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CUARTA PARTE

Capítulo 14: El giro decisivo

Capítulo 15: En busca de un programa

Capítulo 16: Una acción misionera totalmente diferente

Capítulo 17: Misionero hasta el día de la muerte

Conclusión: El misterio Montfort

 

Capítulo décimo cuarto

EL GIRO DECISIVO

 

 

Después de citar al hermano Maturín a la abadía de Ligugé, a pocos kilómetros de Poitiers, siendo finales de febrero de 1706, Luis María de Montfort se encaminó, pues, al cielo de Roma. Roza a Châtre, Montluzón, gira sobre Varanne, entró en la actual calzada nacional n 7, la París-Niza.

El solo nombre de las ciudades que cruza desde este momento en adelante suscita en el historiador la necesidad de motivar un alto en el camino, una visita...; pero a ese paso no se llegaría a conducir el peregrino a Roma para el 4 de junio. Probablemente el único motivo de demora en esas ciudades estaba en la necesidad de pedir limosna, la urgencia de celebrar la eucaristía, y lógicamente la búsqueda de una esquina para dormir. Lion, Vienne, Valence, Montélimart, Aviñón, Aix-en-Provence... No había motivo para seguir hasta Marsella, ciudad hasta donde iban casi exclusivamente las gentes que deseaban embarcarse, y el Santuario de la Guardia no ofrecía atractivo alguno para los franceses del oeste, para los bretones sobre todo que en materia de peregrinaciones eran mucho más ricos.

De Aix se encaminó hacia Tourves, Brignoles, Le Luc y Frejus, enfrentando luego la dura subida del Esterel, de donde bajó hasta La Napoule y, por Antibes, a Niza. Era un largo trozo de camino el recorrido a una media de 25 kilómetros por jornada: unos 900 hasta aquí, devorados mientras desgranaba rosarios, entonaba cánticos espirituales y meditaba con enorme facilidad.

En aquel tiempo Niza, en las fronteras del Piamonte, había sido cedida a los franceses, pero la población seguía siendo hostil a los nuevos patrones. Se celebraba la pascua, que ese año caía el 4 de abril, y no es difícil pensar que Montfort se quedara allí para pasar en recogimiento y merecido descanso los días de la Semana Mayor. Y quizás para informarse sobre la forma de proseguir el viaje por zonas desconocidas e, incluso, enemigas.

Las verdaderas dificultades empezaron inmediatamente después: esos 200 kilómetros para llegar a Génova debieron llevarle sorpresas, temores, demoras y momentos de reposo... Exactamente como le había sucedido por esos días a un español por los lados de Savona: «(...) liberado de las cárceles (...), gratuitamente, a quien no he infligido la amenaza de no volver a ingresar en los dominios de N(nuestra) R(epública) S(erenísima), dado que no he sospechado pueda cometer algún crimen ni atentado de manera alguna: que es todo» (Carta del Gobernador del Fuerte de Savona al Senado de Génova, 5.IV.1706 – Archivo de Estado, Génova, Fund. Litt. 1706, I, s.p.), con cuantos temores no se sabe. Por otra parte, eran peligros e incidentes previstos por Montfort mismo en la carta a los habitantes de Montbernage, aunque la realidad debió resultarle más amarga.

 

«No puede imaginarse cuanto sufrió en dolores, humillaciones y fatiga durante todo el viaje: cien veces fue rechazado por los párrocos y por los infieles (¡sic!) a quienes pedía hospitalidad; a menudo se vio obligado a dormir ante su puerta o bajo el vestíbulo de las iglesias porque lo tomaban por un espía o un sacerdote vagabundo, tanto que algunas veces, contra su costumbre, se vio obligado a aceptar honorarios por sus misas para poder vivir.

Cuando podía se albergaba en los hospitales...» (Grandet, 97 – DRG, 6).

 

Así, pues, después de pascua, reemprendió el camino de romero: Niza, San Remo, Finale, Génova, Rapallo... hasta aquí le fue ciertamente útil la presencia del compañero español. Quizás ahora solo, llega la larga subida del Bracco, y Viareggio, Pisa y, por Poggio a Cajano, Florencia. Se necesitaron casi 60 días, unos dos meses más o menos, para recorrer los 1.400 kilómetros. Y, no obstante, abandonó la Vía Aurelia para adentrarse por el camino de la Toscana interna. El desvío fue expresamente buscado, como atestiguan todos los biógrafos, para una visita a Loreto en las Marcas. Así, pues, de Florencia por Arezzo, Foligno, Tolentino, Macerata, para llegar a Loreto hacia la Ascensión, el 13 de mayo, después de 1.697 kilómetros.

A quien apenas conozca algo de la espiritualidad beruliana (y sulpiciana) ese desvío y esa añadidura de peregrinación le parecerán del todo naturales. Luis María había sido formado en la escuela en la que la Encarnación del Verbo es el ideal de toda conformación espiritual. El mismo escribiendo el Tratado afirmará que incluso en "su" devoción «éste es el primer misterio de Jesucristo, el más oculto, el más elevado y menos conocido; que en este misterio, Jesús en el seno de María... escogió a todos los elegidos; que en este misterio realizó ya todos los demás misterios de su vida..., que este misterio es, por consiguiente, el compendio de todos los misterios de Cristo y encierra la voluntad y la gracia de todos ellos; y, por último, que este misterio es el trono de la misericordia, generosidad y gloria de Dios.

 ... En él Jesucristo se halla presente y encarnado en el seno de María... reside y reina en María, según aquella hermosa plegaria de tantas y tan excelentes almas: "¡Oh Jesús, que vives en María, ven a vivir en nosotros con tu espíritu de santidad!, etc."» (VD, 245-246).

 

No es, pues, una visita por curiosidad a Loreto, a la santa casa, que no cabrían en un Montfort apresurado camino de Roma.

 

«Pasó por Loreto antes de ir a Roma: allí se detuvo casi quince días, durante los cuales iba a celebrar la santa misa en el altar de la santa capilla en la que el arcángel san Gabriel anunció el misterio de la Encarnación a la dignísima Madre de Dios, donde ella concibió al Verbo encarnado por obra del Espíritu Santo.

Un habitante de la ciudad de Loreto, al verlo celebrar la santa misa en el altar de la Virgen con una devoción y recogimiento extraordinarios, nunca vistos en otros sacerdotes, quedó tan edificado que le pidió fuera a comer y dormir en su casa, como de hecho lo hizo. (Grandet, 97-98 – DRG, 63-64).

 

Sabemos que Luis de Montfort había querido esa peregrinación para someter al Papa la idea de una fundación propia. Si las características de sus misioneros debían ser las de mantenerse tras las huellas de los apóstoles y bajo la protección de María, no queda difícil entender cómo éstas son meditadas e impetradas en la Casa de la Anunciación. Precisamente en el pasaje citado del Tratado pone Montfort en boca del Verbo encarnado la célebre frase programática recordada en la Carta a los Hebreos (10,5-7) y tomada del salmo 40,7-9: «Por eso, al entrar en el mundo, Cristo dice: Sacrificios y ofrendas no los quisiste, en vez de eso, me has dado un cuerpo a mí; holocaustos y víctimas expiatorias no te agradan; entonces dije: “ Aquí estoy yo para realizar tu designio...”».

 

Aunque no tuviera proyectos concretos que someter a Nuestra Señora en la santa casa –como había hecho Olier y más aún Le Bretonvilliers, que había dejado una medalla con la reproducción del seminario de San Sulpicio– Montfort lo tenía todo para decirlo y pedirlo. Inmediatamente después de pentecostés, 23 de mayo, Luis María volvió a recorrer los 125 kilómetros que lo llevaron a Foligno, y aquí comienza el último esfuerzo de acercamiento a Roma: le quedan solamente 154 kilómetros a través de Espoleto, Terni, Civita Castellana, Prima Porta...

 

«Llegado a dos leguas de la ciudad (7 kilómetros), vio en la lejanía la cúpula de San Pedro, se prosternó en tierra, lloró a lágrima viva, se quitó el calzado y a pie descalzo anduvo el resto del camino, haciendo reflexiones concretas sobre la forma como san Pedro había entrado en aquella gran ciudad, entonces capital del mundo, sin séquito, sin dinero, sin amigos, llevando solamente un bastón en la mano y como recurso la pobreza de un Dios crucificado; y pensando en el milagro perdurable realizado por Dios para enarbolar la cruz de Jesucristo su Hijo en el Capitolio, y para fijar la sede de un pobre pescador sobre el trono del César; bendijo por ello a Dios y culminó en un motivo certísimo de credibilidad, que la Iglesia de Jesucristo es la única y la verdadera por que es romana...».

 

Grandet (98-99 – DRG, 64) nos ha dejado aquí las propias reflexiones insertándose en el relato no sabemos con qué autoridad: aceptémoslas como probables reflexiones de Luis de Montfort: «llegó, finalmente a Roma, cansadísimo y totalmente exhausto» (ib.), necesitado de descanso y de alimento, exactamente como si fuera un peregrino romero cualquiera.

Había recorrido 1.984 kilómetros, en poco más de tres meses, desde febrero hasta fines de mayo de 1706. No obstante, la investigación adelantada en los archivos de los tres hospicios romanos entonces especializados para el cuidado de los peregrinos, Trinidad de los peregrinos y de los convalecientes, Santiago de los incurables, Santísimo Salvador "ad Sancta Sanctorum" y en cualquier otro instituto abierto a los extranjeros, sólo hemos logrado recoger noticias fragmentarias y no del todo seguras sobre cierta forma de asistencia en la Urbe para peregrinos franceses.

Recordando cuanto hizo a su llegada a Poitiers en 1701, donde esperando a que el obispo le recibiera había encontrado una piecita quizás en la periferia de donde salía sólo para orar y para ir a asistir a los indigentes en el Hospital, nos parece lógico pensar que haya hecho la misma cosa en Roma, donde era casi obligatoria la visita caritativa a Santiago. Al respecto, hemos encontrado interesantes relatos de esas visitas de Clemente XI y de los cardenales (las únicas que se recuerdan) en un registro intitulado a los reverendos que por turno eran encargados de las visitas a los enfermos:

 

«El día 26 de enero de 1703, viernes, a las 22, se trasladó a este archihospital de Santiago de los Incurables  Clemente XI, Papa, y se permaneció hora y medio con diez Emos. Cardenales sirviendo a los enfermos y enfermas N. 96 cuya cena bendijo, luego a uno por uno les fue dando una medalla de plata, cuatro biscochitos y cuatro ciruelas en jarabe, asistió a una moribunda, y después de la cena Su Santidad ofreció su gracia. Los señores Cardenales fueron también sirviendo y dando vino, agua y las sopas mientras siempre Su Santidad anduvo en torno a los enfermos» (Archivio di Stato, Roma, Ospedali, n. 51, Busta 373).

 

Este modo de atender una audiencia pontifica sería sobremanera  acorde con la mentalidad y la praxis monfortiana y podría explicar cómo no llegamos a encontrar el lugar de reposo y permanencia de nuestro peregrino en Roma. Una vez más, y perdónesenos, hagamos sitio a un relato en extremo descarnado y quizás muy impreciso, de los primeros biógrafos.

 

«(...) Tras algunos días de reposo, pidió una audiencia al Papa Clemente XI a través de un teatino que tenía mucha influencia ante Su Santidad. Habiendo el Papa fijado el día, el P. Grignion se informó en qué lengua había que presentar el discurso al Santo Padre, y al saber que de ordinario se le hablaba en latín, preparó un discurso corto pero muy elocuente, que recitó en esa lengua después de haber sido admitido a besar los pies del Papa.

Contó luego, cómo, entrando en el estudio de Su Santidad al ver a Clemente XI, fue invadido por un extraordinario respeto, convencido de ver a Jesucristo mismo en la persona de su vicario.

Clemente XI lo recibió con mucha bondad y después del discurso en latín, le dijo que podía hablarle en francés dado que lo entendía lo suficiente para responder; y, dado que Grignion le proponía irse a misionar en Oriente para convertir a los infieles, el Papa le replicó: "Padre, Ud. tiene un campo bastante grande en Francia para el ejercicio de su celo apostólico; no se vaya a otra parte, trabaje siempre en perfecta sumisión a los obispos en las diócesis a las cuales le llamen. Por este medio Dios bendecirá su ministerio".

El P. Grignion presento en seguida al Papa un crucifijo de marfil suplicando a Su Santidad le conceda una indulgencia plenaria para cuantos le besen en la hora de la muerte, pronunciando los nombres de Jesús y de María, arrepentidos de sus pecados. A lo cual accedió el Papa. De ahí proviene que haya hecho grabar en el pedestal en letras grandes estas palabras: Indulgentia plenaria a summo Pontifice Clemente undecimo concessa, y se servía ordinariamente de este crucifijo en las misiones, para excitar a la gente a la contrición de sus pecados, mostrándoles las llagas de su Salvador. Antes de salir de Roma hizo preparar la punta superior de su bastón y, a menudo colocaba allí su crucifijo, por los caminos de regreso a Francia, para tomar de él materia para sus meditaciones.

El Papa le concedió también el permiso para bendecir crucecitas de papel y de tela que distribuía, al final de cada misión, a quienes habían asistido a treinta y tres sermones, en las que estaban escritos los nombres de Jesús y de María.

Clemente XI le dio también el título de "Misionero Apostólico", y le recomendó sobre todo enseñar insistentemente la doctrina cristiana a la gente y a los niños y hacer renovar en todas partes el espíritu del cristianismo por la renovación de las promesas bautismales...» (Grandet, 99-101 – DRG 64-65).

 

Blain mucho más sintético, añade algún pormenor sobre el coloquio entre Montfort y el Papa:

 

 «...fue a postrarse a los pies de Clemente XI y ofrecerse a él para ir a donde él quisiera enviarlo. Este santo Padre, tan celoso contra los nuevos errores que veía extenderse en Francia, tan dulce y paciente para sufrir los continuos ultrajes que le causaron los enemigos de su constitución y de su Iglesia, creyó que el humilde sacerdote que imploraba su misión, no podía hacer nada mejor que volver a su país, proseguir las funciones de su celo y hacer frente a los progresos de la nueva doctrina» (328-329).

 

Las páginas presentadas necesitan algunas anotaciones...

El padre teatino al que se alude, debe ser José María de Tomasi, siciliano, de los Clérigos Regulares, que junto el jesuita pistoiense Juan Bautista Tolomei, tras haber rechazado por humildad el capello cardenalicio, lo aceptó solamente por obediencia con ocasión de la canonización de los beatos Pío V, Andrés Avelino, teatino, Félix de Cantalicio, capuchino, y Catalina de Bolonia, el domingo 22 de mayo de 1712, fiesta de la Trinidad. De Tomasi había nacido en Alicata el 12 de septiembre de 1659, profesó muy joven como teatino en 1666, trasladado a Roma desde 1673, permaneció allí casi siempre, ejerciendo su ministerio en la iglesia de San Silvestre al Quirinal, hasta su muerte acontecida el 1º de enero de 1713. Asiduo investigador biblista, liturgista, buen predicador, sobre todo, fecundo escritor, se publicaron de él a partir de 1747, siempre en Roma, once volúmenes. A su muerte, llegaron de Francia no menos de 120 cartas de amigos y conocidos. Fue beatificado en Roma el 16 de septiembre de 1803.

La "influencia" de que habla el biógrafo de Montfort podría explicarse por su posición de capellán de iglesia de la residencia ordinaria del Papa, y, sobre todo, por su conocimiento pormenorizado de las cuestiones galicanas en especial en el campo litúrgico: y nos parece haber dicho lo suficiente para motivar su ingreso en la biografía de Montfort como presentador del peregrino francés en la curia. Por otra parte, todo peregrino francés, sabemos por otras fuentes, era un valioso informador sobre las cosas transalpinas que en ese tiempo –incluso Blain lo subraya y la historia lo confirma– no eran del todo simples y claras por esa evidente ambigüedad del Rey Sol y la poco ortodoxa decisión de los obispos.

La lucha jansenista que hubiera debido adormilarse tras la paz clementina (1667) entre la Santa Sede y el Episcopado francés, mantenía focos de división a propósito de "obsequioso silencio" y sobre la verdadera y convencida obediencia al Papa; pero ya no interesaba casi nada porque la atención era atraída por la lucha por las regalías y por el floreciente galicanismo, tanto más cuanto que surgían obispos jansenistas que se pavoneaban de ser defensores de los derechos de Roma contra el absolutismo del Estado. El setecientos había aportado nuevas llamaradas, logrando sacudir violentamente a la Iglesia en Francia por casi tres decenios.

En el verano de 1701 se había suscitado el llamado caso de conciencia: cuarenta doctores de la Sorbona habían declarado que la fórmula del "silencio obsequioso" no podía impedir la absolución sacramental. Numerosos obispos, guiados esta vez por Bossuet se habían alineado con Clemente XI. El mismo Luis XIV había pedido al Papa una declaración clarificadora. El 15 de julio de 1705, Clemente XI publicaba la bula Vineam Domini Sabaoth, en la que se presentaba como insuficiente el "silencio obsequioso" para recibir la absolución sacramental, porque la condenación a Jansenio debía hacerse "con la boca y con el corazón".

La bula logró resultados aceptables. La asamblea del Clero de1705 de impostación galicana, declaró claramente aceptarla, pero expresó al mismo tiempo la convicción de que los decretos papales eran obligatorios para la Iglesia universal sólo si eran reconocidos por los obispos y éstos los consideraban como propios. Clemente se lanzó a la pelea con todas sus energías, sin resultado alguno. Además, un nuevo absceso atraía su atención: Pascasio Quesnel, jansenista francés refugiado en Bélgica, se hacía sentir con sus Reflexiones morales. La censura de 1708, dada la oposición del cardenal de Noailles de París, indujo al Papa a amplias negociaciones hasta la bula Unigenitus del 8 de septiembre de 1713, que por un nuevo tira y afloja arrastró a los católicos franceses a las puertas de un cisma a causa de los apelantes al concilio contra el Pontífice.

Creemos que todo esto es suficiente para hacer comprender cómo noticias de primera mano y posiblemente sinceras, eran gratísimas en Roma...

Si aceptamos el 6 de junio como fecha del encuentro entre Clemente XI y Montfort, debemos anotar que era el domingo del Corpus Domini. Las solemnes celebraciones eucarísticas tenían ocupada a la basílica de San Pedro; el Capítulo vaticano suspendía toda la actividad durante toda la octava para dar espacio y reconocer la eminencia del Santísimo Sacramento y trasladaba la sede coral a la parroquia de San Blas en calle Julia. Resultaba así que funciones parroquiales y corales debían superponerse, fundirse o alternarse. En San Blas, el 4 de junio celebró Montfort la santa misa en sufragio de una tal Lucía, Lud. María de Montfort, y se halla alineada con otras de corte claramente extranjero. Podría ser ésta la confirmación de la costumbre de hacer celebrar a los peregrinos a Roma en San Blas y no en San Pedro durante la festividad del Corpus que tenía ocupada a la basílica entera.

También el Papa, en lugar de regresar en seguida, como era costumbre después del período pascual, al Quirinal, siguió residiendo en el Vaticano. Allí precisamente fue recibido Montfort.

Fue una audiencia privada, importantísima. Montfort lee probablemente su valiente discurso en latín, pero se sintió animado a proseguir la conversación en francés. La praxis normal de la curia pedía que el discurso fuera entregado al Papa para conservarlo junto con las súplicas, peticiones, elogios, etc. en los archivos privados de la casa pontificia, es decir, al patrimonio de la familia Albani, en este caso. En el Archivo Secreto Vaticano no se encuentra ese documento, mientras que todo el conjunto de los documentos del Fondo Albani fue celosamente conservado por el archivista a la muerte de Clemente XI. Pero falta el sobre que debería contener las instancias de ese primer período de 1706. Alguien considera que en las incursiones del gran Napoleón, diferentes cajas de documentos sustraídas al archivo pontificio tomaron el camino de Francia con destino a París; las cajas fueron escogidas sin cuidado alguno, de suerte que no fue siquiera fácil catalogarlas para hacérselas restituir, como aconteció algunos decenios más tarde. Pero de ese sobre no hay traza alguna: ¿no será cierto que algunas cajas jamás llegaron a París... que algunas patrullas de soldados, en el momento de pasar por los Alpes las utilizaron para matar el frío...?

Clemente XI era sensible al problema de la descristianización de las multitudes y del creciente sopor de las conciencias; había estudiado el problema con atención y había identificado cierta estrategia para oponerse a ese neopaganismo, y el 16 de marzo de 1702 dirigía a los obispos de Italia y Francia una Carta Circular de la cual desafortunadamente sólo se tiene noticia en una colección de ordinario muy confiable (Moroni, Dizionario, término missioni, vol. 45, p 222), en las cuales el Pontífice proponía restaurar el impulso de las "misiones al pueblo":

 

«1º para poder por este medio más libre y útilmente corregir los abusos;

2º para suplir con ello a la penuria que se encuentra muy a menudo en las mismas ciudades de la palabra de Dios que muchos no predican con la debida sencillez y claridad;

3º habiendo mostrado la experiencia, incluso últimamente en Roma, que cuando se explican las cosas de Dios familiarmente y en forma adecuada al fruto para las almas, la gente se siente a gusto, acude con frecuencia y extrae de ello grandes utilidades de las costumbres para edificación universal;

4º para que sean específicamente bien instruidos y pacientemente preparados a una buena confesión general, con intención de aplicar de esa manera el oportuno y necesario remedio al, desafortunadamente, grave y frecuente mal de esas confesiones que hubieren podido hacer inválidamente en el pasado...».

 

¡Qué amargo debía ser leer doloridos llamamientos de predicadores y misioneros apostólicos, en el primer año de pontificado, que le habían hecho esperar!:

«En la mayoría de las diócesis se quejan innumerables relaciones, porque los obispos se tranquilizan pensando haber remediado todos los inconvenientes con las Constituciones Sinodales, cuya observancia buscan, si no en lo que se refiere a lo útil de sus Cancillerías, de suerte que los Sínodos impresos deberían suprimir de las diócesis los abusos y reformar la vida de los Pueblos, sirven solamente al tráfico de los obispos que obligan a los beneficiados a comprar copias, vendiéndolas en grandes cantidades...» (ACV, Fondo Albani, I, 1700).

 

Y en lugar de preocuparse de que haya predicadores y misioneros para el pueblo que lo adoctrinen, se preocupan sólo por las apariencias de las iglesias y ubicación de los beneficiados amigos y familiares. Y si, además, hay que añadir el abuso de la predicación misma reducida a teatro por los sonetos que se hacen en alabanza de algún hablador o predicador, que se ofrecen en la iglesia, como denunciaba un célebre padre teatino de Nápoles, don Carlos Morale, "persona de reconocida bondad y doctrina", podríamos comprender que el cristianismo sobreviviente en una época de superficialidad estaba minado en sus mismas fuentes y era difamado por los mismos depositarios.

El mismo padre de las misiones al pueblo en Bretaña, Le Nobletz, dirigiéndose a los superiores que debían designar los misioneros, pedía «apoyar a esos misioneros frente a párrocos ignorantes y viciosos que, sin motivo, querrían impedir el ejercicio de sus funciones , y no creer de buenas a primeras los informes de los enemigos malévolos de la doctrina de Jesucristo...».

 

Palabras que nos llegan gracias a la cuidadosa transmisión de otro gran misionero bretón, el jesuita P. Julián du Maunoir.

No por nada, pues, el Papa enviaba a Montfort a predicar la renovación consciente y voluntaria de las promesas del bautismo, porque el mismo Montfort se pregunta en su Tratado:

«¿Quién cumple este voto tan importante? ¿Quién observa con fidelidad las promesas del santo bautismo? ¿No traicionan casi todos los cristianos la fe prometida a Jesucristo en el bautismo? ¿De dónde proviene este desconcierto universal? ¿No es, acaso, del olvido en que se vive de las promesas y compromisos del santo bautismo y de que casi nadie ratifica por sí mismo el contrato de alianza hecho con Dios por sus padrinos?...» (VD, 127).

 

La calificación o título de Misionero apostólico, con el que el Papa quería gratificar a Montfort necesita una profundización para comprender el desarrollo y las actitudes del mismo Luis María en su apostolado futuro. El título remonta a los comienzos de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide (1623), y concurre a formular la historia de las misiones. Incluso si hoy "a causa de las situaciones cambiadas del tiempo y para favorecer la caridad" se ha suprimido el título (Decreto P. F. del 16.01.1924), hay que subrayar que las designaciones hechas por la Sda. Congregación fueron siempre iluminadas y oportunas. De hecho el título podía concederse sólo a los alumnos del Colegio Pontificio y a todos los sacerdotes encargados de hacer misiones por decreto especial de la misma Propaganda Fide.

Por "misiones" se entendía tanto la predicación interna, en zonas peculiarmente turbulentas para la fe a causa de herejías o de desviaciones, como naturalmente en la acepción más conocida, la predicación en territorios fuera de la patria llamados precisamente "tierra de misiones"; en otras palabras, la primera se realizaba entre los herejes, la segunda entre los infieles.

En lo que se refería al título y encargo en tierras de infieles, la opción versaba de preferencia sobre los religiosos que, "examinados por esta Sagrada Congregación" eran designados por la Propaganda Fide con especial diploma, bajo la dirección de un Prefecto del Propio Instituto, en cualquier Reino o Provincia. A ese Prefecto se asignaba el diploma y la facultad correspondientes y comunicables a sus propios religiosos; pero era necesario adelantar una cuidadosa investigación "sobre su vida y conducta, y no sólo ante sus superiores y cohermanos de orden, sino también ante el ordinario del lugar donde ha morado por algún tiempo el personaje".

Después de 1633, sabemos que el Papa podía, siempre con la contraseña de Propaganda Fide, asignar título y facultades con un Breve e incluso de viva voz, traducida luego en carta del Cardenal del dicasterio. No obstante las investigaciones, no es posible saber cómo y cuál sea la forma con la Montfort fue designado. Es cierto, de todos modos, que una vez de regreso al Reino de Francia, debía llevar un documento oficial con el cual presentar al Provincial de los capuchinos de Bertaña (¡sic!) o de Britannia, quien proveería a brindarle las Credenciales que debía presentar a los obispos, como lo exigía el Decreto S.C.P.F., del 23.11.1688.

 

«Los misioneros están obligados a mostrar las Credenciales a los Vicarios Apostólicos y en ausencia de ellos a los Provicarios y pedir a éstos el permiso para ejercer sus facultades, permiso que no podrá negarse si no por causa grave que debe comunicarse a la Santa Sede...», donde en lugar de Vicarios o Provicarios hay que leer: Obispos o Vicarios generales. Porque las facultades eran realmente únicas, como graves eran igualmente los deberes particulares: comer carne en los días prohibidos por la Iglesia, sustituir el Breviario con la recitación del rosario, celebrar la misa sub diu, es decir, a cielo abierto, el indulto personal de altar privilegiado tres veces por semana, celebrar la eucaristía una hora antes del alba y una hora después del mediodía, bendecir con una simple señal de la cruz, fuera de Roma, cruces, estatuas, medallas, y conceder la indulgencia de sana Brígida (¡la indulgencia plenaria aplicable a los difuntos!).

En Francia, sólo once Provinciales de la orden de los capuchinos, con exclusión explícita de Nuncios, Cardenales y Obispos, eran reconocidos como vicarios apostólicos, y entre éstos, en tercer puesto, el Padre Provincial Prefecto de las misiones internas y externas asignadas a la Provincia de Britannia. Es de notar que algunos Obispos habían sido expresamente excluidos y privados de todo poder en la materia, como el de San Maló y de París, mientras que eran mencionados respetuosamente por la Secretaría de Estado los de Nantes y Poitiers.

Fue, pues, Luis María distinguido con un gran título, el de Misionero Apostólico. Y esto lo diferencia y destaca entre todos los demás misioneros de su tierra: Michel Le Nobletz y su discípulo Julián Du Maunoir fueron siempre apoyados, defendidos y casi empujados por el obispo Saint-Pol-de-Léon; Juan Leuduger, con quien pronto nos encontraremos, era el clásico misionero diocesano, y había recibido el mandato del obispo de Saint-Brieuc, mons. Denis de la Brade.

Sería inútil, pensamos, buscar en los registros de la época y en las colecciones de documentos alguna confirmación a cuanto nos dicen los biógrafos y las relaciones juradas de los procesos de beatificación sobre el título. Ciertamente lo recibió, aunque ignoramos como podía demostrarlo a los obispos y a los sacerdotes de su tierra. Había sido seguramente un título quizás directamente pedido y anhelado, por la enorme ventaja que de él provenía para el ejercicio del apostolado al que iba a dedicarse.

Hay un dato común en la biografía de todos los misioneros de esa época: el mandato de los superiores. ¡Montfort, por su parte, lo había recibido precisamente del pontífice! Fortalecido por su título romano, se podrá presentar a los obispos y a la gente, poniéndose a su disposición como hombre evangélico, libre y decidido, no vinculado por limitaciones territoriales o de ambiente, con una investidura que más que diocesana era pontificia, y, por ello, digna de todo respeto y confianza. Quizás no era el medio más fácil para ganarse las simpatías entre las susceptibilidades y la envidia de obispos y colegas, pero ciertamente era el más eficaz sobre las poblaciones que lo habrían visto llegar desde muy lejos y no de las fronteras de la parroquia más cercana, sino de Roma, con una autoridad y una gracia más especial dada de vez en cuando por el mismo Sumo Pontífice.

Y si a la resonancia del título romano se añade la pureza de la doctrina, la auténtica seriedad de la vida y el heroísmo de las virtudes del misionero a lo apostólico, podemos comprender que el título que le confirió Clemente XI no era otra cosa que el reconocimiento de la sinceridad ortodoxa de la fe y la evidente santidad de la conducta. Es cierto, la gente podía maravillarse frente brillo del título romano, los corazones de los oyentes sólo se convertirían y perfeccionarían ante la santidad del predicador. Pero también esa santidad y capacidad apostólica tenían origen romano, si hemos de creer a las palabras presentadas por otro biógrafo y dichas por Montfort en 1707 al párroco de Breal: «Mi querido amigo, he recorrido más de mil leguas en peregrinación para pedir a Dios la gracia de tocar los corazones y él me ha escuchado».

 

Y con esta afirmación relatada por el mismo Montfort bajo la finalidad apostólica del viaje romano, también nosotros acompañamos a Luis María en el viaje de regreso a Francia.

Tras la audiencia pontificia no había motivos para prolongar la permanencia, excepto para esas pequeñas prácticas que había que completar para el título que le había conferido el Papa. Ciertamente no motivos de erudición o de cultura: «El jesuita P. Dutemps me dijo que le preguntaron al P. de Montfort, a su regreso de Roma, lo que había visto; respondió: Nada» (Blain, 327).

 

En cambio, había todos los motivos para apresurar el regreso. En primer lugar, la voluntad de dedicarse en seguida al trabajo. Y luego, las noticias, forzadamente fragmentarias pero suficientes, sobre los movimientos de tropas y guerras al norte de Italia. Entre más tardara, más difícil sería el cruce de las fronteras. Los austriacos estaban para lanzar el ataque decisivo, y los franceses reforzaban las fortificaciones y trincheras. Debió ser, pues, un regreso precipitado: duró solamente dos meses y el recorrido costó mucho más que la ida, bajo el sol veraniego y con el cansancio acumulado en los tres meses empleados para andar aquellos dos mil kilómetros de Francia a Roma.

Algo sabemos del regreso: viaja en compañía de dos jóvenes, que encontró en Roma ya antes de la audiencia. No consta que lo acompañaran hasta Francia. Como él, también ellos se acomodaron a pedir limosna y a los inconvenientes de andar a la ventura.

El recorrido debió ser necesariamente el más directo: nada de Loreto, y, por lo mismo, la actual Vía Aurelia: Civitavecchia, Livorno, Génova, Niza y lo más directo para regresar a Poitiers.

Y, ¿por qué no la vía del mar? Difícil imaginarlo. Sobre todo no hay pruebas. Ciertamente no viaja a caballo, dado que Montfort mismo precisamente en ese viaje debió dar explicaciones a un párroco que se lo preguntaba mientras le daba una limosna: viajar a caballo no estaba en las costumbres de los apóstoles..., pero sí en las de la gente mundana (Grandet, DRG, 65).

A pesar de todo, pensamos que si lo hubiera habido el caballo hubiera sido muy oportuno... por lo cual la respuesta dada al párroco que "comía en gran compañía" tiene sabor de dura reprobación y sermoncillo.

 

«El 25 de agosto, fiesta de san Luis (IX rey de Francia), su patrono, llegó a Ligugé, a una legua de Poitiers, abadía de los jesuitas y muy famosa por haber sido consagrada a san Martín y santificada por la permanencia del santo, que iba a encontrar a su gran maestro, san Hilario. El P. de Montfort celebró allí la misa.

El hermano Maturín que lo esperaba en el lugar, tuvo no poca dificultad en reconocerlo, tan cambiado estaba y quemado por el sol y debilitado por la dureza del camino. Llevaba los zapatos en la mano porque tenía los pies todos desgarrados; llevaba el sombrero bajo el brazo y la camándula entre los dedos...» (ib.).

 

No nos cuesta creerlo.

Había recorrido casi cuatro mil kilómetros.

Montfort pensaba poder descansar un poco en Poitiers, convencido de encontrar calmado o adormilado todo ánimo de querella o discusión en contra suya...

¡Qué ilusión!

 

 

 

Capítulo décimo quinto

EN BUSCA DE UN PROGRAMA

 

 

Al parecer, en Poitiers nadie tiene curiosidad de saber cómo anduvo la escapada a Roma, excepto el hermano Maturín que lo acoge como a un fantasma o el P. de la Tour, el jesuita que había estado de acuerdo con el viaje, o las dos Hijas de la Sabiduría que lo esperaban en Poitiers.

No, muy, por el contrario, su regreso es motivo de renovada desconfianza: el obispo le manda a decir por medio de su secretario que salga de la ciudad dentro de 24 horas. La nueva orden impide al P. de la Tour hacerlo cuidar en Hotel-Dieu de la Charité porque lo vio fatigado en extremo y con el rostro lleno de granos. De todos modos, hubo tiempo para dialogar con las hermanas del Hospital, porque la institución parece sobrevivir. El coloquio es un himno de acción de gracias al Señor y a su Madre amabilísima que han bendecido la iniciativa lo mismo que el sacrificio de las dos jóvenes. Probablemente las pone al corriente de la grave tarea que le ha asignado el Papa y de la necesidad de consejo y oraciones para que todo se desarrolle conforme al designio de Dios.

Si la Curia no le permite ni siquiera descansar, hay uno de los párrocos amigos suyos que le acoge en su casa a seis millas de Poitiers. Montfort está feliz de poder así celebrar cada día y recuperar las fuerzas. Y mientras se rehace físicamente, dedica ocho días a los ejercicios espirituales para que también el espíritu pueda recuperarse.

Esperaríamos verlo aquí dedicado a buscar "trabajo". Pero no: hará una nueva peregrinación de trescientos kilómetros más, hasta el Monte San Miguel, en Normandía, como si el viaje a Roma no hubiera terminado todavía.

Hemos querido mirar de soslayo a los pocos años que le quedan, menos de diez, y descubrimos que ésta será en verdad la última peregrinación. Los otros viajes serán sólo traslados y pasos por trabajo o por compromiso. Pero vale la pena buscar una razón para esta prolongación del camino de Roma. Otros han encontrado razones especiales, o quizás tampoco las han buscado.

Es preciso recordar el espíritu con que había emprendido el camino de Roma: la constatación de numerosos fracasos incluso en el apostolado que más le agradaba, añadida a cierta desconfianza, motivada también en el apoyo de los obispos y amigos; la insatisfacción de no ser capaz de escogerse por sí solo un camino bien definido en el ministerio...; en otras palabras, ese constante alternar entre tareas tan diferentes, incluso opuestas, le había llevado a comprender que era necesaria una indicación segura de parte del Señor, una determinación explícita, un encargo que lo independizara de oportunidades pasajeras y a menudo contradictorias.

Roma lo había entendido plenamente y lo había regresado a su terruño francés, con un encargo oficial evidente: Misionero, provisto de una autenticación pontificia: Apostólico. Había buscado seguridades y el Papa se las había dado. La voz del Señor era ahora muy clara; el nuevo título le garantizaba finalidad y espacio. Administrarlo en la forma debida, esto debía conquistarlo con la oración y el sacrificio.

La razón de este último viaje complementario del de Roma se halla toda aquí: la necesidad de sentirse en capacidad de dar dignamente su batalla por los pobres y los pecadores, por hallarse en el sitio que Dios le había asignado. El lema Dios solo (Dieu seul) no aparecía por casualidad con más frecuencia en su boca y en su pluma.

Podemos concluir que el epílogo a la peregrinación a Roma había sido tenido ya en cuenta desde antes y nos extraña ya tanto este ulterior suplemento de camino, estando listo para modificar el itinerario de la romería: Poitiers – Roma – Monte San Miguel. Solamente en Normandía termina la búsqueda. Tan cierto es esto que inmediatamente después se dedicará al apostolado en su diócesis de Saint-Maló.

Tampoco esta vez viaja solo: está con él el incomparable hermano Maturín que ya no lo abandonará más.

La primera etapa es el monasterio de Fontevrault, a donde llega con la sencillez del peregrino para pedir hospitalidad y acogida. Pero ya no está la reine des abbesses, Gabriela de Rochechouart, hermana de la Montespán; desde 1703, la abadesa es la nieta Luisa Francisca de Rochechouart, que no conoce a Montfort, a quien, por lo extraño del comportamiento, no se siente a gusto de acoger. Se sabe que las hermanas charlan a su gusto, sobre todo comentando lo que acontece en la puerta del convento, como lo hicieron cuando la portera refirió con vivacidad el episodio. Los pormenores son tan exactos que sor Isabel (Silvia Grignion) no tiene dificultad en exclamar: "¡Pero sí es mi hermano!"

Corren en su búsqueda y con mil excusas le abren de par en par la abadía. «La señora abadesa no quiso darme limosna por amor de Dios; ahora me la ofrece por amor a mí. ¡Muchas gracias!», respondió, y siguió su camino.

El episodio muy bien relatado por Blain subraya de todos modos, que las enseñanzas de San Sulpicio sobre la buenas maneras nunca habían sido asimiladas. El motivo del rechazo que le dieron estaba precisamente en no haber querido decir su nombre. Replicará: "¿para qué preguntarme el nombre? imploro la caridad no por mí, sino por amor de Dios."

Y una pequeña añadidura: Silvia lo reconocerá, claro, por las extrañas actitudes, pero sobre todo por la descripción de su aspecto, un rostro "tan notable con su nariz aguileña...".

Después de Fontevrault, una visita al amable santuario de la Dolorosa de Saumur. Pero en Saumur otras religiosas están ansiosas de hospedarlo: las de Juana Delanoue, del instituto fundado en la fiesta de Santa Ana, patrona de Bretaña, en 1704, las Soeurs de Sainte-Anne-de-la-Providence de Saumur. Montfort había contribuido a esa fundación durante su permanencia allí en 1701 colaborando con la fundadora en la redacción de las reglas. Hoy tiene la oportunidad de volverlas a ver antes de la aprobación episcopal de 1709. Entre tanto tiene conferencias para las hermanas y diálogos con ellas.

Pasados los primeros diez días de septiembre está de nuevo en viaje para Normandía. Teniendo que pasar por Angers, querría detenerse algunos días porque supo que su superior-confesor Antonio Brenier, precisamente el que le había facilitado y financiado el ingreso a San Sulpicio y que había hecho recitar un Te Deum para la ocasión, se hallaba en la ciudad. A pesar de diversos ataques de apoplejía desde 1702 y los muchos cuidados terminales, hoy era superior del seminario diocesano, ya agregado desde 1695, siempre por obra suya, al gran San Sulpicio de París.

La última alusión a Brenier en Montfort, la encontramos en su carta a Leschassier del 4 de julio de 1702, en la que le dirigía un especial saludo de agradecimiento por cuanto había podido hacer por él. Pasando por Angers, habrá pensado en poner al corriente al anciano superior (y con él a San Sulpicio) a cerca de los años transcurridos y sobre todo de la gran aventura romana.

Pero, recibido durante la recreación «se ve rechazado y despedido en forma ultrajante, en presencia de toda la comunidad... Si le hubieran hecho la caridad de darle de comer, la afrenta hubiera perdido un poco de su amargura; no, en cambio, lo echó de la casa vergonzosamente, lo despidió en ayunas, inmediatamente, sin considerar ni su carácter ni su necesidad».

 

El bueno de Blain aquí (324), a pesar de estar tan comprometido, y no ser nunca del todo objetivo en relación con los sulpicianos, queda estupefacto, y sale del paso subrayando: «Este es uno de esos encuentros en que vemos a un santo perseguido por otro santo» (325 ).

 

En esta oportunidad Montfort no logra acallar lo que el corazón le pone en los labios: seis años después, cuando hable de ello, dirá con amargura: «¿Es posible que en un seminario traten así a un sacerdote?» y confesará no haber sufrido nunca tanto como en esa humillación. Quizás vale la pena hacer nuestro el comentario del mismo biógrafo que los conocía perfectamente a ambos, a Brenier y a Montfort:

 «Por qué motivo, el P. Brenier, un hombre tan santo y atento a todos los movimientos de su alma, actuó así en esa ocasión? ¿Lo hizo con el propósito premeditado de humillar a su antiguo alumno y probar de nuevo su virtud? ¿O por un movimiento humano y un impulso escapado a un hombre todo de fuego y que necesitaba de toda su gran mortificación para dominar la violencia, en ciertas ocasiones? ¿O fue por la profundidad de su espíritu penetrante y su profunda sabiduría que le advirtió que había que tratar así a un hombre de virtud extraordinaria, pero demasiado excepcional en sus modales, ante un gran número de jóvenes, a fin de que ninguno resolviera imitarlo y tomarlo por modelo? ¿O por inspiración divina que quiso privar al P. de Montfort de todo consuelo humano y quitarle el inocente apoyo que buscaba en su antiguo maestro? ¿Fue finalmente una señal de la Providencia que quiso enseñarnos que los santos no se agradan siempre y que, aunque conducidos por el mismo Espíritu de Dios, no caminan al cielo por los mismos senderos? Es lo que no puedo responder y en lo que adoro los juicios de Dios que permite que santos persigan a santos y se inflijan unos a otros las penas más sensibles...» (Ib. 325-327).

 

Y realmente en este punto quedamos también estupefactos: aunque nos roe una insistente duda. Y es si San Sulpicio estaba ya al corriente del resultado del viaje de Montfort a Roma y del... exabrupto de haber pretendido pasar por encima de todos... cosa que no debía hacerse conforme a las buenas maneras... ¡Perfecto! Pero el modo de actuar de los santos no siempre sigue las buenas maneras.

No obstante, siempre a nuestro parecer, Blain captó bien en la señal cuando querría ver en el episodio un signo de destete, de despegue de los vínculos umbilicales ahora inútiles, en un momento en que debe empezar a guiarse por sí solo.

Montfort pagará a su manera la falta de caridad recibida, haciendo él mismo un acto de caridad: toma sus espaldas a un pobre abandonado de todos y lo carga hasta el hospital más cercano cancelando, además, el albergue y el sustento del mismo. Como el samaritano...

El Monte San Miguel, en los límites de Bretaña y Normandía, es un islote rocoso casi redondo que forma una colina granítica de 900 metro de circunferencia y 78 de altura. La antigua tradición afirma que el islote se formó durante un apocalíptico cataclismo de muchos años antes, que habría destruido también el bosque de Scissy o de Quokelande, recuperado en parte durante la Edad Media.

En cambio, la mitología céltica, creía que el monte era un enorme sepulcro adonde llegaban las almas en busca de paz y tranquilidad eternas. De ahí el nombre que ha sobrevivido de Monte Tumba de la isla, y Tombelaine para el islote dos kilómetros al norte.

En el año 708, el obispo de Avranches, san Uberto, recibió la aparición de San Miguel Arcángel sobre la cima de la roca, con la orden de edificar allí un oratorio. El mundo cristiano quedó impactado por el acontecimiento y se movilizó a realizar la obra deseada por el cielo. Ya en el siglo X, la cima estaba cubierta por una imponente iglesia de estilo carolingio, que un siglo más tarde, servía de base a la basílica romana. En el entorno y sobre el islote y la pendiente, se erigían entre tanto monasterios benedictinos, todos con la misma denominación: Saint-Michel-en-Tombe, Saint-Michel-en-Mer, Saint-Michel-au-peril-de-la-Mer, Saint-Michel-du-Mont... reagrupados finalmente en título común de Mont-Saint-Michel.

A fines del primer milenio, la abadía estaba ya construida, si recordamos que en 966 Ricardo I, duque de Normandía, organizó allí a los benedictinos, que completaron la construcción con la Merveille, la cima. Guerras, asedios, invasiones, incendios, en el curso de los siglos se sucedieron con bastante frecuencia, pero el pueblo bretón y el normando defendieron esforzadamente el propio tesoro, tanto que el monte se convirtió en símbolo de la resistencia hasta 1434, cuando los ingleses fueron rechazados definitivamente, por la población y hasta por los monjes guerreros.

Juana de Arco fue ferviente propagandista de la devoción al Arcángel, y Luis XI creó precisamente una orden de caballería, la Orden Real de Caballería llamada de San Miguel, asignándole la sede oficial en la sala todavía hoy llamada de los caballeros. Los monjes convertidos casi en soldados, decayeron del primitivo espíritu religioso, y ese período coincide con el momento más triste santuario. El antiguo espíritu resurgió en 1622 con la llegada de los benedictinos San Mauro. Pero la abadía no encontró el esplendor espiritual de otros tiempos; en el siglo de Luis María de Montfort, se convirtió en prisión de Estado para condenados especiales del rey de Francia, sepultados vivos en las prisiones cerradas sin ventanas colocadas bajo el paseo de los monjes.

Cuando Montfort llega a la Merveille, no debe mezclarse con los grandes cortejos reales, ni los tumultuosos perdones, porque el santuario se hallaba entonces en profunda desolación: precisamente en ese año, el abate Don Doyte escribirá a Mabillón, el historiador benedictino que iba a exaltar la obra de los monjes en Francia y había pedido las últimas informaciones sobre el Monte San Miguel: «Aquí la miseria es tan grande que supera a toda imaginación. Van tres años que debo una insignificante suma de dinero a un librero de Rennes y aún no he podido pagarle...».

 

También Madame de Sevigñé, en viaje galante hacia el monte, en mayo de 1689, quedaba más impresionada por el desayuno tomado en Pontorson que por el santuario del Arcángel.

Ya no se dan pues, las grandes celebraciones de los tiempos pasados que pudieran incidir en el ánimo del pobre sacerdote, mezclado a la turba anónima y espiritualmente  fervorosa con ocasión de la fiesta del Arcángel ese 29 de septiembre de 1706. Pero fue ese ambiente, esa desolación, aquella gente fervorosa lo que le sugirió la idea de crear una especie de cofradía en honor de Miguel que se propagaría entre los soldados y las guarniciones que encontrará en las peregrinaciones futuras...

Tras la conmovedora permanencia en el Monte San Arcángel –como la llama Grandet–, y un corto tramo de camino, regresa después de tantos años en su ciudad, Rennes, la ciudad de su niñez y de su adolescencia, la capital de Bretaña... Tras encontrar hospitalidad en casa de una mujer que sin reconocerlo lo acoge y se compromete a alimentarlo, y junto con él a Maturín, con un poco de pan negro y leche, se da a la busca de su primer maestro, el sacerdote Bellier que lo había introducido por los grandes senderos de la caridad en busca de enfermos y pobres. Y dado que para encontrar a Bellier tenía que buscarlo cerca al lecho de algún enfermo, lo busca en hospicios y hospitales, y finalmente logra encontrarlo en el Hôtel-Dieu-Saint-Yves donde presta servicio.

Montfort no visitó a Rennes para sumarse a la obra apostólica de Bellier; hoy, ciertamente no. Llegó para encontrar un trampolín, un impulso, una indicación que le asegurara esa forma de apostolado que le había asignado el Papa.

Y Bellier se los da.

El mismo Bellier hizo saber en carta del 3 de septiembre de 1719 al expárroco de Saint-Michel-de-la-Paludz de Angers, el P. Rigault:

«Exhorté al P. Grignion, que llegaba de Roma a nuestra ciudad, a que fuera a la diócesis de Saint-Brieuc, (a sumarse) a uno de los primeros y mejores misioneros del reino, llamado Leuduger... mi buen amigo, o mejor, mi maestro, con el fin de trabajar  bajo la guía de director tan experimentado, (tanto más) cuanto que todos conocen que Grignion es perseguido por actuar fuera de lo ordinario...».

 

El antiguo maestro conoce muy bien las fallas del discípulo, al menos tanto como los solones de San Sulpicio. Sintoniza con ellos, de todos modos en que las dificultades le llegan precisamente de esas formas extrañas, de esas formas fuera de lo ordinario, pero que podrían se entendidas y guiadas por el gran misionero Juan Leuduger.

¿No era a caso el deseo que se había expresado seis años antes, inmediatamente después de la ordenación, mientras aguardaba le destinaran a un campo de trabajo?

 

«...Me asaltan deseos de unirme al P. Leuduger, maestro de teología de Saint-Brieuc, excelente misionero y hombre de mucha experiencia o de trasladarme a Rennes y retirarme al Hospital General al lado de un sacerdote ejemplar, conocido mío, a fin de dedicarme a obras de caridad entre los pobres» (Carta 5).

 

Hoy Bellier lo enviaba a uno de los mayores exponentes de la predicación popular en la Alta Bretaña, de la diócesis de Saint-Brieuc, colindante con la de San Maló.

Juan Leuduger y Luis María de Montfort.

¡Cuántos puntos de contracto en la historia y en la actividad de ambos! Uno y otro provienen de la Alta Bretaña, pasan los primeros años en ambiente campesino, en factorías entre personas sencillas y sinceras; realizan los mimos estudios en el mismo colegio de Santo Tomás de Rennes; ambos son formidables caminantes; ambos viajan a Roma, del mismo modo, a pie y con bastón de peregrinos... Leuduger podrá disfrutar de mayor tranquilidad durante el viaje, al no verse obstaculizado por guerras que le compliquen el camino; pero cambian, las motivaciones de la peregrinación: Leuduger va a Roma para enriquecer su formación literaria, encuentra formas de subsistencia mediante conferencias y discusiones en Colegios y Universidades... Y mientras Montfort, de regreso, se apresura a volver a Francia, Leuduger baja hasta Nápoles y Bari, para remontar durante el verano, detenerse en Montefalco de Umbría a venerar la tumba de una abadesa agustina cuya beatificación se adelanta, y, pasando por el Tirol austríaco, a través de Alemania y Alsacia, entrar en Francia para culminar la peregrinación, como Montfort, en el Monte San Miguel.

Incluso en los rasgos espirituales y en los anhelos apostólicos se dan tantas semejanzas:

«(Leuduger) perplejo interiormente entre la contemplación y el deseo (de las misiones) de América, o la prosecución de los estudios en Italia, Alemania, España... sigue el consejo del P. Huby de dedicarse a las misiones populares en Bretaña, sin entrar en orden religiosa alguna, sino acentuando los beneficios que el cuidado de las almas le puede brindar...» (Ropartz,  Portraits bretons, 11).

 

Al igual que Montfort, a los veintisiete años crea una asociación de señoritas llamadas Hermanas Blancas para el ejercicio de la caridad. En seis años, Leuduger viaja dos veces a París para que lo admitan en el Seminario de las Misiones Extranjeras, y en ambas lo hacen volver a casa, tanto que llega a alimentar el propósito de trasladarse a Inglaterra con el fin de realizar su sueño misionero, aunque termina obedeciendo al obispo que lo nombra párroco conservándole el cargo de misionero popular.

Su capacidad de jefe de misiones le llega de haber estado en la escuela de Julián Maunoir, el heredero directo de Miguel Le Nobletz, el primero y mayor de los misioneros populares después de san Vicente Ferrer. De hecho, el jesuita Maunoir, quien lo vio trabajar en el grupo de uno de sus discípulos, lo convoca con otros 35 sacerdotes a la misión de Moncontour y Lamballe, en 1678-1679. Desde ese momento Juan Leuduger seguirá a Maunoir hasta la muerte de éste en 1688, asumiendo su herencia por voluntad expresa del moribundo. Pero en 1686, el obispo le asigna la parroquia de Moncontour donde permanece hasta septiembre de 1691, sobre todo para consolidar y desarrollar el hospital creado por Maunoir y apoyar una casa de ejercicios espirituales para el pueblo, confiada al cuidado de una congregación recién fundada por el P. Ange Le Proust de Lamballe, bajo el título de un santo canonizado en esos tiempos, Dames de Saint-Thomas de Villenueve.

La herencia de Maunoir lo sigue comprometiendo a pesar de los cargos diocesanos. Hemos calculado que en menos de seis años de permanencia en Moncontour, estará ausente de su parroquia unos 1186 días, o sea, 37 meses, más de tres años...

En 1691, finalmente, le asigna el obispo un quinto cargo diocesano: nombrándolo Ecolâtre o Scholastique (hoy lo llamaríamos Director de la Oficina Catequística) para enseñanza de la religión y la catequesis de toda la diócesis. Desde su nueva sede cerca a la catedral, dirigirá misiones, retiros, cursos de ejercicios espirituales a la gente, cursos de catequesis y escuelas de religión, logrando encontrar tiempo, incluso, para doctorarse en teología en la Universidad de Nantes...

En 1700, haciendo propio el título de un librito publicado por el Vicario general de Dol, Lebret, preparará un Bouquet de mission (ramillete de misión) totalmente nuevo en cuanto al método y al contenido, sobre las misiones al pueblo. El folleto tendrá gran difusión, llegando en pocos años a la cuarta edición.

Hay que subrayar todavía el deseo concreto de Leuduger de transmitir precisamente a Montfort el testimonio heredado de Maunoir, y ya antes de Le Nobletz, y antes todavía de Vicente Ferrer. Pero Leuduger morirá a los 73 años, en 1722, y Luis María, de 43 años, en 1716.

En Rennes, Montfort se detiene sólo pocos días, realizando algunas predicaciones y sobre todo visitando hospitales y hospicios. Logrará, incluso, organizar una colecta para la restauración de la iglesia de Saint-Sauveur. Se deja convencer para ir a visitar a su tío sacerdote Alán Robert, e incluso a su familia ahora organizada en Rue Saint-Hélier. Aceptada la invitación de los religiosos de San Juan Eudes, directores del seminario episcopal, iniciará  un curso de ejercicios para los seminaristas. Tras poco tiempo, cuando comprende que la invitación no es del todo desinteresada, sino una velada tentativa para convencerlo a ingresar en su congregación que es no obstante una institución misionera nacida en Normandía, Montfort abandona el lugar.

Es mejor cambiar de aire y compañía. Quizás el título de misionero Apostólico, mejor que a él le interesaba a muchos otros que lo llevarían en forma mucho más resonante...

En la fiesta de todos los santos y para el día de difuntos está en su tierra nativa, Montfort-la-Cane, donde todos lo recuerdan, aunque sólo un tal Belín, rudo campesino y trabajador de la parroquia, se halla dispuesto a recibirlo en su casa. Belín logra hacer buena figura: ¡el heredero del señor de la Bachelleraie es su huésped! Habla de ello con todos, hasta que la noticia llega a oídos de la vieja nodriza, la Nana Andrea. En realidad, Luis había golpeado antes a su puerta, pero el yerno, ignorando quién era el personaje, le había rechazado la acogida; la pobre anciana, afanada, logrará arrancar al hijito una cena, para oír que éste le reprochaba amablemente: «Nana Andrea, te preocupas demasiado por mí; trata de ser más caritativa. Deja en paz a Grignion que no es nadie: piensa en Jesucristo que lo es todo. ¡Él está en los pobres!».

 

Entre tanto debió invitarle algún colaborador del Leuduger para que fuera a unirse a un grupo de misioneros para la importante misión de la ciudad de Dinán.

Dinán, población medieval, desarrollada en torno al imponente castillo feudal, había pertenecido a los duques de Bretaña y había encontrado un gran desarrollo en la fabricación de tejidos, muy solicitados hasta del exterior; si los banqueros florentinos habían decidido suplantar a los judíos en la administración de las finanzas locales. Ciertamente, la historia por siglos no había sido muy benigna con la ciudad: muchas veces asediada y conquistada por los ingleses en el siglo XIV, últimamente se había dejado arrastrar a la revolución de 1675 con Rennes, y había sufrido las consecuencias. Pero había seguido siendo una de las cinco ciudades donde se reunían los Estados generales de Bretaña: la última secesión tendrá lugar en 1717.

Los biógrafos monfortianos discuten sobre el nombre del grupo misionero. Pero no eran los lazaristas de san Vicente de Paúl y menos aún otros religiosos organizados. Probablemente, siendo Dinán un territorio bretón, es más fácil pensar que la organización estuviera confiada a Leuduger, quien, como lo hacía con mucha frecuencia, se servía de colaboradores directos que congregaban en el lugar un número suficiente de misioneros del clero diocesano y religioso local. Si es que, realmente, el mismo Leuduger no fue de la partida.

Hasta donde era posible, a cada misionero se permitía elegir el papel y tarea que iba a desempeñar en la predicación. Montfort, y Maturín, eligió el oficio de catequista de los niños, de los enfermos y de los pobres. Dado que la misión para los niños se desarrollaba en la mañana tardía, Montfort podía encontrar el tiempo para escuchar las demás predicaciones, y para aprender la técnica, diríamos, si no conociéramos las capacidades de la persona. Algunos ecos de la misión lo tenemos en las biografías: una tarde, ya en la noche, Luis María vuelve a la casa de los misioneros con una pesada carga a las espaldas; con el grito: "¡Ábranle a Jesucristo!", avanza hasta su propio cuarto donde coloca el pesado fardo: un ulceroso a quien asistirá personalmente hasta la muerte.

Encontrará también la forma de dar una amable sorpresa al no darse a reconocer a su propio hermano, Gabriel Grignion, ahora sacerdote dominico, precisamente en el convento de Dinán, y en cuya iglesia iba a celebrar las primeras veces...

Pero realizará, además algo muy importante: logrará organizar un grupo de señoras que prepararán siempre una sopa caliente para sus pobres. Un testimonio, considerado válido en los procesos de beatificación de Luzón en 1867, dejará una afirmación bastante sorprendente: «Una institución suya importante sobrevive aún en Dinán, el hospital al que su caridad dio nacimiento...».

 

¿Nacimiento, o más bien, nuevo impulso?

Aunque Grandet insinúa cándidamente que Montfort fue a Dinán porque necesitaba aprender, aprendió de todos modos muy de prisa, dado que inmediatamente después de la predicación general, consiguió dar una misión especial para los militares, como había hecho ya antes en Poitiers. Logrados los permisos necesarios, se dedica solo, con Maturín, a la predicación, que resulta muy fructuosa. Una señal la tenemos al constatar que logró erigir la cofradía de San Miguel en la guarnición.

También las misiones que siguen en San Suliac, a diez kilómetros de Dinán en la desembocadura del Rance en el golfo de San Maló, y el curso de ejercicios para las dos terceras órdenes franciscana y dominicana de Becherel, al sur de Dinán, lo mismo que las misiones de Baulón, de Le Verger, de Merdignac casi en los suburbios de Rennes, lo mantienen ocupado durante todo el invierno. Este ministerio es directamente previsto y dirigido por Leuduger, gracias a lo cual Montfort tiene la oportunidad de aprender directamente del maestro sin intermediarios.

Viene luego la misión de La Chèze: donde quizás es jefe de misión. Hospedado en el castillo de los duques de Rohán, duerme sobre la desnuda roca. ¡Lástima que de esa permanencia el futuro heredero, el cardenal Eduardo, no haya aprendido nada, él que utilizará no menos de 600 campesinos para sus cacerías... Pero a nosotros esta misión tiene que importarnos mucho.

 

«Parece que la divina Providencia los haya llevado allí para la realización de una obra que le había sido reservada.

En esa pequeña parroquia había una capilla grande dedicada a la Virgen santísima bajo el título de Nuestra Señora de los Dolores. Desde hacía muchos siglos había sido abandonada; no tenía techo y dentro estaba toda llena de zarzas y malezas.

El gran apóstol de Bretaña, san Vicente Ferrer, en el curso de sus misiones, la había encontrado en ese estado y mientras predicaba en el entorno al pueblo, después de haber deplorado vivamente el abandono y expresado el deseo de ponerle remedio, había asegurado "que esa gran empresa estaba reservada por el cielo a un hombre que el Altísimo haría nacer en tiempos lejanos; ese hombre llegaría casi desconocido y sería muy contrariado y escarnecido, no obstante, con la ayuda de la gracia, llevaría a feliz término la empresa". Son las palabras utilizadas en una carta que el párroco de La Chèze, Francisco Jager, escribía al obispo de Saint-Brieuc, Hervé-Nicolás Thibault du Bregnon.

No se dice que el misionero  (Montfort) estuviera al tanto de esa predicción donde no hubiera podido menos de reconocerse...» (Pauvert, 226).

 

La capilla fue, efectivamente, reconstruida bajo el impulso y la dirección de Montfort. Luego, sobre el fruto de la misión y la obra realizada por el misionero mismo, hablará precisamente Leuduger en el Bouquet de mission:

«En la parroquia de La Chèze donde estoy escribiendo durante la misión de 1712, se encuentra una capilla de Nuestra Señora de la Cruz, donde sobre el altar construido a estilo romano, hay un calvario con tres cruces: la Virgen se halla al pie de la central con Nuestro Señor Jesucristo muerto entre los brazos y sobre la balaustrada que rodea todo el altar están las imágenes de los santos que estuvieron presentes en la pasión. Después de la misión que se dio en 1707, todos los días se recitan en esta capilla tres rosarios en coros alternos: la primera después de la misa, la segunda un poco antes de mediodía, y la tercer por la tarde...».

 

La restauración de la iglesita no pudo realizarse durante los pocos días de la misión y no podía detener a Montfort más allá del período del compromiso apostólico: entre tanto terminaba las otras misiones. Se fijo para el 12 de junio, fiesta de Pentecostés, la inauguración de la restauración.