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CUARTA PARTE

Capítulo 14: El giro decisivo

Capítulo 15: En busca de un programa

Capítulo 16: Una acción misionera totalmente diferente

Capítulo 17: Misionero hasta el día de la muerte

Conclusión: El misterio Montfort

 

Capítulo décimo cuarto

EL GIRO DECISIVO

 

 

Después de citar al hermano Maturín a la abadía de Ligugé, a pocos kilómetros de Poitiers, siendo finales de febrero de 1706, Luis María de Montfort se encaminó, pues, al cielo de Roma. Roza a Châtre, Montluzón, gira sobre Varanne, entró en la actual calzada nacional n 7, la París-Niza.

El solo nombre de las ciudades que cruza desde este momento en adelante suscita en el historiador la necesidad de motivar un alto en el camino, una visita...; pero a ese paso no se llegaría a conducir el peregrino a Roma para el 4 de junio. Probablemente el único motivo de demora en esas ciudades estaba en la necesidad de pedir limosna, la urgencia de celebrar la eucaristía, y lógicamente la búsqueda de una esquina para dormir. Lion, Vienne, Valence, Montélimart, Aviñón, Aix-en-Provence... No había motivo para seguir hasta Marsella, ciudad hasta donde iban casi exclusivamente las gentes que deseaban embarcarse, y el Santuario de la Guardia no ofrecía atractivo alguno para los franceses del oeste, para los bretones sobre todo que en materia de peregrinaciones eran mucho más ricos.

De Aix se encaminó hacia Tourves, Brignoles, Le Luc y Frejus, enfrentando luego la dura subida del Esterel, de donde bajó hasta La Napoule y, por Antibes, a Niza. Era un largo trozo de camino el recorrido a una media de 25 kilómetros por jornada: unos 900 hasta aquí, devorados mientras desgranaba rosarios, entonaba cánticos espirituales y meditaba con enorme facilidad.

En aquel tiempo Niza, en las fronteras del Piamonte, había sido cedida a los franceses, pero la población seguía siendo hostil a los nuevos patrones. Se celebraba la pascua, que ese año caía el 4 de abril, y no es difícil pensar que Montfort se quedara allí para pasar en recogimiento y merecido descanso los días de la Semana Mayor. Y quizás para informarse sobre la forma de proseguir el viaje por zonas desconocidas e, incluso, enemigas.

Las verdaderas dificultades empezaron inmediatamente después: esos 200 kilómetros para llegar a Génova debieron llevarle sorpresas, temores, demoras y momentos de reposo... Exactamente como le había sucedido por esos días a un español por los lados de Savona: «(...) liberado de las cárceles (...), gratuitamente, a quien no he infligido la amenaza de no volver a ingresar en los dominios de N(nuestra) R(epública) S(erenísima), dado que no he sospechado pueda cometer algún crimen ni atentado de manera alguna: que es todo» (Carta del Gobernador del Fuerte de Savona al Senado de Génova, 5.IV.1706 – Archivo de Estado, Génova, Fund. Litt. 1706, I, s.p.), con cuantos temores no se sabe. Por otra parte, eran peligros e incidentes previstos por Montfort mismo en la carta a los habitantes de Montbernage, aunque la realidad debió resultarle más amarga.

 

«No puede imaginarse cuanto sufrió en dolores, humillaciones y fatiga durante todo el viaje: cien veces fue rechazado por los párrocos y por los infieles (¡sic!) a quienes pedía hospitalidad; a menudo se vio obligado a dormir ante su puerta o bajo el vestíbulo de las iglesias porque lo tomaban por un espía o un sacerdote vagabundo, tanto que algunas veces, contra su costumbre, se vio obligado a aceptar honorarios por sus misas para poder vivir.

Cuando podía se albergaba en los hospitales...» (Grandet, 97 – DRG, 6).

 

Así, pues, después de pascua, reemprendió el camino de romero: Niza, San Remo, Finale, Génova, Rapallo... hasta aquí le fue ciertamente útil la presencia del compañero español. Quizás ahora solo, llega la larga subida del Bracco, y Viareggio, Pisa y, por Poggio a Cajano, Florencia. Se necesitaron casi 60 días, unos dos meses más o menos, para recorrer los 1.400 kilómetros. Y, no obstante, abandonó la Vía Aurelia para adentrarse por el camino de la Toscana interna. El desvío fue expresamente buscado, como atestiguan todos los biógrafos, para una visita a Loreto en las Marcas. Así, pues, de Florencia por Arezzo, Foligno, Tolentino, Macerata, para llegar a Loreto hacia la Ascensión, el 13 de mayo, después de 1.697 kilómetros.

A quien apenas conozca algo de la espiritualidad beruliana (y sulpiciana) ese desvío y esa añadidura de peregrinación le parecerán del todo naturales. Luis María había sido formado en la escuela en la que la Encarnación del Verbo es el ideal de toda conformación espiritual. El mismo escribiendo el Tratado afirmará que incluso en "su" devoción «éste es el primer misterio de Jesucristo, el más oculto, el más elevado y menos conocido; que en este misterio, Jesús en el seno de María... escogió a todos los elegidos; que en este misterio realizó ya todos los demás misterios de su vida..., que este misterio es, por consiguiente, el compendio de todos los misterios de Cristo y encierra la voluntad y la gracia de todos ellos; y, por último, que este misterio es el trono de la misericordia, generosidad y gloria de Dios.

 ... En él Jesucristo se halla presente y encarnado en el seno de María... reside y reina en María, según aquella hermosa plegaria de tantas y tan excelentes almas: "¡Oh Jesús, que vives en María, ven a vivir en nosotros con tu espíritu de santidad!, etc."» (VD, 245-246).

 

No es, pues, una visita por curiosidad a Loreto, a la santa casa, que no cabrían en un Montfort apresurado camino de Roma.

 

«Pasó por Loreto antes de ir a Roma: allí se detuvo casi quince días, durante los cuales iba a celebrar la santa misa en el altar de la santa capilla en la que el arcángel san Gabriel anunció el misterio de la Encarnación a la dignísima Madre de Dios, donde ella concibió al Verbo encarnado por obra del Espíritu Santo.

Un habitante de la ciudad de Loreto, al verlo celebrar la santa misa en el altar de la Virgen con una devoción y recogimiento extraordinarios, nunca vistos en otros sacerdotes, quedó tan edificado que le pidió fuera a comer y dormir en su casa, como de hecho lo hizo. (Grandet, 97-98 – DRG, 63-64).

 

Sabemos que Luis de Montfort había querido esa peregrinación para someter al Papa la idea de una fundación propia. Si las características de sus misioneros debían ser las de mantenerse tras las huellas de los apóstoles y bajo la protección de María, no queda difícil entender cómo éstas son meditadas e impetradas en la Casa de la Anunciación. Precisamente en el pasaje citado del Tratado pone Montfort en boca del Verbo encarnado la célebre frase programática recordada en la Carta a los Hebreos (10,5-7) y tomada del salmo 40,7-9: «Por eso, al entrar en el mundo, Cristo dice: Sacrificios y ofrendas no los quisiste, en vez de eso, me has dado un cuerpo a mí; holocaustos y víctimas expiatorias no te agradan; entonces dije: “ Aquí estoy yo para realizar tu designio...”».

 

Aunque no tuviera proyectos concretos que someter a Nuestra Señora en la santa casa –como había hecho Olier y más aún Le Bretonvilliers, que había dejado una medalla con la reproducción del seminario de San Sulpicio– Montfort lo tenía todo para decirlo y pedirlo. Inmediatamente después de pentecostés, 23 de mayo, Luis María volvió a recorrer los 125 kilómetros que lo llevaron a Foligno, y aquí comienza el último esfuerzo de acercamiento a Roma: le quedan solamente 154 kilómetros a través de Espoleto, Terni, Civita Castellana, Prima Porta...

 

«Llegado a dos leguas de la ciudad (7 kilómetros), vio en la lejanía la cúpula de San Pedro, se prosternó en tierra, lloró a lágrima viva, se quitó el calzado y a pie descalzo anduvo el resto del camino, haciendo reflexiones concretas sobre la forma como san Pedro había entrado en aquella gran ciudad, entonces capital del mundo, sin séquito, sin dinero, sin amigos, llevando solamente un bastón en la mano y como recurso la pobreza de un Dios crucificado; y pensando en el milagro perdurable realizado por Dios para enarbolar la cruz de Jesucristo su Hijo en el Capitolio, y para fijar la sede de un pobre pescador sobre el trono del César; bendijo por ello a Dios y culminó en un motivo certísimo de credibilidad, que la Iglesia de Jesucristo es la única y la verdadera por que es romana...».

 

Grandet (98-99 – DRG, 64) nos ha dejado aquí las propias reflexiones insertándose en el relato no sabemos con qué autoridad: aceptémoslas como probables reflexiones de Luis de Montfort: «llegó, finalmente a Roma, cansadísimo y totalmente exhausto» (ib.), necesitado de descanso y de alimento, exactamente como si fuera un peregrino romero cualquiera.

Había recorrido 1.984 kilómetros, en poco más de tres meses, desde febrero hasta fines de mayo de 1706. No obstante, la investigación adelantada en los archivos de los tres hospicios romanos entonces especializados para el cuidado de los peregrinos, Trinidad de los peregrinos y de los convalecientes, Santiago de los incurables, Santísimo Salvador "ad Sancta Sanctorum" y en cualquier otro instituto abierto a los extranjeros, sólo hemos logrado recoger noticias fragmentarias y no del todo seguras sobre cierta forma de asistencia en la Urbe para peregrinos franceses.

Recordando cuanto hizo a su llegada a Poitiers en 1701, donde esperando a que el obispo le recibiera había encontrado una piecita quizás en la periferia de donde salía sólo para orar y para ir a asistir a los indigentes en el Hospital, nos parece lógico pensar que haya hecho la misma cosa en Roma, donde era casi obligatoria la visita caritativa a Santiago. Al respecto, hemos encontrado interesantes relatos de esas visitas de Clemente XI y de los cardenales (las únicas que se recuerdan) en un registro intitulado a los reverendos que por turno eran encargados de las visitas a los enfermos:

 

«El día 26 de enero de 1703, viernes, a las 22, se trasladó a este archihospital de Santiago de los Incurables  Clemente XI, Papa, y se permaneció hora y medio con diez Emos. Cardenales sirviendo a los enfermos y enfermas N. 96 cuya cena bendijo, luego a uno por uno les fue dando una medalla de plata, cuatro biscochitos y cuatro ciruelas en jarabe, asistió a una moribunda, y después de la cena Su Santidad ofreció su gracia. Los señores Cardenales fueron también sirviendo y dando vino, agua y las sopas mientras siempre Su Santidad anduvo en torno a los enfermos» (Archivio di Stato, Roma, Ospedali, n. 51, Busta 373).

 

Este modo de atender una audiencia pontifica sería sobremanera  acorde con la mentalidad y la praxis monfortiana y podría explicar cómo no llegamos a encontrar el lugar de reposo y permanencia de nuestro peregrino en Roma. Una vez más, y perdónesenos, hagamos sitio a un relato en extremo descarnado y quizás muy impreciso, de los primeros biógrafos.

 

«(...) Tras algunos días de reposo, pidió una audiencia al Papa Clemente XI a través de un teatino que tenía mucha influencia ante Su Santidad. Habiendo el Papa fijado el día, el P. Grignion se informó en qué lengua había que presentar el discurso al Santo Padre, y al saber que de ordinario se le hablaba en latín, preparó un discurso corto pero muy elocuente, que recitó en esa lengua después de haber sido admitido a besar los pies del Papa.

Contó luego, cómo, entrando en el estudio de Su Santidad al ver a Clemente XI, fue invadido por un extraordinario respeto, convencido de ver a Jesucristo mismo en la persona de su vicario.

Clemente XI lo recibió con mucha bondad y después del discurso en latín, le dijo que podía hablarle en francés dado que lo entendía lo suficiente para responder; y, dado que Grignion le proponía irse a misionar en Oriente para convertir a los infieles, el Papa le replicó: "Padre, Ud. tiene un campo bastante grande en Francia para el ejercicio de su celo apostólico; no se vaya a otra parte, trabaje siempre en perfecta sumisión a los obispos en las diócesis a las cuales le llamen. Por este medio Dios bendecirá su ministerio".

El P. Grignion presento en seguida al Papa un crucifijo de marfil suplicando a Su Santidad le conceda una indulgencia plenaria para cuantos le besen en la hora de la muerte, pronunciando los nombres de Jesús y de María, arrepentidos de sus pecados. A lo cual accedió el Papa. De ahí proviene que haya hecho grabar en el pedestal en letras grandes estas palabras: Indulgentia plenaria a summo Pontifice Clemente undecimo concessa, y se servía ordinariamente de este crucifijo en las misiones, para excitar a la gente a la contrición de sus pecados, mostrándoles las llagas de su Salvador. Antes de salir de Roma hizo preparar la punta superior de su bastón y, a menudo colocaba allí su crucifijo, por los caminos de regreso a Francia, para tomar de él materia para sus meditaciones.

El Papa le concedió también el permiso para bendecir crucecitas de papel y de tela que distribuía, al final de cada misión, a quienes habían asistido a treinta y tres sermones, en las que estaban escritos los nombres de Jesús y de María.

Clemente XI le dio también el título de "Misionero Apostólico", y le recomendó sobre todo enseñar insistentemente la doctrina cristiana a la gente y a los niños y hacer renovar en todas partes el espíritu del cristianismo por la renovación de las promesas bautismales...» (Grandet, 99-101 – DRG 64-65).

 

Blain mucho más sintético, añade algún pormenor sobre el coloquio entre Montfort y el Papa:

 

 «...fue a postrarse a los pies de Clemente XI y ofrecerse a él para ir a donde él quisiera enviarlo. Este santo Padre, tan celoso contra los nuevos errores que veía extenderse en Francia, tan dulce y paciente para sufrir los continuos ultrajes que le causaron los enemigos de su constitución y de su Iglesia, creyó que el humilde sacerdote que imploraba su misión, no podía hacer nada mejor que volver a su país, proseguir las funciones de su celo y hacer frente a los progresos de la nueva doctrina» (328-329).

 

Las páginas presentadas necesitan algunas anotaciones...

El padre teatino al que se alude, debe ser José María de Tomasi, siciliano, de los Clérigos Regulares, que junto el jesuita pistoiense Juan Bautista Tolomei, tras haber rechazado por humildad el capello cardenalicio, lo aceptó solamente por obediencia con ocasión de la canonización de los beatos Pío V, Andrés Avelino, teatino, Félix de Cantalicio, capuchino, y Catalina de Bolonia, el domingo 22 de mayo de 1712, fiesta de la Trinidad. De Tomasi había nacido en Alicata el 12 de septiembre de 1659, profesó muy joven como teatino en 1666, trasladado a Roma desde 1673, permaneció allí casi siempre, ejerciendo su ministerio en la iglesia de San Silvestre al Quirinal, hasta su muerte acontecida el 1º de enero de 1713. Asiduo investigador biblista, liturgista, buen predicador, sobre todo, fecundo escritor, se publicaron de él a partir de 1747, siempre en Roma, once volúmenes. A su muerte, llegaron de Francia no menos de 120 cartas de amigos y conocidos. Fue beatificado en Roma el 16 de septiembre de 1803.

La "influencia" de que habla el biógrafo de Montfort podría explicarse por su posición de capellán de iglesia de la residencia ordinaria del Papa, y, sobre todo, por su conocimiento pormenorizado de las cuestiones galicanas en especial en el campo litúrgico: y nos parece haber dicho lo suficiente para motivar su ingreso en la biografía de Montfort como presentador del peregrino francés en la curia. Por otra parte, todo peregrino francés, sabemos por otras fuentes, era un valioso informador sobre las cosas transalpinas que en ese tiempo –incluso Blain lo subraya y la historia lo confirma– no eran del todo simples y claras por esa evidente ambigüedad del Rey Sol y la poco ortodoxa decisión de los obispos.

La lucha jansenista que hubiera debido adormilarse tras la paz clementina (1667) entre la Santa Sede y el Episcopado francés, mantenía focos de división a propósito de "obsequioso silencio" y sobre la verdadera y convencida obediencia al Papa; pero ya no interesaba casi nada porque la atención era atraída por la lucha por las regalías y por el floreciente galicanismo, tanto más cuanto que surgían obispos jansenistas que se pavoneaban de ser defensores de los derechos de Roma contra el absolutismo del Estado. El setecientos había aportado nuevas llamaradas, logrando sacudir violentamente a la Iglesia en Francia por casi tres decenios.

En el verano de 1701 se había suscitado el llamado caso de conciencia: cuarenta doctores de la Sorbona habían declarado que la fórmula del "silencio obsequioso" no podía impedir la absolución sacramental. Numerosos obispos, guiados esta vez por Bossuet se habían alineado con Clemente XI. El mismo Luis XIV había pedido al Papa una declaración clarificadora. El 15 de julio de 1705, Clemente XI publicaba la bula Vineam Domini Sabaoth, en la que se presentaba como insuficiente el "silencio obsequioso" para recibir la absolución sacramental, porque la condenación a Jansenio debía hacerse "con la boca y con el corazón".

La bula logró resultados aceptables. La asamblea del Clero de1705 de impostación galicana, declaró claramente aceptarla, pero expresó al mismo tiempo la convicción de que los decretos papales eran obligatorios para la Iglesia universal sólo si eran reconocidos por los obispos y éstos los consideraban como propios. Clemente se lanzó a la pelea con todas sus energías, sin resultado alguno. Además, un nuevo absceso atraía su atención: Pascasio Quesnel, jansenista francés refugiado en Bélgica, se hacía sentir con sus Reflexiones morales. La censura de 1708, dada la oposición del cardenal de Noailles de París, indujo al Papa a amplias negociaciones hasta la bula Unigenitus del 8 de septiembre de 1713, que por un nuevo tira y afloja arrastró a los católicos franceses a las puertas de un cisma a causa de los apelantes al concilio contra el Pontífice.

Creemos que todo esto es suficiente para hacer comprender cómo noticias de primera mano y posiblemente sinceras, eran gratísimas en Roma...

Si aceptamos el 6 de junio como fecha del encuentro entre Clemente XI y Montfort, debemos anotar que era el domingo del Corpus Domini. Las solemnes celebraciones eucarísticas tenían ocupada a la basílica de San Pedro; el Capítulo vaticano suspendía toda la actividad durante toda la octava para dar espacio y reconocer la eminencia del Santísimo Sacramento y trasladaba la sede coral a la parroquia de San Blas en calle Julia. Resultaba así que funciones parroquiales y corales debían superponerse, fundirse o alternarse. En San Blas, el 4 de junio celebró Montfort la santa misa en sufragio de una tal Lucía, Lud. María de Montfort, y se halla alineada con otras de corte claramente extranjero. Podría ser ésta la confirmación de la costumbre de hacer celebrar a los peregrinos a Roma en San Blas y no en San Pedro durante la festividad del Corpus que tenía ocupada a la basílica entera.

También el Papa, en lugar de regresar en seguida, como era costumbre después del período pascual, al Quirinal, siguió residiendo en el Vaticano. Allí precisamente fue recibido Montfort.

Fue una audiencia privada, importantísima. Montfort lee probablemente su valiente discurso en latín, pero se sintió animado a proseguir la conversación en francés. La praxis normal de la curia pedía que el discurso fuera entregado al Papa para conservarlo junto con las súplicas, peticiones, elogios, etc. en los archivos privados de la casa pontificia, es decir, al patrimonio de la familia Albani, en este caso. En el Archivo Secreto Vaticano no se encuentra ese documento, mientras que todo el conjunto de los documentos del Fondo Albani fue celosamente conservado por el archivista a la muerte de Clemente XI. Pero falta el sobre que debería contener las instancias de ese primer período de 1706. Alguien considera que en las incursiones del gran Napoleón, diferentes cajas de documentos sustraídas al archivo pontificio tomaron el camino de Francia con destino a París; las cajas fueron escogidas sin cuidado alguno, de suerte que no fue siquiera fácil catalogarlas para hacérselas restituir, como aconteció algunos decenios más tarde. Pero de ese sobre no hay traza alguna: ¿no será cierto que algunas cajas jamás llegaron a París... que algunas patrullas de soldados, en el momento de pasar por los Alpes las utilizaron para matar el frío...?

Clemente XI era sensible al problema de la descristianización de las multitudes y del creciente sopor de las conciencias; había estudiado el problema con atención y había identificado cierta estrategia para oponerse a ese neopaganismo, y el 16 de marzo de 1702 dirigía a los obispos de Italia y Francia una Carta Circular de la cual desafortunadamente sólo se tiene noticia en una colección de ordinario muy confiable (Moroni, Dizionario, término missioni, vol. 45, p 222), en las cuales el Pontífice proponía restaurar el impulso de las "misiones al pueblo":

 

«1º para poder por este medio más libre y útilmente corregir los abusos;

2º para suplir con ello a la penuria que se encuentra muy a menudo en las mismas ciudades de la palabra de Dios que muchos no predican con la debida sencillez y claridad;

3º habiendo mostrado la experiencia, incluso últimamente en Roma, que cuando se explican las cosas de Dios familiarmente y en forma adecuada al fruto para las almas, la gente se siente a gusto, acude con frecuencia y extrae de ello grandes utilidades de las costumbres para edificación universal;

4º para que sean específicamente bien instruidos y pacientemente preparados a una buena confesión general, con intención de aplicar de esa manera el oportuno y necesario remedio al, desafortunadamente, grave y frecuente mal de esas confesiones que hubieren podido hacer inválidamente en el pasado...».

 

¡Qué amargo debía ser leer doloridos llamamientos de predicadores y misioneros apostólicos, en el primer año de pontificado, que le habían hecho esperar!:

«En la mayoría de las diócesis se quejan innumerables relaciones, porque los obispos se tranquilizan pensando haber remediado todos los inconvenientes con las Constituciones Sinodales, cuya observancia buscan, si no en lo que se refiere a lo útil de sus Cancillerías, de suerte que los Sínodos impresos deberían suprimir de las diócesis los abusos y reformar la vida de los Pueblos, sirven solamente al tráfico de los obispos que obligan a los beneficiados a comprar copias, vendiéndolas en grandes cantidades...» (ACV, Fondo Albani, I, 1700).

 

Y en lugar de preocuparse de que haya predicadores y misioneros para el pueblo que lo adoctrinen, se preocupan sólo por las apariencias de las iglesias y ubicación de los beneficiados amigos y familiares. Y si, además, hay que añadir el abuso de la predicación misma reducida a teatro por los sonetos que se hacen en alabanza de algún hablador o predicador, que se ofrecen en la iglesia, como denunciaba un célebre padre teatino de Nápoles, don Carlos Morale, "persona de reconocida bondad y doctrina", podríamos comprender que el cristianismo sobreviviente en una época de superficialidad estaba minado en sus mismas fuentes y era difamado por los mismos depositarios.

El mismo padre de las misiones al pueblo en Bretaña, Le Nobletz, dirigiéndose a los superiores que debían designar los misioneros, pedía «apoyar a esos misioneros frente a párrocos ignorantes y viciosos que, sin motivo, querrían impedir el ejercicio de sus funciones , y no creer de buenas a primeras los informes de los enemigos malévolos de la doctrina de Jesucristo...».

 

Palabras que nos llegan gracias a la cuidadosa transmisión de otro gran misionero bretón, el jesuita P. Julián du Maunoir.

No por nada, pues, el Papa enviaba a Montfort a predicar la renovación consciente y voluntaria de las promesas del bautismo, porque el mismo Montfort se pregunta en su Tratado:

«¿Quién cumple este voto tan importante? ¿Quién observa con fidelidad las promesas del santo bautismo? ¿No traicionan casi todos los cristianos la fe prometida a Jesucristo en el bautismo? ¿De dónde proviene este desconcierto universal? ¿No es, acaso, del olvido en que se vive de las promesas y compromisos del santo bautismo y de que casi nadie ratifica por sí mismo el contrato de alianza hecho con Dios por sus padrinos?...» (VD, 127).

 

La calificación o título de Misionero apostólico, con el que el Papa quería gratificar a Montfort necesita una profundización para comprender el desarrollo y las actitudes del mismo Luis María en su apostolado futuro. El título remonta a los comienzos de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide (1623), y concurre a formular la historia de las misiones. Incluso si hoy "a causa de las situaciones cambiadas del tiempo y para favorecer la caridad" se ha suprimido el título (Decreto P. F. del 16.01.1924), hay que subrayar que las designaciones hechas por la Sda. Congregación fueron siempre iluminadas y oportunas. De hecho el título podía concederse sólo a los alumnos del Colegio Pontificio y a todos los sacerdotes encargados de hacer misiones por decreto especial de la misma Propaganda Fide.

Por "misiones" se entendía tanto la predicación interna, en zonas peculiarmente turbulentas para la fe a causa de herejías o de desviaciones, como naturalmente en la acepción más conocida, la predicación en territorios fuera de la patria llamados precisamente "tierra de misiones"; en otras palabras, la primera se realizaba entre los herejes, la segunda entre los infieles.

En lo que se refería al título y encargo en tierras de infieles, la opción versaba de preferencia sobre los religiosos que, "examinados por esta Sagrada Congregación" eran designados por la Propaganda Fide con especial diploma, bajo la dirección de un Prefecto del Propio Instituto, en cualquier Reino o Provincia. A ese Prefecto se asignaba el diploma y la facultad correspondientes y comunicables a sus propios religiosos; pero era necesario adelantar una cuidadosa investigación "sobre su vida y conducta, y no sólo ante sus superiores y cohermanos de orden, sino también ante el ordinario del lugar donde ha morado por algún tiempo el personaje".

Después de 1633, sabemos que el Papa podía, siempre con la contraseña de Propaganda Fide, asignar título y facultades con un Breve e incluso de viva voz, traducida luego en carta del Cardenal del dicasterio. No obstante las investigaciones, no es posible saber cómo y cuál sea la forma con la Montfort fue designado. Es cierto, de todos modos, que una vez de regreso al Reino de Francia, debía llevar un documento oficial con el cual presentar al Provincial de los capuchinos de Bertaña (¡sic!) o de Britannia, quien proveería a brindarle las Credenciales que debía presentar a los obispos, como lo exigía el Decreto S.C.P.F., del 23.11.1688.

 

«Los misioneros están obligados a mostrar las Credenciales a los Vicarios Apostólicos y en ausencia de ellos a los Provicarios y pedir a éstos el permiso para ejercer sus facultades, permiso que no podrá negarse si no por causa grave que debe comunicarse a la Santa Sede...», donde en lugar de Vicarios o Provicarios hay que leer: Obispos o Vicarios generales. Porque las facultades eran realmente únicas, como graves eran igualmente los deberes particulares: comer carne en los días prohibidos por la Iglesia, sustituir el Breviario con la recitación del rosario, celebrar la misa sub diu, es decir, a cielo abierto, el indulto personal de altar privilegiado tres veces por semana, celebrar la eucaristía una hora antes del alba y una hora después del mediodía, bendecir con una simple señal de la cruz, fuera de Roma, cruces, estatuas, medallas, y conceder la indulgencia de sana Brígida (¡la indulgencia plenaria aplicable a los difuntos!).

En Francia, sólo once Provinciales de la orden de los capuchinos, con exclusión explícita de Nuncios, Cardenales y Obispos, eran reconocidos como vicarios apostólicos, y entre éstos, en tercer puesto, el Padre Provincial Prefecto de las misiones internas y externas asignadas a la Provincia de Britannia. Es de notar que algunos Obispos habían sido expresamente excluidos y privados de todo poder en la materia, como el de San Maló y de París, mientras que eran mencionados respetuosamente por la Secretaría de Estado los de Nantes y Poitiers.

Fue, pues, Luis María distinguido con un gran título, el de Misionero Apostólico. Y esto lo diferencia y destaca entre todos los demás misioneros de su tierra: Michel Le Nobletz y su discípulo Julián Du Maunoir fueron siempre apoyados, defendidos y casi empujados por el obispo Saint-Pol-de-Léon; Juan Leuduger, con quien pronto nos encontraremos, era el clásico misionero diocesano, y había recibido el mandato del obispo de Saint-Brieuc, mons. Denis de la Brade.

Sería inútil, pensamos, buscar en los registros de la época y en las colecciones de documentos alguna confirmación a cuanto nos dicen los biógrafos y las relaciones juradas de los procesos de beatificación sobre el título. Ciertamente lo recibió, aunque ignoramos como podía demostrarlo a los obispos y a los sacerdotes de su tierra. Había sido seguramente un título quizás directamente pedido y anhelado, por la enorme ventaja que de él provenía para el ejercicio del apostolado al que iba a dedicarse.

Hay un dato común en la biografía de todos los misioneros de esa época: el mandato de los superiores. ¡Montfort, por su parte, lo había recibido precisamente del pontífice! Fortalecido por su título romano, se podrá presentar a los obispos y a la gente, poniéndose a su disposición como hombre evangélico, libre y decidido, no vinculado por limitaciones territoriales o de ambiente, con una investidura que más que diocesana era pontificia, y, por ello, digna de todo respeto y confianza. Quizás no era el medio más fácil para ganarse las simpatías entre las susceptibilidades y la envidia de obispos y colegas, pero ciertamente era el más eficaz sobre las poblaciones que lo habrían visto llegar desde muy lejos y no de las fronteras de la parroquia más cercana, sino de Roma, con una autoridad y una gracia más especial dada de vez en cuando por el mismo Sumo Pontífice.

Y si a la resonancia del título romano se añade la pureza de la doctrina, la auténtica seriedad de la vida y el heroísmo de las virtudes del misionero a lo apostólico, podemos comprender que el título que le confirió Clemente XI no era otra cosa que el reconocimiento de la sinceridad ortodoxa de la fe y la evidente santidad de la conducta. Es cierto, la gente podía maravillarse frente brillo del título romano, los corazones de los oyentes sólo se convertirían y perfeccionarían ante la santidad del predicador. Pero también esa santidad y capacidad apostólica tenían origen romano, si hemos de creer a las palabras presentadas por otro biógrafo y dichas por Montfort en 1707 al párroco de Breal: «Mi querido amigo, he recorrido más de mil leguas en peregrinación para pedir a Dios la gracia de tocar los corazones y él me ha escuchado».

 

Y con esta afirmación relatada por el mismo Montfort bajo la finalidad apostólica del viaje romano, también nosotros acompañamos a Luis María en el viaje de regreso a Francia.

Tras la audiencia pontificia no había motivos para prolongar la permanencia, excepto para esas pequeñas prácticas que había que completar para el título que le había conferido el Papa. Ciertamente no motivos de erudición o de cultura: «El jesuita P. Dutemps me dijo que le preguntaron al P. de Montfort, a su regreso de Roma, lo que había visto; respondió: Nada» (Blain, 327).

 

En cambio, había todos los motivos para apresurar el regreso. En primer lugar, la voluntad de dedicarse en seguida al trabajo. Y luego, las noticias, forzadamente fragmentarias pero suficientes, sobre los movimientos de tropas y guerras al norte de Italia. Entre más tardara, más difícil sería el cruce de las fronteras. Los austriacos estaban para lanzar el ataque decisivo, y los franceses reforzaban las fortificaciones y trincheras. Debió ser, pues, un regreso precipitado: duró solamente dos meses y el recorrido costó mucho más que la ida, bajo el sol veraniego y con el cansancio acumulado en los tres meses empleados para andar aquellos dos mil kilómetros de Francia a Roma.

Algo sabemos del regreso: viaja en compañía de dos jóvenes, que encontró en Roma ya antes de la audiencia. No consta que lo acompañaran hasta Francia. Como él, también ellos se acomodaron a pedir limosna y a los inconvenientes de andar a la ventura.

El recorrido debió ser necesariamente el más directo: nada de Loreto, y, por lo mismo, la actual Vía Aurelia: Civitavecchia, Livorno, Génova, Niza y lo más directo para regresar a Poitiers.

Y, ¿por qué no la vía del mar? Difícil imaginarlo. Sobre todo no hay pruebas. Ciertamente no viaja a caballo, dado que Montfort mismo precisamente en ese viaje debió dar explicaciones a un párroco que se lo preguntaba mientras le daba una limosna: viajar a caballo no estaba en las costumbres de los apóstoles..., pero sí en las de la gente mundana (Grandet, DRG, 65).

A pesar de todo, pensamos que si lo hubiera habido el caballo hubiera sido muy oportuno... por lo cual la respuesta dada al párroco que "comía en gran compañía" tiene sabor de dura reprobación y sermoncillo.

 

«El 25 de agosto, fiesta de san Luis (IX rey de Francia), su patrono, llegó a Ligugé, a una legua de Poitiers, abadía de los jesuitas y muy famosa por haber sido consagrada a san Martín y santificada por la permanencia del santo, que iba a encontrar a su gran maestro, san Hilario. El P. de Montfort celebró allí la misa.

El hermano Maturín que lo esperaba en el lugar, tuvo no poca dificultad en reconocerlo, tan cambiado estaba y quemado por el sol y debilitado por la dureza del camino. Llevaba los zapatos en la mano porque tenía los pies todos desgarrados; llevaba el sombrero bajo el brazo y la camándula entre los dedos...» (ib.).

 

No nos cuesta creerlo.

Había recorrido casi cuatro mil kilómetros.

Montfort pensaba poder descansar un poco en Poitiers, convencido de encontrar calmado o adormilado todo ánimo de querella o discusión en contra suya...

¡Qué ilusión!

 

 

 

Capítulo décimo quinto

EN BUSCA DE UN PROGRAMA

 

 

Al parecer, en Poitiers nadie tiene curiosidad de saber cómo anduvo la escapada a Roma, excepto el hermano Maturín que lo acoge como a un fantasma o el P. de la Tour, el jesuita que había estado de acuerdo con el viaje, o las dos Hijas de la Sabiduría que lo esperaban en Poitiers.

No, muy, por el contrario, su regreso es motivo de renovada desconfianza: el obispo le manda a decir por medio de su secretario que salga de la ciudad dentro de 24 horas. La nueva orden impide al P. de la Tour hacerlo cuidar en Hotel-Dieu de la Charité porque lo vio fatigado en extremo y con el rostro lleno de granos. De todos modos, hubo tiempo para dialogar con las hermanas del Hospital, porque la institución parece sobrevivir. El coloquio es un himno de acción de gracias al Señor y a su Madre amabilísima que han bendecido la iniciativa lo mismo que el sacrificio de las dos jóvenes. Probablemente las pone al corriente de la grave tarea que le ha asignado el Papa y de la necesidad de consejo y oraciones para que todo se desarrolle conforme al designio de Dios.

Si la Curia no le permite ni siquiera descansar, hay uno de los párrocos amigos suyos que le acoge en su casa a seis millas de Poitiers. Montfort está feliz de poder así celebrar cada día y recuperar las fuerzas. Y mientras se rehace físicamente, dedica ocho días a los ejercicios espirituales para que también el espíritu pueda recuperarse.

Esperaríamos verlo aquí dedicado a buscar "trabajo". Pero no: hará una nueva peregrinación de trescientos kilómetros más, hasta el Monte San Miguel, en Normandía, como si el viaje a Roma no hubiera terminado todavía.

Hemos querido mirar de soslayo a los pocos años que le quedan, menos de diez, y descubrimos que ésta será en verdad la última peregrinación. Los otros viajes serán sólo traslados y pasos por trabajo o por compromiso. Pero vale la pena buscar una razón para esta prolongación del camino de Roma. Otros han encontrado razones especiales, o quizás tampoco las han buscado.

Es preciso recordar el espíritu con que había emprendido el camino de Roma: la constatación de numerosos fracasos incluso en el apostolado que más le agradaba, añadida a cierta desconfianza, motivada también en el apoyo de los obispos y amigos; la insatisfacción de no ser capaz de escogerse por sí solo un camino bien definido en el ministerio...; en otras palabras, ese constante alternar entre tareas tan diferentes, incluso opuestas, le había llevado a comprender que era necesaria una indicación segura de parte del Señor, una determinación explícita, un encargo que lo independizara de oportunidades pasajeras y a menudo contradictorias.

Roma lo había entendido plenamente y lo había regresado a su terruño francés, con un encargo oficial evidente: Misionero, provisto de una autenticación pontificia: Apostólico. Había buscado seguridades y el Papa se las había dado. La voz del Señor era ahora muy clara; el nuevo título le garantizaba finalidad y espacio. Administrarlo en la forma debida, esto debía conquistarlo con la oración y el sacrificio.

La razón de este último viaje complementario del de Roma se halla toda aquí: la necesidad de sentirse en capacidad de dar dignamente su batalla por los pobres y los pecadores, por hallarse en el sitio que Dios le había asignado. El lema Dios solo (Dieu seul) no aparecía por casualidad con más frecuencia en su boca y en su pluma.

Podemos concluir que el epílogo a la peregrinación a Roma había sido tenido ya en cuenta desde antes y nos extraña ya tanto este ulterior suplemento de camino, estando listo para modificar el itinerario de la romería: Poitiers – Roma – Monte San Miguel. Solamente en Normandía termina la búsqueda. Tan cierto es esto que inmediatamente después se dedicará al apostolado en su diócesis de Saint-Maló.

Tampoco esta vez viaja solo: está con él el incomparable hermano Maturín que ya no lo abandonará más.

La primera etapa es el monasterio de Fontevrault, a donde llega con la sencillez del peregrino para pedir hospitalidad y acogida. Pero ya no está la reine des abbesses, Gabriela de Rochechouart, hermana de la Montespán; desde 1703, la abadesa es la nieta Luisa Francisca de Rochechouart, que no conoce a Montfort, a quien, por lo extraño del comportamiento, no se siente a gusto de acoger. Se sabe que las hermanas charlan a su gusto, sobre todo comentando lo que acontece en la puerta del convento, como lo hicieron cuando la portera refirió con vivacidad el episodio. Los pormenores son tan exactos que sor Isabel (Silvia Grignion) no tiene dificultad en exclamar: "¡Pero sí es mi hermano!"

Corren en su búsqueda y con mil excusas le abren de par en par la abadía. «La señora abadesa no quiso darme limosna por amor de Dios; ahora me la ofrece por amor a mí. ¡Muchas gracias!», respondió, y siguió su camino.

El episodio muy bien relatado por Blain subraya de todos modos, que las enseñanzas de San Sulpicio sobre la buenas maneras nunca habían sido asimiladas. El motivo del rechazo que le dieron estaba precisamente en no haber querido decir su nombre. Replicará: "¿para qué preguntarme el nombre? imploro la caridad no por mí, sino por amor de Dios."

Y una pequeña añadidura: Silvia lo reconocerá, claro, por las extrañas actitudes, pero sobre todo por la descripción de su aspecto, un rostro "tan notable con su nariz aguileña...".

Después de Fontevrault, una visita al amable santuario de la Dolorosa de Saumur. Pero en Saumur otras religiosas están ansiosas de hospedarlo: las de Juana Delanoue, del instituto fundado en la fiesta de Santa Ana, patrona de Bretaña, en 1704, las Soeurs de Sainte-Anne-de-la-Providence de Saumur. Montfort había contribuido a esa fundación durante su permanencia allí en 1701 colaborando con la fundadora en la redacción de las reglas. Hoy tiene la oportunidad de volverlas a ver antes de la aprobación episcopal de 1709. Entre tanto tiene conferencias para las hermanas y diálogos con ellas.

Pasados los primeros diez días de septiembre está de nuevo en viaje para Normandía. Teniendo que pasar por Angers, querría detenerse algunos días porque supo que su superior-confesor Antonio Brenier, precisamente el que le había facilitado y financiado el ingreso a San Sulpicio y que había hecho recitar un Te Deum para la ocasión, se hallaba en la ciudad. A pesar de diversos ataques de apoplejía desde 1702 y los muchos cuidados terminales, hoy era superior del seminario diocesano, ya agregado desde 1695, siempre por obra suya, al gran San Sulpicio de París.

La última alusión a Brenier en Montfort, la encontramos en su carta a Leschassier del 4 de julio de 1702, en la que le dirigía un especial saludo de agradecimiento por cuanto había podido hacer por él. Pasando por Angers, habrá pensado en poner al corriente al anciano superior (y con él a San Sulpicio) a cerca de los años transcurridos y sobre todo de la gran aventura romana.

Pero, recibido durante la recreación «se ve rechazado y despedido en forma ultrajante, en presencia de toda la comunidad... Si le hubieran hecho la caridad de darle de comer, la afrenta hubiera perdido un poco de su amargura; no, en cambio, lo echó de la casa vergonzosamente, lo despidió en ayunas, inmediatamente, sin considerar ni su carácter ni su necesidad».

 

El bueno de Blain aquí (324), a pesar de estar tan comprometido, y no ser nunca del todo objetivo en relación con los sulpicianos, queda estupefacto, y sale del paso subrayando: «Este es uno de esos encuentros en que vemos a un santo perseguido por otro santo» (325 ).

 

En esta oportunidad Montfort no logra acallar lo que el corazón le pone en los labios: seis años después, cuando hable de ello, dirá con amargura: «¿Es posible que en un seminario traten así a un sacerdote?» y confesará no haber sufrido nunca tanto como en esa humillación. Quizás vale la pena hacer nuestro el comentario del mismo biógrafo que los conocía perfectamente a ambos, a Brenier y a Montfort:

 «Por qué motivo, el P. Brenier, un hombre tan santo y atento a todos los movimientos de su alma, actuó así en esa ocasión? ¿Lo hizo con el propósito premeditado de humillar a su antiguo alumno y probar de nuevo su virtud? ¿O por un movimiento humano y un impulso escapado a un hombre todo de fuego y que necesitaba de toda su gran mortificación para dominar la violencia, en ciertas ocasiones? ¿O fue por la profundidad de su espíritu penetrante y su profunda sabiduría que le advirtió que había que tratar así a un hombre de virtud extraordinaria, pero demasiado excepcional en sus modales, ante un gran número de jóvenes, a fin de que ninguno resolviera imitarlo y tomarlo por modelo? ¿O por inspiración divina que quiso privar al P. de Montfort de todo consuelo humano y quitarle el inocente apoyo que buscaba en su antiguo maestro? ¿Fue finalmente una señal de la Providencia que quiso enseñarnos que los santos no se agradan siempre y que, aunque conducidos por el mismo Espíritu de Dios, no caminan al cielo por los mismos senderos? Es lo que no puedo responder y en lo que adoro los juicios de Dios que permite que santos persigan a santos y se inflijan unos a otros las penas más sensibles...» (Ib. 325-327).

 

Y realmente en este punto quedamos también estupefactos: aunque nos roe una insistente duda. Y es si San Sulpicio estaba ya al corriente del resultado del viaje de Montfort a Roma y del... exabrupto de haber pretendido pasar por encima de todos... cosa que no debía hacerse conforme a las buenas maneras... ¡Perfecto! Pero el modo de actuar de los santos no siempre sigue las buenas maneras.

No obstante, siempre a nuestro parecer, Blain captó bien en la señal cuando querría ver en el episodio un signo de destete, de despegue de los vínculos umbilicales ahora inútiles, en un momento en que debe empezar a guiarse por sí solo.

Montfort pagará a su manera la falta de caridad recibida, haciendo él mismo un acto de caridad: toma sus espaldas a un pobre abandonado de todos y lo carga hasta el hospital más cercano cancelando, además, el albergue y el sustento del mismo. Como el samaritano...

El Monte San Miguel, en los límites de Bretaña y Normandía, es un islote rocoso casi redondo que forma una colina granítica de 900 metro de circunferencia y 78 de altura. La antigua tradición afirma que el islote se formó durante un apocalíptico cataclismo de muchos años antes, que habría destruido también el bosque de Scissy o de Quokelande, recuperado en parte durante la Edad Media.

En cambio, la mitología céltica, creía que el monte era un enorme sepulcro adonde llegaban las almas en busca de paz y tranquilidad eternas. De ahí el nombre que ha sobrevivido de Monte Tumba de la isla, y Tombelaine para el islote dos kilómetros al norte.

En el año 708, el obispo de Avranches, san Uberto, recibió la aparición de San Miguel Arcángel sobre la cima de la roca, con la orden de edificar allí un oratorio. El mundo cristiano quedó impactado por el acontecimiento y se movilizó a realizar la obra deseada por el cielo. Ya en el siglo X, la cima estaba cubierta por una imponente iglesia de estilo carolingio, que un siglo más tarde, servía de base a la basílica romana. En el entorno y sobre el islote y la pendiente, se erigían entre tanto monasterios benedictinos, todos con la misma denominación: Saint-Michel-en-Tombe, Saint-Michel-en-Mer, Saint-Michel-au-peril-de-la-Mer, Saint-Michel-du-Mont... reagrupados finalmente en título común de Mont-Saint-Michel.

A fines del primer milenio, la abadía estaba ya construida, si recordamos que en 966 Ricardo I, duque de Normandía, organizó allí a los benedictinos, que completaron la construcción con la Merveille, la cima. Guerras, asedios, invasiones, incendios, en el curso de los siglos se sucedieron con bastante frecuencia, pero el pueblo bretón y el normando defendieron esforzadamente el propio tesoro, tanto que el monte se convirtió en símbolo de la resistencia hasta 1434, cuando los ingleses fueron rechazados definitivamente, por la población y hasta por los monjes guerreros.

Juana de Arco fue ferviente propagandista de la devoción al Arcángel, y Luis XI creó precisamente una orden de caballería, la Orden Real de Caballería llamada de San Miguel, asignándole la sede oficial en la sala todavía hoy llamada de los caballeros. Los monjes convertidos casi en soldados, decayeron del primitivo espíritu religioso, y ese período coincide con el momento más triste santuario. El antiguo espíritu resurgió en 1622 con la llegada de los benedictinos San Mauro. Pero la abadía no encontró el esplendor espiritual de otros tiempos; en el siglo de Luis María de Montfort, se convirtió en prisión de Estado para condenados especiales del rey de Francia, sepultados vivos en las prisiones cerradas sin ventanas colocadas bajo el paseo de los monjes.

Cuando Montfort llega a la Merveille, no debe mezclarse con los grandes cortejos reales, ni los tumultuosos perdones, porque el santuario se hallaba entonces en profunda desolación: precisamente en ese año, el abate Don Doyte escribirá a Mabillón, el historiador benedictino que iba a exaltar la obra de los monjes en Francia y había pedido las últimas informaciones sobre el Monte San Miguel: «Aquí la miseria es tan grande que supera a toda imaginación. Van tres años que debo una insignificante suma de dinero a un librero de Rennes y aún no he podido pagarle...».

 

También Madame de Sevigñé, en viaje galante hacia el monte, en mayo de 1689, quedaba más impresionada por el desayuno tomado en Pontorson que por el santuario del Arcángel.

Ya no se dan pues, las grandes celebraciones de los tiempos pasados que pudieran incidir en el ánimo del pobre sacerdote, mezclado a la turba anónima y espiritualmente  fervorosa con ocasión de la fiesta del Arcángel ese 29 de septiembre de 1706. Pero fue ese ambiente, esa desolación, aquella gente fervorosa lo que le sugirió la idea de crear una especie de cofradía en honor de Miguel que se propagaría entre los soldados y las guarniciones que encontrará en las peregrinaciones futuras...

Tras la conmovedora permanencia en el Monte San Arcángel –como la llama Grandet–, y un corto tramo de camino, regresa después de tantos años en su ciudad, Rennes, la ciudad de su niñez y de su adolescencia, la capital de Bretaña... Tras encontrar hospitalidad en casa de una mujer que sin reconocerlo lo acoge y se compromete a alimentarlo, y junto con él a Maturín, con un poco de pan negro y leche, se da a la busca de su primer maestro, el sacerdote Bellier que lo había introducido por los grandes senderos de la caridad en busca de enfermos y pobres. Y dado que para encontrar a Bellier tenía que buscarlo cerca al lecho de algún enfermo, lo busca en hospicios y hospitales, y finalmente logra encontrarlo en el Hôtel-Dieu-Saint-Yves donde presta servicio.

Montfort no visitó a Rennes para sumarse a la obra apostólica de Bellier; hoy, ciertamente no. Llegó para encontrar un trampolín, un impulso, una indicación que le asegurara esa forma de apostolado que le había asignado el Papa.

Y Bellier se los da.

El mismo Bellier hizo saber en carta del 3 de septiembre de 1719 al expárroco de Saint-Michel-de-la-Paludz de Angers, el P. Rigault:

«Exhorté al P. Grignion, que llegaba de Roma a nuestra ciudad, a que fuera a la diócesis de Saint-Brieuc, (a sumarse) a uno de los primeros y mejores misioneros del reino, llamado Leuduger... mi buen amigo, o mejor, mi maestro, con el fin de trabajar  bajo la guía de director tan experimentado, (tanto más) cuanto que todos conocen que Grignion es perseguido por actuar fuera de lo ordinario...».

 

El antiguo maestro conoce muy bien las fallas del discípulo, al menos tanto como los solones de San Sulpicio. Sintoniza con ellos, de todos modos en que las dificultades le llegan precisamente de esas formas extrañas, de esas formas fuera de lo ordinario, pero que podrían se entendidas y guiadas por el gran misionero Juan Leuduger.

¿No era a caso el deseo que se había expresado seis años antes, inmediatamente después de la ordenación, mientras aguardaba le destinaran a un campo de trabajo?

 

«...Me asaltan deseos de unirme al P. Leuduger, maestro de teología de Saint-Brieuc, excelente misionero y hombre de mucha experiencia o de trasladarme a Rennes y retirarme al Hospital General al lado de un sacerdote ejemplar, conocido mío, a fin de dedicarme a obras de caridad entre los pobres» (Carta 5).

 

Hoy Bellier lo enviaba a uno de los mayores exponentes de la predicación popular en la Alta Bretaña, de la diócesis de Saint-Brieuc, colindante con la de San Maló.

Juan Leuduger y Luis María de Montfort.

¡Cuántos puntos de contracto en la historia y en la actividad de ambos! Uno y otro provienen de la Alta Bretaña, pasan los primeros años en ambiente campesino, en factorías entre personas sencillas y sinceras; realizan los mimos estudios en el mismo colegio de Santo Tomás de Rennes; ambos son formidables caminantes; ambos viajan a Roma, del mismo modo, a pie y con bastón de peregrinos... Leuduger podrá disfrutar de mayor tranquilidad durante el viaje, al no verse obstaculizado por guerras que le compliquen el camino; pero cambian, las motivaciones de la peregrinación: Leuduger va a Roma para enriquecer su formación literaria, encuentra formas de subsistencia mediante conferencias y discusiones en Colegios y Universidades... Y mientras Montfort, de regreso, se apresura a volver a Francia, Leuduger baja hasta Nápoles y Bari, para remontar durante el verano, detenerse en Montefalco de Umbría a venerar la tumba de una abadesa agustina cuya beatificación se adelanta, y, pasando por el Tirol austríaco, a través de Alemania y Alsacia, entrar en Francia para culminar la peregrinación, como Montfort, en el Monte San Miguel.

Incluso en los rasgos espirituales y en los anhelos apostólicos se dan tantas semejanzas:

«(Leuduger) perplejo interiormente entre la contemplación y el deseo (de las misiones) de América, o la prosecución de los estudios en Italia, Alemania, España... sigue el consejo del P. Huby de dedicarse a las misiones populares en Bretaña, sin entrar en orden religiosa alguna, sino acentuando los beneficios que el cuidado de las almas le puede brindar...» (Ropartz,  Portraits bretons, 11).

 

Al igual que Montfort, a los veintisiete años crea una asociación de señoritas llamadas Hermanas Blancas para el ejercicio de la caridad. En seis años, Leuduger viaja dos veces a París para que lo admitan en el Seminario de las Misiones Extranjeras, y en ambas lo hacen volver a casa, tanto que llega a alimentar el propósito de trasladarse a Inglaterra con el fin de realizar su sueño misionero, aunque termina obedeciendo al obispo que lo nombra párroco conservándole el cargo de misionero popular.

Su capacidad de jefe de misiones le llega de haber estado en la escuela de Julián Maunoir, el heredero directo de Miguel Le Nobletz, el primero y mayor de los misioneros populares después de san Vicente Ferrer. De hecho, el jesuita Maunoir, quien lo vio trabajar en el grupo de uno de sus discípulos, lo convoca con otros 35 sacerdotes a la misión de Moncontour y Lamballe, en 1678-1679. Desde ese momento Juan Leuduger seguirá a Maunoir hasta la muerte de éste en 1688, asumiendo su herencia por voluntad expresa del moribundo. Pero en 1686, el obispo le asigna la parroquia de Moncontour donde permanece hasta septiembre de 1691, sobre todo para consolidar y desarrollar el hospital creado por Maunoir y apoyar una casa de ejercicios espirituales para el pueblo, confiada al cuidado de una congregación recién fundada por el P. Ange Le Proust de Lamballe, bajo el título de un santo canonizado en esos tiempos, Dames de Saint-Thomas de Villenueve.

La herencia de Maunoir lo sigue comprometiendo a pesar de los cargos diocesanos. Hemos calculado que en menos de seis años de permanencia en Moncontour, estará ausente de su parroquia unos 1186 días, o sea, 37 meses, más de tres años...

En 1691, finalmente, le asigna el obispo un quinto cargo diocesano: nombrándolo Ecolâtre o Scholastique (hoy lo llamaríamos Director de la Oficina Catequística) para enseñanza de la religión y la catequesis de toda la diócesis. Desde su nueva sede cerca a la catedral, dirigirá misiones, retiros, cursos de ejercicios espirituales a la gente, cursos de catequesis y escuelas de religión, logrando encontrar tiempo, incluso, para doctorarse en teología en la Universidad de Nantes...

En 1700, haciendo propio el título de un librito publicado por el Vicario general de Dol, Lebret, preparará un Bouquet de mission (ramillete de misión) totalmente nuevo en cuanto al método y al contenido, sobre las misiones al pueblo. El folleto tendrá gran difusión, llegando en pocos años a la cuarta edición.

Hay que subrayar todavía el deseo concreto de Leuduger de transmitir precisamente a Montfort el testimonio heredado de Maunoir, y ya antes de Le Nobletz, y antes todavía de Vicente Ferrer. Pero Leuduger morirá a los 73 años, en 1722, y Luis María, de 43 años, en 1716.

En Rennes, Montfort se detiene sólo pocos días, realizando algunas predicaciones y sobre todo visitando hospitales y hospicios. Logrará, incluso, organizar una colecta para la restauración de la iglesia de Saint-Sauveur. Se deja convencer para ir a visitar a su tío sacerdote Alán Robert, e incluso a su familia ahora organizada en Rue Saint-Hélier. Aceptada la invitación de los religiosos de San Juan Eudes, directores del seminario episcopal, iniciará  un curso de ejercicios para los seminaristas. Tras poco tiempo, cuando comprende que la invitación no es del todo desinteresada, sino una velada tentativa para convencerlo a ingresar en su congregación que es no obstante una institución misionera nacida en Normandía, Montfort abandona el lugar.

Es mejor cambiar de aire y compañía. Quizás el título de misionero Apostólico, mejor que a él le interesaba a muchos otros que lo llevarían en forma mucho más resonante...

En la fiesta de todos los santos y para el día de difuntos está en su tierra nativa, Montfort-la-Cane, donde todos lo recuerdan, aunque sólo un tal Belín, rudo campesino y trabajador de la parroquia, se halla dispuesto a recibirlo en su casa. Belín logra hacer buena figura: ¡el heredero del señor de la Bachelleraie es su huésped! Habla de ello con todos, hasta que la noticia llega a oídos de la vieja nodriza, la Nana Andrea. En realidad, Luis había golpeado antes a su puerta, pero el yerno, ignorando quién era el personaje, le había rechazado la acogida; la pobre anciana, afanada, logrará arrancar al hijito una cena, para oír que éste le reprochaba amablemente: «Nana Andrea, te preocupas demasiado por mí; trata de ser más caritativa. Deja en paz a Grignion que no es nadie: piensa en Jesucristo que lo es todo. ¡Él está en los pobres!».

 

Entre tanto debió invitarle algún colaborador del Leuduger para que fuera a unirse a un grupo de misioneros para la importante misión de la ciudad de Dinán.

Dinán, población medieval, desarrollada en torno al imponente castillo feudal, había pertenecido a los duques de Bretaña y había encontrado un gran desarrollo en la fabricación de tejidos, muy solicitados hasta del exterior; si los banqueros florentinos habían decidido suplantar a los judíos en la administración de las finanzas locales. Ciertamente, la historia por siglos no había sido muy benigna con la ciudad: muchas veces asediada y conquistada por los ingleses en el siglo XIV, últimamente se había dejado arrastrar a la revolución de 1675 con Rennes, y había sufrido las consecuencias. Pero había seguido siendo una de las cinco ciudades donde se reunían los Estados generales de Bretaña: la última secesión tendrá lugar en 1717.

Los biógrafos monfortianos discuten sobre el nombre del grupo misionero. Pero no eran los lazaristas de san Vicente de Paúl y menos aún otros religiosos organizados. Probablemente, siendo Dinán un territorio bretón, es más fácil pensar que la organización estuviera confiada a Leuduger, quien, como lo hacía con mucha frecuencia, se servía de colaboradores directos que congregaban en el lugar un número suficiente de misioneros del clero diocesano y religioso local. Si es que, realmente, el mismo Leuduger no fue de la partida.

Hasta donde era posible, a cada misionero se permitía elegir el papel y tarea que iba a desempeñar en la predicación. Montfort, y Maturín, eligió el oficio de catequista de los niños, de los enfermos y de los pobres. Dado que la misión para los niños se desarrollaba en la mañana tardía, Montfort podía encontrar el tiempo para escuchar las demás predicaciones, y para aprender la técnica, diríamos, si no conociéramos las capacidades de la persona. Algunos ecos de la misión lo tenemos en las biografías: una tarde, ya en la noche, Luis María vuelve a la casa de los misioneros con una pesada carga a las espaldas; con el grito: "¡Ábranle a Jesucristo!", avanza hasta su propio cuarto donde coloca el pesado fardo: un ulceroso a quien asistirá personalmente hasta la muerte.

Encontrará también la forma de dar una amable sorpresa al no darse a reconocer a su propio hermano, Gabriel Grignion, ahora sacerdote dominico, precisamente en el convento de Dinán, y en cuya iglesia iba a celebrar las primeras veces...

Pero realizará, además algo muy importante: logrará organizar un grupo de señoras que prepararán siempre una sopa caliente para sus pobres. Un testimonio, considerado válido en los procesos de beatificación de Luzón en 1867, dejará una afirmación bastante sorprendente: «Una institución suya importante sobrevive aún en Dinán, el hospital al que su caridad dio nacimiento...».

 

¿Nacimiento, o más bien, nuevo impulso?

Aunque Grandet insinúa cándidamente que Montfort fue a Dinán porque necesitaba aprender, aprendió de todos modos muy de prisa, dado que inmediatamente después de la predicación general, consiguió dar una misión especial para los militares, como había hecho ya antes en Poitiers. Logrados los permisos necesarios, se dedica solo, con Maturín, a la predicación, que resulta muy fructuosa. Una señal la tenemos al constatar que logró erigir la cofradía de San Miguel en la guarnición.

También las misiones que siguen en San Suliac, a diez kilómetros de Dinán en la desembocadura del Rance en el golfo de San Maló, y el curso de ejercicios para las dos terceras órdenes franciscana y dominicana de Becherel, al sur de Dinán, lo mismo que las misiones de Baulón, de Le Verger, de Merdignac casi en los suburbios de Rennes, lo mantienen ocupado durante todo el invierno. Este ministerio es directamente previsto y dirigido por Leuduger, gracias a lo cual Montfort tiene la oportunidad de aprender directamente del maestro sin intermediarios.

Viene luego la misión de La Chèze: donde quizás es jefe de misión. Hospedado en el castillo de los duques de Rohán, duerme sobre la desnuda roca. ¡Lástima que de esa permanencia el futuro heredero, el cardenal Eduardo, no haya aprendido nada, él que utilizará no menos de 600 campesinos para sus cacerías... Pero a nosotros esta misión tiene que importarnos mucho.

 

«Parece que la divina Providencia los haya llevado allí para la realización de una obra que le había sido reservada.

En esa pequeña parroquia había una capilla grande dedicada a la Virgen santísima bajo el título de Nuestra Señora de los Dolores. Desde hacía muchos siglos había sido abandonada; no tenía techo y dentro estaba toda llena de zarzas y malezas.

El gran apóstol de Bretaña, san Vicente Ferrer, en el curso de sus misiones, la había encontrado en ese estado y mientras predicaba en el entorno al pueblo, después de haber deplorado vivamente el abandono y expresado el deseo de ponerle remedio, había asegurado "que esa gran empresa estaba reservada por el cielo a un hombre que el Altísimo haría nacer en tiempos lejanos; ese hombre llegaría casi desconocido y sería muy contrariado y escarnecido, no obstante, con la ayuda de la gracia, llevaría a feliz término la empresa". Son las palabras utilizadas en una carta que el párroco de La Chèze, Francisco Jager, escribía al obispo de Saint-Brieuc, Hervé-Nicolás Thibault du Bregnon.

No se dice que el misionero  (Montfort) estuviera al tanto de esa predicción donde no hubiera podido menos de reconocerse...» (Pauvert, 226).

 

La capilla fue, efectivamente, reconstruida bajo el impulso y la dirección de Montfort. Luego, sobre el fruto de la misión y la obra realizada por el misionero mismo, hablará precisamente Leuduger en el Bouquet de mission:

«En la parroquia de La Chèze donde estoy escribiendo durante la misión de 1712, se encuentra una capilla de Nuestra Señora de la Cruz, donde sobre el altar construido a estilo romano, hay un calvario con tres cruces: la Virgen se halla al pie de la central con Nuestro Señor Jesucristo muerto entre los brazos y sobre la balaustrada que rodea todo el altar están las imágenes de los santos que estuvieron presentes en la pasión. Después de la misión que se dio en 1707, todos los días se recitan en esta capilla tres rosarios en coros alternos: la primera después de la misa, la segunda un poco antes de mediodía, y la tercer por la tarde...».

 

La restauración de la iglesita no pudo realizarse durante los pocos días de la misión y no podía detener a Montfort más allá del período del compromiso apostólico: entre tanto terminaba las otras misiones. Se fijo para el 12 de junio, fiesta de Pentecostés, la inauguración de la restauración.

En esos días seguramente en Plumieux, tuvo conocimiento de la muerte de la señora de Montespán, por quien debía alimentar gran reconocimiento.

Tras la inauguración, Leuduger lo llama a trabajar en la ciudad, en Saint-Brieuc, para dictar cursos de ejercicios espirituales en el convento de las Hijas de la Cruz, a quienes luego dará a parte conferencias especiales. La finalidad de Leuduger es llevarlo a ejercitarse en los cursos de ejercicios espirituales a las diversas categorías de personas, hombres y mujeres, muchachos y muchachas, casados y solteros, todo siguiendo un esquema de ocho días establecido precedentemente por el famoso jesuita Vicente Huby, maestro de Leuduger, convencido como estaba éste de que podría inspirar propósitos de santidad a los campesinos, hombres y mujeres, aunque estuvieran dedicados a los rudos trabajos del campo.

El reglamento de esos ejercicios exigía un desarrollo observado siempre en forma tenaz: se comenzaba la jornada a las cinco de la mañana, con la primera meditación, la celebración de la misa seguida de cantos y oraciones en coro; a las 8,30, primera conferencia-exhortación, espacio para la oración y reflexión personales. El almuerzo a las 12,45, seguido inmediatamente de la explicación de cuadros de carácter más simbólico y alegórico que realista sobre la pasión, los sacramentos, los pecados mortales, el hijo pródigo, el infierno, la vida de Jesús y de María. Luego visita a la capilla, y un momento de reposo. A las 14,30, nueva conferencia-exhortación y las 17 la segunda meditación. La cena a las 18,30 seguida de comunicaciones e ilustraciones sobre la confesión general, sobre la práctica de la vida cristiana, sobre las virtudes. Una oración en la capilla a oscuras, ante un cuadro transparente de papel aceitado iluminado por detrás para hacer revivir algún momento de la pasión del Señor y cierre de la jornada.

Los ejercicios duraban ocho días en completo silencio, pero cada uno de los participantes era seguido personalmente por el predicador, porque no se debía dejar nada a la sugestión o la impresión del momento; todo debe florecer en un esfuerzo personal de reflexión, de iluminación y de gracia.

Nótese todavía que la clausura del curso preveía un compromiso personal de cada uno, delante del Santísimo Sacramento y de las Sagradas Escrituras, de aceptación y sometimiento a la Palabra de Dios, de fidelidad a la cruz a la cual debían consagrarse con sacrificios espirituales y de apostolado.

Los predicadores eran escogidos personalmente por Leuduger. Y cada uno de los seleccionados, sobre todo si repetían diversas veces la misma predicación, acababa por dejarse envolver por el espíritu apostólico propio de un alma exquisitamente misionera. Leuduger le advertía:

«Le digo con el Apóstol que si quiere entrar en el número de los elegidos de Dios, si quiere participar de su amor, debe revestirse de la intensidad de su misericordia; haga lo mejor que pueda para aliviar al prójimo en sus necesidades tanto de cuerpo como de alma».

 

Y Montfort fue uno de los elegidos para ese ministerio que como ningún otro llevaba Leuduger en el corazón, como lo llevaron Maunoir y Huby. Después de esa experiencia Luis María fue enviado precisamente a su Montfort-la-Cane, la ciudad donde había vivido, la iglesia donde había sido bautizado. Probablemente fue constituido jefe de misioneros, porque fue suya la idea de levantar una cruz  al término de la misión sobre la colina llamada Butte-de-la-Motte. Pero le llegó al momento el veto del señor del lugar, Tremoille, y no pudo hacer nada.

 

«¿No quieren que este pequeña colina sea santificada? ¡Muy bien! ¡Vendrá el día en que se convertirá en lugar de oración!»

 

En 1850 sobre la colina de Butte-de-la-Motte se edificará la nueva iglesia parroquial.

En la misión, Montfort está acompañado de su factótum, Maturín, y quizás del hermano Juan. Aceptará también detenerse en la factoría paterna de Couascarre para un almuerzo, pero con "muchos de sus amigos", los pobres. Por mucho tiempo se hablará de una predicación suya nunca hecha, o mejor, hecha sin palabras: consistió solamente en la contemplación de la cruz a la que el Papa había concedido tantas indulgencias, concluyó con una vuelta entre los presentes, invitados cada uno a besar al crucifijo con un dulcísimo: «¡Mira a tu Salvador! ¿No te pesa haberlo ofendido...?»

 

Después de Montfort-la-Cane, ya en otoño, Leuduger lleva consigo a Montfort a su muy amada Moncontour. Habían transcurrido treinta años de la misión hecha por Maunoir, en la cual había participado el mismo Leuduger antes de ser párroco, en 1678. La ciudad había quedado como un tesoro en el corazón de Maunoir, porque allí había fundado el local del Hospital, contiguo al cual, Leuduger había levantado en seguida una casa de ejercicios espirituales.

Montfort llega al lugar precisamente en plena mitad de la fiesta regional, quizás la de San Maturín, titular de la iglesia parroquial, que se celebraba del 6 al 13 de noviembre. Por ello se mete en medio del gran baile al que, escandalizado, logra hacer cesar poniéndose de rodillas en medio de todos e implorando que todos hagan lo mismo "para tranquilizar a la justicia divina".  Ese gesto lo había hecho ya antes que él Le Nobletz, y por tanto no era nada increíble. Logró incluso obtener del alcalde la seguridad de que la fiesta regional sería trasladada a los días de entresemana para no hacerla coincidir con el día del Señor.

También allí, se había reservado Montfort el catecismo a los niños, a los pobres y a los enfermos. Pero precisamente en la capilla de Hospital tuvo lugar el triste suceso. La culpa en realidad no era toda de Montfort, muy por el contrario... Estaba demasiado acostumbrado a ver a las asistentes enfermeras de años atrás con la superficialidad de estas otras y el descuido por corregir o poner límite a abusos y desórdenes... Añádase, además, que el acudir frecuentemente a su predicación interesase a ciertas damas y damiselas de buena sociedad, convencidísimas de que debían lucir procaces adornos de lujo (como convenía a la burguesía local). Al término de una predicación particularmente impactante, el misionero hace desfilar en presencia suya al auditorio para besar el crucifijo de Roma. Cuando se da cuenta de actitudes especiales poco edificantes, tanto en las enfermeras como en las personas, para una función que debía alcanzar el tono de la reparación, se rechaza a presentar la cruz para el beso. Pero la cosa no termina ahí. Habiendo participado al sermón conmovedor de Leuduger sobre las penas de los difuntos y sobre el culto de los pobres difuntos olvidados y que esperan sufragios y ayudas, el fervoroso de Montfort, recorre de improviso la platea para hacer una colecta abundante con el fin de recoger fondos para santas misas de sufragio, y ciertamente no para sí.

Esta fue la clásica gota que indispuso al grupo de colegas respecto del impetuoso Montfort. Leuduger, ciertamente a pesar suyo, tendrá que pedirle que abandone la misión e incluso su grupo...

No nos atrevemos a culpar a Leuduger en lo más mínimo o acusarlo por la ruptura de relaciones entre los dos grandes misioneros, pero no aceptamos colocar a Grignion en la lista de los acostumbrados perseguidos y de las víctimas.

Él mismo se buscaba cruces. No eran culpables de todo quienes le reprochaban modos de actuar poco ortodoxos. Esta vez, además, encontrándose en un grupo misionero, donde, para utilizar sus propias palabras, deber ser «la obediencia en esta compañía –lo mismo que en la de Jesús– el fundamento y el apoyo inquebrantable de toda su santidad y de todos los frutos que Dios produce y producirá por ministerio».

 

Sabemos que una de las normas más férreas del grupo de Leuduger prescribía que nunca ni de ninguna forma o momento debían pedir limosnas a las gentes y contentarse solamente con lo que podían recibir para el sustento durante la misión. El mismo Montfort establecerá que sus misioneros tendrán que observar otra norma, la de la docilidad:

«Obedecen a todos los superiores en cuanto a lo exterior, al lugar, tiempo y demás circunstancias de la misión en sí mismas indiferentes pero que vienen a ser muy saludables e importantes cuando están reguladas por la obediencia».

 

Uno de los mejores biógrafos de Luis María, Besnard, apostilla así el acontecimiento:

«Nada más laudable, e incluso nada más necesario que el desinterés en el ejercicio del santo ministerio. Montfort no pensaba ciertamente faltar a esa regla, tanto más cuanto que ya tenía la costumbre de no aceptar honorario alguno por sus misas. Por otra parte, ya fuera que ignorara la regla fijada por los misioneros, ya que un imprevisto movimiento de celo en favor del alivio de las almas del  purgatorio, no hiciera caso a esa regla. De todos modos, esta falla no podía hacer olvidar todo el bien que hacía... ni debía hacer pasar como falta imperdonable la voluntad de haber actuado un tanto por precipitación, es decir, al querer hacer una obra buena sin haberla previamente acordado con aquellos a quienes debía referirse» (BM, I, 142).

 

Cuáles fueran las razones, hay de hecho una carta de algunos años más tarde, escrita por Leuduger y enviada a Montfort, en la que le ruega tome en sus manos el propio grupo misionero que, a causa de su edad avanzada, no podía ya dirigir. Pero en este momento «parece claro que la divina Providencia con sus propios designios, quería hacer entrar a Montfort en una carrera donde pudiera ejercer sus funciones con la santa libertad del Evangelio. Esto, además, lo constataremos en el resto de su vida misionera, sea cuando trabaje solo, sea con aquellos que él mismo se iba asociando...» (ib.).

 

Como si dijéramos: había aprendido el oficio, ahora podía también trabajar solo.

 

 

 

Capítulo decimosexto

UNA ACCIÓN MISIONERA TOTALMENTE DIFERENTE

 

 

Abandonada, pues, Moncontour y la importante experiencia misionera con Leuduger, Montfort, aunque a pesar suyo –pero no demasiado, en fin de cuentas, si la lección le dicta sólo algunos años más tarde idénticas normas para su propio grupo– siente la necesidad de retirarse al silencio para recoger las ideas, para orar y precisar un programa apostólico personal. Regresa a Montfort-la-Cane, donde durante la última permanencia había logrado arreglar el antiguo lazareto de los cruzados –San lázaro, precisamente– restaurando la capilla del siglo XIII. No era propiamente una ermita, pero sí un lugar de referencia considerado "su residencia ordinaria por dos años", precisa Besnard. El gerente de toda la construcción levantada en torno al antiguo núcleo, luego de darle todos los permisos, regulaba el flujo de gentes que cada día quería entrevistarse con el misionero. Hay que recordar que la zona formaba parte del Priorato cuyo Fermier général seguía siendo su padre Juan Bautista.

 

Sobre el vetusto altar había colocado una "bellísima" estatua de Nuestra Señora de la Sabiduría, y ubicado en el centro de la capilla un "bellísimo" reclinatorio al cual había asegurado una camándula con granos gruesos como un "pulgar", para que los visitantes pudieran usarlo. Las citas son siempre del mismo Besnard. Precisamente en esos días de finales de otoño de 1707, el obispo de San Maló, mons. Vicente Francisco Desmaret, de paso por la región, había dado oídos a un violento ataque contra el misionero descrito como capaz de «congregar tropas de vagabundos, de mantener en la ociosidad a los pobres..., hombre que pretendía solamente hacerse notar con sus singularidades para hacerse famoso en el mundo, mientras en el fondo no era más que un impostor» (BM, I, 148-149).

 

Aquel venerando clero, cómodamente sentado a manteles de fiesta con su Pastor, gozaba a las mil maravillas de la reprimenda que el prelado propinaba al humilde sacerdote, ya que había logrado ocultar el verdadero motivo de tanta acritud: a saber, no poder soportar que tanta gente acudiera a San lázaro desertando de sus iglesias... Mientras el obispo está acabando la condena con la suspensión de las facultades ministeriales en toda la diócesis, aparece el párroco de la vecina Breal, Pedro Indré que había bautizado a Luis María cuando era deán de Montfort. Al advertir la marcada hostilidad de los presentes, se dirige al obispo con una petición explícita de llevar a su parroquia a ese sacerdote condenado, porque deseaba que diera un curso de ejercicio espirituales a la juventud.

 

«El obispo de San Maló, conocedor de los méritos superiores de aquel párroco, entendió al momento que su testimonio indirecto en favor de Montfort servía al menos para emparejar todo lo que los otros habían dicho en contra...» (Ib. 150).

 

Muy alegre de autorizar la predicación, el prelado restituye a Grignion todas las facultades recién suspendidas. Como se ve por las palabras de Besnard (cap. 68), no se trata aquí de un obispo enemigo, un jansenista..., sino de un obispo mal informado. Tendremos que cambiar el juicio sobre él sólo algunos años después, cuando se rechace aceptar la bula Unigenitus del Clemente XI... Pero, entonces, 1717, Luis María estará ya en el paraíso para alcanzarle el don de un maravilloso regreso a la unidad católica diez años más tarde.

 

Era, de todos modos, el empujón que le daba la Providencia para que se decidiera a trabajar en serio como misionero.

Después de Breal y hasta el verano de 1708, se dedicará a las misiones por lo menos en cinco parroquias de la misma diócesis, para culminar una vez más en su tierra natal para un curso de ejercicios a muchachas y casaderas. En los momentos intermedios gusta de permanecer en San Lázaro. Pero durante esta última permanencia escoge una guardiana para su Virgen de la Sabiduría. Quizás tenía conciencia de haber terminado su labor en la diócesis de San Maló. Y de hecho, el obispo que se hallaba de visita pastoral precisamente en la región, más para hacer callar a aquellos benditos sacerdotes que por mala voluntad frente al misionero, le ordenó limitar sus predicaciones sólo a las iglesias parroquiales. La limitación llegó oportuna como nunca, porque le llegaba una invitación explícita de Juan Bautista Barrin, vicario general del Nantes. Gilles de Beauveau, deseaba tenerlo en su diócesis para una tarea misionera que va a durar tres años.

Lo veremos lanzadísimo en cerca de veinte misiones parroquiales, algunas realizadas al mismo tiempo en tres diferentes iglesias de la parroquia, en cinco o seis cursos de ejercicios espirituales, abiertos a la gente y otros más cerrados y exclusivos para comunidades religiosas o para asociaciones.

Dos años de trabajo incansable, desde el verano de 1708 hasta septiembre de 1710, de trabajo incansable. Nadie lo discute, es jefe de equipo, dirige de cuando en cuando grupos de colaboradores, entre los cuales, alternando con jesuitas, capuchinos y sacerdotes del lugar, tendrá siempre un sitio el mismo vicario general Barrin lo mismo que Pedro Des Bastières que lo seguirá luego por otras diócesis, en más de cuarenta misiones.

En la memoria de Luis María esos dos años borrarán el mal recuerdo de los meses pasados en tan inútil aburrimiento en la comunidad de San Clemente, que, abandonada ahora por los sulpicianos, vegeta y corre el riesgo de anularse. El clero diocesano se ha abierto entre tanto a las nuevas impostaciones pastorales de mayor estabilidad para la práctica religiosa; pero permanecen siempre regiones, sobre todo en el campo, donde todavía queda todo por hacer, donde hay que implantar un cristianismo, simbolizado en esas cruces que Montfort hace erigir siempre al término de sus misiones.

Pero lo que hay que convertir no son las tierras, son las almas. Y las almas de los campesinos no interesan a los ricos, a los poderosos, a los diplomados que sólo buscan el dinero de aquella pobre gente que cultiva y mantiene sus rentas. Montfort chocará fuertemente contra esa categoría de malos cristianos, amos de esclavos. Por ejemplo, contra ese tal Pedro du Cambout, marqués de Coislin, convertido en duque a la muerte del padre; un personaje a quien San Simón describe "perverso, peligroso, demasiado entregado a las diversiones, que no respeta a nadie...", que no hay que confundir con el cardenal Pedro de Coislin, muerto en febrero de 1796 y que nunca fue duque.

Cuando Montfort, en la restauración de la ruinosa iglesia de Cambon, haga quitar los escudos de armas y, más aún, cuando más tarde, se dedique de lleno a levantar en la landa de la Magdalena, en Pontchâteau, el famosísimo Calvario, siempre en territorios de aquel malvado señor, acabará por chocar de frente con el duque y con los manejos religiosos y políticos de su prepotencia. Ni siquiera el obispo amigo Beauveau y su vicario Barrin lograrán salvarlo de la ira furibunda de duque Coislin.

Entonces, aparentemente derrotado, se retira a la ciudad en esos meses de invierno, para la oración, y sale sólo para dedicarse a obras de caridad: dará origen así al pequeño Hospital de los Incurables y madurará la idea del de los Convalecientes; durante la inundación de Loira lo encontraremos entre los primeros y más incansables socorristas de quienes huían. Dejará a Nantes y la diócesis a finales de 1711.

Ya al mes siguiente lo encontramos en la diócesis de Luzón, donde llamado por ciertos sacerdotes, da algunas misiones. Hay quienes lo invitan e inmediatamente después lo echan fuera a causa de los chismes que circulan contra él. Pero en abril da un curso de ejercicios a los seminaristas. El obispo, mons. Juan Francisco De l'Escure, tras oír hablar de él lo llama a predicar, sobre el rosario, en la catedral el 10 de mayo. Montfort se desfogará contra los enemigos clásicos del rosario, los albigenses, ignorando que el obispo es oriundo de Albi... Por fortuna el obispo tiene muy buen sentido y no se resiente por ello.

El día siguiente, 11 de mayo, llegará a la ciudad que lo albergará como infatigable misionero hasta la muerte, La Rochelle.

Como todos saben, La Rochelle era la rocafuerte de los hugonotes, aquellos protestantes calvinistas franceses que se convirtieron más en partido político que religioso, y que habían logrado atrincherarse en la ciudad constituyéndola en una especie de contracapital. Luis XIV, haciéndose el que creía en la conversión de los hugonotes, en 1685 los había eximido del tremendo edicto de Nantes de un siglo antes. Pero en lugar de pacificarse, la lucha política y religiosa proseguirá pasando por entre frágiles acuerdos basados las más de la veces en engaños y componendas, hasta una nueva proclama de pacificación que no satisfará a nadie...; pero en ese 1788 se vivía en vísperas de la Revolución.

En la confusión político-religiosa el jansenismo había hallado humus abonadísimo, a menudo, alimentado por un galicanismo manifiesto o solapado. Aquí, entre esta gente, podía Montfort sentirse a sus anchas en el sitio del ideal del Misionero Apostólico, como se lo había querido crear para Francia, demasiado expuesta a las desviaciones doctrinales y cismáticas.

Por otra parte, la diócesis de La Rochelle, además de un buen clero gozaba de la presencia providencial de un excelente Pastor, mons. Esteban de Champflour, vicario antes de Clermont, que había obtenido esa sede de La Rochelle en 1703 "con sus solas fuerzas", como anota Grandet. Como obispo, había encontrado en la diócesis más vecina, la de Luzón, otro importante obispo, ya amigo y colega en San Sulpicio, mons. De l'Escure. Precisamente en esos meses los dos belicosos prelados se habían levantado resueltamente contra el cardenal De Noailles de París que había aprobado las Reflexiones morales de Quesnel y habían llegado hasta hacer colocar en las puertas de Notre Dame en la capital y en el palacio del cardenal una Instrucción pastoral suya de condenación del 15 de julio de 1710. El cardenal se había vengado al momento haciendo expulsar de San Sulpicio a los nietos de los dos obispos. Pero fue precisamente la algazara causada por esa Instrucción y la obstinación del cardenal lo que hizo que Luis XIV se resolviera a pedir al Papa una clarificación final acerca del jansenismo, clarificación que en 1713 se convertirá en la bula Unigenitus. El cardenal rehusará en un primer momento la adhesión a la bula papal, para acabar con retirarse de la rebelión, aunque no pareció nada convincente ni siquiera a la hora de la muerte...

La mención de los dos belicosos obispos de Luzón y de La Rochelle, nos facilita comprender el espíritu con que pidieron y obtuvieron la colaboración pastoral de Luis María de Montfort.

Tras una prueba en la parroquia de L'Houmeau, se pidió a Montfort dar una misión general a toda la ciudad de La Rochelle. Fue ésta sin duda alguna la misión más larga y comprometedora de toda su carrera: casi cuatro meses, en los que, muy distintas, se tuvieron por lo menos tres misiones: a los hombres, a las mujeres y a los militares. La gran misión tendrá su solemne epílogo en la procesión eucarística que culminó en la erección de las cruces, descrita minuciosamente en el dibujo de un empleado comunal, Claudio Masse, que nos ofreció, además de la descripción del acontecimiento, la noticia de que en la organización de la ceremonia estaba un hermano de Montfort, Gabriel Francisco, que se retirará como capellán del Hospital de Iffendic, cerca de la casa paterna, donde morirá un año después de su santo hermano.

Para proseguir la colaboración, mons. De L'Escure de Luzón, pedirá el préstamo del misionero para una predicación en la abandonada isla de Yeu, donde iniciamos nuestro recorrido.

Terminada esta misión en Pascua de 1712, Montfort se quedará todavía para algunas predicaciones y misiones en la diócesis de Luzón, que lo tendrán ocupado hasta finales de julio.

Tras las extenuantes fatigas de esos meses, Montfort descansará a su manera, dedicándose al más variado apostolado en los suburbios de La Rochelle: predicará ejercicios a la gente y las Hermanas Clarisas. Entre tanto podrá disfrutar de la casa que una buena mujer le había cedido casi a modo de reconocimiento por todo el bien realizado en la diócesis. Esa casa recibirá el nombre de "ermita", dedicada al gran profeta Elías, San Eloy. Allí se retirará con los colaboradores para descansar y preparar nuevas misiones. A veces quedará solo o con los hermanos laicos y entonces trabajará en obras que quedarán para siempre después de él: la redacción definitiva de las Reglas de Instituto de las Hermanas Hijas de la Sabiduría para la dirección de escuelas gratuitas y sobre todo la composición del inmortal Tratado de la Verdadera Devoción a la santísima Virgen, y la Carta circular a los Amigos de la cruz.

En julio vuelve a comenzar el trabajo apostólico hasta Navidad de 1712, pasando luego otros meses en la tranquilidad de San Eloy: debe atribuirse a este período un intento de envenenamiento del cual es víctima, obra de no identificados hugonotes. Se salvará gracias a un pronto antídoto, aunque tendrá que padecer por largo tiempo molestas consecuencias.

De repente, no sabemos si invitado o de propia iniciativa, Luis María parte para París a hablar con los sucesores de Poullart des Places, que le había dado la seguridad de refuerzos para las misiones. Algo logrará, sin duda, aunque haya cambiado mucho la situación de las dos obras a partir de 1703. Lo recibieron con respeto, pero también con reservas. Todos debían saber que entre Montfort y Poullart, el fundador muerto en 1709, existía un compromiso por el cual en París, en el Seminario del Espíritu Santo, se prepararían misioneros que se unirían a Grignion. Pero en 1713, las cosas eran un tanto diferentes: el acuerdo estaba en pie, pero no obligaba, tanto más cuanto que los Directores del seminario no podía exigir mayor cosa de los seminaristas que no eran religiosos... Montfort, honestamente, antes de redactar una Regla definitiva para su Compañía de María, quería dar a conocer, si no el texto al menos las líneas fuerza de su creación... De todos modos, de ese viaje a París llevó consigo un renovado empeño de colaboración: tan cierto es esto que desde ese momento cambia el nombre del grupo existente llamándolo con el apelativo derivado de París: Comunidad del Espíritu Santo. De París llegará durante su vida, solamente el P. Adriano Vatel, aunque éste corría en realidad tras un destino diferente, y tres sacerdotes para la última misión de San Lorenzo.

Pero a fines de agosto, está de regreso en La Rochelle, donde se empeña en una quincena de misiones hasta agosto de 1714, cuando –tampoco aquí sabemos si invitado o no–, aprovechando de una misión en la diócesis de Coutances, en la ciudad de Saint-Lô, irá a encontrarse con otro amigo de infancia, Juan Bautista Blain, canónico de Ruán.

Montfort y Blain se habían alejado, tras un último tentativo de San Sulpicio para sacar a Luis María del abyecto cuchitril del Pot-de-Fer, en 1703, y hacerlo regresar a la normalidad. Las vicisitudes los habían alejado físicamente a los dos: Blain, siguiendo a mons. Claudio Mauro d'Aubigné, se había detenido en Ruán, donde como solicitado predicador, amigo de san Juan Bautista de la Salle, responsable eclesiástico del nuevo instituto de las hermanas del Sagrado Corazón d'Evremont, equilibrado canónigo de la catedral, se podía considerar un integrado, un afortunado, muy sulpiciano en la regularidad de una vida ajustada y corriente... De todos modos, Blain había realizado una afortunada carrera eclesiástica que lo había enriquecido de experiencia y responsabilidad.

Después de 11 años vuelve a encontrarse. Realmente hubieran debido encontrarse en la mitad del camino entre Saint-Lô y Ruán; pero a última hora Blain había tenido que regresar a la ciudad, donde esperó a Luis María. Este, en compañía de un joven hermano laico, Nicolás, hacia el mediodía, después de haber recorrido los últimos veintiséis kilómetros en esa mañana, llega a la cita; pero ¡en qué estado! Blain relata:

«A pie, en ayunas, con una cadena de hierro a la cintura y en los brazos..., muy cambiado, agotado, destruido por el trabajo y las penitencias; quedé convencido de que su fin no podía estar lejos, aunque entonces sólo tenía cuarenta o cuarenta y un años...» (Blain, 331).

 

Afortunadamente Blain será el primer biógrafo de Montfort y nos dejará el relato de toda la discusión con él en esos dos o tres días. Pronto logran hallar la misma confianza de otros tiempos –aunque estamos seguros de que existió entre ellos un intercambio de cartas, si no frecuente, sí asiduo, con el que se mantenían en contacto. Descubrir esas cartas sería un elemento decisivo para la plena comprensión de muchas vivencias monfortianas. Blain constituía el último anillo que todavía lo ataba a San Sulpicio–.

El amigo "sulpiciano" tiene la posibilidad de clarificar tantas habladurías o verdades que corrían sobre lo "extraordinario" de ese hombre por el cual había sufrido con sólo oír hablar de las desventuras que le habían tocado en suerte sobre todo durante aquellos años de sacerdocio.

Y ahí está, pronto a comenzar una buena y precisa discusión con el misionero, que parece hasta descansar en ese calmado y sereno diálogo, del cual retomamos aquí los puntos más importantes.

Sobre la extravagancia, sobre la excentricidad, por ejemplo.

 

«Pero, ¿dónde encuentras en el Evangelio pruebas y ejemplos de tus modales excepcionales y extraordinarios?, ¿por qué no renuncias a ellos?, ¿o no pides a Dios la gracia de deshacerte de ellos? Los rechazos, las contradicciones, las persecuciones te siguen por todas partes, porque con tus extravagancias las atraes. Harías mucho más y encontrarías muchas más ayudas y auxilios en tus trabajos, si tuvieras en tu favor algo nada fuera de lo común y no brindaras a los libertinos y a los mundanos, con tus extravagancias, armas en contra tuya y contra el feliz éxito de tu ministerio...».

 

A esto respondió Montfort pausadamente:

 

«Que, si tenía modales extraordinarios y fuera de lo común, era muy contra su intención. Que, como los tenía por temperamento no se daba cuenta de ellos, y que si eran adecuados para humillarlo, no eran inútiles en él. Que, por lo demás, había que explicar que se entiende por modales extraordinarios y fuera de lo común... Que si con ello, se querían entender actos de celo, de caridad, de mortificación y de otras prácticas de virtudes heroicas y poco comunes, se consideraría dichoso de ser singular, en ese sentido, y que si esta forma de singularidad era un defecto, era el defecto de todos los santos. Que, en fin de cuentas, con pocos esfuerzos se gana uno en el mundo el título de singular. Que esta denominación le caía a uno con seguridad con un poquito que no quisiera parecerse a la multitud, ni acomodar la vida a los gustos de ésta. Que era una necesidad ser singular en el mundo, si uno quiere alejarse de la multitud de los réprobos. Que siendo pequeño el número de los elegidos, era necesario renunciar a encontrar sitio entre ellos o a singularizarse junto con ellos, es decir, a llevar una vida muy opuesta y diferente a la de la multitud.

Y añadió que hay diferentes clases de sabiduría, como hay en ella grados diferentes. Que una era la sabiduría de una persona de comunidad en su proceder, y otra la sabiduría de un misionero y de un varón apostólico. Que la primera no tenía nada nuevo que emprender, le bastaba dejarse guiar por la regla y las prácticas de una casa santa. Que los otros tenían que buscar la gloria de Dios, a expensas de la suya, y con la ejecución de nuevos proyectos. Que, por consiguiente, no había que extrañarse, si los primeros se quedaban tranquilos, manteniéndose ocultos, y si no hacían hablar de ellos, al no tener nada nuevo que emprender. Pero que los segundos, al tener que librar continuos combates contra el mundo, contra el diablo y los vicios, tenían que recibir de parte de ellos terribles persecuciones. Y que es una señal de que no se causa mayor miedo al infierno, cuando uno sigue siendo amigo del mundo...».

 

Hay otro argumento que aclarar.

 

«Lo acusaban de hacerlo todo según su criterio. Que valía la pena hacer menos bien pero hacerlo en dependencia, consultar a los superiores y no emprender nada sin sus órdenes ni su permiso...».

 

Evidentemente, Blain está al tanto de los episodios de Saint-Brieuc, de Montfort-la-Cane, y sobre todo, de los mucho más graves de Nantes y Pontchâteau que había discutido hasta la corte... Era el punto en que siempre habían insistido los sulpicianos y que siempre había sugestionado incluso al buen amigo Blain.

 

Luis María «estuvo de acuerdo con la máxima, añadiendo que creía seguirla, en cuanto le era posible y que le incomodaría mucho actuar por su propio juicio.

Pero que había ocasiones y circunstancias imprevistas y repentinas en las que no era posible consultar el parecer o las órdenes de los superiores. Que bastaba en esos casos no querer hacer nada que uno piense no les grada ni merezca su aprobación, y estar dispuestos a obedecerles a la menor señal de su voluntad.

Que, por otra parte, acontecía que obras comenzadas con el consentimiento de los superiores, no gozaban al final de su aprobación, sea porque los indisponían gentes mal intencionadas e indispuestas por falsos informes, sea porque escuchaban los rumores del mundo y el juicio de sus sabios casi nunca favorables a las obras santas.

 ...Que estaba persuadido de que siendo la obediencia el sello de la voluntad de Dios, no había que apartarse nunca de ella. Pero que su conciencia no le hacía reproche alguno al respecto y que vivía, en todo tiempo y circunstancia, en actitud de obedecer y no hacer nada sino con el visto bueno de los superiores. Pero que no podía impedir los falsos informes, las maledicencias, las calumnias, los dardos de la envidia y los celos que el hombre enemigo sabía hacer llegar hasta ellos, para indisponerlos contra él y desacreditar, ante ellos, su persona y sus servicios».

 

El diálogo se prolongó por largo tiempo, si Blain nos confiesa:

«Le hice muchas objeciones más que imaginaba no tenían respuesta. Pero él las deshizo con palabras tan acertadas, tan concisas y animadas por el Espíritu de Dios, que yo quedaba desconcertado de que me cerrara la boca en todo aquello con que yo creía podérsela cerrar» (333-340).

 

Ese viaje no tuvo resultado práctico alguno, fuera de la posibilidad de intercambiar un tanto informaciones fraternas. Y fuera de llevarlo a casa de las buenas hermanas de Evremont, Blain no pudo dar nada al amigo, en especial si éste esperaba obtener apoyo y ayuda precisamente en la "tierra de los santos", en San Sulpicio.

Pero Luis María está acostumbrado a intentos sin resultados. Algo más recogió, sin embargo, de Ruán: ciertas indicaciones logradas en la Reglas de las hermanas de Evremont a donde Blain le había llevado, donde pudo encontrar preciosas indicaciones que le ayudaron, en esos días, a completar las Reglas para las hermanas de la Sabiduría, las suyas.

Se facilitó el regreso, gracias a un trayecto hecho por agua, por el Sena, en un "arca de Noé" que lo descargó en la Bouille (de donde el nombre de la barcaza). De allí, a pie, llegó a Nantes, cargando a las espaldas al joven hermano lego que ya no podía dar paso. Durante el recorrido pudo celebrar y hasta predicar, por lo menos, en dos parroquias; el nombre de una de ellas quedará desconocido para siempre.

En Nantes debe completar las operaciones de despeje de la demolida construcción del Calvario de Pontchâteau, con el traslado de la estatuas no utilizables. En pocas horas logró organizar el traslado en un armazón por el Loira, hasta el Hospital de los Incurables, donde quedarán hasta 1748.

Pero siendo la meta del viaje La Rochelle y teniendo que pasar por Rennes, trata de hacerse levantar ese odioso entredicho del obispo, valiéndose, entre otras, de la ayuda que un importante abogado, el señor Arot, está dispuesto a prestarle. Arot no era otra persona que uno de los colegiales orientados por Montfort a las obras de caridad durante el período de estudios. Un epígrafe dice de este abogado: Christi optimus odor in vita et in morte... (El mejor olor de Jesucristo tanto en la vida como en la muerte).

El entredicho no será levantado: son todavía demasiado poderosos los opositores del misionero tanto entre el clero como entre la burguesía... Alejándose para siempre de la ciudad de su niñez y adolescencia, donde había vivido los primeros lances apostólicos y la poderosa llamada a la virtud, gracias a Bellier y sus maestros jesuitas, Montfort sacudirá el polvo de sus sandalias...

 

«Adiós, Rennes, Rennes, Rennes...

Tu futuro causa miedo,

pues te anuncian muchas penas.

Si no rompes las cadenas

que en tu seno ocultas tienes,

la ruina será tu fin...

Adiós, Rennes, Rennes, Rennes...» (CT 150).

 

Sin quererlo y quizás sin saberlo, el cántico anunciaba el devastador incendio que consumirá toda la ciudad el 22 de diciembre de 1720. Quedaron destruidas 850 viviendas. La reconstrucción fue lentísima, pero conservó el antiguo plano visible todavía hoy.

En noviembre se halla de nuevo en La Rochelle. Dedica todo el mes a la reconstrucción de la sede para las Escuelas gratuitas en un vetusto edificio comprado a propósito por el obispo. Luis María se transforma en maestro de obra y en seis o siete semanas, dirigiendo personalmente el trabajo, logra abrir las clases para los niños, confiándolas a un sacerdote, a tres maestros y a un bedel. Para la apertura de las clases para niñas tendrá que esperar a que sus Hijas de la Sabiduría se liberen del Hospital de Poitiers: lo cual tendrá lugar sólo en 1715.

El invierno transcurre entre una misión y otra, entre predicaciones, retiros y ejercicios espirituales. Por fin, en Pascua de 1714 logra tener en el grupo al primer verdadero misionero de la futura Compañía de María. Es Adriano Vatel, sacerdote de la diócesis de Coutances, formado en el seminario del Espíritu Santo de París, de Poullart des Places. Realmente, Adriano viaja a las misiones de América, a Canadá, después de haber pedido consejo al arzobispo de Ruán; desembarca en La Rochelle para entrevistarse con el obispo a quien debe pedir consejos morales, pues lo considera como uno de los mejores teólogos de la época. Al oír que en la ciudad se encuentra Montfort en persona, decide hablar con él para pedirle cánticos espirituales que entonar a lo largo de la travesía marítima.

Llega precisamente cuando Luis María está predicando y honestamente considera que la fama de Montfort es exagerada, dado lo que oye... «Hay alguien que me hace resistencia; siento que la palabra regresa hacia mí. Pero ¡ése tal no se me escapará!». Vatel se siente desconcertado al creer que el predicador lo interpela... Acude a la sacristía y encuentra a Luis María que está terminando de leer una carta de un sacerdote que se excusa de no poder participar en una misión. «¡Bien!, ¡un sacerdote que no me cumple la palabra! Y el Señor me envía otro. ¡Padre, es preciso que venga conmigo; tenemos que trabajar juntos!».

 

Una vez resueltos algunos problemas financieros con el capitán de la nave a quien el obispo paga de su bolsillo lo debido, Vatel «comienza a trabajar con nuestro Misionero, misionero él también, y primero que en calidad de tal se unió para siempre a él para dar comienzo a la Compañía, que el santo varón meditaba de largo tiempo y en la que este fiel discípulo por espacio de treinta años prosiguió sus trabajos apostólicos, según el espíritu y método de su excelente Maestro».

 

Al relato estilizado de los biógrafos, hemos preferido este testimonio hallado en los procesos de beatificación, tanto por su espontaneidad como por la curiosa traducción canónica que del francés hace la Congregación de Ritos.

Así, los dos misioneros hacen su primera misión juntos en Taugon-la-Ronde, donde dejan como recuerdo la institución de dos cofradías: la Compañía de las 44 vírgenes, y los Penitentes Blancos.

La asociación de muchachas, 44 en memoria de las 144 que vestidas de blanco acompañan al Cordero, existía en otras regiones de Francia, pero en estas regiones de noreste aparecen sólo en tiempos de Montfort. Tenía como finalidad preservar a las jóvenes de la corrupción del mundo, alejándolas de los bailes, de la promiscuidad, de los bailes de enmascarados y de cualquier ocasión de ofender a Dios tan fácil en su condición. Montfort, dejará para ellas un Reglamento que hallamos hoy en las Obras Completas (BAC, 616-617).

De la otra cofradía sabremos más dentro de poco.

Dado que la misión termina el 14 de abril, Montfort tiene tiempo para una escapada a La Rochelle con el fin de controlar la organización de las Hermanas de la Sabiduría, que finalmente llegan de Poitiers. Pero el viernes siguiente, se halla ya en otra parroquia, e inmediatamente después, en Nantes para una visita al Hospital de los Incurables.

 

«Los vuelve a ver con la ternura de un padre para con sus hijos. Los animó a llevar con paciencia el dolor, y recomendó a sus amigos que siguieran sosteniendo esta obra de caridad con sus ofrendas y prestaciones...».

 

Desafortunadamente no quedó muy satisfecho de quienes dirigían la obra y deseó vivamente poder un día confiarla a sus Hijas.

 

«Su muerte no trastornó en nada su obra tan bien encaminada, de modo que la piadosa institución subsiste todavía hoy (1760) para el alivio de los infelices y la edificación pública de la ciudad de Nantes» (BM, 155-156).

 

Aterrizando, siempre para misiones parroquiales, en el corazón de la riquísima selva de Vouvant, además del inmenso bien espiritual logrado en favor de los habitantes de la ruinosa iglesia que logra restaurar, obtiene para sí mismo el uso de una gruta dentro de la vegetación, como obsequio de la población, donde pasará horas de oración y tranquilidad.

 

«El sendero de esta ermita

va una legua más del bosque,

cruza por bosques y rocas,

hasta do alcanza la vista.

Solos y lejos del mundo,

vamos a servir a Dios.

¿Dónde hallar sitio mejor

y mayor gracia encontrar?

 

Lejos, muy lejos del mundo,

para servir al Señor.

 

Tres sendas a este retiro

traen: la de los carruajes,

la que cruza por el bosque

y la que bordea las aguas.

Lejos, muy lejos...» (CT 157,1-3).

 

Así cantaba en la que es aún hoy meta de oraciones y de silencio y llamada precisamente Gruta del Padre de Montfort, en Mervent.

En pleno agosto se encuentra en Fontenay-le-Comte, importante centro comercial y militar. Después de la Revolución se convertirá en capital de la Vandea. Ya en tiempos de Montfort, Fontenay tenía un presido notable, y así el misionero había logrado combinar una predicación también para militares, que en el último momento debió realizarse al mismo tiempo que la de las mujeres. Se dio un momento difícil y casi trágico: la arrogancia del comandante, un tal Du Menis, el tipo de «¡Ud. no sabe quién soy yo!», estuvo a punto de echar volar por los aires una misión que se desarrollaba con la mayor regularidad. La divina Providencia suplió a la arrogancia con la conversión solemne de dos calvinistas y una participación total en las funciones de clausura de la consigna del Contrato de alianza y la construcción de un Calvario. Un pormenor digno de recordación: la población era convocada a las ceremonias con 63 toques de campana, en recuerdo de los años que vivió Nuestra Señora...

El único que pagó en persona ese triunfo fue Luis María, golpeado con pies y manos por el enfurecido comandante y sus camaradas. Si la aventura no pasó de Fontenay, se debió a mons. de Champflour que bloqueó toda interferencia de la corte de París...

Precisamente en Fontenay-le-Comte, noventa años más tarde, nueve días después de haber sido derrotados por las tropas revolucionarias, los azules vandeanos, antes de partir para el combate final, victorioso, se detuvieron en oración en torno a la cruz plantada por el P. de Montfort. «¡Déjenlos que oren, combatirán mejor!», había dicho el comandante.

 

 

 

Capítulo decimoséptimo

MISIONERO HASTA EL DÍA DE LA MUERTE

 

 

Lo que hará muy importante a la misión de Fontenay en la historia de la Compañía de María, será el encuentro, que tuvo lugar precisamente allí, entre el fundador y su futuro sucesor, el sacerdote René Mulot... El suceso merece, sin duda, más espacio, porque marca el momento decisivo en la fundación tan deseada por Luis María.

Mulot había oído ya predicar a Montfort cuando, siendo joven coadjutor de Soulans, había ido a La Garnache. Entonces no había quedado particularmente impactado. Algún tiempo después lo había aquejado, «una enfermedad que me llevó a borde de la tumba. Permanecí largo tiempo entre la vida y la muerte, de tal suerte que médicos famosos ya me habían desahuciado» (BM, 462ss).

 

Por el contrario, logró ponerse en pie, pero tuvo que trasladarse a casa de su hermano Juan, párroco de Saint-Pompain. Allí escuchó alabanzas entusiastas de Grignion de parte de un párroco vecino. Quedó tan impresionado que quiso hacerlo acudir a la parroquia para dar una misión. Pero su hermano había ya contratado a otros. Sin embargo, dado que seguía insistiendo, su hermano le concedió que tratara de proponerle a Montfort una misión y escuchar lo que respondiera.

 

«Así pues, por más débil que me sentía, resolví dirigirme a Fontenay. Encontré a Montfort en casa de las Hermanas de Nuestra Señora a quienes predicaba un retiro. Le pedí se dignara ejercer su caridad y celo apostólico en Saint-Pompain. Respondió que no podía acceder a mi petición inmediatamente, comprometido como estaba con otros sitios. Me pidió que me quedara a almorzar, cosa que acepté gustoso... Hacia el final de la comida, redoblé yo mi insistencia para tratar de convencerlo de ir a Saint-Pompain, diciéndole que si yo hubiera tenido fuerzas y ciencia suficientes lo habría seguido a todas partes. Cedió ante mi insistencia, pero pidiéndome que fuera a ayudarle en la misión de Vouvant ya anunciada. Después iría también a Saint-Pompain.

El deseo de que fuera, me había llevado a comprometerme más allá de mis fuerzas.

Luego de informar a mi hermano sobre el resultado del viaje, me preparé para ir a encontrarme con él pocos días más tarde en Vouvant. Allí fui testigo de cuanto me habían dicho sobre los inmensos frutos que alcanzaba en las misiones» (BM, 462ss).

 

Aquí termina el relato de René Mulot. Podemos completarlo con lo que ha escrito alguien, Besnard, que conoció a las personas y la historia.

 

«...Sin duda Montfort estaba al tanto de los designios divinos sobre este buen sacerdote. En efecto, en tono firme y con mirada penetrante, le dijo: “Si quieres seguirme y trabajar conmigo por el resto de tus días, iré a donde su hermano, de lo contrario, no voy. Todos tus achaques se desvanecerán tan pronto comiences a trabajar por la salvación de las almas. Por esto hay que hacer una prueba en Vouvant”.

Efectivamente, tan pronto comenzó a ejercer su ministerio, sintió que le volvían las fuerzas y su salud quedaba totalmente restablecida en los primeros días en que seguía a Montfort en su apostolado, sin volver a sentir molestia alguna. Aquel gran Maestro tuvo así tanta confianza en el nuevo discípulo que lo escogió por confesor...».

 

Después de Vouvant, conforme al compromiso asumido, Montfort dio comienzo a la misión de Saint-Pompain. Allí, el párroco Juan Mulot se hallaba desde siempre de pelea con un habitante del lugar, y el desagradable asunto había acabado por involucrar un tanto a todos, trayendo la pérdida de la paz y la tranquilidad. Muchos, hasta mons. de Champflour habían tratado de poner remedio, pero todos habían fracasado. El párroco, además, tenía otras buenas fallas. Le gustaba bastante la vida despreocupada y muelle, y la ligereza del chiste y la charla alegre le hacía descuidar su ministerio. La misión logró la enmienda del párroco y restableció la concordia: todo se resolvió con un buen almuerzo de reconstrucción de la paz, en el cual, se llenó el estómago y se aligeraron los ánimos.

El grupo misionero de Montfort estaba ahora bien definido: dos sacerdotes, Mulot y Vatel oficialmente monfortianos, Pedro Ernault Des Bastières que lo acompañaba por lo menos desde hacía cuarenta misiones y lo abandonará para siempre en enero de 1716, algunos hermanos laicos que, aunque no siempre presentes, formaban parte del grupo: Maturín, el catequista cantor de campanillas; Juan, consagrado sobre todo a los pequeños; Pedro, recordado en Vertou; Santiago, presente hasta en la muerte del misionero; Felipe, Luis y Gabriel, recordados en el testamento. Era realmente un grupo excelente, en el que Montfort era el director en jefe, reconocido por todos.

Después de Saint-Pompain, la parroquia de Villiers.en-Plaine. Mientras se preparaba a encaminarse a la nueva misión, le llegó la noticia de la muerte de su padre, Juan Bautista Grignion, señor de la Bachelleraie de casi 70 años. El único comentario a tan funesta noticia fue aquel calmado de la Biblia: Deus dedit, Deus abstulit. Montfort no irá Couascarre para las exequias de su padre: se lo impiden no sólo los compromisos del ministerio, sino también el fastidioso entredicho...

Después de Villiers, lo encontramos de nuevo en Saint-Pompain. Como en todas las parroquias donde da misiones en este período, también allí fundó la cofradía de la Compañía de las 44 vírgenes y la de los Penitentes Blancos.

Esta última, nacida y difundida en Italia y bastante conocida en la Francia del sur, "se proponía alejar a los hombres de las tabernas y de los vicios, de la blasfemia y de la maledicencia". En el este de Francia la difundió sobre todo Montfort, quien, habiéndolo encontrado, sabe Dios dónde, nos dejó también el Reglamento de la asociación.

Ahora bien, los cofrades Penitentes de Saint-Pompain, para clausurar dignamente la misión parroquial y cumplir la norma estatutaria que preveía, al menos, cuatro peregrinaciones al año, pidieron a Montfort que les indicara un santuario a dónde ir todos juntos. Luis María señala en seguida una meta: La Virgen de los Dolores de Saumur, el santuario de tantas plegarias suyas y donde encontraba tanto consuelo y fuerza.

Para que la peregrinación no se redujera al acostumbrado "pardon", una especie de paseo parroquial al campo en el que hallara también sitio alguna obra espiritual, redacta un pormenorizado reglamento que encontramos, inmediatamente después del reglamento general, entre las obras de Grignion, con el título: La santa peregrinación a Nuestra Señora de Saumur hecha por los Penitentes para alcanzar de Dios buenos misioneros. Lo conocemos, «copiado en su totalidad del original, incluido el título, tal como fue escrito por mano de Montfort».

 

«No tendrán en esta peregrinación otra finalidad que: 1º alcanzar de Dios, por intercesión de la Santísima Virgen, buenos misioneros que sigan las huellas de los apóstoles, gracias al abandono total a la Providencia y la práctica de todas las virtudes, bajo la protección de la Santísima Virgen; 2º alcanzar el don de sabiduría a fin de conocer, saborear y practicar la verdad y hacerla saborear y practicar por los demás».

 

La palabra "verdad" en la versión de Grandet será remplazada por "virtud"; pero evidentemente se trata de un error de trascripción.

El Reglamento se extiende pormenorizadamente en prever y establecer el comportamiento, el vestido, las actitudes, la forma de caminar y la de ir a visitar al Santísimo Sacramento en las iglesias, con tal que no sean demasiado apartadas del camino trazado... Define también cómo detenerse en el santuario, una vez llegaran a él, cómo lograr el permiso del sacristán (¡oh!, ¡el poder de los sacristanes!)... La permanencia en el santuario debía prolongarse durante dos días, para poder iniciar el regreso al tercero. Los peregrinos debían elegirse un jefe, llamado superior, aunque Montfort asignó como asistentes a los misioneros Mulot y Vatel. El mismo se unirá yendo al santuario para orar con ellos. Como sabemos cuáles eran los vínculos con las Hermanas de Juana Delanoue, a quienes también en esta oportunidad brindó Montfort diálogos y conferencias, podemos imaginar que los 36 peregrinos fueron hospedados en el mismo Instituto. El Reglamento no había previsto una cosa: la nieve particularmente abundante ese año...

La peregrinación duró siete días. Al regreso, Montfort y su grupo pusieron fin a la misión con una solemne celebración eucarística y con la erección de la cruz de la misión.

Concluida también la misión de Saint-Pompain, llega el momento de abrir otra, la última de su vida, en San Lorenzo del Sèvre.

Acompañado exclusivamente por los hermanos laicos, el 1º de abril, miércoles de pasión, se traslada a la parroquia para la preparación precisa del programa y aprontar cuanto se necesita para la predicación. Entre tanto los hermanos enseñan los cánticos y las oraciones. Los sacerdotes misioneros llegan solamente el sábado siguiente, porque el 5 de abril, domingo de Ramos, comienza la misión propia y verdadera. En el grupo encontramos, fuera de Mulot y Vatel, también al párroco de Saint-Pompain, Juan Mulot, a los sacerdotes Bourhis, Kreuntz y Clisson, llegados del Seminario del Espíritu Santo de París.

En la mañana del domingo todos marchan en fila para la procesión en la iglesia parroquial y sólo se espera al Director que preceda a todos con la cruz..., pero Luis María se hace esperar en forma increíble, no se sabe bien por qué motivo. Finalmente llega afanado, de improviso. Toma la cruz, abre la misión. Pero se le ve tambaleante, parece tropezar.

Esta misión, por primera vez, coincide con la visita pastoral del obispo de La Rochelle. Razón de más para que la predicación de los misioneros llegue mejor a las almas. Esto lo debe Montfort a su obispo.

Pero de La Rochelle le llega, preocupado y casi desesperado el grito de alarma para sus fundaciones, las Escuelas gratuitas y las Hijas de la Sabiduría; ¡tan graves son las contestaciones y las dificultades que se desarrollan en torno a ellas!

 

«...Se diría que el nuevo instituto se hallaba al borde de la ruina y que una nada hubiera sido suficiente para destruirlo, tan sacudido estaba».

 

Era preciso intervenir al momento. Montfort, comprometido como está con la misión no puede viajar a la ciudad, y quizás ni su presencia hubiera servido para algo útil. Entonces, mira, escribe la última, la más hermosa de sus cartas:

 

«Hija carísima en Jesucristo.

¡Viva Jesús! ¡Viva su cruz!

Adoro el proceder justo y amoroso de la divina Sabiduría sobre su pequeño rebaño, albergado estrechamente entre los hombres para ser instalado y escondido a sus anchas en el Corazón divino, atravesado por la lanza con esta finalidad...  Si eres realmente discípula de la Sabiduría y elegida entre mil, ¡qué dulces te parecerán los desamparos, los desprecios, la pobreza y tu pretendida cautividad, porque con todos estos tesoros comprarás la Sabiduría, la libertad, la divinidad del Corazón de Jesús crucificado!...

Sábete que espero mayores y más dolorosos trastornos, que pondrán a prueba nuestra fidelidad y confianza y cimentarán la comunidad de la Sabiduría no sobre la arena movediza del oro o de la plata –de la que se sirve el demonio para consolidar y enriquecer cada día sus posesiones–, ni sobre el brazo de carne de ningún mortal, que, por sagrado o poderoso que sea, no deja de ser más que un puñado de heno, sino para fundarla sobre la Sabiduría misma de la cruz del Calvario...

Queridas hijas: Las llevo conmigo en todas partes hasta en el altar. No las olvidaré nunca...» (Carta 34; BAC, 115-116).

 

El miércoles 22 de abril de la semana in Albis, mons. de Champflour llega a la parroquia y encuentra una recepción triunfal, minuciosamente preparada por Montfort y los otros misioneros; el Pastor queda particularmente impactado e impresionado. Pero Luis María no logra físicamente recitar el discurso de bienvenida; lo sustituye el párroco. Y, después de mediodía, aunque fatigado y sin fuerzas, logra subir al púlpito para predicar "sobre el amor y dulzura de Jesucristo" (ver Libro de los Sermones, pp 37-41; BAC, 734-740).

Inmediatamente, se ve obligado a acostarse en su jergón porque no logra ya tenerse en pie: el médico diagnostica un ataque de pleuresía aguda. Mulot, en su calidad de confesor, le impone por obediencia acomodarse en un colchón normal. En los días siguientes, da la impresión de poder superar la crisis y recuperar sus energías. Las oraciones insistentes de toda la gente, quizás puedan lograr lo imposible.

Entre tanto prosigue la misión y se encamina a la conclusión, fijada para el miércoles 29. El grupo misionero sabe defenderse maravillosamente bajo la conducción de P. Mulot, buen jefe de misión.

El lunes 27, sintiendo cercano su fin, Montfort llama a Mulot porque quiere dictar su testamento. Como testigos llaman al párroco y su coadjutor. Mulot, cogido de improviso, toma la primera página en blanco que encuentra, la penúltima de un folleto que halla  cerca a la cabecera del enfermo; cuando lee el título del opúsculo, entiende porqué lo tenía Montfort al alcance de la mano: Disposiciones para la buena muerte, un folleto publicado por Montfort mismo y que ha llegado hasta nosotros (BAC, 763-771). El testamento es todavía legible: la caligrafía no es de Luis María, y ocupa las páginas 45, 46 y las dos interiores de la cubierta.

 

«Yo, el infrascrito, el mayor de los pecadores, quiero que mi cuerpo sea enterrado en el cementerio, y mi corazón, bajo la tarima del altar de la Santísima Virgen...».

 

Mientras Mulot escribe las palabras del Maestro, la conmoción parece atenazarlo y empañarle la vista: tan rápida y difícil es la caligrafía. Agotado pero lucidísimo, el moribundo logra trazar la firma: Luis María de Montfort Grignion, y después de él firman el párroco N. F. Rougeou y el coadjutor F. Triault.

Queda todavía algo importante de organizar: designar al sucesor para la obra de las misiones.

 

«Mientras el P. Mulot estaba cerca de la cabecera y se dolía de la pérdida que las misiones iban a tener, el siervo de Dios le tomó la mano y lo exhortó a proseguir las fatigas que había compartido con él. Como él objetaba que la cosa era prácticamente imposible, al no disponer él de la fuerza ni de las capacidades necesarias, le dio ánimo y le dijo apretándole la mano: "¡Ten confianza, hijo mío; yo pediré a Dios por ti!"».

 

Advertida la población de la muerte inminente del misionero, el martes en la tarde fue admitida a desfilar en el aposento del moribundo como postrer saludo. Montfort encuentra todavía fuerzas para levantar tres veces la mano  con el crucifijo predilecto de Roma para bendecir a aquellas gentes que lloran por él.

Hacia la tarde, entona uno de sus cánticos:

 

«Vamos, vamos, amigos,

Vamos al Paraíso.

¡Por más que aquí ganemos,

el cielo vale más!» (CT 152)

 

y tras susurrar la última burla al tentador: «En vano me atacas; ¡ya no pecaré más! ¡Estoy entre Jesús y María!», entra en coma. Expira hacia las 8 de la noche, de ese mismo día, 28 de abril de 1716.

Tenía 43 años, tres meses y ocho días.

El miércoles en la tarde debe celebrarse también otro acontecimiento, la clausura de la misión de San Lorenzo del Sèvre. Mulot, visiblemente conmovido, ha ocupado su puesto de jefe de la misión y anuncia a la multitud reunida aquella mañana:

 

«Hermanos, hoy tenemos que plantar dos cruces: esta mañana la primera, la material que pueden ver con los ojos aquí delante de Uds. La segunda, la sepultura del P. de Montfort que debemos realizar después de mediodía...».

 

La gente llegada de toda la Vandea e, incluso, de Nantes, quiere ver a su misionero por última vez. El ataúd abierto queda expuesto en la nave de la iglesia parroquial. La custodian los Penitentes Blancos de Saint-Pompain, porque todos quisieran con una caricia al sarcófago, llevarse algún recuerdo de él, un cabello, un jirón de tela...

La ceremonia de la sepultura es grandiosa, aunque triste.

No se respetará la voluntad del moribundo: quería que sólo el corazón fuera sepultado ante el altar mariano; pero Mulot y el grupo prefieren sepultar todo el cadáver en la capilla de Nuestra Señora, a la derecha, cerca a la balaustrada, a los pies de su Reina del corazón.

Ante aquel ataúd, como sobre su sepulcro, se mantiene incrédula la multitud.

Cuando el P. Deshayes coloque entre las obras que se van a publicar también la Exhortación a los asociados de la Compañía de María, añadirá al texto un pasaje ciertamente no auténtico, pero que resume fielmente los sentimientos del gran misionero mismo en el lecho de muerte:

 

«Así, el misionero, sostenido y animado por esta noble esperanza que reposa en el fondo de su corazón y perseverando en su santa y sublime vocación, tendrá la dicha de poder repetir confiadamente, en la hora de la muerte, las hermosas y consoladoras palabras del más celoso de todos los misioneros de Jesucristo: He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe. Por lo demás, ya me está preparada la corona de la justicia que me otorgará aquel día el Señor, justo juez...» (ver O.C., 721, nota).

 

Algún tiempo después, junto a la tumba del apóstol, se colocarán dos lápidas; una larga, en la florida lengua latina, quizás del amigo Blain, que proclama: Pater pauperum – orphanorum patronus – peccatorum reconciliator – mors gloriosa vitae similis – ut vixerat devixit – ad coelum Deo maturus evolavit.

Y otra muy corta del amigo vicario general de Nantes Juan Barrin a Luis María Grignion de Montfort, excelente misionero «cuya vida ha sido inocente y cuya penitencia fue admirable; cuyo discursos llenos de la gracia del Espíritu Santo han convertido a un número infinito de herejes y de pecadores; en quien el celo por la gloria de la santísima Virgen y la difusión del santo rosario continuaron hasta el último día de su vida». Barrin motiva incluso la firma, confesando haberla colocado pour gage de tendresse –en prenda de afecto–.

Una nueva peregrinación se añade así a los millares que práctica la multitud que ha visto en el P. de Montfort «al gran padre – al buen padre – al Padre de la camándula grande...», y muy pronto la fama de santidad voló más allá de la fronteras de Bretaña, también a los corazones de muchos opositores y denigrantes. Para llegar a la Iglesia entera, que lo colocará, como la estatua en la Basílica Vaticana, al lado de los mayores santos de su historia. En testimonio de fe y de acatamiento, y sobre todo, para la gloria de Jesucristo y de su santísima Madre, María.

 

 

 

Conclusión

EL MISTERIO MONTFORT

 

 

Luis María Grignion de Montfort, tan claro y legible desde tantos puntos de vista, mantiene todavía lados oscuros, quizás poco investigados y comprendidos. Con Leschassier se puede adelantar, pero sin argucias y con mucha humildad, repetir lo que contestó a Blain que le hacía notar, después de la muerte del misionero, la gran veneración que tenían las multitudes: «Como puedes ver, ¡yo no entiendo de santos!» (Blain, 227).

El mismo Blain, por su parte, afirma no haber logrado comprender al amigo con el cual había compartido tantos años de estudios y amistad:

 

«Todos confiesan que es muy pobre, muy recogido y muy mortificado, es decir, que le reconocen las virtudes angélicas y la semejanza a Jesucristo; pero dudan de si le anima el espíritu de Jesús.

¡Qué misterio!

Es, sin embargo, este misterio el que me enfrío hacia el P. de Montfort, el que me impidió unirme a él e incluso me hizo temer haber tenido tanta comunicación con él...» (225-226).

 

Existe, pues, un misterio que hay que penetrar y explicar.

¿Cómo se presentaba a su mundo pero no lo entendían con facilidad? La mayoría de la gente, si eran personas de rango, como obispos, responsables eclesiásticos, titulados y burgueses, desconfiaron de él; y su desconfianza se transformó fácilmente en guerra y menosprecio. Sería suficiente recordar los sucesos de Montfort-la-Cane y de San Lázaro o también la triste historia del Calvario de Pontchâteau...

 

Su carácter, su forma de ser y actuar demasiado lineal y un tanto dura, jamás admitía componendas. Por ello, se estaba de acuerdo con él y se lo dejaba actuar en el nombre del Señor –el acuerdo con él lo encontraron personas como d'Orville, Arot, el Conde de La Garnache, el Marqués de Magnanne, los obispos de La Rochelle, de Luzón, de Saintes o de Nantes; o había que hacerlo inofensivo, alejarlo, ojalá quitarle legitimidad como hicieron los diferentes Trémoille, los duques de Coislin, para no hablar una vez más de los administradores  del Hospital de Poitiers o los capellanes de La Salpêtrière, o como hizo el vicario general Villeroi o los que trataron de crearle dificultades en San Hilario de Loulay, y, si queremos incluirlos, también los sulpicianos que jamás toleraron su ímpetu poco hábil y su carácter emprendedor de bretón... O, finalmente, había que acabarlo, eliminarlo como quería el arrogante comandante Du Menis, o los estudiantes de San Similiano o los hugonotes de La Rochelle o los villanos de Saint Fiacre...–.

Pero hubo también quienes, desconfiados y prevenidos, al comienzo, acabaron por aceptarlo y secundarlo para hacer de él el ideal de su vida, como René Mulot. Blain que confiesa no haber entendido al amigo, comprendió, sin embargo que esa excentricidad, esas maneras extravagantes y exageradas dependían del grado de perfección al que había llegado. Y, entonces, por qué cuando Luis María le propone dejar todo ese mundo suyo ordenado y ordinario, demasiado regulado en que vivía, duda y pregunta quién más habría podido aceptar una propuesta semejante es decir «una vida tan pobre, tan austera y abandonada a la Providencia, era para los Apóstoles, para hombres de fuerza, gracia y virtudes excepcionales, para hombres extraordinarios, para quienes tenían la atracción y la gracia para ello, pero no para el común, que no podía alcanzar tan alto, y que sería  temeridad intentarlo. Que si quería asociarse, en sus proyectos y trabajos, otros eclesiásticos, tenía o que amenguar el rigor de su vida o la sublimidad de sus prácticas de perfección, para condescender con la debilidad de los demás y acomodarse a su forma de vida ordinaria, o hacerles subir a la suya por la infusión de su gracia y atracción tan perfectas...»

 

Luis María no niega las afirmaciones ni la crítica, pero sí lanza sobre el Señor la responsabilidad de haber propuesto esa forma de vida, esa exasperada búsqueda de perfección, esa extraordinaria forma de comportamiento.

 

«Como respuesta, me mostró su Nuevo Testamento y me preguntó si encontraba qué corregir en lo que Jesucristo había practicado y enseñado y si podía mostrarle una vida más semejante a la suya y a la de los Apóstoles que no fuera una vida pobre, mortificada y fundad en el abandono a la Providencia. Que no tenía otra perspectiva que seguirla ni otro proyecto que perseverar en ella.

Que si Dios quería agregarle algunos buenos eclesiásticos en esa forma de vida, él estaría encantado, pero que era asunto de Dios y no suyo...

“Quienes no quieren seguirme avanzan por otro camino menos laborioso e intrincado. Y yo lo apruebo. Porque, así como hay muchas moradas en la casa del Padre del cielo, hay también muchos caminos para llegar allá. Déjame caminar por el mío. Tanto más cuanto que no puedes negar sus ventajas: que es el que Jesucristo enseñó con su ejemplo y sus consejos y que es, por consiguiente, el más corto, el más seguro y el más perfecto para llegar a él...”» (331-333).

 

Otro aspecto del misterio de Montfort debería clarificarse si logramos entender qué ha quedado de cierto, de seguro, de definitivo después de él.

Sabemos que estudió escultura y pintura y que ciertas estatuas suya le sobrevivieron;  trabajó como restaurador, como maestro de obra; dibujó realizaciones y trazó construcciones; compuso cerca de 20.000 versos de discreto valor; escribió obras de teología mística y de mariología; investigó y encontró datos al menos en un centenar de escritores espirituales; proyectó la creación de un pequeño Hospital para los Incurables, enfermos terminales, y trató de dar vida a un hospicio para convalecientes; fundó al menos tres Institutos religiosos y contribuyó a redactar otras Reglas y Constituciones para institutos no suyos; creó cofradías y asociaciones y sugirió,. incluso, la forma de bien morir...

Entonces, ¿con qué denominador resumirlo, con qué adjetivo calificarlo o por cuál resultado apoyarlo...?

Recordemos algunas fechas de la vida de este hombre de Dios: recibe la ordenación sacerdotal a los 27 años, a los 30 funda un instituto; pasa cinco años como capellán en hospicios de mendicidad; emplea en conjunto más de un año caminando y peregrinando para dedicar luego solamente menos de diez a la predicación y morir sólo a los 43 años.

¿Qué artista, qué científico o qué santo ha logrado dar rostro definitivo a su obra a los cuarenta y tres años? Miguel Ángel firma el juicio a los 61 años; Dante no vio la edición de su Paradiso, publicado después de su muerte; Einstein se impone al mundo después de los 55 y Marconi es premio Nobel a más de 50... Buenaventura y Tomás de Aquino... y ¿los grandes apóstoles de Bretaña como Vicente Ferrer, Miguel Le Nobletz, Maunoir y Leuduger...? Todos vivieron años de madurez y lúcida vejez para clarificar, arraigar y perfeccionar...

No se puede olvidar que si Luis es un poeta, un escultor, un fundador, un escritor espiritual, lo ha sido robando tiempo a otros compromisos vitales de su vocación específica, a tropezones, a fogonazos, logrando fatigosamente, quizás, aunar los pensamientos y las intuiciones...

Alguien ha dicho que su obra tiene la característica de no ser nunca completada. Y quizás tiene razón, si observamos cómo han llegado hasta nosotros sus obras e incluso sus creaciones.

El Amor de la Sabiduría Eterna, el Secreto de María, el Tratado de la verdadera devoción a la santísima Virgen habrían necesitado ser releídos y completados, quizás reelaborados en una trilogía más orgánica y comprensible. El primero, por ejemplo, llegó hasta nosotros casi como un conjunto de ciertas conferencias o predicaciones dadas a los seminaristas de Poullart des Places; el Tratado –¡qué título tan atroz para una obra tan bella!, afortunadamente el título no es del autor– nos llegó después de un período previsto de 126 años de entierro en un baúl, sólo en 1842, y el mismo Secreto de María, entregado a la luz en su totalidad ha tenido que esperar hasta 1868. Y, a pesar de todo, estas obras han conocido extensísima difusión: veinticinco lenguas y más de trescientas ediciones...

Ha compuesto el Secreto admirable del santísimo Rosario, jamás publicado durante la vida del autor, pero ya listo para la imprenta: debía aparecer como un pequeño volumen destinado a todos, de niños a adultos, de pecadores a misioneros, en una palabra a toda la heterogénea multitud que acudía a las predicaciones. Y, sin embargo, muchas veces el texto parece olvidar a la masa para dirigirse sólo a los sacerdotes, dando la impresión de tratarse de una obra que sugiere el medio ideal para la conversión y la perseverancia de los pecadores. De hecho, contiene, además, tres métodos para la predicación del rosario, uno de ellos para las Hijas de la Sabiduría. Pero nos hallamos también en el libro de los Sermones con otros dos métodos, y uno más en un Cántico que es una verdadera explicación de los misterios del rosario...

Si Montfort hubiera tenido tiempo y tranquilidad, probablemente nos habría dejado algo más orgánico.

En realidad, solamente logró concretar y dejar definitivamente organizada una obra: el Instituto de las Hijas de la Sabiduría. La Congregación religiosa, después del ingreso de una joven de buena familia, tuvo que esperar 13 años para poder seguir adelante. Cuando muere Luis María en San Lorenzo del Sèvre, la comunidad constaba de cuatro religiosas: sor María Luisa de Jesús (Luisa Trichet), superiora, que ingresó en 1703; sor Concepción (Catalina Brunet), del 1709; sor Encarnación (María Valleau) y sor Cruz (María Régnier), que entraron el 22 de agosto de 1715. Pocas, ciertamente, pero sólidamente dirigidas por la Regla primitiva de la Sabiduría, redactada por la mano del autor en un folleto de 61 páginas, completadas luego con siete aprobaciones episcopales de 1715 a 1739. Se dan pequeñas correcciones, probablemente posteriores, debidas a la primera Hija que mejor que nadie había sabido captar el pensamiento y las esperanzas del fundador. Al Instituto le dedicó Montfort gran parte de sus cuidados y de sus anhelos, hasta sostenerlo incluso en las incertidumbres de los años de espera, las posibles defecciones y la dispersión de los primeros pasos en la enseñanza y en la constitución de la vida común. Sobre todo con las Cartas a María Luisa (7), a sor Concepción (3), a sor Cruz (1) y a toda la comunidad (1).

Cuando el fundador muere, el Instituto puede vivir ya en plena independencia por estar guiado excepcionalmente bien por la primera religiosa: se desarrollará en 32 fundaciones y residencias antes de que ella muera (1759) con la asistencia a los enfermos, con la educación y las escuelas gratuitas para la niñez y por un número enorme de visitas a las familias de los pobres y de los enfermos fuera de la asistencia a hospitales y cárceles. En 1877, en vísperas de la Revolución que arrebatará también mártires entre ellas, las Hijas de la Sabiduría tenían no menos de 280 casas, donde recibían educación 63.000 niños y adolescentes, 15.500 enfermos y 1,800 encarcelados, sin contar las visitas diarias a los enfermos. En la provincia religiosa de La Chartreuse d'Auray, por ejemplo, que reunía 23 casas, las hermanas realizaban 50.000 visitas domiciliarias, mientras que la Oficina Regional del Estado a duras penas hacía 15.000.

Pero Luis María de Montfort es conocido en Francia y en toda la Iglesia sobre todo por una calificación: misionero de las misiones populares y de la predicación en general. Por tanto, por su obra concreta de menos de diez años de vida, en que ya no actuaba sólo en nombre propio o por mandato de los obispos locales, sino a nombre y por mandato de la Propaganda Fide, gracias a ese título apostólico con que lo había condecorado el Papa Clemente XI.

Sobre este argumento, el discurso se hace evidentemente más difuso.

Bretaña, al igual que toda la Francia de los siglos XVI y XVII, había tenido sus grandes reformadores, los herederos de aquellos Predicadores Ambulantes que salieron a flote después de la reforma gregoriana del siglo XII. Pero de ellos, muchos y muy numerosos se habían deslizado al anticlericalismo y a la antisacramentalidad. Había dado, sin embargo, a la historia de la comunidad cristiana personajes como Nilo de Rossano, Francisco de Asís, Domingo de Guzmán y Antonio de Padua... y la formación de los más grandes movimientos espirituales y de apostolado. Bretaña recordaba en particular a Vicente Ferrer (1350-1419), como toda Francia a Vicente de Paúl (1581-1660).

En perfecta línea directa con Vicente Ferrer se coloca Luis María de Montfort, porque ésa era la línea de Miguel Le Nobletz, el "misionero de los misioneros" (1577-1652), la de los jesuitas Julián Maunoir (1606-1683) y Vicente Huby (1608-1693) y del conocidísimo Juan Leuduger (1649-1722).

Pero los predicadores del siglo XVII habían conservado algunas características específicas de los Ambulantes, de los Mendicantes y de los reformadores.

La primera constante es el nomadismo, es decir, el estar continuamente en camino, sin arraigo fijo,  pero en la disponibilidad más completa. Por tanto, en la más patente pobreza, sin medios de transporte, excepto las poquísimas veces en que se imponían para el apostolado. Los predicadores se alojaban, pues, en la casa que la comunidad o la población ponía a su disposición para el albergue y el mantenimiento.

La segunda característica estaba en el tipo de predicación que de costumbre calificaba al nómada: una predicación de penitencia. De hecho, entonces y mirando bien también ahora, no se trataba de hacer avanzar pequeños grupos, sino de conducir a toda la población a la vida de gracia y a la práctica de los sacramentos con ceremonias particulares.

A menudo, en seguimiento del predicador se iba algún penitente o convertido, convertido ahora en asiduo oyente y celoso propagandista de la eficacia de la predicación seguida, y éste exhibía aunque sin ostentación cadenas, cilicios y disciplinas... No se trató de los famosos flagelantes conocido en la historia medieval.

Pero lo que sacudía a las multitudes, en definitiva, no era tanto la predicación penitencial, cuanto el estado penitencial en que vivía el predicador que debía poner de manifiesto el espíritu de perfección, también, con las manifestaciones más crudas de la maceración: cilicios, cadenas, cadenillas y disciplinas, incluso, públicas. Pero si éstas eran manifestaciones que suscitaban admiración, muy otras eran las virtudes que exigía el pueblo a sus misioneros: un sincero y absoluto desapego de los bienes y de los intereses, de las comodidades y molicies, y todo aquello que podía acercarlos al límite de pobreza y restricción en que vivía el último de los pecadores que había que salvar.

La otra característica que distinguía su predicación provenía de la acción reformadora y social. Además de las solemnes predicaciones y procesiones, la misión debía llegar a la destrucción de las fuentes del pecado. Y mira entonces la verificación de ciertos autos de fe, cuando el misionero marcaba fuertemente la vanidad y las ocasiones que había que eliminar de la vida pública y privada. Aunque no directamente propuestas por el predicador, se organizaban enormes hogueras en las cuales, si aceptamos un documento del siglo XVI, debían acabar las vestiduras impúdicas, los cuadros y las estatuas indecentes, los juegos de cartas y los dados, los instrumentos musicales, los productos de belleza, los libros peligrosos, los accesorios para el baile...

Pero la obra del misionero se orientaba también sobre aquellos deberes de vida social más conculcados y desatendidos: lograba así hacer reinar la serenidad llevando a las familias y regiones a la pacificación. También sobre las autoridades locales, a menudo, la obra del misionero lograba realizar la corrección de normas anticristianas o la promulgación de otras nuevas contra la usura, la blasfemia, el acaparamiento, la arrogancia y las vejaciones; cuando no es el mismo misionero quien promueve obras sociales, de solidaridad cristiana, de caridad, tales como hospicios, hospitales, albergues para huérfanos, para los enfermos más olvidados, para los marginados, los últimos de la sociedad. Surgen así las escuelas para niños y las mesas para los necesitados. El misionero actuaba como activo paladín no sólo de los derechos de Dios, sino también de los de la gente pobre. A menudo la predicación no es ni retórica ni refinada, pues tiene que adaptarse a la poca capacidad intelectual del auditorio; y, por ello, puede pecar de mediocridad. Pero los caminantes del Señor no podían mantenerse en sintonía con los engomados, estirados y rebuscados oradores mundanos, únicos en capacidad de ser apreciados por el gusto refinado de la clase alta. Era siempre muy fácil descargar chanzas y burlas contra estos predicadores. Pero, en definitiva, lo que contaba era el resultado.

El misionero tiene casi siempre un grupo propio. Había, incluso, un grupo con el pomposo título de Misioneros del rey, como existían grupos concretamente procedentes de Institutos religiosos, como el de los jesuitas, de los capuchinos, de los lazaristas... Era fácil que entre ellos se dieran intercambios y préstamos, pero la convivencia estaba limitada al momento del servicio misionero.

El jefe de la misión se escogía sus colaboradores, se los preparaba y organizaba según las exigencias y posibilidades. Así estaba organizado el grupo de Le Nobletz del cual derivó el de Maunoir, cuyo heredero vino a ser el de Leuduger, así como a este último había llegado también Luis María de Montfort.

Es difícil afirmar que la predicación y las misiones populares en tiempos de Montfort estaban ya superadas y sociológicamente cambiadas, cuando se nota claramente en las acciones de este momento el mismo comportamiento, las mismas actividades, los mismos métodos y los mismos medios que estaban en uso cincuenta años antes.

Diligente heredero de ilustres maestros, Montfort puso en evidencia en su vida misionera las características de las cuales hablábamos hace poco.

Formidable caminante, no nos consta que haya usufructuado jamás de los medios de transporte fuera de las dos ocasiones en que tuvo que viajar en barcazas. En 1714 poseía un asno que le fue robado; pero, si pagó hasta el rescate del animal con 25 francos, quiere decir que realmente lo necesitaba para llevar los enseres de la misión tales como libros, cuadros y estandartes. En toda misión encontraba siempre una caseta, una casita ojalá ruinosa como morada para sí y su grupo y le asignaba el solemne título de La Providencia. La caja común a la cual afluían las ofrendas y el producto de la venta de los objetos realizada a la puerta de las iglesias, debía cubrir los gastos de la predicación misma y no tanto los de los predicadores; se la llamaba la tienda, quizás porque, como los almacenes eran visibles a todos sobre la calle, la caja de las misiones no debía tener escondrijos ni secretos, tanto más cuanto que de ella provenían, después de todo, los pesos para el mantenimiento de los pobres.

Una de sus características fue muchas veces motivo de contestación y crítica, incluso de parte de los confesores: el estado de penitencia y maceraciones en que persistía por años. Se llamaba a veces a un hermano lego para aplicarle la disciplina; llevaba siempre, hasta en el jergón de su última enfermedad, cilicios y cadenas. Su predicación de penitencia y conversión era eficaz y profunda en los resultados, como lo constató el P. Mulot que dudaba de ello. Si la multitud necesitaba severas amonestaciones y reprimendas por el pecado, pretendía siempre en el misionero una pobreza lineal y un desapego concreto de las cosas y de las comodidades. El misionero, en opinión de todos era tan terrible en la condenación del pecado como suave en tratar a los pecadores.

Que, además, su presencia tuviese también un efecto social, se halla ampliamente documentado. Los colegas sacerdotes de su pueblo natal lo acusaron de mantener una turba de pobres y arrastrar consigo un grupo desordenado de haraganes... Además, todos sabían que a su mesa, por miserable que fuera, había siempre un puesto "para un hermano pobre" con el cual compartía la comida en el mismo plato y bebía agua y vino del mismo vaso. También él como sus mejores maestros, logró de los alcaldes y municipios leyes más equitativas, tal como las había obtenido en Poitiers de los famosos administradores. Desafortunadamente, esto se volverá contra él, cuando lo tachan de ingerencia indebida y afán de figuración... Al mismo tiempo se alzará como promotor de intervenciones sociales que le sobrevivirán, como los hospicios para los Incurables y Convalecientes, así como las Escuelas gratuitas para la niñez y la asistencia a los necesitados en la cual brillarán sus Hijas de la Sabiduría, como resplandecerá en la enseñanza el instituto de los Hermanos de San Gabriel, ciertamente procedente de su previsión.

Es cierto, igualmente, que Luis María tenía su grupo de misioneros: de él formaron parte los jesuitas Joubert, Colusson y Dogé, algunos capuchinos y franciscanos, así como algunos dominicos; ingresó en él incluso el vicario general de Nantes Juan Barrin, y el de Poitiers, José de Revol, futuro obispo de Oleron; diferentes párrocos, como Juan Mulot de Saint-Pompain, y también el más joven de los hermanos Grignion, Gabriel Francisco, y el instruido sacerdote de Nantes Oliviers un tanto mal visto por los biógrafos que le atribuyen –sin razón, creemos– parte de las desventuras de Pontchâteau, cuando fue bienhechor y apoyo; y sobre todo, Pedro Ernault des Bastières, el colaborador fidelísimo de unas cuarenta misiones desde 1708 hasta enero de 1716 y testigo excelente de tantas cruces y cosas buenas en que tomó parte; y, finalmente, quienes le llegaron de París para el último período: Le Bouhris, Kreuntz y Clisson que pronunciará la oración fúnebre para el mismo Montfort.

Indudablemente era una "compañía". Pero es difícil establecer las relaciones existentes entre ellos, entre cada uno de ellos y el jefe de misión. Lástima que de Bastières, tan rico en noticias, nunca nos dejó indicaciones sobre sus colegas de trabajo... Sólo una brevísima alusión:

 

«(Montfort) se había hecho pobre, había renunciado a su patrimonio y a cualquier forma de beneficio, había hecho voto de pobreza, y trataba de incitar a todos sus obreros que lo seguían en las misiones, a hacer otro tanto» (Grandet, 348 – DRG, 191).

 

En el grupo contaban también los hermanos legos, algunos de los cuales habían emitido incluso votos simples de pobreza y obediencia. En su Testamento, Montfort los define «mis cuatro hermanos unidos a mí en la obediencia y en la pobreza» y los nombra uno por uno: Nicolás de Poitiers, Felipe de Nantes, Luis de La Rochelle y Gabriel «que está conmigo». Les deja, «mientras perseveren en renovar sus votos cada año» los míseros enseres y libros de misión, casi como depositarios por el uso que debían hacer de ellos los sacerdotes en la predicación. Aparte nombrará también al primero de todos, Maturín, asignándole «diez escudos, si quiere partir y no quiere emitir los votos de pobreza y obediencia».

La historia de Maturín es conocida: lo encuentra en Poitiers, cuando llega de provincia para hacerse capuchino, y Montfort «al verlo, le hizo señal de ir a hablar con él, y, luego de saber el motivo de su viaje, lo comprometió a quedarse con él, para ayudarle en las misiones, en las que, durante casi quince años, ha dado el catecismo, la escuela a los niños y entonado cánticos con grandes bendiciones...» (Ib. – DRG, 54).

 

Permanecerá sin votos con los sucesores de Montfort, esclavo de sus escrúpulos, rechazando emitir aquellos votos que hubieran hecho de él el primero y más fiel monfortiano de la historia. Morirá en 1760, y el recuerdo del organizador-sacristán-catequista-maestro-campanero, será siempre el del colaborador valiosísimo, digno de admiración por su humildad y la generosidad del servicio prestado.

Un legado semejante de diez escudos le fue asignado a Santiago «si desea irse», cosa que hará lo más pronto. Era el especialista en la fabricación de camándulas, de cadenillas, de cilicios, de disciplinas e instrumentos de penitencia que luego vendía en las puertas de las iglesias donde se daba la misión.

Como indicativo es el encargo asignado al hermano Nicolás no presente a la muerte de Montfort, por haber sido enviado a Poitiers a aprender el oficio de escultor y para quien había sido reservada la suma de 135 libras para pagarle los estudios.

Pero Montfort quería un «grupo suyo» misionero. Ya en 1700 lo deseaba y soñaba. Entre tanto debía contentarse siempre con lo que podía hallar, arreglado e improvisado, siempre lejos del ideal de vida, de preparación y perfección deseado. Se sintió muy mal, seguramente, cuando, al proponer a Blain que entrara en el grupo, oyó exponer todas las dificultades que conocemos: ¿tuvo el sentido de turbación al proponer a otros esa forma de asociación?

En 1713, escribe de todos modos la Regla de los sacerdotes misioneros de la Compañía de María, cuando aún no tiene ningún sacerdote y sólo muy pocos hermanos legos, ciertamente, antes de que lleguen Vatel y Mulot, hacia el final de su vida; pero entonces ya no tendrá ni el tiempo ni las energías para dedicarse a redactar una verdadera Regla para sus religiosos.

Desde 1700 había encontrado un magnífico nombre que asignar al grupo: Compañía, al que más adelante, añadirá la especificación de María. Pero en el último momento, a la hora del Testamento, tras el regreso de París donde los herederos de Poullart des Places le garantizaron nuevas fuerzas, cambia el bellísimo nombre de Compañía de María con el tomado de París y mucho más normal de Comunidad del Espíritu Santo, que le sobrevivirá al menos hasta mediados del siglo XIX, cuando, obligada a desplazarse, volverá a tomar el nombre original de Compañía de María, adaptado localmente en el más modesto y quizás más inmediato de Misioneros Monfortianos.

Quien examina pormenorizadamente la Regla de 1713 no puede a menos de relevar que las normas valen para un grupo que decide vivir en comunidad, pero parece que no habla explícitamente de "vida religiosa comunitaria"; de hecho, no se habla de los tres votos, porque se supone que el de castidad, nunca mencionado, ya fue pronunciado por los sacerdotes antes de la ordenación sacerdotal y por el compromiso simple personal de parte de los hermanos legos. Tampoco en lo referente a la dirección del Instituto hay suficiente claridad; en efecto, no se precisa quién es el verdadero superior: ¿el obispo?, ¿quién por él en la diócesis?, ¿el párroco donde se da la misión?, ¿un miembro interno de la comunidad? Pero aún en este caso, ciertamente claro para el fundador, queda en pie una gran duda sobre quién debe nombrar a ese superior. Ni siquiera parece que haya una "sede oficial" para la congregación ni en Francia ni fuera de ella (art 2).

Montfort debió trazar un esbozo de reglas que debían acomodarse bien a dos situaciones destinadas a fundirse y superarse: la de un grupo adventicio aunque numeroso destinado a ser absorbido con el tiempo por el de los religiosos monfortianos propios y verdaderos. Por esto, cuando la Reglas hablan de misiones, en la mayoría de las veces (25), consideran las verdaderas misiones populares, y pocas veces (3) la predicación en general. Hasta el horario-programa sólo considera las misiones populares, tanto que se prevén dos sermones diarios, la predicción dialogada de la tarde y una hora de catecismo para los niños y los pobres. Además, aludiendo al período dedicado al descanso entre un trabajo y otro, ése que debería ser el tiempo estrictamente de vida en comunidad, dice explícitamente que debe extenderse tanto como el de la predicación y el confesionario, y dedicarse a la oración y al estudio (art 78).

En cambio, hay algo muy preciso y que vale tanto para los adventicios como para los futuros religiosos: es el espíritu y el comportamiento. "No debe ser el de los demás", incluidos los mejores de esa época, tales como los hijos de san Vicente, los lazaristas, que predican indiferentemente en campos y ciudades, incluidos, afortunadamente, los inventados por el rey o por personas privadas que se dedican sólo a las misiones "fundadas", es decir, previamente financiadas por legados y depósitos (art 50).

La finalidad de su predicación es clarísima: "renovar el espíritu del cristianismo en los cristianos", con la palabra y la renovación de las promesas bautismales, "conforme a la orden del Papa" (art 56). Uno de los momentos más importantes de la misión de Montfort y de sus sucesores, será de hecho el de la renovación de las promesas del bautismo. Grandet nos dice que Luis María había hecho imprimir una fórmula para esa renovación y que la hacía firmar por quienes podían hacerlo, durante una compleja y significativa ceremonia. Cuatro de esas fórmulas han llegado hasta nosotros y aparecen publicadas en las Obras (BAC, 623-626).

Otra precisión se refiere al espíritu de laboriosidad apostólica: no deben acomodarse en muelles descansos:

 

«Ese es el cambio o desviación que han sufrido, desgraciadamente, muchas santas comunidades, establecidas en estos últimos siglos por el santo espíritu de sus fundadores para predicar misiones, y ello so pretexto de un bien mayor. Algunas se han dedicado a instruir a la juventud, otras a formar sacerdotes y eclesiásticos. Y si dan misiones todavía, lo hacen sólo accidentalmente y como de paso...» (art 2), reduciéndose a la vida sedentaria o a vivir como aislados en casas de ciudad o de campo. ¿Se da quizás una leve alusión a los sulpicianos del gran misionero del pueblo, Olier?

Pero tampoco basta siquiera predicar. Es preciso que la predicación provenga de mucho estudio y muchísima oración «a fin de alcanzar de Dios el don de sabiduría, tan necesario a un verdadero predicador para conocer, gustar y hacer gustar a las almas la verdad. Nada más fácil que predicar a la moda. Pero qué cosa tan difícil y sublime es predicar como los apóstoles! Hablar como el sabio, por experiencia. O como dice Jesucristo: "de la abundancia del corazón"» (art 60).

 

Pero predicar a lo apostólico significa ante todo vivir a lo apostólico, en el abandono a la Providencia, confiándose a los cuidados de la Providencia (Art 12.14), en desprendimiento total del mundo en los sentimientos y en los comportamientos, en el corazón y en las máximas, con ese despego que se hace "desprecio" de cuanto provenga de esa realidad, como: hábitos, vestidos, objetos de exhibición externa (ver art 37-39). Pobreza, pues, pero evangélica, "sin bienes, ni patrimonio, ni rentas de beneficio" (art 10), hasta sin casas ni residencias, fuera del Seminario de París (por lo demás, de propiedad de los espiritanos) y la casa de descanso en provincia (también propiedad del obispo local como lo prevé el artículo 12). En 1350, el reformador de Oxford John Wycliffe había fundado sus lollards o sacerdotes pobres, enviados a predicar el evangelio de la Iglesia primitiva, pura y pobre. Pero existe una diferencia entre los sacerdotes del inglés y los hijos de Montfort: aquellos acaban predicando la oposición a la autoridad eclesiástica ciertamente poco ejemplar y enseñando a prescindir de los sacramentos; mientras que los monfortianos, herederos del enviado pontificio, debían insistir en el regreso de un verdadero cristianismo sólo donde el obispo diocesano permitía que lo hicieran. Por eso, Wycliffe fue un agitador, un sembrador de cizaña, y Montfort un santo misionero; Wycliffe anticipaba a Lutero, Montfort aplicaba el Concilio de Trento en una Iglesia que se proyectaba hacia los últimos tiempos...

El hecho de que Montfort hable de una Compañía suya para dar las misiones populares desde los primeros meses de su sacerdocio, cuando aún no había comenzado en serio ninguna experiencia misionera, ciertamente antes de 1706 y de su encuentro con Clemente XI, se lo puede comprender por esa sensación tan finamente percibida por los hombres de Dios sobre las situaciones y el servicio en el Reino de Cristo. Quizás al ver ya entonces a algún colega salir del seminario de San Sulpicio para limitarse a los dignísimos oficios sedentarios de las diócesis; o quizás al asistir al fracaso del grupo de Lévêque en Nantes; al considerar, luego, que ninguno de sus compañeros escogía claramente el ministerio activo de la predicación, él se permite... soñar y pedir continuamente con gemidos «una pequeña y pobre compañía de sacerdotes ejemplares que desempeñen ese ministerio bajo el estandarte y protección  de la santísima Virgen...» (Carta 5, 6.12.1700 – BAC 74).

 

Pero lo que define todo ese sueño es la motivación, «ante las necesidades de la Iglesia...» (Ib.).

 

Pero en Bretaña, la Iglesia era la de las parroquias menesterosas, casi olvidadas. Todos los documentos de la época, se detienen en la psicología de las masas donde reina incontestablemente lo mágico de la fe, la ignorancia de los campesinos, "carentes de devoción y brutos como los animales que manejan", que viven "en la miserable cotidianidad", sin auxilios, sin ideales ni esperanzas. Aunque raramente alude la documentación a los motivos de ese embrutecimiento: se llega pronto a hablar de ignorancia crasa y carencia de alfabetización, de falta de educación primaria y de desescolarización... Porque se calla sobre el poco tiempo, sobre las circunstancias imposibles en que debe permanecer y entregarlo todo, tiempo, energías y atención, al rico patrón que pretende de ellos dinero que gasta en la ciudad o en la corte...

Muchos santos, ya antes de Montfort habían creado escuelas y casas de formación humana más que cristiana para los hijos de los campesinos. Cierto que, a menudo, se contentaban con aprender a leer y contar, sin el estudio de la verdad humana y sobre todo cristiana. Madame de Montespán en el primer diálogo con él lo había animado a dedicarse «a trabajar por la salvación de mis hermanos, los pobres... Ella conocía por experiencia cuán descuidada estaba la instrucción familiar de los pobres» (Carta 6, 1701 – BAC, 76).

 

Del inefable Grandet, no sabemos si consideraba que debía establecer una escala de valores o si quería sencillamente recopilar una lista de cosas que creía importantes, nos ha dejado al finalizar  su biografía de Luis María de Montfort una lista de "estrategias" o habilidades que el Espíritu de Dios podía haberle sugerido, «para que las prácticas de piedad y los grandes principios de la religión que se había esforzado por transmitir a la gente en el curso de las misiones, no se borraran muy pronto del alma y del corazón, sino que llevaran a perseverar en la observancia de la ley de Dios hasta la muerte. Con esta finalidad se servía de diez o doce prácticas muy importantes de las cuales queremos tratar...»  ...aunque luego aparecen sólo once. La fundación de las Cofradías de los Penitentes y de las 44 Vírgenes (2º), del Rosario (7º), la asociación de los Amigos de la Cruz (8º), la fundación de la Compañía de María o del Espíritu Santo (9º) y de las Hijas de la Sabiduría (10º), las grandes celebraciones en las misiones mismas como la entonación de cantos religiosos (3º), las procesiones (11º), la renovación de las promesas bautismales (5º) la adoración del Santísimo Sacramento (6º) y, por último, claramente distinta de las lecciones de catecismo (4º) y, para colmo, en muy primer lugar, la erección de las escuelas gratuitas.

Precisamente en el siglo de Luis María la creación de las escuelas registrará el primer fuerte impulso a su difusión, hoy ya total. Los espíritus iluminados de ese tiempo fueron sus principales promotores. ¡Lástima que favorecieron solamente la propagación de escuelas para los hijos de la burguesía, y no para los hijos de la canaille, como gustaba de llamar a las gentes pobres el gran padre de las luces, Voltaire...!

Si el Papa lo había enviado a hacer tomar conciencia renovada de la importancia de las promesas bautismales, Montfort, fiel al supremo encargo, entre tantos medios para alcanzar ese fin, había identificado el soberano de la instrucción familiar o rudimental de los niños de las ciudades y de los campos, ya que la finalidad de las Escuelas gratuitas que él buscaba era «la instrucción y la perfecta formación de la Juventud hecha por pura caridad, sin otro interés que la mayor gloria de Dios, la salvación de las almas y la propia perfección».

Así lo expresa la Regla primitiva de la Sabiduría (n. 1, 281 – BAC, 559, 593), donde encontramos incluso una introducción a las lecciones que debe impartirse con una paráfrasis de la invocación litúrgica de Pentecostés:

«¡Oh Espíritu Santo, danos tu luz!

Ven e inflámanos a todas,

para guiarnos y formar nuestras plegarias.

Sin ti no podemos hacer ningún bien» (Ib. 291 – BAC, 595).

 

Montfort nació y vivió en el siglo de las luces. Uno de sus primeros maestros fue el nieto del padre del iluminismo, Descartes; durante toda su formación nunca descuidó ni la cultura ni la ciencia, y, por el contrario, había hecho y hubiera podido hacer enormes progresos con sólo haber tenido tiempo para ello... Durante toda su vida misionera, no obstante tan densa en compromisos, encontró siempre el momento de escribir para iluminar más los corazones que las inteligencias. Fue a su manera un misionero del arte, de la poesía, del pensamiento... Bástenos un brevísimo párrafo de la Carta a los Amigos de la Cruz; después del cual la llamada se descuelga, fluyente y poderosa, en el grito: "¡Luchen como valientes!", a lo largo de unas sesenta páginas, ricas y vibrantes, a veces dolientes y patéticas, otras veces gloriosas y triunfantes, pero nunca estereotipadas y deterioradas; solamente, sencillas y prácticas, donde él mismo se propone como maestro y ejemplo, dolorido y vencedor...

 

«¡Queridos amigos de la Cruz! La Cruz del Señor me mantiene oculto y me prohíbe dirigirles la palabra. Por ello, no puedo ni quiero hablarles de vida voz para comunicarles los sentimientos de mi corazón acerca de la excelencia de la Cruz y de las prácticas maravillosas de su Asociación en la Cruz admirable de Jesucristo.

Sin embargo, hoy, último día de mis ejercicios espirituales, salgo, por decirlo así, del delicioso retiro de mi alma, para trazar sobre el papel algunos dardos de la Cruz, que penetren hasta el fondo de sus almas. ¡Ojalá para afilarlos sólo hiciera falta la sangre de mis venas, en lugar de la tinta de mi pluma! Pero, ¡ay!, aunque mi sangre fuera necesaria, es demasiado criminal. Que el Espíritu de Dios vivo sea, entonces, el aliento, la fuerza y el contenido de estas líneas. Que la unción divina del Espíritu sea la tinta con que escribo; la Cruz adorable, mi pluma; sus corazones, el papel...» (AC, 1 – BAC, 211).

 

Por este motivo Montfort pertenece de derecho al período histórico de la evolución del pensamiento y de la cultura, aunque su actitud espiritual no proviene, como para Voltaire, Diderot y sus epígonos, de la Reforma, sino de una teología conciliar asimilada y profundizada, a la par de tantos escritores católicos que colaboraron en la composición de los primeros volúmenes de la Enciclopedia, y de la cual fueron alejados con la tacha de oscurantismo y espíritu retrógrado, cuando el iluminismo se convirtió en símbolo de anticlericalismo y de apostasía.

 

En este momento, creemos haber levantado bastante el velo que podía escondernos el rostro de Luis María Grignion de Montfort.

¡Para nosotros ya no es un misterio!

Es una página de historia toda ella que recorrer, un acontecimiento todo él que captar, un hombre todo él que descubrir y un santo todo él que seguir.

 

 

 

Y para terminar, casi un epílogo:

 

«...Llegados finalmente al puerto, fuimos recibidos en forma espléndida por los habitantes de la Isla de Yeu, pero muy mal por quien era su gobernador y por todos sus amigos, quienes persiguieron al P. de Montfort duramente todo el tiempo de la misión.

No impidió esto que los habitantes de la isla aprovecharan plenamente de todos los ejercicios que se llevaron a cabo. Al final se plantó una cruz que sirviera de monumento para la posteridad, como testigo de que allí se había hecho una misión» (Grandet, 119 - DRG, 116).

 

El episodio con que abrimos nuestra investigación, termina aquí. Sin saberlo el P. des Bastières nos ayuda a poner punto final a nuestro trabajo.

La cruz plantada –no obstante la indiferencia y el odio de aquellos pocos soberbios– quería decir a la posteridad, a nosotros, que para esa atormentada isla como para todas las playas del mundo moderno, la bondad de Dios y la maternal misericordia de la Virgen Madre, se había hecho sentir más fuerte y tarde que nunca, portadora de serenidad, de verdad y de paz. Y para dar testimonio a todas las generaciones del privilegio de haber conocido al buen Padre de Montfort.

Como querríamos que lo conozcan quienes nos han seguido hasta aquí.

 

 

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