GRIGNION DE MONTFORT

LOS POBRES Y LAS MISIONES

p. Louis Pérouas, s.m.m.

(Traducción de: Comisión de Espiritualidad, Perú, 1998)

Prólogo
Capítulo 1 - El atormentado itinerario del padre de MontfortCapítulo 2 - Un hombre «singular»
Capítulo 3 - En la alta Bretaña, el Poitou y el Aunis hacia 1700
Capítulo 4 - Al servicio de las Iglesias locales
Capítulo 5 - El ministerio de la palabra
Capítulo 6 - Liturgia y expresiones paralitúrgicas
Capítulo 7 - Para una conversión de toda la vida
Capítulo 8 - ¿Fue misionero Grignion de Montfort?
Bibliografía

Mapa de las misiones y retiros predicados en el oeste de Francia por Grignion de Montfort (1701-1716)

  

PRÓLOGO

 Luis María Grignion de Montfort (1673-1716) ya ha suscitado o soportado, sólo en lengua francesa, más de veinticinco biografías. Es bastante. ¿Para qué agregar una nueva obra?

La historia de la Iglesia comienza un cambio profundo que, a la vez, se agrandará con la problemática de las ciencias humanas y volverá a centrarla alrededor del eje del Pueblo de Dios y de la Misión. En esta transformación deben participar todos los sectores de esta historia, incluso la hagiografía. Es el sentido de este trabajo: no se trata de hacer una biografía, y menos aún una biografía exhaustiva, ya que numerosos aspectos de la obra del santo se dejarán en la sombra, sin querer absolutamente minimizarlos; pues solamente se desea hacer una reinterpretación, entre otras posibles, de la fisonomía, del pensamiento y de la acción pastoral de Montfort.

Todo análisis de la pastoral de un hombre debe hacerse partiendo de él mismo y del ambiente en el cual trabajó: es el objetivo de los primeros capítulos –uno más psicológico, más sociológico el otro–, que siguen el recuerdo de la vida del santo. Viene enseguida el análisis propiamente dicho: las coordenadas generales de su pastoral y su triple ministerio profético, litúrgico y educativo, tanto a nivel de los métodos de aplicación como al del contenido teológico. Un último capítulo trata de captar el rol y el alma de Luis María Grignion, en su doble apostolado: frente a los pobres y en las misiones.

Mirar a un ser querido con ojos críticos es una forma de pobreza, y no la más fácil. Modificar la imagen tradicional de un santo venerado es siempre doloroso, hasta puede parecer ofensivo. Este sufrimiento merece respeto, pues expresa una fidelidad. Pero ¿no impulsa la verdadera fidelidad a sobrepasar sin cesar las representaciones legadas por el pasado, a fin de comprender mejor al hombre mismo? Si estas páginas no hacen un llamado constante a la gracia, es porque ésta escapa a las medidas de la ciencia; uno la adivinará, sin embargo, si sabe contemplar la manera como el apóstol se encaminaba hacia el equilibrio, hacia la docilidad al Espíritu. Tal vez, mirar con más lucidez el material humano que la misma gracia logró transformar, sea finalmente la mejor manera de respetarla.*

  

* Esta reinterpretación descansa sobre todo en un trabajo de discernimiento de las fuentes biográficas tradicionales, resumido en el capítulo «Crítica de las fuentes». Por razones prácticas, este capítulo, que se ordena previamente al conjunto de la obra, aparece sólo al final de la misma, junto con la bibliografía.

 

Capítulo 1

EL ATORMENTADO ITINERARIO DEL PADRE DE MONTFORT

 

 

En otoño de 1693, Luis María Grignion deja Rennes para dirigirse a París. Tiene veinte años. Quiere ser sacerdote. Hasta ahora sólo ha conocido la pequeña ciudad de Montfort donde nació, el pueblo cercano y los campos de Iffendic, donde pasó su infancia, y Rennes, capital de la Bretaña, donde, con los jesuitas, estudió humanidades y empezó su teología. Va a continuar sus estudios en el seminario de San Sulpicio y en la Sorbona. Es su salida hacia la vida.

Para el viaje, su padre o su tío materno, Alán Robert, sacerdote en Rennes, le compró un traje nuevo, le entregó treinta libras, y hasta quiso regalarle un caballo. Luis María rechazó el caballo; tan pronto perdió de vista a su tío, distribuyó el dinero entre los pobres y cambió su traje nuevo con los harapos de un mendigo. Él, hijo de burgueses, hará el viaje a pie, mendigará el sustento a lo largo de las 76 leguas, pasará por miserable. Más que una salida, parece una ruptura. ¿A qué se debe?

 

 

EL CLIMA FAMILIAR

 

El padre del joven, Juan Bautista Grignion, no se sentía molesto por ver partir hacia la capital a su hijo mayor. En los meses anteriores, con ocasión de un viaje previo que hiciera a Rennes, una señorita de clase acomodada, que vivía en París, en el Faubourg Saint-Germain, le había ofrecido llevarse consigo a una de las jovencitas Grignion a fin de asegurarle la educación. La misma señorita había después encontrado, entre sus amistades, a una benefactora que pagaría la pensión de Luis María en San Sulpicio [1]. Con esto, pensaba el padre, lograba colocar a dos de sus hijos: dos de los once que le quedaban vivos, en espera de ver entrar a otros cinco en un convento o en alguna orden. La familia no carecía pues de dificultades ni de ambiciones.

Desde hacía unos noventa años la rama de los Grignion se había trasplantado a Montfort, donde se había forjado una buena posición entre la burguesía de la pequeña ciudad. Juan Bautista, el padre de Luis María, lo sabía bien. La ascensión había sido espléndida y continua desde su abuelo, pequeño notario real, síndico de la ciudad, diputado en los Estados de Bretaña en 1659, suplente del senescal del Duque de la Trémoille para el condado de Montfort, hasta su hermano menor, Félix, quien acababa de adquirir el título de Consejero del Rey y también las cartas de la nobleza. Los Grignion se encontraban ahora en primera fila entre los habitantes de Montfort. Pero él mismo, Juan Bautista, no había logrado tanto éxito.

Sin embargo, en los primeros años, el padre de Luis María había creído que la suerte le iba a sonreír. Asociado al estudio paterno, se lanzó rápidamente a los procesos y alegatos judiciales. Casado a los 24 años con Juana Robert, hija de un regidor y procurador en el Presidio de Rennes, daba por descontado que obtendría cierto rango entre la buena burguesía de la gran ciudad. Elegido a los 25 años como miembro del consejo de la ciudad de Montfort, se comprometió, más que muchos otros, y tal vez demasiado, en la defensa de los intereses comunales. Miembro de la administración de la parroquia a los 26 años, tomó a su cargo la elección de los cobradores de impuestos, lo que le costó una reprimenda del clero y de una parte de la burguesía por no haber hecho caso a nadie más que a su propia cabeza. Estas dificultades y quizás otras, que se pueden percibir más que probar, llevaron a Juan Bautista Grignion a romper completamente con su patria chica: en 1675 compró a bajo precio una casa solariega en los alrededores. Esto le daba un cierto rango señorial y el derecho de hacerse notar en la iglesia de Iffendic. Pero, ni estos privilegios ni los títulos de Abogado en el tribunal jurídico de Montfort y de señor de la Bachelleraie que él hacía sonar y resonar, bastaron a sacarlo de su condición de plebeyo, propietario tan sólo de cuatro terrenos de cultivo que alquilaba y de algunos inmuebles en Montfort y en Rennes, un hombrecillo de leyes que hacía el oficio de notario, procurador o receptor en las jurisdicciones rurales vecinas. A Juan Bautista le dolía este retroceso social, sobre todo porque le obligaba a vivir de manera bastante mezquina [2].

Se adivina algo del clima familiar. El padre, sin duda fiel parroquiano, hasta fervoroso, pero de temperamento violento, amargado por sus fracasos, preocupado por mantener su rango, atribulado por asegurar la existencia de su familia y la promoción de sus hijos. La madre, suave y buena, pero abrumada por sus dieciocho maternidades en veinte años, sufriendo los arrebatos de cólera de su marido. Nada muy relajante para un niño, sobre todo para el pequeño Luis María que, sensible y muy callado, experimentaba un profundo temor a su padre ante quien temblaba, todavía a los 18 años. Corriendo entonces a su madre, sabía, desde la edad de cuatro o cinco años, cómo consolarla multiplicando para ella sus muestras de ternura. También le gustaba mantenerse apartado, ya sea a la soledad para orar en vez de jugar, ya sea con su hermana preferida y confidente, Guyonne. Es posible que este clima de los primeros años haya marcado profundamente al niño [3].

En Rennes, adonde se traslada a los 12 años, en 1685, para estudiar en el colegio, Luis María comienza a explayarse más. No tanto en el mismo colegio, donde sin embargo obtiene cada año los primeros premios, ya que entre aquella juventud, bastante tumultuosa, vivía «muy retirado y no tenía casi contacto alguno con los otros estudiantes», sintiendo sólo aversión a sus diversiones. Juan Bautista Blain, que estudió a su lado los cursos de humanidades, sólo lo conoció a partir de los años de retórica. Pero, aparte de los cursos escolares, Luis María se dedicaba a desarrollar sus gustos personales. Durante todos sus momentos libres, practicaba la pintura, para la cual tenía cierto talento; la poca fortuna de sus padres le impidió tomar las lecciones necesarias. Sobre todo, en Rennes encuentra a un confidente en la persona de su tío materno, Alán Robert, sacerdote asiduo de San Salvador, junto a quien vivió durante una época de sus estudios. El sacerdote lo dirige al santuario mariano de su iglesia, Nuestra Señora de los Milagros. El adolescente, que en el colegio era uno de los más fervorosos miembros de la congregación de la Santísima Virgen, se dirigía a ese santuario cada día antes y después de sus clases «y su tío da testimonio de que pasaba allí algunas veces una hora entera». El contacto con este sacerdote, la evocación de los numerosos ministros del Señor que la familia Robert había dado desde hacía largo tiempo a la Iglesia, sobre todo el recuerdo de otro tío materno, párroco de campo, que moriría santamente en 1687, contribuyeron, sin lugar a duda, a despertar en Luis María, desde los primeros años de colegio, una atracción hacia el sacerdocio. Los dos tíos sacerdotes, que habían manifestado en varias oportunidades su desapego por las riquezas, debían simpatizar con la corriente hacia la pobreza –todavía no muy conocida– con la que comulgaba entonces lo mejor del clero de la región [4]. Pero Luis María comprendería todavía mejor esta corriente, cuando en 1688 comenzó a frecuentar al sacerdote Bellier.

Julián Bellier, sacerdote desde 1686, ejercía su ministerio en la Catedral, pero su celo le llevaba igualmente a comprometerse en las nuevas formas de pastoral, los seminarios, los hospitales, las misiones. De vez en cuando, reunía equipos de sacerdotes seculares que continuaban la actividad del Padre Maunoir. Allí conoce a quien llamará un día «mi buen amigo, o mejor dicho, mi maestro»: Juan Leuduger, párroco de Moncontour, y, luego, desde 1691, director de las misiones de Saint-Brieuc y de otras diócesis. Además, Julián Bellier, que más tarde dirigirá el seminario menor de Rennes, se había propuesto reunir cada semana, para darles conferencias de vida espiritual, a un grupo de escolares que pensaban hacerse sacerdotes. De esta manera el joven Grignion llega a conocerlo, quizás por intermedio de su tío, Alán Robert. Parece que Luis María quedó marcado por este sacerdote, a quien trató durante cinco años, y también, por medio de él, recibió el influjo del Padre Leuduger a quien él mismo pudo conocer en Rennes, durante una misión entre los soldados, en 1692: ellos le imprimieron una imagen del sacerdocio que marca su adolescencia y toda su vida. Todavía a los 27 años, cuando se encontraba buscando su camino, Luis María se referirá a esta misma imagen. Bellier debió también jugar un rol importante en los dos descubrimientos que van a entusiasmar su juventud y a orientar su vida sacerdotal: las misiones y los pobres [5].

Si bien el relato de las misiones en las que participaba Julián Bellier no podía menos de alimentar los sueños de apostolado de Luis María, el amor de este sacerdote por los pobres encontraba de inmediato y en el mismo lugar, un campo de experimentación para sus jóvenes discípulos:

«... los días de descanso, este sacerdote les enviaba después de la conferencia, de dos en dos o de tres en tres, a servir a los pobres en el hospital general y en el Hospital de los Incurables, para que leyeran a los enfermos algún buen libro durante las comidas y luego les repasaran el catecismo; Luis María nunca dejó de cumplir todos estos ejercicios».

El joven Grignion no solamente era, entre los aspirantes al sacerdocio que agrupaba el sacerdote Bellier, «de los primeros y de los más regulares» en ejecutar las consignas del maestro, sino que las enriquecía. Acudía en ayuda de sus compañeros más pobres y, para ello, si era necesario, solicitaba limosna «a las personas que sabía eran ricas y caritativas». Con las sumas así recolectadas, ayudaba tanto a los indigentes como a los enfermos de la ciudad:

«Un día, su madre... fue al hospital Saint-Ive para visitar a los enfermos y entre ellos reconoció a una pobre mujer; le preguntó quién la había llevado a ese lugar, y ella le respondió: “Su hijo, Señora, me facilitó la entrada a esta casa y me hizo traer en una silla» [6].

Esta pasión por los pobres toma todo su relieve cuando se la coloca dentro del clima familiar.

Desde 1686, la familia Grignion dejó la casa solariega de campo de Iffendic y se instaló en Rennes « con el fin de no gastar mucho, ya que debían pagar la pensión de tres de sus hijos, y para vigilar más atentamente su conducta, teniéndolos bajo su mirada». Los padres no tenían de que preocuparse por Luis María, joven muy estudioso, adolescente demasiado serio; según la opinión de su tío, Alán Robert, y la afirmación de su compañero, Juan Bautista Blain, Luis María atravesó la pubertad sin descubrir el instinto sexual, lo que sin duda no es extraño, tanto en uno como en otro sentido, por su tendencia a aislarse de sus condiscípulos [7]. Este hijo mayor de la familia proporcionaba grandes servicios a sus padres, al convertirse en preceptor de sus hermanos José Pedro, menor que él por un año, y más tarde Gabriel Francisco, quien sólo entraría al colegio hacia 1692. Con toda razón podían sentirse satisfechos de este hijo. ¡Y sin embargo...! No se le reprochaba ni el gusto por la pintura, ni la piedad un tanto absorbente, ni tampoco el deseo de ser sacerdote, pero ¿por qué «frecuentar» a los pobres? El padre vivía con modesta comodidad, pero ocultaba lo mejor que podía sus dificultades económicas, para mantener su rango entre la burguesía de Rennes, de donde había escogido a su esposa; se preocupaba por que sus hijos no parecieran inferiores a los de la buena sociedad, con la esperanza de que algún día ellos continuarían la ascensión social que él mismo había puesto en peligro. En una edad en la que el adolescente asume el reto de consolidar su personalidad reaccionando en contra de su familia, Luis María no experimentaba gusto alguno por esa voluntad burguesa de “superarse”. Sentía pasión por los pobres, por los menospreciados, marginados, despreciados por la sociedad. A veces, quizás a menudo, se escondía a fin de socorrer a esos pobres. La tensión que resultaba ineludiblemente de esto, ¿no explicará ciertas escenas de familia en que, según el testimonio directo de Juan Bautista Blain, Luis María prefería saltarse una comida para escapar de la cólera de su padre? [8]. Incluso le vino la idea de huir de la casa:

«Pensó muy seriamente dejar la casa paterna e irse a un país desconocido, con el fin de verse desprovisto de todos los bienes de la tierra, vivir pobremente y mendigar su propio sustento» [9].

¿Quién puede decir hasta qué punto esta oposición psicológica frente a la imagen de un padre que es amado pero no querido, marcó para toda la vida a aquél que, en el otoño de 1693, distribuye sus pobres pertenencias antes de emprender el camino hacia París, mendigando el pan?

 

 

EN EL MARCO DE SAN SULPICIO

 

Luis María Grignion de Montfort iba a poder satisfacer ampliamente este gusto por la miseria una vez instalado en los seminarios de París, donde viviría entre 1693 y 1700, y aún antes, en las pensiones eclesiásticas cercanas a San Sulpicio, donde pasaría los dos primeros años. En la casa del sacerdote de la Barmondière, destinada a los clérigos sin recursos, y en la de los Robertins, a cargo del Padre Boucher, se practicaba, en ese momento de crisis económica, un régimen alimenticio bastante escaso, sobre todo en la segunda donde los mismos seminaristas preparaban sus comidas con los desechos del mercado de París: «Uno no se sentía jamás tentado... a la glotonería», dice Juan Bautista Blain, que entonces vivía allí. Muy pronto, el Padre de Montfort se vio amenazado con no tener ni siquiera derecho a esta mesa, ya que su benefactora dejó de pagar la pensión. Tuvo entonces que procurarse él mismo sus recursos; de tres a cuatro veces por semana iba a velar cadáveres, pasando las noches despierto, mientras oraba o estudiaba sus cuadernos de la Sorbona. El Padre de la Barmondière trataba de moderar las mortificaciones de su dirigido, pero lo hacía con tanta condescendencia que Luis María agregaba, con su ardor juvenil, insomnios, abstinencias y disciplinas. Su robusta constitución pronto cedió. En el hospital de París, adonde tuvieron que llevarlo, se sintió feliz de estar entre los pobres: «Mis padres no se sentirían tal vez muy a gusto, pero ¿acaso la naturaleza se pone, alguna vez, de acuerdo con la gracia?» [10].

Tan pronto sanó, Grignion Montfort fue admitido en el seminario de San Sulpicio, en la sección reservada a los clérigos pobres, sin duda gracias al mismo superior que conocía su reputación. En este lugar privilegiado del clero francés, se impregnaría de la espiritualidad de Juan Jacobo Olier: muerte al mundo, renuncia al espíritu y a la voluntad propia, comunión íntima con el espíritu de Jesucristo, sacrificio total al Sumo Sacerdote, constante unión con María, lo cual respondía muy bien a su carisma personal.

San Sulpicio significó también el culto a la vida en común, a la observancia continua de la regularidad. Su inclinación a la aventura cedería el paso al gusto profundo por el orden, pero la atracción que Luis María sentía por la soledad le haría muy difícil la integración a la comunidad. Durante los momentos de recreo, que le pesaban mucho, sólo sabía hablar de la Santísima Virgen, tema que no distraía mucho a sus compañeros. Trataba, por obediencia, de contar historias aprendidas con anticipación «pero hay que admitir que no tenía gracia alguna para esto», informa Juan Bautista Blain. Entonces permanecía mudo, absorto en su contemplación. La cabeza inclinada, los ojos bajos eran motivo de las burlas de los seminaristas. El seminarista Grignion recibía, con paciencia desconcertante, bromas y burlas, pero estos golpes repercutían dolorosamente en su corazón; reforzaban su inclinación hacia la soledad y, por otro lado, lo empujaban a buscar una especie de compensación en su devoción mariana. Evidentemente, no estaba hecho para vivir en una comunidad cerrada [11].

A Luis María le hacían falta algunas distracciones, pero él mismo no las buscaba. Había renunciado, por mortificación, a la pintura desde 1694. Cuando recibía la orden de salir a París o le era necesario hacerlo, caminaba con la mirada baja, apartándose de las personas a quienes podía conocer. Le agradaba una sola «distracción»: enseñar el catecismo a los niños de los barrios difíciles, donde se encontraba muy a gusto. Pero ni el cuidado de las ceremonias, y menos aún la responsabilidad de la biblioteca, lograban distraerlo lo suficiente. Ni siquiera pudo contar por mucho tiempo con la diversión que le proporcionaba el asistir diariamente a los cursos de la Sorbona. Aunque había demostrado grandes aptitudes para ellos, los superiores prefirieron que asistiera a las conferencias internas que daba un doctor de la Sorbona. Allí, se benefició tal vez de una formación teológica más sólida: en cierta oportunidad, sosteniendo una tesis semanal sobre la gracia, dejó mudos a todos sus opositores. Pero sobre todo, aprovechó las numerosas horas libres para sumergirse en la lectura de autores espirituales, que tanto le atraían. Leyó así buen número de obras, en particular las que trataban de la devoción mariana. Su fervor se inflamó. Pero también se acrecentó su singularidad entre los seminaristas. Los Sulpicianos tenían porqué inquietarse [12].

A decir verdad, esta situación no preocupó casi al Padre Bauyn, que fue su director hasta comienzos de 1696, pues este sacerdote se rendía ante el fervor de su penitente. Todo cambió con el Padre Leschassier, «el hombre del mundo más moderado y más alejado de las exageraciones». Para destruir el fondo de amor propio que sospechaba tenía su seminarista, emprendió contra él una verdadera guerrilla; primero, daba rienda suelta a sus más piadosos deseos, le autorizaba llevarlos a la práctica, luego lo culpaba, rehusaba recibirlo, más tarde le escuchaba sin mostrarle interés alguno, sobre todo sin dejar jamás traslucir lo que él pensaba de su hijo espiritual. Grignion de Montfort llegó a privarse de las más mínimas satisfacciones, pero sin lograr adaptarse al molde de aquella casa. Desalentado, el Padre Leschassier le cedió el sitio a su colega, el Padre Brenier. Este, intratable por sí mismo, llevó a cabo un ataque en plena forma: se dedicó a humillar a Luis María durante seis meses, diariamente, al iniciar el recreo, públicamente y por todos los medios posibles. El seminarista recibía los asaltos con humildad capaz de desalentar a su superior. ¿Cuánto más maleable pudieron hacer su alma, los sufrimientos así soportados? Sólo Dios lo sabe. Lo cierto es que esta pedagogía, quizás no extraña en aquella época, no lograba sino acorralar más dentro de sí misma a su víctima, ya demasiado encerrada, y desviarla de una sana estima de sí misma. En la intrépida persona que es nuestro santo, esto producirá una ansiedad que se traducirá en crisis de escrúpulos, al avanzar hacia las órdenes sagradas y comprometerse en el ministerio. Por su parte, el Padre Leschassier se interrogaba: «Es muy humilde, muy pobre, muy mortificado, muy recogido, pero me cuesta creer que lo conduzca el buen espíritu», dirá [13]. Algo titubeantes, los Sulpicianos decidieron presentarlo a la ordenación sacerdotal el 6 de junio de 1700.

 

 

«COMO UNA PELOTA EN UN CAMPO DE JUEGO»

 

Ya sacerdote, Luis María podía finalmente dar rienda suelta a su necesidad de actuar y de tomar iniciativas. Desde hacía tiempo, soñaba con las misiones, con evangelizar a los pobres. Ante todo, pensó en las misiones extranjeras. Las Indias estaban cerradas por los «enredos» de la Querella de los Ritos. Pensó, entonces, irse al Canadá. El Padre Leschassier rechazó esta idea, temiendo que el impetuoso apóstol «se perdiera en medio de los vastos bosques de ese país, mientras buscaba a los salvajes». Quedaban pues las misiones en Francia, en las que también pensaba desde hacía largo tiempo, recordando al Padre Bellier y al Padre Leuduger. San Sulpicio lo encaminó en esta dirección, pero, para asegurarse de que este joven y singular sacerdote fuera bien encaminado y sólidamente formado, lo confiaron a un viejo amigo de la casa, el Padre René Levesque, fundador y superior de San Clemente de Nantes [14].

El joven sacerdote Grignion llegaba a Nantes en octubre de 1700, muy feliz ante las perspectivas que se abrían ante él. Pero muy rápidamente se desencantó. A decir verdad, tenía motivos válidos: la comunidad había perdido su vitalidad desde hacía treinta años y la mayoría de los miembros, incluso el superior muy anciano, eran ineptos para predicar misiones. A Luis María, recién salido del seminario, esta situación le pareció muy sombría. Además, se inquietaba por saber si estaba listo para el ministerio del confesionario. Superada esta crisis, le enviaron, en el transcurso del verano de 1701, a realizar pequeños trabajos que él, muy feliz de poder ejercer su sacerdocio, describe como una actividad «incansable» [15]. Sin embargo, sentía que San Clemente de Nantes no era su camino. Y mira que Poitiers lo llama.

En abril de 1701, con ocasión de un viaje que hiciera a Fontevrault para asistir a la profesión de su hermana, Montfort confió a la hermana de la abadesa, la Señora de Montespán, su deseo de trabajar por la salvación de los pobres. La Señora de Montespán lo encaminó a Poitiers. Dado que el obispo del lugar se encontraba ausente, el Padre de Montfort se dirigió al hospital general con el fin de servir a los «pobres enclaustrados»:

«Algunos pobres... al verme de rodillas y con vestidos tan similares a los suyos, fueron a decírselo a los otros y se animaron mutuamente, buscando en sus bolsillos para darme una limosna... Desde ese momento me tomaron tal afecto que todos dicen públicamente que yo tengo que ser su sacerdote...» [16].

¡Encuentro significativo! Monseñor Girard quiso, ante todo, informarse en San Sulpicio respecto de este sacerdote desconocido: «sus actitudes me han parecido singulares». Al cabo de algunos meses, lo vuelve a llamar desde Nantes: «Nuestros pobres siguen deseándolo a Ud.» [17]. Después de algunas semanas de apostolado entre los mendigos de la ciudad, a quienes «iba a buscar en las calles», Luis María ingresa al hospital como capellán, en noviembre de 1701. De inmediato se hace allí pobre con los pobres, queriendo compartir con ellos sus alimentos. Reorganizó las comidas, sirviendo él mismo a la mesa y buscando en la ciudad con qué complementar el «pan seco» de los hospitalizados. Salvo pocas excepciones, se ganó a todos los pobres. Para los voluntarios, estableció el rezo e incluso instauró la oración mental. Las conversiones que realizó lo maravillaron. Acompañado de una docena de pobres mujeres, llegaría a formar un embrión de comunidad religiosa. Sin embargo, no todo avanzaba a pedir de boca. Grignion de Montfort era consciente, al entrar, de que la casa dejaba mucho que desear. Rápidamente encontró opositores, entre los administradores y gobernantes, a sus proyectos y ensayos de reforma. Un momentáneo retroceso le permite regresar, con mayor ascendiente. Entonces, no lo pensó dos veces antes de proponer a las gobernantes una regla religiosa. Con esto el capellán consiguió un buen rechazo y una oposición creciente. Algunos meses de ausencia calmaron la tormenta. Al retornar el apóstol, recrudeció la oposición. Se quejaban de sus iniciativas más espirituales. En la primavera de 1703, el obispado consideró preferible prohibirle predicar. Para no sentirse limitado por esta medida, decidió dejar Poitiers [18].

Sin saber qué hacer, el Padre de Montfort se dirigió a París. Siguiendo su atracción por los pobres, se propuso ir a la Salpétrière. A las dificultades de un hospital se agregaban aquí las de la colaboración con los otros capellanes. Transcurrieron alrededor de cuatro meses; una tarde, al sentarse a la mesa del comedor, encontró «su "despedida" escrita junto a sus cubiertos». Desamparado, regresó a San Sulpicio. El Padre Leschassier lo despidió «vergonzosamente con una mirada seca y desdeñosa, sin querer hablarle ni escucharle». Parece que en esta oportunidad algunos dignos eclesiásticos de París habían recibido informes negativos sobre el Padre de Montfort. Se rumoreaban de él cosas poco halagadoras, diciendo incluso que el obispado lo había hecho meter en la prisión de los oficiales. Él, acurrucado en un cuartucho debajo de una escalera, saboreaba su abyección:

«Los hombres y los diablos me hacen una guerra muy amable y suave en esta gran ciudad de París. ¡Que me calumnien, que se burlen de mí, que hagan girones mi reputación, que me encarcelen! ¡Qué dones tan preciosos!» [19].

La estadía que hizo, durante el invierno de 1703-1704, entre los ermitaños desunidos del Monte Valeriano, si bien le trajo la admiración agradecida de aquellos religiosos, no contribuyó a borrar su reputación de hombre “extraordinario”. El futuro le parecía cerrado, cuando inesperadamente llegó de Poitiers a San Sulpicio un pliego muy reconfortante para él.

«Nosotros, cuatrocientos pobres, le suplicamos muy humildemente... que nos envíe a nuestro venerable pastor, aquél que ama tanto a los pobres, el Padre de Montfort» [20].

Luis María regresa al hospital general de Poitiers con un prestigio psicológicamente acrecentado: ya no sólo capellán, es director. Era el momento de lanzar, para bien de los pobres, la gran reforma. Propone regresar a los antiguos reglamentos, con algunas adaptaciones, queriendo, por ejemplo, que el contacto entre la administración y los hospitalizados sea más frecuente. Pero ni el llamado del capellán, ni sus planes de reforma, ni sus gestos audaces de devoción por los pobres más repugnantes, podían complacer a ciertos administradores. Nuevamente se levanta la tormenta. Hacia junio de 1705, el Padre de Montfort juzga más prudente retirarse [21].

Desde 1701, el apóstol soñaba que el hospital podía ser para él una plataforma de partida para un apostolado en la ciudad y en los alrededores. Ya durante esos cuatro años, había catequizado, fuera del hospital, a los mendigos y había dirigido a almas selectas. Podría ahora entregarse más a esta labor. Un vicario general, el Señor de Revol, lo contrató, parece, para predicar en el sector de la ciudad que estaba a su cargo: los barrios bajos del Clain. El Padre de Montfort trabajó en las iglesias parroquiales, en capillas de monasterio abiertas al público, incluso en una granja que se adaptó en los arrabales populares de Montbernage. Panaderos y carniceros, pescaderas y revendedoras se le acercaban. Sin embargo, ocupaba el centro de las discusiones de la burguesía y del clero de Poitiers: hasta lo denunciaron al obispado acusándolo, por ejemplo, de querer quemar la efigie del demonio bajo la forma de una mujer ligera. Esto le costó una reprimenda pública de un vicario general e, incluso, hacia marzo de 1706, le llegó un pliego episcopal ordenándole abandonar de inmediato la diócesis [22].

Luis María Grignion se sintió derrotado. No había tenido éxito ni en Nantes, ni en París, ni en Poitiers. ¿No era ése un signo de Dios? Su vocación, tal como la había pensado originalmente, ¿no era acaso llevar a cabo otras misiones, en el Oriente o en Canadá? Parte para consultar al mismo Papa. Emprende un largo viaje que le toma cinco o seis meses, como siempre a pie, mendigando el pan; se detiene solamente en algunos hospitales o en lugares de peregrinación y hace una breve estadía en Roma. El 6 de junio de 1706, Clemente XI recibe a este sacerdote de apariencia algo exaltada. Lo remite nuevamente a las misiones de Francia, recomendándole trabajar siempre en total sumisión a los obispos [23]. Entonces, en el espíritu del apóstol volvería a aflorar la imagen del misionero que había marcado su adolescencia, la de los Padres Bellier y Leuduger. Se dirigió a Bretaña.

Pensaba engancharse en Rennes, pero sin ir a buscar a sus padres, a los que no había vuelto a ver desde hacía trece años. Estaba alojado en un cuartucho cuando, a los tres o cuatro días, vino a buscarlo su tío Alán Robert para llevarlo a la familia. Según Luis María, ya no tenía familia, como lo había escrito a su madre en 1704:

«Que me consideren como muerto; lo repito para que lo recuerden, que me consideren como muerto... mi padre y mi madre están allá arriba; ya no reconozco familiares según la carne. Es verdad que tengo para con usted y para con mi padre grandes deberes por haberme dado la vida, por haberme alimentado y educado en el temor de Dios... por eso oro todos los días por su salvación... pero hacer más por Uds., nada y yo somos lo mismo en mi antigua familia» [24].

En esta afirmación, que explica tal vez en parte la sensibilidad de la época, ¿no se percibe nuevamente la oposición del adolescente? Luis María accede, sin embargo, a ir a comer a casa de sus padres, pero una vez allí empezó a reservar los mejores alimentos para dárselos a los pobres. Después de esto, y no habiendo encontrado en Rennes un campo de acción suficientemente amplio, parte para reunirse con el Padre Juan Leuduger, siguiendo el consejo del Padre Bellier [25].

En Dinan mismo o en sus alrededores encontró, a fines de 1706, al jefe de las misiones de Saint-Brieuc y de la Alta Bretaña. ¡Por fin podía realizar uno de sus sueños! Durante nueve meses, trabajaría con él como uno más de sus numerosos colaboradores seculares, ya en la diócesis de Saint-Malo, ya en la de Saint-Brieuc, algunas veces en retiros cerrados, otras en misiones. En la repartición de las tareas, se encargó especialmente de los niños y de los pobres. Pero, muy rápidamente, se da cuenta de que no puede contentarse con los trabajos habituales de los misioneros. En La Chèze, por ejemplo, emprendió la restauración de una gran capilla, contrató, sin tener un centavo, a toda clase de obreros, movilizó a la población, solicitó donaciones de todos: de ahí los roces que surgieron con sus compañeros de equipo y con el clero local. Otras iniciativas personales le acarrearon más dificultades, por eso el Padre Leuduger consideró preferible separarse de este colaborador tan generoso, tan calificado, pero tan difícil de integrar en su equipo [26].

Desde hacía varios meses, el Padre de Montfort se había construido un apeadero sobre la colina que domina su pequeña ciudad natal, en el antiguo priorato de San Lázaro. Al ser despedido en el verano de 1707, no le quedaba más que retirarse allí para orar y meditar. Pero, ¿cómo podría no ocuparse de los pobres? Llegó pues hasta a reunirlos en los mercados de Montfort para catequizarlos. Debía sin embargo saber que los Grignion eran, en ese tiempo, mal vistos en la ciudad. Debía saber que, recientemente, la burguesía local le había hecho oposición, cuando había querido aplanar una elevación de terreno feudal a fin de construir allí un calvario. Los párrocos aprovecharon del paso del Obispo de Saint-Malo para denunciar a ese sacerdote demasiado libre frente a los derechos de los párrocos. El prelado, que acababa de reglamentar la estadía de los sacerdotes de otras diócesis, le prohibió cualquier ministerio. Sin embargo, por intervención de un párroco vecino, le autorizó a predicar, pero solamente en las iglesias y a pedido del pastor. Pasaron ocho meses, durante los cuales el apóstol predicó e incluso misionó en los alrededores. En mayo de 1708, Monseñor Desmarets se encontraba de visita pastoral en la región; nuevas quejas del clero local, nuevas limitaciones al ministerio del Padre de Montfort, quien, no pudiendo ya vivir dentro del estrecho marco que le habían fijado, decidió ir a buscar otro campo de trabajo [27].

Aquél a quien empezaban a llamar cada vez más el "Padre de Montfort", o simplemente "Montfort", se dirigió a Nantes, donde confiaba en un vicario general amigo suyo, Juan Barrin. Este último lo envió primero a un arrabal de la ciudad, a participar en la misión que predicaba el Padre Luis Jobard. Luego, el Padre Barrin y, muy probablemente, su colega el Padre de Moulin-Henriet lo lanzaron por los campos de Nantes. Era la primera vez que Montfort dirigía, como jefe, verdaderas misiones, unas quince en dos años, tanto en la región vinícola de Nantes como en la de Pont-Château. El resultado fue un éxito notable, con la excepción parcial de una parroquia donde el párroco sólo recibió al misionero por orden del obispado. Para mantener el fervor entusiasta de los pobladores, el apóstol se propuso construir, en Pont-Château, un calvario gigante que marcaría la zona con el signo de la cruz. Durante más de quince meses, vinieron los pobladores, día a día, a edificar la sagrada colina. La construcción se elevaba, con su corona de monumentos según el gusto popular. Se había fijado la bendición para el 14 de septiembre de 1710. Entre los millares de peregrinos, estaría incluso el padre del maestro de obras, en extremo feliz de ver a uno de sus hijos alcanzar el éxito. Pero el misionero no había prestado atención ni a las amenazas del senescal del Duque de Coislin, que se había irritado por las modificaciones llevadas a cabo en la iglesia de Campbon, ni a las reticencias del Obispo de Nantes, durante una visita que hizo al calvario, ni a la investigación que realizó en el lugar el intendente de Bretaña, a quien el Padre de Montfort había recibido muy fríamente. Poco a poco se había constituido todo un legajo basado en la correspondencia intercambiada entre Nantes, Rennes y Versailles; giraba en torno a aquel sacerdote considerado extravagante y a esa construcción que podía servir de refugio de bandidos. Todo estalló el 13 de septiembre, cuando le entregaron a Montfort un pliego del Obispo de Nantes. Le prohibía la bendición del calvario. Nueve días más tarde, el mismo Monseñor de Beauveau le prohibía predicar en la diócesis. El movimiento, que tan bien había empezado hacía dos años, se rompía así netamente [28].

El Padre de Montfort regresó a Nantes a fin de hacer un retiro con los jesuitas. Los Padres lo encontraron tan tranquilo que, al comienzo, ni siquiera sospecharon su trágico fracaso. Durante seis meses, vivirá escondido. Sin embargo, le era necesario actuar. Durante sus precedentes recorridos por Nantes, había hecho amistad con almas generosas. Había allí todo un grupo de personas importantes que seguirán siendo, pase lo que pase, fervientes admiradores y, sobre todo, admiradoras del apóstol. Las reunió en grupos devocionales: "Sociedad de los Corazones" o "Amigos de la Cruz". Orientó a algunos hacia los pobres, en especial hacia el hospital de los incurables que había creado en los edificios donde se alojaba, en pleno barrio popular. Pues, aunque reducido al silencio, el Padre de Montfort no podía dejar de ocuparse de los pobres. Lo demostraría muy pronto a toda la ciudad, asumiendo el riesgo de llevar socorro a los habitantes de las islas, prisioneros del desbordado río Loira. Pero ya había llegado al obispado una orden del Intendente de Bretaña: el Padre de Montfort debía alejarse de Nantes [29].

Rechazado una vez más, Montfort partió hacia nuevos horizontes, a las diócesis vecinas de Luçon y de La Rochelle. Será éste el mayor descanso de su vida, y también el último. Allí predicaría, desde los pantanos bretones hasta los pantanos de la Basse-Charente, desde los llanos de Aunis hasta los bosques de Mauges, desde la Isla de Yeu hasta las puertas de Niort, en total, unas treinta misiones durante cinco años casi completos. Una duración tan poco acostumbrada se debe ciertamente a la personalidad de los obispos, Monseñor de Lescure, en Luçon, y sobre todo Monseñor de Champflour, en La Rochelle, quienes, por motivos complejos pero no sin mérito, mantendrían hasta el fin su confianza en el misionero; se debe también a cierta madurez del Padre de Montfort, quien ya frisaba los cuarenta años. Montfort tenía a su favor múltiples experiencias; sus métodos eran ahora más clásicos. Aunque en algunas oportunidades sólo obtuvo resultados parciales, casi siempre tenía éxito con las poblaciones, incluso las descuidadas de Mervent o las precavidas de Sallertaine. ¿Qué ocurrirá cuando avance hacia las parroquias religiosas de la región de Cholet, por ejemplo, en San Lorenzo del Sèvre, su última misión? Pero, La Rochelle, es, sin lugar a dudas la ciudad la que ofrece la imagen más clara de su actividad. Desde 1711, en tres retiros sucesivos, reunió quizás a casi una tercera parte de la población adulta de la ciudad, incluyendo toda una porción de la burguesía. Regresaba allí en cualquier momento, entre sus misiones, y seguía predicando, ya en una capilla conventual, ya en el hospital. No había lugar en que no hubiera actuado, un tanto al menos, desde la alta sociedad hasta los barrios periféricos. Incluso lograría lo que la autoridad episcopal y real habían tratado en vano de crear hacía años: las escuelas gratuitas. La ciudad de La Rochelle, que fue durante cinco años su cuartel general de operaciones, bajo la mirada protectora de Monseñor de Champflour, da una idea de lo que Montfort realizó durante la última etapa de su vida [30].

Pero, con un hombre tan íntegro, ese éxito creciente no podía lograrse sin suscitar animosidades. Si bien Montfort encontraba dificultades en numerosas parroquias, en ninguna parte las enemistades le resultaron tan fuertes como en ciertos medios de La Rochelle, sobre todo en la burguesía. En tres oportunidades trataron de hacer lo que en todos los otros lugares sólo intentaron una vez: hacer desaparecer de todas maneras a este predicador, mediante el veneno, la traición o el asesinato. Es que la antipatía contra él iba aumentando, al mismo tiempo que crecía su éxito y él mismo progresaba hacia el equilibrio. El Padre de Montfort se da cuenta de esto sobre todo cuando sale de las dos diócesis que lo acogieron, sea para ir a Saintes, donde al cabo de unos días le prohiben trabajar, sea cuando pasa por Poitiers, lugar que debe abandonar cuanto antes; bien cuando regresa a Nantes, donde no puede predicar, bien, sobre todo, cuando emprende su largo periplo de 1714, que lo conduce hasta Ruán: en pocas semanas, ve que le prohiben ejercer el ministerio sucesivamente en Rennes, luego en Avranches, después en Coutances, donde había empezado una misión en la ciudad de Saint-Lô. Sin duda alguna, nada mejor que esto deja entrever hasta qué punto se ha difundido la fama hostil hacia a él, que continuaría incluso años después de su muerte.

Entre esta hostilidad que lo perseguía y el entusiasmo de las multitudes que lo apoyaban, Montfort se sentía agotado: y lo estaba, sin duda menos por el veneno de la Rochelle que por la sobrecarga de trabajo y las mortificaciones que añadía. Veía que la muerte se le acercaba, y quería sobrevivir en sus obras. Si bien le era fácil condensar en un tratado su doctrina y experiencia marianas, sentía que le era mucho más difícil establecer o restablecer sus instituciones. A fin de restaurar el calvario de Pont-Château, que la tropa había parcialmente demolido, utilizó al máximo sus relaciones en Rennes: nada se pudo hacer, sin embargo, para doblegar al Intendente de Bretaña. Para fundar su congregación femenina, hace ir a La Rochelle, en 1715, a las dos postulantes que esperaban pacientemente en Poitiers desde hacía trece años; les redactó una regla religiosa y las ubicó en el hospital y en las escuelas gratuitas; no lograron realmente multiplicarse y debieron abandonar la ciudad dos años después de la muerte de su padre espiritual. Montfort quiso sobre todo constituir su compañía de misioneros; entre sus colaboradores, solamente dos tenían previsto unirse a él. Multiplicó las gestiones, hizo aprobar las reglas del futuro instituto, tratando, en 1715, de hacer llegar del seminario del Espíritu Santo de París a algunos hombres ya formados, elevando al cielo su «Súplica ardiente». Llegó el comienzo de 1716. Escribió nuevamente al seminario del Espíritu Santo, envió a treinta y tres penitentes de Saint-Pompain en peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Ardilliers con el fin de implorarlos a la Virgen; él mismo fue luego a Saumur y se infligió mortificaciones, una tras otra. Cuando murió, en San Lorenzo del Sèvre, el 28 de abril de 1716, mientras se encontraba en plena actividad, no había nada seguro todavía. Prácticamente cuanto sobreviva de él será póstumo [31].

Al seguir este itinerario atormentado, queda uno como falto de aire. El adolescente que soñaba con huir a la aventura, el joven sacerdote que solicitaba partir hacia tierras desconocidas de misiones extranjeras, encontró en algunas diócesis occidentales francesas más aventuras y sorpresas de lo que podía imaginar. Pero, más allá de este itinerario geográfico, sólo es posible sospechar cuántos sufrimientos pudieron engendrar en su corazón de hombre todos estos golpes, estos repentinos cambios de planes.

 

 

 

Capítulo 2

UN HOMBRE «SINGULAR»

 

 

Al considerar con un poco de perspectiva la existencia del Padre de Montfort, al ver tantos tropiezos y resquebrajamientos en tan pocos años de ministerio, no podemos menos de plantearnos una pregunta. Es muy cierto que tantas circunstancias desafortunadas, tantas antipatías, prejuicios, calumnias contribuyeron a atormentar el itinerario de esta vida, pero ¿qué hay más allá de estas explicaciones parciales? Esta pregunta, se la hizo un contemporáneo de Montfort, quien era, además, un amigo que le profesaba gran veneración, Juan Bautista Blain. Y se la planteó al mismo Montfort de manera muy franca en 1714. Esto es una suerte para nosotros:

«Comencé en la conversación por descargar en él mi corazón, acerca de cuanto tenía que decirle y por lo que había escuchado decir en contra de su conducta y de sus modales. Le pregunté cuál era su proyecto y si esperaba encontrar algún día quienes le siguieran en la vida que llevaba; que una vida tan pobre, tan austera y abandonada a la Providencia era... sólo para hombres extraordinarios... Pero –le dije– ¿dónde encuentras en el Evangelio pruebas y ejemplos de tus modales singulares y extraordinarios? ¿Por qué no renuncias a ellos o no le pides a Dios la gracia de deshacerte de ellos? Tus singularidades atraen los rechazos, las contradicciones, las persecuciones que te siguen por todos lados; harías mucho mayor bien, encontrarías más ayuda y socorro para tus trabajos, si lograras dejar de hacer lo extraordinario, sin ofrecer a los libertinos y a los mundanos tus propias singularidades, dándoles así armas contra ti mismo y contra el éxito de tu ministerio» [32].

Esta pregunta se une con la que se hicieron, respecto al mismo Grignion de Montfort, tantas personas sensatas, la mayor parte de las cuales no carecían de simpatía por él: la del Padre Descartes en Rennes, la de los Sulpicianos en París, la de Monseñor Girard en Poitiers, la de Claude Masse en La Rochelle, la del Padre Mulot en Saint-Pompain. Es la misma pregunta que, en 1724, se hará su primer biógrafo, poniéndola al comienzo del prólogo: «¿Cómo comprender a este hombre “singular”?» [33].

A esta pregunta, el mismo Padre de Montfort respondió en su entrevista con Juan Bautista Blain, y éste consignó de esta manera la respuesta:

 «Por toda respuesta, me mostró su Nuevo Testamento y me preguntó si tenía algo que decir respecto a lo que Jesús practicó y enseñó... que él no tenía otro proyecto que seguirle... Que en cuanto al resto, había que definir a qué cosa llaman "modales singulares y extraordinarios"; que si se entendía por esto los actos de celo, de caridad, de mortificación y otras prácticas de virtudes heroicas y poco comunes, él se sentía feliz de ser singular en este sentido, y que si esta clase de singularidad era considerada como un defecto, es entonces un defecto que han tenido todos los santos» [34].

El primer biógrafo –y en pos de él los siguientes– hará suya esta justificación teológica; y así responden cuantos no han esquivado la pregunta. Sería un error descuidarla o minimizarla, pues presenta, bajo un ángulo particular, el problema de la trascendencia del cristianismo en relación con los humanismos. Pero ¿esto significa decir que la respuesta es enteramente satisfactoria?

El mismo Grignion de Montfort, en su entrevista con Juan Bautista Blain, dejó escapar un elemento para otra respuesta:

«Me replicó que, si tenía modales singulares y extraordinarios, era contra su intención; que, al tenerlos por naturaleza, no se daba cuenta de ellos» [35].

De esta manera él mismo nos orienta hacia una investigación de su propia psique.

En el alma de un cristiano, no es posible aislar la parte de la gracia de la parte psíquica, pues la primera actúa en la segunda y junto con ella. Se puede, sin embargo, distinguirlas legítimamente e incluso hacer abstracción de la gracia, sin minimizar de manera alguna la acción del Espíritu Santo, que es capital. Pero, el hecho de que esta dimensión sobrenatural se nos escape, nos obliga a mirar con mayor humildad todavía la realidad psicológica ya difícil de estudiar por sí misma, tanto más difícil aquí, cuanto que no se puede actualmente aprovechar para el santo de un análisis llevado a cabo según métodos calificados. Dejando para el capítulo final los elementos de la experiencia propiamente religiosa de Montfort, nos contentaremos aquí con reagrupar en torno a algunos puntos, ciertos rasgos particularmente sugestivos de su temperamento y sus esfuerzos por dominarlo. Sin olvidar, no obstante, que las diversas referencias deben completarse y aclararse unas con otras en la unidad de la persona.

 

 

SUS DIFICULTADES PARA INTEGRARSE

 

Si el Padre de Montfort parecía singular a muchos de sus contemporáneos, si algunos hasta lo llamaban el «loco ese de Montfort», se debe a que la sociedad no reconocía en él al tipo de hombre, al tipo de sacerdote entonces comúnmente aceptado. Por parte de él, puede buscarse la explicación en el hecho que no estaba ni se sentía bien integrado en aquella sociedad.

La dificultad para integrarse se basaba, en gran parte, en ese carácter suyo tan introvertido. Ya desde muy niño, le gustaba aislarse de los otros. En el colegio, huía de las distracciones de sus camaradas. En San Sulpicio, vivía en gran «abstracción», «en una especie de alienación de los sentidos», no sintiéndose a gusto sino en su habitación y en la oración [36]. A lo largo de toda su vida, buscaba siempre lugares apartados, incluso, en algún momento llegó a preguntarse si su vocación no sería más bien la de ermitaño. Se reconocía poco apto para la vida comunitaria. No pudo permanecer ni en San Clemente de Nantes, ni entre los capellanes de la Salpêtrière, ni tampoco en el equipo del Padre Leuduger. Tampoco pudo organizar la compañía de misioneros con la que soñaba. Descubrimos en él poca inclinación a vivir dentro de una institución, llámese hospital, comunidad o incluso diócesis. Por una parte, esto se debía a cierta carencia del sentido de las contingencias o de las autoridades constituidas: llegó a Fontevrault al día siguiente de la profesión de su hermana; no se daba cuenta del peligro que lo amenazaba en Campbon o en La Rochelle; para sus fundaciones, reclutaba a los primeros que llegaban; abordó abruptamente al subdelegado del Intendente de Rennes y trató mal al Intendente mismo, en Pont-Château; no pensaba en las posibles reacciones del oficial de Campbon, del capitán de navío de La Rochelle o de los burgueses de Montfort. «Hay que recalcar, dice Juan Bautista Blain, que jamás hubo hombre menos susceptible al respeto humano, ni menos atento a lo que piensan los demás» [37]. Desde luego, es, pues, comprensible que haya parecido «singular».

Sin duda que su introversión se debe en buena medida a sus inclinaciones naturales. Sin embargo, no habría que minimizar la influencia que tuvieron, en este aspecto, su infancia y su juventud. El clima familiar no contribuyó a despabilarlo. Ni el padre, violento y colérico, ni la madre, sobrecargada, tenían deseos ni tiempo de distraer a este hijo demasiado serio. Tal vez también la responsabilidad de ser el hijo mayor de una familia numerosa tuvo algo que ver en ese sentido. Si bien Luis María se explayó un poco más estando en Rennes, gracias a la pintura, a los pobres y a algunos sacerdotes, seguía manteniéndose apartado de sus camaradas. En San Sulpicio, profundizó su soledad interior: el ideal del sacerdote muerto al mundo, las burlas de los seminaristas, la incomprensión y persecución de los directores, contribuyeron a hacer más difícil su integración en los ambientes en que vivía.

El carácter íntegro y violento de Luis María ciertamente no facilitaba la integración. Muy sugestivo es el uso frecuente, en sus escritos, de palabras y expresiones tales como "en todos lados", "ninguno", "siempre" "absolutamente", etc. [38]. Tomaba a pecho las dificultades, abordaba frontalmente a las personas, si era posible primero a las menos fáciles, y les decía «con firmeza y dulzura, sus verdades» [39]. En las empresas de mayor envergadura, a las que a veces se lanzaba, iba hasta el fin, a pesar de los consejos de prudencia: el templo San Juan en Poitiers, la capilla de Nuestra Señora de la Piedad en La Chèze, el calvario de Pont-Château. Y los testimonios contemporáneos subrayan que nunca rebajó la ascesis rigurosa que se había impuesto [40]. Este gusto por lo absoluto era paralelo a cierta inclinación a la violencia. El Padre des Bastières, que debió ser víctima de ella algunas veces durante los años en que trabajaron juntos, informa:

«El mismo me dijo que le costaba mucho más vencer su vivacidad y su pasión de la cólera que todas las demás pasiones juntas y que si Dios lo hubiera destinado al mundo, hubiera sido el hombre más terrible de su siglo» [41].

En esto, Luis María se parecía a su padre. Esa violencia se volvió en primer lugar contra él mismo: mortificaciones de todo tipo, rechazo a darse las menores concesiones, incluso, en casos de debilidad o de enfermedad. Pero dicha violencia se expresaba también en forma de agresividad hacia los demás. A menudo, parece, «se precipitaba» sobre los jugadores, los bailarines, los bebedores. «Su celo se agrandaba en medio de las dificultades», observa Juan Bautista Blain [42]. Inútil decir que esta agresividad le suscitaba, a menudo con poca utilidad, numerosos enemigos tanto dentro del clero como dentro de la administración real, tanto entre los libertinos como entre la gente de condición acomodada. Él mismo tendía a incrementar su importancia, tanto más cuanto que veía tras ellos al pecado y al demonio:

«Tengo grandes enemigos en la cabeza: todos los mundanos que estiman y aman las cosas caducas y perecederas, que me desprecian, se burlan de mí y me persiguen, y todo el infierno que ha complotado mi perdición y que hará que se levanten todas las fuerzas contra mí» [43].

Tal percepción de los hombres y de los acontecimientos, cualesquiera que fuera su parte de verdad, no facilitaba la integración de este hombre en la sociedad.

Y sin embargo, Luis María Grignion entusiasmaba a las multitudes; contaba con numerosos amigos íntimos y, en sus relaciones interpersonales, se mostraba muy acogedor y simpático. Este hombre estaba dotado de una sensibilidad muy viva que se expresaba a veces como agresividad, pero que se marcaba mucho más como apego a las personas. En el confesionario, los parroquianos que lo habían escuchado predicar con vehemencia, quedaban estupefactos de su afabilidad y de su comprensión [44]. Esta sensibilidad se mostraba sobre todo frente a ciertas categorías de personas: las almas muy generosas y los pobres. En cualquier lugar se apegaba a las personas fervorosas, más mujeres que hombres; con un cierto instinto paternal, con estas almas buscaba fundar cenáculos espirituales. Los pobres eran los que sobre todo ganaban su corazón, en Rennes, en Poitiers, en todas partes. Estos malamados que no se entregaban fácilmente le llamaban «él que ama tanto a los pobres». El señor Dubois, su colaborador en el hospital de Poitiers, informa respecto a los gestos tan maternales que él mostraba hacia los pobres más repugnantes [45]. Pero esta sensibilidad se manifestaba todavía más hacia la Virgen María. Sus múltiples prácticas devocionales impregnadas de gran ternura, los desahogos de su corazón en sus escritos marianos, esta suerte de instinto que le hacía descubrir, en las calles por donde caminaba con los ojos bajos, estatuas de la Virgen, son pruebas de «esta ternura tan singular... que lo hacía aparecer como uno de los más grandes devotos de la Madre de Dios», y, según testimonio de Juan Bautista Blain: «Era como si con el Padre de Montfort hubiera nacido el amor por María» [46]. Esta expresión sugiere todo lo que podía comportar de instintivo el amor que sentía por la Virgen, así como el que tenía por los pobres, independientemente de su motivación teológica, sin la cual no se los podría comprender.

El mismo Padre de Montfort no hacía un misterio de estas tendencias. Reconoce sus «atracciones», sus «inclinaciones» por los pobres, por ejemplo [47]. En estos afectos, por muy sobrenaturales que fueran, se puede atisbar un rol compensatorio frente a las dificultades y sufrimientos que experimentaba. Ya se percibe con suficiente claridad en Rennes, donde el adolescente, poco abierto al hogar familiar, se entregaba más o menos a escondidas a los pobres, a quienes había descubierto. Todavía se aprecia más en París, donde la falta de simpatía de los seminaristas y de los directores lo empujaba, de alguna manera, hacia María, que constituía el objeto de su entusiasmo y de sus raras conversaciones. Pero, más profundamente todavía, ¿no habría que buscar en los principales objetos de su afecto, una cierta proyección de los amores de su primera infancia, de su ternura por una madre afectuosa y no muy feliz, de su apego por una hermana tierna y piadosa, hacia las cuales él se inclinaba, frente a un padre, tal vez bueno en el fondo, pero a quien él temía? Al empujarlo a concentrar sus afectos en ciertas personas, esta sensibilidad tendía a aislarlo del resto de la sociedad. La sociedad, a su vez, juzgaba singulares estas marcas desacostumbradas de ternura en un hombre que difícilmente se integraba en ella.

Estos pocos rasgos no agotan la psicología del Padre de Montfort. A lo más pueden ayudar a comprender por qué este hombre, rico en posibilidades de comunión con las almas, pero muy íntegro y poco comunicativo, parecía “singular” a muchos de sus contemporáneos, sobre todo a los que le veían desde el exterior, sin captar sus esfuerzos por equilibrarse.

 

 

SU PROGRESO HACIA EL EQUILIBRIO

 

Así como era, el Padre de Montfort corría el riesgo de seguir como un bloque errático en la superficie de la Iglesia. Ni siquiera se puede negar que su existencia nos da un poco esta impresión. Pero, ¿qué hay más allá de esta apariencia? Más allá encontraríamos los índices de su laborioso camino hacia el equilibrio, por la gracia de Dios, en sus posiciones respecto a la pastoral, en la progresiva ampliación de su campo de acción, en su mayor integración en las diócesis, en la purificación y el afinamiento de su sentido misionero. Por el momento, quedémonos en un plano más directamente psicológico, tal como puede aparecer a través de ciertos comportamientos suyos y de sus escritos.

Las biografías del siglo XVIII y las relaciones a las que ellas recurren, interesadas sobretodo en los hechos que se salían de lo ordinario, no nos entregan casi nada de los continuos esfuerzos del Padre de Montfort, de los resultados progresivos laboriosamente obtenidos por él. Y el tiempo, generador de leyendas, no arregló nada sobre este punto. A la fuerza, nos contentaremos pues con mencionar dos testimonios breves, pero no exentos de valor. El primero, de la Señora Thébault d'Oriou, que vivía en el castillo de Villiers-en-Plaine, es muy tardío y se refiere solamente a algunos días, pero rescata estas debilidades por su precisión y, parece, por su objetividad. En febrero de 1716, esta mujer de veinticinco años se enteró de que el Padre de Montfort iba a predicar una misión en Villiers, –misión que sería la penúltima de su vida–. Fuertemente prevenida contra el sacerdote, resolvió primero no regresar a la parroquia para escuchar «las bobadas que decían que él hacía». Luego, reflexionando que, por el buen ejemplo, era mejor hacer acto de presencia, ella convenció a su marido de pasar en Villiers el periodo de la misión,

«con la decisión de no seguir para nada la misión y también de examinar bien todo lo que haría o diría el Padre de Montfort, a fin de divertirme cuando terminara la misión... Al cabo de quince días de escuchar... todas sus conversaciones que eran muy alegres, muy edificantes y muy divertidas, e incluso sobre las que a menudo yo me entretenía expresamente con él para ver si se molestaba o se escandalizaba de muchos temas y canciones ligeras que yo le decía –él lo tomaba todo como diversión y me hacía, riendo, reflexiones morales muy suaves–, al cabo de quince días, decía, sentí el corazón penetrado por el deseo de hacer mi misión...» [48].

Si, como puede pensarse, este comportamiento del Padre de Montfort no es puramente ocasional, a uno le cuesta reconocer en este sacerdote de edad madura al seminarista que, veinte años antes, sólo participaba en las recreaciones a través de sus elevaciones místicas y de sus silencios. Y el contexto nos garantiza que esta evolución sólo pudo realizarse en forma progresiva y laboriosa.

Totalmente diferente es el segundo testimonio, el de Pedro Ernaud des Bastières. Habitualmente muy natural en sus relatos, este des Bastières siente innegablemente un cierto deseo de glorificar a aquél con quien había vivido durante ocho años. Pero este fiel compañero, desprovisto de audacia más que de valor, había sufrido demasiado por ciertas iniciativas un poco intempestivas de su jefe, para que su testimonio no mereciera credibilidad alguna.

«Leemos en la vida de san Francisco de Sales que era de naturaleza violenta y vivaz, pero que la virtud llegó a convertirlo en un cordero... Igual sucedía con el carácter del Padre de Montfort. Sino que hizo esfuerzos increíbles para vencer su impetuosidad natural; al final lo consiguió y adquirió esa encantadora virtud de la dulzura... la tenía impresa en su rostro, ella lo iluminaba en todas sus conversaciones, todos los que le hablaban quedaban encantados de ella...» [49].

Incluso si no se toma la afirmación al pie de la letra, este comportamiento habitual del Padre de Montfort merece tanta fe como los relatos de sus estallidos de carácter, a los que los biógrafos se han aferrado demasiado. Por otra parte viene en apoyo suyo un testimonio de la misma Señora d'Oriou quien, en líneas anteriores, lo mostraba relajado en sociedad:

«... siempre mucha mansedumbre. Aunque por naturaleza poseía un temperamento muy vivo, siempre daba muestras de autocontrol» [50].

A través de estos textos, se adivina el esfuerzo de un alma para obtener mayor comprensión de las otras, más apertura a sus gustos, más paciencia respecto a sus mediocridades.

Este progreso debería aparecer mejor todavía en los escritos del Padre de Montfort, particularmente en los numerosos reglamentos que él trazó, ya que este tipo de producciones constituye una de las mejores pruebas del juicio de un hombre. En estos reglamentos, sobre todo en los últimos de su vida, este juicio parece verdaderamente equilibrado: Montfort evita las soluciones únicas, prevé la diversidad de situaciones, entrevé la posibilidad de derogar sus consignas, quiere las directivas en su justo medio; respecto a los puntos donde él se mantenía intransigente por sí mismo, aconseja incluso mostrarse más amplio, sin escrúpulos. La repetición de estos consejos a grupos diversos, cada vez bajo una forma diferente, no puede estar exenta de significado. Uno de estos reglamentos toma un interés particular, pues se dirige a hombres que, en medio del ardor de su reciente conversión, partían a hacer en Saumur una peregrinación de penitencia:

«No lleven en sus modo de vestir nada que los distinga de los otros...; podrán sin embargo, sin singularidad extraordinaria, llevar un rosario en la mano y un crucifijo al pecho, para mostrar que no realizan un viaje ordinario, sino una peregrinación de devoción... No se separarán del grupo ni emprenderán nada extraordinario sin el permiso y la aceptación del Superior...» [51].

¡Cuánto sugiere de la ascesis personal de este sacerdote este rechazo a toda «singularidad extraordinaria»!

En algunas de sus obras, pero en fechas diferentes, aparecen reflejos análogos de su búsqueda de mansedumbre. Entre los numerosos esquemas de prédicas que había copiado, insertó, después de 1700, tres sermones mas o menos completos sobre las virtudes: uno de ellos trata sobre la mansedumbre. En un escrito espiritual que debió componer al comienzo de su sacerdocio, sólo estudia dos cualidades de la Sabiduría Encarnada: la belleza y la mansedumbre [52]. Y el último sermón que predicará antes de caer en cama para morir, tratará precisamente –¿signo o casualidad?– sobre la mansedumbre de Jesucristo. Un examen más atento de sus escritos muestra que asocia muy fácilmente las palabras «mansedumbre» y «paciencia» a las ideas de fuerza, celo, ardor [53]. Asociaciones tal vez inconscientes, pero tanto más reveladoras, a la vez, de sus esfuerzos personales y de la influencia tranquilizadora de su ideal divino. Estos simples detalles agregados a las tendencias de sus reglamentos y a los testimonios sobre los progresos que había realizado, no permiten dudar que este hombre, con una psicología bastante marcada, había evolucionado hacia el equilibrio.

No es posible discernir en este el hombre, la parte que se debe a la obediencia a sus directores espirituales y la que procede de la sumisión a los acontecimientos, la parte de la apertura a través de la acción y la de la toma de conciencia de los propios límites, todo esto sin contar con la parte esencial de la gracia que lo animaba todo. Sin embargo, se puede observar que este progreso tiene límites. Juan Bautista Blain informa que, en 1714, después de haber acosado a su amigo para que se explicara respecto de sus singularidades, fue testigo de un apóstrofe un tanto brusco que hizo a una jovencita de Ruán; en ello vio una de sus reacciones inconscientes. Si lo aceptamos –ningún testimonio es mejor, aunque éste sea ligeramente negativo– el Padre de Montfort seguía siendo, todavía al final de su vida, un hombre «singular». En gran parte, estas singularidades provenían de la idea misma que el misionero tenía de la santidad. El mismo decía que

«...si esta clase de singularidad se considera defecto, es entonces el defecto de todos los santos...; que era necesario ser singular, si uno quiere separarse de la multitud de los reprobados; que como el número de los elegidos es pequeño, había que renunciar a tener un lugar entre la multitud para singularizarse con ellos, es decir, llevar una vida muy opuesta a la que lleva la multitud» [54].

Esta visión de la humanidad, arraigada en una teología bastante discutible, no podía sino limitar la integración de su autor a la sociedad. Además, ante los pecados de esta multitud, o lo que él veía como pecados, el Padre de Montfort se desencadenaba, dejando jugar su propensión a la violencia, sin casi considerar las contingencias. «Él no podía soportar pacientemente ver al hombre injuriar a Dios», dice el canónico Blain. Este último –la prueba a contrario es sugestiva– ya casi no tenía el sentido cristiano de lo humano, pero su celo apostólico y su temperamento sabían acomodarse a las conveniencias [55]. Montfort casi no era capaz de esto, según el ideal evangélico tal como lo veía reflejado en su conciencia.

Igualmente, las singularidades que le reprochaban al Padre de Montfort hacia el fin de su vida atestiguan que sus esfuerzos habían dado frutos de manera incompleta. Uno puede sentirse tentado de afligirse por esto. Esto ofrece, en cambio, el rico interés de poder captar su pastoral en medio de los esfuerzos y los límites de su ascesis. A su vez, el análisis de esta pastoral puede aportar elementos que ayuden a comprender mejor la experiencia religiosa de Grignion de Montfort, a través de su acción apostólica en las regiones del Oeste de Francia.

 

 

 

Capítulo 3

EN LA ALTA BRETAÑA, EL POITOU Y EL AUNIS HACIA 1700

 

 

Fuertemente tributaria de la persona que la elabora, la pastoral está no menos condicionada por los espacios religiosos a los cuales se destina y aplica. Sus métodos e incluso su contenido teológico no pueden totalmente comprenderse sin datos socio-religiosos y socio-pastorales relativamente precisos. Antes de abordar el apostolado mismo de Grignion de Montfort, se impone un mínimo de análisis de la situación ante la cual se encontraba.

Si del itinerario seguido por Montfort durante sus quince años de ministerio se suprimen ciertas salidas de breve duración a París o a Normandía, la acción del apóstol se limita a más o menos seis diócesis: Poitiers, Saint-Malo, Saint-Brieuc, Nantes, Luzón, La Rochelle, es decir, Alta Bretaña, Poitou y Aunis. Tratemos de definir la situación religiosa y pastoral del momento en estas regiones.

Cuando en junio de 1701 el joven sacerdote Grignion debutó en su ministerio, comenzaba el retroceso de un amplio movimiento que, desde hacía un siglo, había empezado a modificar gran parte de la situación religiosa de estas diócesis, así como de toda Francia. Lanzada hacia 1600, la reforma católica quedó marcada, hasta casi 1640, sobre todo por una restauración del orden en las diócesis y por una continuidad con la baja Edad Media; seguían siendo raras las iniciativas verdaderamente nuevas. Se puede fechar en el decenio 1640-1650 el comienzo de la segunda fase de esta reforma, con la creación de los primeros seminarios. Hasta 1690, se dio el gran momento del desarrollo de la reforma, en todos los niveles de la pastoral; la multiplicación de los seminarios y la aparición de los manuales de catecismo constituyen los mejores signos de este dinamismo en las diócesis. Después de 1690, y en todo caso después de 1700, se abre una fase de agotamiento, de estabilización, durante la cual se hacen cada vez más raras las innovaciones. Es de extrema importancia situar bien a Grignion de Montfort dentro de esta última fase y no confundirlo, por ejemplo, con Vicente de Paul o con Julián Maunoir: su posición de llegar tarde en la coyuntura reformista, explica el contexto en el cual trabajó el Padre de Montfort, la situación del clero, el estado religioso de las poblaciones, los sectores que quedaron al margen de la reforma, las principales corrientes espirituales.

 

 

UN CLERO CADA VEZ MEJOR FORMADO

 

En el clero de los alrededores de 1700, se reflejaban los dos movimientos inversos que lo habían marcado desde hacía un siglo: regresión cuantitativa y progresión cualitativa. A pesar de una muy fuerte disminución, el clero seguía siendo suficiente: por lo menos 850 sacerdotes para los 270,000 a 290,000 habitantes de la diócesis de Saint-Malo; alrededor de 550 para las 225,000 a 250,000 almas de la diócesis de La Rochelle. Esto, sin los religiosos. La mayoría de las parroquias contaban con varios sacerdotes: además del párroco, un vicario, algunas veces dos, y a menudo sacerdotes circunstanciales o capellanes. De esta manera, en la diócesis de Saint-Malo, había al menos 4 a 5 sacerdotes en Breal para 1,700 almas, 6 en Baulon para un millar, una decena en Saint-Suliac para 1,800. La diócesis de Nantes era ya menos rica: 2 sacerdotes en Aigrefeuille para 900 almas ; 3 en Landemont para 1,200; 9 en Pont-Château para cerca de 4,000. En la diócesis de La Rochelle, la disminución había sido más rápida, por la desaparición casi total de los sacerdotes circunstanciales, pero se encontraban todavía 2 sacerdotes en San Lorenzo del Sèvre para 800 habitantes y 2 en Roussay para 600. Sólo eran excepción y se contentaban con su párroco ya sea las parroquias muy pequeñas que contaban con menos de 300 almas, ya sea la mayoría de las parroquias meridionales de la diócesis de La Rochelle, sobre todo en los llanos del Aunis y del Poitou; con una población de 700 a 1,000 almas, no tenían vicario Esnandes, La Jarrie, Aytré, San Medardo y Villiers-en-Plaine. Esto se debía a que, a diferencia del Macizo Armoricano, estos llanos casi no tenían clero autóctono. Sin embargo, incluso en estas regiones menos provistas, los eclesiásticos seguían siendo suficientes para asegurar el ministerio parroquial [56].

Que proviniera de una u otra de las diócesis donde trabajó el Padre de Montfort, ese clero se había beneficiado, en una proporción de 60 a 100% según las regiones, de la formación proporcionada por los seminarios. La fundación de éstos es gradual: 1646 para Saint-Malo, 1672 para Luzón, y 1682 para Poitiers. Sin duda estos seminarios dieron en un comienzo sólo una formación rápida y directamente práctica, de allí lo poco capacitados que estaban muchos de los sacerdotes mayores. Pero, luego, sobre todo entre 1670 y 1680, se dio a los eclesiásticos una sólida formación intelectual: además de los cursos de humanidades y filosofía, dos a tres años se dedicaban a la teología y a la adquisición del espíritu sacerdotal; luego, aquí o allá, un tiempo de iniciación pastoral y, en muchos lugares, reuniones de estudio regulares y sustanciales, llamadas conferencias eclesiásticas. En la diócesis de La Rochelle, por ejemplo, se ve aparecer, después de 1670, una nueva generación de sacerdotes cuyas lecturas son significativas de los progresos ya realizados: comentarios sobre la Biblia, la "Summa" de Santo Tomás, obras de san Gregorio y de san Agustín; esto sin hablar de los eclesiásticos que habían estudiado en alguna Universidad y contaban con varios centenares de volúmenes en los estantes de su biblioteca. La diócesis de Nantes registraba una evolución del mismo tipo desde 1685, por la influencia muy fuerte que allí había ejercido Juan de la Noë-Menard, ese gran educador de sacerdotes. En todos lados se habían registrado progresos inmensos, tanto que, desde el punto de vista intelectual, el clero de 1700 ya casi no tenía rasgos comunes con el de comienzos del siglo XVII [57].

Esta calificación intelectual influyó normalmente en el comportamiento habitual del clero. Ya mucho antes de la creación de los seminarios, los obispos habían multiplicado sus ordenanzas para imprimir a sus sacerdotes un tipo de vida más digno, prohibiéndoles compartir los trabajos y sobre todo las diversiones con el pueblo, buscando incluso, aquí o allí, mejorar su nivel económico. Este esfuerzo se hizo más firme durante la segunda mitad del siglo a causa de la insistencia, en la formación clerical, respecto al ideal de Cristo Sacerdote y de las virtudes sacerdotales, sobre todo la de religión. De esta manera se fue conformando poco a poco un nuevo modelo a la vez sociológico y espiritual de sacerdote. Ahora emparentados con la pequeña y mediana burguesía, pero permaneciendo bastante cerca del pueblo, los sacerdotes tomaron conciencia de su dignidad; su vida interior, mejor alimentada, daba sentido a su sacerdocio y les hacía comprender su responsabilidad pastoral [58].

Los límites de esta renovación hay que buscarlos no tanto en los pocos «malos sacerdotes», a menudo poco equilibrados, cuanto en cierta pesadez de la gran mayoría de los eclesiásticos. Esta pesadez aparecía ante todo en una franja del clero, mediocremente abierta a las nuevas orientaciones; tal vez esta franja era más considerable en las diócesis que contaban con numerosos sacerdotes circunstanciales, admitidos más fácilmente a las órdenes y que vivían sin ejercer ministerio. En menor grado, se manifestaba esa pesadez, un poco por todos lados, por un gran apego a los beneficios, de donde se derivaban numerosas contestaciones para defender los derechos y privilegios, debates muy frecuentes para asegurar el ingreso de fondos y, frente al obispo, una autonomía que con bastante frecuencia se convertía casi en independencia. Sin embargo, incluso en este punto, el siglo XVII marcó reales progresos en el retorno a cierto equilibrio entre oficio y beneficio, como lo atestiguan, en muchos párrocos, los numerosos gestos de generosidad hacia las iglesias y de solidaridad hacia los necesitados. Pero el sistema beneficiario constituía todavía para muchos cierto freno al llamado evangélico a la pobreza. Tal cual, sin embargo, ese clero, con sus progresos considerables y sus limitaciones, con la esperanza de una extensión todavía mayor del movimiento reformista, se revelaba, cuantitativa y cualitativamente, muy capaz de dirigir al pueblo cristiano que le había sido confiado [59].

 

 

POBLACIONES DE FE TRADICIONAL, PERO MÁS CONSCIENTE

 

Antes de analizar la situación religiosa del conjunto de los católicos, hay que mirar a la pequeña fracción del pueblo cristiano que permanecía apegada a la Reforma. En la mayoría de las ciudades como en muchas parroquias del Aunis y de los alrededores de Niort y de Fontenay, donde había trabajado, el Padre de Montfort encontró una, dos, tres... familias aisladas que perseveraban en su fidelidad calvinista; solamente en Nantes, Poitiers, La Rochelle y el Aunis, en Thairé y Mauzé donde pudo ver grupos importantes de fe calvinista: entre 1,000 y 2,000 en la ciudad de La Rochelle, y entre 150 y 200 en cada uno de los dos suburbios rurales. Estos protestantes, en su mayoría convertidos durante la Revocación o bautizados después por un sacerdote católico, permanecían privados del culto reformado, pero comenzaban a reforzarse religiosamente, o, por lo menos, socialmente. Treinta años de persecuciones disfrazadas o violentas, una adhesión oficial a la religión romana, hecha de mala gana, habían creado entre ellos un rechazo psicológico al catolicismo, rechazo avivado por la arrogancia de su valiente resistencia. La situación de estos protestantes pedía, cada vez más, una pastoral especialmente muy acogedora y adaptada al caso [60].

En todos los otros lugares, desde Saint-Malo a La Rochelle, las poblaciones dependían de la Iglesia católica y se reunían con ella. Se puede dar por cierto que la casi totalidad o incluso la totalidad era fiel en «cumplir con el precepto pascual» al menos en el campo; incluso en la tibia llanura del Aunis, las abstenciones no llegaban al 1%. Quienes no comulgaban o no eran admitidos a hacerlo, generalmente por razones relacionadas con la moral, constituían la categoría de «pecadores públicos» y se consideraban más o menos como "puestos en cuarentena" por sus sacerdotes y por sus compatriotas [61]. No se debe dar, sin embargo, demasiada importancia a la rareza de estos separados. Incluso por su carácter casi total, la práctica pascual, fácilmente sostenida por un conformismo social, no puede revelar lo esencial de la vitalidad religiosa.

La vida religiosa se revela mucho más a través del comportamiento de los feligreses hacia los lugares de culto y dentro de ellos. Estos lugares mostraban una situación generalmente satisfactoria. Si bien algunas iglesias se encontraban en estado ruinoso, eran sólo la excepción aquí o allá, debido a la antigüedad de los edificios o a lo mal hecho de las recientes reparaciones. Sólo la provincia de Aunis padecía de iglesias pobres, casi todas pasables, pero que tenían apenas lo esencial y estaban muy poco ornamentadas. Casi en todo el resto de los lugares, las poblaciones manifestaban mucho cariño a sus santuarios, colaborando generosamente a su cuidado y embellecimiento, como lo atestiguan las sumas importantes que recababan los "encargados de la fábrica". Era cariño no exento de exageraciones. A pesar de los grandes progresos ya realizados bajo las múltiples ordenanzas episcopales, se conservaba un concepto de la iglesia todavía demasiado cercano a la baja Edad Media. La manifestación más clara de esto era la persistencia, sobre todo en algunas parroquias de la diócesis de Nantes, de la costumbre de enterrar a los difuntos en el interior de la iglesia, a pesar de las reiteradas prohibiciones del obispado, con la idea más o menos consciente de que así se encontrarían mas cerca de la protección divina. De esto resultaba que los lugares de culto se encontraban sin pavimento, con altibajos, eran malolientes, pero los feligreses tenían la impresión de encontrarse allí en familia. Se percibe aquí el vínculo entre este apego exagerado y cierto dejar pasar, que se hace sentir igualmente ya sea en el descuido de los "encargados" de entregar sus cuentas, ya sea en el comportamiento poco respetuoso en el interior de las iglesias, o incluso en una participación menos asidua en los oficios. Dejando de lado las regiones meridionales de la diócesis de La Rochelle, donde la unicidad del sacerdote impedía a toda una fracción de parroquianos asistir cada domingo a misa, ésta era regularmente frecuentada, pero, a pesar de las ordenanzas formales de los obispos, no se les hacía difícil asistir habitualmente tan sólo a una misa "menor" (rezada) o bien se tardaban mucho en dejar la taberna para pasar a la iglesia. Defectos menores, si se quiere, pero que manifestaban una educación litúrgica insuficiente y una religión todavía demasiado tradicional [62].

De la misma manera, la tradición pesaba mucho dentro de las diversas expresiones de la piedad. De los siglos anteriores se habían mantenido las múltiples capillas dedicadas a la Virgen o a los santos: eran raras las parroquias que no poseían una o hasta varias de éstas, además de las que, en la Alta Bretaña, servían como sucursales de la iglesia parroquial. El pasado también había legado la costumbre de mandar celebrar numerosos servicios por los difuntos. La devoción a los santos y el culto a los muertos daban todavía la frecuente impresión de primar sobre el homenaje que se rendía a Dios, a pesar de las correcciones llevadas a cabo por los obispos. Una desviación análoga llevaba a los feligreses a multiplicar especialmente los cirios, los “Agnus Dei” y esas interminables procesiones donde el folklore se mezclaba con la fe. Sin embargo, en todas estas manifestaciones ya notablemente purificadas, se veía un fervor sincero y verdadero. Prueba de esto es el éxito que tuvo, durante el siglo XVII, la propagación del rosario: la mitad septentrional de la diócesis de La Rochelle, la diócesis de Nantes, casi seguramente la de Saint-Malo estaban cubiertas por una apretada red de nuevas cofradías, realmente más religiosas, aunque todavía poco exigentes. Por el contrario, frente al reciente movimiento para propagar la comunión mensual, parece haber habido más lentitud, si no mayor reticencia. Se podría decir que esta piedad sufría, a la vez, el estar todavía demasiado encarnada en las realidades de la vida y no suficientemente comprometida con la vida misma [63].

De la vida cotidiana de las poblaciones no resaltan sino algunos defectos respecto a los cuales el clero se mostraba cada vez más sensible, a medida que se iba reformando. Se los percibía sobre todo en las formas tradicionales de diversiones populares, en las veladas de invierno, en los encuentros de hombres en las tabernas, en los juegos de cartas o de dados, en los bailes de los domingos, en los regocijos anuales con ocasión de la fiesta local. No se puede dudar que estas diversiones hayan dado lugar a exageraciones, pero el clero no percibía suficientemente la necesidad instintiva de distraerse que se expresaba en tales diversiones. Más graves eran las disensiones, los múltiples recursos a procesos (legales), pues manifestaban una falta de caridad entre parientes y vecinos, aunque se debieran, en parte, a un fenómeno de civilización. Pero más allá de estos pocos abusos, autorizados por una sociedad que ejercía sobre las costumbres un control social estricto, la principal deficiencia residía ciertamente en el hecho que la vida cotidiana se regía más por una moral de prohibiciones que por un verdadero sentido de la responsabilidad hacia sí mismo y hacia los otros, a pesar de los progresos ya realizados gracias a la enseñanza religiosa [64].

En ningún otro punto era más sensible el progreso que en la fe. En particular desde hacía medio siglo, la enseñanza del catecismo se había instaurado en casi todas partes. Aparte las antiguas generaciones, todos los parroquianos habían recibido un conocimiento mínimo del cristianismo, conocimiento que se les recordaba constantemente en la misa dominical. Sin duda que esta riqueza seguía siendo débil para un cierto número, por falta de asiduidad al catecismo, pero la gran mayoría poseía nociones suficientes: entre 1698 y 1723, obispos y archidiáconos de La Rochelle sólo se quejan, y moderadamente, de la ignorancia de los niños de 10 parroquias sobre 177. Esto no quiere decir que la instrucción religiosa haya aportado todos sus frutos. Muchas prácticas de devoción comportaban todavía una parte innegable de superstición. Y, en esta sociedad privada de médicos, se recurría aún fácilmente a los «adivinos» y a los «conjuradores» a menudo dudosos. Pero la debilidad de la fe de las poblaciones se debía sobre todo a la dificultad para pasar de las fórmulas memorizadas a una convicción personal. A los parroquianos se les había dado una enseñanza, pero ¿se les había evangelizado realmente? Nadie duda que para toda una clase privilegiada, por ejemplo la que frecuentaba los retiros en Rennes, en Nantes, en Saint-Brieuc y en otros centros menos importantes, la fe era verdaderamente personal; tales retiros tocaban cada año, de Saint-Malo a La Rochelle, a millares de fieles, que no eran todos de clase acomodada. Esto era casi igual para toda una parte del pueblo que, especialmente en Bretaña, respondía con generosidad a las misiones parroquiales. Pero, para la mayoría de la población, aun claramente mejor instruida, la fe tenía que ver tal vez todavía tanto con la tradición y el instinto religioso como con la adhesión personal. Quedaban por hacer muchas mejoras, a pesar de los progresos ya realizados [65]. Esta apreciación de conjunto pide sin embargo ser matizada en ciertos sectores geográficos o sociales que no se habían beneficiado o que parecían haberse beneficiado en menor medida de la renovación.

 

 

EN LOS MÁRGENES DE LA RENOVACIÓN CATÓLICA

 

De todas las regiones donde trabajó el Padre de Montfort, parece que las menos tocadas por la renovación fueron la llanura de Aunis, la de Fontenay-Niort y, sin duda alguna, el conjunto de las llanuras del Poitou. En efecto, a diferencia de las regiones del Macizo Armoricano, la propagación de las cofradías del rosario había sido casi nula en esa zona, al menos en las dos primeras, que fueron sin embargo sometidas de inmediato a la irradiación de conventos dominicos. En realidad, se trataba ante todo de una diversidad cultural en relación con las de los bosques del Oeste. Ya se considere el estado de las iglesias, las fundaciones piadosas, las capillas de devoción, las cofradías o las vocaciones sacerdotales, el contraste era más o menos total entre estas llanuras y las regiones boscosas y remontaba al menos a un siglo atrás, si no a mucho antes. «Casi no existe pueblo en el reino que sea menos celoso por el culto divino», escribirá muy pronto el ingeniero Claude Masse. Si bien eran gente menos religiosa que la de los Bosques, aunque fiel a lo esencial de la práctica, la gente del llano se mostraba también más suave aunque menos laboriosa, más sociable y menos «ruda» [66]. No era que estas regiones adolecieran de un retardo en la penetración de la reforma, sino que no exigían una pastoral adaptada a su mentalidad particular.

 Esta penetración menor de la renovación se hacía sentir sobre todo en grupos bien delimitados. Podía ser el caso de tal o cual parroquia, tal vez Mervent o Saint-Amand-sur-Sèvre, en la diócesis de La Rochelle, ya por razones locales ya por descuido de los párrocos [67]. Y era el caso sobretodo en el interior de una misma parroquia, para las aldeas rurales alejadas de la iglesia o para los suburbios urbanos más o menos apartados del centro, como el de Montbernage, más allá del río Clain, en la ciudad de Poitiers. La menor integración a la parroquia hacía, por ejemplo, que los niños frecuentaran menos asiduamente el catecismo [68]. Se revelan claramente menos favorecidas ciertas categorías sociales totalmente separadas del marco parroquial, como por ejemplo, los soldados, siempre en movimiento en esos años de guerra; muy mal atendidos por los capellanes, estos amantes del libertinaje eran temidos por la población [69]. Todavía más desheredados espiritualmente parecen haber estado los pobres.

Esta manera general de llamarlos «pobres» envuelve una realidad diversificada. Puede designar a los jornaleros que, en tiempos de dificultad económica –se atravesaba entonces por un período de precios bajos–, sobre todo en años malos como 1709, caían fácilmente en la miseria y la mendicidad: 210 en Pont-Château, sobre 4,000 habitantes, en abril de 1709, lo que representa una proporción relativamente débil. Estos indigentes temporales permanecían insertos en su parroquia, aunque hubieran proporcionado, en momentos más críticos, cantidad de vagabundos que iban a engrosar el tropel de desarraigados. A éstos se aplica más plenamente la denominación de «pobres». Una parte de ellos se encontraba ahora «a resguardo», en los hospitales generales creados desde 1660 para proteger a la sociedad: entre 300 y 400 en el hospital de Poitiers, 200 en Fontenay-le-Comte, tal vez 600 en La Rochelle. Estos «pobres enclaustrados» gozaban de techo, de alimento e incluso, más o menos regularmente, de servicios religiosos, pero se sentían desterrados de la sociedad. Prisioneros de un régimen hospitalario bastante monacal, al que detestaban, aspiraban a regresar a sus costumbres de vida y de conducta en libertad. En cuanto a los pobres que, a pesar de las prohibiciones reales y de los arqueros «caza-bribones», seguían mendigando ya a lo largo de las carreteras por donde caminaban ya en las ciudades donde se replegaban con la esperanza de recibir limosnas más sustanciosas, nada estaba previsto para su atención religiosa, aunque su número podía incrementarse hasta en varios centenares dentro de una misma ciudad. Entre ellos, al igual que entre los «pobres enclaustrados», la pereza, la embriaguez, las disputas tenían que ver, en gran parte, con una especie de protesta contra la sociedad. Considerados con desprecio mezclado de temor por esa sociedad que les otorgaba unas pocas monedas o «el abrigo» del hospital general, eran conscientes de su descalificación: «Los pobres son siempre despreciados», escribirán los de Poitiers en 1704. Esta falta de integración era la causa de que entre ellos se diera una penetración muy débil de la enseñanza religiosa y de toda la renovación católica. Constituían verdaderamente los marginados en relación con el conjunto de las poblaciones católicas [70].

Al terminar este análisis se debemos preguntarnos si estas regiones de la Alta Bretaña, de Aunis y de Poitou, donde Grignion de Montfort iba a trabajar, constituían una «zona de misión» como lo dicen o insinúan tantos de sus biógrafos. Ciertamente no, si nos referimos únicamente a la práctica religiosa. El tema es más delicado, cuando se pasa al plano de la fe. Es cierto que una mayoría del pueblo tenía necesidad de ser evangelizada con mayor profundidad. Pero ya se habían realizado progresos muy sensibles y continuaban desarrollándose; se podía contar para extender e intensificar la renovación con un clero cada vez mejor formado. Sólo existían problemas para diversos grupos sociales y, de manera muy diferente, para algunas regiones. Incluso allí, se trataba de cristianos más o menos marginados que la pastoral de las diócesis podía realmente alcanzar, si lograba adaptarse. La situación que encontraría el Padre de Montfort difería enormemente de la que se había presentado, cerca de un siglo antes, a los pioneros de la misión interior.

 

 

EN LA ENCRUCIJADA DE CORRIENTES

 

Este análisis situacional sólo daría una imagen incompleta, si no miramos a las tendencias religiosas y pastorales de la época. Se pueden agrupar éstas en torno a tres movimientos: el debilitamiento del dinamismo del siglo XVII, la aparición del espíritu del siglo XVIII y el enfrentamiento de las corrientes pastorales.

Es muy difícil definir la fecha en que termina el siglo XVII religioso, sobre todo en las diócesis del Oeste tan alejadas de la capital. Más vale hablar de una fase de culminación y de debilitamiento, que parece haber empezado ya en 1700. Tal vez sea un índice de esto la disminución de las fundaciones piadosas, al menos por lugares, aunque éstas constituyan sobre todo un fenómeno del bajo medioevo. Hay que buscar más bien en la evolución de la pastoral. Sería falso decir que la reforma católica terminó su carrera hacia 1700, al menos en el Oeste; pues se prolongará todavía de veinte a treinta años más. Pero se sentía ya cierta lentitud debida, por una parte, al agotamiento del movimiento, y por otra, al hecho de que no urgía la presión de una situación, que claramente ya había mejorado. Realmente se estaba consolidando más que progresando, aunque los progresos anteriores continuaron ramificándose hacia la base. No se trataba ya del verdadero dinamismo religioso del siglo XVII [71].

Como estamos en una fase de transición, se pueden buscar en ella los presagios, las primeras manifestaciones del espíritu del siglo XVIII. Si bien es cierto que se pueden encontrar entonces en los medios literarios de París los primeros signos de "deísmo" o de irreligión, nos equivocaríamos gravemente al querer trasladarlos tal cual a las provincias. El verdadero espíritu del siglo XVIII casi no penetrará en el Oeste antes de mediados de siglo. Sin duda, se encontrarían ya por allí algunos de los famosos «libertinos». Quienes, por una parte, no eran algo nuevo: se les encuentra a lo largo de todo el siglo XVII; a lo sumo, el uso de la palabra se convierte en algo menos raro, en función tal vez tanto de la reacción de los clérigos como de la evolución de la situación. Por otra parte, cuando se examina el empleo de la palabra «libertinos», se percibe que se aplicaba esencialmente a gente que deliberadamente anteponía sus gustos a la disciplina eclesiástica. Los casos de rechazo de los dogmas entre los católicos eran extremadamente raros: uno solo en todas las comarcas de la diócesis de La Rochelle. En otras partes sí será posible atisbar las primeras manifestaciones del siglo XVIII [72].

Alrededor de 1700, se percibe aquí y allá mayor preocupación por el hombre y su desenvolvimiento. Esto se hace sentir, entre otras cosas, en un interés inicial de los administradores por los fenómenos sociológicos; en una preocupación mayor por el urbanismo en las ciudades; en reclamos de los negociantes respecto a la libertad de comercio [73]. En el plano religioso, este nuevo espíritu se transparenta sobre todo en la sustitución progresiva de las fundaciones piadosas por las fundaciones caritativas; en la apertura de escuelas, en la multiplicación de obras para los indigentes, en la introducción de comunidades más totalmente dedicadas a los pobres, lo cual expresa, más allá de las dificultades económicas, una preocupación mayor, aunque todavía bastante restringida, por la felicidad del hombre [74].

Mucho más claro que estos caracteres de transición, aparece el enfrentamiento entre las corrientes pastorales divergentes del agustinismo y de la reacción anti-agustiniana. Reducir este enfrentamiento al del jansenismo con la ortodoxia sería una penosa confusión y un grave error de perspectiva. La verdadera querella jansenista del siglo XVIII sólo estallará en el Oeste después de la aparición de (la bula) Unigenitus en 1714, en Nantes en 1716, en Saint-Malo y La Rochelle en 1718. Para entonces, se vivía todavía del beneficio de la Paz clementina; el tema se presentaba menos en términos de ortodoxia y de heterodoxia que en el plano de la pastoral. Las divergencias sobre esto sin embargo descansaban en visiones teológicas profundamente diferentes [75].

Los agustinianos ponían en primer plano la salvación por Jesucristo y la exigencia de una respuesta verdaderamente personal del hombre. Alimentados en la Biblia y los escritos de los Padres, se inscribían en la línea beruliana y se relacionaban más directamente con San Ciro. Para ellos, el cristianismo era ante todo don gratuito en Jesucristo, centro de toda la vida cristiana; miembro de Cristo, el hombre debía vivir un cristianismo muy puro, muy interior. Para ellos, la Iglesia era más Pueblo de Dios que jerarquía y la Eucaristía era ante todo sacrificio en el que participa todo cristiano gracias a su sacerdocio bautismal. Se puede sin embargo estimar que los aspectos institucionales y humanos se encontraban minimizados. A menudo muy intelectuales, los seguidores de esta corriente no se preocupaban lo suficiente por las fórmulas prácticas, al alcance del pueblo. Exagerando estas orientaciones, algunos agustinianos, no todos, empujados en parte por la corriente opuesta, caerán en el “quesnelismo” [76] y luego en el cisma.

El temor a las exageraciones de la tendencia precedente dio vigor a la reacción anti-agustiniana, animada ante todo por una preocupación por la ortodoxia integral y por un sentido de las necesidades humanas. La preocupación por la ortodoxia llevaba a insistir en las verdades a creer y en su formulación escolástica, corriendo el riesgo de un gran empobrecimiento doctrinal. Dentro de esta línea, la Iglesia se volvía ante todo jerarquía. La voluntad de responder a las necesidades de los hombres llevaba consigo una visión antropocéntrica del cristianismo, donde la Eucaristía era ante todo comunión, medio de perfección personal, y un apegarse a la pedagogía de la religión: dogmas claramente enunciados, culto exterior que impacta los espíritus, deberes muy claramente precisados, prácticas de piedad concordantes con las aspiraciones populares. El esfuerzo pedagógico era muy loable, pero corría el riesgo de diluir el misterio cristiano [77].

En la Alta Bretaña, el Poitou y el Aunis, estas dos tendencias dividían una gran parte del clero, de acuerdo a las posiciones de los obispos reinantes, y aún más todavía según las posiciones de los maestros que dirigían o habían dirigido los seminarios. Si bien algunos prelados observaban una atenta neutralidad, Monseñor Desmarets, en Saint-Malo, se inclinaba claramente por los agustinianos, mientras que en Luzón, Monseñor de Lescure, y más todavía en La Rochelle, Monseñor de Champflour estrechamente ligado a los jesuitas, iban a ser los campeones de la reacción. En estas dos últimas diócesis, los directores de seminario habían propagado durante largo tiempo el agustinismo; los de Nantes seguían haciéndolo, mientras que los jesuitas tomaban la dirección de los seminarios de La Rochelle y de Luzón. La distancia entre las dos tendencias iba a acentuarse cada vez más [78].

El Padre de Montfort no era hombre que pudiera permanecer totalmente extraño a estos conflictos de tendencias pastorales; el itinerario de su carrera lo llevaría, además, a trabajar en diócesis de orientaciones muy divergentes. Pero en el otoño de 1700, pensaba sobre todo en las necesidades de las poblaciones del Oeste, hacia las cuales se dirigía. Recién ordenado sacerdote, desconocía un tanto los progresos inmensos ya realizados desde hacía un siglo, particularmente entre el clero, pero no por eso era menos ardiente en ponerse al servicio de las diócesis.

 

 

 

Capítulo 4

AL SERVICIO DE LAS IGLESIAS LOCALES

 

 

Por las circunstancias y los avatares de su vida y también por su repugnancia a encerrarse en un lugar fijo, el Padre de Montfort tuvo que trabajar en diferentes diócesis, de maneras muy distintas. Antes de abordar el análisis propiamente dicho de su pastoral, conviene, para situar el conjunto de su acción en el marco de las iglesias locales donde trabajó, precisar su relación con los obispos, determinar los ambientes que alcanzó, examinar como concebía él mismo su función.

 

 

EN LA DEPENDENCIA DEL OBISPO

 

A lo largo de sus 15 años de actividad pastoral, Grignion de Montfort predicó o quiso predicar en 12 diócesis. De éstas, 7 diócesis le prohibieron el ministerio de manera más o menos completa, más o menos duradera; fue despedido del equipo misionero de una octava y alejado del hospital general de una novena. Solamente dos obispos lo han aceptado verdaderamente: el de Luzón y el de La Rochelle. ¿No habrá en todo esto un indicio de que a este apóstol tan fervoroso le faltaba algo del sentido común de una sana relación con los obispos?

Todos los biógrafos de Montfort han abordado, de una u otra manera, la cuestión de estas dificultades entre su héroe y los obispos. La gran mayoría ha buscado las explicaciones, primero o incluso exclusivamente, por el lado del episcopado. La hipótesis más usada fue la del jansenismo de los obispos y de los que los rodeaban: esta hipótesis, lanzada después del cisma de los "Quesnelistas", asumió tal amplitud en el siglo XIX, hasta parecer solucionarlo todo [79]. Puede seducir: los dos únicos obispos que protegieron al Padre de Montfort adelantaron contra el "quesnelismo" una campaña salvaje. Pero entre los siete obispos que lo suspendieron en sus territorios, sólo uno, el de Saint-Malo, tomará más tarde posición contra la bula Unigenitus; su entredicho corría en el sentido de los reglamentos disciplinarios que acababa de asumir en contra de los sacerdotes demasiado libres, de acuerdo con un reciente sínodo [80]. No se podría negar que tal o cual de los otros obispos tuviera a su alrededor algún vicario general agustiniano, claramente orientado hacia el "quesnelismo". Así los archidiáconos Luis Bouchet en La Rochelle, y De Moulin-Henriet en Nantes: ambos apelaron contra la Bula. Nada prueba la intervención de estos dignatarios contra el Padre de Montfort: exactamente al contrario, el primero ciertamente y el segundo probablemente colaboraron positivamente con él [81]. Que la hipótesis jansenista pueda aportar, aquí o allá, algún elemento de explicación no es imposible, aunque la crisis no estalla verdaderamente sino después de la muerte del misionero. Pero, en el conjunto, la razón de las prohibiciones lanzadas por estos obispos no era de orden doctrinal.

El segundo biógrafo, Charles Besnard, queriendo evitar lo que habría podido parecer una crítica al episcopado, buscará, desde 176O, algunas explicaciones locales, un antecedente fastidioso, en Avranches, por ejemplo [82]. Tales razones han entrado en juego, sin ninguna duda, pero quizás hay que considerar las cosas de manera más amplia. Ciertamente en Poitiers y en Nantes, muy probablemente en Saint-Malo, las iniciativas de Montfort habían levantado una oposición frente a la cual un obispo no podía quedarse del todo indiferente: se opinaba que era preferible sacrificar a este sacerdote un tanto raro para tranquilizar los ánimos, ¡dejando para más tarde la entrega de un certificado elogioso a su memoria! Esta serie de prohibiciones acopladas a las dificultades encontradas con la administración real, algunas veces, con la aristocracia y la burguesía más a menudo, habían creado poco a poco alrededor de Luis María Grignion cierta aureola: el "grignonismo", dirá riéndose con ironía el intendente de Bretaña. Desde entonces algunos obispos no quisieron introducir o mantener en su diócesis a semejante sacerdote [83]. Este cuidado por evitar las complicaciones contribuyó ciertamente a trazar en zigzag el itinerario apostólico de Montfort, pero finalmente nos conduce al propio hombre.

En este itinerario doloroso Grignion de Montfort no fue solamente una "pelota en una cancha de juego", según su propia expresión. No era capaz de moverse en el mundo de la administración episcopal o real. La mirada puesta en su ideal o su proyecto, no prestaba atención a los cuchicheos ni a los remezones que podía suscitar. Poco propenso a componendas, se oponía abiertamente cuando el Evangelio le parecía en peligro. En consecuencia, era casi ineludible que este sacerdote, cuyo ministerio no podía pasar inadvertido, sufriera dificultades. Estaríamos tentados a ver una prueba, a contrario, en el hecho que ha podido finalmente encontrar dos diócesis que quedaron abiertas para él sólo alrededor de los cuarenta años, es decir, a la edad en que finalmente logró sentar cabeza. Pero esta explicación psicológica no agota la cuestión.

Frente a cada prohibición de ejercer su ministerio, Montfort se somete inmediatamente. No busca defenderse. En dos oportunidades, en las diócesis de Saint-Malo y de Saintes, un párroco que deseaba sus servicios intervino ante el obispado: cada vez se autorizó la continuación de las predicaciones [84]. En la actitud del misionero cabe, sin duda, por un lado un aspecto de su carácter inflexible. Se encuentra allí igualmente su sentido profundo de la obediencia que, decía a sus confidentes, constituía su "capital" [85]. ¡Sus maestros de San Sulpicio habían pulido sin descanso su alma en este punto! Pero su dolorosa docilidad a los obispos se arraiga todavía más con profundidad.

Cuando, en 1706, lo recibió el Papa, le dio como norma: "Trabaje siempre en perfecta obediencia a los obispos, en las diócesis adonde le llamen" [86]. Ya antes, en Poitiers, Montfort había manifestado un empeño de gran dependencia frente al obispado, no entrando ni volviendo al hospital general sino después del pedido del prelado y consultándolo antes de tomar las decisiones importantes. Esta voluntad de trabajar con los obispos y en sintonía con ellos será todavía más manifiesta después de 1706. En Nantes, las diferentes parroquias donde trabajó le fueron asignadas en parte ciertamente por el vicario general Barin, en parte probablemente por su colega Du Moulin-Henriet. En La Rochelle actuó en constante vinculación con Monseñor de Champflour, refiriéndose a él para cada iniciativa. Si en algunas parroquias, fue llamado por el mismo párroco, lo fue siguiendo las normas episcopales. Mucho más, sobre todo después de 1706, supo, hasta un cierto punto, reafirmar su pastoral siguiendo las orientaciones del obispo, optando por la decencia de las iglesias en la región de Pont-Château, o por la apertura de escuelas en la diócesis de La Rochelle. Esta estrecha dependencia de los obispos respondía muy bien a su manera de considerar su inserción en las diócesis [87].

A principios del siglo XVIII, los equipos misioneros se apoyaban en bases institucionales. Dicha base podía ser la estructura conventual: era el caso de los jesuitas de Nantes, Rennes, Luzón, La Rochelle, Poitiers, algunos de los cuales predicaban misiones, de vez en cuando. Lo era todavía más, para los capuchinos, cuyos numerosísimos conventos del Oeste ofrecían consistentes equipos misioneros. En cierto modo valía también para los eudistas de Rennes, los lazaristas de Fontenay-le-Comte, Saintes, Beaulieu-sous-Mareuil, Poitiers, Saint-Brieuc y Saint-Méen-le-Grand. Dicha base podía estar constituida también por beneficios: los lazaristas de Fontenay, y parcialmente los sacerdotes seculares de San Clemente de Nantes se apoyaban en prioratos o ricas capellanías. A menudo y cada vez más, incluso para las comunidades precedentes, esta base descansaba sobre “fundaciones” de misiones, capitales destinados a financiar misiones, según una determinada periodicidad. A falta de las soluciones precedentes, también aseguraba una base institucional la donación de una suma global que subvencionase todos los gastos de la misión, ofrecida por un sacerdote o un rico feligrés, bajo contrato notarial. Los equipos de misioneros bretones, entre otros los del Padre Leuduger en Saint-Brieuc, financiaban así por medio de fundaciones y donaciones sus compromisos apostólicos que agrupaban un gran número de párrocos y vicarios que se alejaban momentáneamente de sus parroquias para reanimar juntos a una población. Hacia 1700 la importancia de estos elementos institucionales fue aumentando en el ministerio de los misioneros. Estos últimos no eran menos sumisos a los obispos, no comenzando jamás sus predicaciones sin una orden especial escrita por el jefe de la diócesis; pero esa base les daba cierta autonomía, un medio para protegerse, si era necesario [88].

Grignion de Montfort rechazó constantemente esta manera de subvencionar la misión. Su temperamento sin duda no se adaptaba a esta forma de integración, pero sobre todo ansiaba estar totalmente disponible a los obispos. Lo manifiesta indirectamente en su manera de financiar las misiones. Rechazando cualquier fundación y cualquier ofrenda que costease el conjunto de los gastos, quería vivir de las pequeñas ofrendas aportadas día a día por los humildes parroquianos. Esta fórmula era entonces cada vez más rara, empleada solamente, aquí o allá, sea por un sacerdote aislado, sea en algunas circunstancias excepcionales, por una comunidad como la de los capuchinos [89]. Para el Padre de Montfort era una manera de ser más disponible a la Providencia –este era el nombre que daba a la casa alquilada durante la duración de los ejercicios– y, más inmediatamente, a la jerarquía. Esta dependencia particularmente estricta a los obispos, la expresa claramente en 1713, cuando transpone para los miembros que vendrán a su instituto, su visión original sobre los vínculos con el episcopado: además de dos inmuebles que servirán para la formación de los jóvenes y el retiro de los ancianos,

 "la Compañía puede recibir de manos de la divina Providencia las otras casas que le donen en las diferentes diócesis adonde Dios la llame, pero aceptará solamente el usufructo de ellas, como el inquilino en una casa... Si alguna persona caritativa le hace donación de una casa, la Compañía consigna por escrito la propiedad de la misma al obispo del lugar y a sus sucesores, conservando para sí solamente el usufructo. El obispo y sus sucesores tienen, por tanto, plenos poderes y derechos para quitar dicha casa a los misioneros si éstos con el tiempo... no cumplen sus obligaciones" [90].

Esta peculiar visión de las cosas puede comportar quizás una brizna de ingenuidad, sin duda un menosprecio de la institución, pero permite estar en dependencia directa bajo el episcopado. En esta dependencia directa, Montfort ha sufrido algunos contragolpes en las numerosas suspensiones que ha recibido como un látigo, porque ninguna mediación institucional podía atenuar las reacciones contra él tuvieran algunos obispos, a veces provocados por algunos de sus comportamientos. Era, de algún modo, el precio de una fórmula que había encontrado desde 1700 y de la que nunca quiso separarse. Pero esta concepción de su lugar en las diócesis manifiesta también un sentido profundo del episcopado que empalma con el de los agustinianos, dejando de lado el galicanismo de estos. Así los múltiples avatares del misionero con los obispos y los responsables diocesanos exprimen, en el fondo, su voluntad de actuar totalmente bajo su dependencia.

 

 

LA OPCIÓN POR LOS AMBIENTES HUMILDES

 

El Padre de Montfort quería estar totalmente disponible a los obispos, pero no se sentía llamado a trabajar en cualquier lugar. Un análisis de los lugares donde ejerció su ministerio ayudará a precisar todo un aspecto de su servicio a las diócesis.

Tributario de las misiones bretonas, en las cuales colaboró durante algunos meses, según su sueño de adolescencia y juventud, Luis María de Montfort sabía muy bien que estos ejercicios movían y contribuían a formar una legión de párrocos y de vicarios. ¿Habría soñado, el joven sacerdote, una "Compañía de buenos sacerdotes... bajo el estandarte y la protección de la Virgen María" a la manera de ciertos grupos diocesanos que funcionaban entonces en la Baja Bretaña [91]? Muy pronto tuvo que darse cuenta que él no era hombre para conseguir un grupo así. Los azares de su carrera y, no menos, las asperezas de su temperamento le impedían incluso permanecer mucho tiempo como socio de un equipo constituido, como el del Padre Leuduger, por ejemplo. Cuando, en 1708, él mismo llegó a ser jefe de misiones, sus colaboradores eran generalmente ocasionales, jesuitas, dominicos, capuchinos, eclesiásticos de diferentes diócesis. Sólo le fueron fieles por largo tiempo Pedro Ernaud des Bastières y el Hermano Maturín. Montfort tenía hasta cierta manera de contratar a su gente: solicitándolos repentinamente para el día siguiente, escogiéndolos a pesar de su poca aptitud o su falta de preparación, por ejemplo René Mulot y Pierre Vatel, con la consecuente dificultad para integrarlos. Llegó al colmo con la aceptación de dos laicos auxiliares que se parecían más a unos estafadores que a unos apóstoles [92]. Por este poco cuidado de los riesgos como por las desgracias del destino, se explica que no haya podido organizar antes de su muerte el instituto que llevaba dentro de su alma. También le era difícil marcar profundamente a los sacerdotes que trabajaban con él.

¿Logró por lo menos marcar a los sacerdotes en cuyas parroquias predicaba? Los testigos refieren algunos casos en donde logró que el párroco del lugar se decidiera a terminar las divisiones que lo enfrentaban a sus ovejas, a pasar de un régimen de honesta mediocridad a un estado de fervor. En otro lugar, en Mervent, puede haber producido algunos cambios duraderos en un sacerdote cuyas costumbres expresaban un profundo desequilibrio [93]. Pero nada en su vida, tal como la conocemos, o en sus escritos, manifiesta en él una voluntad de educar al clero. Es una impresión muy diferente la que sugiere el zarpazo que lanza "a los beneficiados de negocios", cuando se sabe que el sistema beneficiario constituía un freno al impulso evangélico de la mayoría del clero [94]. Si el Padre de Montfort ha ayudado a ciertos párrocos a entrar en la pastoral diocesana, es sobre todo indirectamente, porque él mismo se sentía hecho ante todo para el pueblo.

Si creyéramos a Charles Besnard, que escribía unos 60 años más tarde, Montfort trajo de nuevo al catolicismo a "gran número" de herejes de La Rochelle. El hecho que los calvinistas eran, por lo general, considerados jurídicamente católicos, impide echar cálculos, por la ausencia de documentos oficiales de abjuración, para afirmar o negar esta afirmación [95]. El misionero ha dejado, si no utilizado, un "Método para convertir a los herejes". A pesar de la recomendación de actuar hacia ellos sin amargura ni cólera, el contenido de este texto poco original es de estilo polémico, con miras a confundir y a convertir, así como lo hacía la "Carta e Instrucción pastoral..." escrita por Monseñor de Champflour en 1715, durante la permanencia de Montfort en su diócesis [96]. Si el homenaje público que hacía rendir al Libro de los Evangelios podía atraer la mirada de los protestantes, nos deja un poco escépticos la intención que se supone en él de conmover a los calvinistas con la devoción mariana, y más precisamente con la práctica del rosario. Está lejos de los métodos progresivos, basados sobre los mismos valores de la Reforma, que Tomás Gould experimentaba entonces en la diócesis, con algún éxito [97]. Los resultados de Montfort entre los protestantes parecen alcanzados, sea por alejamiento del grupo de parte de individuos conquistados personalmente, sea por conversión de protestantes aislados, como fue el caso en Fontenay-le-Comte y sin duda en Saint-Pompain [98]. Mirando la agresividad que el Padre de Montfort deja traslucir hacia los herejes, a partir de hechos reales o supuestos, se puede creer que no ha trabajado particularmente los ambientes protestantes, sino que se ha dirigido esencialmente a los católicos [99].

En ambientes católicos las intervenciones de los misioneros se realizaban habitualmente en el marco parroquial, y algunas veces, por lo menos en ciudad, en un marco inter-parroquial. Esta segunda manera, la utilizó Montfort una y otra vez en el campo, predicando en pequeñas parroquias a la vez, pero habitualmente seguía la manera general de actuar. En cambio, en las ciudades, parece bastante libre respecto de las estructuras parroquiales. Si sus predicaciones en Poitiers en 1705-1706, sea en una iglesia, sea en una capilla del monasterio, y también en un granero, pueden comprenderse a partir de una orden del vicario general encargado del sector de la ciudad, no se ve bien por el contrario porqué en La Rochelle, predicando en la parroquia de Notre-Dame, reúne a sus oyentes en las capillas del Hospital y de los dominicos. Más significativa es su manera de establecer unos oratorios en algunos barrios alejados de la iglesia, como en Montbernage, en Poitiers, o muy cerca de la iglesia para determinadas categorías sociales: los pobres en Fontenay, los soldados en La Rochelle. Sencillos oratorios de devoción sin duda, pero que destinados a los elementos geográfica o socialmente poco integrados, corrían el riesgo de fortalecer el movimiento centrífugo en la parroquia. No hay duda que esta libertad relativa, que parece atenuarse solamente con los años, no pudo caminar sin ciertos choques, en una época en donde las estructuras parroquiales tenían una gran rigidez por el sistema beneficiario [100]. Esta libertad responde sin duda a cierto inconformismo, pero expresa más profundamente una feliz necesidad de reencontrar, más allá de la institución, lugares particulares y situaciones sociales reales.

En medio de estas categorías sociales hay que resaltar, primero, a los que se llamaban entonces la gente de buena condición. El Padre de Montfort trabajó poco entre ellos. Si predicó en muchas ciudades, lo hizo siempre en los barrios más marginados. Sin duda, los obispos no lo enviaban a las parroquias más burguesas donde arriesgaba no responder al gusto de los oyentes, pero él mismo tampoco sentía atracción por este género de parroquias. Por lo que se podría juzgar a través de los relatos de los biógrafos, a menudo llevados a privilegiar ciertos hechos, del 60 al 80% de los choques que enfrentaron a Montfort con individuos o con pequeños grupos, se produjeron en sus contactos con gente de buena condición: oficiales militares en Fontenay y en Poitiers, notables en Sallertaine, burgueses en Montfort, abogados en Campbon, hidalgos en Villiers-en-Plaine, etc. Más allá de estos choques ocasionales y más que ellos, cuentan sus comportamientos habituales que, como bien lo ha notado su amigo el canónigo Blain, debían ser "de mal gusto para la gente de ciudad y de espíritu". Todo esto no tenía nada que ver con la falta de educación, pero Montfort, que tan fácilmente se afinaba a las aspiraciones populares, seguía su inspiración "sin molestarse de cuidar los gustos delicados de los prudentes del siglo" [101]. Detrás de estas últimas palabras se percibe cierta visión evangélica. A partir de ésta visión, logró ganarse a algunas almas de estos ambientes: como María Luisa Trichet, hija del procurador en Poitiers; o Bénigne Pagès, hija del tesorero de Francia en La Rochelle; lo mismo que algunos hombres como Bedouet d'Orville, subdelegado en Rennes del intendente de Bretaña [102]. El Padre de Montfort fue mejorando a medida que, creciendo hacia la madurez, ensanchaba su campo mental: en 1711, en La Rochelle, tomó en la mano toda una fracción de la burguesía, como lo muestra Claude Masse [103]. Sobra decir que Montfort no tenía vocación para la gente de buena condición, sino que se encontraba deportado hacia las gentes humildes.

"Al pequeño mundo tanto del campo como de la ciudad" consagró el Padre de Montfort la mayor parte de su actividad [104]. No esconde su preferencia por el campo, al que consagró del 85 al 90% de las misiones predicadas después de su salida de Poitiers en 1706. En el mismo Poitiers, antes que todo, trabajó en los barrios marginales cerca de las orillas del Clain; otro tanto, en Fontenay, en el suburbio de Loges; en Nantes, en los suburbios de San Donaciano y San Similiano; y lo mismo en La Rochelle, en el reciente y modesto barrio de Villenueve. Todo en él se armonizaba a sus gustos, a su manera de vivir, a su estilo de acción, a su lenguaje. Los enemigos del misionero lo habían comprendido bien y se aprovechaban de ello para acusarlo de "seducir al pueblo". Entusiasmo más que seducción, como nos testifica su carta tan afectuosa pero también tan franca a los habitantes del suburbio de Montbernage en Poitiers, porque Montfort les decía sin rodeos sus defectos, pero de una manera que al mismo tiempo les expresaba la profunda simpatía que les tenía [105].

En medio de este pueblo, ninguna categoría lo atrajo tanto como los pobres, todos los pobres, fueran ellos los prisioneros de Poitiers o los pequeños limpiadores de chimeneas de París, los enfermos o los soldados. Para estos últimos tuvo una particular atención en todas partes donde los encontraba: en Poitiers, en Dinán, en Breal, en Nantes, en La Rochelle e incluso en las fortificaciones de la isla d'Aix. Claude Masse nos muestra a los de La Rochelle "devotísimos" de su misionero [106]. Entre estos pobres parece que hay que incluir a algunos "pecadores públicos", puestos en cuarentena por la comunidad parroquial; tan pronto llegaba a una parroquia, testifica Pedro des Bastières, Montfort se informaba de estos pecadores, iba a visitarlos y los "trataba con toda la dulzura imaginable" [107]. Pero entre estos pobres su preferencia iba directamente a los mendigos, estuvieran o no enfermos.

Durante toda su vida el Padre de Montfort otorgará a estos desdichados, puestos al margen de la sociedad, un lugar privilegiado en su ministerio, en sus misiones y fuera de ellas. Tan pronto llegaba, por ejemplo, a París, a Poitiers, a Angers, a Rennes, a La Rochelle, a Saint-Lô, se dirigía al hospital general. Y se sabe que, por otra parte, a menudo era acompañado por una manada de vagabundos. Pero en Poitiers, al principio de su vida sacerdotal, se entregó más a ellos. Durante algunos meses, él que tanto amaba el movimiento, se encerró con los "pobres enclaustrados", compartiendo su vida hasta querer comer como ellos. También entonces, consagró su tiempo libre a los otros pobres que se arrastraban en la ciudad. También si les dijo "abierta pero dulcemente sus verdades", hasta el punto de ganarse entre ellos a algunos enemigos, sin embargo se conquistó su corazón: "Todos ellos dicen públicamente que seré su sacerdote" [108]. El hecho es que compartió sus sufrimientos de seres despreciados, como nos prueba su cántico, tan expresivo y realista sobre "Los gritos de los pobres":

"Hay quien piensa obrar bien si nos hiere y golpea;

nos ahuyentan o apresan y hasta nos encadenan,

llegan hasta a prohibirnos expresar nuestra angustia...

¡Malditos haraganes, raza de pordioseros!

Nos gritan muchos nobles" [109].

Más allá de estos sufrimientos, Montfort veía el abandono espiritual; toda su acción miraba a realizar o favorecer la recuperación de estas almas demasiado descuidadas por la Iglesia. Su fe veía en ellos a Jesucristo; su corazón de hombre difícilmente integrado a la sociedad, sentía por ellos una instintiva simpatía. De todos los ambientes sociales o religiosos donde trabajó el Padre de Montfort, no hay otro con el que haya sintonizado mejor o al que se entregado más.

Hay que reconocer sin embargo que Luis María de Montfort reservó toda una parte de su vida a algunas élites espirituales, en Poitiers, París, Nantes, La Rochelle, Fontenay-le-Comte y en otras partes: monasterios de religiosas donde predicó retiros; grupos fervientes que fundó y siguió; almas generosas que dirigió, en particular María Luisa Trichet y Catalina Brunet que llegaron a ser sus primeras Hijas de la Sabiduría. Puede que haya, en esta necesidad más apremiante cada vez de hallar a algunas almas privilegiadas, cierta compensación a su apostolado en ambientes humildes, a veces frustrado, pero deseoso, sobre todo, de comunicar su experiencia mística para beneficiar a algunas almas particularmente receptivas, como nos lo testimonian algunos de sus escritos: "El Secreto de María" donde expone a una alma su descubrimiento de la Virgen; la "Carta Circular a los Amigos de la Cruz" donde entrena a un grupo de hombres de Nantes hacia la cumbre; las cartas, tan naturalmente místicas, que dirige a distintas religiosas [110]. El lugar ocupado en su vida por estas élites espirituales, la evolución parcial de su campo de acción, desde los pobres hacia los pequeños y hasta a un ensanchamiento hacia la burguesía, muestran que no se puede entender bajo una única modalidad la misión que desempeñó en las diócesis.

 

 

¿CATECISMO A LOS POBRES O RENOVACIÓN DE LAS PARROQUIAS?

 

Para comprender mejor las tareas misioneras del Padre de Montfort, no es inútil volverlas a colocar en el contexto de la evolución de las misiones internas, en el transcurso del siglo XVII. Esta evolución se deja sistematizar bastante bien en términos de generaciones, en el sentido amplio de la palabra. Los años 1610 a 1640 e incluso 1650 representan lo que se puede llamar la generación de los pioneros. La concepción de las misiones era entonces muy dinámica, porque arrancaba desde una toma de conciencia de las miserias y necesidades de las poblaciones. Las misiones apuntaban ante todo a catequizar a los feligreses del campo para los cuales los sacerdotes no ejercían ningún ministerio de la palabra; una vez instruidos, los oyentes estaban en condición de reconciliarse con Dios por la confesión general. En cuanto a los métodos, eran distintos porque no había antecedentes y porque se preocupaban sobre todo de responder a la situación real. Se puede datar una segunda generación en los años 1650-1690. Es el momento en que la reforma tridentina llega al clero, cuando los sacerdotes adoptan poco a poco, con la enseñanza del catecismo, exigencias acrecentadas para el culto y la recepción de los sacramentos. Se hubiera podido pensar que, frente a esta mejoría del ministerio parroquial, las misiones disminuyeran o hasta desaparecieran, puesto que se reducía su rol de suplencia con relación al clero local. Por el contrario se desarrollaron, pero al precio de una doble evolución. Por una parte, el crecimiento religioso de la población las llevará a transformarse en pastoral de fervor: este cambio es particularmente visible entre 1660 y 1680, por la introducción de nuevas fórmulas como los retiros, la renovación de las promesas bautismales, la propagación de la oración. Por otra parte, disminuyendo su rol de suplencia, pasaron a uno de renovación periódica, de pastoral extraordinaria, que explica la insistencia más marcada sobre las "grandes verdades" y sobre las ceremonias brillantes destinadas a animar los espíritus. Hacia 1690 o, a más tardar 1700, con la desaparición de las grandes figuras misioneras del siglo, se termina esta generación que se puede llamar de la evolución. En adelante la preocupación mayor será la de mantenerse fieles a las fórmulas heredadas del pasado, con la libertad de mejorarlas en algunos puntos; se pasó a una visión institucional de las misiones; la nueva generación fue la de la conservación, la de la tradición [111]. Bajo la fachada de un mismo título, después de un siglo se había producido un cambio profundo, y esto, más en el ámbito de los objetivos que en el de los métodos. Nadie puede negar que fue al precio de un real empobrecimiento interno.

Dentro de esta evolución que hay que tratar de ubicar al Padre de Montfort. El mejor método es comenzar a estudiar lo que significa para él el mismo término de "misión". Desde 1701, luego de sus tres primeros meses de ministerio veraniego, habla de "pequeñas misiones" queriendo designar breves trabajos donde predicó alguna vez, confesó y enseñó el catecismo. Al año siguiente, después de una permanencia de siete meses en el hospital general de Poitiers donde sirvió como capellán y como proveedor de los pobres, escribe: "Desde que estoy aquí, he estado en una misión continua, confesando casi siempre desde la mañana hasta la tarde y dando consejos a una infinidad de personas". Se sabe, por otra parte, que se añadían "la predicación, el catecismo, la visita a los enfermos o a los pecadores, la entonación de cánticos" [112]. En 1706, habla de "misión" refiriéndose a los ejercicios que acababa de hacer en los suburbios de Poitiers; todo indica que estos trabajos eran más bien, por la brevedad y la localización fuera de las iglesias parroquiales, una especie de retiros. Más tarde adoptará cada vez más la acepción, entonces corriente, del término de "misión" con los sermones, las conferencias, el catecismo, las confesiones, las comuniones generales, los cánticos, las grandes manifestaciones y la implantación de la cruz, durante 4 ó 5 semanas; pero, aún en 1711 y en 1715, bautizará como "misión de las mujeres", o "misión de los soldados" lo que sus colegas llamaban solamente "retiros" [113]. De esta evolución se deduce que, bajo un mismo término, sus métodos han evolucionado sensiblemente, con la progresiva añadidura de nuevos elementos. Pero sobre todo se deduce que, en un momento donde el sentido de la palabra "misión" se hacía cada vez más preciso y coagulado, Montfort hizo prueba de una gran libertad en su uso. También nos interesa examinar más a fondo la finalidad que él incluía en esta palabra.

En la Regla donde transcribe, en 1713, para sus futuros discípulos, su experiencia del momento, el Padre de Montfort es preciso sobre los objetivos de sus trabajos: "La finalidad de sus misiones es renovar el espíritu del cristianismo en los creyentes". En esta óptica el paso central era la renovación de las promesas del bautismo, lo dice él mismo, a fin de llevar una vida totalmente conforme a la pertenencia a Cristo [114]. El objetivo podía ser más o menos el mismo para las gentes tibias y humildes de Aunis o para las fervorosas de Mauges, para las Clarisas de París o para las señoritas que hacían sus retiros con las hijas de la Cruz en Saint-Brieuc, hasta para los mismos ermitaños del Monte Valeriano. Con esta finalidad, intercambiar "misión" y "retiro" no tenía mucha importancia. Se siente muy claramente la filiación con relación al Padre Leuduger y a las misiones bretonas organizadas por el Padre Maunoir.

Si remontamos más atrás en la vida de Montfort, la cuestión es menos simple. Ya en las cartas de sus primeros años de sacerdocio, que explica el joven sacerdote sus objetivos o sus deseos. Escribe en diciembre de 1700:

"Anhelaba... prepararme para las misiones y sobre todo dar el catecismo a las gentes sencillas; que es lo que más me atrae... Siento grandes deseos de correr en forma pobre y sencilla a dar el catecismo a los pobres del campo".

Y en septiembre de 1701:

“En el catecismo a los pobres de la ciudad y del campo me encuentro en mi elemento" [115].

Esta posición, dominada por la preocupación por los pobres y por el catecismo, se acerca más a la de Michel Le Nobletz que a la de Julián Maunoir. Con relación a la visión posterior, referida más arriba, no hay oposición, pero sí, en cambio, mucha divergencia.

Esta divergencia obedece, sin duda, a varios factores. Por una parte, está vinculada a los diferentes campos de acción. Orientado primero hacia los más pobres, los que menos habían sido beneficiados de la renovación religiosa, Montfort vio sobre todo la particular necesidad del catecismo; cuando, más tarde, trabajó con parroquias ya en gran parte reformadas, dejó este objetivo en segundo plano. Sin embargo hay que subrayar que Montfort escogió deliberadamente esta primera orientación hacia los más pobres: si el hospital de Poitiers no lo había satisfecho completamente se debió a su actitud cerrada, pero él mismo era feliz de encontrar allí verdaderos pobres hacia los cuales se sentía llamado. Pero, esta divergencia responde sobre todo a una diferencia de generaciones. Aún cuando el objetivo de los últimos años corresponde aproximadamente, a pesar de muchas diferencias, a la generación contemporánea, es decir la de la tradición, la intención de los primeros años, de los primeros fuegos recuerda más bien la generación de los pioneros. Se podría hallar algo de esta divergencia a otros niveles: en su orientación exclusiva hacia los pobres al principio de su sacerdocio, y luego más abierta, hasta alcanzar una parte de la burguesía; en la elección de sus métodos, más sencillos al principio, más conformes a los de sus contemporáneos hacia el fin de su vida; en su dinamismo, inicialmente más impulsivo porque estaba provocado por la miseria de los pobres, y más tarde más contenido, más adaptado a conformarse con la pastoral de las diócesis. Así pues, se da en la carrera apostólica del Padre de Montfort, una diversidad, una diacronía a la cual los biógrafos casi no han prestado atención.

¿Equivale esto a decir que hay, en cierta forma, dos Grignion de Montfort? Entre el joven sacerdote que no sueña en otra cosa que catequizar a los pobres y el hombre maduro que trabaja por renovar las parroquias, la transición se hizo progresivamente, casi imperceptiblemente, aunque los años 1705-1707 parecen importantes desde este punto de vista. Si el paso se hizo sin ruptura verdadera, se debe a que entre los dos existió una real compenetración: baste recordar cómo los pobres de los hospitales ocuparon un lugar privilegiado en la actividad del apóstol hasta sus últimos años. Pero no se puede negar cierta dualidad en el ministerio del Padre de Montfort. Olvidarlo sería empobrecer el análisis de su pastoral, particularmente la de la pastoral catequética por la que él comenzó.

 

 

 

Capítulo 5

EL MINISTERIO DE LA PALABRA

 

 

En relación con la religión medieval, más ritualista que profética, la reforma tridentina había puesto el acento en el ministerio de la palabra. En la aplicación de esta renovación en las campiñas francesas, las misiones jugaron un rol precursor. Que se tome a Vicente de Paul o a Michel Le Nobletz, a los oratorianos o a los capuchinos, la primera preocupación es la de llevar la palabra, sea por medio del catecismo, sea por medio de la predicación e incluso por medio de los cánticos. A pesar de profundas evoluciones, esta primacía permanecía en los misioneros aún hasta 1700. El Padre de Montfort creía demasiado en la necesidad del conocimiento en la conversión, para no colocar este ministerio en sus tres formas en el primer puesto de su pastoral, y para no atribuir una particular importancia a su contenido [116].

 

 

LA ENSEÑANZA DEL CATECISMO

 

Hacia 1700 el catecismo había entrado en la pastoral de todos o casi todos los párrocos. Si bien algunos sacerdotes y sobre todo parte de los niños faltaba aún en la asiduidad para enseñarlo o para participar en él, la gran mayoría de los cristianos poseía una mínima conciencia de su fe. Pues ya no era cuestión, como un siglo antes, de que las misiones asumieran casi desde cero la instrucción religiosa del pueblo; ahora sólo tenían que renovarla o perfeccionarla en el conjunto de los feligreses, incentivarla en ciertas categorías de fieles.

En vista de las misiones y también de los sermones del domingo, ciertos catecismos diocesanos, como los de Nantes y de La Rochelle, incluían un compendio de la doctrina cristiana, condensada en 4 ó 5 páginas. Es probable que el Padre de Montfort utilizara este género de textos para hacer recordar a los parroquianos lo principal de su fe. Se servía sin duda también de un cántico de su creación: "Los principales misterios de la fe en cánticos o el catecismo de la misión". Pero, para él como para muchos de sus colegas, el catecismo propiamente dicho pertenecía más bien a los niños, sin duda particularmente a los que estaban en edad de comulgar; se les daba una enseñanza intensiva en vista de prepararlos para su primera comunión que a menudo se hacía durante la misión. Montfort ponía un particular interés en este trabajo, cuya responsabilidad particular quiso asumir él mismo en el equipo del Padre Leuduger [117]. Pero por su aguda preocupación de catequizar a los "pobres" el Padre de Montfort se distinguía de la mayor parte de los misioneros contemporáneos.

Esta catequización de los "pobres" se dirigía ante todo a los mendigos que por su inestabilidad no podían beneficiarse realmente de la renovación de la pastoral parroquial. Siendo habitualmente poco numerosos en las parroquias del campo, el misionero los hacía asistir al catecismo de los niños, al medio día, y después los invitaba a desayunar con los misioneros: entonces parecía normal unir las dos acciones [118]. Pero, en la vida del Padre de Montfort, el "catecismo a los pobres" fue sobre todo el ministerio particular que adelantó en las ciudades, para los "pobres enclaustrados" de los hospitales y para las tropas de vagabundos. En el otoño de 1701, por ejemplo, aprovechará un momento libre en Poitiers para ir por las calles buscando a todos los mendigos de la ciudad e impartirles el catecismo, primero en la capilla de San Nicolás, y después, a causa de la afluencia, en los mismos mercados. Si bien es cierto que la parte de este apostolado especializado se fue poco a poco restringiendo en su vida, se puede sin embargo pensar que su pedagogía catequética mantendrá de él ciertos rasgos esenciales [119].

Hay que comprender esta pedagogía a partir de las preocupaciones que surgían, hacia 1700, para facilitar el trabajo de la memoria e inflamar los corazones. El mismo Padre de Montfort ha expuesto lo esencial de su pedagogía hacia 1713. Pasamos por alto las indicaciones para asegurar el buen orden, a través de la repartición de los niños en nueve coros, y la buena dirección, con un mínimo de severidad. Tres preocupaciones dominan este método: la de la memorización, marcada con preguntas y respuestas breves y claras; la de la atención, con breves "historias", con elogios y recompensas, con la interrogación de gran número de niños; la de hacer pasar las lecciones a los corazones, a través de plegarias y de una "exhortación patética". De alguna forma, ésta es la pedagogía de monseñor Champflour en La Rochelle, o del mismo Padre de la Noë-Ménard en Nantes [120]. ¿En qué medida empleaba el misionero una pedagogía análoga, doce años antes, cuando catequizaba a los pobres de Poitiers? Los métodos ciertamente diferían mucho, a causa de la evolución del misionero, y sobre todo a causas de la gran diferencia de ambientes. No se sabrá jamás exactamente cómo se comportaba con los mendigos, pero no parece temerario pensar que con ellos también manifestaba una gran preocupación de despertar el interés y ganar los corazones para que se decidieran a convertirse.

Casi imposible de resolver es la cuestión de la evolución de sus esquemas catequéticos, entre el inicio y el final de su vida. Sin duda, en los últimos años, se sabe que utilizaba el manual de la diócesis donde se encontraba, el de Juan de la Noë-Ménard, netamente agustiniano, en la diócesis de Nantes, entre 1708 y 1710; el de monseñor de Champflour, de tendencia opuesta, en La Rochelle, después de su publicación en 1715. En el intervalo entre estas fechas, se servía de cierto "Catecismo resumido de los misioneros" hasta ahora imposible de encontrar [121]. Nada subsiste de los años del ministerio consagrados más totalmente a los pobres. Sin duda podemos formarnos todavía una idea, a partir de un cántico: "Los principales misterios de la fe", que el misionero debió componer entre 1706 y 1710, para el conjunto de los feligreses. Este cántico no sigue exactamente ni el esquema agustiniano de la economía de la salvación, ni el de la reacción fundamentada sobre la división en verdades, deberes, medios. Más que un esquema, hay dos: uno de corte doctrinal, el otro en línea de aplicaciones. El primero considera sucesivamente a Dios, la Trinidad, el pecado de Adán, la Encarnación y la muerte de Cristo, los sacramentos, las diversas clases de pecados, las postrimerías. El segundo parte del ser cristiano para indicar los actos de fe, de esperanza y de caridad, y después, tras un recuento de los pecados capitales y de los deberes del penitente, da una versión de las principales oraciones. El conjunto comprende un poco más de 300 versos.

Se pueden hacer varias críticas a esta presentación. En primer lugar su carácter muy enumerativo y nocional, lo que no justifica plenamente el uso de los versos. Sobre todo sus lagunas y disparidades: no hay nada sobre la Iglesia; el misterio pascual, despojado de su aspecto relativo a la resurrección, es muy reducido con relación al de la Encarnación; los sacramentos ocupan un lugar privilegiado en relación con la vida de Jesucristo. Algunos de estos defectos, por ejemplo la ausencia de la Iglesia, eran sin duda comunes en aquel entonces, en los catecismos elementales de las diócesis. Frente a éstas críticas se debe anotar algunas cualidades reales: los sacramentos no aparecen como simples medios sino son que están relacionados con la Encarnación y con la Redención; se considera al cristiano mucho más en su relación con Dios que con sus propias obligaciones; se siente, contra la seca brevedad del texto, una orientación frecuentemente cristocéntrica; lo mismo en el título que habla de "misterios" más que de "verdades" [122]. Estos son entonces algunos indicios valiosos de la visión del cristianismo del Padre de Montfort, aunque demasiado parciales, que exigen completarse o corregirse por un estudio de su predicación.

 

 

ESTILO Y TEMAS DE PREDICACIÓN

 

Hacia 1700, la predicación no era ya cosa rara en las parroquias. Además de las tradicionales "estaciones" de Adviento y de Cuaresma organizadas en bien de las iglesias, incluso rurales, el pueblo escuchaba ahora muy a menudo predicar a sus sacerdotes. Por largo tiempo éstos se habían contentado con leer el texto diocesano del sermón; sin embargo en las últimas décadas, algunos de ellos habían empezado, poco a poco, a comentar el Evangelio del día, otros explicaban un pasaje del catecismo, siguiendo las directivas de cada diócesis. Ante esta evolución, la predicación misionera había perdido, en gran parte, su papel originario de instrucción para deslizarse hacia el de despertar y alentar, conservando siempre por lo general un estilo sencillo y popular.

Al leer las indicaciones del Padre de Montfort en 1713, se constata que había adoptado más o menos los hábitos de sus colegas misioneros. Esto es verdad particularmente para la repartición de las predicaciones: sermón de la mañana, conferencia más familiar al medio día, al menos en ciertos días, gran sermón de la noche, esto sin contar las predicaciones suplementarias del domingo o de ciertas "fiestas" de misión. En realidad, su conformismo debía ser menos grande de lo que parecía, lo que concuerda bien con sus tendencias. Llegaba a reemplazar un sermón por una oración silenciosa delante del crucifijo que enarbolaba ante los oyentes. En las conferencias de la tarde, adoptaba la fórmula más directa, entre las que utilizaban sus colegas; les permitía a sus oyentes –varones e incluso mujeres– hacer preguntas públicamente en la iglesia [123]. Sobre todo añadía fácilmente al programa habitual algunas instrucciones muy familiares, adaptadas a la edad, sexo, y a ciertas condiciones sociales. De éstas instrucciones, el Padre Vicente, capuchino y misionero él mismo, ofreció un ejemplo tomado en directo: dirigiéndose a unos mendigos, el Padre de Montfort quiere conducirlos a reconocer sus faltas, incluso las que su situación les incita a ocultar:

"En medio de todos aquellos pequeños mendigos y pobres, como un padre con sus hijos, les hablaba con bondad y ternura. Hablaba del robo y no omitía nada para estampar en ellos el horror al mismo. Cuando los creía conmovidos, les invitaba a no avergonzarse de reconocerse culpables... Una vez que los pequeños culpables habían levantado la mano, los conducía con el resto de la tropa, fuera de la iglesia, donde hacía encender un fuego de paja frente a sus ojos y... preguntaba ¿qué castigo estaba preparado para los ladrones? El fuego del infierno, le respondían. He ahí una pequeña idea, replicaba él con energía..." [124]

A través de este ejemplo, aproximadamente de 1708, se adivina lo que podía ser la predicación del Padre de Montfort, cuando, en sus primeros años de ministerio, se dirigía en primer lugar a los pobres, encerrados o no. En aquel período, todavía más que en los años posteriores, debía mostrar una gran libertad en su forma de predicación, para adaptarse al auditorio.

Este empeño por acercarse a la gente se hacía sentir claramente en su estilo popular y oratorio. Desde comienzos del siglo XVII, las misiones habían adoptado, frente a la elocuencia a menudo pomposa y florida de las “estaciones” de Adviento y de Cuaresma, un estilo simple, adaptado a los campesinos. Si, hacia 1700, una evolución se delineaba entre algunos misioneros, el Padre de Montfort tenía demasiado agudo el sentido de los sencillos como para no asumir este género popular [125]. A falta del mismo texto de sus sermones, podemos contar con ciertos pasajes de sus escritos espirituales. Allí descubrimos un mundo de imágenes: imágenes bíblicas y, cada vez más, a medida que se acrecentaba su experiencia, imágenes tomadas de la vida de la gente: el demonio, se convierte en un "pirata", en un "falso monedero"; los pecados veniales perjudican tanto como los "zorrillos en los viñedos"; el cristiano debe aprovechar todos sus sufrimientos "como el bodeguero en su tienda", pronto llegará a ser rico "amontonando moneda sobre moneda en su mostrador". A veces también la imagen parece, menos ayer que hoy, bastante vulgar, como por ejemplo la comparación de los pecados capitales con los "sapos" y los "cerdos" [126]. Al lado de las imágenes, las historias que ilustran los sermones: a veces, hechos de la vida contemporánea, tomados incluso de autores de la época, a menudo relatos edificantes, "ingenuos", esculcados en la hagiografía crédula de la edad media. ¿Ingenuidad? En parte, sin duda, pero también intento de situarse en las antípodas de los "espíritus críticos" representados sobre todo por la tendencia agustiniana. En esta oposición se filtraba algo de agresividad, pero también, más profunda y hondamente, la voluntad de colocarse lo más que le era posible al alcance del pueblo [127].

Esta afán de adaptación ha llevado a veces al Padre de Montfort a presentar de manera muy sencilla, y hasta inexacta, ciertos puntos doctrinales. Al leer algunas de esas páginas, el rosario produce resultados inmediatamente perceptibles y la Virgen María se convierte en un "almacén" de todas las gracias. Estas son expresiones infelices, pero constituyen solamente algunos borrones en la búsqueda de una transposición de la doctrina para los sencillos. Al lado de estos vacíos, ¡cuántos hallazgos! Por ejemplo, la evocación del rol otorgado a María en el Cuerpo Místico: "Ninguna madre da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza". O la presentación del cristocentrismo en la parábola, tomada del Padre Tronson, del moldeador y del escultor: mientras que éste da una infinidad de golpes, con el riesgo de estropearlo todo por un falso movimiento y no llega jamás a reproducir exactamente el modelo, aquél se fía del molde de Jesucristo. Estos logros equilibran ampliamente algunas exageraciones. Muestran que el misionero ha logrado muy bien entregar al pueblo las riquezas del cristianismo en un lenguaje que habla e impacta [128].

Las misiones del siglo XVII, centradas sobre la conversión por la confesión, se preocupaban mucho por conmover. El término "patético" no era desconocido al inicio del siglo, pero va tomando un lugar creciente a medida que la finalidad de instruir pasaba a segundo plano. Que el Padre de Montfort haya tenido un estilo patético, lo muestran numerosos testimonios, no todos de aprobación: en 1708, dos jesuitas y un canónigo de Nantes, a pesar de su firme voluntad de quedarse impasibles, escuchándolo no pudieron contener las lágrimas. Por una parte, este patetismo tenía algo que ver con su estilo oratorio. Es posible hacerse una idea de ello a través de algunas de sus páginas escritas: la frase es viva, brusca, y hasta incisiva; juega fácilmente con contrastes, tiende a acentuarlos; le gusta rebotar tal o cual expresión; multiplica los modos imperativos, interrogativos y exclamativos. Procedimientos comunes, pero cuyo empleo natural delata a un verdadero orador [129]. Por otra parte también, este patetismo resultaba de la gran sensibilidad del misionero: "Nada más tierno, más vivo, más impactante, que lo que salía de su boca", testifica Juan Bautista Blain [130]. Este carácter patético tendía igualmente al empleo de procedimientos mucho y demasiado psicológicos, que se apoyaban en el miedo o la seducción. Lo que es cierto en aquel sermón sobre la terrible muerte de los pecadores o también en aquella página consagrada a exaltar el sufrimiento y las privaciones del cristiano. Esto corresponde, además, a lo que conocemos sobre sus métodos de abordar a los libertinos, de fulminarlos con algunas palabras y ademanes chocantes. Podemos preguntarnos incluso si este defecto no ha aumentado, hacia el final de su vida. Por último, por otra parte también, este patetismo emanaba del hecho que el misionero hacía de su predicación, a menudo o a veces, una forma de proclamación de Jesucristo: su mensaje a los Amigos de la Cruz es un ejemplo [131]. Este es un elemento muy interesante que, más allá de las técnicas y de los defectos entonces corrientes, distingue muy bien al Padre de Montfort de los predicadores contemporáneos.

Hacia 1700, las misiones se aferraban mucho más a los temas de moral que a los doctrinales. El Padre de Montfort no escapa de esto. Ya los esquemas de sermones que había copiado hacia 1700 muestran una opción muy clara en este sentido. La misma orientación aparece en tres planes posteriores de predicación para una misión. Estos parecían escalonarse a través del curso de su vida, sin que sea posible atribuirles una fecha precisa. Los dos que aparentan ser menos recientes constan respectivamente de 54 a 56 y 74 temas, es decir el conjunto de lo que el apóstol predicaba, en los sermones de la mañana y de la tarde, durante 4 ó 5 semanas. El tercer plan, muy diferente, cuenta con 24 temas y parece corresponder más a un retiro, cerrado o público, semejante a los que daba Montfort. Puede que cada uno de estos planes haya sido ocasional y permanece entonces desprovisto de valor representativo; pero, mientras que dos de ellos e incluso el tercero se repiten, hay derecho a pensar que muestran cierta continuidad dentro del orden de las predicaciones [132].

Si hacemos cuentas principalmente sobre los dos planes más amplios, podemos constatar cierto orden. En primer lugar, Dios y la Palabra de Dios, después la penitencia, la salvación, el examen de las faltas. Viene enseguida lo que se llamaba: "las grandes verdades": la muerte, el juicio, el infierno, el paraíso. Se abre entonces una larga serie sobre las virtudes o los pecados y las ocasiones del pecado; ya se traten en el mismo día la virtud y el pecado opuesto, ya se consagre un día o dos a las virtudes, y otros tantos a los pecados. Esta serie se encuentra interrumpida, sea por un tema más doctrinal, como la excelencia del cristiano, sea por una predicación que sintoniza con una ceremonia particular, sea, finalmente, por los sermones del sábado, siempre consagrados a la Virgen o a las promesas del bautismo. Hacia el final, llegan algunos temas directamente más prácticos, como las buenas obras y, para concluir, la perseverancia. Este orden en sí mismo revela cierta visión del proceso misionero, visión que aparecerá mejor a través del método comparativo.

Frente a este orden, se pueden colocar unos elementos tomados de los lazaristas, de los capuchinos, del Padre Leuduger y de los misioneros bretones, incluso de algunos jesuitas. Todos colocan en primer lugar lo que un capuchino llama "las materias más cautivadoras", porque todos los misioneros apuntan en primer lugar a impresionar para provocar a la conversión. Montfort, en cambio, prefiere comenzar por Dios y su Palabra. Insiste, al menos tanto como los otros, sobre la muerte: en los últimos años de su vida, otorgará también a este tema un desarrollo muy particular, consagrándole una semana entera cuando volvía a pasar por la parroquia, a modo de regreso de la misión. Pero, a diferencia de otros, concede sitio a la "buena muerte", a la muerte dulce y anhelada del justo. Parece también que el lugar otorgado por él al paraíso, entre las grandes verdades, no se encuentra en todos los misioneros. Una vez obtenida la conversión, se cambia de registro y se pasa a la moral. Aquí la economía de las predicaciones difiere un poco entre Montfort y los demás. Habitualmente los misioneros insistían en los mandamientos y los pecados, las virtudes llegaban más bien al final, como de "las materias más suaves". El mismo Padre Leuduger que, con el tiempo, desarrolla la parte consagrada a las virtudes, les daba menos espacio que el Padre de Montfort. Este, a juzgar por algunos sermones, mal fechados, presenta las virtudes bajo un ángulo mucho menos moral que otros, de hecho más teocéntrico o cristocéntrico: la dulzura, por ejemplo, en todo el sermón que le consagra, está vinculada con la persona de Jesucristo. Este cristocentrismo se conecta además con el que anima la última parte del plan reducido a 24 sermones. El tema de la grandeza del cristiano, los temas directamente más prácticos y el final sobre la perseverancia se encuentran en varios o en todos los demás misioneros, pero Montfort se caracteriza por el lugar reservado a la Virgen [133]. Algunos de esos rasgos originales completan felizmente el estudio del estilo oratorio, pero siguen siendo frágiles, porque no se pueden comparar los sermones mismos en su conjunto. Los cánticos compensan un poco esta laguna.

 

 

LA PEDAGOGIA DE LOS CÁNTICOS

 

Desde el inicio del siglo XVII, Michel Le Nobletz había ideado, para instruir a los campesinos bretones, hacer cantar el catecismo sobre los aires populares tradicionales. Otros misioneros, en el transcurso del siglo, habían dado también una gran importancia a los cánticos y contribuido a hacer pasar esos cánticos al ministerio catequético parroquial. El Padre de Montfort no es más que un elemento en esta serie, aunque se distingue por la importancia de su producción, más de 20.000 versos. A decir verdad, no todos dependen, al menos directamente, del ministerio de la palabra; los hay que se relacionan sobre todo con paralitúrgias; otros constituyen reglamentos de vida; algunos se parecen, incluso, a cantos personales del alma. A menudo es difícil saber en que género preciso colocarlos, más aún discernir si el autor los ha compuesto tardíamente o si pertenecen a los que, desde 1702, les hacía cantar a los pobres del hospital de Poitiers. Se puede sin embargo, sin correr un gran riesgo de errar, estudiar aquí los cánticos llamados de "misión" y los consagrados a las virtudes cristianas, puesto que recuperan una parte de los temas de predicación [134].

Los cánticos llamados "de misión", dejando de lado algunos cantos de apertura, tocan –como los del Padre Maunoir– la salvación, la penitencia, la muerte, el infierno, el paraíso, el purgatorio; y se podría añadir un misterio sobre el alma abandonada y rescatada del purgatorio. En sus versos bastante ligeros, producidos sobre aires de canción popular, no es posible encontrar todo el patetismo que animaba los sermones correspondientes. En cambio, encontraríamos allí lo que no pueden ofrecernos los simples enunciados de los sermones, la importancia del lugar dado a las nociones doctrinales. Esto es particularmente claro en el cántico sobre el infierno, "Los suspiros de los condenados". El alma condenada, explicando sus sufrimientos, insiste larga y prioritariamente en la privación de Dios:

"Mi pérdida es absoluta:

Perdí a Dios, lo perdí todo...

¡Ah! ¡qué miserable soy!,

pues no puedo amar a Dios".

Solamente después llegan la pena del fuego, el sufrimiento de saberse perdido por la eternidad y la compañía de los demonios. El mismo sentido de la jerarquía de los sufrimientos aparece en el cántico sobre el purgatorio, donde el primer tormento consiste en el deseo de Dios mismo:

"Él nos hizo vislumbrar

su belleza soberana

y en espejo mirar

aumenta nuestra pena".

Por su lado, el cántico sobre la salvación, titulado "El santo viaje", se presenta como una búsqueda de Jesucristo, en medio de la humanidad que persigue metas temporales; en el mismo sentido, uno de los cánticos de invitación a la misión se titula "La llamada de Jesucristo". Tales cánticos permiten completar y corregir parcialmente la impresión que daban los sermones sobre las "grandes verdades"; técnicas para romper toda resistencia, éstas constituían, al mismo tiempo, un método de instrucción, lo cual hallamos también en los sermones de los lazaristas. Pero, más que éstos, los cánticos monfortianos llamados de "misión" resultan tensionados por una visión teocéntrica y cristocéntrica de la salvación [135].

Una misma visión anima el conjunto de los cánticos sobre las virtudes. El Padre de Montfort no ha dejado cánticos sobre los mandamientos o sobre los pecados, como lo hizo el Padre Maunoir, pero ha escrito, como él, un verdadero tratado sobre las virtudes. Se puede dudar que haya hecho cantar verdaderamente en cada parroquia estos 7000 versos en 25 cánticos; por lo menos, una decena de éstos, corresponde a temas que trataba en sus predicaciones; dentro de esta decena, los cánticos sobre la humildad, la caridad y sobre todo la dulzura se acercan mucho a los textos de sermones que pueden subsistir. Estos cánticos sobre las virtudes manifiestan en primer lugar una gran claridad, un orden preciso en la exposición del tema; cualidades que se encuentran en los otros escritos del misionero, incluso, si el orden es a veces más aparente que lógico. Sucesivamente para cada virtud desfilan la definición, la necesidad o la utilidad, la excelencia, las cualidades propias, las prácticas o las reglas para ponerla en práctica; cada punto se encuentra, a su vez, subdividido en una decena o veintena de motivos. El mismo orden va construido de manera que, habitualmente, entre los motivos de excelencia o de utilidad, se escalonan la gloria y la voluntad de Dios, el ejemplo de Jesucristo y de los santos, la santificación del alma: así, entre los catorce motivos que impulsan a la penitencia, el riesgo de condenación ocupa el último lugar; delante de él, llegan cuatro razones sacadas de la santificación del hombre, pero todo el grupo que encabeza está reservado a los motivos basados en Dios, Jesucristo y los santos. En cuanto a las cualidades o reglas de las virtudes, muestran éstas al mismo tiempo una preocupación de ponerse al alcance de la gente, por medio de consignas prácticas, y una gran exigencia de lo sobrenatural que va más allá del simple moralismo: la penitencia, por ejemplo, que se concretizará en la apertura del corazón al director de conciencia y en mortificaciones discretas, entre otras cosas, debe ser sobrenatural, interior, humilde, amorosa y constante. De esta manera, el tema de la penitencia, que en los sermones arriesgaba aparecer como un simple procedimiento para provocar la conversión, revela aquí toda su dimensión de fe cristiana. Se encuentra una orientación bastante cercana en ciertos sermones de los lazaristas y del Padre Leuduger, particularmente sobre el tema de la caridad para con el prójimo, pero lo que para ellos era algo ocasional, se hace más habitual en el Padre de Montfort, porque éste centraba más su predicación moral sobre las virtudes cristianas [136].

En relación con la predicación cuyo resultado permanecía forzosamente en parte pasajero, los cánticos presentaban la ventaja de ejercer una acción más duradera, porque era posible seguirlos cantando por mucho tiempo en las parroquias y en las familias. Corrían menor riesgo de ser olvidados porque su lenguaje era simple y cercano al pueblo, sus melodías conocidas, su marcha muy viva. Los cánticos sobre la salvación o sobre el infierno toman la forma de un diálogo, así como el misterio del alma liberada del purgatorio. Incluso los que tratan de virtudes adoptan un estilo directo: las virtudes ya son como personalizadas: "Yo soy una luz pura" dice la fe, y se nos presenta la dulzura: "Soy la hermana mayor de toda humildad". A estas presentaciones responden, para cada cántico, unas estrofas donde el mismo cristiano habla en forma de oración, cuando no ocurre que todo el cántico esté construido como la búsqueda de la salvación o el descubrimiento del paraíso por parte del hombre. Más allá del estilo popular, marcado por imágenes como "los fétidos calabozos" del infierno, esta expresión de vida constituye sin duda uno de los mejores elementos de la pedagogía de Grignion de Montfort [137]. Con su estilo muy particular, el misionero alcanza la tendencia personalista de los agustinianos, así como también recupera, a través de temas de predicación muy morales, su visión cristocéntrica del mensaje cristiano.

 

 

LA VISIÓN DEL MENSAJE CRISTIANO

 

El estudio del ministerio de la palabra supone que, superando el nivel, más formal, de las formas y de los temas de predicación, busquemos el contenido mismo, la perspectiva interna. Esta perspectiva no se deja fácilmente descubrir en Montfort, a causa de la desaparición de los sermones mismos, y más aún, a causa del carácter muy parcial de los temas tratados en ellos. Es decir, la visión global del cristianismo hay que leerla a menudo, en él, como en filigrana. Las biografías tradicionales del santo se han detenido demasiado en ciertos pormenores, del género de "el apóstol de la cruz y del rosario". De manera que esta búsqueda no será más que un esbozo, más dificultado aún por la poco menos que inexistencia de trabajos de este género sobre los demás misioneros de la época. Sin embargo, no es posible tener un verdadero conocimiento de la pastoral, sin un mínimo de precisión sobre esta visión del misterio de salvación, tal como aparecía en el ministerio de la palabra y también a través de otras formas más litúrgicas o más educativas.

La economía de la salvación se lee bastante fácilmente en los catecismos agustinianos que comienzan en Dios creador para terminar en el Cielo. El mismo movimiento anima el cántico de Montfort: "Los principales misterios de la fe" que servía de catecismo, pero algunos de esos versos podrían dar una perspectiva discordante con el resto de su obra. Más bien hay que buscar su concepción del plan de Dios en su presentación habitual del Hijo de Dios, de la Encarnación y del misterio pascual.

Aunque profundamente cristocéntrico, el Padre de Montfort no predicaba casi explícitamente al Cristo mismo; en él como en los otros misioneros, no hay un sermón consagrado explícitamente a Jesucristo. Sus cánticos sobre la Navidad, la Pasión, la Eucaristía, el Sagrado Corazón son bastante devocionales; se puede sin embargo encontrar en ellos indicaciones preciosas. Si Cristo aparece en ellos con la mayor frecuencia como el modelo del cristiano, es en primer lugar el Hijo de Dios, a quien predijeron los profetas y envió el Padre para la salvación de la humanidad. Este designio divino, que Montfort había desarrollado en un escrito espiritual de juventud, "El amor de la Sabiduría eterna", se encuentra a menudo discreto, en los cánticos de Navidad por ejemplo, y algunas veces explicitado:

"Dios para salvar al hombre,

halla un medio formidable:

hacerse aquello que somos" [138].

A pesar de lo que sugiere este último verso, Montfort, como toda su época, es poco sensible al aspecto de la inserción en la humanidad; él se fija ante todo en el aspecto de la humillación, visto como un modelo para el cristiano. Su presentación popular del plan de Dios en la Encarnación aparecía más en sus explicaciones sobre el primer misterio del rosario donde muestra la caridad del Padre que ofrece a su Hijo y el amor de éste que se entrega para salvarnos [139]. Se puede pensar por consiguiente que esta economía de salvación animaba un poco toda su presentación del cristianismo, aunque frecuentemente permanecía latente.

Hay sin embargo, en él, un tema a propósito del cual esta visión se mostraba casi siempre claramente: el de la Virgen María. Desde el comienzo, la ubica en el plan de salvación de la Trinidad:

"Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María... Dios Hijo se hizo hombre para nuestra salvación, pero en María y por María... Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María... Habiendo querido Dios comenzar y culminar sus mayores obras por medio de la Santísima Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará jamás su manera de proceder..." [140].

Esta visión del plan de Dios regresa sin cesar, como un estribillo. De esto hace emanar Montfort la santidad, los privilegios, las funciones de la Virgen María, subrayando en todo que ella es solamente "una pura criatura salida de las manos del Altísimo". Sin duda hay en él páginas claramente más devocionales, en sintonía con los gustos populares y también con su psicología personal que lo llevaba a proyectar sobre María la imagen de su propia madre, pero hay que comprenderlas en la perspectiva divina que subraya tan claramente. De ésta deduce el lugar central de la Virgen, bajo el Mediador y después de él, dentro de la vida del cristiano. En esta visión de la Santísima Virgen, Montfort debe mucho a los escritores espirituales del siglo XVII, en particular a San Sulpicio, pero su presentación es más catequética que la de ellos, mientras que, en relación con los otros misioneros, esta presentación mariana se refiere más al plan salvífico de la Trinidad.

Muy a menudo, todavía hablando de la Virgen, a propósito del rosario, explicaba el Padre de Montfort la vida de Cristo: no sólo en las escenas evangélicas, más o menos coloreadas, sino también en los misterios de la gracia y de la salvación. Entre estos misterios, ninguno le era más querido que los de la Pasión y de la Cruz. Desarrollaba ampliamente el lado doloroso capaz de tocar las almas, pero también evidenciaba el lado misterioso, particularmente la sabiduría incomprensible del Hijo quien había escogido este medio para rendir gloria a su Padre y salvar a los hombres. Frente a la Pasión y a la Cruz, la Resurrección ocupa en Montfort un lugar bien reducido. Este desequilibrio entre las dos caras del misterio pascual depende, en parte, de sus propias tendencias, de su experiencia personal tan marcada por los sufrimientos, de su visión del lugar de las pruebas en toda condición humana; incluso parece que el apóstol ha ido otorgando, con los años, un lugar más grande a la Cruz [141]. Esta ausencia de la Resurrección depende sobretodo del contexto general. Tradicionalmente la Cruz revestía más importancia, sobre todo en la predicación de muchos misioneros, porque era por naturaleza más apta para conmover a las poblaciones y moverlas a la conversión; se ve esto en el Padre Leuduger, donde los únicos temas de meditación que expone conciernen a la Pasión; se ve igualmente en la mayoría de los misioneros para quienes la implantación de la cruz constituía la cúspide de la misión. Puede que hasta el mismo Montfort esté un poco menos lejos que ellos del equilibrio pascual: por la meditación del rosario, presentaba los misterios gloriosos; en el tema de la Cruz, evocaba la gloria que, en Cristo y en el cristiano, procede del sacrificio. Sin embargo no es el lugar central de la Resurrección de Cristo tal como lo indicaba Juan de La Noë-Ménard en el catecismo de Nantes [142]. No se podría negar que existe en este punto una laguna en el Padre de Montfort.

Otro tema capital parece igualmente ausente en él: el de la Iglesia; pero no se le encuentra tratado, al menos explícitamente, en ninguno de los misioneros de la época. El Padre de Montfort habla sin duda de la Iglesia, de paso, una y otra vez; esto es casi siempre a propósito de la condenación de la herejía o de la sumisión a la jerarquía, que él mismo vivía dolorosamente. Sin embargo, él recurre a las imágenes bíblicas tradicionalmente evocadoras del Pueblo de Dios; la viña, el rebaño, la herencia, el pueblo adquirido, e incluso recupera, una vez, la frase de san Pedro: "Genus electum, regale sacerdotium". Pero todas esas expresiones de la grandeza del cristiano son tomadas, en él, en un sentido mucho más vertical que horizontal [143]. Mientras que la tendencia agustiniana veía muy claramente a la Iglesia como Pueblo de Dios, los misioneros de la época tenían el sentido de las masas que había que remover, pero poco o nada el de este Pueblo, porque apuntaban ante todo a la conversión individual. Por otra parte, en aquel momento se percibía muy poco el aspecto histórico y dinámico del Reino. Hay, en el Padre de Montfort, un intento en este sentido, cuando hace mención a la segunda venida de Cristo, pero lo adelanta en parte dentro de una perspectiva bastante milenarista que representa al mismo tiempo tanto una evasión del hoy como un cumplimiento del tiempo de la Iglesia [144]. Y sin embargo, el Padre de Montfort se refería frecuentemente al Cuerpo místico, que es la Iglesia, pero esta referencia era en él mucho menos eclesial que cristocéntrica.

Nada es más claro en el Padre de Montfort, que la visión cristocéntrica del ser y de la vida cristiana. Sobre este punto, está del Padre Leuduger, pero va más lejos que él, al menos tal como lo conocemos hacia 1700. Montfort se ubica claramente entre los agustinianos. Para él, el cristiano es hijo de Dios, hermano de Jesucristo, templo del Espíritu Santo, a partir del bautismo. De allí procede toda la presentación de la vida cristiana que no es un moralismo, como lo hacían pensar muchos misioneros, sino una relación personal con Cristo, hecha a la vez de comunión con sus misterios y de consagración de toda la vida [145]. Esta riqueza la ofrecía a todos sus oyentes, incluso al sencillo pueblo de Montbernage, en Poitiers:

“Acuérdense, pues, queridos hijos míos... de amar ardientemente a Jesucristo... a fin de ser en todas partes el buen olor de Jesucristo, de llevar constantemente su cruz en seguimiento de este buen Maestro” [146].

En esta perspectiva, se comprende haya insistido más en las virtudes, en la participación en las virtudes de Cristo, que sobre los mandamientos. Se comprende también porqué, presentando como equivalentes cristiano y santo, exigía de cada cristiano una conversión total, dentro de la línea de las promesas del bautismo.

Esta exigencia de santidad no corre sin cierta estrechez. Para Montfort, los verdaderos cristianos son el número más reducido de los predestinados, mientras que la mayor parte de los bautizados se pierden en la división de su corazón entre Jesucristo y lo humano, lo natural [147]. Este no es sólo un tema rigorista, grato a los misioneros, para despertar a su auditorio. Corresponde más bien a cierta visión de la creación. Si, en alguna oportunidad, Montfort lograba contemplar un hermoso paisaje, por otro lado no alcanzaba a ver otra cosa que el mal en el cuerpo, en la ciencia, los tiempos libres, el progreso, los negocios, la promoción social, la opinión pública [148]. Este menosprecio de las realidades humanas correspondía por una parte a su propia introversión, pero, sobre todo, estaba ligada a la concepción según la cual cuenta sólo la gracia. Una semejante concepción estaba entonces difundida, conscientemente o no, entre todos los pastores. Este menosprecio de la naturaleza, basado en una cierta confusión en la interpretación de términos como "mundo" o "carne", hacía muy difícil la aplicación de la salvación al hombre integralmente considerado [149]. Sumado a un disminuido sentido de la Resurrección, este menosprecio en Montfort arriesgaba imprimir un carácter poco alegre, poco abierto, en la visión, sin embargo tan rica, que él tenía del plan de Dios.

Al terminar éste análisis sobre la visión del mensaje cristiano y sus formas de comunicación, conviene examinar las relaciones entre las posiciones doctrinales de Montfort y el jansenismo. Una explicación, aún frecuentemente aceptada, dice que la obra del Padre de Montfort debe comprenderse a partir de un anti-jansenismo profundo. Importa ante todo recalcar que el misionero no ha encontrado, en el Oeste, a jansenistas declarados, sino solamente a agustinianos algunos de los cuales rodarán al cisma por su apego al jansenismo. El argumento principal sobre el cual se basa esta explicación es el del lugar reservado por Montfort a la Virgen María. Descubriéndole un oficio central y vital en el cristianismo, supera las posiciones de los agustinianos, e incluso las de los simpatizantes de la reacción y las de toda la época. Su punto de partida, el plan de Dios, aproximaba a Montfort más a los primeros que a la mariología claramente devocional de los segundos. Más aún, se puede decir que, sobre casi todos los puntos importantes del mensaje cristiano, sobre el plan de Dios y sobre la Encarnación, sobre el Cuerpo Místico y sobre la comunión con los misterios, sobre el ser y la vida del cristiano, Montfort se acerca a los agustinianos, está, a veces, en pleno acuerdo con ellos, a causa de la visión profundamente teocéntrica; si no los sigue en otros temas, la Resurrección y la Iglesia, se debe de las lagunas imputables al contexto misionero de la época. Es por lo tanto gravemente inexacto querer explicar las posiciones doctrinales de Montfort por el anti-jansenismo. Sin embargo la divergencia es clara, en el plan de la acción, entre el misionero y los agustinianos. Mientras que aquellos buscaban una expresión verbal muy pura, muy interior, Montfort quería mucho más un estilo popular, con un arte oratorio que levantara las multitudes, con una predicación adaptada a los sencillos. En la tensión de siempre entre la pureza y la adaptación, había escogido claramente. Una opción semejante debía encontrarse también necesariamente en su acción litúrgica o paralitúrgica.

 

 

 

Capítulo 6

LITURGIA Y EXPRESIONES PARALITÚRGICAS

 

 

Durante décadas las misiones interiores no habían dado mucha importancia a la liturgia. Orientadas ante todo hacia la catequización, no tocaban este aspecto de la pastoral sino por medio de las confesiones generales, signo y medio de la conversión. Teniendo una función supletoria con relación al clero parroquial, las misiones dejaban a éste casi todo lo que era el culto. Progresivamente llegaron a tomar más en cuenta lo que se refiere a la distribución de los sacramentos, a las ceremonias, a los cantos, a las iglesias mismas y al comportamiento de los fieles al interior de ellas, aunque por lo general bajo el ángulo particular en el que les correspondía intervenir. En los comienzos de su vida sacerdotal, el Padre de Montfort al igual que los demás misioneros no daba importancia sino a las confesiones, pero junto con la entonación de cánticos. Con el tiempo, poco a poco llegó a ampliar más su acción y adoptó los diversos medios empleados por los misioneros de la época. Para facilitar el análisis de esos métodos y sobre todo de su contenido, conviene agruparlos según el doble movimiento de adoración y de participación.

 

 

PARA UN MAYOR SENTIDO DE LO SAGRADO

 

Queriendo reaccionar en contra de la conocida negligencia de la baja Edad Media, toda la pastoral litúrgica del siglo XVII había puesto el esfuerzo en la restauración de la dignidad del culto, y esto a pesar de algunas divergencias según las tendencias de ciertos pastores. La gran cantidad de disposiciones redactadas en este sentido, a lo largo de todo el siglo, llena los libros de estatutos sinodales. Hacia 1700, este esfuerzo ya había producido buena parte de sus frutos, si no en el corazón de los feligreses, al menos en sus formas habituales de comportamiento. A Grignion de Montfort no le corresponderá sino mejorar los resultados ya adquiridos en cuanto al mantenimiento de las iglesias, al respeto de los lugares y de los tiempos sagrados, a las buenas disposiciones para recibir los sacramentos.

Según lo expresado en cierto cántico, escrito por el Padre de Montfort, hacia 1700 el estado de las iglesias era lamentable y deplorable el comportamiento de los fieles. ¿Estilo redaccional llamativo o preocupación de sensibilizar los corazones? Sea lo que fuere, hay que apreciar la realidad de una manera más matizada. En ningún lugar le tocó al Padre de Montfort reconstruir iglesias, ni siquiera empeñarse en verdaderas restauraciones, a no ser en una que otra parroquia del Sur de la diócesis de La Rochelle, en Mervent o en Saint-Laurent-de-la-Prée. Si alguna vez movió a los feligreses a emprender verdaderas restauraciones, y hasta reconstrucciones, ha sido para algunos de los numerosos santuarios locales de devoción: Nuestra Señora de la Piedad en La Chèze, Nuestra Señora de las Victorias en La Garnache, entre otros [150]. Pero estas restauraciones tenían que ver tanto con la piedad como con la liturgia. En las iglesias parroquiales, el Padre de Montfort trabajaba sobre todo por su arreglo interior, el enlosado y el blanqueo de las paredes, el arreglo y confección de los ornamentos litúrgicos, los retoques de las estatuas estropeadas, y sin contar el cercado de los cementerios. Todas estas mejoras tenían que ver con lo que los obispos prescribían durante sus visitas hacia 1700. A lo sumo descubrimos en Montfort un deseo, más pronunciado que en los prelados, de hacer desaparecer del interior de los templos ciertas insignias señoriales [151].

Más que esas mejoras en sí, nos interesa el modo con el cual se empeñaba en realizarlas el Padre de Montfort. Según Des Bastières, que colaboró en algunos de estos trabajos, Luis María no llamaba solamente a la gente del consejo de fábrica, responsable del mantenimiento de la Iglesia, ni se apoyaba solamente en las ofrendas de los fieles ricos y generosos, sino que apelaba también a todos los feligreses; les hacía tomar conciencia de sus negligencias y les preparaba para realizar ellos mismos los trabajos necesarios: en Campbon, por ejemplo, todos los hombres juntos se encargaron de embaldosar nuevamente la Iglesia y de darle un nuevo blanqueo. Esta forma de actuar, la misma de la cual se servirá Montfort para la reconstrucción de calvarios, manifiesta el interés que tenía, más allá de las transformaciones materiales, por la educación del sentido de lo sagrado en los feligreses [152].

Hacia 1700, los feligreses demostraban tener más respeto hacia los tiempos y lugares sagrados que al comienzo del siglo anterior. Se mantenía, sin embargo, cierta negligencia en su comportamiento en la Iglesia y en la santificación del día domingo, sobretodo cuando éste entraba en conflicto con posibilidades comerciales o necesidad de diversiones. Ni las disposiciones episcopales, ni siquiera los edictos del Parlamento lograron erradicar tales actitudes de la religión popular. En contra de todos estos abusos, el Padre de Montfort se mostraba mucho más exigente que los párrocos; el carácter transitorio de su ministerio le permitía una severidad así, pero ésta tenía mucho que ver sobretodo con su gran sentido de lo sagrado. Si en algunas intervenciones suyas se puede percibir cierta dosis de agresividad, como por ejemplo cuando vuelca las mesas de los comerciantes un día de fiesta, o cuando ordena salir de la Iglesia a un oficial del ejército que se portaba de manera muy ligera, hay que recalcar sobre todo su preocupación habitual por hacer recapacitar a los culpables por sí mismos en el respeto de los tiempos y lugares sagrados. Resulta muy sugestiva esta recomendación a los habitantes del suburbio de Montbernage, en Poitiers, recordándoles las resoluciones que les había hecho tomar en 1706:

“Que nadie trabaje los días de fiesta, que nadie ponga escaparate ni siquiera entreabra su tienda... No trabajen de ninguna manera en los días santos, y Dios, yo se lo prometo, los bendecirá tanto en lo espiritual como en lo material de manera que no les falte lo necesario” [153].

Cuando el caso lo requería, llegaba hasta proponer que los feligreses tomaran decisiones jurídicas: en Crossac se comprometen, delante del notario, a no enterrar más a sus muertos en la iglesia; en Saint-Pompain trasladan al día siguiente la tradicional Feria de la Epifanía. Nadie se atrevería a afirmar que, donde el apóstol predicó, los domingos y fiestas se desarrollaban según el programa casi monacal que Juan Bautista Blain asegura haber visto en San Lorenzo del Sèvre, en 1722. Sin embargo, es evidente que Luis María, a partir de una visión donde las diversiones no tenían mucha cabida, quiso devolverle al día del Señor su sentido pleno [154].

La pastoral litúrgica del Padre de Montfort, más que insistir sobre el respeto a los lugares y tiempos sagrados, se fijaba en la calidad de las disposiciones para recibir los sacramentos. Los agustinianos insistían, y con razón, sobre la necesidad para todos los cristianos, aún los piadosos, de prepararse debidamente a la Eucaristía. Grignion de Montfort parece haberse preocupado sobretodo por hacer surgir el deseo del sacramento y por prevenir comuniones sacrílegas, por lo que se puede ver en los títulos de algunos de sus sermones y en algunos de sus cánticos [155]. Esto coincidía con la tradición de las misiones interiores, así como la insistencia especial sobre el sacramento de la Penitencia. Con relación a este último, Montfort encontraba, sin lugar a duda, una situación muy distinta a la que encontraron los pioneros de las misiones: hacia 1600, la gran mayoría de los feligreses se contentaba con enumerar rápidamente algunos pecados y los confesores distribuían automáticamente las absoluciones; acallaban comúnmente las faltas que hubieran sorprendido a sacerdotes casi totalmente inmersos en sus vidas. Ahora el clero tenía una formación sólida, sobre todo en cuanto a lo que se refiere a la Penitencia, y los feligreses un sentido más grande de la acusación plena y sincera. La confesión general, tan necesaria a principios del siglo, se había mantenido como elemento esencial en todas las misiones; Luis María impondrá a todos los feligreses, menos a los escrupulosos, esta práctica tradicional. Pero esta confesión general había evolucionado en su objetivo: ya no solamente despachar algo olvidado, sino replantearse toda la vida, como se aconsejaba hacerlo al inicio de las principales etapas de la vida, por ejemplo después de un cambio profesional [156]. Es muy probable que frente a algunas personas, en especial frente a los “pobres enclaustrados” y vagabundos, Montfort haya visto en la confesión general el medio para descargar sus almas de faltas secretas [157]; pero inclusive a estos mismos penitentes, y con mayor razón a los otros, siempre preocupados más en la acusación de las faltas que en la contrición de corazón, les hacía entender el sentido profundo de la Penitencia.

Si el “Método del sacramento de la Penitencia”, escrito por Montfort durante su carrera apostólica, copia ampliamente de Juan Eudes y refleja conceptos entonces bastante comunes, se detecta sin embargo, a partir de ciertos detalles, el acento personal del autor. Quizás subraya el perdón de Dios por Jesucristo. En todo caso insiste de manera especial sobre la huida de las ocasiones de pecado: negarle la absolución si el pecador no quiere apartarse de ellas, lo que es normal; si lo quiere y lo promete, “diferirla resueltamente”, ya que se trata de costumbres, porque “un penitente absuelto ya no piensa en convertirse” [158]. Parece inclusive que esta postergación de la absolución llegó a ser para él un método bastante común. En esta actitud, el Padre de Montfort puede parecer muy exigente y llevado por su temperamento fuerte, aunque se haya preocupado muchísimo por explicar y por hacer aceptar dicha postergación. Sin embargo, afirmaba temer mucho más al rigorismo que al laxismo [159]. Parece ser que sus exigencias superaron las de otros misioneros, tales como los jesuitas de Bretaña o los capuchinos de París; se ubicaban en la línea de Carlos Borromeo y de los agustinianos que acudían fácilmente a la postergación de la absolución [160]. Al igual que los agustinianos, el Padre de Montfort miraba menos a las exigencias concretas que a la necesidad de una conversión total, de un cambio profundo del corazón. Lo evidencia al introducir en su propio método la renovación de las promesas bautismales. Al vincular la Penitencia con el bautismo, al ubicar al lado de la renuncia al pecado la entrega a Jesucristo, hacía de la confesión general mucho más que un ejercicio importante de la misión: era un compromiso de toda la vida en el sentido de la adoración.

 

 

PARA UNA PARTICIPACIÓN MÁS POPULAR

 

Si Grignion de Montfort se ubica cerca de los agustinianos por sus exigencias para el sacramento de la Penitencia, se distancia claramente de ellos por sus ideas referentes al movimiento de participación en la liturgia. Se nota ya esto en su insistencia a favor de una comunión eucarística frecuente. A cada cristiano le hacía prometer personalmente acercarse a los sacramentos por lo menos una vez al mes, lo que corresponde a cuanto se pedía generalmente a las almas fervientes. A estas ciertamente Luis María les exigía más, tal vez hasta dos comuniones por mes. Llegará hasta a pedir, en 1711, a las dos señoritas que iban a ser sus primeras Hijas de la Sabiduría que comulgaran todos los días, salvo en caso de pecado venial deliberado. Esto parece que era de lo común en una época en la que el mismo Monseñor de Champflour no prescribía sino dos comuniones por semana a las religiosas de su diócesis [161]. Tales directivas no alcanzarían a ubicar a Montfort en la ribera opuesta a la de los agustinianos, ya que sería falso definir a éstos como enemigos de la comunión frecuente. La diferencia entre estas dos tendencias se ubica mejor en el nivel de la insistencia de los agustinianos sobre las disposiciones para hacer una buena comunión, mientras que sus oponentes subrayan la utilidad de la comunión para las necesidades del hombre. Sobre este punto, el Padre de Montfort, escribiendo a algunas religiosas: “Comulguen... porque... lo necesitan”, se inclina ciertamente hacia los segundos [162].

Más profundamente, la diferencia se ubica entre el primado de la Eucaristía sacrificio para los agustinianos y la primacía de la Eucaristía comunión en la tendencia opuesta. En su cántico–reglamento para el convertido durante la misión, Grignion de Montfort recomienda asistir a misa cada día si es posible. Dejó algunas estrofas para cantar en los momentos más importantes de la misa: son estrofas llenas de admiración hacia el misterio eucarístico. Pero, en sus escritos, no hay nada respecto al sacerdocio de los bautizados, puesto de relieve por los agustinianos, ni sobre su consecuencia: la participación de los fieles al sacrificio. La misa está ausente en sus variados planes de predicaciones de misiones, mientras que la comunión ocupa su lugar [163]. La oposición a los agustinianos no es sin embargo tan deliberada como parece, porque esta insistencia sobre la comunión en detrimento del sacrificio era de hecho lo más común entre la mayor parte de los misioneros de la época.

Imitando así a sus colegas misioneros, Montfort dio a los cánticos una función importante en la participación de los fieles en el culto. El siglo XVII conoció cierta rivalidad entre los salmos en francés, apreciados por los agustinianos, y los cánticos populares; el éxito creciente de estos últimos en las diócesis llegó en gran parte por medio de los misioneros [164]. El amplio repertorio del Padre de Montfort tiene solamente dos salmos en francés. Aunque contenga algunas traducciones o paráfrasis de himnos litúrgicos, está constituido sobretodo por cánticos propiamente dichos. Muchos de ellos estaban destinados a un uso bien diferente del litúrgico. Se cantaban ciertamente durante las largas veladas de invierno y también en las “asambleas” locales, además de su uso en la catequesis. Por lo menos las octavas al Santísimo Sacramento, las invocaciones al Espíritu Santo y a la Virgen, ocupaban un lugar durante la misión y fuera de ella, en las ceremonias, durante las procesiones, antes, después e inclusive durante los oficios litúrgicos [165]. Dichos cánticos tenían éxito: aún los que menos se prestaban para ser cantados, se tomaban con melodías de música profana muy conocidas por todos: la traducción del “Laudate Dominum” adoptaba la música de la canción: “¡Ah! Que perezoso otoño” y la del “Stabat Mater” asumía la melodía de “Un pato extiende sus alas”. Sin duda alguna, estos cánticos, así cantados, a pesar de su densidad doctrinal bastante fuerte, gustaban al pueblo; le permitían expresarse por sí mismo, al lado de una liturgia encerrada en su latín desde las recientes condenas de las traducciones francesas de la misa, por miedo al Jansenismo. Sin embargo, se les puede cuestionar su influencia propiamente religiosa. Los capuchinos, con su estilo cercano al pueblo, hacía poco habían renunciado a hacer cantar sus cánticos con melodías conocidas, por miedo a hacerlos demasiado profanos [166]. Grignion de Montfort pensaba de modo diferente; había asumido el riesgo de acercarse más al pueblo.

También para responder más a lo que le agradaba al pueblo introdujo el Padre de Montfort las procesiones y las “fiestas” en sus misiones. La pastoral del siglo XVII había mostrado mucha reticencia hacia estas expresiones colectivas, debido a los abusos que habían generado: de allí surgió una amplia reglamentación bastante estricta. Durante mucho tiempo las misiones del interior desconocían las procesiones y “fiestas”. El mismo Grignion de Montfort parece no haberlas utilizadas durante los primeros años de su ministerio. Fue optando por ellas poco a poco, a partir de lo que hacían otros misioneros, especialmente en Bretaña y según la nueva tendencia de la reacción anti-agustiniana [167]. Hacia el fin de su vida, tenía la costumbre, según lo que dice su biógrafo J. Grandet, de llevar a cabo en cada misión siete grandes procesiones: para celebrar las diversas comuniones generales, para la renovación de los votos del bautismo, para plantar la cruz, y en el momento de la distribución de los recuerdos de la misión. Estas ceremonias constituían por sí mismas las “fiestas” de la misión junto con el pedido de perdón ante el Santísimo Sacramento. Hasta se le puede agregar la representación de: “El alma abandonada y liberada del Purgatorio”, especie de misterio medieval, dialogado entre veinte actores; representación que el Montfort compuso en los últimos años de su vida y que puso en marcha en varias parroquias [168]. Dichas manifestaciones ocupaban entonces un lugar importante en la misión.

Los que Grignion de Montfort llamaba “los espíritus fuertes” – sobretodo algunos agustinianos – arremeterían fuertemente contra tales manifestaciones que no coincidían con su gusto por un culto puro. Sin embargo, lejos de negar los esfuerzos del siglo XVII para remediar los abusos de estas manifestaciones colectivas, el Padre de Montfort cuidaba mucho que todo se hiciera en buen orden. Un testigo de confianza, el capuchino Padre Vicente, lo había visto

“poner en poco tiempo un orden admirable en una procesión de las más concurridas... y esto con tanto acierto y habilidad que aquella gran multitud no provocó ni disturbios, ni retraso, ni disipación” [169].

¡Montfort tenía por sí solo gran aprecio a las reglas y las cosas claras! Sin embargo hay que reconocer que, en todas estas procesiones y “fiestas”, se daba amplia cabida a todos los intentos de sacudir la imaginación, de conmover la sensibilidad y de jugar con los sentimientos de la masa popular. Esto se hace manifiesto, de manera particular, en el despliegue de banderas y estandartes, en la escenificación de personajes bíblicos con vestidos de colores, en la representación patética de las súplicas de las almas del Purgatorio. La mejor evocación de este estilo es quizás, en un nivel muy diferente, el calvario de Pont-Château con su altura descomunal, con su multitud de estatuas, con su rodeo de grutas, capillas y jardines, tal como Montfort lo había concebido. Se puede admitir que el misionero fue un poco lejos en su inclinación hacia este estilo, por lo menos hacia el final de su vida; pero si se compara la procesión de La Rochelle en 1711, tal como la pintó y describió el irónico Claude Masse, con las procesiones organizadas por los Agustinos en la misma ciudad en 1660, nos damos cuenta de que Montfort estaba lejos del estilo barroco utilizado por sus predecesores [170]. Es que, para Grignion de Montfort, la intención de mover los espíritus venía claramente en segundo plano con relación a la voluntad de hablar al pueblo y de hacerlo actuar. Esta voluntad se manifiesta particularmente en la ceremonia de la renovación de las promesas bautismales, durante la cual cada cristiano hacia una estación a la entrada de la Iglesia, en la pila bautismal y en el altar de la Virgen para expresar su compromiso personal antes de que toda la parroquia expresara su fe común [171]. Tales “fiestas”, aunque caigan a veces demasiado en la tentación de lo relumbrón y de lo popular, revelan algo de la dimensión paralitúrgica, por el hecho de que apuntaban en primer lugar a educar a los participantes.

Si se considera el conjunto de las realizaciones del Padre de Montfort por lo que se refiere a la liturgia, es llamativo el lugar restringido que ocupa la celebración eucarística, a pesar de la insistencia particular sobre la comunión frecuente. Este vacío, en contraste con el sentido agudo del absoluto que es Dios, se conjuga con la ausencia del tema de la Iglesia en su predicación. En este desequilibrio con relación a la Penitencia se siente el peso de una tradición misionera que no enfocaba sino la conversión individual. Y sin embargo Montfort tenía un gran sentido del pueblo y de las masas, mucho más todavía que varios de sus colegas. Es lo que le llevaba a dar la preferencia a la adaptación antes que a la pureza, cuando muchos cristianos todavía no se habían desprendido suficientemente de la religión popular de la Edad Media. Si su acción litúrgica y paralitúrgica se encuentra por eso descentrada, es porque la concebía antes que todo como medio para cambiar la vida de los cristianos.

 

 

 

Capítulo 7

PARA UNA CONVERSIÓN DE TODA LA VIDA

 

 

Quien dice misión, dice conversión. Los primeros misioneros del interior en el siglo XVII lo sabían bien. Mientras que sus cohermanos enviados a Canadá y al Oriente apuntaban a convertir paganos y musulmanes, ellos habían buscado, analógicamente, ya hacer regresar a los seguidores de la Reforma a la fe católica, ya cambiar en verdaderos cristianos a católicos con una fe demasiado formal. El Padre de Montfort, que en toda su vida sueña con las Indias o la nueva Francia, se inscribe en esta última línea. Pero, después de un siglo, la situación religiosa de las poblaciones y, en consecuencia, el objetivo de los misioneros había evolucionado grandemente en Francia: no solamente alejar de las costumbres pecaminosas, sino llevar a adoptar un cristianismo ferviente que elevara toda la vida. Si al comienzo de su sacerdocio Montfort debió a veces guiar a los deberes primordiales a los pobres que poco se habían beneficiado del movimiento reformista, por lo menos a partir de 1705 apuntó sobre todo a la "segunda conversión", que es tomar conciencia de toda las exigencias bautismales. Así se comprende todo el aspecto de su ministerio que se puede llamar educativo u hodegético.

Del bautismo y de sus compromisos, partían los misioneros bretones, después de Maunoir, para proponer una conversión de toda la vida. El Padre de Montfort adoptará esta orientación, a más tardar en 1705. Como ellos, hace de la renovación de las promesas bautismales un contrato de alianza con Dios que cada cristiano firma de su puño y letra. Además, parece que fue más allá que ellos, relacionando esta renovación con la confesión general, negando la absolución a los penitentes que no habían previamente ratificado esas promesas. Estas, formuladas de manera más breve y más incisiva que las del Padre Leuduger, ponían más en valor el ritmo de toda la vida cristiana, muerte y vida en Cristo:

"Renuncio por siempre al demonio, al mundo, al pecado y a mí mismo... Me doy enteramente a Jesucristo, por las manos de María, para llevar mi cruz a su séquito todos los días de mi vida" [172].

Esta visión muy pascual de la vida cristiana, en los antípodas del moralismo, reúne las mejores concepciones agustinianas. Aún hay que saber en qué programa de vida cristiana concretizaba Montfort este doble movimiento.

 

 

RENUNCIAR AL MUNDO

 

La fórmula, entonces y aún hoy clásica, de renuncia al demonio, a sus pompas y a sus obras, fórmula que el Padre de Montfort pudo adoptar en el primer momento, la sustituyó, al menos a partir de 1709, con otra, más expresiva para el pueblo: renuncia al demonio, al mundo, al pecado y a sí mismo [173]. Según el esquema habitual, el demonio tiene el primer lugar, sin que Montfort insista en esto largamente, quizás porque no encontró, en las poblaciones a las que se dirigía, las prácticas de hechicería que el Padre Maunoir había descubierto en Bretaña medio siglo antes. El Padre de Montfort pone más bien el acento en los pecados que su experiencia le mostraba como más frecuentes: blasfemia, impureza, embriaguez, odio y enemistad en el mundo de las parroquias, robo y pereza entre los vagabundos, rebeldía entre los pobres enfermos en los hospitales, deserción entre los soldados, lo que manifiesta una visión de las situaciones reales [174]. Pero más que esta condena concreta de los pecados habituales, lo que caracteriza al Padre de Montfort frente a otros misioneros es la lucha contra el mundo.

De este mundo, que casi ha personalizado como el enemigo de Cristo, Montfort no ha dejado una definición muy precisa. A primera vista, este mundo parecería corresponder a algunos grupos sociales. Puede ser que el joven Padre de Montfort, cuando trabajaba entre los pobres de Poitiers, haya sido tentado de identificar mundanos y burgueses. Más tarde, por lo menos, con la ampliación de su experiencia, habla del número infinito de los mundanos. Aunque ciertas categorías sociales hayan tenido siempre, para él, el primer puesto en este número, como testimonian sus descripciones y sobre todo su afirmación: "En este partido... mil pequeños, diez mil grandes", sin embargo se daba cuenta de que el mundo involucraba a toda clase de cristianos [175]. Se puede definir este mundo, con categorías sociológicas, como un conjunto de esquemas externos y mentales. El control social imponía entonces unas costumbres religiosas, porque se vivía en una situación de cristiandad más o menos total, pero imponía también ciertos valores, quizás particularmente acentuados en esta época: el deseo de la promoción social, la habilidad en las relaciones, el amor a la vida cómoda y alegre, la preocupación de estar a la moda, etc. Mientras que el libertino rechazaba los esquemas religiosos, el mundano los aceptaba sin dificultad, pero hacía suyos también los valores profanos comúnmente aceptados cuya ausencia habría acarreado el rechazo social. Si bien es cierto que hay que admitir que era legítima la aceptación de estos esquemas, también se debe reconocer que eran o podían ser ambiguos, acarreando un cristianismo más sociológico que personal e induciendo a olvidar el sentido de la trascendencia de Dios. El Padre de Montfort veía los defectos del "mundo" justamente como una ambigüedad, como lo prueba el uso en sus escritos de términos como "trampa", "fina tentación", "riesgo secreto" [176]. Pero su falta del sentido cristiano de las realidades humanas y su dificultad de integrarse con la sociedad, lo conducían a condenar globalmente este mundo.

De esta concepción bastante matizada, pasa Montfort, por una preocupación pedagógica, a una presentación del mundo totalmente negativa y claramente agresiva, a unas consignas casi absolutas respecto de él. No solamente se le verá interrumpir un círculo de baile, llamar la atención en plena iglesia a tres hombres con peluca empolvada, quemar la efigie de una mundana en una fogata de libros malos, sino que pinta, con todos los recursos de su estilo oratorio y de su ironía mordaz, este mundo al que él quiere que todos los cristianos se decidan a rechazar completamente. Se cuida de precisar las formas concretas, las acciones precisas que encarnan este mundo y a las cuales impone renunciar: el lujo en los vestidos y los apartamentos, las comedias y los espectáculos, las novelas y los cuentos, las danzas y los bailes y, más particularmente para el pueblo sencillo, las "asambleas" de las fiestas locales, las "veladas" de invierno, sobre todo las tabernas donde no ve más que peligros [177]. Excluyendo de esta manera casi todos los placeres, tendía a imponer un régimen casi monacal, una especie de “centuria”. Esta orientación apareció todavía mejor en el voto anual de virginidad que aconsejaba a las chicas. Quizás sin percibirlo claramente, inculcaba así cierta desestima del matrimonio, además de la de los placeres [178]. Esto plantea algunos interrogantes.

Este voto de virginidad debió levantar rechazos, como resulta por las justificaciones históricas que los biógrafos han creído necesario introducir en sus páginas [179]. Pero lo que suscitará críticas y contribuirá a poner en contra suya a la burguesía es el conjunto de posiciones antimundanas del Padre de Montfort. Si se examina el contexto pastoral de la época, tanto en el catecismo de Juan de La Noë-Menard, como en los estatutos sinodales de Saint-Brieuc o en los sermones de los lazaristas y de Juan Leuduger, en todas partes se encuentran posiciones análogas, con relación a las "vanidades" del mundo [180]. El Padre de Montfort, sin embargo, supera a sus contemporáneos, por la insistencia sobre la renuncia al mundo y el absolutismo de sus consignas. Parece que con el tiempo ha endurecido incluso esa posición; la creación de "asociaciones de vírgenes" se da sólo, al parecer, en el último año de su vida [181]. Por una parte, este combate contra el mundo corresponde a su falta de gusto personal por las distracciones. Por otra parte, se explica por el carácter transitorio de su acción, que lo inducía a no tener muy en cuenta las contingencias concretas de la población. Pero sobre todo, al revés, su posición es correlativa a su exigencia de conversión total, válida para todo cristiano. Aunque algunos sacerdotes aceptaban, no solamente en el plano práctico, algunas concesiones a la debilidad humana, el Padre de Montfort identificaba conversión y compromiso de la santidad. No está exento de inconvenientes el relacionar demasiado la santidad con comportamientos externos; el misionero no siempre se ha escapado de este riesgo. Pero tenía conciencia de la supremacía del "corazón". Exigía renunciar a sí mismo, al mismo tiempo que al mundo. Explicaba esta fórmula a las almas elegidas, como una muerte del espíritu propio, de la voluntad propia, lo que es muy sulpiciano. ¿Cómo la presentaba al pueblo sencillo? Quizás por el lado positivo del servicio total a Dios.

"...Sin fingimiento,

sin arte y ni cumplidos,

sin miedo y sin violencia,

y de buen corazón, sinceramente" [182].

En todo caso, la añadidura, propia de Montfort, de la renuncia a sí mismo en la fórmula clásica de las promesas bautismales, muestra, aún a través de una interpretación adulterada del mundo, que el misionero quería hacer pasar a la existencia del cristiano el ritmo de muerte y de vida en Cristo.

 

 

SERVIR TOTALMENTE A JESUCRISTO

 

El Padre de Montfort, que predicaba el mensaje de salvación en forma cristocéntrica, debía presentar toda la existencia cristiana con relación a Cristo. Es este el sentido de la formula de renovación de las promesas bautismales: "Me entrego totalmente a Jesucristo". Pero la vida cristiana se extiende a campos diferentes; es mejor codificar las cuestiones distinguiendo las relaciones con Dios, las actividades profanas, las relaciones con los demás.

En las "Prácticas de los que han renovado los votos del bautismo", el Padre de Montfort impone solamente, en cuanto a la oración individual, la recitación cotidiana de 25 Padrenuestros o Avemarías, lo que debe entenderse aparte de las oraciones de la mañana y de la noche; para la época, esto parece poco. Por el contrario, en el cántico-programa del convertido en la misión pide o propone, aparte de la misa cotidiana, la oración, el rosario, el examen de conciencia, la lectura espiritual, la hora mensual de adoración al Santísimo Sacramento y el retiro anual, sin contar diversas devociones. Este programa, que corresponde más o menos al que aconsejaban los capuchinos o los misioneros bretones, parecía recargado; valía sobre todo para las personas fervorosas que disponían de tiempo, mientras que las exigencias mínimas debían aplicarse a todo el mundo [183]. Pero, tanto para los unos como para los otros, el elemento que debía marcar la vida espiritual era el rosario. Se sabe, por múltiples testimonios, que el misionero había establecido en muchas, si no en todas, las parroquias donde había predicado, la recitación pública, colectiva y cotidiana del rosario; en ciertos días, como los domingos y las fiestas o durante la misión, se recitaba el rosario completo. Esta devoción del rosario, que propagó desde 1702 entre los "pobres enclaustrados" de Poitiers, había parecido a Claude Masse, en 1711, como la característica del Padre de Montfort; de hecho, en ningún otro misionero revestía tanta importancia. Nada entonces nos puede revelar mejor cómo veía Montfort las relaciones directas del cristiano con Dios [184].

Si el Padre de Montfort insistía particularmente sobre el rosario, es que allí veía una verdadera meditación, adapta al pueblo. La oración vocal, las escenas evangélicas que el apóstol explicaba a menudo, respondían a las posibilidades de la gente sencilla. Pero, para el Padre de Montfort más aún que para Juan Leuduger, estos hechos de la vida de Cristo y de la Virgen María servían de objeto y de apoyo a una verdadera oración sobre los misterios, como le gustaba explicar siguiendo al dominico Antonino Thomás:

"Con razón se da el nombre de misterios a las obras de Jesucristo y de su santísima Madre. Están, en efecto, colmadas de maravillas, perfecciones e instrucciones profundas, que el Espíritu Santo revela a los humildes y sencillos que los honran" [185].

Se vuelve a encontrar entonces, al nivel de la aplicación, el cristocentrismo que impregnaba la predicación del Padre de Montfort:

 "Así como los niños imitan a sus padres, viéndoles y conversando con ellos, y aprenden su lengua oyéndolos hablar; y como un aprendiz domina su arte al ver trabajar a su maestro; del mismo modo los fieles cofrades del rosario se hacen semejantes a su divino Maestro, con el auxilio de su gracia y por la intercesión de la Virgen María, al considerar atenta y devotamente las virtudes de Jesucristo en los quince misterios de su vida" [186].

Es la doctrina "beruliana" de la comunión con los “estados” de Cristo. El Padre de Montfort la recuerda aún mejor, cuando, por medio de los varios métodos que indica, propone introducir, al interior de cada Ave, un participio que evoque la actualidad del misterio: "Jesús agonizante", "Jesús coronado de espinas", "Jesús que lleva la cruz". Nada concordaba mejor con la doctrina de los agustinianos, en particular con la que exponía, en el catecismo de Nantes, Juan de la Noë-Ménard [187].

Sin embargo, cuando habla de la devoción al rosario, el Padre de Montfort ataca directa y frecuentemente a los que llama "los espíritus fuertes", "los críticos de la época". Se puede, sin mayor riesgo, poner entre ellos a cierto número de agustinianos. Les reprocha, entre otras cosas, el preferir los salmos al rosario. Ubicándose en sus antípodas, afirma que éste es "un grandísimo signo de predestinación", una "marca infalible de salvación eterna"; lo presenta, conforme a un término muy querido por él, como "un secreto" para salvarse, es decir, un medio fácil y muy eficaz [188].

Aún quitando, en las expresiones de este género, la parte tomada de Antonino Thomás, siempre queda la impresión que Montfort asimile el rosario a una receta. Impresión ampliamente corregida por la insistencia del misionero, en otros pasajes, sobre la necesidad de orar con atención, con un corazón puro y sincero, con la intención de convertirse, y todavía más por la valorización de la meditación de los misterios. Pero, en las expresiones tan fuertes del apóstol, entra también cierta visión pedagógica en la cual se ve la distinción entre los métodos y el contenido. Apreciaba, a partir de su experiencia, que la gente sencilla necesitaba de prácticas fáciles, repetidas, y que es importante atarla, casi materialmente, para asegurar su perseverancia. En esto, él se acercaba a la tendencia anti-agustiniana, y, más todavía, a sus colegas misioneros. Se encuentran allí los dos aspectos, aparentemente contradictorios, de su predicación, riqueza doctrinal y presentación popular.

El sentido de las realidades populares es, por el contrario, muy atenuado, cuando el Padre de Montfort habla de las actividades profanas del cristiano. Dado que carecía, como toda su época, de una visión cristiana de los valores terrenos y humanos, el misionero no dice nada sobre el comportamiento del cristiano en el trabajo o los momentos de descanso, frente al dinero o al amor. Para él, al igual que para sus contemporáneos, la santificación de las acciones profanas se hacía en primer lugar por elevaciones, excelentes en sí, pero sin vinculación con la actividad. A almas generosas, les aconsejaba mirar al cielo, "hora tras hora", soñando:

"¡Alma mía!, cuídate bien.

Todo pasa, Dios te mira" [189].

Es probable que mucha gente sencilla, envuelta en sus preocupaciones cotidianas, miraba demasiado a la tierra. Para Montfort, como para muchos otros de aquel tiempo, las actividades profanas eran más objeto de santificación que lugar de ella.

Para asegurar dicha santificación, el Padre de Montfort pensaba que la existencia cotidiana debía quedar enmarcada en un reglamento. Este hombre no conformista apreciaba los reglamentos, hasta aparentar alguna vez ser maniático de ellos. Ya los pobres del hospital general de Poitiers expresaban, en 1704, su dolor por haberlo perdido, diciendo: "Señor, si usted estuviera con esta nueva superiora, ¡qué reglamentos y qué justicia no haría observar!". Montfort estructuró programas precisos para cada clase de grupos: Penitentes, Vírgenes, Peregrinos de Saumur, etc. Tampoco pierde la oportunidad de establecer uno para el pecador convertido durante la misión. Casi cada acción tiene derecho a su verso o a los suyos: levantarse, lavarse, casa, trabajo, comida, acostarse, sin contar los numerosos ejercicios de piedad. Todavía no le parecía suficiente; exigía al convertido hacerse un reglamento diario donde todo estuviera previsto [190]. Nadie se atrevería a afirmar que el labrador de Aunis o la vendedora de pescado de Poitiers habían cuadriculado de esta manera su propia existencia, la cual conllevaba bastantes azares. Pero él exigía a la misma gente sencilla, y con mayor razón a las almas elegidas, tener un director espiritual al cual consultar todas las decisiones importantes [191]. En esta orientación, entra al mismo tiempo el sentido de la santificación por la obediencia y cierta preocupación por la eficacia. La impresión de rigidez que pueden dar todos esos reglamentos está maravillosamente compensada por una mística de servicio.

Es significativo que el cántico-reglamento del convertido retome, después de las prescripciones precisas de cada estrofa, un estribillo más dinámico:

"Yo sirvo a Dios de todo corazón".

Se halla una misma inspiración teocéntrica en el voto de virginidad aconsejado a las jóvenes, en los reglamentos particulares de ciertas profesiones o situaciones: el soldado debe transponer el servicio del rey al de Dios, el prisionero debe vivir su cautiverio como una sumisión a la mano de Dios [192]. La idea de servicio, de consagración, tiene, en efecto, un lugar central en el pensamiento y en la pastoral del Padre de Montfort. En términos de "esclavitud" propondrá a algunas almas elegidas lo mejor de su devoción mariana. Toda su presentación de la vida cristiana descansaba sobre las promesas, los votos, la consagración bautismal. Por este medio, aseguró la referencia a Dios, la mirada de fe en toda la existencia. Sin embargo, preocupado por ser práctico, propuso una aplicación concreta de este servicio en la vida cotidiana. La fórmula de renovación de las promesas bautismales aclara: "...para llevar mi cruz en su seguimiento todos los días de mi vida". Allí se percibe la importancia de lo que Montfort llamaba las "pequeñas cruces". Si es verdad que, durante sus misiones, se hacía un gran comercio de cadenas y de disciplinas, él mismo daba la preferencia a las mil dificultades de la vida, incluso para almas de alto vuelo: cansancio, perdida de dinero, falta de gusto a ciertos alimentos, zancadilla de un vecino [193]. Se percibe también el lugar central, en la existencia cotidiana, de Cristo crucificado, modelo y compañero de camino. Ciertamente faltaba en esta presentación el optimismo que habrían dado la visión de la Resurrección y el sentido total de la Encarnación. Se debe reconocer, sin embargo, que en lugar de proponer un frío moralismo, el Padre de Montfort imprimió a toda la vida profana, por medio de recuadros muy estrictos, un movimiento hacia Dios y Jesucristo.

Para ayudar los cristianos a santificar la vida, el Padre de Montfort creó cierto número de asociaciones piadosas. Es una exageración decir que sembró por todas partes cofradías del rosario, del Santísimo Sacramento, de la santa esclavitud; muchas existían antes que él, sobre todo las del rosario, que él ha revitalizado [194]. Pero se ve que aquí o allá, reagrupó almas piadosas: hermandad de San Miguel para los soldados, sociedad de los Corazones y Amigos de la Cruz en Nantes, grupos de chicos y chicas en Poitiers, hermandad de la Cruz en La Rochelle, asociaciones de Penitentes y de Vírgenes, sin contar nuevas hermandades del rosario. Haciendo esto, manifestó, como otros misioneros, un sentido de la necesidad y de las exigencias de la vida en grupo. Impuso a los miembros de estas organizaciones, a parte de algunas reuniones y manifestaciones colectivas, un programa individual de piedad. Pero esas asociaciones, salvo, sin duda, las de Poitiers en 1702, fueron concebidas con una orientación claramente preventiva, como del resto casi todas las cofradías de la época; las sociedades de Penitentes y de Vírgenes parecen tener como objetivo primordial el de sacar a los hombres de las tabernas, y a las chicas de las veladas, de las asambleas y de los bailes [195]. Así que no hay que buscar en sus estatutos las directivas del misionero para las relaciones con los demás.

Muchas décadas después del paso del Padre de Montfort, las tradiciones locales, quizás enriquecidas por el tiempo, recordaban la manera tan sorprendente con que el misionero había logrado reconciliar a personas profundamente divididas. Las reconciliaciones, como también las restituciones, entraban en los objetivos de todos o casi todos los misioneros. Si hemos de creer a los capuchinos, esas reconciliaciones hechas durante las misiones, a menudo eran menos inspiradas por un motivo de caridad, que por el deseo de llegar más fácilmente a una solución ventajosa, intimidando a adversarios devotos [196]. También el Padre de Montfort tuvo que encontrar algunos casos, pero no se contentaba con arreglos hechos a lo largo de la misión. Sabía que, en las parroquias, la caridad era carcomida por los procesos, que éstos tenían que ver con cuestiones de interés. Por ello aconsejaba evitar toda clase de procesos, aunque fueran justos o por la Iglesia; a las almas elegidas les imponía la suspensión de los mismos. Para que esta consigna tuviera alguna probabilidad de ser observada, insistía sobre el desprendimiento frente al dinero, el pago de las deudas, la satisfacción de la renta [197]. Estas directivas reflejan, según parece, un menosprecio del dinero, ciertamente una rigidez, pero expresan también la voluntad de actuar eficazmente poniendo más caridad entre los cristianos.

 Para Montfort, la caridad debía avanzar hasta hacer mejores a los otros. Esto comportaba en primer término la corrección fraterna. Tanto a los habitantes del barrio de Montbernage, como a los soldados, exige corregir a los que ofenden a Dios:

"Si no pueden impedirles que pequen corrigiéndoles con celo y mansedumbre, al menos que algún hombre o mujer de Dios no omita el hacer penitencia, incluso públicamente, por el escándalo público, aunque no sea más que recitar un Avemaría en las calles" [198].

El Padre de Montfort no se contentaba con esta manera de actuar conforme al contexto de la época. Superando, parece, las directivas corrientes de los misioneros y de los obispos, exigía a los cristianos dar el ejemplo:

"Es preciso, queridos hijos, es preciso que sean buen ejemplo para todo Poitiers y sus alrededores... Ruego a las pescaderas de San Sulpiciano, a las carniceras, revendedoras y a los demás que continúen dando el buen ejemplo que dan a toda la ciudad por la práctica de lo que aprendieron durante la misión" [199].

Se podía casi hablar de testimonio. Puede ser que en esas consignas dadas a la gente sencilla de los barrios marginales de Poitiers haya algún deseo de dar una lección a los burgueses de las parroquias centrales; es cierto, sin embargo, que el joven Padre de Montfort llevaba la preocupación de transformar en apóstoles a los cristianos. A los alumnos que agrupaba entonces en la misma ciudad, exigía "procurar ganar para Dios a sus amigos más descaminados"; él mismo enviaba a los miembros de este grupo a hacer el catecismo, el domingo, en los campos. Esta preocupación por el apostolado parece haber disminuido, con el transcurso del tiempo; los estatutos de los Penitentes, redactados hacia 1715, hablan todavía un tanto de edificar “por la práctica de las virtudes cristianas”, pero el cántico-reglamento del convertido de la misión, tan largo y preciso, no presenta ninguna idea de apostolado ni de ejemplo al lado de otros [200]. Esta evolución puede estar relacionada con el desarrollo en Montfort de la idea de mundo y de la separación del mundo. Montfort no insistía ya sobre la caridad, pues ponía más el acento sobre el sacrificio para el cuidado de los pobres.

El Padre de Montfort, tan apasionado por los pobres, dio gran espacio a sus preferidos en todo el curso de su vida. Si él mismo se consagró sobre todo a ellos durante sus primeros años de sacerdocio, también después siguió preocupándose por ellos, y sobre todo hizo un llamado a todos los cristianos para ayudar a los miserables. Tenía la costumbre, en sus misiones, de dar de comer, cada día, a los indigentes de la parroquia y a los vagabundos que allí se encontraban de paso. El Padre des Bastières, muchas veces encargado de ese servicio, contó hasta 200 por día, en ciertas parroquias. Pero esta sopa popular era un compromiso de todos los feligreses a quienes se solicitaban gestos de generosidad: en Fontenay-le-Comte, en agosto de 1715, la señorita Mulot entrega al misionero 153 libras, provenientes de donantes anónimos [201]. Como Vicente de Paúl, el Padre de Montfort había percibido el vínculo entre misión y caridad. El mismo, alguna vez, quiso ir más allá de los simples donativos, para personalizar la generosidad. En Sallertaine, compromete a cada familia a dar de comer a un pobre, durante el tiempo de la misión. "Para cada uno era un placer y un deber contribuir a sus obras de misericordia", asegura el Padre de Préfontaine [202].

Estos servicios caritativos corrían el riesgo de no prolongarse mucho después del final de la misión. Montfort pensaba que, bajo una u otra forma, este sacrificio tenía que ser permanente. Tenía la posibilidad de apelar a algunas personas más generosas y más disponibles, más abiertas también a las nuevas corrientes en favor del alivio de las miserias. En Nantes, por ejemplo, las señoritas Dauvaise organizaron el hospital de los Incurables, fundado bajo su impulso, mientras que, por consejo suyo, la señora Chapelain fundaba un asilo para los convalecientes que salían del Hostal de Dios. En otros lugares, Dinán por ejemplo, suscitó o alentó iniciativas de este género. Hay que añadir la apertura, hacia el fin de su vida, de escuelas caritativas para niños cuyos familiares no podían pagar la pequeña retribución escolar habitual: por lo menos en La Rochelle, en Saint-Pompain, en Vouvant [203]. Todas esas fundaciones, como la de las Hijas de la Sabiduría para el cuidado de los pobres y de las pequeñas escuelas, permanecían en el plano de las instituciones, pero, más allá, el misionero quería comprometer a cada cristiano con un sacrificio habitual en favor de los pobres. La limosna, discreta y gozosa, cuenta entre los deberes del convertido de la misión. Hay en el Padre de Montfort, cuya vida personal era tributaria de generosidades, al mismo tiempo una mística y una moral de la limosna. Como el Padre Leuduger y más que él, el Padre de Montfort subraya la obligación que tiene cada cristiano de dar a los pobres:

"El pobre tiene derecho

a pedir aún lo no necesario,

el rico no puede conservarlo,

aunque él crea lo contrario

él no es más que el dispensador" [204].

Si los versos son mediocres, las consignas son claras, apoyadas en la Biblia y en las declaraciones más vigorosas de los Padres. Pero, al mismo tiempo, el misionero hizo comprender que dar a los pobres, es dar a Jesucristo mismo, cuyos miembros son los pobres. Así esos servicios caritativos se integraban en el movimiento mismo que quería imprimir en toda la vida cristiana, el del desprendimiento para un servicio total al Señor.

 

 

LA RELATIVA ORIGINALIDAD

DE LA PASTORAL DEL PADRE DE MONTFORT

 

En todas esas directivas del Padre de Montfort para una renovación de la vida cristiana, como también en los aspectos más catequéticos y más litúrgicos de su pastoral, interfieren constantemente algunos elementos más agustinianos, mientras que otros manifiestan mejor la tendencia opuesta. Al verlo atacar frecuentemente a los "espíritus fuertes" y a los "sabios críticos", se puede pensar que está en definitiva más cercano a la reacción. Con ella se identifica en la claridad de las exposiciones y la necesidad de una vida muy regulada, en el estilo popular y en el uso de medios demasiado psicológicos, en la puesta en juego de prácticas y sobre el gusto de las manifestaciones brillantes, en la parte de las devociones y las consignas para la comunión frecuente. Pero, si no critica jamás esta reacción, se opone a ella, en profundidad, por su concepción de la economía de la salvación y por su cristocentrismo, por su sentido de la virtud de religión y por su exigencia de conversión total, por la comunión en los misterios de Cristo y por la visión del ser cristiano, en fin por su sentido mismo del episcopado. ¿Es necesario hablar de equilibrio entre las dos tendencias? Se puede pensar que el Padre de Montfort no llegó al verdadero equilibrio entre las dos, en particular en el terreno de la liturgia, y que a veces integró mal algunos elementos opuestos. Pero, ¿lograron muchos pastores entonces esta síntesis equilibrada? Por el contrario, se encuentra innegablemente en él, más allá de un no-conformismo que le impedía atarse a una tendencia, una voluntad de equilibrio. Esta se manifiesta sobre todo en la asociación frecuente de las prácticas exteriores y de las disposiciones interiores, de la religión popular y de la adhesión personal al Señor. Esto debe ser considerado en el activo de este hombre que, a lo largo de toda su vida, caminó laboriosamente hacia el equilibrio personal. Pero se puede decir igualmente que, haciendo simultáneamente la parte a los agustinianos y la de sus opositores, sufrió de alguna manera, la marea y contra-marea de su formación doctrinal y de su acción al lado de las masas.

En lo que se puede llamar su pedagogía de las masas, el Padre de Montfort es fuertemente tributario de los misioneros de la época. Esta dependencia es clara sobre todo a partir de 1705-1707. Que se trate de la estructuración de las misiones, del plan de predicación, del uso de los cánticos y de las "fiestas", de la insistencia sobre las "grandes verdades" y sobre la confesión: en todo esto está cerca a sus colegas. Esta dependencia excede el nivel de los métodos para alcanzar un plan que se puede llamar doctrinal: la puesta en juego de la Pasión, de la conversión individual, de los sacramentos y de la piedad, en relación con temas como la Resurrección, la Iglesia, la Eucaristía-sacrificio. Más profundamente quizás, se manifiesta esta dependencia en su psicología pastoral: cierta agresividad contra el pecado y el pecador, cierto instinto de poder y de posesión contra individuos y masas, aspectos estos que son el reverso de cualidades reales. Si es verdad que el Padre de Montfort ha sido marcado por este ambiente de los misioneros, no se dejó sin embargo contaminar totalmente.

La relativa independencia del Padre de Montfort con respecto a sus colegas es sobre todo visible en los primeros años de su ministerio, pero es posible encontrarla también después. Aparecía ya en el plan de los métodos, en el lugar dado a las virtudes cristianas en la predicación, en la valorización del rosario, en la preferencia por los métodos más populares y en la insistencia sobre las exigencias del bautismo. Pero la relativa originalidad del Padre de Montfort se basa principalmente en tres elementos que caracterizan de manera especial su pastoral, durante todo su ministerio.

Estos tres elementos muy originales se sitúan a niveles muy distintos. A un nivel más catequético, está el lugar de la Virgen María cerca de Cristo, a la vez en la economía de salvación y en la respuesta personal del hombre. Al nivel de los lugares alcanzados, está la preferencia por los más pobres: evidente durante sus primeros años, ella permanece aún clara a continuación. Al nivel de la pedagogía pastoral, está la voluntad de hacer participar al máximo a las mismas personas [205]. Esto tiene que ver a la vez con cierto personalismo y una educación por la acción. Nada sin duda caracteriza mejor el estilo del Padre de Montfort. Más allá de la pastoral, está el pastor. Así, para terminar, hay que volver al mismo Padre de Montfort y buscar de nuevo, sintéticamente, su valor propiamente misionero.

 

 

 

Capítulo 8

¿FUE MISIONERO GRIGNION DE MONTFORT?

 

 

La pregunta puede parecer ridícula o incluso provocadora: ¿cómo atreverse a poner en duda la cualidad primera de aquél a quien muchos historiadores han situado entre los grandes misioneros del siglo XVII? Y sin embargo, se impone la necesidad de volver a examinar esta cualidad, lo cual no se convertirá necesariamente en desventaja para su persona. La historia eclesiástica ha permanecido demasiado nominal, incluso nominalista. Trátese de cofradías, de seminarios o de muchas otras formas pastorales, entre ellas las misiones, ha categorizado demasiado, según los títulos legados por el pasado; debe hacerse más real, más auténtica, al evaluar de nuevo el contenido de las fórmulas, a partir del contexto religioso. Toda la historia de las misiones internas debe estudiarse una vez más en ese sentido, a la luz de las nuevas adquisiciones de la sociología religiosa y de la teología misionera. Más allá de las misiones, está la Misión. Estas páginas buscan contribuir a dicho estudio, a partir del de Grignion de Montfort. Porque esta nueva evaluación volverá, a su manera, sobre todos los capítulos precedentes, lanzará muchas preguntas que sería conveniente colocar en serie. Es posible agruparlas en tres niveles diferentes: el de la influencia, el de la acción y el del espíritu misioneros.

 

 

¿SU PATERNIDAD RELIGIOSA SOBRE LA VANDEA?

 

Una tradición quiere hacer de Luis María Grignion de Montfort el padre espiritual de la Vandea militar, que no se reduce sólo al departamento con el mismo nombre, sino que cubre también una parte de los Dos Sèvres, del Maine y Loira y de la Loira Atlántica. Si hubiera engendrado nuevamente en la fe a esta vasta región rural, difícilmente se podría negarle a Montfort algún derecho al título de misionero. El particularismo religioso de esta región, donde el fervor se expresa en esquemas culturales muy marcados, no podría contradecir este derecho, pues la misión es, entre otras cosas, inculturación de la fe. Pero, ¿cuál es el valor de esta tradición?

Una observación preliminar permite formular mejor la pregunta. Una simple ojeada al mapa de los trabajos del Padre de Montfort, permite constatar de inmediato que predicó poco en esta región: cuatro misiones en torno al bosquecillo de Mauges y del Bajo Poitou que dependía entonces de La Rochelle, tres en la diócesis de Luzón al borde del Marais Bretón, siete en la región de Nantes al sur del Loira, y en rigor todavía una u otra de las que hablan las tradiciones post-revolucionarias. Incluso teniendo en cuenta que cada una de las misiones abarcaba o podía abarcar una gran parte de la población de las parroquias vecinas, son poca cosa una quincena de misiones bastante agrupadas localmente, para una región que abarca cerca de 500 parroquias. La desproporción es flagrante entre el efecto y la causa. Conviene sin embargo proseguir la investigación a condición de mirar más allá de la Vandea militar, a otras regiones, igualmente conservadas, donde trabajó Montfort, especialmente a la región de Pont-Château, donde su acción fue más continua y concentrada.

Si se examina esta influencia al nivel inmediato de la acción, se constata que el Padre de Montfort verdaderamente tomó en mano y transformó a las poblaciones. Las misiones del siglo XVII en su conjunto, sobre todo en Bretaña, ejercieron una verdadera acción de masas [206]. Pero sobre las de Montfort hay la posibilidad de tener testimonios autorizados y pruebas verificables. Los testimonios son numerosos y diversificados. El del Padre de Préfontaine, jesuita de Nantes, dice respecto a los campesinos: «También tenía él un talento maravilloso para ganárselos e inspirarles los sentimientos que deseaba». Añade Coupperie des Jonchères, archidiácono de Nantes: «Poseía un don y una gracia singulares que lo hacían inmejorable para ganarse los corazones». Claude Masse, ingeniero-geógrafo de La Rochelle, a pesar de ser bastante crítico, muestra el entusiasmo de las mujeres y de los soldados de La Rochelle por su misionero [207]. Se podría citar, como indicio, la movilización de toda la región de Pont-Château para construir gratuitamente el calvario gigante que la dominaba: de 400 a 500 personas por día durante más de doce meses; el ascendiente del maestro de obra sobre esta población era tal que, cuando se destruyó el calvario, el Intendente de Bretaña y el Obispo de Nantes temieron se organizara una rebelión popular. Pero existe, para esta misma región, un índice bastante más preciso y, aunque limitado, más significativo. Los feligreses de las parroquias vecinas tenían la costumbre de inhumar a sus difuntos dentro de las iglesias parroquiales. Pero a partir de 1690, la autoridad episcopal reaccionó contra esta costumbre muy apreciada porque estaba arraigada en el mismo sentimiento religioso. El obispo y los vicarios generales, después de emplear inútilmente todos los medios posibles, llevaron el asunto al Parlamento de Bretaña, que sentenció a favor de los habitantes. Se adivina si éstos estaban ahora deseosos de ceder. Entonces el Padre de Montfort empezó a predicar; y al cabo de algunos días por lo menos en Crossac, Besné, Missillac, donde los registros de sepultura permiten una verificación, cesaron completamente las inhumaciones dentro de la iglesia, como hasta entonces habían hecho todos o casi todos. Este resultado tiene tanto o mayor interés en cuanto toca un punto muy significativo del esfuerzo y de los límites de la pastoral del siglo XVII: el paso de la religión popular del bajo medioevo a la fe iluminada y personal. Sin duda el Padre de Montfort no obtuvo en todas partes y siempre resultados tan impresionantes: en La Chevrollière, una parte de la parroquia se le escapó a causa de la oposición del párroco; el obispo de La Rochelle constató en Fouras, ocho años después de la misión: «El pueblo es bastante rudo e ignorante, aunque se enseña regularmente el catecismo». Pero estos fracasos a medias, relatados con honestidad por los primeros biógrafos, parecen ser verdaderamente excepcionales [208]. Más bien, la variedad de testimonios presentados anteriormente nos garantiza que el Padre de Montfort lograba habitualmente "convertir" –en todo el sentido de la palabra– a las poblaciones a las que se dirigía.

Este ascendiente sobre las multitudes provenía, en buena parte, de los métodos de acción. A las técnicas que empleaban todos los misioneros para provocar la conversión de las masas, Montfort agregó elementos particularmente capaces de entusiasmar a la gente, sobre todo esa manera de instigarles a actuar por sí mismos, lo que se hará sentir en mucho en el apego de los campesinos de Pont-Château a su calvario. El ascendiente provenía también del temperamento mismo del misionero. Este hombre, aunque proveniente de un medio burgués, se había hecho parte del pueblo y sabía hablar el lenguaje de la gente sencilla, tanto en su predicación como en sus expresiones paralitúrgicas; este hombre sensible transmitía toda su emotividad en su acción con las multitudes. Un ascendiente así se debía igualmente, en una medida que sobrepasa a las nuestras, a la santidad de aquel sacerdote, cuyo exterior irradiaba caridad. No es temerario considerar también la influencia de su santidad en la permanencia de los resultados obtenidos.

Esta permanencia está garantizada a la vez por los testimonios y por las pruebas. El primer testimonio es el de los hermanos Mulot. Jean, párroco de Saint-Pompain, quería que se diera una misión en su parroquia; se sentía muy alejado del Padre de Montfort a causa de sus singularidades; sin embargo, su hermano Pierre lo decidió a que lo llamara,

«porque sabía... que los frutos de sus misiones perduraban mucho más tiempo en los lugares por donde él pasaba que en aquellos por donde habían trabajado otros misioneros».

De hecho, dos años y medio después de la misión, el obispo de La Rochelle no pudo dejar de señalar el fervor de esta parroquia, en medio de una región bastante tibia. En otro lugar, San Lorenzo del Sèvre, el canónigo Juan Bautista Blain verificó en 1722 la duración de los resultados. Si en los juicios espontáneamente favorables del amigo entra un entusiasmo aun tanto ingenuo, los hechos y las cifras que reseña son poco menos que indiscutibles: seis años después de la misión, la totalidad de las personas en edad de comulgar, a excepción de cinco o seis, se acercaban a los sacramentos al menos cada mes; el programa del domingo permanecía entretejido de ejercicios de piedad. Y el canónigo admiraba particularmente «el fondo de piedad que no se advierte en otros lugares». Por su parte, el Padre de Préfontaine atestigua, en 1718, a propósito de la devoción al Rosario:

«Yo mismo fui testigo, el año pasado, en la diócesis de Saint-Malo, al recorrer algunas de las parroquias donde el Padre de Montfort había realizado misiones hacía doce o quince años, de que estas prácticas subsistían todavía y se observaban tan regularmente como el primer día».

Testimonio análogo, por parte del párroco de La Séguinière, ocho o nueve años después de predicada la misión en la parroquia [209]. Un alarde como éste de verificaciones en el espacio y la seriedad de sus autores no da mucho espacio a dudar que la influencia de Grignion de Montfort subsistió, al menos parcialmente, durante una década después de su paso.

Es mucho más difícil medir su influencia a largo plazo, en varias decenas de años. Se recogen, sin embargo, algunos testimonios, sobre todo en el segundo biógrafo, Carlos Besnard, muy preocupado por recoger hasta las mínimas apreciaciones sobre el fundador de su instituto: desde hace más de cincuenta años, escribe, se observan todavía en la parroquia de Saint-Pompain "vestigios de sus trabajos apostólicos". En otra parte, cita una carta del párroco de La Chapelle-du-Genêt, de 1764: los parroquianos que fueron a la misión de Roussay, en 1714, trajeron acá el rezo público y diario del rosario; «esta práctica se ha mantenido con exactitud lo mismo que el concurso de los fieles en mi iglesia». Cinco años más tarde, en el mismo Roussay, en 1769, el párroco del lugar informa, en son de queja, que la gente tiene la costumbre de reunirse cada día para rezar el rosario [210]. A través de varios textos forzosamente dispersos, como también mediante algunos de los testimonios cercanos citados más arriba y según algunas tradiciones difusas, se puede ver que la influencia persistente de Montfort se apreciaba ante todo por el rezo diario y colectivo del Rosario. Se explica fácilmente que los testigos lejanos hayan anotado sobre todo esta costumbre, pues se aprecia mucho más fácilmente una institución que una actitud del alma. Sería un error rechazar el valor de los testimonios sobre el mantenimiento de esta institución, particularmente apreciada por el misionero y muy característica de su método. La insistencia que ponía en los misterios del Rosario, para hacer de ellos una verdadera oración, nos asegura que esta práctica popular podía tener valor de signo, en relación con el fervor de una parroquia. Pero no se puede contar con esta sola institución, que hubiera podido perder algo de su contenido. Y menos posible es aún argüir solamente a partir de dos o tres testimonios locales, recogidos entre 1760 y 1770, para prolongar esta influencia hasta la Revolución y para extenderla al conjunto de la Vandea militar. Si se quiere entonces juzgar la paternidad religiosa de Montfort sobre esta región, el único método que queda es examinar el origen de la tradición que se beneficia de ella.

Encontramos esta tradición expresada por primera vez, en 1824, por el historiador Michel Picot. Puede ser que éste la haya recogido de otros; sin embargo esta tradición era desconocida antes de la Revolución, hasta por Carlos Besnard y por su cohermano Pedro Francisco Hacquet, que no habrían omitido hablar de ella. Esta tradición con toda probabilidad aparece con la Restauración, pues apunta a explicar, a posteriori, el levantamiento de la Vandea [211]. Es algo de lo que hay que desconfiar. Sin embargo, nos sale al paso un último medio: el método comparativo.

Frente a los innegables resultados obtenidos por el Padre de Montfort, se puede ante todo presentar la situación religiosa que encontró. Después de un siglo de reforma católica, las poblaciones, practicantes y creyentes, vivían, hacia 1700, un cristianismo más iluminado, más digno y más personal. No se podría decir que Montfort los hubiera re-engendrado en la fe. Tampoco se le podría atribuir a él solo el fervor de estas regiones sin cometer una grave injusticia con todos los obispos y sacerdotes que trabajaron antes y también después que él, entre otros con sus hijos espirituales que surcaron la región en el siglo XVIII. Hay más. En la región del Aunis fue donde el Padre de Montfort trabajó más: una veintena de misiones en una región de ochenta parroquias. Ahora bien, el Aunis es hoy una región indiferente, donde la práctica religiosa es en casi todas partes inferior al 15%. Ya mucho antes de 1700, esta región del llano parecía muy tibia, la más tibia de todas aquéllas donde el misionero predicó. Por el contrario, la Vandea militar, donde él predicó menos, era ya una tierra de gran fervor. El contraste entre las dos radica, desde antes de 1700, en fenómenos de mentalidad colectiva tradicional, mas o menos religiosa según las regiones [212]. Frente a estas mentalidades colectivas, la explicación muy tardía sobre la paternidad espiritual de Grignion de Montfort proviene más del mito que de la realidad.

No es nunca agradable ver disminuir la gloria de un ser querido. Pero, ¿es verdaderamente disminuirla cuando se mide con mayor precisión la influencia real que él ejerció? Esto nos ayuda más bien a purificar nuestra mirada que siempre tiende a medir numérica y espacialmente el valor de un misionero, cuando éste debe medirse esencialmente por la fidelidad a la misión de Cristo en la acción apostólica.

 

 

EL VALOR MISIONERO DE SU ACCIÓN PASTORAL

 

Mucho más fácil parece el tema del valor misionero de Grignion de Montfort en su acción misma. Nadie le ha discutido jamás esta calidad profesional. Y sin embargo, el tema es al menos tan delicado como el anterior, por el hecho de que existen hoy divergentes puntos de vista en la definición de la acción misionera en el interior. Es tal vez tentador, para facilitar el análisis, optar por el sentido actual de tal definición. La lealtad exige que se asuma el problema en toda su complejidad. Partamos pues de tres elementos por los cuales se define toda misión, tanto interior como exterior, para buscar su aplicación en Grignion de Montfort: la finalidad, el campo de acción y el contenido. Será sin embargo más fácil invertir el orden de estos elementos.

Generalmente se entiende que el contenido de la misión es la proclamación de Jesucristo mediante la palabra y los signos. El Padre Hitz ha demostrado que, en todo el siglo XVIII, la predicación de las misiones conoció un «empobrecimiento considerable»; lo que él dice del siglo XVII exigiría, por el contrario, no pocas reservas, para el conjunto de ese siglo y también para Grignion de Montfort [213]. Al igual que su época, Montfort no ha tenido una comprensión exacta del Kérigma. Para provocar la conversión, usaba el arma psicológica de las «grandes verdades», aunque haya introducido, más que otros, algunos elementos doctrinales. Además, fuera del catecismo, su predicación era esencialmente moral, parenética, pero sin llegar a ser moralizante; carecía de perspectiva histórica, de dimensión eclesial, del sentido de la parusía, pero era generalmente cristocéntrica. Ya se tratara de sus sermones o de sus cánticos sobre las virtudes, de su presentación de los misterios del Rosario y de la moral cristiana, de sus catequesis sobre la Virgen María o sobre la Cruz, Cristo ocupa un lugar importante, a menudo incluso el lugar central; no aparecía allí solamente como un personaje histórico sino como el misterio mismo de nuestra fe. Montfort llegó incluso más lejos. Su sermón sobre la dulzura y la Carta a los Amigos de la Cruz constituyen una proclamación de Jesucristo, aunque la segunda peque por la ausencia de la Resurrección. Sin duda, se pueden encontrar, en el transcurso del siglo XVII, otros misioneros que han predicado este cristocentrismo tanto o más que él; sin embargo, hacia 1700, parece que Grignion de Montfort sobrepasa, en este punto, a sus contemporáneos.

Sabemos que el catolicismo del siglo XVII casi no tenía noción de la importancia del signo. Vivían todavía como cristiandad o poco menos. Sin embargo, cuando sentían la necesidad de hacer comprender la vitalidad interna del catolicismo, frente a los reformados por ejemplo, usaban casi siempre expresiones de grandeza y de poderío. Esto es particularmente cierto para los misioneros de la época, al menos en la segunda mitad del siglo [214]. Grignion de Montfort, que en varias oportunidades habla del valor de la palabra en sus directivas a los miembros futuros de su instituto, no dice nada de los signos. Sin embargo, también él tenía el sentido de las expresiones de grandeza; pensemos, por ejemplo, en su deseo de plantar aquí y allí calvarios de dimensiones desacostumbradas. Pero también podemos encontrar, en su ministerio, verdaderos signos profundamente diferentes. Su dedicación a los vagabundos y los «pobres enclaustrados», su preocupación muy particular por enseñar a los cristianos a distribuir a los miserables lo que les es superfluo, en una época en que la sociedad y casi toda la Iglesia los despreciaban, ¿no era acaso una continuación del «pauperes evangelisantur»? Su rechazo a toda forma de beneficio, para vivir, con sus compañeros, día tras día, en dependencia totalmente de la Providencia, en un momento en que el movimiento reformista se institucionalizaba cada vez más, ¿no era un signo de esperanza en Dios? Se podrían buscar otros signos en su ministerio. Estos por lo menos, dado el lugar que les concedió a lo largo de toda su vida, demuestran que, tal vez de manera más o menos clara, había percibido la importancia de poner en evidencia al Dios trascendente del que hablaba [215]. Sin duda, Montfort no vio exactamente la misión tal como los recientes trabajos sobre los escritos apostólicos nos permiten entenderla; siendo tributario de la teología pastoral de su tiempo, tuvo sin embargo, a la luz del Evangelio, suficiente intuición para captar lo mejor de dicha teología e, incluso, en ciertos puntos, para sobrepasarla.

Más compleja es la apreciación misionera del campo de acción de Grignion de Montfort. Hay acuerdo hoy en día en reconocer la diversidad de los espacios de misión, desde las regiones donde la Iglesia es todavía inexistente, hasta los ambientes sociales, culturales o religiosos alejados de la fe dentro de un país cristiano, y hasta las iglesias ya instituidas pero que han caído en estado de debilidad y de letargo [216]. Esto último parece haber sido lo que ocurrió en toda Francia a comienzos del siglo XVII, lo que explica entonces el nacimiento de las misiones interiores. Hacia 1700, se habían conseguido grandes progresos. Con su clero casi totalmente reformado, con su pastoral en gran parte renovada, con sus fieles de fe generalmente más iluminada y más personal, la Iglesia había recuperado gran parte de su vitalidad. Sin duda les faltaba a las parroquias donde predicó el Padre de Montfort muchos progresos por realizar, sin duda necesitaban ser reanimadas, lo que ocurrirá siempre con toda comunidad cristiana; pero ¿no sería jugar un poco con las palabras al hablar respecto a ellas de espacios de misión? Por el contrario, se puede admitir que, teniendo en cuenta el contexto de la época, este nombre puede convenir a los ambientes particulares en los cuales trabajó Montfort, por lo general durante sus primeros años de sacerdocio, y posteriormente en forma ocasional: los mendigos, los pobres enclaustrados, los soldados, los prisioneros, etc. Relacionadas con la Iglesia, estas categorías sociales seguían siendo marginadas por la misma; la prueba de esto se halla en el hecho que fueron las que menos se beneficiaron con la reforma católica. Esta dualidad de campos de acción se encontrará necesariamente al nivel de la finalidad de las misiones del Padre de Montfort.

Dentro de la finalidad de la misión se pueden distinguir dos aspectos estrechamente solidarios: el de la conversión de las personas y el del establecimiento o revitalización de la Iglesia. La conversión se entiende primero en el ámbito de la fe, pero también en el ámbito de las costumbres, pues los dos no se pueden disociar totalmente; la conversión es el vuelco del corazón para adherirse a Jesucristo. Parece que Montfort tuvo una visión moralizante del movimiento inicial que es la aversión, cuando, por ejemplo, imponía la renuncia a los placeres. En este punto, hay en él un error de perspectiva, a causa de la ausencia, entonces común, del sentido cristiano de las realidades humanas. Pero tales exigencias sólo querían ser, según él, la realización concreta de la renuncia a uno mismo, que es el fundamento de su ascesis, lo que se acerca mucho a la metanoia evangélica. La conversión que él pedía era, igual que para los demás misioneros, la de las costumbres, pero iba más allá del simple ámbito moral para alcanzar el ámbito de la fe. Para él, la vida cristiana era ante todo descubrimiento del Señor, consagración y comunión con él. De ahí el hecho de que escogiera, como fundamento de esta conversión, el bautismo mismo, la pertenencia a Cristo. De ahí el hecho de que insistiera en el compromiso personal hacia Cristo y con él, entre las poblaciones que vivían todavía a menudo un cristianismo demasiado sociológico. Se puede entonces decir que, teniendo en cuenta la situación religiosa del momento, el Padre de Montfort apuntaba hacia una conversión que fuera lo más profunda posible.

Parece, a primera vista, que la conversión no tenía, para Grignion de Montfort, la dimensión eclesial que es propia de la finalidad de la misión. Para él, como para los misioneros contemporáneos, el tema de la Iglesia estaba más o menos ausente y la conversión se presentaba ante todo como individual. Sin embargo, esta dimensión eclesial subyacía de diversas maneras en su concepción de la misión. Cuando, entre 1702 y 1705, se hacía pobre con los pobres de Poitiers, pretendía hacer presente a la Iglesia en medio de estos sectores marginales demasiado descuidados por ella. Cuando, en 1713, definía su acción como «renovar entre los cristianos el espíritu del cristianismo», expresaba de esta manera su objetivo de renovación de las parroquias. La primera meta, determinada por los sectores a los cuales apuntaba, respondía bastante bien a la finalidad última de la misión. En cuanto a la segunda, ésta correspondía, hacia 1700, a la de los otros misioneros que trabajaban en parroquias ya en gran parte reformadas. Se le puede justificar recurriendo al nombre de misión interna por oposición al de misión externa. Esto sin duda no resuelve verdaderamente la cuestión, pero una respuesta más satisfactoria sólo podría llegar de investigaciones propiamente misionológicas [217].

Para quedarnos con el mismo Grignion de Montfort, hemos visto ya que no existe una ruptura total entre sus dos visiones de la misión, que la dualidad de su ministerio está atenuada por múltiples interferencias [218]. Sin embargo es posible preguntarse legítimamente cuál de los dos aspectos representa mejor la personalidad misionera de Montfort. A primera vista, se responderá que es el aspecto más tardío, pues es el de la madurez. Se puede también avanzar que es el aspecto primitivo, porque es el más cercano a las inclinaciones profundas del hombre, atenuadas luego por la institución. Para tratar de resolver el dilema, se imponen algunas distinciones, sobre todo la del plano psicológico y la del plano pastoral. En el plano psicológico, se puede admitir que Montfort sea más auténtico en sus primeros años de sacerdocio. Su dificultad para integrarse a la sociedad y su reacción contra su ambiente de origen lo llevaban instintivamente hacia los abandonados, mientras que su sensibilidad se expandía hacia estos privilegiados de Cristo. Es cierto que, luego, la ampliación de su tipo de actividad y de su radio de acción le abrieron el campo mental y le ayudaron a progresar hacia el equilibrio. Se debe notar sin embargo que, si bien su inserción en los medios pobres tendía a ampliar ciertas deficiencias de su carácter, el modo transitorio de las misiones parroquiales que adoptó más tarde, lo llevaba a acentuar otros rasgos de su temperamento, la agresividad hacia los mundanos, el absolutismo en las exigencias hacia los hombres que luchan con las dificultades cotidianas. Se puede entonces decir que, en los dos aspectos de su vida, su psicología quedó marcada por ciertas deformaciones profesionales. Si se considera el plano profesional o pastoral se debe reconocer que, en estos dos aspectos, se encuentran elementos muy positivos. Sin embargo, desde el punto de vista de la acción misionera, es difícil no admitir que, al revivir él mismo la evolución general de las misiones en el curso del siglo XVII, Grignion de Montfort sufrió el empobrecimiento real que marcó esta evolución. Pero su verdadera personalidad misionera no hay que buscarla en el plano de la acción, sino en el del espíritu.

 

 

SUS ACTITUDES ESPIRITUALES DE MISIONERO

 

Se ha escrito ya tanto sobre el espíritu misionero que se torna difícil sacar una definición completa y precisa. Tal vez sea más sencillo partir de la historia y tomar prestado de los diferentes momentos misioneros de la Iglesia los grandes impulsos espirituales que los marcaron. Bajo reserva de estudios más avanzados, se han podido reunir, en el curso de los tiempos, cuatro elementos principales de este espíritu misionero: por una parte, el sentido de la universalidad de la misión y el amor preferencial por los más pobres; por otra parte, la comunión con los pueblos por evangelizar y la esperanza en la palabra de Dios, que son dos formas de pobreza [219]. Estos cuatro elementos deberían permitir juzgar en qué medida manifestó Grignion de Montfort un verdadero espíritu misionero.

El sentido de la universalidad de la Iglesia representa sin duda el valor fundamental del espíritu misionero. En las misiones interiores, se ha manifestado, en todos los grandes momentos de la historia de la Iglesia, por la percepción de la unidad de la misión, mientras que, en los períodos de entorpecimiento y de esclerosis, estas misiones tendían a encerrarse en sí mismas. El Padre de Montfort llegó precisamente al comienzo de uno de esos períodos en que el sentido de esta unidad, anteriormente percibido en forma clara, estaba ya esfumándose. Inmediatamente después de su ordenación y a pesar del atractivo de la imagen dejada en él por los Padres Bellier y Leuduger, Montfort pide partir hacia las Indias o hacia el Canadá. No se puede dudar que esta petición respondiera a su deseo entonces más profundo. Este deseo aflorará nuevamente en 1706, luego de las dificultades que encontró en Poitiers; Montfort parte hacia Roma para pedirle al Papa que lo envíe «donde los Bárbaros y los Infieles». Al menos, una vez más, quizás en 1710, luego del fracaso de Pont-Château, querrá realizar ese deseo, insistiendo ante el Padre des Bastières con el fin de regresar a Roma:

«Mi corazón está penetrado del más vivo dolor, me decía, cuando pienso en que un número casi infinito de almas se condenan por falta de conocimiento del verdadero Dios y de la religión cristiana... ¡Qué felices son los que tienen la suerte de trabajar en una obra tan divina!... No moriré contento, si no puedo expirar al pie de un árbol, como el incomparable misionero del Japón, San Francisco Javier» [220].

Que este deseo haya aflorado nuevamente luego de un fracaso, tal vez de dos, lleva a preguntarse sino llevaba consigo algo de evasión. Pudiera haber algo de esto, aunque los fracasos son, por otra parte, momentos privilegiados para leer los signos de Dios sobre uno mismo. Pero en el caso de Montfort, había ante todo una visión de la universalidad de la Iglesia, pues el deseo del joven sacerdote se encuentra, con profundidad, a lo largo de toda su vida.

Limitado, por voluntad de la Iglesia y por las circunstancias, a algunas regiones de Francia, Montfort no por esto guardó un sentido menos profundo de su disponibilidad hacia la Iglesia universal. En 1706, rehusa unirse a los eudistas de Rennes porque trabajan solamente en la diócesis; prefiere asociarse con el Padre Leuduger, quien misiona en toda la Alta Bretaña, «sintiéndose llamado a predicar en todas las diócesis, sin limitarse a una sola». Cuando en 1714 sale provisionalmente de la diócesis de La Rochelle, donde había finalmente encontrado un trabajo estable, no lo hace tanto para reunirse con su amigo Juan Bautista Blain, sino y sobre todo para dedicarse a otras diócesis [221]. En esta libertad entraba sin duda, por una parte, cierta itinerancia, bien acorde con su temperamento, pero esta tendencia instintiva quedó sublimada por su sentido de la universalidad de la misión. Este sentido se hace evidente por la oración que coloca, hacia 1713, como introducción a la Regla para los miembros futuros de su instituto. Aún cuando prevé para sus discípulos sólo una actividad misionera al interior de Francia, abre perspectivas espirituales mucho más vastas. Quiere misioneros de corazón grande, que miren «por todos los lados», «hacia toda la tierra». Le recuerda a Dios que todas las naciones, los turcos, los idólatras, los judíos mismos deben convertirse. Y el motivo en el cual apoya su oración no es tanto la necesidad de las almas, sino la visión teocéntrica de la misión del Hijo de Dios y de la Iglesia, así como la urgencia del Reino de Dios:

«¿Acaso no hay que hacer Tu voluntad en la tierra como en el cielo y pedir que Tu reino llegue? ... ¿No deben los Judíos convertirse? ¿No es esto lo que espera la Iglesia? ¿Todos los santos del cielo no piden justicia: vindica,? ¿No Te dicen todos los justos de la tierra: amen, veni, Domine [222].

De esta manera, el Padre de Montfort, detenido en su camino hacia las misiones extranjeras, limitado finalmente a la sola diócesis de La Rochelle, purificó y desarrolló, al interior de su conciencia apostólica, su visión de juventud de la universalidad de la Iglesia y de la misión.

Si bien la misión debe considerar a toda la humanidad, debe también mirar de manera privilegiada a los más pobres, siguiendo la palabra de Isaías, retomada por Jesucristo: «Pauperibus evangelisare misit me Dominus...». De siglo en siglo, en los grandes momentos de la historia de la Iglesia, los misioneros tomaron como lema estas palabras evangélicas; cada arranque nuevo de misión, interior o exterior, provino del descubrimiento o re-descubrimiento de los que están lejos, mientras que, en todo período de esclerosis, poco a poco se les iba olvidando esto. Grignion de Montfort fue marcado por el descubrimiento de los pobres durante su adolescencia, y, después, a comienzos de su sacerdocio; a ellos les consagrará sus primeros años de ministerio. Esta orientación muy clara se apoya, en buena medida, en una visión teológica. El mismo explicó esta visión en diversos cánticos: los pobres son los amigos íntimos de Jesucristo, su porción elegida, sus substitutos, sus hermanos mayores, es decir, sus herederos; y aún más: «Ellos son el mismo Jesucristo». De esta última definición dará una imagen sorprendente en 1706-1707, cuando una tarde en la que regresaba al convento donde se hospedaba, trayendo en sus espaldas a un enfermo, le dice al portero: «¡Abra la puerta a Jesucristo!». No es posible, al comparar entre sí sus cánticos, captar la evolución de su conciencia cristiana de los pobres, pues se ignora la fecha exacta en que fueron compuestos [223]. Pero se puede tener una idea de esta evolución por los cambios en su comportamiento exterior.

El joven sacerdote Grignion, que servía a los mendigos de Poitiers entre 1701 y 1705, casi se había limitado a ocuparse de los pobres. Como su objetivo era hacer más cristianos a estos pordioseros, quería compartir al máximo su manera de vivir: en febrero de 1701, los pobres se compadecen de este sacerdote tan andrajoso como ellos; en noviembre siguiente, quiere contentarse con compartir su misma alimentación [224]. Este comportamiento evidencia cierta ruptura con la sociedad eclesiástica de entonces. A partir de 1705 y sobre todo de 1708, el Padre de Montfort se abocará a otro ministerio, el de las misiones parroquiales, tal como se las predicaba entonces. Su propensión hacia los pobres sigue siendo igualmente fuerte, pero se manifiesta de manera diferente. Se le verá en adelante dar a los pobres, no todo su tiempo y toda su vida, sino las «primicias», la mejor parte, la que significa todo para él: cuando llega a una ciudad, se dirige ante todo hacia los hospitales; sus comidas no serán más las de los mendigos, pero cada día, entre el grupo de pobres al que hace servir el alimento, escoge a uno, de preferencia al más miserable, para compartir la comida con él, hasta el extremo de no beber de su propio vaso sino después de su comensal. E impondrá a sus discípulos recibir a un pobre a su mesa en cada comida, lo que no era tan usual entre el clero de esa época [225]. La transposición se manifiesta igualmente de otra manera. Trabajaba ahora en poblaciones a menudo modestas, pero no verdaderamente pobres, al menos en su conjunto. Manifestará entonces su amor a los pobres aferrándose de preferencia, en la medida en que podía escoger, a los medios religiosamente menos favorecidos; por lo general los campos en vez de las ciudades, los barrios menos favorecidos dentro de las ciudades, el Aunis en la diócesis de La Rochelle. ¿No es significativo que esta región, donde él trabajó más, fuera claramente la más tibia entre las que conoció? [226]. Por estas transposiciones, se adivina la evolución de su conciencia; cierta purificación de su pasión por los pobres, cierta espiritualización de un amor más instintivo en un amor más teologal. En fin de cuentas, su predilección misionera por los pobres sólo se hizo más profunda.

El amor preferencial por los pobres va siempre acompañado de una exigencia personal de pobreza. Pero esta pobreza puede revestir dos aspectos, según se refiere a los hombres por evangelizar o a Dios mismo. Los dos aspectos son complementarios y no deberían separarse jamás, pero la historia demuestra que los grandes momentos misioneros de la Iglesia los han cultivado en forma desigual. Entonces es necesario estudiarlos sucesivamente.

Toda misión descansa en una comunión profunda con las poblaciones a las que uno es enviado. Parece que el Padre de Montfort lo comprendió bien durante sus primeros años de ministerio. No solamente quiso entregarse a los «pobres enclaustrados» y compartir lo mejor posible su vida, sino que también captó la conciencia de los pobres, en particular sus sufrimientos al sentirse despreciados por la sociedad [227]. En el resto de su vida, el tipo de ministerio que adoptará le impide compartir de manera tan plena la vida de las poblaciones, pero permanecerá todavía muy cerca de la gente sencilla: la prueba de esto está en su lenguaje, en sus métodos y en su estilo deliberadamente populares, tal vez más todavía en su vida abandonada a la Providencia que le permitía compartir el alimento y sobre todo la inseguridad de los humildes. En un mundo en que el sacerdote se había vuelto demasiado un «separado», este compartir tenía valor de símbolo. Se puede citar, a un nivel muy diferente, la manera como, entre 1703 y 1704, para reformar a los ermitaños del Monte Valeriano, se hizo completamente uno con ellos. Parece pues que Montfort verdaderamente comulgaba con los ambientes en los que trabajaba. ¡Y sin embargo!...

Quien mira objetivamente los comportamientos y los escritos de Grignion de Montfort no puede dejar de reconocer que, por momentos, este sacerdote manifiesta una actitud muy diferente a la voluntad de inserción. Encontramos sus condenas a los mundanos; su agresividad contra el clero o los protestantes; su tendencia a ver enemigos, en cierta forma, por todas partes a su alrededor. Más significativa es su tendencia a usar frecuentemente expresiones militares para exponer sus conceptos de la vida cristiana o, más aún, su ideal misionero: se encuentran allí cantidad de expresiones tales como «combatir», «atacar», «hacer la guerra», formar «un cuerpo de guardias personales contra los enemigos», conseguir «los despojos de los enemigos». Es evidente que estas expresiones de origen bíblico emanan del deseo de glorificar a Dios, pero su frecuencia ¿no revela acaso una inconsciente voluntad de poder? Subyacente a todo esto, aparece una verdadera idea de cruzada que, alguna vez, incluso, expresa claramente: «Ellos lanzarán dardos contra tus enemigos para derribarlos o convertirlos» [228]. Ahora bien, la historia muestra suficientemente que la cruzada se sitúa en las antípodas de la misión. ¿Cómo conciliar este ideal de cruzada con su comunión con la vida de los pobres?

Se pueden buscar elementos de solución en la influencia que tuvieron en Montfort las diferentes situaciones pastorales en las que él mismo se encontraba. No hay duda de que, durante su estadía en el hospital general de Poitiers, se sentía mucho más inclinado a escuchar a sus ovejas y a integrarse en su ambiente. Su evolución posterior hacia las misiones parroquiales hizo menos fácil esta comunión y contribuyó a reforzar su agresividad; en los últimos años de su vida que aumenta la parte de las «grandes verdades», que sueña con los tiempos maravillosos del futuro por repugnancia a su época, que refuerza su oposición al mundo, mientras que parece minimizar la importancia del ejemplo y del apostolado en la vida cristiana. Pero, más allá de esta explicación profesional, existe una razón teológica. Como sus contemporáneos, veía negativamente las realidades humanas. Esto se manifiesta abiertamente en los últimos años de su vida. Su incomprensión, por ejemplo, de las inquietudes del hombre que se manifestaban aquí y allá en la sociedad, se transformó en oposición contra las manifestaciones de este espíritu nuevo. Pero se puede ya captar esta visión negativa de los valores humanos durante sus primeros años de ministerio. Visión ésta que se hace patente en las relaciones con su familia; sin embargo, el fenómeno es, de alguna manera, falseado psicológicamente. Más reveladora aún es su actitud hacia los pobres de Poitiers. Si bien compartía sus sufrimientos, insistía en las ventajas de su pobreza [229]. Se vuelve a encontrar aquí su visión de la Encarnación: anonadamiento más que inserción. De ahí su desinterés por todo lo que no es religioso tal como lo expresa en su cántico sobre «El buen misionero», en particular en esta estrofa:

«No hablo cuando predico

para el señor o la dama,

Miro a Dios y hablo a las almas

con todo mi corazón» [230].

A partir de un concepto como éste de los valores humanos, Grignion de Montfort, tan cercano a las personas en algunos aspectos, ¿habría podido pensar que la simpatía y la acogida de estos valores forman parte de la pobreza misionera?

Montfort era, por el contrario, muy sensible a la esperanza en la Palabra de Dios, lo que el Padre Le Guillou llama la «radical pobreza» de la misión, que es «una entrega incondicional de sí al Dios vivo» [231]. Si bien el Padre de Montfort utilizaba a veces técnicas muy y hasta demasiado psicológicas, como era corriente en esa época, tenía, como contrapartida, una visión muy clara de la acción de Dios solo. Lo muestra en su “Oración para pedir a Dios misioneros”, que se articula en las misiones divinas. Lo manifiesta también por su manera de referir toda su acción a la misión del Hijo de Dios, «... la misión que Jesucristo, mi Maestro, acaba de hacerles», escribe a los habitantes de los suburbios de Poitiers, donde acababa de predicar. Lo expresa sobre todo en su culto por la palabra –o aún por la sabiduría– de Dios. Presenta así su ideal misionero: «un predicador lleno del espíritu y de la palabra de Dios», o todavía: «los predicadores que han recibido el don de la palabra eterna»; forzando el contraste que pone entre ellos y los «predicadores de moda», muestra la importancia que él mismo atribuía al hecho de «haber recibido de Dios, en recompensa a sus trabajos y oraciones, una lengua, una boca y una sabiduría a las que no pueden resistir los enemigos de la verdad» [232]. Para entregarse a esta misión, a esta palabra, el misionero debe ser pobre.

Grignion de Montfort no ha dejado una definición explícita de esta pobreza. Es necesario, pues, tratar de llegar a su pensamiento utilizando diversos rodeos. En un pasaje muy oratorio de su “Oración para pedir misioneros”, describe, mediante toques sucesivos, la actitud hacia Dios que deben tener los hombres que él desea. Parece que el acento lo pone en la consagración, que los desapega de todos los bienes y hace dóciles a la voz de Dios, disponibles al soplo del Espíritu [233]. Además, en varias oportunidades, él emplea, para calificar a sus misioneros, la expresión «a la manera de los Apóstoles». La fórmula no es original absolutamente, pero lo esencial para nosotros es saber lo que Montfort quiere significar, más allá de la analogía verbal. Según sus propios textos, según también algunos pasajes de Juan Bautista Blain, ciertamente tributario suyo en este punto, la expresión significa una vida pobre, simple, laboriosa, mortificada y sobre todo abandonada a la Providencia. Este último elemento refuerza bastante bien la descripción precedente, al mismo tiempo que alcanza lo que había de más personal en el estilo de vida del Padre de Montfort [234]. Por este camino tenemos pues oportunidad de captar su visión de la «pobreza radical» del misionero.

La vida abandonada a la Providencia se concretó, para Montfort, en el rechazo a todo beneficio, a todo establecimiento y en su voluntad de subsistir con las pequeñas ofertas de la gente. En este tipo de vida entraba, por una parte, cierto gusto por la aventura, que provenía a la vez de su falta de conformismo y de su oposición a su ambiente de procedencia. Esto se ve sobre todo durante su viaje a París, en 1693, y en su peregrinación a Roma, en 1706, cuando quiso hacerse totalmente mendigo. Pero entraba también en esto, y aún más, un sentido de la esperanza en Dios, mediante la sumisión a los acontecimientos. Parece que, con los años, esta sumisión se hubiera tornado menos abrupta y más espiritual. El Padre de Montfort, que en 1707 convencía a sus auxiliares a quedarse sin comer cuando nadie había traído alimento, en 1715 saca dinero prestado para que pudieran subsistir sus colaboradores y prevé que sus discípulos tengan siempre un poco de dinero para casos de necesidad [235]. Mediante un movimiento inverso, esta dependencia material menos absoluta parece compensada en él por una esperanza más espiritual en Dios y en sus intermediarios. Tal vez su sumisión total a los obispos se haya vuelto más confidente, como lo demostraría su respuesta más positiva a sus orientaciones pastorales. Tal vez en su devoción mariana de la esclavitud ha puesto el mayor acento sobre la confianza total en María y un abandono total en Ella, en los que él insiste particularmente en sus últimos escritos marianos. En todo caso, la alocución escrita que él dirige, hacia 1713, a sus futuros discípulos es, ante todo, un canto de esperanza:

«Aquí se encuentran, querida y pequeña Compañía de María, las promesas admirables que Dios te hizo por boca del Profeta, si tú pones a través de María toda tu confianza en él» [236].

Se podría decir, esquematizando abruptamente la evolución, que este abandono a la Providencia, que al comienzo es el rasgo más característico de su estilo de vida, alcanzó progresivamente el carácter dominante de su espíritu misionero.

 

 

SÓLO SE LE COMPRENDE BIEN A GRIGNION DE MONTFORT

POR SU CONCIENCIA DE LA MISIÓN

 

Ante todo y sobre todo por este espíritu, por esta conciencia nos parece misionero Grignion de Montfort. Si, manteniéndose en esto tributario de su época, no compartió verdaderamente los valores humanos de las poblaciones a las que se dirigía, manifestó, en grado elevado, la visión de la universalidad de la misión, el amor preferencial por los más pobres y el sentido de la «pobreza radical» y de la esperanza en Dios. Este último elemento, bajo la forma de abandono a la Providencia, parece el más característico de su estilo y de su alma de misionero. En una Iglesia donde el peso de las instituciones venía a sobrepasar la fuerza del movimiento, esta voluntad de total disponibilidad a la Palabra de Dios se nos presenta como el signo más expresivo del verdadero soplo misionero.

En este nivel de la conciencia es donde mejor se puede comprender la acción misionera de Grignion de Montfort. En efecto, sólo esta perspectiva permite captar con profundidad la oposición y las tensiones que marcaron su ministerio. El itinerario atormentado de sus quince años de apostolado se explica, más allá de los avatares momentáneos y de sus roces de carácter, por el sentido de la universalidad de la misión. En la tensión entre su cristocentrismo exigente y su etilo deliberadamente popular se encuentra, más allá de las interferencias de las corrientes pastorales de la época, la voluntad de ser a la vez fiel a la Palabra de Dios y estar cerca a los más pobres. La dualidad cronológica de su acción responde, todavía más que a una evolución de su pastoral, a la insistencia más acentuada en un primer momento sobre los llamados de los ambientes más abandonados y más tarde sobre la disponibilidad a todas las Iglesias. Sólo esta perspectiva del espíritu misionero permite encontrar, más allá de esta dualidad real, la unidad profunda de su a