignion y al descontento contra los autores
o promotores de su humillación...» (testimonio de Dubois, en
Grandet, DRG, 258-259).
También nosotros quedamos primero admirados y luego
maravillados ante el episodio y el comportamiento de
Montfort, sobre todo si pensamos en el carácter fuerte y
duro del misionero y a la injusticia de la reprimenda
inoportuna y parcializada. La gracia de Dios y la
interioridad de la vida espiritual del protagonista habían
dominado ese carácter aunque no hubieran podido apagar y
eliminar su instintiva reacción y rebelión. Pero la
parcialidad y mala intención de Villeroi habían sido la
causa de una escena mucho más grotesca que el gesto de quien
quería quemar al diablo de paja.
Dios había roto la lanza de Don Quijote camuflado bajo un
ventarrón de gracia.
Pero no nos contentemos con el simple relato, busquemos las
acusaciones de esa intentona. Los testimonios de la época
nos ayudan con alusiones e informaciones bastante claras.
La sorda oposición a Montfort no había nacido ese día: se
concreta en las luchas internas del Hospital con el arrastre
que quedaba en la ciudad y ciertamente en las disputas
recentísimas causadas por la predilección del obispo por el
"gran misionero". El ascenso de Grignion en la aceptación
popular y eclesiástica, fastidiaba a un grupo en el que no
se perciben rebordes de jansenismo –como algunos pretenden
muy fácilmente– porque está compuesto por gentes de alto
rango con contorno de damas, caballeros y oficiales; gente,
en una palabra, a quienes la doctrina severa del buen
sacerdote bretón, del heresiarca de las elegantes
actitudes, del enemigo de la politesse hacía a menudo
blanco de una predicación moral y, lo que más cuenta, de un
testimonio lineal; gente, además, que aislada en la áurea
ambigüedad moral se aferraba –y esto es lo peor– a la masa
como promotores y autores de la oposición al benjamín
precisamente con esa forma de ignorarlo y combatirlo. La
intervención de Villeroi en esa ocasión huele evidentemente
a... mundano, porque no la provocó el celo pastoral, sino
una protesta del "grupo" por una presunta ofensa hecha a una
dama. A ésta –no nos interesa quién sea y, además, no nos
importa mucho– le había negado Montfort el permiso de llevar
una cruz "que se ponían en el brazo", signo de pasajera y
ocasional colaboración en las misiones... a causa "de su
invencible testarudez": «Ésta utilizó su ascendiente sobre
ciertas personas poderosas en el campo eclesiástico para
vengarse de la presunta afrenta, tanto que al finalizar un
sermón público del celoso misionero le hicieron una
corrección pública, en la iglesia, mientras estaba todavía
en el púlpito...» (ib.)
No queremos insinuar que ese ascendiente fuera todo menos
que puro, aunque tendríamos todo el sacrosanto derecho para
ello... pero podemos pensarlo.
En otras ocasiones, en el fondo de la oposición se hallaba
la misma acción poco habilidosa del misionero, demasiado
directo para utilizar vías alternas y mediastintas, que
reprendía con aspereza ciertos oficiales del ejército; éstos
llegaron hasta el punto de querer darle muerte porque les
había impedido blasfemar o incluso atacarse unos a otros en
estériles peleas...
Montfort había intervenido quizás sin la adecuada
oportunidad o con actitudes consideradas al menos ridículas
–tales como ponerse de rodillas en plena calle para conjurar
a los señores oficiales a frenar la lengua y envainar la
espada...–. Sabía hacerse terriblemente antipático. ¡Claro
que sí! Era su defecto, ciertamente. También Leschassier
muchas veces le había llamado la atención al respecto y Luis
María estaba de acuerdo cuando definía esos ultrajes como
"su ganancia y recompensa por la buena intención" (ib.).
Reconocía, pues, que se exponía demasiado a causa de
intenciones muy rectas, pero que no sabía guardar el
equilibrio al momento de pasar a la acción.
De todos modos estaban aguardando la oportunidad para cortar
la cresta al nuevo Savonarola... cuando se presentó esa del
diablote de paja.
Quien hizo el ridículo, leíamos en el relato del P. Dubois,
fue ese grupo de personas bien conocidas de la gente,
mientras que Montfort ganó en simpatía y aprecio y sobre
todo en eficacia. La oposición entendió al momento lo inútil
del gesto de Villeroi y no pudiendo asimilar la derrota,
aunque fuera solo por no quedar mal, preparó una carta
pormenorizada y, sin duda alguna, pesada en los términos,
para describir al obispo mons. de la Poype la obscenidad del
celo de Montfort, con el aderezo de calumnias y acusaciones.
Un religioso, por cuenta suya, "mal informado" según Blain
(60), hizo una relación precipitada incluso en San Sulpicio.
Los Villeroi contaban mucho en Versalles donde el padre de
monseñor era mariscal, mientras que su hijos estaba para ser
propuesto para la sede episcopal de Lión...
A comienzos de la semana de carnaval, el obispo mons. de la
Poype regresó a Poitiers. Tras constatar el enorme ruido
suscitado por los perdedores y el peligro de dividir la
dirección de la diócesis misma, sacrificó a Montfort. Le
envió orden de abandonar la diócesis.
Cómo pudo llegar a semejante determinación no lo podemos
documentar, pero sí explicar, con la intuición de quien ve
con objetividad la dureza de tener que dar muerte al
individuo para salvar a la comunidad.
«Bendijo él a Dios por esta humillación, y formuló muchos
actos de amor a Dios y de sumisión a su voluntad, exhaló
muchos suspiros mezclados de gozo y de tristeza, y se
despidió en seguida de las religiosas...» (Grandet, DRG,
62).
Estaba, en efecto, predicando unos ejercicios a las hermanas
dominicas de Santa Catalina, en la parroquia que San Hilario
de la Celle, en la ciudad. La orden le llegó a la mesa,
durante la primera comida del retiro, a mediodía del 16 de
febrero de 1706, martes de carnaval.
Se permite una escapada al Hospital para despedirse de las
dos Hijas de la Sabiduría, a quienes asegura con la mayor
seriedad que nada termina, al menos para ellas, con la
partida definitiva de él de la ciudad: «¡No dejen el
Hospital al menos por diez años!».
Luego, acompañado del hermano Maturín, se dirigió al colegio
jesuita para confiarse al P. de la Tour, única tabla de
salvación que le quedaba en ese horrible fracaso, y pedirle
consejo.
Capítulo decimotercero
BUSCANDO UNA SOLUCIÓN
No debió ser un diálogo largo el que tuvo con el P. de la
Tour: las circunstancias y, sobre todo, el espíritu de
obediencia que los animaba a ambos, no daban mucho espacio
al descanso ni a las recriminaciones.
No se trataba evidentemente de un entredicho, sino de una
orden neta que había que ejecutar sin tardanzas inútiles,
tanto más cuanto que provenía de un obispo amigo, ajeno de
hacer mal a su protegido. Mons. de la Poype, sin saberlo
obligaba a Montfort a escogerse el verdadero terreno de su
auténtico apostolado.
Luis María
había comprendido indudablemente el por qué de esa orden y
la increíble ventaja de la obediencia para lograr la
iluminación interior. La constatación de tantos fracasos
cosechados hasta entonces, era capaz de desorientar, y era
–en fin de cuentas– oportuno tratar de ver en el granítico
gigante de Bretaña el valor del desaliento y de la
desilusión.
Porque es innegable que hasta febrero de 1706 había ido
sumando solamente fracasos, y no pocos. En el ánimo del
sacerdote de 33 años aquellas derrotas le habían dejado una
clarísima marca de desconcierto y desconfianza que en las
mejores manos pueden revestirse de humildad sincera y
consciente, junto a la poderosa necesidad de revisar, volver
a comenzar y mejorar. La persona humana es un medium
grave y opaco que inhibe, en la mayoría de los casos, el
paso de la luz de la realidad y deforma incluso la poca que
deja pasar; el viejo Adán es una cortina entre el espíritu y
las cosas, además de serlo entre el alma y Dios. Los santos
–y Montfort anda por las huellas de los santos– llamados en
un momento por la Providencia a ver más allá de lo
sobrenatural también lo humano, pueden sentir el peso de esa
opacidad deformante. Donde los santos, con mayúscula se
diferencia del común de los mortales es en la aceptación
serena de la realidad y de la concretez, sin desconciertos
ni dudas. Atravesaba el período más duro de su itinerario
espiritual y el despertar ante la realidad lo sorprende
perplejo y desencantado. La desilusión y la amargura no son
todavía para él tan efímeras y superficiales: lo golpean, lo
sacuden y quizás le hacen comprender cuán importante es
revisar las opciones, redimensionar los medios.
No se entendería de otro modo la grave decisión tomada de
acuerdo con su confesor y realizada sin demora en esa
primera semana de cuaresma.
Partir para Roma.
La llamada de Roma, alimentada por años, desde el período de
San Sulpicio, se torna prepotente. Roma... capital de la fe,
tierra de mártires, cátedra de Pedro, era el sueño más
acariciado en aquella época por los mejores predicadores y
directores espirituales: en San Sulpicio se releían con
gusto los relatos del viaje romano de Olier y de Le
Bretonvilliers, se recogían con atención las impresiones de
los prelados y cardenales de regreso después de la visita
ad limina, se aplaudían las iniciativas de acercamiento
entre Francia y Roma, se admiraban las declaraciones de
romanidad, sobre todo si eran costosas; precisamente en ese
entonces (1699) el episodio del cardenal Francisco de
Salignac de la Mothe Fenelón, condenado en Roma por
Inocencio XII por 23 frases pietísticas, pero sometido
inmediatamente en forma obsecuente, había hecho época. Las
indicaciones, las advertencias, las llamadas de atención
pontificias encontraban siempre audiencia en la conciencia
de los católicos más serios, y eran el metro para medir los
límites de ruptura con aquellos que admitían o conciliaban
las desviaciones dogmáticas de la época.
Clemente XI (1700-1721), cardenal Juan Francisco Albani, fue
luego un Papa fuera de lo común: hombre valeroso y de
conducta ejemplar, orador pulido y docto teólogo, humilde y
generoso, había aportado a la cátedra de Roma la novedad de
una oración asidua, de una vida muy austera, de una dura
penitencia; muchas veces había bajado a la basílica vaticana
para predicar en las misas populares, para distribuir la
comunión y oír confesiones, exactamente como un buen
párroco. Políticamente más cercano a Francia que a los
Ausburgos, tuvo que vivir un pontificado muy sacudido por
los conocidos acontecimientos de la guerra de sucesión que
oponía y dividía a Europa; por otra parte, poseía la
experiencia de un concienzudo trabajo desplegado en los
pontificados precedentes, con modestia y prudencia, al
servicio de la Iglesia; y, quizás, de políticas equivocadas.
Esa rectitud y solicitud suyas, su ser ejemplar y pastoral,
lo aislaban, lo destacaban del contorno de la curia
obligándolo muy a menudo a decidir él solo; y las dudas e
incertidumbres eran por ello la característica de ciertas
intervenciones suyas.
Mucho se ha dicho y escrito sobre los motivos de ese viaje
monfortiano. Y, sin embargo, siempre o casi siempre, con un
tema único.
Se ha repetido hasta la saciedad que fue a Roma para
ofrecerse al Papa y hacerse enviar a las misiones en Canadá,
en la India y más allá, hallándose en la disposición de
hacer prevalecer el deseo del martirio a la auténtica
vocación de predicador en su patria. Nótese la incongruencia
de ciertas afirmaciones que tendremos que considerar
genuinas:
«Su gran celo le había inclinado siempre hacia las misiones
extranjeras; si no lo había seguido se debe al hecho que
nadie se lo había aconsejado jamás... Por otra parte,
encontraba tantas dificultades para hacer el bien en
Francia, tanta oposición por todas partes, incluso en
quienes hubieran debido apoyarlo y facilitárselo, que se
encontraba en la incertidumbre sobre si debía detenerse o
irse a buscar en otra parte una mies más abundante y más
segura» (Blain, 328 – DRG, 182).
Era sabido de todos que Clemente XI, varias veces por año,
organizaba nuevos envíos de misioneros sobre todo al Oriente
donde su decisión de condenar los ritos chinos había creado
temibles vacíos. Era, además, conocido cuanto hacía en
concreto y de sus propios bienes para incrementar la obra de
la propagación de la fe. Pero, hasta donde sabemos, escogía
ordinariamente a los misioneros en las órdenes y
congregaciones más calificadas para ese servicio. No
pensemos que acogería al sacerdote Grignion, francés para
colmo, tan sencillamente con sólo aparecer en la ciudad.
Que en Luis María existiera el soberano deseo del martirio
no es difícil admitirlo. ¿Cuál es el santo, entre los más
apostólicos y evangélicos, que no lo ha sentido? Pero no
debemos creerlo y aceptarlo como motivo de su peregrinación
a Roma, aunque el P. des Bastières afirme que oyó a Montfort
responderle cuando le preguntó si no tenía miedo a algún
golpe mortal:
«He ido expresamente a Roma... para pedir al santo Padre el
Papa permiso para ir a los países extranjeros y misionar
entre bárbaros e infieles, con la esperanza de encontrar
allá la oportunidad de derramar mi sangre por la gloria de
Jesucristo que derramó toda la suya por mí» (Grandet, 130 –
DRG, 80).
Pero el momento psicológico del viaje a Roma y los más
serios testimonios que vamos a recoger nos hacen pensar otra
cosa.
La derrota en "su" propia patria había sacudido fuertemente
al misionero y al hombre. Y en el fondo no podía acontecerle
otra cosa dada la autorización "ocasional" recibida que, si
bien lo definía misionero, lo colocaba siempre en una
situación vaga e incierta. Y la prueba convincente de que
era sólo un bracero en el campo del Señor la tuvo en el
licenciamiento que recibió precisamente de quien debía
preocuparse de todo el trabajo de la diócesis.
La suya era una vocación misionera y por eso no tenía que
ser subordinada a una autoridad local que pudiera rechazar o
limitar con la misma facilidad con la cual la autorizaba;
necesitaba de una investidura che viniera de arriba, de más
arriba posible, visto que tenía que ser, la suya, una
vocación de disponibilidad extendida a las necesidades de la
Iglesia, en patria y fuera.
Había grupos misioneros establecidos con la autoridad real:
pero a Montfort le repugnaba tanto insertarse en ellos ya
por la limitación y las comodidades, ya por la ambigua
ortodoxia del rey. Había, además, los grupos creados y
sostenidos por los obispos: pero estaban en su mayoría
compuestos por sacerdotes locales, en organizaciones
estrictamente locales, y esto contrastaba con la clara
voluntad de Montfort de consagrarse al servicio de las almas
en todas partes, sin límites ni fronteras. Había, por
último, los grupos misioneros constituidos por religiosos de
un mismo instituto: pero sabemos que Montfort no quería
entrar en ningún instituto o congregación.
¿Quién fuera de los superiores religiosos, de un obispo o un
rey habría podido darle a Luis la auténtica definición
misionera universal y el reconocimiento de una vocación
específica en ese sentido, sino el Papa? Es decisiva, a este
propósito, el testimonio del P. de la Tour que había
examinado con él la situación de la cual había procedido la
idea del viaje a Roma: en una carta a Grandet (457 – DRG,
248) del 22 de mayo de 1718, el jesuita afirma que Montfort
viajó a Roma «habiendo juzgado que mediante ese viaje
alcanzaría poderes capaces para ejercer su ministerio más
eficaz para la gloria de Dios y para la conversión de las
almas», con el fin de poder desplegar luego esos poderes a
dondequiera que la obediencia o la necesidad lo llamaran,
"incluso" en Oriente y en los territorios lejanos de
América. Tenía la intención de aceptar –resume
maravillosamente Blain– «que lo enviaran a donde lo quisiera
el Pontífice» (328).
Además, nos agrada pensar, y ésta es quizás una afirmación
reveladora, que en el ánimo de Montfort hubiera madurado o
al menos aparecido el esbozo de crear él mismo un grupo de
misioneros, es decir, «desligados así de todo empleo y del
cuidado de todo bien temporal capaz de detenerlos o atarlos
a algún lugar, se hallan disponibles para correr, como san
Pablo, san Francisco Javier y los demás apóstoles,
adondequiera que Dios los llame: ciudades, campos, pueblos,
aldeas, cerca o lejos; siempre disponibles al llamamiento de
la obediencia...» (RM, 6) con reglamentos y programas de
total universalidad; quizás el viaje a Roma tenía esta
finalidad: obtener las "facultades" excepcionales para
crearlo y realizarlo. En una palabra: no fue una simple
peregrinación de un hombre en busca de la tranquilidad
espiritual, sino la del fundador de la Compañía de María.
Aunque el desvío del itinerario que, como veremos, lo
llevará hasta Loreto, alcanza un nuevo significado: el mismo
logrado por Olier, de Bretonvilliers, los padres de la
familia sulpiciana, que en la Santa Casa de Loreto idearon y
consagraron su institución. Antes de partir se permite
escribir una carta circular a todos los habitantes de las
parroquias en las cuales, en los últimos diez meses, había
predicado la santa misión.
«Dios sólo.
Queridos habitantes de Montbernage, San Saturnino, San
Simpliciano, La Resurrección y demás parroquias que se han
beneficiado de la misión que Jesucristo, mi Maestro, acaba
de daros: ¡salud en Jesús y María!
No pudiendo hablaros de viva voz, pues la santa obediencia
me lo prohíbe, me tomo la libertad de escribiros, antes de
partir, como lo haría un padre afligido a sus hijos, no para
enseñaros cosas nuevas, sino para confirmaros en las
verdades que os expuse.
El cariño cristiano y paternal que os tengo es tan grande,
que os llevaré siempre en el corazón, en la vida, en la
muerte y en la eternidad! ¡Que me olvide de mi mano derecha
antes que de vosotros en cualquier lugar en que me halle,
hasta en el altar! ¡Qué digo! Hasta en los confines mismos
del mundo hasta en las puertas de la muerte; creédmelo, con
tal que practiquéis lo que Jesús os ha enseñado por sus
misioneros y por mí, pecador, a pesar del demonio, del mundo
y de la carne.
Acordaos, pues, queridos hijos míos, mi alegría, mi gloria y
mi corona; acordaos de amar ardientemente a Jesucristo, de
amarlo por medio de María, de hacer brillar, en todo lugar y
a la vista de todos, vuestra verdadera devoción a la
Santísima Virgen, nuestra bondadosa Madre, a fin de ser en
todas partes el buen olor de Jesucristo, de llevar
constantemente vuestra cruz en seguimiento de este buen
Maestro y alcanzar la corona y el reino que os aguardan. En
consecuencia, no dejéis de cumplir y poner por obra con
fidelidad vuestras promesas bautismales y sus prácticas, de
recitar diariamente vuestro rosario en público o en privado,
de frecuentar los sacramentos al menos una vez al mes.
Ruego a mis queridos amigos de Montbernage, poseedores de la
imagen de mi buena Madre y de mi corazón, que conserven y
aumenten el fervor de sus plegarias, no toleren impunemente
en su barrio a los blasfemos, perjuros, cantantes de
canciones obscenas o borrachos. Digo impunemente, o sea,
que, si no pueden impedirles que pequen corrigiéndoles con
celo y mansedumbre, al menos que algún hombre o mujer de
Dios no omita el hacer penitencia, incluso públicamente, por
el escándalo público, aunque no sea más que recitar un
avemaría en las calles o en el lugar de oración, o llevar en
la mano un cirio encendido en su propia casa o en la
iglesia. Es lo que deben hacer y continuarán haciendo, Dios
mediante, para perseverar en el servicio divino.
Estos avisos valen también para los otros lugares.
Es preciso, queridos hijos, es preciso que seáis buen
ejemplo para todo Poitiers y sus alrededores. Que nadie
trabaje en las fiestas de precepto. Que nadie instale ni
siquiera entreabra su tienda, contrariamente a la costumbre
de los panaderos, carniceros, revendedores y otras
categorías de comerciantes de Poitiers –que le roban a Dios
su día y, pese a sus sagaces pretextos, se precipitan en la
condenación–, salvo el caso de verdadera necesidad,
reconocida por vuestro digno párroco. No trabajéis nunca en
los días santos, y Dios –os lo aseguro– os bendecirá en lo
espiritual y aun en lo temporal, de suerte que no os falte
lo necesario.
Ruego a las pescaderas de San Simpliciano, a las carniceras,
revendedoras y a las demás que continúen dando el buen
ejemplo que dan a toda la ciudad por la práctica de lo que
aprendieron durante la misión.
Os ruego a todos, en general y en particular, que me
acompañéis con la plegaria en la peregrinación que voy a
emprender por vosotros y por otros muchos. Digo por vosotros
porque emprendo este largo y penoso viaje a expensas de la
Providencia, para alcanzar de Dios, por intercesión de la
Santísima Virgen, la perseverancia de todos vosotros. Y
añado por otros muchos porque llevo en el corazón a todos
los pobres pecadores del Poitou y otros lugares, que para
desgracia suya se condenan. Sus almas son tan preciosas ante
Dios, que por ellas ha derramado toda su sangre; y ¿yo no
haré nada? Emprendió por ellas tan largos y penosos viajes,
y ¿yo no haré ninguno? Arriesgó hasta su propia vida, y ¿yo
no arriesgaré la mía? ¡Ah! Sólo un pagano o un mal cristiano
pueden permanecer insensibles ante la inmensa pérdida de
estos tesoros infinitos: ¡las almas rescatadas por
Jesucristo!
Rogad, pues, por esto.
Amigos míos, rogad también por mí, a fin de que mi malicia e
indignidad no obstaculicen cuanto Dios y su santísima Madre
quieren realizar por mi ministerio.
Busco la divina Sabiduría; ayudadme a encontrarla.
Estoy pensando en mis poderosos enemigos, todos los
mundanos, que adoran lo caduco y se deleitan en ello, me
desprecian, se burlan de mí y me persiguen; todo el infierno
ha tramado mi perdición, y levantará contra mí por todas
partes a todas las potencias. Y, en medio de todo esto, me
siento débil, más aún, la debilidad personificada; soy
ignorante, más aún, la ignorancia misma y lo demás... que no
me atrevo a decir. No cabe duda: solo y miserable como soy,
pereceré si la Santísima Virgen y las almas buenas –las
vuestras en particular– no me sostienen y alcanzan de Dios
el don de la palabra o la divina Sabiduría que remedie todos
mis males y sea el arma poderosa contra mis enemigos.
Con María todo es fácil; en Ella pongo mi confianza, aunque
por ello rujan el mundo y el infierno. Y digo con San
Bernardo: «Hoc, filii mei, maxima fiducia mea, ac tota
ratio spei meae». Haceos explicar estas palabras. No me
hubiera atrevido a decirlas por mí mismo. Por María busco y
encontraré a Jesucristo, aplastaré la cabeza de la serpiente
y venceré a todos mis enemigos y a mí mismo, para la mayor
gloria de Dios.
¡Adiós sin adiós! Porque, si Dios me conserva la vida,
volveré a pasar por aquí, bien sea para permanecer algún
tiempo con vosotros bajo la obediencia a vuestro ilustre
prelado, tan celoso de la salvación de las almas y tan
compasivo con nuestras debilidades, bien sea de paso para
otra región; porque, siendo Dios mi Padre, tengo tantos
lugares donde morar cuantos hay en que se ofende
injustamente a Dios con el pecado:
El honrado, siga portándose honradamente;
el manchado, siga manchándose...
Para éstos, un olor que da muerte y sólo muerte;
para los otros, un olor que da vida y sólo vida.
¡Todo vuestro!
Luis María de Montfort, sacerdote
y esclavo indigno de Jesús en María»
(BAC, 611-614).
No fue por tanto, sólo una peregrinación.
Nada de turístico o cultural: el P. du Temps, s.j., oirá que
el mismo Montfort le responde que durante su permanencia en
Roma no vio nada (Blain, 327), a diferencia del gran
Leuduger que aprovechó de la peregrinación en Italia para
completar la propia formación humanística, a diferencia de
le Bretonvilliers que recorrió todos aquellos kilómetros con
excelentes tiros de caballos y espléndidos recibimientos en
las diversas cortes visitadas por el camino. Hoy podremos
quedar perplejos frente a esa absoluta falta de curiosidad
más que legítima, pero si pensamos en la forma como
realizábamos las verdaderas peregrinaciones sólo hace
algunos decenios, se logra no sólo entenderlo sino también
felicitarlo.
Hay que recalcar también, para cuanto diremos acerca de los
motivos que llevaron a Montfort a Roma, que el método
elegido fue el de la más genuina experiencia penitencial.
Reparadora, por tanto, e impetradora. El viajar «a pie,
ayunando, sin dinero, resuelto a pedir limosna durante todo
el recorrido, abandonado a la divina Providencia, llevando
consigo solamente la Biblia, el breviario, un crucifijo, una
camándula, una imagen de la santísima Virgen, y un bastón de
peregrino...» (Grandet,93 – DRG, 63), esa falta absoluta de
provisiones, la humillación voluntaria de tender la mano a
cada paso después de haberse privado en favor de los pobres
de Poitiers de las últimas dieciocho monedas constituyen la
medida de cuanto le costó en renuncias y mortificaciones.
«A pie, como todos los demás viajes», recuerda Blain (ib.).
Enunciarlo tan enfáticamente, equivale para Blain a
presentar de nuevo el tema de la humildad y de pobreza del
amigo.
Y sin embargo, estimamos demasiado la inteligencia de
Montfort para verlo lanzarse a un viaje de este estilo –le
contaremos luego los kilómetros– a la aventura, sin programa
y sin estudio: no le faltaban los medios ni la prudencia
para hacerlo.
Sobre el recorrido para Roma, en ese año de 1706, había
diversas publicaciones: algunas han llegado hasta nosotros.
Vamos a citar sólo dos que nos parecen las más
significativas y que Montfort podía encontrar muy
fácilmente. La de de Verdier, historiador de Francia,
publicada en París, por Bobin et Nicolas-le-Gras en 1673, ya
avalada por tres ediciones anteriores: Le voyage de
France dressé pour la commodité des François et des
Etrangers, avec une description des chemins pour aller et
venir par tout le monde, très nécessaire aux voyageurs.
La otra
que hemos encontrado sólo en edición de 1720, de Nolin,
geógrafo del hermano del rey, editada en París por
Saugrin-l'Ainé, con una carta topográfica de 1700, en plena
difusión todavía en vísperas de la Revolución: Nouveau
livre de voyage, avec la description des différentes routes,
que l'on peut tenir en faisant le voyage de Paris à Rome et
aux villes considérables d'Italie.
Ciertamente la situación política y militar de aquel período
particular, imponía cambios de ruta y caminos alternativos
imprevistos, destinados a complicar el recorrido, hasta
tornar, incluso, incierta incluso la supervivencia del
peregrino. Montfort, lo hemos leído en la circular a los
habitantes de Montbernage, lo sabía muy bien; por otra
parte, «después de haber devorado, en su propio país, la
vergüenza y los rechazos de la pobreza más humillante y
dependiente y repulsiva, no podía encontrar tan difícil
vivir el cáliz de ella en país extranjero» (Blain, ib.).
Saliendo de París encuentra un compañero de viaje, un
trabajador, según Grandet; un estudiante español, según
otros; de todos modos, encuentra un compañero de viaje que
tiene la intención de entrar en Italia y caminar dos juntos
es, sin lugar a dudas, una comodidad que se puede permitir.
Pero también al amigo ocasional le pide hacer el sacrificio
de todo el dinero. No era gran cosa, apenas treinta monedas:
también esta pequeña suma va a los pobres. En cambio,
Montfort se compromete a proveer al mantenimiento del
compañero durante todo el recorrido. Probablemente el joven
no llega a Roma, pero el hecho de ser español resultará
oportuno para llegar al menos a Génova.
Colbert había dicho: «¡Reflexionen en que no nos encontramos
en un reino de cosas pequeñas!». Es probablemente lo mejor
que se ha podido decir sobre este extraño período. En la
Francia de Luis XIV nada es pequeño, de poco valor: toda
cosa, todo hecho que incumba al reino y a su unidad se
vuelve macroscópico, enorme. Con el resultado que los
verdaderos pequeños, los hombres del común y sobre todo
ellos, resultan sacrificados, oprimidos sin compasión.
Después de haberse burlado de los médicos durante cuarenta
años, Carlos II de Ausburgo-Austria, rey de España desde
1665 y de Sicilia y los Países Bajos del sur... se resolvió
a morir el 1º de noviembre de 1700 sin dejar herederos y
metiendo a Europa en el embrollo de buscarle un sucesor.
Luis XIV y el emperador Leopoldo I son primos y cuñados;
pero, mientras la madre y la esposa del rey de Francia
pertenecen a la rama de los Infantes Mayores, la esposa y la
madre del Emperador de Alemania pertenecen a la rama de los
Infantes menores. Si Luis no hace valer sus derechos a la
corona ibérica, los Ausburgos aumentarán exageradamente su
predominio hasta oprimir a Francia con un cerco perfecto,
reduciéndola a riesgo de ahogarse y perder en un mes cuanto
había conquistado en un siglo de luchas agotadoras. Por otra
parte, Francia es la garante de la libertad de los pequeños
estados frente al coloso alemán y oponerse a la anexión de
la España de Carlos V podía demostrarse como prueba de
lealtad política a los mismos pequeños estados.
Quizás es injusto querer atribuir a Luis, el Grande, sólo
ambiciones de hegemonía y de monarquía universales, y la
hipótesis se presenta como del todo gratuita.
Ciertamente amaba la gloria: había celebrado sus victorias
sin modestia, sus ministros hablaron muy a menudo en su
nombre con desvergonzada presunción..., quizás se les puede
reprochar el haber engrandecido a la nobleza e ignorado a
los pobres... Y, sin embargo, ni de sus escritos ni de las
memorias de ese tiempo se deduce el propósito de esa
hegemonía universal y mucho menos de haber querido
reconstruir a Francia sobre las antiguas fronteras. Más
sencillamente se había propuesto no inutilizar el proceso
evolutivo que su padre y los cardenales le había confiado.
Toda Europa había estado en espera de esa herencia: Luis XIV
y Leopoldo como herederos legítimos, los Países Bajos de
Antonio Heynsio por la unidad de las coronas en una sola
cabeza, Inglaterra por las colonias de América y las islas
del Mediterráneo.
Aún antes de que muriera Carlos II, se habían comenzado las
negociaciones entre los dos primos, teniendo como mediadora
a Inglaterra, para quitarle a la sucesión misma todo
carácter jurídico y familiar; pero la doblez y la inacción
calculada hicieron naufragar cualquier acuerdo. Entre tanto,
el mismo moribundo propuso la solución: designó como sucesor
al nieto de Luis, Felipe, duque de Anjou, hijo del gran
Delfín de Francia, sin divisiones ni intercambios; si éste
llegaba a renunciar a la sucesión, la corona española, con
las mismas condiciones, pasaría al hijo de Leopoldo, el
archiduque Carlos.
El rey de Francia no tenía opción: mantener la voluntad de
división era alzarse contra toda Europa, y renunciar era la
guerra al menos contra el imperio. Durante un año se limitó
as combatir en el cerco franco-alemán, hasta que Guillermo
de Orange, el monarca inglés, con todos los medios, incluso
los menos dignos logró darle al conflicto el carácter de
guerra europea. Fue el comienzo de las Guerras de Sucesión
que torturaron a una decena de naciones –de una parte
Francia y España, con Mantua, y de la otra la gran alianza
de Inglaterra, Holanda, Prusia y el Imperio, y en posición
particular Portugal y el Piamonte, alineados, primero, con
los franceses y pasados luego al campo adversario en 1703–
hasta el Tratado de Utrecht del 11 de abril de 1713 y a la
paz de Rastadt del 6 de marzo de 1714.
La Guerra de Sucesión española describe una etapa decisiva
en la formación del Reino de Saboya que logra sacudirse del
yugo francés y llega a la soberanía autónoma. Víctor Amadeo
II, duque de Turín, arranca con fuerza el poder de manos de
la madre-reina e inicia una política indudablemente astuta,
sin miramientos y quizás hasta cínica, pero comprensible en
esas condiciones. Contrayendo alianzas y traicionándolas
inmediatamente después, negociando con su propia
intervención, manteniendo una fastidiosa pero eficaz
ambigüedad con los dos bloques, llega a obtener en 1696 de
Luis XIV, Pinerolo y el desmantelamiento de la temible
fortaleza francesa de Casale.
Con el estallido de las hostilidades entre franceses y
austríacos, Francia le propuso como compensación por su
intervención militar, «el cambio del estado de Milán tras
concesión hecha por Saboya, del Condado de Niza y del
Vicariato de Barcelona (=Barceloneta)»; y si el cambio
satisfacía a ciertas miras no tan secretas sobre Lombardía,
el sacrificio le parece exagerado. Pero en 1703, después de
haber suscrito un pacto secreto de alianza con los
austriacos, rompe con los franceses y vuelve las armas en
contra de ellos. El hecho miraba a obtener de los alemanes
cuanto no podía alcanzar de Luis XIV, pero no logra buenos
resultados en el terreno militar, sino al contrario; después
de haber conquistado a Saboya y derrotado al mismo Amadeo en
Susa, los franceses habían montado el asedio a la misma
Turín, rodeándola por todos lados. La capital hubiera caído,
si un heroico minero, un tal Micra Pedro de Sagliano
d'Andorno, no hubiera hecho explotar la galería subterránea
de acceso sacrificándose él mismo, en la noche del 29 de
agosto de 1706. Las tropas austríacas, guiadas por el cuñado
del duque, el príncipe Eugenio de Saboya, legendario y
formidable jefe militar, después de poner en fuga a los
franceses logró arrancar la exhausta Turín del asedio el 7
de septiembre de 1706, y con la batalla, denominada
precisamente de Turín, provocar el derrumbe de la dominación
francesa en Italia.
Con el Tratado de Utrecht, Víctor Amadeo pierde la esperanza
de adueñarse de Milán, pero gana a Sicilia, muy pronto
(1720) cambiada por Cerdeña, logrando finalmente ceñirse una
corona real.
Todos los demás estados italianos lograron mantenerse fuera
de la lucha, pero la neutralidad los comprometió a menudo
casi tanto como la intervención. Cósimo III de los Médicis
del gran ducado de Toscana, Clemente XI en el Estado
Pontificio, Silvestre Valier Dux de Venecia y los Duches
bienales de Génova compartieron imposiciones y el
aislamiento, con los demás inconvenientes de la guerra.
Génova sobre todo. Los genoveses desde hacía largo tiempo
estaban bajo el influjo español, que se transformaba a veces
en apoyo y más frecuentemente en dominación: Génova odiaba
ahora a los españoles y, por lo mismo, a sus aliados
franceses. Durante aquellos años trataron de impedir el paso
de tropas y armas, y lograron incluso fortificar a Savona
(1705) con 1.200 hombres para oponerlos a la fortaleza
española de Finale, tanto para confirmar la propia
neutralidad como para expresar a sus hermanos piamonteses al
menos una tácita solidaridad. Pero los franceses, más que
los españoles, trataron de arrastrar a Liguria en el
conflicto con el fin de ocuparla insistiendo día tras día en
el abuso de hacer pasar y albergar a las tropas en el
territorio neutral. ¡Se hubieran contentado con esto!
Destrozaron el comercio de Génova con naves corsarias que
atacaban a todo navío mercante proveniente de América y
dirigido al puerto de Génova, con la excusa de que venían
del estrecho de Gibraltar caído en manos de los ingleses el
4 de mayo de 1704. Cuando los franceses debieron marcharse,
fue difícil establecer quién se hallaba más contento, si los
piamonteses o los ligurios...
¡Hasta la astronomía estaba por medio! A las diez de la
mañana del 12 de mayo de 1706 en casi toda Italia se pudo
observar un eclipse de sol, considerado presagio y augurio
de la caída del Rey Sol... Mientras se advertían escenas de
pánico en el campo francés, el eclipse dio paso libre a una
cantidad de chistes y chascarrillos que se han vuelto
famosos.
Querríamos excusarnos por esta prolija página sobre la
historia italiana, si no se tratase de la investigación
necesaria sobre el trayecto recorrido por Montfort en su
viaje a Roma. Nos hemos hallado al respecto con que Montfort
visitó la sábana santa de Turín, la tumba de San Carlos en
Milán y hasta el arca de san Antonio de Padua... Hoy se
impone una clarificación en esta materia, que aunque no
tenga todo el apoyo de la documentación tendrá al menos el
aspecto de la verosimilitud.
Entre tanto, precisamos que el camino de los romeros de
Francia pasaba por Niza y no por Chambery. Era más fácil
formar grandes grupos de peregrinos con franceses y
españoles sobre el litoral de Liguria que con franceses y
alemanes por los caminos montañosos. De hecho, a pocos
kilómetros de Niza, a Saorge, sobre el camino ducal
Cuneo-Niza, se encuentra una franja que en los documentos de
1610 y de 1752 (Niza, Mairie 1610, fol. 156; 1752
fol. 52) recibe el nombre de brecco dei romei o roca
de los peregrinos que van a Roma. Todo el camino gozaba,
además, de la asistencia de Penitentes Negros, Rojos o
Blancos que se habían dedicado a la tarea de ayudar a los
caminantes.
Por otra
parte, éste del litoral era el camino turístico más indicado
en los textos de la época. Ciertamente la mejor manera de
llegar a Italia era la de embarcarse en Marsella o en Tolón
y volver a tierra en Livorno:
«El viaje (...) se puede hacer ya por tierra ya por mar. El
marítimo está sujeto en verdad a muchos inconvenientes pero
es, indudablemente, más agradable y fácil para quienes no
hallan en el mar más contrariedad que la que pueden
encontrar en los terrenos de Saboya...» (Nolin, cit. p.
189).
Moncenisio, aunque está sobre el espléndido "camino de
Francia" y es el único realmente defendido por el duque de
Turín, causaba temor a muchos. Había también por el litoral
un paso muy duro, el Bracco, pero se lo podía evitar
haciendo por mar el trozo equivalente:
«La mayoría se embarca para evitar las montañas, y va a
salir a Sestri de Levante, a Lérici o a Viareggio; no
obstante muchos hacen el recorrido por tierra» (Du Verdier,
cit., Intr.).
Al Montfort peregrino no le quedaba esa alternativa, si
tomamos en cuenta también la situación política y militar
especial de la primavera de 1706. Del 13 al 28 de abril
ninguna nave llegó al puerto de Livorno (Archivio di Stato,
Genova, Fundo Litt 1706, I). Había que evitar a Turín a toda
costa: no existían garantías, si algún francés vestido de
sacerdote se presentara ante los muros de la ciudad, porque,
más de una vez, los piamonteses habían desenmascarado espías
franceses que habían utilizado tales disfraces para recoger
todas las informaciones necesarias al inminente asedio.
Inútil añadir que tales espías fueron fucilados
sistemáticamente sin proceso alguno.
La
entrada a Turín estaba reglamentada en forma muy severa:
fuera de las leyes y disposiciones que obligaban a dueños de
hospederías, cabaretes, albergues y demás... (...) incluidos
los reguladores de cualquier grupo, o colegio, aun
privilegiado (como podían serlo los monasterios y casas
eclesiásticas seculares y religiosas, y hasta los
hospitales) (ver Ordinanza sui forestieri, 25 de
octubre de 1703, 1º de enero de 1704, etc.) a denunciar
inmediatamente a cualquier huésped ocasional previsto o no,
con todas las circunstancias necesarias a su identificación
y al conocimientos de sus intenciones; fuera de esas leyes
–decíamos– desde enero de 1706 habían sido cerrados todos
los caminos directos en Francia y reducidos a uno solo con
paso obligado por frente de un improvisado fortín construido
por el ingeniero Bertola cerca a la granja del conde
Coggiola, sobre las riberas del Stura,
con penas gravísimas, no excluida la muerte, para los
transgresores. En esos meses se vivía con la psicosis del
odio y del desprecio para con todos los franceses, dentro y
fuera de la ciudad, comparable al de la Bastilla en la
Francia de 1789... A comienzos del año de 1706 casi todas
las puertas de la ciudad fueron definitivamente aseguradas
con barras, excepto la puerta del Po, hacia el oriente:
«pena de muerte a quien entrara o saliera sin permiso
especial por otra puerta que no fuera la puerta del Po» (Ordinazioni,
24 de junio de 1706).
Si el pensamiento de entrar a Turín parecía absurdo, dar la
vuelta pasando a su lado para bajar a la llanura de Padua y
Lombardía en concreto era evidentemente inútil y temerario:
aunque Milán y gran parte del Piamonte estaban en manos de
los franceses hasta agosto, el príncipe Eugenio de Saboya
había cortado ya el camino hacia el sur llegando a marchas
forzadas a través de Emilia desde Mantua y había aislado a
Lombardía del resto de la península. Y evitar a los
piamonteses para caer en manos de los austríacos era tan
peligroso y sin salida como morir bajo los muros de Turín.
El único camino posible era el que de Niza llegaba a Génova.
Pasar de Finale española o de Savona genovesa, era bastante
fácil por cuanto hemos dicho antes. Y sabiendo que el viaje
de ida a Roma lo hizo Montfort "a pie", podemos indicar ese
trayecto, con cierta seguridad: el del litoral hasta Livorno.
La forma de llegar a Niza, en tierra francesa, no ofrecía
dificultades especiales: se necesitaba solamente mucha
constancia y largo aliento. Y Luis de Montfort tenía esa
constancia y la energía necesaria.
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