Capítulo 2 - La tierra y la casa
Capítulo 3 - La vida con los jesuitas
Capítulo 4 - El camino difícil de San Sulpicio
Capítulo 5 - San Sulpicio tierra de santos
Capítulo primero
SIEMPRE ES DIFÍCIL DESEMBARCAR
«...Teníamos que embarcarnos en La Rochelle, pero el día de
la partida permanecía siempre incierto. El señor Clemenson
en cuya casa habitábamos (Montfort y yo) en ese entonces,
nos informó haber sabido de fuente segura que habíamos sido
vendidos a los de Guernesey. Montfort no tomó en cuenta
semejante noticia; yo, en cambio, la consideré con gran
atención. Me preocupé por describirle con nubes oscuras el
gravísimo peligro en el cual nos iba a precipitar a todos
los que lo acompañábamos. Hizo cuanto pudo para convencernos
de que lo que nos habían dicho no sólo carecía de
fundamento, sino que no tenía visos de verdad; que era un
invento de los enemigos de Dios y del bien de las almas para
aterrorizarnos e impedirnos por ese medio viajar a las isla
a trabajar en la conversión de los pecadores a la cual
habíamos sido llamados. Añadió que si los mártires hubieran
sido tan cobardes como nosotros, jamás habrían conquistado
la corona que tienen en el cielo. Le repliqué que nosotros
no teníamos el valor de los mártires y menos aún el suyo y
que me alegraba de no haberle secundado aquella vez en
Cambón...
Al verme tan resuelto, accedió...
Aconsejáronle ir a Les-Sables-d'Olonne, porque afirmaban que
allí encontraríamos ciertamente embarcaciones dispuestas a
llevarnos a la isla. Consentimos en ello; pero cuando
llegamos, no nos fue posible encontrar a alguien dispuesto a
embarcarnos, porque desde hacía quince días la isla estaba
rodeada por todos lados de piratas de Guernesey.
Entonces nos vimos obligados a ir a Saint-Gilles...» (DRG,
113).
Era el doce de febrero de 1712.
Sólo separaban a Saint-Gilles de la Isla de Yeu unos treinta
kilómetros de mar abierto, pero eran kilómetros de miedo y
terror para cualquier tripulación por valiente que fuera.
La Isla de Yeu era una corona de escollos que se levantaba
en torno a una llanura de pastizales y viñedos, en parte
abandonados, donde podían resistir pocas familias dedicadas
al pastoreo y algún centenar de cabras de porte isleño
capaces de digerir aquella hierba salina y calcinada.
Una isla bretona desprendida, luego de cierta misteriosa
conmoción, de la ruda península, como una lágrima ante el
continente: rocas de Bretaña frente al verdor de la Vandea,
la aspereza frente a la suavidad del verdor imperante. Los
pastizales y viñedos avaros ya con los dueños de casa, eran
demasiado deseados por quienes llegaban a la isla para robar
y saquear. La isla esperaba del mar la vida y la muerte. La
vida llegaba con los navíos escandinavos, irlandeses u
holandeses, cargados de quesos, de mantequilla, carnes y
pescado salado y con las naves mercantes repletas de
aguardiente de Hendaye, o con los de España y Bayona
repletos de frutas. La vida llegaba de las fantásticas islas
americanas a la vetusta alma soñadora de los bretones
isleños, vida embriagadora y sobremanera adecuada a la
amplia respiración de los corazones y de las fantasías.
Pero del mar llegaba, cada vez, con mayor frecuencia la
muerte. Entre las escolleras del lado sur, volcadas hacia el
Atlántico, en la costa salvaje, como la llamaban, había
siempre y con mayor frecuencia cada vez, cadáveres que
rescatar, cuando los huracanes destrozaban el hervidero de
las aguas, peligrosas y engañosas, incluso en los días de
bonanza, y feroces en los días de tempestad. La Isla de Yeu
era la primera barrera contra la cual se estrellaba furioso
el océano en su carrera hacia la tierra firme. Y eran
siempre muchos los cadáveres lívidos y destrozados que había
que acompañar en dolientes cortejos entre los túmulos y los
dólmenes de la prehistoria, por el sendero milenario de las
tumbas.
Pero desde hacía algún tiempo la muerte era más asidua. A
saber, desde cuando los piratas de Guernesey desacorazaban
en torno a la isla, desde que la rodeaban bloqueándola
estrechamente. Algunos dicen que a causa de las guerras
españolas de sucesión, otros que a causa de los calvinistas
en busca de tenebrosas venganzas. Quizás la verdad es más
bien la del hambre inveterada que ha desencadenado sobre los
mares del globo la oscura aventura de los bucaneros y
filibusteros. Los piratas eran siempre ladrones y
salteadores que izaban el negro estandarte de la rapiña,
capaces de apoyarse en excusas políticas y hasta religiosas
para justificarse y para ampliar todavía más el derecho de
robar, capturar, quemar, matar...
La Isla de Yeu estaba en la ruta de todos los navíos
mercantes entre Inglaterra y España, en las cercanías del
estuario de Nantes, de La Rochelle e incluso de Burdeos.
Tener la isla bajo control significaba tener en la mano el
tráfico más importante del Atlántico. Los piratas estaban de
guardia en constante acecho o bajaban a tierra en los días
de poco trabajo a tomarse un leve reposo, al menos como lo
harían los turistas en busca de sol tres siglos más tarde;
los bandidos concienzudos no perdían tiempo en perezear y
salían de cacería para no perder oportunidad de
entrenamiento.
El biógrafo de Montfort, Grandet, de quien hemos tomado
algunas páginas del relato de un socio del misionero, el P.
des Bastières, habla sin más de éstos cuando refiere que en
la isla vivía una población "salvaje", cosa que no hubiera
podido decir de los isleños. Estos eran gente envilecida,
incapaz. Mientras habían estado en pie las formidables
torres normandas y los castillos de la señoría de La
Garnache, se habían sentido invencibles; pero cuando el
magnífico Rey Sol, en 1699, había mandado derruir toda
fortaleza, sólo por no disponer de soldados para
defenderlos, los habitantes se habían sentido defraudados
del derecho de vivir, de protegerse, de salvaguardar las
casas, los pastizales, los hijos y las mujeres. El
envilecimiento, la desesperación se hacían más vivos al
recordar las épicas batallas de siglos anteriores: sólo en
1551 la isla había estado a la cabeza, y victoriosamente, de
la coalición de españoles e ingleses.
Cosas de otros tiempos, del pasado.
Y cuando los monjes irlandeses habían construido los grandes
conventos, ¡qué paz!, ¡cuánto trabajo!, ¡ah!, entonces... En
aquellos tiempos se podía orar, amar a Dios y ser en serio
buenos cristianos, porque la religión hacía más caliente el
sol en la esperanza y en la seguridad. Hoy quedaban las
vetustas iglesias que hablaban de Dios y muy pocos
sacerdotes. Tampoco el obispo de Luzón había llegado durante
los últimos veinte años hasta estos diocesanos suyos, tanto
que parecía haberse hasta olvidado de que existían. Los
vetustos campanarios, cuando repicaban, daban sólo sones
luctuosos o de alarma. Donde habían resonado un día los
gritos festivos de un trabajo tranquilo, hoy se escuchaban
las blasfemias y las dolientes canciones de los
filibusteros.
En 1712, en la Isla de Yeu se llevaba una vida melancólica,
llena de imprevistos, de eventos afortunados y de
catástrofes dolorosas. La pobreza se extendía siempre más, y
el número de los pobres aumentaba continuamente. Faltaban el
pan y el techo, el empleo y, por lo mismo, las ganancias. La
comunidad parroquial no alcanzaba a responder a todos y con
un decreto del gobernador (1709) se había bloqueado la
llegada de nuevos pobres, náufragos o asaltados. Tras ese
decreto se había llegado al punto de embarcar a la fuerza a
todos los mendigos que no lograban probar que eran nativos.
La tierra que los había salvado no podía perderse ella misma
y condenarse a morir de hambre junto con ellos. Centenares
de personas, familias enteras fueron así trasladadas al
continente a sumarse a los muchos millares de personas
hambrientas en busca de pan, en el continente, mejor, por el
camino hacia París, a tender la mano a los harapientos y a
los caminantes entre decenas de ricos que se taparían la
nariz para no sentir el tufo del hambre o en las grandes
cabañas de los hospitales siempre más congestionados e
insuficientes. ¡Qué triste arrastre tenía el manto real de
Luis XIV!
Pero, incluso sin pobres de importación, no florecía la
vida. La isla era un baluarte frente a Francia y sus
habitantes sabían que lo eran. Hubieran podido burlarse de
la lucha piratesca y hacerse piratas ellos mismos; pero eran
bretones y el bretón era un trozo de tierra del oeste
trabajada por el arado de los monjes. Aunque la cruz se
había extinguido y olvidado, el antiguo fondo moral se
mantenía en pie.
En su aislamiento eran capaces de pensar en aquellos que el
peligro convertía, al punto, en hermanos. En la flecha del
campanario de San Salvador izaban una bandera roja que
avisaba a los navegantes a fin de que escaparan a tiempo. Y
si alguno no lograba huir, la gente bajaba hasta la playa,
entre las piedras y rocas, a dar aliento, y si era necesario
a prestar una mano. Resurgía el ardor de prestar ayuda, la
energía de combatir, y hervía la sangre, los niños gritaban
y las mujeres lloraban.
Los antipiratas, los corsarios de Nantes, conducidos por el
generoso Juan Vié, lo sabían y lo narraban. Pocos días antes
de la misión monfortiana, el 25 de enero de 1712, también el
capitán de la Jannette de Bayona lo contaba en el libro de
bitácora; y un mes más tarde lo testificaba para la
posteridad Felipe Dugué capitán de la Bonne aventure.
No eran pues, no, una población "salvaje", querido padre
Grandet. Eran sólo una población tratada salvajemente. Por
todos. Comenzando por el rey y terminando por los piratas de
Guernesey. Y quizás por los sacerdotes. Claro, no eran
santos, es cierto. Sabían, dada la ocasión, si podían
aprovechar de cualquier botín, dedicarse a la bebida y las
comilonas históricas. Sabían pecar, y con gusto: al menos al
igual de quienes habían vivido e iban a vivir donde no había
piratas. Pero estaban atentos a las llamadas al perdón, a
las peregrinaciones, las penitencias, las predicciones bien
hechas que les llevaban a golpearse el pecho.
Con el 11 de febrero de 1712 y durante toda aquella
cuaresma, iba Montfort a tratar de convencerlos de que eran
pecadores, con sermones sobre la penitencia, a revisar su
cristianismo un tanto isleño, y, sobre todo, a animarlos y
perdonarlos. El célebre misionero enviado por el obispo de
Luzón, llegaría del continente, y ellos lo aguardaban. Si
los piratas no hubieran reforzado la guardia y arreciado el
bloqueo, hubiera bastado con tender el oído a la campana de
la iglesia parroquial de Port-Breton y, a sus sones, ponerse
en marcha hacia el templo para escuchar la predicación,
golpearse el pecho, regresar conmovidos y cautelosos a
reiniciar el cristianismo de los antiguos monjes. Pero con
los piratas que merodeaban a sus anchas en torno a la isla,
la llegada del misionero y de su grupo auxiliar no era tan
segura. Quien había llegado con la noticia la semana
anterior, había anunciado a dos sacerdotes y un puñado de
laicos, y había asegurado que se trataba de gente bretona o
vandeana. Gente con la que podían entenderse, gente de los
suyos. Rostros nuevos, un tanto más cristianos, que
inspiraban confianza y tranquilidad.
Los habitantes de la isla estaban hastiados de ver girar las
pelucas teñidas de los enviados reales, envueltos en ricas
chaquetas recubiertas de alamares y medallas y botones,
aptas para hacerse ver un tanto más bajas sólo cuando, en la
frecuentes inclinaciones protocolarias las espadillas del
comando daban una ojeada al séquito. ¡Esos no eran los
salvadores de la isla! Hablaban bien, pulidos, estirados,
eruditos, sentenciosos, pero ¿quién los entendía? En verdad,
algo daban a entender siempre con el gesto extraño y temido
de los dos dedos de la derecha que indicaban, restregándose
perentoriamente, necesidad de dinero... Pero los pastores de
la isla hacía tiempo que no mantenían cordiales relaciones
con el dinero. Esa gente, cuando hablaba, junto con el
dinero pedía siempre algo más: las mujeres tenían que
ingeniárselas para poner al seguro a sus hijas, y los
hombres para proteger a sus esposas, y el buen Dios para
esconder a los hombres. Con aquella gente era imposible
ponerse de acuerdo. Poco más o menos –¿quizá más?– que con
los piratas de Guernesey.
En la isla tenían necesidad de Dios, claro que sí; pero de
un Dios que se hiciera representar bajo un aspecto
abordable, bueno, comprensivo. El misionero anunciado era un
bretón, un buen gigante de maneras quizás un tanto extrañas,
pero siempre abiertas y cordiales. No era rico, y esto lo
acomodaba aún más a su estatura. No era portador de teorías
de salón, sino que enarbolaba todavía las antiguas banderas
de la cruz y del rosario, con un lenguaje que se iba
metiendo en el alma. Y, además era un hombre santo: y los
santos misioneros, sobre todo bretones, tenían un firme
ascendente ganado como conductores y líderes de masas.
En esos primeros días de febrero, los habitantes bajaban a
menudo al puerto a espiar la llegada de una goleta, de un
navío, de un pesquero, de una barcaza cualquiera, con el
anhelado misionero. Y con el misionero esperaban la llegada
de Dios, del viejo Dios enemigo de los piratas y de los
prepotentes, amigo de los pobres y de los abandonados.
Y Dios no podía fallar a la cita con los de Yeu, fijada para
el 11 de febrero del año de gracia de 1712.
«Nos vimos obligados a ir a Saint-Gilles, a tres leguas de
Les-Sables; pero también allí los marineros nos dijeron lo
mismo que los de Les-Sables-d'Olonne; es decir, todos se
rechazaron a darnos un pasaje de manera que ya estábamos a
punto de regresar a La Rochelle.
Montfort estaba mortificadísimo; yo, en cambio,
increíblemente feliz. Poco antes de emprender el camino de
regreso, Montfort hizo un último intento y logró encontrar
al dueño de una chalupa a quien dirigió tantas y tantas
súplicas e hizo tantas y cuantas promesas –entre otras la de
que no sucedería nada y que no se correría peligro alguno ni
nos capturarían...– que aquel valiente se decidió finalmente
a llevarnos.
Tuvimos, pues, que embarcarnos de carrera al día siguiente.
Habríamos recorrido unos veinte kilómetros, cuando
descubrimos dos navíos piratas de Guernesey que apuntaban a
velas desplegadas sobre nosotros; para colmo teníamos el
viento en contra y sólo avanzábamos a fuerza de remos.
Toda la tripulación empezó a gritar: "¡Nos alcanzan!, ¡Nos
alcanzan!", con gritos lastimeros, capaces de destrozar los
corazones más rudos.
Entre tanto Montfort entonaba canciones con mucho ardor e
insistía para que lo acompañáramos en el canto, cuando
nosotros teníamos más ganas de llorar que de alegrarnos y
habíamos quedados mudos de espanto. Entonces nos dijo:
"¡Bueno!, ya que no son capaces de cantar conmigo, recitemos
juntos el rosario." Con el fervor posible en un momento como
ese, fuimos respondiendo las avemarías. Al terminar nos dijo
Montfort: "No tengan miedo, amigos míos; María, nuestra
buena Madre nos ha escuchado, ya estamos fuera de peligro."
De hecho nos encontrábamos a tiro de cañón de los navíos
enemigos, tanto que un marinero observó: "¿Sí? El enemigo
nos hundirá el barco: preparémonos a hacer encadenados el
viaje a Inglaterra". Montfort replicó: "Tengan confianza,
amigos, ¡el viento cambia!"
Un instante después de estas palabras, vimos a los dos
barcos enemigos cambiar de rumbo, el viento había cambiado
tan fuertemente de dirección. Así nos alejábamos mucho los
unos de los otros. Recuperamos el aliento y la alegría...»
(Del relato de Pedro Des Bastières, DRG, 113-116).
La isla de Yeu, ya a pocos centenares de metros, los estaba
aguardando. Los habitantes alineados en masa sobre la costa
los saludaban ya llenos de júbilo, por más que antes habían
estado temblando. Esta vez por lo menos, en una escena diez
veces repetida, los pastores no habían sido espectadores,
sino parte de la acción, porque la proa de la barca se
dirigía hacia ellos. Con los ojos bien abiertos a lo
increíble y bañados en lágrimas, miraban a aquel hombre
gigantesco que se alzaba entre la multitud festiva. Venía
finalmente a ellos y para ellos. ¡Lo había logrado!
Realmente Dios estaba con él.
Mientras el Magníficat, en doble coro, se elevaba sobre el
agua, en pie con los brazos tendidos para sostener una
estatuilla de la Virgen, el misionero se preparaba a tocar
el suelo de la isla...
...Pero ese día la Isla de Yeu representaba a Francia.
Nunca le había sucedido una representación tan inmediata de
la propia tarea y de la propia misión.
Francia... una isla también ella, recortada del resto del
mundo en un momento particular de la historia. Una isla
desmantelada, sin defensas, por un galicanismo
imperializante por culpa de quienes hubieran debido
defenderla; un país donde las aventuras piratescas del
librepensamiento, del jansenismo y del coletazo de
aberraciones menores iluminístico-racionales podían
libremente saquear, subvertir.
Luis María había nacido para zarpar en busca de un puerto,
de una playa. Para llegar a ella había pagado grandes
contribuciones a su gente, sacrificando su libertad para
ponerse a disposición de todos, renunciando incluso a su
propio nombre para colocarse al alcance de muchos, sin hacer
pagar nunca por el largo caminar, correr o zarpar.
Quizás ese día, mientras ponía el pie en la isla de Yeu, con
los ojos del bretón soñador nunca muerto en él, pensaba una
vez más en los capítulos de su vida pasada en zarpar sin
descanso.
Capítulo segundo
LA TIERRA Y LA CASA
En el organismo de la vieja Europa, Bretaña es una cuña de
roca sembrada en el mar. Los antiguos, aun antes de que
existieran países y ciudades la llamaban armorique o
tierra del mar. Desmedido promontorio, última playa de la
civilización latina, es en el extremo del mundo, es el
finis terrae o Finisterre.
Bretaña. Ojo dilatado para recoger los últimos rayos del sol
muriente sobre las aguas sin fin. No hay lugar en Europa
donde las auroras se retarden más, pero tampoco hay lugar
donde los ocasos sean más solemnes, más melancólicos y
llenos de sentimiento que Bretaña. Tierra, pues, de la
tarde, porque sus tardes son maravillosas en el rojo
reverberado del mar que hace brillar sobre la ya dormida
Europa. Tierra de la tarde, donde la realidad se funde y se
esfuma en el sueño, y donde los sueños se viven como
realidades.
En el interior del promontorio, más allá de las rocas
enquistadas y basálticas, la ceinture dorée, el
cinturón dorado es fértil y cultivado. Los poblados se
colocan uno al lado del otro alzando orgullosos campanarios
a lo largo de los caminos que llevan al oeste. Los campos
componen un abigarrado ajedrez de vivos colores, punteado de
encinas y rocas escarpadas cubiertas de hierba, marcado por
la cinta de los ríos. Y donde se accidenta el terreno, se
abren románticos valles donde el correr de las aguas ejecuta
arpegios de fábula. Aquí y allí, arrugadas por manos
imposibles, las montañas que en realidad no son montañas,
tienden el granito al sol, al viento, a la historia. La zona
de las colinas es el argoat, la tierra de los
bosques, la tierra de los mil imprevistos y contrastes:
junto a las ensenadas secretas, a los ángulos umbrosos, a
las idílicas fuentes, a las tristes y desoladas llanuras.
El bosque ha sido el segundo dique después del océano del
oeste que se alza hacia el oriente para separar a Bretaña de
la Europa de ayer, permitiendo a las poblaciones una
civilización propia, una lengua propia, un pensamiento
propio, una espiritualidad propia.
Los espíritus de las montañas, los tussed ar ménè,
han sido fieles a su escucha, ...
La historia de Bretaña que nos interesa, comienza con el
desembarque de pocos monjes irlandeses en la costa de la
Mancha. Con los monjes, los bretones empezaron a reunirse y
trabajar para prepararse la tierra de hoy. Disonaban
aquellos monjes entre los bosques y los pantanos, más las
almas que los terrenos; y en torno a las celdas de los
santos, crecieron casas, haciendas, ciudades y puertos,
oficinas, fortificaciones y castillos. Y en el corazón de
cada conglomerado se alzaba solemne la voz poderosa de los
monjes a orar, a reconfortar, a dictar leyes indiscutibles y
sabias. Duces populorm ad vitam, guías de los pueblos
a la vida: denominación que sintetiza el carácter sagrado y
profano de su presencia en esa tierra, porque son los
fundadores de una civilización y de un progreso, de los
santuarios, de cavernas y de las celdas otrora habitadas y
en las que el tiempo sólo ha extendido mayor veneración y
leyenda. Y desde allí también hoy dictan leyes, congregan a
los pobres, llaman la atención para que Bretaña no sea
indigna de ellos.
La civilización armoricana se hizo cristiana, sea cual fuere
la pátina que el tiempo y los hombres hayan tratado de
echarle encima. Es una civilización que se puede estudiar,
saquear en sus tesoros de experiencia y de folklore, pero
que no puede agotarse en su profundidad. La antigua
parroquia de los monjes se volverá comuna, construyendo
nuevas casas e iglesias, es decir, cambiará de nombre pero
no traicionará su origen. El evangelio dictado en aquellos
tiempos remotos podrá ser editado en elegantes últimas
ediciones, pero jamás perderá el vigor y la severidad de
entonces.
Dicen que los bretones son testarudos y rebeldes. Porque son
un pueblo que se hizo a sí mismo y porque por sí mismo ha
sabido sobrevivir a la furia desencadenada del océano y a
las olas más temerosas aún del este, de los hombres y de
losa regímenes; porque como las eras y las épocas los
excavaron en antros y cavernas, así la idea-luz del
cristianismo la colmó de historias y de fe. Es un pueblo
acostumbrado a recoger detritus y misterios, amontonándolos
sobre la playa; los enfers de la historia han
sepultado civilizaciones y generaciones; los zuecos han
marcado a cada instante el ritmo sobre los guijarros del
pavimento. La Bretaña de hoy adensa en un canto las ideas
ajenas, recoge en sus antros los lamentos descompuestos de
los nuevos evangelios, mientras sus sabots marcan
siempre con el tiempo, el paso de todos los profetas y de
todos los errores para permanecer en la Bretaña de siempre.
«Monseñor, le juro delante de Dios que preferiría mil veces
ir a la cabeza de un millón de jabalíes que al mando de este
pueblo...», escribía el duque de Narbona a Francisco II. El
individualismo bretón no gusta de la coerción gregaria ni de
la imitación impuesta. Incluso en el grupo, el hombre de
Bretaña es él mismo, y, por lo tanto, por ser individuo, no
siente que tenga que adaptarse a ser montonera. Más aún, le
confiere a la masa un rostro, una palabra, una orientación
de la propia convicción. Es el mismo siempre y en todas
partes, entre la propia gente y en la inmensa París.
Aparecerá quizás raro, extraño, anticonvencional, hereje de
las buenas maneras y será definido con el término jocoso,
admirado y despreciado, de bretón.
Incluso en su religiosidad no es un fanático irracional ni
un amorfo rutinario. Posee un sentido propio de Dios y de la
vida, y combina la convicción con la rapidez y la
profundidad de un neófito. En efecto, alguien afirmaba:
«Si yo supiera mucho, querría tener la fe del campesino
bretón; y si lo supiera todo, querría tener la fe de la
campesina bretona.»
Basta atravesar la región para convencerse de la importancia
del influjo religioso en la vida: en cualquier cruce de
caminos, hasta en lo más escondidos, una cruz de granito con
un Cristo de duras pero expresivas facciones, rodeado de
personajes que le florecen en los brazos y a los pies de la
cruz. Que no es una representación muy fiel al evangelio, de
acuerdo: pero expresa la gran verdad que le auguraba el
evangelio, la de la aceptación de la redención por parte de
los hombres. Porque los calvaires de Bretaña más que
un acto de fe en la redención llevada a cabo por el
Salvador, son la profesión de quererse redimir en esa sangre
divina. Son la fe de la penitencia.
Para conquistar al bretón católico, habrá que insistir en la
naturaleza y en la forma de esa parénesis. En los pardons
o peregrinaciones, habrá siempre una llamada al deber de
reconocer las propias fallas y decidirse a rehabilitarse
ante los cielos y la tierra. De tales peregrinaciones, a
menudo ásperas y dolorosas, regresará el bretón con lágrimas
de arrepentimiento. San Vicente Ferrer, Du Maunoir, Le
Nobletz, Leuduger, san Luis María de Montfort predicarán
así: sobre el sentido de la culpa y sobre la contrición,
apelando a los grandes temas de la vida y de la muerte, de
la gracia y de la oración, del paraíso y del infierno. Y en
primer lugar, ellos mismos, darán con la maceración de la
carne en la persona y en la más ruda penitencia, en la vida
de desprendimiento y recogimiento, las características
evidentes de la más elevada ascesis.
Y el culto mariano a diferencia del de los santos que
pueblan en forma increíble el calendario bretón conservado
en las fronteras de las necesidades del tiempo y del
momento, alcanza, en cambio, los sentimientos y los estados
de ánimo. La Virgen María, llamada siempre Señora, se hace
presente en el dolor, en el abatimiento, en la esperanza, en
la alegría, en la vida atormentada, en el gozo y en la paz.
Habría que presentar la lista de los títulos marianos de la
devoción bretona: Nuestra Señora de los Dolores, de las
Sombras, de la buena Esperanza, del buen Socorro, de la
buena Aventura, del Consuelo, de las Lágrimas, de la
Misericordia, de toda Paciencia, de las Victorias...
La pequeña ciudad de Montfort, veinticinco kilómetros al
occidente de Rennes, la capital de Bretaña, es bastante
reciente. Construida y fortificada en la lengua de roca de
la confluencia de los ríos Garun y Meu, asomada a mirarse en
el espejo de las aguas y coronada de verdes praderas, no
llega con su historia más allá del siglo XI.
Como toda localidad que se respete tiene su propia leyenda
que se añade a las conocidísimas del Rey Arturo, del Mago
Merlín y de la 'mie, de los Caballeros de la Tabla
Redonda. En efecto, a pocos pasos de Montfort, entre las
ruinas del bosque milenario de Paimpont, como entre árboles
siempre renacientes, está el Valle de los Falsos Amantes o
Valle sin regreso, la Cabaña del Propósito Loco y la
milagrosa Fuente de Barentón, ricas todas en fábulas e
historias dignas de la mejor caballería del siglo XII. Hoy
del inmenso océano de árboles sólo quedan grandes manchas de
verdor inmóvil en los flancos de las colinas, cada una con
nombre propio y todas catalogadas por los bretones con el
fatídico nombre de Brocéliande.
Montfort contaba con su leyenda privada.
Bajo el dominio de Raúl IV, en 1376, mientras reconstruían
el castillo de los señores de Montfort, una lindísima
muchacha solía llevar el frugal almuerzo a su padre que
trabajaba allí. El gobernador, inflamado de pasión por ella,
la hizo raptar y encerrar en una torre para obligarla a
ceder a su acoso. En tan terrible trance, la casta joven oró
a san Nicolás, protector de las vírgenes en peligro, que
acudiera a salvarla. El santo no dejó siquiera de que
terminara la oración cuando la transformó en una pata. Así
puedo la hermosa huir por entre los barrotes de la prisión y
esconderse en el estanque cercano, no sin haber dejado
estampada en la piedra de la celda la huella de una de sus
patas. Casi todos los años, por trescientos y más, el día de
la fiesta de san Nicolás, una pata seguida de su nidada
entraba al vuelo en la iglesia y, hecha reverencia al
Santísimo Sacramento, iba a aterrizar a los pies de la
estatua del santo Taumaturgo desde donde asistía a la
piadosa ceremonia. Apenas terminaba ésta, dejando como
obsequio un patito, salía volando por parajes misteriosos.
Volúmenes enteros hablan de esa leyenda, incluso en Italia
en el siglo XV, y Chateaubriand la recuerda en sus "Memorias
de Ultratumba".
De allí le había llegado a la ciudad el nombre de la Cane
(la pata), Montfort-la-Cane. Hoy, al no necesitar ya de
leyendas para catalogar territorios, la ciudad se llama
también en honor de la cultura, simplemente Montfort del
Meu.
En su corta existencia, la ciudad había logrado dar nombre a
los primeros Duques de Bretaña, comenzando por Juan IV,
llamado el Conquistador (1364-1399) capetingio en línea
directa.
Por tradición era burguesa y presuntuosa: «...Montfort debe
considerarse en el número de las verdaderas ciudades y no
como un simple pueblo. Sus habitantes han sido gobernados
siempre como urbanos y no como paganos...», precisaba la
Declaración de 1639 invocando el privilegio de ser gobernada
directamente por el rey. Este había hecho cuanto mejor podía
para mantenerse a la altura de su importante tarea y en 1654
dio plena desaprobación a cierto señor De Tremoille
pretendiente al trono de la ciudad. Pero el rey no había
sido siempre capaz de mantener esa supremacía: una riña al
mismo nivel lo vio sucumbir frente a un tal Tallausac; la
riña, que duró casi medio siglo, costó a los ciudadanos
burgueses y acomodados mucho dinero, razón por la cual
muchos prefirieron retirarse al campo.
La razón de esas luchas estaba en la voluntad de los
habitantes de llevar el nivel medio, sin tener porte de
tales, hasta el umbral de la nobleza, ahogando o vaciando
los antiguos títulos feudales exclusivos, rabiosamente
defendidos por varios De Remoille y Tallausac. Por tanto,
los habitantes que lo podían, habían añadido poco a poco a
su apellido el nombre de diferentes posesiones, lo cual
faisait chic (sonaba cursi).
Pero el pantallismo urbanístico constaba gabelas y tasas...
Sobre todo cuando sobre Rennes y las capitales comenzó a
pesar la indeseable mano del amado Luis XIV, los portafolios
de los "urbanos" se volvieron tremendamente sutiles. Una
incendiaria tasa sobre la vajilla de estaño, el tabaco y el
papel sellado puso descontenta a toda la población. El
Parlamento de Bretaña reunido en Rennes (1673) no aceptó la
gabela y la rechazó; y los festivos habitantes corrieron a
las iglesias a cantar jubilosos Te Deums. Pero París no
aceptó la abolición del parlamento bretón; antes multó a la
ciudad y al condado con dos millones seiscientas mil libras
(más de cinco millardos nuestros). Bretaña se alzó violenta
contra la injusticia; al grito de: ¡Viva el rey, pero sin
gabelas!, se desencadenó una sangrienta revuelta contra los
presuntos responsables locales, y al no poder robar en los
bolsillos de Luis ni de Colbert, saqueó los castillos
feudales, las villas patricias y los palacios de los
señores. La reacción de París más que violenta fue drástica;
nuevas tropas llegadas de Nantes, después de haber colocado
en la picota a muchos facinerosos, comenzaron en forma
sistemática un diezmo de bretones, llevándose además los dos
millones seiscientas mil libras no consignadas, más una
nueva multa de cien mil escudos.
«Rennes es una ciudad convertida en desierto: los castigos y
las tasas han sido crueles... Fueron ocho terribles días en
los que la condena a la picota, en comparación, me parece
todavía hoy un vientecillo fresco...» (Mme. de Sevigné).
Entre los pequeños burgueses que se habían refugiado en
algún ángulo de la campiña para escapar de los impuestos y
latrocinios, encontramos a un abogado de la ciudad de
Montfort. El suyo no era un apellido famoso, aunque sí
bastante conocido, al menos cuanto podía serlo su semblante
honesto ente los clientes de Montfort y los funcionarios de
Rennes: Juan Bautista Grignion.
La familia Grignion era oriunda de la Vandea o de cerca a
ella; en su corto árbol genealógico contaba notarios y
hombres de ley; el padre del abogado había incluso llegado a
ser alcalde de Montfort y, en cuanto tal, diputado a la
asamblea de los Estados Generales de Bretaña en 1659. Lo que
constituía el verdadero orgullo de la familia era el ser
personas ejemplares en cuestiones morales y religiosas. Los
Grignion se habían adueñado también de titulillos campesinos
que hacían parecer buena figura y, en cuanto a títulos
burgueses, y como todos los burgueses, se consideraban
nobles, si no en bases jurídicas, sí en motivos de honor.
El abogado Juan Bautista había estudiado en 1659 en el
colegio de los jesuitas de Rennes; en 1666 se había
apoderado del título de Señor de la Bachelleraie; en 1670
había ganado un diploma y al año siguiente había encontrado
trabajo en la administración civil de la ciudad natal. Ese
mismo año se había casado con la hija del juez de Rennes,
Juan Robert des Chesnais, cuya familia se contaba entre las
mejores de la capital y era de auténtica marca bretona.
Aunque celebrado en el día del carnaval, el matrimonio y la
nueva vida de hogar no tuvieron realmente nada de ligero.
Heredero de un hombre de gobierno, convertido él mismo en
respetado profesional y superintendente de la Abadía de San
Lázaro (el hospital creado por los cruzados), Juan Bautista
era concienzudo y practicante hasta inscribirse en la
Cofradía Blanca de Nuestra Señora. Trabajador y ahorrador,
logró apartar una buena suma para comprarse en 1675 tres
fincas cerca a Iffendic.
Del matrimonio nacieron exactamente 18 hijos; e si entonces
se podía valorar la salud moral de una familia por el número
de hijos, Luis María escribirá precisamente reconociendo
haber sido «criado y educado en el temor de Dios y haberle
dado una infinidad de favores...» (Carta 20; BAC, 98-100)
reconociéndoles cosas mejores que todas las malas
insinuaciones que les atribuyen los biógrafos del santo...
Las cambiantes circunstancias de la vida, la personalidad
del profesional apreciado pero obligado a vestirse con el
humilde ropaje del campesino, la numerosa familia, las
desgracias frecuentes y la muerte de algunos hijos, las
amargas desilusiones de los pequeños poblados, la parentela
siempre entremetida, lo pudieron hacer explotar en
estallidos y palabrotas interminables. Pero ¿no son los
hechos los que deben esclarecemos la realidad interior del
hombre? En la carta citada del apostólico hijo, el abogado
escucha que le advierten con espanto que se halla a punto
«de que lo arruine la pez, se atragante de tierra, o el humo
lo asfixie...» (ver Ib.).
Desde su perspectiva, al futuro Santo, que había hecho voto
de pobreza absoluta y que sólo pensaba en el cielo, quizás
le parecía un tanto ilógico ocuparse de poderes y titulillos
campesinos... Pero el buen abogado sabía mucho mejor que el
hijo que sin economía y sin administración cuidadosa, en una
palabra sin plata, no se habrían podido ubicar todos los
hijos y no se hubiera podido pensar en la vejez. La suya era
simple providencia. No estaba hecho para elevarse con su
hijo a la santidad del pobre voluntario: según él, desapego
podía significar miseria para sí y para los demás.
Y cuando muera, tres meses antes de Luis María, dejará a sus
espaldas tres sacerdotes, tres monjas –una de ellas en
camino de santidad–, un hijo casado, una hija viuda que
volverá a casarse y dos hijas solteronas, una de las cuales
se casará. Todos en grado de bastarse a sí mismos, incluido
el celosísimo hijo y apóstol que había podido hacerse
sacerdote solamente gracias a que su padre le había cedido
su propio título de Señor De La Bachelleraie. No menos de
diez hijos murieron en cuarenta y cinco años de matrimonio y
la larga fila de tumbas lo envejeció e hizo sentir solo
antes de tiempo. Y no obstante, entre tantas preocupaciones,
había recogido en su casa y, probablemente, adoptado a un
niño expósito llamado Bisette, hijo del atardecer.
Entonces, digámoslo abiertamente: debía ser un gran
excelente hombre aquel abogado Grignion...
Luis María nació el 31 de enero de 1673 en Montfort hijo
segundo de los Grignion pero primero de los vivos. y fue
bautizado en la parroquia de San Juan el día siguiente. Para
la crianza fue confiado dos meses después del nacimiento a
la esposa de uno de los campesinos de La Bachelleraie, en
Heurtebise, en las puertas de Montfort, donde en 1873 se
quiso erigir una cruz en el sitio del casalote de la
nodriza. Su crianza duró dos años, hasta el día en su padre
lo tomó para llevarlo fuera de la ciudad, al Bois-Marquer.
La costumbre de entregar para la crianza los hijos a los
propios campesinos era uno de los signos de distinción de la
burguesía con los cuales estaba de acuerdo la ciudadanía de
Montfort. En este lujo se halla seguramente la mejor
explicación de tantas muertes infantiles y tantas
enfermedades. Pero dar un hijo a crianza quería decir poder
pagarse una robusta ama de casa, quería decir ser dueño de
una granja de campos y ganados.
La nodriza de Luis María es siempre llamada la Nana Andrea.
Fuera del alimento sano y abundante, las nodrizas debían dar
al pequeño algo más que le quedará en el alma y en el
lenguaje tan realístico de las predicaciones y de los
escritos; sobre todo en el sentido abiertamente sereno de
poesía humana y cristiana, convertido más tarde, con la
aplicación y el estudio, en convicción. Volviendo a
encontrarla cuando ya era célebre misionero, Luis María le
habría dicho algo que la historia intuye sin saber
documentarlo, pero fue mensura do por el amable gracejo de
presentarse bajo el anonimato para que le diera... limosna.
No fue un desdeño de santidad, sino una dichosa repetición
de la práctica soberana de altruismo cristiano aprendido de
niño entre sus brazos.
Cuando en la primavera de 1675, Luis María regresó a su
familia, encontró a dos hermanos más en la Rue de La
Saulnerie, propiedad de la abuela, donde él mismo había
nacido. La calle era una de las más características de
Montfort, casi toda ella con arcos, los cuales fuera de
servir de límite a las propiedades, establecían los puestos
del mercado de la sal y afines; y era también una de las más
centrales. La casa, compartida con un notario que había
alquilado la mitad, era hermosa, bien conservada constituía
una fuente segura de ganancias si se alquilaba en su
totalidad.
Luis María comienza a conocer a mamá Juana. Hija ella
también en una familia numerosa (unos quince entre hermanos
y hermanas), estaba acostumbrada a la vida hogareña. Sabía
escribir, leer, zurcir y, naturalmente, cuidar a una familia
que se anunciaba, al menos en los proyectos, considerable.
Los Robert habían tenido siempre familiares eclesiásticos y
religiosos (tres hermanos de Juana lo son) y la práctica
cristiana usual la había mantenido en la austera seriedad de
la vida y de la fe.
Se había casado a los treinta y dos años, con dispensa de
las proclamas –¡cosa rarísima!, advierten los historiadores–
y amaba su nueva vida, a su esposo y a sus hijos. Al lado de
la fuerte personalidad del abogado, desaparecía un tanto y
daba la impresión de ser complaciente y triste. Pero deducir
de esto que fuera infeliz, nos parece equivocado. En
diecinueve años tuvo dieciocho hijos. No parece que hubiera
servidumbre que ayudara en la casa. Cambió con frecuencia de
domicilio para seguir tanto a su esposo como a sus hijos.
Tuvo oportunidad de ver establecerse a casi todos su retoños
y fue siempre amada y respetada, si dos prefirieron
permanecer a su lado en lugar de contraer matrimonio. Morirá
dos años y medio después del gran hijo Luis María, a la edad
de sesenta y nueve años.
El rincón de refugio escogido por el abogado Grignion, era
una amplia hacienda a pocos kilómetros de Montfort, y había
sido comprada al hermano del párroco.
¡No había sido un mal negocio, todo lo contrario!
Era una casa señorial, en el centro de tres posesiones, con
una torre entre las tejas de barro, con un patio al cual se
llegaba por un grandioso portal. Como un nido en medio del
verdor, a algunos pasos del bosque de Paimpont, árboles
inmensos la enmarcaban en la extensión de los prados y los
campos surcados apenas por el caminillo de Iffendic. No le
faltaba nada de cuanto podía darle el aspecto de casa
gentilicia sin quitarle el tono agreste tan grato a la
burguesía de ese tiempo.
Los campesinos del lugar la conocían. En la iglesia de
Iffendic un vetusto banco y algunas inscripciones aferradas
a las paredes, llevaban el nombre de los Grignion.
No había sido un mal negocio: un millón y no dos y medio que
valía en realidad. Y ademas, un complemento de tres títulos
que ama añadir al de La Bachelleraie: Bois-Marquer, Plessis
y Chesnays.
Allí en agosto de 1675, se refugió el abogado con su esposa
y tres hijos: Luis María, José y Renata. Allí nacieron otros
diez, aunque nueve serán sepultados. Aquí se deslizaran los
años más serenos y alegres del futuro misionero Montfort. En
la paz del campo y la intimidad del hogar. El Bois-Marquer,
en la vida de san Luis María de Montfort es la primera
página que lo describe, lo moldea, adecúa y lo prepara; es
una página abierta sobre el verdor, a la luz del sol, y que
le dejará para siempre un insaciable deseo de soledad y de
recogimiento.
Si las ciudades de Bretaña que se respetan y si, hasta las
amplias manchas de verdor de bosque y los poblados perdidos
en la llanura tienen su propia leyenda, es justo que también
los varones mas representativos de la ferviente región
tengan su personal halo de fábula. De fábula y, por lo
mismo, bastante vago.
Cuando Luis María vino al mundo, no sólo tenía una leyenda
que lo coronaba sino incluso una profecía.
En 1709, mientras Luis María estaba creando el famoso
Calvario de Pontchâteau, los ancianos del lugar recordaron
haber notado, algunos cuarenta años antes (es decir, en
torno a 1673, año del nacimiento de Montfort), cruces y
estandartes caer del cielo azul en pleno mediodía sobre la
llanura donde se levantaría aquella obra de fe.
La profecía en cambio, remontaba a 1418 y nada menos que a
san Vicente Ferrer. De paso por Bretaña, el taumaturgo se
había detenido en La Chèze donde existía un derruido
santuario de la Virgen de los Dolores. Habiéndole pedido que
buscara su restauración, el santo había respondido: «El
cielo reserva esta empresa a un hombre que el Omnipotente
hará nacer en tiempos lejanos... Llegaría casi desconocido y
sería muy contrariado y despreciado. Sin embargo, con la
ayuda de la gracia, llevaría a término feliz la empresa...»
(Pauvert, 226).
Montfort restauró, de hecho, el santuario en 1707.
La infancia es el período que en la vida de todos, grandes y
pequeños, buenos y malos, es más semejante. Precisamente por
esto, cuando se desea contar de la infancia de alguien se
utilizan frases ya hechas y esquemas convencionales. El niño
crece, se desarrolla física y espiritualmente más o menos de
la misma manera que todos; no es excepcionalmente ni bueno
ni malo; abre sus ojos ávidos sobre los rostros amigos,
sobre el mundo que lo atrae con intensa curiosidad; asimila
con la voracidad de una termita, y toma conciencia de su
vivir.
Desde 1675 a 1685, Luis María se quedó con su familia en
Bois-Marquet. Era de veras una familia muy movida la de los
Grignion. Con sus once hijos tenían que trabajar sin
descanso.
La educación de los hijos no era por nada superficial y
fragmentaria. En el plan humano, si excluimos las muertes
infantiles, los sobrevivientes gozaban de óptima salud sin
peligro de ser portadores de alguna enfermedad. De paso
recordamos que Juan Bautista junior, el último de los
Grignion, tuvo a su vez 26 hijos...
En el plano intelectual todos tuvieron la posibilidad de
realizar sus respectivos estudios. A los ocho años Luis
María pone ya su firma en el registro parroquial por el
bautismo de su hermanita Francisca. Los maestros fueron,
según las costumbres del tiempo, sacerdotes del lugar.
También el padre tuvo que enseñar algo porque era instruido
y erudito, tanto que tenía una biblioteca personal con
libros importantes del tiempo.
La educación familiar, según el decisivo ejemplo de las
familias Grignion y Robert, consideraba al factor religioso
como el principal. Además de las nociones elementales
transmitidas por los sacerdotes-maestros, la práctica de la
fe se enseñaba en casa. Muchas de las devociones
monfortianas tienen que ser explicadas de esta manera,
porque aquí encuentran su peculiar colorido. El amor a la
oración, al Crucifijo, a la Virgen, a los ángeles, se
aprende desde pequeños. Y cuando saldrá de la pluma del
misionero alguna mención a éstas, no será difícil adivinar
la procedencia. ¡Saluda tu ángel de la guarda!,
acostumbraba poner en varios mensajes.
Que Luis María tuviese una naturaleza no árida sino un
corazón sensible, lo percibimos en muchos hechos de su
infancia.
Tenía cuatro o cinco años cuando, viendo a su madre
adolorida, se le acercaba para consolarla con palabras
llenas de fe. Lo importante de subrayar y de atribuir a la
enseñanza familiar, es el hecho de hablar de Dios en el
momento de dolor. Junto a la actitud comprensible en los
niños de ponerse más cariñosos cuando la mamá está
sufriendo, existe en Luis María la conciencia de hacerse más
útil siendo primogénito.
También a estos años necesita hacer remontar una intrínseca
amistad, característica del corazón y de la sensibilidad del
futuro misionero, con Guyonne-Jeanne: la hermanita nacida en
septiembre de 1680, llamada más adelante "Luisa" por el
mismo Montfort, sin saber hoy todavía por qué. A esta
amistad fundada sobre virtud y sacrificio, a esta
fraternidad más cercana, él volverá cual bienhechor siempre
esperado, también en el transcurso de su vida errante. Y
escribirá a Luisa ciertas cartas llenas de ternura y
preocupación, para decirle que está navegando con ella;
a ella comunicará luchas, victorias, inquietudes.
Otro encuentro decisivo en la formación humana y espiritual
fue el del dolor. La situación no era florida, la vida en
casa de la Nana Andrea, el constante contacto con las gentes
trabajadoras, tan parcas en ternuras exageradas y en
caprichos, pero siempre ricas de responsabilidad y de
privaciones; en una palabra, el sufrimiento de los cuerpos y
de las almas, unido al sufrimiento tan instintivo en los
santos pero tan familiar, frente a la culpa moral, fue su
asiduo compañero en la niñez. El dolor podía ser para él un
enemigo: la madre le hizo comprender cierto día que la cruz
no hiere sino selecciona y le dijo que la predilección
divina acompaña al hombre durante toda la existencia en
especial si ésta es dolorosa, y que rechazando el dolor y a
quien lo sufre, se rechaza al cielo...
Fue ésta una de las lecciones mejor asimiladas y más vivas
en su corazón, hasta que Luis María no cierre los ojos en la
muerte cruzando el umbral de la casa del Padre
Todo hombre debe hacerse una personalidad. Sobre todo el
santo: el santo es personal por definición. No puede ser
como los demás: se eleva sobre el plano común, se aparta de
los mejores sin renegar de ellos, en un trabajo lento y
tenaz sobre el propio temperamento y sobre el carácter en
autoformación y en la conquista de sí mismo. Pero antes de
ser santo es hombre de su tierra.
En la personalidad del futuro misionero, en la obra a la
cual dará impronta, en su misma espiritualidad tan profunda,
Luis María mostrará mucho de su origen para que no se lo
deba subrayar. Era un auténtico bretón y tal se mostrará
siempre y en todas partes.
Pero el hombre es artífice de su propio carácter en la misma
medida que el ambiente y la naturaleza. Luis María aprendió
en casa la conquista y el dominio de sí mismo. Conquista
difícil porque muy pronto conoció la fuerza del propio
temperamento. Pero el conocimiento de sí mismo es el
principio de todo conocimiento útil: ayudado a comprenderse
a sí mismo, quizás sintió temor. Todos los elementos de la
fuerte naturaleza bretona, la semejanza con el temperamento
paterno, las enormes energías de su atlético cuerpo, le
habían asignado un temperamento volitivo y resuelto. Más
tarde confesará: ¡Hubiera sido el hombre más violento de mi
siglo! Aún haciendo campo a la exageración de la humildad,
aceptemos la confesión de un hombre que tenía una idea tan
clara de sí mismo.
Luis María había nacido así. Y, sin embargo, llegará el día
en que bajo la roca del hombre terrible brotará el gigante
bueno, el buen Padre de Montfort. Porque temperamentos como
el suyo pueden darnos santos o demonios. Gracias a la
formación hogareña, gracias a la tierra sana en que nació,
gracias a la ayuda abundante del cielo plenamente
correspondida tenemos un santo.
Entre tanto, Luis María había alcanzado los doce años y se
preparaba a ingresar en la vida. Y el primer paso lo dio
bajo el umbral de la Compañía de Jesús.
Capítulo tercero
LA VIDA CON LOS JESUITAS
El primer colegio jesuita en Bretaña era auspiciado en
Rennes a partir de 1563 en sustitución del antiguo priorato
de Santo Tomás que se desempeñaba de mal modo como escuela
pública. Las negociaciones entre la Compañía de Jesús y el
Parlamento bretón duraron treinta años y debieron
suspenderse de improviso cuando el 24 de febrero de 1594 un
exalumno de los jesuitas de Clemmont apuñaló al rey Enrique
IV aunque sin darle muerte. No obstante el escándalo
suscitado por el hecho, el rey tuvo el buen sentido de no
proscribir los colegios, incluso financió uno de su propio
bolsillo.
Reanudando las negociaciones, los notables de Rennes
intensificaron la propaganda en la ciudad y en el condado
suscitando el acuerdo general y ayudas significativas. Una
vez logradas las Letras oficiales de aprobación y
autorización dadas por la Santa Sede y por el rey, el
Colegio Santo Tomás Becket abrió las puertas a seiscientos
alumnos el 18 de octubre de 1607.
Era la fiesta de san Lucas. Desde entonces, cada año in
lucalibus, se acostumbró iniciar clases. Los
estudiantes afloraron hasta alcanzar la cifra de casi tres
mil en los tiempos de Luis María. La aceptación de los
estudiantes era gratuita y no se admitían internos; los
alumnos, ricos o pobres, debían buscarse una pensión en la
ciudad, previa la autorización del rector del colegio. Pero
los hijos de papi hallaban apartamentos con domésticos y
profesores, y los hijos de los pobres acabaron por someterse
a ganar algo para pagar la pensión contratándose como
escribanos, servidores de sus compañeros más ricos o incluso
como barrenderos y ayudantes de cocina.
En la vida y en la espiritualidad de Luis María el influjo
de los jesuitas fue determinante: un poco, en pequeño, tanto
como lo fue su presencia en Francia en ese mismo período,
cuando la desviación en materia teológica y moral parecía
una conquista, en Francia.
El jueves 19 de marzo de 1682 se promulgaba en París y todo
el territorio metropolitano la Declaración cleri
gallicani, redactada en cuatro artículos por Bossuet. El
movimiento galicano, tendiente a la neta separación de la
iglesia francesa de la romana, alcanzaba en ese día su fase
más crítica; el galicanismo, surgido en 1398, consolidado en
1438, se había mantenido endémico durante dos siglos, para
explotar luego en aquel escorzo de siglo. Sólo se lo liquidó
en 1870.
La increíble experiencia del momento está en el total
volcamiento de las peticiones formuladas por el clero con el
correr del tiempo. Desde el comienzo las libertades
galicanas expresaban las aspiraciones del clero por un
desenganche del poder civil, porque se consideraba a justo
título, indebida la ingerencia del soberano en los asuntos
eclesiásticos. Roma apoyaba la petición francesa y el rey
con su parlamento tuvo que acceder. Una vez ganada esa
batalla, con el correr de los decenios, el clero francés
quiso desvincularse incluso de Roma, y fatalmente renunció a
la independencia del poder civil. Sobre todo en 1615 la
corriente libertaria, alimentada con las ideas
políticoespiritualistas de Pithou, se impuso a la atención
de los políticos, que encontraron un as que jugar en contra
del Papa. El año de 1643 trae la coronación de un chiquillo
de cinco años que se convertirá pronto en el fantasmagórico
Rey Sol, el rey de después de mí el diluvio, el rey
del fasto, de las guerras, de las amantes históricas y de la
miseria, Luis XIV: una oportunidad inesperada para alcanzar
la ruptura de Roma.
Las peticiones del clero francés se discutieron en amplias y
reñidas controversias en la Universidad de la Sorbona; hasta
cuando el rey y el Parlamento impusieron la Declaración
en las escuelas y seminarios. Era el 19 de marzo de 1682. Al
soberano no le importaba tanto la libertad de su clero... El
motivo verdadero debe buscarse en una vieja discusión con
Inocencio XI. Bossuet hizo cuanto pudo para redactar un
texto que fuera lo menos hereje posible y los sacerdotes de
todo rango lo aceptaron.
La injusta imposición sólo fue abolida en 1693, pero todo
seminario y colegio eclesiástico tuvo que reconocerla en la
práctica, al menos en lo referente a los hechos
administrativos. Y esto, hasta más allá de la Revolución
hasta que Napoleón logró bloquearla definitivamente en el
concordato con Pío VII, luego de lograr hacerla pasar
subrepticiamente en las negociaciones.
Si la Francia del siglo XVII no se precipitó en el cisma, se
debió sólo a la bondad y sabiduría de Alejandro VIII que no
exageró condenando la Declaratio.
Mientras obispos y sacerdotes de todo el territorio
inclinaban impotentes la cabeza ante la voluntad de París,
casi todos los jesuitas se mantuvieron fieles a Roma.
También los del colegio de Rennes.
El lunes 2 de agosto de 1694 moría Antonio Arnaud, el gran
Arnaud, como jocosamente lo llamaban. Era el pensador de
otro absceso brotado en la Francia de ese tiempo: el
jansenismo.
En el origen del movimiento, se halla el ansia de una
reforma de la teología y de la práctica de la vida cristiana
que enseñaba la Compañía de Jesús. Nadie, ni siquiera
Cornelio Jansenio se hubiera imaginado que una doctrina
forzada y torcida, tan distinta del fino y atinado genio
francés, hubiera podido encontrar en tierra francesa una
acogida tan entusiasta. Y cuando el Papa lanzó su condena,
se llegó a pensar que, incluso, el Vicario de Cristo había
pecado de incompetencia.
La controversia doctrinal se convirtió en polémica no
diferente del cisma. Sutil y agudo pensador, Arnaud con la
pléyade de Port
Royal, asoció la ascética con la moral, la dogmática con la
doctrina sobre los sacramentos, y organizó un sistema. Se
puso de moda el antijesuitismo, sobre todo cuando Blas
Pascal tejió y publicó sus Provinciales que podían definirse
como el placer del escarnio a expensas de la Compañía de
Jesús.
Y cuando, en 1673, el neófito holandés, Adán Widenfeld,
instruido por los jansenistas y utilizado por los
calvinistas, publicó los Avisos saludables de la
santísima Virgen a sus devotos indiscretos, encontró que
el impulso publicitario era precisamente el de Francia.
Por encima de las aberraciones y de las polémicas, la
Compañía permaneció firme en sus fundamentos teológicos y
morales.
Había otra plaga en la vida católica francesa.
La verdadera oposición al catolicismo y a la Iglesia,
inagotable en sus métodos y en la elección de los tiempos,
tenía por objeto atacar la moral de los jesuitas considerada
demasiado rígida. Es la plaga de los escépticos, de los
indiferentes, de los tibios, de los espíritus cómodos
agrupados todos bajo el nombre de libertinos.
Es una inmensa masa –el matemático contemporáneo, P.
Mersenne de los frailes menores, contaba no menos de 50.000
en la sola París– que va desde Ninón de Lenclo (1620-1705)
que muere diciendo que no tenía alma; a Gastón de Orleáns
(1608-1660) que recorre las calles durante la noche como un
poseso y reúne en su casa un conseil de vauriennerie;
a Naudé (1600-1653) bibliotecario de Mazarino, que niega los
milagros y afirma que la religión es un invento de los jefes
políticos para garantizarse la tranquilidad pública; a
Teófilo de Viau (1590-1626), vulgar, repugnante, opuesto a
lo sagrado, un sujeto realmente perverso aunque enriquecido
con dotes poéticas; a Santiago Vallée, señor Des Barreaux
(1602-1673), consejero de la Cámara de los Condes, ateo,
gastador empedernido; a Carlos de Cossé, duque de Brissa
(1550-1621) que asalta un funeral apuntando con su espada al
crucifijo mientras grita: "¡A las armas!, éste es el
enemigo"; a La Mothe-Le-Vayer (1588-1672), consejero de
estado y perceptor momentáneo de Luis XIV, que sostiene la
filosofía según la cual la verdad se demuestra como
inaccesible y la suprema felicidad del ser humano consiste
en no creer en nada; a Carlos Denide De Saint-Evremond
(1613-1703), refugiado en Londres para vivir "según la
naturaleza", es decir, en el muelle relajamiento sin frenos
morales...
Son todos aquellos que creen que la naturaleza no es ni
buena ni mala y sostienen que ella es la única gran señora
de la vida, cuyas aspiraciones no difieren de los consejos
de la sabiduría, de suerte que resistir a la naturaleza es
remar contra la corriente.
Es la filosofía de Molière (1622 1673) que punza a todos los
que pretenden forzar, exagerar, enmascarar, obligar,
comprometer a la naturaleza y que caricaturiza a los
reformadores católicos llamándolos imbéciles al servicio de
los hipócritas. "Prefieren un cómodo vicio a una virtud
fatigante" (Amphitrion, acto 1, escena IV, Mercure).
Mientras Francia regresa con prepotencia a su genio
literario, al gusto de los versos, de la novela, del ensayo,
se lanzan al comercio los tratadillos de politesse,
los manuales de galantería y urbanidad. Un mundo de
ligerezas y frivolidades desencadenadas, contra la solidez
del vivir cristiano. Bajo inmensas pelucas, bajo vestidos
espléndidos viajan cerebros sin ideas, corazones sin amor,
cuerpos sin alma...
París, cruce de los caminos del mundo, centro y hogar de la
vida pública y moral, estaba en el centro de todas las
miradas. Los caminos que a ella convergían, luego de
descargar miradas de investigadores de toda raza y nación,
llevaban a chorros, de regreso a sus provincias, los
hallazgos de un iluminismo demasiado humano para estar vivo,
demasiado vacío para ser racional.
El colegio de Rennes había tomado como su ratio studiorum
la del Colegio Romano, y comprendía tres años de gramática,
uno de humanidades, uno de retórica, tres de filosofía y
ciencias y, para quien lo deseaba, cuatro de teología. El
cuerpo docente contaba con unos sesenta jesuitas, algunos de
ellos famosos.
La atención religiosa, que constituía la "preciosa" para la
Compañía, estaba organizada dentro, especialmente a través
de las Congregaciones Marianas divididas en dos grupos: la
menor, para los muchachos de los cursos inferiores, y la
mayor o de los grandes, para los de los cursos filosóficos y
teológicos; en tales asociaciones sólo se admitía a los
mejores por la seriedad de vida y de estudio. Los
profesores, por su parte, transformaban la enseñanza en una
escuela de comportamiento cristiano. Por esto, todavía era
una pequeña iglesia donde, más que un maestro de letras o de
ciencias, se sentaba un varón religioso de óptimo ejemplo y
un sacerdote apostólico.
Recordemos algunos del período monfortiano.
La Congregación Mariana de los pequeños era dirigida por el
P. Prévost, de quien dice el Necrologio de la Compañía de
Jesús: «...mostraba siempre ardor y celo en la enseñanza y
en la formación a la piedad de los alumnos. Fue eximio
devoto de la santísima Virgen...».
El P. Felipe Descartes, nieto del celebérrimo filósofo,
dirigía la congregación de los mayores y era uno de los
confesores señalados para la asistencia de todos los
estudiantes. Un jesuita, éste, que tenía pocos miramientos
que salvar frente al gran mundo, y lo temía muy poco, como
afirmará el primer biógrafo monfortiano, Blain (240): era,
por tanto, una persona que se adaptaba muy bien a la
mentalidad de Grignion; fue, además, su confesor durante el
último período de su permanencia en el colegio y debió
comprender muy bien al joven Grignion si a él y no a otro
acudió éste durante uno de los períodos más difíciles de la
vida.
El P. Francisco Gilbert, en cambio, profesor de matemáticas,
de humanidades y retórica, literato y dramaturgo, tenía el
entusiasmo del caballero andante del Señor. Un día
abandonará el colegio y la enseñanza para irse de misiones a
América –a las islas de América, como se decía entonces–
estableciendo su residencia en Guadalupe. Allí dará la
medida de su mejor fervor en la evangelización de Martinica
y en el Caribe, donde encontró la muerte a los 39 años. Ya
en su período de Rennes hablaba del martirio en forma
contagiosa. Luis María fue asiduo en las entrevistas
espirituales privadas con este futuro misionero.
El P. Julián Magón, fuerte y laborioso, pequeño de estatura,
pero grande de ánimo (Necrologio), enceguecido soporto la
enfermedad en oración continua. Fue profesor de Grignion en
filosofía y en doctrina de la cruz.
Con hombres así y con un programa de estudios tan serio, no
faltaba nada de cuanto podía pretender una familia bretona
normal para la sana educación de sus hijos. Si, además, el
jefe del hogar había sido educado también en ese colegio, la
garantía era más que cierta. De hecho, los padres jesuitas
presuponían la cuidadosa atención familiar como dote
necesaria para la entrada de los muchachos a Rennes.
Luis María procedía del ambiente tranquilo del Bois-Marquer,
instruido, además de los sacerdotes, por el padre, que lo
había precedido en el mismo colegio. Durante el primer año
se hospedaba en casa de su tío sacerdote, Alán Robert,
adscrito a la centralísima iglesia de Saint-Sauveur.
Aquel año de sixième –el colegio de Rennes era el
único que lo tenía– fue particularmente difícil por la
ambientación necesaria en la masa de los millares de
estudiantes que colmaban las aulas. Pero Luis María afrontó
el estudio con buena voluntad, apoyado en una inteligencia
que no le hacía falta, tanto que, muy pronto, logró que lo
admitieran en la sección menor de la Congregación Mariana
del P. Prévost.
Al año siguiente también su hermano José llegó a estudiar al
Colegio, por lo cual la familia Grignion, tras abandonar el
Bois-Marquer, bajó toda a Rennes y se estableció en Rue
Saint-Hélier, precisamente en la parroquia de Saint-Sauveur.
Luis María se halla ahora en grado de moverse hábilmente en
la vida escolástica, sabe escoger las amistades y la
compañía adecuada. Sus amigos de la época son: Claudio
Francisco Poullart des Places, futuro fundador de los
espiritanos, y el primer biógrafo monfortiano, Juan Bautista
Blain, que llegará a ser canónigo de Ruán.
La compañía selecta está constituida por un grupo de
estudiantes recogido y organizado por un joven sacerdote de
la iglesia de Saint-Méen, el P. Bellier.
Una lápida expuesta en el vestíbulo del hospital San Ivo de
Rennes, llama a Bellier fundador, contándolo así entre
quienes proveían no sólo al bienestar temporal de la
institución, sino sobre todo al espiritual. Tras haber
pasado anteriormente algunos años con el misionero Leuduger,
en 1708, Bellier será llamado a regentar la capellanía del
mismo hospital, cuya dirección general asumirá en 1714. En
este cargo morirá en 1730, llorado sobre todo por los pobres
que lo amaban como a padre. Bellier acostumbraba reunir a
aquellos muchachos, sobre todo en el día de descanso
semanal, para enviarlos a las prácticas de misericordia
entre los pobres. Precursor de Ozanam, el joven sacerdote,
después de dedicarlos por cierto tiempo a meditar, los
enviaba de dos en dos a visitar y ayudar a los encerrados en
el hospital San Ivo.
Debemos subrayar aquí una de las características de la
formación espiritual bretona: el culto a los pobres. Los
pobres forman parte del objeto de culto, y son considerados
como auténticos intermediarios, al lado de los santos, entre
Dios y el pueblo. Las palabras del Evangelio se toman a la
letra; los bretones ven a Cristo en el mendigo y necesitado,
y cuanto les hacen a éstos, quieren hacerlo al Señor. Los
decretos administrativos que prohiben y limitan la
mendicidad, siguen siendo letra muerta: el mendigo, sano o
enfermo, pobre en el alma o en la cartera, es un enviado de
Dios. Ninguna obra social que no toque, aunque sea de
refilón, esta categoría, gozará de agarre entre la gente de
Bretaña. Toda petición religiosa es sobremanera eficaz si
llega a través del pobre. Incluso los santos, haya sido la
que haya sido su condición civil, mejor todavía si se
originan entre los nobles, deben ser pobres. Los
predicadores deben llevar siempre las libreas de la pobreza
porque, junto con la penitencia, contribuye del mejor modo a
lograr audiencia entre el pueblo, de manera que los
verdaderos misioneros y evangelizadores de esa tierra nunca
dudaron de consagrarse a la pobreza absoluta, y no por
simple convencionalismo o por demagogia, sino porque están
convencidos del poder ascético y apostólico del
desprendimiento.
En esta escuela de caridad activa que presupone la ascesis
interior y la elevación sobrenatural, fue iniciado Luis
María por el sacerdote Bellier. Lo recordará más tarde,
hasta sentir como una llamada que le servirá en la elección
de su apostolado e, incluso, del de su compañía de
misioneros, como lo dirá en carta a Leschassier en 1700.
Es grato pensar que la vocación