CARTAS

San Luis María Grignion de Montfort 

Presentación 

A lo largo de su vida, san Luis María escribió cierto número de cartas personales. Pero solamente 34 de ellas –o fragmentos– han sido conservadas. Están dirigidas a 14 personas, principalmente a M. Leschassier, su confesor y director espiritual, a su hermana Guyonne-Jeanne y a la Hna. María Luisa de Jesús (María Luisa Trichet). Sus cartas nos ayudan a comprender a san Luis María y también sus obras. Algunas cartas, particularmente las 5, 6, 8-11 y 15-16, ilustran sus primeros años de sacerdocio cuando tuvo dificultad para discernir la voluntad de Dios. 

1                                                                (Fragmento)

A SUS PADRES O A SU TÍO SACERDOTE, ALAIN ROBERT

 

París.

 

Digan a mi hermano José que le pido que estudie con empeño. Así llegará a ser el mejor de la clase. Para ello debe colocar sus estudios en manos de su bondadosa Madre la Santísima Virgen. Que prosiga prestándole sus humildes servicios. Ella le dará cuanto necesite. Recomiendo lo mismo a mis hermanas.

 

  

2                                       A SU TÍO SACERDOTE, ALAIN ROBERT

 

París, 20 de septiembre de 1694.

 

¡El amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Con inmensa alegría recibí tu carta, tanto más preciosa cuanto que viene de quien tanto me ama.

Me informas en ella de una muerte. Pues, a mi vez, tengo que comunicarte otra: la del señor De la Barmondière, mi superior y director, que me hizo aquí tanto bien. Lo enterramos el domingo pasado en medio del dolor de toda la parroquia y de cuantos lo conocieron. Vivió como santo y como santo murió. Fundó el seminario en que me encuentro y tuvo la bondad de recibirme en él gratuitamente.

No sé todavía cómo se resolverán las cosas: si me quedo o tengo que partir, pues aún no se ha abierto el testamento. Pero pase lo que pase, nada me preocupa; tengo un Padre en el cielo que no me falla jamás. Que me condujo hasta aquí, me ha conservado hasta hoy, y lo seguirá haciendo según su constante misericordia. Aunque no merezco sino castigos a causa de mis pecados, no dejo de implorar al Señor y abandonarme a su providencia.

No pude responder tu carta tan pronto como deseaba. Me lo impidió un retiro que hice en San Sulpicio para prepararme a las cuatro [órdenes] menores. Que, gracias a Dios, he recibido.

  

3                                       A SU TÍO SACERDOTE, ALAIN ROBERT

 

París, 11 de julio de 1695.

 

Mi querido tío: ¡El amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Para saludarte muy respetuosamente y comunicarte que la Providencia me ha colocado en el seminario menor de San Sulpicio por mediación de la señora d’Alègre, aquella de quien te hablara la señora de Montigny, y en cuya casa reside la señorita Le Breton.

Ella había destinado 160 libras de renta anual para la manutención de un clérigo. Después de la muerte del señor De la Barmondière y la unión de su seminario menor con el de San Sulpicio, se destinó esta cantidad a este seminario, donde se pagan 260 libras.

La señora d’Alègre dijo a la señorita Le Breton y al superior del seminario que quería que fuese yo quien ocupara esta plaza. La señora d’Alègre –que oyó hablar de ti a la señorita Le Breton– te pide que celebres por ella una misa en el altar de la Santísima Virgen. También yo te lo suplico de todo corazón.

Sucede que esta pensión es insuficiente para pagar la del seminario menor. Pero la amable providencia de Dios me procuró, sin que yo hubiera pensado en ello, una capellanía de unas 100 libras, a dos leguas de Nantes. Ésta me servirá de título para la ordenación.

Te pido que des gracias a Dios por los favores que me concede no sólo en el orden temporal –lo que sería poco–, sino en el eterno. Que no entre en juicio contra mí, pues no aprovecho sus gracias y no hago más que ofenderlo cada día.

  

4                                       A SU TÍO SACERDOTE, ALAIN ROBERT

 

París, 6 de marzo de 1699.

 

Te ruego decir a la señora B que recibí su paquete de cartas para el señor Obispo de San Maló.

Querido tío, te confieso que estos encargos me molestan y hacen revivir al mundo.

Pluguiese a Dios que me dejen en paz como a los muertos en la tumba o al caracol en su concha. Pues, mientras se queda escondido en ella, parece algo. Pero, en cuanto sale, es todo inmundicia y fealdad. Eso soy yo, y aún peor, pues echo a perder cualquier empresa en cuanto intervengo en ella.

Te pido entonces, en nombre de Dios, que no te acuerdes de mí sino para encomendarme a él: “Que no triunfe el hombre... De la gente tramposa y depravada, líbrame, Señor”.

En el Señor y su bondadosa Madre, soy tuyo en tiempo y eternidad.

 

 

5                        A SU DIRECTOR ESPIRITUAL, EL SEÑOR LESCHASSIER

 

Al señor Leschassier,

superior del seminario de San Sulpicio. París.

 

Nantes, 6 de diciembre de 1700.

Señor: ¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

No puedo expresarle la alegría interior que me ha causado su carta, aunque breve. Constituye ella una señal de la unión de caridad establecida por Dios entre Ud. y un servidor, aunque indigno, y que Él desea continúe. Por esta razón, voy a darle cuenta, en pocas palabras, de mi estado actual.

No he encontrado aquí lo que esperaba, aquello por lo cual he dejado, como a pesar mío, una casa tan santa como lo es el seminario de San Sulpicio.

Anhelaba, igual que Ud., prepararme para las misiones, y sobre todo dar el catecismo a las gentes sencillas, que es lo que más me atrae. Pero no puedo hacer nada de esto. Ni sé siquiera si podré lograrlo algún día, pues el personal que hay aquí es escaso y falto de experiencia, excepto el señor Lévêque, el cual –a causa de la avanzada edad– no se halla en condiciones de dar misiones. Y si su fervor, que es grande, le llevase a ello, el señor Des Jonchères –como me manifestó– se lo impediría.

No hay aquí ni siquiera la mitad del orden y observancia del reglamento que reinan en San Sulpicio. Y creo que, mientras las cosas sigan como están, no podrá ser de otro modo. En efecto, hay que tener presente que viven aquí cuatro –por no decir cinco– categorías de personas, cuyos objetivos y aspiraciones son del todo diferentes:

1º hay cinco personas de la casa, de las cuales dos son incapaces para todo;

2º hay párrocos, vicarios, simples sacerdotes o seglares, que vienen de tiempo en tiempo a hacer retiros;

3º hay sacerdotes y canónigos, que vienen a pasar sus días en paz;

4º hay algunos sacerdotes, pero la mayoría son personas que estudian teología y filosofía, y en su mayoría visten traje seglar o hábito corto; de tal suerte que estas personas tienen casi todas reglamentos diferentes que se trazan a sí mismas y tomando de la regla común lo que mejor les parece.

Confieso que no es culpa del señor Lévêque el que no se observe la regla. Él hace lo que puede, no lo que quiere. Esto especialmente en relación a algunas personas de casa a quienes no agradan mucho sus modales, aunque sencillos y muy santos.

Siendo ello así, me siento, desde mi llegada, como perplejo entre dos sentimientos al parecer opuestos. Por una parte, experimento una inclinación secreta al retiro y a la vida escondida, para aniquilar v combatir mi naturaleza corrompida, deseosa de manifestarse. Por otra, siento grandes anhelos de hacer amar a Nuestro Señor y a su santísima Madre, de correr en forma pobre y sencilla a dar el catecismo a los pobres del campo y de excitar a los pecadores a la devoción a la Santísima Virgen. Es lo que hacía un piadoso sacerdote muerto aquí hace poco en olor de santidad: iba de parroquia en parroquia enseñando el catecismo a la gente del campo a expensas de la Providencia.

Padre carísimo, no soy digno –es verdad– de empleo tan honorífico; pero, ante las necesidades de la Iglesia, no puedo menos de pedir continuamente con gemidos una pequeña y pobre compañía de sacerdotes ejemplares que desempeñen ese ministerio bajo el estandarte y protección de la Santísima Virgen. Trato, sin embargo –aunque con dificultad–, de calmar estos anhelos, por buenos y continuos que sean, mediante el olvido absoluto de todo lo mío en brazos de la divina Providencia y una perfecta obediencia, sometiéndome a los consejos de Ud., que consideraré siempre como órdenes.

Al igual que cuando estaba en París, me asaltan deseos de unirme al señor Leuduger, maestro de teología de Saint-Brieuc, excelente misionero y hombre de mucha experiencia, o de trasladarme a Rennes y retirarme al Hospital General al lado de un sacerdote ejemplar, conocido mío, a fin de dedicarme a obras de caridad entre los pobres.

Pero rechazo todos estos anhelos sometiéndolos al querer divino –mientras espero los consejos de Ud.–, sea que me ordene permanecer aquí, aunque no siento inclinación alguna a ello, sea que me envíe a otra parte.

En la paz de Nuestro Señor y de su santísima Madre, me atrevo a suscribirme totalmente sumiso a sus órdenes.

Me tomo la libertad de saludar al señor Brenier, a quien expongo –si Ud. lo cree oportuno– todo esto.

 

Grignion, sacerdote

e indigno esclavo de Jesús en María.

 

 

6                                                   AL SEÑOR LESCHASSIER

 

Al señor Leschassier,

superior del seminario de San Sulpicio de París.

 

Poitiers, 4 de mayo de 1701.

Señor y Padre carísimo en Jesucristo: ¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

El señor Obispo de Poitiers me ordena escribir a Ud. lo que sigue:

El cuarto domingo de abril recibí una carta de mi hermana de Fontevrault, escrita por orden de la señora de Montespán.

En ella me pedía que me trasladara sin tardanza a Fontevrault para asistir a la toma de hábito, que tendría lugar el martes siguiente. Salí ese mismo día a pie. Llegué a Fontevrault el miércoles por la mañana, día siguiente de la toma de hábito de mi hermana.

Durante los dos días que permanecí en Fontevrault tuve el honor de entrevistarme privadamente varias veces con la señora de Montespán. Me interrogó sobre muchas cosas, y en particular sobre mi persona. Me preguntó acerca de mis planes para el futuro. Contesté a esta pregunta manifestándole, ingenuamente, la inclinación –que Ud., Padre, conoce– de trabajar para el bien de mis hermanos los pobres. Me respondió que veía con mucho agrado este propósito mío. Tanto más cuanto que conocía por experiencia cuán descuidada estaba la instrucción familiar de los pobres y que me haría asignar –si yo lo aceptaba– una canonjía que dependía de ella. Se lo agradecí pronto y humildemente, alegando que no quería cambiar jamás a la divina Providencia por una canonjía o una prebenda.

Ante esta negativa, aconsejóme que fuera, al menos, a hablar con el señor Obispo de Poitiers para hacerle conocer mis intenciones.

Aunque experimentaba cierta repugnancia a satisfacer este deseo de la señora de Montespán, ya a causa de las 28 leguas que tenía que recorrer todavía, ya por muchas otras razones..., la obedecí, sin embargo, ciegamente para cumplir la santa voluntad de Dios, que era lo único que me preocupaba.

Llegué a Poitiers la víspera de los Santos Felipe y Santiago. Pero me vi obligado a esperar cuatro días el regreso del señor Obispo, que se hallaba en Niort.

Durante ellos hice un corto retiro en una modesta habitación, donde me sentía encerrado en medio de una gran ciudad, en la cual no conocía a nadie según la carne. Ocurrióseme, no obstante, ir al Hospital a servir a los pobres en lo material, ya que no podía en lo espiritual. Entré a orar en su iglesita. Pasé casi cuatro horas allí esperando la cena para servirles. Y me parecieron demasiado cortas. A algunos pobres, en cambio, les parecieron demasiado largas. Al verme arrodillado y con vestidos semejantes a los suyos, fueron a decirlo a los demás, y se animaron unos a otros para escotar a fin de darme limosna. Unos daban más, otros menos; los más pobres, un ochavo; los más ricos, un cuarto. Todo esto ocurrió sin que yo lo supiera.

Salí, finalmente, de la iglesia para preguntar a qué hora comían y pedir el permiso necesario para servir a los pobres a la mesa. Quedé desilusionado, por una parte, al enterarme de que no comían en comunidad, y sorprendido, por otra, al saber que querían darme limosna y que habían dado orden al portero de no dejarme salir.

Bendije mil veces a Dios por haber pasado por pobre y llevar las gloriosas libreas de tal. Y agradecí a mis hermanos y hermanas su buen corazón.

Después de esto se han encariñado tanto conmigo, que todos andan diciendo públicamente que tengo que ser su sacerdote, es decir, su director. Pues no hay uno fijo en el Hospital hace ya tiempo; ¡tan pobre y abandonado está!

Cuando regresó el señor Obispo, fui a visitarlo. Le comuniqué en pocas palabras cuanto la señora de Montespán me había ordenado. Me escuchó y dio las gracias bastante secamente. ¡Era lo que yo quería!

Mas, por su parte, el superior y superiora de los pobres presentaron, en nombre de todos, una solicitud al señor De la Bournat, hermano del señor Obispo, la cual les causó tal impresión, que el señor Obispo, en una segunda audiencia que me concedió, me habló más serenamente, y me pidió escribir a Ud. todo esto antes de mi partida para Nantes, a fin de que Ud. pueda juzgar acerca de lo que debo hacer.

Padre carísimo, le confieso en verdad que me siento muy atraído a trabajar por la salvación de los pobres en general. Pero no tanto a instalarme ni encerrarme en un hospital. Me coloco, sin embargo, en absoluta indiferencia. No deseo otra cosa que hacer la voluntad de Dios. Si Ud. lo juzga oportuno, sacrificaré gustoso mi tiempo, mi salud y hasta mi vida en provecho de los pobres de este abandonado Hospital.

Salgo mañana, día de la Ascensión, para Nantes. Pero no me apartaré nunca –así lo espero– de su dirección y amistad en Jesucristo y su santísima Madre, en quienes le quedo totalmente sumiso.

 

Grignion, sacerdote y esclavo

indigno de Jesús en María.

 

Permítame saludar a los PP. Brenier, Lefèvre, Repars, y a todo el seminario.

Muchas veces me han rogado con bastante insistencia le pida permiso a fin de hacerme aprobar para oír confesiones; pero hasta ahora no he querido hacerlo, porque para tarea tan difícil y peligrosa se necesita una misión especial.

  

 

7                                           SU HERMANA GUYONNE-JEANNE

 

Nantes (?), 1701.

Querida hermana en Jesucristo: ¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Aunque estoy corporalmente lejos de ti, no lo estoy de corazón. Porque el tuyo no está lejos de Jesucristo y de su santísima Madre y eres hija de la divina Providencia, cuyo hijo –aunque indigno– soy también yo. Debieran llamarte, más bien, novicia de la divina Providencia, porque apenas ahora comienzas a practicar la confianza y el abandono que ella pide de ti. Y no serás recibida como profesa e hija de la Providencia sino cuando tu abandono sea general y perfecto, y tu inmolación, total.

Dios te quiere, hermana mía, Dios te quiere apartada de cuanto no es Él y, quizás, abandonada efectivamente de toda creatura. Pero consuélate, alégrate, sierva y esposa de Jesucristo, si te asemejas a tu Maestro y Esposo! ¡Jesús es pobre! ¡Jesús está abandonado! ¡Jesús es despreciado y rechazado como la basura del mundo! ¡Feliz! Sí: ¡mil veces feliz Luisa Grignion si tiene espíritu de pobre, si es abandonada, despreciada, rechazada como la basura de la casa de San José! Entonces sí que será verdaderamente la servidora y esposa de Jesucristo y será profesa de la divina Providencia, aunque no lo sea de la Congregación.

Hermana querida, Dios quiere que vivas al día... Como el pájaro en la rama, sin preocuparte por el mañana. Duerme en paz en el seno de la divina Providencia y de la Santísima Virgen, buscando solamente amar y agradar a Dios. Porque es una verdad infalible y un axioma eterno, tan cierto como la existencia de un solo Dios –¡plegue a Dios que yo pueda escribirlo en tu espíritu y en tu corazón con caracteres indelebles!–: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura”. Si pones en práctica la primera parte de esta sentencia, Dios, que es infinitamente fiel, realizará la segunda. Es decir, que, si tú sirves a Dios y a su santísima Madre con fidelidad, no te faltará nada en este mundo ni en el otro. Ni siquiera un hermano sacerdote, que ha sido, es y será todo tuyo en sus sacrificios a fin de que seas toda de Jesús en los tuyos.

Saludo a tu buen ángel custodio. 1701.

  

 

8                                      AL SEÑOR LESCHASSIER, SULPICIANO

 

Al señor Leschassier,

superior del seminario de San Sulpicio de París.

 

Nantes, 5 de julio de 1701.

Señor: ¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

La fidelidad con que debo manifestarle todo lo mío a fin de que pueda formarse un juicio decisivo sobre mí, me obliga a decirle que los PP. René Lévêque y Desjonchères me enviaron a una parroquia del campo bastante abandonada. Durante los diez días que pasé en ella, hice dos veces diarias el catecismo a los niños y di tres pláticas. Las bendiciones divinas y de la Santísima Virgen se hicieron sentir.

Por ello, los PP. Desjonchères y René Lévêque –que están al tanto del asunto de Poitiers– me han pedido que le escriba. Llegan incluso a ofrecerme la ayuda de su dinero y autoridad para enviarme a las parroquias más abandonadas de la diócesis a continuar lo felizmente iniciado en Grandchamps –así se llama la parroquia–, o más bien lo que la divina Providencia y la Santísima Virgen han realizado a pesar de mis limitaciones.

Padre mío, encuentro tantas riquezas en la divina Providencia y tanta fuerza en la Santísima Virgen, que bastan para enriquecer mi pobreza y sostener mi flaqueza. Sin estos dos apoyos, nada puedo.

Totalmente sometido a Ud. en Jesús y María.

Grignion, sacerdote y esclavo

indigno de Jesús en María.

  

 

9                                      AL SEÑOR LESCHASSIER, SULPICIANO

 

Al señor Leschassier,

superior del seminario de San Sulpicio de París.

 

Le Pellerin, 16 de septiembre de 1701.

Señor y muy amado Padre en Jesucristo: ¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Las insistentes y continuadas súplicas de los pobres del Hospital de Poitiers, unidas a los deseos del señor Obispo de esa ciudad y de la señora de Montespán –de quien mis hermanas dependen en mucho–, me obligan a importunarle una vez más y manifestarle, con sencillez y deshilvanadamente, mis sentimientos, quedando en absoluta indiferencia a todo, dentro de la obediencia.

Hace tres meses que trabajo sin descanso en diferentes parroquias, a las cuales me han enviado los PP. René Lévêque y Desjonchères. Ahora le estoy escribiendo precisamente desde Le Pellerin. Dios y la Santísima Virgen se han dignado servirse de mi ministerio para hacer en ellas algún bien. Aquí, como en todas partes, hay mucho bien que hacer. Pero hay también muchos obreros: dos casas de ejercicios para hombres, una para mujeres y tres –por no decir cuatro– equipos de misioneros.

Como ya sabe, no siento ninguna inclinación hacia la comunidad de San Clemente. Sólo la obediencia me retiene en ella. El señor Lévêque lo sabe muy bien, porque me guío en todo por sus consejos después de los de Ud. Él me ha dado a entender, que ya que el Señor no me llama a permanecer de continuo en la comunidad para trabajar en ella por el bien los eclesiásticos, que debo buscar otro lugar adonde retirarme de tiempo en tiempo después de las cortas misiones que me prescriba la obediencia. Me ha dicho, sin embargo, que me reservará gustoso una pequeña habitación, aunque dudo que lo diga de corazón.

Entre tanto, después de los pobres de Poitiers, me ha escrito el señor Obispo para que vaya a encerrarme en ese Hospital. Pero no me siento inclinado a una vida de encierro.

La diócesis de Poitiers tiene mayor necesidad de obreros que ésta. De ello soy testigo yo mismo, y ello me ha sorprendido. Pero no me llama para el bien en general, sino para un sitio restringido. La esperanza de poder, con el tiempo, extender mi acción a la ciudad y al campo a fin de prestar servicio a muchos más, es lo único que me impulsa un tanto a ir al hospital. En el catecismo a los pobres de la ciudad y del campo me encuentro en mi elemento.

Estando aquí, la divina Providencia se ha servido de mí para conseguir colocación a una más de mis pobres hermanas y me ha permitido contraer vínculos de gracia con muchos pecadores como yo y con algunas personas espirituales.

Tal es el estado de las cosas y tales mis sentimientos. Pero la obediencia ciega a su querer es mi obra más importante y mi mayor deseo.

Carísimo Padre en Jesucristo, me atrevo a declararme sumiso a sus órdenes y soy todo suyo.

Grignion, sacerdote y esclavo

indigno de Jesús en María.

 

 

10                                    AL SEÑOR LESCHASSIER, SULPICIANO

 

Al señor Leschassier,

superior del seminario de San Sulpicio de París.

 

De Poitiers, el 3 de noviembre de 1701.

Señor y Padre carísimo en Jesucristo: ¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Me encuentro en el seminario menor de Poitiers, donde me ha albergado el señor Obispo en espera de que la asamblea de los administradores del Hospital decida mi admisión. Hace cerca de quince días que vengo haciendo el catecismo a los mendigos de la ciudad, con la aprobación y ayuda del señor Obispo. Visito y exhorto a los presos en las cárceles y a los enfermos en los hospitales, repartiendo entre ellos las limosnas que me dan.

El Hospital al que me destinan es casa de desorden, donde no hay paz. Es casa de pobres, donde faltan tanto el bien espiritual como el material. Mas espero que Nuestro Señor, por intercesión de la Santísima Virgen, mi Madre bondadosa, la transforme en casa santa, rica y apacible. Para lo cual necesito mucho de la gracia de Dios y de la ayuda de Ud.

Las señoras que dirigen la casa quieren que tome las comidas con ellas, en comunidad, como han hecho algunos de mis predecesores. Pero de eso, ni hablar. ¿Estoy obrando bien?

He manifestado al señor Obispo que ni en el Hospital quiero apartarme de mi Madre, la divina Providencia. y que me contentaré, por tanto, con la comida de los pobres y no recibiré salario fijo. Esto agrada mucho al señor Obispo, que se ha ofrecido a servirme de padre. ¿Estoy obrando bien?

Sigo haciendo aquí muchas cosas que hacía ya en Nantes: duermo sobre paja, no me desayuno, ceno poco. Y gozo de perfecta salud. ¿Estoy obrando bien? ¿Puedo disciplinarme una vez más por semana fuera de las tres acostumbradas, o usar una o dos veces el cinto de crin?

Me tomo la libertad de saludar y agradecer humildemente al señor Brenier. Sólo Dios sabe cuántos beneficios he recibido de él, y de modo especial de Ud., a quien quedo y quedaré por toda la vida sumiso en Jesús y María.

Grignion, sacerdote

e indigno esclavo de Jesús en María.

Saludo a su ángel custodio.

 

 

 

 

11                                    AL SEÑOR LESCHASSIER, SULPICIANO

 

Al señor Leschassier,

superior del seminario de San Sulpicio de París.

Del Hospital General de Poitiers.

 

Poitiers,  4 de julio de 1702.

Señor y Padre carísimo en Jesucristo: ¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Si he demorado tanto en escribirle no es porque haya olvidado sus beneficios, ni por desobediencia a sus amables consejos, recibidos a través de la persona que me dirige aquí en lugar suyo, sino para no importunarle y poder manifestarle, en una sola carta, los mil incidentes y contrariedades que me han ocurrido y ocurren cada día. Padre querido, ésta es mi conducta y éstas mis acciones en resumen y con toda verdad.

El señor Lévêque, mi segundo Padre después de Ud., me dio, en un exceso de benevolencia, algún dinero para mi viaje a Poitiers. Lo repartí a los pobres antes de salir de Saumur –donde hice una novena– y entré a Poitiers sin un centavo. El señor Obispo, de feliz memoria, me recibió con los brazos abiertos y me albergó y alimentó en el seminario menor, en espera de mi entrada al Hospital. Durante este período –que fue de cerca de dos meses– enseñé, a expensas de Monseñor, el catecismo a todos los mendigos de la ciudad, a quienes iba a buscar por las calles. Al principio lo hice en una capilla dedicada a San Nicolás. Luego –a causa de la multitud–, bajo los pórticos. Y escuché a muchos en confesión en la iglesia de San Porcario.

El señor Obispo, importunado por los gritos y súplicas insistentes de los pobres del Hospital, me entregó a ellos poco después de la fiesta de Todos los Santos. Entré en este pobre Hospital –mejor dicho, en esta pobre Babilonia– con la firme resolución de llevar en seguimiento de Jesucristo, mi Maestro, las cruces que preveía habían de sobrevenirme, si la obra era de Dios. Cuanto me dijeron algunas personas eclesiásticas y experimentadas de la ciudad a fin de apartarme del propósito de meterme en esta casa de desorden –incorregible, según ellos–, no hizo sino aumentar mi valor para emprender este trabajo, a pesar de mi personal inclinación, que ha sido siempre, y sigue siendo todavía, hacia las misiones.

Los superiores, los inferiores del Hospital y aun toda la ciudad se alegraron de mi entrada. Pues me consideran como la persona enviada por Dios para reformar esta casa.

Al principio, los superiores del Hospital, con quienes obraba siempre de acuerdo y más obedeciendo que mandando, me ayudaron a implantar y hacer guardar el reglamento que deseaba introducir. El señor Obispo en persona y la administración entera fueron los primeros en autorizarme y permitirme hacer comer a los pobres en el refectorio y salir por la ciudad mendigando para ellos algo con que acompañar el pan seco. Hice esto durante tres meses, sin que faltaran abundantes repulsas y contradicciones. Las que aumentaron de día en día a causa de cierto llamado señor... y de la señorita superiora del Hospital, de suerte que –por obediencia al sustituto de Ud.– fui obligado a abandonar el cuidado de aquellas mesas que contribuían eficazmente al buen orden de la casa. Irritado contra mí, dicho señor, sin motivo legítimo que yo sepa, me despreciaba, contrariaba y ultrajaba en casa continuamente y denigraba mi conducta en la ciudad ante los administradores. Lo que, extrañadamente, suscitó en contra suya a todos los pobres, los cuales me aman, a excepción de uno que otro libertino o libertina que se habían conjurado con él en contra mía. Durante esta borrasca me mantuve callado y apartado, colocando mi causa totalmente en manos de Dios y esperando sólo en su socorro, a pesar de los consejos que en contra se me daban. Con este fin hice un retiro de ocho días en casa de los Jesuitas. Allí me sentí lleno de gran confianza en el Señor y su santísima Madre, seguro de que ellos tomarían ciertamente mi causa en sus manos. Mi esperanza no fue defraudada. Al salir del retiro, encontré enfermo a dicho señor, que murió a los pocos días... La superiora, joven y llena de vigor, lo siguió seis días más tarde. Más de ochenta pobres enfermaron y varios de ellos murieron. Toda la ciudad pensaba que se había declarado la peste en el Hospital y se decía públicamente que la maldición había caído sobre esa casa. Y, no obstante haber tenido que asistir a todos estos enfermos y muertos, fui el único que no se enfermó.

Después de la muerte de aquellos superiores, he tenido que padecer persecuciones aún mayores. Cierto pobre instruido y orgulloso encabezó en el Hospital a un grupo de libertinos para hacerme la guerra, defendiendo su causa ante los administradores y condenando mi conducta. Sólo porque, con firmeza y dulzura al mismo tiempo, les canto la verdad, es decir, sus embriagueces, riñas, escándalos, etc. Casi ninguno de los administradores –a pesar de que en casa no tomo ni un pedazo de pan, pues los de afuera me alimentan por caridad– se preocupa por castigar estos vicios y corregir tales desórdenes internos, porque casi todos piensan sólo en el bienestar temporal y externo de la casa.

Padre mío, es cierto –sin embargo– que, en medio de tantas turbaciones y contratiempos –que sólo en grandes líneas le comunico–, Dios ha querido servirse de mí para hacer grandes conversiones dentro y fuera de casa. La hora de levantarse, la del descanso, de la oración vocal, del rosario y las comidas en común, de los cánticos y hasta de la meditación para quienes desean hacerla, siguen en pie todavía a pesar de las contradicciones.

Desde mi llegada estoy en una misión continua: confieso habitualmente desde la mañana hasta la tarde y aconsejo a infinidad de personas. Y mi Padre, el Dios todopoderoso –a quien sirvo, aunque infielmente–, me ha concedido luces espirituales que antes no tenía, como son gran facilidad para expresarme e improvisar sin preparación, perfecta salud y gran amplitud de corazón para todos. Esto me granjea el aplauso de toda la ciudad (¡lo que debe hacerme temer mucho por mi salvación!). No permito entrar en mi habitación a ninguna mujer, ni siquiera a la superiora de la casa.

Olvidaba decirle que cada semana doy una conferencia a los trece o catorce mejores alumnos del colegio. Esto con aprobación del difunto señor Obispo.

Hay en el Hospital una muchacha que tiene el espíritu a la vez más astuto, sagaz y orgulloso que jamás he visto. Es la provocadora de todo este barullo. Mucho me temo que el señor De la Poype sea engañado por ella, como su predecesor, por exceso de credulidad. Si le parece bien, puede Ud. ponerlo en guardia al respecto.

Señor y amado Padre, hónreme con una de sus cartas. Hoy más que nunca le estoy sumiso. Sólo la necesidad me obliga a verme privado de sus consejos. Me atrevo a declararme totalmente sumiso a Ud. en Jesús y María.

Luis Grignion, sacerdote

y esclavo indigno de Jesús en María.

 

Saludo y agradezco al señor Brenier. Saludo a los señores Repars y Lefèvre y a todo el seminario; pero de manera muy especial al señor Lévêque, a quien escribo lo mismo que a Ud.

 

 

 

 

12                             A SU HERMANA GUYONNE-JEANNE ( = LUISA)

 

Poitiers, octubre de 1702.

Querida hermana en Jesucristo: ¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Deja que mi corazón se anegue con el tuyo en la alegría, que mis ojos derramen lágrimas de consuelo y que mi mano estampe en esta carta la dicha que me embarga.

No fue inútil, ciertamente, mi viaje a París. Ni tampoco tu abandono y cruces del pasado; ¡el Señor tuvo piedad de ti! Esta pobre hija gritó, y el Señor la escuchó inmolándola verdadera, interior y eternamente.

Que no se te pase un solo día sin holocausto ni víctima. Que el altar te vea con más frecuencia que el lecho y la mesa. ¡Ánimo! ¡Mi querido suplemento! Pide con insistencia perdón a Dios y a Jesús –el Sumo Sacerdote– por los pecados que he cometido contra la divina Majestad al profanar el Santísimo Sacramento.

Saludo a tu ángel de la guarda, compañero único de tu viaje. Soy tuyo tantas veces como letras contiene esta carta, con tal que tú seas otras tantas sacrificada y crucificada con Jesucristo, tu único amor, y con María, nuestra Madre bondadosa.

De Montfort, sacerdote

y esclavo de Jesús en María.

 

 

 

 

13                          A UNA RELIGIOSA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

 

Poitiers (?). Otoño de 1702(?).

¡Ah! ¡Qué divina es su carta! ¡Está toda llena de noticias de la cruz, fuera de la cual –digan lo que digan la naturaleza y la razón– jamás habrá en este mundo, hasta el día del juicio, ningún placer verdadero ni bien sólido alguno!

Su alma lleva una cruz ancha, larga y pesada. ¡Oh! ¡Qué felicidad la suya! Tenga confianza; si Dios, que es tan bueno, sigue haciéndola sufrir, no la probar por encima de sus fuerzas. Es señal segura de que la ama. Digo segura porque la mejor señal de que Dios nos ama es el vernos odiados por el mundo y asaltados por cruces, tales como la privación de las cosas más legítimas, la oposición a nuestras más santas iniciativas, las injurias más atroces y punzantes, las persecuciones y malas interpretaciones por parte de las personas mejor intencionadas y de nuestros mejores amigos, las enfermedades más desagradables, etc.

Pero ¿por qué le digo lo que Ud. sabe mejor que yo, gracias al gusto y experiencia que tiene de ello?

¡Ah! ¡Si los cristianos conocieran el valor de las cruces, caminarían cien leguas para encontrar una sola! Porque en la amable cruz se halla encerrada la verdadera Sabiduría, que noche y día busco con más ardor que nunca.

¡Oh amada cruz! ¡Ven a nosotros para gloria del Altísimo! Este es el grito frecuente de mi corazón a pesar de mis flaquezas e infidelidades. Después de Jesús, nuestro único amor, la cruz es mi mayor fuerza.

Le ruego diga a N... que adoro a Jesucristo crucificado en ella y que suplico al Señor le conceda no pensar en sí misma sino para ofrecerse a sacrificios aún más sangrientos.

 

 

 

 

14                                                       A UNA RELIGIOSA

 

Lugar de procedencia y fecha desconocidos.

Querida Madre: ¿Cómo podría yo, en respuesta a la suya, decirle algo distinto de lo que el Espíritu Santo le dice todos los días? Amor a la pequeñez y a las humillaciones. Amor a la vida escondida y al silencio –el mudo inmolador de Jesucristo en el Santísimo Sacramento–. Amor a la divina Sabiduría y a la cruz.

En cuanto a mí, me contradicen en todo y me encuentro prisionero. Déle gracias a Dios, a nombre mío, por las pequeñas cruces que me ha dado, proporcionadas a mi flaqueza, etcétera.

 

 

 

 

15                                                 A MARÍA LUISA TRICHET

 

Paría, abril-mayo de 1703.

Querida hija en nuestro Señor Jesucristo: ¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones junto con la divina Sabiduría!

La experiencia personal –más que tu propia carta– me hace saber que oras con insistencia a tu Esposo por este miserable pecador. Sólo puedo pagarte este favor con un intercambio de oraciones cuando en el sagrado altar tengo entre mis manos criminales al Santo de los santos. Lo que hago todos los días.

Sigue, más aún, redobla las súplicas en mi favor. Que se trate de extrema pobreza, de una cruz muy pesada, de abyecciones y humillaciones; todo lo acepto con tal que –al mismo tiempo– pidas a Dios que esté a mi lado y no me abandone un solo instante a causa de mi infinita flaqueza. ¡Oh! ¡Qué riqueza! ¡Qué gloria! ¡Qué placer! ¡Si con todo esto alcanzo la divina Sabiduría por la cual suspiro día y noche!

No. No cesaré nunca de pedir este infinito tesoro. Y creo firmemente que lo alcanzaré. Aunque todos los ángeles, los hombres y los demonios me digan lo contrario. Pienso que tus plegarias son demasiado eficaces; que la bondad de Dios es demasiado tierna; que la protección de la Santísima Virgen, nuestra bondadosa Madre, es demasiado grande; las necesidades de los pobres, demasiado apremiantes; la palabra y promesa de Dios, demasiado explícitas. En efecto, aunque la posesión de la divina Sabiduría fuera imposible de lograr con los medios ordinarios de la gracia –lo que no es cierto–, resultaría posible gracias a la fuerza con que la imploramos, porque todo es posible a quien cree. Esto es una verdad inmutable.

Además, las persecuciones de que he sido objeto y de las que lo soy ahora noche y día, me confirman en que la obtendré.

Hija mía, te pido, por tanto, que incluyas en esta cruzada de oraciones a algunas almas amigas tuyas, orando con ellas –sobre todo, hasta Pentecostés– todos los lunes de una a dos de la tarde. Yo haré otro tanto a la misma hora. Envíame sus nombres por escrito.

Me encuentro ahora en el Hospital General con cinco mil pobres, tratando de hacerlos vivir para Dios y de morir a mí mismo.

No me acuses de inconstancia o frialdad respecto a los habitantes de Poitiers. Porque mi Maestro me ha traído acá como a pesar mío. Tiene en todo sus planes, que adoro sin conocerlos. Por lo demás, no pienses que fines temporales o alguna creatura me retengan aquí. Ciertamente, no. Pues no tengo más amigos que a Dios sólo. Todos los que tuve en otro tiempo en París me abandonaron.

No me he apoyado, ni me apoyo ahora, en los bienes que pueden llegarme de la señora de Saint-André. No sé si se halla en París, y menos aún dónde reside. Si me encuentro feliz de morir a mí mismo aquí, lo estaré igualmente de desaparecer de la memoria de muchos de Poitiers a fin de que allí reine Dios sólo. ¡Dios sólo!

Serás religiosa. Lo creo firmemente. Cree y ora.

 

 

 

 

16                                                 A MARÍA LUISA TRICHET

 

París, 24 de octubre de 1703.

Hija carísima: ¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

No pienses que la distancia física o el silencio externo me hayan hecho olvidar tu caridad para conmigo ni la que debo profesarte. Me dices en tu carta que tus deseos de hacerte religiosa permanecen tan fuertes, tan ardientes y constantes como siempre. Es una señal infalible de que provienen de Dios. Tienes entonces que poner en Él toda tu confianza; ten por seguro que obtendrás más de lo que piensas. El cielo y la tierra pasarán antes que Dios falte a su palabra permitiendo que una persona que espera en Él perseverantemente vea frustrada su esperanza.

Experimento que sigues pidiendo la divina Sabiduría para este miserable pecador a través de cruces, humillaciones y pobreza. ¡Ánimo, querida hija! ¡Ánimo! Te quedo infinitamente agradecido. Experimento los efectos de tus plegarias, porque me encuentro empobrecido, crucificado y humillado como nunca. Hombres y demonios, en esta gran ciudad de París, me arman una guerra muy amable y dulce. ¡Que me calumnien, que me ridiculicen, que hagan jirones mi reputación, que me encierren en la cárcel! ¡Qué regalos tan preciosos! ¡Qué manjares tan exquisitos! ¡Qué grandezas tan seductoras! Son el equipaje y cortejo de la divina Sabiduría, que Ella introduce consigo en casa de aquellos con quienes quiere morar. ¡Oh! ¿Cuándo lograré poseer esta amable y desconocida Sabiduría? ¿Cuándo vendrá a morar en mí? ¿Cuándo estaré tan engalanado que pueda servirle de refugio en un lugar donde se halla sin techo y despreciada?

¡Oh! ¿Quién me dará a comer ese pan del entendimiento con el que Ella alimenta a sus mejores amigos? ¿Quién me dará a beber ese cáliz con el que calma la sed de sus servidores? ¡Ah! ¿Cuándo me hallaré crucificado y perdido para el mundo?

No dejes, querida hija en Jesucristo, de compartir mis súplicas encaminadas a satisfacer estos anhelos míos. Puedes hacerlo ciertamente. Lo puedes, de acuerdo con algunas amigas. Nada puede resistir a tus plegarias. El mismo Dios –con ser tan grande– no las puede resistir. Se ha dejado, afortunadamente, vencer por una fe viva y una firme esperanza.

Ora, pues; suspira, implora para mí la divina Sabiduría; la obtendrás toda entera para mí. Así lo creo.

 

 

 

 

17               A SOR CATALINA DE SAN BERNARDO ( = GUYONNE-JEANNE)

 

París(?), en 1703.

Querida hermana: ¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Me alegro de tener noticia de la enfermedad que el Señor te ha enviado para purificarte como oro en el crisol. Debes ser una víctima inmolada sobre el altar del Rey de los reyes para su eterna gloria.

¡Qué destino tan sublime! ¡Qué vocación tan excelsa! Casi siento envidia de tu felicidad.

Ahora bien: ¿cómo puede esta víctima serle totalmente agradable si no está interiormente purificada de toda mancha, por insignificante que sea? Este Santo de los santos encuentra manchas aun donde la creatura no ve sino belleza. Con frecuencia, su misericordia se anticipa en nosotros a su justicia, purificándonos con la enfermedad, que es el crisol ordinario para purificar a sus elegidos.

¡Qué felicidad la nuestra si Dios mismo se digna purificar y preparar la víctima a su gusto! En cambio, ¿a cuántas otras abandona para que se purifiquen a sí mismas o por medio de otros? ¡Y cuántas más son recibidas como víctimas sin pasar por las pruebas ni por el tamiz de Dios!

¡Ánimo, pues, ánimo! No temas al espíritu maligno, que te dirá con frecuencia durante la enfermedad: «No llegarás a profesar a causa de tu poca salud. Sal del monasterio y vuélvete a tu casa. Vas a quedar en la calle. Serás una carga para todos.»

Aunque el cuerpo te duela, ten firme el ánimo, pues nada te conviene tanto en el presente como la enfermedad. Pide y haz pedir la divina Sabiduría para mí, que en Jesús y María soy tu hermano...

 

 

 

 

18                                     A SOR CATALINA DE SAN BERNARDO

 

París, 27 de octubre de 1703.

Hermana carísima en Jesucristo: ¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Todos los días doy gracias a nuestro Dios de bondad las misericordias que realiza en favor tuyo. Trata de corresponder con fidelidad absoluta a cuanto te pide.

Si no es Dios el único que te abre la puerta del convento donde te encuentras, no entres en él. Aunque tengas una llave de oro hecha exprofeso para abrirte la puerta. Porque ésta se transformaría para ti en la puerta del infierno.

Se necesita una especial vocación para ingresar entre las Hijas del Santísimo Sacramento, pues su espíritu es elevadísimo. La verdadera religiosa del Santísimo Sacramento es una verdadera víctima en cuerpo y alma. Se alimenta con el sacrificio continuo y universal: el ayuno y la adoración sacrifican su cuerpo; la obediencia y la renuncia sacrifican su alma. En una palabra: todos los días muere viviendo y vive muriendo.

Haz cuanto te manden en esa casa.

Todo tuyo.

 

De Montfort.

 

 

 

 

19                                     A SOR CATALINA DE SAN BERNARDO

 

París, hacia mediados de marzo de 1704.

Querida víctima en Jesucristo: ¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

No puedo agradecer lo suficiente al Dios de bondad el haberte convertido en víctima perfecta de Jesucristo, enamorada del Santísimo Sacramento y suplemento de tantos cristianos y sacerdotes infieles.

¡Qué honor para tu cuerpo el ser inmolado sobrenaturalmente durante una hora en adoración ante el Santísimo! ¡Qué honor para tu alma el hacer en esta tierra, sin gusto, sin conocimiento, sin la luz de la gloria, en la sola oscuridad de la fe, cuanto hacen en el cielo los ángeles y santos con tanta complacencia y claridad! ¡Cuánta gloria da al Señor en este mundo una fiel adoratriz! Pero qué raro es hallarla! Porque todos, incluso los más espirituales, ansían gustar y ver. De lo contrario, se hastían y entibian. Y, sin embargo, sola fides sufficit: ¡basta la fe!

En fin, hija fiel del Santísimo Sacramento, ¡qué provecho, qué riqueza y qué placer los tuyos cuando te encuentras a los pies de este rico y dignísimo Señor de los señores! ¡Ánimo! ¡Ánimo! Enriquécete, regocíjate al consumirte cada día como lámpara encendida. Cuanto más des de lo tuyo, tanto más recibirás de lo divino.

Y después de haberte felicitado, ¿no tengo, acaso, razón de felicitarme a mí mismo, si no como hermano tuyo, al menos como tu sacerdote? Porque qué alegría, qué honor y qué ventaja para mí el contar con la mitad de mi sangre que repara con sus amorosos sacrificios los ultrajes que –¡ay de mí!– infiero tantas veces al amable Jesús en el Santísimo Sacramento, sea por mis comuniones hechas con tibieza, sea por mis olvidos y abandonos inconcebibles! ¡Oh! Yo triunfo en ti y en todas tus dignas Madres, porque me habéis alcanzado las gracias de las cuales yo y los demás infieles ministros de los altares nos hacemos indignos por nuestra poca fe.

Salgo en seguida para el Hospital de Poitiers.

Te suplico, hermana mía, que ames sólo a Jesús en María, y por María, a Dios sólo y en Él sólo.

Todo tuyo.

 

 

 

 

20                             A SU MADRE, JEANNE ROBERT DE LA VIZEULE

 

Poitiers, 28 de agosto de 1704.

Prepárate para la muerte que te acosa con tantas tribulaciones. Sopórtalas cristianamente, como lo haces. Hay que sufrir y cargar cada día tu propia cruz. Sí, es necesario. Es infinitamente provechoso para ti el verte empobrecida hasta tener que reducirte a un hospital, si tal es la voluntad de Dios, y el ser despreciada hasta el punto de encontrarte abandonada de todos y morir viviendo.

Aunque no te escriba, no te olvido en mis oraciones y sacrificios. Antes bien, te amo y venero tanto más perfectamente cuanto que en ello no intervienen ni la carne ni la sangre.

No me molestes con el cuidado de mis hermanos y hermanas. He hecho por ellos cuanto Dios me pedía por amor. De momento, no tengo ningún bien temporal que proporcionarles, porque soy más pobre que todos ellos. Los pongo con toda la familia, en manos de quien la ha creado. Que me consideren como muerto. Sí, lo repito para que no lo olviden: considérenme como muerto. No pretendo tener que ver o heredar nada de la familia en la que Cristo me ha hecho nacer. Renuncio a todo, a excepción de mi título, porque la Iglesia me lo prohíbe. Mis bienes, mi Padre y mi Madre están en lo alto; no reconozco a nadie según la carne.

Es verdad que tengo para contigo y para con mi padre grandes obligaciones por haberme dado la vida, haberme criado y educado en el temor de Dios y haberme hecho infinidad de beneficios. Por ello, os doy miles y miles de gracias y ruego diariamente por vuestra salvación. Cosa que continuaré haciendo durante toda vuestra vida y después de vuestra muerte. En cuanto a hacer otra cosa por vosotros, yo y nada valemos lo mismo en mi antigua familia.

En la nueva familia a la que ahora pertenezco, estoy desposado con la Sabiduría y con la cruz. Ellas constituyen todos mis tesoros temporales y eternos, terrenos y celestes. Tesoros tan grandes que, si los conocieran, Montfort sería envidiado por los mayores ricos y poderosos de la tierra.

Nadie –o, a lo sumo, muy poco– conoce los secretos de que hablo. Tú los conocerás en la eternidad, si logras la dicha de salvarte, pues es posible que así no sea; tiembla y ama más intensamente.

Conjuro a mi padre, de parte de mi Padre del cielo, a que no toque la pez, porque se manchará con ella; a que no se alimente de la tierra, porque se atragantará; a que no aspire humo, porque se asfixiará. Que ponga en práctica la huida y desprecio del mundo y la devoción a la santísima Virgen, en que me declaro todo suyo y de mi padre.

Saludo a tu ángel de la guarda y soy todo tuyo en Jesús y María.

Montfort, sacerdote y esclavo indigno de Jesús que vive en María.

 

 

 

 

21                                                  AL PÁRROCO DE BRÉAL

 

San Lázaro, 17 de febrero de 1708.

Señor y querido amigo: ¡Cuánto siento no poder satisfacer sus deseos y los míos! Estoy comprometido esos tres días para tres localidades adonde no puedo faltar. Sin embargo, el martes le enviaré a Maturín para que recite públicamente el rosario, entone cánticos y lleve, de parte mía, sesenta crucecitas de San Miguel a nuestros soldados. Ruego a Ud. tenga la bondad de distribuírselas, luego de avisarles el domingo para que se reúnan el martes. Esto contribuirá, no poco, alejarlos de los excesos tan frecuentes en estos días. Salúdelos de parte mía desde el domingo y dígales que les ruego encarecidamente que observen con fidelidad sus obligaciones, sobre todo el lunes próximo, y que iré a visitarlos alguno de los domingos de cuaresma.

En Jesús y maría, soy todo suyo.

L. María de Montfort, sacerdote.

 

 

 

 

22                               AL SEÑOR DE LA CARRIÈRE, PONTCHÂTEAU

 

Al señor De la Carrière,

dignísimo sacerdote de Pontchâteau.

 

De Nantes, el 29 de enero de 1711.

Señor: ¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Le ruego que entregue mis estatuas al portador de la presente y a Nicolás. El traslado de las mismas es necesario, sea para tranquilidad de mi conciencia, sea por obediencia, sea –finalmente– por voluntad de Dios; si Él no quiere su traslado, hará un milagro para impedirlo. Aunque las traigan acá, volverán con mayor gloria al calvario cuando se haya construido la capilla.

Se ha escrito a París en este sentido, y tengo más esperanzas que nunca. Pero serán necesarias fatigas, paciencia y cruces, tanto mayores cuanto más grandiosa ha de ser la obra.

Unido al corazón de Ud. y al de nuestra buena amiga, soy en Jesús y María todo suyo.

L. M. de Montfort, sacerdote.

 

 

 

 

23                               AL SUPERIOR GENERAL DE LOS DOMINICOS

 

Sallertaine, mayo de 1712.

Al Rmo. P. General de los Dominicos,

en la Minerva. Roma.

 

Rmo. Padre: ¡el amor puro de Dios reine en nuestros corazones!

Permitid que el último de vuestros hijos os pida que le concedáis por escrito el permiso de predicar, dondequiera que le llamen, el santísimo rosario y admitir en esta Cofradía –con las indulgencias– a cuantos pueda, como lo ha hecho hasta ahora con el permiso de los priores y superiores de las Provincias, inscribiendo –como es lógico–, según los estatutos, a los cofrades en el registro de la Cofradía del lugar en que se dé la misión.

Ésta es la súplica que hace a Vuestra Reverencia, con muy profundo respeto, vuestro humildísimo y muy obediente servidor.

Luis María de Montfort Grignion,

sacerdote, misionero apostólico.

 

 

 

 

24                                     A SOR CATALINA DE SAN BERNARDO

 

Ermita de San Eloy, La Rochelle,

1º de enero de 1713.

Hermana querida: Dios se complace en vernos combatir y sacarnos a ambos triunfadores; a ti, en lo escondido; a mí, ante la faz del mundo. En efecto, tus combates se realizan en ti misma y no se manifiestan fuera de tu comunidad. Los míos, en cambio, explotan por toda Francia, porque lucho contra los demonios del infierno y guerreo contra el mundo y los mundanos, enemigos de toda verdad. Te sorprenderías, ciertamente, si conocieras en detalle la amable cruz que el cielo, por intercesión de nuestra bondadosa Madre, me regala. Te ruego que des gracias por ello a mi amable Jesús y pidas a tu amable comunidad –a la que saludo– me obtenga de Jesús crucificado la fuerza de cargar las cruces más crueles y pesadas como si fueran pajas y saber resistir con rostro de acero a los poderes infernales.

 

 

 

 

25                                                 A MARÍA LUISA TRICHET

 

París, julio-agosto de 1713.

Hija mía: La Providencia acaba de colocar ahora mismo a una pobre joven proporcionándole la dote.

No ha llegado su hora para contigo. Pero espérala con paciencia y quédate en el Hospital.

 

 

 

 

26                                     A SOR CATALINA DE SAN BERNARDO

 

París, 15 de agosto 1713.

¡Viva Jesús! ¡Viva su cruz!

Si conocieras en detalle mis cruces y humillaciones, dudo que tuvieras tantas ansias de verme. En efecto, no puedo llegar a ninguna parte sin hacer partícipes de mi cruz a mis mejores amigos, frecuentemente a pesar mío y a pesar suyo. Todo el que me defiende o se declara en mi favor, tiene que sufrir por ello y a veces caer bajo la furia del infierno, a quien combato; del mundo, a quien contradigo; de la carne, a la que persigo. Un enjambre de pecadores y pecadoras a quienes ataco no me da tregua ni a mí ni a los míos. Siempre alerta, siempre sobre espinas, siempre sobre guijarros afilados, me encuentro como una pelota en juego: tan pronto la arrojan de un lado, ya la rechazan del otro, golpeándola con violencia. Es el destino de este pobre pecador. Así estoy, sin tregua ni descanso, desde hace trece años, cuando salí de San Sulpicio.

No obstante, querida hermana, bendice al Señor por mí. Pues me siento feliz en medio de mis sufrimientos, y no creo que haya nada en el mundo tan dulce para mí como la cruz más amarga, siempre que venga empapada en la sangre de Jesús crucificado y en la leche de su divina Madre. Pero además de este gozo interior hay gran provecho en llevar la cruz. ¡Cuánto quisiera que pudieras ver mis cruces! Nunca he logrado mayor número de conversiones que después de los entredichos más crueles e injustos!

¡Ánimo, pues, querida hermana! Carguemos los tres nuestras cruces en los confines del reino. Lleva bien tu cruz allí donde te encuentras. Yo trataré de llevar bien la mía con la ayuda de la gracia divina. Tú y yo, sin lamentarnos ni quejarnos, sin murmurar ni arrojar lejos la cruz, sin excusarnos ni llorar como niños, que rompen en llantos y se lamentan si les dan a llevar cien libras de oro, o como el labrador, que se desespera si cubren su campo de luises de oro para hacerle mas rico.

 

 

 

 

27             A LAS RELIGIOSAS MARÍA LUISA TRICHET Y CATALINA BRUNET

 

La Rochelle, comienzos de 1715.

Queridas hijas en Jesucristo María Trichet y Catalina Brunet.

¡Viva Jesús! ¡Viva su cruz!

No habéis contestado a mi última carta. Ignoro por qué. El señor Obispo de La Rochelle –a quien muchas veces he hablado de vosotras y de vuestros proyectos– juzga oportuno que vengáis acá para iniciar la obra tan anhelada. Para ello ha hecho alquilar una casa, en espera de comprar y dar organización perfecta a otra.

Es verdad que hacéis mucho bien allá en Poitiers. Pero en este país extranjero lo haréis mucho mayor. Recordemos que desde Abrahán hasta Jesucristo y desde Él hasta nuestros días, Dios ha hecho salir de sus propios países a sus mayores servidores, porque –como dice Nuestro Señor mismo– nadie es profeta en su tierra.

Sé que tendréis dificultades que superar. Pero es preciso que una empresa tan gloriosa para Dios y tan provechosa para el prójimo se vea sembrada de espinas y cruces. Y, si no arriesgamos nada por Dios, no haremos nada importante por Él.

Os estoy escribiendo de parte del señor Obispo. Guardadme el secreto.

Os enviaré al hermano Juan con una cabalgadura y algo de dinero para que os acompañe. Procuraos alguna comodidad: una diligencia o un caballo alquilado. Si os falta dinero, alguien pagará por vosotras.

Contestadme a vuelta de correo, pues salgo de La Rochelle para dar una misión.

Todo vuestro en Dios sólo.

¡Dios sólo!

 

 

 

 

28                                    A MARÍA LUISA TRICHET, EN POITIERS

 

La Rochelle, marzo de l715.

Parte, querida hija, parte lo más pronto posible. Ha llegado por fin el momento de iniciar la fundación de las Hijas de la Sabiduría. Quisiera verte aquí, en La Rochelle, donde me encuentro en la actualidad. Pero, si te demoras, no me encontrarás, porque tengo que salir para una misión.

 

 

 

 

29                                 A LAS RELIGIOSAS MARÍA LUISA TRICHET

Y CATALINA BRUNET, EN LA ROCHELLE

 

Taugon-la-Ronde, 4 de abril de 1715.

¡Viva Jesús! ¡Viva su cruz!

Queridas hijas:

1. Creo que, en lugar del pobre pecador que os escribe, podéis tomar como director y confesor al señor Deán de los canónigos, con tal que no hagáis ni él os mande hacer nada contrario a vuestras Reglas y a las que os daré más tarde.

2. Observad desde ahora las pequeñas reglas que os he dado y comulgad diariamente –ambas lo necesitáis– con tal que no cometáis pecado venial deliberado.

3. Me dijeron que salís a ver la ciudad. No puedo creer tan inútil curiosidad de parte de las Hijas de la Sabiduría. Ellas deben ser para todos modelo de modestia, recogimiento y caritativa humildad.

4. Llamaos Comunidad de las Hijas de la Sabiduría para la educación de los niños y el cuidado de los pobres.

5. Quisiera ir a visitaros. Pero dudo que pueda viajar a La Rochelle inmediatamente después de esta misión, porque tengo otra, para la cual me apremia el señor Obispo.

6. Observad con la pequeña Godofreda –si ella lo quiere– el reglamento cotidiano, el levantarse, el acostarse, la oración y el rezo del santo rosario.

7. Aprended a escribir bien y cuanto pueda haceros falta. Comprad para ello algún libro de escritura de molde.

8 Enviadme noticias vuestras por el Hno. Juan, si no podéis venir aquí.

9. Dios –que es todo bondad– quiere que María Trichet sea la Madre superiora durante tres años por lo menos, con tal que sea decidida y caritativa.

10. No conviene que María Roy entre, sin más ni más, en casa con sus hijas, porque no están acostumbradas al silencio, que es necesario observar.

11. No temáis exagerar, al principio, en observar y hacer observar el silencio en la comunidad y en clase, pues si permitís que se hable sin el debido castigo, todo está perdido.