![]()
EN SINTONIA CON MARIA
|
p. Stefano de Fiores, s.m.m.
31 actualizaciones para vivir con María la consagración a Jesucristo
Traducción de p. Pío Suárez B., s.m.m.
Introducción: Uno de los grandes libros de la tradición cristiana Pórtico del templo: El pueblo de Dios delante de María 1. María en el hoy de la Iglesia 2. ¿Conocemos realmente a María? Primera nave: María en el plan de la salvación 3. María en el plan del amor trinitario 4. Una mujer en la historia de la salvación Segunda nave: Respuesta vital a la misión de María 5. Comportamiento verdadero con María 6. Reconocer a María en nuestra vida Nave central: Consagración a Jesucristo por medio de María 8. Jesucristo, centro de vida espiritual 9. A la fuente bautismal con María 10. Fidelidad a las promesas del bautismo 11. El don total a la Virgen glorificada 12. Camino perfecto para el encuentro con Cristo 15. Disponibles al Espíritu como María 16. Evangelio vivo a ejemplo de María 17. Vivir espiritualmente en María 18. Irradiar a María en el mundo 19. Al servicio del Señor y de los hermanos con María 20. Confianza en Dios con María 21. Encuentro con María en el yo profundo 23. Prepararse a la consagración 24. El Magníficat de nuestro tiempo Presbiterio: Con María a la mesa del Señor 25. Acoger a María entre los dones de Cristo 27. Recibir a Jesús con el corazón de María Del templo a la vida: En sintonía con María 28. El suave y comprometedor camino de María 29. Perseverancia en el Señor con María, la Virgen fiel 30. Itinerario mariano hacia la Trinidad Conclusión abierta: El acto de consagración
Al ritmo del Espíritu en la "onda" de Cristo para gloria del Padre
Hermano o hermana, imagino que no rechazarás la invitación a visitar una magnífica basílica, uno de tantos templos dedicados en el curso de los siglos cristianos a María Madre de Jesús. Tú debes contemplar, conocer y saborear las bellezas de ese templo. Y recibir el impacto de su fascinación. Permíteme solamente acompañarte en la visita a través del recorrido del pórtico a las naves, al presbiterio, al ábside... Te sugeriré de vez en cuando, con discreción, algún pensamiento, algún comentario, alguna invitación para que puedas vivir cuanto contemplas. Nuestro Verdadero guía es un Santo –pronto lo conocerás– a quien se debe la construcción de este templo en honor de la Virgen. El te conducirá paso a paso con verdadera pedagogía espiritual a través de todo el templo hasta el altar, donde se levanta la cruz de Jesucristo y se celebra su misterio pascual. Allí mismo te mostrará la imagen de María, que campea sobre el ábside, que ora por la comunidad de sus hijos y los atrae para que pronuncien definitivamente el "sí" de la fe-entrega a Cristo. Proseguirás tu camino del templo a la vida. Pero habrás logrado aprender un secreto, que se traducirá en compromiso permanente: sintonizar con la Virgen fiel, dejarte conquistar por la armonía que emana de sus ejemplos evangélicos, vivir "en la longitud de onda de María", para experimentar el amor misericordioso del Padre, crecer en la comunión con el único Salvador Jesucristo, caminar en la docilidad al Espíritu Santo. Te deseo que el descubrimiento de María florezca en un encuentro más íntimo con Cristo y en un compromiso responsable con la Iglesia y con los hermanos. No te reserves para ti este secreto de vida. Cataliza la luz que recibes, amplifica la onda sonora que vas captando, irradia el amor que Dios derrama sobre ti como sobre María y por medio de Ella. El mundo lo necesita como nunca.
P. STEFANO DE FIORES
Para la citas bíblicas y los documentos del Concilio Vaticano II, nos atenemos a las siglas corrientes. La sigla MC indica la exhortación apostólica Marialis Cultus de Pablo VI (2-2-1974).
Para los diferentes escritos de san Luis María de Montfort, se usarán las siguientes siglas: ASE: El Amor de la Sabiduría Eterna SA: Súplica Ardiente AC: Carta a los Amigos de la Cruz SAR: Secreto Admirable del Smo. Rosario SM: Secreto de María VD: Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen
UNO DE LOS GRANDES LIBROS DE LA TRADICION CRISTIANA
Un escrito extraordinario ¿Cuál es el "libro predilecto del Santo Padre", del cual –aseguran los obispos polacos– él "no se separa hace años"? Ciertamente debe ser un libro importante y célebre, si a él ha acudido con particular frecuencia Juan Pablo II. Por lo demás, otros Papas lo habían recomendado calurosamente como "admirablemente escrito" (s. Pío X), "de suavísima unción y solidísima doctrina" (Benedictino XV). Digamos de una vez que se trata de un libro extraordinario en cuanto a su origen, en cuanto a su historia, en cuanto a su éxito. Su autor, un santo misionero francés, que vivió en el siglo XVII, ha afirmado que ese pequeño libro surgió por inspiración divina: el Espíritu Santo se sirvió de él para escribirlo (VD 114). Hizo también una profecía que se realizó punto por punto. Este es el texto del santo: «Preveo con nitidez que muchas bestias rugientes vendrán furiosas a destrozar con sus diabólicos dientes este humilde escrito y a aquel de quien el Espíritu Santo se ha servido para redactarlo, o tratar al menos de sepultar estas líneas en las tinieblas o en el silencio de un cofre, a fin de que no sea publicado. Atacarán, incluso, y perseguirán a quienes lo lean y pongan en práctica. Pero, ¡qué importa! ¡Tanto mejor! Esta perspectiva me anima y hace esperar un gran éxito, es decir, la formación de un escuadrón de aguerridos y valientes soldados de Jesús y de María, de uno y otro sexo, que combatirán al mundo, al demonio y a la naturaleza corrompida, en los tiempos peligrosos como nunca, que van a llegar» (VD 114). En realidad, escrito en 1712, el libro permaneció escondido hasta 1842: 130 años sepultado en un cofre enterrado en un campo a fin de escapar de la furia devastadora de la revolución francesa. Cuando pasó la tormenta, el manuscrito fue olvidado en el estante de una biblioteca hasta que un misionero lo descubrió y reconoció como obra del Santo. Ese día, el superior de los misioneros exclamó: «¡Hemos encontrado un tesoro!» Era el 22 de abril de 1842. Ese día comenzó el camino triunfal del librito perseguido. Fue impreso en todo el mundo hasta alcanzar hoy más de 300 ediciones en 30 lenguas. ¡Un verdadero bets-seller! En Rumania y en otros países del Este se difunde en edición manuscrita a precio de grandes sacrificios. Y hasta los invidentes pueden leerlo trascrito en Braille. Muchos de Uds. esperan ahora conocer el título de ese libro tan célebre. Pues bien, no sabemos cuál sería en el pensamiento de su autor, porque el manuscrito llegó hasta nosotros carente de las primeras y de las últimas páginas, desgarradas por los dientes de las bestias rugientes que intentaron devorarlo. El primer editor le dio el título que acabó por imponerse: "Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen" de san Luis María Grignion de Montfort. Saboreemos su contenido atrayente y comprometedor al mismo tiempo.
Un libro de espiritualidad popular Escribía Mons. Franzi, que fue presidente de la Unión Mariana Nacional Italiana: «Me tiembla la mano al trazar estas líneas como prefacio al Tratado de la Verdadera Devoción. No soy digno de ello. Este es un libro precioso: escrito por un Santo, meditado por los Santos, cuya misión es formar Santos, es decir, que quiere llevar las almas a Aquella que, por voluntad divina, es formadora de Santos» (Prefacio a la XXXII edición, 1955). Es verdad. El Tratado de la Verdadera Devoción presenta un cristianismo muy comprometedor: exige el don total de sí mismo a María y, por Ella, a Jesucristo. Montfort sigue un ritmo de renuncia al propio egoísmo y de total disponibilidad a María, para que Cristo se forme en el cristiano. ¡Pero no te asustes! ¿Quieres saber para quiénes ha escrito el santo misionero? No para los doctos, los sabios, los teólogos, sino para el pueblo, para las gentes de corazón sencillo y deseosas de llevar a la práctica lo que escuchan: «Estoy hablando de modo especial a los humildes y sencillos. Que son personas de buena voluntad, tienen una fe más robusta que la generalidad de los sabios y creen con mayor sencillez y mérito. Por ello, me contento con declararles llanamente la verdad» (VD 26). Esta es la característica del Tratado de la Verdadera Devoción y seguramente una de las causas de su éxito: su lenguaje es popular, accesible, inmediato. Pero, entendámonos, es todo menos que vulgar o transmisor de vulgaridades. Sigue un camino medio que te puedo describir así. Montfort tenía ante él el camino trazado por grandes autores de espiritualidad, como Bérulle, que ha escrito sublimes elevaciones sobre Jesús y María, pero en una clave mística sin referencias prácticas. Montfort había leído también a los escritores jesuitas, como el p. Barry (+1661), que escribió un libro muy devocional y popular, pero carente de profundos contenidos teológicos: "El paraíso abierto a Filagia por 100 devociones a la Madre de Dios fáciles de practicar". El santo misionero ha optado por la vía de la fidelidad a Dios y al pueblo. Ha escrito para las gentes en estilo sencillo y comprensible, teniendo en cuenta sus exigencias de concreción. No se detiene en principios abstractos, sino que desciende a la práctica proponiendo ejercicios concretos de devoción a María. Sin embargo, no se limita a los ejercicios de piedad, sino que cimienta teológicamente la devoción a María refiriéndose al plan de Dios y a la misión maternal y real de la Madre del Señor. Además, pide al pueblo la conversión de toda la vida y la conformación total a Jesucristo, en lo cual consiste la perfección cristiana. Digámoslo en palabras modernas: Montfort es uno de los pocos autores espirituales que han elaborado una espiritualidad mariana popular, en que se adopta la cultura del pueblo para ponerla al servicio de una vida cristiana madura y responsable bajo la guía maternal de María.
Un templo en honor de María Entremos ahora en el corazón de la obra monfortiana. ¿Cuáles son los contenidos y el mensaje del Tratado de la Verdadera Devoción? Podemos comparar este libro con una basílica cristiana en honor de María. Hay un pórtico, que introduce a tres naves, donde se encuentra la fuente bautismal; se mira, pues, al ábside, que corona el presbiterio en el cual se halla el altar, lugar de convergencia de todo el edificio. 1. El Pórtico del Tratado de la Verdadera Devoción está constituido por la situación del pueblo de Dios en su relación con María. Montfort no puede esconder su entusiasmo frente al desarrollo de la alabanza de María en la Iglesia: «Toda la tierra está llena de su gloria. Particularmente entre los cristianos que la han escogido por tutela y patrona de varias naciones, provincias, diócesis y ciudades...» (VD 9). No obstante, esta visión positiva, Montfort piensa que María debe ser más conocida y amada, si se quiere que el reino de Jesucristo se ponga en marcha en el mundo (ver VD 13). 2. Entremos en la parte sagrada del templo. La primera nave muestra en sus frescos el puesto y actividad de María en el plan de la salvación. ¿Quién es María para Montfort? Y lo que es Ella según Dios. En efecto, Montfort afirma claramente la condición de María como creatura y a la vez su elección a una misión importante en la historia de Cristo y de la Iglesia: «Confieso con toda la Iglesia que siendo María una simple creatura salida de las manos del Altísimo, comparada con la Majestad infinita es menos que un átomo o, mejor, es nada, porque sólo El es El que es... Afirmo, sin embargo, que –dadas las cosas como son– habiendo querido comenzar y culminar sus mayores obras por medio de la Santísima Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará jamás de proceder» (VD 14-15). Montfort para comprender quién es María se levanta hasta el Dios Trinidad. Se refiere al menos 4 veces a la forma de actuar del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que han escogido a María como instrumento nobilísimo para comunicar a los hombres la salvación. Oigamos cómo se expresa Montfort mismo: «Dios Padre creó un depósito de todas las aguas y lo llamó mar. Creó un depósito de todas las gracias y lo llamó María. Dios Hijo comunicó a su Madre cuanto adquirió mediante su vida y muerte, sus méritos infinitos y virtudes admirables. Dios Espíritu Santo comunicó sus dones inefables a María, su fiel Esposa, y la escogió por dispensadora de cuanto posee» (VD 23-25). Reconocer la misión santificadora de María –concluye Montfort– «es algo necesario a los hombres para alcanzar la salvación» (VD 39). 3. Una segunda nave está representada por la descripción del auténtico culto a María. Este –para Montfort– se halla inserto en el tejido total del cristianismo, en cuanto que respeta la primacía de Cristo en la vida espiritual y tiene como finalidad el crecimiento de la fe cristiana (VD 60-89). La verdadera devoción excluye las falsas actitudes respecto de María, tales como el minimismo, la exterioridad, la presunción, la inconstancia (VD 90-102). La verdadera devoción consiste, en cambio en una actitud interior, tierna, santa, constante, desinteresada. Se expresa en diferentes prácticas religiosas, sobre todo viviendo en comunión espiritual con Ella (VD 105-113). 4. La nave central está reservada a la forma de devoción mariana, considerada como la mejor por Montfort: la perfecta consagración a Cristo por medio de María. ¿En qué consiste esa consagración? Montfort subraya dos aspectos: «Consiste esta devoción en una entrega total a la Santísima Virgen, para pertenecer totalmente a Jesucristo, por medio de Ella... He dicho que esta consagración puede muy bien definirse como una perfecta renovación de los votos y promesas del santo Bautismo» (VD 121.126). Montfort se manifiesta en este pasaje como excelente misionero con fino sentido teológico y pastoral. Llega a las raíces de la vida cristiana, el bautismo y presenta la consagración a María como medio fácil y seguro para mantenerse fiel a las promesas bautismales de renuncia al mal y adhesión vital a Jesucristo. 5. En el ábside que corona todo el edificio, Montfort ha pintado la imagen de la Virgen María, que conduce y forma a sus consagrados según la imagen de Jesucristo. El corazón del Tratado de la Verdadera Devoción consiste en cuatro prácticas interiores "muy santificadoras para aquellos a quienes el Espíritu Santo llama a una elevada perfección". Estas actitudes –dice Montfort– «se resumen en obrar siempre por María, con María, en María y para María a fin de obrar más perfectamente por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo y para Jesucristo» (VD 257). 6. Al templo construido por Montfort confluye toda la vida cristiana en todas sus manifestaciones. Subraya él la unión de los cristianos con Jesús en la Eucaristía proponiendo un método para vivir el espíritu de la consagración a María en la Sagrada Comunión (VD 266-273). Así el bautismo culmina en la Eucaristía, como el bautisterio en el altar: la consagración sacerdotal, profética y real desemboca en la celebración de la Misa, sacrificio y banquete, donde la comunidad se convierte en un solo corazón y una sola alma. Finalmente, del Tratado monfortiano se extraen suaves y comprometedores impulsos para proseguir con María por el camino cristiano. Salimos del templo para traducir en la vida la propia consagración a Jesucristo por medio de María.
¡Conságrate también tú! El Tratado de la Verdadera Devoción ha tenido muchos lectores. Algunos no han logrado romper la corteza de ciertas expresiones aparentemente duras y tan pronto encontraron expresiones como "esclavitud de amor", "hacerse esclavo de María" cerraron el libro para no abrirlo más. Mucho más numerosos son los que han roto la concha de tales expresiones y han descubierto dentro un fruto dulcísimo: una vida cristiana vivida en la presencia y con la ayuda de la Madre de Jesús y Madre nuestra. Citemos entre tales discípulos de Montfort a san Maximiliano Kolbe que asimiló la doctrina hasta llegar a afirmar: "La devoción enseñada por el beato Grignion es totalmente nuestra" (Carta 508, 2-4-1933). También Frank Duff, fundador de la Legión de María, que reconoce en Montfort uno de sus maestros espirituales, ha testificado: «Está fuera de duda que todo el que comienza a estudiar el Tratado de la Verdadera Devoción cae bajo su hechizo, porque el libro lo tiene todo: estilo, fervor, convicción intensa, solidez, elocuencia avasalladora, aliento de autoridad e inspiración... El libro de Montfort se ha ganado por sí mismo un puesto en la Iglesia» (F. Duff, Prospettiva monfortana sulla vera devozione a María, Redona di Bergamo, PP. Monfortani, 1942, pg. 10-11). Dejando de lado a muchos otros cristianos consagrados a María, lleguemos a Juan Pablo II. Con ocasión de la peregrinatio de la Virgen de Jasna Góra (8-11-1968), el entonces cardenal Wojtyla reveló a los feligreses de Borek Falecki el influjo que el Tratado de la Verdadera Devoción a María ha ejercido en su vida: «Con frecuencia tengo ante los ojos un pequeño librito de forro azul celeste... Cuando era obrero en la Solvay lo llevaba siempre conmigo, junto con un trozo de pan, para el turno de la tarde o de la noche. Durante el turno de la tarde lo leía con frecuencia. Se intitulaba: Tratado sobre la Devoción a la Santísima Virgen María. En ese entonces, el autor era beato y fue elevado a los altares como santo: Luis María Grignion de Montfort... Aquel librito de forro azul celeste, semejante a un misal, me proporcionaba lectura durante muchos días y muchas semanas. No sólo lo leía y conservaba. Lo leía, si así puede decirse de principio a fin y comenzaba de nuevo. En este librillo aprendí lo que significa la devoción a la Virgen. He sido devoto de María primero siendo niño, luego como escolar, y finalmente como universitario. Pero ¿cuál es en verdad el sentido y la profundidad de esta devoción que me enseñó este librito durante los turnos de trabajo, aquí en la fábrica se soda...? Lo leí tanto que todo él, por dentro y por fuera, estaba manchado de soda. Recuerdo muy bien esas manchas de soda, porque son un elemento importante de toda mi vida interior» (Karol Wojtyla, María, Omelie, Librería Editrice Vaticana, 1982, pág. 156-157). También tú, amigo lector, si quieres vivir en plenitud tu realidad cristiana, toma en tus manos el Tratado de la Verdadera Devoción a María. Tómalo y léelo. con este libro, un gran misionero, que consumó su existencia predicando a Jesucristo al pueblo y murió a la edad de 43 años, te conducirá con mano segura para amar a la Virgen de manera teológica y a consagrarte totalmente a Jesucristo con Ella y por medio de Ella.
LECTURA
Finalidad del Tratado de la Verdadera Devoción a María «Cuanto digo responde al propósito que tengo de hacer de ti un verdadero devoto de María y un auténtico discípulo de Jesucristo. ¡Oh! ¡Qué bien pagado quedaría mi esfuerzo, si este humilde escrito cae en manos de una persona bien dispuesta, nacida de Dios y de María y "no de la sangre ni de la carne ni de la voluntad de varón", le descubre e inspira, por gracia del Espíritu Santo, la excelencia y precio de la verdadera y sólida devoción a la Santísima Virgen, que ahora voy a exponerte! Si supiera que mi sangre pecadora iba a servir para hacer penetrar en tu corazón, lector amigo, las verdades que consigno por escrito en honor de mi amada Madre y soberana Señora –cuyo último Hijo y esclavo soy– con mi sangre en lugar de tinta trazaría estas líneas. Pues abrigo la esperanza de hallar personas generosas que, por su fidelidad a la práctica que yo te enseño, resarcirán a mi amada Madre y Señora por los perjuicios que ha sufrido a causa de mi ingratitud e infidelidad. Hoy me siento más animado que nunca a creer y esperar aquello que llevo profundamente grabado en el corazón y que vengo pidiendo al Señor desde hace muchos años, a saber, que tarde o temprano la Santísima Virgen tenga más hijos, servidores y esclavos de amor que nunca y que, por este medio, Jesucristo reine como nunca en los corazones» (VD 111-113).
COMPROMISO DE VIDA
Voy a comenzar a leer en todas sus partes el Tratado de la Verdadera Devoción a María de san Luis M. de Montfort, pidiendo al Espíritu Santo poder comprender y asimilar su precioso contenido.
EL PUEBLO DE DIOS DELANTE DE MARIA
1. MARÍA EN EL HOY DE LA IGLESIA
Veo avanzar a un sacerdote pobremente vestido. Lleva el sombrero bajo el brazo por respeto a la presencia de Dios. Profundamente recogido va desgranando las cuentas de un gran rosario. Pero cuando sube al púlpito, su mirada se inflama, su lengua hiere como espada afilada la conciencia de los oyentes. Estos tienen la impresión de encontrarse ante un profeta del Antiguo Testamento. Sabe también ser suave y atraer el corazón de los fieles a un amor concreto a Dios. Aprieta bajo el brazo un manuscrito que él mismo considera precioso y que lleva siempre consigo. Llama mi curiosidad este sacerdote itinerante. Saltando la barrera de más de 250 años, le salgo al paso y le pregunto: «Dime: ¿quién eres, qué haces, qué mensaje ofreces al mundo?» «He renunciado –me responde– al nombre de familia Grignion y conservo el de mi bautismo, unido al nombre del lugar donde Dios me hizo nacer a la vida terrena. Soy Luis María de Montfort, misionero apostólico. He cantado y proclamado en mis doscientas misiones el secreto de mi vida: Por Jesús subo hasta su Padre y jamás vuelvo rechazado, a Jesús por su Madre llego y nunca, nunca soy desechado. Lo hago todo en Ella y por Ella, que es secreto de santidad, para ser fiel a Dios en todo y hacer siempre su voluntad (CT 77,18-19). El contenido de mi mensaje, que escribiría inclusive con mi sangre, está consignado en mi obrita que pensaba intitular Preparación al reinado de Jesucristo, pero que se conocerá con el nombre de Tratado de la Verdadera Devoción a María».
¿En qué punto nos hallamos? En la parte inicial de su libro san Luis María de Montfort describe la situación de la Iglesia de su tiempo en torno a la devoción mariana, con estas palabras: «Todos los días, del uno al otro confín de la tierra, en lo más alto de los cielos y en lo más profundo de los abismos, todo pregona y exalta a la admirable María. Los nueve coros angélicos, los hombres de todo sexo, edad, condición, religión, buenos y malos, y hasta los mismos demonios –de grado o por fuerza– se ven obligados, dada la evidencia de la verdad, a proclamarla bienaventurada... Toda la tierra está llena de su gloria. Particularmente entre los cristianos que la han escogido por tutela y patrona de varias naciones, provincias, diócesis y ciudades. ¡Cuántas catedrales no se hallan consagradas a Dios bajo su advocación! ¡No hay iglesia sin un altar erigido en su honor ni comarca ni región, donde no se dé culto a alguna de sus imágenes milagrosas, donde se cura toda clase de enfermedades y se obtiene toda clase de bienes! ¡Cuántas cofradías y congregaciones en su honor! ¡Cuántos institutos religiosos colocados bajo su nombre y protección! ¡Cuántos congregantes en las asociaciones piadosas, cuántos religiosos en tantas órdenes religiosas! ¡Todos publican sus alabanzas y proclaman sus misericordias! No hay siquiera un pequeñuelo que, al balbucir el Avemaría, no la alabe. Ni apenas un pecador que, en su obstinación, no conserve alguna chispa de confianza en Ella. Ni siquiera un solo demonio en el infierno que, temiéndola, no la respete» (VD 8-9). Hoy Montfort seguramente sería menos entusiasta ante la situación del culto mariano en la Iglesia. Nuestra época ha experimentado una profunda crisis en relación con la Madre del Señor. Después del desarrollo de la devoción mariana que culminó en la definición del dogma de la Asunción (1950) y en el Año mariano (1954), se pusieron en discusión varias formas tradicionales de culto y cayeron en desuso algunas prácticas apreciadas por el Pueblo de Dios como el mes de mayo. Algunos llegaron hasta considerar el recurso confiado y la consagración a María como complicación en el itinerario hacia Cristo; otros teólogos –concretamente desaprobados por el magisterio apostólico– vaciaron de su significado histórico y teológico el dogma de la virginidad perpetua de María. Si es condenable la infidelidad a la tradición constante de la Iglesia cuando se trata de datos ciertos acerca de la Virgen Madre de Dios, lo mismo se debe decir de la actitud fría o demasiado reservada para con Ella. ¿Será que nuestra época ha sido dispensada de la alabanza universal a Aquella a quien todas las generaciones proclamarán dichosa (ver Lc 1,48)? El Papa Juan XXIII reflexionando sobre este tema observaba preocupado: «¿Por qué tantos que llevan en la frente el signo de Jesucristo han echado puerta a fuera a la Virgen? ¿Por qué no quieren saber nada de Ella? Es como echar fuera a la propia madre. Pero entonces sobreviene la ruina». Afortunadamente la desconfianza temporal hacia el culto mariano se fue disolviendo bajo el impulso atribuible al Espíritu: nuestra época encuentra nuevamente a María. La Madre del Señor y Madre de la Iglesia ha reaparecido en el horizonte eclesial como estrella de primera magnitud para iluminar con la luz recibida de su Hijo el camino del Pueblo de Dios.
Nueva presencia de María en nuestro tiempo Es interesante constatar cómo hoy se encuentra a María nuevamente por caminos, a veces nuevos e inéditos. Ante todo, los movimientos eclesiales, desarrollados después del Concilio, han llegado a descubrir la presencia de María partiendo de los valores vividos en forma especial dentro de ellos mismos. Así los Focolarinos presentan a María tras haber invitado a experimentar el amor fraterno, a través del cual Jesús se hace presente en la comunidad; viviendo el Evangelio somos María en la Iglesia, porque Jesús nace en ésta como había nacido en María. El movimiento de los Focolarinos, surgido como Obra de María, invita a los participantes a las Mariápolis a vivir ante todo el Evangelio y en particular el mandamiento del amor fraterno: si nos amamos, Jesús nace en medio de nosotros. Pero engendrar la presencia de Jesús por medio del amor es precisamente lo que ha hecho María. De ello se sigue que debemos ser María en la Iglesia: ser ese "silencio de amor" en el cual la Palabra de Dios puede resonar y encarnarse en el mundo. Los grupos de Renovación en el Espíritu a partir de la docilidad y oración al Espíritu se dan cuenta de que el mismo Espíritu Santo inspira la alabanza a María, como lo hizo Isabel, y que una oración auténtica debe tener las características de la Madre del Señor: el sí de la disponibilidad, el Magníficat de la alegría, la humildad confiada que sabe esperar. En la misma línea se colocan tantas otras asociaciones o movimientos, por ejemplo, las comunidades neocatecumenales, que recorren el camino de toma de conciencia de la realidad del bautismo sobre el paradigma de la vocación de María, o las comunidades de base de América Latina, que a la luz de la Palabra de Dios, descubren a María como mujer pobre, que canta la liberación del Pueblo fiel a Dios. Esta liberación pasa a través de la valorización del Magníficat, considerado como la mejor expresión de la espiritualidad liberadora. La Virgen canta en él la intervención de Dios en la historia a favor de los pobres y de los oprimidos. Si queremos ponernos en sintonía con Ella, no debemos contentarnos con recitar plegarias y quizás lavarnos las manos ante las injusticias del mundo: son necesarios el compromiso de liberación, la solidaridad con los pobres, la esperanza activa en la transformación del mundo. También la comunidad reformada de Taizé, superando el hecho de que «el protestantismo no se ha atrevido a meditar sobre cuanto el Evangelio nos enseña respecto de la Madre de Nuestro Señor» (Marx Thurian), ha llegado mediante el estudio sereno de la Sagrada Escritura a percibir la estupenda imagen bíblica de María.
Pastores y pueblo ante María No han faltado en nuestro tiempo de parte de los pastores de la Iglesia –como en las siglos pasados– intervenciones numerosas y significativas para sostener y promover el culto mariano, orientándolo hacia el culto a la Santísima Trinidad. Papas y obispos han estado de acuerdo en la defensa de las verdades tradicionales acerca de María y en la profundización del sentido de la misión de la Virgen en la vida de la Iglesia. Dos testimonios de este esfuerzo lo constituyen estos documentos: el capítulo VIII de la Lumen Gentium (1964), que trata de "María en el misterio de Cristo y de la Iglesia" y constituye la más amplia síntesis mariana propuesta por concilio alguno y la Exhortación Apostólica Marialis Cultus (1974), en la cual Pablo VI organiza el culto mariano insertándolo en la liturgia y abriéndolo a las exigencias de la cultura contemporánea. En pos de sus predecesores, Juan Pablo II ha expresado su consagración a María haciendo del lema Totus Tuus el programa de su ministerio pontificio. En sus viajes apostólicos por todo el mundo, se ha presentado como peregrino en los santuarios marianos, en los cuales ha consagrado las naciones a María. Con su carisma mariano, el Papa Wojtyla ha despertado la reflexión y el nuevo impulso de la devoción a María en la Iglesia actual. El pueblo, por su parte, ha permanecido fiel a María, perseverando en acudir confiadamente a Ella, en recitar el rosario y peregrinar a los santuarios. El descubrimiento de la religiosidad popular, que ha resistido a la secularización dando un mentís a los sociólogos que habían previsto su ocaso, ha puesto en evidencia la devoción a María como uno de los valores más apreciados por el Pueblo de Dios. Se tomó en cuenta que María es el alma de la religiosidad popular para un encuentro auténtico con Cristo. Esa piedad mariana debe ser purificada de desviaciones eventuales, pero sigue siendo un precioso elemento de la vida del pueblo cristiano en sintonía con la presencia maternal y eficaz de María en la historia de la salvación.
¿Quién es para mí María? A través de toda su vida, s. Maximiliano Kolbe ha dirigido a María esta pregunta: «¿Quién eres, oh Inmaculada?» No quería contentarse con un conocimiento abstracto y estéril; buscaba un encuentro vivo y personal. Estaba convencido de que «la Sma. Virgen María no es una fábula o una leyenda, sino un ser viviente y que nos ama a cada uno, no conocida todavía suficientemente y a cuyo amor no se responde aún como se debe» (de una carta de 1940). Se necesita mucha oración, mucho amor y gran apertura a la gracia del Espíritu Santo. Junto con los santos y con tantos hermanos míos, estoy invitando también yo a hacer el descubrimiento maravilloso de María. Quiero contemplarla a la luz de la Palabra de Dios a fin de comprender su figura y misión auténticas. Reflexionaré sobre el misterio de Cristo y la realidad de la Iglesia, a fin de encontrar «como raíz del primero y coronamiento de la segunda, la misma figura de mujer, la Virgen María, precisamente Madre de Cristo y de la Iglesia» (MC introducción). Sobre todo no dejaré de mirar a mi vida cristiana y a mi vocación para convencerme de que María está presente en ellas, como aquella que guía mi camino especialmente en los momentos más decisivos. Cada vez me doy más cuenta de que mi problema consiste en darle mayor sitio y prestarle mayor atención, porque María ha recibido de Dios la misión de acompañar a todo cristiano desde el bautismo hasta la gloria.
LECTURA
María, mundo de Dios «Proclamo con todos los santos que la excelsa María es el paraíso terrestre del Nuevo Adán, quien se encarnó en él por obra del Espíritu Santo para realizar allí maravillas incomprensibles. Ella es el sublime y divino mundo de Dios, lleno de bellezas y tesoros inefables. Es la magnificencia del Altísimo, quien ocultó allí, como en su seno, a su Unigénito y con El todo lo más excelente y precioso. ¡Oh! ¡Qué portentos y misterios ha ocultado Dios en esta creatura admirable, como Ella misma –no obstante su profunda humildad– se ve obligada a confesarlo. ¡El poderoso ha hecho cosas grandes por mí! ¡El mundo las desconoce porque es incapaz e indigno de conocerlas! Los santos han dicho cosas admirables de esta ciudad santa de Dios. Y, según ellos mismos testifican, nunca se sintieron tan elocuentes y felices como al hablar de Ella. Todos proclaman a una que: la altura de sus méritos, elevados por Ella hasta el trono de la Divinidad, es inaccesible; la anchura de su caridad, dilatada por Ella más allá de las fronteras de la tierra, es inconmensurable; la grandeza de su poder, que se extiende hasta el mismo Dios, es incomprensible; y, en fin, la profundidad de su humildad y de todas sus virtudes y gracias es un abismo insondable. ¡Oh altura incomprensible! ¡Oh anchura inefable! ¡Oh grandeza sin medida! ¡Oh abismo impenetrable!» (VD 6-7).
COMPROMISO DE VIDA
Me aplicaré a discernir los signos de la presencia de María en el peregrinar de fe del Pueblo de Dios (experiencias marianas, acontecimientos eclesiales, piedad popular en los santuarios...)
2. ¿CONOCEMOS REALMENTE A MARIA?
Montfort comienza a hablar de María con una frase concisa y solemne que inserta a María en el designio salvífico con clara orientación cristológica: «Por medio de la Santísima Virgen vino Jesucristo al mundo y por medio de Ella debe reinar también en el mundo» (VD 1). Para Montfort, María es la persona elegida por Dios para introducir a Cristo en la historia y en el corazón de los hombres. Ella es instrumento elegido para la venida histórica de Jesús entre nosotros y se convierte en camino para su venida espiritual a nosotros. La que ha traído a Cristo es la mejor calificada para llevarnos a Cristo. El mejor comentario a esta afirmación inicial de Montfort, que presenta un tema que volverá con muchas variantes en el curso de la obra, nos lo ofrece una frase de Pablo VI: «Jesús ha venido a nosotros por la Encarnación, desde el seno y los brazos de María, por medio de Ella, para que lo encontráramos y pidiéramos entrar en comunión con El, siempre, a través de su Madre santísima» (8-12-1966). Si María es el camino que lleva hasta Jesús, es claro que hay que conocerla y recorrerla; es decir, es preciso entrar con Ella en relación de conocimiento y de amor, para hacer reinar a Jesús en el mundo.
María es un misterio Montfort mira aquí a la realidad, a la Iglesia de su tiempo, y concluye con una constatación netamente negativa: María no es suficientemente conocida. Ella es un misterio de ocultamiento, la Virgen sólo deja entrever progresivamente las maravillas de gracia que el Señor obró en Ella. Tres razones explican el hecho de que los fieles conozcan insuficientemente a María: el deseo que Ella tiene de humillarse, la disposición divina y su excepcional grandeza. 1. Ante todo la espiritualidad de María, que es la de los pobres del Señor, está muy lejos de la ostentación del propio yo. María ha escogido no hacerse camino para dejar a Dios obrar en Ella. Es silencio y vacío de todo proyecto para ser disponibilidad absoluta al plano trascendente de Dios. Montfort afirma que María ha orado para alcanzar el permanecer desconocida al mundo y poder servir a Dios con pureza de intención: «La vida de María fue muy oculta. Por ello, el Espíritu Santo y la Iglesia la llaman Alma Mater: Madre oculta y escondida. Su humildad fue tan profunda que no hubo en Ella anhelo más firme y constante que el ocultarse a sí misma y a todas las creaturas, para ser conocida solamente de Dios. Ella pidió al Señor pobreza y humildad. Y El, escuchándola, tuvo a bien ocultarla en su concepción, nacimiento, resurrección y asunción, casi a todos los hombres...» (VD 2-3). 2. Dios atendió el deseo de la Virgen, que en su vida terrestre no aparece en primer plano con acciones prodigiosas y grandes discursos. En el Evangelio –observa Montfort– se la recuerda solamente en contextos cristocéntricos y cuando es necesario para anunciar a Jesucristo: «Dios Padre –a pesar de haberle comunicado su poder– consintió en que no hiciera ningún milagro, al menos portentoso, durante su vida. Dios Hijo –a pesar de haberle comunicado su sabiduría– accedió a que Ella casi no hablara. Dios Espíritu Santo –a pesar de ser Ella su Esposa fiel– consintió en que los Apóstoles y Evangelistas hablaran de Ella muy poco y sólo en cuanto era necesario para dar a conocer a Jesucristo» (VD 4). 3. Finalmente, si todo hombre es un misterio, esto vale más todavía tratándose de María. Colmada de gracia y hecha Madre de Dios, es Ella la creatura santa en la cual la Trinidad encuentra sus complacencias. Sólo la revelación del Espíritu Santo puede introducir en el misterio de María, que permanece inalcanzable a esfuerzos puramente humanos. Oigamos a Montfort que desfoga totalmente su amor a María ante el misterio de su santidad y elección a Madre del Salvador: «María es la excelente obra maestra del Altísimo. Quien se ha reservado a sí mismo el conocimiento y posesión de Ella. María es la Madre admirable del Hijo. Quien tuvo a bien humillarla y ocultarla durante su vida, para fomentar su humildad, llamándola mujer, como si se tratara de una extraña, aunque en su corazón la amaba más que a todos los ángeles y hombres. María es la fuente sellada, en la cual sólo puede entrar el Espíritu Santo, cuya Esposa fiel es Ella. María es el santuario y tabernáculo de la Santísima Trinidad...» (VD 5).
Conocer más a María Montfort no ignora que la alabanza a María resuena en la Iglesia y en el mundo. Todas las naciones la proclamarán dichosa, realizando la profecía de María misma en el Magníficat. Pasando amplia revista al horizonte, el santo misionero constata «don particular alegría» del corazón (VD 13) que ángeles y santos, cielo y tierra, naciones y diócesis, buenos y malos, todos se hallan acordes en la alabanza, en el amor o al menos en el respeto a la Madre del Señor: «Todos los días, del uno al otro confín de la tierra, en lo más alto de los cielos y en lo más profundo de los abismos, todo pregona y exalta a la admirable María. Los nueve coros angélicos, los hombres de todo sexo, edad, condición, religión, buenos y malos, y hasta los mismos demonios –de grado o por fuerza– se ven obligados, dada la evidencia de la verdad, a proclamarla bienaventurada» (VD 8). Tras este panorama positivo sobre la presencia de la alabanza a María en el universo, Montfort no se declara contento, sino que escribe en caracteres cuadrados, tres veces mayores que su escritura ordinaria, la frase latina: "DE MARIA NUMQUAM SATIS", es decir, "De María nunca demasiado". Ha querido subrayar una verdad que le interesa tanto. ¿Por qué? Queremos saber las razones porque hace algún tiempo la expresión "De María numquam satis" era contestada por algunos, que proponían el lema contrario: "¡Basta de María!". Un contemporáneo de Montfort, el carmelita Andrés Mastelloni, había escrito en clave psicológica una frase semejante a la del Tratado: «Es un proverbio recibido por todos: de dilecta numquam satis. Nunca es suficiente, más aún, no es demasiado, lo que se dice o se hace por la persona amada» (Le due salutazioni, II, 1688, pg. 230).
Una digna Madre de Dios Montfort ofrece, en cambio, dos razones teológicas: la interioridad de la santificación de María y su dignidad de Madre de Dios. Si se infravaloran estas realidades, se apaga el deseo de conocer y amar más a María. Demos, una vez más, la palabra a Montfort: «Debemos también añadir con el Espíritu Santo: "Toda la gloria de la hija del rey está en su interior". Como si toda la gloria exterior que el cielo y la tierra le tributan a porfía, fueran nada en comparación con la que recibe interiormente de su Creador y que es desconocida a creaturas insignificantes, incapaces de penetrar el secreto de los secretos del Rey. Debemos también exclamar con el Apóstol: "El ojo no ha visto, el oído no ha oído, a nadie se le ocurrió pensar..." las bellezas, grandezas y excelencias de María, milagro de los milagros de la gracia, de la naturaleza y de la gloria. "Si quieres comprender a la Madre –dice un santo– trata de comprender al Hijo. Pues Ella es la digna Madre de Dios". ¡Enmudezca aquí toda lengua! El corazón me ha dictado cuanto acabo de escribir con particular alegría para demostrar que la excelsa María ha permanecido hasta ahora desconocida y que ésta es una de las razones de que Jesucristo no sea todavía conocido como debe serlo. De suerte que si el conocimiento y reinado de Jesucristo han de dilatarse en el mundo –¡lo que sucederá ciertamente!– esto acontecerá como consecuencia necesaria del conocimiento y reinado de la Santísima Virgen. Ella le trajo la primera vez al mundo y lo hará resplandecer en la segunda!» (VD 11-13). La conclusión de toda la introducción del Tratado, que constituye un maravilloso pórtico que nos hace entrar en el templo, es clara y lineal: hay que conocer más a María para que Cristo reine en el mundo. Podemos repetir sustancialmente la misma conclusión con las palabras del Vaticano II: «El sacrosanto Sínodo... exhorta al mismo tiempo a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven generosamente el culto, sobre todo litúrgico, hacia la Bienaventurada Virgen» (LG 67). Evitando "toda falsa exageración", liberémonos también de «una excesiva estrechez de espíritu, al considerar la singular dignidad de la Madre de Dios» (LG 67). María sigue siendo un misterio de gracia y debemos implorar al Espíritu Santo para poder comprenderlo en su significado salvífico. Aquello a que Montfort nos invita es a hacer un intento de mayor fidelidad a Jesucristo, para que El pueda reinar en el mundo. Si estamos convencidos de que existe un "hyatus", una ruptura, entre lo que debiéramos ser y lo que somos, tratemos de llenar este vacío recurriendo a María. Aquella que ha introducido a Jesús en el mundo, será instrumento providencial del Espíritu para que El reine en nosotros y en todos los hombres para gloria del Padre.
LECTURA
Dios quiere revelar a María «Dios quiere, pues, revelar y manifestar a María, la obra maestra de sus manos, en estos últimos tiempos: 1º Porque Ella se ocultó en este mundo y se colocó más baja que el polvo por su profunda humildad, habiendo alcanzado de Dios y de los Apóstoles y Evangelistas que no la dieran a conocer. 2º Porque Ella es la obra maestra de las manos de Dios, tanto en el orden de la gracia como en el de la gloria, y El quiere ser glorificado y alabado en la tierra de los hombres. 3º Porque Ella es la aurora que precede y anuncia al Sol de Justicia, Jesucristo, y, por lo mismo, debe ser conocida y manifestada, si queremos que Jesucristo lo sea. 4º Porque Ella es el camino por donde vino Jesucristo a nosotros la primera vez y lo será también cuando venga la segunda, aunque de modo diferente. 5º Porque ella es el medio seguro y el camino directo e inmaculado para ir a Jesucristo y hallarlo perfectamente. Por Ella deben, pues, hallar a Jesucristo las personas que deben resplandecer en santidad. Quien halla a María, halla la vida, es decir, a Jesucristo, que es el Camino y la Verdad y la Vida. Ahora bien, no se puede hallar a María, si no se la busca; ni buscarla, si no se la conoce: pues no se busca ni desea lo que no se conoce. Es, por tanto, necesario que María sea mejor conocida que nunca, para mayor conocimiento y gloria de la Santísima Trinidad. 6º Porque María debe resplandecer más que nunca en los últimos tiempos en misericordia, poder y gracia: * en misericordia para recoger y acoger amorosamente a los pobres pecadores y a los extraviados que se convertirán y volverán a la Iglesia católica; * en poder contra los enemigos de Dios, los idólatras, los cismáticos, mahometanos, judíos e impíos endurecidos que se sublevarán terriblemente para seducir y hacer caer, con promesas y amenazas, a cuantos se les opongan; * en gracia, finalmente, para animar y sostener a los valientes soldados y fieles servidores de Jesucristo, que combatirán por los intereses del Señor. 7º Por último, porque María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces "como ejército en orden de batalla" sobre todo en estos últimos tiempos. Porque el diablo "sabiendo que le queda poco tiempo" –y menos que nunca– para perder a las gentes, redoblará cada día sus esfuerzos y ataques. De hecho, suscitará en breve crueles persecuciones y tenderá terribles emboscadas a los fieles servidores y verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta vencer mucho más que a los demás» (VD 50).
COMPROMISO DE VIDA
Me empeñaré en conocer a María, meditando los pasajes marianos del Evangelio o leyendo el capítulo VIII de la Lumen Gentium dedicado a la "Bienaventurada Virgen María en el misterio de Cristo y de la Iglesia".
MARIA EN EL PLAN DE LA SALVACION
3. MARIA EN EL PLAN DEL AMOR TRINITARIO
Una verdadera visión de fe impulsa a considerar todas las realidades con los ojos de Dios. Elevémonos, por tanto, más allá de nuestras cortas miradas humanas hasta el corazón de la Trinidad, si queremos comprender a María. En el vértice de la revelación neotestamentaria, leemos que «Dios es amor» (1 Jn 4,16) y es Padre, Hijo y Espíritu Santo (Mt 28,19; Jn 14,16), es decir, una comunidad de amor. Y leemos todavía que «en esto se hizo visible entre nosotros el amor de Dios: en que envió al mundo a su Hijo único para que nos diera vida» (1 Jn 4,9). ¡Designio maravilloso de Dios sabio y misericordioso! Queriendo comunicarnos su propia vida y hacernos hijos suyos, el Padre envía a su Hijos al mundo y nos comunica el Espíritu vivificante. En este camino de Dios hacia el hombre y del hombre hacia Dios, el Padre escogió a una creatura de nombre María, para que colaborara en la inserción de Cristo en la historia humana y se convirtiera en el Espíritu en Madre de los discípulos de Cristo. Dios que lo realiza todo conforme a un designio de amor, "la amó y obró en Ella maravillas (ver Lc 1,49); la amó por sí mismo, la amó por nosotros; se la dio a sí mismo y la dio a nosotros" (MC 56). Elevándose hasta el designio divino de salvación, Montfort ve allí inserta a María por voluntad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en todas las etapas: vida de Cristo, historia de la Iglesia, última venida de Jesús.
La Trinidad escoge a María para la salvación Descendiendo a determinar lo que realizan las tres divinas personas en la obra de la salvación, Montfort especifica cuál es la misión reservada a María por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en la primera venida de Jesús: «Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María... Dios Hijo se hizo hombre para nuestra salvación, pero en María y por María. Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después de pedir su consentimiento...» (VD 16). El sentido de estas afirmaciones es que María fue escogida por la Trinidad para realizar la encarnación del Verbo. En la lógica de Dios, María es Aquella que permite la inserción de Cristo en la historia humana según la vía natural que es la materna. Jesús no aparecerá en el mundo en edad adulta, casi como un meteoro que cae del cielo a la tierra, sino que nacerá como un niño semejante en todo a nosotros menos en el pecado (ver Hb 4,15). María expresará para su Hijo la ternura materna de Dios. Y no obstante ser María un medio en manos de Dios para la gran obra de la salvación, no es un instrumento pasivo o una madre que sólo ejerce una función biológica. Es considerada por Dios como persona responsable: Dios le pide su consentimiento para que adhiera libremente al proyecto de salvación de los hombres acogiendo al Hijo de Dios con fe en su corazón antes que en su cuerpo. Gracias a esta fe, tan celebrada por los Padres de la Iglesia, María se convierte en «causa de salvación para sí y para todo el género humano» (s. Ireneo). Desarrolla un papel de colaboración salvífica en la vida de Cristo y «hasta la muerte (del Hijo) a la que Ella debía asistir para ofrecer con Ella un solo sacrificio y ser inmolado por su consentimiento al Padre eterno...» (VD 17).
La Trinidad continúa la salvación con María Dos motivos impulsan a Montfort a considerar a María estrechamente unida a la Trinidad en la comunicación de la salvación a los hombres de todos los tiempos. 1. La continuidad de la elección divina. Dios en su amor eterno no rechaza a las creaturas fieles a su misión, como María. Habiéndola elegido como instrumento vivo de salvación en la primera venida de Cristo, Dios sigue recurriendo a Ella para comunicar la vida divina en el tiempo de la Iglesia y en la última venida de Cristo (VD 22). 2. El hecho de que la gloria no destruye los dones de la naturaleza ni de la gracia, sino que los perfecciona. Esto significa que María sigue siendo en el cielo verdadera Madre de Dios y que su oración es siempre atendida por su Hijo. Si Jesús la proclamó en la tierra madre de sus discípulos representados por Juan, en el cielo es Ella más que nunca Madre del Pueblo de Dios. Montfort transcribe todo esto en clave trinitaria afirmando: «Dios Padre quiere formarse hijos por medio de María hasta la consumación de los tiempos y le dice: "Pon tu tienda en Jacob" (Eclo 24,13), es decir, fija tu morada y residencia en mis hijos y predestinados... Dios Hijo quiere formarse por medio de María y, por decirlo así, encarnarse todos los días en los miembros de su Cuerpo Místico y le dice: "Entra en la heredad de Israel" (Eclo 24,13)..., simbolizados en Israel: como buena madre suya, tú los darás a luz, los alimentarás y harás crecer... Dios Espíritu Santo quiere formarse elegidos en Ella y por Ella y le dice: "En el pueblo glorioso echa raíces" (Ecclo 24,14). Echa, querida Esposa mía, las raíces de todas tus virtudes en mis elegidos, para que crezcan de virtud en virtud y de gracia en gracia...» (VD 29.31.34). En otras palabras, Dios ha vinculado a María con el tiempo de la salvación. Habiéndola elegido como Madre virginal y creyente de su propio Hijo en la plenitud de los tiempos (ver Gal 4,4), sigue ahora realizando con Ella, Madre y modelo de la Iglesia, la aplicación de la salvación mientras la historia prosigue su marcha.
Misión de María en la era del Espíritu Santo Siguiendo intuiciones originadas en una contemporánea suya, María des Vallées (+1659) y, en último análisis, en Joaquín da Fiore (+1202), Montfort divide la historia en tres grandes épocas, la última de las cuales es la del Espíritu Santo: «El reino especial de Dios Padre duró hasta el diluvio y terminó con un diluvio de agua. El reino de Jesucristo terminó con un diluvio de sangre. Pero tu reino, Espíritu del Padre y del Hijo, continúa actualmente y terminará por un diluvio de fuego, de amor y de justicia» (SA 16). Montfort describe esta última época como era de grandes combates entre las fuerzas del bien y del mal, entre el linaje de María y el de Belial. Será una época de renovación en la Iglesia y de conversión del mundo, obra de "grandes santos" (VD 46.47) y de "apóstoles de los últimos tiempos" (VD 58) en quienes se concretará la idea de la Iglesia santa y apostólica. Ahora bien, tales santos serán el fruto maravilloso de la unión del Espíritu Santo con María. Prosiguiendo el argumento teológico de la continuidad del plan de la salvación, llega Montfort a afirmar más claramente que otros escritores espirituales que esa obra del Espíritu Santo tendrá carácter abiertamente mariano: «María ha colaborado con el Espíritu Santo en la obra más grandiosa de los siglos, es decir, la Encarnación del Verbo de Dios. En consecuencia, Ella realizará también los mayores portentos de los últimos tiempos: la formación y educación de los grandes santos, que vivirán hacia el fin del mundo, están reservadas a Ella, porque sólo esta Virgen singular y milagrosa puede realizar, en unión del Espíritu Santo, las cosas excepcionales y extraordinarias» (VD 35). Tras esta visión teológica del papel de María –que veo inserta en el dinamismo del amor trinitario– me convenzo de que no puedo descuidar en mi vida a una creatura tan importante en la realización de la salvación. Comprendo que por libre voluntad de Dios la Virgen está íntimamente ligada a las tres personas divinas. La Saludo con Montfort: «Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa del Espíritu Santo, Templo de la Trinidad» (Coronilla de 12 estrellas). A la alabanza debe responder la acogida. Siento que debo abrir más todavía mi vida al influjo de María: vuelvo mis ojos a Ella como al modelo de vida evangélica y me pongo a la disposición de su acción materna. Porque en Ella todo depende de la Trinidad, mi camino con Ella florecerá en un amor más grande al Padre, en comunión mayor con el Hijo y en la docilidad suprema al Espíritu Santo.
LECTURA
Bajo la mirada de amor de la Trinidad «Dios Padre quiere formarse hijos por medio de María hasta la consumación de los tiempos y le dice: "Pon tu tienda en Jacob", es decir, fija tu morada y residencia en mis hijos y predestinados, simbolizados por Jacob, y no en los hijos del demonio –los réprobos– simbolizados por Esaú. Dios Hijo quiere formarse por medio de María y, por decirlo así, encarnarse todos los días en los miembros de su Cuerpo Místico y le dice: "Entra en la heredad de Israel". O en otras palabras: Dios, mi Padre, me ha dado en herencia todas las naciones de la tierra, todos los hombres buenos y malos, predestinados y réprobos. Regiré a los primeros con cetro de oro, a los segundos con vara de hierro; de los primeros seré padre y abogado, de los segundos justo vengador: de todos seré juez. Pero tú, querida Madre mía, tendrás por heredad y posesión solamente a los predestinados, simbolizados en Israel: como buena madre suya, tú los darás a luz, los alimentarás y harás crecer y, como soberana suya, los guiarás, gobernarás y defenderás. Dios Espíritu Santo quiere formarse elegidos en Ella y por Ella y le dice: "En el pueblo glorioso echa raíces". Echa, querida Esposa mía, las raíces de todas tus virtudes en mis elegidos, para que crezcan de virtud en virtud y de gracia en gracia. Me complací tanto en ti, mientras vivías sobre la tierra practicando las más sublimes virtudes, que aún ahora deseo hallarte en la tierra, sin que dejes de estar en el cielo. Reprodúcete, para ello, en mis elegidos. Tenga yo el placer de ver en ellos las raíces de tu fe invencible, de tu humildad profunda, de tu mortificación universal, de tu oración sublime, de tu caridad ardiente, de tu esperanza firme y de todas las virtudes. Tú eres, como siempre, mi Esposa fiel, pura y fecunda. Que tu fe me brinde almas fieles; tu pureza me dé vírgenes y tu fecundidad, elegidos y templos» (VD 29.31.34).
COMPROMISO DE VIDA
Me acostumbraré a ver siempre a María en relación íntima con la Trinidad. Expresaré este vínculo recitando el Gloria al Padre, después del Avemaría.
4. UNA MUJER EN LA HISTORIA DE LA SALVACION
Nada interesa tanto al hombre religioso como la propia salvación. Ese hombre no quiere terminar la propia vida en un fracaso, sino que aspira a superar los límites del tiempo y de la propia muerte a fin de participar en la vida eterna de Dios. Más aún, está impreso en el yo profundo del hombre el deseo de realizarse en plenitud, de llegar a la madurez espiritual y, en términos cristianos, de llegar a la santidad. Ante esta iluminación, parece muy digna de lástima la constatación de un poeta de nuestro tiempo que, contemplando su existencia, escribía: «... Es ya demasiado vivir el tanto por ciento. Viví al cinco por ciento, no aumentéis la dosis...» (E. Montale, Per finire). Como hombre y como cristiano, quiero realizar no sólo mi salvación, sino que quiero vivir en plenitud respondiendo a la invitación de Dios que me llama a la santidad. En el camino de la salvación y de la santidad, encuentro a María, una mujer inserta por Dios en su designio de amor: Ella es a la vez modelo y madre en orden a la vida espiritual. No puedo desinteresarme de Ella, que ha recibido de Dios una misión tan importante en la historia de la salvación. Montfort afirma que «la devoción a María es necesaria para alcanzar la salvación» (VD 40) y añade motivaciones que servirán de esquema a nuestras reflexiones: «Las palabras y figuras del Antiguo y del Nuevo Testamento lo demuestran. El sentir y ejemplo de los santos lo confirman...» (VD 41).
María en la Biblia Los diversos libros del Antiguo y del Nuevo Testamento presentan en forma concreta y cada vez más clara el designio de Dios poderoso y lleno de misericordia, que interviene en la historia para salvar a los hombres. La intervención divina más importante y decisiva llega con el envío del Hijo de Dios al mundo. El con su vida, muerte y resurrección, ha transformado la historia ofreciendo a todos la salvación y la vida eterna. Ahora bien, la Biblia misma ilumina cada vez con mayor claridad la figura de la Virgen María, Madre del Redentor. Vislumbrada proféticamente en algunos pasajes del Antiguo Testamento (Gn 3,15; Is 7,14; Miq 5,2-3), María aparece íntimamente unida a Cristo y elegida por Dios para una misión única en la historia. Se dice con frecuencia que la Sagrada Escritura habla poco de María; en realidad, aunque los pasajes marianos no son muy numerosos, son más que suficientes para esbozar para todas las generaciones la auténtica figura y misión de María. Si tomamos en las manos los cuatro evangelios, encontramos toda una serie de indicaciones que conforman una idea exacta de la personalidad religiosa de María y de su oficio en la historia de la salvación. Hay aspectos que resaltan con mayor evidencia... 1. María es la Madre de Jesús, es decir, la mujer escogida por Dios para realizar la doble misión del pueblo de Israel: dar al mundo el Mesías y acogerlo con fe. El evangelista Lucas presenta precisamente a María como la Hija de Sión, a quien se da la alegre noticia de la entrada de Dios en la historia (Sof 3,14-15; Lc 1,28) y, al mismo tiempo, como la Esclava del Señor, que acepta con plena disponibilidad una misión de salvación en favor del pueblo de Dios (Lc 1,38). Esta acción materna y salvífica hace de María la bendita entre las mujeres (Lc 1,42) digna de honor entre las generaciones de la nueva alianza (Lc 1,48). 2. María es la primera cristiana, modelo de fe y de las actitudes evangélicas fundamentales. Proclamada feliz "por haber creído" (Lc 1,45), "avanzó en la peregrinación de la fe" (LG 58) meditando en los acontecimientos y siguiendo a Cristo hasta el Calvario (Lc 2,19.51; Jn 19,25). Constituida en morada del Espíritu que anticipa en Ella el acontecimiento de Pentecostés (Lc 1,35), María queda en capacidad no sólo de concebir virginalmente al Hijo de Dios, sino también de ofrecer a Dios esa respuesta de adhesión total a su voluntad, esperada en vano del pueblo elegido. Toda la espiritualidad de los "pobres del Señor", tejida de confianza total en Dios, solidaridad con su pueblo, silencio meditativo, esperanza del cumplimiento de las promesas divinas, la vive María intensamente. Ella canta, finalmente, el himno de alabanza a Dios en la historia: el Magníficat es el canto de la confianza y la esperanza en el Dios liberador de los pobres y oprimidos, que derriba a los prepotentes orgullosos, para establecer relaciones humanas conformes a su alianza (Lc 1,46-55). 3. A la misión única de María en la historia de la salvación corresponden dos actitudes en las que todo cristiano debe participar. Según la palabra profética Desde ahora me felicitarán todas las generaciones» (Lc 1,48), los hombres deben alabar a María por la maravillas que Dios ha obrado en Ella. Es éste el primer fundamento bíblico de culto a la Madre del Señor. Pero la solemne declaración de Cristo moribundo en la cruz: «Esta es tu madre» (Jn 19,27), declara la misión maternal de María respecto a los discípulos del mismo Jesús. Que quedan invitados a aceptar entre los bienes del Maestro también a su Madre, cuyo corazón se dilata a una maternidad universal: «Desde entonces el discípulo la tuvo en su casa» (Jn 19,27). Puedo concluir que María está presente en mi vida, porque así lo ha querido Dios al confiarle la tarea de contribuir con su fe y acción maternal a mi nacimiento sobrenatural. Reconocerla Madre de Dios y felicitarla es el primer paso de un culto auténtico; acogerla en la propia vida como madre espiritual que ora por nosotros y conduce nuestra ruta hacia el Señor y los hermanos es responder a la ternura de Dios para con nosotros y experimentar la eficacia de la ayuda maternal de María.
La experiencia de los Santos Las indicaciones bíblicas sobre María, considerada inseparable del mensaje cristiano, se han traducido a través de los siglos en vida para los creyentes. Se ha percibido que la presencia de María es benéfica en el itinerario espiritual de cada cristiano, inclusive se la considera indispensable. María, por tanto, hace parte de la oración de la Iglesia y los fieles han experimentado su auxilio maternal y la fuerza evangélica de su ejemplo. S. Juan Damasceno (+749) condensa en una frase el valor salvífico de la devoción mariana: «A ti, esperanza nuestra, atamos nuestras almas, como a un áncora firme e irrompible, consagrándote mente, alma, cuerpo, todo mi ser... En efecto, si el honor tributado a los demás siervos es prueba de la benevolencia para el Señor de todos, ¿cuál no será el honor tributado a ti que engendraste a tu Señor? ¿Cómo no se deberá buscarlo premurosamente? ¿Por qué no preferirlo a la misma respiración? ¿No nos da acaso la vida?» (Sermón 1º sobre la Dormición de María, No. 14). Añadamos a estas vibrantes palabras, las no menos elocuentes de san Bernardo +1153), que muestra a María como "la estrella del mar": «Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María... Siguiéndola, no te desviarás; rogándole, no desesperarás; permaneciendo en Ella, no te perderás... No te fatigarás, si Ella es tu guía; llegarás felizmente al puerto si Ella te es propicia» (II Homilía sobre la Anunciación, No. 17). Muchos otros santos firmarían estas afirmaciones, porque han podido constatar la importancia del culto a María en la conversión de los pecadores, en la evangelización de los pueblos, en la obtención de la madurez espiritual y una comunión perseverante con Dios. Entre ellos se distingue por la claridad de su testimonio y por la fuerza de convicción, el santo misionero popular Luis María de Montfort (+1716), quien pudo escribir: «Creo personalmente que nadie puede llegar a una unión íntima con el Señor y a una fidelidad perfecta al Espíritu Santo, sin una unión muy estrecha con la Santísima Virgen y una verdadera dependencia de su socorro» (VD 43). La afirmación monfortiana no admite términos medios. En la práctica y vista en la línea del Nuevo Testamento como vida en Cristo y en el Espíritu, hay quienes no han desarrollado en sí mismos la comunión de amor con María. La santidad, por tanto, no es posible en la Iglesia sin María –nos asegura Montfort– porque María garantiza la unión con Cristo y la docilidad al Espíritu Santo. Esta doctrina no excluye ciertamente de la santidad a quienes no han recibido un anuncio suficiente acerca del puesto y función de María en la historia de la salvación. Los mártires de los primeros siglos y tantos hermanos evangélicos de buena voluntad, a pesar de no conocer la misión salvífica de la Virgen, se han salvado y santificado. Pero –como dice el cardenal Newman– «una cosa es una simple omisión, otra el descuido... Alejarse de María implica una falta positiva de respeto o una ofensa par con Ella, y esto con conocimiento suficiente» (Carta al Rev. Pusey, 1865). Montfort se refiere a la importancia única de María en la comunicación de la gracia, de que Ella está plena: «Sólo María halló gracia delante de Dios, sin auxilio de ninguna creatura... Sólo por Ella la encontrarán cuantos la hallarán en el futuro... El Altísimo la ha constituido tesorera única de sus riquezas y única dispensadora de sus gracias» (VD 44). Pero su argumento más fuerte es el de su experiencia personal. En los comienzos de su predicación escribía a su director espiritual: «Encuentro tantas riquezas en esta divina Providencia y tanta fuerza en la Santísima Virgen, que ellas solas son suficientes para enriquecer mi pobreza y sostener mi debilidad» (Carta del 5-7-1701). Unos diez años después exclamaba: «¡Cómo quisiera, oh Jesús, publicar ante todas las creaturas tu gran misericordia en favor mío! Y hacer que todo el mundo reconozca que de no ser por María hace tiempo estaría yo condenado... Antes morir que vivir sin Ella!» (SM 66). En lugar de perdernos en muchos razonamientos, sigamos el camino de la experiencia, pongamos en sintonía nuestra vida con la de María, acojamos su presencia en nuestro itinerario espiritual. «Se trata de una presencia femenina que crea el ambiente familiar, la voluntad de acogida, el amor y el respeto a la vida. Es presencia sacramental de los rasgos maternales de Dios. Es una realidad tan profundamente humana y santa que suscita en los creyentes las plegarias de la ternura, del dolor y de la esperanza». Acudamos a Ella que «cuida de que el Evangelio nos penetre, conforme nuestra vida diaria y produzca frutos de santidad» (Episcopado latinoamericano, Puebla 1979, nn. 291 y 290).
LECTURA
María es necesaria a los hombres, por voluntad de Dios «Dado que la Santísima Virgen fue necesaria a Dios, con necesidad llamada hipotética, es decir, proveniente de la voluntad divina, debemos concluir que es mucho más necesaria a los hombres para alcanzar su salvación. La devoción a la Santísima Virgen no debe, pues, confundirse con las devociones a los demás santos, como si no fuese más necesaria que ellas y sólo de supererogación. El docto y piadoso Suárez, S.J., el sabio y devoto Justo Lipsio, doctor de Lovaina, y muchos otros han demostrado con pruebas irrefutables tomadas de los Padres como san Agustín, san Efrén (diácono de Edesa), san Cirilo de Jerusalén, san Germán de Constantinopla, san Juan Damasceno, san Anselmo, san Bernardo, san Bernardino, santo Tomás, san Buenaventura, que la devoción a la Santísima Virgen es necesaria para la salvación y que, así como es señal infalible de reprobación –según lo han reconocido el mismo Ecolampadio y otros herejes– el no tener estima ni amor a la Santísima Virgen, del mismo modo es signo infalible de predestinación el entregarse a Ella y serle entera y verdaderamente devoto. Las palabras y figuras del Antiguo y del Nuevo Testamento lo demuestran. El sentir y ejemplo de los santos lo confirman. La razón y la experiencia lo enseñan y demuestran. El demonio mismo y sus secuaces, impelidos por la fuerza de la verdad, se han visto obligados a confesarlo muchas veces, a pesar suyo. De todos los pasajes de los santos Padres y doctores –de los cuales he elaborado una extensa colección para probar esta verdad– presento sólo uno para no ser prolijo: "Ser devoto tuyo, oh María –dice san Juan Damasceno– es un arma de salvación que Dios ofrece a los que quiere salvar"» (VD 39-41).
COMPROMISO DE VIDA
Daré gracias a Dios por haber introducido a María en la historia de la salvación como Madre de Jesús, modelo de vida evangélica, fiel colaboradora en la obra de la redención.
RESPUESTA VITAL A LA MISION DE MARIA
5. COMPORTAMIENTO VERDADERO CON MARIA
La búsqueda de autenticidad caracteriza a nuestro tiempo. "Estar en la verdad", rehuyendo toda clase de hipocresía, es una exigencia del cristianismo, recalcada muchas veces por Jesús. La búsqueda de autenticidad vale también para el comportamiento que se debe asumir con María. Es necesario que la devoción mariana sea verdadera, es decir, que responda al plan de Dios, y que evite, por tanto, toda falsificación. En realidad, si la verdadera devoción a María ha florecido en la Iglesia, es preciso admitir también que a veces ha caído en abusos, porque –como decía el cardenal Newman– "el mismo proceso que lleva a la madurez, conduce también a la decadencia" (Carta al Rev. Pusey, 1865). También san Luis M. de Montfort, en su Tratado de la Verdadera Devoción a María que estamos comentando, pinta con vivísimos caracteres a los falsos devotos de María, para animarnos a no seguirlos, mientras se preocupa de trazar y proponer el auténtico comportamiento con la Madre del Señor. El santo misionero afirma: "Es importantísimo: 1º) conocer las falsas devociones para evitarlas y las verdaderas para optar por ellas; 2º) conocer cuál es, entre las diferentes formas de verdadera devoción a la Santísima Virgen, la más perfecta, la más agradable a María, la más gloriosa al Señor y la más eficaz para nuestra santificación, a fin de elegirla entre todas" (VD 91).
El montaje de los falsos devotos Antes de hablarnos de la verdadera y perfecta devoción a María, Montfort hace desfilar ante nuestra mirada atónita, como en un montaje cinematográfico, una larga teoría de falsos devotos. Gentes que no quisiéramos encontrar en nuestro camino. Gentes, sin embargo que, en cambio, con otros nombres y bajo falsas vestiduras pululan por nuestras calles y se anidan en nuestras comunidades. Conozcámoslos.
Hipercríticos Los primeros en aparecer son hombres cultos, pero hipercríticos e incapaces de comprender las formas de devoción popular: prefieren destruirla en lugar de orientarla a la luz de la Palabra de Dios. Montfort, después de describirlos, los señala como personas peligrosas: «Los devotos críticos son, por lo común, sabios orgullosos, engreídos y pagados de sí mismos, que en el fondo tienen alguna devoción a la Santísima Virgen, pero critican casi todas las formas de piedad con las que las gentes humildes honran sencilla y santamente a esta buena Madre, sólo porque no se acomodan a sus fantasías. Ponen en duda todos los milagros e historias referidas por autores fidedignos o extraídas de las crónicas de las Ordenes religiosas, que atestiguan la misericordia y poder de la Santísima Virgen. Se irritan al ver a las gentes sencillas y humildes arrodilladas para rogar a Dios, ante un altar o imagen de María o en la esquina de una calle... Llegan hasta acusarlas de idolatría, como si adoraran la madera o la piedra. En cuanto a ellos –así dicen– no gustan de tales devociones exteriores ni son tan cándidos como para creer en tantos cuentos e historietas como circulan acerca de la devoción a la Virgen... Esta clase de devotos y gente orgullosa y mundana es mucho de temer: hace un daño incalculable a la devoción a la Santísima Virgen, alejando de Ella definitivamente a los pueblos con pretexto de desterrar abusos» (VD 93).
Minimistas La segunda clase de falsos devotos que aparecen en el escenario está constituida por cristianos que hoy llamaríamos minimistas. Correctamente preocupados por salvaguardar la primacía de Cristo, se equivocan al no entender que el honor tributado a la Madre florece en la glorificación al Hijo. Oigamos la respuesta equilibrada de Montfort a los minimistas, que él describe como devotos escrupulosos: «Los devotos escrupulosos son personas que temen deshonrar al Hijo al honrar a la Madre, rebajar al Uno al honrar a la Otra. No pueden tolerar que se tributen a María las justísimas alabanzas que le tributan los santos Padres. Toleran penosamente que haya más personas arrodilladas ante un altar de María que delante del Santísimo Sacramento, ¡como si esto fuera contrario a aquello o si los que oran a la Santísima Virgen no orasen a Jesucristo por medio de Ella! No quieren que se hable con tanta frecuencia de la Madre de Dios ni que los fieles acudan a Ella tantas veces! Oigamos algunas de sus expresiones más frecuentes: "¿De qué sirven tantos Rosarios? ¿Tantas congregaciones y devociones exteriores a la Santísima Virgen? ¡Cuánta ignorancia hay en tales prácticas! ¡Esto es poner en ridículo la religión! ¡Háblenme más bien de los devotos de Jesucristo! (Y al pronunciar frecuentemente este nombre, lo digo entre paréntesis, no se descubren). ¡Hay que acudir solamente a Jesucristo! El es nuestro único Mediador. Hay que predicar a Jesucristo: ¡Esto sí es sólido!" Y lo que dicen es verdadero en cierto sentido. Pero, la aplicación que hacen de ello para combatir la devoción a la Santísima Virgen es muy peligrosa, es un lazo sutil del espíritu maligno, so pretexto de un bien mayor. Porque ¡nunca se honra tanto a Jesucristo como cuando se honra a la Santísima Virgen! En efecto, si se la honra, es para honrar más perfectamente a Jesucristo y si vamos a Ella, es para encontrar el camino que nos lleve a la meta, que es Jesucristo. La Iglesia, con el Espíritu Santo, bendice primero a la Santísima Virgen y después a Jesucristo: "Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús". Y esto, no porque la Virgen María sea mayor que Jesucristo o igual a El –lo que sería intolerable herejía– sino porque para bendecir más perfectamente a Jesucristo hay que bendecir primero a María. Digamos, pues, con todos los verdaderos devotos de la Santísima Virgen y contra los falsos devotos escrupulosos: "María, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús"» (VD 94-95).
Santurrones No se sustraen a los dardos de Montfort, hombre de intensa vida espiritual, esos cristianos por costumbre, que reciben el nombre de santurrones: mucha práctica y poca oración. El santo misionero los llama devotos exteriores: «Los devotos exteriores son personas que cifran toda su devoción a María en prácticas externas. Sólo gustan de lo exterior de esta devoción, porque carecen de espíritu interior. Rezan muchos rosarios, pero atropelladamente. Participan en muchas misas, pero sin atención. Se inscriben en todas las cofradías marianas, pero sin enmendar su vida, sin vencer sus pasiones, ni imitar las virtudes de la Santísima Virgen. Sólo gustan de lo sensible de la devoción, no buscan lo sólido. De suerte que no experimentan algo sensible en sus prácticas piadosas, creen que no hacen nada, se desalientan y lo abandonan todo o lo hacen por rutina...» (VD 96).
Incoherentes Pero el blanco de Montfort son sobre todo los devotos incoherentes e hipócritas, que en la propia vida unen a María con el pecado. Es una desviación del culto auténtico a la Sma. Virgen y S. Luis M. de Montfort no omite condenar este abuso con palabras encendidas: «Los devotos presuntuosos son pecadores aletargados en sus pasiones o amigos de lo mundano. Bajo el hermoso nombre de cristianos y devotos de la Santísima Virgen, esconden el orgullo, la avaricia, la lujuria, la embriaguez, el perjurio, la maledicencia o la injusticia, etc. Duermen en sus costumbres perversas, sin hacer mayor esfuerzo para corregirse, confiados en que son devotos de la Virgen. Se prometen a sí mismos que Dios les perdonará, que no morirán sin confesión ni se condenarán, porque rezan el Rosario, ayunan los sábados, pertenecen a la cofradía del santo Rosario, a la del escapulario u otras congregaciones, etc. Nada en el cristianismo es tan perjudicial a las gentes como esta presunción diabólica. Porque, ¿cómo podría alguien decir con verdad que ama y honra a la Santísima Virgen, mientras sigue hiriendo, traspasando, crucificando y ultrajando a Jesucristo, su Hijo, con los pecados? Si María se obligara a salvar por su misericordia a esta clase de personas, autorizaría el pecado y ayudaría a crucificar a su Hijo. Y esto, ¿quién osaría siquiera pensarlo? Protesto que abusar así de la devoción a la Santísima Virgen –devoción que después de la que se tiene al Señor en el Santísimo Sacramento es la más santa y sólida de todas– constituye un horrible sacrilegio: el mayor y menos digno de perdón después de la comunión sacrílega» (VD 97-99).
Inconstantes Además de los devotos interesados, que recurren a la Virgen sólo en caso de especial necesidad, Montfort recuerda a los volubles e inconstantes: «Los devotos inconstantes son los que honran a la Santísima Virgen a intervalos y como a saltos. Ahora fervorosos, ahora tibios... En un momento parecen dispuestos a emprenderlo todo por su servicio, poco después ya no son los mismos. Abrazan de momento todas las devociones a la Santísima Virgen y se inscriben en sus cofradías, pero luego, no cumplen las normas de las mismas con fidelidad. Cambian como la luna. Y María los coloca bajo sus pies junto a la media luna, porque son volubles e indignos de ser contados entre los servidores de esta Virgen fiel, que se distingue por la fidelidad y la constancia» (VD 101).
Falsos devotos de hoy Con toda verdad: estos falsos devotos existen todavía. Podemos encontrarlos, inclusive podemos hallarnos nosotros mismos entre ellos... De hecho, en nuestro tiempo el Concilio Vaticano II ha tenido necesidad de advertir: «Recuerden los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un afecto estéril y transitorio ni en vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, por la que somos conducidos a conocer la excelencia de la Madre de Dios y somos excitados a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes» (LG 67). Existen también hoy fieles prontos a conmoverse ante una estatua de la Virgen, pero tardos para dejarse conmover por una situación de pecado. Se abandonan al sentimiento, pero se resisten a convertirse. Les agradan las funciones religiosas, pero no los compromisos morales y el ejercicio de la caridad. El Concilio define este sentimentalismo como algo estéril e infructuoso: una llamarada que el viento se lleva sin dejar trazas. Semejante al sentimentalismo es la "vana credulidad", que caracteriza a cuantos andan sedientos de cosas extraordinarias y creen al momento en cualquier imaginada aparición. Esta carrera en pos de lo milagroso, que no se debe confundir con la debida aceptación de las auténticas intervenciones de Dios en la historia, olvida la primacía de la escucha de Dios y excluye de la felicidad a los que "sin ver han creído" (Jn 20,29). Otra característica del falso devoto moderno es la unilateralidad (que, por lo demás, es distintivo de la sociedad actual dividida en sectores especializados): es el que selecciona el plan divino, aceptando una parte y rechazando otra, según sus caprichos. Falsos devotos son los minimistas, que temen unir la veneración a María con la adoración a Cristo, porque no han entendido que la revelación no nos presenta a un Cristo aislado o celoso de la colaboración humana, suscitada por El mismo. Les incumbe la responsabilidad de quien rebaja el valor de la Palabra de Dios acerca de María, limitando o reduciendo su misión excepcional y su presencia salvífica querida por la sabiduría divina. Falsos devotos son también los maximalistas, que exageran la importancia de María hasta olvidar la primacía de Cristo y las exigencias de la consagración bautismal. Toda devoción que descuide el nivel creatural de María o llegue a una ruptura entre culto y vida, sería ilusoria. La piedra de toque de la auténtica devoción mariana sigue siendo siempre el amor: si hace crecer en el amor de Dios y en el servicio a los hermanos, especialmente a los más pobres y necesitados, es señal de que esa devoción se dirige a la "verdadera" María y no a una falsa imagen suya. S. Juan Damasceno (+749) nos exhorta a caminar por esta senda: «Tributémosle nuestro servicio por la misericordia y la compasión con los indigentes. Si, de hecho, con ningún otro medio se sirve a Dios sino con la misericordia, ¿quién negará que del mismo modo agrademos también a su Madre?» (Sermón II sobre la Dormición de María, n. 16). Si los intelectuales y ciertos místicos desencarnados corren el riesgo del minimismo, la tentación de maximalismo amenaza más bien a la religiosidad popular. Evitaremos ambos escollos, si somos personas "católicas", es decir, universales, prontos a acoger todos los elementos queridos por Dios según la importancia establecida por El. Y María es un don precioso hecho a los hombres para que les ayude a vivir en la "verdad", que es el Señor Jesús.
LECTURA
Los falsos devotos «Cuídate mucho de las falsas devociones a la Santísima Virgen. De ellas se sirve el demonio para engañar y condenar a muchas almas. No me detengo a describírtelas. Me contentaré con afirmar que la verdadera devoción a la Santísima Virgen es siempre interior, sin hipocresía ni superstición; tierna, sin indiferencia ni escrúpulo; constante, sin alteraciones ni infidelidad; santa, sin presunción ni desorden. Cuidado, pues, con pertenecer: * al número de los falsos devotos hipócritas que hacen consistir su devoción únicamente en las palabras y en lo exterior; * al número de los devotos críticos y escrupulosos, que temen honrar demasiado a la Santísima Virgen y deshonrar al Hijo al honrar a la Madre; * al número de los devotos indiferentes e interesados que no tienen amor tierno y filial confianza a la Santísima Virgen y sólo acuden a Ella para adquirir o conservar bienes temporales; * a los devotos inconstantes y superficiales, que son devotos de la Virgen sólo a su capricho y a intervalos, y abandonan su servicio cuando llega la tentación; * ni, finalmente, al número de los devotos presuntuosos, que bajo el velo de algunas devociones exteriores, esconden un corazón corrompido por el pecado y se hacen la ilusión de que, gracias a estas prácticas de devoción a la Santísima Virgen, no morirán sin confesión y se salvarán, por más pecados que cometan" (ASE 216-217).
COMPROMISO DE VIDA
Examinaré mi comportamiento ante María para eliminar los defectos eventuales y hacerlo auténtico.
6. RECONOCER A MARIA EN NUESTRA VIDA
Preguntaron cierto día a una niña: "¿Con cuánto amor quieres a tu padre?" Ella extendiendo los brazos respondió: "A mi padre, lo quiero con un amor así de grande". Le preguntaron en seguida: "Y a tu madre, ¿cuánto la quieres?" La niña miró por la ventana la cadena montañosa de los Alpes Apuanos y respondió: "Quiero a mi mamá con un amor tan grande como aquellas montañas". Por último le preguntaron: Y a Dios ¿cuánto lo quieres?" La niña permaneció callada un momento, luego respondió: "A Dios lo amo con un amor tan grande como El mismo". Esa niña era santa Gemma Galgani. Si nos preguntamos: "¿Cómo debemos amar a la Madre de Jesús, que es también madre nuestra? ¿Cuál debe ser nuestro comportamiento para con Ella?, nuestra respuesta debe ser inmediatamente la siguiente: "Nuestro comportamiento para con María debe estar proporcionado a la misión que Dios le ha confiado en la historia de la salvación, teniendo en cuenta la vida actual de la Iglesia y la situación de cada uno de nosotros".
El camino real En realidad, para comprender cuál debe ser nuestra relación espiritual con María, es preciso saber a qué título entra esta Mujer en nuestra vida. Precisamente de la Palabra de Dios acerca de María, de la reflexión teológica y de la experiencia de su presencia en el peregrinar cristiano, surge el comportamiento que debemos tener para con Ella. Dando una mirada a la historia de la Iglesia, el Concilio Vaticano II resume la respuesta cultual del Pueblo de Dios acerca de María en cuatro actitudes fundamentales: "Veneración y amor, oración e imitación" (LG 66). Siendo María la santa Madre de Dios, título de misión y dignidad única en la historia de la salvación, hay que venerarla reconociendo las maravillas que el Señor ha realizado en Ella. Si Ella, colaboró a la obra de la redención convirtiéndose en Madre de los fieles en el orden de la gracia, tomando parte en los misterios de Cristo, es claro que hay que responder con amor filial a su misión maternal. María explica en el cielo su maternidad intercediendo continuamente en favor de su hijos hasta que lleguemos a la patria feliz: sabiendo esto, los cristianos desde los primeros siglos han acudido a María en la oración y experimentado su eficaz intervención. Finalmente, la Virgen en su vida terrena nos dejó el ejemplo más espléndido de virtudes cristianas hasta convertirse en prototipo y modelo de la Iglesia: debemos, pues, imitarla para aprender a ser verdaderos discípulos de Jesucristo. Romper el equilibrio entre estas cuatro actitudes o absolutizar una u otra es muy peligroso porque falsea la relación auténtica de los cristianos para con María. Los Santos de siglos diferentes han puesto en guardia a los fieles contra estos peligros. Veamos algunos ejemplos... 1. S. Epifanio (+ 402), ante grupos de fieles que tendían a rebajar a María a nivel común negando su virginidad o exaltarla exageradamente considerándola casi como diosa, recalca la posición equilibrada de la tradición: «La Virgen era verdaderamente virgen y digna de honor, pero no se nos dio para que la adoremos: Ella es la adoradora de Aquel que según la carne nació de Ella.» 2. Muchos siglos más tarde, s. Roberto Belarmino (+1621) traza el "camino real" al seguir en la devoción mariana: «Los coliridianos exaltan a María hasta hacer de Ella una divinidad; los luteranos, al contrario, la hacen igual a los hombres más indignos. La Iglesia católica sigue el camino real, reconociendo en María no a una divinidad, sino a la Madre de Dios y al miembro más insigne del Cuerpo místico.» 3. En su célebre Tratado de la Verdadera Devoción a María (nos. 93-94), s. Luis de Montfort (+1716) traza severas palabras contra quienes tienen falsas actitudes para con la Virgen. Señala a los supercríticos, a los formalistas, a los minimistas y a los incoherentes y establece algunas características indispensables de una auténtica devoción a María: «Hemos desenmascarado y reprobado las falsas devociones a la Santísima Virgen. Conviene ahora presentar en pocas palabras la verdadera. Esta es: 1) interior; 2) tierna; 3) santa; 4) constante y 5) desinteresada» (VD 105). Nos interesa profundizar precisamente esto: ¿Cuándo somos "verdaderos" devotos de María? ¿Cuándo es "verdadera", es decir, auténtica la devoción a María?
La verdadera devoción a María Establezcamos ante todo un principio fundamental para distinguir lo verdadero de lo falso en la vida cristiana. Si para la filosofía clásica la verdad es la correspondencia entre el entendimiento y la realidad, entre lo que se piensa o estima y las cosas o los hechos, para el cristianismo, la verdad es la correspondencia entre la vida y la revelación divina. Cuando el hombre orienta su propia existencia en armonía con el mensaje de salvación en Jesucristo, mejor aún, en sintonía con Jesucristo que es la "Verdad" (Jn 14,6), entonces también él está en la verdad (ver I. De La Potterie, Gesú Verità, Turín, Marietti, 1973). Aplicando este principio fundamental a nuestras relaciones con María, debemos afirmar que estaremos en la verdad cuando tengamos una devoción mariana que corresponda al plan de Dios y a la revelación cristiana. Es decir, la devoción a María es "verdadera", cuando respeta y se halla en armonía con la "Verdad" que es Jesucristo en su persona y en su mensaje. En la revelación que nos ha transmitido la catequesis apostólica, Jesús aparece sin duda como el centro del plan salvífico del Padre y de la vida espiritual de los cristianos. El es nuestro Salvador, el único mediador y modelo de nuestro camino hacia el Padre, que debemos recorrer animados por el Espíritu Santo. Esto implica que consideremos a Jesús como el sol, el polo de atracción, la fuente de luz y de calor para toda la vida cristiana. Pero con Cristo, en dependencia de El y al servicio de su obra de salvación, la revelación nos presenta a María. Hija y flor del pueblo de Israel, María ha sido escogida por Dios para ser la Madre de Jesús, la perfecta creyente en El, la colaboradora en la regeneración de los hijos de Dios y, por lo mismo, la Madre de los discípulos. Seremos, por tanto, verdaderos cristianos si "reconocemos" la misión singular que María ha realizado y continúa realizando en la historia de la salvación. El Evangelio invita a todo creyente en Jesucristo a "felicitar" a María por las grandes cosas que Dios ha realizado en Ella (Lc 1,48-49) y acogerla como "madre" en pos del discípulo amado de Jesús (Jn 19,25-29). El problema de los cristianos de todos los tiempos consiste en encontrar un equilibrio armonioso entre el reconocimiento vital de la presencia materna y ejemplar de María, pedido por la Palabra de Dios, y la aceptación de todo el plan salvífico que, partiendo del centro que es Cristo, implica el culto al Dios Trinidad, la celebración de los divinos misterios, el amor a los hermanos y el compromiso histórico para animar conforme al espíritu del Evangelio las realidades terrenas.
El verdadero devoto hoy Verdadero devoto de María en los tiempos actuales es el que ha comprendido la "verdad" de la persona de la Virgen, que entra en relación auténtica con la verdadera familia, conforme a la presentación que hacen de Ella la Sagrada Escritura y la tradición eclesial. María de Nazaret es una creatura, engrandecida por Dios y dignificada por el Espíritu Santo. Ahora reina para siempre con Cristo en su cuerpo glorificado hecho instrumento de vida. Pero así como el imán a trae al hierro y la aguja de la brújula está siempre orientada al norte, así María es toda referencia a Dios: al Padre, de quien proviene su vocación; al Hijo, hacia quien se proyecta totalmente; al Espíritu Santo, que ha hecho de Ella el arca de la alianza para la salvación humana. Verdadero devoto es el cristiano que vive intensamente el encuentro con María, como apertura a todo el misterio cristiano. Su culto a la Virgen responde a las orientaciones de la Marialis Cultus: "es como una bellísima música que se obtiene por el sonido armonioso de siete notas: trinitaria, cristológica, eclesial, bíblica, litúrgica, ecuménica, antropológica" (A. Rum). Cada uno de nosotros, según su propia vocación, debe actualizar la auténtica relación espiritual con María dictada por la fe: los religiosos se abrirán a la Virgen para vivir en plenitud como consagrados a Dios y a los hermanos; los laicos la contemplarán, para ser testigos de Cristo y hacerlo nacer en el mundo de hoy; las mujeres cristianas encontrarán en Ella un prototipo eminente de la condición femenina y un modelo acabadísimo de vida evangélica. Dentro de la variedad de acentos es importante considerar a la Virgen en toda su realidad, en su condición celeste y en su peregrinar terreno: María es una persona viva y glorificada a quien debemos invocar a fin de que nos acompañe maternalmente en el camino de la vida y nos ayude a alcanzar las gracias de la salvación; pero Ella es también la primera y más perfecta cristiana, cuyas virtudes evangélicas debemos imitar para convertirnos a ejemplo suyo en cristianos maduros y responsables.
LECTURA
La verdadera devoción a María «Hay diversas actitudes auténticas de parte del cristiano para con la Santísima Virgen. No te hablo de las falsas. La primera consiste en honrar a María como Madre de Dios e implorar de tiempo en tiempo su protección, mientras nos esforzamos en cumplir nuestros deberes cristianos, evitando el pecado y obrando más por amor que por temor. La segunda consiste en alimentar un profundo amor, estima, confianza y veneración hacia la Santísima Virgen. Se expresa haciendo conocer el puesto ocupado por Ella en el plan de salvación, publicando sus alabanzas, honrando sus imágenes, recitando el Rosario, alistándose en las asociaciones marianas. Esta actitud –siempre que nos comprometamos a vivir cristianamente– es buena, santa y saludable. Pero no logra librarnos de todo egoísmo, para unirnos perfectamente a Jesucristo. La tercera es conocida y vivida por muy pocas personas. Es la que te quiero descubrir y comunicar ahora. Consiste en ofrecerte con absoluta disponibilidad a María para realizar mejor la entrega de ti mismo a Jesucristo. Por esta entrega o consagración te comprometes a hacerlo todo con María, en María, por María y para María» (SM 24-28).
COMPROMISO DE VIDA
Trataré de vivir la verdadera devoción a María uniendo la oración confiada a Ella con la imitación de sus virtudes evangélicas.
CONSAGRACION A JESUCRISTO POR MEDIO DE MARIA
Los Santos nos superan siempre. No se contentan con la mediocridad, con el trajín cotidiano, con vivir superficialmente. Alzan el vuelo como águilas hacia el aire más puro de una vida cristiana verdadera, gracias a su referencia al designio salvífico de Dios. Tal ha sido s. Luis María de Montfort. Sediento del Absoluto, ha comprendido que Dios llama al hombre no sólo a ser más hombre, en la plenitud de una humanidad constructora de paz y fraternidad, sino a convertirse en "hijo de Dios" y a ser perfecto como el Padre del cielo (ver Mt 5,48; 1 Tes 4,3) Por tanto, hermana o hermano, si sientes hervir en el corazón el agua secreta del Espíritu, que te invita a soltar velas hacia horizontes más amplios y hermosos, sigue leyendo la opción que te ofrece s. Luis María. Pero si no estás dispuesto a salir de la inercia, sino quieres que María te toma de la mano para realizar un encuentro de amor total y perpetuo con Cristo Salvador, cierra el libro y deja de leer. El Señor te invita a grandes cosas: a la empresa más grande y atrayente, es decir, a sustraer tu vida al fracaso para insertarla en la vida de dichosa y perenne comunión con Cristo. Para realizar todo esto, Montfort te presenta la perfecta devoción o consagración a María. Si recorres sus obras, te darás cuenta de que habla de la consagración a María al menos en tres escritos, cada vez desde diferentes perspectivas. En el Tratado de la Verdadera Devoción a María la presenta ante todo como "la perfecta consagración a Jesucristo" (n. 120); en las misiones populares distribuía una hojita titulada "Contrato de alianza con Dios"; en el Amor de la Sabiduría Eterna la consagración a María aparece como Sabiduría de vida, es decir, como "secreto maravilloso para alcanzar y conservar la divina Sabiduría" (n. 203). Sigamos a Montfort por estos tres senderos, que conducen a una profunda comprensión de la consagración mariana en sus contenidos esenciales.
Consagración a Jesucristo El cristianismo no es una doctrina o una idea: es ante todo una persona. El primer Credo de la comunidad cristiana consistía en estas sencillas y solemnes palabras: "Jesucristo es el Señor" (Flp 2,11). En perfecta continuidad con la fe cristiana, Montfort afirma claramente: «La plenitud de nuestra perfección consiste en ser conformes, vivir unidos y consagrados a Jesucristo. Por consiguiente, la más perfecta de todas las devociones es, sin duda alguna, la que nos asemeja, une y consagra más perfectamente a Jesucristo. Ahora bien, María es la creatura más semejante a Jesucristo. Por consiguiente, la devoción que mejor nos consagra y asemeja al Señor es la devoción a su Santísima Madre. Y cuanto más te consagres a María, tanto más te unirás a Jesucristo. La perfecta consagración a Jesucristo es, por lo mismo, una perfecta y total consagración de uno mismo a la Santísima Virgen. Esta es la devoción que yo enseño y que consiste, en otras palabras, en una perfecta renovación de los votos y promesas bautismales» (VD 120). Es como decir: si quieres realizarte plenamente en el tiempo y la eternidad, esfuérzate por hacerte semejante a Jesucristo, estar unido a El como el sarmiento a la vid, hacer de tu propia vida un don al Señor. Con la mirada fija en esta meta, Montfort muestra un camino perfecto y seguro para llegar a ella: la consagración a María. Nadie, en efecto, negará que María está totalmente orientada a Jesucristo: Ella es madre para dar a Jesús al mundo, actúa como en Caná para hacer creer en Jesús, ha vivido y vive para que el reino de Jesús se dilate sobre la tierra. El razonamiento de Montfort es lineal como un silogismo: porque María es "la creatura más conforme a Jesucristo", consagrarse a Ella se convierte en último análisis en solidificar y profundizar más y más la propia semejanza, comunión y consagración a Jesucristo. Más aún, dado que María es la persona más consagrada y orientada a Jesucristo, "cuanto más te consagres a María, tanto más te unirás a Jesucristo". Precisamente por esto propone Montfort una entrega total y perpetua a María, siempre en vista de una consagración a Cristo: «Consiste, pues, esta devoción en una entrega total a la Santísima Virgen, para pertenecer totalmente a Jesucristo, por medio de Ella. Hay que entregarle: 1) el cuerpo con todos sus sentidos y miembros; 2) el alma con todas sus facultades; 3) los bienes exteriores –llamados de fortuna– presentes y futuros; 4) los bienes interiores y espirituales, o sea, los méritos, virtudes y buenas obras pasadas, presentes y futuras» (VD 121). En otras palabras, se trata de proponerse en estado de radical pobreza espiritual, "sin reserva alguna –añade el Santo– ni de céntimo, ni de un cabello, ni de la acción más insignificante" (VD 121). El don a María es escuela de disponibilidad al querer divino en todo momento de la vida. Montfort llega hasta hacernos renunciar inclusive a los bienes más preciosos, que son los espirituales, en el sentido de someter toda intención o disposición al beneplácito de María: «Por esta consagración entregas y consagras al Señor, hasta el derecho de disponer de tus bienes y satisfacciones que puedes ir ganando cada día con tus buenas obras. Cosa que no se hace en ninguna Orden ni Instituto Religioso» (VD 123). Si a este punto, pudiera alguien pensar que una consagración así a María es exagerada o paralela a la de Jesucristo, halla en el Tratado esta precisión luminosa: «Esta devoción nos consagra, al mismo tiempo, a la Santísima Virgen y a Jesucristo. A Ella, como al medio perfecto escogido por Jesucristo para unirse a nosotros y a nosotros con El. Y al Señor, como a nuestra meta final, a quien debemos todo lo que somos ya que es nuestro Dios y Redentor» (VD 125). La consagración a María queda colocada así en pleno contexto cristocéntrico: Jesús es reconocido como "Señor... Redentor... Dios... meta final", mientras que María es vista "como fin próximo, ambiente misterioso y camino fácil para llegar a Jesucristo" (VD 265). La devoción a María constituye una forma sencilla y eficaz de vivir la consagración a Jesucristo. En la práctica quien se consagra a María no hace otra cosa que comprometerse a vivir con Ella su consagración bautismal. No se trata para Montfort de vivir dos vidas, una con María y otra con Cristo. Es la misma vida cristiana que se busca vivir fielmente consagrándose a María y haciéndose disponible a su misión maternal y a sus ejemplos evangélicos. En una época en que se siente la urgencia de volver a Cristo para que el mundo recobre la esperanza, un santo misionero te hace experimentar la misma urgencia. Pero te indica también cuál es el camino para volver a Jesucristo: el camino comprometedor de María. Si te pones en sintonía con Ella, si te haces disponible a su misión, nada tienes que temer; te lo dice un santo que lo sabe por experiencia: Jesús reinará en tu corazón, tu existencia alcanzará valor de eternidad, tu comunión con Dios no se romperá.
Alianza con Dios Si con el pensamiento acudimos a una de las 200 misiones populares dadas por Montfort en el año 1700, salta en seguida a los ojos el momento culminante constituido por una solemne ceremonia al finalizar una procesión. Uno tras otro, los fieles iban pasando ante el diácono que sostenía en alto el Evangelio abierto, y decían: "Creo firmemente todas las verdades del santo Evangelio de Jesucristo". Se dirigían luego a la fuente bautismal, la besaban y pronunciaban estas palabras: "Renuevo de todo corazón las promesas de mi bautismo y renuncio para siempre al demonio, al mundo, al pecado y a mí mismo". Al final, Montfort presentaba una estatua de la Virgen, ante la cual decía cada uno: "Me consagro totalmente a Jesucristo por medio de María para llevar mi cruz en su seguimiento todos los días de mi vida". Al final de este rito, el santo misionero hacía firmar el Contrato de alianza con Dios, una hojita que recordaba los compromisos asumidos por cada uno al terminar la misión. ¿Qué compromiso exigía Montfort en el Contrato de alianza? No un cristianismo reducido, sino una unión mística con Jesucristo: una relación personal con Cristo, hecha a la vez de comunión con sus misterios y de consagración de toda la vida. Dicho con más claridad: exige a todos los bautizados la santidad de Cristo, en la convicción de que los verdaderos cristianos son los santos. El cántico Reglamento de un convertido en la misión traza un programa de cristianismo fervoroso que implica un corazón indiviso y propone al cristiano convertido una serie de ejercicios cotidianos de piedad como la Misa (si es posible), la meditación, el rosario y el examen de conciencia, sin contar la hora mensual de adoración, la confesión –al menos cada mes–, el retiro anual. Insiste especialmente en el rosario, que consideraba como una profunda meditación adaptada al pueblo y devoción que respondía a algunas exigencias de su tiempo: «Hoy se quieren cosas que impacten, conmuevan y produzcan en el alma impresiones profundas. Ahora bien, ¿habrá en el mundo algo más conmovedor que la historia maravillosa del Redentor desplegada en quince cuadros que nos recuerdan las grandes escenas de la vida, muerte y gloria del Salvador del mundo? ¿Hay oraciones más excelentes y sublimes que la oración dominical y la salutación angélica? ¡Ellas encierran cuanto deseamos y podemos necesitar!» (SAR 75). En resumen, Montfort exige del cristiano un abandono activo en Jesucristo, que conlleva una renuncia a sí mismo, una conversión, una comunión y configuración con Jesucristo y que debe extenderse a toda la vida. ¿Será otra cosa el comportamiento místico? En este contexto, la consagración a María resulta un método garantizado para vivir la alianza con Dios. María, arca de la alianza en la que Dios se ha unido indisolublemente a la humanidad, conduce a sus devotos a vivir la grandiosa realidad de la alianza: vivir en comunión de amor con Dios y aceptar su soberanía en la vida personal y social. Los consagrados a María deben realizar día tras día la fórmula fundamental de la alianza: "Seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios" (Ex 6,7; Ez 37,27; Jr 7,23).
Sabiduría de vida Fuera del Tratado de la Verdadera Devoción y del Secreto de María, Luis de Montfort compuso una obra totalmente cristológica intitulada El Amor de la Sabiduría Eterna. Que es considerada con razón "un libro de capital importancia, por ser el único libro que nos presenta en su conjunto la espiritualidad monfortiana y nos ofrece una idea más exacta y comprensiva de la verdadera devoción a María" (H. Huré). En realidad, Montfort describe el plano de la salvación ideado por la Sabiduría de Dios en un doble camino: el de la Sabiduría hacia el hombre y el del hombre hacia la Sabiduría. Y en uno y otro camino se encuentra María. 1. La Sabiduría es ante todo el Verbo de Dios en persona, en su dinamismo de amor que lo lleva hacia el hombre. Para "salvar al pobre hombre y merecerle una eternidad feliz" (ASE 45) escoge no la senda del poder y la gloria, sino el de la humildad, de la pobreza y el don de sí mismo hasta el sacrificio. Esta es su lógica, su sabiduría, que lo lleva a hacerse hombre, a hacerse niño, a morir en la cruz y esconderse en la Eucaristía (ASE 70). En su camino de amor hacia el hombre, la Sabiduría busca personas dignas de sí que puedan acogerla. Pero ninguna se halla en grado de atraerla a la tierra (ASE 104). Finalmente en el momento señalado prepara a una mujer para este sublime cometido: «La Sabiduría divina se construyó una casa (Prov 9,1), una habitación digna de ella misma. Creó y formó en el seno de santa Ana a la excelsa María, con mayor complacencia que la que había experimentado en la creación del universo... El torrente impetuoso de la bondad infinita de Dios, estancado violentamente por los pecados humanos desde el comienzo del mundo, se despliega con toda su fuerza y plenitud en el corazón de María...» (ASE 105-106). María se halla inserta en el itinerario de Dios hacia el hombre: "Vino a ser la Madre, la Señora y el Trono de la Sabiduría" (ASE 203). Es el lugar de encuentro de la Sabiduría con la humanidad: «Es el imán que atrajo la Sabiduría a la tierra para todos los hombres y la sigue atrayendo todos los día a cada una de las personas en que ella mora» (ASE 212). 2. La vida cristiana es un camino hacia Cristo-Sabiduría, en cuya posesión consiste la felicidad. Es preciso entregarle irrevocablemente el corazón (ASE 132), para evitar el fracaso en el orden moral y religioso, pues constituye un "tesoro infinito para los hombres" (ASE 62). En este movimiento hacia una comunión plena y perseverante con Cristo-Sabiduría, encontramos una vez más a María, como la persona que ayuda a realizar esa comunión. En efecto, Ella purifica el corazón humano, haciéndolo digno de la Sabiduría. Desde que Ella atrajo a la Sabiduría al mundo, sólo quien se le parece puede poseer a Jesucristo. Introducir a María en la propia casa y en la propia vida equivale a convertirse en morada digna de la Sabiduría. Es precisamente lo que se hace con la consagración o don total a Ella. Consagración que nos lleva a asimilar las actitudes espirituales de María renunciando a cualquier clase de egoísmo. Otro oficio de María en el camino sapiencial consiste en preservar el corazón humano del regreso a la sabiduría mundana, poniendo en peligro la vida cristiana. Montfort estaba muy preocupado por la perseverancia de los fieles en la comunión de amor con Dios. Es decir, le apremiaba el éxito final de la vida en Cristo. ¿De qué sirve –se preguntaba– haber encontrado a Cristo, si luego nos alejamos de El? «De qué nos servirá... buscar mil secretos y gastar mil esfuerzos para alcanzar el tesoro de la Sabiduría, sí –después de obtenerlo– tenemos la desgracia de perderlo por nuestra infidelidad, como le sucedió a Salomón?...» (ASE 220). La Sabiduría según la Biblia es "el arte de triunfar en la vida". Para ello, los sabios del Antiguo Testamento daban consejos basados en la experiencia, para ayudar a alcanzar el éxito. El mismo Jesús, más sabio que Salomón (Mt 12,42), orienta toda su enseñanza a nuestra salvación y felicidad, es decir, a nuestro éxito en el reino de los cielos. Montfort presenta la consagración a María, y por Ella a Cristo, como "camino de sabiduría", en cuanto impide al corazón humano volver a la sabiduría mundana. La consagración nos hace más sabios que Salomón (ASE 221), que no había comprendido la misión de la mujer, porque María es la "Virgen fiel a Dios y fiel a los hombres" (ASE 222). En otras palabras, María nos ayuda a triunfar en la vida, haciéndonos perseverar en la fidelidad a su Hijo Jesucristo. Consagrémonos, pues, a María para vivir nuestra consagración a Cristo, para realizar en el amor nuestra alianza con Dios y triunfar en la vida, dando al tiempo trascendencia de eternidad.
LECTURA
Contrato de alianza con Dios 1. Creo firmemente todas las verdades del santo Evangelio de Jesucristo. 2. Renuncio para siempre al demonio, al mundo, al pecado y a mí mismo. 3. Prometo con la gracia de Dios, que no me faltará nunca, observar fielmente todos los mandamientos de Dios y de la Iglesia, evitando el pecado mortal y sus ocasiones, entre otras las malas compañías. 4. Me consagro totalmente a Jesucristo, por manos de María, para llevar mi cruz en su seguimiento todos los días de mi vida. 5. Creo que si observo fielmente hasta la muerte estas promesas, me salvaré para la eternidad; pero si no las cumplo, me condenaré eternamente. En fe de lo cual he firmado... Escrito ante la Iglesia, en la parroquia de Pontchâteau, el 4 de mayo del año 1709. L. M. de Montfort
Comunión de amor entre Jesús y nosotros Existe un vínculo de amistad tan estrecho entre la Sabiduría eterna y el hombre que resulta incomprensible: LA SABIDURIA ES PARA EL HOMBRE Y EL HOMBRE PARA LA SABIDURIA. "Para los hombres es un tesoro inagotable" (Sab 7,14), no para los ángeles ni para las demás creaturas. Esta amistad de la Sabiduría con el hombre proviene de que fue en la creación el compendio de las maravillas, el pequeño y gran mundo, la imagen viviente y lugarteniente de la Sabiduría sobre la tierra. Y desde que, en exceso de amor por él, se hizo semejante al hombre, al encarnarse, y se entregó a la muerte para salvarlo, lo ama como a un hermano, un amigo, un discípulo, un alumno, por ser el precio de su sangre y el coheredero de su reino, de modo que se le hace infinita violencia rehusándole o robándole el corazón de un hombre (ASE 64).
COMPROMISO DE VIDA
Me propongo meditar el Amor de la Sabiduría Eterna de s. Luis M. de Montfort para comprender cómo la consagración a María constituye un método excelente para vivir la alianza con Dios.
8. JESUCRISTO, CENTRO DE LA VIDA ESPIRITUAL
Una nueva oleada de interés por Jesús de Nazaret caracteriza a nuestro tiempo. Hasta quienes acentúan los defectos de los eclesiásticos sienten la necesidad de excluir la persona de Cristo de sus valoraciones negativas, precisando que "Jesús sí, Iglesia no". Es típica la actitud de las nuevas generaciones. Después de haber recorrido el camino de la contestación violenta, de la liberación sexual, del mundo ilusorio de la droga, los jóvenes llegan a Jesús reconociéndolo como Maestro de vida. Oímos inclusive a gente que se profesa atea –como Mechovec– proclamar la necesidad de Jesús para nuestro tiempo: «Si debiera vivir en un mundo que hubiera olvidado totalmente la causa de Jesús, preferiría no vivir más...». ¿Quién es Jesús para nosotros? Sabemos por el Evangelio que no basta decir que El es un profeta, un maestro de sabiduría, un gran hombre... Debemos repetir con Pedro: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,16). Y mejor todavía, confesar con Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!" (Jn 20,28). Para que esta fe en Cristo se convierta en vida, Montfort nos señala el camino de la consagración al Señor Jesús, que incluye una relación espiritual profunda con la Virgen Madre.
Jesús nuestro único Salvador El célebre cardenal francés Pedro De Bérulle (+1629) describe con palabras sencillas el puesto que Jesús debe ocupar en la vida espiritual: «Jesús es el sol inmóvil en su grandeza y motor de todas las cosas... Jesús es el verdadero centro del mundo y el mundo debe estar en movimiento continuo hacia El. Jesús es el sol de las almas que reciben de El todas las gracias, iluminación e influjo. Y el universo de nuestros corazones debe girar continuamente en torno a El». S. Luis de Montfort expresa con otras expresiones la misma visión de la realidad cristiana, que reconoce en Cristo el centro focal de la fe y de la vida. Lo hace en una página tejida de citas bíblicas. Página que evidencia cuanto arde en vivísimo amor por Jesucristo y cuanto gozo siente en proclamarlo al mundo, el gran devoto de María: «Jesucristo es el Alfa y Omega, el Principio y el Fin de todas las cosas... Porque El es el único Maestro que debe enseñarnos, el único Señor de quien debemos depender, la única Cabeza a la que debemos estar unidos, el único Modelo al que debemos asemejarnos, el único Médico que debe curarnos, el único Pastor que debe apacentarnos, el único Camino que debe conducirnos, la única Verdad que debemos creer, la única Vida que debe vivificarnos y el único Todo que en todo debe bastarnos... No se ha dado a los hombres sobre la tierra otro Nombre por el cual podamos ser salvados que el de Jesús. Dios no nos ha dado otro fundamento de salvación, perfección y gloria que Jesucristo...» (VD 61). Con esta clara proclamación cristológica, Montfort quiere establecer un principio o verdad fundamental, que la devoción a María debe respetar también plenamente si quiere mantenerse en la fe auténtica. La consagración a María sólo tiene derecho de ciudadanía en cuanto reconoce el puesto central asignado a Jesucristo en el designio divino de salvación, sólo si deriva de El y conduce a El. El santo misionero lo afirma y marca con dardos de fuego a cuantos abusan de la devoción a María ultrajando con el pecado a su Hijo Jesús (VD 98), en lugar de reconocerla como camino excelente para llegar a la madurez cristiana: «Por tanto, si establecemos la sólida devoción a la Santísima Virgen es sólo para establecer más perfectamente la de Jesucristo y ofrecer un medio fácil y seguro para encontrar al Señor. Si la devoción a la Santísima Virgen apartase de Jesucristo, habría que rechazarla como ilusión diabólica. Pero –como ya he demostrado y volveré a demostrarlo más adelante– sucede todo lo contrario. Esta devoción nos es necesaria para hallar perfectamente a Jesucristo, amarlo con ternura y servirlo con fidelidad» (VD 62). Esta impostación, muy lejos de disminuirla hace más auténtica la piedad para con la Madre de Jesús, hace de ella, diremos con Pablo VI: «un instrumento eficaz para llegar al "pleno conocimiento del Hijo de Dios, la edad adulta, el desarrollo que corresponde al pleno conocimiento del Mesías" (Ef 4,13) y contribuirá a aumentar al culto debido a Cristo mismo» (MC 25).
Unión inefable entre Jesús y María Si nos preguntamos por qué la verdadera devoción a María conduce a Jesucristo, reconociéndolo como centro, principio y fin de la vida espiritual, Montfort está pronto a responder refiriéndose a la estrecha unión existente entre el Hijo y la Madre. Palpamos aquí la diferencia entre la concepción católica y la de la orientación protestante. Mientras ésta se inclina a subrayar la distancia entre Dios y el hombre, o la superioridad de Jesús sobre su Madre hasta verlos en contraposición, de otro lado la perspectiva de los católicos tiende a recoger los vínculos y las relaciones. En realidad, el Nuevo Testamento, poniendo en salvo la primacía de Cristo y su trascendencia mesiánica, subraya en más de una ocasión la unión de María con Cristo en la obra salvífica. María no sólo acepta libremente la voluntad salvífica de Dios, sino que se proyecta al servicio de Jesús, tanto en los misterios de la infancia, como en Caná. Más aún, como afirma el Vaticano II: «La Bienaventurada Virgen María avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz, en donde, no sin designio divino, se mantuvo en pie...» (LG 58). Montfort supone todo esto y está convencido de la unión íntima de María con Cristo durante su existencia terrena (VD 18). Pero con mirada espiritual penetra más a fondo en la personalidad de María. La descubre no sólo unida a Cristo, hasta el punto de que sin El ni siquiera existiría, sino también tan semejante y transformada en El que María puede exclamar con Pablo: "Ya no vivo yo, Cristo vive en mí" (Gál 2,20). Esta identificación mística de María con Cristo hasta constituir con El un solo ser, hace imposible pensar que la verdadera devoción a María entre en competencia con la vida en Cristo. María no puede ser rival de Cristo, con la consecuencia de que entre más se le exalta, más se disminuye al Hijo. Es la Madre, la colaboradora, la esclava de su Dios y Señor: "Se refiere al Señor lo que se ofrece al servicio de la Esclava; redunda sobre el Hijo lo que se atribuye a la Madre" (s. Ildefonso de Toledo, s. VII). Más aún, dado que María en su ser profundo se identifica con Cristo viviendo para El, no se puede contemplarla sin que Ella nos remita a su Hijo, polo que orienta su existencia.
La queja de un santo Si es así, ¿por qué tantos ignoran esa comunión de amor y actuación entre Jesús y María? Montfort no logra permanecer indiferente, porque esa ignorancia engendra indiferencia respecto de la Virgen y la devoción hacia Ella. Oigamos cómo se desfoga, dirigiéndose –razonadamente– a Jesús: «Me dirijo a ti, por un momento, amabilísimo Jesús mío, para quejarme amorosamente ante tu divina Majestad, de que la mayor parte de los cristianos, aun los más instruidos, ignoren la estrechísima unión que te liga a tu Madre Santísima. Tú, Señor, estás siempre con María y María está siempre contigo: de lo contrario Ella dejaría de ser lo que es. María está de tal manera transformada en ti por la gracia, que Ella ya no vive ni es nada: Tú, Jesús mío, vives y reinas en María más perfectamente que en todos los ángeles y santos. ...¡Jesús mío amabilísimo! ¿Poseen éstos tu espíritu? ¿Te agrada su conducta? ¿Te agrada quien, por temor de desagradarte, no se esfuerza por honrar a tu Madre? ¿Es la devoción a tu Santísima Madre un obstáculo a la tuya? ¿Se arroga Ella para sí el honor que se le tributa? ¿Es, por ventura, una extraña, que nada tiene que ver contigo? ¿Quién la agrada a Ella, te desagrada a ti? Consagrarse a Ella y amarla ¿es separarse o alejarse de ti?» (VD 63-64). Ningún temor, por tanto, en honrar a la Madre de Dios y confiarle la propia vida cristiana. Unica frontera que no se debe traspasar es la que haría de María una divinidad, olvidando que Ella sigue siendo una pura creatura. Puesta a salvo la infinita distancia entre Dios y María, el amor a Ella puede llegar hasta el don de sí mismo. Porque María no demora ni detiene a quienes se dirigen a Ella, sino que los conduce a su Hijo, ya que Ella "es totalmente relativa a Cristo" (VD 225). Su culto, por lo demás, tiene entre sus características promover la adoración a la Santísima Trinidad: «Este culto, tal como existió siempre en la Iglesia, aunque es del todo singular, difiere esencialmente del culto de adoración que se rinde al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo y contribuye poderosamente a promoverlo» (LG 66). Que el Señor Jesús nos inspire un gran amor a su Madre de suerte que encuentre en nosotros una prolongación de su afecto filial hacia Ella. Y que María, por su parte, nos alcance hacer como Ella a Jesucristo centro de la vida espiritual. Sea El el único Camino que nos conduzca al Padre, la única Verdad que nos revele cuan necesaria nos es la santidad, la única Vida que nos haga hijos de Dios y nos asegure la comunión con El por toda la eternidad.
LECTURA
Oración de s. Agustín a Jesucristo «Tú eres, oh Cristo, mi Padre santo, mi Dios misericordioso, mi Rey poderoso, mi buen Pastor, mi único Maestro, mi mejor Ayuda, mi Amado hermosísimo, mi Pan vivo, mi Sacerdote por la eternidad, mi Guía hacia la Patria, mi Luz verdadera, mi Dulzura santa, mi Camino recto, mi Sabiduría preclara, mi humilde Simplicidad, mi Concordia pacífica, mi Protección total, mi rica Heredad, mi Salvación eterna... ¡Cristo Jesús, Señor amabilísimo! ¿Por qué habré deseado durante la vida algo fuera de ti, Jesús mío y Dios mío? ¿Dónde me hallaba cuando no pensaba en ti? Anhelos todos de mi corazón, inflamaos y desbordaos desde ahora hacia el Señor Jesucristo; corred, que mucho os habéis retrasado, apresuraos hacia la meta, buscad a quien buscáis. ¡Oh Jesús! ¡Anatema quien no te ame! ¡Reboce de amargura quien no te quiera! ¡Dulce Jesús, que todo buen corazón dispuesto a la alabanza te ame, se deleite en ti, se admire ante ti! ¡Dios de mi corazón! ¡Herencia mía, Cristo Jesús! ¡Desfallezca el latir de mi corazón! Vive, Señor en mí; prenda en mi pecho la llama viva de tu amor, acrézcase en incendio, arda siempre en el altar de mi corazón, queme mis entrañas, consuma lo íntimo de mi alma, y que el día de mi muerte comparezca yo del todo perfecto en tu presencia. Amén. He querido transcribir esta maravillosa plegaria de san Agustín, para que recitándola todos los días, pidas el amor de Jesucristo, ese amor que estamos buscando por medio de la excelsa María» (VD 67).
COMPROMISO DE VIDA
Buscaré el diálogo directo con Jesús, inspirándome en los sentimientos y disposiciones de María.
9. A LA FUENTE BAUTISMAL CON MARIA
¿Cuál es el problema fundamental de nuestro tiempo? A esta pregunta responde con claridad Juan Pablo II: «Sólo existe un problema: el de nuestra fidelidad a la alianza con la sabiduría eterna, que es fuente de verdadera cultura, es decir, del crecimiento del hombre, y el de la fidelidad a las promesas de nuestro bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (1-6-1980). En el diagnóstico de Juan Pablo II, nos parece encontrar el eco de la voz de Montfort, que subraya la importancia del bautismo, que inclusive presenta la consagración a María como "una perfecta renovación de los votos y promesas bautismales" (VD 126).
¿Qué has hecho de tu bautismo? Una constatación dolorosa es la que hace la Conferencia Episcopal Italiana, al afirmar: «En nuestra situación italiana la mayor parte de los adultos han recibido ya el bautismo y son encaminados, en cierta forma, a la vida cristiana. Pero, muchas veces, esto sucede más por fuerza de tradición que por una opción de convicción de fe» (Evangelización y sacramentos, 1973, n. 82). Esto significa que para muchos el bautismo es un dato anagráfico o una herencia recibida pero no plenamente valorizada. Se comprende así cómo pueden suceder en el mundo cristiano tantos hechos y sucesos, que contrastan con el Evangelio de Jesucristo... Hace falta cristianos que vivan el bautismo. La misma nostalgia sentía ya por el 1700 San Luis de Montfort. La Iglesia de la Francia del siglo XVII había realizado notable esfuerzo de renovación en la línea del Concilio de Trento: había instituido los seminarios, socorrido a los pobres y enfermos, difundido libros de espiritualidad, evangelizado a las poblaciones con misiones parroquiales. La ignorancia religiosa estaba debelada más o menos en todas partes. No obstante, Montfort con mirada de santo examina la situación de su tiempo desde el punto de vista de la fidelidad a Jesucristo. Y tiene que concluir que muchos cristianos lo son sólo de palabra, porque viven olvidados de los compromisos derivados del bautismo. Después de ofrecer el pensamiento de s. Agustín, según el cual el voto del bautismo es el más importante y necesario, Montfort se pregunta preocupado: «Sin embargo, ¿quién cumple este voto tan importante? ¿Quién observa con fidelidad las promesas del santo Bautismo? ¿No traicionan casi todos los cristianos la fe prometida a Jesucristo en el Bautismo? ¿De dónde proviene este desconcierto universal? ¿No es acaso del olvido en que se vive de las promesas y compromisos del santo Bautismo y de que casi nadie ratifica por sí mismo el contrato de alianza hecho con Dios por sus padrinos?» (VD 127). Esta constatación puede aplicarse a cada uno de nosotros. ¿Cuántas veces, al reflexionar sobre las exigencias de la vocación cristiana hemos tenido que admitir honestamente haber sido "fieles infieles"? ¡En pos de Jesucristo hubiéramos debido ser para todos aquellos con quienes nos hemos encontrado sacerdotes, reyes y profetas! En cambio, hemos sido charlatanes, cristianos de palabras e incoherentes, personas que hemos escondido el auténtico rostro de Dios.
Regreso al Bautismo La solución pastoral ante la incoherencia de los cristianos no puede ser otra que despertar la conciencia del bautismo recibido, más aún –detalla Montfort, tras las huellas de un antiguo concilio de París– "incitar a los cristianos a renovar las promesas y votos bautismales" (VD 128). Para superar nuestra situación equivocada, debemos despertar la memoria de nuestro bautismo y volver a la fuente bautismal para comprender la dignidad y los compromisos del mismo: «Por ello –decía ya en el s. II s. Hipólito sacerdote– proclamo como un heraldo: Venid, tribus y pueblos todos, a la inmortalidad del bautismo... Es el agua mediante la cual recibe vida el hombre regenerado». Montfort invita también volver a la fuente bautismal para renovar los compromisos cristianos, pero quiere que no vayamos solos: María será nuestra guía materna y ejemplar, que nos ayudará a redescubrir y vivir más fielmente el bautismo. Para llegar a las raíces de la reflexión cristiana, preguntémonos: ¿Qué es el bautismo? Reconozcamos que desgraciadamente hemos perdido el significado y grandeza del bautismo, reducido muchas veces a una ceremonia o a una fiesta de familia. La Sagrada Escritura nos lleva a descubrir dimensiones profundas. Según el Nuevo Testamento, la importancia del bautismo proviene del hecho de que "es un puente que tiende un arco desde la muerte salvífica de Jesús y nosotros, haciéndonos "contemporáneos" de la muerte y resurrección del Señor" (R. Padberg). San Pablo nos recuerda, en efecto: «Luego aquella inmersión que nos vinculaba a su muerte nos sepultó con El, para que, así como Cristo fue resucitado de la muerte por el poder del Padre, también nosotros empezáramos una vida nueva» (Rom 6,4). En otros términos, el misterio pascual de Cristo se torna eficaz para cada uno de nosotros precisamente con el sacramento del bautismo. Que constituye el encuentro con el Señor crucificado y resucitado, que nos hace renacer a la nueva vida de hijos de Dios. ¡Es un misterio maravilloso! Cristo arrastra consigo a los bautizados en la vida divina y en el amor filial. ¡ Nos convertimos en "hijos de Dios"! Somos arrebatados de la muerte y de las tinieblas, se nos comunica el Espíritu santificador. En Jesucristo somos "consagrados, elegidos y amados" (ver Flp 1,1; Col 3,12) para formar un solo cuerpo: el pueblo consagrado a Dios (1 Cor 12,13; 1 Pe 2,9-10). Somos bautizados "en nombre de Jesús" (Hech 2,38; 8,16). El nombre significa aquí autoridad y jurisdicción: nos convertimos en propiedad del Señor resucitado, somos consagrados por El. Ampliando la fórmula cristológica, somos consagrados a la Trinidad, en cuyo nombre somos bautizados (Mt 28,19). Insistiendo en el texto bíblico (que tiene "eis" con acusativo) se debería traducir: "Haced discípulos míos de todas las naciones, bautizadlos y consagradlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". El bautismo nos consagra, nos inserta en la vida divina y nos introduce en el ámbito de la familia trinitaria.
María, Madre de los bautizados En el sacramento del bautismo, cuando nacen a la gracia los hijos de Dios, no se halla ausente la Madre. Es la Iglesia que en el Espíritu regenera a los hombres para Dios, pero es también María que se hace Madre de cada uno de los bautizados. María es prototipo y modelo de la Iglesia en esta obra de maternidad. En la vida terrena, la Virgen "cooperó en la caridad al nacimiento de los fieles en la Iglesia" (s. Agustín) y fue declarada por Jesús Madre de los discípulos representados por Juan (Jn 19,25-27). Ahora que está en el cielo, ejerce esta misión maternal cooperando "con amor de Madre... a la regeneración, formación" de los fieles como afirma el Concilio Vaticano II (LG 63). Se trata de una intercesión de la Virgen en el acto mismo del bautismo, con el cual los hombres son regenerados a la vida nueva en Cristo. María se halla presente en forma activa y maternal en la fuente del bautismo, donde nos hacemos hijos de Dios y al mismo tiempo hijos de María y de la Iglesia. Es claro que Ella, como Madre, sigue acompañando a sus hijos con su oración y su amor tierno e inventivo: «Cuida de los hermanos de su Hijo que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz» (LG 62). Es una madre educadora: con su influjo salvífico y su ejemplo nos ayuda a ser fieles al ejercicio de la misión sacerdotal, profética y real proveniente del bautismo. 1. El consagrado cumple su oficio sacerdotal participando activamente en la liturgia y transformando la propia vida en un culto espiritual tributado a Dios. María es el ejemplo más perfecto de participación litúrgica en cuanto a Virgen oyente, orante, oferente y portadora de frutos espirituales. Ella nos enseña, además, a transformar nuestra vida en culto agradable a Dios, porque ha vivido haciendo siempre la voluntad divina en espíritu de amor y de servicio. 2. El consagrado seguirá a Cristo profeta, si anuncia el Reino de Dios al mundo de hoy con la palabra y con la vida. Como la virgen del Magníficat, leerá la historia para descubrir en ella el designio salvífico de Dios y proclamar que el Señor es vindicador de los humildes y oprimidos y derriba a los prepotentes de sus tronos. El consagrado se coloca de parte de toda clase de pobres para promover la liberación humana integral. 3. Por último, el consagrado ejerce el oficio real sea dominando victoriosamente las fuerzas del mal, sea construyendo el mundo nuevo en la justicia, en la paz y en la fraternidad. En este arduo cometido, le sirve de ejemplo y guía la Inmaculada, libre de toda solidaridad de perdición, morada del Espíritu Santo y primicia de la creación renovada, donde reina la gracia y la reconciliación. «¿Cómo podremos vivir nuestro bautismo –se pregunta Juan Pablo II– sin contemplar a María, la bendita entre todas las mujeres, tan acogedora del don de Dios? Cristo nos la ha dado por Madre. La ha dado por Madre a la Iglesia... Todo católico le confía espontáneamente su plegaria, y se consagra a Ella para consagrarse mejor a Dios» (1-6-1980). La referencia explícita a la Virgen no es más que un medio para tomar conciencia de las exigencias del bautismo. Sintonizando la propia vida con la de María, modelo ideal de consagración a Dios y Madre en la regeneración y formación espiritual, se realiza progresivamente el doble ritmo connatural al misterio pascual de renuncia a las fuerzas del mal y de entrega incondicional a Cristo en el amor.
LECTURA
El verdadero cristiano El buen cristiano es un santo, decía un apóstol, no es un hombre corriente, es un hombre distinto. * Tú que eres mal cristiano, no eres de los nuestros. ¿Cristiano tú? Ve, ve a contarlo a otra parte. Un cristiano real no es hombre de este mundo, ha tiempo que en el cielo su corazón palpita. * Tú... Un cristiano real es humilde y paciente, es casto y celoso, caritativo y fiel. * Tú... Dices que amas a Dios, más dime ¿si es amarlo ultrajarlo, ofenderlo y hasta despreciarlo? ¿Amas a Dios? Tú mientes, te repite el apóstol. * Tú... De París hasta Roma ¿podrá encontrar alguno a alguien más descarado? ¡No eres siquiera un hombre! * Tú... Igual a los paganos, tú sólo amas al mundo, tú amas solamente, como una bestia inmunda. * Tú... Eres como los zorros, astutamente robas, y ladras como un perro, siempre ladra que ladra. * Tú... Peleas y armas pleitos por una bagatela, danzas como langosta, siempre danza que danza. * Tú... Como un pavo orgulloso, buscas gloria y honores, bebes como los cerdos, siempre bebe que bebe. * Tú... Hablas mal y como áspid muerdes a todo el mundo, y cual león furioso rompes y quiebras todo. * Tú... Como un sapo sólo amas la tierra despreciable y como un dragón gustas de hacer la guerra a todos. * Tú... Como un áspid picas a tus pobres hermanos y cierras el oído a su angustia y dolor. * Tú... Cuando el Señor te habla, eres como tortuga, mas cuando habla el dinero ¡cómo corres y vuelas! * Tú... Lento para obrar bien, débil en la justicia, pronto para obrar mal y muy fuerte en el vicio. * Tú... ¿Qué o quién es tu guía? - La moda y la costumbre. Y ¿qué es lo que buscas? - Siempre lo que es más cómodo. * Tú... Mejor es que conformes tu vida al Evangelio, siendo humilde y dulce, siendo obediente y dócil, entonces gritaremos que eres de nuestro grupo, y si no, vete lejos, no eres de los nuestros. (Cánticos 154)
COMPROMISO DE VIDA
Pediré a María, Madre de la gracia divina, que me ayude a apreciar por sobre todas las cosas la vida divina recibida en el bautismo.
10. FIDELIDAD A LAS PROMESAS DEL BAUTISMO
Juan Pablo II ha dirigido a los católicos de Francia una pregunta audaz e inquietante: «Francia, hija primogénita de la Iglesia, ¿eres fiel a las promesas del bautismo?» (1-6-1980). Nosotros debemos hacernos la misma pregunta: "¿Qué hemos hecho de nuestro bautismo? ¿Cómo hemos vivido nuestra consagración bautismal?" Si somos sinceros, debemos reconocer nuestra falta de coherencia: no hemos seguido siempre a Cristo, ni su Evangelio, ni a su Espíritu; hemos sido cristianos de medio tiempo. Si miramos a la sociedad, nos vemos obligados a reconocer que el rechazo entre el mundo actual y el Reino de Dios es inmenso. La pendiente que ha tomado la sociedad de nuestro tiempo es muy peligrosa: si no se detiene, la sociedad no se salvará. Si consideramos el pasado y si nos proyectamos hacia el futuro, nos sentimos igualmente impulsados hacia el origen de nuestro ser cristiano: el bautismo. Solamente si vivimos en coherencia con cuanto aconteció en nuestro bautismo, nosotros mismos y el mundo podremos hallar esperanza y salvación. A esto nos invita urgentemente el santo misionero Luis María de Montfort, presentando la devoción a la Virgen en relación con los compromisos bautismales (VD 120 y 126). Montfort está convencido de que la consagración a María no es una espiritualidad que se superponga o sustituya simplemente al cristianismo. Al contrario, coincide con la vida cristiana en cuanto que no difiere de «una perfecta renovación de los votos y promesas del santo bautismo» (VD 120). Tratemos de comprender esta afirmación tan densa de significado.
La única consagración a Cristo La consagración a María es una renovación de los compromisos bautismales porque no se detiene en la persona de la Virgen, sino que es ante todo una consagración a Cristo por medio de Ella. Nos consagramos a María para vivir mejor como consagrados a Cristo. En realidad no hay más que una consagración: la que acontece en el bautismo, mediante la cual Dios nos hace pasar al orden de su santidad. Bautizado "en el nombre del Señor" (Hech 2,38; 8,16; Rom 6,3; Gál 3,27), el cristiano reconoce la autoridad de Jesucristo, pasa a ser propiedad del Señor resucitado, se somete a su reino y protección. Por ello, participa de El, de su vida, de su Espíritu, de su relación filial con Dios. El bautismo es, por tanto, la consagración fundamental que sella nuestra pertenencia indeleble a Jesucristo. La obra gratuita y preveniente de Dios, que consagra, no exonera al cristiano de una respuesta comprometida y responsable. Al ser consagrado corresponde el deber - ser, es decir, el vivir como consagrados: «Igual que es santo el que os llamó, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, porque la Escritura dice: "Seréis santos, porque yo soy santo"» (1 Pe 1,15-16). El don del hombre a Dios tiene siempre carácter de respuesta y colaboración: «Al compromiso divino corresponde el compromiso del hombre; al acto divino que se apodera del ser humano responde el amor que se deja asumir y se entrega» (J. Galot). Comprendemos por qué la liturgia bautismal desde la antigüedad previó el rito solemne de las promesas o compromisos personales procedentes del bautismo: renuncia a Satanás y fe en Jesucristo. La opción fundamental y decisiva por Cristo, como único Maestro de vida Salvador, es esencial para el cristiano que quiera vivir en coherencia con su realidad de bautizado. La fe exigida en Cristo no consiste sólo en adherir a sus palabras de verdad consignadas en el Evangelio. Es mucho más comprometedora, por ser "opción fundamental", es decir, la elección más profunda madurada en la conciencia y que da unidad y significado definitivo a la existencia humana. Se cree de verdad, cuando "el hombre se abandona total y libremente a Dios" (DV 5). Esta consagración no se dirige sólo a Dios sino también a la persona de Jesucristo: "Fiaos de Dios y fiaos de mí" (Jn 14,1). Hoy diremos que con el bautismo se escoge a Jesucristo no como a uno entre tantos maestros de vida, sino al que determina absolutamente y da significado definitivo a la vida. Debemos, por tanto, vivir el bautismo en sus exigencias de conversión del pecado y vida nueva en seguimiento de Cristo. Con las promesas bautismales nos hemos comprometido a creer en Jesucristo y renunciar a Satanás.
María, para la fidelidad a los compromisos bautismales Montfort inserta precisamente en esta consagración a Jesucristo, el don total de sí mismo o consagración a María. Presenta esta consagración como "una perfecta renovación de las promesas del santo bautismo" (VD 120) por dos razones muy claras: 1. «En el bautismo hablamos ordinariamente por boca de otros –los padrinos– y nos consagramos a Jesucristo por procurador. En cambio, en esta devoción nos consagramos por nosotros mismos, voluntariamente y con conocimiento de causa» (VD 126). La consagración propuesta por Montfort es un acto libre y responsable del hombre que se entrega a Jesucristo en coherencia con la consagración recibida en el bautismo. Con la consagración a María se pasa –como observa Montfort– de un cristianismo por procurador a un cristianismo aceptado y vivido personalmente. Si el bautismo opera una verdadera consagración del hombre transfiriéndolo a la esfera de la filiación divina, no es sin embargo don de sí mismo a Dios sin una elección de amor de parte de la libertad humana. Dirigiéndose a personas adultas, Montfort exige este don total de sí, llevado a cabo en la madurez humana y espiritual, que hace más completa la consagración fundamental efectuada en el bautismo. Si te consagras ahora a Jesucristo por medio de María, ya no lo haces pasivamente como en el bautismo, cuando creíste en El por vía indirecta, por boca de los padrinos. Ahora te debes pronunciar personalmente, debes escoger madura y conscientemente en el amor: te comprometes con Cristo, reconociéndolo para siempre como Señor de tu vida. María te brinda, por decirlo así, la ocasión de tomar conciencia viva de tu ser cristiano y de obrar en consecuencia. 2. «En el bautismo no nos consagramos explícitamente por manos de María ni entregamos a Jesucristo el valor de nuestras buenas obras. Y, después de él, quedamos completamente libres para aplicar dicho valor a quien queramos o conservarlo para nosotros. Por esta devoción, en cambio, nos consagramos expresamente al Señor por mediación de María y le entregamos el valor de todas nuestras buenas acciones» (VD 126). La segunda razón que hace perfecta la renovación de las promesas bautismales está constituido por el hecho de que "para consagrarnos a Jesucristo recurrimos al más perfecto de todos los medios: la Virgen María" (VD 130). Con la doctrina conciliar acerca de María "tipo de la Iglesia", es decir, su imagen ideal y perfecta, es más fácil comprender la afirmación monfortiana. María es Aquella que ofrece a la Iglesia la posibilidad de comprenderse mejor y superarse. Al acudir a María y contemplarla en su vida terrena y en su condición glorificada, la Iglesia se convierte en lo que el Señor quiere que sea: una virgen esposa que pronuncia su amor a Cristo y una madre que engendra a Jesús en las almas. Con la consagración a María reconocemos no ya implícitamente como en el bautismo, sino en forma explícita, a la Virgen María y la misión materna y ejemplar que Dios le ha confiado en la historia de la salvación. Sostenido por la confianza que te inspira la persona de María, se lo confías todo y te pones en sintonía con Ella para seguir más de cerca al Señor Jesús. Sí, María es el camino real recorrido por Dios para venir a los hombres es también el camino perfecto y directo para que los hombres lleguen a la intimidad con el Padre, por medio de Cristo en el Espíritu. Tomemos este camino para que nos ayude a vivir más fielmente el ritmo bautismal de renuncia a Satanás y consagración a Jesucristo.
LECTURA
Perfecta renovación de las promesas bautismales "La plenitud de nuestra perfección consiste en ser semejantes, vivir unidos y consagrados a Jesucristo. Por consiguiente, la más perfecta de todas las devociones es, sin duda alguna, la que nos asemeja, une y consagra más perfectamente a Jesucristo. Por consiguiente, la devoción que mejor nos consagra y asemeja al Señor es la devoción a su Santísima Madre. Y cuanto más te consagres a María, tanto más te unirás a Jesucristo. La perfecta consagración a Jesucristo es por lo mismo, una perfecta y total consagración de uno mismo a la Santísima Virgen. Esta es la consagración que yo enseño... Los hombres hacen voto en el bautismo –dice santo Tomás– de renunciar al diablo y a sus pompas... Y este voto, había dicho s. Agustín, es el mayor y más indispensable. Lo mismo afirman los canonistas: "El voto principal es el que hacemos en el bautismo". Sin embargo, ¿quién cumple este voto tan importante? ¿Quién observa con fidelidad las promesas del santo bautismo? ¿No traicionan casi todos los cristianos la fe prometida a Jesucristo en el bautismo? ¿De dónde proviene este desconcierto universal? ¿No es acaso del olvido en que se vive de las promesas y compromisos del santo bautismo y de que casi nadie ratifica por sí mismo el contrato de alianza hecho con Dios por sus padrinos? Ahora bien, si los Concilios, los Padres y la misma experiencia nos demuestran que el mejor remedio contra los desórdenes de los cristianos es hacerles recordar las obligaciones del bautismo y renovar las promesas que en él se hicieron, ¿no será razonable hacerlo ahora de manera perfecta por esta devoción y consagración al Señor por medio de su Santísima Madre? Digo "de manera perfecta", porque para consagrarnos a Jesucristo utilizamos el más perfecto de todos los medios, que es la Santísima Virgen (VD 120.127.130).
COMPROMISO DE VIDA
Renovaré hoy las promesas bautismales, confiando a la Virgen María mi compromiso de fidelidad.
11. EL DON TOTAL DE LA VIRGEN GLORIFICADA
En un mundo encaminado hacia la unificación, se advierte la imposibilidad de encerrarse en el aislamiento o en los propios proyectos egoístas. Hay que tomar conciencia de los vínculos que nos unen a unos con otros, darnos cuenta de la imposibilidad de formarnos una auténtica personalidad y un mundo mejor sin un profundo amor a nuestros semejantes. "Ninguno es una isla" y "todo hombre es mi hermano" (Pablo VI) son slogans que deben caracterizarnos cada vez más como cristianos y personas de nuestro tiempo. Con razón ha afirmado esta verdad el Concilio Vaticano II con estas significativas palabras: «El hombre, única creatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás» (GS 24). Cuando el hombre sale del círculo restringido del propio yo para abrirse a los demás, dejarse interpelar por ellos, asumir un comportamiento de acogida y entrega, entonces, se manifiesta como persona.
La persona digna de la entrega total Si el amor oblativo da a cada uno la propia madurez y si la perfección del cristiano consiste en amar a los propios hermanos a ejemplo de Cristo (Jn 13,34; 15,12), la relación verdadera y perfecta con María no puede menos de coincidir con el don de sí mismo a Ella. Es lo que invita a hacer Luis María de Montfort cuando describe la verdadera devoción a María como un don total y perpetuo a Ella, inserto y finalizado en el don de fe a Jesucristo (ver VD 121). El Santo no admite reservas o escapatorias en esta donación, que debe ser desinteresada y envolver todo el ser humano en sus elementos físicos y síquicos, económicos y espirituales: en una palabra, hay que entregar a María toda la existencia, para el tiempo y la eternidad. ¿Cómo explicar esta total participación de vida, de actividad y de bienes materiales y espirituales con una creatura, por más santa que sea, como María? ¿A dónde quiere llevar Montfort a los cristianos? La respuesta a esta pregunta sólo será posible elevándonos al plan de Dios, que escogió a María para realizar en Ella «grandes cosas» (Lc 1,49). Piensa quien es María a la luz de la fe y verás alejarse para siempre el minimismo, que mide con cuentagotas el amor a la Madre de Dios. ¿Quién es, en realidad, María según la fe católica, transmitida por los Padres? Deja de lado por un momento su vida terrena, que la vio como pobre niña de un pueblo no independiente, sometida al dolor y a las necesidades de la condición humana. No pienses siquiera en la misión única que desarrolló como Madre de Jesús, íntimamente asociada a la misión salvífica de su Hijo. ¡Medita y contempla la situación en que se encuentra actualmente María! ¡Imagina, en cuanto te sea posible, a la Virgen glorificada, ya en posesión de la plenitud de su destino de vida eterna! Es la única persona humana llevada al cielo en cuerpo y alma, a causa y por los méritos de Cristo! Para formarse una idea de la condición glorificada de María debemos recorrer la Palabra de Dios, que describe a Cristo resucitado y los cuerpos resucitados. Ahora bien, Jesús después de la resurrección posee un cuerpo concreto, pero escapa a las condiciones habituales de la vida terrena: entra al cenáculo estando cerradas las puertas (Jn 20,19.20), no está sometido a las leyes del espacio porque se aparece en un breve lapso de tiempo a los discípulos de Emaús, a Pedro y, luego, a los apóstoles (Lc 24,15.33-36). Más aún, con su resurrección Cristo queda constituido «Señor y Cristo» (Hech 3,26), «cabeza y salvador» (Hech 5,31), «dispensador del Espíritu» (Jn 20,22; Hech 2,33). De la misma manera, los cuerpos gloriosos difieren de los naturales en cuanto que se han vuelto "incorruptibles, gloriosos, fuertes, espirituales": han sido totalmente transformados por los esplendores del Espíritu que pueden comunicar esta misma vida divina (ver 1 Cor 15,42-45). ¿Comprendes ahora quién es María glorificada? Una persona realmente libre, por haber sido liberada para siempre de los peores males (pecado y muerte) y de los condicionamientos de la materia. Una persona totalmente rebosante de la vida de Dios que puede transmitirla a los hombres. En una palabra: María glorificada es la persona humana capaz de estar presente en el mundo, más allá de toda ley espacio-temporal, y al mismo tiempo la Madre que colabora a transmitir la vida divina de Cristo en el Espíritu. ¡Grande y sublime realidad la de María! Las videntes privilegiadas como Bernardita o Lucía han podido experimentar al verla el poder del misterio pascual; y han sido impactadas por él para toda la vida. Se puede hacer a María glorificada y presencia viva en la Iglesia el don de sí mismo, porque puede orientar la existencia cristiana hacia el fin último querido por Dios y ya realizado en Ella. Sintonizar con Ella es asimilar las actitudes fundamentales del cristiano: fe en Cristo, humildad, servicio, don de sí mismo a Dios y a los hermanos, apertura al Espíritu, meditación religiosa en la vida y los acontecimientos... Declararnos disponibles a María significa acogerla como Madre y permitirle poner por obra su acción materna, que tiende a hacernos hijos de Dios y herederos de la vida imperecedera. Digamos, todavía, que después de Cristo no existe una persona que merezca el don de sí como María. Nadie tan inundada como Ella del fulgor del Espíritu; su belleza atrae los corazones de los hombres; y, al mismo tiempo, impulsa hacia Dios como flecha veloz, como al término de anhelo humano.
La lista de los dones Ningún temor, por tanto, en la generosidad del don que debe hacerse a María: ¿por qué no ponerlo todo en sus manos maternales y orantes? Nuestra entrega a Ella es garantía de una entrega más íntima y perseverante a Jesucristo. Tratemos, pues, de aceptar la invitación de Montfort entregando y confiando a la Virgen cuanto somos y tenemos. No se trata de hacer la lista de lo que damos a María, como para complacernos en la totalidad del don. Recordemos que nuestra relación con la Virgen Madre es vital y personal: es comunión de amor, una presencia vivida, una actitud de disponibilidad, un diálogo siempre renaciente. La intención de Montfort al enumerar los bienes que colocamos en manos de María mira a una finalidad más elevada: quiere liberar al cristiano tanto del egoísmo como del apego a los propios proyectos no aceptados por la luz divina. Por ello el Santo te invita a repetir con frecuencia: «renuncio a mí mismo y me entrego a ti, querida Madre mía» (VD 259). Con la siempre repetida referencia a María, Montfort quiere iniciarte en un ritmo espiritual sobremanera necesario y eficaz: adquirir una pobreza radical, que nos vacía de cuanto puede oponerse a la voluntad de María (y en último análisis de Dios) y buscar coincidir con la sabiduría de Dios y la orientación del Espíritu, guiados por María y sostenidos por su oración. Consagrándote a María para vivir la vida cristiana, experimentarás cada día la eficacia del camino trazado por Montfort: te alejarás siempre más y más del reino del egoísmo y te acercarás al mundo de María inundado de amor. Y podrás repetir con Petrarca: Si de mi estado miserable y ruin me levantan tus manos, Virgen, doy y consagro a tu nombre, memoria, ingenio y modo, la lengua, el corazón, suspiro y llanto.
LECTURA
Una perfecta entrega a María Consiste, pues esa devoción en una entrega total a la Santísima Virgen, para pertenecer totalmente a Jesucristo, por medio de Ella. Hay que entregarle: 1) El cuerpo con todos sus sentidos y miembros; 2) el alma con todas sus facultades; 3) los bienes exteriores –llamados de fortuna– presentes y futuros; 4) los bienes interiores y espirituales, o sea, los méritos, virtudes y buenas obras pasadas, presentes y futuras. En dos palabras: cuanto poseemos o podemos poseer en el futuro, en el orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria, sin reserva alguna –ni de un céntimo, ni de un cabello, ni de la menor obra buena– y esto por toda la eternidad y sin esperar por nuestra ofrenda y servicio una recompensa diferente al honor de pertenecer a Jesucristo por María y en María, aunque esta amable Señora no fuera - como siempre lo es la más generosa y agradecida de las creaturas. Conviene advertir que en nuestras buenas obras hay un doble valor: la satisfacción y el mérito, o sea el valor satisfactorio o impetratorio y el valor meritorio. El valor satisfactorio o impetratorio de una obra buena es la misma obra buena en cuanto satisface por la pena debida por el pecado o cuanto obtiene alguna nueva gracia. En cambio, el valor meritorio o mérito es la misma obra buena en cuanto merece la gracia y la gloria eterna. Ahora bien, esta consagración nuestra a la Santísima Virgen nos lleva a entregarle todo el valor satisfactorio, impetratorio y meritorio. Es decir, las satisfacciones y méritos de todas nuestras buenas obras. Entregamos a María nuestros méritos, gracias y virtudes, no para que los comunique a otros –porque nuestros méritos, gracias y virtudes, estrictamente hablando, son incomunicables; únicamente Jesucristo, haciéndose fiador nuestro ante el Padre, ha podido comunicarnos sus méritos– sino para que los conserve, aumente y embellezca... Le entregamos nuestras satisfacciones para que las comunique a quien mejor le plazca y para mayor gloria de Dios (VD 121-122).
COMPROMISO DE VIDA
Repetiré frecuentemente durante el día: "Soy todo tuyo, oh Jesús, por medio de María, tu santa Madre".
12. CAMINO PERFECTO PARA EL ENCUENTRO CON CRISTO
Los autores espirituales recurren con frecuencia a la imagen del camino para indicar el recorrido del hombre hacia Dios. Así, s. Buenaventura (+1274) habla del "itinerario de la mente a Dios", s. Teresa de Avila (+1582) trata de la oración como "camino de perfección", s. Teresa del Niño Jesús (+1897) presenta su "pequeño sendero", que consiste en "una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños entre los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad, confiados hasta la audacia en su bondad paternal" (Novissima verba). El símbolo del camino encierra esta paradoja: mientras se lo recorre nos lleva a una meta que lo trasciende. Cuando caminamos se dilata el espacio de nuestro horizonte y adquirimos nuevos conocimientos. Esto vale ante todo de Cristo, que es el "Camino" en cuanto por medio de El tenemos acceso al Padre (Jn 14,6-9). Precisamente para llegar a Cristo, seguimos el mismo camino que El recorrió para venir a nosotros: María. Es la propuesta que nos hace s. Luis de Montfort, quien presenta la entrega de nosotros mismos a María como "un camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con el Señor, en la cual consiste la perfección del cristiano" (VD 152).
María camino perfecto Montfort está preocupado por presentar a los cristianos una espiritualidad auténtica y comprometida. Exhortar a amar a Dios con corazón indiviso (Cántico 153,1-2) y a ofrecerle el don total y perenne de la propia vida (Contrato de alianza con Dios). Lejos de condenar a los cristianos que viven en el mundo a una vida de mediocridad espiritual, que se contenta con la salvación eterna, Montfort recuerda a todos la vocación esencial a la santidad y a la perfección: «Hermano, creado a imagen de Dios y salvado con la sangre preciosa de Jesucristo, Dios quiere que te hagas santo como El en esta vida y participes de su gloria en la eternidad. Tu verdadera vocación es adquirir la santidad» (SM 3). Qué significa ser santos y perfectos, lo indica Montfort con palabras clarísimas: «Toda nuestra perfección consiste en ser semejantes, unidos y consagrados a Jesucristo» (VD 120). Ante esto, alguien podría concluir: "Consagrémonos a Jesucristo y alcanzaremos la santidad. ¿Para qué recurrir a María y consagrarnos a Ella? ¿No será eso alargar el camino y complicar el itinerario espiritual del cristiano?" Aquí interviene Montfort para disipar estas dudas e iluminar a los cristianos acerca de la misión maternal y salvífica de María, que –como dirá el Concilio– "lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo" (LG 60). Adelantándose a esta afirmación del Concilio Vaticano II, s. Luis M. de Montfort afirma: «Que no se engañen, pues, las personas espirituales creyendo falsamente que María les impida llegar a la unión con Dios. Porque, ¿será posible que la que halló gracia delante de Dios para todo el mundo en general y para cada uno en particular, estorbe a las almas alcanzar la inestimable gracia de la unión con Jesucristo? ¿Será posible que la que fue total sobreabundantemente llena de gracia y tan unida y transformada en Dios que lo obligó a encarnarse en Ella, impida al alma vivir unida a Dios? Ciertamente que la vista de las otras creaturas, aunque santas, podrá en ocasiones retardar la unión divina, pero no María - como he dicho antes y no me cansaré de repetirlo» (VD 164). En otras palabras, María no es una creatura que nos haga más largo el recorrido para ir a Dios; al contrario, es camino corto y seguro, en cuanto conduce rápidamente al encuentro con Dios. Es como viajar en avión en vez de caminar a pie, para llegar más pronto a un lugar. En efecto, a diferencia de los pecadores que se separan de Dios para detenerse desordenadamente en las creaturas, María es "camino inmaculado" (VD 158), que lleva a Dios al mundo y el mundo a Dios. En forma positiva, Ella es "la más perfecta y santa de las puras creaturas, y Jesús, que ha venido a nosotros de modo perfecto, no tomó otro camino para este grandioso y maravilloso viaje" (VD 157). De donde se sigue que también la Virgen nos seguirá ayudando a realizar un encuentro íntimo y perseverante con su Hijo, porque Jesucristo está siempre con Ella, grande, poderoso, activo e incomprensible, aún más que en el cielo y en cualquier otra creatura del universo" (VD 165). Sólo una idea falsa de la Virgen puede dar la impresión de que al valorizar a María se retarda el encuentro con Cristo. Esto sucedería solamente si María retuviera para sí a quienes la honran o se consagran a Ella. Pero ésta es una falsa figura de María, una imagen que no halla ningún apoyo en el Evangelio, donde la Madre de Jesús aparece siempre proyectada hacia la alabanza de Dios, el servicio a Cristo y a los hermanos, la apertura al Espíritu Santo. En María encontramos un motivo más para proclamar la grandeza del Señor, para comprender mejor su plan de salvación, para vivir en plenitud la vocación cristiana. María, a causa de su plenitud de gracia y de su condición gloriosa, nos coloca en la órbita de Dios, sin la cual Ella no podría vivir. El encuentro con Ella se resuelve en encuentro con el Señor. Su misión materna tiende a esto: a colaborar en el nacimiento y en la madurez espiritual de los hijos de Dios.
María y la madurez en Cristo Toda la vida cristiana consiste en un crecimiento en Cristo, pasando del estado de infancia al de la madurez espiritual, que Pablo caracteriza como llegada hasta la «plenitud de la edad de Cristo» (Ef 4,13). Es un camino de conversión y alejamiento del pecado y de progresiva transformación conforme a la imagen de Jesucristo. María –como lo demuestra la experiencia de los santos– está presente en las diferentes etapas del camino con una misión que Montfort especifica así. 1. Ella, ante todo, preserva o levanta nuevamente del pecado a cuantos confían en Ella. Existe, en efecto, incompatibilidad entre la Virgen y el mal, tan grande que se excluyen mutuamente. "Donde María está presente, está ausente el espíritu maligno" (VD 166). De modo que, cuando la vida ha sido puesta bajo la protección de la Virgen y su pensamiento llena la existencia, el demonio tentador no encuentra posibilidad concreta de triunfar: pecado y error en materia de fe no se acercan al verdadero devoto de María (VD 167.209). Como la Madre de Dios es el criterio y garantía de la verdadera fe en Jesús, Dios y hombre, del mismo modo la espiritualidad mariana es un test de la vida en Cristo: «Como la respiración es señal cierta de que el cuerpo no está muerto –dice s. Germán de Constantinopla– del mismo modo el pensar con frecuencia en María e invocarla amorosamente es señal cierta de que el alma no está muerta por el pecado» (VD 166). Por otra parte, ¿podremos pensar que María se quede inactiva respecto de sus hijos? "Los ama no sólo con amor afectivo, sino también con amor efectivo y eficaz, impidiendo, mediante gracias abundantes, que retrocedan en la virtud o caigan en el camino y pierdan así la gracia de su Hijo» (VD 175). 2. Pero la misión específica de María será siempre la maternidad en el orden de la gracia: Ella es siempre la Madre de Jesús y su oficio consiste en engendrarlo en todo hombre. Madre del hombre nuevo, la Virgen engendra en el Espíritu Santo a los hombres nuevos comunicándoles las facciones del Primogénito. A causa de su intervención en la obra trinitaria de transmitir la vida divina a los hombres, «se pueden aplicar a María con mayor razón de la que tenía s. Pablo para aplicárselas a sí mismo, estas palabras: "Hijitos míos, de nuevo sufro los dolores del alumbramiento hasta que Cristo se forme en vosotros" (Gál 4,19)» (VD 33). Para expresar esta maternidad de María, Montfort recurre a una comparación. Dice que la Virgen es el "molde de Dios" (forma Dei): «Quien sea metido en este molde divino quedará muy pronto formado y moldeado en Jesucristo y Jesucristo en él» (VD 219). Esta comparación nos hace comprender que la pedagogía mariana consiste en transformar al cristiano en "otro Cristo". María ayuda maternalmente a asimilar los ejemplos y actitudes interiores de Jesús. 3. Meta final de la acción maternal de María es la madurez espiritual. Montfort gusta de expresar esta meta con la expresión paulina: "la plenitud de la edad de Jesucristo" (VD 33.119.156.168). De un estadio en el cual "Jesucristo es todavía muy débil en nosotros" (VD 218), con María se avanza "de virtud en virtud, de gracia en gracia, de luz en luz" (VD 119) hasta la madurez en Cristo, que constituye el vértice de la perfección. Cuando Cristo reine como soberano en los corazones, la devoción a María habrá logrado su finalidad. Su meta es, en efecto, llevarnos a obrar "por medio de Jesús, con Jesús, en Jesús y para Jesús" (VD 257) y darnos la felicidad de vivir unidos a Cristo "con vínculo indisoluble en el tiempo y en la eternidad" (VD 265). Ahora comprendemos que María no es camino paralelo al de su Hijo, sino sendero que desemboca en el único camino de la salvación que es Jesucristo. La verdadera devoción a María no es una alternativa a la vida cristiana, sino su realización al más alto nivel de la gracia. Es un camino fácil, directo, garantizado y de calidad para un encuentro auténtico, profundo y perseverante con el Señor Jesús. «Entremos, pues, por este camino y avancemos por él, día y noche, hasta llegar a la plena madurez en Jesucristo» (VD 168).
LECTURA
Camino fácil y seguro Esta devoción es camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Dios, en la cual consiste la perfección cristiana. Es camino fácil. Es el camino abierto por Jesucristo al venir a nosotros y en el que no hay obstáculos para llegar a El. Ciertamente se puede llegar a Jesucristo por otros caminos. Pero en ellos se encuentran cruces más numerosas, muertes extrañas y dificultades apenas superables; será necesario pasar por noches oscuras, terribles agonías, escarpadas montañas, punzantes espinas y espantosos desiertos. Pero, por el camino de María se avanza más suave y tranquilamente. Claro que también encontramos rudos combates y grandes dificultades a superar. Pero esta bondadosa Madre y Señora se hace tan cercana y presente a sus fieles servidores para iluminarlos en sus tinieblas, esclarecerlos en sus combates y dificultades, que –en verdad– este camino virginal para encontrar a Jesús resulta de rosas y mieles, comparado con los demás. Esta devoción a la Santísima Virgen es camino corto para encontrar a Jesucristo. Sea porque en él nadie se extravía, sea porque –como acabo de decir– se avanza por él con mayor gusto y facilidad y, por consiguiente, con mayor rapidez. Se adelanta más en poco tiempo de sumisión y obediencia a María que en años enteros de hacer nuestra propia voluntad y apoyarnos en nosotros mismos. Porque el hombre obediente y sumiso a María cantará victorias señaladas sobre todos sus enemigos. Esta devoción a la Santísima Virgen es camino perfecto para ir a Jesucristo y unirse con El. Porque María es la más perfecta y santa de las puras creaturas y Jesucristo, que ha venido a nosotros de la manera más perfecta, no tomó otro camino para viaje tan importante y admirable que María. Esta devoción a la Santísima Virgen es camino seguro para ir a Jesucristo y alcanzar la perfección uniéndonos a El... Efectivamente, lo propio de la Santísima Virgen es conducirnos con toda seguridad a Jesucristo, así como lo propio de Jesucristo es llevarnos al Padre con toda seguridad. Que no se engañen, pues, las personas espirituales creyendo falsamente que María les impida llegar a la unión con Dios. Porque ¿será posible que la que halló gracia delante de Dios para todo el mundo en general y para cada uno en particular, estorbe a las almas alcanzar la inestimable gracia de la unión con Jesucristo? ¿Será posible que la que fue total y sobreabundantemente llena de gracia y tan unida y transformada en Dios que le obligó a encarnarse en Ella, impida al alma vivir unida a Dios? (VD 152. 155. 157. 159. 164).
COMPROMISO DE VIDA
Me examinaré a fin de ver si mi comportamiento es inmaduro (egoísta, inestable, carente de motivos, pasivo...) o si me encuentro avanzado hacia la madurez cristiana (don de sí en el amor, elección definitiva de Jesucristo, constancia, irradiación de la salvación, vida filial, docilidad al Espíritu...).
¿Qué quiso en concreto pedir la Virgen cuando, apareciéndose a los pastorcitos de Fátima y luego varias veces a Lucía, pidió la consagración del mundo a su Corazón Inmaculado? ¿Qué valor ha asumido ante Dios y la comunidad el gesto de Juan Pablo II (1981), cuando –siguiendo las huellas de Pío XII (1942) y de Pablo VI (1964), consagró a María la Iglesia, las naciones y el mundo? Veamos a la luz de la Biblia que esta entrega a María forma parte de una más amplia consagración a Dios de parte de su pueblo y que esta consagración hace evidente la misión unificadora de la Virgen en favor de la familia de Dios que es la Iglesia.
Un pueblo consagrado al Señor En la Biblia la consagración tiene un significado más profundo. No sólo se consagran y reservan al servicio divino el rey, el templo, el altar, sino que también todo el pueblo está consagrado a Dios, como afirma el Deuteronomio: «Tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios; El te eligió para que fueras, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad. Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió no fue por ser vosotros más numerosos que los demás –porque sois el pueblo más pequeño–, sino que por puro amor vuestro, por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto... Así sabrás que el Señor, tu Dios, es Dios, un Dios fiel: a los que aman y guardan sus preceptos, les mantiene su alianza y su favor por mil generaciones» (Dt 7,6-9). Ser un pueblo consagrado significa ser objeto de una elección amorosa de parte de Dios, formar parte de una comunidad que pertenece al Señor, estar insertos en la órbita de la santidad de Dios. Por tanto, el código del pueblo consagrado es "Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo" (Lv 11,44; 20,26). A todo los cristianos convertidos del paganismo y bautizados, dirige s. Pedro esta exhortación: «También vosotros, como piedras vivas, vais entrando en la construcción del templo espiritual, formando un sacerdocio santo, destinado a ofrecer sacrificios espirituales que acepta Dios por Jesús Mesías... Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios, para publicar las proezas del que os llamó de las tinieblas a su maravillosa luz» (1 Pe 2,5.9).
María tipo de la Iglesia consagrada Es claro que la consagración del Pueblo de Dios a su Señor encuentra en María el propio modelo. La Virgen de Nazaret constituye el tipo de la Iglesia consagrada, porque en su vida ofrece en forma eminente las notas características de la consagración: pertenencia al Señor de quien se declara esclava, conformación total a la voluntad de salvación de los hombres, fidelidad en el dolor y en la prueba... El Concilio Vaticano II resume en estos términos la actitud de María en la Anunciación: «María, hija de Adán, aceptando la palabra divina, fue hecha Madre de Jesús, y abrazando la voluntad salvífica de Dios con generoso corazón y sin impedimento de pecado alguno, se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la Redención con El y bajo El, por la gracia de Dios omnipotente» (LG 56). María es la Hija de Sión, en quien culmina la consagración del pueblo de Israel, y la que invita a los cristianos a renovar la alianza de amor con Dios en el nuevo mediador, que es Cristo: «Ella es la mujer –dice A. Serra– que hace suyo y transmite y comunica a los servidores el acto de fe característico de la comunidad del pacto antiguo: "Haremos cuanto nos diga el Señor" (Ex 19,8). "Haced cuanto El os diga" (Jn 2,5)». A ejemplo de María, todo miembro del Pueblo de Dios debe vivir su propia consagración al Señor. La actitud de disponibilidad para con María y la entrega total de sí mismo a Ella, exigidos por la misión asignada a María en la historia de la salvación, están al servicio de la consagración eclesial a Cristo. Esta incluye también un amor concreto a la Iglesia, que –como intuía Juan XXIII– es inseparable de Jesús: «Una consagración hecha a Ella (a la Virgen) significa consagración fervorosa, irrevocable, generosa al divino Salvador, a su ley, a la Iglesia» (1-9-1959). Con María, pues, la Iglesia toma conciencia de su consagración a Dios y al mismo tiempo de su ser comunitario.
María para la comunión eclesial El último dato biográfico acerca de María, que nos ofrece el Nuevo Testamento, lo traen los Hechos de los Apóstoles que presentan a la Madre de Jesús dentro de la primera comunidad cristiana reunida en el Cénaculo en espera del Espíritu: «Todos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, además de María, la madre de Jesús, y sus parientes» (Hech 1,14). Esta presencia de María en la primera comunidad eclesial es densa de significado y oculta un designio de la sabiduría divina. En efecto, Dios no obra nunca inútilmente, porque siempre le guía su infinita sabiduría de amor. Si ha querido que María fuera mencionada explícitamente en la descripción de la Iglesia naciente, ello respondía a su intención de mostrar que la presencia de María es un elemento de la Iglesia de todos los tiempos. En el siglo IV lo intuyó s. Cromacio, obispo de Aquilea, quien afirmó: «Se congregó la Iglesia en la sala alta del Cenáculo con María, que era la Madre de Jesús, y con los hermanos de El. No se puede, por tanto, hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor, con los hermanos de El» (Sermón XXX, 1). Cuando pensamos en esta presencia de María en la Iglesia, no podemos ahogar un sentimiento de gozo, de admiración y de «adorante respeto hacia el sabio designio de Dios, que ha colocado en su Familia –la Iglesia– como en todo hogar doméstico, la figura de una Mujer, que calladamente y en espíritu de servicio vela por ella y protege benignamente su camino hacia la patria» (MC, introducción). ¿Qué es una familia en la que falta la madre? Es una comunidad de personas caracterizada por un vacío que nada puede llenar. La madre es fuente de unidad, de vida y de calor. Al colocar a María en la Iglesia, Dios ha tenido en cuenta esta exigencia puesta por El en el corazón humano: Con María la Iglesia aparece como Familia de los hijos de Dios, congregados en el amor y sostenidos por la Madre que intercede por ellos. Sienten la necesidad de una madre las comunidades africanas, las últimas en entrar en la Iglesia universal. Una poesía religiosa titulada A nuestra Madre traduce en términos espontáneos, sinceros y llenos de afecto, la necesidad de la presencia de María para las nacientes comunidades cristianas... «Tus hijos negros son los de la última hora. Van como apresurados, como llenos de celo, por ocupar su puesto en el concierto de los pueblos, que desde la tierra del exilio suben hacia ti, dulce Madre de Cristo... Tú, gigante de las sendas del amor, esperamos en el camino, atráenos, arrástranos, porque somos tan débiles y llenos de temor, porque ignoramos, porque dudamos y tergiversamos... Acuérdate, eres nuestra Hermana mayor... Eres paciente, que hermanos y hermanas menores sigan tus huellas... Acuérdate, eres la madre amorosa... Estás atenta a que tus hijos traten de caminar... Hermana amada, madre querida, aguárdanos, atráenos, arrástranos, sostennos, ruega, ruega por nosotros» (1957). Inclusive nosotros, que pertenecemos a las antiguas comunidades cristianas, tenemos necesidad de María. La necesitamos para permanecer fieles a Cristo verdadero Dios y verdadero hombre, porque –como observa Newman– las comunidades que han abandonado a María han perdido la fe en la divinidad de Jesús. Necesitamos de María para ser un solo corazón y una sola alma como la primera comunidad cristiana: "Con María –decía el sacerdote romano Don Terenzi– los hombres se tornarán hermanos". En un mundo en el que triunfan los instintos egoístas y el apego al poder, "María muestra a la Iglesia el camino del servicio, de la pobreza y la humildad para que en su vida resplandezca la gloria de Dios solo" (Max Thurian). La consagración a María es escuela de pobreza y participación. Montfort en su exigencia de radicalidad, nos hace renunciar inclusive a disponer de nuestros bienes espirituales, como el valor de las buenas obras y el valor de nuestras plegarias (VD 121-123). Los deseos e intenciones de la oración quedan sometidos al querer de María, orientado siempre a la mayor gloria de Dios y ciertamente al bien de toda la Iglesia, sobre todo de sus hijos más necesitados. Vivir con María la comunión de los santos significa sentirse una sola familia donde todo es común. Los bienes espirituales de la persona ayudan a todos; los bienes materiales tampoco pueden quedar acumulados en manos de unos pocos, sino que deben compartirse fraternalmente como se hacía en la primera comunidad cristiana de Jerusalén (Hech 2,44).
Consagración social y compromiso personal Consagración social y consagración personal, en la Biblia, se hallan íntimamente unidas. En el designio divino de la alianza, primero se consagraba el mediador (Abrahán, Moisés, Cristo); viene luego la consagración de la comunidad (Sinaí, Pentecostés); finalmente, son insertos los individuos en el pueblo consagrado (Nuevo Testamento, mediante el bautismo). Es el orden seguido por Juan Pablo II, que ante todo ha hecho su consagración personal con las palabras "Totus tuus"; luego ha consagrado el mundo, la Iglesia de Roma y otras comunidades; luego, algunas categorías particulares de personas. Estas consagraciones sociales de comunidades, naciones, continentes o del mundo entero, pueden considerarse como oraciones de intercesión y, al mismo tiempo, como compromiso, con los cuales los representantes o miembros de un grupo, conscientes de su responsabilidad eclesial, confían a Dios y a María su eterna salvación. Es hacerse cargo, hasta donde es posible, de los propios hermanos y de los posibles miembros de la comunidad, incluyéndolos en su propia consagración personal y en la propia solicitud pastoral. Pero el Papa considera la consagración social como una invitación al compromiso personal: «Los obispos polacos –decía el entonces cardenal Wojtyla (3-5-1978)– no han impuesto el acto claromontano del 3 de mayo de 1966 a todos los fieles de la Iglesia. Han hecho una proposición, han invitado y llamado a cada uno de nosotros individualmente. Entonces –decimos una vez más– reflexiona y no sólo reflexiona sino encuentra tu puesto en este Acto de consagración, porque en él hay puesto para cada uno. El que tú debes ocupar con tu vida. ¿Eres obispo? Ocúpalo, entonces con tu vida de Obispo. ¿Eres sacerdote? Con tu vida sacerdotal. ¿Eres padre de familia? Con tu vida familiar». Esto significa que la consagración personal debe vivirse en contexto social: como la plena realización de la consagración del Pueblo de Dios. Es una consagración que procede de la Iglesia y en comunión con ella alcanza todo su valor. (Este último párrafo ha sido extraído del documento doctrinal de la Unión mariana nacional sobre la "Consagración a María como fidelidad a Cristo en la Iglesia").
LECTURA
La protección maternal de María La Santísima Virgen es Madre de dulzura y misericordia y jamás se deja vencer en amor y generosidad. Viendo que te has entregado totalmente a Ella para honrarla y servirla y te has despojado de cuanto más amas para honrarla, se entrega también plena y totalmente a ti. Hace que te abismes en el océano no de sus gracias, te adorna con sus méritos, te apoya con su poder, te ilumina con su luz, te inflama con su amor, te comunica sus virtudes: su humildad, su fe, su pureza, etc., se constituye en tu fiadora, tu suplemento y tu todo ante Jesús. Por último, dado que como consagrado perteneces totalmente a María, también Ella te pertenece en plenitud. De suerte que, como perfecto servidor e hijo de María, puedes repetir lo que dijo de sí mismo el evangelista san Juan: "El discípulo se la llevó a su casa". Este compromiso observado con fidelidad produce en tu alma gran desconfianza, desprecio y aborrecimiento de ti mismo y, a la vez, inmensa confianza y total entrega en manos de la Santísima Virgen, tu bondadosa Señora. Como consagrado a Ella, no te apoyarás en tus propias disposiciones, intenciones, méritos y buenas obras. En efecto, lo has sacrificado todo a Jesucristo por medio de su Madre bondadosa. Por ello, ya no te queda otro tesoro –y éste ya no es tuyo– en donde estén todos tus bienes que María. Esto te llevará a acercarte al Señor sin temor servil ni escrúpulos y a rogarle con toda confianza. Y te hará participar en los sentimientos del piadoso abad Ruperto, quien aludiendo a la victoria de Jacob sobre un ángel, dirige a la Santísima Virgen estas hermosas palabras: "¡Oh María, Princesa mía y Madre inmaculada del hombre-Dios, Jesucristo, no apoyado en mis méritos sino armado con los tuyos, deseo luchar con este Hombre que es el Verbo de Dios!". ¡Oh! ¡Qué poderosos y fuertes somos ante Jesucristo cuando estamos armados con los méritos e intercesión de la digna Madre de Dios, quien –según las palabras de s. Agustín– venció amorosamente al Todopoderoso! (VD 144-145).
COMPROMISO DE VIDA
A ejemplo de María, me ejercitaré en crear un clima de comunión dentro de la comunidad a la cual pertenezco (aceptación mutua, disponibilidad de ayuda, promoción de diálogo, oración y trabajo posiblemente en equipo...).
VIDA DE CONSAGRACION
«Estimado amigo, amado de Dios, pongo en tus manos un secreto que me ha enseñado el Altísimo y que no he podido encontrar en ningún libro antiguo ni moderno. Te lo entrego, con la ayuda del Espíritu Santo, pero con estas condiciones: ... que te empeñes en vivirlo para santificarte y llegar a la madurez espiritual. Porque la eficacia de este secreto se mide por el uso que se hace de él. ¡Cuidado con cruzarte de brazos! Pues mi secreto se convertiría en veneno y vendría a ser tu condenación» (SM 1). Con estas vibrantes palabras, s. Luis María de Montfort nos presenta la consagración a Jesucristo por medio de María como un misterio de gracia y un maravilloso camino de santidad. Pero nos exhorta igualmente a ver en la consagración no un acto único realizado una vez para siempre, sino una orientación fundamental que regula toda la vida.
Un "sí" de amor a Dios ¡Nada más contrario al espíritu de la consagración que una actitud de pasividad o falta de compromiso! El consagrado es el que, tras abandonar el egoísmo y la pereza, hace de su vida un don para la venida del reino de Dios. Se fía de María y sintoniza con Ella para responder más generosamente a las exigencias del bautismo. Toda su existencia debe transformarse progresivamente en un "sí" de amor y, por tanto, nos pone en guardia contra toda tentación de superficialidad: «No basta consagrarse a María, una vez para siempre. Ni aún, renovar la consagración cada mes o cada semana. Devoción bien pasajera sería ésta, incapaz de llevarte a la perfección. Porque no es difícil consagrarse a María, alistarse en sus cofradías y rezar diariamente algunas oraciones prescritas. La dificultad se halla en entrar en el espíritu de esta consagración que lo coloca a uno en actitud de absoluta disponibilidad respecto de María y, por Ella, de Jesús. Muchas personas he encontrado que, llenas de entusiasmo han hecho esta consagración, pero solamente de palabra. Pocas, en cambio, han asimilado su espíritu y menos numerosas aún son las que han perseverado en él» (SM 44). ¿Qué propone Montfort para vivir la consagración? ¿Cuál es el secreto que nos ofrece para que podamos llegar a la madurez espiritual? ¿Qué ejercicio nos sugiere para adquirir el espíritu de la auténtica entrega a Jesucristo por medio de María? Con una frase-resumen, Montfort responde que es preciso «obrar siempre por María, con María, en María y para María a fin de obrar más perfectamente por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo y para Jesucristo» (VD 257). Para evitar toda apariencia de complicación en la vida espiritual, digamos que la propuesta de Montfort «consiste en obrar en todo con María, es decir, tomar a María como modelo perfecto de la conducta del cristiano» (SM 45). Se trata de recorrer el camino cristiano junto con María, guiados por Ella, en sintonía con Ella hasta llegar a una identificación con Ella. Todo lo que dice Montfort acerca de las "prácticas exteriores" (VD 258-265; SM 46-49) constituye un aprendizaje y entrenamiento necesarios, que se deben valorizar al máximo si se quiere vivir como auténticos consagrados.
"Vivir a María" El movimiento de los "Focolares" nos ofrece una fórmula equivalente a la propuesta por Montfort. Todo consagrado puede adoptarla como lema programático de vida: "vivir a María". «Vivir a María es una expresión-código que encierra gran número de significados... Vivir como habría vivido María, es decir, con esa sensibilidad especial a la Palabra de Dios, como nos la presenta el Evangelio. Tener como modelo permanente a María, fue novia, esposa, consagrada, madre, viuda... y sobre todo la primera cristiana. Por último, prolongar la obra de María: hacer nacer con Ella a Jesús, Dios encarnado, en medio de los hombres» (Entrevista a 5 jóvenes "focolarinos", 1974). "Vivir a María" significa experimentarla en nuestra existencia cotidiana, entrar en contacto vital con Ella que es madre y modelo en el orden de la gracia, establecer en Ella un término de confrontación para orientar cristianamente nuestras opciones. Si consideramos a la Madre de Dios en la riqueza de dones y de valores en el orden de la gracia, establecer en Ella un término de confrontación para orientar cristianamente nuestras opciones. Si consideramos a la Madre de Dios en la riqueza de dones y de valores en que el Señor la ha constituido, encontramos en Ella a una persona que nos atrae y da finalidad a nuestros esfuerzos. Sin que se convierta en meta definitiva. No obstante, ser un punto privilegiado de encuentro con el Dios de la salvación, María sigue siendo siempre la humilde esclava del Señor en estado de servicio permanente en favor del Pueblo de Dios. Los jóvenes de los "Focolares" expresan este pensamiento con un ejemplo científico: «En la radio existe la llamada onda portadora de alta frecuencia, una señal de alta frecuencia que sale del oscilador. La onda portadora no se siente, no hace ruido. Pero si no tienes onda portadora, no podrás transmitir la modulación que querrías escuchar. María es en cierta forma esto: el silencio que permite que Dios se haga oír». Ensayemos, pues, a "vivir a María" para ser auténticos cristianos como Ella y sintonizar por medio de Ella la frecuencia de modulación de la voluntad salvífica de Dios.
LECTURA
Esencia de la devoción a María Después de esto, protesto a voz en grito que –aunque he leído casi todos los libros que tratan de la devoción a la Santísima Virgen y conversado familiarmente con las personas más santas y sabias de estos últimos tiempos– no he logrado conocer ni aprender ninguna práctica de devoción semejante a la que voy a explicarte, que te exija más sacrificios por Dios, te libre más de ti mismo y de tu egoísmo, te conserve con mayor facilidad en gracia de Dios y la gracia de Dios en ti, te una con mayor perfección y facilidad a Jesucristo y dé mayor gloria a Dios, te santifique más y sea más útil al prójimo. Dado que lo esencial de esta devoción consiste en el interior que ella debe formar, no será igualmente comprendida por todos: * algunos se detendrán en lo que tiene de exterior, sin pasar de ahí: serán el mayor número; * otros, en número reducido, penetrarán en lo interior de la misma, pero se quedarán en el primer grado. ¿Quién subirá al segundo? ¿Quién avanzará hasta el tercero? ¿Quién, finalmente, permanecerá en él habitualmente? Sólo aquel a quien el Espíritu de Jesucristo revele este secreto y lo conduzca por sí mismo para hacerlo avanzar de virtud en virtud, de gracia en gracia, de luz en luz, hasta transformarlo en Jesucristo y llevarlo a la plenitud de su madurez sobre la tierra y de su perfección en el cielo (VD 118-119).
COMPROMISO DE VIDA
Mi programa de hoy será "vivir a María" para prolongar en el mundo el "sí" de amor a Dios de la Virgen de Nazaret.
15. DISPONIBLES AL ESPIRITU COMO MARIA
Es fácil proclamar los propios ideales; más difícil es vivirlos. Lo cual vale también para la consagración a Jesús por María. Pronunciar una fórmula de consagración, proclamarse consagrado a la Madre de Dios para vivir más fielmente las promesas del bautismo: no requiere grandes esfuerzos. Pero cuando se trata de emprender un camino nuevo, inspirado en el ejemplo de la Virgen y disponible a su acción maternal, aparecen las dificultades: "¿Cómo hacer? ¿Dónde comenzar para lograr la identificación con María y dar a Cristo la respuesta que El aguarda de sus bautizados? ¿Cómo dar a la propia vida esa tonalidad mariana, requerida por el puesto de María en la historia de la salvación y que los consagrados se empeñan en realizar?" Hay un Santo, que ha hecho antes de nosotros la experiencia de una intensa espiritualidad mariana y se halla en grado de ofrecernos sugerencias eficaces, para que nosotros podamos vivir también como consagrados. El nos toma de mano y, como sabio maestro, nos guía e introduce en los secretos de la experiencia mariana en la vida de cada día. Nos dice: Haz lo que te digo, te aseguro que triunfarás. En su libro áureo Tratado de la Verdadera Devoción a María sugiere «algunas prácticas interiores que tienen gran eficacia santificadora para aquellos a quienes el Espíritu Santo llama a una elevada santidad» (VD 257). ¿Haz recorrido el camino que conduce a tu "yo profundo", a tu corazón, en lo íntimo de tu conciencia y de tu libertad? Montfort te lo señala para hacerte encontrar a María, hacerte vivir en actitud de diálogo constante con Ella, hasta identificarte con Ella. Llegarás, entonces, no obstante tus defectos y debilidades, a "ser María" para Jesús y para los hermanos, cooperando en la construcción de un mundo nuevo y más hermoso, como quiere el Señor.
Dejarse conducir por el Espíritu Santo Montfort indica la primera actitud para vivir la consagración a María con esta frase imperativa: «Hay que realizar las propias acciones por María, es decir, hay que obedecer en todo a María, moverse a impulso de su espíritu, que es el Espíritu de Dios» (VD 258). La espiritualidad mariana en la que el Santo nos introduce no es un recurso esporádico o un sentimiento pasajero respecto de María. Es más bien una opción fundamental de sintonizar con María que se prolonga por toda la vida y orienta cada una de las acciones. Se comprende fácilmente que una persona no se hace buena y honesta por un solo acto de bondad y honestidad: es necesario repetir con frecuencia esos actos, de manera que se cimiente en el alma una actitud resuelta de escoger el bien y rechazar el mal. Por ello Montfort nos invita con insistencia a mirar a María en toda acción a fin de asimilar su espiritualidad, su orientaciones y opciones. Se trata de un ejercicio, de una técnica dictada por el amor: si te cansas o te olvidas de ello, comienza de nuevo y persevera en tu propósito, porque sólo así se te comunicará y continuará en ti la vida de María. Como verdadero maestro de vida espiritual, Montfort te indica en seguida la meta y la condición de una espiritualidad auténtica: la docilidad al Espíritu Santo. La Escritura lo dice claramente: «Hijos de Dios son todos y sólo aquellos que se dejan llevar por el Espíritu de Dios» (Rom 8,14). La primera preocupación del cristiano consiste en dejarse llevar por el Espíritu, en estar abierto a su impulso interior que quiere hacerlo actuar por amor, en regular cuanto hace por el sabio designio de Dios a fin de no construir en vano. En un mundo totalmente orientado por la eficacia y por hacer siempre más, la frase de s. Pablo es oportuna para recordar la primacía del ser sobre el tener. Para el cristiano es esencial vivir una vida espiritual, es decir, animada por el Espíritu de Cristo y no por los instintos naturales o las prescripciones externas. La mayor alegría del hombre es consagrarse conscientemente al Espíritu Santo, para que El le conduzca a la madurez cristiana.
María dócil al Espíritu Para llegar a este ideal de disponibilidad al Espíritu Santo, Montfort propone un modelo concreto, mirando al cual se aprende con mayor facilidad y fruto que siguiendo indicaciones abstractas. Después de Jesucristo, siempre conducido por el Espíritu, ese ejemplo de acogida del Espíritu es María. Las páginas del Evangelio presentan a María como aquella que recibe al Espíritu para concebir virginalmente al Hijo de Dios (Lc 1,35). Isabel, llena de Espíritu Santo, exalta la fe de María en la Palabra del Señor (Lc 1,45). Finalmente en el Cenáculo encontramos a la Madre de Jesús con los discípulos, que en la plegaria esperan la venida del Espíritu (Hech 1,14). El doctor místico s. Juan de la Cruz (+1591) ve a María en esta perspectiva espiritual: «... la gloriosa Virgen Nuestra Señora, habiendo sido elevada desde el comienzo a este sublime estado, jamás tuvo impresa en el alma ninguna forma de creatura que la moviera a obrar, sino que fue siempre movida por el Espíritu Santo» (Subida al Monte Carmelo, I. III, c.11, n. 10). Montfort, tras las huellas de s. Juan de la Cruz, concluye que toda la vida de María ha sido guiada por el Espíritu Santo, hasta el punto de ser habitada y poseída por El. Como Pablo ha podido escribir: «Cristo es mi vida... Ya no vivo yo, Cristo vive en mí» (Flp 1,21; Gal 2,20), también María puede afirmar con toda verdad: "Quién guía mi vida es el Espíritu. Me posee en tal forma que mi espíritu actúa solamente, si El lo orienta: mi espíritu casi se eclipsa y desaparece para dar lugar al Espíritu Santo". Para no interpretar falsamente la frase de Montfort «el espíritu de María es el Espíritu de Dios» (VD 258), como si afirmara la sustitución o anulación del "yo" de María por el Espíritu Santo, es preciso recordar que estamos en un contexto de espiritualidad y no de filosofía. No se quiere negar la persona de la Virgen; se quiere decir que Ella actuaba siempre en sintonía con el Espíritu Santo hasta formar místicamente una sola realidad con El. Que es lo que quiere expresar el pasaje bíblico: «Estar unido al Señor es ser un Espíritu con El» (1 Cor 6,17).
Renuncia y entrega Para que podamos imitar a María y hacernos dóciles al Espíritu Montfort nos da un consejo muy práctico: renunciar a nuestro propio espíritu y asimilar el de María. Es decir, antes de toda acción debemos estar atentos a un doble movimiento, que Montfort te hace acompañar de estas sencillas palabras: «Renuncio a mí mismo y me entrego a ti, querida Madre mía» (VD 259). Es una ascesis exigente pero eficaz. Que corrige las orientaciones falsas e impide las opciones equivocadas. Renunciando a los malos instintos para "vivir como María" dóciles al Espíritu, tenemos que volver con frecuencia sobre nuestros pasos y modificar nuestro camino. Tenemos que aprender a perdonar, a ayudar a los hermanos, a orar de verdad, a ser sinceros y comprometidos en nuestro trabajo. Nuestras acciones y hasta nuestros sentimientos se impregnarán progresivamente de una tonalidad mariana, que antes no tenían. Participarán –asegura Montfort– del espíritu de María, que es a la vez «suave y fuerte, celoso y prudente, humilde y valeroso, puro y fecundo» (VD 259), o sea armonizarán las diversas virtudes en una síntesis perfecta. Amigo consagrado a Cristo por María, no pierdas tiempo: comienza a vivir tu consagración empezando por repetir antes de toda acción o decisión las palabras sugeridas por Montfort: "Renuncio a mí mismo y me entrego a ti, María". Si perseveras en este ejercicio, te encontrarás en un estado de completa docilidad al Espíritu Santo, que te transformará en un hombre evangélico y en un cristiano maduro.
LECTURA
Todo por medio de María Hay que realizar las propias acciones por María, es decir, hay que obedecer en todo a María, moverse en todo a impulso de su espíritu, que es el Espíritu de Dios. "Hijos de Dios son todos y sólo aquellos que se dejan llevar por el Espíritu de Dios". De manera semejante, los que se dejan llevar por el espíritu de María son hijos de María y, por consiguiente, hijos de Dios.. Y, entre tantos devotos suyos los que se dejan llevar por su espíritu. He dicho que el espíritu de María es el Espíritu de Dios, porque Ella no se guió jamás por su propio espíritu, sino por el Espíritu de Dios, el cual se posesionó en tal forma de Ella que llegó a ser su propio espíritu. De donde las palabras de s. Ambrosio: "More en cada uno el alma de María, para engrandecer al Señor; more en cada uno el espíritu de María, para regocijarse en Dios". ¡Qué dichoso quien –a ejemplo del piadoso hermano jesuita Alfonso Rodríguez, muerto en olor de santidad– se halla totalmente poseído y se deja conducir por el espíritu de María! ¡Espíritu que es suave y fuerte, celoso y prudente, humilde e intrépido, puro y fecundo! Para dejarte llevar por el espíritu de María, es preciso que: 1) Antes de obrar –por ejemplo, antes de orar, celebrar la santa Misa o participar en ella, comulgar, etc.– renuncies a tu propio espíritu, a tus propias luces, querer y obrar. Porque las tinieblas del entendimiento y la malicia de la voluntad son tales que si las sigues, por excelentes que te parezcan, obstaculizarán al santo espíritu de María. 2) Te entregues al espíritu de María para ser movilizado y conducido por él, de la manera que Ella quiera. Debes abandonarte en sus manos virginales, como la herramienta en manos del obrero y el laúd en manos del tañedor. Tienes que perderte en María y abandonarte a Ella, como una piedra que se arroja al mar: lo cual se hace sencillamente y en un instante, con una simple mirada del espíritu, un ligero movimiento de la voluntad o con pocas palabras, diciendo, por ejemplo: "¡Renuncio a mí mismo y me consagro a ti, querida Madre mía!" Y aun cuando no sientas ninguna dulzura sensible en este acto de unión, no por ello deja de ser verdadero. 3) Durante la acción y después de ella, renueves de tiempo en tiempo, el mismo acto de ofrecimiento y unión. Y cuanto más lo repitas, más pronto te santificarás y llegarás a la unión con Jesucristo. Unión que sigue siempre a la unión con María, dado que el espíritu de María es el Espíritu de Jesús (VD 258-259).
COMPROMISO DE VIDA
En toda acción me pondré en sintonía con el espíritu de María, repitiendo: "Renuncio a mí mismo y me consagro a ti, querida Madre mía".
16. EVANGELIO VIVO A EJEMPLO DE MARIA
"Las palabras vuelan, los ejemplos arrastran" decían los antiguos, convencidos de que no cuentan las palabras, sino los hechos. En efecto, el ejemplo ejerce un gran influjo sobre el comportamiento humano, sobre todo cuando está constituido por toda una serie de acciones realizadas por una persona: hacen conocer la meta a la que hay que llegar, ponen en el banquillo los modos de actuar que no están conformes con ella, animan a proseguir en la tarea. Hoy, con la inflación de palabras y mensajes, se ha perdido la confianza en lo que se dice, a menos que vaya acompañado con el testimonio de vida. En nuestro tiempo se ha descubierto que el niño (y la persona en general) no puede desarrollarse y madurar sicológicamente sin modelos que le inspiren: serán sucesivamente la mamá, el papá, el maestro, el campeón, una gran personalidad. Y es así como muchos cristianos miran hoy a algunos modelos espirituales, en quienes ven encarnados los valores importantes para la vida personal y social: Carlos de Foucauld (fraternidad universal), Martin Luther King (la fuerza de amar), Teilhard de Chardin (pasión por la transformación del mundo), Juan Pablo II (Totus tuus o la consagración a María)... Naturalmente todos estos modelos son parciales y nos remiten a Jesucristo, fuente de santidad y ejemplo supremo de amor filial al Padre y servicio del hombre, testigo de la opción según la lógica divina hasta las últimas consecuencias. El Evangelio, que encierra la vida terrena de Jesús, es un vértice de espiritualidad. Seguirá siendo hasta el fin del mundo como una llamada al hombre y a la sociedad para que se eleven del egoísmo y sórdidos intereses para acoger el mensaje de la salvación. ¿Y María? Después de Jesucristo es la persona más significativa en la historia de la salvación. La Iglesia necesita referirse a Ella, si quiere dar a Jesús no una respuesta a medias, sino de amor total y perseverante. La Madre de Jesús «brilla ante toda la comunidad de los elegidos como modelo de virtudes» (LG 65).
Existió una vez María de Nazaret No es una fábula. María de Nazaret pertenece al mensaje evangélico, como una mujer que realmente ha vivido entre el pueblo de Israel: su misión fundamental ha sido la de introducir al Hijo de Dios en la condición humana e histórica. La realidad de María es garantía de la encarnación y de la verdadera humanidad de Jesús. Preocupados de presentar en la oración nuestra situación con sus problemas y necesidades, miramos confiadamente a María en su condición celeste. En sintonía con el pueblo cristiano, especialmente en sus estratos más humildes, es justo que actuemos así. En efecto, María es una persona viva y glorificada por Dios, que la dota de bondad y poder como conviene a la Madre del Señor. Existe, sin embargo, el peligro de olvidar la vida vivida por María en la tierra y los ejemplos de su comportamiento altamente cristiano. Ciertamente el Rosario pone ante nuestra mirada, contemplativa y orante, los episodios salvíficos de la vida de Cristo, a los que María ha estado íntimamente asociada. Pero entonces ¿cómo explicar que los cánticos y poesías populares no hablen nunca o casi nunca de la fe, esperanza y caridad de María? Es patente que estos aspectos profundos de la experiencia terrena de la Virgen son difíciles de asimilar. Por eso, Montfort insiste en la exigencia de ejercitarse continuamente teniendo como referencia a María, sobre todo en las actitudes más profundas de su vida: «Hay que... mirar a María como modelo acabado de toda virtud y perfección, formado por el Espíritu Santo en una pura creatura, para que lo imites según tus limitadas capacidades. Es, pues, necesario que en cada acción mires cómo la hizo o haría la Santísima Virgen, si estuviera en tu lugar» (VD 260). Imitar a María, inspirarse en su ejemplo, más aún identificarse íntimamente con Ella... ¿no es acaso empresa demasiado elevada para nosotros? ¿Cómo podemos aspirar a hacernos como Ella? Montfort nos previene tanto contra el desaliento, como contra la idea de imaginarlo todo fácil. Jamás podremos llegar al nivel de perfección de la Inmaculada, que ha correspondido siempre y plenamente a la gracia de Dios; siempre seremos, dada nuestra debilidad y escasa capacidad, "copias imperfectas", de María. Aunque esto golpee la envidia seudodemocrática de quien tolera mal que haya quien en la Iglesia descuelle sobre los demás, es preciso reconocer que en el misterio de la Iglesia "la Virgen María la precedió, mostrando en forma eminente y singular el modelo de la virgen y de la madre" (LG 63). Bástenos tratar de asemejarnos a María, dejándonos iluminar por la luz de su ejemplo.
Su vida, nuestra vida Aquí Montfort, una vez declarada la exigencia de mirarse en el espejo de María no en forma esporádica sino "en toda acción", define el modo práctico de obrar. El ejercicio que se debe poner en juego para identificarse espiritualmente con María tiene para Montfort una dirección única: «Debes examinar y meditar las grandes virtudes que Ella practicó durante toda su vida» (VD 260). En otras palabras, debemos acudir al Evangelio, leerlo, meditarlo, saborearlo, en todos los episodios que se refieren a María, con la finalidad de asimilar "sus grandes virtudes", es decir, sus actitudes interiores. No se trata de repetir cuanto ha hecho María, sino de realizar cosas diferentes con la misma actitud religiosa de María. Es precisamente su vida profunda la que debe comunicársenos. En la misma dirección se mueve la Marialis Cultus, que ofrece estas programáticas palabras iluminadoras: «La Virgen María ha sido propuesta siempre por toda la Iglesia a la imitación de los fieles no precisamente por el tipo de vida que Ella llevó y, tanto menos, por el ambiente socio-cultural en que se desarrolló, hoy día superado casi en todas partes, sino porque en sus condiciones concretas de vida Ella se adhirió totalmente a la voluntad de Dios (Lc 1,38); porque acogió la palabra y la puso en práctica; porque su acción estuvo animada por la caridad y por el espíritu de servicio; porque, es decir, fue la primera y la más perfecta discípula de Cristo: lo cual tiene valor universal y permanente» (MC 35). El perfil espiritual que el Evangelio nos ofrece de María es sobremanera atractivo y estimulante. Ella aparece como la mujer que vive profundamente la espiritualidad de los fieles del pueblo de Israel, es decir, de los "pobres del Señor", caracterizados por una confianza total en Dios, disponibilidad a sus designios de salvación, silencio reflexivo y esperanza orante... ¡Cuántas lecciones nos ofrece María con su experiencia espiritual! ¡Cuánta riqueza de inspiración en su cántico, el Magníficat (Lc 1,46-55), que impele a conocer el rostro de Dios revelado por la historia y a comprometernos en la liberación de los hombres en vista de la alianza! Montfort, por su parte, manifiesta sus preferencias por tres virtudes de María, que recomienda a nuestra atención: la fe, la humildad, la pureza. Podemos reconocer en este consejo una dimensión ecuménica, en cuanto también Lutero pone el acento sobre las mismas tres virtudes, a las que da un sentido bíblico y espiritual: * la fe consiste en rendirse a la gracia de Dios, en ser dúctil a su acción, en seguir sólo su voz y dejarse conducir por El. María es ejemplo de fe serena, fuerte, sincera; * la humildad es el renegar de sí mismo bajo el juicio de Dios, sentir bajamente de sí y adherir a Cristo, que ha elegido el camino de la pobreza y de la cruz. María no se exalta ante el ángel, sino que se manifiesta como humilde esclava del Señor; * la pureza indica una cualidad del espíritu que ama a Dios desinteresadamente y se abandona a El con actitud de habitual sometimiento. Es lo que ha hecho María al decir: «Soy la esclava del Señor: haz en mí lo que has dicho» (Lc 1,38). Ciertamente la virginidad de María, tanto en sentido espiritual como corporal, debe expresarse en consideración de su gran significado cristológico y eclesial. Son virtudes evangélicas, sólidas, fundamentales para el cristiano. En la escuela de María, cada uno de nosotros aprenderá a ser verdadero creyente, humilde y puro delante de Dios, y a caminar por las sendas de la madurez espiritual y de la respuesta siempre más generosa a la expectación del Padre.
LECTURA
Todo con María Hay que realizar las propias acciones con María, es decir, mirar a María como al modelo acabado de toda virtud y perfección, formado por el Espíritu Santo en una pura creatura, para que lo imites según tus limitadas capacidades. Es, pues, necesario que en cada acción mires cómo la hizo o haría la Santísima Virgen, si estuviera en tu lugar. Para ello debes examinar y meditar las grandes virtudes que Ella practicó durante toda su vida y particularmente: 1) su fe viva, por la cual creyó sin vacilar la palabra del ángel y siguió creyendo fiel y constantemente hasta el pie de la cruz en el Calvario. 2) Su humildad profunda, que la llevó siempre a ocultarse, callarse, someterse en todo y colocarse en el último lugar. 3) Su pureza totalmente divina, que no ha tenido ni tendrá jamás igual sobre la tierra. Y, finalmente, todas sus demás virtudes. Recuerda, te lo repito, que María es el grandioso y único molde de Dios, apto para hacer imágenes vivas de Dios, a poca costa y en poco tiempo. Quien halla este molde y se pierde en él, muy pronto se transformará en Jesucristo, a quien este molde representa al natural. Si honrar a María Santísima es necesario a todos los hombres para alcanzar la salvación, lo es mucho más a los que son llamados a una perfección excepcional. Creo personalmente que nadie puede llegar a una íntima unión con el Señor y a una fidelidad perfecta al Espíritu Santo, sin una unión muy estrecha con la Santísima Virgen y una verdadera dependencia de su socorro (VD 260. 44).
COMPROMISO DE VIDA
Antes de obrar, me preguntaré: ¿Qué haría la Virgen en mi lugar? y me esforzaré por imitar sus virtudes evangélicas.
17. VIVIR ESPIRITUALMENTE EN MARIA
Un sabio de nuestro tiempo, en su libro El profeta, escribió una frase muy profunda: «Cuando améis no digáis: Dios está en mi corazón. Decid más bien: Estoy en el corazón de Dios.» Es exactamente así: el amor hace salir de sí mismo e ir hacia la persona amada. No concreta el interés en el yo, sino en el tú. Lo saca a uno de sí mismo para centrarlo en el otro, que se convierte en morada habitual de su espíritu. Es la experiencia de cada día: quien ama en verdad e intensamente vive en la persona amada. Se comprende ahora porqué Montfort dice abiertamente a los cristianos que se han consagrado a María: «Hay que realizar las propias acciones en María» (VD 261). Es una consecuencia del amor hacia Aquella que es al mismo tiempo madre y modelo de la Iglesia y de cada cristiano.
María nuevo paraíso Para hacernos comprender lo que significa vivir en María, Montfort despliega un auténtico canto de amor en el cual se siente el eco de su experiencia espiritual mariana. Prueba de ello es el uso que hace del simbolismo, más adecuado que las simples ideas para expresar aquello que se siente profundamente. Se podrían extraer de estas páginas de Montfort unas maravillosas letanías, donde –como en las lauretanas– abundan los símbolos: «Nuevo paraíso terrestre... lugar santísimo... árbol de vida... jardín perfumado... prados de esperanza... torres de fortaleza... aire de pureza... horno de caridad... río de humildad... puerta oriental... santuario de la divinidad... mansión de la Trinidad... trono de Dios... ciudad de Dios... altar de Dios... mundo de Dios... tierra virginal e inmaculada... lugar del Espíritu Santo... jardín cerrado... fuente sellada... aula de los sacramentos de Dios» (VD 261-264). Esta serie de símbolos busca introducirnos en la comprensión del misterio de gracia que es María y hacer relampaguear ante nuestra mente qué bello es vivir en Ella. Esos títulos no son exageraciones poéticas u oratorias –nos advierte Montfort– porque responden a la realidad de María según la revelación y son "realísimos", es decir, comprobados por la experiencia: Todos estos «epítetos y alabanzas (son) muy verdaderos, cuando se refieren a las diferentes maravillas y gracias que el Altísimo ha realizado en María» (VD 262). María, en su realidad de obra maestra de Dios, arrebata el corazón de Montfort. Ella constituye un principio de llamada y atracción gracias a su belleza inmaculada. Es la nostalgia de los orígenes, el deseo de un mundo no manchado, la necesidad de una acogida materna que no juzga, sino que ama y acepta a la persona tal cual es. ¿Es un retorno al Edén? ¿Una repetición del paraíso terrestre? Montfort no ignora que el retorno puro y simple al paraíso perdido equivaldría a olvidar o descuidar la redención obrada por Cristo. Por ello habla de María como "nuevo" paraíso terrestre, habitado por el Espíritu Santo, que es su "dueño absoluto" (VD 263) y donde "el Altísimo ha colocado el trono de su gloria suprema" (VD 262). María es, por tanto, la nueva creación, el prototipo de quienes caminan en el Espíritu y se dejan llevar por El, por el camino del amor. Vivimos en Ella cuando no somos dominados por el temor, sino que se vive en la libertad de los hijos de Dios. Quien se encuentra con la "llena de gracia" y madre de misericordia, se encuentra libre de "turbaciones", temores y escrúpulos (VD 264), porque María abre el corazón a la confianza en Dios y a la disponibilidad al Espíritu. Es fácil entrever en estas alusiones la experiencia personal de Montfort, que encuentra en María un aliciente para la confianza, la libertad interior, la audacia apostólica bajo el impulso del Espíritu Santo.
Un misterio de gracia Fuera de ser motivo de atracción, María es para Montfort lugar santo y misterioso, donde sólo es posible morar "por gracia especial del Espíritu (que los miserables hijos de Eva) deben merecer" (VD 263). María no es, por tanto, una montaña que conquistar, sino más bien un aire puro que permite abrir las ventanas del alma. En otras palabras, vivir en María es un don del Espíritu, que es preciso implorar con plegaria ferviente y constante y merece con un compromiso de vida cristiana vivida con Ella. Para vivir en María, es necesario, pues, orar al Espíritu para que nos haga conocer y amar la obra de su gracia, que es María. Es siempre don gratuito de Dios revelar su acción en la historia y en las personas elegidas por El para la realización de la salvación. Es don del Padre conocer los misterios del reino. María forma parte de estos misterios, donde El revela su amor y nos guía al reino de los cielos. Como Montfort, en pos de toda la tradición del oriente cristiano, debemos reavivar el sentido del misterio respecto de la Madre de Dios. Si Ella está cercana a nosotros, como nuestra hermana de naturaleza y de fe, si ha vivido como nosotros las contingencias humanas, no deja por ello de ser siempre Madre de Dios, santísima y glorificada al lado de su Hijo en la comunión completa y eterna de la Santísima Trinidad. Es tierra bendita y zarza ardiente: un misterio de gracia, que sólo poco a poco puede comprenderse con la gracia del Espíritu.
Para vivir en Cristo Los dones de Dios requieren humilde disponibilidad, pero no pasividad ni pereza. Es preciso colaborar con la gracia mediante un esfuerzo constante. Cuando sentimos que Dios nos llama a sintonizar con María y a vivir en Ella, acojamos esta gracia y colaboremos fielmente fijando en María nuestra morada espiritual. Ella se convierte en el ambiente habitual de la plegaria o de cualquier otra acción. La finalidad de esta morada en María es doble. Ante todo se trata de ser premunidos y defendidos de los peligros en la vida espiritual, en particular de toda actitud contraria a Cristo y a su evangelio. Porque María es inmaculada y está siempre abierta a Dios sin egoísmos de clase, "quien permanece espiritualmente en la Santísima Virgen no cometerá jamás pecado considerable" (VD 263). María es, por lo demás, por voluntad de Dios el seno materno que regenera a la gracia. Después de haber concebido por obra del Espíritu Santo al Hijo de Dios, su misión de la Virgen consiste en hacer nacer y crecer a Cristo en los fieles. El alma –dice Montfort– debe consagrarse confiadamente a María y habitar en Ella, "para que sea formada en Cristo y Cristo en ella" (VD 264). Nos encontramos así con la expresión "en Cristo" que s. Pablo y s. Juan utilizan para desvelar al mundo el misterio inefable de nuestra incorporación a Jesucristo. Vivir en María en el amor filial, con disponibilidad e imitación de sus actitudes fundamentales, es un modo providencial de vivir en Jesucristo, modelo supremo y único mediador en nuestro encuentro con el Padre. Hagamos la experiencia gozosa de esta realidad cada día de nuestra vida.
LECTURA
Todo en María Para comprender bien esta práctica es necesario observar: 1. Que la Santísima Virgen es el verdadero paraíso terrestre del nuevo Adán. El antiguo paraíso era solamente una figura de éste. * Hay en este nuevo paraíso terrestre riquezas, hermosuras, maravillas y dulzuras inexplicables que en él dejó el nuevo Adán, Jesucristo. Allí encontró El sus complacencias durante nueve meses, realizó maravillas e hizo alarde de sus riquezas con la magnificencia de un Dios. * Este lugar santísimo fue construido solamente con una tierra virginal e inmaculada, de la cual fue formado y alimentado el nuevo Adán, sin mancha alguna de inmundicia, por obra del Espíritu Santo que en él habita. * En este paraíso terrestre se halla el verdadero árbol de vida, que produjo a Jesucristo, fruto de vida; el árbol de la ciencia del bien y del mal, que ha traído la luz al mundo. * Hay en este divino lugar árboles plantados por la mano de Dios, regados por la unción celestial y que han dado y siguen dando frutos de exquisito sabor. * Hay en él jardines esmaltados de bellas y diferentes flores de virtud, que exhalan un perfume que embalsama a los mismos ángeles. * Hay en este lugar verdes praderas de esperanza, torres inexpugnables de fortaleza, moradas llenas de encanto y seguridad, etc. Sólo el Espíritu Santo puede dar a conocer la verdad que se oculta bajo estas figuras de cosas materiales. Se respira en este lugar el aire puro e incontaminado de la pureza, sin imperfección; brilla el día hermoso y sin noche de la santa humanidad; irradia el sol hermoso y sin sombras de la divinidad; arde el horno encendido e inextinguible de la caridad, en el que el hierro se inflama y transforma en oro; corre tranquilo el río de la humildad, que brota de la tierra y, dividiéndose en cuatro brazos, riega todo este delicioso lugar: son las cuatro virtudes cardinales. 2. Que el Espíritu Santo, por boca de los santos Padres, llama también a María: a) La puerta oriental, por donde entra al mundo y sale de él Jesucristo, Sumo Sacerdote: por Ella entró la primera vez y por Ella volverá la segunda; b) El santuario de la divinidad, la mansión de la Santísima Trinidad, el trono de Dios, el altar y el templo de Dios, el mundo de Dios. Epítetos y alabanzas muy verdaderos, cuando se refieren a las diferentes maravillas y gracias que el Altísimo ha realizado en María. ¡Qué riqueza! ¡Qué gloria! ¡Qué delicia! ¡Qué dicha! Poder entrar y permanecer en María, en quien el Altísimo colocó el trono de su gloria suprema. Pero ¡qué difícil es a pecadores como nosotros recibir el permiso, la capacidad y luz suficientes para entrar en lugar tan excelso y santo, custodiado ya no por un querubín –como el antiguo paraíso terrenal– sino por el mismo Espíritu Santo, que ha tomado posesión de él y dice: "Un jardín cercado es mi hermana, mi esposa; huerto cerrado y manantial bien guardado". ¡María es jardín cerrado! ¡María es manantial sellado! Los miserables hijos de Adán y Eva, arrojados del paraíso terrestre no pueden entrar en este nuevo paraíso, sino mediante una gracia excepcional del Espíritu Santo, que ellos deben merecer (VD 261-263).
COMPROMISO DE VIDA
Sacaré de los Nos. 261-263 del Tratado de la Verdadera Devoción la lista de títulos atribuidos a la Virgen y los recitaré como letanías.
18. IRRADIAR A MARIA EN EL MUNDO
No hacer nada es demasiado poco para el hombre y para el cristiano. Quedarse con los brazos cruzados no construye un mundo mejor, sino que abandona el universo al ataque improviso de las fuerzas del mal. "Hacer algo hermoso por Dios" es el programa de la Madre Teresa de Calcuta y constituye también el anhelo de todo auténtico cristiano. Nos lo recuerda el Concilio Vaticano II: «Si un miembro no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo, hay que decir que es inútil para la Iglesia y para sí mismo» (AA 2). «¡Pobre de mí si no evangelizo!» decía s. Pablo (1 Cor 9,16), convencido de que todo cristiano debe realizar el plan de la salvación proyectada por Dios y concentrado en Cristo, participando a sus hermanos el don de la fe. Por lo demás es exigencia del amor hacer algo por la persona amada y obligarse por ella, hablar bien de ella, realizar acciones que le agraden... El amor nos hace creativos y dinámicos. Todo esto vale para el cristiano. Si su actitud primera y fundamental es la de la disponibilidad, debe luego colaborar con la gracia del Espíritu empeñado en todo esto. Y el Espíritu impulsa a obrar por Jesús, por la difusión de su reino y también a amar fielmente a María y a hacer conocer su puesto en la historia de la salvación.
Gloria a Dios solo Montfort concluye el tratado acerca de la vida espiritual con María con esta corta frase que resume toda su orientación religiosa: ¡Gloria a Dios solo! Dios, en efecto, ha sido la meta de su vida; Dios solo ha reinado como soberano en toda ella, porque no ha reconocido a ningún ídolo. Tras las huellas de Montfort, el cardenal Wyszynski (+1981) eligió como lema de su escudo episcopal las palabras: "Ad Jesum per Mariam soli Deo", o sea, "A Jesús por María para la gloria del único Dios". El cardenal, líder reconocido del pueblo polaco, se encuentra plenamente con Montfort que hace preceder las palabras "Gloria a Dios solo" de la exclamación «¡Gloria a Jesús por María! ¡Gloria a María por Jesús!» (VD 265). Aquí surge un problema en la mente del lector, que se pregunta espontáneamente:"Si la gloria está reservada a Dios, si solamente Dios debe ser glorificado, ¿por qué dar gloria a Jesús (esto será comprensible, porque Jesús es Dios) y también a María?" Es necesario volver a la Biblia para resolver el problema. La palabra hebrea que corresponde a "gloria" es "kabod", que «indica lo que tiene peso, que da peso, de donde la importancia, el valor real de un ser. En este sentido, la gloria será la riqueza, la situación, el poder. De suerte que "dar gloria a alguien" será reconocer su importancia (1 Sam 6,5)» (J. Dheilly). Es claro que la máxima importancia, fuente de cualquier otro valor, se le reconoce a Dios. Si nadie es tan importante como El, nadie puede ser glorificado como El. Por esto, Dios mismo reivindica su propia gloria: «Yo soy el Señor... No cederé mi gloria a ningún otro, ni mi honor a los ídolos» (Is 42,8). Que es como decir: «Adorarás al Señor tu Dios y a El solo servirás» (Dt 6,13). Si Dios es celoso de su gloria respecto de seres competidores o rivales (falsos dioses o ídolos), se muestra, en cambio, extremadamente generoso con sus creaturas, haciéndoles partícipes del esplendor de su gloria. Como cantan los salmos, «los cielos pregonan la gloria de Dios» (Sal 19,2), más aún Dios ha coronado al hombre «de gloria y dignidad» (Sal 8,6). La gloria de Dios llena la tierra y en especial el templo (Num 14,21; 1 Re 8,10-11). Brilla sobre todo en Cristo, "irradiación de la gloria" del Padre (Hb 1,3) y «Señor de la gloria» (1 Cor 2,8). Desde ahora «a través de El respondemos nosotros a la doxología con el amén a Dios» (2 Cor 1,20). Jesús no se guarda la gloria para sí, sino que la reserva para sus discípulos, según la plegaria que desborda de su corazón: «Y Yo les he dado a ellos la gloria que tú me diste, la de ser uno como nosotros» (Jn 17,22). Por ello, los cristianos pueden afirmar: «Nosotros llevamos todos la cara descubierta y reflejamos la gloria del Señor, nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; tal es el influjo del Espíritu del Señor» (2 Cor 3,18).
María esplendor de la Iglesia Después de Cristo, ninguna creatura ha sido colmada de gracia como María. Dios manifiesta en Ella su gloria obrando por Ella «grandes cosas» (Lc 1,49). La persona misma de María se convierte en objeto de bendiciones y alabanzas de parte de los hombres (Lc 1,42. 48). La gloria que se tributa a María recae en último análisis en la fuente de su grandeza: Dios. Podemos repetir a la Virgen la aclamación del pueblo de Israel a Judith: «Tú eres la gloria de Jerusalén, tú eres el honor de Israel, tú eres el orgullo de nuestra raza. Con tu mano lo hiciste, bienhechora de Israel, y Dios se ha complacido. Que Dios omnipotente te bendiga por siempre jamás» (Jdt 15,9-10). María, esplendor de la Iglesia y reflejo de la luz de Dios, no puede permanecer escondida, sino que debe iluminar la casa de los hombres para que todos comprendan el plan salvífico de Dios. Por ello, no puede quedar fuera del horizonte de la evangelización y del apostolado cristiano. Y tampoco puede quedar marginada de la espiritualidad: hay que reconocer su misión en la historia de la salvación, inspirarse en su santidad y vivir como hijos suyos. Montfort nos dice que debemos realizar toda acción por María, o sea, considerarla como nuestro fin próximo, obrar como a Ella le gusta, centrarnos en Ella, dejarnos atraer por Ella a la órbita de Cristo. Impelidos por la convicción de la importancia de María en nuestra vida y de un gran amor a su persona, debemos empeñarnos por Ella. Se trata de un mundo de atenciones para con Ella, precisamente como obra una persona realmente enamorada para con el objeto de su amor. Nos hallamos en el reino de la creatividad, donde es imposible programar.
Testimonio en favor de María Sin embargo Montfort enumera algunos imperativos que se han de traducir en la práctica. Todo cristiano, sobre todo si se ha consagrado a Cristo por María, debe asumir gozosamente estos compromisos... 1. "Emprender y realizar grandezas cosas" por María. En el curso de los siglos, los artistas han dedicado a la Virgen las catedrales más majestuosas, las melodías más inspiradas, los cuadros más espléndidos, la poesía más elevada. Los santos han lanzado en su nombre las obras más necesarias de asistencia y promoción humanas. Las gentes sencillas han construido para Ella santuarios, ermitas, monumentos. Y ¿no harán nada los cristianos de hoy para proclamar dichosa a la Madre del Señor? ¡Que el arte se despierte, se eche fuera la pereza y el amor dé alas a la imaginación para proyectar cosas hermosas por María! Y lo más hermoso que se puede realizar por Ella será siempre la construcción del propio edificio espiritual a la luz del Evangelio. 2. "Defender sus privilegios... su gloria". Presupuesto que la Virgen no necesita falsos honores ni expresiones exageradas, es preciso evitar respecto de Ella todo minimismo. En efecto, la Iglesia ha combatido desde los primeros siglos a cuantos quisieron considerar a María como una mujer común, una cualquiera entre tantas, olvidando a la Escritura que la presenta como Madre virginal de Cristo y «bendita entre todas las mujeres» (Lc 1,42). Montfort invita a hacer brillar la gloria de María, es decir, su valor religioso y salvífico, o mejor, a hacer resplandecer en Ella a Cristo, que es su gloria. 3. "Atraer a todos a esta verdadera y sólida devoción". Es decir, no debemos contentarnos con vivir la vida cristiana con María; comuniquemos a los demás nuestra experiencia. Pero ¡cuidado! Irradiemos respecto de María la auténtica actitud, no la que está constituida solamente por palabras y exclamaciones, sino la que «procede de la verdadera fe, por la que somos conducidos a conocer la excelencia de la Madre de Dios y somos excitados a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes» (LG 67). Son estas algunas de las líneas de nuestro empeño por María: ¡irradiémosla al mundo para que Dios sea glorificado en Ella!
LECTURA
Todo para María Finalmente, hay que hacerlo todo para María. Estando totalmente consagrado a su servicio, es justo que lo realices todo para María, como lo harían el criado, el siervo y el esclavo, respecto de su amo. No que la tomes por el fin último de tus servicios –que lo es Jesucristo– sino como fin próximo, ambiente misterioso y camino fácil para llegar a El. Conviene, pues, que no te quedes ocioso, sino que actúes como el buen siervo y esclavo. Es decir, que apoyado en su protección, emprendas y realices grandes empresas por esta augusta Soberana. En concreto, debes: * defender sus privilegios, cuando se los disputan; defender su gloria, cuando se la ataca; atraer, a ser posible, a todo; el mundo a su servicio y a esta verdadera y sólida devoción; hablar y levantar el grito contra quienes abusan de su devoción y, al mismo tiempo, establecer en el mundo esta verdadera devoción y no esperar en recompensa de este humilde servicio sino el honor de pertenecer a tan noble Princesa y la dicha de vivir unido por medio de Ella a Jesús, su Hijo, con lazo indisoluble en el tiempo y la eternidad. ¡Gloria a Jesús en María! ¡Gloria a María en Jesús! ¡Gloria a Dios solo! (VD 265). Hay, finalmente, que obrar en todo para María, es decir, que estando consagrados a Ella, no trabajemos sino para Ella, para su gloria y honor, y, por este intermedio, para gloria de Dios. Renunciamos, pues, a los fines que nos inspira el egoísmo y repetiremos con frecuencia desde el fondo del corazón: «¡Por ti, amada Reina mía, hago esto o aquello, vengo o voy, sufro esta pena o aquella injuria!» (SM 49).
COMPROMISO DE VIDA
Hablaré de María con alguna persona, invitándola a contemplar el Evangelio, la vida de la Iglesia o mi experiencia personal.
19. AL SERVICIO DEL SEÑOR Y DE LOS HERMANOS CON MARIA
El sentido agudo de la libertad humana nos hace alérgicos a ciertas expresiones, aunque sean bíblicas o procedan de autores espirituales, que parecen atentar contra él. Una de estas palabras es "servicio" o, peor aún, "esclavitud". Nadie se proclama hoy siervo o esclavo de nadie, porque nos parecería como renuncia a la propia independencia o autonomía para caer en una condición de degradante inferioridad o pérdida de la propia dignidad. Y, sin embargo, ser siervo de Dios es en la Biblia título de gloria, y proclamarse siervo de Jesucristo es signo, también para Montfort de una espiritualidad comprometida. En realidad –como anotaba Pablo VI– «servicio y libertad no se oponen mutuamente..., al contrario pueden encontrarse en el mismo contexto con significados complementarios de la misma actitud religiosa y moral, como por ejemplo: debemos servir libremente a Dios, a Cristo, a la Iglesia, al prójimo». Desde que Jesús se declaró siervo del Padre y de los hermanos (Jn 14,30; Mc 10,45; Lc 22,27; Jn 13,15-16), hasta inmolarse por nosotros, «la palabra servir no indica más una degradación insoportable a la dignidad y a la libertad de la persona humana. Vista dentro de la función y de la finalidad por las cuales Cristo la hizo propia, alcanza el más alto valor moral, el del don de sí, del heroísmo, del sacrificio, del amor sin fronteras» (Pablo VI, Audiencia general, 25-8-1971). En este sentido positivo de total entrega de sí mismo por amor, Montfort afirma que respecto de Cristo y de María debemos ser verdaderos siervos y "esclavos de amor" (VD 70-77; 169-170; 244-245). Profundicemos cuál es el sentido de nuestra consagración al servicio de Dios a la luz de la Biblia, sobre todo contemplando el ejemplo de Jesús y de María.
El camino divino del servicio No reflexionaremos nunca lo suficiente en la vida histórica de Cristo, a partir del misterio de la Encarnación cuando revela haber elegido el camino del servicio y de la obediencia amorosa en lugar del poder y de los privilegios. Detengámonos un momento en el himno cristológico recogido por Pablo en la carta a los Filipenses, en el que se dice de Jesucristo que «se anonadó a sí mismo y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos» (Flp 2,7). Meditando sobre este himno quedamos sobrecogidos de intenso estupor: mientras el hombre y cristiano cimientan frecuentemente su vida en la defensa de los propios derechos, sobre el prestigio y la vanagloria, Dios –en cambio– no se apega a su divinidad, a su categoría de Dios, sino que se despoja él mismo de sus derechos divinos y se hace hombre, servidor, crucificado. Es un vuelco grande, inconcebible en el cielo: Dios comienza un itinerario de descenso hasta la condición más baja e infrahumana del esclavo crucificado. Jesús toma con la Encarnación forma de servidor, de esclavo, o sea, del hombre negado, vendido, comercializado, reducido a objeto. Porque quiere insertar su presencia solidaria en la humanidad deshumanizada y esclava de la muerte para romper sus cadenas a precio del don total de sí mismo. ¡Lección grandiosa de Dios en su camino hacia el hombre! ¡Dios ha sufrido en cierta forma un terremoto, se ha transformado y renunciado a sí mismo para servir! El hombre no logra aprender: ¡permanece gustoso erigido en pequeña deidad dentro de las paredes de su egoísmo! La salvación se halla en el camino elegido por Cristo en obediencia al Padre: el camino del amor humilde y servicial. Montfort advierte que entra en esta lógica divina, incomprensible para el hombre, el que Cristo se haya sometido al proceso generativo que se desarrolla dentro del seno materno: «Ante esto se anonada la razón humana, si reflexiona seriamente en la conducta de la sabiduría encarnada, que no quiso, aunque hubiera podido hacerlo, entregarse directamente a los hombres y prefirió comunicarse a ellos por medio de la Santísima Virgen y que tampoco quiso venir al mundo en plena madurez, independiente de los demás, sino como niño pequeño y débil, necesitado de los cuidados y la asistencia de una madre» (VD 139). Toda la vida de Cristo se desarrolló bajo el signo de la dependencia amorosa del Tú paterno, con el que se halla siempre en íntimo coloquio para aprender de él la dirección que debía dar a su propia misión. Jesús rechaza como tentación las comodidades, los éxitos fáciles, el dominio sobre los demás; quiere ser siempre el "hijo-siervo" del Padre, porque acepta su lógica de servicio, de no violencia, de amor a costo de la vida: «Vete, Satanás, porque está escrito: "Al Señor tu Dios rendirás homenaje y a El sólo prestarás servicio"... Para mí es alimento cumplir el designio del que me envió...» (Mt 4,10; Jn 4,34). Cuando Jesús, al expirar en la cruz, contempla su vida puede definirla como una misión cumplida: «Queda terminado» (Jn 19,30). Ha sido el "siervo del Señor" precisamente por haberse colocado al servicio de los hermanos amándolos hasta el extremo.
María esclava del Señor Este sentido de adoración y servicio lo volvemos a encontrar en la Madre de Jesús que "se proclamó sierva y esclava del Señor" (VD 72). Lejos de aferrarse a su maternidad mesiánica como a una fuente de privilegios y honores terrenos, María prefiere definirse como «esclava del Señor» (Lc 1,38.48), título que expresa su disponibilidad total para realizar la misión salvífica que Dios le confía. Para comprender el contenido del título "sierva" o "esclava de Dios" hay que referirse a la Biblia. Que nos presentará un contenido en forma alguna contrastante con la libertad humana pero sí rico en valores espirituales. El Antiguo Testamento presenta el servicio de Dios con un triple significado: cultual, moral, histórico-salvífico. Siervo de Dios es quien adora mediante actos cultuales al Señor reconociendo su trascendencia, entrando en comunión con El. En este sentido María es sierva del Señor en cuanto no reconoce ídolos, ni el poder, ni el tener, ni el sexo, ni el prestigio: es la adoradora del único Señor. Se es, además, siervo de Dios cuando a la proclamación de fe monoteísta se une una vida que responde coherentemente a la voluntad del Señor. El servicio divino implica obediencia y fidelidad, pero todavía antes disposición radical de aceptar el plan de Dios, confianza en su intervención no obstante las apariencias en contra. Por ello, después del destierro de Babilonia, sólo algunos justos merecen el título de siervos de Dios: el grupo de los "pobres del Señor" que se abandonan místicamente a Dios y confían en El. También es siervo de Dios el que adora fielmente al Señor y ejecuta fielmente su voluntad. Es sobre todo "el encargado por Dios de una misión determinada" (F. Michaeli). Es todo lo contrario de un siervo inútil, porque Dios lo llama a la honorífica misión de contribuir a la liberación y salvación de su pueblo.
Servir por amor También s. Luis de Montfort ha comprendido la dignidad de ser servidor de Dios, cuando afirma: «No se puede concebir ocupación más noble en este mundo que la de servir a Dios. El último de los servidores de Dios es más noble que los reyes y emperadores, si éstos no sirven a Dios» (VD 135). Inclusive desde el punto de vista filosófico sabemos que la dependencia es envilecedora cuando su objeto es el mal, porque nos convertimos en esclavos del pecado (Rom 6,16); cuando, en cambio, se depende de Dios se obtiene un enriquecimiento de la personalidad humana: «Una creatura se eleva más, cuanto más se somete a su Creador» (s. Tomás). En la perspectiva cristiana, la dependencia de Dios se realiza en clima de libertad, en contexto de amistad y en favor del hombre: «Emancipados del pecado y entrados al servicio de Dios, os vais ganando una consagración que lleva a la vida eterna» (Rom 6,22). Si Montfort afirma que debemos ser esclavos de Dios y depender de María, aclara con cuidado que se trata de "esclavitud de amor", no forzada sino voluntaria porque «Dios escruta el corazón, nos lo pide para sí y se llama Dios del corazón o de la voluntad amorosa» (VD 70). Por lo demás, podemos –si esto nos causa dificultad– dejar de lado la palabra "esclavitud", siempre que conservemos su profundo sentido válido: la pertenencia total y perpetua a Dios en Jesucristo. ¿Somos en definitiva libres o esclavos? La gran revelación del Nuevo Testamento consiste en el anuncio gozoso de que somos hijos de Dios, amigos de Cristo, santuarios del Espíritu. Somos librados desde ahora del pecado, la muerte, del temor servil. Hay una actitud de servicio que no puede existir con la de hijo: el actuar por miedo considerando a Dios como un patrón exigente y celoso de los propios secretos. El amor echa fuera este tipo de temor porque el Espíritu impide que «os volváis al temor» (Rom 8,15) y Jesús nos llama amigos ya que nos ha dado a conocer los secretos del Padre. En la libertad de los hijos de Dios percibimos el verdadero sentido del servicio, que consiste en ser para - los - otros y entregarse a los hermanos como nos lo ha ordenado Cristo y en seguimiento suyo. Libertad no es esclavitud de las fuerzas ciegas (magia, superstición...), pero tampoco libertinaje. Es preciso realizar la propia libertad aceptando el imperio de Cristo, en el cual se encuentra la verdadera realización del hombre: «A vosotros, hermanos, os han llamado a la libertad: solamente que esa libertad no dé pie a los bajos instintos. Al contrario, que el amor os tenga al servicio de los demás» (Gal 5,13). Juan Jacobo Olier, fundador de un célebre seminario de París en el s. XVII, había hecho voto de esclavitud hacia todo miembro del pueblo de Dios, en el sentido de sentirse siempre disponible para ayudarles. Sin llegar a un compromiso tan heroico, debemos también nosotros sentirnos movidos por nuestros hermanos, a su servicio. Y ¿por qué no ponernos a disposición de María, partícipe de la realeza de Cristo, y del influjo salvífico del Espíritu? «Servir a la esclava de Dios es, en efecto, servir al Señor. Cuanto se ofrece a la Madre tiene como término al Hijo, redunda en honor del Rey el homenaje rendido a la Reina» (s. Ildefonso de Toledo).
LECTURA
Los cristianos siervos de Cristo Esta consagración es una entrega tan absoluta a María que puede compararse a una esclavitud. ¡Sí! Pero no hablo de la esclavitud natural por la cual toda creatura buena o mala recibe de Dios la existencia y la vida, y menos aún de la sumisión de la esclavitud de amor y voluntaria. Con esta debemos consagrarnos a Dios y a María, del modo más perfecto con que una creatura puede consagrarse a su Creador. Date cuenta, además, de que hay mucha diferencia entre "criado" y "esclavo". El criado pide paga por sus servicios, el esclavo no. El criado es libre de abandonar a su señor y sólo se compromete con él por el tiempo determinado, el esclavo se compromete de tiempo completo y para siempre. La consagración a María puede compararse a la esclavitud sólo en el sentido de un compromiso total y perpetuo en el amor y no como una forma de opresión legalizada en la que el patrono tiene derecho de vida y muerte sobre el esclavo. Los cristianos no admiten semejante esclavitud, que, sin embargo, no ha desaparecido todavía del mundo. ¡Feliz, una y mil veces, el que después de haber sacudido en el bautismo la tiránica esclavitud del demonio, se consagra en plena disponibilidad a Jesús por María! (SM 32-34). No se puede concebir ocupación más noble en este mundo que la de servir a Dios. El último de los servidores de Dios es más noble y poderoso que los reyes y emperadores, si éstos no sirven a Dios. ¿Cuál no será entonces la riqueza, el poder y la dignidad del auténtico y perfecto servidor de Dios, que se consagra totalmente, sin reserva y en cuanto le es posible a su servicio? Tal viene a ser, en efecto, el esclavo fiel y amoroso de Jesús en María, consagrado totalmente por medio de la Santísima Virgen a este Rey de reyes, sin reservarse nada para sí mismo. Ni todo el oro del mundo ni las bellezas del cielo alcanzan para pagarlo (VD 135).
COMPROMISO DE VIDA
Haré un acto concreto de servicio al prójimo necesitado de ayuda, inspirándome en María y su solicitud por las necesidades humanas manifestadas en Caná.
20. CONFIANZA EN DIOS CON MARIA
Juan Pablo II, al definir su actitud mariana acude a diferentes expresiones: soy todo tuyo (Totus tuus), me consagro, me ofrezco, me doy, me pongo en tus manos... Su término preferido es, sin embargo, el de "confiarse". Más aún, el 7 de junio y el 8 de diciembre de 1981, en la Basílica romana de Santa María la Mayor, pronunció el Papa un acto de confianza en María en el cual decía: «Toma bajo tu protección materna a toda la familia humana que con afectuoso transporte a ti, Madre nos confiamos». La actitud de confianza en María es muy antigua. La más antigua plegaria mariana, el Sub tuum praesidium (s. III), es claro testigo de ello: "Bajo tu amparo nos acogemos, ¡oh Madre de Dios!...". Igualmente Pío XII utiliza el término confiar en la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María: «A vuestro Corazón Inmaculado, en esta hora trágica de la historia humana, confiamos, remitimos, consagramos no sólo la santa Iglesia... sino el mundo entero» (31-10-1942). S. Luis de Montfort invita a vivir esta actitud de confianza en María en su Tratado de la Verdadera Devoción, donde aparecen muchas veces expresiones como "confiar en María... poner en Ella toda la confianza... confiar cuanto se tiene a la Virgen santa y fiel". En la escuela de Montfort, los consagrados a Jesucristo por las manos de María aprenden el significado, los fundamentos y forma de realizar esta confianza en la Madre del Señor.
Consagración y confianza Montfort afirma claramente ante todo que la consagración mariana implica una actitud de confianza en María, o sea, confiarse a Ella con todo cuanto se posee. En la práctica, consagrarse a María y confiar en Ella son la misma cosa, porque se trata siempre de don total y perpetuo a María; sólo que la confianza acentúa un elemento de amor confiado, que está a la base del don y produce por consiguiente una forma más segura y creativa de vivir esa entrega. Esta es la afirmación de Montfort: «Por esta devoción, confiamos a la Virgen fiel todo cuanto poseemos, constituyéndola depositaria universal de todos nuestros bienes de naturaleza y gracia. Confiamos en su fidelidad, nos apoyamos en su poder y nos cimentamos en su misericordia y caridad...» (VD 173). Desde el punto de vista bíblico, confiar en Dios presupone una situación difícil y humanamente desesperada: el salmista se refugia entonces en el Señor confiando a El el propio destino reconociendo que sólo El puede salvar. La confianza en Dios surge también de la experiencia de su amor providente, misericordioso y palpitante de generosidad: «El Señor es mi pastor: nada me falta... El Señor es mi roca salvadora... Dichoso quien confía en El...». Aplicada a María, la confianza significa una entrega confiada de nosotros mismos a Ella, la disposición de dejarnos conducir por Ella a través de la vida, la convicción de que cuanto Ella quiere de nosotros, corresponde a nuestro bien conforme al plan de Dios. De donde se sigue una bienaventuranza que Montfort expresa con estas palabras: «¡Oh! ¡Qué feliz es el hombre que lo ha entregado todo a María y por todo se confía y pierde en María!» (VD 179). Lo sabemos bien: en esta época de agudo sentido de la libertad y del activismo, difícilmente se acepta confiar en los demás. No queremos abandonarnos siquiera en Dios, porque estamos convencidos de que Dios exige de nosotros la plena responsabilidad de nuestras opciones. Pero entonces ¿cómo entender la confianza en Dios y el confiarse a María? Ciertamente de modo que se salvaguarden los dones supremos de Dios: la conciencia responsable y la libertad. Montfort explica precisamente en esta línea la entrega confiada de nosotros mismos a María, la cual debe armonizarse con la toma de conciencia de la responsabilidad personal. El elimina el abandono ciego y pasivo, especificando que la confianza en María tiene que ser activa y no alienante: «Si... pones en Ella tu confianza sin presunción y trabajando por tu parte para adquirir las virtudes y domar las pasiones...» (VD 181). Confiar en María significa, pues, poner en juego la propia libertad y comprometerse con la propia misión, pero con la seguridad de que Ella está con nosotros y en favor nuestro: nos ayudará con su oración, nos amará como Madre, nos sostendrá la salvación. ¡Es en verdad hermoso, tranquilizador y vitalizante saber que somos amados por una persona mucho más grande y buena que nosotros! ¡Sobre todo cuando se trata de Cristo y de su Madre, a quienes hemos consagrado toda nuestra vida!
Bases de esta confianza Pero ¿cuáles son los motivos que nos impulsan a confiar en María? ¿Por qué es correcto confiar en Ella? Montfort nos presenta dos fundamentos, uno de orden más bien psicológico; de naturaleza teológica, el otro. 1. María inspira confianza en cuanto pura creatura, toda dulzura y bondad. Ciertamente, no debemos tener temor alguno de acercarnos a Jesús: es nuestro Salvador, el buen Pastor que corre en busca de la oveja perdida, el amigo de los pecadores. Pero puede ocurrir que alguno, al pensar en El como Dios y como Juez, halle dificultad en salir al encuentro con El. Esto no acontece con María, que es la expresión materna y creatural del amor misericordioso de Cristo: «Si tenemos que ir directamente a Jesucristo-Dios, a causa de su infinita grandeza y de nuestra pequeñez o pecados, imploremos con filial osadía la ayuda e intercesión de María, nuestra Madre. Ella es tierna y bondadosa. En Ella no hay nada de severo o terrible, ni excesivamente sublime o deslumbrante. Al verla, vemos nuestra propia naturaleza...» (VD 85). Dejando de lado la dificultad psicológica de encontrarse directamente con Jesús, dado que teológicamente no es válida, pues Jesús es infinitamente misericordioso, queda en pie el hecho de que María participa de esa misericordia divina y la expresa en forma maternal. Con su bondad atrae hacia Ella los corazones de los hombres para abrirlos a una inmensa confianza en Cristo Salvador. En Ella se manifiesta el rostro materno de Dios. 2. María es la Virgen fiel a Dios y a los hombres. La fidelidad, como actitud de amor perseverante y de misión desarrollada con empeño y constancia, caracteriza la vida terrena de María. Ella acepta en la fe ser la Madre del Mesías, persevera en su sí a Dios hasta al pie de la cruz, está presente en la comunidad apostólica en espera del Espíritu Santo. Y sigue también ahora en el cielo desarrollando fielmente su misión de Madre de la Iglesia, dedicada totalmente a implorar los dones del Espíritu y acompañar a los hombres en su peregrinar espiritual desde el bautismo hasta la gloria. ¿Quién es María para Montfort? Consciente de la infidelidad de tantos cristianos a las promesas bautismales, convencido de la debilidad e inconstancia humanas, el santo misionero ve en María el símbolo de la fidelidad al Señor: «María es la virgen fiel que por su fidelidad a Dios repara las pérdidas, que la Eva infiel causó con su infidelidad, y alcanza a quienes confían en Ella la fidelidad para con Dios y la perseverancia» (VD 175). Para expresar la fidelidad de María, Montfort acude a dos símbolos: María es "un ancla firme y segura" que impide a sus consagrados "naufragar en el mar tempestuoso de este mundo"; es también semejante al "arca de Noé" que impedirá les sumerjan "las aguas del diluvio de los pecados que anegan a tantas personas" (VD 175). Vista esta fidelidad a toda prueba de la Virgen, podemos compartir las exclamaciones de Montfort: «¡Dichosos, una y mil veces, los cristianos que ahora se aferran fiel y enteramente a María como a un áncora firme! ¡Dichosos los hijos infieles de la infeliz Eva que se aferran a la Madre y Virgen fiel! Esta permanece siempre fiel y no puede negarse a sí misma...!» (VD 175).
Aprender la confianza en María ¿Cómo vivir en la existencia cotidiana la confianza en la Madre del Señor? ¿Qué actitudes prácticas implica esta confianza? 1. Ante todo un diálogo tejido de sencillez y confianza como hace un hijo respecto de su madre. Es una forma de ser que se torna habitual y permanente: «Esta devoción hace que acudas a María en todas tus necesidades materiales y espirituales con gran sencillez, confianza y ternura, e implores la ayuda de tu bondadosa Madre en todo tiempo, lugar y circunstancia: en las dudas para que te esclarezca; en los extravíos, para que te convierta al buen camino; en las tentaciones, para que te sostenga; en las debilidades, para que te fortalezca; en los desalientos, para que te reanime; en los escrúpulos para que te libre de ellos; en las cruces, afanes y contratiempos de la vida, para que te consuele y finalmente, en todas las dificultades materiales y espirituales, María es la persona a quien acudes siempre, sin temor de importunar a tu bondadosa Madre ni desagradar a Jesucristo» (VD 107). Esta dependencia de María se inspira en la infancia espiritual, en cuanto conlleva disponibilidad interior hacia María y su oficio de Madre. Pero no debe transformarse en infantilismo, que consiste en un comportamiento voluble, egoísta e irresponsable. Confianza en María y compromiso cristiano deben caminar al mismo paso. 2. Todavía mejor, confiar en María implica ponerse en sintonía con Ella. La vida de los consagrados debería desarrollarse en la onda de María. Los consagrados no sólo "imploran su socorro" y "le manifiestan con toda sinceridad sus penas y necesidades", sino que "miran a Ella como a la estrella polar, para llegar al puerto" (VD 199). Montfort prosigue así: «Se arrojan, esconden y pierden de manera misteriosa en su seno amoroso y virginal, para ser allí inflamados en amor puro, ser purificados de las menores manchas y encontrar plenamente a Jesucristo que reside en María como en su trono más glorioso» (VD 199). |