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EN SINTONIA CON MARIA
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p. Stefano de Fiores, s.m.m.
31 actualizaciones para vivir con María la consagración a Jesucristo
Traducción de p. Pío Suárez B., s.m.m.
Introducción: Uno de los grandes libros de la tradición cristiana Pórtico del templo: El pueblo de Dios delante de María 1. María en el hoy de la Iglesia 2. ¿Conocemos realmente a María? Primera nave: María en el plan de la salvación 3. María en el plan del amor trinitario 4. Una mujer en la historia de la salvación Segunda nave: Respuesta vital a la misión de María 5. Comportamiento verdadero con María 6. Reconocer a María en nuestra vida Nave central: Consagración a Jesucristo por medio de María 8. Jesucristo, centro de vida espiritual 9. A la fuente bautismal con María 10. Fidelidad a las promesas del bautismo 11. El don total a la Virgen glorificada 12. Camino perfecto para el encuentro con Cristo 15. Disponibles al Espíritu como María 16. Evangelio vivo a ejemplo de María 17. Vivir espiritualmente en María 18. Irradiar a María en el mundo 19. Al servicio del Señor y de los hermanos con María 20. Confianza en Dios con María 21. Encuentro con María en el yo profundo 23. Prepararse a la consagración 24. El Magníficat de nuestro tiempo Presbiterio: Con María a la mesa del Señor 25. Acoger a María entre los dones de Cristo 27. Recibir a Jesús con el corazón de María Del templo a la vida: En sintonía con María 28. El suave y comprometedor camino de María 29. Perseverancia en el Señor con María, la Virgen fiel 30. Itinerario mariano hacia la Trinidad Conclusión abierta: El acto de consagración
Al ritmo del Espíritu en la "onda" de Cristo para gloria del Padre
Hermano o hermana, imagino que no rechazarás la invitación a visitar una magnífica basílica, uno de tantos templos dedicados en el curso de los siglos cristianos a María Madre de Jesús. Tú debes contemplar, conocer y saborear las bellezas de ese templo. Y recibir el impacto de su fascinación. Permíteme solamente acompañarte en la visita a través del recorrido del pórtico a las naves, al presbiterio, al ábside... Te sugeriré de vez en cuando, con discreción, algún pensamiento, algún comentario, alguna invitación para que puedas vivir cuanto contemplas. Nuestro Verdadero guía es un Santo –pronto lo conocerás– a quien se debe la construcción de este templo en honor de la Virgen. El te conducirá paso a paso con verdadera pedagogía espiritual a través de todo el templo hasta el altar, donde se levanta la cruz de Jesucristo y se celebra su misterio pascual. Allí mismo te mostrará la imagen de María, que campea sobre el ábside, que ora por la comunidad de sus hijos y los atrae para que pronuncien definitivamente el "sí" de la fe-entrega a Cristo. Proseguirás tu camino del templo a la vida. Pero habrás logrado aprender un secreto, que se traducirá en compromiso permanente: sintonizar con la Virgen fiel, dejarte conquistar por la armonía que emana de sus ejemplos evangélicos, vivir "en la longitud de onda de María", para experimentar el amor misericordioso del Padre, crecer en la comunión con el único Salvador Jesucristo, caminar en la docilidad al Espíritu Santo. Te deseo que el descubrimiento de María florezca en un encuentro más íntimo con Cristo y en un compromiso responsable con la Iglesia y con los hermanos. No te reserves para ti este secreto de vida. Cataliza la luz que recibes, amplifica la onda sonora que vas captando, irradia el amor que Dios derrama sobre ti como sobre María y por medio de Ella. El mundo lo necesita como nunca.
P. STEFANO DE FIORES
Para la citas bíblicas y los documentos del Concilio Vaticano II, nos atenemos a las siglas corrientes. La sigla MC indica la exhortación apostólica Marialis Cultus de Pablo VI (2-2-1974).
Para los diferentes escritos de san Luis María de Montfort, se usarán las siguientes siglas: ASE: El Amor de la Sabiduría Eterna SA: Súplica Ardiente AC: Carta a los Amigos de la Cruz SAR: Secreto Admirable del Smo. Rosario SM: Secreto de María VD: Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen
UNO DE LOS GRANDES LIBROS DE LA TRADICION CRISTIANA
Un escrito extraordinario ¿Cuál es el "libro predilecto del Santo Padre", del cual –aseguran los obispos polacos– él "no se separa hace años"? Ciertamente debe ser un libro importante y célebre, si a él ha acudido con particular frecuencia Juan Pablo II. Por lo demás, otros Papas lo habían recomendado calurosamente como "admirablemente escrito" (s. Pío X), "de suavísima unción y solidísima doctrina" (Benedictino XV). Digamos de una vez que se trata de un libro extraordinario en cuanto a su origen, en cuanto a su historia, en cuanto a su éxito. Su autor, un santo misionero francés, que vivió en el siglo XVII, ha afirmado que ese pequeño libro surgió por inspiración divina: el Espíritu Santo se sirvió de él para escribirlo (VD 114). Hizo también una profecía que se realizó punto por punto. Este es el texto del santo: «Preveo con nitidez que muchas bestias rugientes vendrán furiosas a destrozar con sus diabólicos dientes este humilde escrito y a aquel de quien el Espíritu Santo se ha servido para redactarlo, o tratar al menos de sepultar estas líneas en las tinieblas o en el silencio de un cofre, a fin de que no sea publicado. Atacarán, incluso, y perseguirán a quienes lo lean y pongan en práctica. Pero, ¡qué importa! ¡Tanto mejor! Esta perspectiva me anima y hace esperar un gran éxito, es decir, la formación de un escuadrón de aguerridos y valientes soldados de Jesús y de María, de uno y otro sexo, que combatirán al mundo, al demonio y a la naturaleza corrompida, en los tiempos peligrosos como nunca, que van a llegar» (VD 114). En realidad, escrito en 1712, el libro permaneció escondido hasta 1842: 130 años sepultado en un cofre enterrado en un campo a fin de escapar de la furia devastadora de la revolución francesa. Cuando pasó la tormenta, el manuscrito fue olvidado en el estante de una biblioteca hasta que un misionero lo descubrió y reconoció como obra del Santo. Ese día, el superior de los misioneros exclamó: «¡Hemos encontrado un tesoro!» Era el 22 de abril de 1842. Ese día comenzó el camino triunfal del librito perseguido. Fue impreso en todo el mundo hasta alcanzar hoy más de 300 ediciones en 30 lenguas. ¡Un verdadero bets-seller! En Rumania y en otros países del Este se difunde en edición manuscrita a precio de grandes sacrificios. Y hasta los invidentes pueden leerlo trascrito en Braille. Muchos de Uds. esperan ahora conocer el título de ese libro tan célebre. Pues bien, no sabemos cuál sería en el pensamiento de su autor, porque el manuscrito llegó hasta nosotros carente de las primeras y de las últimas páginas, desgarradas por los dientes de las bestias rugientes que intentaron devorarlo. El primer editor le dio el título que acabó por imponerse: "Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen" de san Luis María Grignion de Montfort. Saboreemos su contenido atrayente y comprometedor al mismo tiempo.
Un libro de espiritualidad popular Escribía Mons. Franzi, que fue presidente de la Unión Mariana Nacional Italiana: «Me tiembla la mano al trazar estas líneas como prefacio al Tratado de la Verdadera Devoción. No soy digno de ello. Este es un libro precioso: escrito por un Santo, meditado por los Santos, cuya misión es formar Santos, es decir, que quiere llevar las almas a Aquella que, por voluntad divina, es formadora de Santos» (Prefacio a la XXXII edición, 1955). Es verdad. El Tratado de la Verdadera Devoción presenta un cristianismo muy comprometedor: exige el don total de sí mismo a María y, por Ella, a Jesucristo. Montfort sigue un ritmo de renuncia al propio egoísmo y de total disponibilidad a María, para que Cristo se forme en el cristiano. ¡Pero no te asustes! ¿Quieres saber para quiénes ha escrito el santo misionero? No para los doctos, los sabios, los teólogos, sino para el pueblo, para las gentes de corazón sencillo y deseosas de llevar a la práctica lo que escuchan: «Estoy hablando de modo especial a los humildes y sencillos. Que son personas de buena voluntad, tienen una fe más robusta que la generalidad de los sabios y creen con mayor sencillez y mérito. Por ello, me contento con declararles llanamente la verdad» (VD 26). Esta es la característica del Tratado de la Verdadera Devoción y seguramente una de las causas de su éxito: su lenguaje es popular, accesible, inmediato. Pero, entendámonos, es todo menos que vulgar o transmisor de vulgaridades. Sigue un camino medio que te puedo describir así. Montfort tenía ante él el camino trazado por grandes autores de espiritualidad, como Bérulle, que ha escrito sublimes elevaciones sobre Jesús y María, pero en una clave mística sin referencias prácticas. Montfort había leído también a los escritores jesuitas, como el p. Barry (+1661), que escribió un libro muy devocional y popular, pero carente de profundos contenidos teológicos: "El paraíso abierto a Filagia por 100 devociones a la Madre de Dios fáciles de practicar". El santo misionero ha optado por la vía de la fidelidad a Dios y al pueblo. Ha escrito para las gentes en estilo sencillo y comprensible, teniendo en cuenta sus exigencias de concreción. No se detiene en principios abstractos, sino que desciende a la práctica proponiendo ejercicios concretos de devoción a María. Sin embargo, no se limita a los ejercicios de piedad, sino que cimienta teológicamente la devoción a María refiriéndose al plan de Dios y a la misión maternal y real de la Madre del Señor. Además, pide al pueblo la conversión de toda la vida y la conformación total a Jesucristo, en lo cual consiste la perfección cristiana. Digámoslo en palabras modernas: Montfort es uno de los pocos autores espirituales que han elaborado una espiritualidad mariana popular, en que se adopta la cultura del pueblo para ponerla al servicio de una vida cristiana madura y responsable bajo la guía maternal de María.
Un templo en honor de María Entremos ahora en el corazón de la obra monfortiana. ¿Cuáles son los contenidos y el mensaje del Tratado de la Verdadera Devoción? Podemos comparar este libro con una basílica cristiana en honor de María. Hay un pórtico, que introduce a tres naves, donde se encuentra la fuente bautismal; se mira, pues, al ábside, que corona el presbiterio en el cual se halla el altar, lugar de convergencia de todo el edificio. 1. El Pórtico del Tratado de la Verdadera Devoción está constituido por la situación del pueblo de Dios en su relación con María. Montfort no puede esconder su entusiasmo frente al desarrollo de la alabanza de María en la Iglesia: «Toda la tierra está llena de su gloria. Particularmente entre los cristianos que la han escogido por tutela y patrona de varias naciones, provincias, diócesis y ciudades...» (VD 9). No obstante, esta visión positiva, Montfort piensa que María debe ser más conocida y amada, si se quiere que el reino de Jesucristo se ponga en marcha en el mundo (ver VD 13). 2. Entremos en la parte sagrada del templo. La primera nave muestra en sus frescos el puesto y actividad de María en el plan de la salvación. ¿Quién es María para Montfort? Y lo que es Ella según Dios. En efecto, Montfort afirma claramente la condición de María como creatura y a la vez su elección a una misión importante en la historia de Cristo y de la Iglesia: «Confieso con toda la Iglesia que siendo María una simple creatura salida de las manos del Altísimo, comparada con la Majestad infinita es menos que un átomo o, mejor, es nada, porque sólo El es El que es... Afirmo, sin embargo, que –dadas las cosas como son– habiendo querido comenzar y culminar sus mayores obras por medio de la Santísima Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará jamás de proceder» (VD 14-15). Montfort para comprender quién es María se levanta hasta el Dios Trinidad. Se refiere al menos 4 veces a la forma de actuar del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que han escogido a María como instrumento nobilísimo para comunicar a los hombres la salvación. Oigamos cómo se expresa Montfort mismo: «Dios Padre creó un depósito de todas las aguas y lo llamó mar. Creó un depósito de todas las gracias y lo llamó María. Dios Hijo comunicó a su Madre cuanto adquirió mediante su vida y muerte, sus méritos infinitos y virtudes admirables. Dios Espíritu Santo comunicó sus dones inefables a María, su fiel Esposa, y la escogió por dispensadora de cuanto posee» (VD 23-25). Reconocer la misión santificadora de María –concluye Montfort– «es algo necesario a los hombres para alcanzar la salvación» (VD 39). 3. Una segunda nave está representada por la descripción del auténtico culto a María. Este –para Montfort– se halla inserto en el tejido total del cristianismo, en cuanto que respeta la primacía de Cristo en la vida espiritual y tiene como finalidad el crecimiento de la fe cristiana (VD 60-89). La verdadera devoción excluye las falsas actitudes respecto de María, tales como el minimismo, la exterioridad, la presunción, la inconstancia (VD 90-102). La verdadera devoción consiste, en cambio en una actitud interior, tierna, santa, constante, desinteresada. Se expresa en diferentes prácticas religiosas, sobre todo viviendo en comunión espiritual con Ella (VD 105-113). 4. La nave central está reservada a la forma de devoción mariana, considerada como la mejor por Montfort: la perfecta consagración a Cristo por medio de María. ¿En qué consiste esa consagración? Montfort subraya dos aspectos: «Consiste esta devoción en una entrega total a la Santísima Virgen, para pertenecer totalmente a Jesucristo, por medio de Ella... He dicho que esta consagración puede muy bien definirse como una perfecta renovación de los votos y promesas del santo Bautismo» (VD 121.126). Montfort se manifiesta en este pasaje como excelente misionero con fino sentido teológico y pastoral. Llega a las raíces de la vida cristiana, el bautismo y presenta la consagración a María como medio fácil y seguro para mantenerse fiel a las promesas bautismales de renuncia al mal y adhesión vital a Jesucristo. 5. En el ábside que corona todo el edificio, Montfort ha pintado la imagen de la Virgen María, que conduce y forma a sus consagrados según la imagen de Jesucristo. El corazón del Tratado de la Verdadera Devoción consiste en cuatro prácticas interiores "muy santificadoras para aquellos a quienes el Espíritu Santo llama a una elevada perfección". Estas actitudes –dice Montfort– «se resumen en obrar siempre por María, con María, en María y para María a fin de obrar más perfectamente por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo y para Jesucristo» (VD 257). 6. Al templo construido por Montfort confluye toda la vida cristiana en todas sus manifestaciones. Subraya él la unión de los cristianos con Jesús en la Eucaristía proponiendo un método para vivir el espíritu de la consagración a María en la Sagrada Comunión (VD 266-273). Así el bautismo culmina en la Eucaristía, como el bautisterio en el altar: la consagración sacerdotal, profética y real desemboca en la celebración de la Misa, sacrificio y banquete, donde la comunidad se convierte en un solo corazón y una sola alma. Finalmente, del Tratado monfortiano se extraen suaves y comprometedores impulsos para proseguir con María por el camino cristiano. Salimos del templo para traducir en la vida la propia consagración a Jesucristo por medio de María.
¡Conságrate también tú! El Tratado de la Verdadera Devoción ha tenido muchos lectores. Algunos no han logrado romper la corteza de ciertas expresiones aparentemente duras y tan pronto encontraron expresiones como "esclavitud de amor", "hacerse esclavo de María" cerraron el libro para no abrirlo más. Mucho más numerosos son los que han roto la concha de tales expresiones y han descubierto dentro un fruto dulcísimo: una vida cristiana vivida en la presencia y con la ayuda de la Madre de Jesús y Madre nuestra. Citemos entre tales discípulos de Montfort a san Maximiliano Kolbe que asimiló la doctrina hasta llegar a afirmar: "La devoción enseñada por el beato Grignion es totalmente nuestra" (Carta 508, 2-4-1933). También Frank Duff, fundador de la Legión de María, que reconoce en Montfort uno de sus maestros espirituales, ha testificado: «Está fuera de duda que todo el que comienza a estudiar el Tratado de la Verdadera Devoción cae bajo su hechizo, porque el libro lo tiene todo: estilo, fervor, convicción intensa, solidez, elocuencia avasalladora, aliento de autoridad e inspiración... El libro de Montfort se ha ganado por sí mismo un puesto en la Iglesia» (F. Duff, Prospettiva monfortana sulla vera devozione a María, Redona di Bergamo, PP. Monfortani, 1942, pg. 10-11). Dejando de lado a muchos otros cristianos consagrados a María, lleguemos a Juan Pablo II. Con ocasión de la peregrinatio de la Virgen de Jasna Góra (8-11-1968), el entonces cardenal Wojtyla reveló a los feligreses de Borek Falecki el influjo que el Tratado de la Verdadera Devoción a María ha ejercido en su vida: «Con frecuencia tengo ante los ojos un pequeño librito de forro azul celeste... Cuando era obrero en la Solvay lo llevaba siempre conmigo, junto con un trozo de pan, para el turno de la tarde o de la noche. Durante el turno de la tarde lo leía con frecuencia. Se intitulaba: Tratado sobre la Devoción a la Santísima Virgen María. En ese entonces, el autor era beato y fue elevado a los altares como santo: Luis María Grignion de Montfort... Aquel librito de forro azul celeste, semejante a un misal, me proporcionaba lectura durante muchos días y muchas semanas. No sólo lo leía y conservaba. Lo leía, si así puede decirse de principio a fin y comenzaba de nuevo. En este librillo aprendí lo que significa la devoción a la Virgen. He sido devoto de María primero siendo niño, luego como escolar, y finalmente como universitario. Pero ¿cuál es en verdad el sentido y la profundidad de esta devoción que me enseñó este librito durante los turnos de trabajo, aquí en la fábrica se soda...? Lo leí tanto que todo él, por dentro y por fuera, estaba manchado de soda. Recuerdo muy bien esas manchas de soda, porque son un elemento importante de toda mi vida interior» (Karol Wojtyla, María, Omelie, Librería Editrice Vaticana, 1982, pág. 156-157). También tú, amigo lector, si quieres vivir en plenitud tu realidad cristiana, toma en tus manos el Tratado de la Verdadera Devoción a María. Tómalo y léelo. con este libro, un gran misionero, que consumó su existencia predicando a Jesucristo al pueblo y murió a la edad de 43 años, te conducirá con mano segura para amar a la Virgen de manera teológica y a consagrarte totalmente a Jesucristo con Ella y por medio de Ella.
LECTURA
Finalidad del Tratado de la Verdadera Devoción a María «Cuanto digo responde al propósito que tengo de hacer de ti un verdadero devoto de María y un auténtico discípulo de Jesucristo. ¡Oh! ¡Qué bien pagado quedaría mi esfuerzo, si este humilde escrito cae en manos de una persona bien dispuesta, nacida de Dios y de María y "no de la sangre ni de la carne ni de la voluntad de varón", le descubre e inspira, por gracia del Espíritu Santo, la excelencia y precio de la verdadera y sólida devoción a la Santísima Virgen, que ahora voy a exponerte! Si supiera que mi sangre pecadora iba a servir para hacer penetrar en tu corazón, lector amigo, las verdades que consigno por escrito en honor de mi amada Madre y soberana Señora –cuyo último Hijo y esclavo soy– con mi sangre en lugar de tinta trazaría estas líneas. Pues abrigo la esperanza de hallar personas generosas que, por su fidelidad a la práctica que yo te enseño, resarcirán a mi amada Madre y Señora por los perjuicios que ha sufrido a causa de mi ingratitud e infidelidad. Hoy me siento más animado que nunca a creer y esperar aquello que llevo profundamente grabado en el corazón y que vengo pidiendo al Señor desde hace muchos años, a saber, que tarde o temprano la Santísima Virgen tenga más hijos, servidores y esclavos de amor que nunca y que, por este medio, Jesucristo reine como nunca en los corazones» (VD 111-113).
COMPROMISO DE VIDA
Voy a comenzar a leer en todas sus partes el Tratado de la Verdadera Devoción a María de san Luis M. de Montfort, pidiendo al Espíritu Santo poder comprender y asimilar su precioso contenido.
EL PUEBLO DE DIOS DELANTE DE MARIA
1. MARÍA EN EL HOY DE LA IGLESIA
Veo avanzar a un sacerdote pobremente vestido. Lleva el sombrero bajo el brazo por respeto a la presencia de Dios. Profundamente recogido va desgranando las cuentas de un gran rosario. Pero cuando sube al púlpito, su mirada se inflama, su lengua hiere como espada afilada la conciencia de los oyentes. Estos tienen la impresión de encontrarse ante un profeta del Antiguo Testamento. Sabe también ser suave y atraer el corazón de los fieles a un amor concreto a Dios. Aprieta bajo el brazo un manuscrito que él mismo considera precioso y que lleva siempre consigo. Llama mi curiosidad este sacerdote itinerante. Saltando la barrera de más de 250 años, le salgo al paso y le pregunto: «Dime: ¿quién eres, qué haces, qué mensaje ofreces al mundo?» «He renunciado –me responde– al nombre de familia Grignion y conservo el de mi bautismo, unido al nombre del lugar donde Dios me hizo nacer a la vida terrena. Soy Luis María de Montfort, misionero apostólico. He cantado y proclamado en mis doscientas misiones el secreto de mi vida: Por Jesús subo hasta su Padre y jamás vuelvo rechazado, a Jesús por su Madre llego y nunca, nunca soy desechado. Lo hago todo en Ella y por Ella, que es secreto de santidad, para ser fiel a Dios en todo y hacer siempre su voluntad (CT 77,18-19). El contenido de mi mensaje, que escribiría inclusive con mi sangre, está consignado en mi obrita que pensaba intitular Preparación al reinado de Jesucristo, pero que se conocerá con el nombre de Tratado de la Verdadera Devoción a María».
¿En qué punto nos hallamos? En la parte inicial de su libro san Luis María de Montfort describe la situación de la Iglesia de su tiempo en torno a la devoción mariana, con estas palabras: «Todos los días, del uno al otro confín de la tierra, en lo más alto de los cielos y en lo más profundo de los abismos, todo pregona y exalta a la admirable María. Los nueve coros angélicos, los hombres de todo sexo, edad, condición, religión, buenos y malos, y hasta los mismos demonios –de grado o por fuerza– se ven obligados, dada la evidencia de la verdad, a proclamarla bienaventurada... Toda la tierra está llena de su gloria. Particularmente entre los cristianos que la han escogido por tutela y patrona de varias naciones, provincias, diócesis y ciudades. ¡Cuántas catedrales no se hallan consagradas a Dios bajo su advocación! ¡No hay iglesia sin un altar erigido en su honor ni comarca ni región, donde no se dé culto a alguna de sus imágenes milagrosas, donde se cura toda clase de enfermedades y se obtiene toda clase de bienes! ¡Cuántas cofradías y congregaciones en su honor! ¡Cuántos institutos religiosos colocados bajo su nombre y protección! ¡Cuántos congregantes en las asociaciones piadosas, cuántos religiosos en tantas órdenes religiosas! ¡Todos publican sus alabanzas y proclaman sus misericordias! No hay siquiera un pequeñuelo que, al balbucir el Avemaría, no la alabe. Ni apenas un pecador que, en su obstinación, no conserve alguna chispa de confianza en Ella. Ni siquiera un solo demonio en el infierno que, temiéndola, no la respete» (VD 8-9). Hoy Montfort seguramente sería menos entusiasta ante la situación del culto mariano en la Iglesia. Nuestra época ha experimentado una profunda crisis en relación con la Madre del Señor. Después del desarrollo de la devoción mariana que culminó en la definición del dogma de la Asunción (1950) y en el Año mariano (1954), se pusieron en discusión varias formas tradicionales de culto y cayeron en desuso algunas prácticas apreciadas por el Pueblo de Dios como el mes de mayo. Algunos llegaron hasta considerar el recurso confiado y la consagración a María como complicación en el itinerario hacia Cristo; otros teólogos –concretamente desaprobados por el magisterio apostólico– vaciaron de su significado histórico y teológico el dogma de la virginidad perpetua de María. Si es condenable la infidelidad a la tradición constante de la Iglesia cuando se trata de datos ciertos acerca de la Virgen Madre de Dios, lo mismo se debe decir de la actitud fría o demasiado reservada para con Ella. ¿Será que nuestra época ha sido dispensada de la alabanza universal a Aquella a quien todas las generaciones proclamarán dichosa (ver Lc 1,48)? El Papa Juan XXIII reflexionando sobre este tema observaba preocupado: «¿Por qué tantos que llevan en la frente el signo de Jesucristo han echado puerta a fuera a la Virgen? ¿Por qué no quieren saber nada de Ella? Es como echar fuera a la propia madre. Pero entonces sobreviene la ruina». Afortunadamente la desconfianza temporal hacia el culto mariano se fue disolviendo bajo el impulso atribuible al Espíritu: nuestra época encuentra nuevamente a María. La Madre del Señor y Madre de la Iglesia ha reaparecido en el horizonte eclesial como estrella de primera magnitud para iluminar con la luz recibida de su Hijo el camino del Pueblo de Dios.
Nueva presencia de María en nuestro tiempo Es interesante constatar cómo hoy se encuentra a María nuevamente por caminos, a veces nuevos e inéditos. Ante todo, los movimientos eclesiales, desarrollados después del Concilio, han llegado a descubrir la presencia de María partiendo de los valores vividos en forma especial dentro de ellos mismos. Así los Focolarinos presentan a María tras haber invitado a experimentar el amor fraterno, a través del cual Jesús se hace presente en la comunidad; viviendo el Evangelio somos María en la Iglesia, porque Jesús nace en ésta como había nacido en María. El movimiento de los Focolarinos, surgido como Obra de María, invita a los participantes a las Mariápolis a vivir ante todo el Evangelio y en particular el mandamiento del amor fraterno: si nos amamos, Jesús nace en medio de nosotros. Pero engendrar la presencia de Jesús por medio del amor es precisamente lo que ha hecho María. De ello se sigue que debemos ser María en la Iglesia: ser ese "silencio de amor" en el cual la Palabra de Dios puede resonar y encarnarse en el mundo. Los grupos de Renovación en el Espíritu a partir de la docilidad y oración al Espíritu se dan cuenta de que el mismo Espíritu Santo inspira la alabanza a María, como lo hizo Isabel, y que una oración auténtica debe tener las características de la Madre del Señor: el sí de la disponibilidad, el Magníficat de la alegría, la humildad confiada que sabe esperar. En la misma línea se colocan tantas otras asociaciones o movimientos, por ejemplo, las comunidades neocatecumenales, que recorren el camino de toma de conciencia de la realidad del bautismo sobre el paradigma de la vocación de María, o las comunidades de base de América Latina, que a la luz de la Palabra de Dios, descubren a María como mujer pobre, que canta la liberación del Pueblo fiel a Dios. Esta liberación pasa a través de la valorización del Magníficat, considerado como la mejor expresión de la espiritualidad liberadora. La Virgen canta en él la intervención de Dios en la historia a favor de los pobres y de los oprimidos. Si queremos ponernos en sintonía con Ella, no debemos contentarnos con recitar plegarias y quizás lavarnos las manos ante las injusticias del mundo: son necesarios el compromiso de liberación, la solidaridad con los pobres, la esperanza activa en la transformación del mundo. También la comunidad reformada de Taizé, superando el hecho de que «el protestantismo no se ha atrevido a meditar sobre cuanto el Evangelio nos enseña respecto de la Madre de Nuestro Señor» (Marx Thurian), ha llegado mediante el estudio sereno de la Sagrada Escritura a percibir la estupenda imagen bíblica de María.
Pastores y pueblo ante María No han faltado en nuestro tiempo de parte de los pastores de la Iglesia –como en las siglos pasados– intervenciones numerosas y significativas para sostener y promover el culto mariano, orientándolo hacia el culto a la Santísima Trinidad. Papas y obispos han estado de acuerdo en la defensa de las verdades tradicionales acerca de María y en la profundización del sentido de la misión de la Virgen en la vida de la Iglesia. Dos testimonios de este esfuerzo lo constituyen estos documentos: el capítulo VIII de la Lumen Gentium (1964), que trata de "María en el misterio de Cristo y de la Iglesia" y constituye la más amplia síntesis mariana propuesta por concilio alguno y la Exhortación Apostólica Marialis Cultus (1974), en la cual Pablo VI organiza el culto mariano insertándolo en la liturgia y abriéndolo a las exigencias de la cultura contemporánea. En pos de sus predecesores, Juan Pablo II ha expresado su consagración a María haciendo del lema Totus Tuus el programa de su ministerio pontificio. En sus viajes apostólicos por todo el mundo, se ha presentado como peregrino en los santuarios marianos, en los cuales ha consagrado las naciones a María. Con su carisma mariano, el Papa Wojtyla ha despertado la reflexión y el nuevo impulso de la devoción a María en la Iglesia actual. El pueblo, por su parte, ha permanecido fiel a María, perseverando en acudir confiadamente a Ella, en recitar el rosario y peregrinar a los santuarios. El descubrimiento de la religiosidad popular, que ha resistido a la secularización dando un mentís a los sociólogos que habían previsto su ocaso, ha puesto en evidencia la devoción a María como uno de los valores más apreciados por el Pueblo de Dios. Se tomó en cuenta que María es el alma de la religiosidad popular para un encuentro auténtico con Cristo. Esa piedad mariana debe ser purificada de desviaciones eventuales, pero sigue siendo un precioso elemento de la vida del pueblo cristiano en sintonía con la presencia maternal y eficaz de María en la historia de la salvación.
¿Quién es para mí María? A través de toda su vida, s. Maximiliano Kolbe ha dirigido a María esta pregunta: «¿Quién eres, oh Inmaculada?» No quería contentarse con un conocimiento abstracto y estéril; buscaba un encuentro vivo y personal. Estaba convencido de que «la Sma. Virgen María no es una fábula o una leyenda, sino un ser viviente y que nos ama a cada uno, no conocida todavía suficientemente y a cuyo amor no se responde aún como se debe» (de una carta de 1940). Se necesita mucha oración, mucho amor y gran apertura a la gracia del Espíritu Santo. Junto con los santos y con tantos hermanos míos, estoy invitando también yo a hacer el descubrimiento maravilloso de María. Quiero contemplarla a la luz de la Palabra de Dios a fin de comprender su figura y misión auténticas. Reflexionaré sobre el misterio de Cristo y la realidad de la Iglesia, a fin de encontrar «como raíz del primero y coronamiento de la segunda, la misma figura de mujer, la Virgen María, precisamente Madre de Cristo y de la Iglesia» (MC introducción). Sobre todo no dejaré de mirar a mi vida cristiana y a mi vocación para convencerme de que María está presente en ellas, como aquella que guía mi camino especialmente en los momentos más decisivos. Cada vez me doy más cuenta de que mi problema consiste en darle mayor sitio y prestarle mayor atención, porque María ha recibido de Dios la misión de acompañar a todo cristiano desde el bautismo hasta la gloria.
LECTURA
María, mundo de Dios «Proclamo con todos los santos que la excelsa María es el paraíso terrestre del Nuevo Adán, quien se encarnó en él por obra del Espíritu Santo para realizar allí maravillas incomprensibles. Ella es el sublime y divino mundo de Dios, lleno de bellezas y tesoros inefables. Es la magnificencia del Altísimo, quien ocultó allí, como en su seno, a su Unigénito y con El todo lo más excelente y precioso. ¡Oh! ¡Qué portentos y misterios ha ocultado Dios en esta creatura admirable, como Ella misma –no obstante su profunda humildad– se ve obligada a confesarlo. ¡El poderoso ha hecho cosas grandes por mí! ¡El mundo las desconoce porque es incapaz e indigno de conocerlas! Los santos han dicho cosas admirables de esta ciudad santa de Dios. Y, según ellos mismos testifican, nunca se sintieron tan elocuentes y felices como al hablar de Ella. Todos proclaman a una que: la altura de sus méritos, elevados por Ella hasta el trono de la Divinidad, es inaccesible; la anchura de su caridad, dilatada por Ella más allá de las fronteras de la tierra, es inconmensurable; la grandeza de su poder, que se extiende hasta el mismo Dios, es incomprensible; y, en fin, la profundidad de su humildad y de todas sus virtudes y gracias es un abismo insondable. ¡Oh altura incomprensible! ¡Oh anchura inefable! ¡Oh grandeza sin medida! ¡Oh abismo impenetrable!» (VD 6-7).
COMPROMISO DE VIDA
Me aplicaré a discernir los signos de la presencia de María en el peregrinar de fe del Pueblo de Dios (experiencias marianas, acontecimientos eclesiales, piedad popular en los santuarios...)
2. ¿CONOCEMOS REALMENTE A MARIA?
Montfort comienza a hablar de María con una frase concisa y solemne que inserta a María en el designio salvífico con clara orientación cristológica: «Por medio de la Santísima Virgen vino Jesucristo al mundo y por medio de Ella debe reinar también en el mundo» (VD 1). Para Montfort, María es la persona elegida por Dios para introducir a Cristo en la historia y en el corazón de los hombres. Ella es instrumento elegido para la venida histórica de Jesús entre nosotros y se convierte en camino para su venida espiritual a nosotros. La que ha traído a Cristo es la mejor calificada para llevarnos a Cristo. El mejor comentario a esta afirmación inicial de Montfort, que presenta un tema que volverá con muchas variantes en el curso de la obra, nos lo ofrece una frase de Pablo VI: «Jesús ha venido a nosotros por la Encarnación, desde el seno y los brazos de María, por medio de Ella, para que lo encontráramos y pidiéramos entrar en comunión con El, siempre, a través de su Madre santísima» (8-12-1966). Si María es el camino que lleva hasta Jesús, es claro que hay que conocerla y recorrerla; es decir, es preciso entrar con Ella en relación de conocimiento y de amor, para hacer reinar a Jesús en el mundo.
María es un misterio Montfort mira aquí a la realidad, a la Iglesia de su tiempo, y concluye con una constatación netamente negativa: María no es suficientemente conocida. Ella es un misterio de ocultamiento, la Virgen sólo deja entrever progresivamente las maravillas de gracia que el Señor obró en Ella. Tres razones explican el hecho de que los fieles conozcan insuficientemente a María: el deseo que Ella tiene de humillarse, la disposición divina y su excepcional grandeza. 1. Ante todo la espiritualidad de María, que es la de los pobres del Señor, está muy lejos de la ostentación del propio yo. María ha escogido no hacerse camino para dejar a Dios obrar en Ella. Es silencio y vacío de todo proyecto para ser disponibilidad absoluta al plano trascendente de Dios. Montfort afirma que María ha orado para alcanzar el permanecer desconocida al mundo y poder servir a Dios con pureza de intención: «La vida de María fue muy oculta. Por ello, el Espíritu Santo y la Iglesia la llaman Alma Mater: Madre oculta y escondida. Su humildad fue tan profunda que no hubo en Ella anhelo más firme y constante que el ocultarse a sí misma y a todas las creaturas, para ser conocida solamente de Dios. Ella pidió al Señor pobreza y humildad. Y El, escuchándola, tuvo a bien ocultarla en su concepción, nacimiento, resurrección y asunción, casi a todos los hombres...» (VD 2-3). 2. Dios atendió el deseo de la Virgen, que en su vida terrestre no aparece en primer plano con acciones prodigiosas y grandes discursos. En el Evangelio –observa Montfort– se la recuerda solamente en contextos cristocéntricos y cuando es necesario para anunciar a Jesucristo: «Dios Padre –a pesar de haberle comunicado su poder– consintió en que no hiciera ningún milagro, al menos portentoso, durante su vida. Dios Hijo –a pesar de haberle comunicado su sabiduría– accedió a que Ella casi no hablara. Dios Espíritu Santo –a pesar de ser Ella su Esposa fiel– consintió en que los Apóstoles y Evangelistas hablaran de Ella muy poco y sólo en cuanto era necesario para dar a conocer a Jesucristo» (VD 4). 3. Finalmente, si todo hombre es un misterio, esto vale más todavía tratándose de María. Colmada de gracia y hecha Madre de Dios, es Ella la creatura santa en la cual la Trinidad encuentra sus complacencias. Sólo la revelación del Espíritu Santo puede introducir en el misterio de María, que permanece inalcanzable a esfuerzos puramente humanos. Oigamos a Montfort que desfoga totalmente su amor a María ante el misterio de su santidad y elección a Madre del Salvador: «María es la excelente obra maestra del Altísimo. Quien se ha reservado a sí mismo el conocimiento y posesión de Ella. María es la Madre admirable del Hijo. Quien tuvo a bien humillarla y ocultarla durante su vida, para fomentar su humildad, llamándola mujer, como si se tratara de una extraña, aunque en su corazón la amaba más que a todos los ángeles y hombres. María es la fuente sellada, en la cual sólo puede entrar el Espíritu Santo, cuya Esposa fiel es Ella. María es el santuario y tabernáculo de la Santísima Trinidad...» (VD 5).
Conocer más a María Montfort no ignora que la alabanza a María resuena en la Iglesia y en el mundo. Todas las naciones la proclamarán dichosa, realizando la profecía de María misma en el Magníficat. Pasando amplia revista al horizonte, el santo misionero constata «don particular alegría» del corazón (VD 13) que ángeles y santos, cielo y tierra, naciones y diócesis, buenos y malos, todos se hallan acordes en la alabanza, en el amor o al menos en el respeto a la Madre del Señor: «Todos los días, del uno al otro confín de la tierra, en lo más alto de los cielos y en lo más profundo de los abismos, todo pregona y exalta a la admirable María. Los nueve coros angélicos, los hombres de todo sexo, edad, condición, religión, buenos y malos, y hasta los mismos demonios –de grado o por fuerza– se ven obligados, dada la evidencia de la verdad, a proclamarla bienaventurada» (VD 8). Tras este panorama positivo sobre la presencia de la alabanza a María en el universo, Montfort no se declara contento, sino que escribe en caracteres cuadrados, tres veces mayores que su escritura ordinaria, la frase latina: "DE MARIA NUMQUAM SATIS", es decir, "De María nunca demasiado". Ha querido subrayar una verdad que le interesa tanto. ¿Por qué? Queremos saber las razones porque hace algún tiempo la expresión "De María numquam satis" era contestada por algunos, que proponían el lema contrario: "¡Basta de María!". Un contemporáneo de Montfort, el carmelita Andrés Mastelloni, había escrito en clave psicológica una frase semejante a la del Tratado: «Es un proverbio recibido por todos: de dilecta numquam satis. Nunca es suficiente, más aún, no es demasiado, lo que se dice o se hace por la persona amada» (Le due salutazioni, II, 1688, pg. 230).
Una digna Madre de Dios Montfort ofrece, en cambio, dos razones teológicas: la interioridad de la santificación de María y su dignidad de Madre de Dios. Si se infravaloran estas realidades, se apaga el deseo de conocer y amar más a María. Demos, una vez más, la palabra a Montfort: «Debemos también añadir con el Espíritu Santo: "Toda la gloria de la hija del rey está en su interior". Como si toda la gloria exterior que el cielo y la tierra le tributan a porfía, fueran nada en comparación con la que recibe interiormente de su Creador y que es desconocida a creaturas insignificantes, incapaces de penetrar el secreto de los secretos del Rey. Debemos también exclamar con el Apóstol: "El ojo no ha visto, el oído no ha oído, a nadie se le ocurrió pensar..." las bellezas, grandezas y excelencias de María, milagro de los milagros de la gracia, de la naturaleza y de la gloria. "Si quieres comprender a la Madre –dice un santo– trata de comprender al Hijo. Pues Ella es la digna Madre de Dios". ¡Enmudezca aquí toda lengua! El corazón me ha dictado cuanto acabo de escribir con particular alegría para demostrar que la excelsa María ha permanecido hasta ahora desconocida y que ésta es una de las razones de que Jesucristo no sea todavía conocido como debe serlo. De suerte que si el conocimiento y reinado de Jesucristo han de dilatarse en el mundo –¡lo que sucederá ciertamente!– esto acontecerá como consecuencia necesaria del conocimiento y reinado de la Santísima Virgen. Ella le trajo la primera vez al mundo y lo hará resplandecer en la segunda!» (VD 11-13). La conclusión de toda la introducción del Tratado, que constituye un maravilloso pórtico que nos hace entrar en el templo, es clara y lineal: hay que conocer más a María para que Cristo reine en el mundo. Podemos repetir sustancialmente la misma conclusión con las palabras del Vaticano II: «El sacrosanto Sínodo... exhorta al mismo tiempo a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven generosamente el culto, sobre todo litúrgico, hacia la Bienaventurada Virgen» (LG 67). Evitando "toda falsa exageración", liberémonos también de «una excesiva estrechez de espíritu, al considerar la singular dignidad de la Madre de Dios» (LG 67). María sigue siendo un misterio de gracia y debemos implorar al Espíritu Santo para poder comprenderlo en su significado salvífico. Aquello a que Montfort nos invita es a hacer un intento de mayor fidelidad a Jesucristo, para que El pueda reinar en el mundo. Si estamos convencidos de que existe un "hyatus", una ruptura, entre lo que debiéramos ser y lo que somos, tratemos de llenar este vacío recurriendo a María. Aquella que ha introducido a Jesús en el mundo, será instrumento providencial del Espíritu para que El reine en nosotros y en todos los hombres para gloria del Padre.
LECTURA
Dios quiere revelar a María «Dios quiere, pues, revelar y manifestar a María, la obra maestra de sus manos, en estos últimos tiempos: 1º Porque Ella se ocultó en este mundo y se colocó más baja que el polvo por su profunda humildad, habiendo alcanzado de Dios y de los Apóstoles y Evangelistas que no la dieran a conocer. 2º Porque Ella es la obra maestra de las manos de Dios, tanto en el orden de la gracia como en el de la gloria, y El quiere ser glorificado y alabado en la tierra de los hombres. 3º Porque Ella es la aurora que precede y anuncia al Sol de Justicia, Jesucristo, y, por lo mismo, debe ser conocida y manifestada, si queremos que Jesucristo lo sea. 4º Porque Ella es el camino por donde vino Jesucristo a nosotros la primera vez y lo será también cuando venga la segunda, aunque de modo diferente. 5º Porque ella es el medio seguro y el camino directo e inmaculado para ir a Jesucristo y hallarlo perfectamente. Por Ella deben, pues, hallar a Jesucristo las personas que deben resplandecer en santidad. Quien halla a María, halla la vida, es decir, a Jesucristo, que es el Camino y la Verdad y la Vida. Ahora bien, no se puede hallar a María, si no se la busca; ni buscarla, si no se la conoce: pues no se busca ni desea lo que no se conoce. Es, por tanto, necesario que María sea mejor conocida que nunca, para mayor conocimiento y gloria de la Santísima Trinidad. 6º Porque María debe resplandecer más que nunca en los últimos tiempos en misericordia, poder y gracia: * en misericordia para recoger y acoger amorosamente a los pobres pecadores y a los extraviados que se convertirán y volverán a la Iglesia católica; * en poder contra los enemigos de Dios, los idólatras, los cismáticos, mahometanos, judíos e impíos endurecidos que se sublevarán terriblemente para seducir y hacer caer, con promesas y amenazas, a cuantos se les opongan; * en gracia, finalmente, para animar y sostener a los valientes soldados y fieles servidores de Jesucristo, que combatirán por los intereses del Señor. 7º Por último, porque María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces "como ejército en orden de batalla" sobre todo en estos últimos tiempos. Porque el diablo "sabiendo que le queda poco tiempo" –y menos que nunca– para perder a las gentes, redoblará cada día sus esfuerzos y ataques. De hecho, suscitará en breve crueles persecuciones y tenderá terribles emboscadas a los fieles servidores y verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta vencer mucho más que a los demás» (VD 50).
COMPROMISO DE VIDA
Me empeñaré en conocer a María, meditando los pasajes marianos del Evangelio o leyendo el capítulo VIII de la Lumen Gentium dedicado a la "Bienaventurada Virgen María en el misterio de Cristo y de la Iglesia".
MARIA EN EL PLAN DE LA SALVACION
3. MARIA EN EL PLAN DEL AMOR TRINITARIO
Una verdadera visión de fe impulsa a considerar todas las realidades con los ojos de Dios. Elevémonos, por tanto, más allá de nuestras cortas miradas humanas hasta el corazón de la Trinidad, si queremos comprender a María. En el vértice de la revelación neotestamentaria, leemos que «Dios es amor» (1 Jn 4,16) y es Padre, Hijo y Espíritu Santo (Mt 28,19; Jn 14,16), es decir, una comunidad de amor. Y leemos todavía que «en esto se hizo visible entre nosotros el amor de Dios: en que envió al mundo a su Hijo único para que nos diera vida» (1 Jn 4,9). ¡Designio maravilloso de Dios sabio y misericordioso! Queriendo comunicarnos su propia vida y hacernos hijos suyos, el Padre envía a su Hijos al mundo y nos comunica el Espíritu vivificante. En este camino de Dios hacia el hombre y del hombre hacia Dios, el Padre escogió a una creatura de nombre María, para que colaborara en la inserción de Cristo en la historia humana y se convirtiera en el Espíritu en Madre de los discípulos de Cristo. Dios que lo realiza todo conforme a un designio de amor, "la amó y obró en Ella maravillas (ver Lc 1,49); la amó por sí mismo, la amó por nosotros; se la dio a sí mismo y la dio a nosotros" (MC 56). Elevándose hasta el designio divino de salvación, Montfort ve allí inserta a María por voluntad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en todas las etapas: vida de Cristo, historia de la Iglesia, última venida de Jesús.
La Trinidad escoge a María para la salvación Descendiendo a determinar lo que realizan las tres divinas personas en la obra de la salvación, Montfort especifica cuál es la misión reservada a María por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en la primera venida de Jesús: «Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María... Dios Hijo se hizo hombre para nuestra salvación, pero en María y por María. Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después de pedir su consentimiento...» (VD 16). El sentido de estas afirmaciones es que María fue escogida por la Trinidad para realizar la encarnación del Verbo. En la lógica de Dios, María es Aquella que permite la inserción de Cristo en la historia humana según la vía natural que es la materna. Jesús no aparecerá en el mundo en edad adulta, casi como un meteoro que cae del cielo a la tierra, sino que nacerá como un niño semejante en todo a nosotros menos en el pecado (ver Hb 4,15). María expresará para su Hijo la ternura materna de Dios. Y no obstante ser María un medio en manos de Dios para la gran obra de la salvación, no es un instrumento pasivo o una madre que sólo ejerce una función biológica. Es considerada por Dios como persona responsable: Dios le pide su consentimiento para que adhiera libremente al proyecto de salvación de los hombres acogiendo al Hijo de Dios con fe en su corazón antes que en su cuerpo. Gracias a esta fe, tan celebrada por los Padres de la Iglesia, María se convierte en «causa de salvación para sí y para todo el género humano» (s. Ireneo). Desarrolla un papel de colaboración salvífica en la vida de Cristo y «hasta la muerte (del Hijo) a la que Ella debía asistir para ofrecer con Ella un solo sacrificio y ser inmolado por su consentimiento al Padre eterno...» (VD 17).
La Trinidad continúa la salvación con María Dos motivos impulsan a Montfort a considerar a María estrechamente unida a la Trinidad en la comunicación de la salvación a los hombres de todos los tiempos. 1. La continuidad de la elección divina. Dios en su amor eterno no rechaza a las creaturas fieles a su misión, como María. Habiéndola elegido como instrumento vivo de salvación en la primera venida de Cristo, Dios sigue recurriendo a Ella para comunicar la vida divina en el tiempo de la Iglesia y en la última venida de Cristo (VD 22). 2. El hecho de que la gloria no destruye los dones de la naturaleza ni de la gracia, sino que los perfecciona. Esto significa que María sigue siendo en el cielo verdadera Madre de Dios y que su oración es siempre atendida por su Hijo. Si Jesús la proclamó en la tierra madre de sus discípulos representados por Juan, en el cielo es Ella más que nunca Madre del Pueblo de Dios. Montfort transcribe todo esto en clave trinitaria afirmando: «Dios Padre quiere formarse hijos por medio de María hasta la consumación de los tiempos y le dice: "Pon tu tienda en Jacob" (Eclo 24,13), es decir, fija tu morada y residencia en mis hijos y predestinados... Dios Hijo quiere formarse por medio de María y, por decirlo así, encarnarse todos los días en los miembros de su Cuerpo Místico y le dice: "Entra en la heredad de Israel" (Eclo 24,13)..., simbolizados en Israel: como buena madre suya, tú los darás a luz, los alimentarás y harás crecer... Dios Espíritu Santo quiere formarse elegidos en Ella y por Ella y le dice: "En el pueblo glorioso echa raíces" (Ecclo 24,14). Echa, querida Esposa mía, las raíces de todas tus virtudes en mis elegidos, para que crezcan de virtud en virtud y de gracia en gracia...» (VD 29.31.34). En otras palabras, Dios ha vinculado a María con el tiempo de la salvación. Habiéndola elegido como Madre virginal y creyente de su propio Hijo en la plenitud de los tiempos (ver Gal 4,4), sigue ahora realizando con Ella, Madre y modelo de la Iglesia, la aplicación de la salvación mientras la historia prosigue su marcha.
Misión de María en la era del Espíritu Santo Siguiendo intuiciones originadas en una contemporánea suya, María des Vallées (+1659) y, en último análisis, en Joaquín da Fiore (+1202), Montfort divide la historia en tres grandes épocas, la última de las cuales es la del Espíritu Santo: «El reino especial de Dios Padre duró hasta el diluvio y terminó con un diluvio de agua. El reino de Jesucristo terminó con un diluvio de sangre. Pero tu reino, Espíritu del Padre y del Hijo, continúa actualmente y terminará por un diluvio de fuego, de amor y de justicia» (SA 16). Montfort describe esta última época como era de grandes combates entre las fuerzas del bien y del mal, entre el linaje de María y el de Belial. Será una época de renovación en la Iglesia y de conversión del mundo, obra de "grandes santos" (VD 46.47) y de "apóstoles de los últimos tiempos" (VD 58) en quienes se concretará la idea de la Iglesia santa y apostólica. Ahora bien, tales santos serán el fruto maravilloso de la unión del Espíritu Santo con María. Prosiguiendo el argumento teológico de la continuidad del plan de la salvación, llega Montfort a afirmar más claramente que otros escritores espirituales que esa obra del Espíritu Santo tendrá carácter abiertamente mariano: «María ha colaborado con el Espíritu Santo en la obra más grandiosa de los siglos, es decir, la Encarnación del Verbo de Dios. En consecuencia, Ella realizará también los mayores portentos de los últimos tiempos: la formación y educación de los grandes santos, que vivirán hacia el fin del mundo, están reservadas a Ella, porque sólo esta Virgen singular y milagrosa puede realizar, en unión del Espíritu Santo, las cosas excepcionales y extraordinarias» (VD 35). Tras esta visión teológica del papel de María –que veo inserta en el dinamismo del amor trinitario– me convenzo de que no puedo descuidar en mi vida a una creatura tan importante en la realización de la salvación. Comprendo que por libre voluntad de Dios la Virgen está íntimamente ligada a las tres personas divinas. La Saludo con Montfort: «Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa del Espíritu Santo, Templo de la Trinidad» (Coronilla de 12 estrellas). A la alabanza debe responder la acogida. Siento que debo abrir más todavía mi vida al influjo de María: vuelvo mis ojos a Ella como al modelo de vida evangélica y me pongo a la disposición de su acción materna. Porque en Ella todo depende de la Trinidad, mi camino con Ella florecerá en un amor más grande al Padre, en comunión mayor con el Hijo y en la docilidad suprema al Espíritu Santo.
LECTURA
Bajo la mirada de amor de la Trinidad «Dios Padre quiere formarse hijos por medio de María hasta la consumación de los tiempos y le dice: "Pon tu tienda en Jacob", es decir, fija tu morada y residencia en mis hijos y predestinados, simbolizados por Jacob, y no en los hijos del demonio –los réprobos– simbolizados por Esaú. Dios Hijo quiere formarse por medio de María y, por decirlo así, encarnarse todos los días en los miembros de su Cuerpo Místico y le dice: "Entra en la heredad de Israel". O en otras palabras: Dios, mi Padre, me ha dado en herencia todas las naciones de la tierra, todos los hombres buenos y malos, predestinados y réprobos. Regiré a los primeros con cetro de oro, a los segundos con vara de hierro; de los primeros seré padre y abogado, de los segundos justo vengador: de todos seré juez. Pero tú, querida Madre mía, tendrás por heredad y posesión solamente a los predestinados, simbolizados en Israel: como buena madre suya, tú los darás a luz, los alimentarás y harás crecer y, como soberana suya, los guiarás, gobernarás y defenderás. Dios Espíritu Santo quiere formarse elegidos en Ella y por Ella y le dice: "En el pueblo glorioso echa raíces". Echa, querida Esposa mía, las raíces de todas tus virtudes en mis elegidos, para que crezcan de virtud en virtud y de gracia en gracia. Me complací tanto en ti, mientras vivías sobre la tierra practicando las más sublimes virtudes, que aún ahora deseo hallarte en la tierra, sin que dejes de estar en el cielo. Reprodúcete, para ello, en mis elegidos. Tenga yo el placer de ver en ellos las raíces de tu fe invencible, de tu humildad profunda, de tu mortificación universal, de tu oración sublime, de tu caridad ardiente, de tu esperanza firme y de todas las virtudes. Tú eres, como siempre, mi Esposa fiel, pura y fecunda. Que tu fe me brinde almas fieles; tu pureza me dé vírgenes y tu fecundidad, elegidos y templos» (VD 29.31.34).
COMPROMISO DE VIDA
Me acostumbraré a ver siempre a María en relación íntima con la Trinidad. Expresaré este vínculo recitando el Gloria al Padre, después del Avemaría.
4. UNA MUJER EN LA HISTORIA DE LA SALVACION
Nada interesa tanto al hombre religioso como la propia salvación. Ese hombre no quiere terminar la propia vida en un fracaso, sino que aspira a superar los límites del tiempo y de la propia muerte a fin de participar en la vida eterna de Dios. Más aún, está impreso en el yo profundo del hombre el deseo de realizarse en plenitud, de llegar a la madurez espiritual y, en términos cristianos, de llegar a la santidad. Ante esta iluminación, parece muy digna de lástima la constatación de un poeta de nuestro tiempo que, contemplando su existencia, escribía: «... Es ya demasiado vivir el tanto por ciento. Viví al cinco por ciento, no aumentéis la dosis...» (E. Montale, Per finire). Como hombre y como cristiano, quiero realizar no sólo mi salvación, sino que quiero vivir en plenitud respondiendo a la invitación de Dios que me llama a la santidad. En el camino de la salvación y de la santidad, encuentro a María, una mujer inserta por Dios en su designio de amor: Ella es a la vez modelo y madre en orden a la vida espiritual. No puedo desinteresarme de Ella, que ha recibido de Dios una misión tan importante en la historia de la salvación. Montfort afirma que «la devoción a María es necesaria para alcanzar la salvación» (VD 40) y añade motivaciones que servirán de esquema a nuestras reflexiones: «Las palabras y figuras del Antiguo y del Nuevo Testamento lo demuestran. El sentir y ejemplo de los santos lo confirman...» (VD 41).
María en la Biblia Los diversos libros del Antiguo y del Nuevo Testamento presentan en forma concreta y cada vez más clara el designio de Dios poderoso y lleno de misericordia, que interviene en la historia para salvar a los hombres. La intervención divina más importante y decisiva llega con el envío del Hijo de Dios al mundo. El con su vida, muerte y resurrección, ha transformado la historia ofreciendo a todos la salvación y la vida eterna. Ahora bien, la Biblia misma ilumina cada vez con mayor claridad la figura de la Virgen María, Madre del Redentor. Vislumbrada proféticamente en algunos pasajes del Antiguo Testamento (Gn 3,15; Is 7,14; Miq 5,2-3), María aparece íntimamente unida a Cristo y elegida por Dios para una misión única en la historia. Se dice con frecuencia que la Sagrada Escritura habla poco de María; en realidad, aunque los pasajes marianos no son muy numerosos, son más que suficientes para esbozar para todas las generaciones la auténtica figura y misión de María. Si tomamos en las manos los cuatro evangelios, encontramos toda una serie de indicaciones que conforman una idea exacta de la personalidad religiosa de María y de su oficio en la historia de la salvación. Hay aspectos que resaltan con mayor evidencia... 1. María es la Madre de Jesús, es decir, la mujer escogida por Dios para realizar la doble misión del pueblo de Israel: dar al mundo el Mesías y acogerlo con fe. El evangelista Lucas presenta precisamente a María como la Hija de Sión, a quien se da la alegre noticia de la entrada de Dios en la historia (Sof 3,14-15; Lc 1,28) y, al mismo tiempo, como la Esclava del Señor, que acepta con plena disponibilidad una misión de salvación en favor del pueblo de Dios (Lc 1,38). Esta acción materna y salvífica hace de María la bendita entre las mujeres (Lc 1,42) digna de honor entre las generaciones de la nueva alianza (Lc 1,48). 2. María es la primera cristiana, modelo de fe y de las actitudes evangélicas fundamentales. Proclamada feliz "por haber creído" (Lc 1,45), "avanzó en la peregrinación de la fe" (LG 58) meditando en los acontecimientos y siguiendo a Cristo hasta el Calvario (Lc 2,19.51; Jn 19,25). Constituida en morada del Espíritu que anticipa en Ella el acontecimiento de Pentecostés (Lc 1,35), María queda en capacidad no sólo de concebir virginalmente al Hijo de Dios, sino también de ofrecer a Dios esa respuesta de adhesión total a su voluntad, esperada en vano del pueblo elegido. Toda la espiritualidad de los "pobres del Señor", tejida de confianza total en Dios, solidaridad con su pueblo, silencio meditativo, esperanza del cumplimiento de las promesas divinas, la vive María intensamente. Ella canta, finalmente, el himno de alabanza a Dios en la historia: el Magníficat es el canto de la confianza y la esperanza en el Dios liberador de los pobres y oprimidos, que derriba a los prepotentes orgullosos, para establecer relaciones humanas conformes a su alianza (Lc 1,46-55). 3. A la misión única de María en la historia de la salvación corresponden dos actitudes en las que todo cristiano debe participar. Según la palabra profética Desde ahora me felicitarán todas las generaciones» (Lc 1,48), los hombres deben alabar a María por la maravillas que Dios ha obrado en Ella. Es éste el primer fundamento bíblico de culto a la Madre del Señor. Pero la solemne declaración de Cristo moribundo en la cruz: «Esta es tu madre» (Jn 19,27), declara la misión maternal de María respecto a los discípulos del mismo Jesús. Que quedan invitados a aceptar entre los bienes del Maestro también a su Madre, cuyo corazón se dilata a una maternidad universal: «Desde entonces el discípulo la tuvo en su casa» (Jn 19,27). Puedo concluir que María está presente en mi vida, porque así lo ha querido Dios al confiarle la tarea de contribuir con su fe y acción maternal a mi nacimiento sobrenatural. Reconocerla Madre de Dios y felicitarla es el primer paso de un culto auténtico; acogerla en la propia vida como madre espiritual que ora por nosotros y conduce nuestra ruta hacia el Señor y los hermanos es responder a la ternura de Dios para con nosotros y experimentar la eficacia de la ayuda maternal de María.
La experiencia de los Santos Las indicaciones bíblicas sobre María, considerada inseparable del mensaje cristiano, se han traducido a través de los siglos en vida para los creyentes. Se ha percibido que la presencia de María es benéfica en el itinerario espiritual de cada cristiano, inclusive se la considera indispensable. María, por tanto, hace parte de la oración de la Iglesia y los fieles han experimentado su auxilio maternal y la fuerza evangélica de su ejemplo. S. Juan Damasceno (+749) condensa en una frase el valor salvífico de la devoción mariana: «A ti, esperanza nuestra, atamos nuestras almas, como a un áncora firme e irrompible, consagrándote mente, alma, cuerpo, todo mi ser... En efecto, si el honor tributado a los demás siervos es prueba de la benevolencia para el Señor de todos, ¿cuál no será el honor tributado a ti que engendraste a tu Señor? ¿Cómo no se deberá buscarlo premurosamente? ¿Por qué no preferirlo a la misma respiración? ¿No nos da acaso la vida?» (Sermón 1º sobre la Dormición de María, No. 14). Añadamos a estas vibrantes palabras, las no menos elocuentes de san Bernardo +1153), que muestra a María como "la estrella del mar": «Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María... Siguiéndola, no te desviarás; rogándole, no desesperarás; permaneciendo en Ella, no te perderás... No te fatigarás, si Ella es tu guía; llegarás felizmente al puerto si Ella te es propicia» (II Homilía sobre la Anunciación, No. 17). Muchos otros santos firmarían estas afirmaciones, porque han podido constatar la importancia del culto a María en la conversión de los pecadores, en la evangelización de los pueblos, en la obtención de la madurez espiritual y una comunión perseverante con Dios. Entre ellos se distingue por la claridad de su testimonio y por la fuerza de convicción, el santo misionero popular Luis María de Montfort (+1716), quien pudo escribir: «Creo personalmente que nadie puede llegar a una unión íntima con el Señor y a una fidelidad perfecta al Espíritu Santo, sin una unión muy estrecha con la Santísima Virgen y una verdadera dependencia de su socorro» (VD 43). La afirmación monfortiana no admite términos medios. En la práctica y vista en la línea del Nuevo Testamento como vida en Cristo y en el Espíritu, hay quienes no han desarrollado en sí mismos la comunión de amor con María. La santidad, por tanto, no es posible en la Iglesia sin María –nos asegura Montfort– porque María garantiza la unión con Cristo y la docilidad al Espíritu Santo. Esta doctrina no excluye ciertamente de la santidad a quienes no han recibido un anuncio suficiente acerca del puesto y función de María en la historia de la salvación. Los mártires de los primeros siglos y tantos hermanos evangélicos de buena voluntad, a pesar de no conocer la misión salvífica de la Virgen, se han salvado y santificado. Pero –como dice el cardenal Newman– «una cosa es una simple omisión, otra el descuido... Alejarse de María implica una falta positiva de respeto o una ofensa par con Ella, y esto con conocimiento suficiente» (Carta al Rev. Pusey, 1865). Montfort se refiere a la importancia única de María en la comunicación de la gracia, de que Ella está plena: «Sólo María halló gracia delante de Dios, sin auxilio de ninguna creatura... Sólo por Ella la encontrarán cuantos la hallarán en el futuro... El Altísimo la ha constituido tesorera única de sus riquezas y única dispensadora de sus gracias» (VD 44). Pero su argumento más fuerte es el de su experiencia personal. En los comienzos de su predicación escribía a su director espiritual: «Encuentro tantas riquezas en esta divina Providencia y tanta fuerza en la Santísima Virgen, que ellas solas son suficientes para enriquecer mi pobreza y sostener mi debilidad» (Carta del 5-7-1701). Unos diez años después exclamaba: «¡Cómo quisiera, oh Jesús, publicar ante todas las creaturas tu gran misericordia en favor mío! Y hacer que todo el mundo reconozca que de no ser por María hace tiempo estaría yo condenado... Antes morir que vivir sin Ella!» (SM 66). En lugar de perdernos en muchos razonamientos, sigamos el camino de la experiencia, pongamos en sintonía nuestra vida con la de María, acojamos su presencia en nuestro itinerario espiritual. «Se trata de una presencia femenina que crea el ambiente familiar, la voluntad de acogida, el amor y el respeto a la vida. Es presencia sacramental de los rasgos maternales de Dios. Es una realidad tan profundamente humana y santa que suscita en los creyentes las plegarias de la ternura, del dolor y de la esperanza». Acudamos a Ella que «cuida de que el Evangelio nos penetre, conforme nuestra vida diaria y produzca frutos de santidad» (Episcopado latinoamericano, Puebla 1979, nn. 291 y 290).
LECTURA
María es necesaria a los hombres, por voluntad de Dios «Dado que la Santísima Virgen fue necesaria a Dios, con necesidad llamada hipotética, es decir, proveniente de la voluntad divina, debemos concluir que es mucho más necesaria a los hombres para alcanzar su salvación. La devoción a la Santísima Virgen no debe, pues, confundirse con las devociones a los demás santos, como si no fuese más necesaria que ellas y sólo de supererogación. El docto y piadoso Suárez, S.J., el sabio y devoto Justo Lipsio, doctor de Lovaina, y muchos otros han demostrado con pruebas irrefutables tomadas de los Padres como san Agustín, san Efrén (diácono de Edesa), san Cirilo de Jerusalén, san Germán de Constantinopla, san Juan Damasceno, san Anselmo, san Bernardo, san Bernardino, santo Tomás, san Buenaventura, que la devoción a la Santísima Virgen es necesaria para la salvación y que, así como es señal infalible de reprobación –según lo han reconocido el mismo Ecolampadio y otros herejes– el no tener estima ni amor a la Santísima Virgen, del mismo modo es signo infalible de predestinación el entregarse a Ella y serle entera y verdaderamente devoto. Las palabras y figuras del Antiguo y del Nuevo Testamento lo demuestran. El sentir y ejemplo de los santos lo confirman. La razón y la experiencia lo enseñan y demuestran. El demonio mismo y sus secuaces, impelidos por la fuerza de la verdad, se han visto obligados a confesarlo muchas veces, a pesar suyo. De todos los pasajes de los santos Padres y doctores –de los cuales he elaborado una extensa colección para probar esta verdad– presento sólo uno para no ser prolijo: "Ser devoto tuyo, oh María –dice san Juan Damasceno– es un arma de salvación que Dios ofrece a los que quiere salvar"» (VD 39-41).
COMPROMISO DE VIDA
Daré gracias a Dios por haber introducido a María en la historia de la salvación como Madre de Jesús, modelo de vida evangélica, fiel colaboradora en la obra de la redención.
RESPUESTA VITAL A LA MISION DE MARIA
5. COMPORTAMIENTO VERDADERO CON MARIA
La búsqueda de autenticidad caracteriza a nuestro tiempo. "Estar en la verdad", rehuyendo toda clase de hipocresía, es una exigencia del cristianismo, recalcada muchas veces por Jesús. La búsqueda de autenticidad vale también para el comportamiento que se debe asumir con María. Es necesario que la devoción mariana sea verdadera, es decir, que responda al plan de Dios, y que evite, por tanto, toda falsificación. En realidad, si la verdadera devoción a María ha florecido en la Iglesia, es preciso admitir también que a veces ha caído en abusos, porque –como decía el cardenal Newman– "el mismo proceso que lleva a la madurez, conduce también a la decadencia" (Carta al Rev. Pusey, 1865). También san Luis M. de Montfort, en su Tratado de la Verdadera Devoción a María que estamos comentando, pinta con vivísimos caracteres a los falsos devotos de María, para animarnos a no seguirlos, mientras se preocupa de trazar y proponer el auténtico comportamiento con la Madre del Señor. El santo misionero afirma: "Es importantísimo: 1º) conocer las falsas devociones para evitarlas y las verdaderas para optar por ellas; 2º) conocer cuál es, entre las diferentes formas de verdadera devoción a la Santísima Virgen, la más perfecta, la más agradable a María, la más gloriosa al Señor y la más eficaz para nuestra santificación, a fin de elegirla entre todas" (VD 91).
El montaje de los falsos devotos Antes de hablarnos de la verdadera y perfecta devoción a María, Montfort hace desfilar ante nuestra mirada atónita, como en un montaje cinematográfico, una larga teoría de falsos devotos. Gentes que no quisiéramos encontrar en nuestro camino. Gentes, sin embargo que, en cambio, con otros nombres y bajo falsas vestiduras pululan por nuestras calles y se anidan en nuestras comunidades. Conozcámoslos.
Hipercríticos Los primeros en aparecer son hombres cultos, pero hipercríticos e incapaces de comprender las formas de devoción popular: prefieren destruirla en lugar de orientarla a la luz de la Palabra de Dios. Montfort, después de describirlos, los señala como personas peligrosas: «Los devotos críticos son, por lo común, sabios orgullosos, engreídos y pagados de sí mismos, que en el fondo tienen alguna devoción a la Santísima Virgen, pero critican casi todas las formas de piedad con las que las gentes humildes honran sencilla y santamente a esta buena Madre, sólo porque no se acomodan a sus fantasías. Ponen en duda todos los milagros e historias referidas por autores fidedignos o extraídas de las crónicas de las Ordenes religiosas, que atestiguan la misericordia y poder de la Santísima Virgen. Se irritan al ver a las gentes sencillas y humildes arrodilladas para rogar a Dios, ante un altar o imagen de María o en la esquina de una calle... Llegan hasta acusarlas de idolatría, como si adoraran la madera o la piedra. En cuanto a ellos –así dicen– no gustan de tales devociones exteriores ni son tan cándidos como para creer en tantos cuentos e historietas como circulan acerca de la devoción a la Virgen... Esta clase de devotos y gente orgullosa y mundana es mucho de temer: hace un daño incalculable a la devoción a la Santísima Virgen, alejando de Ella definitivamente a los pueblos con pretexto de desterrar abusos» (VD 93).
Minimistas La segunda clase de falsos devotos que aparecen en el escenario está constituida por cristianos que hoy llamaríamos minimistas. Correctamente preocupados por salvaguardar la primacía de Cristo, se equivocan al no entender que el honor tributado a la Madre florece en la glorificación al Hijo. Oigamos la respuesta equilibrada de Montfort a los minimistas, que él describe como devotos escrupulosos: «Los devotos escrupulosos son personas que temen deshonrar al Hijo al honrar a la Madre, rebajar al Uno al honrar a la Otra. No pueden tolerar que se tributen a María las justísimas alabanzas que le tributan los santos Padres. Toleran penosamente que haya más personas arrodilladas ante un altar de María que delante del Santísimo Sacramento, ¡como si esto fuera contrario a aquello o si los que oran a la Santísima Virgen no orasen a Jesucristo por medio de Ella! No quieren que se hable con tanta frecuencia de la Madre de Dios ni que los fieles acudan a Ella tantas veces! Oigamos algunas de sus expresiones más frecuentes: "¿De qué sirven tantos Rosarios? ¿Tantas congregaciones y devociones exteriores a la Santísima Virgen? ¡Cuánta ignorancia hay en tales prácticas! ¡Esto es poner en ridículo la religión! ¡Háblenme más bien de los devotos de Jesucristo! (Y al pronunciar frecuentemente este nombre, lo digo entre paréntesis, no se descubren). ¡Hay que acudir solamente a Jesucristo! El es nuestro único Mediador. Hay que predicar a Jesucristo: ¡Esto sí es sólido!" Y lo que dicen es verdadero en cierto sentido. Pero, la aplicación que hacen de ello para combatir la devoción a la Santísima Virgen es muy peligrosa, es un lazo sutil del espíritu maligno, so pretexto de un bien mayor. Porque ¡nunca se honra tanto a Jesucristo como cuando se honra a la Santísima Virgen! En efecto, si se la honra, es para honrar más perfectamente a Jesucristo y si vamos a Ella, es para encontrar el camino que nos lleve a la meta, que es Jesucristo. La Iglesia, con el Espíritu Santo, bendice primero a la Santísima Virgen y después a Jesucristo: "Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús". Y esto, no porque la Virgen María sea mayor que Jesucristo o igual a El –lo que sería intolerable herejía– sino porque para bendecir más perfectamente a Jesucristo hay que bendecir primero a María. Digamos, pues, con todos los verdaderos devotos de la Santísima Virgen y contra los falsos devotos escrupulosos: "María, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús"» (VD 94-95).
Santurrones No se sustraen a los dardos de Montfort, hombre de intensa vida espiritual, esos cristianos por costumbre, que reciben el nombre de santurrones: mucha práctica y poca oración. El santo misionero los llama devotos exteriores: «Los devotos exteriores son personas que cifran toda su devoción a María en prácticas externas. Sólo gustan de lo exterior de esta devoción, porque carecen de espíritu interior. Rezan muchos rosarios, pero atropelladamente. Participan en muchas misas, pero sin atención. Se inscriben en todas las cofradías marianas, pero sin enmendar su vida, sin vencer sus pasiones, ni imitar las virtudes de la Santísima Virgen. Sólo gustan de lo sensible de la devoción, no buscan lo sólido. De suerte que no experimentan algo sensible en sus prácticas piadosas, creen que no hacen nada, se desalientan y lo abandonan todo o lo hacen por rutina...» (VD 96).
Incoherentes Pero el blanco de Montfort son sobre todo los devotos incoherentes e hipócritas, que en la propia vida unen a María con el pecado. Es una desviación del culto auténtico a la Sma. Virgen y S. Luis M. de Montfort no omite condenar este abuso con palabras encendidas: «Los devotos presuntuosos son pecadores aletargados en sus pasiones o amigos de lo mundano. Bajo el hermoso nombre de cristianos y devotos de la Santísima Virgen, esconden el orgullo, la avaricia, la lujuria, la embriaguez, el perjurio, la maledicencia o la injusticia, etc. Duermen en sus costumbres perversas, sin hacer mayor esfuerzo para corregirse, confiados en que son devotos de la Virgen. Se prometen a sí mismos que Dios les perdonará, que no morirán sin confesión ni se condenarán, porque rezan el Rosario, ayunan los sábados, pertenecen a la cofradía del santo Rosario, a la del escapulario u otras congregaciones, etc. Nada en el cristianismo es tan perjudicial a las gentes como esta presunción diabólica. Porque, ¿cómo podría alguien decir con verdad que ama y honra a la Santísima Virgen, mientras sigue hiriendo, traspasando, crucificando y ultrajando a Jesucristo, su Hijo, con los pecados? Si María se obligara a salvar por su misericordia a esta clase de personas, autorizaría el pecado y ayudaría a crucificar a su Hijo. Y esto, ¿quién osaría siquiera pensarlo? Protesto que abusar así de la devoción a la Santísima Virgen –devoción que después de la que se tiene al Señor en el Santísimo Sacramento es la más santa y sólida de todas– constituye un horrible sacrilegio: el mayor y menos digno de perdón después de la comunión sacrílega» (VD 97-99).
Inconstantes Además de los devotos interesados, que recurren a la Virgen sólo en caso de especial necesidad, Montfort recuerda a los volubles e inconstantes: «Los devotos inconstantes son los que honran a la Santísima Virgen a intervalos y como a saltos. Ahora fervorosos, ahora tibios... En un momento parecen dispuestos a emprenderlo todo por su servicio, poco después ya no son los mismos. Abrazan de momento todas las devociones a la Santísima Virgen y se inscriben en sus cofradías, pero luego, no cumplen las normas de las mismas con fidelidad. Cambian como la luna. Y María los coloca bajo sus pies junto a la media luna, porque son volubles e indignos de ser contados entre los servidores de esta Virgen fiel, que se distingue por la fidelidad y la constancia» (VD 101).
Falsos devotos de hoy Con toda verdad: estos falsos devotos existen todavía. Podemos encontrarlos, inclusive podemos hallarnos nosotros mismos entre ellos... De hecho, en nuestro tiempo el Concilio Vaticano II ha tenido necesidad de advertir: «Recuerden los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un afecto estéril y transitorio ni en vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, por la que somos conducidos a conocer la excelencia de la Madre de Dios y somos excitados a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes» (LG 67). Existen también hoy fieles prontos a conmoverse ante una estatua de la Virgen, pero tardos para dejarse conmover por una situación de pecado. Se abandonan al sentimiento, pero se resisten a convertirse. Les agradan las funciones religiosas, pero no los compromisos morales y el ejercicio de la caridad. El Concilio define este sentimentalismo como algo estéril e infructuoso: una llamarada que el viento se lleva sin dejar trazas. Semejante al sentimentalismo es la "vana credulidad", que caracteriza a cuantos andan sedientos de cosas extraordinarias y creen al momento en cualquier imaginada aparición. Esta carrera en pos de lo milagroso, que no se debe confundir con la debida aceptación de las auténticas intervenciones de Dios en la historia, olvida la primacía de la escucha de Dios y excluye de la felicidad a los que "sin ver han creído" (Jn 20,29). Otra característica del falso devoto moderno es la unilateralidad (que, por lo demás, es distintivo de la sociedad actual dividida en sectores especializados): es el que selecciona el plan divino, aceptando una parte y rechazando otra, según sus caprichos. Falsos devotos son los minimistas, que temen unir la veneración a María con la adoración a Cristo, porque no han entendido que la revelación no nos presenta a un Cristo aislado o celoso de la colaboración humana, suscitada por El mismo. Les incumbe la responsabilidad de quien rebaja el valor de la Palabra de Dios acerca de María, limitando o reduciendo su misión excepcional y su presencia salvífica querida por la sabiduría divina. Falsos devotos son también los maximalistas, que exageran la importancia de María hasta olvidar la primacía de Cristo y las exigencias de la consagración bautismal. Toda devoción que descuide el nivel creatural de María o llegue a una ruptura entre culto y vida, sería ilusoria. La piedra de toque de la auténtica devoción mariana sigue siendo siempre el amor: si hace crecer en el amor de Dios y en el servicio a los hermanos, especialmente a los más pobres y necesitados, es señal de que esa devoción se dirige a la "verdadera" María y no a una falsa imagen suya. S. Juan Damasceno (+749) nos exhorta a caminar por esta senda: «Tributémosle nuestro servicio por la misericordia y la compasión con los indigentes. Si, de hecho, con ningún otro medio se sirve a Dios sino con la misericordia, ¿quién negará que del mismo modo agrademos también a su Madre?» (Sermón II sobre la Dormición de María, n. 16). Si los intelectuales y ciertos místicos desencarnados corren el riesgo del minimismo, la tentación de maximalismo amenaza más bien a la religiosidad popular. Evitaremos ambos escollos, si somos personas "católicas", es decir, universales, prontos a acoger todos los elementos queridos por Dios según la importancia establecida por El. Y María es un don precioso hecho a los hombres para que les ayude a vivir en la "verdad", que es el Señor Jesús.
LECTURA
Los falsos devotos «Cuídate mucho de las falsas devociones a la Santísima Virgen. De ellas se sirve el demonio para engañar y condenar a muchas almas. No me detengo a describírtelas. Me contentaré con afirmar que la verdadera devoción a la Santísima Virgen es siempre interior, sin hipocresía ni superstición; tierna, sin indiferencia ni escrúpulo; constante, sin alteraciones ni infidelidad; santa, sin presunción ni desorden. Cuidado, pues, con pertenecer: * al número de los falsos devotos hipócritas que hacen consistir su devoción únicamente en las palabras y en lo exterior; * al número de los devotos críticos y escrupulosos, que temen honrar demasiado a la Santísima Virgen y deshonrar al Hijo al honrar a la Madre; * al número de los devotos indiferentes e interesados que no tienen amor tierno y filial confianza a la Santísima Virgen y sólo acuden a Ella para adquirir o conservar bienes temporales; * a los devotos inconstantes y superficiales, que son devotos de la Virgen sólo a su capricho y a intervalos, y abandonan su servicio cuando llega la tentación; * ni, finalmente, al número de los devotos presuntuosos, que bajo el velo de algunas devociones exteriores, esconden un corazón corrompido por el pecado y se hacen la ilusión de que, gracias a estas prácticas de devoción a la Santísima Virgen, no morirán sin confesión y se salvarán, por más pecados que cometan" (ASE 216-217).
COMPROMISO DE VIDA
Examinaré mi comportamiento ante María para eliminar los defectos eventuales y hacerlo auténtico.
6. RECONOCER A MARIA EN NUESTRA VIDA
Preguntaron cierto día a una niña: "¿Con cuánto amor quieres a tu padre?" Ella extendiendo los brazos respondió: "A mi padre, lo quiero con un amor así de grande". Le preguntaron en seguida: "Y a tu madre, ¿cuánto la quieres?" La niña miró por la ventana la cadena montañosa de los Alpes Apuanos y respondió: "Quiero a mi mamá con un amor tan grande como aquellas montañas". Por último le preguntaron: Y a Dios ¿cuánto lo quieres?" La niña permaneció callada un momento, luego respondió: "A Dios lo amo con un amor tan grande como El mismo". Esa niña era santa Gemma Galgani. Si nos preguntamos: "¿Cómo debemos amar a la Madre de Jesús, que es también madre nuestra? ¿Cuál debe ser nuestro comportamiento para con Ella?, nuestra respuesta debe ser inmediatamente la siguiente: "Nuestro comportamiento para con María debe estar proporcionado a la misión que Dios le ha confiado en la historia de la salvación, teniendo en cuenta la vida actual de la Iglesia y la situación de cada uno de nosotros".
El camino real En realidad, para comprender cuál debe ser nuestra relación espiritual con María, es preciso saber a qué título entra esta Mujer en nuestra vida. Precisamente de la Palabra de Dios acerca de María, de la reflexión teológica y de la experiencia de su presencia en el peregrinar cristiano, surge el comportamiento que debemos tener para con Ella. Dando una mirada a la historia de la Iglesia, el Concilio Vaticano II resume la respuesta cultual del Pueblo de Dios acerca de María en cuatro actitudes fundamentales: "Veneración y amor, oración e imitación" (LG 66). Siendo María la santa Madre de Dios, título de misión y dignidad única en la historia de la salvación, hay que venerarla reconociendo las maravillas que el Señor ha realizado en Ella. Si Ella, colaboró a la obra de la redención convirtiéndose en Madre de los fieles en el orden de la gracia, tomando parte en los misterios de Cristo, es claro que hay que responder con amor filial a su misión maternal. María explica en el cielo su maternidad intercediendo continuamente en favor de su hijos hasta que lleguemos a la patria feliz: sabiendo esto, los cristianos desde los primeros siglos han acudido a María en la oración y experimentado su eficaz intervención. Finalmente, la Virgen en su vida terrena nos dejó el ejemplo más espléndido de virtudes cristianas hasta convertirse en prototipo y modelo de la Iglesia: debemos, pues, imitarla para aprender a ser verdaderos discípulos de Jesucristo. Romper el equilibrio entre estas cuatro actitudes o absolutizar una u otra es muy peligroso porque falsea la relación auténtica de los cristianos para con María. Los Santos de siglos diferentes han puesto en guardia a los fieles contra estos peligros. Veamos algunos ejemplos... 1. S. Epifanio (+ 402), ante grupos de fieles que tendían a rebajar a María a nivel común negando su virginidad o exaltarla exageradamente considerándola casi como diosa, recalca la posición equilibrada de la tradición: «La Virgen era verdaderamente virgen y digna de honor, pero no se nos dio para que la adoremos: Ella es la adoradora de Aquel que según la carne nació de Ella.» 2. Muchos siglos más tarde, s. Roberto Belarmino (+1621) traza el "camino real" al seguir en la devoción mariana: «Los coliridianos exaltan a María hasta hacer de Ella una divinidad; los luteranos, al contrario, la hacen igual a los hombres más indignos. La Iglesia católica sigue el camino real, reconociendo en María no a una divinidad, sino a la Madre de Dios y al miembro más insigne del Cuerpo místico.» 3. En su célebre Tratado de la Verdadera Devoción a María (nos. 93-94), s. Luis de Montfort (+1716) traza severas palabras contra quienes tienen falsas actitudes para con la Virgen. Señala a los supercríticos, a los formalistas, a los minimistas y a los incoherentes y establece algunas características indispensables de una auténtica devoción a María: «Hemos desenmascarado y reprobado las falsas devociones a la Santísima Virgen. Conviene ahora presentar en pocas palabras la verdadera. Esta es: 1) interior; 2) tierna; 3) santa; 4) constante y 5) desinteresada» (VD 105). Nos interesa profundizar precisamente esto: ¿Cuándo somos "verdaderos" devotos de María? ¿Cuándo es "verdadera", es decir, auténtica la devoción a María?
La verdadera devoción a María Establezcamos ante todo un principio fundamental para distinguir lo verdadero de lo falso en la vida cristiana. Si para la filosofía clásica la verdad es la correspondencia entre el entendimiento y la realidad, entre lo que se piensa o estima y las cosas o los hechos, para el cristianismo, la verdad es la correspondencia entre la vida y la revelación divina. Cuando el hombre orienta su propia existencia en armonía con el mensaje de salvación en Jesucristo, mejor aún, en sintonía con Jesucristo que es la "Verdad" (Jn 14,6), entonces también él está en la verdad (ver I. De La Potterie, Gesú Verità, Turín, Marietti, 1973). Aplicando este principio fundamental a nuestras relaciones con María, debemos afirmar que estaremos en la verdad cuando tengamos una devoción mariana que corresponda al plan de Dios y a la revelación cristiana. Es decir, la devoción a María es "verdadera", cuando respeta y se halla en armonía con la "Verdad" que es Jesucristo en su persona y en su mensaje. En la revelación que nos ha transmitido la catequesis apostólica, Jesús aparece sin duda como el centro del plan salvífico del Padre y de la vida espiritual de los cristianos. El es nuestro Salvador, el único mediador y modelo de nuestro camino hacia el Padre, que debemos recorrer animados por el Espíritu Santo. Esto implica que consideremos a Jesús como el sol, el polo de atracción, la fuente de luz y de calor para toda la vida cristiana. Pero con Cristo, en dependencia de El y al servicio de su obra de salvación, la revelación nos presenta a María. Hija y flor del pueblo de Israel, María ha sido escogida por Dios para ser la Madre de Jesús, la perfecta creyente en El, la colaboradora en la regeneración de los hijos de Dios y, por lo mismo, la Madre de los discípulos. Seremos, por tanto, verdaderos cristianos si "reconocemos" la misión singular que María ha realizado y continúa realizando en la historia de la salvación. El Evangelio invita a todo creyente en Jesucristo a "felicitar" a María por las grandes cosas que Dios ha realizado en Ella (Lc 1,48-49) y acogerla como "madre" en pos del discípulo amado de Jesús (Jn 19,25-29). El problema de los cristianos de todos los tiempos consiste en encontrar un equilibrio armonioso entre el reconocimiento vital de la presencia materna y ejemplar de María, pedido por la Palabra de Dios, y la aceptación de todo el plan salvífico que, partiendo del centro que es Cristo, implica el culto al Dios Trinidad, la celebración de los divinos misterios, el amor a los hermanos y el compromiso histórico para animar conforme al espíritu del Evangelio las realidades terrenas.
El verdadero devoto hoy Verdadero devoto de María en los tiempos actuales es el que ha comprendido la "verdad" de la persona de la Virgen, que entra en relación auténtica con la verdadera familia, conforme a la presentación que hacen de Ella la Sagrada Escritura y la tradición eclesial. María de Nazaret es una creatura, engrandecida por Dios y dignificada por el Espíritu Santo. Ahora reina para siempre con Cristo en su cuerpo glorificado hecho instrumento de vida. Pero así como el imán a trae al hierro y la aguja de la brújula está siempre orientada al norte, así María es toda referencia a Dios: al Padre, de quien proviene su vocación; al Hijo, hacia quien se proyecta totalmente; al Espíritu Santo, que ha hecho de Ella el arca de la alianza para la salvación humana. Verdadero devoto es el cristiano que vive intensamente el encuentro con María, como apertura a todo el misterio cristiano. Su culto a la Virgen responde a las orientaciones de la Marialis Cultus: "es como una bellísima música que se obtiene por el sonido armonioso de siete notas: trinitaria, cristológica, eclesial, bíblica, litúrgica, ecuménica, antropológica" (A. Rum). Cada uno de nosotros, según su propia vocación, debe actualizar la auténtica relación espiritual con María dictada por la fe: los religiosos se abrirán a la Virgen para vivir en plenitud como consagrados a Dios y a los hermanos; los laicos la contemplarán, para ser testigos de Cristo y hacerlo nacer en el mundo de hoy; las mujeres cristianas encontrarán en Ella un prototipo eminente de la condición femenina y un modelo acabadísimo de vida evangélica. Dentro de la variedad de acentos es importante considerar a la Virgen en toda su realidad, en su condición celeste y en su peregrinar terreno: María es una persona viva y glorificada a quien debemos invocar a fin de que nos acompañe maternalmente en el camino de la vida y nos ayude a alcanzar las gracias de la salvación; pero Ella es también la primera y más perfecta cristiana, cuyas virtudes evangélicas debemos imitar para convertirnos a ejemplo suyo en cristianos maduros y responsables.
LECTURA
La verdadera devoción a María «Hay diversas actitudes auténticas de parte del cristiano para con la Santísima Virgen. No te hablo de las falsas. La primera consiste en honrar a María como Madre de Dios e implorar de tiempo en tiempo su protección, mientras nos esforzamos en cumplir nuestros deberes cristianos, evitando el pecado y obrando más por amor que por temor. La segunda consiste en alimentar un profundo amor, estima, confianza y veneración hacia la Santísima Virgen. Se expresa haciendo conocer el puesto ocupado por Ella en el plan de salvación, publicando sus alabanzas, honrando sus imágenes, recitando el Rosario, alistándose en las asociaciones marianas. Esta actitud –siempre que nos comprometamos a vivir cristianamente– es buena, santa y saludable. Pero no logra librarnos de todo egoísmo, para unirnos perfectamente a Jesucristo. La tercera es conocida y vivida por muy pocas personas. Es la que te quiero descubrir y comunicar ahora. Consiste en ofrecerte con absoluta disponibilidad a María para realizar mejor la entrega de ti mismo a Jesucristo. Por esta entrega o consagración te comprometes a hacerlo todo con María, en María, por María y para María» (SM 24-28).
COMPROMISO DE VIDA
Trataré de vivir la verdadera devoción a María uniendo la oración confiada a Ella con la imitación de sus virtudes evangélicas.
CONSAGRACION A JESUCRISTO POR MEDIO DE MARIA
Los Santos nos superan siempre. No se contentan con la mediocridad, con el trajín cotidiano, con vivir superficialmente. Alzan el vuelo como águilas hacia el aire más puro de una vida cristiana verdadera, gracias a su referencia al designio salvífico de Dios. Tal ha sido s. Luis María de Montfort. Sediento del Absoluto, ha comprendido que Dios llama al hombre no sólo a ser más hombre, en la plenitud de una humanidad constructora de paz y fraternidad, sino a convertirse en "hijo de Dios" y a ser perfecto como el Padre del cielo (ver Mt 5,48; 1 Tes 4,3) Por tanto, hermana o hermano, si sientes hervir en el corazón el agua secreta del Espíritu, que te invita a soltar velas hacia horizontes más amplios y hermosos, sigue leyendo la opción que te ofrece s. Luis María. Pero si no estás dispuesto a salir de la inercia, sino quieres que María te toma de la mano para realizar un encuentro de amor total y perpetuo con Cristo Salvador, cierra el libro y deja de leer. El Señor te invita a grandes cosas: a la empresa más grande y atrayente, es decir, a sustraer tu vida al fracaso para insertarla en la vida de dichosa y perenne comunión con Cristo. Para realizar todo esto, Montfort te presenta la perfecta devoción o consagración a María. Si recorres sus obras, te darás cuenta de que habla de la consagración a María al menos en tres escritos, cada vez desde diferentes perspectivas. En el Tratado de la Verdadera Devoción a María la presenta ante todo como "la perfecta consagración a Jesucristo" (n. 120); en las misiones populares distribuía una hojita titulada "Contrato de alianza con Dios"; en el Amor de la Sabiduría Eterna la consagración a María aparece como Sabiduría de vida, es decir, como "secreto maravilloso para alcanzar y conservar la divina Sabiduría" (n. 203). Sigamos a Montfort por estos tres senderos, que conducen a una profunda comprensión de la consagración mariana en sus contenidos esenciales.
Consagración a Jesucristo El cristianismo no es una doctrina o una idea: es ante todo una persona. El primer Credo de la comunidad cristiana consistía en estas sencillas y solemnes palabras: "Jesucristo es el Señor" (Flp 2,11). En perfecta continuidad con la fe cristiana, Montfort afirma claramente: «La plenitud de nuestra perfección consiste en ser conformes, vivir unidos y consagrados a Jesucristo. Por consiguiente, la más perfecta de todas las devociones es, sin duda alguna, la que nos asemeja, une y consagra más perfectamente a Jesucristo. Ahora bien, María es la creatura más semejante a Jesucristo. Por consiguiente, la devoción que mejor nos consagra y asemeja al Señor es la devoción a su Santísima Madre. Y cuanto más te consagres a María, tanto más te unirás a Jesucristo. La perfecta consagración a Jesucristo es, por lo mismo, una perfecta y total consagración de uno mismo a la Santísima Virgen. Esta es la devoción que yo enseño y que consiste, en otras palabras, en una perfecta renovación de los votos y promesas bautismales» (VD 120). Es como decir: si quieres realizarte plenamente en el tiempo y la eternidad, esfuérzate por hacerte semejante a Jesucristo, estar unido a El como el sarmiento a la vid, hacer de tu propia vida un don al Señor. Con la mirada fija en esta meta, Montfort muestra un camino perfecto y seguro para llegar a ella: la consagración a María. Nadie, en efecto, negará que María está totalmente orientada a Jesucristo: Ella es madre para dar a Jesús al mundo, actúa como en Caná para hacer creer en Jesús, ha vivido y vive para que el reino de Jesús se dilate sobre la tierra. El razonamiento de Montfort es lineal como un silogismo: porque María es "la creatura más conforme a Jesucristo", consagrarse a Ella se convierte en último análisis en solidificar y profundizar más y más la propia semejanza, comunión y consagración a Jesucristo. Más aún, dado que María es la persona más consagrada y orientada a Jesucristo, "cuanto más te consagres a María, tanto más te unirás a Jesucristo". Precisamente por esto propone Montfort una entrega total y perpetua a María, siempre en vista de una consagración a Cristo: «Consiste, pues, esta devoción en una entrega total a la Santísima Virgen, para pertenecer totalmente a Jesucristo, por medio de Ella. Hay que entregarle: 1) el cuerpo con todos sus sentidos y miembros; 2) el alma con todas sus facultades; 3) los bienes exteriores –llamados de fortuna– presentes y futuros; 4) los bienes interiores y espirituales, o sea, los méritos, virtudes y buenas obras pasadas, presentes y futuras» (VD 121). En otras palabras, se trata de proponerse en estado de radical pobreza espiritual, "sin reserva alguna –añade el Santo– ni de céntimo, ni de un cabello, ni de la acción más insignificante" (VD 121). El don a María es escuela de disponibilidad al querer divino en todo momento de la vida. Montfort llega hasta hacernos renunciar inclusive a los bienes más preciosos, que son los espirituales, en el sentido de someter toda intención o disposición al beneplácito de María: «Por esta consagración entregas y consagras al Señor, hasta el derecho de disponer de tus bienes y satisfacciones que puedes ir ganando cada día con tus buenas obras. Cosa que no se hace en ninguna Orden ni Instituto Religioso» (VD 123). Si a este punto, pudiera alguien pensar que una consagración así a María es exagerada o paralela a la de Jesucristo, halla en el Tratado esta precisión luminosa: «Esta devoción nos consagra, al mismo tiempo, a la Santísima Virgen y a Jesucristo. A Ella, como al medio perfecto escogido por Jesucristo para unirse a nosotros y a nosotros con El. Y al Señor, como a nuestra meta final, a quien debemos todo lo que somos ya que es nuestro Dios y Redentor» (VD 125). La consagración a María queda colocada así en pleno contexto cristocéntrico: Jesús es reconocido como "Señor... Redentor... Dios... meta final", mientras que María es vista "como fin próximo, ambiente misterioso y camino fácil para llegar a Jesucristo" (VD 265). La devoción a María constituye una forma sencilla y eficaz de vivir la consagración a Jesucristo. En la práctica quien se consagra a María no hace otra cosa que comprometerse a vivir con Ella su consagración bautismal. No se trata para Montfort de vivir dos vidas, una con María y otra con Cristo. Es la misma vida cristiana que se busca vivir fielmente consagrándose a María y haciéndose disponible a su misión maternal y a sus ejemplos evangélicos. En una época en que se siente la urgencia de volver a Cristo para que el mundo recobre la esperanza, un santo misionero te hace experimentar la misma urgencia. Pero te indica también cuál es el camino para volver a Jesucristo: el camino comprometedor de María. Si te pones en sintonía con Ella, si te haces disponible a su misión, nada tienes que temer; te lo dice un santo que lo sabe por experiencia: Jesús reinará en tu corazón, tu existencia alcanzará valor de eternidad, tu comunión con Dios no se romperá.
Alianza con Dios Si con el pensamiento acudimos a una de las 200 misiones populares dadas por Montfort en el año 1700, salta en seguida a los ojos el momento culminante constituido por una solemne ceremonia al finalizar una procesión. Uno tras otro, los fieles iban pasando ante el diácono que sostenía en alto el Evangelio abierto, y decían: "Creo firmemente todas las verdades del santo Evangelio de Jesucristo". Se dirigían luego a la fuente bautismal, la besaban y pronunciaban estas palabras: "Renuevo de todo corazón las promesas de mi bautismo y renuncio para siempre al demonio, al mundo, al pecado y a mí mismo". Al final, Montfort presentaba una estatua de la Virgen, ante la cual decía cada uno: "Me consagro totalmente a Jesucristo por medio de María para llevar mi cruz en su seguimiento todos los días de mi vida". Al final de este rito, el santo misionero hacía firmar el Contrato de alianza con Dios, una hojita que recordaba los compromisos asumidos por cada uno al terminar la misión. ¿Qué compromiso exigía Montfort en el Contrato de alianza? No un cristianismo reducido, sino una unión mística con Jesucristo: una relación personal con Cristo, hecha a la vez de comunión con sus misterios y de consagración de toda la vida. Dicho con más claridad: exige a todos los bautizados la santidad de Cristo, en la convicción de que los verdaderos cristianos son los santos. El cántico Reglamento de un convertido en la misión traza un programa de cristianismo fervoroso que implica un corazón indiviso y propone al cristiano convertido una serie de ejercicios cotidianos de piedad como la Misa (si es posible), la meditación, el rosario y el examen de conciencia, sin contar la hora mensual de adoración, la confesión –al menos cada mes–, el retiro anual. Insiste especialmente en el rosario, que consideraba como una profunda meditación adaptada al pueblo y devoción que respondía a algunas exigencias de su tiempo: «Hoy se quieren cosas que impacten, conmuevan y produzcan en el alma impresiones profundas. Ahora bien, ¿habrá en el mundo algo más conmovedor que la historia maravillosa del Redentor desplegada en quince cuadros que nos recuerdan las grandes escenas de la vida, muerte y gloria del Salvador del mundo? ¿Hay oraciones más excelentes y sublimes que la oración dominical y la salutación angélica? ¡Ellas encierran cuanto deseamos y podemos necesitar!» (SAR 75). En resumen, Montfort exige del cristiano un abandono activo en Jesucristo, que conlleva una renuncia a sí mismo, una conversión, una comunión y configuración con Jesucristo y que debe extenderse a toda la vida. ¿Será otra cosa el comportamiento místico? En este contexto, la consagración a María resulta un método garantizado para vivir la alianza con Dios. María, arca de la alianza en la que Dios se ha unido indisolublemente a la humanidad, conduce a sus devotos a vivir la grandiosa realidad de la alianza: vivir en comunión de amor con Dios y aceptar su soberanía en la vida personal y social. Los consagrados a María deben realizar día tras día la fórmula fundamental de la alianza: "Seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios" (Ex 6,7; Ez 37,27; Jr 7,23).
Sabiduría de vida Fuera del Tratado de la Verdadera Devoción y del Secreto de María, Luis de Montfort compuso una obra totalmente cristológica intitulada El Amor de la Sabiduría Eterna. Que es considerada con razón "un libro de capital importancia, por ser el único libro que nos presenta en su conjunto la espiritualidad monfortiana y nos ofrece una idea más exacta y comprensiva de la verdadera devoción a María" (H. Huré). En realidad, Montfort describe el plano de la salvación ideado por la Sabiduría de Dios en un doble camino: el de la Sabiduría hacia el hombre y el del hombre hacia la Sabiduría. Y en uno y otro camino se encuentra María. 1. La Sabiduría es ante todo el Verbo de Dios en persona, en su dinamismo de amor que lo lleva hacia el hombre. Para "salvar al pobre hombre y merecerle una eternidad feliz" (ASE 45) escoge no la senda del poder y la gloria, sino el de la humildad, de la pobreza y el don de sí mismo hasta el sacrificio. Esta es su lógica, su sabiduría, que lo lleva a hacerse hombre, a hacerse niño, a morir en la cruz y esconderse en la Eucaristía (ASE 70). En su camino de amor hacia el hombre, la Sabiduría busca personas dignas de sí que puedan acogerla. Pero ninguna se halla en grado de atraerla a la tierra (ASE 104). Finalmente en el momento señalado prepara a una mujer para este sublime cometido: «La Sabiduría divina se construyó una casa (Prov 9,1), una habitación digna de ella misma. Creó y formó en el seno de santa Ana a la excelsa María, con mayor complacencia que la que había experimentado en la creación del universo... El torrente impetuoso de la bondad infinita de Dios, estancado violentamente por los pecados humanos desde el comienzo del mundo, se despliega con toda su fuerza y plenitud en el corazón de María...» (ASE 105-106). María se halla inserta en el itinerario de Dios hacia el hombre: "Vino a ser la Madre, la Señora y el Trono de la Sabiduría" (ASE 203). Es el lugar de encuentro de la Sabiduría con la humanidad: «Es el imán que atrajo la Sabiduría a la tierra para todos los hombres y la sigue atrayendo todos los día a cada una de las personas en que ella mora» (ASE 212). 2. La vida cristiana es un camino hacia Cristo-Sabiduría, en cuya posesión consiste la felicidad. Es preciso entregarle irrevocablemente el corazón (ASE 132), para evitar el fracaso en el orden moral y religioso, pues constituye un "tesoro infinito para los hombres" (ASE 62). En este movimiento hacia una comunión plena y perseverante con Cristo-Sabiduría, encontramos una vez más a María, como la persona que ayuda a realizar esa comunión. En efecto, Ella purifica el corazón humano, haciéndolo digno de la Sabiduría. Desde que Ella atrajo a la Sabiduría al mundo, sólo quien se le parece puede poseer a Jesucristo. Introducir a María en la propia casa y en la propia vida equivale a convertirse en morada digna de la Sabiduría. Es precisamente lo que se hace con la consagración o don total a Ella. Consagración que nos lleva a asimilar las actitudes espirituales de María renunciando a cualquier clase de egoísmo. Otro oficio de María en el camino sapiencial consiste en preservar el corazón humano del regreso a la sabiduría mundana, poniendo en peligro la vida cristiana. Montfort estaba muy preocupado por la perseverancia de los fieles en la comunión de amor con Dios. Es decir, le apremiaba el éxito final de la vida en Cristo. ¿De qué sirve –se preguntaba– haber encontrado a Cristo, si luego nos alejamos de El? «De qué nos servirá... buscar mil secretos y gastar mil esfuerzos para alcanzar el tesoro de la Sabiduría, sí –después de obtenerlo– tenemos la desgracia de perderlo por nuestra infidelidad, como le sucedió a Salomón?...» (ASE 220). La Sabiduría según la Biblia es "el arte de triunfar en la vida". Para ello, los sabios del Antiguo Testamento daban consejos basados en la experiencia, para ayudar a alcanzar el éxito. El mismo Jesús, más sabio que Salomón (Mt 12,42), orienta toda su enseñanza a nuestra salvación y felicidad, es decir, a nuestro éxito en el reino de los cielos. Montfort presenta la consagración a María, y por Ella a Cristo, como "camino de sabiduría", en cuanto impide al corazón humano volver a la sabiduría mundana. La consagración nos hace más sabios que Salomón (ASE 221), que no había comprendido la misión de la mujer, porque María es la "Virgen fiel a Dios y fiel a los hombres" (ASE 222). En otras palabras, María nos ayuda a triunfar en la vida, haciéndonos perseverar en la fidelidad a su Hijo Jesucristo. Consagrémonos, pues, a María para vivir nuestra consagración a Cristo, para realizar en el amor nuestra alianza con Dios y triunfar en la vida, dando al tiempo trascendencia de eternidad.
LECTURA
Contrato de alianza con Dios 1. Creo firmemente todas las verdades del santo Evangelio de Jesucristo. 2. Renuncio para siempre al demonio, al mundo, al pecado y a mí mismo. 3. Prometo con la gracia de Dios, que no me faltará nunca, observar fielmente todos los mandamientos de Dios y de la Iglesia, evitando el pecado mortal y sus ocasiones, entre otras las malas compañías. 4. Me consagro totalmente a Jesucristo, por manos de María, para llevar mi cruz en su seguimiento todos los días de mi vida. 5. Creo que si observo fielmente hasta la muerte estas promesas, me salvaré para la eternidad; pero si no las cumplo, me condenaré eternamente. En fe de lo cual he firmado... Escrito ante la Iglesia, en la parroquia de Pontchâteau, el 4 de mayo del año 1709. L. M. de Montfort
Comunión de amor entre Jesús y nosotros Existe un vínculo de amistad tan estrecho entre la Sabiduría eterna y el hombre que resulta incomprensible: LA SABIDURIA ES PARA EL HOMBRE Y EL HOMBRE PARA LA SABIDURIA. "Para los hombres es un tesoro inagotable" (Sab 7,14), no para los ángeles ni para las demás creaturas. Esta amistad de la Sabiduría con el hombre proviene de que fue en la creación el compendio de las maravillas, el pequeño y gran mundo, la imagen viviente y lugarteniente de la Sabiduría sobre la tierra. Y desde que, en exceso de amor por él, se hizo semejante al hombre, al encarnarse, y se entregó a la muerte para salvarlo, lo ama como a un hermano, un amigo, un discípulo, un alumno, por ser el precio de su sangre y el coheredero de su reino, de modo que se le hace infinita violencia rehusándole o robándole el corazón de un hombre (ASE 64).
COMPROMISO DE VIDA
Me propongo meditar el Amor de la Sabiduría Eterna de s. Luis M. de Montfort para comprender cómo la consagración a María constituye un método excelente para vivir la alianza con Dios.
8. JESUCRISTO, CENTRO DE LA VIDA ESPIRITUAL
Una nueva oleada de interés por Jesús de Nazaret caracteriza a nuestro tiempo. Hasta quienes acentúan los defectos de los eclesiásticos sienten la necesidad de excluir la persona de Cristo de sus valoraciones negativas, precisando que "Jesús sí, Iglesia no". Es típica la actitud de las nuevas generaciones. Después de haber recorrido el camino de la contestación violenta, de la liberación sexual, del mundo ilusorio de la droga, los jóvenes llegan a Jesús reconociéndolo como Maestro de vida. Oímos inclusive a gente que se profesa atea –como Mechovec– proclamar la necesidad de Jesús para nuestro tiempo: «Si debiera vivir en un mundo que hubiera olvidado totalmente la causa de Jesús, preferiría no vivir más...». ¿Quién es Jesús para nosotros? Sabemos por el Evangelio que no basta decir que El es un profeta, un maestro de sabiduría, un gran hombre... Debemos repetir con Pedro: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,16). Y mejor todavía, confesar con Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!" (Jn 20,28). Para que esta fe en Cristo se convierta en vida, Montfort nos señala el camino de la consagración al Señor Jesús, que incluye una relación espiritual profunda con la Virgen Madre.
Jesús nuestro único Salvador El célebre cardenal francés Pedro De Bérulle (+1629) describe con palabras sencillas el puesto que Jesús debe ocupar en la vida espiritual: «Jesús es el sol inmóvil en su grandeza y motor de todas las cosas... Jesús es el verdadero centro del mundo y el mundo debe estar en movimiento continuo hacia El. Jesús es el sol de las almas que reciben de El todas las gracias, iluminación e influjo. Y el universo de nuestros corazones debe girar continuamente en torno a El». S. Luis de Montfort expresa con otras expresiones la misma visión de la realidad cristiana, que reconoce en Cristo el centro focal de la fe y de la vida. Lo hace en una página tejida de citas bíblicas. Página que evidencia cuanto arde en vivísimo amor por Jesucristo y cuanto gozo siente en proclamarlo al mundo, el gran devoto de María: «Jesucristo es el Alfa y Omega, el Principio y el Fin de todas las cosas... Porque El es el único Maestro que debe enseñarnos, el único Señor de quien debemos depender, la única Cabeza a la que debemos estar unidos, el único Modelo al que debemos asemejarnos, el único Médico que debe curarnos, el único Pastor que debe apacentarnos, el único Camino que debe conducirnos, la única Verdad que debemos creer, la única Vida que debe vivificarnos y el único Todo que en todo debe bastarnos... No se ha dado a los hombres sobre la tierra otro Nombre por el cual podamos ser salvados que el de Jesús. Dios no nos ha dado otro fundamento de salvación, perfección y gloria que Jesucristo...» (VD 61). Con esta clara proclamación cristológica, Montfort quiere establecer un principio o verdad fundamental, que la devoción a María debe respetar también plenamente si quiere mantenerse en la fe auténtica. La consagración a María sólo tiene derecho de ciudadanía en cuanto reconoce el puesto central asignado a Jesucristo en el designio divino de salvación, sólo si deriva de El y conduce a El. El santo misionero lo afirma y marca con dardos de fuego a cuantos abusan de la devoción a María ultrajando con el pecado a su Hijo Jesús (VD 98), en lugar de reconocerla como camino excelente para llegar a la madurez cristiana: «Por tanto, si establecemos la sólida devoción a la Santísima Virgen es sólo para establecer más perfectamente la de Jesucristo y ofrecer un medio fácil y seguro para encontrar al Señor. Si la devoción a la Santísima Virgen apartase de Jesucristo, habría que rechazarla como ilusión diabólica. Pero –como ya he demostrado y volveré a demostrarlo más adelante– sucede todo lo contrario. Esta devoción nos es necesaria para hallar perfectamente a Jesucristo, amarlo con ternura y servirlo con fidelidad» (VD 62). Esta impostación, muy lejos de disminuirla hace más auténtica la piedad para con la Madre de Jesús, hace de ella, diremos con Pablo VI: «un instrumento eficaz para llegar al "pleno conocimiento del Hijo de Dios, la edad adulta, el desarrollo que corresponde al pleno conocimiento del Mesías" (Ef 4,13) y contribuirá a aumentar al culto debido a Cristo mismo» (MC 25).
Unión inefable entre Jesús y María Si nos preguntamos por qué la verdadera devoción a María conduce a Jesucristo, reconociéndolo como centro, principio y fin de la vida espiritual, Montfort está pronto a responder refiriéndose a la estrecha unión existente entre el Hijo y la Madre. Palpamos aquí la diferencia entre la concepción católica y la de la orientación protestante. Mientras ésta se inclina a subrayar la distancia entre Dios y el hombre, o la superioridad de Jesús sobre su Madre hasta verlos en contraposición, de otro lado la perspectiva de los católicos tiende a recoger los vínculos y las relaciones. En realidad, el Nuevo Testamento, poniendo en salvo la primacía de Cristo y su trascendencia mesiánica, subraya en más de una ocasión la unión de María con Cristo en la obra salvífica. María no sólo acepta libremente la voluntad salvífica de Dios, sino que se proyecta al servicio de Jesús, tanto en los misterios de la infancia, como en Caná. Más aún, como afirma el Vaticano II: «La Bienaventurada Virgen María avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz, en donde, no sin designio divino, se mantuvo en pie...» (LG 58). Montfort supone todo esto y está convencido de la unión íntima de María con Cristo durante su existencia terrena (VD 18). Pero con mirada espiritual penetra más a fondo en la personalidad de María. La descubre no sólo unida a Cristo, hasta el punto de que sin El ni siquiera existiría, sino también tan semejante y transformada en El que María puede exclamar con Pablo: "Ya no vivo yo, Cristo vive en mí" (Gál 2,20). Esta identificación mística de María con Cristo hasta constituir con El un solo ser, hace imposible pensar que la verdadera devoción a María entre en competencia con la vida en Cristo. María no puede ser rival de Cristo, con la consecuencia de que entre más se le exalta, más se disminuye al Hijo. Es la Madre, la colaboradora, la esclava de su Dios y Señor: "Se refiere al Señor lo que se ofrece al servicio de la Esclava; redunda sobre el Hijo lo que se atribuye a la Madre" (s. Ildefonso de Toledo, s. VII). Más aún, dado que María en su ser profundo se identifica con Cristo viviendo para El, no se puede contemplarla sin que Ella nos remita a su Hijo, polo que orienta su existencia.
La queja de un santo Si es así, ¿por qué tantos ignoran esa comunión de amor y actuación entre Jesús y María? Montfort no logra permanecer indiferente, porque esa ignorancia engendra indiferencia respecto de la Virgen y la devoción hacia Ella. Oigamos cómo se desfoga, dirigiéndose –razonadamente– a Jesús: «Me dirijo a ti, por un momento, amabilísimo Jesús mío, para quejarme amorosamente ante tu divina Majestad, de que la mayor parte de los cristianos, aun los más instruidos, ignoren la estrechísima unión que te liga a tu Madre Santísima. Tú, Señor, estás siempre con María y María está siempre contigo: de lo contrario Ella dejaría de ser lo que es. María está de tal manera transformada en ti por la gracia, que Ella ya no vive ni es nada: Tú, Jesús mío, vives y reinas en María más perfectamente que en todos los ángeles y santos. ...¡Jesús mío amabilísimo! ¿Poseen éstos tu espíritu? ¿Te agrada su conducta? ¿Te agrada quien, por temor de desagradarte, no se esfuerza por honrar a tu Madre? ¿Es la devoción a tu Santísima Madre un obstáculo a la tuya? ¿Se arroga Ella para sí el honor que se le tributa? ¿Es, por ventura, una extraña, que nada tiene que ver contigo? ¿Quién la agrada a Ella, te desagrada a ti? Consagrarse a Ella y amarla ¿es separarse o alejarse de ti?» (VD 63-64). Ningún temor, por tanto, en honrar a la Madre de Dios y confiarle la propia vida cristiana. Unica frontera que no se debe traspasar es la que haría de María una divinidad, olvidando que Ella sigue siendo una pura creatura. Puesta a salvo la infinita distancia entre Dios y María, el amor a Ella puede llegar hasta el don de sí mismo. Porque María no demora ni detiene a quienes se dirigen a Ella, sino que los conduce a su Hijo, ya que Ella "es totalmente relativa a Cristo" (VD 225). Su culto, por lo demás, tiene entre sus características promover la adoración a la Santísima Trinidad: «Este culto, tal como existió siempre en la Iglesia, aunque es del todo singular, difiere esencialmente del culto de adoración que se rinde al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo y contribuye poderosamente a promoverlo» (LG 66). Que el Señor Jesús nos inspire un gran amor a su Madre de suerte que encuentre en nosotros una prolongación de su afecto filial hacia Ella. Y que María, por su parte, nos alcance hacer como Ella a Jesucristo centro de la vida espiritual. Sea El el único Camino que nos conduzca al Padre, la única Verdad que nos revele cuan necesaria nos es la santidad, la única Vida que nos haga hijos de Dios y nos asegure la comunión con El por toda la eternidad.
LECTURA
Oración de s. Agustín a Jesucristo «Tú eres, oh Cristo, mi Padre santo, mi Dios misericordioso, mi Rey poderoso, mi buen Pastor, mi único Maestro, mi mejor Ayuda, mi Amado hermosísimo, mi Pan vivo, mi Sacerdote por la eternidad, mi Guía hacia la Patria, mi Luz verdadera, mi Dulzura santa, mi Camino recto, mi Sabiduría preclara, mi humilde Simplicidad, mi Concordia pacífica, mi Protección total, mi rica Heredad, mi Salvación eterna... ¡Cristo Jesús, Señor amabilísimo! ¿Por qué habré deseado durante la vida algo fuera de ti, Jesús mío y Dios mío? ¿Dónde me hallaba cuando no pensaba en ti? Anhelos todos de mi corazón, inflamaos y desbordaos desde ahora hacia el Señor Jesucristo; corred, que mucho os habéis retrasado, apresuraos hacia la meta, buscad a quien buscáis. ¡Oh Jesús! ¡Anatema quien no te ame! ¡Reboce de amargura quien no te quiera! ¡Dulce Jesús, que todo buen corazón dispuesto a la alabanza te ame, se deleite en ti, se admire ante ti! ¡Dios de mi corazón! ¡Herencia mía, Cristo Jesús! ¡Desfallezca el latir de mi corazón! Vive, Señor en mí; prenda en mi pecho la llama viva de tu amor, acrézcase en incendio, arda siempre en el altar de mi corazón, queme mis entrañas, consuma lo íntimo de mi alma, y que el día de mi muerte comparezca yo del todo perfecto en tu presencia. Amén. He querido transcribir esta maravillosa plegaria de san Agustín, para que recitándola todos los días, pidas el amor de Jesucristo, ese amor que estamos buscando por medio de la excelsa María» (VD 67).
COMPROMISO DE VIDA
Buscaré el diálogo directo con Jesús, inspirándome en los sentimientos y disposiciones de María.
9. A LA FUENTE BAUTISMAL CON MARIA
¿Cuál es el problema fundamental de nuestro tiempo? A esta pregunta responde con claridad Juan Pablo II: «Sólo existe un problema: el de nuestra fidelidad a la alianza con la sabiduría eterna, que es fuente de verdadera cultura, es decir, del crecimiento del hombre, y el de la fidelidad a las promesas de nuestro bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (1-6-1980). En el diagnóstico de Juan Pablo II, nos parece encontrar el eco de la voz de Montfort, que subraya la importancia del bautismo, que inclusive presenta la consagración a María como "una perfecta renovación de los votos y promesas bautismales" (VD 126).
¿Qué has hecho de tu bautismo? Una constatación dolorosa es la que hace la Conferencia Episcopal Italiana, al afirmar: «En nuestra situación italiana la mayor parte de los adultos han recibido ya el bautismo y son encaminados, en cierta forma, a la vida cristiana. Pero, muchas veces, esto sucede más por fuerza de tradición que por una opción de convicción de fe» (Evangelización y sacramentos, 1973, n. 82). Esto significa que para muchos el bautismo es un dato anagráfico o una herencia recibida pero no plenamente valorizada. Se comprende así cómo pueden suceder en el mundo cristiano tantos hechos y sucesos, que contrastan con el Evangelio de Jesucristo... Hace falta cristianos que vivan el bautismo. La misma nostalgia sentía ya por el 1700 San Luis de Montfort. La Iglesia de la Francia del siglo XVII había realizado notable esfuerzo de renovación en la línea del Concilio de Trento: había instituido los seminarios, socorrido a los pobres y enfermos, difundido libros de espiritualidad, evangelizado a las poblaciones con misiones parroquiales. La ignorancia religiosa estaba debelada más o menos en todas partes. No obstante, Montfort con mirada de santo examina la situación de su tiempo desde el punto de vista de la fidelidad a Jesucristo. Y tiene que concluir que muchos cristianos lo son sólo de palabra, porque viven olvidados de los compromisos derivados del bautismo. Después de ofrecer el pensamiento de s. Agustín, según el cual el voto del bautismo es el más importante y necesario, Montfort se pregunta preocupado: «Sin embargo, ¿quién cumple este voto tan importante? ¿Quién observa con fidelidad las promesas del santo Bautismo? ¿No traicionan casi todos los cristianos la fe prometida a Jesucristo en el Bautismo? ¿De dónde proviene este desconcierto universal? ¿No es acaso del olvido en que se vive de las promesas y compromisos del santo Bautismo y de que casi nadie ratifica por sí mismo el contrato de alianza hecho con Dios por sus padrinos?» (VD 127). Esta constatación puede aplicarse a cada uno de nosotros. ¿Cuántas veces, al reflexionar sobre las exigencias de la vocación cristiana hemos tenido que admitir honestamente haber sido "fieles infieles"? ¡En pos de Jesucristo hubiéramos debido ser para todos aquellos con quienes nos hemos encontrado sacerdotes, reyes y profetas! En cambio, hemos sido charlatanes, cristianos de palabras e incoherentes, personas que hemos escondido el auténtico rostro de Dios.
Regreso al Bautismo La solución pastoral ante la incoherencia de los cristianos no puede ser otra que despertar la conciencia del bautismo recibido, más aún –detalla Montfort, tras las huellas de un antiguo concilio de París– "incitar a los cristianos a renovar las promesas y votos bautismales" (VD 128). Para superar nuestra situación equivocada, debemos despertar la memoria de nuestro bautismo y volver a la fuente bautismal para comprender la dignidad y los compromisos del mismo: «Por ello –decía ya en el s. II s. Hipólito sacerdote– proclamo como un heraldo: Venid, tribus y pueblos todos, a la inmortalidad del bautismo... Es el agua mediante la cual recibe vida el hombre regenerado». Montfort invita también volver a la fuente bautismal para renovar los compromisos cristianos, pero quiere que no vayamos solos: María será nuestra guía materna y ejemplar, que nos ayudará a redescubrir y vivir más fielmente el bautismo. Para llegar a las raíces de la reflexión cristiana, preguntémonos: ¿Qué es el bautismo? Reconozcamos que desgraciadamente hemos perdido el significado y grandeza del bautismo, reducido muchas veces a una ceremonia o a una fiesta de familia. La Sagrada Escritura nos lleva a descubrir dimensiones profundas. Según el Nuevo Testamento, la importancia del bautismo proviene del hecho de que "es un puente que tiende un arco desde la muerte salvífica de Jesús y nosotros, haciéndonos "contemporáneos" de la muerte y resurrección del Señor" (R. Padberg). San Pablo nos recuerda, en efecto: «Luego aquella inmersión que nos vinculaba a su muerte nos sepultó con El, para que, así como Cristo fue resucitado de la muerte por el poder del Padre, también nosotros empezáramos una vida nueva» (Rom 6,4). En otros términos, el misterio pascual de Cristo se torna eficaz para cada uno de nosotros precisamente con el sacramento del bautismo. Que constituye el encuentro con el Señor crucificado y resucitado, que nos hace renacer a la nueva vida de hijos de Dios. ¡Es un misterio maravilloso! Cristo arrastra consigo a los bautizados en la vida divina y en el amor filial. ¡ Nos convertimos en "hijos de Dios"! Somos arrebatados de la muerte y de las tinieblas, se nos comunica el Espíritu santificador. En Jesucristo somos "consagrados, elegidos y amados" (ver Flp 1,1; Col 3,12) para formar un solo cuerpo: el pueblo consagrado a Dios (1 Cor 12,13; 1 Pe 2,9-10). Somos bautizados "en nombre de Jesús" (Hech 2,38; 8,16). El nombre significa aquí autoridad y jurisdicción: nos convertimos en propiedad del Señor resucitado, somos consagrados por El. Ampliando la fórmula cristológica, somos consagrados a la Trinidad, en cuyo nombre somos bautizados (Mt 28,19). Insistiendo en el texto bíblico (que tiene "eis" con acusativo) se debería traducir: "Haced discípulos míos de todas las naciones, bautizadlos y consagradlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". El bautismo nos consagra, nos inserta en la vida divina y nos introduce en el ámbito de la familia trinitaria.
María, Madre de los bautizados En el sacramento del bautismo, cuando nacen a la gracia los hijos de Dios, no se halla ausente la Madre. Es la Iglesia que en el Espíritu regenera a los hombres para Dios, pero es también María que se hace Madre de cada uno de los bautizados. María es prototipo y modelo de la Iglesia en esta obra de maternidad. En la vida terrena, la Virgen "cooperó en la caridad al nacimiento de los fieles en la Iglesia" (s. Agustín) y fue declarada por Jesús Madre de los discípulos representados por Juan (Jn 19,25-27). Ahora que está en el cielo, ejerce esta misión maternal cooperando "con amor de Madre... a la regeneración, formación" de los fieles como afirma el Concilio Vaticano II (LG 63). Se trata de una intercesión de la Virgen en el acto mismo del bautismo, con el cual los hombres son regenerados a la vida nueva en Cristo. María se halla presente en forma activa y maternal en la fuente del bautismo, donde nos hacemos hijos de Dios y al mismo tiempo hijos de María y de la Iglesia. Es claro que Ella, como Madre, sigue acompañando a sus hijos con su oración y su amor tierno e inventivo: «Cuida de los hermanos de su Hijo que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz» (LG 62). Es una madre educadora: con su influjo salvífico y su ejemplo nos ayuda a ser fieles al ejercicio de la misión sacerdotal, profética y real proveniente del bautismo. 1. El consagrado cumple su oficio sacerdotal participando activamente en la liturgia y transformando la propia vida en un culto espiritual tributado a Dios. María es el ejemplo más perfecto de participación litúrgica en cuanto a Virgen oyente, orante, oferente y portadora de frutos espirituales. Ella nos enseña, además, a transformar nuestra vida en culto agradable a Dios, porque ha vivido haciendo siempre la voluntad divina en espíritu de amor y de servicio. 2. El consagrado seguirá a Cristo profeta, si anuncia el Reino de Dios al mundo de hoy con la palabra y con la vida. Como la virgen del Magníficat, leerá la historia para descubrir en ella el designio salvífico de Dios y proclamar que el Señor es vindicador de los humildes y oprimidos y derriba a los prepotentes de sus tronos. El consagrado se coloca de parte de toda clase de pobres para promover la liberación humana integral. 3. Por último, el consagrado ejerce el oficio real sea dominando victoriosamente las fuerzas del mal, sea construyendo el mundo nuevo en la justicia, en la paz y en la fraternidad. En este arduo cometido, le sirve de ejemplo y guía la Inmaculada, libre de toda solidaridad de perdición, morada del Espíritu Santo y primicia de la creación renovada, donde reina la gracia y la reconciliación. «¿Cómo podremos vivir nuestro bautismo –se pregunta Juan Pablo II– sin contemplar a María, la bendita entre todas las mujeres, tan acogedora del don de Dios? Cristo nos la ha dado por Madre. La ha dado por Madre a la Iglesia... Todo católico le confía espontáneamente su plegaria, y se consagra a Ella para consagrarse mejor a Dios» (1-6-1980). La referencia explícita a la Virgen no es más que un medio para tomar conciencia de las exigencias del bautismo. Sintonizando la propia vida con la de María, modelo ideal de consagración a Dios y Madre en la regeneración y formación espiritual, se realiza progresivamente el doble ritmo connatural al misterio pascual de renuncia a las fuerzas del mal y de entrega incondicional a Cristo en el amor.
LECTURA
El verdadero cristiano El buen cristiano es un santo, decía un apóstol, no es un hombre corriente, es un hombre distinto. * Tú que eres mal cristiano, no eres de los nuestros. ¿Cristiano tú? Ve, ve a contarlo a otra parte. Un cristiano real no es hombre de este mundo, ha tiempo que en el cielo su corazón palpita. * Tú... Un cristiano real es humilde y paciente, es casto y celoso, caritativo y fiel. * Tú... Dices que amas a Dios, más dime ¿si es amarlo ultrajarlo, ofenderlo y hasta despreciarlo? ¿Amas a Dios? Tú mientes, te repite el apóstol. * Tú... De París hasta Roma ¿podrá encontrar alguno a alguien más descarado? ¡No eres siquiera un hombre! * Tú... Igual a los paganos, tú sólo amas al mundo, tú amas solamente, como una bestia inmunda. * Tú... Eres como los zorros, astutamente robas, y ladras como un perro, siempre ladra que ladra. * Tú... Peleas y armas pleitos por una bagatela, danzas como langosta, siempre danza que danza. * Tú... Como un pavo orgulloso, buscas gloria y honores, bebes como los cerdos, siempre bebe que bebe. * Tú... Hablas mal y como áspid muerdes a todo el mundo, y cual león furioso rompes y quiebras todo. * Tú... Como un sapo sólo amas la tierra despreciable y como un dragón gustas de hacer la guerra a todos. * Tú... Como un áspid picas a tus pobres hermanos y cierras el oído a su angustia y dolor. * Tú... Cuando el Señor te habla, eres como tortuga, mas cuando habla el dinero ¡cómo corres y vuelas! * Tú... Lento para obrar bien, débil en la justicia, pronto para obrar mal y muy fuerte en el vicio. * Tú... ¿Qué o quién es tu guía? - La moda y la costumbre. Y ¿qué es lo que buscas? - Siempre lo que es más cómodo. * Tú... Mejor es que conformes tu vida al Evangelio, siendo humilde y dulce, siendo obediente y dócil, entonces gritaremos que eres de nuestro grupo, y si no, vete lejos, no eres de los nuestros. (Cánticos 154)
COMPROMISO DE VIDA
Pediré a María, Madre de la gracia divina, que me ayude a apreciar por sobre todas las cosas la vida divina recibida en el bautismo.
10. FIDELIDAD A LAS PROMESAS DEL BAUTISMO
Juan Pablo II ha dirigido a los católicos de Francia una pregunta audaz e inquietante: «Francia, hija primogénita de la Iglesia, ¿eres fiel a las promesas del bautismo?» (1-6-1980). Nosotros debemos hacernos la misma pregunta: "¿Qué hemos hecho de nuestro bautismo? ¿Cómo hemos vivido nuestra consagración bautismal?" Si somos sinceros, debemos reconocer nuestra falta de coherencia: no hemos seguido siempre a Cristo, ni su Evangelio, ni a su Espíritu; hemos sido cristianos de medio tiempo. Si miramos a la sociedad, nos vemos obligados a reconocer que el rechazo entre el mundo actual y el Reino de Dios es inmenso. La pendiente que ha tomado la sociedad de nuestro tiempo es muy peligrosa: si no se detiene, la sociedad no se salvará. Si consideramos el pasado y si nos proyectamos hacia el futuro, nos sentimos igualmente impulsados hacia el origen de nuestro ser cristiano: el bautismo. Solamente si vivimos en coherencia con cuanto aconteció en nuestro bautismo, nosotros mismos y el mundo podremos hallar esperanza y salvación. A esto nos invita urgentemente el santo misionero Luis María de Montfort, presentando la devoción a la Virgen en relación con los compromisos bautismales (VD 120 y 126). Montfort está convencido de que la consagración a María no es una espiritualidad que se superponga o sustituya simplemente al cristianismo. Al contrario, coincide con la vida cristiana en cuanto que no difiere de «una perfecta renovación de los votos y promesas del santo bautismo» (VD 120). Tratemos de comprender esta afirmación tan densa de significado.
La única consagración a Cristo La consagración a María es una renovación de los compromisos bautismales porque no se detiene en la persona de la Virgen, sino que es ante todo una consagración a Cristo por medio de Ella. Nos consagramos a María para vivir mejor como consagrados a Cristo. En realidad no hay más que una consagración: la que acontece en el bautismo, mediante la cual Dios nos hace pasar al orden de su santidad. Bautizado "en el nombre del Señor" (Hech 2,38; 8,16; Rom 6,3; Gál 3,27), el cristiano reconoce la autoridad de Jesucristo, pasa a ser propiedad del Señor resucitado, se somete a su reino y protección. Por ello, participa de El, de su vida, de su Espíritu, de su relación filial con Dios. El bautismo es, por tanto, la consagración fundamental que sella nuestra pertenencia indeleble a Jesucristo. La obra gratuita y preveniente de Dios, que consagra, no exonera al cristiano de una respuesta comprometida y responsable. Al ser consagrado corresponde el deber - ser, es decir, el vivir como consagrados: «Igual que es santo el que os llamó, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, porque la Escritura dice: "Seréis santos, porque yo soy santo"» (1 Pe 1,15-16). El don del hombre a Dios tiene siempre carácter de respuesta y colaboración: «Al compromiso divino corresponde el compromiso del hombre; al acto divino que se apodera del ser humano responde el amor que se deja asumir y se entrega» (J. Galot). Comprendemos por qué la liturgia bautismal desde la antigüedad previó el rito solemne de las promesas o compromisos personales procedentes del bautismo: renuncia a Satanás y fe en Jesucristo. La opción fundamental y decisiva por Cristo, como único Maestro de vida Salvador, es esencial para el cristiano que quiera vivir en coherencia con su realidad de bautizado. La fe exigida en Cristo no consiste sólo en adherir a sus palabras de verdad consignadas en el Evangelio. Es mucho más comprometedora, por ser "opción fundamental", es decir, la elección más profunda madurada en la conciencia y que da unidad y significado definitivo a la existencia humana. Se cree de verdad, cuando "el hombre se abandona total y libremente a Dios" (DV 5). Esta consagración no se dirige sólo a Dios sino también a la persona de Jesucristo: "Fiaos de Dios y fiaos de mí" (Jn 14,1). Hoy diremos que con el bautismo se escoge a Jesucristo no como a uno entre tantos maestros de vida, sino al que determina absolutamente y da significado definitivo a la vida. Debemos, por tanto, vivir el bautismo en sus exigencias de conversión del pecado y vida nueva en seguimiento de Cristo. Con las promesas bautismales nos hemos comprometido a creer en Jesucristo y renunciar a Satanás.
María, para la fidelidad a los compromisos bautismales Montfort inserta precisamente en esta consagración a Jesucristo, el don total de sí mismo o consagración a María. Presenta esta consagración como "una perfecta renovación de las promesas del santo bautismo" (VD 120) por dos razones muy claras: 1. «En el bautismo hablamos ordinariamente por boca de otros –los padrinos– y nos consagramos a Jesucristo por procurador. En cambio, en esta devoción nos consagramos por nosotros mismos, voluntariamente y con conocimiento de causa» (VD 126). La consagración propuesta por Montfort es un acto libre y responsable del hombre que se entrega a Jesucristo en coherencia con la consagración recibida en el bautismo. Con la consagración a María se pasa –como observa Montfort– de un cristianismo por procurador a un cristianismo aceptado y vivido personalmente. Si el bautismo opera una verdadera consagración del hombre transfiriéndolo a la esfera de la filiación divina, no es sin embargo don de sí mismo a Dios sin una elección de amor de parte de la libertad humana. Dirigiéndose a personas adultas, Montfort exige este don total de sí, llevado a cabo en la madurez humana y espiritual, que hace más completa la consagración fundamental efectuada en el bautismo. Si te consagras ahora a Jesucristo por medio de María, ya no lo haces pasivamente como en el bautismo, cuando creíste en El por vía indirecta, por boca de los padrinos. Ahora te debes pronunciar personalmente, debes escoger madura y conscientemente en el amor: te comprometes con Cristo, reconociéndolo para siempre como Señor de tu vida. María te brinda, por decirlo así, la ocasión de tomar conciencia viva de tu ser cristiano y de obrar en consecuencia. 2. «En el bautismo no nos consagramos explícitamente por manos de María ni entregamos a Jesucristo el valor de nuestras buenas obras. Y, después de él, quedamos completamente libres para aplicar dicho valor a quien queramos o conservarlo para nosotros. Por esta devoción, en cambio, nos consagramos expresamente al Señor por mediación de María y le entregamos el valor de todas nuestras buenas acciones» (VD 126). La segunda razón que hace perfecta la renovación de las promesas bautismales está constituido por el hecho de que "para consagrarnos a Jesucristo recurrimos al más perfecto de todos los medios: la Virgen María" (VD 130). Con la doctrina conciliar acerca de María "tipo de la Iglesia", es decir, su imagen ideal y perfecta, es más fácil comprender la afirmación monfortiana. María es Aquella que ofrece a la Iglesia la posibilidad de comprenderse mejor y superarse. Al acudir a María y contemplarla en su vida terrena y en su condición glorificada, la Iglesia se convierte en lo que el Señor quiere que sea: una virgen esposa que pronuncia su amor a Cristo y una madre que engendra a Jesús en las almas. Con la consagración a María reconocemos no ya implícitamente como en el bautismo, sino en forma explícita, a la Virgen María y la misión materna y ejemplar que Dios le ha confiado en la historia de la salvación. Sostenido por la confianza que te inspira la persona de María, se lo confías todo y te pones en sintonía con Ella para seguir más de cerca al Señor Jesús. Sí, María es el camino real recorrido por Dios para venir a los hombres es también el camino perfecto y directo para que los hombres lleguen a la intimidad con el Padre, por medio de Cristo en el Espíritu. Tomemos este camino para que nos ayude a vivir más fielmente el ritmo bautismal de renuncia a Satanás y consagración a Jesucristo.
LECTURA
Perfecta renovación de las promesas bautismales "La plenitud de nuestra perfección consiste en ser semejantes, vivir unidos y consagrados a Jesucristo. Por consiguiente, la más perfecta de todas las devociones es, sin duda alguna, la que nos asemeja, une y consagra más perfectamente a Jesucristo. Por consiguiente, la devoción que mejor nos consagra y asemeja al Señor es la devoción a su Santísima Madre. Y cuanto más te consagres a María, tanto más te unirás a Jesucristo. La perfecta consagración a Jesucristo es por lo mismo, una perfecta y total consagración de uno mismo a la Santísima Virgen. Esta es la consagración que yo enseño... Los hombres hacen voto en el bautismo –dice santo Tomás– de renunciar al diablo y a sus pompas... Y este voto, había dicho s. Agustín, es el mayor y más indispensable. Lo mismo afirman los canonistas: "El voto principal es el que hacemos en el bautismo". Sin embargo, ¿quién cumple este voto tan importante? ¿Quién observa con fidelidad las promesas del santo bautismo? ¿No traicionan casi todos los cristianos la fe prometida a Jesucristo en el bautismo? ¿De dónde proviene este desconcierto universal? ¿No es acaso del olvido en que se vive de las promesas y compromisos del santo bautismo y de que casi nadie ratifica por sí mismo el contrato de alianza hecho con Dios por sus padrinos? Ahora bien, si los Concilios, los Padres y la misma experiencia nos demuestran que el mejor remedio contra los desórdenes de los cristianos es hacerles recordar las obligaciones del bautismo y renovar las promesas que en él se hicieron, ¿no será razonable hacerlo ahora de manera perfecta por esta devoción y consagración al Señor por medio de su Santísima Madre? Digo "de manera perfecta", porque para consagrarnos a Jesucristo utilizamos el más perfecto de todos los medios, que es la Santísima Virgen (VD 120.127.130).
COMPROMISO DE VIDA
Renovaré hoy las promesas bautismales, confiando a la Virgen María mi compromiso de fidelidad.
11. EL DON TOTAL DE LA VIRGEN GLORIFICADA
En un mundo encaminado hacia la unificación, se advierte la imposibilidad de encerrarse en el aislamiento o en los propios proyectos egoístas. Hay que tomar conciencia de los vínculos que nos unen a unos con otros, darnos cuenta de la imposibilidad de formarnos una auténtica personalidad y un mundo mejor sin un profundo amor a nuestros semejantes. "Ninguno es una isla" y "todo hombre es mi hermano" (Pablo VI) son slogans que deben caracterizarnos cada vez más como cristianos y personas de nuestro tiempo. Con razón ha afirmado esta verdad el Concilio Vaticano II con estas significativas palabras: «El hombre, única creatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás» (GS 24). Cuando el hombre sale del círculo restringido del propio yo para abrirse a los demás, dejarse interpelar por ellos, asumir un comportamiento de acogida y entrega, entonces, se manifiesta como persona.
La persona digna de la entrega total Si el amor oblativo da a cada uno la propia madurez y si la perfección del cristiano consiste en amar a los propios hermanos a ejemplo de Cristo (Jn 13,34; 15,12), la relación verdadera y perfecta con María no puede menos de coincidir con el don de sí mismo a Ella. Es lo que invita a hacer Luis María de Montfort cuando describe la verdadera devoción a María como un don total y perpetuo a Ella, inserto y finalizado en el don de fe a Jesucristo (ver VD 121). El Santo no admite reservas o escapatorias en esta donación, que debe ser desinteresada y envolver todo el ser humano en sus elementos físicos y síquicos, económicos y espirituales: en una palabra, hay que entregar a María toda la existencia, para el tiempo y la eternidad. ¿Cómo explicar esta total participación de vida, de actividad y de bienes materiales y espirituales con una creatura, por más santa que sea, como María? ¿A dónde quiere llevar Montfort a los cristianos? La respuesta a esta pregunta sólo será posible elevándonos al plan de Dios, que escogió a María para realizar en Ella «grandes cosas» (Lc 1,49). Piensa quien es María a la luz de la fe y verás alejarse para siempre el minimismo, que mide con cuentagotas el amor a la Madre de Dios. ¿Quién es, en realidad, María según la fe católica, transmitida por los Padres? Deja de lado por un momento su vida terrena, que la vio como pobre niña de un pueblo no independiente, sometida al dolor y a las necesidades de la condición humana. No pienses siquiera en la misión única que desarrolló como Madre de Jesús, íntimamente asociada a la misión salvífica de su Hijo. ¡Medita y contempla la situación en que se encuentra actualmente María! ¡Imagina, en cuanto te sea posible, a la Virgen glorificada, ya en posesión de la plenitud de su destino de vida eterna! Es la única persona humana llevada al cielo en cuerpo y alma, a causa y por los méritos de Cristo! Para formarse una idea de la condición glorificada de María debemos recorrer la Palabra de Dios, que describe a Cristo resucitado y los cuerpos resucitados. Ahora bien, Jesús después de la resurrección posee un cuerpo concreto, pero escapa a las condiciones habituales de la vida terrena: entra al cenáculo estando cerradas las puertas (Jn 20,19.20), no está sometido a las leyes del espacio porque se aparece en un breve lapso de tiempo a los discípulos de Emaús, a Pedro y, luego, a los apóstoles (Lc 24,15.33-36). Más aún, con su resurrección Cristo queda constituido «Señor y Cristo» (Hech 3,26), «cabeza y salvador» (Hech 5,31), «dispensador del Espíritu» (Jn 20,22; Hech 2,33). De la misma manera, los cuerpos gloriosos difieren de los naturales en cuanto que se han vuelto "incorruptibles, gloriosos, fuertes, espirituales": han sido totalmente transformados por los esplendores del Espíritu que pueden comunicar esta misma vida divina (ver 1 Cor 15,42-45). ¿Comprendes ahora quién es María glorificada? Una persona realmente libre, por haber sido liberada para siempre de los peores males (pecado y muerte) y de los condicionamientos de la materia. Una persona totalmente rebosante de la vida de Dios que puede transmitirla a los hombres. En una palabra: María glorificada es la persona humana capaz de estar presente en el mundo, más allá de toda ley espacio-temporal, y al mismo tiempo la Madre que colabora a transmitir la vida divina de Cristo en el Espíritu. ¡Grande y sublime realidad la de María! Las videntes privilegiadas como Bernardita o Lucía han podido experimentar al verla el poder del misterio pascual; y han sido impactadas por él para toda la vida. Se puede hacer a María glorificada y presencia viva en la Iglesia el don de sí mismo, porque puede orientar la existencia cristiana hacia el fin último querido por Dios y ya realizado en Ella. Sintonizar con Ella es asimilar las actitudes fundamentales del cristiano: fe en Cristo, humildad, servicio, don de sí mismo a Dios y a los hermanos, apertura al Espíritu, meditación religiosa en la vida y los acontecimientos... Declararnos disponibles a María significa acogerla como Madre y permitirle poner por obra su acción materna, que tiende a hacernos hijos de Dios y herederos de la vida imperecedera. Digamos, todavía, que después de Cristo no existe una persona que merezca el don de sí como María. Nadie tan inundada como Ella del fulgor del Espíritu; su belleza atrae los corazones de los hombres; y, al mismo tiempo, impulsa hacia Dios como flecha veloz, como al término de anhelo humano.
La lista de los dones Ningún temor, por tanto, en la generosidad del don que debe hacerse a María: ¿por qué no ponerlo todo en sus manos maternales y orantes? Nuestra entrega a Ella es garantía de una entrega más íntima y perseverante a Jesucristo. Tratemos, pues, de aceptar la invitación de Montfort entregando y confiando a la Virgen cuanto somos y tenemos. No se trata de hacer la lista de lo que damos a María, como para complacernos en la totalidad del don. Recordemos que nuestra relación con la Virgen Madre es vital y personal: es comunión de amor, una presencia vivida, una actitud de disponibilidad, un diálogo siempre renaciente. La intención de Montfort al enumerar los bienes que colocamos en manos de María mira a una finalidad más elevada: quiere liberar al cristiano tanto del egoísmo como del apego a los propios proyectos no aceptados por la luz divina. Por ello el Santo te invita a repetir con frecuencia: «renuncio a mí mismo y me entrego a ti, querida Madre mía» (VD 259). Con la siempre repetida referencia a María, Montfort quiere iniciarte en un ritmo espiritual sobremanera necesario y eficaz: adquirir una pobreza radical, que nos vacía de cuanto puede oponerse a la voluntad de María (y en último análisis de Dios) y buscar coincidir con la sabiduría de Dios y la orientación del Espíritu, guiados por María y sostenidos por su oración. Consagrándote a María para vivir la vida cristiana, experimentarás cada día la eficacia del camino trazado por Montfort: te alejarás siempre más y más del reino del egoísmo y te acercarás al mundo de María inundado de amor. Y podrás repetir con Petrarca: Si de mi estado miserable y ruin me levantan tus manos, Virgen, doy y consagro a tu nombre, memoria, ingenio y modo, la lengua, el corazón, suspiro y llanto.
LECTURA
Una perfecta entrega a María Consiste, pues esa devoción en una entrega total a la Santísima Virgen, para pertenecer totalmente a Jesucristo, por medio de Ella. Hay que entregarle: 1) El cuerpo con todos sus sentidos y miembros; 2) el alma con todas sus facultades; 3) los bienes exteriores –llamados de fortuna– presentes y futuros; 4) los bienes interiores y espirituales, o sea, los méritos, virtudes y buenas obras pasadas, presentes y futuras. En dos palabras: cuanto poseemos o podemos poseer en el futuro, en el orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria, sin reserva alguna –ni de un céntimo, ni de un cabello, ni de la menor obra buena– y esto por toda la eternidad y sin esperar por nuestra ofrenda y servicio una recompensa diferente al honor de pertenecer a Jesucristo por María y en María, aunque esta amable Señora no fuera - como siempre lo es la más generosa y agradecida de las creaturas. Conviene advertir que en nuestras buenas obras hay un doble valor: la satisfacción y el mérito, o sea el valor satisfactorio o impetratorio y el valor meritorio. El valor satisfactorio o impetratorio de una obra buena es la misma obra buena en cuanto satisface por la pena debida por el pecado o cuanto obtiene alguna nueva gracia. En cambio, el valor meritorio o mérito es la misma obra buena en cuanto merece la gracia y la gloria eterna. Ahora bien, esta consagración nuestra a la Santísima Virgen nos lleva a entregarle todo el valor satisfactorio, impetratorio y meritorio. Es decir, las satisfacciones y méritos de todas nuestras buenas obras. Entregamos a María nuestros méritos, gracias y virtudes, no para que los comunique a otros –porque nuestros méritos, gracias y virtudes, estrictamente hablando, son incomunicables; únicamente Jesucristo, haciéndose fiador nuestro ante el Padre, ha podido comunicarnos sus méritos– sino para que los conserve, aumente y embellezca... Le entregamos nuestras satisfacciones para que las comunique a quien mejor le plazca y para mayor gloria de Dios (VD 121-122).
COMPROMISO DE VIDA
Repetiré frecuentemente durante el día: "Soy todo tuyo, oh Jesús, por medio de María, tu santa Madre".
12. CAMINO PERFECTO PARA EL ENCUENTRO CON CRISTO
Los autores espirituales recurren con frecuencia a la imagen del camino para indicar el recorrido del hombre hacia Dios. Así, s. Buenaventura (+1274) habla del "itinerario de la mente a Dios", s. Teresa de Avila (+1582) trata de la oración como "camino de perfección", s. Teresa del Niño Jesús (+1897) presenta su "pequeño sendero", que consiste en "una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños entre los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad, confiados hasta la audacia en su bondad paternal" (Novissima verba). El símbolo del camino encierra esta paradoja: mientras se lo recorre nos lleva a una meta que lo trasciende. Cuando caminamos se dilata el espacio de nuestro horizonte y adquirimos nuevos conocimientos. Esto vale ante todo de Cristo, que es el "Camino" en cuanto por medio de El tenemos acceso al Padre (Jn 14,6-9). Precisamente para llegar a Cristo, seguimos el mismo camino que El recorrió para venir a nosotros: María. Es la propuesta que nos hace s. Luis de Montfort, quien presenta la entrega de nosotros mismos a María como "un camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con el Señor, en la cual consiste la perfección del cristiano" (VD 152).
María camino perfecto Montfort está preocupado por presentar a los cristianos una espiritualidad auténtica y comprometida. Exhortar a amar a Dios con corazón indiviso (Cántico 153,1-2) y a ofrecerle el don total y perenne de la propia vida (Contrato de alianza con Dios). Lejos de condenar a los cristianos que viven en el mundo a una vida de mediocridad espiritual, que se contenta con la salvación eterna, Montfort recuerda a todos la vocación esencial a la santidad y a la perfección: «Hermano, creado a imagen de Dios y salvado con la sangre preciosa de Jesucristo, Dios quiere que te hagas santo como El en esta vida y participes de su gloria en la eternidad. Tu verdadera vocación es adquirir la santidad» (SM 3). Qué significa ser santos y perfectos, lo indica Montfort con palabras clarísimas: «Toda nuestra perfección consiste en ser semejantes, unidos y consagrados a Jesucristo» (VD 120). Ante esto, alguien podría concluir: "Consagrémonos a Jesucristo y alcanzaremos la santidad. ¿Para qué recurrir a María y consagrarnos a Ella? ¿No será eso alargar el camino y complicar el itinerario espiritual del cristiano?" Aquí interviene Montfort para disipar estas dudas e iluminar a los cristianos acerca de la misión maternal y salvífica de María, que –como dirá el Concilio– "lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo" (LG 60). Adelantándose a esta afirmación del Concilio Vaticano II, s. Luis M. de Montfort afirma: «Que no se engañen, pues, las personas espirituales creyendo falsamente que María les impida llegar a la unión con Dios. Porque, ¿será posible que la que halló gracia delante de Dios para todo el mundo en general y para cada uno en particular, estorbe a las almas alcanzar la inestimable gracia de la unión con Jesucristo? ¿Será posible que la que fue total sobreabundantemente llena de gracia y tan unida y transformada en Dios que lo obligó a encarnarse en Ella, impida al alma vivir unida a Dios? Ciertamente que la vista de las otras creaturas, aunque santas, podrá en ocasiones retardar la unión divina, pero no María - como he dicho antes y no me cansaré de repetirlo» (VD 164). En otras palabras, María no es una creatura que nos haga más largo el recorrido para ir a Dios; al contrario, es camino corto y seguro, en cuanto conduce rápidamente al encuentro con Dios. Es como viajar en avión en vez de caminar a pie, para llegar más pronto a un lugar. En efecto, a diferencia de los pecadores que se separan de Dios para detenerse desordenadamente en las creaturas, María es "camino inmaculado" (VD 158), que lleva a Dios al mundo y el mundo a Dios. En forma positiva, Ella es "la más perfecta y santa de las puras creaturas, y Jesús, que ha venido a nosotros de modo perfecto, no tomó otro camino para este grandioso y maravilloso viaje" (VD 157). De donde se sigue que también la Virgen nos seguirá ayudando a realizar un encuentro íntimo y perseverante con su Hijo, porque Jesucristo está siempre con Ella, grande, poderoso, activo e incomprensible, aún más que en el cielo y en cualquier otra creatura del universo" (VD 165). Sólo una idea falsa de la Virgen puede dar la impresión de que al valorizar a María se retarda el encuentro con Cristo. Esto sucedería solamente si María retuviera para sí a quienes la honran o se consagran a Ella. Pero ésta es una falsa figura de María, una imagen que no halla ningún apoyo en el Evangelio, donde la Madre de Jesús aparece siempre proyectada hacia la alabanza de Dios, el servicio a Cristo y a los hermanos, la apertura al Espíritu Santo. En María encontramos un motivo más para proclamar la grandeza del Señor, para comprender mejor su plan de salvación, para vivir en plenitud la vocación cristiana. María, a causa de su plenitud de gracia y de su condición gloriosa, nos coloca en la órbita de Dios, sin la cual Ella no podría vivir. El encuentro con Ella se resuelve en encuentro con el Señor. Su misión materna tiende a esto: a colaborar en el nacimiento y en la madurez espiritual de los hijos de Dios.
María y la madurez en Cristo Toda la vida cristiana consiste en un crecimiento en Cristo, pasando del estado de infancia al de la madurez espiritual, que Pablo caracteriza como llegada hasta la «plenitud de la edad de Cristo» (Ef 4,13). Es un camino de conversión y alejamiento del pecado y de progresiva transformación conforme a la imagen de Jesucristo. María –como lo demuestra la experiencia de los santos– está presente en las diferentes etapas del camino con una misión que Montfort especifica así. 1. Ella, ante todo, preserva o levanta nuevamente del pecado a cuantos confían en Ella. Existe, en efecto, incompatibilidad entre la Virgen y el mal, tan grande que se excluyen mutuamente. "Donde María está presente, está ausente el espíritu maligno" (VD 166). De modo que, cuando la vida ha sido puesta bajo la protección de la Virgen y su pensamiento llena la existencia, el demonio tentador no encuentra posibilidad concreta de triunfar: pecado y error en materia de fe no se acercan al verdadero devoto de María (VD 167.209). Como la Madre de Dios es el criterio y garantía de la verdadera fe en Jesús, Dios y hombre, del mismo modo la espiritualidad mariana es un test de la vida en Cristo: «Como la respiración es señal cierta de que el cuerpo no está muerto –dice s. Germán de Constantinopla– del mismo modo el pensar con frecuencia en María e invocarla amorosamente es señal cierta de que el alma no está muerta por el pecado» (VD 166). Por otra parte, ¿podremos pensar que María se quede inactiva respecto de sus hijos? "Los ama no sólo con amor afectivo, sino también con amor efectivo y eficaz, impidiendo, mediante gracias abundantes, que retrocedan en la virtud o caigan en el camino y pierdan así la gracia de su Hijo» (VD 175). 2. Pero la misión específica de María será siempre la maternidad en el orden de la gracia: Ella es siempre la Madre de Jesús y su oficio consiste en engendrarlo en todo hombre. Madre del hombre nuevo, la Virgen engendra en el Espíritu Santo a los hombres nuevos comunicándoles las facciones del Primogénito. A causa de su intervención en la obra trinitaria de transmitir la vida divina a los hombres, «se pueden aplicar a María con mayor razón de la que tenía s. Pablo para aplicárselas a sí mismo, estas palabras: "Hijitos míos, de nuevo sufro los dolores del alumbramiento hasta que Cristo se forme en vosotros" (Gál 4,19)» (VD 33). Para expresar esta maternidad de María, Montfort recurre a una comparación. Dice que la Virgen es el "molde de Dios" (forma Dei): «Quien sea metido en este molde divino quedará muy pronto formado y moldeado en Jesucristo y Jesucristo en él» (VD 219). Esta comparación nos hace comprender que la pedagogía mariana consiste en transformar al cristiano en "otro Cristo". María ayuda maternalmente a asimilar los ejemplos y actitudes interiores de Jesús. 3. Meta final de la acción maternal de María es la madurez espiritual. Montfort gusta de expresar esta meta con la expresión paulina: "la plenitud de la edad de Jesucristo" (VD 33.119.156.168). De un estadio en el cual "Jesucristo es todavía muy débil en nosotros" (VD 218), con María se avanza "de virtud en virtud, de gracia en gracia, de luz en luz" (VD 119) hasta la madurez en Cristo, que constituye el vértice de la perfección. Cuando Cristo reine como soberano en los corazones, la devoción a María habrá logrado su finalidad. Su meta es, en efecto, llevarnos a obrar "por medio de Jesús, con Jesús, en Jesús y para Jesús" (VD 257) y darnos la felicidad de vivir unidos a Cristo "con vínculo indisoluble en el tiempo y en la eternidad" (VD 265). Ahora comprendemos que María no es camino paralelo al de su Hijo, sino sendero que desemboca en el único camino de la salvación que es Jesucristo. La verdadera devoción a María no es una alternativa a la vida cristiana, sino su realización al más alto nivel de la gracia. Es un camino fácil, directo, garantizado y de calidad para un encuentro auténtico, profundo y perseverante con el Señor Jesús. «Entremos, pues, por este camino y avancemos por él, día y noche, hasta llegar a la plena madurez en Jesucristo» (VD 168).
LECTURA
Camino fácil y seguro Esta devoción es camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Dios, en la cual consiste la perfección cristiana. Es camino fácil. Es el camino abierto por Jesucristo al venir a nosotros y en el que no hay obstáculos para llegar a El. Ciertamente se puede llegar a Jesucristo por otros caminos. Pero en ellos se encuentran cruces más numerosas, muertes extrañas y dificultades apenas superables; será necesario pasar por noches oscuras, terribles agonías, escarpadas montañas, punzantes espinas y espantosos desiertos. Pero, por el camino de María se avanza más suave y tranquilamente. Claro que también encontramos rudos combates y grandes dificultades a superar. Pero esta bondadosa Madre y Señora se hace tan cercana y presente a sus fieles servidores para iluminarlos en sus tinieblas, esclarecerlos en sus combates y dificultades, que –en verdad– este camino virginal para encontrar a Jesús resulta de rosas y mieles, comparado con los demás. Esta devoción a la Santísima Virgen es camino corto para encontrar a Jesucristo. Sea porque en él nadie se extravía, sea porque –como acabo de decir– se avanza por él con mayor gusto y facilidad y, por consiguiente, con mayor rapidez. Se adelanta más en poco tiempo de sumisión y obediencia a María que en años enteros de hacer nuestra propia voluntad y apoyarnos en nosotros mismos. Porque el hombre obediente y sumiso a María cantará victorias señaladas sobre todos sus enemigos. Esta devoción a la Santísima Virgen es camino perfecto para ir a Jesucristo y unirse con El. Porque María es la más perfecta y santa de las puras creaturas y Jesucristo, que ha venido a nosotros de la manera más perfecta, no tomó otro camino para viaje tan importante y admirable que María. Esta devoción a la Santísima Virgen es camino seguro para ir a Jesucristo y alcanzar la perfección uniéndonos a El... Efectivamente, lo propio de la Santísima Virgen es conducirnos con toda seguridad a Jesucristo, así como lo propio de Jesucristo es llevarnos al Padre con toda seguridad. Que no se engañen, pues, las personas espirituales creyendo falsamente que María les impida llegar a la unión con Dios. Porque ¿será posible que la que halló gracia delante de Dios para todo el mundo en general y para cada uno en particular, estorbe a las almas alcanzar la inestimable gracia de la unión con Jesucristo? ¿Será posible que la que fue total y sobreabundantemente llena de gracia y tan unida y transformada en Dios que le obligó a encarnarse en Ella, impida al alma vivir unida a Dios? (VD 152. 155. 157. 159. 164).
COMPROMISO DE VIDA
Me examinaré a fin de ver si mi comportamiento es inmaduro (egoísta, inestable, carente de motivos, pasivo...) o si me encuentro avanzado hacia la madurez cristiana (don de sí en el amor, elección definitiva de Jesucristo, constancia, irradiación de la salvación, vida filial, docilidad al Espíritu...).
¿Qué quiso en concreto pedir la Virgen cuando, apareciéndose a los pastorcitos de Fátima y luego varias veces a Lucía, pidió la consagración del mundo a su Corazón Inmaculado? ¿Qué valor ha asumido ante Dios y la comunidad el gesto de Juan Pablo II (1981), cuando –siguiendo las huellas de Pío XII (1942) y de Pablo VI (1964), consagró a María la Iglesia, las naciones y el mundo? Veamos a la luz de la Biblia que esta entrega a María forma parte de una más amplia consagración a Dios de parte de su pueblo y que esta consagración hace evidente la misión unificadora de la Virgen en favor de la familia de Dios que es la Iglesia.
Un pueblo consagrado al Señor En la Biblia la consagración tiene un significado más profundo. No sólo se consagran y reservan al servicio divino el rey, el templo, el altar, sino que también todo el pueblo está consagrado a Dios, como afirma el Deuteronomio: «Tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios; El te eligió para que fueras, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad. Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió no fue por ser vosotros más numerosos que los demás –porque sois el pueblo más pequeño–, sino que por puro amor vuestro, por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto... Así sabrás que el Señor, tu Dios, es Dios, un Dios fiel: a los que aman y guardan sus preceptos, les mantiene su alianza y su favor por mil generaciones» (Dt 7,6-9). Ser un pueblo consagrado significa ser objeto de una elección amorosa de parte de Dios, formar parte de una comunidad que pertenece al Señor, estar insertos en la órbita de la santidad de Dios. Por tanto, el código del pueblo consagrado es "Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo" (Lv 11,44; 20,26). A todo los cristianos convertidos del paganismo y bautizados, dirige s. Pedro esta exhortación: «También vosotros, como piedras vivas, vais entrando en la construcción del templo espiritual, formando un sacerdocio santo, destinado a ofrecer sacrificios espirituales que acepta Dios por Jesús Mesías... Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios, para publicar las proezas del que os llamó de las tinieblas a su maravillosa luz» (1 Pe 2,5.9).
María tipo de la Iglesia consagrada Es claro que la consagración del Pueblo de Dios a su Señor encuentra en María el propio modelo. La Virgen de Nazaret constituye el tipo de la Iglesia consagrada, porque en su vida ofrece en forma eminente las notas características de la consagración: pertenencia al Señor de quien se declara esclava, conformación total a la voluntad de salvación de los hombres, fidelidad en el dolor y en la prueba... El Concilio Vaticano II resume en estos términos la actitud de María en la Anunciación: «María, hija de Adán, aceptando la palabra divina, fue hecha Madre de Jesús, y abrazando la voluntad salvífica de Dios con generoso corazón y sin impedimento de pecado alguno, se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la Redención con El y bajo El, por la gracia de Dios omnipotente» (LG 56). María es la Hija de Sión, en quien culmina la consagración del pueblo de Israel, y la que invita a los cristianos a renovar la alianza de amor con Dios en el nuevo mediador, que es Cristo: «Ella es la mujer –dice A. Serra– que hace suyo y transmite y comunica a los servidores el acto de fe característico de la comunidad del pacto antiguo: "Haremos cuanto nos diga el Señor" (Ex 19,8). "Haced cuanto El os diga" (Jn 2,5)». A ejemplo de María, todo miembro del Pueblo de Dios debe vivir su propia consagración al Señor. La actitud de disponibilidad para con María y la entrega total de sí mismo a Ella, exigidos por la misión asignada a María en la historia de la salvación, están al servicio de la consagración eclesial a Cristo. Esta incluye también un amor concreto a la Iglesia, que –como intuía Juan XXIII– es inseparable de Jesús: «Una consagración hecha a Ella (a la Virgen) significa consagración fervorosa, irrevocable, generosa al divino Salvador, a su ley, a la Iglesia» (1-9-1959). Con María, pues, la Iglesia toma conciencia de su consagración a Dios y al mismo tiempo de su ser comunitario.
María para la comunión eclesial El último dato biográfico acerca de María, que nos ofrece el Nuevo Testamento, lo traen los Hechos de los Apóstoles que presentan a la Madre de Jesús dentro de la primera comunidad cristiana reunida en el Cénaculo en espera del Espíritu: «Todos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, además de María, la madre de Jesús, y sus parientes» (Hech 1,14). Esta presencia de María en la primera comunidad eclesial es densa de significado y oculta un designio de la sabiduría divina. En efecto, Dios no obra nunca inútilmente, porque siempre le guía su infinita sabiduría de amor. Si ha querido que María fuera mencionada explícitamente en la descripción de la Iglesia naciente, ello respondía a su intención de mostrar que la presencia de María es un elemento de la Iglesia de todos los tiempos. En el siglo IV lo intuyó s. Cromacio, obispo de Aquilea, quien afirmó: «Se congregó la Iglesia en la sala alta del Cenáculo con María, que era la Madre de Jesús, y con los hermanos de El. No se puede, por tanto, hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor, con los hermanos de El» (Sermón XXX, 1). Cuando pensamos en esta presencia de María en la Iglesia, no podemos ahogar un sentimiento de gozo, de admiración y de «adorante respeto hacia el sabio designio de Dios, que ha colocado en su Familia –la Iglesia– como en todo hogar doméstico, la figura de una Mujer, que calladamente y en espíritu de servicio vela por ella y protege benignamente su camino hacia la patria» (MC, introducción). ¿Qué es una familia en la que falta la madre? Es una comunidad de personas caracterizada por un vacío que nada puede llenar. La madre es fuente de unidad, de vida y de calor. Al colocar a María en la Iglesia, Dios ha tenido en cuenta esta exigencia puesta por El en el corazón humano: Con María la Iglesia aparece como Familia de los hijos de Dios, congregados en el amor y sostenidos por la Madre que intercede por ellos. Sienten la necesidad de una madre las comunidades africanas, las últimas en entrar en la Iglesia universal. Una poesía religiosa titulada A nuestra Madre traduce en términos espontáneos, sinceros y llenos de afecto, la necesidad de la presencia de María para las nacientes comunidades cristianas... «Tus hijos negros son los de la última hora. Van como apresurados, como llenos de celo, por ocupar su puesto en el concierto de los pueblos, que desde la tierra del exilio suben hacia ti, dulce Madre de Cristo... Tú, gigante de las sendas del amor, esperamos en el camino, atráenos, arrástranos, porque somos tan débiles y llenos de temor, porque ignoramos, porque dudamos y tergiversamos... Acuérdate, eres nuestra Hermana mayor... Eres paciente, que hermanos y hermanas menores sigan tus huellas... Acuérdate, eres la madre amorosa... Estás atenta a que tus hijos traten de caminar... Hermana amada, madre querida, aguárdanos, atráenos, arrástranos, sostennos, ruega, ruega por nosotros» (1957). Inclusive nosotros, que pertenecemos a las antiguas comunidades cristianas, tenemos necesidad de María. La necesitamos para permanecer fieles a Cristo verdadero Dios y verdadero hombre, porque –como observa Newman– las comunidades que han abandonado a María han perdido la fe en la divinidad de Jesús. Necesitamos de María para ser un solo corazón y una sola alma como la primera comunidad cristiana: "Con María –decía el sacerdote romano Don Terenzi– los hombres se tornarán hermanos". En un mundo en el que triunfan los instintos egoístas y el apego al poder, "María muestra a la Iglesia el camino del servicio, de la pobreza y la humildad para que en su vida resplandezca la gloria de Dios solo" (Max Thurian). La consagración a María es escuela de pobreza y participación. Montfort en su exigencia de radicalidad, nos hace renunciar inclusive a disponer de nuestros bienes espirituales, como el valor de las buenas obras y el valor de nuestras plegarias (VD 121-123). Los deseos e intenciones de la oración quedan sometidos al querer de María, orientado siempre a la mayor gloria de Dios y ciertamente al bien de toda la Iglesia, sobre todo de sus hijos más necesitados. Vivir con María la comunión de los santos significa sentirse una sola familia donde todo es común. Los bienes espirituales de la persona ayudan a todos; los bienes materiales tampoco pueden quedar acumulados en manos de unos pocos, sino que deben compartirse fraternalmente como se hacía en la primera comunidad cristiana de Jerusalén (Hech 2,44).
Consagración social y compromiso personal Consagración social y consagración personal, en la Biblia, se hallan íntimamente unidas. En el designio divino de la alianza, primero se consagraba el mediador (Abrahán, Moisés, Cristo); viene luego la consagración de la comunidad (Sinaí, Pentecostés); finalmente, son insertos los individuos en el pueblo consagrado (Nuevo Testamento, mediante el bautismo). Es el orden seguido por Juan Pablo II, que ante todo ha hecho su consagración personal con las palabras "Totus tuus"; luego ha consagrado el mundo, la Iglesia de Roma y otras comunidades; luego, algunas categorías particulares de personas. Estas consagraciones sociales de comunidades, naciones, continentes o del mundo entero, pueden considerarse como oraciones de intercesión y, al mismo tiempo, como compromiso, con los cuales los representantes o miembros de un grupo, conscientes de su responsabilidad eclesial, confían a Dios y a María su eterna salvación. Es hacerse cargo, hasta donde es posible, de los propios hermanos y de los posibles miembros de la comunidad, incluyéndolos en su propia consagración personal y en la propia solicitud pastoral. Pero el Papa considera la consagración social como una invitación al compromiso personal: «Los obispos polacos –decía el entonces cardenal Wojtyla (3-5-1978)– no han impuesto el acto claromontano del 3 de mayo de 1966 a todos los fieles de la Iglesia. Han hecho una proposición, han invitado y llamado a cada uno de nosotros individualmente. Entonces –decimos una vez más– reflexiona y no sólo reflexiona sino encuentra tu puesto en este Acto de consagración, porque en él hay puesto para cada uno. El que tú debes ocupar con tu vida. ¿Eres obispo? Ocúpalo, entonces con tu vida de Obispo. ¿Eres sacerdote? Con tu vida sacerdotal. ¿Eres padre de familia? Con tu vida familiar». Esto significa que la consagración personal debe vivirse en contexto social: como la plena realización de la consagración del Pueblo de Dios. Es una consagración que procede de la Iglesia y en comunión con ella alcanza todo su valor. (Este último párrafo ha sido extraído del documento doctrinal de la Unión mariana nacional sobre la "Consagración a María como fidelidad a Cristo en la Iglesia").
LECTURA
La protección maternal de María La Santísima Virgen es Madre de dulzura y misericordia y jamás se deja vencer en amor y generosidad. Viendo que te has entregado totalmente a Ella para honrarla y servirla y te has despojado de cuanto más amas para honrarla, se entrega también plena y totalmente a ti. Hace que te abismes en el océano no de sus gracias, te adorna con sus méritos, te apoya con su poder, te ilumina con su luz, te inflama con su amor, te comunica sus virtudes: su humildad, su fe, su pureza, etc., se constituye en tu fiadora, tu suplemento y tu todo ante Jesús. Por último, dado que como consagrado perteneces totalmente a María, también Ella te pertenece en plenitud. De suerte que, como perfecto servidor e hijo de María, puedes repetir lo que dijo de sí mismo el evangelista san Juan: "El discípulo se la llevó a su casa". Este compromiso observado con fidelidad produce en tu alma gran desconfianza, desprecio y aborrecimiento de ti mismo y, a la vez, inmensa confianza y total entrega en manos de la Santísima Virgen, tu bondadosa Señora. Como consagrado a Ella, no te apoyarás en tus propias disposiciones, intenciones, méritos y buenas obras. En efecto, lo has sacrificado todo a Jesucristo por medio de su Madre bondadosa. Por ello, ya no te queda otro tesoro –y éste ya no es tuyo– en donde estén todos tus bienes que María. Esto te llevará a acercarte al Señor sin temor servil ni escrúpulos y a rogarle con toda confianza. Y te hará participar en los sentimientos del piadoso abad Ruperto, quien aludiendo a la victoria de Jacob sobre un ángel, dirige a la Santísima Virgen estas hermosas palabras: "¡Oh María, Princesa mía y Madre inmaculada del hombre-Dios, Jesucristo, no apoyado en mis méritos sino armado con los tuyos, deseo luchar con este Hombre que es el Verbo de Dios!". ¡Oh! ¡Qué poderosos y fuertes somos ante Jesucristo cuando estamos armados con los méritos e intercesión de la digna Madre de Dios, quien –según las palabras de s. Agustín– venció amorosamente al Todopoderoso! (VD 144-145).
COMPROMISO DE VIDA
A ejemplo de María, me ejercitaré en crear un clima de comunión dentro de la comunidad a la cual pertenezco (aceptación mutua, disponibilidad de ayuda, promoción de diálogo, oración y trabajo posiblemente en equipo...).
VIDA DE CONSAGRACION
«Estimado amigo, amado de Dios, pongo en tus manos un secreto que me ha enseñado el Altísimo y que no he podido encontrar en ningún libro antiguo ni moderno. Te lo entrego, con la ayuda del Espíritu Santo, pero con estas condiciones: ... que te empeñes en vivirlo para santificarte y llegar a la madurez espiritual. Porque la eficacia de este secreto se mide por el uso que se hace de él. ¡Cuidado con cruzarte de brazos! Pues mi secreto se convertiría en veneno y vendría a ser tu condenación» (SM 1). Con estas vibrantes palabras, s. Luis María de Montfort nos presenta la consagración a Jesucristo por medio de María como un misterio de gracia y un maravilloso camino de santidad. Pero nos exhorta igualmente a ver en la consagración no un acto único realizado una vez para siempre, sino una orientación fundamental que regula toda la vida.
Un "sí" de amor a Dios ¡Nada más contrario al espíritu de la consagración que una actitud de pasividad o falta de compromiso! El consagrado es el que, tras abandonar el egoísmo y la pereza, hace de su vida un don para la venida del reino de Dios. Se fía de María y sintoniza con Ella para responder más generosamente a las exigencias del bautismo. Toda su existencia debe transformarse progresivamente en un "sí" de amor y, por tanto, nos pone en guardia contra toda tentación de superficialidad: «No basta consagrarse a María, una vez para siempre. Ni aún, renovar la consagración cada mes o cada semana. Devoción bien pasajera sería ésta, incapaz de llevarte a la perfección. Porque no es difícil consagrarse a María, alistarse en sus cofradías y rezar diariamente algunas oraciones prescritas. La dificultad se halla en entrar en el espíritu de esta consagración que lo coloca a uno en actitud de absoluta disponibilidad respecto de María y, por Ella, de Jesús. Muchas personas he encontrado que, llenas de entusiasmo han hecho esta consagración, pero solamente de palabra. Pocas, en cambio, han asimilado su espíritu y menos numerosas aún son las que han perseverado en él» (SM 44). ¿Qué propone Montfort para vivir la consagración? ¿Cuál es el secreto que nos ofrece para que podamos llegar a la madurez espiritual? ¿Qué ejercicio nos sugiere para adquirir el espíritu de la auténtica entrega a Jesucristo por medio de María? Con una frase-resumen, Montfort responde que es preciso «obrar siempre por María, con María, en María y para María a fin de obrar más perfectamente por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo y para Jesucristo» (VD 257). Para evitar toda apariencia de complicación en la vida espiritual, digamos que la propuesta de Montfort «consiste en obrar en todo con María, es decir, tomar a María como modelo perfecto de la conducta del cristiano» (SM 45). Se trata de recorrer el camino cristiano junto con María, guiados por Ella, en sintonía con Ella hasta llegar a una identificación con Ella. Todo lo que dice Montfort acerca de las "prácticas exteriores" (VD 258-265; SM 46-49) constituye un aprendizaje y entrenamiento necesarios, que se deben valorizar al máximo si se quiere vivir como auténticos consagrados.
"Vivir a María" El movimiento de los "Focolares" nos ofrece una fórmula equivalente a la propuesta por Montfort. Todo consagrado puede adoptarla como lema programático de vida: "vivir a María". «Vivir a María es una expresión-código que encierra gran número de significados... Vivir como habría vivido María, es decir, con esa sensibilidad especial a la Palabra de Dios, como nos la presenta el Evangelio. Tener como modelo permanente a María, fue novia, esposa, consagrada, madre, viuda... y sobre todo la primera cristiana. Por último, prolongar la obra de María: hacer nacer con Ella a Jesús, Dios encarnado, en medio de los hombres» (Entrevista a 5 jóvenes "focolarinos", 1974). "Vivir a María" significa experimentarla en nuestra existencia cotidiana, entrar en contacto vital con Ella que es madre y modelo en el orden de la gracia, establecer en Ella un término de confrontación para orientar cristianamente nuestras opciones. Si consideramos a la Madre de Dios en la riqueza de dones y de valores en el orden de la gracia, establecer en Ella un término de confrontación para orientar cristianamente nuestras opciones. Si consideramos a la Madre de Dios en la riqueza de dones y de valores en que el Señor la ha constituido, encontramos en Ella a una persona que nos atrae y da finalidad a nuestros esfuerzos. Sin que se convierta en meta definitiva. No obstante, ser un punto privilegiado de encuentro con el Dios de la salvación, María sigue siendo siempre la humilde esclava del Señor en estado de servicio permanente en favor del Pueblo de Dios. Los jóvenes de los "Focolares" expresan este pensamiento con un ejemplo científico: «En la radio existe la llamada onda portadora de alta frecuencia, una señal de alta frecuencia que sale del oscilador. La onda portadora no se siente, no hace ruido. Pero si no tienes onda portadora, no podrás transmitir la modulación que querrías escuchar. María es en cierta forma esto: el silencio que permite que Dios se haga oír». Ensayemos, pues, a "vivir a María" para ser auténticos cristianos como Ella y sintonizar por medio de Ella la frecuencia de modulación de la voluntad salvífica de Dios.
LECTURA
Esencia de la devoción a María Después de esto, protesto a voz en grito que –aunque he leído casi todos los libros que tratan de la devoción a la Santísima Virgen y conversado familiarmente con las personas más santas y sabias de estos últimos tiempos– no he logrado conocer ni aprender ninguna práctica de devoción semejante a la que voy a explicarte, que te exija más sacrificios por Dios, te libre más de ti mismo y de tu egoísmo, te conserve con mayor facilidad en gracia de Dios y la gracia de Dios en ti, te una con mayor perfección y facilidad a Jesucristo y dé mayor gloria a Dios, te santifique más y sea más útil al prójimo. Dado que lo esencial de esta devoción consiste en el interior que ella debe formar, no será igualmente comprendida por todos: * algunos se detendrán en lo que tiene de exterior, sin pasar de ahí: serán el mayor número; * otros, en número reducido, penetrarán en lo interior de la misma, pero se quedarán en el primer grado. ¿Quién subirá al segundo? ¿Quién avanzará hasta el tercero? ¿Quién, finalmente, permanecerá en él habitualmente? Sólo aquel a quien el Espíritu de Jesucristo revele este secreto y lo conduzca por sí mismo para hacerlo avanzar de virtud en virtud, de gracia en gracia, de luz en luz, hasta transformarlo en Jesucristo y llevarlo a la plenitud de su madurez sobre la tierra y de su perfección en el cielo (VD 118-119).
COMPROMISO DE VIDA
Mi programa de hoy será "vivir a María" para prolongar en el mundo el "sí" de amor a Dios de la Virgen de Nazaret.
15. DISPONIBLES AL ESPIRITU COMO MARIA
Es fácil proclamar los propios ideales; más difícil es vivirlos. Lo cual vale también para la consagración a Jesús por María. Pronunciar una fórmula de consagración, proclamarse consagrado a la Madre de Dios para vivir más fielmente las promesas del bautismo: no requiere grandes esfuerzos. Pero cuando se trata de emprender un camino nuevo, inspirado en el ejemplo de la Virgen y disponible a su acción maternal, aparecen las dificultades: "¿Cómo hacer? ¿Dónde comenzar para lograr la identificación con María y dar a Cristo la respuesta que El aguarda de sus bautizados? ¿Cómo dar a la propia vida esa tonalidad mariana, requerida por el puesto de María en la historia de la salvación y que los consagrados se empeñan en realizar?" Hay un Santo, que ha hecho antes de nosotros la experiencia de una intensa espiritualidad mariana y se halla en grado de ofrecernos sugerencias eficaces, para que nosotros podamos vivir también como consagrados. El nos toma de mano y, como sabio maestro, nos guía e introduce en los secretos de la experiencia mariana en la vida de cada día. Nos dice: Haz lo que te digo, te aseguro que triunfarás. En su libro áureo Tratado de la Verdadera Devoción a María sugiere «algunas prácticas interiores que tienen gran eficacia santificadora para aquellos a quienes el Espíritu Santo llama a una elevada santidad» (VD 257). ¿Haz recorrido el camino que conduce a tu "yo profundo", a tu corazón, en lo íntimo de tu conciencia y de tu libertad? Montfort te lo señala para hacerte encontrar a María, hacerte vivir en actitud de diálogo constante con Ella, hasta identificarte con Ella. Llegarás, entonces, no obstante tus defectos y debilidades, a "ser María" para Jesús y para los hermanos, cooperando en la construcción de un mundo nuevo y más hermoso, como quiere el Señor.
Dejarse conducir por el Espíritu Santo Montfort indica la primera actitud para vivir la consagración a María con esta frase imperativa: «Hay que realizar las propias acciones por María, es decir, hay que obedecer en todo a María, moverse a impulso de su espíritu, que es el Espíritu de Dios» (VD 258). La espiritualidad mariana en la que el Santo nos introduce no es un recurso esporádico o un sentimiento pasajero respecto de María. Es más bien una opción fundamental de sintonizar con María que se prolonga por toda la vida y orienta cada una de las acciones. Se comprende fácilmente que una persona no se hace buena y honesta por un solo acto de bondad y honestidad: es necesario repetir con frecuencia esos actos, de manera que se cimiente en el alma una actitud resuelta de escoger el bien y rechazar el mal. Por ello Montfort nos invita con insistencia a mirar a María en toda acción a fin de asimilar su espiritualidad, su orientaciones y opciones. Se trata de un ejercicio, de una técnica dictada por el amor: si te cansas o te olvidas de ello, comienza de nuevo y persevera en tu propósito, porque sólo así se te comunicará y continuará en ti la vida de María. Como verdadero maestro de vida espiritual, Montfort te indica en seguida la meta y la condición de una espiritualidad auténtica: la docilidad al Espíritu Santo. La Escritura lo dice claramente: «Hijos de Dios son todos y sólo aquellos que se dejan llevar por el Espíritu de Dios» (Rom 8,14). La primera preocupación del cristiano consiste en dejarse llevar por el Espíritu, en estar abierto a su impulso interior que quiere hacerlo actuar por amor, en regular cuanto hace por el sabio designio de Dios a fin de no construir en vano. En un mundo totalmente orientado por la eficacia y por hacer siempre más, la frase de s. Pablo es oportuna para recordar la primacía del ser sobre el tener. Para el cristiano es esencial vivir una vida espiritual, es decir, animada por el Espíritu de Cristo y no por los instintos naturales o las prescripciones externas. La mayor alegría del hombre es consagrarse conscientemente al Espíritu Santo, para que El le conduzca a la madurez cristiana.
María dócil al Espíritu Para llegar a este ideal de disponibilidad al Espíritu Santo, Montfort propone un modelo concreto, mirando al cual se aprende con mayor facilidad y fruto que siguiendo indicaciones abstractas. Después de Jesucristo, siempre conducido por el Espíritu, ese ejemplo de acogida del Espíritu es María. Las páginas del Evangelio presentan a María como aquella que recibe al Espíritu para concebir virginalmente al Hijo de Dios (Lc 1,35). Isabel, llena de Espíritu Santo, exalta la fe de María en la Palabra del Señor (Lc 1,45). Finalmente en el Cenáculo encontramos a la Madre de Jesús con los discípulos, que en la plegaria esperan la venida del Espíritu (Hech 1,14). El doctor místico s. Juan de la Cruz (+1591) ve a María en esta perspectiva espiritual: «... la gloriosa Virgen Nuestra Señora, habiendo sido elevada desde el comienzo a este sublime estado, jamás tuvo impresa en el alma ninguna forma de creatura que la moviera a obrar, sino que fue siempre movida por el Espíritu Santo» (Subida al Monte Carmelo, I. III, c.11, n. 10). Montfort, tras las huellas de s. Juan de la Cruz, concluye que toda la vida de María ha sido guiada por el Espíritu Santo, hasta el punto de ser habitada y poseída por El. Como Pablo ha podido escribir: «Cristo es mi vida... Ya no vivo yo, Cristo vive en mí» (Flp 1,21; Gal 2,20), también María puede afirmar con toda verdad: "Quién guía mi vida es el Espíritu. Me posee en tal forma que mi espíritu actúa solamente, si El lo orienta: mi espíritu casi se eclipsa y desaparece para dar lugar al Espíritu Santo". Para no interpretar falsamente la frase de Montfort «el espíritu de María es el Espíritu de Dios» (VD 258), como si afirmara la sustitución o anulación del "yo" de María por el Espíritu Santo, es preciso recordar que estamos en un contexto de espiritualidad y no de filosofía. No se quiere negar la persona de la Virgen; se quiere decir que Ella actuaba siempre en sintonía con el Espíritu Santo hasta formar místicamente una sola realidad con El. Que es lo que quiere expresar el pasaje bíblico: «Estar unido al Señor es ser un Espíritu con El» (1 Cor 6,17).
Renuncia y entrega Para que podamos imitar a María y hacernos dóciles al Espíritu Montfort nos da un consejo muy práctico: renunciar a nuestro propio espíritu y asimilar el de María. Es decir, antes de toda acción debemos estar atentos a un doble movimiento, que Montfort te hace acompañar de estas sencillas palabras: «Renuncio a mí mismo y me entrego a ti, querida Madre mía» (VD 259). Es una ascesis exigente pero eficaz. Que corrige las orientaciones falsas e impide las opciones equivocadas. Renunciando a los malos instintos para "vivir como María" dóciles al Espíritu, tenemos que volver con frecuencia sobre nuestros pasos y modificar nuestro camino. Tenemos que aprender a perdonar, a ayudar a los hermanos, a orar de verdad, a ser sinceros y comprometidos en nuestro trabajo. Nuestras acciones y hasta nuestros sentimientos se impregnarán progresivamente de una tonalidad mariana, que antes no tenían. Participarán –asegura Montfort– del espíritu de María, que es a la vez «suave y fuerte, celoso y prudente, humilde y valeroso, puro y fecundo» (VD 259), o sea armonizarán las diversas virtudes en una síntesis perfecta. Amigo consagrado a Cristo por María, no pierdas tiempo: comienza a vivir tu consagración empezando por repetir antes de toda acción o decisión las palabras sugeridas por Montfort: "Renuncio a mí mismo y me entrego a ti, María". Si perseveras en este ejercicio, te encontrarás en un estado de completa docilidad al Espíritu Santo, que te transformará en un hombre evangélico y en un cristiano maduro.
LECTURA
Todo por medio de María Hay que realizar las propias acciones por María, es decir, hay que obedecer en todo a María, moverse en todo a impulso de su espíritu, que es el Espíritu de Dios. "Hijos de Dios son todos y sólo aquellos que se dejan llevar por el Espíritu de Dios". De manera semejante, los que se dejan llevar por el espíritu de María son hijos de María y, por consiguiente, hijos de Dios.. Y, entre tantos devotos suyos los que se dejan llevar por su espíritu. He dicho que el espíritu de María es el Espíritu de Dios, porque Ella no se guió jamás por su propio espíritu, sino por el Espíritu de Dios, el cual se posesionó en tal forma de Ella que llegó a ser su propio espíritu. De donde las palabras de s. Ambrosio: "More en cada uno el alma de María, para engrandecer al Señor; more en cada uno el espíritu de María, para regocijarse en Dios". ¡Qué dichoso quien –a ejemplo del piadoso hermano jesuita Alfonso Rodríguez, muerto en olor de santidad– se halla totalmente poseído y se deja conducir por el espíritu de María! ¡Espíritu que es suave y fuerte, celoso y prudente, humilde e intrépido, puro y fecundo! Para dejarte llevar por el espíritu de María, es preciso que: 1) Antes de obrar –por ejemplo, antes de orar, celebrar la santa Misa o participar en ella, comulgar, etc.– renuncies a tu propio espíritu, a tus propias luces, querer y obrar. Porque las tinieblas del entendimiento y la malicia de la voluntad son tales que si las sigues, por excelentes que te parezcan, obstaculizarán al santo espíritu de María. 2) Te entregues al espíritu de María para ser movilizado y conducido por él, de la manera que Ella quiera. Debes abandonarte en sus manos virginales, como la herramienta en manos del obrero y el laúd en manos del tañedor. Tienes que perderte en María y abandonarte a Ella, como una piedra que se arroja al mar: lo cual se hace sencillamente y en un instante, con una simple mirada del espíritu, un ligero movimiento de la voluntad o con pocas palabras, diciendo, por ejemplo: "¡Renuncio a mí mismo y me consagro a ti, querida Madre mía!" Y aun cuando no sientas ninguna dulzura sensible en este acto de unión, no por ello deja de ser verdadero. 3) Durante la acción y después de ella, renueves de tiempo en tiempo, el mismo acto de ofrecimiento y unión. Y cuanto más lo repitas, más pronto te santificarás y llegarás a la unión con Jesucristo. Unión que sigue siempre a la unión con María, dado que el espíritu de María es el Espíritu de Jesús (VD 258-259).
COMPROMISO DE VIDA
En toda acción me pondré en sintonía con el espíritu de María, repitiendo: "Renuncio a mí mismo y me consagro a ti, querida Madre mía".
16. EVANGELIO VIVO A EJEMPLO DE MARIA
"Las palabras vuelan, los ejemplos arrastran" decían los antiguos, convencidos de que no cuentan las palabras, sino los hechos. En efecto, el ejemplo ejerce un gran influjo sobre el comportamiento humano, sobre todo cuando está constituido por toda una serie de acciones realizadas por una persona: hacen conocer la meta a la que hay que llegar, ponen en el banquillo los modos de actuar que no están conformes con ella, animan a proseguir en la tarea. Hoy, con la inflación de palabras y mensajes, se ha perdido la confianza en lo que se dice, a menos que vaya acompañado con el testimonio de vida. En nuestro tiempo se ha descubierto que el niño (y la persona en general) no puede desarrollarse y madurar sicológicamente sin modelos que le inspiren: serán sucesivamente la mamá, el papá, el maestro, el campeón, una gran personalidad. Y es así como muchos cristianos miran hoy a algunos modelos espirituales, en quienes ven encarnados los valores importantes para la vida personal y social: Carlos de Foucauld (fraternidad universal), Martin Luther King (la fuerza de amar), Teilhard de Chardin (pasión por la transformación del mundo), Juan Pablo II (Totus tuus o la consagración a María)... Naturalmente todos estos modelos son parciales y nos remiten a Jesucristo, fuente de santidad y ejemplo supremo de amor filial al Padre y servicio del hombre, testigo de la opción según la lógica divina hasta las últimas consecuencias. El Evangelio, que encierra la vida terrena de Jesús, es un vértice de espiritualidad. Seguirá siendo hasta el fin del mundo como una llamada al hombre y a la sociedad para que se eleven del egoísmo y sórdidos intereses para acoger el mensaje de la salvación. ¿Y María? Después de Jesucristo es la persona más significativa en la historia de la salvación. La Iglesia necesita referirse a Ella, si quiere dar a Jesús no una respuesta a medias, sino de amor total y perseverante. La Madre de Jesús «brilla ante toda la comunidad de los elegidos como modelo de virtudes» (LG 65).
Existió una vez María de Nazaret No es una fábula. María de Nazaret pertenece al mensaje evangélico, como una mujer que realmente ha vivido entre el pueblo de Israel: su misión fundamental ha sido la de introducir al Hijo de Dios en la condición humana e histórica. La realidad de María es garantía de la encarnación y de la verdadera humanidad de Jesús. Preocupados de presentar en la oración nuestra situación con sus problemas y necesidades, miramos confiadamente a María en su condición celeste. En sintonía con el pueblo cristiano, especialmente en sus estratos más humildes, es justo que actuemos así. En efecto, María es una persona viva y glorificada por Dios, que la dota de bondad y poder como conviene a la Madre del Señor. Existe, sin embargo, el peligro de olvidar la vida vivida por María en la tierra y los ejemplos de su comportamiento altamente cristiano. Ciertamente el Rosario pone ante nuestra mirada, contemplativa y orante, los episodios salvíficos de la vida de Cristo, a los que María ha estado íntimamente asociada. Pero entonces ¿cómo explicar que los cánticos y poesías populares no hablen nunca o casi nunca de la fe, esperanza y caridad de María? Es patente que estos aspectos profundos de la experiencia terrena de la Virgen son difíciles de asimilar. Por eso, Montfort insiste en la exigencia de ejercitarse continuamente teniendo como referencia a María, sobre todo en las actitudes más profundas de su vida: «Hay que... mirar a María como modelo acabado de toda virtud y perfección, formado por el Espíritu Santo en una pura creatura, para que lo imites según tus limitadas capacidades. Es, pues, necesario que en cada acción mires cómo la hizo o haría la Santísima Virgen, si estuviera en tu lugar» (VD 260). Imitar a María, inspirarse en su ejemplo, más aún identificarse íntimamente con Ella... ¿no es acaso empresa demasiado elevada para nosotros? ¿Cómo podemos aspirar a hacernos como Ella? Montfort nos previene tanto contra el desaliento, como contra la idea de imaginarlo todo fácil. Jamás podremos llegar al nivel de perfección de la Inmaculada, que ha correspondido siempre y plenamente a la gracia de Dios; siempre seremos, dada nuestra debilidad y escasa capacidad, "copias imperfectas", de María. Aunque esto golpee la envidia seudodemocrática de quien tolera mal que haya quien en la Iglesia descuelle sobre los demás, es preciso reconocer que en el misterio de la Iglesia "la Virgen María la precedió, mostrando en forma eminente y singular el modelo de la virgen y de la madre" (LG 63). Bástenos tratar de asemejarnos a María, dejándonos iluminar por la luz de su ejemplo.
Su vida, nuestra vida Aquí Montfort, una vez declarada la exigencia de mirarse en el espejo de María no en forma esporádica sino "en toda acción", define el modo práctico de obrar. El ejercicio que se debe poner en juego para identificarse espiritualmente con María tiene para Montfort una dirección única: «Debes examinar y meditar las grandes virtudes que Ella practicó durante toda su vida» (VD 260). En otras palabras, debemos acudir al Evangelio, leerlo, meditarlo, saborearlo, en todos los episodios que se refieren a María, con la finalidad de asimilar "sus grandes virtudes", es decir, sus actitudes interiores. No se trata de repetir cuanto ha hecho María, sino de realizar cosas diferentes con la misma actitud religiosa de María. Es precisamente su vida profunda la que debe comunicársenos. En la misma dirección se mueve la Marialis Cultus, que ofrece estas programáticas palabras iluminadoras: «La Virgen María ha sido propuesta siempre por toda la Iglesia a la imitación de los fieles no precisamente por el tipo de vida que Ella llevó y, tanto menos, por el ambiente socio-cultural en que se desarrolló, hoy día superado casi en todas partes, sino porque en sus condiciones concretas de vida Ella se adhirió totalmente a la voluntad de Dios (Lc 1,38); porque acogió la palabra y la puso en práctica; porque su acción estuvo animada por la caridad y por el espíritu de servicio; porque, es decir, fue la primera y la más perfecta discípula de Cristo: lo cual tiene valor universal y permanente» (MC 35). El perfil espiritual que el Evangelio nos ofrece de María es sobremanera atractivo y estimulante. Ella aparece como la mujer que vive profundamente la espiritualidad de los fieles del pueblo de Israel, es decir, de los "pobres del Señor", caracterizados por una confianza total en Dios, disponibilidad a sus designios de salvación, silencio reflexivo y esperanza orante... ¡Cuántas lecciones nos ofrece María con su experiencia espiritual! ¡Cuánta riqueza de inspiración en su cántico, el Magníficat (Lc 1,46-55), que impele a conocer el rostro de Dios revelado por la historia y a comprometernos en la liberación de los hombres en vista de la alianza! Montfort, por su parte, manifiesta sus preferencias por tres virtudes de María, que recomienda a nuestra atención: la fe, la humildad, la pureza. Podemos reconocer en este consejo una dimensión ecuménica, en cuanto también Lutero pone el acento sobre las mismas tres virtudes, a las que da un sentido bíblico y espiritual: * la fe consiste en rendirse a la gracia de Dios, en ser dúctil a su acción, en seguir sólo su voz y dejarse conducir por El. María es ejemplo de fe serena, fuerte, sincera; * la humildad es el renegar de sí mismo bajo el juicio de Dios, sentir bajamente de sí y adherir a Cristo, que ha elegido el camino de la pobreza y de la cruz. María no se exalta ante el ángel, sino que se manifiesta como humilde esclava del Señor; * la pureza indica una cualidad del espíritu que ama a Dios desinteresadamente y se abandona a El con actitud de habitual sometimiento. Es lo que ha hecho María al decir: «Soy la esclava del Señor: haz en mí lo que has dicho» (Lc 1,38). Ciertamente la virginidad de María, tanto en sentido espiritual como corporal, debe expresarse en consideración de su gran significado cristológico y eclesial. Son virtudes evangélicas, sólidas, fundamentales para el cristiano. En la escuela de María, cada uno de nosotros aprenderá a ser verdadero creyente, humilde y puro delante de Dios, y a caminar por las sendas de la madurez espiritual y de la respuesta siempre más generosa a la expectación del Padre.
LECTURA
Todo con María Hay que realizar las propias acciones con María, es decir, mirar a María como al modelo acabado de toda virtud y perfección, formado por el Espíritu Santo en una pura creatura, para que lo imites según tus limitadas capacidades. Es, pues, necesario que en cada acción mires cómo la hizo o haría la Santísima Virgen, si estuviera en tu lugar. Para ello debes examinar y meditar las grandes virtudes que Ella practicó durante toda su vida y particularmente: 1) su fe viva, por la cual creyó sin vacilar la palabra del ángel y siguió creyendo fiel y constantemente hasta el pie de la cruz en el Calvario. 2) Su humildad profunda, que la llevó siempre a ocultarse, callarse, someterse en todo y colocarse en el último lugar. 3) Su pureza totalmente divina, que no ha tenido ni tendrá jamás igual sobre la tierra. Y, finalmente, todas sus demás virtudes. Recuerda, te lo repito, que María es el grandioso y único molde de Dios, apto para hacer imágenes vivas de Dios, a poca costa y en poco tiempo. Quien halla este molde y se pierde en él, muy pronto se transformará en Jesucristo, a quien este molde representa al natural. Si honrar a María Santísima es necesario a todos los hombres para alcanzar la salvación, lo es mucho más a los que son llamados a una perfección excepcional. Creo personalmente que nadie puede llegar a una íntima unión con el Señor y a una fidelidad perfecta al Espíritu Santo, sin una unión muy estrecha con la Santísima Virgen y una verdadera dependencia de su socorro (VD 260. 44).
COMPROMISO DE VIDA
Antes de obrar, me preguntaré: ¿Qué haría la Virgen en mi lugar? y me esforzaré por imitar sus virtudes evangélicas.
17. VIVIR ESPIRITUALMENTE EN MARIA
Un sabio de nuestro tiempo, en su libro El profeta, escribió una frase muy profunda: «Cuando améis no digáis: Dios está en mi corazón. Decid más bien: Estoy en el corazón de Dios.» Es exactamente así: el amor hace salir de sí mismo e ir hacia la persona amada. No concreta el interés en el yo, sino en el tú. Lo saca a uno de sí mismo para centrarlo en el otro, que se convierte en morada habitual de su espíritu. Es la experiencia de cada día: quien ama en verdad e intensamente vive en la persona amada. Se comprende ahora porqué Montfort dice abiertamente a los cristianos que se han consagrado a María: «Hay que realizar las propias acciones en María» (VD 261). Es una consecuencia del amor hacia Aquella que es al mismo tiempo madre y modelo de la Iglesia y de cada cristiano.
María nuevo paraíso Para hacernos comprender lo que significa vivir en María, Montfort despliega un auténtico canto de amor en el cual se siente el eco de su experiencia espiritual mariana. Prueba de ello es el uso que hace del simbolismo, más adecuado que las simples ideas para expresar aquello que se siente profundamente. Se podrían extraer de estas páginas de Montfort unas maravillosas letanías, donde –como en las lauretanas– abundan los símbolos: «Nuevo paraíso terrestre... lugar santísimo... árbol de vida... jardín perfumado... prados de esperanza... torres de fortaleza... aire de pureza... horno de caridad... río de humildad... puerta oriental... santuario de la divinidad... mansión de la Trinidad... trono de Dios... ciudad de Dios... altar de Dios... mundo de Dios... tierra virginal e inmaculada... lugar del Espíritu Santo... jardín cerrado... fuente sellada... aula de los sacramentos de Dios» (VD 261-264). Esta serie de símbolos busca introducirnos en la comprensión del misterio de gracia que es María y hacer relampaguear ante nuestra mente qué bello es vivir en Ella. Esos títulos no son exageraciones poéticas u oratorias –nos advierte Montfort– porque responden a la realidad de María según la revelación y son "realísimos", es decir, comprobados por la experiencia: Todos estos «epítetos y alabanzas (son) muy verdaderos, cuando se refieren a las diferentes maravillas y gracias que el Altísimo ha realizado en María» (VD 262). María, en su realidad de obra maestra de Dios, arrebata el corazón de Montfort. Ella constituye un principio de llamada y atracción gracias a su belleza inmaculada. Es la nostalgia de los orígenes, el deseo de un mundo no manchado, la necesidad de una acogida materna que no juzga, sino que ama y acepta a la persona tal cual es. ¿Es un retorno al Edén? ¿Una repetición del paraíso terrestre? Montfort no ignora que el retorno puro y simple al paraíso perdido equivaldría a olvidar o descuidar la redención obrada por Cristo. Por ello habla de María como "nuevo" paraíso terrestre, habitado por el Espíritu Santo, que es su "dueño absoluto" (VD 263) y donde "el Altísimo ha colocado el trono de su gloria suprema" (VD 262). María es, por tanto, la nueva creación, el prototipo de quienes caminan en el Espíritu y se dejan llevar por El, por el camino del amor. Vivimos en Ella cuando no somos dominados por el temor, sino que se vive en la libertad de los hijos de Dios. Quien se encuentra con la "llena de gracia" y madre de misericordia, se encuentra libre de "turbaciones", temores y escrúpulos (VD 264), porque María abre el corazón a la confianza en Dios y a la disponibilidad al Espíritu. Es fácil entrever en estas alusiones la experiencia personal de Montfort, que encuentra en María un aliciente para la confianza, la libertad interior, la audacia apostólica bajo el impulso del Espíritu Santo.
Un misterio de gracia Fuera de ser motivo de atracción, María es para Montfort lugar santo y misterioso, donde sólo es posible morar "por gracia especial del Espíritu (que los miserables hijos de Eva) deben merecer" (VD 263). María no es, por tanto, una montaña que conquistar, sino más bien un aire puro que permite abrir las ventanas del alma. En otras palabras, vivir en María es un don del Espíritu, que es preciso implorar con plegaria ferviente y constante y merece con un compromiso de vida cristiana vivida con Ella. Para vivir en María, es necesario, pues, orar al Espíritu para que nos haga conocer y amar la obra de su gracia, que es María. Es siempre don gratuito de Dios revelar su acción en la historia y en las personas elegidas por El para la realización de la salvación. Es don del Padre conocer los misterios del reino. María forma parte de estos misterios, donde El revela su amor y nos guía al reino de los cielos. Como Montfort, en pos de toda la tradición del oriente cristiano, debemos reavivar el sentido del misterio respecto de la Madre de Dios. Si Ella está cercana a nosotros, como nuestra hermana de naturaleza y de fe, si ha vivido como nosotros las contingencias humanas, no deja por ello de ser siempre Madre de Dios, santísima y glorificada al lado de su Hijo en la comunión completa y eterna de la Santísima Trinidad. Es tierra bendita y zarza ardiente: un misterio de gracia, que sólo poco a poco puede comprenderse con la gracia del Espíritu.
Para vivir en Cristo Los dones de Dios requieren humilde disponibilidad, pero no pasividad ni pereza. Es preciso colaborar con la gracia mediante un esfuerzo constante. Cuando sentimos que Dios nos llama a sintonizar con María y a vivir en Ella, acojamos esta gracia y colaboremos fielmente fijando en María nuestra morada espiritual. Ella se convierte en el ambiente habitual de la plegaria o de cualquier otra acción. La finalidad de esta morada en María es doble. Ante todo se trata de ser premunidos y defendidos de los peligros en la vida espiritual, en particular de toda actitud contraria a Cristo y a su evangelio. Porque María es inmaculada y está siempre abierta a Dios sin egoísmos de clase, "quien permanece espiritualmente en la Santísima Virgen no cometerá jamás pecado considerable" (VD 263). María es, por lo demás, por voluntad de Dios el seno materno que regenera a la gracia. Después de haber concebido por obra del Espíritu Santo al Hijo de Dios, su misión de la Virgen consiste en hacer nacer y crecer a Cristo en los fieles. El alma –dice Montfort– debe consagrarse confiadamente a María y habitar en Ella, "para que sea formada en Cristo y Cristo en ella" (VD 264). Nos encontramos así con la expresión "en Cristo" que s. Pablo y s. Juan utilizan para desvelar al mundo el misterio inefable de nuestra incorporación a Jesucristo. Vivir en María en el amor filial, con disponibilidad e imitación de sus actitudes fundamentales, es un modo providencial de vivir en Jesucristo, modelo supremo y único mediador en nuestro encuentro con el Padre. Hagamos la experiencia gozosa de esta realidad cada día de nuestra vida.
LECTURA
Todo en María Para comprender bien esta práctica es necesario observar: 1. Que la Santísima Virgen es el verdadero paraíso terrestre del nuevo Adán. El antiguo paraíso era solamente una figura de éste. * Hay en este nuevo paraíso terrestre riquezas, hermosuras, maravillas y dulzuras inexplicables que en él dejó el nuevo Adán, Jesucristo. Allí encontró El sus complacencias durante nueve meses, realizó maravillas e hizo alarde de sus riquezas con la magnificencia de un Dios. * Este lugar santísimo fue construido solamente con una tierra virginal e inmaculada, de la cual fue formado y alimentado el nuevo Adán, sin mancha alguna de inmundicia, por obra del Espíritu Santo que en él habita. * En este paraíso terrestre se halla el verdadero árbol de vida, que produjo a Jesucristo, fruto de vida; el árbol de la ciencia del bien y del mal, que ha traído la luz al mundo. * Hay en este divino lugar árboles plantados por la mano de Dios, regados por la unción celestial y que han dado y siguen dando frutos de exquisito sabor. * Hay en él jardines esmaltados de bellas y diferentes flores de virtud, que exhalan un perfume que embalsama a los mismos ángeles. * Hay en este lugar verdes praderas de esperanza, torres inexpugnables de fortaleza, moradas llenas de encanto y seguridad, etc. Sólo el Espíritu Santo puede dar a conocer la verdad que se oculta bajo estas figuras de cosas materiales. Se respira en este lugar el aire puro e incontaminado de la pureza, sin imperfección; brilla el día hermoso y sin noche de la santa humanidad; irradia el sol hermoso y sin sombras de la divinidad; arde el horno encendido e inextinguible de la caridad, en el que el hierro se inflama y transforma en oro; corre tranquilo el río de la humildad, que brota de la tierra y, dividiéndose en cuatro brazos, riega todo este delicioso lugar: son las cuatro virtudes cardinales. 2. Que el Espíritu Santo, por boca de los santos Padres, llama también a María: a) La puerta oriental, por donde entra al mundo y sale de él Jesucristo, Sumo Sacerdote: por Ella entró la primera vez y por Ella volverá la segunda; b) El santuario de la divinidad, la mansión de la Santísima Trinidad, el trono de Dios, el altar y el templo de Dios, el mundo de Dios. Epítetos y alabanzas muy verdaderos, cuando se refieren a las diferentes maravillas y gracias que el Altísimo ha realizado en María. ¡Qué riqueza! ¡Qué gloria! ¡Qué delicia! ¡Qué dicha! Poder entrar y permanecer en María, en quien el Altísimo colocó el trono de su gloria suprema. Pero ¡qué difícil es a pecadores como nosotros recibir el permiso, la capacidad y luz suficientes para entrar en lugar tan excelso y santo, custodiado ya no por un querubín –como el antiguo paraíso terrenal– sino por el mismo Espíritu Santo, que ha tomado posesión de él y dice: "Un jardín cercado es mi hermana, mi esposa; huerto cerrado y manantial bien guardado". ¡María es jardín cerrado! ¡María es manantial sellado! Los miserables hijos de Adán y Eva, arrojados del paraíso terrestre no pueden entrar en este nuevo paraíso, sino mediante una gracia excepcional del Espíritu Santo, que ellos deben merecer (VD 261-263).
COMPROMISO DE VIDA
Sacaré de los Nos. 261-263 del Tratado de la Verdadera Devoción la lista de títulos atribuidos a la Virgen y los recitaré como letanías.
18. IRRADIAR A MARIA EN EL MUNDO
No hacer nada es demasiado poco para el hombre y para el cristiano. Quedarse con los brazos cruzados no construye un mundo mejor, sino que abandona el universo al ataque improviso de las fuerzas del mal. "Hacer algo hermoso por Dios" es el programa de la Madre Teresa de Calcuta y constituye también el anhelo de todo auténtico cristiano. Nos lo recuerda el Concilio Vaticano II: «Si un miembro no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo, hay que decir que es inútil para la Iglesia y para sí mismo» (AA 2). «¡Pobre de mí si no evangelizo!» decía s. Pablo (1 Cor 9,16), convencido de que todo cristiano debe realizar el plan de la salvación proyectada por Dios y concentrado en Cristo, participando a sus hermanos el don de la fe. Por lo demás es exigencia del amor hacer algo por la persona amada y obligarse por ella, hablar bien de ella, realizar acciones que le agraden... El amor nos hace creativos y dinámicos. Todo esto vale para el cristiano. Si su actitud primera y fundamental es la de la disponibilidad, debe luego colaborar con la gracia del Espíritu empeñado en todo esto. Y el Espíritu impulsa a obrar por Jesús, por la difusión de su reino y también a amar fielmente a María y a hacer conocer su puesto en la historia de la salvación.
Gloria a Dios solo Montfort concluye el tratado acerca de la vida espiritual con María con esta corta frase que resume toda su orientación religiosa: ¡Gloria a Dios solo! Dios, en efecto, ha sido la meta de su vida; Dios solo ha reinado como soberano en toda ella, porque no ha reconocido a ningún ídolo. Tras las huellas de Montfort, el cardenal Wyszynski (+1981) eligió como lema de su escudo episcopal las palabras: "Ad Jesum per Mariam soli Deo", o sea, "A Jesús por María para la gloria del único Dios". El cardenal, líder reconocido del pueblo polaco, se encuentra plenamente con Montfort que hace preceder las palabras "Gloria a Dios solo" de la exclamación «¡Gloria a Jesús por María! ¡Gloria a María por Jesús!» (VD 265). Aquí surge un problema en la mente del lector, que se pregunta espontáneamente:"Si la gloria está reservada a Dios, si solamente Dios debe ser glorificado, ¿por qué dar gloria a Jesús (esto será comprensible, porque Jesús es Dios) y también a María?" Es necesario volver a la Biblia para resolver el problema. La palabra hebrea que corresponde a "gloria" es "kabod", que «indica lo que tiene peso, que da peso, de donde la importancia, el valor real de un ser. En este sentido, la gloria será la riqueza, la situación, el poder. De suerte que "dar gloria a alguien" será reconocer su importancia (1 Sam 6,5)» (J. Dheilly). Es claro que la máxima importancia, fuente de cualquier otro valor, se le reconoce a Dios. Si nadie es tan importante como El, nadie puede ser glorificado como El. Por esto, Dios mismo reivindica su propia gloria: «Yo soy el Señor... No cederé mi gloria a ningún otro, ni mi honor a los ídolos» (Is 42,8). Que es como decir: «Adorarás al Señor tu Dios y a El solo servirás» (Dt 6,13). Si Dios es celoso de su gloria respecto de seres competidores o rivales (falsos dioses o ídolos), se muestra, en cambio, extremadamente generoso con sus creaturas, haciéndoles partícipes del esplendor de su gloria. Como cantan los salmos, «los cielos pregonan la gloria de Dios» (Sal 19,2), más aún Dios ha coronado al hombre «de gloria y dignidad» (Sal 8,6). La gloria de Dios llena la tierra y en especial el templo (Num 14,21; 1 Re 8,10-11). Brilla sobre todo en Cristo, "irradiación de la gloria" del Padre (Hb 1,3) y «Señor de la gloria» (1 Cor 2,8). Desde ahora «a través de El respondemos nosotros a la doxología con el amén a Dios» (2 Cor 1,20). Jesús no se guarda la gloria para sí, sino que la reserva para sus discípulos, según la plegaria que desborda de su corazón: «Y Yo les he dado a ellos la gloria que tú me diste, la de ser uno como nosotros» (Jn 17,22). Por ello, los cristianos pueden afirmar: «Nosotros llevamos todos la cara descubierta y reflejamos la gloria del Señor, nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; tal es el influjo del Espíritu del Señor» (2 Cor 3,18).
María esplendor de la Iglesia Después de Cristo, ninguna creatura ha sido colmada de gracia como María. Dios manifiesta en Ella su gloria obrando por Ella «grandes cosas» (Lc 1,49). La persona misma de María se convierte en objeto de bendiciones y alabanzas de parte de los hombres (Lc 1,42. 48). La gloria que se tributa a María recae en último análisis en la fuente de su grandeza: Dios. Podemos repetir a la Virgen la aclamación del pueblo de Israel a Judith: «Tú eres la gloria de Jerusalén, tú eres el honor de Israel, tú eres el orgullo de nuestra raza. Con tu mano lo hiciste, bienhechora de Israel, y Dios se ha complacido. Que Dios omnipotente te bendiga por siempre jamás» (Jdt 15,9-10). María, esplendor de la Iglesia y reflejo de la luz de Dios, no puede permanecer escondida, sino que debe iluminar la casa de los hombres para que todos comprendan el plan salvífico de Dios. Por ello, no puede quedar fuera del horizonte de la evangelización y del apostolado cristiano. Y tampoco puede quedar marginada de la espiritualidad: hay que reconocer su misión en la historia de la salvación, inspirarse en su santidad y vivir como hijos suyos. Montfort nos dice que debemos realizar toda acción por María, o sea, considerarla como nuestro fin próximo, obrar como a Ella le gusta, centrarnos en Ella, dejarnos atraer por Ella a la órbita de Cristo. Impelidos por la convicción de la importancia de María en nuestra vida y de un gran amor a su persona, debemos empeñarnos por Ella. Se trata de un mundo de atenciones para con Ella, precisamente como obra una persona realmente enamorada para con el objeto de su amor. Nos hallamos en el reino de la creatividad, donde es imposible programar.
Testimonio en favor de María Sin embargo Montfort enumera algunos imperativos que se han de traducir en la práctica. Todo cristiano, sobre todo si se ha consagrado a Cristo por María, debe asumir gozosamente estos compromisos... 1. "Emprender y realizar grandezas cosas" por María. En el curso de los siglos, los artistas han dedicado a la Virgen las catedrales más majestuosas, las melodías más inspiradas, los cuadros más espléndidos, la poesía más elevada. Los santos han lanzado en su nombre las obras más necesarias de asistencia y promoción humanas. Las gentes sencillas han construido para Ella santuarios, ermitas, monumentos. Y ¿no harán nada los cristianos de hoy para proclamar dichosa a la Madre del Señor? ¡Que el arte se despierte, se eche fuera la pereza y el amor dé alas a la imaginación para proyectar cosas hermosas por María! Y lo más hermoso que se puede realizar por Ella será siempre la construcción del propio edificio espiritual a la luz del Evangelio. 2. "Defender sus privilegios... su gloria". Presupuesto que la Virgen no necesita falsos honores ni expresiones exageradas, es preciso evitar respecto de Ella todo minimismo. En efecto, la Iglesia ha combatido desde los primeros siglos a cuantos quisieron considerar a María como una mujer común, una cualquiera entre tantas, olvidando a la Escritura que la presenta como Madre virginal de Cristo y «bendita entre todas las mujeres» (Lc 1,42). Montfort invita a hacer brillar la gloria de María, es decir, su valor religioso y salvífico, o mejor, a hacer resplandecer en Ella a Cristo, que es su gloria. 3. "Atraer a todos a esta verdadera y sólida devoción". Es decir, no debemos contentarnos con vivir la vida cristiana con María; comuniquemos a los demás nuestra experiencia. Pero ¡cuidado! Irradiemos respecto de María la auténtica actitud, no la que está constituida solamente por palabras y exclamaciones, sino la que «procede de la verdadera fe, por la que somos conducidos a conocer la excelencia de la Madre de Dios y somos excitados a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes» (LG 67). Son estas algunas de las líneas de nuestro empeño por María: ¡irradiémosla al mundo para que Dios sea glorificado en Ella!
LECTURA
Todo para María Finalmente, hay que hacerlo todo para María. Estando totalmente consagrado a su servicio, es justo que lo realices todo para María, como lo harían el criado, el siervo y el esclavo, respecto de su amo. No que la tomes por el fin último de tus servicios –que lo es Jesucristo– sino como fin próximo, ambiente misterioso y camino fácil para llegar a El. Conviene, pues, que no te quedes ocioso, sino que actúes como el buen siervo y esclavo. Es decir, que apoyado en su protección, emprendas y realices grandes empresas por esta augusta Soberana. En concreto, debes: * defender sus privilegios, cuando se los disputan; defender su gloria, cuando se la ataca; atraer, a ser posible, a todo; el mundo a su servicio y a esta verdadera y sólida devoción; hablar y levantar el grito contra quienes abusan de su devoción y, al mismo tiempo, establecer en el mundo esta verdadera devoción y no esperar en recompensa de este humilde servicio sino el honor de pertenecer a tan noble Princesa y la dicha de vivir unido por medio de Ella a Jesús, su Hijo, con lazo indisoluble en el tiempo y la eternidad. ¡Gloria a Jesús en María! ¡Gloria a María en Jesús! ¡Gloria a Dios solo! (VD 265). Hay, finalmente, que obrar en todo para María, es decir, que estando consagrados a Ella, no trabajemos sino para Ella, para su gloria y honor, y, por este intermedio, para gloria de Dios. Renunciamos, pues, a los fines que nos inspira el egoísmo y repetiremos con frecuencia desde el fondo del corazón: «¡Por ti, amada Reina mía, hago esto o aquello, vengo o voy, sufro esta pena o aquella injuria!» (SM 49).
COMPROMISO DE VIDA
Hablaré de María con alguna persona, invitándola a contemplar el Evangelio, la vida de la Iglesia o mi experiencia personal.
19. AL SERVICIO DEL SEÑOR Y DE LOS HERMANOS CON MARIA
El sentido agudo de la libertad humana nos hace alérgicos a ciertas expresiones, aunque sean bíblicas o procedan de autores espirituales, que parecen atentar contra él. Una de estas palabras es "servicio" o, peor aún, "esclavitud". Nadie se proclama hoy siervo o esclavo de nadie, porque nos parecería como renuncia a la propia independencia o autonomía para caer en una condición de degradante inferioridad o pérdida de la propia dignidad. Y, sin embargo, ser siervo de Dios es en la Biblia título de gloria, y proclamarse siervo de Jesucristo es signo, también para Montfort de una espiritualidad comprometida. En realidad –como anotaba Pablo VI– «servicio y libertad no se oponen mutuamente..., al contrario pueden encontrarse en el mismo contexto con significados complementarios de la misma actitud religiosa y moral, como por ejemplo: debemos servir libremente a Dios, a Cristo, a la Iglesia, al prójimo». Desde que Jesús se declaró siervo del Padre y de los hermanos (Jn 14,30; Mc 10,45; Lc 22,27; Jn 13,15-16), hasta inmolarse por nosotros, «la palabra servir no indica más una degradación insoportable a la dignidad y a la libertad de la persona humana. Vista dentro de la función y de la finalidad por las cuales Cristo la hizo propia, alcanza el más alto valor moral, el del don de sí, del heroísmo, del sacrificio, del amor sin fronteras» (Pablo VI, Audiencia general, 25-8-1971). En este sentido positivo de total entrega de sí mismo por amor, Montfort afirma que respecto de Cristo y de María debemos ser verdaderos siervos y "esclavos de amor" (VD 70-77; 169-170; 244-245). Profundicemos cuál es el sentido de nuestra consagración al servicio de Dios a la luz de la Biblia, sobre todo contemplando el ejemplo de Jesús y de María.
El camino divino del servicio No reflexionaremos nunca lo suficiente en la vida histórica de Cristo, a partir del misterio de la Encarnación cuando revela haber elegido el camino del servicio y de la obediencia amorosa en lugar del poder y de los privilegios. Detengámonos un momento en el himno cristológico recogido por Pablo en la carta a los Filipenses, en el que se dice de Jesucristo que «se anonadó a sí mismo y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos» (Flp 2,7). Meditando sobre este himno quedamos sobrecogidos de intenso estupor: mientras el hombre y cristiano cimientan frecuentemente su vida en la defensa de los propios derechos, sobre el prestigio y la vanagloria, Dios –en cambio– no se apega a su divinidad, a su categoría de Dios, sino que se despoja él mismo de sus derechos divinos y se hace hombre, servidor, crucificado. Es un vuelco grande, inconcebible en el cielo: Dios comienza un itinerario de descenso hasta la condición más baja e infrahumana del esclavo crucificado. Jesús toma con la Encarnación forma de servidor, de esclavo, o sea, del hombre negado, vendido, comercializado, reducido a objeto. Porque quiere insertar su presencia solidaria en la humanidad deshumanizada y esclava de la muerte para romper sus cadenas a precio del don total de sí mismo. ¡Lección grandiosa de Dios en su camino hacia el hombre! ¡Dios ha sufrido en cierta forma un terremoto, se ha transformado y renunciado a sí mismo para servir! El hombre no logra aprender: ¡permanece gustoso erigido en pequeña deidad dentro de las paredes de su egoísmo! La salvación se halla en el camino elegido por Cristo en obediencia al Padre: el camino del amor humilde y servicial. Montfort advierte que entra en esta lógica divina, incomprensible para el hombre, el que Cristo se haya sometido al proceso generativo que se desarrolla dentro del seno materno: «Ante esto se anonada la razón humana, si reflexiona seriamente en la conducta de la sabiduría encarnada, que no quiso, aunque hubiera podido hacerlo, entregarse directamente a los hombres y prefirió comunicarse a ellos por medio de la Santísima Virgen y que tampoco quiso venir al mundo en plena madurez, independiente de los demás, sino como niño pequeño y débil, necesitado de los cuidados y la asistencia de una madre» (VD 139). Toda la vida de Cristo se desarrolló bajo el signo de la dependencia amorosa del Tú paterno, con el que se halla siempre en íntimo coloquio para aprender de él la dirección que debía dar a su propia misión. Jesús rechaza como tentación las comodidades, los éxitos fáciles, el dominio sobre los demás; quiere ser siempre el "hijo-siervo" del Padre, porque acepta su lógica de servicio, de no violencia, de amor a costo de la vida: «Vete, Satanás, porque está escrito: "Al Señor tu Dios rendirás homenaje y a El sólo prestarás servicio"... Para mí es alimento cumplir el designio del que me envió...» (Mt 4,10; Jn 4,34). Cuando Jesús, al expirar en la cruz, contempla su vida puede definirla como una misión cumplida: «Queda terminado» (Jn 19,30). Ha sido el "siervo del Señor" precisamente por haberse colocado al servicio de los hermanos amándolos hasta el extremo.
María esclava del Señor Este sentido de adoración y servicio lo volvemos a encontrar en la Madre de Jesús que "se proclamó sierva y esclava del Señor" (VD 72). Lejos de aferrarse a su maternidad mesiánica como a una fuente de privilegios y honores terrenos, María prefiere definirse como «esclava del Señor» (Lc 1,38.48), título que expresa su disponibilidad total para realizar la misión salvífica que Dios le confía. Para comprender el contenido del título "sierva" o "esclava de Dios" hay que referirse a la Biblia. Que nos presentará un contenido en forma alguna contrastante con la libertad humana pero sí rico en valores espirituales. El Antiguo Testamento presenta el servicio de Dios con un triple significado: cultual, moral, histórico-salvífico. Siervo de Dios es quien adora mediante actos cultuales al Señor reconociendo su trascendencia, entrando en comunión con El. En este sentido María es sierva del Señor en cuanto no reconoce ídolos, ni el poder, ni el tener, ni el sexo, ni el prestigio: es la adoradora del único Señor. Se es, además, siervo de Dios cuando a la proclamación de fe monoteísta se une una vida que responde coherentemente a la voluntad del Señor. El servicio divino implica obediencia y fidelidad, pero todavía antes disposición radical de aceptar el plan de Dios, confianza en su intervención no obstante las apariencias en contra. Por ello, después del destierro de Babilonia, sólo algunos justos merecen el título de siervos de Dios: el grupo de los "pobres del Señor" que se abandonan místicamente a Dios y confían en El. También es siervo de Dios el que adora fielmente al Señor y ejecuta fielmente su voluntad. Es sobre todo "el encargado por Dios de una misión determinada" (F. Michaeli). Es todo lo contrario de un siervo inútil, porque Dios lo llama a la honorífica misión de contribuir a la liberación y salvación de su pueblo.
Servir por amor También s. Luis de Montfort ha comprendido la dignidad de ser servidor de Dios, cuando afirma: «No se puede concebir ocupación más noble en este mundo que la de servir a Dios. El último de los servidores de Dios es más noble que los reyes y emperadores, si éstos no sirven a Dios» (VD 135). Inclusive desde el punto de vista filosófico sabemos que la dependencia es envilecedora cuando su objeto es el mal, porque nos convertimos en esclavos del pecado (Rom 6,16); cuando, en cambio, se depende de Dios se obtiene un enriquecimiento de la personalidad humana: «Una creatura se eleva más, cuanto más se somete a su Creador» (s. Tomás). En la perspectiva cristiana, la dependencia de Dios se realiza en clima de libertad, en contexto de amistad y en favor del hombre: «Emancipados del pecado y entrados al servicio de Dios, os vais ganando una consagración que lleva a la vida eterna» (Rom 6,22). Si Montfort afirma que debemos ser esclavos de Dios y depender de María, aclara con cuidado que se trata de "esclavitud de amor", no forzada sino voluntaria porque «Dios escruta el corazón, nos lo pide para sí y se llama Dios del corazón o de la voluntad amorosa» (VD 70). Por lo demás, podemos –si esto nos causa dificultad– dejar de lado la palabra "esclavitud", siempre que conservemos su profundo sentido válido: la pertenencia total y perpetua a Dios en Jesucristo. ¿Somos en definitiva libres o esclavos? La gran revelación del Nuevo Testamento consiste en el anuncio gozoso de que somos hijos de Dios, amigos de Cristo, santuarios del Espíritu. Somos librados desde ahora del pecado, la muerte, del temor servil. Hay una actitud de servicio que no puede existir con la de hijo: el actuar por miedo considerando a Dios como un patrón exigente y celoso de los propios secretos. El amor echa fuera este tipo de temor porque el Espíritu impide que «os volváis al temor» (Rom 8,15) y Jesús nos llama amigos ya que nos ha dado a conocer los secretos del Padre. En la libertad de los hijos de Dios percibimos el verdadero sentido del servicio, que consiste en ser para - los - otros y entregarse a los hermanos como nos lo ha ordenado Cristo y en seguimiento suyo. Libertad no es esclavitud de las fuerzas ciegas (magia, superstición...), pero tampoco libertinaje. Es preciso realizar la propia libertad aceptando el imperio de Cristo, en el cual se encuentra la verdadera realización del hombre: «A vosotros, hermanos, os han llamado a la libertad: solamente que esa libertad no dé pie a los bajos instintos. Al contrario, que el amor os tenga al servicio de los demás» (Gal 5,13). Juan Jacobo Olier, fundador de un célebre seminario de París en el s. XVII, había hecho voto de esclavitud hacia todo miembro del pueblo de Dios, en el sentido de sentirse siempre disponible para ayudarles. Sin llegar a un compromiso tan heroico, debemos también nosotros sentirnos movidos por nuestros hermanos, a su servicio. Y ¿por qué no ponernos a disposición de María, partícipe de la realeza de Cristo, y del influjo salvífico del Espíritu? «Servir a la esclava de Dios es, en efecto, servir al Señor. Cuanto se ofrece a la Madre tiene como término al Hijo, redunda en honor del Rey el homenaje rendido a la Reina» (s. Ildefonso de Toledo).
LECTURA
Los cristianos siervos de Cristo Esta consagración es una entrega tan absoluta a María que puede compararse a una esclavitud. ¡Sí! Pero no hablo de la esclavitud natural por la cual toda creatura buena o mala recibe de Dios la existencia y la vida, y menos aún de la sumisión de la esclavitud de amor y voluntaria. Con esta debemos consagrarnos a Dios y a María, del modo más perfecto con que una creatura puede consagrarse a su Creador. Date cuenta, además, de que hay mucha diferencia entre "criado" y "esclavo". El criado pide paga por sus servicios, el esclavo no. El criado es libre de abandonar a su señor y sólo se compromete con él por el tiempo determinado, el esclavo se compromete de tiempo completo y para siempre. La consagración a María puede compararse a la esclavitud sólo en el sentido de un compromiso total y perpetuo en el amor y no como una forma de opresión legalizada en la que el patrono tiene derecho de vida y muerte sobre el esclavo. Los cristianos no admiten semejante esclavitud, que, sin embargo, no ha desaparecido todavía del mundo. ¡Feliz, una y mil veces, el que después de haber sacudido en el bautismo la tiránica esclavitud del demonio, se consagra en plena disponibilidad a Jesús por María! (SM 32-34). No se puede concebir ocupación más noble en este mundo que la de servir a Dios. El último de los servidores de Dios es más noble y poderoso que los reyes y emperadores, si éstos no sirven a Dios. ¿Cuál no será entonces la riqueza, el poder y la dignidad del auténtico y perfecto servidor de Dios, que se consagra totalmente, sin reserva y en cuanto le es posible a su servicio? Tal viene a ser, en efecto, el esclavo fiel y amoroso de Jesús en María, consagrado totalmente por medio de la Santísima Virgen a este Rey de reyes, sin reservarse nada para sí mismo. Ni todo el oro del mundo ni las bellezas del cielo alcanzan para pagarlo (VD 135).
COMPROMISO DE VIDA
Haré un acto concreto de servicio al prójimo necesitado de ayuda, inspirándome en María y su solicitud por las necesidades humanas manifestadas en Caná.
20. CONFIANZA EN DIOS CON MARIA
Juan Pablo II, al definir su actitud mariana acude a diferentes expresiones: soy todo tuyo (Totus tuus), me consagro, me ofrezco, me doy, me pongo en tus manos... Su término preferido es, sin embargo, el de "confiarse". Más aún, el 7 de junio y el 8 de diciembre de 1981, en la Basílica romana de Santa María la Mayor, pronunció el Papa un acto de confianza en María en el cual decía: «Toma bajo tu protección materna a toda la familia humana que con afectuoso transporte a ti, Madre nos confiamos». La actitud de confianza en María es muy antigua. La más antigua plegaria mariana, el Sub tuum praesidium (s. III), es claro testigo de ello: "Bajo tu amparo nos acogemos, ¡oh Madre de Dios!...". Igualmente Pío XII utiliza el término confiar en la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María: «A vuestro Corazón Inmaculado, en esta hora trágica de la historia humana, confiamos, remitimos, consagramos no sólo la santa Iglesia... sino el mundo entero» (31-10-1942). S. Luis de Montfort invita a vivir esta actitud de confianza en María en su Tratado de la Verdadera Devoción, donde aparecen muchas veces expresiones como "confiar en María... poner en Ella toda la confianza... confiar cuanto se tiene a la Virgen santa y fiel". En la escuela de Montfort, los consagrados a Jesucristo por las manos de María aprenden el significado, los fundamentos y forma de realizar esta confianza en la Madre del Señor.
Consagración y confianza Montfort afirma claramente ante todo que la consagración mariana implica una actitud de confianza en María, o sea, confiarse a Ella con todo cuanto se posee. En la práctica, consagrarse a María y confiar en Ella son la misma cosa, porque se trata siempre de don total y perpetuo a María; sólo que la confianza acentúa un elemento de amor confiado, que está a la base del don y produce por consiguiente una forma más segura y creativa de vivir esa entrega. Esta es la afirmación de Montfort: «Por esta devoción, confiamos a la Virgen fiel todo cuanto poseemos, constituyéndola depositaria universal de todos nuestros bienes de naturaleza y gracia. Confiamos en su fidelidad, nos apoyamos en su poder y nos cimentamos en su misericordia y caridad...» (VD 173). Desde el punto de vista bíblico, confiar en Dios presupone una situación difícil y humanamente desesperada: el salmista se refugia entonces en el Señor confiando a El el propio destino reconociendo que sólo El puede salvar. La confianza en Dios surge también de la experiencia de su amor providente, misericordioso y palpitante de generosidad: «El Señor es mi pastor: nada me falta... El Señor es mi roca salvadora... Dichoso quien confía en El...». Aplicada a María, la confianza significa una entrega confiada de nosotros mismos a Ella, la disposición de dejarnos conducir por Ella a través de la vida, la convicción de que cuanto Ella quiere de nosotros, corresponde a nuestro bien conforme al plan de Dios. De donde se sigue una bienaventuranza que Montfort expresa con estas palabras: «¡Oh! ¡Qué feliz es el hombre que lo ha entregado todo a María y por todo se confía y pierde en María!» (VD 179). Lo sabemos bien: en esta época de agudo sentido de la libertad y del activismo, difícilmente se acepta confiar en los demás. No queremos abandonarnos siquiera en Dios, porque estamos convencidos de que Dios exige de nosotros la plena responsabilidad de nuestras opciones. Pero entonces ¿cómo entender la confianza en Dios y el confiarse a María? Ciertamente de modo que se salvaguarden los dones supremos de Dios: la conciencia responsable y la libertad. Montfort explica precisamente en esta línea la entrega confiada de nosotros mismos a María, la cual debe armonizarse con la toma de conciencia de la responsabilidad personal. El elimina el abandono ciego y pasivo, especificando que la confianza en María tiene que ser activa y no alienante: «Si... pones en Ella tu confianza sin presunción y trabajando por tu parte para adquirir las virtudes y domar las pasiones...» (VD 181). Confiar en María significa, pues, poner en juego la propia libertad y comprometerse con la propia misión, pero con la seguridad de que Ella está con nosotros y en favor nuestro: nos ayudará con su oración, nos amará como Madre, nos sostendrá la salvación. ¡Es en verdad hermoso, tranquilizador y vitalizante saber que somos amados por una persona mucho más grande y buena que nosotros! ¡Sobre todo cuando se trata de Cristo y de su Madre, a quienes hemos consagrado toda nuestra vida!
Bases de esta confianza Pero ¿cuáles son los motivos que nos impulsan a confiar en María? ¿Por qué es correcto confiar en Ella? Montfort nos presenta dos fundamentos, uno de orden más bien psicológico; de naturaleza teológica, el otro. 1. María inspira confianza en cuanto pura creatura, toda dulzura y bondad. Ciertamente, no debemos tener temor alguno de acercarnos a Jesús: es nuestro Salvador, el buen Pastor que corre en busca de la oveja perdida, el amigo de los pecadores. Pero puede ocurrir que alguno, al pensar en El como Dios y como Juez, halle dificultad en salir al encuentro con El. Esto no acontece con María, que es la expresión materna y creatural del amor misericordioso de Cristo: «Si tenemos que ir directamente a Jesucristo-Dios, a causa de su infinita grandeza y de nuestra pequeñez o pecados, imploremos con filial osadía la ayuda e intercesión de María, nuestra Madre. Ella es tierna y bondadosa. En Ella no hay nada de severo o terrible, ni excesivamente sublime o deslumbrante. Al verla, vemos nuestra propia naturaleza...» (VD 85). Dejando de lado la dificultad psicológica de encontrarse directamente con Jesús, dado que teológicamente no es válida, pues Jesús es infinitamente misericordioso, queda en pie el hecho de que María participa de esa misericordia divina y la expresa en forma maternal. Con su bondad atrae hacia Ella los corazones de los hombres para abrirlos a una inmensa confianza en Cristo Salvador. En Ella se manifiesta el rostro materno de Dios. 2. María es la Virgen fiel a Dios y a los hombres. La fidelidad, como actitud de amor perseverante y de misión desarrollada con empeño y constancia, caracteriza la vida terrena de María. Ella acepta en la fe ser la Madre del Mesías, persevera en su sí a Dios hasta al pie de la cruz, está presente en la comunidad apostólica en espera del Espíritu Santo. Y sigue también ahora en el cielo desarrollando fielmente su misión de Madre de la Iglesia, dedicada totalmente a implorar los dones del Espíritu y acompañar a los hombres en su peregrinar espiritual desde el bautismo hasta la gloria. ¿Quién es María para Montfort? Consciente de la infidelidad de tantos cristianos a las promesas bautismales, convencido de la debilidad e inconstancia humanas, el santo misionero ve en María el símbolo de la fidelidad al Señor: «María es la virgen fiel que por su fidelidad a Dios repara las pérdidas, que la Eva infiel causó con su infidelidad, y alcanza a quienes confían en Ella la fidelidad para con Dios y la perseverancia» (VD 175). Para expresar la fidelidad de María, Montfort acude a dos símbolos: María es "un ancla firme y segura" que impide a sus consagrados "naufragar en el mar tempestuoso de este mundo"; es también semejante al "arca de Noé" que impedirá les sumerjan "las aguas del diluvio de los pecados que anegan a tantas personas" (VD 175). Vista esta fidelidad a toda prueba de la Virgen, podemos compartir las exclamaciones de Montfort: «¡Dichosos, una y mil veces, los cristianos que ahora se aferran fiel y enteramente a María como a un áncora firme! ¡Dichosos los hijos infieles de la infeliz Eva que se aferran a la Madre y Virgen fiel! Esta permanece siempre fiel y no puede negarse a sí misma...!» (VD 175).
Aprender la confianza en María ¿Cómo vivir en la existencia cotidiana la confianza en la Madre del Señor? ¿Qué actitudes prácticas implica esta confianza? 1. Ante todo un diálogo tejido de sencillez y confianza como hace un hijo respecto de su madre. Es una forma de ser que se torna habitual y permanente: «Esta devoción hace que acudas a María en todas tus necesidades materiales y espirituales con gran sencillez, confianza y ternura, e implores la ayuda de tu bondadosa Madre en todo tiempo, lugar y circunstancia: en las dudas para que te esclarezca; en los extravíos, para que te convierta al buen camino; en las tentaciones, para que te sostenga; en las debilidades, para que te fortalezca; en los desalientos, para que te reanime; en los escrúpulos para que te libre de ellos; en las cruces, afanes y contratiempos de la vida, para que te consuele y finalmente, en todas las dificultades materiales y espirituales, María es la persona a quien acudes siempre, sin temor de importunar a tu bondadosa Madre ni desagradar a Jesucristo» (VD 107). Esta dependencia de María se inspira en la infancia espiritual, en cuanto conlleva disponibilidad interior hacia María y su oficio de Madre. Pero no debe transformarse en infantilismo, que consiste en un comportamiento voluble, egoísta e irresponsable. Confianza en María y compromiso cristiano deben caminar al mismo paso. 2. Todavía mejor, confiar en María implica ponerse en sintonía con Ella. La vida de los consagrados debería desarrollarse en la onda de María. Los consagrados no sólo "imploran su socorro" y "le manifiestan con toda sinceridad sus penas y necesidades", sino que "miran a Ella como a la estrella polar, para llegar al puerto" (VD 199). Montfort prosigue así: «Se arrojan, esconden y pierden de manera misteriosa en su seno amoroso y virginal, para ser allí inflamados en amor puro, ser purificados de las menores manchas y encontrar plenamente a Jesucristo que reside en María como en su trono más glorioso» (VD 199). Lenguaje místico, simbólico, cargado de sentido oculto. ¿Qué quiere transmitirnos? Quizás esto: dejarse plasmar por María, nuestra Madre en el orden de la gracia, de modo que nos transformemos en imágenes de Cristo, el hombre perfecto. Es este un pensamiento caro a Montfort, que retorna con predilección a él (VD 33, 119, 156, 164, 168 ...). En un mundo angustiado y atemorizado, transformado por culpa de los hombres en un arsenal de armas homicidas, nos comprometemos como cristianos a ser constructores de la paz. Pero sentimos la necesidad de confiar en María, para que nos alcance de Dios todo el bien que los hombres no quieren hacer. Repitámosle la oración sugerida por Montfort y atribuida a s. Buenaventura: «Querida Señora y Salvadora mía, obraré confiadamente y sin temor, porque eres mi fortaleza y alabanza en el Señor. ¡Soy todo tuyo, y cuanto tengo es tuyo, oh Virgen gloriosa y bendita entre todas las creaturas! ¡Qué yo te ponga como sello sobre mi corazón, porque tu amor es fuerte como la muerte!» (VD 216).
LECTURA
Comportamiento filial La verdadera devoción a la Santísima Virgen es tierna, vale decir, llena de confianza en la Santísima Virgen, como la confianza del niño en su querida madre. Esta devoción hace que acudas a María en todas tus necesidades materiales y espirituales con gran sencillez, confianza y ternura, e implores la ayuda de tu bondadosa Madre en todo tiempo, lugar y circunstancia: en las dudas, para que te esclarezca; en los extravíos, para que te convierta al buen camino; en las tentaciones, para que te sostenga; en las debilidades, para que te fortalezca; en los desalientos, para que te reanime; en los escrúpulos, para que te libre ellos; en las cruces, afanes y desengaños de la vida, para que te consuele, y, finalmente, en todas las dificultades materiales y espirituales, María es la persona a quien acudes siempre, sin temor de importunar a tu bondadosa Madre ni desagradar a Jesucristo. Por esta devoción, confiamos a la Virgen fiel todo cuanto poseemos, constituyéndola depositaria universal de todos nuestros bienes de naturaleza y gracia. Confiamos en su fidelidad, nos apoyamos en su poder y nos cimentamos en su misericordia y caridad, para que Ella conserve y aumente nuestras virtudes y méritos, a pesar del demonio, del mundo y de la carne, que hacen esfuerzos para arrebatárnoslos. Le decimos como el hijo a su madre y el buen siervo a su ama: "Guarda el buen depósito". Madre y Señora, reconozco que por tu intercesión he recibido más gracias de Dios de lo que yo merecía. La triste experiencia me enseña que llevo este tesoro en un vaso muy frágil y que soy muy débil y miserable para conservarlo en mí mismo: Yo, pequeño y despreciado como soy... Recibe, por favor, cuanto poseo y consérvamelo con tu fidelidad y tu poder. Si tú me guardas, no perderé nada. Si me sostienes, no caeré. Si me proteges, estaré seguro ante mis enemigos (VD 107, 173-174).
COMPROMISO DE VIDA
En las dificultades del día haré un acto de confianza en María, implorando su solución más allá de las expectativas humanas.
21. ENCUENTRO CON MARIA EN EL YO PROFUNDO
Uno de los riesgos más comunes en nuestro tiempo es el de la alienación. Nos disolvemos en la vaciedad, en la charlatanería, en el vórtice del hacer y del tener. Pero el ser se nos escapa. Se pierde la conciencia del propio yo y de la identidad personal. Razonamos como el diario que leemos, nos arrastra la masa o la mayoría y así se nos condena a llevar una vida superficial y sin sentido. Amigo, ven conmigo. Te quiero mostrar el camino de la profundidad. La que conduce al misterio de tu ser. Es el camino del corazón, o sea, de tu centro personal, de tu auténtico yo que decide o elige la dirección de tu vida. Varios senderos conducen a esta profundidad. El primero es el silencio: recógete dentro de ti mismo, reencuéntrate con tu realidad hasta ahora dispersa o atraída por voces y mensajes diferentes, escucha a tu conciencia. El segundo es la contemplación: deja atrás el trabajo, las preocupaciones, la prisa para sumergirte en ti mismo y en las cosas del espíritu. El tercer camino es la respiración, o sea, cierta técnica para respirar, muy en uso entre los orientales: ensaya a respirar profunda y lentamente pronunciando con la mente estas dos palabras: abandonar - descender, en la pausa de respiración dirás unirse, luego, al inhalar, inspirar dirás renovarse. Experimentarás que con este ejercicio fundamental de la respiración tendrás una experiencia que quizás nunca habías tenido en tu yo profundo.
Utopía de los santos S. Luis María de Montfort, describiendo los efectos maravillosos de la consagración a Jesús por las manos de María, prorrumpe en una exclamación densa de esperanza en la realización de su anhelo: «¿Cuándo llegará ese tiempo dichoso en que... respiren las almas a María como los cuerpos respiran el aire? Cosas maravillosas sucederán entonces sobre la tierra...» (VD 217). La expresión "respirar a María" suscita a primera vista cierta extrañeza: hace pensar más bien en una metáfora audaz inventada por un santo para impeler a una devoción vivida hacia la Virgen. Pero Montfort está convencido de hacer una reflexión seria y comprometedora, porque en otro pasaje del Tratado de la Verdadera Devoción a María se refiere a un Padre de la Iglesia s. Germán de Constantinopla (+733) que dice que «así como la respiración es señal cierta de que el cuerpo no está muerto, del mismo modo el pensar con frecuencia en María e invocarla amorosamente es señal cierta de que el alma no está muerta por el pecado» (VD 166). Citemos el texto de s. Germán en toda su densidad: «En efecto, nuestro cuerpo por el hecho de respirar ofrece una señal segura de vida, así tu nombre santísimo colocado constantemente en la boca de tus siervos y pronunciado en toda circunstancia, lugar y tiempo, no es sólo señal sino también causa de vida, de exaltación y ayuda» (Discurso en la fiesta de la Sma. Madre de Dios, PG 98, 378-379). Lo que Montfort quiere inculcar en pos de s. Germán de Constantinopla: para vivir cristianamente es preciso tener con frecuencia en la mente el pensamiento de María y en el corazón la invocación de su intercesión maternal. En otras palabras, el cristiano no deja de contemplar a María como modelo de virtudes evangélicas y de invocarla como la que intercede por las gracias de la salvación eterna. El simbolismo de la "respiración" es supremamente significativo para expresar tanto la necesidad como la frecuencia de la referencia a María en la vida cristiana. Quien vive la vida filial, convencido de que ella procede del Padre (en Cristo y en el Espíritu) con la colaboración de María, no puede menos de reconocer vitalmente la necesidad de María respecto de todo discípulo de Jesús. Como dice Miguel de s. Agustín (+1684), el mismo Espíritu de Cristo que nos hace gritar: "¡Abbà, Padre!", nos hace también exclamar: "¡Salve, Madre!" (Vida mariaforme, c. XIII). Pero no basta decir esto una sola vez; para que se convierta en actitud vital debemos ejercitarnos constantemente en invocar a María, madre de la vida filial. La referencia a María debe asumir el ritmo de la respiración, es decir, debe ser algo continuo y normal en la vida del cristiano.
Respirar a María ¿Cómo realizar esta referencia perseverante de amor a María? ¿Cómo lograr que alcance el ritmo de la respiración? Montfort sugiere, además de la recitación del rosario, la repetición de las invocaciones a la Virgen, «diciéndole, por ejemplo, todas las mañanas sesenta o cien veces: "Dios te salve, María, Virgen fiel", para alcanzar por mediación suya, la fidelidad a la gracia durante todo el día; y por la noche: "Dios te salve, María, Madre de misericordia", para implorar de Dios, por medio de Ella, el perdón de los pecados cometidos» (VD 116). Es un ejercicio sencillo y eficaz para rectificar el propio yo a la luz de la fidelidad y misericordia de María. Otra oración que puede recitarse al ritmo de la respiración es la propuesta por Montfort mismo cuando dice: «Al menos en cada aniversario, renovarán dicha consagración... Todos los meses y aún todos los días pueden renovar su entrega con estas palabras: ¡Soy todo tuyo y cuanto tengo es tuyo, amable Jesús mío, por María, tu Sma. Madre!» (VD 233). Finalmente, nuestro maestro de espiritualidad cristiana y mariana hace brotar la necesidad de armonizar lo más frecuentemente posible con el querer de María repitiendo "alguna corta palabra", como: «Renuncio a ti y me entrego a ti, amada Madre mía». «Durante la acción y después de ella –añade Montfort– debes renovar de tiempo en tiempo, el mismo acto de ofrecimiento y unión. Y cuanto más lo repitas, más pronto te santificarás y llegarás a la unión con Jesucristo» (VD 259). Así es, en efecto. Si perseveramos en inspirarnos en María y en invocarla frecuentemente nos haremos semejantes a Ella y sabremos por lo mismo decir sí a Jesús con una respuesta de total entrega de amor. Esta es la perfección cristiana: responder sí al Señor que llama a cada instante. Por tanto, ¡a la acción! No despreciemos las oraciones repetitivas, porque tienen un fin preciso: ponernos en contacto con María, hacernos asimilar siempre mejor las actitudes fundamentales de su vida y sintonizar con su voluntad, que siempre coincide con la voluntad salvífica de Dios.
A ritmo de respiración Hay una oración oriental que consiste en una invocación repetida lentamente a ritmo de respiración: "Jesús, hijo de David, ten piedad de mí, pecador". La finalidad de esta repetición es la de hacer pasar la "oración de Jesús" de la cabeza al corazón, de la palabra a toda la vida: el ritmo de la respiración ayuda a esta operación de penetración de la oración en la existencia. Pero aquí se plantea un problema: "¿se trata de un ejercicio psicológico de unión con Jesús y con María? O más bien, ¿se da en la oración, un encuentro en el yo profundo y las personas de Jesús y de María?" Ahora bien, no podemos descuidar aquí un misterio maravilloso que el Nuevo Testamento nos ha revelado en diversas ocasiones: el cristiano es templo del Dios vivo y el Espíritu Santo habita en él (1 Cor 6,19; Rom 8,11). Más aún, el encuentro entre el hombre y el Espíritu santificador tiene lugar en el corazón, o sea, en el yo oculto, en el centro mismo de la persona, en el núcleo profundo del ser libre: «El amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha dado» (Rom 5,5). Jesús no sólo está en medio de los creyentes, sino que está presente dentro de ellos mediante la fe y la Eucaristía (Gál 2,20; Ef 3,17; 1 Cor 10,16). Con su cuerpo glorioso Jesús es mediador de salvación y fuente de vida para todos los hombres más allá de todo tiempo y espacio (1 Cor 15,45). ¿Y María? También Ella participa por la gracia de la condición de Cristo resucitado y, por lo mismo, es junto con El "espíritu que da vida". Y como la vida de Dios se halla inserta en el corazón del hombre es precisamente en el corazón donde María actúa como Madre y colaboradora de la acción materna de Dios. En forma espiritual, es decir, en la fuerza del Espíritu, María se halla presente en el corazón del hombre para poder actuar en él con la gracia filial. Esto explica por qué tantos santos han podido percibir en una experiencia de fe la "dulce presencia de María en el alma" (SM 52). Ahora comprendes, hermano o hermana, cómo el ejercicio de la invocación de María al ritmo de la respiración no es juego vacío ni siquiera un ejercicio puramente psicológico: al encontrar tu yo profundo, puedes encontrar junto con Cristo también a su Madre glorificada: María está allí para colaborar con el Espíritu a tu renacimiento y formación sobrenatural. La puedes encontrar en tu yo profundo. Ensaya, pues, a repetir las fórmulas cortas de Montfort armonizándolas sencillamente con la respiración. Tú mismo puedes inventar otras invocaciones. Por ejemplo estas cuatro oraciones mínimas que consisten en repetir inhalando y exhalando el aire estas breves palabras: Te, a ti, tuyo, Tú. Repítelas lentamente dirigiéndote a María. Añade a ellas un complemento o una especificación: TE... busco, quiero, deseo, amo. A TI... vengo, pertenezco, me consagro. TUYO... soy, siervo tuyo, hijo tuyo, propiedad tuya. TU... me acoges, piensas en mí, me acompañas, estás en mí. A través de este ejercicio aprenderás a orar descendiendo a lo profundo de ti mismo para encontrar allí los artificios de tu divinización, o sea tu vida filial: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Con ellos, como humilde esclava, encontrarás también a María, la colaboradora materna al florecimiento y crecimiento en ti de la vida. Si te pones en sintonía con Ella, "si respiras a María como los cuerpos respiran el aire", serás transformado en perfecto discípulo de Cristo y ayudarás a hacer del mundo una casa más habitable para el hombre.
LECTURA
Cuándo respiraremos a María El alma de María estará en ti para glorificar al Señor y su espíritu se alegrará por ti en Dios, su Salvador, con tal que permanezcas fiel a las prácticas de esta devoción. "Que el alma de María more en cada uno para engrandecer al Señor, que el espíritu de María permanezca en cada uno para regocijarse en Dios". ¡Ay! ¿Cuándo llegará ese tiempo dichoso –dice un santo varón de nuestros días, ferviente enamorado de María– cuándo llegará ese tiempo dichoso en que santa María sea establecida como Señora y Soberana de los corazones, para someterlos plenamente al imperio de su excelso y único Jesús? ¿Cuándo respirarán las almas a María como los cuerpos respiran el aire? Cosas maravillosas sucederán entonces sobre la tierra, donde el Espíritu Santo –al encontrar a su Esposa como reproducida en las almas– vendrá a ellas con la abundancia de sus dones y las llenará de ellos, especialmente del de Sabiduría, para realizar maravillas de la gracia. ¿Cuándo llegará, hermano mío, ese tiempo dichoso, ese siglo de María, en el que muchas almas escogidas y conseguidas del Altísimo por María, perdiéndose ellas mismas en el abismo de su interior, se transformen en copias vivientes de la Santísima Virgen, para amar y glorificar a Jesucristo? Ese tiempo sólo llegará cuando se conozca y viva la devoción que yo enseño: "Señor, para que venga tu reino, venga el reino de María". Para dejarte llevar por el espíritu de María, es preciso que... te entregues al espíritu de María para ser movilizado y conducido por él, de la manera que Ella quiera. Debes abandonarte en sus manos virginales, como la herramienta en manos del obrero y el laúd en manos del tañedor. Tienes que perderte y abandonarte a Ella, como una piedra que se arroja al mar: lo cual se hace sencillamente y en un instante, con una simple mirada del espíritu, un ligero movimiento de la voluntad o con pocas palabras, diciendo, por ejemplo: "¡Renuncio a mí mismo y me consagro a ti, querida Madre mía!" ¡Qué dichoso quien –a ejemplo del piadoso hermano jesuita Alfonso Rodríguez, muerto en olor de santidad– se halla todo poseído y se deja conducir por el espíritu María! ¡Espíritu que es suave y fuerte, celoso y prudente, humilde e intrépido, puro y fecundo! (VD 217, 259, 258).
COMPROMISO DE VIDA
Escogeré uno de los ejercicios para descender al yo profundo (silencio, invocación a ritmo de respiración, oraciones breves...) y encontraré allí a María.
22. EL ROSARIO DE LOS CONSAGRADOS
«Les ruego, con la mayor insistencia y por el amor que les profeso en Jesús y María... recen el rosario y, si tienen tiempo, los quince misterios, todos los días. A la hora de la muerte bendecirán el día y la hora en que aceptaron mi consejo. Y, después de haber sembrado en las bendiciones de Jesús y de María, cosecharán las bendiciones eternas» (VD 254). S. Luis de Montfort exhorta cálidamente con estas palabras a cuantos han emitido su acto de consagración a Cristo por medio de María a que reciten a diario el rosario, como expresión popular y profunda de devoción mariana auténticamente evangélica. Para entrar en esta perspectiva, ofrece diferentes métodos de recitar el rosario, una oración a María en la cual se renueva el acto de consagración.
Una oración auténtica y vital ¿Qué es el rosario para Montfort? Las respuestas que da revelan la riqueza de su concepción de esta plegaria, la más sentida y expresiva después de las celebraciones litúrgicas en honor de María. 1. Meditación de los misterios de la salvación. Para Montfort, «El Santo Rosario –recitado con la meditación de los sagrados misterios– es un sacrificio de alabanza a Dios por el beneficio de nuestra redención y un devoto recuerdo de los sufrimientos, muerte y gloria de Jesucristo» (SAR 69). Esta memoria contemplativa es esencial al Rosario: «El Rosario, sin la meditación de los sagrados misterios de nuestra salvación, sería como un cuerpo sin alma, una excelente materia sin su forma –que es la meditación, la cual distingue al Rosario de las demás devociones» (SAR 61). 2. Encuentro vivo con Jesucristo. Yendo más allá de la simple expresión de plegaria, Montfort presenta el Rosario como un medio para encontrar a Jesús: «Personalmente, no encuentro nada tan eficaz para atraer a nuestras almas el Reino de Dios –la Sabiduría– como el unir la oración bocal con la mental, mediante la recitación del Santo Rosario y la meditación de los 15 misterios encerrados en él» (ASE 193). 3. Cántico de alabanza a María. Según Montfort, el saludo del ángel: «es la alabanza más perfecta que podamos dirigir a María» (SAR 46). «El Avemaría resume, en la más concisa síntesis, toda la teología cristiana sobre la Sma. Virgen» (SAR 44). Al repetir el Avemaría en el Rosario se entra en contacto espiritual con María y con el Dios de la salvación, que la eligió como Madre de su Hijo: "el saludo del ángel es el arco iris, la señal de la clemencia y de la gracia dadas al mundo por Dios" (SAR 45). 4. Escuela de vida cristiana. Montfort está convencido de que los misterios de Cristo tienen valor permanente y propone, por lo mismo, pedir al fin de cada decena, por intercesión de María, las "gracias del misterio". El Rosario es un medio de cristianización de la vida: «Son quince cuadros, cuyas escenas deben servirnos de normas y ejemplo para orientar nuestra vida. Quince antorchas que guían nuestros pasos en este mundo. Quince espejos luminosos que nos permiten conocer a Jesús y María, conocernos a nosotros mismos y encender el fuego de su amor en nuestros corazones» (SAR 61).
Métodos para recitar el Rosario Convencido de estos valores, Montfort propagó el Rosario entre toda categoría de personas y sugirió métodos para recitarlo. Son métodos de los cuales podemos servirnos todavía para mantener siempre vivo nuestro diálogo con María y avanzar hasta la plena madurez en Jesucristo. Recordemos algunos... 1. Un primer método consiste en la enunciación orante de cada misterio y en una petición, por intercesión de María, de la virtud o gracia correspondiente: "te ofrecemos, Señor, esta decena en honor del misterio de la Encarnación y te pedimos... humildad profunda". 2. El segundo método, sugerido por Montfort "para celebrar la vida, la muerte y la gloria de Jesús y de María y para disminuir las distracciones de la fantasía", propone añadir a cada Avemaría de las diferentes decenas "una cláusula que recuerda el misterio celebrado": "y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús Encarnado... santificador... niño pobre... crucificado... resucitado..." 3. El tercer método busca ofrecer un "compendio de la vida, muerte, pasión y gloria de Jesús y de María" presentando para cada Avemaría un aspecto del misterio que se medita. En la práctica se tiene aquí una ampliación de la visión, que comprende los misterios de la salvación desde el pecado de Adán hasta la venida gloriosa de Cristo, sin descuidar los misterios de la vida pública. Para hacer fructuosa y santificadora la recitación del Rosario, cada consagrado puede inspirarse en uno u otro de los métodos monfortianos, caracterizados por una clara orientación cristológica e histórico-salvífica. Con gran sentido pastoral Montfort invita a variar la elección de métodos y secundar el propio impulso creativo: «Utilizad el que más os guste; inclusive, vosotros mismos podéis componer otros, como hicieron ya no pocos santos» (SAR 154). Lo importante en una época de distracciones y mensajes acuciantes, es elevarse a Dios en actitud de agradecida contemplación y llegar por los misterios de la salvación a la Palabra de vida, que ilumine nuestro peregrinar cristiano y nuestras opciones cotidianas, como las esclarece la vida terrena de la Virgen María.
LECTURA
La recitación del Avemaría y del Rosario Recitarán con gran devoción el Avemaría o salutación angélica, cuyo valor, mérito, excelencia y necesidad apenas conocen los cristianos, aun los más instruidos. Ha sido necesario que la Santísima Virgen se apareciera muchas veces a grandes y muy esclarecidos santos –como santo Domingo, san Juan de Capistrano o el beato Alano de la Rupe– para manifestarles por sí misma el valor del Avemaría. Ellos escribieron libros enteros sobre las maravillas y eficacia de esta oración para convertir las almas. Proclamaron a voces y predicaron públicamente que habiendo comenzado la salvación del mundo por el Avemaría, a esta oración está vinculada también la salvación de cada persona en particular; que esta oración hizo que la tierra seca y estéril produjese el fruto de vida y que, esta oración bien rezada hará germinar en nuestras almas la Palabra de Dios y producir el fruto de vida, Jesucristo; que el Avemaría es un rocío celestial que riega la tierra, es decir, el alma, para hacerla producir fruto en tiempo oportuno y que un alma que no es regada por esta oración o rocío celestial no produce fruto sino malezas y espinas y está cerca de recibir la maldición. No sé cómo ni porqué, pero es real: no tengo mejor secreto para conocer si una persona es de Dios, que observar si gusta de rezar el Avemaría y el Rosario. Digo "si gusta", porque puede suceder que una persona esté natural o sobrenaturalmente imposibilitada de rezarlos, pero siempre los estima y recomienda a otros. El Avemaría bien dicha, o sea, con atención, devoción y modestia, es según los santos, el enemigo del diablo al que hace huir y el martillo que lo aplasta. Es la santificación del alma, la alegría de los ángeles, la melodía de los predestinados, el cántico del Nuevo Testamento, el gozo de la Sma. Virgen y la gloria de la Augusta Trinidad. El Avemaría es un rocío celestial que torna fecunda al alma; es un casto y amoroso beso que damos a María; es una rosa encarnada que le presentamos; es una perla preciosa que le ofrecemos; es una copa de ambrosía y néctar divino que le damos. Todas estas comparaciones son de los santos. Les ruego, pues, con la mayor insistencia y por el amor que les profeso en Jesús y María, que no se contenten con rezar la coronilla de la Sma. Virgen. Recen también el Rosario y, si tienen tiempo, los quince misterios, todos los días. A la hora de la muerte bendecirán el día y la hora en que aceptaron mi consejo. Y, después de haber sembrado en las bendiciones de Jesús y de María, cosecharán las bendiciones eternas: "Quien hace siembras generosas, generosas cosechas tendrán" (VD 249, 251, 253, 254).
COMPROMISO DE VIDA
Recitaré el Rosario según uno de los tres métodos sugeridos por Montfort para sacar de ellos mayor provecho espiritual.
23. PREPARARSE A LA CONSAGRACION
Un acto solemne, serio y comprometedor, como la consagración a Cristo por medio de María, no se improvisa. De él procede, en efecto, la orientación de la propia vida, como decisión consciente, responsable y fundamental por Cristo a ejemplo y bajo la guía de la Virgen. Para consagrarse y vivir como consagrados es necesario prepararse, profundizando su significado y los compromisos que proceden de la consagración, mediante la meditación, la oración y el ejercicio más intenso de la vida cristiana.
Un mes de ejercicios espirituales Montfort que había presentado la consagración como una renovación de las promesas bautismales, realizada «voluntariamente y con conocimiento de causa» (VD 126), está convencido de la necesidad de un período de preparación al acto de consagración. Inspirándose en los Ejercicios espirituales de s. Ignacio, propone un mes de ejercicios preparatorios con estas palabras: «Quienes deseen abrazar esta devoción particular... dedicarán (...) doce días, por lo menos, a deshacerse del espíritu mundano, contrario al de Jesucristo, y tres semanas a llenarse de Jesucristo por medio de la Sma. Virgen» (VD 227). Montfort mismo presenta un esquema del proceso, articulado así: liberación del espíritu del mundo (12 días), conocimiento de sí mismos (1ª semana), conocimiento de María (2ª semana), conocimiento de Jesucristo (3ª semana). Sobre las huellas de estas indicaciones y actualizándolas para nuestro tiempo, podemos trazar el camino a recorrer para llegar a un acto de consagración realizado con pleno conocimiento... 1. Etapa de doce días. Montfort invita a mirar el mundo en que nos encontramos, para descubrir –además de sus bellezas y valores– los condicionamientos y obstáculos que opone a nuestra realización humana y cristiana. La teología actual habla de "pecado del mundo" para indicar que estamos colocados desde el nacimiento en un ambiente empecatado por las culpas de los hombres, desde el asesinato de Abel hasta la muerte de Jesús. Gracias a Cristo estamos insertos en la salvación, pero tenemos que liberarnos cada día del espíritu egoísta que reina en el mundo y de toda estructura de pecado. En este período debemos realizar nuestro éxodo abandonando a los ídolos del tener, del poder, de la autosuficiencia. Sólo creando el vacío de los proyectos humanos opuestos al plan divino nos hallaremos en grado de acoger la salvación ofrecida por Jesús. Como guía para los primeros doce días, proponemos el documento conciliar Gaudium et Spes, especialmente los nn. 1-10 donde se habla de la "condición del hombre en el mundo contemporáneo". 2. Primera semana. Está dedicada a realizar la empresa a la cual invita la sabiduría griega: "Conócete a ti mismo". Del mundo exterior debemos pasar a la exploración de nuestro yo y revisar nuestro propio ser. Descubriremos la dignidad de la persona humana hecha a imagen de Dios, la excelencia de su vocación personal y comunitaria, la importancia de la conciencia moral y del corazón donde maduran las opciones fundamentales de la vida. Pero tendremos también que penetrar en la zona de sombras de nuestra vida, reconocer nuestras fallas y corresponsabilidad ante el pecado del mundo. Sentiremos, por tanto, la necesidad de repetir las invocaciones sugeridas por Montfort: "¡Señor, que yo vea! ¡Que yo me conozca! ¡Ven, Espíritu Santo!". El conocimiento de sí mismo no es un fin, es un presupuesto para orientar correctamente la propia libertad y convertir a Dios toda la vida (ver todavía Gaudium et Spes, Nos. 12-18). 3. Segunda semana. Tras la reflexión sobre el mundo y el propio yo, es una alegría fijar la mirada contemplativa sobre María, maravilla de la humanidad y creatura totalmente abierta a la voluntad de Dios. Para conocer a la Madre del Señor debemos necesariamente acudir a la historia de la salvación como la presenta la Sda. Escritura: descubriremos la misión única de María, su colaboración fiel al lado de Cristo Redentor que la convierte en Madre de los discípulos amados de Jesús, su respuesta generosa a los dones de Dios. En María veremos como en un espejo la vocación de la Iglesia que a ejemplo suyo debe escuchar la Palabra de Dios, pronunciar el sí de su propia consagración a Dios, abrirse totalmente al Espíritu Santo, engendrar a Jesús en el corazón de los hombres, avanzar en la peregrinación de la fe hasta llegar a la patria feliz. Contemplando a María en su vida terrena y en su condición de glorificada, nos sentiremos impulsados a acogerla en nuestra vida como Madre espiritual, a imitar sus virtudes evangélicas, a confiarnos a su intercesión y consagrarnos a Cristo como Ella para dilatar su reino en el mundo. Para profundizar en el conocimiento de María, será útil meditar los Nos. 1-59 del Tratado de la Verdadera Devoción o el capítulo VIII de la Lumen Gentium sobre "María en el misterio de Cristo y de la Iglesia". 4. Tercera semana. Religiosamente atentos para escuchar al Espíritu, podremos por último tratar de entrar en el misterio insondable de amor constituido por la persona de Cristo, hijo de Dios y nacido de la Virgen María. Montfort sugiere recitar las letanías del nombre de Jesús, como para hacernos alcanzar un conocimiento más íntimo de El a través de los títulos mesiánicos. Es necesario, pues, releer y entrar en contacto personal con Quien es el único mediador de la salvación, el modelo supremo de la vida filial y fraterna, el maestro de sabiduría y el pastor que nos guía hacia el Padre.
Optar por Cristo como María Mediante la meditación de la vida de Jesús, como nos la propone –por ejemplo– Montfort en el Amor de la Sabiduría Eterna, no sólo se aprenderá a conocerlo más de cerca, sino que madurará también la exigencia de renovar nuestra fe en El y confiarle la propia vida de manera que sea El quien le dé su orientación definitiva. Es éste el significado de la consagración a la cual nos invita Montfort: hacer de la propia vida una entrega total a Cristo en el amor, al servicio de nuestros hermanos y para gloria del Padre, siguiendo el ejemplo de María y por medio de Ella. El itinerario desde el mundo hasta Cristo –pasando por la propia persona y por la de la Virgen María– es sobremanera eficaz para prepararnos a realizar o renovar la consagración propuesta por s. Luis María de Montfort. Es importante recorrerlo con empeño y en atmósfera de oración: de ello podría depender ese cambio decisivo que oriente de modo definitivo e irrevocable a la salvación.
LECTURA
Ejercicios preparatorios a la consagración Quienes deseen abrazar esta devoción particular... dedicarán... doce días, por lo menos, a deshacerse del espíritu mundano, contrario al de Jesucristo, y tres semanas a llenarse de Jesucristo por medio de la Sma. Virgen. Para esto último podrán seguir este orden: Durante la primera semana, dedicarán todas sus oraciones y actos de piedad a pedir el conocimiento de sí mismos y la contrición de sus pecados, haciéndolo todo con espíritu de humildad. Si quieren, podrán meditar lo dicho antes sobre nuestras malas inclinaciones... Rogarán al Señor y al Espíritu Santo que los ilumine, diciendo: "¡Señor, que yo vea!" o "¡Que yo te conozca!" o también: "¡Ven, Espíritu Santo!". Y recitarán todos los días las letanías del Espíritu Santo... Acudirán a la Sma. Virgen pidiéndole esta gracia, que debe ser el fundamento de las demás, y para ello recitarán todos los días el himno Salve, Estrella del mar y las letanías de la Sma. Virgen. Durante la segunda semana se dedicarán en todas sus oraciones y obras cotidianas a conocer a la Sma. Virgen, pidiendo este conocimiento al Espíritu Santo. Podrán leer y meditar lo que al respecto hemos dicho. Y rezarán con esta intención, como en la primera semana, las letanías del espíritu Santo y el himno Salve, Estrella del mar y, además, el Rosario o la tercera parte del mismo. Dedicarán la tercera semana a conocer a Jesucristo. Para ello, podrán leer y meditar lo que arriba hemos dicho y rezar la oración de s. Agustín que se lee hacia el comienzo de la segunda parte. Podrán repetir una y mil veces cada día, con el mismo santo: "Que yo te conozca, Señor!" o "¡Que yo sepa, Señor, quien eres tú!" Rezarán como en las semanas anteriores las letanías del Espíritu Santo y el himno Salve, Estrella del mar y añadirán todos los días las letanías del santo nombre de Jesús. Al terminar las tres semanas, se confesarán y comulgarán con la intención de consagrarse a Jesucristo en calidad de esclavos de amor por las manos de María. Después de la comunión... recitarán la fórmula de consagración... Es conveniente que la escriban o hagan escribir, si no está impresa, y la firmen ese mismo día. Conviene también que entreguen ese día algún tributo a Jesucristo y a su Sma. Madre... Naturalmente, este tributo dependerá de la devoción y posibilidades de cada uno, como, por ejemplo, un ayuno, una mortificación, una limosna o un cirio. Pues, aun cuando sólo se diera en homenaje un alfiler, con tal que se lo entregue de todo corazón, sería bastante para Jesús, que sólo atiende a la buena voluntad. Al menos en cada aniversario, renovarán dicha consagración, siguiendo las mismas prácticas durante tres semanas. Todos los meses y aun todos los días, pueden renovar su entrega con estas palabras: «¡Soy todo tuyo y cuanto tengo es tuyo, amable Jesús mío, por María, tu Sma. Madre!» (VD 227-233).
COMPROMISO DE VIDA
Intensificaré mi preparación al acto de consagración invocando con mayor frecuencia al Espíritu Santo. Renovaré, además, cada año, el acto de consagración haciéndolo preceder del mes de preparación.
24. EL MAGNIFICAT DE NUESTRO TIEMPO
El corazón verdaderamente religioso no puede menos de cantar a Dios. Necesita alabarlo, proclamar sus obras, agradecerle la vida y la salvación recibidas de El. La Biblia abunda en oraciones elevadas a Dios por el pueblo o por tantos siervos suyos. Los salmos constituyen el repertorio más conocido de oración, al que acuden en todos los siglos las grandes almas que oran y que se ha convertido en el texto fundamental de la Iglesia que ora. Jesús es el modelo supremo de la verdadera plegaria. Ha orado a través de su vida, especialmente en ciertas circunstancias importantes (antes de la elección de los apóstoles, en el bautismo, en la transfiguración, en la cena pascual...) y en momentos particularmente dolorosos (crisis en Galilea, agonía, crucifixión...). Ha experimentado la oración solitaria y nocturna, ha elevado públicamente al Padre el himno de alabanza. Ha puesto en guardia contra las deformaciones de la oración (multiplicación de las palabras, formalismo vacío, oración como información o presión a Dios) y sobre todo nos ha dado el ejemplo más espléndido de oración en el "Padrenuestro".
El cántico de María También María nos ha dejado una oración maravillosa, que revela la profundidad de su experiencia religiosa y su necesidad de proclamar para todos los siglos las grandes cosas que Dios realizó en Ella. Es el Magníficat, que el evangelista Lucas pone en boca de María en respuesta a la alabanza de Isabel. Ciertamente este cántico es una expresión de la espiritualidad de la Virgen que pertenece al grupo de los "pobres del Señor". Los cuales esperan con corazón disponible la intervención de Dios en la historia y la venida del Mesías. Montfort define el Magníficat como «el mayor sacrificio de alabanza que Dios ha recibido en la ley de la gracia... el más humilde y reconocido y, a la vez, el más sublime y elevado de todos los cánticos» (VD 255). En realidad "los misterios que contiene son tan grandes y profundos" que cada día descubrimos en él cosas nuevas. El Magníficat, "la única plegaria y la única composición de la Virgen" (VD 255), es el cántico de alabanza elevado a Dios por cuanto ha obrado en la historia de la salvación. María revela en él la profundidad de su lectura religiosa de la historia y de su presencia del rostro de Dios. Si queremos comprender el Magníficat debemos recordar que es un ejemplo típico de oración bíblica. Oración nada abstracta, sino procedente de la vida. Oración nada genérica, sino basada en las circunstancias históricas y reales. Oración nada individualista, sino ampliada a toda la historia del pueblo de Israel. El Magníficat se basa en tres momentos del tiempo: presente, pasado y futuro. Es alabanza a Dios por el presente, memoria hecha adoración por el pasado, esperanza segura para el futuro. María comienza alabando al Señor a partir de su propia experiencia de salvación. Experimento –dice María– que Dios me ha salvado, porque me ha mirado con amor y "ha hecho tanto por mí", o sea, las maravillas del Exodo, cambiando mi situación. Su pobre esclava, escogida ahora para Madre del Mesías, será felicitada por todas las generaciones. Pasa de la vida escondida a la gloria. Al comparar su presencia con el pasado de su pueblo, María se da cuenta de que cuanto ha acontecido en Ella responde al modo constante de obrar de Dios. Que vuelca las situaciones humanas: no sólo exalta a los pobres y hambrientos de santidad, como María, sino que baja y echa por tierra violentamente a los ricos, a los arribistas, a los orgullosos, que utilizan su tener y poder como una cadena de esclavitud para sus hermanos. Al movimiento ascensional de los humildes, corresponde el movimiento descensional de humillación de los opresores prepotentes. Y así Dios revela a María su rostro a través de la historia de Israel: Dios condescendiente y misericordioso, amigo y promocionador de los débiles, Dios trascendente y omnipotente, justo demoledor de las estructuras inicuas. Finalmente, al mirar al futuro, María se muestra cierta de que Dios será fiel a la alianza, realizando "las promesas hechas a Abraham y a su descendencia para siempre". Es decir, Dios se formará un pueblo de verdaderos creyentes, heredero de las bendiciones de Abraham.
El cántico de la Iglesia El cántico de María se ha convertido en el cántico de la Iglesia que en la oración vespertina de cada día lo recita o canta solemnemente. Se trata realmente de un cántico eclesial, porque es «el canto de los tiempos mesiánicos, en el que confluyen la exultación del antiguo y del nuevo Israel» (MC 18). En el Magníficat resuena el eco de la expectación gozosa del Mesías y se anticipa ya la voz de la Iglesia que goza por la venida de Jesús. Entre las diversas prácticas de los consagrados a Cristo por manos de María, Montfort pone también la recitación del Magníficat: «Recitarán frecuentemente el Magníficat... para agradecer a Dios las gracias que otorgó a la Sma. Virgen» (VD 255). Quien recita el Magníficat se une, sin lugar a dudas, a María en la acción de gracias al Señor por los portentos de gracia realizados en Ella. Pero hoy comprendemos que existen otras finalidades, también legítimas y oportunas, que nos llevan a recitar frecuentemente el cántico de María. En el Magníficat aprendemos a orar, partiendo como María de la propia experiencia religiosa, extendiendo la visión a toda la historia y mirando confiadamente al futuro. Necesitamos esta oración concreta, vital, en comunión con el Pueblo de Dios. En el Magníficat tenemos una teología orante, porque Dios revela su rostro que atrae y, al mismo tiempo, responsabiliza, es principio de atracción y compromiso. En el Magníficat aprendemos a alinearnos con el Dios de los pobres, con cuya liberación y promoción debemos comprometernos. No podemos permanecer sordos ante la proclamación del plan de Dios hecha por María. Como cristianos no podemos odiar a nadie, ni programar sangrientas revoluciones, ni siquiera contra los opresores injustos; pero debemos recurrir a todo método lícito para cambiar las situaciones inhumanas que contrastan con el proyecto de Dios. Los consagrados recuerdan con el Magníficat que su entrega a Cristo a través de María es ratificación y renovación de la alianza con Dios estipulada por Jesucristo y hecha realidad vital para cada cristiano en el bautismo y en todos los demás encuentros salvíficos. Responder con el sí a la longanimidad e infinita misericordia de Dios es la invitación que nos hacen, con su ejemplo luminoso, Cristo "amén" de Dios y María fiel "esclava" del Señor.
LECTURA
Proclama mi alma al Señor Recitarán frecuentemente el Magníficat –a ejemplo de la beata María d'Oignies y de muchos otros santos– para agradecer a Dios las gracias que otorgó a la Sma. Virgen. El Magníficat es la única oración y el único cántico compuesto por la Sma. Virgen o mejor en Ella por Jesucristo que hablaba por boca de María. Es el mayor sacrificio de alabanza que Dios ha recibido en la ley de la gracia. Es el más humilde y reconocido y, a la vez, el más sublime y elevado de todos los cánticos. En él hay misterios tan grandes y ocultos que los ángeles los ignoran. Gersón, tan piadoso como sabio, después de haber empleado gran parte de su vida en componer tratados tan llenos de erudición y de piedad sobre materias tan difíciles, no pudo menos de temblar, al emprender, hacia el final de su vida, la explicación del Magníficat, a fin de coronar con ésta todas sus obras. En un volumen infolio, nos refiere muchas admirables cosas de este hermoso y divino cántico. Entre otras, afirma que la misma Sma. Virgen lo recitaba con frecuencia y particularmente en acción de gracias después de la sagrada comunión. El sabio Benzonio, al explicar el Magníficat, refiere muchos milagros obrados por su virtud y dice que los diablos tiemblan y huyen, cuando oyen estas palabras del Magníficat: «El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón» (VD 255). María presenta nuestras buenas obras a Jesucristo, sin reservarse nada de lo que le ofreces: todo lo entrega fielmente a Jesucristo. Si entregas algo a Ella, necesariamente lo entregas a Jesucristo. Si la alabas, necesariamente alabas y glorificas al Señor. Si la ensalzas y bendices, Ella –como cuando santa Isabel la alabó– entona su cántico: «¡Proclama mi alma la grandeza del Señor!» (VD 148).
COMPROMISO DE VIDA
Recitaré el Magníficat como oración de alabanza a Dios por sus intervenciones en la historia y lo aplicaré a mi vida.
CON MARIA A LA MESA DEL SEÑOR
25. ACOGER A MARIA ENTRE LOS DONES DE CRISTO
Ninguna experiencia tan grata y gratificante como la de ser acogidos con amor. Esa acogida se manifiesta ofreciendo hospitalidad, según la antigua tradición y el mandamiento expreso de la Escritura (1 Pe 4,9) y, sobre todo, abriendo el corazón a las personas –lo que es más difícil– hasta poderles decir: "Te acepto tal como eres". S. Pablo nos invita a ofrecer esta acogida interpersonal con estas palabras: "Acogeos mutuamente" (Rom 15,7). Es el primer paso hacia la reconstrucción de una humanidad fraternal: acoger al otro como don. Todo otro es un don, porque lleva en sí la imagen del Creador (Gn 1,27) y oculta en sí la presencia de Cristo (Mt 25,35). Tras los tristes acontecimientos de las guerras y luchas fratricidas, nos damos cuenta de que sólo una espiritualidad comunitaria puede salvarnos. Hay que abandonar el terrible individualismo que llega a pensar que "los demás son el infierno" (Sartre), lo mismo que a superar la carcoma corrosiva de la soledad. Necesitamos de los demás para vivir y madurar, tenemos que abrirnos a su presencia y ayuda. María es la Madre del "don" por excelencia, que es Jesús, dado a los hombres por Dios (Jn 3,16). Ella misma se ha convertido en "don" de Jesús a todos los discípulos, que deben acogerla en su vida, como lo ha hecho Juan junto a la cruz (Jn 19,26-27).
La acogida a María en el Evangelio El Evangelio nos ofrece varias veces episodios en los que personas o comunidades acogen a María. Está ante todo José a quien se dirige esta invitación: «No tengas reparo en llevarte contigo a María tu mujer, porque la criatura que lleva en su seno viene del Espíritu Santo» (Mt 1,20). Podemos apenas imaginar lo que sería la cordial acogida que José dispensó a María hasta constituir con Ella una comunidad de amor y santidad, coexistente con la opción virginal. Están luego Isabel y Zacarías, que acogen a María en su propia casa, cuando Ella fue a visitarlos. Acogida hospitalaria que fue rica en frutos espirituales: el Espíritu Santo se difundió en esa casa y el gozo llegó hasta s. Juan Bautista aún en el seno de su madre (Lc 1,39-44). La afortunada familia de Caná de Galilea, que invitó a María al banquete nupcial y la acogió festivamente, pudo ofrecer por intervención suya un vino sabroso y abundante, símbolo del gozo mesiánico que Jesús iba a comunicar al nuevo Pueblo de Dios (Jn 2,1-12). Está luego Jesús con sus discípulos que acoge a María en aquella casa hospitalaria cuando Ella con sus parientes quiso encontrarse con su Hijo, dedicado a la predicación del Evangelio. Y María experimenta la alegría de testificar que también Ella es discípula de Cristo y pertenece a la gran familia de quienes cumplen la voluntad del Padre (Lc 8,19-21). Desde lo alto de la cruz, el Redentor del mundo, mientras vive la hora más solemne de su vida –la de la victoria sobre el adversario y la de la reconciliación de los hombres con el Padre– pronuncia las siete palabras, que constituyen su testamento de amor. Jesús perdona a quienes le crucifican, promete el paraíso al buen ladrón, pone su alma en manos del Padre, confía su Madre a Juan. El verso traducido generalmente: «y el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,27) expresa la actitud de Juan ante el don supremo del Maestro. La traducción exacta sería más bien: "el discípulo la acogió entre sus bienes". El discípulo de quien se habla, se distingue de los demás. En efecto, dos notas caracterizan su seguimiento de Cristo: la intimidad y la perseverancia. Es el que reclinó la cabeza en el pecho de Jesús en la última Cena: es el confidente íntimo de Cristo. Y el que siguió al Maestro hasta el Calvario, mientras los demás habían huido. Precisamente a este discípulo amado entregó Jesús tantos dones, que constituyen sus bienes espirituales: le dio su Palabra, la Eucaristía, el mandamiento nuevo; le dará en seguida el Espíritu Santo. Al mismo entregó su Madre, como en un cambio de propiedad: "Mi madre es madre tuya. Y yo, hijo, soy sustituido desde ahora por ti, que eres su hijo". Ante este don de la Madre, Juan le abre su casa y sobre todo su corazón. El discípulo "la acogió": acoger es el verbo de la fe, en s. Juan expresa el creer. Como se había abierto al Verbo de Dios, se abre ahora a María: la acoge como herencia de Cristo crucificado. En términos de hoy podríamos decir que Juan acogió a María en la estructura misma de su vida espiritual, en su existencia cristiana. Es una hospitalidad interior, que hace del cristiano una persona de corazón mariano. Parece que Jesús hubiera querido trazar el camino de sus discípulos en forma que encuentren a María, la Madre, tarde o temprano. ¿Por qué lo ha hecho? No ciertamente sin motivación profunda. Sino porque ha pensado que una presencia materna ayudaría al Pueblo de Dios a permanecer unido y a saborear qué suave es el yugo del Señor. Por ello, amigo lector, lo repito a ti, a mí, a todos los hermanos y hermanas de la comunidad eclesial: "No temamos acoger a María... Abramos nuestro corazón, nuestra conciencia... a Ella y a su misión maternal... para que nos convirtamos en verdaderos discípulos de Cristo e irradiemos su mensaje de amor en la sociedad de nuestro tiempo.
Una entrega mutua S. Luis de Montfort ha tomado en serio las palabras de Jesús: «Esta es tu madre» (Jn 19,26) en forma tal que ha resumido su experiencia refiriéndose a la actitud del discípulo amado que «acogió a María entre sus bienes» (Jn 19,27), o sea, entre los dones de Cristo: «Mil y mil veces como Juan ante la cruz he aceptado a María como tu don más precioso, y ¡cuántas veces me he consagrado a Ella!» (SM 66). Esta acogida a María no es un privilegio de los santos, es una feliz experiencia al alcance de todo cristiano sensible a los dones de Cristo. Montfort la presenta como consecuencia de la entrega a María y de la confianza en Ella: «¡Oh! ¡Qué feliz es el hombre que lo ha entregado todo y por todo se confía y pierde en María! ¡Es todo de María y María es toda de él! Puede decir... con el discípulo amado: ¡La tomé por todos mis bienes!» (VD 179). Montfort ofrece una interpretación de Jn 19,27 aparentemente exclusivista, como si María fuera el único bien; pero el lenguaje del amor es así; en efecto, en otro lugar exalta a Jesucristo como "tesoro infinito para el hombre" y sus demás dones. Aquí expresa sobre todo su convicción de que entre María y el consagrado a Ella existe una entrega recíproca, hecha de amor y confianza total. El consagrado puede decir: "Totus tuus" –"Soy todo tuyo, oh María"– y la Virgen puede responder: "Tota tua" –"Soy toda de ti y para ti, hijo mío"–. Es un concepto que gusta mucho a Montfort y que vuelve en otro pasaje de su Tratado: «Dado que como consagrado perteneces totalmente a María, también Ella te pertenece en plenitud. De suerte que, como perfecto servidor e hijo de María, puedes repetir lo que dijo de sí el evangelista s. Juan: "El discípulo se la llevó a su casa"» (VD 144). La experiencia monfortiana, en el surco de la tradición secular, explicita la respuesta de María a las palabras de Jesús: «este es tu hijo» (Jn 19,26). El evangelista refiere la respuesta de Juan, dejando presuponer que la Virgen ha hecho lo mismo: "Acogió al discípulo amado como un don de Jesús que debe guardar y un hijo que debe guiar maternalmente". María entra así a formar parte de la herencia espiritual dejada por Cristo al discípulo, se convierte en uno de sus bienes más preciosos. Montfort la llama su "tesoro" (VD 216); pero añade que la Virgen misma se da a cuantos la han acogido con disponibilidad y confianza: «Habiéndote entregado totalmente a Ella –en cuerpo y alma– Ella que es generosa con los generosos y más generosa que los más generosos, se entregará a ti en recompensa, de forma maravillosa pero real...» (VD 216). Este pacto de donación recíproca compromete a los dos contrayentes: «La Sma. Virgen... hace que te abismes en el océano de sus gracias, te adorna con sus méritos, te apoya con su poder, te ilumina con su luz, te inflama con su amor, te comunica sus virtudes...» (VD 144). El cristiano, por su parte, se ofrece a María en disponibilidad total, se compromete a acoger su influjo materno y ejemplar. Repetirá con frecuencia: "Te acojo, oh María, como un don de Jesús", y ritmará su jornada conforme a un doble movimiento: renuncia a sí mismo, en cuanto "no se apoya como antes en sus buenas disposiciones" e «inmensa confianza y total entrega en manos de la Sma. Virgen» (VD 145). Esa confianza se traducirá en una gran intimidad con Jesús, el Señor, a quien se presentará junto a María "sin ningún temor servil o escrupuloso" (VD 145).
LECTURA
Soy todo tuyo Deseoso quizás de hacerte devoto de la Sma. Virgen me preguntas en qué consiste la verdadera devoción a Ella. Te respondo en dos palabras: Consiste en un gran aprecio de sus grandezas, en un reconocimiento sincero de sus beneficios, en un celo inmenso por su gloria, en una invocación sincera de su ayuda, en una total dependencia de su autoridad, en una firme y tierna confianza en su bondad maternal (ASE 215). ¡Oh! ¡Qué feliz es el hombre que lo ha entregado todo y por todo se confía y pierde en María! ¡Es todo de María y María es toda de él! Puede decir abiertamente con David: "María ha sido hecha para mí". O con el discípulo amado: "La tomé por todos mis bienes". O con Jesucristo: "Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo, mío". Digo, sin embargo,... que siendo la excelsa María la más noble y generosa de todas las puras creaturas, jamás se deja vencer en generosidad. Ella, como dice un santo devoto, "por un huevo te dará un buey". Es decir, por lo poquito que le entregas, te devolverá mucho de lo que ha recibido de Dios. Por consiguiente, si te entregas a María sin reservas y pones en Ella tu confianza sin presunción y trabajando por tu parte para adquirir las virtudes y domar las pasiones, Ella se dará a ti totalmente. Digan, pues, osadamente con s. Juan Damasceno lo fieles servidores de María: "Si confío en ti, oh Madre de Dios, me salvaré; protegido por ti, nada temeré; con tu auxilio, combatiré a mis enemigos y los pondré en fuga: porque ser devoto tuyo es un arma de salvación que Dios da a los que quiere salvar (VD 179. 181-182).
COMPROMISO DE VIDA
Acogeré a todo hermano o hermana, especialmente a los de mi comunidad, aceptándolos tal como son y estando disponibles a sus necesidades más profundas.
Si el consagrado –como pide Montfort– se compromete a vivir en constante referencia a María, esto vale también para todos los actos del culto litúrgico, especialmente para la celebración Eucarística, que constituye –como dice el Concilio Vaticano II– "la cumbre y la fuente" de la espiritualidad de la Iglesia. Todo cuanto contribuye a valorizar la liturgia, –en la cual se actualizan los misterios de la salvación– debe aceptarse con gozo, porque no existen medios más eficaces de encuentro con Cristo y de santificación que los sacramentos. La referencia a María nos ayuda concretamente a participar en las celebraciones litúrgicas con las disposiciones interiores indispensables para sacar de ellas frutos duraderos. De hecho –según la expresión de Pablo VI– María es el "ejemplo de la actitud espiritual con que la Iglesia celebra y vive los divinos misterios" (MC 16). Estamos, pues, invitados a ponernos en sintonía con la Virgen en cada Misa, porque de Ella aprenderemos cómo vivir sus diversos momentos.
La Misa con María "María es la Virgen oyente". Escuchó y acogió con fe ejemplar la Palabra de Dios, la meditó continuamente en su corazón, armonizó con ella toda la existencia. Debemos mirar a Ella durante la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios para aprender como escucharla y hacerle producir frutos de vida. "María es la Virgen orante". Glorificó a Dios en su canto de alabanza y de acción de gracias (el Magníficat), interviene en Caná ante Jesús para que salga al encuentro de necesidades temporales; imploró el Espíritu Santo para la Iglesia naciente. Congregados en comunidad de oración, aprendamos de María a alabar al Señor e invocarlo en las necesidades y para la salvación nuestra y de nuestros hermanos.
"María es, además, la Virgen Madre". Por obra del Espíritu concibió virginalmente al Hijo de Dios y aceptando libremente servir a la obra de la redención se convirtió en Madre de todos los regenerados. Ahora bien, la Iglesia y cada uno de sus miembros tienen una misión semejante a la de María: con su testimonio, la proclamación del Evangelio, la predicación o los sacramentos, deben regenerar a los hombres a la vida nueva y hacer nacer en ellos a Jesús. "María es, finalmente, la Virgen oferente". No sólo se asoció a la ofrenda que de sí mismo hizo Cristo en la cruz, sino que se consagró totalmente a la realización del designio divino de salvación. Durante la Misa pensamos en Ella para participar en forma consciente y con ánimo profundamente religioso al sacrificio Eucarístico, que actualiza para nosotros el de la cruz. En Ella nos inspiramos para ofrecernos junto con el sacerdote y por medio de él y hacer de nuestra vida un don a Dios al servicio de los hermanos. Toda santa Misa puede convertirse para nosotros en un momento de suprema importancia para encontrarnos con Cristo que alimenta y salva y para renovar nuestra consagración total a El como Iglesia consagrada al Señor a ejemplo de María.
Celebrar a María en el año litúrgico La Iglesia profundiza en el significado de María en la historia de la salvación escalonando algunas fiestas en su honor a través del año litúrgico y volviendo los ojos a Ella para comprender su propia vocación y destino: «En la celebración de este círculo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con amor especial a la bienaventurada. Madre de Dios, la Virgen María, unida con lazo indisoluble a la obra salvífica de su Hijo; en Ella, la Iglesia admira y ensalza el fruto más espléndido de la redención y la contempla como una purísima imagen de lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser" ( SC 103). Sin duda la liturgia gira y se apoya sobre el núcleo fundamental del misterio de Cristo: su pasión y resurrección, actualizadas en la Eucaristía, que nos libran del pecado y nos insertan en la nueva alianza con Dios y con los hermanos (ver Mt 26,26-28; Lc 22,14-20; 1 Cor 11,23-27). El encuentro con Cristo resucitado, que representa y ofrece al Padre su pasión redentora, nos pone en contacto con María: "generosa colaboradora entre todas las creaturas y humilde esclava del Señor", que sobre todo "padeciendo con su Hijo mientras moría en la cruz, cooperó en forma del todo singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las almas" (LG 61). Durante el curso del año litúrgico, fundamentado en el misterio cristológico, encontramos citas obligatorias con la Madre del Señor: son las tres solemnidades (Madre de Dios, Inmaculada, Asunta), las fiestas y memorias marianas, distribuidas en distintos meses del año. Es preciso vivir estas celebraciones como las principales expresiones de culto a María, que superan a todas las demás en dignidad y eficacia. En ellas efectivamente se venera a María en su verdadera luz y su recuerdo contemplativo se convierte en camino hacia el encuentro con Cristo, para vivir el misterio de la salvación y para adorar a la Trinidad divina. Las fiestas marianas conducen a la escucha de la Palabra de Dios y a la participación eucarística, en vista de un mayor compromiso de vida conforme a la alianza con Dios revivido por la liturgia. Las "memorias" marianas no sólo se justifican con la presencia de María en el "memorial" de la muerte y resurrección del Señor, sino también porque la Iglesia celebra en la Virgen el cumplimiento del misterio pascual en forma plena. María, en efecto, representa el éxito total del misterio de Cristo en un miembro eminente de la Iglesia, porque es la única persona que en pos de Cristo ha realizado el "paso" pascual en alma y cuerpo de la muerte a la vida. Las fiestas en honor de la Madre de Dios constituyen un momento privilegiado para alabar al Omnipotente por las grandes cosas realizadas en María (Ver Lc 1,49) y un lugar privilegiado para felicitarla (ver Lc 1,48). Son sobre todo un llamado a recorrer, en docilidad al Espíritu, el itinerario pascual de la vida nueva. El camino de María, como el de Cristo, no parte de la sombra del pecado para llegar al esplendor de la gracia. A causa de una predilección divina gratuita la Inmaculada está totalmente libre del pecado e inmersa en el amor de Dios. No olvidemos, sin embargo, que la Virgen, en su vida terrena, ha realizado una peregrinación en la fe, progresando en la disponibilidad a los superiores designios de Dios en los momentos de prueba y de oscuridad (ver Lc 1,29) cuando la Palabra de Dios era nueva e inesperada (ver Lc 2,50-51). Viviendo la espiritualidad de los pobres del Señor, la "esclava del Señor" (Lc 1,38) se abrió totalmente a las llamadas progresivas de Dios. Ha renunciado inclusive a las legítimas aspiraciones de Madre para dar lugar a la realización de los proyectos divinos. «María es realmente la primera cristiana, la verdadera creyente que, predestinada por la pura gracia de Dios, entra en su plan con la ofrenda total de la propia persona, con la obediencia gozosa y la tranquila confianza en la Palabra de Dios» (M. Thurian). Todo episodio de la vida de María señala una etapa del itinerario pascual: Cristo derrota al mal y derriba al mundo: con El, María es sierva humilde y fuerte, cada vez más consciente de la misión de su Hijo a través de la reflexión sobre los acontecimientos misteriosos que se desarrollan ante sus ojos (ver Lc 2,19.51). Cuando llega al Calvario, su participación en el sacrificio de Cristo es el vértice de una vida consagrada a Dios y convertida en culto espiritual (ver Rom 15,16; Flp 2,17): actitud de aceptación amorosa de la voluntad del Padre (ver Mt 7,21; Rm 12,1). El crecimiento de la santidad de María culmina en la Asunción, cuando la Virgen sigue la trayectoria del Señor glorioso y se convierte en signo de la Pascua eterna y de la inmortalidad ofrecida por Cristo a sus discípulos. Las fiestas marianas constituyen un llamamiento válido a la conciencia de nosotros, los fieles, para que vivamos la situación peregrinante y el éxodo de toda cómoda instalación egoísta, para experimentar existencialmente la condición de la nueva humanidad, liberada de la alienación y transformada por el amor.
Vigilia pascual y consagración Dado que el punto central del año litúrgico es la solemne vigilia pascual del sábado santo, los consagrados deben vivirla con la máxima intensidad. De hecho, durante esta maravillosa celebración, la comunidad cristiana culmina su preparación cuaresmal renovando las promesas bautismales: renuncia a Satanás y al pecado, fe en Jesucristo, vida filial. ¿No consiste acaso en esta renovación consciente de los compromisos bautismales la consagración enseñada por Montfort? La diferencia está en el hecho de que con él nos consagramos a Cristo explicitando la presencia maternal y ejemplar de María. Conscientes de que Ella es nuestra Madre en el orden de la gracia y de que en Ella la Iglesia "contempla como una purísima imagen de lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser", dirigimos el pensamiento a María, confiamos en Ella y sintonizamos con Ella, para ser más fieles a las exigencias del bautismo. De la liturgia, vivida con María, brota esa cristianización de la vida que nos permite llamarnos, sin temor, consagrados a Cristo, templos vivos del Espíritu, hijos peregrinantes hacia el Padre.
LECTURA
María en el misterio de la redención Dios Padre comunicó a María su fecundidad, en cuanto una pura creatura era capaz de recibirla, para que pudiera engendrar a su Hijo y a todos los miembros de su Cuerpo Místico. Dios Hijo descendió a su seno virginal como nuevo Adán a su paraíso terrestre, para complacerse y realizar allí secretamente maravillas de gracia. * Este Dios-Hombre encontró su libertad en dejarse aprisionar en su seno; * manifestó su gloria y la de su Padre en ocultar sus resplandores a todas las creaturas de la tierra, para no revelarlos sino a María; * glorificó su propia independencia y majestad, sometiéndose a esta Virgen amable, en la concepción, nacimiento, presentación en el templo, vida oculta de treinta años, hasta la muerte a la que Ella debía asistir, para ofrecer con Ella un solo sacrificio y ser inmolado por su consentimiento al Padre eterno, como en otro tiempo Isaac, por la obediencia de Abraham a la voluntad de Dios. Ella le amamantó, alimentó, cuidó, educó y sacrificó por nosotros. ¡Oh admirable e incomprensible dependencia de un Dios! Para manifestarnos su precio y gloria infinita, el Espíritu Santo no pudo pasarla en silencio en el Evangelio, a pesar de habernos ocultado casi todas las cosas admirables que la Sabiduría encarnada realizó durante su vida oculta. Jesucristo dio mayor gloria a Dios, su Padre, por su sumisión a María durante treinta años que la que le hubiera dado convirtiendo el mundo entero con los milagros más portentosos. ¡Oh! ¡Cuán altamente glorificamos a Dios, cuando, para agradarle, nos sometemos a María, a ejemplo de Jesucristo, nuestro único modelo! (VD 17-18).
COMPROMISO DE VIDA
Participaré en la Misa poniéndome en armonía con las disposiciones de María, Virgen oyente, orante, madre, oferente.
27. RECIBIR A JESUS CON EL CORAZON DE MARIA
Nada más bello y enriquecedor entre los hombres que la relación de comunión. Realizar el encuentro en forma personal, sentir palpitar los corazones al unísono, entregarse uno al otro sin límites de tiempo: esto es realizar la amistad, el amor, la comunión. Es precisamente lo que ha realizado Jesús en su infinita sabiduría al instituir la Eucaristía, el Sacramento por excelencia de la comunión con El. Si la Misa es actualización del sacramento de la cruz, de donde desciende la salvación de los hombres, la Misa es también banquete de amor, donde Jesús se ofrece El mismo en alimento para unirnos a El de la manera más íntima. S. Luis de Montfort percibe vivamente este aspecto de estrecha unión entre Jesús y el cristiano. Ve en la Eucaristía el último paso –el más admirable e inesperado– que da Cristo hacia el hombre: «Queriendo la Sabiduría, por una parte manifestar su amor a los hombres hasta morir en lugar suyo para salvarlos y no pudiendo, por otra, decidirse a abandonarlos, encuentra un secreto admirable para morir y al mismo tiempo, seguir viviendo con ellos hasta el fin de los tiempos: es la amorosa institución de la Eucaristía... La Sabiduría se esconde bajo las apariencias de un trozo de pan –alimento propio del hombre– a fin de que al ser comido por éste, pueda llegar hasta el corazón humano y encontrar allí sus delicias» (ASE 71). En este camino de acercamiento de Dios al hombre se halla inserta María, Madre de Cristo, la cual hace a Jesús hermano nuestro y miembro de la familia humana. ¡Estamos lejos del Dios del Horeb, que se manifestó entre truenos y relámpagos! El pan de los ángeles se hace, por medio de María, el pan de los hombres: «Dios está en todas partes..., pero no hay sitio donde se le pueda encontrar tan cercano y al alcance de la debilidad humana como en María, pues para esto bajó a Ella» (SM 20). Lo que apremia a Montfort es la unión íntima del fiel con Jesús Eucaristía: se trata de acogerlo con amor, adorarlo profundamente, abrazarlo íntimamente... para que El pueda crecer y reinar (ver VD 270).
Inspirarse en María en la comunión Para realizar ese encuentro de amor con Jesús, Montfort sugiere algunos actos religiosos muy significativos en cuanto que purifican el corazón y lo disponen a acoger al Señor: profunda humildad, renuncia al propio egoísmo, sentido renovado de la propia pertenencia a Jesucristo por medio de María, súplica a María para el don del corazón. Fijemos la atención en este don del corazón: «Suplica a tu bondadosa Madre que te preste el Corazón para recibir en él a su Hijo con sus propias disposiciones» (VD 266). ¿Qué significa este cambio de corazones, el de María en lugar del nuestro, sino una identificación con la Virgen en sus actitudes espirituales más profundas? El corazón, en efecto, no es sólo símbolo del amor, sino también de toda la vida interior del hombre. Es el núcleo personal más íntimo, la vida moral en su misma raíz. Pedir el Corazón de María es dar un salto calificado pasando de nuestras disposiciones mediocres o inadecuadas a las perfectas de Ella. Es el paso de la condición corriente de quien se debate entre el pecado y la gracia y está siempre necesitado de reforma, al nivel del tipo ideal de la Iglesia que es María. Es un intento, un deseo, un proyecto: sintonizar con María, inspirarse en sus disposiciones, identificarse con Ella hasta donde es posible. No siempre el esfuerzo tendrá éxito, pero el mirar a María, a su Corazón inmaculado, no dejará de dar fruto. María en la práctica ejerce su oficio elevador respecto de la comunidad y de los individuos en vista de una participación más íntima y eficaz de ellos en la Eucaristía. Su presencia es un aletazo que eleva hacia metas de perfección evangélica. Por tanto, los fieles «elevan los ojos a María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos» (LG 65). Al decir confidencialmente a la Virgen: «Dame tu corazón, oh María» (VD 266) cada uno de nosotros quiere emprender el camino hacia Cristo con un corazón bien dispuesto, cual se exige siempre para el encuentro con el Señor. En lo íntimo del corazón se prepara este recorrido porque "si naciera Jesús mil veces en Belén, pero no en tu corazón, estás perdido para siempre" (A. Silesius). En otras palabras, si tu corazón no palpita a ritmo de conversión-acogida, te asemejarás a los fariseos que encontraron físicamente a Jesús, pero no lo recibieron espiritualmente en la fe. María es ejemplo de acogida perfecta a Jesús. Su Corazón, libre de pecado y radicalmente abierto al proyecto de Dios, se abrió como tierra angostada y sin agua para acoger al Hijo del Altísimo. El Pan de vida sació su hambre de santidad, la contemplación del Rostro de Dios satisfizo su sed de Dios, su fe la hace madre fecunda del Salvador universal. Toda vez que se sumerge en el Corazón de María, nuestro corazón pierde las escorias del egoísmo y se abisma en la corriente que arrastra inexorablemente hacia ese océano de amor que es Cristo. Las comparaciones se podrían multiplicar, pero el significado esencial del Corazón de María está en estar descentrado de sí porque su centro es Jesús.
Una oración trinitaria Lejos de impedir el coloquio directo con Cristo, la invocación a María desemboca en él, más aún se dilata en una oración trinitaria. Montfort sugiere dirigir al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo la invocación: "Señor, yo no soy digno de participar en tu mesa..." Y determina cada vez como motivación nuestra indignidad considerando los atributos de cada una de las personas divinas; pero supera todo obstáculo al encuentro con Cristo recurriendo a María, la Virgen fiel. Es como si dijera cada vez, pero en perspectiva mariana, la oración litúrgica: "No mires nuestros pecados, sino a tu Iglesia fiel, que es María...". Con este esquema de oración nos dirigimos a las tres divinas personas. "Padre, no soy digno". El Padre es el autor del plan de la salvación y el artífice misericordioso de la alianza. Frente a El sentimos el peso de nuestros "malos pensamientos" y de la "ingratitud para con un Padre tan bueno" (VD 267). Advertimos lo alejados que están nuestros pensamientos de los de Dios y cuantas veces hemos rechazado la alianza con Dios. Pero la esperanza renace en el corazón cuando pensamos que al menos María ha pensado siempre de acuerdo con la Palabra de Dios y ha acogido la alianza respondiendo a nombre del pueblo: "Haré cuanto me ha dicho el Señor". "Jesús, no soy digno". Jesús es la palabra reveladora del amor de Dios, el instaurador del reino de los cielos entre los hombres. Desafortunadamente nuestras palabras revelan frecuentemente superficialidad y hasta malicia; nuestra vida no se halla al servicio de Cristo Señor. No somos dignos de El "a causa de las palabras inútiles y malas y de la infidelidad en su servicio" (VD 268). El único remedio se halla en estirpar toda autosuficiencia y ponerse en la escuela de María, la creatura que ha hablado con su vida al servicio del Señor. Con Ella finalmente podrá resonar en nosotros, en el silencio de toda pretensión nuestra delante de Dios, la Palabra creadora de la nueva vida. "Espíritu Santo, yo no soy digno". El Espíritu Santo es un fuego de amor que impulsa hacia la santidad y el testimonio, es un viento benéfico que impele a la realización del plan de Dios. Dóciles a su acción, tendremos que ser santos y apóstoles. En cambio, languidecemos en la tibieza, resistimos a sus inspiraciones. ¿Cómo entrar entonces en comunión con la Eucaristía, "la obra maestra de su amor"? (VD 269). También aquí es necesario acudir a las disposiciones de María, "esposa fiel e indisoluble" del Espíritu Santo, que "siempre tiene el corazón inflamado de caridad" (VD 269). Nuestra confianza florece, si la Virgen está con nosotros y si nosotros nos asemejamos a Ella, presentando a Jesús un corazón dócil y animado por el Espíritu Santo.
Una infinidad de pensamientos Nada más arbitrario que regular conforme a un esquema preestablecido el diálogo de amor entre dos personas, como el que se desarrolla entre el creyente y Jesús Eucaristía. Montfort es consciente de ello y ofrece orientaciones nada taxativas, pero sí útiles para realizar el encuentro con Cristo en el Espíritu. Se puede escoger, valorizando ya uno ya otro: acogida, acción de gracias, petición. Una vez recibida la comunión eucarística, se realiza su finalidad cuando se entra en relación personal con Cristo Salvador. Y Jesús sólo salva a quien se abre a El en la fe y está dispuesto a seguir su mensaje. Modelo de esta fe que acoge a Jesús lo será siempre María. ¡Qué fructuosa y salvífica será la comunión eucarística si recibimos a Jesús con el Corazón de María! Aprenderemos de Ella que lo acogió en la Encarnación a no oponer resistencia a su venida y a su soberanía sobre nosotros y sobre los demás. De Ella, que participó cada día en la fracción del pan de la comunidad cristiana de Jerusalén, aprenderemos a acoger la Eucaristía «con gozo y sencillez de corazón» (Hech 2,46). Otro sentimiento a explicitar durante la comunión es el de la acción de gracias por la presencia de Jesús en nuestro corazón, un corazón preparado según las disposiciones espirituales de María. De cuanto dice Montfort a este propósito, aprovechemos sobre todo su invitación a entrar en comunión con todas las creaturas para una alabanza de dimensiones cósmicas: «Irás por toda la tierra a rogar a las creaturas que den gracias, adoren y amen a Jesús y a María en nombre tuyo» (VD 271). En el diálogo con Jesús se podrá desarrollar también la súplica. ¿No será acaso la comunión el momento más adecuado para golpear a la puerta del amigo y pedirle lo más indispensable? Apoyados en la intercesión de María, repitamos en la escuela de Montfort algunas invocaciones breves a elección: «Venga tu reino a la tierra. Dame la sabiduría de la vida. Concédeme el amor de Dios. No mires mis pecados, sino la fe de María. Sálvame del hombre traidor y malvado. Que tú crezcas y yo disminuya. Haz que yo te irradie e irradie en el mundo a tu Madre...» (ver VD 272). Son ejemplos ofrecidos por Montfort entre "mil pensamientos más que el Espíritu Santo sugiere y te sugerirá también a ti". Pero con una condición «si eres verdaderamente persona interior, mortificada y fiel a la excelente y sublime devoción que acabo de enseñarte» (VD 273). En la práctica, entre más nos asemejemos a María mejor acogeremos al Señor Jesús que viene a nosotros en el banquete de su Cuerpo y de su Sangre para unirnos más íntimamente a El y para hacernos partícipes de los frutos de la redención.
LECTURA
La comunión con María Antes de la comunión 1) Humíllate profundamente delante de Dios. 2) Renuncia a tus malas inclinaciones y a tus disposiciones, por buenas que te las haga parecer el amor propio. 3) Renueva tu consagración diciendo: "¡Soy todo tuyo, oh María, y cuanto tengo es tuyo!" 4) Suplica a tu bondadosa Madre que te preste el corazón para recibir en él a su Hijo con sus propias disposiciones. En la comunión Dispuesto ya a recibir a Jesucristo, le dirás tres veces: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa...". Como si dijeses, la primera vez al Padre eterno, que no eres digno de recibir a su Hijo único, a causa de tus malos pensamientos e ingratitudes para con un Padre tan bueno, pero que ahí está María, su esclava, que ruega por ti y te da confianza y esperanza singulares ante su Majestad: "Porque tú solo me das seguridad". Al Hijo le dirás: "Señor, no soy digno..." a causa de tus palabras inútiles y malas y de tu infidelidad en su servicio, pero que le suplicas que tenga piedad de ti, que le introducirás en la casa de su propia Madre que es también tuya y que no le dejarás hasta que venga a habitar en Ella: "Cuando encontré al amado de mi alma, lo abracé y no lo soltaré hasta que lo haya hecho entrar en la casa de mi madre...". Ruégale que se levante y venga al lugar de su reposo y al arca de su santificación: "Levántate, Señor, ven a tu mansión; ven con el arca de tu poder"... Dirás al Espíritu Santo: "Señor, no soy digno..." que no eres digno de recibir la obra maestra de su amor a causa de la tibieza y maldad de tus acciones y de la resistencia a sus inspiraciones, pero que toda tu confianza es María, su fiel Esposa. Dile con s. Bernardo: "Ella es mi suprema confianza y la única razón de mi esperanza". Después de la comunión Estando recogido interiormente y cerrados los ojos, introducirás a Jesús en el Corazón de María. Se lo entregarás a su Madre, quien lo recibirá amorosamente, lo colocará dignamente, lo amará perfectamente y le rendirá en espíritu y verdad muchos obsequios que desconoces a causa de tus espesas tinieblas. O... permanecerás como un esclavo a la puerta del palacio del Rey, quien dialoga con la Reina. Y mientras ellos hablan entre sí, dado que no te necesitan, subirás en Espíritu al cielo e irás por toda la tierra a rogar a las creaturas que den gracias, adoren y amen a Jesús y a María en nombre tuyo: "Vengan, adoremos, etc". O pedirás tú mismo a Jesús, en unión de María, la llegada de su reino a la tierra por medio de la Sma. Virgen, o la divina Sabiduría, o el amor divino, o el perdón de tus pecados, o alguna otra gracia, pero siempre en María y por María, diciendo, mientras fijas los ojos en su misericordia: "No mires, Señor, mis pecados", sino las virtudes y méritos de María. Y acordándote de tus pecados, añadirás: "Algún enemigo lo ha sembrado". Yo que soy, mi mayor enemigo, yo cometí esos pecados. O tambié: "Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa contra gente sin piedad; sálvame del hombre traidor y malvado", que soy yo mismo. O bien: "Jesús mío, conviene que tú crezcas en mi alma y que yo disminuya". María, es necesario que tú crezcas en mí y que yo sea menos que nunca. ¡Oh Jesús! ¡Oh María! ¡Creced en mí! ¡Multiplicaos fuera, en los demás! Hay mil pensamientos más que el Espíritu Santo sugiere y te sugerirá también a ti, si eres verdaderamente persona interior, mortificada y fiel a la excelente y sublime devoción que acabo de enseñarte. Pero, acuérdate de que cuanto más permitas a María obrar en tu Comunión, tanto más glorificado será Jesucristo. Y de que tanto más dejarás obrar a María para Jesús y a Jesús para María cuanto más profundamente te humilles y los escuches en paz y silencio, sin inquietarte por ver, gustar o sentir. Porque el justo vive en todo de la fe y particularmente en la Sda. Comunión, que es acto de fe: "El justo mío, si cree, vivirá" (VD 266-273).
COMPROMISO DE VIDA
En el diálogo con Jesús después de la comunión repetiré las cortas invocaciones sugeridas por Montfort (VD 271).
EN SINTONIA CON MARIA
28. EL SUAVE Y COMPROMETEDOR CAMINO DE MARIA
El sufrimiento forma parte de la vida humana. Ya en la antigüedad decían que Dios plasmó al hombre de barro y lágrimas. Tarde o temprano el dolor golpea a las puertas de toda casa: enfermedades del cuerpo y del alma, fracasos, ingratitudes, incomprensiones, discordias, separaciones, desgracias y lutos... ¡Cuántos Calvarios familiares, sociales y personales! En la vida cristiana también se encuentra la cruz. No sólo hay que renunciar al egoísmo y a los malos instintos (Lc 9,23), sino que quien sigue a Cristo y su Evangelio se encuentra cuando menos lo piensa con la incomprensión y persecución del mundo (Jn 15,18-20). ¿Por qué todo esto? Simplemente porque la lógica de Dios y la del hombre no coinciden, más aún se hallan con frecuencia en oposición. El hombre quiere mandar, tener, valer; Jesús elige servir, compartir, morir antes que callar la verdad o recurrir a la violencia. El choque es fatal y la cruz, el sufrimiento ajeno al hecho de ser cristiano, es una herencia irrenunciable del discípulo de Cristo.
Experiencia de la cruz San Luis María de Montfort está profundamente convencido de todo esto, inclusive porque él mismo lo ha experimentado cada día a lo largo de su existencia. Bastaría leer sus cartas, para convencerse de que pocos santos han padecido como él todo género de sufrimientos: incomprendido por los superiores, abandonado por los amigos, despedido de las diócesis, Montfort se compara a una pelota golpeada y arrojada violentamente de una parte a otra sin piedad (Carta 26, 1713). Pero Montfort está también convencido que quien sufre por Cristo experimenta la verdad de la promesa del Señor: «Dichosos los que viven perseguidos por la fidelidad...» (Mt 5,10; Lc 6,21). Más aún, mediante su devoción sentida a María, puede confiar a la hermana su gozosa experiencia: "Sin embargo, querida hermana, bendice por ello a Dios por mí, porque yo estoy contento y feliz en medio de todos mis sufrimientos, y no creo haya en el mundo algo más dulce para mí que la cruz más amarga si viene teñida en la sangre de Jesús crucificado y en la dulzura maternal de su divina Madre" (Carta 26). Debemos, por tanto, creer en Montfort cuando habla del "camino dulce" constituido por la consagración a Cristo por medio de María, aún en medio de las cruces que no faltan nunca en el peregrinar cristiano. Se podría inclusive afirmar que los Nos. 152-154 del Tratado de la Verdadera Devoción a María son autobiográficos, porque parecen un retrato vivo de Montfort en su atormentada vida terrena, iluminada por la presencia animadora de la Virgen.
María y el yugo suave Cuando Montfort dice que la consagración a María "es un camino fácil... para llegar a la unión con el Señor, en la que consiste la perfección del cristiano" (VD 152), no hay que entenderlo mal, como si quisiera presentarnos un cristianismo poco comprometido y sin cruz. El cree con Pablo que «todo el que se proponga vivir como buen cristiano será perseguido» (Tim 3,12) y comenta en la Carta a los Amigos de la Cruz la frase del divino Maestro, que encierra la perfección cristiana: «El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16,24; Lc 9,23). Sobre todo nadie que se comprometa con una fuerte y perseverante experiencia de Dios puede evitar "noches oscuras" y "desiertos interiores". Es la doctrina de s. Juan de la Cruz, que exige la purificación integral del hombre (sentidos, memoria, inteligencia, voluntad) para poder unirse a Dios y dejarse inundar por su amor. Montfort acepta esta doctrina y la aplica a los consagrados a la Virgen: también ellos "caminan entre las tinieblas interiores y por desiertos donde no cae la mínima gota de rocío celestial" (VD 153); inclusive encuentran más cruces que los demás. No obstante esto, el santo misionero de María reafirma su pensamiento central: "Por el camino de María se avanza más suave y tranquilamente" (VD 152). ¿Cuáles son las razones que justifican el hecho paradójico, que reúne realidades tan opuestas como cruz y alegría? Montfort especifica dos motivos: 1. Ante todo la presencia de María al lado de los cristianos que se han consagrado a Ella. Llena de bondad maternal, la Virgen "se hace tan cercana y presente a sus fieles servidores para iluminarlos en sus tinieblas, esclarecerlos en sus combates y dificultades..." (VD 152). María está presente en el itinerario de sus consagrados para sostenerlos, reanimarlos, endulzar sus penas. Es una madre que sabe hacer pasar a sus fieles medicinas amargas, pero saludables, dado el amor que le profesan: el amor hace suave el sacrificio. Ella merece, pues, el bellísimo título de "dulzura de las cruces" (VD 154). 2. En segundo lugar, Montfort se refiere al Espíritu Santo, autor de cuanto María realiza en sus hijos. El Espíritu no sólo indica a algunos santos el "dulce sendero" de María (VD 152), sino que llena con su gracia y amor a su Esposa fiel para que logre endulzar los sufrimientos de sus consagrados (VD 154). Mediante la comparación de las cruces confitadas, quiere el Santo decir que María obtiene para los cristianos la gracia de aceptar con amor los momentos y circunstancias difíciles de la vida. Ella puede hacerlo porque está "llena de la gracia y unción del Espíritu Santo" (VD 154). En efecto, el Espíritu –al hacernos obrar por amor– hace suave el yugo de Cristo (Mt 11,30), hasta el punto de experimentar que "los preceptos de Dios no son pesados" (1 Jn 5,3).
LECTURA
María y nuestras cruces ¿De dónde procederá entonces que los fieles servidores de esta bondadosa Madre encuentren tantas ocasiones de padecer y aún más que aquellos que no le son tan devotos? –me preguntará algún fiel servidor de María–. Los contradicen, persiguen, calumnian y nadie los puede tolerar... O caminan entre tinieblas interiores o por desiertos, donde no se da la menor gota de rocío del cielo. Si esta devoción a la Sma. Virgen facilita el camino para llegar a Jesucristo, ¿por qué sus devotos son los más crucificados? Le respondo que ciertamente, siendo los más fieles servidores de la Sma. Virgen sus preferidos, reciben de Ella los mayores favores y gracias del cielo que son las cruces. Pero sostengo que los servidores de María llevan estas cruces con mayor facilidad, mérito y gloria y que lo que mil veces detendría a otros o los haría caer, a ellos no les detiene nunca, sino que los hace avanzar. Porque esta bondadosa Madre, plenamente llena de gracia y unción del Espíritu Santo, endulza todas las cruces que les prepara con el azúcar de su dulzura maternal y con la unción del amor puro, de modo que ellos las consumen alegremente como nueces confitadas aunque en sí sean muy amargas. Y creo que una persona que quiere ser devota, vivir piadosamente en Jesucristo y, por consiguiente, padecer persecución y cargar todos los días con su cruz, no llevará jamás grandes cruces o no las llevará con alegría hasta el fin, si no profesa tierna devoción a la virgen María, que es la dulzura de las cruces: como tampoco podría una persona, sin gran violencia –que no sería duradera– comer nueces verdes no confitadas con azúcar (VD 154).
COMPROMISO DE VIDA
En las cruces de cada día sentiré a mi lado a María para transformarlas en momentos de salvación.
29. PERSEVERANTES EN EL SEÑOR CON MARIA LA VIRGEN FIEL
Para convencer a sus lectores de aceptar la espiritualidad mariana y consagrarse a Jesús por María, s. Luis de Montfort ha reservado para el final el argumento decisivo. Es un argumento que toca de cerca a todos los fieles, en cuanto acude a la experiencia de cada día. ¿De qué se trata?
El problema de los problemas Montfort se halla preocupado por la perseverancia de los cristianos en la gracia y en la amistad de Dios. Está convencido de que el tiempo ha sido concedido al hombre para que avance "de virtud en virtud" (VD 173), es decir, alcance la madurez cristiana y llegue a la plenitud de la vida cristiana. Sólo así alcanza el hombre la sabiduría y evita el fracaso temporal y eterno. Pasando de esta visión a contemplar a los cristianos de su tiempo, Montfort queda muy desilusionado. Con su experiencia de misionero, constata que tantos pecadores convertidos recaen en el pecado, tantos fieles son estáticos y carecen de dinamismo espiritual: quedan bloqueados y no avanzan por el camino de la santidad. ¿Qué hacer? Montfort busca antes que nada las causas. Y encuentra que no persevera en el amor de Dios y en la fidelidad a Cristo por una actitud fundamental del hombre, que se podría expresar con una suma: debilidad + autosuficiencia. El hombre experimenta cada día su inclinación al mal, su fragilidad ante la tentación, su inconstancia en el bien. Como cristiano llena su vida de promesas: en el sacramento de la reconciliación dice "me arrepiento", en la comunión dice "te amo", en la Eucaristía "yo creo"..., pero, luego, en las diversas circunstancias de la jornada hace todo lo contrario. Consciente de esta condición humana de fragilidad y repetida infidelidad, el cristiano debería comprender de una vez para siempre que no se puede salvar por sí mismo. Deberá abrirse a la ayuda que viene de Dios. Pero hace lo contrario. Extrañamente –anota Montfort– "el hombre, no obstante ser tan corrompido, tan débil e inconstante, confía en sí mismo" (VD 173). El resultado de esta actitud de autosuficiencia no se hace esperar: incoherencias, falta de compromiso, recaídas e incapacidad de corresponder a las esperanzas de Dios.
Anclarse en la Virgen fiel Ahora Montfort presenta su remedio, desvela su secreto, grita sobre los techos su solución: ¡María! «Confiamos en su fidelidad... para que Ella conserve y aumente nuestras virtudes y méritos, a pesar del demonio, del mundo y de la carne, que hacen esfuerzos para arrebatárnoslos» (VD 173). El Santo considera la consagración a María como una forma providencial para liberar al hombre de la presunción de salvarse confiando en las propias fuerzas naturales. Porque la salvación viene de Dios como don gratuito suyo, es claro que el hombre sólo se salvará cuando se abra a Dios y se deje salvar por El. Ahora bien, María ha recibido del Señor precisamente la misión de mediar y facilitar esta apertura del hombre a la salvación en forma permanente. Ella atrae hacia sí con su bondad maternal, pero al mismo tiempo ancla en Dios a cuantos se agarran a Ella. Montfort lo afirma con claridad, después de citar dos frases significativas de s. Bernardo y de s. Buenaventura: «María es la Virgen fiel que por su fidelidad a Dios repara las pérdidas, que la Eva infiel causó con su infidelidad y alcanza a quienes confían en Ella la fidelidad a Dios y la perseverancia» (VD 175). En el fondo, el razonamiento monfortiano tiende a esto: hace salir al hombre de su egoísmo y de su cerrazón a la salvación, e impedirle consiguientemente caer en el pecado, mediante una adhesión definitiva a la Virgen fiel. Si la experiencia descrita por Montfort corresponde a la nuestra, si también nosotros constatamos una repetida infidelidad a la alianza con Dios, escuchemos al Santo: adentrémonos por el camino de la consagración mariana para aprender de la Virgen fiel a ser fieles a Dios. En su Interrogatorio a María representado en tantas ciudades italianas, Juan Testori hace que el coro dirija a la Virgen una angustiosa pregunta ante la situación dramática del mundo: Te pedimos: ¿Nos es posible todavía, le es posible al hombre llegado ya al límite de su muerte definitiva, al límite de su destrucción total, esperar que la ruina del ser creado la ruina de su centro y su semilla sea apagada, detenida y sofocada? Porque de esto, de esta desaparición total nosotros tenemos miedo. La respuesta de María abre el corazón a la esperanza, al indicar en la consagración confiada a Cristo el único camino de salvación: Es posible, sí. Toda esperanza en Dios en mi Hijo y en su Hijo nace como el lirio de su bulbo, pero hay que darse a El: en El, de El vivir y en El confiar... Hagamos el intento de ser cristianos perseverantes en la fe entrega a Cristo Señor y anclémonos en Aquella que ha perseverado en su sí a Dios, para escapar a la inconstancia humana. Es un consejo de suma actualidad, que acogemos agradecidos de la pluma de Montfort: Agarrémonos a María, como a «un ancla que nos sostiene e impide que naufraguemos en el mar tempestuoso de este mundo, en donde tantos perecen por no aferrarse a ella» (VD 175).
LECTURA
Un medio maravilloso de perseverancia Lo que más poderosamente nos impele a abrazar esta devoción a la Sma. Virgen es el reconocer en ella un medio admirable para perseverar en la virtud y ser fieles a Dios. ¿Por qué, en efecto, la mayor parte de las conversiones no es permanente? ¿Por qué la mayor parte de los justos, en vez de adelantar de virtud en virtud y adquirir nuevas gracias, pierde muchas veces las pocas virtudes y gracias que poseía? Esta desgracia proviene –como hemos dicho– de que, no obstante estar el hombre tan corrompido y ser tan débil e inconstante, ¡se apoya en sus propias fuerzas y se cree capaz de guardar el tesoro de sus gracias, virtudes y méritos! María es la Virgen fiel que por su fidelidad a Dios repara las pérdidas, que la Eva infiel causó con su infidelidad, y alcanza a quienes confían en Ella la fidelidad para con Dios y la perseverancia. Por esto, s. Juan Damasceno la compara a un áncora firme que nos sostiene e impide que naufraguemos en el mar tempestuoso de este mundo, en donde tantos perecen por no aferrarse a ella: "Atamos –dice– las almas a tu esperanza como a un áncora firme". Los santos que se han salvado estuvieron firmemente adheridos a Ella y a Ella ataron a otros para que perseveraran en la virtud. ¡Dichosos, pues, una y mil veces, los cristianos que ahora se aferran fiel y enteramente a María como a un áncora firme! ¡Los embates tempestuosos de este mundo no los podrán sumergir ni les harán perder sus tesoros celestiales! ¡Dichosos quienes entran en María como en el arca de Noé! Las aguas del diluvio de los pecados que anegan a tantas personas no les harán daño, porque «los que obran por mí no pecarán» –dice la divina Sabiduría– es decir, los que están en mí para trabajar en su salvación no pecarán. ¡Dichosos los hijos infieles de la infeliz Eva que se aferran a la Madre y Virgen fiel! Esta permanece siempre fiel y no puede negarse a sí misma: "Si somos infieles, (Ella) permanece fiel, porque no puede desmentirse a sí misma" y responde siempre con amor a quienes la aman: "Yo amo a los que me aman". Y los ama no sólo con amor afectivo, sino también con amor efectivo y eficaz, impidiendo mediante gracias abundantes, que retrocedan en la virtud o caigan en el camino y pierdan así la gracia de su Hijo (VD 173. 175).
COMPROMISO DE VIDA
No cederé hoy al desaliento ante mis fragilidades: confiaré en el Señor y en la intercesión.
30. ITINERARIO MARIANO HACIA LA TRINIDAD
Sustancia y meta de la vida cristiana es la comunión cada vez más íntima y profunda con el Dios de la nueva alianza revelado por Jesucristo: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En esta comunión consiste el éxito feliz de la existencia humana, de suerte que el cristiano se halla en peligro de fracasar hasta que esa comunión no sea definitiva. A primera vista podría parecer que la consagración propuesta por s. Luis María de Montfort, al centrar la mirada y el afecto oblativo en la Madre del Señor, disminuya el espacio para un encuentro prolongado con Dios. En este caso, María estaría en competencia con Dios y el cristiano quedaría obligado a escoger entre los dos. ¡Pero nada más falso que esto! En base a su experiencia y la de otros santos, Montfort afirma: «Que no se engañen, pues, las personas espirituales creyendo falsamente que María les impida llegar a la unión con Dios. Porque ¿será posible que la que halló gracia delante de Dios para todo el mundo en general y para cada uno en particular, estorbe a las almas alcanzar la inestimable gracia de la unión con Jesucristo? ¿Será posible que la que fue total y sobreabundantemente llena de gracia y tan unida y transformada en Dios que lo obligó a encarnarse en Ella, impida al alma vivir unida a Dios?» (VD 164). Más aún, prosigue Montfort: "María es totalmente relativa a Dios" (VD 225), en forma tal "que no ha habido ni habrá jamás persona igual a Ella, ya por las gracias que nos alcanza... es la creatura que nos ayuda con mayor eficacia para llegar a la unión con Dios" (VD 165). En otras palabras, María no sustituye a Dios, ni detiene en Ella a su hijos, sino que los empuja hacia Aquel que constituye el origen de su misión y santidad: "Cuando alabamos, amamos, honramos o nos consagramos a María, alabamos, amamos, honramos y nos consagramos a Dios por María y en María" (VD 225). La consagración mariana se convierte así en un camino hacia la Sma. Trinidad, en cuanto que María orienta hacia el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y ayuda a profundizar en la comunión de amor con ellos. Montfort nos ayuda a comprender este itinerario en dirección a cada una de las Personas divina de la Trinidad.
María y la experiencia de Dios Padre En la revelación neotestamentaria el Padre conserva el carácter de principio absoluto y de fin último: a El remonta el plan de salvación y hacia El camina toda la obra de Cristo en el Espíritu Santo (1 Cor 8,6; 15,28; Ef 1,3-14; Col 1,12-20). María aparece inserta en este círculo de amor que parte del Padre y vuelve a El, envolviendo a la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Para que María no sea separada del designio salvífico de Dios, hay que –siguiendo al Concilio Vaticano II– referirse lo más posible al Padre sea al exponer la misión global de la Virgen, sea al considerar en particular cada uno de los episodios de su vida: «Queriendo el Dios misericordioso... quiso el Padre de las misericordias... plugo a Dios...» (LG 52.56.59). Igualmente la maternidad de María, tanto respecto de Cristo como de los hombres, es una participación y derivación de la paternidad trascendente de Dios (ver Ef 3,15). Más aún, como ha recordado Juan Pablo I, esa maternidad constituye una manifestación de la solicitud "maternal" de Dios, presentado por el profeta como padre y madre al mismo tiempo (ver Is 49,15; 66,13). No obstante la insistencia de Jesús en presentar el amor misericordioso del Padre, muchos cristianos son todavía presa de temor exagerado ante Dios y rehuyen entrar en diálogo con El. El recurso habitual a María remedia esta situación, ya que abre el corazón a la confianza y al espíritu de infancia respecto de María y, consiguientemente, respecto de Dios: «Esta devoción da a quienes la practican fielmente una gran libertad interior... Esta Madre del Amor hermoso... abrirá y ensanchará tu corazón para correr por los mandamientos de su divino Hijo con la santa libertad de los hijos de Dios... Ya no te guiarás –como hasta ahora– por temor sino por amor puro. Lo mirarás como a tu Padre bondadoso, te afanarás por agradarle incesantemente y dialogarás con El confidencialmente, como un hijo con su cariñoso Padre» (VD 169.215). En la escuela de María se descubre vitalmente el verdadero rostro del Dios del Nuevo Testamento. El culto a María conduce a la adoración y al amor del Padre (LG 65). Si la meta de los cristianos es la vida en la libertad de los hijos de Dios (Rom 8,14-17; Ef 1,5; Jn 1,12), no hay que olvidar que el primer texto del Nuevo Testamento, que menciona a María, está orientado a la meta de la misión de Cristo: ofrecer a los hombres la adopción filial (Gál 4,4). Vivir como "hijos de María" a ejemplo del discípulo amado (Jn 19,25-27) debe ser consecuencia o premisa de una vida intensa de "hijos de Dios" con todas sus implicaciones.
María y la vida en Cristo Cristo es el centro del plan salvífico del Padre (Ef 1,18-23), el único Salvador, maestro, revelador y mediador (Jn 4,42; 8,12; Hb 8,6; 1 Tim 2,5-6); el arquetipo moral y la vida de los cristianos (Rom 8,29; Col 3,12-15; Jn 11,25; 14,6; Col 3,4). Se trata, por tanto, de vivir la relación con María en su constante e íntima unión con Cristo en la obra de la salvación, pero respetando la trascendencia del mismo Cristo: «En la Virgen María todo es relativo a Cristo y todo depende de El» (MC 25). El culto a María debe ser inserto orgánicamente «en el cauce del único culto que "justa y merecidamente" se llama "cristiano" porque en Cristo tiene su origen y eficacia, en Cristo halla plena expresión y por medio de Cristo conduce en el Espíritu al Padre» (MC, introducción). Ello significa que ese culto se vive principalmente en la liturgia, sea valorizando las fiestas marianas, sea inspirándose en María «como modelo de la actitud espiritual con que la Iglesia celebra y vive los divinos misterios» (MC 16). También a nivel de una espiritualidad que orienta los compromisos de vida, la referencia a María no debe separarse de la relación con Cristo, que permanece fundamental o característica al cristiano. En base a su experiencia espiritual y a la reflexión teológica, Montfort llega a identificar la consagración a María con la renovación de las promesas bautismales de renuncia al pecado y adhesión a Jesucristo (VD 120). Vivir como consagrados a María, en efecto, tiende esencialmente a hacer vivir como cristianos auténticos y a transformar según la imagen de Cristo, sea porque María no lleva fruto diferente de Jesús (VD 218), sea porque Ella "es la persona más santa y perfecta" (VD 157) y, por tanto, la más indicada en ayudarnos a ser sobremanera "semejantes, unidos, y consagrados a Jesucristo" (VD 120). Todavía por experiencia, Montfort ha podido presentar la consagración como camino fácil, corto, perfecto y seguro, que conduce a una íntima y perseverante comunión con Cristo, característica del cristiano maduro (VD 152). María se convierte para el creyente en una viva interpelación a optar como Ella por Cristo, a insertarse en su "sí" (Lc 1,38) y a renovar la alianza de amor obediente con El (Jn 2,5).
María y el camino en el Espíritu El Nuevo Testamento presenta al Espíritu Santo como persona que mora en el cristiano para renovar su corazón y capacitarlo para obrar como hijo de Dios en el amor (Rom 5,4; 8,2-16; 1 Cor 12,13). El creyente debe, por tanto, caminar en el Espíritu y dejarse conducir por El (Gál 5,16-18; Rom 8,4) hasta que transforme nuestros cuerpos mortales (Rom 8,11). Por sus especiales relaciones con el Espíritu, María no es ajena al camino espiritual de los cristianos. El Nuevo Testamento evidencia los vínculos de la Virgen con el Paráclito, sobre todo en los episodios iniciales y finales de la vida de María. La Anunciación es el Pentecostés anticipado de María. En las dos escenas encontramos las mismas expresiones: fuerza divina –Espíritu Santo– descender (Lc 1,35; Hech 1,8); una y otra van seguidas de episodios de expansión misionera y de comunicación carismática (Lc 1,39-41; Hech 1,8; 4,31; 8,4-14). El Espíritu Santo obra en María la concepción virginal de Cristo (Lc 1,35; Mt 1,20) y realiza en Ella el corazón nuevo preanunciado por los profetas (Ez 36,26-27; Jr 31,31), que habilita para una respuesta de fe total (Lc 1,38). Más tarde, en el cenáculo, encontramos a María, que ora con los discípulos del Hijo en espera del Espíritu (Hech 1,14). Es interesante, además, anotar que en el Evangelio de Lucas el mismo Espíritu Santo promueve la alabanza directa a María: «Llena de Espíritu Santo, dijo Isabel a voz en grito: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre» (Lc 1,41-42). Camino espiritual y devoción mariana se implican mutuamente, pero la vida en el Espíritu asume la primacía. El culto a María se convierte en paso para el conocimiento del Espíritu y para la docilidad a sus llamamientos: María, la creatura aferrada por el Espíritu y transformada en madre virginal del Mesías, primera creyente de la nueva alianza, madre de los fieles e icono revelador del Espíritu y al mismo tiempo prototipo de la Iglesia "espiritual" llamada a realizar el reino de Dios en el mundo. María "orienta" hacia la vida "espiritual" en cuanto constituye un modelo de acogida al Espíritu (Lc 1,28-38), en el cual ha sido bautizada (Hech 1,5.16). La consagración mariana es una escuela donde se aprende a vivir abiertos al Espíritu, porque reconoce a María como templo, obra maestra y colaboradora del Espíritu. Al contemplarla, nos sentimos obligados a avanzar hacia el Espíritu, autor de la santidad de Ella. Al imitarla, asimilamos la docilidad al Espíritu Santo. Montfort, al sugerir cómo vivir la consagración, afirma: «Hay que realizar las propias acciones por María, es decir, hay que obedecer en todo a María, moverse en todo a impulso de su espíritu, que es el Espíritu de Dios... Porque Ella no se guió jamás por su propio espíritu, sino por el Espíritu de Dios, el cual se posesionó en tal forma de Ella que llegó a ser su propio Espíritu» (VD 258). Como el Espíritu Santo inspira la alabanza que tributan a María las generaciones cristianas, así también María es una llamada para que nos dejemos animar por ese Espíritu de Dios que es el artífice de la vida y de la perfección cristiana. Este itinerario mariano hacia la Trinidad encuentra una verificación significativa en algunas oraciones, en que Montfort saluda a María como "hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo, esposa del Espíritu Santo, templo de la Sma. Trinidad". Una de ellas concluye: "Oh María, haz que por medio del Espíritu Santo, tu Esposo fidelísimo, sea formado en mí Jesucristo, tu Hijo, para gloria del Padre celestial" (Coronilla de 12 estrellas).
LECTURA
La libertad de los hijos de Dios Esta devoción da a quienes la practican fielmente una gran libertad interior: la libertad de los hijos de Dios. Porque, al hacerse el hombre esclavo de Jesucristo y consagrarse a El por esta devoción, el Señor en recompensa de la amorosa esclavitud por la que hemos optado: 1) quita del alma todo escrúpulo y temor servil que pudiera angustiarla, esclavizarla y perturbarla; 2) ensancha el corazón con una santa confianza en Dios, haciendo que lo mire como a su Padre; 3) nos inspira un amor tierno y filial. Esta Madre del Amor hermoso quitará de tu corazón todo escrúpulo y temor servil y desordenado y lo abrirá y ensanchará para correr por los mandamientos de su Hijo con la santa libertad de los hijos de Dios y encender en el alma el amor puro, cuya tesorera es Ella. De modo que en tu comportamiento con Dios, ya no te guiarás –como hasta ahora– por temor sino por amor puro. Lo mirarás como a tu Padre bondadoso, te afanarás por agradarle incesantemente y dialogarás con El confidencialmente, como un niño con su cariñoso padre. Si, por desgracia, llegas a ofenderlo, te humillarás al momento en su presencia, le pedirás perdón humildemente, tenderás hacia El la mano con sencillez, te levantarás de nuevo amorosamente, sin turbación ni inquietud, y seguirás caminando hacia El, sin descorazonarte (VD 169.215).
COMPROMISO DE VIDA
Compondré una oración explicitando los vínculos que unen a la Virgen con las tres divinas Personas.
Ha hecho impacto la publicación de un pasaje dedicado a María y compuesto por el filósofo existencialista Jean-Paul Sartre, recientemente desaparecido (1980), en el cual describe con fineza psicológica los sentimientos de la Madre de Jesús ante su hijo: «Ella lo mira y piensa: "Este Dios es hijo mío, esta carne divina es carne mía. Está hecho de mí misma, tiene mis ojos, y esta forma de su boca es la forma de mi boca. Es semejante a mí". Ninguna mujer ha recibido de esa forma al mismo Dios para sí sola, un Dios tan pequeño que puedo tomarlo en los brazos y cubrirlo de besos, un Dios tan cálido, que sonríe y respira. En uno de esos momentos pintaría a María, si yo fuera pintor». Sorprende y parece increíble que un ateo haya escrito un texto tan inspirado, profundamente humano y a la vez conforme a los datos de la fe. ¿No será quizás señal de un vínculo inconsciente con la figura maravillosa de María, al menos como símbolo de la mujer ideal inserta por gracia en la familia de Dios? La referencia a Sartre nos sirve de todos modos de estímulo para entrar en el misterio del hombre y para comprender que una consagración a María pierde su significado más profundo cuando prescinde del don del corazón. Para el existencialista el hombre es fruto de sí mismo: será lo que se haya construido él mismo mediante sus opciones diarias. El hombre es esencialmente una libertad, llamada a pasar de una existencia banal y anónima a una existencia auténtica, que decide definitivamente ante la muerte.
El corazón en la Biblia La referencia a la libertad del hombre empalma con el tema bíblico del corazón. En efecto, para la Biblia el corazón es el centro personal del hombre, el lugar donde se decide la elección del bien y del mal, la raíz del comportamiento moral y religioso; en una palabra, la conciencia humana, o sea el yo profundo del cual procede todo comportamiento y según el cual se juzga al hombre. En nuestra cultura occidental el corazón es símbolo del amor. Por largo tiempo se le ha considerado como órgano y sede de los afectos; hoy esa sede se ubica en el cerebro. El corazón ha sido reducido a una bomba de sangre, necesaria para la circulación de la misma por el organismo. No obstante, el corazón seguirá siendo siempre símbolo del amor, porque las emociones y afectos se reflejan manifiestamente en sus latidos. También bajo este aspecto considera la Biblia al corazón, como sede del amor y lugar del encuentro más íntimo con Dios: «El amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha dado» (Rom 5,5). ¡Qué maravillosos son los caminos de Dios! Queriendo Dios santificar al hombre, renueva el centro personal del mismo, la fuente de sus decisiones: el corazón. Se realizan así las profecías de Ezequiel y Jeremías, en las cuales Dios promete el cambio del corazón y el don del Espíritu: «Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu y haré que caminéis según mis preceptos y que pongáis por obra mis mandamientos» (Ez 36,27-28). «Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en su corazón, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jr 31,33). La alianza nueva y definitiva consiste, pues, en transformar el corazón descarriado y rebelde, doble e incircunciso (ver Jr 5,23; Lev 26,41; Os 10,2) en un corazón dócil y animado por el amor, totalmente renovado por el Espíritu Santo.
Te entrego mi corazón Con una finalidad intuida, el P. Alfonso Muzzarelli quería que el mes mariano terminara en un acto de gran importancia: la ofrenda del corazón a María. Ofrenda que debía ser la expresión del amor filial a la Madre de los cristianos, pero al mismo tiempo debía comprometer a vivir en el amor de Dios y en referencia constante a María. Muzzarelli estaba, en efecto, convencido de que «la devoción a María no debe ser un torrente más o menos impetuoso, que lleva al mar sus aguas solamente durante un mes y luego se seca: no debe ser una fuente intermitente; debe ser más bien un río –por pequeño que sea– que corre siempre: debe ser una fuente perenne». Consagrarse a María es realizar por amor el don total y perpetuo de sí mismo para vivir más fielmente los compromisos bautismales. Los santos recomiendan no excluir nada de la propia entrega a María: «Esta consiste –dice Montfort– en una ofrenda voluntaria, inspirada en el amor, madurada en plena libertad, de toda tu persona –cuerpo y alma– de tus bienes exteriores y de fortuna –como casa, familia y rentas– de tus bienes interiores y del alma –méritos, gracias, virtudes y satisfacciones» (SM 29). Mas, si debemos consagrar a María todo cuanto somos y tenemos, es necesario confiarle nuestro ser profundo, nuestro centro personal, nuestro corazón. Con frecuencia –debemos reconocerlo– nuestra vida se desarrolla superficialmente: nos preocupamos por el hacer, el actuar y el producir, y no nos damos cuenta que estamos perdiendo nuestro ser e identidad. Parecemos alienados y como arrastrados por el correr del tiempo, incapaces de asumir la conducción responsable de la historia. Para consagrarnos a María tenemos que encontrar otra vez el camino de la interioridad, recuperar nuestra identidad, darnos cuenta de que la santificación se realiza en el encuentro de Dios con nuestro corazón: cuando se alcanza la coincidencia entre la voluntad humana y la divina se dispara la hora de la salvación. Más aún, ésta se logra definitivamente cuando el cristiano se abandona en las manos de Dios con un "sí" semejante al de María. María es, en efecto, la Virgen del "corazón nuevo", la primera realización perfecta de las promesas de Ezequiel y Jeremías. Con Ella llega a término el pueblo de corazón impermeable a la voz de Dios y surge el del corazón fiel a la alianza con el Señor. No por nada desciende sobre Ella el Espíritu Santo: para darle la capacidad de engendrar virginalmente al Hijo de Dios y, al mismo tiempo, para renovar su corazón de manera que pueda realizar un acto de amor sin fronteras. Ella no sólo obedece los mandamientos divinos, sino que se abandona totalmente al Señor y arriesga la vida por su Palabra: «Aquí está la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho» (Lc 1,38). ¿Qué ha realizado María con este gesto sino la ofrenda de todo su ser, la consagración total de sí misma a Dios? Es la primera cristiana, es decir, la primera consagrada, que ha trazado a la Iglesia el camino del "sí" de amor a Dios y a los hermanos. Pero para obrar así, María vivió en lo profundo de su ser, bajó a su corazón para unificar toda su vida. ¡El Corazón de María! Es un arca preciosa, que interioriza y conserva cuanto acontece exteriormente, sobre todo cuando los acontecimientos se refieren a Jesús. En dos ocasiones anota s. Lucas que «María conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior» (Lc 2,19.51). Encontramos en Ella esta actitud del sabio, que no olvida el pasado ni se deja arrastrar por los acontecimientos de la historia. Toma posición partiendo del corazón. Debemos, como María, consagrar a Dios nuestro corazón, para que decida y ame conforme a las exigencias del plan divino de la salvación. Pero el encuentro con Ella debe también ser como el encuentro de dos corazones, de lo contrario sería superficial. En otros términos, debemos confiarle nuestro corazón, con todo el peso de significado que tiene según la Biblia, para que sea orientado hacia Dios.
¡Aquí está mi libertad! En la visita pastoral de Juan Pablo II a la parroquia romana de santa María Liberadora, apoyándose en este título mariano, el Papa exhortó así a los fieles: «El hombre aprecia mucho la libertad; pero al mismo tiempo no sabe a menudo usar de ella; la utiliza para el mal. Frecuentemente el mal uso de la libertad hace que el hombre la pierda; deja de ser libre. Cristo nos enseña cómo hacer un buen y perfecto uso de la libertad... La Madre de Cristo colabora con su Hijo en esta gran obra que El quiere realizar en cada uno de nosotros. Y lo hace en forma maternal, y con un amor tal, que sólo la madre puede expresarlo. ¡Amados hermanos y hermanas! Confiemos a María nuestra libertad. Ella nos ayudará a descubrir el verdadero bien que contiene la libertad. Ella nos ayudará a hacer mejor uso de la libertad» (14-1-1979). Si miramos a la experiencia de cada día, estas palabras del Papa encuentran en nosotros una fuerte resonancia. ¡Demasiadas veces pagamos caro el precio debido a nuestra frágil libertad! ¡Toda incoherencia o infidelidad nuestra nos hace sentir fracasados como hombres y como cristianos! ¡Cuántas veces hemos proclamado que la libertad significa liberación de toda forma de opresión y, a la vez, creación de todas las condiciones que permitan el despliegue de las propias posibilidades! Pero no hemos comprendido que el cristiano es libre para poder amar. Libre del acondicionamiento del "¿qué dirán?", libre de las trabas del prestigio y del poder, liberado del apego al propio yo, el cristiano puede por fin amar, más aún, convertirse en don para Dios y para los hermanos. Para llegar a esta libertad, ensayemos el camino de María, que incluye la entrega de la propia libertad a María. Es un esfuerzo sostenido por la convicción de que la Madre del Señor ha sido puesta por Dios en nuestro camino para que sostenga nuestra fidelidad a Cristo con su oración y con su ejemplo. Sintonizando con Ella será más fácil avanzar por el camino de la madurez cristiana y de la libertad de los hijos de Dios. Para vivir la consagración a María y confiarle la propia libertad te invito a repetir conmigo la siguiente oración compuesta por Montfort: «Acepta, querida Madre y Reina mía, toda mi persona y cuanto he podido hacer de bueno con la gracia de tu amado Hijo. Yo mismo no soy capaz de conservarlo, dadas mi debilidad e inconstancia y la forma en que me combaten continuamente mis enemigos espirituales. Veo, todos los días, caer por tierra los cedros del Líbano, y convertirse en aves nocturnas las águilas que volaban en torno al sol. Mil justos caen a mi izquierda, diez mil a mi derecha... Mas yo confío en ti, mi poderosa y más que poderosa Madre: tenme, que no caiga; conserva mis bienes, que no me saqueen; protege en mí la vida divina. ¡Defiende a quien se ha consagrado a ti! Yo te conozco bien y en ti confío: eres la Virgen fiel a Dios y a los hombres, que no dejas perder nada de cuanto se te confía; eres la Virgen poderosa: nadie podrá hacerte daño, ni perjudicar tampoco a los que tú amas» (SM 40). La consagración a María es, por tanto, un compromiso constante de vida cristiana, en sintonía con Aquella que ha perseverado fielmente hasta el final en la consagración de amor por la salvación del mundo a gloria de la Trinidad.
LECTURA
El don del corazón La Sabiduría se encarnó con la única finalidad de atraer a su amor e imitación los corazones humanos. Por ello, se ha complacido en adornarse con todas las amabilidades y dulzuras humanas más atrayentes y delicadas, sin defecto ni fealdad alguna. ¡Oh! ¡Cuán bella, dulce y cariñosa es la Sabiduría encarnada, Jesucristo! ¡Bella en la eternidad por ser el esplendor del Padre, el espejo sin mancha y la imagen de su bondad, más radiante que el sol y más resplandeciente que la misma luz! ¡Bella en el tiempo, por haber sido formada pura, libre de pecado y fulgurante de belleza su peregrinar terreno la vida y el corazón de los hombres y ser hoy la gloria de los ángeles! ¡Tierna y dulce con los hombres, y especialmente con los pobres pecadores, a los cuales vino a buscar visiblemente sobre la tierra y sigue buscando todos los días de manera invisible! Refiérese en la vida del beato Enrique Susón que un día la Sabiduría eterna –tan tiernamente amada por él– se le apareció de la siguiente manera: había tomado forma corporal, estaba rodeada por una nube clara y transparente y se hallaba sentada sobre un trono de marfil. Sus ojos despedían un fulgor semejante al sol de mediodía. Su aurora era la eternidad; su vestido la felicidad; su palabra, la suavidad. De sus brazos brotaba la dicha de los bienaventurados. Enrique... la veía unas veces majestuosa, otras condescendiente, benigna, dulce y llena de ternura para con cuantos se acercaba a ella. Contemplábala así, cuando –dirigiéndose a él– le sonrió amablemente y le dijo: "¡Hijo mío, dame tu corazón!" Arrojándose a sus pies, Enrique le entregó irrevocablemente el corazón. A ejemplo de este santo varón, hagamos también nosotros entrega irrevocable de nuestro corazón a la Sabiduría eterna. Ella no ansía otra cosa de nosotros. María es el Trono regio de la Sabiduría eterna. En quien la Sabiduría manifiesta sus grandezas, ostenta sus tesoros y encuentra sus delicias. Y no hay otro lugar en el cielo y en la tierra donde la Sabiduría eterna derroche tanta magnificencia y se complazca tanto como en María. ¿Qué hacer, pues, para que nuestro corazón sea digno de la Sabiduría? Aquí está el gran consejo, el secreto admirable: ¡Introduzcamos a María en nuestra casa, consagrándonos a Ella como servidores y esclavos suyos! Desprendámonos en sus manos y en honor suyo de cuanto más amamos, sin reservarnos nada. Y esta bondadosa Señora, que jamás se deja vencer en generosidad, se dará a nosotros de manera incomprensible, pero, real. Entonces, la Sabiduría vendrá a morar en Ella, como en su trono más glorioso (ASE 117. 126. 132. 208. 211).
COMPROMISO DE VIDA
Haré el acto de consagración después de haber meditado todas su expresiones.
EL ACTO DE CONSAGRACION
Para un compromiso de vida Al finalizar estas meditaciones o actualizaciones del Tratado de la Verdadera Devoción a María de s. Luis de Montfort han madurado ciertamente en ti algunos propósitos que se deben traducir en vida. El Espíritu Santo, cuya tarea es también la de introducir a los creyentes en la "verdad total" (Jn 16,13), te ha iluminado sobre la importancia de María en la historia de la salvación y en tu vida personal en orden a un conocimiento mayor del Padre, a una consagración total a Cristo y a una más constante docilidad al mismo Paráclito. La cuestión más difícil y urgente a la vez que se debe resolver es cómo transformar las convicciones en actitudes y comportamientos concretos. Es decir, cómo vivir la consagración bautismal con la ayuda y a ejemplo de la Virgen. La vida es mucho más importante que las fórmulas y propósitos. No obstante esto, tanto la persona como la comunidad advierten la necesidad de definir algunos momentos de la vida a causa de su importancia particular. Existen, de hecho, etapas o fechas tan densas de significado que representan un punto de llegada y de partida en el desarrollo de la existencia diaria. Entre estos momentos significativos recordemos la celebración del matrimonio, en el que los esposos expresan con la fórmula de consentimiento su compromiso de vida comunitaria en el amor, y el rito de la profesión religiosa, durante el cual un joven o una joven emiten los votos de castidad, pobreza y obediencia en una congregación determinada. También el acto de consagración es un acontecimiento relevante de tu vida. Constituye un punto de llegada de toda una preparación espiritual, consecuencia de la toma de conciencia de la misión de María en tu salvación religiosa, y al mismo tiempo el punto de partida de una existencia en sintonía con la Virgen, para orientarla más resueltamente hacia la realización del reino de Dios en el mundo. Por ello, al pronunciar la fórmula de consagración debes estar consciente de que te pronuncias tú mismo delante de Dios, de María, de la comunidad. La fórmula exterioriza tu decisión interior u opción fundamental por Cristo, con María y como Ella. Para que sea un acto que brote de tu corazón y represente tus verdaderos pensamientos o propósitos, estaría bien que tú mismo compusieras el acto de consagración. Si no puedes inventar un acto de consagración, utiliza uno ya compuesto. Aquí te presento dos: el primero para la recitación personal, el segundo para la comunitaria. Es esencial recitar el acto de consagración después de haberlo meditado y comprendido en todas sus partes. Sólo así revestirá el significado de un compromiso consciente y responsable. En esta línea, Montfort sugiere escoger para el acto de consagración el momento de mayor cercanía a Jesús (la Comunión) y firmarlo de puño y letra: «Después de la comunión... recitarán la fórmula de consagración... Es conveniente que la escriban o hagan escribir, si no está impresa, y la firmen ese mismo día» (VD 231). Pronuncia, pues, con las mejores disposiciones interiores el acto de entrega de ti mismo a Jesús por María: con la pobreza radical y el afecto filial de s. Luis M. de Montfort, con la disponibilidad apostólica de s. Maximiliano Kolbe, con la confianza y el afán apostólico por la Iglesia de Juan Pablo II... Y prosigue, luego, tu camino "en sintonía con María" para vivir el compromiso de amor con Cristo y con los hermanos.
ACTO DE CONSAGRACION A JESUS POR MARIA Acto de consagración personal
Oración a Jesús Oh Jesús, Sabiduría eterna y encarnada, te adoro en la gloria del Padre, durante la eternidad, y en el seno virginal de María, en el tiempo de tu Encarnación. Te agradezco que hayas venido al mundo, –hombre entre los hombres y servidor del Padre– para librarme de la esclavitud del pecado. Te alabo y glorifico porque has vivido en obediencia amorosa a María, para hacerme fiel discípulo tuyo. Desgraciadamente, no he guardado las promesas y compromisos de mi bautismo, no soy digno de llamarme hijo de Dios. Por ello, acudo a la misericordiosa intercesión de tu Madre, esperando obtener por su ayuda el perdón de mis pecados y una continua comunión contigo, Sabiduría Encarnada.
Oración a María Te saludo, pues, oh María Inmaculada, templo viviente de Dios: en ti ha puesto su morada la Sabiduría eterna para recibir la adoración de los ángeles y de los hombres. Te saludo, oh Reina del cielo y de la tierra: a ti están sometidas todas las creaturas. Te saludo, Refugio seguro de los pecadores: todos experimentan tu gran misericordia! Acepta los anhelos que tengo de la divina Sabiduría y mi consagración total.
Consagración Consciente de mi vocación cristiana, renuevo hoy, en tus manos, mis compromisos bautismales. Renuncio a Satanás, a sus seducciones y a sus obras y me consagro a Jesucristo para llevar mi cruz con El, en la fidelidad de cada día a la voluntad del Padre. En presencia de toda la Iglesia, te reconozco ahora, por mi Madre y Soberana; te ofrezco y consagro mi persona, mi vida y el valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y futuras; dispón de mí y de cuanto me pertenece para la mayor gloria de Dios, en el tiempo y en la eternidad.
Súplica final Madre, del Señor, acepta mi oblación y preséntala a tu Hijo: si El me redimió con tu colaboración, debe ahora recibir de tu mano el don total de mí mismo. Que yo viva plenamente esta consagración para prolongar en mí la amorosa obediencia de tu Hijo y dar respuesta vital a la misión que Dios te ha confiado en la historia de la salvación. Madre de Misericordia, alcánzame la verdadera Sabiduría de Dios y hazme plenamente disponible a tu acción maternal. Oh Virgen fiel, haz de mí un auténtico discípulo de tu Hijo, la Sabiduría Encarnada. Contigo, Madre y Modelo de mi vida, llegaré a la perfecta madurez de Jesucristo, en la tierra, y a la gloria del cielo. Amén.
(S. LUIS MARIA DE MONTFORT: ASE 223-227)
CONSAGRACION AL CORAZON INMACULADO DE MARIA Acto de consagración comunitaria
Todos: Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, que en los mensajes a los niños de Fátima nos exhortaste a orar, a reparar los pecados y a consagrarnos a tu Corazón Inmaculado, acogemos tu invitación con ánimo filial y agradecido. En esta hora dramática y densa de preocupaciones para el mundo entero, elevamos a ti nuestra oración confiada y fervorosa. Guía: Para que obtengamos de Jesús la gracia de nuestra salvación y de toda la humanidad. Todos: ¡OH MARIA, CLAMAMOS A TI! Guía: No nos hemos esforzado por vivir el Evangelio y dar testimonio de nuestra fe. Todos: ¡OH MARIA, CLAMAMOS A TI! Guía: Para que los hombres se sientan hermanos y vivan en paz y concordia. Todos: ¡OH MARIA, CLAMAMOS A TI! Todos: Contemplando nuestra conciencia y nuestras obras, nos reconocemos pecadores y queremos por mediación tuya, oh María, implorar humildemente perdón al Señor. Guía: Hemos pecado, alejándonos de la voluntad de Dios y olvidando nuestras promesas bautismales. Todos: ¡OH MARIA, ALCANZANOS EL PERDON! Guía: No nos hemos esforzado por vivir el Evangelio y dar testimonio de nuestra fe. Todos: ¡OH MARIA, ALCANZANOS EL PERDON! Guía: Como reparación por el pecado, te ofrecemos nuestros sufrimientos, unidos a los de nuestros hermanos enfermos, oprimidos y perseguidos. Todos: ¡OH MARIA, ALCANZANOS EL PERDON! (BREVE PAUSA) Todos: Y ahora, conscientes de cuanto vamos a realizar, nos consagramos a tu Corazón Inmaculado. Nuestra consagración quiere ser un acto de disponibilidad total a Dios y a su plan de salvación, que viviremos según tu ejemplo y bajo tu materna conducción. Somos conscientes de que esta consagración nos compromete a vivir conforme a las exigencias del bautismo, que nos une a Cristo como miembros de la Iglesia, comunidad de amor, de oración y de anuncio del Evangelio en el mundo. Guía: Por ello, reconociéndote como madre nuestra, oh María, y declarándonos disponibles a tu acción maternal, que nos ayuda a vivir como hijos de Dios. Todos: NOS CONSAGRAMOS A TU CORAZON INMACULADO. Guía: Para que sostenidos por ti podamos consagrarnos más generosamente a Cristo y ser cristianos más y más comprometidos. Todos: NOS CONSAGRAMOS A TU CORAZON INMACULADO. Guía: Para ser más fieles a las promesas del bautismo de renuncia al mal y de adhesión a la doctrina de Cristo. Todos: NOS CONSAGRAMOS A TU CORAZON INMACULADO. (BREVE PAUSA) Todos: Acepta, oh Madre de la Iglesia, esta consagración nuestra y ayúdanos a ser fieles con tu poderosa plegaria. Contigo, hija y esclava del Padre, diremos sí a la voluntad divina todos los días de nuestra vida. Por mediación tuya, Madre y discípula de Cristo, caminaremos siempre por el camino del Evangelio. Conducidos por ti, esposa y templo del Espíritu Santo, irradiaremos alegría, fraternidad y amor al mundo. ¡Oh María! Vuelve tus ojos misericordiosos a esta comunidad de hijos tuyos y a todo el género humano consagrado a tu Corazón Inmaculado. Tú que cuidas amorosa de tus hijos que peregrinan entre peligros y angustias, implora para la Iglesia, los hogares y los pueblos, los dones de la unidad, de la solidaridad y de la paz. Tú, que vives ya en la gloria de Dios, brinda al hombre atormentado actualmente la victoria de la esperanza sobre la soledad, de la paz sobre el odio y la violencia. Míranos aquí presentes: acompáñanos por los senderos de la vida, y después de nuestro peregrinar por el desierto, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh Clemente! ¡Oh Piadosa! ¡Oh dulce Virgen María!
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