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Prólogo
Capítulo 1 - El atormentado itinerario del padre de
MontfortCapítulo
2 - Un hombre «singular»
Capítulo 3 - En la alta Bretaña, el Poitou y el Aunis hacia 1700
Capítulo 4 - Al servicio de las Iglesias locales
Capítulo 5 - El ministerio de la palabra
Capítulo 6 - Liturgia y expresiones paralitúrgicas
Capítulo 7 - Para una conversión de toda la vida
Capítulo 8 - ¿Fue misionero Grignion de Montfort?
Bibliografía
Mapa de las misiones y
retiros predicados en el oeste de Francia por Grignion de Montfort
(1701-1716)
Luis María
Grignion de Montfort (1673-1716) ya ha suscitado o soportado, sólo
en lengua francesa, más de veinticinco biografías. Es bastante.
¿Para qué agregar una nueva obra?
La historia de la Iglesia comienza un cambio profundo que, a la
vez, se agrandará con la problemática de las ciencias humanas y
volverá a centrarla alrededor del eje del Pueblo de Dios y de la
Misión. En esta transformación deben participar todos los sectores
de esta historia, incluso la hagiografía. Es el sentido de este
trabajo: no se trata de hacer una biografía, y menos aún una
biografía exhaustiva, ya que numerosos aspectos de la obra del
santo se dejarán en la sombra, sin querer absolutamente
minimizarlos; pues solamente se desea hacer una reinterpretación,
entre otras posibles, de la fisonomía, del pensamiento y de la
acción pastoral de Montfort.
Todo análisis de la pastoral de un hombre debe hacerse partiendo
de él mismo y del ambiente en el cual trabajó: es el objetivo de
los primeros capítulos –uno más psicológico, más sociológico el
otro–, que siguen el recuerdo de la vida del santo. Viene
enseguida el análisis propiamente dicho: las coordenadas generales
de su pastoral y su triple ministerio profético, litúrgico y
educativo, tanto a nivel de los métodos de aplicación como al del
contenido teológico. Un último capítulo trata de captar el rol y
el alma de Luis María Grignion, en su doble apostolado: frente a
los pobres y en las misiones.
Mirar a un ser
querido con ojos críticos es una forma de pobreza, y no la más
fácil. Modificar la imagen tradicional de un santo venerado es
siempre doloroso, hasta puede parecer ofensivo. Este sufrimiento
merece respeto, pues expresa una fidelidad. Pero ¿no impulsa la
verdadera fidelidad a sobrepasar sin cesar las representaciones
legadas por el pasado, a fin de comprender mejor al hombre mismo?
Si estas páginas no hacen un llamado constante a la gracia, es
porque ésta escapa a las medidas de la ciencia; uno la adivinará,
sin embargo, si sabe contemplar la manera como el apóstol se
encaminaba hacia el equilibrio, hacia la docilidad al Espíritu.
Tal vez, mirar con más lucidez el material humano que la misma
gracia logró transformar, sea finalmente la mejor manera de
respetarla.*
*
Esta reinterpretación descansa sobre todo en un trabajo de
discernimiento de las fuentes biográficas tradicionales, resumido
en el capítulo «Crítica de las fuentes». Por razones prácticas,
este capítulo, que se ordena previamente al conjunto de la obra,
aparece sólo al final de la misma, junto con la bibliografía.
En otoño de 1693, Luis María Grignion deja Rennes para dirigirse a
París. Tiene veinte años. Quiere ser sacerdote. Hasta ahora sólo
ha conocido la pequeña ciudad de Montfort donde nació, el pueblo
cercano y los campos de Iffendic, donde pasó su infancia, y Rennes,
capital de la Bretaña, donde, con los jesuitas, estudió
humanidades y empezó su teología. Va a continuar sus estudios en
el seminario de San Sulpicio y en la Sorbona. Es su salida hacia
la vida.
Para
el viaje, su padre o su tío materno, Alán Robert, sacerdote en
Rennes, le compró un traje nuevo, le entregó treinta libras, y
hasta quiso regalarle un caballo. Luis María rechazó el caballo;
tan pronto perdió de vista a su tío, distribuyó el dinero entre
los pobres y cambió su traje nuevo con los harapos de un mendigo.
Él, hijo de burgueses, hará el viaje a pie, mendigará el sustento
a lo largo de las 76 leguas, pasará por miserable. Más que una
salida, parece una ruptura. ¿A qué se debe?
El padre del joven, Juan Bautista Grignion, no se sentía molesto
por ver partir hacia la capital a su hijo mayor. En los meses
anteriores, con ocasión de un viaje previo que hiciera a Rennes,
una señorita de clase acomodada, que vivía en París, en el
Faubourg Saint-Germain, le había ofrecido llevarse consigo a una
de las jovencitas Grignion a fin de asegurarle la educación. La
misma señorita había después encontrado, entre sus amistades, a
una benefactora que pagaría la pensión de Luis María en San
Sulpicio
.
Con esto, pensaba el padre, lograba colocar a dos de sus hijos:
dos de los once que le quedaban vivos, en espera de ver entrar a
otros cinco en un convento o en alguna orden. La familia no
carecía pues de dificultades ni de ambiciones.
Desde hacía unos noventa años la rama de los Grignion se había
trasplantado a Montfort, donde se había forjado una buena posición
entre la burguesía de la pequeña ciudad. Juan Bautista, el padre
de Luis María, lo sabía bien. La ascensión había sido espléndida y
continua desde su abuelo, pequeño notario real, síndico de la
ciudad, diputado en los Estados de Bretaña en 1659, suplente del
senescal del Duque de la Trémoille para el condado de Montfort,
hasta su hermano menor, Félix, quien acababa de adquirir el título
de Consejero del Rey y también las cartas de la nobleza. Los
Grignion se encontraban ahora en primera fila entre los habitantes
de Montfort. Pero él mismo, Juan Bautista, no había logrado tanto
éxito.
Sin embargo, en los primeros años, el padre de Luis María había
creído que la suerte le iba a sonreír. Asociado al estudio
paterno, se lanzó rápidamente a los procesos y alegatos
judiciales. Casado a los 24 años con Juana Robert, hija de un
regidor y procurador en el Presidio de Rennes, daba por descontado
que obtendría cierto rango entre la buena burguesía de la gran
ciudad. Elegido a los 25 años como miembro del consejo de la
ciudad de Montfort, se comprometió, más que muchos otros, y tal
vez demasiado, en la defensa de los intereses comunales. Miembro
de la administración de la parroquia a los 26 años, tomó a su
cargo la elección de los cobradores de impuestos, lo que le costó
una reprimenda del clero y de una parte de la burguesía por no
haber hecho caso a nadie más que a su propia cabeza. Estas
dificultades y quizás otras, que se pueden percibir más que
probar, llevaron a Juan Bautista Grignion a romper completamente
con su patria chica: en 1675 compró a bajo precio una casa
solariega en los alrededores. Esto le daba un cierto rango
señorial y el derecho de hacerse notar en la iglesia de Iffendic.
Pero, ni estos privilegios ni los títulos de Abogado en el
tribunal jurídico de Montfort y de señor de la Bachelleraie que él
hacía sonar y resonar, bastaron a sacarlo de su condición de
plebeyo, propietario tan sólo de cuatro terrenos de cultivo que
alquilaba y de algunos inmuebles en Montfort y en Rennes, un
hombrecillo de leyes que hacía el oficio de notario, procurador o
receptor en las jurisdicciones rurales vecinas. A Juan Bautista le
dolía este retroceso social, sobre todo porque le obligaba a vivir
de manera bastante mezquina
.
Se adivina algo del clima familiar. El padre, sin duda fiel
parroquiano, hasta fervoroso, pero de temperamento violento,
amargado por sus fracasos, preocupado por mantener su rango,
atribulado por asegurar la existencia de su familia y la promoción
de sus hijos. La madre, suave y buena, pero abrumada por sus
dieciocho maternidades en veinte años, sufriendo los arrebatos de
cólera de su marido. Nada muy relajante para un niño, sobre todo
para el pequeño Luis María que, sensible y muy callado,
experimentaba un profundo temor a su padre ante quien temblaba,
todavía a los 18 años. Corriendo entonces a su madre, sabía, desde
la edad de cuatro o cinco años, cómo consolarla multiplicando para
ella sus muestras de ternura. También le gustaba mantenerse
apartado, ya sea a la soledad para orar en vez de jugar, ya sea
con su hermana preferida y confidente, Guyonne. Es posible que
este clima de los primeros años haya marcado profundamente al niño
.
En Rennes, adonde se traslada a los 12 años, en 1685, para
estudiar en el colegio, Luis María comienza a explayarse más. No
tanto en el mismo colegio, donde sin embargo obtiene cada año los
primeros premios, ya que entre aquella juventud, bastante
tumultuosa, vivía «muy retirado y no tenía casi contacto alguno
con los otros estudiantes», sintiendo sólo aversión a sus
diversiones. Juan Bautista Blain, que estudió a su lado los cursos
de humanidades, sólo lo conoció a partir de los años de retórica.
Pero, aparte de los cursos escolares, Luis María se dedicaba a
desarrollar sus gustos personales. Durante todos sus momentos
libres, practicaba la pintura, para la cual tenía cierto talento;
la poca fortuna de sus padres le impidió tomar las lecciones
necesarias. Sobre todo, en Rennes encuentra a un confidente en la
persona de su tío materno, Alán Robert, sacerdote asiduo de San
Salvador, junto a quien vivió durante una época de sus estudios.
El sacerdote lo dirige al santuario mariano de su iglesia, Nuestra
Señora de los Milagros. El adolescente, que en el colegio era uno
de los más fervorosos miembros de la congregación de la Santísima
Virgen, se dirigía a ese santuario cada día antes y después de sus
clases «y su tío da testimonio de que pasaba allí algunas veces
una hora entera». El contacto con este sacerdote, la evocación de
los numerosos ministros del Señor que la familia Robert había dado
desde hacía largo tiempo a la Iglesia, sobre todo el recuerdo de
otro tío materno, párroco de campo, que moriría santamente en
1687, contribuyeron, sin lugar a duda, a despertar en Luis María,
desde los primeros años de colegio, una atracción hacia el
sacerdocio. Los dos tíos sacerdotes, que habían manifestado en
varias oportunidades su desapego por las riquezas, debían
simpatizar con la corriente hacia la pobreza –todavía no muy
conocida– con la que comulgaba entonces lo mejor del clero de la
región
.
Pero Luis María comprendería todavía mejor esta corriente, cuando
en 1688 comenzó a frecuentar al sacerdote Bellier.
Julián Bellier, sacerdote desde 1686, ejercía su ministerio en la
Catedral, pero su celo le llevaba igualmente a comprometerse en
las nuevas formas de pastoral, los seminarios, los hospitales, las
misiones. De vez en cuando, reunía equipos de sacerdotes seculares
que continuaban la actividad del Padre Maunoir. Allí conoce a
quien llamará un día «mi buen amigo, o mejor dicho, mi maestro»:
Juan Leuduger, párroco de Moncontour, y, luego, desde 1691,
director de las misiones de Saint-Brieuc y de otras diócesis.
Además, Julián Bellier, que más tarde dirigirá el seminario menor
de Rennes, se había propuesto reunir cada semana, para darles
conferencias de vida espiritual, a un grupo de escolares que
pensaban hacerse sacerdotes. De esta manera el joven Grignion
llega a conocerlo, quizás por intermedio de su tío, Alán Robert.
Parece que Luis María quedó marcado por este sacerdote, a quien
trató durante cinco años, y también, por medio de él, recibió el
influjo del Padre Leuduger a quien él mismo pudo conocer en Rennes,
durante una misión entre los soldados, en 1692: ellos le
imprimieron una imagen del sacerdocio que marca su adolescencia y
toda su vida. Todavía a los 27 años, cuando se encontraba buscando
su camino, Luis María se referirá a esta misma imagen. Bellier
debió también jugar un rol importante en los dos descubrimientos
que van a entusiasmar su juventud y a orientar su vida sacerdotal:
las misiones y los pobres
.
Si bien el relato de las misiones en las que participaba Julián
Bellier no podía menos de alimentar los sueños de apostolado de
Luis María, el amor de este sacerdote por los pobres encontraba de
inmediato y en el mismo lugar, un campo de experimentación para
sus jóvenes discípulos:
«... los días de
descanso, este sacerdote les enviaba después de la conferencia, de
dos en dos o de tres en tres, a servir a los pobres en el hospital
general y en el Hospital de los Incurables, para que leyeran a los
enfermos algún buen libro durante las comidas y luego les
repasaran el catecismo; Luis María nunca dejó de cumplir todos
estos ejercicios».
El joven Grignion no solamente era, entre los aspirantes al
sacerdocio que agrupaba el sacerdote Bellier, «de los primeros y
de los más regulares» en ejecutar las consignas del maestro, sino
que las enriquecía. Acudía en ayuda de sus compañeros más pobres
y, para ello, si era necesario, solicitaba limosna «a las personas
que sabía eran ricas y caritativas». Con las sumas así
recolectadas, ayudaba tanto a los indigentes como a los enfermos
de la ciudad:
«Un día, su madre...
fue al hospital Saint-Ive para visitar a los enfermos y entre
ellos reconoció a una pobre mujer; le preguntó quién la había
llevado a ese lugar, y ella le respondió: “Su hijo, Señora, me
facilitó la entrada a esta casa y me hizo traer en una silla»
.
Esta pasión por los pobres toma todo su relieve cuando se la
coloca dentro del clima familiar.
Desde 1686, la familia Grignion dejó la casa solariega de campo de
Iffendic y se instaló en Rennes « con el fin de no gastar mucho,
ya que debían pagar la pensión de tres de sus hijos, y para
vigilar más atentamente su conducta, teniéndolos bajo su mirada».
Los padres no tenían de que preocuparse por Luis María, joven muy
estudioso, adolescente demasiado serio; según la opinión de su
tío, Alán Robert, y la afirmación de su compañero, Juan Bautista
Blain, Luis María atravesó la pubertad sin descubrir el instinto
sexual, lo que sin duda no es extraño, tanto en uno como en otro
sentido, por su tendencia a aislarse de sus condiscípulos
.
Este hijo mayor de la familia proporcionaba grandes servicios a
sus padres, al convertirse en preceptor de sus hermanos José
Pedro, menor que él por un año, y más tarde Gabriel Francisco,
quien sólo entraría al colegio hacia 1692. Con toda razón podían
sentirse satisfechos de este hijo. ¡Y sin embargo...! No se le
reprochaba ni el gusto por la pintura, ni la piedad un tanto
absorbente, ni tampoco el deseo de ser sacerdote, pero ¿por qué
«frecuentar» a los pobres? El padre vivía con modesta comodidad,
pero ocultaba lo mejor que podía sus dificultades económicas, para
mantener su rango entre la burguesía de Rennes, de donde había
escogido a su esposa; se preocupaba por que sus hijos no
parecieran inferiores a los de la buena sociedad, con la esperanza
de que algún día ellos continuarían la ascensión social que él
mismo había puesto en peligro. En una edad en la que el
adolescente asume el reto de consolidar su personalidad
reaccionando en contra de su familia, Luis María no experimentaba
gusto alguno por esa voluntad burguesa de “superarse”. Sentía
pasión por los pobres, por los menospreciados, marginados,
despreciados por la sociedad. A veces, quizás a menudo, se
escondía a fin de socorrer a esos pobres. La tensión que resultaba
ineludiblemente de esto, ¿no explicará ciertas escenas de familia
en que, según el testimonio directo de Juan Bautista Blain, Luis
María prefería saltarse una comida para escapar de la cólera de su
padre?
.
Incluso le vino la idea de huir de la casa:
«Pensó muy seriamente
dejar la casa paterna e irse a un país desconocido, con el fin de
verse desprovisto de todos los bienes de la tierra, vivir
pobremente y mendigar su propio sustento»
.
¿Quién puede decir hasta qué punto esta oposición psicológica
frente a la imagen de un padre que es amado pero no querido, marcó
para toda la vida a aquél que, en el otoño de 1693, distribuye sus
pobres pertenencias antes de emprender el camino hacia París,
mendigando el pan?
Luis María Grignion de Montfort iba a poder satisfacer ampliamente
este gusto por la miseria una vez instalado en los seminarios de
París, donde viviría entre 1693 y 1700, y aún antes, en las
pensiones eclesiásticas cercanas a San Sulpicio, donde pasaría los
dos primeros años. En la casa del sacerdote de la Barmondière,
destinada a los clérigos sin recursos, y en la de los Robertins, a
cargo del Padre Boucher, se practicaba, en ese momento de crisis
económica, un régimen alimenticio bastante escaso, sobre todo en
la segunda donde los mismos seminaristas preparaban sus comidas
con los desechos del mercado de París: «Uno no se sentía jamás
tentado... a la glotonería», dice Juan Bautista Blain, que
entonces vivía allí. Muy pronto, el Padre de Montfort se vio
amenazado con no tener ni siquiera derecho a esta mesa, ya que su
benefactora dejó de pagar la pensión. Tuvo entonces que procurarse
él mismo sus recursos; de tres a cuatro veces por semana iba a
velar cadáveres, pasando las noches despierto, mientras oraba o
estudiaba sus cuadernos de la Sorbona. El Padre de la Barmondière
trataba de moderar las mortificaciones de su dirigido, pero lo
hacía con tanta condescendencia que Luis María agregaba, con su
ardor juvenil, insomnios, abstinencias y disciplinas. Su robusta
constitución pronto cedió. En el hospital de París, adonde
tuvieron que llevarlo, se sintió feliz de estar entre los pobres:
«Mis padres no se sentirían tal vez muy a gusto, pero ¿acaso la
naturaleza se pone, alguna vez, de acuerdo con la gracia?»
.
Tan pronto sanó, Grignion Montfort fue admitido en el seminario de
San Sulpicio, en la sección reservada a los clérigos pobres, sin
duda gracias al mismo superior que conocía su reputación. En este
lugar privilegiado del clero francés, se impregnaría de la
espiritualidad de Juan Jacobo Olier: muerte al mundo, renuncia al
espíritu y a la voluntad propia, comunión íntima con el espíritu
de Jesucristo, sacrificio total al Sumo Sacerdote, constante unión
con María, lo cual respondía muy bien a su carisma personal.
San Sulpicio significó también el culto a la vida en común, a la
observancia continua de la regularidad. Su inclinación a la
aventura cedería el paso al gusto profundo por el orden, pero la
atracción que Luis María sentía por la soledad le haría muy
difícil la integración a la comunidad. Durante los momentos de
recreo, que le pesaban mucho, sólo sabía hablar de la Santísima
Virgen, tema que no distraía mucho a sus compañeros. Trataba, por
obediencia, de contar historias aprendidas con anticipación «pero
hay que admitir que no tenía gracia alguna para esto», informa
Juan Bautista Blain. Entonces permanecía mudo, absorto en su
contemplación. La cabeza inclinada, los ojos bajos eran motivo de
las burlas de los seminaristas. El seminarista Grignion recibía,
con paciencia desconcertante, bromas y burlas, pero estos golpes
repercutían dolorosamente en su corazón; reforzaban su inclinación
hacia la soledad y, por otro lado, lo empujaban a buscar una
especie de compensación en su devoción mariana. Evidentemente, no
estaba hecho para vivir en una comunidad cerrada
.
A
Luis María le hacían falta algunas distracciones, pero él mismo no
las buscaba. Había renunciado, por mortificación, a la pintura
desde 1694. Cuando recibía la orden de salir a París o le era
necesario hacerlo, caminaba con la mirada baja, apartándose de las
personas a quienes podía conocer. Le agradaba una sola
«distracción»: enseñar el catecismo a los niños de los barrios
difíciles, donde se encontraba muy a gusto. Pero ni el cuidado de
las ceremonias, y menos aún la responsabilidad de la biblioteca,
lograban distraerlo lo suficiente. Ni siquiera pudo contar por
mucho tiempo con la diversión que le proporcionaba el asistir
diariamente a los cursos de la Sorbona. Aunque había demostrado
grandes aptitudes para ellos, los superiores prefirieron que
asistiera a las conferencias internas que daba un doctor de la
Sorbona. Allí, se benefició tal vez de una formación teológica más
sólida: en cierta oportunidad, sosteniendo una tesis semanal sobre
la gracia, dejó mudos a todos sus opositores. Pero sobre todo,
aprovechó las numerosas horas libres para sumergirse en la lectura
de autores espirituales, que tanto le atraían. Leyó así buen
número de obras, en particular las que trataban de la devoción
mariana. Su fervor se inflamó. Pero también se acrecentó su
singularidad entre los seminaristas. Los Sulpicianos tenían porqué
inquietarse
.
A
decir verdad, esta situación no preocupó casi al Padre Bauyn, que
fue su director hasta comienzos de 1696, pues este sacerdote se
rendía ante el fervor de su penitente. Todo cambió con el Padre
Leschassier, «el hombre del mundo más moderado y más alejado de
las exageraciones». Para destruir el fondo de amor propio que
sospechaba tenía su seminarista, emprendió contra él una verdadera
guerrilla; primero, daba rienda suelta a sus más piadosos deseos,
le autorizaba llevarlos a la práctica, luego lo culpaba, rehusaba
recibirlo, más tarde le escuchaba sin mostrarle interés alguno,
sobre todo sin dejar jamás traslucir lo que él pensaba de su hijo
espiritual. Grignion de Montfort llegó a privarse de las más
mínimas satisfacciones, pero sin lograr adaptarse al molde de
aquella casa. Desalentado, el Padre Leschassier le cedió el sitio
a su colega, el Padre Brenier. Este, intratable por sí mismo,
llevó a cabo un ataque en plena forma: se dedicó a humillar a Luis
María durante seis meses, diariamente, al iniciar el recreo,
públicamente y por todos los medios posibles. El seminarista
recibía los asaltos con humildad capaz de desalentar a su
superior. ¿Cuánto más maleable pudieron hacer su alma, los
sufrimientos así soportados? Sólo Dios lo sabe. Lo cierto es que
esta pedagogía, quizás no extraña en aquella época, no lograba
sino acorralar más dentro de sí misma a su víctima, ya demasiado
encerrada, y desviarla de una sana estima de sí misma. En la
intrépida persona que es nuestro santo, esto producirá una
ansiedad que se traducirá en crisis de escrúpulos, al avanzar
hacia las órdenes sagradas y comprometerse en el ministerio. Por
su parte, el Padre Leschassier se interrogaba: «Es muy humilde,
muy pobre, muy mortificado, muy recogido, pero me cuesta creer que
lo conduzca el buen espíritu», dirá
.
Algo titubeantes, los Sulpicianos decidieron presentarlo a la
ordenación sacerdotal el 6 de junio de 1700.
Ya sacerdote, Luis María podía finalmente dar rienda suelta a su
necesidad de actuar y de tomar iniciativas. Desde hacía tiempo,
soñaba con las misiones, con evangelizar a los pobres. Ante todo,
pensó en las misiones extranjeras. Las Indias estaban cerradas por
los «enredos» de la Querella de los Ritos. Pensó, entonces, irse
al Canadá. El Padre Leschassier rechazó esta idea, temiendo que el
impetuoso apóstol «se perdiera en medio de los vastos bosques de
ese país, mientras buscaba a los salvajes». Quedaban pues las
misiones en Francia, en las que también pensaba desde hacía largo
tiempo, recordando al Padre Bellier y al Padre Leuduger. San Sulpicio
lo encaminó en esta dirección, pero, para asegurarse de que este
joven y singular sacerdote fuera bien encaminado y sólidamente
formado, lo confiaron a un viejo amigo de la casa, el Padre René
Levesque, fundador y superior de San Clemente de Nantes
.
El joven sacerdote Grignion llegaba a Nantes en octubre de 1700,
muy feliz ante las perspectivas que se abrían ante él. Pero muy
rápidamente se desencantó. A decir verdad, tenía motivos válidos:
la comunidad había perdido su vitalidad desde hacía treinta años y
la mayoría de los miembros, incluso el superior muy anciano, eran
ineptos para predicar misiones. A Luis María, recién salido del
seminario, esta situación le pareció muy sombría. Además, se
inquietaba por saber si estaba listo para el ministerio del
confesionario. Superada esta crisis, le enviaron, en el transcurso
del verano de 1701, a realizar pequeños trabajos que él, muy feliz
de poder ejercer su sacerdocio, describe como una actividad
«incansable»
.
Sin embargo, sentía que San Clemente de Nantes no era su camino. Y
mira que Poitiers lo llama.
En abril de 1701, con ocasión de un viaje que hiciera a
Fontevrault para asistir a la profesión de su hermana, Montfort
confió a la hermana de la abadesa, la Señora de Montespán, su
deseo de trabajar por la salvación de los pobres. La Señora de
Montespán lo encaminó a Poitiers. Dado que el obispo del lugar se
encontraba ausente, el Padre de Montfort se dirigió al hospital
general con el fin de servir a los «pobres enclaustrados»:
«Algunos pobres... al
verme de rodillas y con vestidos tan similares a los suyos, fueron
a decírselo a los otros y se animaron mutuamente, buscando en sus
bolsillos para darme una limosna... Desde ese momento me tomaron
tal afecto que todos dicen públicamente que yo tengo que ser su
sacerdote...»
.
¡Encuentro significativo! Monseñor Girard quiso, ante todo,
informarse en San Sulpicio respecto de este sacerdote desconocido:
«sus actitudes me han parecido singulares». Al cabo de algunos
meses, lo vuelve a llamar desde Nantes: «Nuestros pobres siguen
deseándolo a Ud.»
.
Después de algunas semanas de apostolado entre los mendigos de la
ciudad, a quienes «iba a buscar en las calles», Luis María ingresa
al hospital como capellán, en noviembre de 1701. De inmediato se
hace allí pobre con los pobres, queriendo compartir con ellos sus
alimentos. Reorganizó las comidas, sirviendo él mismo a la mesa y
buscando en la ciudad con qué complementar el «pan seco» de los
hospitalizados. Salvo pocas excepciones, se ganó a todos los
pobres. Para los voluntarios, estableció el rezo e incluso
instauró la oración mental. Las conversiones que realizó lo
maravillaron. Acompañado de una docena de pobres mujeres, llegaría
a formar un embrión de comunidad religiosa. Sin embargo, no todo
avanzaba a pedir de boca. Grignion de Montfort era consciente, al
entrar, de que la casa dejaba mucho que desear. Rápidamente
encontró opositores, entre los administradores y gobernantes, a
sus proyectos y ensayos de reforma. Un momentáneo retroceso le
permite regresar, con mayor ascendiente. Entonces, no lo pensó dos
veces antes de proponer a las gobernantes una regla religiosa. Con
esto el capellán consiguió un buen rechazo y una oposición
creciente. Algunos meses de ausencia calmaron la tormenta. Al
retornar el apóstol, recrudeció la oposición. Se quejaban de sus
iniciativas más espirituales. En la primavera de 1703, el obispado
consideró preferible prohibirle predicar. Para no sentirse
limitado por esta medida, decidió dejar Poitiers
.
Sin saber qué hacer, el Padre de Montfort se dirigió a París.
Siguiendo su atracción por los pobres, se propuso ir a la
Salpétrière. A las dificultades de un hospital se agregaban aquí
las de la colaboración con los otros capellanes. Transcurrieron
alrededor de cuatro meses; una tarde, al sentarse a la mesa del
comedor, encontró «su "despedida" escrita junto a sus cubiertos».
Desamparado, regresó a San Sulpicio. El Padre Leschassier lo
despidió «vergonzosamente con una mirada seca y desdeñosa, sin
querer hablarle ni escucharle». Parece que en esta oportunidad
algunos dignos eclesiásticos de París habían recibido informes
negativos sobre el Padre de Montfort. Se rumoreaban de él cosas
poco halagadoras, diciendo incluso que el obispado lo había hecho
meter en la prisión de los oficiales. Él, acurrucado en un
cuartucho debajo de una escalera, saboreaba su abyección:
«Los hombres y los
diablos me hacen una guerra muy amable y suave en esta gran ciudad
de París. ¡Que me calumnien, que se burlen de mí, que hagan
girones mi reputación, que me encarcelen! ¡Qué dones tan
preciosos!»
.
La estadía que hizo, durante el invierno de 1703-1704, entre los
ermitaños desunidos del Monte Valeriano, si bien le trajo la
admiración agradecida de aquellos religiosos, no contribuyó a
borrar su reputación de hombre “extraordinario”. El futuro le
parecía cerrado, cuando inesperadamente llegó de Poitiers a San
Sulpicio un pliego muy reconfortante para él.
«Nosotros,
cuatrocientos pobres, le suplicamos muy humildemente... que nos
envíe a nuestro venerable pastor, aquél que ama tanto a los
pobres, el Padre de Montfort»
.
Luis María regresa al hospital general de Poitiers con un
prestigio
psicológicamente acrecentado: ya no sólo capellán, es director.
Era el momento de lanzar, para bien de los pobres, la gran
reforma. Propone regresar a los antiguos reglamentos, con algunas
adaptaciones, queriendo, por ejemplo, que el contacto entre la
administración y los hospitalizados sea más frecuente. Pero ni el
llamado del capellán, ni sus planes de reforma, ni sus gestos
audaces de devoción por los pobres más repugnantes, podían
complacer a ciertos administradores. Nuevamente se levanta la
tormenta. Hacia junio de 1705, el Padre de Montfort juzga más
prudente retirarse
.
Desde 1701, el apóstol soñaba que el hospital podía ser para él
una plataforma de partida para un apostolado en la ciudad y en los
alrededores. Ya durante esos cuatro años, había catequizado, fuera
del hospital, a los mendigos y había dirigido a almas selectas.
Podría ahora entregarse más a esta labor. Un vicario general, el
Señor de Revol, lo contrató, parece, para predicar en el sector de
la ciudad que estaba a su cargo: los barrios bajos del Clain. El
Padre de Montfort trabajó en las iglesias parroquiales, en
capillas de monasterio abiertas al público, incluso en una granja
que se adaptó en los arrabales populares de Montbernage. Panaderos
y carniceros, pescaderas y revendedoras se le acercaban. Sin
embargo, ocupaba el centro de las discusiones de la burguesía y
del clero de Poitiers: hasta lo denunciaron al obispado
acusándolo, por ejemplo, de querer quemar la efigie del demonio
bajo la forma de una mujer ligera. Esto le costó una reprimenda
pública de un vicario general e, incluso, hacia marzo de 1706, le
llegó un pliego episcopal ordenándole abandonar de inmediato la
diócesis
.
Luis María Grignion se sintió derrotado. No había tenido éxito ni
en Nantes, ni en París, ni en Poitiers. ¿No era ése un signo de
Dios? Su vocación, tal como la había pensado originalmente, ¿no
era acaso llevar a cabo otras misiones, en el Oriente o en Canadá?
Parte para consultar al mismo Papa. Emprende un largo viaje que le
toma cinco o seis meses, como siempre a pie, mendigando el pan; se
detiene solamente en algunos hospitales o en lugares de
peregrinación y hace una breve estadía en Roma. El 6 de junio de
1706, Clemente XI recibe a este sacerdote de apariencia algo
exaltada. Lo remite nuevamente a las misiones de Francia,
recomendándole trabajar siempre en total sumisión a los obispos
.
Entonces, en el espíritu del apóstol volvería a aflorar la imagen
del misionero que había marcado su adolescencia, la de los Padres
Bellier y Leuduger. Se dirigió a Bretaña.
Pensaba engancharse en Rennes, pero sin ir a buscar a sus padres,
a los que no había vuelto a ver desde hacía trece años. Estaba
alojado en un cuartucho cuando, a los tres o cuatro días, vino a
buscarlo su tío Alán Robert para llevarlo a la familia. Según Luis
María, ya no tenía familia, como lo había escrito a su madre en
1704:
«Que me consideren como
muerto; lo repito para que lo recuerden, que me consideren como
muerto... mi padre y mi madre están allá arriba; ya no reconozco
familiares según la carne. Es verdad que tengo para con usted y
para con mi padre grandes deberes por haberme dado la vida, por
haberme alimentado y educado en el temor de Dios... por eso oro
todos los días por su salvación... pero hacer más por Uds., nada y
yo somos lo mismo en mi antigua familia»
.
En esta afirmación, que explica tal vez en parte la sensibilidad
de la época, ¿no se percibe nuevamente la oposición del
adolescente? Luis María accede, sin embargo, a ir a comer a casa
de sus padres, pero una vez allí empezó a reservar los mejores
alimentos para dárselos a los pobres. Después de esto, y no
habiendo encontrado en Rennes un campo de acción suficientemente
amplio, parte para reunirse con el Padre Juan Leuduger, siguiendo
el consejo del Padre Bellier
.
En Dinan mismo o en sus alrededores encontró, a fines de 1706, al
jefe de las misiones de Saint-Brieuc y de la Alta Bretaña. ¡Por
fin podía realizar uno de sus sueños! Durante nueve meses,
trabajaría con él como uno más de sus numerosos colaboradores
seculares, ya en la diócesis de Saint-Malo, ya en la de Saint-Brieuc,
algunas veces en retiros cerrados, otras en misiones. En la
repartición de las tareas, se encargó especialmente de los niños y
de los pobres. Pero, muy rápidamente, se da cuenta de que no puede
contentarse con los trabajos habituales de los misioneros. En La
Chèze, por ejemplo, emprendió la restauración de una gran capilla,
contrató, sin tener un centavo, a toda clase de obreros, movilizó
a la población, solicitó donaciones de todos: de ahí los roces que
surgieron con sus compañeros de equipo y con el clero local. Otras
iniciativas personales le acarrearon más dificultades, por eso el
Padre Leuduger consideró preferible separarse de este colaborador
tan generoso, tan calificado, pero tan difícil de integrar en su
equipo
.
Desde hacía varios meses, el Padre de Montfort se había construido
un apeadero sobre la colina que domina su pequeña ciudad natal, en
el antiguo priorato de San Lázaro. Al ser despedido en el verano
de 1707, no le quedaba más que retirarse allí para orar y meditar.
Pero, ¿cómo podría no ocuparse de los pobres? Llegó pues hasta a
reunirlos en los mercados de Montfort para catequizarlos. Debía
sin embargo saber que los Grignion eran, en ese tiempo, mal vistos
en la ciudad. Debía saber que, recientemente, la burguesía local
le había hecho oposición, cuando había querido aplanar una
elevación de terreno feudal a fin de construir allí un calvario.
Los párrocos aprovecharon del paso del Obispo de Saint-Malo para
denunciar a ese sacerdote demasiado libre frente a los derechos de
los párrocos. El prelado, que acababa de reglamentar la estadía de
los sacerdotes de otras diócesis, le prohibió cualquier
ministerio. Sin embargo, por intervención de un párroco vecino, le
autorizó a predicar, pero solamente en las iglesias y a pedido del
pastor. Pasaron ocho meses, durante los cuales el apóstol predicó
e incluso misionó en los alrededores. En mayo de 1708, Monseñor
Desmarets se encontraba de visita pastoral en la región; nuevas
quejas del clero local, nuevas limitaciones al ministerio del
Padre de Montfort, quien, no pudiendo ya vivir dentro del estrecho
marco que le habían fijado, decidió ir a buscar otro campo de
trabajo
.
Aquél a quien empezaban a llamar cada vez más el "Padre de
Montfort", o simplemente "Montfort", se dirigió a Nantes, donde
confiaba en un vicario general amigo suyo, Juan Barrin. Este
último lo envió primero a un arrabal de la ciudad, a participar en
la misión que predicaba el Padre Luis Jobard. Luego, el Padre
Barrin y, muy probablemente, su colega el Padre de Moulin-Henriet
lo lanzaron por los campos de Nantes. Era la primera vez que
Montfort dirigía, como jefe, verdaderas misiones, unas quince en
dos años, tanto en la región vinícola de Nantes como en la de Pont-Château.
El resultado fue un éxito notable, con la excepción parcial de una
parroquia donde el párroco sólo recibió al misionero por orden del
obispado. Para mantener el fervor entusiasta de los pobladores, el
apóstol se propuso construir, en Pont-Château, un calvario gigante
que marcaría la zona con el signo de la cruz. Durante más de
quince meses, vinieron los pobladores, día a día, a edificar la
sagrada colina. La construcción se elevaba, con su corona de
monumentos según el gusto popular. Se había fijado la bendición
para el 14 de septiembre de 1710. Entre los millares de
peregrinos, estaría incluso el padre del maestro de obras, en
extremo feliz de ver a uno de sus hijos alcanzar el éxito. Pero el
misionero no había prestado atención ni a las amenazas del
senescal del Duque de Coislin, que se había irritado por las
modificaciones llevadas a cabo en la iglesia de Campbon, ni a las
reticencias del Obispo de Nantes, durante una visita que hizo al
calvario, ni a la investigación que realizó en el lugar el
intendente de Bretaña, a quien el Padre de Montfort había recibido
muy fríamente. Poco a poco se había constituido todo un legajo
basado en la correspondencia intercambiada entre Nantes, Rennes y
Versailles; giraba en torno a aquel sacerdote considerado
extravagante y a esa construcción que podía servir de refugio de
bandidos. Todo estalló el 13 de septiembre, cuando le entregaron a
Montfort un pliego del Obispo de Nantes. Le prohibía la bendición
del calvario. Nueve días más tarde, el mismo Monseñor de Beauveau
le prohibía predicar en la diócesis. El movimiento, que tan bien
había empezado hacía dos años, se rompía así netamente
.
El Padre de Montfort regresó a Nantes a fin de hacer un retiro con
los jesuitas. Los Padres lo encontraron tan tranquilo que, al
comienzo, ni siquiera sospecharon su trágico fracaso. Durante seis
meses, vivirá escondido. Sin embargo, le era necesario actuar.
Durante sus precedentes recorridos por Nantes, había hecho amistad
con almas generosas. Había allí todo un grupo de personas
importantes que seguirán siendo, pase lo que pase, fervientes
admiradores y, sobre todo, admiradoras del apóstol. Las reunió en
grupos devocionales: "Sociedad de los Corazones" o "Amigos de la
Cruz". Orientó a algunos hacia los pobres, en especial hacia el
hospital de los incurables que había creado en los edificios donde
se alojaba, en pleno barrio popular. Pues, aunque reducido al
silencio, el Padre de Montfort no podía dejar de ocuparse de los
pobres. Lo demostraría muy pronto a toda la ciudad, asumiendo el
riesgo de llevar socorro a los habitantes de las islas,
prisioneros del desbordado río Loira. Pero ya había llegado al
obispado una orden del Intendente de Bretaña: el Padre de Montfort
debía alejarse de Nantes
.
Rechazado una vez más, Montfort partió hacia nuevos horizontes, a
las diócesis vecinas de Luçon y de La Rochelle. Será éste el mayor
descanso de su vida, y también el último. Allí predicaría, desde
los pantanos bretones hasta los pantanos de la Basse-Charente,
desde los llanos de Aunis hasta los bosques de Mauges, desde la
Isla de Yeu hasta las puertas de Niort, en total, unas treinta
misiones durante cinco años casi completos. Una duración tan poco
acostumbrada se debe ciertamente a la personalidad de los obispos,
Monseñor de Lescure, en Luçon, y sobre todo Monseñor de Champflour,
en La Rochelle, quienes, por motivos complejos pero no sin mérito,
mantendrían hasta el fin su confianza en el misionero; se debe
también a cierta madurez del Padre de Montfort, quien ya frisaba
los cuarenta años. Montfort tenía a su favor múltiples
experiencias; sus métodos eran ahora más clásicos. Aunque en
algunas oportunidades sólo obtuvo resultados parciales, casi
siempre tenía éxito con las poblaciones, incluso las descuidadas
de Mervent o las precavidas de Sallertaine. ¿Qué ocurrirá cuando
avance hacia las parroquias religiosas de la región de Cholet, por
ejemplo, en San Lorenzo del Sèvre, su última misión? Pero, La
Rochelle, es, sin lugar a dudas la ciudad la que ofrece la imagen
más clara de su actividad. Desde 1711, en tres retiros sucesivos,
reunió quizás a casi una tercera parte de la población adulta de
la ciudad, incluyendo toda una porción de la burguesía. Regresaba
allí en cualquier momento, entre sus misiones, y seguía
predicando, ya en una capilla conventual, ya en el hospital. No
había lugar en que no hubiera actuado, un tanto al menos, desde la
alta sociedad hasta los barrios periféricos. Incluso lograría lo
que la autoridad episcopal y real habían tratado en vano de crear
hacía años: las escuelas gratuitas. La ciudad de La Rochelle, que
fue durante cinco años su cuartel general de operaciones, bajo la
mirada protectora de Monseñor de Champflour, da una idea de lo que
Montfort realizó durante la última etapa de su vida
.
Pero, con un hombre tan íntegro, ese éxito creciente no podía
lograrse sin suscitar animosidades. Si bien Montfort encontraba
dificultades en numerosas parroquias, en ninguna parte las
enemistades le resultaron tan fuertes como en ciertos medios de La
Rochelle, sobre todo en la burguesía. En tres oportunidades
trataron de hacer lo que en todos los otros lugares sólo
intentaron una vez: hacer desaparecer de todas maneras a este
predicador, mediante el veneno, la traición o el asesinato. Es que
la antipatía contra él iba aumentando, al mismo tiempo que crecía
su éxito y él mismo progresaba hacia el equilibrio. El Padre de
Montfort se da cuenta de esto sobre todo cuando sale de las dos
diócesis que lo acogieron, sea para ir a Saintes, donde al cabo de
unos días le prohiben trabajar, sea cuando pasa por Poitiers,
lugar que debe abandonar cuanto antes; bien cuando regresa a
Nantes, donde no puede predicar, bien, sobre todo, cuando emprende
su largo periplo de 1714, que lo conduce hasta Ruán: en pocas
semanas, ve que le prohiben ejercer el ministerio sucesivamente en
Rennes, luego en Avranches, después en Coutances, donde había
empezado una misión en la ciudad de Saint-Lô. Sin duda alguna,
nada mejor que esto deja entrever hasta qué punto se ha difundido
la fama hostil hacia a él, que continuaría incluso años después de
su muerte.
Entre esta hostilidad que lo perseguía y el entusiasmo de las
multitudes que lo apoyaban, Montfort se sentía agotado: y lo
estaba, sin duda menos por el veneno de la Rochelle que por la
sobrecarga de trabajo y las mortificaciones que añadía. Veía que
la muerte se le acercaba, y quería sobrevivir en sus obras. Si
bien le era fácil condensar en un tratado su doctrina y
experiencia marianas, sentía que le era mucho más difícil
establecer o restablecer sus instituciones. A fin de restaurar el
calvario de Pont-Château, que la tropa había parcialmente
demolido, utilizó al máximo sus relaciones en Rennes: nada se pudo
hacer, sin embargo, para doblegar al Intendente de Bretaña. Para
fundar su congregación femenina, hace ir a La Rochelle, en 1715, a
las dos postulantes que esperaban pacientemente en Poitiers desde
hacía trece años; les redactó una regla religiosa y las ubicó en
el hospital y en las escuelas gratuitas; no lograron realmente
multiplicarse y debieron abandonar la ciudad dos años después de
la muerte de su padre espiritual. Montfort quiso sobre todo
constituir su compañía de misioneros; entre sus colaboradores,
solamente dos tenían previsto unirse a él. Multiplicó las
gestiones, hizo aprobar las reglas del futuro instituto, tratando,
en 1715, de hacer llegar del seminario del Espíritu Santo de París
a algunos hombres ya formados, elevando al cielo su «Súplica
ardiente». Llegó el comienzo de 1716. Escribió nuevamente al
seminario del Espíritu Santo, envió a treinta y tres penitentes de
Saint-Pompain en peregrinación al santuario de Nuestra Señora de
Ardilliers con el fin de implorarlos a la Virgen; él mismo fue
luego a Saumur y se infligió mortificaciones, una tras otra.
Cuando murió, en San Lorenzo del Sèvre, el 28 de abril de 1716,
mientras se encontraba en plena actividad, no había nada seguro
todavía. Prácticamente cuanto sobreviva de él será póstumo
.
Al seguir este itinerario atormentado, queda uno como falto de
aire. El adolescente que soñaba con huir a la aventura, el joven
sacerdote que solicitaba partir hacia tierras desconocidas de
misiones extranjeras, encontró en algunas diócesis occidentales
francesas más aventuras y sorpresas de lo que podía imaginar.
Pero, más allá de este itinerario geográfico, sólo es posible
sospechar cuántos sufrimientos pudieron engendrar en su corazón de
hombre todos estos golpes, estos repentinos cambios de planes.
Al considerar con un poco de perspectiva la existencia del Padre
de Montfort, al ver tantos tropiezos y resquebrajamientos en tan
pocos años de ministerio, no podemos menos de plantearnos una
pregunta. Es muy cierto que tantas circunstancias desafortunadas,
tantas antipatías, prejuicios, calumnias contribuyeron a
atormentar el itinerario de esta vida, pero ¿qué hay más allá de
estas explicaciones parciales? Esta pregunta, se la hizo un
contemporáneo de Montfort, quien era, además, un amigo que le
profesaba gran veneración, Juan Bautista Blain. Y se la planteó al
mismo Montfort de manera muy franca en 1714. Esto es una suerte
para nosotros:
«Comencé en la conversación por descargar en él mi corazón,
acerca de cuanto tenía que decirle y por lo que había escuchado
decir en contra de su conducta y de sus modales. Le pregunté cuál
era su proyecto y si esperaba encontrar algún día quienes le
siguieran en la vida que llevaba; que una vida tan pobre, tan
austera y abandonada a la Providencia era... sólo para hombres
extraordinarios... Pero –le dije– ¿dónde encuentras en el
Evangelio pruebas y ejemplos de tus modales singulares y
extraordinarios? ¿Por qué no renuncias a ellos o no le pides a
Dios la gracia de deshacerte de ellos? Tus singularidades atraen
los rechazos, las contradicciones, las persecuciones que te siguen
por todos lados; harías mucho mayor bien, encontrarías más ayuda y
socorro para tus trabajos, si lograras dejar de hacer lo
extraordinario, sin ofrecer a los libertinos y a los mundanos tus
propias singularidades, dándoles así armas contra ti mismo y
contra el éxito de tu ministerio»
.
Esta pregunta se une con la que se hicieron, respecto al mismo
Grignion de Montfort, tantas personas sensatas, la mayor parte de
las cuales no carecían de simpatía por él: la del Padre Descartes
en Rennes, la de los Sulpicianos en París, la de Monseñor Girard
en Poitiers, la de Claude Masse en La Rochelle, la del Padre Mulot
en Saint-Pompain. Es la misma pregunta que, en 1724, se hará su
primer biógrafo, poniéndola al comienzo del prólogo: «¿Cómo
comprender a este hombre “singular”?»
.
A
esta pregunta, el mismo Padre de Montfort respondió en su
entrevista con Juan Bautista Blain, y éste consignó de esta manera
la respuesta:
«Por
toda respuesta, me mostró su Nuevo Testamento y me preguntó si
tenía algo que decir respecto a lo que Jesús practicó y enseñó...
que él no tenía otro proyecto que seguirle... Que en cuanto al
resto, había que definir a qué cosa llaman "modales singulares y
extraordinarios"; que si se entendía por esto los actos de celo,
de caridad, de mortificación y otras prácticas de virtudes
heroicas y poco comunes, él se sentía feliz de ser singular en
este sentido, y que si esta clase de singularidad era considerada
como un defecto, es entonces un defecto que han tenido todos los
santos»
.
El primer biógrafo –y en pos de él los siguientes– hará suya esta
justificación teológica; y así responden cuantos no han esquivado
la pregunta. Sería un error descuidarla o minimizarla, pues
presenta, bajo un ángulo particular, el problema de la
trascendencia del cristianismo en relación con los humanismos.
Pero ¿esto significa decir que la respuesta es enteramente
satisfactoria?
El mismo Grignion de Montfort, en su entrevista con Juan Bautista
Blain, dejó escapar un elemento para otra respuesta:
«Me replicó que, si
tenía modales singulares y extraordinarios, era contra su
intención; que, al tenerlos por naturaleza, no se daba cuenta de
ellos»
.
De esta manera él mismo nos orienta hacia una investigación de su
propia psique.
En el alma de un cristiano, no es posible aislar la parte de la
gracia de la parte psíquica, pues la primera actúa en la segunda y
junto con ella. Se puede, sin embargo, distinguirlas legítimamente
e incluso hacer abstracción de la gracia, sin minimizar de manera
alguna la acción del Espíritu Santo, que es capital. Pero, el
hecho de que esta dimensión sobrenatural se nos escape, nos obliga
a mirar con mayor humildad todavía la realidad psicológica ya
difícil de estudiar por sí misma, tanto más difícil aquí, cuanto
que no se puede actualmente aprovechar para el santo de un
análisis llevado a cabo según métodos calificados. Dejando para el
capítulo final los elementos de la experiencia propiamente
religiosa de Montfort, nos contentaremos aquí con reagrupar en
torno a algunos puntos, ciertos rasgos particularmente sugestivos
de su temperamento y sus esfuerzos por dominarlo. Sin olvidar, no
obstante, que las diversas referencias deben completarse y
aclararse unas con otras en la unidad de la persona.
SUS DIFICULTADES PARA INTEGRARSE
Si el Padre de Montfort parecía singular a muchos de sus
contemporáneos, si algunos hasta lo llamaban el «loco ese de
Montfort», se debe a que la sociedad no reconocía en él al tipo de
hombre, al tipo de sacerdote entonces comúnmente aceptado. Por
parte de él, puede buscarse la explicación en el hecho que no
estaba ni se sentía bien integrado en aquella sociedad.
La dificultad para integrarse se basaba, en gran parte, en ese
carácter suyo tan introvertido. Ya desde muy niño, le gustaba
aislarse de los otros. En el colegio, huía de las distracciones de
sus camaradas. En San Sulpicio, vivía en gran «abstracción», «en
una especie de alienación de los sentidos», no sintiéndose a gusto
sino en su habitación y en la oración
.
A lo largo de toda su vida, buscaba siempre lugares apartados,
incluso, en algún momento llegó a preguntarse si su vocación no
sería más bien la de ermitaño. Se reconocía poco apto para la vida
comunitaria. No pudo permanecer ni en San Clemente de Nantes, ni
entre los capellanes de la Salpêtrière, ni tampoco en el equipo
del Padre Leuduger. Tampoco pudo organizar la compañía de
misioneros con la que soñaba. Descubrimos en él poca inclinación a
vivir dentro de una institución, llámese hospital, comunidad o
incluso diócesis. Por una parte, esto se debía a cierta carencia
del sentido de las contingencias o de las autoridades
constituidas: llegó a Fontevrault al día siguiente de la profesión
de su hermana; no se daba cuenta del peligro que lo amenazaba en
Campbon o en La Rochelle; para sus fundaciones, reclutaba a los
primeros que llegaban; abordó abruptamente al subdelegado del
Intendente de Rennes y trató mal al Intendente mismo, en Pont-Château;
no pensaba en las posibles reacciones del oficial de Campbon, del
capitán de navío de La Rochelle o de los burgueses de Montfort.
«Hay que recalcar, dice Juan Bautista Blain, que jamás hubo hombre
menos susceptible al respeto humano, ni menos atento a lo que
piensan los demás»
.Desde luego, es, pues, comprensible que haya
parecido «singular».
Sin duda que su introversión se debe en buena medida a sus
inclinaciones naturales. Sin embargo, no habría que minimizar la
influencia que tuvieron, en este aspecto, su infancia y su
juventud. El clima familiar no contribuyó a despabilarlo. Ni el
padre, violento y colérico, ni la madre, sobrecargada, tenían
deseos ni tiempo de distraer a este hijo demasiado serio. Tal vez
también la responsabilidad de ser el hijo mayor de una familia
numerosa tuvo algo que ver en ese sentido. Si bien Luis María se
explayó un poco más estando en Rennes, gracias a la pintura, a los
pobres y a algunos sacerdotes, seguía manteniéndose apartado de
sus camaradas. En San Sulpicio, profundizó su soledad interior: el
ideal del sacerdote muerto al mundo, las burlas de los
seminaristas, la incomprensión y persecución de los directores,
contribuyeron a hacer más difícil su integración en los ambientes
en que vivía.
El carácter íntegro y violento de Luis María ciertamente no
facilitaba la integración. Muy sugestivo es el uso frecuente, en
sus escritos, de palabras y expresiones tales como "en todos
lados", "ninguno", "siempre" "absolutamente", etc.
.
Tomaba a pecho las dificultades, abordaba frontalmente a las
personas, si era posible primero a las menos fáciles, y les decía
«con firmeza y dulzura, sus verdades»
.
En las empresas de mayor envergadura, a las que a veces se
lanzaba, iba hasta el fin, a pesar de los consejos de prudencia:
el templo San Juan en Poitiers, la capilla de Nuestra Señora de la
Piedad en La Chèze, el calvario de Pont-Château. Y los testimonios
contemporáneos subrayan que nunca rebajó la ascesis rigurosa que
se había impuesto
.
Este gusto por lo absoluto era paralelo a cierta inclinación a la
violencia. El Padre des Bastières, que debió ser víctima de ella
algunas veces durante los años en que trabajaron juntos, informa:
«El mismo me dijo que
le costaba mucho más vencer su vivacidad y su pasión de la cólera
que todas las demás pasiones juntas y que si Dios lo hubiera
destinado al mundo, hubiera sido el hombre más terrible de su
siglo»
.
En esto, Luis María se parecía a su padre. Esa violencia se volvió
en primer lugar contra él mismo: mortificaciones de todo tipo,
rechazo a darse las menores concesiones, incluso, en casos de
debilidad o de enfermedad. Pero dicha violencia se expresaba
también en forma de agresividad hacia los demás. A menudo, parece,
«se precipitaba» sobre los jugadores, los bailarines, los
bebedores. «Su celo se agrandaba en medio de las dificultades»,
observa Juan Bautista Blain
.
Inútil decir que esta agresividad le suscitaba, a menudo con poca
utilidad, numerosos enemigos tanto dentro del clero como dentro de
la administración real, tanto entre los libertinos como entre la
gente de condición acomodada. Él mismo tendía a incrementar su
importancia, tanto más cuanto que veía tras ellos al pecado y al
demonio:
«Tengo grandes enemigos
en la cabeza: todos los mundanos que estiman y aman las cosas
caducas y perecederas, que me desprecian, se burlan de mí y me
persiguen, y todo el infierno que ha complotado mi perdición y que
hará que se levanten todas las fuerzas contra mí»
.
Tal percepción de los hombres y de los acontecimientos,
cualesquiera que fuera su parte de verdad, no facilitaba la
integración de este hombre en la sociedad.
Y
sin embargo, Luis María Grignion entusiasmaba a las multitudes;
contaba con numerosos amigos íntimos y, en sus relaciones
interpersonales, se mostraba muy acogedor y simpático. Este hombre
estaba dotado de una sensibilidad muy viva que se expresaba a
veces como agresividad, pero que se marcaba mucho más como apego a
las personas. En el confesionario, los parroquianos que lo habían
escuchado predicar con vehemencia, quedaban estupefactos de su
afabilidad y de su comprensión
.
Esta sensibilidad se mostraba sobre todo frente a ciertas
categorías de personas: las almas muy generosas y los pobres. En
cualquier lugar se apegaba a las personas fervorosas, más mujeres
que hombres; con un cierto instinto paternal, con estas almas
buscaba fundar cenáculos espirituales. Los pobres eran los que
sobre todo ganaban su corazón, en Rennes, en Poitiers, en todas
partes. Estos malamados que no se entregaban fácilmente le
llamaban «él que ama tanto a los pobres». El señor Dubois, su
colaborador en el hospital de Poitiers, informa respecto a los
gestos tan maternales que él mostraba hacia los pobres más
repugnantes
.
Pero esta sensibilidad se manifestaba todavía más hacia la Virgen
María. Sus múltiples prácticas devocionales impregnadas de gran
ternura, los desahogos de su corazón en sus escritos marianos,
esta suerte de instinto que le hacía descubrir, en las calles por
donde caminaba con los ojos bajos, estatuas de la Virgen, son
pruebas de «esta ternura tan singular... que lo hacía aparecer
como uno de los más grandes devotos de la Madre de Dios», y, según
testimonio de Juan Bautista Blain: «Era como si con el Padre de
Montfort hubiera nacido el amor por María»
.
Esta expresión sugiere todo lo que podía comportar de instintivo
el amor que sentía por la Virgen, así como el que tenía por los
pobres, independientemente de su motivación teológica, sin la cual
no se los podría comprender.
El mismo Padre de Montfort no hacía un misterio de estas
tendencias. Reconoce sus «atracciones», sus «inclinaciones» por
los pobres, por ejemplo
.
En estos afectos, por muy sobrenaturales que fueran, se puede
atisbar un rol compensatorio frente a las dificultades y
sufrimientos que experimentaba. Ya se percibe con suficiente
claridad en Rennes, donde el adolescente, poco abierto al hogar
familiar, se entregaba más o menos a escondidas a los pobres, a
quienes había descubierto. Todavía se aprecia más en París, donde
la falta de simpatía de los seminaristas y de los directores lo
empujaba, de alguna manera, hacia María, que constituía el objeto
de su entusiasmo y de sus raras conversaciones. Pero, más
profundamente todavía, ¿no habría que buscar en los principales
objetos de su afecto, una cierta proyección de los amores de su
primera infancia, de su ternura por una madre afectuosa y no muy
feliz, de su apego por una hermana tierna y piadosa, hacia las
cuales él se inclinaba, frente a un padre, tal vez bueno en el
fondo, pero a quien él temía? Al empujarlo a concentrar sus
afectos en ciertas personas, esta sensibilidad tendía a aislarlo
del resto de la sociedad. La sociedad, a su vez, juzgaba
singulares estas marcas desacostumbradas de ternura en un hombre
que difícilmente se integraba en ella.
Estos pocos rasgos no agotan la psicología del Padre de Montfort.
A lo más pueden ayudar a comprender por qué este hombre, rico en
posibilidades de comunión con las almas, pero muy íntegro y poco
comunicativo, parecía “singular” a muchos de sus contemporáneos,
sobre todo a los que le veían desde el exterior, sin captar sus
esfuerzos por equilibrarse.
SU PROGRESO HACIA EL EQUILIBRIO
Así como era, el Padre de Montfort corría el riesgo de seguir como
un bloque errático en la superficie de la Iglesia. Ni siquiera se
puede negar que su existencia nos da un poco esta impresión. Pero,
¿qué hay más allá de esta apariencia? Más allá encontraríamos los
índices de su laborioso camino hacia el equilibrio, por la gracia
de Dios, en sus posiciones respecto a la pastoral, en la
progresiva ampliación de su campo de acción, en su mayor
integración en las diócesis, en la purificación y el afinamiento
de su sentido misionero. Por el momento, quedémonos en un plano
más directamente psicológico, tal como puede aparecer a través de
ciertos comportamientos suyos y de sus escritos.
Las biografías del siglo XVIII y las relaciones a las que ellas
recurren, interesadas sobretodo en los hechos que se salían de lo
ordinario, no nos entregan casi nada de los continuos esfuerzos
del Padre de Montfort, de los resultados progresivos
laboriosamente obtenidos por él. Y el tiempo, generador de
leyendas, no arregló nada sobre este punto. A la fuerza, nos
contentaremos pues con mencionar dos testimonios breves, pero no
exentos de valor. El primero, de la Señora Thébault d'Oriou, que
vivía en el castillo de Villiers-en-Plaine, es muy tardío y se
refiere solamente a algunos días, pero rescata estas debilidades
por su precisión y, parece, por su objetividad. En febrero de
1716, esta mujer de veinticinco años se enteró de que el Padre de
Montfort iba a predicar una misión en Villiers, –misión que sería
la penúltima de su vida–. Fuertemente prevenida contra el
sacerdote, resolvió primero no regresar a la parroquia para
escuchar «las bobadas que decían que él hacía». Luego,
reflexionando que, por el buen ejemplo, era mejor hacer acto de
presencia, ella convenció a su marido de pasar en Villiers el
periodo de la misión,
«con la decisión de no
seguir para nada la misión y también de examinar bien todo lo que
haría o diría el Padre de Montfort, a fin de divertirme cuando
terminara la misión... Al cabo de quince días de escuchar... todas
sus conversaciones que eran muy alegres, muy edificantes y muy
divertidas, e incluso sobre las que a menudo yo me entretenía
expresamente con él para ver si se molestaba o se escandalizaba de
muchos temas y canciones ligeras que yo le decía –él lo tomaba
todo como diversión y me hacía, riendo, reflexiones morales muy
suaves–, al cabo de quince días, decía, sentí el corazón penetrado
por el deseo de hacer mi misión...».
Si, como puede pensarse, este comportamiento del Padre de Montfort
no es puramente ocasional, a uno le cuesta reconocer en este
sacerdote de edad madura al seminarista que, veinte años antes,
sólo participaba en las recreaciones a través de sus elevaciones
místicas y de sus silencios. Y el contexto nos garantiza que esta
evolución sólo pudo realizarse en forma progresiva y laboriosa.
Totalmente diferente es el segundo testimonio, el de Pedro Ernaud
des Bastières. Habitualmente muy natural en sus relatos, este des
Bastières siente innegablemente un cierto deseo de glorificar a
aquél con quien había vivido durante ocho años. Pero este fiel
compañero, desprovisto de audacia más que de valor, había sufrido
demasiado por ciertas iniciativas un poco intempestivas de su
jefe, para que su testimonio no mereciera credibilidad alguna.
«Leemos en la vida de
san Francisco de Sales que era de naturaleza violenta y vivaz,
pero que la virtud llegó a convertirlo en un cordero... Igual
sucedía con el carácter del Padre de Montfort. Sino que hizo
esfuerzos increíbles para vencer su impetuosidad natural; al final
lo consiguió y adquirió esa encantadora virtud de la dulzura... la
tenía impresa en su rostro, ella lo iluminaba en todas sus
conversaciones, todos los que le hablaban quedaban encantados de
ella...».
Incluso si no se toma la afirmación al pie de la letra, este
comportamiento habitual del Padre de Montfort merece tanta fe como
los relatos de sus estallidos de carácter, a los que los biógrafos
se han aferrado demasiado. Por otra parte viene en apoyo suyo un
testimonio de la misma Señora d'Oriou quien, en líneas anteriores,
lo mostraba relajado en sociedad:
«... siempre mucha
mansedumbre. Aunque por naturaleza poseía un temperamento muy
vivo, siempre daba muestras de autocontrol»
.
A
través de estos textos, se adivina el esfuerzo de un alma para
obtener mayor comprensión de las otras, más apertura a sus gustos,
más paciencia respecto a sus mediocridades.
Este progreso debería aparecer mejor todavía en los escritos del
Padre de Montfort, particularmente en los numerosos reglamentos
que él trazó, ya que este tipo de producciones constituye una de
las mejores pruebas del juicio de un hombre. En estos reglamentos,
sobre todo en los últimos de su vida, este juicio parece
verdaderamente equilibrado: Montfort evita las soluciones únicas,
prevé la diversidad de situaciones, entrevé la posibilidad de
derogar sus consignas, quiere las directivas en su justo medio;
respecto a los puntos donde él se mantenía intransigente por sí
mismo, aconseja incluso mostrarse más amplio, sin escrúpulos. La
repetición de estos consejos a grupos diversos, cada vez bajo una
forma diferente, no puede estar exenta de significado. Uno de
estos reglamentos toma un interés particular, pues se dirige a
hombres que, en medio del ardor de su reciente conversión, partían
a hacer en Saumur una peregrinación de penitencia:
«No lleven en sus modo
de vestir nada que los distinga de los otros...; podrán sin
embargo, sin singularidad extraordinaria, llevar un rosario en la
mano y un crucifijo al pecho, para mostrar que no realizan un
viaje ordinario, sino una peregrinación de devoción... No se
separarán del grupo ni emprenderán nada extraordinario sin el
permiso y la aceptación del Superior...».
¡Cuánto sugiere de la ascesis personal de este sacerdote este
rechazo a toda «singularidad extraordinaria»!
En algunas de sus obras, pero en fechas diferentes, aparecen
reflejos análogos de su búsqueda de mansedumbre. Entre los
numerosos esquemas de prédicas que había copiado, insertó, después
de 1700, tres sermones mas o menos completos sobre las virtudes:
uno de ellos trata sobre la mansedumbre. En un escrito espiritual
que debió componer al comienzo de su sacerdocio, sólo estudia dos
cualidades de la Sabiduría Encarnada: la belleza y la mansedumbre
.
Y el último sermón que predicará antes de caer en cama para morir,
tratará precisamente –¿signo o casualidad?– sobre la mansedumbre
de Jesucristo. Un examen más atento de sus escritos muestra que
asocia muy fácilmente las palabras «mansedumbre» y «pa |