Capítulo 6 - Las opciones de un joven sacerdote bretón
Capítulo 7 - Lo amargo de la inactividad
Capítulo 8 - Los pobres buscan a un sacerdote
Capítulo 9 - Amor y odio
Capítulo 10 - Una heredad para los pobres
Capítulo sexto
LAS OPCIONES DE UN JOVEN SACERDOTE BRETÓN
Aquella mañana tardía de primavera, mientras la ciudad no
despertaba todavía, una larguísima fila de clérigos bajaba
silenciosa y recogida en oración, del cuadrilátero de San
Lázaro donde había hecho sus ejercicios espirituales en
dirección de l'Ile, hacia Notre Dame y el palacio
arzobispal. Tras recorrer dos kilómetros desde el antiguo
Faubourg Saint
Denis y cruzar el Arco de Triunfo, grandioso recuerdo de la
victoria de los franceses sobre los alemanes y los
holandeses, erigido en 1672, seguía avanzando por la Calle
San Dionisio igualmente larga.
Era el camino consagrado para las apoteosis y los funerales
reales: por allí había pasado Felipe III llevando el cadáver
de Luis IX; por allí habían desfilado los cortejos de los
príncipes de sangre, después de las bodas, y de los reyes,
después de la coronación.
Cerca a la torre de Santiago, la fila giró derecha sobre el
Sena para entrar en l'Ile.
L'Ile –la isla– no era realmente bella. En las orillas del
río, en lugar de los elegantes bancos modernos, se alineaban
casas altas, oscuras, mal olientes, perennemente a baño en
un estanco de jabón, cubiertas de hierba, con basuras
repugnantes, y en las ventanas cortinajes de todo color y de
toda pobreza. Más adentro, luego, una infinidad de horribles
callejuelas, ratoneras, tugurios infectos para adornar ese
repugnante esbozo donde los padres se habían amontonado
durante siglos: cincuenta y dos calles, seis estrechas
calles ciegas, tres plazas, diez parroquias, veintiuna entre
iglesias y capillas, dos conventos, un hospital –el
Hôtel-Dieu ya conocido– un hospicio para niños abandonados,
el palacio de justicia con amplias dependencias, el claustro
v la basílica de Notre-Dame, el nuevo arzobispado... todo
esto en un poco más de 200.000 metros cuadrados. Un barrio
sin luz, triste, sin aire, que nunca había perdido el rostro
de estación de embarcaciones desde muy remotos tiempos.
Sin embargo, era el crucero de los caminos del mundo,
"centro y focolar de la vida pública y moral de la
humanidad", como ampulosamente lo definía Camilo Julián.
A Napoleón III lo tildaron de iconoclasta cuando recuperó
l'Ile, reduciéndolo todo a doce calles con Notre-Dame, el
Hôtel-Dieu y el palacio de justicia. Pero los parisienses de
hoy, mucho más sabios, le agradecen este sacrilegio.
La procesión de los ordenandos alcanzó fácilmente la
plazoleta de la basílica, bordeó un trecho del hospital y,
sin detenerse, cruzó frente al enorme portal del palacio del
cardenal de Noailles, que él hizo construir sobre el antiguo
de 1161, y que huele todavía a estucos y barnices.
La sagrada ceremonia de la ordenación sacerdotal tuvo lugar
en la sala de los sínodos que hacía las veces de capilla
arzobispal. Allí Luis fue consagrado sacerdote por las manos
del obispo de Perpiñán, delegado para ese año por el
cardenal. Jean-Hervieu Bazán de Flamenville era un antiguo
conocido de Grignion: antes de ser obispo de Chartres y
luego obispo de Perpiñán y de Elne, es decir, de 1695,
también él había sido catequista de los desarrapados en la
parroquia de San Sulpicio. Si los dos no se habían conocido
personalmente, habían tenido en común una heredad apostólica
y un trabajo.
Transcurridos varios días desde la ordenación para
prepararse con mayor humildad y devoción y como era
costumbre en el seminario, luego de dedicarse con
escrupulosa atención a la práctica de las rúbricas, Luis
María celebró su primera misa en el altar de Nuestra Señora
en la iglesia parroquial de San Sulpicio, a donde por años
había acudido con amor y ternura.
«Asistí a aquella misa; vi allí a un hombre (celebrar) como
un ángel en el altar. Ese aspecto angelical que lo
acompañaba, no me impactó a mí solo: uno de sus compañeros
de seminario que se hallaba allí también, hizo la
observación y, al mismo tiempo admirado y edificado, me
habló de ello. Entonces, para sondearlo un tanto más, le
dije que tales y tales sacerdotes del seminario, cuyos
nombres le recordaba y que eran muy fervorosos, habían
parecido también en una actitud devota en esa augusta
acción. "Es verdad, me replicó. Pero, ¡qué diferencia! Luis
Grignion me pareció como un ángel!". Su testimonio merece
atención, por que no era persona aduladora, y menos lo era
aun de Luis Grignion a quien no era muy favorable...»
(Blain, 197s).
Para nuestro misionero, la misa fue siempre un punto
esencial de la conformación interior. Celebró cotidianamente
siempre que pudo y celebró siempre bien.
«La fe y el respeto que profesó al Santísimo Sacramento se
percibía también en la devoción manifestaba al santo
sacrificio de la Misa y la atención con que la celebraba. De
esa manera suscitaba intensa devoción en quien lo veía en el
altar, por ese porte grave y serio, por el recogimiento
profundo. Era exactísimo en la observancia de las rúbricas;
nunca hubo debilidad física ni motivos de trabajo o de
enfermedad que le hayan hecho descuidar la cosa más
insignificante, ya que pronunciaba cada sílaba clara y
distintamente, aunque empleando sólo media hora para no
aparecer singular... Tras celebrar, se recogía en algún
rincón para continuar la acción de gracias en cuanto se lo
permitía la caridad hacia los demás y su propio deber... Su
vida fue una preparación ininterrumpida (a la misa) y una
continua acción de gracias» (del Proceso ordinario).
En cuanto dependió de él jamás dejó de celebrar la misa.
Ciento treinta años después, un testigo depuso con juramento
lo que había oído a sus antepasados, que habían conocido de
cerca al P. de Montfort, a propósito de una misa que no pudo
celebrar. Lo relatamos tal como aparece en los Procesos de
beatificación (ASV, vol 1528, testigo Ag. Damián, pp
130-131): «Mientras predicaba cierto día en Poitiers, una
intervención del misionero para alejar de la iglesia a una
señorita descaradamente inmodesta le costó la orden
perentoria de abandonar la ciudad. La orden le llegó cuando
estaba a punto de celebrar. El santo sacerdote acudió al
Vicario que lo castigaba para implorarle el permiso de
celebrar la misa al menos en privado, en la capilla
episcopal. Ante el reiterado rechazo del prelado, con mucho
respeto, replicó: "¡Vivo o muerto, le aseguro que
celebraré!" Pasaron los años. Algún tiempo después de la
muerte del misionero, se presentó a casa del mismo Vicario
un sacerdote desconocido que pidió permiso para celebrar
misa en la capilla del obispo. El permiso le fue acordado
con facilidad: más aún, después de la celebración, el obispo
envió a alguien para invitar al sacerdote a tomar alguna
cosa.
... fueron a buscarlo en la capilla, pero no lo
encontraron; hallaron, en cambio, una carta encima del altar
y dirigida al prelado... Monseñor, una vez leída, hizo
enganchar los caballos y partir al momento hacia la
residencia de *** a tres leguas de Poitiers. Allí permaneció
seis meses, después de los cuales murió. Todos dijeron que
se había retirado a hacer penitencia y que de verdad la
hizo...».
De junio a septiembre, Luis María se quedó en el seminario.
No obstante el deseo ardiente madurado a través de los años,
tiene que quedarse todavía inactivo. Quizás no está aun
preparado. ¡Oh!, espiritualmente, sí que lo está: mejor que
nadie lo sabe el P. Leschassier que ha terminado la lectura
del informe sobre el itinerario interior, que había hecho
escribir al joven sacerdote. Luis María ocupa aquellos
cuatro meses en la preparación de la predicación, tomando
apuntes, componiendo cánticos que podrán servirle en el
futuro ministerio.
Permítanos preguntar cual ha sido el verdadero motivo de
estos cuatro meses de espera porque nos parece poco
convincente afirmar que sólo le faltaban los últimos
retoques de orden práctico. ¿O fue un período de ulterior y
decisiva formación que le impusieron los sulpicianos?
A decir verdad, Leschassier se hallaba muy perplejo: según
él, el sacerdote Grignion es un auténtico hombre de Dios,
imponente por la estatura física y moral, un sacerdote de
excepcional vida interior, buen predicador, artista
inteligente, entregado a la causa, enérgico y con cualidades
que lo pueden llevar al triunfo en muchos campos del
apostolado. Pero ¿qué sector de apostolado indicarle?
Había pequeñas manchas en la imagen humana de Grignion. Nada
importantes, claro está, pero suficientes para justificar un
temor comprensible de verlo fracasar en ese mundo francés de
la época tan cáustico sobre todo con los hombres de iglesia.
Por ejemplo, ese modo de ser suyo diferente del de los demás
para hacer el bien, que volvía su singularidad un tanto
excéntrica y extraña. Le faltaba diplomacia, tacto, incluso
en las obras más santas; se lanzaba siempre resuelto, al
vuelo, adonde quiera que hubiera que desplegar celo
apostólico, sin medios términos, sin apartarse ni un
milímetro de la senda recta mientras a veces hubiera debido
aprender que se cogen más moscas con una gota de miel que
con un tonel de vinagre, según la aguda observación de san
Francisco de Sales. Leschassier temía que las gentes del
mundo vieran resucitado en ese robusto bretón, al buen
Hércules en sus repentinas reacciones de fanfarrón que
constituían la comidilla de los salones rablesianos de la
época.
Luis María necesitaba que lo llevaran de la mano, no sólo
por la senda de la santidad indiscutible en él, sino también
y sobre todo en el apostolado. Necesitaba un guía experto y
experimentado, santo para no ser menos que el discípulo,
para servirle de maestro seguro. Y en esa época, el suelo
francés contaba con muy pocos hombres capaces de semejantes
empresas.
Mira porqué incluso Leschassier aguardaba una ocasión
propicia. Lo hubiera conservado gustoso consigo, en la
Congregación de los Sulpicianos cuyo superior general había
sido nombrado precisamente en aquellos meses: San Sulpicio
podía ofrecer a Luis Grignion, fuera de un amplio campo de
actividades, también el guía seguro que le hacía falta.
Podía ofrecerle tres clases de ministerios: la formación del
clero en los seminarios y la asistencia a los eclesiásticos
en general, la predicación de misiones al pueblo y, por
último, la evangelización de los infieles del Canadá... De
hecho en Francia existían diferentes residencias sulpicianas
asignadas a la asistencia de los eclesiásticos; la
predicación de misiones populares había sido la primera
actividad del fundador, Olier, y en el Canadá, en la isla de
Montreal, en la América de la Nueva Francia, un sulpiciano
podía escoger entre el seminario, la parroquia, la
capellanía para los residentes franceses y la vida misionera
entre las tribus indígenas.
«Pero el joven sacerdote no sentía inclinación alguna a
ello...» (Blain, 200).
Esto es lo increíble de la personalidad de Luis de Montfort.
El mismo consideraba, como veremos, que necesitaba un guía,
tanto que no quería desprenderse de la obediencia hasta
tomar como mandatos hasta los más sencillos deseos de los
superiores; había considerado a San Sulpicio como tierra de
santos... ¡pero ahora no quiere quedarse allí! Nos parece
que se ha dado muy poca importancia a esta inesperada
determinación. Que ciertamente no fue una repulsa.
«Sólo Dios sabe cuántos beneficios he recibido de él
(Brenier), y de modo especial de Ud. (P. Leschassier), a
quien quedo y quedaré por toda la vida sumiso en Jesús y
María» (Carta 10; BAC, 85), escribirá pocos meses después.
Los motivos de esa decisión tenemos que buscarlos en la
naturaleza de la vocación a que Dios lo llamaba. En las
Reglas escritas para los miembros de su Compañía de María,
trazó quizás el mejor perfil de su vocación personal: «Es
necesario que dichos sacerdotes hayan sido llamados por Dios
a la vida misionera, en pos de los Apóstoles pobres. Y no a
trabajar como vicarios, dirigir parroquias, enseñar a la
juventud o formar sacerdotes en los seminarios, cosa que
hacen muchos otros buenos sacerdotes, llamados por Dios a
estos santos oficios. Por consiguiente, huyen de tales
cargos por considerarlos contrarios a su vocación apostólica
se presentan constantemente, de ayudar a las gentes por
tales medios. Ese es el cambio o desviación que han sufrido,
desgraciadamente, muchas santas comunidades, establecidas en
estos últimos siglos por el santo espíritu de sus fundadores
para predicar misiones, y ello so pretexto de un bien
mayor... La mayor parte de los miembros de estas comunidades
permanecen años enteros sedentarios, por no decir
solitarios, en sus casas de la ciudad o del campo. Su lema
es buscadores del reposo. Mientras que el de los verdaderos
misioneros –como San Pablo– es poder decir con toda verdad:
No tenemos domicilio fijo...» (RM, 2).
Hemos encontrado la palabra que define la naturaleza del
apostolado al que se sentía atraído Luis María: la
itinerancia, la búsqueda constante y sin compromisos de
las almas, la ofrenda de sí mismo para un servicio auxiliar
de sustitución de tantas fuerzas ausentes, existe en él una
voluntad de colmar el vacío dejado por muchos que, con
cálculos equivocados, han preferido establecerse en
localidades más cómodas y en más cómodos empleos.
Es el pensamiento que apremia en el Cántico que compuso
quizás en aquellos meses de espera.
«Me voy, me voy por el mundo,
presa de amor vagabundo:
¡voy mi prójimo a salvar!
¡Cómo ver a mis hermanos
perecer en el pecado
sin sentirme conmovido?
¡Son tan valiosos, Señor!
Dios mío, por tu Evangelio
sufrir quiero, en tierra y mar,
mil males, diez mil afrentas...
Si con mi vida y mi sangre
destruyo un solo pecado
y sólo a un hombre convierto,
mi esfuerzo pagas muy bien.
Ni una hora descansar puedo,
ni en un lugar reposar,
al ver ofendido a Cristo...
Todos, ¡ay!, ¡le hacen la guerra!
Por doquier reina el pecado
y al infierno caen las almas...
bramar quiero como un trueno...
¡Oh Maestro!, me hallo pronto
a gritar y hablar doquiera,
sostenido por tu gracia,
haz de mí tu misionero:
y aunque encuentre como paga,
el rechazo y las afrentas,
¡feliz estoy, mi modelo!»
(Cántico 22, 1.11.12.31, Resoluciones y plegarias de un buen
misionero).
«Haz de mí tu misionero!»
Luis María, al expresar este anhelo, señala claramente la
opción a que ha llegado: ser misionero era dedicarse al
apostolado activo de la predicación al pueblo, «para poder
decir siempre con Jesucristo: "Me envió a dar la Buena
Noticia a los pobres ", o con los Apóstoles: "Cristo no me
mandó a bautizar, sino a dar la Buena Noticia... "» (RM 2).
Si aquellos meses eran en la intención de los sulpicianos
para que Grignion pensara una y otra vez en su oferta, o si
eran un período que debía emplearse en buscar a alguien que
tomase a su cargo y guiase al joven sacerdote bretón, para
Luis María fueron el tiempo de la opción decisiva: ser el
apóstol activo de las gentes pobres necesitadas de Dios.
En este punto, con exasperante repetición, todos hablan del
atractivo que ejercen sobre el joven sacerdote las misiones
extranjeras, y en particular de un intento suyo de partir
para el Canadá. Tratemos de buscar de dónde provienen tales
indicaciones que, por motivos ya esclarecidos, consideramos
ahora fuera de lugar en el período y en la mentalidad. Y
encontramos la fuente:
«Apenas ordenado sacerdote, Grignion, ardió en el deseo de
trabajar en la salvación de las almas; se auguró incluso ir
a predicar el evangelio a los infieles del Nuevo Mundo y
decía a veces a los eclesiásticos que vivían con él:
"Amigos, ¿qué hacemos aquí? ¿Por qué permanecemos como
obreros inutilizados mientras hay tantas almas que se
pierden en el Japón a en las Indias por falta de
predicadores y catequistas que las instruyan en las verdades
para salvarse?".
Arrastrado por el celo apostólico, habiendo oído en cierta
ocasión que por orden de Tronsón partirían al día siguiente
muchos eclesiásticos destinados a establecerse... en el
seminario de Montreal, se dirigió a él para ofrecerse a
acompañarlos...» (Grandet 22-23).
Desafortunadamente, aquí, nos encontramos con uno de esos
extraños acercamientos anacrónicos a los cuales nos tiene
acostumbrados, gustoso, el primer biógrafo de Luis María,
donde las consideraciones no hallan la necesaria
correspondencia con el momento histórico o psicológico.
Estamos ciertamente de acuerdo con Grandet en considerar
"ardiente" el deseo de dedicarse a la salvación de las
almas, porque ahora Luis María es sacerdote y está a la
espera de una inminente destinación. Que, además, había
estado en su ánimo el deseo de extender el Reino de Cristo,
incluso, en tierra de misiones y un "anhelo" latente de
partir para las Indias o para el Japón o, quizás mejor aún
para las "islas de América" (como había hecho su antiguo
profesor de Rennes que viajó a la isla de Guadalupe),
tampoco tenemos dificultad de creerlo.
El ideal misionero, por otra parte, permanecerá vivo en el
animo de Luis María, casi en un maravilloso creciendo de
ansias y celo, hasta la muerte y, después de él, en las
Congregaciones que recibieron de él la vida.
No obstante, los dos episodios citados no pertenecen a este
período de la vida de Luis María.
La reflexión con "los eclesiásticos que vivían con él"
podría haber sido hecha en cualquier momento anterior o,
mejor todavía, posterior, y nos inclinamos a colocarlo en
los meses de 1700-1701 transcurridos en total inactividad en
la Comunidad de Nantes; ciertamente no en los cuatro meses
posteriores al sacerdocio en San Sulpicio donde no hubiera
podido jamás pensar en hacer a sus maestros y a los padres
sulpicianos una crítica velada sobre la preparación a la
cual, por otra parte, también se dedicaba asiduamente.
Más anacrónica aun nos parece la cita de la oferta para una
expedición al Canadá. Tronsón, Superior general de los
sulpicianos, quien personalmente escogía entre sus
religiosos a los misioneros para enviar allá, había muerto
en febrero de 1700; por lo demás, desde hacia algunos años,
el instituto se había puesto de acuerdo con el Seminario de
las Misiones Extranjeras de París, creado precisamente para
la preparación especifica de los futuros evangelizadores,
para confiarles los candidatos destinados al Canadá, por
esto se habían suspendido los envíos de refuerzos a
ultramar. La Consagración sulpiciana reanudará esas
expediciones sólo hacia 1710. Sabemos, en efecto, que
«durante más de Medio siglo los ingentes gastos que requería
la obra, obligaron a los superiores de San Sulpicio a no
enviar a Montreal sino a sacerdotes en grado de pagarse la
pensión y proveer al propio mantenimiento» (Pierre Boisard,
Histoire de la Compagnie des Prêtres de St. Sulpice,
escrito a máquina – Archivo Curia Gen. en París, s.d.).
Pero hay más: los sulpicianos se encontraban cortos no sólo
de personal sino también de dinero: en 1692 tuvieron que
pedir a los jesuitas un contingente de misioneros y lo mismo
hicieron los padres recoletos en 1694. En el fondo les
bastaba seguir adelante allá con el seminario, es decir, les
bastaba una pensión por el estilo de la parisina para
eclesiásticos deseosos de algo de reposo y de
espiritualidad.
De todos modos, también Grandet tiene razón cuando atribuye
a Tronsón la facultad de organizar expediciones de
eclesiásticos a Canadá, dado que el Superior general de los
sulpicianos era siempre el Jefe de la Société Notre-Dame
de Montréal, de la cual dependían todos los religiosos y
sacerdotes de la región.
Con esto creemos haber probado en forma suficiente que
colocar en este momento de la vida de Montfort un intento
eficaz de hacerse enviar a las misiones debe atribuirse a
cierta forma de recapitular, cuando parece oportuno, reales
o supuestos hechos e ideas.
Ciertamente Luis María acudió al P. Tronsón para ofrecerse
como misionero –nos lo confirma Blain 199–, pero el episodio
debe enmarcarse en sus primeros tiempos de estudios en San
Sulpicio, por ello tiene todo el sabor del celo y del
entusiasmo juvenil, comprensible y explicable, precisamente,
en un seminarista. ¿Cómo hubiera pretendido que lo
admitieran en el grupo de los que partían presentándose la
víspera del viaje sin ser siquiera sacerdote?
Leschassier informado por el mismo Luis María del paso
realizado con Tronsón, había respondido secamente: "no": «No
le permitió irse al Canadá por temor de que, impelido por el
celo en su carrera detrás de los salvajes, no acabara
perdiéndose en las inmensas selvas de ese país». (Ib.).
El prudente director no ironizaba: la ironía hubiera
desentonado en sus labios como buen conocedor de los
hombres: se había contentado con expresar su desacuerdo con
agudeza y una sonrisa.
Al termino de nuestra investigación sobre las intenciones
del joven sacerdote en espera de destinación, vale la pena
subrayar, no obstante, la respuesta de Tronsón: «El prudente
superior, convencido de que Dios lo quería en otro lugar, le
dio las gracias por su buena voluntad».
La convicción de Tronsón no puede ser la que expresó con
ocasión de la petición de Luis María, si el episodio debe
colocarse en los primeros meses del período de seminario.
Una convicción así se daba en Tronsón, precisamente porque
siendo prudente, sólo tras largos años de observación del
joven; nos parece que, aunque citada inoportunamente, esa
convicción es importantísima para conocer cuál era ahora la
orientación que los sulpicianos habían resuelto seguir
respecto del sacerdote Grignion.
Y, por esta vez, démosle gracias a Grandet por su
imprecisión.
Junto con su opción espiritual, Luis María trata de
concretar también la práctica: lo descubrimos por una carta
que, unos meses después, escribe desde Nantes: «Al igual que
cuando estaba en París, me asaltan deseos de unirme al señor
Leuduger, maestro de teología de Saint-Brieuc, excelente
misionero y hombre de mucha experiencia o de trasladarme a
Rennes y retirarme al Hospital General al lado de un
sacerdote ejemplar, conocido mío, a fin de dedicarme a obras
de caridad entre los pobres» (Carta 5).
Es la llamada de la amada tierra nativa de aquella Bretaña,
que no podía borrarse de los recuerdos más profundos de la
naturaleza y del corazón. Volver allá, ahora como sacerdote,
y no para quedarse en la familia en la paz del Bois-Marquer
ni en la ambiciosa Montfort; sino para dedicarse a la
predicación de las misiones con los grandes apóstoles
bretones, en su escuela de práctica pastoral y sobre todo de
santidad vital, o dedicarse al menos a la asistencia
espiritual de los pobres hospitalizados y de los enfermos.
Regresar a su tierra...
Leuduger y Bellier son los nombres que personifican ese
suelo y ese apostolado del que tanta necesidad había y para
el cual solamente, en su humildad, creía estar capacitado.
Leschassier supo todo esto gracias a las confidencias de
Grignion expectante. Esperó, a su vez, que un signo
indicador se mostrara en el horizonte. Los nombres
presentados por Grignion no le decían nada y le resultaban
desconocidos –y lo dirá respondiendo a aquella carta–
mientras consideraba que era deber suyo entregar aquella
alma excepcional a alguien realmente capaz.
Y la Providencia de ese Padre del cielo que nunca engaña en
el momento oportuno tenía a la mano lo más conveniente.
Capítulo séptimo
LO AMARGO DE LA INACTIVIDAD
El hombre se llamaba René Lévêque, anciano sacerdote secular
de setenta y seis años, muy amigo de Juan Jacobo Olier.
Bretón incansable, casi del pueblo y, sobre todo, santo.
«La humildad y la penitencia eran sus virtudes dominantes.
El cilicio era su vestido de todos los días; y no lo
cambiaba, ya viejo y gastado, sino por otro nuevo y más
punzante... Su descanso consistía en pasar el resto del día
en la recitación del rosario o la lectura de algún libro
piadoso...» (Blain, 203.209).
La obra principal del anciano había sido una casa para
sacerdotes creada en la ciudad de Nantes, en la riada de San
Clemente. Originariamente, la institución comprendía tres
categorías de huéspedes:
la primera: quienes se dedicaban exclusivamente a la
predicación de las misiones en la Baja Bretaña,
la segunda: quienes hacían ejercicios espirituales,
sacerdotes o laicos, venidos de todas partes;
la última: la más importante, el clero francés joven que
había que formar.
El obispo, mons. Gilles de La Baume Le-Blanc, había aceptado
en Nantes esa institución porque conocía el espíritu
sulpiciano de Lévêque, contemporáneo de Olier y capaz de
brindar al sacerdote recién ordenado un autentico soplo de
espiritualidad. Haciéndolo reconocer también civilmente por
el gobierno, había insertado también en el Instituto a los
responsables del seminario diocesano.
«La mayor parte de los sacerdotes (del seminario), que
habían sido alumnos de San Sulpicio, se hallaban en relación
con los dirigentes de esta comunidad, y en la educación de
los seminaristas se esforzaban por acercarse lo más posible
a cuanto se hacía en París. Después que los jóvenes recibían
la ordenación los enviaban a la comunidad para que (allí) se
formaran en la práctica del santo ministerio» (Fallion, Vie
de Olier, París 1874, III, p 367).
De esta manera, mientras el obispo podía garantizarse un
buen clero, Lévêque encontraba constantemente elementos para
renovar su propia institución. En los últimos años, también
el rector del seminario diocesano había sido acogido como
miembro efectivo de la Comunidad con el grado de
vicerrector: era éste Coupperie Des Jonchères. Su presencia
en la casa valía una hipoteca sobre la sucesión de Lévêque
para asegurar a la diócesis la comunidad de la obra.
Todo había marchado bien durante unos quince años, hasta el
día que el seminario necesitó un profesor de ideas más
actualizadas. Con la llegada a la diócesis y a la Comunidad
del sacerdote De la Noé-Ménard, mezquino jansenista
proveniente de otro seminario parisino, las cosas comenzaron
a marcar el paso y dividirse.
El nuevo profesor, sin mayor esfuerzo, hacía muchos
prosélitos: la cuestión de la gracia oscureció mentes y
ahondó divisiones en las dos obras. Así los últimos veinte
años de Lévêque fueron llenos de tristeza: si las ideas más
avanzadas habían disminuido el valor esencial de la
Comunidad, es decir, la fe auténtica, habían llevado también
al relajamiento de la disciplina regular y al debilitamiento
del espíritu de apostolado. Los menos adoctrinados habían
ganado barricadas dogmáticas, primero solapadamente, y luego
abiertamente, arrogándose cierta independencia y libertad,
hasta el punto de que la pequeña comunidad se estaba
transformando poco a poco en albergue y la riendas
sostenidas a cuatro manos por Lévêque y des Jonchères,
fueron muchas veces arrancadas por la rabiosa dentellada de
la nueva corriente. La senda a la cual se encaminaba no
podía menos de acabar en la indisciplina y la herejía
práctica.
Lévêque, antes de asistir al fracaso de su obra quería
presentar su dimisión, y se había dirigido a San Sulpicio
pidiendo consejo y ayuda. El superior general, Carlos
Tronsón, conociendo la predilección de Olier y de los demás
superiores por la obra de Lévêque, insistió para que no
abandonara el puesto, disuadiéndolo de presentar la
dimisión. El derrumbe de la comunidad de San Clemente habría
constituido una notable pérdida para la causa católica de
Bretaña y un fracaso para los mismos sulpicianos. Tronsón
había prometido refuerzos; pero no los tenía a mano o la
muerte le impidió hallarlos.
El problema estaba patente sobre el escritorio de
Leschassier cuando tuvo que asumir el superiorato general de
San Sulpicio. Le incumbía a Leschassier proveer; y con
visible lentitud de extremada prudencia, trató de proveer a
ella.
Cuando en el tardo verano de 1700 el enflaquecido Lévêque
llegó a la residencia de Issy para los ejercicios
espirituales del año resuelto como nunca a presentar su
dimisión, describió al nuevo superior general la agonía de
su propia criatura con tales llantos y quebrantos, que
Leschassier decidió intervenir.
Existía sí, claro, un elemento inmejorable, de fe segura y
verdadero espíritu sacerdotal que podía enfrentar el caso:
también él era bretón, robusto y tan firme en las ideas que
parecía testarudo. Pero sólo en el bien. Era el neosacerdote
Luis María Grignion. Este podría bajar inmediatamente a
Nantes, ir a vivir en la jaula de los descarriados para
darse cuenta personalmente de la situación y entre tanto
prepararse a la predicación, cosa que tanto le interesaba.
Luego se le confiaría algo de responsabilidad, un medio
encargo para no herir la susceptibilidad del rector del
seminario y menos de los otros y se acabaría por confiarle
toda la obra. Era precisamente la persona indicada para
conducir a San Clemente al esplendor de la predicación y de
la disciplina regular. Leschassier deponía en su favor,
porque Grignion «había nacido para los compromisos y la vida
de apostolado» (Blain, 201) y, aun siendo tan joven, poseía
un carácter de líder.
El único problema era el de guiarlo, poderlo asistir en los
primeros días para que no cometiera errores por celo
exagerado y particular entusiasmo. Lévêque cuidaría
especialmente de él, incluso en lo físico, porque era
necesario llevarlo de la mano en todo, obediente como era;
no había absolutamente peligro de que el partido jansenista
hiciera presa en el joven: estaba bien preparado y era
inteligente, y –esto valía más que treinta años de teología
dogmática– tenía una aguda tendencia a la santidad más
austera.
El todo era convencerlo. Cosa no demasiado difícil después
del rechazo a entrar donde los sulpicianos... Pero con un
poco de autoridad y oración acelerada era posible estar casi
seguros de hacerlo capitular. Valía la pena intentarlo.
«Le aconsejaron ir a trabajar con un santo sacerdote de
Nantes... Tenía él en dicha ciudad una comunidad de clérigos
destinados a las misiones (populares)» (Blain, 202).
Creemos saber también la reflexión hecha por Leschassier a
nuestro Luis María: ¿quería trabajar en el apostolado? Esta
era la ocasión para dedicarse a la práctica en tan difícil
ministerio. ¿Buscaba la itinerancia en el apostolado? Con un
poco de práctica bajo el experto y santo Lévêque, podría
alimentarse de un autentico espíritu misionero: de otra
parte, también la disponibilidad necesitaba de un firme
punto de apoyo y San Clemente lo era para él. Tenemos la
certeza de que Leschassier no habló de la intención de
confiarle en el futuro la dirección del grupo misionero; y
no haberlo hecho no se le puede imputar a mala fe, sino a
extrema confianza en el buen sentido de Luis María, quien,
en el momento oportuno, vista la necesidad de colaborar en
la obra de Dios, por sí solo habría entendido y decidido.
Estamos ya en septiembre...
Luis María respondió «sí» al consejo de su director y padre;
recogió sus harapos –para utilizar la expresión que más
tarde le será familiar– y se dirigió a Nantes al lado del
anciano que lo llevaba al trabajo.
Como era la costumbre de Lévêque, el viaje fue dividido en
dos tramos bien distintos: por tierra y por agua.
«Mientras se lo permitieron las fuerzas, (Lévêque) realizó a
pie este largo viaje; pero en los últimos años de su vida,
no sintiéndose ya capaz de soportar la fatiga de caminar, se
embarcaba en el Loira. Durante el recorrido, un vasito de
mantequilla y un poco de pan que llevaba consigo, eran toda
su comida: el agua del río le servía de bebida; y para no
permanecer inactivo, fabricaba en un minúsculo telar
cíngulos para albas que regalaba a los sacerdotes pobres»
(Fallion, Ib.).
Así pues, los primeros ciento veinte kilómetros, de París a
Orleáns, fueron recorridos lentamente como lo exigía la edad
del anciano y al menos para Grignion, pletóricos de
entusiasmo. La paciencia necesaria para sostener al
compañero le brindó la forma de aprovechar de diferentes
lecciones: oración, recogimiento, caridad, sacrificio...
Se embarcaron en Orleáns. El Loira era definido, entonces,
como un camino que avanza, un recorrido veloz: por esto era
el mejor lazo de unión para todo el comercio entre la
Francia del norte y la del mediodía. Millares de
embarcaciones tejían tenacísimos hilos de intercambios que
daban a la somnolienta región una bocanada de vitalidad para
los recursos agrícolas de la zona. El río, aunque ya no es
navegable como entonces, corre por dos valles insertos como
embudo uno en otro, el menor en el más amplio que desemboca
en el Atlántico. Entre las innumerables barcas de los
campesinos y de los comerciantes, era fácil notar las
lujosas de los nobles y de los burgueses que habían escogido
las riberas del Loira para las felices estadías de paz y de
perezosos descansos. Más de cinco docenas de castillos y
siete ciudades recogían como en un libro, las páginas de
historia de siglos enteros de Francia porque Orleáns, Blois,
Amboise, Tours, Saumur, Angers y Nantes eran piedras
miliarias del camino realizado sobre el agua desde el tiempo
de los reyes capetos y plantagénetos hasta los últimos
Valois: ¡cuántos acontecimientos habían tenido lugar bajo
aquel cielo y entre aquellas ondas! ¡Cuántas glorias y
cuántas ignominias habían florecido en los parques y
castillos asomados sobre el Loira...! Esa región era llamada
Jardín de Francia, donde uno podía moverse a punta de
remo o a pie, manteniendo vivo el difícil equilibrio entre
gente que trabaja y gente que mira trabajar, mientras pasan
los años y las páginas de historia vuelven sin retorno una
sobre otra...
«Con un escudo proveía (Lévêque) a los gastos de tan largo
viaje» (Blain, 203).
No había que despilfarrar; pero también Grignion amaba la
pobreza al menos tanto cuanto Lévêque. Si quisiéramos
consignar que Luis María, desde la barcaza espiara el
aparecer de los gloriosos castillos en el cálido otoño de
los parques, falsearíamos la historia. Luis María no tenía
corazón ni mente sino para la ciudad de Nantes, siempre
demasiado lejana y no tenía ojos sino para aquel venerable
sacerdote entretenido en tejer cíngulos o en orar.
A pocos kilómetros de Saumur, después de los doscientos
desde Orleáns, Luis María obtuvo el permiso de bajar a
tierra, probablemente en Montsoreau, porque apenas fuera del
país, en los límites de la incipiente selva de Fontevraut
está una hermana que hay que volver a ver y a quien –segunda
después de Guyonne-Jeanne (Luisa) de París– dar la bendición
sacerdotal. Silvia, luego de haber sido conducida por la
Montespán con Francisca Margarita a la célebre abadía había
quedado sola porque ésta última se había enfermado de los
ojos. Luis María se halla muy feliz por la ocasión que le
brinda la Providencia. Es un encuentro apresurado, pero
suficiente para dar y recibir noticias tranquilizantes y
hasta consoladoras: ¡Silvia se está preparando para la toma
de hábito en ese monasterio!
Probablemente Lévêque lo esperó en Saumur, en el santuario
de Nuestra Señora des Ardilliers, donde una comunidad
beruliana hospedaba a los sacerdotes, y que había sido una
de las metas más gratas a los sulpicianos.
Tras muy pocas horas, pues, reemprendieron el viaje sin
interrupciones hasta Nantes.
La Nantes de aquel comienzo de siglo no difería mucho de la
otra de pocos decenios antes: tras cesar las contiendas y
las guerras religiosas y políticas, iniciadas las obras de
reconstrucción y urbanística, los cuarenta mil habitantes
tenían una sola preocupación: el comercio. Si el desarrollo
portuario, hasta el siglo XV, se había limitado a la
exportación vinícola en 1700 prosperaba en el tráfico
americano, o sea, en los metales preciosos, el azúcar no
refinado, el tabaco y las especias provenientes de las
Antillas, del Africa y de las Indias. El bienestar era
innegable y siempre en aumento. La gente se detenía sólo
para explotar en fiestas grandiosas y controladas a medias.
Precisamente en ese momento se preparaban fastuosas acogidas
a Felipe V que viajaba hacia el trono de España y se
anunciaba en Nantes para el 16 de diciembre.
Con la mirada de seminarista desorientado, a Luis María le
costaba encontrarse en ese marasmo en el que parecía
imposible de encontrar el sendero del espíritu. Las líneas
vehementes de la Súplica Ardiente que compondrá y,
reportamos, parecen nacer aquí, frente al Loira, entre
decenas de africanos y de americanos apenas desembarcados,
en las callejuelas ciegas que ahogan a las iglesias; parece
subir de entre las cajas superpuestas, los barriles de vino,
los sacos de azúcar, acompasada al paso de los militares...
«Mira, Señor, Dios de los ejércitos: los capitanes que
forman compañías completas, los potentados que organizan
ejércitos numerosos, los navegantes que equipan flotas
enteras, los mercaderes que se congregan en gran número en
ferias y mercados. ¡Cuántos ladrones, impíos, borrachos y
libertinos se reúnen en tropel contra ti todos los días, con
tanta facilidad y presteza!
Un silbido, un redoble de tambor, una espada embotada que
muestren, una rama seca de laurel que prometan, un trozo de
tierra roja o blanca que ofrezcan... en tres frases: un humo
de honra, un interés de nada, un miserable placer de bestias
que salte a la vista, en momentos aglomera ladrones, agrupa
soldados, junta batallones, congrega mercaderes, colma casas
y mercados y cubre tierras y mares de muchedumbres
innumerables de réprobos. Quienes, aunque divididos entre sí
por las distancias geográficas, las diferencias de
temperamento o el propio interés, se unen, no obstante,
hasta la muerte para hacerte la guerra bajo el estandarte y
dirección de demonio...» (SA, 27).
La llamada a Dios nace así bajo las bóvedas desiertas de las
iglesias de Nantes, en los silencios increíbles de los
templos y más allá del vocerío del mercado.
«Y por ti, Dios soberano, –aunque en servirte hay tanta
gloria, dulzura y provecho–, ¿casi nadie tomará tu
partido...» (Ib. 28).
Desgraciadamente la Comunidad de San Clemente reflejaba esa
ausencia de celo apostólico, ese desorden moral y
espiritual, todo ese agitarse de la vida en el bullir de la
verdad y la justicia. Mayor desorientación le llegaba del
hecho de sentirse temerosamente solo e inutilizado, porque
Lévêque y Coupperie des Jonchères lo estimaban, lo
apreciaban pero no lo animaban al trabajo. A la carta
–perdida– escrita a Leschassier inmediatamente después de la
llegada a Nantes, había seguido una respuesta que buscaba
darle confianza y esperanza: «Padre. Estoy muy contento por
el éxito de su viaje y los consuelos recibidos en
Fontevrault le auguro tener otros tantos en Nantes. Hay
todos los motivos para esperarlos. En efecto, cuando sólo
buscamos la voluntad de Dios y nos dejamos conducir por su
Providencia y el amor maternal de la Virgen santísima, todo
contribuye a darnos esa paz que el Espíritu del Señor hace
gustar incluso en medio de las tribulaciones. Me encomiendo
a sus oraciones y cordialmente soy
suyo Leschassier»
(2 de noviembre de 1700 – ASV, 1551).
También Lévêque advirtió el disgusto del joven y, preocupado
de que se descorazonase desde el principio, había escrito a
Leschassier para que sostuviera a su pupilo. Y éste la había
respondido: «...pido a Dios que el fervor del P. Grignion no
se enfríe» (21 de noviembre de 1700 – Ib.).
Y era oportuno orar, porque en cincuenta días, Luis María
después de haber estudiado a los Cohermanos que pereceaban
con él en la casa y la dolorosa desorganización que
involucraba a todos, escribía a Leschassier una carta que
hay que presentar en su totalidad.
«Al P. Leschassier Superior del Seminario de San Sulpicio
París
De Nantes, el 6 de diciembre de 1700
Padre:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
No puedo expresarle la alegría interior que me ha causado su
carta, aunque breve. Constituye ella una señal de la unión
de caridad establecida por Dios entre Ud. y su servidor,
aunque indigno, y que Él desea continúe. Por esta razón, voy
a darle cuenta, en pocas palabras, de mi estado actual.
No he encontrado aquí lo que esperaba, aquello por lo cual
he dejado, como a pesar mío, una casa tan santa como lo es
el seminario de San Sulpicio.
Anhelaba, igual que Ud., prepararme para las misiones, y
sobre todo dar el catecismo a las gentes sencillas, que es
lo que más me atrae. Pero no puedo hacer nada de esto. Ni sé
siquiera si podré lograrlo algún día, pues el personal que
hay aquí es escaso y falto de experiencia, excepto el señor
Lévêque, el cual –a causa de la avanzada edad– no se halla
en condiciones de dar misiones. Y si su fervor, que es
grande, le llevase a ello, el señor Des Jonchères –como me
manifestó– se lo impediría.
No hay aquí ni siquiera la mitad del orden y observancia del
reglamento que reinan en San Sulpicio. Y creo que, mientras
las cosas sigan como están, no podrá ser de otro modo. En
efecto, hay que tener presente que viven aquí cuatro –por no
decir cinco– categorías de personas, cuyos objetivos y
aspiraciones son del todo diferentes.
1º hay cinco personas de la casa, de las cuales dos son
incapaces para todo:
2º hay párrocos, vicarios, simples sacerdotes o seglares,
que vienen de tiempo en tiempo a hacer retiros;
3º hay sacerdotes y canónigos, que vienen a pasar sus días
en paz;
4º hay algunos sacerdotes, pero la mayoría son personas que
estudian teología y filosofía, y en su mayoría visten traje
seglar o hábito corto; de tal suerte que estas personas
tienen casi todas reglamentos diferentes que se trazan a sí
mismas y tomando de la regla común lo que mejor les parece.
Confieso que no es culpa del señor Lévêque el que no se
observe la regla. Él hace lo que puede, no lo que quiere.
Esto especialmente en relación a algunas personas de casa a
quienes no agradan mucho sus modales, aunque sencillos y muy
santos.
Siendo ello así, me siento, desde mi llegada, como perplejo
entre dos sentimientos al parecer opuestos. Por una parte,
experimento una inclinación secreta al retiro y a la vida
escondida, para aniquilar y combatir mi naturaleza
corrompida, deseosa de manifestarse. Por otra, siento
grandes anhelos de hacer amar a Nuestro Señor y a su
santísima Madre, de correr en forma pobre y sencilla a dar
el catecismo a los pobres del campo y de excitar a los
pecadores a la devoción a la Santísima Virgen. Es lo que
hacia un piadoso sacerdote muerto aquí hace poco en olor de
santidad iba de parroquia en parroquia enseñando el
catecismo a la gente del campo a expensas de la Providencia.
¿Padre carísimo, no soy digno –es verdad– de empleo tan
honorífico: pero, ante las necesidades de la Iglesia, no
puedo menos de pedir continuamente con gemidos una pequeña y
pobre compañía de sacerdotes ejemplares que desempeñen ese
ministerio bajo el estandarte y protección de la Santísima
Virgen. Trato, sin embargo –aunque con dificultad–, de
calmar estos anhelos, por buenos y continuos que sean,
mediante el olvido absoluto de todo lo mío en brazos de la
divina Providencia y una perfecta obediencia, sometiéndome a
los consejos de Ud., que consideraré siempre como órdenes.
Al igual que cuando estaba en París, me asaltan deseos de
unirme al señor Leuduger, maestro de teología de
Saint-Brieuc, excelente misionero y hombre de mucha
experiencia o de trasladarme a Rennes y retirarme al
Hospital General al lado de un sacerdote ejemplar, conocido
mío, a fin de dedicarme a obras de caridad entre los pobres.
Pero rechazo todos estos anhelos sometiéndolos al querer
divino –mientras espero los consejos de Ud.–, sea que me
ordene permanecer aquí, aunque no siento inclinación alguna
a ello, sea que me envíe a otra parte.
En la paz de Nuestro Señor y de su santísima Madre, me
atrevo a suscribirme totalmente sumiso a sus órdenes. Me
tomo la libertad de saludar al señor Brenier, a quien
expongo, si Ud. lo cree oportuno todo esto. Grignion,
sacerdote e indigno esclavo de Jesús en María» (Carta 5;
BAC,73-75).
Lo amargo de la inactividad.
Es en síntesis cuanto saborea el corazón de Luis María desde
hace dos meses. De la carta no se desprende todavía la
desilusión experimentada a pesar de las promesas que le
habían hecho en París y no se queja al "padre carísimo" del
consejo recibido. Pero el recuerdo de San Sulpicio regresa
más vivo que nunca con un llamado-invitación a la soledad,
vocación contra la cual se había pronunciado hacía tiempo el
mismo Leschassier.
La respuesta del sulpiciano no quiere trastornar muy pronto
al joven de la Comunidad de Nantes. Pero no logra esconder
la contrariedad que experimenta ante la constatación de la
real situación a la que ni Lévêque ni Grignion podían ya
poner remedio.
«Padre.
Aunque en la Comunidad de San Clemente no encuentre Ud.
cuanto deseaba, ¿quiere abandonarla tan pronto? El P.
Lévêque piensa en una misión después de Epifanía.
Es bueno pedir al Señor que haga amar a su Madre. No puedo
decirle nada sobre el P. Leuduger porque no tengo la gracia
de conocerlo. Sin embargo, no quiero impedirle que aproveche
de los frutos que podría hallar en su grupo. Entréguese al
Señor y pídale que le haga conocer su voluntad; ore por mí,
y crea que en su corazón
soy, todo suyo Leschassier»
(ASV, Ib.).
Es una respuesta evasiva, pero suficientemente concreta:
Leschassier no ha perdido el tiempo esperando lo
acontecimientos, por el contrario ha escrito a Lévêque para
lograr mayor claridad. Lévêque, al responderle, pide a
Leschassier que apoye la petición que piensa hacerle a Luis
Grignion de que se someta a los exámenes para oír
confesiones; y de París llega el pleno acuerdo (31 de
diciembre de 1700 –ASV, Ib.).
La promesa de enviarlo a predicar una misión podía ser
repliegue temporal del venerable y santo anciano y un
aferrarse, un tanto tardíamente, a la cuestión de los
exámenes confirma esta ilación. Casi agotado por no haberle
cumplido la promesa de predicación, Leschassier escribirá a
Lévêque que a pesar de todo: lo ha exhortado a no separarse
de él (22 de enero de 1701, ASV, Ib.), aunque en el corazón
esté orientándose hacia lo contrario. Si todavía no se lo ha
dicho a Grignion, el motivo debe encontrarse en el respeto
que se debía al anciano misionero ahora incapaz e
imposibilitado de organizar misiones y trabajo apostólico.
Lo encontramos en una carta de Leschassier llegada a Nantes
junto con otra del amigo Blain –desafortunadamente perdida–
el 7 de marzo de 1701:
«Padre. Adjunto (ésta) a la carta que le ha escrito el P.
Blain: después de haberlo reflexionado mucho no creo que
deba abandonar la Comunidad de San Clemente este año, a
menos que el P. Lévêque mismo se vaya también. Cuando él
salga a algún viaje, sólo entonces podrá salir también Ud.,
si lo cree oportuno.
Me encomiendo a las intenciones de sus santos sacrificios, y
de corazón soy
todo suyo, Leschassier»
(ASV, Ib.).
Luis María hubiera tenido que dedicarse solo al apostolado y
esto contradecía las indicaciones de París y las costumbres
de la misma casa de Nantes. Sin guía y sin apoyo, la
solución no podía menos de dejar preocupaciones y
ansiedades. Tanto más cuanto que aun no había sido examinado
para la autorización de oír confesiones; y quizás la
atmósfera jansenista de la mayor parte de los sacerdotes de
la casa le estaba jugando un chiste amargo también al
incorruptible Grignion: él mismo siente mucha inquietud para
aventurarse solo... «porque para tarea tan difícil y
peligrosa se necesita una misión especial», escribirá el 4
de mayo siguiente.
Entre tanto pasan los meses, no se mantienen las promesas y
aumentan las dudas del pobre joven. El crudo invierno obliga
a Lévêque a cuidar la salud de Luis María con paternal
atención, por lo cual Leschassier le da las gracias.
Pero se requería mucho más que eso para caldearle el
corazón.
Es el pensamiento que en ese momento domina su espíritu y
que encontramos en la carta de febrero a su hermana
Guyonne-Jeanne (Luisa) que le había informado de su voluntad
de hacerse religiosa en el Instituto de las Hijas de la
Providencia, es decir, en aquel donde se hospeda en París.
«Querida hermana en Jesucristo:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
Aunque estoy corporalmente lejos de ti, no lo estoy de
corazón. Porque el tuyo no está lejos de Jesucristo y de su
santísima Madre y eres hija de la divina Providencia, cuyo
hijo aunque indigno soy también yo.
Debieran llamarte, más bien, novicia de la divina
Providencia, porque apenas ahora comienzas a practicar la
confianza y el abandono que ella pide de ti. Y no serás
recibida como profesa e hija de la Providencia sino cuando
tu abandono sea general y perfecto, y tu inmolación, total.
Dios te quiere, hermana mía, Dios te quiere apartada de
cuanto no es Él y, quizás, abandonada efectivamente de toda
criatura. Pero consuélate, alégrate, sierva y esposa de
Jesucristo, si te asemejas a tu Maestro y Esposo! ¡Jesús es
pobre! ¡Jesús está abandonado! ¡Jesús es despreciado y
rechazado como la basura del mundo!
¡Feliz! Sí: ¡mil veces, feliz Luisa Grignion, si tiene
espíritu de pobre, si es abandonada, despreciada, rechazada
como la basura de la casa de San José! Entonces sí que será
verdaderamente la servidora y esposa de Jesucristo y será
profesa de la divina Providencia, aunque no lo sea de la
Congregación.
Hermana querida, Dios quiere que vivas al día... Como el
pájaro en la rama, sin preocuparte por el mañana. Duerme en
paz en el seno de la divina Providencia y de la Santísima
Virgen, buscando solamente amar y agradar a Dios. Porque es
una verdad infalible y un axioma eterno, tan cierto como la
existencia de un solo Dios –plegue a Dios que yo pueda
escribirlo en tu espíritu y en tu corazón con caracteres
indelebles!–. "Buscad primero el Reino de Dios y su
justicia, y todo eso se os dará por añadidura". Si pones en
práctica la primera parte de esta sentencia, Dios, que es
infinitamente fiel, realizará la segunda. Es decir, que, si
tú sirves a Dios y a su santísima Madre con fidelidad, no te
faltará nada en este mundo ni en el otro. Ni siquiera un
hermano sacerdote, que ha sido, es y será todo tuyo en sus
sacrificios a fin de que seas toda de Jesús en los tuyos.
Saludo a tu buen ángel custodio».
(sin firma)
(Carta 7; BAC, 78-79).
¿Era novicio o profeso en la religión de la plena confianza
en Dios quien escribía esta carta? Lo podríamos juzgar por
la aceptación siempre más pronta por parte del Señor, del
sacrificio continuo de la voluntad y de las aspiraciones, de
la vida y de la misión.
En marzo, decíamos, Leschassier dejaba entreabierta la
puerta.
La mano de Dios la abrió de par en par con uno de esos
gestos sencillos de su ordinaria misericordia.
Capítulo octavo
LOS POBRES BUSCAN A UN SACERDOTE
Una afortunada documentación de los acontecimientos de este
período está constituida por una serie de cartas
intercambiadas entre el P. Leschassier y Luis María. Nos
bastará anotar fielmente los pormenores con información
oportuna para encuadrar los acontecimientos con los que el
Señor llevaba de la mano a su misionero.
«Al P. Leschassier
Superior del Seminario de San Sulpicio de París.
De Nantes, el 4 de mayo de 1701.
Señor y Padre carísimo en Jesucristo:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
El señor obispo de Poitiers me ordena escribir a Ud. lo que
sigue.
El cuarto domingo de abril recibí una carta de mi hermana de
Fontevrault, escrita por orden de la señora de Montespán. En
ella me pedía que me trasladara sin tardanza a Fontevrault
para asistir a la toma de hábito, que tendría lugar el
martes siguiente. Salí ese mismo día a pie. Llegué a
Fontevrault el miércoles por la mañana, día siguiente de la
toma de hábito de mi hermana...» (Carta 6; BAC, 75-78).
La historia de la abadía de Fontevrault está vinculada a la
historia de seis naciones y de las respectivas casas
reinantes: Francia, Austria, Bélgica, Inglaterra, España e
Italia. La celebérrima fundación de Roberto d'Arbrissel
constituida por dos grupos de religiosos, uno masculino y
femenino el otro, bajo la dirección de una abadesa, se había
conservado en todo el esplendor y la seriedad del año 1100,
gracias, entre otras cosas, a las férreas abadesas que la
habían dirigido admirablemente.
En 1701, cuando Luis María llega allí por segunda vez en
pocos meses, la orden de los Pobres de Cristo (Pauperes
Christi) estaba gobernada por aquella que los historiadores
definieron como la Reina de las abadesas, Gabriela de
Rochechouart-Mortemart, hermana de Madame de Montespán.
Hecha monja un tanto contra su voluntad, su vida religiosa
fue, en cambio, digna de la mejor vocación. Ante todo, era
muy instruida: hablaba correctamente el italiano, el latín,
el español: disertaba sobre la Sagrada Escritura y los
Padres de la Iglesia, mucho mejor que los imponentes abades
de París, conocía las lenguas antiguas. Gracias a su
comportamiento en la corte en los múltiples viajes que tuvo
que hacer a ella, incluso San Simón, critico sin tapujos,
tuvo que inclinarse ante la figura moral de la abadesa,
afirmando categóricamente que nada pudo manchar jamás su
reputación. Por su seriedad, agudeza de mente y sobre todo
por la convicción de su propio estado, supo dulcificar la
vida del claustro a monjes y monjas que dependían de ella,
aunque insistiendo sobre la severa observancia. Una de las
críticas más injustas hechas a Gabriela de Mortemart es la
de haber amado demasiado a su hermana Athenais de Montespán.
Pero las lágrimas abundantes, la continua insistencia para
llamarla al testimonio de la recta conciencia, las
frecuentes estadías en la corte con esta intención, son
suficientes para librarla de toda acusación. Fracasó cuando
quiso arrancar a los amantes de Estado de su
abyección, donde habían fallado otros mucho más aguerridos
que ella como Bossuet, Massillon, Bourdaloue, Le Tellier,
Fléchier, Mascarón... Pero cuando hubo que pensar en la
educación de los hijos de su persona (como llamaba al
padre-rey), y sobre todo, cuando tuvo que ofrecer refugio a
la desventurada madre, caída en desgracia, Gabriela abrió el
corazón y la puerta: confió los nietos a las mejores
hermanas de la orden y dispuso algunos cuartos para la
célebre penitente.
Al monasterio, en el camino a Saumur, arribó la Montespán,
fantasma de sí misma deshecha en el cuerpo y en el espíritu.
Como Enrique Plantagéneta, había pensado en el Loira y sus
riberas, cuando París sólo podía ofrecer estériles y tristes
recuerdos y remordimientos. En aquel refugio, a lado de un
Hospital fundado por ella cerca a Nuestra Señora de La
Liesse, organizó los mil recursos de la caridad con la cual
rescató la propia paz: siempre serena, siempre acogedora,
recibía a los miserables del cuerpo y del alma a los
desheredados, a los derrotados de la vida y para todos tenía
palabras y alimentos.
Por estos motivos y por el conocimiento anteriormente hecho,
invitaron a Luis María a Fontevrault por orden de Madame de
Montespán.
Partió el 24 de abril, inmediatamente después de la lectura
del mensaje. Pero no pudo asistir a la solemne toma de
hábito, que tuvo lugar en la basílica ya consagrada por
Calixto II. Tuvo sí la alegría de hablar con su hermana,
ahora sor Isabel, y anticiparle los consejos que dará más
tarde a Guyonne-Jeanne (Luisa) cuando ésta se haga
benedictina en Rambervilliers. Tuvo, además, otro encuentro
que decidió de su porvenir.
«Durante los dos días que permanecí en Fontevrault tuve el
honor de entrevistarme privadamente varias veces con la
señora de Montespán. Me interrogó sobre muchas cosas, y en
particular sobre mi persona. Me preguntó acerca de mis
planes para el futuro. Contesté a esta pregunta
manifestándole, ingenuamente, la inclinación –que Ud.,
Padre, conoce– de trabajar para el bien de mis hermanos los
pobres. Me respondió que veía con mucho agrado este
propósito mío. Tanto más cuanto que conocía por experiencia
cuán descuidada estaba la instrucción familiar de los pobres
y que me haría asignar –si yo la aceptaba– una canonjía que
dependía de ella.
Se lo agradecí pronta y humildemente rechazándolo, alegando
que no quería cambiar jamas a la divina Providencia por una
canonjía o una prebenda. Ante esta negativa, aconsejóme que
fuera, al menos, a hablar con el señor obispo de Poitiers
para hacerle conocer mis intenciones.
Aunque experimentaba cierta repugnancia a satisfacer este
deseo de la señora de Montespán, ya a causa de las 28 leguas
que tenía que recorrer todavía, ya por muchas otras
razones..., la obedecí, sin embargo, ciegamente para cumplir
la santa voluntad de Dios, que era lo único que me
preocupaba...» (Ib.).
Sería interesante descubrir las "muchas otras razones" que
le desaconsejaban viajar a Poitiers; pero Leschassier debió
adivinarlas, dibujando una amplia sonrisa ante la
condescendencia del rudo bretón respecto a una dama...
«Llegué a Poitiers la víspera de los Santos Felipe y
Santiago. Pero me vi obligado a esperar cuatro días el
regreso del señor obispo, que se hallaba en Niort» (Ib.)
Aquel "ciegamente" significaba entonces prontamente. El
camino, recto y bastante fácil, constaba no obstante de unos
90 kilómetros... y ¡el haberlo recorrido todo en día y
medio, a pie, nos ayuda a entender que aquel muchachote de
28 años estaba bien provisto de energía y resistencia!
Monseñor Girard De la Bournat se hallaba probablemente en
visita pastoral. Luis María creyó oportuno ocupar los días
de espera en algo bueno: mucha oración y el ejercicio de la
caridad con los pobres enclaustrados en el Hospital de
mendicidad.
«Durante ellos hice un corto retiro en una modesta
habitación donde me sentía encerrado en medio de una gran
ciudad, en la cual no conocía a nadie según la carne.
Ocurrióseme, no obstante, ir al Hospital a servir a los
pobres en lo material, ya que no podía en lo espiritual.
Entré a orar en su iglesita. Pasé casi cuatro horas allí
esperando la cena para servirles. Y me parecieron demasiado
cortas. A algunos pobres, en cambio, les parecieron
demasiado largas. Al verme arrodillado y con vestidos
semejantes a los suyos, fueron a decírselo a los demás, y se
animaron unos a otros para hacer una colecta a fin de darme
limosna. Unos daban más, otros menos; los más pobres, un
octavo; los más ricos, un cuarto.
Todo esto ocurrió sin que yo lo supiera. Salí, finalmente,
de la iglesia para preguntar a qué hora comían y pedir el
permiso necesario para servir a los pobres a la mesa. Quedé
desilusionado, por una parte, al enterarme de que no comían
en comunidad, y sorprendido, por otra, al saber que querían
darme limosna y que habían dado orden al portero de no
dejarme salir.
Bendije mil veces a Dios por haber pasado por pobre y llevar
las gloriosas libreas de tal. Y agradecí a mis hermanos y
hermanas su buen corazón.
Después de esto se han encariñado tanto conmigo, que todos
andan diciendo públicamente que tengo que ser su sacerdote,
es decir, su director. Pues no hay uno fijo en el Hospital
hace ya tiempo; ¡tan pobre y abandonado está!...».
Como tantas otras ciudades francesas del siglo XVII,
Poitiers no había esperado al decreto real, sino que había
organizado sus capellanías y sus dominicales en favor de los
mendicantes. Capítulos eclesiásticos, monasterios y personas
privadas destinaban muchas de sus ganancias a la asistencia
pública: las Hospitalarias de San Agustín para las mujeres;
los Hermanos de San Juan de Dios, para los hombres; los
Hôtels-Dieu, para todos, incluso los militares. Pero la
carestía cada vez más aguda, las guerras políticas, las de
religión, el urbanismo y la consiguiente desocupación, el
hambre, la miseria absoluta habían empeorado y el vagabundeo
agravaba el desorden moral y social: todo remedio resultaba
inadecuado. Con la apertura de la Salpêtrière, París había
dado comienzo a una forma organizada de albergues
obligatorios. Y después de París y Lyón, le tocó el turno a
París. El edicto regio de 1662 estaba precedido allí del
edicto municipal de 1657 que creaba un Hospital general
extrayéndolo del antiguo lazareto de los campos; pero las
limitaciones logística y económica habían impuesto medidas
más rígidas, ya que no se podía recoger a trescientos pobres
donde sólo se disponía de 150 lechos. Finalmente en 1689, el
municipio recogió los fondos para la construcción de un
edificio capaz que, sin pretensiones arquitectónicas ni
artísticas, podía albergar al menos a los pobres con decoro
y limpieza. Toda la ciudadanía se empeñó en apoyarlo
económicamente contribuyendo con oportunas colectas.
Las Mémoires conservadas en los archivos de la ciudad
y atribuidas a Luis María enumeran las categorías que tenían
derecho y obligación del albergue: «No se recibirán maridos,
sin las esposas, ni niños menores de siete años sin sus
padres; ni extranjeros que lleven menos de tres años de
residir en la ciudad a sus suburbios; las mujeres
abandonadas por sus esposos podrán ser recibidas, si el
abandono dura al menos seis meses y hasta cuando el esposo
las vuelva a recoger; pero no se aceptará a enfermos
afectados de úlceras ni otras enfermedades infecciosas
(...)» (Arch de la Vienne, II– E/l).
El enclaustramiento era prácticamente obligatorio: pero para
mantener a los pobres en el Hospital y darles la posibilidad
de ganar algún dinero, se crearon en el interior
laboratorios, canteras, pequeñas oficinas artesanales y
manufactureras. Un concienzudo reglamento de 1696 establecía
las tareas de las asistentes, de los directores y de los
enclaustrados, dejando percibir claramente la voluntad de
edificar un instituto dotado de todas las garantías morales
indispensables.
Ese reglamento, que rehacía el primitivo de 1675, reconocía
al obispo la calidad de Presidente nato y subordinaba a él
un Consejo de diecinueve personas civiles y eclesiásticas.
En cambio, la dirección interna quedaba confiada a una
Directora llamada también "superiora, a un ecónomo de quien
dependían las manufacturas, llamado también él "superior", y
a las jefes de sala de mujeres y los jefes de sala de
hombres: cada uno de éstos, en los dos grupos, tenía bajo su
dirección un número no precisado y variable de servidores o
enfermeras o gobernantes. Por último, cuando lo había, un
"capellán" para la parte espiritual y un portero.
Pero... los reglamentos, las deliberaciones, las ordenanzas
quedaban muy a menudo abandonadas al papel. La indisciplina
entraba rápida y subversiva, favorecida por la pereza y la
inconsciencia de alguna enfermera a quien ni siquiera la
severidad de la vigilancia de la Directora podía poner un
dique. El Consejo administrativo, con la deliberación del 11
de marzo de 1701, había resuelto corregir la situación
invitando a las Hermanas de la Caridad de San Vicente de
Paúl. Aunque éstas tuvieron que rechazar la oferta por falta
de personal, la decisión da a conocer la gravedad del
momento. Ya sólo Dios podía ayudarles. Y contaban con él.
E hicieron bien, porque, teniendo también Luis María
contacto únicamente con el Señor y necesitándolo Dios para
responder a la confianza del Hospital, se pudo poner mano a
una obra con los medios más adecuados y en las condiciones
más oportunas.
El encuentro de Grignion con el Hospital tuvo lugar en la
iglesia. En la capilla del refugio: delante de Dios, de
todos modos. Podemos imaginar la oración de Luis María: su
encuentro con Madame de Montespán le había proyectado dos
soluciones para que se dedicara a los pobres: una canonjía
que le proveería de tiempo y medios para enseñar el
catecismo a los pobres; o ponerse a disposición de un obispo
que buscaba un capellán para un hospital. Evidentemente,
Madame estaba al corriente de las necesidades en que se
encontraba el antiguo preceptor de sus hijos y al
aconsejarle el viaje a Poitiers trataba de hacerse útil a
dos personas al mismo tiempo. Luis María había rechazado el
beneficio eclesiástico y había optado por bajar a Poitiers
en busca del obispo... Es, pues, lógico, que la oración de
aquellas cuatro horas fuera una súplica para ponerse a
disposición de la Providencia.
La respuesta estaba allí: en el fondo de la iglesia viva
tremendamente real, en el pobre que lo miraba orar.
También el retiro de tres o cuatro días asume un aspecto
preciso, de orientación. Mediación y confiada espera... Eran
buenos, los pobres, capaces de recoger una ofrenda para él;
los 500 pesos de los más ricos o los 50 de los más
miserables eran el testimonio de ello. Y, además,
necesitaban tan poco... Y ese poco, Luis María estaba pronto
a darlo con todo el corazón: una cálida ternura, una palabra
amable, una oportuna invitación a la fortaleza sin
pretensiones, sin compensaciones. Admirado y reconfortado
por haber sido tomado también por pobre, se habrá sentido
feliz por ese encuentro. El momento era muy importante para
no sentir la necesidad de recogerse en oración y en
silencio: podía ser el giro decisivo. No podía decidir,
ciertamente; pero podía pedir a los superiores que
decidieron por él.
«Cuando regresó el señor obispo, fui a visitarlo. Le
comuniqué en pocas palabras cuanto la señora de Montespán me
había ordenado. Me escuchó y dio las gracias bastante
secamente. ¡Era lo que yo quería!» (Ib.).
Es decir, monseñor Girard lo despidió. No era la primera vez
que Luis María se encontraba con Girard: se habían hablado
cuando se trataba de organizar a sus hermanas y, como
referimos ya, había sido el mismo Girard quien le había
abierto la puerta de la gran Penitente. Ahora ese seco
obispo no daba tanta importancia al pomposo nombre de la
marquesa y ciertamente no por olvido: siendo muy experto y
prudente, no podía aceptar a ojos cerrados a cualquiera que
se presentara aunque llevara una recomendación de la gran
señora... Tanto más cuanto que las actitudes de aquel
sacerdote bretón eran bastante extrañas... ¡De todos modos,
a Grignion le resultó simpático, sin duda alguna!
La audiencia debió tener lugar en la mañana del 4 de mayo,
víspera de la Ascensión. Una vez despedido, Luis María se
preparó para partir. A nosotros nos queda una pequeña y
esfumada sonrisa al releer aquellas palabras: ¡Era lo que yo
más quería! En el fondo ni el mismo Luis María creía en el
poder de la recomendación, por importante que fuera.
«Mas, por su parte, el superior y la superiora de los pobres
presentaron, en nombre de todos, una solicitud al señor De
la Bournat, hermano del señor obispo, la cual les causó tal
impresión, que el señor obispo, en una segunda audiencia que
me concedió, me habló más serenamente, y me pidió escribir a
Ud. todo esto antes de mi partida para Nantes, a fin de que
Ud. pueda juzgar acerca de lo que debo hacer...» (Ib.).
Algunos más habían esperado, pues, el regreso del obispo, a
saber, la Directora y el Ecónomo del Hospital, quienes
habían preparado una exposición con las sugerencias de los
pobres para someterla al Presidente del Consejo de
Administración: una proposición concreta para la solución
del problema interno del Instituto. La exposición,
confrontada naturalmente con el relato conmovido de los
mismos pobres, causó mucha impresión en los dos hermanos de
la Bournat. El sacerdote, llevándolo al hermano obispo, lo
habrá apoyado con el valor de la propia turbación. Además,
mons. Girard no era un tonto: comprendió que era necesario
volver a hablar un tanto más ampliamente con ese extraño
sacerdote que le había llevado el saludo de la Montespán y
que él había despedido a la carrera. Por ello hace buscar a
Luis María, lo hace hablar de sí, de sus ocupaciones y de
sus aspiraciones. Y cuando en el diálogo sonó el conocido
nombre del Superior general de San Sulpicio, el inteligente
obispo comprende que tiene la posibilidad de obtener mejor
información antes de hablar de él en el Consejo. Para que la
opción del joven quedara bendecida por la obediencia ordena
(o ¿sugiere?) que le haga un minucioso relato de los
acontecimientos a Leschassier, reservándose él escribir
directamente al sulpiciano, como hará dos días después...
«Padre carísimo, le confieso en verdad que me siento muy
atraído a trabajar por la salvación de los pobres en
general. Pero no tanto a instalarme ni encerrarme en un
hospital. Me coloco, sin embargo, en absoluta indiferencia.
No deseo otra cosa que hacer la voluntad de Dios. Si Ud. lo
juzga oportuno, sacrificaré gustoso mi tiempo, mi salud y
hasta mi vida en provecho de los pobres de este abandonado
Hospital.
Salgo mañana, día de la Ascensión, para Nantes. Pero no me
apartaré nunca –así lo espero– de su dirección y amistad en
Jesucristo y su santísima Madre, en quienes le quedo
totalmente sumiso.
Grignion, sacerdote y esclavo
indigno de Jesús en María».
«Permítame saludar a los PP. Brenier, Lefèvre, Repars y a
todo el seminario. Muchas veces me han rogado con bastante
insistencia le pida permiso a fin de hacerme aprobar para
oír confesiones; pero hasta ahora no he querido hacerlo,
porque para tarea tan difícil y peligrosa se necesita una
misión especial» (Ib.).
Expuesta al P. Leschassier también esta pequeña
incertidumbre sobre el tener que "encerrarse", quizás
influenciado por la reciente experiencia de Nantes, Luis
María se pone en camino. La senda del regreso es ahora más
corta, pues ya no pasa por Fontevrault. Los ciento veinte
kilómetros son rápidamente pulverizados con comodidad, de
todos modos, siempre a pie.
Entre tanto, monseñor Antonio Girard de la Bournat, el 6 de
mayo, escribe a Leschassier: «...sus modos de actuar (de
Montfort) me han parecido extraordinarios... Le pido me dé a
conocer su pensamiento y si lo considera a la altura de
dirigir e instruir un hospital general o realizar cualquier
otra función del sagrado ministerio entre nosotros...» (ASV,
1551).
La respuesta despachada por Leschassier pocos días después,
el 13 de mayo, ha creado una equivocada valoración en la
mayoría de los biógrafos. La presentamos en su totalidad,
dejando que el lector juzgue de la sobriedad y prudencia del
director de París. Hay que leerla atentamente, sin
detenernos en la apariencia de ciertas expresiones, sino
buscando apreciar el perfil completo de Grignion, hecho de
oficio en una respuesta comprometedora.
«Monseñor.
Desde hace varios años conozco a Grignion. El mismo me ha
hecho saber la orden recibida de su Excelencia de escribirme
sobre cuanto le sucedió en Poitiers.
Es (nativo) de la diócesis de San Maló, de familia burguesa,
numerosa pero poco acomodada. Desde su juventud ha vivido
abandonado a la Providencia a pesar de contar con padre y
madre; permaneció unos diez años en París, pero no recibió
ayuda alguna de los suyos.
Dios lo ha prevenido siempre con múltiples gracias y él ha
respondido a ellas con fidelidad. De hecho, a mí y a otros
que lo han examinado de cerca, nos ha parecido perseverante
en el amor y en la práctica de la oración, de la
mortificación, de la pobreza y de la obediencia. Posee mucho
celo para socorrer a los pobres y enseñarles. Es industrioso
para encabezar muchas cosas.
Dado que su exterior tiene algo singular, dado que sus
formas de actuar no son del gusto de mucha gente, dado que
tiene una idea elevada de la perfección, mucho celo pero
poca experiencia, no sé si será apto para el Hospital donde
lo piden.
Él no me ha dicho qué tarea es la que le quieren confiar en
esa casa, ni si hay administradores; en una palabra, no me
ha brindado pormenores. Por esto, Monseñor, me limito a
exponer cuanto sé sobre sus capacidades, dejando a su juicio
la decisión a propósito. Ud. posee en todo, sobre todo en lo
referente a la manera de gobernar su diócesis, las luces
claras y amplias que yo no puedo poseer. Cuanto decida
respecto de este joven sacerdote, será indudablemente
conforme al espíritu de Dios y para mayor gloria suya.
De mi parte, Monseñor, no puedo expresarle cuán edificado me
hallo del gran bien que hace en la inmensa diócesis que el
Señor le ha confiado. El perfume de sus virtudes llega hasta
nosotros y, a menudo se habla de la edificación que Ud.
brinda a todos, incluso a los más testarudos entre los
nuevos reunidos (en la fe).
Pido a Dios le conserve por largo tiempo la plena salud
necesaria para trabajo tan grande.
Con profundo respeto.
Leschassier»
(ASV, 1551).
Se advertirá fácilmente de cuanta lealtad y prudencia hace
gala el anciano director: no esconde los defectos de
Grignion añadiendo qué defectos son o parecen, dado que se
originan en la coherencia de los principios de perfección y
celo apostólico y en la inevitable falta de experiencia.
Confiesa que el verdadero mal de Grignion es el de apuntar
sin medias tintas a lo mejor, a lo válido, por el deseo de
vivir según Dios, a la Providencia, a la cual, desde la
juventud, se ha abandonado por decisión propia y consciente.
Hace constar que no fueron los padres quienes le abandonaron
a la Providencia aunque no hayan podido ayudarlo en los años
de París. Sobre esto parece que Leschassier ha sido
suficientemente explícito. Le falta la experiencia: pero si
esto es defecto, se corregirá con el tiempo.
Por otra parte, no quiere ni puede pronunciarse sobre la
transferencia de Grignion, sea porque –pero no podía
decírselo al obispo– se había comprometido a conservarlo
durante un año al menos en casa de Lévêque, sea porque
realmente tiene noticias insuficientes de orden práctico.
Remachará esta incertidumbre, el 18 de junio, respondiendo a
una carta (perdida) del día 11 en la que Luis María pedía
una decisión sobre el asunto de Poitiers y la necesidad de
hacerle hacer los benditos exámenes para oír confesiones.
«Padre.
Si no me explica mejor los puntos acerca de los cuales
espera una solución mía, no puedo responder a la suya del 11
próximo pasado. No me dice dónde está ubicada la canonjía
que Madame de Montespán querría asignarle. No me dice nada
de nada; si el capítulo es numeroso, si está cerca al
hospital donde le requieren, con qué condiciones le admiten
allí, quiénes son los administradores, si el señor obispo de
Poitiers le quiere realmente emplear y porqué le ha dicho
que me escriba sobre el asunto.
Por otra parte, querido amigo, me resulta muy difícil
decidir aun cuando me haya dado todas estas informaciones:
no me siento suficientemente iluminado para guiar a personas
cuya conducta está fuera de lo normal. Sin embargo, le daré
con sencillez mi parecer.
Respecto de la confesión no puedo menos de repetirle lo que
ya le escribí en otra ocasión: haga examinar sus calidades
por alguien que esté a la altura de juzgar.
Atención, cuando escriba, para que el pegante no impida la
lectura de las palabras como ha sucedido en esta
oportunidad»
(sin firma)
(ASV; 1551).
En esta carta se debe forzosamente advertir el sutil afán de
librar a Grignion de toda la carga al insistir en preguntas
que honestamente el joven sacerdote no podía explicar porque
nadie se las había esclarecido nunca. De todos modos,
Leschassier parece todavía dispuesto a darle cierta
respuesta, cuando a esto –pero es idea nuestra– hubiera
logrado satisfacer el santo hombre Lévêque.
Pero relacionando la respuesta dada al obispo y la
afirmación con que define a Grignion como "fuera de lo
normal", no queremos ver en ella ironía, sino una simple
constatación. En su humildad y seriedad, Leschassier se
considera realmente poco apto para seguir guiando a quien
está llamado a cosas extraordinarias, fuera de lo común,
fuera de lo normal. ¿Debemos forzosamente acusarlo de
error...?
Alguien se preocupó realmente: fue Lévêque: Luis María
estaba por alzar el vuelo y el proyecto de confiarle la
heredad de San Clemente se esfumaba desesperadamente.
Después de suplicarle a Leschassier que apoye su causa, en
una carta de mayo –también perdida– de acuerdo con el
vicerrector Coupperie des Jonchères, ensaya jugar una carta,
que si hubiera sido lanzada antes habría, sin duda alguna,
cambiado la balanza a su favor. Dado que Luis María no se ha
decidido todavía a pasar a Poitiers, la juega como tabla de
salvación: lo pone a trabajar. En aquella carta del 18 de
junio, pues, Leschassier insistía para que hiciera los
exámenes para las confesiones, cosa que absolutamente no
debía diferir más. Pero cuando llega la recomendación, Luis
María estaba ya –desde el 23–, en el ministerio en una
pequeña parroquia perdida en el campo, a unos quince
kilómetros de Nantes.
¡Es la primera predicación de su carrera sacerdotal!
No se trata de una misión porque está solo y porque las
noticias que él mismo hace llegar a Leschassier en la carta
del 5 de julio citan dos catequesis por día, tres sermones,
quizás en los días de fiesta. Pero, finalmente, hace algo.
Más aún, trabaja en el ministerio. Predica, confiesa, asiste
a los moribundos, celebra dos funerales el 1 de julio,
pero, sobre todo, está con la gente pobre, como sacerdote,
como maestro, como padre. Es una experiencia exitosísima que
lo exalta sin sacarlo de la humildad aprendida en la escuela
sulpiciana.
«Al P. Leschassier, superior del seminario de San Sulpicio
de París.
De Nantes el 5 de julio de 1701
Padre:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
La fidelidad con que debo manifestarle todo lo mío a fin de
que pueda formarse un juicio decisivo sobre mí, me obliga a
decirle que los PP. René Lévêque y des Jonchères me enviaron
a una parroquia del campo bastante abandonada. Durante los
diez días que pasé en ella, hice dos veces diarias el
catecismo a los niños y di tres pláticas. Las bendiciones
divinas y de la Santísima Virgen se hicieron sentir.
Por ello, los PP. des Jonchères y René Lévêque –que están al
tanto del asunto de Poitiers– me han pedido que le escriba.
Llegan incluso a ofrecerme la ayuda de su dinero y autoridad
para enviarme a las parroquias más abandonadas de la
diócesis a continuar lo felizmente iniciado en Grandchamps
–así se llama la parroquia–, o más bien lo que la divina
Providencia y la Santísima Virgen han realizado a pesar de
mis limitaciones.
Padre mío, encuentro tantas riquezas en la divina
Providencia y tanta fuerza en la Santísima Virgen, que
bastan para enriquecer mi pobreza y sostener mi flaqueza.
Sin estos dos apoyos, nada puedo.
Totalmente sometido a Ud. en Jesús y María
Grignion, sacerdote y esclavo indigno
de Jesús en María»
(Carta 8; BAC, 80-81).
Si esta predicación fue oxigeno para Grignion y motivo para
que éste se decidiera a presentar los exámenes, constituyó
un punto en favor de Lévêque. Este comprendió la importancia
de mantener a un joven prometedor en un ministerio que le
era tan connatural y, como hemos dicho, se puso de acuerdo
con des Jonchères para financiar de su propio bolsillo ese
apostolado. Leschassier, respondiendo a estricta vuelta de
correo, el 9 de julio, no podía menos de aprobar esa forma
de iniciación pastoral porque era la más normal: Luis María
no había sido enviado a la derrota en cualquier ambiente de
la ciudad, sino al campo, entre niños y campesinos donde no
podía menos de agradar y entusiasmar.
«Padre.
Dado que los PP. Lévêque y des Jonchères están de acuerdo en
considerar útil que Ud. vaya a las parroquias abandonadas,
no veo en ello inconveniente alguno.
Mientras siga el parecer de las personas de experiencia y
que se guían por las normas ordinarias, espero que el Señor
bendiga sus fatigas.
Sígame haciendo partícipe de sus plegarias, y crea, Padre,
que en el amor de Jesús y de María soy todo suyo.
Leschassier»
(ASV; Ib.).
Desde aquí comienzan a multiplicarse las tareas, sans
relâche, sin parar. Durante tres meses puede correr en
la forma más vagabunda de una parroquia a otra, siempre
solo, siempre en el campo y siempre para pequeñas veredas
como al principio.
Entre tanto el asunto de Poitiers está madurando.
Un nutrido intercambio de cartas –algunas desafortunadamente
perdidas– prepara el traslado de Grignion al Hospital de los
pobres de Poitiers. Lévêque, fortalecido con los exitosos
resultados obtenidos por las predicaciones realizadas y las
ya concertadas, ensaya in extremis una solución que le sea
favorable: pero Luis María no la considera del todo
convencida y menos aún convincente. Abandonada pues, la idea
de agregarlo a la Comunidad de San Clemente y encargarlo un
día de la dirección del clero residente en ella y no
queriendo perderlo del todo, propone al joven dedicarse a la
predicación a expensas del obispo de Nantes, conservando
para él un cuarto en la Comunidad: se necesita siempre un
pied-à-terre en la ciudad, donde refugiarse en los
intervalos. Le ofrece gratuitamente un cuarto. Si pierde a
Grignion como miembro de su comunidad, lo conservara al
menos como pensionado, y si de una cosa nace otra, en el
futuro podría todavía pensarlo mejor. Pero Luis María no se
deja persuadir. Ante todo, no quiere vivir en esa jaula de
locos; además, en la diócesis de Nantes no hay trabajo, o al
menos no bastante para garantizarle una tarea continua, y,
por último, ya existen en la diócesis demasiados operarios
apostólicos... Pero escuchémoslo exponer la situación al
mismo Leschassier en la carta del 16 de septiembre de 1701.
«Al P. Leschassier, superior del seminario de San Sulpicio
de París.
de Le Pellerin, 16 de septiembre de 1701
Señor y muy amado Padre en Jesucristo:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
Las insistentes y continuadas súplicas de los pobres del
Hospital de Poitiers, unidas a los deseos del señor obispo
de esa ciudad y de la señora de Montespán de quien mis
hermanas dependen en mucho, me obligan a importunarle una
vez mas y manifestarle, con sencillez y deshilvanadamente,
mis sentimientos, quedando en absoluta indiferencia a todo,
dentro de la obediencia.
Hace tres meses que trabajo sin descanso en diferentes
parroquias, a las cuales me han enviado los PP. René Lévêque
y des Jonchères. Ahora le estoy escribiendo precisamente
desde Le Pellerin. Dios y la Santísima Virgen se han dignado
servirse de mi ministerio para hacer en ellas algún bien.
Aquí, como en todas partes, hay mucho bien que hacer. Pero
hay también muchos obreros: dos casas de ejercicios para
hombres, una para mujeres y tres –por no decir cuatro–
equipos de misioneros. Como ya sabe, no siento ninguna
inclinación hacia la comunidad de San Clemente. Sólo la
obediencia me retiene en ella. El señor Lévêque lo sabe muy
bien, porque me guío en todo por sus consejos después de los
de Ud. él me ha dado a entender, que ya que el Señor no me
llama a permanecer de continuo en la comunidad para trabajar
en ella por el bien los eclesiásticos, debo buscar otro
lugar adonde retirarme de tipo en tiempo, después de las
cortas misiones que me prescriba la obediencia. Me ha dicho,
sin embargo, que me reservará gustoso una pequeña
habitación, aunque dudo que lo diga de corazón.
Entre tanto, después de los pobres de Poitiers, me ha
escrito el señor obispo para que vaya a encerrarme en ese
Hospital. Pero no me siento inclinado a una vida de
encierro.
La diócesis de Poitiers tiene mayor necesidad de obreros que
ésta. De ello soy testigo yo mismo, y ello me ha
sorprendido. Pero no me llaman para el bien en general, sino
para un sitio restringido. La esperanza de poder, con el
tiempo, extender mi acción a la ciudad y al campo a fin de
prestar servicio a muchos más, es lo único que me impulsa un
tanto a ir al hospital. En el catecismo a los pobres de la
ciudad y del campo me encuentro en mi elemento.
Estando aquí, la divina Providencia se ha servido de mí para
conseguir colocación a una más de mis pobres hermanas y me
ha permitido contraer vínculos de gracia con muchos
pecadores como yo y con algunas personas espirituales.
Tal es el estado de las cosas y tales mis sentimientos. Pero
la obediencia ciega a su querer es mi obra más importante y
mi mayor deseo.
Carísimo Padre en Jesucristo, me atrevo a declararme sumiso
a sus órdenes y soy todo suyo.
Grignion,
sacerdote y esclavo indigno de Jesús en María»
(Carta 9; BAC 81-83).
La insistencia de Poitiers se había vuelto constante: Madame
de Montespán le había hecho llegar una invitación personal,
los pobres le habían escrito por mano de uno de los
administradores, el ecónomo Le Jousteux, quien asumirá el
cargo de Tavennier en el noviembre siguiente. Ambas cartas
se perdieron como todas las enviadas a Grignion sin copia.
Por último, el 25 de agosto, había llegado la convocación
oficial del obispo.
«Padre.
Nuestros pobres siguen buscándolo. El señor Le Jousteux le
ha hecho saber mi propia voluntad; creo que incluso Madame
de Montespán tuvo la bondad de hacerle escribir; y,
finalmente, creo que debo decirle yo mismo que sus deseos
unidos a cuanto el P. L'Eschassier (sic) se ha tomado el
trabajo de responderme, me hacen pensar que Dios lo quiere
cercano a ellos, si Monseñor, su obispo se digna concederle
el permiso de venir acá.
Le ruego, pues, que se lo pida, aprovechar de él lo más
pronto, si se lo otorga, acordarse de mí en sus oraciones y
creerme, Padre, en Nuestro Señor Jesucristo, cuyo nombre sea
por siempre bendito. todo suyo
Antonio
obispo de Poitiers»
(ASV; Ib.).
En el último momento, al menos así se transparenta en la
carta a Leschassier, dos obstáculos parecen oponerse a la
ejecución de ese traslado que mons. Girard de la Bournat no
duda atribuir a la voluntad de Dios.
Luis María no tiene intención alguna de encerrarse sin más.
Cualquiera que no conozca a Grignion podría extrañarse de
que surja la duda precisamente cuando el obispo lo llama en
forma oficial; pero nosotros que intuimos el espíritu
misionero que se agita en el corazón del joven, descubrimos
aquí una perfecta coherencia de comportamiento, la
disponibilidad y la itinerancia exigían que el misionero no
estuviera atado por el encierro de un instituto; no podía
sentirse capellán. Y si no hubieran bastado aquellos diez
meses de Nantes a hacerle temer la inacción, lo habrían
impulsado a evitarla a todo costo las movidas semanas de
apostolado. De hecho, el único motivo que le lleva a aceptar
el Hospital es la espera de poder trabajar también fuera.
De la respuesta de Leschassier no llega la solución al
angustioso interrogante.
«Padre.
Dado que el P. Lévêque lo libra de los compromisos de buena
educación y gratitud que podían detenerlo en su comunidad, y
dado que el señor obispo de Poitiers lo pide para el
Hospital y dado que no puede responder no a la señora de
Montespán que insiste con Ud., no veo inconveniente alguno
en que dé satisfacción al deseo de los pobres (...)» (ASV,
Ib.).
Desde el punto de vista de Leschassier, el hombre de la vida
perfectamente codificada por las reglas de la normalidad, en
la que entran la buena educación y la gratitud (¿por diez
meses perdidos?), podemos entender como llegó a autorizar el
traslado sobre esos fundamentos y no sobre el problema que
angustiaba al joven sacerdote.
Podemos, incluso, subrayar la enojosa ironía contenida en la
alusión a Madame de Montespán... y quizás esta actitud es
propia del hombre que se hubiera sentido aun más feliz de
encontrar en la carta del discípulo mayores expresiones de
agradecimiento hacia el obispo que no hacia Madame...
El segundo obstáculo podía ser el de Lévêque. Una vez más,
la última para él, el anciano, trata de andar en la punta de
los pies. Por otra parte a los compromisos asumidos y
programados había que responder cumpliéndolos. Pero
Leschassier interviene resueltamente: «(...) A propósito de
Grignion, no quiero arrogarme la responsabilidad de guiarlo.
Ciertamente le he dicho que no se maneje por sí solo y si le
muestra mis cartas, verá que siempre me he opuesto a su
salida de su casa, hasta el día en que me comunicó cuanto
Ud. mismo le había dicho: que tan pronto se diera cuenta de
que no podía permanecer para siempre en su comunidad, era
mejor que se retirara.
Esto es, Padre mío, lo que puedo decirle sobre este asunto»
(ASV, ib.).
El pobre de Lévèque debió sentirse mal, al verse señalado en
fin de cuentas como el único responsable de haber perdido a
Grignion; pero ya no se podía hacer nada para remediarlo:
tan pronto obtuvo el visto bueno del Obispo de Nantes, Luis
María había partido para Poitiers.
Capítulo noveno
AMOR Y ODIO
Una etapa se imponía en el viaje de traslado: Saumur, el
célebre santuario de Nuestra Señora des Ardilliers,
donde Madame de Montespán esperaba la respuesta a una carta
escrita algunas semanas antes.
Desde hacía algún tiempo, la gran penitente había pedido a
los Padres oratorianos de Berulle, devotos del santuario,
que le prestaran una hermosa casa llamada Jugueneau, para
sus frecuentes estadas en las cercanías del monasterio de
Fontevrault. A esa pequeña villa que miraba al Loira,
limitando con el jardín de los religiosos, llevó Luis María
la respuesta y el informe de los acontecimientos coronados
con la aceptación definitiva del cargo de Poitiers. Quizás
fue precisamente en esa oportunidad cuando permaneció allí
para una novena de preparación al nuevo apostolado. Si tuvo
forma de exponer a la comprensiva Montespán las propias
dudas y propósitos para obtener consejo, mucho más sencillo
le pareció hablar con la Virgen Dolorosa venerada en el
santuario.
El nombre del santuario se debe al terreno arcilloso en el
que, en 1454, un picapedrero descubrió el grupo de la Virgen
Dolorosa que seguramente fue enterrado en la cantera por
algún monje durante la invasión inglesa del siglo XV. Sólo
hacía unos decenios que se había hecho famoso en toda
Francia hasta ser considerado meta obligatoria de los reyes
y de las reinas, de los duques y nobles y, sobre todo, del
pueblo. El cardenal Richelieu, en uno de sus momentos de
devoción, había pagado la construcción de la primera parte
del templo, vinculando su nombre a la capilla donde se
conservaba la Piedad. Después de él, muchos otros dejaron
allí donaciones significativas que, en manos de los Padres
del oratorio, guardianes de la peregrinación, sirvieron para
completar y decorar el templo; llegó en último momento la
señora de Montespán quien, con otros, se preocupó por la
construcción de la magnífica cúpula renacentista de estilo
italiano.
Para acompañar a Luis María al santuario estaban la
Montespán y las dos damitas de compañía que llegaban para
asistir a la celebración eucarística. La mayor parte de las
horas de toda la novena, las pudo él pasar en soledad,
postrado sobre el frío pavimento de la capilla ante el grupo
milagroso.
Era una estatua en la que el tiempo había desfigurado la
arcilla, haciendo aun más triste el rostro de la Virgen y
más fúnebre el cuerpo de Cristo abandonado sobre sus
rodillas.
Poniéndose de nuevo en marcha Luis María regaló a los pobres
del lugar todo el dinero que el buen anciano Lévêque le
había deslizado en el bolsillo al despedirse. Más que por el
aspecto, se preparaba una vez más a ser acogido como
auténtico pobre por los hermanos y hermanas del Hospital de
mendigos que lo habían reclamado.
Estamos a mediados de octubre de 1701.
A su llegada a Poitiers, el obispo lo envía para la estadía
y la alimentación al seminario menor, dado que las
acostumbradas trabas burocráticas no habían ratificado
todavía su ingreso al Hospital.
Al hablar con mons. Girard, oye exponer un magnífico
proyecto que al punto lo entusiasma. Los pobres
enclaustrados en el Hospital son la minoría: los necesitados
en la ciudad son mucho más numerosos y sería necesario
conocer su número para organizar en un segundo momento la
asistencia religiosa de todos, enclaustrados o no. ¿Pero
cómo? El obispo le sugiere una forma que a Grignion le
parece muy sencilla: ir a buscarlos, acercarse a ellos y
reunirlos para el catecismo y los sacramentos en una capilla
que hay que escoger.
Durante dos semanas recorre a lo largo y ancho la ciudad y
la periferia en busca de todos los mendigos, visita a los
encarcelados, los refugiados en los hospitales e inicia un
trabajo de control. Se invita a todos los pobres que pueden
a la iglesia de San Nicolás, pero la afluencia es
extraordinaria y la iglesia resulta insuficiente. Luis María
recoge sus harapos bajo la cubierta del mercado. Entre tanto
organiza un sitio donde poder confesar, distribuir la
comunión a todos los que quieren acercarse al Señor y el
obispo designa la iglesia de Saint-Porchaire, para que el ir
y venir de los pobres no fastidie a los burgueses que no
gustan de mezcolanzas inconvenientes.
Pero es mejor oír el relato de los hechos que ofrece la
carta escrita como de costumbre a Leschassier algunos días
después.
«Al P. Leschassier, superior del seminario de San Sulpicio
de París.
de Poitiers, el 3 de noviembre de 1701
Señor y Padre carísimo en Jesucristo:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
Me encuentro en el seminario menor de Poitiers, donde me ha
albergado el señor obispo en espera de que la asamblea de
los administradores del Hospital decida mi admisión. Hace
cerca de quince días que vengo haciendo el catecismo a los
mendigos de la ciudad, con la aprobación y ayuda del señor
obispo. Visito y exhorto a los presos en las cárceles y a
los enfermos en los hospitales, repartiendo entre ellos las
limosnas que me dan.
El Hospital al que me destinan es casa de desorden, donde no
hay paz. Es casa de pobres, donde faltan tanto el bien
espiritual como el material. Mas espero que Nuestro Señor,
por intercesión de la Santísima Virgen, mi Madre bondadosa,
la transforme en casa santa, rica y apacible. Para lo cual
necesito mucho de la gracia de Dios y de la ayuda de Ud.
Las señoras que dirigen la casa quieren que tome las comidas
con ellas, en comunidad, como han hecho algunos de mis
predecesores. Pero de eso, ni hablar. ¿Estoy obrando bien?
He manifestado al señor obispo que ni en el Hospital quiero
apartarme de mi Madre, la divina Providencia y que me
contentaré, por tanto, con la comida de los pobres y no
recibiré salario fijo. Esto agrada mucho al señor obispo,
quien se ha ofrecido a servirme de padre. ¿Estoy obrando
bien?
Sigo haciendo aquí muchas cosas que hacía ya en Nantes:
duermo sobre paja, no me desayuno, ceno poco. Y gozo de
perfecta salud. ¿Estoy obrando bien? ¿Puedo disciplinarme
una vez más por semana fuera de las tres acostumbradas, o
usar una o dos veces el cinto de crin?
Me tomo la libertad de saludar y agradecer humildemente al
P. Brenier. Sólo Dios sabe cuántos beneficios he recibido de
él, y de modo especial de Ud., a quien quedo y quedaré por
toda la vida sumiso en Jesús y María.
Grignion, sacerdote e indigno esclavo de Jesús en María.
Saludo a su ángel custodio»
(Carta 10; BAC, 83-85).
Dado que en la carta Luis María descorre –por primera y
última vez, ciertamente– el velo tras el cual florece la
vida espiritual que lo sostiene, permítasenos indagar ¿hasta
dónde llega la formación espiritual de este joven sacerdote
que considera algo ordinario las tres disciplinas semanales
y llega a pedir con tranquila ingenuidad el suplemento de un
cilicio?
Pero es mejor, leer la respuesta que el 12 de noviembre le
envía Leschassier, antes de intentar mirar en profundidad al
interior de Grignion.
«Padre.
Veo por su carta que se encuentra feliz porque su celo ha
encontrado en hospitales y cárceles los objetivos más
adecuados.
Ud. me somete diferentes preguntas a las que tengo no poca
dificultad en responder:
1º porque no siendo del todo conformes a las reglas
ordinarias, no sabría fácilmente hacerme garante de cuanto
Ud. hace; por otra parte, no sabría poner obstáculos a la
gracia que probablemente lo atrae hacia esa clase de
prácticas ni me atrevería a ello;
2º porque hallándome lejos de Ud. es imposible que me
consulte sobre infinidad de cosas que cree de utilidad
(hacer) en el oficio que tiene y (tanto más) cuanto, que Ud.
afirma en toda oportunidad que no hace nada sin mi parecer y
que vive en total sumisión a mi dirección, me siento en
cierta forma responsable (de todo) ante el público.
Por ello, le aconsejo y pido, Padre, que escoja un buen
director en la localidad en donde vive de quien pueda
recibir las luces y consejos en cualquier dificultad. Ya
sabe cuales deben ser las dotes de un buen director; se
encuentra en una gran ciudad: podrá, pues, hacer una óptima
elección.
Quedo siempre, Padre, con toda estima e inmutable cariño,
todo suyo,
Leschassier»
(ASV; Ib.).
Parece que Leschassier tomó en serio las informaciones, y al
responder –y aunque sin compartir la opción "de los
hospitales y las cárceles"– deja entrever su pensamiento
sobre el perfil interior del joven. En particular:
1) conoce las formas de penitencia a las cuales debió dar,
alguna vez, el oportuno consentimiento, y si hoy se abstiene
de incrementarlas no lo hace por no reconocer más la
espiritualidad de la iniciativa, sino porque le faltan los
elementos necesarios de carácter práctico y de ambiente,
necesarios no obstante en las actitudes espirituales;
2) considera más que probable y fundado el influjo de la
gracia extraordinaria que sugiere y conduce al joven, y ése
es el verdadero motivo que le hace aceptar la infracción a
la buena regla ordinaria del método y de la expresión.
Lógicamente Leschassier no puede tachar de singularidad el
comportamiento exterior que –precisamente en esta ocasión–
es normalísimo y deseado por el obispo local, sino más bien
el de la vida interior...;
3) al aconsejar la elección de un nuevo director espiritual,
Leschassier no rechaza ni desaprueba al joven sacerdote,
sino que subraya la alta estima en la cual el mismo Grignion
tiene al director y padre. Si hoy se retira se debe sólo a
que deja el puesto a alguien que lo pueda seguir y conducir
mejor que él por los caminos de la santidad aunque no
codificada.
No podemos criticarlo. Si la gracia llamaba realmente a Luis
Grignion –y Leschassier parece convencido de ello– a una
vida más austera y activa alguien debía acompañarlo. Guiar a
quien no se aparta nunca de las normas comunes se lo puede
lograr incluso a cuatrocientos kilómetros de distancia con
una carta de vez en cuando. Pero hubiera sido un tanto loco,
y, por lo mismo, deshonesto hacerlo con alguien que, como
Luis María amaba la excepción de la santidad. Leschassier,
declinando este encargo, nos da la mejor prueba de confianza
en que tenía al pupilo.
Obsecuente ante esta dolorosa petición, Grignion encuentra
un director espiritual local, pero sigue todavía
escribiendo, aunque un tanto más especialmente, al «Padre
carísimo», de París para mantenerlo al corriente del avance
(andadura) de la propia existencia.
El nuevo director escogido por Luis María es el jesuita P.
Graciano de la Tour, «doctor en teología de la Academia de
Poitiers, de ingenio y juicio óptimos, de gran prudencia,
mucho más de lo normal en la experiencia de las cosas;
poseía el talento (para realizar) todas las
tareas»(Necrologio, s.j.).
Al momento de pasar de la dirección del sulpiciano a la del
jesuita es preciso constatar cuánto dio Leschassier de lo
suyo a la fisonomía espiritual del dirigido. Luis María
tiene treinta años, hace dos que es sacerdote, pero desde
hace ocho es fiel discípulo del maestro de París. Ante todo,
Luis María se conoce más objetivamente a sí mismo, hasta el
punto de saber lo que debe y puede hacer. Su personalidad de
bretón testarudo y sincero no ha perdido nada y la
obediencia exigida no le ha robado nada a la irrupción e
impetuosidad de su carácter.
Incluso el culto del reglamento y de la vida común, tan
grato al espíritu sulpiciano, no suprimió el toque genial de
la improvisación, sino que se lo afinó mediante una búsqueda
más ordenada de lo mejor. El conocimiento concreto de los
bienes recibidos del Señor, lo ha orientado a una
correspondencia más generosa en la humildad que es la verdad
de saber que es instrumento útil de las misericordias
ordinarias de la Providencia.
Los meses de prueba pasados con el P. Brenier y el solícito
cuidado de Leschassier en lugar de encerrarlo en un vacío
aislamiento, lo abrieron a una entrega consciente y
desinteresada: el sulpiciano le había revelado la mejor
forma de "disponerse" interiormente a la gracia del
apostolado, incluso si la lección sobre las formas
exteriores parece, a veces, no asimilada suficientemente por
la mentalidad del bretón.
Cuando Luis María entra al Hospital de Poitiers, todos lo
definen como persona enviada del cielo (lo escribirá él
mismo en la carta del 4 de julio de 1702 a Leschassier); sin
duda así aparecía a los ojos profanos porque la
espiritualidad le transpiraba en las palabras y en el
entusiasmo. Y nótese la exactitud de esta definición
popular: la elección de ese campo de apostolado no la hizo
Grignion ¡quien, más bien, si las cosas hubieran dependido
de él, la habría rechazado!, sino la obediencia. No fue
riesgo, ni aventura ni presunción. Fue el adaptarse
conscientemente bajo la mano de Dios, según los mejores
principios de la disponibilidad. Tanto pudo sobre el hombre
el director de París y a tanto llegó la sabiduría de alguien
que como él había estudiado y perfeccionado atentamente los
métodos de santidad sacerdotal y los había aplicado a un
corazón absolutamente dispuesto a la acción de Dios. Ni los
rechazos, ni las contradicciones, ni los disgustos serán
capaces de alejar de Poitiers a Luis María. Una vez más,
solamente la obediencia podrá convencerlo de que Dios lo
necesita en otra parte; pero, ahora, quien recogerá los
motivos y pronunciará la orden será el jesuita.
El mundo espiritual en que vive y respira el joven sacerdote
está saturado, además, por dos principios esenciales que
son, de hecho, los amores más característicos de su corazón
y de su conducta: la "Providencia" y "Nuestra Señora".
El mensaje evangélico de Jesús a propósito del "Padre que
ama" (ver Jn 16,27) le dio la seguridad de encontrarse en
las manos amorosas de Dios, por lo cual se deja llevar, se
deja conducir con ciega confianza por el dificilísimo
sendero de la voluntad divina, la única posible porque es la
única verdadera. Y si piensa que ese camino es el trazado
por el amor infinito del Padre que envía a la tierra al
Verbo, si ese camino se confunde con el sendero regio de la
cruz recorrido por la Sabiduría eterna, si es el único sobre
el cual podemos encontrar a Cristo..., Luis María
identificará a la Sabiduría con el Crucifijo y al Crucifijo
con la Cruz. Es un descubrimiento al cual llega por una
gracia especial del Señor, es el descubrimiento del valor
esencial de la cruz y del sufrimiento como línea
providencial de santidad: la cruz es el grandioso tesoro en
el que Dios «ha encerrado todas sus riquezas de gracia, vida
y felicidad y cuyo conocimiento solamente da a sus
predilectos», escribirá pronto en el Amor de la Sabiduría
Eterna (ASE 174).
La cruz es la obra maestra de la ascética en la que ha
vivido y a cuyo conocimiento esta vinculada la comprensión
de toda la doctrina monfortiana.
En este conocimiento hay que buscar la explicación del apego
tenaz a la mortificación y a la penitencia corporal, del
amor loco al desprecio, las contrariedades que lo hicieron
famoso por la frase: ¡Qué cruz no tener cruz!
Si no tenemos en cuenta esta fundamental idea de Providencia
que conduce a través del dolor, terminamos por describir a
un Grignion desencarnado, deshumanizado, bajo riesgo de
hacerlo aparecer como un enfermo psicológico, o al menos,
como un místico anormal e incapaz de demostrar sobre todo a
nuestras generaciones, que la senda de la santidad es la
senda de la alegría y del abandono en Dios. A veces se lo ha
querido tratar como santo encomiable, pero no se ha pensado
en mostrarlo imitable, contraviniendo clamorosa y
vulgarmente la sabia lección cristiana que quiere, en toda
época y todo pueblo, que se pueda poner en juego el mensaje
de la santidad y perfección querido por el Evangelio...
La base profunda y la premisa espiritual para comprender a
Grignion esta aquí: Dios, solo Dios,
Dios solo,
pero no un Dios sin rostro, sino Dios-Padre, Padre de la
Sabiduría encarnada que se presenta al mundo en lo alto de
una cruz:
«¡Oh sabios del mundo!, ¡Varones ilustres de la tierra!
¡ Ustedes son incapaces de comprender este lenguaje
misterioso!
¡Aman demasiado los placeres, se preocupan excesivamente de
sus comodidades, aprecian demasiado los bienes de este
mundo, temen demasiado los desprecios y las humillaciones!
En una palabra: ¡son demasiado enemigos de la cruz de
Jesucristo! Sí, estiman y alaban la cruz, pero en general,
no en concreto la suya, de la cual huyen cuanto más pueden o
la llevan arrastrando de mala gana, entre murmuraciones,
impaciencias y lamentos...
¡Desde que la Sabiduría encarnada tuvo que entrar en el
cielo por medio de la cruz, por ella tendrán que entrar
cuantos la sigan!... La verdadera Sabiduría no se halla en
la tierra ni en el corazón de quienes viven a sus anchas.
Reside en la cruz, en forma tal que fuera de ella es
imposible hallarla en este mundo Se ha incorporado y unido a
la cruz de tal manera, que podemos decir con toda verdad ¡la
Sabiduría es la cruz, y la cruz es la Sabiduría!» (ASE
178.180).
Mérito de Leschassier fue el de haber identificado la
fortísima inclinación de Grignion a la cruz y haberle dado
fundamento en el principio soberano de la voluntad divina,
es decir, en la Providencia a la cual, por lo demás, se
había confiado totalmente: «Desde su juventud ha vivido como
abandonado a la Providencia a pesar de contar con padre y
madre...» había escrito el mismo Leschassier al obispo de
Poitiers (ver c 7).
No menos importante es la devoción a Nuestra Señora en la
espiritualidad del joven sacerdote. Todavía no llegamos a la
síntesis mariológica que lo hará famoso, o, al menos, no la
deja oír aún. La Madre de la Sabiduría encarnada está
presente en su mundo interior como elemento necesario e
indispensable: hasta hacer decir a los primeros biógrafos
que Luis María parecía haber nacido en esta devoción y con
esta tendencia particular. No hace ni dice nada, sin
recordar, morar y aludir a Nuestra Señora.
No se trata de simples invocaciones, ¡entiéndase bien! Es
algo mucho mejor: es una constante dependencia, un estado
interior; cuando actúa, habla o escribe, la actitud y la
palabra florecen de una indicación concreta de María, íntima
pero real, capaz de hacerlo aparecer como se profesa en
realidad: esclavo de Jesús en María. El recuerdo de la
Virgen no es, pues, un repliegue devocional o sentimental,
sino una convicción. Mucho la estudió y buscó en las obras
que los sulpicianos le habían puesto al alcance de la mano
al darle el encargo de bibliotecario y, para fortuna nuestra
algo de ese estudio y de aquella búsqueda nos ha quedado en
el volumen llamado Cahiers des notes, cuaderno de
anotaciones, tomadas al menos de 25 autores que habían
escrito sobre María y la devoción a ella, desde Berulle a
Olier, a Poiré, Nepveu, Crasset Boudon, Saint-Jure...
¿No es acaso María el escalón en el cual puso su planta el
Verbo eterno, la Sabiduría, al entrar en el mundo para
realizar la voluntad del Padre? Así pues, para encontrar a
Cristo, para encontrar a Dios, hay que buscar en la Virgen
María, por ella, con ella y por medio de ella. La Sedes
Sapientiae (trono da la Sabiduría) en la ascética
monfortiana de Grignion pierde los contornos de oleografía
bizantina y convencional para convertirse en verdad y
realidad y presentarse como tal.
Sólo así se pueden captar ciertas afirmaciones que caen de
la pluma de Luis María y que encontramos: «Padre mío,
encuentro tantas riquezas en la divina Providencia y tanta
fuerza en la Santísima Virgen, que bastan par enriquecer mi
pobreza y sostener mi flaqueza. Sin estos dos apoyos, nada
puedo...» (Carta 8, a Leschassier), afirmaciones a las
cuales salen al encuentro estas otras del maestro
sulpiciano: «(...) cuando sólo buscamos la voluntad de Dios
y nos dejamos conducir por su Providencia y el amor materno
de la Virgen santísima, todo contribuye a darnos esa paz que
el espíritu del Señor nos da a gustar aún en medio de las
tribulaciones...» (A Grignion).
Una larguísima carta de Luis María a Leschassier del 4 de
julio de 1702 –en la cual insertamos las adecuadas
anotaciones– nos lleva a revivir con el protagonista los
acontecimientos y las perturbaciones dolorosas de
los primeros meses de la capellanía con los pobres del
Hospital general de Poitiers.
«Al P. Leschassier
Superior del seminario de San Sulpicio de París
del Hospital General de Poitiers, el 4 de julio de 1702.
Señor y Padre carísimo en Jesucristo:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
Si he demorado tanto en escribirle no es porque haya
olvidado sus beneficios, ni por desobediencia a sus amables
consejos, recibidos a través de la persona que me dirige
aquí! en lugar suyo, sino para no importunarle y poder
manifestarle, en una sola carta, los mil incidentes y
contrariedades que me han ocurrido y ocurren cada día. Padre
querido, ésta es mi conducta y éstas mis acciones en resumen
y con toda verdad.
El señor Lévêque, mi segundo Padre después de Ud., me dio,
en un exceso de benevolencia, algún dinero para mi viaje a
Poitiers. Lo repartí a los pobres antes de salir de Saumur
–donde hice una novena– y entré a Poitiers sin un centavo.
El señor obispo, de feliz memoria, me recibió con los brazos
abiertos y me albergó y alimentó en el seminario menor, en
espera de mi entrada al Hospital. Durante este período –que
fue de cerca de dos meses– enseñé, a expensas de Monseñor,
el catecismo a todos los mendigos de la ciudad, a quienes
iba a buscar por las calles. Al principio lo hice en una
capilla dedicada a San Nicolás. Luego –a causa de la
multitud–, bajo los pórticos. Y escuché a muchos en
confesión en la iglesia de Saint-Porchaire.
El señor obispo, importunado por los gritos y súplicas
insistentes de los pobres del Hospital, me entregó a ellos
poco después de la fiesta de Todos los Santos» (Carta 11;
BAC, 85-89).
El Hospital lo tenía todo a su favor de parte de un capellán
que se contentaba con nada. La oficina de los
Administradores, aunque sin dar todavía la nómina definitiva
accedió al deseo del obispo de admitir en casa a Grignion.
Los pobres, percibiendo el gran revuelo suscitado en la
ciudad, habían terminado por forzar el brazo de la
burocracia, si no, de hecho, por hacer cambiar el destino
del sacerdote que el obispo quería reservar para la pobre
gente marginada de la ciudad. Luis María fue asumido en
forma provisional, como capellán interior, sin sustraerlo
–nos parece captarlo en esta carta– a la actividad externa.
Hay algo de lo cual Grignion no habla a Leschassier. Del
milagro en favor de un ciego en la "capilla de la citada
Madame" (de Montespán) en presencia de las damiselas de
honor de la señora, del cual habla Grandet (428).
«Entré en este pobre Hospital –mejor dicho, en esta pobre
Babilonia– con la firme resolución de llevar en seguimiento
de Jesucristo, mi Maestro, las cruces que preveía habían de
sobrevenirme, si la obra era de Dios. Cuanto me dijeron
algunas personas eclesiásticas y experimentadas de la ciudad
a fin de apartarme del propósito de meterme en esta casa de
desorden –incorregible, según ellos–, no hizo sino aumentar
mi valor para emprender este trabajo, a pesar de mi personal
inclinación, que ha sido siempre, y sigue siendo todavía,
hacia las misiones» (Ib.).
Las informaciones recogidas en la ciudad a cerca de la
situación del refugio, le han dado la idea de desolación, de
"Babilonia". Algún sacerdote –quizás por experiencia
personal– lo pone en guardia frente a los dirigentes,
profetizándole que pronto se opondrán a cualquier intento de
reforma. Pero el joven sacerdote no se desarma por esto: ese
Dios que lo quería en el Hospital, no obstante las propias
preferencias por el apostolado misionero, le daría toda la
ayuda y gracia necesarias para alcanzar un feliz resultado
en un trabajo que la obediencia definía como providencial.
Desafortunadamente mientras espera la nominación definitiva
desaparecen dos de los mejores elementos que habrían apoyado
la reforma: el ecónomo Tavennier y la dirigente, señora
Gendrault. La muerte se los quitó en el momento menos
indicado.
Para proveer a la nominación de la nueva directora y del
nuevo ecónomo, finalmente se reúne el Consejo Administrativo
en sesión plena. Nueva directora es la señorita Marta de
Lardonnière-Berthé, y ecónomo, el señor le Jousteux, ya
antes miembro del Consejo. Se añade a ellos el nombramiento
del capellán: «El reverendo Grignion, sacerdote, fue
escogido por el señor obispo de Poitiers y aceptado por los
señores Administradores del Bureau como capellán de los
pobres de este Hospital, para que celebre en él la santa
misa y enseñe el catecismo a los pobres; lo cual hará por
caridad y sin pretender retribución fuera del alimento y
manutención que el Hospital le otorgará tanto sano como
enfermo, y además leña y fuego» (Archivo de Vienne,
Hospitales, J 213, fol. 39).
Dado que en la carta habla de dos meses de espera, es lícito
suponer que la decisión del Consejo tuvo lugar en torno a la
Navidad de 1701. De acuerdo con el presidente y los miembros
de la Dirección, Luis María retoma el decreto de erección
del Hospital de cuarenta años antes, con el cual la ciudad
se comprometía a contribuir con ofertas a la subsistencia
del refugio, y lo da a conocer a la población. Ayudado por
alguno de los refugiados, él mismo, el primero y como nadie,
tiende la mano en favor de sus pobres, y, en honor a la
verdad, la generosa gente de Poitiers no se hace del rogar y
las ofrendas llegan abundantes a la bolsa del mendicante.
Naturalmente, hay quienes arriscan la nariz y quienes
critican al capellán... Se dan rechazos también, pero Luis
María digiere las burlas y malas interpretaciones.
Pero la nueva Directiva brinda su aprobación.
Aprueba incluso una norma propuesta por Grignion con la cual
se regula la distribución de la alimentación: de hoy en
adelante, los refugiados tendrán, una vez al día, a hora
fija una ración de caldo o de sopa, y tres veces al día el
pan que antes les distribuían de una sola vez, por la
mañana; además, hacen la distribución en el refectorio donde
invitan a los internos a ocupar en la mesa sus respectivos
puestos, como personas normales y civilizadas.
«Los superiores, los inferiores del Hospital y aun toda la
ciudad se alegraron de mi entrada. Pues me consideran como
la persona enviada por Dios para reformar esta casa. Al
principio, los superiores del Hospital, con quienes obraba
siempre de acuerdo y más obedeciendo que mandando, me
ayudaron a implantar y hacer guardar el reglamento que
deseaba introducir. El señor obispo en persona y la
administración entera fueron los primeros en autorizarme y
permitirme hacer comer a los pobres en el refectorio y salir
por la ciudad mendigando para ellos algo con que acompañar
el pan seco...» (Ib.).
Por otra parte, no sabríamos de buenas a primeras, cómo
podrían no estar de acuerdo con consejos que llegaban
humildes y persuasivos a más no poder, desde la altura de
aquel coloso inclinado hasta sus oídos, para no gastar voz
inútilmente y hacerles comprender que sólo ellos mandan. Y,
además, ¡hablaba tan bien con las manos llenas de monedas
recogidas en las colectas! Lo secundaron cuando quiso
retomar un cadavérico documento: el reglamento de 1696 que
disciplinaba la conducta de las asistentes dedicadas a la
vigilancia y la enfermería. Eran éstas, señoritas quizás
menos maduras en edad, ciertamente pero sensibles a la
llamada asistencial, dado que su presencia en el instituto
era recompensada como en cualquier organización, y nada más.
Precisamente la moralización sugerida por el capellán,
aprobada y apoyada por el obispo y la dirección, les
fastidió. Se solidarizaron todas: y la solidaridad resultó
tanto más fácil cuanto que había tres hermanas con sus
correspondientes nietas. La sorda oposición se transformó
lentamente en revuelta abierta: al cabo de tres meses
arrastró también consigo al ecónomo y a la directora. Para
colmo de desgracias –¡Luis María no la definiría así!– el 8
de marzo de 1702 moría, a sólo 46 años, monseñor Girard de
la Bournat, «prelado incomparable que había sacrificado su
vida en las visitas (pastorales) realizadas en su
diócesis...» (Grandet, 31).
Luis María quedó solo: los Administradores no exigidos ya
por el celoso Presidente, desorientados por el Vicario del
Capítulo adverso a Grignion, y pagados quizás por haber
provisto al Hospital con los excedentes de los meses
anteriores, a pesar de reconocer la llaga, no quisieron
arremangarse y caminar contra corrientemente: ¡deja las
cosas en paz!
La lucha entre capellán y dirigentes no se circunscribió a
ellos, se extendió a los asilados. Estos se dividieron en
dos partidos, las discusiones encendieron riñas y tumultos.
Luis María, vista la imposibilidad de calmar –tenía
calificación para ello?– semejante avispero, diplomática y
sabiamente se retiró al colegio de los jesuitas a adelantar
ocho días de ejercicios espirituales, esperando que entre
tanto se aclararan las ideas y el Señor lograra restablecer
el orden...
«Hice esto durante tres meses, sin que faltaran abundantes
repulsas y contradicciones. Las que aumentaron de día en día
a causa de cierto llamado señor*** y de la señorita
superiora del Hospital, de suerte que –por obediencia al
sustituto de Ud.– fui obligado a abandonar el cuidado de
aquellas mesas que contribuían eficazmente al buen orden de
la casa.
Irritado contra mí, dicho señor, sin motivo legítimo que yo
sepa, me despreciaba, contrariaba y ultrajaba en casa
continuamente y denigraba mi conducta en la ciudad ante los
administradores. Lo que, extrañamente, suscitó en contra
suya a todos los pobres, los cuales me aman, a excepción de
uno que otro libertino o libertina que se habían conjurado
con él en contra mía. Durante esta borrasca me mantuve
callado y apartado, colocando mi causa totalmente en manos
de Dios y esperando sólo en su socorro, a pesar de los
consejos que en contra se me daban.
Con este fin hice un retiro de ocho días en casa de los
jesuitas. Allí me sentí lleno de gran confianza en el Señor
y su santísima Madre, seguro de que ellos tomarían
ciertamente mi causa en sus manos. Mi esperanza no fue
defraudada.
Al salir del retiro, encontré enfermo a dicho señor, que
murió a los pocos días... La superiora, joven y llena de
vigor, lo siguió seis días más tarde. Más de ochenta pobres
enfermaron y varios de ellos murieron. Toda la ciudad
pensaba que se había declarado la peste en el Hospital y se
decía públicamente que la maldición había caído sobre esa
casa. Y, no obstante haber tenido que asistir a todos estos
enfermos y muertos, fui el único que no se enfermó...»
(Ib.).
Hablando algunos meses después, Luis María no logra esconder
la impresión de esa intervención... divina. Y refiriendo el
comentario que hacen en la ciudad, da la impresión de no
querer desmentirlo.
Sin embargo, la oposición cambia nombre y motivos, pero
queda en pie...
«Después de la muerte de aquellos superiores, he tenido que
padecer persecuciones aún mayores. Cierto pobre instruido y
orgulloso encabezó en el Hospital a un grupo de libertinos
para hacerme la guerra, defendiendo su causa ante los
administradores y condenando mi conducta. Sólo porque, con
firmeza y dulzura al mismo tiempo, les canto la verdad, es
decir, sus embriagueces, riñas, escándalos, etc. Casi
ninguno de los administradores –a pesar de que en casa no
tomo ni un pedazo de pan, pues los de afuera me alimentan
por caridad– se preocupa por castigar estos vicios y
corregir tales desórdenes internos, porque casi todos
piensan sólo en el bienestar temporal y externo de la
casa...» (Ib.).
En el tumulto de nuevos opositores se distingue una
muchacha, imposible de identificar, quien, disfrutando sin
razón de la confianza que gozaba ante el buen obispo
difunto, ahora querría obtener algo más y mejor de los
Administradores mucho más corruptibles que el Presidente
desaparecido. Luis María que desde hacía tiempo se había
dado cuenta de las maniobras de la joven, aprovecha, como
veremos, de la carta a Leschassier para pedirle que ponga en
guardia al nuevo obispo Juan Claudio de la Poype de
Vertrieux, Vicario general de Lyón, elegido por el rey desde
el 15 de abril pero aceptado canónicamente por la Santa Sede
sólo el 26 de septiembre.
Luis María habría podido añadir en la carta que en ese
ultimo mes de junio se había realizado dos sanciones contra
sus realizaciones.
La situación no era ni menos color de rosa para los
Administradores: la Directora, recién elegida firmó su
dimisión dejando al Consejo en la desesperada necesidad de
dirigirse nada menos que a París para implorar a una señora
que se dignara asumir el cargo poco deseado. Pero cuando los
Administradores se dan cuenta de que la Señora de París esta
de acuerdo con el capellán hasta el punto de escogerlo como
director espiritual, entonces, aprovechando una novena
predicada para gente de fuera durante la preparación de la
fiesta de Pentecostés, el 4 de junio, firmaron una serie de
disposiciones contra el sacerdote, y que tenemos que
presentar.
«2 de junio (1701) – Se decidió que, conforme a la costumbre
anterior, se distribuyan los panes a cada pobre sin
distribuirlos por partes (es decir, en horarios distintos)
como el P. Grignion ha empezado a hacerlo hace poco.
Además (se ha resuelto) que la puerta de la iglesia y
capilla de este Hospital sólo se abra durante la misa en los
días feriales y durante la misa y vísperas en los días
festivos y en los domingos: y que, por ello, en el tiempo
restante permanecerá cerrada, y en los días festivos será
cerrada inmediatamente después de los oficios sagrados; (se
decidió) que no se deje entrar a ninguna persona extraña en
la mencionada capilla en los antedichos días feriales fuera
del tiempo de la misa, por ninguna razón ni por motivos de
confesión o con cualquier otra excusa» (Archivo de la
Vienne, Hospitales, J 213, fol 55).
«5 de junio – Se decidió que en la sala (=reparto) de las
mujeres se dé y reparta el pan a cada una de las pobres
según la forma antigua, mientras que en la sala de niños y
niñas... (se encarguen) el P. Grignion y la señora Boursault
su consabida prudencia, y lo mismo hará el P. Grignion en la
sala de los varones» (Ib., fol. 56).
«16 de junio – Se decidió que se advierta una vez más al P.
Grignion que no haga cosas diferentes de lo que mira a la
parte espiritual y no quiera entrometerse en la parte
temporal; para esto la Compañía (= Consejo) ruega al señor
canónigo de Kllomau y al señor Girault, abogado del rey ante
la oficina de impuestos, se dignen venir al Hospital para
hacer esta advertencia» (Ib. fol. 57).
¿Cómo se olvidaron tan pronto, todos ellos, de aquellos
dineros recogidos de casa en casa por el humilde sacerdote,
quien, si había querido interesarse por la parte material,
lo había hecho solamente para atender mejor a la espiritual.
Había organizado la distribución del pan a diferentes horas
y en el refectorio porque esto ordenaba un tanto también el
hambre e introducía a cada uno en la colecta. Pero los
administradores no sentía la importancia de esto: no les
interesaba que en adelante los pobres tuvieran menos que
comer y que en casa hubiera más desorden... Lo importante
era hacer callar a ese cura.
¡Cómo hubiera querido Luis María gritar a voz en cuello a
aquel grupo de gentes soberbias, antes incluso de que el
cardenal Manning lo proclamara en el siglo XIX: "¡No se
predica a estómagos vacíos!"
Pero prefirió callar, encerrado en la sala de los niños,
casi escondido, para no recoger por todas partes burlas y
sonrisas, o para no ver trotar a las estiradas asistentes
más engreídas que nunca.
De todos modos, la estada en Poitiers no se ha desplegado
toda ella en la mala fe de las intrigas y en medio de las
persecuciones. La vida espiritual de Luis María, más fuerte
que antes, halla un desfogue en el celo apostólico. Y las
obras de apostolado, al menos fuera del Hospital, son muy
eficaces.
«(...) Desde mi llegada estoy en una misión continua:
confieso habitualmente desde la mañana hasta la tarde y
aconsejo a infinidad de personas. Y mi Padre, el Dios
todopoderoso –a quien sirvo, aunque infielmente–, me ha
concedido luces espirituales que antes no tenía, como son
gran facilidad para expresarme e improvisar sin preparación,
perfecta salud y gran amplitud de corazón para todos. Esto
me granjea el aplauso de toda la ciudad (¡lo que debe
hacerme temer mucho por mi salvación!).
No permito entrar en mi habitación a ninguna mujer, ni
siquiera a las superioras de la casa.
Olvidaba decirle que cada semana doy una conferencia a los
trece o catorce mejores alumnos del colegio. Esto con
aprobación del difunto señor obispo» (Carta 11; BAC, 85-89).
Así, pues, al parecer, el ministerio asumido por orden de
monseñor Girard, continuaba también después de haberse
encargado del Hospital. De una situación casi estática Luis
María pasó a un trabajo metódico y estable. Sólo que no se
ha limitado a los pobres de la ciudad y de la periferia.
Monseñor Girard le había asignado un confesionario en la
antigua iglesia de Saint-Porchaire, aunque debía ocuparlo
solamente en el período de espera antes de asumir el
Hospital. Luego, ya con el cargo de capellán, la "infinidad
de gentes", lo había podido encontrar libremente en la
capilla interna del Instituto. Diferentes párrocos de la
ciudad lo invitaban a predicar y confesar. Muchas de las
personas con quienes se hab'ia encontrado en este ministerio
discontinuo lo encuentran puntualmente en el refugio, así se
convierte en uno de los más discutidos confesores de la
zona, y no todos lo aprueban, aunque la mayoría lo alaba. La
procesión ininterrumpida de personas que lo busca, fastidia
a la dirección del Hospital y provoca probablemente la
prohibición que acabamos de leer.
Su predicación lleva la característica de la improvisación
más adecuada al auditorio y al momento. Y esto gusta,
indiscutiblemente. Un testigo de la época lo recuerda así:
«Su celo era sin igual y sin ficción; dentro de la iglesia,
para él nadie debía (considerarse) intocable. Dios,
constituía el principio de toda acción, lo ha obligado a
menudo a ir a reclamar a ciertas personas incluso elevadas
en dignidad tanto de la Iglesia como en fortuna y nobleza,
para hacerlas callar cuando con sus charlas profanaban el
templo de Dios.
Predicaba todos los días en nuestras iglesias y era seguido
por muchísima gente y lo respetaban hasta los más libertinos
(...).
Tuve el honor de conocer ciertamente en forma especialísima
al P de Montfort, porque también formé parte durante varios
meses de una cofradía (asociación) fundada por él en
Poitiers para jóvenes, en la cual nos entretenía con
ejercicios de piedad eficacísimos.
Todos los días daba exhortaciones tan sencillas y con tanto
celo que ciertamente cuantos tenían el privilegio de oírlo y
supieron sacar provecho de ellas, tomaron el camino de la
Iglesia, en la cual desde entonces han vivido con tanta
devoción y edificación como tenía él mismo.
También muchas jóvenes para las cuales había creado una
asociación, han optado por la senda de la vida religiosa;
algunas viven todavía con incomparable devoción.
En estas dos asociaciones en que nos reuníamos nosotros, por
una parte, y las muchachas, por otra, nos enseñaba a meditar
delante de él y nos sugería también los argumentos que
meditar en nuestras casas.
En esta ciudad hay más de doscientas personas encaminadas
por él hacia la santidad...» (Grandet, 465).
Cuando el Procurador regio en el tribunal de Poitiers, el
señor Le Normand, escribe, recuerda haber tenido el
privilegio de tratar de cerca a Luis María. Si las cifras
que ofrece no son exageradas, tendremos que concluir que las
asociaciones eran muy florecientes. No pensemos que estas
dos correspondan a esa congregación de estudiantes de que
habla a Leschassier, sino que han sido organizadas por su
propia iniciativa fuera del colegio.
El testigo ha olvidado un detalle que afortunadamente nos
llega por otra fuente: «Cada domingo los enviaba al campo a
enseñar a los campesinos y ayudarles a aprender el
catecismo...» (Allaire, Abrégé, 381).
Exactamente cuanto le hacía realizar el sacerdote Bellier en
Rennes. También entonces, para los asociados había un
período de oración y hacían visitas periódicas a los pobres
y a los enfermos. Luis María no había olvidado la lección
del precursor de Ozanam. Y, no obstante, entre los dos
existe una diferencia sustancial, tan importante que nos
extraña cómo es posible que los biógrafos no la hayan
subrayado. Mientras Bellier enviaba a sus estudiantes –no
sabemos si había también una asociación femenina– a visitar
a los pobres y a los enfermos en los hospicios y hospitales,
Luis María envía a sus muchachos y muchachas, a enseñar a
los campesinos. Hay que resaltar esta palabra que nos
muestra a un Grignion más práctico que entusiasta, más
inteligente que celoso: antes de impartir lecciones de
catecismo, quiere que los estudiantes, los jóvenes y las
jóvenes dentro de sus propios límites, participen a los
campesinos de su instrucción humana, quiere que les enseñen
los rudimentos esenciales dé la cultura.
Teniendo en mano ambos grupos –y desde esta doble categoría
recalquemos la amplia posibilidad de acercamiento– los forma
él en la vida espiritual y los encamina fortalecidos en el
alma a la práctica de la caridad que cultiva al hombre para
educar al cristiano. Incluso la Montespán había denunciado
la falta de instrucción como la fuente de la ruina moral del
campesino y Luis María había encontrado el remedio.
En la imposibilidad de moverse de Poitiers y no queriendo
que la obra comenzada se agotara cuando tuviera que
trasladarse, habiendo comprendido que el de la instrucción
podía ser en realidad el método más adecuado para hacer el
bien, concibe un proyecto, una congregación de mujeres. Sin
querer insistir en la utilidad que en el futuro podía tener
la institución, el proyecto, si se lo ponía en marcha
inmediatamente, le habría ofrecido también la solución a un
grave problema del Hospital: la formación del grupo de las
asistentes o enfermeras.
Una precisión importante del primer biógrafo ayuda a
comprender cuanto escribieron las Crónicas del Instituto de
las Hijas de la Sabiduría:
«...le daban muchas limosnas al P. de Montfort y él las
utilizaba para aliviar a los pobres; pero se servía también
de ellas para ejecutar las reparaciones necesarias en la
casa y en la capilla del Hospital.
Mas convencido de que los hombres trabajan en vano para
conservar y acrecentar los edificios materiales si no se
preocupan por apoyar el interior del edificio espiritual con
reglamentos sabios para las personas que dirigen, sintió la
inspiración de elaborar un reglamento para las enfermeras
(asistentes) del Hospital general de Poitiers, que fuera
útil no sólo para la perfección personal de las enfermeras
actuales y para el alivio de los pobres, sino también para
otras jóvenes (el subrayado es nuestro) cuyas funciones
serian más extensas y hubieran trabajado también en otras
partes en la instrucción de las niñas a través de escuelas
cristianas y ayudar a hacer ejercicios (espirituales) a las
personas de su sexo y a recuperar a los pobres y a los
enfermos de las parroquias a donde les llamaran.
Era el designio que se había formado respecto de una
congregación de mujeres que consagrar a la Sabiduría del
Verbo encarnado, para confundir la falsa sabiduría de la
gente del mundo, estableciendo entre ellas la locura del
evangelio» (Grandet, 67-68).
«...Afirmamos aquí que la época de la fundación de la
Congregación de la Sabiduría lleva la fecha del año 1701,
porque fue efectivamente en ese año cuando nuestro venerable
P. de Montfort puso los fundamentos de la misma en el
corazón de la señorita Trichet, al encontrar en ella,
gracias a una iluminación divina, a quien el Señor destinaba
a convertirse en la primera superiora...» (Prólogo).
En verdad, era hacia finales de 1701, mientras Luis María
predicaba y confesaba en la iglesita de Santa Austregesilda,
en las vecindades de la catedral, cuando llegó a su
confesionario una muchacha de dieciséis años, Luisa Trichet,
hija de un oficial del tribunal de Poitiers.
«El sabio y piadoso director, en el momento en que ella se
dirigió a él por primera vez, pareció haber recibido una luz
del cielo y hacerle comprender aquello a lo cual la
destinaba el Señor.
– Quién ten envió a mí, le preguntó.
– Mi hermana, respondió ella con sencillez.
– No, no, hija mía, replicó él en tono inspirado, no fue tu
hermana; ¡ha sido la santísima Virgen quien te envía a mí!»
(vol. I, c. 1).
Antes de llevar a la hija a tomar conciencia del gran
proyecto, el santo sacerdote se dedica con asiduidad a la
preparación espiritual de la joven. A nuestro comentario,
preferimos continuar la lectura de las Crónicas:
«...Después de algún tiempo, aunque (Luisa) le había
manifestado el deseo de hacerse religiosa, él parecía
abandonarla a la soledad de la pena en que se hallaba, tanto
que cierto día, ella se animó a decirle: "Ud. muestra tanto
celo para ubicar en comunidades religiosas a tantas jóvenes
y hablar de su vocación al obispo; conozco a muchas que,
gracias a Ud., son hoy religiosas. Soy la única en quien no
piensa. ¿No sabe, a caso, suficientemente lo grande que es
mi hastío del mundo?".
El santo varón que tenía ciertas ideas y no quería darlas a
conocer. Se limitó a responderle:
– Hija, serás religiosa! Consuélate, ¡serás religiosa!
La señorita Trichet no comprendió entonces el secreto oculto
en esa respuesta y, por ello, no quedó totalmente tranquila»
(Ib.).
Las reacciones familiares a los encuentros de Luisa con
Grignion pueden resumirse muy bien en la frase lanzada
entonces por la madre: «Me han contado que te confiesas con
ese cura del Hospital: ¡te volverás loca como él!» (Besnard,
24).
Pero Luisa continuó acercándose a ese sacerdote y en mayo de
1702 alcanzó de la madre el permiso de asistir a la novena
del Espíritu Santo en la capilla del Hospital. La cuota de
participación era de ? francos y dejaba a la joven la
facultad de seguir al director espiritual como no lo hubiera
imaginado jamás.
Entre tantas tribulaciones y trabajos, Luis María estaba
entregando la salud. En la carta que nos ha guiado en el
relato de estos sucesos, concluía:
«...Hay en el Hospital una muchacha que tiene el espíritu a
la vez más astuto, sagaz y orgulloso que jamás he visto. Es
la provocadora de todo este barullo. Mucho me temo que el
señor De la Poype sea engañado por ella, como su predecesor,
por exceso de credulidad. Si le parece bien, puede Ud.
ponerlo en guardia al respecto.
Señor y amado Padre, hónreme con una de sus cartas. Hoy más
que nunca le estoy sumiso. Sólo la necesidad me obliga a
verme privado de sus consejos.
Me atrevo a declararme totalmente sumiso a Ud. en Jesús y
María.
Luis Grignion, sacerdote y esclavo indigno
de Jesús en María.
Saludo y agradezco al señor Brenier. Saludo a los señores
Repars y Lefèvre y a todo el seminario; pero de manera muy
especial al P. Lévêque, a quien escribo lo mismo que a Ud.»
(Carta 11).
Leschassier se demoró en responder y ese silencio acrecentó
la pena y el hastío de Luis María. Este era ahora la sombra
de sí mismo, enflaquecido, acabado y dolorido.
El golpe decisivo le llegó de París: la hermanita más
querida Guyonne-Jeanne (Luisa) que había sido recibida en el
orfanato de San José, gracias a la Montespán, era víctima de
una increíble decisión de la municipalidad parisina: todas
las jóvenes que no podían demostrar que habían nacido en
París, ya no serían asistidas en los institutos de caridad
de la capital. Probablemente por eso había decidido un día
hacerse religiosa y entrar en las Hijas de la Providencia
que dirigían el colegio. Pero las claras alusiones al
hermano sacerdote, hechas en la carta de los primeros meses
de 1701 desde Nantes, la había disuadido de ello. Ahora
estaba a punto de cumplir los veinte años, el 24 de
septiembre. Esa era la fecha de su despido del instituto.
Luis María decidió, entonces, partir para la capital. De
improviso, sin previo aviso ni presentar su dimisión. Ni
siquiera lo supo Luisa Trichet.
Era a mediados de agosto, el calor era tórrido. Tenía que
recorrer casi cuatrocientos kilómetros y Luis María no
estaba del todo sano.
Capítulo décimo
UNA HEREDAD PARA LOS POBRES
La permanencia de Grignion en París se halla particularmente
colocada bajo el signo de la Providencia. Luis María se
había abierto camino desde Poitiers, en favor de su hermana;
y en realidad no logramos entender cómo ésta confía tan
vivamente en el rudo hermano que en la capital no encontraba
la comprensión ni el apoyo de los cuales gozaba en
provincia. De todos modos, éste es el período en que se
registran los momentos más humanos de Grignion, fundidos en
el amor infinito del Padre de los cielos que brinda una
rama a las aves y un vestido a las flores para garantizar la
confianza de los seres humanos si la colocan en él.
Tan pronto llegó a la capital, Luis María, agotado, recibe
acogida en el hospital para hombres de san Juan de Dios. No
sabemos si por voluntad propia o por necesidad, como tampoco
conocemos la enfermedad específica. Sin embargo, no es
difícil imaginar qué postración penosa le habían producido
los trabajos y amarguras de aquellos meses.
Permanece pocos días en el hospital y, aunque no del todo
curado, debe ponerse en movimiento por su hermana. Tras
hablar con ella, elabora un programa. Es claro que el deseo
de Guyonne-Jeanne (Luisa) es hacerse religiosa; para entrar
de hermana se necesita dinero para la dote que exigen todos
los institutos; para hallar dinero, hay que buscarlo en los
bolsillos de las personas caritativas; para hallar a los
bienhechores, hay que ir a buscarlos, listos a todo rechazo
lo mismo que a cualquier ayuda. Sólo en el caso en que
hubiera sido imposible encontrar el bendito dinero y
hubieran tenido que abandonar el proyecto de vida religiosa,
los dos hermanos prevén un repliegue sobre la profesión de
dama de compañía como lo había previsto la benemérita
señorita Montigny. Y si todo hubiera fallado, Luis María
habría devuelto a la joven a la familia, en Bretaña.
Comienza así para él un extenuante peregrinar de casa en
casa, tendiendo la mano ante los ricos, que todavía no
habían hecho las maletas para irse de vacaciones. La mano
tendida es a menudo ignorada y la visita a las ricas
mansiones resulta inútil, o lo es tan mezquino que ni
siquiera puede calcularse.
Un antiguo condiscípulo de seminario, capellán ahora en la
parroquia de San Sulpicio, no le brinda dinero, pero le
ayuda a encontrar el sustento en casa de la benedictinas del
Santísimo Sacramento de la Rue Cassette. Las santas
religiosas tienen la piadosa costumbre de servir, cada día,
el almuerzo a Nuestra Señora, considerada parte viviente de
la comunidad y miembro efectivo de la congregación: y, dado
que hay una hermana que sólo toma las comidas allá en el
cielo aunque conservando todos los derechos de las de la
comunidad de la tierra, su almuerzo es servido a un pobre,
al que mejor la pueda representar.
Luis María tiene los papeles en regla para ese oficio.
¿Quién mejor que él, fuera de los vestidos del pobre, la
delgadez de la fiebre, el cansancio del itinerante, sabe
hablar con tanta fe y tanta veneración de María? Así que lo
aceptan cordialmente, y este sentimiento crece cuando él
pide compartir el almuerzo con otro pobre, quizás con aquel
que lo hubiera disfrutado si él no hubiera estado allí.
Mientras la colecta prosigue infructuosa, el párroco de San
Sulpicio le comunica la invitación del nuevo obispo de
Poitiers a regresar lo más pronto posible al Hospital
abandonado, con los pobres que lo necesitan y a quienes hay
que complacer sin dudarlo en forma alguna. La invitación
tiene el sabor de una apelación a la obediencia y Luis María
es sensible en ese punto.
No ha logrado recabar nada en favor de su hermana y Dios no
le permite el tiempo para colocarla. Cualquiera que no
tuviera la ciega confianza en la Providencia que tenía Luis
María, se habría desesperado y quejado. Años antes había
escrito: «echo a perder cualquier empresa en cuento
intervengo en ella» (Carta 4; BAC 72).
Habría devuelto a casa a Guyonne-Jeanne (Luisa) y con la
ayuda de los conocidos de allí y algo de fortuna, se habría
provisto. Decidida ya la fecha de partida, tras pedir
audiencia a la abadesa de las benedictinas para agradecerle
debidamente la bondad y la caridad que le han brindado, lo
admiten al locutorio, donde la madre recibe a otras
personas. Grignion habla de su inminente regreso a Poitiers.
Una señora presente allí, luego de estudiar detenidamente a
ese sacerdote enjuto y pálido, le ofrece un escudo para
gastos de viaje. Luis María le da las gracias y le pide
permiso de pasar el dinero a su hermana, mucho más
necesitada que él. La conversación recae sobre la hermana;
él da de ella las últimas noticias fracasadas, subrayando la
amargura por no poder ayudarla a hacerse religiosa.
Y, ya que habla de ella, ¿por qué no la aceptarían las
Madres benedictinas, aunque fuera como hermana conversa?
Pero las monjas necesitan coristas no conversas; y para
aceptarla como corista es necesario que tenga salud robusta
(las plegarias del coro y las vigilias nocturnas debilitan
hasta a las más fuertes). Ciertamente, si Guyonne-Jeanne
fuera sana, se podría pensar en algo. Hay que ver a la
joven.
Luis María parte en busca de su hermana y la presenta a las
monjas y las personas que todavía se hallan en la locutorio.
La abadesa y las consejeras, la hacen hablar pidiéndole
información sobre sus conocimientos, sus estudios y vida
pasada. En la penumbra del austero locutorio, la salud no se
vislumbra como muy floreciente, por la cultura, la seriedad
y la compostura en el trato resultan claras aún en medio de
la explicable confusión. Oh, sí, Guyonne-Jeanne sería
ciertamente una corista óptima, según las normas: sería
suficiente recuperar sus fuerzas, aunque la debilidad actual
no constituye realmente un impedimento, porque la salud
podía reflorecer viajará a los Vosgues, al monasterio de
Rambervilliers al cual van a ser enviadas enseguida otras
postulantes.
Quedaba sólo una dificultad: el dinero para la dote y para
el viaje.
¡Siempre se estrella allí, contra ese muro!
No queremos burlarnos de las buenas hermanas benedictinas.
No era pretensión suya, sino necesidad, porque el dinero
garantizaba el porvenir de la futura hermana.
Pero el dinero y los Grignion nunca había sido buenos
amigos...
Cálidas lágrimas corren abundantes por el rostro de la
joven: una vez más –¿cuántas en ese día?– se oscurece el
horizonte. Luis María no llora, pero no subestima la
desilusión de su hermana: si se hubiera tratado de él habría
sonreído. Pero ante el sufrimiento de los demás, sabe
compartir el dolor. Y cuando uno de ellos es la hermana más
querida, esa del corazón, la más amada entre los viviente
después de la madre, entonces siente que un nudo le aprieta
la garganta... Entonces aprieta contra el pecho a aquel
pajarillo sin aliento dejando que la túnica descolorida
recoja las lágrimas... Nunca hubo abrazo más fraternal ni
reconfortante, mientras del corazón del hermano sube una
afligida plegaria.
«Una persona de clase a la que nada habían pedido y que era
mucho menos rica de todas aquellas a quienes habían ido a
suplicar anteriormente, al saber que la joven se preparaba
para regresar al mundo y hacerse dama de compañía, donde
habría encontrado muchas dificultades para salvar su alma,
tuvo la inspiración de ofrecer la suma requerida y el ajuar
necesario y hasta pagar el viaje, temiendo que Dios le
pidiera cuentas de esa alma, que se habría perdido en el
siglo...» (Grandet, DRG, 34).
¿Presenciaba el diálogo aquella importante persona o alguien
sugirió su nombre? ¿Quién podía ser? ¿Quién era?
Aun sabiendo que no podemos ofrecer ninguna indicación
válida por carecer de toda confirmación, pero para brindar
al lector la seguridad de que tales personas existían en la
París del siglo XVII, demos este nombre: María Bonneau de
Beauharnais de Miramión. Viuda a los dieciséis años, había
dedicado la inmensa fortuna heredada y toda su vida a las
obras de caridad. Durante dos años mantuvo con sus propios
fondos a setecientos pobres que no habían podido ingresar al
Hospital General, y en 1661 había fundado un convento de
hermanas llamadas de Santa Genoveva, dedicadas al cuidado de
los enfermos y de los pobres en el lugar donde hoy se
levanta la Farmacia Central, sobre el Muelle de la Tonelle.
Touchard-la-Fosse, que sabe recoger todas las habladurías de
palacio, la llama Protectora de la virginidad en peligro
de las damas de compañía, de quienes se sentía
responsable ante Dios (Chroniques de l'Oeil-de-Boeuf,
II, c II). Madame de Sevigné llega a darle el apelativo de
Mère de l'Eglise, título ampuloso hasta dónde se
quiera, pero revelador incluso en el mundo semiserio de la
capital.
La Miramión podrá no ser la persona de clase que le ayudó a
Guyonne-Jeanne, pero alguno a quien los ejemplos de la
admirable viuda habrían sugerido esa forma de caridad de
colocar en manos de la Providencia –¡siempre ella, en fin de
cuentas!– para prestar ayuda a las jóvenes necesitadas como
la nuestra.
Mientras Luis María reemprendía el camino de Poitiers,
Guyonne-Jeanne (Luisa) partía para el monasterio de
Rambervilliers junto con las demás postulantes que querían
hacerse benedictinas del Santísimo Sacramento. Para
completar la historia, diremos también que, una vez llegada
con las demás a las cercanías de Lyon, capital de los
Vosgues, la escoltó al claustro el mismo duque y la recibió
el obispo en persona.
Pocas semanas después de su llegada a Rambervilliers,
recibió una carta del hermano, la carta más cordial y
hermosa de todas:
«De Poitiers, octubre de 1702
Querida hermana en Jesucristo:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!
Deja que mi corazón navegue con el tuyo en la alegría, que
mis ojos derramen lágrimas de consuelo y que mi mano estampe
en esta carta la dicha que me embarga.
No fue inútil, ciertamente, mi viaje a París. Ni tampoco tu
abandono y cruces del pasado; ¡el Señor tuvo piedad de ti!
Esta pobre hija gritó, y el Señor la escuchó inmolándola
verdadera, interior y eternamente.
Que no se te pase un solo día sin holocausto ni víctima. Que
el altar te vea con más frecuencia que el lecho y la mesa.
¡Animo! ¡Mi querido suplemento! Pide con insistencia perdón
a Dios y a Jesús –el Sumo Sacerdote– por los pecados que he
cometido contra la divina Majestad al profanar el Santísimo
Sacramento. Saludo a tu ángel de la guarda, compañero único
de tu viaje. Soy tuyo tantas veces como letras contiene esta
carta, con tal que tú seas otras tantas sacrificada y
crucificada con Jesucristo, tu único amor, y con María,
nuestra Madre bondadosa.
De Montfort, sacerdote
y esclavo de Jesús en María»
(Carta 12; BAC 89-90).
Guyonne-Jeanne se convirtió en sor Catalina de San Bernardo,
correspondió a la gracia y murió en 1750 en olor de
santidad.
Este nuevo período se abre para Luis María bajo el signo de
la Cruz-Sabiduría. De las cartas que escribió probablemente
en ese final de otoño de 1702 –dos de ellas a las religiosas
benedictinas, al parecer de París– recogemos los
pensamientos de un espíritu atento y abierto al sufrimiento
y que ha comprendido el profundo concepto del sufrimiento y
lo vive con serena tranquilidad.
«¡Ah! ¡Qué divina es su carta! ¡Está toda llena de noticias
de la cruz, fuera de la cual –digan lo que digan la
naturaleza y la razón– jamás habrá en este mundo, hasta el
día del juicio, ningún placer verdadero ni bien sólido
alguno! Su alma lleva una cruz ancha, larga y pesada. ¡Oh!
¡Qué felicidad la suya! Tenga confianza; si Dios, que es tan
bueno, sigue haciéndola sufrir, no la probará por encima de
sus fuerzas. Es señal segura de que la ama. Digo segura
porque la mejor señal de que Dios nos ama es el vernos
odiados por el mundo y asaltados por cruces, tales como la
privación de las cosas más legítimas, la oposición a
nuestras más santas iniciativas, las injurias más atroces y
punzantes, las persecuciones y malas interpretaciones por
parte de las personas mejor intencionadas y de nuestros
mejores amigos, las enfermedades más desagradables, etc.
Pero ¿por qué le digo lo que Ud. sabe mejor que yo, gracias
al gusto y experiencia que tiene de ello?
¡Ah! ¡Si los cristianos conocieran el valor de las cruces,
caminarían cien leguas para encontrar una sola! Porque en la
amable cruz se halla encerrada la verdadera Sabiduría, que
noche y día busco con más ardor que nunca.
¡Oh amada cruz! ¡Ven a nosotros para gloria del Altísimo!
Este es el grito frecuente de mi corazón a pesar de mis
flaquezas e infidelidades. Después de Jesús, nuestro único
amor, la cruz es mi mayor fuerza. Le ruego diga a N*** que
adoro a Jesucristo crucificado en ella y que suplico al
Señor le conceda no pensar en sí misma sino para ofrecerse a
sacrificios aún más sangrientos».
(sin firma)
Carta 13; BAC 90-91).
Hemos leído y releído esta carta: colocada en el momento y
en el ambiente en que se encuentra Luis María, a saber,
Poitiers y su ambiente al regreso de París; expresa más de
lo que quiere decir al alma religiosa –quizás la Madre San
José, muerta pocos días después– a quien va dirigida. Las
inevitables luchas que lo esperan, lo encuentran ya listo y
pertrechado.
El fragmento de la segunda carta es, a no dudarlo, más
decisivo y por ello lo consideramos procedente de las
contradicciones de cada día:
«(...) Querida Madre: ¿Cómo podría yo, en respuesta a la
suya, decirle algo distinto de lo que el Espíritu Santo le
dice todos los días? Amor a la pequeñez y a las
humillaciones, amor a la vida escondida y al silencio –el
mudo inmolador de Jesucristo en el Santísimo Sacramento–.
Amor a la divina Sabiduría y a la cruz.
En cuanto a mí, me contradicen en todo y me encuentro
prisionero.
Déle gracias a Dios, a nombre mío, por las pequeñas cruces
que me ha dado, proporcionadas a mi flaqueza, etcétera»
(Carta 14; BAC 91-92).
El nuevo obispo, que no hará su ingreso en la diócesis hasta
primeros de diciembre, le ha expresado toda su confianza con
la tarea de redactar un esquema de reglamento para aplicarlo
al Hospital. Le deja –o hace restituir– toda la libertad de
predicar y dedicarse al ministerio en el círculo del refugio
incluso para las personas de fuera. De hecho, el consejo de
Administradores aprueba el proyecto de una misión para
militares que se celebrará dentro del Hospital y establece
las condiciones de la misma:
«21 de octubre de 1702 –(...) en base al informe hecho a la
Administración por el señor Vaubissón– el P. Grignion,
capellán del Hospital, ha pedido a la Administración permiso
para celebrar con dos padres capuchinos de esta ciudad una
misión en los predios del mencionado Hospital de los pobres,
y a la que asistirían los soldados actualmente
(acuartelados) en esta ciudad.
Se resolvió que se le conceda dicho permiso, a condición de
que los oficiales y los capitanes de los soldados asistan en
número suficiente para evitar el desorden y que los
mencionados soldados no tengan absolutamente que entrar por
ningún motivo al interior del Hospital, sino solamente a la
iglesia, y que se ofrecerán también dos candelas o antorchas
de cera blanca que se pondrán delante del Santísimo
Sacramento (...)» (Arch. De la Vienne, Hospitales, J 213,
fol. 60).
Como puede verse ni una palabra de crítica o duda respecto
del capellán. Señal de que el regreso de París había sido
aceptado y quizás, incluso, esperado por los señores
administradores. De hecho, se celebró la misión, y, al
parecer, dentro de las convenientes condiciones prefijadas.
Y, naturalmente, con la bendición de Dios.
Pero el proyecto de reforma del Hospital, para ser realmente
útil, tenía que buscar y corregir las causas de todo el
desorden; y causa causarum (causa de las causas) era
sin duda alguna la apresurada y mal llevada selección de las
asistentes o enfermeras y del personal de servicio realizada
hasta entonces.
Desafortunadamente, se había esfumado la esperanza de
recibir a las Hermanas "Grises", las Hijas de san Vicente de
Paúl, y no se podía ni pensar en acudir a otras
instituciones religiosas...
Apoyado en la tarea encomendada por el obispo y aprovechando
el momento favorable, Luis María puso en marcha un ensayo de
reforma sustancial: «Había escogido dentro del Hospital una
pequeña sala (...), congregaba en ella a unas dieciocho o
veinte muchachas, todas enfermas, heridas o físicamente
minusválidas pero ricas de virtudes (...)» (De las Crónicas,
cit.).
Pormenores complementarios los hallamos en otros biógrafos:
la sala escogida había sido aprobada por concesión regular
del Bureau y recibió el nombre de la
sagesse (=
sabiduría). Debía servir para toda la vida común del grupo y
estaba dominada por una gran cruz clavada en la pared
central y en la cual se destacaban, dibujados por la mano
misma de Grignion, frases y símbolos en sintonía con la
sabiduría del dolor, de la renuncia y del sufrimiento. El
grupo se reunía allí para orar y meditar, para leer y
trabajar, casi siempre bajo la guía del capellán en persona.
Se escogió a los miembros de entre las refugiadas, y a la
cabeza como responsable o superiora colocó a una de las más
pobres, para colmo ciega y anciana, pero de una inteligencia
y virtud preclaras. La comunidad se convertía así en escuela
de humildad, caridad y verdad.
Salta una pregunta al respecto. ¿Cómo pretendía Grignion
lograr la finalidad de mejorar la categoría de las
asistentes y de personas de servicio, si en la
sagesse ni
siquiera estaban representadas?
Algunos han lanzado la hipótesis de que se trataba de
replegarse del designio primitivo, dado el obstinado rechazo
de las interesadas. Fue quizás al contrario: el verse
excluidas las encendió en ira y envidia; por otra parte,
replegarse sobre la masa para crear un núcleo de vida
espiritual rechazada por las dirigentes, como si fuera un
intento para llegar a ellas a través del conjunto de las
refugiadas, siendo los asistentes, entre hombres y mujeres
más de trescientos: y, aun cuando Luis María hubiera formado
un buen grupo de mujeres, hubiera estado muy lejos de
mejorar a la masa y muchos menos a las asistentes. O, por lo
menos, se hubieran necesitado decenios.
La explicación más lógica se halla en la forma en que
Grignion empleó la
sagesse el día en que hizo ingresar en ella a una
mujer no refugiada ni asistenta, Luisa Trichet. Permítasenos
una comparación: pensemos en el jardinero que, teniendo
entre las manos una plantita exótica y delicada, prepara un
tanto al mismo tiempo el clima y el terreno donde colocarla,
haciéndole pasar algunos meses, el período más difícil, en
el vivero con otras ya aclimatadas.
Pero oigamos a las citadas Crónicas:
«Una vez más (Luisa Trichet) le suplicó con renovado empeño
le indicara un lugar a donde poder retirarse para vivir la
vocación a la cual se sentía llamada:
– ¡Bien!, respondió él sonriendo, ven a vivir en el
Hospital.
No fue una palabra tirada al acaso: el santo director tenía
sus propósitos, y Dios lo comprometía para la realización de
sus designios.
La señorita Trichet, una vez entrada en casa, reflexionó
seriamente sobre cuanto le acababa de decir. Cuanto más
pensaba en ello, más se convencía de que Dios le había hecho
conocer la propia voluntad y sintió interiormente una calma
respecto al tema de su vocación. Puso, pues, manos a la obra
y sus esfuerzos fueron coronados por el éxito: obtuvo el
permiso para trasladarse al Hospital (...).
Los señores Administradores pensaron conveniente (por
respeto a la familia) designarla como auxiliar de la
Directora, pero el P. de Montfort la destinaba a otro oficio
(...).
Cuando la directora le propuso poner a María Luisa a la
cabeza del grupo de la
sagesse:
– No, no, señora –replicó– ante todo tiene que aprender a
obedecer.
La señorita Trichet, admitida así entre aquellas pobres, no
quiso ningún signo distintivo: las mismas oraciones, el
mismo trabajo, la misma comida: pan duro y un poco de sopa
como se daba a las enclaustradas (...).
Nos podríamos extender bastante sobre las virtudes que el P.
de Montfort hizo practicar a la fervorosa novicia para
prepararla a convertirse en instrumento apto para la
realización de los grandes designios puestos en ella por el
Señor; pero todo esto se describe minuciosamente en la
biografía de esta venerable Madre» (Ib.)
También nosotros remitimos a esa fuente.
En tanto, estamos persuadidos de que la iniciativa de
aclimatar a la excepcional alumna en la sala de la
sagesse fue
plenamente comprendida y seguida por las demás muchachas del
grupo. La Directora del hospicio, al no poder contar con
ella, o quizás, al no poder mantenerla bajo constante
control y temiendo una peligrosa rival, arrugó el ceño; no
vuelve a confesarse con el capellán y si no llega todavía a
obstaculizar su proyecto, se coloca claramente en la fila de
las otras gruñonas asistentes, y, después de algunos meses,
se desencadena netamente junto con ellas en abierta
oposición.
De todos modos, Luisa Trichet había entrado al Hospital, y
con el asentimiento de Bureau y del obispo, de pronto
con el único título de auxiliar de la Directora. Era ya a
finales de 1702. La familia que, al comienzo se había
opuesto a esa determinación, había terminado por
condescender, dado el honorable... puesto conferido a la
hija, digno de una Trichet; y sin embargo, sigue ignorando
la verdadera intención de la hija y del capellán de dar así
comienzos a una nueva congregación.
El acto de ruptura definitiva con la familia y con el mundo
se ha señalado el 2 de febrero de 1703, fiesta de la
Purificación de María.
«Con la aprobación de señor Obispo de Poitiers, el P. de
Montfort bendijo el santo hábito y lo ofreció a la fervorosa
novicia, diciéndole:
– Toma este hábito, hija mía; te servirá de salvaguardia y
poderosa ayuda en toda clase de tentaciones.
Al nombre de bautizada le añadió el de Jesús; y ella lo
llevó y amó por toda la vida» (Ib.).
Se convirtió, pues, en María Luisa de Jesús.
Fue una toma de hábito religiosa y el comienzo de un
noviciado muy largo, larguísimo, de trece años...
Las reacciones de la familia y del ambiente ciudadano ante
la presencia de María Luisa vestida de campesina, fueron
clamorosas y en la mayoría adversas. Constituyó también el
colmo para el capellán.
La sagesse,
era ya de sí un cambio; y todo cambio, hacia lo mejor, atrae
siempre contradicciones y críticas que la envidia y la
malignidad saben hallar. El hecho de haber insertado, como
si nada, a una media hermana de un futuro instituto no
identificable y fruto de la mente exaltada del capellán...
era el colmo de la locura. Todo ello «produjo un enorme
revuelo en el Hospital General de Poitiers. La elección que
el P. de Montfort había hecho de ciertas jóvenes excluyendo
a otras, suscitó la envidia y consiguientes quejas y
murmuraciones de quienes no habían sido juzgadas a la altura
de formar parte de la nueva asociación (...)» (Grandet, 76).
A la cabeza de la oposición encontramos a las tres hermanas
Bourceau De la Touche, asistentes las tres, ya habituadas a
pelear contra Grignion. Luego de rechazar resueltamente el
reglamento elaborado en octubre, desaprobando la presencia y
el hábito de María Luisa de Jesús, arrastraron a la inepta
Dame de París, la Directora, a la ruptura definitiva
con el capellán y su grupo. Todo porque no podían someterse
a la idea de recibir lecciones, aunque fueran de humildad y
vida espiritual, dadas por las pobres, y porque se
imaginaban quién sabe qué tenebrosas intrigas para
deponerlas de su trono en un próximo futuro.
Para el colmo, una nueva postulante había pedido el hábito
de María Luisa, y era una asistente: Catalina Brunet. Fue la
gota que desbordó el vaso. Era difícil encontrar motivos
válidos, pero la malicia los sugiere a bajo precio.
Comenzaron por atacar al grupo de la
sagesse por
las prácticas de piedad, y, en primer lugar, por la comunión
diaria, ciertamente autorizada. Luis María quería la
comunión diaria, y un día la prescribirá a las Hijas de la
Sabiduría: «...comulguen todos los días, que ambas lo
necesitan mucho, con tal que no caigan en pecado venial
deliberado» (Carta 29,2; BAC, 108).
Grignion no pertenecía ciertamente a la corriente minimista
de Arnaud: no consideraba la comunión solamente como
privilegio, sino como una necesidad para sostenerse en las
luchas de cada día. Es cierto que encontramos cierto rigor
en eso de exigir la exclusión del pecado venial deliberado.
Pero si pensamos en que los mejores confesores de la época
rara vez concedían la comunión más de cuatro veces por
semana, Luis María resulta uno de los más liberales en esta
materia.
De todos modos, ya fuera por cuestiones de teología o de
ascesis, este fue un buen argumento para el grupo Bourceau.
El obispo, advertido del inconfesable abuso, sin mayores
explicaciones, hábilmente ganado para su bando, fue
convencido de enviar al capellán la prohibición de dar la
comunión a sus hijas fuera del domingo.
«(Grignion) quiso llevar personalmente la noticia a sus
fervorosas discípulas:
Hijas mías, monseñor les prohibe la comunión diaria.
Obedezcamos y roguemos a san Miguel que se interese por
nuestra causa...» (Besnard).
El recurso a san Miguel es más que pertinente: pero es
también claro que Montfort veía en la prohibición una
maniobra satánica de sus enemigos. ¿No es acaso san Miguel
el jefe de las milicias celestiales? Ocho días más tarde:
«el obispo, tras informarse mejor de la cuestión, le hizo
saber que les podía dar la comunión todos los días» (Ib.).
Los aullidos no se acallaron con esto. Fracasado el intento
sobre la piedad eucarística, lo acusaron de exageración en
la mariana. ¡Estaba de moda quedarse en esta materia un
tanto atrás! Aquella manera suya de tener encendidas las
velas ante la estatua de Nuestra Señora durante la misa, y,
además, eso de mantener siempre una lámpara encendida
delante de la imagen de María –y para colmo a expensas de
las devotas solteronas–, era un signo evidente de
desordenada idolatría. En vano se esforzó el sacerdote por
dar a entender que el honor tributado a la Madre repercute
en homenaje del Hijo, y que la lámpara ante el Santísimo
Sacramento no excluya la de Nuestra Señora... Más tarde
escribiendo su Tratado, recordará esas peleas y
anotará frases quizás sentidas en aquellos días:
«Los devotos críticos... critican casi todas las formas de
piedad con que las gentes sencillas honran ingenua y
santamente a esta buena Madre sólo porque no se acomodan a
su fantasía (...) Se irritan al ver a las gentes sencillas y
humildes arrodilladas –para rogar a Dios– ante un altar o
imagen de María (...). Llegan hasta acusarlas de idolatría
como si adoraran la madera o la piedra...
Los devotos escrupulosos son personas que temen deshonrar al
Hijo al honrar a la Madre, rebajar al uno al honrar a la
otra. No pueden tolerar que se tributen a la Santísima
Virgen las justísimas alabanzas que le prodigan los Santos
Padres. Toleran penosamente que haya más personas
arrodilladas ante un altar de María que delante del
Santísimo Sacramento (...). Oigamos algunas de sus
expresiones más frecuentes: "¿De qué sirven tantos rosarios?
¿Tantas congregaciones y devociones exteriores a la
Santísima Virgen? ¡Cuánta ignorancia en tales prácticas!
(...). Nunca se honra tanto a Jesucristo como cuando se
honra a la Santísima Virgen. Efectivamente, si se la honra,
es para honrar más perfectamente a Jesucristo; pues, si
vamos a Ella, es para encontrar el camino que nos lleva a la
meta, que es Jesucristo (...)» (N 93-94).
No es difícil ver en estas maniobras al enemigo de toda obra
buena y sobre todo de toda obra de Dios. En esos meses Luis
María aprendió a conocer sus tácticas:
«El demonio, como falso acuñador de moneda y engañador
astuto y experimentado (...) no falsifica ordinariamente
sino el oro y la plata, y muy rara vez los otros metales,
porque no valen la pena, así el espíritu maligno no
falsifica las otras devociones tanto como las de Jesús y
María –la devoción a la sagrada comunión y la devoción a la
Santísima Virgen–, porque son, entre las devociones, lo que
el oro y la plata entre los metales. (VD, 90).
Pero las discusiones perturban profundamente la vida
monótona y cómoda de los señores administradores. Estos
añorando los bellos tiempos en los que estaban peor, pero al
menos todo estaba tranquilo, quisieron arreglar por la raíz
la causa de las disputas:
«9 de febrero de 1703 – Respecto de las protestas
adelantadas por el P. Audinet, párroco de San Miguel y
vigilante de las sanas costumbres, a propósito del P.
Grignion que, al haber cambiado, de propia iniciativa, el
reglamento y la marcha de la vida del Hospital, dio lugar a
disturbios en el reparto femenino, hasta provocar
escandalosas murmuraciones de todas las mujeres del
mencionado Hospital;
se decide que el P. Grignion sea llamado a la Oficina para
advertirle por última vez que no se inmiscuya en nada que no
sea de su competencia fuera de lo que le incumbe, simple y
llanamente, en el servicio divino, o sea, celebrar la santa
misa, dar el catecismo, hacer cumplir otras prácticas
devocionales en la capilla, y absolutamente nada más»
(Achiv. De la Vienne, Hospitales J 213, fol. 73).
Encerrado en la capilla, exactamente como nueve meses antes.
El capellán debe quedarse en la iglesia. Pero esta vez hay
algo más: quedarse en la capilla significaba no organizar
nada ni entre los asistidos ni entre las asistentes: nada de
reglamentos, nada de ensayos, y sobre todo nada de salas
especiales. Por tanto, adiós
sagesse. Le
pidieron la sala anteriormente concedida con tanta
solemnidad; disolvieron el grupo de las jóvenes pobres. A la
adversidad se añadió así el amargo fracaso.
La ocasión anterior había tenido que retirarse a un
escondite por haber saciado el hambre de los estómagos; esta
vez, por haber alimentado las almas.
Y una vez más Luis María se siente inútil en el Hospital:
presenta su dimisión –aceptada muy a la carrera,
ciertamente, ¡si en el espacio de un año no han logrado
encontrar otro capellán!– y de improviso, casi contra su
voluntad, parte. Una vez más hacia París.
Desanimado por la frustración precisamente en el punto de
partida del impulso apostólico y no acostumbrado aún a los
fracasos, por lo cual los siente aún más dolorosos. «Hacían
falta milagros», anota Blain (213), y Grignion no está en
grado de hacerlos y quizás tampoco los cree necesarios. En
su humildad se siente culpable, incapaz, responsable.
Por ello se retira de la pobre "Babilonia". Pero se va un
poco más contento, porque ha dejado entre aquellos muros
algo de semilla de energías espirituales, porque ha logrado
echar un poco de levadura en la masa, levadura que se abrirá
paso entre la resistencia y la rutina. Dejaba a las dos
primeras Hijas de la Sabiduría, María Luisa de Jesús y
Catalina Brunet.
Este repentino viaje a París que tiene el sabor de una fuga,
abre uno de los períodos más difíciles de Grignion: la
permanencia en la capital durará casi un año y no se logrará
muy fácilmente precisar los motivos aun teniendo la lista de
los episodios.
El abandono del Hospital, se decía, tiene sabor de fuga.
Huida de un mundo que no lo había comprendido, que lo
obstaculizaba, que le reducía la inmensidad del ideal
misionero que cada día se le agigantaba más en el corazón.
Huida de una nominación que lo había condicionado a
encerrarse, sólo para aquellos que se arropaban con el
nombre de gens sans aveu. Mejor no fue una fuga, fue
una espera...
Era el momento de ayudarle, de aconsejarlo, de apoyarlo: lo
necesitaba en extremo, a causarle un vacío ardiente en el
espíritu que amenazaba adormecerlo en una soledad mística,
hasta donde se quiera, pero a base de renuncias y ya no
conforme con la vocación apostólica que se le había revelado
en los primeros días de sacerdocio. Pero no encontró quién
lo aconsejara: el jesuita de Poitiers no supo infundirle un
nuevo impulso y el P. Leschassier de París no quiso ni
siquiera mirarlo.
En la inmensa soledad del espíritu y del lugar, escogió en
París el mejor modo de saber: un hospital de mendicidad,
donde volver a experimentar ya la opción hecha para él por
los superiores, ya la posibilidad de proseguirla.
También en París fracasará y no sólo por culpa de los demás.
Para no desmentir el atractivo que experimentaba –Blain lo
llamará: el gusto por los hospitales y el abandono reinante
en ellos– y para optar por una nueva casa donde ejercitar la
caridad (Blain 217), bajó al Hospital general de los pobres
de la capital, que se llamaba "La Salpêtrière".
«Nosotros, deudores para con la misericordia divina por
tantas gracias y por la visible protección con que ha guiado
nuestros pasos al comienzo y en el curso feliz de Nuestro
Reino, al darnos el éxito de las armas y el júbilo de
Nuestras Victorias, creemos sentirnos aún más obligados a
dar testimonio de nuestro reconocimiento con la regia y
cristiana dedicación a los negocios que tocan a su honor y a
su servicio...
... considerando a los pobres como miembros vivos de
Jesucristo y no como miembros inútiles del estado y
queriendo guiarnos en tan grandiosa obra no con los decretos
de policía, sino con los motivos de la caridad (...)
ordenamos que los pobres mendicantes sanos de uno y otro
sexo sean enclaustrados, con el fin de que puedan dedicarse
a la acción en los trabajos de manufacturas, según su
capacidad...».
Es un pasaje del altisonante decreto de Luis XIV que en 1656
creaba el conjunto destinado al encierro obligatorio para
los mendigos que infestaban las plazas, los caminos, las
riberas del Sena, los puentes y que continuaban aumentando
en número y exigencias. Se trataba de seis grandes bloques y
de otras tantas casas requeridas por la necesidad y que muy
pronto resultaron tan insuficientes, que pocos meses más
tarde el gobierno debió proceder a la construcción de un
potente edificio al que Liberal Bruant, el arquitecto des
Invalides, dio un rostro de majestuosa austeridad, y que
tenía capacidad para 5.000 mendigos. Dado que el nuevo
edificio había sido construido sobre la antigua fábrica y
depósito de pólvora ordenados por Luis XIII en 1594, asumió
el nombre de "La Salpêtrière".
Bossuet podía declamar el día de la inauguración:
«¡Vengan a este Hospital! Salgan un tanto de la ciudad y
observen esta nueva ciudad construida para los pobres,
¡asilo de todos los miserables, banco del cielo, primer
medio propuesto a todos para asegurar los capitales y
multiplicarlos con el interés de la usura celestial!
Nada se asemeja a esta ciudad: no, ni siquiera esta soberbia
Babilonia ni las ciudades famosas construidas por los
conquistadores. Ya no veremos el triste espectáculo de
hombres muertos aun antes de morir, desalojados, bandidos,
errantes, vagabundos de quienes nadie cuidaría si no
tuvieran que formar parte de alguna sociedad humana. Aquí se
trata de arrancar a la pobreza la maldición creada por el no
hacer nada, de transformar a los pobres según el Evangelio.
Los niños reciben educación, se reúne a las familias, se
instruye a los ignorantes para recibir los sacramentos
(...)» (Compassion de la Sainte Vierge, punto I),
para terminar, patéticamente, animando a los ricos a tomar
sobre sí la carga de los pobres para enriquecerse con
tesoros desconocidos de méritos...
Pero pocos meses fueron suficientes para colmar el nuevo
Hospital: los cinco mil, subieron a diez mil. Se
restringieron los puestos, se supercolmaron los espacios, se
remitieron a provincia los restantes, se reorganizó el
conjunto de los locales abandonados, y... terminó en el
punto de partida: hubo que reabrir las puertas y dejar vagar
por las calles a los pobres envilecidos y descontentos.
El decreto del rey Sol que hemos citado no es tampoco un
monumento de sabiduría y dignidad cristianas como sería de
desear, sino una estrategia política impuesta por las
circunstancias. Bajo la guía de un hombre excepcional
–solamente revaluado un tanto hoy día–, Juan Bautista
Colbert, Francia se encaminaba al nuevo sistema económico.
Ministro de economía, había tratado de reducir la
administración civil, desarrollar el comercio, crear la
industria del mañana, con métodos protectores pero eficaces.
Era necesario el giro decisivo: del empleo de la agricultura
al de la industria a través de la manufactura. El
desequilibrio inevitable de la reforma causó inmensos males:
la indagación fiscal demolió el rédito y detuvo las fallas
de la deuda pública, limitó los gastos desmedidos de la
burguesía y creó el desajuste de la economía agrícola.
Millares de familias se vieron de improviso lanzados al
asfalto, se abandonó la tierra por la factura, los
desocupados aumentaron para volcarse de la provincia a la
capital donde la miseria humana asumió tonos de grotesco
dolor al lado del ostentoso lujo de Versalles y de los
nobles que seguían sin querer ver...
«Mis queridos oyentes –gritaba Bourdaloue– Uds. son testigos
y apelo a su directo conocimiento. Están al corriente de lo
que sufren cada día tantos miserables expuestos a sus
miradas; y si aún quieren ignorarlo, se lo haría ver el
aspecto que presentan, a pesar de Uds.: los rostros
exangües, el cuerpo esquelético, se lo harían ver sus
lamentos, sus gemidos, y, a menudo, su desesperación se lo
harían sentir incluso demasiado.
Y ¿si yo pudiera describirles todos los males ocultos que no
pueden saber? ¿Si les hablara de tantos prisioneros sin
alivio, de tantas familias derrotadas por las deudas,
arruinadas y sin recursos, caídas en la extrema pobreza
cuyas consecuencias sufren, y qué consecuencias? ¿Qué
sucedería, si todos, y todos de golpe llegaran ante Uds. a
mostrarles sus males y hacer para Uds. la descripción de los
mismos?...» (Sermón para el VIII domingo después de
Pentecostés, punto I).
Aunque no queramos dar mucho crédito a la oratoria del
jesuita, o si prefiramos minimizar las súplicas de los
párrocos que imploran al gobierno no asfixiar a los
campesinos; aunque no debamos prestar crédito a las
descripciones moralizantes de ciertos ambientes; es siempre
cierto que los informes de los comisarios llevaban a Colbert
a una anotación muy frecuente: "¡La pobreza ha llegado más
allá de cuanto Ud. puede imaginar!" Y aquellos documentos
oficiales, en el frío lenguaje administrativo, hablan de
familias que viven de raíces cocidas con un poco de avena, y
de guindas devoradas con su cáscara...
La policía tenía que quedar fuera de la cuestión para dejar
el campo a la caridad; pero tuvo que intervenir: separó a
los hombres y los ubicó en los seis vetustos edificios,
reservando a las mujeres la nueva edificación, "La
Salpêtrière". En 1684, se agregó a esta última el manicomio
femenino para albergar a las enfermas psíquica o físicamente
a causa del hambre y la penuria. El ministro trató de
limitar los gastos de la corte, y el rey lo licenció, y
respecto de los pobres resolvió acudir a amenazas e
intervenciones constringentes. Entre tanto la tremenda
marcha del hambre llegó una vez más hasta París: el
gobierno, empeñado en constantes "éxitos de las armas y
felices victorias", descubre en las turbas a un enemigo; de
hecho, lo era, palpitante de descontento, de odio, de
inmoralidades. La prostitución se multiplica fácilmente y
explota en riñas obscenas en los puente y las riberas del
Sena. La policía se lanza en medio del remolino: arresta a
las mujeres, las somete a acelerados procesos, las condena a
la reclusión, y todo último viernes de mes remite pesadas
cargas a la Salpêtrière convertida así en cárcel. Un
pormenor doloroso: los carros de las pobrecillas,
acompañados de los gritos de la chusma, recibían el nombre
de chayo, prototipos de las nefandas carretas con las
que el Terror conduciría sus víctimas a la guillotina poco
más de un siglo después.
Esta era, pues, "La Salpêtrière", que Grignion había querido
afrontar.
Nos permitimos todavía abusar de la paciencia del lector,
citando un pasaje decisivo de Massillón:
«¿De dónde proviene esa multitud de pobres de la que Uds. se
quejan? Sé que el correr desastroso del tiempo puede hacer
crecer todavía su número. Y no obstante guerras, epidemias
populares, irregularidades en las estaciones como las que
experimentamos, las ha habido en todos los siglos, las
calamidades que vemos no son nuevas; las han visto también
nuestros padres e incluso las han visto más dolorosas; las
discordias civiles (...), los campos devastados por sus
propios ocupantes, el reino en manos de naciones enemigas,
que nadie se halle al seguro bajo el propio techo, ¡esto
nosotros no lo padecemos!
Y sin embargo, nuestros padres no han visto lo que nosotros
vemos: las miserias públicas y privadas, tantas familias en
decadencia, tantos ciudadanos respetables que han terminado
en el polvo y mezclados con la chusma, los remedios se han
vuelto inútiles, el espectro del hambre y de la muerte ronda
sobre la ciudad y el condado (...). ¿Qué puedo añadir
todavía? Tantos desórdenes secretos que explotan cada día,
que desembocan en las tinieblas, y el abismo en que se
precipitan la dispersión y la penuria.
Hermanos, ¿de dónde proviene todo esto?
¡Proviene del lujo que lo devora todo y que nuestros padres
no conocían, de los gastos que no conocen límites y que
necesariamente arrastran consigo el enfriamiento de la
caridad!» (Sermón para el IV domingo de Cuaresma,
punto I).
¡La caridad ha muerto!
Este es el terrible motivo, el deshonroso motivo para una
sociedad cristiana. Se necesitaban santos para volver a su
puesto las cosas. Pero no todos los capellanes de la
Salpêtrière eran santos. Había veintitrés sacerdotes, pero
ninguno santo...
«El hombre de Dios (Grignion), viendo que no avanzaba nada
con esas personas (de Poitiers) de tan menguado espíritu y
poca virtud, tomó la resolución de abandonarlos y, ocultando
sus designios, cierto día los dejó, y se fue a París en
busca de nuevas cruces, al correr en busca de una nueva
cosecha pura su ardor apostólico.
El gusto por los hospitales y la abyección que reina en
ellos, no se había apagado en él. Corrió, pues, a
presentarse en la Salpêtrière, donde se veía amplio campo
para su celo misionero. Encontró allí con qué ejercitar a
sus anchas las virtudes de dulzura, paciencia,
mortificación, amor a la pobreza y a los pobres. Pero
encontró también allí la malvada envidia, reinante entre los
obreros del Padre de familia. Esta lo echó fuera de aquel
amplio hospital de París, así como lo había echado fuera del
de Poitiers» (Blain, 216-217).
Luis María se había puesto, pues, al servicio de los pobres,
voluntariamente, no precisamente por el "gusto" de la
miseria y de la abyección, sino por el amor de la caridad y
del apostolado. De hecho, todo su trabajo llevó esa
impronta:
«Es increíble cuanta pena y cuanto trabajo se impuso para
enseñar a quien ignoraba la verdad de la salvación, para
cortar las costumbres pecaminosas a cuantos habían estado
sumergidos en ellas durante años y para hacer avanzar a los
buenos por el sendero de la virtud, para consolar a los
afligidos y dar a todos otra idea de Dios y de la enormidad
del pecado... (Grandet, 56-57 – DRG, 42).
Nada hay que cause tanto fastidio al prójimo como hacer algo
donde los demás no hacen nada. Ese agitarse, ese moverse por
el bien, dio muy pronto en el ojo: los veintitrés colegas no
podían explicarse aquel celo apostólico sino definiéndolo
como indiscreto e invasor. En pocas palabras el querido
canónigo Blain había descrito la situación: no hay mejor
campo para la malignidad que la viña del Señor, porque el
terreno es de Dios y las deficiencias humanas aparecen allí
en toda su mezquindad, y porque los frutos que allí se
recogen deben sudarse dolorosamente.
Los biógrafos no nos han relatado con suficientes detalles
cómo acontecieron los sucesos, pero conociendo ya lo que
pasó en Poitiers no hacen falta pormenores.
Luis María se había hecho sacerdote para mantenerse
disponible, siempre y en todas partes. En aquellos años,
orientado por la llamada de un obispo y las experiencias de
cada día, creyó quizás que el bien más urgente fuera
realmente el de los hospitales, de los refugiados, de la
miseria encerrada por la policía dentro de pocos números. Y
la había querido socorrer, a pesar de saber que encontraría
cruces y rechazos. Pero la experiencia de la Salpêtrière fue
reveladora para él: podemos deducirlo de la carta escrita a
la querida hija que permanecía en Poitiers, María Luisa de
Jesús. Aparece en ella un Montfort que desde París organiza
un "grupo de oración" en Poitiers entre las personas buenas
que todavía lo estiman y a quienes pide que colaboren para
alcanzarle no mejor fortuna sino mayores cruces y, por
tanto, mayor sabiduría. Sólo por este motivo podemos
comprender que había fijado la fiesta de Pentecostés –27 de
mayo– para alcanzar una nueva efusión del Espíritu.
«Querida hija en nuestro Señor Jesucristo:
¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones junto con
la divina Sabiduría!
La experiencia personal –más que tu propia carta– me hace
saber que oras con insistencia a tu Esposo por este
miserable pecador. Sólo puedo pagarte este favor con un
intercambio de oraciones cuando en el sagrado altar tengo
entre mis manos criminales al Santo de los santos. Lo que
hago todos los días.
Sigue, más aún, redobla las súplicas en mi favor. Que se
trate de extrema pobreza, de una cruz muy pesada, de
abyecciones y humillaciones; todo lo acepto con tal que –al
mismo tiempo– pidas a Dios que esté a mi lado y no me
abandone un solo instante a causa de mi infinita flaqueza.
¡Oh! ¡Qué riqueza! ¡Qué gloria! ¡Qué placer! ¡Si con todo
esto alcanzo la divina Sabiduría por la cual suspiro día y
noche!
No; no cesaré nunca de pedir este infinito tesoro. Y creo
firmemente que lo alcanzaré. Aunque todos los ángeles, los
hombres y los demonios me digan lo contrario. Pienso que tus
plegarias son demasiado eficaces; que la bondad de Dios es
demasiado tierna; que la protección de la Santísima Virgen,
nuestra bondadosa Madre, es lo suficientemente grande; las
necesidades de los pobres, lo suficientemente apremiantes;
la palabra y promesa de Dios, lo suficientemente explícitas.
En efecto, aunque la posesión de la divina Sabiduría fuera
imposible de lograr con los medios ordinarios de la gracia
–lo que no es cierto–, resultaría posible gracias a la
fuerza con que la imploramos, porque todo es posible a quien
cree. Esto es una verdad inmutable. Además, las
persecuciones de que he sido objeto y de las que lo soy
ahora noche y día, me confirman en que la obtendré.
Hija mía, te pido, por tanto, que incluyas en esta cruzada
de oraciones a algunas almas amigas tuyas, orando con ellas
–sobre todo, hasta Pentecostés– todos los lunes de una a dos
de la tarde. Yo haré otro tanto a la misma hora. Envíame sus
nombres por escrito.
Me encuentro ahora en el Hospital General con cinco mil
pobres, tratando de hacerlos vivir para Dios y de morir a mí
mismo. No me acuses de inconstancia o frialdad respecto a
los habitantes de Poitiers. Porque mi Maestro me ha traído
acá como a pesar mío. Tiene en todo sus planes, que adoro
sin conocerlos. Por lo demás, no pienses que fines
temporales o alguna criatura me retengan aquí. Ciertamente,
no. Pues no tengo más amigos que a Dios sólo. Todos los que
tuve en otro tiempo en París me abandonaron.
No me he apoyado, ni me apoyo ahora, en los bienes que
pueden llegarme de la señora de Saint-André. No sé si se
halla en París, y menos aún dónde reside. Si me encuentro
feliz de morir a mí mismo aquí, lo estaré igualmente de
desaparecer de la memoria de muchos de Poitiers a fin de que
allí reine Dios sólo. ¡Dios sólo!
Serás religiosa. Lo creo firmemente. ¡Cree y ora!»
(sin firma)
(Carta 15; BAC, 92-94).
La carta es una respuesta a otra de María Luisa, perdida
como tantas otras. Grignion se divierte, o poco menos, en
desmontar las habladurías de Poitiers para resaltar el único
motor que lo había alejado de Poitiers hacia París: la
voluntad de Dios solo. Pero encontramos en ella explicitada
la decisión de que lo olviden en el ambiente del Hospital
por cuantos no están vinculados espiritualmente con él. Ese
querer morir en los corazones, ese afán de ser ignorado, nos
dan a entender que Luis María no piensa regresar allá, y que
la opción por la Salpêtrière, aún por parecer involuntaria,
es definitiva al menos por cuanto a él concierne.
Pero en el Hospital general de París no permanece largo
tiempo. Solamente algunos meses.
«Cierta tarde encontró bajo la servilleta una carta de
despedida, mientras se sentaba a la mesa para comerse un
trozo de pan. Antes de partir distribuyó sus pocos enseres y
cuanto tenía a los pobres e intercambió con el del portero
su propio sombrero nuevo recién recibido como regalo; y,
siguiendo el evangelio, sacudió el polvo del calzado al
dejar el puesto donde Dios lo había colocado y de donde el
mundo lo alejaba...» (Grandet,57 – DRG, 42).
El mundo, según Grandet, habría que identificarlo en
ciertos administradores celosos, y según Blain (cit.) en
ciertos colegas envidiosos. O quizás en ambos grupos.
Desde el punto de vista de éstos, quizás la razón estaba
también de su parte: aquel sacerdote campesino, aquel
testarudo bretón que cautivaba la aprobación de la pobrería
con sus ideas reformistas y espirituales, debía
necesariamente aparecer en contraste con aquel reglamento
entristecido por los decretos burocráticos sin vida. Sus
censuras podían haber nublado la visión de algunos que
encontraban en la abyección de las reclusas libre incentivo
con desprecio de la moral. Quizás el error, esta vez, podía
hallarse en el mismo Grignion: no sabía armonizar, esperar,
tolerar... Demasiado recto y santo, no había sabido
conciliar la rigidez de los principios con la mansedumbre de
las obras.
Pero así aconteció. Había pedido mayores cruces y
contradicciones al cielo. Era la primera de una novísima
serie. ¡No se piden ciertas cosas impunemente a la divina
Providencia!
Una vez más, Luis María se encuentra solo en la inmensidad
de París.
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