1. En el momento de la Anunciación María, «excelsa Hija de Sión» (Lumen
gentium, 55), recibe el saludo del ángel como representante de la humanidad,
llamada a dar su consentimiento a la encarnación del Hijo de Dios.
La primera palabra que el ángel le dirige es una invitación a la alegría:
chaire, es decir, alégrate. El término griego fue traducido al latín con Ave,
una sencilla expresión de saludo, que no parece corresponder plenamente a las
intenciones del mensajero divino y al contexto en que tiene lugar el
encuentro.
Ciertamente, chaire era también una fórmula de saludo, que solían usar a
menudo los griegos, pero las circunstancias extraordinarias en que es
pronunciada no pertenecen al clima de un encuentro habitual. En efecto, no
conviene olvidar que el ángel es consciente de que trae un anuncio único en la
historia de la humanidad; de ahí que un saludo sencillo y usual sería
inadecuado. Por el contrario, parece más apropiado a esa circunstancia
excepcional la referencia al significado originario de la expresión chaire,
que es alégrate.
Como han notado constantemente sobre todo los Padres griegos citando varios
oráculos proféticos, la invitación a la alegría conviene especialmente al
anuncio de la venida del Mesías.
2. El pensamiento se dirige, ante todo, al profeta Sofonías. El texto de la
Anunciación presenta un paralelismo notable con su oráculo: «¡Exulta, hija de
Sión, da voces jubilosas, Israel; alégrate con todo el corazón, hija de
Jerusalén!» (So 3, 14). Ese oráculo incluye una invitación a la alegría:
«Alégrate con todo el corazón» (v. 14); una alusión a la presencia del Señor:
«El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti» (v. 15); la exhortación a no
tener miedo: «No temas, Sión. No desmayen tus manos» (v. 16); y la promesa de
la intervención salvífica de Dios: «En medio de ti está el Señor como poderoso
salvador» (v. 17). Las semejanzas son tan numerosas y exactas que llevan a
reconocer en María a la nueva hija de Sión, que tiene pleno motivo para
alegrarse porque Dios ha decidido realizar su plan de salvación.
Una invitación análoga a la alegría, aunque en un contexto diverso, viene de
la profecía de Joel: «No temas, suelo; alégrate y regocíjate, porque el Señor
hace grandezas (...). Sabréis que en medio de Israel estoy yo» (Jl 2, 21. 27).
3. También es significativo el oráculo de Zacarías, citado a propósito del
ingreso de Jesús en Jerusalén (cf. Mt 21, 5; Jn 12, 15). En él el motivo de la
alegría es la venida del rey mesiánico: «¡Alégrate sobremanera, hija de Sión;
grita de júbilo, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey, justo y
victorioso, humilde (...). Proclamará la paz a las naciones» (Za 9, 9-10).
Por último, de la numerosa posteridad, signo de bendición divina, el libro de
Isaías hace brotar el anuncio de alegría para la nueva Sión: «Regocíjate,
estéril que no das a luz; rompe en gritos de júbilo y alegría, la que no ha
tenido los dolores, porque son más numerosos los hijos de la abandonada que
los de la casada, dice el Señor» (Is 54, 1).
Los tres motivos de la invitación a la alegría -la presencia salvífica de Dios
en medio de su pueblo, la venida del rey mesiánico y la fecundidad gratuita y
superabundante- encuentran en María su plena realización y legitiman el rico
significado que la tradición atribuye al saludo del ángel. Éste, invitándola a
dar su asentimiento a la realización de la promesa mesiánica y anunciándole la
altísima dignidad de Madre del Señor, no podía menos de exhortarla a la
alegría. En efecto, como nos recuerda el Concilio: «Con ella, excelsa Hija de
Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se
inaugura el nuevo plan de salvación. Es el momento en que el Hijo de Dios tomó
de María la naturaleza humana para librar al hombre del pecado por medio de
los misterios vividos en su carne» (Lumen gentium, 55).
4. El relato de la Anunciación nos permite reconocer en María a la nueva hija
de Sión, invitada por Dios a una gran alegría. Expresa su papel extraordinario
de madre del Mesías; más aún, de madre del Hijo de Dios. La Virgen acoge el
mensaje en nombre del pueblo de David pero podemos decir que lo acoge en
nombre de la humanidad entera porque el Antiguo Testamento extendía a todas
las naciones el papel del Mesías davídico (cf. Sal 2, 8; 72, 8). En la
intención de Dios, el anuncio dirigido a ella se orienta a la salvación
universal.
Como confirmación de esa perspectiva universal del plan de Dios, podemos
recordar algunos textos del Antiguo y del Nuevo Testamento que comparan la
salvación a un gran banquete de todos los pueblos en el monte Sión (cf. Is 25,
6 ss) y que anuncian el banquete final del reino de Dios (cf. Mt 22, 1-10).
Como hija de Sión, María es la Virgen de la alianza que Dios establece con la
humanidad entera. Está claro el papel representativo de María en ese
acontecimiento. Y es significativo que sea una mujer quien desempeñe esa
misión.
5. En efecto, como nueva hija de Sión, María es particularmente idónea para
entrar en la alianza esponsal con Dios. Ella puede ofrecer al Señor, más y
mejor que cualquier miembro del pueblo elegido, un verdadero corazón de
Esposa.
Con María, la hija de Sión ya no es simplemente un sujeto colectivo, sino una
persona que representa a la humanidad y, en el momento de la Anunciación,
responde a la propuesta del amor divino con su amor esponsal. Ella acoge así,
de modo muy particular, la alegría anunciada por los oráculos proféticos, una
alegría que aquí, en el cumplimiento del plan divino, alcanza su cima.