Para quien se siente necesitado de
espiritualidad
Para quien está cansado con la mediocridad de la vida
Para quien busca el camino hacia su yo profundo
Para quien se cree cristiano
necesitado de un impulso decisivo
Para quien se arriesga
a hacer un descubrimiento espiritual auténtico
Para quien invoca a María,
pero no se inspira en sus ejemplos
Para todos aquellos,
hombres y mujeres, laicos y sacerdotes,
viejos y jóvenes que buscan la propia vocación,
María aparecerá
en su espiritualidad sencilla y sorprendente
Medita sin prisa, calmadamente las páginas de este libro,
en actitud contemplativa, en silencio
y ríndete al Espíritu, que quiere
comenzar en ti un mundo nuevo
El lo puede hacer.
Lo ha hecho ya en Cristo, en María, en la iglesia
Lo hará también contigo si te abres a El
y permaneces disponible.
1. VOCACION
Buscar un
sentido auténtico
para la
propia vida es responder al amor infinito de Dios
con
dignidad y libertad.
Toda
vocación personal
experimenta instantes de estupor,
de duda,
de realización.
Pero en el
don total de la propia persona al Señor
se inicia
una nueva historia para uno mismo
y para
muchos otros hermanos.
Impacta en el Evangelio (Lc 1,26-38) la presentación de María dentro
de una vocación. El relato de la Anunciación del ángel a María sigue
los esquemas veterotestamentarios de vocaciones (por ejemplo, vocación
de Abrahán, de Moisés, de Gedeón...). Comienza con una aparición y un
saludo. Viene la turbación del destinatario. Prosigue con el anuncio o
mensaje, a cuyo encuentro sale una dificultad de quien lo recibe. El
mensajero responde reafirmando lo dicho y/o mostrando una señal. Al
final llega la aceptación, al menos tácita, del interpelado.
María es llamada por Dios a una misión especial en la historia de la
salvación. Ya llega la plenitud de los tiempos. El Señor se dirige a
una mujer y no la trata como a instrumento pasivo entre sus manos. La
invita a ofrecer su asentimiento de fe, a participar libremente en su
propuesta divina.
A veces nos limitamos a decir que María es sólo un medio para ir a
Dios. No, María tiene su propia dignidad. Como dijo Pablo VI, el
hombre no es nunca sólo un puro medio, sino la primera meta de nuestro
amor, de nuestro caminar hacia la meta final que es Dios. Dios trata a
María como a una persona libre, responsable; como a una persona
llamada a insertarse consciente y libremente en su plan de amor.
Se propone a María convertirse en Madre del Mesías. Pero se trata
igualmente de una maternidad en orden a la liberación del Pueblo de
Dios, porque se habla del reino que el Mesías vendrá a instaurar y que
no tendrá fin.
Si queremos comprender realmente a María, su figura, su misión,
debemos referirla siempre al plan de la salvación, a la iniciativa de
Dios. El Concilio Vaticano II subraya también este aspecto cuando
afirma: «El benignísimo y sapientísimo Dios, al querer llevar a
término la redención del mundo... envió a su Hijo nacido de mujer...»
(LG 52).
Una vocación, la de María, para la salvación de los demás. A este
propósito san Ireneo (obispo del siglo II) ha dicho que María se ha
convertido «en causa de salvación para sí y para todo el género
humano». Misión difícil la de María, tanto que –así como en el Antiguo
Testamento frente a las empresas difíciles se asegura la presencia del
Señor– el ángel reconforta a María diciéndole: «El Señor está contigo»
(Lc 1,28). Dios la protegerá, le dará la fuerza necesaria.
María realiza la misión del Pueblo de Israel, que era doble. La de dar
a luz al Mesías y la de acogerlo en la fe.
En este sentido se podría decir que en la Virgen María se encuentra la
vocación propia del cristiano, más allá de las propias diferencias.
Vocación que consiste precisamente en acoger a Cristo en la fe y hacer
fecunda esa acogida al comunicar Cristo a los demás: esto se halla a
la base de toda vocación en la Iglesia. Lo cual no sólo resulta
idealizado sino personificado y hecho vida en la figura y misión de la
Virgen María.
Dios te salve, María, llena de gracia:
el Señor está contigo, como Espíritu Santo.
Por amor de David, tu siervo,
salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.
A la Virgen gloriosa:
¡salve, llena de gracia!
Bendita tú entre todas las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre:
tú has concebido a Cristo, Hijo de Dios,
Redentor de nuestras almas.
Forma antigua del Avemaría
2. DECISION
María es
indudablemente la Virgen del sí.
Pero no
olvidemos que en la opción virginal
supo decir
no cuando lo mayor parte de lo gente
decía sí
al matrimonio.
Al
proponerle el mensajero divino
que se
comprometa como madre del Verbo divino,
María
madura su sí para la salvación del mundo.
En la Anunciación se describe a María como persona activa y
responsable, signo de la cooperación humana más íntima y comprometida
con el misterio de la salvación.
La antropología cultural nos enseña que al comienzo de la historia se
utilizó a la mujer para realizar contratos. Es decir, la mujer, sin
que ella lo supiera, era entregada en matrimonio para sellar pactos,
alianzas entre los hombres. Era, por tanto, objeto de comercio.
También en la Anunciación asistimos a un pacto, alianza entre Dios y
los hombres. Queriendo Dios rehacer su alianza con los hombres acude a
una mujer. Pero la trata como a persona libre. No quiere realizar esta
alianza instrumentalizándola, sino que pide su consentimiento. María
es una persona llamada al diálogo con Dios. A quien Ella responde
consciente y responsablemente luego de reflexionar y preguntar: «¿Cómo
sucederá esto?» (Lc 1,34). Es una mujer reflexiva, quiere saber cómo
sucederán las cosas. Luego asiente libremente. Este comportamiento
muestra que María no es un modelo pasivo.
La presentación que de Ella hace el Evangelio destruye todas las
perspectivas, tanto del mundo griego como del hebreo, en los que se
consideraba a la mujer como un ser inferior. Dios rebate esta
mentalidad y comienza la salvación precisamente con una mujer.
También puede considerarse a María como punto de referencia de la
personalidad realizada en su equilibrio entre polo masculino y polo
femenino. La persona humana alcanza su equilibrio cuando se establece
la armonía entre estos dos polos. Característica de la mujer es la
receptividad, un recibir activo, un abrirse para acoger, conservar,
madurar y luego dar.
Nota distintiva del hombre es la actividad, o sea el poder, el
dinamismo, la salida de sí para actuar. Estos dos polos, masculino y
femenino, de acogida y actividad, de poseer que se transforma en don,
los encontramos en la Mujer de Nazaret.
Ante todo nos hallamos con la expectativa. El anuncio del Señor es una
provocación que procede de lo alto, de Dios, y María responde
acogiendo a Cristo dentro de sí. María acumula el potencial energético
de la Palabra, lo conserva, se mantiene en espera interior y a la
escucha del Dios que va a venir, pronuncia el sí de acogida que es un
acto típicamente femenino. Mientras vemos que el mundo demasiado
machista de Jerusalén o de Belén no logra aceptar a Jesús como
Salvador: «Vino a su casa, pero los suyos no le recibieron» (Jn 1,11).
Lo recibió quien tenía las actitudes de María, actitudes femeninas de
acogida y disponibilidad.
María se decide, pronuncia su sí... Un sí que es adhesión a la
duración del tiempo, comprometiendo todo el pasado al servicio del
porvenir en una esperanza sin decaimiento. María se convierte en la
primera cristiana, prototipo del cristiano perfecto, que consiste en
acogida pura a la salvación de Dios que aparece en Jesucristo.
Con la misma aceptación da comienzo a su mediación: recibe a Jesús y
lo entrega a la humanidad. Al acoger las promesas de Dios, abre el
camino a las misericordias divinas en favor de los hombres. Como
afirma K. Rahner: «Esta persona humana a quien llamamos María, es en
toda la historia de la salvación como el punto sobre el cual cae
directamente de lo alto, en esa historia, la salvación del Dios vivo,
para difundirse desde allí a toda la humanidad».
El fiat de María una vez decidido no podrá ya cancelarse. No será un
episodio perdido en el pasado. Sino un sí convertido en eternidad, un
instante que no termina más, porque es el amén de la humanidad al sí
siempre actual de Dios. Al decidir de la historia de la salvación, el
fiat divide los tiempos y constituye el nexo entre ellos. Es incluso
la irrupción del tiempo en la eternidad porque el consentimiento de
María es acto suyo personal, pero es también y ante todo regalo y
gracia de Dios.
Ven, Espíritu Santo, creador
Dios de amor:
tú hiciste a la Virgen María, tu madre según la humanidad,
bendita entre las mujeres y feliz por todos los siglos;
renueva en nosotros la fe en tu Hijo, verdadero Dios y verdadero
hombre,
y la acción de gracia por todas las maravillas de la Encarnación,
por Cristo, nuestro Señor.
Ven, Espíritu Santo, creador
Dios de la gloria,
tú alegraste a María, tu humilde servidora,
con la venida del Mesías,
y le inspiraste un cántico de gozo y de victoria;
humilla nuestro orgullo, arruina nuestra prepotencia,
a fin de que en la humildad y la pobreza,
podamos encontrar la verdadera fuerza y la riqueza verdadera,
por Cristo, nuestro Señor.
Ven, Espíritu Santo, creador
Dios compasivo:
tú asociaste a María a los sufrimientos de su Hijo,
para asemejar su Corazón a los dolores del Crucificado;
haz que encontremos el gozo en padecer por el Evangelio,
y que completemos en nuestro cuerpo lo que falta
a los dolores de Jesús por su Cuerpo, la Iglesia,
por Cristo, nuestro Señor.
Oficio de Taizé
3. DIA TRAS DIA
La
respuesta al Señor
no se da
nunca una vez para siempre.
La gozosa
adhesión de nuestra vida a su llamada
va tomando
forma día tras día.
Nada es
totalmente claro desde el comienzo.
Sólo la
constancia en la fidelidad
ayuda a
acoger palabras, acontecimientos, personas
como
signos a través de los cuales
Dios
ilumina nuestros ojos.
Así se
concreta, en la existencia y en la historia
ese gran
proyecto de amor que en Cristo
se hace
novedad para todos los días.
La vocación no se da una vez para siempre, se desarrolla, se modifica,
se enriquece en el curso de toda la vivencia evangélica de María. El
ángel pregunta a María si quiere ser la Madre del Mesías Rey que
reinará en la casa de Jacob; pero no añade nada sobre la forma cómo se
expresará esa realeza.
A continuación, tendrá lugar un segundo anuncio, éste más humano, en
el encuentro con Simeón en el templo (Lc 2,23-35). Donde se le dice
algo que, al menos en forma explícita, no se le había revelado en la
Anunciación. Ahora el tono cambia completamente: la figura del Mesías
aparece como el Siervo del Señor, el que realizará el Reino a través
de un sendero no pensado por los hombres: el del sacrificio, el de la
Cruz. Allí se anuncia el misterio de la Redención en términos
marianos: una espada traspasará el alma de María, para manifestar que
Cristo sufrirá, será signo de contradicción, impelerá a los hombres a
revelar su propia posición. Todo esto en un creciente odio que
terminará por quitar la vida al Mesías.
Un perfeccionamiento ulterior de la vocación de María tiene lugar
cuando Jesús, en el episodio de su hallazgo entre los doctores en el
templo, le dijo que El debía estar en la casa de su Padre y ocuparse
de los asuntos de Dios (Lc 2,41-50). Lo cual, según la interpretación
de san Ambrosio, no es otra cosa que una anticipación del misterio
pascual: los tres días, el templo, Jerusalén, evocan el misterio
pascual. Por tanto María a través de una experiencia, un hecho, recibe
una enseñanza sobre lo que acontecerá en el futuro.
Pasando a vuelo sobre todos los episodios de la vida pública de Jesús
(en Caná, por ejemplo, se remite a otra “hora”, a otro “vino”, el de
la alianza), observamos que la vocación de María se extiende a través
de las palabras de Jesús en la cruz a Juan: «Esa es tu madre» (Jn
19,27). Aquí la Madre, que se había convertido en discípula de Jesús,
se hace Madre de todo el Pueblo de Dios, representado en Juan, el
discípulo amado de Jesús.
Por tanto, su vocación se dilata hasta que, finalmente, en
Pentecostés, María se convierte en el corazón orante de la Iglesia,
intercede por el descenso del Espíritu Santo, que la había cubierto ya
con su sombra en la primera Pentecostés, es decir, en el descenso del
Espíritu Santo sobre Ella en la Anunciación (Lc 1,35; Hch 1,14).
En conclusión: nos hallamos ante una invitación continua de Dios, que
se modula en tonos diferentes en el arco de toda la vida de la Virgen.
Su vocación es respuesta constante a una invitación siempre renovada
de parte de Dios.
Santa María, Madre de Dios,
llamada al misterio más profundo,
tú respondiste con absoluta fidelidad,
y te haces modelo de nuestra respuesta.
Señor, hazme capaz de escuchar mi anuncio
como lo escuchó tu Madre;
que yo lo busque,
haciendo callar otras llamadas más fáciles.
haciendo silencio dentro de mí y a mi alrededor,
matriculándome, porque de mí mismo no sé nada,
matriculándome, oh Dios, en tu escuela
porque tú sólo llamas desde que
me llamaste a la existencia.
Quítame la certeza de haber llegado ya.
de haber elegido ya todo el bien.
Hazme capaz de escucharte siempre,
seguro de que sólo tu voz
puede señalarme cada día mi itinerario.
Jorge Basadonna
4. SI
Obedecer
al Espíritu
en la
acogida de su explosiva creatividad significa
para el
cristiano mucho más
que
cualquier sacrificio.
Queremos
descubrir también nosotros
el
significado de la obediencia de fe
como gesto
libre y creador.
A diferencia de los anuncios del Antiguo Testamento, en el hecho a
María se subraya vigorosamente la respuesta. María, destinataria del
anuncio, se compromete en forma explícita y perfectamente, sin
precedentes. El evangelista ha querido dar mucho relieve a la
respuesta de María.
La expresión “servidora o esclava del Señor” (Lc 1,38), familiar en la
Sagrada Escritura, asume un triple sentido. Tiene significado cultual:
siervo de Dios es el adorador de Dios, el que mediante los actos del
culto manifiesta su situación creatural frente al Eterno. Indica en
segundo lugar la obediencia a los mandamientos de Dios; siervo de Dios
es quien obedece a Dios. En tercer lugar indica la aceptación de
realizar una misión salvífica y la fidelidad en llevarla a cabo.
En María, la declaración “Yo soy la servidora del Señor” no significa
la aceptación de ser menospreciada en su dignidad, sino una propuesta
honorífica en el fondo; la de realizar un compromiso salvífico y
liberador en favor del Pueblo de Dios. María acepta, por tanto,
desempeñar un ministerio, más aún –como dice Bossuet– un “glorioso
ministerio”.
La expresión “Cúmplase en mí lo que has dicho” (Lc 1,38) puede ser
considerada como la respuesta que Dios había esperado en vano de su
pueblo durante todo el Antiguo Testamento.
María asume la actitud disponible y desarmada de la “servidora”: sabe
que no debe substraerse a la petición de su Señor. Sabe que Dios es
omnipotente, misericordioso y fiel (como cantará en el Magníficat).
Por ello responde: “Aquí estoy”. Le dice que tome en mano las riendas
de su vida, prometiendo nada menos que apertura, amor, entrega. Y ¿qué
es la mística sino esto?
«Cuando unos a otros nos decimos sí o no –observa Adriana von Speyr–,
sabemos qué pensamos. Pero si respondemos sí o no a la Palabra de
Dios, entonces Dios sabe lo que escucha en esa respuesta y nuestras
palabras se inscriben en su eternidad».
Dios ve en el sí de María un consentimiento responsable de alianza. Es
para El la respuesta de amor a nombre “de todo el género humano”
(Santo Tomás).
El universo mismo, según la dramática descripción de San Bernardo,
suspende el movimiento y queda en espera del “Fiat” de María, del cual
depende, en ese momento, la salvación.
María pronuncia el sí de la obediencia de la fe (y por esto se la
proclama dichosa), por la iluminación del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo no desciende sobre María sólo para la concepción
virginal del Mesías sino también para hacer posible el sí de fe que
realiza las profecías del Antiguo Testamento. Esta respuesta
constituye un acto de disponibilidad total al Señor y de plena
adhesión a su voluntad.
María representa así al pueblo de Israel purificado y creyente. Y
simboliza por anticipado a la Iglesia, llamada también a pronunciar su
sí pleno y total, el sí sin desfallecimientos ni componendas, el sí de
generoso compromiso para cumplir la voluntad de su Señor.
Me abandono, oh Dios, entre tus manos.
Vuelve y revuelve esta arcilla como greda
en las manos del alfarero.
Dale forma y luego despedázala, si quieres,
como fue destrozada la vida de mi hermano John.
Pide, ordena: «¿Qué quieres que haga?
¿Qué quieres que no haga?».
Ensalzado, humillado, perseguido, incomprendido,
calumniado, consolado, doliente, inútil para todo,
no tengo más que decir, como tu Madre dijo:
«Cúmplase en mí lo que has dicho».
Dame el amor por excelencia, el amor a la Cruz,
pero no a las cruces heroicas
que podrían alimentar el amor propio,
sino a las cruces corrientes,
que ¡ay de mí! llevo con repugnancia.....
esas con que me encuentro cada día
en la contradicción, en el olvido,
en el fracaso, en los juicios falsos,
en la frialdad, en los rechazos y menosprecios ajenos,
en los malestares y defectos corporales,
en las tinieblas de la mente y el silencio y aridez del corazón.
Sólo entonces sabrás que te amo, aunque yo no lo sepa.
Pero eso me basta.
Robert Kennedy
(oración escrita de su puño y letra y recitada por él cada mañana)
5. CORAZON NUEVO
Nunca como
hoy se siente en la Iglesia
el anhelo
de la renovación.
No hace
falta mucha perspicacia para darse uno cuenta
de que
nuestro cristianismo no corresponde totalmente
al
Evangelio:
«Con
demasiada facilidad nos adormilamos en un cristianismo
de
costumbre, de formalismo, de componenda,
aun cuando
no lleguemos a renegar de nuestra profesión cristiana»
(Card.
Pellegrino).
La Palabra
de Dios nos sacude,
revocando
el don del Padre,
que en el
Espíritu Santo nos ha transformado
en “nueva
creación”
(2Co
5,17).
Esa
palabra nos impele a huir
de la
fosilización en la vida espiritual.
La revelación no nos alimenta con solas palabras. Nos señala una
persona viva y concreta, en quien se puede admirar, como en un espejo,
la nueva creación: María, primicia de la creación renovada, aurora de
los tiempos nuevos, signo de la nueva alianza.
Sin duda no estamos acostumbrados a mirar a María en esta perspectiva,
porque pensamos en Ella como en la Madre de Dios y en la Madre de la
Iglesia. La hemos visto más bien partiendo de Cristo, a quien se halla
indisolublemente unida en la obra de nuestra regeneración
sobrenatural. Pero esto no basta.
La teología del oriente cristiano nos presenta a María como “segundo
comienzo de la humanidad” (Sofronio), “nuevo paraíso plantado por
Dios” (liturgia bizantina), “tierra nueva, porque no heredó nada de la
antigua levadura, nueva creación y comienzo de una nueva raza” (Cabasilas).
No podemos comprender todas estas expresiones sin recorrer otro
camino: el que relaciona a María con el Espíritu Santo, cuya misión es
insertarnos en la atmósfera de la nueva alianza (2 Co 3,6; Rm 7,6).
El evangelio de Lucas nos presenta a María como lugar santo en el que
actúa el Espíritu Santo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la
fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35). La nube,
simboliza la presencia de Dios, que había cubierto la tienda de la
reunión (ver Ex 40,34) y el templo de Salomón (ver 1 R 8,11); colma
ahora a María y suscita la vida de Jesús. María es el nuevo templo
consagrado por el Espíritu Santo, donde Dios por medio de Jesucristo
se revela y habita en medio de su pueblo.
Pero para Lucas la Anunciación es el Pentecostés de María, el misterio
anticipado de la Nueva Alianza. Como se difunde sobre los apóstoles el
Espíritu Santo para ser nueva ley de amor y principio de impulso
misionero (ver Hch 1,8;8,4), así desciende sobre María para crear en
Ella el “corazón nuevo” prometido por los profetas y que impulsa a
comunicar la Buena Noticia (Lc 1,39-41).
El gran drama del pueblo de Israel está constituido por su infidelidad
a la alianza sellada con el Señor (Ex 6,7). Los profetas le reprochan
continuamente la dureza del corazón y la ruptura del pacto (Sal 94; Jr
22,9); pero anuncian también una alianza nueva: «Vendrán días en que
haré una alianza nueva con la casa de Israel y de Judá... Pactaré con
ellos una alianza eterna» (Jr 31,31; 32,40). «Quitaré su corazón de
piedra y les daré un corazón nuevo... Os daré un corazón nuevo y os
daré un espíritu nuevo» (Ez 11,19; 36,25-26).
Se trata de renovación y cumplimiento de la alianza, que remedia la
situación de fragilidad y desobediencia del pueblo, con el don del
corazón nuevo operado por el Espíritu.
El corazón es en el Antiguo Testamento no tanto la sede de la
afectividad cuanto el órgano del discernimiento: dirige la voluntad,
el deseo y la conducta moral.
El cambio de corazón (hoy “trasplante”) significa la aparición de una
nueva dirección de la voluntad. Mientras el corazón de piedra era duro
y rebelde a la voluntad de Dios, incapaz de plegarse a la ley impuesta
desde el exterior, el corazón nuevo capacita desde dentro para
obedecer a Dios con acto libre y voluntario.
Dios mismo actúa a través de su Espíritu, simbolizado en las aguas que
dan vida y frescura, para transformar el corazón humano en forma que
se haga capaz de ofrecer libremente el “sí” del consentimiento y de la
fe.
Con María termina el drama de Israel, porque finalmente se encuentra
la armonía de la fe, adhesión a la voluntad de Dios: «Yo soy la
servidora del Señor. Cúmplase en mi lo que has dicho» (Lc 1,38).
Esta armonía no se explica sin el don del corazón nuevo a través del
Espíritu, que hace de María la creatura de la Nueva Alianza: la
creyente (Lc 1,45) que confía totalmente en Dios en plena
disponibilidad al plan de salvación.
La Virgen se convierte así en signo de la Nueva Alianza: yendo a Ella
somos impulsados a proseguir hacia el Espíritu, que ha actuado en Ella
haciéndola comienzo ejemplar de la nueva creación.
Mirándola a Ella comprendemos el verdadero sentido de la renovación
eclesial. Cuando se habla de renovación de la Iglesia, pensamos a
menudo en cambios exteriores, en las formulaciones modernas de las
verdades de fe, en las formas litúrgicas en lengua materna, en nuevas
formas de convivencia y colaboración eclesial.
Estos cambios han realizado consoladores progresos. Mucho más
importante, sin embargo, es el decisivo cambio interior, es decir, la
renovación del corazón bajo la acción del Espíritu.
Se trata de descender hasta el centro personal de la conciencia, donde
maduran las opciones más profundas.
Como María, también nosotros estamos llamados a responder sí al
Espíritu, sin ceder a la vida egoísta, cerrada a Dios y a los hombres
(Gál 5,18), sin radicalizarnos en una moral legalística basada en las
leyes externas (Rm 6; 2 Co 3,6-18).
El cristiano orientado interiormente por el Espíritu (Rm 8,2-14) actúa
con entrega libre, haciendo de su vida “Amén” al Padre para animar de
espíritu evangélico mundo.
En todo, Señor, soy limitado:
salud, conocimientos, formas de actuar, actividad;
pero el amor que hay en mi no conoce otros límites
que los que le fija su egoísmo...
He huido de la santidad,
he tenido temor, he tergiversado, dudado,
procedido con cálculos mezquinos,
precisamente cuando más se imponía una entrega total...
Aquí estoy, Jesús, con mis culpas
y mis insulsos deseos:
concédeme tu benevolencia y ayuda;
necesito realmente de tu infinita bondad.
Olvida que haya sido yo tan mal amigo;
quisiera iniciar contigo una amistad nueva,
una amistad joven y ardiente,
una amistad en la que todo sea realmente común entre nosotros,
una amistad para la vida y para la muerte.
Dame un corazón nuevo,
un corazón fiel y humilde,
como el de tu Madre Santísima,
ardiente y resuelto como el de Pablo.
Oh Madre divina, alcánzame de Jesús,
que El me confirme en mi puesto de combate,
un puesto en el que pueda “resistir” siempre.
P. Lyonnet
6. MARIA CREYENTE
La
confianza
es la
mejor condición para un caminar en la fe.
Imposible
creer sin confiar perdidamente en el Señor
y en su
Palabra.
Abandonarse por amor como un pobre,
como un
niño,
como
María, es abrirse a la aventura imprevisible
de una
esperanza cada vez mayor.
La fe no es simplemente creer por ser verdadero, aceptar solamente con
la mente las verdades reveladas. Es un don total de sí a Dios, es
arriesgar bajo su palabra la propia vida. Hoy diríamos que es una
opción fundamental.
María es la primera cristiana, porque fue la primera a quien se
anunció el Evangelio del gozo: “Alégrate llena de gracia” (Lc 1,28). Y
también por ser la primera que creyó en Cristo ahora presente. Es la
primera en responder con un sí total a la persona de Cristo. María
acoge plenamente a Cristo, porque tiene un corazón pobre,
completamente disponible. Isabel ve en Ella a la creyente y la
felicita: «¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el
Señor se cumplirá» (Lc 1,45).
El Concilio dice que María «avanzó en la peregrinación de la fe y
conservó fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz» (LG 58). A
veces se presentó a María en el pasado como una persona siempre
iluminada por visiones o revelaciones o anuncios angélicos.
Pero Ella vivió en condiciones de peregrina. Por tanto no iluminada
normalmente por la visión. Tuvo que confiar en la Palabra de Dios.
María ha recorrido ciertamente un camino como todos los hombres,
porque es propio del hombre perfeccionarse con el correr del tiempo.
El hombre, al no tener la posibilidad de estrechar en un momento en su
mano toda la vida y realizarla de una vez para siempre, tiene que
repetir, renovándola una y otra vez, su entrega al Señor a través del
tiempo.
Es lo que hizo María, aunque su respuesta estuvo siempre llena de
amor, su conocimiento de Cristo se amplió e hizo más profundo. Ha
respondido siempre con generosidad y empeño a las diversas
invitaciones que Dios le ha hecho a lo largo de su vida. De suerte que
hallamos una maduración de fe en el itinerario de María.
Ciertamente tampoco a Ella le ha sido fácil creer. En efecto, mientras
se decía de Jesús que debía ser el Mesías, cuyo reino no tendría fin,
la realidad decía todo lo contrario. María se encontró frente a un
niño inerme, que nace en un establo, debe huir ante Herodes. María ha
tenido que hacer un “salto a lo imprevisible”, como dice Guardini.
Tuvo que abandonarse totalmente en manos de Dios.
En la fe se da, en el fondo, ese acto de confianza que todo amigo
realiza respecto de su amigo. Al llegar a una comunión, a una relación
profunda de confianza recíproca, es posible hacer un acto de abandono
en el otro, porque uno está seguro de él sin necesidad de pruebas. Es
lo que ha hecho María respecto de Dios: confió en El. Y Dios la fue
guiando a través de todo su itinerario, a través de diferentes
encuentros, de suerte que la fe de María no sufrió nunca desilusión
alguna.
Oh María, estoy cansado de palabras:
necesito una fe, que no se explica si no se vive.
Creer no es conocer, es darse.
Tú fuiste pobre en palabras, pero rica en obras,
pobre en cosas humanas, pero rica de Dios.
El hombre sin Dios, vive amargamente solo, Tú has creído;
no creer es cansancio y aburrimiento;
has vivido en el amor, no amar es angustia y debilidad.
Tú me invitas a la escucha de Dios,
a esperar cada día su salvación,
a vivir a fondo mi debilidad,
a tomar en serio mi compromiso.
Vito Morelli
7. LA OYENTE
Con el
avance de nuestra civilización
declina el
sentido de la escucha y de la reflexión.
La
humanidad de hoy no carece de conocimientos
sino de
discernimiento, conciencia, comprensión.
Acostumbrados a adecuarnos a las ideas más convencionales,
siempre es
más difícil para nosotros
asumir en
su profundidad el sentido de cada acontecimiento.
Sólo con
el silencio y la escucha
comienza
la comprensión del significado profundo
de nuestra
vida y del proyecto de amor
que el
Señor tiene sobre nosotros.
María es la Virgen oyente, que acoge en la fe la Palabra de Dios: esto
constituyó para Ella la premisa y el camino a la maternidad divina.
Como dicen los Padres: «María, llena de fe, concibió a Cristo primero
en la mente que en el vientre».
Cuando una mujer de entre la turba, llena de admiración por Jesús,
exclama en alta voz: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que
te alimentaron», Jesús responde: «Dichosos más bien los que escuchan
el mensaje de Dios y lo cumplen» (Lc 11,27-28). Con estas palabras
afirmaba Jesús que María era más dichosa por haber acogido la Palabra
que por ser madre suya.
El evangelista Lucas advierte con insistencia cómo María, protagonista
y testigo excepcional de la Encarnación, volvía sobre los
acontecimientos de la Infancia de Cristo, «confrontándolos unos con
otros en lo íntimo de su corazón» (Lc 2,19-51).
«La doble advertencia de Lucas sobre el silencio reflexivo de María...
abre espirales profundas sobre la vida interior de la Virgen: en el
silencio, María aparece como mujer sabia que recuerda y actualiza,
interpreta y confronta, a la luz del acontecimiento de la Pascua,
palabras y acontecimientos sucedidos en el nacimiento e infancia de su
Hijo, y se pregunta sobre el significado de palabras oscuras, sobre
las cuales se proyectaba la sombra de la cruz (ver Lc 2,34-35,48-50) y
acoge los silencios de Dios con su silencio de adoración» (Capítulo de
los Siervos de María, Haced lo que El os diga, 58).
María es una mujer que reflexiona y trata de comprender los
acontecimientos. Reviste Ella las características del sabio, que es
quien actualiza y acoge las lecciones de los acontecimientos de la
historia, no permaneciendo inerte, sino aceptando el reto que ellos le
plantean.
María actualiza todo esto para alcanzar un mayor conocimiento de
Cristo, para darse cuenta de lo que el Señor quiere, llevando a una
toma de conciencia siempre mejor de lo que la Palabra de Dios ha
depositado en Ella.
Otro tanto hace la Iglesia, que escucha en la fe, acoge, venera la
Palabra de Dios, la distribuye a los fieles como pan de vida y a su
luz escruta los signos de los tiempos, interpreta y vive los
acontecimientos de la historia.
Y la Iglesia, de hecho, a lo largo de los siglos ha realizado un
trabajo de profundización y penetración de la Palabra de Dios: a
través de su Magisterio, la vida e instituciones de los santos, el
estudio de los teólogos, la reflexión de los fieles...
Lo que María ha realizado y lo que la Iglesia lleva a cabo debe ser
operado por cada cristiano. Que debe acoger la Palabra de Dios, tratar
de hacerla sustancia de la propia vida y comprenderla siempre más. La
mente humana no agotará jamás las virtualidades de la Palabra de Dios.
Como María, que medita la Palabra escrita de Dios y la confronta con
los acontecimientos, así el cristiano se halla llamado a hacer una
lectura “sapiencial” de la propia vida y de la historia humana,
implorando al Espíritu el don profético de interpretar la voluntad del
Padre y colaborar en su proyecto de amor.
En un mundo sumergido entre voces,
voces de mil profetas auténticos o no,
María es... Silencio.
Y el Espíritu de Dios la hace acogida
para que la Palabra de Dios se haga hombre.
En un mundo que navega a oscuras,
como el que corre en pos de esperanzas engañosas,
María es... Plegaria.
Y el Espíritu de Dios la hace fecunda
para que de su seno florezca la Iglesia.
En un mundo perturbado por el mal,
en el cual hay llanto y dolor y el amor muere,
María es... Anuncio.
Y el Espíritu de Dios la hace cantar en el corazón
las maravillas del Señor.
Canto: María es silencio
8. RESPONSABLE
María,
ha sido la
primera mujer liberada por el Padre;
la primera
a quien ha enviado su Espíritu Santo
Dios la
eligió, como mujer y como madre,
para dar
comienzo a los tiempos nuevos.
En Ella,
toda mujer puede cantar
su
“magníficat” olvidando siglos y siglos de amargura.
Dios tiene
todavía necesidad de la mujer
para dar
al mundo de hoy una nueva esperanza.
Hoy la mujer no se resigna ya a ninguna forma de explotación y
alienación, como se rebela contra la supremacía de los hombres, la
exclusión de la vida social, la dependencia económica. Es, de hecho,
un vasto movimiento para la liberación de la mujer.
¿Qué mensaje tiene María para las mujeres de nuestro tiempo,
proyectadas hacia la reivindicación de los propios deberes?
Absolutamente nada, si se presenta a la Virgen según los viejos
esquemas, como mujer tranquila y resignada, ejemplo de sumisión, de
vida escondida en el hogar y exclusivamente de virtudes domésticas.
Afortunadamente el Evangelio nos revela un conjunto de valores
intensamente vividos por María y capaces de ofrecer inspiración y
apoyo al movimiento por la promoción de la mujer, saludado por el Papa
Juan como un “signo de nuestro tiempo”.
El perfil bíblico de la Virgen se halla en antítesis con el tipo de
mujer pasiva y perdida en la masa anónima. Desde que María aparece en
la escena de la Anunciación, surge en la lucidez de su conciencia que
se compromete con el plan de Dios no en forma ciega ni automática,
sino luego de cuidadosa reflexión y petición de nueva iluminación: «Se
turbó, preguntándose qué saludo era aquél... María dijo al ángel:
«¿Cómo sucederá eso, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,29-34). Es la
Virgen de la gran decisión, del sí a la efusión de la salvación sobre
toda la humanidad, de la respuesta que ha influido eficazmente en los
destinos del mundo. Pero ante todo es la Mujer del diálogo, de la
responsabilidad, de la reflexión madura.