MÁXIMAS Y ENSEÑANZAS DE LA DIVINA SABIDURÍA

San Luis María Grignion de Montfort
Presentación 

San Luis María escribió en la “Cruz de la Sabiduría” de Poitiers un programa preciso de vida espiritual. A intención de las Hijas de la Sabiduría, detalla este programa y escribe un librito de máximas y enseñanzas; el mensaje contenido en éste es el mismo que el del capítulo 12 del Amor de la Sabiduría Eterna, intitulado “Los principales oráculos de la Sabiduría encarnada que es preciso creer y practicar para salvarnos”. Con toda seguridad, estas máximas están destinadas a las Hijas de la Sabiduría, quienes deben conformarse a ellas si quieren sinceramente adquirir el espíritu de la verdadera Sabiduría.

  

PRIMERA MÁXIMA

 

La verdadera felicidad en la tierra

se encuentra en la pobreza voluntaria y en mi imitación

 

1. Despréndete, pues, hija mía, de todos tus bienes temporales, siguiendo el consejo de tu superiora, que es mi representante.

2. No te apegues a ningún bien creado, interior o exterior, espiritual o corporal, por santo que sea.

3. Ponte en guardia respecto a los objetos por los cuales sientes especial afecto.

4. Desconfía de las amistades naturales de tus parientes y amigos.

5. No temas desagradarles y disgustarlos por cargar con tu cruz en mi seguimiento.

6. Carga todos los días, en seguimiento mío, con la cruz de la contradicción, de la persecución, de la renuncia, del desprecio, etc.

7. No te avergüences de practicar la virtud delante de los demás; no dejes de hacer el bien por temor al desprecio o a la alabanza cuando tengas la certeza de que Dios te lo pide.

8. Prefiere dar a recibir y sufrir una pérdida a ganar un pleito.

 

 

SEGUNDA MÁXIMA

 

Considérate verdaderamente feliz si el mundo

te persigue injustamente oponiéndose a tus buenos deseos,

juzgando mal tus intenciones, calumniando tu conducta,

quitándote injustamente la reputación o los bienes de fortuna

 

1. No te quejes, pues, hija mía, a personas distintas de mí del mal trato que te dan, ni busques la forma de justificarte, en especial cuando seas la única en sufrir por ello.

2. Ora, más bien, por quienes te ofrecen la felicidad de la persecución.

3. Dame gracias porque te trato como lo fui yo en la tierra, donde constituí un signo de contradicción.

4. No abandones tus buenos propósitos a causa de la contradicción; ésta es la prenda del triunfo futuro. Obra que no sea contradicha, que no esté marcada con el signo de la cruz, no vale nada delante de mí y pronto será destruida.

5. Considera como tus mejores amigos a quienes te persiguen, pues te brindan la ocasión de grandes méritos en la tierra y gran gloria en el cielo.

6. Considera dignos de lástima a los que viven holgadamente, comen bien, frecuentan el gran mundo, acumulan riquezas en el mundo, manejan bien sus negocios, ríen y se divierten.

7. No obres jamás bien ni mal por el “qué dirán”, para evitar algún reproche, injuria, crítica o alabanza.

8. No te turbes cuando, por culpa tuya, te ocurra alguna pérdida o desgracia. Humíllate, más bien, delante de Dios y recibe de su mano el castigo de tu falta.

 

 

TERCERA MÁXIMA

 

Odia tu alma,

y la conducirás a la vida eterna

 

1. Odia, pues, hija mía, tu propio espíritu y pensamientos; deséchalos si son malos o inútiles; somételos a tu superior si son buenos.

2. No te apoyes jamás en tus ideas, pensamientos, conocimientos, visiones, contemplaciones; ni te constituyas en juez supremo de su bondad o malicia.

3. Piensa que el juicio de las demás en cosas indiferentes es siempre más atinado y seguro que el tuyo, aunque quisieras creer todo lo contrario.

4. Odia tu imaginación y tu memoria, desterrando de ellas las malas fantasías, los deseos quiméricos e inútiles y las imaginaciones vanas y peligrosas, o cuando menos inútiles, del pasado o del futuro.

5. Aleja de tu memoria cualquier objeto que no sea el de la presencia de Dios.

6. Evita pensar voluntariamente en el mal que te han hecho o en el bien que has practicado.

7. Odia tu propia voluntad y sométela siempre, aun en las mejores cosas, a tu superior.

8. No hagas nada de cierta importancia sin pedir consejo, para que luego no tengas que arrepentirte.

9. No mantengas en el alma deseos inquietantes de cosas que no tienes, aunque te parezcan útiles para el prójimo y gloriosas para mi Majestad.

10. Pídeme con insistencia gracias especiales, pero solamente porque yo quiero que lo hagas; lo esencial de tu petición ha de ser conformarte siempre a mi voluntad.

 

 

CUARTA MÁXIMA

 

“Carga con tu cruz todos los días y sígueme”

 

1. Renuncia, pues, hija mía, a los placeres de los sentidos, aunque sean inocentes.

2. Mortifica los ojos, privándoles de ver cosas peligrosas o curiosas y manteniéndolos modestamente bajos.

3. Mortifica los oídos, evitando oír conversaciones malas, vanas o inútiles.

4. Mortifica la lengua, hablando poco, hablando sólo de mí o de cosas que me conciernen; guardando –si puedes– continuo silencio acerca del bien que hayas hecho, los defectos del prójimo y tus buenas cualidades.

5. Mortifica el gusto, no comiendo fuera de las comidas, ayunando con permiso, comiendo cosas que saben mal, comiendo con discreción y modestia cuando el apetito y el hambre te incitan a comer con avidez.

6. Mortifica el olfato, evitando olores y perfumes inútiles, no oliendo flores, ni tomando rapé, ni usando polvos perfumados.

7. Mortifica las manos, evitando los movimientos superfluos e inmodestos, teniéndolas quietas o moviéndolas poco al hablar con alguien.

8. Mortifica los pies, no caminando precipitada e inmodestamente y evitando visitas y paseos agradables. Si estás de pie, no te apoyes ora en un pie, ora en el otro. Si estás sentada, no cruces las piernas. Si caminas, no lo hagas con afectación ni precipitación sino sencilla y modestamente.

9. Mortifica el tacto, vistiendo hábitos ásperos, durmiendo en cama dura, usando instrumentos de penitencia, siempre que la obediencia a tu superiora te lo permita.

10. Mortifica todo tu cuerpo, trabajando en espíritu de penitencia y soportando las inclemencias del tiempo y las diferentes enfermedades a que el cuerpo está sujeto.

 

 

QUINTA MÁXIMA

 

El camino y la puerta del cielo son estrechos,

y pocos dan con ese camino y entran por esa puerta

 

1. Ejerce, pues, hija mía, un dominio continuo sobre tu naturaleza e índole para que seas del pequeño número de los que encuentran el camino de la vida y entran por la estrecha puerta del cielo.

2. Guárdate de seguir a la mayoría y al común de las gentes, que pertenecen al número de los que se pierden.

3. ¡No te engañes! Sólo hay dos caminos: el camino estrecho, que conduce a la vida, y el ancho, que conduce a la muerte. No hay camino intermedio.

4. Si tu ojo, tu mano o tu pie te escandalizan, córtalos sin demora, no sea que te pierdan. Es decir, huye de las ocasiones de pecado, aunque sean tan necesarias como uno de tus miembros.

 

 

SEXTA MÁXIMA

 

Vela y ora constantemente

 

1. Es preciso, pues, hija mía, que te apliques continuamente a la oración vocal o mental.

2. Hazlo todo en espíritu de oración; es decir, por amor a Dios y en presencia suya.

3. No abandones nunca la oración, por más penas y arideces que padezcas en ella.

4. No salgas jamás totalmente de tu interior, donde reside el reino de Dios.

5. Más que todas las cosas externas, estima las que se hallan en el corazón.

6. Sin especial vocación divina, no te enredes en cosas externas y temporales, por caritativas que te parezcan, ya que el ejercicio externo de la caridad hacia el prójimo ha hecho perder a más de una el espíritu de oración y de recogimiento.

7. Persuádete de que los mayores acontecimientos que ocurren sobre la tierra tienen lugar en el interior y en el corazón de las almas fieles.

8. Motiva en la fe todo cuanto haces; que esta virtud alimente tu oración y sea el premio de tu conducta.

 

 

SÉPTIMA MÁXIMA

 

Ama a tus enemigos.

Haz el bien a los que te hacen daño

 

1. Ora, pues, hija mía, por los que te persiguen, injurian y roban tu reputación y tus bienes.

2. No hagas a otros lo que no quieres que hagan contigo.

3. Soporta los defectos de todo el mundo por amor a Dios, que te soporta.

4. Corrige a quienes me ofenden, sin temer sus persecuciones.

 

 

OCTAVA MÁXIMA

 

Dialogo familiarmente con los sencillos

y sólo a los pequeños revelo mis secretos

 

1. Sé, pues, hija mía, sencilla como una paloma, sin hiel, sin doblez ni disimulas.

2. Cuanto más grande seas, tanto más debes humillarte. Es decir, sé la sierva de los demás; escoge el último puesto, el empleo más ruin y los vestidos más pobres.

3. Dios da su gracia a los humildes; haz, pues, todas tus acciones con profunda humildad de corazón, a fin de obtener mi gracia y amistad.

4. Aléjate de cuanto parece grande, pomposo y deslumbrante a los ojos de los hombres, porque es una abominación ante mí.

5. Ama la vida oculta, pobre y abnegada, porque constituye el objeto de mis delicias.

6. Es preciso que llegues a ser como un niño si quieres entrar en el cielo. Es decir, debes ser sencilla, obediente, inocente y dulce como un pequeñuelo.

7. Los últimos y los servidores de los demás a los ojos de los hombres, son ante mí los primeros y más encumbrados cuando aman su estado.

8. Si te exaltas más de lo que yo quiero, serás humillada más de lo que querrías en este mundo y en el otro; al contrario, si te rebajas más que los demás, yo te exaltaré, aun en este mundo, por encima de ellos.

 

 

NOVENA MÁXIMA

 

Quien es fiel en las pequeñas cosas,

lo será también en las más grandes.

Quien es infiel en las pequeñas cosas,

lo será también en las más grandes

 

1. Sé, pues, hija mía, muy fiel a las pequeñas reglas, a las pequeñas inspiraciones, a las pequeñas prácticas de virtud.

2. No descuides nada de lo que contribuya a la adquisición de la perfección.

3. Si eres fiel en lo poco, te lo aseguro, te constituiré sobre lo mucho. Es decir, si te veo corresponder fielmente a las pocas luces que tienes, a la poca devoción que sientes, etc., te haré partícipe de muchas gracias, luces, etc.

4. Guárdate de ser negligente en las cosas pequeñas, porque caerás poco a poco en la relajación y falta de devoción; perderás poco a poco tus inspiraciones, tu devoción.

 

 

DÉCIMA MÁXIMA

 

Yo escojo lo más bajo y vil

para confundir o destruir lo más elevado

 

1. Rebájate, pues, hija mía; empequeñécete, y yo haré algo de ti.

2. Da tu vestido al que te quite el manto.

3. Presenta la otra mejilla a quien te abofetea.

4. Súfrelo todo sin quejarte.

5. Sé la primera en acusarte y censurarte.

6. Cree todo bien de los demás, y todo mal de ti misma.

7. Escoge en todo lo peor.

8. Alégrate cuando te encuentres sumida en toda clase de penas y contradicciones y cuando seas hallada digna de sufrir algo por mí.

9. No te desesperes ni te turbes jamás si caes en algún pecado; mas humíllate pidiendo perdón.

 

 

UNDÉCIMA MÁXIMA

 

Cuídate de los falsos profetas

 

Es preciso, pues, hija mía, desconfiar mucho:

1. de las luces de tu propio espíritu, por interior que seas;

2. de los sentimientos de tu corazón, por perfectos y sinceros que te parezcan;

3. de las máximas espirituales de las personas relajadas;

4. de los bonitos y elevados pensamientos y de los santos propósitos que el espíritu maligno, transformado en ángel de luz, inspira con frecuencia a las personas más celosas y espirituales para hacerlas caer mediante sus engaños y artificios.

5. Para discernir y evitar los sutiles ardides del amor propio, de la carne y del demonio, sigue los importantes consejos que te doy:

1. No te complazcas jamás voluntariamente –y menos aún te apoyes– en lo que has pensado, imaginado o resuelto. Complácete, confía y apóyate más bien en los méritos e intercesión de María –cuya esclava eres– ante Jesús; en la sangre y los méritos de Jesús cerca del Padre; y en la misericordia infinita de Dios, tu Padre.

2. No te constituyas en juez de ti misma, porque nadie puede ser legítimo juez en su propia causa; descubre, más bien, todos tus pensamientos, ideas, etc., a tu superior; no le ocultes nada de lo que te preocupa, de lo que te ha impresionado, etc.

3. Obedece al confesor que te ha dado y escogido tu superior. Aprovecha sus consejos. Sigue las reglas de conducta y las máximas y lecciones de la divina Sabiduría que acabo de comunicarte.