LA DOCTRINA DE SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT

p. A. Bossard, s.m.m.

ALGUNOS ASPECTOS SOBRESALIENTES

 

I. EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN DE LA SABIDURÍA

 

En el corazón de la enseñanza y del camino espiritual de san Luis María Grignion de Montfort, encontramos el misterio de la Encarnación. En este aspecto se sitúa en la línea de la escuela francesa y de su principal representante, Bérulle, para quien la Encarnación es el centro de su pensamiento. Pero, como casi siempre que toma notas de los autores o de las corrientes que le precedieron, Montfort no se contenta con repetir: aporta su nota personal y enriquece los datos que recibe. Para él, la Encarnación no es un tema importante entre otros, es, verdaderamente, el tema que, poco a poco, ilumina todos los aspectos significativos que se pueden destacar en nuestro santo, el tema en torno al cual, poco a poco, organiza la unidad orgánica de su síntesis espiritual.

 

1. Montfort ve la Encarnación como un misterio-fuente y un misterio-programa

 

a) Un misterio-fuente – La Encarnación, tal como de hecho se realizó, es decir, como ordenada a la salvación del mundo por la Cruz (la Pasión-Resurrección), pre-contiene todo lo que de ella va a resultar: “En este misterio realizó ya todos los demás misterios de su vida, por la aceptación que hizo de ellos: Jesus ingrediens mundum dicit: Ecce venio ut faciam voluntatem tuam, etc. (Hb 10, 5-9); que ese misterio es, por consiguiente, el compendio de todos los misterios de Cristo y encierra la voluntad y la gracia de todos ellos; y, por último, que este misterio es el trono de la misericordia, generosidad y gloria de Dios” (VD 248). A Montfort toda la obra de la salvación le parece como el despliegue de este misterio hasta sus últimas consecuencias, y saca conclusiones en gran medida originales y de mucha importancia para su vía espiritual.

b) Un misterio-programa – Montfort lee en la Encarnación el designio de amor de Dios para la salvación del mundo en sí mismo, y por esto todo lo ve bajo el signo del Amor; pero también descubre en este misterio lo que se podría llamar una ley permanente de su realización, que él aplica en primer lugar a María, como lo vamos a ver.

Ciertamente no es sólo Montfort el que se centra en el misterio de la Encarnación. Pero, para hacerle justicia, además de las raíces bíblicas originales que caracterizan su modo de ver, hay que subrayar el hecho de que la luz que descubre en este misterio impregna todo el desarrollo de su pensamiento, que sigue siendo esencialmente cristológico.

 

2. La raíz bíblica

 

a) El libro de la Sabiduría - La raíz de la percepción que Montfort tiene de la Encarnación y sus consecuencias, se pone de manifiesto en El Amor de la Sabiduría eterna: “Esta obra es la más bíblica que haya escrito Montfort. No utiliza la Escritura para confirmar a posteriori una doctrina elaborada por anticipado. En el punto de partida de la reflexión se halla el texto mismo del Libro de la Sabiduría. Este le brinda la visión teológica de la obra y casi el plan de la misma. En esto, Montfort constituye la excepción. No se conocen otros escritores espirituales que «hayan cimentado su doctrina, como lo ha hecho Montfort, en este librito del Antiguo Testamento» (J.P. Michaud, Biblia/Palabra de Dios, DEM, 175). La cita está sacada de un artículo de M. Gilbert, s.j., profesor en el Instituto Bíblico Pontificio de Roma, especialista en la Nueva Revista Teológica de noviembre-diciembre 1982 (p. 678-691), que inmediatamente vamos a examinar.

Después de haber señalado que Montfort tomó citas de diferentes autores (El Maestro de Sacy, Bonnefons, San-Jure y algunos más), el Padre Gilbert escribe: “pero sea que se trate de transcripciones o de influencia, no es cuestión de servilismo: Montfort conserva verdaderamente su originalidad” (p. 680). “Lo primero que hay que observar, es que, para Montfort, el texto bíblico está en el punto de partida de la reflexión” (p. 680). He aquí una de las conclusiones: “En verdad, sorprende constatar el impacto del Libro de la Sabiduría en el tratado de Montfort. No sé si existen otros escritos espirituales de esta importancia que hayan fundamentado su doctrina en este librito griego del Antiguo Testamento, como lo ha hecho Montfort. Si, en general, se puede decir que los escritos sapienciales del Antiguo Testamento son poco utilizados, es cierto que no se ha conservado ningún comentario patrístico del Libro de la Sabiduría. El caso de Montfort exégeta espiritual del Libro de la Sabiduría es excepcional, sobre todo si se piensa que su tratado ha sido siempre presentado por una familia religiosa que se lo apropia” (p. 684).

b) La corriente bíblica de sabiduría – Inspirándose en el artículo de Gilbert, Michaud escribe: “Si el Libro de la Sabiduría es claramente la fuente principal del ASE, y constituye el marco general dentro del cual se inscribe todo lo demás, Montfort no se atiene a este solo libro. Montfort, por decirlo así, recoge toda la corriente sapiencial, cuyos pasajes principales cita y comenta en su obrita. Se detiene especialmente en los célebres pasajes que personifican a la Sabiduría: parafrasea el conjunto del capítulo 8 de Proverbios (ASE 18, 32, 47, 66-68) y cita en su totalidad a Eclesiástico 24 (ASE 20-28). Más aún, todas las citas y alusiones del Antiguo Testamento que se encuentran en ASE (¡habría más de 250!) sufren la atracción de la corriente sapiencial. Incluso los textos del Nuevo Testamento asumen un sesgo sapiencial y se convierten en oráculos de la Sabiduría encarnada. Los 62 oráculos del capítulo 12 que Montfort presenta sin glosa, en la desnudez de la letra, resuenan como sentencias de un Jesús, maestro de Sabiduría”.

c) Una lectura cristológica – Para Gilbert, la lectura que hace Montfort es cristológica: “Montfort mantiene firmemente la unidad de los dos Testamentos, y esta unidad se nos hace inteligible a partir del Nuevo... Cuando Montfort relee los textos sapienciales del Antiguo Testamento sobre el bosquejo del Libro de la Sabiduría, este último cede el paso, a nivel del sentido del misterio, al Nuevo Testamento. Así, pues, la revelación de Cristo, Sabiduría encarnada, es la clave que sirve al lector del Libro de la Sabiduría, y, por consiguiente, de todos los textos sapienciales del Antiguo Testamento” (p. 688). “Sin embargo, la unidad de los dos Testamentos a la luz de Cristo, no borra las etapas de la economía de la salvación. Si hay un punto en el que Montfort es absolutamente claro, es ciertamente en éste. Tiene cuidado de indicar claramente todas estas etapas. En efecto, como lo hemos anotado, el plan del Tratado se establece siguiendo la sucesión normal de estas etapas: el origen en Dios de la Sabiduría eterna (cap. 2), la creación del mundo y del hombre (cap. 3), la Sabiduría, en la Antigua Alianza (cap. 4-6), la Encarnación y la vida de Jesús (cap. 9-12), la Redención por la Cruz (cap. 13-14)” (p. 688). Lo que justifica esta conclusión: “La doctrina de Montfort es, pues, radical y esencialmente cristocéntrica” (ibid.).

Esta conclusión puede extenderse a todos los aspectos de la espiritualidad monfortiana, comenzando, tengámoslo en cuenta desde ahora, por el aspecto mariano: “la devoción mariana de Montfort permanece propiamente cristocéntrica y encuentra su fundamento en el misterio de la Encarnación y de la Teotokos” (p. 689).

d) En el conjunto de su obra – “Cuando volvemos a leer la obra de Montfort, nos damos cuenta de que es bíblica de principio a fin. Montfort se refiere constantemente a la Escritura y de maneras diferentes. A veces, estudia un libro entero como el Libro de la Sabiduría. A veces, organiza síntesis que constituyen, antes que la letra, teología bíblica, en torno a la corriente sapiencial, por ejemplo, o del oficio de María en la economía de la salvación. A veces, comenta o parafrasea ampliamente textos concretos, como Mt. 16,24 en AC, Gn. 27 en la VD, o el Salmo 67 en la SA. En otras ocasiones, argumenta y, para probar, acumula cadenas de citas. O, sencillamente, vierte sus plegarias en las palabras de la Escritura, como hace a menudo con los salmos”. (J.-P. Michaud, Biblia/Palabra de Dios, DEM, p. 173).

Porque está impregnado de la Palabra de Dios (llevaba la Biblia siempre con él), Montfort modela en ella su pensamiento, y con toda naturalidad se expresa tan frecuentemente por medio de ella. Por otra parte, basta consultar las 17 páginas del índice de citas bíblicas que se encuentra al final de las Obras Completas para ver qué lugar ocupa la Palabra de Dios en sus escritos. He aquí cómo sabía utilizarla: “Lee y escribe de nuevo la Escritura para vivirla y hacerla vivir. Este trabajo redaccional, que se operaba en el interior mismo del cuerpo inmenso de la Escritura, es propiamente teológico, del orden de la comprensión de la fe... Es el de una larga tradición de exégesis cristiana, retomada en especial por los místicos. Y desde esta perspectiva podemos comprender el estilo bíblico de Montfort” (Ibid., p. 174).

 

 

II. MARÍA Y LA DEVOCIÓN HACIA ELLA

 

San Luis María Grignion de Montfort es conocido sobre todo por su enseñanza sobre María y la devoción que conviene tener hacia ella. La expone en la obra que se conoce con el título de Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, en un opúsculo El Secreto de María, en el último capítulo de El Amor de la Sabiduría eterna, al que hay que añadir la Súplica Ardiente y algunos de sus Cánticos marianos. Tomaremos como base de nuestra presentación el Tratado de la verdadera devoción, la obra más rica, la más detallada y la más conocida.

 

1. Necesidad de la verdadera devoción a María

 

Montfort primero va a fundamentar y a explicar una convicción que él tiene como central: puesto que Dios ha querido que María nos sea necesaria (VD 1-59), una verdadera devoción hacia Ella se impone a todos. Enseguida nos dice en qué debe consistir (VD 60-117).

La primera frase del Tratado es ya todo un programa: “Por medio de la Santísima Virgen María vino Jesucristo al mundo, y por medio de Ella debe reinar en el mundo” (VD 1). Ahí se encuentra la finalidad cristológica, esencial para Montfort, la dimensión misionera puesto que se trata de establecer el reino de Cristo, y la referencia a la Encarnación: aquella por quien Jesús vino al mundo debe seguir cooperando en su triunfo de manera permanente.

Es, por tanto, necesario centrarse en conocer a María en verdad para mejor conocer a Jesucristo, y reconocerle todo el lugar que Dios mismo ha querido que tenga para que llegue el reino de su Hijo: “El corazón me ha dictado cuanto acabo de escribir con alegría particular para demostrar que la excelsa María ha permanecido hasta ahora desconocida y que ésta es una de las razones de que Jesucristo no sea conocido como debe serlo. De suerte que, si el conocimiento y reinado de Jesucristo han de dilatarse en el mundo, esto acontecerá como consecuencia necesaria del conocimiento y reinado de la Santísima Virgen, quien lo trajo al mundo la primera vez y lo hará resplandecer la segunda” (VD 13).

No se puede tratar, para Montfort, de poner en primer lugar el misterio de María (cosa que se muestra con evidencia a continuación), sino, sencillamente, de subrayar que no se puede tener plenamente acceso al misterio de Jesús y vivirle, sin una referencia a su Madre. Lo que Pablo VI afirmó en el discurso de clausura de la tercera sesión del Concilio Vaticano II, ampliándolo al misterio de la Iglesia: “El conocimiento de la verdadera doctrina católica sobre María será siempre una llave para la comprensión exacta del misterio de Cristo y de la Iglesia” (cf. también LG 65).

Dios ha querido que María le sea necesaria, pero fue en toda libertad. En efecto, Montfort recuerda que Dios no tiene absolutamente, de ninguna manera, necesidad de María “para realizar su voluntad y manifestar su gloria” (VD 14), pero a continuación añade: “Afirmo, sin embargo, que –dadas las cosas como son–, habiendo querido Dios comenzar y culminar sus mayores obras por medio de la Santísima Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará jamás de proceder; es Dios y no cambia ni en sus sentimientos ni en su manera de obrar” (VD 15).

Para conocer a María tal como Dios la hizo y tal como nos la da, Montfort nos lleva a la contemplación de la misión que el Señor le ha confiado en la realización del misterio de la Encarnación Redentora, con todas sus consecuencias.

Montfort describe primero la relación íntima de cada una de las personas divinas con María para realizar la venida del Verbo en la carne, por la Encarnación (cf. VD 16). Después, siguiendo siempre este esquema trinitario, muestra cómo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo extienden su acción con María para que la Encarnación produzca sus efectos en nosotros: “Dios Padre comunicó a María su fecundidad, en cuanto una pura criatura era capaz de recibirla, para que pudiera engendrar a su Hijo y a todos los miembros de su Cuerpo místico” (VD 17).

En VD 18, muestra cómo el Hijo, Jesús, ha asociado a su Madre a toda su obra salvífica[1], dando como ejemplos en VD 19 los “milagros” de la santificación de Juan Bautista y de Caná.

El Espíritu Santo y María[2]: “Con ella y en ella produjo su obra maestra, que es un Dios hecho hombre, y produce todos los días, hasta el fin del mundo, a los predestinados y miembros de esa cabeza adorable” (VD 20).

Hemos visto que para Montfort la Encarnación es un misterio-programa. El lo expresa fuertemente: “La forma en que procedieron las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad en la Encarnación y primera venida de Jesucristo, la prosiguen todos los días, de manera invisible, en la santa Iglesia, y la mantendrán hasta el fin de los siglos en la segunda venida de Jesucristo” (VD 22)[3].

Cuando Dios confía una misión a alguien, le da todo lo que necesita para cumplirla. Esto es lo que ocurrió con María: recibió de las tres Personas divinas todo lo que le hacía falta para ser “digna Madre de Dios” (ASE 206, VD 12, 28, 115, 145, CT 4,22; 84,5; 124,7) y, podríamos añadir, una digna Madre de los hombres: “Dios Padre creó un depósito de todas las aguas, y lo llamó mar. Creó un depósito de todas las gracias, y lo llamó María. El Dios omnipotente posee un tesoro o almacén riquísimo en el que ha encerrado lo más hermoso, refulgente, raro y precioso que tiene, incluido su propio Hijo. Este inmenso tesoro es María, a quien los santos llaman el tesoro del Señor, de cuya plenitud se enriquecen los hombres” (VD 23). “Dios Hijo comunicó a Madre cuanto adquirió mediante su vida y muerte” (VD 24). “Dios Espíritu Santo comunicó sus dones a María, su fiel Esposa, y la escogió para dispensadora de cuanto posee” (VD 25)[4].

Toda esta riqueza, que ella conserva en la gloria (cf. VD 27), María la pone a nuestra disposición (cf. VD 28) ejerciendo para con nosotros su maternidad espiritual, en relación, también aquí, con cada una de las personas divinas según sus propiedades: “Dios Padre quiere formarse hijos por medio de María hasta la consumación del mundo” (VD 29-30); “Dios Hijo quiere formarse por medio de María, y por decirlo así, encarnarse todos los días en sus miembros [...] Si Jesucristo, la cabeza de la humanidad, ha nacido de Ella, los predestinados, que son los miembros de esta cabeza, deben también, por consecuencia necesaria, nacer de Ella. Ninguna madre da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza; de lo contrario, aquello sería un monstruo de la naturaleza. Del mismo modo, en el orden de la gracia, la cabeza y los miembros nacen de la misma madre” (VD 31-32); “Dios Espíritu Santo quiere formarse elegidos en Ella y por Ella... desde que este Amor sustancial del Padre y del Hijo se desposó con María para producir a Jesucristo, Cabeza de los elegidos, y a Jesucristo en los elegidos, jamás la ha repudiado, porque Ella se ha mantenido siempre fiel y fecunda” (VD 34-36).

Podemos ya sacar algunas conclusiones relativas a la maternidad espiritual de María según Montfort. En el designio divino tal como es, ésta aparece como la prolongación “natural” (en el orden de la gracia), de su maternidad para con Jesús. Ella se fundamenta, en efecto, en el misterio de la Encarnación, donde comienza el inmenso parto de la nueva humanidad en Jesucristo, parto que llegará a su término solamente “en la consumación del mundo” (VD 29). Presente y activa, física y espiritualmente en el parto del “primogénito de una multitud de hermanos” (Rm. 8, 29), María participa espiritualmente en el nacimiento y educación de estos hermanos del primogénito. Hay que subrayar aquí la profunda concordancia de la enseñanza de Montfort con la doctrina de Vaticano II sobre la maternidad espiritual de María: “Ella dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (Rm 8, 29), esto es, los fieles, a cuya generación y educación coopera con amor materno” (LG 63; cf. también 53).[5]

No se puede pues separar la maternidad de María respecto a Jesús de su maternidad respecto a nosotros. Sin embargo hay que distinguir con cuidado: la continuidad entre las dos solamente se sitúa en el plano espiritual. Y siempre en total dependencia de las Personas divinas es como María puede cumplir la misión que ellas le confían para con nosotros, para cumplir su designio de amor y de salvación. Pero esta misión realmente existe, independientemente de la conciencia que nosotros podamos tener de ella. Y, para poder desempeñarla, María ha recibido de Dios, no sólo el “tesoro” de gracias, de las que hemos hablado (cf. VD 23-25), sino también un especial dominio sobre nosotros: “De lo que acabo de decir se sigue evidentemente: en primer lugar, que María ha recibido de Dios un gran dominio sobre las almas de los elegidos. Efectivamente, no podría fijar en ellos su morada, como el Padre le ha ordenado; sin formarlos, alimentarlos, darlos a luz para la eternidad -como madre suya-, poseerlos como propiedad personal, formarlos en Jesucristo y a Jesucristo en ellos, echar en sus corazones las raíces de sus virtudes y ser la compañera indisoluble del Espíritu Santo para todas las obras de la gracia... No puede, repito, realizar todo esto si no tiene derecho ni dominio sobre sus almas por gracia singular del Altísimo, que, habiéndole dado poder sobre su Hijo único y natural[6], se lo ha comunicado también sobre sus hijos adoptivos no sólo en cuanto al cuerpo –pues sería poca cosa–, sino también en cuanto al alma” (VD 37). Aquí tenemos como una descripción del “poder” maternal de María para con nosotros, poder que recibe de Dios, que ejerce en perfecta dependencia suya, y que está ordenado a formarnos en Jesucristo y a Jesucristo en nosotros.

De donde esta segunda conclusión de Montfort: “Segunda conclusión. Dado que la Santísima Virgen fue necesaria a Dios con necesidad llamada hipotética, es decir, proveniente de la voluntad divina, debemos concluir que es mucho más necesaria a los hombres para alcanzar la salvación. La devoción a la Santísima Virgen no debe, pues, confundirse con las devociones a los demás santos, como si no fuese más necesaria que ellas y sólo de supererogación” (VD 39). El argumento toma la forma de un a fortiori y de hecho desemboca en una doble conclusión: María es “necesaria a los hombres para alcanzar la salvación” (se podría hablar aquí de necesidad objetiva, dependiendo de la voluntad de Dios y no de la nuestra); lo que lleva consigo una necesidad subjetiva, es decir la obligación, para los que conocen a María, de tener para con Ella una devoción proporcionada a la misión maternal que el Señor le confía hacia nosotros.

Por eso hay que “conocer” a María, tal como Dios la ha hecho y acogerla tal como nos la da. Montfort tiene toda la razón en diferenciar entre “la devoción a la Santísima Virgen” y “las devociones a los demás santos”. La primera razón es por el lugar único que ocupa en el designio de Dios: es la Madre del Verbo encarnado, la Madre de Dios (cf. VD 5-12): “Si quieres comprender a la Madre, dice un santo, trata de comprender al Hijo, pues Ella es la digna Madre de Dios” (VD 12)[7]. La segunda razón se encuentra en la relación única de María, nuestra “Madre en el orden de la gracia” con cada uno de nosotros. El Concilio Vaticano II, con otros términos, afirma lo mismo[8].

Montfort va a sacar otra conclusión: “Si honrar a la Santísima Virgen es necesario a todos los hombres para alcanzar su salvación, lo es mucho más a los que son llamados a una perfección excepcional. Creo personalmente que nadie puede llegar a una íntima unión con Nuestro Señor y a una fidelidad perfecta al Espíritu Santo sin una unión muy estrecha con la Santísima Virgen y una verdadera dependencia de su socorro” (VD 43).

Dicho de otra manera, cuanto más vive uno de la vida divina, mayor influencia tiene, de hecho, María sobre él (cf. VD 44-45). Para Montfort, existe otra implicación: cuanto más deba uno comprometerse en la lucha contra las fuerzas del mal, mayor necesidad tiene de la asistencia de María. Y como el paroxismo de la lucha entre las fuerzas del bien y las del mal se alcanzará en “los últimos tiempos”, mayor será la necesidad de María. Como consecuencia, “los apóstoles de los últimos tiempos” se caracterizarán por su devoción a María (VD 47-59; SA 17-25). En efecto, “la salvación del mundo comenzó por medio de María, y por medio de Ella debe alcanzar su plenitud... en la segunda venida de Jesucristo, María tiene que ser conocida y puesta de manifiesto por el Espíritu Santo, a fin de que por Ella Jesucristo sea conocido, amado y servido” (VD 49).

 

2. En qué consiste la verdadera devoción a María

 

a) Las verdades fundamentales

“Acabo de exponer brevemente que la devoción a la Santísima Virgen nos es necesaria. Es preciso decir ahora en qué consiste. Lo haré, Dios mediante, después de clarificar algunas verdades fundamentales que iluminarán la maravillosa y sólida devoción que quiero dar a conocer” (VD 60). Estas “verdades fundamentales”, que fundamentan toda devoción mariana, son las mismas que también justifican “la maravillosa y sólida devoción” que Montfort presentará como la “práctica perfecta de la verdadera devoción”.

La primera verdad fundamental de toda exposición sobre la devoción a María podría ponerse de relieve: “El fin último de toda devoción debe ser Jesucristo, Salvador del mundo, verdadero Dios y verdadero hombre. De lo contrario, tendríamos una devoción falsa y engañosa. Jesucristo es el alfa y la omega, el principio y el fin de todas las cosas...” (VD 61). Todo el resto de ese número no es más que un apasionado canto, rico en referencias de la Escritura, para exaltar la primacía absoluta de Jesús. La conclusión inmediata que saca Montfort, nunca se debe olvidar: “Por tanto, si establecemos la sólida devoción a la Santísima Virgen, es sólo para establecer más perfectamente la de Jesucristo y ofrecer un medio fácil y seguro para encontrar al Señor. Si la devoción a la Santísima Virgen apartase de Jesucristo, habría que rechazarla como ilusión diabólica. Pero –como ya he demostrado– sucede lo contrario. Esa devoción nos es necesaria para hallar perfectamente a Jesucristo, amarlo con ternura y servirlo con fidelidad” (VD 62).

¡No se puede ser más claro! Montfort jamás puede ver a María sin Jesús: “Me dirijo a ti por un momento, amabilísimo Jesús mío, para quejarme amorosamente ante tu divina Majestad de que la mayor parte de los cristianos, aun los más instruidos, ignoran la unión necesaria que existe entre tú y tu Madre[9]. Tú, Señor, estás siempre con María, y María está siempre contigo y no puede existir sin ti; de lo contrario, dejaría de ser lo que es...”; y es a Jesús a quien María debe justamente el ser lo que es: “está de tal manera transformada en ti por la gracia, que Ella no vive ni es nada; sólo tú, Jesús mío, vives y reinas en Ella más perfectamente que en todos los ángeles y santos... Ella se halla tan íntimamente unida a ti, que sería más fácil separar la luz del sol, el calor del fuego; más aún, sería más fácil separar de ti todos los ángeles y santos que a la excelsa María, porque Ella te ama más ardientemente y te glorifica con mayor perfección que todas las demás criaturas juntas” (VD 63).

Entonces, ¿qué puede significar la oposición que algunos creen descubrir entre la devoción a María y la devoción a Jesús: “¿Te agrada quien, por temor a desagradarte, no se esfuerza por honrar a tu Madre? ¿Es la devoción a tu santísima Madre obstáculo a la tuya? ¿Se arroga Ella para sí el honor que se le tributa? ¿Forma Ella bando aparte? ¿Quién le agrada a Ella, te desagrada a ti? Consagrarse a Ella y amarla, ¿será separarse o alejarse de ti?” (VD 64) Y Montfort subraya que la verdadera devoción a María hace que se participe en la actitud que tuvo Jesús mismo para con su Madre: dame “participar en los sentimientos de gratitud, estima, respeto y amor que tienes para con tu santísima Madre, a fin de que pueda amarte y glorificarte tanto más perfectamente cuanto más te imite y siga de cerca” (VD 65).

Como conclusión de esta primera verdad fundamental, nuestro santo dirige a Jesús una oración, que él atribuye a San Agustín[10]: “Para alcanzar de tu misericordia una verdadera devoción hacia tu santísima Madre y difundir esta devoción por toda la tierra, concédeme amarte ardientemente, y aceptar para ello la súplica inflamada que te dirijo con San Agustín y tus verdaderos amigos” (VD 67). Esta oración que Montfort cita en latín[11] subraya una vez más la dimensión esencialmente cristológica de su espiritualidad.

La segunda verdad fundamental, que vale para toda verdadera devoción mariana, tendrá su plena explicación con “la práctica perfecta” de la verdadera devoción según Montfort: “Somos de Jesús y de María en calidad de esclavos”.

Nuestra dependencia tiene sus raíces en el bautismo. Montfort no ignora que también ella viene de la creación, pero lo que aquí le interesa es nuestra vida cristiana, cuyo origen es el bautismo: “De lo que Jesucristo es para nosotros, debemos concluir, con el Apóstol (cf. 1 Co 6, 19; 12, 27), que ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que somos totalmente suyos, como sus miembros y esclavos, comprados con el precio de toda su sangre. Antes del bautismo pertenecíamos al demonio como esclavos suyos. El bautismo nos ha convertido en verdaderos esclavos de Jesucristo, que no debemos ya vivir, trabajar ni morir sino a fin de fructificar para este Dios-Hombre, glorificarlo en nuestro cuerpo y hacerlo reinar en nuestra alma, porque somos su conquista, su pueblo adquirido y su propia herencia” (VD 68; cf. Rm 7, 4; 1P 2, 9).

Nuestra pertenencia a Jesucristo y nuestra dependencia con relación a él, Montfort las compara con la esclavitud. Esta palabra puede chocar y especialmente a nuestra sensibilidad moderna. Sin embargo ¿no tiene razón Montfort en emplearla? Para decidirlo, primero hay que examinar porqué y en qué sentido lo emplea.

Lo que quiere poner en evidencia es el hecho de una “radical” pertenencia. En esta circunstancia e incluyendo la utilización de las palabras esclavo, esclavitud, es heredero de una tradición espiritual bien establecida.[12] Para declarar esta radicalidad, en este preciso punto y sólo en esto, no duda en comparar la situación objetiva de dependencia del cristiano con relación a Cristo con la del esclavo obligado en sentido estricto con relación a su amo (cf. VD 69, 71). Pero comparación no es razón, y Montfort lo sabe bien puesto que introduce entre las dos situaciones una diferencia, también ella radical, que transforma enteramente el sentido de las palabras: se trata de una esclavitud de amor, que no sólo respeta la libertad de los hijos de Dios, sino que permite llevarla hasta su grado más supremo; este será uno de los motivos que Montfort antepondrá para incitar a comprometerse en la consagración total de sí mismo a Jesucristo por las manos de María (cf. VD 169-170).

“Lo que digo en términos absolutos de Jesucristo, lo digo, proporcionalmente, de la Santísima Virgen. Habiéndola escogido Jesucristo por compañera inseparable de su vida, muerte, gloria y poder en el cielo y en la tierra, le otorgó gratuitamente –respecto a su Majestad– todos los derechos y privilegios que Él posee por naturaleza” (VD 74). Una vez más, Montfort tiene buen cuidado en poner a María en el mismo nivel que Jesús, de quien es toda “relativa”, a quien ella guía: “La Santísima Virgen es el medio del cual se sirvió el Señor para venir a nosotros. Es también el medio del cual debemos servirnos para ir a Él. Pues María no es como las demás criaturas, que, si nos apegamos a ellas, pueden separarnos de Dios en lugar de acercarnos a Él. La tendencia más fuerte de María es la de unirnos a Jesucristo, su Hijo, y la más viva tendencia del Hijo es que vayamos a Él por medio de su santísima Madre” (VD 75).

Cuanto más se acepte el poder maternal de María, más será uno conducido por ella a Jesús. Y como en ella no existe ningún egoísmo, ningún apego a ella misma, no existe ningún riesgo de que María sea un obstáculo en la unión con Cristo[13] (cf. también VD 164), puede uno entregarse totalmente a ella para pertenecer a Cristo. Esto legitima para Montfort el hecho de que podamos “llamarnos y hacernos esclavos de amor de la Santísima Virgen, a fin de serlo más perfectamente de Jesucristo” (VD 75).[14]

La tercera verdad fundamental: “debemos vaciarnos de lo malo que hay en nosotros” (cf. VD 78-81), no hace sino expresar una realidad inabarcable de la vida espiritual. Esto nos da ocasión de hablar de lo que algunos llaman el pesimismo de Montfort como consecuencia de una visión demasiado negativa de la naturaleza humana. Con relación a esto hay que hacer varias observaciones. En primer lugar, Montfort está inmerso en un determinado clima espiritual, el de su tiempo, y es en parte tributario de él, especialmente de una corriente llamada agustiniana, que insiste mucho en la miseria del hombre pecador.

A continuación, no pretender dar un curso de teología, sino hacer comprender al pueblo de Dios lo que le es necesario para vivir. ¿Su lenguaje enriquecido con imágenes, sencillo y directo, realista,[15] es más chocante que las representaciones de los pecados capitales y de los vicios del hombre esculpidos en tantas de nuestras catedrales e iglesias antiguas? ¿No iba aún más lejos San Juan Crisóstomo que Montfort?[16] Y ¿cómo puede sentirse la necesidad de conversión si no se toma conciencia de la propia debilidad y de la miseria de ser pecador y al mismo tiempo de la impotencia de sentirse solo?

En fin, retener solamente los textos en los que Montfort habla de la miseria de los pecadores, que somos nosotros, no permite hacerse una idea justa de lo que piensa él del hombre. Dios le ha creado bueno y bello (cf. ASE 35-38), y si el pecado le ha sumergido en la desgracia de la que él solo no puede salir (cf. ASE 39-40), sigue siendo amado por Dios, como da testimonio toda la historia de la salvación, que encuentra en la Encarnación redentora su cumbre (cf. ASE 41-51; 64-73; 90-132; 154-166) y su signo por excelencia en la Cruz (cf. ASE 167-180).

Por ello, en su vida personal y en su enseñanza, lejos de aparecer como pesimista desanimado, Montfort invita al optimismo de la fe. Se adhiere plenamente a la palabra de Jesús: “Sin mí, no podéis hacer nada” (Jn. 15, 5), cree plenamente “que nada es imposible a Dios” y que la fe permite “emprender, sin titubear, grandes empresas por Dios y por la salvación de las almas” (VD 214). Cosa que él no dejó de hacer y que nos invita a hacer con insistencia. Su visión del hombre es en definitiva realista y positiva puesto que la saca de la Palabra de Dios y de su experiencia personal de santo místico y de pastor. Si fuera necesario aportar otra prueba suplementaria, recordemos que las poblaciones del Oeste de Francia no le hubieran dicho espontáneamente “el buen Padre de Montfort”, ya que tanto veían en él a alguien que les comprendía y les quería.[17]

Y he aquí la cuarta verdad fundamental, que los editores de las Obras Completas presentan con el título. “Necesitamos un mediador ante el mismo Mediador” (cf. VD 83-86). En realidad, la perspectiva de Montfort es más amplia: se trata de la necesidad que tenemos de mediadores ante Dios (sobreentendido, porque él lo quiso así). Y estos mediadores, Él nos los dio: “Nos proveyó de poderosos mediadores ante su grandeza. Por tanto, despreocuparte de tales mediadores... es faltar a la humildad y al respeto debido a un Dios tan excelso y santo” En otras palabras, no es respetar su voluntad (VD 83).

El primero de estos mediadores, es el mismo Jesús, y Montfort nos ha dicho con fuerza hasta qué punto nos es necesario (cf. VD 61). “Jesucristo es nuestro abogado y mediador de redención” (VD 84), “... pero ¿no necesitamos, acaso, un mediador ante el mismo Mediador?” (VD 85). Apoyándose en San Bernardo, responde afirmativamente, y presenta aquí la mediación de María como una mediación de intercesión:[18] “Para llegar a Jesucristo hay que ir a María, nuestra mediadora de intercesión. Para llegar hasta el Padre hay que ir al Hijo, que es nuestro Mediador de redención” (VD 886). Notemos una vez más que nuestro santo se guarda bien de poner a María al nivel de Jesús.

El lenguaje de Montfort y su manera de presentar la mediación de María están marcados por su época, cosa que no se le puede reprochar. Pero hoy tenemos la posibilidad de mejorar la presentación. El esquema de Montfort procede por etapas, tanto en orden ascendente (Nosotros – María – Cristo – el Padre) como en el descendente (el Padre – Cristo – María – Nosotros). Esto tiene su valor a no ser que se materialice este orden. Puesto que, en realidad, la mediación de María no es preliminar, ni mucho menos independiente de la de Cristo: está totalmente integrada en ella. Montfort lo sabe bien: lo dice a su manera cuando habla de la unión de María con Jesús, unión que la hace ser lo que Ella es (cf. VD 63) y le permite cumplir su misión para con nosotros (misión que el Papa Juan Pablo II describe como una “mediación materna” (cf. RM 38-46). Si se sabe ir al corazón de la enseñanza de Montfort, no se podrá ver una oposición, sino, al contrario, una profunda concordancia con la del Concilio Vaticano II: “Pues todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres... dimana de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Y, lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta” (LG 60).

Tampoco hay que creer que Montfort pondría una oposición simplista entre la grandeza de Jesús, incluso el temor que él pudiera inspirar, y la proximidad y la dulzura de María (cf. VD 85). Basta con pensar en los muchísimos pasajes en los que habla de la dulzura de Jesús, con frecuencia en relación con la dulzura de María; se cuentan casi unas cincuenta ocasiones en ASE, v.g. 118: la Sabiduría encarnada “nació de la más dulce, tierna y hermosa de todas las madres... Jesús es el hijo de María, y por ello no puede haber en Él arrogancia, ni severidad, ni fealdad. Infinitamente menos aún que en su Madre, por cuanto es la Sabiduría eterna, la dulzura y la belleza personificadas”.[19]

Montfort sabe bien, que objetivamente, nada hay en Jesús que justifique una actitud de temor hacia Él (cf. ASE 70). Pero con lo que conoce de las reacciones humanas imperfectas y su experiencia de pastor, también sabe que el recurrir a María puede ayudar mucho a superar su inquietud y su miedo, particularmente, a los que se reconocen pecadores. Dios nos toma tal como somos y tiene en cuenta nuestras debilidades. Si nos dio a María es porque tenemos necesidad de ella, hasta para conducirnos a la plena confianza en Él (cf. VD 215-216).

La quinta verdad fundamental: “Nos es muy difícil conservar las gracias y los tesoros recibidos de Dios”, que debe llevarnos a dejárselo todo a María para asegurar nuestra perseverancia, no plantea especial dificultad.

b) Las verdaderas y las falsas devociones a María (cf. VD 91-110)

Aquí tenemos un trozo de antología que no ha perdido nada de su actualidad, Montfort manifiesta una perspicacia psicológica y un equilibrio notable.

Después de haber fustigado con vigor “1º los devotos críticos; 2º los devotos escrupulosos; 3º los devotos exteriores; 4º los devotos presuntuosos; 5º los devotos inconstantes; 6º los devotos hipócritas; 7º los devotos interesados” (VD 92), nuestro santo se dedica a describir las cualidades de la verdadera devoción: “Después de haber desenmascarado y reprobado las falsas devociones a la Santísima Virgen, conviene presentar en pocas palabras la verdadera. Esta es: 1º interior; 2º tierna; 3º santa; 4º constante; 5º desinteresada” (VD 105). Montfort nos da los criterios permanentes que permiten discernir las desviaciones posibles y promover una piedad mariana auténtica, capaz de “formar un verdadero devoto de María y auténtico discípulo de Jesucristo” (VD 111). Sigue una enumeración (no exhaustiva) de prácticas interiores y exteriores de devoción a María (cf 115-117).

Montfort al fin está preparado para exponer con detalle lo que él llama “la práctica perfecta de la verdadera devoción”, para revelar el “secreto” que personalmente él ha descubierto, a saber el camino “fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Nuestro Señor, en la cual consiste la perfección cristiana” (VD 152).

 

 

III. LA PRÁCTICA PERFECTA DE LA VERDADERA DEVOCIÓN:

UNA CONSAGRACIÓN TOTAL DE SÍ MISMO A JESÚS POR LAS MANOS DE MARÍA

 

Esta práctica perfecta de la verdadera devoción se puede considerar como una de las joyas de la enseñanza de Montfort; es, sin lugar a dudas, por la que más se le ha conocido y por la que tiene una proyección espiritual. La trata explícitamente en tres de sus principales obras: El Amor de la Sabiduría eterna (capítulo XVII, con el texto de la Consagración, al final), El Secreto de María, y el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen; a lo que añade el cántico El devoto esclavo de Jesús en María (C 77).

Conjugando los distintos elementos que se encuentran en el Secreto de María y en el Tratado de la verdadera devoción, se puede definir así lo que constituye la práctica perfecta según Montfort; un acto de donación total, absoluto, de sí mismo a Cristo por María (la consagración), que inaugura (o renueva) un estado de dependencia activa y permanente con relación a la Virgen para mejor depender de Cristo en su vida cotidiana. Esta práctica “consiste en consagrarte totalmente, en calidad de esclavo, a María y por Ella a Jesucristo. Te comprometes, por tanto, a hacerlo todo con María, en María, por María y para María” (SM 28, cf. también 43).

 

1. El acto de consagración

 

El acto de consagración es una donación total, absoluta, en sí irrevocable, tal es el pensamiento de Montfort: “Consiste, pues, esta devoción en una entrega total a la Santísima Virgen, para pertenecer por medio de ella, totalmente a Jesucristo. Hay que entregarle: 1º el cuerpo con todos sus sentidos y miembros; 2º el alma con todas sus facultades; 3º los bienes exteriores –llamados de fortuna- presentes y futuros; 4º los bienes interiores y espirituales, o sea, los méritos, virtudes y buenas obras pasadas, presentes y futuras. En dos palabras: cuanto tenemos, o podamos tener en el futuro, en el orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria, sin reserva alguna –ni de un céntimo, ni de un cabello, ni de la menor obra buena- y esto por toda la eternidad, y sin esperar por nuestra ofrenda y servicio más recompensa que el honor de pertenecer a Jesucristo por María y en María, aunque esta amable Señora no fuera –como siempre lo es- la más generosa y agradecida de las criaturas” (VD 121).

Con la precisión de un jurista, Montfort hace el inventario minucioso de todo lo que podríamos considerar un haber personal, para con el pasado, el presente y el futuro. Y nos dice que tenemos que desposeernos, para entregar todo, absolutamente todo, en manos de María para ser totalmente de Jesucristo por Ella. El texto es notablemente claro; al mismo tiempo es difícil por su exigencia radical. Esta consagración es perfecta por las dos razones que da Montfort: va hasta el límite posible en el don de sí mismo y se hace por el perfecto medio que es María.

 

2. La práctica interior

 

“Obrar siempre por María, con María, en María y para María, a fin de obrar más perfectamente por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo y para Jesucristo” (VD 257).

Más allá de las diferencias de vocabulario y de orden entre las fórmulas que se pueden encontrar en el Secreto de María y el Tratado de la verdadera devoción,[20] he aquí lo esencial de lo que Montfort nos dice (cf. VD 257-265).

a) Hay que realizar las propias acciones por María: se trata de conformarse y dejarse conformar por ella en el espíritu que la anima, que no es otro que el Espíritu Santo de Dios, fuente y principio de toda vida en Cristo. Hay dos aspectos complementarios en este proceso: vaciarse de sí mismo, para dejarse invadir y conducir por el espíritu de María. Montfort añade que es necesario repetir con la mayor frecuencia posible, “durante la acción y después de ella... el mismo acto de ofrecimiento y unión” (VD 259).

b) Hay que realizar las propias acciones con María: par empezar se pone el acento en nuestra actividad, en el esfuerzo que tenemos que hacer para imitar a María “según tus limitadas capacidades” (VD 260). Esto supone que la miremos. Pero, sea cual fuere el valor de esta actitud de imitación, Montfort sabe bien que ella sola no basta. Por eso nos remite a la comparación del “molde”, que él explicó en VD 219-221: María es el molde en el que hay que arrojarse y perderse para convertirse en el “retrato perfecto” de Jesucristo. Encontraremos, pues, el mismo ritmo: un esfuerzo real por nuestra parte que consiste en ponernos en disponibilidad para que la acción de María pueda desempeñarse plenamente (VD 221).

c) El en María es más bien un resultado al que se puede llegar, un fruto que se puede obtener “por su fidelidad... como una inmensa gracia” por la puesta en práctica del por y del con María. Vivir en María, ¿no es experimentar, en la fe, de manera más o menos intensa y más o menos continua, la presencia amante de María? Por lo menos es lo que podemos concluir de la experiencia de Montfort, tal como él nos la entregó.[21]

d) Por fin, el para María (VD 265) muestra que, en el acto de consagración, existe un don real de sí a María, un don que debe llevar a tomar partido por ella, a “emprender y hacer grandes cosas por esta augusta Soberana”, entendiendo bien que no se la debe tomar “por el fin último de tus servicios –que es únicamente Jesucristo– sino como el fin próximo, ambiente misterioso y camino fácil para llegar a Él” (VD 265).

Esta “práctica interior” permite realizar día a día el don y el abandono de sí mismo a Jesús por María proclamado en el acto de consagración. Es decir que ella es al menos tan importante como él. Pero ¿es legítimo hacer semejante don de sí? Y, admitiendo que lo fuera, ¿es razonable?

 

A - Compromiso legítimo

 

Hay que reconocer que una consagración tan radical de sí mismo, en el sentido más fuerte de la palabra, es de hecho un acto de latría; no puede pues hacerse más que a Dios, a quien debemos todo, todo lo que somos y todo lo que tenemos. Además, solo Dios, que es el Absoluto, es capaz de respetar plenamente nuestra libertad: es él quien la suscita y la lleva a su cumplimiento en este acto de abandono de nosotros mismos. Para con una pura criatura, aunque fuese la más perfecta, sería idolatría y alienación degradante de sí mismo.

Entonces, ¿cómo puede ser legítima la consagración de sí mismo propuesta por Montfort? Lo es porque tiene como término a Jesucristo, que es Dios: “Esta devoción nos consagra, al mismo tiempo, a la Santísima Virgen y a Jesucristo. A la Santísima Virgen, como al medio perfecto escogido por Jesucristo para unirse a nosotros, y a nosotros con Él. A Nuestro Señor, como a nuestra meta final, a quien debemos todo lo que somos, ya que es nuestro Dios y Redentor” (VD 125).

Aquí hay que considerar todas las palabras de Montfort: “nos consagra al mismo tiempo”. Se podría decir aquí: en el mismo movimiento, para expresar el dinamismo del acto de consagración y su unidad. Se comprende así que todo lo que se entrega a Cristo pasa por María, y que todo lo que se le da a Cristo también se le da a María. Sin embargo, no hay ninguna confusión entre la adoración debida a Jesús y el culto de hiperdulía dado a María en el único acto de la consagración monfortiana. El movimiento que conduce al fin pasando por el medio es uno,[22] pero la relación, especificada por su palabra no tiene la misma naturaleza cuando se la considera como vinculando al fin último (Jesús) y cuando se la mira con relación al medio,[23] o “al fin próximo” (VD 265), que es María. El don de sí mismo tiene la misma extensión (todo lo que le ocurre a Jesús pasa por María), pero no es de la misma naturaleza. Comprendida así, la consagración monfortiana es totalmente legítima y, según el Padre de Finance, s.j.: “Se puede decir que aquí la idea de consagración ha alcanzado su perfecta expresión”.[24] El Padre de Finance aprueba así la afirmación de Montfort. Éste para probarla argumenta así: “La plenitud de nuestra perfección consiste en ser conformes, vivir unidos y consagrados a Jesucristo. Por consiguiente, la más perfecta de todas las devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, une y consagra más perfectamente a Jesucristo. Ahora bien, María es la criatura más conforme a Jesucristo. Por consiguiente, la devoción que mejor nos consagra y conforma a Nuestro Señor es la devoción a su Santísima Madre. Y cuanto más te consagres a María, tanto más te unirás a Jesucristo. La perfecta consagración a Jesucristo es, por lo mismo, una perfecta y total consagración de sí mismo a la Santísima Virgen. Esta es la devoción que yo enseño, y que consiste –en otras palabras- en una perfecta renovación de los votos y promesas bautismales” (VD 120).

El argumento mayor no se presta a discusión; no hace más que retomar la primera verdad fundamental (cf. VD 61-62). El menor también se apoya en unas cuantas verdades fundamentales que Montfort ha dejado fijadas con anterioridad: la perfección espiritual de María, que, haciéndola totalmente conforme a Jesucristo, hace que en nada puede ella ser un obstáculo en nuestra unión inmediata con él, y la necesidad de María para nosotros, es decir, la necesidad que nosotros tenemos de ella. En estas condiciones, la conclusión es evidente.

Montfort añade aquí otro elemento: la perfecta consagración de sí mismo a Jesucristo por María es “una perfecta renovación de las promesas del santo bautismo”.[25] Esta equivalencia es muy importante: muestra que se trata sencillamente de sumergirse, totalmente y por María, en lo más profundo de la vida cristiana. No se trata de una devoción particular a la Virgen, basada en uno u otro de sus privilegios (la Inmaculada Concepción, la Asunción), en tal aspecto de su vida (N.S. de los Dolores), o en una u otra de sus virtudes. Montfort va de golpe a lo más profundo y a lo esencial: el título dado al capítulo 8 de Lumen Gentium, “María en el misterio de Cristo y de la Iglesia” conviene globalmente para decir cómo ve y sitúa Montfort a María.[26]

 

B - Compromiso razonable

 

Si verdaderamente se ha tomado conciencia del radicalismo y de la exigencia de la consagración monfortiana, puede uno preguntarse quién es capaz de hacerla. ¿Es razonable hacer semejante profesión de pertenencia y de dependencia, cuando se sabe que no corresponde exactamente con la realidad y que no se va a tardar en retomar un poco con una mano lo que se ha dado con la otra? Montfort ¿se dirigiría solamente a una pequeña elite de privilegiados? La objeción merece que nos detengamos en ella.

En primer lugar, hay que recordar que la vida espiritual es un movimiento, un dinamismo, una marcha hacia un ideal que es necesario conocer y querer intensamente. Si, para hacer profesión, el postulante a la vida religiosa tuviera que haber alcanzado ya la perfección a la que aspira, ¿quién podría ser admitido? Lo que se puede y debe exigir de un novicio antes de admitirle para hacer sus votos, es: el deseo de tender a la perfección evangélica, la voluntad de poner para ello en práctica los medios específicos a los que se compromete y la capacidad humana y espiritual de asumir concretamente las obligaciones que contrae, esto se prepara y se verifica durante el noviciado.

Lo mismo ocurre con la consagración monfortiana. El ideal es el de la perfección evangélica, que Dios mismo nos propone y a la que nos llama a todos: “Alma, tú que eres imagen viviente de Dios y has sido rescatada con la sangre preciosa de Jesucristo, Dios quiere que te hagas santa como Él en esta vida y que participes en su gloria por la eternidad. Tu verdadera vocación consiste en adquirir la santidad de Dios. A ello debes orientar todos tus pensamientos, palabras y acciones, tus sufrimientos y las aspiraciones todas de tu vida. De lo contrario, resistes a Dios, dejando de hacer aquello para lo cual te ha creado y te sigue conservando” (SM 3).

Es inútil presentar a alguien el camino montfortiano si no tiene un verdadero deseo de responder a la llamada a la santidad que Dios mismo le hace. En efecto, es el deseo[27] el que nos permite comprometernos para intentar alcanzar este ideal. Hay que tener conciencia de que aún estamos lejos, y, a veces, hasta muy lejos; de que no podemos dar más de lo que somos capaces de despojarnos, y la experiencia cotidiana nos recuerda los límites de nuestra libertad interior. También hay que tener conciencia de que no podemos alcanzar este ideal por nosotros mismos y que, sólo Dios, para quien nada es imposible, puede conducirnos.[28] Estando estas condiciones suficientemente realizadas, es posible pronunciar, sin hipocresía, las palabras de la consagración monfortiana. Ésta se convierte, entonces, (como la consagración religiosa) en un acto de fe, de esperanza, de amor y de humildad.

Quien quiera hacer su consagración también debe tener la voluntad de emplear los medios específicos propuestos por Montfort para tender hacia el fin (la unión íntima con Jesús), comenzando por la “práctica interior”. Como en la profesión religiosa, es necesaria una preparación. Montfort propone una especie de noviciado de treinta y tres días (cf. VD 227-231): “Dedicarán doce días, por lo menos, en vaciarse del espíritu del mundo, contrario al de Jesucristo, y tres semanas en llenarse de Jesucristo por medio de la Santísima Virgen” (VD 227).

Se expresa así la seriedad que hay que dar a la presentación y a la preparación de la vía monfortiana, sin exagerar ni minimizar las consecuencias. Cada uno avanzará a su ritmo e irá más o menos lejos, según su gracia y su fidelidad: “Dado que lo esencial de esta devoción consiste en el interior que ella debe formar, no será igualmente comprendida por todos; algunos se detendrán en lo que tiene de exterior, sin pasar de ahí: será el mayor número; otros, en número reducido, penetrarán en lo interior de la misma, pero se quedarán en el primer grado. ¿Quién subirá al segundo? ¿Quién llegará hasta el tercero? ¿Quién, finalmente, permanecerá en él habitualmente? Sólo aquel a quien el Espíritu Santo de Jesucristo revele este secreto y lo conduzca por sí mismo para hacerlo avanzar de virtud en virtud, de gracia en gracia, de luz en luz, hasta transformarlo en Jesucristo y llevarlo a la plenitud de su madurez sobre la tierra y perfección de su gracia en el cielo” (VD 119).

Pero de antemano ¿quién puede fijar su propio recorrido espiritual? Y, a fortiori, ¿el de los demás? Cuando Montfort, en VD 257, parece reservar las prácticas interiores (por, con, en, para) a “quienes el Espíritu Santo llama a una elevada perfección”, sin duda, piensa en los que llegarán muy lejos. Sabe bien, que de todos modos, avanzar un grado vale más que quedarse en el mismo sitio. Y la experiencia pastoral demuestra que, lejos de reservarse para una elite de privilegiados, esta vía espiritual puede presentarse a todos los cristianos de buena voluntad que realizan de manera suficiente las condiciones de las que hemos hablado.[29]

Queda que cada uno vea si puede o si quiere comprometerse en ella. Puesto que, si con Montfort se puede hablar de la necesidad objetiva de una “verdadera devoción” a María, que se impone a todos los que han tomado conciencia de ella y de la misión que Dios dio a María en su designio de salvación, no se puede hablar de la misma manera de necesidad de la “práctica perfecta”. Aquí también encontramos una analogía con la consagración religiosa: la llamada a la santidad se dirige a todos, el modo particular de tender a ella gracias a los medios de la vida religiosa no será obligatorio para todos. Sólo lo será para aquellos que de hecho son llamados a ella. Lo mismo ocurre con relación a la vía monfortiana.[30]

Hay que observar que si esta vía es exigente –como todas aquellas que quieren llevar a la perfección evangélica- es sencilla y, gracias a María muy eficaz. Cuando se la observa de cerca se da uno cuenta que quien se compromete con ella no contrae, como obligación suplementaria con relación a su deber de estado, más que la de intentar vivir la práctica interior. La devoción especial al misterio de la Encarnación (cf. VD 243.248), y las oraciones del Avemaría, del Rosario, (cf. VD 249-254) y del Magnificat (cf. VD 255) recomendados por Montfort, están tan unidos al espíritu de esta espiritualidad que se admitirán sin dificultad.

Es por esto por lo que la vía mariana monfortiana puede ser seguida en cualquier estado de vida y en cualquier edad; en efecto, ella nos remite a la fuente de toda vida en Cristo: el bautismo. Es por esto por lo que directamente inspira a los institutos religiosos, o a los distintos movimientos, como la Legión de María, los Hogares de caridad; y también es por esto por lo que ha sido admitida por muchos religiosos que, sin renunciar de ninguna manera a su espiritualidad propia y sin deformarla, han podido introducir la dimensión mariana monfortiana. Es un signo evidente de su riqueza y de su proyección que sigue siendo de actualidad, que hace que sea un bien de Iglesia.[31]

Con todo el derecho Montfort puede afirmar que es “un camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Nuestro Señor, en la cual consiste la perfección cristiana” (VD 152-168). También habla por experiencia cuando nos dice que esta devoción “da una gran libertad interior” (VD 169-170); que es “un medio admirable para perseverar en la virtud y ser fiel” (VD 175-182). Del mismo modo cuando describe los efectos “maravillosos” que esta devoción produce en un alma que le es fiel: el conocimiento y el desprecio de sí mismo (cf. VD 213), la participación en la fe de María (cf. VD 214), la gracia del puro amor (cf. VD 215), una gran confianza en Dios y en María (cf. VD 216); la comunicación del alma y del espíritu de María (cf. VD 217), la transformación de las almas en María, a imagen de Jesucristo (cf. VD 218-221), por fin la mayor gloria de Jesucristo (cf. VD 222-225).

Para invitar a comprometerse en esta vía, Montfort recurre varias veces a un argumento con el que tiene gran interés: Jesús mismo, por su Encarnación, ha querido depender de María (cf. VD 18, 27, 139, 156). Esta dependencia, unida al hecho que de Jesús como hombre es el Hijo de María, hay que comprenderla bien. Actúa de lleno en lo que se refiere al parto y a la educación de Jesús. También actúa, pero de distinta manera, en lo que se refiere a la asociación de la Sierva del Señor a la misión salvadora y santificadora de su Hijo, pues Montfort sabe muy bien que en esto el Artífice es Él. Si, en cierta manera, actúa también “en el cielo”, es según el modo actual de relacionarse con Jesús. Más allá de la dependencia normal del niño para con su madre, y de la relación especial de respeto y de afecto que debe seguir existiendo entre un adulto y aquella que le trajo al mundo, no puede tratarse sino de la misión que Jesús ha querido confiar a su Madre, que implica para ella un poder de intercesión único.[32]

En este contexto, tiene razón Montfort en remitir al ejemplo de Jesús, inclusive en el acto de la consagración: “Recibe, ¡oh Virgen benignísima!, esta humilde ofrenda de mi esclavitud; en honor y unión de la sumisión que la Sabiduría eterna ha querido tener para con tu maternidad” (ASE 226). Y también remite nuestro santo al ejemplo que nos dan las tres Personas mismas de la Trinidad puesto que han querido “tener necesidad” de María (cf. VD 140).

 

 

IV. MARÍA Y EL ESPÍRITU SANTO

EN SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT

 

       Montfort da una enseñanza clásica sobre el Espíritu Santo. Le menciona la mayoría de las veces junto al Padre y al Hijo, según el orden de las procesiones en la Trinidad inmanente,[33] y, con más frecuencia como comprometido con ellos en la realización de la salvación. Y, desde este último punto de vista Montfort aporta una significativa y original luz: “Montfort ha escrito de las relaciones entre el Espíritu Santo y María páginas que nunca han sido igualadas” (Cardenal Leo Suenens, ¿Un nuevo Pentecostés?, Desclée de Brouwer, 1974, p.241).

Esta autorizada opinión nos indica el valor y la profundidad de la enseñanza de Montfort sobre María y el Espíritu Santo. Él ve su relación a la luz del misterio de la Encarnación tal como él lo comprende, es decir, como extendiendo sus consecuencias hasta nuestra regeneración sobrenatural, en la que María tiene su parte. Y, según los principios que él ha planteado, el Espíritu sigue asociándose a María para conducir hasta su último término la inmensa gestación, que comienza en la Anunciación, de la humanidad renovada en Cristo.

En este contexto hay que comprender la expresión privilegiada, y casi exclusiva, utilizada por Montfort para situar a María con relación a la tercera Persona de la Trinidad: “Esposa del Espíritu Santo”.[34] En efecto, tan pronto como Montfort da una explicación de este título, se orienta siempre hacia la maternidad espiritual, aun cuando el punto de partida es la asociación de María con el Espíritu para la Encarnación del Verbo (cf. VD 20-21). La mayoría de las veces habla sencillamente de la acción conjugada del Espíritu y de María en nosotros, por lo tanto, de la maternidad espiritual (cf. VD 25, 34, 36, 164, 213, 217, 269). Lo mismo acontece cuando el término Esposo se atribuye tres veces al Espíritu Santo en su relación con María (cf. VD 36, 152).

Los calificativos empleados por Montfort son significativos. María es:

–     la Esposa “fiel” del Espíritu Santo (SM, 15, 68; VD 4, 5, 25, 34, 36, 164, 269; SA 15; Coronilla 13, OC 637; 1º Método para rezar el Rosario, decimotercera decena, OC 486; 3º Método para decir el Rosario, Oración final, OC Fr. 406 o sea en 13 pasajes);

–     la Esposa “querida” del Espíritu Santo: VD 20, 213, 217, SA 25, CT 90,5, o sea en 5 pasajes;

–     la Esposa “indisoluble”: VD 20, 36 [2 veces], o sea en 4 pasajes;

–     la Esposa “fecunda”: VD 34, 164, o sea en 2 pasajes, con otros donde el contexto incluye esta nota: VD 29, 24, 35, 36; SA 15;

–     la Esposa “pura”: VD 34, e “inmaculada”: SA 25;

–     la Esposa “divina” del Espíritu Santo: SM 67; SA 15.

Este último calificativo, “divina”, sencillamente remite a la grandeza de María, pero los demás ponen de relieve, de diferentes maneras, ciertos aspectos característicos del carácter esponsal de la unión de María con el Espíritu Santo: el término “querida” evoca el afecto privilegiado del Espíritu Santo para una Esposa que se complace en colmar de todos sus dones, y de una manera única; “indisoluble” dice el carácter inquebrantable de la unión entre ellos; María es Esposa “fiel” que responde con una lealtad sin falta al amor del que es objeto y a todo lo que exige de ella; las palabras “pura” e “inmaculada” recuerdan el carácter virginal y totalmente espiritual de la unión; en cuanto a la idea de “fecundidad”, remite a la maternidad espiritual y universal de María.

El Espíritu Santo no trata a la Virgen como a un instrumento inerte: le concede cooperar con todo lo que ella misma ha recibido. “Dios Espíritu Santo quiere formarse elegidos en Ella y por Ella, y le dice: In electis meis mitte radices. En el pueblo glorioso echa raíces. Echa, querida Esposa mía, las raíces de todas tus virtudes en mis elegidos, para que crezcan de virtud en virtud y de gracia en gracia. Me complací tanto en ti, mientras vivías en la tierra practicando las más sublimes virtudes, que aún ahora deseo hallarte en la tierra sin que dejes de estar en el cielo. Reprodúcete para ello en mis elegidos. Tenga yo el placer de ver en ellos las raíces de tu fe invencible, de tu humildad profunda, de tu mortificación universal, de tu oración sublime, de tu caridad ardiente, de tu esperanza firme y de todas tus virtudes. Tú eres, como siempre, mi Esposa fiel, pura y fecunda. Tu fe me procure fieles; tu pureza me dé vírgenes; tu fecundidad, elegidos y templos” (VD 34).

Sin embargo, algunos son muy reticentes para utilizar la expresión “Esposa del Espíritu Santo”, mientras que otros pura y simplemente la rechazan. ¿Cuáles son sus objeciones?, y ¿es posible responderlas?

a) Hablar de María como Esposa ¿no es permitir pensar que el Espíritu Santo podría ser el “Padre” de Jesús? Montfort, en todo caso, excluye formalmente esta idea: “No tiene otro padre / Que el Padre eterno, / Y María es su madre / En cuanto hombre mortal. / El Espíritu Santo le ha creado sin mancha alguna” (CT 109, 6). “¡Qué gran misterio! / La sola sombra del Espíritu Santo / En ella forma a Jesucristo, / La hizo su madre, / Sin llegar a ser el padre” (CT 155, 5). Por otra parte, el contexto totalmente espiritual de la asociación Espíritu Santo/María excluye toda referencia a una acción que podría hacer del Espíritu el sustituto de un padre humano en la concepción de Jesús. Por fin, la orientación constante de la expresión en Montfort hacia la maternidad espiritual de María para con nosotros no deja lugar a esta interpretación.

b) Hacer de María, “la Esposa del Espíritu Santo” para la maternidad espiritual, ¿no es hacerle ocupar el lugar del Espíritu Santo? Si, por el contrario, se comprende bien lo que nos dice Montfort, descubrimos que se pone de relieve, con mucha fuerza, el lugar y la acción del Espíritu Santo en la vida espiritual.

c) La expresión no es bíblica. Es verdad, no lo es directamente. Pero tampoco encontramos los términos santuario o templo atribuidos explícitamente a María en la Biblia. Sin embargo, es verdad que, en relación con esas dos expresiones, hay apoyos y un contexto, especialmente en los evangelios de la infancia, que invitan a atribuir estas expresiones a la Virgen. No es el caso, se dice, para “Esposa del Espíritu Santo”. Sin embargo, para Montfort, este término expresa la plena realidad, en el orden espiritual, de su maternidad para con nosotros, en plena consonancia con lo que la Revelación, la sana Tradición y la enseñanza del Magisterio, nos invitan a reconocer. Si, sin perder nada de la riqueza de esta enseñanza, de la que Montfort y con él otros muchos, han hecho la experiencia, se puede decir con otras palabras, que se empleen. Por mi parte, debo decir que no las encuentro. Y, santuario y templo, que, ciertamente, remiten a realidades muy importantes, no bastan para evocar de igual manera la maternidad espiritual de María.

 

 

V. MONTFORT VE TODOS LOS ASPECTOS IMPORTANTES

A LA LUZ DEL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN Y DE LA PRESENCIA DE MARÍA

 

1. La Trinidad

 

Su doctrina sobre la Trinidad es, en sí misma, sencillamente la de la Iglesia (cf. Cántico 109). Se puede observar su insistencia sobre el amor, que lo ve, sobre todo, a partir de la revelación de este amor en la Encarnación (cf. P. Gaffney, Trinidad, DEM, 11184-1187). Desarrolla más la presentación de la Trinidad “económica”, es decir en la obra de la creación y, particularmente, en la salvación del hombre.

 

2. La Cruz

 

La teología mística de nuestro santo hunde sus raíces en la contemplación del misterio de la Sabiduría que se encarna para salvar al mundo por la locura de la Cruz. Siguiendo a San Pablo (1 Cor) y a San Juan, ve en la Cruz el Signo por excelencia de lo insondable del Amor de Dios por los hombres, la fuente de la salvación, el instrumento de la victoria de Jesús (cf. ASE c. XIV).

Pero él va aún más allá identificando la Cruz y la Sabiduría encarnada: ésta “se ha incorporado y unido a la Cruz de tal manera, que podemos decir con toda verdad: la Sabiduría es la Cruz, y la Cruz es la Sabiduría” (ASE 180). Imposible, pues, seguir a Jesucristo y unirse a él sin unirse a la Cruz; imposible trabajar con Él en la salvación del mundo sin compartir su Cruz. Para Montfort, el Amor es el que está en el centro de la Cruz, sólo él da sentido y valor a los sufrimientos de Jesús. No puede ser de otra manera para el cristiano: “La cruz, llevada dignamente, se convierte en fuente, alimento y testimonio del amor. Enciende en los corazones el fuego del amor divino, desapegándolos de las criaturas. Mantiene y acrecienta ese amor, y así como la leña alimenta el fuego, la cruz alimenta el amor. Comprueba del modo más claro que se ama a Dios. Porque es la misma prueba de que Dios se sirvió para manifestarnos su amor. Y la que Dios nos pide para demostrarle el nuestro” (ASE 176).

Con esta luz hay que abordar los textos en los que Montfort, con su manera sencilla y concreta de misionero, invita a los discípulos de Cristo a aceptar y ofrecer los sufrimientos y las pruebas de su vida, en particular en la Carta a los amigos de la Cruz. Ciertos límites, que dependen de la mentalidad y del lenguaje de su época, no deben impedir comprender la profundidad y el equilibrio de su percepción de un aspecto esencial, ineludible, del misterio de la salvación, del cual hizo uno de los pivotes de toda su espiritualidad.

Montfort no olvida a María: está presente en el Calvario donde asiste a la muerte de su Hijo, que quiere “ofrecer con Ella un solo sacrificio” y “ser inmolado por su consentimiento” (VD 18).[35] Insiste, sobre todo, en la presencia de María a aquellos que deben llevar su cruz, y sobre la ayuda eficaz que les proporciona. Ciertamente, María no va a eximir de la cruz a sus fieles devotos (cf. VD 153; SM 22); pero nos dice Montfort, “sostengo que los servidores de María llevan estas cruces con mayor facilidad, mérito y gloria, y que lo que mil veces detendría a otros o los haría caer, a ellos no los detiene nunca, sino que los hace avanzar, porque esta bondadosa Madre, plenamente llena de gracia y unción del Espíritu Santo, endulza todas las cruces que les prepara con el azúcar de su dulzura maternal y con la unción del amor puro, de modo que ellos las comen alegremente como nueces confitadas, aunque de por sí sean muy amargas. Y creo que una persona que quiere ser devota y vivir piadosamente en Jesucristo, y, por consiguiente, padecer persecución y cargar todos los días su cruz, no llevará jamas grandes cruces, o no las llevará con alegría y hasta el fin, si no profesa una tierna devoción a la Santísima Virgen, que es la dulzura de las cruces; como tampoco podría una persona, sin gran violencia - que no sería duradera -, comer nueces verdes no confitadas con azúcar” (VD 154). Se puede decir que Montfort habla aquí por experiencia!

 

3. La Eucaristía

 

Subrayemos, sencillamente, aquí la relación que hace Montfort entre la Encarnación, María y la Eucaristía.

Esta relación está bien afirmada en el Cántico 134 (que cierra una serie de 7 cánticos para todos los días de la semana sobre el Santísimo Sacramento): “1. Jesús no puede dejar a María / Tan fuerte es el amor que los une / Por eso Instituye la Eucaristía/ Poco antes de su muerte /, Para después de su Ascensión / Ser aquí abajo su consuelo. / 2. Habiendo estado tan a gusto / Nueve meses en su seno puro / Quiso de nuevo varias veces / permanecer ahí en silencio, / y ofrecerse al Padre eterno / en su corazón como un altar”.

El interés y alcance de este texto solamente aparecen si se lee como revelándonos ciertas convicciones profundas de Montfort, que no sólo son suyas, pero que él las vivió intensamente y las enseñó con fuerza: el vínculo recíproco entre Jesús y María, que tiene sus raíces en la Encarnación, que les hace inseparables, y que se expresa en una ternura a la altura de su perfección. El ver ahí uno de los motivos que llevaron a Jesús a instituir la Eucaristía, es verdad que depende más de la intuición espiritual que de la demostración rigurosa. Y a esta intuición no le falta verosimilitud.

También es interesante observar que, según Montfort, la ofrenda de Jesús al Padre, comenzada según la Carta a los Hebreos en el primer instante de la Encarnación (Heb. 10, 5-9; cf. VD 248), se perpetúa en la Eucaristía y a la que María, ciertamente, se asoció en sus comuniones. Una vez más, es Ella el modelo perfecto.

Por lo tanto no hay que extrañarse si se encuentra al final del Tratado de la verdadera devoción una “Manera de practicar esta devoción (la práctica perfecta) en la sagrada comunión” (cf. VD 266-273). Es, en efecto, un momento privilegiado para dejarse transformar por Cristo: “Él da su carne a comer / Su propia sangre a beber, / Su alma y su ser infinito / Para cambiarnos en él” (C 132, 3). Para Montfort, María no puede menos que estar presente: “Todas las atenciones maternas que la Virgen ejerce con sus fieles servidores se concentran en el hecho que les da a comer el Pan de vida que Ella misma ha formado” (VD 208).

Este número, rico en evocaciones y en citas de la Escritura, está enteramente dedicado a este tema. No puede uno impedirse de admirar la delicadeza y la profundidad con las que Montfort subraya la presencia y la acción materna de María en la Eucaristía sin disminuir en nada la excelencia de la obra redentora de Cristo. Convencido de que la comunión sacramental comporta la presencia activa y tipológica de María, Montfort termina el Tratado exhortando a comulgar en unión con María: que sea ella quien, en nosotros y por nosotros, acoge al Verbo de Dios hecho Pan en el altar, ella quien recibe al Verbo de Dios “en su corazón y en su cuerpo”, como lo escriben los Padres. Las últimas páginas del Tratado (VD 266-273), que describen los motivos y la manera de unirse a María antes, durante y después de la comunión, tienden a demostrar claramente que la comunión hace revivir en nosotros y por nosotros el vínculo Cristo-María. Dicho de otro modo, la comunión Cristo-María vivida a nivel histórico, se reproduce a nivel sacramental en la comunión Cristo-fiel, y esto en la medida de la comunión María-fiel.

Aún teniendo en cuenta el límite debido a la ausencia del aspecto eclesial propio a la mentalidad de la época, se puede afirmar que el pensamiento de Montfort alcanza aquí, en la relación Cristo-María-fiel, una punta de excepcional transparencia teológica. Prácticamente, tal relación refleja el misterio de la oblación-comunión que une en un solo corazón a Cristo, María y el discípulo amado en la suprema hora del sacrificio redentor (cf. Jn 19, 25-27). Y es justamente en esta visión de conformidad del fiel con Cristo, en la que la Virgen expresa todo su papel, en la que Montfort ve e introduce la consagración a Jesús por las manos de María, querida expresamente en estrecha relación con la comunión sacramental: “Se confesarán y comulgarán con la intención de entregarse a Jesucristo, en calidad de esclavos de amor, por las manos de María. Y después de la comunión –que procurarán hacer según el método que expondré más tarde– recitarán la fórmula de consagración” (VD 231; cf. también SM 61, 76).[36]

 

4. La misión

 

Es imposible presentar a Luis María Grignion de Montfort sin hablar de la dimensión misionera. Esta le es esencial, y pertenece a su acción y a su enseñanza. “El espíritu de misión... un hombre lo encarna, con qué vigor al principio del siglo XVII... san Luis María Grignion de Montfort”.[37]

Con relación a la práctica de la misión popular, Montfort es el heredero de sus predecesores: “Si la fórmula monfortiana debe mucho a M. Vicente, a M. Olier, a los PP. Maunoir y Huby, a M. Leuduger, etc., ella manifiesta una originalidad indiscutible, quizás menos en el plano técnico externo que en el de la estructura interna y del estilo de vida misionera”.[38]

Lo que más caracteriza la misión monfortiana es la renovación de las promesas del bautismo “por las manos de María”. Muchos misioneros tenían la preocupación de llevar a los cristianos a una conversión haciéndoles renovar su profesión de fe bautismal. Pero, ninguna fórmula de renovación “se parece a la del Padre de Montfort, que, en su compendio, condensa toda una espiritualidad: la renuncia al mundo y a sí mismo, la donación a Cristo por las manos de María, para llevar la cruz en su seguimiento todos los días de la vida. Se reconocen aquí los pivotes espirituales del apóstol de María, de la Cruz y de la Sabiduría”.[39]

Para darse cuenta de ello basta con leer la fórmula del Contrato de Alianza que firmaban los que verdaderamente habían hecho su misión:

 

CONTRATO DE ALIANZA CON DIOS

votos o Promesas Bautismales

 

1. Creo firmemente todas las verdades del Santo Evangelio de Jesucristo.

2. Renuncio para siempre al demonio, al mundo, al pecado y a mí mismo.

3. Prometo, con la gracia de Dios, que no me faltará, guardar fielmente todos los Mandamientos de Dios y de la Iglesia, evitando el pecado mortal y sus ocasiones, entre otras, las malas compañías.

4. Me entrego totalmente a JESUCRISTO por medio de MARÍA, para llevar mi Cruz en su seguimiento todos los días de mi vida.

5. Creo que, si guardo fielmente estas promesas hasta la muerte, me salvaré eternamente; pero que, si no las guardo, me condenaré por la eternidad. En fe de lo cual firmo.

Dado frente a la Iglesia, en la parroquia de Pontchateau, el 4 de mayo de año 1709.

Montfort resume su estilo de vida misionera en la fórmula “a la apostólica”. El adjetivo apostólica es muy utilizado en el siglo XVII por los autores espirituales.[40] Al nutrirse de esta fuente, Montfort no deja de aportar su nota personal. La imitación de los Apóstoles le lleva a querer, para él y para su Compañía de misioneros, una pobreza radical, un abandono total a la Providencia, una vida y una acción comunitaria (a imagen de la tropa apostólica en torno a Jesús, que sigue siendo siempre el Maestro de la misión). Ello se explica sobre todo en las Reglas de los sacerdotes misioneros de la Compañía de María, la Oración Abrasada, y, en lo que se refiere a la pobreza, en el texto titulado A los asociados de la Compañía de María. Este ideal de vida a la apostólica le lleva a excluir para sus misioneros lo que se podría llamar las tareas de la pastoral ordinaria que implicasen una estabilidad: lo que él quiere, es la itinerancia, “para poder decir siempre con Jesucristo: pauperibus evangelizare misit me Dominus (Luc. 14, 18), o con los Apóstoles: non misit me Dominus baptizare sed evangelizare” (RM 2).

Resumamos las características principales de la misión a la Montfort. Viene de Jesús, Sabiduría eterna encarnada para la salvación del mundo; saca su autenticidad del aval de la Iglesia jerárquica, de donde la obediencia a los obispos (cf. RM 22); se dirige de modo privilegiado a los pobres (cf. RM 7); exige que los misioneros realicen su misión “a cargo de la Providencia... tal es el ejemplo dado por Jesucristo, los Apóstoles y los varones apostólicos” (RM. 50); predicarán a la apostólica, pidiendo a Dios “el don de la sabiduría, tan necesaria para un verdadero predicador para conocer, gustar y hacer gustar a las almas la verdad” (RM 11); por fin, deberán ser “verdaderos hijos de María... engendrados y concebidos por su caridad... educados por sus cuidados, sostenidos por su brazo y enriquecidos con sus gracias” (SA 11), que puede hacerlo porque está asociada con el Espíritu Santo (SA 15).

Es evidente que tal o cual de estas notas se encuentran en otros autores. Pero no se puede rechazar la originalidad de una síntesis coherente que retoma los elementos esenciales de la espiritualidad íntegra de Montfort, con referencia a la Sabiduría y al lugar reconocido a María.

 

 

CONCLUSIÓN

 

Una espiritualidad cristiana digna de este nombre integra todos los elementos esenciales de la vida en Cristo. Se le concede a algunos, bajo el impulso del Espíritu y en razón de las necesidades de la Iglesia, el poner más en evidencia uno u otro de los aspectos de la riqueza multiforme de Cristo. Es el caso de Montfort, con su visión teológica y espiritual del misterio de la Encarnación de la Sabiduría eterna y las consecuencias que saca de ello, en particular sobre el lugar en el cumplimiento, ayer y hoy del designio de amor de Dios para salvar al hombre. Para ser fiel a su bautismo, dicho de otro modo para vivir su vida de hijo de Dios bajo el influjo del Espíritu Santo, el cristiano tiene necesidad de María, y cuanto más adelantado va en la verdadera devoción hacia ella, mucho más alcanzará la unión con Cristo.

El aspecto mariano de la espiritualidad monfortiana es sin duda el más conocido, el que más ha asegurado la influencia de Montfort. Y esta influencia, cada vez mayor, demuestra su permanente valor y su actualidad. Pero este valor será tanto más fuerte cuanto más atentos estemos a los demás aspectos de la enseñanza de san Luis María Grignion de Montfort, sin los cuales ya no habría verdadera devoción a María, ni mucho menos práctica perfecta de la verdadera devoción.

En primer lugar, es absolutamente primordial, la orientación esencial cristocéntrica de esta vía espiritual, el sentido de la Sabiduría eterna y encarnada, signo por excelencia del Amor de Dios por nosotros, el lugar y el papel del Espíritu Santo, el compromiso concreto en la misión de la Iglesia enraizado en el bautismo. De hecho, la aportación original de Montfort aparece hoy como un precioso bien de Iglesia.

 

 

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[1] Volveremos sobre la naturaleza de la dependencia que Jesús quiso tener para con su Madre, que, evidentemente, no es la misma cuando se trata de la que vivió como niño que cuando es cuestión de asociar a María a su misión de Salvador.

[2] Teniendo en cuenta la importancia que Montfort da a la relación particular del Espíritu Santo y María, y de las dificultades que han surgido con relación a ciertas expresiones, comenzando por “Esposa del Espíritu Santo” lo trataremos más adelante.

[3] Montfort aplica aquí este principio a la manera como María está asociada de modo permanente a la acción divina, no es contradecir el pensamiento de Montfort el darle una mayor amplitud.

[4] Montfort se acerca aquí a una doctrina muy clásica, que el Concilio Vaticano II también propone: “El Padre de la misericordia quiso que precediera a la Encarnación la aceptación de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida. Lo cual se cumple de modo eminentísimo en la Madre de Jesús por haber dado al mundo la Vida misma que renueva todas las cosas y por haber sido adornada por Dios con los dones dignos de un oficio tan grande”. (LG 56). Para la aceptación de María, ver VD 16; para el paralelismo Eva-María, VD 53, 175, 263; y si el Concilio en el texto citado mira directamente a la Encarnación del Verbo, describe después la acción de María en términos que amplían el alcance de su consentimiento a toda la obra redentora: “Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús, y al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con Él y bajo El, con la gracia de Dios omnipotente”.

[5] La continuidad entre la maternidad divina y la maternidad espiritual de María, también arraigada en el misterio de la Encarnación, al mismo tiempo que la distinción que hay que hacer entre ellas, está bien afirmada en el Concilio Vaticano II: “Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia” (LG 61). En otras palabras, todo lo que María hace por Jesús y con Jesús tiene una repercusión sobre nosotros, y así es como comienza a ejercer su maternidad para con nosotros “en el orden de la gracia” desde la Encarnación: “concibiendo a Cristo”.

[6] Para interpretar bien la relación entre el poder materno de María sobre el Hijo único, Jesús, y el que recibe para con nosotros, es necesario recordar que para Montfort no se trata de una identificación, sino de lo que los teólogos llaman una analogía. Tendremos ocasión de volver sobre ello.

[7] En este contexto Montfort se refiere a la célebre fórmula De Maria nunquam satis (cf. VD 10). Está claro que, tomado este axioma de modo absoluto podría llevar a exageraciones, o a abusos. Pero no es este el caso de Montfort, que no se olvida nunca que María es “toda relativa a Dios” (VD 225), de quien todo viene y que hay que permanecer dentro de los límites.

[8] Ver, v.g., el número 53; después de haber recordado que María “es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor”, y que es “por eso hija predilecta del Padre y sagrario del Espíritu Santo, con el don de una gracia tan extraordinaria aventaja con creces a todas las otras criaturas, celestiales y terrenas”, el Concilio añade: “Es verdadera madre de los miembros de Cristo... Por este motivo es también proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia..., a quien la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, venera, como a madre amantísima, con afecto de piedad filial”. Se observará la fuerza de la expresión: instruida por el Espíritu Santo. En el número 62, con relación al ejercicio actual de la maternidad espiritual, leemos: “La Iglesia no duda en confesar esta función subordinada de María (a Cristo), la experimenta continuamente y la recomienda a la piedad de los fieles, para que, apoyados en esta protección maternal, se unan con mayor intimidad al Mediador y Salvador”. Montfort se encontraría aquí muy a gusto.

[9] Para Montfort, esta “unión necesaria” tiene su origen en su vocación de ser aquella en quien se realiza el misterio de la Encarnación redentora (cf. VD 16 y ss); también se expresa en la perfecta respuesta de María a esta vocación y en su asociación a la obra de salvación. Nuestro santo suscribiría con gusto esta afirmación del Vaticano II: “La Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios, juntamente con la encarnación del Verbo, por disposición de la divina Providencia, fue en la tierra la Madre excelsa del divino Redentor, compañera singularmente generosa entre todas las criaturas y humilde esclava del Señor” (LG 61)

[10] “Montfort debió tomar esta oración de una obra, sin encontrar hasta la fecha, compuesta por diferentes trozos de obras de S. Agustín o de otras obras que en otro tiempo se le atribuyeron al obispo de Hipona” (OC p. 302, nota 16)

[11] Las OC dan la traducción española p. 301-302, nota 16.

[12] Cf Th. Koehler, Esclavitud de amor, DEM, 433-437.

[13] Con la condición de que se acoja a María tal y como es, es decir tal como Dios la ha hecho. Una falsa imagen de María puede en efecto llevar a una falsa devoción hacia ella.

[14] Sin entrar, por el momento, en la explicación de fondo que da Montfort sobre lo que justifica un don total de sí mismo a María, excluyendo toda forma de mariolatría, hay que reconocer que las palabras esclavo, esclavitud, pueden hoy suponer, para algunos, una dificultad el que sean utilizadas para expresar la pertenencia a Jesús o a María. Sin embargo ¿hay que renunciar a ellas y recurrir a otro vocabulario? Las opiniones están muy divididas. Para unos, como M-Th. Poupon, o.p., “los que pretenden eliminar el término esclavo... suavizan o transforman la espiritualidad del santo poeta” (Le poème de la parfaite consécration à Marie..., Librairie du Sacré-Coeur, Lyon 1947, p. 337), esfumando la “radicalidad absoluta que quiere Montfort. Otros piensan que ante la dificultad y la reacción de rechazo que puede provocar esta palabra, es mejor evitarla y recurrir a otra terminología, más adaptada a la mentalidad moderna. Pero esto no es tan fácil, y los esfuerzos en este sentido no siempre son convincentes. De todas formas, cuando verdaderamente se quiere penetrar y explicar, en profundidad, el pensamiento de Montfort, es necesario recurrir a su texto, exponer el sentido y mostrar su conformidad con el dato evangélico.

[15] Mirar por ejemplo, en el número 79 de VD lo que se ha podido llamar el bestiario del Padre de Montfort: “Somos, por naturaleza, más soberbios que los pavos reales, más apegados a la tierra que los sapos, más viles que los machos cabríos, más envidiosos que las serpientes, más glotones que los cerdos, más coléricos que los tigres, más perezosos que las tortugas, más débiles que las cañas y más inconstantes que las veletas” (cf VD 213, 228).

[16] Hom. 4, in Math, nº 8, PG 57, 48.

[17] Cf A. Bossard, Montfort tel que l’a vu le peuple: un saint proche des hommes, in Dieu seul, p. 24-28

[18] Se puede pensar aquí en el texto del Vaticano II: “Asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna” (LG 62).

[19] Cf P. Daviau, Douceur, DEM, 388-395

[20] En el Secreto, Montfort reúne la consagración y la práctica interior para definir su vía espiritual, mientras que en el Tratado habla, en plural, como de “prácticas interiores que tienen gran eficacia santificadora para aquellos a quienes el Espíritu Santo llama a una elevada perfección” (VD 257). El orden de las fórmulas es diferente: en el Secreto, es “con María, en María, por María y para María”, mientras que en el Tratado es por, con, en y para. Además en el Secreto, Montfort explica con la palabra con lo que pone en VD con las dos palabras por y con. Esto nos muestra, sencillamente, que lo que cuenta, no es la materialidad del lenguaje sino el contenido, que en una y otra obra es el mismo.

[21] He aquí la confidencia de Montfort al canónigo Blain: “ en el encuentro que tuvimos juntos, me confesó que Dios le favorecía con una gracia muy particular, que era la presencia continua de Jesús y de María en el fondo de su alma. Yo tenía dificultad para comprender un favor tan elevado, pero no quise pedirle ninguna explicación; y puede ser que tampoco él me la hubiera podido dar, puesto que, en la vida mística, hay actuaciones de la gracia inexplicables para las mismas almas que reciben el favor” (Blain, p. 191). El cántico de Montfort El devoto esclavo de Jesús en María (OC, p. 693-695) puede leerse como testimonio sobre su vida de unión con María. En particular la estrofa 15: “De la fe, tras el tenue velo,/ en mi pecho yo la grabé / con celestiales resplandores, / ¡Dicha tanta nunca soñé!”.

[22] Podemos referirnos a la comparación del viajero que va de Orleans a Tours pasando por Amboise (cf. VD 245), que explica bien el pasar por María. Pero, como toda comparación, ésta tiene sus límites: María no es un punto al que hay que llegar en el recorrido, y después dejarle atrás, o como una escalera que habría que subir para llegar a la cima y que después sería inútil. En realidad, María forma parte del medio alimenticio, de la atmósfera espiritual que necesitamos respirar para vivir como hijos de Dios.

[23] Cuando Montfort nos dice que María es medio (tan importante es esto para él que no se cansa de repetirlo: cf. VD 50, 55, 62, 64, 75, 130, 139, 165, 245, 265; ver OC, Índice), no hay que tomar esta palabra en sentido material, sino indicando precisamente la diferencia esencial que permite situarnos correctamente con relación a Jesús y con relación a María. Montfort tiene buen cuidado de no olvidar que María es una persona.

[24] Cf. Consagración, en el Diccionario de espiritualidad, tomo 2, 1583.

[25] Cf. VD 126. “He dicho que esta devoción puede muy bien definirse como una perfecta renovación de las promesas del santo bautismo”.

[26] Para la expresión “María en el misterio de Cristo” es evidente. Cuando se trata de María en el misterio de la Iglesia, Montfort por un lado está influenciado por la eclesiología de su tiempo y de sus límites. Sin embargo, gracias a la profundidad de sus intuiciones espirituales, llega con frecuencia a ir más allá. Su visión de la Encarnación, por ejemplo, le lleva a extender sus consecuencias hasta el Cuerpo místico, por tanto a los miembros de Cristo, y en consecuencia a la Iglesia, con el papel que ahí juega María, como lo hace el Concilio Vaticano II. Si explícitamente no emplea la expresión comunión, no es difícil mostrar lo que sobresale y que invita a ir en este sentido. Sobre la espiritualidad monfortiana y la eclesiología actual, cf. B. Cortinovis, Iglesia, DEM, 652-656.

[27] Hay que subrayar la importancia que para Montfort tiene el deseo para avanzar en la vía espiritual; el deseo ardiente de la Sabiduría es, para él, el primer medio para adquirirla (cf. ASE 181-183). Y él mismo lo ha vivido de modo extraordinario. Ver, por ejemplo, sus Cartas 15 y 16, dirigidas a María Luisa Trichet, a finales de abril/primeros de mayo y el 24 de octubre de 1703, respectivamente: “No. No cesaré nunca de pedir este infinito tesoro. Y creo firmemente que lo alcanzaré... Pienso que tus plegarias son demasiado eficaces; que la bondad de Dios es demasiado tierna; que la protección de la Santísima Virgen, nuestra bondadosa Madre, es demasiado grande; las necesidades de los pobres, demasiado apremiantes; la palabra y promesa de Dios, demasiado explícitas. En efecto, aunque la posesión de la divina Sabiduría fuera imposible de lograr con los medios ordinarios de la gracia –lo que no es cierto–, resultaría posible gracias a la fuerza con que la imploramos, porque todo es posible a quien cree. Esto es una verdad inmutable” (Carta 15). Cf. también los cánticos 78, 103, y sobre todo 124: Los deseos de la Sabiduría.

[28] “Todo se reduce, pues, a encontrar un medio sencillo para alcanzar de Dios la gracia necesaria para hacernos santos. Yo te lo quiero enseñar. Y es que para encontrar la gracia hay que encontrar a María” (SM 6).

[29] Merece ser apuntada una experiencia reciente e interesante de M. Louis Sankalé (hoy obispo de Cayenne – Guayana francesa), porque se vivió en un contexto parroquial. En primer lugar, durante el año mariano 1987-1988 en la parroquia San Jorge de Marsella. Jóvenes y adultos se encontraban cada quince días para “rezar a partir de la lectura del conjunto del texto (del Secreto de María) repartida en un año... Al cabo de ese año, todos los que lo desearon, personal y libremente, pudieron hacer la consagración a Jesús por manos de María, tal como la enseña Montfort. Unas cincuenta personas, adultos y jóvenes, hombres y mujeres, sacerdotes, religiosas, religiosos, laicos hicieron esta consagración el 31 de mayo de 1988” (L. Sankalé, Con María al paso del Espíritu, el Secreto de María hoy en parroquia, Fayard 1991, p. 27-28). Una experiencia del mismo tipo y con el mismo resultado fue hecha por M. Sankalé en la parroquia Notre Dame du Mont, en Marsella, durante el mes de mayo de 1990 (cf. p. 28).

[30] Montfort mismo lo hace notar: “Ciertamente que se puede llegar a Jesucristo por otros caminos” (VD 152). Así pues si esta práctica puede llegar a ser una obligación, es para algunos en razón de la gracia personal que les empuja a ello, ya sea por la vocación a entrar en un Instituto o en un grupo que la admite como un elemento esencial de su espiritualidad propia.

[31] Con relación a esto ver: Influence, DSM, 713-742 (edición francesa).

[32] “La gracia perfecciona a la naturaleza, y la gloria a la gracia. Es cierto, por tanto, que Nuestro Señor es todavía en el cielo Hijo de María, como lo fue en la tierra, y, por consiguiente, conserva para con Ella la sumisión y obediencia del mejor de todos los hijos para con la mejor de todas las madres. No veamos, sin embargo, en esta dependencia ningún desdoro o imperfección en Jesucristo. María es infinitamente inferior a su Hijo, que es Dios. Y por ello no le manda, como haría una madre a su hijo de aquí abajo, que es inferior a ella. María, toda transformada en Dios por la gracia y la gloria –que transforma en Él a todos los santos–, no pide, quiere ni hace nada que sea contrario a la eterna e inmutable voluntad de Dios. Por tanto, cuando leemos en San Bernardo, San Buenaventura, San Bernardino y otros que en el cielo y en la tierra todo –inclusive el mismo Dios– está sometido a la Santísima Virgen, quieren decir que la autoridad que Dios le confirió es tan grande, que parece como si tuviera el mismo poder que Dios, y que sus plegarias y súplicas son tan poderosas ante Dios, que valen como mandatos ante la divina Majestad. La cual no desoye jamás las súplicas de su querida Madre, porque son siempre humildes y conformes con la voluntad divina” (VD 27).

[33] Encontramos en Montfort, en VD 20-21, algunos textos sobre el Espíritu Santo que pueden plantear alguna dificultad, no en cuanto a la teología trinitaria que recuerdan, sino en cuanto al lenguaje utilizado: “Dios Espíritu Santo, que es estéril en Dios... se hizo fecundo por María, su Esposa” (VD 20). Estas expresiones tomadas de manera absoluta y fuera de su contexto ciertamente serían criticables. Sin embargo, no es serio condenar a Montfort en cuanto a la doctrina que ellas tienen. No hace más que recordar una buena teología trinitaria: que es estéril en Dios significa sencillamente que no produce otra persona divina, cosa que es rigurosamente exacta. (La expresión parece ser de Bérulle; cf. Monseñor Philips, op. cit. p. 31-32). Y, cuando Montfort dice que “el Espíritu Santo se hizo fecundo por María”, se explica: “No quiero decir con esto que la Santísima Virgen dé al Espíritu Santo la fecundidad, como si Él no la tuviese, ya que, siendo Dios, posee la fecundidad o la capacidad de producir tanto como el Padre y el Hijo” (puesto que como ellos subsiste en la única naturaleza divina) “aunque no la reduce al acto al no producir otra persona divina. Quiero decir solamente que el Espíritu Santo, por intermedio de la Santísima Virgen –de quien ha tenido a bien servirse, aunque absolutamente no necesita de Ella– reduce al acto su propia fecundidad, produciendo en Ella y por Ella a Jesucristo y a sus miembros” (VD 21). Se ve enseguida la extensión hacia la maternidad espiritual. Sencillamente uno se puede extrañar de ver que Montfort utiliza, en un escrito que quiere dirigir a un público no especializado, expresiones como las que acabamos de señalar. Pero, él es de su tiempo, depende en parte de sus fuentes (en este caso, sin duda alguna de Bérulle). Además, hay que reconocer que él tenía la preocupación de fundamentar sólidamente sus conclusiones, y, en el caso, cómo María es la Esposa del Espíritu Santo, como vamos a verlo.

[34] Montfort conoce la expresión Santuario y Templo. Pero aplica la palabra santuario a María cuando se trata de su relación con la “divinidad”, con la Trinidad, (así en ASE 208, en VD 5 y 262). Y María es llamada una sola vez Templo del Espíritu Santo (CT 76, c 7).

[35] Montfort emplea estas expresiones en un contexto bien particular, el de la dependencia que Jesús quiso tener para con su Madre “en la concepción, nacimiento, presentación en el templo, vida oculta de treinta y tres años, hasta la muerte” (VD 18). Para Montfort no se trata de ninguna manera de invertir los papeles, como ya lo hemos señalado.

[36] Cf. C. Maggioni, Eucaristía, DEM, pp. 514-515.

[37] Cf. H. Daniel Rops, Historia de la Iglesia de Cristo, vol. V/1: La Iglesia de los tiempos clásicos. El gran siglo de las almas, A. Fayard, París 1958, p. 330.

[38] M. Quéméneur, San L.M. Grignion de Montofort, Bloud y Gay, 1961, p. 27.

[39] Ibidem, p. 32-33.

[40] Cf. R. Deville, Escuela francesa de espiritualidad, DEM, p. 456.