INTRODUCCIÓN
San Luis María Grignion de Montfort
podría ser considerado como Doctor del Amor de Jesucristo en María.
Hablando de Jesús, definió su doctrina en su realidad más profunda:
"secreto maravilloso para encontrarte y amarte debidamente" (VD 64).
Para él la realidad central es el Amor de Jesús: "ese amor que estamos
buscando por medio de la excelsa María" (VD 67). El camino que a todos
enseña, el de la perfecta devoción a María, es el mejor camino
para alcanzar la santidad, es decir la plenitud de la comunión con
Jesús: "Esta devoción nos es necesaria para hallar perfectamente a
Jesucristo, amarlo con ternura y servirlo con fidelidad" (VD 62).
La doctrina contenida en sus escritos
presenta las características de profundidad, simplicidad y
radicalidad. Es una doctrina cristocéntrica y trinitaria, mariana,
eclesial y misionera. Es una espiritualidad de confianza y de
amor, un camino de santidad abierto a todos los bautizados, y en
primer lugar a los más pobres y sencillos.
El éxito extraordinario del Tratado
de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen muestra de manera
brillante cómo la Iglesia entera, pueblo de Dios, ha recibido la
doctrina de Luis María. Traducida a un gran número de lenguas, esta
obra no ha dejado de ser difundida en el todo el mundo.
Junto con los otros escritos de San Luis
María, especialmente el Secreto de María y El amor de la
Sabiduría eterna, el Tratado de la Verdadera Devoción
muestra de manera luminosa el puesto esencial de María en el Misterio
de Cristo y de la Iglesia, así como la dimensión mariana de la vida
cristiana. Por esta razón, el Tratado ha ejercido una inmensa
influencia en la Iglesia del siglo XX, en los santos y beatos, en las
comunidades cristianas y en los movimientos eclesiales, en los
pastores y teólogos. Pero sobre todo, la actualidad eclesial del
Tratado se ha manifestado en la persona del Papa Juan Pablo II que
no ha dejado de beber en esa fuente. Su lema episcopal: Todo tuyo
viene del Tratado;
y resume toda la doctrina, expresando de la manera más breve la
pertenencia total a Jesús por María.
Luego de su descubrimiento en 1842, el
Tratado ha sido reconocido universalmente como la obra maestra
de Luis María. Con el Secreto de María que resume su contenido,
el Tratado es la obra del santo que ha conocido un mayor número
de ediciones y traducciones. El presente estudio tiene pues como
objeto principal el Tratado y el Secreto. Su intención
es mostrar el valor teológico, la profundidad y universalidad de su
doctrina. Para ello se articula en tres secciones:
I. "Un Teólogo de Clase" -
Esta afirmación de Juan Pablo II se
desarrolla y demuestra de cierta manera en la primera sección.
II. La contemplación del misterio de
la fe con María y en María -
Esta segunda sección ilumina el contenido doctrinal del Tratado
desde el punto de vista de la fe: teología dogmática.
III. La Esclavitud de Amor de Jesús
en María - En el vínculo de
la fe, la última sección desarrolla el aspecto del Amor, la Caridad,
utilizando con renovada osadía el símbolo principal del autor, el de
la esclavitud de Amor, símbolo bíblico que se refiere
esencialmente a la kenosis, o anonadamiento del Hijo de Dios "que por
nuestro amor tomó forma de esclavo" (VD 72), en los
misterios de la Encarnación y de la Cruz.
I. "UN TEOLOGO DE CLASE"
Al referirse al Tratado de la
Verdadera Devoción el Papa Juan Pablo II afirma: "el Autor es un
teólogo de clase".
Para ilustrar esta afirmación vamos a considerar las principales
características de la teología de Luis María. Es preciso ante todo
colocarla en la gran perspectiva de la teología de los santos,
lo que él mismo llama "la ciencia suprema de los santos" (ASE 93).
Luego conviene mostrar brevemente cómo el Tratado es una
admirable síntesis doctrinal, que pone en evidencia su
arquitectura, dinámica y armonía. En fin debemos considerar
atentamente la introducción del Secreto de María, en la cual el
autor expresa de manera muy clara su intención: enseñar a todos el
mejor camino para llegar de manera segura a la santidad.
A - La gran ciencia de los santos como
ciencia del Amor divino
Luis María ilustra admirablemente esta
ciencia de los santos.
De ella habla explícitamente en el Amor de la Sabiduría eterna.
En efecto, la Sabiduría "comunica al hombre la ciencia suprema de los
santos" (ASE 93): "En esta fuente infinita de luz bebieron los más
grandes doctores de la Iglesia, entre otros, Santo Tomás de Aquino,
como él mismo lo afirma, aquellos admirables conocimientos que los han
hecho dignos de elogio. Es de notar que las luces y conocimientos que
comunica la Sabiduría no son áridos, estériles o carentes de devoción,
sino luminosos, llenos de unción y piadosos, conmueven y alegran el
corazón e iluminan el conocimiento" (ASE 94).
Lo que dice Luis María corresponde a la
enseñanza de Santo Tomás sobre el Don de la Sabiduría (II-II q. 45).
Este conocimiento es fruto del Amor, de la caridad, que está presente
en todos los santos en grado eminente, en relación con la grandeza de
su Amor. En efecto, "todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a
Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios, pues Dios es Amor" (1 Jn
4,7-8). Hablando de Jesús, Luis María deplora la existencia, fuera de
la Iglesia católica, de una teología sin amor: "Hablo de los católicos
y aun de los doctores entre los católicos, ellos hacen profesión de
enseñar a otros la verdad, pero no te conocen, ni a ti, ni a tu Madre
Santísima, sino de manera especulativa, árida, estéril e indiferente"
(VD 64).
Esta ciencia de los santos, más que
genial, es la única capaz de levantar el mundo. Esta ciencia bebida en
la fuente de la oración es la misma de los Apóstoles, de los Padres de
la Iglesia, de los Doctores de la Edad Media y de los Místicos.
Luis María es ante todo un Místico,
un testigo y un maestro de vida espiritual. Como San Juan de la
Cruz, recibió una excelente formación teológica de la cual sabe sacar
el mejor provecho. Como él, trata siempre de fundar la vida espiritual
en la pura verdad de la fe, expresándose de la manera más objetiva,
evitando toda referencia explícita a la experiencia personal. Como él,
conoce admirablemente la Sagrada Escritura y posee una sólida
cultura teológica, fruto de sus numerosas lecturas, como lo confirma
su Cuaderno de Notas. La doctrina de Luis María se enraíza
profundamente en la teología de los Padres y de los Doctores,
está abierta a las influencias de las grandes espiritualidades de la
Iglesia: benedictina, franciscana, dominicana, carmelitana, ignaciana…
Para interpretar bien la doctrina de
Luis María, es preciso también ubicarla en su marco histórico que es
el de la Escuela Francesa de espiritualidad, fundada por el Cardenal
de Bérulle a principios del siglo XVII.
Según Brémond, Luis María "es el último de los grandes berulianos".
Toda su doctrina está marcada por el fuerte cristocentrismo de la
Escuela Francesa, con la misma insistencia sobre el misterio de la
Encarnación y el lugar de María en este misterio. Pero al recibir este
precioso talento, lo hace fructificar de manera personal y original.
Sobre todo pone al alcance especialmente de los más pobres y humildes,
la doctrina que Bérulle había formulado de manera muy teológica, en un
lenguaje difícil. Se puede decir que la teología de Luis María es a la
vez científica y popular: científica por la solidez de su fundamento
doctrinal; popular en el mejor sentido de la palabra, en cuanto no
está reservada a una élite, sino al alcance de todos. Lo demuestra la
aceptación universal del Tratado.
Hay que notar además que si Luis María,
al igual que Juan de la Cruz, posee un buen conocimiento de la
teología especulativa, universitaria, y en particular de Santo Tomás,
como él manifiesta predilección por la teología simbólica.
Cierto sí que, a diferencia del Doctor Místico, Luis María no es un
gran poeta. Sus Cánticos son pobres desde el punto de vista
literario, pero tienen una poesía sencilla más accesible a los pobres,
de una gran riqueza desde el punto de vista doctrinal. Hay un profundo
parentesco entre la inefable teología mística y el lenguaje
encarnado de la teología simbólica. Especialmente para hablar
de la que está en el corazón del Misterio de la Encarnación, la Virgen
María, Luis María encuentra la riqueza de los grandes símbolos
bíblicos y patrísticos: Tierra Nueva, Huerto sellado, Paraíso
Terrestre, Arbol de Vida, Nueva Eva, Arca de Noé, Escala de Jacob...
Como Jesús en el Evangelio, fácilmente se expresa en parábolas, por
ejemplo la parábola del árbol de vida con la que concluye el
Secreto de María (SM 70-78).
Si la ciencia suprema de los santos
es esencialmente la ciencia del Amor, es al mismo tiempo la
inteligencia más profunda de la Fe. Conservando su oscuridad esencial,
la Fe resplandece en el Amor. Cada santo ilustra a su manera la Fe de
su Bautismo, la Fe cuyo contenido se sintetiza en el símbolo bautismal
y eucarístico. Así para estudiar la teología de un santo, el principal
instrumento que se ha de utilizar es simplemente el Símbolo, el Credo
de la Iglesia, que los Padres llamaban la Regla de la Fe.
La teología de Luis María sintetizada en
el Tratado y en el Secreto, es una de las más bellas
ilustraciones de la Regla de la Fe como está formulada en el
Símbolo Niceno-Constantinopolitano. En este Credo de la Iglesia se
sintetizan todas las principales Realidades de la Fe en la perspectiva
cristocéntrica y trinitaria de la Iglesia antigua. El "Señor
Jesucristo" es contemplado en la Trinidad, en el centro de la Trinidad
(artículo II), entre "Dios Padre Todopoderoso" (artículo I), y el
"Espíritu Santo que es Señor" (artículo III). Toda la Obra de Dios;
toda la Economía de la Creación y la Salvación, es contemplada en el
marco y según la dinámica del cristocentrismo trinitario: todo viene
del Padre por Jesús en el Espíritu; todo vuelve al Padre por Jesús en
el Espíritu. Este es el ritmo del símbolo de la Fe que es también el
dinamismo de la vida bautismal.
Toda la síntesis teológica de Luis María
es esencialmente cristocéntrica, trinitaria, bautismal. Como la de
Bérulle se inscribe en la continuidad neta de los Padres y de los
grandes Doctores de la Iglesia. Su principal originalidad está en el
hecho que ilumina plenamente el lugar y el papel de María en el
conjunto del Misterio de la Fe. Si Jesús está en el centro del
Símbolo, entre el Padre y el Espíritu Santo, María es contemplada en
el corazón del Misterio de Jesús: "por el Espíritu Santo se encarnó en
la Virgen María y se hizo hombre". Todos los más grandes Misterios de
la Fe son contemplados desde la visión de María. En el centro
está el Misterio de la Encarnación, que la liturgia celebra el 25 de
Marzo, en la fiesta de la Anunciación: "el gran Misterio de la
Encarnación del Verbo, el 25 de Marzo… es el misterio propio de esta
devoción" (VD 243).
Como los Padres de la Iglesia, Luis
María contempla todos los Misterios a partir de la perspectiva central
de la Encarnación: el Misterio de Dios Trinidad, la creación, la
Pasión y la Resurrección, la Iglesia, los sacramentos y la
escatología. Todo es visto a partir del centro que es Jesús, pero en
el momento en que Jesús mismo está "viviendo en María", en su Cuerpo,
en su Seno virginal. Por su ubicación en el corazón del Misterio de la
Encarnación del Hijo, María está en relación íntima con toda la
Trinidad, y con todos los Misterios de la Creación y de la Salvación.
Presente así, objetivamente, en el corazón del Credo bautismal,
María está igualmente presente, subjetivamente, en la vida del
bautizado: por Ella puede participar su propia comunión con el
Misterio de su Hijo.
B - Arquitectura, dinámica y armonía
de la síntesis
La obra maestra de Luis María se
presenta como un Tratado, es decir como una exposición
objetiva, construida según un plan preciso, con articulaciones y
subdivisiones indicadas por el autor mismo. En ello se aproxima a la
Suma Teológica de Santo Tomás, pero también se parece a las
obras de San Juan de la Cruz, con la misma forma de fundar todo
objetivamente en la verdad de la Fe, en la Escritura, los Padres, los
grandes Doctores, evitando cuidadosamente las referencias explícitas a
su experiencia personal.
Síntesis arquitectónica y sinfónica
El Tratado es una composición
arquitectónica y sinfónica a la vez. Como composición
arquitectónica se parece a la Suma Teológica. Igual que la
Suma está construida en tres partes articuladas de manera
dinámica en un movimiento de ida y retorno: todo viene de Dios y todo
retorna a Dios en Cristo, así el Tratado está construido en dos
partes animadas por el mismo movimiento de ida y retorno. Pero
mientras la suma es una obra esencialmente especulativa,
organizada según una lógica conceptual, el Tratado tiene un
carácter ante todo místico y práctico, con preferencia del lenguaje
simbólico sobre el especulativo.
También aquí Luis María se aproxima a
Juan de la Cruz: teniendo ambos la capacidad de utilizar los conceptos
teológicos, manifiestan igual predilección por los símbolos y las
imágenes. Este vínculo privilegiado entre la teología mística y la
teología simbólica ya había sido mostrado por Dionisio Areopagita,
aunque aparece más ampliamente entre los Padres de la Iglesia. Por su
carácter sinfónico, el Tratado se asemeja a la teología
patrística griega en la cual está profundamente arraigado, y
especialmente a la teología de San Ireneo. Mientras la síntesis
arquitectónica representada típicamente por la Suma considera
sucesivamente los Misterios según un plan preciso, articulado y
dinámico, la síntesis sinfónica tipificada en la obra de Ireneo los
considera siempre de manera simultánea. El Tratado tiene
el gran mérito de unir estas dos formas de expresión de manera
particularmente armoniosa. Se ve desde el inicio de la primera parte
que comienza con una admirable sinfonía trinitaria (VD 1-36).
Como un Jardín "a la francesa"
Si la arquitectura de la Suma es
evidentemente comparable a la de una catedral gótica que tiene la
forma del cuerpo de Jesús muerto y resucitado, la arquitectura del
Tratado haría pensar más bien en un jardín. El jardín es
uno de los grandes símbolos de María Madre y Esposa: "Paraíso
terrestre del Nuevo Adán" (VD 18, 45, 248, 261), en referencia a Gn
2 y 3, "Jardín cerrado" del Espíritu Santo (VD 263, SM 20). La
Suma, es en efecto contemporánea de las catedrales góticas, el
Tratado es contemporáneo de los más bellos jardines "a la
francesa".
Este es sin duda el mejor símbolo para
comprender la arquitectura de la obra maestra de Luis María:
construida como un jardín a la francesa, de manera clara, armoniosa,
muy geométrica. Más allá de la distinción de las dos
partes, se encuentran muchas subdivisiones enumeradas por el autor:
"cinco verdades fundamentales" de la verdadera devoción a María (VD
60-89); "siete clases de falsos devotos y falsas devociones a María"
(92-104); cinco características de la verdadera devoción (105-114);
ocho "motivos que hablan a favor de esta devoción" (135-182),
dividiendo el quinto motivo en cuatro puntos: "esta devoción es camino
fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con
Nuestro Señor, en la cual consiste la perfección cristiana" (152-167).
En seguida el autor considera siete "efectos maravillosos que produce
esta devoción en el alma fiel" (213-225). Finalmente, las prácticas
de esta devoción son presentadas en primer lugar bajo la forma de
siete "prácticas exteriores" (VD 226-256), y luego en forma de
"práctica interior" desarrollada en cuatro puntos: "Todo se resume en
obrar siempre: POR MARIA, CON MARIA, EN MARIA y PARA MARIA,
a fin de obrar más perfectamente por Jesucristo, con Jesucristo, en
Jesucristo y para Jesucristo" (VD 257-265).
Esta práctica interior es finalmente
presentada en su máxima perfección en la comunión eucarística (VD
266-273). La presentación de esta práctica interior y de su
realización en la Eucaristía es la altura culminante del Tratado.
Es allí donde se ve mejor el carácter casi demasiado geométrico,
cuadrado. De la arquitectura: la expresión "por María, con
María, en María y para María" vinculada a la expresión cristológica
del Canon Romano: "por él, con él y en él", quiere significar una
realidad globalizante. Conviene cuidarse de no endurecer el aparente
sistematismo de tales expresiones, para mantenerlas juntas en su
complementariedad. Por ejemplo la expresión en María que
significa la unión más íntima e interior con Jesús, completa de manera
afortunada la expresión por María, que si se toma aisladamente
podría ser mal interpretada, como si la mediación de María se
interpusiera entre Jesús y nosotros. En realidad, el fiel que vive en
María está unido a Jesús de la manera más íntima e inmediata; el
Espíritu Santo le hace participar en la unión de María y Jesús y le
identifica con Jesús. El equilibrio de la teología de Luis María está
precisamente en la complementariedad de las diferentes expresiones
conceptuales y simbólicas relativas al lugar y al papel de María en el
conjunto del Misterio.
El autor quiere siempre expresarse de la
manera más clara posible. La búsqueda de la claridad máxima es también
una de las características de la cultura francesa del gran siglo. Cf
Descartes. Luis María se expresa a menudo por medio de fórmulas breves
y claras que son como teoremas teológicos y espirituales. Su deseo de
ser breve es insistente. Quiere "establecer en pocas palabras" la
verdadera devoción (VD 105). Acabamos de ver cómo resumía la "práctica
interior" en "cuatro palabras". Enumera las diversas prácticas "en
resumen" (VD 115). Toda la última sección del Tratado, que es
la más larga (VD 134-273), se rige sin embargo por la intención de
brevedad "con la mayor brevedad" (VD 134). También se puede evocar
igual intención de Santo Tomás en el prólogo de toda la Suma:
brevedad y claridad.
San Luis María es lo más breve posible
en el Tratado por razón de claridad, y también por "falta de
tiempo" (VD 111, cf. 248). En el Secreto de María, logró dar un
brevísimo resumen de la misma doctrina: "teniendo poco tiempo, yo para
escribir y tú para leer, te lo diré todo en resumen" (SM 2).
Siguiendo el símbolo del jardín, es
importante leer los diferentes pasajes del Tratado en las
grandes perspectivas trazadas por el autor: de la sinfonía trinitaria
del comienzo al final eucarístico. La primera parte, más dogmática,
contempla principalmente los Misterios de la Trinidad y de la
Encarnación, mientras que la segunda, más espiritual, se apoya sobre
todo en los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía. Se percibe de
manera evidente la armonía entre el Misterio de la Trinidad y el
sacramento del Bautismo que sumerge al hombre en la Trinidad, entre el
Misterio de la Encarnación y el sacramento del Cuerpo de Jesús. Se
puede notar la misma armonía en la Suma Teológica, que comienza
con la contemplación de Dios Uno y Trino (I a. q. 2,43), y
termina en la contemplación de Cristo como Hombre (III a.), y
concretamente con el tratado de la Eucaristía (q. 733-83). Es el
último tratado realizado por Santo Tomás. La Suma quedó sin
terminar, como el manuscrito del Tratado está incompleto, pero
estas dos obras maestras, en la forma en que nos han llegado tienen la
misma apertura trinitaria y el mismo final eucarístico.
Las dos grandes partes del Tratado
Como hemos anotado ya, el Tratado
comprende dos partes, animadas por el gran movimiento de ida y retorno
de toda la Economía, en la perspectiva siempre cristocéntrica y
trinitaria que la del Símbolo Niceno-Constantinopolitano: todo viene
del Padre por Jesús en el Espíritu, y todo retorna al Padre por Jesús
en el Espíritu. Jesús está siempre en el centro del intercambio
admirable entre Dios y el hombre, El mismo es el principio y el fin de
todas las cosas, el alfa y la omega, el primero y el último (cf. Ap
22,13).
Estas dos partes son desiguales en
extensión, siendo la segunda considerablemente más larga que la
primera. Pero ambas tienen la misma importancia teológica.
La primera parte, que expone los
fundamentos teológicos de la verdadera devoción a María (1-89), se
caracteriza ante todo por el movimiento descendente de la
Encarnación: "por nosotros los hombres y por nuestra salvación
bajó del cielo, por obra del Espíritu Santo se encarnó en la Virgen
María y se hizo hombre". En nuestras categorías actuales, se podría
decir que esta primera parte presenta ante todo el punto de vista de
la teología dogmática.
La segunda parte, que expone la
verdadera devoción en su forma más perfecta (90-273), se
caracteriza sobre todo por el movimiento ascendente de la
divinización, ya que El descendió a nosotros para elevarnos a El.
La "devoción" es precisamente este camino ascendente de la
divinización, es el punto de vista de la teología espiritual.
Jesús está en el centro de este
movimiento de ida y retorno, de descenso y ascenso, y María le está
íntimamente asociada. Por esta referencia constante a Jesús y a María,
los dos movimientos son en realidad inseparables en cada una de las
dos partes: el movimiento ascendente ya es expresado con frecuencia en
la primera parte, y el movimiento descendente se menciona a menudo en
la segunda.
Esta clara distinción de las dos partes
es de igual manera evidente en el breve resumen del Secreto de
María: la exposición de los números 7-22 del Secreto
corresponde a la segunda parte del Tratado, mientras que
los siguientes: SM 23-78 corresponden a la segunda parte. Si el
Secreto es más breve que el Tratado, en cierta forma es más
completo: los primeros y últimos fascículos desaparecieron. Así, el
Tratado nos fue trasmitido sin introducción y sin
conclusión. Falta particularmente la oración de consagración
que sin duda se encontraba a continuación del final eucarístico.
En el Amor de la Sabiduría eterna, la oración de
consagración es el punto final de toda la obra (ASE 223-227). El
Secreto comienza con una introducción muy importante que
deberemos considerar más atentamente, y justamente antes de la
conclusión en forma de parábola: el Arbol de vida, SM 70-78, tiene
una oración larga dirigida sucesivamente a Jesús (66),
al Espíritu Santo (67) y a María (68-69), que en
realidad es la renovación de la consagración, en su formulación más
amplia, más rica desde el punto de vista teológico.
La comparación entre las dos partes del
Tratado y del Secreto muestra también cómo el autor pudo
colocar las mismas realidades en la primera o en la segunda parte.
Así, el gran símbolo de la esclavitud de Amor sólo aparece en
la segunda parte del Secreto, mientras que en la primera parte
del Tratado ya es ampliamente desarrollado desde un ángulo
dogmático, a partir de los Misterios de la Encarnación y de la
Redención, en los cuales Jesús "tomó la condición de esclavo" (cf. Fil
2,7). Esta es la segunda de las "verdades fundamentales" de la
verdadera devoción a María (VD 69-77): nuestra pertenencia total a
Jesús y a María en calidad de esclavos de amor, "a ejemplo de
Jesucristo, que por nuestro amor tomó forma de esclavo, y de la
Santísima Virgen, que se proclamó servidora y esclava del Señor"
(VD 72).
El mismo símbolo es retomado en la
segunda parte del Tratado desde un punto de vista más
espiritual. La segunda parte del Secreto da el resumen del
mismo. A la inversa, los dos símbolos del "molde" y del "almíbar", o
de las "golosinas" aparecen en la primera parte del Secreto (SM
16-18), 22, y en la segunda parte del Tratado (VD 218-221,
154), siempre con los mismos acentos, más dogmático en la primera
parte y más espiritual en la segunda. Así el texto más dogmático del
Secreto se refiere explícitamente a la Encarnación: "María es
el molde maravilloso de Dios, hecho por el Espíritu Santo para formar
a la perfección a un hombre-Dios por la encarnación y para hacer al
hombre partícipe de la naturaleza divina mediante la gracia" (SM 17).
El texto más espiritual del Tratado
pone el mayor acento en la necesidad de la purificación (VD 221);
haciendo alusión a los directores espirituales (VD 220).
Las principales articulaciones del
Tratado
En el Tratado como en la Suma
Teológica, hay textos en los cuales el autor precisa el plan y las
articulaciones de su obra. Naturalmente hay que prestarles la mayor
atención. Aquí nuestra intención no es entrar en los detalles del
plan, sino fijarnos en sus grandes articulaciones a partir de algunos
textos.
En primer lugar en un párrafo situado
exactamente en el centro de la primera parte, Luis María resume todo
su contenido:
"Acabo de exponer brevemente que la
devoción a la Santísima Virgen María nos es necesaria. Es preciso
decir ahora en qué consiste. Lo haré, Dios mediante, después de
clarificar algunas verdades fundamentales que iluminan la maravillosa
y sólida devoción que quiero dar a conocer" (VD 60).
Toda la segunda parte mostrará "en qué
consiste esta devoción". La primera parte comprende, pues, dos
secciones: la primera que tiene por objeto la necesidad de la
devoción a María (VD 1-59), la segunda cuyo objeto son las verdades
fundamentales de la misma (VD 60-89). Las dos secciones presentan
el mismo carácter profundamente teológico y dogmático, situando a
María en toda la perspectiva trinitaria y cristocéntrica de la fe
cristiana. Tras la exposición de las "verdades fundamentales", la
segunda parte del Tratado es introducida por un prólogo
importante: "Propuestas las cinco verdades anteriores, es preciso,
ahora más que nunca, hacer una buena elección de la verdadera devoción
a la Santísima Virgen. En efecto, hoy nos encontramos con falsas
devociones que fácilmente podrían tomarse por verdaderas… Es por ello
importantísimo; 1º, conocer las falsas devociones, para evitarlas, y
la verdadera, para abrazarla; 2º, conocer cuál es, entre las
diferentes formas de devoción verdadera a la Santísima Virgen, la más
perfecta, la más agradable a María, la más gloriosa para Dios y la más
eficaz para nuestra santificación, a fin de optar por ella" (VD
90-91).
En este prólogo hay que notar el acento
que pone Luis María en la verdad, conforme al espíritu de Santo
Domingo: nuestro santo pertenece a la Tercera Orden dominicana. La
verdadera devoción a María debe ser ante todo claramente distinguida
de todas las falsas devociones. El Tartufo de Molière nos
recuerda cómo se presenta en la cultura del siglo XVII la figura del
falso devoto. Según las indicaciones de su prólogo, Luis María
considera ante todo en la primera sección los "falsos devotos y las
falsas devociones a María" (VD 92-104), luego la "verdadera devoción a
María" (VD 105-114); en seguida, en la segunda sección, después de un
brevísimo resumen de las "diferentes prácticas de la verdadera
devoción a María" (VD 115-117), presenta la "práctica perfecta" en su
realidad esencial: consiste en vivir plenamente la realidad del
bautismo por el don total de sí mismo a Jesús por María, como esclavo
de amor (VD 118-133). Esta devoción perfecta será el objeto de
todo el resto del Tratado. Para presentar esta práctica que es
el corazón de su enseñanza, Luis María se expresa en una especie de
prólogo particularmente solemne: "Después de todo, protesto
abiertamente que, aunque he leído casi todos los libros que tratan de
la devoción a la Santísima Virgen y conversado familiarmente con las
personas más santas y sabias de estos últimos tiempos, no he logrado
conocer ni aprender una práctica de devoción semejante a la que voy a
explicarte, que te exija más sacrificios por Dios, te libere más de tí
mismo y de tu egoísmo, te conserve más fielmente en la gracia y la
gracia en tí, te una más perfecta y fácilmente a Jesucristo y sea más
gloriosa para Dios, más santificadora para tí mismo y más útil al
prójimo" (VD 118).
Se trata de un camino de santidad, de
una vía mística abierta a todos los bautizados. Nuestro autor insiste
inmediatamente en su carácter esencialmente interior y en los grados
que comporta para llevar al fiel hasta la cumbre de la santidad: "Dado
que lo esencial de esta devoción consiste en el interior que ella debe
formar, no será igualmente comprendida por todos; algunos se detendrán
en lo que tiene de exterior, sin pasar de ahí: será el mayor número;
otros, en número reducido, penetrarán en lo interior de la misma, pero
se quedarán en el primer grado. ¿Quién subirá al segundo? Quién
llegará al tercero? ¿Quién, finalmente, permanecerá en él
habitualmente? Sólo aquel a quien el Espíritu de Jesucristo revele
este secreto y lo conduzca por sí mismo para hacerlo avanzar de virtud
en virtud, de gracia en gracia, de luz en luz, hasta transformarlo en
Jesucristo y llevarlo a la plenitud de su madurez sobre la tierra y a
la perfección de su gloria en el cielo" (VD 119).
Sin embargo, Luis María no estudiará
estos grados en forma sistemática. Todo el resto del Tratado
considera esta devoción perfecta de otra manera. El autor nos da la
clave al escribir: "Conviene ver ahora, con la mayor brevedad, los
motivos que hablan a favor de esta devoción, los admirables
efectos que produce en las almas fieles y sus principales
prácticas" (VD 134).
Luego de exponer los motivos (VD
135-182), Luis María desarrolla la hermosa historia de Rebeca y de
Jacob, presentada como "figura" de la devoción perfecta (VD 183-212).
Se trata de una parábola bíblica, comparable a la parábola del árbol
de vida al final del Secreto (SM 70-78). En estas parábolas
encontramos el mismo espíritu de exégesis patrística, la misma forma
de interpretar todo el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo, y
viceversa. La doctrina de Luis María toma en ellas la forma de la
teología narrativa. A continuación vienen los efectos
maravillosos (VD 213-225), y finalmente las prácticas de esta
devoción (VD 226-273). Hay que notar que este aspecto de la
práctica es el más ampliamente desarrollado.
El puesto de María en el gran
movimiento de ida y retorno entre Dios y el hombre en Jesucristo
Jesús es la vía (cf. Jn 14,6); viene del
Padre y retorna al Padre; El es en persona el camino de Dios al hombre
y del hombre a Dios. En él Dios se hace hombre para que el hombre
llegue a ser Dios, Dios bajó hasta el hombre para elevar al hombre
hasta El. Tal es el tema dominante del Tratado y del
Secreto, repetido constantemente, en la primera y en la segunda
parte. Luis María contempla de manera particular a María en su
movimiento de venida y retorno; por su íntima unión con Aquel que es
el camino, ella misma es vía, camino. Entre tantos textos al respecto,
conviene en primer lugar citar un breve pasaje del Secreto:
"Para llegar hasta Dios y unirse con El es indispensable utilizar el
mismo instrumento escogido por El para descender hasta nosotros,
hacerse hombre y comunicarnos sus gracias. Esto se realiza mediante
una verdadera devoción a la Santísima Virgen" (SM 23).
En el Secreto, este texto es como
la bisagra entre las dos partes, hace la unión entre el movimiento
descendente de la primera y el movimiento ascendente de la segunda. En
el Tratado, Luis María desarrolla el tema de manera magistral
al presentar esta devoción a María como "un camino perfecto": "Esta
práctica de devoción a la Santísima Virgen es camino perfecto
para ir a Jesucristo y unirse con El. Porque María es la más perfecta
y santa de las puras creaturas, y Jesucristo, que ha venido a nosotros
de la manera más perfecta, no tomó otro camino para viaje tan grande y
admirable que María. El Altísimo, el Incomprensible, el Inaccesible y
EL QUE ES ha querido venir a
nosotros, gusanillos y que no somos nada. ¿Cómo sucedió esto?
El Altísimo descendió de manera
perfecta y divina hasta nosotros por medio de la humilde María, sin
perder nada de su divinidad y santidad. Del mismo modo, deben subir
los pequeñuelos hasta el Altísimo perfecta y divinamente y sin temor
alguno a través de María.
El Incomprensible se dejó abarcar
y contener perfectamente por la humilde María, sin perder nada de su
inmensidad. Del mismo modo, debemos dejarnos contener y conducir
perfectamente y sin reservas por la humilde María.
El Inaccesible se acercó y unió
estrecha y, perfecta y aun personalmente a nuestra humanidad por
María, sin perder nada de su Majestad. Del mismo modo, por María
debemos acercarnos a Dios y unirnos a su Majestad perfecta e
íntimamente, sin temor de ser rechazados.
Finalmente, EL QUE ES
quiso venir a lo que no es y hacer que lo que no es llegue a ser Dios
o El que es. Esto lo realizó perfectamente entregándose y sometiéndose
incondicionalmente a la joven Virgen María, sin dejar de ser en el
tiempo El que es en la eternidad. Del mismo modo, nosotros, aunque no
seamos nada, podemos por María llegar a ser semejantes a Dios por la
gracia y la gloria, entregándonos perfecta y totalmente a Ella, de
suerte que, no siendo nada por nosotros mismos, lo seamos todo en
Ella, sin temor de engañarnos" (VD 157).
Aquí Luis María está muy cerca de los
Padres de la Iglesia. Se inspira de modo particular en San León Magno.
María misma es el camino descendente de la Encarnación y el camino
ascendente de nuestra divinización: por Ella el Hijo de Dios se unió a
nuestra humanidad para unirnos a su divinidad.
El "camino inmaculado de María" (VD 158), es María misma. Jesús vino
por Ella en la Encarnación, por Ella viene siempre y por Ella vendrá
al final de los tiempos: "Si mi amable Jesús viene otra vez al mundo
gloriosamente para reinar en él, como sucederá ciertamente, no
escogerá para su viaje otro camino que el de la excelsa María, por
quien vino la primera vez con tanta seguridad y perfección" (VD 158).
Del mismo modo, en la primera parte del
Tratado, en medio de un desarrollo muy sintético, María es
presentada como el camino por el cual Jesús viene a nosotros y por el
cual nosotros vamos a El: "4º Porque Ella es el camino por donde vino
Jesucristo a nosotros la primera vez, y lo será también cuando venga
la segunda, aunque de modo diferente; 5º porque Ella es el medio
seguro y el camino directo e inmaculado para ir a Jesucristo y
hallarle perfectamente. Por Ella deben, pues, hallar a Jesucristo las
personas santas que deben resplandecer . Quien halla a María, halla la
vida, es decir, a Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida" (VD
50).
En esta dinámica de ida y retorno entre
Jesús y nosotros es presentada la esclavitud de amor: "Podemos, pues,
conforme al parecer de los santos y de muchos varones insignes,
llamarnos y hacernos esclavos de amor de la Santísima Virgen, a fin de
serlo más perfectamente de Jesucristo. La Virgen Santísima es el medio
del cual se sirvió el Señor para venir a nosotros. Es también el medio
del cual debemos servirnos para ir a El. Pues María no es como las
demás creaturas, que, si nos apegamos a ellas, pueden separarnos de
Dios en lugar de acercarnos a El. La tendencia más fuerte de María es
la de unirnos a Jesucristo, su Hijo, y la más viva tendencia del Hijo
es que vayamos a El por medio de su Santísima Madre" (VD 75).
Luis María se refiere a San Bernardo
cuando expone esta doctrina de la mediación de María: "Digamos, pues,
abiertamente, con San Bernardo, que necesitamos un mediador ante el
Mediador mismo y que la excelsa María es la más capaz de cumplir este
oficio caritativo. Por Ella vino Jesucristo a nosotros, y por Ella
debemos nosotros ir a El" (VD 85).
En el mismo sentido el autor invoca la
autoridad de San Bernardo al decir: "Viendo Dios que somos indignos de
recibir sus gracias inmediatamente de su mano, dice San Bernardo, las
da a María, para que por Ella recibamos cuanto nos quiere dar.
Añadamos que Dios cifra su gloria en recibir, de manos de María, el
tributo de gratitud, respeto y amor que le debemos por sus beneficios.
Es, pues, muy justo imitar esta conducta
de Dios, "para que, añade el mismo San Bernardo, la gracia vuelva a su
autor por el mismo canal por donde vino a nosotros" (VD 142).
En el Secreto, Luis María cita el
mismo texto de San Bernardo al final de un hermoso pasaje trinitario:
"Consagrarse a Jesús por María es imitar al mismo Dios. El Padre, en
efecto, nos ha dado a su Hijo, y continúa dándonos sus gracias
solamente por María. El Hijo sólo ha venido a nosotros por María; con
su ejemplo nos invita a ir a El por la misma persona que lo ha traído
al mundo, que es María. El Espíritu Santo nos comunica sus gracias y
carismas solamente con la intervención de María. ¿No es, acaso, justo
que "la gracia vuelva a su autor, como dice San Bernardo, por el mismo
canal por donde vino a nosotros?" (SM 35).
San Luis María insiste siempre en el
papel subordinado de María respecto de Jesús. Lo que dice en términos
"absolutos" de Jesús, lo dice en forma "relativa" de María (VD 74).
"Esta devoción nos consagra, al mismo
tiempo, a la Santísima Virgen y a Jesucristo. A la Santísima Virgen,
como al medio perfecto escogido por Jesucristo para unirse a nosotros,
y a nosotros con El. A Nuestro Señor, como a nuestra meta final, a
quien debemos todo lo que somos, ya que es Nuestro Dios y Redentor" (VD
125).
C. Introducción del
Secreto de María: camino de santidad abierto a todos
El comienzo del Secreto de María
(SM 1-6), es una introducción muy importante cuyo equivalente no se
encuentra en el Tratado, probablemente por pérdida de los
primeros fascículos. Conviene , pues, prestar máxima atención a este
texto en que Luis María expresa en resumen, y de manera extremamente
clara, todo el sentido de la doctrina que desarrolla luego en las dos
partes del Secreto y del Tratado.
Esta introducción muestra el carácter
esencialmente místico y práctico de la teología del
autor. Es una teología de vida, una enseñanza práctica para llegar a
ser santo, para ser divinizado por la gracia de Dios. Todo se articula
alrededor de un punto central, que es la certeza de nuestra
vocación a la santidad. El descubrimiento de Luis María
concierne esencialmente al puesto y al papel de María en la
realización de esta vocación.
El texto que es muy denso está ordenado
según una lógica precisa y rigurosa. Conviene, pues, seguirlo en su
desarrollo, del número 1 al 6. En las primeras palabras, dirigiéndose
directamente a su lector, Luis María presenta su enseñanza como un
secreto de santidad: "Pongo en tus manos un secreto que me ha
enseñado el Altísimo, y que no he podido encontrar en libro alguno
antiguo ni moderno. Te lo entrego con la ayuda del Espíritu Santo" (SM
1).
El santo tiene la certeza de haber
descubierto una vía nueva de vida espiritual. Para él se trata
de una verdad nueva y antigua a la vez. Afirma que ha leído casi todos
los libros que tratan de la devoción a la Santísima Virgen" (VD 118),
e insiste en la antigüedad y seguridad del camino que enseña: esta
perfecta devoción es "un camino seguro" en la medida en que de verdad
es una devoción de Iglesia, vivido por cierto número de santos (VD
159-163), resumido en SM 42. Luis María revela a su lector este
secreto "por el Espíritu Santo" (SM 1), bajo tres condiciones, de las
cuales la más importante es la segunda: "Que te empeñes en vivirlo
para santificarte y salvarte. Porque la eficacia de este secreto
corresponde al uso que se hace de él. ¡Cuidado con cruzarte de brazos!
Pues mi secreto se convertiría en veneno y vendría a ser tu
condenación" (SM 1).
Fiel al Evangelio, el santo insiste
siempre en la necesidad de la práctica (cf. Mt 7,24-27). Este secreto
es "el tesoro escondido en el campo de María, la perla preciosa del
Evangelio" (SM 70). Quien ha recibido este talento precioso tiene el
deber de hacerlo fructificar durante toda su vida (cf. Mt 25,14-30).
Hacia el final del Secreto, el autor dice lo mismo refiriéndose
a la parábola del grano de mostaza: "Esta devoción es el grano de
mostaza de que habla el Evangelio, el cual, siendo al parecer la más
pequeña de todas las semillas, crece y eleva tanto su tallo" (SM 70).
Al exponer al lector la tercera
condición, Luis María insiste de nuevo en lo mismo. El secreto sólo se
revela progresivamente a quien lo pone en práctica: "Al principio lo
apreciarás sólo imperfectamente, dada la multitud y la gravedad de tus
pecados y el oculto apego que tienes a ti mismo. Con el tiempo, a
medida que lo vayas poniendo en práctica en la actividad de cada día,
comprenderás su precio y excelencia" (SM 1).
Se debe poner en práctica no en cosas
extraordinarias, sino en las cosas más sencillas de la vida cotidiana,
que son el terreno apropiado de la santidad. Luego Luis María invita a
su lector a orar de rodillas al Espíritu Santo y a María para poder
acoger y comprender lo que escribe: "Antes de satisfacer tu natural y
precipitado afán de conocer la verdad, recita devotamente, de
rodillas, el Ave, Maris Stella y el Veni, Creator Spiritus,
a fin de alcanzar de Dios la gracia de comprender y saborear este
divino misterio... Teniendo poco tiempo, yo para escribir y tú para
leer, te diré todo en resumen" (SM 2).
Una de las grandes características de la
teología de los santos es la de ser una teología de rodillas:
que nace de la oración, se desarrolla en la oración, encuentra su
máxima expresión en la forma de la oración (cf. SM 66-69), y no puede
ser bien recibida sino en la oración.
Lo que dice aquí Luis María es una de
las principales condiciones metodológicas de la teología de los
santos.
Luego de precisar estas condiciones, el
autor expone lo que es fundamento de toda su doctrina: la certeza
de la vocación a la santidad (SM 3). Partiendo de este postulado,
desarrolla una lógica rigurosa, casi matemática: para realizar esta
vocación, hay que vivir el evangelio (SM 4); para vivir el Evangelio,
es absolutamente necesaria la gracia de Dios (SM 5); "para encontrar
la gracia de Dios, hay que encontrar a María" (SM 6).
Primero Luis María afirma de manera muy
clara y teológicamente fundada su certeza de la vocación a la
santidad: "Alma, tú que eres imagen viviente de Dios y has sido
rescatada con la sangre preciosa de Jesucristo, Dios quiere que te
hagas santa como El en esta vida y que participes en su gloria por la
eternidad. Tu verdadera vocación consiste en adquirir la santidad de
Dios. A ello debes orientar todos tus pensamientos, palabras y
acciones, tus sufrimientos y las aspiraciones todas de tu vida. De lo
contrario, resistes a Dios, dejando de hacer aquello para lo cual te
ha creado y te sigue conservando" (SM 3).
Este texto es admirable. Luis María no
pone como fundamento de la vocación a la santidad la pertenencia a la
Iglesia por el bautismo, lo que vendrá luego, sino los Misterios de la
Creación y de la Redención. El hombre es llamado ciertamente a la
santidad porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y porque
ha sido rescatado por la Sangre del Hijo de Dios. Esta es pues la
vocación del hombre, de todo hombre. Cada hombre es "un hermano por el
cual murió Cristo" (1 Co 8,11). El sentido de toda la vida humana, es
buscar la santidad.
Aquí, la doctrina de Luis María está
ligada a lo que es verdaderamente el corazón de las enseñanzas del
Concilio Vaticano II y de los Papas Pablo VI y Juan Pablo II: la
santidad como punto de vista esencial sobre la Iglesia y la
humanidad. La vocación esencial y universal del hombre es la santidad:
Lumen Gentium, Cap. V. Como Redentor del hombre, Cristo está
unido a todo hombre, y a todos, sin excepción, les ofrece la
posibilidad de realizar tal vocación: cf Gaudium et Spes y
Redemptor Hominis. La nueva toma de conciencia de esta primacía de
la santidad que caracteriza a la Iglesia pos-conciliar, está
esencialmente ligada a un nuevo descubrimiento de María, la Santísima,
la Inmaculada, imagen perfecta de la Iglesia santa, sin mancha ni
arruga: cf. Lumen Gentium, cap. VIII, Marialis Cultus,
Redemptoris Mater. Todo esto muestra la actualidad extraordinaria
y la universalidad de la doctrina de San Luis María: ella se refiere
al punto esencial que es el cumplimiento de la vocación a la santidad.
Más que todos los otros Doctores de la
Iglesia, él pone de relieve el puesto esencial de María en el camino
de la santidad. Pero hay que notar que en la introducción del
Secreto, el papel de María sólo se afirma como consecuencia de un
raciocinio fundado esencialmente sobre la necesidad de la gracia de
Dios para llegar a la santidad. Inmediatamente después de afirmar la
certeza de la vocación a la santidad, Luis María introduce ya el tema
de la necesidad de la gracia, ya que la santidad es propiamente la
divinización del hombre, y del hombre herido por el pecado: "¡Oh! ¡Qué
obra tan maravillosa! El polvo se trueca en luz, la fealdad en
esplendor, el pecado en santidad, la creatura en su Creador, y el
hombre en Dios! ¡Qué obra tan maravillosa!, lo repito. Pero difícil en
sí. Más aún, imposible al hombre abandonado a sí mismo. Nadie sino
Dios con su gracia, y gracia abundante y extraordinaria, puede
realizarla con éxito; la creación del universo no es una obra maestra
tan excelente como ésta" (SM 3).
Nuestro teólogo de clase recuerda
aquí la distinción esencial entre naturaleza y gracia; lo hace de
manera clara y equilibrada refiriéndose al misterio de la creación. La
salvación en Jesucristo es una nueva creación, más admirable aún que
la primera, porque es precisamente la recapitulación, la salvación y
la transfiguración de la primera creación, la divinización de la
naturaleza humana. María misma es "milagro de los milagros de la
gracia, de la naturaleza y de la gloria" (VD 12).
La realización de la vocación a la
santidad es una obra absolutamente inaudita, una obra divina que
depende esencialmente de la gracia, y también humana, en cuanto no se
puede realizar sin la libre cooperación del hombre con la gracia de
Dios. Esta obra es la más grande y también la más difícil: "En efecto
en el interior de sí mismos en compañía de la Santísima Virgen, los
predestinados van realizando la obra importantísima de su perfección,
en comparación de la cual las demás obras no son sino juego de niños"
(VD 196).
Habiendo presentado de manera tan clara
el horizonte de la santidad, Luis María invita a su lector a
reflexionar sobre el camino que a ella conduce: "¿Cómo la lograrás?
Qué medios vas a escoger para llegar a la perfección a la que Dios te
llama? Los medios de salvación y santificación son conocidos de todos;
los consigna el Evangelio, los explican los maestros de la vida
espiritual, los practican los santos. Son necesarios a cuantos quieren
salvarse y alcanzar la perfección. Y consisten en la humildad de
corazón, la oración continua, la mortificación universal, el abandono
a la Providencia y la conformidad con la voluntad de Dios" (SM 4).
Lo aquí resumido es la ascesis
cristiana, es decir el esfuerzo del hombre para poner en práctica el
Evangelio en toda su vida. Este punto de vista ascético es
inmediatamente iluminado por la visión mística en las líneas
siguientes que se refieren a la necesidad absoluta de la gracia: "Para
poner en práctica todos estos medios de salvación y santificación
necesitas absolutamente de la gracia y auxilio divinos. Que, nadie lo
duda, se concede a todos, aunque en diversa medida. Digo esto porque,
no obstante ser Dios infinitamente bueno, no da a todos su gracia con
la misma intensidad. Pero da a cada uno la suficiente. Con fidelidad a
una gracia mayor, realizarás grandes acciones; a una menor, las
realizarás limitadas. El precio y excelencia de la gracia dada por
Dios y acogida por el hombre aquilatan el precio y excelencia de
nuestras acciones. Estos son principios incontestables" (SM 5).
Esta síntesis admirable de la teología
de la gracia fue escrita por un santo que posee sólida formación
teológica, y que da testimonio con todos los santos de la primacía de
la gracia de Dios sobre la actividad del hombre.
Se podría decir que en todos los santos la visión mística domina
siempre la ascética. Todos han experimentado, de manera infinitamente
variada, la primacía de la gracia, la fuerza de la gracia en la cual
el esfuerzo humano no vale nada y no llega a ninguna parte. Al
contrario en los espirituales que no son santos,
y que no tienen la experiencia fuerte de la primacía de la gracia, el
punto de vista es más ascético que místico, con mayor insistencia en
el esfuerzo del hombre, la gracia se convierte en una realidad teórica
en la cual se cree, pero que está fuera de la experiencia, algo así
como ¡un numen kanciano!
En el texto que acabamos de citar Luis
María muestra que el valor de nuestras obras depende esencialmente de
la gracia. Esta enseñanza corresponde a la de San Pablo en el capítulo
13 de la Primera Carta a los Corintios: sin la caridad, es decir sin
la gracia, las mayores acciones y aun la fe, pierden todo valor
delante de Dios. Luis María busca principalmente la caridad (cf. 1 Co
14,1), la mayor de las gracias, el amor más grande que es el alma de
la santidad. Puesto que hay muchos grados de gracia, entre el mínimo
de la gracia "suficiente" que da Dios a todos los hombres,
ofreciéndoles a todos la posibilidad de la salvación, y el máximo de
gracia que caracteriza la santidad. Seguimos siempre la lógica del
raciocinio de Luis María: la certeza de nuestra vocación a la santidad
se convierte ahora en certeza de que Dios nos quiere dar la "gracia
mayor" de los santos. El papel de la libertad humana consiste pues
esencialmente en "seguir la gracia dada por Dios", en consentir y
colaborar con su acción, siendo Dios siempre el actor principal de la
santificación.
Al término de estos pasos rigurosamente
teológicos, Luis María presenta finalmente a María, no como un modelo
para ser imitado, aspecto que vendrá después, sino como la "llena de
gracia", que ha “hallado gracia delante de Dios” (cf. Lc 1,28-30), y
que nos hace hallar la gracia de Dios, la gracia más necesaria para
llegar a la santidad. Lo que afirma el autor al final de la
introducción es la conclusión de todo lo que ha dicho. El vocabulario
es siempre riguroso, el de la necesidad.
"Todo se reduce, pues, a encontrar un
medio sencillo para alcanzar de Dios la gracia necesaria para hacernos
santos. Yo te lo quiero enseñar. Y es que para encontrar la gracia hay
que encontrar a María" (SM 6).
Esta última afirmación con que termina
la introducción se torna en objeto de una demostración teológica en
diez puntos. Es la primera parte del Secreto (SM 7-22). La
retoma para encabezar la segunda parte: "El problema consiste, pues,
en encontrar de verdad a la excelsa María para hallar la abundancia de
todas las gracias" (SM 23).
II. LA CONTEMPLACIÓN DEL MISTERIO DE LA FE
CON MARÍA Y EN MARÍA
Hemos observado ya que el Tratado
ofrece una admirable síntesis de todos los principales Misterios de la
Fe cristiana, a la manera del Símbolo Niceno-Constantinopolitano, es
decir en forma cristocéntrica y trinitaria. Es una síntesis
particularmente armoniosa, viva, dinámica, animada constantemente por
el gran movimiento de venida y retorno entre Dios y el hombre en
Jesucristo, en que todo viene del Padre por Jesús en el Espíritu, y
todo retorna al Padre por Jesús en el Espíritu. Dios se hace hombre
para que el hombre llegue a ser Dios. El movimiento descendente de la
Encarnación de Dios conlleva el movimiento ascendente de la
Divinización del hombre.
Presente en el corazón del Misterio de
Jesús que es el Misterio central, María está en relación íntima con
todas las Realidades de la Fe. De esta manera está en el corazón del
símbolo, nombrada en el artículo central referente a Jesús. Su propio
corazón es símbolo, es decir lugar de recogimiento, de unión de todos
los misterios, "guardaba en su corazón todos estos acontecimientos" (Lc.
2,19). Al lado del Verbo Encarnado que es el "Símbolo Primordial",
María es el gran símbolo de la creación que acoge todo el Amor de Dios
su Creador y Salvador, del Dios que se hace no solamente Padre de su
creatura, sino también Esposo e Hijo, haciéndola de verdad su hija,
esposa y madre! Según palabras de San Ireneo, Dios "ha sido llevado
por su propia creación a quien El mismo sostiene". De esta manera en
la Encarnación, María ha sido llamada a "llevar a Dios en obediencia a
su Palabra".
La teología de Luis María recoge,
simboliza, sintetiza todas las Realidades de la Fe miradas desde de
María. María es toda relativa a Jesús, al Padre, al Espíritu Santo, a
la Iglesia y a toda la economía de la creación y de la salvación. En
unión con Jesús que es el Alfa y Omega, el Principio y el Fin, el
Primero y el Ultimo (cf. Ap 22,13), "Centro del Cosmos y de la
Historia": Juan Pablo II, María misma está íntimamente ligada a
los misterios del origen y fin de los tiempos: protología y
escatología. Su presencia en el Misterio de la Encarnación y en el
Misterio Pascual se prolonga en la Iglesia Cuerpo Místico de Jesús.
Esta teología mariana es una teología
viva, encarnada, armoniosa, sinfónica. Permite percibir la belleza y
armonía de los Misterios de Dios y del hombre, de la creación y de la
salvación, de la humanidad en los hombres y mujeres, de la carne y del
espíritu. Tal es según San Ireneo la "sinfonía de la salvación",
obra del Amor de toda la Trinidad, del Padre que actúa siempre con sus
"Dos Manos" que son Jesús y el Espíritu Santo.
En la teología de Luis María como en la de San Ireneo, el equilibrio
más profundo es el de la cristología y de la neumatología. Así mismo,
como lo hemos anotado ya, hay una profunda armonía entre la
contemplación de la Trinidad y de la Encarnación en la primera parte
del Tratado y la referencia a los sacramentos del Bautismo y de
la Eucaristía en la segunda parte.
Ahora, refiriéndonos a las dos partes
del Tratado y al mismo tiempo al conjunto del Secreto,
trataremos de sintetizar la enseñanza de Luis María sobre todos los
Misterios mayores de la Fe cristiana contemplados desde la visión de
María, con María y en María. Consideraremos, pues, sucesivamente:
A - El Cristocentrismo, como Primera
Verdad.
B - En la sinfonía trinitaria:
María es Hija del Padre, Madre del Hijo, Esposa del Espíritu Santo.
C - Los Misterios de la creación y de la
salvación.
A - El Cristocentrismo, como
"Primera Verdad"
El centro de perspectiva de toda la
teología monfortiana se encuentra en la exposición de la primera parte
de las "verdades fundamentales" de la verdadera devoción a María. Esta
verdad, es el cristocentrismo más poderoso, que Luis María heredó del
Cardenal de Bérulle y que profundizó personalmente. Es preciso citar
íntegramente este magnífico texto: «Primera verdad. El fin
último de toda devoción debe ser Jesucristo, Salvador del mundo,
verdadero Dios y verdadero hombre. De lo contrario, tendríamos una
devoción falsa y engañosa.
Jesucristo es el alfa y la omega, el
principio y el fin de todas las cosas. La meta de nuestro
ministerio, escribe San Pablo, es construir el cuerpo del Mesías;
hasta que todos, sin excepción, alcancemos... la edad adulta...
Efectivamente, sólo en Cristo habita realmente la plenitud total de
la divinidad y todas las demás plenitudes de gracia, virtud y
perfección. Sólo en Cristo hemos sido bendecidos con toda bendición
del Espíritu. Porque El es el único Maestro que debe enseñarnos,
el único Señor de quien debemos depender, la única Cabeza a la que
debemos estar unidos, el único Modelo a quien debemos asemejarnos, el
único Médico que debe curarnos, el único Pastor que debe apacentarnos,
el único Camino que debe conducirnos, la única Verdad que debemos
creer, la única Vida que debe vivificarnos y el único Todo que en todo
debe bastarnos.
Bajo el cielo no tenemos los hombres
otro diferente de El al que debemos invocar para salvarnos.
Dios no nos ha dado otro fundamento
de salvación, perfección y gloria que Jesucristo. Todo edificio que no
esté construido sobre esta roca firme, se apoya en arena movediza, y
se derrumbará infaliblemente tarde o temprano.
Quien no esté unido a Cristo como el
sarmiento a la vid, caerá, se secará y lo arrojarán al fuego. En
cambio, si permanecemos en Jesucristo, y Jesucristo en nosotros, no
pesa ya sobre nosotros condenación alguna: ni los ángeles del cielo,
ni los hombres de la tierra, ni los demonios del infierno, ni creatura
alguna podrá hacernos daño, porque nadie podrá separarnos de la
caridad de Dios presente en Cristo Jesús.
Por Jesucristo, con Jesucristo, en
Jesucristo lo podemos todo: tributar al Padre en la unidad del
Espíritu Santo todo honor y gloria; hacernos perfectos y ser olor de
vida eterna para nuestro prójimo» (VD 61).
Las últimas líneas, que citan la
conclusión del Canon Romano, muestran bien el carácter trinitario de
tal cristocentrismo. En las líneas precedentes, se nota igualmente la
insistencia sobre Jesús solo: ningún otro Nombre fuera del
Nombre de Jesús, ningún otro centro sino la Persona del Verbo
Encarnado, verdadero Dios y verdadero Hombre. En la perspectiva de
Bérulle todo gravita alrededor del Sol que es Jesús. Más que
cualquier otra persona y de manera única, María su Santísima madre es
toda relativa a El, y así el papel de su maternidad será precisamente
el de cristocentrarnos. Luis María lo dice en seguida: "Por
tanto, si establecemos la sólida devoción a la Santísima Virgen, es
sólo para establecer más perfectamente la de Jesucristo, y ofrecer un
medio fácil y seguro para encontrar al Señor. Si la devoción a la
Santísima Virgen apartase de Jesucristo, habría que rechazarla como
ilusión diabólica. Pero, como ya he demostrado y volveré a demostrarlo
más adelante, sucede todo lo contrario. Esta devoción nos es necesaria
para hallar perfectamente a Jesucristo, amarlo con ternura y servirlo
con fidelidad" (VD 62).
Jesús solo es el Centro de todo, de la
teología y de la economía, y María es toda relativa a El. Ella nunca
es el Centro, pero conduce al centro. Desde el comienzo del
Tratado, Luis María nos ha recordado que María es solamente una
creatura: "Confieso con toda la Iglesia que, siendo María una simple
creatura salida de las manos del Altísimo, comparada a la infinita
Majestad de Dios, es menos que un átomo, o mejor, es nada, porque sólo
El es El que es" (VD 14).
La "verdadera y sólida devoción a María"
excluye, pues, por anticipado toda forma de mariolatría que de
una manera u otra olvide que Ella es una simple creatura y no una
divinidad (cf. VD 49), una persona humana y no divina. María es
"infinitamente inferior a su Hijo, que es Dios" (VD 27). Pensar que
"la Santísima Virgen sea mayor que Jesucristo o igual a El, sería una
intolerable herejía" (VD 95). La expresión "la divina María" no debe
causar dificultad. De igual manera hablan los Padres griegos del
divino Pablo, del divino Moisés. Divino es sinónimo de
santo. El hombre se hace santo por su participación en la santidad
de Dios, llega a ser divino por la participación en la Naturaleza
Divina. Luis María tiene un sentido muy fuerte de Dios, de su
trascendencia relativa a toda creatura. Dios Solo es la fórmula
típica que utiliza al final de los Cánticos y que se encuentra en VD
265.
B - En la "sinfonía trinitaria":
María es Hija del Padre, Madre del
Hijo, Esposa del Espíritu Santo
El Tratado comienza con una larga
sinfonía trinitaria (VD 1-36), que presenta a María rodeada por la
Trinidad. Todo lo cual está resumido en el Secreto (SM 7-15).
A la luz del mismo cristocentrismo
trinitario, se encuentra exactamente la misma antífona mariana
en San Francisco de Asís y en Luis María. Esta antífona de San
Francisco, repetida constantemente en sus Salmos del Misterio de
Jesús, da igual ritmo a la sinfonía de Luis María. María es
saludada por Francisco como: "Hija y sierva del rey altísimo y
soberano, Padre celeste, Madre de Nuestro Santísimo Señor Jesucristo,
Esposa del Espíritu Santo".
Exactamente en el mismo sentido escribe
Luis María: "Te saludo, María, Hija predilecta del Padre eterno; te
saludo, María, Madre admirable del Hijo; te saludo, María, Esposa
fidelísima del Espíritu Santo".
Esta expresión, tan profundamente
teológica, tiene ante todo la ventaja de explicitar la relación de
María con cada una de las Personas divinas, su maternidad respecto de
la Persona del Hijo que es siempre el centro de la visión
cristocéntrica. La otra ventaja de esta expresión está en situar
respecto de la Trinidad todas las dimensiones fundamentales del ser de
María como creatura humana, como mujer. La humanidad femenina de María
se dilata fundamentalmente en su Amor de Hija, de Madre y de Esposa
que la hace vivir en el corazón de la comunión trinitaria. A la luz de
la Virginidad total de María, estas expresiones no presentan
dificultad alguna. Todas sus relaciones son, en efecto, relaciones
virginales. María es siempre virgen, esposa-virgen y madre-virgen. Así
como es verdadera Madre de Dios, Theotokos, es también
verdadera Esposa de Dios, Theonumphos, la nueva Sión, la Esposa
del Cantar de los Cantares.
María es la Madre de la Persona única
del Hijo, mientras que sus otros dos títulos de Hija y de Esposa,
están en relación con una u otra de las Personas Divinas. Así, Dante
llama a María: "Hija de tu Hijo",
en cuanto fue creada por El. Bérulle la llama "Esposa del Padre", pues
tienen juntos el mismo Hijo: "Hija y Esposa del Padre, Madre y sierva
del Hijo y santuario del Espíritu Santo".
Más aún se podría decir que María es Esposa de su Hijo, sin que
hubiera ningún inconveniente. La interpretación mariana del Cantar
de los Cantares, que es tradicional, identifica a María con la
Esposa de Cristo, lo que es totalmente exacto en teología, ya que
María es la imagen perfecta de la Iglesia, Esposa de Jesús sin mancha
ni arruga. Hay que recordar a propósito que si el Nombre de Hijo
expresa la propiedad de una Persona divina, el Nombre de Esposo es en
realidad común a toda la Trinidad. El nombre divino de Esposo puede,
pues, ser legítimamente apropiado a cada una de las tres
Personas. Se apropia sobre todo al Hijo a causa de la Encarnación,
pero en verdad puede ser apropiado al Padre y al Espíritu Santo, pues
en verdad, las tres Personas son un solo Esposo y no tres Esposos.
La comunión trinitaria es siempre
virginal; es fuente de relaciones inauditas, divino-humanas,
radicalmente nuevas respecto de las simples relaciones humanas,
naturales. De esta manera, para San Francisco, toda persona que vive
en la caridad es a la vez Madre y Hermana y Esposa de Jesús, de suerte
que Jesús es verdaderamente su Esposo, Hermano e Hijo.
Tal expresión, que Santa Clara aplica más particularmente a la mujer
consagrada en la virginidad,
conviene a María de manera eminente. Podemos añadir además que para
San Francisco, el título de Esposa del Espíritu Santo no está
reservado a María; se aplica también a Clara y a sus hermanas, cuando
les escribe: "han desposado al Espíritu Santo escogiendo una vida
según la perfección del Evangelio".
Finalmente, se puede observar que a
pesar de ciertas críticas contra el título mariano de Esposa del
Espíritu Santo, el Papa Juan Pablo II no ha dudado usarlo en la
encíclica Redemptoris Mater, n. 26.
1. La Paternidad de Dios y la Maternidad
de María, relaciones con el mismo Hijo Unico
Siguiendo al Cardenal de Bérulle, Luis
María contempla a Jesús en el misterio de la Encarnación, es decir en
el seno virginal de María, donde El recibe nuestra humanidad por obra
del Espíritu Santo. Dios Hijo Unico, El que está en el Seno del Padre,
se hizo carne (cf. Jn 1,14.18), en el Seno de María. Encontramos una
bella expresión de este Misterio en el Amor de la Sabiduría eterna,
en las primeras palabras de la Oración de Consagración: "¡Oh
Sabiduría eterna y encarnada, oh amabilísimo adorable Jesús, verdadero
Dios y verdadero hombre, Hijo Unico del Padre eterno, y de María,
siempre Virgen! Te adoro profundamente en el seno y esplendores del
Padre, durante la eternidad y en el seno virginal de María, tu
dignísima Madre, en el tiempo de la encarnación" (ASE 223).
La relación de María con la Persona del
Padre había sido profundizada de manera particular por Bérulle. Es
además uno de los aspectos más bellos y más originales de su teología:
la relación entre la Paternidad de Dios y la Maternidad de María,
entre el seno del Padre en el cual Jesús recibe eternamente su
Divinidad y el seno de María donde recibió nuestra Humanidad. Veamos
por ejemplo lo que escribe en la Vida de Jesús: "¡Oh Padre, Oh
Virgen! ¡Oh Hijo, oh Madre! ¡Oh seno del Padre, oh Seno de la Virgen:
seno del Padre adorable e impenetrable, sino por el Hijo que es
concebido y que reposa en él! ¡Oh seno de la Virgen sellado y
venerable, que supera las maravillas de la tierra y rinde homenaje al
seno del Padre, seno puro y fecundo, seno cerrado al hombre y abierto
al Hijo del Hombre; seno virginal y maternal al mismo tiempo; seno
adorador del seno del Padre y de las emanaciones eternas! Oh seno del
Padre, oh seno de la Virgen".
En la teología beruliana, lo que más se
asemeja a la Paternidad de Dios, no es, pues, la paternidad humana,
masculina, sino la Maternidad de una Mujer, la Maternidad de María.
Esto es muy importante para superar una falsa idea de la Paternidad de
Dios como paternidad masculina. Ya el Antiguo Testamento, antes de la
revelación plena del Hijo en el seno del Padre, aplicaba con
frecuencia los símbolos del Amor maternal. Si la paternidad y la
maternidad humanas son dos imágenes complementarias de la Paternidad
única de Dios, se podría decir que en la contemplación beruliana, la
maternidad es su imagen más perfecta, y esto a causa el Misterio de la
Encarnación, porque Dios envió a su Hijo nacido de una mujer (cf. Gal
4,4), por obra del Espíritu Santo. Solamente la Maternidad virginal de
María dio la carne al Hijo de Dios, sin intervención de un hombre, de
un padre según la carne. Así, la paternidad legal de San José es
también una paternidad virginal.
En el plano especulativo, Bérulle
reflexionó particularmente en esta relación entre la Paternidad de
Dios y la Maternidad de María, profundizando el gran tema agustiniano
de la relación. Luis María resume en pocas palabras el
pensamiento de Bérulle al respecto cuando escribe: "María es toda
relativa a Dios. Y yo me atrevo a llamarla "la relación de Dios",
pues sólo existe en relación a El; o "el eco de Dios", ya que no
dice ni repite sino Dios. Si tú dices María, Ella dice Dios" (VD 225).
Bérulle había aplicado por analogía las
categorías de substancia y relación a todos los misterios de la
economía de la salvación.
Con respecto a María, estas dos categorías son particularmente
iluminadoras. En efecto, desde el punto de vista de la substancia,
María es una simple creatura, mientras que vista desde la relación, es
verdaderamente Madre de Dios. Radicalmente finita en su substancia,
por su Maternidad toca en verdad al Infinito.
Se puede decir con toda verdad que María
es "infinitamente Madre".
Esta profundización de la maternidad como relación permite a Bérulle,
y aún más a Luis María, mostrar todo el puesto de María en el Misterio
de la salvación, sin ningún riesgo de exagerar. En la línea de los
Padres de la Iglesia, María es contemplada siempre desde la visión de
su Maternidad, como la Santa Madre de Dios, es decir en su relatividad
total a Jesús el único Absoluto, por ser Dios con el Padre y el
Espíritu Santo. Todo riesgo de mariolatría, consistente en
absolutizar a María, está, pues, descartado por anticipado: "lo que
digo en términos absolutos de Jesucristo, lo digo, proporcionalmente,
de la Santísima Virgen" (VD 74). Esta insistencia sobre la
relatividad de María muestra que la teología de Luis María puede
ser utilizada en el diálogo ecuménico, al mostrar siempre su carácter
radicalmente cristocéntrico y teocéntrico.
2. El puesto del Espíritu Santo
Si María es fundamentalmente relativa al
Hijo de Dios por ser su Madre, es al mismo tiempo relativa al Espíritu
Santo como su Esposa. En su virginidad perpetua, es Madre del Hijo por
obra del Espíritu. Este es el equilibrio profundo entre la cristología
y la neumatología en el Misterio de la Encarnación, equilibrio que
continúa en el Misterio de la Iglesia, Cuerpo Místico de Jesús. Así,
la acción del Espíritu Santo es siempre cristocéntrica, ya que
consiste en formar el mismo Cuerpo de Jesús, primero en su Cabeza, y
luego en sus miembros. Y la Maternidad de María, como lugar de
formación de este Cuerpo, es, pues, siempre relativa a Jesús y al
Espíritu. Ella es la más pura transparencia de Jesús y del Espíritu,
sin ocultar jamás a ninguna de estas dos Personas divinas.
Siguiendo a los Padres de la Iglesia, y
en especial a San Ireneo, Luis María muestra de manera brillante la
inconsistencia de las dos principales objeciones antimarianas:
María ocuparía el puesto de Jesús o del Espíritu Santo. Ireneo es en
efecto el Padre más antiguo que, junto con la absoluta primacía de
Cristo, expresada con el tema de la recapitulación de todas las cosas
en Cristo (cf Ef 1,10), ha explicitado por primera vez la neumatología
y la mariología. Lo mismo exactamente sucede en Luis María. Entre los
grandes autores espirituales del Occidente, es uno de los que más
habla del Espíritu Santo, y esto de manera siempre radicalmente
cristocéntrica. En él como en Ireneo, la maternidad virginal es el
lugar privilegiado en que se manifiestan "las Dos Manos del Padre" que
son el Hijo y el Espíritu Santo, donde el Hijo se hace carne por obra
del Espíritu Santo.
En esta forma, Luis María escapa
completamente al reproche a menudo formulado hoy a propósito de la
espiritualidad occidental: María hubiera tomado en ella el puesto del
Espíritu Santo. La teología del santo responde plenamente a una de las
exigencias de Pablo VI en Marialis Cultus: mostrar bien el
vínculo entre María y el Espíritu Santo.
Entre tantos textos neumatológicos de
Luis María, se puede citar por ejemplo lo que escribe hacia el
principio del Tratado, relativo a la acción constante del
Espíritu Santo en la Maternidad de María: "Con Ella, en Ella y de Ella
produjo su obra maestra que es un Dios hecho hombre, y produce todos
los días, hasta el fin del mundo, a los predestinados y miembros de
esta Cabeza adorable. Por ello, cuanto más encuentra a María, su
querida e indisoluble Esposa, en un alma, tanto más poderoso y
dinámico se muestra el Espíritu Santo para producir a Jesucristo en
esa alma y a ésta en Jesucristo" (VD 20).
Finalmente, una de las expresiones más
bellas de este equilibrio entre cristología y neumatología se
encuentra en la larga oración incluida hacia el fin del Secreto de
María: 66-68. Esta oración se dirige sucesivamente a Jesús, al
Espíritu Santo y a María. Conviene citar la parte concerniente al
Espíritu: "Oh Espíritu! Concédeme todas las gracias: planta, riega y
cultiva en mí el verdadero árbol de vida que es la amabilísima María,
para que crezca y dé flores y frutos en abundancia. Oh Espíritu Santo!
Concédeme amar y venerar mucho a María, tu Esposa fidelísima; apoyarme
en su amparo maternal y recurrir a su misericordia en toda
circunstancia, a fin de que con ella formes perfectamente en mí a
Jesucristo, grande y poderoso, hasta la plena madurez espiritual" (SM
67).
C - Los Misterios de la Creación y
de la Salvación
1. María, tierra virgen y paraíso
terrestre del Nuevo Adán
En esta gran perspectiva patrística, la
Encarnación recapitula la creación y contiene ya los Misterios de la
Redención y de la Iglesia. La recapitulación de la creación aparece
especialmente con un gran tema que desarrolla Luis María ampliamente
siguiendo a Bérulle y a los Padres: María es la "tierra virgen e
inmaculada", el "paraíso terrestre del Nuevo Adán".
Esta es propiamente la dimensión cósmica
del Misterio de María, más allá de la dimensión simplemente
antropológica. Para Ireneo, que es el primero en desarrollar este
tema, María, antes que ser la Nueva Eva en su obediencia, es la Tierra
Nueva, la Tierra virgen a partir de la cual las "Manos de Dios"
han modelado al Nuevo Adán.
Exactamente en el mismo sentido escribe Luis María: "La Santísima
Virgen es el verdadero paraíso terrestre del nuevo Adán. El antiguo
paraíso era solamente una figura de éste. Hay en este paraíso
riquezas, hermosuras, maravillas y dulzuras inexplicables, dejadas en
él por el nuevo Adán, Jesucristo. Allí encontró El sus complacencias
durante nueve meses, realizó maravillas e hizo alarde de sus riquezas
con la magnificencia de un Dios. Este lugar santísimo fue construido
solamente con tierra virginal e inmaculada, de la cual fue formado y
alimentado el nuevo Adán, sin ninguna mancha de inmundicia, por obra
del Espíritu Santo que en él habita" (VD 261).
2. María nueva Eva en su obediencia
El otro gran tema patrístico, el de
María Nueva Eva, está igualmente presente en Luis María. Para él como
para Ireneo, la comparación entre María y Eva concierne principalmente
a la obediencia de María en contraste con la obediencia de Eva. Por su
obediencia, María se convirtió en "causa de salvación para Ella misma
y para todo el género humano".
Así, se lee en el Tratado: "Lo que Lucifer perdió por orgullo
lo ganó María con la humildad: Lo que Eva condenó y perdió por
desobediencia lo salvó María con la obediencia. Eva, al obedecer a la
serpiente, se hizo causa de perdición para sí y para todos sus hijos,
entregándolos a Satanás; María, al permanecer perfectamente fiel a
Dios, se convirtió en causa de salvación para sí y para todos sus
hijos y servidores, consagrándolos al Señor" (VD 53).
Esta obediencia de María es causa de
salvación como obediencia maternal: "a fin de llevar a Dios
obedeciendo su palabra".
Es por la obediencia de María que el Padre da a su Hijo como Salvador
del mundo. La obediencia maternal de la Nueva Eva en la Encarnación es
toda relativa a la obediencia filial del Nuevo Adán en la Redención.
3. La obediencia redentora de Jesús
hasta la muerte en la Cruz;
el puesto de María junto a la Cruz
Jesús es el único Salvador; nos ha
salvado de la desobediencia obedeciendo al Padre hasta la muerte y
muerte de cruz. Esta es la obediencia del Nuevo Adán el único que
restablece la alianza por su obediencia en el madero de la Cruz. El
Misterio de la Cruz está siempre presente en la doctrina monfortiana.
María está eminentemente asociada a este Misterio; allí Jesús la dio
como Madre a su discípulo. Luis María se identifica con el discípulo a
quien Jesús amaba. Veamos por ejemplo lo que dice a Jesús, en la gran
oración del Secreto de María: "¡Mil y mil veces, como San Juan
ante la cruz, he aceptado a María por tu don más precioso! ¡Y cuántas
veces me he consagrado a Ella! Aunque todavía no conforme a tus
deseos. Por ello la acepto ahora, como tú lo quieres, ¡amado Jesús
mío!" (SM 66).
María no reduce ninguna de las
exigencias de Jesús: al contrario, repite siempre a sus hijos: "hagan
lo que El les diga" (Jn 2,5). Pero con toda la dulzura de su amor
maternal, ayuda a sus hijos a aceptar la exigencia más radical de sus
hijos, llevar la cruz en su seguimiento, seguirlo hasta la Cruz. Así,
para Luis María, el que ha encontrado a María ha encontrado en verdad
"toda la dulzura y el gozo en las amarguras de la vida" (SM 21). No se
puede amar a Jesús sin su Cruz, pues son inseparables: "Jamás la Cruz
sin Jesús ni Jesús sin la Cruz" (ASE 172). Donde está la Cruz de
Jesús, está el Amor de Jesús y recíprocamente. Volveremos sobre este
punto cuando consideremos este camino espiritual vivido con María:
cómo nos ayuda Ella a aceptar con amor y con gozo la Cruz de Jesús, el
cáliz amargo de su Agonía.
4. Aquí vengo: presencia del sacrificio
redentor desde la Encarnación
Uno de los acentos más característicos
de la teología de Bérulle es la contemplación de la Cruz presente ya
en el Misterio de la Encarnación, desde el aquí vengo de la
Carta a los Hebreos: 10,5-9. En el Tratado encontramos un
excelente resumen: "El tiempo no me permite detenerme aquí para
explicar las excelencias y grandezas del misterio de Jesús que vive y
reina en María, es decir, de la encarnación del Verbo. Me contentaré
con decir en dos palabras que éste es el primer misterio de
Jesucristo, el más oculto, el más elevado y menos conocido; que en
este misterio, Jesús en el seno de María, al que por ello denominan
los santos la sala de los secretos de Dios, escogió, de acuerdo
con Ella, a todos los elegidos; que en este misterio realizó ya todos
los demás misterios de su vida, por la aceptación que hizo de ellos:
Por eso, al entrar en el mundo, dice El: "Aquí estoy yo para
realizar tu designio..."; que este misterio es, por consiguiente,
el compendio de todos los misterios de Cristo y encierra la voluntad y
gracia de todos ellos" (VD 248).
Se trata principalmente del Misterio de
la Cruz, que Jesús acepta desde el primer instante de su concepción en
el seno de María. Al respecto Luis María y Bérulle se inscriben en la
gran perspectiva de la teología medioeval, de la cual se encuentra una
de las expresiones más bellas en Santo Tomás. Las dos cuestiones de la
Suma Teológica sobre la Concepción de Cristo contienen
sucesivamente las afirmaciones concernientes a la relación de la unión
hipostática (IIIa q. 33), y la perfección del alma de Jesús desde ese
primer instante (q. 34). En su alma humana, llena del Espíritu Santo,
el Verbo Encarnado posee la visión beatífica: ve a Dios su Padre, se
ve a sí mismo como Hijo, ve a todo el hombre y a todos hombres a los
cuales viene a salvar, a cada uno de nosotros. El es así consciente y
libre desde el instante mismo de su concepción, y por eso puede
realmente dar su consentimiento según su voluntad humana desde que
ella comienza a existir. Del mismo modo, Santa Catalina de Siena
contempla a Jesús "llevando la Cruz del santo deseo" desde el primer
instante de la Encarnación.
Bérulle había desarrollado todo esto de manera espléndida en la
Vida de Jesús (cap. 24-27).
5. La Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo
Con la obediencia redentora de Jesús,
también la realidad de su Cuerpo Místico se contempla ya en la
Encarnación. Puesto que el Misterio de la Encarnación contiene ya el
Misterio Pascual de la Redención, él contiene al mismo tiempo el
Misterio de la Iglesia. La eclesiología es uno de los puntos fuertes
de la teología de Bérulle, junto con la cristología y la neumatología.
El tema más rico es el del Cuerpo Místico, a partir de San Pablo y en
la línea de los desarrollos teológicos de los Padres y de Santo Tomás.
Siguiendo al Doctor Angélico, la teología beruliana expresa un sentido
muy profundo de la unidad de Cristo y de la Iglesia, puesto que "la
cabeza y los miembros son como una sola persona mística".
Desde el instante, pues, de su concepción, a causa de la unión
hipostática o gracia de unión, y a causa de la plenitud del Espíritu
Santo que está en El como gracia habitual y que es también gracia
capital, Jesús es ya verdaderamente la Cabeza del Cuerpo Místico. Luis
María, que desarrolla este aspecto ampliamente, da de él un admirable
resumen al principio del Secreto de María, siempre en la
perspectiva de su cristocentrismo trinitario: "Así como, en el orden
natural, todo niño necesariamente tiene un padre y una madre, del
mismo modo, en el orden de la gracia, todo verdadero hijo de la
Iglesia debe tener a Dios por Padre y a María por Madre…
María ha formado a Jesucristo, Cabeza de
los predestinados. Por tanto, Ella debe también formar los miembros de
esta Cabeza que son los verdaderos cristianos. Pues una madre no da a
luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza. Por
consiguiente, quien quiera ser miembro de Jesucristo, lleno de gracia
y de verdad, debe dejarse formar en María por la gracia de Jesucristo.
Quien reside en Ella en plenitud para ser comunicado en plenitud a los
miembros auténticos de Jesucristo, que son también hijos de María.
El Espíritu Santo se desposó con María,