Capítulo 6 - Las opciones de un joven sacerdote bretón
Capítulo 7 - Lo amargo de la inactividad
Capítulo 8 - Los pobres buscan a un sacerdote
Capítulo 9 - Amor y odio
Capítulo 10 - Una heredad para los pobres
Capítulo sexto
LAS OPCIONES DE UN JOVEN SACERDOTE BRETÓN
Aquella mañana tardía de primavera, mientras la ciudad no
despertaba todavía, una larguísima fila de clérigos bajaba
silenciosa y recogida en oración, del cuadrilátero de San
Lázaro donde había hecho sus ejercicios espirituales en
dirección de l'Ile, hacia Notre Dame y el palacio
arzobispal. Tras recorrer dos kilómetros desde el antiguo
Faubourg Saint
Denis y cruzar el Arco de Triunfo, grandioso recuerdo de la
victoria de los franceses sobre los alemanes y los
holandeses, erigido en 1672, seguía avanzando por la Calle
San Dionisio igualmente larga.
Era el camino consagrado para las apoteosis y los funerales
reales: por allí había pasado Felipe III llevando el cadáver
de Luis IX; por allí habían desfilado los cortejos de los
príncipes de sangre, después de las bodas, y de los reyes,
después de la coronación.
Cerca a la torre de Santiago, la fila giró derecha sobre el
Sena para entrar en l'Ile.
L'Ile –la isla– no era realmente bella. En las orillas del
río, en lugar de los elegantes bancos modernos, se alineaban
casas altas, oscuras, mal olientes, perennemente a baño en
un estanco de jabón, cubiertas de hierba, con basuras
repugnantes, y en las ventanas cortinajes de todo color y de
toda pobreza. Más adentro, luego, una infinidad de horribles
callejuelas, ratoneras, tugurios infectos para adornar ese
repugnante esbozo donde los padres se habían amontonado
durante siglos: cincuenta y dos calles, seis estrechas
calles ciegas, tres plazas, diez parroquias, veintiuna entre
iglesias y capillas, dos conventos, un hospital –el
Hôtel-Dieu ya conocido– un hospicio para niños abandonados,
el palacio de justicia con amplias dependencias, el claustro
v la basílica de Notre-Dame, el nuevo arzobispado... todo
esto en un poco más de 200.000 metros cuadrados. Un barrio
sin luz, triste, sin aire, que nunca había perdido el rostro
de estación de embarcaciones desde muy remotos tiempos.
Sin embargo, era el crucero de los caminos del mundo,
"centro y focolar de la vida pública y moral de la
humanidad", como ampulosamente lo definía Camilo Julián.
A Napoleón III lo tildaron de iconoclasta cuando recuperó
l'Ile, reduciéndolo todo a doce calles con Notre-Dame, el
Hôtel-Dieu y el palacio de justicia. Pero los parisienses de
hoy, mucho más sabios, le agradecen este sacrilegio.
La procesión de los ordenandos alcanzó fácilmente la
plazoleta de la basílica, bordeó un trecho del hospital y,
sin detenerse, cruzó frente al enorme portal del palacio del
cardenal de Noailles, que él hizo construir sobre el antiguo
de 1161, y que huele todavía a estucos y barnices.
La sagrada ceremonia de la ordenación sacerdotal tuvo lugar
en la sala de los sínodos que hacía las veces de capilla
arzobispal. Allí Luis fue consagrado sacerdote por las manos
del obispo de Perpiñán, delegado para ese año por el
cardenal. Jean-Hervieu Bazán de Flamenville era un antiguo
conocido de Grignion: antes de ser obispo de Chartres y
luego obispo de Perpiñán y de Elne, es decir, de 1695,
también él había sido catequista de los desarrapados en la
parroquia de San Sulpicio. Si los dos no se habían conocido
personalmente, habían tenido en común una heredad apostólica
y un trabajo.
Transcurridos varios días desde la ordenación para
prepararse con mayor humildad y devoción y como era
costumbre en el seminario, luego de dedicarse con
escrupulosa atención a la práctica de las rúbricas, Luis
María celebró su primera misa en el altar de Nuestra Señora
en la iglesia parroquial de San Sulpicio, a donde por años
había acudido con amor y ternura.
«Asistí a aquella misa; vi allí a un hombre (celebrar) como
un ángel en el altar. Ese aspecto angelical que lo
acompañaba, no me impactó a mí solo: uno de sus compañeros
de seminario que se hallaba allí también, hizo la
observación y, al mismo tiempo admirado y edificado, me
habló de ello. Entonces, para sondearlo un tanto más, le
dije que tales y tales sacerdotes del seminario, cuyos
nombres le recordaba y que eran muy fervorosos, habían
parecido también en una actitud devota en esa augusta
acción. "Es verdad, me replicó. Pero, ¡qué diferencia! Luis
Grignion me pareció como un ángel!". Su testimonio merece
atención, por que no era persona aduladora, y menos lo era
aun de Luis Grignion a quien no era muy favorable...»
(Blain, 197s).
Para nuestro misionero, la misa fue siempre un punto
esencial de la conformación interior. Celebró cotidianamente
siempre que pudo y celebró siempre bien.
«La fe y el respeto que profesó al Santísimo Sacramento se
percibía también en la devoción manifestaba al santo
sacrificio de la Misa y la atención con que la celebraba. De
esa manera suscitaba intensa devoción en quien lo veía en el
altar, por ese porte grave y serio, por el recogimiento
profundo. Era exactísimo en la observancia de las rúbricas;
nunca hubo debilidad física ni motivos de trabajo o de
enfermedad que le hayan hecho descuidar la cosa más
insignificante, ya que pronunciaba cada sílaba clara y
distintamente, aunque empleando sólo media hora para no
aparecer singular... Tras celebrar, se recogía en algún
rincón para continuar la acción de gracias en cuanto se lo
permitía la caridad hacia los demás y su propio deber... Su
vida fue una preparación ininterrumpida (a la misa) y una
continua acción de gracias» (del Proceso ordinario).
En cuanto dependió de él jamás dejó de celebrar la misa.
Ciento treinta años después, un testigo depuso con juramento
lo que había oído a sus antepasados, que habían conocido de
cerca al P. de Montfort, a propósito de una misa que no pudo
celebrar. Lo relatamos tal como aparece en los Procesos de
beatificación (ASV, vol 1528, testigo Ag. Damián, pp
130-131): «Mientras predicaba cierto día en Poitiers, una
intervención del misionero para alejar de la iglesia a una
señorita descaradamente inmodesta le costó la orden
perentoria de abandonar la ciudad. La orden le llegó cuando
estaba a punto de celebrar. El santo sacerdote acudió al
Vicario que lo castigaba para implorarle el permiso de
celebrar la misa al menos en privado, en la capilla
episcopal. Ante el reiterado rechazo del prelado, con mucho
respeto, replicó: "¡Vivo o muerto, le aseguro que
celebraré!" Pasaron los años. Algún tiempo después de la
muerte del misionero, se presentó a casa del mismo Vicario
un sacerdote desconocido que pidió permiso para celebrar
misa en la capilla del obispo. El permiso le fue acordado
con facilidad: más aún, después de la celebración, el obispo
envió a alguien para invitar al sacerdote a tomar alguna
cosa.
... fueron a buscarlo en la capilla, pero no lo
encontraron; hallaron, en cambio, una carta encima del altar
y dirigida al prelado... Monseñor, una vez leída, hizo
enganchar los caballos y partir al momento hacia la
residencia de *** a tres leguas de Poitiers. Allí permaneció
seis meses, después de los cuales murió. Todos dijeron que
se había retirado a hacer penitencia y que de verdad la
hizo...».
De junio a septiembre, Luis María se quedó en el seminario.
No obstante el deseo ardiente madurado a través de los años,
tiene que quedarse todavía inactivo. Quizás no está aun
preparado. ¡Oh!, espiritualmente, sí que lo está: mejor que
nadie lo sabe el P. Leschassier que ha terminado la lectura
del informe sobre el itinerario interior, que había hecho
escribir al joven sacerdote. Luis María ocupa aquellos
cuatro meses en la preparación de la predicación, tomando
apuntes, componiendo cánticos que podrán servirle en el
futuro ministerio.
Permítanos preguntar cual ha sido el verdadero motivo de
estos cuatro meses de espera porque nos parece poco
convincente afirmar que sólo le faltaban los últimos
retoques de orden práctico. ¿O fue un período de ulterior y
decisiva formación que le impusieron los sulpicianos?
A decir verdad, Leschassier se hallaba muy perplejo: según
él, el sacerdote Grignion es un auténtico hombre de Dios,
imponente por la estatura física y moral, un sacerdote de
excepcional vida interior, buen predicador, artista
inteligente, entregado a la causa, enérgico y con cualidades
que lo pueden llevar al triunfo en muchos campos del
apostolado. Pero ¿qué sector de apostolado indicarle?
Había pequeñas manchas en la imagen humana de Grignion. Nada
importantes, claro está, pero suficientes para justificar un
temor comprensible de verlo fracasar en ese mundo francés de
la época tan cáustico sobre todo con los hombres de iglesia.
Por ejemplo, ese modo de ser suyo diferente del de los demás
para hacer el bien, que volvía su singularidad un tanto
excéntrica y extraña. Le faltaba diplomacia, tacto, incluso
en las obras más santas; se lanzaba siempre resuelto, al
vuelo, adonde quiera que hubiera que desplegar celo
apostólico, sin medios términos, sin apartarse ni un
milímetro de la senda recta mientras a veces hubiera debido
aprender que se cogen más moscas con una gota de miel que
con un tonel de vinagre, según la aguda observación de san
Francisco de Sales. Leschassier temía que las gentes del
mundo vieran resucitado en ese robusto bretón, al buen
Hércules en sus repentinas reacciones de fanfarrón que
constituían la comidilla de los salones rablesianos de la
época.
Luis María necesitaba que lo llevaran de la mano, no sólo
por la senda de la santidad indiscutible en él, sino también
y sobre todo en el apostolado. Necesitaba un guía experto y
experimentado, santo para no ser menos que el discípulo,
para servirle de maestro seguro. Y en esa época, el suelo
francés contaba con muy pocos hombres capaces de semejantes
empresas.
Mira porqué incluso Leschassier aguardaba una ocasión
propicia. Lo hubiera conservado gustoso consigo, en la
Congregación de los Sulpicianos cuyo superior general había
sido nombrado precisamente en aquellos meses: San Sulpicio
podía ofrecer a Luis Grignion, fuera de un amplio campo de
actividades, también el guía seguro que le hacía falta.
Podía ofrecerle tres clases de ministerios: la formación del
clero en los seminarios y la asistencia a los eclesiásticos
en general, la predicación de misiones al pueblo y, por
último, la evangelización de los infieles del Canadá... De
hecho en Francia existían diferentes residencias sulpicianas
asignadas a la asistencia de los eclesiásticos; la
predicación de misiones populares había sido la primera
actividad del fundador, Olier, y en el Canadá, en la isla de
Montreal, en la América de la Nueva Francia, un sulpiciano
podía escoger entre el seminario, la parroquia, la
capellanía para los residentes franceses y la vida misionera
entre las tribus indígenas.
«Pero el joven sacerdote no sentía inclinación alguna a
ello...» (Blain, 200).
Esto es lo increíble de la personalidad de Luis de Montfort.
El mismo consideraba, como veremos, que necesitaba un guía,
tanto que no quería desprenderse de la obediencia hasta
tomar como mandatos hasta los más sencillos deseos de los
superiores; había considerado a San Sulpicio como tierra de
santos... ¡pero ahora no quiere quedarse allí! Nos parece
que se ha dado muy poca importancia a esta inesperada
determinación. Que ciertamente no fue una repulsa.
«Sólo Dios sabe cuántos beneficios he recibido de él
(Brenier), y de modo especial de Ud. (P. Leschassier), a
quien quedo y quedaré por toda la vida sumiso en Jesús y
María» (Carta 10; BAC, 85), escribirá pocos meses después.
Los motivos de esa decisión tenemos que buscarlos en la
naturaleza de la vocación a que Dios lo llamaba. En las
Reglas escritas para los miembros de su Compañía de María,
trazó quizás el mejor perfil de su vocación personal: «Es
necesario que dichos sacerdotes hayan sido llamados por Dios
a la vida misionera, en pos de los Apóstoles pobres. Y no a
trabajar como vicarios, dirigir parroquias, enseñar a la
juventud o formar sacerdotes en los seminarios, cosa que
hacen muchos otros buenos sacerdotes, llamados por Dios a
estos santos oficios. Por consiguiente, huyen de tales
cargos por considerarlos contrarios a su vocación apostólica
se presentan constantemente, de ayudar a las gentes por
tales medios. Ese es el cambio o desviación que han sufrido,
desgraciadamente, muchas santas comunidades, establecidas en
estos últimos siglos por el santo espíritu de sus fundadores
para predicar misiones, y ello so pretexto de un bien
mayor... La mayor parte de los miembros de estas comunidades
permanecen años enteros sedentarios, por no decir
solitarios, en sus casas de la ciudad o del campo. Su lema
es buscadores del reposo. Mientras que el de los verdaderos
misioneros –como San Pablo– es poder decir con toda verdad:
No tenemos domicilio fijo...» (RM, 2).
Hemos encontrado la palabra que define la naturaleza del
apostolado al que se sentía atraído Luis María: la
itinerancia, la búsqueda constante y sin compromisos de
las almas, la ofrenda de sí mismo para un servicio auxiliar
de sustitución de tantas fuerzas ausentes, existe en él una
voluntad de colmar el vacío dejado por muchos que, con
cálculos equivocados, han preferido establecerse en
localidades más cómodas y en más cómodos empleos.
Es el pensamiento que apremia en el Cántico que compuso
quizás en aquellos meses de espera.
«Me voy, me voy por el mundo,
presa de amor vagabundo:
¡voy mi prójimo a salvar!
¡Cómo ver a mis hermanos
perecer en el pecado
sin sentirme conmovido?
¡Son tan valiosos, Señor!
Dios mío, por tu Evangelio
sufrir quiero, en tierra y mar,
mil males, diez mil afrentas...
Si con mi vida y mi sangre
destruyo un solo pecado
y sólo a un hombre convierto,
mi esfuerzo pagas muy bien.
Ni una hora descansar puedo,
ni en un lugar reposar,
al ver ofendido a Cristo...
Todos, ¡ay!, ¡le hacen la guerra!
Por doquier reina el pecado
y al infierno caen las almas...
bramar quiero como un trueno...
¡Oh Maestro!, me hallo pronto
a gritar y hablar doquiera,
sostenido por tu gracia,
haz de mí tu misionero:
y aunque encuentre como paga,
el rechazo y las afrentas,
¡feliz estoy, mi modelo!»
(Cántico 22, 1.11.12.31, Resoluciones y plegarias de un buen
misionero).
«Haz de mí tu misionero!»
Luis María, al expresar este anhelo, señala claramente la
opción a que ha llegado: ser misionero era dedicarse al
apostolado activo de la predicación al pueblo, «para poder
decir siempre con Jesucristo: "Me envió a dar la Buena
Noticia a los pobres ", o con los Apóstoles: "Cristo no me
mandó a bautizar, sino a dar la Buena Noticia... "» (RM 2).
Si aquellos meses eran en la intención de los sulpicianos
para que Grignion pensara una y otra vez en su oferta, o si
eran un período que debía emplearse en buscar a alguien que
tomase a su cargo y guiase al joven sacerdote bretón, para
Luis María fueron el tiempo de la opción decisiva: ser el
apóstol activo de las gentes pobres necesitadas de Dios.
En este punto, con exasperante repetición, todos hablan del
atractivo que ejercen sobre el joven sacerdote las misiones
extranjeras, y en particular de un intento suyo de partir
para el Canadá. Tratemos de buscar de dónde provienen tales
indicaciones que, por motivos ya esclarecidos, consideramos
ahora fuera de lugar en el período y en la mentalidad. Y
encontramos la fuente:
«Apenas ordenado sacerdote, Grignion, ardió en el deseo de
trabajar en la salvación de las almas; se auguró incluso ir
a predicar el evangelio a los infieles del Nuevo Mundo y
decía a veces a los eclesiásticos que vivían con él:
"Amigos, ¿qué hacemos aquí? ¿Por qué permanecemos como
obreros inutilizados mientras hay tantas almas que se
pierden en el Japón a en las Indias por falta de
predicadores y catequistas que las instruyan en las verdades
para salvarse?".
Arrastrado por el celo apostólico, habiendo oído en cierta
ocasión que por orden de Tronsón partirían al día siguiente
muchos eclesiásticos destinados a establecerse... en el
seminario de Montreal, se dirigió a él para ofrecerse a
acompañarlos...» (Grandet 22-23).
Desafortunadamente, aquí, nos encontramos con uno de esos
extraños acercamientos anacrónicos a los cuales nos tiene
acostumbrados, gustoso, el primer biógrafo de Luis María,
donde las consideraciones no hallan la necesaria
correspondencia con el momento histórico o psicológico.
Estamos ciertamente de acuerdo con Grandet en considerar
"ardiente" el deseo de dedicarse a la salvación de las
almas, porque ahora Luis María es sacerdote y está a la
espera de una inminente destinación. Que, además, había
estado en su ánimo el deseo de extender el Reino de Cristo,
incluso, en tierra de misiones y un "anhelo" latente de
partir para las Indias o para el Japón o, quizás mejor aún
para las "islas de América" (como había hecho su antiguo
profesor de Rennes que viajó a la isla de Guadalupe),
tampoco tenemos dificultad de creerlo.
El ideal misionero, por otra parte, permanecerá vivo en el
animo de Luis María, casi en un maravilloso creciendo de
ansias y celo, hasta la muerte y, después de él, en las
Congregaciones que recibieron de él la vida.
No obstante, los dos episodios citados no pertenecen a este
período de la vida de Luis María.
La reflexión con "los eclesiásticos que vivían con él"
podría haber sido hecha en cualquier momento anterior o,
mejor todavía, posterior, y nos inclinamos a colocarlo en
los meses de 1700-1701 transcurridos en total inactividad en
la Comunidad de Nantes; ciertamente no en los cuatro meses
posteriores al sacerdocio en San Sulpicio donde no hubiera
podido jamás pensar en hacer a sus maestros y a los padres
sulpicianos una crítica velada sobre la preparación a la
cual, por otra parte, también se dedicaba asiduamente.
Más anacrónica aun nos parece la cita de la oferta para una
expedición al Canadá. Tronsón, Superior general de los
sulpicianos, quien personalmente escogía entre sus
religiosos a los misioneros para enviar allá, había muerto
en febrero de 1700; por lo demás, desde hacia algunos años,
el instituto se había puesto de acuerdo con el Seminario de
las Misiones Extranjeras de París, creado precisamente para
la preparación especifica de los futuros evangelizadores,
para confiarles los candidatos destinados al Canadá, por
esto se habían suspendido los envíos de refuerzos a
ultramar. La Consagración sulpiciana reanudará esas
expediciones sólo hacia 1710. Sabemos, en efecto, que
«durante más de Medio siglo los ingentes gastos que requería
la obra, obligaron a los superiores de San Sulpicio a no
enviar a Montreal sino a sacerdotes en grado de pagarse la
pensión y proveer al propio mantenimiento» (Pierre Boisard,
Histoire de la Compagnie des Prêtres de St. Sulpice,
escrito a máquina – Archivo Curia Gen. en París, s.d.).
Pero hay más: los sulpicianos se encontraban cortos no sólo
de personal sino también de dinero: en 1692 tuvieron que
pedir a los jesuitas un contingente de misioneros y lo mismo
hicieron los padres recoletos en 1694. En el fondo les
bastaba seguir adelante allá con el seminario, es decir, les
bastaba una pensión por el estilo de la parisina para
eclesiásticos deseosos de algo de reposo y de
espiritualidad.
De todos modos, también Grandet tiene razón cuando atribuye
a Tronsón la facultad de organizar expediciones de
eclesiásticos a Canadá, dado que el Superior general de los
sulpicianos era siempre el Jefe de la Société Notre-Dame
de Montréal, de la cual dependían todos los religiosos y
sacerdotes de la región.
Con esto creemos haber probado en forma suficiente que
colocar en este momento de la vida de Montfort un intento
eficaz de hacerse enviar a las misiones debe atribuirse a
cierta forma de recapitular, cuando parece oportuno, reales
o supuestos hechos e ideas.
Ciertamente Luis María acudió al P. Tronsón para ofrecerse
como misionero –nos lo confirma Blain 199–, pero el episodio
debe enmarcarse en sus primeros tiempos de estudios en San
Sulpicio, por ello tiene todo el sabor del celo y del
entusiasmo juvenil, comprensible y explicable, precisamente,
en un seminarista. ¿Cómo hubiera pretendido que lo
admitieran en el grupo de los que partían presentándose la
víspera del viaje sin ser siquiera sacerdote?
Leschassier informado por el mismo Luis María del paso
realizado con Tronsón, había respondido secamente: "no": «No
le permitió irse al Canadá por temor de que, impelido por el
celo en su carrera detrás de los salvajes, no acabara
perdiéndose en las inmensas selvas de ese país». (Ib.).
El prudente director no ironizaba: la ironía hubiera
desentonado en sus labios como buen conocedor de los
hombres: se había contentado con expresar su desacuerdo con
agudeza y una sonrisa.
Al termino de nuestra investigación sobre las intenciones
del joven sacerdote en espera de destinación, vale la pena
subrayar, no obstante, la respuesta de Tronsón: «El prudente
superior, convencido de que Dios lo quería en otro lugar, le
dio las gracias por su buena voluntad».
La convicción de Tronsón no puede ser la que expresó con
ocasión de la petición de Luis María, si el episodio debe
colocarse en los primeros meses del período de seminario.
Una convicción así se daba en Tronsón, precisamente porque
siendo prudente, sólo tras largos años de observación del
joven; nos parece que, aunque citada inoportunamente, esa
convicción es importantísima para conocer cuál era ahora la
orientación que los sulpicianos habían resuelto seguir
respecto del sacerdote Grignion.
Y, por esta vez, démosle gracias a Grandet por su
imprecisión.
Junto con su opción espiritual, Luis María trata de
concretar también la práctica: lo descubrimos por una carta
que, unos meses después, escribe desde Nantes: «Al igual que
cuando estaba en París, me asaltan deseos de unirme al señor
Leuduger, maestro de teología de Saint-Brieuc, excelente
misionero y hombre de mucha experiencia o de trasladarme a
Rennes y retirarme al Hospital General al lado de un
sacerdote ejemplar, conocido mío, a fin de dedicarme a obras
de caridad entre los pobres» (Carta 5).
Es la llamada de la amada tierra nativa de aquella Bretaña,
que no podía borrarse de los recuerdos más profundos de la
naturaleza y del corazón. Volver allá, ahora como sacerdote,
y no para quedarse en la familia en la paz del Bois-Marquer
ni en la ambiciosa Montfort; sino para dedicarse a la
predicación de las misiones con los grandes apóstoles
bretones, en su escuela de práctica pastoral y sobre todo de
santidad vital, o dedicarse al menos a la asistencia
espiritual de los pobres hospitalizados y de los enfermos.
Regresar a su tierra...
Leuduger y Bellier son los nombres que personifican ese
suelo y ese apostolado del que tanta necesidad había y para
el cual solamente, en su humildad, creía estar capacitado.
Leschassier supo todo esto gracias a las confidencias de
Grignion expectante. Esperó, a su vez, que un signo
indicador se mostrara en el horizonte. Los nombres
presentados por Grignion no le decían nada y le resultaban
desconocidos –y lo dirá respondiendo a aquella carta–
mientras consideraba que era deber suyo entregar aquella
alma excepcional a alguien realmente capaz.
Y la Providencia de ese Padre del cielo que nunca engaña en
el momento oportuno tenía a la mano lo más conveniente.
Capítulo séptimo
LO AMARGO DE LA INACTIVIDAD
El hombre se llamaba René Lévêque, anciano sacerdote secular
de setenta y seis años, muy amigo de Juan Jacobo Olier.
Bretón incansable, casi del pueblo y, sobre todo, santo.
«La humildad y la penitencia eran sus virtudes dominantes.
El cilicio era su vestido de todos los días; y no lo
cambiaba, ya viejo y gastado, sino por otro nuevo y más
punzante... Su descanso consistía en pasar el resto del día
en la recitación del rosario o la lectura de algún libro
piadoso...» (Blain, 203.209).
La obra principal del anciano había sido una casa para
sacerdotes creada en la ciudad de Nantes, en la riada de San
Clemente. Originariamente, la institución comprendía tres
categorías de huéspedes:
la primera: quienes se dedicaban exclusivamente a la
predicación de las misiones en la Baja Bretaña,
la segunda: quienes hacían ejercicios espirituales,
sacerdotes o laicos, venidos de todas partes;
la última: la más importante, el clero francés joven que
había que formar.
El obispo, mons. Gilles de La Baume Le-Blanc, había aceptado
en Nantes esa institución porque conocía el espíritu
sulpiciano de Lévêque, contemporáneo de Olier y capaz de
brindar al sacerdote recién ordenado un autentico soplo de
espiritualidad. Haciéndolo reconocer también civilmente por
el gobierno, había insertado también en el Instituto a los
responsables del seminario diocesano.
«La mayor parte de los sacerdotes (del seminario), que
habían sido alumnos de San Sulpicio, se hallaban en relación
con los dirigentes de esta comunidad, y en la educación de
los seminaristas se esforzaban por acercarse lo más posible
a cuanto se hacía en París. Después que los jóvenes recibían
la ordenación los enviaban a la comunidad para que (allí) se
formaran en la práctica del santo ministerio» (Fallion, Vie
de Olier, París 1874, III, p 367).
De esta manera, mientras el obispo podía garantizarse un
buen clero, Lévêque encontraba constantemente elementos para
renovar su propia institución. En los últimos años, también
el rector del seminario diocesano había sido acogido como
miembro efectivo de la Comunidad con el grado de
vicerrector: era éste Coupperie Des Jonchères. Su presencia
en la casa valía una hipoteca sobre la sucesión de Lévêque
para asegurar a la diócesis la comunidad de la obra.
Todo había marchado bien durante unos quince años, hasta el
día que el seminario necesitó un profesor de ideas más
actualizadas. Con la llegada a la diócesis y a la Comunidad
del sacerdote De la Noé-Ménard, mezquino jansenista
proveniente de otro seminario parisino, las cosas comenzaron
a marcar el paso y dividirse.
El nuevo profesor, sin mayor esfuerzo, hacía muchos
prosélitos: la cuestión de la gracia oscureció mentes y
ahondó divisiones en las dos obras. Así los últimos veinte
años de Lévêque fueron llenos de tristeza: si las ideas más
avanzadas habían disminuido el valor esencial de la
Comunidad, es decir, la fe auténtica, habían llevado también
al relajamiento de la disciplina regular y al debilitamiento
del espíritu de apostolado. Los menos adoctrinados habían
ganado barricadas dogmáticas, primero solapadamente, y luego
abiertamente, arrogándose cierta independencia y libertad,
hasta el punto de que la pequeña comunidad se estaba
transformando poco a poco en albergue y la riendas
sostenidas a cuatro manos por Lévêque y des Jonchères,
fueron muchas veces arrancadas por la rabiosa dentellada de
la nueva corriente. La senda a la cual se encaminaba no
podía menos de acabar en la indisciplina y la herejía
práctica.
Lévêque, antes de asistir al fracaso de su obra quería
presentar su dimisión, y se había dirigido a San Sulpicio
pidiendo consejo y ayuda. El superior general, Carlos
Tronsón, conociendo la predilección de Olier y de los demás
superiores por la obra de Lévêque, insistió para que no
abandonara el puesto, disuadiéndolo de presentar la
dimisión. El derrumbe de la comunidad de San Clemente habría
constituido una notable pérdida para la causa católica de
Bretaña y un fracaso para los mismos sulpicianos. Tronsón
había prometido refuerzos; pero no los tenía a mano o la
muerte le impidió hallarlos.
El problema estaba patente sobre el escritorio de
Leschassier cuando tuvo que asumir el superiorato general de
San Sulpicio. Le incumbía a Leschassier proveer; y con
visible lentitud de extremada prudencia, trató de proveer a
ella.
Cuando en el tardo verano de 1700 el enflaquecido Lévêque
llegó a la residencia de Issy para los ejercicios
espirituales del año resuelto como nunca a presentar su
dimisión, describió al nuevo superior general la agonía de
su propia criatura con tales llantos y quebrantos, que
Leschassier decidió intervenir.
Existía sí, claro, un elemento inmejorable, de fe segura y
verdadero espíritu sacerdotal que podía enfrentar el caso:
también él era bretón, robusto y tan firme en las ideas que
parecía testarudo. Pero sólo en el bien. Era el neosacerdote
Luis María Grignion. Este podría bajar inmediatamente a
Nantes, ir a vivir en la jaula de los descarriados para
darse cuenta personalmente de la situación y entre tanto
prepararse a la predicación, cosa que tanto le interesaba.
Luego se le confiaría algo de responsabilidad, un medio
encargo para no herir la susceptibilidad del rector del
seminario y menos de los otros y se acabaría por confiarle
toda la obra. Era precisamente la persona indicada para
conducir a San Clemente al esplendor de la predicación y de
la disciplina regular. Leschassier deponía en su favor,
porque Grignion «había nacido para los compromisos y la vida
de apostolado» (Blain, 201) y, aun siendo tan joven, poseía
un carácter de líder.
El único problema era el de guiarlo, poderlo asistir en los
primeros días para que no cometiera errores por celo
exagerado y particular entusiasmo. Lévêque cuidaría
especialmente de él, incluso en lo físico, porque era
necesario llevarlo de la mano en todo, obediente como era;
no había absolutamente peligro de que el partido jansenista
hiciera presa en el joven: estaba bien preparado y era
inteligente, y –esto valía más que treinta años de teología
dogmática– tenía una aguda tendencia a la santidad más
austera.
El todo era convencerlo. Cosa no demasiado difícil después
del rechazo a entrar donde los sulpicianos... Pero con un
poco de autoridad y oración acelerada era posible estar casi
seguros de hacerlo capitular. Valía la pena intentarlo.
«Le aconsejaron ir a trabajar con un santo sacerdote de
Nantes... Tenía él en dicha ciudad una comunidad de clérigos
destinados a las misiones (populares)» (Blain, 202).
Creemos saber también la reflexión hecha por Leschassier a
nuestro Luis María: ¿quería trabajar en el apostolado? Esta
era la ocasión para dedicarse a la práctica en tan difícil
ministerio. ¿Buscaba la itinerancia en el apostolado? Con un
poco de práctica bajo el experto y santo Lévêque, podría
alimentarse de un autentico espíritu misionero: de otra
parte, también la disponibilidad necesitaba de un firme
punto de apoyo y San Clemente lo era para él. Tenemos la
certeza de que Leschassier no habló de la intención de
confiarle en el futuro la dirección del grupo misionero; y
no haberlo hecho no se le puede imputar a mala fe, sino a
extrema confianza en el buen sentido de Luis María, quien,
en el momento oportuno, vista la necesidad de colaborar en
la obra de Dios, por sí solo habría entendido y decidido.
Estamos ya en septiembre...
Luis María respondió «sí» al consejo de su director y padre;
recogió sus harapos –para utilizar la expresión que más
tarde le será familiar– y se dirigió a Nantes al lado del
anciano que lo llevaba al trabajo.
Como era la costumbre de Lévêque, el viaje fue dividido en
dos tramos bien distintos: por tierra y por agua.
«Mientras se lo permitieron las fuerzas, (Lévêque) realizó a
pie este largo viaje; pero en los últimos años de su vida,
no sintiéndose ya capaz de soportar la fatiga de caminar, se
embarcaba en el Loira. Durante el recorrido, un vasito de
mantequilla y un poco de pan que llevaba consigo, eran toda
su comida: el agua del río le servía de bebida; y para no
permanecer inactivo, fabricaba en un minúsculo telar
cíngulos para albas que regalaba a los sacerdotes pobres»
(Fallion, Ib.).
Así pues, los primeros ciento veinte kilómetros, de París a
Orleáns, fueron recorridos lentamente como lo exigía la edad
del anciano y al menos para Grignion, pletóricos de
entusiasmo. La paciencia necesaria para sostener al
compañero le brindó la forma de aprovechar de diferentes
lecciones: oración, recogimiento, caridad, sacrificio...
Se embarcaron en Orleáns. El Loira era definido, entonces,
como un camino que avanza, un recorrido veloz: por esto era
el mejor lazo de unión para todo el comercio entre la
Francia del norte y la del mediodía. Millares de
embarcaciones tejían tenacísimos hilos de intercambios que
daban a la somnolienta región una bocanada de vitalidad para
los recursos agrícolas de la zona. El río, aunque ya no es
navegable como entonces, corre por dos valles insertos como
embudo uno en otro, el menor en el más amplio que desemboca
en el Atlántico. Entre las innumerables barcas de los
campesinos y de los comerciantes, era fácil notar las
lujosas de los nobles y de los burgueses que habían escogido
las riberas del Loira para las felices estadías de paz y de
perezosos descansos. Más de cinco docenas de castillos y
siete ciudades recogían como en un libro, las páginas de
historia de siglos enteros de Francia porque Orleáns, Blois,
Amboise, Tours, Saumur, Angers y Nantes eran piedras
miliarias del camino realizado sobre el agua desde el tiempo
de los reyes capetos y plantagénetos hasta los últimos
Valois: ¡cuántos acontecimientos habían tenido lugar bajo
aquel cielo y entre aquellas ondas! ¡Cuántas glorias y
cuántas ignominias habían florecido en los parques y
castillos asomados sobre el Loira...! Esa región era llamada
Jardín de Francia, donde uno podía moverse a punta de
remo o a pie, manteniendo vivo el difícil equilibrio entre
gente que trabaja y gente que mira trabajar, mientras pasan
los años y las páginas de historia vuelven sin retorno una
sobre otra...
«Con un escudo proveía (Lévêque) a los gastos de tan largo
viaje» (Blain, 203).
No había que despilfarrar; pero también Grignion amaba la
pobreza al menos tanto cuanto Lévêque. Si quisiéramos
consignar que Luis María, desde la barcaza espiara el
aparecer de los gloriosos castillos en el cálido otoño de
los parques, falsearíamos la historia. Luis María no tenía
corazón ni mente sino para la ciudad de Nantes, siempre
demasiado lejana y no tenía ojos sino para aquel venerable
sacerdote entretenido en tejer cíngulos o en orar.
A pocos kilómetros de Saumur, después de los doscientos
desde Orleáns, Luis María obtuvo el permiso de bajar a
tierra, probablemente en Montsoreau, porque apenas fuera del
país, en los límites de la incipiente selva de Fontevraut
está una hermana que hay que volver a ver y a quien –segunda
después de Guyonne-Jeanne (Luisa) de París– dar la bendición
sacerdotal. Silvia, luego de haber sido conducida por la
Montespán con Francisca Margarita a la célebre abadía había
quedado sola porque ésta última se había enfermado de los
ojos. Luis María se halla muy feliz por la ocasión que le
brinda la Providencia. Es un encuentro apresurado, pero
suficiente para dar y recibir noticias tranquilizantes y
hasta consoladoras: ¡Silvia se está preparando para la toma
de hábito en ese monasterio!
Probablemente Lévêque lo esperó en Saumur, en el santuario
de Nuestra Señora des Ardilliers, donde una comunidad
beruliana hospedaba a los sacerdotes, y que había sido una
de las metas más gratas a los sulpicianos.
Tras muy pocas horas, pues, reemprendieron el viaje sin
interrupciones hasta Nantes.
La Nantes de aquel comienzo de siglo no difería mucho de la
otra de pocos decenios antes: tras cesar las contiendas y
las guerras religiosas y políticas, iniciadas las obras de
reconstrucción y urbanística, los cuarenta mil habitantes
tenían una sola preocupación: el comercio. Si el desarrollo
portuario, hasta el siglo XV, se había limitado a la
exportación vinícola en 1700 prosperaba en el tráfico
americano, o sea, en los metales preciosos, el azúcar no
refinado, el tabaco y las especias provenientes de las
Antillas, del Africa y de las Indias. El bienestar era
innegable y siempre en aumento. La gente se detenía sólo
para explotar en fiestas grandiosas y controladas a medias.
Precisamente en ese momento se preparaban fastuosas acogidas
a Felipe V que viajaba hacia el trono de España y se
anunciaba en Nantes para el 16 de diciembre.
Con la mirada de seminarista desorientado, a Luis María le
costaba encontrarse en ese marasmo en el que parecía
imposible de encontrar el sendero del espíritu. Las líneas
vehementes de la Súplica Ardiente que compondrá y,
reportamos, parecen nacer aquí, frente al Loira, entre
decenas de africanos y de americanos apenas desembarcados,
en las callejuelas ciegas que ahogan a las iglesias; parece
subir de entre las cajas superpuestas, los barriles de vino,
los sacos de azúcar, acompasada al paso de los militares...
«Mira, Señor, Dios de los ejércitos: los capitanes que
forman compañías completas, los potentados que organizan
ejércitos numerosos, los navegantes que equipan flotas
enteras, los mercaderes que se congregan en gran número en
ferias y mercados. ¡Cuántos ladrones, impíos, borrachos y
libertinos se reúnen en tropel contra ti todos los días, con
tanta facilidad y presteza!
Un silbido, un redoble de tambor, una espada embotada que
muestren, una rama seca de laurel que prometan, un trozo de
tierra roja o blanca que ofrezcan... en tres frases: un humo
de honra, un interés de nada, un miserable placer de bestias
que salte a la vista, en momentos aglomera ladrones, agrupa
soldados, junta batallones, congrega mercaderes, colma casas
y mercados y cubre tierras y mares de muchedumbres
innumerables de réprobos. Quienes, aunque divididos entre sí
por las distancias geográficas, las diferencias de
temperamento o el propio interés, se unen, no obstante,
hasta la muerte para hacerte la guerra bajo el estandarte y
dirección de demonio...» (SA, 27).
La llamada a Dios nace así bajo las bóvedas desiertas de las
iglesias de Nantes, en los silencios increíbles de los
templos y más allá del vocerío del mercado.
«Y por ti, Dios soberano, –aunque en servirte hay tanta
gloria, dulzura y provecho–, ¿casi nadie tomará tu
partido...» (Ib. 28).
Desgraciadamente la Comunidad de San Clemente reflejaba esa
ausencia de celo apostólico, ese desorden moral y
espiritual, todo ese agitarse de la vida en el bullir de la
verdad y la justicia. Mayor desorientación le llegaba del
hecho de sentirse temerosamente solo e inutilizado, porque
Lévêque y Coupperie des Jonchères lo estimaban, lo
apreciaban pero no lo animaban al trabajo. A la carta
–perdida– escrita a Leschassier inmediatamente después de la
llegada a Nantes, había seguido una respuesta que buscaba
darle confianza y esperanza: «Padre. Estoy muy contento por
el éxito de su viaje y los consuelos recibidos en
Fontevrault le auguro tener otros tantos en Nantes. Hay
todos los motivos para esperarlos. En efecto, cuando sólo
buscamos la voluntad de Dios y nos dejamos conducir por su
Providencia y el amor maternal de la Virgen santísima, todo
contribuye a darnos esa paz que el Espíritu del Señor hace
gustar incluso en medio de las tribulaciones. Me encomiendo
a sus oraciones y cordialmente soy
suyo Leschassier»
(2 de noviembre de 1700 – ASV, 1551).
También Lévêque advirtió el disgusto del joven y, preocupado
de que se descorazonase desde el principio, había escrito a
Leschassier para que sostuviera a su pupilo. Y éste la había
respondido: «...pido a Dios que el fervor del P. Grignion no
se enfríe» (21 de noviembre de 1700 – Ib.).
Y era oportuno orar, porque en cincuenta días, Luis María
después de haber estudiado a los Cohermanos que pereceaban
con él en la casa y la dolorosa desorganización que
involucraba a todos, escribía a Leschassier una carta que
hay que presentar en su totalidad.
«Al P. Leschassier Superior del Seminario de San Sulpicio
París
De Nantes, el 6 de diciembre de 1700
Padre:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
No puedo expresarle la alegría interior que me ha causado su
carta, aunque breve. Constituye ella una señal de la unión
de caridad establecida por Dios entre Ud. y su servidor,
aunque indigno, y que Él desea continúe. Por esta razón, voy
a darle cuenta, en pocas palabras, de mi estado actual.
No he encontrado aquí lo que esperaba, aquello por lo cual
he dejado, como a pesar mío, una casa tan santa como lo es
el seminario de San Sulpicio.
Anhelaba, igual que Ud., prepararme para las misiones, y
sobre todo dar el catecismo a las gentes sencillas, que es
lo que más me atrae. Pero no puedo hacer nada de esto. Ni sé
siquiera si podré lograrlo algún día, pues el personal que
hay aquí es escaso y falto de experiencia, excepto el señor
Lévêque, el cual –a causa de la avanzada edad– no se halla
en condiciones de dar misiones. Y si su fervor, que es
grande, le llevase a ello, el señor Des Jonchères –como me
manifestó– se lo impediría.
No hay aquí ni siquiera la mitad del orden y observancia del
reglamento que reinan en San Sulpicio. Y creo que, mientras
las cosas sigan como están, no podrá ser de otro modo. En
efecto, hay que tener presente que viven aquí cuatro –por no
decir cinco– categorías de personas, cuyos objetivos y
aspiraciones son del todo diferentes.
1º hay cinco personas de la casa, de las cuales dos son
incapaces para todo:
2º hay párrocos, vicarios, simples sacerdotes o seglares,
que vienen de tiempo en tiempo a hacer retiros;
3º hay sacerdotes y canónigos, que vienen a pasar sus días
en paz;
4º hay algunos sacerdotes, pero la mayoría son personas que
estudian teología y filosofía, y en su mayoría visten traje
seglar o hábito corto; de tal suerte que estas personas
tienen casi todas reglamentos diferentes que se trazan a sí
mismas y tomando de la regla común lo que mejor les parece.
Confieso que no es culpa del señor Lévêque el que no se
observe la regla. Él hace lo que puede, no lo que quiere.
Esto especialmente en relación a algunas personas de casa a
quienes no agradan mucho sus modales, aunque sencillos y muy
santos.
Siendo ello así, me siento, desde mi llegada, como perplejo
entre dos sentimientos al parecer opuestos. Por una parte,
experimento una inclinación secreta al retiro y a la vida
escondida, para aniquilar y combatir mi naturaleza
corrompida, deseosa de manifestarse. Por otra, siento
grandes anhelos de hacer amar a Nuestro Señor y a su
santísima Madre, de correr en forma pobre y sencilla a dar
el catecismo a los pobres del campo y de excitar a los
pecadores a la devoción a la Santísima Virgen. Es lo que
hacia un piadoso sacerdote muerto aquí hace poco en olor de
santidad iba de parroquia en parroquia enseñando el
catecismo a la gente del campo a expensas de la Providencia.
¿Padre carísimo, no soy digno –es verdad– de empleo tan
honorífico: pero, ante las necesidades de la Iglesia, no
puedo menos de pedir continuamente con gemidos una pequeña y
pobre compañía de sacerdotes ejemplares que desempeñen ese
ministerio bajo el estandarte y protección de la Santísima
Virgen. Trato, sin embargo –aunque con dificultad–, de
calmar estos anhelos, por buenos y continuos que sean,
mediante el olvido absoluto de todo lo mío en brazos de la
divina Providencia y una perfecta obediencia, sometiéndome a
los consejos de Ud., que consideraré siempre como órdenes.
Al igual que cuando estaba en París, me asaltan deseos de
unirme al señor Leuduger, maestro de teología de
Saint-Brieuc, excelente misionero y hombre de mucha
experiencia o de trasladarme a Rennes y retirarme al
Hospital General al lado de un sacerdote ejemplar, conocido
mío, a fin de dedicarme a obras de caridad entre los pobres.
Pero rechazo todos estos anhelos sometiéndolos al querer
divino –mientras espero los consejos de Ud.–, sea que me
ordene permanecer aquí, aunque no siento inclinación alguna
a ello, sea que me envíe a otra parte.
En la paz de Nuestro Señor y de su santísima Madre, me
atrevo a suscribirme totalmente sumiso a sus órdenes. Me
tomo la libertad de saludar al señor Brenier, a quien
expongo, si Ud. lo cree oportuno todo esto. Grignion,
sacerdote e indigno esclavo de Jesús en María» (Carta 5;
BAC,73-75).
Lo amargo de la inactividad.
Es en síntesis cuanto saborea el corazón de Luis María desde
hace dos meses. De la carta no se desprende todavía la
desilusión experimentada a pesar de las promesas que le
habían hecho en París y no se queja al "padre carísimo" del
consejo recibido. Pero el recuerdo de San Sulpicio regresa
más vivo que nunca con un llamado-invitación a la soledad,
vocación contra la cual se había pronunciado hacía tiempo el
mismo Leschassier.
La respuesta del sulpiciano no quiere trastornar muy pronto
al joven de la Comunidad de Nantes. Pero no logra esconder
la contrariedad que experimenta ante la constatación de la
real situación a la que ni Lévêque ni Grignion podían ya
poner remedio.
«Padre.
Aunque en la Comunidad de San Clemente no encuentre Ud.
cuanto deseaba, ¿quiere abandonarla tan pronto? El P.
Lévêque piensa en una misión después de Epifanía.
Es bueno pedir al Señor que haga amar a su Madre. No puedo
decirle nada sobre el P. Leuduger porque no tengo la gracia
de conocerlo. Sin embargo, no quiero impedirle que aproveche
de los frutos que podría hallar en su grupo. Entréguese al
Señor y pídale que le haga conocer su voluntad; ore por mí,
y crea que en su corazón
soy, todo suyo Leschassier»
(ASV, Ib.).
Es una respuesta evasiva, pero suficientemente concreta:
Leschassier no ha perdido el tiempo esperando lo
acontecimientos, por el contrario ha escrito a Lévêque para
lograr mayor claridad. Lévêque, al responderle, pide a
Leschassier que apoye la petición que piensa hacerle a Luis
Grignion de que se someta a los exámenes para oír
confesiones; y de París llega el pleno acuerdo (31 de
diciembre de 1700 –ASV, Ib.).
La promesa de enviarlo a predicar una misión podía ser
repliegue temporal del venerable y santo anciano y un
aferrarse, un tanto tardíamente, a la cuestión de los
exámenes confirma esta ilación. Casi agotado por no haberle
cumplido la promesa de predicación, Leschassier escribirá a
Lévêque que a pesar de todo: lo ha exhortado a no separarse
de él (22 de enero de 1701, ASV, Ib.), aunque en el corazón
esté orientándose hacia lo contrario. Si todavía no se lo ha
dicho a Grignion, el motivo debe encontrarse en el respeto
que se debía al anciano misionero ahora incapaz e
imposibilitado de organizar misiones y trabajo apostólico.
Lo encontramos en una carta de Leschassier llegada a Nantes
junto con otra del amigo Blain –desafortunadamente perdida–
el 7 de marzo de 1701:
«Padre. Adjunto (ésta) a la carta que le ha escrito el P.
Blain: después de haberlo reflexionado mucho no creo que
deba abandonar la Comunidad de San Clemente este año, a
menos que el P. Lévêque mismo se vaya también. Cuando él
salga a algún viaje, sólo entonces podrá salir también Ud.,
si lo cree oportuno.
Me encomiendo a las intenciones de sus santos sacrificios, y
de corazón soy
todo suyo, Leschassier»
(ASV, Ib.).
Luis María hubiera tenido que dedicarse solo al apostolado y
esto contradecía las indicaciones de París y las costumbres
de la misma casa de Nantes. Sin guía y sin apoyo, la
solución no podía menos de dejar preocupaciones y
ansiedades. Tanto más cuanto que aun no había sido examinado
para la autorización de oír confesiones; y quizás la
atmósfera jansenista de la mayor parte de los sacerdotes de
la casa le estaba jugando un chiste amargo también al
incorruptible Grignion: él mismo siente mucha inquietud para
aventurarse solo... «porque para tarea tan difícil y
peligrosa se necesita una misión especial», escribirá el 4
de mayo siguiente.
Entre tanto pasan los meses, no se mantienen las promesas y
aumentan las dudas del pobre joven. El crudo invierno obliga
a Lévêque a cuidar la salud de Luis María con paternal
atención, por lo cual Leschassier le da las gracias.
Pero se requería mucho más que eso para caldearle el
corazón.
Es el pensamiento que en ese momento domina su espíritu y
que encontramos en la carta de febrero a su hermana
Guyonne-Jeanne (Luisa) que le había informado de su voluntad
de hacerse religiosa en el Instituto de las Hijas de la
Providencia, es decir, en aquel donde se hospeda en París.
«Querida hermana en Jesucristo:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
Aunque estoy corporalmente lejos de ti, no lo estoy de
corazón. Porque el tuyo no está lejos de Jesucristo y de su
santísima Madre y eres hija de la divina Providencia, cuyo
hijo aunque indigno soy también yo.
Debieran llamarte, más bien, novicia de la divina
Providencia, porque apenas ahora comienzas a practicar la
confianza y el abandono que ella pide de ti. Y no serás
recibida como profesa e hija de la Providencia sino cuando
tu abandono sea general y perfecto, y tu inmolación, total.
Dios te quiere, hermana mía, Dios te quiere apartada de
cuanto no es Él y, quizás, abandonada efectivamente de toda
criatura. Pero consuélate, alégrate, sierva y esposa de
Jesucristo, si te asemejas a tu Maestro y Esposo! ¡Jesús es
pobre! ¡Jesús está abandonado! ¡Jesús es despreciado y
rechazado como la basura del mundo!
¡Feliz! Sí: ¡mil veces, feliz Luisa Grignion, si tiene
espíritu de pobre, si es abandonada, despreciada, rechazada
como la basura de la casa de San José! Entonces sí que será
verdaderamente la servidora y esposa de Jesucristo y será
profesa de la divina Providencia, aunque no lo sea de la
Congregación.
Hermana querida, Dios quiere que vivas al día... Como el
pájaro en la rama, sin preocuparte por el mañana. Duerme en
paz en el seno de la divina Providencia y de la Santísima
Virgen, buscando solamente amar y agradar a Dios. Porque es
una verdad infalible y un axioma eterno, tan cierto como la
existencia de un solo Dios –plegue a Dios que yo pueda
escribirlo en tu espíritu y en tu corazón con caracteres
indelebles!–. "Buscad primero el Reino de Dios y su
justicia, y todo eso se os dará por añadidura". Si pones en
práctica la primera parte de esta sentencia, Dios, que es
infinitamente fiel, realizará la segunda. Es decir, que, si
tú sirves a Dios y a su santísima Madre con fidelidad, no te
faltará nada en este mundo ni en el otro. Ni siquiera un
hermano sacerdote, que ha sido, es y será todo tuyo en sus
sacrificios a fin de que seas toda de Jesús en los tuyos.
Saludo a tu buen ángel custodio».
(sin firma)
(Carta 7; BAC, 78-79).
¿Era novicio o profeso en la religión de la plena confianza
en Dios quien escribía esta carta? Lo podríamos juzgar por
la aceptación siempre más pronta por parte del Señor, del
sacrificio continuo de la voluntad y de las aspiraciones, de
la vida y de la misión.
En marzo, decíamos, Leschassier dejaba entreabierta la
puerta.
La mano de Dios la abrió de par en par con uno de esos
gestos sencillos de su ordinaria misericordia.
Capítulo octavo
LOS POBRES BUSCAN A UN SACERDOTE
Una afortunada documentación de los acontecimientos de este
período está constituida por una serie de cartas
intercambiadas entre el P. Leschassier y Luis María. Nos
bastará anotar fielmente los pormenores con información
oportuna para encuadrar los acontecimientos con los que el
Señor llevaba de la mano a su misionero.
«Al P. Leschassier
Superior del Seminario de San Sulpicio de París.
De Nantes, el 4 de mayo de 1701.
Señor y Padre carísimo en Jesucristo:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
El señor obispo de Poitiers me ordena escribir a Ud. lo que
sigue.
El cuarto domingo de abril recibí una carta de mi hermana de
Fontevrault, escrita por orden de la señora de Montespán. En
ella me pedía que me trasladara sin tardanza a Fontevrault
para asistir a la toma de hábito, que tendría lugar el
martes siguiente. Salí ese mismo día a pie. Llegué a
Fontevrault el miércoles por la mañana, día siguiente de la
toma de hábito de mi hermana...» (Carta 6; BAC, 75-78).
La historia de la abadía de Fontevrault está vinculada a la
historia de seis naciones y de las respectivas casas
reinantes: Francia, Austria, Bélgica, Inglaterra, España e
Italia. La celebérrima fundación de Roberto d'Arbrissel
constituida por dos grupos de religiosos, uno masculino y
femenino el otro, bajo la dirección de una abadesa, se había
conservado en todo el esplendor y la seriedad del año 1100,
gracias, entre otras cosas, a las férreas abadesas que la
habían dirigido admirablemente.
En 1701, cuando Luis María llega allí por segunda vez en
pocos meses, la orden de los Pobres de Cristo (Pauperes
Christi) estaba gobernada por aquella que los historiadores
definieron como la Reina de las abadesas, Gabriela de
Rochechouart-Mortemart, hermana de Madame de Montespán.
Hecha monja un tanto contra su voluntad, su vida religiosa
fue, en cambio, digna de la mejor vocación. Ante todo, era
muy instruida: hablaba correctamente el italiano, el latín,
el español: disertaba sobre la Sagrada Escritura y los
Padres de la Iglesia, mucho mejor que los imponentes abades
de París, conocía las lenguas antiguas. Gracias a su
comportamiento en la corte en los múltiples viajes que tuvo
que hacer a ella, incluso San Simón, critico sin tapujos,
tuvo que inclinarse ante la figura moral de la abadesa,
afirmando categóricamente que nada pudo manchar jamás su
reputación. Por su seriedad, agudeza de mente y sobre todo
por la convicción de su propio estado, supo dulcificar la
vida del claust