p. Battista Cortinovis, s.m.m.
LUIS MARÍA GRIGNION
DE MONTFORT
Un Santo para
nuestros tiempos
Lima 1997
Luis María Grignion nació el 31 de enero de 1673 en Montfort, no muy
lejos de Rennes, en Bretaña (Francia). Era el primogénito de una
familia numerosa. El padre, Jean-Baptiste, era abogado, con algunas
dificultades económicas, siendo que se comprometió a recomponer los
títulos y las propiedades de familia. La madre, Jeanne-Robert, tenía
dos hermanos sacerdotes.
Los primeros años de la vida de Luis María transcurrieron en parte
con sus padres en Montfort, en parte donde una nodriza y en una casa
de la familia en la campiña cercana. En 1684 el chico fue enviado a
Rennes y matriculado en el colegio S. Tomás Becket, dirigido por
Jesuitas. Allí él vivió desde los 11 hasta los 19 años, huésped en la
casa de su tío, el sacerdote Alain Robert, y alumno externo del
colegio.
LA PRIMERA FORMACIÓN
La casa de formación de los Jesuitas en Rennes era, en Francia, entre
las más importantes de la Orden. Se realizaban allí los estudios
humanísticos de tipo clásico. Un primer ciclo de cinco años –la
gramática– conducía al año de retórica y después al bienio de
filosofía. En el mismo colegio se podía también proseguir con la
teología.
Al lado de la formación intelectual, se cuidaba
también la madurez espiritual. El catecismo era obligatorio en las
clases de gramática; para una formación espiritual más cultivada
estaba además la “congregación mariana”, a la que eran admitidos los
mejores y más generosos alumnos. El clima era de emulación y de pasión
por los estudios; una cierta separación del mundo podía favorecer la
huida en la cultura antigua y clásica: para esto servían también las
frecuentes representaciones teatrales.
«La Sabiduría tiene deseo tan vivo de la amistad de los hombres que
recorre largos caminos en búsqueda del hombre, sube a la cima de las
más altas montañas, llega a las puertas de las ciudades, penetra en
las plazas públicas y grita a voz en cuello: A ustedes, hombres, yo
me dirijo, a ustedes yo deseo, a ustedes yo busco. Escúchenme,
vengan a mí: ¡yo quiero darles la felicidad!».
(El amor de la Sabiduría Eterna, nn. 64-66, passim)
Luis María Grignion eligió como director espiritual al P. Philippe
Descartes, sobrino del famoso filósofo. Bajo su guía él descubrió el
valor de la pobreza evangélica, el primado de la búsqueda de Dios y la
importancia de un apostolado activo. Otra figura que marcó la
formación de Luis María en aquellos años, fue el P. François Gilbert.
El tenía entonces 31 años y moriría a los 39, misionero en la isla de
Guadalupe. En su enseñanza encontraba siempre el modo de relacionar
las materias profanas con lo religioso, con una visión de la vida
fuertemente marcada por la fe. Otro guía espiritual fue el P. François
Provost, director de la congregación mariana, en la que Luis María
había ingresado.
A partir del ejemplo de estos educadores, Luis María se distinguía por
diligencia y aplicación al estudio, tanto que conseguía los premios al
final de cada año escolar. Como frutos de esta formación literaria,
descubriremos más tarde la facilidad para componer versos, su estilo
para escribir, siempre claro, sintético, pero no seco, capaz de ser
incisivo, pero también de sugestivas descripciones. Tenia el gusto y
el talento para el arte; en su tiempo libre se dedicaba al dibujo y a
la pintura; alguna vez tomó lecciones y siempre guardó una atención
especial al arte figurativo. También la práctica del teatro dejará
huellas en el futuro misionero, cuando organizará espectaculares
procesiones y liturgias, o cuando hará construir calvarios.
Siendo alumno externo, Luis María vivía en la casa del tío sacerdote y
podía participar en las iniciativas de la ciudad, según el propio
interés. Había en Rennes en esos años un joven sacerdote secular,
Julien Bellier, que ejercía una gran atracción, especialmente en los
jóvenes. Desempeñaba un servicio en la catedral, pero muy a menudo se
unía a otros sacerdotes para hacer misiones a los pueblos en el campo.
Era muy comprometido con los pobres y enfermos, los visitaba en el
hospicio, los ayudaba e instruía haciendo el catecismo. Cada semana
tenía charlas religiosas para los estudiantes, en las que instruía a
los jóvenes y contaba con entusiasmo sus propias experiencias
misioneras y entre los pobres. Además organizaba y enviaba
voluntarios, en grupos de dos o tres, a prestar asistencia a los
enfermos y a hacer el catecismo a los pobres. Luis María frecuentó con
asiduidad las conferencias del Bellier, se ofreció como voluntario
para los servicios requeridos y tomó contacto con el mundo de los
pobres, haciendo las primeras experiencias de catequesis.
“La plenitud de nuestra perfección consiste en ser conformes, vivir
unidos y consagrados a Jesucristo. Ahora bien, María es la criatura
más conforme a Jesucristo. Por consiguiente, la devoción que mejor
nos consagra y conforma a Nuestro Señor es la devoción a su
santísima Madre”.
(Tratado de la verdadera devoción a la Sma. Virgen, n. 120)
Al terminar la filosofía, Grignion de Montfort comenzó la teología en
el mismo colegio: ya había madurado la opción de ser sacerdote.
Algunos meses más tarde, sin embargo, se le presentó la ocasión de ir
a París a proseguir sus estudios. Partió en otoño de 1692. En su mente
ya tenía algunas ideas precisas, obtenidas de las enseñanzas y de los
ejemplos de sus maestros: ser sacerdotes para poner a Dios en el
primer lugar y para estar al servicio de los pobres. En la
congregación mariana del colegio había comprendido el valor de la fe,
la urgencia del apostolado y una constante referencia a María, Madre
de Cristo y de cada uno de los fieles cristianos. Eran los inicios de
una meditación que habría de continuar toda su vida: el amor de la
Sabiduría de Dios, Jesucristo, hacia la humanidad y la búsqueda de tal
Sabiduría por parte del hombre.
SEMINARISTA EN PARÍS
En París, Luis María entró en los seminarios de san Sulpicio. Para
los estudios se frecuentaba la cercana Sorbona, pero para el
alojamiento había diferentes comunidades, más o menos confortables,
según el aporte económico que cada uno podía aportar. Ayudado por
bienhechores, Montfort fue acogido inicialmente en una comunidad
bastante pobre, pero digna. Después de dos años, murió el fundador y
director y la comunidad se disolvió. Luis María pasó a otra comunidad
verdaderamente pobre, donde se sufría el hambre y el frío, tanto que
en ese invierno se enfermó, fue internado en un hospital y arriesgó la
muerte. Superada la enfermedad, logró finalmente entrar en el “pequeño
seminario” de san Sulpicio en donde permaneció por cinco años, hasta
la ordenación sacerdotal.
“Nadie, fuera de María, encontró gracia delante de Dios para sí
misma y para toda la humanidad; nadie sino ella tuvo el poder de
encarnar y dar a luz a la Sabiduría eterna, y nadie, fuera de ella,
puede, aun hoy –por decirlo así–, encarnarlo en los cristianos
auténticos gracias a la operación del Espíritu Santo”.
(El amor de la Sabiduría Eterna, n. 203)
A lo largo de los años del seminario Luis María recorrió las varias
etapas de su propia maduración espiritual. En medio de logros y
dificultades, aparecía celoso y ejemplar en todo. A veces hasta era
considerado un poco exagerado y “singular”: juicio problemático que lo
acompañará todo el resto de su vida. Algunos acontecimientos de aquel
período lo muestran decidido y dinámico: para ganarse algún dinero,
velaba a los muertos en las noches donde las familias, u organizaba
una colecta entre los sacerdotes del seminario y de la parroquia para
sus necesidades o para ayudar a quien no tenía el mismo coraje. A
veces intervenía por las calles de París contra quien vendía
publicaciones poco edificantes o quien canturreaba baladas profanas;
soportaba con fuerza sus propias incomodidades; participaba con
convicción en los debates teológicos en boga en aquel tiempo.
Para los estudios, en un primer momento Montfort se había comprometido
totalmente en el seguimiento de los cursos académicos. Había sido
además bibliotecario y aprovechó de esto para leer muchos libros.
Tomaba apuntes, tanto para prepararse a la predicación como para
profundizar algunas disciplinas teológicas: de manera especial, le
interesaba todo lo que se había escrito sobre la devoción a la Virgen
María. Sin embargo las experiencias de enfermedad y sufrimiento que
había vivido, algunas lecturas espirituales con las que se había
encontrado (Surin y Boudon) y su sensibilidad por las necesidades
concretas de la Iglesia de su tiempo, sobretodo entre el pueblo y los
pobres, lo habían llevado a hacer la opción por la “ciencia de los
santos”, donde la experiencia de Dios venía al primer lugar, seguida
por la caridad hacia el prójimo, y donde ya no contaban los títulos
académicos, ni la carrera, aunque fuera eclesiástica. Luis María
quería ser un hombre espiritual, encaminado a la santidad y guía de
otras almas a Dios.
SACERDOTE Y MISIONERO
En 1700 Grignion de Montfort recibió la ordenación sacerdotal. Su vida
como sacerdote fue breve, sólo 16 años, pero bastante atormentada. Al
salir de san Sulpicio se trasladó a Nantes, en una especie de casa del
clero, ansioso de dedicarse a la predicación de las misiones para el
pueblo. Permaneció allí un año y desempeñó un poco de ministerio,
incluidas algunas misiones. Sin embargo, el ritmo de vida le pareció
demasiado relajado y a la primera ocasión abandonó la comunidad.
“¡Ah! ¿Cuándo llegará ese tiempo dichoso en que la excelsa María sea
establecida como Señora y Soberana en los corazones, para someterlos
plenamente al imperio de su excelso y único Jesús? ¿Cuándo
respirarán las almas a María como los cuerpos respiran el aire? El
Espíritu Santo vendrá a ellos con la abundancia de sus dones y las
llenará de ellos, especialmente del don de la Sabiduría, para
realizar maravillas de gracia”.
(Tratado de la verdadera devoción a la Sma. Virgen, n. 217)
Aceptando una invitación, se mudó a Poitiers, en el hospicio de los
pobres, en donde encontró un ambiente que sentía más favorable para su
celo de joven sacerdote. Se hicieron manifiestas allí sus capacidades
como organizador sea en favor de unas estructuras más racionales, sea
para el bien de las almas. En Poitiers encontró a María Luisa Trichet,
que será la primera de las Hijas de la Sabiduría, congregación fundada
más tarde por él. Sin embargo, hubieron contestes con los
administradores del hospicio y Luis María fue obligado a partir.
Regresó a París, pero aquí encontró que todo el ambiente sulpiciano ha
cambiado respecto a él: se le miraba como a un cura un poco extraño e
inquieto, no conforme con las costumbres eclesiásticas. Los pobres de
Poitiers le suplicaron que volviera en medio de ellos; él aceptó, pero
al poco tiempo reaparecieron las oposiciones de la dirección del
hospicio y Montfort abandonó de nuevo Poitiers.
Regresó a París y por algunos meses volvió a intentar la experiencia
entre los pobres del gran hospicio de esta ciudad. Nada que hacer: fue
alejado. Era el 1703 y Montfort todavía no había encontrado su camino.
¿Tenía que estar entre los pobres? ¿O predicar las misiones y hacer el
catecismo en el campo? Pensó también de hacerse contemplativo, o de
partir por las misiones extranjeras.
EN BUSCA DE SU CAMINO
En París vivía en un local muy pobre, un cubículo bajo una escalera,
donde rezaba y meditaba. Estaba cercano a una comunidad de Jesuitas,
que lo ayudaban con su amistad y buenos consejos. Volvió a meditar
sobre el amor de Dios, sobre el sufrimiento y la cruz de Jesucristo.
En la primavera de 1704 retomó el camino hacia Poitiers, viajando a
pie como siempre hacía. En aquella ciudad pudo permanecer por dos
años, dedicándose a las misiones populares y consiguiendo buenos
resultados. Sin embargo no faltaron incomprensiones y oposiciones y al
final el Obispo lo despidió de su diócesis.
De nuevo sacudido por las olas, Montfort no veía a qué aferrarse.
Decidió entonces dirigirse a Roma, en peregrinación de fe y para pedir
luces al Papa. Clemente XI lo recibió el 6 de junio de 1706 y lo
confirmó en la misión de evangelizar al pueblo, sobretodo en las
campiñas de Francia. Le entregó un mandato especial, nombrándolo
“misionero apostólico” y lo envió a trabajar en comunión con los
obispos.
PREDICADOR PARA EL PUEBLO
Por otros 5 años, hasta aproximadamente 1711, Grignion de Montfort
trabajó en diversas diócesis del oeste de Francia (Rennes, Saint-Maló,
Saint-Brieuc, Nantes, Luçon, La Rochelle...). Hizo misiones al
pueblo, de parroquia en parroquia. Aquí y allá, como recuerdo de las
misiones, erigía una cruz o un calvario, restauraba una Iglesia,
instituía o reavivaba una cofradía del Rosario, o de los Penitentes.
Componía cánticos que enseñaba a los fieles. Los periodos de
predicación los alternaba con momentos de retiro que le permitían un
restablecimiento físico y espiritual. Primero colaboró, en Bretaña,
con un grupo de misioneros guiados por el sacerdote Juan Leuduger,
después se les separó y él mismo escogió a sus propios colaboradores,
sea sacerdotes jesuitas, capuchinos y dominicos, sea laicos reclutados
en propio. Ya desde 1705 encontramos a Maturino Rangeard, de Poitiers,
que le seguirá siempre; otros “hermanos” se añadieron más tarde,
algunos hicieron los votos religiosos, otros no: Nicolás de Poitiers,
Felipe de Nantes, Luis de La Rochelle, Gabriel, Pedro, Santiago. Ellos
ayudaban en las misiones y daban clases a los chicos pobres.
“Señor Jesús, da hijos y siervos a tu Madre! Hombres libres de volar
por todas partes al soplo de Espíritu Santo, siempre dispuestos a
correr y sufrirlo todo contigo y por tu causa, como los apóstoles.
Hijos de María, engendrados y concebidos por su amor, educados y
sostenidos con premura maternal… Envía a la tierra tu Espíritu que
es todo fuego, para crear en ella sacerdotes totalmente de fuego,
por ministerio de los cuales sea renovada la faz de la tierra y tu
Iglesia renovada”.
(Súplica ardiente para pedir misioneros, nn. 6.9-11.17)
Para encontrar sacerdotes que quisieran unirse a él en “compañía de
misioneros”, fue necesario esperar los últimos años. En 1715, Adrián
Vatel, sacerdote formado en París, estaba en La Rochelle a la espera
de embarcarse para las misiones lejanas. Montfort lo convenció a
quedarse con él. El mismo año se unió al misionero otro sacerdote,
Renato Mulot, quien será más tarde su ejecutor testamentario y seguirá
la obra de las misiones después de la muerte del Montfort. De estos
laicos y sacerdotes nació la Compañía de María.
En las misiones, Montfort se había creado su propio método, con una
organización a la que había dado una impronta particular; también los
momentos celebrativos litúrgicos habían asumido formas y contenidos
propios y, en parte, originales. Una misión comenzaba con la
invitación a la escucha de la predicación, finalizada a procurar la
conversión y a llevar a los fieles a confesarse y comunicarse. Sólo
después de este paso, eran admitidos a las otras celebraciones:
procesiones, paralitúrgias, visitas al cementerio, celebraciones
marianas, constitución de una cofradía, erección de un calvario.
Particular importancia tenía la celebración de la renovación de las
promesas bautismales y la firma del “Contrato de alianza con Dios”,
hecha públicamente como solemne compromiso de perseverar en los buenos
propósitos de la misión. En este contexto la consagración total de si
mismo a Jesucristo por las manos de María y más en general la
devoción a la Virgen Santa era propuesta como medio privilegiado para
ser fieles al propio bautismo: a Jesús por María.
Incluso en los años de la plena actividad misionera, no faltaron las
dificultades para Grignion de Montfort. Perduró clamoroso e
inexplicable el episodio del calvario de Pontchâteau, construido por
todo el pueblo de la región durante varios meses de trabajo y demolido
repentinamente por la autoridades, con una orden que llegó en la
vigilia misma de su inauguración, el 13 de septiembre de 1710.
EN LA PASTORAL DIOCESANA
Los últimos años de su vida y trabajo (1711-1716), se desarrollaron
–salvo algunos breves paréntesis– en las dos diócesis de Luçon y de La
Rochelle, en donde era aceptado y sostenido por los respectivos
obispos. Aunque siguiendo su trabajo de tipo misionero, Montfort se
insertó más en los proyectos de la pastoral local, promoviendo formas
de apostolado más estables. Desde Poitiers hizo venir a las dos
postulantes religiosas que esperaban desde algunos años: María Luisa
Trichet y Catalina Brunet. Las hizo entrar en el Hospital, les confió
escuelas, escribió una Regla para estas primeras “Hijas de la
Sabiduría”. En La Rochelle, comprometió también a los “hermanos”
laicos en la enseñanza de una manera estable. Se dedicó
mayoritariamente a constituir su compañía de misioneros, aunque entre
sus colaboradores de entonces sólo algunos piensan unírsele. Escribe
para ellos una Regla y la llamada Súplica
Ardiente.
En La Rochelle el misionero trabajó mucho también en la ciudad y
consiguió grandes éxitos entre el pueblo. En la iglesia de los
Dominicos tuvo varias misiones por categorías (hombres, mujeres,
solados). El contacto con los ambientes dominicos contribuyó en
hacerle intensificar la predicación del Rosario y a promover las
cofradías del mismo.
La vida de Luis María Grignion de Montfort se apagó el 28 de abril de
1716, en Saint-Laurent-sur-Sèvre, en Vandea. Murió en plena misión,
debilitado por las fatigas y doblegado por una pulmonía, a sólo 43
años de edad. Fue sepultado en la misma iglesia parroquial de Saint-Laurent.
Hoy sobre su tumba ha sido construida una basílica, meta de
peregrinaciones desde Vandea y desde toda Francia. Juan Pablo II, el
19 de septiembre de 1996, ha querido honrar con su visita a Saint-Laurent
al Santo que ha sido su guía espiritual desde los años de la juventud.
PRESENCIA VIVA EN LA IGLESIA
Por más de cien años después de su muerte, Luis María de Montfort era
conocido sólo en los lugares donde había vivido. Sus misioneros
siguieron predicando al pueblo, divulgando la práctica de la
renovación de las promesas bautismales y la consagración a Jesús por
María. Sólo en 1842 fue hallado el manuscrito del Tratado de la
verdadera devoción a María, que lo hizo famoso en todo el mundo.
Esta es la idea central contenida en este libro: como Jesucristo ha
escogido a María para venir al mundo y realizar nuestra salvación, así
nosotros tenemos que recurrir a María y tomarla como modelo para
llegar a ser plenamente conformes a Jesucristo. Montfort entonces
propone la total consagración a Jesús por medio de María y explica
como vivir cada día a la escuela de María para hacernos copias
vivientes de Jesucristo.
Además del Tratado, Montfort nos ha dejado otros escritos: los
Cánticos, con más de 20 mil versos; El amor de la Sabiduría
eterna, la obra que nos habla del amor apasionado de Dios por
nosotros, manifestado sobretodo en Jesucristo; El secreto de María,
síntesis del Tratado. Otras obras, muy a menudo inconclusas: una
Carta a los amigos de la Cruz, la Súplica ardiente, El
secreto admirable del S. Rosario, las Reglas para sus
misioneros y para las Hijas la Sabiduría, cartas y apuntes.
“Acuérdense de amar ardientemente a Jesucristo, de amarlo por medio
de María, de hacer brillar, en todo lugar y a vista de todos,
vuestra devoción a la Santísima Virgen, nuestra bondadosa Madre, a
fin de ser en todas partes el buen olor de Jesucristo, de llevar
constantemente su propia cruz en seguimiento de este buen Maestro y
alcanzar la corona y el reino que les aguardan. En consecuencia, no
dejen de cumplir y poner por obra con fidelidad sus promesas
bautismales…”.
(A los habitantes de Montbernage, n. 2)
Luis María Grignion de Montfort fue proclamado “beato” por León XIII,
el 22 de enero de 1888 y canonizado por Pío XII el 20 de julio de
1947. Juan Pablo II ha insertado la memoria de él en el Calendario
general de la Iglesia, fijándola para el 28 de abril. También María
Luisa Trichet, la primera discípula del Montfort y cofundadora de las
Hijas de la Sabiduría, ha sido beatificada por Juan Pablo II, el 16 de
mayo de 1993.
La enseñanza espiritual de san Luis María Grignion de Montfort es
percibida hoy en día en la Iglesia como muy actual. En el documento
del Concilio Vaticano II Lumen Gentium, el capítulo VIII,
María en el misterio de Cristo y de la Iglesia, manifiesta una
clara influencia de la doctrina monfortiana. La espiritualidad
cristológico-mariana vivida y enseñada por Montfort es acogida siempre
más por el pueblo de Dios: muchas asociaciones laicales,
congregaciones religiosas y movimientos se inspiran en ella. Juan
Pablo II, en su encíclica Redemptoris Mater, recuerda explícitamente a
Grignion de Montfort entre los “maestros y testigos” de la
espiritualidad mariana que toda la Iglesia es llamada a vivir.
“Consciente de mi vocación cristiana, renuevo y ratifico hoy en tus
manos los votos de mi bautismo; renuncio para siempre a Satanás, a
sus seducciones y a sus obras y me consagro totalmente a Jesucristo,
la Sabiduría encarnada, para llevar mi cruz en su seguimiento, en la
fidelidad de cada día a la voluntad del Padre. Te escojo hoy, a la
presencia de toda la Iglesia, por mi Madre y Señora. Te entrego y
consagro toda mi persona, mi vida y el valor de mis buenas acciones
pasadas, presentes y futuras. Dispón de mí y de cuanto me pertenece,
para mayor gloria de Dios en el tiempo e la eternidad. Amén”.
(Acto de consagración)
En los umbrales del Tercer Milenio, la presencia de María en la vida
de los cristianos se reviva siempre más, según lo que Montfort había
auspiciado y previsto. “Cosas maravillosas sucederán entonces en la
tierra, donde el Espíritu Santo –al encontrar a su querida Esposa como
reproducida en las almas– vendrá a ellas con la abundancia y la
plenitud de sus dones –de manera especial de su sabiduría– para
realizar maravillas de gracia” (VD 217).