p. Jean
Morinay, s.m.m.
MARÍA Y LA DEBILIDAD DE DIOS
El Mensaje Espiritual del P. de Montfort
Traducción
de p. Pío Suárez B., s.m.m
Introducción
Siglas
1. ¡Dichoso una y mil veces!
2. La sabiduría del amor
3. Un secreto de santidad
4. La debilidad de Dios
5. Honrar e imitar la dependencia inefable
6. Nuestra transformación en Jesucristo
7. Una Encarnación que prosigue
8. Un Padre que es Dios y una Madre que es María
9. Un Dios amante o la belleza de la fe
10. El amor gratuito o el don total
11. El "misterio" de la Cruz
12. La Cruz y el amor
13. Vivir "por, con, en y para". Un don y una vida
14. Respirar a María
15. La misión o el mundo en llamas
Soy
todo tuyo, ¡oh María!
Y
cuanto tengo es tuyo.
INTRODUCCION
El
mensaje del Padre de Montfort es desde hace tiempo bien conocido.
Muchos han oído hablar del Tratado de la Verdadera Devoción a
la Sma. Virgen, lo han leído y meditado; al igual que el Secreto de
María, la Carta a los Amigos de la Cruz (El Amor
de la Sabiduría es, en cambio, menos conocido). La "espiritualidad
monfortiana" permite a muchos leer el Evangelio y vivir la fe bajo
ciertos matices, encarnándola en situaciones a menudo difíciles. Hoy,
sobre todo a partir del Concilio Vaticano II –que dedicó a la Virgen
María todo un capítulo de la constitución sobre la Iglesia (Lumen
Gentium, cap. 8, Nos. 52-69)– el renovado y progresivo
descubrimiento de María en nuestras vidas suscita nuevo interés por
los escritos de Montfort. Quien nos invita con tanto empeño a
consagrarnos a Cristo Sabiduría por las manos de la Virgen. Es un
interés que desborda evidentemente y con gran amplitud los "marcos
monfortianos". Hoy nos hallamos con el misterio de la Sabiduría y de
la Cruz, con el de "Jesús abandonado" y con el de María, en los
Focolares, en la renovación carismática, en los "Foyers de Charité", y
en otros ambientes, a nivel mundial. Movimientos y experiencias
espirituales que suscitan se hallan naturalmente a gusto en el
interior del mensaje monfortiano que han adoptado como suyo. ¿No
afirma acaso el mismo Papa Juan Pablo II, consagrado a Cristo por
María, que la lectura del Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma.
Virgen "marcó un viraje decisivo en su vida"?... Pronto me di
cuenta –dice– de que más allá de la formulación barroca del libro, se
trataba de algo fundamental..."
(A. Fossard, Dialogues avec Jean Paul II, pg. 184-185)?
¿Su
lema "Totus tuus" "Soy todo tuyo" "Te estoy totalmente
consagrado"), no lo tomó a caso de ese libro? (VD 233).
No
obstante, hace ya largo tiempo se deja sentir la falta de una nueva
presentación de la espiritualidad monfortiana que permitiera abordarla
con mayor facilidad. A muchos lectores de las obras de Montfort les
choca rápidamente lo que Juan Pablo II llama la "formulación barroca"
(un estilo del siglo XVII un tanto envejecido) que no logran superar
para llegar hasta ese "algo fundamental" que tanto impacto al Papa. A
dichos lectores que pedían se les ayudara a penetrar en lo que
Montfort mismo presenta también como un "secreto", no realmente (en
francés), sino libros envejecidos o estudios modernos, realmente
profundos, pero que abordan el mensaje espiritual desde un punto de
vista más bien histórico, sociológico y psicológico, pero no
directamente por lo que es en realidad: un "mensaje espiritual". Mis
superiores me pidieron entonces tratar de escribir lo que yo intentaba
ya comunicar desde hace años a través de retiros, ejercicios
espirituales, convivencias (e incluso "meses de espiritualidad"),
sobre todo a mis hermanos y hermanas monfortianos, hermanas de la
Sabiduría y hermanos de San Gabriel, lo mismo que a laicos y jóvenes.
Estos, lo sé por experiencia, "sintonizan" pronto con el mensaje de
Montfort que responde de verdad a sus aspiraciones. Pero
evidentemente, hay que "traducírselo y ayudarles a descubrirlo",
llevarlos a vivirlo.
Había
iniciado ya este trabajo cuando apareció el libro del Padre Laurentin
Dieu seul est ma tendresse, que responde en parte a la
necesidad (ya señalada) de una presentación de una espiritualidad
monfortiana. Sin embargo, inmediatamente se podrá advertir que esta
nueva introducción al mensaje del P. de Montfort no constituye un
"doblaje" con la del Padre Laurentin, más técnica y teológica.
Al
escribir este ensayo, he tenido en cuenta cuatro preocupaciones
principales: Traté ante todo de compartir un "tesoro", "sensibilizar"
sobre ese "algo fundamental" que uno descubre tan pronto logra superar
el lenguaje un tanto chocante que aún hoy frena a tantos lectores,
cuando abordan los textos mismos del P. de Montfort. Pero en este
itinerario hay un orden: es preciso ante todo descubrir un "tesoro".
Sólo entonces estará uno equipado para hacer frente a las dificultades
de la forma.
Ensayé,
por tanto, a "sensibilizar" sobre el descubrimiento de ese "tesoro".
El P. de Montfort habla a menudo de "secreto" que hay que descubrir.
Escribe de la «Sabiduría Eterna y encarnada" que es el "tesoro de los
tesoros"; pero su mensaje, la experiencia que nos invita a vivir es
también un "tesoro" que es preciso descubrir antes de poder amarlo. Es
posible amar lo que no se conoce?» (ASE 8). Este empeño por compartir
un "tesoro" explica indudablemente el que este libro constituya menos
una explicación, o incluso una presentación del mensaje monfortiano
que una serie de "meditaciones" que buscarían "sensibilizar", llevar a
compartir un descubrimiento y –así lo espero– una experiencia. Yo
mismo quisiera decir también: «Si se conociera...» (ASE 10.73; C 13).
Traté
igualmente de dejar hablar al mismo P. de Montfort, de desaparecer
delante de él, e invitar al lector mismo a entrar (con el Espíritu
Santo como guía único (VD 119) en contacto directo con su obra. Este
empeño explica la abundancia de citas (y sus referencias) que hablan
por sí mismas. Todo lo demás no tiene otra finalidad que conducir a
cada lector hacia el texto mismo que Montfort escribió, y dejarle ahí
en el umbral de la obra, diciéndole: «¡Animo! Ahí está la obra, has
recibido lo esencial; algo único y maravilloso: su secreto. Ahora
tienes que encaminarte hacia ese secreto, que si yo mismo te lo dijera
–¿lo sé a caso?– la obra morirá» (Max Pol Fouchet, Radioscopie,
pg. 43-44).
Tratándose
de una "sensibilización" en torno al mensaje espiritual de Montfort,
no quise hacer un tratado ni una síntesis bien organizada sino más
bien presentar una serie de temas o "flashes", casi como quien muestra
un diamante haciéndolo admirar sucesivamente a partir de cada una de
sus facetas que, por sí misma, representa el brillo de toda la gema.
El método tiene sus ventajas. Cada capítulo presenta en cierta forma
todo el mensaje y se basta a sí mismo. En rigor de cosas, se podría
abordar este libro a partir de no importa cuál capítulo, al azar...
Pero el método tiene también sus inconvenientes: una falta de orden y
rigor de avance, repeticiones inevitables...
Por
último, traté de escribir algo que fuera a la vez sencillo y profundo.
Hay que ser sencillo: no se necesitan cosas complicadas para vivirlas.
El P. de Montfort mismo dice que no se dirige a los sabios sino
«especialmente a los pobres y sencillos» (VD 26). Pero, para responder
a objeciones que se siguen oyendo y confortar a quienes tendrían miedo
de que la "devoción" presentada por Montfort no sea sino una
"devocioncilla", era preciso sin lugar a dudas demostrar también que
su mensaje no carece de profundidad. Cuantos se han familiarizado con
las obras de Montfort, y en especial con su Tratado de la Verdadera
Devoción (volviendo una y otra vez sobre ciertos pasajes, como
dice Juan Pablo II) tratando de vivir el libro, saben muy bien que en
él se descubren incesantemente nuevas riquezas y que este "Secreto" no
se agota, porque se trata, una vez más, de ese "algo fundamental" que
brota "del corazón mismo de la realidad trinitaria y cristológica"
(Juan Pablo II).
"María
y la Debilidad de Dios".
¿Por qué
este título? Porque retoma en su forma paradójica, los tres grandes
temas del mensaje espiritual monfortiano: la Sabiduría, María y la
Cruz.
Quizá en
otro tiempo se insistió demasiado en María, reduciendo el pensamiento
de Montfort a lo que nos dice a cerca de la Madre de Dios, y sobre
todo, separándolo de la Sabiduría, su Hijo Jesucristo cuando
sin El –Montfort no se cansa de repetirlo– María no es absolutamente
nada. En este libro –sobre todo al comienzo– se habla mucho de la
Sabiduría. Se podría incluso decir que la palabra "sabiduría" es la
que mejor resumen la espiritualidad monfortiana, porque a partir de
ella se aborda mejor tanto a Jesús (que es la "Sabiduría" en persona)
como a María (de quien Jesús ha querido depender por una opción de
"sabiduría") y también a la Cruz que, en su carácter mismo de locura,
manifiesta, –imposible hacerlo con mayor claridad– la debilidad de
Dios y por lo mismo su "necedad" que es verdadera "sabiduría" (1 Cor
1,25).
"María y
la Debilidad de Dios". Se podría decir que María en cierta
forma "trabaja en llave" con la debilidad de Dios. Ante todo por su fe
que le permitió –como dice Montfort– "vencer amorosamente a Dios" (ASE
107). Cuando encuentra la fe de los hombres, Dios se manifiesta
desconcertantemente débil y Jesús, en el Evangelio, se deja "vencer"
por cuantos creen en El (Mt 8,10-13; 15,28). Y María, ¿no es
por excelencia "la que ha creído"? (Lc 1,45). Al convertirse en Madre
de Jesús, María hace –aún más de cerca– la experiencia de esa
debilidad de Dios, porque El, el Omnipotente, acepta depender de Ella
"en todo" como un niño (VD 139).
Todo ser
humano, incluso el más pecador y descarriado, conserva siempre un
"lado flaco" por su madre. Lo que vale para todo hombre, ¿no vale con
mayor razón para Dios? Montfort nos asegura que "cuando se presenta
algo (a Dios) por las manos puras y virginales (de María), se lo coge
por su lado flaco, si se me permite la expresión..." (VD 149).
Este
título expresa bien el misterio de la Cruz, porque sobre
todo en el gran escándalo de Cristo crucificado se pone de manifiesto
la "debilidad de Dios". María hace al pie de la Cruz, en forma muy
cercana, la experiencia de esa debilidad del Omnipotente. Su corazón
es dolorosamente herido (Lc 2,35), pero su espíritu no se
"escandaliza" como el de los discípulos que huyeron, porque había
experimentado desde hacía largo tiempo y había vivido ampliamente la
experiencia de esa "debilidad" de Dios cuando se hizo suyo (idea de
Juan Vanier).
Y ¿el
Espíritu Santo? En cierta forma, así como que no se lo puede
representar (y quizá, no es posible hacerlo), no era necesario hacer
en torno a El un tema especial para que esté presente, invisible y
eficaz, en todas partes. El, Espíritu de Amor y de Unidad hace que
Jesús y María no formen sino una sola cosa. Como Espíritu de Sabiduría
preside las opciones de Dios y las manifiesta en el escándalo inmenso
de la Encarnación y de la Cruz. Como Espíritu de Vida sigue cubriendo
a María con su sombra (Lc 1,35) para que siga dando a luz a todos los
miembros de su Hijo. Y, como Espíritu de Verdad, sólo El puede dar
acceso a los "misterios del Reino" y por tanto al "Secreto de María".
Al leer
estas meditaciones quizá se da uno cuenta de que la oración aflora del
algún modo por todas partes. Quizá era bueno expresarla con toda
claridad. Por ello, cada capítulo culmina en una oración que recoge lo
esencial de la reflexión y lo dirige a Dios. Porque –nos dice el P. de
Montfort– "todo se hace por la oración" (ASE 184).
La
celebración del año Mariano Internacional y la publicación de la
encíclica La Madre del Redentor dan al mensaje del P. de
Montfort una actualidad y resonancia profundas. Las relaciones entre
la carta de Juan Pablo II y la obra del P. de Montfort son numerosas:
María totalmente relativa a Cristo, que lo engendra en su corazón
antes de darlo a luz en la carne..., María figura y Madre de la
Iglesia, asociada a la misión de su Hijo, mediadora en dependencia del
único mediador, Jesucristo...
Es apenas
natural que al final de su encíclica el Papa llegue a evocar la figura
de "san Luis María Grignion de Montfort que proponía a los cristianos
la Consagración a Cristo por las manos de María como medio eficaz para
vivir fielmente las promesas del bautismo". "Constato con alegría
–añade Juan Pablo II– que nuestra época no carece de nuevas
manifestaciones de esta espiritualidad y de esta devoción" (Madre
del Redentor 48). Esta presentación del mensaje de Montfort quería
ser simplemente una de esas "nuevas manifestaciones".
Para
terminar, quiero expresar mi gratitud a cuantos me ayudaron y animaron
con su amistad, su oración, sus consejos. Si no cito nombre alguno, lo
hago para no olvidar a nadie. Ante todo a mi comunidad de Notre
Dame du Marillais que siempre me sostuvo. A mis Superiores que me
pidieron este "trabajo" y tuvieron que llamarme a veces al orden
mediante estímulos. A la comunidad de religiosas que me acogieron y
brindaron el silencio y soledad que necesitaba. Agradezco, por último,
a cuantos aceptaron hacerme conocer sus críticas fraternas, haciéndome
así grandes servicios. Gracias sobre todo a Aquella que no sabe hacer
otra cosa que agradecer por las "maravillas" que el Señor ha realizado
en su "humilde esclava" (Lc 1,48-49).
Jean
Morinay - Monfortiano
Notre Dame
du Marillais
en la
fiesta de Navidad de 1987
SIGLAS
Hemos
utilizado para las obras del P. de Montfort las que aparecen en la
Edición de la BAC.
ACM A los
Asociados de la Compañía de María
ASE Amor
de la Sabiduría Eterna
AC Carta a
los Amigos de la Cruz
C Cartas
–de 1 a 34–
CT
Cánticos –de 1 a 164–
RM Regla
manuscrita de los Misioneros de la Compañía de María
RS Regla
de las Hijas de la Sabiduría
SA Súplica
Ardiente
SAR
Secreto Admirable del Smo. Rosario
SM El
Secreto de María
VD El
Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen
Obra de
referencia obligada para la vida de san Luis María de Montfort es la
del P. Le Crom: Saint Louis-Marie Grignion de Montfort.
En cuanto
a los Documentos del Concilio Vaticano II: una referencia principal:
LG:
Constitución Lumen Gentium.
MR:
La Madre del Redentor. Carta encíclica de Juan Pablo II sobre la
Bienaventurada Virgen María en la vida de la Iglesia peregrina, 25 de
marzo de 1987.
I.
¡DICHOSO UNA Y MIL VECES!
«¡Qué
riqueza! ¡Qué gloria! ¡Qué delicia! ¡Qué dicha! ¡Poder entrar y
permanecer en María, en quien el Altísimo colocó el trono de su gloria
suprema!» (VD 262).
«¡Cuán
felices son –lo repito en el arrebato de mi corazón–, cuán felices son
quienes... siguen fielmente tus caminos...!» (VD 200).
«Feliz
aquel a quien el Espíritu Santo descubre el secreto de María para que
lo conozca» (SM 20).
"Dichoso..." "Feliz..." Así comienza la Buena Noticia del Evangelio.
También en esta forma se presenta el mensaje de Montfort: una
invitación a la felicidad, a participar en una felicidad vivida: «¡Ah!
si conociéramos la dicha interior que significa conocer la belleza de
la Sabiduría...!» (ASE 10). Se le ha elaborado al P. de Montfort una
fama tan neta de apasionado de la "Cruz", que nos llama a padecer, que
quizá es bueno descubrirlo una vez más hoy en una experiencia de
felicidad que nos invita a compartir. En el interior de esta
experiencia, la Cruz se nos presentará entonces en forma diferente,
como el "don de su vida" interior a todo amor verdadero.
LA CARRERA
TRAS LA FELICIDAD
Pero
comencemos, con Montfort, por mirar al hombre en derredor nuestro, en
nosotros mismos. Más allá de todas las diferencias –tan evidentes– hay
semejanzas –no menos patentes– que no es posible olvidar. Por ejemplo,
la carrera tras la felicidad, la caza a la felicidad es absolutamente
universal. "¿¡Dichoso una y mil veces!", declara Montfort? Sí, "Todo
mundo desea ser feliz –decía Pascal– incluso quien va a ahogarse".
Cuando uno
es hombre, creado a imagen de Dios, anhela indefectiblemente ser
feliz. Y aun cuando uno quiera obrar en contra de esto, no lo podrá
hacer. Claro que no todos tienen la misma idea de la felicidad. «Donde
está tu tesoro –decía Jesús– está tu corazón» (Mt 6,21). Pero no todos
ubican su tesoro (y por tanto tampoco su corazón) en el mismo lugar.
Acontece incluso que algunos tienen conceptos de la felicidad
totalmente opuestos. Pero, con esto encontramos ya las diferencias que
vamos a hallar una vez más al nivel de la Sabiduría. Las cuales no
deben escondernos las semejanzas que la vida nos revela. Aquí, tres
importantes:
"Siempre más"
Una
felicidad infinita: No es necesario mirar por mucho tiempo en nosotros
mismos y a nuestro alrededor para descubrir que todos buscamos una
felicidad infinita. No sólo deseamos ser felices, sino más felices,
siempre más. "¡Siempre más!" El corazón humano se halla como sellado
con la marca del "siempre más": "Escarba en mi corazón –decía un héroe
de Claudel– y si hallas en él algo diferente de un anhelo inmortal,
arrójalo al estercolero, que lo devoren los vendedores ambulantes" (Tête
d'or: primera versión). Pero lo que el poeta nos dice con vigor,
la vida –si sabemos mirarla, "contemplarla"–, no lo repite todos los
días. Mientras cada día hay pobres que lo son cada vez más, hay
también ricos que no lo son nunca suficientemente. Hace falta más y
más dinero. Hay que ir siempre más rápido, siempre más lejos, siempre
más alto...Hay que actuar cada vez mejor, cada vez más grande (o más
pequeño), cada vez con mayor perfección... Los realizadores de
televisión, que conocen bien el corazón humano, saben presentarnos esa
felicidad que buscamos: nos propone nada menos que el "paraíso": "¡Super",
"Tri-super", "gratuito!". El cielo: ¡qué! Y sin embargo, ¿quién tiene
el valor de traducir esas palabras que expresan lo infinito y dar el
verdadero nombre al objeto de nuestros anhelos?
En la
carrera por la felicidad, pronto me detienen, no el deseo, sano, más
bien, la vida: los demás que, también ellos, corren a la caza de la
felicidad... y para ellos resultó un obstáculo, quizá un rival. Y eso
precisamente nos tortura. Busco pero no encuentro; deseo pero no
consigo. Porque, lo que poseo no es sino trampolín para desear más
todavía. Algo hará falta siempre a mi felicidad, porque lo que deseo
en el fondo de mí no es nada menos que lo infinito.
Riqueza, placer y poder
Tras gran
número de sabios apoyándose en la Palabra de Dios, pero también porque
sabía matricularse en la escuela de la vida, Montfort nos recuerda
otra característica de esa sed de felicidad. Se ejerce, nos dice, en
tres direcciones: la riqueza, el placer y el poder (ASE, cap. 7).
Existe el amor ciertamente (y, gracias a Dios, hay mucho amor en el
mundo), pero ni siquiera el amor escapa a esta ley: el que ama ha
hallado la verdadera "riqueza", el verdadero "placer" y el verdadero
"poder" que otros creen poder hallar en otras partes. ¿No es acaso el
amor verdadero como la síntesis de esos tres "valores" universales que
motivan el actuar de los hombres? Cuando amas no necesitas falsas
riquezas, ni falsos placeres ni sobre todo falsos poderes, porque has
encontrado los "verdaderos". Al contrario, cuando no amas o amas mal,
cuando no te aman, o te aman...mal, entonces necesitas más y más
dinero, placer y "gloria". ¡Ciertamente hay que ser feliz! Y a falta
de ser amado, las riquezas, los poderes de este mundo e incluso sus
placeres te permiten llamar la atención y creerte amado, haciendo
pensar a los demás que eres feliz.
La
"auténtica riqueza", el "auténtico placer", el "auténtico poder"
El
problema supremo es entonces lograr distinguir entre las felicidades,
los falsos valores que son señal de la sabiduría del mundo y los
verdaderos, que son los del amor y muestran la sabiduría misma de
Dios. Pero, en sí, riquezas, placeres y poder son buenos. Montfort no
teme hablar de "placeres", "riquezas", cuando evoca los bienes
maravillosos que la Sabiduría trae consigo: «Un santo placer en su
amistad, riquezas inagotables en las obras de sus manos..., inmensa
gloria en la comunicación de sus discursos...» (ASE 61.18.67). La
pobreza no es un bien en sí misma, pero cuando se la escoge y vive en
el amor, éste la consagra y convierte en "riqueza". Tampoco el
sufrimiento es cosa buena, pero cuando se lo acepta –e incluso se opta
por él (dado que no hay amor más grande que dar la vida)– se convierte
en la "Cruz" que es alegría. Por último, la humildad no tiene sentido
sino en cuanto que constituye la verdadera grandeza. Cuando Montfort
parte de viaje, luego de entregar todos sus bienes a los pobres, canta
su fortuna y felicidad:
«Mi
fortuna es sublime, ¿no me tienen envidia?
(CT 144,15)
En Dios lo
tengo todo, el universo es mío»
(CT 144,11).
Y a la
Cruz que El mismo ha escogido, se atreve a decirle:
«Es tu
rica pobreza mi único tesoro,
y es para
mí ternura tu dulce austeridad.
Que tu
sabia locura y tu santa deshonra
sean de
toda mi vida la gloria y claridad»
(CT 19,30).
El
motivo "más poderoso"
Se plantea
por tanto una cuestión: ¿tienen estos tres "pilares de la sabiduría"
humana el mismo valor, se hallan al mismo nivel, tienen la misma
fuerza para movilizar a los hombres o hay quizá uno más fuerte que los
otros?, ¿cuál? De los tres "valores": riqueza, placer, poder, que
guían a los hombres ¿cuál es el más poderoso? Sentimos hoy la
tentación de responder a esta pregunta: "Son las riquezas porque el
dinero maneja al mundo". Montfort responde: "No". El "último" (o
primer) motivo, el más importante, el que hace caminar a los hombres e
impera sobre los otras dos, es según él, el poder, el deseo de gloria.
El dinero y el proyecto no son más que una sabiduría "terrena", la
búsqueda de los "placeres" no es sino manifestación de una sabiduría
"carnal"... mientras que la sed de poder y gloria es inspiración de
"la sabiduría diabólica" (ASE 80-82). Lo que Montfort nos dice, a su
manera, a partir de su propia experiencia, ¿no lo confirma acaso la
vida? A nuestro alrededor, en nosotros, lo vemos claramente: a menudo
no se busca el dinero, el placer y el confort "sino para estar por
encima" de los otros, para dominarlo: tener un auto más hermoso, más
potente, una casa más hermosa, un vestido más bello, un sitio más alto
en la sociedad...
El poder,
la "grandeza", permite creerse amado cuando uno no lo es o lo aman
mal. Pero es una falsa "grandeza". La auténtica, al contrario, se
halla en el sendero de la humildad.
No te
extrañes entonces de que Montfort insista tanto en su mensaje sobre la
humildad. Todavía un mes antes de morir, termina una de sus cartas con
estas palabras: «Humildad, humildad, humillación» (C 33). Esta
insistencia nos desconcierta hasta que no hayamos comprendido, que a
sus ojos, la humildad es el camino de la verdadera "grandeza".
Amar y
ser amado
La
felicidad en una "relación": Cuando uno quiere ser "grande" casi
siempre busca aparecer a los ojos de alguien, llamar su atención y
vivir en relación con él; y en el fondo, amar y ser amado. Riqueza,
placer, poder no tienen casi sentido fuera de alguien que cuenta para
nosotros y a cuyos ojos nosotros mismos tengamos algún valor. Nuestra
verdadera riqueza, nuestra verdadera felicidad es una persona.
Y sin
embargo, no importa qué persona puede constituir nuestro "tesoro",
porque si no tenemos "nunca bastante", si deseamos "siempre más", si
el deseo de nuestro corazón es "infinito", hay que ser lógicos y dar
su verdadero nombre a esa persona infinita que buscamos... ¿Dios?
¡Ciertamente! Y sin embargo, Montfort no tiene afán en pronunciar su
nombre. Prefiere el de "Sabiduría" que ha descubierto en la Biblia,
esa Sabiduría que, al lado de Dios, presidía a la creación del mundo:
«Estaba a su lado... teniendo mis delicias, día tras día, en estar con
los hijos de los hombres» (Prov 8,30-31). Ese es el Dios a quien
buscamos a través de todos los falsos "tesoros" y falsas glorias de
este mundo.
Los
"Tesoros de Dios"
Pero Dios
no constituirá nuestro "tesoro", si nosotros no fuéramos el suyo. En
la persona de la Sabiduría que no sólo constituye las delicias del
Creador, sino que encuentra "sus delicias en estar con los hijos de
los hombres", Montfort no duda ver ya a Jesús. ¿No es El acaso el Hijo
de Dios quien nos ha revelado, a la vez y en forma inseparable, que
Dios su Padre es nuestro "tesoro" y que somos el "tesoro de Dios"?
Tocamos
–ya– ahí una de las grandes intuiciones monfortianas: la felicidad del
hombre coincide con la de Dios y no se puede separar de ella. Si Dios
se halla en el fondo de todos mis anhelos, de toda mi "sed" de
infinito, es que ya antes estoy en el fondo del corazón de Dios, en el
fondo de sus deseos. Con toda sencillez porque me ama, porque me amó
primero (1 Jn 4,19) y porque, mucho antes de que yo lo escoja como mi
"tesoro" (Mt 13,44), El me había asumido por el suyo. ¡Ponía sus
delicias en "estar" conmigo!
"Si
conocieras..."
Ahora
comprendemos ya mejor esa felicidad que Montfort quiere compartir con
nosotros. "Si conocieras..." ¡Ah! ¡Si conocieras el tesoro infinito de
la Sabiduría hecho para el hombre [...], suspirarías por ella día y
noche, volarías [...] de un extremo al otro del mundo..." (ASE 73). La
"Cruz", de la cual este enamorado de la Sabiduría habló tanto (porque
sabía bien que "donde hay amor, hay dolor" [Claudel]), no debe
escondernos, sino al contrario revelarnos esa felicidad que ha vivido.
Una felicidad que no tiene quizá gran cosa que ver con las falsas
felicidades de este mundo, sino que supera también las verdaderas
dichas humanas, incluso las más sublimes, porque es una participación
en la felicidad del Amor mismo que es Dios.
«¡Oh! ¡Si
comprender pudieran
cuánta es
mi dicha...!
(CT 28,40).
En
ciudades o campiñas,
en casa o
en despoblado,
pierda o
gane, poco importa,
siempre me
encuentro feliz»
(CT 139,33).
Es ante
todo gozo inmenso de saber que, pase lo que le pase, e incluso si
todas las apariencias son contrarias, Dios le ama:
«Dios es
mi Padre querido,
Jesús es
mi Salvador,
María mi
Madre adorada,
¿Dónde
hallar dicha mayor?»
(CT 28,37).
Se trata
también de la felicidad de poder responder a ese amor:
«No se
sabe cuánta dicha
es amarte,
oh Salvador...
¡Gustad y
ved
cómo es de
dulce el amor!
(CT 135,1).
Es, por
último, la dicha inesperada y oculta, interior al amor mismo, de la
"Cruz". San Pablo gritaba: «Sobreabundo de gozo en todas mis
tribulaciones...» (2 Cor 7,4). «Encuentro mi alegría en los dolores
que padezco por Uds...» (Col 1,24). Montfort le hace eco: «Me siento
feliz en medio de mis sufrimientos y no creo que haya en el mundo nada
tan dulce para mí como la cruz más amarga, siempre que venga empapada
en la sangre de Jesús crucificado...» (C 26). Citando otra carta en la
que Montfort habla una vez más de esa "felicidad" que se encuentra en
la "Cruz", escribe Luis Pérouas: «Se puede palpar hasta qué
profundidad de Gozo auténtico puede llegar un hombre cuando acepta la
prueba, el rechazo, cuya víctima es» (Ce que croyait..., pág. 71).
Es bueno
descubrir el mensaje de Montfort en su totalidad –con la Cruz misma–
como invitación a la felicidad, a compartir su propia felicidad que no
es ella misma sino una participación en el gozo mismo de Dios.
EL AMOR DE
LA SABIDURIA ETERNA
Al leer
El Amor de la Sabiduría Eterna –primera obra suya, a la que muchos
consideran como una síntesis de su mensaje– se advierte que se
inscribe totalmente dentro de un caminar hacia la felicidad. El libro
ofrece dos partes: la primera, comprende más de tres cuartas partes
–catorce de los diecisiete capítulos– podría intitularse: «La
Sabiduría eterna y encarnada es el "tesoro" que buscamos»; la segunda,
muchísimo más corta: «Cuatro medios para alcanzar ese "Tesoro". Se da
en esta composición una lógica muy sencilla que se funda en el buen
sentido. El hombre está tan sediento de la felicidad que lo que cuenta
ante todo para él es saber dónde encontrarla. ¿De qué sirve conocer
los medios para la consecución de un tesoro si ese tesoro no lo es
para mí? ¿De qué me sirve enseñarme los medios para ganarme un
soberbio Hi-Fi, si no me gusta la música? Un pedagogo sabe
perfectamente que lo importante para sus alumnos es que se "interesen"
por la materia que enseña. Mientras no se "interesen", no estén
"motivados", el profesor podrá utilizar todos los medios posibles para
enseñarles aquella materia, pero ellos no aprenderán gran cosa.
Mientras que si están "interesados"..., ¡no habrá problema! Acudirán
ellos mismos a los "medios" para aprender y –en el último extremo– no
necesitarán de profesor sino sólo para "guiarlos".
¡Y lo
mismo pasa con toda la vida! Mientras uno no esté "interesado",...
mientras no "ame", ni haya encontrado su felicidad... ¿de qué le sirve
utilizar "medios" por fáciles que sean de emplear y, con mayor razón,
si son difíciles? La Cruz, por ejemplo, ¿por qué quieres que yo la
acepte, incluso que opte por ella, si pienso no sólo que no me conduce
a la felicidad de la cual estoy sediento, sino que me aleja de ella al
causarme dolor?
La
dulzura inefable y la belleza cautivadora
Entonces
Montfort, que conoce bien el corazón del hombre y sabe cuánta sed
tiene de felicidad, consagra las cuatro quintas partes de El Amor
de la Sabiduría Eterna a "interesarnos", a atraernos, casi a
seducirnos, mostrándonos "la excelencia maravillosa"..., "la dulzura
inefable y la belleza cautivadora"..., "los tesoros infinitos" de la
Sabiduría Divina (ASE cc. 5 y 10). ¡Si conocieras! «Nada tan dulce
como el conocimiento de la Sabiduría divina. ¡Dichosos quienes la
escuchan! ¡Más dichosos quienes la desean y la buscan! Pero, ¡mucho
más dichosos los que andan por sus caminos y saborean en su corazón
esa dulzura infinita...» (ASE 10). Este conocimiento es también "la
ciencia más noble" (ASE 9), y la más útil y necesaria porque «la vida
eterna consiste en conocer a Dios y a su Hijo Jesucristo» (ASE 11).
Nada tan dulce, nada tan grande, nada tan útil... Nos hallamos ante
los tres grandes caminos de la felicidad.
Buscas,
¿Buscas tu felicidad en la riqueza y las ganancias? Contempla los
"tesoros infinitos" de la divina Sabiduría. ¿Piensas que serás feliz
en los placeres de este mundo? Ven a saborear con los santos "la
dulzura inefable y la belleza cautivadora" del Hijo de María. «Hay un
santo y verdadero placer en su amistad» (ASE 98). ¿Piensas hallar tu
dicha en el éxito y las grandezas humanas? «La Sabiduría que es Dios
mismo: ésta es la gloria» (ASE 55) que te espera; los honores, las
dignidades, la verdadera grandeza están con ella y «¡es
incomparablemente mejor para el hombre el poseerme –dice la Sabiduría–
que poseer todo el oro y la plata del mundo [...] y todos los bienes
del universo» (ASE 67). Audacia inaudita la de Montfort que viene a
proclamarnos: La Felicidad Infinita que están buscando, sin conocerla,
a través de todas las falsas riquezas, grandeza y placeres de este
mundo, se las anuncio: son Dios mismo, son la Sabiduría. «Quien beba
del agua que yo le dé, no volverá a tener sed» (Jn 4,14). «Si alguno
tiene sed, que venga a mí y beba» (Jn 7,37).
LA CRUZ Y
LA FELICIDAD
La
búsqueda de la felicidad está tan marcada en El Amor de la
Sabiduría Eterna que uno casi se admira de no encontrar la Cruz
antes del capítulo 8. E incluso entonces, Montfort la presenta, la
primera vez, como uno de los "efectos maravillosos" de la Sabiduría en
las almas de quienes la poseen: porque ella los ama y «para ponerlos a
prueba y hacerlos más dignos de sí misma, les proporciona grandes
combates y les reserva contradicciones y obstáculos...» (ASE 100).
«Pero esta amable Soberana... vierte tan suave unción sobre los
sufrimientos que en ellos (sus amigos) encuentran sus delicias» (ASE
103).
En
realidad sólo hasta en los capítulos 13 y 14 aparece la Cruz en toda
su fuerza y su grandeza. Pero en un primer momento no se trata de la
nuestra: es la Cruz de Dios, la que Jesús quiso vivir libremente "para
probarnos su amor" (ASE 154). Y obsérvese que Montfort la aborda sólo
en cuanto que es «la más poderosa de todas las razones que pueden
excitarnos a amar a Jesucristo» (ASE 154) y el medio más sabio entre
todos los posibles que haya encontrado el Amor (ver ASE 167-168).
Ingresar en la Sabiduría de Dios
Partíamos
de la felicidad del hombre siempre insatisfecho e "inquieto" (san
Agustín) porque no desea nada menos que a Dios. Y mira, hemos llegado
a la felicidad de Dios. En efecto, Montfort no nos invita sólo a
descubrir nuestra felicidad en Dios, Sabiduría eterna y encarnada,
porque en ella se encuentran los verdaderos placeres, las verdaderas
riquezas y los verdaderos tesoros que buscamos. Nos llama para llegar
más lejos, para entrar en la felicidad misma de Dios, porque Dios
tiene también un tesoro donde pone su corazón como todo el mundo (Mt
6,21). Ya es gran cosa encontrar mi felicidad en Dios porque es el
anhelo de mi corazón. Pero otra cosa es –tanto más exaltante todavía–
entrar en la misma felicidad de El, hacer de su "tesoro" mi "tesoro" y
poner mi corazón donde El pone el suyo.
¿Cuál es
entonces el "tesoro" de Dios y dónde pone El su corazón? ¿Cuál es la
forma en que busca El su felicidad, ya que es el Amor mismo? Y ¡el
Amor omnipotente! ¿Cuál podrá ser su "Sabiduría"?
CUESTIONARIO
1. Como
todo ser humano Ud. busca la felicidad, ¿por qué caminos? ¿Con qué
intensidad?
2. ¿Qué
motivaciones ofrece el P. de Montfort para encaminarnos a la verdadera
felicidad? ¿Cómo la encuentra en la felicidad de Dios?
3. ¿Vive
Ud. estas realidades, en su relación con Dios y con los hermanos?
4. ¿Ha
comentado Ud. estos temas en su predicación y conversaciones? ¿Cómo la
propone en su apostolado?
5. ¿Cómo
traduciría Ud. para hoy esta temática y esta terminología?
ORACION
Señor y
Padre nuestro:
te
alabamos y damos gracias
por haber
puesto en nuestro corazón
un anhelo
de gozo infinito
y una sed
de amor auténtico
que
ninguna creatura puede apaciguar.
«Señor, tú
nos hiciste para ti
y nuestro
corazón está inquieto
hasta que
descanse en ti» (san Agustín).
Concédenos
ante todo saber "contemplar" la vida:
que con
los ojos de la fe sepamos descubrir
a través
de las falsas riquezas,
los falsos
placeres, el falso prestigio,
que nos
engañan, el bien verdadero,
la
auténtica dicha, el verdadero prestigio
que eres
tú mismo.
Más allá
del dinero, del licor, de la droga y del poder
nosotros
te anhelamos y te estamos buscando.
Concédenos
también no aceptar jamás
que las
contradicciones de la vida
nos lleven
a limitar nuestros anhelos
y
convertirnos en "amargados",
que
regresamos de todo,
sin haber
llegado hasta el final de nada.
Tú que
conoces cuántas decepciones
causamos a
menudo a los que nos rodean:
concédenos
que jamás detengamos a nadie
en el
camino que lleva hacia ti,
que
sepamos más bien borramos delante de ti,
a ejemplo
de María,
"transparencia" total de tu Hijo Predilecto.
Dado que
tu amor siempre nos sale al paso,
concédenos
no olvidar nunca que,
al hacerte
hombre como nosotros,
te has
hecho también para nosotros,
y que tu
corazón de Dios,
también se
halla siempre inquieto,
hasta que
no descanse en nosotros.
II. LA
SABIDURIA DEL AMOR
«Dios
tiene su Sabiduría. Que es la única verdadera y digna de ser amada y
buscada como un gran tesoro. Pero también el mundo corrompido tiene su
sabiduría. Y ésta debe ser condenada y detestada como malvada y
perniciosa. Los filósofos también tienen su sabiduría...»
(ASE 74).
Finalmente, todo el mundo tiene su "sabiduría": Dios, el mundo
corrompido, los filósofos..., todos los hombres tienen una sabiduría,
es decir, cierta manera de concebir su felicidad que les conduce a
optar en la vida. Todos buscamos la felicidad, la misma felicidad
infinita que es "riqueza", "placer", "prestigio", que halla su
coronación en la relación con el otro con tal que ese Otro sea el
Infinito. Con esa felicidad queremos ser felices; ¿por qué entonces la
buscamos en direcciones diferentes? Porque no tenemos la misma
"sabiduría". No la "vemos" de la misma forma. No colocamos las mismas
realidades bajo las mismas palabras: "infinito", "riqueza", "placer",
"prestigio", "amor"... Resultado: hacemos opciones diferentes e
incluso completamente opuestas. Por la sed de felicidad los hombres se
asemejan todos; pero difieren por la "sabiduría". Común a todos los
hombres, absolutamente a todos, es que todos tienen un "tesoro" en el
cual ponen el "corazón". Pero, no tienen el mismo "tesoro". Y esto los
hace diferentes. Dime dónde está tu "tesoro", porque allí está tu
corazón (Mt 6,21), y te diré quién eres.
1.
FELICIDAD Y SABIDURIA
¿Qué hay
de común entre ese hombre riquísimo que sigue añadiendo «casas a
casas, campos a campos, hasta no dejar sitio en medio del país» (Is
5,8) y la abuelita que, en esa edad en que uno teme desaparecer, se
impone privaciones en su humilde retiro a fin de poder ayudar "a los
pobres"? Parece que nada. Y sin embargo, sí. Los dos tienen en común
la misma búsqueda de la felicidad. La sabiduría las hace diferentes...
y ¡en qué medida! No tienen precisamente la misma idea de felicidad y
en especial de "riqueza". ¿Existe algo en común entre el hombre
ambicioso que busca ser el primero en todas partes y lo sacrifica todo
a su promoción, a su "carrera"... y ese joven ingeniero que renuncia a
una situación brillante para hacerse Hermanito de Jesús y encontrarse
algunos años más tarde, trabajando en las pistas del Sahara? Nada
tampoco, al parecer. Y sin embargo, también ellos buscan la misma
felicidad. Pero no tienen la misma sabiduría.
Cuentan
que algunas hermanas de la Madre Teresa, antes de tener la menor idea
de que el Señor podía llamarlas a darlo todo para servir a los pobres,
llevaban una "gran vida": apartamentos lujosos, carros, choferes,
dinero a su capricho. La vista de los pobres miserables no les impedía
en lo más mínimo ser "felices": ellos..., no eran ellas: así de
sencillo. Y, como por otra parte, no hallaban la felicidad que
buscaban en bienes tan limitados, pensaban simplemente que se debía a
que no tenían lo suficiente. Entonces, ¿qué hacer? Cada vez más, más y
más riquezas, placeres, hasta el día... en que encontraron a alguien
que les hizo comprender que para encontrar la felicidad que anhelaban,
tenían que cambiar totalmente de "sabiduría". Hacer un gran viraje de
180 grados. Eso que el evangelio llama "conversión". Ingresar en una
"sabiduría" totalmente diferente, la "verdadera sabiduría de Dios"
(ASE 227). Cierto día la Madre Teresa se hizo presente. Les habló. Su
corazón se transformó en un «corazón de carne» (Ez 36,26), «se les
abrieron los ojos» (Lc 24,31). Y todo cambió para ellas. De un día al
otro, ellas que lo tenían todo, se encontraron sin nada, pobres entre
los pobres. ¡Qué locura! O, ¿qué sabiduría? Sin embargo, entre su
situación de antes y la que habían escogido ahora, hay algo que no ha
cambiado: su sed de felicidad. ¿Ayer?, era la misma infinita felicidad
lo que buscaban. Pero hoy, ya no la veían exactamente de la misma
manera. Su "sabiduría" había cambiado, se había "convertido". Una
conversión no es otra cosa que un cambio de "sabiduría".
2. AMAR Y
CONOCER
¿Puede uno
amar lo que no conoce? Si uno hubiera preguntado a las hermanitas de
la Madre Teresa, antes de su conversión: "Pero, ¿por qué viven tan
lujosamente, en medio de tantos pobres?", habrían sonreído
seguramente. ¿Los pobres? ¿El servicio de los pobres? No nos interesa.
Nos interesan el dinero, la salud, las comodidades de la vida. ¡Esa es
la felicidad! "¡Quieres que cambiemos? Entonces, demuéstranos que
existe otra felicidad?" Y, en cierta forma tendrían razón... «¿Puede
uno amar –escribe el P. de Montfort– lo que no conoce? ¿Puede amar
ardientemente lo que sólo conoce a medias? ¿Por qué se ama tan poco a
la Sabiduría eterna y encarnada, el adorable Jesús? ¡Porque poco o
nada se le conoce!» (ASE 8). Ante todo, encontrar un "tesoro".
Estamos
lejos de cierto moralismo que consiste en decir a la gente: "Basta con
que hagan esto...¿Por qué no hacen aquello? No les comprendo". ¿Basta
con amar? Ciertamente. Pero, para amar, hay que "conocer". Para
"vender el campo", es preciso haber encontrado antes un "tesoro" (Mt
13,44). Jesús no dijo jamás que el Reino de los cielos se parece a un
hombre que comienza por "vender cuanto posee" y, luego, mira en torno
suyo a fin de encontrar un "tesoro" para poner en él su "corazón".
Equivaldría –como dice el proverbio– a "ensillar antes de traer las
bestias". No, el Reino de los cielos se parece por el contrario a
quien comienza por encontrar un "tesoro". Sólo entonces se va uno,
"rebosante de gozo", a vender cuanto posee. Si hubiera comenzado por
"venderlo todo" antes de "hallar el tesoro", lo habría hecho "lleno de
tristeza" e incluso Jesús lo habría tratado indudablemente de "loco" (Mt
7,26; Lc 12,20).
Díganle a
ese joven que se droga, aumentando cada vez la dosis hasta el
"hundimiento": "lo importante es que no te drogues"; o a ese
alcohólico que arruina a su familia mientras se destruye él mismo: "lo
importante es que dejes de beber". Díganle a ese hombre, a esa mujer
que "siempre tienen razón" (mientras los demás siempre andan
equivocados), que quieren imponerse siempre a los demás (la "gloria"
es también una droga): lo importante es que reconozcan sus
equivocaciones y no destruyan a los demás". Si se dignan escucharlos a
Uds., sonreirán también: "Ya quisiera verlos yo... Al pedirme que
renuncie a la droga, al dinero, a la gloria, me están pidiendo que
"venda todos mis bienes", pero ¿dónde está el tesoro? Muéstrenmelo.
Demuéstrenme que esa felicidad que busco con sed tan grande, se
encuentra en otra parte; si no, ¿por qué quieren que venda todos mis
bienes?"
"Conocer a Jesucristo"
Lo que
importa en la vida es descubrir el "verdadero tesoro", el único que
puede hacernos felices. Mientras no sepa dónde se halla y qué debo
hacer para encontrarlo, ¿sé realmente algo? El conocimiento, la
ciencia más importante en la vida es "la sabiduría". En la vida,
mientras no sepa cómo conducirme para ser feliz y hacer felices a los
otros, para amar de verdad... ¿sé acaso algo? Puedo saber muchas cosas
e incluso, en caso extremo, saberlo todo, si carezco de ese saber, de
esa "sabiduría", en el fondo, no sé nada. Porque ¿de qué le sirve al
hombre saberlo todo, si no es feliz? «¿De qué le sirve a uno ganar el
mundo entero si malogra su vida?» (Mt 16,26).
Frente a
Nicodemo que ciertamente sabía muchas cosas, pero ignora el "nuevo
nacimiento", se admira Jesús: «Tú, el maestro de Israel, ¿no lo
entiendes? (Jn 3,10). Al contrario, incluso si se ignoran muchas
cosas, pero se posee la "Sabiduría", si uno sabe ingeniarse para ser
feliz y hacer felices a los demás, entonces se sabe lo suficiente.
Montfort era tan consciente de que a través de todas las falsas
felicidades y los falsos "tesoros" de la vida, buscamos en realidad, a
Jesús Sabiduría, proclama a pleno grito:
«Conocer a
Jesucristo, la Sabiduría encarnada, es saber lo suficiente. Saberlo
todo, pero no conocerlo a El, es no saber nada» (ASE 11).
Un
conocimiento que hace posible el amor
¿Es
posible no amar lo que se conoce de verdad? La "sabiduría", ese
conocimiento que permite amar, ese descubrimiento del "tesoro", no es
sólo intelectual: es un saber ya transformado, "consagrado" por el
amor que lo impregna de fuerza, de delicadeza y de "sabor". Uno puede,
dice Montfort, tener "una ciencia de las cosas de la gracia y de la
naturaleza [...] vulgar, seca y superficial". La "sabiduría", por su
parte, es un conocimiento "extraordinario, santo y profundo" (ASE 58).
«Las luces y conocimientos que comunica la Sabiduría no son áridos,
llenos de unción, operantes y piadosos, conmueven y alegran el corazón
e iluminan el entendimiento» (ASE 94). Sólo con el corazón se ve bien,
decía el zorro al Principito, lo esencial es invisible a los ojos. Lo
esencial es invisible también para el entendimiento "desgajado del
corazón", que se contenta con conocer sin "gustar" rechazándose a
convertirse en "sabiduría". Uno podría casi decir que con la
"sabiduría, Montfort derriba el muro entre entendimiento y "corazón"
(así como con la "Cruz", derriba también el muro entre sufrimiento y
felicidad). Porque el "corazón" del cual se trata, no es en primer
lugar, el sentimiento sino más bien el "yo profundo", allí donde el
Espíritu se une a nuestro "espíritu" (Rom 8,16) y donde la Sabiduría
se injerta en la nuestra. En las primeras páginas de El Amor de la
Sabiduría Eterna, Montfort se planteaba la cuestión: «¿Es posible
amar lo que no se conoce?» (ASE 8), pero en todas las páginas
restantes se plantea otra pregunta: "¿Es posible no amar lo que se
conoce de verdad?"
Si conozco
de verdad, no sólo con el entendimiento, sino también con mi "corazón
profundo", con un saber que es "sabiduría", si el Espíritu mismo
"conoce" a través de mi espíritu, entonces no puedo menos de amar.
Cuando uno conoce a la Sabiduría en sí misma (lo que constituye ya un
"tesoro infinito"), pero sobre todo en el amor que nos profesa y que
llega hasta la Cruz y la Eucaristía, no se puede sino amarla.
«Tras
palabras tan enérgicas y tiernas del Espíritu Santo para hacernos
comprender la belleza, valor y tesoros de la Sabiduría, ¿quién no la
amará y buscará con todas sus fuerzas? ¡Tanto más cuanto que se trata
de un tesoro infinito, propio del hombre, para el cual fue creado el
hombre y que la Sabiduría misma tiene infinitos deseos de darse al
hombre!» (ASE 63). «¿Cuál no será entonces nuestra insensibilidad e
ingratitud, si no nos conmueven los ardientes deseos, los amorosos
inventos y las pruebas de amistad de la amable Sabiduría?» (ASE 72).
«Hablando razonablemente, conocer lo que Nuestro Señor ha padecido por
nosotros y no amarlo con ardor –como lo hace el mundo– es algo
moralmente imposible» (ASE 166).
Convicción y Amor
– ¿Es
posible no dar a conocer lo que uno ama? El don de sabiduría, tal como
él lo recibió, lleva a Montfort a plantearse una tercera pregunta:
¿Puede uno no dar a conocer y amar lo que conoce y ama?
«La
Sabiduría comunica al hombre no sólo las luces para conocer la verdad,
sino también la capacidad maravillosa de darla a conocer a otros» (ASE
95).
El
bautismo hace de nosotros apóstoles. Pero el apostolado, la
evangelización no son ante todo cuestión de técnica ni métodos, sino
el don de compartir una convicción profunda. Ni si quiera se trata
solamente de "escuchar a Dios con humilde sumisión", de "obrar en El y
por El con fidelidad constante"; se trata de «alcanzar la luz y unción
necesarias para inflamar a otros en el amor a la Sabiduría» (ASE 30).
Un día en
que la Madre Teresa –siempre ella– iba a tomar el avión para uno de
sus numerosos viajes a través del mundo, un periodista la detuvo
bruscamente y le preguntó: ¿Qué es el apostolado? –¿El apostolado?–
Es... (silencio) ... tienes una convicción y amas a alguien; entonces
le pasas tu convicción; y él a su vez, tiene una convicción y ama a
alguien, y su convicción pasa a esa persona.
El
apostolado es una convicción muy fuerte transmitida por un amor.
El don
de sabiduría
Pero esa
convicción no puede "pasar" –la Madre Teresa lo sabía bien– a menos
que el "testigo" haya recibido el don de "sabiduría". Sus palabras yo
no soy sus palabras. Otra persona habla a través de él: «las palabras
que comunica la divina Sabiduría no son palabras ordinarias, naturales
y humanas; son palabras divinas. Son palabras enérgicas, conmovedoras,
penetrantes. Parten del corazón de quien habla y penetran hasta el
fondo de corazón del oyente...» (ASE 96).
Cuentan
que cierto día el P. de Montfort en su región natal quiso traducir,
concretar esta verdad del don de sabiduría. Y que en el templo no
quiso hablar él mismo para "dejar hablar a Jesucristo". Entonces
colocó en el púlpito una gran cruz que todos podían ver. El pasó por
entre la multitud con su pequeño crucifijo, el que el Papa Clemente XI
le había dado y se contentó con mostrarlo a cada uno diciéndole: "¿No
te duele mucho haberlo ofendido?" Y todos comenzaron a llorar. Ese día
ciertamente Jesucristo había hablado y sus palabras habían salido del
corazón del apóstol para llegar, en silencio, "hasta el corazón" del
oyente (ASE 96).
3. LA
SABIDURIA DEL MUNDO
La
sabiduría del mundo: cuando uno conoce, ama y cuando ama, da a
conocer. Todo depende entonces del conocimiento que haya en el punto
de partida, de la sabiduría que nos anime. Porque hay muchas
sabidurías. San Agustín decía que "dos amores han construido dos
ciudades: el amor de Dios construyó la ciudad de Dios..., y el amor
propio construyó la ciudad del mal y del pecado". A su manera, san
Luis de Montfort añade: "dos sabidurías han construido dos amores": la
sabiduría del mundo ha construido el amor de uno mismo a través de las
falsas riquezas, los falsos placeres, las falsas grandezas de este
mundo y la Sabiduría de Dios ha construido el amor a Dios y a nuestros
hermanos a través de la pobreza, la Cruz, la humillación que conducen
a la verdadera riqueza, a los verdaderos placeres, a la verdadera
grandeza.
Los
tres pilares de la sabiduría del mundo
Una vez
más encontramos los tres caminos de la búsqueda de la sabiduría. La
sabiduría del mundo no es falsa porque deambule por ellos, sino porque
se extravía por callejones sin salida. En lugar de buscar los
auténticos "tesoros" de que habla Jesús y de «amontonarlos en el
cielo, donde ni polilla ni carcoma los echan a perder, donde los
ladrones no abren boquetes ni roban» (Mt 6,20), corre en pos de las
falsas riquezas de este mundo.
Y como hay
tres falsos "tesoros", hay también tres falsas sabiduría
correspondientes a ellos. Montfort las llama "la sabiduría terrena",
"la sabiduría carnal" y "la sabiduría diabólica" (ASE 80-82).
"La
sabiduría terrena"
[...] es el amor a los bienes de la tierra. Los sabios del mundo
profesan esta sabiduría [...] cuando apegan el corazón a sus
posesiones; cuando todo lo encaminan a enriquecerse; cuando promueven
juicios y litigios inútiles para adquirir o conservar sus riquezas;
cuando –la mayor parte del tiempo– no piensan, hablan ni actúan sino
con miras a conseguir o conservar algún bien temporal...» (ASE 80).
En lugar
de buscar los "sólidos placeres" de la verdadera felicidad, la
sabiduría carnal conduce a quienes la siguen a no buscar «sino el
gozo de los sentidos; [...] aman la buena mesa; ...habitualmente sólo
piensan en comer, beber, jugar, reír, divertirse y pasarlo lo mejor
posible» (ASE 81).
Por
último, la sabiduría diabólica, en vez de buscar la verdadera
grandeza que pasa por el último puesto, ama y aprecia los honores. Los
que la siguen «aspiran –aunque secretamente– a las grandezas, honores,
dignidades y cargos importantes; [...] buscan hacerse notar, estimar,
alabar y aplaudir por los hombres...» (ASE 82).
Este
cuadro de los tres pilares de la sabiduría del mundo sólo tiene que
modificarse hoy para que se adapte a nuestros días: describe en forma
tan perfecta no sólo al "gentilhombre" del siglo XVII, sino al hombre
de todos los tiempos que, mañana –lo mismo que ayer y hoy– no podrá
menos de buscar su felicidad por esos tres caminos, a riesgo de
extraviarse tomando por auténticos los falsos valores.
Tres
características de la sabiduría del mundo
Para
completar el cuadro, ya tan parecido, de la sabiduría del mundo
opuesta a la de Dios, Montfort añade tres señales que la caracterizan
y que pertenecen también a todas las épocas, incluso si las palabras
para designarlas cambian. La sabiduría del mundo está sellada por la
sagacidad, el conformismo y la connivencia.
La
sagacidad es la forma en que la sabiduría del mundo nos arrastra
hacia el mal, haciéndonos creer que se trata del bien. No se lleva a
alguien al mal diciéndole que es el mal; a éste hay que cubrirlo con
apariencia de bien. «Nunca ha estado el mundo tan corrompido como hoy
–dice Montfort– [...] nunca había sido tan sagaz, prudente y astuto a
su manera. Utiliza tan hábilmente la verdad para inspirar el engaño;
la virtud, para autorizar el pecado; las máximas de Jesucristo, para
justificar las suyas..., que incluso los más sabios según Dios son
víctimas de sus mentiras» (ASE 79). La "sagacidad" es también la forma
en que todos, cuando nos guía el espíritu del mundo, sabemos esconder
nuestros errores y faltas bajo apariencia de virtud. Los "sabios del
mundo", dice Montfort, "aspiran –aunque secretamente–
a las grandezas". Buscan sus caprichos e intereses «pero no de modo
patente y provocador [...] sino de manera habilidosa, astuta,
engañosa y política» (ASE 75).
«El sabio
según el siglo[...] sabe desenvolverse... sacar ventaja temporal de
todo, sin dar la impresión de buscarla; conoce perfectamente
los gustos y cumplidos del mundo...» (ASE 76).
Hay que
ver cómo, sobre todo en los Cánticos, sabe Montfort hacer brillar esa
astucia del mundo que querría impedir a las gentes que se conviertan:
"¿Convertirte? Muy bien, muy bien,
un buen
espíritu no cambia nunca";
"Dios no
te exige aquella penitencia,
pero el
orgullo en ella se ha escondido..."
"Entonces,
deja la meditación,
que es un
asunto que se hace un peligro,
sujeta a
tropiezos y a tentaciones,
y en la
que el alma se hace perezosa..."
(CT 39,130.133.135).
¿Para qué?
¿Para qué tantos rosarios?
¡A
trabajar más bien, hermanos mío...!
(CT 39,136).
Sólo
apelando a la constancia e incluso a la humildad, al trabajo, que son
valores auténticos, logra el "mundo" que desistas de la conversión. Es
tan "habilidoso" que lograr hacerte creer que convertirte es caminar
en contra del Evangelio. Así de simple.
Sabe
hacerte desistir también mediante el conformismo. En el siglo
XVII, hablaban de "moda" y de "respeto humano". Obrar como los otros,
como todos, seguir al rebaño. El conformismo puede cambiar de campo y
de nombre, forma parte siempre de la sabiduría del mudo, que el P. de
Montfort describe ante todo como "conformidad perfecta con las modas y
máximas del mundo". Cuando uno quiere seguir el Evangelio,
sencillamente a la letra, siempre se distingue de los demás, y el
mundo no gusta de quienes no son como él, de quienes no "son como los
demás". Trata de hacerte entrar en la fila. Hay que obedecer al "qué
dirán"... Al contrario, dice Montfort, lo que cuenta es que lo que
Dios piensa de nosotros, porque vivimos bajo la mirada de "nuestro
gran Jesús".
Cuentan
que cierto día, el P. de Montfort caminaba con el hermano Nicolás por
el camino de Aigrefeuille a Nantes. Los dos misioneros estaban ya muy
fatigados. Varias veces había ya el Padre propuesto a Nicolás cargarlo
a sus espaldas. El hermano se había rechazado siempre a ello. Por
último, vencido por la fatiga, Nicolás acepta que su compañero eche al
brazo su gran manto, y que con el otro brazo sostenga al pobre hermano
agotado. Y miren al pobre cortejo que cojeando reemprende la marcha
hacia Nantes. Encontrábamos, relata Nicolás, de vez en cuando, grupos
de caballeros y damas y otras personas.
– Padre
mío, le dije, ¿qué dirá toda esta gente?
– Hijo
mío, me respondió, ¿qué dirá el buen Jesús que nos mira? (Le Crom,
pág. 338).
Tercera
característica de la sabiduría del mundo, la connivencia, el
"término medio", "el gentilhombre" del siglo XVII que se rechaza a
escoger entre el Evangelio y un éxito meramente humano. Un trozo de
camino con el Evangelio y otro con el mundo. Y avanzar así hasta la
muerte, sin optar jamás, sin comprometerse de verdad. Porque hay que
experimentarlo todo y mantenerse "libre":
«Vivir
como todo el mundo,
huir la
senda perfecta» (CT 36,63).
Montfort,
hombre del absoluto y de opciones radicales, percibía en qué medida se
hallaba en la ribera opuesta al don total esta vida sencillamente
"gentil", al burlarse del Evangelio.
4. LA
SABIDURIA DE DIOS
La
Sabiduría de Dios: «Debemos –nos dice Montfort– detestar y condenar
estas tres clases de falsa sabiduría para adquirir la verdadera. Esta
no busca el provecho propio, no arraiga en el terreno ni en el corazón
de quienes viven cómodamente, y aborrece todo lo grande y espectacular
a los ojos de los hombres» (ASE 83). Frente a falsas riquezas, a
falsos placeres, a falsos prestigios, aquí están los verdaderos
valores, la felicidad verdadera, la verdadera grandeza del Amor, la
verdadera Sabiduría de Dios.
El
tesoro de Dios
Todos
saben bien que, cuando uno ama, no tiene la misma sabiduría que cuando
no ama, no tiene el mismo "tesoro", los mismos valores, no hace las
mismas opciones. Incluso hace opciones completamente opuestas a lo que
hace cuando no ama. Porque amaba, el P. Kolbe optó por morir de hambre
en un bunker, para salvar al padre de siete hijos. Más cerca de
nosotros, porque ama también, Pablo, obrero especializado en una
fábrica de muebles, elige ser despedido para dejar su empleo a otro
trabajador.
Pero si
ya, cuando uno ama hace a veces opciones completamente opuestas a las
de una sabiduría sin amor, Dios que es el amor mismo, absolutamente
puro, la fuente y la perfección de todo amor, ¿qué opciones no puede
hacer? ¿Cuál puede ser la Sabiduría del Amor mismo? ¿Cuál puede ser su
"tesoro"? ¿Dónde puede El poner su "corazón"?
A tales
preguntas, Montfort aporta, en pos de san Pablo, una respuesta
maravillada. «Aquí es preciso exclamar con san Pablo: ¡Qué abismo de
riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!» (ASE 15). «¡Qué
elección tan sorprendente! ¡Qué designios tan sublimes e
incomprensibles! ¡Qué amor a la cruz tan inefable!» (ASE 168). ¿El
"tesoro" de Dios? No es otro que el hombre, es la humanidad. Y ¿dónde
pone su "corazón"? En ti, en mí, sobre todo en María, "el tesoro del
Señor", su "Paraíso", "donde ha puesto lo más precioso que tiene": su
Hijo predilecto. Sí, Dios ha puesto su corazón en la humanidad. Pero
estamos tan habituados a oír decir que Dios nos ama, que hemos perdido
completamente de vista que este amor procede de una "sabiduría"
sublime, incomprensible, desconcertante.
"Dios
ama"
Cómo El,
el Altísimo, el Infinito, el que ha creado cielos y tierra, el
infinitamente grande y el infinitamente pequeño, Aquel ante quien
«todas las naciones son como nada [...], una gota de agua en un cubo
[...], un grano de arena en el platillo de la balanza» (Is 40,15).
¿Aquel «ante quien mil años son como un día» (2 Pe 3,8), ha puesto su
"tesoro" y por tanto su "corazón" en mí, tan pequeño..., pobre,
pecador?
¡Esto si
este amor fuera una opción! Pero uno no escoge amar. Dios tampoco, si
se puede hablar así, escogió amar. Montfort lo presenta como seducido
por la belleza de la humanidad –una belleza del todo interior e
invisible, que es su fe–; ha sido "atraído", "amorosamente vencido"
(ASE 107; ver cap. 9). Si es verdad que en este amor hizo una opción,
su elección fue la de aceptar, El, el Omnipotente, dejarse vencer.
5. LAS
TRES GRANDES OPCIONES DEL AMOR
Esta
"Sabiduría incomprensible" del Amor se expresó en efecto por tres
grandes opciones, completamente opuestas a las de la