CUARTA PARTE
Capítulo 14: El giro decisivo
Capítulo 15: En busca de un programa
Capítulo 17: Misionero hasta el día de la muerte
Conclusión: El misterio Montfort
Capítulo décimo cuarto
EL GIRO DECISIVO
Después de citar al hermano Maturín a la abadía de Ligugé, a
pocos kilómetros de Poitiers, siendo finales de febrero de
1706, Luis María de Montfort se encaminó, pues, al cielo de
Roma. Roza a Châtre, Montluzón, gira sobre Varanne, entró en
la actual calzada nacional n 7, la París-Niza.
El solo nombre de las ciudades que cruza desde este momento
en adelante suscita en el historiador la necesidad de
motivar un alto en el camino, una visita...; pero a ese paso
no se llegaría a conducir el peregrino a Roma para el 4 de
junio. Probablemente el único motivo de demora en esas
ciudades estaba en la necesidad de pedir limosna, la
urgencia de celebrar la eucaristía, y lógicamente la
búsqueda de una esquina para dormir. Lion, Vienne, Valence,
Montélimart, Aviñón, Aix-en-Provence... No había motivo para
seguir hasta Marsella, ciudad hasta donde iban casi
exclusivamente las gentes que deseaban embarcarse, y el
Santuario de la Guardia no ofrecía atractivo alguno para los
franceses del oeste, para los bretones sobre todo que en
materia de peregrinaciones eran mucho más ricos.
De Aix se encaminó hacia Tourves, Brignoles, Le Luc y
Frejus, enfrentando luego la dura subida del Esterel, de
donde bajó hasta La Napoule y, por Antibes, a Niza. Era un
largo trozo de camino el recorrido a una media de 25
kilómetros por jornada: unos 900 hasta aquí, devorados
mientras desgranaba rosarios, entonaba cánticos espirituales
y meditaba con enorme facilidad.
En aquel tiempo Niza, en las fronteras del Piamonte, había
sido cedida a los franceses, pero la población seguía siendo
hostil a los nuevos patrones. Se celebraba la pascua, que
ese año caía el 4 de abril, y no es difícil pensar que
Montfort se quedara allí para pasar en recogimiento y
merecido descanso los días de la Semana Mayor. Y quizás para
informarse sobre la forma de proseguir el viaje por zonas
desconocidas e, incluso, enemigas.
Las verdaderas dificultades empezaron inmediatamente
después: esos 200 kilómetros para llegar a Génova debieron
llevarle sorpresas, temores, demoras y momentos de reposo...
Exactamente como le había sucedido por esos días a un
español por los lados de Savona: «(...) liberado de las
cárceles (...), gratuitamente, a quien no he infligido la
amenaza de no volver a ingresar en los dominios de
N(nuestra) R(epública) S(erenísima), dado que no he
sospechado pueda cometer algún crimen ni atentado de manera
alguna: que es todo» (Carta del Gobernador del Fuerte de
Savona al Senado de Génova, 5.IV.1706 – Archivo de Estado,
Génova, Fund. Litt. 1706, I, s.p.), con cuantos temores no
se sabe. Por otra parte, eran peligros e incidentes
previstos por Montfort mismo en la carta a los habitantes de
Montbernage, aunque la realidad debió resultarle más amarga.
«No puede imaginarse cuanto sufrió en dolores, humillaciones
y fatiga durante todo el viaje: cien veces fue rechazado por
los párrocos y por los infieles (¡sic!) a quienes pedía
hospitalidad; a menudo se vio obligado a dormir ante su
puerta o bajo el vestíbulo de las iglesias porque lo tomaban
por un espía o un sacerdote vagabundo, tanto que algunas
veces, contra su costumbre, se vio obligado a aceptar
honorarios por sus misas para poder vivir.
Cuando podía se albergaba en los hospitales...» (Grandet, 97
– DRG, 6).
Así, pues, después de pascua, reemprendió el camino de
romero: Niza, San Remo, Finale, Génova, Rapallo... hasta
aquí le fue ciertamente útil la presencia del compañero
español. Quizás ahora solo, llega la larga subida del
Bracco, y Viareggio, Pisa y, por Poggio a Cajano, Florencia.
Se necesitaron casi 60 días, unos dos meses más o menos,
para recorrer los 1.400 kilómetros. Y, no obstante, abandonó
la Vía Aurelia para adentrarse por el camino de la Toscana
interna. El desvío fue expresamente buscado, como atestiguan
todos los biógrafos, para una visita a Loreto en las Marcas.
Así, pues, de Florencia por Arezzo, Foligno, Tolentino,
Macerata, para llegar a Loreto hacia la Ascensión, el 13 de
mayo, después de 1.697 kilómetros.
A quien apenas conozca algo de la espiritualidad beruliana
(y sulpiciana) ese desvío y esa añadidura de peregrinación
le parecerán del todo naturales. Luis María había sido
formado en la escuela en la que la Encarnación del Verbo es
el ideal de toda conformación espiritual. El mismo
escribiendo el Tratado afirmará que incluso en "su" devoción
«éste es el primer misterio de Jesucristo, el más oculto, el
más elevado y menos conocido; que en este misterio, Jesús en
el seno de María... escogió a todos los elegidos; que en
este misterio realizó ya todos los demás misterios de su
vida..., que este misterio es, por consiguiente, el
compendio de todos los misterios de Cristo y encierra la
voluntad y la gracia de todos ellos; y, por último, que este
misterio es el trono de la misericordia, generosidad y
gloria de Dios.
... En él Jesucristo se halla presente y encarnado en el
seno de María... reside y reina en María, según aquella
hermosa plegaria de tantas y tan excelentes almas: "¡Oh
Jesús, que vives en María, ven a vivir en nosotros con tu
espíritu de santidad!, etc."» (VD, 245-246).
No es, pues, una visita por curiosidad a Loreto, a la santa
casa, que no cabrían en un Montfort apresurado camino de
Roma.
«Pasó por Loreto antes de ir a Roma: allí se detuvo casi
quince días, durante los cuales iba a celebrar la santa misa
en el altar de la santa capilla en la que el arcángel san
Gabriel anunció el misterio de la Encarnación a la dignísima
Madre de Dios, donde ella concibió al Verbo encarnado por
obra del Espíritu Santo.
Un habitante de la ciudad de Loreto, al verlo celebrar la
santa misa en el altar de la Virgen con una devoción y
recogimiento extraordinarios, nunca vistos en otros
sacerdotes, quedó tan edificado que le pidió fuera a comer y
dormir en su casa, como de hecho lo hizo. (Grandet, 97-98 –
DRG, 63-64).
Sabemos que Luis de Montfort había querido esa peregrinación
para someter al Papa la idea de una fundación propia. Si las
características de sus misioneros debían ser las de
mantenerse tras las huellas de los apóstoles y bajo la
protección de María, no queda difícil entender cómo éstas
son meditadas e impetradas en la Casa de la Anunciación.
Precisamente en el pasaje citado del Tratado pone Montfort
en boca del Verbo encarnado la célebre frase programática
recordada en la Carta a los Hebreos (10,5-7) y tomada del
salmo 40,7-9: «Por eso, al entrar en el mundo, Cristo dice:
Sacrificios y ofrendas no los quisiste, en vez de eso, me
has dado un cuerpo a mí; holocaustos y víctimas expiatorias
no te agradan; entonces dije: “ Aquí estoy yo para realizar
tu designio...”».
Aunque no tuviera proyectos concretos que someter a Nuestra
Señora en la santa casa –como había hecho Olier y más aún Le
Bretonvilliers, que había dejado una medalla con la
reproducción del seminario de San Sulpicio– Montfort lo
tenía todo para decirlo y pedirlo. Inmediatamente después de
pentecostés, 23 de mayo, Luis María volvió a recorrer los
125 kilómetros que lo llevaron a Foligno, y aquí comienza el
último esfuerzo de acercamiento a Roma: le quedan solamente
154 kilómetros a través de Espoleto, Terni, Civita
Castellana, Prima Porta...
«Llegado a dos leguas de la ciudad (7 kilómetros), vio en la
lejanía la cúpula de San Pedro, se prosternó en tierra,
lloró a lágrima viva, se quitó el calzado y a pie descalzo
anduvo el resto del camino, haciendo reflexiones concretas
sobre la forma como san Pedro había entrado en aquella gran
ciudad, entonces capital del mundo, sin séquito, sin dinero,
sin amigos, llevando solamente un bastón en la mano y como
recurso la pobreza de un Dios crucificado; y pensando en el
milagro perdurable realizado por Dios para enarbolar la cruz
de Jesucristo su Hijo en el Capitolio, y para fijar la sede
de un pobre pescador sobre el trono del César; bendijo por
ello a Dios y culminó en un motivo certísimo de
credibilidad, que la Iglesia de Jesucristo es la única y la
verdadera por que es romana...».
Grandet (98-99 – DRG, 64) nos ha dejado aquí las propias
reflexiones insertándose en el relato no sabemos con qué
autoridad: aceptémoslas como probables reflexiones de Luis
de Montfort: «llegó, finalmente a Roma, cansadísimo y
totalmente exhausto» (ib.), necesitado de descanso y de
alimento, exactamente como si fuera un peregrino romero
cualquiera.
Había recorrido 1.984 kilómetros, en poco más de tres meses,
desde febrero hasta fines de mayo de 1706. No obstante, la
investigación adelantada en los archivos de los tres
hospicios romanos entonces especializados para el cuidado de
los peregrinos, Trinidad de los peregrinos y de los
convalecientes, Santiago de los incurables, Santísimo
Salvador "ad Sancta Sanctorum" y en cualquier otro
instituto abierto a los extranjeros, sólo hemos logrado
recoger noticias fragmentarias y no del todo seguras sobre
cierta forma de asistencia en la Urbe para peregrinos
franceses.
Recordando cuanto hizo a su llegada a Poitiers en 1701,
donde esperando a que el obispo le recibiera había
encontrado una piecita quizás en la periferia de donde salía
sólo para orar y para ir a asistir a los indigentes en el
Hospital, nos parece lógico pensar que haya hecho la misma
cosa en Roma, donde era casi obligatoria la visita
caritativa a Santiago. Al respecto, hemos encontrado
interesantes relatos de esas visitas de Clemente XI y de los
cardenales (las únicas que se recuerdan) en un registro
intitulado a los reverendos que por turno eran encargados de
las visitas a los enfermos:
«El día 26 de enero de 1703, viernes, a las 22, se trasladó
a este archihospital de Santiago de los Incurables Clemente
XI, Papa, y se permaneció hora y medio con diez Emos.
Cardenales sirviendo a los enfermos y enfermas N. 96 cuya
cena bendijo, luego a uno por uno les fue dando una medalla
de plata, cuatro biscochitos y cuatro ciruelas en jarabe,
asistió a una moribunda, y después de la cena Su Santidad
ofreció su gracia. Los señores Cardenales fueron también
sirviendo y dando vino, agua y las sopas mientras siempre Su
Santidad anduvo en torno a los enfermos» (Archivio di Stato,
Roma, Ospedali, n. 51, Busta 373).
Este modo de atender una audiencia pontifica sería
sobremanera acorde con la mentalidad y la praxis
monfortiana y podría explicar cómo no llegamos a encontrar
el lugar de reposo y permanencia de nuestro peregrino en
Roma. Una vez más, y perdónesenos, hagamos sitio a un relato
en extremo descarnado y quizás muy impreciso, de los
primeros biógrafos.
«(...) Tras algunos días de reposo, pidió una audiencia al
Papa Clemente XI a través de un teatino que tenía mucha
influencia ante Su Santidad. Habiendo el Papa fijado el día,
el P. Grignion se informó en qué lengua había que presentar
el discurso al Santo Padre, y al saber que de ordinario se
le hablaba en latín, preparó un discurso corto pero muy
elocuente, que recitó en esa lengua después de haber sido
admitido a besar los pies del Papa.
Contó luego, cómo, entrando en el estudio de Su Santidad al
ver a Clemente XI, fue invadido por un extraordinario
respeto, convencido de ver a Jesucristo mismo en la persona
de su vicario.
Clemente XI lo recibió con mucha bondad y después del
discurso en latín, le dijo que podía hablarle en francés
dado que lo entendía lo suficiente para responder; y, dado
que Grignion le proponía irse a misionar en Oriente para
convertir a los infieles, el Papa le replicó: "Padre, Ud.
tiene un campo bastante grande en Francia para el ejercicio
de su celo apostólico; no se vaya a otra parte, trabaje
siempre en perfecta sumisión a los obispos en las diócesis a
las cuales le llamen. Por este medio Dios bendecirá su
ministerio".
El P. Grignion presento en seguida al Papa un crucifijo de
marfil suplicando a Su Santidad le conceda una indulgencia
plenaria para cuantos le besen en la hora de la muerte,
pronunciando los nombres de Jesús y de María, arrepentidos
de sus pecados. A lo cual accedió el Papa. De ahí proviene
que haya hecho grabar en el pedestal en letras grandes estas
palabras: Indulgentia plenaria a summo Pontifice Clemente
undecimo concessa, y se servía ordinariamente de este
crucifijo en las misiones, para excitar a la gente a la
contrición de sus pecados, mostrándoles las llagas de su
Salvador. Antes de salir de Roma hizo preparar la punta
superior de su bastón y, a menudo colocaba allí su
crucifijo, por los caminos de regreso a Francia, para tomar
de él materia para sus meditaciones.
El Papa le concedió también el permiso para bendecir
crucecitas de papel y de tela que distribuía, al final de
cada misión, a quienes habían asistido a treinta y tres
sermones, en las que estaban escritos los nombres de Jesús y
de María.
Clemente XI le dio también el título de "Misionero
Apostólico", y le recomendó sobre todo enseñar
insistentemente la doctrina cristiana a la gente y a los
niños y hacer renovar en todas partes el espíritu del
cristianismo por la renovación de las promesas
bautismales...» (Grandet, 99-101 – DRG 64-65).
Blain mucho más sintético, añade algún pormenor sobre el
coloquio entre Montfort y el Papa:
«...fue a postrarse a los pies de Clemente XI y ofrecerse a
él para ir a donde él quisiera enviarlo. Este santo Padre,
tan celoso contra los nuevos errores que veía extenderse en
Francia, tan dulce y paciente para sufrir los continuos
ultrajes que le causaron los enemigos de su constitución y
de su Iglesia, creyó que el humilde sacerdote que imploraba
su misión, no podía hacer nada mejor que volver a su país,
proseguir las funciones de su celo y hacer frente a los
progresos de la nueva doctrina» (328-329).
Las páginas presentadas necesitan algunas anotaciones...
El padre teatino al que se alude, debe ser José María de
Tomasi, siciliano, de los Clérigos Regulares, que junto el
jesuita pistoiense Juan Bautista Tolomei, tras haber
rechazado por humildad el capello cardenalicio, lo aceptó
solamente por obediencia con ocasión de la canonización de
los beatos Pío V, Andrés Avelino, teatino, Félix de
Cantalicio, capuchino, y Catalina de Bolonia, el domingo 22
de mayo de 1712, fiesta de la Trinidad. De Tomasi había
nacido en Alicata el 12 de septiembre de 1659, profesó muy
joven como teatino en 1666, trasladado a Roma desde 1673,
permaneció allí casi siempre, ejerciendo su ministerio en la
iglesia de San Silvestre al Quirinal, hasta su muerte
acontecida el 1º de enero de 1713. Asiduo investigador
biblista, liturgista, buen predicador, sobre todo, fecundo
escritor, se publicaron de él a partir de 1747, siempre en
Roma, once volúmenes. A su muerte, llegaron de Francia no
menos de 120 cartas de amigos y conocidos. Fue beatificado
en Roma el 16 de septiembre de 1803.
La "influencia" de que habla el biógrafo de Montfort podría
explicarse por su posición de capellán de iglesia de la
residencia ordinaria del Papa, y, sobre todo, por su
conocimiento pormenorizado de las cuestiones galicanas en
especial en el campo litúrgico: y nos parece haber dicho lo
suficiente para motivar su ingreso en la biografía de
Montfort como presentador del peregrino francés en la curia.
Por otra parte, todo peregrino francés, sabemos por otras
fuentes, era un valioso informador sobre las cosas
transalpinas que en ese tiempo –incluso Blain lo subraya y
la historia lo confirma– no eran del todo simples y claras
por esa evidente ambigüedad del Rey Sol y la poco ortodoxa
decisión de los obispos.
La lucha jansenista que hubiera debido adormilarse tras la
paz clementina (1667) entre la Santa Sede y el
Episcopado francés, mantenía focos de división a propósito
de "obsequioso silencio" y sobre la verdadera y convencida
obediencia al Papa; pero ya no interesaba casi nada porque
la atención era atraída por la lucha por las regalías y por
el floreciente galicanismo, tanto más cuanto que surgían
obispos jansenistas que se pavoneaban de ser defensores de
los derechos de Roma contra el absolutismo del Estado. El
setecientos había aportado nuevas llamaradas, logrando
sacudir violentamente a la Iglesia en Francia por casi tres
decenios.
En el verano de 1701 se había suscitado el llamado caso
de conciencia: cuarenta doctores de la Sorbona habían
declarado que la fórmula del "silencio obsequioso" no podía
impedir la absolución sacramental. Numerosos obispos,
guiados esta vez por Bossuet se habían alineado con Clemente
XI. El mismo Luis XIV había pedido al Papa una declaración
clarificadora. El 15 de julio de 1705, Clemente XI publicaba
la bula Vineam Domini Sabaoth, en la que se
presentaba como insuficiente el "silencio obsequioso" para
recibir la absolución sacramental, porque la condenación a
Jansenio debía hacerse "con la boca y con el corazón".
La bula
logró resultados aceptables. La asamblea del Clero de1705 de
impostación galicana, declaró claramente aceptarla, pero
expresó al mismo tiempo la convicción de que los decretos
papales eran obligatorios para la Iglesia universal sólo si
eran reconocidos por los obispos y éstos los consideraban
como propios. Clemente se lanzó a la pelea con todas sus
energías, sin resultado alguno. Además, un nuevo absceso
atraía su atención: Pascasio Quesnel, jansenista francés
refugiado en Bélgica, se hacía sentir con sus Reflexiones
morales. La censura de 1708, dada la oposición del
cardenal de Noailles de París, indujo al Papa a amplias
negociaciones hasta la bula Unigenitus del 8 de
septiembre de 1713, que por un nuevo tira y afloja arrastró
a los católicos franceses a las puertas de un cisma a causa
de los apelantes al concilio contra el Pontífice.
Creemos que todo esto es suficiente para hacer comprender
cómo noticias de primera mano y posiblemente sinceras, eran
gratísimas en Roma...
Si aceptamos el 6 de junio como fecha del encuentro entre
Clemente XI y Montfort, debemos anotar que era el domingo
del Corpus Domini. Las solemnes celebraciones eucarísticas
tenían ocupada a la basílica de San Pedro; el Capítulo
vaticano suspendía toda la actividad durante toda la octava
para dar espacio y reconocer la eminencia del Santísimo
Sacramento y trasladaba la sede coral a la parroquia de San
Blas en calle Julia. Resultaba así que funciones
parroquiales y corales debían superponerse, fundirse o
alternarse. En San Blas, el 4 de junio celebró Montfort la
santa misa en sufragio de una tal Lucía, Lud. María de
Montfort, y se halla alineada con otras de corte
claramente extranjero. Podría ser ésta la confirmación de la
costumbre de hacer celebrar a los peregrinos a Roma en San
Blas y no en San Pedro durante la festividad del Corpus que
tenía ocupada a la basílica entera.
También el
Papa, en lugar de regresar en seguida, como era costumbre
después del período pascual, al Quirinal, siguió residiendo
en el Vaticano. Allí precisamente fue recibido Montfort.
Fue una audiencia privada, importantísima. Montfort lee
probablemente su valiente discurso en latín, pero se sintió
animado a proseguir la conversación en francés. La praxis
normal de la curia pedía que el discurso fuera entregado al
Papa para conservarlo junto con las súplicas, peticiones,
elogios, etc. en los archivos privados de la casa
pontificia, es decir, al patrimonio de la familia Albani, en
este caso. En el Archivo Secreto Vaticano no se encuentra
ese documento, mientras que todo el conjunto de los
documentos del Fondo Albani fue celosamente conservado por
el archivista a la muerte de Clemente XI. Pero falta el
sobre que debería contener las instancias de ese primer
período de 1706. Alguien considera que en las incursiones
del gran Napoleón, diferentes cajas de documentos sustraídas
al archivo pontificio tomaron el camino de Francia con
destino a París; las cajas fueron escogidas sin cuidado
alguno, de suerte que no fue siquiera fácil catalogarlas
para hacérselas restituir, como aconteció algunos decenios
más tarde. Pero de ese sobre no hay traza alguna: ¿no será
cierto que algunas cajas jamás llegaron a París... que
algunas patrullas de soldados, en el momento de pasar por
los Alpes las utilizaron para matar el frío...?
Clemente XI era sensible al problema de la
descristianización de las multitudes y del creciente sopor
de las conciencias; había estudiado el problema con atención
y había identificado cierta estrategia para oponerse a ese
neopaganismo, y el 16 de marzo de 1702 dirigía a los obispos
de Italia y Francia una Carta Circular de la cual
desafortunadamente sólo se tiene noticia en una colección de
ordinario muy confiable (Moroni, Dizionario, término
missioni, vol. 45, p 222), en las cuales el Pontífice
proponía restaurar el impulso de las "misiones al pueblo":
«1º para poder por este medio más libre y útilmente corregir
los abusos;
2º para suplir con ello a la penuria que se encuentra muy a
menudo en las mismas ciudades de la palabra de Dios que
muchos no predican con la debida sencillez y claridad;
3º habiendo mostrado la experiencia, incluso últimamente en
Roma, que cuando se explican las cosas de Dios familiarmente
y en forma adecuada al fruto para las almas, la gente se
siente a gusto, acude con frecuencia y extrae de ello
grandes utilidades de las costumbres para edificación
universal;
4º para que sean específicamente bien instruidos y
pacientemente preparados a una buena confesión general, con
intención de aplicar de esa manera el oportuno y necesario
remedio al, desafortunadamente, grave y frecuente mal de
esas confesiones que hubieren podido hacer inválidamente en
el pasado...».
¡Qué amargo debía ser leer doloridos llamamientos de
predicadores y misioneros apostólicos, en el primer año de
pontificado, que le habían hecho esperar!:
«En la mayoría de las diócesis se quejan innumerables
relaciones, porque los obispos se tranquilizan pensando
haber remediado todos los inconvenientes con las
Constituciones Sinodales, cuya observancia buscan, si no en
lo que se refiere a lo útil de sus Cancillerías, de suerte
que los Sínodos impresos deberían suprimir de las diócesis
los abusos y reformar la vida de los Pueblos, sirven
solamente al tráfico de los obispos que obligan a los
beneficiados a comprar copias, vendiéndolas en grandes
cantidades...» (ACV, Fondo Albani, I, 1700).
Y en lugar de preocuparse de que haya predicadores y
misioneros para el pueblo que lo adoctrinen, se
preocupan sólo por las apariencias de las iglesias y
ubicación de los beneficiados amigos y familiares. Y si,
además, hay que añadir el abuso de la predicación misma
reducida a teatro por los sonetos que se hacen en alabanza
de algún hablador o predicador, que se ofrecen en la iglesia,
como denunciaba un célebre padre teatino de Nápoles, don
Carlos Morale, "persona de reconocida bondad y doctrina",
podríamos comprender que el cristianismo sobreviviente en
una época de superficialidad estaba minado en sus mismas
fuentes y era difamado por los mismos depositarios.
El mismo
padre de las misiones al pueblo en Bretaña, Le Nobletz,
dirigiéndose a los superiores que debían designar los
misioneros, pedía «apoyar a esos misioneros frente a
párrocos ignorantes y viciosos que, sin motivo, querrían
impedir el ejercicio de sus funciones , y no creer de buenas
a primeras los informes de los enemigos malévolos de la
doctrina de Jesucristo...».
Palabras que nos llegan gracias a la cuidadosa transmisión
de otro gran misionero bretón, el jesuita P. Julián du
Maunoir.
No por nada, pues, el Papa enviaba a Montfort a predicar la
renovación consciente y voluntaria de las promesas del
bautismo, porque el mismo Montfort se pregunta en su
Tratado:
«¿Quién
cumple este voto tan importante? ¿Quién observa con
fidelidad las promesas del santo bautismo? ¿No traicionan
casi todos los cristianos la fe prometida a Jesucristo en el
bautismo? ¿De dónde proviene este desconcierto universal?
¿No es, acaso, del olvido en que se vive de las promesas y
compromisos del santo bautismo y de que casi nadie ratifica
por sí mismo el contrato de alianza hecho con Dios por sus
padrinos?...» (VD, 127).
La calificación o título de Misionero apostólico, con
el que el Papa quería gratificar a Montfort necesita una
profundización para comprender el desarrollo y las actitudes
del mismo Luis María en su apostolado futuro. El título
remonta a los comienzos de la Sagrada Congregación de
Propaganda Fide (1623), y concurre a formular la historia de
las misiones. Incluso si hoy "a causa de las situaciones
cambiadas del tiempo y para favorecer la caridad" se ha
suprimido el título (Decreto P. F. del 16.01.1924),
hay que subrayar que las designaciones hechas por la Sda.
Congregación fueron siempre iluminadas y oportunas. De hecho
el título podía concederse sólo a los alumnos del Colegio
Pontificio y a todos los sacerdotes encargados de hacer
misiones por decreto especial de la misma Propaganda Fide.
Por "misiones" se entendía tanto la predicación interna, en
zonas peculiarmente turbulentas para la fe a causa de
herejías o de desviaciones, como naturalmente en la acepción
más conocida, la predicación en territorios fuera de la
patria llamados precisamente "tierra de misiones"; en otras
palabras, la primera se realizaba entre los herejes, la
segunda entre los infieles.
En lo que se refería al título y encargo en tierras de
infieles, la opción versaba de preferencia sobre los
religiosos que, "examinados por esta Sagrada Congregación"
eran designados por la Propaganda Fide con especial diploma,
bajo la dirección de un Prefecto del Propio Instituto, en
cualquier Reino o Provincia. A ese Prefecto se asignaba el
diploma y la facultad correspondientes y comunicables a sus
propios religiosos; pero era necesario adelantar una
cuidadosa investigación "sobre su vida y conducta, y no sólo
ante sus superiores y cohermanos de orden, sino también ante
el ordinario del lugar donde ha morado por algún tiempo el
personaje".
Después de 1633, sabemos que el Papa podía, siempre con la
contraseña de Propaganda Fide, asignar título y facultades
con un Breve e incluso de viva voz, traducida luego en carta
del Cardenal del dicasterio. No obstante las
investigaciones, no es posible saber cómo y cuál sea la
forma con la Montfort fue designado. Es cierto, de todos
modos, que una vez de regreso al Reino de Francia, debía
llevar un documento oficial con el cual presentar al
Provincial de los capuchinos de Bertaña (¡sic!) o de
Britannia, quien proveería a brindarle las Credenciales que
debía presentar a los obispos, como lo exigía el Decreto
S.C.P.F., del 23.11.1688.
«Los misioneros están obligados a mostrar las Credenciales a
los Vicarios Apostólicos y en ausencia de ellos a los
Provicarios y pedir a éstos el permiso para ejercer sus
facultades, permiso que no podrá negarse si no por causa
grave que debe comunicarse a la Santa Sede...», donde en
lugar de Vicarios o Provicarios hay que leer: Obispos o
Vicarios generales. Porque las facultades eran realmente
únicas, como graves eran igualmente los deberes
particulares: comer carne en los días prohibidos por la
Iglesia, sustituir el Breviario con la recitación del
rosario, celebrar la misa sub diu, es decir, a cielo
abierto, el indulto personal de altar privilegiado tres
veces por semana, celebrar la eucaristía una hora antes del
alba y una hora después del mediodía, bendecir con una
simple señal de la cruz, fuera de Roma, cruces, estatuas,
medallas, y conceder la indulgencia de sana Brígida (¡la
indulgencia plenaria aplicable a los difuntos!).
En Francia, sólo once Provinciales de la orden de los
capuchinos, con exclusión explícita de Nuncios, Cardenales y
Obispos, eran reconocidos como vicarios apostólicos, y entre
éstos, en tercer puesto, el Padre Provincial Prefecto de
las misiones internas y externas asignadas a la Provincia de
Britannia. Es de notar que algunos Obispos habían sido
expresamente excluidos y privados de todo poder en la
materia, como el de San Maló y de París, mientras que eran
mencionados respetuosamente por la Secretaría de Estado los
de Nantes y Poitiers.
Fue, pues,
Luis María distinguido con un gran título, el de Misionero
Apostólico. Y esto lo diferencia y destaca entre todos los
demás misioneros de su tierra: Michel Le Nobletz y su
discípulo Julián Du Maunoir fueron siempre apoyados,
defendidos y casi empujados por el obispo Saint-Pol-de-Léon;
Juan Leuduger, con quien pronto nos encontraremos, era el
clásico misionero diocesano, y había recibido el mandato del
obispo de Saint-Brieuc, mons. Denis de la Brade.
Sería inútil, pensamos, buscar en los registros de la época
y en las colecciones de documentos alguna confirmación a
cuanto nos dicen los biógrafos y las relaciones juradas de
los procesos de beatificación sobre el título. Ciertamente
lo recibió, aunque ignoramos como podía demostrarlo a los
obispos y a los sacerdotes de su tierra. Había sido
seguramente un título quizás directamente pedido y anhelado,
por la enorme ventaja que de él provenía para el ejercicio
del apostolado al que iba a dedicarse.
Hay un dato común en la biografía de todos los misioneros de
esa época: el mandato de los superiores. ¡Montfort, por su
parte, lo había recibido precisamente del pontífice!
Fortalecido por su título romano, se podrá presentar a los
obispos y a la gente, poniéndose a su disposición como
hombre evangélico, libre y decidido, no vinculado por
limitaciones territoriales o de ambiente, con una
investidura que más que diocesana era pontificia, y, por
ello, digna de todo respeto y confianza. Quizás no era el
medio más fácil para ganarse las simpatías entre las
susceptibilidades y la envidia de obispos y colegas, pero
ciertamente era el más eficaz sobre las poblaciones que lo
habrían visto llegar desde muy lejos y no de las fronteras
de la parroquia más cercana, sino de Roma, con una autoridad
y una gracia más especial dada de vez en cuando por el mismo
Sumo Pontífice.
Y si a la resonancia del título romano se añade la pureza de
la doctrina, la auténtica seriedad de la vida y el heroísmo
de las virtudes del misionero a lo apostólico, podemos
comprender que el título que le confirió Clemente XI no era
otra cosa que el reconocimiento de la sinceridad ortodoxa de
la fe y la evidente santidad de la conducta. Es cierto, la
gente podía maravillarse frente brillo del título romano,
los corazones de los oyentes sólo se convertirían y
perfeccionarían ante la santidad del predicador. Pero
también esa santidad y capacidad apostólica tenían origen
romano, si hemos de creer a las palabras presentadas por
otro biógrafo y dichas por Montfort en 1707 al párroco de
Breal: «Mi querido amigo, he recorrido más de mil leguas en
peregrinación para pedir a Dios la gracia de tocar los
corazones y él me ha escuchado».
Y con esta afirmación relatada por el mismo Montfort bajo la
finalidad apostólica del viaje romano, también nosotros
acompañamos a Luis María en el viaje de regreso a Francia.
Tras la audiencia pontificia no había motivos para prolongar
la permanencia, excepto para esas pequeñas prácticas que
había que completar para el título que le había conferido el
Papa. Ciertamente no motivos de erudición o de cultura: «El
jesuita P. Dutemps me dijo que le preguntaron al P. de
Montfort, a su regreso de Roma, lo que había visto;
respondió: Nada» (Blain, 327).
En cambio, había todos los motivos para apresurar el
regreso. En primer lugar, la voluntad de dedicarse en
seguida al trabajo. Y luego, las noticias, forzadamente
fragmentarias pero suficientes, sobre los movimientos de
tropas y guerras al norte de Italia. Entre más tardara, más
difícil sería el cruce de las fronteras. Los austriacos
estaban para lanzar el ataque decisivo, y los franceses
reforzaban las fortificaciones y trincheras. Debió ser,
pues, un regreso precipitado: duró solamente dos meses y el
recorrido costó mucho más que la ida, bajo el sol veraniego
y con el cansancio acumulado en los tres meses empleados
para andar aquellos dos mil kilómetros de Francia a Roma.
Algo sabemos del regreso: viaja en compañía de dos jóvenes,
que encontró en Roma ya antes de la audiencia. No consta que
lo acompañaran hasta Francia. Como él, también ellos se
acomodaron a pedir limosna y a los inconvenientes de andar a
la ventura.
El recorrido debió ser necesariamente el más directo: nada
de Loreto, y, por lo mismo, la actual Vía Aurelia:
Civitavecchia, Livorno, Génova, Niza y lo más directo para
regresar a Poitiers.
Y, ¿por qué no la vía del mar? Difícil imaginarlo. Sobre
todo no hay pruebas. Ciertamente no viaja a caballo, dado
que Montfort mismo precisamente en ese viaje debió dar
explicaciones a un párroco que se lo preguntaba mientras le
daba una limosna: viajar a caballo no estaba en las
costumbres de los apóstoles..., pero sí en las de la gente
mundana (Grandet, DRG, 65).
A pesar de todo, pensamos que si lo hubiera habido el
caballo hubiera sido muy oportuno... por lo cual la
respuesta dada al párroco que "comía en gran compañía" tiene
sabor de dura reprobación y sermoncillo.
«El 25 de agosto, fiesta de san Luis (IX rey de Francia), su
patrono, llegó a Ligugé, a una legua de Poitiers, abadía de
los jesuitas y muy famosa por haber sido consagrada a san
Martín y santificada por la permanencia del santo, que iba a
encontrar a su gran maestro, san Hilario. El P. de Montfort
celebró allí la misa.
El hermano Maturín que lo esperaba en el lugar, tuvo no poca
dificultad en reconocerlo, tan cambiado estaba y quemado por
el sol y debilitado por la dureza del camino. Llevaba los
zapatos en la mano porque tenía los pies todos desgarrados;
llevaba el sombrero bajo el brazo y la camándula entre los
dedos...» (ib.).
No nos cuesta creerlo.
Había recorrido casi cuatro mil kilómetros.
Montfort pensaba poder descansar un poco en Poitiers,
convencido de encontrar calmado o adormilado todo ánimo de
querella o discusión en contra suya...
¡Qué ilusión!
Capítulo décimo quinto
EN BUSCA DE UN PROGRAMA
Al parecer, en Poitiers nadie tiene curiosidad de saber cómo
anduvo la escapada a Roma, excepto el hermano Maturín que lo
acoge como a un fantasma o el P. de la Tour, el jesuita que
había estado de acuerdo con el viaje, o las dos Hijas de la
Sabiduría que lo esperaban en Poitiers.
No, muy, por el contrario, su regreso es motivo de renovada
desconfianza: el obispo le manda a decir por medio de su
secretario que salga de la ciudad dentro de 24 horas. La
nueva orden impide al P. de la Tour hacerlo cuidar en
Hotel-Dieu de la Charité porque lo vio fatigado en
extremo y con el rostro lleno de granos. De todos modos,
hubo tiempo para dialogar con las hermanas del Hospital,
porque la institución parece sobrevivir. El coloquio es un
himno de acción de gracias al Señor y a su Madre amabilísima
que han bendecido la iniciativa lo mismo que el sacrificio
de las dos jóvenes. Probablemente las pone al corriente de
la grave tarea que le ha asignado el Papa y de la necesidad
de consejo y oraciones para que todo se desarrolle conforme
al designio de Dios.
Si la
Curia no le permite ni siquiera descansar, hay uno de los
párrocos amigos suyos que le acoge en su casa a seis millas
de Poitiers. Montfort está feliz de poder así celebrar cada
día y recuperar las fuerzas. Y mientras se rehace
físicamente, dedica ocho días a los ejercicios espirituales
para que también el espíritu pueda recuperarse.
Esperaríamos verlo aquí dedicado a buscar "trabajo". Pero
no: hará una nueva peregrinación de trescientos kilómetros
más, hasta el Monte San Miguel, en Normandía, como si el
viaje a Roma no hubiera terminado todavía.
Hemos querido mirar de soslayo a los pocos años que le
quedan, menos de diez, y descubrimos que ésta será en verdad
la última peregrinación. Los otros viajes serán sólo
traslados y pasos por trabajo o por compromiso. Pero vale la
pena buscar una razón para esta prolongación del camino de
Roma. Otros han encontrado razones especiales, o quizás
tampoco las han buscado.
Es preciso recordar el espíritu con que había emprendido el
camino de Roma: la constatación de numerosos fracasos
incluso en el apostolado que más le agradaba, añadida a
cierta desconfianza, motivada también en el apoyo de los
obispos y amigos; la insatisfacción de no ser capaz de
escogerse por sí solo un camino bien definido en el
ministerio...; en otras palabras, ese constante alternar
entre tareas tan diferentes, incluso opuestas, le había
llevado a comprender que era necesaria una indicación segura
de parte del Señor, una determinación explícita, un encargo
que lo independizara de oportunidades pasajeras y a menudo
contradictorias.
Roma lo había entendido plenamente y lo había regresado a su
terruño francés, con un encargo oficial evidente: Misionero,
provisto de una autenticación pontificia: Apostólico. Había
buscado seguridades y el Papa se las había dado. La voz del
Señor era ahora muy clara; el nuevo título le garantizaba
finalidad y espacio. Administrarlo en la forma debida, esto
debía conquistarlo con la oración y el sacrificio.
La razón de este último viaje complementario del de Roma se
halla toda aquí: la necesidad de sentirse en capacidad de
dar dignamente su batalla por los pobres y los pecadores,
por hallarse en el sitio que Dios le había asignado. El lema
Dios solo (Dieu seul) no aparecía por casualidad con
más frecuencia en su boca y en su pluma.
Podemos
concluir que el epílogo a la peregrinación a Roma había sido
tenido ya en cuenta desde antes y nos extraña ya tanto este
ulterior suplemento de camino, estando listo para modificar
el itinerario de la romería: Poitiers – Roma – Monte San
Miguel. Solamente en Normandía termina la búsqueda. Tan
cierto es esto que inmediatamente después se dedicará al
apostolado en su diócesis de Saint-Maló.
Tampoco esta vez viaja solo: está con él el incomparable
hermano Maturín que ya no lo abandonará más.
La primera etapa es el monasterio de Fontevrault, a donde
llega con la sencillez del peregrino para pedir hospitalidad
y acogida. Pero ya no está la reine des abbesses,
Gabriela de Rochechouart, hermana de la Montespán; desde
1703, la abadesa es la nieta Luisa Francisca de
Rochechouart, que no conoce a Montfort, a quien, por lo
extraño del comportamiento, no se siente a gusto de acoger.
Se sabe que las hermanas charlan a su gusto, sobre todo
comentando lo que acontece en la puerta del convento, como
lo hicieron cuando la portera refirió con vivacidad el
episodio. Los pormenores son tan exactos que sor Isabel
(Silvia Grignion) no tiene dificultad en exclamar: "¡Pero sí
es mi hermano!"
Corren en
su búsqueda y con mil excusas le abren de par en par la
abadía. «La señora abadesa no quiso darme limosna por amor
de Dios; ahora me la ofrece por amor a mí. ¡Muchas
gracias!», respondió, y siguió su camino.
El episodio muy bien relatado por Blain subraya de todos
modos, que las enseñanzas de San Sulpicio sobre la buenas
maneras nunca habían sido asimiladas. El motivo del rechazo
que le dieron estaba precisamente en no haber querido decir
su nombre. Replicará: "¿para qué preguntarme el nombre?
imploro la caridad no por mí, sino por amor de Dios."
Y una pequeña añadidura: Silvia lo reconocerá, claro, por
las extrañas actitudes, pero sobre todo por la descripción
de su aspecto, un rostro "tan notable con su nariz
aguileña...".
Después de Fontevrault, una visita al amable santuario de la
Dolorosa de Saumur. Pero en Saumur otras religiosas están
ansiosas de hospedarlo: las de Juana Delanoue, del instituto
fundado en la fiesta de Santa Ana, patrona de Bretaña, en
1704, las Soeurs de Sainte-Anne-de-la-Providence de
Saumur. Montfort había contribuido a esa fundación durante
su permanencia allí en 1701 colaborando con la fundadora en
la redacción de las reglas. Hoy tiene la oportunidad de
volverlas a ver antes de la aprobación episcopal de 1709.
Entre tanto tiene conferencias para las hermanas y diálogos
con ellas.
Pasados los primeros diez días de septiembre está de nuevo
en viaje para Normandía. Teniendo que pasar por Angers,
querría detenerse algunos días porque supo que su
superior-confesor Antonio Brenier, precisamente el que le
había facilitado y financiado el ingreso a San Sulpicio y
que había hecho recitar un Te Deum para la ocasión,
se hallaba en la ciudad. A pesar de diversos ataques de
apoplejía desde 1702 y los muchos cuidados terminales, hoy
era superior del seminario diocesano, ya agregado desde
1695, siempre por obra suya, al gran San Sulpicio de París.
La última
alusión a Brenier en Montfort, la encontramos en su carta a
Leschassier del 4 de julio de 1702, en la que le dirigía un
especial saludo de agradecimiento por cuanto había podido
hacer por él. Pasando por Angers, habrá pensado en poner al
corriente al anciano superior (y con él a San Sulpicio) a
cerca de los años transcurridos y sobre todo de la gran
aventura romana.
Pero, recibido durante la recreación «se ve rechazado y
despedido en forma ultrajante, en presencia de toda la
comunidad... Si le hubieran hecho la caridad de darle de
comer, la afrenta hubiera perdido un poco de su amargura;
no, en cambio, lo echó de la casa vergonzosamente, lo
despidió en ayunas, inmediatamente, sin considerar ni su
carácter ni su necesidad».
El bueno de Blain aquí (324), a pesar de estar tan
comprometido, y no ser nunca del todo objetivo en relación
con los sulpicianos, queda estupefacto, y sale del paso
subrayando: «Este es uno de esos encuentros en que vemos a
un santo perseguido por otro santo» (325 ).
En esta oportunidad Montfort no logra acallar lo que el
corazón le pone en los labios: seis años después, cuando
hable de ello, dirá con amargura: «¿Es posible que en un
seminario traten así a un sacerdote?» y confesará no haber
sufrido nunca tanto como en esa humillación. Quizás vale la
pena hacer nuestro el comentario del mismo biógrafo que los
conocía perfectamente a ambos, a Brenier y a Montfort:
«Por qué motivo, el P. Brenier, un hombre tan santo y
atento a todos los movimientos de su alma, actuó así en esa
ocasión? ¿Lo hizo con el propósito premeditado de humillar a
su antiguo alumno y probar de nuevo su virtud? ¿O por un
movimiento humano y un impulso escapado a un hombre todo de
fuego y que necesitaba de toda su gran mortificación para
dominar la violencia, en ciertas ocasiones? ¿O fue por la
profundidad de su espíritu penetrante y su profunda
sabiduría que le advirtió que había que tratar así a un
hombre de virtud extraordinaria, pero demasiado excepcional
en sus modales, ante un gran número de jóvenes, a fin de que
ninguno resolviera imitarlo y tomarlo por modelo? ¿O por
inspiración divina que quiso privar al P. de Montfort de
todo consuelo humano y quitarle el inocente apoyo que
buscaba en su antiguo maestro? ¿Fue finalmente una señal de
la Providencia que quiso enseñarnos que los santos no se
agradan siempre y que, aunque conducidos por el mismo
Espíritu de Dios, no caminan al cielo por los mismos
senderos? Es lo que no puedo responder y en lo que adoro los
juicios de Dios que permite que santos persigan a santos y
se inflijan unos a otros las penas más sensibles...» (Ib.
325-327).
Y realmente en este punto quedamos también estupefactos:
aunque nos roe una insistente duda. Y es si San Sulpicio
estaba ya al corriente del resultado del viaje de Montfort a
Roma y del... exabrupto de haber pretendido pasar por encima
de todos... cosa que no debía hacerse conforme a las buenas
maneras... ¡Perfecto! Pero el modo de actuar de los santos
no siempre sigue las buenas maneras.
No obstante, siempre a nuestro parecer, Blain captó bien en
la señal cuando querría ver en el episodio un signo de
destete, de despegue de los vínculos umbilicales ahora
inútiles, en un momento en que debe empezar a guiarse por sí
solo.
Montfort pagará a su manera la falta de caridad recibida,
haciendo él mismo un acto de caridad: toma sus espaldas a un
pobre abandonado de todos y lo carga hasta el hospital más
cercano cancelando, además, el albergue y el sustento del
mismo. Como el samaritano...
El Monte San Miguel, en los límites de Bretaña y Normandía,
es un islote rocoso casi redondo que forma una colina
granítica de 900 metro de circunferencia y 78 de altura. La
antigua tradición afirma que el islote se formó durante un
apocalíptico cataclismo de muchos años antes, que habría
destruido también el bosque de Scissy o de Quokelande,
recuperado en parte durante la Edad Media.
En cambio, la mitología céltica, creía que el monte era un
enorme sepulcro adonde llegaban las almas en busca de paz y
tranquilidad eternas. De ahí el nombre que ha sobrevivido de
Monte Tumba de la isla, y Tombelaine para el islote dos
kilómetros al norte.
En el año 708, el obispo de Avranches, san Uberto, recibió
la aparición de San Miguel Arcángel sobre la cima de la
roca, con la orden de edificar allí un oratorio. El mundo
cristiano quedó impactado por el acontecimiento y se
movilizó a realizar la obra deseada por el cielo. Ya en el
siglo X, la cima estaba cubierta por una imponente iglesia
de estilo carolingio, que un siglo más tarde, servía de base
a la basílica romana. En el entorno y sobre el islote y la
pendiente, se erigían entre tanto monasterios benedictinos,
todos con la misma denominación: Saint-Michel-en-Tombe,
Saint-Michel-en-Mer, Saint-Michel-au-peril-de-la-Mer,
Saint-Michel-du-Mont... reagrupados finalmente en título
común de Mont-Saint-Michel.
A fines del primer milenio, la abadía estaba ya construida,
si recordamos que en 966 Ricardo I, duque de Normandía,
organizó allí a los benedictinos, que completaron la
construcción con la Merveille, la cima. Guerras, asedios,
invasiones, incendios, en el curso de los siglos se
sucedieron con bastante frecuencia, pero el pueblo bretón y
el normando defendieron esforzadamente el propio tesoro,
tanto que el monte se convirtió en símbolo de la resistencia
hasta 1434, cuando los ingleses fueron rechazados
definitivamente, por la población y hasta por los monjes
guerreros.
Juana de Arco fue ferviente propagandista de la devoción al
Arcángel, y Luis XI creó precisamente una orden de
caballería, la Orden Real de Caballería llamada de San
Miguel, asignándole la sede oficial en la sala todavía
hoy llamada de los caballeros. Los monjes convertidos
casi en soldados, decayeron del primitivo espíritu
religioso, y ese período coincide con el momento más triste
santuario. El antiguo espíritu resurgió en 1622 con la
llegada de los benedictinos San Mauro. Pero la abadía no
encontró el esplendor espiritual de otros tiempos; en el
siglo de Luis María de Montfort, se convirtió en prisión de
Estado para condenados especiales del rey de Francia,
sepultados vivos en las prisiones cerradas sin ventanas
colocadas bajo el paseo de los monjes.
Cuando
Montfort llega a la Merveille, no debe mezclarse con los
grandes cortejos reales, ni los tumultuosos perdones, porque
el santuario se hallaba entonces en profunda desolación:
precisamente en ese año, el abate Don Doyte escribirá a
Mabillón, el historiador benedictino que iba a exaltar la
obra de los monjes en Francia y había pedido las últimas
informaciones sobre el Monte San Miguel: «Aquí la miseria es
tan grande que supera a toda imaginación. Van tres años que
debo una insignificante suma de dinero a un librero de
Rennes y aún no he podido pagarle...».
También Madame de Sevigñé, en viaje galante hacia el monte,
en mayo de 1689, quedaba más impresionada por el desayuno
tomado en Pontorson que por el santuario del Arcángel.
Ya no se dan pues, las grandes celebraciones de los tiempos
pasados que pudieran incidir en el ánimo del pobre
sacerdote, mezclado a la turba anónima y espiritualmente
fervorosa con ocasión de la fiesta del Arcángel ese 29 de
septiembre de 1706. Pero fue ese ambiente, esa desolación,
aquella gente fervorosa lo que le sugirió la idea de crear
una especie de cofradía en honor de Miguel que se propagaría
entre los soldados y las guarniciones que encontrará en las
peregrinaciones futuras...
Tras la conmovedora permanencia en el Monte San Arcángel
–como la llama Grandet–, y un corto tramo de camino, regresa
después de tantos años en su ciudad, Rennes, la ciudad de su
niñez y de su adolescencia, la capital de Bretaña... Tras
encontrar hospitalidad en casa de una mujer que sin
reconocerlo lo acoge y se compromete a alimentarlo, y junto
con él a Maturín, con un poco de pan negro y leche, se da a
la busca de su primer maestro, el sacerdote Bellier que lo
había introducido por los grandes senderos de la caridad en
busca de enfermos y pobres. Y dado que para encontrar a
Bellier tenía que buscarlo cerca al lecho de algún enfermo,
lo busca en hospicios y hospitales, y finalmente logra
encontrarlo en el Hôtel-Dieu-Saint-Yves donde presta
servicio.
Montfort no visitó a Rennes para sumarse a la obra
apostólica de Bellier; hoy, ciertamente no. Llegó para
encontrar un trampolín, un impulso, una indicación que le
asegurara esa forma de apostolado que le había asignado el
Papa.
Y Bellier se los da.
El mismo Bellier hizo saber en carta del 3 de septiembre de
1719 al expárroco de Saint-Michel-de-la-Paludz de Angers, el
P. Rigault:
«Exhorté al P. Grignion, que llegaba de Roma a nuestra
ciudad, a que fuera a la diócesis de Saint-Brieuc, (a
sumarse) a uno de los primeros y mejores misioneros del
reino, llamado Leuduger... mi buen amigo, o mejor, mi
maestro, con el fin de trabajar bajo la guía de director
tan experimentado, (tanto más) cuanto que todos conocen que
Grignion es perseguido por actuar fuera de lo ordinario...».
El antiguo maestro conoce muy bien las fallas del discípulo,
al menos tanto como los solones de San Sulpicio.
Sintoniza con ellos, de todos modos en que las dificultades
le llegan precisamente de esas formas extrañas, de esas
formas fuera de lo ordinario, pero que podrían se entendidas
y guiadas por el gran misionero Juan Leuduger.
¿No era a
caso el deseo que se había expresado seis años antes,
inmediatamente después de la ordenación, mientras aguardaba
le destinaran a un campo de trabajo?
«...Me asaltan deseos de unirme al P. Leuduger, maestro de
teología de Saint-Brieuc, excelente misionero y hombre de
mucha experiencia o de trasladarme a Rennes y retirarme al
Hospital General al lado de un sacerdote ejemplar, conocido
mío, a fin de dedicarme a obras de caridad entre los pobres»
(Carta 5).
Hoy Bellier lo enviaba a uno de los mayores exponentes de la
predicación popular en la Alta Bretaña, de la diócesis de
Saint-Brieuc, colindante con la de San Maló.
Juan Leuduger y Luis María de Montfort.
¡Cuántos puntos de contracto en la historia y en la
actividad de ambos! Uno y otro provienen de la Alta Bretaña,
pasan los primeros años en ambiente campesino, en factorías
entre personas sencillas y sinceras; realizan los mimos
estudios en el mismo colegio de Santo Tomás de Rennes; ambos
son formidables caminantes; ambos viajan a Roma, del mismo
modo, a pie y con bastón de peregrinos... Leuduger podrá
disfrutar de mayor tranquilidad durante el viaje, al no
verse obstaculizado por guerras que le compliquen el camino;
pero cambian, las motivaciones de la peregrinación: Leuduger
va a Roma para enriquecer su formación literaria, encuentra
formas de subsistencia mediante conferencias y discusiones
en Colegios y Universidades... Y mientras Montfort, de
regreso, se apresura a volver a Francia, Leuduger baja hasta
Nápoles y Bari, para remontar durante el verano, detenerse
en Montefalco de Umbría a venerar la tumba de una abadesa
agustina cuya beatificación se adelanta, y, pasando por el
Tirol austríaco, a través de Alemania y Alsacia, entrar en
Francia para culminar la peregrinación, como Montfort, en el
Monte San Miguel.
Incluso en los rasgos espirituales y en los anhelos
apostólicos se dan tantas semejanzas:
«(Leuduger) perplejo interiormente entre la contemplación y
el deseo (de las misiones) de América, o la prosecución de
los estudios en Italia, Alemania, España... sigue el consejo
del P. Huby de dedicarse a las misiones populares en
Bretaña, sin entrar en orden religiosa alguna, sino
acentuando los beneficios que el cuidado de las almas le
puede brindar...»
(Ropartz, Portraits bretons, 11).
Al igual que Montfort, a los veintisiete años crea una
asociación de señoritas llamadas Hermanas Blancas para el
ejercicio de la caridad. En seis años, Leuduger viaja dos
veces a París para que lo admitan en el Seminario de las
Misiones Extranjeras, y en ambas lo hacen volver a casa,
tanto que llega a alimentar el propósito de trasladarse a
Inglaterra con el fin de realizar su sueño misionero, aunque
termina obedeciendo al obispo que lo nombra párroco
conservándole el cargo de misionero popular.
Su
capacidad de jefe de misiones le llega de haber estado en la
escuela de Julián Maunoir, el heredero directo de Miguel Le
Nobletz, el primero y mayor de los misioneros populares
después de san Vicente Ferrer. De hecho, el jesuita Maunoir,
quien lo vio trabajar en el grupo de uno de sus discípulos,
lo convoca con otros 35 sacerdotes a la misión de Moncontour
y Lamballe, en 1678-1679. Desde ese momento Juan Leuduger
seguirá a Maunoir hasta la muerte de éste en 1688, asumiendo
su herencia por voluntad expresa del moribundo. Pero en
1686, el obispo le asigna la parroquia de Moncontour donde
permanece hasta septiembre de 1691, sobre todo para
consolidar y desarrollar el hospital creado por Maunoir y
apoyar una casa de ejercicios espirituales para el pueblo,
confiada al cuidado de una congregación recién fundada por
el P. Ange Le Proust de Lamballe, bajo el título de un santo
canonizado en esos tiempos, Dames de Saint-Thomas de
Villenueve.
La herencia de Maunoir lo sigue comprometiendo a pesar de
los cargos diocesanos. Hemos calculado que en menos de seis
años de permanencia en Moncontour, estará ausente de su
parroquia unos 1186 días, o sea, 37 meses, más de tres
años...
En 1691, finalmente, le asigna el obispo un quinto cargo
diocesano: nombrándolo Ecolâtre o Scholastique (hoy
lo llamaríamos Director de la Oficina Catequística) para
enseñanza de la religión y la catequesis de toda la
diócesis. Desde su nueva sede cerca a la catedral, dirigirá
misiones, retiros, cursos de ejercicios espirituales a la
gente, cursos de catequesis y escuelas de religión, logrando
encontrar tiempo, incluso, para doctorarse en teología en la
Universidad de Nantes...
En 1700,
haciendo propio el título de un librito publicado por el
Vicario general de Dol, Lebret, preparará un Bouquet de
mission (ramillete de misión) totalmente nuevo en cuanto
al método y al contenido, sobre las misiones al pueblo. El
folleto tendrá gran difusión, llegando en pocos años a la
cuarta edición.
Hay que subrayar todavía el deseo concreto de Leuduger de
transmitir precisamente a Montfort el testimonio heredado de
Maunoir, y ya antes de Le Nobletz, y antes todavía de
Vicente Ferrer. Pero Leuduger morirá a los 73 años, en 1722,
y Luis María, de 43 años, en 1716.
En Rennes,
Montfort se detiene sólo pocos días, realizando algunas
predicaciones y sobre todo visitando hospitales y hospicios.
Logrará, incluso, organizar una colecta para la restauración
de la iglesia de Saint-Sauveur. Se deja convencer para ir a
visitar a su tío sacerdote Alán Robert, e incluso a su
familia ahora organizada en Rue Saint-Hélier. Aceptada la
invitación de los religiosos de San Juan Eudes, directores
del seminario episcopal, iniciará un curso de ejercicios
para los seminaristas. Tras poco tiempo, cuando comprende
que la invitación no es del todo desinteresada, sino una
velada tentativa para convencerlo a ingresar en su
congregación que es no obstante una institución misionera
nacida en Normandía, Montfort abandona el lugar.
Es mejor cambiar de aire y compañía. Quizás el título de
misionero Apostólico, mejor que a él le interesaba a muchos
otros que lo llevarían en forma mucho más resonante...
En la fiesta de todos los santos y para el día de difuntos
está en su tierra nativa, Montfort-la-Cane, donde todos lo
recuerdan, aunque sólo un tal Belín, rudo campesino y
trabajador de la parroquia, se halla dispuesto a recibirlo
en su casa. Belín logra hacer buena figura: ¡el heredero del
señor de la Bachelleraie es su huésped! Habla de ello con
todos, hasta que la noticia llega a oídos de la vieja
nodriza, la Nana Andrea. En realidad, Luis había golpeado
antes a su puerta, pero el yerno, ignorando quién era el
personaje, le había rechazado la acogida; la pobre anciana,
afanada, logrará arrancar al hijito una cena, para oír que
éste le reprochaba amablemente: «Nana Andrea, te preocupas
demasiado por mí; trata de ser más caritativa. Deja en paz a
Grignion que no es nadie: piensa en Jesucristo que lo es
todo. ¡Él está en los pobres!».
Entre tanto debió invitarle algún colaborador del Leuduger
para que fuera a unirse a un grupo de misioneros para la
importante misión de la ciudad de Dinán.
Dinán, población medieval, desarrollada en torno al
imponente castillo feudal, había pertenecido a los duques de
Bretaña y había encontrado un gran desarrollo en la
fabricación de tejidos, muy solicitados hasta del exterior;
si los banqueros florentinos habían decidido suplantar a los
judíos en la administración de las finanzas locales.
Ciertamente, la historia por siglos no había sido muy
benigna con la ciudad: muchas veces asediada y conquistada
por los ingleses en el siglo XIV, últimamente se había
dejado arrastrar a la revolución de 1675 con Rennes, y había
sufrido las consecuencias. Pero había seguido siendo una de
las cinco ciudades donde se reunían los Estados generales de
Bretaña: la última secesión tendrá lugar en 1717.
Los biógrafos monfortianos discuten sobre el nombre del
grupo misionero. Pero no eran los lazaristas de san Vicente
de Paúl y menos aún otros religiosos organizados.
Probablemente, siendo Dinán un territorio bretón, es más
fácil pensar que la organización estuviera confiada a
Leuduger, quien, como lo hacía con mucha frecuencia, se
servía de colaboradores directos que congregaban en el lugar
un número suficiente de misioneros del clero diocesano y
religioso local. Si es que, realmente, el mismo Leuduger no
fue de la partida.
Hasta donde era posible, a cada misionero se permitía elegir
el papel y tarea que iba a desempeñar en la predicación.
Montfort, y Maturín, eligió el oficio de catequista de los
niños, de los enfermos y de los pobres. Dado que la misión
para los niños se desarrollaba en la mañana tardía, Montfort
podía encontrar el tiempo para escuchar las demás
predicaciones, y para aprender la técnica, diríamos, si no
conociéramos las capacidades de la persona. Algunos ecos de
la misión lo tenemos en las biografías: una tarde, ya en la
noche, Luis María vuelve a la casa de los misioneros con una
pesada carga a las espaldas; con el grito: "¡Ábranle a
Jesucristo!", avanza hasta su propio cuarto donde coloca el
pesado fardo: un ulceroso a quien asistirá personalmente
hasta la muerte.
Encontrará también la forma de dar una amable sorpresa al no
darse a reconocer a su propio hermano, Gabriel Grignion,
ahora sacerdote dominico, precisamente en el convento de
Dinán, y en cuya iglesia iba a celebrar las primeras
veces...
Pero realizará, además algo muy importante: logrará
organizar un grupo de señoras que prepararán siempre una
sopa caliente para sus pobres. Un testimonio, considerado
válido en los procesos de beatificación de Luzón en 1867,
dejará una afirmación bastante sorprendente: «Una
institución suya importante sobrevive aún en Dinán, el
hospital al que su caridad dio nacimiento...».
¿Nacimiento, o más bien, nuevo impulso?
Aunque Grandet insinúa cándidamente que Montfort fue a Dinán
porque necesitaba aprender, aprendió de todos modos muy de
prisa, dado que inmediatamente después de la predicación
general, consiguió dar una misión especial para los
militares, como había hecho ya antes en Poitiers. Logrados
los permisos necesarios, se dedica solo, con Maturín, a la
predicación, que resulta muy fructuosa. Una señal la tenemos
al constatar que logró erigir la cofradía de San Miguel en
la guarnición.
También las misiones que siguen en San Suliac, a diez
kilómetros de Dinán en la desembocadura del Rance en el
golfo de San Maló, y el curso de ejercicios para las dos
terceras órdenes franciscana y dominicana de Becherel, al
sur de Dinán, lo mismo que las misiones de Baulón, de Le
Verger, de Merdignac casi en los suburbios de Rennes, lo
mantienen ocupado durante todo el invierno. Este ministerio
es directamente previsto y dirigido por Leuduger, gracias a
lo cual Montfort tiene la oportunidad de aprender
directamente del maestro sin intermediarios.
Viene luego la misión de La Chèze: donde quizás es jefe de
misión. Hospedado en el castillo de los duques de Rohán,
duerme sobre la desnuda roca. ¡Lástima que de esa
permanencia el futuro heredero, el cardenal Eduardo, no haya
aprendido nada, él que utilizará no menos de 600 campesinos
para sus cacerías... Pero a nosotros esta misión tiene que
importarnos mucho.
«Parece que la divina Providencia los haya llevado allí para
la realización de una obra que le había sido reservada.
En esa pequeña parroquia había una capilla grande dedicada a
la Virgen santísima bajo el título de Nuestra Señora de los
Dolores. Desde hacía muchos siglos había sido abandonada; no
tenía techo y dentro estaba toda llena de zarzas y malezas.
El gran apóstol de Bretaña, san Vicente Ferrer, en el curso
de sus misiones, la había encontrado en ese estado y
mientras predicaba en el entorno al pueblo, después de haber
deplorado vivamente el abandono y expresado el deseo de
ponerle remedio, había asegurado "que esa gran empresa
estaba reservada por el cielo a un hombre que el Altísimo
haría nacer en tiempos lejanos; ese hombre llegaría casi
desconocido y sería muy contrariado y escarnecido, no
obstante, con la ayuda de la gracia, llevaría a feliz
término la empresa". Son las palabras utilizadas en una
carta que el párroco de La Chèze, Francisco Jager, escribía
al obispo de Saint-Brieuc, Hervé-Nicolás Thibault du
Bregnon.
No se dice que el misionero (Montfort) estuviera al tanto
de esa predicción donde no hubiera podido menos de
reconocerse...» (Pauvert, 226).
La capilla fue, efectivamente, reconstruida bajo el impulso
y la dirección de Montfort. Luego, sobre el fruto de la
misión y la obra realizada por el misionero mismo, hablará
precisamente Leuduger en el Bouquet de mission:
«En la parroquia de La Chèze donde estoy escribiendo durante
la misión de 1712, se encuentra una capilla de Nuestra
Señora de la Cruz, donde sobre el altar construido a estilo
romano, hay un calvario con tres cruces: la Virgen se halla
al pie de la central con Nuestro Señor Jesucristo muerto
entre los brazos y sobre la balaustrada que rodea todo el
altar están las imágenes de los santos que estuvieron
presentes en la pasión. Después de la misión que se dio en
1707, todos los días se recitan en esta capilla tres
rosarios en coros alternos: la primera después de la misa,
la segunda un poco antes de mediodía, y la tercer por la
tarde...».
La restauración de la iglesita no pudo realizarse durante
los pocos días de la misión y no podía detener a Montfort
más allá del período del compromiso apostólico: entre tanto
terminaba las otras misiones. Se fijo para el 12 de junio,
fiesta de Pentecostés, la inauguración de la restauración.