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EN SINTONIA CON MARIA
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p. Stefano de Fiores, s.m.m.
31 actualizaciones para vivir con María la consagración a Jesucristo
Traducción de p. Pío Suárez B., s.m.m.
Introducción: Uno de los grandes libros de la tradición cristiana Pórtico del templo: El pueblo de Dios delante de María 1. María en el hoy de la Iglesia 2. ¿Conocemos realmente a María? Primera nave: María en el plan de la salvación 3. María en el plan del amor trinitario 4. Una mujer en la historia de la salvación Segunda nave: Respuesta vital a la misión de María 5. Comportamiento verdadero con María 6. Reconocer a María en nuestra vida Nave central: Consagración a Jesucristo por medio de María 8. Jesucristo, centro de vida espiritual 9. A la fuente bautismal con María 10. Fidelidad a las promesas del bautismo 11. El don total a la Virgen glorificada 12. Camino perfecto para el encuentro con Cristo 15. Disponibles al Espíritu como María 16. Evangelio vivo a ejemplo de María 17. Vivir espiritualmente en María 18. Irradiar a María en el mundo 19. Al servicio del Señor y de los hermanos con María 20. Confianza en Dios con María 21. Encuentro con María en el yo profundo 23. Prepararse a la consagración 24. El Magníficat de nuestro tiempo Presbiterio: Con María a la mesa del Señor 25. Acoger a María entre los dones de Cristo 27. Recibir a Jesús con el corazón de María Del templo a la vida: En sintonía con María 28. El suave y comprometedor camino de María 29. Perseverancia en el Señor con María, la Virgen fiel 30. Itinerario mariano hacia la Trinidad Conclusión abierta: El acto de consagración
Al ritmo del Espíritu en la "onda" de Cristo para gloria del Padre
Hermano o hermana, imagino que no rechazarás la invitación a visitar una magnífica basílica, uno de tantos templos dedicados en el curso de los siglos cristianos a María Madre de Jesús. Tú debes contemplar, conocer y saborear las bellezas de ese templo. Y recibir el impacto de su fascinación. Permíteme solamente acompañarte en la visita a través del recorrido del pórtico a las naves, al presbiterio, al ábside... Te sugeriré de vez en cuando, con discreción, algún pensamiento, algún comentario, alguna invitación para que puedas vivir cuanto contemplas. Nuestro Verdadero guía es un Santo –pronto lo conocerás– a quien se debe la construcción de este templo en honor de la Virgen. El te conducirá paso a paso con verdadera pedagogía espiritual a través de todo el templo hasta el altar, donde se levanta la cruz de Jesucristo y se celebra su misterio pascual. Allí mismo te mostrará la imagen de María, que campea sobre el ábside, que ora por la comunidad de sus hijos y los atrae para que pronuncien definitivamente el "sí" de la fe-entrega a Cristo. Proseguirás tu camino del templo a la vida. Pero habrás logrado aprender un secreto, que se traducirá en compromiso permanente: sintonizar con la Virgen fiel, dejarte conquistar por la armonía que emana de sus ejemplos evangélicos, vivir "en la longitud de onda de María", para experimentar el amor misericordioso del Padre, crecer en la comunión con el único Salvador Jesucristo, caminar en la docilidad al Espíritu Santo. Te deseo que el descubrimiento de María florezca en un encuentro más íntimo con Cristo y en un compromiso responsable con la Iglesia y con los hermanos. No te reserves para ti este secreto de vida. Cataliza la luz que recibes, amplifica la onda sonora que vas captando, irradia el amor que Dios derrama sobre ti como sobre María y por medio de Ella. El mundo lo necesita como nunca.
P. STEFANO DE FIORES
Para la citas bíblicas y los documentos del Concilio Vaticano II, nos atenemos a las siglas corrientes. La sigla MC indica la exhortación apostólica Marialis Cultus de Pablo VI (2-2-1974).
Para los diferentes escritos de san Luis María de Montfort, se usarán las siguientes siglas: ASE: El Amor de la Sabiduría Eterna SA: Súplica Ardiente AC: Carta a los Amigos de la Cruz SAR: Secreto Admirable del Smo. Rosario SM: Secreto de María VD: Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen
UNO DE LOS GRANDES LIBROS DE LA TRADICION CRISTIANA
Un escrito extraordinario ¿Cuál es el "libro predilecto del Santo Padre", del cual –aseguran los obispos polacos– él "no se separa hace años"? Ciertamente debe ser un libro importante y célebre, si a él ha acudido con particular frecuencia Juan Pablo II. Por lo demás, otros Papas lo habían recomendado calurosamente como "admirablemente escrito" (s. Pío X), "de suavísima unción y solidísima doctrina" (Benedictino XV). Digamos de una vez que se trata de un libro extraordinario en cuanto a su origen, en cuanto a su historia, en cuanto a su éxito. Su autor, un santo misionero francés, que vivió en el siglo XVII, ha afirmado que ese pequeño libro surgió por inspiración divina: el Espíritu Santo se sirvió de él para escribirlo (VD 114). Hizo también una profecía que se realizó punto por punto. Este es el texto del santo: «Preveo con nitidez que muchas bestias rugientes vendrán furiosas a destrozar con sus diabólicos dientes este humilde escrito y a aquel de quien el Espíritu Santo se ha servido para redactarlo, o tratar al menos de sepultar estas líneas en las tinieblas o en el silencio de un cofre, a fin de que no sea publicado. Atacarán, incluso, y perseguirán a quienes lo lean y pongan en práctica. Pero, ¡qué importa! ¡Tanto mejor! Esta perspectiva me anima y hace esperar un gran éxito, es decir, la formación de un escuadrón de aguerridos y valientes soldados de Jesús y de María, de uno y otro sexo, que combatirán al mundo, al demonio y a la naturaleza corrompida, en los tiempos peligrosos como nunca, que van a llegar» (VD 114). En realidad, escrito en 1712, el libro permaneció escondido hasta 1842: 130 años sepultado en un cofre enterrado en un campo a fin de escapar de la furia devastadora de la revolución francesa. Cuando pasó la tormenta, el manuscrito fue olvidado en el estante de una biblioteca hasta que un misionero lo descubrió y reconoció como obra del Santo. Ese día, el superior de los misioneros exclamó: «¡Hemos encontrado un tesoro!» Era el 22 de abril de 1842. Ese día comenzó el camino triunfal del librito perseguido. Fue impreso en todo el mundo hasta alcanzar hoy más de 300 ediciones en 30 lenguas. ¡Un verdadero bets-seller! En Rumania y en otros países del Este se difunde en edición manuscrita a precio de grandes sacrificios. Y hasta los invidentes pueden leerlo trascrito en Braille. Muchos de Uds. esperan ahora conocer el título de ese libro tan célebre. Pues bien, no sabemos cuál sería en el pensamiento de su autor, porque el manuscrito llegó hasta nosotros carente de las primeras y de las últimas páginas, desgarradas por los dientes de las bestias rugientes que intentaron devorarlo. El primer editor le dio el título que acabó por imponerse: "Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen" de san Luis María Grignion de Montfort. Saboreemos su contenido atrayente y comprometedor al mismo tiempo.
Un libro de espiritualidad popular Escribía Mons. Franzi, que fue presidente de la Unión Mariana Nacional Italiana: «Me tiembla la mano al trazar estas líneas como prefacio al Tratado de la Verdadera Devoción. No soy digno de ello. Este es un libro precioso: escrito por un Santo, meditado por los Santos, cuya misión es formar Santos, es decir, que quiere llevar las almas a Aquella que, por voluntad divina, es formadora de Santos» (Prefacio a la XXXII edición, 1955). Es verdad. El Tratado de la Verdadera Devoción presenta un cristianismo muy comprometedor: exige el don total de sí mismo a María y, por Ella, a Jesucristo. Montfort sigue un ritmo de renuncia al propio egoísmo y de total disponibilidad a María, para que Cristo se forme en el cristiano. ¡Pero no te asustes! ¿Quieres saber para quiénes ha escrito el santo misionero? No para los doctos, los sabios, los teólogos, sino para el pueblo, para las gentes de corazón sencillo y deseosas de llevar a la práctica lo que escuchan: «Estoy hablando de modo especial a los humildes y sencillos. Que son personas de buena voluntad, tienen una fe más robusta que la generalidad de los sabios y creen con mayor sencillez y mérito. Por ello, me contento con declararles llanamente la verdad» (VD 26). Esta es la característica del Tratado de la Verdadera Devoción y seguramente una de las causas de su éxito: su lenguaje es popular, accesible, inmediato. Pero, entendámonos, es todo menos que vulgar o transmisor de vulgaridades. Sigue un camino medio que te puedo describir así. Montfort tenía ante él el camino trazado por grandes autores de espiritualidad, como Bérulle, que ha escrito sublimes elevaciones sobre Jesús y María, pero en una clave mística sin referencias prácticas. Montfort había leído también a los escritores jesuitas, como el p. Barry (+1661), que escribió un libro muy devocional y popular, pero carente de profundos contenidos teológicos: "El paraíso abierto a Filagia por 100 devociones a la Madre de Dios fáciles de practicar". El santo misionero ha optado por la vía de la fidelidad a Dios y al pueblo. Ha escrito para las gentes en estilo sencillo y comprensible, teniendo en cuenta sus exigencias de concreción. No se detiene en principios abstractos, sino que desciende a la práctica proponiendo ejercicios concretos de devoción a María. Sin embargo, no se limita a los ejercicios de piedad, sino que cimienta teológicamente la devoción a María refiriéndose al plan de Dios y a la misión maternal y real de la Madre del Señor. Además, pide al pueblo la conversión de toda la vida y la conformación total a Jesucristo, en lo cual consiste la perfección cristiana. Digámoslo en palabras modernas: Montfort es uno de los pocos autores espirituales que han elaborado una espiritualidad mariana popular, en que se adopta la cultura del pueblo para ponerla al servicio de una vida cristiana madura y responsable bajo la guía maternal de María.
Un templo en honor de María Entremos ahora en el corazón de la obra monfortiana. ¿Cuáles son los contenidos y el mensaje del Tratado de la Verdadera Devoción? Podemos comparar este libro con una basílica cristiana en honor de María. Hay un pórtico, que introduce a tres naves, donde se encuentra la fuente bautismal; se mira, pues, al ábside, que corona el presbiterio en el cual se halla el altar, lugar de convergencia de todo el edificio. 1. El Pórtico del Tratado de la Verdadera Devoción está constituido por la situación del pueblo de Dios en su relación con María. Montfort no puede esconder su entusiasmo frente al desarrollo de la alabanza de María en la Iglesia: «Toda la tierra está llena de su gloria. Particularmente entre los cristianos que la han escogido por tutela y patrona de varias naciones, provincias, diócesis y ciudades...» (VD 9). No obstante, esta visión positiva, Montfort piensa que María debe ser más conocida y amada, si se quiere que el reino de Jesucristo se ponga en marcha en el mundo (ver VD 13). 2. Entremos en la parte sagrada del templo. La primera nave muestra en sus frescos el puesto y actividad de María en el plan de la salvación. ¿Quién es María para Montfort? Y lo que es Ella según Dios. En efecto, Montfort afirma claramente la condición de María como creatura y a la vez su elección a una misión importante en la historia de Cristo y de la Iglesia: «Confieso con toda la Iglesia que siendo María una simple creatura salida de las manos del Altísimo, comparada con la Majestad infinita es menos que un átomo o, mejor, es nada, porque sólo El es El que es... Afirmo, sin embargo, que –dadas las cosas como son– habiendo querido comenzar y culminar sus mayores obras por medio de la Santísima Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará jamás de proceder» (VD 14-15). Montfort para comprender quién es María se levanta hasta el Dios Trinidad. Se refiere al menos 4 veces a la forma de actuar del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que han escogido a María como instrumento nobilísimo para comunicar a los hombres la salvación. Oigamos cómo se expresa Montfort mismo: «Dios Padre creó un depósito de todas las aguas y lo llamó mar. Creó un depósito de todas las gracias y lo llamó María. Dios Hijo comunicó a su Madre cuanto adquirió mediante su vida y muerte, sus méritos infinitos y virtudes admirables. Dios Espíritu Santo comunicó sus dones inefables a María, su fiel Esposa, y la escogió por dispensadora de cuanto posee» (VD 23-25). Reconocer la misión santificadora de María –concluye Montfort– «es algo necesario a los hombres para alcanzar la salvación» (VD 39). 3. Una segunda nave está representada por la descripción del auténtico culto a María. Este –para Montfort– se halla inserto en el tejido total del cristianismo, en cuanto que respeta la primacía de Cristo en la vida espiritual y tiene como finalidad el crecimiento de la fe cristiana (VD 60-89). La verdadera devoción excluye las falsas actitudes respecto de María, tales como el minimismo, la exterioridad, la presunción, la inconstancia (VD 90-102). La verdadera devoción consiste, en cambio en una actitud interior, tierna, santa, constante, desinteresada. Se expresa en diferentes prácticas religiosas, sobre todo viviendo en comunión espiritual con Ella (VD 105-113). 4. La nave central está reservada a la forma de devoción mariana, considerada como la mejor por Montfort: la perfecta consagración a Cristo por medio de María. ¿En qué consiste esa consagración? Montfort subraya dos aspectos: «Consiste esta devoción en una entrega total a la Santísima Virgen, para pertenecer totalmente a Jesucristo, por medio de Ella... He dicho que esta consagración puede muy bien definirse como una perfecta renovación de los votos y promesas del santo Bautismo» (VD 121.126). Montfort se manifiesta en este pasaje como excelente misionero con fino sentido teológico y pastoral. Llega a las raíces de la vida cristiana, el bautismo y presenta la consagración a María como medio fácil y seguro para mantenerse fiel a las promesas bautismales de renuncia al mal y adhesión vital a Jesucristo. 5. En el ábside que corona todo el edificio, Montfort ha pintado la imagen de la Virgen María, que conduce y forma a sus consagrados según la imagen de Jesucristo. El corazón del Tratado de la Verdadera Devoción consiste en cuatro prácticas interiores "muy santificadoras para aquellos a quienes el Espíritu Santo llama a una elevada perfección". Estas actitudes –dice Montfort– «se resumen en obrar siempre por María, con María, en María y para María a fin de obrar más perfectamente por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo y para Jesucristo» (VD 257). 6. Al templo construido por Montfort confluye toda la vida cristiana en todas sus manifestaciones. Subraya él la unión de los cristianos con Jesús en la Eucaristía proponiendo un método para vivir el espíritu de la consagración a María en la Sagrada Comunión (VD 266-273). Así el bautismo culmina en la Eucaristía, como el bautisterio en el altar: la consagración sacerdotal, profética y real desemboca en la celebración de la Misa, sacrificio y banquete, donde la comunidad se convierte en un solo corazón y una sola alma. Finalmente, del Tratado monfortiano se extraen suaves y comprometedores impulsos para proseguir con María por el camino cristiano. Salimos del templo para traducir en la vida la propia consagración a Jesucristo por medio de María.
¡Conságrate también tú! El Tratado de la Verdadera Devoción ha tenido muchos lectores. Algunos no han logrado romper la corteza de ciertas expresiones aparentemente duras y tan pronto encontraron expresiones como "esclavitud de amor", "hacerse esclavo de María" cerraron el libro para no abrirlo más. Mucho más numerosos son los que han roto la concha de tales expresiones y han descubierto dentro un fruto dulcísimo: una vida cristiana vivida en la presencia y con la ayuda de la Madre de Jesús y Madre nuestra. Citemos entre tales discípulos de Montfort a san Maximiliano Kolbe que asimiló la doctrina hasta llegar a afirmar: "La devoción enseñada por el beato Grignion es totalmente nuestra" (Carta 508, 2-4-1933). También Frank Duff, fundador de la Legión de María, que reconoce en Montfort uno de sus maestros espirituales, ha testificado: «Está fuera de duda que todo el que comienza a estudiar el Tratado de la Verdadera Devoción cae bajo su hechizo, porque el libro lo tiene todo: estilo, fervor, convicción intensa, solidez, elocuencia avasalladora, aliento de autoridad e inspiración... El libro de Montfort se ha ganado por sí mismo un puesto en la Iglesia» (F. Duff, Prospettiva monfortana sulla vera devozione a María, Redona di Bergamo, PP. Monfortani, 1942, pg. 10-11). Dejando de lado a muchos otros cristianos consagrados a María, lleguemos a Juan Pablo II. Con ocasión de la peregrinatio de la Virgen de Jasna Góra (8-11-1968), el entonces cardenal Wojtyla reveló a los feligreses de Borek Falecki el influjo que el Tratado de la Verdadera Devoción a María ha ejercido en su vida: «Con frecuencia tengo ante los ojos un pequeño librito de forro azul celeste... Cuando era obrero en la Solvay lo llevaba siempre conmigo, junto con un trozo de pan, para el turno de la tarde o de la noche. Durante el turno de la tarde lo leía con frecuencia. Se intitulaba: Tratado sobre la Devoción a la Santísima Virgen María. En ese entonces, el autor era beato y fue elevado a los altares como santo: Luis María Grignion de Montfort... Aquel librito de forro azul celeste, semejante a un misal, me proporcionaba lectura durante muchos días y muchas semanas. No sólo lo leía y conservaba. Lo leía, si así puede decirse de principio a fin y comenzaba de nuevo. En este librillo aprendí lo que significa la devoción a la Virgen. He sido devoto de María primero siendo niño, luego como escolar, y finalmente como universitario. Pero ¿cuál es en verdad el sentido y la profundidad de esta devoción que me enseñó este librito durante los turnos de trabajo, aquí en la fábrica se soda...? Lo leí tanto que todo él, por dentro y por fuera, estaba manchado de soda. Recuerdo muy bien esas manchas de soda, porque son un elemento importante de toda mi vida interior» (Karol Wojtyla, María, Omelie, Librería Editrice Vaticana, 1982, pág. 156-157). También tú, amigo lector, si quieres vivir en plenitud tu realidad cristiana, toma en tus manos el Tratado de la Verdadera Devoción a María. Tómalo y léelo. con este libro, un gran misionero, que consumó su existencia predicando a Jesucristo al pueblo y murió a la edad de 43 años, te conducirá con mano segura para amar a la Virgen de manera teológica y a consagrarte totalmente a Jesucristo con Ella y por medio de Ella.
LECTURA
Finalidad del Tratado de la Verdadera Devoción a María «Cuanto digo responde al propósito que tengo de hacer de ti un verdadero devoto de María y un auténtico discípulo de Jesucristo. ¡Oh! ¡Qué bien pagado quedaría mi esfuerzo, si este humilde escrito cae en manos de una persona bien dispuesta, nacida de Dios y de María y "no de la sangre ni de la carne ni de la voluntad de varón", le descubre e inspira, por gracia del Espíritu Santo, la excelencia y precio de la verdadera y sólida devoción a la Santísima Virgen, que ahora voy a exponerte! Si supiera que mi sangre pecadora iba a servir para hacer penetrar en tu corazón, lector amigo, las verdades que consigno por escrito en honor de mi amada Madre y soberana Señora –cuyo último Hijo y esclavo soy– con mi sangre en lugar de tinta trazaría estas líneas. Pues abrigo la esperanza de hallar personas generosas que, por su fidelidad a la práctica que yo te enseño, resarcirán a mi amada Madre y Señora por los perjuicios que ha sufrido a causa de mi ingratitud e infidelidad. Hoy me siento más animado que nunca a creer y esperar aquello que llevo profundamente grabado en el corazón y que vengo pidiendo al Señor desde hace muchos años, a saber, que tarde o temprano la Santísima Virgen tenga más hijos, servidores y esclavos de amor que nunca y que, por este medio, Jesucristo reine como nunca en los corazones» (VD 111-113).
COMPROMISO DE VIDA
Voy a comenzar a leer en todas sus partes el Tratado de la Verdadera Devoción a María de san Luis M. de Montfort, pidiendo al Espíritu Santo poder comprender y asimilar su precioso contenido.
EL PUEBLO DE DIOS DELANTE DE MARIA
1. MARÍA EN EL HOY DE LA IGLESIA
Veo avanzar a un sacerdote pobremente vestido. Lleva el sombrero bajo el brazo por respeto a la presencia de Dios. Profundamente recogido va desgranando las cuentas de un gran rosario. Pero cuando sube al púlpito, su mirada se inflama, su lengua hiere como espada afilada la conciencia de los oyentes. Estos tienen la impresión de encontrarse ante un profeta del Antiguo Testamento. Sabe también ser suave y atraer el corazón de los fieles a un amor concreto a Dios. Aprieta bajo el brazo un manuscrito que él mismo considera precioso y que lleva siempre consigo. Llama mi curiosidad este sacerdote itinerante. Saltando la barrera de más de 250 años, le salgo al paso y le pregunto: «Dime: ¿quién eres, qué haces, qué mensaje ofreces al mundo?» «He renunciado –me responde– al nombre de familia Grignion y conservo el de mi bautismo, unido al nombre del lugar donde Dios me hizo nacer a la vida terrena. Soy Luis María de Montfort, misionero apostólico. He cantado y proclamado en mis doscientas misiones el secreto de mi vida: Por Jesús subo hasta su Padre y jamás vuelvo rechazado, a Jesús por su Madre llego y nunca, nunca soy desechado. Lo hago todo en Ella y por Ella, que es secreto de santidad, para ser fiel a Dios en todo y hacer siempre su voluntad (CT 77,18-19). El contenido de mi mensaje, que escribiría inclusive con mi sangre, está consignado en mi obrita que pensaba intitular Preparación al reinado de Jesucristo, pero que se conocerá con el nombre de Tratado de la Verdadera Devoción a María».
¿En qué punto nos hallamos? En la parte inicial de su libro san Luis María de Montfort describe la situación de la Iglesia de su tiempo en torno a la devoción mariana, con estas palabras: «Todos los días, del uno al otro confín de la tierra, en lo más alto de los cielos y en lo más profundo de los abismos, todo pregona y exalta a la admirable María. Los nueve coros angélicos, los hombres de todo sexo, edad, condición, religión, buenos y malos, y hasta los mismos demonios –de grado o por fuerza– se ven obligados, dada la evidencia de la verdad, a proclamarla bienaventurada... Toda la tierra está llena de su gloria. Particularmente entre los cristianos que la han escogido por tutela y patrona de varias naciones, provincias, diócesis y ciudades. ¡Cuántas catedrales no se hallan consagradas a Dios bajo su advocación! ¡No hay iglesia sin un altar erigido en su honor ni comarca ni región, donde no se dé culto a alguna de sus imágenes milagrosas, donde se cura toda clase de enfermedades y se obtiene toda clase de bienes! ¡Cuántas cofradías y congregaciones en su honor! ¡Cuántos institutos religiosos colocados bajo su nombre y protección! ¡Cuántos congregantes en las asociaciones piadosas, cuántos religiosos en tantas órdenes religiosas! ¡Todos publican sus alabanzas y proclaman sus misericordias! No hay siquiera un pequeñuelo que, al balbucir el Avemaría, no la alabe. Ni apenas un pecador que, en su obstinación, no conserve alguna chispa de confianza en Ella. Ni siquiera un solo demonio en el infierno que, temiéndola, no la respete» (VD 8-9). Hoy Montfort seguramente sería menos entusiasta ante la situación del culto mariano en la Iglesia. Nuestra época ha experimentado una profunda crisis en relación con la Madre del Señor. Después del desarrollo de la devoción mariana que culminó en la definición del dogma de la Asunción (1950) y en el Año mariano (1954), se pusieron en discusión varias formas tradicionales de culto y cayeron en desuso algunas prácticas apreciadas por el Pueblo de Dios como el mes de mayo. Algunos llegaron hasta considerar el recurso confiado y la consagración a María como complicación en el itinerario hacia Cristo; otros teólogos –concretamente desaprobados por el magisterio apostólico– vaciaron de su significado histórico y teológico el dogma de la virginidad perpetua de María. Si es condenable la infidelidad a la tradición constante de la Iglesia cuando se trata de datos ciertos acerca de la Virgen Madre de Dios, lo mismo se debe decir de la actitud fría o demasiado reservada para con Ella. ¿Será que nuestra época ha sido dispensada de la alabanza universal a Aquella a quien todas las generaciones proclamarán dichosa (ver Lc 1,48)? El Papa Juan XXIII reflexionando sobre este tema observaba preocupado: «¿Por qué tantos que llevan en la frente el signo de Jesucristo han echado puerta a fuera a la Virgen? ¿Por qué no quieren saber nada de Ella? Es como echar fuera a la propia madre. Pero entonces sobreviene la ruina». Afortunadamente la desconfianza temporal hacia el culto mariano se fue disolviendo bajo el impulso atribuible al Espíritu: nuestra época encuentra nuevamente a María. La Madre del Señor y Madre de la Iglesia ha reaparecido en el horizonte eclesial como estrella de primera magnitud para iluminar con la luz recibida de su Hijo el camino del Pueblo de Dios.
Nueva presencia de María en nuestro tiempo Es interesante constatar cómo hoy se encuentra a María nuevamente por caminos, a veces nuevos e inéditos. Ante todo, los movimientos eclesiales, desarrollados después del Concilio, han llegado a descubrir la presencia de María partiendo de los valores vividos en forma especial dentro de ellos mismos. Así los Focolarinos presentan a María tras haber invitado a experimentar el amor fraterno, a través del cual Jesús se hace presente en la comunidad; viviendo el Evangelio somos María en la Iglesia, porque Jesús nace en ésta como había nacido en María. El movimiento de los Focolarinos, surgido como Obra de María, invita a los participantes a las Mariápolis a vivir ante todo el Evangelio y en particular el mandamiento del amor fraterno: si nos amamos, Jesús nace en medio de nosotros. Pero engendrar la presencia de Jesús por medio del amor es precisamente lo que ha hecho María. De ello se sigue que debemos ser María en la Iglesia: ser ese "silencio de amor" en el cual la Palabra de Dios puede resonar y encarnarse en el mundo. Los grupos de Renovación en el Espíritu a partir de la docilidad y oración al Espíritu se dan cuenta de que el mismo Espíritu Santo inspira la alabanza a María, como lo hizo Isabel, y que una oración auténtica debe tener las características de la Madre del Señor: el sí de la disponibilidad, el Magníficat de la alegría, la humildad confiada que sabe esperar. En la misma línea se colocan tantas otras asociaciones o movimientos, por ejemplo, las comunidades neocatecumenales, que recorren el camino de toma de conciencia de la realidad del bautismo sobre el paradigma de la vocación de María, o las comunidades de base de América Latina, que a la luz de la Palabra de Dios, descubren a María como mujer pobre, que canta la liberación del Pueblo fiel a Dios. Esta liberación pasa a través de la valorización del Magníficat, considerado como la mejor expresión de la espiritualidad liberadora. La Virgen canta en él la intervención de Dios en la historia a favor de los pobres y de los oprimidos. Si queremos ponernos en sintonía con Ella, no debemos contentarnos con recitar plegarias y quizás lavarnos las manos ante las injusticias del mundo: son necesarios el compromiso de liberación, la solidaridad con los pobres, la esperanza activa en la transformación del mundo. También la comunidad reformada de Taizé, superando el hecho de que «el protestantismo no se ha atrevido a meditar sobre cuanto el Evangelio nos enseña respecto de la Madre de Nuestro Señor» (Marx Thurian), ha llegado mediante el estudio sereno de la Sagrada Escritura a percibir la estupenda imagen bíblica de María.
Pastores y pueblo ante María No han faltado en nuestro tiempo de parte de los pastores de la Iglesia –como en las siglos pasados– intervenciones numerosas y significativas para sostener y promover el culto mariano, orientándolo hacia el culto a la Santísima Trinidad. Papas y obispos han estado de acuerdo en la defensa de las verdades tradicionales acerca de María y en la profundización del sentido de la misión de la Virgen en la vida de la Iglesia. Dos testimonios de este esfuerzo lo constituyen estos documentos: el capítulo VIII de la Lumen Gentium (1964), que trata de "María en el misterio de Cristo y de la Iglesia" y constituye la más amplia síntesis mariana propuesta por concilio alguno y la Exhortación Apostólica Marialis Cultus (1974), en la cual Pablo VI organiza el culto mariano insertándolo en la liturgia y abriéndolo a las exigencias de la cultura contemporánea. En pos de sus predecesores, Juan Pablo II ha expresado su consagración a María haciendo del lema Totus Tuus el programa de su ministerio pontificio. En sus viajes apostólicos por todo el mundo, se ha presentado como peregrino en los santuarios marianos, en los cuales ha consagrado las naciones a María. Con su carisma mariano, el Papa Wojtyla ha despertado la reflexión y el nuevo impulso de la devoción a María en la Iglesia actual. El pueblo, por su parte, ha permanecido fiel a María, perseverando en acudir confiadamente a Ella, en recitar el rosario y peregrinar a los santuarios. El descubrimiento de la religiosidad popular, que ha resistido a la secularización dando un mentís a los sociólogos que habían previsto su ocaso, ha puesto en evidencia la devoción a María como uno de los valores más apreciados por el Pueblo de Dios. Se tomó en cuenta que María es el alma de la religiosidad popular para un encuentro auténtico con Cristo. Esa piedad mariana debe ser purificada de desviaciones eventuales, pero sigue siendo un precioso elemento de la vida del pueblo cristiano en sintonía con la presencia maternal y eficaz de María en la historia de la salvación.
¿Quién es para mí María? A través de toda su vida, s. Maximiliano Kolbe ha dirigido a María esta pregunta: «¿Quién eres, oh Inmaculada?» No quería contentarse con un conocimiento abstracto y estéril; buscaba un encuentro vivo y personal. Estaba convencido de que «la Sma. Virgen María no es una fábula o una leyenda, sino un ser viviente y que nos ama a cada uno, no conocida todavía suficientemente y a cuyo amor no se responde aún como se debe» (de una carta de 1940). Se necesita mucha oración, mucho amor y gran apertura a la gracia del Espíritu Santo. Junto con los santos y con tantos hermanos míos, estoy invitando también yo a hacer el descubrimiento maravilloso de María. Quiero contemplarla a la luz de la Palabra de Dios a fin de comprender su figura y misión auténticas. Reflexionaré sobre el misterio de Cristo y la realidad de la Iglesia, a fin de encontrar «como raíz del primero y coronamiento de la segunda, la misma figura de mujer, la Virgen María, precisamente Madre de Cristo y de la Iglesia» (MC introducción). Sobre todo no dejaré de mirar a mi vida cristiana y a mi vocación para convencerme de que María está presente en ellas, como aquella que guía mi camino especialmente en los momentos más decisivos. Cada vez me doy más cuenta de que mi problema consiste en darle mayor sitio y prestarle mayor atención, porque María ha recibido de Dios la misión de acompañar a todo cristiano desde el bautismo hasta la gloria.
LECTURA
María, mundo de Dios «Proclamo con todos los santos que la excelsa María es el paraíso terrestre del Nuevo Adán, quien se encarnó en él por obra del Espíritu Santo para realizar allí maravillas incomprensibles. Ella es el sublime y divino mundo de Dios, lleno de bellezas y tesoros inefables. Es la magnificencia del Altísimo, quien ocultó allí, como en su seno, a su Unigénito y con El todo lo más excelente y precioso. ¡Oh! ¡Qué portentos y misterios ha ocultado Dios en esta creatura admirable, como Ella misma –no obstante su profunda humildad– se ve obligada a confesarlo. ¡El poderoso ha hecho cosas grandes por mí! ¡El mundo las desconoce porque es incapaz e indigno de conocerlas! Los santos han dicho cosas admirables de esta ciudad santa de Dios. Y, según ellos mismos testifican, nunca se sintieron tan elocuentes y felices como al hablar de Ella. Todos proclaman a una que: la altura de sus méritos, elevados por Ella hasta el trono de la Divinidad, es inaccesible; la anchura de su caridad, dilatada por Ella más allá de las fronteras de la tierra, es inconmensurable; la grandeza de su poder, que se extiende hasta el mismo Dios, es incomprensible; y, en fin, la profundidad de su humildad y de todas sus virtudes y gracias es un abismo insondable. ¡Oh altura incomprensible! ¡Oh anchura inefable! ¡Oh grandeza sin medida! ¡Oh abismo impenetrable!» (VD 6-7).
COMPROMISO DE VIDA
Me aplicaré a discernir los signos de la presencia de María en el peregrinar de fe del Pueblo de Dios (experiencias marianas, acontecimientos eclesiales, piedad popular en los santuarios...)
2. ¿CONOCEMOS REALMENTE A MARIA?
Montfort comienza a hablar de María con una frase concisa y solemne que inserta a María en el designio salvífico con clara orientación cristológica: «Por medio de la Santísima Virgen vino Jesucristo al mundo y por medio de Ella debe reinar también en el mundo» (VD 1). Para Montfort, María es la persona elegida por Dios para introducir a Cristo en la historia y en el corazón de los hombres. Ella es instrumento elegido para la venida histórica de Jesús entre nosotros y se convierte en camino para su venida espiritual a nosotros. La que ha traído a Cristo es la mejor calificada para llevarnos a Cristo. El mejor comentario a esta afirmación inicial de Montfort, que presenta un tema que volverá con muchas variantes en el curso de la obra, nos lo ofrece una frase de Pablo VI: «Jesús ha venido a nosotros por la Encarnación, desde el seno y los brazos de María, por medio de Ella, para que lo encontráramos y pidiéramos entrar en comunión con El, siempre, a través de su Madre santísima» (8-12-1966). Si María es el camino que lleva hasta Jesús, es claro que hay que conocerla y recorrerla; es decir, es preciso entrar con Ella en relación de conocimiento y de amor, para hacer reinar a Jesús en el mundo.
María es un misterio Montfort mira aquí a la realidad, a la Iglesia de su tiempo, y concluye con una constatación netamente negativa: María no es suficientemente conocida. Ella es un misterio de ocultamiento, la Virgen sólo deja entrever progresivamente las maravillas de gracia que el Señor obró en Ella. Tres razones explican el hecho de que los fieles conozcan insuficientemente a María: el deseo que Ella tiene de humillarse, la disposición divina y su excepcional grandeza. 1. Ante todo la espiritualidad de María, que es la de los pobres del Señor, está muy lejos de la ostentación del propio yo. María ha escogido no hacerse camino para dejar a Dios obrar en Ella. Es silencio y vacío de todo proyecto para ser disponibilidad absoluta al plano trascendente de Dios. Montfort afirma que María ha orado para alcanzar el permanecer desconocida al mundo y poder servir a Dios con pureza de intención: «La vida de María fue muy oculta. Por ello, el Espíritu Santo y la Iglesia la llaman Alma Mater: Madre oculta y escondida. Su humildad fue tan profunda que no hubo en Ella anhelo más firme y constante que el ocultarse a sí misma y a todas las creaturas, para ser conocida solamente de Dios. Ella pidió al Señor pobreza y humildad. Y El, escuchándola, tuvo a bien ocultarla en su concepción, nacimiento, resurrección y asunción, casi a todos los hombres...» (VD 2-3). 2. Dios atendió el deseo de la Virgen, que en su vida terrestre no aparece en primer plano con acciones prodigiosas y grandes discursos. En el Evangelio –observa Montfort– se la recuerda solamente en contextos cristocéntricos y cuando es necesario para anunciar a Jesucristo: «Dios Padre –a pesar de haberle comunicado su poder– consintió en que no hiciera ningún milagro, al menos portentoso, durante su vida. Dios Hijo –a pesar de haberle comunicado su sabiduría– accedió a que Ella casi no hablara. Dios Espíritu Santo –a pesar de ser Ella su Esposa fiel– consintió en que los Apóstoles y Evangelistas hablaran de Ella muy poco y sólo en cuanto era necesario para dar a conocer a Jesucristo» (VD 4). 3. Finalmente, si todo hombre es un misterio, esto vale más todavía tratándose de María. Colmada de gracia y hecha Madre de Dios, es Ella la creatura santa en la cual la Trinidad encuentra sus complacencias. Sólo la revelación del Espíritu Santo puede introducir en el misterio de María, que permanece inalcanzable a esfuerzos puramente humanos. Oigamos a Montfort que desfoga totalmente su amor a María ante el misterio de su santidad y elección a Madre del Salvador: «María es la excelente obra maestra del Altísimo. Quien se ha reservado a sí mismo el conocimiento y posesión de Ella. María es la Madre admirable del Hijo. Quien tuvo a bien humillarla y ocultarla durante su vida, para fomentar su humildad, llamándola mujer, como si se tratara de una extraña, aunque en su corazón la amaba más que a todos los ángeles y hombres. María es la fuente sellada, en la cual sólo puede entrar el Espíritu Santo, cuya Esposa fiel es Ella. María es el santuario y tabernáculo de la Santísima Trinidad...» (VD 5).
Conocer más a María Montfort no ignora que la alabanza a María resuena en la Iglesia y en el mundo. Todas las naciones la proclamarán dichosa, realizando la profecía de María misma en el Magníficat. Pasando amplia revista al horizonte, el santo misionero constata «don particular alegría» del corazón (VD 13) que ángeles y santos, cielo y tierra, naciones y diócesis, buenos y malos, todos se hallan acordes en la alabanza, en el amor o al menos en el respeto a la Madre del Señor: «Todos los días, del uno al otro confín de la tierra, en lo más alto de los cielos y en lo más profundo de los abismos, todo pregona y exalta a la admirable María. Los nueve coros angélicos, los hombres de todo sexo, edad, condición, religión, buenos y malos, y hasta los mismos demonios –de grado o por fuerza– se ven obligados, dada la evidencia de la verdad, a proclamarla bienaventurada» (VD 8). Tras este panorama positivo sobre la presencia de la alabanza a María en el universo, Montfort no se declara contento, sino que escribe en caracteres cuadrados, tres veces mayores que su escritura ordinaria, la frase latina: "DE MARIA NUMQUAM SATIS", es decir, "De María nunca demasiado". Ha querido subrayar una verdad que le interesa tanto. ¿Por qué? Queremos saber las razones porque hace algún tiempo la expresión "De María numquam satis" era contestada por algunos, que proponían el lema contrario: "¡Basta de María!". Un contemporáneo de Montfort, el carmelita Andrés Mastelloni, había escrito en clave psicológica una frase semejante a la del Tratado: «Es un proverbio recibido por todos: de dilecta numquam satis. Nunca es suficiente, más aún, no es demasiado, lo que se dice o se hace por la persona amada» (Le due salutazioni, II, 1688, pg. 230).
Una digna Madre de Dios Montfort ofrece, en cambio, dos razones teológicas: la interioridad de la santificación de María y su dignidad de Madre de Dios. Si se infravaloran estas realidades, se apaga el deseo de conocer y amar más a María. Demos, una vez más, la palabra a Montfort: «Debemos también añadir con el Espíritu Santo: "Toda la gloria de la hija del rey está en su interior". Como si toda la gloria exterior que el cielo y la tierra le tributan a porfía, fueran nada en comparación con la que recibe interiormente de su Creador y que es desconocida a creaturas insignificantes, incapaces de penetrar el secreto de los secretos del Rey. Debemos también exclamar con el Apóstol: "El ojo no ha visto, el oído no ha oído, a nadie se le ocurrió pensar..." las bellezas, grandezas y excelencias de María, milagro de los milagros de la gracia, de la naturaleza y de la gloria. "Si quieres comprender a la Madre –dice un santo– trata de comprender al Hijo. Pues Ella es la digna Madre de Dios". ¡Enmudezca aquí toda lengua! El corazón me ha dictado cuanto acabo de escribir con particular alegría para demostrar que la excelsa María ha permanecido hasta ahora desconocida y que ésta es una de las razones de que Jesucristo no sea todavía conocido como debe serlo. De suerte que si el conocimiento y reinado de Jesucristo han de dilatarse en el mundo –¡lo que sucederá ciertamente!– esto acontecerá como consecuencia necesaria del conocimiento y reinado de la Santísima Virgen. Ella le trajo la primera vez al mundo y lo hará resplandecer en la segunda!» (VD 11-13). La conclusión de toda la introducción del Tratado, que constituye un maravilloso pórtico que nos hace entrar en el templo, es clara y lineal: hay que conocer más a María para que Cristo reine en el mundo. Podemos repetir sustancialmente la misma conclusión con las palabras del Vaticano II: «El sacrosanto Sínodo... exhorta al mismo tiempo a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven generosamente el culto, sobre todo litúrgico, hacia la Bienaventurada Virgen» (LG 67). Evitando "toda falsa exageración", liberémonos también de «una excesiva estrechez de espíritu, al considerar la singular dignidad de la Madre de Dios» (LG 67). María sigue siendo un misterio de gracia y debemos implorar al Espíritu Santo para poder comprenderlo en su significado salvífico. Aquello a que Montfort nos invita es a hacer un intento de mayor fidelidad a Jesucristo, para que El pueda reinar en el mundo. Si estamos convencidos de que existe un "hyatus", una ruptura, entre lo que debiéramos ser y lo que somos, tratemos de llenar este vacío recurriendo a María. Aquella que ha introducido a Jesús en el mundo, será instrumento providencial del Espíritu para que El reine en nosotros y en todos los hombres para gloria del Padre.
LECTURA
Dios quiere revelar a María «Dios quiere, pues, revelar y manifestar a María, la obra maestra de sus manos, en estos últimos tiempos: 1º Porque Ella se ocultó en este mundo y se colocó más baja que el polvo por su profunda humildad, habiendo alcanzado de Dios y de los Apóstoles y Evangelistas que no la dieran a conocer. 2º Porque Ella es la obra maestra de las manos de Dios, tanto en el orden de la gracia como en el de la gloria, y El quiere ser glorificado y alabado en la tierra de los hombres. 3º Porque Ella es la aurora que precede y anuncia al Sol de Justicia, Jesucristo, y, por lo mismo, debe ser conocida y manifestada, si queremos que Jesucristo lo sea. 4º Porque Ella es el camino por donde vino Jesucristo a nosotros la primera vez y lo será también cuando venga la segunda, aunque de modo diferente. 5º Porque ella es el medio seguro y el camino directo e inmaculado para ir a Jesucristo y hallarlo perfectamente. Por Ella deben, pues, hallar a Jesucristo las personas que deben resplandecer en santidad. Quien halla a María, halla la vida, es decir, a Jesucristo, que es el Camino y la Verdad y la Vida. Ahora bien, no se puede hallar a María, si no se la busca; ni buscarla, si no se la conoce: pues no se busca ni desea lo que no se conoce. Es, por tanto, necesario que María sea mejor conocida que nunca, para mayor conocimiento y gloria de la Santísima Trinidad. 6º Porque María debe resplandecer más que nunca en los últimos tiempos en misericordia, poder y gracia: * en misericordia para recoger y acoger amorosamente a los pobres pecadores y a los extraviados que se convertirán y volverán a la Iglesia católica; * en poder contra los enemigos de Dios, los idólatras, los cismáticos, mahometanos, judíos e impíos endurecidos que se sublevarán terriblemente para seducir y hacer caer, con promesas y amenazas, a cuantos se les opongan; * en gracia, finalmente, para animar y sostener a los valientes soldados y fieles servidores de Jesucristo, que combatirán por los intereses del Señor. 7º Por último, porque María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces "como ejército en orden de batalla" sobre todo en estos últimos tiempos. Porque el diablo "sabiendo que le queda poco tiempo" –y menos que nunca– para perder a las gentes, redoblará cada día sus esfuerzos y ataques. De hecho, suscitará en breve crueles persecuciones y tenderá terribles emboscadas a los fieles servidores y verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta vencer mucho más que a los demás» (VD 50).
COMPROMISO DE VIDA
Me empeñaré en conocer a María, meditando los pasajes marianos del Evangelio o leyendo el capítulo VIII de la Lumen Gentium dedicado a la "Bienaventurada Virgen María en el misterio de Cristo y de la Iglesia".
MARIA EN EL PLAN DE LA SALVACION
3. MARIA EN EL PLAN DEL AMOR TRINITARIO
Una verdadera visión de fe impulsa a considerar todas las realidades con los ojos de Dios. Elevémonos, por tanto, más allá de nuestras cortas miradas humanas hasta el corazón de la Trinidad, si queremos comprender a María. En el vértice de la revelación neotestamentaria, leemos que «Dios es amor» (1 Jn 4,16) y es Padre, Hijo y Espíritu Santo (Mt 28,19; Jn 14,16), es decir, una comunidad de amor. Y leemos todavía que «en esto se hizo visible entre nosotros el amor de Dios: en que envió al mundo a su Hijo único para que nos diera vida» (1 Jn 4,9). ¡Designio maravilloso de Dios sabio y misericordioso! Queriendo comunicarnos su propia vida y hacernos hijos suyos, el Padre envía a su Hijos al mundo y nos comunica el Espíritu vivificante. En este camino de Dios hacia el hombre y del hombre hacia Dios, el Padre escogió a una creatura de nombre María, para que colaborara en la inserción de Cristo en la historia humana y se convirtiera en el Espíritu en Madre de los discípulos de Cristo. Dios que lo realiza todo conforme a un designio de amor, "la amó y obró en Ella maravillas (ver Lc 1,49); la amó por sí mismo, la amó por nosotros; se la dio a sí mismo y la dio a nosotros" (MC 56). Elevándose hasta el designio divino de salvación, Montfort ve allí inserta a María por voluntad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en todas las etapas: vida de Cristo, historia de la Iglesia, última venida de Jesús.
La Trinidad escoge a María para la salvación Descendiendo a determinar lo que realizan las tres divinas personas en la obra de la salvación, Montfort especifica cuál es la misión reservada a María por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en la primera venida de Jesús: «Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María... Dios Hijo se hizo hombre para nuestra salvación, pero en María y por María. Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después de pedir su consentimiento...» (VD 16). El sentido de estas afirmaciones es que María fue escogida por la Trinidad para realizar la encarnación del Verbo. En la lógica de Dios, María es Aquella que permite la inserción de Cristo en la historia humana según la vía natural que es la materna. Jesús no aparecerá en el mundo en edad adulta, casi como un meteoro que cae del cielo a la tierra, sino que nacerá como un niño semejante en todo a nosotros menos en el pecado (ver Hb 4,15). María expresará para su Hijo la ternura materna de Dios. Y no obstante ser María un medio en manos de Dios para la gran obra de la salvación, no es un instrumento pasivo o una madre que sólo ejerce una función biológica. Es considerada por Dios como persona responsable: Dios le pide su consentimiento para que adhiera libremente al proyecto de salvación de los hombres acogiendo al Hijo de Dios con fe en su corazón antes que en su cuerpo. Gracias a esta fe, tan celebrada por los Padres de la Iglesia, María se convierte en «causa de salvación para sí y para todo el género humano» (s. Ireneo). Desarrolla un papel de colaboración salvífica en la vida de Cristo y «hasta la muerte (del Hijo) a la que Ella debía asistir para ofrecer con Ella un solo sacrificio y ser inmolado por su consentimiento al Padre eterno...» (VD 17).
La Trinidad continúa la salvación con María Dos motivos impulsan a Montfort a considerar a María estrechamente unida a la Trinidad en la comunicación de la salvación a los hombres de todos los tiempos. 1. La continuidad de la elección divina. Dios en su amor eterno no rechaza a las creaturas fieles a su misión, como María. Habiéndola elegido como instrumento vivo de salvación en la primera venida de Cristo, Dios sigue recurriendo a Ella para comunicar la vida divina en el tiempo de la Iglesia y en la última venida de Cristo (VD 22). 2. El hecho de que la gloria no destruye los dones de la naturaleza ni de la gracia, sino que los perfecciona. Esto significa que María sigue siendo en el cielo verdadera Madre de Dios y que su oración es siempre atendida por su Hijo. Si Jesús la proclamó en la tierra madre de sus discípulos representados por Juan, en el cielo es Ella más que nunca Madre del Pueblo de Dios. Montfort transcribe todo esto en clave trinitaria afirmando: «Dios Padre quiere formarse hijos por medio de María hasta la consumación de los tiempos y le dice: "Pon tu tienda en Jacob" (Eclo 24,13), es decir, fija tu morada y residencia en mis hijos y predestinados... Dios Hijo quiere formarse por medio de María y, por decirlo así, encarnarse todos los días en los miembros de su Cuerpo Místico y le dice: "Entra en la heredad de Israel" (Eclo 24,13)..., simbolizados en Israel: como buena madre suya, tú los darás a luz, los alimentarás y harás crecer... Dios Espíritu Santo quiere formarse elegidos en Ella y por Ella y le dice: "En el pueblo glorioso echa raíces" (Ecclo 24,14). Echa, querida Esposa mía, las raíces de todas tus virtudes en mis elegidos, para que crezcan de virtud en virtud y de gracia en gracia...» (VD 29.31.34). En otras palabras, Dios ha vinculado a María con el tiempo de la salvación. Habiéndola elegido como Madre virginal y creyente de su propio Hijo en la plenitud de los tiempos (ver Gal 4,4), sigue ahora realizando con Ella, Madre y modelo de la Iglesia, la aplicación de la salvación mientras la historia prosigue su marcha.
Misión de María en la era del Espíritu Santo Siguiendo intuiciones originadas en una contemporánea suya, María des Vallées (+1659) y, en último análisis, en Joaquín da Fiore (+1202), Montfort divide la historia en tres grandes épocas, la última de las cuales es la del Espíritu Santo: «El reino especial de Dios Padre duró hasta el diluvio y terminó con un diluvio de agua. El reino de Jesucristo terminó con un diluvio de sangre. Pero tu reino, Espíritu del Padre y del Hijo, continúa actualmente y terminará por un diluvio de fuego, de amor y de justicia» (SA 16). Montfort describe esta última época como era de grandes combates entre las fuerzas del bien y del mal, entre el linaje de María y el de Belial. Será una época de renovación en la Iglesia y de conversión del mundo, obra de "grandes santos" (VD 46.47) y de "apóstoles de los últimos tiempos" (VD 58) en quienes se concretará la idea de la Iglesia santa y apostólica. Ahora bien, tales santos serán el fruto maravilloso de la unión del Espíritu Santo con María. Prosiguiendo el argumento teológico de la continuidad del plan de la salvación, llega Montfort a afirmar más claramente que otros escritores espirituales que esa obra del Espíritu Santo tendrá carácter abiertamente mariano: «María ha colaborado con el Espíritu Santo en la obra más grandiosa de los siglos, es decir, la Encarnación del Verbo de Dios. En consecuencia, Ella realizará también los mayores portentos de los últimos tiempos: la formación y educación de los grandes santos, que vivirán hacia el fin del mundo, están reservadas a Ella, porque sólo esta Virgen singular y milagrosa puede realizar, en unión del Espíritu Santo, las cosas excepcionales y extraordinarias» (VD 35). Tras esta visión teológica del papel de María –que veo inserta en el dinamismo del amor trinitario– me convenzo de que no puedo descuidar en mi vida a una creatura tan importante en la realización de la salvación. Comprendo que por libre voluntad de Dios la Virgen está íntimamente ligada a las tres personas divinas. La Saludo con Montfort: «Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa del Espíritu Santo, Templo de la Trinidad» (Coronilla de 12 estrellas). A la alabanza debe responder la acogida. Siento que debo abrir más todavía mi vida al influjo de María: vuelvo mis ojos a Ella como al modelo de vida evangélica y me pongo a la disposición de su acción materna. Porque en Ella todo depende de la Trinidad, mi camino con Ella florecerá en un amor más grande al Padre, en comunión mayor con el Hijo y en la docilidad suprema al Espíritu Santo.
LECTURA
Bajo la mirada de amor de la Trinidad «Dios Padre quiere formarse hijos por medio de María hasta la consumación de los tiempos y le dice: "Pon tu tienda en Jacob", es decir, fija tu morada y residencia en mis hijos y predestinados, simbolizados por Jacob, y no en los hijos del demonio –los réprobos– simbolizados por Esaú. Dios Hijo quiere formarse por medio de María y, por decirlo así, encarnarse todos los días en los miembros de su Cuerpo Místico y le dice: "Entra en la heredad de Israel". O en otras palabras: Dios, mi Padre, me ha dado en herencia todas las naciones de la tierra, todos los hombres buenos y malos, predestinados y réprobos. Regiré a los primeros con cetro de oro, a los segundos con vara de hierro; de los primeros seré padre y abogado, de los segundos justo vengador: de todos seré juez. Pero tú, querida Madre mía, tendrás por heredad y posesión solamente a los predestinados, simbolizados en Israel: como buena madre suya, tú los darás a luz, los alimentarás y harás crecer y, como soberana suya, los guiarás, gobernarás y defenderás. Dios Espíritu Santo quiere formarse elegidos en Ella y por Ella y le dice: "En el pueblo glorioso echa raíces". Echa, querida Esposa mía, las raíces de todas tus virtudes en mis elegidos, para que crezcan de virtud en virtud y de gracia en gracia. Me complací tanto en ti, mientras vivías sobre la tierra practicando las más sublimes virtudes, que aún ahora deseo hallarte en la tierra, sin que dejes de estar en el cielo. Reprodúcete, para ello, en mis elegidos. Tenga yo el placer de ver en ellos las raíces de tu fe invencible, de tu humildad profunda, de tu mortificación universal, de tu oración sublime, de tu caridad ardiente, de tu esperanza firme y de todas las virtudes. Tú eres, como siempre, mi Esposa fiel, pura y fecunda. Que tu fe me brinde almas fieles; tu pureza me dé vírgenes y tu fecundidad, elegidos y templos» (VD 29.31.34).
COMPROMISO DE VIDA
Me acostumbraré a ver siempre a María en relación íntima con la Trinidad. Expresaré este vínculo recitando el Gloria al Padre, después del Avemaría.
4. UNA MUJER EN LA HISTORIA DE LA SALVACION
Nada interesa tanto al hombre religioso como la propia salvación. Ese hombre no quiere terminar la propia vida en un fracaso, sino que aspira a superar los límites del tiempo y de la propia muerte a fin de participar en la vida eterna de Dios. Más aún, está impreso en el yo profundo del hombre el deseo de realizarse en plenitud, de llegar a la madurez espiritual y, en términos cristianos, de llegar a la santidad. Ante esta iluminación, parece muy digna de lástima la constatación de un poeta de nuestro tiempo que, contemplando su existencia, escribía: «... Es ya demasiado vivir el tanto por ciento. Viví al cinco por ciento, no aumentéis la dosis...» (E. Montale, Per finire). Como hombre y como cristiano, quiero realizar no sólo mi salvación, sino que quiero vivir en plenitud respondiendo a la invitación de Dios que me llama a la santidad. En el camino de la salvación y de la santidad, encuentro a María, una mujer inserta por Dios en su designio de amor: Ella es a la vez modelo y madre en orden a la vida espiritual. No puedo desinteresarme de Ella, que ha recibido de Dios una misión tan importante en la historia de la salvación. Montfort afirma que «la devoción a María es necesaria para alcanzar la salvación» (VD 40) y añade motivaciones que servirán de esquema a nuestras reflexiones: «Las palabras y figuras del Antiguo y del Nuevo Testamento lo demuestran. El sentir y ejemplo de los santos lo confirman...» (VD 41).
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