CUARTA PARTE
Capítulo 14: El giro decisivo
Capítulo 15: En busca de un programa
Capítulo 17: Misionero hasta el día de la muerte
Conclusión: El misterio Montfort
Capítulo décimo cuarto
EL GIRO DECISIVO
Después de citar al hermano Maturín a la abadía de Ligugé, a
pocos kilómetros de Poitiers, siendo finales de febrero de
1706, Luis María de Montfort se encaminó, pues, al cielo de
Roma. Roza a Châtre, Montluzón, gira sobre Varanne, entró en
la actual calzada nacional n 7, la París-Niza.
El solo nombre de las ciudades que cruza desde este momento
en adelante suscita en el historiador la necesidad de
motivar un alto en el camino, una visita...; pero a ese paso
no se llegaría a conducir el peregrino a Roma para el 4 de
junio. Probablemente el único motivo de demora en esas
ciudades estaba en la necesidad de pedir limosna, la
urgencia de celebrar la eucaristía, y lógicamente la
búsqueda de una esquina para dormir. Lion, Vienne, Valence,
Montélimart, Aviñón, Aix-en-Provence... No había motivo para
seguir hasta Marsella, ciudad hasta donde iban casi
exclusivamente las gentes que deseaban embarcarse, y el
Santuario de la Guardia no ofrecía atractivo alguno para los
franceses del oeste, para los bretones sobre todo que en
materia de peregrinaciones eran mucho más ricos.
De Aix se encaminó hacia Tourves, Brignoles, Le Luc y
Frejus, enfrentando luego la dura subida del Esterel, de
donde bajó hasta La Napoule y, por Antibes, a Niza. Era un
largo trozo de camino el recorrido a una media de 25
kilómetros por jornada: unos 900 hasta aquí, devorados
mientras desgranaba rosarios, entonaba cánticos espirituales
y meditaba con enorme facilidad.
En aquel tiempo Niza, en las fronteras del Piamonte, había
sido cedida a los franceses, pero la población seguía siendo
hostil a los nuevos patrones. Se celebraba la pascua, que
ese año caía el 4 de abril, y no es difícil pensar que
Montfort se quedara allí para pasar en recogimiento y
merecido descanso los días de la Semana Mayor. Y quizás para
informarse sobre la forma de proseguir el viaje por zonas
desconocidas e, incluso, enemigas.
Las verdaderas dificultades empezaron inmediatamente
después: esos 200 kilómetros para llegar a Génova debieron
llevarle sorpresas, temores, demoras y momentos de reposo...
Exactamente como le había sucedido por esos días a un
español por los lados de Savona: «(...) liberado de las
cárceles (...), gratuitamente, a quien no he infligido la
amenaza de no volver a ingresar en los dominios de
N(nuestra) R(epública) S(erenísima), dado que no he
sospechado pueda cometer algún crimen ni atentado de manera
alguna: que es todo» (Carta del Gobernador del Fuerte de
Savona al Senado de Génova, 5.IV.1706 – Archivo de Estado,
Génova, Fund. Litt. 1706, I, s.p.), con cuantos temores no
se sabe. Por otra parte, eran peligros e incidentes
previstos por Montfort mismo en la carta a los habitantes de
Montbernage, aunque la realidad debió resultarle más amarga.
«No puede imaginarse cuanto sufrió en dolores, humillaciones
y fatiga durante todo el viaje: cien veces fue rechazado por
los párrocos y por los infieles (¡sic!) a quienes pedía
hospitalidad; a menudo se vio obligado a dormir ante su
puerta o bajo el vestíbulo de las iglesias porque lo tomaban
por un espía o un sacerdote vagabundo, tanto que algunas
veces, contra su costumbre, se vio obligado a aceptar
honorarios por sus misas para poder vivir.
Cuando podía se albergaba en los hospitales...» (Grandet, 97
– DRG, 6).
Así, pues, después de pascua, reemprendió el camino de
romero: Niza, San Remo, Finale, Génova, Rapallo... hasta
aquí le fue ciertamente útil la presencia del compañero
español. Quizás ahora solo, llega la larga subida del
Bracco, y Viareggio, Pisa y, por Poggio a Cajano, Florencia.
Se necesitaron casi 60 días, unos dos meses más o menos,
para recorrer los 1.400 kilómetros. Y, no obstante, abandonó
la Vía Aurelia para adentrarse por el camino de la Toscana
interna. El desvío fue expresamente buscado, como atestiguan
todos los biógrafos, para una visita a Loreto en las Marcas.
Así, pues, de Florencia por Arezzo, Foligno, Tolentino,
Macerata, para llegar a Loreto hacia la Ascensión, el 13 de
mayo, después de 1.697 kilómetros.
A quien apenas conozca algo de la espiritualidad beruliana
(y sulpiciana) ese desvío y esa añadidura de peregrinación
le parecerán del todo naturales. Luis María había sido
formado en la escuela en la que la Encarnación del Verbo es
el ideal de toda conformación espiritual. El mismo
escribiendo el Tratado afirmará que incluso en "su" devoción
«éste es el primer misterio de Jesucristo, el más oculto, el
más elevado y menos conocido; que en este misterio, Jesús en
el seno de María... escogió a todos los elegidos; que en
este misterio realizó ya todos los demás misterios de su
vida..., que este misterio es, por consiguiente, el
compendio de todos los misterios de Cristo y encierra la
voluntad y la gracia de todos ellos; y, por último, que este
misterio es el trono de la misericordia, generosidad y
gloria de Dios.
... En él Jesucristo se halla presente y encarnado en el
seno de María... reside y reina en María, según aquella
hermosa plegaria de tantas y tan excelentes almas: "¡Oh
Jesús, que vives en María, ven a vivir en nosotros con tu
espíritu de santidad!, etc."» (VD, 245-246).
No es, pues, una visita por curiosidad a Loreto, a la santa
casa, que no cabrían en un Montfort apresurado camino de
Roma.
«Pasó por Loreto antes de ir a Roma: allí se detuvo casi
quince días, durante los cuales iba a celebrar la santa misa
en el altar de la santa capilla en la que el arcángel san
Gabriel anunció el misterio de la Encarnación a la dignísima
Madre de Dios, donde ella concibió al Verbo encarnado por
obra del Espíritu Santo.
Un habitante de la ciudad de Loreto, al verlo celebrar la
santa misa en el altar de la Virgen con una devoción y
recogimiento extraordinarios, nunca vistos en otros
sacerdotes, quedó tan edificado que le pidió fuera a comer y
dormir en su casa, como de hecho lo hizo. (Grandet, 97-98 –
DRG, 63-64).
Sabemos que Luis de Montfort había querido esa peregrinación
para someter al Papa la idea de una fundación propia. Si las
características de sus misioneros debían ser las de
mantenerse tras las huellas de los apóstoles y bajo la
protección de María, no queda difícil entender cómo éstas
son meditadas e impetradas en la Casa de la Anunciación.
Precisamente en el pasaje citado del Tratado pone Montfort
en boca del Verbo encarnado la célebre frase programática
recordada en la Carta a los Hebreos (10,5-7) y tomada del
salmo 40,7-9: «Por eso, al entrar en el mundo, Cristo dice:
Sacrificios y ofrendas no los quisiste, en vez de eso, me
has dado un cuerpo a mí; holocaustos y víctimas expiatorias
no te agradan; entonces dije: “ Aquí estoy yo para realizar
tu designio...”».
Aunque no tuviera proyectos concretos que someter a Nuestra
Señora en la santa casa –como había hecho Olier y más aún Le
Bretonvilliers, que había dejado una medalla con la
reproducción del seminario de San Sulpicio– Montfort lo
tenía todo para decirlo y pedirlo. Inmediatamente después de
pentecostés, 23 de mayo, Luis María volvió a recorrer los
125 kilómetros que lo llevaron a Foligno, y aquí comienza el
último esfuerzo de acercamiento a Roma: le quedan solamente
154 kilómetros a través de Espoleto, Terni, Civita
Castellana, Prima Porta...
«Llegado a dos leguas de la ciudad (7 kilómetros), vio en la
lejanía la cúpula de San Pedro, se prosternó en tierra,
lloró a lágrima viva, se quitó el calzado y a pie descalzo
anduvo el resto del camino, haciendo reflexiones concretas
sobre la forma como san Pedro había entrado en aquella gran
ciudad, entonces capital del mundo, sin séquito, sin dinero,
sin amigos, llevando solamente un bastón en la mano y como
recurso la pobreza de un Dios crucificado; y pensando en el
milagro perdurable realizado por Dios para enarbolar la cruz
de Jesucristo su Hijo en el Capitolio, y para fijar la sede
de un pobre pescador sobre el trono del César; bendijo por
ello a Dios y culminó en un motivo certísimo de
credibilidad, que la Iglesia de Jesucristo es la única y la
verdadera por que es romana...».
Grandet (98-99 – DRG, 64) nos ha dejado aquí las propias
reflexiones insertándose en el relato no sabemos con qué
autoridad: aceptémoslas como probables reflexiones de Luis
de Montfort: «llegó, finalmente a Roma, cansadísimo y
totalmente exhausto» (ib.), necesitado de descanso y de
alimento, exactamente como si fuera un peregrino romero
cualquiera.
Había recorrido 1.984 kilómetros, en poco más de tres meses,
desde febrero hasta fines de mayo de 1706. No obstante, la
investigación adelantada en los archivos de los tres
hospicios romanos entonces especializados para el cuidado de
los peregrinos, Trinidad de los peregrinos y de los
convalecientes, Santiago de los incurables, Santísimo
Salvador "ad Sancta Sanctorum" y en cualquier otro
instituto abierto a los extranjeros, sólo hemos logrado
recoger noticias fragmentarias y no del todo seguras sobre
cierta forma de asistencia en la Urbe para peregrinos
franceses.
Recordando cuanto hizo a su llegada a Poitiers en 1701,
donde esperando a que el obispo le recibiera había
encontrado una piecita quizás en la periferia de donde salía
sólo para orar y para ir a asistir a los indigentes en el
Hospital, nos parece lógico pensar que haya hecho la misma
cosa en Roma, donde era casi obligatoria la visita
caritativa a Santiago. Al respecto, hemos encontrado
interesantes relatos de esas visitas de Clemente XI y de los
cardenales (las únicas que se recuerdan) en un registro
intitulado a los reverendos que por turno eran encargados de
las visitas a los enfermos:
«El día 26 de enero de 1703, viernes, a las 22, se trasladó
a este archihospital de Santiago de los Incurables Clemente
XI, Papa, y se permaneció hora y medio con diez Emos.
Cardenales sirviendo a los enfermos y enfermas N. 96 cuya
cena bendijo, luego a uno por uno les fue dando una medalla
de plata, cuatro biscochitos y cuatro ciruelas en jarabe,
asistió a una moribunda, y después de la cena Su Santidad
ofreció su gracia. Los señores Cardenales fueron también
sirviendo y dando vino, agua y las sopas mientras siempre Su
Santidad anduvo en torno a los enfermos» (Archivio di Stato,
Roma, Ospedali, n. 51, Busta 373).
Este modo de atender una audiencia pontifica sería
sobremanera acorde con la mentalidad y la praxis
monfortiana y podría explicar cómo no llegamos a encontrar
el lugar de reposo y permanencia de nuestro peregrino en
Roma. Una vez más, y perdónesenos, hagamos sitio a un relato
en extremo descarnado y quizás muy impreciso, de los
primeros biógrafos.
«(...) Tras algunos días de reposo, pidió una audiencia al
Papa Clemente XI a través de un teatino que tenía mucha
influencia ante Su Santidad. Habiendo el Papa fijado el día,
el P. Grignion se informó en qué lengua había que presentar
el discurso al Santo Padre, y al saber que de ordinario se
le hablaba en latín, preparó un discurso corto pero muy
elocuente, que recitó en esa lengua después de haber sido
admitido a besar los pies del Papa.
Contó luego, cómo, entrando en el estudio de Su Santidad al
ver a Clemente XI, fue invadido por un extraordinario
respeto, convencido de ver a Jesucristo mismo en la persona
de su vicario.
Clemente XI lo recibió con mucha bondad y después del
discurso en latín, le dijo que podía hablarle en francés
dado que lo entendía lo suficiente para responder; y, dado
que Grignion le proponía irse a misionar en Oriente para
convertir a los infieles, el Papa le replicó: "Padre, Ud.
tiene un campo bastante grande en Francia para el ejercicio
de su celo apostólico; no se vaya a otra parte, trabaje
siempre en perfecta sumisión a los obispos en las diócesis a
las cuales le llamen. Por este medio Dios bendecirá su
ministerio".
El P. Grignion presento en seguida al Papa un crucifijo de
marfil suplicando a Su Santidad le conceda una indulgencia
plenaria para cuantos le besen en la hora de la muerte,
pronunciando los nombres de Jesús y de María, arrepentidos
de sus pecados. A lo cual accedió el Papa. De ahí proviene
que haya hecho grabar en el pedestal en letras grandes estas
palabras: Indulgentia plenaria a summo Pontifice Clemente
undecimo concessa, y se servía ordinariamente de este
crucifijo en las misiones, para excitar a la gente a la
contrición de sus pecados, mostrándoles las llagas de su
Salvador. Antes de salir de Roma hizo preparar la punta
superior de su bastón y, a menudo colocaba allí su
crucifijo, por los caminos de regreso a Francia, para tomar
de él materia para sus meditaciones.
El Papa le concedió también el permiso para bendecir
crucecitas de papel y de tela que distribuía, al final de
cada misión, a quienes habían asistido a treinta y tres
sermones, en las que estaban escritos los nombres de Jesús y
de María.
Clemente XI le dio también el título de "Misionero
Apostólico", y le recomendó sobre todo enseñar
insistentemente la doctrina cristiana a la gente y a los
niños y hacer renovar en todas partes el espíritu del
cristianismo por la renovación de las promesas
bautismales...» (Grandet, 99-101 – DRG 64-65).
Blain mucho más sintético, añade algún pormenor sobre el
coloquio entre Montfort y el Papa:
«...fue a postrarse a los pies de Clemente XI y ofrecerse a
él para ir a donde él quisiera enviarlo. Este santo Padre,
tan celoso contra los nuevos errores que veía extenderse en
Francia, tan dulce y paciente para sufrir los continuos
ultrajes que le causaron los enemigos de su constitución y
de su Iglesia, creyó que el humilde sacerdote que imploraba
su misión, no podía hacer nada mejor que volver a su país,
proseguir las funciones de su celo y hacer frente a los
progresos de la nueva doctrina» (328-329).
Las páginas presentadas necesitan algunas anotaciones...
El padre teatino al que se alude, debe ser José María de
Tomasi, siciliano, de los Clérigos Regulares, que junto el
jesuita pistoiense Juan Bautista Tolomei, tras haber
rechazado por humildad el capello cardenalicio, lo aceptó
solamente por obediencia con ocasión de la canonización de
los beatos Pío V, Andrés Avelino, teatino, Félix de
Cantalicio, capuchino, y Catalina de Bolonia, el domingo 22
de mayo de 1712, fiesta de la Trinidad. De Tomasi había
nacido en Alicata el 12 de septiembre de 1659, profesó muy
joven como teatino en 1666, trasladado a Roma desde 1673,
permaneció allí casi siempre, ejerciendo su ministerio en la
iglesia de San Silvestre al Quirinal, hasta su muerte
acontecida el 1º de enero de 1713. Asiduo investigador
biblista, liturgista, buen predicador, sobre todo, fecundo
escritor, se publicaron de él a partir de 1747, siempre en
Roma, once volúmenes. A su muerte, llegaron de Francia no
menos de 120 cartas de amigos y conocidos. Fue beatificado
en Roma el 16 de septiembre de 1803.
La "influencia" de que habla el biógrafo de Montfort podría
explicarse por su posición de capellán de iglesia de la
residencia ordinaria del Papa, y, sobre todo, por su
conocimiento pormenorizado de las cuestiones galicanas en
especial en el campo litúrgico: y nos parece haber dicho lo
suficiente para motivar su ingreso en la biografía de
Montfort como presentador del peregrino francés en la curia.
Por otra parte, todo peregrino francés, sabemos por otras
fuentes, era un valioso informador sobre las cosas
transalpinas que en ese tiempo –incluso Blain lo subraya y
la historia lo confirma– no eran del todo simples y claras
por esa evidente ambigüedad del Rey Sol y la poco ortodoxa
decisión de los obispos.
La lucha jansenista que hubiera debido adormilarse tras la
paz clementina (1667) entre la Santa Sede y el
Episcopado francés, mantenía focos de división a propósito
de "obsequioso silencio" y sobre la verdadera y convencida
obediencia al Papa; pero ya no interesaba casi nada porque
la atención era atraída por la lucha por las regalías y por
el floreciente galicanismo, tanto más cuanto que surgían
obispos jansenistas que se pavoneaban de ser defensores de
los derechos de Roma contra el absolutismo del Estado. El
setecientos había aportado nuevas llamaradas, logrando
sacudir violentamente a la Iglesia en Francia por casi tres
decenios.
En el verano de 1701 se había suscitado el llamado caso
de conciencia: cuarenta doctores de la Sorbona habían
declarado que la fórmula del "silencio obsequioso" no podía
impedir la absolución sacramental. Numerosos obispos,
guiados esta vez por Bossuet se habían alineado con Clemente
XI. El mismo Luis XIV había pedido al Papa una declaración
clarificadora. El 15 de julio de 1705, Clemente XI publicaba
la bula Vineam Domini Sabaoth, en la que se
presentaba como insuficiente el "silencio obsequioso" para
recibir la absolución sacramental, porque la condenación a
Jansenio debía hacerse "con la boca y con el corazón".
La bula
logró resultados aceptables. La asamblea del Clero de1705 de
impostación galicana, declaró claramente aceptarla, pero
expresó al mismo tiempo la convicción de que los decretos
papales eran obligatorios para la Iglesia universal sólo si
eran reconocidos por los obispos y éstos los consideraban
como propios. Clemente se lanzó a la pelea con todas sus
energías, sin resultado alguno. Además, un nuevo absceso
atraía su atención: Pascasio Quesnel, jansenista francés
refugiado en Bélgica, se hacía sentir con sus Reflexiones
morales. La censura de 1708, dada la oposición del
cardenal de Noailles de París, indujo al Papa a amplias
negociaciones hasta la bula Unigenitus del 8 de
septiembre de 1713, que por un nuevo tira y afloja arrastró
a los católicos franceses a las puertas de un cisma a causa
de los apelantes al concilio contra el Pontífice.
Creemos que todo esto es suficiente para hacer comprender
cómo noticias de primera mano y posiblemente sinceras, eran
gratísimas en Roma...
Si aceptamos el 6 de junio como fecha del encuentro entre
Clemente XI y Montfort, debemos anotar que era el domingo
del Corpus Domini. Las solemnes celebraciones eucarísticas
tenían ocupada a la basílica de San Pedro; el Capítulo
vaticano suspendía toda la actividad durante toda la octava
para dar espacio y reconocer la eminencia del Santísimo
Sacramento y trasladaba la sede coral a la parroquia de San
Blas en calle Julia. Resultaba así que funciones
parroquiales y corales debían superponerse, fundirse o
alternarse. En San Blas, el 4 de junio celebró Montfort la
santa misa en sufragio de una tal Lucía, Lud. María de
Montfort, y se halla alineada con otras de corte
claramente extranjero. Podría ser ésta la confirmación de la
costumbre de hacer celebrar a los peregrinos a Roma en San
Blas y no en San Pedro durante la festividad del Corpus que
tenía ocupada a la basílica entera.
También el
Papa, en lugar de regresar en seguida, como era costumbre
después del período pascual, al Quirinal, siguió residiendo
en el Vaticano. Allí precisamente fue recibido Montfort.
Fue una audiencia privada, importantísima. Montfort lee
probablemente su valiente discurso en latín, pero se sintió
animado a proseguir la conversación en francés. La praxis
normal de la curia pedía que el discurso fuera entregado al
Papa para conservarlo junto con las súplicas, peticiones,
elogios, etc. en los archivos privados de la casa
pontificia, es decir, al patrimonio de la familia Albani, en
este caso. En el Archivo Secreto Vaticano no se encuentra
ese documento, mientras que todo el conjunto de los
documentos del Fondo Albani fue celosamente conservado por
el archivista a la muerte de Clemente XI. Pero falta el
sobre que debería contener las instancias de ese primer
período de 1706. Alguien considera que en las incursiones
del gran Napoleón, diferentes cajas de documentos sustraídas
al archivo pontificio tomaron el camino de Francia con
destino a París; las cajas fueron escogidas sin cuidado
alguno, de suerte que no fue siquiera fácil catalogarlas
para hacérselas restituir, como aconteció algunos decenios
más tarde. Pero de ese sobre no hay traza alguna: ¿no será
cierto que algunas cajas jamás llegaron a París... que
algunas patrullas de soldados, en el momento de pasar por
los Alpes las utilizaron para matar el frío...?
Clemente XI era sensible al problema de la
descristianización de las multitudes y del creciente sopor
de las conciencias; había estudiado el problema con atención
y había identificado cierta estrategia para oponerse a ese
neopaganismo, y el 16 de marzo de 1702 dirigía a los obispos
de Italia y Francia una Carta Circular de la cual
desafortunadamente sólo se tiene noticia en una colección de
ordinario muy confiable (Moroni, Dizionario, término
missioni, vol. 45, p 222), en las cuales el Pontífice
proponía restaurar el impulso de las "misiones al pueblo":
«1º para poder por este medio más libre y útilmente corregir
los abusos;
2º para suplir con ello a la penuria que se encuentra muy a
menudo en las mismas ciudades de la palabra de Dios que
muchos no predican con la debida sencillez y claridad;
3º habiendo mostrado la experiencia, incluso últimamente en
Roma, que cuando se explican las cosas de Dios familiarmente
y en forma adecuada al fruto para las almas, la gente se
siente a gusto, acude con frecuencia y extrae de ello
grandes utilidades de las costumbres para edificación
universal;
4º para que sean específicamente bien instruidos y
pacientemente preparados a una buena confesión general, con
intención de aplicar de esa manera el oportuno y necesario
remedio al, desafortunadamente, grave y frecuente mal de
esas confesiones que hubieren podido hacer inválidamente en
el pasado...».
¡Qué amargo debía ser leer doloridos llamamientos de
predicadores y misioneros apostólicos, en el primer año de
pontificado, que le habían hecho esperar!:
«En la mayoría de las diócesis se quejan innumerables
relaciones, porque los obispos se tranquilizan pensando
haber remediado todos los inconvenientes con las
Constituciones Sinodales, cuya observancia buscan, si no en
lo que se refiere a lo útil de sus Cancillerías, de suerte
que los Sínodos impresos deberían suprimir de las diócesis
los abusos y reformar la vida de los Pueblos, sirven
solamente al tráfico de los obispos que obligan a los
beneficiados a comprar copias, vendiéndolas en grandes
cantidades...» (ACV, Fondo Albani, I, 1700).
Y en lugar de preocuparse de que haya predicadores y
misioneros para el pueblo que lo adoctrinen, se
preocupan sólo por las apariencias de las iglesias y
ubicación de los beneficiados amigos y familiares. Y si,
además, hay que añadir el abuso de la predicación misma
reducida a teatro por los sonetos que se hacen en alabanza
de algún hablador o predicador, que se ofrecen en la iglesia,
como denunciaba un célebre padre teatino de Nápoles, don
Carlos Morale, "persona de reconocida bondad y doctrina",
podríamos comprender que el cristianismo sobreviviente en
una época de superficialidad estaba minado en sus mismas
fuentes y era difamado por los mismos depositarios.
El mismo
padre de las misiones al pueblo en Bretaña, Le Nobletz,
dirigiéndose a los superiores que debían designar los
misioneros, pedía «apoyar a esos misioneros frente a
párrocos ignorantes y viciosos que, sin motivo, querrían
impedir el ejercicio de sus funciones , y no creer de buenas
a primeras los informes de los enemigos malévolos de la
doctrina de Jesucristo...».
Palabras que nos llegan gracias a la cuidadosa transmisión
de otro gran misionero bretón, el jesuita P. Julián du
Maunoir.
No por nada, pues, el Papa enviaba a Montfort a predicar la
renovación consciente y voluntaria de las promesas del
bautismo, porque el mismo Montfort se pregunta en su
Tratado:
«¿Quién
cumple este voto tan importante? ¿Quién observa con
fidelidad las promesas del santo bautismo? ¿No traicionan
casi todos los cristianos la fe prometida a Jesucristo en el
bautismo? ¿De dónde proviene este desconcierto universal?
¿No es, acaso, del olvido en que se vive de las promesas y
compromisos del santo bautismo y de que casi nadie ratifica
por sí mismo el contrato de alianza hecho con Dios por sus
padrinos?...» (VD, 127).
La calificación o título de Misionero apostólico, con
el que el Papa quería gratificar a Montfort necesita una
profundización para comprender el desarrollo y las actitudes
del mismo Luis María en su apostolado futuro. El título
remonta a los comienzos de la Sagrada Congregación de
Propaganda Fide (1623), y concurre a formular la historia de
las misiones. Incluso si hoy "a causa de las situaciones
cambiadas del tiempo y para favorecer la caridad" se ha
suprimido el título (Decreto P. F. del 16.01.1924),
hay que subrayar que las designaciones hechas por la Sda.
Congregación fueron siempre iluminadas y oportunas. De hecho
el título podía concederse sólo a los alumnos del Colegio
Pontificio y a todos los sacerdotes encargados de hacer
misiones por decreto especial de la misma Propaganda Fide.
Por "misiones" se entendía tanto la predicación interna, en
zonas peculiarmente turbulentas para la fe a causa de
herejías o de desviaciones, como naturalmente en la acepción
más conocida, la predicación en territorios fuera de la
patria llamados precisamente "tierra de misiones"; en otras
palabras, la primera se realizaba entre los herejes, la
segunda entre los infieles.
En lo que se refería al título y encargo en tierras de
infieles, la opción versaba de preferencia sobre los
religiosos que, "examinados por esta Sagrada Congregación"
eran designados por la Propaganda Fide con especial diploma,
bajo la dirección de un Prefecto del Propio Instituto, en
cualquier Reino o Provincia. A ese Prefecto se asignaba el
diploma y la facultad correspondientes y comunicables a sus
propios religiosos; pero era necesario adelantar una
cuidadosa investigación "sobre su vida y conducta, y no sólo
ante sus superiores y cohermanos de orden, sino también ante
el ordinario del lugar donde ha morado por algún tiempo el
personaje".
Después de 1633, sabemos que el Papa podía, siempre con la
contraseña de Propaganda Fide, asignar título y facultades
con un Breve e incluso de viva voz, traducida luego en carta
del Cardenal del dicasterio. No obstante las
investigaciones, no es posible saber cómo y cuál sea la
forma con la Montfort fue designado. Es cierto, de todos
modos, que una vez de regreso al Reino de Francia, debía
llevar un documento oficial con el cual presentar al
Provincial de los capuchinos de Bertaña (¡sic!) o de
Britannia, quien proveería a brindarle las Credenciales que
debía presentar a los obispos, como lo exigía el Decreto
S.C.P.F., del 23.11.1688.
«Los misioneros están obligados a mostrar las Credenciales a
los Vicarios Apostólicos y en ausencia de ellos a los
Provicarios y pedir a éstos el permiso para ejercer sus
facultades, permiso que no podrá negarse si no por causa
grave que debe comunicarse a la Santa Sede...», donde en
lugar de Vicarios o Provicarios hay que leer: Obispos o
Vicarios generales. Porque las facultades eran realmente
únicas, como graves eran igualmente los deberes
particulares: comer carne en los días prohibidos por la
Iglesia, sustituir el Breviario con la recitación del
rosario, celebrar la misa sub diu, es decir, a cielo
abierto, el indulto personal de altar privilegiado tres
veces por semana, celebrar la eucaristía una hora antes del
alba y una hora después del mediodía, bendecir con una
simple señal de la cruz, fuera de Roma, cruces, estatuas,
medallas, y conceder la indulgencia de sana Brígida (¡la
indulgencia plenaria aplicable a los difuntos!).
En Francia, sólo once Provinciales de la orden de los
capuchinos, con exclusión explícita de Nuncios, Cardenales y
Obispos, eran reconocidos como vicarios apostólicos, y entre
éstos, en tercer puesto, el Padre Provincial Prefecto de
las misiones internas y externas asignadas a la Provincia de
Britannia. Es de notar que algunos Obispos habían sido
expresamente excluidos y privados de todo poder en la
materia, como el de San Maló y de París, mientras que eran
mencionados respetuosamente por la Secretaría de Estado los
de Nantes y Poitiers.
Fue, pues,
Luis María distinguido con un gran título, el de Misionero
Apostólico. Y esto lo diferencia y destaca entre todos los
demás misioneros de su tierra: Michel Le Nobletz y su
discípulo Julián Du Maunoir fueron siempre apoyados,
defendidos y casi empujados por el obispo Saint-Pol-de-Léon;
Juan Leuduger, con quien pronto nos encontraremos, era el
clásico misionero diocesano, y había recibido el mandato del
obispo de Saint-Brieuc, mons. Denis de la Brade.
Sería inútil, pensamos, buscar en los registros de la época
y en las colecciones de documentos alguna confirmación a
cuanto nos dicen los biógrafos y las relaciones juradas de
los procesos de beatificación sobre el título. Ciertamente
lo recibió, aunque ignoramos como podía demostrarlo a los
obispos y a los sacerdotes de su tierra. Había sido
seguramente un título quizás directamente pedido y anhelado,
por la enorme ventaja que de él provenía para el ejercicio
del apostolado al que iba a dedicarse.
Hay un dato común en la biografía de todos los misioneros de
esa época: el mandato de los superiores. ¡Montfort, por su
parte, lo había recibido precisamente del pontífice!
Fortalecido por su título romano, se podrá presentar a los
obispos y a la gente, poniéndose a su disposición como
hombre evangélico, libre y decidido, no vinculado por
limitaciones territoriales o de ambiente, con una
investidura que más que diocesana era pontificia, y, por
ello, digna de todo respeto y confianza. Quizás no era el
medio más fácil para ganarse las simpatías entre las
susceptibilidades y la envidia de obispos y colegas, pero
ciertamente era el más eficaz sobre las poblaciones que lo
habrían visto llegar desde muy lejos y no de las fronteras
de la parroquia más cercana, sino de Roma, con una autoridad
y una gracia más especial dada de vez en cuando por el mismo
Sumo Pontífice.
Y si a la resonancia del título romano se añade la pureza de
la doctrina, la auténtica seriedad de la vida y el heroísmo
de las virtudes del misionero a lo apostólico, podemos
comprender que el título que le confirió Clemente XI no era
otra cosa que el reconocimiento de la sinceridad ortodoxa de
la fe y la evidente santidad de la conducta. Es cierto, la
gente podía maravillarse frente brillo del título romano,
los corazones de los oyentes sólo se convertirían y
perfeccionarían ante la santidad del predicador. Pero
también esa santidad y capacidad apostólica tenían origen
romano, si hemos de creer a las palabras presentadas por
otro biógrafo y dichas por Montfort en 1707 al párroco de
Breal: «Mi querido amigo, he recorrido más de mil leguas en
peregrinación para pedir a Dios la gracia de tocar los
corazones y él me ha escuchado».
Y con esta afirmación relatada por el mismo Montfort bajo la
finalidad apostólica del viaje romano, también nosotros
acompañamos a Luis María en el viaje de regreso a Francia.
Tras la audiencia pontificia no había motivos para prolongar
la permanencia, excepto para esas pequeñas prácticas que
había que completar para el título que le había conferido el
Papa. Ciertamente no motivos de erudición o de cultura: «El
jesuita P. Dutemps me dijo que le preguntaron al P. de
Montfort, a su regreso de Roma, lo que había visto;
respondió: Nada» (Blain, 327).
En cambio, había todos los motivos para apresurar el
regreso. En primer lugar, la voluntad de dedicarse en
seguida al trabajo. Y luego, las noticias, forzadamente
fragmentarias pero suficientes, sobre los movimientos de
tropas y guerras al norte de Italia. Entre más tardara, más
difícil sería el cruce de las fronteras. Los austriacos
estaban para lanzar el ataque decisivo, y los franceses
reforzaban las fortificaciones y trincheras. Debió ser,
pues, un regreso precipitado: duró solamente dos meses y el
recorrido costó mucho más que la ida, bajo el sol veraniego
y con el cansancio acumulado en los tres meses empleados
para andar aquellos dos mil kilómetros de Francia a Roma.
Algo sabemos del regreso: viaja en compañía de dos jóvenes,
que encontró en Roma ya antes de la audiencia. No consta que
lo acompañaran hasta Francia. Como él, también ellos se
acomodaron a pedir limosna y a los inconvenientes de andar a
la ventura.
El recorrido debió ser necesariamente el más directo: nada
de Loreto, y, por lo mismo, la actual Vía Aurelia:
Civitavecchia, Livorno, Génova, Niza y lo más directo para
regresar a Poitiers.
Y, ¿por qué no la vía del mar? Difícil imaginarlo. Sobre
todo no hay pruebas. Ciertamente no viaja a caballo, dado
que Montfort mismo precisamente en ese viaje debió dar
explicaciones a un párroco que se lo preguntaba mientras le
daba una limosna: viajar a caballo no estaba en las
costumbres de los apóstoles..., pero sí en las de la gente
mundana (Grandet, DRG, 65).
A pesar de todo, pensamos que si lo hubiera habido el
caballo hubiera sido muy oportuno... por lo cual la
respuesta dada al párroco que "comía en gran compañía" tiene
sabor de dura reprobación y sermoncillo.
«El 25 de agosto, fiesta de san Luis (IX rey de Francia), su
patrono, llegó a Ligugé, a una legua de Poitiers, abadía de
los jesuitas y muy famosa por haber sido consagrada a san
Martín y santificada por la permanencia del santo, que iba a
encontrar a su gran maestro, san Hilario. El P. de Montfort
celebró allí la misa.
El hermano Maturín que lo esperaba en el lugar, tuvo no poca
dificultad en reconocerlo, tan cambiado estaba y quemado por
el sol y debilitado por la dureza del camino. Llevaba los
zapatos en la mano porque tenía los pies todos desgarrados;
llevaba el sombrero bajo el brazo y la camándula entre los
dedos...» (ib.).
No nos cuesta creerlo.
Había recorrido casi cuatro mil kilómetros.
Montfort pensaba poder descansar un poco en Poitiers,
convencido de encontrar calmado o adormilado todo ánimo de
querella o discusión en contra suya...
¡Qué ilusión!
Capítulo décimo quinto
EN BUSCA DE UN PROGRAMA
Al parecer, en Poitiers nadie tiene curiosidad de saber cómo
anduvo la escapada a Roma, excepto el hermano Maturín que lo
acoge como a un fantasma o el P. de la Tour, el jesuita que
había estado de acuerdo con el viaje, o las dos Hijas de la
Sabiduría que lo esperaban en Poitiers.
No, muy, por el contrario, su regreso es motivo de renovada
desconfianza: el obispo le manda a decir por medio de su
secretario que salga de la ciudad dentro de 24 horas. La
nueva orden impide al P. de la Tour hacerlo cuidar en
Hotel-Dieu de la Charité porque lo vio fatigado en
extremo y con el rostro lleno de granos. De todos modos,
hubo tiempo para dialogar con las hermanas del Hospital,
porque la institución parece sobrevivir. El coloquio es un
himno de acción de gracias al Señor y a su Madre amabilísima
que han bendecido la iniciativa lo mismo que el sacrificio
de las dos jóvenes. Probablemente las pone al corriente de
la grave tarea que le ha asignado el Papa y de la necesidad
de consejo y oraciones para que todo se desarrolle conforme
al designio de Dios.
Si la
Curia no le permite ni siquiera descansar, hay uno de los
párrocos amigos suyos que le acoge en su casa a seis millas
de Poitiers. Montfort está feliz de poder así celebrar cada
día y recuperar las fuerzas. Y mientras se rehace
físicamente, dedica ocho días a los ejercicios espirituales
para que también el espíritu pueda recuperarse.
Esperaríamos verlo aquí dedicado a buscar "trabajo". Pero
no: hará una nueva peregrinación de trescientos kilómetros
más, hasta el Monte San Miguel, en Normandía, como si el
viaje a Roma no hubiera terminado todavía.
Hemos querido mirar de soslayo a los pocos años que le
quedan, menos de diez, y descubrimos que ésta será en verdad
la última peregrinación. Los otros viajes serán sólo
traslados y pasos por trabajo o por compromiso. Pero vale la
pena buscar una razón para esta prolongación del camino de
Roma. Otros han encontrado razones especiales, o quizás
tampoco las han buscado.
Es preciso recordar el espíritu con que había emprendido el
camino de Roma: la constatación de numerosos fracasos
incluso en el apostolado que más le agradaba, añadida a
cierta desconfianza, motivada también en el apoyo de los
obispos y amigos; la insatisfacción de no ser capaz de
escogerse por sí solo un camino bien definido en el
ministerio...; en otras palabras, ese constante alternar
entre tareas tan diferentes, incluso opuestas, le había
llevado a comprender que era necesaria una indicación segura
de parte del Señor, una determinación explícita, un encargo
que lo independizara de oportunidades pasajeras y a menudo
contradictorias.
Roma lo había entendido plenamente y lo había regresado a su
terruño francés, con un encargo oficial evidente: Misionero,
provisto de una autenticación pontificia: Apostólico. Había
buscado seguridades y el Papa se las había dado. La voz del
Señor era ahora muy clara; el nuevo título le garantizaba
finalidad y espacio. Administrarlo en la forma debida, esto
debía conquistarlo con la oración y el sacrificio.
La razón de este último viaje complementario del de Roma se
halla toda aquí: la necesidad de sentirse en capacidad de
dar dignamente su batalla por los pobres y los pecadores,
por hallarse en el sitio que Dios le había asignado. El lema
Dios solo (Dieu seul) no aparecía por casualidad con
más frecuencia en su boca y en su pluma.
Podemos
concluir que el epílogo a la peregrinación a Roma había sido
tenido ya en cuenta desde antes y nos extraña ya tanto este
ulterior suplemento de camino, estando listo para modificar
el itinerario de la romería: Poitiers – Roma – Monte San
Miguel. Solamente en Normandía termina la búsqueda. Tan
cierto es esto que inmediatamente después se dedicará al
apostolado en su diócesis de Saint-Maló.
Tampoco esta vez viaja solo: está con él el incomparable
hermano Maturín que ya no lo abandonará más.
La primera etapa es el monasterio de Fontevrault, a donde
llega con la sencillez del peregrino para pedir hospitalidad
y acogida. Pero ya no está la reine des abbesses,
Gabriela de Rochechouart, hermana de la Montespán; desde
1703, la abadesa es la nieta Luisa Francisca de
Rochechouart, que no conoce a Montfort, a quien, por lo
extraño del comportamiento, no se siente a gusto de acoger.
Se sabe que las hermanas charlan a su gusto, sobre todo
comentando lo que acontece en la puerta del convento, como
lo hicieron cuando la portera refirió con vivacidad el
episodio. Los pormenores son tan exactos que sor Isabel
(Silvia Grignion) no tiene dificultad en exclamar: "¡Pero sí
es mi hermano!"
Corren en
su búsqueda y con mil excusas le abren de par en par la
abadía. «La señora abadesa no quiso darme limosna por amor
de Dios; ahora me la ofrece por amor a mí. ¡Muchas
gracias!», respondió, y siguió su camino.
El episodio muy bien relatado por Blain subraya de todos
modos, que las enseñanzas de San Sulpicio sobre la buenas
maneras nunca habían sido asimiladas. El motivo del rechazo
que le dieron estaba precisamente en no haber querido decir
su nombre. Replicará: "¿para qué preguntarme el nombre?
imploro la caridad no por mí, sino por amor de Dios."
Y una pequeña añadidura: Silvia lo reconocerá, claro, por
las extrañas actitudes, pero sobre todo por la descripción
de su aspecto, un rostro "tan notable con su nariz
aguileña...".
Después de Fontevrault, una visita al amable santuario de la
Dolorosa de Saumur. Pero en Saumur otras religiosas están
ansiosas de hospedarlo: las de Juana Delanoue, del instituto
fundado en la fiesta de Santa Ana, patrona de Bretaña, en
1704, las Soeurs de Sainte-Anne-de-la-Providence de
Saumur. Montfort había contribuido a esa fundación durante
su permanencia allí en 1701 colaborando con la fundadora en
la redacción de las reglas. Hoy tiene la oportunidad de
volverlas a ver antes de la aprobación episcopal de 1709.
Entre tanto tiene conferencias para las hermanas y diálogos
con ellas.
Pasados los primeros diez días de septiembre está de nuevo
en viaje para Normandía. Teniendo que pasar por Angers,
querría detenerse algunos días porque supo que su
superior-confesor Antonio Brenier, precisamente el que le
había facilitado y financiado el ingreso a San Sulpicio y
que había hecho recitar un Te Deum para la ocasión,
se hallaba en la ciudad. A pesar de diversos ataques de
apoplejía desde 1702 y los muchos cuidados terminales, hoy
era superior del seminario diocesano, ya agregado desde
1695, siempre por obra suya, al gran San Sulpicio de París.
La última
alusión a Brenier en Montfort, la encontramos en su carta a
Leschassier del 4 de julio de 1702, en la que le dirigía un
especial saludo de agradecimiento por cuanto había podido
hacer por él. Pasando por Angers, habrá pensado en poner al
corriente al anciano superior (y con él a San Sulpicio) a
cerca de los años transcurridos y sobre todo de la gran
aventura romana.
Pero, recibido durante la recreación «se ve rechazado y
despedido en forma ultrajante, en presencia de toda la
comunidad... Si le hubieran hecho la caridad de darle de
comer, la afrenta hubiera perdido un poco de su amargura;
no, en cambio, lo echó de la casa vergonzosamente, lo
despidió en ayunas, inmediatamente, sin considerar ni su
carácter ni su necesidad».
El bueno de Blain aquí (324), a pesar de estar tan
comprometido, y no ser nunca del todo objetivo en relación
con los sulpicianos, queda estupefacto, y sale del paso
subrayando: «Este es uno de esos encuentros en que vemos a
un santo perseguido por otro santo» (325 ).
En esta oportunidad Montfort no logra acallar lo que el
corazón le pone en los labios: seis años después, cuando
hable de ello, dirá con amargura: «¿Es posible que en un
seminario traten así a un sacerdote?» y confesará no haber
sufrido nunca tanto como en esa humillación. Quizás vale la
pena hacer nuestro el comentario del mismo biógrafo que los
conocía perfectamente a ambos, a Brenier y a Montfort:
«Por qué motivo, el P. Brenier, un hombre tan santo y
atento a todos los movimientos de su alma, actuó así en esa
ocasión? ¿Lo hizo con el propósito premeditado de humillar a
su antiguo alumno y probar de nuevo su virtud? ¿O por un
movimiento humano y un impulso escapado a un hombre todo de
fuego y que necesitaba de toda su gran mortificación para
dominar la violencia, en ciertas ocasiones? ¿O fue por la
profundidad de su espíritu penetrante y su profunda
sabiduría que le advirtió que había que tratar así a un
hombre de virtud extraordinaria, pero demasiado excepcional
en sus modales, ante un gran número de jóvenes, a fin de que
ninguno resolviera imitarlo y tomarlo por modelo? ¿O por
inspiración divina que quiso privar al P. de Montfort de
todo consuelo humano y quitarle el inocente apoyo que
buscaba en su antiguo maestro? ¿Fue finalmente una señal de
la Providencia que quiso enseñarnos que los santos no se
agradan siempre y que, aunque conducidos por el mismo
Espíritu de Dios, no caminan al cielo por los mismos
senderos? Es lo que no puedo responder y en lo que adoro los
juicios de Dios que permite que santos persigan a santos y
se inflijan unos a otros las penas más sensibles...» (Ib.
325-327).
Y realmente en este punto quedamos también estupefactos:
aunque nos roe una insistente duda. Y es si San Sulpicio
estaba ya al corriente del resultado del viaje de Montfort a
Roma y del... exabrupto de haber pretendido pasar por encima
de todos... cosa que no debía hacerse conforme a las buenas
maneras... ¡Perfecto! Pero el modo de actuar de los santos
no siempre sigue las buenas maneras.
No obstante, siempre a nuestro parecer, Blain captó bien en
la señal cuando querría ver en el episodio un signo de
destete, de despegue de los vínculos umbilicales ahora
inútiles, en un momento en que debe empezar a guiarse por sí
solo.
Montfort pagará a su manera la falta de caridad recibida,
haciendo él mismo un acto de caridad: toma sus espaldas a un
pobre abandonado de todos y lo carga hasta el hospital más
cercano cancelando, además, el albergue y el sustento del
mismo. Como el samaritano...
El Monte San Miguel, en los límites de Bretaña y Normandía,
es un islote rocoso casi redondo que forma una colina
granítica de 900 metro de circunferencia y 78 de altura. La
antigua tradición afirma que el islote se formó durante un
apocalíptico cataclismo de muchos años antes, que habría
destruido también el bosque de Scissy o de Quokelande,
recuperado en parte durante la Edad Media.
En cambio, la mitología céltica, creía que el monte era un
enorme sepulcro adonde llegaban las almas en busca de paz y
tranquilidad eternas. De ahí el nombre que ha sobrevivido de
Monte Tumba de la isla, y Tombelaine para el islote dos
kilómetros al norte.
En el año 708, el obispo de Avranches, san Uberto, recibió
la aparición de San Miguel Arcángel sobre la cima de la
roca, con la orden de edificar allí un oratorio. El mundo
cristiano quedó impactado por el acontecimiento y se
movilizó a realizar la obra deseada por el cielo. Ya en el
siglo X, la cima estaba cubierta por una imponente iglesia
de estilo carolingio, que un siglo más tarde, servía de base
a la basílica romana. En el entorno y sobre el islote y la
pendiente, se erigían entre tanto monasterios benedictinos,
todos con la misma denominación: Saint-Michel-en-Tombe,
Saint-Michel-en-Mer, Saint-Michel-au-peril-de-la-Mer,
Saint-Michel-du-Mont... reagrupados finalmente en título
común de Mont-Saint-Michel.
A fines del primer milenio, la abadía estaba ya construida,
si recordamos que en 966 Ricardo I, duque de Normandía,
organizó allí a los benedictinos, que completaron la
construcción con la Merveille, la cima. Guerras, asedios,
invasiones, incendios, en el curso de los siglos se
sucedieron con bastante frecuencia, pero el pueblo bretón y
el normando defendieron esforzadamente el propio tesoro,
tanto que el monte se convirtió en símbolo de la resistencia
hasta 1434, cuando los ingleses fueron rechazados
definitivamente, por la población y hasta por los monjes
guerreros.
Juana de Arco fue ferviente propagandista de la devoción al
Arcángel, y Luis XI creó precisamente una orden de
caballería, la Orden Real de Caballería llamada de San
Miguel, asignándole la sede oficial en la sala todavía
hoy llamada de los caballeros. Los monjes convertidos
casi en soldados, decayeron del primitivo espíritu
religioso, y ese período coincide con el momento más triste
santuario. El antiguo espíritu resurgió en 1622 con la
llegada de los benedictinos San Mauro. Pero la abadía no
encontró el esplendor espiritual de otros tiempos; en el
siglo de Luis María de Montfort, se convirtió en prisión de
Estado para condenados especiales del rey de Francia,
sepultados vivos en las prisiones cerradas sin ventanas
colocadas bajo el paseo de los monjes.
Cuando
Montfort llega a la Merveille, no debe mezclarse con los
grandes cortejos reales, ni los tumultuosos perdones, porque
el santuario se hallaba entonces en profunda desolación:
precisamente en ese año, el abate Don Doyte escribirá a
Mabillón, el historiador benedictino que iba a exaltar la
obra de los monjes en Francia y había pedido las últimas
informaciones sobre el Monte San Miguel: «Aquí la miseria es
tan grande que supera a toda imaginación. Van tres años que
debo una insignificante suma de dinero a un librero de
Rennes y aún no he podido pagarle...».
También Madame de Sevigñé, en viaje galante hacia el monte,
en mayo de 1689, quedaba más impresionada por el desayuno
tomado en Pontorson que por el santuario del Arcángel.
Ya no se dan pues, las grandes celebraciones de los tiempos
pasados que pudieran incidir en el ánimo del pobre
sacerdote, mezclado a la turba anónima y espiritualmente
fervorosa con ocasión de la fiesta del Arcángel ese 29 de
septiembre de 1706. Pero fue ese ambiente, esa desolación,
aquella gente fervorosa lo que le sugirió la idea de crear
una especie de cofradía en honor de Miguel que se propagaría
entre los soldados y las guarniciones que encontrará en las
peregrinaciones futuras...
Tras la conmovedora permanencia en el Monte San Arcángel
–como la llama Grandet–, y un corto tramo de camino, regresa
después de tantos años en su ciudad, Rennes, la ciudad de su
niñez y de su adolescencia, la capital de Bretaña... Tras
encontrar hospitalidad en casa de una mujer que sin
reconocerlo lo acoge y se compromete a alimentarlo, y junto
con él a Maturín, con un poco de pan negro y leche, se da a
la busca de su primer maestro, el sacerdote Bellier que lo
había introducido por los grandes senderos de la caridad en
busca de enfermos y pobres. Y dado que para encontrar a
Bellier tenía que buscarlo cerca al lecho de algún enfermo,
lo busca en hospicios y hospitales, y finalmente logra
encontrarlo en el Hôtel-Dieu-Saint-Yves donde presta
servicio.
Montfort no visitó a Rennes para sumarse a la obra
apostólica de Bellier; hoy, ciertamente no. Llegó para
encontrar un trampolín, un impulso, una indicación que le
asegurara esa forma de apostolado que le había asignado el
Papa.
Y Bellier se los da.
El mismo Bellier hizo saber en carta del 3 de septiembre de
1719 al expárroco de Saint-Michel-de-la-Paludz de Angers, el
P. Rigault:
«Exhorté al P. Grignion, que llegaba de Roma a nuestra
ciudad, a que fuera a la diócesis de Saint-Brieuc, (a
sumarse) a uno de los primeros y mejores misioneros del
reino, llamado Leuduger... mi buen amigo, o mejor, mi
maestro, con el fin de trabajar bajo la guía de director
tan experimentado, (tanto más) cuanto que todos conocen que
Grignion es perseguido por actuar fuera de lo ordinario...».
El antiguo maestro conoce muy bien las fallas del discípulo,
al menos tanto como los solones de San Sulpicio.
Sintoniza con ellos, de todos modos en que las dificultades
le llegan precisamente de esas formas extrañas, de esas
formas fuera de lo ordinario, pero que podrían se entendidas
y guiadas por el gran misionero Juan Leuduger.
¿No era a
caso el deseo que se había expresado seis años antes,
inmediatamente después de la ordenación, mientras aguardaba
le destinaran a un campo de trabajo?
«...Me asaltan deseos de unirme al P. Leuduger, maestro de
teología de Saint-Brieuc, excelente misionero y hombre de
mucha experiencia o de trasladarme a Rennes y retirarme al
Hospital General al lado de un sacerdote ejemplar, conocido
mío, a fin de dedicarme a obras de caridad entre los pobres»
(Carta 5).
Hoy Bellier lo enviaba a uno de los mayores exponentes de la
predicación popular en la Alta Bretaña, de la diócesis de
Saint-Brieuc, colindante con la de San Maló.
Juan Leuduger y Luis María de Montfort.
¡Cuántos puntos de contracto en la historia y en la
actividad de ambos! Uno y otro provienen de la Alta Bretaña,
pasan los primeros años en ambiente campesino, en factorías
entre personas sencillas y sinceras; realizan los mimos
estudios en el mismo colegio de Santo Tomás de Rennes; ambos
son formidables caminantes; ambos viajan a Roma, del mismo
modo, a pie y con bastón de peregrinos... Leuduger podrá
disfrutar de mayor tranquilidad durante el viaje, al no
verse obstaculizado por guerras que le compliquen el camino;
pero cambian, las motivaciones de la peregrinación: Leuduger
va a Roma para enriquecer su formación literaria, encuentra
formas de subsistencia mediante conferencias y discusiones
en Colegios y Universidades... Y mientras Montfort, de
regreso, se apresura a volver a Francia, Leuduger baja hasta
Nápoles y Bari, para remontar durante el verano, detenerse
en Montefalco de Umbría a venerar la tumba de una abadesa
agustina cuya beatificación se adelanta, y, pasando por el
Tirol austríaco, a través de Alemania y Alsacia, entrar en
Francia para culminar la peregrinación, como Montfort, en el
Monte San Miguel.
Incluso en los rasgos espirituales y en los anhelos
apostólicos se dan tantas semejanzas:
«(Leuduger) perplejo interiormente entre la contemplación y
el deseo (de las misiones) de América, o la prosecución de
los estudios en Italia, Alemania, España... sigue el consejo
del P. Huby de dedicarse a las misiones populares en
Bretaña, sin entrar en orden religiosa alguna, sino
acentuando los beneficios que el cuidado de las almas le
puede brindar...»
(Ropartz, Portraits bretons, 11).
Al igual que Montfort, a los veintisiete años crea una
asociación de señoritas llamadas Hermanas Blancas para el
ejercicio de la caridad. En seis años, Leuduger viaja dos
veces a París para que lo admitan en el Seminario de las
Misiones Extranjeras, y en ambas lo hacen volver a casa,
tanto que llega a alimentar el propósito de trasladarse a
Inglaterra con el fin de realizar su sueño misionero, aunque
termina obedeciendo al obispo que lo nombra párroco
conservándole el cargo de misionero popular.
Su
capacidad de jefe de misiones le llega de haber estado en la
escuela de Julián Maunoir, el heredero directo de Miguel Le
Nobletz, el primero y mayor de los misioneros populares
después de san Vicente Ferrer. De hecho, el jesuita Maunoir,
quien lo vio trabajar en el grupo de uno de sus discípulos,
lo convoca con otros 35 sacerdotes a la misión de Moncontour
y Lamballe, en 1678-1679. Desde ese momento Juan Leuduger
seguirá a Maunoir hasta la muerte de éste en 1688, asumiendo
su herencia por voluntad expresa del moribundo. Pero en
1686, el obispo le asigna la parroquia de Moncontour donde
permanece hasta septiembre de 1691, sobre todo para
consolidar y desarrollar el hospital creado por Maunoir y
apoyar una casa de ejercicios espirituales para el pueblo,
confiada al cuidado de una congregación recién fundada por
el P. Ange Le Proust de Lamballe, bajo el título de un santo
canonizado en esos tiempos, Dames de Saint-Thomas de
Villenueve.
La herencia de Maunoir lo sigue comprometiendo a pesar de
los cargos diocesanos. Hemos calculado que en menos de seis
años de permanencia en Moncontour, estará ausente de su
parroquia unos 1186 días, o sea, 37 meses, más de tres
años...
En 1691, finalmente, le asigna el obispo un quinto cargo
diocesano: nombrándolo Ecolâtre o Scholastique (hoy
lo llamaríamos Director de la Oficina Catequística) para
enseñanza de la religión y la catequesis de toda la
diócesis. Desde su nueva sede cerca a la catedral, dirigirá
misiones, retiros, cursos de ejercicios espirituales a la
gente, cursos de catequesis y escuelas de religión, logrando
encontrar tiempo, incluso, para doctorarse en teología en la
Universidad de Nantes...
En 1700,
haciendo propio el título de un librito publicado por el
Vicario general de Dol, Lebret, preparará un Bouquet de
mission (ramillete de misión) totalmente nuevo en cuanto
al método y al contenido, sobre las misiones al pueblo. El
folleto tendrá gran difusión, llegando en pocos años a la
cuarta edición.
Hay que subrayar todavía el deseo concreto de Leuduger de
transmitir precisamente a Montfort el testimonio heredado de
Maunoir, y ya antes de Le Nobletz, y antes todavía de
Vicente Ferrer. Pero Leuduger morirá a los 73 años, en 1722,
y Luis María, de 43 años, en 1716.
En Rennes,
Montfort se detiene sólo pocos días, realizando algunas
predicaciones y sobre todo visitando hospitales y hospicios.
Logrará, incluso, organizar una colecta para la restauración
de la iglesia de Saint-Sauveur. Se deja convencer para ir a
visitar a su tío sacerdote Alán Robert, e incluso a su
familia ahora organizada en Rue Saint-Hélier. Aceptada la
invitación de los religiosos de San Juan Eudes, directores
del seminario episcopal, iniciará un curso de ejercicios
para los seminaristas. Tras poco tiempo, cuando comprende
que la invitación no es del todo desinteresada, sino una
velada tentativa para convencerlo a ingresar en su
congregación que es no obstante una institución misionera
nacida en Normandía, Montfort abandona el lugar.
Es mejor cambiar de aire y compañía. Quizás el título de
misionero Apostólico, mejor que a él le interesaba a muchos
otros que lo llevarían en forma mucho más resonante...
En la fiesta de todos los santos y para el día de difuntos
está en su tierra nativa, Montfort-la-Cane, donde todos lo
recuerdan, aunque sólo un tal Belín, rudo campesino y
trabajador de la parroquia, se halla dispuesto a recibirlo
en su casa. Belín logra hacer buena figura: ¡el heredero del
señor de la Bachelleraie es su huésped! Habla de ello con
todos, hasta que la noticia llega a oídos de la vieja
nodriza, la Nana Andrea. En realidad, Luis había golpeado
antes a su puerta, pero el yerno, ignorando quién era el
personaje, le había rechazado la acogida; la pobre anciana,
afanada, logrará arrancar al hijito una cena, para oír que
éste le reprochaba amablemente: «Nana Andrea, te preocupas
demasiado por mí; trata de ser más caritativa. Deja en paz a
Grignion que no es nadie: piensa en Jesucristo que lo es
todo. ¡Él está en los pobres!».
Entre tanto debió invitarle algún colaborador del Leuduger
para que fuera a unirse a un grupo de misioneros para la
importante misión de la ciudad de Dinán.
Dinán, población medieval, desarrollada en torno al
imponente castillo feudal, había pertenecido a los duques de
Bretaña y había encontrado un gran desarrollo en la
fabricación de tejidos, muy solicitados hasta del exterior;
si los banqueros florentinos habían decidido suplantar a los
judíos en la administración de las finanzas locales.
Ciertamente, la historia por siglos no había sido muy
benigna con la ciudad: muchas veces asediada y conquistada
por los ingleses en el siglo XIV, últimamente se había
dejado arrastrar a la revolución de 1675 con Rennes, y había
sufrido las consecuencias. Pero había seguido siendo una de
las cinco ciudades donde se reunían los Estados generales de
Bretaña: la última secesión tendrá lugar en 1717.
Los biógrafos monfortianos discuten sobre el nombre del
grupo misionero. Pero no eran los lazaristas de san Vicente
de Paúl y menos aún otros religiosos organizados.
Probablemente, siendo Dinán un territorio bretón, es más
fácil pensar que la organización estuviera confiada a
Leuduger, quien, como lo hacía con mucha frecuencia, se
servía de colaboradores directos que congregaban en el lugar
un número suficiente de misioneros del clero diocesano y
religioso local. Si es que, realmente, el mismo Leuduger no
fue de la partida.
Hasta donde era posible, a cada misionero se permitía elegir
el papel y tarea que iba a desempeñar en la predicación.
Montfort, y Maturín, eligió el oficio de catequista de los
niños, de los enfermos y de los pobres. Dado que la misión
para los niños se desarrollaba en la mañana tardía, Montfort
podía encontrar el tiempo para escuchar las demás
predicaciones, y para aprender la técnica, diríamos, si no
conociéramos las capacidades de la persona. Algunos ecos de
la misión lo tenemos en las biografías: una tarde, ya en la
noche, Luis María vuelve a la casa de los misioneros con una
pesada carga a las espaldas; con el grito: "¡Ábranle a
Jesucristo!", avanza hasta su propio cuarto donde coloca el
pesado fardo: un ulceroso a quien asistirá personalmente
hasta la muerte.
Encontrará también la forma de dar una amable sorpresa al no
darse a reconocer a su propio hermano, Gabriel Grignion,
ahora sacerdote dominico, precisamente en el convento de
Dinán, y en cuya iglesia iba a celebrar las primeras
veces...
Pero realizará, además algo muy importante: logrará
organizar un grupo de señoras que prepararán siempre una
sopa caliente para sus pobres. Un testimonio, considerado
válido en los procesos de beatificación de Luzón en 1867,
dejará una afirmación bastante sorprendente: «Una
institución suya importante sobrevive aún en Dinán, el
hospital al que su caridad dio nacimiento...».
¿Nacimiento, o más bien, nuevo impulso?
Aunque Grandet insinúa cándidamente que Montfort fue a Dinán
porque necesitaba aprender, aprendió de todos modos muy de
prisa, dado que inmediatamente después de la predicación
general, consiguió dar una misión especial para los
militares, como había hecho ya antes en Poitiers. Logrados
los permisos necesarios, se dedica solo, con Maturín, a la
predicación, que resulta muy fructuosa. Una señal la tenemos
al constatar que logró erigir la cofradía de San Miguel en
la guarnición.
También las misiones que siguen en San Suliac, a diez
kilómetros de Dinán en la desembocadura del Rance en el
golfo de San Maló, y el curso de ejercicios para las dos
terceras órdenes franciscana y dominicana de Becherel, al
sur de Dinán, lo mismo que las misiones de Baulón, de Le
Verger, de Merdignac casi en los suburbios de Rennes, lo
mantienen ocupado durante todo el invierno. Este ministerio
es directamente previsto y dirigido por Leuduger, gracias a
lo cual Montfort tiene la oportunidad de aprender
directamente del maestro sin intermediarios.
Viene luego la misión de La Chèze: donde quizás es jefe de
misión. Hospedado en el castillo de los duques de Rohán,
duerme sobre la desnuda roca. ¡Lástima que de esa
permanencia el futuro heredero, el cardenal Eduardo, no haya
aprendido nada, él que utilizará no menos de 600 campesinos
para sus cacerías... Pero a nosotros esta misión tiene que
importarnos mucho.
«Parece que la divina Providencia los haya llevado allí para
la realización de una obra que le había sido reservada.
En esa pequeña parroquia había una capilla grande dedicada a
la Virgen santísima bajo el título de Nuestra Señora de los
Dolores. Desde hacía muchos siglos había sido abandonada; no
tenía techo y dentro estaba toda llena de zarzas y malezas.
El gran apóstol de Bretaña, san Vicente Ferrer, en el curso
de sus misiones, la había encontrado en ese estado y
mientras predicaba en el entorno al pueblo, después de haber
deplorado vivamente el abandono y expresado el deseo de
ponerle remedio, había asegurado "que esa gran empresa
estaba reservada por el cielo a un hombre que el Altísimo
haría nacer en tiempos lejanos; ese hombre llegaría casi
desconocido y sería muy contrariado y escarnecido, no
obstante, con la ayuda de la gracia, llevaría a feliz
término la empresa". Son las palabras utilizadas en una
carta que el párroco de La Chèze, Francisco Jager, escribía
al obispo de Saint-Brieuc, Hervé-Nicolás Thibault du
Bregnon.
No se dice que el misionero (Montfort) estuviera al tanto
de esa predicción donde no hubiera podido menos de
reconocerse...» (Pauvert, 226).
La capilla fue, efectivamente, reconstruida bajo el impulso
y la dirección de Montfort. Luego, sobre el fruto de la
misión y la obra realizada por el misionero mismo, hablará
precisamente Leuduger en el Bouquet de mission:
«En la parroquia de La Chèze donde estoy escribiendo durante
la misión de 1712, se encuentra una capilla de Nuestra
Señora de la Cruz, donde sobre el altar construido a estilo
romano, hay un calvario con tres cruces: la Virgen se halla
al pie de la central con Nuestro Señor Jesucristo muerto
entre los brazos y sobre la balaustrada que rodea todo el
altar están las imágenes de los santos que estuvieron
presentes en la pasión. Después de la misión que se dio en
1707, todos los días se recitan en esta capilla tres
rosarios en coros alternos: la primera después de la misa,
la segunda un poco antes de mediodía, y la tercer por la
tarde...».
La restauración de la iglesita no pudo realizarse durante
los pocos días de la misión y no podía detener a Montfort
más allá del período del compromiso apostólico: entre tanto
terminaba las otras misiones. Se fijo para el 12 de junio,
fiesta de Pentecostés, la inauguración de la restauración.
En esos días seguramente en Plumieux, tuvo conocimiento de
la muerte de la señora de Montespán, por quien debía
alimentar gran reconocimiento.
Tras la inauguración, Leuduger lo llama a trabajar en la
ciudad, en Saint-Brieuc, para dictar cursos de ejercicios
espirituales en el convento de las Hijas de la Cruz, a
quienes luego dará a parte conferencias especiales. La
finalidad de Leuduger es llevarlo a ejercitarse en los
cursos de ejercicios espirituales a las diversas categorías
de personas, hombres y mujeres, muchachos y muchachas,
casados y solteros, todo siguiendo un esquema de ocho días
establecido precedentemente por el famoso jesuita Vicente
Huby, maestro de Leuduger, convencido como estaba éste de
que podría inspirar propósitos de santidad a los campesinos,
hombres y mujeres, aunque estuvieran dedicados a los rudos
trabajos del campo.
El reglamento de esos ejercicios exigía un desarrollo
observado siempre en forma tenaz: se comenzaba la jornada a
las cinco de la mañana, con la primera meditación, la
celebración de la misa seguida de cantos y oraciones en
coro; a las 8,30, primera conferencia-exhortación, espacio
para la oración y reflexión personales. El almuerzo a las
12,45, seguido inmediatamente de la explicación de cuadros
de carácter más simbólico y alegórico que realista sobre la
pasión, los sacramentos, los pecados mortales, el hijo
pródigo, el infierno, la vida de Jesús y de María. Luego
visita a la capilla, y un momento de reposo. A las 14,30,
nueva conferencia-exhortación y las 17 la segunda
meditación. La cena a las 18,30 seguida de comunicaciones e
ilustraciones sobre la confesión general, sobre la práctica
de la vida cristiana, sobre las virtudes. Una oración en la
capilla a oscuras, ante un cuadro transparente de papel
aceitado iluminado por detrás para hacer revivir algún
momento de la pasión del Señor y cierre de la jornada.
Los ejercicios duraban ocho días en completo silencio, pero
cada uno de los participantes era seguido personalmente por
el predicador, porque no se debía dejar nada a la sugestión
o la impresión del momento; todo debe florecer en un
esfuerzo personal de reflexión, de iluminación y de gracia.
Nótese todavía que la clausura del curso preveía un
compromiso personal de cada uno, delante del Santísimo
Sacramento y de las Sagradas Escrituras, de aceptación y
sometimiento a la Palabra de Dios, de fidelidad a la cruz a
la cual debían consagrarse con sacrificios espirituales y de
apostolado.
Los predicadores eran escogidos personalmente por Leuduger.
Y cada uno de los seleccionados, sobre todo si repetían
diversas veces la misma predicación, acababa por dejarse
envolver por el espíritu apostólico propio de un alma
exquisitamente misionera. Leuduger le advertía:
«Le digo con el Apóstol que si quiere entrar en el número de
los elegidos de Dios, si quiere participar de su amor, debe
revestirse de la intensidad de su misericordia; haga lo
mejor que pueda para aliviar al prójimo en sus necesidades
tanto de cuerpo como de alma».
Y Montfort fue uno de los elegidos para ese ministerio que
como ningún otro llevaba Leuduger en el corazón, como lo
llevaron Maunoir y Huby. Después de esa experiencia Luis
María fue enviado precisamente a su Montfort-la-Cane, la
ciudad donde había vivido, la iglesia donde había sido
bautizado. Probablemente fue constituido jefe de misioneros,
porque fue suya la idea de levantar una cruz al término de
la misión sobre la colina llamada Butte-de-la-Motte. Pero le
llegó al momento el veto del señor del lugar, Tremoille, y
no pudo hacer nada.
«¿No quieren que este pequeña colina sea santificada? ¡Muy
bien! ¡Vendrá el día en que se convertirá en lugar de
oración!»
En 1850 sobre la colina de Butte-de-la-Motte se edificará la
nueva iglesia parroquial.
En la misión, Montfort está acompañado de su factótum,
Maturín, y quizás del hermano Juan. Aceptará también
detenerse en la factoría paterna de Couascarre para un
almuerzo, pero con "muchos de sus amigos", los pobres. Por
mucho tiempo se hablará de una predicación suya nunca hecha,
o mejor, hecha sin palabras: consistió solamente en la
contemplación de la cruz a la que el Papa había concedido
tantas indulgencias, concluyó con una vuelta entre los
presentes, invitados cada uno a besar al crucifijo con un
dulcísimo: «¡Mira a tu Salvador! ¿No te pesa haberlo
ofendido...?»
Después de Montfort-la-Cane, ya en otoño, Leuduger lleva
consigo a Montfort a su muy amada Moncontour. Habían
transcurrido treinta años de la misión hecha por Maunoir, en
la cual había participado el mismo Leuduger antes de ser
párroco, en 1678. La ciudad había quedado como un tesoro en
el corazón de Maunoir, porque allí había fundado el local
del Hospital, contiguo al cual, Leuduger había levantado en
seguida una casa de ejercicios espirituales.
Montfort
llega al lugar precisamente en plena mitad de la fiesta
regional, quizás la de San Maturín, titular de la iglesia
parroquial, que se celebraba del 6 al 13 de noviembre. Por
ello se mete en medio del gran baile al que, escandalizado,
logra hacer cesar poniéndose de rodillas en medio de todos e
implorando que todos hagan lo mismo "para tranquilizar a la
justicia divina". Ese gesto lo había hecho ya antes que él
Le Nobletz, y por tanto no era nada increíble. Logró incluso
obtener del alcalde la seguridad de que la fiesta regional
sería trasladada a los días de entresemana para no hacerla
coincidir con el día del Señor.
También allí, se había reservado Montfort el catecismo a los
niños, a los pobres y a los enfermos. Pero precisamente en
la capilla de Hospital tuvo lugar el triste suceso. La culpa
en realidad no era toda de Montfort, muy por el contrario...
Estaba demasiado acostumbrado a ver a las asistentes
enfermeras de años atrás con la superficialidad de estas
otras y el descuido por corregir o poner límite a abusos y
desórdenes... Añádase, además, que el acudir frecuentemente
a su predicación interesase a ciertas damas y damiselas de
buena sociedad, convencidísimas de que debían lucir procaces
adornos de lujo (como convenía a la burguesía local). Al
término de una predicación particularmente impactante, el
misionero hace desfilar en presencia suya al auditorio para
besar el crucifijo de Roma. Cuando se da cuenta de actitudes
especiales poco edificantes, tanto en las enfermeras como en
las personas, para una función que debía alcanzar el tono de
la reparación, se rechaza a presentar la cruz para el beso.
Pero la cosa no termina ahí. Habiendo participado al sermón
conmovedor de Leuduger sobre las penas de los difuntos y
sobre el culto de los pobres difuntos olvidados y que
esperan sufragios y ayudas, el fervoroso de Montfort,
recorre de improviso la platea para hacer una colecta
abundante con el fin de recoger fondos para santas misas de
sufragio, y ciertamente no para sí.
Esta fue la clásica gota que indispuso al grupo de colegas
respecto del impetuoso Montfort. Leuduger, ciertamente a
pesar suyo, tendrá que pedirle que abandone la misión e
incluso su grupo...
No nos atrevemos a culpar a Leuduger en lo más mínimo o
acusarlo por la ruptura de relaciones entre los dos grandes
misioneros, pero no aceptamos colocar a Grignion en la lista
de los acostumbrados perseguidos y de las víctimas.
Él mismo se buscaba cruces. No eran culpables de todo
quienes le reprochaban modos de actuar poco ortodoxos. Esta
vez, además, encontrándose en un grupo misionero, donde,
para utilizar sus propias palabras, deber ser «la obediencia
en esta compañía –lo mismo que en la de Jesús– el fundamento
y el apoyo inquebrantable de toda su santidad y de todos los
frutos que Dios produce y producirá por ministerio».
Sabemos que una de las normas más férreas del grupo de
Leuduger prescribía que nunca ni de ninguna forma o momento
debían pedir limosnas a las gentes y contentarse solamente
con lo que podían recibir para el sustento durante la
misión. El mismo Montfort establecerá que sus misioneros
tendrán que observar otra norma, la de la docilidad:
«Obedecen a todos los superiores en cuanto a lo exterior, al
lugar, tiempo y demás circunstancias de la misión en sí
mismas indiferentes pero que vienen a ser muy saludables e
importantes cuando están reguladas por la obediencia».
Uno de los mejores biógrafos de Luis María, Besnard,
apostilla así el acontecimiento:
«Nada más laudable, e incluso nada más necesario que el
desinterés en el ejercicio del santo ministerio. Montfort no
pensaba ciertamente faltar a esa regla, tanto más cuanto que
ya tenía la costumbre de no aceptar honorario alguno por sus
misas. Por otra parte, ya fuera que ignorara la regla fijada
por los misioneros, ya que un imprevisto movimiento de celo
en favor del alivio de las almas del purgatorio, no hiciera
caso a esa regla. De todos modos, esta falla no podía hacer
olvidar todo el bien que hacía... ni debía hacer pasar como
falta imperdonable la voluntad de haber actuado un tanto por
precipitación, es decir, al querer hacer una obra buena sin
haberla previamente acordado con aquellos a quienes debía
referirse» (BM, I, 142).
Cuáles fueran las razones, hay de hecho una carta de algunos
años más tarde, escrita por Leuduger y enviada a Montfort,
en la que le ruega tome en sus manos el propio grupo
misionero que, a causa de su edad avanzada, no podía ya
dirigir. Pero en este momento «parece claro que la divina
Providencia con sus propios designios, quería hacer entrar a
Montfort en una carrera donde pudiera ejercer sus funciones
con la santa libertad del Evangelio. Esto, además, lo
constataremos en el resto de su vida misionera, sea cuando
trabaje solo, sea con aquellos que él mismo se iba
asociando...» (ib.).
Como si dijéramos: había aprendido el oficio, ahora podía
también trabajar solo.
Capítulo decimosexto
UNA ACCIÓN MISIONERA TOTALMENTE
DIFERENTE
Abandonada, pues, Moncontour y la importante experiencia
misionera con Leuduger, Montfort, aunque a pesar suyo –pero
no demasiado, en fin de cuentas, si la lección le dicta sólo
algunos años más tarde idénticas normas para su propio
grupo– siente la necesidad de retirarse al silencio para
recoger las ideas, para orar y precisar un programa
apostólico personal. Regresa a Montfort-la-Cane, donde
durante la última permanencia había logrado arreglar el
antiguo lazareto de los cruzados –San lázaro, precisamente–
restaurando la capilla del siglo XIII. No era propiamente
una ermita, pero sí un lugar de referencia considerado "su
residencia ordinaria por dos años", precisa Besnard. El
gerente de toda la construcción levantada en torno al
antiguo núcleo, luego de darle todos los permisos, regulaba
el flujo de gentes que cada día quería entrevistarse con el
misionero. Hay que recordar que la zona formaba parte del
Priorato cuyo Fermier général seguía siendo su
padre Juan Bautista.
Sobre el
vetusto altar había colocado una "bellísima" estatua de
Nuestra Señora de la Sabiduría, y ubicado en el centro de la
capilla un "bellísimo" reclinatorio al cual había asegurado
una camándula con granos gruesos como un "pulgar", para que
los visitantes pudieran usarlo. Las citas son siempre del
mismo Besnard. Precisamente en esos días de finales de otoño
de 1707, el obispo de San Maló, mons. Vicente Francisco
Desmaret, de paso por la región, había dado oídos a un
violento ataque contra el misionero descrito como capaz de
«congregar tropas de vagabundos, de mantener en la ociosidad
a los pobres..., hombre que pretendía solamente hacerse
notar con sus singularidades para hacerse famoso en el
mundo, mientras en el fondo no era más que un impostor» (BM,
I, 148-149).
Aquel venerando clero, cómodamente sentado a manteles de
fiesta con su Pastor, gozaba a las mil maravillas de la
reprimenda que el prelado propinaba al humilde sacerdote, ya
que había logrado ocultar el verdadero motivo de tanta
acritud: a saber, no poder soportar que tanta gente acudiera
a San lázaro desertando de sus iglesias... Mientras el
obispo está acabando la condena con la suspensión de las
facultades ministeriales en toda la diócesis, aparece el
párroco de la vecina Breal, Pedro Indré que había bautizado
a Luis María cuando era deán de Montfort. Al advertir la
marcada hostilidad de los presentes, se dirige al obispo con
una petición explícita de llevar a su parroquia a ese
sacerdote condenado, porque deseaba que diera un curso de
ejercicio espirituales a la juventud.
«El obispo de San Maló, conocedor de los méritos superiores
de aquel párroco, entendió al momento que su testimonio
indirecto en favor de Montfort servía al menos para
emparejar todo lo que los otros habían dicho en contra...»
(Ib. 150).
Muy alegre de autorizar la predicación, el prelado restituye
a Grignion todas las facultades recién suspendidas. Como se
ve por las palabras de Besnard (cap. 68), no se trata aquí
de un obispo enemigo, un jansenista..., sino de un obispo
mal informado. Tendremos que cambiar el juicio sobre él sólo
algunos años después, cuando se rechace aceptar la bula
Unigenitus del Clemente XI... Pero, entonces, 1717, Luis
María estará ya en el paraíso para alcanzarle el don de un
maravilloso regreso a la unidad católica diez años más
tarde.
Era, de todos modos, el empujón que le daba la Providencia
para que se decidiera a trabajar en serio como misionero.
Después de Breal y hasta el verano de 1708, se dedicará a
las misiones por lo menos en cinco parroquias de la misma
diócesis, para culminar una vez más en su tierra natal para
un curso de ejercicios a muchachas y casaderas. En los
momentos intermedios gusta de permanecer en San Lázaro. Pero
durante esta última permanencia escoge una guardiana para su
Virgen de la Sabiduría. Quizás tenía conciencia de haber
terminado su labor en la diócesis de San Maló. Y de hecho,
el obispo que se hallaba de visita pastoral precisamente en
la región, más para hacer callar a aquellos benditos
sacerdotes que por mala voluntad frente al misionero, le
ordenó limitar sus predicaciones sólo a las iglesias
parroquiales. La limitación llegó oportuna como nunca,
porque le llegaba una invitación explícita de Juan Bautista
Barrin, vicario general del Nantes. Gilles de Beauveau,
deseaba tenerlo en su diócesis para una tarea misionera que
va a durar tres años.
Lo veremos lanzadísimo en cerca de veinte misiones
parroquiales, algunas realizadas al mismo tiempo en tres
diferentes iglesias de la parroquia, en cinco o seis cursos
de ejercicios espirituales, abiertos a la gente y otros más
cerrados y exclusivos para comunidades religiosas o para
asociaciones.
Dos años de trabajo incansable, desde el verano de 1708
hasta septiembre de 1710, de trabajo incansable. Nadie lo
discute, es jefe de equipo, dirige de cuando en cuando
grupos de colaboradores, entre los cuales, alternando con
jesuitas, capuchinos y sacerdotes del lugar, tendrá siempre
un sitio el mismo vicario general Barrin lo mismo que Pedro
Des Bastières que lo seguirá luego por otras diócesis, en
más de cuarenta misiones.
En la memoria de Luis María esos dos años borrarán el mal
recuerdo de los meses pasados en tan inútil aburrimiento en
la comunidad de San Clemente, que, abandonada ahora por los
sulpicianos, vegeta y corre el riesgo de anularse. El clero
diocesano se ha abierto entre tanto a las nuevas
impostaciones pastorales de mayor estabilidad para la
práctica religiosa; pero permanecen siempre regiones, sobre
todo en el campo, donde todavía queda todo por hacer, donde
hay que implantar un cristianismo, simbolizado en esas
cruces que Montfort hace erigir siempre al término de sus
misiones.
Pero lo que hay que convertir no son las tierras, son las
almas. Y las almas de los campesinos no interesan a los
ricos, a los poderosos, a los diplomados que sólo buscan el
dinero de aquella pobre gente que cultiva y mantiene sus
rentas. Montfort chocará fuertemente contra esa categoría de
malos cristianos, amos de esclavos. Por ejemplo, contra ese
tal Pedro du Cambout, marqués de Coislin, convertido en
duque a la muerte del padre; un personaje a quien San Simón
describe "perverso, peligroso, demasiado entregado a las
diversiones, que no respeta a nadie...", que no hay que
confundir con el cardenal Pedro de Coislin, muerto en
febrero de 1796 y que nunca fue duque.
Cuando Montfort, en la restauración de la ruinosa iglesia de
Cambon, haga quitar los escudos de armas y, más aún, cuando
más tarde, se dedique de lleno a levantar en la landa de la
Magdalena, en Pontchâteau, el famosísimo Calvario, siempre
en territorios de aquel malvado señor, acabará por chocar de
frente con el duque y con los manejos religiosos y políticos
de su prepotencia. Ni siquiera el obispo amigo Beauveau y su
vicario Barrin lograrán salvarlo de la ira furibunda de
duque Coislin.
Entonces, aparentemente derrotado, se retira a la ciudad en
esos meses de invierno, para la oración, y sale sólo para
dedicarse a obras de caridad: dará origen así al pequeño
Hospital de los Incurables y madurará la idea del de los
Convalecientes; durante la inundación de Loira lo
encontraremos entre los primeros y más incansables
socorristas de quienes huían. Dejará a Nantes y la diócesis
a finales de 1711.
Ya al mes siguiente lo encontramos en la diócesis de Luzón,
donde llamado por ciertos sacerdotes, da algunas misiones.
Hay quienes lo invitan e inmediatamente después lo echan
fuera a causa de los chismes que circulan contra él. Pero en
abril da un curso de ejercicios a los seminaristas. El
obispo, mons. Juan Francisco De l'Escure, tras oír hablar de
él lo llama a predicar, sobre el rosario, en la catedral el
10 de mayo. Montfort se desfogará contra los enemigos
clásicos del rosario, los albigenses, ignorando que el
obispo es oriundo de Albi... Por fortuna el obispo tiene muy
buen sentido y no se resiente por ello.
El día siguiente, 11 de mayo, llegará a la ciudad que lo
albergará como infatigable misionero hasta la muerte, La
Rochelle.
Como todos saben, La Rochelle era la rocafuerte de los
hugonotes, aquellos protestantes calvinistas franceses que
se convirtieron más en partido político que religioso, y que
habían logrado atrincherarse en la ciudad constituyéndola en
una especie de contracapital. Luis XIV, haciéndose el que
creía en la conversión de los hugonotes, en 1685 los había
eximido del tremendo edicto de Nantes de un siglo antes.
Pero en lugar de pacificarse, la lucha política y religiosa
proseguirá pasando por entre frágiles acuerdos basados las
más de la veces en engaños y componendas, hasta una nueva
proclama de pacificación que no satisfará a nadie...; pero
en ese 1788 se vivía en vísperas de la Revolución.
En la confusión político-religiosa el jansenismo había
hallado humus abonadísimo, a menudo, alimentado por
un galicanismo manifiesto o solapado. Aquí, entre esta
gente, podía Montfort sentirse a sus anchas en el sitio del
ideal del Misionero Apostólico, como se lo había querido
crear para Francia, demasiado expuesta a las desviaciones
doctrinales y cismáticas.
Por otra parte, la diócesis de La Rochelle, además de un
buen clero gozaba de la presencia providencial de un
excelente Pastor, mons. Esteban de Champflour, vicario antes
de Clermont, que había obtenido esa sede de La Rochelle en
1703 "con sus solas fuerzas", como anota Grandet. Como
obispo, había encontrado en la diócesis más vecina, la de
Luzón, otro importante obispo, ya amigo y colega en San
Sulpicio, mons. De l'Escure. Precisamente en esos meses los
dos belicosos prelados se habían levantado resueltamente
contra el cardenal De Noailles de París que había aprobado
las Reflexiones morales de Quesnel y habían llegado
hasta hacer colocar en las puertas de Notre Dame en la
capital y en el palacio del cardenal una Instrucción
pastoral suya de condenación del 15 de julio de 1710. El
cardenal se había vengado al momento haciendo expulsar de
San Sulpicio a los nietos de los dos obispos. Pero fue
precisamente la algazara causada por esa Instrucción
y la obstinación del cardenal lo que hizo que Luis XIV se
resolviera a pedir al Papa una clarificación final acerca
del jansenismo, clarificación que en 1713 se convertirá en
la bula Unigenitus. El cardenal rehusará en un primer
momento la adhesión a la bula papal, para acabar con
retirarse de la rebelión, aunque no pareció nada convincente
ni siquiera a la hora de la muerte...
La mención
de los dos belicosos obispos de Luzón y de La Rochelle, nos
facilita comprender el espíritu con que pidieron y
obtuvieron la colaboración pastoral de Luis María de
Montfort.
Tras una prueba en la parroquia de L'Houmeau, se pidió a
Montfort dar una misión general a toda la ciudad de La
Rochelle. Fue ésta sin duda alguna la misión más larga y
comprometedora de toda su carrera: casi cuatro meses, en los
que, muy distintas, se tuvieron por lo menos tres misiones:
a los hombres, a las mujeres y a los militares. La gran
misión tendrá su solemne epílogo en la procesión eucarística
que culminó en la erección de las cruces, descrita
minuciosamente en el dibujo de un empleado comunal, Claudio
Masse, que nos ofreció, además de la descripción del
acontecimiento, la noticia de que en la organización de la
ceremonia estaba un hermano de Montfort, Gabriel Francisco,
que se retirará como capellán del Hospital de Iffendic,
cerca de la casa paterna, donde morirá un año después de su
santo hermano.
Para proseguir la colaboración, mons. De L'Escure de Luzón,
pedirá el préstamo del misionero para una predicación en la
abandonada isla de Yeu, donde iniciamos nuestro recorrido.
Terminada esta misión en Pascua de 1712, Montfort se quedará
todavía para algunas predicaciones y misiones en la diócesis
de Luzón, que lo tendrán ocupado hasta finales de julio.
Tras las extenuantes fatigas de esos meses, Montfort
descansará a su manera, dedicándose al más variado
apostolado en los suburbios de La Rochelle: predicará
ejercicios a la gente y las Hermanas Clarisas. Entre tanto
podrá disfrutar de la casa que una buena mujer le había
cedido casi a modo de reconocimiento por todo el bien
realizado en la diócesis. Esa casa recibirá el nombre de
"ermita", dedicada al gran profeta Elías, San Eloy. Allí se
retirará con los colaboradores para descansar y preparar
nuevas misiones. A veces quedará solo o con los hermanos
laicos y entonces trabajará en obras que quedarán para
siempre después de él: la redacción definitiva de las
Reglas de Instituto de las Hermanas Hijas de la Sabiduría
para la dirección de escuelas gratuitas y sobre todo la
composición del inmortal Tratado de la Verdadera Devoción
a la santísima Virgen, y la Carta circular a los
Amigos de la cruz.
En julio
vuelve a comenzar el trabajo apostólico hasta Navidad de
1712, pasando luego otros meses en la tranquilidad de San
Eloy: debe atribuirse a este período un intento de
envenenamiento del cual es víctima, obra de no identificados
hugonotes. Se salvará gracias a un pronto antídoto, aunque
tendrá que padecer por largo tiempo molestas consecuencias.
De repente, no sabemos si invitado o de propia iniciativa,
Luis María parte para París a hablar con los sucesores de
Poullart des Places, que le había dado la seguridad de
refuerzos para las misiones. Algo logrará, sin duda, aunque
haya cambiado mucho la situación de las dos obras a partir
de 1703. Lo recibieron con respeto, pero también con
reservas. Todos debían saber que entre Montfort y Poullart,
el fundador muerto en 1709, existía un compromiso por el
cual en París, en el Seminario del Espíritu Santo, se
prepararían misioneros que se unirían a Grignion. Pero en
1713, las cosas eran un tanto diferentes: el acuerdo estaba
en pie, pero no obligaba, tanto más cuanto que los
Directores del seminario no podía exigir mayor cosa de los
seminaristas que no eran religiosos... Montfort,
honestamente, antes de redactar una Regla definitiva para su
Compañía de María, quería dar a conocer, si no el texto al
menos las líneas fuerza de su creación... De todos modos, de
ese viaje a París llevó consigo un renovado empeño de
colaboración: tan cierto es esto que desde ese momento
cambia el nombre del grupo existente llamándolo con el
apelativo derivado de París: Comunidad del Espíritu
Santo. De París llegará durante su vida, solamente el P.
Adriano Vatel, aunque éste corría en realidad tras un
destino diferente, y tres sacerdotes para la última misión
de San Lorenzo.
Pero a
fines de agosto, está de regreso en La Rochelle, donde se
empeña en una quincena de misiones hasta agosto de 1714,
cuando –tampoco aquí sabemos si invitado o no–, aprovechando
de una misión en la diócesis de Coutances, en la ciudad de
Saint-Lô, irá a encontrarse con otro amigo de infancia, Juan
Bautista Blain, canónico de Ruán.
Montfort y Blain se habían alejado, tras un último tentativo
de San Sulpicio para sacar a Luis María del abyecto
cuchitril del Pot-de-Fer, en 1703, y hacerlo regresar a la
normalidad. Las vicisitudes los habían alejado físicamente a
los dos: Blain, siguiendo a mons. Claudio Mauro d'Aubigné,
se había detenido en Ruán, donde como solicitado predicador,
amigo de san Juan Bautista de la Salle, responsable
eclesiástico del nuevo instituto de las hermanas del Sagrado
Corazón d'Evremont, equilibrado canónigo de la catedral, se
podía considerar un integrado, un afortunado, muy sulpiciano
en la regularidad de una vida ajustada y corriente... De
todos modos, Blain había realizado una afortunada carrera
eclesiástica que lo había enriquecido de experiencia y
responsabilidad.
Después de 11 años vuelve a encontrarse. Realmente hubieran
debido encontrarse en la mitad del camino entre Saint-Lô y
Ruán; pero a última hora Blain había tenido que regresar a
la ciudad, donde esperó a Luis María. Este, en compañía de
un joven hermano laico, Nicolás, hacia el mediodía, después
de haber recorrido los últimos veintiséis kilómetros en esa
mañana, llega a la cita; pero ¡en qué estado! Blain relata:
«A pie, en ayunas, con una cadena de hierro a la cintura y
en los brazos..., muy cambiado, agotado, destruido por el
trabajo y las penitencias; quedé convencido de que su fin no
podía estar lejos, aunque entonces sólo tenía cuarenta o
cuarenta y un años...» (Blain, 331).
Afortunadamente Blain será el primer biógrafo de Montfort y
nos dejará el relato de toda la discusión con él en esos dos
o tres días. Pronto logran hallar la misma confianza de
otros tiempos –aunque estamos seguros de que existió entre
ellos un intercambio de cartas, si no frecuente, sí asiduo,
con el que se mantenían en contacto. Descubrir esas cartas
sería un elemento decisivo para la plena comprensión de
muchas vivencias monfortianas. Blain constituía el último
anillo que todavía lo ataba a San Sulpicio–.
El amigo "sulpiciano" tiene la posibilidad de clarificar
tantas habladurías o verdades que corrían sobre lo
"extraordinario" de ese hombre por el cual había sufrido con
sólo oír hablar de las desventuras que le habían tocado en
suerte sobre todo durante aquellos años de sacerdocio.
Y ahí está, pronto a comenzar una buena y precisa discusión
con el misionero, que parece hasta descansar en ese calmado
y sereno diálogo, del cual retomamos aquí los puntos más
importantes.
Sobre la extravagancia, sobre la excentricidad, por ejemplo.
«Pero, ¿dónde encuentras en el Evangelio pruebas y ejemplos
de tus modales excepcionales y extraordinarios?, ¿por qué no
renuncias a ellos?, ¿o no pides a Dios la gracia de
deshacerte de ellos? Los rechazos, las contradicciones, las
persecuciones te siguen por todas partes, porque con tus
extravagancias las atraes. Harías mucho más y encontrarías
muchas más ayudas y auxilios en tus trabajos, si tuvieras en
tu favor algo nada fuera de lo común y no brindaras a los
libertinos y a los mundanos, con tus extravagancias, armas
en contra tuya y contra el feliz éxito de tu ministerio...».
A esto respondió Montfort pausadamente:
«Que, si tenía modales extraordinarios y fuera de lo común,
era muy contra su intención. Que, como los tenía por
temperamento no se daba cuenta de ellos, y que si eran
adecuados para humillarlo, no eran inútiles en él. Que, por
lo demás, había que explicar que se entiende por modales
extraordinarios y fuera de lo común... Que si con ello, se
querían entender actos de celo, de caridad, de mortificación
y de otras prácticas de virtudes heroicas y poco comunes, se
consideraría dichoso de ser singular, en ese sentido, y que
si esta forma de singularidad era un defecto, era el defecto
de todos los santos. Que, en fin de cuentas, con pocos
esfuerzos se gana uno en el mundo el título de singular. Que
esta denominación le caía a uno con seguridad con un poquito
que no quisiera parecerse a la multitud, ni acomodar la vida
a los gustos de ésta. Que era una necesidad ser singular en
el mundo, si uno quiere alejarse de la multitud de los
réprobos. Que siendo pequeño el número de los elegidos, era
necesario renunciar a encontrar sitio entre ellos o a
singularizarse junto con ellos, es decir, a llevar una vida
muy opuesta y diferente a la de la multitud.
Y añadió que hay diferentes clases de sabiduría, como hay en
ella grados diferentes. Que una era la sabiduría de una
persona de comunidad en su proceder, y otra la sabiduría de
un misionero y de un varón apostólico. Que la primera no
tenía nada nuevo que emprender, le bastaba dejarse guiar por
la regla y las prácticas de una casa santa. Que los otros
tenían que buscar la gloria de Dios, a expensas de la suya,
y con la ejecución de nuevos proyectos. Que, por
consiguiente, no había que extrañarse, si los primeros se
quedaban tranquilos, manteniéndose ocultos, y si no hacían
hablar de ellos, al no tener nada nuevo que emprender. Pero
que los segundos, al tener que librar continuos combates
contra el mundo, contra el diablo y los vicios, tenían que
recibir de parte de ellos terribles persecuciones. Y que es
una señal de que no se causa mayor miedo al infierno, cuando
uno sigue siendo amigo del mundo...».
Hay otro argumento que aclarar.
«Lo acusaban de hacerlo todo según su criterio. Que valía la
pena hacer menos bien pero hacerlo en dependencia, consultar
a los superiores y no emprender nada sin sus órdenes ni su
permiso...».
Evidentemente, Blain está al tanto de los episodios de
Saint-Brieuc, de Montfort-la-Cane, y sobre todo, de los
mucho más graves de Nantes y Pontchâteau que había discutido
hasta la corte... Era el punto en que siempre habían
insistido los sulpicianos y que siempre había sugestionado
incluso al buen amigo Blain.
Luis María «estuvo de acuerdo con la máxima, añadiendo que
creía seguirla, en cuanto le era posible y que le
incomodaría mucho actuar por su propio juicio.
Pero que había ocasiones y circunstancias imprevistas y
repentinas en las que no era posible consultar el parecer o
las órdenes de los superiores. Que bastaba en esos casos no
querer hacer nada que uno piense no les grada ni merezca su
aprobación, y estar dispuestos a obedecerles a la menor
señal de su voluntad.
Que, por otra parte, acontecía que obras comenzadas con el
consentimiento de los superiores, no gozaban al final de su
aprobación, sea porque los indisponían gentes mal
intencionadas e indispuestas por falsos informes, sea porque
escuchaban los rumores del mundo y el juicio de sus sabios
casi nunca favorables a las obras santas.
...Que estaba persuadido de que siendo la obediencia el
sello de la voluntad de Dios, no había que apartarse nunca
de ella. Pero que su conciencia no le hacía reproche alguno
al respecto y que vivía, en todo tiempo y circunstancia, en
actitud de obedecer y no hacer nada sino con el visto bueno
de los superiores. Pero que no podía impedir los falsos
informes, las maledicencias, las calumnias, los dardos de la
envidia y los celos que el hombre enemigo sabía hacer llegar
hasta ellos, para indisponerlos contra él y desacreditar,
ante ellos, su persona y sus servicios».
El diálogo se prolongó por largo tiempo, si Blain nos
confiesa:
«Le hice muchas objeciones más que imaginaba no tenían
respuesta. Pero él las deshizo con palabras tan acertadas,
tan concisas y animadas por el Espíritu de Dios, que yo
quedaba desconcertado de que me cerrara la boca en todo
aquello con que yo creía podérsela cerrar» (333-340).
Ese viaje no tuvo resultado práctico alguno, fuera de la
posibilidad de intercambiar un tanto informaciones
fraternas. Y fuera de llevarlo a casa de las buenas hermanas
de Evremont, Blain no pudo dar nada al amigo, en especial si
éste esperaba obtener apoyo y ayuda precisamente en la
"tierra de los santos", en San Sulpicio.
Pero Luis María está acostumbrado a intentos sin resultados.
Algo más recogió, sin embargo, de Ruán: ciertas indicaciones
logradas en la Reglas de las hermanas de Evremont a donde
Blain le había llevado, donde pudo encontrar preciosas
indicaciones que le ayudaron, en esos días, a completar las
Reglas para las hermanas de la Sabiduría, las suyas.
Se facilitó el regreso, gracias a un trayecto hecho por
agua, por el Sena, en un "arca de Noé" que lo descargó en la
Bouille (de donde el nombre de la barcaza). De allí, a pie,
llegó a Nantes, cargando a las espaldas al joven hermano
lego que ya no podía dar paso. Durante el recorrido pudo
celebrar y hasta predicar, por lo menos, en dos parroquias;
el nombre de una de ellas quedará desconocido para siempre.
En Nantes debe completar las operaciones de despeje de la
demolida construcción del Calvario de Pontchâteau, con el
traslado de la estatuas no utilizables. En pocas horas logró
organizar el traslado en un armazón por el Loira, hasta el
Hospital de los Incurables, donde quedarán hasta 1748.
Pero siendo la meta del viaje La Rochelle y teniendo que
pasar por Rennes, trata de hacerse levantar ese odioso
entredicho del obispo, valiéndose, entre otras, de la ayuda
que un importante abogado, el señor Arot, está dispuesto a
prestarle. Arot no era otra persona que uno de los
colegiales orientados por Montfort a las obras de caridad
durante el período de estudios. Un epígrafe dice de este
abogado: Christi optimus odor in vita et in morte...
(El mejor olor de Jesucristo tanto en la vida como en la
muerte).
El
entredicho no será levantado: son todavía demasiado
poderosos los opositores del misionero tanto entre el clero
como entre la burguesía... Alejándose para siempre de la
ciudad de su niñez y adolescencia, donde había vivido los
primeros lances apostólicos y la poderosa llamada a la
virtud, gracias a Bellier y sus maestros jesuitas, Montfort
sacudirá el polvo de sus sandalias...
«Adiós, Rennes, Rennes, Rennes...
Tu futuro causa miedo,
pues te anuncian muchas penas.
Si no
rompes las cadenas
que en tu seno ocultas tienes,
la ruina será tu fin...
Adiós, Rennes, Rennes, Rennes...» (CT 150).
Sin quererlo y quizás sin saberlo, el cántico anunciaba el
devastador incendio que consumirá toda la ciudad el 22 de
diciembre de 1720. Quedaron destruidas 850 viviendas. La
reconstrucción fue lentísima, pero conservó el antiguo plano
visible todavía hoy.
En noviembre se halla de nuevo en La Rochelle. Dedica todo
el mes a la reconstrucción de la sede para las Escuelas
gratuitas en un vetusto edificio comprado a propósito
por el obispo. Luis María se transforma en maestro de obra y
en seis o siete semanas, dirigiendo personalmente el
trabajo, logra abrir las clases para los niños, confiándolas
a un sacerdote, a tres maestros y a un bedel. Para la
apertura de las clases para niñas tendrá que esperar a que
sus Hijas de la Sabiduría se liberen del Hospital de
Poitiers: lo cual tendrá lugar sólo en 1715.
El
invierno transcurre entre una misión y otra, entre
predicaciones, retiros y ejercicios espirituales. Por fin,
en Pascua de 1714 logra tener en el grupo al primer
verdadero misionero de la futura Compañía de María. Es
Adriano Vatel, sacerdote de la diócesis de Coutances,
formado en el seminario del Espíritu Santo de París, de
Poullart des Places. Realmente, Adriano viaja a las misiones
de América, a Canadá, después de haber pedido consejo al
arzobispo de Ruán; desembarca en La Rochelle para
entrevistarse con el obispo a quien debe pedir consejos
morales, pues lo considera como uno de los mejores teólogos
de la época. Al oír que en la ciudad se encuentra Montfort
en persona, decide hablar con él para pedirle cánticos
espirituales que entonar a lo largo de la travesía marítima.
Llega precisamente cuando Luis María está predicando y
honestamente considera que la fama de Montfort es exagerada,
dado lo que oye... «Hay alguien que me hace resistencia;
siento que la palabra regresa hacia mí. Pero ¡ése tal no se
me escapará!». Vatel se siente desconcertado al creer que el
predicador lo interpela... Acude a la sacristía y encuentra
a Luis María que está terminando de leer una carta de un
sacerdote que se excusa de no poder participar en una
misión. «¡Bien!, ¡un sacerdote que no me cumple la palabra!
Y el Señor me envía otro. ¡Padre, es preciso que venga
conmigo; tenemos que trabajar juntos!».
Una vez resueltos algunos problemas financieros con el
capitán de la nave a quien el obispo paga de su bolsillo lo
debido, Vatel «comienza a trabajar con nuestro Misionero,
misionero él también, y primero que en calidad de tal se
unió para siempre a él para dar comienzo a la Compañía, que
el santo varón meditaba de largo tiempo y en la que este
fiel discípulo por espacio de treinta años prosiguió sus
trabajos apostólicos, según el espíritu y método de su
excelente Maestro».
Al relato estilizado de los biógrafos, hemos preferido este
testimonio hallado en los procesos de beatificación, tanto
por su espontaneidad como por la curiosa traducción canónica
que del francés hace la Congregación de Ritos.
Así, los dos misioneros hacen su primera misión juntos en
Taugon-la-Ronde, donde dejan como recuerdo la institución de
dos cofradías: la Compañía de las 44 vírgenes, y los
Penitentes Blancos.
La asociación de muchachas, 44 en memoria de las 144 que
vestidas de blanco acompañan al Cordero, existía en otras
regiones de Francia, pero en estas regiones de noreste
aparecen sólo en tiempos de Montfort. Tenía como finalidad
preservar a las jóvenes de la corrupción del mundo,
alejándolas de los bailes, de la promiscuidad, de los bailes
de enmascarados y de cualquier ocasión de ofender a Dios tan
fácil en su condición. Montfort, dejará para ellas un
Reglamento que hallamos hoy en las Obras Completas
(BAC, 616-617).
De la otra cofradía sabremos más dentro de poco.
Dado que la misión termina el 14 de abril, Montfort tiene
tiempo para una escapada a La Rochelle con el fin de
controlar la organización de las Hermanas de la Sabiduría,
que finalmente llegan de Poitiers. Pero el viernes
siguiente, se halla ya en otra parroquia, e inmediatamente
después, en Nantes para una visita al Hospital de los
Incurables.
«Los vuelve a ver con la ternura de un padre para con sus
hijos. Los animó a llevar con paciencia el dolor, y
recomendó a sus amigos que siguieran sosteniendo esta obra
de caridad con sus ofrendas y prestaciones...».
Desafortunadamente no quedó muy satisfecho de quienes
dirigían la obra y deseó vivamente poder un día confiarla a
sus Hijas.
«Su muerte no trastornó en nada su obra tan bien encaminada,
de modo que la piadosa institución subsiste todavía hoy
(1760) para el alivio de los infelices y la edificación
pública de la ciudad de Nantes» (BM, 155-156).
Aterrizando, siempre para misiones parroquiales, en el
corazón de la riquísima selva de Vouvant, además del inmenso
bien espiritual logrado en favor de los habitantes de la
ruinosa iglesia que logra restaurar, obtiene para sí mismo
el uso de una gruta dentro de la vegetación, como obsequio
de la población, donde pasará horas de oración y
tranquilidad.
«El sendero de esta ermita
va una legua más del bosque,
cruza por bosques y rocas,
hasta do alcanza la vista.
Solos y lejos del mundo,
vamos a servir a Dios.
¿Dónde hallar sitio mejor
y mayor gracia encontrar?
Lejos, muy lejos del mundo,
para servir al Señor.
Tres sendas a este retiro
traen: la de los carruajes,
la que cruza por el bosque
y la que bordea las aguas.
Lejos, muy lejos...» (CT 157,1-3).
Así
cantaba en la que es aún hoy meta de oraciones y de silencio
y llamada precisamente Gruta del Padre de Montfort,
en Mervent.
En pleno
agosto se encuentra en Fontenay-le-Comte, importante centro
comercial y militar. Después de la Revolución se convertirá
en capital de la Vandea. Ya en tiempos de Montfort, Fontenay
tenía un presido notable, y así el misionero había logrado
combinar una predicación también para militares, que en el
último momento debió realizarse al mismo tiempo que la de
las mujeres. Se dio un momento difícil y casi trágico: la
arrogancia del comandante, un tal Du Menis, el tipo de «¡Ud.
no sabe quién soy yo!», estuvo a punto de echar volar por
los aires una misión que se desarrollaba con la mayor
regularidad. La divina Providencia suplió a la arrogancia
con la conversión solemne de dos calvinistas y una
participación total en las funciones de clausura de la
consigna del Contrato de alianza y la construcción de
un Calvario. Un pormenor digno de recordación: la
población era convocada a las ceremonias con 63 toques de
campana, en recuerdo de los años que vivió Nuestra Señora...
El único
que pagó en persona ese triunfo fue Luis María, golpeado con
pies y manos por el enfurecido comandante y sus camaradas.
Si la aventura no pasó de Fontenay, se debió a mons. de
Champflour que bloqueó toda interferencia de la corte de
París...
Precisamente en Fontenay-le-Comte, noventa años más tarde,
nueve días después de haber sido derrotados por las tropas
revolucionarias, los azules vandeanos, antes de partir para
el combate final, victorioso, se detuvieron en oración en
torno a la cruz plantada por el P. de Montfort. «¡Déjenlos
que oren, combatirán mejor!», había dicho el comandante.
Capítulo decimoséptimo
MISIONERO HASTA EL DÍA DE LA MUERTE
Lo que hará muy importante a la misión de Fontenay en la
historia de la Compañía de María, será el encuentro, que
tuvo lugar precisamente allí, entre el fundador y su futuro
sucesor, el sacerdote René Mulot... El suceso merece, sin
duda, más espacio, porque marca el momento decisivo en la
fundación tan deseada por Luis María.
Mulot había oído ya predicar a Montfort cuando, siendo joven
coadjutor de Soulans, había ido a La Garnache. Entonces no
había quedado particularmente impactado. Algún tiempo
después lo había aquejado, «una enfermedad que me llevó a
borde de la tumba. Permanecí largo tiempo entre la vida y la
muerte, de tal suerte que médicos famosos ya me habían
desahuciado» (BM, 462ss).
Por el contrario, logró ponerse en pie, pero tuvo que
trasladarse a casa de su hermano Juan, párroco de
Saint-Pompain. Allí escuchó alabanzas entusiastas de
Grignion de parte de un párroco vecino. Quedó tan
impresionado que quiso hacerlo acudir a la parroquia para
dar una misión. Pero su hermano había ya contratado a otros.
Sin embargo, dado que seguía insistiendo, su hermano le
concedió que tratara de proponerle a Montfort una misión y
escuchar lo que respondiera.
«Así pues, por más débil que me sentía, resolví dirigirme a
Fontenay. Encontré a Montfort en casa de las Hermanas de
Nuestra Señora a quienes predicaba un retiro. Le pedí se
dignara ejercer su caridad y celo apostólico en
Saint-Pompain. Respondió que no podía acceder a mi petición
inmediatamente, comprometido como estaba con otros sitios.
Me pidió que me quedara a almorzar, cosa que acepté
gustoso... Hacia el final de la comida, redoblé yo mi
insistencia para tratar de convencerlo de ir a
Saint-Pompain, diciéndole que si yo hubiera tenido fuerzas y
ciencia suficientes lo habría seguido a todas partes. Cedió
ante mi insistencia, pero pidiéndome que fuera a ayudarle en
la misión de Vouvant ya anunciada. Después iría también a
Saint-Pompain.
El deseo de que fuera, me había llevado a comprometerme más
allá de mis fuerzas.
Luego de informar a mi hermano sobre el resultado del viaje,
me preparé para ir a encontrarme con él pocos días más tarde
en Vouvant. Allí fui testigo de cuanto me habían dicho sobre
los inmensos frutos que alcanzaba en las misiones» (BM,
462ss).
Aquí termina el relato de René Mulot. Podemos completarlo
con lo que ha escrito alguien, Besnard, que conoció a las
personas y la historia.
«...Sin duda Montfort estaba al tanto de los designios
divinos sobre este buen sacerdote. En efecto, en tono firme
y con mirada penetrante, le dijo: “Si quieres seguirme y
trabajar conmigo por el resto de tus días, iré a donde su
hermano, de lo contrario, no voy. Todos tus achaques se
desvanecerán tan pronto comiences a trabajar por la
salvación de las almas. Por esto hay que hacer una prueba en
Vouvant”.
Efectivamente, tan pronto comenzó a ejercer su ministerio,
sintió que le volvían las fuerzas y su salud quedaba
totalmente restablecida en los primeros días en que seguía a
Montfort en su apostolado, sin volver a sentir molestia
alguna. Aquel gran Maestro tuvo así tanta confianza en el
nuevo discípulo que lo escogió por confesor...».
Después de Vouvant, conforme al compromiso asumido, Montfort
dio comienzo a la misión de Saint-Pompain. Allí, el párroco
Juan Mulot se hallaba desde siempre de pelea con un
habitante del lugar, y el desagradable asunto había acabado
por involucrar un tanto a todos, trayendo la pérdida de la
paz y la tranquilidad. Muchos, hasta mons. de Champflour
habían tratado de poner remedio, pero todos habían
fracasado. El párroco, además, tenía otras buenas fallas. Le
gustaba bastante la vida despreocupada y muelle, y la
ligereza del chiste y la charla alegre le hacía descuidar su
ministerio. La misión logró la enmienda del párroco y
restableció la concordia: todo se resolvió con un buen
almuerzo de reconstrucción de la paz, en el cual, se llenó
el estómago y se aligeraron los ánimos.
El grupo misionero de Montfort estaba ahora bien definido:
dos sacerdotes, Mulot y Vatel oficialmente monfortianos,
Pedro Ernault Des Bastières que lo acompañaba por lo menos
desde hacía cuarenta misiones y lo abandonará para siempre
en enero de 1716, algunos hermanos laicos que, aunque no
siempre presentes, formaban parte del grupo: Maturín, el
catequista cantor de campanillas; Juan, consagrado sobre
todo a los pequeños; Pedro, recordado en Vertou; Santiago,
presente hasta en la muerte del misionero; Felipe, Luis y
Gabriel, recordados en el testamento. Era realmente un grupo
excelente, en el que Montfort era el director en jefe,
reconocido por todos.
Después de Saint-Pompain, la parroquia de
Villiers.en-Plaine. Mientras se preparaba a encaminarse a la
nueva misión, le llegó la noticia de la muerte de su padre,
Juan Bautista Grignion, señor de la Bachelleraie de casi 70
años. El único comentario a tan funesta noticia fue aquel
calmado de la Biblia: Deus dedit, Deus abstulit.
Montfort no irá Couascarre para las exequias de su padre: se
lo impiden no sólo los compromisos del ministerio, sino
también el fastidioso entredicho...
Después de Villiers, lo encontramos de nuevo en
Saint-Pompain. Como en todas las parroquias donde da
misiones en este período, también allí fundó la cofradía de
la Compañía de las 44 vírgenes y la de los
Penitentes Blancos.
Esta
última, nacida y difundida en Italia y bastante conocida en
la Francia del sur, "se proponía alejar a los hombres de las
tabernas y de los vicios, de la blasfemia y de la
maledicencia". En el este de Francia la difundió sobre todo
Montfort, quien, habiéndolo encontrado, sabe Dios dónde, nos
dejó también el Reglamento de la asociación.
Ahora bien, los cofrades Penitentes de Saint-Pompain, para
clausurar dignamente la misión parroquial y cumplir la norma
estatutaria que preveía, al menos, cuatro peregrinaciones al
año, pidieron a Montfort que les indicara un santuario a
dónde ir todos juntos. Luis María señala en seguida una
meta: La Virgen de los Dolores de Saumur, el santuario de
tantas plegarias suyas y donde encontraba tanto consuelo y
fuerza.
Para que la peregrinación no se redujera al acostumbrado
"pardon", una especie de paseo parroquial al campo en el
que hallara también sitio alguna obra espiritual, redacta un
pormenorizado reglamento que encontramos, inmediatamente
después del reglamento general, entre las obras de Grignion,
con el título: La santa peregrinación a Nuestra Señora de
Saumur hecha por los Penitentes para alcanzar de Dios buenos
misioneros. Lo conocemos, «copiado en su totalidad del
original, incluido el título, tal como fue escrito por mano
de Montfort».
«No tendrán en esta peregrinación otra finalidad que: 1º
alcanzar de Dios, por intercesión de la Santísima Virgen,
buenos misioneros que sigan las huellas de los apóstoles,
gracias al abandono total a la Providencia y la práctica de
todas las virtudes, bajo la protección de la Santísima
Virgen; 2º alcanzar el don de sabiduría a fin de conocer,
saborear y practicar la verdad y hacerla saborear y
practicar por los demás».
La palabra "verdad" en la versión de Grandet será remplazada
por "virtud"; pero evidentemente se trata de un error de
trascripción.
El Reglamento se extiende pormenorizadamente en prever y
establecer el comportamiento, el vestido, las actitudes, la
forma de caminar y la de ir a visitar al Santísimo
Sacramento en las iglesias, con tal que no sean demasiado
apartadas del camino trazado... Define también cómo
detenerse en el santuario, una vez llegaran a él, cómo
lograr el permiso del sacristán (¡oh!, ¡el poder de los
sacristanes!)... La permanencia en el santuario debía
prolongarse durante dos días, para poder iniciar el regreso
al tercero. Los peregrinos debían elegirse un jefe, llamado
superior, aunque Montfort asignó como asistentes a los
misioneros Mulot y Vatel. El mismo se unirá yendo al
santuario para orar con ellos. Como sabemos cuáles eran los
vínculos con las Hermanas de Juana Delanoue, a quienes
también en esta oportunidad brindó Montfort diálogos y
conferencias, podemos imaginar que los 36 peregrinos fueron
hospedados en el mismo Instituto. El Reglamento no había
previsto una cosa: la nieve particularmente abundante ese
año...
La peregrinación duró siete días. Al regreso, Montfort y su
grupo pusieron fin a la misión con una solemne celebración
eucarística y con la erección de la cruz de la misión.
Concluida también la misión de Saint-Pompain, llega el
momento de abrir otra, la última de su vida, en San Lorenzo
del Sèvre.
Acompañado exclusivamente por los hermanos laicos, el 1º de
abril, miércoles de pasión, se traslada a la parroquia para
la preparación precisa del programa y aprontar cuanto se
necesita para la predicación. Entre tanto los hermanos
enseñan los cánticos y las oraciones. Los sacerdotes
misioneros llegan solamente el sábado siguiente, porque el 5
de abril, domingo de Ramos, comienza la misión propia y
verdadera. En el grupo encontramos, fuera de Mulot y Vatel,
también al párroco de Saint-Pompain, Juan Mulot, a los
sacerdotes Bourhis, Kreuntz y Clisson, llegados del
Seminario del Espíritu Santo de París.
En la mañana del domingo todos marchan en fila para la
procesión en la iglesia parroquial y sólo se espera al
Director que preceda a todos con la cruz..., pero Luis María
se hace esperar en forma increíble, no se sabe bien por qué
motivo. Finalmente llega afanado, de improviso. Toma la
cruz, abre la misión. Pero se le ve tambaleante, parece
tropezar.
Esta misión, por primera vez, coincide con la visita
pastoral del obispo de La Rochelle. Razón de más para que la
predicación de los misioneros llegue mejor a las almas. Esto
lo debe Montfort a su obispo.
Pero de La Rochelle le llega, preocupado y casi desesperado
el grito de alarma para sus fundaciones, las Escuelas
gratuitas y las Hijas de la Sabiduría; ¡tan graves son las
contestaciones y las dificultades que se desarrollan en
torno a ellas!
«...Se diría que el nuevo instituto se hallaba al borde de
la ruina y que una nada hubiera sido suficiente para
destruirlo, tan sacudido estaba».
Era preciso intervenir al momento. Montfort, comprometido
como está con la misión no puede viajar a la ciudad, y
quizás ni su presencia hubiera servido para algo útil.
Entonces, mira, escribe la última, la más hermosa de sus
cartas:
«Hija carísima en Jesucristo.
¡Viva Jesús! ¡Viva su cruz!
Adoro el proceder justo y amoroso de la divina Sabiduría
sobre su pequeño rebaño, albergado estrechamente entre los
hombres para ser instalado y escondido a sus anchas en el
Corazón divino, atravesado por la lanza con esta
finalidad... Si eres realmente discípula de la Sabiduría y
elegida entre mil, ¡qué dulces te parecerán los desamparos,
los desprecios, la pobreza y tu pretendida cautividad,
porque con todos estos tesoros comprarás la Sabiduría, la
libertad, la divinidad del Corazón de Jesús crucificado!...
Sábete que espero mayores y más dolorosos trastornos, que
pondrán a prueba nuestra fidelidad y confianza y cimentarán
la comunidad de la Sabiduría no sobre la arena movediza del
oro o de la plata –de la que se sirve el demonio para
consolidar y enriquecer cada día sus posesiones–, ni sobre
el brazo de carne de ningún mortal, que, por sagrado o
poderoso que sea, no deja de ser más que un puñado de heno,
sino para fundarla sobre la Sabiduría misma de la cruz del
Calvario...
Queridas hijas: Las llevo conmigo en todas partes hasta en
el altar. No las olvidaré nunca...» (Carta 34; BAC,
115-116).
El miércoles 22 de abril de la semana in Albis, mons. de
Champflour llega a la parroquia y encuentra una recepción
triunfal, minuciosamente preparada por Montfort y los otros
misioneros; el Pastor queda particularmente impactado e
impresionado. Pero Luis María no logra físicamente recitar
el discurso de bienvenida; lo sustituye el párroco. Y,
después de mediodía, aunque fatigado y sin fuerzas, logra
subir al púlpito para predicar "sobre el amor y dulzura de
Jesucristo" (ver Libro de los Sermones, pp 37-41;
BAC, 734-740).
Inmediatamente, se ve obligado a acostarse en su jergón
porque no logra ya tenerse en pie: el médico diagnostica un
ataque de pleuresía aguda. Mulot, en su calidad de confesor,
le impone por obediencia acomodarse en un colchón normal. En
los días siguientes, da la impresión de poder superar la
crisis y recuperar sus energías. Las oraciones insistentes
de toda la gente, quizás puedan lograr lo imposible.
Entre tanto prosigue la misión y se encamina a la
conclusión, fijada para el miércoles 29. El grupo misionero
sabe defenderse maravillosamente bajo la conducción de P.
Mulot, buen jefe de misión.
El lunes 27, sintiendo cercano su fin, Montfort llama a
Mulot porque quiere dictar su testamento. Como testigos
llaman al párroco y su coadjutor. Mulot, cogido de
improviso, toma la primera página en blanco que encuentra,
la penúltima de un folleto que halla cerca a la cabecera
del enfermo; cuando lee el título del opúsculo, entiende
porqué lo tenía Montfort al alcance de la mano:
Disposiciones para la buena muerte, un folleto publicado
por Montfort mismo y que ha llegado hasta nosotros (BAC,
763-771). El testamento es todavía legible: la caligrafía no
es de Luis María, y ocupa las páginas 45, 46 y las dos
interiores de la cubierta.
«Yo, el infrascrito, el mayor de los pecadores, quiero que
mi cuerpo sea enterrado en el cementerio, y mi corazón, bajo
la tarima del altar de la Santísima Virgen...».
Mientras Mulot escribe las palabras del Maestro, la
conmoción parece atenazarlo y empañarle la vista: tan rápida
y difícil es la caligrafía. Agotado pero lucidísimo, el
moribundo logra trazar la firma: Luis María de Montfort
Grignion, y después de él firman el párroco N. F.
Rougeou y el coadjutor F. Triault.
Queda
todavía algo importante de organizar: designar al sucesor
para la obra de las misiones.
«Mientras el P. Mulot estaba cerca de la cabecera y se dolía
de la pérdida que las misiones iban a tener, el siervo de
Dios le tomó la mano y lo exhortó a proseguir las fatigas
que había compartido con él. Como él objetaba que la cosa
era prácticamente imposible, al no disponer él de la fuerza
ni de las capacidades necesarias, le dio ánimo y le dijo
apretándole la mano: "¡Ten confianza, hijo mío; yo pediré a
Dios por ti!"».
Advertida la población de la muerte inminente del misionero,
el martes en la tarde fue admitida a desfilar en el aposento
del moribundo como postrer saludo. Montfort encuentra
todavía fuerzas para levantar tres veces la mano con el
crucifijo predilecto de Roma para bendecir a aquellas gentes
que lloran por él.
Hacia la tarde, entona uno de sus cánticos:
«Vamos, vamos, amigos,
Vamos al Paraíso.
¡Por más que aquí ganemos,
el cielo vale más!» (CT 152)
y tras
susurrar la última burla al tentador: «En vano me atacas;
¡ya no pecaré más! ¡Estoy entre Jesús y María!», entra en
coma. Expira hacia las 8 de la noche, de ese mismo día, 28
de abril de 1716.
Tenía 43 años, tres meses y ocho días.
El miércoles en la tarde debe celebrarse también otro
acontecimiento, la clausura de la misión de San Lorenzo del
Sèvre. Mulot, visiblemente conmovido, ha ocupado su puesto
de jefe de la misión y anuncia a la multitud reunida aquella
mañana:
«Hermanos, hoy tenemos que plantar dos cruces: esta mañana
la primera, la material que pueden ver con los ojos aquí
delante de Uds. La segunda, la sepultura del P. de Montfort
que debemos realizar después de mediodía...».
La gente llegada de toda la Vandea e, incluso, de Nantes,
quiere ver a su misionero por última vez. El ataúd abierto
queda expuesto en la nave de la iglesia parroquial. La
custodian los Penitentes Blancos de Saint-Pompain, porque
todos quisieran con una caricia al sarcófago, llevarse algún
recuerdo de él, un cabello, un jirón de tela...
La ceremonia de la sepultura es grandiosa, aunque triste.
No se respetará la voluntad del moribundo: quería que sólo
el corazón fuera sepultado ante el altar mariano; pero Mulot
y el grupo prefieren sepultar todo el cadáver en la capilla
de Nuestra Señora, a la derecha, cerca a la balaustrada, a
los pies de su Reina del corazón.
Ante aquel ataúd, como sobre su sepulcro, se mantiene
incrédula la multitud.
Cuando el P. Deshayes coloque entre las obras que se van a
publicar también la Exhortación a los asociados de la
Compañía de María, añadirá al texto un pasaje
ciertamente no auténtico, pero que resume fielmente los
sentimientos del gran misionero mismo en el lecho de muerte:
«Así, el misionero, sostenido y animado por esta noble
esperanza que reposa en el fondo de su corazón y
perseverando en su santa y sublime vocación, tendrá la dicha
de poder repetir confiadamente, en la hora de la muerte, las
hermosas y consoladoras palabras del más celoso de todos los
misioneros de Jesucristo: He combatido el buen combate, he
terminado mi carrera, he guardado la fe. Por lo demás, ya me
está preparada la corona de la justicia que me otorgará
aquel día el Señor, justo juez...» (ver O.C., 721, nota).
Algún tiempo después, junto a la tumba del apóstol, se
colocarán dos lápidas; una larga, en la florida lengua
latina, quizás del amigo Blain, que proclama: Pater
pauperum – orphanorum patronus – peccatorum reconciliator –
mors gloriosa vitae similis – ut vixerat devixit – ad coelum
Deo maturus evolavit.
Y otra muy corta del amigo vicario general de Nantes Juan
Barrin a Luis María Grignion de Montfort, excelente
misionero «cuya vida ha sido inocente y cuya penitencia fue
admirable; cuyo discursos llenos de la gracia del Espíritu
Santo han convertido a un número infinito de herejes y de
pecadores; en quien el celo por la gloria de la santísima
Virgen y la difusión del santo rosario continuaron hasta el
último día de su vida». Barrin motiva incluso la firma,
confesando haberla colocado pour gage de tendresse
–en prenda de afecto–.
Una nueva peregrinación se añade así a los millares que
práctica la multitud que ha visto en el P. de Montfort «al
gran padre – al buen padre – al Padre de la camándula
grande...», y muy pronto la fama de santidad voló más allá
de la fronteras de Bretaña, también a los corazones de
muchos opositores y denigrantes. Para llegar a la Iglesia
entera, que lo colocará, como la estatua en la Basílica
Vaticana, al lado de los mayores santos de su historia. En
testimonio de fe y de acatamiento, y sobre todo, para la
gloria de Jesucristo y de su santísima Madre, María.
Conclusión
EL MISTERIO MONTFORT
Luis María Grignion de Montfort, tan claro y legible desde
tantos puntos de vista, mantiene todavía lados oscuros,
quizás poco investigados y comprendidos. Con Leschassier se
puede adelantar, pero sin argucias y con mucha humildad,
repetir lo que contestó a Blain que le hacía notar, después
de la muerte del misionero, la gran veneración que tenían
las multitudes: «Como puedes ver, ¡yo no entiendo de
santos!» (Blain, 227).
El mismo Blain, por su parte, afirma no haber logrado
comprender al amigo con el cual había compartido tantos años
de estudios y amistad:
«Todos confiesan que es muy pobre, muy recogido y muy
mortificado, es decir, que le reconocen las virtudes
angélicas y la semejanza a Jesucristo; pero dudan de si le
anima el espíritu de Jesús.
¡Qué misterio!
Es, sin embargo, este misterio el que me enfrío hacia el P.
de Montfort, el que me impidió unirme a él e incluso me hizo
temer haber tenido tanta comunicación con él...» (225-226).
Existe, pues, un misterio que hay que penetrar y explicar.
¿Cómo se presentaba a su mundo pero no lo entendían con
facilidad? La mayoría de la gente, si eran personas de
rango, como obispos, responsables eclesiásticos, titulados y
burgueses, desconfiaron de él; y su desconfianza se
transformó fácilmente en guerra y menosprecio. Sería
suficiente recordar los sucesos de Montfort-la-Cane y de San
Lázaro o también la triste historia del Calvario de
Pontchâteau...
Su carácter, su forma de ser y actuar demasiado lineal y un
tanto dura, jamás admitía componendas. Por ello, se estaba
de acuerdo con él y se lo dejaba actuar en el nombre del
Señor –el acuerdo con él lo encontraron personas como
d'Orville, Arot, el Conde de La Garnache, el Marqués de
Magnanne, los obispos de La Rochelle, de Luzón, de Saintes o
de Nantes; o había que hacerlo inofensivo, alejarlo, ojalá
quitarle legitimidad como hicieron los diferentes Trémoille,
los duques de Coislin, para no hablar una vez más de los
administradores del Hospital de Poitiers o los capellanes
de La Salpêtrière, o como hizo el vicario general Villeroi o
los que trataron de crearle dificultades en San Hilario de
Loulay, y, si queremos incluirlos, también los sulpicianos
que jamás toleraron su ímpetu poco hábil y su carácter
emprendedor de bretón... O, finalmente, había que acabarlo,
eliminarlo como quería el arrogante comandante Du Menis, o
los estudiantes de San Similiano o los hugonotes de La
Rochelle o los villanos de Saint Fiacre...–.
Pero hubo también quienes, desconfiados y prevenidos, al
comienzo, acabaron por aceptarlo y secundarlo para hacer de
él el ideal de su vida, como René Mulot. Blain que confiesa
no haber entendido al amigo, comprendió, sin embargo que esa
excentricidad, esas maneras extravagantes y exageradas
dependían del grado de perfección al que había llegado. Y,
entonces, por qué cuando Luis María le propone dejar todo
ese mundo suyo ordenado y ordinario, demasiado regulado en
que vivía, duda y pregunta quién más habría podido aceptar
una propuesta semejante es decir «una vida tan pobre, tan
austera y abandonada a la Providencia, era para los
Apóstoles, para hombres de fuerza, gracia y virtudes
excepcionales, para hombres extraordinarios, para quienes
tenían la atracción y la gracia para ello, pero no para el
común, que no podía alcanzar tan alto, y que sería
temeridad intentarlo. Que si quería asociarse, en sus
proyectos y trabajos, otros eclesiásticos, tenía o que
amenguar el rigor de su vida o la sublimidad de sus
prácticas de perfección, para condescender con la debilidad
de los demás y acomodarse a su forma de vida ordinaria, o
hacerles subir a la suya por la infusión de su gracia y
atracción tan perfectas...»
Luis María no niega las afirmaciones ni la crítica, pero sí
lanza sobre el Señor la responsabilidad de haber propuesto
esa forma de vida, esa exasperada búsqueda de perfección,
esa extraordinaria forma de comportamiento.
«Como respuesta, me mostró su Nuevo Testamento y me preguntó
si encontraba qué corregir en lo que Jesucristo había
practicado y enseñado y si podía mostrarle una vida más
semejante a la suya y a la de los Apóstoles que no fuera una
vida pobre, mortificada y fundad en el abandono a la
Providencia. Que no tenía otra perspectiva que seguirla ni
otro proyecto que perseverar en ella.
Que si Dios quería agregarle algunos buenos eclesiásticos en
esa forma de vida, él estaría encantado, pero que era asunto
de Dios y no suyo...
“Quienes no quieren seguirme avanzan por otro camino menos
laborioso e intrincado. Y yo lo apruebo. Porque, así como
hay muchas moradas en la casa del Padre del cielo, hay
también muchos caminos para llegar allá. Déjame caminar por
el mío. Tanto más cuanto que no puedes negar sus ventajas:
que es el que Jesucristo enseñó con su ejemplo y sus
consejos y que es, por consiguiente, el más corto, el más
seguro y el más perfecto para llegar a él...”» (331-333).
Otro aspecto del misterio de Montfort debería clarificarse
si logramos entender qué ha quedado de cierto, de seguro, de
definitivo después de él.
Sabemos que estudió escultura y pintura y que ciertas
estatuas suya le sobrevivieron; trabajó como restaurador,
como maestro de obra; dibujó realizaciones y trazó
construcciones; compuso cerca de 20.000 versos de discreto
valor; escribió obras de teología mística y de mariología;
investigó y encontró datos al menos en un centenar de
escritores espirituales; proyectó la creación de un pequeño
Hospital para los Incurables, enfermos terminales, y trató
de dar vida a un hospicio para convalecientes; fundó al
menos tres Institutos religiosos y contribuyó a redactar
otras Reglas y Constituciones para institutos no suyos; creó
cofradías y asociaciones y sugirió,. incluso, la forma de
bien morir...
Entonces, ¿con qué denominador resumirlo, con qué adjetivo
calificarlo o por cuál resultado apoyarlo...?
Recordemos algunas fechas de la vida de este hombre de Dios:
recibe la ordenación sacerdotal a los 27 años, a los 30
funda un instituto; pasa cinco años como capellán en
hospicios de mendicidad; emplea en conjunto más de un año
caminando y peregrinando para dedicar luego solamente menos
de diez a la predicación y morir sólo a los 43 años.
¿Qué artista, qué científico o qué santo ha logrado dar
rostro definitivo a su obra a los cuarenta y tres años?
Miguel Ángel firma el juicio a los 61 años; Dante no vio la
edición de su Paradiso, publicado después de su
muerte; Einstein se impone al mundo después de los 55 y
Marconi es premio Nobel a más de 50... Buenaventura y Tomás
de Aquino... y ¿los grandes apóstoles de Bretaña como
Vicente Ferrer, Miguel Le Nobletz, Maunoir y Leuduger...?
Todos vivieron años de madurez y lúcida vejez para
clarificar, arraigar y perfeccionar...
No se
puede olvidar que si Luis es un poeta, un escultor, un
fundador, un escritor espiritual, lo ha sido robando tiempo
a otros compromisos vitales de su vocación específica, a
tropezones, a fogonazos, logrando fatigosamente, quizás,
aunar los pensamientos y las intuiciones...
Alguien ha dicho que su obra tiene la característica de no
ser nunca completada. Y quizás tiene razón, si observamos
cómo han llegado hasta nosotros sus obras e incluso sus
creaciones.
El Amor de la Sabiduría Eterna, el Secreto de
María, el Tratado de la verdadera devoción a la
santísima Virgen habrían necesitado ser releídos y
completados, quizás reelaborados en una trilogía más
orgánica y comprensible. El primero, por ejemplo, llegó
hasta nosotros casi como un conjunto de ciertas conferencias
o predicaciones dadas a los seminaristas de Poullart des
Places; el Tratado –¡qué título tan atroz para una
obra tan bella!, afortunadamente el título no es del autor–
nos llegó después de un período previsto de 126 años de
entierro en un baúl, sólo en 1842, y el mismo Secreto de
María, entregado a la luz en su totalidad ha tenido que
esperar hasta 1868. Y, a pesar de todo, estas obras han
conocido extensísima difusión: veinticinco lenguas y más de
trescientas ediciones...
Ha compuesto el Secreto admirable del santísimo Rosario,
jamás publicado durante la vida del autor, pero ya listo
para la imprenta: debía aparecer como un pequeño volumen
destinado a todos, de niños a adultos, de pecadores a
misioneros, en una palabra a toda la heterogénea multitud
que acudía a las predicaciones. Y, sin embargo, muchas veces
el texto parece olvidar a la masa para dirigirse sólo a los
sacerdotes, dando la impresión de tratarse de una obra que
sugiere el medio ideal para la conversión y la perseverancia
de los pecadores. De hecho, contiene, además, tres métodos
para la predicación del rosario, uno de ellos para las Hijas
de la Sabiduría. Pero nos hallamos también en el libro de
los Sermones con otros dos métodos, y uno más en un
Cántico que es una verdadera explicación de los
misterios del rosario...
Si Montfort hubiera tenido tiempo y tranquilidad,
probablemente nos habría dejado algo más orgánico.
En realidad, solamente logró concretar y dejar
definitivamente organizada una obra: el Instituto de las
Hijas de la Sabiduría. La Congregación religiosa, después
del ingreso de una joven de buena familia, tuvo que esperar
13 años para poder seguir adelante. Cuando muere Luis María
en San Lorenzo del Sèvre, la comunidad constaba de cuatro
religiosas: sor María Luisa de Jesús (Luisa Trichet),
superiora, que ingresó en 1703; sor Concepción (Catalina
Brunet), del 1709; sor Encarnación (María Valleau) y sor
Cruz (María Régnier), que entraron el 22 de agosto de 1715.
Pocas, ciertamente, pero sólidamente dirigidas por la
Regla primitiva de la Sabiduría, redactada por la mano
del autor en un folleto de 61 páginas, completadas luego con
siete aprobaciones episcopales de 1715 a 1739. Se dan
pequeñas correcciones, probablemente posteriores, debidas a
la primera Hija que mejor que nadie había sabido captar el
pensamiento y las esperanzas del fundador. Al Instituto le
dedicó Montfort gran parte de sus cuidados y de sus anhelos,
hasta sostenerlo incluso en las incertidumbres de los años
de espera, las posibles defecciones y la dispersión de los
primeros pasos en la enseñanza y en la constitución de la
vida común. Sobre todo con las Cartas a María Luisa
(7), a sor Concepción (3), a sor Cruz (1) y a toda la
comunidad (1).
Cuando el
fundador muere, el Instituto puede vivir ya en plena
independencia por estar guiado excepcionalmente bien por la
primera religiosa: se desarrollará en 32 fundaciones y
residencias antes de que ella muera (1759) con la asistencia
a los enfermos, con la educación y las escuelas gratuitas
para la niñez y por un número enorme de visitas a las
familias de los pobres y de los enfermos fuera de la
asistencia a hospitales y cárceles. En 1877, en vísperas de
la Revolución que arrebatará también mártires entre ellas,
las Hijas de la Sabiduría tenían no menos de 280 casas,
donde recibían educación 63.000 niños y adolescentes, 15.500
enfermos y 1,800 encarcelados, sin contar las visitas
diarias a los enfermos. En la provincia religiosa de La
Chartreuse d'Auray, por ejemplo, que reunía 23 casas, las
hermanas realizaban 50.000 visitas domiciliarias, mientras
que la Oficina Regional del Estado a duras penas hacía
15.000.
Pero Luis María de Montfort es conocido en Francia y en toda
la Iglesia sobre todo por una calificación: misionero de las
misiones populares y de la predicación en general. Por
tanto, por su obra concreta de menos de diez años de vida,
en que ya no actuaba sólo en nombre propio o por mandato de
los obispos locales, sino a nombre y por mandato de la
Propaganda Fide, gracias a ese título apostólico con
que lo había condecorado el Papa Clemente XI.
Sobre este
argumento, el discurso se hace evidentemente más difuso.
Bretaña, al igual que toda la Francia de los siglos XVI y
XVII, había tenido sus grandes reformadores, los herederos
de aquellos Predicadores Ambulantes que salieron a
flote después de la reforma gregoriana del siglo XII. Pero
de ellos, muchos y muy numerosos se habían deslizado al
anticlericalismo y a la antisacramentalidad. Había dado, sin
embargo, a la historia de la comunidad cristiana personajes
como Nilo de Rossano, Francisco de Asís, Domingo de Guzmán y
Antonio de Padua... y la formación de los más grandes
movimientos espirituales y de apostolado. Bretaña recordaba
en particular a Vicente Ferrer (1350-1419), como toda
Francia a Vicente de Paúl (1581-1660).
En
perfecta línea directa con Vicente Ferrer se coloca Luis
María de Montfort, porque ésa era la línea de Miguel Le
Nobletz, el "misionero de los misioneros" (1577-1652), la de
los jesuitas Julián Maunoir (1606-1683) y Vicente Huby
(1608-1693) y del conocidísimo Juan Leuduger (1649-1722).
Pero los predicadores del siglo XVII habían conservado
algunas características específicas de los Ambulantes, de
los Mendicantes y de los reformadores.
La primera constante es el nomadismo, es decir, el
estar continuamente en camino, sin arraigo fijo, pero en la
disponibilidad más completa. Por tanto, en la más patente
pobreza, sin medios de transporte, excepto las poquísimas
veces en que se imponían para el apostolado. Los
predicadores se alojaban, pues, en la casa que la comunidad
o la población ponía a su disposición para el albergue y el
mantenimiento.
La segunda característica estaba en el tipo de predicación
que de costumbre calificaba al nómada: una predicación de
penitencia. De hecho, entonces y mirando bien también
ahora, no se trataba de hacer avanzar pequeños grupos, sino
de conducir a toda la población a la vida de gracia y a la
práctica de los sacramentos con ceremonias particulares.
A menudo, en seguimiento del predicador se iba algún
penitente o convertido, convertido ahora en asiduo oyente y
celoso propagandista de la eficacia de la predicación
seguida, y éste exhibía aunque sin ostentación cadenas,
cilicios y disciplinas... No se trató de los famosos
flagelantes conocido en la historia medieval.
Pero lo que sacudía a las multitudes, en definitiva, no era
tanto la predicación penitencial, cuanto el estado
penitencial en que vivía el predicador que debía poner de
manifiesto el espíritu de perfección, también, con las
manifestaciones más crudas de la maceración: cilicios,
cadenas, cadenillas y disciplinas, incluso, públicas. Pero
si éstas eran manifestaciones que suscitaban admiración, muy
otras eran las virtudes que exigía el pueblo a sus
misioneros: un sincero y absoluto desapego de los bienes y
de los intereses, de las comodidades y molicies, y todo
aquello que podía acercarlos al límite de pobreza y
restricción en que vivía el último de los pecadores que
había que salvar.
La otra característica que distinguía su predicación
provenía de la acción reformadora y social. Además de
las solemnes predicaciones y procesiones, la misión debía
llegar a la destrucción de las fuentes del pecado. Y mira
entonces la verificación de ciertos autos de fe,
cuando el misionero marcaba fuertemente la vanidad y las
ocasiones que había que eliminar de la vida pública y
privada. Aunque no directamente propuestas por el
predicador, se organizaban enormes hogueras en las cuales,
si aceptamos un documento del siglo XVI, debían acabar las
vestiduras impúdicas, los cuadros y las estatuas indecentes,
los juegos de cartas y los dados, los instrumentos
musicales, los productos de belleza, los libros peligrosos,
los accesorios para el baile...
Pero la
obra del misionero se orientaba también sobre aquellos
deberes de vida social más conculcados y desatendidos:
lograba así hacer reinar la serenidad llevando a las
familias y regiones a la pacificación. También sobre las
autoridades locales, a menudo, la obra del misionero lograba
realizar la corrección de normas anticristianas o la
promulgación de otras nuevas contra la usura, la blasfemia,
el acaparamiento, la arrogancia y las vejaciones; cuando no
es el mismo misionero quien promueve obras sociales, de
solidaridad cristiana, de caridad, tales como hospicios,
hospitales, albergues para huérfanos, para los enfermos más
olvidados, para los marginados, los últimos de la sociedad.
Surgen así las escuelas para niños y las mesas para los
necesitados. El misionero actuaba como activo paladín no
sólo de los derechos de Dios, sino también de los de la
gente pobre. A menudo la predicación no es ni retórica ni
refinada, pues tiene que adaptarse a la poca capacidad
intelectual del auditorio; y, por ello, puede pecar de
mediocridad. Pero los caminantes del Señor no podían
mantenerse en sintonía con los engomados, estirados y
rebuscados oradores mundanos, únicos en capacidad de ser
apreciados por el gusto refinado de la clase alta. Era
siempre muy fácil descargar chanzas y burlas contra estos
predicadores. Pero, en definitiva, lo que contaba era el
resultado.
El misionero tiene casi siempre un grupo propio. Había,
incluso, un grupo con el pomposo título de Misioneros del
rey, como existían grupos concretamente procedentes de
Institutos religiosos, como el de los jesuitas, de los
capuchinos, de los lazaristas... Era fácil que entre ellos
se dieran intercambios y préstamos, pero la convivencia
estaba limitada al momento del servicio misionero.
El jefe de la misión se escogía sus colaboradores, se los
preparaba y organizaba según las exigencias y posibilidades.
Así estaba organizado el grupo de Le Nobletz del cual derivó
el de Maunoir, cuyo heredero vino a ser el de Leuduger, así
como a este último había llegado también Luis María de
Montfort.
Es difícil afirmar que la predicación y las misiones
populares en tiempos de Montfort estaban ya superadas y
sociológicamente cambiadas, cuando se nota claramente en las
acciones de este momento el mismo comportamiento, las mismas
actividades, los mismos métodos y los mismos medios que
estaban en uso cincuenta años antes.
Diligente heredero de ilustres maestros, Montfort puso en
evidencia en su vida misionera las características de las
cuales hablábamos hace poco.
Formidable caminante, no nos consta que haya usufructuado
jamás de los medios de transporte fuera de las dos ocasiones
en que tuvo que viajar en barcazas. En 1714 poseía un asno
que le fue robado; pero, si pagó hasta el rescate del animal
con 25 francos, quiere decir que realmente lo necesitaba
para llevar los enseres de la misión tales como libros,
cuadros y estandartes. En toda misión encontraba siempre una
caseta, una casita ojalá ruinosa como morada para sí y su
grupo y le asignaba el solemne título de La Providencia.
La caja común a la cual afluían las ofrendas y el producto
de la venta de los objetos realizada a la puerta de las
iglesias, debía cubrir los gastos de la predicación misma y
no tanto los de los predicadores; se la llamaba la tienda,
quizás porque, como los almacenes eran visibles a todos
sobre la calle, la caja de las misiones no debía tener
escondrijos ni secretos, tanto más cuanto que de ella
provenían, después de todo, los pesos para el mantenimiento
de los pobres.
Una de sus características fue muchas veces motivo de
contestación y crítica, incluso de parte de los confesores:
el estado de penitencia y maceraciones en que persistía por
años. Se llamaba a veces a un hermano lego para aplicarle la
disciplina; llevaba siempre, hasta en el jergón de su última
enfermedad, cilicios y cadenas. Su predicación de penitencia
y conversión era eficaz y profunda en los resultados, como
lo constató el P. Mulot que dudaba de ello. Si la multitud
necesitaba severas amonestaciones y reprimendas por el
pecado, pretendía siempre en el misionero una pobreza lineal
y un desapego concreto de las cosas y de las comodidades. El
misionero, en opinión de todos era tan terrible en la
condenación del pecado como suave en tratar a los pecadores.
Que, además, su presencia tuviese también un efecto social,
se halla ampliamente documentado. Los colegas sacerdotes de
su pueblo natal lo acusaron de mantener una turba de pobres
y arrastrar consigo un grupo desordenado de haraganes...
Además, todos sabían que a su mesa, por miserable que fuera,
había siempre un puesto "para un hermano pobre" con el cual
compartía la comida en el mismo plato y bebía agua y vino
del mismo vaso. También él como sus mejores maestros, logró
de los alcaldes y municipios leyes más equitativas, tal como
las había obtenido en Poitiers de los famosos
administradores. Desafortunadamente, esto se volverá contra
él, cuando lo tachan de ingerencia indebida y afán de
figuración... Al mismo tiempo se alzará como promotor de
intervenciones sociales que le sobrevivirán, como los
hospicios para los Incurables y Convalecientes, así como las
Escuelas gratuitas para la niñez y la asistencia a los
necesitados en la cual brillarán sus Hijas de la Sabiduría,
como resplandecerá en la enseñanza el instituto de los
Hermanos de San Gabriel, ciertamente procedente de su
previsión.
Es cierto, igualmente, que Luis María tenía su grupo de
misioneros: de él formaron parte los jesuitas Joubert,
Colusson y Dogé, algunos capuchinos y franciscanos, así como
algunos dominicos; ingresó en él incluso el vicario general
de Nantes Juan Barrin, y el de Poitiers, José de Revol,
futuro obispo de Oleron; diferentes párrocos, como Juan
Mulot de Saint-Pompain, y también el más joven de los
hermanos Grignion, Gabriel Francisco, y el instruido
sacerdote de Nantes Oliviers un tanto mal visto por los
biógrafos que le atribuyen –sin razón, creemos– parte de las
desventuras de Pontchâteau, cuando fue bienhechor y apoyo; y
sobre todo, Pedro Ernault des Bastières, el colaborador
fidelísimo de unas cuarenta misiones desde 1708 hasta enero
de 1716 y testigo excelente de tantas cruces y cosas buenas
en que tomó parte; y, finalmente, quienes le llegaron de
París para el último período: Le Bouhris, Kreuntz y Clisson
que pronunciará la oración fúnebre para el mismo Montfort.
Indudablemente era una "compañía". Pero es difícil
establecer las relaciones existentes entre ellos, entre cada
uno de ellos y el jefe de misión. Lástima que de Bastières,
tan rico en noticias, nunca nos dejó indicaciones sobre sus
colegas de trabajo... Sólo una brevísima alusión:
«(Montfort) se había hecho pobre, había renunciado a su
patrimonio y a cualquier forma de beneficio, había hecho
voto de pobreza, y trataba de incitar a todos sus obreros
que lo seguían en las misiones, a hacer otro tanto»
(Grandet, 348 – DRG, 191).
En el grupo contaban también los hermanos legos, algunos de
los cuales habían emitido incluso votos simples de pobreza y
obediencia. En su Testamento, Montfort los define
«mis cuatro hermanos unidos a mí en la obediencia y en la
pobreza» y los nombra uno por uno: Nicolás de Poitiers,
Felipe de Nantes, Luis de La Rochelle y Gabriel «que está
conmigo». Les deja, «mientras perseveren en renovar sus
votos cada año» los míseros enseres y libros de misión, casi
como depositarios por el uso que debían hacer de ellos los
sacerdotes en la predicación. Aparte nombrará también al
primero de todos, Maturín, asignándole «diez escudos, si
quiere partir y no quiere emitir los votos de pobreza y
obediencia».
La historia de Maturín es conocida: lo encuentra en
Poitiers, cuando llega de provincia para hacerse capuchino,
y Montfort «al verlo, le hizo señal de ir a hablar con él,
y, luego de saber el motivo de su viaje, lo comprometió a
quedarse con él, para ayudarle en las misiones, en las que,
durante casi quince años, ha dado el catecismo, la escuela a
los niños y entonado cánticos con grandes bendiciones...»
(Ib. – DRG, 54).
Permanecerá sin votos con los sucesores de Montfort, esclavo
de sus escrúpulos, rechazando emitir aquellos votos que
hubieran hecho de él el primero y más fiel monfortiano de la
historia. Morirá en 1760, y el recuerdo del
organizador-sacristán-catequista-maestro-campanero, será
siempre el del colaborador valiosísimo, digno de admiración
por su humildad y la generosidad del servicio prestado.
Un legado semejante de diez escudos le fue asignado a
Santiago «si desea irse», cosa que hará lo más pronto. Era
el especialista en la fabricación de camándulas, de
cadenillas, de cilicios, de disciplinas e instrumentos de
penitencia que luego vendía en las puertas de las iglesias
donde se daba la misión.
Como indicativo es el encargo asignado al hermano Nicolás no
presente a la muerte de Montfort, por haber sido enviado a
Poitiers a aprender el oficio de escultor y para quien había
sido reservada la suma de 135 libras para pagarle los
estudios.
Pero Montfort quería un «grupo suyo» misionero. Ya en 1700
lo deseaba y soñaba. Entre tanto debía contentarse siempre
con lo que podía hallar, arreglado e improvisado, siempre
lejos del ideal de vida, de preparación y perfección
deseado. Se sintió muy mal, seguramente, cuando, al proponer
a Blain que entrara en el grupo, oyó exponer todas las
dificultades que conocemos: ¿tuvo el sentido de turbación al
proponer a otros esa forma de asociación?
En 1713, escribe de todos modos la Regla de los
sacerdotes misioneros de la Compañía de María, cuando
aún no tiene ningún sacerdote y sólo muy pocos hermanos
legos, ciertamente, antes de que lleguen Vatel y Mulot,
hacia el final de su vida; pero entonces ya no tendrá ni el
tiempo ni las energías para dedicarse a redactar una
verdadera Regla para sus religiosos.
Desde 1700 había encontrado un magnífico nombre que asignar
al grupo: Compañía, al que más adelante, añadirá la
especificación de María. Pero en el último momento, a
la hora del Testamento, tras el regreso de París donde los
herederos de Poullart des Places le garantizaron nuevas
fuerzas, cambia el bellísimo nombre de Compañía de María
con el tomado de París y mucho más normal de Comunidad
del Espíritu Santo, que le sobrevivirá al menos hasta
mediados del siglo XIX, cuando, obligada a desplazarse,
volverá a tomar el nombre original de Compañía de María,
adaptado localmente en el más modesto y quizás más inmediato
de Misioneros Monfortianos.
Quien examina pormenorizadamente la Regla de 1713 no
puede a menos de relevar que las normas valen para un grupo
que decide vivir en comunidad, pero parece que no habla
explícitamente de "vida religiosa comunitaria"; de hecho, no
se habla de los tres votos, porque se supone que el de
castidad, nunca mencionado, ya fue pronunciado por los
sacerdotes antes de la ordenación sacerdotal y por el
compromiso simple personal de parte de los hermanos legos.
Tampoco en lo referente a la dirección del Instituto hay
suficiente claridad; en efecto, no se precisa quién es el
verdadero superior: ¿el obispo?, ¿quién por él en la
diócesis?, ¿el párroco donde se da la misión?, ¿un miembro
interno de la comunidad? Pero aún en este caso, ciertamente
claro para el fundador, queda en pie una gran duda sobre
quién debe nombrar a ese superior. Ni siquiera parece que
haya una "sede oficial" para la congregación ni en Francia
ni fuera de ella (art 2).
Montfort debió trazar un esbozo de reglas que debían
acomodarse bien a dos situaciones destinadas a fundirse y
superarse: la de un grupo adventicio aunque numeroso
destinado a ser absorbido con el tiempo por el de los
religiosos monfortianos propios y verdaderos. Por esto,
cuando la Reglas hablan de misiones, en la mayoría de
las veces (25), consideran las verdaderas misiones
populares, y pocas veces (3) la predicación en general.
Hasta el horario-programa sólo considera las misiones
populares, tanto que se prevén dos sermones diarios, la
predicción dialogada de la tarde y una hora de catecismo
para los niños y los pobres. Además, aludiendo al período
dedicado al descanso entre un trabajo y otro, ése que
debería ser el tiempo estrictamente de vida en comunidad,
dice explícitamente que debe extenderse tanto como el de la
predicación y el confesionario, y dedicarse a la oración y
al estudio (art 78).
En cambio,
hay algo muy preciso y que vale tanto para los adventicios
como para los futuros religiosos: es el espíritu y el
comportamiento. "No debe ser el de los demás", incluidos los
mejores de esa época, tales como los hijos de san Vicente,
los lazaristas, que predican indiferentemente en campos y
ciudades, incluidos, afortunadamente, los inventados por el
rey o por personas privadas que se dedican sólo a las
misiones "fundadas", es decir, previamente financiadas por
legados y depósitos (art 50).
La finalidad de su predicación es clarísima: "renovar el
espíritu del cristianismo en los cristianos", con la palabra
y la renovación de las promesas bautismales, "conforme a la
orden del Papa" (art 56). Uno de los momentos más
importantes de la misión de Montfort y de sus sucesores,
será de hecho el de la renovación de las promesas del
bautismo. Grandet nos dice que Luis María había hecho
imprimir una fórmula para esa renovación y que la hacía
firmar por quienes podían hacerlo, durante una compleja y
significativa ceremonia. Cuatro de esas fórmulas han llegado
hasta nosotros y aparecen publicadas en las Obras (BAC,
623-626).
Otra precisión se refiere al espíritu de laboriosidad
apostólica: no deben acomodarse en muelles descansos:
«Ese es el cambio o desviación que han sufrido,
desgraciadamente, muchas santas comunidades, establecidas en
estos últimos siglos por el santo espíritu de sus fundadores
para predicar misiones, y ello so pretexto de un bien mayor.
Algunas se han dedicado a instruir a la juventud, otras a
formar sacerdotes y eclesiásticos. Y si dan misiones
todavía, lo hacen sólo accidentalmente y como de paso...»
(art 2), reduciéndose a la vida sedentaria o a vivir como
aislados en casas de ciudad o de campo. ¿Se da quizás una
leve alusión a los sulpicianos del gran misionero del
pueblo, Olier?
Pero tampoco basta siquiera predicar. Es preciso que la
predicación provenga de mucho estudio y muchísima oración «a
fin de alcanzar de Dios el don de sabiduría, tan necesario a
un verdadero predicador para conocer, gustar y hacer gustar
a las almas la verdad. Nada más fácil que predicar a la
moda. Pero qué cosa tan difícil y sublime es predicar como
los apóstoles! Hablar como el sabio, por experiencia. O como
dice Jesucristo: "de la abundancia del corazón"» (art 60).
Pero predicar a lo apostólico significa ante todo vivir a lo
apostólico, en el abandono a la Providencia, confiándose a
los cuidados de la Providencia (Art 12.14), en
desprendimiento total del mundo en los sentimientos y en los
comportamientos, en el corazón y en las máximas, con ese
despego que se hace "desprecio" de cuanto provenga de esa
realidad, como: hábitos, vestidos, objetos de exhibición
externa (ver art 37-39). Pobreza, pues, pero evangélica,
"sin bienes, ni patrimonio, ni rentas de beneficio" (art
10), hasta sin casas ni residencias, fuera del Seminario de
París (por lo demás, de propiedad de los espiritanos) y la
casa de descanso en provincia (también propiedad del obispo
local como lo prevé el artículo 12). En 1350, el reformador
de Oxford John Wycliffe había fundado sus lollards o
sacerdotes pobres, enviados a predicar el evangelio
de la Iglesia primitiva, pura y pobre. Pero existe una
diferencia entre los sacerdotes del inglés y los hijos de
Montfort: aquellos acaban predicando la oposición a la
autoridad eclesiástica ciertamente poco ejemplar y enseñando
a prescindir de los sacramentos; mientras que los
monfortianos, herederos del enviado pontificio, debían
insistir en el regreso de un verdadero cristianismo sólo
donde el obispo diocesano permitía que lo hicieran. Por eso,
Wycliffe fue un agitador, un sembrador de cizaña, y Montfort
un santo misionero; Wycliffe anticipaba a Lutero, Montfort
aplicaba el Concilio de Trento en una Iglesia que se
proyectaba hacia los últimos tiempos...
El hecho de que Montfort hable de una Compañía suya para dar
las misiones populares desde los primeros meses de su
sacerdocio, cuando aún no había comenzado en serio ninguna
experiencia misionera, ciertamente antes de 1706 y de su
encuentro con Clemente XI, se lo puede comprender por esa
sensación tan finamente percibida por los hombres de Dios
sobre las situaciones y el servicio en el Reino de Cristo.
Quizás al ver ya entonces a algún colega salir del seminario
de San Sulpicio para limitarse a los dignísimos oficios
sedentarios de las diócesis; o quizás al asistir al fracaso
del grupo de Lévêque en Nantes; al considerar, luego, que
ninguno de sus compañeros escogía claramente el ministerio
activo de la predicación, él se permite... soñar y pedir
continuamente con gemidos «una pequeña y pobre compañía de
sacerdotes ejemplares que desempeñen ese ministerio bajo el
estandarte y protección de la santísima Virgen...» (Carta
5, 6.12.1700 – BAC 74).
Pero lo que define todo ese sueño es la motivación, «ante
las necesidades de la Iglesia...» (Ib.).
Pero en Bretaña, la Iglesia era la de las parroquias
menesterosas, casi olvidadas. Todos los documentos de la
época, se detienen en la psicología de las masas donde reina
incontestablemente lo mágico de la fe, la ignorancia de los
campesinos, "carentes de devoción y brutos como los animales
que manejan", que viven "en la miserable cotidianidad", sin
auxilios, sin ideales ni esperanzas. Aunque raramente alude
la documentación a los motivos de ese embrutecimiento: se
llega pronto a hablar de ignorancia crasa y carencia de
alfabetización, de falta de educación primaria y de
desescolarización... Porque se calla sobre el poco tiempo,
sobre las circunstancias imposibles en que debe permanecer y
entregarlo todo, tiempo, energías y atención, al rico patrón
que pretende de ellos dinero que gasta en la ciudad o en la
corte...
Muchos santos, ya antes de Montfort habían creado escuelas y
casas de formación humana más que cristiana para los hijos
de los campesinos. Cierto que, a menudo, se contentaban con
aprender a leer y contar, sin el estudio de la verdad humana
y sobre todo cristiana. Madame de Montespán en el primer
diálogo con él lo había animado a dedicarse «a trabajar por
la salvación de mis hermanos, los pobres... Ella conocía por
experiencia cuán descuidada estaba la instrucción familiar
de los pobres» (Carta 6, 1701 – BAC, 76).
Del inefable Grandet, no sabemos si consideraba que debía
establecer una escala de valores o si quería sencillamente
recopilar una lista de cosas que creía importantes, nos ha
dejado al finalizar su biografía de Luis María de Montfort
una lista de "estrategias" o habilidades que el Espíritu de
Dios podía haberle sugerido, «para que las prácticas de
piedad y los grandes principios de la religión que se había
esforzado por transmitir a la gente en el curso de las
misiones, no se borraran muy pronto del alma y del corazón,
sino que llevaran a perseverar en la observancia de la ley
de Dios hasta la muerte. Con esta finalidad se servía de
diez o doce prácticas muy importantes de las cuales queremos
tratar...» ...aunque luego aparecen sólo once. La fundación
de las Cofradías de los Penitentes y de las 44
Vírgenes (2º), del Rosario (7º), la asociación de
los Amigos de la Cruz (8º), la fundación de la
Compañía de María o del Espíritu Santo (9º) y de
las Hijas de la Sabiduría (10º), las grandes
celebraciones en las misiones mismas como la entonación de
cantos religiosos (3º), las procesiones (11º), la renovación
de las promesas bautismales (5º) la adoración del Santísimo
Sacramento (6º) y, por último, claramente distinta de las
lecciones de catecismo (4º) y, para colmo, en muy primer
lugar, la erección de las escuelas gratuitas.
Precisamente en el siglo de Luis María la creación de las
escuelas registrará el primer fuerte impulso a su difusión,
hoy ya total. Los espíritus iluminados de ese tiempo fueron
sus principales promotores. ¡Lástima que favorecieron
solamente la propagación de escuelas para los hijos de la
burguesía, y no para los hijos de la canaille, como
gustaba de llamar a las gentes pobres el gran padre de las
luces, Voltaire...!
Si el Papa
lo había enviado a hacer tomar conciencia renovada de la
importancia de las promesas bautismales, Montfort, fiel al
supremo encargo, entre tantos medios para alcanzar ese fin,
había identificado el soberano de la instrucción familiar o
rudimental de los niños de las ciudades y de los campos, ya
que la finalidad de las Escuelas gratuitas que él buscaba
era «la instrucción y la perfecta formación de la Juventud
hecha por pura caridad, sin otro interés que la mayor gloria
de Dios, la salvación de las almas y la propia perfección».
Así lo expresa la Regla primitiva de la Sabiduría (n. 1, 281
– BAC, 559, 593), donde encontramos incluso una introducción
a las lecciones que debe impartirse con una paráfrasis de la
invocación litúrgica de Pentecostés:
«¡Oh Espíritu Santo, danos tu luz!
Ven e inflámanos a todas,
para guiarnos y formar nuestras plegarias.
Sin ti no podemos hacer ningún bien» (Ib. 291 – BAC, 595).
Montfort nació y vivió en el siglo de las luces. Uno de sus
primeros maestros fue el nieto del padre del iluminismo,
Descartes; durante toda su formación nunca descuidó ni la
cultura ni la ciencia, y, por el contrario, había hecho y
hubiera podido hacer enormes progresos con sólo haber tenido
tiempo para ello... Durante toda su vida misionera, no
obstante tan densa en compromisos, encontró siempre el
momento de escribir para iluminar más los corazones que las
inteligencias. Fue a su manera un misionero del arte, de la
poesía, del pensamiento... Bástenos un brevísimo párrafo de
la Carta a los Amigos de la Cruz; después del cual la
llamada se descuelga, fluyente y poderosa, en el grito:
"¡Luchen como valientes!", a lo largo de unas sesenta
páginas, ricas y vibrantes, a veces dolientes y patéticas,
otras veces gloriosas y triunfantes, pero nunca
estereotipadas y deterioradas; solamente, sencillas y
prácticas, donde él mismo se propone como maestro y ejemplo,
dolorido y vencedor...
«¡Queridos amigos de la Cruz! La Cruz del Señor me mantiene
oculto y me prohíbe dirigirles la palabra. Por ello, no
puedo ni quiero hablarles de vida voz para comunicarles los
sentimientos de mi corazón acerca de la excelencia de la
Cruz y de las prácticas maravillosas de su Asociación en la
Cruz admirable de Jesucristo.
Sin embargo, hoy, último día de mis ejercicios espirituales,
salgo, por decirlo así, del delicioso retiro de mi alma,
para trazar sobre el papel algunos dardos de la Cruz, que
penetren hasta el fondo de sus almas. ¡Ojalá para afilarlos
sólo hiciera falta la sangre de mis venas, en lugar de la
tinta de mi pluma! Pero, ¡ay!, aunque mi sangre fuera
necesaria, es demasiado criminal. Que el Espíritu de Dios
vivo sea, entonces, el aliento, la fuerza y el contenido de
estas líneas. Que la unción divina del Espíritu sea la tinta
con que escribo; la Cruz adorable, mi pluma; sus corazones,
el papel...» (AC, 1 – BAC, 211).
Por este motivo Montfort pertenece de derecho al período
histórico de la evolución del pensamiento y de la cultura,
aunque su actitud espiritual no proviene, como para
Voltaire, Diderot y sus epígonos, de la Reforma, sino de una
teología conciliar asimilada y profundizada, a la par de
tantos escritores católicos que colaboraron en la
composición de los primeros volúmenes de la Enciclopedia, y
de la cual fueron alejados con la tacha de oscurantismo y
espíritu retrógrado, cuando el iluminismo se convirtió en
símbolo de anticlericalismo y de apostasía.
En este momento, creemos haber levantado bastante el velo
que podía escondernos el rostro de Luis María Grignion de
Montfort.
¡Para nosotros ya no es un misterio!
Es una página de historia toda ella que recorrer, un
acontecimiento todo él que captar, un hombre todo él que
descubrir y un santo todo él que seguir.
Y para terminar, casi un epílogo:
«...Llegados finalmente al puerto, fuimos recibidos en forma
espléndida por los habitantes de la Isla de Yeu, pero muy
mal por quien era su gobernador y por todos sus amigos,
quienes persiguieron al P. de Montfort duramente todo el
tiempo de la misión.
No impidió esto que los habitantes de la isla aprovecharan
plenamente de todos los ejercicios que se llevaron a cabo.
Al final se plantó una cruz que sirviera de monumento para
la posteridad, como testigo de que allí se había hecho una
misión» (Grandet, 119 - DRG, 116).
El episodio con que abrimos nuestra investigación, termina
aquí. Sin saberlo el P. des Bastières nos ayuda a poner
punto final a nuestro trabajo.
La cruz plantada –no obstante la indiferencia y el odio de
aquellos pocos soberbios– quería decir a la posteridad, a
nosotros, que para esa atormentada isla como para todas las
playas del mundo moderno, la bondad de Dios y la maternal
misericordia de la Virgen Madre, se había hecho sentir más
fuerte y tarde que nunca, portadora de serenidad, de verdad
y de paz. Y para dar testimonio a todas las generaciones del
privilegio de haber conocido al buen Padre de Montfort.
Como querríamos que lo conozcan quienes nos han seguido
hasta aquí.
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