1. Como ya he tenido oportunidad
de ilustrar en las catequesis anteriores, el papel que Dios en su plan de
salvación confió a María ilumina la vocación de la mujer en la vida de la
Iglesia y de la sociedad, definiendo su diferencia con respecto al hombre. En
efecto, el modelo que representa María muestra claramente lo que es específico
de la personalidad femenina.
En tiempos recientes, algunas
corrientes del movimiento feminista, con el propósito de favorecer la
emancipación de la mujer, han tratado de asimilarla en todo al hombre. Pero la
intención divina, tal como se manifiesta en la creación, aunque quiere que la
mujer sea igual al hombre por su dignidad y su valor, al mismo tiempo afirma con
claridad su diversidad y su carácter específico. La identidad de la mujer no
puede consistir en ser una copia del hombre, ya que está dotada de cualidades y
prerrogativas propias, que le confieren una peculiaridad autónoma, que siempre
ha de promoverse y alentarse.
Estas prerrogativas y esta
peculiaridad de la personalidad femenina han alcanzado su pleno desarrollo en
María. En efecto, la plenitud de la gracia divina favorecía en ella todas las
capacidades naturales típicas de la mujer.
El papel de María en la obra de
la salvación depende totalmente del de Cristo. Se trata de una función única,
exigida por la realización del misterio de la Encarnación: la maternidad de
María era necesaria para dar al mundo el Salvador, verdadero Hijo de Dios, pero
también perfectamente hombre.
La importancia de la cooperación
de la mujer en la venida de Cristo se manifiesta en la iniciativa de Dios que,
mediante el ángel, comunica a la Virgen de Nazaret su plan de salvación, para
que pueda cooperar con él de modo consciente y libre, dando su propio
consentimiento generoso.
Aquí se realiza el modelo más
alto de colaboración responsable de la mujer en la redención del hombre --de
todo el hombre--, que constituye la referencia trascendente para toda
afirmación sobre el papel y la función de la mujer en la historia.
2. María, realizando esa forma
de cooperación tan sublime, indica también el estilo mediante el cual la mujer
debe cumplir concretamente su misión.
Ante el anuncio del ángel, la
Virgen no manifiesta una actitud de reivindicación orgullosa, ni busca
satisfacer ambiciones personales. San Lucas nos la presenta como una persona que
sólo deseaba brindar su humilde servicio con total y confiada disponibilidad al
plan divino de salvación. Éste es el sentido de la respuesta: «He aquí la
esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).
En efecto, no se trata de una
acogida puramente pasiva, pues da su consentimiento sólo después de haber
manifestado la dificultad que nace de su propósito de virginidad, inspirado por
su voluntad de pertenecer más totalmente al Señor.
Después de haber recibido la
respuesta del ángel, María expresa inmediatamente su disponibilidad,
conservando una actitud de humilde servicio.
Se trata del humilde y valioso
servicio que tantas mujeres, siguiendo el ejemplo de María, han prestado y
siguen prestando en la Iglesia para el desarrollo del reino de Cristo.
3. La figura de María recuerda a
las mujeres de hoy el valor de la maternidad. En el mundo contemporáneo no
siempre se da a este valor una justa y equilibrada importancia. En algunos
casos, la necesidad del trabajo femenino para proveer a las exigencias cada vez
mayores de la familia, y un concepto equivocado de libertad, que ve en el
cuidado de los hijos un obstáculo a la autonomía y a las posibilidades de
afirmación de la mujer, han ofuscado el significado de la maternidad para el
desarrollo de la personalidad femenina. En otros, por el contrario, el aspecto
de la generación biológica resulta tan importante, que impide apreciar las
otras posibilidades significativas que tiene la mujer de manifestar su vocación
innata a la maternidad.
En María podernos comprender el
verdadero significado de la maternidad, que alcanza su dimensión más alta en
el plan divino de salvación. Gracias a ella, el hecho de ser madre no sólo
permite a la personalidad femenina, orientada fundamentalmente hacia el don de
la vida, su pleno desarrollo, sino que también constituye una respuesta de fe a
la vocación propia de la mujer, que adquiere su valor más verdadero sólo a la
luz de la alianza con Dios (cf. Mulieris dignitatem, 19).
4. Contemplando atentamente a
María, también descubrimos en ella el modelo de la virginidad vivida por el
Reino.
Virgen por excelencia, en su
corazón maduró el deseo de vivir en ese estado para alcanzar una intimidad
cada vez más profunda con Dios.
Mostrando a las mujeres llamadas
a la castidad virginal el alto significado de esta vocación tan especial,
María atrae su atención hacia la fecundidad espiritual que reviste en el plan
divino: una maternidad de orden superior, una maternidad según el Espíritu (cf.
ib., 21).
El corazón materno de María,
abierto a todas las miserias humanas, recuerda también a las mujeres que el
desarrollo de la personalidad femenina requiere el compromiso en favor de la
caridad. La mujer, más sensible ante los valores del corazón, muestra una alta
capacidad de entrega personal.
A cuantos en nuestra época
proponen modelos egoístas para la afirmación de la personalidad femenina, la
figura luminosa y santa de la Madre del Señor les muestra que sólo a través
de la entrega y del olvido de sí por los demás se puede lograr la realización
auténtica del proyecto divino sobre la propia vida.
Por tanto, la presencia de María
estimula en las mujeres los sentimientos de misericordia y solidaridad con
respecto a las situaciones humanas dolorosas, y suscita el deseo de aliviar las
penas de quienes sufren: los pobres, los enfermos y cuantos necesitan ayuda.
En virtud de su vínculo particular con María,
la mujer, a lo largo de la historia, ha representado a menudo la cercanía de
Dios a las expectativas de bondad y ternura de la humanidad herida por el odio y
el pecado, sembrando en el mundo las semillas de una civilización que sabe
responder a la violencia con el amor.