VALOR TEOLOGICO
Introducción
En su libro Don y Misterio, escrito en el 50º aniversario de su sacerdocio: 1996, Juan Pablo II afirma que san Luis María Grignion de Montfort, autor del Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, "es un teólogo de clase". Esta afirmación puede sorprender por lo nueva y porque en cierta manera cambia la opinión común que no ha visto a Montfort como teólogo de profesión, aunque se le reconozca su intuición teológica, sobre todo en el campo espiritual.
Para hacerlo el Papa se basa sin duda en una noción de teología que no puede ser reducida al profesionalismo específico ni ser monopolio de docentes universitarios, como sucedió durante el segundo milenio, de la Edad Media hasta nuestros días. Para él no cuenta la calificación profesional, sino el carisma o vocación eclesial , que consiste en una experiencia viva y personal del misterio de Dios Trinidad y en la capacidad de comunicar tal experiencia de manera profunda, sentida, auténtica y estimulante. Teólogo es el que sabe referirse a Dios y hablar de El porque ha hecho su experiencia. Teólogo de clase es el que posee estas cualidades en grado insigne.
Juan Pablo II le da esta título a Montfort en el contexto de la memoria de su propia experiencia cristiana con relación a María, experiencia que conoció una doble modalidad: la "forma tradicional" y la forma teológicamente madura.
Para el Papa, la "forma tradicional" de devoción mariana es la que le fue transmitida por su familia, su parroquia, la Iglesia del Carmen de Wadovice y la parroquia salesiana de Debniki, un barrio de Cracovia. Esta "forma tradicional" se expresa por actos de devoción: orar a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, llevar el escapulario, rezar el rosario... Más allá de estas expresiones se arraiga una convicción de orden espiritual: "María nos conduce a Cristo".
Este estado de cosas da lugar a una crisis o desorientación, pues "cuestiona en cierta medida su culto a María, considerando que, desarrollado en forma excesiva, terminaría por comprometer la supremacía del culto debido a Cristo" El peligro de temer aquí es el marianismo, es decir una devoción mariana exagerada e invasora, que oscurezca o deje en posición secundaria el culto de Jesucristo. En tal caso, Karol dice que debe dar la primacía a Cristo, ubicado en la cima de la jerarquía de los valores.
En este momento preciso interviene el Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen de San Luis María de Montfort, que provoca un giro en Karol Wojtila. Este comprende que no se trata de escoger entre Cristo y María, pues no solamente María conduce a Cristo, sino que Cristo mismo nos presenta a su Madre para que la acojamos en nuestra vida con plena confianza y apertura. En otras palabras, la inserción de María en el misterio de Cristo, partiendo de El, es condición esencial para comprender la función maternal y mediadora de María .
El Papa expresa aquí su juicio sobre Montfort como teólogo. Como hombre contemporáneo, parte de la distinción entre estilo y contenido, entre expresión y substancia. Aunque tributario de la cultura de su tiempo, transitoria como todas y cuyo lenguaje no corresponde a la sensibilidad actual, Montfort presenta contenidos teológicos relativos a María permanentes e inobjetables, en cuanto fundados en los principales misterios de la fe: la Trinidad y la Encarnación: "El tratado de San Luis María Gringion de Montfort puede desconcertar por su estilo enfático y algo barroco, pero la substancia de las verdades teológicas que contiene es incontestable. Este autor es un teólogo de clase. Su pensamiento mariano se arraiga en el Misterio trinitario y en la verdad de la Encarnación del Verbo de Dios . Se trata de una calificación altamente positiva para Montfort.
Refiriéndose a su experiencia, Juan Pablo II atribuye además a Montfort tres efectos producidos sobre su propia teología y vida espiritual. Ante todo, percibió la suma importancia del misterio de la encarnación y de la respuesta decisiva de María sobre la historia de la humanidad: "Entonces comprendí por qué la Iglesia recita el Angelus tres veces al día. Percibí la importancia crucial de las palabras de esta plegaria... Tales palabras son realmente esenciales! Ellas expresan el corazón del acontecimiento más considerable que se haya producido en la historia de la humanidad" .
Enseguida percibe la exigencia de la entrega total y confiada a María condensada en el lema Todo tuyo que escogerá para su escudo episcopal: "Esto explica el origen del Todo tuyo". La expresión viene de San Luis María Grignion de Montfort. Es la síntesis de la fórmula más completa de la consagración a la Madre de Dios" .
Finalmente, el contacto con Montfort abre, por así decirlo, los ojos teológicos de Karol, que, en una perspectiva nueva puede hacer una lectura más profunda y positiva de las formas de devoción popular: "Gracias, pues, a San Luis María, comencé a descubrir todos los tesoros de la devoción mariana desde un punto de vista relativamente nuevo: por ejemplo, como niño, escuchaba Las horas de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María cantadas en la iglesia parroquial; pero sólo bastante más tarde me di cuenta de las riquezas teológicas y bíblicas que contenían. Igual sucedió con los cantos populares" .
Montfort aparecía por tanto al joven Wojtila como un "teólogo de clase" que lo guía a un camino de madurez a lo largo del cual progresa de manera notable desde el punto de vista de la espiritualidad y de la teología. Karol no se detiene en las expresiones ligadas a la cultura francesa de los siglos XVII y XVIII, sino que discierne e interioriza los valores constantes percibidos por Montfort. De esta manera llega a situar la devoción mariana en el cuadro global de la historia de la salvación, que tiene su origen en el misterio insondable de la Trinidad y en la cual se reconocen a la vida de Cristo la prioridad y la primacía. Sólo a partir de Cristo, comenzando con el extraordinario acontecimiento de la historia de la salvación que es su encarnación, se comprende la importancia de María y de su respuesta al anuncio del ángel.
No se trata con todo, de adquisiciones puramente especulativas. Luis María hace comprender a Karol que hay que llegar a la total entrega de sí mismo a la Madre de Jesús, entrega expresada en el lema Todo tuyo. Esto no explica el contexto de la consagración montfortiana, dirigida en primero y último lugar a Jesucristo como renovación perfecta de las promesas del bautismo, pero Juan Pablo II lo sobreentiende por la prioridad de la vida en Cristo de la cual ha hablado.
El joven Karol ve abrirse ante él un horizonte nuevo que le permite percibir y evaluar de manera teológica los elementos positivos contenidos en la piedad popular. En resumen, Montfort transmite a Wojtila el sentido teológico de la globalidad, la exigencia de una respuesta plena a María y la clave hermenéutica para leer la piedad popular.
Montfort teólogo de perspectiva sistemática
Para tratar este tema, podemos tomar varios caminos útiles y posibles, que parten de las tareas de la teología, o mejor de la vocación eclesial del teólogo, y que se aplican a Montfort . Hoy se comprende cada vez mejor que todo el pueblo de Dios es fundamentalmente teólogo, en el sentido de que ningún cristiano se puede quedar en los primeros elementos que le fueron presentados en el bautismo, sino que debe "crecer" continuamente en el conocimiento de los misterios de la salvación: Ef. 4, 13-15 y 1Pe. 2,2, llegar a una experiencia viva del Dios vivo revelado en Cristo, y hacerse maestro: Hb. 5, 11-14, es decir capaz de comunicar a los demás una doctrina más profunda y madura.
Cuanto más teólogo se es, tanto más se debe ser fiel a la revelación divina que se actualiza en la historia de la salvación subrayando su dinámica profunda, como carácter fundamental histórico-salvífico; armonizar y clasificar los diversos elementos en el conjunto del dato revelado; con sentido de globalidad y jerarquía de los valores; clasificar los acontecimientos que constituyen la verdad para hacerlos inteligibles a la razón; con precisión de lenguaje; inculturar la fe de manera que entre en el tejido vital de los contemporáneos: conservando el sentido de la situación histórica, y ordenarla en función del fin último, es decir de la salvación y de la perfección espiritual de la persona cristiana: con sentido de la finalidad suprema de la vida.
Queremos demostrar cómo Montfort, por su vida y escritos, cumplió estas tareas de teólogo .
Fidelidad a la revelación y presentación histórico-salvífica
En sus obras, atento a las precisiones escolásticas referentes al ser de Dios y a la constitución de las realidades creadas, Montfort es contrario a la llamada "ontoteología" encerrada en los laberintos lingüísticos de la metafísica clásica y carente de impacto en la historia. El reserva la primacía y la prioridad a los acontecimientos de la revelación y recurre de buen grado al relato de la obras de Dios Trinidad, particularmente las de la Sabiduría en la historia de la salvación.
Es preciso resaltar que el horizonte global de la reflexión teológica monfortiana es la historia de la salvación como se narra en la Biblia. Esta perspectiva está presente en los principales escritos de Montfort. Pero el santo no se detiene en los hechos; se esfuerza por penetrar en las leyes histórico-salvíficas que manifiestan la acción de Dios en la historia.
A - Estructura histórico-salvífica del "Amor de la Sabiduría eterna"
En su libro va Montfort de la eternidad a la eternidad, englobando todo el desarrollo de la historia de la salvación desde el prólogo: creación, hasta la escatología: realidad última. Contempla la Sabiduría en su origen, en su naturaleza y en sus obras en el curso de la historia: cf ASE, cap. II-V. Recurre a la Biblia no para confirmar una doctrina establecida, sino para mostrar el origen y fundamento de la misma doctrina. Montfort contempla para amar, ya que para llegar a la comunión de amor con la Sabiduría es necesario comprenderla mediante una visión conjunta de la historia de la salvación. Es lo que hace en los 13 primeros capítulos de ASE, centrados en el AT: cap. II-VIII, y en el NT a partir de la encarnación: cap. IX-XIV.
Montfort se sitúa en el corazón de la teología sapiencial del Antiguo Testamento al describir la Sabiduría actuando en la creación, lo que se convierte en el primer lugar de su "juego inefable": ASE 33, y de su revelación. Esto vale en particular para el hombre, "su admirable obra maestra, imagen viva de su belleza y de sus perfecciones": ASE 35. Esta visión positiva es desgraciadamente manchada por el pecado. Como se complace describiendo "la excelencia original" del hombre: ASE 35-38, Montfort se detiene un tanto presentando su "desgracia suprema": ASE 39-40. Ve entonces a la Sabiduría reunir a la Trinidad para decidir, luego de un doloroso alegato, la gran empresa de la encarnación: ASE 42-46.
El resumen de la historia de la salvación antes de la encarnación presentado por Montfort desde el punto de vista de la Sabiduría es particularmente interesante. La Sabiduría, movida por el amor del hombre, busca sus delicias entre los hombres y las naciones, y se hace presente en la historia de Israel como liberadora y santificadora. Al Exodo se le atribuye su justo lugar, cuando la Sabiduría escucha los gritos del pueblo: ASE 41; cf Ex. 2, 24-25; Dt. 26, 6-8, y lo libera con el poder de su brazo: ASE 49-50. En los libros sapienciales descubre Montfort una "carta de amor" de la Sabiduría dirigida al corazón del hombre para ganar su afecto: ASE 65.
El misterio de la encarnación es el arco maestro del Amor a la Sabiduría eterna. Después de una larga espera de cuatro mil años, la Sabiduría se hace "una morada digna de sí misma" en María, en la cual fluye "el torrente impetuoso de la bondad infinita de Dios": ASE 106. Utilizando el género narrativo, Montfort hace un "resumen" de la vida de Jesús, desde la anunciación hasta la ascensión: ASE 109-116. O mejor, Cristo mismo "es un compendio de las obras de Dios, una síntesis de todas las perfecciones de Dios y de las creaturas": ASE 9.
Acto seguido San Luis María pasa a la interpretación teológica de los acontecimientos evangélicos en los cuales Jesús se presenta como amigo, maestro de sabiduría y Dios crucificado. Coherentemente con la figura veterotestamentaria de la Sabiduría amiga de los hombres, Montfort señala la "dulzura" de que se reviste Jesús para atraer la amistad de los corazones humanos: ASE 117-132. Sigue otro "resumen", relativo esta vez a las "grandes e importantes verdades" enseñadas por la Sabiduría en la tierra y constituidas por 62 citas evangélicas sin glosas: ASE 133-153. Tras un tercer "resumen" sobre los dolores soportados por la Sabiduría por amor: ASE 154-166, Montfort se detiene un poco en "el misterio más grande de la Sabiduría eterna, la Cruz": ASE 167, o mejor, en "el triunfo de la Sabiduría eterna en la cruz y por la cruz", como se titula el capítulo XIV.
Esta exégesis sapiencial de Montfort constituye uno de los raros ejemplos de la tradición cristiana que funda la doctrina teológico-espiritual en el libro de la Sabiduría. Montfort se inscribe así en la cristología contemporánea, que se propone aplicar a Jesús el título de Sabiduría junto con los de Mesías, Hijo de Dios y Señor, para un mejor conocimiento de su misterio. El título de Sabiduría permite además unir la teología de la creación a la de la Redención, ligándolas estrechamente en la historia de la salvación y en última instancia en el amor de Dios por el mundo: ASE 154-166.
Basándose en El Amor de la Sabiduría eterna, H.M. Manteau-Bonamy puede afirmar que Montfort responde a la cultura de hoy, definida como "reino de la búsqueda", en cuanto teólogo de la Sabiduría en la que se encuentra la sabiduría plena. Desafortunadamente San Luis María no ha dejado de ser "marianizado" unilateralmente, hasta eclipsar el amplio marco cristológico en que se mueve.
B - Las fases de la historia de la salvación
en el "Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen"
Aunque construida según un plan lógico sobre la necesidad y naturaleza de la devoción a la Virgen, esta obra también concede particular atención en su primera parte a los diversos tiempos del desarrollo de la obra salvífica de las personas de la Trinidad. En efecto, Montfort no se detiene en una hipotética acción de Dios, sino que parte de la historia concreta y del orden presente revelado en la Biblia, es decir "las cosas supuestas como son": VD 15. Recorre las diversas fases en las cuales se manifiesta la acción divina y subraya la presencia y cooperación de María, elemento elegido por la Trinidad para "comenzar y llevar a cabo las más grandes obras": VD 14.
La primera de estas obras es la encarnación: VD 16-18, que Montfort considera "el primer misterio de Jesucristo" y "un compendio de todos los misterios": VD 248. Las tres personas divinas participan en esta obra, ya que Jesús es don del Padre, se hace hombre para nuestra salvación y es el Espíritu Santo quien le forma en María: VD 16. San Luis María atribuye importancia suma a la encarnación, "obra maestra" del Espíritu Santo en unión con María: VD 20, sobre todo en el aspecto paradójico de kenosis o anonadamiento, que incluye la dependencia de la Virgen "en su concepción, en su nacimiento, en su presentación en el templo, en su vida oculta de treinta años, hasta su muerte,... para realizar con Ella un solo sacrificio...": VD 18.
Otras obras de Dios en "el resto de la vida de Jesucristo": VD 19, son los milagros en el orden de la gracia y de la naturaleza, inaugurados por mediación de María, como se puede ver en la santificación de Juan Bautista y en la bodas de Caná.
Las grandes obras de Dios en tiempo de la Iglesia son la generación de los fieles y la formación de los santos: VD 23-36, en que el Espíritu Santo y María están íntimamente asociados. Esta asociación producirá maravillas de gracia en los últimos tiempos, cuando surgirán grandes santos y grandes apóstoles que evangelizarán y convertirán a los pueblos: VD 47-59.
Como se ve, la enunciación de las fases de la historia de la salvación no es completa, pues Montfort, aunque menciona la presencia de María en el Calvario y su comunión en el sacrificio de su Hijo: VD 18, no dice nada de la resurrección. Supone sin embargo que María está presente en todos los misterios de Cristo, según el principio de analogía o armonía del plan divino que exige continuidad entre las diversas fases de la historia de la salvación. Montfort enuncia este principio claramente: "La forma en que procedieron las tres divinas personas de la Santísima Trinidad en la encarnación y primera venida de Jesucristo, la prosiguen todos los días, de manera invisible, en la santa Iglesia, y la mantendrán hasta el fin de los siglos en la segunda venida de Jesucristo": VD 22. De ahí se sigue que María, presente en el misterio de Cristo, interviene también en el misterio de la Iglesia, es decir en las fases subsiguientes en que se desarrolla la historia de la salvación.
La concepción de Montfort respecto de los últimos tiempos es grandiosa. Tendrán un doble carácter: cristológico y neumatológico. es decir relativo a Cristo y al Espíritu Santo. Los últimos tiempos estarán marcados ante todo por la segunda o última venida de Jesús, pues con certeza vendrá una segunda vez a la tierra: VD 158, "para reinar por doquier y para juzgar a vivos y muertos": SM 58. Esta venida se realiza en dos tiempos sucesivos: primero se realizará el reinado de Jesucristo en cuanto El será más conocido, amado y obedecido; luego vendrá de nuevo en persona para el juicio final. Montfort piensa que la segunda venida de Jesús será "gloriosa y fulgurante": VD 158.
Los últimos tiempos de la Iglesia conocerán también la venida del Espíritu Santo, que Montfort imagina como un diluvio de fuego. Aún siendo único, este diluvio del Espíritu, como la segunda venida de Jesús, implica dos fases sucesivas y análogas: el "diluvio de fuego" se manifestará primero como amor irresistible para reformar la Iglesia y convertir a los pueblos; luego como justicia por la cual la cólera divina "reducirá a cenizas toda la tierra": VD 16-17.
En el pensamiento de Montfort las perspectivas cristológica y neumatológica coinciden con la representación del tiempo de la Iglesia como reinado de Cristo y al mismo tiempo reinado del Espíritu, cuando un nuevo Pentecostés transformará a la Iglesia en comunidad de los verdaderos discípulos que, por la acción del Espíritu Santo en colaboración con María, serán transformados en grandes santos y apóstoles de los últimos tiempos. No se tratará de una realeza absoluta e incontestada, pues coexistirá con el reinado de Satanás y los hijos de Belial combatirán hasta el fin la raza de María: VD 51-54.
C - Una teología que tiene en cuenta las leyes histórico-salvíficas
Lo expuesto hasta ahora pone en evidencia la atención de Montfort a las diversas fases de la salvación y a las diferentes formas de actuar de Dios en ella, es decir a las constantes que rigen la comunicación de sí mismo a la humanidad.
Fundado en la inmutabilidad de Dios, o mejor en su fidelidad y coherencia, Montfort está convencido de que si se comprenden las maneras como obra Dios, éstas serán siempre válidas. Pues precisamente esto fue lo que sucedió a María, escogida por Dios para realizar su plan de salvación: "Habiendo querido Dios comenzar y culminar sus mayores obras por medio de la Santísima Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará jamás de proceder; es Dios, y no cambia ni en sus sentimientos ni en su manera de obrar": VD 15.
Además de la fidelidad de Dios, las palabras de Montfort, aunque no siempre de manera explícita, se apoyan en otras leyes histórico-salvíficas del Antiguo y Nuevo Testamentos: como la promesa y su cumplimiento: ASE 104,203, la humillación-exaltación: ASE 172, 180; VD 25, 143... Montfort se muestra particularmente sensible a esta última constante del plan de salvación. Hace notar que la Sabiduría elige por amor el camino de la kenosis, es decir de la humillación creciente, que la llevará progresivamente a hacerse hombre, niño, pobre, crucificado, eucaristía: ASE 70-71. En esta línea observa: "Por medio de María vino Dios al mundo la primera vez, en humildad y anonadamiento": SM 58. Sin embargo, a la kenosis debe suceder la exaltación: la segunda vez Jesús vendrá "en su gloria": VD 158 y "se hará preceder por la Cruz, que descansará sobre la nube más brillante": ASE 172.
La ley de la 'humillación-exaltación' vale también para María, que fue "Madre oculta y escondida" y que prefirió permanecer oculta: VD 2-3, 49. Habiendo compartido la kenosis de Cristo, Ella participa también en su manifestación gloriosa pasando de la humillación a la gloria, del estado oculto a la revelación: VD 49. Montfort concluye refiriéndose explícitamente a la ley evangélica de anonadamiento-exaltación: "Así será enriquecida, ensalzada y honrada por el Altísimo la que durante su vida se empobreció, humilló y ocultó hasta el fondo de la nada por su profunda humildad": VD 25.
Sentido de la globalidad y de la jerarquía de los valores
En Montfort se ve de inmediato con claridad un elevado sentido teológico en cuanto, dejando de lado visiones parciales, tiene en cuenta toda la revelación y la armonía del plan divino. La teología de Montfort va de la creación a la escatología, de la alianza al fin último, del bautismo a la Trinidad. Luego de reconocer la prioridad de la economía de la salvación, San Luis María continúa su reflexión teológica según la analogía de la fe, percibiendo el nexo de los misterios y respetando la jerarquía de las verdades.
A - Una teología anclada en la obra salvífica de la Trinidad
San Luis María no olvida la doctrina católica según la cual, en la "jerarquía de las verdades de fe", el misterio de la Trinidad es "la enseñanza más fundamental y esencial": CEC 234. Más que innovaciones en el dominio de la teología trinitaria, aporta interesantes puntualizaciones. En primer lugar contempla a la Trinidad comprometida en la historia de la salvación, descubre las leyes histórico-salvíficas y reconoce en el amor la característica de la acción divina. Además, acentúa y desarrolla de manera original la trascendencia y la condescendencia del Padre: "Dios Solo", el aspecto sapiencial y estaurológico, o relativo a la cruz, del misterio de Cristo, la obra especial del Espíritu Santo en la historia de la Iglesia.
"El reino especial de Dios Padre duró hasta el diluvio y terminó por un diluvio de agua. El reino de Jesucristo terminó por un diluvio de sangre. Pero tu reino, Espíritu del Padre y del Hijo, continúa actualmente y terminará por un diluvio de fuego, de amor y de justicia": SA 16. No se trata del reino de una sola persona con exclusión de las otras, de donde se podría concluir que vivimos actualmente en la época única del Espíritu Santo. Montfort en realidad orienta todo el Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen al reino de Jesucristo, cuya venida gloriosa preparará: VD 1. Esto significa que el reino del Espíritu y el de Jesucristo se complementan y ayudan recíprocamente. Lo mismo se puede decir del reino del Padre, cuya venida debe "restablecer todas las cosas": SA 5.
Para Montfort el centro de la historia de la salvación entera es la encarnación, "compendio de todos los misterios": VD 248. De la armonía del plan salvífico saca la conclusión siguiente: todo lo que suceda en el curso de esta historia condicionará positivamente todo el tiempo de la salvación. Se trata de una ley irrevocable de la historia de la salvación: VD 22. Montfort se refiere en primer lugar a la elección de María de parte de la divinas personas en vista de la obra de las encarnación y de la redención, para concluir que María deberá continuar esta cooperación por todos los siglos: VD 15.
Además de la fidelidad y coherencia de su acción en la historia de la salvación, Montfort especifica las propiedades de cada persona divina y descubre que la motivación última es su misma naturaleza: el amor.
Por la fórmula "Dios Solo", expresada en sus obras 150 veces, Montfort se propone hacer notar que el Padre es el valor absoluto, principio, consistencia y fin de todas las cosas. "Dios solo, y basta": CT 28,23. Del Padre desciende todo don perfecto.... como de su fuente esencial": SM 9, y también todo el plan de la salvación. Por el envío de su Hijo, desciende, se deja contener, se acerca a nosotros "el Altísimo, el Incomprensible, el Inaccesible", sin perder su majestad: VD 157. Así Montfort puede cantar: "Dios solo es mi ternura,...mi vida, mi riqueza": CT 52,11. El itinerario de la consagración a Jesús por manos de María lleva al descubrimiento existencial de "Dios caridad": "Lo mirarás como a tu Padre bondadoso, te afanarás por agradarle incesantemente y dialogarás con El confidencialmente como un hijo con su cariñoso padre": VD 215. El Padre es el amor mismo: CT 21,13, un padre cariñoso que "no falla": C 2, a quien podemos invocar "con el dulce nombre de Padre": SAR 39. La experiencia mística del Padre es el punto de llegada del camino de consagración: VD 151, 213-225.
El Hijo es la Sabiduría eterna que es "toda amor, o más bien el amor mismo del Padre y del Espíritu Santo": ASE 118. Para Montfort la Sabiduría se caracteriza por la pro-existencia: se encarna por amor: ASE 13, nace por nosotros: CT 58,1, por nosotros muere: ASE 171, resucita por nosotros: CT 84,3: "La Sabiduría es para el hombre y el hombre es para la Sabiduría": ASE 64. Su condescendencia es tan grande que llega hasta concluir una alianza de amor con él, un "matrimonio espiritual": ASE 54. Hay que ofrecerle el "don irrevocable de su corazón": ASE 132, consagrarse a El y vivir fielmente las promesas bautismales: VD 120-133.
El Espíritu es amor infinito que une al Padre y al Hijo, al Amante y al Amado: es "el Amor substancial del Padre y del Hijo": VD 36; CT 85,6. Esta fe la expresa Montfort en la doxología o alabanza: "Gloria al Padre eterno, gloria al Hijo adorable!/ Gloria igualmente al Espíritu Santo,/ que por su amor los une/ con vínculo inefable": CT 85,6. El Espíritu es todo "fuego" y Dios que inflama": CT 98, 21; cf CT 141, 1. El cubre a María con su sombra, convirtiéndola en su "fiel e indisoluble Esposa": VD 36, para producir a Jesucristo: VD 36, y formar a los santos, especialmente de los últimos tiempos: VD 55-58.
Además de estos acentos teológicos, "la contribución de Montfort a la doctrina de la Trinidad está en su determinación de compartir esta verdad central de la fe con los campesinos sencillos del noroeste de Francia en los primeros años del siglo XVIII. En vez de considerar la predicación de la Trinidad como un obstáculo infranqueable, amaba ciertamente predicar el sentido pleno del Dios trinitario del amor y proclamar que la Trinidad debe ser gustada por todos los fieles. Con la ayuda de espectáculos, cánticos y sermones, hacía comprender al pueblo que era amado por el amor infinito de la Trinidad que con él comparte la vida de manera dinámica y espera su respuesta" .
Todo esto se explica por el hecho de que Montfort pertenece al género de autores cristianos en quienes "la densidad de la experiencia espiritual" precede a "la tematización teológica". Como lo anota W. Logister: "Montfort mostró en el curso de los años lo que esto significa concretamente, cuando comprende a Dios siempre mejor a partir de lo que personalmente le impresiona. Pasa continuamente por encima de la teología intelectual y de toda relación con Dios ligada a un moralismo superficial. Es cierto que en buena parte, sólo sabe expresar sus experiencias en imágenes, palabras y conceptos de su propio tiempo y tradición. Pero para descubrir en él la interioridad, la fuerza y la ternura, nos es preciso estar atentos a lo que concretamente hace o deja de hacer. Para él Dios era una grandeza viva, una realidad transparente a través de lo que hacían sus manos, sus pies, sus ojos, sus oídos y su boca. Si con dificultad sólo podía expresarse como hombre de su tiempo, sin embargo era suficientemente personal para marcar con propiedad el ambiente de las reglas y costumbres, el empleo de la palabra "Dios", no para sorprender o distinguirse, sino porque experimentaba a Dios de manera personal" .
B - Una teología explícitamente cristocéntrica
Como los grandes teólogos, Montfort posee el carisma de aclarar toda la revelación cristiana desde un punto de vista fundamental y unitario, constituido según él por la consagración a Cristo Sabiduría por manos de María.
Para Montfort Jesús es el Cristo de la Biblia y de la Iglesia de la tradición católica. La "primera verdad" que debe regir el culto de María representa "una página típica de cristocentrismo,.... una síntesis admirable de cristología y de soteriología o teología de la salvación, que va a lo esencial y es de una actualidad no superada" . Montfort afirma de manera magistral la unicidad y universalidad salvífica de la mediación de Cristo: "Jesucristo el alfa y el omega: Ap. 1,8, el principio y el fin: Ap. 21,6 de todas las cosas. ... es el único Maestro que debe enseñarnos, el único Señor de quien debemos depender, la única Cabeza a la cual debemos estar unidos, el único Modelo a quien debemos asemejarnos: cf Mt. 23,8; Jn. 13, 15; Ef. 4, 15: Mt. 11, 29, el único Médico que debe curarnos, el único Pastor que debe apacentarnos, el único Camino que debe conducirnos, la única verdad que debemos creer, la única Vida que nos debe vivificar: cf Mt. 9, 12; Jn. 10, 11; 14, 6, y el único Todo que en todo debe bastarnos...": VD 61.
Montfort se distingue de la teología corriente de su tiempo por el uso del título de "Sabiduría" que con gusto atribuye a Cristo. Según ASE, este título pone en evidencia cuatro aspectos de su misterio: Cristo como "plenitud": ASE 9, "palabra": ASE 95, "amor" que se acerca al hombre en una lógica de anonadamiento: ASE 70-71, y va hasta identificarse con la "Cruz": ASE 180. Estos aspectos reconocen en Cristo al único Mediador de la salvación, al Maestro de vida, a la Sabiduría encarnada por amor y a su misterio pascual: crucificado y resucitado. Montfort da pruebas de un admirable equilibrio teológico en su interpretación del misterio de Cristo, pues hace resaltar la Cruz al menos tanto como la Encarnación: ASE 180. Siguiendo la estela de Pablo: 1 Co. 2,2, anuncia a Cristo crucificado. Como él, no excluye la resurrección, sino que la considera como parte del conjunto. En ASE, se complace en la contemplación de la Sabiduría crucificada, humillada por la muerte de cruz, pero glorificada luego y triunfante en el cielo. Para Montfort, la Cruz es el "mayor secreto del rey, el misterio más grande de la Sabiduría eterna": ASE 167. En una perspectiva vital, a nivel popular, él vincula la referencia al hecho de "llevar su cruz" destinada a cristianos comprometidos a vivir el contrato de alianza con Dios: CA 3.
De la importancia de Cristo en la historia de la salvación, Montfort deduce que la denominación más exacta de la llamada "espiritualidad mariana" es "espiritualidad cristológica". En VD 120-131, alcanza la cumbre de su orientación cristológica. Esta parte la intitula: "La perfecta consagración a Jesucristo": VD 120. Es el primer título auténtico del manuscrito y está escrito en letras mayores.
Montfort funda su espiritualidad en las promesas del bautismo, de las cuales es una renovación perfecta, y, coherente con sus convicciones, la denomina así en relación al fin último: Jesucristo, más que al medio y fin próximo: María. En realidad, "nos consagramos al mismo tiempo a la Santísima Virgen y a Jesucristo. A la Santísima Virgen, como al medio perfecto escogido por Jesucristo para unirse a nosotros, y unirnos a nosotros con El. A Nuestro Señor, como a nuestra meta final, a quien debemos todo lo que somos, ya que El es nuestro Dios y Redentor": VD 125.
Montfort recurre libremente a diversas expresiones para proponer o explicar la espiritualidad cristiana: esclavitud: ASE 219, consagración: VD 120-125, don: ASE 222,225; VD 120, 126, 133, acogida: VD 144, 179, 216, 166, confianza: VD 170, 173-174, servicio: ASE 211, 212; VD 121, 135, 265, abandono: VD 259... Estas expresiones sin embargo, no son homólogas, porque hay que tener en cuenta la evolución de Montfort: aspecto diacrónico o de tiempo, y el contexto de gestación en el cual se desarrolla su discurso: aspecto axiológico o de causalidad. Bajo el aspecto evolutivo, se ve claramente el camino recorrido por Montfort, que parte de la esclavitud de la cual hablan "varios de sus libros": ASE 219, y en su madurez en un contexto de enorme compromiso teológico, llega a presentar la espiritualidad cristiana "como renovación perfecta de los votos y promesas del santo bautismo": VD 120, presentando a María como modalidad perfecta: VD 123, y primer término orientado completamente al fin último que sigue siendo Jesucristo: VD 125 .En el contexto de las misiones populares Montfort presenta su propia fórmula espiritual como Contrato de alianza con Dios, en que la consagración a Cristo por medio de María es simplificada al máximo como don de sí mismo: "Me entrego totalmente a JESUCRISTO por MARIA, para llevar mi cruz en su seguimiento todos los días de mi vida": CA 1, 4. En ella desaparecen los términos difíciles que necesitan explicación, como esclavitud y aún consagración, lo mismo que los títulos marianos: quedan la entrega total a Jesucristo y la referencia a la acción media-dora de María, y la vida cotidiana se presenta como el llevar la propia cruz .
El cristocentrismo de Montfort llega a su punto culminante cuando afirma que toda la colaboración de María con el Espíritu Santo tiende a la comunión más íntima, creciente y perseverante con Cristo y se expresa en las fórmulas, muy apreciadas por Montfort, de inmanencia recíproca entre Cristo y el creyente: "Corresponde a María engendrarnos en Jesucristo y a Jesucristo en nosotros, hasta alcanzar su perfección y la plenitud de su edad": ASE 214; cf VD 20, 37, 61, 212. Montfort recurre seis veces a la fórmula "a nosotros en Jesucristo y a Jesucristo en nosotros": ASE 214; SM 56; VD 20, 37, 61, 212. Se trata de una fórmula de mutua inclusión, fundada en nuestra inserción en el cuerpo de Cristo y en el crecimiento de Cristo, nuestra Cabeza, en nosotros. Esta doctrina del Cuerpo Místico de Cristo viene con frecuencia en los escritos de Montfort: ASE 176, 213; AC 27; SM 12; VD 17, 20, 21, 32, 36, 61, 68, 140, 168.
Del principio de nuestra incorporación a Jesucristo, deduce Bérulle actitudes espirituales exigentes: "Adhesión, dependencia, conducta inspirada en Jesús", obligación permanente de vaciarse de sí mismo para convertirse en "pura capacidad" de Jesús. En lo referente a sí mismo, Montfort traduce estas actitudes espirituales en términos más comprensibles: "Toda nuestra perfección consiste en asemejarnos, unirnos y consagrarnos a Jesucristo": VD 120.
Montfort insiste sobre todo en nuestra unión a Jesucristo: VD 43, 78, 117, 118, 120 , 143, 152, 157, 159, 164, 212, 259... y en nuestra dependencia de El, que se expresa en la entrega total hasta la esclavitud de amor. Montfort reconoce la primacía axiológica a estas actitudes vitales y las desarrolla sobre todo en ASE, libro completamente orientado a la comunión permanente con Jesucristo, mientras atribuye la prioridad metodológica a las actitudes vitales hacia María, insistiendo en VD en el dinamismo "hacia Cristo" más que en la vida "en Cristo". Hoy, a la luz del Vaticano II que ubicó la exposición de María en el contexto cristológico e histórico-salvífico: LG. Cap. VIII, hay que reconocer la preeminencia y prioridad a la vida en Jesucristo, como lo hace Montfort mismo en ASE.
C - Una teología desarrollada en el movimiento neumatológico
Si examinamos los escritos de Montfort con relación al "vacío neumatológico" de la piedad mariana denunciado por H. Mühlen en el catolicismo, 1 llegamos a la conclusión de que la abundancia y la profundidad de los textos monfortianos que se refieren a las relaciones de María con el Espíritu Santo permiten excluir, al menos en Montfort, el "vacío neumatológico" de que habla Mühlen. Montfort no habla del Espíritu de manera tangencial, pues lo ve en el tejido del plan de salvación en su papel de revelación y de amor, incluido lo relativo a la Virgen María. El Espíritu Santo ocupa un lugar de primer plano en Montfort a quien hizo auténtico profeta, animado de carismas irresistibles y singulares. Al referirse constantemente al Espíritu Santo, se refiere igualmente a María. La llama "toda relativa a Dios": VD 225; cf 148, la cree toda relativa al Espíritu. Quiso llamar a su Compañía de María "Comunidad del Espíritu Santo", fórmula que se repite cuatro veces en su testamento. Su espiritualidad es un antídoto de vida neumatológica.
Para Montfort el Espíritu Santo no es el "Dios desconocido". En el solo Tratado de la Verdadera Devoción lo nombra 74 veces. Como misionero sintetizó su pensamiento de manera poética en el Cántico 141, Invocación del Espíritu Santo, que es un pequeño tratado del Espíritu Santo en el cual presenta sus títulos y carismas y su acción en las personas y en el mundo. Montfort insiste en el hecho de que sin el Espíritu no se puede hacer nada por la propia salvación: CT 141, 10-11. Para él el Espíritu Santo es realmente una persona viva, el "Amor substancial del Padre y del Hijo": VD 36, el "vínculo inefable" que les une por su amor: CT 85, 6, el "Espíritu del Padre y del Hijo": SA 16. Lo menciona en el orden clásico: en tercera posición, según la tradición cristiana. Para Montfort el Espíritu Santo es mirado en la perspectiva de la historia de la salvación, según la herencia de la escuela de Bérulle, influenciada por la teología del Oriente cristiano. Seguiremos esta presentación histórico-salvífica escogida por Montfort, para considerar al Espíritu Santo en el misterio de Cristo, sobre todo en la encarnación, luego en el misterio de la Iglesia, y en particular la Iglesia de los últimos tiempos.
El Espíritu Santo en el misterio de la encarnación
Para comprender la importancia y actualidad del pensamiento de Montfort, hemos de recordar el impase de la teología contemporánea reciente. Pasando del tratado del Verbo Encarnado al de cristología, algunos teólogos, como W. Kasper, se centran en el misterio pascual, relativizando por consiguiente el acontecimiento de la encarnación. Sólo en un segundo momento se advierte, con M. Bordoni y A. Amato, el vínculo íntimo que existe entre encarnación y el misterio pascual, entre los cuales no hay oposición, sino armonía.
Montfort demuestra un gran equilibrio cristológico al insistir en el misterio de la encarnación y de la infancia de Jesús: CT 57-66, y en el misterio de la pasión: CT 67-74, y de la cruz. "El Amor de la Sabiduría eterna", su obra maestra cristológica, expresa en síntesis orgánica y desarrollada la intuición central de la espiritualidad monfortiana orientada totalmente a la contemplación del acontecimiento de la cruz. Con genial creatividad el santo medita el misterio paradójico del Crucificado, la Sabiduría de Dios encarnada. La obra es un gran salmo de meditación sobre la Sabiduría que es Jesucristo, que es don de Jesús a la humanidad, que es unión esponsalicia con Jesús en la cruz" 1.
La mirada de Montfort se fija en la obra maestra de Dios trinitario, la encarnación, que presenta como el misterio clave que pone de relieve una ley irrevocable: la unión del Espíritu Santo y María en la historia de la salvación. El Espíritu se comunica a María precisamente como Amor infinito, que une al Padre y al Hijo y toma posesión de María para el Padre y el Hijo. El Espíritu, al cubrirla con su sombra, atrae a María, que se deja atraer de manera activa y plenamente responsable, a la vida íntima de la misma Trinidad. María se convierte entonces en "espejo de la Divinidad": CT 90, 40. Al vivir en el Espíritu Santo la vida trinitaria, Ella es el "paraíso de la Trinidad": CT 90, 58; ASE 208, es decir "el santuario de la Santísima Trinidad": VD 5, por cuanto es la morada permanente y particularmente amada de las divinas personas.
La expresión que podría resumir la comprensión profunda que tenía Montfort de la relación del Espíritu Santo con María es "fiel e indisoluble Esposa": VD 36. María, desposada por el Espíritu Santo para producir a Jesucristo: VD 36, participa de manera única en la formación de los santos, por su llamamiento a participar en la formación del Santo con el cual todos los santos forman un solo cuerpo. Como consecuencia, por sinergia o acción conjunta, entre María y el Espíritu Santo existe una unión moral, una afinidad y aún un atractivo irresistible. Donde está María, viene el Espíritu Santo: "Cuando el Espíritu Santo, su Esposo, la encuentra en un alma, vuela y entra en esa alma en plenitud, y se le comunica tanto más abundantemente cuanto más sitio hace el alma a su Esposa": VD 36.
Siendo la santificación de los más grandes santos, en particular de los últimos tiempos, obra del Espíritu Santo: VD 55-58, María, "la compañera indisoluble del Espíritu Santo para todas sus obras de gracia": VD 37, es parte integrante de esta función del Espíritu Santo, que consiste en llevar a todas las cosas al cumplimiento del reino de Dios. Por eso el Espíritu renueva por el "diluvio de fuego": SA 16, la faz de la tierra junto con su Esposa, unida a El en todas las obras de gracia por un vínculo inefable y eterno.
Para expresar la unión operante y moral, la relación singular y privilegiada entre María y el Espíritu, Montfort con frecuencia atribuye a María el titulo de Esposa del Espíritu Santo: VD 4, 5, 20, 21, 25, 34, 37, 49, 152, 164, 213, 217, 268,; SM 13, 15, 67, 68; SA 15, Esposa amada: VD 20, 35, 217, fiel: VD 5, 34, 36, 89, 269; SM 15, 68; SA 20, indisoluble: VD 220, 269, fecunda: VD 20, 211, 35, 36; SA 15.
Hoy la teología según la concepción pericorética de la Trinidad, reconoce entre las divinas personas una habitación, una interacción y una "compenetración sin mezcla" recíprocas: Damasceno. De ello se deduce que el Espíritu ejerce una misteriosa influencia, que le es propia, en la constitución de las otras dos personas divinas; y así, respetando el orden trinitario: Padre, Hijo y Espíritu Santo, también el Espíritu Santo ejerce la fecundidad. Deberíamos tener en cuenta otro dato de la teología contemporánea: la acción del Espíritu Santo en María no es creadora: porque sólo el Padre engendra a Jesús, sino es una actividad no categorial trascendente y misteriosa que no conviene precisar más.
El Espíritu Santo en el misterio de la Iglesia
En la prolongación funcional: VD 22, de la obra conjunta del Espíritu Santo y de María en la encarnación, obra maestra de la historia de la salvación, es tarea del Espíritu producir y formar con María a Jesucristo en los cristianos. Montfort habla a menudo de nacimiento y crecimiento de Cristo en el alma o de la "producción de los hijos de Dios" y "miembros del cuerpo de Cristo": VD 20, 35; SM 13, 67; CV 5; SA 15. Descubre un principio de continuidad-homogeneidad entre el nacimiento de Cristo y el nacimiento de los elegidos de todos los tiempos.
Para Montfort, la comunión de María con el Espíritu Santo se articula en tres planos: funcional, personal y tipológico. San Luis María trata de los dos primeros cuando habla de la sinergia del Espíritu y de María en la concepción de Jesús y del papel de Esposa que ejerce María gracias a su consentimiento de fe. Montfort asimiló igualmente la doctrina de los Padres de la Iglesia sobre María "tipo de la Iglesia", como lo muestra el texto siguiente: "Dios Espíritu Santo quiere formarse elegidos en Ella y por Ella, y le dice: En el pueblo glorioso echa raíces. Echa, querida Esposa mía, las raíces de todas tus virtudes en mis elegidos, para que crezcan de virtud en virtud y de gracia en gracia. Me complací tanto en ti mientras vivías sobre la tierra practicando las más sublimes virtudes, que aún ahora deseo hallarte en la tierra sin que dejes de estar en el cielo. Reprodúcete para ello en mis elegidos. Tenga yo el placer de ver en ellos las raíces de tu fe invencible, de tu humildad profunda, de tu mortificación universal, de tu oración sublime, de tu caridad ardiente, de tu esperanza firme y de todas tus virtudes. Tú eres, como siempre, mi Esposa fiel, pura y fecunda. Tu fe me procure fieles; tu pureza me dé vírgenes; tu fecundidad elegidos y templos": VD 34.
Sin olvidar nunca la diferencia esencial entre el Espíritu Santo y María: VD 18, 157; CT 57, Montfort percibe una identificación mística, una coincidencia espiritual entre el Espíritu Santo y María: "He dicho que el espíritu de María es el espíritu de Dios, porque Ella no se condujo jamás por su propio espíritu, sino siempre por el Espíritu de Dios, el cual se posesionó de tal forma de Ella que llegó a ser su propio espíritu": VD 258.
Aunque a veces adhiere a la teoría de los tres grados, de la cual está ausente el Espíritu: VD 86, Montfort no descuida nunca la obra del Espíritu Santo en el camino de la santificación del cristiano: "Alma querida, hay una gran diferencia entre un cristiano formado en Jesucristo por los medios ordinarios y que , como los escultores, se apoya en su debilidad personal, y otro enteramente dócil, desapegado y disponible, que, sin apoyarse en sí mismo, confía plenamente en María para ser plasmado en Ella por el Espíritu Santo": SM 18.
Para Montfort el Espíritu Santo es el arquitecto de la Iglesia: "Saben que son templos vivos del Espíritu Santo. Como otras tantas piedras vivas, tienen que ser colocados por ese Dios de amor en el templo de la Jerusalén celestial. Dispónganse, pues, para ser labrados, cercenados, cincelados por el martillo de la cruz... Tal vez ese diestro y amoroso arquitecto desea convertirlos en una de las piedras principales de su edificio eterno, en uno de los retablos más hermosos de su reino celestial! Déjenlo actuar". AC 28.
Ciertamente Montfort no dice todo lo referente a las funciones del Espíritu Santo. Nunca habla de la resurrección de los cuerpos como obra del Espíritu Santo y, a nivel eclesial, parece descuidar la doctrina paulina de los carismas. Tampoco presenta al Espíritu como fuente de unidad en la Iglesia. Sin embargo todo eso está incluido en la comparación del arquitecto que estructura el edificio. El Espíritu Santo es el artífice del progreso espiritual de los cristianos "para hacerlos crecer de virtud en virtud y de gracia en gracia": VD 34, hasta la madurez cristiana. El realiza esta obra por María, y por eso Montfort le suplica: "Concédeme amar y venerar mucho a María, a fin de que con Ella formes perfectamente en mí a Jesucristo, grande y poderoso, hasta la plena madurez espiritual": SM 67.
En síntesis, el Espíritu Santo, que ocultó a María en el Evangelio: VD 4, la quiere ver reproducida en sus elegidos: VD 24, 34. La ocultó en la primera venida de Jesucristo, pero la revelará en la segunda: VD 49. El nos revela el "secreto de María": SM 20, 70: cf VD 229. Tenemos, pues, que orar a El para conocerla a Ella: SM 2. Entrar en Ella es gracia del Espíritu Santo: VD 263, es dejarse "plasmar por el Espíritu Santo": SM 18. La santificación de quienes se confían a María para dejarse formar por el Espíritu Santo: cf SM 18, exige renuncia radical y perseverante: renuncia al egoísmo, a los proyectos personales y aun a los dones espirituales: VD 121, 135-137, 222, 259.
Montfort pide una pobreza radical, un vacío total: VD 227, 256, 259, que liberará del espíritu propio y del mundo para hacer disponibles a la novedad cristiana. El compara esta operación con un molde: VD 220, 221; SM 16, 18, y, en este sentido, llama a María el molde de Dios: VD 119, 219; SM 16: "Pero acuérdate, hermano mío, que no se echa en el molde sino lo que está fundido y líquido; es decir, que es necesario fundir y destruir en ti el viejo Adán para transformarte en el nuevo en María": VD 221. Esta imagen no es ambigua, pues no quiere limitar el dinamismo de la persona, sino hacerla totalmente dócil y disponible a la acción de la gracia. El hombre debe despojarse de su egoísmo y de su sabiduría para acoger el don trascendente y transformador que viene de "Dios Solo".
El Espíritu Santo llama al alma a la perfección: VD 257, que El realiza por un fuego de amor: SA 16, 17. Nos inflama en su caridad: CT 141, 11-12; SA 17. El es también el divino escultor que "labra y pule todas las piedras de la Jerusalén celeste": ASE 176. Como Espíritu de verdad nos ilumina: CT 141, 4-6. Como Espíritu de santidad nos purifica: CT 141, 7-8, y nos santifica: CT 4, 6; 111. Como Espíritu de fortaleza nos fortifica: CT 141, 9-10. Como Maestro de toda ciencia: ASE 12, 58, 66, 93-95, nos da el conocimiento de nosotros mismos: VD 79, 213, 228. Consciente del hecho de que el mundo es incapaz de recibirlo : CT 29, 29-30, Montfort quiere que las personas se abran a El.
El Espíritu Santo es la fuente de la Sabiduría encarnada: ASE 118, que, a su vez, es fuente de los dones del Espíritu Santo: ASE 99, pues el Corazón de Cristo es "la fuente admirable de todos los dones del Espíritu Santo": CT 40, 15; "En esta fuente de luces, / los favorecidos de Jesucristo / han bebido los más altos misterios, / los mayores dones del espíritu Santo": CT 40, 27. En estrecha unión con Cristo y con María, el Espíritu Santo dispensa virtudes, gracias y dones; ASE 99; SM 35; VD 25, 140, 217, sobre todo el don de la sabiduría: VD 217; SA 22, y la devoción a María: SM 1, 67, 70, 78; VD 119, 152, 229.
El pensamiento de Montfort sobre los "últimos tiempos": VD 35, 50, 54, 241, y sobre los "apóstoles de los últimos tiempos": VD 50, pediría un desarrollo más amplio. Tales expresiones revelan una concepción compleja del porvenir de la Iglesia; esta concepción hace de Montfort un profeta que remueve con audacia el velo del futuro y mira con clarividencia hasta el fin de los tiempos de los cuales ofrece una concepción original y orgánica. Aquí nos limitamos a dar unas breves indicaciones, remitiendo a estudios más amplios .
A los ojos de Montfort misionero y místico, la situación de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo no es consoladora. Aun si los historiadores hacen notar que las condiciones de fines del siglo XVII se habían beneficiado del gran compromiso pastoral del clero francés, Montfort las califica, en textos convergentes, de "desorden universal": VD 127, "reinado de un mundo corrompido": SM 59, e "imperio de los enemigos de Dios": SA 4. La ola progresiva del pecado va hasta tomar dimensiones cósmicas y no ahorra ni siquiera a la Iglesia: cf SA 5, 14.
Quién podrá obrar la transformación del mundo? Para Montfort no hay ninguna duda: Dios solo puede realizar tal empresa. El participará en la obra del Espíritu por el "diluvio de fuego y de amor": SA 15-16, y por la acción multiforme de María: SA 13, 15, 24-25; VD 49-56, pero también llamará a los hombres, especialmente a los "apóstoles ...de los últimos tiempos": VD 58, a colaborar con El, neutralizando el contraprograma del diablo. Su tarea conllevará un doble aspecto: "destruir el pecado y establecer el reinado de Jesucristo": SM 59.
La obra del Espíritu es preponderante y eficaz; El interviene en los últimos tiempos por el "diluvio de fuego, de amor y de justicia": SA 16-17, como en un nuevo pentecostés. Al Espíritu corresponde crear "sacerdotes todos de fuego, por ministerio de los cuales la faz de la tierra sea renovada y la Iglesia reformada": SA 17, santificarlos: SA 15, reunirlos: SA 20-21, y enviarlos a la misión: SA 9; VD 57. Todo terminará por un "diluvio de fuego..., de justicia", expresión de la cólera divina "que reducirá toda la tierra a cenizas": SA 16-17.
D - Una mariología de relaciones
Para Montfort, el plan trinitario: VD 14-27, y el camino de la Sabiduría al hombre: ASE 105-106, pasan por una mujer: María. Siendo la "excelente obra maestra del Altísimo": VD 5, y colaborando maternalmente con el Padre a engendrar a Jesús y a los cristianos, María es por constitución "toda relativa a Dios": VD 225. La personalidad de la Virgen alcanza su punto culminante al llegar a ser Madre de Dios, contrayendo vínculos eternos con Jesús que sigue siendo en el cielo "el fruto y la relación de María": ASE 204; cf VD 33; SM 78. María no es solamente el trono de la Sabiduría, sino la persona que la acoge en la fe: ASE 105, y se pone completamente a su servicio: ASE 107. Ella está en relación esencial con Jesús su Hijo, como está igualmente en relación con el Espíritu Santo. El Espíritu hace a María nueva creación: cf VD 261, y su colaboradora en la concepción virginal de Jesús, como en la regeneración y formación de los fieles. Montfort expresa estas relaciones a nivel de comunión de amor y de colaboración llamando a María "Esposa" fecunda y fiel del Espíritu santo: VD 20-21, 35-36, 269.
Al leer las obras de Montfort, siente uno el impacto del hecho siguiente: jamás en ellas habla de María por sí misma y de manera individual, sino siempre en relación con el plan de Dios. Hoy diríamos que Montfort tiene de María una visión funcional e histórico-salvífica: María no es constituida para sí misma, sino para los demás. Montfort traduce esta idea en una expresión característica: María es el Molde de Dios: VD 219-221; SM 16-18. Hemos de guardarnos de toda materialización, como si María fuera un molde que modela automáticamente a imagen de Cristo. Montfort explica que se trata de una "comparación hermosa y verdadera": VD 221. Hay que comprenderla en el sentido que él quiere darle: "que sólo en Ella se formó Dios como hombre perfecto, sin faltarle rasgo alguno de la divinidad, y que sólo en Ella se transforma el hombre perfectamente en Dios por la gracia de Jesucristo, en cuanto lo permite la naturaleza humana": SM 16.
Con esta explicación Montfort precisa una realidad que lleva en su corazón. María es esencialmente madre, y su maternidad está ordenada esencialmente a la salvación del hombre: Ella engendra al Hijo de Dios a la naturaleza humana y engendra a los hombres a la vida de hijos de Dios. San Luis María se complace en resaltar la manera perfecta en que María cumple su misión maternal: "al natural". María cumple todo el proceso activo de engendrar y formar sin poner obstáculos a la acción de Dios y a sus propósitos salvíficos. En otras palabras, María colabora fielmente con el Espíritu Santo a fin de que los hombres sean engendrados a la vida divina. Ella se compromete también en la finalidad inherente a la encarnación, según la doctrina de los antiguos Padres: "Dios se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios"
Si María es el "molde de Dios", es decir la madre que engendra de manera perfecta a los hombres a la vida de la gracia, por la impronta dejada en Ella por el Hijo de Dios, se deduce una conclusión de orden espiritual que Montfort no deja escapar: "No se echa en el molde sino lo que está fundido y líquido": VD 221. De esta manera alcanza también su objetivo misionero: interpelar a los cristianos a fin de que reconozcan la función maternal de María y respondan a ella con perfecta docilidad. Quiere convencer a sus lectores de llegar a la consagración de sí mismos a Cristo, pero por manos de María, ya que la docilidad a Ella representa la mejor manera de vivir las promesas del bautismo y de llegar a la transformación en Jesucristo: "Recuerda que María es el grandioso y único molde de Dios apto para hacer imágenes vivas de Dios con pocos gastos y en poco tiempo. Quien halla este molde y se pierde en él, muy pronto se trans-formará en Jesucristo, a quien este molde representa perfectamente": VD 260.
Encontramos un signo que deja transparentar toda la madurez mariológica de Montfort al final del Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, donde afirma: "No tomes a María por el fin último de tus servicios, que lo es únicamente Jesucristo, sino como fin próximo , ambiente misterioso y camino fácil para llegar a El": VD 265. Es una afirmación teológica y antropológica-mente exacta, completa, equilibrada. Sabemos, en efecto, que en ciertos medios se tergiversa el tema de María. Por una parte, nuestros hermanos evangélicos subrayan que María no tiene más valor que el de "servidora del Señor", es decir como elemento funcional en el plan de la salvación. Por otra, a partir de Kant, la antropología moderna rechaza toda instrumentalización del hombre, reconocido en su dignidad de "fin". La teología de la mujer en particular no admite que se trate a la mujer, y por tanto a María, como un simple "medio" e "instrumento", aun en manos de Dios, pues la mujer es ante todo una persona libre y responsable.
Montfort se adelanta a conciliar estas exigencias diversas. De acuerdo con la antropología moderna, reconoce en primer lugar que María es un "fin", es decir que posee una dignidad personal que la hace capaz de una acción o causalidad propia. María merece la confianza del Padre, que le confía "hasta su propio Hijo": VD 23, del Verbo y del Espíritu Santo que le conceden el don inefable de la gracia: VD 34-35. Para Montfort, María es "el sublime y divino mundo de Dios, lleno de bellezas y tesoros inefables": VD 6; cf VD 18, 248; SM 19; ASE 208; y al mismo tiempo la "realizadora de los portentos divinos": VD 28, protagonista por tanto en la obra de la salvación.
En sintonía con la perspectiva protestante, Montfort subraya el hecho bíblico del carácter funcional de María en el orden de la realización del plan divino de misericordia. Sin suscitar ningún prejuicio a su dignidad personal, María está totalmente al servicio del Señor. En este sentido Montfort se complace en repetir como un refrán que María es un "medio" o "camino" que conduce a Cristo a nosotros y nos lleva a Cristo: VD 1, 13, 22, 49, 157, 217, 262.
Para disipar cualquier equívoco, Montfort añade que María es "el ambiente misterioso" donde encontramos a Jesús. En nuestra época Teilhard de Chardin escribió el libro El ambiente divino para mostrar a los laicos que el mundo del trabajo no se debe sustraer a la adoración de Dios: también él es lugar de encuentro con Dios. Con mayor razón, María es ambiente divino, pues el señor está en Ella y con Ella: nos lo revela Ella al facilitarnos el contacto inmediato con El: cf LG 60.
La razón por la cual se encuentra al Señor en María nos la ofrece otra expresión típica de Montfort: "María es toda relativa a Dios. Y yo me atrevo a llamarla la relación de Dios, pues sólo existe con relación a El": VD 225. A la luz de la filosofía de la persona, y aun remontándonos hasta la teología trinitaria, podemos evaluar la importancia de la intuición de Montfort. Según él, se comprende a María gracias a la misma categoría descubierta por la reflexión cristiana para definir a la persona en el ambiente trinitario: la "relación", según la cual la persona divina se constituye por su referencia a las otras dos personas. De igual manera el hombre, hecho a imagen de Dios, sólo se realiza plenamente como persona en relación de acogida y entrega a los otros.
A causa de su relación particular a la Trinidad, el encuentro con María se convierte en encuentro con Dios. Por su constitución misma, Ella envía más allá de si misma. La acogida de María y la entrega total a Ella, que pide Montfort a los cristianos, continúa y se transforma en entrega de amor a la Trinidad, fuente y culminación del itinerario del hombre hacia su plenitud.
En la elaboración mariana de Montfort, es fundamental su experiencia espiritual. El mismo resume esta experiencia cuando presenta su vida como un ejercicio contínuo de acogida de María y de disponibilidad total a su misión maternal: "Mil y mil veces - como San Juan ante la cruz - he aceptado a María por tu don más precioso. Y cuántas veces me he consagrado a Ella!": SM 66.
No hay que descuidar sin embargo, las influencias ejercidas en Montfort por las tres culturas popular, barroca y crítica.
Ante todo, aparece claramente que los libros del siglo XVII son la base espiritual y mariana de Montfort. El cita las obras de Poiré, Barry, Boudon, Los Rios: VD 26, 117, 159, 161, pero conoce también a Spinelli, d'Argentan, Grenier, Crasset, Boissieu, Nicquet, Bernardin de París, Camus..., a quienes resume en su Cuaderno de notas. Esto explica cómo, en el Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, son citados varios hechos culturales de la época barroca, comenzando por el concepto clave de la amplificación. Se puede detectar un signo de tal dilatación en el hecho de que Montfort consagra al culto mariano dos libros bien estructurados y articulados: el Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen y El Secreto de María, en los cuales enfoca no una devoción cualquiera, sino su forma mejor y más santificadora. La búsqueda de la optimación no podría ser más explícita en los dos tratados de Montfort, que preconiza una verdadera forma de espiritualidad cristocéntrico-mariana cuya intensidad y extensión son difíciles de superar: VD 158-168, 179-181; SM 28-42
En cuanto a la grandeza de María, Montfort no escatima elogios para reconocerla: "excelente obra maestra del Altísimo": VD 5, "sublime y divino mundo de Dios, lleno de bellezas y tesoros inefables": VD 6, "la más perfecta y santa de las puras creaturas": VD 157. Ante los dones y las virtudes de María, exclama Montfort, lleno de estupor: "Oh altura incomprensible! Oh anchura inefable! Oh grandeza sin medida! Oh abismo impenetrable! ": VD 7. Al considerar luego que "María es digna Madre de Dios", la actitud de Montfort se hace apofática: renuncia a las imágenes y elige el silencio; "Enmudezca aquí toda lengua": VD 12. De esta excelencia fluye la expresión De María nunca se dirá lo suficiente, expresión que no se encuentra antes de él y que escribe en caracteres tres veces mayores al comienzo del Tratado. Según la tradición, Montfort no quiere decir con ello que hay que hablar siempre de María, sino que jamás dejamos de honrar a la Madre de Dios con tributos de "alabanza, respeto, amor y servicio"; VD 10. Aun siendo "Virgen singular y milagrosa": VD 35, María es una pura creatura salida de las manos del Altísimo": VD 14, y "servidora del Señor": VD 72. No hay en Ella nada excesivamente sublime o deslumbrante. Al verla, vemos nuestra propia naturaleza": VD 85.
A pesar de la inferioridad de la mujer en el siglo XVII, Montfort no duda en acentuar la obra de María tanto en el orden místico como en el salvífico. María es "el milagro de los milagros de la gracia, de la naturaleza y de la gloria": VD 12. Colmada de la gracia del Espíritu Santo, "siguió creciendo de día en día y de momento en momento en esta doble plenitud, de tal manera que llegó a un grado inmenso e incomprensible de gracia": VD 44. "Modelo perfecto" de virtud: VD 46, 260, es "de todas las creaturas la más conforme a Jesucristo": VD 120. Dócil al Espíritu Santo hasta el punto de hacer un sola cosa con El: VD 258, María es ejemplo y formadora de vida mística: es un "vaso espiritual... y morada espiritual de las almas más espirituales"; VD 178, y le están reservadas la formación y educación de los grandes santos...": VD 35. La cooperación salvadora de María comienza en su consentimiento a la encarnación y al sacrificio de Cristo: VD 16-18, y continúa en la concepción espiritual de los hijos de Dios y en la distribución universal de las gracias": VD 25, 29-33.
Como muchos de sus contemporáneos, Montfort utiliza con frecuencia el simbolismo para expresar la realidad de María. En el Tratado, se pueden contar por lo menos 80 símbolos con los cuales presenta a María de manera concreta, que habla a la imaginación y es rica en significado. Su clasificación según la fórmula propuesta por Durand-Bernard hace evidente la presencia de las dominantes de verticalidad, alimento, camino y ciclo. María es templo, trono, estrella, árbol, porque conduce hacia Dios; es seno, arca, vaso, paraíso terrestre, porque es madre que acoge en la intimidad; es vía o camino, canal y puerta, porque es camino hacia la madurez; finalmente, es aurora, luna, tierra, molde, pues es anunciadora de vida renovada. Montfort prefiere los símbolos del alimento y del camino, mostrando en María no una madre posesiva o acaparadora, sino que acoge a los fieles para incitarlos a progresar espiritualmente.
No obstante todo lo que hemos afirmado hasta ahora, hay que notar que Montfort se deja interpelar también por la cultura crítica y pre-iluminista. En efecto, conoce los críticos de la devoción a María y escucha el eco de Widenfeld: VD 64 y 93-94. Y no duda en apartarse de sus "mil falsas razones": VD 64, y de sus actitudes que "hacen un daño incalculable a la devoción a la Santísima Virgen, alejando de ella definitivamente a los pueblos so pretexto de desterrar abusos": VD 93. Admite sin embargo, que "lo que dicen es verdad en cierto sentido": VD 94. Por la confrontación con la corriente crítica, Montfort es sensible sobre todo a nivel del marco salvífico, de la primacía de Cristo, de los abusos en la devoción a María, de la exigencia de precisión en el lenguaje que concierne a los títulos atribuidos a María. Sin los estímulos del ambiente pre-iluminista, no tendríamos las magníficas páginas del Tratado, llenas de citas bíblicas sobre Cristo principio y fin de toda devoción: VD 61-67, ni la afirmación de la distancia entre Dios y María, que, "comparada a su Majestad infinita, es menos que un átomo, o mejor no es nada, pues sólo El es "El que es": VD 14. De la exigencia crítica surge la denuncia de los falsos devotos de María, en particular de los devotos presuntuosos que Montfort estigmatiza con palabras de fuego: VD 97-110, como también surgen numerosas precisiones conformes al rigor teológico, por ejemplo referentes al poder de María sobre Dios mismo: VD 27, a la necesidad hipotética de María: VD 39, a la diferencia entre la mediación de Cristo y la de María: VD 84-85...
La cultura barroca y la cultura crítica, que se inserta en la primera modificándola, están ambas amalgamadas por la cultura popular de los "pobres" y de los "sencillos", a los cuales dedica Montfort su Tratado: VD 26. El destinatario influye en la elección de Montfort, quien se aparta del gran volumen de Poiré: VD 28, como también del lenguaje místico y contemplativo de Bérulle y de la enumeración de prácticas adoptada por Barry. Presenta un libro ágil en el cual une principios teológicos y prácticas de devoción, actitudes profundas y expresiones exteriores. Montfort adopta sobre todo las claves de la cultura popular al presentar la devoción a María como "un secreto", una "piedra filosofal", casi como una receta sencilla y eficaz: SM 1, 20; VD 11, 248, 264; 152-168. Recurre a lo "maravilloso" y acepta sin mucha exigencia crítica relatos e historias edificantes, que corresponden al gusto popular: SAR 33. Valora las procesiones y peregrinaciones, compone cánticos y funda asociaciones y cofradías: expresiones que responden a la sicología de las masas. Recurre a imágenes y comparaciones propias de la sabiduría popular: VD 78, 82, 147, 181. Dando confianza al pueblo, Montfort no le presenta un cristianismo de segunda categoría, sino una espiritualidad cristiana orgánica y completa que incluye la entrega de toda la vida a Cristo por María.
Mediante la triple presión cultural, elaboró Montfort una presentación de María y del culto mariano rica en valores; presentación que se impondrá a la espiritualidad pastoral a partir del redescubrimiento del Tratado en 1842.
Claridad de la estructura y precisión del lenguaje
El teólogo debe exponer de manera clara y en un lenguaje preciso las verdades de la salvación, sin por ello eliminar el sentido del misterio.
Ahora bien Montfort hace gala en todas sus obras de una gran claridad de lenguaje. Se ha podido resaltar en sus escritos, sobre todo en ASE, SM y VD, una estructura bipartita: necesidad y naturaleza. Establece divisiones y subdivisiones, con el fin de fijar bien su enseñanza en el espíritu de sus oyentes. Distingue por ejemplo las diversas nociones de sabiduría: ASE 13, las diferentes categorías de falsos devotos: VD 92-104, las características de la verdadera devoción: VD 105-114; SM 24-27... Establece la naturaleza de la perfecta consagración a Jesucristo por manos de María: VD 120-134, sus motivos: VD 135-182, su figura bíblica: VD 183-212, sus efectos: VD 213-225, y sus prácticas exteriores e interiores: VD 226-265.
Además del lenguaje claro y comprensible, es importante notar el cuidado típicamente teológico con que Montfort evita toda expresión imprecisa o errónea, rectificando oportunamente las afirmaciones precedentes a fin de eliminar todo equívoco. Un ejemplo de esta manera de proceder es el pasaje bien conocido de VD 20-21 sobre la fecundidad del Espíritu Santo, que ha llamado la atención de tantos sabios. Montfort afirma que el Espíritu Santo es "estéril en Dios, es decir no produce otra persona divina ", pero que "se hizo fecundo por María, su Esposa": VD 20.
Inmediatamente siente la necesidad de precisar su afirmación: "No quiero decir con esto que la Santísima Virgen dé al Espíritu Santo la fecundidad, como si no la tuviese, ya que, siendo Dios, posee la fecundidad o capacidad de producir tanto como el Padre y el Hijo, aunque no la reduce al acto al no producir otra persona divina. Quiero decir solamente que el Espíritu Santo, por intermedio de la Santísima Virgen, de quien ha tenido a bien servirse, aunque de manera absoluta no necesita de Ella, reduce al acto su propia fecundidad, produciendo en Ella y por Ella a Jesucristo y a sus miembros: VD 21; cf SA 15. Montfort toma este pensamiento de d'Argentan y de Bérulle , pero retoma la doctrina de Santo Tomás de Aquino: S.Th I, 41, 5, con vivo sentido del misterio y adopción plena del lenguaje clásico, teniendo en cuenta lo dicho del Espíritu Santo como persona: estéril in actu, y como naturaleza: esencialmente fecundo. Aun respecto de la sumisión de Jesús a María, tema que colma de admiración: VD 139, 156-157, Montfort tiene cuidado de precisar que "María es Señora de la Sabiduría. No porque sea superior o igual a la Sabiduría divina, que es verdadero Dios. Blasfemo sería pensarlo o decirlo". Y agrega, refiriéndose a la economía de la encarnación, que María como Madre de Jesús "tiene autoridad sobre El y El, en cierto modo, le está sometido, porque así lo quiere": ASE 205.
Igualmente, sobre la mediación de Jesús y de María, Montfort aporta una contribución muy clarificadora, propia de él. No equipara Jesús a María, sino que hace una distinción esencial de la función proclamando con términos inequívocos la unicidad de la mediación de Cristo: VD 61-67, 83-86, 164. Aceptando la teoría de los tres grados, en la cual no se explicita la función del Espíritu: VD 86, Montfort distingue cuidadosamente a Jesús: "nuestro Mediador de redención": VD 84, 86, de María, "nuestra Mediadora de intercesión": VD 86
Con R. Laurentin hay que reconocer sobre todo en el cristocentrismo uno de los méritos más originales de San Luis María de Montfort. El supera el lenguaje mariocéntrico, corriente en su época, por una "conversión teocéntrica". Un dato histórico importante es que Grignion de Montfort, heredero de la corriente de los esclavos de María iniciada en España a finales del siglo XVI: 1595, y difundida por todas partes en menos de medio siglo, obró una revolución en el vocabulario de sus predecesores, al dirigir explícitamente esta consagración a Cristo y a Dios Solo.
Aunque en sus predecesores la referencia a Cristo con frecuencia está ausente o implícita, Montfort la explicita reconociéndole la primacía axiológica. Respecto del lenguaje, no se preocupa. Juzga legítimo hablar de "esclavitud de Jesús" y "esclavitud de María": VD 244, conforme al uso de la época, pero prefiere decididamente la denominación cristológica a la mariana: "Observa que digo ordinariamente: el esclavo de Jesús en María, la esclavitud de Jesús en María": En verdad se puede decir, como muchos lo han hecho hasta ahora: el esclavo de María, la esclavitud de la Santísima Virgen. Pero creo que es preferible decir: el esclavo de Jesús en María, como lo aconsejó el Señor Tronson...": VD 244.
Montfort juzga verdaderas las dos expresiones "esclavitud de Jesús" y "esclavitud de María", y por eso utiliza con sencillez y sin ningún escrúpulo una u otra. Sin embargo prefiere deliberadamente el lenguaje cristológico por dos razones: "para no dar ocasión de crítica sin necesidad": VD 245, a los espíritus fuertes e hipercríticos de su tiempo, que a todo le encuentran dificultades; y para tener una visión global que no se detiene en el medio, sino que da la prioridad al fin: tomar "el nombre de esta devoción preferiblemente de su fin último, que es Jesucristo, y no de María, que es el camino y medio para llegar a la meta": VD 245.
La meta cristológica de la devoción mariana toma nuevo impulso en la parte central y más original del Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen: VD 120-131. El carácter cristocéntrico de la espiritualidad monfortiana emana de su fundamento que es el bautismo, pues implica "una perfecta renovación de los votos y promesas del santo bautismo": VD 120, 126, y de su fin último que es Jesucristo, ya que consagra "a Nuestro Señor, como a nuestro fin último, al cual debemos todo lo que somos, como a nuestro Redentor y a nuestro Dios": VD 125.
Aunque utilizó las obras de sus predecesores, Montfort alcanza un objetivo ignorado hasta entonces o apenas abordado por ellos: la identificación entre la consagración a Cristo como renovación perfecta de las promesas bautismales y la entrega de sí mismo a María .
Precisando claramente que este tipo de consagración hace reconocer nuestra dependencia respecto de Cristo como creaturas y como rescatados, y constituye por tanto un acto de adoración, Montfort aplica a María la consagración como entrega total y perpetua, pero en el plan de la dulía o veneración, sin implicar por tanto el amor sumo propio de la adoración. En vez de yuxtaponer las dos consagraciones, como lo hace Bérulle, en Montfort la entrega a María tiene por objeto alcanzar la donación perfecta a Cristo: "Nos consagramos , al mismo tiempo, a la Santísima Virgen y a Jesucristo. A la Santísima Virgen, como al medio perfecto escogido por Jesucristo para unirse a nosotros, y unirnos a nosotros con El. Unirnos a Nuestro Señor, como a nuestra meta final..": VD 125.
Inculturación a la medida del pueblo
Montfort es reconocido por diferentes autores como un mediador típico de cultura popular , que, en vez de talar la vegetación abundante de la cultura devocional, se preocupa de injertar en ella la más alta mística y el cristocentrismo más riguroso .
Gran conocedor de la cultura popular, Robert Mandrou, al hablar de Montfort con relación a la evangelización del pueblo, observa: "Grignion de Montfort, a principios del siglo XVII, es ciertamente uno de los escasos clérigos de la Iglesia de Francia que comprendió la necesidad de renovar la enseñanza eclesial a favor de los pobres, es decir de la gran mayoría de la población francesa" .
Cuando Montfort aparece en la escena de la pastoral postridentina, ésta había ya realizado una profunda transformación en la Iglesia de Francia. La época de las iniciativas del clero francés de 1650 a 1690, como la institución de los seminarios, la enseñanza escolar, las misiones populares y las obras de espiritualidad, ya había pasado: qué le quedaba pues por hacer a San Luis María, conservar o repetir? El análisis de su personalidad evangélica y misionera pone de relieve su originalidad, tanto en sus opciones como en los métodos empleados y en el contenido de su predicación.
El primer elemento de novedad que distingue a Montfort de los misioneros que lo precedieron y de los sacerdotes hechos a la mentalidad clerical y burguesa, es su participación en la vida del pueblo, es decir de los pobres. Comprendió que no podía imitar a Jesucristo y evangelizar a los pobres sin hacerse pobre él mismo. Al cambiar sus vestidos con los de un andrajoso, cambia su condición sociológica. Así, renunciará a los beneficios eclesiásticos y a las misiones "fundadas", se contenta "con la comida de los pobres, sin ninguna entrada fija: C 10, y se encuentra a gusto entre ellos. El compartir la vida con las clases más pobres del pueblo llevó a Montfort a adoptar la cultura popular hasta asimilar y apropiarse sus palabras claves, el lenguaje, las exigencias profundas, los valores, los gustos y las expresiones.
A pesar del peligro de prestarse a las recetas, Montfort recurre al lenguaje de lo maravilloso para traducir los misterios de Cristo y las obras maravillosas de Dios. Por eso utiliza con agrado la palabra "secreto" para indicar algo misterioso, incomprensible sin la gracia del Espíritu Santo, y que se aprende progresivamente por la experiencia. Montfort presenta como "secreto" la persona de María y las maravillas que Dios ha obrado en Ella: SM 20; VD 111, 248, 264, la cruz: ASE 167-168, la Eucaristía; ASE 71, la consagración mariana como camino maravilloso de santidad: SM 70; VD 64, 82, 119, 177, 220, el rosario, medio particularmente eficaz desdeñado por los espíritus fuertes: SAR 4, 113; VD 177.
Para satisfacer la experiencia popular que requiere de una palabra acorde a un programa, de una fórmula sencilla, de una cierta receta eficaz, Montfort propone la devoción mariana como secreto, medio y camino fácil, corto, perfecto y seguro: VD 152-168. Presenta además el Ave María como piedra de toque para distinguir a los elegidos: SAR 50-51, la cruz y la limosna como piedra filosofal que transforma la tierra en cielo: AC 26; CT 17, 23-24.
Contra la mentalidad sabia y crítica, Montfort acepta con distinciones: SAR 33, y emplea relatos e historias maravillosas: SAR, con cierta frecuencia, porque sabe que las narraciones son medios necesarios para comunicar en verdad con las gentes del campo alérgicas a los discursos abstractos.
Como experto en sicología de las masas, valora la velada, la institución popular por excelencia que reúne en las tardes grupos familiares para escuchar, comunicar, cantar. Responde también a la exigencia de las gentes que gustaban apoyarse en los comportamientos establecidos, en las prácticas y reglamentos, componiendo Cánticos populares: compuso alrededor de 24.000 versos, fundando asociaciones o cofradías a las cuales daba reglamentos; y proponiendo el rezo del rosario en común ante una estatua o imagen de la Virgen. En el Contrato de alianza, luego de los compromisos esenciales de fe y de entrega a Cristo por María, Montfort añade una serie de prácticas sin las cuales el pueblo no hubiera podido retener nada de lo que había prometido.
Esta opción por el pueblo sencillo y pobre responde a una visión teológica asimilada en la Sagrada Escritura, según la cual el Reino de Dios se ofrece solamente a los pequeños, a los pobres y a los humildes. Cristo mismo se hace pobre y se oculta misteriosamente en los pobres y en los que sufren: CT 17, 14-15. Montfort tiene un gran aprecio por las gentes sencillas y los pobres, por ser los más disponibles a la sabiduría de Dios. La santidad consiste en ser espiritualmente pequeño: AC 31; VD 54; C 34.
La actitud de Montfort para con la gente sencilla consiste ante todo en escucharla y combatir los prejuicios de que es víctima. El Cántico 18: Los gritos de los pobres, es una descripción realista de su situación dolorosa; Dios no los censura, sino que les promete su intervención de justicia y de bondad, como en el Magnificat: CT 18, 7.
La aceptación de la cultura popular no dispensó a Montfort de un doble esfuerzo: combatir las expresiones no asimilables por el cristianismo, es decir los pecados y las incoherencias del pueblo, y presentar un programa serio y comprometido de vida espiritual. El misionero teólogo combatió el riesgo principal de la religión popular: la separación entre culto y vida, la incoherencia entre la fe cristiana y la conducta de todos los días, la actitud más o menos mágica que se limita a la recepción de los sacramentos. El exige la toma de conciencia y la renovación personal de las promesas del bautismo, el paso de un cristianismo por poder a una elección consciente de Cristo por María: VD 126, la consagración total de sí mismo para el tiempo y la eternidad. A este fin apuntan su predicación, centrada generalmente en la frase: "renuncio al demonio, a sus pompas y a sus obras, y me adhiero a ti, Jesús mío", como también las diferentes iniciativas de su misión: la procesión que organizaba el día de la renovación de las promesas del bautismo, resalta mejor que cualquier otra cosa el esfuerzo de San Luis María para integrar piedad popular y compromiso cristiano.
Como hijo de un abogado, había percibido la importancia de los pactos y de los contratos en una época en la cual reinaba el espíritu jurídico. Pedía a los cristianos que ratificaran un Contrato de alianza con Dios por el cual se comprometían, no a un cristianismo de formato reducido, sino a una unión mística, a "una relación personal con Cristo, que fuera a la vez comunión en sus misterios y consagración de toda la vida" . Para decirlo en forma más clara: exigía de todos los bautizados la santidad de Cristo, convencido de que los verdaderos cristianos son los santos.
El cántico Reglamento de un hombre convertido en la misión traza un programa de cristianismo ferviente que exige un corazón indiviso y prácticas fervorosas: CT 139, 4-5. En el Contrato de alianza, tales prácticas son la Misa, cuando es posible, la meditación, el rosario y el examen de conciencia, sin contar la hora mensual de adoración, la confesión al menos cada mes, el retiro anual. Insiste especialmente en el rosario, que considera como una meditación profunda adaptada al pueblo y que responde a ciertas exigencias de su tiempo: SAR 75. En resumen, Montfort exige del cristiano un abandono activo y permanente a Jesucristo, que pide la renuncia de sí mismo, la conversión, la configuración con Cristo y el recurso a María para lograr la fidelidad a las promesas del bautismo.
En esta perspectiva, el Tratado de la Verdadera Devoción aparece como un libro de espiritualidad mariana popular. Montfort deja de un lado en él las citas eruditas, para "declarar sencillamente la verdad" pues se dirige "particularmente a los pobres y sencillos": VD 26. Por eso, aun antes de trazar la imagen evangélica de María, San Luis María insiste en el poder y la bondad reales de María glorificada: VD 28, sabiendo que sólo por tal representación de María, Madre y Reina de los hombres, está seguro de obtener la confianza de la gente y de atraerla a la entrega amorosa a María y a Jesús por manos de María. Grignion de Montfort creía en la gente y le ofrecía una espiritualidad orgánica, más aún mistagógica o guía espiritual, que lleva a la experiencia mística de la presencia de María en el alma y de la paternidad del Dios de Amor: SM 21, 41, 52; VD 169, 215.
Montfort optó por la tradición y por el pueblo, al aceptar una devoción afectuosa y manifestada exteriormente, pero estuvo atento a las nuevas tendencias, críticas o jansenistas, en lo concerniente a sus valores cristianos: grandeza de Dios y humildad de María: VD 14, 2-5, mediación única y centralidad salvífica de Cristo: VD 60-67, condenación de los falsos devotos: VD 92-104, relación de María con la Trinidad: VD 14-36.
El equilibrio entre teología y devoción, entre espiritualidad y práctica, entre lenguaje popular y experiencia personal, hace del Tratado un punto de referencia del culto mariano y de la dimensión mariana de la espiritualidad en la Iglesia. La consagración cristocéntrico-mariana propuesta en el Tratado es un camino eficaz para vivir un cristianismo maduro y responsable y para poner por obra, en la estela de la servidora del Señor, una opción fundamental por Cristo.
Perspectiva espiritual para una experiencia cristiana profunda
La teología de Montfort no es comprensible fuera de la santidad y misión de la Iglesia. Desde su estadía en los seminarios de París, Luis Grignion deja la Sorbona y opta decisivamente por la "ciencia de los santos", y por tanto por la "sabiduría de la cruz". Se distancia de los teólogos académicos que se acercan a la verdad haciendo abstracción de la perspectiva espiritual o devota: "hablo de los cristianos católicos, y aun de los doctores entre los católicos, que haciendo profesión de enseñar a los otros las verdades, no te conocen a ti, ni a tu santa Madre, sino sólo de manera especulativa, seca, estéril e indiferente": VD 64.
El misionero critica sin lástima a los expertos en la fe, que no la viven: VD 26, 63, 65 93; CT 2, 39-40; 14,24; 23,42-46. Aspira a "gustar" y "hacer gustar a los otros": ASE 10, 121, 187, 193, la Sabiduría de Dios, que él experimenta. Se diría que no interrumpe el diálogo con Dios cuando tiene que hablar de sí mismo. Por eso San Luis María dirige oraciones a Cristo Sabiduría: ASE 1-2, 223-225, a Jesús, al Espíritu Santo y a María: SM 66-69, y añade la súplica que San Agustín dirige a Jesús: VD 67. Los Cánticos terminan con frecuencia en plegarias dirigidas a las divinas personas, a María y a los santos: CT 14, 53-57; 22, 28-32; 24, 31-39..., o son ya súplicas a menudo llenas de tristeza: CT 47, 78, 81-84, 90, 103, 111, 124, 126....
Tras las oraciones que revelan una dimensión espiritual en Montfort, su teología, como en otro tiempo la de los Padres, presenta un carácter sapiencial, ya que busca esencialmente la salvación y la perfección cristiana. En sus escritos, Montfort emplea un estilo parenético orientado siempre a un fin espiritual, que reviste diferentes modalidades: adquisición de la Sabiduría: ASE 203, 220-222; crecimiento del árbol de vida: SM 70-78; formación del devoto de María y discípulo de Jesucristo: VD 111; "transformación de sí mismo en Jesucristo": VD 119, que equivale a la "unión divina": VD 164.
Hay que reconocer a Montfort, según A. Lhoumeau, el título de "cabeza de escuela de espiritualidad", ya que propone "un sistema de espiritualidad, una forma especial de vida interior, y no solamente un conjunto de prácticas piadosas". El ha unido "en un todo homogéneo ciertos puntos de vista de los cuales clarificó algunas partes y desarrolló hasta el final las consecuencias prácticas" .
En el itinerario de formación para alcanzar la perfección cristiana, Montfort atribuye un papel decisivo a la devoción a María: ASE Cap. XVII, a más de VD y SM. Con María, en efecto, se vive todos los días el misterio pascual en su doble ritmo de renuncia y entrega pedido por la perfecta consagración a Cristo, que implica la renuncia a Satanás y la donación de sí mismo como renovación de las promesas bautismales: VD 120-130. En otras palabras, se cumplen la fase ascética de despojo del hombre viejo, y la fase mística de comunión con Dios-Trinidad, realizada por nuestra inmanencia en Cristo y la de Cristo en nosotros: ASE 214; SM 56; VD 20, 37, 61, 212, y por la fidelidad a la obra del Espíritu Santo: VD 258. Esta experiencia cristiana se realiza concretamente en la comunidad eclesial por los sacramentos, sobre todo el de la Eucaristía: RM 56; ASE 140; VD 266-273.
La vida espiritual no se encierra en la vida devota, sino que se hace testimonio y evangelización en el mundo. Lo que Montfort propone a la Compañía de María y a los apóstoles de los últimos tiempos vale para todos los que se consagran a Cristo por manos de María. Los misioneros deben dejarse guiar por el Espíritu Santo sin impedimento de orden afectivo o económico: SA 7-9.
Conclusión
La presente exposición ha puesto de relieve los aspectos más evidentes de la doctrina de San Luis María de Montfort, mostrando el fundamento sólido del título de "teólogo de clase" que le atribuyó Juan Pablo II. Este partió de su experiencia personal que lo condujo a reconocer en el autor del Tratado de la Verdadera Devoción al verdadero mistagogo o guía espiritual que conduce de manera segura a una mayor comprensión del misterio cristiano. Para él no se trata de razonamientos ni de especulación, sino de un hecho concreto incontestable. La repetida lectura del Tratado no se limitó a resaltar aspectos periféricos del cristianismo, ni se detuvo en la devoción a María, sino que condujo al joven seminarista a los altísimos misterios de la encarnación, de la redención y de la Trinidad, y lo llevó hasta consagrar toda su vida a Cristo por manos de María. Así se comprende el juicio maduro en el espíritu de Juan Pablo II respecto de Montfort, quien desempeñó para él la función de un excelente teólogo espiritual.
Mirando toda la producción teológico-espiritual de Montfort y no sólo el Tratado, el atributo de "teólogo de clase" adquiere una consistencia aún más amplia. Como ya se ha resaltado, es urgente salir de la reducción injusta de su mensaje a la enseñanza mariana. Al respecto Montfort espera que se le haga justicia. De hecho con demasiada frecuencia, se le cita y recuerda únicamente a propósito de su doctrina mariana, mutilando las partes más vitales de su pensamiento espiritual y tildándolo de excesivamente unilateral. No hay que olvidar tampoco que Grignion de Montfort, el misionero popular, en su predicación y en su acción pastoral, sabía presentar bien el misterio cristiano en todo su contenido, y de ello tenemos numerosas trazas, registradas todas, puestas en evidencia y evaluadas seriamente.
El lector queda impresionado por el tono de los escritos de Montfort, persuasivo y directo al corazón, pero siente a la vez repugnancia por las devociones afectadas y excesivas. Por otra parte, uno de los méritos de San Luis María es haber sacado la devoción mariana del dominio de las prácticas piadosas facultativas, basándola en el sacramento del bautismo y dándole así una orientación cristológica y eclesial. Es la vida cristiana misma valorizada por la comunión con Aquella que es el modelo de consagración a Cristo el Señor.
Aunque esté ligada a las culturas de su tiempo, la espiritualidad monfortiana presenta una riqueza inagotable y un atractivo para el mundo contemporáneo. Las interpretaciones son variadas. Es reconocida la actualidad de Montfort: "es de su siglo...y...se nos adelanta": A. Lhoumeau, La vie spirituelle....,14. Se afirma que la espiritualidad mariana de Montfort responde a las necesidades de nuestro tiempo confirmando las verdades fundamentales del cristianismo, sirviendo de terapia contra la independencia respecto de Dios propia de nuestra época, despertando el sentido del bautismo y de la entrega de sí mismo a Cristo e incitando a descubrir el misterio de la encarnación. Al final del II Milenio, crece la actualidad de Montfort a la vez como "teólogo de la Sabiduría eterna" y como profeta de los últimos tiempos. San Luis María no solamente muestra a Cristo como Maestro de Sabiduría que ilumina y da sentido al camino del hombre, sino que coloca a los cristianos en el tiempo del Espíritu Santo, suscitando en ellos el sentido de la misión y de la disponibilidad al plan de salvación a ejemplo y bajo la guía de María.
Si "teólogo de clase" indica una experiencia profunda del misterio y una excelente manera de comunicarla, Montfort se ha mostrado tal por su vida y por sus escritos. A su contacto brota espontáneamente la doxología o alabanza al plan trinitario de la salvación que se desarrolla en la historia por el encuentro con las divinas personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, con María, la Iglesia y el mundo. La doctrina de san Luis María no es estática, sino esencialmente dinámica, pues adiestra al lector, lo lanza por los senderos del tiempo y lo proyecta hacia los últimos tiempos y a las últimas realidades. Entonces cesarán el éxodo espiritual y los viajes apostólicos para dar lugar a la última palabra de la teología, el silencio que desborda en alabanza: "Que no haya sino un solo rebaño y un solo pastor y que todos te den gloria en tu templo. Amén": SA 30.
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