GRIGNION DE MONTFORT

LOS POBRES Y LAS MISIONES

p. Louis Pérouas, s.m.m.

(Traducción de: Comisión de Espiritualidad, Perú, 1998)

Prólogo
Capítulo 1 - El atormentado itinerario del padre de MontfortCapítulo 2 - Un hombre «singular»
Capítulo 3 - En la alta Bretaña, el Poitou y el Aunis hacia 1700
Capítulo 4 - Al servicio de las Iglesias locales
Capítulo 5 - El ministerio de la palabra
Capítulo 6 - Liturgia y expresiones paralitúrgicas
Capítulo 7 - Para una conversión de toda la vida
Capítulo 8 - ¿Fue misionero Grignion de Montfort?
Bibliografía

Mapa de las misiones y retiros predicados en el oeste de Francia por Grignion de Montfort (1701-1716)

  

PRÓLOGO

 Luis María Grignion de Montfort (1673-1716) ya ha suscitado o soportado, sólo en lengua francesa, más de veinticinco biografías. Es bastante. ¿Para qué agregar una nueva obra?

La historia de la Iglesia comienza un cambio profundo que, a la vez, se agrandará con la problemática de las ciencias humanas y volverá a centrarla alrededor del eje del Pueblo de Dios y de la Misión. En esta transformación deben participar todos los sectores de esta historia, incluso la hagiografía. Es el sentido de este trabajo: no se trata de hacer una biografía, y menos aún una biografía exhaustiva, ya que numerosos aspectos de la obra del santo se dejarán en la sombra, sin querer absolutamente minimizarlos; pues solamente se desea hacer una reinterpretación, entre otras posibles, de la fisonomía, del pensamiento y de la acción pastoral de Montfort.

Todo análisis de la pastoral de un hombre debe hacerse partiendo de él mismo y del ambiente en el cual trabajó: es el objetivo de los primeros capítulos –uno más psicológico, más sociológico el otro–, que siguen el recuerdo de la vida del santo. Viene enseguida el análisis propiamente dicho: las coordenadas generales de su pastoral y su triple ministerio profético, litúrgico y educativo, tanto a nivel de los métodos de aplicación como al del contenido teológico. Un último capítulo trata de captar el rol y el alma de Luis María Grignion, en su doble apostolado: frente a los pobres y en las misiones.

Mirar a un ser querido con ojos críticos es una forma de pobreza, y no la más fácil. Modificar la imagen tradicional de un santo venerado es siempre doloroso, hasta puede parecer ofensivo. Este sufrimiento merece respeto, pues expresa una fidelidad. Pero ¿no impulsa la verdadera fidelidad a sobrepasar sin cesar las representaciones legadas por el pasado, a fin de comprender mejor al hombre mismo? Si estas páginas no hacen un llamado constante a la gracia, es porque ésta escapa a las medidas de la ciencia; uno la adivinará, sin embargo, si sabe contemplar la manera como el apóstol se encaminaba hacia el equilibrio, hacia la docilidad al Espíritu. Tal vez, mirar con más lucidez el material humano que la misma gracia logró transformar, sea finalmente la mejor manera de respetarla.*

  

* Esta reinterpretación descansa sobre todo en un trabajo de discernimiento de las fuentes biográficas tradicionales, resumido en el capítulo «Crítica de las fuentes». Por razones prácticas, este capítulo, que se ordena previamente al conjunto de la obra, aparece sólo al final de la misma, junto con la bibliografía.

 

Capítulo 1

EL ATORMENTADO ITINERARIO DEL PADRE DE MONTFORT

 

 

En otoño de 1693, Luis María Grignion deja Rennes para dirigirse a París. Tiene veinte años. Quiere ser sacerdote. Hasta ahora sólo ha conocido la pequeña ciudad de Montfort donde nació, el pueblo cercano y los campos de Iffendic, donde pasó su infancia, y Rennes, capital de la Bretaña, donde, con los jesuitas, estudió humanidades y empezó su teología. Va a continuar sus estudios en el seminario de San Sulpicio y en la Sorbona. Es su salida hacia la vida.

Para el viaje, su padre o su tío materno, Alán Robert, sacerdote en Rennes, le compró un traje nuevo, le entregó treinta libras, y hasta quiso regalarle un caballo. Luis María rechazó el caballo; tan pronto perdió de vista a su tío, distribuyó el dinero entre los pobres y cambió su traje nuevo con los harapos de un mendigo. Él, hijo de burgueses, hará el viaje a pie, mendigará el sustento a lo largo de las 76 leguas, pasará por miserable. Más que una salida, parece una ruptura. ¿A qué se debe?

 

 

EL CLIMA FAMILIAR

 

El padre del joven, Juan Bautista Grignion, no se sentía molesto por ver partir hacia la capital a su hijo mayor. En los meses anteriores, con ocasión de un viaje previo que hiciera a Rennes, una señorita de clase acomodada, que vivía en París, en el Faubourg Saint-Germain, le había ofrecido llevarse consigo a una de las jovencitas Grignion a fin de asegurarle la educación. La misma señorita había después encontrado, entre sus amistades, a una benefactora que pagaría la pensión de Luis María en San Sulpicio [1]. Con esto, pensaba el padre, lograba colocar a dos de sus hijos: dos de los once que le quedaban vivos, en espera de ver entrar a otros cinco en un convento o en alguna orden. La familia no carecía pues de dificultades ni de ambiciones.

Desde hacía unos noventa años la rama de los Grignion se había trasplantado a Montfort, donde se había forjado una buena posición entre la burguesía de la pequeña ciudad. Juan Bautista, el padre de Luis María, lo sabía bien. La ascensión había sido espléndida y continua desde su abuelo, pequeño notario real, síndico de la ciudad, diputado en los Estados de Bretaña en 1659, suplente del senescal del Duque de la Trémoille para el condado de Montfort, hasta su hermano menor, Félix, quien acababa de adquirir el título de Consejero del Rey y también las cartas de la nobleza. Los Grignion se encontraban ahora en primera fila entre los habitantes de Montfort. Pero él mismo, Juan Bautista, no había logrado tanto éxito.

Sin embargo, en los primeros años, el padre de Luis María había creído que la suerte le iba a sonreír. Asociado al estudio paterno, se lanzó rápidamente a los procesos y alegatos judiciales. Casado a los 24 años con Juana Robert, hija de un regidor y procurador en el Presidio de Rennes, daba por descontado que obtendría cierto rango entre la buena burguesía de la gran ciudad. Elegido a los 25 años como miembro del consejo de la ciudad de Montfort, se comprometió, más que muchos otros, y tal vez demasiado, en la defensa de los intereses comunales. Miembro de la administración de la parroquia a los 26 años, tomó a su cargo la elección de los cobradores de impuestos, lo que le costó una reprimenda del clero y de una parte de la burguesía por no haber hecho caso a nadie más que a su propia cabeza. Estas dificultades y quizás otras, que se pueden percibir más que probar, llevaron a Juan Bautista Grignion a romper completamente con su patria chica: en 1675 compró a bajo precio una casa solariega en los alrededores. Esto le daba un cierto rango señorial y el derecho de hacerse notar en la iglesia de Iffendic. Pero, ni estos privilegios ni los títulos de Abogado en el tribunal jurídico de Montfort y de señor de la Bachelleraie que él hacía sonar y resonar, bastaron a sacarlo de su condición de plebeyo, propietario tan sólo de cuatro terrenos de cultivo que alquilaba y de algunos inmuebles en Montfort y en Rennes, un hombrecillo de leyes que hacía el oficio de notario, procurador o receptor en las jurisdicciones rurales vecinas. A Juan Bautista le dolía este retroceso social, sobre todo porque le obligaba a vivir de manera bastante mezquina [2].

Se adivina algo del clima familiar. El padre, sin duda fiel parroquiano, hasta fervoroso, pero de temperamento violento, amargado por sus fracasos, preocupado por mantener su rango, atribulado por asegurar la existencia de su familia y la promoción de sus hijos. La madre, suave y buena, pero abrumada por sus dieciocho maternidades en veinte años, sufriendo los arrebatos de cólera de su marido. Nada muy relajante para un niño, sobre todo para el pequeño Luis María que, sensible y muy callado, experimentaba un profundo temor a su padre ante quien temblaba, todavía a los 18 años. Corriendo entonces a su madre, sabía, desde la edad de cuatro o cinco años, cómo consolarla multiplicando para ella sus muestras de ternura. También le gustaba mantenerse apartado, ya sea a la soledad para orar en vez de jugar, ya sea con su hermana preferida y confidente, Guyonne. Es posible que este clima de los primeros años haya marcado profundamente al niño [3].

En Rennes, adonde se traslada a los 12 años, en 1685, para estudiar en el colegio, Luis María comienza a explayarse más. No tanto en el mismo colegio, donde sin embargo obtiene cada año los primeros premios, ya que entre aquella juventud, bastante tumultuosa, vivía «muy retirado y no tenía casi contacto alguno con los otros estudiantes», sintiendo sólo aversión a sus diversiones. Juan Bautista Blain, que estudió a su lado los cursos de humanidades, sólo lo conoció a partir de los años de retórica. Pero, aparte de los cursos escolares, Luis María se dedicaba a desarrollar sus gustos personales. Durante todos sus momentos libres, practicaba la pintura, para la cual tenía cierto talento; la poca fortuna de sus padres le impidió tomar las lecciones necesarias. Sobre todo, en Rennes encuentra a un confidente en la persona de su tío materno, Alán Robert, sacerdote asiduo de San Salvador, junto a quien vivió durante una época de sus estudios. El sacerdote lo dirige al santuario mariano de su iglesia, Nuestra Señora de los Milagros. El adolescente, que en el colegio era uno de los más fervorosos miembros de la congregación de la Santísima Virgen, se dirigía a ese santuario cada día antes y después de sus clases «y su tío da testimonio de que pasaba allí algunas veces una hora entera». El contacto con este sacerdote, la evocación de los numerosos ministros del Señor que la familia Robert había dado desde hacía largo tiempo a la Iglesia, sobre todo el recuerdo de otro tío materno, párroco de campo, que moriría santamente en 1687, contribuyeron, sin lugar a duda, a despertar en Luis María, desde los primeros años de colegio, una atracción hacia el sacerdocio. Los dos tíos sacerdotes, que habían manifestado en varias oportunidades su desapego por las riquezas, debían simpatizar con la corriente hacia la pobreza –todavía no muy conocida– con la que comulgaba entonces lo mejor del clero de la región [4]. Pero Luis María comprendería todavía mejor esta corriente, cuando en 1688 comenzó a frecuentar al sacerdote Bellier.

Julián Bellier, sacerdote desde 1686, ejercía su ministerio en la Catedral, pero su celo le llevaba igualmente a comprometerse en las nuevas formas de pastoral, los seminarios, los hospitales, las misiones. De vez en cuando, reunía equipos de sacerdotes seculares que continuaban la actividad del Padre Maunoir. Allí conoce a quien llamará un día «mi buen amigo, o mejor dicho, mi maestro»: Juan Leuduger, párroco de Moncontour, y, luego, desde 1691, director de las misiones de Saint-Brieuc y de otras diócesis. Además, Julián Bellier, que más tarde dirigirá el seminario menor de Rennes, se había propuesto reunir cada semana, para darles conferencias de vida espiritual, a un grupo de escolares que pensaban hacerse sacerdotes. De esta manera el joven Grignion llega a conocerlo, quizás por intermedio de su tío, Alán Robert. Parece que Luis María quedó marcado por este sacerdote, a quien trató durante cinco años, y también, por medio de él, recibió el influjo del Padre Leuduger a quien él mismo pudo conocer en Rennes, durante una misión entre los soldados, en 1692: ellos le imprimieron una imagen del sacerdocio que marca su adolescencia y toda su vida. Todavía a los 27 años, cuando se encontraba buscando su camino, Luis María se referirá a esta misma imagen. Bellier debió también jugar un rol importante en los dos descubrimientos que van a entusiasmar su juventud y a orientar su vida sacerdotal: las misiones y los pobres [5].

Si bien el relato de las misiones en las que participaba Julián Bellier no podía menos de alimentar los sueños de apostolado de Luis María, el amor de este sacerdote por los pobres encontraba de inmediato y en el mismo lugar, un campo de experimentación para sus jóvenes discípulos:

«... los días de descanso, este sacerdote les enviaba después de la conferencia, de dos en dos o de tres en tres, a servir a los pobres en el hospital general y en el Hospital de los Incurables, para que leyeran a los enfermos algún buen libro durante las comidas y luego les repasaran el catecismo; Luis María nunca dejó de cumplir todos estos ejercicios».

El joven Grignion no solamente era, entre los aspirantes al sacerdocio que agrupaba el sacerdote Bellier, «de los primeros y de los más regulares» en ejecutar las consignas del maestro, sino que las enriquecía. Acudía en ayuda de sus compañeros más pobres y, para ello, si era necesario, solicitaba limosna «a las personas que sabía eran ricas y caritativas». Con las sumas así recolectadas, ayudaba tanto a los indigentes como a los enfermos de la ciudad:

«Un día, su madre... fue al hospital Saint-Ive para visitar a los enfermos y entre ellos reconoció a una pobre mujer; le preguntó quién la había llevado a ese lugar, y ella le respondió: “Su hijo, Señora, me facilitó la entrada a esta casa y me hizo traer en una silla» [6].

Esta pasión por los pobres toma todo su relieve cuando se la coloca dentro del clima familiar.

Desde 1686, la familia Grignion dejó la casa solariega de campo de Iffendic y se instaló en Rennes « con el fin de no gastar mucho, ya que debían pagar la pensión de tres de sus hijos, y para vigilar más atentamente su conducta, teniéndolos bajo su mirada». Los padres no tenían de que preocuparse por Luis María, joven muy estudioso, adolescente demasiado serio; según la opinión de su tío, Alán Robert, y la afirmación de su compañero, Juan Bautista Blain, Luis María atravesó la pubertad sin descubrir el instinto sexual, lo que sin duda no es extraño, tanto en uno como en otro sentido, por su tendencia a aislarse de sus condiscípulos [7]. Este hijo mayor de la familia proporcionaba grandes servicios a sus padres, al convertirse en preceptor de sus hermanos José Pedro, menor que él por un año, y más tarde Gabriel Francisco, quien sólo entraría al colegio hacia 1692. Con toda razón podían sentirse satisfechos de este hijo. ¡Y sin embargo...! No se le reprochaba ni el gusto por la pintura, ni la piedad un tanto absorbente, ni tampoco el deseo de ser sacerdote, pero ¿por qué «frecuentar» a los pobres? El padre vivía con modesta comodidad, pero ocultaba lo mejor que podía sus dificultades económicas, para mantener su rango entre la burguesía de Rennes, de donde había escogido a su esposa; se preocupaba por que sus hijos no parecieran inferiores a los de la buena sociedad, con la esperanza de que algún día ellos continuarían la ascensión social que él mismo había puesto en peligro. En una edad en la que el adolescente asume el reto de consolidar su personalidad reaccionando en contra de su familia, Luis María no experimentaba gusto alguno por esa voluntad burguesa de “superarse”. Sentía pasión por los pobres, por los menospreciados, marginados, despreciados por la sociedad. A veces, quizás a menudo, se escondía a fin de socorrer a esos pobres. La tensión que resultaba ineludiblemente de esto, ¿no explicará ciertas escenas de familia en que, según el testimonio directo de Juan Bautista Blain, Luis María prefería saltarse una comida para escapar de la cólera de su padre? [8]. Incluso le vino la idea de huir de la casa:

«Pensó muy seriamente dejar la casa paterna e irse a un país desconocido, con el fin de verse desprovisto de todos los bienes de la tierra, vivir pobremente y mendigar su propio sustento» [9].

¿Quién puede decir hasta qué punto esta oposición psicológica frente a la imagen de un padre que es amado pero no querido, marcó para toda la vida a aquél que, en el otoño de 1693, distribuye sus pobres pertenencias antes de emprender el camino hacia París, mendigando el pan?

 

 

EN EL MARCO DE SAN SULPICIO

 

Luis María Grignion de Montfort iba a poder satisfacer ampliamente este gusto por la miseria una vez instalado en los seminarios de París, donde viviría entre 1693 y 1700, y aún antes, en las pensiones eclesiásticas cercanas a San Sulpicio, donde pasaría los dos primeros años. En la casa del sacerdote de la Barmondière, destinada a los clérigos sin recursos, y en la de los Robertins, a cargo del Padre Boucher, se practicaba, en ese momento de crisis económica, un régimen alimenticio bastante escaso, sobre todo en la segunda donde los mismos seminaristas preparaban sus comidas con los desechos del mercado de París: «Uno no se sentía jamás tentado... a la glotonería», dice Juan Bautista Blain, que entonces vivía allí. Muy pronto, el Padre de Montfort se vio amenazado con no tener ni siquiera derecho a esta mesa, ya que su benefactora dejó de pagar la pensión. Tuvo entonces que procurarse él mismo sus recursos; de tres a cuatro veces por semana iba a velar cadáveres, pasando las noches despierto, mientras oraba o estudiaba sus cuadernos de la Sorbona. El Padre de la Barmondière trataba de moderar las mortificaciones de su dirigido, pero lo hacía con tanta condescendencia que Luis María agregaba, con su ardor juvenil, insomnios, abstinencias y disciplinas. Su robusta constitución pronto cedió. En el hospital de París, adonde tuvieron que llevarlo, se sintió feliz de estar entre los pobres: «Mis padres no se sentirían tal vez muy a gusto, pero ¿acaso la naturaleza se pone, alguna vez, de acuerdo con la gracia?» [10].

Tan pronto sanó, Grignion Montfort fue admitido en el seminario de San Sulpicio, en la sección reservada a los clérigos pobres, sin duda gracias al mismo superior que conocía su reputación. En este lugar privilegiado del clero francés, se impregnaría de la espiritualidad de Juan Jacobo Olier: muerte al mundo, renuncia al espíritu y a la voluntad propia, comunión íntima con el espíritu de Jesucristo, sacrificio total al Sumo Sacerdote, constante unión con María, lo cual respondía muy bien a su carisma personal.

San Sulpicio significó también el culto a la vida en común, a la observancia continua de la regularidad. Su inclinación a la aventura cedería el paso al gusto profundo por el orden, pero la atracción que Luis María sentía por la soledad le haría muy difícil la integración a la comunidad. Durante los momentos de recreo, que le pesaban mucho, sólo sabía hablar de la Santísima Virgen, tema que no distraía mucho a sus compañeros. Trataba, por obediencia, de contar historias aprendidas con anticipación «pero hay que admitir que no tenía gracia alguna para esto», informa Juan Bautista Blain. Entonces permanecía mudo, absorto en su contemplación. La cabeza inclinada, los ojos bajos eran motivo de las burlas de los seminaristas. El seminarista Grignion recibía, con paciencia desconcertante, bromas y burlas, pero estos golpes repercutían dolorosamente en su corazón; reforzaban su inclinación hacia la soledad y, por otro lado, lo empujaban a buscar una especie de compensación en su devoción mariana. Evidentemente, no estaba hecho para vivir en una comunidad cerrada [11].

A Luis María le hacían falta algunas distracciones, pero él mismo no las buscaba. Había renunciado, por mortificación, a la pintura desde 1694. Cuando recibía la orden de salir a París o le era necesario hacerlo, caminaba con la mirada baja, apartándose de las personas a quienes podía conocer. Le agradaba una sola «distracción»: enseñar el catecismo a los niños de los barrios difíciles, donde se encontraba muy a gusto. Pero ni el cuidado de las ceremonias, y menos aún la responsabilidad de la biblioteca, lograban distraerlo lo suficiente. Ni siquiera pudo contar por mucho tiempo con la diversión que le proporcionaba el asistir diariamente a los cursos de la Sorbona. Aunque había demostrado grandes aptitudes para ellos, los superiores prefirieron que asistiera a las conferencias internas que daba un doctor de la Sorbona. Allí, se benefició tal vez de una formación teológica más sólida: en cierta oportunidad, sosteniendo una tesis semanal sobre la gracia, dejó mudos a todos sus opositores. Pero sobre todo, aprovechó las numerosas horas libres para sumergirse en la lectura de autores espirituales, que tanto le atraían. Leyó así buen número de obras, en particular las que trataban de la devoción mariana. Su fervor se inflamó. Pero también se acrecentó su singularidad entre los seminaristas. Los Sulpicianos tenían porqué inquietarse [12].

A decir verdad, esta situación no preocupó casi al Padre Bauyn, que fue su director hasta comienzos de 1696, pues este sacerdote se rendía ante el fervor de su penitente. Todo cambió con el Padre Leschassier, «el hombre del mundo más moderado y más alejado de las exageraciones». Para destruir el fondo de amor propio que sospechaba tenía su seminarista, emprendió contra él una verdadera guerrilla; primero, daba rienda suelta a sus más piadosos deseos, le autorizaba llevarlos a la práctica, luego lo culpaba, rehusaba recibirlo, más tarde le escuchaba sin mostrarle interés alguno, sobre todo sin dejar jamás traslucir lo que él pensaba de su hijo espiritual. Grignion de Montfort llegó a privarse de las más mínimas satisfacciones, pero sin lograr adaptarse al molde de aquella casa. Desalentado, el Padre Leschassier le cedió el sitio a su colega, el Padre Brenier. Este, intratable por sí mismo, llevó a cabo un ataque en plena forma: se dedicó a humillar a Luis María durante seis meses, diariamente, al iniciar el recreo, públicamente y por todos los medios posibles. El seminarista recibía los asaltos con humildad capaz de desalentar a su superior. ¿Cuánto más maleable pudieron hacer su alma, los sufrimientos así soportados? Sólo Dios lo sabe. Lo cierto es que esta pedagogía, quizás no extraña en aquella época, no lograba sino acorralar más dentro de sí misma a su víctima, ya demasiado encerrada, y desviarla de una sana estima de sí misma. En la intrépida persona que es nuestro santo, esto producirá una ansiedad que se traducirá en crisis de escrúpulos, al avanzar hacia las órdenes sagradas y comprometerse en el ministerio. Por su parte, el Padre Leschassier se interrogaba: «Es muy humilde, muy pobre, muy mortificado, muy recogido, pero me cuesta creer que lo conduzca el buen espíritu», dirá [13]. Algo titubeantes, los Sulpicianos decidieron presentarlo a la ordenación sacerdotal el 6 de junio de 1700.

 

 

«COMO UNA PELOTA EN UN CAMPO DE JUEGO»

 

Ya sacerdote, Luis María podía finalmente dar rienda suelta a su necesidad de actuar y de tomar iniciativas. Desde hacía tiempo, soñaba con las misiones, con evangelizar a los pobres. Ante todo, pensó en las misiones extranjeras. Las Indias estaban cerradas por los «enredos» de la Querella de los Ritos. Pensó, entonces, irse al Canadá. El Padre Leschassier rechazó esta idea, temiendo que el impetuoso apóstol «se perdiera en medio de los vastos bosques de ese país, mientras buscaba a los salvajes». Quedaban pues las misiones en Francia, en las que también pensaba desde hacía largo tiempo, recordando al Padre Bellier y al Padre Leuduger. San Sulpicio lo encaminó en esta dirección, pero, para asegurarse de que este joven y singular sacerdote fuera bien encaminado y sólidamente formado, lo confiaron a un viejo amigo de la casa, el Padre René Levesque, fundador y superior de San Clemente de Nantes [14].

El joven sacerdote Grignion llegaba a Nantes en octubre de 1700, muy feliz ante las perspectivas que se abrían ante él. Pero muy rápidamente se desencantó. A decir verdad, tenía motivos válidos: la comunidad había perdido su vitalidad desde hacía treinta años y la mayoría de los miembros, incluso el superior muy anciano, eran ineptos para predicar misiones. A Luis María, recién salido del seminario, esta situación le pareció muy sombría. Además, se inquietaba por saber si estaba listo para el ministerio del confesionario. Superada esta crisis, le enviaron, en el transcurso del verano de 1701, a realizar pequeños trabajos que él, muy feliz de poder ejercer su sacerdocio, describe como una actividad «incansable» [15]. Sin embargo, sentía que San Clemente de Nantes no era su camino. Y mira que Poitiers lo llama.

En abril de 1701, con ocasión de un viaje que hiciera a Fontevrault para asistir a la profesión de su hermana, Montfort confió a la hermana de la abadesa, la Señora de Montespán, su deseo de trabajar por la salvación de los pobres. La Señora de Montespán lo encaminó a Poitiers. Dado que el obispo del lugar se encontraba ausente, el Padre de Montfort se dirigió al hospital general con el fin de servir a los «pobres enclaustrados»:

«Algunos pobres... al verme de rodillas y con vestidos tan similares a los suyos, fueron a decírselo a los otros y se animaron mutuamente, buscando en sus bolsillos para darme una limosna... Desde ese momento me tomaron tal afecto que todos dicen públicamente que yo tengo que ser su sacerdote...» [16].

¡Encuentro significativo! Monseñor Girard quiso, ante todo, informarse en San Sulpicio respecto de este sacerdote desconocido: «sus actitudes me han parecido singulares». Al cabo de algunos meses, lo vuelve a llamar desde Nantes: «Nuestros pobres siguen deseándolo a Ud.» [17]. Después de algunas semanas de apostolado entre los mendigos de la ciudad, a quienes «iba a buscar en las calles», Luis María ingresa al hospital como capellán, en noviembre de 1701. De inmediato se hace allí pobre con los pobres, queriendo compartir con ellos sus alimentos. Reorganizó las comidas, sirviendo él mismo a la mesa y buscando en la ciudad con qué complementar el «pan seco» de los hospitalizados. Salvo pocas excepciones, se ganó a todos los pobres. Para los voluntarios, estableció el rezo e incluso instauró la oración mental. Las conversiones que realizó lo maravillaron. Acompañado de una docena de pobres mujeres, llegaría a formar un embrión de comunidad religiosa. Sin embargo, no todo avanzaba a pedir de boca. Grignion de Montfort era consciente, al entrar, de que la casa dejaba mucho que desear. Rápidamente encontró opositores, entre los administradores y gobernantes, a sus proyectos y ensayos de reforma. Un momentáneo retroceso le permite regresar, con mayor ascendiente. Entonces, no lo pensó dos veces antes de proponer a las gobernantes una regla religiosa. Con esto el capellán consiguió un buen rechazo y una oposición creciente. Algunos meses de ausencia calmaron la tormenta. Al retornar el apóstol, recrudeció la oposición. Se quejaban de sus iniciativas más espirituales. En la primavera de 1703, el obispado consideró preferible prohibirle predicar. Para no sentirse limitado por esta medida, decidió dejar Poitiers [18].

Sin saber qué hacer, el Padre de Montfort se dirigió a París. Siguiendo su atracción por los pobres, se propuso ir a la Salpétrière. A las dificultades de un hospital se agregaban aquí las de la colaboración con los otros capellanes. Transcurrieron alrededor de cuatro meses; una tarde, al sentarse a la mesa del comedor, encontró «su "despedida" escrita junto a sus cubiertos». Desamparado, regresó a San Sulpicio. El Padre Leschassier lo despidió «vergonzosamente con una mirada seca y desdeñosa, sin querer hablarle ni escucharle». Parece que en esta oportunidad algunos dignos eclesiásticos de París habían recibido informes negativos sobre el Padre de Montfort. Se rumoreaban de él cosas poco halagadoras, diciendo incluso que el obispado lo había hecho meter en la prisión de los oficiales. Él, acurrucado en un cuartucho debajo de una escalera, saboreaba su abyección:

«Los hombres y los diablos me hacen una guerra muy amable y suave en esta gran ciudad de París. ¡Que me calumnien, que se burlen de mí, que hagan girones mi reputación, que me encarcelen! ¡Qué dones tan preciosos!» [19].

La estadía que hizo, durante el invierno de 1703-1704, entre los ermitaños desunidos del Monte Valeriano, si bien le trajo la admiración agradecida de aquellos religiosos, no contribuyó a borrar su reputación de hombre “extraordinario”. El futuro le parecía cerrado, cuando inesperadamente llegó de Poitiers a San Sulpicio un pliego muy reconfortante para él.

«Nosotros, cuatrocientos pobres, le suplicamos muy humildemente... que nos envíe a nuestro venerable pastor, aquél que ama tanto a los pobres, el Padre de Montfort» [20].

Luis María regresa al hospital general de Poitiers con un prestigio psicológicamente acrecentado: ya no sólo capellán, es director. Era el momento de lanzar, para bien de los pobres, la gran reforma. Propone regresar a los antiguos reglamentos, con algunas adaptaciones, queriendo, por ejemplo, que el contacto entre la administración y los hospitalizados sea más frecuente. Pero ni el llamado del capellán, ni sus planes de reforma, ni sus gestos audaces de devoción por los pobres más repugnantes, podían complacer a ciertos administradores. Nuevamente se levanta la tormenta. Hacia junio de 1705, el Padre de Montfort juzga más prudente retirarse [21].

Desde 1701, el apóstol soñaba que el hospital podía ser para él una plataforma de partida para un apostolado en la ciudad y en los alrededores. Ya durante esos cuatro años, había catequizado, fuera del hospital, a los mendigos y había dirigido a almas selectas. Podría ahora entregarse más a esta labor. Un vicario general, el Señor de Revol, lo contrató, parece, para predicar en el sector de la ciudad que estaba a su cargo: los barrios bajos del Clain. El Padre de Montfort trabajó en las iglesias parroquiales, en capillas de monasterio abiertas al público, incluso en una granja que se adaptó en los arrabales populares de Montbernage. Panaderos y carniceros, pescaderas y revendedoras se le acercaban. Sin embargo, ocupaba el centro de las discusiones de la burguesía y del clero de Poitiers: hasta lo denunciaron al obispado acusándolo, por ejemplo, de querer quemar la efigie del demonio bajo la forma de una mujer ligera. Esto le costó una reprimenda pública de un vicario general e, incluso, hacia marzo de 1706, le llegó un pliego episcopal ordenándole abandonar de inmediato la diócesis [22].

Luis María Grignion se sintió derrotado. No había tenido éxito ni en Nantes, ni en París, ni en Poitiers. ¿No era ése un signo de Dios? Su vocación, tal como la había pensado originalmente, ¿no era acaso llevar a cabo otras misiones, en el Oriente o en Canadá? Parte para consultar al mismo Papa. Emprende un largo viaje que le toma cinco o seis meses, como siempre a pie, mendigando el pan; se detiene solamente en algunos hospitales o en lugares de peregrinación y hace una breve estadía en Roma. El 6 de junio de 1706, Clemente XI recibe a este sacerdote de apariencia algo exaltada. Lo remite nuevamente a las misiones de Francia, recomendándole trabajar siempre en total sumisión a los obispos [23]. Entonces, en el espíritu del apóstol volvería a aflorar la imagen del misionero que había marcado su adolescencia, la de los Padres Bellier y Leuduger. Se dirigió a Bretaña.

Pensaba engancharse en Rennes, pero sin ir a buscar a sus padres, a los que no había vuelto a ver desde hacía trece años. Estaba alojado en un cuartucho cuando, a los tres o cuatro días, vino a buscarlo su tío Alán Robert para llevarlo a la familia. Según Luis María, ya no tenía familia, como lo había escrito a su madre en 1704:

«Que me consideren como muerto; lo repito para que lo recuerden, que me consideren como muerto... mi padre y mi madre están allá arriba; ya no reconozco familiares según la carne. Es verdad que tengo para con usted y para con mi padre grandes deberes por haberme dado la vida, por haberme alimentado y educado en el temor de Dios... por eso oro todos los días por su salvación... pero hacer más por Uds., nada y yo somos lo mismo en mi antigua familia» [24].

En esta afirmación, que explica tal vez en parte la sensibilidad de la época, ¿no se percibe nuevamente la oposición del adolescente? Luis María accede, sin embargo, a ir a comer a casa de sus padres, pero una vez allí empezó a reservar los mejores alimentos para dárselos a los pobres. Después de esto, y no habiendo encontrado en Rennes un campo de acción suficientemente amplio, parte para reunirse con el Padre Juan Leuduger, siguiendo el consejo del Padre Bellier [25].

En Dinan mismo o en sus alrededores encontró, a fines de 1706, al jefe de las misiones de Saint-Brieuc y de la Alta Bretaña. ¡Por fin podía realizar uno de sus sueños! Durante nueve meses, trabajaría con él como uno más de sus numerosos colaboradores seculares, ya en la diócesis de Saint-Malo, ya en la de Saint-Brieuc, algunas veces en retiros cerrados, otras en misiones. En la repartición de las tareas, se encargó especialmente de los niños y de los pobres. Pero, muy rápidamente, se da cuenta de que no puede contentarse con los trabajos habituales de los misioneros. En La Chèze, por ejemplo, emprendió la restauración de una gran capilla, contrató, sin tener un centavo, a toda clase de obreros, movilizó a la población, solicitó donaciones de todos: de ahí los roces que surgieron con sus compañeros de equipo y con el clero local. Otras iniciativas personales le acarrearon más dificultades, por eso el Padre Leuduger consideró preferible separarse de este colaborador tan generoso, tan calificado, pero tan difícil de integrar en su equipo [26].

Desde hacía varios meses, el Padre de Montfort se había construido un apeadero sobre la colina que domina su pequeña ciudad natal, en el antiguo priorato de San Lázaro. Al ser despedido en el verano de 1707, no le quedaba más que retirarse allí para orar y meditar. Pero, ¿cómo podría no ocuparse de los pobres? Llegó pues hasta a reunirlos en los mercados de Montfort para catequizarlos. Debía sin embargo saber que los Grignion eran, en ese tiempo, mal vistos en la ciudad. Debía saber que, recientemente, la burguesía local le había hecho oposición, cuando había querido aplanar una elevación de terreno feudal a fin de construir allí un calvario. Los párrocos aprovecharon del paso del Obispo de Saint-Malo para denunciar a ese sacerdote demasiado libre frente a los derechos de los párrocos. El prelado, que acababa de reglamentar la estadía de los sacerdotes de otras diócesis, le prohibió cualquier ministerio. Sin embargo, por intervención de un párroco vecino, le autorizó a predicar, pero solamente en las iglesias y a pedido del pastor. Pasaron ocho meses, durante los cuales el apóstol predicó e incluso misionó en los alrededores. En mayo de 1708, Monseñor Desmarets se encontraba de visita pastoral en la región; nuevas quejas del clero local, nuevas limitaciones al ministerio del Padre de Montfort, quien, no pudiendo ya vivir dentro del estrecho marco que le habían fijado, decidió ir a buscar otro campo de trabajo [27].

Aquél a quien empezaban a llamar cada vez más el "Padre de Montfort", o simplemente "Montfort", se dirigió a Nantes, donde confiaba en un vicario general amigo suyo, Juan Barrin. Este último lo envió primero a un arrabal de la ciudad, a participar en la misión que predicaba el Padre Luis Jobard. Luego, el Padre Barrin y, muy probablemente, su colega el Padre de Moulin-Henriet lo lanzaron por los campos de Nantes. Era la primera vez que Montfort dirigía, como jefe, verdaderas misiones, unas quince en dos años, tanto en la región vinícola de Nantes como en la de Pont-Château. El resultado fue un éxito notable, con la excepción parcial de una parroquia donde el párroco sólo recibió al misionero por orden del obispado. Para mantener el fervor entusiasta de los pobladores, el apóstol se propuso construir, en Pont-Château, un calvario gigante que marcaría la zona con el signo de la cruz. Durante más de quince meses, vinieron los pobladores, día a día, a edificar la sagrada colina. La construcción se elevaba, con su corona de monumentos según el gusto popular. Se había fijado la bendición para el 14 de septiembre de 1710. Entre los millares de peregrinos, estaría incluso el padre del maestro de obras, en extremo feliz de ver a uno de sus hijos alcanzar el éxito. Pero el misionero no había prestado atención ni a las amenazas del senescal del Duque de Coislin, que se había irritado por las modificaciones llevadas a cabo en la iglesia de Campbon, ni a las reticencias del Obispo de Nantes, durante una visita que hizo al calvario, ni a la investigación que realizó en el lugar el intendente de Bretaña, a quien el Padre de Montfort había recibido muy fríamente. Poco a poco se había constituido todo un legajo basado en la correspondencia intercambiada entre Nantes, Rennes y Versailles; giraba en torno a aquel sacerdote considerado extravagante y a esa construcción que podía servir de refugio de bandidos. Todo estalló el 13 de septiembre, cuando le entregaron a Montfort un pliego del Obispo de Nantes. Le prohibía la bendición del calvario. Nueve días más tarde, el mismo Monseñor de Beauveau le prohibía predicar en la diócesis. El movimiento, que tan bien había empezado hacía dos años, se rompía así netamente [28].

El Padre de Montfort regresó a Nantes a fin de hacer un retiro con los jesuitas. Los Padres lo encontraron tan tranquilo que, al comienzo, ni siquiera sospecharon su trágico fracaso. Durante seis meses, vivirá escondido. Sin embargo, le era necesario actuar. Durante sus precedentes recorridos por Nantes, había hecho amistad con almas generosas. Había allí todo un grupo de personas importantes que seguirán siendo, pase lo que pase, fervientes admiradores y, sobre todo, admiradoras del apóstol. Las reunió en grupos devocionales: "Sociedad de los Corazones" o "Amigos de la Cruz". Orientó a algunos hacia los pobres, en especial hacia el hospital de los incurables que había creado en los edificios donde se alojaba, en pleno barrio popular. Pues, aunque reducido al silencio, el Padre de Montfort no podía dejar de ocuparse de los pobres. Lo demostraría muy pronto a toda la ciudad, asumiendo el riesgo de llevar socorro a los habitantes de las islas, prisioneros del desbordado río Loira. Pero ya había llegado al obispado una orden del Intendente de Bretaña: el Padre de Montfort debía alejarse de Nantes [29].

Rechazado una vez más, Montfort partió hacia nuevos horizontes, a las diócesis vecinas de Luçon y de La Rochelle. Será éste el mayor descanso de su vida, y también el último. Allí predicaría, desde los pantanos bretones hasta los pantanos de la Basse-Charente, desde los llanos de Aunis hasta los bosques de Mauges, desde la Isla de Yeu hasta las puertas de Niort, en total, unas treinta misiones durante cinco años casi completos. Una duración tan poco acostumbrada se debe ciertamente a la personalidad de los obispos, Monseñor de Lescure, en Luçon, y sobre todo Monseñor de Champflour, en La Rochelle, quienes, por motivos complejos pero no sin mérito, mantendrían hasta el fin su confianza en el misionero; se debe también a cierta madurez del Padre de Montfort, quien ya frisaba los cuarenta años. Montfort tenía a su favor múltiples experiencias; sus métodos eran ahora más clásicos. Aunque en algunas oportunidades sólo obtuvo resultados parciales, casi siempre tenía éxito con las poblaciones, incluso las descuidadas de Mervent o las precavidas de Sallertaine. ¿Qué ocurrirá cuando avance hacia las parroquias religiosas de la región de Cholet, por ejemplo, en San Lorenzo del Sèvre, su última misión? Pero, La Rochelle, es, sin lugar a dudas la ciudad la que ofrece la imagen más clara de su actividad. Desde 1711, en tres retiros sucesivos, reunió quizás a casi una tercera parte de la población adulta de la ciudad, incluyendo toda una porción de la burguesía. Regresaba allí en cualquier momento, entre sus misiones, y seguía predicando, ya en una capilla conventual, ya en el hospital. No había lugar en que no hubiera actuado, un tanto al menos, desde la alta sociedad hasta los barrios periféricos. Incluso lograría lo que la autoridad episcopal y real habían tratado en vano de crear hacía años: las escuelas gratuitas. La ciudad de La Rochelle, que fue durante cinco años su cuartel general de operaciones, bajo la mirada protectora de Monseñor de Champflour, da una idea de lo que Montfort realizó durante la última etapa de su vida [30].

Pero, con un hombre tan íntegro, ese éxito creciente no podía lograrse sin suscitar animosidades. Si bien Montfort encontraba dificultades en numerosas parroquias, en ninguna parte las enemistades le resultaron tan fuertes como en ciertos medios de La Rochelle, sobre todo en la burguesía. En tres oportunidades trataron de hacer lo que en todos los otros lugares sólo intentaron una vez: hacer desaparecer de todas maneras a este predicador, mediante el veneno, la traición o el asesinato. Es que la antipatía contra él iba aumentando, al mismo tiempo que crecía su éxito y él mismo progresaba hacia el equilibrio. El Padre de Montfort se da cuenta de esto sobre todo cuando sale de las dos diócesis que lo acogieron, sea para ir a Saintes, donde al cabo de unos días le prohiben trabajar, sea cuando pasa por Poitiers, lugar que debe abandonar cuanto antes; bien cuando regresa a Nantes, donde no puede predicar, bien, sobre todo, cuando emprende su largo periplo de 1714, que lo conduce hasta Ruán: en pocas semanas, ve que le prohiben ejercer el ministerio sucesivamente en Rennes, luego en Avranches, después en Coutances, donde había empezado una misión en la ciudad de Saint-Lô. Sin duda alguna, nada mejor que esto deja entrever hasta qué punto se ha difundido la fama hostil hacia a él, que continuaría incluso años después de su muerte.

Entre esta hostilidad que lo perseguía y el entusiasmo de las multitudes que lo apoyaban, Montfort se sentía agotado: y lo estaba, sin duda menos por el veneno de la Rochelle que por la sobrecarga de trabajo y las mortificaciones que añadía. Veía que la muerte se le acercaba, y quería sobrevivir en sus obras. Si bien le era fácil condensar en un tratado su doctrina y experiencia marianas, sentía que le era mucho más difícil establecer o restablecer sus instituciones. A fin de restaurar el calvario de Pont-Château, que la tropa había parcialmente demolido, utilizó al máximo sus relaciones en Rennes: nada se pudo hacer, sin embargo, para doblegar al Intendente de Bretaña. Para fundar su congregación femenina, hace ir a La Rochelle, en 1715, a las dos postulantes que esperaban pacientemente en Poitiers desde hacía trece años; les redactó una regla religiosa y las ubicó en el hospital y en las escuelas gratuitas; no lograron realmente multiplicarse y debieron abandonar la ciudad dos años después de la muerte de su padre espiritual. Montfort quiso sobre todo constituir su compañía de misioneros; entre sus colaboradores, solamente dos tenían previsto unirse a él. Multiplicó las gestiones, hizo aprobar las reglas del futuro instituto, tratando, en 1715, de hacer llegar del seminario del Espíritu Santo de París a algunos hombres ya formados, elevando al cielo su «Súplica ardiente». Llegó el comienzo de 1716. Escribió nuevamente al seminario del Espíritu Santo, envió a treinta y tres penitentes de Saint-Pompain en peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Ardilliers con el fin de implorarlos a la Virgen; él mismo fue luego a Saumur y se infligió mortificaciones, una tras otra. Cuando murió, en San Lorenzo del Sèvre, el 28 de abril de 1716, mientras se encontraba en plena actividad, no había nada seguro todavía. Prácticamente cuanto sobreviva de él será póstumo [31].

Al seguir este itinerario atormentado, queda uno como falto de aire. El adolescente que soñaba con huir a la aventura, el joven sacerdote que solicitaba partir hacia tierras desconocidas de misiones extranjeras, encontró en algunas diócesis occidentales francesas más aventuras y sorpresas de lo que podía imaginar. Pero, más allá de este itinerario geográfico, sólo es posible sospechar cuántos sufrimientos pudieron engendrar en su corazón de hombre todos estos golpes, estos repentinos cambios de planes.

 

 

 

Capítulo 2

UN HOMBRE «SINGULAR»

 

 

Al considerar con un poco de perspectiva la existencia del Padre de Montfort, al ver tantos tropiezos y resquebrajamientos en tan pocos años de ministerio, no podemos menos de plantearnos una pregunta. Es muy cierto que tantas circunstancias desafortunadas, tantas antipatías, prejuicios, calumnias contribuyeron a atormentar el itinerario de esta vida, pero ¿qué hay más allá de estas explicaciones parciales? Esta pregunta, se la hizo un contemporáneo de Montfort, quien era, además, un amigo que le profesaba gran veneración, Juan Bautista Blain. Y se la planteó al mismo Montfort de manera muy franca en 1714. Esto es una suerte para nosotros:

«Comencé en la conversación por descargar en él mi corazón, acerca de cuanto tenía que decirle y por lo que había escuchado decir en contra de su conducta y de sus modales. Le pregunté cuál era su proyecto y si esperaba encontrar algún día quienes le siguieran en la vida que llevaba; que una vida tan pobre, tan austera y abandonada a la Providencia era... sólo para hombres extraordinarios... Pero –le dije– ¿dónde encuentras en el Evangelio pruebas y ejemplos de tus modales singulares y extraordinarios? ¿Por qué no renuncias a ellos o no le pides a Dios la gracia de deshacerte de ellos? Tus singularidades atraen los rechazos, las contradicciones, las persecuciones que te siguen por todos lados; harías mucho mayor bien, encontrarías más ayuda y socorro para tus trabajos, si lograras dejar de hacer lo extraordinario, sin ofrecer a los libertinos y a los mundanos tus propias singularidades, dándoles así armas contra ti mismo y contra el éxito de tu ministerio» [32].

Esta pregunta se une con la que se hicieron, respecto al mismo Grignion de Montfort, tantas personas sensatas, la mayor parte de las cuales no carecían de simpatía por él: la del Padre Descartes en Rennes, la de los Sulpicianos en París, la de Monseñor Girard en Poitiers, la de Claude Masse en La Rochelle, la del Padre Mulot en Saint-Pompain. Es la misma pregunta que, en 1724, se hará su primer biógrafo, poniéndola al comienzo del prólogo: «¿Cómo comprender a este hombre “singular”?» [33].

A esta pregunta, el mismo Padre de Montfort respondió en su entrevista con Juan Bautista Blain, y éste consignó de esta manera la respuesta:

 «Por toda respuesta, me mostró su Nuevo Testamento y me preguntó si tenía algo que decir respecto a lo que Jesús practicó y enseñó... que él no tenía otro proyecto que seguirle... Que en cuanto al resto, había que definir a qué cosa llaman "modales singulares y extraordinarios"; que si se entendía por esto los actos de celo, de caridad, de mortificación y otras prácticas de virtudes heroicas y poco comunes, él se sentía feliz de ser singular en este sentido, y que si esta clase de singularidad era considerada como un defecto, es entonces un defecto que han tenido todos los santos» [34].

El primer biógrafo –y en pos de él los siguientes– hará suya esta justificación teológica; y así responden cuantos no han esquivado la pregunta. Sería un error descuidarla o minimizarla, pues presenta, bajo un ángulo particular, el problema de la trascendencia del cristianismo en relación con los humanismos. Pero ¿esto significa decir que la respuesta es enteramente satisfactoria?

El mismo Grignion de Montfort, en su entrevista con Juan Bautista Blain, dejó escapar un elemento para otra respuesta:

«Me replicó que, si tenía modales singulares y extraordinarios, era contra su intención; que, al tenerlos por naturaleza, no se daba cuenta de ellos» [35].

De esta manera él mismo nos orienta hacia una investigación de su propia psique.

En el alma de un cristiano, no es posible aislar la parte de la gracia de la parte psíquica, pues la primera actúa en la segunda y junto con ella. Se puede, sin embargo, distinguirlas legítimamente e incluso hacer abstracción de la gracia, sin minimizar de manera alguna la acción del Espíritu Santo, que es capital. Pero, el hecho de que esta dimensión sobrenatural se nos escape, nos obliga a mirar con mayor humildad todavía la realidad psicológica ya difícil de estudiar por sí misma, tanto más difícil aquí, cuanto que no se puede actualmente aprovechar para el santo de un análisis llevado a cabo según métodos calificados. Dejando para el capítulo final los elementos de la experiencia propiamente religiosa de Montfort, nos contentaremos aquí con reagrupar en torno a algunos puntos, ciertos rasgos particularmente sugestivos de su temperamento y sus esfuerzos por dominarlo. Sin olvidar, no obstante, que las diversas referencias deben completarse y aclararse unas con otras en la unidad de la persona.

 

 

SUS DIFICULTADES PARA INTEGRARSE

 

Si el Padre de Montfort parecía singular a muchos de sus contemporáneos, si algunos hasta lo llamaban el «loco ese de Montfort», se debe a que la sociedad no reconocía en él al tipo de hombre, al tipo de sacerdote entonces comúnmente aceptado. Por parte de él, puede buscarse la explicación en el hecho que no estaba ni se sentía bien integrado en aquella sociedad.

La dificultad para integrarse se basaba, en gran parte, en ese carácter suyo tan introvertido. Ya desde muy niño, le gustaba aislarse de los otros. En el colegio, huía de las distracciones de sus camaradas. En San Sulpicio, vivía en gran «abstracción», «en una especie de alienación de los sentidos», no sintiéndose a gusto sino en su habitación y en la oración [36]. A lo largo de toda su vida, buscaba siempre lugares apartados, incluso, en algún momento llegó a preguntarse si su vocación no sería más bien la de ermitaño. Se reconocía poco apto para la vida comunitaria. No pudo permanecer ni en San Clemente de Nantes, ni entre los capellanes de la Salpêtrière, ni tampoco en el equipo del Padre Leuduger. Tampoco pudo organizar la compañía de misioneros con la que soñaba. Descubrimos en él poca inclinación a vivir dentro de una institución, llámese hospital, comunidad o incluso diócesis. Por una parte, esto se debía a cierta carencia del sentido de las contingencias o de las autoridades constituidas: llegó a Fontevrault al día siguiente de la profesión de su hermana; no se daba cuenta del peligro que lo amenazaba en Campbon o en La Rochelle; para sus fundaciones, reclutaba a los primeros que llegaban; abordó abruptamente al subdelegado del Intendente de Rennes y trató mal al Intendente mismo, en Pont-Château; no pensaba en las posibles reacciones del oficial de Campbon, del capitán de navío de La Rochelle o de los burgueses de Montfort. «Hay que recalcar, dice Juan Bautista Blain, que jamás hubo hombre menos susceptible al respeto humano, ni menos atento a lo que piensan los demás» [37]. Desde luego, es, pues, comprensible que haya parecido «singular».

Sin duda que su introversión se debe en buena medida a sus inclinaciones naturales. Sin embargo, no habría que minimizar la influencia que tuvieron, en este aspecto, su infancia y su juventud. El clima familiar no contribuyó a despabilarlo. Ni el padre, violento y colérico, ni la madre, sobrecargada, tenían deseos ni tiempo de distraer a este hijo demasiado serio. Tal vez también la responsabilidad de ser el hijo mayor de una familia numerosa tuvo algo que ver en ese sentido. Si bien Luis María se explayó un poco más estando en Rennes, gracias a la pintura, a los pobres y a algunos sacerdotes, seguía manteniéndose apartado de sus camaradas. En San Sulpicio, profundizó su soledad interior: el ideal del sacerdote muerto al mundo, las burlas de los seminaristas, la incomprensión y persecución de los directores, contribuyeron a hacer más difícil su integración en los ambientes en que vivía.

El carácter íntegro y violento de Luis María ciertamente no facilitaba la integración. Muy sugestivo es el uso frecuente, en sus escritos, de palabras y expresiones tales como "en todos lados", "ninguno", "siempre" "absolutamente", etc. [38]. Tomaba a pecho las dificultades, abordaba frontalmente a las personas, si era posible primero a las menos fáciles, y les decía «con firmeza y dulzura, sus verdades» [39]. En las empresas de mayor envergadura, a las que a veces se lanzaba, iba hasta el fin, a pesar de los consejos de prudencia: el templo San Juan en Poitiers, la capilla de Nuestra Señora de la Piedad en La Chèze, el calvario de Pont-Château. Y los testimonios contemporáneos subrayan que nunca rebajó la ascesis rigurosa que se había impuesto [40]. Este gusto por lo absoluto era paralelo a cierta inclinación a la violencia. El Padre des Bastières, que debió ser víctima de ella algunas veces durante los años en que trabajaron juntos, informa:

«El mismo me dijo que le costaba mucho más vencer su vivacidad y su pasión de la cólera que todas las demás pasiones juntas y que si Dios lo hubiera destinado al mundo, hubiera sido el hombre más terrible de su siglo» [41].

En esto, Luis María se parecía a su padre. Esa violencia se volvió en primer lugar contra él mismo: mortificaciones de todo tipo, rechazo a darse las menores concesiones, incluso, en casos de debilidad o de enfermedad. Pero dicha violencia se expresaba también en forma de agresividad hacia los demás. A menudo, parece, «se precipitaba» sobre los jugadores, los bailarines, los bebedores. «Su celo se agrandaba en medio de las dificultades», observa Juan Bautista Blain [42]. Inútil decir que esta agresividad le suscitaba, a menudo con poca utilidad, numerosos enemigos tanto dentro del clero como dentro de la administración real, tanto entre los libertinos como entre la gente de condición acomodada. Él mismo tendía a incrementar su importancia, tanto más cuanto que veía tras ellos al pecado y al demonio:

«Tengo grandes enemigos en la cabeza: todos los mundanos que estiman y aman las cosas caducas y perecederas, que me desprecian, se burlan de mí y me persiguen, y todo el infierno que ha complotado mi perdición y que hará que se levanten todas las fuerzas contra mí» [43].

Tal percepción de los hombres y de los acontecimientos, cualesquiera que fuera su parte de verdad, no facilitaba la integración de este hombre en la sociedad.

Y sin embargo, Luis María Grignion entusiasmaba a las multitudes; contaba con numerosos amigos íntimos y, en sus relaciones interpersonales, se mostraba muy acogedor y simpático. Este hombre estaba dotado de una sensibilidad muy viva que se expresaba a veces como agresividad, pero que se marcaba mucho más como apego a las personas. En el confesionario, los parroquianos que lo habían escuchado predicar con vehemencia, quedaban estupefactos de su afabilidad y de su comprensión [44]. Esta sensibilidad se mostraba sobre todo frente a ciertas categorías de personas: las almas muy generosas y los pobres. En cualquier lugar se apegaba a las personas fervorosas, más mujeres que hombres; con un cierto instinto paternal, con estas almas buscaba fundar cenáculos espirituales. Los pobres eran los que sobre todo ganaban su corazón, en Rennes, en Poitiers, en todas partes. Estos malamados que no se entregaban fácilmente le llamaban «él que ama tanto a los pobres». El señor Dubois, su colaborador en el hospital de Poitiers, informa respecto a los gestos tan maternales que él mostraba hacia los pobres más repugnantes [45]. Pero esta sensibilidad se manifestaba todavía más hacia la Virgen María. Sus múltiples prácticas devocionales impregnadas de gran ternura, los desahogos de su corazón en sus escritos marianos, esta suerte de instinto que le hacía descubrir, en las calles por donde caminaba con los ojos bajos, estatuas de la Virgen, son pruebas de «esta ternura tan singular... que lo hacía aparecer como uno de los más grandes devotos de la Madre de Dios», y, según testimonio de Juan Bautista Blain: «Era como si con el Padre de Montfort hubiera nacido el amor por María» [46]. Esta expresión sugiere todo lo que podía comportar de instintivo el amor que sentía por la Virgen, así como el que tenía por los pobres, independientemente de su motivación teológica, sin la cual no se los podría comprender.

El mismo Padre de Montfort no hacía un misterio de estas tendencias. Reconoce sus «atracciones», sus «inclinaciones» por los pobres, por ejemplo [47]. En estos afectos, por muy sobrenaturales que fueran, se puede atisbar un rol compensatorio frente a las dificultades y sufrimientos que experimentaba. Ya se percibe con suficiente claridad en Rennes, donde el adolescente, poco abierto al hogar familiar, se entregaba más o menos a escondidas a los pobres, a quienes había descubierto. Todavía se aprecia más en París, donde la falta de simpatía de los seminaristas y de los directores lo empujaba, de alguna manera, hacia María, que constituía el objeto de su entusiasmo y de sus raras conversaciones. Pero, más profundamente todavía, ¿no habría que buscar en los principales objetos de su afecto, una cierta proyección de los amores de su primera infancia, de su ternura por una madre afectuosa y no muy feliz, de su apego por una hermana tierna y piadosa, hacia las cuales él se inclinaba, frente a un padre, tal vez bueno en el fondo, pero a quien él temía? Al empujarlo a concentrar sus afectos en ciertas personas, esta sensibilidad tendía a aislarlo del resto de la sociedad. La sociedad, a su vez, juzgaba singulares estas marcas desacostumbradas de ternura en un hombre que difícilmente se integraba en ella.

Estos pocos rasgos no agotan la psicología del Padre de Montfort. A lo más pueden ayudar a comprender por qué este hombre, rico en posibilidades de comunión con las almas, pero muy íntegro y poco comunicativo, parecía “singular” a muchos de sus contemporáneos, sobre todo a los que le veían desde el exterior, sin captar sus esfuerzos por equilibrarse.

 

 

SU PROGRESO HACIA EL EQUILIBRIO

 

Así como era, el Padre de Montfort corría el riesgo de seguir como un bloque errático en la superficie de la Iglesia. Ni siquiera se puede negar que su existencia nos da un poco esta impresión. Pero, ¿qué hay más allá de esta apariencia? Más allá encontraríamos los índices de su laborioso camino hacia el equilibrio, por la gracia de Dios, en sus posiciones respecto a la pastoral, en la progresiva ampliación de su campo de acción, en su mayor integración en las diócesis, en la purificación y el afinamiento de su sentido misionero. Por el momento, quedémonos en un plano más directamente psicológico, tal como puede aparecer a través de ciertos comportamientos suyos y de sus escritos.

Las biografías del siglo XVIII y las relaciones a las que ellas recurren, interesadas sobretodo en los hechos que se salían de lo ordinario, no nos entregan casi nada de los continuos esfuerzos del Padre de Montfort, de los resultados progresivos laboriosamente obtenidos por él. Y el tiempo, generador de leyendas, no arregló nada sobre este punto. A la fuerza, nos contentaremos pues con mencionar dos testimonios breves, pero no exentos de valor. El primero, de la Señora Thébault d'Oriou, que vivía en el castillo de Villiers-en-Plaine, es muy tardío y se refiere solamente a algunos días, pero rescata estas debilidades por su precisión y, parece, por su objetividad. En febrero de 1716, esta mujer de veinticinco años se enteró de que el Padre de Montfort iba a predicar una misión en Villiers, –misión que sería la penúltima de su vida–. Fuertemente prevenida contra el sacerdote, resolvió primero no regresar a la parroquia para escuchar «las bobadas que decían que él hacía». Luego, reflexionando que, por el buen ejemplo, era mejor hacer acto de presencia, ella convenció a su marido de pasar en Villiers el periodo de la misión,

«con la decisión de no seguir para nada la misión y también de examinar bien todo lo que haría o diría el Padre de Montfort, a fin de divertirme cuando terminara la misión... Al cabo de quince días de escuchar... todas sus conversaciones que eran muy alegres, muy edificantes y muy divertidas, e incluso sobre las que a menudo yo me entretenía expresamente con él para ver si se molestaba o se escandalizaba de muchos temas y canciones ligeras que yo le decía –él lo tomaba todo como diversión y me hacía, riendo, reflexiones morales muy suaves–, al cabo de quince días, decía, sentí el corazón penetrado por el deseo de hacer mi misión...» [48].

Si, como puede pensarse, este comportamiento del Padre de Montfort no es puramente ocasional, a uno le cuesta reconocer en este sacerdote de edad madura al seminarista que, veinte años antes, sólo participaba en las recreaciones a través de sus elevaciones místicas y de sus silencios. Y el contexto nos garantiza que esta evolución sólo pudo realizarse en forma progresiva y laboriosa.

Totalmente diferente es el segundo testimonio, el de Pedro Ernaud des Bastières. Habitualmente muy natural en sus relatos, este des Bastières siente innegablemente un cierto deseo de glorificar a aquél con quien había vivido durante ocho años. Pero este fiel compañero, desprovisto de audacia más que de valor, había sufrido demasiado por ciertas iniciativas un poco intempestivas de su jefe, para que su testimonio no mereciera credibilidad alguna.

«Leemos en la vida de san Francisco de Sales que era de naturaleza violenta y vivaz, pero que la virtud llegó a convertirlo en un cordero... Igual sucedía con el carácter del Padre de Montfort. Sino que hizo esfuerzos increíbles para vencer su impetuosidad natural; al final lo consiguió y adquirió esa encantadora virtud de la dulzura... la tenía impresa en su rostro, ella lo iluminaba en todas sus conversaciones, todos los que le hablaban quedaban encantados de ella...» [49].

Incluso si no se toma la afirmación al pie de la letra, este comportamiento habitual del Padre de Montfort merece tanta fe como los relatos de sus estallidos de carácter, a los que los biógrafos se han aferrado demasiado. Por otra parte viene en apoyo suyo un testimonio de la misma Señora d'Oriou quien, en líneas anteriores, lo mostraba relajado en sociedad:

«... siempre mucha mansedumbre. Aunque por naturaleza poseía un temperamento muy vivo, siempre daba muestras de autocontrol» [50].

A través de estos textos, se adivina el esfuerzo de un alma para obtener mayor comprensión de las otras, más apertura a sus gustos, más paciencia respecto a sus mediocridades.

Este progreso debería aparecer mejor todavía en los escritos del Padre de Montfort, particularmente en los numerosos reglamentos que él trazó, ya que este tipo de producciones constituye una de las mejores pruebas del juicio de un hombre. En estos reglamentos, sobre todo en los últimos de su vida, este juicio parece verdaderamente equilibrado: Montfort evita las soluciones únicas, prevé la diversidad de situaciones, entrevé la posibilidad de derogar sus consignas, quiere las directivas en su justo medio; respecto a los puntos donde él se mantenía intransigente por sí mismo, aconseja incluso mostrarse más amplio, sin escrúpulos. La repetición de estos consejos a grupos diversos, cada vez bajo una forma diferente, no puede estar exenta de significado. Uno de estos reglamentos toma un interés particular, pues se dirige a hombres que, en medio del ardor de su reciente conversión, partían a hacer en Saumur una peregrinación de penitencia:

«No lleven en sus modo de vestir nada que los distinga de los otros...; podrán sin embargo, sin singularidad extraordinaria, llevar un rosario en la mano y un crucifijo al pecho, para mostrar que no realizan un viaje ordinario, sino una peregrinación de devoción... No se separarán del grupo ni emprenderán nada extraordinario sin el permiso y la aceptación del Superior...» [51].

¡Cuánto sugiere de la ascesis personal de este sacerdote este rechazo a toda «singularidad extraordinaria»!

En algunas de sus obras, pero en fechas diferentes, aparecen reflejos análogos de su búsqueda de mansedumbre. Entre los numerosos esquemas de prédicas que había copiado, insertó, después de 1700, tres sermones mas o menos completos sobre las virtudes: uno de ellos trata sobre la mansedumbre. En un escrito espiritual que debió componer al comienzo de su sacerdocio, sólo estudia dos cualidades de la Sabiduría Encarnada: la belleza y la mansedumbre [52]. Y el último sermón que predicará antes de caer en cama para morir, tratará precisamente –¿signo o casualidad?– sobre la mansedumbre de Jesucristo. Un examen más atento de sus escritos muestra que asocia muy fácilmente las palabras «mansedumbre» y «pa