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SEGUNDA PARTE

 

 

Capítulo   6 - Las opciones de un joven sacerdote bretón

Capítulo   7 - Lo amargo de la inactividad

Capítulo   8 - Los pobres buscan a un sacerdote

Capítulo   9 - Amor y odio

Capítulo 10 - Una heredad para los pobres

 

Capítulo sexto

LAS OPCIONES DE UN JOVEN SACERDOTE BRETÓN

 

 

Aquella mañana tardía de primavera, mientras la ciudad no despertaba todavía, una larguísima fila de clérigos bajaba silenciosa y recogida en oración, del cuadrilátero de San Lázaro donde había hecho sus ejercicios espirituales en dirección de l'Ile, hacia Notre Dame y el palacio arzobispal. Tras recorrer dos kilómetros desde el antiguo Faubourg Saint

Denis y cruzar el Arco de Triunfo, grandioso recuerdo de la victoria de los franceses sobre los alemanes y los holandeses, erigido en 1672, seguía avanzando por la Calle San Dionisio igualmente larga.

Era el camino consagrado para las apoteosis y los funerales reales: por allí había pasado Felipe III llevando el cadáver de Luis IX; por allí habían desfilado los cortejos de los príncipes de sangre, después de las bodas, y de los reyes, después de la coronación.

Cerca a la torre de Santiago, la fila giró derecha sobre el Sena para entrar en l'Ile.

L'Ile –la isla– no era realmente bella. En las orillas del río, en lugar de los elegantes bancos modernos, se alineaban casas altas, oscuras, mal olientes, perennemente a baño en un estanco de jabón, cubiertas de hierba, con basuras repugnantes, y en las ventanas cortinajes de todo color y de toda pobreza. Más adentro, luego, una infinidad de horribles callejuelas, ratoneras, tugurios infectos para adornar ese repugnante esbozo donde los padres se habían amontonado durante siglos: cincuenta y dos calles, seis estrechas calles ciegas, tres plazas, diez parroquias, veintiuna entre iglesias y capillas, dos conventos, un hospital –el Hôtel-Dieu ya conocido– un hospicio para niños abandonados, el palacio de justicia con amplias dependencias, el claustro v la basílica de Notre-Dame, el nuevo arzobispado... todo esto en un poco más de 200.000 metros cuadrados. Un barrio sin luz, triste, sin aire, que nunca había perdido el rostro de estación de embarcaciones desde muy remotos tiempos.

Sin embargo, era el crucero de los caminos del mundo, "centro y focolar de la vida pública y moral de la humanidad", como ampulosamente lo definía Camilo Julián.

A Napoleón III lo tildaron de iconoclasta cuando recuperó l'Ile, reduciéndolo todo a doce calles con Notre-Dame, el Hôtel-Dieu y el palacio de justicia. Pero los parisienses de hoy, mucho más sabios, le agradecen este sacrilegio.

La procesión de los ordenandos alcanzó fácilmente la plazoleta de la basílica, bordeó un trecho del hospital y, sin detenerse, cruzó frente al enorme portal del palacio del cardenal de Noailles, que él hizo construir sobre el antiguo de 1161, y que huele todavía a estucos y barnices.

La sagrada ceremonia de la ordenación sacerdotal tuvo lugar en la sala de los sínodos que hacía las veces de capilla arzobispal. Allí Luis fue consagrado sacerdote por las manos del obispo de Perpiñán, delegado para ese año por el cardenal. Jean-Hervieu Bazán de Flamenville era un antiguo conocido de Grignion: antes de ser obispo de Chartres y luego obispo de Perpiñán y de Elne, es decir, de 1695, también él había sido catequista de los desarrapados en la parroquia de San Sulpicio. Si los dos no se habían conocido personalmente, habían tenido en común una heredad apostólica y un trabajo.

Transcurridos varios días desde la ordenación para prepararse con mayor humildad y devoción y como era costumbre en el seminario, luego de dedicarse con escrupulosa atención a la práctica de las rúbricas, Luis María celebró su primera misa en el altar de Nuestra Señora en la iglesia parroquial de San Sulpicio, a donde por años había acudido con amor y ternura.

 

«Asistí a aquella misa; vi allí a un hombre (celebrar) como un ángel en el altar. Ese aspecto angelical que lo acompañaba, no me impactó a mí solo: uno de sus compañeros de seminario que se hallaba allí también, hizo la observación y, al mismo tiempo admirado y edificado, me habló de ello. Entonces, para sondearlo un tanto más, le dije que tales y tales sacerdotes del seminario, cuyos nombres le recordaba y que eran muy fervorosos, habían parecido también en una actitud devota en esa augusta acción. "Es verdad, me replicó. Pero, ¡qué diferencia! Luis Grignion me pareció como un ángel!". Su testimonio merece atención, por que no era persona aduladora, y menos lo era aun de Luis Grignion a quien no era muy favorable...» (Blain, 197s).

 

Para nuestro misionero, la misa fue siempre un punto esencial de la conformación interior. Celebró cotidianamente siempre que pudo y celebró siempre bien.

 

«La fe y el respeto que profesó al Santísimo Sacramento se percibía también en la devoción manifestaba al santo sacrificio de la Misa y la atención con que la celebraba. De esa manera suscitaba intensa devoción en quien lo veía en el altar, por ese porte grave y serio, por el recogimiento profundo. Era exactísimo en la observancia de las rúbricas; nunca hubo debilidad física ni motivos de trabajo o de enfermedad que le hayan hecho descuidar la cosa más insignificante, ya que pronunciaba cada sílaba clara y distintamente, aunque empleando sólo media hora para no aparecer singular... Tras celebrar, se recogía en algún rincón para continuar la acción de gracias en cuanto se lo permitía la caridad hacia los demás y su propio deber... Su vida fue una preparación ininterrumpida (a la misa) y una continua acción de gracias» (del Proceso ordinario).

 

En cuanto dependió de él jamás dejó de celebrar la misa.

Ciento treinta años después, un testigo depuso con juramento lo que había oído a sus antepasados, que habían conocido de cerca al P. de Montfort, a propósito de una misa que no pudo celebrar. Lo relatamos tal como aparece en los Procesos de beatificación (ASV, vol 1528, testigo Ag. Damián, pp 130-131): «Mientras predicaba cierto día en Poitiers, una intervención del misionero para alejar de la iglesia a una señorita descaradamente inmodesta le costó la orden perentoria de abandonar la ciudad. La orden le llegó cuando estaba a punto de celebrar. El santo sacerdote acudió al Vicario que lo castigaba para implorarle el permiso de celebrar la misa al menos en privado, en la capilla episcopal. Ante el reiterado rechazo del prelado, con mucho respeto, replicó: "¡Vivo o muerto, le aseguro que celebraré!" Pasaron los años. Algún tiempo después de la muerte del misionero, se presentó a casa del mismo Vicario un sacerdote desconocido que pidió permiso para celebrar misa en la capilla del obispo. El permiso le fue acordado con facilidad: más aún, después de la celebración, el obispo envió a alguien para invitar al sacerdote a tomar alguna cosa.

 ... fueron a buscarlo en la capilla, pero no lo encontraron; hallaron, en cambio, una carta encima del altar y dirigida al prelado... Monseñor, una vez leída, hizo enganchar los caballos y partir al momento hacia la residencia de *** a tres leguas de Poitiers. Allí permaneció seis meses, después de los cuales murió. Todos dijeron que se había retirado a hacer penitencia y que de verdad la hizo...».

 

De junio a septiembre, Luis María se quedó en el seminario. No obstante el deseo ardiente madurado a través de los años, tiene que quedarse todavía inactivo. Quizás no está aun preparado. ¡Oh!, espiritualmente, sí que lo está: mejor que nadie lo sabe el P. Leschassier que ha terminado la lectura del informe sobre el itinerario interior, que había hecho escribir al joven sacerdote. Luis María ocupa aquellos cuatro meses en la preparación de la predicación, tomando apuntes, componiendo cánticos que podrán servirle en el futuro ministerio.

 

Permítanos preguntar cual ha sido el verdadero motivo de estos cuatro meses de espera porque nos parece poco convincente afirmar que sólo le faltaban los últimos retoques de orden práctico. ¿O fue un período de ulterior y decisiva formación que le impusieron los sulpicianos?

A decir verdad, Leschassier se hallaba muy perplejo: según él, el sacerdote Grignion es un auténtico hombre de Dios, imponente por la estatura física y moral, un sacerdote de excepcional vida interior, buen predicador, artista inteligente, entregado a la causa, enérgico y con cualidades que lo pueden llevar al triunfo en muchos campos del apostolado. Pero ¿qué sector de apostolado indicarle?

Había pequeñas manchas en la imagen humana de Grignion. Nada importantes, claro está, pero suficientes para justificar un temor comprensible de verlo fracasar en ese mundo francés de la época tan cáustico sobre todo con los hombres de iglesia. Por ejemplo, ese modo de ser suyo diferente del de los demás para hacer el bien, que volvía su singularidad un tanto excéntrica y extraña. Le faltaba diplomacia, tacto, incluso en las obras más santas; se lanzaba siempre resuelto, al vuelo, adonde quiera que hubiera que desplegar celo  apostólico, sin medios términos, sin apartarse ni un milímetro de la senda recta mientras a veces hubiera debido aprender que se cogen más moscas con una gota de miel que con un tonel de vinagre, según la aguda observación de san Francisco de Sales. Leschassier temía que las gentes del mundo vieran resucitado en ese robusto bretón, al buen Hércules en sus repentinas reacciones de fanfarrón que constituían la comidilla de los salones rablesianos de la época.

Luis María necesitaba que lo llevaran de la mano, no sólo por la senda de la santidad indiscutible en él, sino también y sobre todo en el apostolado. Necesitaba un guía experto y experimentado, santo para no ser menos que el discípulo, para servirle de maestro seguro. Y en esa época, el suelo francés contaba con muy pocos hombres capaces de semejantes empresas.

 

Mira porqué incluso Leschassier aguardaba una ocasión propicia. Lo hubiera conservado gustoso consigo, en la Congregación de los Sulpicianos cuyo superior general había sido nombrado precisamente en aquellos meses: San Sulpicio podía ofrecer a Luis Grignion, fuera de un amplio campo de actividades, también el guía seguro que le hacía falta.

Podía ofrecerle tres clases de ministerios: la formación del clero en los seminarios y la asistencia a los eclesiásticos en general, la predicación de misiones al pueblo y, por último, la evangelización de los infieles del Canadá... De hecho en Francia existían diferentes residencias sulpicianas asignadas a la asistencia de los eclesiásticos; la predicación de misiones populares había sido la primera actividad del fundador, Olier, y en el Canadá, en la isla de Montreal, en la América de la Nueva Francia, un sulpiciano podía escoger entre el seminario, la parroquia, la capellanía para los residentes franceses y la vida misionera entre las tribus indígenas.

 

«Pero el joven sacerdote no sentía inclinación alguna a ello...» (Blain, 200).

 

Esto es lo increíble de la personalidad de Luis de Montfort.

El mismo consideraba, como veremos, que necesitaba un guía, tanto que no quería desprenderse de la obediencia hasta tomar como mandatos hasta los más sencillos deseos de los superiores; había considerado a San Sulpicio como tierra de santos... ¡pero ahora no quiere quedarse allí! Nos parece que se ha dado muy poca importancia a esta inesperada determinación. Que ciertamente no fue una repulsa.

 

«Sólo Dios sabe cuántos beneficios he recibido de él (Brenier), y de modo especial de Ud. (P. Leschassier), a quien quedo y quedaré por toda la vida sumiso en Jesús y María» (Carta 10; BAC, 85), escribirá pocos meses después. Los motivos de esa decisión tenemos que buscarlos en la naturaleza de la vocación a que Dios lo llamaba. En las Reglas escritas para los miembros de su Compañía de María, trazó quizás el mejor perfil de su vocación personal: «Es necesario que dichos sacerdotes hayan sido llamados por Dios a la vida misionera, en pos de los Apóstoles pobres. Y no a trabajar como vicarios, dirigir parroquias, enseñar a la juventud o formar sacerdotes en los seminarios, cosa que hacen muchos otros buenos sacerdotes, llamados por Dios a estos santos oficios. Por consiguiente, huyen de tales cargos por considerarlos contrarios a su vocación apostólica se presentan constantemente, de ayudar a las gentes por tales medios. Ese es el cambio o desviación que han sufrido, desgraciadamente, muchas santas comunidades, establecidas en estos últimos siglos por el santo espíritu de sus fundadores para predicar misiones, y ello so pretexto de un bien mayor... La mayor parte de los miembros de estas comunidades permanecen años enteros sedentarios, por no decir solitarios, en sus casas de la ciudad o del campo. Su lema es buscadores del reposo. Mientras que el de los verdaderos misioneros –como San Pablo– es poder decir con toda verdad:  No tenemos domicilio fijo...» (RM, 2).

 

Hemos encontrado la palabra que define la naturaleza del apostolado al que se sentía atraído Luis María: la itinerancia, la búsqueda constante y sin compromisos de las almas, la ofrenda de sí mismo para un servicio auxiliar de sustitución de tantas fuerzas ausentes, existe en él una voluntad de colmar el vacío dejado por muchos que, con cálculos equivocados, han preferido establecerse en localidades más cómodas y en más cómodos empleos.

Es el pensamiento que apremia en el Cántico que compuso quizás en aquellos meses de espera.

 

«Me voy, me voy por el mundo,

presa de amor vagabundo:

¡voy mi prójimo a salvar!

 

¡Cómo ver a mis hermanos

perecer en el pecado

sin sentirme conmovido?

¡Son tan valiosos, Señor!

 

Dios mío, por tu Evangelio

sufrir quiero, en tierra y mar,

mil males, diez mil afrentas...

 

Si con mi vida y mi sangre

destruyo un solo pecado

y sólo a un hombre convierto,

mi esfuerzo pagas muy bien.

 

Ni una hora descansar puedo,

ni en un lugar reposar,

al ver ofendido a Cristo...

Todos, ¡ay!, ¡le hacen la guerra!

 

Por doquier reina el pecado

y al infierno caen las almas...

bramar quiero como un trueno...

 

¡Oh Maestro!, me hallo pronto

a gritar y hablar doquiera,

sostenido por tu gracia,

haz de mí tu misionero:

y aunque encuentre como paga,

el rechazo y las afrentas,

¡feliz estoy, mi modelo!»

 

(Cántico 22, 1.11.12.31, Resoluciones y plegarias de un buen misionero).

 

«Haz de mí tu misionero!»

Luis María, al expresar este anhelo, señala claramente la opción a que ha llegado: ser misionero era dedicarse al apostolado activo de la predicación al pueblo, «para poder decir siempre con Jesucristo: "Me envió a dar la Buena Noticia a los pobres ", o con los Apóstoles: "Cristo no me mandó a bautizar, sino a dar la Buena Noticia... "» (RM 2).

 

Si aquellos meses eran en la intención de los sulpicianos para que Grignion pensara una y otra vez en su oferta, o si eran un período que debía emplearse en buscar a alguien que tomase a su cargo y guiase al joven sacerdote bretón, para Luis María fueron el tiempo de la opción decisiva: ser el apóstol activo de las gentes pobres necesitadas de Dios.

En este punto, con exasperante repetición, todos hablan del atractivo que ejercen sobre el joven sacerdote las misiones extranjeras, y en particular de un intento suyo de partir para el Canadá. Tratemos de buscar de dónde provienen tales indicaciones que, por motivos ya esclarecidos, consideramos ahora fuera de lugar en el período y en la mentalidad. Y encontramos la fuente:

 

«Apenas ordenado sacerdote, Grignion, ardió en el deseo de trabajar en la salvación de las almas; se auguró incluso ir a predicar el evangelio a los infieles del Nuevo Mundo y decía a veces a los eclesiásticos que vivían con él: "Amigos, ¿qué hacemos aquí? ¿Por qué permanecemos como obreros inutilizados mientras hay tantas almas que se pierden en el Japón a en las Indias por falta de predicadores y catequistas que las instruyan en las verdades para salvarse?".

Arrastrado por el celo apostólico, habiendo oído en cierta ocasión que por orden de Tronsón partirían al día siguiente muchos eclesiásticos destinados a establecerse... en el seminario de Montreal, se dirigió a él para ofrecerse a acompañarlos...» (Grandet 22-23).

 

Desafortunadamente, aquí, nos encontramos con uno de esos extraños acercamientos anacrónicos a los cuales nos tiene acostumbrados, gustoso, el primer biógrafo de Luis María, donde las consideraciones no hallan la necesaria correspondencia con el momento histórico o psicológico.

Estamos ciertamente de acuerdo con Grandet en considerar "ardiente" el deseo de dedicarse a la salvación de las almas, porque ahora Luis María es sacerdote y está a la espera de una inminente destinación. Que, además, había estado en su ánimo el deseo de extender el Reino de Cristo, incluso, en tierra de misiones y un "anhelo" latente de partir para las Indias o para el Japón o, quizás mejor aún para las "islas de América" (como había hecho su antiguo profesor de Rennes que viajó a la isla de Guadalupe), tampoco tenemos dificultad de creerlo.

El ideal misionero, por otra parte, permanecerá vivo en el animo de Luis María, casi en un maravilloso creciendo de ansias y celo, hasta la muerte y, después de él, en las Congregaciones que recibieron de él la vida.

No obstante, los dos episodios citados no pertenecen a este período de la vida de Luis María.

La reflexión con "los eclesiásticos que vivían con él" podría haber sido hecha en cualquier momento anterior o, mejor todavía, posterior, y nos inclinamos a colocarlo en los meses de 1700-1701 transcurridos en total inactividad en la Comunidad de Nantes; ciertamente no en los cuatro meses posteriores al sacerdocio en San Sulpicio donde no hubiera podido jamás pensar en hacer a sus maestros y a los padres sulpicianos una crítica velada sobre la preparación a la cual, por otra parte, también se dedicaba asiduamente.

Más anacrónica aun nos parece la cita de la oferta para una expedición al Canadá. Tronsón, Superior general de los sulpicianos, quien personalmente escogía entre sus religiosos a los misioneros para enviar allá, había muerto en febrero de 1700; por lo demás, desde hacia algunos años, el instituto se había puesto de acuerdo con el Seminario de las Misiones Extranjeras de París, creado precisamente para la preparación especifica de los futuros evangelizadores, para confiarles los candidatos destinados al Canadá, por esto se habían suspendido los envíos de refuerzos a ultramar. La Consagración sulpiciana reanudará esas expediciones sólo hacia 1710. Sabemos, en efecto, que «durante más de Medio siglo los ingentes gastos que requería la obra, obligaron a los superiores de San Sulpicio a no enviar a Montreal sino a sacerdotes en grado de pagarse la pensión y proveer al propio mantenimiento» (Pierre Boisard, Histoire de la Compagnie des Prêtres de St. Sulpice, escrito a máquina – Archivo Curia Gen. en París, s.d.).

 

Pero hay más: los sulpicianos se encontraban cortos no sólo de personal sino también de dinero: en 1692 tuvieron que pedir a los jesuitas un contingente de misioneros y lo mismo hicieron los padres recoletos en 1694. En el fondo les bastaba seguir adelante allá con el seminario, es decir, les bastaba una pensión por el estilo de la parisina para eclesiásticos deseosos de algo de reposo y de espiritualidad.

De todos modos, también Grandet tiene razón cuando atribuye a Tronsón la facultad de organizar expediciones de eclesiásticos a Canadá, dado que el Superior general de los sulpicianos era siempre el Jefe de la Société Notre-Dame de Montréal, de la cual dependían todos los religiosos y sacerdotes de la región.

Con esto creemos haber probado en forma suficiente que colocar en este momento de la vida de Montfort un intento eficaz de hacerse enviar a las misiones debe atribuirse a cierta forma de recapitular, cuando parece oportuno, reales o supuestos hechos e ideas.

Ciertamente Luis María acudió al P. Tronsón para ofrecerse como misionero –nos lo confirma Blain 199–, pero el episodio debe enmarcarse en sus primeros tiempos de estudios en San Sulpicio, por ello tiene todo el sabor del celo y del entusiasmo juvenil, comprensible y explicable, precisamente, en un seminarista. ¿Cómo hubiera pretendido que lo admitieran en el grupo de los que partían presentándose la víspera del viaje sin ser siquiera sacerdote?

Leschassier informado por el mismo Luis María del paso realizado con Tronsón, había respondido secamente: "no": «No le permitió irse al Canadá por temor de que, impelido por el celo en su carrera detrás de los salvajes, no acabara perdiéndose en las inmensas selvas de ese país». (Ib.).

 

El prudente director no ironizaba: la ironía hubiera desentonado en sus labios como buen conocedor de los hombres: se había contentado con expresar su desacuerdo con agudeza y una sonrisa.

Al termino de nuestra investigación sobre las intenciones del joven sacerdote en espera de destinación, vale la pena subrayar, no obstante, la respuesta de Tronsón: «El prudente superior, convencido de que Dios lo quería en otro lugar, le dio las gracias por su buena voluntad».

 

La convicción de Tronsón no puede ser la que expresó con ocasión de la petición de Luis María, si el episodio debe colocarse en los primeros meses del período de seminario. Una convicción así se daba en Tronsón, precisamente porque siendo prudente, sólo tras largos años de observación del joven; nos parece que, aunque citada inoportunamente, esa convicción es importantísima para conocer cuál era ahora la orientación que los sulpicianos habían resuelto seguir respecto del sacerdote Grignion.

Y, por esta vez, démosle gracias a Grandet por su imprecisión.

 

Junto con su opción espiritual, Luis María trata de concretar también la práctica: lo descubrimos por una carta que, unos meses después, escribe desde Nantes: «Al igual que cuando estaba en París, me asaltan deseos de unirme al señor Leuduger, maestro de teología de Saint-Brieuc, excelente misionero y hombre de mucha experiencia o de trasladarme a Rennes y retirarme al Hospital General al lado de un sacerdote ejemplar, conocido mío, a fin de dedicarme a obras de caridad entre los pobres» (Carta 5).

 

Es la llamada de la amada tierra nativa de aquella Bretaña, que no podía borrarse de los recuerdos más profundos de la naturaleza y del corazón. Volver allá, ahora como sacerdote, y no para quedarse en la familia en la paz del Bois-Marquer ni en la ambiciosa Montfort; sino para dedicarse a la predicación de las misiones con los grandes apóstoles bretones, en su escuela de práctica pastoral y sobre todo de santidad vital, o dedicarse al menos a la asistencia espiritual de los pobres hospitalizados y de los enfermos.

Regresar a su tierra...

 

Leuduger y Bellier son los nombres que personifican ese suelo y ese apostolado del que tanta necesidad había y para el cual solamente, en su humildad, creía estar capacitado.

Leschassier supo todo esto gracias a las confidencias de Grignion expectante. Esperó, a su vez, que un signo indicador se mostrara en el horizonte. Los nombres presentados por Grignion no le decían nada y le resultaban desconocidos –y lo dirá respondiendo a aquella carta– mientras consideraba que era deber suyo entregar aquella alma excepcional a alguien realmente capaz.

Y la Providencia de ese Padre del cielo que nunca engaña en el momento oportuno tenía a la mano lo más conveniente.

 

 

 

Capítulo séptimo

LO AMARGO DE LA INACTIVIDAD

 

 

El hombre se llamaba René Lévêque, anciano sacerdote secular de setenta y seis años, muy amigo de Juan Jacobo Olier. Bretón incansable, casi del pueblo y, sobre todo, santo.

 

«La humildad y la penitencia eran sus virtudes dominantes. El cilicio era su vestido de todos los días; y no lo cambiaba, ya viejo y gastado, sino por otro nuevo y más punzante... Su descanso consistía en pasar el resto del día en la recitación del rosario o la lectura de algún libro piadoso...» (Blain, 203.209).

 

La obra principal del anciano había sido una casa para sacerdotes creada en la ciudad de Nantes, en la riada de San Clemente. Originariamente, la institución comprendía tres categorías de huéspedes:

la primera: quienes se dedicaban exclusivamente a la predicación de las misiones en la Baja Bretaña,

la segunda: quienes hacían ejercicios espirituales, sacerdotes o laicos, venidos de todas partes;

la última: la más importante, el clero francés joven que había que formar.

El obispo, mons. Gilles de La Baume Le-Blanc, había aceptado en Nantes esa institución porque conocía el espíritu sulpiciano de Lévêque, contemporáneo de Olier y capaz de brindar al sacerdote recién ordenado un autentico soplo de espiritualidad. Haciéndolo reconocer también civilmente por el gobierno, había insertado también en el Instituto a los responsables del seminario diocesano.

 

«La mayor parte de los sacerdotes (del seminario), que habían sido alumnos de San Sulpicio, se hallaban en relación con los dirigentes de esta comunidad, y en la educación de los seminaristas se esforzaban por acercarse lo más posible a cuanto se hacía en París. Después que los jóvenes recibían la ordenación los enviaban a la comunidad para que (allí) se formaran en la práctica del santo ministerio» (Fallion, Vie de Olier, París 1874, III, p 367).

 

De esta manera, mientras el obispo podía garantizarse un buen clero, Lévêque encontraba constantemente elementos para renovar su propia institución. En los últimos años, también el rector del seminario diocesano había sido acogido como miembro efectivo de la Comunidad con el grado de vicerrector: era éste Coupperie Des Jonchères. Su presencia en la casa valía una hipoteca sobre la sucesión de Lévêque para asegurar a la diócesis la comunidad de la obra.

Todo había marchado bien durante unos quince años, hasta el día que el seminario necesitó un profesor de ideas más actualizadas. Con la llegada a la diócesis y a la Comunidad del sacerdote De la Noé-Ménard, mezquino jansenista proveniente de otro seminario parisino, las cosas comenzaron a marcar el paso y dividirse.

El nuevo profesor, sin mayor esfuerzo, hacía muchos prosélitos: la cuestión de la gracia oscureció mentes y ahondó divisiones en las dos obras. Así los últimos veinte años de Lévêque fueron llenos de tristeza: si las ideas más avanzadas habían disminuido el valor esencial de la Comunidad, es decir, la fe auténtica, habían llevado también al relajamiento de la disciplina regular y al debilitamiento del espíritu de apostolado. Los menos adoctrinados habían ganado barricadas dogmáticas, primero solapadamente, y luego abiertamente, arrogándose cierta independencia y libertad, hasta el punto de que la pequeña comunidad se estaba transformando poco a poco en albergue y la riendas sostenidas a cuatro manos por Lévêque y des Jonchères, fueron muchas veces arrancadas por la rabiosa dentellada de la nueva corriente. La senda a la cual se encaminaba no podía menos de acabar en la indisciplina y la herejía práctica.

Lévêque, antes de asistir al fracaso de su obra quería presentar su dimisión, y se había dirigido a San Sulpicio pidiendo consejo y ayuda. El superior general, Carlos Tronsón, conociendo la predilección de Olier y de los demás superiores por la obra de Lévêque, insistió para que no abandonara el puesto, disuadiéndolo de presentar la dimisión. El derrumbe de la comunidad de San Clemente habría constituido una notable pérdida para la causa católica de Bretaña y un fracaso para los mismos sulpicianos. Tronsón había prometido refuerzos; pero no los tenía a mano o la muerte le impidió hallarlos.

El problema estaba patente sobre el escritorio de Leschassier cuando tuvo que asumir el superiorato general de San Sulpicio. Le incumbía a Leschassier proveer; y con visible lentitud de extremada prudencia, trató de proveer a ella.

Cuando en el tardo verano de 1700 el enflaquecido Lévêque llegó a la residencia de Issy para los ejercicios espirituales del año resuelto como nunca a presentar su dimisión, describió al nuevo superior general la agonía de su propia criatura con tales llantos y quebrantos, que Leschassier decidió intervenir.

Existía sí, claro, un elemento inmejorable, de fe segura y verdadero espíritu sacerdotal que podía enfrentar el caso: también él era bretón, robusto y tan firme en las ideas que parecía testarudo. Pero sólo en el bien. Era el neosacerdote Luis María Grignion. Este podría bajar inmediatamente a Nantes, ir a vivir en la jaula de los descarriados para darse cuenta personalmente de la situación y entre tanto prepararse a la predicación, cosa que tanto le interesaba. Luego se le confiaría algo de responsabilidad, un medio encargo para no herir la susceptibilidad del rector del seminario y menos de los otros y se acabaría por confiarle toda la obra. Era precisamente la persona indicada para conducir a San Clemente al esplendor de la predicación y de la disciplina regular. Leschassier deponía en su favor, porque Grignion «había nacido para los compromisos y la vida de apostolado» (Blain, 201) y, aun siendo tan joven, poseía un carácter de líder.

El único problema era el de guiarlo, poderlo asistir en los primeros días para que no cometiera errores por celo exagerado y particular entusiasmo. Lévêque cuidaría especialmente de él, incluso en lo físico, porque era necesario llevarlo de la mano en todo, obediente como era; no había absolutamente peligro de que el partido jansenista hiciera presa en el joven: estaba bien preparado y era inteligente, y –esto valía más que treinta años de teología dogmática– tenía una aguda tendencia a la santidad más austera.

El todo era convencerlo. Cosa no demasiado difícil después del rechazo a entrar donde los sulpicianos... Pero con un poco de autoridad y oración acelerada era posible estar casi seguros de hacerlo capitular. Valía la pena intentarlo.

 

«Le aconsejaron ir a trabajar con un santo sacerdote de Nantes... Tenía él en dicha ciudad una comunidad de clérigos destinados a las misiones (populares)» (Blain, 202).

 

Creemos saber también la reflexión hecha por Leschassier a nuestro Luis María: ¿quería trabajar en el apostolado? Esta era la ocasión para dedicarse a la práctica en tan difícil ministerio. ¿Buscaba la itinerancia en el apostolado? Con un poco de práctica bajo el experto y santo Lévêque, podría alimentarse de un autentico espíritu misionero: de otra parte, también la disponibilidad necesitaba de un firme punto de apoyo y San Clemente lo era para él. Tenemos la certeza de que Leschassier no habló de la intención de confiarle en el futuro la dirección del grupo misionero; y no haberlo hecho no se le puede imputar a mala fe, sino a extrema confianza en el buen sentido de Luis María, quien, en el momento oportuno, vista la necesidad de colaborar en la obra de Dios, por sí solo habría entendido y decidido.

Estamos ya en septiembre...

Luis María respondió «sí» al consejo de su director y padre; recogió sus harapos –para utilizar la expresión que más tarde le será familiar– y se dirigió a Nantes al lado del anciano que lo llevaba al trabajo.

Como era la costumbre de Lévêque, el viaje fue dividido en dos tramos bien distintos: por tierra y por agua.

 

«Mientras se lo permitieron las fuerzas, (Lévêque) realizó a pie este largo viaje; pero en los últimos años de su vida, no sintiéndose ya capaz de soportar la fatiga de caminar, se embarcaba en el Loira. Durante el recorrido, un vasito de mantequilla y un poco de pan que llevaba consigo, eran toda su comida: el agua del río le servía de bebida; y para no permanecer inactivo, fabricaba en un minúsculo telar cíngulos para albas que regalaba a los sacerdotes pobres» (Fallion, Ib.).

 

Así pues, los primeros ciento veinte kilómetros, de París a Orleáns, fueron recorridos lentamente como lo exigía la edad del anciano y al menos para Grignion, pletóricos de entusiasmo. La paciencia necesaria para sostener al compañero le brindó la forma de aprovechar de diferentes lecciones: oración, recogimiento, caridad, sacrificio...

Se embarcaron en Orleáns. El Loira era definido, entonces, como un camino que avanza, un recorrido veloz: por esto era el mejor lazo de unión para todo el comercio entre la Francia del norte y la del mediodía. Millares de embarcaciones tejían tenacísimos hilos de intercambios que daban a la somnolienta región una bocanada de vitalidad para los recursos agrícolas de la zona. El río, aunque ya no es navegable como entonces, corre por dos valles insertos como embudo uno en otro, el menor en el más amplio que desemboca en el Atlántico. Entre las innumerables barcas de los campesinos y de los comerciantes, era fácil notar las lujosas de los nobles y de los burgueses que habían escogido las riberas del Loira para las felices estadías de paz y de perezosos descansos. Más de cinco docenas de castillos y siete ciudades recogían como en un libro, las páginas de historia de siglos enteros de Francia porque Orleáns, Blois, Amboise, Tours, Saumur, Angers y Nantes eran piedras miliarias del camino realizado sobre el agua desde el tiempo de los reyes capetos y plantagénetos hasta los últimos Valois: ¡cuántos acontecimientos habían tenido lugar bajo aquel cielo y entre aquellas ondas! ¡Cuántas glorias y cuántas ignominias habían florecido en los parques y castillos asomados sobre el Loira...! Esa región era llamada Jardín de Francia, donde uno podía moverse a punta de remo o a pie, manteniendo vivo el difícil equilibrio entre gente que trabaja y gente que mira trabajar, mientras pasan los años y las páginas de historia vuelven sin retorno una sobre otra...

 

«Con un escudo proveía (Lévêque) a los gastos de tan largo viaje» (Blain, 203).

 

No había que despilfarrar; pero también Grignion amaba la pobreza al menos tanto cuanto Lévêque. Si quisiéramos consignar que Luis María, desde la barcaza espiara el aparecer de los gloriosos castillos en el cálido otoño de los parques, falsearíamos la historia. Luis María no tenía corazón ni mente sino para la ciudad de Nantes, siempre demasiado lejana y no tenía ojos sino para aquel venerable sacerdote entretenido en tejer cíngulos o en orar.

A pocos kilómetros de Saumur, después de los doscientos desde Orleáns, Luis María obtuvo el permiso de bajar a tierra, probablemente en Montsoreau, porque apenas fuera del país, en los límites de la incipiente selva de Fontevraut está una hermana que hay que volver a ver y a quien –segunda después de Guyonne-Jeanne (Luisa) de París– dar la bendición sacerdotal. Silvia, luego de haber sido conducida por la Montespán con Francisca Margarita a la célebre abadía había quedado sola porque ésta última se había enfermado de los ojos. Luis María se halla muy feliz por la ocasión que le brinda la Providencia. Es un encuentro apresurado, pero suficiente para dar y recibir noticias tranquilizantes y hasta consoladoras: ¡Silvia se está preparando para la toma de hábito en ese monasterio!

Probablemente Lévêque lo esperó en Saumur, en el santuario de Nuestra Señora des Ardilliers, donde una comunidad beruliana hospedaba a los sacerdotes, y que había sido una de las metas más gratas a los sulpicianos.

Tras muy pocas horas, pues, reemprendieron el viaje sin interrupciones hasta Nantes.

 

La Nantes de aquel comienzo de siglo no difería mucho de la otra de pocos decenios antes: tras cesar las contiendas y las guerras religiosas y políticas, iniciadas las obras de reconstrucción y urbanística, los cuarenta mil habitantes tenían una sola preocupación: el comercio. Si el desarrollo portuario, hasta el siglo XV, se había limitado a la exportación vinícola en 1700 prosperaba en el tráfico americano, o sea, en los metales preciosos, el azúcar no refinado, el tabaco y las especias provenientes de las Antillas, del Africa y de las Indias. El bienestar era innegable y siempre en aumento. La gente se detenía sólo para explotar en fiestas grandiosas y controladas a medias. Precisamente en ese momento se preparaban fastuosas acogidas a Felipe V que viajaba hacia el trono de España y se anunciaba en Nantes para el 16 de diciembre.

Con la mirada de seminarista desorientado, a Luis María le costaba encontrarse en ese marasmo en el que parecía imposible de encontrar el sendero del espíritu. Las líneas vehementes de la Súplica Ardiente que compondrá y, reportamos, parecen nacer aquí, frente al Loira, entre decenas de africanos y de americanos apenas desembarcados, en las callejuelas ciegas que ahogan a las iglesias; parece subir de entre las cajas superpuestas, los barriles de vino, los sacos de azúcar, acompasada al paso de los militares...

 

«Mira, Señor, Dios de los ejércitos: los capitanes que forman compañías completas, los potentados que organizan ejércitos numerosos, los navegantes que equipan flotas enteras, los mercaderes que se congregan en gran número en ferias y mercados. ¡Cuántos ladrones, impíos, borrachos y libertinos se reúnen en tropel contra ti todos los días, con tanta facilidad y presteza!

Un silbido, un redoble de tambor, una espada embotada que muestren, una rama seca de laurel que prometan, un trozo de tierra roja o blanca que ofrezcan... en tres frases: un humo de honra, un interés de nada, un miserable placer de bestias que salte a la vista, en momentos aglomera ladrones, agrupa soldados, junta batallones, congrega mercaderes, colma casas y mercados y cubre tierras y mares de muchedumbres innumerables de réprobos. Quienes, aunque divididos entre sí por las distancias geográficas, las diferencias de temperamento o el propio interés, se unen, no obstante, hasta la muerte para hacerte la guerra bajo el estandarte y dirección de demonio...» (SA, 27).

 

La llamada a Dios nace así bajo las bóvedas desiertas de las iglesias de Nantes, en los silencios increíbles de los templos y más allá del vocerío del mercado.

 

«Y por ti, Dios soberano, –aunque en servirte hay tanta gloria, dulzura y provecho–, ¿casi nadie tomará tu partido...» (Ib. 28).

 

Desgraciadamente la Comunidad de San Clemente reflejaba esa ausencia de celo apostólico, ese desorden moral y espiritual, todo ese agitarse de la vida en el bullir de la verdad y la justicia. Mayor desorientación le llegaba del hecho de sentirse temerosamente solo e inutilizado, porque Lévêque y Coupperie des Jonchères lo estimaban, lo apreciaban pero no lo animaban al trabajo. A la carta –perdida– escrita a Leschassier inmediatamente después de la llegada a Nantes, había seguido una respuesta que buscaba darle confianza y esperanza: «Padre. Estoy muy contento por el éxito de su viaje y los consuelos recibidos en Fontevrault le auguro tener otros tantos en Nantes. Hay todos los motivos para esperarlos. En efecto, cuando sólo buscamos la voluntad de Dios y nos dejamos conducir por su Providencia y el amor maternal de la Virgen santísima, todo contribuye a darnos esa paz que el Espíritu del Señor hace gustar incluso en medio de las tribulaciones. Me encomiendo a sus oraciones y cordialmente soy

suyo Leschassier»

(2 de noviembre de 1700 – ASV, 1551).

 

También Lévêque advirtió el disgusto del joven y, preocupado de que se descorazonase desde el principio, había escrito a Leschassier para que sostuviera a su pupilo. Y éste la había respondido: «...pido a Dios que el fervor del P. Grignion no se enfríe» (21 de noviembre de 1700 – Ib.).

 

Y era oportuno orar, porque en cincuenta días, Luis María después de haber estudiado a los Cohermanos que pereceaban con él en la casa y la dolorosa desorganización que involucraba a todos, escribía a Leschassier una carta que hay que presentar en su totalidad.

 

«Al P. Leschassier Superior del Seminario de San Sulpicio

París

De Nantes, el 6 de diciembre de 1700

Padre:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

No puedo expresarle la alegría interior que me ha causado su carta, aunque breve. Constituye ella una señal de la unión de caridad establecida por Dios entre Ud. y su servidor, aunque indigno, y que Él desea continúe. Por esta razón, voy a darle cuenta, en pocas palabras, de mi estado actual.

No he encontrado aquí lo que esperaba, aquello por lo cual he dejado, como a pesar mío, una casa tan santa como lo es el seminario de San Sulpicio.

Anhelaba, igual que Ud., prepararme para las misiones, y sobre todo dar el catecismo a las gentes sencillas, que es lo que más me atrae. Pero no puedo hacer nada de esto. Ni sé siquiera si podré lograrlo algún día, pues el personal que hay aquí es escaso y falto de experiencia, excepto el señor Lévêque, el cual –a causa de la avanzada edad– no se halla en condiciones de dar misiones. Y si su fervor, que es grande, le llevase a ello, el señor Des Jonchères –como me manifestó– se lo impediría.

No hay aquí ni siquiera la mitad del orden y observancia del reglamento que reinan en San Sulpicio. Y creo que, mientras las cosas sigan como están, no podrá ser de otro modo. En efecto, hay que tener presente que viven aquí cuatro –por no decir cinco– categorías de personas, cuyos objetivos y aspiraciones son del todo diferentes.

1º hay cinco personas de la casa, de las cuales dos son incapaces para todo:

2º hay párrocos, vicarios, simples sacerdotes o seglares, que vienen de tiempo en tiempo a hacer retiros;

3º hay sacerdotes y canónigos, que vienen a pasar sus días en paz;

4º hay algunos sacerdotes, pero la mayoría son personas que estudian teología y filosofía, y en su mayoría visten traje seglar o hábito corto; de tal suerte que estas personas tienen casi todas reglamentos diferentes que se trazan a sí mismas y tomando de la regla común lo que mejor les parece.

Confieso que no es culpa del señor Lévêque el que no se observe la regla. Él hace lo que puede, no lo que quiere. Esto especialmente en relación a algunas personas de casa a quienes no agradan mucho sus modales, aunque sencillos y muy santos.

Siendo ello así, me siento, desde mi llegada, como perplejo entre dos sentimientos al parecer opuestos. Por una parte, experimento una inclinación secreta al retiro y a la vida escondida, para aniquilar y combatir mi naturaleza corrompida, deseosa de manifestarse. Por otra, siento grandes anhelos de hacer amar a Nuestro Señor y a su santísima Madre, de correr en forma pobre y sencilla a dar el catecismo a los pobres del campo y de excitar a los pecadores a la devoción a la Santísima Virgen. Es lo que hacia un piadoso sacerdote muerto aquí hace poco en olor de santidad iba de parroquia en parroquia enseñando el catecismo a la gente del campo a expensas de la Providencia.

¿Padre carísimo, no soy digno –es verdad– de empleo tan honorífico: pero, ante las necesidades de la Iglesia, no puedo menos de pedir continuamente con gemidos una pequeña y pobre compañía de sacerdotes ejemplares que desempeñen ese ministerio bajo el estandarte y protección de la Santísima Virgen. Trato, sin embargo –aunque con dificultad–, de calmar estos anhelos, por buenos y continuos que sean, mediante el olvido absoluto de todo lo mío en brazos de la divina Providencia y una perfecta obediencia, sometiéndome a los consejos de Ud., que consideraré siempre como órdenes. Al igual que cuando estaba en París, me asaltan deseos de unirme al señor Leuduger, maestro de teología de Saint-Brieuc, excelente misionero y hombre de mucha experiencia o de trasladarme a Rennes y retirarme al Hospital General al lado de un sacerdote ejemplar, conocido mío, a fin de dedicarme a obras de caridad entre los pobres.

Pero rechazo todos estos anhelos sometiéndolos al querer divino –mientras espero los consejos de Ud.–, sea que me ordene permanecer aquí, aunque no siento inclinación alguna a ello, sea que me envíe a otra parte.

En la paz de Nuestro Señor y de su santísima Madre, me atrevo a suscribirme totalmente sumiso a sus órdenes. Me tomo la libertad de saludar al señor Brenier, a quien expongo, si Ud. lo cree oportuno todo esto. Grignion, sacerdote e indigno esclavo de Jesús en María» (Carta 5; BAC,73-75).

 

Lo amargo de la inactividad.

Es en síntesis cuanto saborea el corazón de Luis María desde hace dos meses. De la carta no se desprende todavía la desilusión experimentada a pesar de las promesas que le habían hecho en París y no se queja al "padre carísimo" del consejo recibido. Pero el recuerdo de San Sulpicio regresa más vivo que nunca con un llamado-invitación a la soledad, vocación contra la cual se había pronunciado hacía tiempo el mismo Leschassier.

La respuesta del sulpiciano no quiere trastornar muy pronto al joven de la Comunidad de Nantes. Pero no logra esconder la contrariedad que experimenta ante la constatación de la real situación a la que ni Lévêque ni Grignion podían ya poner remedio.

 

«Padre.

Aunque en la Comunidad de San Clemente no encuentre Ud. cuanto deseaba, ¿quiere abandonarla tan pronto? El P. Lévêque piensa en una misión después de Epifanía.

Es bueno pedir al Señor que haga amar a su Madre. No puedo decirle nada sobre el P. Leuduger porque no tengo la gracia de conocerlo. Sin embargo, no quiero impedirle que aproveche de los frutos que podría hallar en su grupo. Entréguese al Señor y pídale que le haga conocer su voluntad; ore por mí, y crea que en su corazón

soy, todo suyo Leschassier»

(ASV, Ib.).

 

Es una respuesta evasiva, pero suficientemente concreta: Leschassier no ha perdido el tiempo esperando lo acontecimientos, por el contrario ha escrito a Lévêque para lograr mayor claridad. Lévêque, al responderle, pide a Leschassier que apoye la petición que piensa hacerle a Luis Grignion de que se someta a los exámenes para oír confesiones; y de París llega el pleno acuerdo (31 de diciembre de 1700 –ASV, Ib.).

La promesa de enviarlo a predicar una misión podía ser repliegue temporal del venerable y santo anciano y un aferrarse, un tanto tardíamente, a la cuestión de los exámenes confirma esta ilación. Casi agotado por no haberle cumplido la promesa de predicación, Leschassier escribirá a Lévêque que a pesar de todo: lo ha exhortado a no separarse de él (22 de enero de 1701, ASV, Ib.), aunque en el corazón esté orientándose hacia lo contrario. Si todavía no se lo ha dicho a Grignion, el motivo debe encontrarse en el respeto que se debía al anciano misionero ahora incapaz e imposibilitado de organizar misiones y trabajo apostólico. Lo encontramos en una carta de Leschassier llegada a Nantes junto con otra del amigo Blain –desafortunadamente perdida– el 7 de marzo de 1701:

«Padre. Adjunto (ésta) a la carta que le ha escrito el P. Blain: después de haberlo reflexionado mucho no creo que deba abandonar la Comunidad de San Clemente este año, a menos que el P. Lévêque mismo se vaya también. Cuando él salga a algún viaje, sólo entonces podrá salir también Ud., si lo cree oportuno.

Me encomiendo a las intenciones de sus santos sacrificios, y de corazón soy

todo suyo, Leschassier»

(ASV, Ib.).

 

Luis María hubiera tenido que dedicarse solo al apostolado y esto contradecía las indicaciones de París y las costumbres de la misma casa de Nantes. Sin guía y sin apoyo, la solución no podía menos de dejar preocupaciones y ansiedades. Tanto más cuanto que aun no había sido examinado para la autorización de oír confesiones; y quizás la atmósfera jansenista de la mayor parte de los sacerdotes de la casa le estaba jugando un chiste amargo también al incorruptible Grignion: él mismo siente mucha inquietud para aventurarse solo... «porque para tarea tan difícil y peligrosa se necesita una misión especial», escribirá el 4 de mayo siguiente.

 

Entre tanto pasan los meses, no se mantienen las promesas y aumentan las dudas del pobre joven. El crudo invierno obliga a Lévêque a cuidar la salud de Luis María con paternal atención, por lo cual Leschassier le da las gracias.

Pero se requería mucho más que eso para caldearle el corazón.

Es el pensamiento que en ese momento domina su espíritu y que encontramos en la carta de febrero a su hermana Guyonne-Jeanne (Luisa) que le había informado de su voluntad de hacerse religiosa en el Instituto de las Hijas de la Providencia, es decir, en aquel donde se hospeda en París.

 

«Querida hermana en Jesucristo:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Aunque estoy corporalmente lejos de ti, no lo estoy de corazón. Porque el tuyo no está lejos de Jesucristo y de su santísima Madre y eres hija de la divina Providencia, cuyo hijo aunque indigno soy también yo.

Debieran llamarte, más bien, novicia de la divina Providencia, porque apenas ahora comienzas a practicar la confianza y el abandono que ella pide de ti. Y no serás recibida como profesa e hija de la Providencia sino cuando tu abandono sea general y perfecto, y tu inmolación, total.

Dios te quiere, hermana mía, Dios te quiere apartada de cuanto no es Él y, quizás, abandonada efectivamente de toda criatura. Pero consuélate, alégrate, sierva y esposa de Jesucristo, si te asemejas a tu Maestro y Esposo! ¡Jesús es pobre! ¡Jesús está abandonado! ¡Jesús es despreciado y rechazado como la basura del mundo!

¡Feliz! Sí: ¡mil veces, feliz Luisa Grignion, si tiene espíritu de pobre, si es abandonada, despreciada, rechazada como la basura de la casa de San José! Entonces sí que será verdaderamente la servidora y esposa de Jesucristo y será profesa de la divina Providencia, aunque no lo sea de la Congregación.

Hermana querida, Dios quiere que vivas al día... Como el pájaro en la rama, sin preocuparte por el mañana. Duerme en paz en el seno de la divina Providencia y de la Santísima Virgen, buscando solamente amar y agradar a Dios. Porque es una verdad infalible y un axioma eterno, tan cierto como la existencia de un solo Dios –plegue a Dios que yo pueda escribirlo en tu espíritu y en tu corazón con caracteres indelebles!–. "Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura". Si pones en práctica la primera parte de esta sentencia, Dios, que es infinitamente fiel, realizará la segunda. Es decir, que, si tú sirves a Dios y a su santísima Madre con fidelidad, no te faltará nada en este mundo ni en el otro. Ni siquiera un hermano sacerdote, que ha sido, es y será todo tuyo en sus sacrificios a fin de que seas toda de Jesús en los tuyos.

Saludo a tu buen ángel custodio».                                                                             (sin firma)

(Carta 7; BAC, 78-79).

 

¿Era novicio o profeso en la religión de la plena confianza en Dios quien escribía esta carta? Lo podríamos juzgar por la aceptación siempre más pronta por parte del Señor, del sacrificio continuo de la voluntad y de las aspiraciones, de la vida y de la misión.

En marzo, decíamos, Leschassier dejaba entreabierta la puerta.

La mano de Dios la abrió de par en par con uno de esos gestos sencillos de su ordinaria misericordia.

 

 

 

Capítulo octavo

LOS POBRES BUSCAN A UN SACERDOTE

 

 

Una afortunada documentación de los acontecimientos de este período está constituida por una serie de cartas intercambiadas entre el P. Leschassier y Luis María. Nos bastará anotar fielmente los pormenores con información oportuna para encuadrar los acontecimientos con los que el Señor llevaba de la mano a su misionero.

 

«Al P. Leschassier

Superior del Seminario de San Sulpicio de París.

De Nantes, el 4 de mayo de 1701.

Señor y Padre carísimo en Jesucristo:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

El señor obispo de Poitiers me ordena escribir a Ud. lo que sigue.

El cuarto domingo de abril recibí una carta de mi hermana de Fontevrault, escrita por orden de la señora de Montespán. En ella me pedía que me trasladara sin tardanza a Fontevrault para asistir a la toma de hábito, que tendría lugar el martes siguiente. Salí ese mismo día a pie. Llegué a Fontevrault el miércoles por la mañana, día siguiente de la toma de hábito de mi hermana...» (Carta 6; BAC, 75-78).

 

La historia de la abadía de Fontevrault está vinculada a la historia de seis naciones y de las respectivas casas reinantes: Francia, Austria, Bélgica, Inglaterra, España e Italia. La celebérrima fundación de Roberto d'Arbrissel constituida por dos grupos de religiosos, uno masculino y femenino el otro, bajo la dirección de una abadesa, se había conservado en todo el esplendor y la seriedad del año 1100, gracias, entre otras cosas, a las férreas abadesas que la habían dirigido admirablemente.

En 1701, cuando Luis María llega allí por segunda vez en pocos meses, la orden de los Pobres de Cristo (Pauperes Christi) estaba gobernada por aquella que los historiadores definieron como la Reina de las abadesas, Gabriela de Rochechouart-Mortemart, hermana de Madame de Montespán. Hecha monja un tanto contra su voluntad, su vida religiosa fue, en cambio, digna de la mejor vocación. Ante todo, era muy instruida: hablaba correctamente el italiano, el latín, el español: disertaba sobre la Sagrada Escritura y los Padres de la Iglesia, mucho mejor que los imponentes abades de París, conocía las lenguas antiguas. Gracias a su comportamiento en la corte en los múltiples viajes que tuvo que hacer a ella, incluso San Simón, critico sin tapujos, tuvo que inclinarse ante la figura moral de la abadesa, afirmando categóricamente que nada pudo manchar jamás su reputación. Por su seriedad, agudeza de mente y sobre todo por la convicción de su propio estado, supo dulcificar la vida del claustro a monjes y monjas que dependían de ella, aunque insistiendo sobre la severa observancia. Una de las críticas más injustas hechas a Gabriela de Mortemart es la de haber amado demasiado a su hermana Athenais de Montespán. Pero las lágrimas abundantes, la continua insistencia para llamarla al testimonio de la recta conciencia, las frecuentes estadías en la corte con esta intención, son suficientes para librarla de toda acusación. Fracasó cuando quiso arrancar a los amantes de Estado de su abyección, donde habían fallado otros mucho más aguerridos que ella como Bossuet, Massillon, Bourdaloue, Le Tellier, Fléchier, Mascarón... Pero cuando hubo que pensar en la educación de los hijos de su persona (como llamaba al padre-rey), y sobre todo, cuando tuvo que ofrecer refugio a la desventurada madre, caída en desgracia, Gabriela abrió el corazón y la puerta: confió los nietos a las mejores hermanas de la orden y dispuso algunos cuartos para la célebre penitente.

Al monasterio, en el camino a Saumur, arribó la Montespán, fantasma de sí misma deshecha en el cuerpo y en el espíritu. Como Enrique Plantagéneta, había pensado en el Loira y sus riberas, cuando París sólo podía ofrecer estériles y tristes recuerdos y remordimientos. En aquel refugio, a lado de un Hospital fundado por ella cerca a Nuestra Señora de La Liesse, organizó los mil recursos de la caridad con la cual rescató la propia paz: siempre serena, siempre acogedora, recibía a los miserables del cuerpo y del alma a los desheredados, a los derrotados de la vida y para todos tenía palabras y alimentos.

Por estos motivos y por el conocimiento anteriormente hecho, invitaron a Luis María a Fontevrault por orden de Madame de Montespán.

Partió el 24 de abril, inmediatamente después de la lectura del mensaje. Pero no pudo asistir a la solemne toma de hábito, que tuvo lugar en la basílica ya consagrada por Calixto II. Tuvo sí la alegría de hablar con su hermana, ahora sor Isabel, y anticiparle los consejos que dará más tarde a Guyonne-Jeanne (Luisa) cuando ésta se haga benedictina en Rambervilliers. Tuvo, además, otro encuentro que decidió de su porvenir.

 

«Durante los dos días que permanecí en Fontevrault tuve el honor de entrevistarme privadamente varias veces con la señora de Montespán. Me interrogó sobre muchas cosas, y en particular sobre mi persona. Me preguntó acerca de mis planes para el futuro. Contesté a esta pregunta manifestándole, ingenuamente, la inclinación –que Ud., Padre, conoce– de trabajar para el bien de mis hermanos los pobres. Me respondió que veía con mucho agrado este propósito mío. Tanto más cuanto que conocía por experiencia cuán descuidada estaba la instrucción familiar de los pobres y que me haría asignar –si yo la aceptaba– una canonjía que dependía de ella.

Se lo agradecí pronta y humildemente rechazándolo, alegando que no quería cambiar jamas a la divina Providencia por una canonjía o una prebenda. Ante esta negativa, aconsejóme que fuera, al menos, a hablar con el señor obispo de Poitiers para hacerle conocer mis intenciones.

Aunque experimentaba cierta repugnancia a satisfacer este deseo de la señora de Montespán, ya a causa de las 28 leguas que tenía que recorrer todavía, ya por muchas otras razones..., la obedecí, sin embargo, ciegamente para cumplir la santa voluntad de Dios, que era lo único que me preocupaba...» (Ib.).

 

Sería interesante descubrir las "muchas otras razones" que le desaconsejaban viajar a Poitiers; pero Leschassier debió adivinarlas, dibujando una amplia sonrisa ante la condescendencia del rudo bretón respecto a una dama...

 

«Llegué a Poitiers la víspera de los Santos Felipe y Santiago. Pero me vi obligado a esperar cuatro días el regreso del señor obispo, que se hallaba en Niort» (Ib.)

 

Aquel "ciegamente" significaba entonces prontamente. El camino, recto y bastante fácil, constaba no obstante de unos 90 kilómetros... y ¡el haberlo recorrido todo en día y medio, a pie, nos ayuda a entender que aquel muchachote de 28 años estaba bien provisto de energía y resistencia! Monseñor Girard De la Bournat se hallaba probablemente en visita pastoral. Luis María creyó oportuno ocupar los días de espera en algo bueno: mucha oración y el ejercicio de la caridad con los pobres enclaustrados en el Hospital de mendicidad.

 

«Durante ellos hice un corto retiro en una modesta habitación donde me sentía encerrado en medio de una gran ciudad, en la cual no conocía a nadie según la carne. Ocurrióseme, no obstante, ir al Hospital a servir a los pobres en lo material, ya que no podía en lo espiritual. Entré a orar en su iglesita. Pasé casi cuatro horas allí esperando la cena para servirles. Y me parecieron demasiado cortas. A algunos pobres, en cambio, les parecieron demasiado largas. Al verme arrodillado y con vestidos semejantes a los suyos, fueron a decírselo a los demás, y se animaron unos a otros para hacer una colecta a fin de darme limosna. Unos daban más, otros menos; los más pobres, un octavo; los más ricos, un cuarto.

Todo esto ocurrió sin que yo lo supiera. Salí, finalmente, de la iglesia para preguntar a qué hora comían y pedir el permiso necesario para servir a los pobres a la mesa. Quedé desilusionado, por una parte, al enterarme de que no comían en comunidad, y sorprendido, por otra, al saber que querían darme limosna y que habían dado orden al portero de no dejarme salir.

Bendije mil veces a Dios por haber pasado por pobre y llevar las gloriosas libreas de tal. Y agradecí a mis hermanos y hermanas su buen corazón.

Después de esto se han encariñado tanto conmigo, que todos andan diciendo públicamente que tengo que ser su sacerdote, es decir, su director. Pues no hay uno fijo en el Hospital hace ya tiempo; ¡tan pobre y abandonado está!...».

 

Como tantas otras ciudades francesas del siglo XVII, Poitiers no había esperado al decreto real, sino que había organizado sus capellanías y sus dominicales en favor de los mendicantes. Capítulos eclesiásticos, monasterios y personas privadas destinaban muchas de sus ganancias a la asistencia pública: las Hospitalarias de San Agustín para las mujeres; los Hermanos de San Juan de Dios, para los hombres; los Hôtels-Dieu, para todos, incluso los militares. Pero la carestía cada vez más aguda, las guerras políticas, las de religión, el urbanismo y la consiguiente desocupación, el hambre, la miseria absoluta habían empeorado y el vagabundeo agravaba el desorden moral y social: todo remedio resultaba inadecuado. Con la apertura de la Salpêtrière, París había dado comienzo a una forma organizada de albergues obligatorios. Y después de París y Lyón, le tocó el turno a París. El edicto regio de 1662 estaba precedido allí del edicto municipal de 1657 que creaba un Hospital general extrayéndolo del antiguo lazareto de los campos; pero las limitaciones logística y económica habían impuesto medidas más rígidas, ya que no se podía recoger a trescientos pobres donde sólo se disponía de 150 lechos. Finalmente en 1689, el municipio recogió los fondos para la construcción de un edificio capaz que, sin pretensiones arquitectónicas ni artísticas, podía albergar al menos a los pobres con decoro y limpieza. Toda la ciudadanía se empeñó en apoyarlo económicamente contribuyendo con oportunas colectas.

Las Mémoires conservadas en los archivos de la ciudad y atribuidas a Luis María enumeran las categorías que tenían derecho y obligación del albergue: «No se recibirán maridos, sin las esposas, ni niños menores de siete años sin sus padres; ni extranjeros que lleven menos de tres años de residir en la ciudad a sus suburbios; las mujeres abandonadas por sus esposos podrán ser recibidas, si el abandono dura al menos seis meses y hasta cuando el esposo las vuelva a recoger; pero no se aceptará a enfermos afectados de úlceras ni otras enfermedades infecciosas (...)» (Arch de la Vienne, II– E/l).

 

El enclaustramiento era prácticamente obligatorio: pero para mantener a los pobres en el Hospital y darles la posibilidad de ganar algún dinero, se crearon en el interior laboratorios, canteras, pequeñas oficinas artesanales y manufactureras. Un concienzudo reglamento de 1696 establecía las tareas de las asistentes, de los directores y de los enclaustrados, dejando percibir claramente la voluntad de edificar un instituto dotado de todas las garantías morales indispensables.

Ese reglamento, que rehacía el primitivo de 1675, reconocía al obispo la calidad de Presidente nato y subordinaba a él un Consejo de diecinueve personas civiles y eclesiásticas. En cambio, la dirección interna quedaba confiada a una Directora llamada también "superiora, a un ecónomo de quien dependían las manufacturas, llamado también él "superior", y a las jefes de sala de mujeres y los jefes de sala de hombres: cada uno de éstos, en los dos grupos, tenía bajo su dirección un número no precisado y variable de servidores o enfermeras o gobernantes. Por último, cuando lo había, un "capellán" para la parte espiritual y un portero.

Pero... los reglamentos, las deliberaciones, las ordenanzas quedaban muy a menudo abandonadas al papel. La indisciplina entraba rápida y subversiva, favorecida por la pereza y la inconsciencia de alguna enfermera a quien ni siquiera la severidad de la vigilancia de la Directora podía poner un dique. El Consejo administrativo, con la deliberación del 11 de marzo de 1701, había resuelto corregir la situación invitando a las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Aunque éstas tuvieron que rechazar la oferta por falta de personal, la decisión da a conocer la gravedad del momento. Ya sólo Dios podía ayudarles. Y contaban con él.

E hicieron bien, porque, teniendo también Luis María contacto únicamente con el Señor y necesitándolo Dios para responder a la confianza del Hospital, se pudo poner mano a una obra con los medios más adecuados y en las condiciones más oportunas.

El encuentro de Grignion con el Hospital tuvo lugar en la iglesia. En la capilla del refugio: delante de Dios, de todos modos. Podemos imaginar la oración de Luis María: su encuentro con Madame de Montespán le había proyectado dos soluciones para que se dedicara a los pobres: una canonjía que le proveería de tiempo y medios para enseñar el catecismo a los pobres; o ponerse a disposición de un obispo que buscaba un capellán para un hospital. Evidentemente, Madame estaba al corriente de las necesidades en que se encontraba el antiguo preceptor de sus hijos y al aconsejarle el viaje a Poitiers trataba de hacerse útil a dos personas al mismo tiempo. Luis María había rechazado el beneficio eclesiástico y había optado por bajar a Poitiers en busca del obispo... Es, pues, lógico, que la oración de aquellas cuatro horas fuera una súplica para ponerse a disposición de la Providencia.

La respuesta estaba allí: en el fondo de la iglesia viva tremendamente real, en el pobre que lo miraba orar.

También el retiro de tres o cuatro días asume un aspecto preciso, de orientación. Mediación y confiada espera... Eran buenos, los pobres, capaces de recoger una ofrenda para él; los 500 pesos de los más ricos o los 50 de los más miserables eran el testimonio de ello. Y, además, necesitaban tan poco... Y ese poco, Luis María estaba pronto a darlo con todo el corazón: una cálida ternura, una palabra amable, una oportuna invitación a la fortaleza sin pretensiones, sin compensaciones. Admirado y reconfortado por haber sido tomado también por pobre, se habrá sentido feliz por ese encuentro. El momento era muy importante para no sentir la necesidad de recogerse en oración y en silencio: podía ser el giro decisivo. No podía decidir, ciertamente; pero podía pedir a los superiores que decidieron por él.

 

«Cuando regresó el señor obispo, fui a visitarlo. Le comuniqué en pocas palabras cuanto la señora de Montespán me había ordenado. Me escuchó y dio las gracias bastante secamente. ¡Era lo que yo quería!» (Ib.).

 

Es decir, monseñor Girard lo despidió. No era la primera vez que Luis María se encontraba con Girard: se habían hablado cuando se trataba de organizar a sus hermanas y, como referimos ya, había sido el mismo Girard quien le había abierto la puerta de la gran Penitente. Ahora ese seco obispo no daba tanta importancia al pomposo nombre de la marquesa y ciertamente no por olvido: siendo muy experto y prudente, no podía aceptar a ojos cerrados a cualquiera que se presentara aunque llevara una recomendación de la gran señora... Tanto más cuanto que las actitudes de aquel sacerdote bretón eran bastante extrañas... ¡De todos modos, a Grignion le resultó simpático, sin duda alguna!

La audiencia debió tener lugar en la mañana del 4 de mayo, víspera de la Ascensión. Una vez despedido, Luis María se preparó para partir. A nosotros nos queda una pequeña y esfumada sonrisa al releer aquellas palabras: ¡Era lo que yo más quería! En el fondo ni el mismo Luis María creía en el poder de la recomendación, por importante que fuera.

 

«Mas, por su parte, el superior y la superiora de los pobres presentaron, en nombre de todos, una solicitud al señor De la Bournat, hermano del señor obispo, la cual les causó tal impresión, que el señor obispo, en una segunda audiencia que me concedió, me habló más serenamente, y me pidió escribir a Ud. todo esto antes de mi partida para Nantes, a fin de que Ud. pueda juzgar acerca de lo que debo hacer...» (Ib.).

 

Algunos más habían esperado, pues, el regreso del obispo, a saber, la Directora y el Ecónomo del Hospital, quienes habían preparado una exposición con las sugerencias de los pobres para someterla al Presidente del Consejo de Administración: una proposición concreta para la solución del problema interno del Instituto. La exposición, confrontada naturalmente con el relato conmovido de los mismos pobres, causó mucha impresión en los dos hermanos de la Bournat. El sacerdote, llevándolo al hermano obispo, lo habrá apoyado con el valor de la propia turbación. Además, mons. Girard no era un tonto: comprendió que era necesario volver a hablar un tanto más ampliamente con ese extraño sacerdote que le había llevado el saludo de la Montespán y que él había despedido a la carrera. Por ello hace buscar a Luis María, lo hace hablar de sí, de sus ocupaciones y de sus aspiraciones. Y cuando en el diálogo sonó el conocido nombre del Superior general de San Sulpicio, el inteligente obispo comprende que tiene la posibilidad de obtener mejor información antes de hablar de él en el Consejo. Para que la opción del joven quedara bendecida por la obediencia ordena (o ¿sugiere?) que le haga un minucioso relato de los acontecimientos a Leschassier, reservándose él escribir directamente al sulpiciano, como hará dos días después...

 

«Padre carísimo, le confieso en verdad que me siento muy atraído a trabajar por la salvación de los pobres en general. Pero no tanto a instalarme ni encerrarme en un hospital. Me coloco, sin embargo, en absoluta indiferencia. No deseo otra cosa que hacer la voluntad de Dios. Si Ud. lo juzga oportuno, sacrificaré gustoso mi tiempo, mi salud y hasta mi vida en provecho de los pobres de este abandonado Hospital.

Salgo mañana, día de la Ascensión, para Nantes. Pero no me apartaré nunca –así lo espero– de su dirección y amistad en Jesucristo y su santísima Madre, en quienes le quedo totalmente sumiso.

Grignion, sacerdote y esclavo

indigno de Jesús en María».

 

«Permítame saludar a los PP. Brenier, Lefèvre, Repars y a todo el seminario. Muchas veces me han rogado con bastante insistencia le pida permiso a fin de hacerme aprobar para oír confesiones; pero hasta ahora no he querido hacerlo, porque para tarea tan difícil y peligrosa se necesita una misión especial» (Ib.).

 

Expuesta al P. Leschassier también esta pequeña incertidumbre sobre el tener que "encerrarse", quizás influenciado por la reciente experiencia de Nantes, Luis María se pone en camino. La senda del regreso es ahora más corta, pues ya no pasa por Fontevrault. Los ciento veinte kilómetros son rápidamente pulverizados con comodidad, de todos modos, siempre a pie.

 

Entre tanto, monseñor Antonio Girard de la Bournat, el 6 de mayo, escribe a Leschassier: «...sus modos de actuar (de Montfort) me han parecido extraordinarios... Le pido me dé a conocer su pensamiento y si lo considera a la altura de dirigir e instruir un hospital general o realizar cualquier otra función del sagrado ministerio entre nosotros...» (ASV, 1551).

 

La respuesta despachada por Leschassier pocos días después, el 13 de mayo, ha creado una equivocada valoración en la mayoría de los biógrafos. La presentamos en su totalidad, dejando que el lector juzgue de la sobriedad y prudencia del director de París. Hay que leerla atentamente, sin detenernos en la apariencia de ciertas expresiones, sino buscando apreciar el perfil completo de Grignion, hecho de oficio en una respuesta comprometedora.

 

«Monseñor.

Desde hace varios años conozco a Grignion. El mismo me ha hecho saber la orden recibida de su Excelencia de escribirme sobre cuanto le sucedió en Poitiers.

Es (nativo) de la diócesis de San Maló, de familia burguesa, numerosa pero poco acomodada. Desde su juventud ha vivido abandonado a la Providencia a pesar de contar con padre y madre; permaneció unos diez años en París, pero no recibió ayuda alguna de los suyos.

Dios lo ha prevenido siempre con múltiples gracias y él ha respondido a ellas con fidelidad. De hecho, a mí y a otros que lo han examinado de cerca, nos ha parecido perseverante en el amor y en la práctica de la oración, de la mortificación, de la pobreza y de la obediencia. Posee mucho celo para socorrer a los pobres y enseñarles. Es industrioso para encabezar muchas cosas.

Dado que su exterior tiene algo singular, dado que sus formas de actuar no son del gusto de mucha gente, dado que tiene una idea elevada de la perfección, mucho celo pero poca experiencia, no sé si será apto para el Hospital donde lo piden.

Él no me ha dicho qué tarea es la que le quieren confiar en esa casa, ni si hay administradores; en una palabra, no me ha brindado pormenores. Por esto, Monseñor, me limito a exponer cuanto sé sobre sus capacidades, dejando a su juicio la decisión a propósito. Ud. posee en todo, sobre todo en lo referente a la manera de gobernar su diócesis, las luces claras y amplias que yo no puedo poseer. Cuanto decida respecto de este joven sacerdote, será indudablemente conforme al espíritu de Dios y para mayor gloria suya.

De mi parte, Monseñor, no puedo expresarle cuán edificado me hallo del gran bien que hace en la inmensa diócesis que el Señor le ha confiado. El perfume de sus virtudes llega hasta nosotros y, a menudo se habla de la edificación que Ud. brinda a todos, incluso a los más testarudos entre los nuevos reunidos (en la fe).

Pido a Dios le conserve por largo tiempo la plena salud necesaria para trabajo tan grande.

Con profundo respeto.

Leschassier»

(ASV, 1551).

 

Se advertirá fácilmente de cuanta lealtad y prudencia hace gala el anciano director: no esconde los defectos de Grignion añadiendo qué defectos son o parecen, dado que se originan en la coherencia de los principios de perfección y celo apostólico y en la inevitable falta de experiencia. Confiesa que el verdadero mal de Grignion es el de apuntar sin medias tintas a lo mejor, a lo válido, por el deseo de vivir según Dios, a la Providencia, a la cual, desde la juventud, se ha abandonado por decisión propia y consciente. Hace constar que no fueron los padres quienes le abandonaron a la Providencia aunque no hayan podido ayudarlo en los años de París. Sobre esto parece que Leschassier ha sido suficientemente explícito. Le falta la experiencia: pero si esto es defecto, se corregirá con el tiempo.

Por otra parte, no quiere ni puede pronunciarse sobre la transferencia de Grignion, sea porque –pero no podía decírselo al obispo– se había comprometido a conservarlo durante un año al menos en casa de Lévêque, sea porque realmente tiene noticias insuficientes de orden práctico.

Remachará esta incertidumbre, el 18 de junio, respondiendo a una carta (perdida) del día 11 en la que Luis María pedía una decisión sobre el asunto de Poitiers y la necesidad de hacerle hacer los benditos exámenes para oír confesiones.

 

«Padre.

Si no me explica mejor los puntos acerca de los cuales espera una solución mía, no puedo responder a la suya del 11 próximo pasado. No me dice dónde está ubicada la canonjía que Madame de Montespán querría asignarle. No me dice nada de nada; si el capítulo es numeroso, si está cerca al hospital donde le requieren, con qué condiciones le admiten allí, quiénes son los administradores, si el señor obispo de Poitiers le quiere realmente emplear y porqué le ha dicho que me escriba sobre el asunto.

Por otra parte, querido amigo, me resulta muy difícil decidir aun cuando me haya dado todas estas informaciones: no me siento suficientemente iluminado para guiar a personas cuya conducta está fuera de lo normal. Sin embargo, le daré con sencillez mi parecer.

Respecto de la confesión no puedo menos de repetirle lo que ya le escribí en otra ocasión: haga examinar sus calidades por alguien que esté a la altura de juzgar.

Atención, cuando escriba, para que el pegante no impida la lectura de las palabras como ha sucedido en esta oportunidad»

(sin firma)

(ASV; 1551).

 

En esta carta se debe forzosamente advertir el sutil afán de librar a Grignion de toda la carga al insistir en preguntas que honestamente el joven sacerdote no podía explicar porque nadie se las había esclarecido nunca. De todos modos, Leschassier parece todavía dispuesto a darle cierta respuesta, cuando a esto –pero es idea nuestra– hubiera logrado satisfacer el santo hombre Lévêque.

Pero relacionando la respuesta dada al obispo y la afirmación con que define a Grignion como "fuera de lo normal", no queremos ver en ella ironía, sino una simple constatación. En su humildad y seriedad, Leschassier se considera realmente poco apto para seguir guiando a quien está llamado a cosas extraordinarias, fuera de lo común, fuera de lo normal. ¿Debemos forzosamente acusarlo de error...?

 

Alguien se preocupó realmente: fue Lévêque: Luis María estaba por alzar el vuelo y el proyecto de confiarle la heredad de San Clemente se esfumaba desesperadamente. Después de suplicarle a Leschassier que apoye su causa, en una carta de mayo –también perdida– de acuerdo con el vicerrector Coupperie des Jonchères, ensaya jugar una carta, que si hubiera sido lanzada antes habría, sin duda alguna, cambiado la balanza a su favor. Dado que Luis María no se ha decidido todavía a pasar a Poitiers, la juega como tabla de salvación: lo pone a trabajar. En aquella carta del 18 de junio, pues, Leschassier insistía para que hiciera los exámenes para las confesiones, cosa que absolutamente no debía diferir más. Pero cuando llega la recomendación, Luis María estaba ya –desde el 23–, en el ministerio en una pequeña parroquia perdida en el campo, a unos quince kilómetros de Nantes.

¡Es la primera predicación de su carrera sacerdotal!

No se trata de una misión porque está solo y porque las noticias que él mismo hace llegar a Leschassier en la carta del 5 de julio citan dos catequesis por día, tres sermones, quizás en los días de fiesta. Pero, finalmente, hace algo. Más aún, trabaja en el ministerio. Predica, confiesa, asiste a los moribundos, celebra dos funerales el 1  de julio, pero, sobre todo, está con la gente pobre, como sacerdote, como maestro, como padre. Es una experiencia exitosísima que lo exalta sin sacarlo de la humildad aprendida en la escuela sulpiciana.

 

«Al P. Leschassier, superior del seminario de San Sulpicio de París.

De Nantes el 5 de julio de 1701

Padre:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

La fidelidad con que debo manifestarle todo lo mío a fin de que pueda formarse un juicio decisivo sobre mí, me obliga a decirle que los PP. René Lévêque y des Jonchères me enviaron a una parroquia del campo bastante abandonada. Durante los diez días que pasé en ella, hice dos veces diarias el catecismo a los niños y di tres pláticas. Las bendiciones divinas y de la Santísima Virgen se hicieron sentir.

Por ello, los PP. des Jonchères y René Lévêque –que están al tanto del asunto de Poitiers– me han pedido que le escriba. Llegan incluso a ofrecerme la ayuda de su dinero y autoridad para enviarme a las parroquias más abandonadas de la diócesis a continuar lo felizmente iniciado en Grandchamps –así se llama la parroquia–, o más bien lo que la divina Providencia y la Santísima Virgen han realizado a pesar de mis limitaciones.

Padre mío, encuentro tantas riquezas en la divina Providencia y tanta fuerza en la Santísima Virgen, que bastan para enriquecer mi pobreza y sostener mi flaqueza. Sin estos dos apoyos, nada puedo.

Totalmente sometido a Ud. en Jesús y María

Grignion, sacerdote y esclavo indigno

de Jesús en María»

(Carta 8; BAC, 80-81).

 

Si esta predicación fue oxigeno para Grignion y motivo para que éste se decidiera a presentar los exámenes, constituyó un punto en favor de Lévêque. Este comprendió la importancia de mantener a un joven prometedor en un ministerio que le era tan connatural y, como hemos dicho, se puso de acuerdo con des Jonchères para financiar de su propio bolsillo ese apostolado. Leschassier, respondiendo a estricta vuelta de correo, el 9 de julio, no podía menos de aprobar esa forma de iniciación pastoral porque era la más normal: Luis María no había sido enviado a la derrota en cualquier ambiente de la ciudad, sino al campo, entre niños y campesinos donde no podía menos de agradar y entusiasmar.

 

«Padre.

Dado que los PP. Lévêque y des Jonchères están de acuerdo en considerar útil que Ud. vaya a las parroquias abandonadas, no veo en ello inconveniente alguno.

Mientras siga el parecer de las personas de experiencia y que se guían por las normas ordinarias, espero que el Señor bendiga sus fatigas.

Sígame haciendo partícipe de sus plegarias, y crea, Padre, que en el amor de Jesús y de María soy todo suyo.

Leschassier»

(ASV; Ib.).

 

Desde aquí comienzan a multiplicarse las tareas, sans relâche, sin parar. Durante tres meses puede correr en la forma más vagabunda de una parroquia a otra, siempre solo, siempre en el campo y siempre para pequeñas veredas como al principio.

Entre tanto el asunto de Poitiers está madurando.

Un nutrido intercambio de cartas –algunas desafortunadamente perdidas– prepara el traslado de Grignion al Hospital de los pobres de Poitiers. Lévêque, fortalecido con los exitosos resultados obtenidos por las predicaciones realizadas y las ya concertadas, ensaya in extremis una solución que le sea favorable: pero Luis María no la considera del todo convencida y menos aún convincente. Abandonada pues, la idea de agregarlo a la Comunidad de San Clemente y encargarlo un día de la dirección del clero residente en ella y no queriendo perderlo del todo, propone al joven dedicarse a la predicación a expensas del obispo de Nantes, conservando para él un cuarto en la Comunidad: se necesita siempre un pied-à-terre en la ciudad, donde refugiarse en los intervalos. Le ofrece gratuitamente un cuarto. Si pierde a Grignion como miembro de su comunidad, lo conservara al menos como pensionado, y si de una cosa nace otra, en el futuro podría todavía pensarlo mejor. Pero Luis María no se deja persuadir. Ante todo, no quiere vivir en esa jaula de locos; además, en la diócesis de Nantes no hay trabajo, o al menos no bastante para garantizarle una tarea continua, y, por último, ya existen en la diócesis demasiados operarios apostólicos... Pero escuchémoslo exponer la situación al mismo Leschassier en la carta del 16 de septiembre de 1701.

 

«Al P. Leschassier, superior del seminario de San Sulpicio de París.

de Le Pellerin, 16 de septiembre de 1701

Señor y muy amado Padre en Jesucristo:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Las insistentes y continuadas súplicas de los pobres del Hospital de Poitiers, unidas a los deseos del señor obispo de esa ciudad y de la señora de Montespán de quien mis hermanas dependen en mucho, me obligan a importunarle una vez mas y manifestarle, con sencillez y deshilvanadamente, mis sentimientos, quedando en absoluta indiferencia a todo, dentro de la obediencia.

Hace tres meses que trabajo sin descanso en diferentes parroquias, a las cuales me han enviado los PP. René Lévêque y des Jonchères. Ahora le estoy escribiendo precisamente desde Le Pellerin. Dios y la Santísima Virgen se han dignado servirse de mi ministerio para hacer en ellas algún bien. Aquí, como en todas partes, hay mucho bien que hacer. Pero hay también muchos obreros: dos casas de ejercicios para hombres, una para mujeres y tres –por no decir cuatro– equipos de misioneros. Como ya sabe, no siento ninguna inclinación hacia la comunidad de San Clemente. Sólo la obediencia me retiene en ella. El señor Lévêque lo sabe muy bien, porque me guío en todo por sus consejos después de los de Ud. él me ha dado a entender, que ya que el Señor no me llama a permanecer de continuo en la comunidad para trabajar en ella por el bien los eclesiásticos, debo buscar otro lugar adonde retirarme de tipo en tiempo, después de las cortas misiones que me prescriba la obediencia. Me ha dicho, sin embargo, que me reservará gustoso una pequeña habitación, aunque dudo que lo diga de corazón.

Entre tanto, después de los pobres de Poitiers, me ha escrito el señor obispo para que vaya a encerrarme en ese Hospital. Pero no me siento inclinado a una vida de encierro.

La diócesis de Poitiers tiene mayor necesidad de obreros que ésta. De ello soy testigo yo mismo, y ello me ha sorprendido. Pero no me llaman para el bien en general, sino para un sitio restringido. La esperanza de poder, con el tiempo, extender mi acción a la ciudad y al campo a fin de prestar servicio a muchos más, es lo único que me impulsa un tanto a ir al hospital. En el catecismo a los pobres de la ciudad y del campo me encuentro en mi elemento.

Estando aquí, la divina Providencia se ha servido de mí para conseguir colocación a una más de mis pobres hermanas y me ha permitido contraer vínculos de gracia con muchos pecadores como yo y con algunas personas espirituales.

Tal es el estado de las cosas y tales mis sentimientos. Pero la obediencia ciega a su querer es mi obra más importante y mi mayor deseo.

Carísimo Padre en Jesucristo, me atrevo a declararme sumiso a sus órdenes y soy todo suyo.

Grignion,

sacerdote y esclavo indigno de Jesús en María»

(Carta 9; BAC 81-83).

 

La insistencia de Poitiers se había vuelto constante: Madame de Montespán le había hecho llegar una invitación personal, los pobres le habían escrito por mano de uno de los administradores, el ecónomo Le Jousteux, quien asumirá el cargo de Tavennier en el noviembre siguiente. Ambas cartas se perdieron como todas las enviadas a Grignion sin copia. Por último, el 25 de agosto, había llegado la convocación oficial del obispo.

 

«Padre.

Nuestros pobres siguen buscándolo. El señor Le Jousteux le ha hecho saber mi propia voluntad; creo que incluso Madame de Montespán tuvo la bondad de hacerle escribir; y, finalmente, creo que debo decirle yo mismo que sus deseos unidos a cuanto el P. L'Eschassier (sic) se ha tomado el trabajo de responderme, me hacen pensar que Dios lo quiere cercano a ellos, si Monseñor, su obispo se digna concederle el permiso de venir acá.

Le ruego, pues, que se lo pida, aprovechar de él lo más pronto, si se lo otorga, acordarse de mí en sus oraciones y creerme, Padre, en Nuestro Señor Jesucristo, cuyo nombre sea por siempre bendito. todo suyo

Antonio

obispo de Poitiers»

(ASV; Ib.).

 

En el último momento, al menos así se transparenta en la carta a Leschassier, dos obstáculos parecen oponerse a la ejecución de ese traslado que mons. Girard de la Bournat no duda atribuir a la voluntad de Dios.

Luis María no tiene intención alguna de encerrarse sin más. Cualquiera que no conozca a Grignion podría extrañarse de que surja la duda precisamente cuando el obispo lo llama en forma oficial; pero nosotros que intuimos el espíritu misionero que se agita en el corazón del joven, descubrimos aquí una perfecta coherencia de comportamiento, la disponibilidad y la itinerancia exigían que el misionero no estuviera atado por el encierro de un instituto; no podía sentirse capellán. Y si no hubieran bastado aquellos diez meses de Nantes a hacerle temer la inacción, lo habrían impulsado a evitarla a todo costo las movidas semanas de apostolado. De hecho, el único motivo que le lleva a aceptar el Hospital es la espera de poder trabajar también fuera.

De la respuesta de Leschassier no llega la solución al angustioso interrogante.

 

«Padre.

Dado que el P. Lévêque lo libra de los compromisos de buena educación y gratitud que podían detenerlo en su comunidad, y dado que el señor obispo de Poitiers lo pide para el Hospital y dado que no puede responder no a la señora de Montespán que insiste con Ud., no veo inconveniente alguno en que dé satisfacción al deseo de los pobres (...)» (ASV, Ib.).

 

Desde el punto de vista de Leschassier, el hombre de la vida perfectamente codificada por las reglas de la normalidad, en la que entran la buena educación y la gratitud (¿por diez meses perdidos?), podemos entender como llegó a autorizar el traslado sobre esos fundamentos y no sobre el problema que angustiaba al joven sacerdote.

Podemos, incluso, subrayar la enojosa ironía contenida en la alusión a Madame de Montespán... y quizás esta actitud es propia del hombre que se hubiera sentido aun más feliz de encontrar en la carta del discípulo mayores expresiones de agradecimiento hacia el obispo que no hacia Madame...

El segundo obstáculo podía ser el de Lévêque. Una vez más, la última para él, el anciano, trata de andar en la punta de los pies. Por otra parte a los compromisos asumidos y programados había que responder cumpliéndolos. Pero Leschassier interviene resueltamente: «(...) A propósito de Grignion, no quiero arrogarme la responsabilidad de guiarlo. Ciertamente le he dicho que no se maneje por sí solo y si le muestra mis cartas, verá que siempre me he opuesto a su salida de su casa, hasta el día en que me comunicó cuanto Ud. mismo le había dicho: que tan pronto se diera cuenta de que no podía permanecer para siempre en su comunidad, era mejor que se retirara.

Esto es, Padre mío, lo que puedo decirle sobre este asunto» (ASV, ib.).

 

El pobre de Lévèque debió sentirse mal, al verse señalado en fin de cuentas como el único responsable de haber perdido a Grignion; pero ya no se podía hacer nada para remediarlo: tan pronto obtuvo el visto bueno del Obispo de Nantes, Luis María había partido para Poitiers.

 

 

 

Capítulo noveno

AMOR Y ODIO

 

 

Una etapa se imponía en el viaje de traslado: Saumur, el célebre santuario de Nuestra Señora des Ardilliers, donde Madame de Montespán esperaba la respuesta a una carta escrita algunas semanas antes.

Desde hacía algún tiempo, la gran penitente había pedido a los Padres oratorianos de Berulle, devotos del santuario, que le prestaran una hermosa casa llamada Jugueneau, para sus frecuentes estadas en las cercanías del monasterio de Fontevrault. A esa pequeña villa que miraba al Loira, limitando con el jardín de los religiosos, llevó Luis María la respuesta y el informe de los acontecimientos coronados con la aceptación definitiva del cargo de Poitiers. Quizás fue precisamente en esa oportunidad cuando permaneció allí para una novena de preparación al nuevo apostolado. Si tuvo forma de exponer a la comprensiva Montespán las propias dudas y propósitos para obtener consejo, mucho más sencillo le pareció hablar con la Virgen Dolorosa venerada en el santuario.

El nombre del santuario se debe al terreno arcilloso en el que, en 1454, un picapedrero descubrió el grupo de la Virgen Dolorosa que seguramente fue enterrado en la cantera por algún monje durante la invasión inglesa del siglo XV. Sólo hacía unos decenios que se había hecho famoso en toda Francia hasta ser considerado meta obligatoria de los reyes y de las reinas, de los duques y nobles y, sobre todo, del pueblo. El cardenal Richelieu, en uno de sus momentos de devoción, había pagado la construcción de la primera parte del templo, vinculando su nombre a la capilla donde se conservaba la Piedad. Después de él, muchos otros dejaron allí donaciones significativas que, en manos de los Padres del oratorio, guardianes de la peregrinación, sirvieron para completar y decorar el templo; llegó en último momento la señora de Montespán quien, con otros, se preocupó por la construcción de la magnífica cúpula renacentista de estilo italiano.

Para acompañar a Luis María al santuario estaban la Montespán y las dos damitas de compañía que llegaban para asistir a la celebración eucarística. La mayor parte de las horas de toda la novena, las pudo él pasar en soledad, postrado sobre el frío pavimento de la capilla ante el grupo milagroso.

Era una estatua en la que el tiempo había desfigurado la arcilla, haciendo aun más triste el rostro de la Virgen y más fúnebre el cuerpo de Cristo abandonado sobre sus rodillas.

Poniéndose de nuevo en marcha Luis María regaló a los pobres del lugar todo el dinero que el buen anciano Lévêque le había deslizado en el bolsillo al despedirse. Más que por el aspecto, se preparaba una vez más a ser acogido como auténtico pobre por los hermanos y hermanas del Hospital de mendigos que lo habían reclamado.

Estamos a mediados de octubre de 1701.

A su llegada a Poitiers, el obispo lo envía para la estadía y la alimentación al seminario menor, dado que las acostumbradas trabas burocráticas no habían ratificado todavía su ingreso al Hospital.

Al hablar con mons. Girard, oye exponer un magnífico proyecto que al punto lo entusiasma. Los pobres enclaustrados en el Hospital son la minoría: los necesitados en la ciudad son mucho más numerosos y sería necesario conocer su número para organizar en un segundo momento la asistencia religiosa de todos, enclaustrados o no. ¿Pero cómo? El obispo le sugiere una forma que a Grignion le parece muy sencilla: ir a buscarlos, acercarse a ellos y reunirlos para el catecismo y los sacramentos en una capilla que hay que escoger.

Durante dos semanas recorre a lo largo y ancho la ciudad y la periferia en busca de todos los mendigos, visita a los encarcelados, los refugiados en los hospitales e inicia un trabajo de control. Se invita a todos los pobres que pueden a la iglesia de San Nicolás, pero la afluencia es extraordinaria y la iglesia resulta insuficiente. Luis María recoge sus harapos bajo la cubierta del mercado. Entre tanto organiza un sitio donde poder confesar, distribuir la comunión a todos los que quieren acercarse al Señor y el obispo designa la iglesia de Saint-Porchaire, para que el ir y venir de los pobres no fastidie a los burgueses que no gustan de mezcolanzas inconvenientes.

Pero es mejor oír el relato de los hechos que ofrece la carta escrita como de costumbre a Leschassier algunos días después.

 

«Al P. Leschassier, superior del seminario de San Sulpicio de París.

de Poitiers, el 3 de noviembre de 1701

Señor y Padre carísimo en Jesucristo:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Me encuentro en el seminario menor de Poitiers, donde me ha albergado el señor obispo en espera de que la asamblea de los administradores del Hospital decida mi admisión. Hace cerca de quince días que vengo haciendo el catecismo a los mendigos de la ciudad, con la aprobación y ayuda del señor obispo. Visito y exhorto a los presos en las cárceles y a los enfermos en los hospitales, repartiendo entre ellos las limosnas que me dan.

El Hospital al que me destinan es casa de desorden, donde no hay paz. Es casa de pobres, donde faltan tanto el bien espiritual como el material. Mas espero que Nuestro Señor, por intercesión de la Santísima Virgen, mi Madre bondadosa, la transforme en casa santa, rica y apacible. Para lo cual necesito mucho de la gracia de Dios y de la ayuda de Ud.

Las señoras que dirigen la casa quieren que tome las comidas con ellas, en comunidad, como han hecho algunos de mis predecesores. Pero de eso, ni hablar. ¿Estoy obrando bien?

He manifestado al señor obispo que ni en el Hospital quiero apartarme de mi Madre, la divina Providencia y que me contentaré, por tanto, con la comida de los pobres y no recibiré salario fijo. Esto agrada mucho al señor obispo, quien se ha ofrecido a servirme de padre. ¿Estoy obrando bien?

Sigo haciendo aquí muchas cosas que hacía ya en Nantes: duermo sobre paja, no me desayuno, ceno poco. Y gozo de perfecta salud. ¿Estoy obrando bien? ¿Puedo disciplinarme una vez más por semana fuera de las tres acostumbradas, o usar una o dos veces el cinto de crin?

Me tomo la libertad de saludar y agradecer humildemente al P. Brenier. Sólo Dios sabe cuántos beneficios he recibido de él, y de modo especial de Ud., a quien quedo y quedaré por toda la vida sumiso en Jesús y María.

Grignion, sacerdote e indigno esclavo de Jesús en María.

Saludo a su ángel custodio»

(Carta 10; BAC, 83-85).

 

Dado que en la carta Luis María descorre –por primera y última vez, ciertamente– el velo tras el cual florece la vida espiritual que lo sostiene, permítasenos indagar ¿hasta dónde llega la formación espiritual de este joven sacerdote que considera algo ordinario las tres disciplinas semanales y llega a pedir con tranquila ingenuidad el suplemento de un cilicio?

Pero es mejor, leer la respuesta que el 12 de noviembre le envía Leschassier, antes de intentar mirar en profundidad al interior de Grignion.

 

«Padre.

Veo por su carta que se encuentra feliz porque su celo ha encontrado en hospitales y cárceles los objetivos más adecuados.

Ud. me somete diferentes preguntas a las que tengo no poca dificultad en responder:

1º porque no siendo del todo conformes a las reglas ordinarias, no sabría fácilmente hacerme garante de cuanto Ud. hace; por otra parte, no sabría poner obstáculos a la gracia que probablemente lo atrae hacia esa clase de prácticas ni me atrevería a ello;

2º porque hallándome lejos de Ud. es imposible que me consulte sobre infinidad de cosas que cree de utilidad (hacer) en el oficio que tiene y (tanto más) cuanto, que Ud. afirma en toda oportunidad que no hace nada sin mi parecer y que vive en total sumisión a mi dirección, me siento en cierta forma responsable (de todo) ante el público.

Por ello, le aconsejo y pido, Padre, que escoja un buen director en la localidad en donde vive de quien pueda recibir las luces y consejos en cualquier dificultad. Ya sabe cuales deben ser las dotes de un buen director; se encuentra en una gran ciudad: podrá, pues, hacer una óptima elección.

Quedo siempre, Padre, con toda estima e inmutable cariño, todo suyo,

Leschassier»

(ASV; Ib.).

 

Parece que Leschassier tomó en serio las informaciones, y al responder –y aunque sin compartir la opción "de los hospitales y las cárceles"– deja entrever su pensamiento sobre el perfil interior del joven. En particular:

1) conoce las formas de penitencia a las cuales debió dar, alguna vez, el oportuno consentimiento, y si hoy se abstiene de incrementarlas no lo hace por no reconocer más la espiritualidad de la iniciativa, sino porque le faltan los elementos necesarios de carácter práctico y de ambiente, necesarios no obstante en las actitudes espirituales;

2) considera más que probable y fundado el influjo de la gracia extraordinaria que sugiere y conduce al joven, y ése es el verdadero motivo que le hace aceptar la infracción a la buena regla ordinaria del método y de la expresión. Lógicamente Leschassier no puede tachar de singularidad el comportamiento exterior que –precisamente en esta ocasión– es normalísimo y deseado por el obispo local, sino más bien el de la vida interior...;

3) al aconsejar la elección de un nuevo director espiritual, Leschassier no rechaza ni desaprueba al joven sacerdote, sino que subraya la alta estima en la cual el mismo Grignion tiene al director y padre. Si hoy se retira se debe sólo a que deja el puesto a alguien que lo pueda seguir y conducir mejor que él por los caminos de la santidad aunque no codificada.

No podemos criticarlo. Si la gracia llamaba realmente a Luis Grignion –y Leschassier parece convencido de ello– a una vida más austera y activa alguien debía acompañarlo. Guiar a quien no se aparta nunca de las normas comunes se lo puede lograr incluso a cuatrocientos kilómetros de distancia con una carta de vez en cuando. Pero hubiera sido un tanto loco, y, por lo mismo, deshonesto hacerlo con alguien que, como Luis María amaba la excepción de la santidad. Leschassier, declinando este encargo, nos da la mejor prueba de confianza en que tenía al pupilo.

Obsecuente ante esta dolorosa petición, Grignion encuentra un director espiritual local, pero sigue todavía escribiendo, aunque un tanto más especialmente, al «Padre carísimo», de París para mantenerlo al corriente del avance (andadura) de la propia existencia.

El nuevo director escogido por Luis María es el jesuita P. Graciano de la Tour, «doctor en teología de la Academia de Poitiers, de ingenio y juicio óptimos, de gran prudencia, mucho más de lo normal en la experiencia de las cosas; poseía el talento (para realizar) todas las tareas»(Necrologio, s.j.).

 

Al momento de pasar de la dirección del sulpiciano a la del jesuita es preciso constatar cuánto dio Leschassier de lo suyo a la fisonomía espiritual del dirigido. Luis María tiene treinta años, hace dos que es sacerdote, pero desde hace ocho es fiel discípulo del maestro de París. Ante todo, Luis María se conoce más objetivamente a sí mismo, hasta el punto de saber lo que debe y puede hacer. Su personalidad de bretón testarudo y sincero no ha perdido nada y la obediencia exigida no le ha robado nada a la irrupción e impetuosidad de su carácter.

Incluso el culto del reglamento y de la vida común, tan grato al espíritu sulpiciano, no suprimió el toque genial de la improvisación, sino que se lo afinó mediante una búsqueda más ordenada de lo mejor. El conocimiento concreto de los bienes recibidos del Señor, lo ha orientado a una correspondencia más generosa en la humildad que es la verdad de saber que es instrumento útil de las misericordias ordinarias de la Providencia.

Los meses de prueba pasados con el P. Brenier y el solícito cuidado de Leschassier en lugar de encerrarlo en un vacío aislamiento, lo abrieron a una entrega consciente y desinteresada: el sulpiciano le había revelado la mejor forma de "disponerse" interiormente a la gracia del apostolado, incluso si la lección sobre las formas exteriores parece, a veces, no asimilada suficientemente por la mentalidad del bretón.

Cuando Luis María entra al Hospital de Poitiers, todos lo definen como persona enviada del cielo (lo escribirá él mismo en la carta del 4 de julio de 1702 a Leschassier); sin duda así aparecía a los ojos profanos porque la espiritualidad le transpiraba en las palabras y en el entusiasmo. Y nótese la exactitud de esta definición popular: la elección de ese campo de apostolado no la hizo Grignion ¡quien, más bien, si las cosas hubieran dependido de él, la habría rechazado!, sino la obediencia. No fue riesgo, ni aventura ni presunción. Fue el  adaptarse conscientemente bajo la mano de Dios, según los mejores principios de la disponibilidad. Tanto pudo sobre el hombre el director de París y a tanto llegó la sabiduría de alguien que como él había estudiado y perfeccionado atentamente los métodos de santidad sacerdotal y los había aplicado a un corazón absolutamente dispuesto a la acción de Dios. Ni los rechazos, ni las contradicciones, ni los disgustos serán capaces de alejar de Poitiers a Luis María. Una vez más, solamente la obediencia podrá convencerlo de que Dios lo necesita en otra parte; pero, ahora, quien recogerá los motivos y pronunciará la orden será el jesuita.

El mundo espiritual en que vive y respira el joven sacerdote está saturado, además, por dos principios esenciales que son, de hecho, los amores más característicos de su corazón y de su conducta: la "Providencia" y "Nuestra Señora".

El mensaje evangélico de Jesús a propósito del "Padre que ama" (ver Jn 16,27) le dio la seguridad de encontrarse en las manos amorosas de Dios, por lo cual se deja llevar, se deja conducir con ciega confianza por el dificilísimo sendero de la voluntad divina, la única posible porque es la única verdadera. Y si piensa que ese camino es el trazado por el amor infinito del Padre que envía a la tierra al Verbo, si ese camino se confunde con el sendero regio de la cruz recorrido por la Sabiduría eterna, si es el único sobre el cual podemos encontrar a Cristo..., Luis María identificará a la Sabiduría con el Crucifijo y al Crucifijo con la Cruz. Es un descubrimiento al cual llega por una gracia especial del Señor, es el descubrimiento del valor esencial de la cruz y del sufrimiento como línea providencial de santidad: la cruz es el grandioso tesoro en el que Dios «ha encerrado todas sus riquezas de gracia, vida y felicidad y cuyo conocimiento solamente da a sus predilectos», escribirá pronto en el Amor de la Sabiduría Eterna (ASE 174).

La cruz es la obra maestra de la ascética en la que ha vivido y a cuyo conocimiento esta vinculada la comprensión de toda la doctrina monfortiana.

En este conocimiento hay que buscar la explicación del apego tenaz a la mortificación y a la penitencia corporal, del amor loco al desprecio, las contrariedades que lo hicieron famoso por la frase: ¡Qué cruz no tener cruz!

 

Si no tenemos en cuenta esta fundamental idea de Providencia que conduce a través del dolor, terminamos por describir a un Grignion desencarnado, deshumanizado, bajo riesgo de hacerlo aparecer como un enfermo psicológico, o al menos, como un místico anormal e incapaz de demostrar sobre todo a nuestras generaciones, que la senda de la santidad es la senda de la alegría y del abandono en Dios. A veces se lo ha querido tratar como santo encomiable, pero no se ha pensado en mostrarlo imitable, contraviniendo clamorosa y vulgarmente la sabia lección cristiana que quiere, en toda época y todo pueblo, que se pueda poner en juego el mensaje de la santidad y perfección querido por el Evangelio...

La base profunda y la premisa espiritual para comprender a Grignion esta aquí: Dios, solo Dios, Dios solo, pero no un Dios sin rostro, sino Dios-Padre, Padre de la Sabiduría encarnada que se presenta al mundo en lo alto de una cruz:

 

«¡Oh sabios del mundo!, ¡Varones ilustres de la tierra!

¡ Ustedes son incapaces de comprender este lenguaje misterioso!

¡Aman demasiado los placeres, se preocupan excesivamente de sus comodidades, aprecian demasiado los bienes de este mundo, temen demasiado los desprecios y las humillaciones! En una palabra: ¡son demasiado enemigos de la cruz de Jesucristo! Sí, estiman y alaban la cruz, pero en general, no en concreto la suya, de la cual huyen cuanto más pueden o la llevan arrastrando de mala gana, entre murmuraciones, impaciencias y lamentos...

¡Desde que la Sabiduría encarnada tuvo que entrar en el cielo por medio de la cruz, por ella tendrán que entrar cuantos la sigan!... La verdadera Sabiduría no se halla en la tierra ni en el corazón de quienes viven a sus anchas. Reside en la cruz, en forma tal que fuera de ella es imposible hallarla en este mundo Se ha incorporado y unido a la cruz de tal manera, que podemos decir con toda verdad ¡la Sabiduría es la cruz, y la cruz es la Sabiduría!» (ASE 178.180).

 

Mérito de Leschassier fue el de haber identificado la fortísima inclinación de Grignion a la cruz y haberle dado fundamento en el principio soberano de la voluntad divina, es decir, en la Providencia a la cual, por lo demás, se había confiado totalmente: «Desde su juventud ha vivido como abandonado a la Providencia a pesar de contar con padre y madre...» había escrito el mismo Leschassier al obispo de Poitiers (ver c 7).

No menos importante es la devoción a Nuestra Señora en la espiritualidad del joven sacerdote. Todavía no llegamos a la síntesis mariológica que lo hará famoso, o, al menos, no la deja oír aún. La Madre de la Sabiduría encarnada está presente en su mundo interior como elemento necesario e indispensable: hasta hacer decir a los primeros biógrafos que Luis María parecía haber nacido en esta devoción y con esta tendencia particular. No hace ni dice nada, sin recordar, morar y aludir a Nuestra Señora.

No se trata de simples invocaciones, ¡entiéndase bien! Es algo mucho mejor: es una constante dependencia, un estado interior; cuando actúa, habla o escribe, la actitud y la palabra florecen de una indicación concreta de María, íntima pero real, capaz de hacerlo aparecer como se profesa en realidad: esclavo de Jesús en María. El recuerdo de la Virgen no es, pues, un repliegue devocional o sentimental, sino una convicción. Mucho la estudió y buscó en las obras que los sulpicianos le habían puesto al alcance de la mano al darle el encargo de bibliotecario y, para fortuna nuestra algo de ese estudio y de aquella búsqueda nos ha quedado en el volumen llamado Cahiers des notes, cuaderno de anotaciones, tomadas al menos de 25 autores que habían escrito sobre María y la devoción a ella, desde Berulle a Olier, a Poiré, Nepveu, Crasset Boudon, Saint-Jure...

¿No es acaso María el escalón en el cual puso su planta el Verbo eterno, la Sabiduría, al entrar en el mundo para realizar la voluntad del Padre? Así pues, para encontrar a Cristo, para encontrar a Dios, hay que buscar en la Virgen María, por ella, con ella y por medio de ella. La Sedes Sapientiae (trono da la Sabiduría) en la ascética monfortiana de Grignion pierde los contornos de oleografía bizantina y convencional para convertirse en verdad y realidad y presentarse como tal.

Sólo así se pueden captar ciertas afirmaciones que caen de la pluma de Luis María y que encontramos: «Padre mío, encuentro tantas riquezas en la divina Providencia y tanta fuerza en la Santísima Virgen, que bastan par enriquecer mi pobreza y sostener mi flaqueza. Sin estos dos apoyos, nada puedo...» (Carta 8, a Leschassier), afirmaciones a las cuales salen al encuentro estas otras del maestro sulpiciano: «(...) cuando sólo buscamos la voluntad de Dios y nos dejamos conducir por su Providencia y el amor materno de la Virgen santísima, todo contribuye a darnos esa paz que el espíritu del Señor nos da a gustar aún en medio de las tribulaciones...» (A Grignion).

 

Una larguísima carta de Luis María a Leschassier del 4 de julio de 1702 –en la cual insertamos las adecuadas anotaciones– nos lleva a revivir con el protagonista los acontecimientos y las perturbaciones dolorosas de los primeros meses de la capellanía con los pobres del Hospital general de Poitiers.

 

«Al P. Leschassier

Superior del seminario de San Sulpicio de París

del Hospital General de Poitiers, el 4 de julio de 1702.

Señor y Padre carísimo en Jesucristo:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Si he demorado tanto en escribirle no es porque haya olvidado sus beneficios, ni por desobediencia a sus amables consejos, recibidos a través de la persona que me dirige aquí! en lugar suyo, sino para no importunarle y poder manifestarle, en una sola carta, los mil incidentes y contrariedades que me han ocurrido y ocurren cada día. Padre querido, ésta es mi conducta y éstas mis acciones en resumen y con toda verdad.

El señor Lévêque, mi segundo Padre después de Ud., me dio, en un exceso de benevolencia, algún dinero para mi viaje a Poitiers. Lo repartí a los pobres antes de salir de Saumur –donde hice una novena– y entré a Poitiers sin un centavo. El señor obispo, de feliz memoria, me recibió con los brazos abiertos y me albergó y alimentó en el seminario menor, en espera de mi entrada al Hospital. Durante este período –que fue de cerca de dos meses– enseñé, a expensas de Monseñor, el catecismo a todos los mendigos de la ciudad, a quienes iba a buscar por las calles. Al principio lo hice en una capilla dedicada a San Nicolás. Luego –a causa de la multitud–, bajo los pórticos. Y escuché a muchos en confesión en la iglesia de Saint-Porchaire.

El señor obispo, importunado por los gritos y súplicas insistentes de los pobres del Hospital, me entregó a ellos poco después de la fiesta de Todos los Santos» (Carta 11; BAC, 85-89).

 

El Hospital lo tenía todo a su favor de parte de un capellán que se contentaba con nada. La oficina de los Administradores, aunque sin dar todavía la nómina definitiva accedió al deseo del obispo de admitir en casa a Grignion. Los pobres, percibiendo el gran revuelo suscitado en la ciudad, habían terminado por forzar el brazo de la burocracia, si no, de hecho, por hacer cambiar el destino del sacerdote que el obispo quería reservar para la pobre gente marginada de la ciudad. Luis María fue asumido en forma provisional, como capellán interior, sin sustraerlo –nos parece captarlo en esta carta– a la actividad externa.

Hay algo de lo cual Grignion no habla a Leschassier. Del milagro en favor de un ciego en la "capilla de la citada Madame" (de Montespán) en presencia de las damiselas de honor de la señora, del cual  habla Grandet (428).

 

«Entré en este pobre Hospital –mejor dicho, en esta pobre Babilonia– con la firme resolución de llevar en seguimiento de Jesucristo, mi Maestro, las cruces que preveía habían de sobrevenirme, si la obra era de Dios. Cuanto me dijeron algunas personas eclesiásticas y experimentadas de la ciudad a fin de apartarme del propósito de meterme en esta casa de desorden –incorregible, según ellos–, no hizo sino aumentar mi valor para emprender este trabajo, a pesar de mi personal inclinación, que ha sido siempre, y sigue siendo todavía, hacia las misiones» (Ib.).

 

Las informaciones recogidas en la ciudad a cerca de la situación del refugio, le han dado la idea de desolación, de "Babilonia". Algún sacerdote –quizás por experiencia personal– lo pone en guardia frente a los dirigentes, profetizándole que pronto se opondrán a cualquier intento de reforma. Pero el joven sacerdote no se desarma por esto: ese Dios que lo quería en el Hospital, no obstante las propias preferencias por el apostolado misionero, le daría toda la ayuda y gracia necesarias para alcanzar un feliz resultado en un trabajo que la obediencia definía como providencial.

Desafortunadamente mientras espera la nominación definitiva desaparecen dos de los mejores elementos que habrían apoyado la reforma: el ecónomo Tavennier y la dirigente, señora Gendrault. La muerte se los quitó en el momento menos indicado.

Para proveer a la nominación de la nueva directora y del nuevo ecónomo, finalmente se reúne el Consejo Administrativo en sesión plena. Nueva directora es la señorita Marta de Lardonnière-Berthé, y ecónomo, el señor le Jousteux, ya antes miembro del Consejo. Se añade a ellos el nombramiento del capellán: «El reverendo Grignion, sacerdote, fue escogido por el señor obispo de Poitiers y aceptado por los señores Administradores del Bureau como capellán de los pobres de este Hospital, para que celebre en él la santa misa y enseñe el catecismo a los pobres; lo cual hará por caridad y sin pretender retribución fuera del alimento y manutención que el Hospital le otorgará tanto sano como enfermo, y además leña y fuego» (Archivo de Vienne, Hospitales, J 213, fol. 39).

 

Dado que en la carta habla de dos meses de espera, es lícito suponer que la decisión del Consejo tuvo lugar en torno a la Navidad de 1701. De acuerdo con el presidente y los miembros de la Dirección, Luis María retoma el decreto de erección del Hospital de cuarenta años antes, con el cual la ciudad se comprometía a contribuir con ofertas a la subsistencia del refugio, y lo da a conocer a la población. Ayudado por alguno de los refugiados, él mismo, el primero y como nadie, tiende la mano en favor de sus pobres, y, en honor a la verdad, la generosa gente de Poitiers no se hace del rogar y las ofrendas llegan abundantes a la bolsa del mendicante. Naturalmente, hay quienes arriscan la nariz y quienes critican al capellán... Se dan rechazos también, pero Luis María digiere las burlas y malas interpretaciones.

Pero la nueva Directiva brinda su aprobación.

Aprueba incluso una norma propuesta por Grignion con la cual se regula la distribución de la alimentación: de hoy en adelante, los refugiados tendrán, una vez al día, a hora fija una ración de caldo o de sopa, y tres veces al día el pan que antes les distribuían de una sola vez, por la mañana; además, hacen la distribución en el refectorio donde invitan a los internos a ocupar en la mesa sus respectivos puestos, como personas normales y civilizadas.

 

 «Los superiores, los inferiores del Hospital y aun toda la ciudad se alegraron de mi entrada. Pues me consideran como la persona enviada por Dios para reformar esta casa. Al principio, los superiores del Hospital, con quienes obraba siempre de acuerdo y más obedeciendo que mandando, me ayudaron a implantar y hacer guardar el reglamento que deseaba introducir. El señor obispo en persona y la administración entera fueron los primeros en autorizarme y permitirme hacer comer a los pobres en el refectorio y salir por la ciudad mendigando para ellos algo con que acompañar el pan seco...» (Ib.).

 

Por otra parte, no sabríamos de buenas a primeras, cómo podrían no estar de acuerdo con consejos que llegaban humildes y persuasivos a más no poder, desde la altura de aquel coloso inclinado hasta sus oídos, para no gastar voz inútilmente y hacerles comprender que sólo ellos mandan. Y, además, ¡hablaba tan bien con las manos llenas de monedas recogidas en las colectas! Lo secundaron cuando quiso retomar un cadavérico documento: el reglamento de 1696 que disciplinaba la conducta de las asistentes dedicadas a la vigilancia y la enfermería. Eran éstas, señoritas quizás menos maduras en edad, ciertamente pero sensibles a la llamada asistencial, dado que su presencia en el instituto era recompensada como en cualquier organización, y nada más.

Precisamente la moralización sugerida por el capellán, aprobada y apoyada por el obispo y la dirección, les fastidió. Se solidarizaron todas: y la solidaridad resultó tanto más fácil cuanto que había tres hermanas con sus correspondientes nietas. La sorda oposición se transformó lentamente en revuelta abierta: al cabo de tres meses arrastró también consigo al ecónomo y a la directora. Para colmo de desgracias –¡Luis María no la definiría así!– el 8 de marzo de 1702 moría, a sólo 46 años, monseñor Girard de la Bournat, «prelado incomparable que había sacrificado su vida en las visitas (pastorales) realizadas en su diócesis...» (Grandet, 31).

 

Luis María quedó solo: los Administradores no exigidos ya por el celoso Presidente, desorientados por el Vicario del Capítulo adverso a Grignion, y pagados quizás por haber provisto al Hospital con los excedentes de los meses anteriores, a pesar de reconocer la llaga, no quisieron arremangarse y caminar contra corrientemente: ¡deja las cosas en paz!

La lucha entre capellán y dirigentes no se circunscribió a ellos, se extendió a los asilados. Estos se dividieron en dos partidos, las discusiones encendieron riñas y tumultos.

Luis María, vista la imposibilidad de calmar –tenía calificación para ello?– semejante avispero, diplomática y sabiamente se retiró al colegio de los jesuitas a adelantar ocho días de ejercicios espirituales, esperando que entre tanto se aclararan las ideas y el Señor lograra restablecer el orden...

 

«Hice esto durante tres meses, sin que faltaran abundantes repulsas y contradicciones. Las que aumentaron de día en día a causa de cierto llamado señor*** y de la señorita superiora del Hospital, de suerte que –por obediencia al sustituto de Ud.– fui obligado a abandonar el cuidado de aquellas mesas que contribuían eficazmente al buen orden de la casa.

Irritado contra mí, dicho señor, sin motivo legítimo que yo sepa, me despreciaba, contrariaba y ultrajaba en casa continuamente y denigraba mi conducta en la ciudad ante los administradores. Lo que, extrañamente, suscitó en contra suya a todos los pobres, los cuales me aman, a excepción de uno que otro libertino o libertina que se habían conjurado con él en contra mía. Durante esta borrasca me mantuve callado y apartado, colocando mi causa totalmente en manos de Dios y esperando sólo en su socorro, a pesar de los consejos que en contra se me daban.

Con este fin hice un retiro de ocho días en casa de los jesuitas. Allí me sentí lleno de gran confianza en el Señor y su santísima Madre, seguro de que ellos tomarían ciertamente mi causa en sus manos. Mi esperanza no fue defraudada.

Al salir del retiro, encontré enfermo a dicho señor, que murió a los pocos días... La superiora, joven y llena de vigor, lo siguió seis días más tarde. Más de ochenta pobres enfermaron y varios de ellos murieron. Toda la ciudad pensaba que se había declarado la peste en el Hospital y se decía públicamente que la maldición había caído sobre esa casa. Y, no obstante haber tenido que asistir a todos estos enfermos y muertos, fui el único que no se enfermó...» (Ib.).

 

Hablando algunos meses después, Luis María no logra esconder la impresión de esa intervención... divina. Y refiriendo el comentario que hacen en la ciudad, da la impresión de no querer desmentirlo.

Sin embargo, la oposición cambia nombre y motivos, pero queda en pie...

 

«Después de la muerte de aquellos superiores, he tenido que padecer persecuciones aún mayores. Cierto pobre instruido y orgulloso encabezó en el Hospital a un grupo de libertinos para hacerme la guerra, defendiendo su causa ante los administradores y condenando mi conducta. Sólo porque, con firmeza y dulzura al mismo tiempo, les canto la verdad, es decir, sus embriagueces, riñas, escándalos, etc. Casi ninguno de los administradores –a pesar de que en casa no tomo ni un pedazo de pan, pues los de afuera me alimentan por caridad– se preocupa por castigar estos vicios y corregir tales desórdenes internos, porque casi todos piensan sólo en el bienestar temporal y externo de la casa...» (Ib.).

 

En el tumulto de nuevos opositores se distingue una muchacha, imposible de identificar, quien, disfrutando sin razón de la confianza que gozaba ante el buen obispo difunto, ahora querría obtener algo más y mejor de los Administradores mucho más corruptibles que el Presidente desaparecido. Luis María que desde hacía tiempo se había dado cuenta de las maniobras de la joven, aprovecha, como veremos, de la carta a Leschassier para pedirle que ponga en guardia al nuevo obispo Juan Claudio de la Poype de Vertrieux, Vicario general de Lyón, elegido por el rey desde el 15 de abril pero aceptado canónicamente por la Santa Sede sólo el 26 de septiembre.

 

Luis María habría podido añadir en la carta que en ese ultimo mes de junio se había realizado dos sanciones contra sus realizaciones.

La situación no era ni menos color de rosa para los Administradores: la Directora, recién elegida firmó su dimisión dejando al Consejo en la desesperada necesidad de dirigirse nada menos que a París para implorar a una señora que se dignara asumir el cargo poco deseado. Pero cuando los Administradores se dan cuenta de que la Señora de París esta de acuerdo con el capellán hasta el punto de escogerlo como director espiritual, entonces, aprovechando una novena predicada para gente de fuera durante la preparación de la fiesta de Pentecostés, el 4 de junio, firmaron una serie de disposiciones contra el sacerdote, y que tenemos que presentar.

 

«2 de junio (1701) – Se decidió que, conforme a la costumbre anterior, se distribuyan los panes a cada pobre sin distribuirlos por partes (es decir, en horarios distintos) como el P. Grignion ha empezado a hacerlo hace poco.

Además (se ha resuelto) que la puerta de la iglesia y capilla de este Hospital sólo se abra durante la misa en los días feriales y durante la misa y vísperas en los días festivos y en los domingos: y que, por ello, en el tiempo restante permanecerá cerrada, y en los días festivos será cerrada inmediatamente después de los oficios sagrados; (se decidió) que no se deje entrar a ninguna persona extraña en la mencionada capilla en los antedichos días feriales fuera del tiempo de la misa, por ninguna razón ni por motivos de confesión o con cualquier otra excusa» (Archivo de la Vienne, Hospitales, J 213, fol 55).

 

«5 de junio – Se decidió que en la sala (=reparto) de las mujeres se dé y reparta el pan a cada una de las pobres según la  forma antigua, mientras que en la sala de niños y niñas... (se encarguen) el P. Grignion y la señora Boursault su consabida prudencia, y lo mismo hará el P. Grignion en la sala de los varones» (Ib., fol. 56).

 

«16 de junio – Se decidió que se advierta una vez más al P. Grignion que no haga cosas diferentes de lo que mira a la parte espiritual y no quiera entrometerse en la parte temporal; para esto la Compañía (= Consejo) ruega al señor canónigo de Kllomau y al señor Girault, abogado del rey ante la oficina de impuestos, se dignen venir al Hospital para hacer esta advertencia» (Ib. fol. 57).

 

¿Cómo se olvidaron tan pronto, todos ellos, de aquellos dineros recogidos de casa en casa por el humilde sacerdote, quien, si había querido interesarse por la parte material, lo había hecho solamente para atender mejor a la espiritual. Había organizado la distribución del pan a diferentes horas y en el refectorio porque esto ordenaba un tanto también el hambre e introducía a cada uno en la colecta. Pero los administradores no sentía la importancia de esto: no les interesaba que en adelante los pobres tuvieran menos que comer y que en casa hubiera más desorden... Lo importante era hacer callar a ese cura.

¡Cómo hubiera querido Luis María gritar a voz en cuello a aquel grupo de gentes soberbias, antes incluso de que el cardenal Manning lo proclamara en el siglo XIX: "¡No se predica a estómagos vacíos!"

Pero prefirió callar, encerrado en la sala de los niños, casi escondido, para no recoger por todas partes burlas y sonrisas, o para no ver trotar a las estiradas asistentes más engreídas que nunca.

De todos modos, la estada en Poitiers no se ha desplegado toda ella en la mala fe de las intrigas y en medio de las persecuciones. La vida espiritual de Luis María, más fuerte que antes, halla un desfogue en el celo apostólico. Y las obras de apostolado, al menos fuera del Hospital, son muy eficaces.

«(...) Desde mi llegada estoy en una misión continua: confieso habitualmente desde la mañana hasta la tarde y aconsejo a infinidad de personas. Y mi Padre, el Dios todopoderoso –a quien sirvo, aunque infielmente–, me ha concedido luces espirituales que antes no tenía, como son gran facilidad para expresarme e improvisar sin preparación, perfecta salud y gran amplitud de corazón para todos. Esto me granjea el aplauso de toda la ciudad (¡lo que debe hacerme temer mucho por mi salvación!).

No permito entrar en mi habitación a ninguna mujer, ni siquiera a las superioras de la casa.

Olvidaba decirle que cada semana doy una conferencia a los trece o catorce mejores alumnos del colegio. Esto con aprobación del difunto señor obispo» (Carta 11; BAC, 85-89).

 

Así, pues, al parecer, el ministerio asumido por orden de monseñor Girard, continuaba también después de haberse encargado del Hospital. De una situación casi estática Luis María pasó a un trabajo metódico y estable. Sólo que no se ha limitado a los pobres de la ciudad y de la periferia.

Monseñor Girard le había asignado un confesionario en la antigua iglesia de Saint-Porchaire, aunque debía ocuparlo solamente en el período de espera antes de asumir el Hospital. Luego, ya con el cargo de capellán, la "infinidad de gentes", lo había podido encontrar libremente en la capilla interna del Instituto. Diferentes párrocos de la ciudad lo invitaban a predicar y confesar. Muchas de las personas con quienes se hab'ia encontrado en este ministerio discontinuo lo encuentran puntualmente en el refugio, así se convierte en uno de los más discutidos confesores de la zona, y no todos lo aprueban, aunque la mayoría lo alaba. La procesión ininterrumpida de personas que lo busca, fastidia a la dirección del Hospital y provoca probablemente la prohibición que acabamos de leer.

Su predicación lleva la característica de la improvisación más adecuada al auditorio y al momento. Y esto gusta, indiscutiblemente. Un testigo de la época lo recuerda así:

«Su celo era sin igual y sin ficción; dentro de la iglesia, para él nadie debía (considerarse) intocable. Dios, constituía el principio de toda acción, lo ha obligado a menudo a ir a reclamar a ciertas personas incluso elevadas en dignidad tanto de la Iglesia como en fortuna y nobleza, para hacerlas callar cuando con sus charlas profanaban el templo de Dios.

Predicaba todos los días en nuestras iglesias y era seguido por muchísima gente y lo respetaban hasta los más libertinos (...).

Tuve el honor de conocer ciertamente en forma especialísima al P de Montfort, porque también formé parte durante varios meses de una cofradía (asociación) fundada por él en Poitiers para jóvenes, en la cual nos entretenía con ejercicios de piedad eficacísimos.

Todos los días daba exhortaciones tan sencillas y con tanto celo que ciertamente cuantos tenían el privilegio de oírlo y supieron sacar provecho de ellas, tomaron el camino de la Iglesia, en la cual desde entonces han vivido con tanta devoción y edificación como tenía él mismo.

También muchas jóvenes para las cuales había creado una asociación, han optado por la senda de la vida religiosa; algunas viven todavía con incomparable devoción.

En estas dos asociaciones en que nos reuníamos nosotros, por una parte, y las muchachas, por otra, nos enseñaba a meditar delante de él y nos sugería también los argumentos que meditar en nuestras casas.

En esta ciudad hay más de doscientas personas encaminadas por él hacia la santidad...» (Grandet, 465).

 

Cuando el Procurador regio en el tribunal de Poitiers, el señor Le Normand, escribe, recuerda haber tenido el privilegio de tratar de cerca a Luis María. Si las cifras que ofrece no son exageradas, tendremos que concluir que las asociaciones eran muy florecientes. No pensemos que estas dos correspondan a esa congregación de estudiantes de que habla a Leschassier, sino que han sido organizadas por su propia iniciativa fuera del colegio.

El testigo ha olvidado un detalle que afortunadamente nos llega por otra fuente: «Cada domingo los enviaba al campo a enseñar a los campesinos y ayudarles a aprender el catecismo...» (Allaire, Abrégé, 381).

 

Exactamente cuanto le hacía realizar el sacerdote Bellier en Rennes. También entonces, para los asociados había un período de oración y hacían visitas periódicas a los pobres y a los enfermos. Luis María no había olvidado la lección del precursor de Ozanam. Y, no obstante, entre los dos existe una diferencia sustancial, tan importante que nos extraña cómo es posible que los biógrafos no la hayan subrayado. Mientras Bellier enviaba a sus estudiantes –no sabemos si había también una asociación femenina– a visitar a los pobres y a los enfermos en los hospicios y hospitales, Luis María envía a sus muchachos y muchachas, a enseñar a los campesinos. Hay que resaltar esta palabra que nos muestra a un Grignion más práctico que entusiasta, más inteligente que celoso: antes de impartir lecciones de catecismo, quiere que los estudiantes, los jóvenes y las jóvenes dentro de sus propios límites, participen a los campesinos de su instrucción humana, quiere que les enseñen los rudimentos esenciales dé la cultura.

Teniendo en mano ambos grupos –y desde esta doble categoría recalquemos la amplia posibilidad de acercamiento– los forma él en la vida espiritual y los encamina fortalecidos en el alma a la práctica de la caridad que cultiva al hombre para educar al cristiano. Incluso la Montespán había denunciado la falta de instrucción como la fuente de la ruina moral del campesino y Luis María había encontrado el remedio.

 

En la imposibilidad de moverse de Poitiers y no queriendo que la obra comenzada se agotara cuando tuviera que trasladarse, habiendo comprendido que el de la instrucción podía ser en realidad el método más adecuado para hacer el bien, concibe un proyecto, una congregación de mujeres. Sin querer insistir en la utilidad que en el futuro podía tener la institución, el proyecto, si se lo ponía en marcha inmediatamente, le habría ofrecido también la solución a un grave problema del Hospital: la formación del grupo de las asistentes o enfermeras.

Una precisión importante del primer biógrafo ayuda a comprender cuanto escribieron las Crónicas del Instituto de las Hijas de la Sabiduría:

«...le daban muchas limosnas al P. de Montfort y él las utilizaba para aliviar a los pobres; pero se servía también de ellas para ejecutar las reparaciones necesarias en la casa y en la capilla del Hospital.

Mas convencido de que los hombres trabajan en vano para conservar y acrecentar los edificios materiales si no se preocupan por apoyar el interior del edificio espiritual con reglamentos sabios para las personas que dirigen, sintió la inspiración de elaborar un reglamento para las enfermeras (asistentes) del Hospital general de Poitiers, que fuera útil no sólo para la perfección personal de las enfermeras actuales y para el alivio de los pobres, sino también para otras jóvenes (el subrayado es nuestro) cuyas funciones serian más extensas y hubieran trabajado también en otras partes en la instrucción de las niñas a través de escuelas cristianas y ayudar a hacer ejercicios (espirituales) a las personas de su sexo y a recuperar a los pobres y a los enfermos de las parroquias a donde les llamaran.

Era el designio que se había formado respecto de una congregación de mujeres que consagrar a la Sabiduría del Verbo encarnado, para confundir la falsa sabiduría de la gente del mundo, estableciendo entre ellas la locura del evangelio» (Grandet, 67-68).

 

«...Afirmamos aquí que la época de la fundación de la Congregación de la Sabiduría lleva la fecha del año 1701, porque fue efectivamente en ese año cuando nuestro venerable P. de Montfort puso los fundamentos de la misma en el corazón de la señorita Trichet, al encontrar en ella, gracias a una iluminación divina, a quien el Señor destinaba a convertirse en la primera superiora...» (Prólogo).

 

En verdad, era hacia finales de 1701, mientras Luis María predicaba y confesaba en la iglesita de Santa Austregesilda, en las vecindades de la catedral, cuando llegó a su confesionario una muchacha de dieciséis años, Luisa Trichet, hija de un oficial del tribunal de Poitiers.

 

«El sabio y piadoso director, en el momento en que ella se dirigió a él por primera vez, pareció haber recibido una luz del cielo y hacerle comprender aquello a lo cual la destinaba el Señor.

– Quién ten envió a mí, le preguntó.

– Mi hermana, respondió ella con sencillez.

– No, no, hija mía, replicó él en tono inspirado, no fue tu hermana; ¡ha sido la santísima Virgen quien te envía a mí!» (vol. I, c. 1).

 

Antes de llevar a la hija a tomar conciencia del gran proyecto, el santo sacerdote se dedica con asiduidad a la preparación espiritual de la joven. A nuestro comentario, preferimos continuar la lectura de las Crónicas:

 

«...Después de algún tiempo, aunque (Luisa) le había manifestado el deseo de hacerse religiosa, él parecía abandonarla a la soledad de la pena en que se hallaba, tanto que cierto día, ella se animó a decirle: "Ud. muestra tanto celo para ubicar en comunidades religiosas a tantas jóvenes y hablar de su vocación al obispo; conozco a muchas que, gracias a Ud., son hoy religiosas. Soy la única en quien no piensa. ¿No sabe, a caso, suficientemente lo grande que es mi hastío del mundo?".

El santo varón que tenía ciertas ideas y no quería darlas a conocer. Se limitó a responderle:

– Hija, serás religiosa! Consuélate, ¡serás religiosa!

La señorita Trichet no comprendió entonces el secreto oculto en esa respuesta y, por ello, no quedó totalmente tranquila» (Ib.).

 

Las reacciones familiares a los encuentros de Luisa con Grignion pueden resumirse muy bien en la frase lanzada entonces por la madre: «Me han contado que te confiesas con ese cura del Hospital: ¡te volverás loca como él!» (Besnard, 24).

 

Pero Luisa continuó acercándose a ese sacerdote y en mayo de 1702 alcanzó de la madre el permiso de asistir a la novena del Espíritu Santo en la capilla del Hospital. La cuota de participación era de ? francos y dejaba a la joven la facultad de seguir al director espiritual como no lo hubiera imaginado jamás.

Entre tantas tribulaciones y trabajos, Luis María estaba entregando la salud. En la carta que nos ha guiado en el relato de estos sucesos, concluía:

 

«...Hay en el Hospital una muchacha que tiene el espíritu a la vez más astuto, sagaz y orgulloso que jamás he visto. Es la provocadora de todo este barullo. Mucho me temo que el señor De la Poype sea engañado por ella, como su predecesor, por exceso de credulidad. Si le parece bien, puede Ud. ponerlo en guardia al respecto.

Señor y amado Padre, hónreme con una de sus cartas. Hoy más que nunca le estoy sumiso. Sólo la necesidad me obliga a verme privado de sus consejos.

Me atrevo a declararme totalmente sumiso a Ud. en Jesús y María.

Luis Grignion, sacerdote y esclavo indigno

de Jesús en María.

Saludo y agradezco al señor Brenier. Saludo a los señores Repars y Lefèvre y a todo el seminario; pero de manera muy especial al P. Lévêque, a quien escribo lo mismo que a Ud.» (Carta 11).

 

Leschassier se demoró en responder y ese silencio acrecentó la pena y el hastío de Luis María. Este era ahora la sombra de sí mismo, enflaquecido, acabado y dolorido.

El golpe decisivo le llegó de París: la hermanita más querida Guyonne-Jeanne (Luisa) que había sido recibida en el orfanato de San José, gracias a la Montespán, era víctima de una increíble decisión de la municipalidad parisina: todas las jóvenes que no podían demostrar que habían nacido en París, ya no serían asistidas en los institutos de caridad de la capital. Probablemente por eso había decidido un día hacerse religiosa y entrar en las Hijas de la Providencia que dirigían el colegio. Pero las claras alusiones al hermano sacerdote, hechas en la carta de los primeros meses de 1701 desde Nantes, la había disuadido de ello. Ahora estaba a punto de cumplir los veinte años, el 24 de septiembre. Esa era la fecha de su despido del instituto.

Luis María decidió, entonces, partir para la capital. De improviso, sin previo aviso ni presentar su dimisión. Ni siquiera lo supo Luisa Trichet.

Era a mediados de agosto, el calor era tórrido. Tenía que recorrer casi cuatrocientos kilómetros y Luis María no estaba del todo sano.

 

 

 

Capítulo décimo

UNA HEREDAD PARA LOS POBRES

 

 

La permanencia de Grignion en París se halla particularmente colocada bajo el signo de la Providencia. Luis María se había abierto camino desde Poitiers, en favor de su hermana; y en realidad no logramos entender cómo ésta confía tan vivamente en el rudo hermano que en la capital no encontraba la comprensión ni el apoyo de los cuales gozaba en provincia. De todos modos, éste es el período en que se registran los momentos más humanos de Grignion, fundidos en el amor infinito  del Padre de los cielos que brinda una rama a las aves y un vestido a las flores para garantizar la confianza de los seres humanos si la colocan en él.

Tan pronto llegó a la capital, Luis María, agotado, recibe acogida en el hospital para hombres de san Juan de Dios. No sabemos si por voluntad propia o por necesidad, como tampoco conocemos la enfermedad específica. Sin embargo, no es difícil imaginar qué postración penosa le habían producido los trabajos y amarguras de aquellos meses.

Permanece pocos días en el hospital y, aunque no del todo curado, debe ponerse en movimiento por su hermana. Tras hablar con ella, elabora un programa. Es claro que el deseo de Guyonne-Jeanne (Luisa) es hacerse religiosa; para entrar de hermana se necesita dinero para la dote que exigen todos los institutos; para hallar dinero, hay que buscarlo en los bolsillos de las personas caritativas; para hallar a los bienhechores, hay que ir a buscarlos, listos a todo rechazo lo mismo que a cualquier ayuda. Sólo en el caso en que hubiera sido imposible encontrar el bendito dinero y hubieran tenido que abandonar el proyecto de vida religiosa, los dos hermanos prevén un repliegue sobre la profesión de dama de compañía como lo había previsto la benemérita señorita Montigny. Y si todo hubiera fallado, Luis María habría devuelto a la joven a la familia, en Bretaña.

Comienza así para él un extenuante peregrinar de casa en casa, tendiendo la mano ante los ricos, que todavía no habían hecho las maletas para irse de vacaciones. La mano tendida es a menudo ignorada y la visita a las ricas mansiones resulta inútil, o lo es tan mezquino que ni siquiera puede calcularse.

Un antiguo condiscípulo de seminario, capellán ahora en la parroquia de San Sulpicio, no le brinda dinero, pero le ayuda a encontrar el sustento en casa de la benedictinas del Santísimo Sacramento de la Rue Cassette. Las santas religiosas tienen la piadosa costumbre de servir, cada día, el almuerzo a Nuestra Señora, considerada parte viviente de la comunidad y miembro efectivo de la congregación: y, dado que hay una hermana que sólo toma las comidas allá en el cielo aunque conservando todos los derechos de las de la comunidad de la tierra, su almuerzo es servido a un pobre, al que mejor la pueda representar.

Luis María tiene los papeles en regla para ese oficio. ¿Quién mejor que él, fuera de los vestidos del pobre, la delgadez de la fiebre, el cansancio del itinerante, sabe hablar con tanta fe y tanta veneración de María? Así que lo aceptan cordialmente, y este sentimiento crece cuando él pide compartir el almuerzo con otro pobre, quizás con aquel que lo hubiera disfrutado si él no hubiera estado allí.

Mientras la colecta prosigue infructuosa, el párroco de San Sulpicio le comunica la invitación del nuevo obispo de Poitiers a regresar lo más pronto posible al Hospital abandonado, con los pobres que lo necesitan y a quienes hay que complacer sin dudarlo en forma alguna. La invitación tiene el sabor de una apelación a la obediencia y Luis María es sensible en ese punto.

No ha logrado recabar nada en favor de su hermana y Dios no le permite el tiempo para colocarla. Cualquiera que no tuviera la ciega confianza en la Providencia que tenía Luis María, se habría desesperado y quejado. Años antes había escrito: «echo a perder cualquier empresa en cuento intervengo en ella» (Carta 4; BAC 72).

 

Habría devuelto a casa a Guyonne-Jeanne (Luisa) y con la ayuda de los conocidos de allí y algo de fortuna, se habría provisto. Decidida ya la fecha de partida, tras pedir audiencia a la abadesa de las benedictinas para agradecerle debidamente la bondad y la caridad que le han brindado, lo admiten al locutorio, donde la madre recibe a otras personas. Grignion habla de su inminente regreso a Poitiers. Una señora presente allí, luego de estudiar detenidamente a ese sacerdote enjuto y pálido, le ofrece un escudo para gastos de viaje. Luis María le da las gracias y le pide permiso de pasar el dinero a su hermana, mucho más necesitada que él. La conversación recae sobre la hermana; él da de ella las últimas noticias fracasadas, subrayando la amargura por no poder ayudarla a hacerse religiosa.

Y, ya que habla de ella, ¿por qué no la aceptarían las Madres benedictinas, aunque fuera como hermana conversa?

Pero las monjas necesitan coristas no conversas; y para aceptarla como corista es necesario que tenga salud robusta (las plegarias del coro y las vigilias nocturnas debilitan hasta a las más fuertes). Ciertamente, si Guyonne-Jeanne fuera sana, se podría pensar en algo. Hay que ver a la joven.

Luis María parte en busca de su hermana y la presenta a las monjas y las personas que todavía se hallan en la locutorio. La abadesa y las consejeras, la hacen hablar pidiéndole información sobre sus conocimientos, sus estudios y vida pasada. En la penumbra del austero locutorio, la salud no se vislumbra como muy floreciente, por la cultura, la seriedad y la compostura en el trato resultan claras aún en medio de la explicable confusión. Oh, sí, Guyonne-Jeanne sería ciertamente una corista óptima, según las normas: sería suficiente recuperar sus fuerzas, aunque la debilidad actual no constituye realmente un impedimento, porque la salud podía reflorecer viajará a los Vosgues, al monasterio de Rambervilliers al cual van a ser enviadas enseguida otras postulantes.

Quedaba sólo una dificultad: el dinero para la dote y para el viaje.

¡Siempre se estrella allí, contra ese muro!

No queremos burlarnos de las buenas hermanas benedictinas. No era pretensión suya, sino necesidad, porque el dinero garantizaba el porvenir de la futura hermana.

Pero el dinero y los Grignion nunca había sido buenos amigos...

Cálidas lágrimas corren abundantes por el rostro de la joven: una vez más –¿cuántas en ese día?– se oscurece el horizonte. Luis María no llora, pero no subestima la desilusión de su hermana: si se hubiera tratado de él habría sonreído. Pero ante el sufrimiento de los demás, sabe compartir el dolor. Y cuando uno de ellos es la hermana más querida, esa del corazón, la más amada entre los viviente después de la madre, entonces siente que un nudo le aprieta la garganta... Entonces aprieta contra el pecho a aquel pajarillo sin aliento dejando que la túnica descolorida recoja las lágrimas... Nunca hubo abrazo más fraternal ni reconfortante, mientras del corazón del hermano sube una afligida plegaria.

 

«Una persona de clase a la que nada habían pedido y que era mucho menos rica de todas aquellas a quienes habían ido a suplicar anteriormente, al saber que la joven se preparaba para regresar al mundo y hacerse dama de compañía, donde habría encontrado muchas dificultades para salvar su alma, tuvo la inspiración de ofrecer la suma requerida y el ajuar necesario y hasta pagar el viaje, temiendo que Dios le pidiera cuentas de esa alma, que se habría perdido en el siglo...» (Grandet, DRG, 34).

 

¿Presenciaba el diálogo aquella importante persona o alguien sugirió su nombre? ¿Quién podía ser? ¿Quién era?

Aun sabiendo que no podemos ofrecer ninguna indicación válida por carecer de toda confirmación, pero para brindar al lector la seguridad de que tales personas existían en la París del siglo XVII, demos este nombre: María Bonneau de Beauharnais de Miramión. Viuda a los dieciséis años, había dedicado la inmensa fortuna heredada y toda su vida a las obras de caridad. Durante dos años mantuvo con sus propios fondos a setecientos pobres que no habían podido ingresar al Hospital General, y en 1661 había fundado un convento de hermanas llamadas de Santa Genoveva, dedicadas al cuidado de los enfermos y de los pobres en el lugar donde hoy se levanta la Farmacia Central, sobre el Muelle de la Tonelle. Touchard-la-Fosse, que sabe recoger todas las habladurías de palacio, la llama Protectora de la virginidad en peligro de las damas de compañía, de quienes se sentía responsable ante Dios (Chroniques de l'Oeil-de-Boeuf, II, c II). Madame de Sevigné llega a darle el apelativo de Mère de l'Eglise, título ampuloso hasta dónde se quiera, pero revelador incluso en el mundo semiserio de la capital.

La Miramión podrá no ser la persona de clase que le ayudó a Guyonne-Jeanne, pero alguno a quien los ejemplos de la admirable viuda habrían sugerido esa forma de caridad de colocar en manos de la Providencia –¡siempre ella, en fin de cuentas!– para prestar ayuda a las jóvenes necesitadas como la nuestra.

Mientras Luis María reemprendía el camino de Poitiers, Guyonne-Jeanne (Luisa) partía para el monasterio de Rambervilliers junto con las demás postulantes que querían hacerse benedictinas del Santísimo Sacramento. Para completar la historia, diremos también que, una vez llegada con las demás a las cercanías de Lyon, capital de los Vosgues, la escoltó al claustro el mismo duque y la recibió el obispo en persona.

Pocas semanas después de su llegada a Rambervilliers, recibió una carta del hermano, la carta más cordial y hermosa de todas:

 

«De Poitiers, octubre de 1702

Querida hermana en Jesucristo:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Deja que mi corazón navegue con el tuyo en la alegría, que mis ojos derramen lágrimas de consuelo y que mi mano estampe en esta carta la dicha que me embarga.

No fue inútil, ciertamente, mi viaje a París. Ni tampoco tu abandono y cruces del pasado; ¡el Señor tuvo piedad de ti! Esta pobre hija gritó, y el Señor la escuchó inmolándola verdadera, interior y eternamente.

Que no se te pase un solo día sin holocausto ni víctima. Que el altar te vea con más frecuencia que el lecho y la mesa. ¡Animo! ¡Mi querido suplemento! Pide con insistencia perdón a Dios y a Jesús –el Sumo Sacerdote– por los pecados que he cometido contra la divina Majestad al profanar el Santísimo Sacramento.  Saludo a tu ángel de la guarda, compañero único de tu viaje. Soy tuyo tantas veces como letras contiene esta carta, con tal que tú seas otras tantas sacrificada y crucificada con Jesucristo, tu único amor, y con María, nuestra Madre bondadosa.

De Montfort, sacerdote

y esclavo de Jesús en María»

(Carta 12; BAC 89-90).

 

Guyonne-Jeanne se convirtió en sor Catalina de San Bernardo, correspondió a la gracia y murió en 1750 en olor de santidad.

 

Este nuevo período se abre para Luis María bajo el signo de la Cruz-Sabiduría. De las cartas que escribió probablemente en ese final de otoño de 1702 –dos de ellas a las religiosas benedictinas, al parecer de París– recogemos los pensamientos de un espíritu atento y abierto al sufrimiento y que ha comprendido el profundo concepto del sufrimiento y lo vive con serena tranquilidad.

 

«¡Ah! ¡Qué divina es su carta! ¡Está toda llena de noticias de la cruz, fuera de la cual –digan lo que digan la naturaleza y la razón– jamás habrá en este mundo, hasta el día del juicio, ningún placer verdadero ni bien sólido alguno! Su alma lleva una cruz ancha, larga y pesada. ¡Oh! ¡Qué felicidad la suya! Tenga confianza; si Dios, que es tan bueno, sigue haciéndola sufrir, no la probará por encima de sus fuerzas. Es señal segura de que la ama. Digo segura porque la mejor señal de que Dios nos ama es el vernos odiados por el mundo y asaltados por cruces, tales como la privación de las cosas más legítimas, la oposición a nuestras más santas iniciativas, las injurias más atroces y punzantes, las persecuciones y malas interpretaciones por parte de las personas mejor intencionadas y de nuestros mejores amigos, las enfermedades más desagradables, etc.

Pero ¿por qué le digo lo que Ud. sabe mejor que yo, gracias al gusto y experiencia que tiene de ello?

¡Ah! ¡Si los cristianos conocieran el valor de las cruces, caminarían cien leguas para encontrar una sola! Porque en la amable cruz se halla encerrada la verdadera Sabiduría, que noche y día busco con más ardor que nunca.

¡Oh amada cruz! ¡Ven a nosotros para gloria del Altísimo! Este es el grito frecuente de mi corazón a pesar de mis flaquezas e infidelidades. Después de Jesús, nuestro único amor, la cruz es mi mayor fuerza. Le ruego diga a N*** que adoro a Jesucristo crucificado en ella y que suplico al Señor le conceda no pensar en sí misma sino para ofrecerse a sacrificios aún más sangrientos».

(sin firma)

Carta 13; BAC 90-91).

 

Hemos leído y releído esta carta: colocada en el momento y en el ambiente en que se encuentra Luis María, a saber, Poitiers y su ambiente al regreso de París; expresa más de lo que quiere decir al alma religiosa –quizás la Madre San José, muerta pocos días después– a quien va dirigida. Las inevitables luchas que lo esperan, lo encuentran ya listo y pertrechado.

El fragmento de la segunda carta es, a no dudarlo, más decisivo y por ello lo consideramos procedente de las contradicciones de cada día:

 

«(...) Querida Madre: ¿Cómo podría yo, en respuesta a la suya, decirle algo distinto de lo que el Espíritu Santo le dice todos los días? Amor a la pequeñez y a las humillaciones, amor a la vida escondida y al silencio –el mudo inmolador de Jesucristo en el Santísimo Sacramento–. Amor a la divina Sabiduría y a la cruz.

En cuanto a mí, me contradicen en todo y me encuentro prisionero.

Déle gracias a Dios, a nombre mío, por las pequeñas cruces que me ha dado, proporcionadas a mi flaqueza, etcétera» (Carta 14; BAC 91-92).

 

El nuevo obispo, que no hará su ingreso en la diócesis hasta primeros de diciembre, le ha expresado toda su confianza con la tarea de redactar un esquema de reglamento para aplicarlo al Hospital. Le deja –o hace restituir– toda la libertad de predicar y dedicarse al ministerio en el círculo del refugio incluso para las personas de fuera. De hecho, el consejo de Administradores aprueba el proyecto de una misión para militares que se celebrará dentro del Hospital y establece las condiciones de la misma:

 

«21 de octubre de 1702 –(...) en base al informe hecho a la Administración por el señor Vaubissón– el P. Grignion, capellán del Hospital, ha pedido a la Administración permiso para celebrar con dos padres capuchinos de esta ciudad una misión en los predios del mencionado Hospital de los pobres, y a la que asistirían los soldados actualmente (acuartelados) en esta ciudad.

Se resolvió que se le conceda dicho permiso, a condición de que los oficiales y los capitanes de los soldados asistan en número suficiente para evitar el desorden y que los mencionados soldados no tengan absolutamente que entrar por ningún motivo al interior del Hospital, sino solamente a la iglesia, y que se ofrecerán también dos candelas o antorchas de cera blanca que se pondrán delante del Santísimo Sacramento (...)» (Arch. De la Vienne, Hospitales, J 213, fol. 60).

 

Como puede verse ni una palabra de crítica o duda respecto del capellán. Señal de que el regreso de París había sido aceptado y quizás, incluso, esperado por los señores administradores. De hecho, se celebró la misión, y, al parecer, dentro de las convenientes condiciones prefijadas. Y, naturalmente, con la bendición de Dios.

Pero el proyecto de reforma del Hospital, para ser realmente útil, tenía que buscar  y corregir las causas de todo el desorden; y causa causarum (causa de las causas) era sin duda alguna la apresurada y mal llevada selección de las asistentes o enfermeras y del personal de servicio realizada hasta entonces.

Desafortunadamente, se había esfumado la esperanza de recibir a las Hermanas "Grises", las Hijas de san Vicente de Paúl, y no se podía ni pensar en acudir a otras instituciones religiosas...

Apoyado en la tarea encomendada por el obispo y aprovechando el momento favorable, Luis María puso en marcha un ensayo de reforma sustancial: «Había escogido dentro del Hospital una pequeña sala (...), congregaba en ella a unas dieciocho o veinte muchachas, todas enfermas, heridas o físicamente minusválidas pero ricas de virtudes (...)» (De las Crónicas, cit.).

 

Pormenores complementarios los hallamos en otros biógrafos: la sala escogida había sido aprobada por concesión regular del Bureau y recibió el nombre de la sagesse (= sabiduría). Debía servir para toda la vida común del grupo y estaba dominada por una gran cruz clavada en la pared central y en la cual se destacaban, dibujados por la mano misma de Grignion, frases y símbolos en sintonía con la sabiduría del dolor, de la renuncia y del sufrimiento. El grupo se reunía allí para orar y meditar, para leer y trabajar, casi siempre bajo la guía del capellán en persona. Se escogió a los miembros de entre las refugiadas, y a la cabeza como responsable o superiora colocó a una de las más pobres, para colmo ciega y anciana, pero de una inteligencia y virtud preclaras. La comunidad se convertía así en escuela de humildad, caridad y verdad.

Salta una pregunta al respecto. ¿Cómo pretendía Grignion lograr la finalidad de mejorar la categoría de las asistentes y de personas de servicio, si en la sagesse ni siquiera estaban representadas?

Algunos han lanzado la hipótesis de que se trataba de replegarse del designio primitivo, dado el obstinado rechazo de las interesadas. Fue quizás al contrario: el verse excluidas las encendió en ira y envidia; por otra parte, replegarse sobre la masa para crear un núcleo de vida espiritual rechazada por las dirigentes, como si fuera un intento para llegar a ellas a través del conjunto de las refugiadas, siendo los asistentes, entre hombres y mujeres más de trescientos: y, aun cuando Luis María hubiera formado un buen grupo de mujeres, hubiera estado muy lejos de mejorar a la masa y muchos menos a las asistentes. O, por lo menos, se hubieran necesitado decenios.

La explicación más lógica se halla en la forma en que Grignion empleó la sagesse el día en que hizo ingresar en ella a una mujer no refugiada ni asistenta, Luisa Trichet. Permítasenos una comparación: pensemos en el jardinero que, teniendo entre las manos una plantita exótica y delicada, prepara un tanto al mismo tiempo el clima y el terreno donde colocarla, haciéndole pasar algunos meses, el período más difícil, en el vivero con otras ya aclimatadas.

Pero oigamos a las citadas Crónicas:

 

«Una vez más (Luisa Trichet) le suplicó con renovado empeño le indicara un lugar a donde poder retirarse para vivir la vocación a la cual se sentía llamada:

– ¡Bien!, respondió él sonriendo, ven a vivir en el Hospital.

No fue una palabra tirada al acaso: el santo director tenía sus propósitos, y Dios lo comprometía para la realización de sus designios.

La señorita Trichet, una vez entrada en casa, reflexionó seriamente sobre cuanto le acababa de decir. Cuanto más pensaba en ello, más se convencía de que Dios le había hecho conocer la propia voluntad y sintió interiormente una calma respecto al tema de su vocación. Puso, pues, manos a la obra y sus esfuerzos fueron coronados por el éxito: obtuvo el permiso para trasladarse al Hospital (...).

Los señores Administradores pensaron conveniente (por respeto a la familia) designarla como auxiliar de la Directora, pero el P. de Montfort la destinaba a otro oficio (...).

Cuando la directora le propuso poner a María Luisa a la cabeza del grupo de la sagesse:

– No, no, señora –replicó– ante todo tiene que aprender a obedecer.

La señorita Trichet, admitida así entre aquellas pobres, no quiso ningún signo distintivo: las mismas oraciones, el mismo trabajo, la misma comida: pan duro y un poco de sopa como se daba a las enclaustradas (...).

Nos podríamos extender bastante sobre las virtudes que el P. de Montfort hizo practicar a la fervorosa novicia para prepararla a convertirse en instrumento apto para la realización de los grandes designios puestos en ella por el Señor; pero todo esto se describe minuciosamente en la biografía de esta venerable Madre» (Ib.)

 

También nosotros remitimos a esa fuente.

En tanto, estamos persuadidos de que la iniciativa de aclimatar a la excepcional alumna en la sala de la sagesse fue plenamente comprendida y seguida por las demás muchachas del grupo. La Directora del hospicio, al no poder contar con ella, o quizás, al no poder mantenerla bajo constante control y temiendo una peligrosa rival, arrugó el ceño; no vuelve a confesarse con el capellán y si no llega todavía a obstaculizar su proyecto, se coloca claramente en la fila de las otras gruñonas asistentes, y, después de algunos meses, se desencadena netamente junto con ellas en abierta oposición.

De todos modos, Luisa Trichet había entrado al Hospital, y con el asentimiento de Bureau y del obispo, de pronto con el único título de auxiliar de la Directora. Era ya a finales de 1702. La familia que, al comienzo se había opuesto a esa determinación, había terminado por condescender, dado el honorable... puesto conferido a la hija, digno de una Trichet; y sin embargo, sigue ignorando la verdadera intención de la hija y del capellán de dar así comienzos a una nueva congregación.

El acto de ruptura definitiva con la familia y con el mundo se ha señalado el 2 de febrero de 1703, fiesta de la Purificación de María.

 

«Con la aprobación de señor Obispo de Poitiers, el P. de Montfort bendijo el santo hábito y lo ofreció a la fervorosa novicia, diciéndole:

– Toma este hábito, hija mía; te servirá de salvaguardia y poderosa ayuda en toda clase de tentaciones.

Al nombre de bautizada le añadió el de Jesús; y ella lo llevó y amó por toda la vida» (Ib.).

 

Se convirtió, pues, en María Luisa de Jesús.

Fue una toma de hábito religiosa y el comienzo de un noviciado muy largo, larguísimo, de trece años...

Las reacciones de la familia y del ambiente ciudadano ante la presencia de María Luisa vestida de campesina, fueron clamorosas y en la mayoría adversas. Constituyó también el colmo para el capellán.

La sagesse, era ya de sí un cambio; y todo cambio, hacia lo mejor, atrae siempre contradicciones y críticas que la envidia y la malignidad saben hallar. El hecho de haber insertado, como si nada, a una media hermana de un futuro instituto no identificable y fruto de la mente exaltada del capellán... era el colmo de la locura. Todo ello «produjo un enorme revuelo en el Hospital General de Poitiers. La elección que el P. de Montfort había hecho de ciertas jóvenes excluyendo a otras, suscitó la envidia y consiguientes quejas y murmuraciones de quienes no habían sido juzgadas a la altura de formar parte de la nueva asociación (...)» (Grandet, 76).

 

A la cabeza de la oposición encontramos a las tres hermanas Bourceau De la Touche, asistentes las tres, ya habituadas a pelear contra Grignion. Luego de rechazar resueltamente el reglamento elaborado en octubre, desaprobando la presencia y el hábito de María Luisa de Jesús, arrastraron a la inepta Dame de París, la Directora, a la ruptura definitiva con el capellán y su grupo. Todo porque no podían someterse a la idea de recibir lecciones, aunque fueran de humildad y vida espiritual, dadas por las pobres, y porque se imaginaban quién sabe qué tenebrosas intrigas para deponerlas de su trono en un próximo futuro.

Para el colmo, una nueva postulante había pedido el hábito de María Luisa, y era una asistente: Catalina Brunet. Fue la gota que desbordó el vaso. Era difícil encontrar motivos válidos, pero la malicia los sugiere a bajo precio. Comenzaron por atacar al grupo de la sagesse por las prácticas de piedad, y, en primer lugar, por la comunión diaria, ciertamente autorizada. Luis María quería la comunión diaria, y un día la prescribirá a las Hijas de la Sabiduría:  «...comulguen todos los días, que ambas lo necesitan mucho, con tal que no caigan en pecado venial deliberado» (Carta 29,2; BAC, 108).

 

Grignion no pertenecía ciertamente a la corriente minimista de Arnaud: no consideraba la comunión solamente como privilegio, sino como una necesidad para sostenerse en las luchas de cada día. Es cierto que encontramos cierto rigor en eso de exigir la exclusión del pecado venial deliberado. Pero si pensamos en que los mejores confesores de la época rara vez concedían la comunión más de cuatro veces por semana, Luis María resulta uno de los más liberales en esta materia.

De todos modos, ya fuera por cuestiones de teología o de ascesis, este fue un buen argumento para el grupo Bourceau. El obispo, advertido del inconfesable abuso, sin mayores explicaciones, hábilmente ganado para su bando, fue convencido de enviar al capellán la prohibición de dar la comunión a sus hijas fuera del domingo.

 

«(Grignion) quiso llevar personalmente la noticia a sus fervorosas discípulas:

Hijas mías, monseñor les prohibe la comunión diaria. Obedezcamos y roguemos a san Miguel que se interese por nuestra causa...» (Besnard).

 

El recurso a san Miguel es más que pertinente: pero es también claro que Montfort veía en la prohibición una maniobra satánica de sus enemigos. ¿No es acaso san Miguel el jefe de las milicias celestiales? Ocho días más tarde: «el obispo, tras informarse mejor de la cuestión, le hizo saber que les podía dar la comunión todos los días» (Ib.).

 

Los aullidos no se acallaron con esto. Fracasado el intento sobre la piedad eucarística, lo acusaron de exageración en la mariana. ¡Estaba de moda quedarse en esta materia un tanto atrás! Aquella manera suya de tener encendidas las velas ante la estatua de Nuestra Señora durante la misa, y, además, eso de mantener siempre una lámpara encendida delante de la imagen de María –y para colmo a expensas de las devotas solteronas–, era un signo evidente de desordenada idolatría. En vano se esforzó el sacerdote por dar a entender que el honor tributado a la Madre repercute en homenaje del Hijo, y que la lámpara ante el Santísimo Sacramento no excluya la de Nuestra Señora... Más tarde escribiendo su Tratado, recordará esas peleas y anotará frases quizás sentidas en aquellos días:

 

«Los devotos críticos... critican casi todas las formas de piedad con que las gentes sencillas honran ingenua y santamente a esta buena Madre sólo porque no se acomodan a su fantasía (...) Se irritan al ver a las gentes sencillas y humildes arrodilladas –para rogar a Dios– ante un altar o imagen de María (...). Llegan hasta acusarlas de idolatría como si adoraran la madera o la piedra...

Los devotos escrupulosos son personas que temen deshonrar al Hijo al honrar a la Madre, rebajar al uno al honrar a la otra. No pueden tolerar que se tributen a la Santísima Virgen las justísimas alabanzas que le prodigan los Santos Padres. Toleran penosamente que haya más personas arrodilladas ante un altar de María que delante del Santísimo Sacramento (...). Oigamos algunas de sus expresiones más frecuentes: "¿De qué sirven tantos rosarios? ¿Tantas congregaciones y devociones exteriores a la Santísima Virgen? ¡Cuánta ignorancia en tales prácticas! (...). Nunca se honra tanto a Jesucristo como cuando se honra a la Santísima Virgen. Efectivamente, si se la honra, es para honrar más perfectamente a Jesucristo; pues, si vamos a Ella, es para encontrar el camino que nos lleva a la meta, que es Jesucristo (...)» (N 93-94).

 

No es difícil ver en estas maniobras al enemigo de toda obra buena y sobre todo de toda obra de Dios. En esos meses Luis María aprendió a conocer sus tácticas:

 

«El demonio, como falso acuñador de moneda y engañador astuto y experimentado (...) no falsifica ordinariamente sino el oro y la plata, y muy rara vez los otros metales, porque no valen la pena, así el espíritu maligno no falsifica las otras devociones tanto como las de Jesús y María –la devoción a la sagrada comunión y la devoción a la Santísima Virgen–, porque son, entre las devociones, lo que el oro y la plata entre los metales. (VD, 90).

 

Pero las discusiones perturban profundamente la vida monótona y cómoda de los señores administradores. Estos añorando los bellos tiempos en los que estaban peor, pero al menos todo estaba tranquilo, quisieron arreglar por la raíz la causa de las disputas:

 

«9 de febrero de 1703 – Respecto de las protestas adelantadas por el P. Audinet, párroco de San Miguel y vigilante de las sanas costumbres, a propósito del P. Grignion que, al haber cambiado, de propia iniciativa, el reglamento y la marcha de la vida del Hospital, dio lugar a disturbios en el reparto femenino, hasta provocar escandalosas murmuraciones de todas las mujeres del mencionado Hospital;

se decide que el P. Grignion sea llamado a la Oficina para advertirle por última vez que no se inmiscuya en nada que no sea de su competencia fuera de lo que le incumbe, simple y llanamente, en el servicio divino, o sea, celebrar la santa misa, dar el catecismo, hacer cumplir otras prácticas devocionales en la capilla, y absolutamente nada más» (Achiv. De la Vienne, Hospitales J 213, fol. 73).

 

Encerrado en la capilla, exactamente como nueve meses antes.

El capellán debe quedarse en la iglesia. Pero esta vez hay algo más: quedarse en la capilla significaba no organizar nada ni entre los asistidos ni entre las asistentes: nada de reglamentos, nada de ensayos, y sobre todo nada de salas especiales. Por tanto, adiós sagesse. Le pidieron la sala anteriormente concedida con tanta solemnidad; disolvieron el grupo de las jóvenes pobres. A la adversidad se añadió así el amargo fracaso.

La ocasión anterior había tenido que retirarse a un escondite por haber saciado el hambre de los estómagos; esta vez, por haber alimentado las almas.

Y una vez más Luis María se siente inútil en el Hospital: presenta su dimisión –aceptada muy a la carrera, ciertamente, ¡si en el espacio de un año no han logrado encontrar otro capellán!– y de improviso, casi contra su voluntad,  parte. Una vez más hacia París.

Desanimado por la frustración precisamente en el punto de partida del impulso apostólico y no acostumbrado aún a los fracasos, por lo cual los siente aún más dolorosos. «Hacían falta milagros», anota Blain (213), y Grignion no está en grado de hacerlos y quizás tampoco los cree necesarios. En su humildad se siente culpable, incapaz, responsable.

Por ello se retira de la pobre "Babilonia". Pero se va un poco más contento, porque ha dejado entre aquellos muros algo de semilla de energías espirituales, porque ha logrado echar un poco de levadura en la masa, levadura que se abrirá paso entre la resistencia y la rutina. Dejaba a las dos primeras Hijas de la Sabiduría, María Luisa de Jesús y Catalina Brunet.

 

Este repentino viaje a París que tiene el sabor de una fuga, abre uno de los períodos más difíciles de Grignion: la permanencia en la capital durará casi un año y no se logrará muy fácilmente precisar los motivos aun teniendo la lista de los episodios.

El abandono del Hospital, se decía, tiene sabor de fuga.

Huida de un mundo que no lo había comprendido, que lo obstaculizaba, que le reducía la inmensidad del ideal misionero que cada día se le agigantaba más en el corazón. Huida de una nominación que lo había condicionado a encerrarse, sólo para aquellos que se arropaban con el nombre de gens sans aveu. Mejor no fue una fuga, fue una espera...

Era el momento de ayudarle, de aconsejarlo, de apoyarlo: lo necesitaba en extremo, a causarle un vacío ardiente en el espíritu que amenazaba adormecerlo en una soledad mística, hasta donde se quiera, pero a base de renuncias y ya no conforme con la vocación apostólica que se le había revelado en los primeros días de sacerdocio. Pero no encontró quién lo aconsejara: el jesuita de Poitiers no supo infundirle un nuevo impulso y el P. Leschassier de París no quiso ni siquiera mirarlo.

En la inmensa soledad del espíritu y del lugar, escogió en París el mejor modo de saber: un hospital de mendicidad, donde volver a experimentar ya la opción hecha para él por los superiores, ya la posibilidad de proseguirla.

También en París fracasará y no sólo por culpa de los demás. Para no desmentir el atractivo que experimentaba –Blain lo llamará: el gusto por los hospitales y el abandono reinante en ellos– y para optar por una nueva casa donde ejercitar la caridad (Blain 217), bajó al Hospital general de los pobres de la capital, que se llamaba "La Salpêtrière".

 

«Nosotros, deudores para con la misericordia divina por tantas gracias y por la visible protección con que ha guiado nuestros pasos al comienzo y en el curso feliz de Nuestro Reino, al darnos el éxito de las armas y el júbilo de Nuestras Victorias, creemos sentirnos aún más obligados a dar testimonio de nuestro reconocimiento con la regia y cristiana dedicación a los negocios que tocan a su honor y a su servicio...

... considerando a los pobres como miembros vivos de Jesucristo y no como miembros inútiles del estado y queriendo guiarnos en tan grandiosa obra no con los decretos de policía, sino con los motivos de la caridad (...) ordenamos que los pobres mendicantes sanos de uno y otro sexo sean enclaustrados, con el fin de que puedan dedicarse a la acción en los trabajos de manufacturas, según su capacidad...».

 

Es un pasaje del altisonante decreto de Luis XIV que en 1656 creaba el conjunto destinado al encierro obligatorio para los mendigos que infestaban las plazas, los caminos, las riberas del Sena, los puentes y que continuaban aumentando en número y exigencias. Se trataba de seis grandes bloques y de otras tantas casas requeridas por la necesidad y que muy pronto resultaron tan insuficientes, que pocos meses más tarde el gobierno debió proceder a la construcción de un potente edificio al que Liberal Bruant, el arquitecto des Invalides, dio un rostro de majestuosa austeridad, y que tenía capacidad para 5.000 mendigos. Dado que el nuevo edificio había sido construido sobre la antigua fábrica y depósito de pólvora ordenados por Luis XIII en 1594, asumió el nombre de "La Salpêtrière".

Bossuet podía declamar el día de la inauguración:

 

«¡Vengan a este Hospital! Salgan un tanto de la ciudad y observen esta nueva ciudad construida para los pobres, ¡asilo de todos los miserables, banco del cielo, primer medio propuesto a todos para asegurar los capitales y multiplicarlos con el interés de la usura celestial!

Nada se asemeja a esta ciudad: no, ni siquiera esta soberbia Babilonia ni las ciudades famosas construidas por los conquistadores. Ya no veremos el triste espectáculo de hombres muertos aun antes de morir, desalojados, bandidos, errantes, vagabundos de quienes nadie cuidaría si no tuvieran que formar parte de alguna sociedad humana. Aquí se trata de arrancar a la pobreza la maldición creada por el no hacer nada, de transformar a los pobres según el Evangelio. Los niños reciben educación, se reúne a las familias, se instruye a los ignorantes para recibir los sacramentos (...)» (Compassion de la Sainte Vierge, punto I), para terminar, patéticamente, animando a los ricos a tomar sobre sí la carga de los pobres para enriquecerse con tesoros desconocidos de méritos...

 

Pero pocos meses fueron suficientes para colmar el nuevo Hospital: los cinco mil, subieron a diez mil. Se restringieron los puestos, se supercolmaron los espacios, se remitieron a provincia los restantes, se reorganizó el conjunto de los locales abandonados, y... terminó en el punto de partida: hubo que reabrir las puertas y dejar vagar por las calles a los pobres envilecidos y descontentos.

El decreto del rey Sol que hemos citado no es tampoco un monumento de sabiduría y dignidad cristianas como sería de desear, sino una estrategia política impuesta por las circunstancias. Bajo la guía de un hombre excepcional –solamente revaluado un tanto hoy día–, Juan Bautista Colbert, Francia se encaminaba al nuevo sistema económico. Ministro de economía, había tratado de reducir la administración civil, desarrollar el comercio, crear la industria del mañana, con métodos protectores pero eficaces. Era necesario el giro decisivo: del empleo de la agricultura al de la industria a través de la manufactura. El desequilibrio inevitable de la reforma causó inmensos males: la indagación fiscal demolió el rédito y detuvo las fallas de la deuda pública, limitó los gastos desmedidos de la burguesía y creó el desajuste de la economía agrícola. Millares de familias se vieron de improviso lanzados al asfalto, se abandonó la tierra por la factura, los desocupados aumentaron para volcarse de la provincia a la capital donde la miseria humana asumió tonos de grotesco dolor al lado del ostentoso lujo de Versalles y de los nobles que seguían sin querer ver...

 

«Mis queridos oyentes –gritaba Bourdaloue– Uds. son testigos y apelo a su directo conocimiento. Están al corriente de lo que sufren cada día tantos miserables expuestos a sus miradas; y si aún quieren ignorarlo, se lo haría ver el aspecto que presentan, a pesar de Uds.: los rostros exangües, el cuerpo esquelético, se lo harían ver sus lamentos, sus gemidos, y, a menudo, su desesperación se lo harían sentir incluso demasiado.

Y ¿si yo pudiera describirles todos los males ocultos que no pueden saber? ¿Si les hablara de tantos prisioneros sin alivio, de tantas familias derrotadas por las deudas, arruinadas y sin recursos, caídas en la extrema pobreza cuyas consecuencias sufren, y qué consecuencias? ¿Qué sucedería, si todos, y todos de golpe llegaran ante Uds. a mostrarles sus males y hacer para Uds. la descripción de los mismos?...» (Sermón para el VIII domingo después de Pentecostés, punto I).

 

Aunque no queramos dar mucho crédito a la oratoria del jesuita, o si prefiramos minimizar las súplicas de los párrocos que imploran al gobierno no asfixiar a los campesinos; aunque no debamos prestar crédito a las descripciones moralizantes de ciertos ambientes; es siempre cierto que los informes de los comisarios llevaban a Colbert a una anotación muy frecuente: "¡La pobreza ha llegado más allá de cuanto Ud. puede imaginar!" Y aquellos documentos oficiales, en el frío lenguaje administrativo, hablan de familias que viven de raíces cocidas con un poco de avena, y de guindas devoradas con su cáscara...

La policía tenía que quedar fuera de la cuestión para dejar el campo a la caridad; pero tuvo que intervenir: separó a los hombres y los ubicó en los seis vetustos edificios, reservando a las mujeres la nueva edificación, "La Salpêtrière". En 1684, se agregó a esta última el manicomio femenino para albergar a las enfermas psíquica o físicamente a causa del hambre y la penuria. El ministro trató de limitar los gastos de la corte, y el rey lo licenció, y respecto de los pobres resolvió acudir a amenazas e intervenciones constringentes. Entre tanto la tremenda marcha del hambre llegó una vez más hasta París: el gobierno, empeñado en constantes "éxitos de las armas y felices victorias", descubre en las turbas a un enemigo; de hecho, lo era, palpitante de descontento, de odio, de inmoralidades. La prostitución se multiplica fácilmente y explota en riñas obscenas en los puente y las riberas del Sena. La policía se lanza en medio del remolino: arresta a las mujeres, las somete a acelerados procesos, las condena a la reclusión, y todo último viernes de mes remite pesadas cargas a la Salpêtrière convertida así en cárcel. Un pormenor doloroso: los carros de las pobrecillas, acompañados de los gritos de la chusma, recibían el nombre de chayo, prototipos de las nefandas carretas con las que el Terror conduciría sus víctimas a la guillotina poco más de un siglo después.

Esta era, pues, "La Salpêtrière", que Grignion había querido afrontar.

Nos permitimos todavía abusar de la paciencia del lector, citando un pasaje decisivo de Massillón:

 

«¿De dónde proviene esa multitud de pobres de la que Uds. se quejan? Sé que el correr desastroso del tiempo puede hacer crecer todavía su número. Y no obstante guerras, epidemias populares, irregularidades en las estaciones como las que experimentamos, las ha habido en todos los siglos, las calamidades que vemos no son nuevas; las han visto también nuestros padres e incluso las han visto más dolorosas; las discordias civiles (...), los campos devastados por sus propios ocupantes, el reino en manos de naciones enemigas, que nadie se halle al seguro bajo el propio techo, ¡esto nosotros no lo padecemos!

Y sin embargo, nuestros padres no han visto lo que nosotros vemos: las miserias públicas y privadas, tantas familias en decadencia, tantos ciudadanos respetables que han terminado en el polvo y mezclados con la chusma, los remedios se han vuelto inútiles, el espectro del hambre y de la muerte ronda sobre la ciudad y el condado (...). ¿Qué puedo añadir todavía? Tantos desórdenes secretos que explotan cada día, que desembocan en las tinieblas, y el abismo en que se precipitan la dispersión y la penuria.

Hermanos, ¿de dónde proviene todo esto?

¡Proviene del lujo que lo devora todo y que nuestros padres no conocían, de los gastos que no conocen límites y que necesariamente arrastran consigo el enfriamiento de la caridad!» (Sermón para el IV domingo de Cuaresma, punto I).

 

¡La caridad ha muerto!

Este es el terrible motivo, el deshonroso motivo para una sociedad cristiana. Se necesitaban santos para volver a su puesto las cosas. Pero no todos los capellanes de la Salpêtrière eran santos. Había veintitrés sacerdotes, pero ninguno santo...

 

«El hombre de Dios (Grignion), viendo que no avanzaba nada con esas personas (de Poitiers) de tan menguado espíritu y poca virtud, tomó la resolución de abandonarlos y, ocultando sus designios, cierto día los dejó, y se fue a París en busca de nuevas cruces, al correr en busca de una nueva cosecha pura su ardor apostólico.

El gusto por los hospitales y la abyección que reina en ellos, no se había apagado en él. Corrió, pues, a presentarse en la Salpêtrière, donde se veía amplio campo para su celo misionero. Encontró allí con qué ejercitar a sus anchas las virtudes de dulzura, paciencia, mortificación, amor a la pobreza y a los pobres. Pero encontró también allí la malvada envidia, reinante entre los obreros del Padre de familia. Esta lo echó fuera de aquel amplio hospital de París, así como lo había echado fuera del de Poitiers» (Blain, 216-217).

 

Luis María se había puesto, pues, al servicio de los pobres, voluntariamente, no precisamente por el "gusto" de la miseria y de la abyección, sino por el amor de la caridad y del apostolado. De hecho, todo su trabajo llevó esa impronta:

 

«Es increíble cuanta pena y cuanto trabajo se impuso para enseñar a quien ignoraba la verdad de la salvación, para cortar las costumbres pecaminosas a cuantos habían estado sumergidos en ellas durante años y para hacer avanzar a los buenos por el sendero de la virtud, para consolar a los afligidos y dar a todos otra idea de Dios y de la enormidad del pecado... (Grandet, 56-57 – DRG, 42).

 

Nada hay que cause tanto fastidio al prójimo como hacer algo donde los demás no hacen nada. Ese agitarse, ese moverse por el bien, dio muy pronto en el ojo: los veintitrés colegas no podían explicarse aquel celo apostólico sino definiéndolo como indiscreto e invasor. En pocas palabras el querido canónigo Blain había descrito la situación: no hay mejor campo para la malignidad que la viña del Señor, porque el terreno es de Dios y las deficiencias humanas aparecen allí en toda su mezquindad, y porque los frutos que allí se recogen deben sudarse dolorosamente.

Los biógrafos no nos han relatado con suficientes detalles cómo acontecieron los sucesos, pero conociendo ya lo que pasó en Poitiers no hacen falta pormenores.

Luis María se había hecho sacerdote para mantenerse disponible, siempre y en todas partes. En aquellos años, orientado por la llamada de un obispo y las experiencias de cada día, creyó quizás que el bien más urgente fuera realmente el de los hospitales, de los refugiados, de la miseria encerrada por la policía dentro de pocos números. Y la había querido socorrer, a pesar de saber que encontraría cruces y rechazos. Pero la experiencia de la Salpêtrière fue reveladora para él: podemos deducirlo de la carta escrita a la querida hija que permanecía en Poitiers, María Luisa de Jesús. Aparece en ella un Montfort que desde París organiza un "grupo de oración" en Poitiers entre las personas buenas que todavía lo estiman y a quienes pide que colaboren para alcanzarle no mejor fortuna sino mayores cruces y, por tanto, mayor sabiduría. Sólo por este motivo podemos comprender que había fijado la fiesta de Pentecostés –27 de mayo– para alcanzar una nueva efusión del Espíritu.

 

«Querida hija en nuestro Señor Jesucristo:

¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones junto con la divina Sabiduría!

La experiencia personal –más que tu propia carta– me hace saber que oras con insistencia a tu Esposo por este miserable pecador. Sólo puedo pagarte este favor con un intercambio de oraciones cuando en el sagrado altar tengo entre mis manos criminales al Santo de los santos. Lo que hago todos los días.

Sigue, más aún, redobla las súplicas en mi favor. Que se trate de extrema pobreza, de una cruz muy pesada, de abyecciones y humillaciones; todo lo acepto con tal que –al mismo tiempo– pidas a Dios que esté a mi lado y no me abandone un solo instante a causa de mi infinita flaqueza. ¡Oh! ¡Qué riqueza!  ¡Qué gloria! ¡Qué placer! ¡Si con todo esto alcanzo la divina Sabiduría por la cual suspiro día y noche!

No; no cesaré nunca de pedir este infinito tesoro. Y creo firmemente que lo alcanzaré. Aunque todos los ángeles, los hombres y los demonios me digan lo contrario. Pienso que tus plegarias son demasiado eficaces; que la bondad de Dios es demasiado tierna; que la protección de la Santísima Virgen, nuestra bondadosa Madre, es lo suficientemente grande; las necesidades de los pobres, lo suficientemente apremiantes; la palabra y promesa de Dios, lo suficientemente explícitas. En efecto, aunque la posesión de la divina Sabiduría fuera imposible de lograr con los medios ordinarios de la gracia –lo que no es cierto–, resultaría posible gracias a la fuerza con que la imploramos, porque todo es posible a quien cree. Esto es una verdad inmutable.  Además, las persecuciones de que he sido objeto y de las que lo soy ahora noche y día, me confirman en que la obtendré.

Hija mía, te pido, por tanto, que incluyas en esta cruzada de oraciones a algunas almas amigas tuyas, orando con ellas –sobre todo, hasta Pentecostés– todos los lunes de una a dos de la tarde. Yo haré otro tanto a la misma hora. Envíame sus nombres por escrito.

Me encuentro ahora en el Hospital General con cinco mil pobres, tratando de hacerlos vivir para Dios y de morir a mí mismo. No me acuses de inconstancia o frialdad respecto a los habitantes de Poitiers. Porque mi Maestro me ha traído acá como a pesar mío. Tiene en todo sus planes, que adoro sin conocerlos. Por lo demás, no pienses que fines temporales o alguna criatura me retengan aquí. Ciertamente, no. Pues no tengo más amigos que a Dios sólo. Todos los que tuve en otro tiempo en París me abandonaron.

No me he apoyado, ni me apoyo ahora, en los bienes que pueden llegarme de la señora de Saint-André. No sé si se halla en París, y menos aún dónde reside. Si me encuentro feliz de morir a mí mismo aquí, lo estaré igualmente de desaparecer de la memoria de muchos de Poitiers a fin de que allí reine Dios sólo. ¡Dios sólo!

Serás religiosa. Lo creo firmemente. ¡Cree y ora!»

(sin firma)

(Carta 15;  BAC, 92-94).

 

La carta es una respuesta a otra de María Luisa, perdida como tantas otras. Grignion se divierte, o poco menos, en desmontar las habladurías de Poitiers para resaltar el único motor que lo había alejado de Poitiers hacia París: la voluntad de Dios solo. Pero encontramos en ella explicitada la decisión de que lo olviden en el ambiente del Hospital por cuantos no están vinculados espiritualmente con él. Ese querer morir en los corazones, ese afán de ser ignorado, nos dan a entender que Luis María no piensa regresar allá, y que la opción por la Salpêtrière, aún por parecer involuntaria, es definitiva al menos por cuanto a él concierne.

Pero en el Hospital general de París no permanece largo tiempo. Solamente algunos meses.

 

«Cierta tarde encontró bajo la servilleta una carta de despedida, mientras se sentaba a la mesa para comerse un trozo de pan. Antes de partir distribuyó sus pocos enseres y cuanto tenía a los pobres e intercambió con el del portero su propio sombrero nuevo recién recibido como regalo; y, siguiendo el evangelio, sacudió el polvo del calzado al dejar el puesto donde Dios lo había colocado y de donde el mundo lo alejaba...» (Grandet,57 – DRG, 42).

 

El mundo, según Grandet, habría que identificarlo en ciertos administradores celosos, y según Blain (cit.) en ciertos colegas envidiosos. O quizás en ambos grupos. Desde el punto de vista de éstos, quizás la razón estaba también de su parte: aquel sacerdote campesino, aquel testarudo bretón que cautivaba la aprobación de la pobrería con sus ideas reformistas y espirituales, debía necesariamente aparecer en contraste con aquel reglamento entristecido por los decretos burocráticos sin vida. Sus censuras podían haber nublado la visión de algunos que encontraban en la abyección de las reclusas libre incentivo con desprecio de la moral. Quizás el error, esta vez, podía hallarse en el mismo Grignion: no sabía armonizar, esperar, tolerar... Demasiado recto y santo, no había sabido conciliar la rigidez de los principios con la mansedumbre de las obras.

Pero así aconteció. Había pedido mayores cruces y contradicciones al cielo. Era la primera de una novísima serie. ¡No se piden ciertas cosas impunemente a la divina Providencia!

Una vez más, Luis María se encuentra solo en la inmensidad de París.

 

 

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