San Luis María Grignion de Montfort

CARTA CIRCULAR A LOS HABITANTES

DE MONTBERNAGE

  

Presentación 

Después del relevo de sus funciones como capellán del Hospital General de Poitiers, san Luis María se dedica a predicar misiones en la ciudad y en los suburbios. Al comienzo predicaba sobre todo en los barrios populares como Montbernage. Su predicación tuvo éxito inmediato, pero también suscitó una fuerte oposición, particularmente del Vicario General. Para preservar la paz, el obispo del lugar juzgó conveniente sacrificar a Luis María quien tuvo que abandonar la ciudad a principios de la Cuaresma de 1706. Antes de dejar la ciudad y salir como peregrino hacia Roma para consultar al Papa, escribió una carta circular a los feligreses de los barrios en donde había predicado. Esta carta se llama: Carta Circular a los habitantes de Montbernage. En ella, anima a los habitantes a mantenerse fieles a todas las promesas que han hecho durante las misiones. Les pide, además, orar por él en un momento que encuentra particularmente difícil.

 

Dios sólo.

 

[1] Queridos habitantes de Montbernage, San Saturnino, San Simpliciano, La Resurrección y demás parroquias que se han beneficiado de la misión que Jesucristo, mi Maestro, acaba de daros: ¡salud en Jesús y María!

No pudiendo hablaros de viva voz, pues la santa obediencia me lo prohíbe, me tomo la libertad de escribiros, antes de partir, como lo haría un padre afligido a sus hijos, no para enseñaros cosas nuevas, sino para confirmaros en las verdades que os expuse.

¡El cariño cristiano y paternal que os tengo es tan grande, que os llevaré siempre en el corazón, en la vida, en la muerte y en la eternidad! ¡Que me olvide de mi mano derecha antes que de vosotros en cualquier lugar en que me halle, hasta en el altar! ¡Qué digo! Hasta en los confines mismos del mundo hasta en las puertas de la muerte; créedmelo, con tal que practiquéis lo que Jesús os ha enseñado por sus misioneros y por mí, pecador, a pesar del demonio, del mundo y de la carne.

[2] Acordaos, pues, queridos hijos míos, mi alegría, mi gloria y mi corona; acordaos de amar ardientemente a Jesucristo, de amarlo por medio de María, de hacer brillar, en todo lugar y a la vista de todos, vuestra verdadera devoción a la Santísima Virgen, nuestra bondadosa Madre, a fin de ser en todas partes el buen olor de Jesucristo, de llevar constantemente vuestra cruz en seguimiento de este buen Maestro y alcanzar la corona y el reino que os aguardan. En consecuencia, no dejéis de cumplir y poner por obra con fidelidad vuestras promesas bautismales y sus prácticas, de recitar diariamente vuestro rosario en público o en privado, de frecuentar los sacramentos al menos una vez al mes.

[3] Ruego a mis queridos amigos de Montbernage, poseedores de la imagen de mi buena Madre y de mi corazón, que conserven y aumenten el fervor de sus plegarias, no toleren impunemente en su barrio a los blasfemos, perjuros, cantantes de canciones obscenas o borrachos. Digo impunemente, o sea, que, si no pueden impedirles que pequen corrigiéndoles con celo y mansedumbre, al menos que algún hombre o mujer de Dios no omita el hacer penitencia, incluso públicamente, por el escándalo público, aunque no sea m s que recitar un avemaría en las calles o en el lugar de oración, o llevar en la mano un cirio encendido en su propia casa o en la iglesia. Es lo que deben hacer y continuar n haciendo, Dios mediante, para perseverar en el servicio divino. Estos avisos valen también para los otros lugares.

[4] Es preciso, queridos hijos, es preciso que seáis buen ejemplo para todo Poitiers y sus alrededores. Que nadie trabaje en las fiestas de precepto. Que nadie instale ni siquiera entreabra su tienda, contrariamente a la costumbre de los panaderos, carniceros, revendedores y otras categorías de comerciantes de Poitiers –que le roban a Dios su día y, pese a sus sagaces pretextos, se precipitan en la condenación–, salvo el caso de verdadera necesidad, reconocida por vuestro digno párroco. No trabajéis nunca en los días santos, y Dios –os lo aseguro– os bendecir en lo espiritual y aun en lo temporal, de suerte que no os falte lo necesario.

[5] Ruego a las pescaderas de San Simpliciano, a las carniceras, revendedoras y a las demás que continúen dando el buen ejemplo que dan a toda la ciudad por la práctica de lo que aprendieron durante la misión.

[6] Os ruego a todos, en general y en particular, que me acompañéis con la plegaria en la peregrinación que voy a emprender por vosotros y por otros muchos. Digo por vosotros porque emprendo este largo y penoso viaje a expensas de la Providencia, para alcanzar de Dios, por intercesión de la Santísima Virgen, la perseverancia de todos vosotros. Y añado por otros muchos porque llevo en el corazón a todos los pobres pecadores del Poitou y otros lugares, que para desgracia suya se condenan. Sus almas son tan preciosas ante Dios, que por ellas ha derramado toda su sangre; y ¿yo no haré nada? Emprendió por ellas tan largos y penosos viajes, y ¿yo no haré ninguno? Arriesgó hasta su propia vida, y ¿yo no arriesgaré la mía? ¡Ah! Sólo un pagano o un mal cristiano pueden permanecer insensibles ante la inmensa pérdida de estos tesoros infinitos: ¡las almas rescatadas por Jesucristo! Rogad, pues, por esto. Amigos míos, rogad también por mí, a fin de que mi malicia e indignidad no obstaculicen cuanto Dios y su santísima Madre quieren realizar por mi ministerio.

[7] Busco la divina Sabiduría; ayudadme a encontrarla. Estoy pensando en mis poderosos enemigos, todos los mundanos, que adoran lo caduco y se deleitan en ello, me desprecian, se burlan de mí y me persiguen; todo el infierno ha tramado mi perdición, y levantar contra mí por todas partes a todas las potencias. Y, en medio de todo esto, me siento débil, más aún, la debilidad personificada; soy ignorante, m s aún, la ignorancia misma y lo demás... que no me atrevo a decir. No cabe duda: solo y miserable como soy, pereceré si la Santísima Virgen y las almas buenas –las vuestras en particular– no me sostienen y alcanzan de Dios el don de la palabra o la divina Sabiduría que remedie todos mis males y sea el arma poderosa contra mis enemigos.

[8] Con María todo es fácil; en Ella pongo mi confianza, aunque por ello rujan el mundo y el infierno. Y digo con San Bernardo: «Hoc, filii mei, maxima fiducia mea, ac tota ratio spei meae». Haceos explicar estas palabras. No me hubiera atrevido a decirlas por mí mismo. Por María busco y encontraré a Jesucristo, aplastaré la cabeza de la serpiente y venceré a todos mis enemigos y a mí mismo, para la mayor gloria de Dios.

[9] ¡Adiós sin adiós! Porque, si Dios me conserva la vida, volveré a pasar por aquí, bien sea para permanecer algún tiempo con vosotros bajo la obediencia a vuestro ilustre prelado, tan celoso de la salvación de las almas y tan compasivo con nuestras debilidades, bien sea de paso para otra región; porque, siendo Dios mi Padre, tengo tantos lugares donde morar cuantos hay en que se ofende injustamente a Dios con el pecado:

 

El honrado, siga portándose honradamente;

el manchado, siga manchándose...

Para éstos, un olor que da muerte y sólo muerte;

para los otros, un olor que da vida y sólo vida.

¡Todo vuestro!

 

LUIS MARÍA DE MONTFORT,

sacerdote y esclavo indigno de Jesús en María.