EL EVANGELIO
DEL SUFRIMIENTO EN LA VIDA DE SS JUAN PABLO
II
Madre Adela Galindo
Fundadora, SCTJM
Solo para uso privado -©
Con todo mi agradecimiento a Nuestro
Señor Jesús, por su pasión de amor, y al
Santo Padre Juan Pablo II, por amar como
Jesús nos amó, en el 20 Aniversario de la
Carta Apostólica"Salvifici Doloris".
En Cuaresma y
muy especialmente al iniciar la Semana
Santa, estamos llamados a contemplar el
misterio de la Redención, y como la
redención ha sido realizada mediante la cruz
de Cristo, o sea, mediante su sufrimiento,
es que de manera particular en este tiempo
litúrgico debemos afrontar el tema del valor
del sufrimiento humano. Quisiera que
afrontemos este tema, adentrándonos en la
visión que SS Juan Pablo II ha querido
presentar a la Iglesia y al mundo, durante
todo su Pontificado.
SS Juan Pablo II, el 11 de Febrero de 1984,
al concluír el Año de la Redención, promulgó
una Carta Apostólica"Salvifici Doloris" en
la que nos llamaba a descubrir el valor
salvífico del sufrimiento. Valor que no solo
ha testificado con sus palabras y su
Magisterio, sino que lo ha hecho con su
propia vida, convirtiéndose así, en testigo
viviente del Evangelio del Sufrimiento
redentivo.
El Papa nos ha recordado tantas veces que la
redención realizada por Cristo, al precio de
la pasión y muerte de cruz, es un
acontecimiento decisivo y determinante en la
historia de la humanidad, no solo por que
cumple el designio divino de justicia y
misericordia, asumiendo nuestros pecados y
pagando por ellos, alcanzándonos así, la
salvación. Sino que también, porque el
sufrimiento del Dios-hecho hombre, revela al
hombre un nuevo significado del sufrimiento.
Significado que el corazón humano ha buscado
incesantemente entender porque el
sufrimiento ha acompañado al hombre a lo
largo y a lo ancho de la historia y a través
de toda la geografía; porque el sufrimiento
es casi inseparable de la existencia terrena
del hombre en su doble dimensión: física y
moral. Es por esto, que es necesario
reflexionar sobre su sentido y su misterio.
(SD, 2y3)
VERDADERO SENTIDO DEL SUFRIMIENTO
Las Sagradas Escrituras nos dicen
claramente que el sufrimiento es una
consecuencia del pecado cometido por
nuestros primeros padres. Antes de esto Adan
y Eva vivían en un paraíso terrenal, sin
sufrimiento, lucha o enfermedad. Por el
pecado, se introduce en la historia humana
el sufrimiento y vemos que el hombre ha
tratado de todas formas de evadir el
sufrimiento y escapar de él.
En el AT el sufrimiento es considerado, como
castigo o pena infligida por Dios a causa
del pecado de los hombres. El sufrimiento y
el mal son identificados el uno con el otro.
Sin embargo, el libro de Job sin desvirtuar
las bases de este orden moral fundado en la
justicia (culpa-pena) demuestra con claridad
que los principios de este orden no se deben
aplicar de manera exclusiva y
superficial."Pues si es verdad que el
sufrimiento tiene un sentido como castigo
cuando está unido a una culpa, no es verdad,
por el contrario que todo sufrimiento es
consecuencia de la culpa y tenga carácter de
castigo" (SD,11).
En la figura del justo Job se nos muestra
que el sufrimiento tiene también carácter de
prueba. Como, también, los sufrimientos
vividos por el pueblo de Dios, son una
invitación a la conversión, o sea, tienen un
propósito educativo. Esos son un acto de
misericordia de Dios quien busca la
educación y conversión del pueblo:"los
castigos no vienen para la destrucción sino
para la corrección de nuestro pueblo". (2
Mac 6,2) O sea, tiene el propósito de
reconstruir el bien en la misma persona que
sufre, hacerle superar el mal, que bajo
diversas formas está tan latente en el
corazón del hombre, y que se manifiesta en
su relación con Dios y con los demás.
La vida de Job, en cierto modo prefigura a
Cristo, es un anuncio de su pasión. Que el
Mesías sufriría estaba muy claro en los
testigos mesiánicos del AT. Ejemplo de ello
es el cuarto poema del Siervo Sufriente en
el libro del Profeta Isaías 53: 2-6:
"No tenía apariencia ni presencia.. Varón de
dolores y sabedor del sufrimiento.. Soportó
nuestros sufrimientos, cargó con nuestros
dolores...traspasado por nuestras
iniquidades.. Molido por nuestros pecados...
soportó el castigo que nos trae la paz... y
por sus llagas hemos sido sanados".
En esta
Escritura se nos invita a contemplar el
sufrimiento como medio de revelación del
amor divino: amor que es salvífico: "cargó
con nuestros pecados"..."soportó nuestros
sufrimientos"... "traspasado por nuestras
iniquidades". Revela el amor divino, que
siempre salva, siempre libera y redime. Es
el amor que se da hasta el extremo "sin
escatimar en nada" (palabras del Corazón de
Jesús a Santa Margarita).
El amor es, por lo tanto, la fuente más rica
para entender el sentido del sufrimiento,
que siempre es un misterio. Para descubrir
este misterio, a la medida posible, debemos
contemplar la Cruz de Cristo: el amor
salvífico de Cristo que por sus llagas hemos
sido sanados."La cruz de Cristo --la pasión--
arroja una luz completamente nueva sobre
este misterio, dando otro sentido al
sufrimiento humano en general" (JPII, 1988).
O sea, que para tratar de leer el misterio
del sufrimiento, debemos desde la Cruz de
Cristo, leerlo desde el lenguaje del amor.
EL SUFRIMIENTO ES VENCIDO POR EL AMOR
Jn
3:16: "Por que tanto amó Dios al mundo
que dio a su Hijo único, para que todo el
que crea en El no perezca sino que tenga
vida eterna". Estas palabras de
Cristo en su diálogo con Nicodemo, nos
introducen en el mismo corazón de la acción
salvífica de Dios. La salvación es la
liberación del mal, pero no solo del
temporal sino ante todo del mal definitivo,
o, sea, de la pérdida de la vida eterna, de
la felicidad eterna. El Hijo unigénito ha
sido dado a la humanidad para liberarla,
ante todo, de este mal definitivo y de este
sufrimiento definitivo. El Redentor
conquista el mal con el bien: conquista el
pecado por su obediencia hasta la muerte y
una muerte de cruz. Conquista la muerte,
resucitando, volviendo a la vida. Conquista
dando la vida por la humanidad, para que
tenga vida eterna."No hay amor más
grande que el que da la vida por sus amigos"
(Jn 15).
En su misión mesiánica Cristo se acercó
incesantemente al mundo del sufrimiento
humano como nos dice el libro de los Hechos
10,38:"pasó haciendo el bien": a los
enfermos, pobres, afligidos, hambrientos,
oprimidos por el demonio, a los ciegos,
paralíticos, y hasta los muertos. Jesús era
sensible a todo sufrimiento humano. Al mismo
tiempo instruía poniendo en el centro de su
enseñanza las ocho bienaventuranzas, que son
dirigidas a los hombres probados por diverso
sufrimientos en su vida temporal: los
pobres, los que lloran, los mansos, los que
se purifican, hambre y sed, perseguidos,
insultados, etc. invitándoles a vencer con
el bien ante esas adversidades.
El se acercó al
sufrimiento no solo para tocarlo y sanarlo,
sino que lo asumió sobre si: fatiga, exilio,
falta de donde descansar, incomprensión,
traición, hostilidad, pobreza, abandono,
difamación, calumnia, enemistad, golpes,
burlas, azotes, insultos, desprecio, hasta
la crucifixión. Y lo hace medio de salvación.
El Hijo de Dios, sin merecerlo, movido por
el amor salvífico, aceptó vivir y asumir el
sufrimiento en la forma más plena y decidida,
lo aceptó voluntariamente y libremente, (Jn
10,17:"doy mi vida.. Nadie me la quita, yo
la doy voluntariamente"). porque estas son
características del auténtico amor. Cristo
se acercó y abrazó el mundo del sufrimiento
humano; asumiéndolo redime, lo eleva, lo
hace medio de salvación y liberación.
Definitivamente, el sufrimiento, es un
misterio, si, un misterio que muy pocos
logran plenamente descubrir... solo los
santos, quienes habiendo profundamente
contemplado la Cruz de Cristo, el rostro
sufriente del Salvador, han sabido
comprender su poder y su eficacia.
Por ello decía el Padre Pió a sus hijos
espirituales: "no desperdiciéis ningún
sufrimiento, hagan el bien a través de ellos".
Para que no desperdiciemos tantos
sufrimientos personales, familiares,
sociales, mundiales, y los convirtamos en
fuente de salvación en unión con Cristo, es
que el Santo Padre tanto nos llama a
contemplar el Evangelio del sufrimiento y su
poder salvífico... y para que tengamos hoy
un testigo viviente del poder de este
Evangelio, es que el Señor nos ha dado un
Pontífice como Juan Pablo II.
Con su Cruz, Cristo, cambia radicalmente el
sentido del sufrimiento. Ya no basta ver en
él un castigo, o solo limitarnos a la prueba,
o la corrección, es necesario descubrir en
él la potencia redentora y salvífica del
amor. El mal del sufrimiento, en
el misterio de la redención de Cristo,
queda superado y de todos modos es
transformado: el sufrimiento se convierte en
la fuerza para la liberación del mal,
para la victoria del bien. Hace unos
días, leía testimonios de los sacerdotes y
religiosos que atendieron a las familias de
los que murieron en los ataques terroristas
de Madrid y ante tantos que eran
verdaderamente edificantes, uno me conmovió
particularmente. Un joven esposo que tenía 2
años de casado y perdió a su esposa y al
bebé que llevaba en sus entrañas. Este joven,
decía: "no lo entiendo, pero lo ofrezco a
Cristo para que triunfe el amor sobre el
odio". El sufrimiento acogido con amor es
victoria sobre el mal.
FUERZA PARA LA LIBERACIÓN DEL MAL, PARA
LA VICTORIA DEL BIEN.
"El dolor nos ha dicho el Santo Padre,
especialmente en la fiesta de la Virgen de
Lourdes, que es el día de la Jornada Anual
del Enfermo, se convierte en manantial de
vida para toda la humanidad, cuando se
vive unido a Cristo". En la Rep Checa
durante su viaje en 1997, el Papa se dirigió
a todos los que sufren y dijo: "vosotros
constituís una fuerza oculta que
contribuye en gran medida a la vida de la
Iglesia: con vuestros sufrimientos
participáis de la redención del mundo.
También vosotros estáis puestos por Dios de
columna en el templo de la Iglesia
para que seais su firme apoyo".
No esa acaso esto lo que dijera el apóstol
San Pablo a los Colosenses en 1, 24: "Ahora
me alegro de mis padecimientos por vosotros
y suplo en mi carne lo que falta a las
tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que
es la Iglesia".
Estas palabras de San Pablo, son una
invitación ofrecer nuestros sufrimientos
generosamente a Cristo y con Cristo, para el
bien de toda la Iglesia. No es que el
sacrificio de Cristo haya quedado
incompleto, sino que en la historia y en las
generaciones, se hace presente con la
cooperación amorosa de los miembros de su
Cuerpo Místico. Esa cooperación, a través
del sufrimiento abrazado con amor, es una
llamada a "amar heroicamente, como él nos
amó". "La redención de Jesús, realizada
de forma completa 'en virtud de su amor
satisfactorio, permanece constantemente
abierta a todo amor que se manifiesta en
el sufrimiento humano'. En la dimensión
del amor, la redención, ya realizada
plenamente, en cierto sentido se realiza
constantemente." (SD 24,) Lo que el
Santo Padre nos dice con estas palabras es
que a través del sacrificio de Cristo y de
su aceptación del sufrimiento por amor a los
hombres, éste se ha convertido ahora en una
victoriosa expresión de amor. El
sufrimiento es ahora, por la Pasión de
Cristo, un medio excelentísimo de crecer en
el amor y de expresarlo. "Nos amó hasta el
extremo" (Jn 13) Nos hace partícipes de este
amor hasta el extremo, que es capaz de dar
la vida por los demás, de alcanzar un bien a
otros, a pesar de si mismo.
¿Acaso no invitó la Virgen Santísima en
Fátima a los pequeños pastorcitos a entender
la profundidad de esta dimensión redentiva
del sufrimiento humano abrazado y ofrecido
por amor? Esta fue su invitación: "Queréis
ofreceros a Dios para soportar todos los
sufrimientos que el deseara enviaros como
reparación por los pecados con que El es
ofendido y por la conversión de los
pecadores?"
Es en esta dimensión del amor que el
sufrimiento vivido en comunión por Cristo y
ofrecido por el bien de la humanidad, se
convierte en manantial de vida. El amor
que es capaz de dejarse traspasar es el que
da vida. Es el sufrimiento abrazado y
asumido con amor, el que es capaz de dar
vida: por ello el evangelio del sufrimiento
está plenamente unido al evangelio de la
vida, y estos dos evangelios fluyen del
evangelio del amor.
En la conclusión de la Carta Apostólica nos
dice el Santo Padre: "A vosotros que
sufrís, os pido que nos ayudéis.
Precisamente a vosotros, que sóis débiles,
pedimos que seáis una fuente de fuerza
para la Iglesia y para la humanidad. En la
terrible batalla entre las fuerzas del bien
y del mal, que nos presenta el mundo
contemporáneo, venza vuestro sufrimiento
en unión a la Cruz de Cristo".
Este ha sido precisamente el gran mensaje
que Juan Pablo II ha querido dar al mundo y
a la Iglesia. En un tiempo, donde el ser
humano busca incesantemente huir del
sufrimiento, y sin embargo está mas sumido
en él, el Santo Padre ha querido que
descubramos el valor y sentido del
sufrimiento humano. Sin embargo, el
evangelio del sufrimiento en el magisterio
de Juan Pablo II no ha sido simplemente una
carta apostólica; o una estrofa de un
documento oficial, o el tema de una
audiencia semanal. Ha sido mucho más: es
un magisterio vivo. Él lo ha anunciado
incesantemente en su preocupación por el
mundo, atormentado por guerras, amenazado
con bombas nucleares, violencia de todo
tipo, desvalorización de la persona y vida
humana, por el hambre, la enfermedad, la
peste ... y toda clase de injusticias...; en
su Santidad, el evangelio del sufrimiento se
ha convertido en su misión al vivir en carne
propia, desde su niñez hasta hoy, en
contacto con los dramas de la humanidad,
habiendo sido formado en el dolor, y
habiendo permitido que tanto dolor, diese
tanto fruto en él, para el bien de la
Iglesia.
Siendo, el evangelio del sufrimiento para
Juan Pablo II no solo un Magisterio enseñado
sino plenamente vivido, quisiera dirigir
nuestra mirada a la persona de Juan Pablo
II, para que descubramos no solo en sus
palabras sino en su vida, el valor salvífico
del sufrimiento.
Marca distintiva de JPII: el sufrimiento
El sufrimiento es esencial para entender
a SS JPII, tanto a nivel personal como
étnico, histórico y teológico. En su propia
vida ha sido testigo, desde muy pequeño, de
tremendos sufrimientos personales: lo sintió
por primera vez de modo intenso con la
muerte prematura de su madre. Luego, siendo
muy joven, la muerte de su hermano, la
persona más cercana a él. Luego, poco tiempo
después, el fallecimiento de su padre, quien
había sido crucial en su formación
religiosa. Además de sus pérdidas
personales, vivió la segunda guerra mundial
y la pobreza, así como la dura situación
creada por el comunismo que dominaba en
Polonia. Karol Wotyla, fue formado en la
escuela, en que la Santísima Virgen, suele
formar a almas particularmente elegidas para
ser iconos mas visibles de Cristo
Crucificado. Esta es la "escuela del
sacrificio y del dolor" (expresión del
P. Pío). Escuela que lo formó a ser un
hombre austero, sensible al dolor, despojado
desde muy pequeño de todos los apoyos y
apegos humanos, para crecer así en total
confianza en Dios y en María Santísima. Todo
esto, además, aumentado por los grandes
sufrimientos del pueblo Polaco, que por 200
años fue un pueblo víctima de alguna
ocupación, opresión, guerra, abandono, falta
de libertad en todos los aspectos, incluso o
de religión.
Cuántas veces, le tocó presenciar, la
violencia y sus desgarradoras consecuencias.
Por ejemplo, un compañero de trabajo durante
su seminario clandestino (así fue el
seminario del Papa): "Para evitar la
deportación a trabajos forzados en Alemania,
en el otoño de 1940 empecé a trabajar como
obrero en una cantera de piedra vinculada a
la fábrica química Solvay. (...) Estaba
presente cuando, durante el estallido de una
carga de dinamita, las piedras golpearon a
un obrero y lo mataron. Quedé profundamente
desconcertado: Levantaron el cuerpo, el
silencio invadió mi corazón. Mientras lo
llevaban sentía en todos el agravio"
(lLibro: Don y Misterio - D y M).
Para el Santo Padre, todos los sufrimientos
de su niñez y juventud, no fueron solo
experiencias profundas sino que revelan el
poder que el dolor tiene de traer con su
fuerza salvífica, una realidad que genera
vida. "Si el grano de trigo muere, da
mucho fruto" (Jn. 12, 24). Precisamente
a propósito de su vocación sacerdotal, se
expresó así: "...mi sacerdocio, ya desde
su nacimiento, ha estado inscrito en el gran
sacrificio de tantos hombres y mujeres de mi
generación. La Providencia me ha ahorrado
las experiencias más penosas; por eso, es
aún más grande mi sentimiento de deuda hacia
las personas conocidas, así como también
hacia aquellas más numerosas que desconozco,
sin diferencia de nación o de lengua, que
con su sacrificio sobre el gran altar de la
historia han contribuido a la realización de
mi vocación sacerdotal. De algún modo, me
han introducido en este camino, mostrándome
en la dimensión del sacrificio la verdad más
profunda y esencial del sacerdocio de
Cristo" (D y M).
Por estar tan conciente que su vocación es
fruto del sufrimiento de muchos, nos diría
el 11 de Febrero del 2000, en el Jubileo de
los enfermos: "Queridos hermanos y
hermanas que sufren, tenemos con ustedes una
gran deuda. La Iglesia tienen con ustedes
una gran deuda. También el Papa la tiene".
Con esto quiere enfatizar un mensaje muy
cercano a su corazón, y que a través de su
pontificado, ha dirigido incesantemente a
toda la humanidad: "el sufrimiento, junto
con sus oraciones, son una fuerza poderosa
de gracia y salvación para la Iglesia
Universal." Por ello, también, con
lágrimas en los ojos y con profunda
gratitud, diría en su homilía del 13 de mayo
del 2000, en Fátima durante la beatificación
de los pastorcitos: "Gracias, gracias,
pequeña Jacinta, porque por todos tus
sufrimientos ofrecidos por ese Papa que
tendría la sotana manchada de sangre, me has
salvado la vida".
DEBO LLEVAR LA IGLESIA CON EL SUFRIMIENTO
Durante
el Ángelus del 29 de mayo de 1994, al volver
al Vaticano después de haber estado
internado algunas semanas en el hospital
Gemelli de Roma, el Santo Padre hizo una
importante referencia al sufrimiento,
recordando los momentos de dolor y
consternación que habían acompañado al
atentado que sufrió el 13 de mayo de 1981:
"Por medio de María quisiera expresar hoy mi
gratitud por este don del sufrimiento,
asociado nuevamente al mes mariano de mayo.
Quiero agradecer este don. He comprendido
que es un don necesario. El Papa debía
estar en el hospital; debía estar
ausente de esta ventana durante cuatro
semanas; del mismo modo que sufrió hace
trece años, debía sufrir también este
año. (Tres veces dijo: el Papa debía) He
meditado, he vuelto a pensar en todo esto
durante mi hospitalización. Y he
reencontrado a mi lado la gran figura del
cardenal Wyszynski (...). Al comienzo de mi
pontificado, me dijo: 'Si el Señor te ha
llamado, debes llevar a la Iglesia hasta el
tercer milenio'. (...) Y he comprendido que
debo llevar a la Iglesia de Cristo hasta
este tercer milenio con la oración, con
diversas iniciativas, pero he visto que eso
no basta: necesitaba llevarla con el
sufrimiento, con el atentado de hace trece
años y con este nuevo sacrificio.
¿Por qué ahora? ¿Por qué en este año? ¿Por
qué en este Año de la familia? Precisamente
porque se amenaza a la familia, porque se la
ataca. El Papa debe ser atacado, el Papa
debe sufrir, para que todas las familias
y el mundo entero vean que hay un evangelio
-podría decir- superior: el evangelio del
sufrimiento, con el que hay que preparar el
futuro, el tercer milenio de las familias,
de todas las familias y de cada familia.
Quería añadir estas reflexiones en mi primer
encuentro con vosotros, al final de este mes
mariano, porque debo este don del
sufrimiento a la Santísima Virgen, y se lo
agradezco. Comprendo que era importante
tener este argumento ante los poderosos del
mundo. Tengo que encontrarme nuevamente con
los poderosos del mundo y tengo que hablar.
¿Con cuáles argumentos? Me queda este
argumento del sufrimiento. Y quisiera
decirles: comprended, comprended por qué el
Papa ha estado nuevamente en el hospital,
por qué ha sufrido nuevamente, comprendedlo,
pensad una vez más en ello".
¿No es conmovedor que un Papa tan fecundo en
su Magisterio, en sus escritos, en sus
palabras, nos diga que ya no le queda ningún
argumento para combatir a las "fuerzas del
mundo" sino el argumento del sufrimiento?
Como bien nos dijo él: "comprended porque el
Papa debía sufrir".
EL SUFRIMIENTO: UN DON MARIANO PARA EL
PAPA
"Debo este don del sufrimiento a la
santísima Virgen". Así ve el Papa todos sus
sufrimientos. Desde niño, con una profunda
devoción a la Virgen María, ha vivido en la
escuela mariana del amor y del dolor. Para
el Papa, ver en el dolor la mano materna de
María es una realidad de toda su existencia.
¿Podría acaso olvidar que a los 22 años fue
atropellado por un camión de ejército alemán
y su cuerpo aparentemente sin vida fue a
parar a un foso y que una mujer lo recogió,
buscó la ambulancia, lo llevó al hospital,
pero nunca nadie pudo identificarla y esa
mujer sin nombre desapareció para siempre?
El está convencido que aquella señora fue la
Virgen.
El atentado del
cual fue víctima en la plaza de San Pedro,
sucedió el 13 de mayo de 1981, a la misma
hora en que habían sido las apariciones de
la Virgen en Fátima. De esta experiencia, de
la cual no pudo dejar de notar su signo
mariano, como también la protección materna
de María, surge toda su profundización sobre
el mensaje de Fátima, hasta llegar a
descubrir en la tercera parte del secreto,
que El es el Papa, revelado estas
apariciones. El es el Papa "que iba a sufrir
por el bien de la Iglesia". Por esto, ante
todos los sufrimientos que ha padecido
durante su vida y su pontificado, solo puede
decir "agradezco a la Santísima Virgen por
este nuevo don del sufrimiento". El sabe su
valor salvífico...el comprende que como San
Pablo, y todos los que sufren:. "completa en
su carne, por amor, lo que hace falta para
el bien de la Iglesia". Por ello, cuatro
días después de este atentado desde su cama
del hospital Gemelli, dijo: "Sacerdote y
víctima, ofrezco mis sufrimientos por la
Iglesia y el mundo".
¿Porque un don mariano? (Salvici
Doloris, # 25)
El Evangelio del sufrimiento fue escrito
ante todo con el propio sufrimiento de
Cristo asumido por amor, por nosotros. Este
sufrimiento se ha convertido en un rico
manantial para quienes han participado y
participan de él, con Cristo. Junto a Cristo,
de manera primerísima y destacada, singular
y única, a vivido el Evangelio del
sufrimiento la Santísima Virgen. Junto a El
está siempre Ella. Y la Virgen María es
testimonio ejemplar de este evangelio. En
ella los sufrimientos de Cristo, fueron
plenamente vividos y participados "tu hijo
será signo de contradicción... y a ti misma
una espada te traspasará el corazón" (Luc 2)
Recorrerá el mismo destino de su Hijo, el
Redentor. Los sufrimientos de Cristo, son
los suyos en totalidad.. Vividos en unión
perfecta con El.
Nos enseña el Magisterio de la Iglesia, que
los sufrimientos de la Virgen Santísima, por
estar plenamente unidos a los de Cristo,
fueron una contribución real a la redención
de todos. En el evento del Calvario, el
sufrimiento de María, junto al de Jesús,
alcanzó un vértice difícilmente imaginable
en su profundidad desde el punto de vista
humano, pero ciertamente misterioso y
sobrenaturalmente fecundo para los fines de
la salvación de la humanidad. Su estar al
pie de la Cruz, fue una participación en la
muerte redentora de Cristo... Ella, junto a
Jesús, es testigo viviente del Evangelio del
sufrimiento redentivo. Ella, nos enseña como
lo hizo con San Juan, que estar al pie de la
Cruz, sufriendo con Cristo, es una
participación en la fecundidad redentora de
la Cruz.
Su Santidad JPII, quien siempre ha tenido
una particular sensibilidad espiritual al
don de la
co-redención mariana, de la presencia y
cooperación singular del evento de la Cruz,
también ha comprendido la necesidad de
acoger su maternidad para ser formado en un
discípulo amado. El Papa ha comprendido que
la primera característica de aquel apóstol
llamado a testificar al mundo el amor
redentor del Corazón traspasado de Cristo,
debía para ser testigo estar con María al
pie de la Cruz. El que tenía que dar a
conocer el amor hasta el extremo de Cristo
por la humanidad; El que tenía que revelar
al mundo cuanto ha sido amado y el alto
precio que costó nuestra salvación, debía
estar con María, al pie de la Cruz; debía
ser formado en la escuela mariana del amor y
del dolor.
Por esto, el testigo actual de este amor
redentor para la humanidad, esa voz que
grita: abran las puertas de sus corazones al
redentor", también debía como San Juan,
estar en la escuela mariana del amor y del
dolor.
El poder evangelizador del Sufrimiento:
"Me queda este argumento del sufrimiento".
Esta etapa en la vida de Juan Pablo II
es quizás la mas fecunda y espléndida de su
Pontificado. Si, porque SS Juan Pablo II,
muy lúcido de mente y con una sabiduría
particular, nos muestra un cuerpo limitado y
marcado por el dolor. Hace, dentro
naturalmente de lo posible, su vida normal
de Pontífice. Lleva adelante, con el peso de
la Cruz sobre sus hombros, toda su labor
pastoral. Todo lo realiza acompañado por el
sufrimiento, es decir, por esa fuerza del
amor sufriente, que da fecundidad a toda
labor. Esto es el poder del evangelio del
sufrimiento que se convierte en el argumento
más poderoso y en la mayor fuerza
evangelizadora. "Cuando sea levantado (en la
cruz) atraeré a todos hacia Mi".
En la persona del Vicario de Cristo podemos
ver acumulados los sufrimientos del cuerpo
místico, la Iglesia: lleva en su rostro
adolorido, el dolor de las manchas y arrugas
con que sus miembros desfiguramos el rostro
de la Iglesia; la limitación en sus piernas,
nos revelan los bloqueos que enfrenta la
Iglesia en avanzar el reino, su incapacidad
de moverse libremente en tantas naciones del
mundo; lleva la limitación de su voz, como
en tantos lugares no es le es permitido a la
Iglesia proclamar abiertamente el evangelio;
lleva el su debilidad física, las luchas del
cuerpo místico, lleva en sus hombros caídos
por el peso de la Cruz, los tantos hombres y
mujeres que por la fe, han sido martirizados,
o sufren en las cárceles.... Se reflejan en
la cabeza visible de la Iglesia, las penas y
angustias cada vez más crecientes de los
hombres y mujeres de nuestra generación, los
sufrimientos de todos los pueblos,
especialmente de aquellos más pobres y más
débiles; mas golpeados por la violencia. En
el se acumulan los dolores de la Iglesia...
y también, se testimonia la fuerza del
Espíritu Santo que la sostiene y la
fortalece.
Realmente, contemplar la entrega abnegada y
generosa del Santo Padre debe causarnos una
profunda admiración y gratitud. El no
esconde su debilidad física, mas bien saber
hacer de ella, su mas poderoso argumento
ante la fantasía de este mundo; sabe mostrar
el poder de la debilidad ante un mundo
obsesionado por el poder, y ante una cultura
generalizada de muerte, de superficialidad,
vanidad, placer y facilonería. Este reto a
la fantasía para buscar lo mas digno y más
propia de la dignidad de la persona humana,
ha sido siempre una clara característica de
su perfil humano.
El Papa se presenta hoy ante las gentes y
los pueblos con el sufrimiento,
considerándolo un fuerte y eficaz recurso de
evangelización. Así es como Juan Pablo II
conduce a la Iglesia y a la humanidad en
este tercer milenio: llevando la cruz de
Jesús.
Así va cada vez más pareciéndose a su Señor,
el Siervo Sufriente; así presenta su misma
fisonomía. Es un Papa que como Cristo, el
siervo sufriente no tiene miedo de mostrar
el sufrimiento abrazado por amor; no tiene
miedo de mostrar un rostro no hermoso, un
cuerpo no robusto; una fisonomía no
fuerte... Es un Papa que quiere mostrarnos
el rostro redentor del sufrimiento abrazado
por amor, por el bien de la Iglesia. Quiere
mostrarnos cual es el verdadero amor, cual
es la verdadera libertad... cual es el
verdadero rostro del hombre: somos capaces
de Dios y de amar como él nos amó.
Ante este mundo tan desorientado el Papa se
presenta como Profeta, pero ante todo como
Icono viviente de Cristo Crucificado... y
así, este Pontífice marcado por el
sufrimiento en todas sus facetas, resulta
ser uno de los mas grandes evangelizadores.
Este es el gran tesoro que tiene hoy la
Iglesia en su Pastor Universal, como lo tuvo
en su Pastor Supremo.
Para el Santo Padre, en imitación de Cristo,
elegir libremente no significa optar por
evadir las cosas difíciles, sino mas bien es
optar por lo más difícil. Es esa la
verdadera libertad, pues es la libertad del
verdadero amor. Por eso ha dicho tantas
veces a quienes insidiosamente le invitan a
abandonar su misión de Pastor: "si Cristo
no se bajó de su Cruz, tampoco yo".