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PRIMERA PARTE

 

 

Capítulo 1 - Siempre es difícil desembarcar

Capítulo 2 - La tierra y la casa

Capítulo 3 - La vida con los jesuitas

Capítulo 4 - El camino difícil de San Sulpicio

Capítulo 5 - San Sulpicio tierra de santos

 

 

 

Capítulo primero

SIEMPRE ES DIFÍCIL DESEMBARCAR

 

 

«...Teníamos que embarcarnos en La Rochelle, pero el día de la partida permanecía siempre incierto. El señor Clemenson en cuya casa habitábamos (Montfort y yo) en ese entonces, nos informó haber sabido de fuente segura que habíamos sido vendidos a los de Guernesey. Montfort no tomó en cuenta semejante noticia; yo, en cambio, la consideré con gran atención. Me preocupé por describirle con nubes oscuras el gravísimo peligro en el cual nos iba a precipitar a todos los que lo acompañábamos. Hizo cuanto pudo para convencernos de que lo que nos habían dicho no sólo carecía de fundamento, sino que no tenía visos de verdad; que era un invento de los enemigos de Dios y del bien de las almas para aterrorizarnos e impedirnos por ese medio viajar a las isla a trabajar en la conversión de los pecadores a la cual habíamos sido llamados. Añadió que si los mártires hubieran sido tan cobardes como nosotros, jamás habrían conquistado la corona que tienen en el cielo. Le repliqué que nosotros no teníamos el valor de los mártires y menos aún el suyo y que me alegraba de no haberle secundado aquella vez en Cambón...

Al verme tan resuelto, accedió...

Aconsejáronle ir a Les-Sables-d'Olonne, porque afirmaban que allí encontraríamos ciertamente embarcaciones dispuestas a llevarnos a la isla. Consentimos en ello; pero cuando llegamos, no nos fue posible encontrar a alguien dispuesto a embarcarnos, porque desde hacía quince días la isla estaba rodeada por todos lados de piratas de Guernesey.

Entonces nos vimos obligados a ir a Saint-Gilles...» (DRG, 113).

 

Era el doce de febrero de 1712.

Sólo separaban a Saint-Gilles de la Isla de Yeu unos treinta kilómetros de mar abierto, pero eran kilómetros de miedo y terror para cualquier tripulación por valiente que fuera.

La Isla de Yeu era una corona de escollos que se levantaba en torno a una llanura de pastizales y viñedos, en parte abandonados, donde podían resistir pocas familias dedicadas al pastoreo y algún centenar de cabras de porte isleño capaces de digerir aquella hierba salina y calcinada.

Una isla bretona desprendida, luego de cierta misteriosa conmoción, de la ruda península, como una lágrima ante el continente: rocas de Bretaña frente al verdor de la Vandea, la aspereza frente a la suavidad del verdor imperante. Los pastizales y viñedos avaros ya con los dueños de casa, eran demasiado deseados por quienes llegaban a la isla para robar y saquear. La isla esperaba del mar la vida y la muerte. La vida llegaba con  los navíos escandinavos, irlandeses u holandeses, cargados de quesos, de mantequilla, carnes y pescado salado y con las naves mercantes repletas de aguardiente de Hendaye, o con  los de España y Bayona repletos de frutas. La vida llegaba de las fantásticas islas americanas a la vetusta alma soñadora de los bretones isleños, vida embriagadora y sobremanera adecuada a la amplia respiración de los corazones y de las fantasías.

Pero del mar llegaba,  cada vez, con mayor frecuencia la muerte. Entre las escolleras del lado sur, volcadas hacia el Atlántico, en la costa salvaje, como la llamaban, había siempre y con mayor frecuencia cada vez, cadáveres que rescatar, cuando los huracanes destrozaban el hervidero de las aguas, peligrosas y engañosas, incluso en los días de bonanza, y feroces en los días de tempestad. La Isla de Yeu era la primera barrera contra la cual se estrellaba furioso el océano en su carrera hacia la tierra firme. Y eran siempre muchos los cadáveres lívidos y destrozados que había que acompañar en dolientes cortejos entre los túmulos y los dólmenes de la prehistoria, por el sendero milenario de las tumbas.

Pero desde hacía algún tiempo la muerte era más asidua. A saber, desde cuando los piratas de Guernesey desacorazaban en torno a la isla, desde que la rodeaban bloqueándola estrechamente. Algunos dicen que a causa de las guerras españolas de sucesión, otros que a causa de los calvinistas en busca de tenebrosas venganzas. Quizás la verdad es más bien la del hambre inveterada que ha desencadenado sobre los mares del globo la oscura aventura de los bucaneros y filibusteros. Los piratas eran siempre ladrones y salteadores que izaban el negro estandarte de la rapiña, capaces de apoyarse en excusas políticas y hasta religiosas para justificarse y para ampliar todavía más el derecho de robar, capturar, quemar, matar...

La Isla de Yeu estaba en  la ruta de todos los navíos mercantes entre Inglaterra y España, en las cercanías del estuario de Nantes, de La Rochelle e incluso de Burdeos. Tener la isla bajo control significaba tener en la mano el tráfico más importante del Atlántico. Los piratas estaban de guardia en constante acecho o bajaban a tierra en los días de poco trabajo a tomarse un leve reposo, al menos como lo harían los turistas en busca de sol tres siglos más tarde; los bandidos concienzudos no perdían tiempo en perezear y salían de cacería para no perder oportunidad de entrenamiento.

El biógrafo de Montfort, Grandet, de quien hemos tomado algunas páginas del relato de un socio del misionero, el P. des Bastières, habla sin más de éstos cuando refiere que en la isla vivía una población "salvaje", cosa que no hubiera podido decir de los isleños. Estos eran gente envilecida, incapaz. Mientras habían estado en pie las formidables torres normandas y los castillos de la señoría de La Garnache, se habían sentido invencibles; pero cuando el magnífico Rey Sol, en 1699, había mandado derruir toda fortaleza, sólo por no disponer de soldados para defenderlos, los habitantes se habían sentido defraudados del derecho de vivir, de protegerse, de salvaguardar las casas, los pastizales, los hijos y las mujeres. El envilecimiento, la desesperación se hacían más vivos al recordar las épicas batallas de siglos anteriores: sólo en 1551 la isla había estado a la cabeza, y victoriosamente, de la coalición de españoles e ingleses.

Cosas de otros tiempos, del pasado.

Y cuando los monjes irlandeses habían construido los grandes conventos, ¡qué paz!, ¡cuánto trabajo!, ¡ah!, entonces... En aquellos tiempos se podía orar, amar a Dios y ser en serio buenos cristianos, porque la religión hacía más caliente el sol en la esperanza y en la seguridad. Hoy quedaban las vetustas iglesias que hablaban de Dios y muy pocos sacerdotes. Tampoco el obispo de Luzón había llegado durante los últimos veinte años hasta estos diocesanos suyos, tanto que parecía haberse hasta olvidado de que existían. Los vetustos campanarios, cuando repicaban, daban sólo sones luctuosos o de alarma. Donde habían resonado un día los gritos festivos de un trabajo tranquilo, hoy se escuchaban las blasfemias y las dolientes canciones de los filibusteros.

En 1712, en la Isla de Yeu se llevaba una vida melancólica, llena de imprevistos, de eventos afortunados y de catástrofes dolorosas. La pobreza se extendía siempre más, y el número de los pobres aumentaba continuamente. Faltaban el pan y el techo, el empleo y, por lo mismo, las ganancias. La comunidad parroquial no alcanzaba a responder a todos y con un decreto del gobernador (1709) se había bloqueado la llegada de nuevos pobres, náufragos o asaltados. Tras ese decreto se había llegado al punto de embarcar a la fuerza a todos los mendigos que no lograban probar que eran nativos. La tierra que los había salvado no podía perderse ella misma y condenarse a morir de hambre junto con ellos. Centenares de personas, familias enteras fueron así trasladadas al continente a sumarse a los muchos millares de personas hambrientas en busca de pan, en el continente, mejor, por el camino hacia París, a tender la mano a los harapientos y a los caminantes entre decenas de ricos que se taparían la nariz para no sentir el tufo del hambre o en las grandes cabañas de los hospitales siempre más congestionados e insuficientes. ¡Qué triste arrastre tenía el manto real de Luis XIV!

Pero, incluso sin pobres de importación, no florecía la vida. La isla era un baluarte frente a Francia y sus habitantes sabían que lo eran. Hubieran podido burlarse de la lucha piratesca y hacerse piratas ellos mismos; pero eran bretones y el bretón era un trozo de tierra del oeste trabajada por el arado de los monjes. Aunque la cruz se había extinguido y olvidado, el antiguo fondo moral se mantenía en pie.

En su aislamiento eran capaces de pensar en aquellos que el peligro convertía, al punto, en hermanos. En la flecha del campanario de San Salvador izaban una bandera roja que avisaba a los navegantes a fin de que escaparan a tiempo. Y si alguno no lograba huir, la gente bajaba hasta la playa, entre las piedras y rocas, a dar aliento, y si era necesario a prestar una mano. Resurgía el ardor de prestar ayuda, la energía de combatir, y hervía la sangre, los niños gritaban y las mujeres lloraban.

Los antipiratas, los corsarios de Nantes, conducidos por el generoso Juan Vié, lo sabían y lo narraban. Pocos días antes de la misión monfortiana, el 25 de enero de 1712, también el capitán de la Jannette de Bayona lo contaba en el libro de bitácora; y un mes más tarde lo testificaba para la posteridad Felipe Dugué capitán de la Bonne aventure.

No eran pues, no,  una población "salvaje", querido padre Grandet. Eran sólo una población tratada salvajemente. Por todos. Comenzando por el rey y terminando por los piratas de Guernesey. Y quizás por los sacerdotes. Claro, no eran santos, es cierto. Sabían, dada la ocasión, si podían aprovechar de cualquier botín, dedicarse a la bebida y las comilonas históricas. Sabían pecar, y con gusto: al menos al igual de quienes habían vivido e iban a vivir donde no había piratas. Pero estaban atentos a las llamadas al perdón, a las peregrinaciones, las penitencias, las predicciones bien hechas que les llevaban a golpearse el pecho.

Con el 11 de febrero de 1712 y durante toda aquella cuaresma, iba Montfort a tratar de convencerlos de que eran pecadores, con sermones sobre la penitencia, a revisar su cristianismo un tanto isleño, y, sobre todo, a animarlos y perdonarlos. El célebre misionero enviado por el obispo de Luzón, llegaría del continente, y ellos lo aguardaban. Si los piratas no hubieran reforzado la guardia y arreciado el bloqueo, hubiera bastado con tender el oído a la campana de la iglesia parroquial de Port-Breton y, a sus sones, ponerse en marcha hacia el templo para escuchar la predicación, golpearse el pecho, regresar conmovidos y cautelosos a reiniciar el cristianismo de los antiguos monjes. Pero con los piratas que merodeaban a sus anchas en torno a la isla, la llegada del misionero y de su grupo auxiliar no era tan segura. Quien había llegado con la noticia la semana anterior, había anunciado a dos sacerdotes y un puñado de laicos, y había asegurado que se trataba de gente bretona o vandeana. Gente con la que podían entenderse, gente de los suyos. Rostros nuevos, un tanto más cristianos, que inspiraban confianza y tranquilidad.

Los habitantes de la isla estaban hastiados de ver girar las pelucas teñidas de los enviados reales, envueltos en ricas chaquetas recubiertas de alamares y medallas y botones, aptas para hacerse ver un tanto más bajas sólo cuando, en la frecuentes inclinaciones protocolarias las espadillas del comando daban una ojeada al séquito. ¡Esos no eran los salvadores de la isla! Hablaban bien, pulidos, estirados, eruditos, sentenciosos, pero ¿quién los entendía? En verdad, algo daban a entender siempre con el gesto extraño y temido de los dos dedos de la derecha que indicaban, restregándose perentoriamente, necesidad de dinero... Pero los pastores de la isla hacía tiempo que no mantenían cordiales relaciones con el dinero. Esa gente, cuando hablaba, junto con el dinero pedía siempre algo más: las mujeres tenían que ingeniárselas para poner al seguro a sus hijas, y los hombres para proteger a sus esposas, y el buen Dios para esconder a los hombres. Con aquella gente era imposible ponerse de acuerdo. Poco más o menos –¿quizá más?– que con los piratas de Guernesey.

En la isla tenían necesidad de Dios, claro que sí; pero de un Dios que se hiciera representar bajo un aspecto abordable, bueno, comprensivo. El misionero anunciado era un bretón, un buen gigante de maneras quizás un tanto extrañas, pero siempre abiertas y cordiales. No era rico, y esto lo acomodaba aún más a su estatura. No era portador de teorías de salón, sino que enarbolaba todavía las antiguas banderas de la cruz y del rosario, con un lenguaje que se iba metiendo en el alma. Y, además era un hombre santo: y los santos misioneros, sobre todo bretones, tenían un firme ascendente ganado como conductores y líderes de masas.

En esos primeros días de febrero, los habitantes bajaban a menudo al puerto a espiar la llegada de una goleta, de un navío, de un pesquero, de una barcaza cualquiera, con el anhelado misionero. Y con el misionero esperaban la llegada de Dios, del viejo Dios enemigo de los piratas y de los prepotentes, amigo de los pobres y de los abandonados.

Y Dios no podía fallar a la cita con los de Yeu, fijada para el 11 de febrero del año de gracia de 1712.

 

«Nos vimos obligados a ir a Saint-Gilles, a tres leguas de Les-Sables; pero también allí los marineros nos dijeron lo mismo que los de Les-Sables-d'Olonne; es decir, todos se rechazaron a darnos un pasaje de manera que ya estábamos a punto de regresar a La Rochelle.

Montfort estaba mortificadísimo; yo, en cambio, increíblemente feliz. Poco antes de emprender el camino de regreso, Montfort hizo un último intento y logró encontrar al dueño de una chalupa a quien dirigió tantas y tantas súplicas e hizo tantas y cuantas promesas –entre otras la de que no sucedería nada y que no se correría peligro alguno ni nos capturarían...– que aquel valiente se decidió finalmente a llevarnos.

Tuvimos, pues, que embarcarnos de carrera al día siguiente.

Habríamos recorrido unos veinte kilómetros, cuando descubrimos dos navíos piratas de Guernesey que apuntaban a velas desplegadas sobre nosotros; para colmo teníamos el viento en contra y sólo avanzábamos a fuerza de remos.

Toda la tripulación empezó a gritar: "¡Nos alcanzan!, ¡Nos alcanzan!", con gritos lastimeros, capaces de destrozar los corazones más rudos.

Entre tanto Montfort entonaba canciones con mucho ardor e insistía para que lo acompañáramos en el canto, cuando nosotros teníamos más ganas de llorar que de alegrarnos y habíamos quedados mudos de espanto. Entonces nos dijo: "¡Bueno!, ya que no son capaces de cantar conmigo, recitemos juntos el rosario." Con el fervor posible en un momento como ese, fuimos respondiendo las avemarías. Al terminar nos dijo Montfort: "No tengan miedo, amigos míos; María, nuestra buena Madre nos ha escuchado, ya estamos fuera de peligro."

De hecho nos encontrábamos a tiro de cañón de los navíos enemigos, tanto que un marinero observó: "¿Sí? El enemigo nos hundirá el barco: preparémonos a hacer encadenados el viaje a Inglaterra". Montfort replicó: "Tengan confianza, amigos, ¡el viento cambia!"

Un instante después de estas palabras, vimos a los dos barcos enemigos cambiar de rumbo, el viento había cambiado tan fuertemente de dirección. Así nos alejábamos mucho los unos de los otros. Recuperamos el aliento y la alegría...» (Del relato de Pedro Des Bastières, DRG, 113-116).

 

La isla de Yeu, ya a pocos centenares de metros, los estaba aguardando. Los habitantes alineados en masa sobre la costa los saludaban ya llenos de júbilo, por más que antes habían estado temblando. Esta vez por lo menos, en una escena diez veces repetida, los pastores no habían sido espectadores, sino parte de la acción, porque la proa de la barca se dirigía hacia ellos. Con los ojos bien abiertos a lo increíble y bañados en lágrimas, miraban a aquel hombre gigantesco que se alzaba entre la multitud festiva. Venía finalmente a ellos y para ellos. ¡Lo había logrado! Realmente Dios estaba con él.

Mientras el Magníficat, en doble coro, se elevaba sobre el agua, en pie con los brazos tendidos para sostener una estatuilla de la Virgen, el misionero se preparaba a tocar el suelo de la isla...

 ...Pero ese día la Isla de Yeu representaba a Francia. Nunca le había sucedido una representación tan inmediata de la propia tarea y de la propia misión.

Francia... una isla también ella, recortada del resto del mundo en un momento particular de la historia. Una isla desmantelada, sin  defensas, por un galicanismo imperializante por culpa de quienes hubieran debido defenderla; un país donde las aventuras piratescas del librepensamiento, del jansenismo y del coletazo de aberraciones menores iluminístico-racionales podían libremente saquear, subvertir.

Luis María había nacido para zarpar en busca de un puerto, de una playa. Para llegar a ella había pagado grandes contribuciones a su gente, sacrificando su libertad para ponerse a disposición de todos, renunciando incluso a su propio nombre para colocarse al alcance de muchos, sin hacer pagar nunca por el largo caminar, correr o zarpar.

Quizás ese día, mientras ponía el pie en la isla de Yeu, con los ojos del bretón soñador nunca muerto en él, pensaba una vez más en los capítulos de su vida pasada en zarpar sin descanso.

 

 

 

Capítulo segundo

LA TIERRA Y LA CASA

 

 

En el organismo de la vieja Europa, Bretaña es una cuña de roca sembrada en el mar. Los antiguos, aun antes de que existieran países y ciudades la llamaban armorique o tierra del mar. Desmedido promontorio, última playa de la civilización latina, es en el extremo del mundo, es el finis terrae o Finisterre.

Bretaña. Ojo dilatado para recoger los últimos rayos del sol muriente sobre las aguas sin fin. No hay lugar en Europa donde las auroras se retarden más, pero tampoco hay lugar donde los ocasos sean más solemnes, más melancólicos y llenos de sentimiento que Bretaña. Tierra, pues, de la tarde, porque sus tardes son maravillosas en el rojo reverberado del mar que hace brillar sobre la ya dormida Europa. Tierra de la tarde, donde la realidad se funde y se esfuma en el sueño, y donde los sueños se viven como realidades.

En el interior del promontorio, más allá de las rocas enquistadas y basálticas, la ceinture dorée, el cinturón dorado es fértil y cultivado. Los poblados se colocan uno al lado del otro alzando orgullosos campanarios a lo largo de los caminos que llevan al oeste. Los campos componen un abigarrado ajedrez de vivos colores, punteado de encinas y rocas escarpadas cubiertas de hierba, marcado por la cinta de los ríos. Y donde se accidenta el terreno, se abren románticos valles donde el correr de las aguas ejecuta arpegios de fábula. Aquí y allí, arrugadas por manos imposibles, las montañas que en realidad no son montañas, tienden el granito al sol, al viento, a la historia. La zona de las colinas es el argoat, la tierra de los bosques, la tierra de los mil imprevistos y contrastes: junto a las ensenadas secretas, a los ángulos umbrosos, a las idílicas fuentes, a las tristes y desoladas llanuras.

El bosque ha sido el segundo dique después del océano del oeste que se alza hacia el oriente para separar a Bretaña de la Europa de ayer, permitiendo a las poblaciones una civilización propia, una lengua propia, un  pensamiento propio, una espiritualidad propia.

Los espíritus de las montañas, los tussed ar ménè, han sido fieles a su escucha, ...

La historia de Bretaña que nos interesa, comienza con el desembarque de pocos monjes irlandeses en la costa de la Mancha. Con los monjes, los bretones empezaron a reunirse y trabajar para prepararse la tierra de hoy. Disonaban aquellos monjes entre los bosques y los pantanos, más las almas que los terrenos; y en torno a las celdas de los santos, crecieron casas, haciendas, ciudades y puertos, oficinas, fortificaciones y castillos. Y en el corazón de cada conglomerado se alzaba solemne la voz poderosa de los monjes a orar, a reconfortar, a dictar leyes indiscutibles y sabias. Duces populorm ad vitam, guías de los pueblos a la vida: denominación que sintetiza el carácter sagrado y profano de su presencia en esa tierra, porque son los fundadores de una civilización y de un progreso, de los santuarios, de cavernas y de las celdas otrora habitadas y en las que el tiempo sólo ha extendido mayor veneración y leyenda. Y desde allí también hoy dictan leyes, congregan a los pobres, llaman la atención para que Bretaña no sea indigna de ellos.

La civilización armoricana se hizo cristiana, sea cual fuere la pátina que el tiempo y los hombres hayan tratado de echarle encima. Es una civilización que se puede estudiar, saquear en sus tesoros de experiencia y de folklore, pero que no puede agotarse en su profundidad. La antigua parroquia de los monjes se volverá comuna, construyendo nuevas casas e iglesias, es decir, cambiará de nombre pero no traicionará su origen. El evangelio dictado en aquellos tiempos remotos podrá ser editado en elegantes últimas ediciones, pero jamás perderá el vigor y la severidad de entonces.

Dicen que los bretones son testarudos y rebeldes. Porque son un pueblo que se hizo a sí mismo y porque por sí mismo ha sabido sobrevivir a la furia desencadenada del océano y a las olas más temerosas aún del este, de los hombres y de losa regímenes; porque como las eras y las épocas los excavaron en antros y cavernas, así la idea-luz del cristianismo la colmó de historias y de fe. Es un pueblo acostumbrado a recoger detritus y misterios, amontonándolos sobre la playa; los enfers de la historia han sepultado civilizaciones y generaciones; los zuecos han marcado a cada instante el ritmo sobre los guijarros del pavimento. La Bretaña de hoy adensa en un canto las ideas ajenas, recoge en sus antros los lamentos descompuestos de los nuevos evangelios, mientras sus sabots marcan siempre con el tiempo, el paso de todos los profetas y de todos los errores para permanecer en la Bretaña de siempre.

 

«Monseñor, le juro delante de Dios que preferiría mil veces ir a la cabeza de un millón de jabalíes que al mando de este pueblo...», escribía el duque de Narbona a Francisco II. El individualismo bretón no gusta de la coerción gregaria ni de la imitación impuesta. Incluso en el grupo, el hombre de Bretaña es él mismo, y, por lo tanto, por ser individuo, no siente que tenga que adaptarse a ser montonera. Más aún, le confiere a la masa un rostro, una palabra, una orientación de la propia convicción. Es el mismo siempre y en todas partes, entre la propia gente y en la inmensa París. Aparecerá quizás raro, extraño, anticonvencional, hereje de las buenas maneras y será definido con  el término jocoso, admirado y despreciado, de bretón.

Incluso en su religiosidad no es un fanático irracional ni un amorfo rutinario. Posee un sentido propio de Dios y de la vida, y combina la convicción con la rapidez y la profundidad de un neófito. En efecto, alguien afirmaba:

«Si yo supiera mucho, querría tener la fe del campesino bretón; y si lo supiera todo, querría tener la fe de la campesina bretona.»

 

Basta atravesar la región para convencerse de la importancia del influjo religioso en la vida: en cualquier cruce de caminos, hasta en lo más escondidos, una cruz de granito con un Cristo de duras pero expresivas facciones, rodeado de personajes que le florecen en los brazos y a los pies de la cruz. Que no es una representación muy fiel al evangelio, de acuerdo: pero expresa la gran verdad que le auguraba el evangelio, la de la aceptación de la redención por parte de los hombres. Porque los calvaires de Bretaña más que un acto de fe en la redención llevada a cabo por el Salvador, son la profesión de quererse redimir en esa sangre divina. Son la fe de la penitencia.

Para conquistar al bretón católico, habrá que insistir en la naturaleza y en la forma de esa parénesis. En los pardons o peregrinaciones, habrá siempre una llamada al deber de reconocer las propias fallas y decidirse a rehabilitarse ante los cielos y la tierra. De tales peregrinaciones, a menudo ásperas y dolorosas, regresará el bretón con lágrimas de arrepentimiento. San Vicente Ferrer, Du Maunoir, Le Nobletz, Leuduger, san Luis María de Montfort predicarán así: sobre el sentido de la culpa y sobre la contrición, apelando a los grandes temas de la vida y de la muerte, de la gracia y de la oración, del paraíso y del infierno. Y en primer lugar, ellos mismos, darán con la maceración de la carne en la persona y en la más ruda penitencia, en la vida de desprendimiento y recogimiento, las características evidentes de la más elevada ascesis.

Y el culto mariano a diferencia del de los santos que pueblan en forma increíble el calendario bretón conservado en las fronteras de las necesidades del tiempo y del momento, alcanza, en cambio, los sentimientos y los estados de ánimo. La Virgen María, llamada siempre Señora, se hace presente en el dolor, en el abatimiento, en la esperanza, en la alegría, en la vida atormentada, en el gozo y en la paz. Habría que presentar la lista de los títulos marianos de la devoción bretona: Nuestra Señora de los Dolores, de las Sombras, de la buena Esperanza, del buen Socorro, de la buena Aventura, del Consuelo, de las Lágrimas, de la Misericordia, de toda Paciencia, de las Victorias...

 

La pequeña ciudad de Montfort, veinticinco kilómetros al occidente de Rennes, la capital de Bretaña, es bastante reciente. Construida y fortificada en la lengua de roca de la confluencia de los ríos Garun y Meu, asomada a mirarse en el espejo de las aguas y coronada de verdes praderas, no llega con  su historia más allá del siglo XI.

Como toda localidad que se respete tiene su  propia leyenda que se añade a las conocidísimas del Rey Arturo, del Mago Merlín y de la 'mie, de los Caballeros de la Tabla Redonda. En efecto, a pocos pasos de Montfort, entre las ruinas del bosque milenario de Paimpont, como entre árboles siempre renacientes, está el Valle de los Falsos Amantes o Valle sin regreso, la Cabaña del Propósito Loco y la milagrosa Fuente de Barentón, ricas todas en fábulas e historias dignas de la mejor caballería del siglo XII. Hoy del inmenso océano de árboles sólo quedan grandes manchas de verdor inmóvil en los flancos de las colinas, cada una con nombre propio y todas catalogadas por los bretones con el fatídico nombre de Brocéliande.

Montfort contaba con su leyenda privada.

Bajo el dominio de Raúl IV, en 1376, mientras reconstruían el castillo de los señores de Montfort, una lindísima muchacha solía llevar el frugal almuerzo a su padre que trabajaba allí. El gobernador, inflamado de pasión por ella, la hizo raptar y encerrar en una torre para obligarla a ceder a su acoso. En tan terrible trance, la casta joven oró a san Nicolás, protector de las vírgenes en peligro, que acudiera a salvarla. El santo no dejó siquiera de que terminara la oración cuando la transformó en una pata. Así puedo la hermosa huir por entre los barrotes de la prisión y esconderse en el estanque cercano, no sin haber dejado estampada en la piedra de la celda la huella de una de sus patas. Casi todos los años, por trescientos y más, el día de la fiesta de san Nicolás, una pata seguida de su nidada entraba al vuelo en la iglesia y, hecha reverencia al Santísimo Sacramento, iba a aterrizar a los pies de la estatua del santo Taumaturgo desde donde asistía a la piadosa ceremonia. Apenas terminaba ésta, dejando como obsequio un patito, salía volando por parajes misteriosos.

Volúmenes enteros hablan de esa leyenda, incluso en Italia en el siglo XV, y Chateaubriand la recuerda en sus "Memorias de Ultratumba".

De allí le había llegado a la ciudad el nombre de la Cane (la pata), Montfort-la-Cane. Hoy, al no necesitar ya de leyendas para catalogar territorios, la ciudad se llama también en honor de la cultura, simplemente Montfort del Meu.

En su corta existencia, la ciudad había logrado dar nombre a los primeros Duques de Bretaña, comenzando por Juan IV, llamado el Conquistador (1364-1399) capetingio en línea directa.

Por tradición era burguesa y presuntuosa: «...Montfort debe considerarse en el número de las verdaderas ciudades y no como un simple pueblo. Sus habitantes han sido gobernados siempre como urbanos y no como paganos...», precisaba la Declaración de 1639 invocando el privilegio de ser gobernada directamente por el rey. Este había hecho cuanto mejor podía para mantenerse a la altura de su importante tarea y en 1654 dio plena desaprobación a cierto señor De Tremoille pretendiente al trono de la ciudad. Pero el rey no había sido siempre capaz de mantener esa supremacía: una riña al mismo nivel lo vio sucumbir frente a un tal Tallausac; la riña, que duró casi medio siglo, costó a los ciudadanos burgueses y acomodados mucho dinero, razón por la cual muchos prefirieron retirarse al campo.

La razón de esas luchas estaba en la voluntad de los habitantes de llevar el nivel medio, sin tener porte de tales, hasta el umbral de la nobleza, ahogando o vaciando los antiguos títulos feudales exclusivos, rabiosamente defendidos por varios De Remoille y Tallausac. Por tanto, los habitantes que lo podían, habían añadido poco a poco a su apellido el nombre de diferentes posesiones, lo cual faisait chic (sonaba cursi).

Pero el pantallismo urbanístico constaba gabelas y tasas...

Sobre todo cuando sobre Rennes y las capitales comenzó a pesar la indeseable mano del amado Luis XIV, los portafolios de los "urbanos" se volvieron tremendamente sutiles. Una incendiaria tasa sobre la vajilla de estaño, el tabaco y el papel sellado puso descontenta a toda la población. El Parlamento de Bretaña reunido en Rennes (1673) no aceptó la gabela y la rechazó; y los festivos habitantes corrieron a las iglesias a cantar jubilosos Te Deums. Pero París no aceptó la abolición del parlamento bretón; antes multó a la ciudad y al condado con dos millones seiscientas mil libras (más de cinco millardos nuestros). Bretaña se alzó violenta contra la injusticia; al grito de: ¡Viva el rey, pero sin gabelas!, se desencadenó una sangrienta revuelta contra los presuntos responsables locales, y al no poder robar en los bolsillos de Luis ni de Colbert, saqueó los castillos feudales, las villas patricias y los palacios de los señores. La reacción de París más que violenta fue drástica; nuevas tropas llegadas de Nantes, después de haber colocado en la picota a muchos facinerosos, comenzaron en forma sistemática un diezmo de bretones, llevándose además los dos millones seiscientas mil libras no consignadas, más una nueva multa de cien mil escudos.

 

«Rennes es una ciudad convertida en desierto: los castigos y las tasas han sido crueles... Fueron ocho terribles días en los que la condena a la picota, en comparación, me parece todavía hoy un vientecillo fresco...» (Mme. de Sevigné).

 

Entre los pequeños burgueses que se habían refugiado en algún ángulo de la campiña para escapar de los impuestos y latrocinios, encontramos a un abogado de la ciudad de Montfort. El suyo no era un apellido famoso, aunque sí bastante conocido, al menos cuanto podía serlo su semblante honesto ente los clientes de Montfort y los funcionarios de Rennes: Juan Bautista Grignion.

La familia Grignion era oriunda de la Vandea o de cerca a ella; en su corto árbol genealógico contaba notarios y hombres de ley; el padre del abogado había incluso llegado a ser alcalde de Montfort y, en cuanto tal, diputado a la asamblea de los Estados Generales de Bretaña en 1659. Lo que constituía el verdadero orgullo de la familia era el ser personas ejemplares en cuestiones morales y religiosas. Los Grignion se habían adueñado también de titulillos campesinos que hacían parecer buena figura y, en cuanto a títulos burgueses, y como todos los burgueses, se consideraban nobles, si no en bases jurídicas, sí en motivos de honor.

El abogado Juan Bautista había estudiado en 1659 en el colegio de los jesuitas de Rennes; en 1666 se había apoderado del título de Señor de la Bachelleraie; en 1670 había ganado un diploma y al año siguiente había encontrado trabajo en la administración civil de la ciudad natal. Ese mismo año se había casado con la hija del juez de Rennes, Juan Robert des Chesnais, cuya familia se contaba entre las mejores de la capital y era de auténtica marca bretona. Aunque celebrado en el día del carnaval, el matrimonio y la nueva vida de hogar no tuvieron realmente nada de ligero.

Heredero de un hombre de gobierno, convertido él mismo en respetado profesional y superintendente de la Abadía de San Lázaro (el hospital creado por los cruzados), Juan  Bautista era concienzudo y practicante hasta inscribirse en la Cofradía Blanca de Nuestra Señora. Trabajador y ahorrador, logró apartar una buena suma para comprarse en 1675 tres fincas cerca a Iffendic.

Del matrimonio nacieron exactamente 18 hijos; e si entonces se podía valorar la salud moral de una familia por el número de hijos, Luis María escribirá precisamente reconociendo haber sido «criado y educado en el temor de Dios y haberle dado una infinidad de favores...» (Carta 20; BAC, 98-100) reconociéndoles cosas mejores que todas las malas insinuaciones que les atribuyen los biógrafos del santo... Las cambiantes circunstancias de la vida, la personalidad del profesional apreciado pero obligado a vestirse con el humilde ropaje del campesino, la numerosa familia, las desgracias frecuentes y la muerte de algunos hijos, las amargas desilusiones de los pequeños poblados, la parentela siempre entremetida, lo pudieron hacer explotar en estallidos y palabrotas interminables. Pero ¿no son los hechos los que deben esclarecemos la realidad interior del hombre? En la carta citada del apostólico hijo, el abogado escucha que le advierten con espanto que se halla a punto «de que lo arruine la pez, se atragante de tierra, o el humo lo asfixie...» (ver Ib.).

 

Desde su perspectiva, al futuro Santo, que había hecho voto de pobreza absoluta y que sólo pensaba en el cielo, quizás le parecía un tanto ilógico ocuparse de poderes y titulillos campesinos... Pero el buen abogado sabía mucho mejor que el hijo que sin economía y sin administración cuidadosa, en una palabra sin plata, no se habrían podido ubicar todos los hijos y no se hubiera podido pensar en la vejez. La suya era simple providencia. No estaba hecho para elevarse con su hijo a la santidad del pobre voluntario: según él, desapego podía significar miseria para sí y para los demás.

Y cuando muera, tres meses antes de Luis María, dejará a sus espaldas tres sacerdotes, tres monjas –una de ellas en camino de santidad–, un hijo casado, una hija viuda que volverá a casarse y dos hijas solteronas, una de las cuales se casará. Todos en grado de bastarse a sí mismos, incluido el celosísimo hijo y apóstol que había podido hacerse sacerdote solamente gracias a que su padre le había cedido su propio título de Señor De La Bachelleraie. No menos de diez hijos murieron en cuarenta y cinco años de matrimonio y la larga fila de tumbas lo envejeció e hizo sentir solo antes de tiempo. Y no obstante, entre tantas preocupaciones, había recogido en su casa y, probablemente, adoptado a un niño expósito llamado Bisette, hijo del atardecer.

Entonces, digámoslo abiertamente: debía ser un gran excelente hombre aquel abogado Grignion...

Luis María nació el 31 de enero de 1673 en Montfort hijo segundo de los Grignion pero primero de los vivos. y fue bautizado en la parroquia de San Juan el día siguiente. Para la crianza fue confiado dos meses después del nacimiento a la esposa de uno de los campesinos de La Bachelleraie, en Heurtebise, en las puertas de Montfort, donde en 1873 se quiso erigir una cruz en el sitio del casalote de la nodriza. Su crianza duró dos años, hasta el día en su padre lo tomó para llevarlo fuera de la ciudad, al Bois-Marquer.

La costumbre de entregar para la crianza los hijos a los propios campesinos era uno de los signos de distinción de la burguesía con los cuales estaba de acuerdo la ciudadanía de Montfort. En este lujo se halla seguramente la mejor explicación de tantas muertes infantiles y tantas enfermedades. Pero dar un hijo a crianza quería decir poder pagarse una robusta ama de casa, quería decir ser dueño de una granja de campos y ganados.

La nodriza de Luis María es siempre llamada la Nana Andrea.

Fuera del alimento sano y abundante, las nodrizas debían dar al pequeño algo más que le quedará en el alma y en el lenguaje tan realístico de las predicaciones y de los escritos; sobre todo en el sentido abiertamente sereno de poesía humana y cristiana, convertido más tarde, con la aplicación y el estudio, en convicción. Volviendo a encontrarla cuando ya era célebre misionero, Luis María le habría dicho algo que la historia intuye sin saber documentarlo, pero fue mensura do por el amable gracejo de presentarse bajo el anonimato para que le diera... limosna. No fue un desdeño de santidad, sino una dichosa repetición de la práctica soberana de altruismo cristiano aprendido de niño entre sus brazos.

Cuando en la primavera de 1675, Luis María regresó a su familia, encontró a dos hermanos más en la Rue de La Saulnerie, propiedad de la abuela, donde él mismo había nacido. La calle era una de las más características de Montfort, casi toda ella con arcos, los cuales fuera de servir de límite a las propiedades, establecían los puestos del mercado de la sal y afines; y era también una de las más centrales. La casa, compartida con un notario que había alquilado la mitad, era hermosa, bien conservada constituía una fuente segura de ganancias si se alquilaba en su totalidad.

Luis María comienza a conocer a mamá Juana. Hija ella también en una familia numerosa (unos quince entre hermanos y hermanas), estaba acostumbrada a la vida hogareña. Sabía escribir, leer, zurcir y, naturalmente, cuidar a una familia que se anunciaba, al menos en los proyectos, considerable. Los Robert habían tenido siempre familiares eclesiásticos y religiosos (tres hermanos de Juana lo son) y la práctica cristiana usual la había mantenido en la austera seriedad de la vida y de la fe.

Se había casado a los treinta y dos años, con dispensa de las proclamas –¡cosa rarísima!, advierten los historiadores– y amaba su nueva vida, a su esposo y a sus hijos. Al lado de la fuerte personalidad del abogado, desaparecía un tanto y daba la impresión de ser complaciente y triste. Pero deducir de esto que fuera infeliz, nos parece equivocado. En diecinueve años tuvo dieciocho hijos. No parece que hubiera servidumbre que ayudara en la casa. Cambió con frecuencia de domicilio para seguir tanto a su esposo como a sus hijos. Tuvo oportunidad de ver establecerse a casi todos su retoños y fue siempre amada y respetada, si dos prefirieron permanecer a su lado en lugar de contraer matrimonio. Morirá dos años y medio después del gran hijo Luis María, a la edad de sesenta y nueve años.

 

El rincón de refugio escogido por el abogado Grignion, era una amplia hacienda a pocos kilómetros de Montfort, y había sido comprada al hermano del párroco.

¡No había sido un mal negocio, todo lo contrario!

Era una casa señorial, en el centro de tres posesiones, con una torre entre las tejas de barro, con un patio al cual se llegaba por un grandioso portal. Como un nido en medio del verdor, a algunos pasos del bosque de Paimpont, árboles inmensos la enmarcaban en la extensión de los prados y los campos surcados apenas por el caminillo de Iffendic. No le faltaba nada de cuanto podía darle el aspecto de casa gentilicia sin quitarle el tono agreste tan grato a la burguesía de ese tiempo.

Los campesinos del lugar la conocían. En la iglesia de Iffendic un vetusto banco y algunas inscripciones aferradas a las paredes, llevaban el nombre de los Grignion.

No había sido un mal negocio: un millón y no dos y medio que valía en realidad. Y ademas, un complemento de tres títulos que ama añadir al de La Bachelleraie: Bois-Marquer, Plessis y Chesnays.

Allí en agosto de 1675, se refugió el abogado con su esposa y tres hijos: Luis María, José y Renata. Allí nacieron otros diez, aunque nueve serán sepultados. Aquí se deslizaran los años más serenos y alegres del futuro misionero Montfort. En la paz del campo y la intimidad del hogar. El Bois-Marquer, en la vida de san Luis María de Montfort es la primera página que lo describe, lo moldea, adecúa y lo prepara; es una página abierta sobre el verdor, a la luz del sol, y que le dejará para siempre un insaciable deseo de soledad y de recogimiento.

 

Si las ciudades de Bretaña que se respetan y si, hasta las amplias manchas de verdor de bosque y los poblados perdidos en la llanura tienen su propia leyenda, es justo que también los varones mas representativos de la ferviente región tengan su personal halo de fábula. De fábula y, por lo mismo, bastante vago.

Cuando Luis María vino al mundo, no sólo tenía una leyenda que lo coronaba sino incluso una profecía.

En 1709, mientras Luis María estaba creando el famoso Calvario de Pontchâteau, los ancianos del lugar recordaron haber notado, algunos cuarenta años antes (es decir, en torno a 1673, año del nacimiento de Montfort), cruces y estandartes caer del cielo azul en pleno mediodía sobre la llanura donde se levantaría aquella obra de fe.

La profecía en cambio, remontaba a 1418 y nada menos que a san Vicente Ferrer. De paso por Bretaña, el taumaturgo se había detenido en La Chèze donde existía un derruido santuario de la Virgen de los Dolores. Habiéndole pedido que buscara su restauración, el santo había respondido: «El cielo reserva esta empresa a un hombre que el Omnipotente hará nacer en tiempos lejanos... Llegaría casi desconocido y sería muy contrariado y despreciado. Sin embargo, con la ayuda de la gracia, llevaría a término feliz la empresa...» (Pauvert, 226).

Montfort restauró, de hecho, el santuario en 1707.

 

La infancia es el período que en la vida de todos, grandes y pequeños, buenos y malos, es más semejante. Precisamente por esto, cuando se desea contar de la infancia de alguien se utilizan frases ya hechas y esquemas convencionales. El niño crece, se desarrolla física y espiritualmente más o menos de la misma manera que todos; no es excepcionalmente ni bueno ni malo; abre sus ojos ávidos sobre los rostros amigos, sobre el mundo que lo atrae con intensa curiosidad; asimila con la voracidad de una termita, y toma conciencia de su vivir.

Desde 1675 a 1685, Luis María se quedó con su familia en Bois-Marquet. Era de veras una familia muy movida la de los Grignion. Con sus once hijos tenían que trabajar sin descanso.

La educación de los hijos no era por nada superficial y fragmentaria. En el plan humano, si excluimos las muertes infantiles, los sobrevivientes gozaban de óptima salud sin peligro de ser portadores de alguna enfermedad. De paso recordamos que Juan Bautista junior, el último de los Grignion, tuvo a su vez 26 hijos...

En el plano intelectual todos tuvieron la posibilidad de realizar sus respectivos estudios. A los ocho años Luis María pone ya su firma en el registro parroquial por el bautismo  de su hermanita Francisca. Los maestros fueron, según las costumbres del tiempo, sacerdotes del lugar. También el padre tuvo que enseñar algo porque era instruido y erudito, tanto que tenía una biblioteca personal con libros importantes del tiempo.

La educación familiar, según el decisivo ejemplo de las familias Grignion y Robert, consideraba al factor religioso como el principal. Además de las nociones elementales transmitidas por los sacerdotes-maestros, la práctica de la fe se enseñaba en casa. Muchas de las devociones monfortianas tienen que ser explicadas de esta manera, porque aquí encuentran su peculiar colorido. El amor a la oración, al Crucifijo, a la Virgen, a los ángeles, se aprende desde pequeños. Y cuando saldrá de la pluma del misionero alguna mención a éstas, no será difícil adivinar la procedencia. ¡Saluda tu ángel de la guarda!, acostumbraba poner en varios mensajes.

Que Luis María tuviese una naturaleza no árida sino un corazón sensible, lo percibimos en muchos hechos de su infancia.

Tenía cuatro o cinco años cuando, viendo a su madre adolorida, se le acercaba para consolarla con palabras llenas de fe. Lo importante de subrayar y de atribuir a la enseñanza familiar, es el hecho de hablar de Dios en el momento de dolor. Junto a la actitud comprensible en los niños de ponerse más cariñosos cuando la mamá está sufriendo, existe en Luis María la conciencia de hacerse más útil siendo primogénito.

También a estos años necesita hacer remontar una intrínseca amistad, característica del corazón y de la sensibilidad del futuro misionero, con Guyonne-Jeanne: la hermanita nacida en septiembre de 1680, llamada más adelante "Luisa" por el mismo Montfort, sin saber hoy todavía por qué. A esta amistad fundada sobre virtud y sacrificio, a esta fraternidad más cercana, él volverá cual bienhechor siempre esperado, también en el transcurso de su vida errante. Y escribirá a Luisa ciertas cartas llenas de ternura y preocupación, para decirle que está navegando con ella; a ella comunicará luchas, victorias, inquietudes.

Otro encuentro decisivo en la formación humana y espiritual fue el del dolor. La situación no era florida, la vida en casa de la Nana Andrea, el constante contacto con las gentes trabajadoras, tan parcas en ternuras exageradas y en caprichos, pero siempre ricas de responsabilidad y de privaciones; en una palabra, el sufrimiento de los cuerpos y de las almas, unido al sufrimiento tan instintivo en los santos pero tan familiar, frente a la culpa moral, fue su asiduo compañero en la niñez. El dolor podía ser para él un enemigo: la madre le hizo comprender cierto día que la cruz no hiere sino selecciona y le dijo que la predilección divina acompaña al hombre durante toda la existencia en especial si ésta es dolorosa, y que rechazando el dolor y a quien lo sufre, se rechaza al cielo...

Fue ésta una de las lecciones mejor asimiladas y más vivas en su corazón, hasta que Luis María no cierre los ojos en la muerte cruzando el umbral de la casa del Padre

Todo hombre debe hacerse una personalidad. Sobre todo el santo: el santo es personal por definición. No puede ser como los demás: se eleva sobre el plano común, se aparta de los mejores sin renegar de ellos, en un trabajo lento y tenaz sobre el propio temperamento y sobre el carácter en autoformación y en la conquista de sí mismo. Pero antes de ser santo es hombre de su tierra.

En la personalidad del futuro misionero, en la obra a la cual dará impronta, en su misma espiritualidad tan profunda, Luis María mostrará mucho de su origen para que no se lo deba subrayar. Era un auténtico bretón y tal se mostrará siempre y en todas partes.

Pero el hombre es artífice de su propio carácter en la misma medida que el ambiente y la naturaleza. Luis María aprendió en casa la conquista y el dominio de sí mismo. Conquista difícil porque muy pronto conoció la fuerza del propio temperamento. Pero el conocimiento de sí mismo es el principio de todo conocimiento útil: ayudado a comprenderse a sí mismo, quizás sintió temor. Todos los elementos de la fuerte naturaleza bretona, la semejanza con el temperamento paterno, las enormes energías de su atlético cuerpo, le habían asignado un temperamento volitivo y resuelto. Más tarde confesará: ¡Hubiera sido el hombre más violento de mi siglo! Aún haciendo campo a la exageración de la humildad, aceptemos la confesión de un hombre que tenía una idea tan clara de sí mismo.

Luis María había nacido así. Y, sin embargo, llegará el día en que bajo la roca del hombre terrible brotará el gigante bueno, el buen Padre de Montfort. Porque temperamentos como el suyo pueden darnos santos o demonios. Gracias a la formación hogareña, gracias a la tierra sana en que nació, gracias a la ayuda abundante del cielo plenamente correspondida tenemos un santo.

Entre tanto, Luis María había alcanzado los doce años y se preparaba a ingresar en la vida. Y el primer paso lo dio bajo el umbral de la Compañía de Jesús.

 

 

 

Capítulo tercero

LA VIDA CON LOS JESUITAS

 

 

El primer colegio jesuita en Bretaña era auspiciado en Rennes a partir de 1563 en sustitución del antiguo priorato de Santo Tomás que se desempeñaba de mal modo como escuela pública. Las negociaciones entre la Compañía de Jesús y el Parlamento bretón duraron treinta años y debieron suspenderse de improviso cuando el 24 de febrero de 1594 un exalumno de los jesuitas de Clemmont apuñaló al rey Enrique IV aunque sin darle muerte. No obstante el escándalo suscitado por el hecho, el rey tuvo el buen sentido de no proscribir los colegios, incluso financió uno de su propio bolsillo.

Reanudando las negociaciones, los notables de Rennes intensificaron la propaganda en la ciudad y en el condado suscitando el acuerdo general y ayudas significativas. Una vez logradas las Letras oficiales de aprobación y autorización dadas por la Santa Sede y por el rey, el Colegio Santo Tomás Becket abrió las puertas a seiscientos alumnos el 18 de octubre de 1607.

Era la fiesta de san Lucas. Desde entonces, cada año in lucalibus,  se acostumbró iniciar clases. Los estudiantes afloraron hasta alcanzar la cifra de casi tres mil en los tiempos de Luis María. La aceptación de los estudiantes era gratuita y no se admitían internos; los alumnos, ricos o pobres, debían buscarse una pensión en la ciudad, previa la autorización del rector del colegio. Pero los hijos de papi hallaban apartamentos con domésticos y profesores, y los hijos de los pobres acabaron por someterse a ganar algo para pagar la pensión contratándose como escribanos, servidores de sus compañeros más ricos o incluso como barrenderos y ayudantes de cocina.

 

En la vida y en la espiritualidad de Luis María el influjo de los jesuitas fue determinante: un poco, en pequeño, tanto como lo fue su presencia en Francia en ese mismo período, cuando la desviación en materia teológica y moral parecía una conquista, en Francia.

El jueves 19 de marzo de 1682 se promulgaba en París y todo el territorio metropolitano la Declaración cleri gallicani, redactada en cuatro artículos por Bossuet. El movimiento galicano, tendiente a la neta separación de la iglesia francesa de la romana, alcanzaba en ese día su fase más crítica; el galicanismo, surgido en 1398, consolidado en 1438, se había mantenido endémico durante dos siglos, para explotar luego en aquel escorzo de siglo. Sólo se lo liquidó en 1870.

La increíble experiencia del momento está en el total volcamiento de las peticiones formuladas por el clero con el correr del tiempo. Desde el comienzo las libertades galicanas expresaban las aspiraciones del clero por un desenganche del poder civil, porque se consideraba a justo título, indebida la ingerencia del soberano en los asuntos eclesiásticos. Roma apoyaba la petición francesa y el rey con su parlamento tuvo que acceder. Una vez ganada esa batalla, con el correr de los decenios, el clero francés quiso desvincularse incluso de Roma, y fatalmente renunció a la independencia del poder civil. Sobre todo en 1615 la corriente libertaria, alimentada con las ideas políticoespiritualistas de Pithou, se impuso a la atención de los políticos, que encontraron un as que jugar en contra del Papa. El año de 1643 trae la coronación de un chiquillo de cinco años que se convertirá pronto en el fantasmagórico Rey Sol, el rey de después de mí el diluvio, el rey del fasto, de las guerras, de las amantes históricas y de la miseria, Luis XIV: una oportunidad inesperada para alcanzar la ruptura de Roma.

Las peticiones del clero francés se discutieron en amplias y reñidas controversias en la Universidad de la Sorbona; hasta cuando el rey y el Parlamento impusieron la Declaración en las escuelas y seminarios. Era el 19 de marzo de 1682. Al soberano no le importaba tanto la libertad de su clero... El motivo verdadero debe buscarse en una vieja discusión con Inocencio XI. Bossuet hizo cuanto pudo para redactar un texto que fuera lo menos hereje posible y los sacerdotes de todo rango lo aceptaron.

La injusta imposición sólo fue abolida en 1693, pero todo seminario y colegio eclesiástico tuvo que reconocerla en la práctica, al menos en lo referente a los hechos administrativos. Y esto, hasta más allá de la Revolución hasta que Napoleón logró bloquearla definitivamente en el concordato con Pío VII, luego de lograr hacerla pasar subrepticiamente en las negociaciones.

Si la Francia del siglo XVII no se precipitó en el cisma, se debió sólo a la bondad y sabiduría de Alejandro VIII que no exageró condenando la Declaratio.

Mientras obispos y sacerdotes de todo el territorio inclinaban impotentes la cabeza ante la voluntad de París, casi todos los jesuitas se mantuvieron fieles a Roma. También los del colegio de Rennes.

 

El lunes 2 de agosto de 1694 moría Antonio Arnaud, el gran Arnaud, como jocosamente lo llamaban. Era el pensador de otro absceso brotado en la Francia de ese tiempo: el jansenismo.

En el origen del movimiento, se halla el ansia de una reforma de la teología y de la práctica de la vida cristiana que enseñaba la Compañía de Jesús. Nadie, ni siquiera Cornelio Jansenio se hubiera imaginado que una doctrina forzada y torcida, tan distinta del fino y atinado genio francés, hubiera podido encontrar en tierra francesa una acogida tan entusiasta. Y cuando el Papa lanzó su condena, se llegó a pensar que, incluso, el Vicario de Cristo había pecado de incompetencia.

La controversia doctrinal se convirtió en polémica no diferente del cisma. Sutil y agudo pensador, Arnaud con la pléyade de Port

Royal, asoció la ascética con la moral, la dogmática con la doctrina sobre los sacramentos, y organizó un sistema. Se puso de moda el antijesuitismo, sobre todo cuando Blas Pascal tejió y publicó sus Provinciales que podían definirse como el placer del escarnio a expensas de la Compañía de Jesús.

Y cuando, en 1673, el neófito holandés, Adán Widenfeld, instruido por los jansenistas y utilizado por los calvinistas, publicó los Avisos saludables de la santísima Virgen a sus devotos indiscretos, encontró que el impulso publicitario era precisamente el de Francia.

Por encima de las aberraciones y de las polémicas, la Compañía permaneció firme en sus fundamentos teológicos y morales.

 

Había otra plaga en la vida católica francesa.

La verdadera oposición al catolicismo y a la Iglesia, inagotable en sus métodos y en la elección de los tiempos, tenía por objeto atacar la moral de los jesuitas considerada demasiado rígida. Es la plaga de los escépticos, de los indiferentes, de los tibios, de los espíritus cómodos agrupados todos bajo el nombre de libertinos.

Es una inmensa masa –el matemático contemporáneo, P. Mersenne de los frailes menores, contaba no menos de 50.000 en la sola París– que va desde Ninón de Lenclo (1620-1705) que muere diciendo que no tenía alma; a Gastón de Orleáns (1608-1660) que recorre las calles durante la noche como un poseso y reúne en su casa un conseil de vauriennerie; a Naudé (1600-1653) bibliotecario de Mazarino, que niega los milagros y afirma que la religión es un invento de los jefes políticos para garantizarse la tranquilidad pública; a Teófilo de Viau (1590-1626), vulgar, repugnante, opuesto a lo sagrado, un sujeto realmente perverso aunque enriquecido con dotes poéticas; a Santiago Vallée, señor Des Barreaux (1602-1673), consejero de la Cámara de los Condes, ateo, gastador empedernido; a Carlos de Cossé, duque de Brissa (1550-1621) que asalta un funeral apuntando con su espada al crucifijo mientras grita: "¡A las armas!, éste es el enemigo"; a La Mothe-Le-Vayer (1588-1672), consejero de estado y perceptor momentáneo de Luis XIV, que sostiene la filosofía según la cual la verdad se demuestra como inaccesible y la suprema felicidad del ser humano consiste en no creer en nada; a Carlos Denide De Saint-Evremond (1613-1703), refugiado en Londres para vivir "según la naturaleza", es decir, en el muelle relajamiento sin frenos morales...

Son todos aquellos que creen que la naturaleza no es ni buena ni mala y sostienen que ella es la única gran señora de la vida, cuyas aspiraciones no difieren de los consejos de la sabiduría, de suerte que resistir a la naturaleza es remar contra la corriente.

Es la filosofía de Molière (1622 1673) que punza a todos los que pretenden forzar, exagerar, enmascarar, obligar, comprometer a la naturaleza y que caricaturiza a los reformadores católicos llamándolos imbéciles al servicio de los hipócritas. "Prefieren un cómodo vicio a una virtud fatigante" (Amphitrion, acto 1, escena IV, Mercure).

Mientras Francia regresa con prepotencia a su genio literario, al gusto de los versos, de la novela, del ensayo, se lanzan al comercio los tratadillos de politesse, los manuales de galantería y urbanidad. Un mundo de ligerezas y frivolidades desencadenadas, contra la solidez del vivir cristiano. Bajo inmensas pelucas, bajo vestidos espléndidos viajan cerebros sin ideas, corazones sin amor, cuerpos sin alma...

París, cruce de los caminos del mundo, centro y hogar de la vida pública y moral, estaba en el centro de todas las miradas. Los caminos que a ella convergían, luego de descargar miradas de investigadores de toda raza y nación, llevaban a chorros, de regreso a sus provincias, los hallazgos de un iluminismo demasiado humano para estar vivo, demasiado vacío para ser racional.

 

El colegio de Rennes había tomado como su ratio studiorum la del Colegio Romano, y comprendía tres años de gramática, uno de humanidades, uno de retórica, tres de filosofía y ciencias y, para quien lo deseaba, cuatro de teología. El cuerpo docente contaba con unos sesenta jesuitas, algunos de ellos famosos.

La atención religiosa, que constituía la "preciosa" para la Compañía, estaba organizada dentro, especialmente a través de las Congregaciones Marianas divididas en dos grupos: la menor, para los muchachos de los cursos inferiores, y la mayor o de los grandes, para los de los cursos filosóficos y teológicos; en tales asociaciones sólo se admitía a los mejores por la seriedad de vida y de estudio. Los profesores, por su parte, transformaban la enseñanza en una escuela de comportamiento cristiano. Por esto, todavía era una pequeña iglesia donde, más que un maestro de letras o de ciencias, se sentaba un varón religioso de óptimo ejemplo y un sacerdote apostólico.

Recordemos algunos del período monfortiano.

La Congregación Mariana de los pequeños era dirigida por el P. Prévost, de quien dice el Necrologio de la Compañía de Jesús: «...mostraba siempre ardor y celo en la enseñanza y en la formación a la piedad de los alumnos. Fue eximio devoto de la santísima Virgen...».

El P. Felipe Descartes, nieto del celebérrimo filósofo, dirigía la congregación de los mayores y era uno de los confesores señalados para la asistencia de todos los estudiantes. Un jesuita, éste, que tenía pocos miramientos que salvar frente al gran mundo, y lo temía muy poco, como afirmará el primer biógrafo monfortiano, Blain (240): era, por tanto, una persona que se adaptaba muy bien a la mentalidad de Grignion; fue, además, su confesor durante el último período de su permanencia en el colegio y debió comprender muy bien al joven Grignion si a él y no a otro acudió éste durante uno de los períodos más difíciles de la vida.

El P. Francisco Gilbert, en cambio, profesor de matemáticas, de humanidades y retórica, literato y dramaturgo, tenía el entusiasmo del caballero andante del Señor. Un día abandonará el colegio y la enseñanza para irse de misiones a América –a las islas de América, como se decía entonces– estableciendo su residencia en Guadalupe. Allí dará la medida de su mejor fervor en la evangelización de Martinica y en el Caribe, donde encontró la muerte a los 39 años. Ya en su período de Rennes hablaba del martirio en forma contagiosa. Luis María fue asiduo en las entrevistas espirituales privadas con este futuro misionero.

El P. Julián Magón, fuerte y laborioso, pequeño de estatura, pero grande de ánimo (Necrologio), enceguecido soporto la enfermedad en oración continua. Fue profesor de Grignion en filosofía y en doctrina de la cruz.

Con hombres así y con un programa de estudios tan serio, no faltaba nada de cuanto podía pretender una familia bretona normal para la sana educación de sus hijos. Si, además, el jefe del hogar había sido educado también en ese colegio, la garantía era más que cierta. De hecho, los padres jesuitas presuponían la cuidadosa atención familiar como dote necesaria para la entrada de los muchachos a Rennes.

 

Luis María procedía del ambiente tranquilo del Bois-Marquer, instruido, además de los sacerdotes, por el padre, que lo había precedido en el mismo colegio. Durante el primer año se hospedaba en casa de su tío sacerdote, Alán Robert, adscrito a la centralísima iglesia de Saint-Sauveur.

Aquel año de sixième –el colegio de Rennes era el único que lo tenía– fue particularmente difícil por la ambientación necesaria en la masa de los millares de estudiantes que colmaban las aulas. Pero Luis María afrontó el estudio con buena voluntad, apoyado en una inteligencia que no le hacía falta, tanto que, muy pronto, logró que lo admitieran en la sección menor de la Congregación Mariana del P. Prévost.

Al año siguiente también su hermano José llegó a estudiar al Colegio, por lo cual la familia Grignion, tras abandonar el Bois-Marquer, bajó toda a Rennes y se estableció en Rue Saint-Hélier, precisamente en la parroquia de Saint-Sauveur.

Luis María se halla ahora en grado de moverse hábilmente en la vida escolástica, sabe escoger las amistades y la compañía adecuada. Sus amigos de la época son: Claudio Francisco Poullart des Places, futuro fundador de los espiritanos, y el primer biógrafo monfortiano, Juan Bautista Blain, que llegará a ser canónigo de Ruán.

La compañía selecta está constituida por un grupo de estudiantes recogido y organizado por un joven sacerdote de la iglesia de Saint-Méen, el P. Bellier.

Una lápida expuesta en el vestíbulo del hospital San Ivo de Rennes, llama a Bellier fundador, contándolo así entre quienes proveían no sólo al bienestar temporal de la institución, sino sobre todo al espiritual. Tras haber pasado anteriormente algunos años con el misionero Leuduger, en 1708, Bellier será llamado a regentar la capellanía del mismo hospital, cuya dirección general asumirá en 1714. En este cargo morirá en 1730, llorado sobre todo por los pobres que lo amaban como a padre. Bellier acostumbraba reunir a aquellos muchachos, sobre todo en el día de descanso semanal, para enviarlos a las prácticas de misericordia entre los pobres. Precursor de Ozanam, el joven sacerdote, después de dedicarlos por cierto tiempo a meditar, los enviaba de dos en dos a visitar y ayudar a los encerrados en el hospital San Ivo.

Debemos subrayar aquí una de las características de la formación espiritual bretona: el culto a los pobres. Los pobres forman parte del objeto de culto, y son considerados como auténticos intermediarios, al lado de los santos, entre Dios y el pueblo. Las palabras del Evangelio se toman a la letra; los bretones ven a Cristo en el mendigo y necesitado, y cuanto les hacen a éstos, quieren hacerlo al Señor. Los decretos administrativos que prohiben y limitan la mendicidad, siguen siendo letra muerta: el mendigo, sano o enfermo, pobre en el alma o en la cartera, es un enviado de Dios. Ninguna obra social que no toque, aunque sea de refilón, esta categoría, gozará de agarre entre la gente de Bretaña. Toda petición religiosa es sobremanera eficaz si llega a través del pobre. Incluso los santos, haya sido la que haya sido su condición civil, mejor todavía si se originan entre los nobles, deben ser pobres. Los predicadores deben llevar siempre las libreas de la pobreza porque, junto con la penitencia, contribuye del mejor modo a lograr audiencia entre el pueblo, de manera que los verdaderos misioneros y evangelizadores de esa tierra nunca dudaron de consagrarse a la pobreza absoluta, y no por simple convencionalismo o por demagogia, sino porque están convencidos del poder ascético y apostólico del desprendimiento.

En esta escuela de caridad activa que presupone la ascesis interior y la elevación sobrenatural, fue iniciado Luis María por el sacerdote Bellier. Lo recordará más tarde, hasta sentir como una llamada que le servirá en la elección de su apostolado e, incluso, del de su compañía de misioneros, como lo dirá en carta a Leschassier en 1700.

Es grato pensar que la vocación