La Regla primitiva de la Compañía de
María probablemente fue escrita hacia 1710, muy posible
antes de que otros sacerdotes se le hubiesen unido a su
apostolado. Esta Regla es un ejemplo bastante típico del
género de regla común a las Congregaciones religiosas de la
época, a excepción de ciertos detalles interesantes. Por
ejemplo, san Luis María menciona sólo dos votos, los de
pobreza y obediencia, en lugar de la trilogía común de
pobreza, castidad y obediencia. Se puede suponer que él
esperaba que los clérigos que ingresarían eran ya sacerdotes
y, por lo mismo, sujetos a la obligación del voto de
castidad. Pero también es probable que consideraba los votos
de pobreza y obediencia como fundamento esencial de la
libertad y disponibilidad de que habla en la Súplica
Ardiente. Por la misma razón, insiste en que los miembros de
la Compañía de María no deben tener ningún ingreso de
beneficios, ni “instalarse” en las parroquias, ni poseer más
de dos casas en Francia, etc. Tenían como misión desplazarse
para llevar la Buena Noticia a los pobres. La Regla está
dedicada en gran parte a las Prácticas de sus Misiones, al
Reglamento de su tiempo en las mismas y a las Reglas del
Catecismo.
Esta Regla,
con la Súplica Ardiente y la Carta a los Asociados de la
Compañía de María constituyen el tríptico aprobado por la
Santa Sede como parte de la Regla y Constituciones oficiales
de la Compañía de María hoy, en el sentido que la Regla
actual se deriva de esos tres documentos.
1. - 1. En
esta Compañía sólo se recibe a sacerdotes ya formados en los
seminarios. Por tanto, quedan excluidos de ella los
eclesiásticos de órdenes inferiores hasta que hayan recibido
el sacerdocio. En París hay, sin embargo, un seminario donde
los jóvenes eclesiásticos que tienen vocación para las
misiones en la Compañía se preparan por la ciencia y la
virtud para ingresar en ella.
2. - 2.
Es necesario que dichos sacerdotes hayan sido llamados por
Dios a la vida misionera, en pos de los apóstoles pobres. Y
no a trabajar como vicarios, dirigir parroquias, enseñar a
la juventud o formar sacerdotes en los seminarios, cosa que
hacen muchos otros buenos sacerdotes, llamados por Dios a
estos santos oficios. Por consiguiente, huyen de tales
cargos por considerarlos contrarios a su vocación
apostólica. Así podrán decir siempre con Jesucristo: Me
envió a dar la Buena Noticia a los pobres (ver Lc 4,18),
o con los apóstoles: Cristo no me mandó a bautizar, sino
a dar la Buena Noticia (ver 1Co 1,17). Y consideran como
una sutil tentación las ocasiones, que se presentan
constantemente, de ayudar a las gentes por tales medios. Ese
es el cambio o desviación que han sufrido, desgraciadamente,
muchas santas comunidades, establecidas en estos últimos
siglos por el santo espíritu de sus fundadores para predicar
misiones, y ello so pretexto de un bien mayor. Algunas se
han dedicado a instruir a la juventud, otras a formar
sacerdotes y eclesiásticos. Y si dan misiones todavía, lo
hacen sólo accidentalmente y como de paso. La mayor parte de
los miembros de estas comunidades permanecen años enteros
sedentarios, por no decir solitarios, en sus casas de la
ciudad o del campo. Su lema es Buscadores del reposo
(Is 38,11). Mientras que el de los verdaderos misioneros
–como San Pablo– es poder decir con toda verdad: No
tenemos domicilio fijo (1Cor 4,11).
3. - 3.
No se recibe a sacerdotes enfermos ni de mucha edad –es
decir, de más de sesenta años–, por no ser ya capaces de
soportar los combates que los misioneros, como valientes
campeones de Jesucristo, deben trabar sin cesar con los
enemigos de la salvación. Pero, si algún sacerdote de la
Compañía viene a quedar –a causa de la edad o la enfermedad–
imposibilitado de trabajar en las misiones, va a descansar a
una casa que la Compañía tiene para ello.
4. - 4.
Se recibe, sin embargo, a hermanos legos, para que cuiden de
lo temporal. Con tal que sean desapegados de las cosas
terrenas, vigorosos y obedientes, prontos a hacer cuanto se
les ordene.
5. - 5.
Unos y otros han de estar desprovistos de beneficios, aun
simples, y de bienes temporales, aun de patrimonio: Si los
tienen antes de entrar en la Compañía, dejan los beneficios
en manos de los patronos, y los bienes patrimoniales a sus
parientes o a los pobres, según el dictamen de un hombre
prudente, cambiando así sus bienes patrimoniales por el de
Dios mismo, que es el de su inagotable providencia.
6. - 6.
Desligados así de todo empleo y del cuidado de todo bien
temporal capaz de detenerlos o atarlos a algún lugar, se
hallan disponibles para correr, como San Pablo, San
Francisco Javier y los demás apóstoles, adondequiera que
Dios los llame: ciudades, campos, pueblos, aldeas, cerca o
lejos; siempre disponibles al llamamiento de la obediencia:
Me siento animado (Sal 108 [107],2; Aquí estoy...
para realizar tu voluntad (Hb 10,7). Y sin decir jamás lo
que tantos sacerdotes terrenos, tantos beneficiados de
negocios, tantos eclesiásticos del placer, tantos huéspedes
del reposo dicen todos los días a su manera: Compré,
compré... acabo de casarme, etc., y por esta razón no puedo
ir. Te ruego me disculpes (ver Lc 14,18ss).
7. - 7.
Aunque no limitan la gracia de Dios ni su celo
exclusivamente a los campos –como los misioneros de San
Vicente de Paúl–, sino que van, indiferentemente, a dar
misiones tanto en las ciudades como en los campos –conforme
a la voluntad de Dios señalada por sus superiores–, hacen
suyas, sin embargo, las más tiernas preferencias del corazón
de Jesús, su modelo, que decía: Me envió a dar la Buena
Noticia a los pobres (Lc 4,18). Así que prefieren,
ordinariamente, el campo a la ciudad, y los pobres a los
ricos.
8. - 8.
Para ser admitidos definitivamente en la Compañía hacen en
manos del superior los votos simples de pobreza y
obediencia. Y los renuevan cada año. Al cabo de cinco años
no interrumpidos en la Compañía, si se sienten de veras
llamados por Dios a ella v se los juzga tales, emiten los
votos de pobreza y obediencia para siempre. Siendo simples
estos votos, quienes los emiten podrían, por razones
legítimas, obtener del obispo dispensa de ellos para salir
de la Compañía. Esta, por su parte, según el derecho que se
reserva a sí misma, podría despedir, aun después de los
segundos votos, a uno de sus miembros si éste, a pesar de
los remedios empleados con él, llega a malearse de tal modo
que constituya más bien ocasión de escándalo que de
edificación.
9. - 9.
La Compañía no se encarga jamás de escolares ni
pensionistas, eclesiásticos o laicos, aun cuando quisieran
entregarle todos sus bienes.
B.
Desprendimiento o pobreza evangélica
10. - 1. No
poseyendo –como se ha dicho– ni bienes, ni patrimonio, ni
rentas de beneficio –cosa contraria al desprendimiento
apostólico–, su único apoyo es la divina Providencia, la
cual los mantiene por quien y como le plazca.
11. - 2.
No poseen en la Compañía dineros ni muebles en propiedad
secreta o públicamente. La comunidad les proporciona todo lo
necesario para el vestido y la manutención en la medida en
que la divina Providencia se lo da a ésta por Sí misma.
12. - 3.
La Compañía no tiene ni puede tener en propiedad más que dos
casas en el reino: una en París, para formar eclesiásticos
en el espíritu apostólico; la otra, fuera de la capital, en
una provincia del reino, para que los miembros de la
Compañía puedan descansar cuando no tienen trabajo
apostólico entre manos y terminar sus días en el retiro y la
soledad después de haber dedicado los más hermosos a la
conquista de las almas.
La Compañía puede recibir de manos de la
divina Providencia otras casas en las diferentes diócesis
adonde Dios la llame. Pero aceptará solamente el usufructo
de ellas, como el inquilino en una casa, o únicamente la
habitación, como el forastero en una fonda. Si nadie quiere
ofrecerle una casa, no la pedirá; se contentará con alquilar
alguna, en el campo con preferencia a la ciudad. Pero, si
alguna persona caritativa le hace donación de una casa, la
Compañía consigna por escrito la propiedad de la misma al
obispo del lugar y a sus sucesores, conservando para sí
solamente el usufructo. El obispo y sus sucesores tienen,
por tanto, plenos poderes y derechos para quitar dicha casa
a los misioneros si éstos, con el tiempo, viven allí
sedentarios y no cumplen sus deberes. Y pueden dedicar dicha
casa a otros servicios caritativos más útiles a las gentes,
aunque sin disponer de los frutos para sí mismos. En esta
forma, los misioneros no quedan fijos en ningún lugar, como
lo están, de ordinario, las comunidades más regulares. En
cambio, quedan más sólidamente fundados en Dios solo
abandonados siempre y sin reserva a los cuidados de su
Providencia.
De esta manera, las contribuciones,
censos y litigios que acompañan casi necesariamente la
posesión de tierras y casas no los distraer n nunca de las
tareas apostólicas.
Así, quedan, además, mejor dispuestos
–como peregrinos y extranjeros que son– para no mirar las
casas donde los reciben sino como albergues, de los cuales
salen –una vez cumplida su misión– para seguir corriendo sin
descanso: Los destiné a que se pongan en camino (Jn
15,16).
13. - 4.
Durante la misión no pueden recibir como limosna ningún
dinero de aquellos a quienes predican la misión. Pero
terminada ésta pueden recibir, a través del superior, las
limosnas que por pura caridad o gratitud les ofrezcan.
14. - 5.
Les está absolutamente prohibido, durante la misión o
después de ella, pedirá nada directa o indirectamente –ni
dinero, ni pan, ni ninguna otra cosa–. Confían enteramente y
para todo en los cuidados de la divina Providencia, que hará
milagros antes que abandonar en la necesidad a quienes
confían en ella. No les está prohibido, sin embargo,
manifestar, en público o en privado, su precaria situación
económica y sus reglas sobre el particular.
15. - 6.
Como los religiosos de la Compañía de Jesús, celebran
gratuitamente todas sus misas por aquellos y aquellas que se
las pidan. Pueden encargarse hasta de una treintena, pero no
más. Si les quieren dar alguna gratificación o retribución,
harán que el director o el ecónomo la reciban después de la
misión. El director de la misión, por su parte, no debe,
ordinariamente, celebrar la santa misa sino por los
bienhechores de los misioneros y de los pobres. Y no omitirá
el hacerlo saber públicamente.
16. - 7.
Cuando van a misionar, el director o el ecónomo lleva
consigo algún dinero de limosnas, si lo hay, para ayudar a
la reparación de las iglesias y alimentar a los pobres de
los lugares donde misionan. En caso de que las gentes, por
dureza o pobreza, no quieran darles lo necesario, pueden
servirse de aquel dinero para su mantenimiento y
alimentación. Industriosa economía, que, lejos de ser
contraria al abandono a la Providencia, es más bien
instrumento de ella para ayudar a los misioneros y estimular
a las gentes para que contribuyan a la reparación de las
iglesias y a la manutención de los pobres. Además, el Señor
nos dio ejemplo, teniendo bolsa común para sus necesidades y
las de los pobres.
17. - 8.
Si algún sacerdote trae dinero consigo al entrar en la
Compañía, lo deja todo, sin reserva, en la bolsa de la
Providencia. Si, después de haber entrado en la Compañía,
los parientes o amigos le dan alguna limosna o estipendios
de misas sin haberlos él pedido, lo incorpora todo
igualmente en la bolsa común para que se aplique a las
necesidades de toda la comunidad, sin reclamar fruto alguno
particular ni privilegio especial, portándose exactamente
como quien no ha traído nada y a quien nada se le ha dado.
18. - 9.
Si el misionero, antes o después de los votos, sale de la
Compañía por su voluntad, sin permiso o por desobediencia
formal, no puede exigir parte alguna ni indemnización por lo
que ha dado como limosna 18 2a la Compañía de los pobres
voluntarios. Pero, si sale contra su voluntad, por alguna
falta considerable que no sea desobediencia formal, se
tendrá en cuenta –al menos en parte– lo que ha dado,
deducidos sus gastos.
C. Obediencia
19. - 1.
Obedecen a sus superiores y a las Reglas enteramente, sin
excepción; prontamente, sin dilaciones; gozosamente, sin
amargura; ciegamente, sin razonamiento, y santamente, por
Dios sólo. Lo que se dice pronto, pero es difícil de
practicar, si se tiene en cuenta la fuerza de arrastre del
ambiente –aun eclesiástico–, que sigue sus propios
caprichos, y la corrupción de la propia voluntad, que sólo
gusta de hacer lo que le agrada y porque le agrada. Y, sin
embargo, esta obediencia es en esta Compañía –lo mismo que
en la de Jesús– el fundamento y apoyo inquebrantable de toda
santidad y de todos los frutos que Dios produce y producir
por su ministerio.
20. - 2.
Obedecen a su director espiritual –que es siempre de la
Compañía– en el gobierno de sus conciencias, explayando ante
él su corazón como el agua, con entera confianza, no
haciendo ni omitiendo nada considerable sin habérselo hecho
saber y sin haber recibido su aprobación o permiso.
21. - 3.
Obedecen al superior de la Compañía en todo, grande o
pequeño, prescrito o no por las Reglas, tanto si se refiere
a la aplicación a sus cargos como si mira al buen orden de
la Compañía.
22. - 4.
Obedecen al obispo de la diócesis donde trabajan, a los
vicarios y demás superiores eclesiásticos que hacen las
veces del obispo, al cura de la parroquia en que dan la
misión. 22 2Obedecen a todos los superiores en cuanto a lo
exterior, al lugar, tiempo y demás circunstancias de la
misión en sí mismas indiferentes, pero que vienen a ser muy
saludables e importantes cuando están reguladas por la
obediencia. 22 3Si un superior eclesiástico les ordena algo
contrario a las Reglas más importantes o a los votos, no
están obligados a obedecer. Pero, si les prohíbe, manda o
simplemente aconseja con insistencia 22 4cosas en sí mismas
no muy importantes, pero que no tienen costumbre de hacer u
omitir, obedecen sin vacilar a ese superior, quien en tales
casos hace que todo aquello sea más importante y
santificador.
23. - 5.
Cada uno cumple con fidelidad los deberes del cargo que le
han confiado, sin entrometerse a conocer y supervisar los de
los demás, a menos que la santa obediencia le obligue a
ello.
24. - 6.
Observan con perfecta exactitud las reglas más pequeñas de
la Compañía, considerándolas a todas como la pupila de los
ojos de Jesucristo. Manifestando con esta fidelidad que les
guía el Espíritu Santo y no el espíritu del mundo, ya que
éste no aprecia, ni siquiera en la virtud, sino lo brillante
y espectacular.
25. - 7.
Consideran la desobediencia formal u obstinada a un superior
–incluso en cosas pequeñas– como la mayor falta que se pueda
cometer en la Compañía y como la única, tal vez, que merece
la expulsión de la comunidad, por más años o santidad que
tengan.
26. - 8.
Tienen tal estima y amor a esta divina virtud, que le
sacrifican el cuerpo, la salud, la vida y todo lo demás
cuando manda cosas buenas y posibles, aunque sean difíciles
y amargas a la naturaleza. Por ello, cuando se dan cuenta de
las faltas públicas u ocultas que han cometido por
fragilidad o tentación contra esta divina virtud, se imponen
inmediatamente algún castigo y piden penitencia al superior.
27. - 9.
Pueden, sin embargo, declarar ingenua y sencillamente los
motivos que tienen para no omitir o no emprender lo que se
les manda. Pero si, después de haberlos manifestado, no se
toman en cuenta sus razones, deben obedecer ciega y
prontamente, sin preguntar por qué ni cómo. Y no solamente
con obediencia de voluntad, sino, aún m s, con la mente y el
entendimiento, creyendo que –a pesar de sus opiniones
personales– lo prohibido u ordenado por el superior es
absolutamente lo mejor delante de Dios.
D. Oraciones y
ejercicios de piedad
28. - 1. En
todo tiempo y todos los días hacen, al menos, media hora de
oración mental por la mañana.
29. - 2.
Rezan los quince misterios del santo rosario y la coronilla
de la Santísima Virgen todos los días, a horas diferentes,
según les parezca más cómodo, a fin de atraer, por esta
práctica venida del cielo, la bendición divina sobre sí
mismos y sobre su apostolado, como lo experimentan todos los
días.
30. - 3.
Ordinariamente celebran cada día la santa misa, con la
preparación conveniente antes de ella y al menos media hora
de acción de gracias después de celebrarla, considerando
como sutil y ordinaria tentación cuanto pueda estorbarles
esta media hora de acción de gracias, porque, el que es
malo consigo mismo, ¿con quién podrá ser bueno? (Eclo
14,5).
31. - 4.
Rezan en común el breviario que es el romano en cuanto los
trabajos misionales se lo permitan. Si se ven obligados a
recitarlo en particular, lo rezan siempre con modestia,
atención y devoción ejemplares.
32. - 5.
Dedican todos los días, antes del almuerzo, unos quince
minutos al examen particular en comunidad.
33. - 6.
Cada mes, al volver de las misiones, hacen, al menos, un día
de retiro, dedicándose en él a la oración y a la penitencia.
34. - 7.
Durante las comidas guardan silencio, caridad, modestia v
sobriedad. Si se ven obligados a hablar durante la comida,
lo hacen en voz baja y con pocas palabras.
35. - 8.
Al volver de las misiones, durante el descanso que la divina
Providencia les concede y aconseja, Vengan a un lugar
apartado para descansar un poco (Mc 6,31), se dedican al
estudio para perfeccionarse más y más en la ciencia de la
predicación del confesionario.
36. - 9.
La Regla no les prescribe penitencias corporales. El fervor
personal, orientado por la obediencia, les dicta lo que es
mejor. Guardan abstinencia solamente el miércoles y ayunan
el viernes o el sábado. En estos días, la cena se reduce a
una merienda.
E. Desprecio del
mundo
37. - 1. No
comparten las ideas del mundo, ni aman sus máximas, ni se
comportan según sus modas.
38. - 2.
Tienen como lema: No se amolden al mundo este (Rm
12,2). Por ello evitan, en la medida de lo posible, sin
herir la caridad ni la obediencia, cuanto sepa a espíritu
mundano, como la peluca y el solideo, los manguitos y los
guantes, las fajas volantes, los zapatos elegantes, las
telas lujosas, los sombreros lustrosos, el tabaco en polvo o
en cualquier otra forma, etc.
39. - 3.
No condenan en forma absoluta a quienes, por bien parecer o
necesidad, se sirven en el mundo de tales cosas. Pero
responden a quienes les quieran inducir a ellas: Nosotros
no tenemos tal costumbre (1Co 11,16). Y, dado que por su
ministerio hacen abiertamente profesión de combatir al
mundo, anticristo y enemigo de la virtud, se alejan cuanto
más pueden aun de las cosas indiferentes que poco a poco les
acercarían a él: Quien desprecia lo pequeño, se irá
arruinando ((Eclo 19,1).
40. - 4.
No hacen, sin embargo, ostentación de singularidad alguna en
su exterior. Según las posibilidades que la divina
Providencia, su madre y nodriza, les proporcione, cuidan de
vestir como los buenos eclesiásticos, y en concreto, como
los del seminario de San Sulpicio de París, sin usar
alzacuello, ni sombrero, ni manteo, ni otro vestido distinto
del de los demás.
41. - 5.
Durante la misión no van nunca a comer a casas de
particulares, excepto una o dos veces a la del párroco del
lugar. Fuera del tiempo de misiones, van raras veces y con
permiso expreso del superior.
42. - 6.
No escriben ni reciben cartas sin ponerlas en manos del
superior, quien las lee, si le parece bien.
43. - 7.
En la medida de lo posible, van a pie a las misiones,
siguiendo el ejemplo de Jesucristo y de los varones
apostólicos. Pero en caso de enfermedad o de grandes
dificultades en los caminos utilizan sin problema los medios
que les ofrezca la divina Providencia.
F. Caridad para
con el prójimo
44. - 1.
Tienen unos con otros una caridad preveniente y llena de
buena voluntad, buscando las oportunidades de darse gusto
unos a otros; llena de respeto, adelantándose a honrarse los
unos a los otros; llena de paciencia, soportándose
mutuamente los defectos.
45. - 2.
La caridad, reina de las virtudes, es la soberana y
superiora de la Compañía, a la que regir con su cetro de
oro. La caridad será la vida, vínculo y guardiana de la
Compañía. El orgullo, la suficiencia y el interés personal
están desterrados: Entra, que el amor reina dentro.
46. - 3.
Tienen una caridad alegre y cordial para con todos,
especialmente para con sus enemigos, devolviéndoles bien por
mal y rogando a Dios durante ocho días para quienes les
hayan inferido alguna injuria notable, muy lejos de quejarse
de ello, murmurar o vengarse.
47. - 4.
Cuidan con especial solicitud de los pobres, tanto durante
las misiones como fuera de ellas. No les rehúsan jamás la
caridad corporal, si les es posible, o espiritual, aunque
sólo sea el recitar por ellos un Avemaría.
48. - 5.
Después de cada catequesis, dan de comer a todos los pobres
de la parroquia que hayan asistido a ella. Y todos los días,
mañana y tarde, sentarán a uno a su mesa.
49. - 6.
Procuran cumplir fielmente aquellas palabras tan caritativas
del gran Apóstol: Me hice todo para todos (1Co 9,22),
haciéndose, por caridad, todos para todos en lo indiferente,
sin caer en los modales mundanos ni relajarse en el
cumplimiento de sus deberes.
G. Prácticas en
las misiones
50. - 1.
Dan todas sus misiones abandonados a la Providencia. No
aceptan fundaciones para ninguna misión, como lo hacen
algunas comunidades misioneras fundadas por el rey o por
particulares. Y esto por cuatro razones principales: 1ª tal
es el ejemplo dado por Jesucristo, los apóstoles y los
varones apostólicos; 2ª Dios devuelve el ciento por uno
desde este mundo y concede frecuentemente –como lo comprueba
la experiencia– la gracia de la conversión a quienes tienen
caridad con los misioneros, recompensándoles así sus
limosnas: Den, y les darán (Lc 6,38); 3ª la caridad
mutua gana y une admirablemente los corazones de los oyentes
con el predicador y los misioneros: la caridad engendra
caridad; 4ª la gracia de una misión, realizada así, a cargo
de la Providencia y en gran dependencia de la gente –cosa
que la naturaleza orgullosa rehuye infinitamente–, es, sin
comparación, más abundante y poderosa para convertir las
almas que las misiones fundadas. En éstas, los misioneros se
encuentran en cierta situación de superioridad e
independencia que halaga el orgullo y les atrae honores,
pero no les ofrece mayor gracia de Dios ni mayor amor al
prójimo. Hay que haber experimentado estas dos maneras de
misionar para darse cuenta de ello.
51. - 2.
Cuando hallan a alguien tan caritativo que quiera costear él
solo toda la misión, se lo agradecen, pero no aceptan la
propuesta. Le ruegan solamente que les dé lo que a bien
tenga durante la misión, cuando se hallen a merced de la
gente. Porque no está bien que por su caridad universal
destruya el abandono a la Providencia que profesan los
misioneros para el bien mismo de las gentes.
52. - 3.
Uno o dos misioneros van –cuando les sea posible– quince
días antes de la misión para anunciarla, a fin de que
mediante este pregón fervoroso: 1º hagan cesar el pecado; 2º
preparen el camino a Jesucristo, como lo hacían los
discípulos que el Señor enviaba de dos en dos a los lugares
adonde se dirigía (ver Lc 10,1); 3º organicen la oración,
para merecer la gracia de la misión, inspirando para ello a
las gentes que recen todos los días el rosario de quince o
cinco misterios. Así, cuando lleguen, lo hallar n todo bien
dispuesto.
53. - 4.
Procuran que el número de personas a quienes dan la misión
sea proporcionado al número de misioneros que la predican,
porque quien mucho abarca, poco aprieta. Por
consiguiente, no predican la misión más que a una parroquia,
si es grande, o a determinado número de pequeñas parroquias,
vecinas unas de otras. Y no admiten, sino por privilegio
especial del superior, a ningún feligrés perteneciente a
parroquias que no estén señaladas para la misión. No quiero
decir que les prohíban oír la predicación, puesto que la
iglesia y la palabra de Dios son para todos. Pero no les
atienden en confesión, para que así los feligreses de la
parroquia donde trabajan se vean más santamente impelidos a
confesarse, sin que puedan pretextar fundadamente que
confiesan a los forasteros antes que a los que reciben la
misión.
54. - 5.
En los días de trabajo predican regularmente mañana y tarde,
según la comodidad de las gentes a quienes tratan de ganar
para Cristo. Su predicación no debe durar, de ordinario, más
de tres cuartos de hora y no pasar de una hora. En los días
de fiesta, además de estas dos ocasiones, predican también
en la misa mayor. Y hacia la una de la tarde dan una
conferencia para instruir a los fieles.
55. - 6.
Esta conferencia es una instrucción familiar, mediante
preguntas y respuestas, sobre las verdades de la religión.
Pueden exponer sucintamente un punto particular de la
conferencia y dejar a otro misionero que en pocas palabras
formule preguntas prácticas y serias sobre la materia
escogida. Pueden también permitir que todo el pueblo
presente sus dificultades sobre esta u otra materia, con tal
que el misionero que da la conferencia esté preparado para
responder a todo. Esta última forma es la más arriesgada,
pero también la más útil a las gentes.
56. - 7.
La finalidad de sus misiones es renovar el espíritu del
cristianismo en los creyentes. Así, pues, hacen renovar las
promesas del bautismo –conforme a la orden del Papa– de la
manera más solemne y no dan la absolución ni la comunión a
ningún penitente que no haya renovado antes con los demás
estas promesas. Hay que haber experimentado los frutos de
esta práctica para apreciar su valor.
57. - 8.
Durante la misión establecen con todas sus fuerzas, y a
través de las lecturas de la mañana, lo mismo que en
conferencias y predicaciones, la gran devoción del rosario
diario. Inscriben en esta Cofradía –conforme a la
autorización que tienen para ello– a cuantas personas
puedan. Les explican las oraciones y misterios que lo
componen, tanto de palabra como mediante cuadros e imágenes
que llevan para ello. Dan ejemplo rezando, en francés y en
voz alta, el rosario de quince decenas todos los días de la
misión, con el ofrecimiento de los misterios, en tres horas
diferentes, a saber: cinco misterios por la mañana, durante
la celebración de la santa misa, antes de la predicación;
otros cinco al mediodía, antes del catecismo, mientras los
niños se reúnen, y los otros cinco por la tarde, antes del
último sermón. Este es uno de los mejores secretos venidos
del cielo para irrigar los corazones con celestial rocío y
hacer que produzcan los frutos de la palabra de Dios, como
lo demuestra la experiencia cotidiana.
58. - 9.
Procuran que casi todos hagan una confesión general. Si no
la necesitan, dado que sus confesiones precedentes han sido
válidas, les ser siempre muy provechosa por la humildad que
en ella se practica; a menos que se trate de personas
escrupulosas, que son raras.
59. -
10. No son demasiado rígidos ni demasiado indulgentes en las
penitencias ni en dar la absolución. Su criterio ser el de
la prudencia y la verdad, que les ofrecen en detalle el
Método uniforme que los misioneros deben observar en la
administración del sacramento de la penitencia para renovar
el espíritu del cristianismo y un manuscrito más extenso
que tienen entre manos, intitulado el Veni–mecum del buen
misionero.
60. -
11. Siendo el ministerio de la predicación de la palabra de
Dios el más amplio, saludable y difícil de todos, los
misioneros se aplican asiduamente al estudio y la oración a
fin de alcanzar de Dios el don de sabiduría, tan necesario a
un verdadero predicador para conocer, gustar y hacer gustar
a las almas la verdad. Nada más fácil que predicar a la
moda. Pero ¡qué cosa tan difícil y sublime es predicar como
los apóstoles! Hablar como el sabio, por experiencia
(Sap 7,15), o como dice Jesucristo: de la abundancia del
corazón (ver Eclo 51,30); haber recibido de Dios, en
recompensa de los trabajos y oraciones, una lengua, labios y
sabiduría a las que no pueden resistir los enemigos de la
verdad: Yo les daré palabras tan acertadas que ningún
adversario les podrá hacer frente o contradecirlos (Lc
12,15). Entre mil predicadores –entre diez mil podría decir
sin faltar a la verdad–, apenas si hay uno que posea este
gran don del Espíritu Santo. La mayor parte no tienen sino
lengua, boca y sabiduría humanas. Por ello iluminan,
impactan y convierten a tan pocas almas con sus palabras,
aunque las tomen de la Sagrada Escritura y de los Padres,
aunque las verdades que predican estén muy bien confirmadas,
probadas, ordenadas, pronunciadas y sean muy escuchadas y
aplaudidas. Sermones muy bien escritos, lenguaje elegante y
escogido, pensamientos ingeniosos, frecuentes citas de la
Sagrada Escritura y de los Padres, gestos bien estudiados,
elocuencia viva; pero ¡qué lástima! Todo esto es solamente
humano y natural, v por ello no produce sino fruto natural y
humano. La secreta complacencia que brota de una pieza tan
bien compuesta y estudiada sirve de flecha a Lucifer, el
sabio orgulloso, para enceguecer al predicador. La
admiración popular, que sirve a los mundanos de pasatiempo
durante el sermón y de entretenimiento en las tertulias
después de él, es el único fruto de sus trabajos v sudores.
Como sólo azotan el aire y no hieren más que los oídos, no
hay que extrañarse de que nadie los ataque y de que el
espíritu de mentira ni se mueva: Todos sus bienes están
seguros (Lc 11,21). Dado que el predicador a la moda no
ataca el corazón, que es la ciudadela donde el tirano se ha
hecho fuerte, éste no se inquieta mucho por el barullo de
fuera.
61. -
Pero que un predicador lleno de la palabra y del espíritu de
Dios abra apenas la boca, y todo el infierno tocar alarma y
remover cielo y tierra para defenderse. Es entonces cuando
se traba una sangrienta batalla entre la verdad, que brota
de la boca del predicador, y la mentira, que sale del
infierno; entre los oyentes que, por su fe, se hacen amigos
de esta verdad y aquellos que, por su incredulidad, se
tornan seguidores del padre de la mentira. Un predicador con
este temple divino removerá, con las solas palabras de la
verdad aunque dichas con mucha sencillez, toda una ciudad y
toda una provincia, por la guerra que en ellas se levante.
Lo cual no es sino prolongación del terrible combate que se
libró en el cielo entre la verdad de San Miguel y la mentira
de Lucifer (ver Ap 12,7) y fruto de las enemistades que Dios
mismo ha puesto entre la raza predestinada de la Santísima
Virgen y la raza maldita de la serpiente. No hay, pues, que
extrañarse de la falsa paz que cosechan los predicadores a
la moda y de las tremendas persecuciones y calumnias que se
alzan y promueven contra los predicadores que han recibido
el don de la palabra eterna, como deben ser un día todos los
hijos de la Compañía de María: Los que evangelizan con
todo empeño (Sal 67,12 [Vulgata]).
62. -
12. El misionero apostólico predica, pues, con sencillez,
sin artificios; con verdad, sin fábulas, ni mentiras, ni
disfraces; con intrepidez y autoridad, sin miedo ni respeto
humano; con caridad, sin herir a nadie, y con santidad, no
mirando sino a Dios, sin otro interés que el de la gloria
divina y practicando primero él lo que enseña a los demás:
Empezó Jesús a hacer y enseñar (Hch 1,1 [Vulgata]).
63. -
13. Evitan en la predicación muchos escollos en los que el
demonio hace caer con frecuencia a los predicadores noveles
y a algunos otros bajo pretexto de celo, como: 1º,
complacerse en lo que dicen y en el fruto que alcanzan; 2º,
mendigar aplausos directa o indirectamente después de la
predicación; 3º, envidiar a otros al ver que son más
seguidos, más patéticos, etc.; 4º, escuchar o promover
murmuraciones contra otros predicadores; 5º, encolerizarse
–algo que es muy fácil y natural– cuando los oyentes dan
ocasión para ello mientras el predicador habla; 6º,
apostrofar directa o indirectamente a un oyente nombrándolo
veladamente, señalándolo con la mirada o con la mano o
diciendo cosas que sólo pueden aplicarse a él; 7º, condenar
continua, afectada o exageradamente a los ricos y grandes
del mundo, a los magistrados u oficiales de la justicia; 8º,
censurar, criticar o detallar los pecados de los sacerdotes.
Todos estos excesos son reprensibles, capaces de sublevar
los espíritus y hacer perder al misionero, por santo y bien
intencionado que sea, todo el fruto de la palabra de Dios o,
al menos, gran parte de él.
64. -
14. El buen predicador debe considerarse, al proclamar la
palabra divina, como un criminal inocente en el banquillo,
donde ha de soportar, sin vengarse, los falsos juicios de
todo un auditorio, frecuentemente indispuesto contra él, las
censuras y malas interpretaciones que los sabios orgullosos
hacen de sus palabras; las burlas, chanzas y desprecios de
los impíos hacia su persona y, en fin, las calumnias de todo
un pueblo. El buen predicador hará consistir la fuerza de su
celo no sólo en predicar con energía, sino también en
resistir todas las tormentas como una roca, sin conmoverse
ni ceder, dejando a la verdad que él proclama, y que
naturalmente engendra odio, el encargo de libarle de la
mentira: La verdad me hará libre (Jn 8,32), y que
intervendrá a su favor tarde o temprano, con tal que se le
permita obrar.
65. -
15. En fin recuerdan que Jesucristo les envía, igual que a
los apóstoles, como corderos en medio de lobos. Es,
pues, necesario que imiten la dulzura, humildad, paciencia y
caridad del cordero, a fin de transformar, por este medio
tan divino, los lobos mismos en corderos.
H. Distribución
del tiempo en las misiones
66. - 1.
Se levantan en todo tiempo a las cuatro, como los misioneros
de la Compañía de Jesús y los Vicentinos, a no ser que la
santa obediencia les ordene otra cosa a causa de alguna
indisposición.
67. - 2.
A las cuatro y media –si el director no les prescribe otra
ocupación, como celebrar la santa misa, entonar cánticos
para los fieles, hacer alguna lectura, etc.– se dedican
durante media hora a la oración mental, rezan las horas
menores y se preparan, en la forma acostumbrada, para la
santa misa.
68. - 3.
A las seis, poco más o menos –según la época de la misión–
celebran, uno tras otro, la santa misa, siguiendo el orden
señalado por el director.
69. - 4.
Se sientan lo más pronto posible al confesionario, antes o
después de la predicación, hasta las once en punto.
70. - 5.
Predican, ordinariamente, entre las siete y las ocho de la
mañana durante el invierno. En verano, entre las seis y las
siete, a la hora más apropiada para las gentes.
71. - 6.
A las once en punto, cuando el director da la señal, se
levantan prontamente del confesionario, aunque la confesión
que escuchan no esté terminada, para hacer juntos el examen
antes del almuerzo.
72. - 7.
Toman en silencio y en común todas las comidas, oyendo la
lectura de la Sagrada Escritura o de algún buen casuista.
Sin embargo, el director puede en ciertas ocasiones, por
caridad y conveniencia, hacer cesar la lectura hacia el
final de la comida para hablar juntos de cosas provechosas.
73. - 8.
Después de la oración de acción de gracias toman el recreo
juntos, no retirándose sin permiso. Durante este tiempo
resuelven algunos casos de conciencia, según las necesidades
de los lugares donde dan la misión, sin dar a conocer a
aquellos cuyos casos se resuelven.
74. - 9.
A la una en punto terminan el recreo, rezan vísperas y
completas en común y van al confesionario, si el superior no
señala otra ocupación. Permanecen en él hasta las cinco de
la tarde, poco más o menos–, según la época del año. En
seguida vuelven a casa para rezar maitines en común.
75. -
10. Después de maitines cenan y toman la recreación, como al
mediodía.
76. -
11. Después de una hora de recreo recitan la oración
comunitaria, escuchan la lectura del tema de meditación y
van a acostarse.
77. -
12. A las nueve, poco más o menos, han de estar acostados en
silencio y modestamente.
78. -
13. Fuera del tiempo de misiones, tienen casi los mismos
ejercicios. Pero se levantan a las cinco y dedican el tiempo
de la predicación y de las confesiones al estudio, la
oración y el retiro.
I. Reglas del
catecismo
79. - 1.
Siendo el oficio de catequista el más importante de la
misión, quien lo ha recibido por obediencia pone el mayor
empeño en cumplirlo bien. De hecho, es más difícil hallar un
catequista acabado que un predicador perfecto.
80. - 2.
El catequista procura hacerse amar y temer al mismo tiempo.
Pero de modo que el aceite del amor supere el vinagre del
temor. Por ello, si intimida a los niños con amenazas y
castigos humillantes, como un buen maestro, los anima como
un buen padre con las alabanzas que les prodiga, las
recompensas que les promete y distribuye y el cariño que les
manifiesta. Jamás les pega ni con la mano ni con la vara.
Pero si algún niño se muestra incorregible, lo envía a sus
padres para que le den diez o doce azotes.
81. - 3.
Procura con toda energía que los niños no hablen ni armen
desorden durante el catecismo. Si les perdona la primera
vez, la segunda les amenaza, la tercera les impone un
castigo y la cuarta les envía a que les propinen los azotes
que merecen.
82. - 4.
Siendo los niños, por naturaleza, muy inclinados a reír,
procura mostrarse siempre serio y no decir nada que les
excite a reír a carcajadas. Puede, sin embargo, – incluso
debe– amenizar el catecismo –de suyo bastante árido– con
modales atractivos, con salidas chistosas, con historias
cortas y agradables, a fin de tener contentos con todo ello
a los niños y renovar su atención.
83. - 5.
Su gran principio ser preguntar mucho a los niños, hablar
muy poco mientras les pregunta y hacerles, por sí mismo o
por otro misionero, una exhortación fervorosa de un cuarto
de hora sobre alguna verdad fundamental al final del
catecismo. En esta forma, una vez ilustrado el entendimiento
por las preguntas del catecismo, el corazón de los niños
quedar encendido y conmovido por esta exhortación. La
experiencia enseña que de todos los métodos, éste es el más
adecuado para enseñar en poco tiempo el catecismo a los
niños y orientarlos hacia Dios.
84. - 6.
Respecto al tiempo y circunstancias del catecismo, éstas son
las reglas que debe observar: almuerza a las once en punto;
después del toque del Ángelus de mediodía, se dirige a la
iglesia; reza el rosario en voz alta con los niños mientras
se van reuniendo; canta en seguida dos o tres estrofas de
algún cántico.
85. - 7.
En la primera y segunda clase de catecismo de la misión,
hace sentar a los niños unos junto a otros, según la edad,
ordenadamente, siguiendo la disposición de los nueve coros
angélicos. Los niños deben guardar este orden durante toda
la misión, ocupando siempre el mismo puesto, junto a los
mismos compañeros. Pone a cada banco el nombre de uno de los
coros de los ángeles: querubines, serafines, tronos,
etcétera. Esta estrategia es maravillosa: 1º, para mantener
a los niños en orden y al Dios del orden entre los niños;
2º, para que los niños estén atentos y sean asiduos en
asistir al catecismo, porque el compañero tiene la
obligación de avisar al catequista la ausencia del otro; 3º,
para acortar el tiempo del catecismo, pues el catequista no
se ve obligado a perderlo escribiendo los nombres ni pasando
lista, y puede darse cuenta, de un vistazo, de quiénes
faltan al catecismo y quiénes van por primera vez.
86. - 8.
Terminado el rezo del rosario, cuando los niños se hallan en
sus puestos, comienza el catecismo, haciendo con ellos en
voz alta actos de fe en la presencia de Dios, de esperanza,
de caridad, de contrición, de ofrecimiento del catecismo a
Jesucristo, de invocación del Espíritu Santo, de la
Santísima Virgen y del ángel de la guarda.
87. - 9.
En seguida hace que uno de ellos repita lo que les enseñó en
el último catecismo. Formula algunas preguntas, las hace
repetir a muchos, uno después de otro, según el orden en que
están colocados; frecuentemente, sin decir palabra,
mostrándolos sencillamente con la mano o la varita. Este
método, que no fatiga mucho, permite al catequista preguntar
a cuatrocientos o quinientos niños en hora y media.
88. -
10. El catecismo no debe durar, de ordinario más de hora y
media. Terminada la exhortación, si los niños son muchos,
los hace salir banco por banco, con calma y moderación, sin
consentirles los gritos y movimientos precipitados, tan
ordinarios al final de las clases de catecismo.
89. -
11. Concluido el catecismo, conduce en filas de a dos hasta
la casa de la Providencia a los pobres que han asistido a
él, para darles de comer en silencio y compostura. Mientras
comen les hace alguna lectura o les pregunta todavía acerca
del catecismo, puesto que está más obligado con los pobres
que con los ricos.
90. -
12. El catequista es responsable de la preparación
intelectual de los niños escogidos para la primera comunión.
Para ello debe observar las reglas que le están prescritas,
a saber: 1º, instruirlos bien; 2º, hablar con los padres de
familia; 3º, examinarlos cuidadosamente acerca de lo
aprendido; 4º, asegurarse de que los confesores les hayan
dado la absolución mediante una contraseña que éstos deben
dar a los que han absuelto y no a los otros, para que con
estas precauciones y muchas otras se evite que los niños
comulguen indignamente, arrastrados instintivamente por el
ejemplo de sus compañeros y las sugerencias del maligno.
91. -
13. Ordinariamente no utiliza sino el Catecismo abreviado
de los misioneros, mediante el cual los niños, en siete
breves lecciones, pueden aprender cuanto es necesario para
la salvación. Digo ordinariamente porque, si el cura
de la parroquia donde se hace la misión tiene bien
instruidos a los niños y les ha enseñado un catecismo
concebido en otros términos, el misionero debe igualmente
servirse de él para no embrollar las ideas de los niños, que
aprenden más de memoria que al sentido.